Diciembre 2022

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EL CLUB DE LOS NARRADORES

“El submarino Peral”

VISITANTES I

Marita Ferraro Scot

“Nunca más tacones altos”
(tres Jornadas)

Marita Ferraro es una gran conocedora de la literatura uruguaya contemporánea y su novela tiene en cada una de las trece jornadas que la componen (adelantamos tres en La Coquette) huellas emotivas de ese itinerario. Testimonio personal del cruce siempre áspero de la historia del país con la ficción, desde “El combate de la tapera” hasta “La Mansión del Tirano”. Formé parte del tribunal cuando ella defendió en la Universidad de Grenoble -bajo la dirección de Michel Lafon- su tesis sobre la escritura colectiva en la novela “La muerte hace buena letra” (1993) que coordinó Omar Prego. Su novela “Nunca más tacones altos” editada por Antonio Cuesta en el sello Dyskolo, es a la vez homenaje nostálgico y despedida de su otra vida universitaria en los Alpes franceses. Marita la autora de una última vuelta de tuerca y Amalia la narradora protagonista, marchan ambas tras fantasmas doppelgänger del escritor uruguayo olvidado, que son el otro y el mismo. El de Ferraro se apellidaba Govoni y Tagoni el de Amalia, los dos se llaman Sergio, tuvieron una primera esposa actriz suicida y una segunda mujer que los abandonó por un deportista, ambos publicaron en 1967 una novela titulada “Crónica de la muchacha” y murieron en 1991 en extrañas circunstancias. Hay una diferencia: Govoni terminó sus días cerca de la rueda gigante del Parque Rodó, donde un linyera encontró un par de zapatos rojos con presilla y de tacones altos; Tagoni es invocado por Norah Giraldi -la alumna de piano de Felisberto Hernández- que escribió lo que sigue especialmente para esta ocasión.

*

Nunca más tacones altos, título de la novela de Marita Ferrado Scot publicada en España por Ediciones Dyskolo (2021), ha llegado en este año a los lectores uruguayos. Una obra de madurez y una escritura que se prepara desde hace muchos años atrás, en un crisol de recuerdos, heridas sin curar que afloran en el presente de la escritura y forman parte de las historias que cuenta en su diario Amalia, la estudiante francesa protagonista de la novela, que llega a Montevideo en busca de datos para su investigación sobre Sergio Tagoni, un escritor uruguayo fallecido en 1991, tema que debe tratar en su tesina. La protagonista se confía en el cuaderno que le sirve de diario y lo va escribiendo como modo de acompañarse y registrar acontecimientos durante su viaje de 13 días a Montevideo. Este diario compone la mayor parte del relato y va tomando la forma de testimonio sobre la Montevideo reciente, labrado de dudas y descubrimientos que, por el azar de los encuentros, ella consigue obtener. El otro texto que compone el relato tiene la forma de dos cartas escritas muchos años antes de que este viaje se realice y un testimonio.

Estos otros discursos pertenecen a otra voz, la de una mujer de otra generación ausente del relato y de quien Amalia, que recibe estas cartas y el testimonio en un episodio que anuncia el desenlace de la novela, no logra descifrar el nombre que aparece en las cartas; esa persona es uruguaya y se exilió en Francia después de haber estado presa y haber sido torturada en dictadura. Los destinatarios de esas cartas y el testimonio de lo que vivió esta mujer como víctima de la represión son dos personas diferentes. Las cartas están destinadas a una amiga de juventud que sigue viviendo en Montevideo y el testimonio se dirige al profesor de literatura que tuvo en el Liceo. El testimonio fue escrito ya instalada en Francia, mucho después de los acontecimientos de la década aciaga del 70 que llevaron al exilio a esta mujer y a su familia. El testimonio de la mujer joven describe los vejámenes de los que fue víctima, se trata de un sinfín de maltratos y abusos perpetrados por los responsables de la dictadura cívico militar en Uruguay; estos textos finales son la coda de este relato complejo y bien armado. El diario íntimo del comienzo se completa con este testimonio de esta otra mujer que, si bien cumple una función de tipo conclusivo abre pistas a la investigación de Amalia sin resolver del todo el enigma de la novela. Estas tres facetas del discurso narrativo -diario íntimo, correspondencia y testimonio- se asocian como dos caras de una misma realidad y abonan el interés de la novela de Marita Ferraro Scot al enfocar la realidad uruguaya de hoy con una mirada hacia el pasado, demostrando que sus huellas componen el presente y no han sido totalmente descifradas ni tomadas en cuenta.

En la primera parte de la novela el ambiente que se describe es el de estos últimos años, en los que las políticas practicadas inducen a que mucha gente olvide o enmascare lo ominoso de la historia de los “años de plomo” del Uruguay durante la dictadura cívico-militar y las Medidas prontas de seguridad que la precedieron. Esta parte es determinante; se centra en el descubrimiento que hace Amalia a través del espejo que significa su diario, donde va pautando sensaciones, impresiones y reflexiones a medida que descubre Montevideo, ciudad a la que llega con pocos datos sobre la realidad social y política, en parte adquiridos en el seno de su familia de origen uruguayo y otros en las clases que recibió en la Universidad. Las raíces y consecuencias del mal colectivo que vivió Uruguay hace más de 40 años, se van asociando a lo que cuenta de manera personal Amalia en su diario: el negativo de las dificultades para tener informaciones sobre Tagoni y su obra. El tema de su investigación le parece cada jornada más difícil de realizar; propuesto sin muchas indicaciones por su profesora americanista de la Universidad de Grenoble. Amalia se da cuenta al llegar a Montevideo que Tagoni es un autor desconocido y se pregunta por qué ha sido olvidado. La vida enigmática de este escritor desaparecido de los circuitos de difusión que se describen en la novela, como la Biblioteca Nacional, librerías de viejo, la Feria de Tristán Narvaja y los centros de estudios, forman episodios narrativos que se suman y ayudan a entender las dificultades de Amalia. No sin ironía, Marita Ferraro Scot pauta este vía crucis de la estudiante frente al desconcierto de no encontrar datos sobre Tagoni y la búsqueda que ella hace para obtenerlos; son los encuentros azarosos que lo consiguen y permiten dilucidar parcialmente lo que busca y así iniciar su trabajo. Los recorridos rizomáticos que hace por Montevideo para conseguir datos sobre Tagoni en los pocos días que está en la ciudad la llevan a conocer barrios, lugares y monumentos que había oído mencionar en boca de su abuela y su madre, exiliadas en Francia. Las informaciones o comentarios que se trasmiten a los más jóvenes de la familia no cubren la realidad vivida, dejando agujeros por los olvidos o lo que no se puede llegar a decir, los non-dits que, en contados casos, afloran del inconsciente.

Una pieza importante en la trama novelesca son los personajes que Amalia va encontrando; representan modos diferentes de ver la realidad actual, compuesta también por las heridas que deja lo siniestro del pasado en la historia reciente, y proporcionan indicios a Amalia que la llevan a descubrir parte del enigma. Con estos personajes se conforma la cartografía que Amalia quiere formar de Montevideo, le servirá para comprender por qué Tagoni fue olvidado a sabiendas y en su familia mucho queda sin decir del pasado montevideano. Ella descubre Montevideo, el centro de la ciudad, la Ciudad vieja, Pocitos, suburbios habitados por gente humilde, como Nuevo París; vive una especie de ensoñación con el río Santa Lucía y el proyecto comunitario que se realiza en el pueblo de mismo nombre. Amalia se relaciona con dos estudiantes y otras personas de diferentes medios; descubre paisajes y la sociedad montevideana fragmentada y empobrecida. Algunos personajes provienen de la realidad y son reconocibles aunque se omitan sus nombres, por la profesión y otros detalles que se mencionan, como la impresionante biblioteca de Juan Flo cuyo nombre se adivina en la novela. Gracias a Miguel que la introduce en la casa del filósofo, Amalia encuentra en esa biblioteca el único ejemplar que parece existir de “Muchachas”, la novela de Tagoni.

La última parte de la novela cambia de tono; es el testimonio de esa muchacha víctima de los desmanes, brutalidades y abusos que se perpetraron durante la dictadura en los años 70 y que la novela revela como un posible nudo que al desatarse, daría sentido a la investigación que Amalia deberá retomar cuando vuelva a Francia, en relación con Sergio Tagoni y su obra para dar contenido a su tesina. La novela logra conjugar esas dos partes mediante un encadenamiento de situaciones que tienen por eje personajes que Amalia encuentra a medida que pasan los días de su estadía en Montevideo. Los más citados, Sara y Miguel, son estudiantes y trabajan en el hotel en el que se instala Amalia; son sus guías y las pistas que le van dando, sobre todo Miguel estudiante de Historia, ayudan a que ella entienda los entretelones de la situación política actual, entre otros la impunidad de los crímenes cometidos en dictadura, a lo que la novela alude como cuestión que está siendo tratada por los equipos de historiadores de la Universidad. Tagoni, ese escritor olvidado que Amalia descubre, con sorpresa, que casi nadie conoce, cuyos libros desaparecieron de la Biblioteca Nacional y no se hallan en librerías de viejo, ni en la Feria de los domingos en Tristán Narvaja, es un eslabón en la cadena de cuestiones por resolver. Amalia regresa a Francia con cierta idea de Montevideo, su sociedad y cultura; con mucho por hacer y un sentimiento de malestar por sentirse estancada en el conocimiento sobre Tagoni. Al final de la novela se sugiere que los manuscritos que le entrega la tía de David a Amalia, son la fuente testimonial de la novela que escribió Tagoni y de la que obtuvo un ejemplar prestado por el filósofo. La anagnórisis de Amalia se cruza con la que Marita Ferraro Scot propone al lector como recurso para que descubra lo no resuelto sobre su identidad, pueda intervenir y reflexione -como lo hace la autora en su novela- sobre el momento aciago que vive la humanidad.

Norah Giraldi Dei Cas

Montevideo, diciembre 2022

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VISITANTES II

María del Carmen González de León

“El palimpsesto intencionado”
(el proyecto literario de Felisberto Hernández)
Palabras liminares / Introducción / Conclusiones

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Felisberto Hernández fue un hombre afortunado con las mujeres, ahí están las cartas recopiladas y publicadas hace unas semanas por Ignacio Bajter para probarlo. El escritor que fue considerado un marginal en el ecosistema literario intelectual del Uruguay de entonces, quizá mediante fórmulas alquímicas, la protección del niño Jesús de Praga, el sarcasmo de los críticos varones y el patrocinio de unas cuantas mujeres visionarias resultó ser el elegido del Canon. Norah Giraldi inició esa aventura bibliográfica (Felisberto Hernández: del creador al hombre / Ediciones de la Banda Oriental, 1975) cuyo último avatar es “El palimpsesto intencionado”. Su autora, María del Carmen González de León, nos permitió con enorme generosidad asomarnos al gabinete velado de su investigación: pasión de los orígenes, protocolos científicos, corpus de inéditos y conclusiones. Con FH sucede lo mismo que él escribió desde Treinta y Tres el primero de febrero de 1942. “Mi querida Amalia: De tantas cosas que contarte no sé por dónde empezar.”

*

“¿Qué caminos podremos tomar, si no son los que nos abre (traza) la escritura?”

Francis Ponge

En algún patio de la entonces Facultad de Humanidades y Ciencias escuché la sugerencia: “Hay que leer a… Felisberto Hernández”.  Estábamos en dictadura, atrás había quedado el primer curso universitario dedicado a este autor por el profesor Roberto Ibáñez, pero tal vez flotaran ecos en los patios interiores del enorme y vetusto edificio de la esquina de Lindolfo Cuestas y Piedras, en la rambla portuaria de la Ciudad Vieja montevideana. En el origen de los tiempos personales con respecto a Felisberto Hernández, y a raíz de aquellos comentarios, está la lectura de “La casa inundada” en una de aquellas antologías de la década del setenta, La casa inundada y otros cuentos, de editorial Lumen (1975), en la que ocurre una maravillosa reunión: prólogo de Julio Cortázar, dibujos de Glauco Capozzoli y selección de Cristina Peri Rossi. Recuerdo exactamente el momento y lugar en que leí el relato. En el verano de 1982, en el mítico Cabo Polonio de la costa rochense, leía al resguardo del sol calcinante de enero. La vista oscilante del mar a la página y de esta al mar, con escasa concentración como en toda lectura de veraniega tenía dificultades para asumir el sentido de aquella inundación del texto.  Todavía no sabía, en aquel remoto entonces, que el escritor estaba incluido en la categoría de raro, outsider o aquel que no somiglia a nessuno, según la conocida frase de Ítalo Calvino. Tampoco sabía que era el último texto escrito y reescrito por el autor.  Por buscar un origen podría decir que  “La casa inundada” es el Ur, de la investigación que culminó en El palimpsesto intencionado, aunque bien podría este prestigio tenerlo cualquiera de los fascinantes relatos que integraban las antologías a las que accedí, antes de leer la obra completa que por esos tiempos se estaba gestando, la de Arca-Calicanto: 1981-1983, que reprodujera, con alguna variante, los seis tomos en que la editorial Arca reuniera por primera vez la obra completa del autor que comenzó sus entregas al finalizar la década del sesenta y comienzo de los setenta. 

Lejos quedó esta historia de orígenes improbables que conforman el pensamiento mítico personal, pero me gusta creer que hubo un origen para estos veinte años de dedicación a la obra de Felisberto que incluyó el estudio de la recepción de sus contemporáneos en una tesis de maestría, publicada como Si el agua hablara en el 2011.  Cerrado el capítulo Felisberto, con miras al doctorado surge la oportunidad de trabajar con material original de este autor. Revisé el conjunto de manuscritos, borradores y textos preliminares, éditos e inéditos, ubicados en el repositorio de la SADIL, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, donde habían recalado luego de un largo peregrinaje, como supe después. Con nula experticia en autógrafos la complejidad de ese archivo producía vértigo, mientras se ofrecía como territorio perfecto, inexplorado, para la realización de una tesis de doctorado. Concebí por entonces la idea de que el archivo había sido un accidente, algo azaroso que exigía un acto de elección libre, no podía dejar de lado a pesar de las resistencias a un tipo de trabajo engorroso al que habría que dedicar tiempo, esfuerzo y paciencia. El camino fue arduo. La familiarización con la grafía primero y con la escritura después, lo fue allanando. En el medio hubo desaciertos que enmendar, momentos de duda y parálisis, ante lo que se veía como interminable, frustrante, a veces, para una sola persona. Allí había material suficiente para un trabajo de exclusivo corte genetista, y a él circunscribir los afanes, pero estos tomaron el derrotero de encontrar en los distintos proyectos meta escriturales una línea que condujera a aquel primer impacto de orden subjetivo: las mujeres en los relatos de Felisberto como símbolos de un arte narrativo singular.

María del Carmen González de León

Montevideo, diciembre de 2022

LOS RÍOS FICTICIOS

La serie de los Capítulos Sueltos I

Episodio 8: menú degustación Okinawa

(de la novela “o pasado sin falta”)

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

UNDÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Salma Hayek, Tito & Tarántula / “After dark” de Tito Larriva y Steven Hufteler.

Richie Havens / “Tombstone blues” de Bob Dylan.

Carlos Lyra / “Influênce do Jazz” de Carlos Lyra.

Donald O’Connor / “Make ‘en laugh” de Arthur Freed y Herb Brown.

Eduardo Darnauchans / “Milonga de Manuel Flores” de J. L. Borges y E. Darnauchans

Pedrito Rico / “A tu vera” de Rafael de León y Juan Solano.

Stevie Wonder / “Lately” de Stevie Wonder.

Les Rita Mitsouko / “Marcia baila” de Catherine Ringer y Fréderic Chichin.

Lang Lang / sonata “Appassionata” (III alegro ma non troppo) de Ludwing van Beethoven.

Julio Sosa / “Qué me van a hablar de amor” de Héctor Stamponi y Homero Expósito.

Joe Pass / “The very thought of you” de Ray Noble.

Noviembre 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Domingo” Le retour à San Carlos / El sueño de Daniel Urrutia / Lucero y Emprendedor / Pegando la vuelta / DHL, WhatsApp y dados cargados.

VISITANTES

Horacio Añón

POLONIO / hace medio siglo

“Por qué”
seguido de “Mi casa del Polonio”

El encanto del reciente libro del amigo Horacio Añón -es asunto de mirar cincuenta años hacia atrás las inestables dunas de la memoria- se arma leyendo las fotos del Cabo Polonio de allá por el año 1969; meses agitados, cuando Neil Armstrong pisa la luna, el Uruguay conoce el copamiento de Pando, Janis Joplin cantó en Woodstock y alguien envía el primer mensaje internet de la historia. Entre las imágenes retenidas de la expedición sobre la costa oceánica, para mi gusto la metonimia de la suma es la toma 27: retrato en picada del carrero Fonseca. Momento de gracia del oficio, ahí vemos de boina y tabaco armado entre los labios al Virgilio de Añón, el baquiano con su carreta llevando viajeros al paraíso perdido custodiado por un faro. Esa foto ahora se la puede analizar, pero lo inefable entre epifanía y magia fue una fracción de segundo, la Asa del soporte, el golpe de vista mientras lo efímero se eterniza y los planetas se alienaban así por una única vez irrepetible.

En ese libro de fotos tenemos desde la primera solapa varios relatos en imágenes; abriendo camino, el equipo editor de Nuestra Tierra con hombres curiosos de entender la sociedad donde estaban viviendo. Hay luego el largo viaje hacia otra luz, un diálogo narrativo entre fotos según se siguen las páginas que van contando el cuento a su manera. Al comienzo el lector distingue algo diminuto allá lejos como en Laurence de Arabia y termina cara a cara con caballos perdidos de Felisberto Hernández. La fuerza vinculada resulta del viaje in progress con doble descubrimiento, de algo que estaba allá esperando y lo otro agazapado adentro del fotógrafo. Sondeando la sección áurea propia del espíritu, el equilibro que desacomodó a varios personajes de Michelangelo Antonioni; tal vez porque todo faro tiene algo de fin del mundo y parpadea anunciando otro mundo posible. En su conjunto, esas imágenes en blanco y negro tienen algo de crónica de adelantado en otra región más transparente, dentro del Uruguay que se pensaba diferente en los años sesenta. Algo sucedió en aquel viaje para que el fotógrafo volviera, eligiera lugar, se hiciera uno más entre los vecinos, levantara casa, regresara cada año con la fidelidad de especies migratorias y acatando los ciclos naturales. Guardara negativos hasta que los rollos dijeron “es ahora” y sacara este libro medio siglo después, dándola una estocada emotiva a la amnesia generalizada; partiendo a remo de ese Finisterre nuestro, si uno decide navegar derecho rumbo norte y lo desea, alcanza seguro al laberinto marino de las rías gallegas.

Le pedí el texto del prólogo para el Cabaret Literario, Horacio aceptó de inmediato, pensé en una presentación y él se lo había dicho a Rodolfo Fuentes: “¡A ver si vos no hablás de mí, sino de mi trabajo!” El tono perfecto sobre el hombre diseñador estaba en el Catálogo de la Retrospectiva en el museo Nacional de Artes Visuales, cuyo curador fue Rodolfo fuentes, el mismo cómplice de la intuición – “ahí hay algo”- y la tecnología sobre las fotos del Polonia. Se trata de un fragmento del estupendo ensayo “Memorias visuales de la ciudad hablada” de José Rilla: “Mirada la cultura uruguaya letrada desde los últimos sesentas no puede dudarse de la centralidad que tuvo en ella y para ella Horacio Añón. En pocos años, otro lustro tal vez, a partir de un trabajo sin desmayo, desbocado, llegó a un pináculo de excelencia, expresividad, reconocimiento como artista visual. Si las ciudades producen bandas sonoras, melodías que las marcan, paisajes reconocibles, la historia de Añón -como la de muchos contemporáneos- es la de un conjunto de imágenes potentes, pensadas para la ciudad y para la interpelación de sus habitantes, imágenes de un tiempo literario lleno de mensajes, de “tomas de la palabra”, como escribió De Cesteau. El mundo editorial es la estrella de este firmamento, los libros, las revistas, los afiches sobre libros y ferias, los anuncios y señaladores de una ciudad letrada en su plenitud (no digo en su lucidez para frenar una exageración), Añón está en nuestra memoria visual de este fenómeno.”

Aquí se festeja el Añón fotógrafo de los 28 abriles que no volverán, el primer viaje, el álbum de contactos iniciales con la gente del lugar. Los aprontes para levantar la casa, que tiene lo suyo, con la inspiración de barco porque Horacio viaja poco (“Si me hubieran dicho de radicarme en París, capaz que agarraba”, le dijo a Eduardo Alvariza en un reportaje de Búsqueda) pero el hacedor plural tiene alma de marinero, y que se le va hacer si se encontró antes de los treinta con el Cabo Polonio. El libro anda circulando por la ciudad desde hace unos meses, cuando salió al ruedo la amiga Cecilia Pérez escribió en el sitio Delicatessen de Jaime Clara lo que sigue: “El Cabo Polonio, en la costa del departamento de Rocha, es un lugar buscado y soñado para pasar unos días de descanso en playas oceánicas. Sin el confort de la electricidad y el agua corriente se gana en contacto con la naturaleza más primitiva. Este libro de fotos de Horacio Añón** nos muestra otro Polonio, el que él descubrió hace más de medio siglo, cuando llegó por trabajo a fotografiar la zona Este. No era todavía el lugar de veraneo tan solicitado por montevideanos y porteños; en enero de 1969 era un pueblo de pescadores y lugar de trabajo de las zafras de matanza de lobos. Imágenes fuertes, con la magia del blanco y negro, nos llevan, a medida que recorremos el libro, al viaje en carro desde Aguas Dulces y llegada al Cabo, el trabajo de los loberos, una descripción del pueblo, sus habitantes y por último a la playa Sur. Además del relato visual que muestra playas, dunas, ranchos y gente de hace cincuenta años, en las leyendas de cada foto se va contando una historia. Esa historia tiene como protagonista a Horacio Añón – “el Flaco” para los amigos- que en el cumplimiento de su tarea como fotógrafo para la colección Nuestra Tierra, de la que era el Secretario gráfico, llegó a Rocha y entró en contacto con un paisaje que lo acompañará hasta hoy. Pocas de esas fotos fueron usadas, la mayoría cobraron autonomía de aquel origen y fueron cuidadosamente guardadas por medio siglo.  En aquel primer contacto con Cabo Polonio conoció a una familia, el médico Jorge Infantozzi, su esposa, la profesora de Literatura y crítica Laura Oreggioni y sus cuatro hijos pequeños, Luis Enrique, Laurita, Gabriela y Anita, pioneros del Polonio y sus amigos entrañables hasta ahora. Cinco años más tarde Añón diseñó una pequeña casa sobre las rocas que fue un refugio en los años duros de la dictadura militar. La compartió con muchos amigos que vivieron la magia de aquel Cabo de atardeceres, amistades, caminatas y largas conversaciones. Como cuenta el autor en la introducción, a partir de entonces dejó de fotografiar y se dedicó a vivir el Polonio. Sigue concurriendo cada año a pasar la temporada de verano, conversar con vecinos y conocidos. Su libro de fotografías de Añón es testimonio histórico valioso de aquel Polonio de paisajes agrestes, trabajo y personajes singulares que descubrimos a través de hermosas imágenes resultado de ese encuentro del fotógrafo con una luz y un espacio que representó, según nos relata, un desafío.

**POLONIO / HACE MEDIO SIGLO (Fotos textos y diseño gráfico Horacio Añón. Proceso de fotos y puesta en página Rodolfo Fuentes/NAO. Revelado analógico de los negativos originales Amílcar M. Persichetti. Imprimió MOSCA. 96 páginas, 80 fotografías. Tamaño: 28x24cm.)

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Cuando llegues a Madrid”

una llamada local / después te cuento / siempre a la verita tuya / calle de Fuencarral / el puentecillo del Retiro / la propaganda Campari / el Silencio / FIN

LIBRERÍA LAS NUBES

Alicia Migdal

“historia quieta”

Casi treinta años después es inevitable que el lector piense dónde estaba él cuando se editó “historia quieta” de Alicia Migdal en el año 1993. Muchos todavía no habían nacido y otros se fueron para siempre, algunos dirán que se cumplían veinte años del golpe de Estado y que dentro de unos meses será el medio siglo. Era por entonces prioritaria la reflexión sobre lo sucedido entre nosotros; tiempo testimonial de palabra liberada, denuncia con nombre propio, pedido de justicia y repudio a lo vivido. Avance hacia el poder político por vía electoral, lenta convalecencia individual según los itinerarios y refutación de la derrota. La materia antes densa del big bang colectivo aceleraba su expansión hacia otras fronteras del universo inalcanzables. La vida amorosa de Eladio Linacero, los maracanazos o el país de la cola de paja jamás serían como antes; en medio de la ilusión del hombre nuevo, el libro agazapado de Migdal fue dietario nocturno, un pasearse descalza saliendo del cuarto oscuro de la entrega, carta perfumada de circulación doméstica sin pasar por el Correo, un mensaje sobre alguna ella sensual estando ahí en la vecindad. Podría ser acaso la continuación post dictadura de La mujer desnuda de Armonía de 1950, otra cabeza apasionada que se atreve al erotismo, puente amazónico hacia Leonor Courtoisie o nuevo avatar de literatura feminista. En verdad era otro episodio con hombre en casa de la novela familiar de Migdal; la historia había comenzado antes en algún lugar de Polonia y el puerto de Esmirna. Sigue en la ciudad vieja de Montevideo, la sinagoga de la calle Buenos Aires 242, los cien barrios porteños argentinos, la calle Andes cerca del río en Editorial Arca, la Biblioteca Ayacucho en Caracas, la calle Bonpland -la misma donde vivía Onetti- y en este noviembre, el piso alto del edificio náutico del Expreso Pocitos.

Todo eso respondía a razones quizá de tarea periodística -también del corazón que tiene sus propias razones- que pasó por Brecha y otras publicaciones; con un recuerdo distinto sobre las crónicas de cine del suplemento La Semana de El Dia, donde compartía redacción con el entrañable Roberto de Espada. “Como periodista, Alicia Migdal ha probado el ensayo, la nota, la crítica literaria y cinematográfica, la columna de opinión, la crónica. Si el periodismo es un ejercicio de fronteras, y Migdal lo ha ejercitado en casi todas sus variantes, el espacio mental y cultural en que se ubica esa práctica, es homologable a su más estricta creación artística” (Carina Blixen. Alicia Migdal: escribir en “un cuarto propio”. Papeles de Montevideo N° 2: Aproximaciones a la narrativa uruguaya posterior a 1985)

De su poética dijo Migdal en “La casa de enfrente “(1988): “contar sin contar, acercarse en lentas aproximaciones al material caliente y lejano de nuestra vida secreta.” La historia de Alicia en el país de la escritura editada comienza en Arca en 1981 con “Mascarones”, al que siguieron varios otros títulos. En el año 2008 el sello Rebeca Linke publicó varias de sus nouvelles bajo el título genérico “En un idioma extranjero” y la última entrega que circula es la novela “El mar desde la orilla” editada por Criatura en 2019. Sus temas pertinaces evitan el encorsetado de los géneros, el texto siempre fluido inventa sus propios contenidos, asoman los hombres del deseo y las otras mujeres; mi cuerpo ahora en este texto preciso, durante el tiempo fugitivo, mi historia entre libros, películas, espejos y pasiones de paso cotejada a la Historia. “Si puede hablarse de un proceso en la conciencia femenina de sí, elaborado fundamentalmente en torno a la pasión, Migdal estaría en un puente de continuidad con Delmira e idea, y a su vez, marcaría la asunción definitiva, no dramática, de su ser independiente, otra, Si Idea Vilariño marca de manera febril la separación entre su yo y el otro en el momento mismo de la pasión, en un juego terrible entre la diferencia y la fusión, Migdal ya parece más libre de afirmarse en su condición de mujer, su cuerpo, su casa, los afectos, y al mismo tiempo, su perfil accidental. Es indiscutiblemente otra, puede entonces sentir nostalgia de la unión. Para Vilariño la opción por la soledad es, tal vez, la manera de elegirse a sí misma; Migdal ya no necesita de la soledad para ser independiente.” (Carina Blixen) Ello es luminoso en “historia quieta” publicada por Trice en 1993, traducida al francés por L`Harmattan en 1998 y ahora en versión virtual del Cabaret Literario La Coquette. La ficha 8 de librería Las Nubes agrega información sobre la novela, de ella escribió Albert Bensoussan -prólogo a la edición francesa-: “Alicia Migdal sabe retener las lecciones de nuestro siglo y nos da aquí, no un relato sin historia, sino una historia sin relato, una historia quieta.”

ENSAYOS CRÍTICOS

El arte de comparar (bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

*

Desplazamientos y escrituras en la obra de Joaquín Torres-García.

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

UNDÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Salma Hayek, Tito & Tarántula / “After dark” de Tito Larriva y Steven Hufteler.

Richie Havens / “Tombstone blues” de Bob Dylan.

Carlos Lyra / “Influênce do Jazz” de Carlos Lyra.

Donald O’Connor / “Make ‘en laugh” de Arthur Freed y Herb Brown.

Eduardo Darnauchans / “Milonga de Manuel Flores” de J. L. Borges y E. Darnauchans

Pedrito Rico / “A tu vera” de Rafael de León y Juan Solano.

Stevie Wonder / “Lately” de Stevie Wonder.

Les Rita Mitsouko / “Marcia baila” de Catherine Ringer y Fréderic Chichin.

Lang Lang / sonata “Appassionata” (III alegro ma non troppo) de Ludwing van Beethoven.

Julio Sosa / “Qué me van a hablar de amor” de Héctor Stamponi y Homero Expósito.

Joe Pass / “The very thought of you” de Ray Noble.

Octubre 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Encuentro fortuito en la Librería Colonial
Danza ficción
Epístola final de Santa Fe

VISITANTES

Elder Silva: diez poemas y dos inéditos

El año que nació Elder Silva, tirando para la frontera norte del Uruguay, el mundo era una montonera de signos premonitorios: pacto de Varsovia y gira debutante de Elvis Presley, golpe militar contra el general Perón al otro lado del río, publicación de Pedro Páramo, primer Mc Donald´s, Rosa Parks se niega a dejar su asiento en el ómnibus, guerra de Vietnam y sólo para tus ojos nacen las sublimes Lena Olin y Ornela Muti. Después Elder cruzó la tierra purpúrea versión pop desde Salto al Cerro de Montevideo, donde está la más bella vista del río de la Plata; publicó más de diez libros de poesía, dejó inéditos, ganó premios, integró Fabla con otros poetas y en el año 2013 tuvo la iniciativa luminosa de emprender la vuelta poética del Uruguay, llevando en recitales que todos recuerdan su libro Agua enjabonada. Fue periodista, decidor de poesía a la usanza de trovadores y payadores de antaño, coordinó el Centro Cultural “Florencio Sánchez” de la Villa del Cerro; fue un gancho a lo Rocky Marciano cuando la ciudad letrada supo que Elder no podría cantar When I`m sixty-four de la banda de corazones solitarios del sargento Pepper.

De todo eso se verá en la presentación de Álvaro Ojeda y el tríptico de Rosario Peyrou. Cecilia Ríos seleccionó los poemas reproducidos en La Coquette y arrimó dos inéditos.

*

Álvaro Ojeda recuerda por qué noquearon a Jersey Joe Walcott

Las luces blancas y verdes y amarillas
que se levantan del cementerio
y alumbran el aire en las noches de verano
son el aliento de mi padre,
los ojos de mis abuelos que regresan.
Los ruidos de los huesos de mi padre
me iluminan el mundo.

1) Estos versos de Elder Silva exponen, como siempre ocurre con los poetas verdaderos, una razón de ser antigua, poderosa y, finalmente, homeopática y exacta sobre la poesía, sobre su ejercicio, sobre el artificio de sus formas en apariencia oscuras y, sin embargo, tan radiantes, tan translúcidas, tan evidentes. La poesía alienta y crece desde la elegía, siempre o casi siempre. La razón es dolorosamente sencilla: se canta lo que se pierde, como sentenció Antonio Machado. No sólo se canta lo que se perdió, como en el caso de Elder, se canta lo que se pierde, lo que se está perdiendo en el goteo permanente, ineluctable de la respiración, aunque luego, lo que resulta esencial -lo cribado y filtrado- se recupere desde la memoria y desde el arte. La evocación no puede con tanta pérdida, pero al menos, endulza la ruina. No la disimula ni la olvida, la coloca en la punta de la lengua del corazón, allí donde lo dulce duele un poco menos y habilita la perduración posible, la humana perduración, la pausa de la entropía. La poesía no entretiene, el arte no entretiene, la poesía retorna y sublima, el arte retorna y sublima la pérdida que la misma poesía, el propio arte, desnuda. Ambos como totalidad y parte, uno al otro y los dos asociados, entramados, unidos. El resultado es un lenitivo realista: el poeta sabe que su padre no volverá salvo en esa luminosa ausencia que algunos muertos procuran. En esos versos se cuece un denso espacio de dolorosa alegría, de callada vocinglería, de incógnitas sobre lo que se ha mudado al fondo del escenario mientras el público atiende el desarrollo de la trama.  

2) En setiembre de 1952 el campeón de peso completo Jersey Joe Walcott, ponía en juego su título ante Rocky Marciano. Walcott era un estilista, un púgil de fintas perfectas, de esquives angelados, de golpes variados y rápidos, lanzados desde una fábrica de artificios que parecía inagotable. Esquivaba, golpeaba, volvía a esquivar a la vez que retrocedía y se escondía y generaba posibilidades más o menos tangibles, que en innumerables ocasiones, resultaban anteriores a la propia andanada de golpe todavía no lanzados y a la pelea en sí misma, como si quisiese decir: “esto es sólo lo que no se ve, lo que se ve carece de importancia, porque hay algo previo al golpe que sólo yo conozco y que es inefable, invisible, intangible”. Un arte poético de la saturación, de la sobreabundancia, de la concreción llevada a un segundo plano. No importa lo que se ve, importa lo que yo quiero que se vea. El espejo con los movimientos de Walcott vuelto hacia el público. 

Rocky Marciano era todo lo contrario. Golpeaba sí, pero con exactitud, cada golpe dolía, no necesitaba de explicación fuera del cuadrilátero, no necesitaba de un manual de instrucciones para que el espectador se rumbeara hacia donde él quería, porque lo que Marciano quería era noquear. Incluso prefería ser golpeado, errar, si con eso ajustaba la pelea a la exactitud de su maniobra que tenía un único fin: conmover, sacar del lugar al oponente, dejar al público en éxtasis. Las bocas abiertas en O. Golpes como versos poderosos: morir es duro, más no poder morir, si todo muere, es más duro quizás, escribió Luis Cernuda, como Marciano, golpeando donde se debe.

Hace años he elaborado una práctica que consiste en recordar versos desde la óptica de mi futura agonía: sé que recordaré un manojo de versos en ese momento sin excusas ni falsas poéticas, ni retorno. Elder escribió para ese momento.

3) Cuando escuché este poema de Elder, dicho por Elder atrincherado detrás de su perpetuo atril, con su gesticulación de ámbitos anchos, su terminante dicción, los versos finales me conmovieron.

Anunciaban que la muerte podía tener alguna clase de propósito. La muerte de su padre, de mi padre, de los padres de todos los que escuchábamos a Elder en el patio de carruajes de la Cancillería montevideana durante unas Tertulias Lunáticas convocadas por Elder y por Helena Corbellini, resultamos alucinados como esas luces malas a las que aludía el poeta. Desde los cuentos de aparecidos de los fogones criollos, surgía una magia halagüeña que hacía del miedo a los aparecidos, una ruta practicable de la vida, una convivencia con los que se han ido, y una necesidad de esa convivencia que Elder enunciaba desde su logro íntimo: esas luces son mi padre en su nueva naturaleza física, cumpliendo la misma función que durante su vida -digamos, anterior- habían cumplido. Henry James escribiendo en el Salto Oriental. ¿Por qué no convertir a esas fantasmagorías en presencias inevitables y gustosas, por qué no asumirlas para que la elegía transite como el lenitivo de los que quedamos en este plano del vacío? Un salto más acá de Epicuro, un bisbiseo de posibilidades lejos de la engañifa de los templos, los ritos, las palabras sanadoras, del espiritismo ad hoc.

4) En el primer asalto de una pelea pactada a quince, Walcott, el campeón, tiró al retador Marciano. El inicio del fin, la prueba de que la eficacia se logra por la acumulación de veleidosas demostraciones del arte pugilístico. Por un momento Walcott fue Marciano. Su golpe, siempre es un golpe, fue certero. Pero Marciano no fue conmovido en la trivial, veleidosa, medida de “lo suficiente”. Basta. Ya está. Rindo la fortaleza. Se levantó y siguió con la maniobra de ajuste y acorralamiento del verborrágico Walcott, el incontinente lanzador de metáforas. Siguió corrigiendo, eliminando el ripio, eludiendo el lugar común y su contracara, la ametralladora de enumeraciones. En el asalto trece lo llevó hasta un rincón. Todos esperaban algo. Una mano perfecta que lograse poner fin a la exhibición. En el asalto doce, Walcott pareció encontrar el camino hacia el derrumbe de su retador. El trece parecía un trámite. Hasta que el gancho de derecha de Marciano, la más perfecta metáfora, sumió a Walcott en la noche. Íbamos oscuros en la noche solitaria. Marciano se disfrazó de Virgilio.  

5) Así Elder noqueó para siempre al público:

los ruidos de los huesos de mi padre
me iluminan el mundo. 

Podríamos dar cuenta de la sinestesia, del uso casi íntimo y coloquial de los pronombres, mi / me, de esa aliteración ensoñada, la larga eme que parece otorgar a los huesos amados un sonido de ruido de fondo cosmológico; podríamos decir esto y aquello, pero estamos en la lona, doblados de dolor y de maravilla.

Á. O.

Parque de los Aliados, agosto 2022.

*

Visitantes II

Rosario Peyrou: la presentación, el reportaje y una crítica sobre Elder Silva

Rosario Peyrou es egresada de literatura del IPA y licenciada en Letras de la Universidad Central de Barcelona, es decir que asistió a los cursos de Estética de Carlos Real de Azúa y leyó la revista Quimera en el café Zúrich. Antes de esos diplomas, la recuerdo compartiendo una cena parrillada de la agrupación Renovación del IPA, en el Club alemán de Remo en la calle Riachuelo de Punta Carretas, preparando la resistencia a la Ley de Educación General del año 73. Cuando rememoro el divino tesoro de los asistentes, esa noche mágica fue la última cena de una generación sentenciada a la dispersión en crónicas de amor, de locura y de muerte; poco después de la próxima navidad hará de aquello medio siglo, nosotros los sobrevivientes de aquel gaudeamus ya no somos los mismos.

Después Rosario comenzó su propio road movie ibérico, a trabajar en la docencia y se casó con el poeta que escribió para la eternidad que las palabras no entienden lo que pasa. Dirigió páginas culturales, redactó prólogos y notas periodísticas, animó talleres de escritura, fue asesora de varias editoriales y en este octubre del 22 colabora con Banda Oriental; así se sucedieron La Democracia, Brecha, El País Cultural y ahora Le Monde Diplomatique versión sur. Cuando se repasa la lista de sus intereses hallamos variedad y un denominador común; el hilo obstinado del collar es la literatura uruguaya y sus perlas flaubertianas fueron María Eugenia, Arregui, Idea, Tomás de Mattos, Circe Maia, Benavídez, Rafael Courtoisie y tantos otros. En la lista prioritaria está Elder Silva y leemos en La Coquette tres variantes del hacer de Peyrou en la ciudad letrada. La versión papel de eso público, efímero y amistoso que ocurre cuando se presenta un libro; un reportaje exhaustivo a Elder de hace algunos años, espejo confesional, genio y figura, prodigalidad de pistas de lectura; la nota periodística clásica en ocasión de un libro (Mal de ausencias), de esas crónicas citadas entre nosotros cuando los poetas llegan sin estar a la cifra melindrosa de cien años. Con la lealtad de Peyrou, el muchacho salteño le viene ganando más de cuarenta años a esas melancolías tardías

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Cuando llegues a Madrid”

los treinta y nueve escalones / misa de once / Madrid City Tour / Un barrio modesto / me ducho y salimos / Desde 1848

ASTILLERO

“El arte de comparar”

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

V

La estética del infierno

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

UNDÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Salma Hayek, Tito & Tarántula / “After dark” de Tito Larriva y Steven Hufteler.

Richie Havens / “Tombstone blues” de Bob Dylan.

Carlos Lyra / “Influênce do Jazz” de Carlos Lyra.

Donald O’Connor / “Make ‘en laugh” de Arthur Freed y Herb Brown.

Eduardo Darnauchans / “Milonga de Manuel Flores” de J. L. Borges y E. Darnauchans

Pedrito Rico / “A tu vera” de Rafael de León y Juan Solano.

Stevie Wonder / “Lately” de Stevie Wonder.

Les Rita Mitsouko / “Marcia baila” de Catherine Ringer y Fréderic Chichin.

Lang Lang / sonata “Appassionata” (III alegro ma non troppo) de Ludwing van Beethoven.

Julio Sosa / “Qué me van a hablar de amor” de Héctor Stamponi y Homero Expósito.

Joe Pass / “The very thought of you” de Ray Noble.

Septiembre 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Los titanes
Corcovado

VISITANTES

Jorge Medina Vidal

NUEVE POEMAS

Afortunados quienes fueron alumnos de Medina Vidal en el IPA o Humanidades y más aquellos que lo frecuentamos con asiduidad en los años de formación. Hay entre nosotros los que aprendimos -pienso en visitantes como Mercedes Estramil y Álvaro Ojeda que suelen citarlo- a detectar la literatura en los textos y en lo que tiene de vida apasionada dedicada a los libros; sin olvidar por cierto aspirar a ser feliz de vez en cuando erotizando el cuerpo. Habiendo pasado algunos años desde su muerte en el invierno del 2008, hace bien al espíritu que el suyo visite La Coquette con algunos poemas, haciendo saber que llevaba razón cuando decía al comenzar los cursos “el arte no se agota en lo que enuncia sino en la realidad que desencadena.” Los nueve poemas retenidos, son astros irradiando temas clásicos que le escuchamos evocar en lecciones sobre otros poetas, versos dichos por él mismo en ocasiones informales y configuran una constelación indicando a los jóvenes lectores un rumbo hacia su obra: la poesía está en esa dirección.

Tal vez es prudente comenzar con recuerdos personales y luego orientarnos hacia la obra poética. En los últimos días miré el programa Testigos de TV Ciudad que le fuera dedicado; la delicadeza de Gabriel Peveroni y Julio Porley responsables del video fue dejarlo hablar. En el tercer minuto presentimos una atmósfera de magia polisémica, la del siglo XIX espiritista invocando a los seres queridos que murieron y otras más ancestrales, donde franqueando portales urbanos, que pueden estar más allá del Palacio de la Luz, se abre la maravilla del submundo. Del otro lado de la pantalla, cuando lo vi a Medina con chaleco blanco sin mangas, tenía los mismos problemas capilares de siempre, repite su famoso “¿me explico?” cada pocos minutos, intercala su risa bromista con mirada pícara y el dandismo del cigarrillo al encenderlo, que entre sus manos es talismán de grandes hipnotizadores. Dijo de la calle Marcelina Sosa con casas de zaguán y puerta cancel, del liceo Rodó, Amigos del Arte, la Comedia Nacional cuando vio a Margarita Xirgu en el “difícil” personaje de la Celestina, de Alfredo Zitarrosa antes de Cosquín 1966 y su carné N° 1 de estudiante de la Facultad de Humanidades. El testimonio fue espejo retrovisor de su juventud distante tanto como de otro país en retirada, porque así es la vida decía la película argentina del año del águila Graf Spee y la primera edición de El pozo. Era la crónica de una pasión literaria del hombre agradecido de los encuentros; con la obra de T. S. Eliot desde 1952 y luego vendrían en lectura Jorge Guillen, Vicente Aleixandre y el tríptico uruguayo de Julio Herrera, María Eugenia y Delmira. Fue hombre querido por mujeres que le facilitaron la existencia, con omisiones en Cinemateca, cautivado por la zona porteña del relato de Marta Lynch y Manuel Mujica Láinez, sin comprender el hemistiquio de Borges con la felicidad. Hizo de los opuestos ocasión de premisa existencial, era respetuoso en el trato personal; atento con los alumnos que nos íbamos sucediendo, tenía tiempo para deliberar sobre el futuro, visitaba nuestros lugares de vacaciones en Solymar, venía a almorzar a la casa familiar y recibía en la calle Cufré; era al final de una escalera ascendente, los domingos de tardecita ahí podíamos estar con Víctor Cunha, Mabel Moraña, Roberto Appratto, Rafael Varela, Juan Introini y Eduardo Milán, que escribió sobre Medina un prólogo de alabanza y reconocimiento. El libro es “Poesía selecta” con selección del poeta español Juan Carlos Reche, editado por HUM en el año 2013 y el prólogo de Eduardo comienza así: “Situar a Jorge Medina Vidal en su poesía a nivel meramente local es tan inútil como insensato. La poesía de Medina Vidal alcanza por lo menos, el amplio ámbito de la lengua en que está escrita. Esa obra tiene dos características que la vuelven permanente: su lugar en el límite y la conciencia que eso implica de ubicarse en una temporalidad difícil de precisar. Esto último convoca la atención sobre una necesidad de la poesía de Medina Vidal a partir de un cierto momento: la de explorar sus propias fronteras formales y lingüísticas. La poesía de Medina Vidal es una poesía incómoda. Se la lee en un contexto de incomodidad histórica -la escritura contraviene el presente de su escritura-, opuesta a la reacción de espacios de decir que están bloqueados, en un momento más o menos inmediato a su primera manifestación pública -1951, por el tiempo histórico que pide otra poesía.”

El año 1962 creo que es clave en la trayectoria personal y poética de Jorge, cuando publica Las Puertas en la editorial Losada de Buenos Aires. El libro está dedicado a Beatriz, que si ella existió alguien conocerá el retrato y puede ser en-pendant la muchacha que lleva al Paraíso. Leyendo la solapa presentimos una presentación llana con argucia: “En la elegía exhala el poema las penas del corazón, el calor de la relación amorosa y la intensidad de los afectos; ese antiguo y nada fácil género está admirablemente logrado por Jorge Medina Vidal con sensibilidad y maestría.” Hacia el final del libro esa brisa emotiva se suspende o sublima, se complementa y traslada con una pieza mayor de que es “San Giorgio e il Drago”. Extenso poema que se integra a la tradición de los poemas cosmogónicos, donde asume cotejarse con asuntos y maestros que nos enseñó: El tiempo presente y el tiempo pasado / Acaso estén presentes en el tiempo futuro / Y tal vez el futuro lo contenga el pasado. / Si todo tiempo es un presente eterno / Todo tiempo es irredimible. Advierto en la estrategia de los años sesenta la sinergia del cotidiano con mantel y mitologías de pilares culturales occidentales; decir de otra manera lo indecible, circular en memorias de mayor respiración, empecinarse en el refugio del secreto apalabrado y la clave hermética que conecta a los elegidos. Ese relato mítico del combate con lanza es imaginería sobre orígenes del cristianismo, invoca el soldado romano convertido y mártir, advierte de animales fantásticos evadidos del delirio, pesadillas, temores y la imaginación de los hombres; la obsesión figurativa del episodio que inspiró a Paolo Ucello, Carpaccio, Rafael Sanzio y Tintoretto. Entonces nuestro Jorge formula la pregunta suya y de más nadie en modo epifanía poética. Síntesis, punto de apoyo, número cabalístico y escondida senda al releer su obra, río irrepetible de presocráticos fluyendo en paisajes lunares de Anatolia y arcano del proyecto literario. “¿Montevideo o Capadocia?” Es en esa duda más sacra que cartesiana, interrogante de profeta donde asoma la voluntad de fusionar la vida suya con otras que lo precedieron; observar la rutina con el resplandor de la leyenda dorada, versificando de la anomalía y dictando clases, porque cual la generación de las hojas así la de los hombres… Añorando mitologías que fueron y revelan lo que somos, en salones del IPA y al final de la escalera en la calle Cufré: ¿me explico?

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Cuando llegues a Madrid”

con las manos vacías / las islas de Cabo Verde / el segundo sol de Barajas / Pensión Pilar 4° izquierda / el poema diecinueve / algo a trasluz

ASTILLERO

“El arte de comparar”

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

IV

El precio de un libro

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

DÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Agosto 2022

AGOSTO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Las llamadas adicionales

Der tod un das Mädchen

VISITANTES

Ramiro Sanchiz

“Árboles en la noche”

“Creo que ustedes saben de qué estoy hablando: la noche de Federico Sthal es la 666 de las mil y una noches de Sherezade, la noche love/hate del cazador, de la iguana y la notte de Antonioni, noche oscura del alma y Los Estómagos cuando el eclipse informático, la noche de Carlos Wieder y las hermanas Garmendia, la noche Solaris que pudo inspirar a Ferdinand el largo viaje hacia su final, la del día menos pensado y The night before del 65. Los árboles de Ramiro Sanchiz alucinan Pinamar en el verano de 1988 y exorcizan The blair witch project, son el árbol Bohdi de la iluminación Shiddarta, los árboles de Valinor y el bosque reptante de Birnam, el árbol de Sleepy Hollow, de Kaulder el ultimo cazador de brujas, los doce sicomoros de Twin Peaks cantados por Jimmy Scott, el ombú clonador de niños muertos en Punta de Piedra y el ombú portal hacia la oscura ciudad de Cacodelphia en Adán Buenosayres.”

Philip K. Dick

Salirse de uno mismo: el proyecto literario de Ramiro Sanchiz.

Las imitaciones, título de una de las novelas de lo que se puede llamar el período de madurez de Ramiro Sanchiz (que comienza, probablemente, con la publicación de El orden del mundo y se extiende hasta el presente), podría bien ser el nombre de todo su proyecto literario. Reiteraciones de esa misma idea están en otros libros, como El gato y la entropía #12 & 35, en el que los números finales —tomados de la canción de Bob Dylan— suponen la existencia (aunque sea potencial) de otras posibilidades, versiones, traducciones, o en el cuento aquí publicado, “Árboles en la noche”, que conoce ya varias iteraciones. En efecto, el nombre del texto designa una serie de variaciones que han sido publicadas, según una modalidad característica del autor, en diversas publicaciones a lo largo y ancho del mundo hispanófono y que ofrecen, en distintas tonalidades, un mismo tema.

Federico Stahl funciona de este modo como máquina narrativa, como entidad jamás idéntica a sí misma, como sujeto infinitamente maleable (y por eso, en algún sentido, anti-sujeto) en un multiverso siempre en expansión. Cada una de sus aventuras (y la palabra no es azarosa) se presenta así como un instante de un movimiento no continuo, fluctuante, como copia de copia que eleva la escritura a un arte del vaciamiento, estocada final contra la psicologización agonizante. En uno de los mundos posibles, de este modo, Stahl se apaga pero solo para eclipsar al resto en otro o para irradiar sobre alguna ficción pasada, que se retoma con cambios ligeros que la muestran, para seguir con la metáfora, bajo otra luz. Esto es puesto en práctica de forma condensada, por citar un cuento, en “All Tomorrow’s Parties”, en el que el fin del mundo superpone los muchos avatares de Stahl, que se abisma ante la monstruosa percepción de sí mismo, esa vista al espejo reveladora del hueco de una cara.

Eterno protagonista, Stahl está vinculado con insistencia a algún área de la creación (es alternativa o simultáneamente músico, periodista, escritor, etc.) que Sanchiz ha recorrido, lo que posibilita, entre otras cosas, que pueda ser leído además como un alter ego del autor, o como otra variante del escritor que deambula, a su vez, en ficciones como Guitarra negra con su nombre legal y otras máscaras. Esto, sumado a las múltiples menciones a personas de existencia histórica comprobable, hace que las interconexiones entre el mundo ficticio y el otro (el nuestro, por decirle de algún modo), sean a la vez evidentes y, por su carácter ligeramente interferido, ominosas. Así, la ciudad de Ventomedio, el balneario Punta de Piedra, o personajes como Emilio Scarone, escritor sin obra, apenas ocultan sus “referentes” y provocan el deseo en el lector curioso de intentar decodificarlos, llevándolo, en este intento, a ver las oscuras lagunas que los separan de la realidad que construye el realismo y las convenciones de lo verosímil.

Es que Sanchiz se mueve empecinadamente en los márgenes (ciencia ficción, weird, horror) y lo hace a la vez como crítico (en la prensa o en su vertiente ensayística), como traductor y como narrador, estableciendo en sus libros cada vez más dichosamente híbridos un linaje de pensamiento en el que participa de modo siempre conflictivo. En ese sentido, su trabajo está cuidadosamente articulado y siempre incluye (por momentos, en gestos de deliberado homenaje o de esa forma suprema del homenaje que es la parodia) citas y comentarios sobre la tradición en la que se quiere ubicar, una tradición que devora a los clásicos modernos —Melville, Mallarmé, Proust, Joyce— y los alea con los desperdicios más deslumbrantes de la sociedad de consumo. No son extrañas, por eso, las referencias culturales, en un sentido muy general, que incluye música pop, programas de TV, videojuegos, personajes literarios, películas.

En esa fascinación por la figura del ícono, en la producción incansable y en el espíritu reiterativo y secuencial, que rehúye del ideal romántico del “artista” inspirado, Sanchiz se puede ubicar en una constelación de artistas que, desde comienzos de la modernidad, han buscado destruir los cimientos que la sostienen sirviéndose de sus propios relatos y mitos de origen. Pero es, al mismo tiempo, esta obstinada preocupación por la construcción de la memoria y sus relaciones con la ficción (evidente en novelas como Verde, por ejemplo), su búsqueda constante de una problematización del binomio de oposición relativa “cultura/naturaleza” (discutido con maestría en la por el momento inédita Un pianista de provincias), su combate contra las definiciones corrientes de lo que nos define de manera siempre provisoria como humanos y la visión y ejecución de su ambicioso proyecto literario lo que lo convierten, más allá de las taxonomías, en un autor proteico y originalísimo.*

Francisco Álvez Francese

* Una versión de este texto fue publicada en el libro Narrativa Nativa, de Agustín Acevedo Kanopa, Lucía Germano y Mauro Martella (Montevideo: Estuario, 2018).

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo XII a Capítulo XVI

ENSAYOS CRÍTICOS

La novela de Carlos Tomatis

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Julio 2022

JULIO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

La tele de Babel

Lola de Lodz

VISITANTES

Guillermo Álvarez Castro

Tres cuentos de “Pequeña música nocturna” y el prólogo de Mercedes Estramil

Ocho años antes hubo un libro en edición mimeógrafo, pero fue a los 35 años que el nombre y la prosa de Guillermo Álvarez Castro se hicieron conocer. Con la novela “Canción de Severino”, ganó en 1985 el concurso de la 26 Feria Nacional de Libros y Grabados. La esquina de Rivera y Bulevar -antigua casona de Baldomir- era una fiesta aquel mes de diciembre y estábamos todos en la primera Feria después de los años verdes; euforia manifiesta por la salida negociada de una pesadilla colectiva, había avidez por leer las novedades y negociar artesanías, se veían rostros marcados de todos los horizontes, en tanto circulaba cierta inquietante extrañeza. Los dedos sonaban como nuevos dentro del cubilete, había que hacer cola en el despacho de bebidas, se hacían planes para el verano del 86 y maliciábamos que otras aguas bajaban turbias: nada sería como antes.

Después de esa salida ganadora, Guillermo siguió escribiendo cuando sentía que tenía algo para decir y como buen escritor uruguayo fue publicando salteado; igual tiene algunos logros codiciados a destacar. Emulando a los admirados Spencer Tracy, Gary Cooper y Marlon Brando que recibieron dos veces la estatuilla Oscar, él ganó dos veces el premio de lectores de Banda Oriental. Primero en 2008 y más cerca de nosotros en el año 2021 con “Pequeña música nocturna”, de dónde provienen los relatos presentados en La Coquette; de paso, agradecemos a la gente de la calle Gaboto la autorización a reproducir los textos. Ese concurso siempre renovado, sigue siendo la mejor oportunidad para darse a conocer que tenemos los escritores uruguayos, desde el año 1969 cuando Omar Prego Gadea ganó el primer llamado con “Los dientes del viento”

Del libro casi todo está dicho en el estupendo prólogo de Mercedes Estramil, cuya empatía de tertuliana de los lunes se asocia a una mirada crítica certera -dueña versada en ardides narrativos- sobre la tribu familiar desmembrada y la perpleja vanidad masculina cuando acechan los cuarteles de invierno: “Quedarse en la puerta, por ejemplo, que el libro retrata el mundo de los afectos, dividido acaso en tres o cuatro categorías: las relaciones de pareja, la relación abuelo – nieto, padres – hijos, y quizá (allá al fondo) un bestiario que reclama simbólicamente su lugar en el corazón de los protagonistas, animales también, cargados de instinto.” Es así en los tres cuentos seleccionados, donde vemos obrando la dialéctica de la Historia pasando por encima de seres malogrados, criaturas indefensas a la intemperie en medio del temporal. Hoy un juramento y mañana una traición ya no sólo entre estudiantes, mujeres que se buscan a tientas y rescoldos varoniles en peones rurales, el picado entre un clone mancado de Lev Yashin y el abuelo del Nico que nunca pudo ser Pedro Virgilio Rocha, una excursión al norte de Comala para abrir los portales acuáticos al más allá.

Hay algo en el conjunto del tango “Desencuentro” cantado por Elba Berón, como también puede leerse en la novela “Amparo y el galope de los caballos muertos” (2020): “Cuando Sánchez fue detenido por primera vez, los tatuajes eran propios de marinos -anclas, nombres de mujer- o la gente del bajo o de la cárcel, no de mujeres como aquella.” Quienes tuvimos la felicidad de leer su novela “Celebración”, podemos agregar algunas pistas explotables sin confirmación oficial. Se dice o comenta sin levantar la voz, que tiene Guillermo algo de bohemio por el lado Montevideo Wanderers, lecturas fundadoras de “El hijo” de Horacio Quiroga, una poética del árbol traslúcido in progress, desembarcó en la capital el año 55 por el lado de Punta de las Carretas, pasó la educación sentimental entre parientas, vecinas y comadres, como Carlos Lyra tiene influencia del jazz sublimando el cometa Cab Calloway en los carnavales de 1951. La infancia era el paraíso perdido pues nadie estaba muerto, con los libros de otros aventureros escritores uno puede armar su propia memoria viva escuchando baladas de Frankie Laine y toda familia tiene su buhardilla de secretos que huelen como Dinamarca. Fue así, porque los porrazos del aprendizaje sucedieron entre Maracaná y la revolución cubana, la caída de Perón en la plaza de Mayo y el Partido Nacional llegando al poder, el estreno de “A la hora señalada” de 1954 y las inundaciones del río Uruguay. Fueron años de cercos y glicinas, de Grimoldi la marca del medio punto, del gallego Walter Taibo bajo los tres palos, La Mañana y El Diario voceados en veredas de la calle Ellauri y Dogomar con 24 abriles, subiendo al ring del Luna Park a fajarse con el moreno Archie Moore. ¿Fue en 1949 que se fundó El Galpón?

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo VII a Capítulo XI

LIBRERÍA LAS NUBES

Pablo Silva Olazábal
Discurso ante la Academia
Ficha 7
“La vida amorosa de Telonius Monk”

El pasado 15 de junio la Academia Nacional de Letras otorgó al programa radial La Máquina de Pensar (Radio Cultura 1290AM) el Premio Día Nacional del Libro, una distinción que se brinda desde 2007 a los defensores del libro y que ha premiado a personalidades como Nancy Bacelo, Heber Raviolo o Eduardo Galeano. El siguiente es el discurso de aceptación que leyó Pablo Silva Olazábal.

Una conversación colectiva y secreta

Sr. Presidente de la Academia Nacional de Letras, Señores Académicos, Señoras y Señores, amigos y familiares

Es para mí un honor estar hoy en esta casa, que me gusta pensar es del pensamiento, y mucho más por este motivo. No sé si La Máquina de Pensar se merece este premio, pero sí sé que, en nombre del equipo que hacemos el programa, que me pone muy contento recibirlo. En estos días no han parado de llegar saludos y cariños de mucha gente, incluso desde fuera del país, y no todos uruguayos. Es una señal, pienso yo, de la importancia que tiene la Academia Nacional de Letras.

Hace unas semanas, en España, en una terraza de Parque del Oeste, bajo el calor de la primavera de Madrid, el poeta Jordi Doce me decía algo que comparto: la literatura es una conversación; una conversación que el libro mantiene no solo con el lector sino con todo el sistema literario: críticos, comentaristas, editores, académicos, periodistas, libreros, docentes, estudiantes y un largo etcétera. Hace unos días Roberto Appratto agregaba que antes de esa conversación hay un diálogo previo, y es el que el autor mantiene consigo mismo, o con la obra, mientras la escribe o intenta escribirla. La circulación de los libros es entonces eso: una conversación colectiva y secreta que se produce la mayor parte de las veces en silencio, o en círculos restringidos, pero que es necesaria no solo para la buena salud de literatura, sino también para toda la sociedad en su conjunto. Si perdemos de vista que los graves problemas de seguridad ciudadana que hoy atraviesa nuestro país tienen bases culturales y por tanto son (también) un problema cultural que debe ser encarado culturalmente, es difícil que logremos avanzar en soluciones significativas. Los libros, más allá de su calidad, representan la complejidad y la violencia siempre es lo contrario, el atajo y la simplificación brutal. El libro brinda esa complejidad porque es un soporte y una tecnología que exige un esfuerzo cognitivo especial del lector. Frente a él hay que tener un papel más activo que, por ejemplo, cuando estamos frente a una pantalla. No es lo mismo recibir una bella imagen con una exquisita banda sonora que crearla en el silencio mental más absoluto y con los únicos recursos que tenemos dentro del teatro de nuestra mente, todo esto partiendo solo de signos, de letras, de palabras. Se requiere un esfuerzo, claro, y es necesaria una disposición, incluso una actitud corporal. Cuesta más, pero por eso mismo la recompensa puede ser mayor: la imagen que logramos es única y nuestra porque es personal.

Estamos en momentos de profundos cambios civilizatorios donde, siguiendo la frase célebre del siglo XIX, todo lo sólido parece desvanecerse en el aire. Todo está en cuestión. En un libro reciente que el pensador español Jesús García Cívico me obsequió en Valencia, se cita al gran crítico George Steiner, quien en el año 2001 sostuvo, en un curso de Harvard, lo siguiente: “yo describiría nuestra época como la era de la irreverencia. (…) La admiración, y mucho más la veneración, se ha quedado anticuada. Somos adictos a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo”. No sé si suscribo estas palabras tan duras de Steiner, pero el panorama que describe el libro de García Cívico parece claro: hay relativismo extremo, crisis de autoridad y declive de las jerarquías tradicionales que están dando paso a una nueva horizontalidad, donde (sic) “los sentimientos se exacerban y no solo preceden a las razones sino que también las sustituyen”.

Por cierto, el libro se llama Ficciones, las justas (Ed. Contrabando) y aborda distintos aspectos de la cultura de la cancelación; en él se cita el caso de Edison Cavani y se hace especial mención a la intervención que realizó en su momento la Academia Nacional de Letras sobre este tema, aclarando que “negrito” no es, en el contexto uruguayo, una palabra racista (el amigo aludido por Cavani ni siquiera era negro). Jordi Doce me comentaba en esa charla que otra clase de atajos ha empezado a aparecer en el mundo del libro, increíblemente en el ámbito de la poesía, y que proviene de las cada vez más poderosas redes sociales (que son, hay que tenerlo presente, un instrumento, un medio, y no el eje del mal). Mencionó varios ejemplos de España donde poetas han ganado concursos gracias a que cuentan con centenares de miles de seguidores en las redes. (El premio Espasa de poesía 2020 fue para un poeta venezolano que tiene casi 800.000 seguidores en Twitter). 

Pienso que esto de por sí no es malo, son otros sitios desde donde crear y difundir poesía, pero siempre y cuando se continúe, aunque sea desde otro lado, la conversación que el libro mantiene con el sistema literario para su circulación y asimilación social. El peligro puede aparecer si el autor cree que puede sustituir esa charla hablando directamente con los lectores. Es algo parecido a lo que afirman los líderes populistas, cuando sostienen que ellos hablan directamente con la gente, y no necesitan la intermediación de ningún sistema representativo. Cuando se habla directamente con la gente no hay diálogo sino algo muy parecido al monólogo. Y otra vez, el peligro está en que la larga conversación que genera la literatura comience a debilitarse.

Vivimos tiempos de aceleración y de dispersión, que atentan no sé si contra el libro, pero sí contra un modo de leer. El poeta uruguayo Eduardo Espina sostiene en su último libro de ensayo, que se llama Libro albedrío, que a los estudiantes universitarios de EE. UU y de China les cuesta cada vez más concentrarse en una sola novela. Se trata de estudiantes de letras, especializados, que no recuerdan los nombres de todos los personajes, por la dispersión mental a la que están habituados. Vivimos tiempos de personas que leen todo el día, pero nunca libros. Este modo de leer, dice Espina, deslizante, sincopado y saltarín, puede ser bueno para la poesía, pero es mortal para la narrativa. Frente a estas incertidumbres y otras más, que no hay otra postura que la de sostener porfiadamente la necesidad de llevar a cabo la conversación literaria, abriendo espacios para que continúe y se practique constantemente.

Los medios de comunicación, en particular la radio, han tenido desde siempre un papel relevante en esta charla. En la actualidad, salvo honrosas y por suerte conocidas excepciones, parece predominar en las radios privadas la apertura hacia el entretenimiento y el espectáculo como si fueran los únicos sectores de la cultura, cuando no lo son. En este sentido las radios de los Medios Públicos cumplen una labor indispensable para alimentar esa larga conversación que necesita el libro. Los posibles méritos que pueda tener La Máquina de Pensar durante estos doce años de permanencia en el aire, no se pueden explicar si no fueran porque está incluida y albergada en otro proyecto mayor, los Medios Públicos, que antes llamábamos las antiguas radios del Sodre, un proyecto que se modernizó cuando pasó a llamarse Radio Uruguay junto a las demás emisoras, y que continúa hasta hoy. Desde setiembre del año pasado La Máquina de Pensar está en Radio Cultura, un nuevo proyecto coordinado por Gustavo Rey, un hombre de larga trayectoria en los medios y con sensibilidad artística; este proyecto intenta ser una fuerte apuesta que contraviene la tendencia predominante en el espectro radial. Programas como El Tungue LéEfecto Mariposa o nuevas propuestas (dentro de los Medios Públicos) como La canoa o Serendipia, por mencionar solo algunos programas, apuntan y apuntalan una tradición que debería fortalecerse y renovarse llegando a todos los rincones del país y no solo a Montevideo. Pienso que este premio los incluye a todos, igual que incluye a los trabajadores de los Medios Públicos que hacen posible el viejo milagro de la comunicación. En especial tengo que mencionar a Carolina de Cuadro, la productora con la que planificamos día a día la programación, y también a los 41 columnistas, casi todos escritores, que a lo largo de estos doce años han colaborado para La Máquina de Pensar sea lo que es: un agradable espacio de conversación.

Antes de terminar quiero compartir un recuerdo personal, evocar a un oyente muy especial, el periodista y escritor Andrés Capelán, un amigo que se puso al hombro la tarea de crear primero el blog de La Máquina de Pensar, que hoy tiene más de medio millón de visitas y más tarde el canal de Youtube de La Máquina, con casi 1.600 suscriptores. De manera honoraria y exclusivamente por amor a la cultura, Andrés dedicó los últimos años de su vida a trabajar en este objetivo. Llegó a subir él solo a Youtube todos los programas que van desde 2010 al 2018, hasta que murió en 2019. Estoy seguro que le hubiera encantado estar acá y ver este premio, del que quiero pensar que no es más que otro momento, y perdonen que sea tan repetitivo, un momento feliz, en una conversación que nos ha precedido y que seguirá y continuará mucho tiempo después de que todos nos hayamos ido. Muchas gracias 

Pablo Silva Olazábal / 15 de junio de 2022.

ASTILLERO

El arte de comparar
(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

III) Las torres de Babel

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Junio 2022

JUNIO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Flash-Back

Post Scriptum

VISITANTES

Juan Introini

“El jarrón” / “Descartes” /

2 fragmentos de “La tumba”

En algunos casos, la conocida figura del iceberg relativa a los cuentos puede aplicarse a determinados escritores, lo mismo que la distinción borgeana entre obra visible e invisible. Juan Introini nació en Montevideo en 1948, creció en el barrio Reducto y vivió gran de su vida en la Roma Antigua; fue alumno de Vicente O. Cicalese en las declinaciones dominus, domini, domine, dominum… hermano de adopción del querido Jorge Cuinat y del poeta Alfredo Fressia. Falleció hace casi diez años en el año 2013 y la nostalgia con ediciones Les Belles Lettres del Uruguay literario lo echa de menos.

Juan tenía una secreta aspiración a la belleza clásica y fascinación recurrente por personajes desclasados, dudas porfiadas entre el mandato con águila del Imperium Romanum y la proximidad de la masa en mercados o ferias, que interrogaba Publio Virgilio Marón -nacido en Andes, y calle cerca del mare nostrum donde Introini supo levantar campamento con sus legiones- al comienzo de la novela de Hermann Broch. Tenía una agradable conversación de ágora y siendo latinista dominaba los orígenes de nuestra lengua que suponemos sin historia, sabía que la construcción del hombre nuevo es una aspiración tan vieja como las tribus del Latium; sobre las tesis relativas a la decadencia de la modernidad, marcaba la distancia sarcástica de quien leyó a Edward Gibbon y Theodor Mommsen. Durante su sesenta y cinco años de existencia Introini fue licenciado de la Facultad de Humanidades, Filólogo, Egresado del Ipa en literatura, latinista, dirigió el departamento de Filología Clásica, traductor de Séneca entre otros, académico. Se lo veía seguido en la confitería Carrera a la hora del almuerzo y en el Sorocabana a cualquier hora; supo amar cives y plebeyas, patricias y libertas, poetisas con quienes conversar en el triclinio sobre su pasión predominante que fue la escritura.

El escritor Introini publicó tres libros de cuentos, “El intruso” (1989), “La llave de plata” (1995) y “Enmascarado” (2007) y dos novelas: “La tumba” (2002) y “El canto de los alacranes” (2013). De todo ese mundo trata la exégesis de Oscar Brando, que glosa la selección de textos de Introni presentes en La Coquette en junio MMXXII.  Su obra narrativa es portadora de conspiraciones apropiadas a los idus de marzo, le reveló el genius loci a boliches de atardeceres montevideanos, supo que no hay Roma eterna sin inframundos entre los ríos Aqueronte y Estigio, mientras algunas almas insumisas -durante la travesía sin retorno- escandalizan la barca de Caronte; para entender la rareza de sus personajes, más que los estudios de género habría que leer a Petronio, rebobinar el Satyricon de Federico Fellini con sus distorsiones anatómicas del hombre de Vitruvio. Dejó las cosas claras en su discurso de ingreso a la Academia Nacional del 1° de octubre del 2012: “La inmersión en una cultura tan antigua, como la grecolatina, supone un viaje no meramente erudito, no meramente hedonista de un modo “light” (tal como estamos acostumbrados en muchas formas de la cultura actual), sino un viaje hacia una belleza profunda y también hacia el horror que late en el fondo de la condición humana.”

Oscar Brando

“Genio y figura: la narrativa de Juan Introini”

Oscar Brando retorna al karaoke de La Coquette, lo que puede parecer casualidad y no tanto. La obra literaria escrita siendo medular es breve de no haber un aparato crítico social que la sustente; a veces, ese salto lo dan los docentes de literatura mediante la investigación, como ocurrió aquí mismo en abril 22 cuando se juntaron Cristina Peri Rossi y Néstor Sanguinetti. Para las nuevas generaciones de escritores, Brando cumple la tarea de nexo y legitimación que antes se llamaba Ángel Rama, Raviolo reinando en la calle Gaboto, Rodríguez Monegal, Graciela Mántaras, Hugo García Robles. La literatura uruguaya es mejor cuando se escuchan las voces de Augusto Bonardo en “La gente”, las presentaciones de Hugo Castillo, “Café negro” de Mario Delgado Aparaín, “La habitación china” de Carlos Reherman y ahora “La máquina de pensar” de Pablo Silva Olazábal. La labor de Brando se inscribe en la tradición plural de la crítica uruguaya; estuvo cerca de las grandes editoriales del auge del siglo pasado y se lo veía en Arca -allá abajo en la calle Andes, a una cuadra de donde vivió Introni- preparando galeras de diccionarios y poemas de Benedetti. Siempre estuvo presente en mesas redondas como escucha y en presentaciones de libros tomando la palabra; a la labor docente le sumó la tarea crítica en sus dos vertientes: de salida en caliente, dando cuenta del presente de la ciudad letrada y la de ensayista de largo aliento, como bien lo saben los lectores de Saer y Morosoli. Fue editor él mismo con el sello “El caballo perdido” donde Introni sumó dos títulos al catálogo.

A Juan lo conoció de la vuelta urbana y por amigos comunes, lo editó porque sus libros salidos de Tradinco son pruebas de amistad; conversaron aquel viernes 2 de agosto del año 2002 de helicópteros sobre Montevideo e inolvidable para todos los que estábamos esa noche en la casa de Carina y Oscar. Escribió sobre Juan un largo ensayo -aquí reproducido- y quizá la mejor entrada a su obra de ficción, comunicación leída en el congreso de APLU -asociación de profesores de literatura del Uruguay- del 2014 dedicado a “Literaturas infernales”. Ante una obra no tan breve como aparente y minada de incitación a lecturas paralelas, Brando se aplicó a la tarea de organizar su red intertextual, el catálogo temático freudiano, arsenal de estrategias narrativas, apuntes de mundos paralelos, diagnóstico de obsesiones, transgresiones del orden espacio temporal tan presentes en la obra de Juan e intentos prudentes pero audaces de explicación de texto. Resalta el arrabal de mundos cerrados autosuficientes y patologías amenazantes, que tienen por misión de vida forzar la realidad escenificando las peores pesadillas. Los inframundos uruguayos están a la vuelta de la esquina nos advierten el escritor y su exégeta; alcanza con despertar torcido en el medio del camino de la vida en una selva oscura -la calle Yaguarón, la cartografía Sandy Mac de mostradores, el ars amandi de muchachas perturbadas o la confusión axiológica pueden ser las tales selvas- y hallar un guía sin bautizo que indique el itinerario del viernes santo. En la comedia de Introini, el Purgatorio es un tercer reino incontestable, ante el Paraíso son mucho los llamados y pocos los elegidos; para acceder al Infierno con los ojos abiertos, en cambio, es suficiente con haber vivido, explorado la noche, frecuentado tertulias cargadas y haber traducido un verso invisible, flotando en la puerta del Mincho Bar, cuando aún existía en la calle Yi 1390: Lasciate ogne speranza, voi ch’entrate.

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo I a Capítulo VI

LIBRERÍA LAS NUBES

Ingrid Tempel

“Escribir lejos”

Ingrid Tempel nació en Montevideo y reside en París; fue de las primeras visitantes de La Coquette en su condición de poeta y hoy se instala en la librería Las Nubes con un libro de relatos en su más reciente configuración. La suya es una historia frecuente de mujer uruguaya hasta los veintiséis años, cuando comenzó la experiencia del exilio; por entonces estaba casada con Pancho Graells, artista y caricaturista de medios de izquierda. Marcha, De Frente, otras publicaciones del humor opinando como La Balota y que adquirió notoriedad -si nuestra memoria está en lo cierto- con una adaptación de El Reyecito a la figura de Jorge “el bocha” Pacheco Areco: ya por entonces el trazo caricatural sobre papel tenía consecuencias. Primero fueron dos años en Buenos aires, el viaje al exilio siguió con una estadía de ocho años en Caracas (donde Pancho había nacido en 1944 y tenía familia) y luego desde 1983 la decisión París. A la historia de la escritora periodista la precede la crónica de la familia. Ingrid es hija de Iry Tempel, judío polaco y únicos sobrevivientes junto con su hermano Herman, de una familia devastada durante el Holocausto; luego fue la bifurcación obligada de los hermanos. Herman viajó a París: “Durante la segunda guerra mundial mi tío Herman Tempel viajó a Londres y se enroló con las Fuerzas Francesas Libres de De Gaulle, a las cuales acompañó como médico”. Iry emigró a Montevideo donde formó familia. “Mi madre, Anita Kaufman, era judía alemana. No pudo hacer estudios debido al antisemitismo. Trabajaba en la casa del embajador de Paraguay en Berlín, el general Schenoni. El embajador adoptó a mi madre y le dio pasaportes paraguayos para que pudiera escapar con su hermana (mi tía Mary) y sus padres, creo que en 1942.” Los viajes como presagio y fatalidad, el mandato de hablar de la familia y contar lo visto comenzó para Tempel antes del golpe de estado; siguió luego en las horas hurtadas al periodismo en el servicio para América Latina y España de la agencia France-Presse, donde trabajó hasta hace pocos años. “Los poemas, los cuentos y las novelas se convierten entonces en el instrumento de mi supervivencia; la escritora deja de ser una turista para analizar, a la luz de la Historia, los acontecimientos del país donde vive o las ciudades que visita.”

En prosa Ingrid publicó las novelas “Mueca ante un espejo oscuro” (2010) y “Maia en la ausencia” (2016), además de estar presentes en varias antologías. Los relatos de “Escribir lejos” dan cuenta de las travesías referidas; asumiendo itinerarios dispares conectados como los vuelos en la narrativa. Uno orientado a otros ámbitos y contextos de los del lugar de origen; otro al laberinto de la familia, dudando sobre qué camino emprender, buscando en cada texto la salida si ello fuera posible, con el hilo narrativo en una mano para evitar perderse como los ancestros, topando despojos de los sacrificados en el avance y el temor presentido de comprobar si la criatura del centro tendrá apariencia similar al monstruo rondando las pesadillas. “Los cuentos fueron escritos en el exilio mientras, como muchos escritores, daba la prioridad a mi familia, a la necesidad de tener un trabajo remunerado y estable. Pero esas migraciones y lecturas, así como los viajes, enriquecen también el contenido de mi obra.”

ASTILLERO

El arte de comparar
(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

I) A manera de prólogo
II) Señores, hagan juego

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Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Mayo 2022

MAYO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

ASA / Saint-Nazaire

VISITANTES

Salvador Bécquer Puig

Tendríamos que redimir otra manera de considerar los cursores del tiempo colectivo reordenando efemérides; como ello parece al presente improbable, debemos plegarnos con porfía a la convivencia de calendarios paralelos, parciales y que afectan a pocos. Para quienes aún se interesan por la escritura y pertenecen al círculo de poetas desaparecidos, el 3 de marzo de 2009 fue un día desconcertante: murió el poeta Salvador Puig y sucedía la transmigración del cuerpo a los textos. Su viaje lo emprendió setenta años antes, con augurios en los astros que marcaban un destino a la usanza de trovadores provenzales. Salvador Bécquer -el segundo nombre es parte de los indicios- nació en 1939, uno de los años más uruguayos del calendario gregoriano: publicación de “El pozo” de Onetti, primera vuelta ciclista del Uruguay y episodio cósmico del acorazado de bolsillo Graf Spee.  Luego de años de infancia y peregrinación adolescente se diseña su biografía específica; varón de camisa blanca y corbata, buena facha, sonrisa robadora y aquerenciado en el país porque así debía ser. Una vida con anécdotas salteadas sobreviviendo en el periodismo, la locución y la estremecedora intuición de que todo debía aventurarse al servicio sacrificial de la poesía. Nunca sabremos si alcanzó el sueño de la infancia, que siempre se aleja del presente como el endecasílabo del horizonte; de ahí debe derivar la obstinación de la herida absurda discepoliana en sus estaciones. En el intento discreto por durar -como diría su amigo Juan Carlos Macedo- está la poesía, que dice del amor, la amistad, la historia y quizá más de la poesía misma.

Puig dio cuenta de su pasaje por la vida y ello tiene algo de admirable; era una voz doble oral y escrita, se lo podía ver cada día recorriendo las calles céntricas de Montevideo como pez en el agua, en algunos cafés silencioso pensando la variante montevideana del “Howl” de Allen Ginsberg, en los estudios de grabación -entresuelo del Palacio Salvo- como locutor soñando acaso con Apollinaire y Paul Celan leyendo ante un micrófono, ambos enajenados por el puente Mirabeau que lleva al tercer reino. Le escribió a Hernán Puig, pues un poeta debe decir sus coplas a la muerte del padre; se advierte en sus versos la nostalgia clásica a lo Eliot y Pound, un saberse montevideano en tránsito como Laforgue, cierto evocar la bohemia novecentista del divino Julito, sentir a lo alemán la espina romántica, entonar himnos a la noche, buscar la playa que nos recuerde a Duino, tomarse una con Bob Dylan y Dylan Thomas. Demasiada responsabilidad eso de leer a tantos desesperados siendo al tiempo uno irrepetible sabiendo que la lucha es cruel y es mucha. Isidore Ducasse ya había pagado el precio fuerte de nacer uruguayo, su proyecto obsesivo y discreto Puig lo cargó hasta el tramo final por aquello de hacer camino al andar. Tampoco era sencillo ser el Paris varonil en La Coquette y elegir con la manzana de la discordia entre diosas amazónicas de la poesía uruguaya:

SI TUVIERA QUE APOSTAR
lo haría
por la poesía

dejó dicho o ser la voz órfica para ir a buscarla a Erato siempre tan huidiza, aunque haya que abrir las puertas del Infierno si fuera necesario. Desde sus primeros principios Salvador fue amigo de Alfredo Zitarrosa, que entonó “es que la gola se va… y la fama es puro cuento…” -con las cuerdas de Labrín, Amaya, Porcel y del Prado-; presentó en Montevideo a Nat King Cole cuando cantó “Stardust” y el polvo estrellas de Alabama cayó sobre nosotros.

Rosario Peyrú seleccionó los poemas subidos al sitio y Alicia Migdal autorizó retomar su cronología.

Alicia Migdal

Alicia Midgal entre otras muchas cosas, es egresada del IPA en literatura; antes cruzó el charco: “Sola por Buenos Aires, a los catorce años, en una confitería de Corrientes y San Martín, por los mismos meses que Eichmann era juzgado y estaba a punto de ser ahorcado en Jerusalén después de su existencia clandestina en el sur de Borges y Perón.” Luego fue crítica de cine en aquellos años apagados, responsable de culturales en La Semana, el suplemento tan esperado que salía los sábados con El Dia. Desde 1981 – “Mascarones”, editado por Arca- escribió varios libros, conoce a fondo la biografía de Kafka de Reiner Stach y la iconografía praguense de Klaus Wagenbach, tiene su propia versión del Odradek y le gusta escuchar Speak Low de Kurt Weill; puede si lo decide recitar a Baudelaire:

Comme un vaisseau qui prend le large,
Et dans mon cœur qu’ils soûleront
Tes chers sanglants retentiront
Comme un tambour qui bat la charge !

Una temporada hace unos quince años, ella hizo un alto en sus historias de cuartos y cuerpos para hacer hablar y escuchar al poeta Salvador Puig sobre sus cosas. Rearmó paciente, mediante entrevistas y notas una cronología íntima, sentimental y literaria del autor de “Lugar a dudas”. En tanto aguardamos nuestros Stach orientales y refutando la amnesia definitiva, su trabajo reeditado en este mayo 2022 es gesto de amistad entre poetas, calendario de recordación colectiva, por si la ciudad sin nombre olvida dialogar con las voces idas.

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Brignogan-Plages”

LIBRERÍA LAS NUBES

Hugo Burel

“Variaciones sobre Hemingway”

Hugo Burel nació en marzo de 1951 del lado de Aries, publicó por el momento algo así como cuatro libros de relatos y diecinueve novelas, ganó varios premios entre ellos el Lengua de Trapo con “El guerrero del crepúsculo” y “El corredor nocturno” fue llevada al cine en 2009 con la dirección de Gerardo Herrero. Con el autor festejamos la salida de su primer libro de relatos “Esperando a la pianista” -allá por el 1983- con un almuerzo en el bar Jauja de la calle Bartolomé Mitre de la Ciudad Vieja. Cuarenta años más tarde, celebramos la salida de “Variaciones sobre Hemingway” en La Coquette que atesora el gusto infinito del Gin Fizz del Jauja y para la ocasión Hugo escribió lo que sigue:

Entre mis autores de referencia permanente hay tres muy importantes que admiro por distintas razones: Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Ernest Hemingway. Los dos primeros se parecen en varios aspectos: la excelsa calidad de su escritura, la imaginación al servicio de ella y una vida exenta de ribetes sensacionales o épicos. Además, son para mí los dos más grandes escritores del siglo XX.

En otro registro, Hemingway representa otro tipo de autor, si se quiere más “realista” que los otros y dotado de una prosa poderosa, directa y seca, acorde con los postulados de la famosa teoría del iceberg que el escritor ha enunciado: una obra debe mostrar un décimo de lo que contiene, los otros nueve están sumergidos y deben ser percibidos sin ser enunciados. Hemingway creía que el significado más profundo de una historia no debería ser evidente en la superficie, sino que debería brillar implícitamente. A eso se suma que la vida de Hemingway es en sí misma una trama paralela a lo que escribió, la cual alimentó bastante su obra de ficción.

Hemingway es el paradigma del escritor famoso no solo por su obra sino por el personaje que hizo de sí mismo y que muchas veces lo antecedió o sustituyó en exceso. El autor nacido en Oak Park Illinois en 1899, puso fin a su vida de un escopetazo en Ketchum, Idaho, el 2 de julio de 1961. Un final acorde a su costado violento y aventurero, al cazador en África, al chofer de ambulancia o corresponsal en dos guerras mundiales y al depresivo que fue al final de su agitada existencia. Si bien siempre disfruté del escritor, reconozco que el personaje me atrajo y lo he visto como una especie de héroe de la literatura. También he aborrecido esa sobreexposición que en una época sin la cobertura mediática que hoy existe, a veces fue excesiva. A partir de esos sentimientos encontrados fue que me propuse escribir sobre Hemingway un tríptico que expresara mi admiración sin caer en los estereotipos ni en la sobada actitud del fan incondicional.

El proyecto se me presentó e inició cuando en un seminario organizado por un colectivo publicitario a propósito de escritura y redacción, seleccioné un cuento de Hemingway para que lo analizáramos con el grupo de jóvenes inscripto. Esa experiencia la recojo en el primero de los cuentos, Gato bajo la lluvia, precisamente el cuento de Hemingway elegido. Con ciertas licencias, lo que allí cuento es real y expresa el rescate de un Hemingway desconocido e ignorado por esos jóvenes.

Cuando ya había terminado ese cuento, en una búsqueda de internet vi una foto que parecía producto de una pesadilla: cerca de 60 individuos que imitaban a Hemingway en el parecido y vestimenta posaban juntos y arracimados en la imagen. La misma pertenecía a uno de los varios concursos que se realizan en el mundo para encontrar sosías de Hem. En el centro de ese grupo estaba el ganador, es decir, el más parecido, sosteniendo una copa. Ese absurdo muestrario de imitadores me dio la idea para el siguiente cuento, El doble, con el cual quise indagar en la búsqueda absurda del parecido con el escritor, sin importar si cada imitador lo ha leído o está interesado por la obra de quien imita. Obviamente, es el único autor que conozco que es imitado en lo exterior a esos límites con certámenes en Florida, La Habana o Pamplona. Creo que la peripecia del protagonista Merryl es el anti homenaje contra el personaje Hemingway sin rozar en absoluto al autor.

Después de escribir sobre la ignorancia y el olvido y transitar el surrealista mundo de la imitación, sentí que necesitaba un tercer relato que de alguna manera pusiera las cosas en su sitio y expresara mi homenaje personal, de escritor a escritor. Es así que concebí La última noche del cazador como la postrer cacería de Hem, perdido en el delirio y la depresión, buscando afanoso la llave del armario de las escopetas de su casa de Idaho y encarando esa búsqueda como la cacería final en la cual la muerte se le acerca como un león en la jungla y él debe cazarlo. Creo que el resultado es uno de mis mejores cuentos y con él siento haber esquivado el lugar común y haberle dado la dignidad que merecía el gesto extremo de Hemingway, por lo general indagado y valorado como una derrota. Eso olvida lo que Hem dijo en el acápite de El viejo y el mar, el último cuento que escribió: “Un hombre pude ser destruido pero no derrotado”. Y eso fue lo que quise reivindicar en Variaciones sobre Hemingway.”

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NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

The BBC Concert Orchestra / “Laurence de Arabia” de Maurice Jarre.

Jennifer López / “El anillo” de E. Barrera, A. Castro, O. Hernández, J. Herrera.

George Gershwin / “I got rhytim” George Gershwin.

Ney Matogrosso / “Rosa de Hiroshima” de Vinicius de Moraes y Gerson Conrad.

Antonio Núñez Montoya “Chocolate” / “Fandangos”, guitarra de Manuel de Palma.

Barbra Streisand / “What are you doing for the rest of your life ?” de Miche Legrand y A. y M. Bergman.

Django Reinhardt / “Nuages” de Django Reinhardt

Richard Galliano Sextet / “Oblivion” de Astor Piazzolla.

Julien Clerc / “Ma préférence” de Jean-Loup Dabadie y Julien Clerc.

Rubén Rada / “Candombe para Gardel” de Rubén Rada.

Osvaldo Pugliese / “Recuerdo” de Osvaldo Pugliese.

Abril 2022

SEGUNDA CARTOGRAFÍA
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EL CLUB DE LOS NARRADORES

Minotauromaquia al claro de luna

-…llamada para míster Prufrock… llamada para míster Prufrock!

VISITANTES

Cristina Peri Rossi

Doce poemas para leer el 22 de abril del año 2022

La visita se comenzó a preparar antes de conocer la atribución del premio Cervantes; este viernes todo lo que siempre se quiso saber sobre Cristina Peri Rossi, estará en la prensa escrita, internet y los medios audiovisuales del área cultural hispánica. Para iniciarse a la aventura de esta uruguaya en la entrega de Abril, los asiduos de La Coquette pueden contar con el valioso ensayo de Néstor Sanguinetti y doce poemas destilados marcando las horas: en la plateada esfera del reloj, las horas que agonizan se niegan a pasar, hay un desfile de extrañas figuras, que me contempla con burlón mirar… solía cantar el entenado de Tacuarembó. El dominio de CPR es de inspiración clásica mediterránea con su propia rosa de los vientos: exilio, navegaciones, lesbianismo, Poiesis. Una de las escenas fundadoras sucede cuando en la biblioteca del tío comunista diferenció libros de mujeres escritores y suicidas: Safo, Alfonsina Storni, Virginia Woolf y decidió romper desde niña el círculo casuístico de esa fatalidad. CPR cursaba el IPA allá por el 63 cuando salió su primer libro “Viviendo”: “Nunca olvidaré a Anglés y Bovet, viejo profesor de Lengua española que fumaba en chala, leía con luz de vela y renegaba del cine sonoro.” Vivió en 19 casas, la travesía del exilio fue su primera salida de la Banda Oriental y había nacido un noviembre noviembre bajo el signo de Escorpio, el octavo pasajero del Zodíaco. De chica la llevaban a ver zarpar los barcos de los muelles de La Coquette, compró durante años maquetas de barcos souvenir y adoptó un entusiasmo filatélico por estampillas de embarcaciones: Navegare necesse, Vivere non necesse era el lema del semanario uruguayo donde colaboró a instancias de Ángel Rama. En algún selfie escrito dijo “soy simbólica y ritualista”, “soy intensa y veloz”, “el exilio es desprenderse de la primera biblioteca” y “escribo porque el tiempo todo lo cambia.” De joven -los primeros veinte años de vida sentimental- hacía el amor escuchado el preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda; luego se pasó al “Magnificat” de Marco Frisina en la versión de Mina, la misma de “E se domani” y el dúo con Lucio Battisti. La escritura fue un largo camino “Dice Sigmund Freud que toda felicidad de adulto es la realización de un sueño infantil. Bien, yo de chica, quería ser escritora. No es lo único que quería, también quería ser santa, pianista, pintura, bióloga especializada en conducta animal y jugadora de fútbol.” El 4 de octubre de 1972 CPR se embarcó en el puerto de Montevideo -la bahía wagneriana del Graf Spee- y su Citera sería Colonia Barcino Barcelona; hace medio siglo y se dice fácil. El exilio fue muerte y resurrección, el viaje incierto a lo desconocido de las fuentes evoca óleos de Joaquín Torres-García en Mon Repos de Tarrasa, donde saliendo de la infancia leemos MONTEVIDEO. Después del regreso a Ítaca -misterios de la anagnórisis- Ulises decide seguir el viaje para darle movimiento a lo poco de vida que nos queda.

Este 22 de abril del año 2022 es día de celebración para la literatura uruguaya y habría que escuchar a Chico Buarque en su “Pequeña serenata diurna”. Leemos en Peri Rossi la fusión de desgarro y una suerte de catarsis sensual que con torpeza llamaríamos sentido del humor, coqueteando siempre con el sentido del amor: “En realidad, mis relaciones amorosas han sido casi siempre triangulares; la mujer amada, yo, y la biblioteca. (Los psicoanalistas, más finos, embelesados -como yo- por los juegos de palabras dirían: ella, la literatura y tu)”. En una charla reciente de Luis Bravo el poeta se refirió a CPR como la Safo uruguaya, una Safo octogenaria sin edad que al compromiso feminista le agregaba un credo asumido de monoteísmo y monogamia. Es innegable; pero a veces, algunos días, ciertas temporadas, a ratos o por culpa de ella, esa ceguera pasional impone su exclusividad celosa mientras talla la escritura. “La literatura es una amante histérica: pide mucho y da poco, pero es sabido el encanto que ejercen las grandes seductoras sobre las mentes obsesivas, como la mía. Obsesivita, digamos (es más tierno y más real)”. En la literatura suelen complicarse los avatares de género -pulsión humana lindando el erotismo- pues entran en escena imaginación y fantasía; como afirmó sonriendo la interesada en una mesa redonda de “El faro de Alejandría”: sin perversiones no hay erotismo y el gran órgano sexual es el cerebro. Cosa mentale…

Néstor Sanguinetti

Peri Rossi, Cristina: biografía para armar

Néstor Sanguinetti nació en Tacuarembó en 1984 y es egresado del IPA en Idioma Español y Literatura. Integra el comisé asesor de la Revista de la Academia Nacional de Letras, forma parte del Departamento de Investigaciones y Archivo Literario de la Biblioteca Nacional. Activo partícipe de APLU (Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay) formó parte del Directorio y los consejos editoriales del “Boletín” y la revista “Sic”. Especialista en Humanidades Digitales escribió sobre Circe Maia, Ida Vitale, Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira y Cristina Peri Rossi entre otros. Enseña la literatura uruguaya en el IPA y en la Universidad Católica; para la entrega Abril 2022 de La Coquette, Néstor asumió la coordinación, el acuerdo con la autora, seleccionó los poemas y escribió un ensayo original. El corolario de tamaña generosidad es una exposición luminosa sobre Peri Rossi y su obra, la crónica sentimental murmurada del encuentro con los libros de Cristina y su viaje a Barcelona; por tales razones y otras igual de principales, él estará presente en la ceremonia este viernes de Abril en Alcalá de Henares.

LIBRERÍA LAS NUBES

Álvaro Ojeda

Ficha 4

“El último desnudo de Olga Zubarry”

El libro de Álvaro Ojeda que ficha en Las Nubes dice de un anfiteatro barrial sobre la pista de patinaje del “Londres” con participación de elenco heterodoxo activando la dramaturgia fisurada: cuentos, comedias, tragedias sin dioses, utopías y berretines, chismes, sainetes y esperpentos. Evoca la iniciación picaresca a la educación sentimental literaria en la calle Fermín Ferreira, con la pureza del cristalino infantil y la focal opaca de ilusiones perdidas. Álvaro viene de cumplir la pista 9 de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, es poeta desde 1987, autor de varias novelas e hincha de Wanderers (tercero en la tabla del campeonato al día de hoy). Integró el mítico taller literario de Silvia Lago y Jorge Arbeleche en tiempos duros, fue alumno de Jorge Medida Vidal. Gran lector de R. F. y Philip Larkin, al comienzo de los intercambios de mails perfilando su visita, le preguntamos de qué iban las bobinas londinenses. Respondió lo que sigue:

“Richard Ford escribe en su novela El periodista deportivo una especie de máxima que resume la tarea de la literatura. Podría citarla textualmente, la frecuento todo el tiempo mientras escribo y cada vez que reflexiono sobre la escritura, pero como me la he apropiado de manera benévola, prefiero parafrasearla. En los hechos supongo que esta clase de saqueo advertido esconde un homenaje y una identidad estética, si no lograda, al menos intentada.

La máxima de Ford sentencia que la vida y la supervivencia son como los pianos durante las mudanzas: grandes asuntos que se olvidan al terminar el día. Yo no dejo de imaginar a los braceros de las empresas de mudanzas tomándose alguna copita después de trajinar todo el día entre roperos, calefones, lavadoras de ropa y bargueños. Los oigo comentando las peripecias de la ventana removida y vuelta a colocar en algún apartamento suntuoso de Pocitos, seguido del posterior izamiento del piano en cuestión, en un nuevo apartamento -también en Pocitos, pero en un octavo piso- entre oscilaciones y terrores contenidos. He visto esa maniobra, he imaginado esa conversación, Ford escribió para mí y para los braceros.

A poco que se analice la sentencia se verá que posee dos enclaves: por un lado, la necesidad de discurrir por la vida y su veleidosa inmanencia, y por otro, recordar esa deriva, ese derrotero con cierto donaire, con cierto tono coloquial. Cumplimos la tarea, fue dificultosa, pero -el pero siempre es brutal- seguimos en el trillo. Por ahora y hasta nuevo aviso, estamos

Cuando me empeñé en recordar mi propia mudanza, con mi piano oscilante incluido, traté de recrear el aire barrial del Brazo Oriental montevideano a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, en el segmento previo a mi adultez, esa frontera difusa entre pubertad y adolescencia, proyectada hacia un porvenir personal y colectivo. Ambos mezclados y ordenados en sucesión vertiginosa.

El recuerdo me ubicó en esa conversación finalizada la mudanza, y la conversación generó los cuentos ambientados en el Club Londres -de extinta memoria, fugaz prosapia y existencia comprobada- vistos, recreados, testificados, por un púber adolescente en un país con destino ominoso y rumbo inquietante. Hacer hablar a un narrador inmaduro, casi ingenuo, sobre cuestiones centrales de la vida, es un tópico propicio para los que escribimos sin saber muy bien si el piano se caerá sobre nuestras cabezas, o sobre la vereda, o no lo hará, para satisfacción de los dueños del instrumento y de las compañías aseguradoras. Va de suyo que la caída del piano será ruinosa pero jamás inútil, narrativamente hablando. Cada tecla, cada maderita expuesta al paso de la gente en la vereda, cada comentario posterior entre vecinos, testigos, público en general, forjará la nueva reconstrucción de lo perdido y lo recuperado.

Entonces la narración viene de desfiles variopintos, de personajes que lo son por el ambiente que naturalmente habitan y ambientes creados por esos personajes específicos, únicos. Un ventrílocuo, la viuda de un militar, un corredor aficionado a las largas distancias, un técnico que repara radios, la calle Consulado, la calle Fermín Ferreira, la placita, las divas argentinas retratadas a todo color en las tapas de la revista Radiolandia, los futuros desempleados de siempre. La maravilla sucede en los ojos del que ve, cuenta y vence al tiempo, mientras se toma otra con los amigos, se ríe, apuesta a seguir vivo.”

Álvaro Ojeda

Parque de los Aliados, abril 2022

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical/ Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

The BBC Concert Orchestra / “Laurence de Arabia” de Maurice Jarre.

Jennifer López / “El anillo” de E. Barrera, A. Castro, O. Hernández, J. Herrera.

George Gershwin / “I got rhytim” George Gershwin.

Ney Matogrosso / “Rosa de Hiroshima” de Vinicius de Moraes y Gerson Conrad.

Antonio Núñez Montoya “Chocolate” / “Fandangos”, guitarra de Manuel de Palma.

Barbra Streisand / “What are you doing for the rest of your life ?” de Miche Legrand y A. y M. Bergman.

Django Reinhardt / “Nuages” de Django Reinhardt

Richard Galliano Sextet / “Oblivion” de Astor Piazzolla.

Julien Clerc / “Ma préférence” de Jean-Loup Dabadie y Julien Clerc.

Rubén Rada / “Candombe para Gardel” de Rubén Rada.

Osvaldo Pugliese / “Recuerdo” de Osvaldo Pugliese.

Enero 2022

EL CLUB DE LOS NARRADORES

La semana del búho (1998)

VISITANTES

Horacio Cavallo

Horacio Cavallo nació el último día de 1977 en Montevideo y es un escritor que juega en todos los puestos del equipo literario. Cuentos para esos locos bajitos, poemas de amor de locura y de muerte, relatos desafiando lo fantástico como “La idea del agua” y es autor además de cuatro novelas. Una de ellas “Oso de trapo” (2008) conoció merecidamente varias tiradas y traducciones; es una astuta maquinaria narrativa, con un personaje femenino magnético, que mezcla como vinilos de DJ márgenes tipo “Sombras sobre la tierra” y huellas no futur de Nancy Spungen.

En La Coquette a Horacio lo presenta el gran Alfredo Fressia, con el prólogo escrito para la primera edición del poemario “Descendencia” del año 2012.

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Horacio Cavallo sabe que el tema de toda descendencia es el tiempo, el que se encarna en cada eslabón de esa larga cadena, el dibujo feroz de la genética. Como las hojas, había dicho Homero, o simplemente como los miembros de una familia, cada individuo va dirigiendo su paso —“hacia la nada”, dice Cavallo— porque su función misma es dejar el espacio a la continuidad, a su propia perpetuación. El poeta también sabe que ese paso de la especie, como el de las estaciones, ocurre en un espacio, histórico además, que aquí es un ámbito de calles, de Montevideo o de Nueva Palmira. La casa, el trabajo, la procreación silenciosa surgen en estos poemas como testimonio de esa marcha de la especie, que nunca es abstracta. El poeta reflexiona, reconoce que andar descalzo / paseando ensimismado / tiene sentido. Y si el sentido es ético cabe a los poetas decirlo, aunque les cueste la vida, y de ahí ese homenaje que se presta en este poemario a algunos de ellos, como Haroldo Conti o a Ibero Gutiérrez.

Y sin embargo, estos poemas del movimiento, del paso, del ambular dejan en el lector el paradójico aprendizaje de la inmovilidad. El ser en movimiento está metido en un hombre (volviendo al hombre en el que estoy metido) y tal vez sea eterno, como la especie, como las estaciones, como los ciclos, o como la misma escalera de Jacob. Por eso, si hubiera que elegir el centro de este libro, quizás lo halláramos en este dístico: Hay un verano que no vuelve nunca / aunque siempre regrese otro verano. Y la forma que el poeta da a sus versos, mayormente esos endecasílabos en los que brilla el artífice, no constituyen en absoluto un ejercicio caprichoso, ni un engañoso juego de “sombras chinas”, sino una forma de la memoria, una pertenencia a la tradición del luminoso misterio poético. Finalmente, y como en el resto de su obra, Cavallo nos recuerda que la poesía estará siempre del lado de las preguntas y no de las respuestas: Acaso sobresalga, monocorde, / un nombre, una y cien veces repetido.

Alfredo Fressia

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Leonor Courtoisie

Leonor Courtoisie nació el mismo año en que Rubén Sosa erró el penal celeste ante el vasco Antoni Zuibizarreta. Ella es actriz egresada de la EMAD, directora de teatro, escritora preparando la beca del premio Molière y autora del proyecto narrativo escénico “Corte de obsidiana” (2017), los poemas de “Todas esas cosas siguen vivas” (2017) y la novela “Irse yendo” (Criatura Editora, 2020). Los textos de Leonor propuestos a la lectura, provienen de la novela recién salida y La Coquette le agradece a la editora Julia Ortiz que lo hiciera posible. Una vez más la novela es espejo: entre visiones fragmentadas y bizarras, allí se descubre la narradora sin maquillaje, se refleja la bien llamada casa familiar y en telón de fondo, una juventud uruguaya buscando su personaje asignado en el tablado del mundo. Lo demás es literatura y lo dijo Alicia Migdal el invierno pasado en la Sala Verdi.

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Presentación de “Irse Yendo” de Leonor Courtoisie. Sala Verdi, martes 17 de agosto del 2021.

Anotaciones en degradé

Hay dos fotos significativas para mí y a los efectos de este diálogo con Leonor. En su wp hay una niña soñadora, bracitos para arriba y ojos entrecerrados en una sonrisa musitada. La foto de la invitación a este libro la muestra en la actualidad, erguida y amablemente desafiante, con el pelo tipo penacho cual amazona. Ambas mujeres escribieron esta novela. A veces más una que la otra. A lo mejor se turnaban la niña y la amazona en estos fragmentos de recuperación y saldo de cuentas con el entorno formativo de los afectos, las penas y los logros.  Ambas transitaron el escenario teatral, porque necesariamente hay una niña guardada en el yo de cada actriz, así como hay una muchacha desafiante y frágil en la exposición escrita. Cuando leí Corte de obsidiana -presentada en libro como obra teatral- le dije esto es un relato, lo leo así, como relato entrecortado, más allá de las didascalias, tiene la fluidez y los espasmos de un relato escrito para ser leído, releído, retomado, inscripto en la memoria en tanto lenguaje verbal.

Tema de la elegancia que tanto preocupa a Leonor y que según ella no tiene; el vómito puntilloso según Julia Ortiz. El romanticismo del doler extremo, del añorar sin pausa, de llorar de impotencia ante la injusticia de una acusación equivocada, de querer conservar el pasado no solo material de la casa donde se gestó lo que ella es, sino los nudos buenos de las familias. El desparpajo para nombrar y definir, la ofensa de escribir, la alta exposición: hay o no dilema entre escritura y vida. No quiero hablar de autoficción, nuevo nombre de la academia para eternas formas de hacerse presente en la escritura. Cuando se escribe ya se está en otro lugar; es de libertad ese lugar, a veces de expiación y siempre tiene una distancia extraña con lo representado o inventado. La forma de la realidad arma un escenario a la manera del soneto de Góngora A un sueño:

El sueño (autor de representaciones),

En su teatro, sobre el viento armado,

Sombras suele vestir de bulto bello.

Hay un grupo familiar desarmado, tal vez nunca articulado, que solo se puede nombrar como grupo por la acción de la escritura de Leonor. Sin ella son personas sueltas e invisibles para nosotros, vivan la casa y la casa existirá decía Tarkovski. Que esa existencia traiga alivio o una expresividad comunicante ya es otra cosa. La dicha iguala y la infelicidad es singular de cada grupo, la precariedad que no se puede romantizar. La tonalidad directa, como una niña que registra su sorpresa ante la objetividad del mundo y por eso puede contar con levedad. Levedad era una de las propuestas de Ítalo Calvino y acá hay un ejemplo. Contra o a pesar de la pesadez del mundo, de su carácter incomprensible, esta levedad que no es ligereza cínica sino un compromiso expresivo: así son las cosas, así las veo, no sé por qué todo es así y yo estoy metida en esto pero no puedo escapar de las palabras que lo registran y no lo explican. Final con gozo. “Algún pedazo de hormigón cayó y no nos importó nada porque habíamos hecho algo juntos y estábamos ingrávidos de canto y de hacer honores”.

Casa y teatro-casa que se hacen y se deshacen con grupos que se malentienden. El grupo desarmado se constituye como tal por la escritura, es ahí donde existen y se juntan aún sin quererlo. Efecto sobre los espectadores o resultado de la obra sin pedir permiso. Alguien se va volando a escribir sus cuentos, otra se compra una lámpara. Creatividad. Hacerse adulta, adiós a la infancia.

Zona de los crímenes del corazón del proceso de crecer y morir, el barrio dibujado, la ciudad y sus perímetros…

Alicia Midgal

LOS RIOS FICTICIOS

“Bruxelles piano-bar” (2010)

Capítulo VII: EL REY DE LOS URUGUAYOS

Escena 49: El Delta del Ganges y final

LIBRERÍA LAS NUBES

Sally Sullivan

“En busca del Maestro”

Atraída por la postrera y terrible imagen fotográfica de un personaje eminente de la cultura uruguaya de la segunda mitad del siglo XX, la autora se propone indagar aspectos de su pasado y de su obra. Interlocutores reticentes o locuaces, testimonios parciales o contradictorios, discípulos, críticos teatrales, confidentes, una antigua amante, páginas inéditas de un «Diario» íntimo, son pautas de la investigación que, entre otras, van revelando la probable existencia de una ignorada zona de la historia personal del Maestro, subyacente a la notoriedad pública y su magisterio artístico. De la misma surgen además aspectos poco conocidos –en todo caso ambiguos– del contexto montevideano en el cual se expresarán obra y magisterio.

Si como dice uno de los personajes implicados, todo eventual cuestionamiento de un mito incomoda a guardianes del templo y a celosos de la textualidad, esta intolerancia fue padecida también en algunos momentos de su trabajo por la propia autora. Que para colmo no es oriunda de Durazno y Convención. De eso y otras inconveniencias trata el relato de Sally Sullivan.

Jorge Musto

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

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ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

OCTAVA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Gonzaguinha / “O que è, o que è?” de Gonzaguinha.

Paul Lewis / “Momento musical N°4” de Franz Schubert.

AC/DC / “Highway to Hell” de Angus Young, Malcolm Young y Bon Scott.

Camarón de la Isla / “Soy gitano” de José Fernández Torres, José Monge Cruz y Vicente Amigo.

Johnny Cash / “Hurt” de Trent Rezner – Nine Inch Nails.

Jaime Ross / “Durazno y Convención” de Jaime Ross.

Django Reinhardt / “Nuages” de Django Reinhardt

Rodolfo Mederos / “El caburé” de Arturo de Bassi.

Eros Ramazzotti / “Cose della vita” de Eros Ramazzotti, Piero Cassano y Adelio Cogliati.

Carlos Cuevas / “Contigo en la distancia” de César Portillo de la Luz.

Lena Horne / “Stormy Weather” de Harold Arlen y Ted Koehler.