La tentación des armes à feu

Seuil. Paris, 2006

1. UNA FOTO EN MONTEVIDEO

vida & muerte de Baltasar Brum

Si mi deseo se hastiara, o si de la compañía de mis compatriotas me llegara la nostalgia, yo emprendería simplemente la fuga, sin dudarlo.

Aldous Huxley

Ciertos libros -y puede que este- eligen ellos mismos el asilo de nuestras bibliotecas. Semidioses un poco fastidiosos, ellos son capaces entonces, para alcanzar sus fines, de manipular a los humanos y suscitar por nuestra cuenta esos azares que, en virtud de una suerte de acuerdo tácito, nosotros preferimos en general dejar bajo silencio: una joven inglesa, rubia y frágil, que yo había invitado a cenar una o dos veces el invierno pasado, me había acusado de jugar con ella a Después de los fuegos artificiales.

Yes! After the Firewoks!

Era la época cuando yo vivía la mayor parte del tiempo solo en una casa al borde del Atlántico. Ella había desembarcado en mi casa en L’Océan, una noche bien tarde y en su niebla de alcohol, se lanzó en una gesticulación alucinada durante la cual interpretó uno a uno los personajes de la novela, a lo que siguió un malhumor silencioso al límite de la postración, sentadita justo al borde de un sillón. Ella retorcía con los dedos sus cabellos rubios cortados corto, pasaba la punta de su lengua por la perla plateada del piercing de su labio superior, y fijaba el espacio del tapiz entre sus básquets. Yo jamás había leído Después de los fuegos artificiales, de la cual debo admitir que ignoraba incluso su existencia.

Varias semanas después de haber desaparecido, una noche ella me llamó desde Hamburgo, del fondo de su camerino de cantante en gira o de una institución médico psicológica, yo nunca terminé de comprenderlo bien. Siguiendo los consejos de un psicoterapeuta o enfermo mental, ella enumeró al teléfono una continuidad de coincidencias insensatas que en su delirio no eran tales, y probarían que yo jugaba con ella el mismo juego que el escritor Fanning con la heroína de Después de los fuegos artificiales, obra que ella decía haber sacado en préstamo por azar de la biblioteca londinense de su padre. Yo presentaba a sus ojos extraviados (y quizá también a los de su amigo, que yo imaginaba de blusa blanca y sentado junto a ella) la circunstancia definitivamente agravante de haber publicado, algunos años antes, una novela que había titulado El fuego artificial.

Yo le había asegurado por milésima vez no haber jamás leído la novela de Aldous Huxley y, al otro día, un librero me informó que la traducción francesa estaba agotada desde hace años.

Tres meses más tarde yo estaba en Montevideo, en julio de 1996 y caminaba por la rambla Francisco Lavalleja, con la vaga intención de enriquecer mi colección personal de cursos de agua y afluentes del Mundo. Yo observaba a mis pies los remolinos grisáceos del arroyo Miguelete donde se deslizaban las bolsas de plástico. Pensaba en otra muchacha, morocha esta vez, que en secreto yo llamaba la Gran Infanta de Castilla.

Por entonces nosotros vivíamos una pasión tan violenta y tan poco erótica que quizá pensábamos uno y otro no merecerla. Los días nos dejaban insatisfechos, durante los cuales nosotros no podíamos dejar de telefonearnos sin cesar, lanzarnos a las carreteras al volante para correr hasta juntarnos. Yo cerraba la puerta de un viejo Mercedes blanco como yo habría ensilado un caballo, y dejaba atrás la costa atlántica fustigando las riendas bajo la lluvia. Al rato yo era un oficial ruso uniformado para las grandes ocasiones que corría a encontrar alguna princesa. Era Mehmet II con veinte años, enhiesto sobre su corcel blanco, y atravesando las puertas de Bizancio vencida. A mi llamada, era evidente que nosotros no teníamos más nada para decirnos, sin ir más allá que mirarnos en silencio hasta el fondo de los ojos, como si fuéramos a jugar con el mentón agarrado al jugo del serio. Cada uno le reprochaba al otro haberle fusilado así la vida, de no estar a la altura de un amor que nos hacía picadillo a los dos, y entonces yo me fugué.

La había abandonado en Francia, en pleno verano, para ir a refugiarme en un invierno austral que parecía susceptible de refrescarme las ideas y convenir mejor a mi humor huraño. La víspera de mi partida, nosotros bebimos juntos un último trago en el casino de L’Océan, y yo me comprometí a no darle ninguna novedad antes del otoño en el hemisferio Norte, ni carta, ni teléfono y entonces luego veríamos.

De más está decir que, parado con mi abrigo de invierno y las manos en el fondo de los bolsillos, por encima de las aguas frías del arroyo Miguelete, en las cuales no consideraba especialmente precipitarme, yo me arrepentí en seguida de esa resolución. Y que quizá hubiera dado una de mis manos para poder, con la otra, acariciar sus largos cabellos largos y lisos, casi asiáticos.

A pesar de la inmensa belleza de las riberas del mundo, el esplendor de los ríos y los estuarios, uno puede sentir una ternura particular por el curso muy modesto del arroyo Miguelete. Tal vez porque es una historia simple y banal como una canción de amor realista, un bolero, que comienza bien y termina mal. El arroyo Miguelete tiene su fuente en el Norte de Montevideo, en la pampa uruguaya, cerca de Canelones.

Después de haber concienzudamente abrevado millones de vacas y regado millares de eucaliptus (que, en cinco años serán cortados en pequeñas astillas rojas, y crepitarán en la brasa de la leña, bajo la carne de esas mismas vacas en la parrilla), él se precipita con la impaciencia de un joven paisano en los arrabales de Montevideo, descubre aturdido los barrios de chapas y viejos neumáticos donde sobreviven algunos huertos, bordea como un cafishio el cementerio del Norte, antes de hacerse atrapar por los márgenes cimentados de la rambla Francisco Lavalleja, que dominan las casas de la calle Eusebio Valdenegro.

En los años treinta de este siglo, Baltasar Brum vivía en una de esas casas.

Yo había visto por primera vez, la víspera, en ese mes de julio de 1996, una fotografía de Baltasar Brum, en un pequeño marco de madera dorada, en el fondo de una casa de antigüedades de la calle Tristán Narvaja, donde paseaba mi aburrimiento como un perro demasiado fiel entre muebles polvorientos, fonógrafos con corneta y ventiladores eléctricos de los cuales tampoco tenía una necesidad inmediata Era una fotografía en blanco y negro del 31 de marzo de 1933. Mostraba a Baltasar Brum parado sobre el escalón de una puerta, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y con un revólver en cada mano.

Era una de esas puertas de las viejas casas montevideanas que permitirían el pasaje de un gaucho bien derechito montado a caballo y adornado con chambergo. Ella estaba sin duda cubierta de vidrios coloreados en abanico, en violetas y amarillos, que proyectaban por detrás, sobre el embaldosado del patio grandes trapecios de luz. La cara de Baltasar Brum, vuelta sobre el hombro izquierdo, daba a pensar que el fotógrafo en la tirada del negativo había suprimido un personaje próximo, quizá, una mujer, a la cual estaba dirigida esa mirada de amor desilusionado, nostálgico, la mirada apacible de alguien que va a meterse una bala en la cabeza en algunos instantes, ese 31 de marzo de 1933, y que nunca antes jamás se sintió tan vivo que en ese mismo segundo.

Baltasar Brum tenía por entonces cuarenta y nueve años.

El 31 de marzo, en Montevideo estaba siendo el final del verano. Las calandrias (Minus saturninus) cantaban en los plátanos rojizos alineados a lo largo de las calles.

Yo había subido los escalones hacia el aire libre. Y, algunas decenas de metros más lejos, ya había olvidado el comercio del entresuelo, los muebles amontonados y la fotografía, cuando encontré, en la mesa de un librero de segunda mano de la calle Colonia, un ejemplar muy viejo de Après le feu d’artifice de Aldous Huxley, traducido por Jean Ably, terminado de imprimir en Paris por Plon, en 1936.

Que un libro encuadernado en tal estado con el lomo deshecho, en lengua extranjera, el papel amarillento al borde de la descomposición, pudiera venderse aunque más no fuera a cinco pesos debería renovar la confianza en el oficio. El librero abrigado con una parka me había dado la mano calurosamente. De su sonrisa salía un vapor blanco en el aire helado.

Por primera vez después de meses, yo había pensado de nuevo en la joven inglesa frágil y su acusación delirante. Yo había puesto sin abrirlo el libro sobre un escritorio del apartamento que entonces ocupaba, en el barrio de Pocitos, en el cual los ventanales vidriados, del techo al piso, más allá de las palmeras de la rambla Perú, encuadraban las aguas grises y amarillas del Río de la Plata.

El azar de mis frecuentaciones de la época había hecho de ese departamento, que me habían prestado, en el pasaje Ponce de León, una verdadera armería, sobre la cual yo supuestamente estaba encargado de vigilar, revólveres y fusiles bien aceitados disimulados en el fondo de los placares. Algunas veces, de noche, sólo, cuando los ventanales vidriados se transformaban en espejo donde la luna del Hemisferio Sur crecía al revés, yo me tomaba por blanco de perfil, el brazo extendido, un riot gun en la mano, para un duelo imaginario.

Ese mediodía, los cargos rojos y negros se deslizaban sobre el Rio de la Plata con destinación al puerto de Buenos Aires en la otra orilla, Y la sola presencia del libro, en primer plano sobre el escritorio, como una lámpara de Aladino oxidada encontrada en el fondo de un souk, era suficiente para evocar el holograma bifronte de un rostro femenino muy joven, de un costado con los cabellos rubios cortados cortos y un aire rezongón, y del otro la sonrisa de la Gran Infanta de Castilla rodeada de largos cabellos lisos y muy negros. El ejemplar de Après le feu d’artifice tenía en la página de cubierta, en tinta violeta, el ex-libris del Dr. Germán G. Rubio, con una dirección en la Avenida 18 de Julio, la calle principal de Montevideo, sobre la cual los automóviles de grandes ruedas estrechas, en los años treinta de este siglo, circulaban todavía a la inglesa, sobre el costado izquierdo evitando así los rieles del tranvía.

Jamás había llamado a esa joven cantante inglesa, de la cual sin embargo conocía un número en Londres, su casa paterna, presintiendo que toda intervención de mi parte sería percibida inevitablemente como una maniobra más de mi supuesto plan diabólico. Y tampoco yo había recibido noticias de esa muchacha frágil, que quizá llegó por su parte a olvidar incluso mi existencia y la del libro, habiendo alcanzado a trasmitirme la maldición de Après le feu d’artifice.

A pesar de la repulsión táctil que me inspiraba, yo había comenzado su lectura en Buenos Aires algunos días más tarde. Después lo llevé conmigo a Chile, donde la tormenta del Pacífico sobre Valparaíso y el amor de la Gran Infanta de Casilla, Viña del Mar desierta, con las calles invadidas de arena mojada, el aburrimiento y curiosidad coaligados me había ayudado a pasar las páginas repulsivas, en el fondo de una pieza de hotel que no lo era mucho menos.

En los años treinta de este siglo, en Roma, el escritor Fanning se divierte seduciendo a una muchacha muy joven que él obliga a abandonar a un enamorado de su edad. La pasión y la inteligencia se divorcian (escribe Huxley, que no tiene mucho más de cuarenta años), y, con una violencia casi insana, el deseo del hombre envejeciendo se lía precisamente a esos cuerpos jóvenes escandalosamente frescos que dan asilo a las almas más extranjeras…

Al comienzo de un amor absoluto, una vez que la muchacha finalmente dejó a su amigo y se ofrece a él, Fanning huye, dejándole una carta categórica. Cuando usted reciba esta carta, yo estaré -no, no muerto, y aunque yo sepa a que punto usted estará emocionada y orgullosa, en tanto que durará su pena inconsolable, si yo me hiciera saltar el cerebro. No muerto pero (lo que será casi peor en estos días de canícula) yo estaré en el tren, en destinación a un refugio anónimo.

La lectura de Après le feu d’artifice fue en parte responsable de la idea que yo tuve, luego de mi regreso a Santiago, saliendo solo de un restaurante de la Alameda en medio de la noche, y correctamente cargadito de pisco sour de traicionar mi promesa, y de llamar a la Gran Infanta de Castilla para gritarle mi amor en medio de eso que, para ella, debería ser la hora calma y soleada del desayuno al borde del Atlántico, en pleno verano, en la otra orilla del planeta. El dios bienhechor de los alcohólicos o un humano cualquiera, por el cual yo había sentido de inmediato un odio enorme, hizo de tal suerte que ella no estuviera en su casa. El teléfono sonaba en el vacío. Y yo me estaba durmiendo pensando en el Doctor Germán G. Rubio, el alemán rubio y bibliófilo de Montevideo, en los años treinta de este siglo, que encargaba sus libros de París y los esperaba llegar en barco durante un mes.

Cincuenta años después que ese libro gracias a él había cruzado el Océano Atlántico, yo no estaba descontento de haberle hecho atravesar la cordillera de Los Andes, y si esa noche hubiera encontrado un japonés a punto de despegar hacia Tokio, quizá se lo hubiera deslizado en su equipaje.

Yo me pregunté, en el caso de que hubieran encontrado mi cadáver la mañana siguiente, perforado por una bala, en esa habitación de un hotel del barrio Las Condes de Santiago de Chile, quien hubiera podido comprar los libros de mi biblioteca, tirados sobre la vereda y para llevarlos dónde. Mezclarlos a cuál nueva historia. Como si todos esos libros alineados, entre los cuales hoy figura Après le feu d’artifice, esperaran mi muerte para elegir su nuevo propietario y cambiar su vida.

Durante los dos años que siguieron, yo no creo haber pensado ni una sola vez en la fotografía de Baltasar Brum.

El domingo de Pascuas de 1998, dos años más tarde, yo llegaba de Nicaragua y caminaba de nuevo por la calle Tristán Narvaja de Montevideo -mucho tiempo después que la Gran Infanta de Castilla me había de todas maneras abandonado, tal vez porque yo no la había llamado durante ese verano.

Pocas ciudades del mundo, tanto como Montevideo, saben de esa manera exudar la nostalgia. Yo esperaba que abriera el café Sorocabana, y hacía tiempo en los negocios con entrepiso de la zona de los anticuarios, como si fuera a descubrir allí una antigua razón de vivir relajada pero en bastante buen estado, y fue así que caí, como en el fonde de un aljibe, sobre la fotografía de 1933 la cual yo había olvidado desde hace dos años de existencia.

Aparentemente, esa existencia había sido olvidada por todos, ya que la fotografía estaba colgada desde hace dos años, por lo menos, en su marco de madera dorada, por encima de los muebles polvorientos, y no había sido vendida todavía.

Yo reencontraba la dulzura de la mirada de Baltasar Brum como uno reencuentra un amigo después de dos años de separación, intentando sorprender en un rostro el paso del tiempo. Pero la mirada expresaba la misma fatiga y la misma serenidad delante de la muerte inminente. Los brazos balanceándose a lo largo del cuerpo. Y en las manos los mismos revólveres de acero, los Smith & Wesson del mismo calibre, par para duelistas, salidos verosímilmente de algún cofre tapizado de terciopelo rojo, que parecían casi blancos.

Ese hombre había estado la noche anterior en el teatro Solís.   

En medio de la representación, el volvió con prisa a su domicilio del centro de la ciudad, en los alrededores de Río Branco y Colonia. Él viene de informarse del golpe de Estado de Gabriel Terra.

Baltasar Brum no durmió durante la noche y lleva todavía su traje negro de ocasiones, su pantalón rayado y sus zapatos de charol. Sólo la camisa y la corbata – ¿de moño? – han desaparecido, quizá fueron tiradas encima del escritorio, cerca de la caja de cartón con las municiones. Alrededor de la fotografía el tiempo parece haberse detenido, el curso de la Historia fijado en las sales plateadas del baño fijador y sin embargo, en dos años, a mí me pareció que una aureola de humedad había ganado el borde inferior derecho, cerca de la firma del fotógrafo, Caruso, y de la etiqueta en la cual el anticuario reclamaba la suma considerable de quinientos pesos.

Al otro día yo había salido de Montevideo rumbo a La Paloma, donde Juan Carlos Legido me prestó su casita de escritor al borde del Atlántico. Yo había planeado clasificar allí, en calma, mis notas centroamericanas, y retomar la escritura de mi William Walker en proceso. Las cortinas de lluvia se precipitaban del cielo gris y la noche caía a las cinco de la tarde. Yo había invitado algunos amigos que la grisura volvía neurasténicos, y habíamos comenzado a beber los whiskies en un bar de la estación balnearia más bien desierta, que tenía un aire de L’ Ocèan en el mes de noviembre. Después corrimos bajo las trombas de agua hasta el restaurante la Balconada donde el patrón, un amigo de Legido, había alardeado un poco rápido de haber sellado durante la semana cuarenta botellas de butiá. Él nos había pasado gentilmente la receta de ese alcohol casero que se prepara en abril, al comienzo del otoño, dejando macerar en la caña los frutos redondos de las palmeras salvajes y que se parecen a las mirabeles.

En tanto le bajábamos una parte nada despreciable de su cosecha anual, bajo el efecto eufórico del butiá, yo les había hablado de mi cantante inglesa, rubia y frágil, y de Après le feu d’artifice, ejemplar que yo había comprado en Montevideo hacía dos años, el mismo día que había descubierto la fotografía de Baltasar Brum, que venía de reencontrar, luego de haber olvidado su existencia durando dos años.

El libro y la fotografía no tenían objetivamente nada en común, como quizá nada tienen que ver las dos madejas del espacio y el tiempo, cuyo entrecruzamiento de hebras termina sin embargo por tejer el suéter de la vida y los viste para el invierno. Raquel, entusiasmada, me había narrado los acontecimientos de 1933 en Montevideo, al menos los que ella conocía, ya que el suicidio, o el sacrificio, de Baltasar Brum había permanecido enigmático en parte. Más tarde ella me había pedido de llevarla, a nuestro regreso, a ver la fotografía en ese anticuario de la calle Tristán Narvaja.

En los años treinta de este siglo, la onda de la crisis de 1929 no terminaba de sacudir los dominós alrededor del planeta, y Aldous Huxley publicó El mejor de los mundos. La figura caudillesca de Getulio Vargas emergía en el Brasil. Golpe de Estado del general Uriburu en Argentina. Entre los dos, en Montevideo, en la capital del Estado más pequeño de América del sur, Baltasar Brum había sido, durante algún tiempo, miembro del Consejo de Gobierno del Uruguay elegido democráticamente, y del cuál él había asegurado durante un año la presidencia rotativa. Al final de su mandato, Gabriel Terra por su parte había preferido dar un golpe de Estado contra él mismo, un autogolpe, para terminar con el juego de las sillas musicales y conservar el poder.

Nosotros habíamos vuelto a Montevideo a bordo de un Jeep Cherokee, por los caminos vecinales y bajo la lluvia, atravesando Rocha, Minas y Solís de Mataojo. Cuando divisamos, por detrás de los limpiaparabrisas, un enorme racimo de frutos brillantes amarillos en una palmera salvaje no demasiado alta, detuvimos el vehículo y llenamos el baúl con la finalidad de preparar nuestro propio butiá en el departamento de Pocitos. De un tiempo a otro seguimos la antigua vía férrea del Tren de la costa, que todavía unía, en los años treinta de este siglo, la capital con Punta del Este. En la extremidad de cada poste abandonado, atravesado, a lo largo de las vías hundido bajo el pasto verde y empapados, una pareja de gorrinos ocupaba su nido de tierra roja y cuya entrada única parece la espiral de una oreja.

Reclinado en el asiento de atrás, yo les había confesado, entre dos cosechas del fruto de las palmeras salvajes, que Apres le feux d`artifice se había de esa manera introducido sin mi permiso en mi biblioteca, y había cambiado mi vida, cuando dos años antes, almorzando en un restaurante de Con Con, en Chile, pueblo del cual su solo nombre puede resumir mi actitud, mientras que del otro lado de los vidriados ventanales las focas azotadas por la lluvia se hundían en el océano glacial, yo había copiado un fragmento de la novela, abierta sobre el mantel delante mío, el final de la carta del escritor Fanning a la muchacha, con la intención idiota de enviársela a la Gran Infanta de Castilla: De tal suerte que este gran amor, si estuviéramos lo suficientemente locos nosotros para embarcarnos, sería una carrera a través del aburrimiento, los malentendidos, la desilusión – hacia el disco final de la crueldad y la traición. ¿Cuál de entre nosotros tiene más posibilidades de ganar esa carrera? Las apuestas, a mi parecer, están más o menos iguales, con una ligera tendencia a mi favor. Pero no habrá ni un ganador ni un perdedor por la buena razón de que no habrá carrera. Yo te amo demasiado.

A mitad de semana, en Montevideo la feria no funciona y la calle Tristán Narvaja está desierta. Los plátanos hacen gotear su tristeza húmeda por encima de las veredas desparejas. En la cortina metálica de un garaje estaba reproducida, con pintura amarilla y violeta, sobre varios metros cuadrados, como un mural mexicano, la fotografía del Che estirado muerto sobre la pileta del hospital de Vallegrande, atravesado del slogan contradictorio ¡El Che Vive! Y firmado Tupamaros. Yo pasaba frente al garaje, y su cortina metálica revolucionaria, pensando en mi primer contacto con el Uruguay, en 1976, que había sido el encuentro, en Francia, del cantor exilado Daniel Viglietti.

El cono Sur de América Latina estaba por entonces bajo la bota de las dictaduras y de la operación Cóndor, y yo había sido encargado de recibir en una estación, y luego de acompañarlo de un concierto de protesta a otro. Yo tenía diecinueve años y, por razones político económicas, conducía una 2CV Citroën al borde de la chatarra. Antes que nos separáramos, él me regaló su disco Canciones Chuecas, en el Chant du Monde, con una dedicatoria à P, qui sait que l’ Histoire est comme una très vielle petite auto qui sans cesse menace de s’arrêter, pero continúa y llega a destino.

Los desplazamientos en el espacio no son nada. Sólo las idas y vueltas en el tiempo son vertiginosas, pues nos procuran el sentimiento de su dulce y peligrosa relatividad: ese disco me fue regalado ayer, y la aritmética es escandalosa, pues pretende que han pasado, desde entonces, casi tanto tiempo como entre la muerte de Baltasar Bum y ese concierto. Y es quizá por ello que Fannig decide huir. Porque él es viejo. Porque para él llegó el momento donde cada persona más joven es un marciano, o una bellísima marciana, y por ello es muy posible enamorarse perdidamente, pero que vive en un espacio-tiempo inextinguible, un mundo paralelo, una pajarera del otro lado del universo. En la calle Tristán Narvaja sólo el anticuario en pleno romanza del pajarero estaba abierto. Y yo quedé un largo rato, doblado en dos, intentando identificar a los cautivos.

El sótano del anticuario estaba cerrado, pero un vecino me aseguró poder contactarlo en una hora.

Yo me fui a leer la prensa en un café de la esquina, él también una antigüedad, que su propietaria podría vender de a poquito, o bien de una sola vez, a un estudio de cine para una película donde la acción se situaría en los años treinta y en el cual, por otra parte, él podría interpretar a un bolichero de los años treinta. Está de más decir que de un momento al otro en ese filme nosotros escucharíamos la canción Montevideo de Rina Ketty, compuesta en 1939

Me souvenant des heureux jours
Je ne veux plus songer qu’au retour
Et près de toi rester pour toujours
Mon merveilleux Montevideo…

Más allá incluso de los lugares infinitamente nostálgicos como el café vintage Sorocabana, la seducción perniciosa y poética que ejerce el Uruguay, para alguien que creció en Bretaña, debe mucho a esta impresión de viajar en el tiempo sin desplazarse en el espacio. El clima es el mismo, y los paisajes, uniformemente dispuestos sobre el horizonte del Río de la Plata, recuerdan aquellos del estuario del Loira, a más o menos la misma distancia del ecuador en el otro hemisferio. Los pequeños balnearios de la costa atlántica, como La Paloma, o el Cabo Polonio, remontando hacia el norte y la frontera de Brasil, se parecen a las estaciones de L’Ocean o de Tharon-Plage de antaño, en los años sesenta con sus tiendas de souvenirs, sus pilas de salvavidas multicolores y ramos de calderines para los niños, sus vidrieras de muñecas de caracoles o barómetros decorativos, sus jardines de flores geométricos en el medio de las rotondas pintadas de blanco.

Ese pequeño país del cono Sur donde fueron inventadas, en algunas decenas de años, la inmensa belleza de Les Chants de Maldoror de Lautreamont y la liviandad de L’ Homme de la pampa de Jules Supervielle (y también la de Jules Faforgue y les figuras charmantes sur le trame de l’ universelle illusion del poeta muerto a los veintisiete años), alimenta un amor inmoderado por una París que por otra parte sólo existe en Montevideo. Tampoco es raro que algunos últimos indicios de ese afrancesamiento del siglo pasado todavía se deslicen en los diarios. Un artículo de El País, esa mañana mismo, sobre la mesa del viejo café se titulaba “El sauce llorón de Alfredo de Musset.”

Allí se recordaba el deseo expresado por el poeta que un sauce llorón fuera plantado en su tumba. Algo que es una costumbre en Montevideo. Su hermano Paul habría pedido la autorización al Père-Lachaise, y Napoleón III habría asumido personalmente los gastos. (Qué trabajo, cuando uno lo piensa, emperador de los franceses, enviar expediciones militares a México o a El Salvador, impulsar misiones científicas sobre los motores de petróleo para los barcos de carga, plantar sauces llorones en la tumba de los poetas…) Pero el emperador no tenía la mano verde. Siete años después de la muerte del poeta, según el periodista de El País, la familia Ascasubi Villa, de Montevideo, había visitado el cementerio parisino y halló el sauce en un estado lamentable: Fue Rosa Jauregui, la viuda de Brandzen que envía una planta joven a sus amigos de París. Se dice que durante la travesía el árbol fue objeto de devoción de todos los pasajeros y del capitán Salle, y que fue plantado al pie de la tumba.

El anticuario, advertido por su vecino, que me esperaba a pie firme y las cejas espesas, sofocado, habiendo quizá regresado de prisa a la capital desde alguna barriada periférica, estaba un poco contrariado de constatar que sólo me interesaba la fotografía entre los metros cúbicos de su confusión de antigüedades.

El hombre se había inclinado entre las butacas del teatro, en la oscuridad de la sala del Solís, en medio de una representación para informar a Baltasar Brum sobre el golpe de Estado.

Saliendo precipitadamente del Solís, no lejos del monumento blanco erigido hoy día en honor de los tres poetas francófilos de la ciudad, al automóvil trepado sobre sus ruedas estrechas atravesó la Plaza Independencia, tomó por la Avenida 18 de Julio, dobló la primera a la izquierda, Andes, luego la primera a la derecha, Colonia, cruzó la esquina de Convención y se estacionó luego sobre la calle Río Branco: un trayecto de unos pocos cientos de metros, y Baltasar Brum se encerró en su casa, donde se le reunieron algunos amigos leales. Allí se distribuyeron las armas, tal vez con el objetivo de oponerse a la dictadura desde el otro día. O bien con el temor de los arrestos. Los militares facciosos o la policía podían llegar de un momento a otro. Tampoco era cuestión de suicidio. Uno no carga dos revólveres para suicidarse sino para hacer frente.

El alba aporta sin duda un poco de esperanza. El grupo sale a la puerta de calle, a muy pocos metros de la Avenida 18 de Julio, donde uno amaría que el pueblo sublevado exija el restablecimiento republicano, que levante barricadas. Pero la ciudad permanece en silencio, y los montevideanos que sin embargo asistieron por miles al entierro de Baltasar Brum, y bajaron por miles, once años después, a esa Avenida 18 de Julio para festejar la liberación de París, no reaccionan al golpe de Estado y perdieron el tren. En la calle Río Branco la espera continúa, donde un grupo de curiosos, como los buitres, esperan la llegada de los hombres de Terra.

La policía viene una primera vez en la mañana para arrestar al antiguo presidente del Consejo, y proponerle exilarse en Buenos Aires. Algunos balazos son intercambiados. Luego recomienza la espera, tan larga que Caruso, el fotógrafo de los tangueros, autor de algunas de las fotografías más célebres de Carlos Gardel, tiene tiempo para venir e instalar en la vereda de enfrente su voluminoso aparato, viejo aparato sobre un trípode, caja de madera barnizada y cortinilla negra, o bien una de las primera Kodak a fuelle.

Ahora Baltasar Brum está de pie sobre el escenario de la Historia, los revólveres a lo largo de los muslos, y comprende que la representación debe llegar a término. Él está de cabeza descubierta mientras todos los hombres que lo rodean, y de los cuales Caruso elegirá no conservar la imagen (pero yo encontré, más tarde, la serie de clichés tomados ese día, en una enciclopedia uruguaya) llevan sombreros de fieltro gris con cinta negra. Él está de pecho descubierto bajo el saco del traje de gala, mientras que todos los otros tienen camisas blancas, corbatas, chalecos abotonados donde brillan las cadenas de los relojes. El tiempo pasa. Es el comienzo de la tarde. La dictadura está instalada.

Baltasar Brum gira despacio su rostro sobre el hombro izquierdo. En ese instante, él no es más ni presidente ni uruguayo ni tan siquiera del siglo XX. Él es un hombre que sabe que va a morir en un puñado de segundos, y que tiene una sonrisa en los labios. Su mirada es apacible. Su espíritu está lleno de recuerdos de la infancia, del rostro de una muchachita que él creía haber olvidado. O bien de hordas de jinetes mogoles arrasando la China en medio de una nube de polvareda dorada. De oficiales rusos en uniforme de gran pompa galopando en los desfiladeros rocosos del Cáucaso. ¿En quién piensan aquellos que van a morir y lo saben, conociendo la fecha y la hora? El índice de su mano izquierda está puesto sobre el gatillo del revólver. Es en ese instante que Caruso apoya sobre al obturador del aparato. Baltasar Brum baja del cordón y avanza hacia el medio de la calle. El grupo de curiosos se abre y se cierra sobre él. Baltasar Brum está tirado sobre un charco de sangre. Alguien llama sin duda a un médico por pura formalidad. Quizá precisamente al doctor Germán G. Rubio, el bibliófilo, cuyo consultorio está a pocos pasos, en la Avenida 18 de Julio.

Detrás de mí, el anticuario impaciente justifica su precio, y me garantiza que la tirada es original, hecha por Caruso en 1933. Él muestra también armarios, escritorios y pretende haber vaciado él mismo la casa familiar de la calle Eusebio Valdenegro, donde la viuda de Baltasar Brum habría permanecido hasta el fin de su vida. Es cierto que siempre hay algunas viudas, que termina por parecerse en el culto del muerto, a fuerza de repetir para los historiadores las mismas anécdotas. La de Jacobo Arbenz depuesto en Guatemala en 1954. La de Salvador Allende depuesto en Chile en 1973. La de Brandzen muerto en combate, que enviaba arbolitos que bogaron sobre al Atlántico para dar sombra a la tumba de poetas franceses…

El chofer del taxi debería tener una sesentena de años, llevaba una camiseta a cuadros y el bigote espeso de un filósofo alemán de Torino o de un campesino calabrés en Milán. Yo estaba sentado adelante, para sustraerme del confinamiento paranoico de los taxis negros y amarillos de Montevideo, en los cuales se encierra el pasajero al fondo de una caja munida de una bandeja deslizante para los billetes, las rodillas aplastadas bajo la chapa digamos blindada tapizada de moqueta. Estábamos marchando hacia el norte y el parque del Prado, cuando yo le mostré la fotografía.

Desde que ella se aleja de la costa, de los apartamentos a tres mil dólares mensuales con vista sobre el Río, los barrios de Pocitos, Buceo o Carrasco, Montevideo tira enseguida la toalla. Calles sombrías y polvorientas. Estaciones de servicio. Depósitos. Almacenes ambulantes sobre carritos con ruedas. Pirámides de sandías y montañas de bananas. Sacos de plástico flotando de nuevo sobre el arroyo Miguelete, cuyo curso se alarga hacia la desembocadura. Él se hacía el guapo al sol, se dejaba ir en medio de la gramilla y los grandes sauces del Prado, vivía su hora de efímera gloria en el corazón de Montevideo la coquette antes de desaparecer a lo largo de la refinería, día tras día, fatigado, sucio, devorado por las aguas dulces y saladas del río de la Plata, hasta el Viel Océan ducasiano.

En los años treinta de este siglo, las casas de la calle Eusebio Valdenegro estaban todavía casi en la campaña, a dos pasos de los huertos irrigados. Sus parques estaban llenos de pájaros trabajadores, como si, en el Nuevo Mundo, cada uno e incluso los gorriones estaban obligados a meter manos a la obra, los horneros (Furnarius Rufus) y los pájaros carpinteros (Colaptes campestris). Nosotros primero bajamos y luego subimos la calle yendo despacio. Siguiendo las indicaciones del anticuario, yo había identificado fácilmente la gran casa señorial con muros maculados de chorretes negruzcos, rodeados de vegetación salvaje. La parte trasera del parque abandonado, que en otros tiempos debería deslizarse en dulce pendiente hacia el arroyo Miguelete, había sido amputado con la construcción de cordones de cemento.

Algunos estandartes de ropa de cama multicolores se secaban en las ventanas abiertas de algo que parecía haberse vuelto un inmueble colectivo o un squat. Nosotros estábamos delante de la reja herrumbrosa del portal que cerraba un candado de bicicleta. Un caballo listo para el matadero, atado con una cuerda, nos mostraba sus largos dientes amarillentos, carne vieja en donde las costillas en flejes de barrica estiraban el cuero arrugado como una lona, y lo hacían parecerse a un carrito de emigrantes a él solo. En el camino de vuelta, nosotros hablamos de Baltasar Brum de quien el taxista conocía la historia. Y sin embargo él no comprendía como toda aquella gente, alrededor suyo, no le habían impedido saltarse la tapa de los sesos. Él levantaba los hombres y me garroneaba un cigarrillo, que desaparecía detrás del gigantesco bigote. La escena le parecía enfática, o cinematográfica, en todo caso inhumana. Y ese fotógrafo, decía él, estaba al borde de la inasistencia a persona en peligro. En los barrios populares nosotros aguantamos a los tipos que quieren jugar a cuchilleros. Nosotros tampoco le sacamos fotos. De sus propósitos iba saliendo una celosía soterrada, quizá ella misma inconsciente, y el rechazo de aceptar la existencia de un gesto heroico y gratuito, la necesidad de llevar la muerte de Baltasar Brum a un nivel más familiar de pasiones humanas. Según él, debería de haber otra cosa. Ese hombre se hubiera suicidado de cualquier manera. Golpe de Estado o no. Él lo había escuchado hablar en su niñez.

Dicen que tenía problemas con la mujer…

Yo había pensado de nuevo en la Grande Infanta de Castilla, como cada día y asiduamente, desde hace dos años. Sentado delante en el taxi, yo miré finalmente la fotografía puesta sobre mis rodillas, en su marco pequeño en madera dorada, y el rostro de Baltasar Brum a punto de huir, que parece preguntarse si la representación no había ya durado lo suficiente. Si no era la hora de los fuegos artificiales y el bouquet final.

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(traducción de J. C. M.)