El arte de comparar

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

J. C. M.

I

A MANERA DE PRÓLOGO

Nuestro saber suele ser un saber de libros. Cuenta Michel Foucault en el prefacio a “Las Palabras y las Cosas” que la lectura de un texto de Jorge Luis Borges -donde transcribe cierta enumeración que el doctor Franz Kuhn atribuye a una enciclopedia china- fue el punto de partida luminoso de la hipótesis de trabajo de su libro, grado cero del tema del conocimiento observado desde una perspectiva arqueológica. Dice Foucault: “Ahora bien, esta investigación arqueológica muestra dos grandes discontinuidades en la episteme de la cultura occidental: aquella con la que se inaugura la época clásica (hacia mediados del siglo XVII) y aquella que, a principios del XIX señala el umbral de nuestra modernidad.” (1) Este acatamiento singular así desarrollado postulando el itinerario de una crisis, conectó de manera pertinente dos asuntos que nos venían preocupando desde hace tiempo y por razones relativas al proyecto narrativo. El sistema conceptual de Pascal -cruce de teología y ecuaciones- en sus posibilidades analógicas y la ética transgresora circulando en los escritos de Ducasse afectando la literatura y poiesis de la modernidad.

Nuestra intención en el presente ensayo fue reflexionar centrándonos en el segundo de esos temas, siendo la ficción de Montevideo el considerando decisivo que recorre la trama. El texto de “Los Cantos de Maldoror” resultó fuente de interrogantes suficiente como para absorber todo el interés de un estudio y asimismo la extensión de una tesis de doctorado, sin ser nuestra motivación proritaria mientras transcurre el año 1985. Sorprendente además al poder dar en principio una impresión de unicidad extraña, territorio fértil de reflexión árida donde fue dificultoso hallar la filiación de los precursores.

Había sin embargo una puerta de acceso camuflada a LcdM, línea sutil dibujada con el grafo láser del lenguaje y que nadie interesado en el misterio Lautréamont puede renunciar a consignar. Resulta tan marcada la diferencia cerebral entre el genio de Pascal y la transgresión colonial juvenil de Ducasse, que precisamente -puede que en el domino acotado de la lengua francesa- deben insinuar elementos comunes. Nosotros buscamos discernir esos vasos comunicantes y con espíritu de principiante, antes de adentrarnos en apreciaciones de la noción de belleza tenebrosa en LcdM. Tampoco quiso ser este estudio aproximativo una aplicación indirecta de las tesis más iconoclastas de Foucault, menos la enésima justificación prestigiante de una relación que admitimos desde el comienzo caprichosa. En sus orígenes supuso compartir el contento de ciertas coincidencias observadas desde la periferia uruguaya, que si bien podrían resultar arbitrarias, aspiran a insinuar un método de lectura. De dicho estremecimiento que Foucault establece entre esos siglos, algunos ecos textuales deberían infusionar en dos de sus nombres más representativos.

El texto de Borges referido está incluido en “El idioma analítico de John Wilkins” y parece ineludible que Foucualt lo haya citado. Según Borges, Wilkins fue hombre del siglo XVII (1614-1672) y su obra más comentado “An Essay Towards a Real Character and a Philosophical Language” trata el tema del lenguaje; publicado en 1668, presume la intención del polifacético inglés de formular un idioma universal y en que cada palabra se define a sí misma. Como luego sucederá en pleno desarrollo de la Ciencia omnipresente, emerge la cuestión del lenguaje en una relación dialéctica con los postulados metodológicos; asunto que recién comenzaría a plantearse en sus términos verosímiles y con probabilidades de solución hacia el siglo pasado. John Wilkins -contemporáneo de Descartes- asiste al fracaso de la invención ingeniosa de un lenguaje artificial que postule categorías absolutas: la búsqueda de máquinas lógicas lingüísticas es una rama de la filosofía fantástica, que permite nuestras especulaciones lúdicas, más afines al relato ficticio enmascarado que a la filosofía. Hacia esa época tal intento se presentaba como una etapa en antagonismo con la realidad social. El “Discurso del Método” -de ingreso espectacular en la filosofía occidental- era la demostración de que el lenguaje en práctica y teoría, podía ser el vehículo pertinente para encauzar la razón todopoderosa en el intento de organizar el mundo. Dominarlo desde la explicación retórica aún con otra ambición íntima y sublime: demostrar la existencia de Dios.

Pascal es contemporáneo de ambos, estando por tanto en la imaginación actuante de la época clásica. Algunos de sus Pensamientos serán reescritos por Isidore Ducasse con el estigma del signo contrario. Los dos sin premeditación manifiesta, más el aporte aleatorio de Blake, Dostoievski, Baudelaire, Kierkegaard y Nietzsche forman el grupo de seres privilegiados que, según Sábato “intuyeron que algo trágico se estaba gestando.” (2) En “Otras inquisiciones” (3) el texto anterior al dedicado a John Wilkins se titula “Pascal”.

Otro detalle merece ser ahora recordado, en cierto pasaje de “El idioma analítico…” se presenta parte del sistema del autor reseñado. Parece ser que, bifurcando desde una intencionalidad racional y clasificadora, el inglés dividió el universo en cuarenta categorías o géneros. En la decimosexta, sin que se argumente lo parcial o fundado de tal ubicación, asoma la Belleza. Sin la modestia de las comparaciones sucesivas de Ducasse, Wilkins lo define por metáfora: es un pez bípedo, oblongo. Definición por lo menos tan sorprendente como las minadas en LcdM, formulación forzosa transgresiva al parecer, mutante cuando se concreta el encuentro intencionado de ideas y palabras.

Pascal y Ducasse -sin olvidar sus máquinas disímiles- son dos instancias estimulantes de la relación hombre/lenguaje. Para Pascal lenguaje y conocimiento avanzan juntos, relegando a la condición exótica e impertinente todo proyecto de lenguaje artificial. En el proyecto Ducasse -y en toda su época del XIX parisino- el poeta queda desamparado ante la Historia, la inscripción cotidiana en la sociedad, los sistemas de pensamiento y la ingeniería de la matemática mecánica, con un lenguaje creativo que sólo puede referirse a sí mismo. Un año después del nacimiento del montevideano, George Boole establece las bases de la moderna lógica simbólica, marcando la ruptura de la ciencia con la gramática; diez años más tarde, nace Saussure que sistematizará la lingüística occidental.

Impedido de mentar la complejidad de la creación desarticulada en sus más elementales partículas, el lenguaje profético forzaría proyectarse en otras dimensiones invertidas, soñadas e inesperadas hasta extenderse en el perímetro cadavérico de una mesa de disección.

II

SEÑORES, HAGAN JUEGO

Para un lector instalado desde la literatura, Pascal es más que el primer contradictor a la doctrina de Descartes: intuyó las dicotomías entre ciencia dura y valores, avisó el intersticio entre un teorema llevado a buen término demostrativo y el horror sin ecuación del infinito, entre la existencia ardiente de Dios y una demostración verosímil ante los descreídos.

Personaje de ciencia e inserto en el siglo del método, Pascal negó que el hombre -y su conciencia- pueden ser meramente una hipótesis como cualquier otra. Sin condescender a la sencilla operación de descartar la razón tan elaborada como sistema, la combate cuando -ella y el método que la define- pretende constreñir en su dominio todo lo relativo a lo humano. De continuo aporta las respuestas científicas y nos interpela de cerca con sus dudas metafísicas, esa mente deslumbra desplegando teoremas e inquieta con pensamientos y vocación vertiginosa de abismos metafísicos; el territorio matemático se le aparece como una vía inapropiada de alcanzar a Dios.

Intenso conocedor de la extensión inconmensurable del universo, de la mecánica de fuerza/energía invisibles sosteniendo esas estructura (desmesurada, obsesiva, delirio desatinado sin Fe de un ingeniero indefinible) no podía contentarse con la mera certeza obvia de su existencia; era la nada suicida o el intento de darle un sentido a lo inexplicable. Extraviado en el universo creado por Otro, su sensibilidad de desamparo se origina en la perplejidad anterior o consecuente, menos cósmica o metodológica que individual. Los cielos equidistantes jamás fueron signo emblemático triunfal de la presencia abrumadora del Creador, sino testimonio sensible de su relatividad.

Recibe, hereda, asume, decanta en una angustia incipiente y profunda un conflicto con tradición e historia, que había surgido -temor de la generación espontánea del pensamiento, otra variante padecida del silencio cerebral– en el cuatrocientos, mientras la realidad de la preeminente relación del hombre con la divinidad se modificaba en la asimetría ventaja/desventaja. Pascal sabe o descubre que la fisura irreversible entre lo temporal y lo eterno implica la abolición de la concepción medieval del mundo. Paul Valery intentó, más cerca nuestro, establecer un diálogo con las estrellas así llamadas por la luz que emiten y aspira además a la imposible reciprocidad. Pascal había clausurado en su tiempo ese contacto redentor: Hombre y Cosmos se recelan. Dos entidades de naturaleza opuesta se cotejan transfigurándose en adversarios que se observan amenazantes, sin presumir el discernimiento que tienen el uno para el otro en ambos sentido.

El hombre renacentista que siendo niño “redescubre” los primeros treinta y dos teoremas de Euclides, comienza a trabajar en el misterio del idioma a partir de las “Provinciales”, serie de cartas publicadas clandestinamente donde Pascal asume la defensa del jansenismo. Esas recusaciones son tomadas como modelo del género por la excelencia del léxico utilizado, la fuerza de polémica que provocan y el ingenio razonado que las recorren. A tal punto se las considera en la tradición francesa, que varios críticos vieron en ellas el exponente máximo de la elocuencia francés y -junto, en paralelo simultáneo- la primera obra maestra de una lengua por entonces escindida de la herencia latina. Desde temprano Pascal ostenta su condición de hombre complejo y paradojal: domina la extensión total de la razón siendo el primero en cuestionarla. Se define como jansenista y busca la conversión de los libertinos; es hombre afortunado dentro de la Corte que postula el rigor de una vida ascética, pretendió escribir una apología simple por didáctica del Cristianismo y nos legó los “Pensamientos”.

Este último proyecto inconcluso es el núcleo de su obra mayor, entendiendo que aquí inconcluso no significa acrático. Aún en los fragmentos de apariencia más dispersa, se vuelve luminoso un orden intencionado y la férrea metodología de trabajo. La articulación diferenciadora con respeto a las restantes apologías contemporáneas, es el vértice intencional hacia el cual convergen las fuerzas religiosas aunadas y espirituales que fueron movilizadas. Más que los creyentes serían los libertinos los destinatarios privilegiados de su obra, la prédica de Pascal no ambiciona adoctrinar en la confirmación, sino con la intención de convertir los espíritus descreídos. El proyecto de la obra, los argumentos activados tienden a ello; de ahí su especial disposición en el avance y lo insólito de las proposiciones.

Ciertos postulados iniciales eran claros. Los argumentos clásicos a disposición del cristianismo (exacerbados algunos por adoctrinamiento a ultranza) eran insuficientes considerando el desafío de la tarea. La razón como camino de convencimiento llegaba apenas a los mismos dominios de la razón; Pascal quería acceder a un más allá asimismo retórico, donde la evidencia fuera concluyente a la recepción y como puede serlo un milagro puesto en escena mediante la Fe.

Agitados o agotados los otros caminos, era tiempo de tentar una variable específicamente humana: el recurso del corazón. La solución parece eludir la caída en el escepticismo totalizante y una probabilidad de conocimiento directo, cuya amplitud se expande a zonas inaccesibles para la infantería de la razón. El corazón se asume en el nuevo dispositivo como otra forma y fuente de conocimiento, doble salida epistemológica y moral. Pascal asume su cometido como si se tratara de la demostración mediante fórmulas de un teorema de la Física. De la misma manera que en ciencia, los hechos se le aparecen más humanos y firmes que los principios -claros, irrecusables pero asimismo abstractos- a los que accede Descartes con la aplicación estricta del método racionalista.

La proyectada apología suponía un itinerario plural de iniciación y Pascal se torna profundamente pedagógico. En una primera etapa el hombre asume su frágil condición pautada por una miseria ontológica. Es por dicha vía que se llega a la necesidad de dios asegurando una conciencia existencial, con lo cual los fines de la hipótesis estarían logrados; luego se incorporan en los pensamientos del incrédulo fusionándose a sus intereses convencionales. Con esos instrumentos precarios, Pascal pretende erigir una apología inatacable. Era previsible que aplicase a su exposición la lógica analítica, la misma que utilizara en demostraciones geométricas frecuentadas desde la juventud. En definitiva, la mentada Apología seria la demostración de otro Teorema iniciado desde el corazón, del Teorema más enorme de todos los Teoremas.

Siendo la unicidad del hombre el grado cero y punto de partida, ello suponía considerarlo en su integridad; en consecuencia, se analizarán y atacarán todos los flancos de acceso a lo esencial que está en juego: razón, sentimientos, alternativos medios acumulados, dominio de la ignorancia y confusa trama conceptual. Si se organiza un cuestionamiento riguroso e irrebatible de todos esos elementos constitutivos, resulta el asumir la conciencia inexcusable de la miseria. Así, de ser una noción abstracta, eventualmente demostrable por los artificios de la razón, Dios se transfigura en necesidad coronada de angustia. Esa es la diferente entre el hombre con y sin Dios.

Obviando su presencia permanente el hombre, extraviado en el laberinto del tiempo, es criatura contradictoria y denostada, confusa inteligencia ignorando el secreto del Caos, incapaz de definirse de manera coherente o acceder al sentido de su propia existencia. Su vida interior deviene una danza imprecisa y eterno conflicto sin solución reconfortante. Pascal considera la necesidad de una caída moral previa hasta tocar fondo para que, luego de esa relativización pedagógica, surja un hombre distinto con otros proyecciones propias del que sabe.

Si el hombre genera en sociedad la diversión como mecanismo de evasión, para una utilización correcta de su responsabilidad en tanto ser pensante -que no consiste por cierto en camuflar cuestiones trascendentes-, era inevitable que esa miseria individual se extendiera al conjunto del cuerpo social, de donde resulta una sociedad enferma que subvierte la verdadera escala de valores… esa sensación de sentirse incluido, inserto y destinado en un medio social que alude las responsabilidades superiores, es una vía de acceso portando al hombre a una intensa introspección.

Pascal, buen conocedor de las estrictas leyes del equilibrio y postulados delicados de la psicología humana, sabía que una sobredosis de pensamientos negativos puede abolir clausurando el deseo de buscar a Dios. Para que el hombre se acepte en su situación límite, es pertinente acercarle ciertas pautas de su grandeza descuidada, lo necesario para que pueda asumir que hay algo rescatable en su precariedad, que su miseria creciente es transitoria y puede ser remontada. Asigna al hombre en consecuencia un lugar de reflexión equidistante entre el Ángel y la Bestia, situación de equilibrio que parece englobar la condición humana. El rechazo de la tentación de los extremos nos ubica en una verdad trascendente: Dios es la energía que puede conciliar extremos antagónicos, rescatarnos de la desesperación latente, extremos absolutos es lo que él denomina espíritu de Geometría y Finura. Inclinarse apasionadamente por cualquiera de ambos es un equívoco; lo conforme, es actuar teniéndolos a ambos en cuenta, buscando sin respiro una síntesis superior que los contenga y diferencie. El factor equidistante medio sería el corazón, estrategia visceral haciendo equilibrio entre razón y sensibilidad.

Dicha ubicación suponiendo incertidumbre, ese destierro voluntario de toda comarca dotada de sentido filosófico sistemático, es la posición del hombre en la mecánica de la Creación. El pensamiento será el engranaje elemental para una toma de conciencia haciendo posible la búsqueda de una situación ontológica más positiva. El pensamiento es el procedimiento para comunicarse con el silencio del Universo, que lo desconoce todo y le impide acceder al Hombre. Nunca habrá diálogo ni retorno: esta comunicación con lo Absoluto distingue el hombre y le confiere una pequeña dignidad, si bien ello supone asumir la conciencia de su precariedad. Paradójicamente, esa dignidad a la que se tiende transita por el reconocimiento de la miseria, acto de contrición previo para el cual sólo el hombre está capacitado: el Universo es.

Existe una palabra que expresa y sintetiza la grandeza del hombre y su capacidad volitiva: pensamiento. El razonamiento a que conduce lo anterior es la celebrada tesis religiosa de la caída. Dios creo al hombre, la humanidad con naturaleza generosa y el antídoto del pecado lo corrompió en su totalidad, contaminando los niveles del prodigio desde estratos morales a capacidades intelectuales.

Esta forma de la argumentación tampoco debe derivar en el escepticismo resignado, la conciencia del infinito y la soledad incentivan en Pascal la tarea del estudio del hombre. El primer paso será la indagación sobre sí mismo y luego una búsqueda para comunicar a los otros protocolos introspectivos de su experiencia: conocimiento del verdadero camino de salvación. El primer objeto de estudio para el hombre deberá ser el hombre mismo, pero ese sólo conocimiento es insuficiente para emprender la reconstrucción interior. Considerando además (entrando en uno de los debates más fecundos del siglo XVIII) que la razón no resulta el método más acertado para atender tan precioso objetivo.

Consciente el hombre de su miseria y de la presencia del infinito, también puede si lo decide rehuir ese conflicto de orden ontológico. Desviar la atención, refugiarse en el dominio de las diversiones; actuando así el problema excluye la esperanza de una solución y claramente se posterga. Ronda asimismo la cuestión de la premura que debe resolverse estando en vida, considerando que la muerte -siendo cita inevitable- puede irrumpir en cualquier momento. Si por el contrario desiste de la diversión y a ejercer su acción permanente en el mundo, puede acaso acceder a las grandes cuestiones; entre las cuales se halla la de su propia condición.

La experiencia es grave. Sentirá el doble embate de su importancia y pequeñez que son preámbulo de las pasiones negativas asociadas al fracaso. Atiborrarse de mundo es un escape a asumirse y significaría: reconocer su miseria e iniciar un camino accidentado hasta la Fe.

La tenaz oposición de Pascal a ciertas facilidades de la razón es más que una simple repetición de argumentos anteriores. La angustia individual conduce a la Fe y de allí el hombre da el gran salto a una angustia infinita. Los “Pensamiento” son el testimonio del deseo de poblar el silencio totalizador que le deparó su mente matemática. Pascal advirtió cómo y a través de la metodología cartesiana, el conocimiento se volcaba hacia el mundo exterior en su deseo fáustico de aprehenderlo, distanciando en proporción de la aspiración introspectiva. Ello explica al tiempo que pretende entender, la transferencia de su base gnoseológica de los vericuetos de la mente a los latidos del corazón. El corazón insufle la vida e induce un camino.

La salida de la oscuridad de la caverna, la confusión laberíntica se halla en Dios y la religión; sin embargo, conocer la escondida senda no significa haber hallado la solución última a la cuestión de la contradicción humana. Razón, más filosofía y corazón son insuficientes, incluso para conocer cuál es la religión idónea que logre dilucidar el enigma. Como Pascal tiene por finalidad en concordancia probar que la única salida salvadora es la religión católica, se abocara con método empírico al estudio comparativo de las religiones circulando. Busca detectar, de manera irrefutable, cuál entre ellas es nominal de la ansiada verdad y en consecuencia, aquella que puede ordenar el caos interior de la criatura humana.

Convergen en Pascal algunos principios distanciados del razonamiento; en realidad, son certezas provenientes del instinto y el corazón. La razón elabora a partir de ellos, establece relaciones y al diapasón las leyes anteriores que los rigen. Como nunca antes, con el entusiasmo luminoso presumible en la empresa, Pascal adecuó el procedimiento a las finalidades acechadas. Su paciente tarea fue metodológica, descartada la razón para convertir a los libertinos indiferentes el matemático apela al corazón, que presume ser racionalmente irrefutable y pasionalmente convincente.

Para quienes mantengan en la resistencia un resabio cientificista, el oriundo de Clermont-Ferrand tiene en reserva otro argumento inesperado: la apuesta. El comienzo del Siglo XVIII es pródigo en apologías triunfantes del cristianismo vencedor y que hasta el ingreso de Descartes al discurso contradictorio, proseguían su tarea disuasiva y amenazante hasta la hoguera las normas fijadas por la retórica escolástica. Luego del viento de Descartes (“Pienso, luego existo”, los restos reposan en la Abadía de Saint-Germain-des-Prés y su cráneo en el Museo del Hombre en París) la apologética cambia imperativamente de orientación. La mayoría se convierten en maquetas intelectuales empíricas y postulando la objetividad para las pruebas que ostentaban.

Las modificaciones de matriz en el proyecto Pascal son varios y a los avanzados debemos agregar otro bastante originalidad. En tanto la tradición apologética propone la senda que conduce de la religión hacia el hombre, Pascal intenta el camino inverso: orientarse desde la incertidumbre humana a la religión con tránsito único e ineluctable. Esta variante radical se conocerá luego como el método inmanente, del cual Dimitri Merejkovski detecta algunas fuentes interesantes: “Aparte de los “Ensayos” de Montaigne y el “Manual” de Epicteto, el tercer libro esencial de la Apología es el “Puñal de la Fe” del dominico español Raimundo Martini, en el cual los más antiguos monumentos de escritos judaicos fueron por milagro preservados de las llamas de la Inquisición. Pascal allí busca la conformidad de la tradición cristiana con el testimonio de los grandes doctores del Talmud, en lo que él llama perpetuidad y nosotros podríamos llamar: unidad de la experiencia religiosa humana a través de los siglos y de los pueblos en la historia.” (4)

Algunos estudiosos observan en los “Pensamientos” los orígenes cuando no las ruinas de la ambiciosa Apología programada y su valor sería por tanto esencialmente testimonial. Queriendo ser quizá un pensamiento totalizante, es probable que sea una forma original de asumir el pensar, postura y estrategia. A pesar de ese cuestionamiento -puede convenirse que metodológico- se le reconocen lineamientos básicos sólidos y tratamientos temáticos adecuados. Para otra vertiente crítica, el carácter fragmentario e inconcluso en su aspecto formal tampoco fue impedimento para considerarla apenas esbozos; por el contrario, se le asigna en la tradición receptiva una unidad y estructura que las redacciones posteriores, poco habrían alterado en lo primordial. De lo que se posee a la sistematización final sólo se hubiera operado una modificación de grado más que de esencia.

Esa doble consideración está vinculada a la memoria de tal como nos fueron legados, tanto en la estructuración conjunta como la disposición interna de cada uno de los fragmentos. Se admiten dos vertientes de ordenación: la que los confronta con el plan inicial de la proyectada apología (Primera parte: Miseria del hombre sin Dios. Segunda parte: Felicidad del hombre con Dios) o quienes prefieren aceptar el corpus tal cual aparece y en consecuencia detectar los grandes temas propuestos. La apuesta, antropología pascaliana, definición de los espíritu de geometría, finura y otros. Sin la necesidad de una finalidad artística, las virtudes de su lenguaje y estructura literaria resultan obligadas a ser soportes, engranajes retóricos, medios maleables perfectibles relegando la finalidad de trascendencia superior.

El hombre con atributos que desconfiaba de la razón, se confía a otra alternativa no menos engañosa que le hace sentirse seguro en su proyecto. Siendo el conocimiento lenguaje y aceptando que es lenguaje el pensamiento, resulta pertinente formular la interrogante: ¿y si Dios fuera lenguaje?

De la confrontación teórica y biológica ante el infinito, el hombre recupera dos asuntos sin aparente solución. El de su exacto lugar en el Cosmos se le aparece pérdida amenazante y reactualización obstinada del problema gnoseológico; del cual la tan mentada Razón sólo dio una solución ilusoria. Ante el infinito, en ese estado de la cuestión asoman tres posibilidades: a) reconocerse extraviado en los laberintos de tiempo y espacio. b) abolirlo. c) intentar completarlo con algo igualmente infinito: Dios. La solución a la miseria del hombre se halla pues más allá de los poderes del hombre mismo.

Ante muchos la Fe basta siendo autosuficiente para probar la existencia de Dios, y tal certeza puede exteriorizarse de manera absoluta. Descartes propuso la concepción del cuerpo como máquina, Pascal retoma dicho concepto y lo proyecta a la vida espiritual, accediendo a lo que se dio en llamar automatismo de la Fe; justificado cuando tenemos claro dónde se halla la vía de la salvación. Por tanto tales automatismos, que consisten en la constante reiteración de actos litúrgicos y demostrativos de la predisposición del que anhela, lograrán que el encuentro ansiado se concrete en el más breve tiempo posible. Sin embargo, considerando que la razón es insuficiente, incapaz de demostrar la existencia de Algo Inconmensurable que está a infinita distancia, lo prudente es relegar el problema supremo a las inquietudes aleatorias del azar.

A los perturbados a quienes no les basta la preparación mecanicista referida para llegar a la convicción de Dios, hacia el final de su obra Pascal les propone un argumento alternativo que, basado en el cálculo de probabilidades y estando dirigido al interés por la eternidad de los futuros conversos, en principio repudiaría cualquier réplica, contestación o diatriba. Se trata de la famosa apuesta a favor de la existencia de dios. Cuando se reconoce que toda prueba a la existencia de dios aparece como insuficiente sin logar convencer, podemos partir de la dualidad radical de existencia o inexistencia. En simultáneo, considera la felicidad asimismo en términos binarios: vida consciente breve y vida posible eterna. Dicha osadía tentada en la península ibérica, hubiera despertado el interés ardiente de la Santa Inquisición, la condena fulminante de don Marcelino Menéndez Pelayo, refrendada en su implacable martillo de herejes que es la “Historia de los heterodoxos españoles.”

Lo que se pone en juego mediante la apuesta, aquello que se puede ganar es esa posibilidad con solo dos instancias: ganar o perder. El cálculo de probabilidades nos dará la exacta dimensión de la relación que puede existir entre lo que se juega y aquello que puede ganarse. En este argumento puesto sobre la mesa el incrédulo tiene ante sí el dilema de tomar partido; igual sigue sin existir con claridad la certeza en cuanto al camino decidido. Nunca podemos perder de vista que será una decisión pautada por el interés y sin apelar a los argumentos filosóficos ni con la Fe.

En un clásico para el estudio del Argumento del Pari o apuesta, Miguel Asin Palacios (5) se aplica a detectar los antecedentes de dicho procedimientos. Cita en primer lugar cuatro casos del orbe Cristiano: Arnobio – Adversus gentes. II-4. / Sasbunde – Theologie naturelle. / Silhon – De l’inmortalité de l’ame (Lib. 1o. disc. 2º.) / Sismond. S.J. Demostration de l’inmortalité de l’ame. Romano Guardini (6) agrega dos analogías del argumento de la apuesta: la prueba ontológica de la existencia de Dios de Anselmo de Canterbury y la paradoja absoluta del danés Soren Kierkegaard, enunciada en sus “Migajas Filosóficas”. Partiendo de un estudio precedente de Baluchet, Asin Palacios infiera que el argumento que más se parece al de Pascal, es el citado en cuarto lugar. La ubicación en la historia de estos autores lo lleva a preguntarse si dicho argumento no fue utilizado desde el siglo IV al XVII y concluye que también se frecuentó en el ámbito del Islam por Algazel.

Detecta doce analogías entre los planteos de Algazel y los de Pascal agrupándolos alrededor de tres puntos: 1) Idéntica actitud fideísta y escéptica en los problemas de la Fe, otorgando a la inspiración o al corazón -y al hábito- como fuentes de certeza un valor superior al de la razón. 2) Mismos recursos apologéticos para persuadir a los incrédulos acerca de la conveniencia de creer en la vida futura. 3) Similar disciplina mecánica aconsejada por ambos para lograr la Fe, consistente en abstenerse de pensar, obrando como si ya se creyese. Estos tres puntos son los que los comentaristas de Pascal denominan respectivamente: 1) La teoría del corazón (el corazón tiene razones que la razón desconoce). 2) El argumento de Pari (si ganas ganas todo, si pierdes no pierdes nada). 3) La disciplina del abetissement (hacer como si creyeras) (7)

Se ha preguntado qué razones pudieron llevar a Pascal a recurrir a este tipo de argumento siendo varias las hipótesis. El primer propósito es estrictamente apologético: convertir a los incrédulos libertinos. Se insinuaron otras intenciones; Julien Green se ha interrogado sobre si este argumento no sería una variante sutil de autoconvencimiento. A pesar de la validez intelectual, lo acusan asimismo de frivolidad, transfiriendo la cuestión esencial del Universo al terreno de meras especulaciones probables. Los libertinos además, podrían oponer que para qué arriesgar si los elegidos son pocos y siendo determinados por la Gracia. François Mauriac certeramente detecta en el llamado a la apuesta, un ligera contradicción con la teoría de la Gracia. “¡Qué difícil de comprender es, en este jansenista, la esperanza de cambiar, gracias a un libro, los designios eternos de Dios sobre los elegidos y los condenados! ¿Creía acaso que su Apología habría de modificar su número respectivo en una sola unidad?” (8)

Matemático empírico al tratarse del hombre desdeña la ciencia y Dios nunca fue un teorema ininteligible necesitado de demostración. Desde los soportes de corazón y lenguaje Pascal ordena sus dudas pensando en los escépticos e indiferentes, cuando debe dar el salto decisivo a la prueba concluyente se encomienda a la estadística; el lenguaje clásico omnipotente se revela y manifiesta obstáculo insalvable.