Septiembre 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

El “Shinano” a pique

El cometa Arolas

Place de la Contrescarpe (1924)

LOS RIOS FICTICIOS 

El viaje a Escritura (tercera parte XXII a XXXIII y final)

EL ASTILLERO

« El cazador Gracchus » amarra en Montevideo

 Milena y yo

A KRA PRA GA KRA: a) le Prestige b) los precursores

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

Martillo de brujas: el Capítulo Naccos

LOS VISITANTES

Pablo Silva Olazábal

1) La hora del monje

2) Cinco visiones narrativas a) cuna importante b) dama con sombrilla c) tres jotas en la Ciudad Jaguar d) el pie que emerge en la penumbra e) a campo abierto.

Pablo nació en 1954 en la ciudad de Fray Bentos, también conocida por ser la cuna de Funes el memorioso. Desde hace años dirige la audición de radio “La máquina de pensar” que es un Aleph de la cultura uruguaya: allí se habla de novelas rio, micro relatos, cine, encuentros de poesía, recitales, comics, de los que recién llegan al ruedo y los otros que vamos saliendo. También desde antes es autor de una obra considerable de ficción; de la década pasado recuerdo con admiración “La huida inútil de Violeto Parson” (2012) y de hace poquitos meses, la novela “El run run de las cosas” donde el autor da cuenta de sus sueños (eso que pasa mientras dormimos) ofuscados o atónitos orbitando la tramoya literatura, allí donde se desconfían memoria y deseo.

Naturalezas Muertas

Sobre los poemas “VII (las uvas 2)”, “XX (las castañas 1)” y “XXI (los dátiles)” de Amanda Berenguer (Identidad de ciertas frutas, 1983)

VII (las uvas 2)

Cuando están sobre la mesa

los racimos cortados

son incitantes palabras moradas

            o palabras rojo bosque

           o palabras ebrias

como luzbel

    o salamandra

   o serpentario.

Se bebe entonces el discurso:

deletreamos en el licor

           imperiosas delicias.

Nosotros sabemos que están cerca.

Nos desnudan

            y no sentimos vergüenza.

Las uvas se encienden como pomelos:

queda su luz verde

         su mirada de gato

titilando en el comedor.


XX (las castañas 1)

Suponiendo que el árbol del sabor

fuera una aparición o un sueño

—ese árbol asombraría indefinidos paisajes—

Las castañas están a la altura del recuerdo

madurando entre el misterioso chocolate

               la femenina batata

           y un toque suspicaz a nueces

en una calle de París

               humildemente.

Sobre un suave hornillo se asan

los oscuros encerados frutos medievales.

Y hace frío.


XXI (los dátiles)

Se dirían escarabajos de caramelo ritual.

Se dirían cobrizos melosos relicarios

       de breves tallas en madera.

Se dirían adorables fragmentos

       supersticiosos golpes de azúcar

       dorando mis dedos.

Si los muerdo

            los dátiles huyen.

—volátil esencia de la familia de las confitadas—

            y dejan en la boca

            un espejismo casi doloroso

            vibrando —cabalístico—

            su miel ensordecedora.

17 de julio de 2017

Hay que cambiar las palabras, porque acá pasó algo, un desequilibrio que nació en la mesada de la cocina para purificar todas las cosas. En la unión forzada de textos, el recorte casi arbitrario del catálogo, se sopesa la sustancia de esas frutas que Berenguer puede mirar desde cada ángulo, cubistamente, al mismo tiempo. En las uvas están la vida y la potencia del alimento, de ser esfera inocente y delicada o gota espiritual y ligera. Su propia capacidad de decir está contenida en esa miniatura forma que nos ve abismados: los racimos son ojos o son la potencia del discurso que se abre en la boca como una flor, como un manojo fresco de agua. Indica sabores y presagios de dulzuras y palabras. Unas y otras pasan así, sobre la mesa, como un nombre cualquiera y son ellas las que en un gesto opuesto (opuesto a las pseudobíblicas hojas de parra, que cubren), nos abren en toda la pequeñez del hambre y la lujuria. Las frutas pueden introducir la memoria, otro tiempo, otro lugar lejano o imaginado. De este modo, las castañas son medievales y parisinas, son invierno y el árbol de su idea, son encerrado misterio que pertenece al fuego. Sorprenden en ese estado de detención: existen sin consumirse, en recuerdo o en chocolate, mudas y quietas, anunciando un decir, siendo siempre otra cosa. Más allá, en la alacena, lo exótico se sacude de pronto en el delicado crujir de un dátil en los dientes, y si antes era París con frío, ahora es el desierto, la sucesión misteriosa de faraones y milagros, las plagas y el museo de lo eterno, el trabajo de dedicados artesanos y el cocodrilo y el gato, el río y la barca, el sol y la piedra, la superación de la muerte y de la putrefacción. Son miel y número, son oasis y engaño. Su suspensión es delicada y se vuelven así monumentos ínfimos (necesariamente transitorios) de momentos. Las frutas traen por la boca el recuerdo, la imagen, el sueño, la inspiración, la felicidad y el poema. En el más trivial espacio de la casa o de la enciclopedia (hermosas ilustraciones acompañan estos versos), su dulzura o su solidez abre desde el gusto el imperio de la música y de la enunciación, de la inmediatez sensual de la forma y del rigor que secciona la magia, cortándola con precisión para dar sentido.

La cena

Sobre dos fragmentos de La liebre de marzo, de Marosa di Giorgio (1981)

Cazamos por segunda vez (y lo pusimos en la anticísima asadera), uno de esos animales que están, al mismo tiempo, difuntos, vivos. Así, casi no es necesario violentarlos. Aún a través de las llamas, la carne sigue en pie; y la vida tiene un sabor extremo.

Para subrayar tal festival se junta la sangre en los vasos. Y la sangre está, también, muerta y viva, pretérita y ardiente.

(En mitad de la mesa hay un jardín en flor, un predio con diminutas rosas, todas minuciosamente dibujadas y alumbradas. La decoración es acorde.)

Estos animales son ciegos, inocentes; creemos que se reproducen sin tocarse.

***

Dijo: —Cazó una comadreja, y la puso en la olla; pero, ella nada con sus hijos, sobrevive.

Y luego, cambiando, “Zarigüeya”. “Vulpeja”. Nombró “Un mono”.

Pedí: —Ah, no cuentes esas cosas.

Y me senté en la tierra. No recordaba dónde estaba. Pero, el callejón se acomodó, el aire azul, oscuro, la tierra, de siempre, con palos y amatistas.

Intenté mirarme. Lo más grave era que no me acordaba de mí. Cuántos años? ocho? treinta?

Al erguirme, hallé el camino hacia la casa porque era el único.

Entré clamando: —¿¡Mataron a un animal!?

“No, no, no”, dijeron todos.

Miré a la mesa.

Y sólo había platitos de aceitunas, clavelillas confitadas, vino, hojas.

30 de octubre de 2017

¿Quién anda ahí? Es la pregunta que Hamlet hace a la oscuridad. El miedo es de fantasmas que arrastran la culpa y un destino de sangre y barro. ¿Quién habla? ¿De quién es esa voz que suena tan clara y seductora como la de un vampiro? De quién su fría mano acariciando el marco de una puerta entreabierta, jugando a no entrar, pero sin sacar la vista del haz de luz que significa. El rito cancela el tiempo en el poema, abre a la infancia suspendida en el presente, desde el brillo del recuerdo apretado como en una plegaria, como un jardín que crece en medio de la mesa, delicado y artificial. Y qué es este animal que vive y no vive, que desea inmóvil, que muerto conserva el calor del aliento, sino la escritura, sino la voz, sino esa niña eterna, esa grotesca mueca que no envejece. Y quién es el cazador, que sigue las huellas y abre el sentido del camino único que siempre conduce al hogar. Y quién es la presa, la palabra divina que se evapora sobre el recuerdo, que se funde en el fuego del pensamiento. Pero ese bicho no ve, es pieza espectral del museo de la carne. Cambia de nombres como de pieles, se va desplazando sobre la hoja como una pátina densa de tinta, provoca la mancha que dice cosas. Pero hay “cosas” que es mejor no oír, que es mejor no ver, sino dejar hundirse en el húmedo terreno de la indeterminación, perderse en las amplias habitaciones del castillo en donde habita la ignorancia como un monstruo vengador, calaveras y voces que interrumpen la cena y los años. Los platos, por eso, son sólo una señal de la vanidad, un anticipo de la comida reluciente y fresca que el infierno ofrece cuando condena. Lo pasado y hoy, la niñez y la juventud, el yo que se encoleriza y se cancela y sobrevive, todo parece una pregunta gritada en el vacío que dice No tres veces, como Pedro. Al final, cuando ya el crimen se ha cometido, la mentira lo cubre todo y luce tan brillante y despiadada como lo cierto.

la ofrenda

Sobre “Santos I, II y III”, de Jorge Medina Vidal (Harpya destructor o un objeto de poesía o la copa o séptimo libro o la odalisca en receso o la señora electa, 1969)

Santos I

Repaso las figuras de los santos.

Acaricio el ambiente nocturno que los proyecta

arriba de mis ojos.

Reparo en sus puntillas

en el rojo manantial de sus ojos

en sus actitudes de almohada que cercenan

dolores y esperanzas.

En sus manos que resecan las sábanas

y dejan una sinuosa línea de mortaja

en imprevistos pliegues.

Los tengo por racimos de otoño

cargados de perfumes

y los huelo en silencio

y los dejo

en sus cajitas luminosas o me vuelvo al combate.

Y cada vez me envicio más de ellos.


Santos II

No puedo hacer en silencio mi labor en el día.

Pero en la noche atiendo a los santos entre

la vastedad de sus puntillas,

elegidos para el vasto silencio.

Alargo gritos y todo me transmito

en voces aparecidas a destiempo, voces

que sirven de locura.

Hasta que llega el verso como una matanza

o un esquema de noticias que otro me dice

y me siento castigado con una voz novísima

a la que me obligan.

Los versos son más frágiles que el vidrio,

pero perduran como aquel parpadeo

que a veces llega

transformado en la propia sombra del

alma y su grafía.

No sé nada común de este pozo atmosférico

en que nado,

no llevo monografías del silencio

o del habla,

no planifico las colectividades.

Delante de mí se levanta la columna de fuego

en el profundo desierto.

Vago entre los arcos alados del templo

y por los bajos cimientos de los desperdicios,

semejante a la serpiente deseosa de coincidente locura.

Muevo las orgullosas plumas de mi cuello

sin preocuparme nunca por los ecos

y sólo

porque no puedo hacer en silencio mi labor en el día.


Santos III

El ánimo observador,

el ánimo ardiente como una brasa

que se consume

y que el necio juzga como energía dilapidada.

En esta noche vuelve sin estridencias

a recuperar pensamientos idos

y a ordenarlos azules

o divinos

porque vuelven en estado de fruta.

Entonces encuentro a la noche

como un alto animal puro y transitable

donde todo se ofrece a manera de rito

y la noche o el mundo contagiado de noche

es como el torso de un atleta

húmedo

y que nunca hubiera pensado en su vida

algo que fuese distinto a una ofrenda.

Avanzamos hacia la ofrenda

como las mansas creaturas

convocadas a la perfección de ser espejo.

De las manos salen caricias

como mensajeros que palpan el viento

y el agua deslizándose

y la firme respiración de Dios vigila atentamente

desde su altura o profundidad,

respondiéndose eternamente que todo es bueno.

Y entonces, Pablo, al que escuchaste

en la puerta de la Mansión que creías limitada,

te contesta

con su vieja voz barbada de Judío despierto:

en Él somos, estamos y nos movemos.

Y entiendes lo que quiso decirte

mientras te inclinas con actitud de flor

que ha cumplido su primavera

y esperas.

19 de septiembre de 2018

Es la habitación. Una cama, las paredes altas, cortinas que dejan apenas pasar la luz artificial de la calle. Es de noche. Es la noche. Esa luz, como de cinematógrafo, les da a moverse sobre la pantalla, el espacio del aire que se hace denso frente a los ojos. De ahí llega, como una lluvia suave, la palabra para decirse, la descarga de energía a la mano, el murmullo que traspasa siglos y sigue comunicando, que le dice a la hoja que hable. De ahí llega, en el repaso de su blanca perfección, el sueño. El verso como noticia, el poema que se acerca de improvisto y se posa sobre nosotros como un pájaro, y que habla en el corte con el día, en la paciente oscuridad. Están ahí, cuidando, amenazantes, la última cruz sobre la cabeza, con sus telas y sus perfumes, transforman la sábana en mortaja: son las voces altas de la poesía, que se dejan ver por entre los rayos de luz que irradian sus ojos. Son la cadencia que habla por nosotros, que levanta el cuerpo y lo encuentra, que corta lo vulgar y nos transporta, livianos, al tiempo inmóvil de los ritmos nocturnos. Medina Vidal alienta el paso libre de ese torrente místico, oye los designios de los siglos, se deja disolver en la acuosa perfección de la pureza, se mira en los santos como en ejemplos, con la certeza gozosa de la soledad y de lo que falta. Entrega negándose todo a ese altar, se da a la sombra como a la escritura y presta atención a sus temblores. Es la voz de mando, la orden que se suelta ante nosotros, que nos resignamos a doblar el cuerpo sobre el escritorio, a herirnos y a salvarnos. A escapar de las horas del trabajo, de la jornada, en un júbilo con las cosas propias, un reconocimiento en lo otro de las palabras que no siempre nos es dado comprender, algo que se abre solo en silencio en el tiempo más lento. Ahí está el encuentro, un regocijo que se siente en el templo del pecho, el entusiasmo delicado de la comunión.

La hora del monje

Raspútin inclinó el rostro y con el solo poder de su pensamiento dejó caer un vellón negro de su espesa cabellera (“hirsuta” hubiera escrito el cronista de rigor). Esto, claro, llamó la atención de la corte que en ese momento permanecía en un dulce y extenuado silencio, la mayoría recostados en sillones y butacas para reponerse de los cansancios de la orgía que acababa de finalizar. Raspútin miró fijo y el largo vellón negro quedó a medio camino, suspendido en el aire. Alzó un ojo –un solo ojo delicuescente y lujurioso– y observó a los alelados: la comisura de sus labios se arqueó levemente y la barba entera le vibró de alegría. Alzó la mano, atrapó el vellón y a punto estuvo de devolverlo a la cabeza con el resto de la pelambrera –Raspútin no tenía un pelo de tonto y sabía mejor que nadie que el poder de un truco reside en su brevedad– cuando la condesa Xenia Alexandrovna lanzó un agudo chillido de ardilla, similar a los que la habían hecho célebre en los aquelarres más encendidos, pero en este caso sin una gota de placer o alegría.

   El fulgor azulado de un cuchillo grueso como un cuerno brilló en la penumbra con un finísimo tintineo: el monje arqueó la espalda hacia adelante y giró sobre  sí mismo justo a tiempo para capturar la muñeca del ingrato príncipe Yusúpov, un boyardo tenaz y envidioso que acostumbraba a participar de los excesos palaciegos que promovía el inmenso Grigori Yefímovich, quien apretó con sus callos campesinos la fina piel del traidor obligándolo a soltar el maligno puñal, que cayó con un eco metálico y seco, justo una milésima de segundo antes de que el vellón, en un movimiento contrario a la energía que lo sostenía, le ocultara la mitad de la cara y perdiéramos así, indefectiblemente y por los azares y rigores de las leyes terrestres, el último prodigio del gran ominoso que, invadido por un arrebato de furia, exclamó:

   –¡Nadie puede matarme si yo no quiero!

   Alzó los brazos frente al boyardo que yacía enroscado sobre sí mismo y aspiró con fuerza el dulce éxtasis de la victoria. Allí, en ese instante en que nos miró a todos para confirmar la hipnosis de su poder, nació el germen de su derrota. Había confundido los ímpetus físicos de la superioridad con los dulces calambres del proceso narcótico que ya comenzaba a recorrerle las piernas y a enmarañarle la mente. Cuando descubrió la anomalía no sólo supo que era causada por una generosa dosis de cianuro sino que, además, ya era tarde: de pie y con un pulso firme que desmentía la debilidad de su estirpe, Yusúpov –enardecido por Vladímir Purishkévich y por el gran duque Dimitri Pávlovich– le vació el cargador de la pistola en la espalda.

   El monje se desmadejó como un muñeco y, furioso consigo mismo, comenzó a reptar por el suelo jaspeado del frío Palacio de Moika. Comenzaba así, en aquella noche invernal del inicio del verano de 1916, otra pérdida más en la larga historia de la vieja Rusia. Pese a que el asesino continuó apretando el gatillo aún sin balas y pese a que lo hizo mirando fijamente una cruz de plata que descansaba sobre un botiquín de mármol y madera tallada, Raspútin igual pudo adivinar en sus ojos la misma emoción que había captado en los otros nobles que asistían sin decir palabra a su vil asesinato: tras la ardiente decisión por terminar de una vez por todas con su vida relampagueaba la llama de un miedo infantil e inconfesable que no hacía más que aumentar la calidad de su hombría y el poder de su resistencia. Quiso girarse, voltear la cara y gritarnos a todos que éramos unos cobardes. Increíblemente no lo hizo porque no vio lo que esperaba. Con esa franqueza descomunal que usaba tanto para sí mismo como para los demás, tuvo que reconocer que, por última vez, estaba equivocado. Su portentoso olfato aguzado por la agonía se lo había adelantado un momento antes cuando, electrificando el aire, sintió las hormonas bullendo por la atracción del espectáculo. Las miradas de miedo y repugnancia de condesas y baronesas que se tapaban la boca con horror –los pechos subiendo y bajando al compás del tambor que tenían bajo sus senos y gargantas– escondían, incluso para ellas mismas, la violencia de un deseo tan vibrante y vehemente que las pupilas aparecían brillosas, los labios húmedos, las mejillas enrojecidas y las vulvas engrosadas con un ardor tal que hacía difícil poder mantenerse en pie. En ese instante Raspútin descubrió, no sin un resto de desilusión, una nueva y contundente verdad: que todas las jineteadas sobre aquellos traseros voluminosos y cerriles y todas las vejaciones provocadas sobre aquellas caras bonitas de labios tiernos y falsos no habían significado más que el resto de las humillaciones infringidas por él a príncipes y nobles; en ningún momento había habido dominación sino todo lo contrario: había constituido para ellas, y también para ellos, una pasajera diversión basada en el placer del dolor y de un sometimiento que hoy, descubría amargamente, llegaba a su fin. Todavía pudo enterarse de algo más: que ese goce aumentaba hasta el infinito frente al espectáculo de la muerte que, bien lo sabía el monje, suele provocar las mejores erecciones y los orgasmos más intensos.

   –Malditos sean…

   Quiso enrostrarles sus vidas vacías, tiranizadas por las inclinaciones más elementales, la peor de ellas, la novelería, que encarnaba un mundo condenado a desaparecer pero no dijo nada porque un instinto más profundo lo obligó a ahorrar energías. Fiel como siempre al imán de la vida comenzó a arrastrarse por el suelo jaspeado, rumbo a los hielos y a las turbulentas aguas del río Neva, dejando tras de sí la estela oscura y pringosa de su sangre espesa, que quedaría grabada para siempre en la mente de aquellos nobles tan frívolos como temerosos y en el corazón y sobre todo en el sexo de aquellas mujeres tan conmocionadas como insólitamente enardecidas.

Cinco visiones narrativas

Cuna importante

(monocopia de Lacy Duarte)

De chico siempre me han dicho que si se miran bien las manchas de la luna se ve la escena del pesebre. José, la cuna y junto a ella, María arrodillada. Pero lo que vi aquella vez en medio del campo no tiene punto de comparación.

Abrigada y formada por miles de estrellas, había en el cielo una gran cuna. Se veía nítida, a través de las galaxias. Sin ninguna base científica calculé que la parte superior, la capelina, mediría unos diecisiete millones de kilómetros y el perfil del bebé que asomaba en ella, unos seis o siete millones. La profundidad era sencillamente espantosa. ¿De qué raza, o qué especie de monstruo galáctico sería aquel gigantesco bebé?

Nunca lo sabré, o mejor dicho nunca lo sabremos, porque mientras pensaba esto la cuna implosionó y ante mi mirada de asombro el polvo mineral comenzó a expandirse en el vacío sin límite del Universo.

Dama con sombrilla

(“Ana de retorno”, foto de Pablo Bielli)

La dama subió lentamente las escaleras con un paso de minué fatigado, bajo una sombrilla amarillenta que por muy curiosa que fuera carecía del suficiente atractivo como para distraer la atención de la otra mano que, entintada en sangre, empuñaba algo que no se podía distinguir y que dejaba caer cada tanto gotas espesas sobre los peldaños percudidos de la escalera imperial de la plaza Capurro. Algunas gotas no llegaban al suelo: simplemente quedaban enganchadas y corrían irregulares por el campo amarillento de la amplísima falda que, tan ignorante como su dueña, se movía rítmicamente a su paso bajo el sol del atardecer.

La miré desde lo alto sin poder creer en aquella imagen, sobre todo en la inverosímil sombrilla, sujetada con una firmeza que sólo podía haber aprendido de su madre o de su abuela. Era claro que no estaba en sus cabales, pero eso no era lo más importante. Aquella ascensión, pautada por un ritmo que parecía ejecutarse a la medida, fascinaba por su exactitud teatral. Cada paso, acompañado por el roce de la falda que se abría en cada escalón para volver a cerrarse en el siguiente, cumplía puntualmente con un designio superior que parecía ridiculizado por aquella sombrilla estrafalaria. Recostado en la baranda exhalé el humo y lo observé intentando descifrar, por las formas de las volutas, cuánto le quedaba al cigarrillo. Es una manía que tengo, igual que definir en qué lugar voy a tirarlo. Examiné el damero de baldosas blancas y negras, apisonadas por el tiempo y elegí una zona distante.

La loca siguió ascendiendo en mi dirección. Me pregunté si no debería apartarme pero no llegué a saberlo; de pronto supe que no se dirigía hacia mí. No, aquella subida estaba destinada a mi recuerdo: quería atravesarlo y quedarse en mi memoria como una espina inexorable. Fue un relámpago de lucidez que no me sirvió para nada, porque cuando lo supe, o mejor dicho cuando lo sentí, continué varado, sin saber qué hacer, fumando contra el borde de la escalera imperial, preguntándome por qué me sucedían a mí cosas como estas, sabiendo de antemano que no hay respuesta posible porque no hay suerte, todo ocurre así, simplemente, porque no hay otra manera.

Antes de que se detuviera frente a mí supe que sus ojos tendrían ese brillo extenuante y aniquilador que consume a los locos por dentro. Igual se detuvo, sonrió, y con una inocente boca abierta extendió la mano ensangrentada y me enseñó la breve masa roja que le latía en la palma. Lo hizo como si eso fuera una explicación, como si ofreciera algo que no era para mí, sino, tal vez, para mi recuerdo.

Evité sus ojos y también la mano; hice lo que cualquier otro hubiera hecho, bajé la cabeza y asentí varias veces, falsamente comprensivo y definitivamente seguro de que la imagen borrosa de aquellos órganos y membranas nunca me dejaría en paz. Cuando percibió mi gesto se sintió aliviada y siguió su camino con la misma serenidad sepulcral y demente.

Sentí un sabor amargo y tiré el cigarrillo asqueado por aquella escena repugnante, tratando de hacerme a la idea de que aquellos restos ya estaban hundidos en lo más oscuro de mí, sabiendo –porque en ese momento lo supe– que no hacía mucho, tal vez media hora, habían sabido moverse y correr unidos bajo un nombre cualquiera, seguramente corto y sencillo, que contenía la alegría y la lealtad de un cachorro de poodle o un labrador de pocos meses. Tal vez Toby, Mancha o Colita; el nombre yacía envuelto y desecho en el puño sanguinolento de la mujer que, como una sombra, pasó a mi lado. “Sí”, pensé, cualquiera de esos perritos presentaba una alegría demasiado insultante para una oscuridad como aquella.

Tres jotas en la Ciudad Jaguar

(foto de la ciudad maya “ek balam” de Javier Hinojosa)

éek’ báalam significa ‘jaguar negro’

Tres hombres miran Ek’Balam, la ciudad con nombre de jaguar. El primero se pregunta qué palabra se oculta tras ese animal. Imagina que a través de las manchas de la piel de generaciones de jaguares está escrito nada menos que el Nombre de Dios. Y con eso escribe un cuento.

El segundo hombre reflexiona que así como la noche es el revés del día y el día el envés de la noche, el sueño es la inversión de la vigilia y el futuro, la mitad del pasado. Y con eso escribe un cuento.

El tercero no ve sólo la ciudad sino la gente que vivió en ella hace más de mil años. Y con eso escribe una historia larga y áspera donde los vivos no saben que están muertos.

Son Jorge, Julio y Juan, tres jotas contemplando la ciudad jaguar.

Ninguno sabe que los estamos mirando.

El pie que emerge en la penumbra

(“Dormitorios” de Lucy Duarte)

Los pies tapados forman un pico al final de la cama. Son de un señor; supongo que está durmiendo, a no ser que esté muerto. Trato de no salir del rincón, aunque la poca luz que atraviesa las cortinas y hace amarillear la penumbra no me deja ver mucho. No sé qué hago acá, en este lugarcito, agobiada por el calor espeso que hay en la siesta. De pronto los pies se mueven y el pico se desarma y la manta se corre. Aparece un dedo gordito, con la uña un poco larga y se asoma al borde de la cama. Está a punto de caer por el precipicio pero el señor respira hondo y lanza un bufido, como si se desinflara de tristeza, y eso frena todo. No es alguien muy gordo, al menos no es todo lo que una esperaría ver en una situación como esta –que no sé muy bien cuál es.

–¡No jodas a la abuela! –susurra en un grito mi madre y me hace saltar del susto.

Intenta tirarme de las orejas pero me agacho, la esquivo y salgo corriendo. Soy muy rápida. Abro la puerta cancel y salgo. Afuera el sol está más agobiante que nunca. Espero.

Al rato sale mamá con la bolsa de los mandados, cierra la puerta con llave y aprovecha que estoy distraída para agarrarme del brazo. Me arrastra sin decir nada, sé que está furiosa y yo no me quejo. Quiere que la acompañe al almacén. En el camino repite lo mismo de siempre:

–Qué chiquilina, siempre inventando cualquier cosa.

A campo abierto

(“Caminata” de Lacy Duarte)

En el pasto mojado de la madrugada la madre arrastra a los niños que, a cada lado y sin entender nada, se resisten a caminar tan rápido. Cada tanto la madre –la frente empapada, la mandíbula dura, el pelo pegado a las sienes y los brazos tensos y fuertes, repite:

–Caminen, carajo, caminen.

La niña aguanta todo lo que puede hasta que empieza a llorar débilmente. No es que le apriete demasiado la mano, no; se trata de un dolor interior, provocado por un solo pensamiento, “mamá está loca”. Ese desasosiego la invade como una ráfaga y le acorrala el cuerpo a cada tirón. Y todas las veces confirma lo mismo: “está loca”.

Agobiado por la responsabilidad de ser dos años mayor, el hermano trata de entender.

–¿Quiénes son, mamá? – pregunta y gira la cabeza sin ver a nadie.

Por toda respuesta la madre pisa más fuerte, hunde los zapatos en la gramilla mojada y bajo el arco anaranjado del cielo da un tirón más fuerte a las manitos que aprieta mientras vuelve a decir entre dientes:

 –Caminen, carajo, caminen por el amor de Dios.

Agosto 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Paralelo 38

Non l’avrei giammai creduto

LOS RIOS FICTICIOS 

El viaje a Escritura (segunda parte XI a XII)

EL ASTILLERO

« El cazador Gracchus » amarra en Montevideo

 (Episodio Zürau)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

Con Hugo Burel tenemos una foto famosa en la puerta de entrada del Centro Gallego de Montevideo, donde almorzábamos en nuestra época de creativos publicitarios; en mi último viaje a Montevideo, brindamos por la salida de su novela “La muerte misteriosa de Eleanor Rigby”. En El Jauja -que aparece en uno de sus cuentos inéditos que nos mandó- nosotros festejamos un mediodía la salida de su primer libro “Esperando a la pianista” en 1983… el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, pero todavía nos quedan varios ladrillos para agregar al muro ficticio.

Querido amigo, es una gran alegría que hayas pasado por La Coquette a probar el gin fizz de la casa.

Julio 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Lafoucheaux V

Lafoucheaux VI

Lafoucheaux VII (final)

Muerte del malevo uruguayo

LOS RIOS FICTICIOS 

El viaje a escritura (primera parte I a XI)

EL ASTILLERO

« El cazador Gracchus » amarra en Montevideo

 (dos nuevos episodios)

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

La utopía virtual

LOS VISITANTES

1) Alguna vez en Brignogan – Plages Jorge Musto me aseguró que se había cruzado con William Faulkner; recién años después le pregunté si estaba seguro, él me respondió enviándome una copia de “Otros Sur, otras derrotas.

2) Gustavo Wojciechowski concentra los avatares mejores de la cultura uruguaya de las últimas décadas: diseñador gráfico y docente, editor alternativo referente, poeta por encima de todo. Su primer texto es una meditación sobre el libro que viene; el otro, evoca la crueldad insistente del abril que pasó.

JUNIO 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

Lafoucheaux III

Amapola de invernadero

Lafoucheaux IV

EL ASTILLERO

«El cazador Gracchus» amarra en Montevideo

 (dos nuevos episodios)

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

París: ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero.

LOS VISITANTES

Ingrid Tempel nació en Montevideo y forma parte de la tradición poética femenina de la literatura uruguaya. Fue una gran alegría que Ingrid aceptara visitar La Coquette en tanto autor; es asimismo narradora, conoce los senderos secretos del Parc Montsouris y escucha el dúo Grappelli/Menuhin. 

Los poemas que ella misma seleccionó, provienen del libro “Asia en el corazón”.