El cuestionario Schmidt (2011)

¿Qué objetos te acompañaron toda tu vida?

Cajas de música, cofres, libros, instrumentos, muebles, reloj de pie, biblioteca, discos.

¿Sentís presencias, voces, músicas del trasmundo?

No puedo decir que mucho de lo que me rodea no sea del trasmundo.

¿Qué pensás de la rosa, los anillos, el mar y los tatuajes?

Que algunos de ellos son signos del más allá en distintas escalas, y otros, ornamentos y sellos que rinden homenaje sin saberlo a un deseo de resistir, permanecer, dejar huella, volverse pertenencia de algo ante uno mismo.

¿Cuál es tu superstición?

Muchas. La mejor es la creencia en la transmutación y la magia a través de las palabras, pero están las escaleras, los números, las coincidencias significativas, la virtud y el hallazgo a cada paso, el respeto por algunas señales…

¿En qué parte del cuerpo, el aire o el paisaje sentís la poesía?

En el aire, siempre. En el cuerpo que duerme o en el que imagino que tengo. En la piel, en los ojos, en el sexo, en el andar, el gesto, la cadencia.

¿Escribís mientras escribís o antes o después?

Todo el tiempo. Luego sucede algo.

¿Qué autores no releerías?

Difícil, no sé responder con acierto. Son muchos.

De los poetas que conociste, ¿cuál, cuáles te parecieron que unían su vida a sus palabras?

Cesare Pavese, Henri Michaux, Raymond Carver, Sylvia Plath, Fernando Pessoa, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Blas de Otero, Ted Hughes, Delmira Agustini, Marosa Di Giorgio, Olga Orozco, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Salvador Puig, Ida Vitale, R. Juarroz, y olvido muchos.

¿Qué, quién, quiénes escribe en vos?

La sangre que me esculpe desde el pasado remoto y que va hacia allá, hacia el tiempo en el que no estaré, que ya me lleva en las venas de mi descendencia, ellos y yo, los ancestros y la propia lengua materna; y el amor me escribe, y la mirada me escribe.

¿Vuelven algunas palabras, algunos temas o algunos climas?

Sí, vuelven, son letanías, son mi mismo libro en pie nunca jamás escrito, sólo intentos, aproximaciones graduales, balbuceos, algo así como las olas, algo así como lo soñado, entrevisto, apenas insinuado.

En tu vida, ¿la poesía como propósito, destino o circunstancia?

Las tres cosas en una, pero en este orden de aparición: destino, circunstancia y propósito.

¿Qué quisieras leer mañana, que quisieras releer para siempre?

Otra vez a Pessoa, y otra vez a Cortázar, otra vez al Borges de Los conjurados, los Diarios de John Cheever, Raymond Carver, John Berger, Marosa.

¿Qué pensás del romanticismo alemán?

La influencia del clima, la identificación del sentimiento trágico de la vida con la bruma paisajística, las idealizadas figuras lánguidas del poeta maldito y la distancia del arte con respecto a la “vida”, se cuelan en la inspiración poética en mi “tono” de modo inadvertido y tal vez no deseado o no siempre favorable.

 El silencio, la soledad, la transparencia, el orden, ¿adentro, afuera, a veces, nunca?

El silencio, la soledad, la transparencia en el caos, adentro y afuera, siempre, “conmigo”.

¿Qué fue lo imposible?

Detener el tiempo, evitar la muerte; algún amor fue lo imposible, y el destierro de la lucha contra la ilusión.

¿La poesía es un arma cargada de futuro, pasado, eternidad?

La poesía es un arma cargada más allá del tiempo, y mucho más que eso.

¿La poesía es literatura?

La poesía es también literatura.

¿Qué lugar ocupa la poesía argentina en Latinoamérica y en la lengua castellana?

Un primerísimo lugar.

¿Cuáles poetas argentinos te parece que deberían estar y no están?

¿Dónde? ¿Considerados, vivos, presentes con su obra, propuestos y leídos? No lo sé. Todo es tan misterioso y a veces lo mejor que sucede es que no estén, porque nos rodea un panorama extraño para el reconocimiento, inestable, teñido de tantas cosas ajenas a la poesía, y confuso.

¿Alguien te llevó o fuiste sola a esa palabra oscura?

Fui sola, con mis marcas y señales, “hasta tocar el brillo de las piedras oscuras”. Ineludible la influencia del entorno.

Fuera de la poesía, ¿qué campo del arte te interesa?

La música, las artes visuales.

¿La poesía es una tarea del espíritu o una emanación de la historia? ¿Hay espíritu, hay historia?

Hay espíritu, hay historia, y hay construcción necesaria de los hombres; dice un historiador que la historia destruye la memoria, y ésta destruye el olvido, o algo así.

¿Cuál es la mayor dificultad en la relación existencia-poesía?

Una de ellas, el tiempo, en todos sus sentidos. La urgencia y la necesidad. El desencuentro de los ritmos. El mercado, el dinero, la política, trabajar para vivir, vivir para comer y un largo etc.

¿Quisieras responder otras preguntas, quisieras hacer otras preguntas?

Siempre.

A probar

En la distancia entre aroma y sabor los convocados a la mesa transitan imantados. Una infinita secuencia de instancias intercepta la llegada del plato a cada sitio.

Los detalles dispuestos murmuran sobre el mantel perfecto. Las humorosas ollas que cantaron antes ya volcaron con generosidad sus contenidos en fuentes de origen innombrable.

Allí estamos, yo con mis siete años, tal vez nueve. Aguardamos atentos el oficio inminente.

Ya están allí también panes y peces que ese Cristo invisible multiplicará para que los reparta nuestro padre.

Es una mesa inmensa que se colmará siempre, algunas veces con parientes que aportaron las presas de la caza ahora preparadas, tras un largo proceso.

Los vi cuando llegaban: traían liebres, y otras veces perdices que las tías y abuela sabían adecuar.

Los numerosos primos de mi padre vivían en el centro del país, cerca del campo, y venían a pasar largos períodos en la capital.

Y colgaban a las liebres muertas de una pata, de la rama más fuerte e inclinada del añejo laurel.  Luego las prendían fuego, bañadas en alcohol. El cuerpecito tieso de la liebre en la noche encendido mientras yo me inscribía en su ojo fijo, rojo, brillaba a la luz de la luna o de las llamas.

Mis pupilas temblaban entre el fuego y las ramas, ante cosas y hombres, la caza y los queridos primos de mi padre, la vida detenida en el ojo de la liebre, ese fulgor rojizo bajo el árbol frondoso que me cubría en verano, en el que me escondía trepada como niña salvaje incapaz de ignorar los asaltos y pálpitos internos de la infancia y atender sus llamados, desmedidos para la candidez.

Y llegaba la hora de la cena, con la presa convertida en manjar.

Pero hube de olvidar la procedencia para aceptar mi plato y admitir el sabor exquisito de las combinaciones, el sonido de las copas cruzándose, el abrir y cerrar de la mielera que con forma de abeja portaba ahora alguna deliciosa salsa líquida, el agua de la jarra y las gaseosas, su manantial vertido en los cristales. Y eran texturas, cáscaras y tonos, los de todas las frutas fascinantes.

Un largo espejo me recibiría años después en casa ajena, con su piel de manzana color té, que era la mía, la de mi adolescencia congelada en su fría superficie, cuando todas las mesas de la infancia -incluida la de madera natural de la cocina, que albergaba en hilera interminable la pasta casera que yo, colaborando, probaba y consumía cruda-, se habían desparramado por el aire y un hueco se agrandaba en el techo del hogar, y el rumor de las fiestas había huido detrás de otros manjares y manteles.

Mi tía Lila seguía reservando para mí los “suspiros” de la enorme bandeja de masas de la confitería Lion D’Or con la que agasajaba a la familia los primeros de año.

El eterno femenino en las mujeres que yo nunca sería desfilaba ya acompañando a hombres similares a los quien luego amé.

Mi tío Juan, dada mi frecuente condición para las lágrimas durante la niñez, me decía con ternura “zapallito relleno de llanto”, un sabor había en esas palabras: se hundía en mi paladar con la sal de los ojos que fluía.

Qué decir de Yolanda, tía abuela también, y sus panes de nuez, o de Amanda y sus cigarros perfumados, encendidos para la sobremesa nocturna del viejo caserón, sola en la cabecera, trasnochando.

O de mi abuela Ofelia y sus múltiples formas de consuelo en cazuelas de repollitos de Bruselas y arvejas a la crema! De las puntuales compras de caramelos irrepetibles el día de salida del pago de su jubilación.

De la garrapiñada para el cine y el algodón de azúcar de los parques, filtrado para siempre en el humo de todos los domingos de invierno.

Qué decir de mi mesa de madre que cocina y trabaja en doble horario, donde uno de los hijos saboreando mis platos caseros un día me comenta que debería poner un local de comidas y llamarlo “La piedra sin pulir”, como decía de mí un enamorado de la juventud a quien no correspondí; expresión, entre otras, que mi hermano adulto se esmeró en repetir hasta que llegó a oídos de mi hijo.

Cómo olvidar los tallos de colores que asomaban de las bolsas de feria de Nené, tía materna directa, destinados a las humeantes sopas. De verdura o pescado, o de legumbres. Ni una palabra ante su maravillosa isla flotante, sus escones exactamente tibios o sus mermeladas. Y esa crema quemada con planchita de hierro que lograba, bañando aquellos postres memorables preparados por ella en un horno de primus con infalible molde chimenea para coronar fiestas o alguna excepcional mesa de té. 

Tan solo este inventario de todos los refugios / subterfugios sin fin que el paladar guardó como un tesoro hasta el confín de la intemperie de la que me resistiría a salir; tan solo este puñado se adelantaba a los descubrimientos del tiempo por venir. Tan solo este pasillo de memorias fragantes es un inmenso manto de manos que se cubren del frío en el trabajo diario del alma de la vida, la que llega a la mesa en forma de alimento y lo trasciende.

2017.

El momento infinito

Poema VIII

Demasiado urbana.
En la parada de los sinsabores
donde el tiempo se apaga por un rato
somos todos iguales en la espera
con nuestra peculiar desemejanza
toda la sombra en la ciudad despierta
en la que no descansa
el destino común de nuestros hijos
el futuro a sus pies
siempre dignos de amor, como nosotros
cuando la noche impar
nos acoraza
como un soberbio manto
sobre la flor descalza
de la calle que avanza
hacia la independencia de la plaza.
Querida noche impura
no hay consuelo
ante la enemistad de los relojes 
y la violencia de los calendarios.
Y como parte de algún juego eterno
oscuro tras sus reglas
somos toda esta lumbre alucinada.

Poema XII

Hoy cosía un botón del abrigo
que usaré por tercera temporada,
cuando de nuevo recordé a mi padre.
El desgastado estado de mi ropa
como abandono redentor a veces
figura repetida
se estremeció fugaz hacia la estampa
precisa o tambaleante
al borde de la esquina que lo traía a casa.

Volvían lentamente los días buenos
como páginas blancas
las compras de almacén
colgaban de su brazo
para colmar la mesa de los hijos
el Plymouth encendido entre los labios,
una larga ceniza suspendida.

En las manos un libro
algunas veces
lo detenía un poco
los ojos sobre el texto
página 100,
quién sabe.

Pero había otros días  
aquellos que celaban
su figura cimbreante
fluyendo con Pavese
como en cámara lent
por la calle Paullier
de nuevo a casa
ahora despeinado
sobre el raído cuello
de un chaquetón de pana.

Alguna vez, cantando “Stormy wheater”.
Otra, con el rumor abierto
de su esperanza y furia, “In the rain”.
Y caminaba místico hacia Manderley
con “Rebecca de Winter” bajo el brazo
pero sin billetera
o un zapato
desde la misma esquina
a la que nos llevó una vez a ver la luna
en simultánea con la televisión
que no teníamos
y transmitía a todos los hogares
esos primeros pasos de los hombres
que tocaban su suelo.

Y pasaron los siglos.
No importa ya que nadie me devuelva
mis 22 o 24 años, o si soy tu ligera
enciclopedia viva.

Ya no sé si es que cumplo
tu sueño o tu mandato.

No sé si he comprendido
o si el amor es eso
una carencia que temporalmente,
más tarde, siempre luego,
lleva el nombre de alguien
para no resignarnos a estar solos.

¿Soy la ausencia de otro?

A modo de recibidor

Supongo que sería contradictorio extenderme mucho para hablar de la microficción. Ya la bauticé para estos renglones. Las expresiones para denominar este tipo de narrativa breve o hiperbreve y sus zonas aledañas son varias, como variadas son sus características, sus posibilidades y los caminos que se pueden recorrer en ella. Esta literatura no es nueva, es añeja. No es una invención del siglo XX ni se limita a términos como minificción, microficción, minicuento o microrrelato, por citar algunos de los más utilizados. Sí es cierto que desde la segunda mitad del siglo XX este tipo de literatura se ha multiplicado y desarrollado con pujanza y fuerza propia. No solo en la creación de textos sino también en su estudio y reflexión.

Ese desarrollo se ha dado particularmente en algunos sitios de América Latina. Países como México, Argentina, Colombia, Chile o Perú cuentan con una tradición en la materia. Algunos de esos árboles son frondosos: muchas ramas, tronco grande y raíces que día a día, desde hace décadas, se extienden y fortifican. En otros sitios, como Uruguay, claramente no ha sido así.

La microficción se hizo adulta y trascendió mucho antes de que aparecieran las denominadas nuevas tecnologías. Antes de internet, los medios digitales, los blogs, los teléfonos celulares, las redes sociales y la conectividad permanente. Aunque indudablemente todo esto ha potenciado su difusión e incluso influyó al género, para bien y para mal. Lo breve puede circular más fácil en este tiempo, pero eso implica riesgos. Por ejemplo formar parte de un mar infinito, desconectado, ser asimilado como algo efímero, perecedero o de menor calidad, confundirse con cosas que no es, caer en el facilismo, agotarse en el efecto final, moldearse considerando la reacción inmediata.

A nivel general, este tipo de literatura mínima pasó de ser una rareza o ejercicio ocasional a convertirse en un género con características propias. Se hizo mayor de edad y logró un lugar en el mapa de las letras. A medida que crece aumenta en variedad y densidad, en cultores y lectores. Pero tampoco hay que engañarse, es obvio que sigue siendo un género menor en comparación con otros como el cuento, la novela o la poesía.

Las fronteras siempre son difusas y el caso de la narrativa breve no es una excepción. Su acabada caracterización se la dejo a otros que saben más del asunto, aunque sí se puede marcar algo básico: suele considerarse que más allá de 400 o 500 palabras no es microficción. Esto no define al género, pero sí lo limita. A su vez, hay muchos textos más cortos que claramente no entrar en esta categoría, como por ejemplo un poema, un refrán, un chiste o un aforismo. Y acá me planto. Dejo la cuestión para los entendidos.

Diré sí que breve no es sinónimo de fácil, aunque hacer algo breve pueda resultar sencillo. El asunto no es alcanzar una cantidad de renglones. Llegar al producto final requiere muchas revisiones y correcciones, mucho tiempo de reposo, lapsos largos e indeterminados en los que una idea, un título, una frase, un hecho o una emoción pasa por infinitas versiones hasta llegar a una formulación casi definitiva.

A título personal, la escritura breve es por elección y lo que escribo desborda los márgenes que se puedan determinar para el género. Me tiene sin cuidado. Como sucede con el fútbol, al escribir también uno escoge su puesto en función de algunas cosas: gusto, capacidad, conocimiento y carácter, por ejemplo. Fue así que después de mucho desmalezar se encontraron dos caminos personales, el de la lectura y el de la escritura. Escribir breve implica concisión, minuciosidad, atención a los detalles. Gusto por lo mínimo, las pausas, el silencio y la sugerencia. Requiere hacer y rehacer, detenerse en cada palabra, dejar reposar y reconsiderar. Releer y modificar un texto cien veces hasta quedar casi convencido o eliminarlo.

El procedimiento insume mucho tiempo, a sabiendas de que en esto no hay plata ni oro. Hay satisfacción, gusto personal y poco más. Eso libera. Este tipo de escritura tiene mucho de lúdico y desafiante, de descontracturado y campo virgen, de invitación y desafío. Tiene cadencia, ritmo y sonoridad. Permite abarcar muchos temas de distinta forma, recorrer la fantasía y la realidad, el absurdo y la reflexión, lo simple y lo profundo. Significa resolver decenas de ideas que surgen y definitivamente se materializan, al menos en un descarte.

Se escribe siempre buscando un efecto, un mensaje, una sugerencia a la continuidad de la historia por quien está del otro lado de la hoja. El lector es juez y parte. Más que invitado es un actor protagónico, ya que muchas veces le toca terminar la historia, agregar lo que no está, darle sentido.

El texto breve es como una carrera de 100 metros llanos. No se puede guardar fuerzas para el final, ni descansar un poco en el medio, ni arrancar suave hasta entrar en calor. Importa cada paso. Es una cápsula de letras y palabras que tiene que estar lo mejor pensada y elaborada para que funcione, cosa que obviamente no siempre ocurre, o que ocurre unas veces sí y otras no, con un lector sí y con otro no.

En la microficción no hay empate. Se gana o se pierde, en cada texto. En pos del triunfo no se puede escatimar esfuerzo, entrenamiento, estrategia, ni la última gota de sudor. De cualquier manera, a pesar de todo lo que se haga, como en el fútbol, nada asegura el triunfo.

Compruébelo usted mismo.

Marcos Robledo

Doce microficciones

18.262

A los 50 años clavados se puso a sacar cuentas. Meditó un poco y se repitió que ya había atravesado su ecuador, que estaba en la segunda mitad de su vida. La gran duda era si en esa condición llevaba días, meses o años.

Multiplicó 50 por 365 y le agregó 12 por los años bisiestos transcurridos desde su nacimiento. Resultado final: 18.262. Era mucho. No había hecho tanta cosa, no había vivido todo aquel tiempo. Sintió que el estómago, la cara, el pecho, los brazos y las piernas pensaban lo mismo. Un desperdicio de oportunidades, mujeres y días soleados.

Fue a su mesa de luz y agarró el revólver cargado. Puso un poco más de whisky en el vaso aguachento y se lo bebió de un trago. Le faltaba hielo. Estaba fuerte y feo.

Lo siguiente que vació fue el revólver. Seis tiros. La bombita de luz murió en mil pedazos. No soportaba dormir con la luz prendida.

El gato desapareció cuando vino el circo

El gato desapareció cuando vino el circo. Las monedas cuando levantaron el plato sin ñoquis. La Atlántida cuando subió la marea. La lapicera Parker cuando invitamos al cleptómano de tu hermano. El marido de tu hermana cuando ella se enteró de que era una cornuda. El charlatán cuando las papas quemaron. El Barrio Sur cuando vino la piqueta fatal del progreso. La merca cuando alguno vio que quedaba poca. Una parte de Hiroshima cuando cayó la bomba. Los de la mosqueta cuando divisaron un patrullero. El café cuando quise darme cuenta. La ilusión cuando pitó el juez. El circo cuando se acabaron los gatos.

Ojos desconocidos hasta ahora

El hombre tenía a la bestia delante suyo. Con sus 16 patas enormes de las cuales cualquiera podía aplastar un perro grande. Con ocho brazos y seis tentáculos que golpeaban tan fuerte como un árbol y atrapaban como una boa enorme. Con una mandíbula que asustaba al dejar ver sus tres filas de dientes arriba y abajo, que podían desgarrar y deshacer a un rinoceronte. Con cuatro cuernos capaces de atravesar un elefante marino como si fuera un gajo de mandarina. Con un rugido que podía resquebrajar vidrios de varios centímetros de espesor. Con esos ojos rojos horribles, venidos de las cavernas más profundas. Ojos desconocidos por siglos y siglos, hasta ahora.

Tan menudo como tranquilo, el hombre notó que la bestia -grande como el más grande dinosaurio- tenía una pata mal, bastante más corta que las demás. Agarró una goma y lo arregló.

Lunes otra vez

Salgo del Metro en Plaza Universidad y camino por la calle Pelai. Soy un kamikaze japonés que sabe lo que hará minutos después. A doscientos metros un reloj me indica que dentro de nada tengo que empezar, que se termina. Es lunes de mañana. A lo lejos, desde atrás, unas sirenas avanzan. Pasan dos vehículos de bomberos a mí lado y pienso, sueño, deseo. Ojalá. Ojalá. Cruzo los dedos. Cierro los ojos. Pero no. Ni cerca. Siguen de largo. No se detienen donde deberían. La empresa no está envuelta en llamas.

Otra velita

De nuevo cumpleaños y la pelota en la casa de doña María, pensó Ismael. Tiempo de hacer balances, soplar velitas y soportar tirones de oreja. Entonces se pregunta qué aprendió hasta ahora. Las preguntas se repiten y mecánicamente las respuestas también.

Nombre antiguo de la nota musical do: ut. Llevar a remolque una nave por medio de un cabo: atoar. Carbón hecho con huesos de aceituna: erraj. Matrícula de Mozambique: Moc. Ría de Galicia: Erosa. Ciudad de Caldea: Ur. Río suizo: Aar. Tierra sin cultivar ni labrar: erial. Ternero menor de dos años: eral. Disco heráldico en los escudos: roel. Departamento de Francia: Ain. Bóvido extinto o bisonte extinguido: uro. Indio de Tierra del Fuego: ona. Islote del Mediterráneo: If. Rutherfordio: Rt. Wolframio: W. Río de Siberia: Obi. Antigua lengua provenzal: oc. Ave trepadora americana: ani. Piojo de las gallinas: ina. Padre de Matusalén: Enoc.

Entonces concluye que, por más limitado que sea, algo siempre aprende.

Burocracia

Pasó siete años sin poder dormir a pata ancha, ya que estar muerto le traía bastantes complicaciones. No solo tener que andar explicando el caso, sino porque además de quitarle el sueño la situación le quitaba la jubilación. Ochenta y cuatro meses sin ver un peso.

Luego de muchas gestiones, Jaime Mumitris logró la confirmación oficial de que estaba vivo. Al muerto de nombre parecido no tenían que avisarle porque ya estaba al tanto; aunque en la familia algunos pensaban que sí y otros que no, eso no era asunto de su incumbencia.

-Lo importante es que se pudo solucionar. Ahora no nos vamos a poner a buscar culpables- explicó el funcionario municipal.

Lobo

¿Lobo, estás? ¿Lobo, estás? ¿Eeeehhh? No te hagas el sordo. Sé que andás por acá. No te escondas. No te hagas humo. No ocultes tu pelambre. No calles tu respiración. Sé que estás metido en algún recoveco. Oculto, pero no para atacar, sino para huir.

Aparecé, lobo. Quiero hablar contigo. No te voy a hacer nada. No traje la metralleta. Solo quiero decirte dos palabras. O alguna más. Ocho, para ser más preciso. La puta que te parió, lobo de mierda. Dejate ver. No seas garca. Hablemos civilizadamente.

Hacete cargo, lupus canis. Siento tu olor a mugre, así que no podés estar muy lejos. Apersonate, mamífero placentario del orden de los carnívoros. Vení. Dale. Sé que me estás escuchando y que sabés de lo que te hablo. ¿Verdad que sí? ¿Verdad que sabés de lo que te hablo? Si no, no te estarías escondiendo. ¿No es así?

Lobito. Hola, lobito. Veo que no aparecés, pero seguro me estás oyendo. Así que escuchame bien, lobo cagón de pacotilla. Oíme bien, depredador cuadrúpedo. Abrí esas orejas tan grandes que tenés. Te lo digo una sola vez. No te metas nunca más en los sueños de mi chiquito. ¿Sentiste? Una vez más y te hago alfombra, lobo de mierda.

Todos los inviernos

Silvia se acurrucó abrazada a su compañero y se durmió. Era una de esas noches gélidas de junio o julio en las que una ola de frío polar invade la ciudad. Una de esas en las que las estufas se prenden más temprano, la gente se pone una frazada más, las duchas son más largas y con agua casi hirviendo. Una de esas noches en que se cena guiso o sopa, después tableta de chocolate, copita de grapamiel y a la cama. Incluso algunos, aunque no lo admitan, usan piyama, bolsa de agua caliente o manta eléctrica.

Eso en las casas. En la calle, esta vez Silvia, hipotermia.

Frases

Navegar es preciso, vivir no es preciso. Life’s a bitch. Vivimos para morir. Toda la puta vida igual (ojalá que no). Más vale vivir un año a mil que mil años a diez. Cuando te sepas frío, say no more. Acá están todos muertos. Acá estuvimos nosotros. Alguna vez las rocas fueron cerebros. Todo está tan muerto como si nunca hubiera sucedido. Aguante el misterio. Dejame dormir por un eterno instante en la mágica noche de tus pupilas. Nuestra estrella se agotó y era mi lujo. El mundo muere, se termina una voz y una amiga. Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo no me siento nada bien, firma Woody Allen.

No son frases antojadizas, son grafitis. No son muros antojadizos, son de los cementerios montevideanos.

Una mosca del tamaño de Hawaii

-Es cierto -contó el niño-. La mosca era del tamaño de Hawaii. No, mentira. Era más grande. No entraba en las islas y las patas se apoyaban en el agua. Y estaba ahí quietita, sin preocuparse porque la estuviera mirando cada vez más de cerca. Recién cuando vio venir el matamoscas salió volando. La busqué y no la vi más. Rarísimo.

El cuento de los tres chanchitos  

-¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. La madre leía intentando dormir a Nadia. La pequeña había estado toda la tarde jugando con sus amigos de la cuadra, a la escondida, a la mancha, a la pelota. Su mamá se imaginaba que mucha cuerda no le podía quedar antes de caer rendida.

El primer chanchito se fue para la casa del segundo. -¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. Cuando la niña se estaba por dormir se escucharon los primeros tiros, así que la madre subió el volumen de su voz, en un fino equilibrio entre no despertarla y que se duerma sin escuchar nada.

Los dos chanchitos se fueron a la casa del tercero. -¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. Pero el zorro no pudo derribarla, porque las paredes de ladrillo resisten más que otras. Aguantan hasta una bala perdida, por ejemplo. No así las casas con pared de chapa, como la de la Nadia.

Entonces es como truvias

Sulplíme de tanto murfa. Si la marquética no mimblara ante los rayos del sol, sería trucante verla infimirse, con esos blutines tan plótidos, tan plúcinos. Si tu bungraso estuviera tacante, si los grinoseos cabrifengos no se sengrasen tan fácil, otra muríria nos estaría cresando como agua. Pero claro, ni los trucores de tus megretes están esperando que milingue urcante, ni mis utipitos brusan mientras se agragan de tanto lumiten. Entonces es como truvias. Entonces es una nocrisa sopicar que una noche troquitante por las dudas, por si acaso, por si la metulenda propi se grotara como nunca. Es eso. Es así. No frigamerá. No suncundará la mojota aunque miriemos que munitati. No pocorosará más en los muchecos que setrinás. Tubante será. Tubante. Como si grogar fuera de un color muchitro. Como si prenutases mirícadas. Como cruti. Así que dorotá, que mientras tanto curucaré. Es eso. Es así. Ya no frigamerá.

Julio 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Cuento para la cuerda sol

Un apócrifo: “Martillo de jesuitas

LOS RIOS FICTICIOS

BRUXELLES PIANO-BAR

Capítulo II: ELLA FUMABA DUNHILL VERDE

Partes 8 a 15.

(continuará)

EL ASTILLERO

Mi primer Felisberto

VII) Espía vocacional

VIII) El pianista y los personajes

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

CIRCE MAIA

En la figura de Circe Maia se concentran varios paradigmas claves de la literatura uruguaya contemporánea; tiene algo de prodigioso en este mes de Julio, que su palabra -en el espacio- viaje desde Tacuarembó y ascienda hasta la nube virtual de La Coquette. Una precocidad infantil en verso y la perseverancia cuando las nieves del tiempo, la dictadura hurgando dentro del hogar y sus secuelas dolorosas en la poesía, trayectoria accidentada en la docencia y el taller de la traducción. Su presencia de debe a la generosidad de varios amigos; recuperamos un texto que se dice prólogo y poética vigente de cuando Maia tenía veinticinco abriles. Las editoras de su obra del sello Rebeca Linke (Graciela Franco, María del Carmen González, Patricia Núñez) autorizaron la difusión de varios poemas y a ellas nuestro reconocimiento.

Carina Blixen los seleccionó y había escrito el 2 de mayo de 2021 en El País Cultural lo que sigue. “Clara, audaz, difícil y hospitalaria: los adjetivos surgen juntos al querer presentar, en forma apretada, la poesía de Circe Maia. Agregar que es, a un tiempo, clásica e irreverente tal vez ayude un poco más a dar idea de la vastedad de la provocación que supone esta obra de apariencia humilde. Maia estudió Filosofía y fue docente en esta disciplina, pero no es el pensamiento abstracto su modo de “responder al mundo”, sino la poesía.  Como señalaron, en los años ochenta, los responsables y colaboradores de la revista rosarina Diario de poesía, su obra reniega de un lenguaje que se vuelva sobre sí mismo. Por eso la “transparencia” es posiblemente la noción más convocada en el momento de interpretarla. Las fuentes de los variados registros de su actividad poética se encuentran -ha explicado en diversas entrevistas- en lo leído y en lo vivido. Al mismo tiempo, concibe la poesía como un acto, impulsado frecuentemente por una sensación. Es un estado que surge cuando se echa a andar la escritura. No expone ideas, pero muchos poemas tienen una elíptica estructura argumentativa. Es una manera de crear la necesidad de un lector activo, que se involucre en un razonamiento al que generalmente asiste cuando ya ha comenzado.”

CARINA BLIXEN

Por primera vez asistimos en La Coquette al diálogo espejo entre dos visitantes, a los poemas de Circe Maia le responde un ensayo esclarecedor de Carina Blixen publicado en el libro homenaje “Circe Maia: palabra en el tiempo” (APLU y Rebeca Linke Editoras, Montevideo: 2021). Blixen es docente de literatura egresada del IPA y periodista cultural; vivió en Madrid a comienzo de los años ochenta en pleno destape español, donde estudió la obra de Juan Benet y el período catalán de Joaquín Torres-García. En 2013 defendió en Lille su tesis de doctorado sobre Carlos Liscano, que luego se hizo libro: “Cuando la literatura es el surco. Figuras del desplazamiento en la narrativa de Carlos Liscano.” Quizá la tarea reservada y con obra más visible de Blixen, es la de estudiosa en el Departamento de Investigaciones y Archivos literario de la Biblioteca Nacional. En el pretil de lo fantástico transitó por el tríptico Marosa (y sus variaciones), Felisberto y Levrero. Avanzó en los secretos de las mujeres solas del 900 y a los nombres de María Eugenia y Delmira, le fue sumando avatares poéticos de Juana, Idea, Clara Silva y Alicia Migdal. En 1997 cuando casi todos glosaban sobre el centenario de Faulkner, Carina decidió rescatar a un atleta olvidado apodado en Brasil o terror das pistas -muchacho moreno de mirada taciturna, nacido en 1897 en el montevideano barrio Guruyú-; escribió y publicó en el 2000 “Isabelino Gradín: testimonio de una vida”. Dramas de la intolerancia como los del Sur del Norte suceden aquí también, a la vuelta de la esquina, mientras en la vereda una cuerda improvisada de tambores va templando las lonjas.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

SEXTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Rolando Villazón / “La danza” de Giacomo Puccini.

Lalo Schifrin / “Mission : Impossible”.

John Coltrane / “My favorite things” de Richard Rogers y Oscar Hammerstein.

Ignacio Corsini / “La pulpera de Santa Lucía” de Héctor Pedro Blomber y Enrique Maciel.

Dick Annegarn / “Bruxelles”.

Astor Piazzolla / “Boedo” de Julio de Caro.

Lucio Battisti / “E penso a te”.

Charles Aznavour / “J’aime Paris au moi de mai”.

Robson Miguel / “Aquarela do Brasil” de Ari Barroso.

Deep Purple / “Smoke on the water”.

María García Vigil / “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

A través de una nube de polvo

A la hora del radioteatro se hace un silencio de misa. En los meses de invierno cuando oscurece temprano y hace mucho frío la ilusión de escuchar esas voces nos mantiene despiertas. Un rato antes de las ocho, acomodo la cama turca que sirve de platea mientras la abuela busca el dial en la emisora y vamos entrando en tema:

 —Vos qué decís, ¿Al final lo perdona o no?

Ella responde siempre con otra pregunta.

—¿Vos te acordás nena lo que pasó cuando ella estaba enferma? Más vale que se lo piense muy bien.

Y ahí me quedo con los ojos muy abiertos, sumergida en los vaivenes y en las preguntas de esas otras vidas que también son nuestras. Por eso no toleramos ni un chistido durante la media hora que duran los episodios, es un momento sagrado y a Terencia, mi tía, justo en ese momento, siempre se le da por gritar. No le importa el radioteatro, tiene el suyo propio adentro de la cabeza.

Yo sé lo que le pasó. Cuando la llevaron en la ambulancia para dar a luz, un camión militar los chocó de atrás y ella se ligó un golpe en la cabeza. El bebé nació muerto dijeron y Terencia enloqueció. Ella dice que era una niña y que la escuchó llorar. Y nunca dejó de escucharla. Por eso llora y a veces también grita. La abuela piensa que su sobrina nunca se va a curar y por eso deja que se quede como parte del mobiliario de esta casa. Y la verdad es que todos nos acostumbramos a ella.

En invierno estamos las tres solas y en esos meses se me da por pensar en mi madre y preguntarme si algún día me vendrá a buscar. Durante las vacaciones de verano vienen mis primos y nos divertimos juntos. Terencia juega con nosotros carreras de embolsados y nos ayuda a fabricar hondas, arcos y flechas. Cuando joroba o se le da por llorar, la mandamos a juntar huevos, nísperos, papas voladoras, pitangas, moras y mburucuyás. Ella vuelve con el balde repleto de frutas y la cara y los brazos llenos de arañazos y picaduras. Los días bravos, cuando molesta mucho, le inventamos una misión más complicada. Le pedimos un huevo de avestruz, una mulita o una tortuga. Uno de esos días demoró tanto en volver, que nos preocupamos. Llegó casi de noche con ramas de espinas de la cruz clavadas en las piernas ensangrentadas. Ella no se daba cuenta, no sentía el dolor preocupada por haber llegado con las manos vacías. 

En las noches de verano, ponemos música y la hacemos bailar a cambio de un cigarrillo. Baila en trance, con el pelo erizado y nos hace reír porque es tan flaca que parece un títere. Hay noches que son especiales. Al amparo de las sombras, Terencia se adorna la cabeza con una flor de ibisco o con un malvón, se endereza, su talle se alarga y parece más alta. En la radio suenan milongas, sambas y también rock and roll, pero ella va a contramano de la música y baila un ritmo que sólo resuena en su cuerpo. Rebolea una servilleta o un mantel que sirven de pañuelo o pollera en su partitura imaginaria y gira ágil y armoniosa. Cuando termina se transfigura y vuelve a bailar.  Se saca la flor del pelo, las alpargatas vuelan lejos, se anuda las manos en la espalda y zapatea descalza con una fuerza desconocida. Su mirada se vuelve seria y fulminante. Después de los aplausos, reclama su cigarrillo y se sienta a fumar sobre el pasto, entre las marquesinas de los bichitos de luz. El olor y el humo del tabaco negro la envuelven en un limbo donde ella parece aspirar sus recuerdos. A su marido lo había conocido en un grupo de danzas populares en un pueblo perdido a orillas del Cebollatí. Era un peón bajito con un bigote fiero y negro y los ojos de un perro triste. Al principio él venía a visitarla, le traía jabón de olor y agua colonia. Pero un día, no vino más.

A la hora del radioteatro de las ocho, soy yo la encargada de llevarla al galpón y encerrarla ahí por si llora o grita y, apenas termina, la voy a buscar. Ahí tiene un sillón de mimbre, la aguja de crochet y ovillos de lana para que se entretenga. Terencia teje siempre lo mismo, cientos de cuadraditos que terminan convertidos en colchas, carpetas, bolsos o fundas de almohadones. Hace un tiempo que ovillamos los cuadrados otra vez para que vuelva a empezar porque se acabó la lana. Los días de lluvia se queda con nosotros ya que el ruido del agua contra las chapas de zinc del techo es tan estruendoso que no podemos escuchar nada. Esos días leemos cuentos o jugamos a la escoba del quince. Antes de irnos a dormir, Terencia nos da siempre el beso de las buenas noches y nos hace repetir la única oración que conocemos: ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día.

En febrero, unos días después de mi cumpleaños, mi madre avisó que me viene a buscar. Se consiguió un novio con plata que está de acuerdo en vivir con nosotras. Recuerdo los pies de mi madre, los dedos largos y las uñas chiquitas pintadas de rojo y puedo ver el vestido azul con botones blancos y todavía siento olor de las naranjas que me daba con un agujerito arriba para chupar el jugo. Pero no me acuerdo de la cara de mamá y eso me hace sentir muy mal.

Una gota de agua cae encima de mi cabeza y me despierta. Siento el diluvio que golpea fuerte sobre el techo. Tengo miedo de que el puente viejo quede tapado por una crecida y mi madre no pueda venir. A las siete sale el sol y al rato ya estoy lista y peinada ayudando a mi abuela en la cocina. Cada tanto me asomo al patio y vigilo el camino de tierra. Trato de no pisar las grietas y los charcos que todavía quedan sobre el piso de portland porque no quiero que se arruinen mis alpargatas nuevas.

Llegan al mediodía. Mamá tiene el pelo largo, rubio, casi blanco y se puso un short de jean y sandalias doradas. Está preciosa. Vuelvo a recordarla tal cual era la última vez que la vi. El novio es grandote y fuma mucho. Lleva una camisa ajustada, amarilla y manchada de transpiración. No se saca nunca el sombrero y cuando se ríe le brilla un diente de oro.  Mamá le dice Micielo y lo mira embobada. Creo que todavía no se da cuenta de que cumplí trece años y estoy casi tan alta como ella. En cambio, él me mira con mucha atención, con los ojos saltones, entrecerrados, como los de un lagarto.

Almorzamos todos juntos en una mesa afuera, abajo de las parras. Alrededor muestro, revolotea una multitud tornasolada de guitarreros y a lo lejos se siente el ruido áspero de los grillos. El calor es tremendo y me transpiran las manos. Dice mi madre que en la casa nueva tengo un cuarto para mí sola, con cortinas rosadas y me van a regalar un canario blanco con su jaula. Trato de imaginarme ese cuarto, pero no puedo verlo.

A la tarde nos despedimos de todos y yo me acomodo arriba de un colchón en la caja de la camioneta, con el bolso de cuadrados de crochet tejidos. Ahí cabe toda mi ropa y también llevo una frazada enrollada que me da la abuela por si siento frío. A través de la nube de polvo, veo a mis primos y a Terencia que corren atrás nuestro, gritan y saludan con los brazos en alto hasta que se vuelven diminutos y borrosos.

Mi madre por fin me vino a buscar, estoy viviendo mi sueño, pero a medida que nos alejamos, me envuelve una tristeza insoportable. La camioneta se detiene en el lugar donde el camino de tierra se cruza con el asfalto de la carretera. Los autos y ómnibus pasan veloces rumbo a Montevideo. El motor hace un ruido constante y molesto y el olor del gasoil me da nauseas. A mis espaldas, en esa cabina llena de humo, mi madre va recostada contra Micielo que sigue con el sombrero puesto. Son dos extraños. Las nubes se volvieron rojas, se acerca la puesta de sol. Mi brazo izquierdo descansa sobre el bolso y los dedos se me enredan entre los huecos del tejido. Siento que me falta el aire y no aguanto más.  Me deslizo silenciosa hasta el borde de la caja y me dejo caer. Quedo inmóvil, en cuclillas, abrazada a mi ropa y tengo miedo. ¿Qué digo si me descubren? La camioneta arranca enseguida y apenas se pierden de vista, empiezo a correr. No paro hasta llegar al galpón. Saco la tranca, libero a Terencia y nos vamos las dos, corriendo hasta la casa. Llegamos justo a tiempo para el radioteatro de las ocho.

Espectros

Las personas, a veces, eran miserables. Espectros simples, desplazándose por inercia. Ella misma ahora, a sus diecisiete años, ella misma casi siempre, un simple espectro, una persona miserable.

Pasa otra vez la muchacha cargando palos, trapos y tachos, y ella la envidia por tener una actividad, un trabajo, un oficio. La envidia por ser otra, una que no se queja, que no se acomoda contra el borde de la ventana para quejarse, así, tan cómoda. Los grandes ojos, las oscuras pestañas, el pelo peinado para atrás, suave pelo de niña, las horas de ocio, el terrible tiempo, la nada.

La muchacha sigue de largo, los auriculares puestos, su ágil cuerpo bailando ya en el segundo pasillo. Puede oírla tarareando en la distancia, repitiendo la alegre melodía, siempre un poco distraída y contenta. ¿Por qué ella no encontraba placer en nada?, ¿por qué no le eran placenteras las cosas que eran placenteras para los demás? La previsible serie de cosas que entusiasmaban a las personas normales. Y las personas normales, ¿qué eran?, ¿qué era la normalidad? Ojalá lo supiera. Ojalá supiera algo. Y si era invisible, si finalmente lo era, apenas un alma allí, absorbida por alguna secreta misión, menos que eso incluso, gracioso aire transparente, necesario aire transparente, por qué seguía sintiendo ese horrible vacío. ¿Y de dónde venía ese horrible vacío?, ¿cuál era su origen?, ¿cuándo había comenzado?

Durante un buen rato no se escucha ni se ve nada más. Todo sucede del otro lado. Los ágiles pies, las rápidas manos, la fuerza necesaria para mover esto y aquello, el brazo estirado, tenso y flexible, útil como una buena herramienta.

La muchacha aparece después por uno de los pasillos, agachada sobre los azulejos, el largo y brillante zócalo allí abajo. Ella la ve de espaldas, pasando el trapo, retorcida, incómoda y como si el mundo se hubiese dado vuelta de golpe, ¿el mundo se había dado vuelta de golpe? Quizás sí, quizás algo como eso había ocurrido; el lento, el suave, el sordo desmoronamiento de todo.

Ahora el cuerpo de la muchacha repta hacia la izquierda y sale de su campo visual. Ella la ve hacer ese movimiento y piensa en bajarse de la ventana, saltar hacia el mundo, soportar el descenso, moverse ella también a ras del suelo. Ser como la muchacha, ser la muchacha un instante. Eso le gustaría. No ser más ese espectro, esa cosa invisible, esa nada flotante.

Y, sin embargo, no salta. Se queda en la misma posición esperando verla aparecer una vez más, de frente esta vez, agachada todavía, sumergidas las dos en un mundo en el que otras mujeres como ellas repetían similares actos de acrobacia.

En ese momento la muchacha aparece, se asoma, la ve y enseguida, con una mano, tira y suelta uno de sus auriculares blancos.

– ¿Me hablaste? – le pregunta.

Ella la mira sorprendida.

-No, no hablé- le dice. 

-Es que estoy con esto y no escucho nada- dice la muchacha.

-La música- alcanza a decir ella.

La muchacha sonríe y asiente, agachada todavía sobre el zócalo, la cara sudada y roja por el esfuerzo. Ella la mira y piensa que tienen casi la misma edad. Podrían ser amigas incluso, y en un mundo ficticio, hasta podrían intercambiarse.

– ¿Tu madre? – pregunta después la muchacha, justo antes de volver a colocarse el auricular.

-Trabajando- dice ella y recién entonces piensa en su madre.

-Siempre trabajando, ¿eh? – la oye decir y el tono neutro de su voz no coincide con la crítica suspicaz escondida en la frase.

Ella la mira y no sabe qué decir. La muchacha levanta las cejas y esboza una sonrisa triste. Se coloca el auricular, da unas pasadas rápidas al último tramo de zócalo y se levanta del piso con cierta agilidad. El pasillo está hecho. Un pasillo allí, en un mundo repleto de pasillos. Ella la ve agarrar sus cosas y salir de su campo visual.

Entonces piensa que podría esconderse, buscar un sitio, meterse allí, esperar la noche. Entonces piensa que podría inventar algo en la oscuridad.

Lady Catherine

Después de lo que me pasó, no hubiera sobrevivido nunca sin la ayuda de Marcia, mi única amiga en toda la ciudad de Chicago. Nuestras hijas son compañeras de clase en la escuela y se hicieron muy compinches porque son las únicas que hablan español. Marcia es argentina y vive acá desde los once años. Ahora fue a dejar a las nenas en la escuela y viene a desayunar conmigo. Se siente bien esperar a alguien. Tengo suficiente café y rescato las pocas cosas que todavía quedan en mi heladera rota para hacer un desayuno decente. Abro la ventana y saco el táper con manteca del pretil para que se ablande. Cuando Marcia toca el timbre, la mesa de la cocina está puesta y tengo todo listo. Ella entra con una sonrisa, se saca el gorro de piel y su pelo negro cae suelto y salvaje sobre los hombros. Deja sus botas sucias de nieve al lado de la puerta y le alcanzo mis pantuflas que parecen viejas y deslucidas al lado de sus medias con cucuruchos de helados verdes. Nos sentamos en la mesa y ella empieza a comer con entusiasmo.

—¿Hiciste la denuncia? —pregunta antes de probar el café.

Solo con mirarme ya sabe la respuesta.

—Me lo prometiste. El prófugo de tu marido tiene que pasarte dinero. Pensá en Sofía.

—No puedo denunciar al padre de mi hija. ¿Y si lo meten preso? Acá la ley es muy estricta, me da miedo.

—Se lo tiene merecido, es una basura.

Toma un sorbo de café y deja la taza arriba de la mesa. Saca una caja de su bolso y me la da. La abro y saco dos pelucas.

—No voy a usar ninguna, gracias —le digo mientras las vuelvo a guardar y le devuelvo la caja—. Hace frío y me alcanza con el gorro. Es lo que menos me importa ahora.

Marcia unta su tostada con manteca y dulce.

—¿Podés sacarte el gorro un momento?

Obedezco y cuando me descubro la cabeza, me veo reflejada en sus ojos como en un espejo: mis orejas redondas y pequeñas, la calva traslúcida y pálida que acentúa el violáceo profundo de mis ojeras, la tristeza de mis ojos sin cejas.

—Tengo un trabajo para vos —dice animada—. Muchos de mis clientes son gente importante que viene por el día. Algunos desde Washington y otros desde Nueva York. Necesito que los recibas y me ayudes a cambiar los escenarios.

Hasta ahora me las había arreglado para no indagar en la profesión de mi amiga, pero había llegado el momento de encarar. El día que Marcia me contó que había dejado su trabajo en el supermercado y se había independizado, admiré su valentía. Arriesgarse a entrar en un rubro nuevo, lidiar con lunáticos y manejar el marketing y las páginas web era un enorme desafío.

—Y con las nenas ¿qué hacemos? —pregunto antes de contestar.

—Las nenas son sagradas, vos solo trabajás en horario escolar y siempre y cuando no te toque quimioterapia.

—Cualquier cosa que me saque de estas cuatro paredes y me dé dinero es bienvenida.

La tarjeta está impresa con letras góticas: «Lady Catherine». Más abajo dice: «dominatrice». Compruebo una vez más la dirección mientras camino por las calles cubiertas de restos sucios de nieve; entro por el jardín lateral de una casa y golpeo la puerta del fondo. Marcia aparece con un traje negro de látex como si fuera una surfista. Tiene el pelo recogido en un moño alto con una red dorada. Es la reina de un cómic.

El lugar es oscuro, las paredes están pintadas de negro y hay cadenas y argollas amuradas a diferentes alturas. En el centro, arriba de una plataforma, instaló un sillón-trono tapizado en fucsia con un foco inmenso que lo ilumina. Tiene dos baños, uno pequeño y otro enorme con una bañera dorada. Se respira un olor extraño, dulzón.

—¿Te gusta mi oficina?

Marcia me lleva a un cuarto pequeño convertido en un gran clóset, elige una chaqueta con botones metálicos hasta el cuello y un par de botas militares. Mis hombros anchos de nadadora y mi altura son, por primera vez, una virtud. Me cubro la cicatriz con un pañuelo de algodón y Marcia me pone una banda elástica que aplasta apenas el seno que aún me queda. Cuando estoy lista, me evalúa satisfecha:

—Vamos a tener que ajustar el pantalón. Por hoy lo usás así. Guantes, probemos con guantes.

Cuando llega el primer cliente, lo recibo con la calva al descubierto y el rostro impertérrito, casi sin mirarlo, y lo escolto hasta el vestidor. Soy un esbirro andrógino y perfecto. Vestida de hombre me siento más fuerte. Me gusta, me da seguridad y me hace sentir muy bien. Observo de reojo a ese tipo grande con piernas peludas, que sale vestido de minifalda y con una peluca rubia. Se arrodilla sumiso frente al trono, saca con delicadeza las botas de Lady Catherine y empieza a pintarle las uñas de los pies. Desde donde estoy no entiendo lo que dicen. Marcia me mira y me hace una guiñada imperceptible. Nos divertimos.

Algunos clientes le pagan solo para que los ate y los encierre en un ropero. Yo le alcanzo las cuerdas como si fuera una instrumentista que asiste en una delicada intervención. Si me hubieran dicho hace un mes que iba a estar trabajando en esto, no me lo hubiera creído. Sin embargo, tampoco hubiera creído que mi marido nos fuera a dejar cuando me operaron y sucedió.

El acontecimiento del año es el gran Fetish Ball. Trabajamos mucho con los atuendos y ensayando maquillajes. Voy a ganar trescientos dólares extras por una sola noche, y la babysitter la paga Marcia. Conseguimos una argolla de hierro con cadenas para mi cuello que hacen un efecto dramático muy teatral. Mi amiga va con una capa con forro violeta, botas que parecen medias y una malla llena de pinchos, un Jean-Paul Gautier que encontramos en una tienda second hand. Mientras esperamos el remise, nos sacamos un montón de selfies.

Cuando llegamos a la fiesta, no me alcanzan los ojos para mirar todo. La anfitriona es una mujer con pelo rojo, tiene la mitad de la cabeza rapada y tatuada con un estampado de calaveras. Las uñas se enroscan como serpentinas y están pintadas de negro. Me pregunto cómo hace para lavarse los dientes o cortar el papel higiénico y recién entonces se me ocurre que deben ser postizas. Trato de controlarme y parecer indiferente. Es difícil porque en ese momento se cruzan delante de nosotras dos hombres con arneses y los cuerpos llenos de cicatrices. Los dirige un hombre albino, con galera y una capa de piel. Ellos avanzan con lentitud en cuatro patas. Cada tanto Marcia me da un tirón de la cadena, para que recomponga mi personaje.

El espectáculo inaugural comienza muy pronto: dos ángeles, hombre y mujer, casi desnudos bajan lentamente del techo. Cuelgan de cadenas enhebradas en argollas que atraviesan como piercings sus espaldas. Las alas son los cuatro brazos cubiertos de plumas blancas. Se oscurece la sala y se iluminan solo esas figuras aladas que comienzan a girar cada vez más rápido, mientras la música va in crescendo. Los agujeros de la piel se agrandan y el espectáculo termina con aullidos de dolor. La ovación es estruendosa y yo estoy conmocionada. Me doy cuenta de que al menos yo tengo la esperanza de que el cáncer se cure y mi pelo crezca. Esa gente no tiene arreglo.

La semana pasada compré una heladera nueva y solo necesito que vengan a retirar la vieja cuanto antes. Se siente bien volver a ser independiente, salir a flote a pesar de todo. Por primera vez estoy pensando en ir al juzgado a reclamar la pensión de mi hija.

—No gastes un mango en fletes —dice Marcia cuando le cuento que necesito contratar a alguien que saque a la calle la heladera vieja—. Te mando a uno de mis esclavos. Eso sí, tenés que insultarlo, ya sabés, como para que le valga la pena ir hasta ahí.

Marcia es grandiosa, tiene recursos para todo.

 El viernes, cuando abro la puerta, veo a un hombre de unos cuarenta años, rubio, de ojos azules, que se presenta como amigo de Lady Catherine. Lo dejo pasar y él va derecho a la heladera. Me cae simpático. Tengo que reconocer que es extraño ver a un señor bien vestido, con traje, bufanda y sobretodo, tratando de arrastrar una heladera.

Repaso con disimulo la lista de insultos que había preparado. Empiezo por los más suaves, tratando de sonar enojada.

—No seas torpe, tené cuidado.

El segundo intento me sale mejor:

—Sos un inútil, no servís para nada.

Recién ahí vislumbro en el esclavo una sonrisa. Entonces agarro viento en la camiseta y sigo, envalentonada:

—Pedazo de un cretino, ¡cuidado! Me vas a romper la pared.

De repente me siento muy bien.

—Sos una basura, ¡un hijo de puta, un hijo de mil putas!

El hombre había dejado la heladera junto al contenedor y se había perdido de vista. Yo seguía, con los ojos llenos de lágrimas, gritando insultos que resonaban en la calle desierta.