DICIEMBRE 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Gin tonic con Beefeater

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

LOS RIOS FICTICIOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo
(texto integral)

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta
(escenas 5 a 15)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

ANDREA ARISMENDI MIRABALLES

Andrea nació en Montevideo donde enseña literatura latinoamericana y actualmente integra el equipo de investigadores que trabaja sobre los inéditos de Idea Vilariño. Además de Letras, se especializó en el tiempo bárbaro de la Patria letrada, cuando Bartolomé Hidalgo dirigía la Casa de las Comedias; conoce pues el gran Teatro del Mundo, sabe que la vida es un cuento contado por un idiota -lleno de sonido y de furia- que nada significa. Ella escribe narrativa y poesía, participó en varias antología y prepara el lanzamiento de una novela hacia los planetas de la ciencia ficción.

La novia de Lugosi (relato) en “Cuando eso acecha” Editorial Irrupciones, Montevideo 2017.

yo soy / el mundo está perdido / no le des un beso en la frente al muerto / -00:00- (poemas) en “Guerra” Editorial Encuentros, Montevideo 2020.

Meses anteriores

Abril 2020Consultar programa

Mayo 2020Consultar programa

Junio 2020Consultar programa

Julio 2020 Consultar programa

Agosto 2020Consultar programa

Septiembre 2020Consultar programa

Octubre 2020Consultar programa

Noviembre 2020Consultar programa

CUARTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

“Marcha para la ceremonia de los turcos”

G. Battista Lulli

Modo Antiquo dir. Federico M. Sardelli

“En esta tarde gris”

M. Mores / J. M. Contursi

Ikuo Abo

“Gymnopedie N° 1”

Eric Satie

Alexandre Tharaud

“Soy lo prohibido”

Roberto A. Cantoral

Natalia Lafourcada

“Barcelona”

Mercury / Moran

Montserrat Caballé / F. Mercury

“Viveza”

Fernando Cabrera

“Sonata para piano N° 17” La tempestad (3er. mov.)

L. V. Beethoven

Denis Matsuev

“ASA NISI MASA”

Otto e mezzo

Federico Fellini

“Toda menina baiana”

Gilberto Gil

El collage

La asistente social de pulseras tintineantes golpeó sus uñas severas sobre el teclado y se quedó contemplando el cuadro de una mujer pelirroja de grandes muslos felizmente envuelta en una cápsula dorada. Era el cuadro de Dánae de Gustav Klimt. Buscó los datos en el ordenador. Era un pintor vienés que había tenido muchos amoríos con mujeres bellas. Quería rescatar un fragmento de la historia que acababa de recomponer que no estuviera sucio y corrompido. Necesitaba contárselo a alguien o al menos escribir su propia versión.

Todo había empezado con una vivienda que le habían asignado a un padre con su hija. El hombre, vestido con descuido, demasiado abrigado para la primavera y con la ropa oliendo a humedad de tela mal aireada, se presentó ante las oficinas largas del ministerio de vivienda con su hija. Ella se veía muy callada. Era muy delgadita, con las formas apenas insinuadas de su adolescencia, pero se la veía bien vestida y bien cuidada.

El individuo parecía feroz y autoritario pero en sus documentos constaba que la hija acudía a centros educativos, dado que la madre no podía hacerse cargo de ella. La muchacha apoyaba con insistencia la decisión de su padre. El hombre tosco era esporádicamente electricista y carpintero y atribuyeron a su falta de roce social y a la vehemencia para obtener la vivienda todos los exabruptos. La asistente cincuentona por una extraña intuición anotó todos los datos en una libreta rosada que guardaba en su escritorio. Había que hacerles algún tipo de seguimiento.

El resto de la historia la supo por boca de la propia hija y fragmentos de los recuerdos de su terrible segunda visita al departamento que les había concedido el propio estado.

La hija menuda y delicada estudiaba todas las tardes historia en la facultad de humanidades. Se sentaba en la silla más apartada del profesor y su gestualidad permanecía indiferente a todas las inflexiones de la voz, a los vívidos ejemplos visuales que los docentes le llevaban e incluso a las preguntas de sus propios compañeros. Tenía en su cuaderno imágenes bajadas de internet de los cuadros de Klimt pegadas una junto a otra conformando una suerte de collage.

La joven no era bonita sino lánguida -su tipo hubiera atraído quizá a un escritor del 900, sus ojeras rosa oscuro y sus grandes ojos casi ocultos por los mechones lacios que le caían sobre la frente.

Un día uno de los compañeros que más sobresalía y más se destacaba en el curso de historia de las ideas, llegó tarde y se sentó junto a ella. Era alto y corpulento y combinaba su ropa sin la más mínima atención a los colores. Tenía el pelo largo que le crecía con una fuerza descomunal: la barba parecía la prolongación natural de su cabello oscurísimo. Le miró las tapas del cuaderno y le comentó que a él también le atraían las artes visuales y aunque no era su favorito también tenía en su biblioteca postales de Gustav Klimt.

Ella le dio la misma mirada indiferente que le brindaba a todo su alrededor pero algo se conmovió en el fondo de sus pupilas, un ligero movimiento, como la sombra de algún pájaro. Él intentó averiguar sus datos pero sólo se enteró del nombre de pila y de que estaba amparada por una beca universitaria.

La vio un par de veces más. Procuró llegar tarde para sentarse a su lado pero ella permanecía en silencio y daba en todo momento señales cercanas al agotamiento. Él pensó que debía exigirse demasiado en sus estudios. Se lo comentó pero ella no le respondió ni que sí ni que no. Por eso solo dejaba lugar a conjeturas.

Decidió ir a la oficina de becas para averiguar alguno de sus datos. Tenía a la mejor amiga de su hermana, una joven con rastas y vinchas llamativas, trabajando en la administración de ese sector. Fue con el número de la cédula de identidad con que firmaba todos los días en clase y obtuvo mediante largas explicaciones a su amiga alguna información. Tenía solo correo electrónico. No había dejado su teléfono celular (o no tenía) y tampoco el número fijo. Solo obtuvo el mail y la dirección de la casa, en un complejo pequeño en Malvín Norte.

Seguía viniendo a clase y contemplaba todo como si se tratara de una sala vacía. Alternaba eso con una toma mecánica de apuntes, incluso de partes que ya habían sido enunciadas por el docente de historia de las ideas, que disfrutaba enfatizando sus relatos y repitiendo los datos para reforzar sus puntos de vista.

El estudiante se preguntó qué habría detrás de todo esto. No porque él se creyera un gran seductor que inspirara respuestas inmediatas a sus insistentes conversaciones, pero la frialdad que ella manifestaba respecto a su entorno le resultaba poco natural y misteriosa.

Cuando llegó a su casa le envió un correo con una frase de Klimt en donde decía que no pintaba autorretratos ya que no se veía a sí mismo como el objeto de ninguna búsqueda estética. Mandó el correo el lunes. Esperó toda una semana. A la misma hora en que lo había enviado recibió el siguiente lunes con signos de puntuación una carita sonriente.

Pensó en ir a verla a la casa, en develar su misterio. Tampoco sabía con quién vivía pero le pareció una invasión a la privacidad tan celosamente resguardada.

Fue de nuevo a la oficina de su amiga, que le hizo unos comentarios irónicos diciendo que estaba atrás de una paciente psiquiátrica. Averiguó que vivía con su padre en una vivienda ofrecida temporariamente por el estado y debido a ello y a sus calificaciones había obtenido una beca para sus estudios universitarios. Pensó que quizá su precaria condición social la marginara pero había conocido varios compañeros en su misma situación que no tenían tantos problemas a la hora de socializar. Tenía que haber algún otro motivo.

Un día en que la vio muy cansada él le preguntó por qué y ella le respondió que por las noches ayudaba a su padre con el trabajo. Tampoco le aclaró bien qué era lo que hacía, pero parecía ser algo monótono y repetitivo

Estuvo un tiempo sin escribirle para no acosarla. Le preguntó “¿Tenés novio?” y ella le respondió que no a secas, la semana siguiente en el mismo horario en que había sido enviado el mail original.

La próxima vez en una esquina de la clase junto a la pared descascarada del fondo le preguntó en qué consistía el trabajo que la tenía tan agotada. Ella le contestó que cada noche llevaba con su padre un detallado registro de sus trabajos de electricista y carpintero, desde antes de que ella naciera: el encargo exacto, cuánto había cobrado y la dirección de todos sus empleadores.

 A él le pareció algo obsesivo y demandante pero quizás el padre quisiera hacerle juicio a alguien por no haber cumplido con sus retribuciones. Ella se veía cada día más ojerosa y más pálida.

La invitó a salir en otro correo electrónico. Ella respondió un lacónico “no puedo” pero con letras mayúsculas, expresando una emoción que él no supo bien cómo interpretar.

Averiguó que se trataba de su padre. Ella tenía ya dieciocho años pero su padre controlaba firmemente su vida, los horarios en que salía y regresaba, además de hacerla realizar todas las tareas domésticas y los trabajos nocturnos.

Pasó un tiempo sin buscarla. Luego una noche inspirado por no sé qué recuerdo, le envió el beso de Klimt donde dos amantes arrobados se abandonaban a los labios del otro envueltos en mosaicos dorados. Ella entendiendo el mensaje le dijo que podrían verse quizá durante la hora de clase.

Acordaron encontrarse en el departamento de él que vivía solo junto a un amigo músico que había ido esa semana a Salto para ver a sus padres.

El edificio era de los años 30, con una puerta art decó con círculos y líneas verticales ondeadas que los cruzaban en hierro junto a una puerta de vidrio. El ascensor pequeño de tijera los llevó hasta el tercer piso.

Puso la llave del medio en la puerta de madera pintada de gris y entraron. En el corredor estaba el violonchelo del amigo. Le mostró primero su biblioteca con las postales con fotos de pensadores conocidos, algunos cuadros abstractos y unas postales Art Nouveau entre las cuales tenía el cuadro de Klimt.

Ella se sentó en un sofá de lona y no se quitó el saquito de hilo. Parecía tener frío. Se sentó con las piernas muy juntas y le pidió un café con azúcar. Él le batió en una jarrita un café instantáneo aunque le pareció poco romántico.

La desvistió despacito como si le sacara las ropas a un niño solo que a plena luz. Vio su cuerpo hecho de huesos finos y cartílagos transparentes. Hicieron el amor en las poses más convencionales, él temeroso de aplastarla, ella mirando las borlas de una lámpara en el techo. No sabía si había sentido placer o dolor porque su rostro nada expresaba. Cuando ambos acabaron de moverse, ella cruzó sobre el cuerpo de él sus brazos y sus piernas para atraerlo hacia su pecho.

 Al día siguiente y durante dos días más cuando tuvieron las evaluaciones escritas ella faltó a las pruebas. Él comenzó a inquietarse: tenía como último recurso la dirección de su casa pero la había evitado a toda costa.

Tomó el ómnibus que se desplazaba entre moles de cemento y barrios de lata donde flotaban las ramas y los deshechos de plástico chillón en las cunetas. Llego al complejo llamado Miranda, construido sin amor ni piedad por sus habitantes y subió la escalera hasta el cuarto piso, sintiendo el ruido de sus pasos sobre los apretados escalones. El timbre no funcionaba. Golpeó primero y no lo oyeron. Golpeó nuevamente con las manos abiertas y toda la fuerza de sus brazos alzados hasta que salió un hombre bastante enjuto con la barba rala y desaseada y el cuello de la camisa brillante de grasa.

Inmune a las diferencias de estatura comenzó a insultarlo.

Estuvo veinte minutos para intentar calmarlo y convencerlo que no había llevado a su hija a ninguna parte. Lucía sin embargo había desaparecido sin informarle a nadie, ni siquiera al personal de las becas su última dirección.

Guardaba la libreta rosada con círculos naranja, entre infantil y psicodélica, pero de esa manera nunca la extraviaba. Allí tenía anotadas dudas y direcciones. La tenía escondida en el último cajón y de vez en cuando la revisaba.

Era un martes de enero y en la oficina larga sin plantas no había mucho trabajo para hacer.

Fue así como dio con la dirección del hombre tan grosero y tan autoritario que la había logrado intimidar.

Vamos a darnos una vuelta e inspeccionar uno de los apartamentos. Tengo una corazonada -le dijo a una asistente más joven que trabajaba con ella.

La otra funcionaria acababa de recibirse con puntajes tan llamativos que le llovían ofertas de trabajo por las redes sociales. Comenzaron a hablar y hablar sobre el tema y terminaron verdaderamente preocupadas.

Subieron al Chevrolet viejo de la asistente de más experiencia que hacía tintinear sus pulseras metálicas en un intento por calmar sus nervios. El auto estaba estacionado al rayo de sol y al sentarse en los asientos de cuerina fue como si tocaran una bola de fuego. Bajaron las ventanillas a mano y con dificultad. El aire de la calle no enfriaba el vehículo pero al menos irían a su destino de modo más directo.

Partieron del centro, se dirigieron por la gran avenida arbolada en los canteros hasta llegar a la periferia donde las fachadas de las casas se desdibujaban y dejaban ver claramente las separaciones entre los bloques de cemento así como la falta urgente de una red de saneamiento y la inundación de algunas bocacalles.

Llegaron a la vivienda a unas doce cuadras de la avenida. El bloque de apartamentos era también gris sin enjardinado y las viviendas parecían tan sólidas como sucias, llenas de sábanas colgadas en las diminutas ventanas. Subieron sofocadas y sudando las cuatro escaleras que los separaban del 407.

Tocaron el timbre. No oyeron bien que sonara pero esperaron unos quince minutos paradas contra la puerta. Un vecino que llevaba una bolsa de galletas les dijo que golpearan, que no habían arreglado el timbre todavía.

Después de deshacerse los nudillos golpeando, la asistente recién recibida se descalzó un pie, se quitó el sueco y golpeó con él casi hasta derribar la puerta.

Al rato apareció un individuo con el rostro macilento, como si no hubiera salido al sol durante varios meses. Les pidió identificación. Ellas llevaban una planilla con los datos y preguntaron de inmediato por su hija. El respondió que había salido a hacer un mandado. Le pidieron para entrar y él las dejó pasar a regañadientes.

Había todo tipo de envases y de latas con plantas resecas en lo que era el living dormitorio de la casa. Allí mismo él había colocado tres colchones sobre la parrilla al lado de la ventana para recostarse y así ver para afuera desde su posición reclinada. Junto a la cama había un par de revistas viejas de humor y un cenicero llenísimo que no había sido vaciado en por lo menos una semana. La casa olía a encierro, pero no era el olor temporal de una vivienda deshabitada sino un profundo hedor de varios meses sin ventilación.

Se dirigieron al cuarto de la adolescente. No había ningún objeto -ni un poster pegado a la pared, ni una cajita en la mesa de luz. La asistente más joven se dirigió al ropero y lo abrió: tampoco allí había ropa.

Sintieron miedo. Tenían que encararlo y el hombre se podía volver aún más violento. Le dijeron que la hija ya no vivía con él, que le habían otorgado ese apartamento porque ella estudiaba, solo para cobijarla.

Él comenzó a rugirles sus justificaciones. Parecía un frenético pájaro de la selva irguiendo su cresta frente a la amenaza de un depredador. Ellas, un poco más calmadas, intentaron razonar con el hombre

Él exclamaba que ella había escapado de él pero que él era un buen padre, que la había cuidado bien.

Para demostrar lo afirmado les trajo un calendario con unas fechas marcadas en rojo. Yo la controlaba -les dijo- la controlaba muy bien.

Por último apareció con una bolsa gigante de nylon que soltaba un olor fortísimo, visceral y viejo y asombradísimas vieron como el hombre guardaba desde hacía meses los apósitos menstruales de la hija a la que había supervisado como un carcelero.

En su escritorio cómodo pero despojado la asistente más madura contemplaba el cuadro de Klimt que le había enviado la hija del individuo, a la que había logrado localizar en una feria nocturna en Canelones, vendiendo con su madre velones artesanales. Recordó el brillo de sus ojos con las luces. Su mirada había cambiado mucho.

Quiso retener los mosaicos dorados del cuadro, las velas decoradas y aromáticas. Ya tendría tiempo de ponerse al día con las pesadillas.

Luna menguante

Cuanto más huía, más bella se volvía

Ovidio

De pronto, en medio de la multitud, comenzó a sentir asco por la gente. Estaba rodeado de lo que podría llamarse su propio medio. Una fiesta en un lugar atrayente y lujoso como una mansión californiana, con tejas oscuras que brillaban y un lago artificial junto a las mesas.

Afuera comenzaron los fuegos de colores en el aire. Siempre los había admirado. Le habían dado una alegría primitiva, una suerte de felicidad infantil, una sensación que todo estaba bien en el universo. Pero hoy los juegos de luces se parecían demasiado unos a otros; se asemejaban a trucos publicitarios baratos; se sentía de cerca el olor a pólvora. El estruendo lo hizo remontarse a los ruidos terribles que debían sufrir en sus oídos los viejos y los animales en guerras que parecían siempre tan lejanas.

 Y aquí estaba él. Con una sonrisa forzada y elástica, vendiéndoles no un producto sino la esencia de consumir ese producto, de consumir en general, la filosofía de la sonrisa, del medio vaso de agua lleno, de la búsqueda permanente de la edad dorada.

Y estaban también las mujeres. Había varias en su mesa intentando captar su atención. Unas con el atuendo provocativo, las lentejuelas en el escote, el corte de la falda a la altura de las largas piernas. Otras con la conversación. Intentaban alabarlo, reafirmar su ego, qué bien se había desempeñado en cada área en la que había estado en los últimos años, cómo había cambiado gracias a él la estrategia de la empresa.

Incluso estaba la mujer del director regional. Con sus manos hambrientas de dedos largos no perdía la oportunidad de tocarlo. Le rozaba los hombros con sus uñas granate, lo miraba recordando las noches que habían pasado juntos en un hotel roñoso, porque la cautela nunca era suficiente.

Lo asfixiaban los temas de conversación y sus cabellos bien laciados y sus movimientos ondulantes prometiendo sexo e incluso el sonido monótono de sus voces.

Consultó el celular un par de veces. Un amigo le enviaba el video de un enano lamiéndose los dedos de los pies. Otra mujer, que también intentaba atraer su atención se había sacado una foto en la parte superior de un cerro bien empinado, diciéndole que no podía olvidarlo.

 Bebió mucho y el alcohol, aunque fuera del bueno, no le despertaba la alegría sino que lo ponía más taciturno, más proclive a odiar a todos e incluso a sí mismo.

 Fue al baño, harto ya de tanto líquido. Un viejo ejecutivo le dio la mano con respeto, como si realmente creyera en alguna de las mentiras que él vendía. Se miró en el espejo rodeado de retretes limpios, con mármoles negros en las piletas y suave olor a lavanda. Estaba solo. Tenía la barba rasurada a la perfección con crema de afeitar con suavizante de piel. Podía afeitarse dos y tres veces en el día. Buscaba eliminar todo vestigio de la sombra que le salía en el mentón o la insinuación de pelo cobrizo sobre los labios. Esa noche su rostro tenía la tez perfecta como la de un niño o un prepúber que demora demasiado en desarrollarse.

Volvió a la fiesta. Bailó unas canciones con la mujer más discreta, que casi no hablaba y llevaba un vestido fruncido de tono verde botella. La música le resultó repulsiva. Parecía una parodia que había visto en televisión. El lenguaje intentaba ser prostibulario pero carecía de agallas y de bohemia como para ser el sonido emanado de un verdadero antro donde la gente al menos se reunía para gozar.

 Dejó a su compañera sentada en un sillón en semipenumbras al costado de la pista de baile, prometiendo ir a buscarla.

 Recogió las llaves del auto discreto sobre la mesa, como si fuera a buscar algún objeto. Salió en silencio por la puerta que daba al lago artificial donde las parejas estaban demasiado concentradas hablándose en susurros mientras él se escabullía como una sombra.

El lago reflejaba la luna menguante y algún borracho había tirado una botella de champagne con un mensaje adentro, cerrada a la fuerza con un corcho. Otros habían hecho, con las servilletas con logo del catering de la fiesta unos burdos barquitos de papel. Se le volvió imperativo salir de todo eso.

En el estacionamiento empedrado sacó el Rover siguiendo las instrucciones que le daba un cuidador aindiado, con patillas prolijas y el cabello duro de tanto gel con que se lo había alisado.

Le dedicó un par de frases de agradecimiento ya que el local no permitía darle propina a ninguno de los empleados. Se dirigió luego a la izquierda con rumbo a la carretera.

Manejó despacio porque había bebido mucho y tampoco quería que lo detuvieran por conducir alcoholizado. Veía los focos de las luces de la carretera con arcos iridiscentes. Los autos más diversos y veloces lo pasaban zumbando, como máquinas de guerra huyendo hacia el futuro…

Al llegar al parque con su propio bosque bajó los vidrios polarizados para refrescar sus mejillas que le ardían de tanto alcohol y tanto aturdimiento.

Fue así que la vio, haciendo dedo, sola, blanca como si hubiese sido parida por la luna menguante que los rondaba.

Se había tenido que afeitar el cabello porque le crecía cada vez más ralo. Su calva era delicada y latía como la cabeza de un recién nacido a quien hubiesen de inmediato rasurado. Tenía los ojos verdísimos bordeados de un grueso delineador que los hacía dramáticos y espectrales. El vestido de seda arrugada sin hombros dejaba lucir sus tatuajes que se parecían a las figuras de Arcimboldo, la de la primavera en uno de los brazos y las figuras del mar representando otro rostro barroco a lo largo del brazo derecho.

Nunca había sido sacudido así por otro ser viviente detenido al costado de la ruta, inmutable, en su estado más puro.

Aproximó el Rover intentando disminuir la intensidad de sus luces delanteras y se ofreció a llevarla.

La joven se acercó bien. Vio el auto brillando con destellos azulados como un equino maligno. Aspiró el olor de su loción de afeitar con un aroma nauseabundo a bergamota y almizcle. Observó su traje hecho a medida, su rostro afeitado al ras, la máquina desplegada solo para atraer, como las crestas y las plumas de algunos machos, solo que desnaturalizados, se veían ahora como mecanismos grotescos, como trucos torpes de un aprendiz de mago.

Él no la había visto en la fiesta porque de seguro la hubiera notado. Nunca había deseado tanto a alguien de manera tan poderosa y tan violenta, pero ella siguió caminando con total indiferencia, bordeando la ruta.

Él no estaba acostumbrado al rechazo directo sin poder desplegar del todo las herramientas de la seducción. La siguió en el automóvil, hablándole despacio, con una voz llena de ternura, como para domar una fiera salvaje.

Ella, al no poder evitarlo se adentró en el bosque de eucaliptus. Entre un árbol y otro, que parecían estar alineados. había pequeños brotes, arbustos y pastizales resecos.

Él apagó el motor y se bajó del Rover. Quería hablarle, tocarla. Decirle que no le temiera.

Ella a los tropezones -sus sandalias de cuerda eran demasiado resbalosas- se adentraba hasta el fondo infinito, seguida de cerca por los rayos verticales de la luna.

Los eucaliptus silbaban. Movían sus manojos de ramas a veces hacia el este y otras hacia el oeste y continuaban silbando. Silbaban desde sus troncos delgados y sus grises se hacían más blanquecinos y sus verdes se volvían casi negros al resplandor de la luna.

Fatigada por su condición ella se abrazó a uno de los eucaliptus más viejos, cuyas ramas superiores se torcían sin hojas como dedos extendidos, rogándole piedad a todos los cielos.

Él acortaba a pasos larguísimos la distancia. El alcohol y el deseo le latían tan fuertes en el pecho que le dolían las costillas de solo respirar. Solo quería decirle, solo quería tocar la piel tan blanca, el oscuro terracota de sus tatuajes, solo quería rogarle.

Aterrorizada por la respiración del hombre que se aproximaba, se abrazó más fuerte al árbol y colocó sus manos con los dedos abiertos, como las ramas superiores del viejo eucaliptus, implorándole a quien quiera que pudiera escucharla, la luna menguante, las distantes estrellas brillando en medio del smog de la ciudad.

Instantes antes de que él se aproximara ella sintió extraños tirones de sus sandalias de cuerdas y corcho y vio como la ataban al suelo las raíces. Los tatuajes se fueron endureciendo hasta volverse planchas duras, grises y verdes como la capa que rodeaba al viejo eucaliptus. Su cabeza rapada fue tragada suavemente por un hoyo que se abrió en la madera. Dejó de importarle el hombre con la loción de almizcle, el tono susurrante de su voz, los pasos intentando detenerla.

Cuando él llegó encontró tan solo el vestido de seda como una escama oscura desprendida del manto de la noche. Sin poder creer lo que había visto y lo que había vivido en los últimos instantes se puso a gritar con rabia contra la luna lejana y todas las estrellas.

Noviembre 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Raíz Cuadrada de la melancolía.

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

LOS RIOS FICTICIOS

“Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta”

(escenas 1 a 4)

EL ASTILLERO

«El cazador Gracchus» amarra en Montevideo

Las manzanas de la familia Samsa

El cazador Gracchus (un cuento del Dr. Kafka)

Comunicado de prensa / Milena Jasenská

(fin del proyecto)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

Felisberto y sus plantas parlantes (un inédito)

LOS VISITANTES

Hace demasiados años, Jaime Clara era de mis alumnos más curiosos en los cursos de semiótica de la cultura mediática que dicté en la Católica. Yo retomaba tesis de la Escuela de Barcelona, Umberto Eco aportaba la erudición al dente y para ejemplos prácticos, citaba sermones del predicador Jimmy Swaggart, haciendo por entonces estragos en la tele uruguaya y antes que la concupiscencia lo perdiera. Después Jaime -el oriundo de San José de Mayo- siguió creciendo: comunicador social, caricaturista, gran periodista cultural en Radio Sarandí y otros soportes. Este noviembre nos visita el avatar narrador, con un recuerdo de la infancia, su respuesta con panadero a lo que ocurre con el virus en la ciudad y la nostalgia de aquellas primeras serias americanas, que destilaban el misterio de la existencia según el genérico de Dr. Ben Casey: hombre, mujer, vida, muerte, infinito…

La tumba sin nombre: “Medias verdades”, Seix Barral, Montevideo, 2017.

Cazador y Una visita inesperada: http://www.delicatessen.uy

La novia de Lugosi

Todos recordamos algo de la infancia de manera persistente. Yo rememoro poco, pero constantemente me acompañan algunas imágenes dispersas. Tal vez así se va configurando la personalidad, he oído. No lo sé muy bien, pero cuando intento trazar mi vida en una línea de tiempo hay algo que se repite en esa extensión, algo de lo que soy, algo que no puedo dejar de ser. Tal vez me confiese ahora o, seguramente, ya no valga nada el esfuerzo. Tal vez muchos sonrían viendo que somos allá abajo, muy abajo, iguales. 

   Mi padre era dibujante. Su talento eran los retratos. Poseía una memoria casi sobrenatural para recordar rostros y luego reproducirlos con gran detalle. Cada noche me leía historias, a veces capítulos de novelas (recuerdo la tortura de Los hijos del capitán Grant de Julio Verne), a veces cuentos, pero mi momento esperado era cuando se cerraba ese encuentro diario y nocturno con un retrato de Bela Lugosi. ¿Suena raro? Era un retrato hablado; cuando el lápiz trazaba las líneas, las ojeras, el ceño, las oblicuas variedades del terror, yo escuchaba el ir y venir del carbón o del grafito mientras él articulaba singulares historias a la vez. Amaba a Lugosi como una novia fiel. Las paredes de mi cuarto de niña estaban totalmente cubiertas por esos dibujos y algunos recortes de diarios. No había, lo recuerdo, blondos cantantes o actores anglosajones y yo podía pasar horas mirando sus ojos, su boca, fabulando sus misterios. Lugosi era la voz de mi mente, era mis propios gestos, mis tics, mis silencios.

   Tenía cinco años la primera vez que lo hice. Eso sí lo sé bien porque recuerdo la vergüenza discreta de mi ida al médico cuando le dije a este mi edad y mi padre repitió “Cinco años, recién cumplidos”. ¿Cuál es la diferencia entre tener cinco años recién cumplidos, cumplidos hace seis meses o a punto de seis? No lo sé, pero me avergoncé de tener casi cuatro y no cinco definitivos, por eso me retraje al habitual silencio y ya no hablé más ni escuché. Ese es uno de los breves recuerdos. Otro que me asigno como determinante, el que motivó la ida a la mutualista, es mi amor incondicional a los animales. Mi mamá adoraba a los gatos que se reproducían con libertad en el amplio y salvaje jardín de la casa. También morían allí, cada vez con más frecuencia. Hay nacimientos en estaciones incorrectas. Creo que los efectos de las frías noches otoñales y de las tormentas se llevaban (o yo lo quiero recordar así) a los pobres y diminutos gatitos que tenían el desacierto de venir al mundo en esos tiempos errados. Hubo uno, uno especial, del que me enamoré perdidamente y al que le faltaba la pata delantera izquierda. Lo oculté durante muchos días en mi habitación, lejos de la mirada de mis padres, intentando alimentarlo por mis propios medios, pero fallé en eso. Ese animal debía estar con su madre y no conmigo que desconocía cómo podía mantenerlo vivo. Yo creí que el hecho de tenerlo abrigado en una cajita de zapatos era suficiente. Fue ese el primero que enterré en una zona privada, húmeda y de difícil acceso del jardín. Había en casa viejas latas con tapa de plástico que poseían un aroma peculiar. Tal vez habían sido de algún medicamento. En una pieza abandonada y repleta de bultos inservibles se conservaban a la espera de alguna nueva utilidad. Supongo que yo se la di. Ese fue el ataúd de mi pequeño y deforme gato, el primero que tuvo un nombre impuesto por mí. Lo envolví en gasas y lo coloqué delicadamente en su pequeñísima tumba. Lloré durante tres o cuatro días sin querer despedirme de su recuerdo.

   Unos días más tarde celebramos con mi padre el aniversario de Lugosi con un retrato al óleo muy colorido. Por la noche, en mi mente, se reveló algo, una idea, una abstracción, un mensaje… Algo así. Fue un momento de absoluta certeza acerca del futuro y me vi a mí misma tal como soy ahora, como lo que iba a ser o quería ser. Al otro día, muy temprano desenterré de su tumba al gato. Abrí la lata y el aroma se adueñó del entorno. Al principio intentaba no ver el contenido directamente; recuerdo las hojas enormes de un gomero, la penumbra bajo él. Pero era un aroma delicado, un aroma intenso, tan dulce que me hirió y ya no pude quitar mis sentidos de él. Volvía a tapar y destapar la lata, una y otra vez, durante horas, queriendo abarcar la belleza inexplicable de ese olor tan nuevo. Mientras aspiraba mi mente se dispersaba infinita; el mundo cobraba nuevos colores, nuevas posibilidades. El médico, tímidamente, sugirió que debía ser tratada por un especialista con mayor conocimiento de la psiquis infantil.

   ¿Quieren recuerdos de la infancia? Ese se repite, como una encrucijada. Supe en ese momento que había perdido la oportunidad de tener otros, como el que comete un delito y sabe que su vida estará marcada indudablemente por la certidumbre de la culpa por el acto cometido.

 Los gatitos comenzaron a menguar. ¿Confieso algo más? Comencé a enterrarlos vivos, sí, hasta que ese juego me cansó porque algunos se movían lánguidamente al transcurrir uno o dos días y ya no volvía a abrir las latas, pensando en que posiblemente me liberaría de imágenes tan crueles si solo los olvidaba. No puedo. Nunca pude. Siempre desde entonces he sido bondadosa con los animales. Pero mientras en las noches contemplaba los retratos en las paredes, sus pequeñísimos gestos de supervivencia me acosaban y ya no dormía. Los ojos del vampiro me dejaban desolada y contemplativa. A veces aún no duermo pensando en ellos.

   Desarrollé tempranamente un intrépido interés por la anatomía humana estudiando los libros de medicina de mi madre en donde había fotografías de cortes transversales y longitudinales sobre cuerpos humanos, cuerpos a los que sabía muertos y ya casi ficticios en esas imágenes pero que adquirían el aroma acaramelado de la muerte ante mis ojos. También sé, ahora, que muchos se regocijan con las noticias infames de crímenes sangrientos u observan los restos de los accidentes de tránsito como a una cosa, como a un objeto de interés colectivo, mientras comentan los horrores del caso. Yo no soy así. Una vez, solamente una vez, me bajé de un ómnibus para ver a un caballo padeciendo el dolor de los últimos momentos de violencia luego de que un auto lo chocó. Fue en el Prado, en Millán y Cisplatina, y ya pasaron muchos años.

   Hubo algún momento, cerca de los trece años, en que, para intentar resolver mis problemas evidentes de socialización, mis padres, siempre prudentes, decidieron mudarse a un lugar tranquilo en el interior. Un pueblo. Hice con esfuerzo uno o dos amigos. Viví cercana a una dicha social que se denomina “normalidad”; nadie parecía sospechar mi pasado. Mi casa, antigua y gigante, quedaba casi sobre una ruta. Ahí he habitado hasta el presente, unos veinte años, recolectando animalitos muertos por el constante transitar de vehículos. Los he diseccionado en el fondo de la casa, en una pieza que me ha servido de laboratorio y donde nadie más que yo ha entrado. Debo aclarar que también, en muchas ocasiones, he hurtado a mis padres los animales que esperaban ser cocinados. Una vez, incluso, al abrir la heladera encontré, con regocijo y sorpresa, una cabeza de cordero sin pellejo que me miraba casi tan estupefacta como yo a ella. Secuestré el objeto sanguinolento, pero mi padre me detuvo en el camino al fondo y me quitó el extraño cráneo, con la condición de que me dejaría ver su interior y examinar los ojos mientras él cocinaba lo que serviría de cena. Ya sé que es raro, pero hay otro en esta cadena, otro que mató y descuartizó a ese ser antes que yo. Yo no soy rara.

No.

El tiempo ha pasado sin tregua. Me voy quedando sola. Cada mañana salgo a trabajar y camino por el borde de la ruta hasta el pueblo. No es nada, nada. No vale nada. Desearía que la vida, que el camino, que el puente que cruzo cada día se borrara del mapa más de lo que ya lo están. Que desaparecieran bajo un fuego inextinguible o una inundación. No ocurre. Cada día simulo, como aprendí hace tanto, amabilidad y atención ante las voces, interés por sus sueños, sus logros, sus detalles insípidos, sus vidas felices. Pero en ese momento solitario en que camino jamás levanto mi mirada. Mis ojos están bien fijos en la ruta, dispuestos, por si algún tesoro de aquellos que quiero aparece.

   Ayer iba en mi oficio. A lo lejos vi a la hija del cartero que corría del lado contrario de la ruta por la que yo caminaba. Antigua compañera de curso, una vez quemó mi paraguas con un cigarrillo cuando me acerqué a ella y a sus amigas luego del turno liceal intentando charlar en la calle. A veces coincidimos en horarios y mientras ejercita su delicado cuerpo en eso que ella llama fitness yo, en cambio, voy encorvada a mi destino de infeliz secretaria de escribano. La miré una o dos veces como sin querer hacerlo, pero continué en mi rutina minuciosa de observar el suelo, evitando saludarla. No me gusta saludar. No me gusta esto de fingir simpatía más de lo necesario u obligatorio. Nos cruzamos y me gritó; gritó mi nombre y agitó su mano. Bajé la vista otra vez. Miré el río veloz bajo el puente. También oí el bramido molesto de un camión acercándose tras ella y casi palpé la tierra agitándose a su alrededor. Que no crea que voy a detenerme a charlar. ¿De qué voy a hablar? ¿De Lugosi? ¿Para que se ría otra vez?

No.

Los frenos sonaron agudos. Un hombre bajó de un camión y con un alarido se fue cruzando la carretera enloquecido rumbo al río. Había una joven con los ojos clavados en el vehículo, al otro lado de la ruta. El corazón casi se le detuvo con la sorpresa y siguió latiendo desordenadamente por unos segundos. Echó una mirada lenta a izquierda y luego a derecha, entrecerrando los ojos, buscando algo a la distancia. Vaciló un momento antes de cruzar. Miraba dubitativa bajo las ruedas y sonreía levemente. Mientras se acercaba muy lentamente, observó otra vez hacia un lado, hacia el otro; el corazón le estallaba.

Hay objetos de colección que no se pueden desatender; hay objetos que nos recuerdan la infancia, la felicidad amena de los primeros años.

Yo soy

en la noche o en el día.
Yo soy
la idea que fui, antes.
Soy la ínfima partícula
que soñaron mis padres.

Soy la que respira,
la que se aferra al aire.
Soy el vicio de la palabra.
Soy la misma
que fui en los ojos de mi infancia
y aun soy más.
Soy la que recorre el mundo con mirada nueva,
soy en las huellas de mis pies
o en mis dígitos únicos de documento.
Soy, entre miles de millones, una.

Y soy, incuestionable, en el frío
de la triangular e inversa mañana naciente,
mi maletín, mi abrigo, mi lápiz,
mi borrador
y título en una pared.
Soy mis libros leídos o los que guardo para después.

Soy lo que no sé,
porque siempre me acompaña
la incómoda sorpresa o el deseo
ante lo desconocido.

Y soy también lo que seré en la memoria de los otros.
Lo que sus lenguas, para bien o mal,
querrán que sea,
lo que me impongan sin posible réplica, alegato ni súplica.

Soy, desde hoy, la posible costumbre en tu recuerdo.

El mundo está perdido

Lo sabemos todos.

Ayer llegué a la costa atlántica.
Hundí mis pies en la arena.

Escuché el ruido de las olas,
el ir y venir de la naturaleza hablando,
golpeando, fluyendo.

Escuché el canto de una ballena austral o de una sirena varada.
La costa, rota, tiñe mis pies de pronto.
Un niño corre con un pulpo en una bolsa de nylon.
Veo el pulpo tan vivo, enorme, sano.

Ayer vi el mundo detenerse.
La piedra en el reloj de arena.
Las gaviotas emprendieron vuelo hacia el mar
y volvieron cuervos, ennegreciendo en horizonte.
Las nubes se mancharon de gris que de pronto
fue un turbión, un remolino.
Ese niño vio lo mismo que yo
y solo reventó
la bolsa contra la arena.
Le quitó el agua y se fue feliz.

El mundo ha muerto.

No le des un beso en la frente al muerto

No le abras la mortaja para mirarlo a los ojos,
mucho menos toques el somnoliento ataúd.
No beses al muerto
porque es mi muerto,
no el tuyo,
y yo, ni siquiera yo
besaría su frente
ni diría su nombre en voz alta.

(Mi voz repite su voz;
ya no hablaré jamás.)

Este muerto no es nada,
es solo cáscara rota,
desechada;
es la ceniza que serán sus recuerdos,
es su número de serie de cadáver.
Por eso
ni toques,
ni beses,
ni mires,
porque tocando, besando, mirando, estarás en mí,
en mí y no en él,
y yo no quiero manos o labios o miradas sino ausencia. Así que no beses la frente de los muertos.

— 00:00 —

En un ámbito oscuro como un sueño,
en la casa que llora con ladridos,
en el límite aquel fatal, perdidos
van mis días extraños, sin empeño.

¿Es acaso que un dios no les permite
que saliendo del cerco se hagan fuerzas
y que tú, peregrino, el rumbo tuerzas
escuchando a quien canta y se repite

replegándose en sombra siempre sola?
Y una vez escuchados sus latidos,
¿qué haré si no sé qué hacer hoy conmigo?

No permitas que se quiebre aquí tu ola;
en tiernos malecones, con sus ruidos,
se desgarra en recuerdos mi enemigo.

Octubre 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

EL ASTILLERO

« El cazador Gracchus » amarra en Montevideo:

Lilia Pedibus Destrue:

a) Piazza Campo de’ Fiori.

b) Los Protocolos.

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

Prólogo a “Los fuegos de San Telmo” de José Pedro Díaz.

Prólogo a “Para sentencia” de Omar Prego Gadea.

LOS VISITANTES

Jorge Musto

Muerte de un discreto” (evocación tardía) o después de la lectura y muerte de Julien Gracq. Es la vuelta al Cabaret de un viejo amigo, recordando que la eficacia de la obra siempre depende del instinto del escritor lector; yo escuché alguna noche la inolvidable versión oral del texto, en la casa de Monika y Jorge rue de la Croix Niver.

Francisco Álvez Francese

Comentarios a tres poetas uruguayos: Amanda Berenguer, Marosa di Giorgio y Jorge Medina Vidal.” Los textos provienen de “Los restos del naufragio” Pez en el hielo Ediciones / Montevideo, 2019. Conocí a Francisco Álvez hace pocos meses y por iniciativa de Jean-Philippe Barnabé; de inmediato me sorprendió la calidad y extensión de las lecturas en ese hombre tan joven. Su proyecto (me recliné en admirados personajes que conocí en Montevideo) se apoya en la función poética del lenguaje a la intemperie; luego escribe esos mágicos segundos inmóviles, desde que el pie despega del trampolín hasta que se activa una Ley de la gravedad rigiendo lo real.