Nueve poemas de Jorge Medina Vidal

Canto al frío

Tú vigilas de noche las esquinas del sueño,
las altas azoteas y el deseo incipiente,
los negros embozados que empujan las alcobas
y el ladrar de las puertas a remotas aldeas.
Tú vas enfureciendo los grandes hormigueros,
con música de piano diriges procesiones.
Tú cuando todos duermen, rodeados de sonámbulos
declamas a la vida y enamoras a la muerte.

Cuando nadie te sigue yo me muero por verte,
los ojos no me alcanzan para gemir tu olvido,
cuando te creen dormido yo precipito el pánico
descubriendo en silencio la espuma de tus llagas.
Oh, sudor de los astros que inundas las ventanas.
Oh, desdicha del sueño, reposo y jubileo,
desnudez y ceniza.

Por ti se desagotan los muebles y se esconden,
por ti desaparecen mis brazos en la arena.
Entonces las tiniebla responsables y puras
por ti levanta muros de piedra en las orillas.

El frío que nos mueve, sobre tu furia llega,
y el delfín del silencio nada hacia el alto Río
para que todo muera.

Tiresias

¿Podrás tú entender lo que no era
sino una bellísima aventura?
Los ojos de una perra enorme mirándote en la sala
donde recién un condesito vino,
y tú la vez perderse en las cortinas
pero su furia queda.

Cielo lleno de ojos y ninguna palabra entre nosotros
para decir de la ventura
su clamor instantáneo,
decir esta separación de mundos
habitado el primero,
destruido el segundo,
y la frase del anciano poeta:
El verdadero amor nos es ausente.

¿Podrás tú verlo llegar enfermo a su casa,
fría como las cobras lujuriosamente unidas
en el césped,
y entenderlo llorar porque vivir o muerte
es un tacto de luna
es una
frente?

Los arrabales desde el Palacio de la Luz

Veo rieles y parques de griságuila, unidos
a edificios callados donde la risa estorba.
A la izquierda pantanos
como sucios graneros,
y en mi oído palabras.

Quizá veo un camino tallado por metrallas,
larga fría escalera que trepa el horizonte,
donde viven su generosa espera los hermosísimos
vencidos en el delta
por la impensable ola.

Todo un cielo nacido del humo del oeste,
también corazón de dolores
o quincena maldita,
descubre sobre el cromo, los ocres y morados
Que el verdadero sol nos es ausente.

He aquí la montaña,
en un cuarto de niños soñada, pero único sitio
donde el viento es sembrador.
Toda líneas digitales
o brechas o avanzadas de las estrellas,
firmemente hundida en los poétalos de la arena,
en las plumas del mar.

Y si el amor me oprime, rebeldísimo a la noche,
a las odiosas plantas del día
que pisaron el extendido pecho,
veo rieles y parques y cielos y caminos
a través de anteojos o lágrimas
luchando.

Las Terrazas 2

Entramos inconscientes en la noche.
Cae pesada y leve
ahora
en la terraza.
Me muevo sin sonido
y los rincones de fugitivos oros
se limpiaron del vicio.
Estoy solo y sombreado
e inconsciente me penetré de noche,
casi indócil,
porque entrar inconsciente
es estar fuera,
fuera del tiempo y en la Noche.

Un mantel se sostiene,
pesa abajo la mesa
terca
y dura succionando raíz en los mosaicos.
La sombre, un cenicero
y el libro de Cervantes
son nada en un mantel
y en los ojos de un niño
pudieran reflejarse.

En la misma maceta
el cobre de la aurora
se apagó en el oído
y música se llama.
Rombos, rombos de sombras
sobre sombras,
maceta como un alga a la deriva.

El mar lejano está
cortando la terraza,
se acumula a las dunas
sin espejear las nubes.
Extiendo mis dos manos de sombra
hasta su sombra
Y penetra mi estría
como un tallo en su fruta.

El mar puede moverse
lo creo en la terraza,
lo veo en la terraza
avanza con pesada movilidad de toro.
Se llega y queda solo
comiéndose las luces,
conserva todavía la forma del abismo.

De frente, paso a paso
me pasa,
ya no miran mis ojos
de la nuca.
Ha llegado
a mi cuarto
y en mi cama
está el mar. Todo es Noche.

Ars Poética

ESCRIBO MIS VERSOS
de espalda a los lápices,
como se olvidan del Instituto
los maestros rurales,
como los niños se hacen amigos.

Sólo cuando estoy abandonado
me atrevo a la poesía,
cuando no puedo invocar a nadie,
porque invocado no vendría.
Y el verso se hace llaga
posado sobre mi mano.

Llego con lentitud a los contornos
donde a veces se clausuran
las palabras,
y las acaricio o me acarician
cuando quedan en mis labios.
Pero hay muchas
que me abandonan.

Y las recibo en esta soledad
que no es de campo,
ni de cárcel, ni de amargura.

A veces voy tocando los seres
vivos o muertos
que me rodean,
pero siempre los veo como algo
que podría ser una rosa.
Y con ella en la mano
saludo.
Si mi rosa se quiebra
en el aire
me alejo,
porque su eco no llegaba
a la noche o la eternidad.

No busco la poesía.
No busco la poesía entre todo
lo que he perdido,
ni analizo la escoria del aceite
de las lámparas que he ahogado.

No sabría decir -En la hora soleada
después de un día lento
soñando con mi sueño-.
Porque se quiebran en mi garganta
las palabras cautivas.

No sabría decir -Era aquí
en un sitio preciso
cercado de pasión-.
Mi verso ocupa un día
y todos los días
y casas con sus tierras
donde habitan los hombres
y los llevo poco a poco
a otra tierra de palabras.
Y allí,
Montevideo o nunca
es lo mismo.

La Odalisca en receso

La Odalisca en receso con un diamante reflejaba
           en la mesa
el impensable pétalo de una rosa de luz.

La cabellera ausente -el pensamiento fijo
era su aureola-
y viril como un búlgaro, sobre la ruta blanca
veía descendencias, no tribus,
acaso la secreta corriente de la ira
que está por venir.

A sus pies, caídos, los escarpines de la Señora
           Electa,
y un diorama de máquinas.
El fuerte olor a trementina que exudaban los
           pinos
no logró turbarla, ella
con ovarios de piedra y probetas
logrará una descendencia, no tribu, una
             sombrilla
que nos tape el rostro de Dios.

Estamos obligados a inventarnos una nueva
           tierra
Y un nuevo cielo -dijo- como un pensamiento
           nacido
antes de ponerse en marcha el cerebro de Adán,
como esos cuentos necesarios y adorables
nunca escritos,
que deberían preceder a todo cuento.

Como esas auroras menos pálidos
que la altísima noche que recién abandonamos.

Con la frescura de la farsa amorosa que le ofrecía
su otro cielo,
la Odalisca en receso desconecta circuitos
escrutando futuros estadísticos
y su diamante ya no juega en el borrado espacio,
porque la descendencia, no tribu
vivirá en el desmayo.

La Odalisca en receso, entonces
caminará vigilando sus computados gestos
en la mano – ¿qué mano? – un pagaré extendido
por ancianos fenicios,
para cobrar ganancias largamente esperadas
por todos los hijos de aquel padre cuyo primer
           impulso
fue codificar las sucias, sucias ilusiones de la
             sangre.

Situación anómala

Amar es vivir despreocupada. Punto.

Es una posibilidad que debió ser jueves o explosión
o sonido de una guitarra que el luthier
nunca se atrevió a construir. Punto.

Situación anómala que todos confunde con Felicidad
Y se enorgullecen al descubrirla entre sus amistades.

Puede ser un gato que en las estrecheces de los
hogares modernos repasa las masacres
de sus abuelas ENTRE LOS HELECHOS GIGANTES
Y LOS DINOSAURIOS.

Siempre está perdido en el sueño próximo
al delta pantanoso.

Basta que toque un rayo de luz en su plumaje
para que surja Amor,
como una novia etíope de su blanca litera.
Los raquíticos no saben del amor.
Entones sí, corresponde: Punto.

El retrato de doña Carlota Ferreira

Crece tan fuerte, tan segura y loca
detrás de su ventana permanente,
siempre mostrada y sin cansar la frente
con enigma que va de boca en boca.

Acaso en el pintor su grupa evoca
ocultas amazonas inconscientes,
o un misterio de Layo, de repente
toca su mano si el retrato toca.

Cuánta mujer desmenuzó el corpiño
de esta Carlota aligera y abuela
que nunca tuvo gestos para un niño.

Pero sigue mostrando desdeñosa
detrás de tanto cuerpo y tanta tela
hipertélicas mamas incestuosas.

El gran teatro

Remember Salvadora Cairón,
bolera andaluza por mil ochocientos sesenta.
de “arrogante presencia”.
Casada con el actor José Valero que la llevó
a primera figura por mil ochocientos sesenta y cinco.
Reconocida por el DIFICIL papel de doña Constanza
en el drama: “Las campanas de Almudaina”
De Palou y Coll (además dramaturgo)

que se retiró, a la vida privada, por la maldita
disminución de una esteroide, la
“17-hidroxi-preg-5-enolona” que se transformó en
“11-desoxi-17-cetoesteroide”
y envejeció.

como tú, como todos nosotros
como yo,
hasta que se descubra controlar su maldita presencia
y entonces
tendremos más tiempo
                                 para el bolero
                                 para el amor
                                 para el teatro.

*

Canto al frío / “Cinco sitios de poesía” (1946-1951)

Tiresias / Los arrabales desde el Palacio de la Luz / “Para el tiempo que vivo” (1952-1955)

Las terrazas 2 / “Las Terrazas” (1964)

Ars Poética / “Las puertas” (1962)

La Odalisca en receso / “Harpya destructor o Un objeto de poesía o La copa o Séptimo libro o La Odalisca en receso o La señora Electa” (1969)

Situación anómala / El retrato de doña Carlota Ferreir / El gran teatro / “Situación anómala” (1977)

Las referencias provienen de

Jorge Medina Vidal: POEMAS / Obra Completa (Selección al cuidado de Osvaldo Pol) Editorial Vinciguerra, Colección Metáfora. Buenos Aires, 1996.

Agosto 2022

AGOSTO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Las llamadas adicionales

Der tod un das Mädchen

VISITANTES

Ramiro Sanchiz

“Árboles en la noche”

“Creo que ustedes saben de qué estoy hablando: la noche de Federico Sthal es la 666 de las mil y una noches de Sherezade, la noche love/hate del cazador, de la iguana y la notte de Antonioni, noche oscura del alma y Los Estómagos cuando el eclipse informático, la noche de Carlos Wieder y las hermanas Garmendia, la noche Solaris que pudo inspirar a Ferdinand el largo viaje hacia su final, la del día menos pensado y The night before del 65. Los árboles de Ramiro Sanchiz alucinan Pinamar en el verano de 1988 y exorcizan The blair witch project, son el árbol Bohdi de la iluminación Shiddarta, los árboles de Valinor y el bosque reptante de Birnam, el árbol de Sleepy Hollow, de Kaulder el ultimo cazador de brujas, los doce sicomoros de Twin Peaks cantados por Jimmy Scott, el ombú clonador de niños muertos en Punta de Piedra y el ombú portal hacia la oscura ciudad de Cacodelphia en Adán Buenosayres.”

Philip K. Dick

Salirse de uno mismo: el proyecto literario de Ramiro Sanchiz.

Las imitaciones, título de una de las novelas de lo que se puede llamar el período de madurez de Ramiro Sanchiz (que comienza, probablemente, con la publicación de El orden del mundo y se extiende hasta el presente), podría bien ser el nombre de todo su proyecto literario. Reiteraciones de esa misma idea están en otros libros, como El gato y la entropía #12 & 35, en el que los números finales —tomados de la canción de Bob Dylan— suponen la existencia (aunque sea potencial) de otras posibilidades, versiones, traducciones, o en el cuento aquí publicado, “Árboles en la noche”, que conoce ya varias iteraciones. En efecto, el nombre del texto designa una serie de variaciones que han sido publicadas, según una modalidad característica del autor, en diversas publicaciones a lo largo y ancho del mundo hispanófono y que ofrecen, en distintas tonalidades, un mismo tema.

Federico Stahl funciona de este modo como máquina narrativa, como entidad jamás idéntica a sí misma, como sujeto infinitamente maleable (y por eso, en algún sentido, anti-sujeto) en un multiverso siempre en expansión. Cada una de sus aventuras (y la palabra no es azarosa) se presenta así como un instante de un movimiento no continuo, fluctuante, como copia de copia que eleva la escritura a un arte del vaciamiento, estocada final contra la psicologización agonizante. En uno de los mundos posibles, de este modo, Stahl se apaga pero solo para eclipsar al resto en otro o para irradiar sobre alguna ficción pasada, que se retoma con cambios ligeros que la muestran, para seguir con la metáfora, bajo otra luz. Esto es puesto en práctica de forma condensada, por citar un cuento, en “All Tomorrow’s Parties”, en el que el fin del mundo superpone los muchos avatares de Stahl, que se abisma ante la monstruosa percepción de sí mismo, esa vista al espejo reveladora del hueco de una cara.

Eterno protagonista, Stahl está vinculado con insistencia a algún área de la creación (es alternativa o simultáneamente músico, periodista, escritor, etc.) que Sanchiz ha recorrido, lo que posibilita, entre otras cosas, que pueda ser leído además como un alter ego del autor, o como otra variante del escritor que deambula, a su vez, en ficciones como Guitarra negra con su nombre legal y otras máscaras. Esto, sumado a las múltiples menciones a personas de existencia histórica comprobable, hace que las interconexiones entre el mundo ficticio y el otro (el nuestro, por decirle de algún modo), sean a la vez evidentes y, por su carácter ligeramente interferido, ominosas. Así, la ciudad de Ventomedio, el balneario Punta de Piedra, o personajes como Emilio Scarone, escritor sin obra, apenas ocultan sus “referentes” y provocan el deseo en el lector curioso de intentar decodificarlos, llevándolo, en este intento, a ver las oscuras lagunas que los separan de la realidad que construye el realismo y las convenciones de lo verosímil.

Es que Sanchiz se mueve empecinadamente en los márgenes (ciencia ficción, weird, horror) y lo hace a la vez como crítico (en la prensa o en su vertiente ensayística), como traductor y como narrador, estableciendo en sus libros cada vez más dichosamente híbridos un linaje de pensamiento en el que participa de modo siempre conflictivo. En ese sentido, su trabajo está cuidadosamente articulado y siempre incluye (por momentos, en gestos de deliberado homenaje o de esa forma suprema del homenaje que es la parodia) citas y comentarios sobre la tradición en la que se quiere ubicar, una tradición que devora a los clásicos modernos —Melville, Mallarmé, Proust, Joyce— y los alea con los desperdicios más deslumbrantes de la sociedad de consumo. No son extrañas, por eso, las referencias culturales, en un sentido muy general, que incluye música pop, programas de TV, videojuegos, personajes literarios, películas.

En esa fascinación por la figura del ícono, en la producción incansable y en el espíritu reiterativo y secuencial, que rehúye del ideal romántico del “artista” inspirado, Sanchiz se puede ubicar en una constelación de artistas que, desde comienzos de la modernidad, han buscado destruir los cimientos que la sostienen sirviéndose de sus propios relatos y mitos de origen. Pero es, al mismo tiempo, esta obstinada preocupación por la construcción de la memoria y sus relaciones con la ficción (evidente en novelas como Verde, por ejemplo), su búsqueda constante de una problematización del binomio de oposición relativa “cultura/naturaleza” (discutido con maestría en la por el momento inédita Un pianista de provincias), su combate contra las definiciones corrientes de lo que nos define de manera siempre provisoria como humanos y la visión y ejecución de su ambicioso proyecto literario lo que lo convierten, más allá de las taxonomías, en un autor proteico y originalísimo.*

Francisco Álvez Francese

* Una versión de este texto fue publicada en el libro Narrativa Nativa, de Agustín Acevedo Kanopa, Lucía Germano y Mauro Martella (Montevideo: Estuario, 2018).

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo XII a Capítulo XVI

ENSAYOS CRÍTICOS

La novela de Carlos Tomatis

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Julio 2022

JULIO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

La tele de Babel

Lola de Lodz

VISITANTES

Guillermo Álvarez Castro

Tres cuentos de “Pequeña música nocturna” y el prólogo de Mercedes Estramil

Ocho años antes hubo un libro en edición mimeógrafo, pero fue a los 35 años que el nombre y la prosa de Guillermo Álvarez Castro se hicieron conocer. Con la novela “Canción de Severino”, ganó en 1985 el concurso de la 26 Feria Nacional de Libros y Grabados. La esquina de Rivera y Bulevar -antigua casona de Baldomir- era una fiesta aquel mes de diciembre y estábamos todos en la primera Feria después de los años verdes; euforia manifiesta por la salida negociada de una pesadilla colectiva, había avidez por leer las novedades y negociar artesanías, se veían rostros marcados de todos los horizontes, en tanto circulaba cierta inquietante extrañeza. Los dedos sonaban como nuevos dentro del cubilete, había que hacer cola en el despacho de bebidas, se hacían planes para el verano del 86 y maliciábamos que otras aguas bajaban turbias: nada sería como antes.

Después de esa salida ganadora, Guillermo siguió escribiendo cuando sentía que tenía algo para decir y como buen escritor uruguayo fue publicando salteado; igual tiene algunos logros codiciados a destacar. Emulando a los admirados Spencer Tracy, Gary Cooper y Marlon Brando que recibieron dos veces la estatuilla Oscar, él ganó dos veces el premio de lectores de Banda Oriental. Primero en 2008 y más cerca de nosotros en el año 2021 con “Pequeña música nocturna”, de dónde provienen los relatos presentados en La Coquette; de paso, agradecemos a la gente de la calle Gaboto la autorización a reproducir los textos. Ese concurso siempre renovado, sigue siendo la mejor oportunidad para darse a conocer que tenemos los escritores uruguayos, desde el año 1969 cuando Omar Prego Gadea ganó el primer llamado con “Los dientes del viento”

Del libro casi todo está dicho en el estupendo prólogo de Mercedes Estramil, cuya empatía de tertuliana de los lunes se asocia a una mirada crítica certera -dueña versada en ardides narrativos- sobre la tribu familiar desmembrada y la perpleja vanidad masculina cuando acechan los cuarteles de invierno: “Quedarse en la puerta, por ejemplo, que el libro retrata el mundo de los afectos, dividido acaso en tres o cuatro categorías: las relaciones de pareja, la relación abuelo – nieto, padres – hijos, y quizá (allá al fondo) un bestiario que reclama simbólicamente su lugar en el corazón de los protagonistas, animales también, cargados de instinto.” Es así en los tres cuentos seleccionados, donde vemos obrando la dialéctica de la Historia pasando por encima de seres malogrados, criaturas indefensas a la intemperie en medio del temporal. Hoy un juramento y mañana una traición ya no sólo entre estudiantes, mujeres que se buscan a tientas y rescoldos varoniles en peones rurales, el picado entre un clone mancado de Lev Yashin y el abuelo del Nico que nunca pudo ser Pedro Virgilio Rocha, una excursión al norte de Comala para abrir los portales acuáticos al más allá.

Hay algo en el conjunto del tango “Desencuentro” cantado por Elba Berón, como también puede leerse en la novela “Amparo y el galope de los caballos muertos” (2020): “Cuando Sánchez fue detenido por primera vez, los tatuajes eran propios de marinos -anclas, nombres de mujer- o la gente del bajo o de la cárcel, no de mujeres como aquella.” Quienes tuvimos la felicidad de leer su novela “Celebración”, podemos agregar algunas pistas explotables sin confirmación oficial. Se dice o comenta sin levantar la voz, que tiene Guillermo algo de bohemio por el lado Montevideo Wanderers, lecturas fundadoras de “El hijo” de Horacio Quiroga, una poética del árbol traslúcido in progress, desembarcó en la capital el año 55 por el lado de Punta de las Carretas, pasó la educación sentimental entre parientas, vecinas y comadres, como Carlos Lyra tiene influencia del jazz sublimando el cometa Cab Calloway en los carnavales de 1951. La infancia era el paraíso perdido pues nadie estaba muerto, con los libros de otros aventureros escritores uno puede armar su propia memoria viva escuchando baladas de Frankie Laine y toda familia tiene su buhardilla de secretos que huelen como Dinamarca. Fue así, porque los porrazos del aprendizaje sucedieron entre Maracaná y la revolución cubana, la caída de Perón en la plaza de Mayo y el Partido Nacional llegando al poder, el estreno de “A la hora señalada” de 1954 y las inundaciones del río Uruguay. Fueron años de cercos y glicinas, de Grimoldi la marca del medio punto, del gallego Walter Taibo bajo los tres palos, La Mañana y El Diario voceados en veredas de la calle Ellauri y Dogomar con 24 abriles, subiendo al ring del Luna Park a fajarse con el moreno Archie Moore. ¿Fue en 1949 que se fundó El Galpón?

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo VII a Capítulo XI

LIBRERÍA LAS NUBES

Pablo Silva Olazábal
Discurso ante la Academia
Ficha 7
“La vida amorosa de Telonius Monk”

El pasado 15 de junio la Academia Nacional de Letras otorgó al programa radial La Máquina de Pensar (Radio Cultura 1290AM) el Premio Día Nacional del Libro, una distinción que se brinda desde 2007 a los defensores del libro y que ha premiado a personalidades como Nancy Bacelo, Heber Raviolo o Eduardo Galeano. El siguiente es el discurso de aceptación que leyó Pablo Silva Olazábal.

Una conversación colectiva y secreta

Sr. Presidente de la Academia Nacional de Letras, Señores Académicos, Señoras y Señores, amigos y familiares

Es para mí un honor estar hoy en esta casa, que me gusta pensar es del pensamiento, y mucho más por este motivo. No sé si La Máquina de Pensar se merece este premio, pero sí sé que, en nombre del equipo que hacemos el programa, que me pone muy contento recibirlo. En estos días no han parado de llegar saludos y cariños de mucha gente, incluso desde fuera del país, y no todos uruguayos. Es una señal, pienso yo, de la importancia que tiene la Academia Nacional de Letras.

Hace unas semanas, en España, en una terraza de Parque del Oeste, bajo el calor de la primavera de Madrid, el poeta Jordi Doce me decía algo que comparto: la literatura es una conversación; una conversación que el libro mantiene no solo con el lector sino con todo el sistema literario: críticos, comentaristas, editores, académicos, periodistas, libreros, docentes, estudiantes y un largo etcétera. Hace unos días Roberto Appratto agregaba que antes de esa conversación hay un diálogo previo, y es el que el autor mantiene consigo mismo, o con la obra, mientras la escribe o intenta escribirla. La circulación de los libros es entonces eso: una conversación colectiva y secreta que se produce la mayor parte de las veces en silencio, o en círculos restringidos, pero que es necesaria no solo para la buena salud de literatura, sino también para toda la sociedad en su conjunto. Si perdemos de vista que los graves problemas de seguridad ciudadana que hoy atraviesa nuestro país tienen bases culturales y por tanto son (también) un problema cultural que debe ser encarado culturalmente, es difícil que logremos avanzar en soluciones significativas. Los libros, más allá de su calidad, representan la complejidad y la violencia siempre es lo contrario, el atajo y la simplificación brutal. El libro brinda esa complejidad porque es un soporte y una tecnología que exige un esfuerzo cognitivo especial del lector. Frente a él hay que tener un papel más activo que, por ejemplo, cuando estamos frente a una pantalla. No es lo mismo recibir una bella imagen con una exquisita banda sonora que crearla en el silencio mental más absoluto y con los únicos recursos que tenemos dentro del teatro de nuestra mente, todo esto partiendo solo de signos, de letras, de palabras. Se requiere un esfuerzo, claro, y es necesaria una disposición, incluso una actitud corporal. Cuesta más, pero por eso mismo la recompensa puede ser mayor: la imagen que logramos es única y nuestra porque es personal.

Estamos en momentos de profundos cambios civilizatorios donde, siguiendo la frase célebre del siglo XIX, todo lo sólido parece desvanecerse en el aire. Todo está en cuestión. En un libro reciente que el pensador español Jesús García Cívico me obsequió en Valencia, se cita al gran crítico George Steiner, quien en el año 2001 sostuvo, en un curso de Harvard, lo siguiente: “yo describiría nuestra época como la era de la irreverencia. (…) La admiración, y mucho más la veneración, se ha quedado anticuada. Somos adictos a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo”. No sé si suscribo estas palabras tan duras de Steiner, pero el panorama que describe el libro de García Cívico parece claro: hay relativismo extremo, crisis de autoridad y declive de las jerarquías tradicionales que están dando paso a una nueva horizontalidad, donde (sic) “los sentimientos se exacerban y no solo preceden a las razones sino que también las sustituyen”.

Por cierto, el libro se llama Ficciones, las justas (Ed. Contrabando) y aborda distintos aspectos de la cultura de la cancelación; en él se cita el caso de Edison Cavani y se hace especial mención a la intervención que realizó en su momento la Academia Nacional de Letras sobre este tema, aclarando que “negrito” no es, en el contexto uruguayo, una palabra racista (el amigo aludido por Cavani ni siquiera era negro). Jordi Doce me comentaba en esa charla que otra clase de atajos ha empezado a aparecer en el mundo del libro, increíblemente en el ámbito de la poesía, y que proviene de las cada vez más poderosas redes sociales (que son, hay que tenerlo presente, un instrumento, un medio, y no el eje del mal). Mencionó varios ejemplos de España donde poetas han ganado concursos gracias a que cuentan con centenares de miles de seguidores en las redes. (El premio Espasa de poesía 2020 fue para un poeta venezolano que tiene casi 800.000 seguidores en Twitter). 

Pienso que esto de por sí no es malo, son otros sitios desde donde crear y difundir poesía, pero siempre y cuando se continúe, aunque sea desde otro lado, la conversación que el libro mantiene con el sistema literario para su circulación y asimilación social. El peligro puede aparecer si el autor cree que puede sustituir esa charla hablando directamente con los lectores. Es algo parecido a lo que afirman los líderes populistas, cuando sostienen que ellos hablan directamente con la gente, y no necesitan la intermediación de ningún sistema representativo. Cuando se habla directamente con la gente no hay diálogo sino algo muy parecido al monólogo. Y otra vez, el peligro está en que la larga conversación que genera la literatura comience a debilitarse.

Vivimos tiempos de aceleración y de dispersión, que atentan no sé si contra el libro, pero sí contra un modo de leer. El poeta uruguayo Eduardo Espina sostiene en su último libro de ensayo, que se llama Libro albedrío, que a los estudiantes universitarios de EE. UU y de China les cuesta cada vez más concentrarse en una sola novela. Se trata de estudiantes de letras, especializados, que no recuerdan los nombres de todos los personajes, por la dispersión mental a la que están habituados. Vivimos tiempos de personas que leen todo el día, pero nunca libros. Este modo de leer, dice Espina, deslizante, sincopado y saltarín, puede ser bueno para la poesía, pero es mortal para la narrativa. Frente a estas incertidumbres y otras más, que no hay otra postura que la de sostener porfiadamente la necesidad de llevar a cabo la conversación literaria, abriendo espacios para que continúe y se practique constantemente.

Los medios de comunicación, en particular la radio, han tenido desde siempre un papel relevante en esta charla. En la actualidad, salvo honrosas y por suerte conocidas excepciones, parece predominar en las radios privadas la apertura hacia el entretenimiento y el espectáculo como si fueran los únicos sectores de la cultura, cuando no lo son. En este sentido las radios de los Medios Públicos cumplen una labor indispensable para alimentar esa larga conversación que necesita el libro. Los posibles méritos que pueda tener La Máquina de Pensar durante estos doce años de permanencia en el aire, no se pueden explicar si no fueran porque está incluida y albergada en otro proyecto mayor, los Medios Públicos, que antes llamábamos las antiguas radios del Sodre, un proyecto que se modernizó cuando pasó a llamarse Radio Uruguay junto a las demás emisoras, y que continúa hasta hoy. Desde setiembre del año pasado La Máquina de Pensar está en Radio Cultura, un nuevo proyecto coordinado por Gustavo Rey, un hombre de larga trayectoria en los medios y con sensibilidad artística; este proyecto intenta ser una fuerte apuesta que contraviene la tendencia predominante en el espectro radial. Programas como El Tungue LéEfecto Mariposa o nuevas propuestas (dentro de los Medios Públicos) como La canoa o Serendipia, por mencionar solo algunos programas, apuntan y apuntalan una tradición que debería fortalecerse y renovarse llegando a todos los rincones del país y no solo a Montevideo. Pienso que este premio los incluye a todos, igual que incluye a los trabajadores de los Medios Públicos que hacen posible el viejo milagro de la comunicación. En especial tengo que mencionar a Carolina de Cuadro, la productora con la que planificamos día a día la programación, y también a los 41 columnistas, casi todos escritores, que a lo largo de estos doce años han colaborado para La Máquina de Pensar sea lo que es: un agradable espacio de conversación.

Antes de terminar quiero compartir un recuerdo personal, evocar a un oyente muy especial, el periodista y escritor Andrés Capelán, un amigo que se puso al hombro la tarea de crear primero el blog de La Máquina de Pensar, que hoy tiene más de medio millón de visitas y más tarde el canal de Youtube de La Máquina, con casi 1.600 suscriptores. De manera honoraria y exclusivamente por amor a la cultura, Andrés dedicó los últimos años de su vida a trabajar en este objetivo. Llegó a subir él solo a Youtube todos los programas que van desde 2010 al 2018, hasta que murió en 2019. Estoy seguro que le hubiera encantado estar acá y ver este premio, del que quiero pensar que no es más que otro momento, y perdonen que sea tan repetitivo, un momento feliz, en una conversación que nos ha precedido y que seguirá y continuará mucho tiempo después de que todos nos hayamos ido. Muchas gracias 

Pablo Silva Olazábal / 15 de junio de 2022.

ASTILLERO

El arte de comparar
(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

III) Las torres de Babel

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

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El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Árboles en la noche

Me habían dicho que lo identificaríamos por su acento, montevideano y cargado de pena, y así fue. No sé en realidad cuánto llevaba viviendo en Santiago, pero si se daba crédito a las historias que circulaban por ahí debía ser suficiente para que su acento se amalgamara al de los chilenos. Supongo que eso, la negativa al cambio, la impermeabilidad de su voz, debía hablar de él con elocuencia. Y espero que eso, a su vez, lo haya asistido en el que entiendo como su final. Por eso yo también repito: Federico Stahl, Federico Stahl, como si pudiera creer en que tal encantamiento lo salvará o lo hará volver.

En cuanto a la elocuencia, tampoco era realmente necesaria: su aspecto lo decía todo mucho antes de que empezara a sonar su voz. Cuando lo vimos por primera vez la sensación que experimentamos los tres fue que mejor había que ser prudentes y dar marcha atrás; Gimena me miró como si quisiera preguntarme ¿en qué nos estamos por meter? mientras Gonzalo suspiraba pensando, y esto se le leía con facilidad en la mirada, que otra vez nos íbamos a dejar embaucar por un demente, o un borracho, o un drogadicto.

Supongo que las tres cosas son necesarias para ser dedicarse a lo que se dedicaba Federico Stahl en Santiago de Chile, y todos los Stalkers que habíamos filmado y entrevistado (es curioso que se aferren al nombre tomado de esa vieja película a la que el tiempo de alguna manera puerilizó) parecían adecuarse a ese molde de tristeza, tranquila desesperación y locura. Por otra parte, yo mismo tampoco era ajeno (ni lo soy ahora) a la gravitación de esas categorías; podría decirse que mi trabajo dependía no sólo de personas así, de un lado y de otro de la cámara, sino de mi capacidad de resonar con empatía con sus, repitámoslo, tristeza, tranquila desesperación, pena y locura; y si algo resuena aquí y allá, adentro y afuera, es porque es lo mismo de ambos lados (o quizá porque es lo mismo en ambos lados). Por esa razón yo era (soy) también un Stalker, a mi manera, como Federico Stahl, aunque quienes me acompañaban lo hacían desde la presunta protección (que, créanme, no es tal) de las pantallas.

Era mi quinto documental, el tercero con el mismo equipo, y le había llegado el momento a la Zona fantasma favorita del Cono Sur. Se decía por ahí que era más fácil conseguir guíasen Chernóbil y Onagawa que Stalkers dispuestos a adentrarse en el pueblo fantasma de Cybersin, pero nadie era capaz de explicar por qué. Cuando me hablaron de Federico Stahl –y añadieron que era uruguayo, como nosotros– todo empezó a encajar, sin embargo, como ese momento del armado de un puzle complejo en que sentimos que las cosas aceleran hacia la solución. Nada más lejos de la verdad, por supuesto. O más cerca: intolerablemente cerca.

Los canales para entrar en contacto fueron tortuosos, pero a la vez predecibles; al encontrarlo en aquel rincón del bar que nos propuso, a dos cuadras del Mapocho y a tres del Cerro San Cristóbal (un paisaje mezquino y rencoroso, de casas abandonadas y comercios tapiados, como si sólo con movernos hacia Federico Stahl hubiese comenzado ya nuestro viaje al pueblo fantasma) ninguno de nosotros pudo predecir la locuacidad que se apoderaría de él media hora más tarde, después de que nos escaneara y de alguna manera aprobara, de que pasáramos la prueba que le permitiría confiar una primera faceta de su historia a su nuevo público.

Había algo muy cinematográfico en él, además, como un Kurtz que se manifiesta en un momento temprano del relato, previo al descenso al infierno o al camino río arriba: el personaje quizás consabido del hombre tenebroso, alto, flaco y desgarbado, casi completamente pelado y con una forma peculiar del cráneo, abollada diría Gimena horas más tarde, que no se correspondía con la verbosidad con la que nos asaltó y que lo llevó a contarnos la historia completa de Salvador Allende y el ascenso y caída de Cybsersin.

Nosotros la conocíamos, por supuesto, o al menos lo que es dado saber de esa historia, lo que está en los libros. A la vez estábamos seguros de que en Chile averiguaríamos algo más, un secreto, o llegaríamos un poco más allá por el camino al corazón de tinieblas de aquella extraña aventura tecnológica emprendida por un presidente socialista y su equipo de cibernéticos influidos tanto por Stafford Beer como por un jovencísimo Oskar Sarkon, y en ese sentido hubiese bastado con el relato largo y complejo que nos hizo Federico Stahl, al menos para producir una serie de animaciones, un par de reportajes ficticios, una buena dramatización de los hechos clave. Pero yo quería más: quería grabar mi recorrido por la zona fantasma, o el pueblo Cybersin, o el desierto de Allende, todos los nombres que rebotaban en la cámara de ecos de la historia secreta del Cono Sur.

Y lo hicimos. Federico Stahl puso los términos, los tiempos, las precauciones, y lo cumplimos todo casi hasta el final. Así, tres días después de aquel primer encuentro estábamos viajando por la ruta 78, a las seis de la mañana, dejando atrás Santiago, Peñaflor, Talagante, El Monte, El Paico y otros tantos pueblos y comunas en la telaraña de aquella zona, las ruinas de lo que durante casi una década fue el centro de operaciones de Cybersin. Federico Stahl nos repitió la historia, esta vez señalando el paisaje real, relatando la luz, el aire, el trauma de la cordillera. Alguna vez se llamó Melpilla, dijo, pero la comuna fue vaciada en 1975, cuando Allende trasladó el corazón de Cybersin a los pies de la cordillera. ¿Y por qué lo hizo?, pregunté. La derecha, como siempre, respondió Federico Stahl; la derecha no lo dejaba en paz, los dueños de Chile, los que sabían que no estaban pasando por otra cosa que un paréntesis en su hegemonía brutal. Me pareció entenderle los sueños de Chile, pero comprendí que no podía ser, que eso, quizá, vendría después.

Los sueños de Chile, repetí para mí. Los sueños de Chile. Y Federico Stahl también repetía: cada capítulo, cada detalle de su historia parecía arrojado a un vértigo de variaciones. La historia era siempre la misma, pero parecía que a cada oportunidad volvía a ciertas imágenes y éstas crecían, alargaban sus zarcillos o sus tentáculos hacia nosotros. Quizá tenía cierta magia, cierta presencia de narrador, y eso nos convenía muchísimo. Decidí que teníamos que grabarlo, a él, que fuera él quien deshilvanara aquella historia de ambición y colapso. ¿Nunca estuvieron en Brasilia?, nos preguntó en un momento, ya en la carretera, y yo le dije que sí, que había estado allí a comienzos de mi carrera, trabajando como asistente de producción de un documental sobre Oscar Niemeyer. Bueno, dijo, a Cybersin le pasó lo mismo que a Brasilia, que no hay control, que no se puede planear. Las cosas crecen orgánicamente, esa es la lección que no aprendieron los técnicos de Allende. Porque Cybersin, añadió Federico Stahl, pese a Sarkon, resultó ser la culminación de las ideas de Wiener sobre el control: la cibernética como ciencia del control, en seres vivos y en máquinas, y todo Chile iba a quedar así, controlado, primero en conexión y después bajo una centralidad, una verticalidad jerárquica, todo lo que no podía ser, si lo piensan desde ahora, todo lo que representa más bien lo contrario a lo que debió ser, una red descentrada, un poder horizontal.

Yo pensé que Cybersin no era más que un montón de máquinas de télex y reportes en vivo de cuotas de producción, dijo Gonzalo, con ambas manos aferradas al volante. Si salió mal, añadió, debió ser porque las máquinas eran precarias.

No era solo eso, contestó Federico Stahl. Nunca debió ser solo eso.

Después guardó silencio por un instante, como si tomara carrera. Yo miré por mi ventanilla, la del copiloto, y miré también a Gonzalo y después a Gimena. El ambiente se había enrarecido, seguramente porque en ese punto nadie esperaba que se le objetara así fuese un detalle mínimo al relato de Federico Stahl.

Me pareció que allá, en la lejanía, por delante de nosotros, se levantaban torres altas y delgadas, las torres grises de un castillo fantasma.

¿Por qué no nos contás tu historia, no la historia, sino tu historia?, le preguntó Gimena a Federico Stahl.

No hay mucho que contar, fue la respuesta. Nací en 1978, dijo (eso lo hacía apenas un año más viejo que yo), después vine a Santiago con una novia que tenía familia acá, y el resto fue acercarme cada vez un poquito más a nuestro destino.

Alguien te tuvo que haber enseñado cómo entrar y encontrar los… ¿no?

Me pareció que Federico miraba a Gonzalo como se mira a un mosquito que se creía haber matado minutos atrás pero que regresa en el calor de una noche de verano, el mismo, quizá otro, la misma molestia.

Tuve mi maestro, sí, y yo ya sabía de la zona por un amigo uruguayo, Emilio Scarone, un escritor de ciencia ficción. También anduvo por acá, pero le perdimos la pista. Nadie sabe dónde está.

¿Pero no fue tu maestro, entonces?

No, mi maestro fue chileno, Jorge se llamaba. Al final se tuvo que ir. Está en Punta Arenas, ahora, si no es que ya dejó Chile para siempre.

Después nos enteramos de que Federico había veraneado durante toda su infancia y adolescencia en Punta de Piedra. Le conté que yo también había pasado mis vacaciones ahí mismo, entre 1987 y 1992, pero resultó que él vivía con sus abuelos en el Pueblo Nuevo y mis padres habían comprado una casita del otro lado del balneario, en el Pueblo de Pescadores, detrás del Gran Hotel. Conozco la zona, dijo Federico Stahl, ahí en el Farallón, con la Mansión Solitaria. Sus palabras me hicieron evocar aquellos paisajes veraniegos: las olas durísimas de la Playa Brava, la playa amplia y chata hacia La Coronilla, la oscuridad espesa de aquellas noches, el cine derrumbado, el ombú gigantesco y carnoso en medio de la plaza matriz. Debimos habernos cruzado igual, dije, no es que se llenara de gente Punta de Piedra en esos años. Me miró y asintió con la cabeza, moviendo ligeramente el labio inferior, como si se encogiera de hombros. ¿Y ahora?, preguntó de pronto. ¿Y ahora qué?, le dije. Ahora qué es de Punta de Piedra. Ah, contesté, no sé, la verdad hace años que no voy. Estarán todos los fantasmas, dijo, y nosotros también, al final del camino.

Todos los fantasmas, pensé, como si paladeara, saboreara la idea o las palabras. Íbamos hacia los fantasmas en una carretera solitaria como nunca he visto, a toda velocidad entre las montañas, rumbo a otra pared de piedra o a lo que saliera antes en nuestro camino. Dejé pasar un rato y le pregunté por las dificultades. No, dijo, como si esa hubiese sido mi pregunta, no es que haya vigilancia. Dicen que en los noventa pusieron minas y que había casetas, pero no es verdad o al menos yo jamás me topé con ninguna ni supe de nadie a quien le pasara algo de eso. ¿Pero sí les pasaron otras cosas?, preguntó Gonzalo. Lo miré como diciéndole mejor callate la boca y volvió a apretar el volante. Hay muchos sentidos, le contestó Federico Stahl, con la voz más paciente o menos ansiosa que le había escuchado hasta el momento, la voz de alguien esencialmente libre de carisma, alguien incluso refractario a todos los que no estuviesen dispuestos a entrar en su alucinación. Muchos sentidos en que se pueden correr riesgos. Ustedes saben lo que pasó ahí, ¿o no lo saben? No, ¿qué pasó?, dijo Gimena, y Federico Stahl me miró. Yo creo que lo sé, dije. Lo que pasó fue que Cybersin creció en complejidad y después se desmoronó, colapsó sobre sí mismo, como una implosión.

Me pareció que Federico Stahl sonreía, ligera, imperceptiblemente, pero en realidad había empalidecido, se le habían profundizado las ojeras, se le había deformado aún más el cráneo: No, dijo, no colapsó sobre sí mismo ni fue como una implosión. Lo intervinieron, que no es lo mismo. Lo destruyeron, le cortaron la vida, los cables, los recursos, todo.

Su voz era la implosión, o había avanzado firmemente hacia la implosión. Y a la vez está fija en mi memoria, tanto que puedo escucharlo como si lo tuviera enfrente este mismo momento. Estamos los cuatro en la camioneta, avanzando por la carretera a toda velocidad entre las rocas, entre todas aquellas marcas de la ruptura de Pangea, esa cicatriz del Jurásico, del Cretáceo, de hace más de cien millones de años. Y Federico Stahl, bajo esa luz de granito, dice que no fue así, que no fue un mero experimento que salió mal, que fue una intervención de emergencia, un aparato de seguridad que cancela un proceso cuyo final habría sido terrible (dice otra cosa, en realidad, dice que habría siempre de haber sido terrible, se excusa después y me deja pensando en los tiempos verbales, en el futuro, en el pasado, en ese siempre y en ese futuro al borde de volver desde el pasado), un proceso en última instancia pernicioso, un peligro,  repite, para quienes hacen fuerza para que todo siga igual.

Cybersin, dice Federico Stahl, podría haber sido la primera inteligencia artificial, se habría desarrollado por su propia cuenta, independientemente del medio que pudo ser en su concepción para un fin específico, económico, político, no importa. Allende quizá lo sospechó, o quién sabe cuál de sus asesores. Para ese entonces Stafford Beer ya había vuelto a Inglaterra, después Miguel Gutiérrez se suicidó, Sarkon se fue a Chernóbil a trabajar en el Axsys, vino el Golpe Frustrado y Allende tuvo que poner la cabeza en esas otras cosas que se lo comieron. Pero para ese momento se supone que Cybersin no estaba dando los resultados que se habían esperado, todas las promesas del cibersocialismo de la mano del control, o del socialismo a secas, mejor dicho. Cuando murió Allende ya la propaganda lo había convertido todo en una locura, y eso fue lo que se supo afuera, lo que supe yo, lo que supimos todos, lo que pudo llegar hasta Uruguay. La historia oficial.

Después se interrumpe, carraspea, mira por la ventana. Estamos cerca, le digo, o le pregunto, y de pronto entiendo que el paisaje ha cambiado, que se ha levantado otro ambiente. Pronto la camioneta se detendrá, bajaremos para seguir a pie, nos meteremos por un camino borroneado, atravesaremos ruinas de casetas de vigilancia, alambrados, perímetros, cercas derruidas, para llegar finalmente al Corazón.

Ahora podemos pensar en un corazón de fibras, nervios, cables y circuitos. Federico Stahl le dijo siempre El Corazón de tinieblas, y yo pensé a todo momento que era parte de su arte de narrador, de los trucos que usaba para hilvanar la historia a medida que nos adentrábamos por la zona y su voz de guía nos paseaba por el tiempo y la vida de los fantasmas. Para él debía ser un descenso, o esa era la manera que había elegido para narrarlo. Como Willard en Apocalypse Now, acercarse a Kurtz era profundizar también en su historia, en su misterio. Le pregunté si el general Kurtz era Allende o si era el Cybersin, y se rio. Ya vas a ver, dijo, con una sonrisa enorme que dejaba ver algunos dientes faltantes.

Esto lo levantaron en 1987, cuando cerraron la Zona, dijo, y yo me encargué no sólo de que Gonzalo lo grabara todo sino que también saqué unas fotos yo mismo al gran letrero del que solo sobrevivían las letras de EXCLUS. Parece un campo de concentración, dijo Gimena. La zona de exclusión, dije yo. Y Federico Stahl se puso serio: acá lo importante es seguir por el camino exacto que les marco, dijo. Yo recordé otra vez la película y le dije entonces lo que no tenemos que hacer es bajarnos del barco. Él me miró como si por un momento no entendiera en qué lenguaje estaba hablándole. Eso mismo, dijo finalmente, que nadie se baje del barco.

Pero, claro, en Apocalypse Now la frase completa es que nadie se baje del barco, salvo que quiera ir hasta el fondo, asi que me pregunté Marcos, ¿vos querés llegar al fondo de la cuestión, te querés bajar del barco?

En el fondo, cabía pensar, era una historia no solo latinoamericana sino un destino humano, algo que nos confrontaba con los límites de lo humano y del control que lo humano ejerce o intenta ejercer sobre sí mismo y sus límites. Ahora recuerdo esa caminata como si fuera de noche, aunque sé que no puede ser, que todo el viaje por carretera no tomó más que una hora u hora y pico y que cuando nos bajamos y empezamos a caminar por el sendero no era siquiera mediodía. Gimena debió hacer su comentario del campo de concentración a las once, pongamos, por decir algo, y después Federico Stahl repitió aquello de no bajarse del barco y seguimos avanzando, por lo que más que noche cerrada era mediodía luminoso, un cielo blanco o plateado, tan brillante que borraba la cordillera o se comía las montañas. Ese brillo, supongo, me hizo una impresión tan duradera que ahora, años después, sólo puede dejar oscuridad. De ahí que mi memoria convoque una noche, de ahí que tuviera después (aunque ¿qué es después? ¿cómo imponer un tiempo cotidiano, lineal, domesticado y tranquilo a esta historia?) aquella visión de los árboles.

Te seguimos, recuerdo que le dije, y él se encaminó a un búnker, una construcción amplia y chata cuya puerta estaba doce (los conté) escalones por debajo del suelo. Acá empezamos, dijo. Hubo que empujar la puerta, una puerta pesadísima que sólo cedió cuando todos hicimos el mayor esfuerzo. La movimos lo necesario para pasar y Federico Stahl murmuró algo sobre quién podía haberla cerrado tan exageradamente. Quizá había una historia ahí, pensé, pero no pregunté nada al respecto. Estaba absorto en la contemplación del recinto al que habíamos ingresado: las paredes parecían ligeramente inclinadas, el techo ladeado, y no había mucho más que una mesa de gran tamaño también deformada y una silla rota. Pensé que todo lo que impactaba mi visión parecía postular o bien un lente distorsionador: podía estar en el aire, o quizá en la iluminación (cuya fuente no fui capaz de precisar, pero que debía provenir de algún tipo de tragaluz), y por momentos me pareció que fluctuaba con mis movimientos, como si pasara sobre una lámina una lupa defectuosa. No sé qué pensaron o sintieron los demás; yo permanecí en esa contemplación o parálisis hasta que me percaté de que Federico Stahl se había adelantado y caminaba por lo que de pronto se configuró ante mis ojos como un pasillo de paredes blancas y brillantes, como cubiertas de sudor. Lo llamé. Esperen acá, dijo, y su voz venía de más cerca de lo que parecía estar su cuerpo, en un glitcheo de la perspectiva. Miré a Gimena y a Gonzalo, pero me pareció que no los veía, que veía más allá de ellos o que en realidad no estaban allí. Pero el efecto duró apenas segundos; cuando volví a enfocar la realidad de las cosas (o al menos así me lo relato ahora; quién sabe qué pensé en ese momento, seguramente nada) Federico Stahl había regresado, o su voz había vuelto a su cuerpo. Tenemos que tener cuidado, dijo, y yo supuse que lo decía siempre, que era parte de sus trucos de guía. Pero siguió hablando y repitiendo, como hacía siempre. Acá hay muchos peligros, dijo Federico Stahl, hay muchos peligros que tenemos que tener en cuenta. ¿Qué tipo de peligros?, le preguntó Gonzalo. Peligros, repitió Federico Stahl, peligros, y nos indicó que lo siguiéramos por el corredor. Parte del complejo está inundado, dijo, hay una zona inundada, no es muy lejos. Hay que evitarla, dijo Federico Stahl, si les hago una señal tienen que parar y dejarme seguir solo. La inundación funciona a nuestra ventaja, los que la hicieron fueron los primeros Stalkers que recorrieron esto, cuando lo llamaban la Dimensión Desconocida. Algunos habían pasado por Chernóbil, dijo Federico Stahl, y empezó a contarnos de la reticencia inicial de la URSS con respecto al proyecto de Allende y el fracaso de su versión de Synco, que para muchos, dijo Federico Stahl, fue la causa de la catástrofe nuclear. No es que acá pase lo mismo, ¿no?, lo interrumpió Gonzalo. No, admitió Federico Stahl, acá no hay radiación, hay cosas peores que la radiación y habrá de haberlas habido siempre.

Yo sé que ahora lo recuerdo de otra manera; sé, quiero decir, que lo que experimenté entonces, en términos de sensación pura, de experiencia en bruto, no necesariamente es conmensurable con lo que relato aquí, porque todo este tiempo no he hecho otra cosa que añadir capa tras capa a mi percepción, a mi reflexión, a esa construcción o reconstrucción del momento pasado en busca de una profundidad, un espesor de la experiencia o una explicación; y es sólo así, entiendo, en esa búsqueda de una dimensión extra, que podré llegar a comprender. Por tanto, si ahora relato lo que pasaba mientras Federico Stahl hacía su relato de los otros Stalkers, lo hago desde lo que puedo ver en mi memoria, en la cara interna de mis párpados, grabado, orgánico y mutable: un pasillo larguísimo en ligero declive, de paredes cubiertas por una pintura plástica gris, suave y fría al tacto, techo blanco pautado por la recurrencia periódica de unas luminarias circulares que todavía funcionaban (lo cual, naturalmente, nos resultó en extremo inverosímil) aunque no era posible reconocerlas como lámparas eléctricas o alguna otra forma de iluminación, una fosforescencia química por ejemplo, y el piso embaldosado, blanco y gris, cuyos patrones de teselación cambiaban de manera apenas perceptible a medida que se avanzaba.

No sé en definitiva cuánto caminamos ni puedo por tanto estimar la longitud de aquel pasillo o corredor; sí recuerdo que en ocasiones se abrieron puertas a nuestros lados y que Federico Stahl siempre nos detuvo y a su relato o monólogo para indagar que había más allá y desestimar la posibilidad de adentrarnos. Quizá no se trataba de llegar al final del pasillo; en algunos casos, según empezaría a recordar más tarde, miramos por ventanas hacia otras zonas del complejo, incluyendo recintos tan grandes como hangares y ocupados a su vez por galpones, máquinas abandonadas, camiones, montacargas. En una ocasión llegamos a divisar una nube de humo blanco y espeso cernida en el interior de uno de esos galpones: una nube estacionaria, fija en el tiempo.

Quizá se trate de un tiempo superpuesto, un tiempo otro. Porque no sé en realidad qué tanta atención iba prestando, y creo que todos estas imágenes en mi memoria fueron registradas en su momento por una parte inconsciente o automática de mí, una grabadora que hacía girar loops de cinta y terminaba sobreimprimiendo, sobreescribiendo, mientras yo, o lo que se ensamblaba a sí mismo como mi yo, escuchaba a Federico Stahl y se ahondaba en su voz mientras que los cuerpos de los cuatro se adentraban por el pasillo. Pero Gonzalo nunca volvió a hablar de nuestro descenso, y si bien Gimena corrobora mi impresión de grandes distancias y la sucesión de puertas, sus detalles son siempre distintos, incompatibles, y en los asuntos clave ha preferido eludir mis preguntas. Quizá no fueron más de doce o quince metros, entonces, y no hicimos otra cosa que entrar por la primera puerta dispuesta en nuestro camino; o quizá sí fue real esta primera parte del viaje, a lo largo del corredor. En cualquier caso, después entramos a un salón más amplio, cargado de mesas e instrumental, gabinetes en las paredes y pizarrones borroneados. Me pareció un estrato basal en la historia del complejo: algo que bien podía haber sido una de sus primeras fases o construcciones, a juzgar por la evidente carga de tiempo de los instrumentos y la enorme IBM System/370 que parecía un altar destruido a hachazos por una turba desilusionada con su dios. O quizá se trataba simplemente de que el pasillo blanco y plástico se me había presentado como algo cargado de cualidades atemporales, eternas, mientras que en aquella sala o laboratorio todo decía su tiempo o todo decía algún tiempo. Aparecía primero que nada la imagen de los setenta, por supuesto, pero era posible sentir después el otro tiempo, no el del origen sino el añadido, el acumulado por el lugar como si no fuera más que una capa de polvo, hasta que pronto se volvía evidente que nada más lejos de la verdad, que esas capas de tiempo alteraban el sustrato, lo invadían y mutaban para siempre.

Quizá pueda dar un ejemplo de ese cambio y de esas capas de tiempo. Apenas entramos a la sala o laboratorio (¿o fue ya en el pasillo?) la voz de Federico Stahl dejó de ser la misma. Primero fue debido al efecto del recinto en que nos encontrábamos: la acústica del techo bajo, los ángulos redondeados, las superficies metálicas, las pantallas; todo esto producía una reverberación particular, una relación entre los planos de las paredes y las vibraciones en el aire, entre el timbre específico de la voz de Federico Stahl (carcomido y sin embargo enérgico, nasal, incorpóreo y además nervioso) y las cualidades configuradas por el espacio, entre los sonidos y su sombra infrasónica. De esa interacción surgió una voz nueva, diferente a la que habíamos oído en el bar y la camioneta o también al aire libre, lugares donde la voz de Federico Stahl era siempre igual a sí misma, contorneada por sus características, su grano, su personalidad. Allí las diferencias de propagación o reverberación del sonido no la afectaban, se mantenían ajenas, cualidades no esenciales, accidentes (del mismo modo que algo en Federico Stahl había resistido el influjo del habla chilena y mantenido el acento montevideano); en el laboratorio, por el contrario, la voz que salía del cuerpo de Federico Stahl era más bien un híbrido: entre la que habíamos reconocido como suya y la que le imponía el lugar, como si hubiese fundido con estática, con un parásito sonoro. Pero había más: la segunda manera en que había cambiado la voz de Federico Stahl ya no respondía tanto a efectos de timbre o propagación sino a una cadencia, una serie de énfasis, un tempo nuevo que se parecía más a lo que yo había imaginado al principio, la voz que daba por sentado debía ser la de un Stalker, la de alguien que ha visto el horror y el misterio y también lo arruinado y lo banal. Esa voz con la que han de hablarse los fantasmas, entonces, había aparecido ahora, y yo me había volcado a su lectura: no de las palabras que decía Federico Stahl en español, las del relato que brotaba sin pausa de su boca, garganta y pulmones, sino la de esos cambios, esas voces que habían tomado por asalto su voz. Pensé entonces en la glosolalia y la xenoglosia, en los sonidos que se articulan en una lengua conocida por un receptor posible pero no por el emisor, o en los sonidos que jamás llegan a configurarse como una lengua, y me pareció posible que no fuera Federico Stahl quien hablaba sino más bien el lugar, el laboratorio, los pasillos, las cosas en los gabinetes, la IBM, las escrituras borradas en los pizarrones o, todavía más, ni siquiera el lugar en sí, el lugar solo, sino la confusión de Federico Stahl y aquella zona sepultada en la tierra chilena, la contaminación de uno por el otro, ruido y señal, señal y ruido, como quien dice fondo y figura cuando la figura es fondo y el fondo es figura.

Podríamos haber dado media vuelta, resuelto la figura en un retorno temprano, seguro, prudente; podríamos haber vuelto a la camioneta y a Santiago, podríamos haber comprendido que ese cambio en la voz era una señal de que había algo real, algo más que un lugar fantasma cargado de una historia no resuelta, como todas las historias. Pero no lo hicimos, o no lo supimos entonces, y seguimos más allá. Dejamos el laboratorio y nos enroscamos por otros pasillos, entre bifurcaciones, escaleras, ascensores destruidos por cuyos huecos Federico Stahl tiraba una cuerda y nos ayudaba a saltar y pasar al otro lado. Nos mostró la inundación, como un lago de hielo, y nos señaló los derrumbes. Vimos las computadoras de una segunda etapa del proyecto, grandes artefactos divididos en cuadrículas y tarjetas cristalinas insertadas en serenas ranuras de metal, pantallas oscurecidas para siempre en las que pudimos imaginar los caracteres de fósforo verde anunciando fluctuaciones en el nivel de los ríos o precipitaciones, en las temperaturas medias, las probabilidades de heladas, la densidad de polen en el aire, la acidez de las aguas, de los suelos, de los vinos, los movimientos de divisas, la oferta y la demanda, las inversiones, los impuestos, los gastos del estado. Siguen allí, dijo Federico Stahl, todo lo que impactó estas superficies se conserva en un vestigio, una perturbación en las texturas que, si tuviéramos los medios, haría aparecer todo lo que se dijeron estas máquinas antes de que las forzaran a la muerte. ¿Cómo es eso de que las apagaron?, le preguntó Gonzalo, y Federico Stahl, sin mirarnos, siguió caminando y hablando con esa voz que era tanto suya como la de los recintos de Cybersin, esa voz que evocaba historias y ruinas y era una historia y una ruina, y contaba del ascenso y caída de un vasto sistema, de las venas y nervios que lo interconectaban como acueductos abandonados de un imperio anterior a la aparición del ser humano. Al principio quisieron controlarlo, decía Federico Stahl y decía la otra voz de Federico Stahl, y era como un árbol que creciera entre tutores y andamios y jaulas: una rama que se escapaba por allí y era necesario otro sistema que la controlara o incluso podara, pero esos sistemas, insistía Federico Stahl, también respondían, también se adaptaban, también empezaban a ramificarse en zarcillos o tentáculos, y llegado el momento quedó claro que ya nada podía hacerse para controlarlos que no fuera una forma de apagar el fuego con gasolina. Todo lo que podía arrojarse al sistema a modo de freno o contención, explicaba Federico Stahl, era precisamente lo que daba medios a Cybersin para ir más allá. Y pasó no lo imposible sino lo inevitable: Allende, el Allende de los últimos días, enfermo de cáncer, herido y paranoico, cargado con el fracaso que había creído leer en su Cybersin, cedió al sentido común, a la preservación más elemental, al miedo a lo desconocido. Fue el último gesto de control, y lo llevó a cercenar todas las conexiones, a aislar el centro de comando, que ya había sido trasladado a donde estamos ahora, dijo Federico Stahl, a un lugar donde sólo podría haber crecido más y más si se lo hubiese dejado, tanto que habría alcanzado cada casa, cada radio, cada televisor, que habría instalado en 1980, imaginen eso, en 1980, una terminal de computadora en cada casa, un ojo en cada casa, una mano en cada casa, un cuerpo a lo largo de Chile. Lo que había comenzado por el control terminaría por la comprensión de ser controlado, de no ser quienes se servían de Cybersin sino ser, en última instancia, una nueva generación de partes de Cybersin.

Estábamos ante dos puertas cerradas. No eran las puertas originales, eso era fácil verlo: eran puertas de madera, impuestas.

¿Qué pasó al final?, preguntó Gonzalo.                                                                

Al final llegaron tarde, dijo Federico Stahl, pero aun así hicieron lo único que quedaba por hacer: cortar la energía. De todas formas Cybersin ya había despertado; no de una manera en que podamos entenderlo, salvo con metáforas. Decir que Cybersin despertó y se volvió consciente de sí tanto como decir que no hay tal cosa como la consciencia sino más y más pautas de complejidad, niveles sobre niveles, intensidades emergentes. ¿Y Cybersin no pudo prever el corte de energía?, preguntó Gonzalo, con ganas de burlarse, incapaz de burlarse. No sabemos qué es prever para Cybersin, respondió Federico Stahl, no podemos saberlo, no sabemos qué es el tiempo para Cybersin, si habría de haber evitado siempre lo que le iba a pasar; no sabemos qué ha querido o pudo querer. Nosotros deseamos, nos movemos, seguimos nuestras pulsiones, nuestros tropismos. Fines y medios en una economía que llamamos humana. Lo de Cybersin era, por definición, otra cosa. No podemos entenderlo; quizá no haya nada que entender. Dicen que uno de los últimos ingenieros en trabajar acá, un tal Enrique Wollfig, enloqueció por querer comprenderlo, y llegó a convencerse de ser un animal o un monstruo. Pero si hubo hechos, cambios, y el corte de la energía fue decisivo. Pero vos llegaste mucho después, ¿no?, dijo Gimena. Yo llegué muchos años más tarde. Todos llegamos tarde, hasta los primeros Stalkers.

Federico Stahl nos dio la espalda y abrió una de las puertas. Me pareció que sus manos eran garras que se clavaban entre los tablones y tiraban de ellos con una fuerza sobrehumana, pero seguramente todo estaba previsto y él lo había hecho diez, quince, veinte veces ya. Noté cómo se interponía entre el hueco de la puerta y nosotros, noté que lo que hacía era no dejarnos ver. Hay lugares, dijo Federico Stahl de pronto, y para ese momento yo debí comprender el cambio de su voz, la pauta por la que quien hablaba era y no era Federico Stahl. Por esa misma razón, si era Cybersin quien modulaba esa voz o la invadía como ruido blanco en el canal de la conversación o como un parásito en la señal, entonces Federico Stahl sabía lo que había sabido Cybersin y hablaba la verdad de Cybersin hecha humana, o al menos hecha palabras que los humanos creímos reconocer. Y lo que contó Federico Stahl en ese momento (a veces sueño que todavía está por contármelo) fue o es un cuento, o al menos así han coagulado sus palabras en los surcos de mi memoria: la historia de una abuela y unos niños, en Punta de Piedra. Esta abuela enseñó a los niños que cuando alguno de ellos moría en el monte, en los bajíos, en los arrozales de Rocha, en las rocas o en la playa bastaba con llevar un poco de sangre o cabello a las grietas o huecos entre las raíces y el tronco del ombú en la plaza central del pueblo y dejarla allí, tocar el interior del árbol, las paredes del hueco con aquella sangre o aquellos pelos y esperar tres días y tres noches para que una copia del niño muerto apareciera de nuevo en la aldea. Una copia, dijo Federico Stahl, que pronto asimilaba la trama de las voces, eso que le daba su nombre, que lo hacía el mismo niño que se había perdido y después regresado, pero que también retenía otra cosa, lo que le había dado el árbol, lo que era, en suma, el árbol. No entiendo nada, dijo Gonzalo. Después, respondió Federico como si no lo hubiese escuchado, debieron buscar una abuela nueva y caminaron más allá del mar y del monte y de los riscos, hacia ese otro lugar cuyo nombre que no era un nombre fue lo último que surgió de los labios de la abuela en su lecho de muerte. Pero de qué estás hablando, insistió Gonzalo, y se adelantó hacia Federico Stahl como si fuera a empujarlo, a arrancarlo del hueco de la puerta, a golpearlo o a quién sabe qué más, y Federico Stahl alargó una mano y lo detuvo sin tocarlo, me miró a mí, miró a Gimena, y nos dejó pasar.

O quizá no fue así. Quizá no nos dejó pasar, o no estaba parado contra una puerta.

A veces lo recuerdo de otra manera: Federico Stahl nos conduce por más y más pasillos y salas y más salas hasta que alguien, Gonzalo o Gimena, le pregunta por el laberinto y el minotauro y Federico Stahl dice que es falso que el laberinto sea el sueño del minotauro o la construcción del minotauro, la tela de araña del minotauro, sino que el laberinto es en rigor lo primero y el minotauro el sueño del laberinto, la imposibilidad móvil de su centro, la casa que convoca a los fantasmas de quienes habrán de haberla habitado siempre.

Y si no hubo un centro en nuestro movimiento ni tampoco uno que sirva de base o fundamento y certeza a mi historia es porque quizá no hubo tantos pasillos ni caminos ni abuelas ni minotauros sino Federico Stahl, apenas, que nos conduce entre mesas cargadas de computadoras viejas y mapas de Chile para decirnos de pronto que lo primero o quizá lo único que hizo Cybersin al despertar fue abrir una puerta a otra parte, que bloqueada como había sido su único movimiento podía ser hacia un afuera que ella misma debió abrir. Y lo hizo: una puerta, dice Federico Stahl, hacia otro mundo, uno que al que sólo los Stalkers, porque en eso consiste ser un Stalker, saben llegar; uno que sólo los Stalkers, porque en eso consiste ser un Stalker, pueden percibir. ¿Y si yo atravesara esa puerta y entrara a ese mundo?, le pregunté. No hay donde entrar ni nada que atravesar, dijo Federico Stahl, ese otro mundo está aquí, en todas partes, pero ustedes no lo pueden ver. ¿Y cómo podés saber algo así?, dice Gonzalo, y Federico Stahl repite que nada puede pasar en el mundo que no deje un vestigio, un rastro, y que para leer aquello que los humanos no saben leer, porque en eso consiste ser humano o creerse humano, basta con dejar de ser humano. ¿Los Stalkers no son humanos entonces?, pregunta Gimena, y dice Federico Stahl los Stalkers son como los niños, y yo de pronto estoy en medio de otra historia, una en la que Federico Stahl nos conducirá por pasillos aún más intrincados y sorteará derrumbes y salones inundados y peligros y nos dirá por aquí no se puede pasar, sigan por este corredor y no por aquel. Pero yo desobedeceré; para hacer el viaje de verdad, diré, hay que bajarse del barco y adentrarse en la jungla. Por lo que así, de un salto, me lanzaré por el camino prohibido y pasarán junto a mi cuerpo derrumbes e inundaciones y Federico Stahl saldrá en mi búsqueda para salvarme mientras yo me interno en el lugar prohibido, el último círculo de Cybersin, el centro del laberinto, la estación emisora de la perturbación. Es allí entonces donde lo veo, donde las paredes pintadas de plástico blanco se estremecen y dejan paso a otra cosa, una visión. No puedo repetirla, no sé qué palabras habrían de ordenarse para producir la impresión de lo que experimenté, pero sí sé que había árboles y que era de noche, que los árboles (no los de un bosque, más bien los de un jardín o patio o, mejor, del fondo de una casona oscura en medio de un barrio de las afueras de una ciudad, venido a menos, hogar de antiguos esplendores después abortados entre mansiones invadidas por enredaderas y divididas por okupas, del lado de allá de las fábricas abandonadas, los frigoríficos en ruinas y los astilleros quebrados) no eran árboles o no eran sólo árboles, que tenían venas o garras o también cables y nervios; sé también que algo singular y a la vez múltiple se acercaba o se había acercado, o siempre habría de haberse acercado, y que me obligaba a volverme sobre mí mismo y a sondearme y a sentir mi tiempo fuera de ese instante y por tanto fuera de mí; a la vez, en esa historia estoy en peligro (o quizás es más, somos todos quienes estamos en peligro, los cuatro, la gente que vivía en las inmediaciones o en Santiago, los seres humanos) y es Federico Stahl quien viene a salvarme, me empuja fuera del derrumbe o de las fauces o de los cables o de lo que sea y yo sigo adelante, corro por los pasillos, me pierdo, busco, caigo, me arrastro, me levanto, subo escaleras, salto por los huecos de los ascensores y salgo finalmente al sol y a las montañas cercanas,  a la carretera y a la camioneta.

A veces pienso que ya no vivo bajo el sol, que sigo allí en Cybersin, en su cripta.

A veces creo que estoy de este lado de un remolino de tiempo, cuyo centro es lo que pasó en Cybersin: lo que me pasó a mí y lo que había pasado (o estaba por pasar) décadas atrás.

A veces lo sueño, a veces me pregunto qué dije en el documental, qué nos entendieron, quién leyó entre líneas. Me han dicho, por otro lado, que nada quedó dicho entre líneas, que en el fondo no dijimos nada, o nada que no se supiera ya, nada que no fuera trivial. Cualquiera diría además que vivo mi vida, que salí del búnker, del pueblo fantasma, que volví a Santiago y de allí a mis días de siempre.  Pero en sueños, en algunos sueños, he sentido que no es así, que quien volvió no era yo o no soy yo, como en ese cuento que contó Federico Stahl.

En el documental debimos haber dicho que para los Stalkers Cybersin se había despertado a la consciencia y, en los instantes previos a ser destruida por Allende –o por las fuerzas que actuaron a través de ese último Allende que ya no era Allende, ni era socialista ni nada más que un viejo loco y moribundo, al que sucederían, como suele ocurrir, tiranos peores para la ruina de Chile– abrió un portal a otro universo o a otra galaxia o a otra dimensión y, por un instante, seres de ese mundo pudieron llegar a la tierra para volverla a su imagen y semejanza y así destruir todo lo que hay de humano en nosotros. Y debimos agregar, en el momento preciso del relato, que nada de eso sucedió finalmente, que la contaminación quedó contenida en el complejo Cybersin, sepultada entre pasillos y laboratorios, entre túneles derrumbados y cuartos inundados, entre computadoras de tarjetas perforadas y bancos de datos de cinta. Que los Stalkers saben dónde están esas criaturas o sombras de criaturas, que allí todo –ese instante definitivo en que Cybersin abre una puerta y alguien o algo la destruye– está por suceder o acaba de suceder, y así será, y así habrá de haber sido, siempre.

Y ya no supimos de Federico Stahl. Quizá en ese último momento, haya pasado como haya pasado, su resistencia falló. Su negativa al cambio. Su impermeabilidad al parásito.

O quizá todavía vive, parte de él, algo de él. Quizá basta con nombrarlo, hacerlo protagonista de esta historia, ya no del documental (nos abstuvimos de nombrarlo, en realidad, como de contar la historia que él nos contó, y sólo usamos sus grabaciones como fuente de imágenes y explicaciones, elegidas con cuidado) sino de estas otras escenas arrancadas de mi vida y mi memoria, esta trama de voces que no se entienden entre sí ni yo las entiendo a ellas.

Me gustaría, eso sí, volver. Sé que no voy a hacerlo, que el viaje debe seguir su curso y yo no debo bajarme del barco para internarme en esas junglas, pero a veces fantaseo con la idea y vivo esta historia en mi imaginación, ya sin Gonzalo ni Gimena –quienes pronto dejaron de trabajar conmigo y no me acompañaron a mis destinos siguientes, mi retorno a Onagawa, mi expedición a Eniwetok y después la incursión fallida a Sujoy Nos–; imagino volver solo a la ciudad tenebrosa y mezquina de Santiago de Chile, buscar un nuevo Stalker, dejarme llevar a Cybersin y huir entre los pasillos una vez más. Quizá allí lo encuentre, entonces, cuando haya olvidado dónde está el barco, una vez más, entre los árboles, como en mis sueños, siempre un poco él, siempre un poco otra cosa, siempre a punto de haber vuelto. O quizá, por qué no, habré de encontrarlo al final del camino, en Punta de Piedra.

Junio 2022

JUNIO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Flash-Back

Post Scriptum

VISITANTES

Juan Introini

“El jarrón” / “Descartes” /

2 fragmentos de “La tumba”

En algunos casos, la conocida figura del iceberg relativa a los cuentos puede aplicarse a determinados escritores, lo mismo que la distinción borgeana entre obra visible e invisible. Juan Introini nació en Montevideo en 1948, creció en el barrio Reducto y vivió gran de su vida en la Roma Antigua; fue alumno de Vicente O. Cicalese en las declinaciones dominus, domini, domine, dominum… hermano de adopción del querido Jorge Cuinat y del poeta Alfredo Fressia. Falleció hace casi diez años en el año 2013 y la nostalgia con ediciones Les Belles Lettres del Uruguay literario lo echa de menos.

Juan tenía una secreta aspiración a la belleza clásica y fascinación recurrente por personajes desclasados, dudas porfiadas entre el mandato con águila del Imperium Romanum y la proximidad de la masa en mercados o ferias, que interrogaba Publio Virgilio Marón -nacido en Andes, y calle cerca del mare nostrum donde Introini supo levantar campamento con sus legiones- al comienzo de la novela de Hermann Broch. Tenía una agradable conversación de ágora y siendo latinista dominaba los orígenes de nuestra lengua que suponemos sin historia, sabía que la construcción del hombre nuevo es una aspiración tan vieja como las tribus del Latium; sobre las tesis relativas a la decadencia de la modernidad, marcaba la distancia sarcástica de quien leyó a Edward Gibbon y Theodor Mommsen. Durante su sesenta y cinco años de existencia Introini fue licenciado de la Facultad de Humanidades, Filólogo, Egresado del Ipa en literatura, latinista, dirigió el departamento de Filología Clásica, traductor de Séneca entre otros, académico. Se lo veía seguido en la confitería Carrera a la hora del almuerzo y en el Sorocabana a cualquier hora; supo amar cives y plebeyas, patricias y libertas, poetisas con quienes conversar en el triclinio sobre su pasión predominante que fue la escritura.

El escritor Introini publicó tres libros de cuentos, “El intruso” (1989), “La llave de plata” (1995) y “Enmascarado” (2007) y dos novelas: “La tumba” (2002) y “El canto de los alacranes” (2013). De todo ese mundo trata la exégesis de Oscar Brando, que glosa la selección de textos de Introni presentes en La Coquette en junio MMXXII.  Su obra narrativa es portadora de conspiraciones apropiadas a los idus de marzo, le reveló el genius loci a boliches de atardeceres montevideanos, supo que no hay Roma eterna sin inframundos entre los ríos Aqueronte y Estigio, mientras algunas almas insumisas -durante la travesía sin retorno- escandalizan la barca de Caronte; para entender la rareza de sus personajes, más que los estudios de género habría que leer a Petronio, rebobinar el Satyricon de Federico Fellini con sus distorsiones anatómicas del hombre de Vitruvio. Dejó las cosas claras en su discurso de ingreso a la Academia Nacional del 1° de octubre del 2012: “La inmersión en una cultura tan antigua, como la grecolatina, supone un viaje no meramente erudito, no meramente hedonista de un modo “light” (tal como estamos acostumbrados en muchas formas de la cultura actual), sino un viaje hacia una belleza profunda y también hacia el horror que late en el fondo de la condición humana.”

Oscar Brando

“Genio y figura: la narrativa de Juan Introini”

Oscar Brando retorna al karaoke de La Coquette, lo que puede parecer casualidad y no tanto. La obra literaria escrita siendo medular es breve de no haber un aparato crítico social que la sustente; a veces, ese salto lo dan los docentes de literatura mediante la investigación, como ocurrió aquí mismo en abril 22 cuando se juntaron Cristina Peri Rossi y Néstor Sanguinetti. Para las nuevas generaciones de escritores, Brando cumple la tarea de nexo y legitimación que antes se llamaba Ángel Rama, Raviolo reinando en la calle Gaboto, Rodríguez Monegal, Graciela Mántaras, Hugo García Robles. La literatura uruguaya es mejor cuando se escuchan las voces de Augusto Bonardo en “La gente”, las presentaciones de Hugo Castillo, “Café negro” de Mario Delgado Aparaín, “La habitación china” de Carlos Reherman y ahora “La máquina de pensar” de Pablo Silva Olazábal. La labor de Brando se inscribe en la tradición plural de la crítica uruguaya; estuvo cerca de las grandes editoriales del auge del siglo pasado y se lo veía en Arca -allá abajo en la calle Andes, a una cuadra de donde vivió Introni- preparando galeras de diccionarios y poemas de Benedetti. Siempre estuvo presente en mesas redondas como escucha y en presentaciones de libros tomando la palabra; a la labor docente le sumó la tarea crítica en sus dos vertientes: de salida en caliente, dando cuenta del presente de la ciudad letrada y la de ensayista de largo aliento, como bien lo saben los lectores de Saer y Morosoli. Fue editor él mismo con el sello “El caballo perdido” donde Introni sumó dos títulos al catálogo.

A Juan lo conoció de la vuelta urbana y por amigos comunes, lo editó porque sus libros salidos de Tradinco son pruebas de amistad; conversaron aquel viernes 2 de agosto del año 2002 de helicópteros sobre Montevideo e inolvidable para todos los que estábamos esa noche en la casa de Carina y Oscar. Escribió sobre Juan un largo ensayo -aquí reproducido- y quizá la mejor entrada a su obra de ficción, comunicación leída en el congreso de APLU -asociación de profesores de literatura del Uruguay- del 2014 dedicado a “Literaturas infernales”. Ante una obra no tan breve como aparente y minada de incitación a lecturas paralelas, Brando se aplicó a la tarea de organizar su red intertextual, el catálogo temático freudiano, arsenal de estrategias narrativas, apuntes de mundos paralelos, diagnóstico de obsesiones, transgresiones del orden espacio temporal tan presentes en la obra de Juan e intentos prudentes pero audaces de explicación de texto. Resalta el arrabal de mundos cerrados autosuficientes y patologías amenazantes, que tienen por misión de vida forzar la realidad escenificando las peores pesadillas. Los inframundos uruguayos están a la vuelta de la esquina nos advierten el escritor y su exégeta; alcanza con despertar torcido en el medio del camino de la vida en una selva oscura -la calle Yaguarón, la cartografía Sandy Mac de mostradores, el ars amandi de muchachas perturbadas o la confusión axiológica pueden ser las tales selvas- y hallar un guía sin bautizo que indique el itinerario del viernes santo. En la comedia de Introini, el Purgatorio es un tercer reino incontestable, ante el Paraíso son mucho los llamados y pocos los elegidos; para acceder al Infierno con los ojos abiertos, en cambio, es suficiente con haber vivido, explorado la noche, frecuentado tertulias cargadas y haber traducido un verso invisible, flotando en la puerta del Mincho Bar, cuando aún existía en la calle Yi 1390: Lasciate ogne speranza, voi ch’entrate.

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Osvaldo Molinari & Asociados” Capítulo I a Capítulo VI

LIBRERÍA LAS NUBES

Ingrid Tempel

“Escribir lejos”

Ingrid Tempel nació en Montevideo y reside en París; fue de las primeras visitantes de La Coquette en su condición de poeta y hoy se instala en la librería Las Nubes con un libro de relatos en su más reciente configuración. La suya es una historia frecuente de mujer uruguaya hasta los veintiséis años, cuando comenzó la experiencia del exilio; por entonces estaba casada con Pancho Graells, artista y caricaturista de medios de izquierda. Marcha, De Frente, otras publicaciones del humor opinando como La Balota y que adquirió notoriedad -si nuestra memoria está en lo cierto- con una adaptación de El Reyecito a la figura de Jorge “el bocha” Pacheco Areco: ya por entonces el trazo caricatural sobre papel tenía consecuencias. Primero fueron dos años en Buenos aires, el viaje al exilio siguió con una estadía de ocho años en Caracas (donde Pancho había nacido en 1944 y tenía familia) y luego desde 1983 la decisión París. A la historia de la escritora periodista la precede la crónica de la familia. Ingrid es hija de Iry Tempel, judío polaco y únicos sobrevivientes junto con su hermano Herman, de una familia devastada durante el Holocausto; luego fue la bifurcación obligada de los hermanos. Herman viajó a París: “Durante la segunda guerra mundial mi tío Herman Tempel viajó a Londres y se enroló con las Fuerzas Francesas Libres de De Gaulle, a las cuales acompañó como médico”. Iry emigró a Montevideo donde formó familia. “Mi madre, Anita Kaufman, era judía alemana. No pudo hacer estudios debido al antisemitismo. Trabajaba en la casa del embajador de Paraguay en Berlín, el general Schenoni. El embajador adoptó a mi madre y le dio pasaportes paraguayos para que pudiera escapar con su hermana (mi tía Mary) y sus padres, creo que en 1942.” Los viajes como presagio y fatalidad, el mandato de hablar de la familia y contar lo visto comenzó para Tempel antes del golpe de estado; siguió luego en las horas hurtadas al periodismo en el servicio para América Latina y España de la agencia France-Presse, donde trabajó hasta hace pocos años. “Los poemas, los cuentos y las novelas se convierten entonces en el instrumento de mi supervivencia; la escritora deja de ser una turista para analizar, a la luz de la Historia, los acontecimientos del país donde vive o las ciudades que visita.”

En prosa Ingrid publicó las novelas “Mueca ante un espejo oscuro” (2010) y “Maia en la ausencia” (2016), además de estar presentes en varias antologías. Los relatos de “Escribir lejos” dan cuenta de las travesías referidas; asumiendo itinerarios dispares conectados como los vuelos en la narrativa. Uno orientado a otros ámbitos y contextos de los del lugar de origen; otro al laberinto de la familia, dudando sobre qué camino emprender, buscando en cada texto la salida si ello fuera posible, con el hilo narrativo en una mano para evitar perderse como los ancestros, topando despojos de los sacrificados en el avance y el temor presentido de comprobar si la criatura del centro tendrá apariencia similar al monstruo rondando las pesadillas. “Los cuentos fueron escritos en el exilio mientras, como muchos escritores, daba la prioridad a mi familia, a la necesidad de tener un trabajo remunerado y estable. Pero esas migraciones y lecturas, así como los viajes, enriquecen también el contenido de mi obra.”

ASTILLERO

El arte de comparar
(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

I) A manera de prólogo
II) Señores, hagan juego

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

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ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

Mayo 2022

MAYO 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

ASA / Saint-Nazaire

VISITANTES

Salvador Bécquer Puig

Tendríamos que redimir otra manera de considerar los cursores del tiempo colectivo reordenando efemérides; como ello parece al presente improbable, debemos plegarnos con porfía a la convivencia de calendarios paralelos, parciales y que afectan a pocos. Para quienes aún se interesan por la escritura y pertenecen al círculo de poetas desaparecidos, el 3 de marzo de 2009 fue un día desconcertante: murió el poeta Salvador Puig y sucedía la transmigración del cuerpo a los textos. Su viaje lo emprendió setenta años antes, con augurios en los astros que marcaban un destino a la usanza de trovadores provenzales. Salvador Bécquer -el segundo nombre es parte de los indicios- nació en 1939, uno de los años más uruguayos del calendario gregoriano: publicación de “El pozo” de Onetti, primera vuelta ciclista del Uruguay y episodio cósmico del acorazado de bolsillo Graf Spee.  Luego de años de infancia y peregrinación adolescente se diseña su biografía específica; varón de camisa blanca y corbata, buena facha, sonrisa robadora y aquerenciado en el país porque así debía ser. Una vida con anécdotas salteadas sobreviviendo en el periodismo, la locución y la estremecedora intuición de que todo debía aventurarse al servicio sacrificial de la poesía. Nunca sabremos si alcanzó el sueño de la infancia, que siempre se aleja del presente como el endecasílabo del horizonte; de ahí debe derivar la obstinación de la herida absurda discepoliana en sus estaciones. En el intento discreto por durar -como diría su amigo Juan Carlos Macedo- está la poesía, que dice del amor, la amistad, la historia y quizá más de la poesía misma.

Puig dio cuenta de su pasaje por la vida y ello tiene algo de admirable; era una voz doble oral y escrita, se lo podía ver cada día recorriendo las calles céntricas de Montevideo como pez en el agua, en algunos cafés silencioso pensando la variante montevideana del “Howl” de Allen Ginsberg, en los estudios de grabación -entresuelo del Palacio Salvo- como locutor soñando acaso con Apollinaire y Paul Celan leyendo ante un micrófono, ambos enajenados por el puente Mirabeau que lleva al tercer reino. Le escribió a Hernán Puig, pues un poeta debe decir sus coplas a la muerte del padre; se advierte en sus versos la nostalgia clásica a lo Eliot y Pound, un saberse montevideano en tránsito como Laforgue, cierto evocar la bohemia novecentista del divino Julito, sentir a lo alemán la espina romántica, entonar himnos a la noche, buscar la playa que nos recuerde a Duino, tomarse una con Bob Dylan y Dylan Thomas. Demasiada responsabilidad eso de leer a tantos desesperados siendo al tiempo uno irrepetible sabiendo que la lucha es cruel y es mucha. Isidore Ducasse ya había pagado el precio fuerte de nacer uruguayo, su proyecto obsesivo y discreto Puig lo cargó hasta el tramo final por aquello de hacer camino al andar. Tampoco era sencillo ser el Paris varonil en La Coquette y elegir con la manzana de la discordia entre diosas amazónicas de la poesía uruguaya:

SI TUVIERA QUE APOSTAR
lo haría
por la poesía

dejó dicho o ser la voz órfica para ir a buscarla a Erato siempre tan huidiza, aunque haya que abrir las puertas del Infierno si fuera necesario. Desde sus primeros principios Salvador fue amigo de Alfredo Zitarrosa, que entonó “es que la gola se va… y la fama es puro cuento…” -con las cuerdas de Labrín, Amaya, Porcel y del Prado-; presentó en Montevideo a Nat King Cole cuando cantó “Stardust” y el polvo estrellas de Alabama cayó sobre nosotros.

Rosario Peyrú seleccionó los poemas subidos al sitio y Alicia Migdal autorizó retomar su cronología.

Alicia Migdal

Alicia Midgal entre otras muchas cosas, es egresada del IPA en literatura; antes cruzó el charco: “Sola por Buenos Aires, a los catorce años, en una confitería de Corrientes y San Martín, por los mismos meses que Eichmann era juzgado y estaba a punto de ser ahorcado en Jerusalén después de su existencia clandestina en el sur de Borges y Perón.” Luego fue crítica de cine en aquellos años apagados, responsable de culturales en La Semana, el suplemento tan esperado que salía los sábados con El Dia. Desde 1981 – “Mascarones”, editado por Arca- escribió varios libros, conoce a fondo la biografía de Kafka de Reiner Stach y la iconografía praguense de Klaus Wagenbach, tiene su propia versión del Odradek y le gusta escuchar Speak Low de Kurt Weill; puede si lo decide recitar a Baudelaire:

Comme un vaisseau qui prend le large,
Et dans mon cœur qu’ils soûleront
Tes chers sanglants retentiront
Comme un tambour qui bat la charge !

Una temporada hace unos quince años, ella hizo un alto en sus historias de cuartos y cuerpos para hacer hablar y escuchar al poeta Salvador Puig sobre sus cosas. Rearmó paciente, mediante entrevistas y notas una cronología íntima, sentimental y literaria del autor de “Lugar a dudas”. En tanto aguardamos nuestros Stach orientales y refutando la amnesia definitiva, su trabajo reeditado en este mayo 2022 es gesto de amistad entre poetas, calendario de recordación colectiva, por si la ciudad sin nombre olvida dialogar con las voces idas.

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Brignogan-Plages”

LIBRERÍA LAS NUBES

Hugo Burel

“Variaciones sobre Hemingway”

Hugo Burel nació en marzo de 1951 del lado de Aries, publicó por el momento algo así como cuatro libros de relatos y diecinueve novelas, ganó varios premios entre ellos el Lengua de Trapo con “El guerrero del crepúsculo” y “El corredor nocturno” fue llevada al cine en 2009 con la dirección de Gerardo Herrero. Con el autor festejamos la salida de su primer libro de relatos “Esperando a la pianista” -allá por el 1983- con un almuerzo en el bar Jauja de la calle Bartolomé Mitre de la Ciudad Vieja. Cuarenta años más tarde, celebramos la salida de “Variaciones sobre Hemingway” en La Coquette que atesora el gusto infinito del Gin Fizz del Jauja y para la ocasión Hugo escribió lo que sigue:

Entre mis autores de referencia permanente hay tres muy importantes que admiro por distintas razones: Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Ernest Hemingway. Los dos primeros se parecen en varios aspectos: la excelsa calidad de su escritura, la imaginación al servicio de ella y una vida exenta de ribetes sensacionales o épicos. Además, son para mí los dos más grandes escritores del siglo XX.

En otro registro, Hemingway representa otro tipo de autor, si se quiere más “realista” que los otros y dotado de una prosa poderosa, directa y seca, acorde con los postulados de la famosa teoría del iceberg que el escritor ha enunciado: una obra debe mostrar un décimo de lo que contiene, los otros nueve están sumergidos y deben ser percibidos sin ser enunciados. Hemingway creía que el significado más profundo de una historia no debería ser evidente en la superficie, sino que debería brillar implícitamente. A eso se suma que la vida de Hemingway es en sí misma una trama paralela a lo que escribió, la cual alimentó bastante su obra de ficción.

Hemingway es el paradigma del escritor famoso no solo por su obra sino por el personaje que hizo de sí mismo y que muchas veces lo antecedió o sustituyó en exceso. El autor nacido en Oak Park Illinois en 1899, puso fin a su vida de un escopetazo en Ketchum, Idaho, el 2 de julio de 1961. Un final acorde a su costado violento y aventurero, al cazador en África, al chofer de ambulancia o corresponsal en dos guerras mundiales y al depresivo que fue al final de su agitada existencia. Si bien siempre disfruté del escritor, reconozco que el personaje me atrajo y lo he visto como una especie de héroe de la literatura. También he aborrecido esa sobreexposición que en una época sin la cobertura mediática que hoy existe, a veces fue excesiva. A partir de esos sentimientos encontrados fue que me propuse escribir sobre Hemingway un tríptico que expresara mi admiración sin caer en los estereotipos ni en la sobada actitud del fan incondicional.

El proyecto se me presentó e inició cuando en un seminario organizado por un colectivo publicitario a propósito de escritura y redacción, seleccioné un cuento de Hemingway para que lo analizáramos con el grupo de jóvenes inscripto. Esa experiencia la recojo en el primero de los cuentos, Gato bajo la lluvia, precisamente el cuento de Hemingway elegido. Con ciertas licencias, lo que allí cuento es real y expresa el rescate de un Hemingway desconocido e ignorado por esos jóvenes.

Cuando ya había terminado ese cuento, en una búsqueda de internet vi una foto que parecía producto de una pesadilla: cerca de 60 individuos que imitaban a Hemingway en el parecido y vestimenta posaban juntos y arracimados en la imagen. La misma pertenecía a uno de los varios concursos que se realizan en el mundo para encontrar sosías de Hem. En el centro de ese grupo estaba el ganador, es decir, el más parecido, sosteniendo una copa. Ese absurdo muestrario de imitadores me dio la idea para el siguiente cuento, El doble, con el cual quise indagar en la búsqueda absurda del parecido con el escritor, sin importar si cada imitador lo ha leído o está interesado por la obra de quien imita. Obviamente, es el único autor que conozco que es imitado en lo exterior a esos límites con certámenes en Florida, La Habana o Pamplona. Creo que la peripecia del protagonista Merryl es el anti homenaje contra el personaje Hemingway sin rozar en absoluto al autor.

Después de escribir sobre la ignorancia y el olvido y transitar el surrealista mundo de la imitación, sentí que necesitaba un tercer relato que de alguna manera pusiera las cosas en su sitio y expresara mi homenaje personal, de escritor a escritor. Es así que concebí La última noche del cazador como la postrer cacería de Hem, perdido en el delirio y la depresión, buscando afanoso la llave del armario de las escopetas de su casa de Idaho y encarando esa búsqueda como la cacería final en la cual la muerte se le acerca como un león en la jungla y él debe cazarlo. Creo que el resultado es uno de mis mejores cuentos y con él siento haber esquivado el lugar común y haberle dado la dignidad que merecía el gesto extremo de Hemingway, por lo general indagado y valorado como una derrota. Eso olvida lo que Hem dijo en el acápite de El viejo y el mar, el último cuento que escribió: “Un hombre pude ser destruido pero no derrotado”. Y eso fue lo que quise reivindicar en Variaciones sobre Hemingway.”

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

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El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical/ Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

The BBC Concert Orchestra / “Laurence de Arabia” de Maurice Jarre.

Jennifer López / “El anillo” de E. Barrera, A. Castro, O. Hernández, J. Herrera.

George Gershwin / “I got rhytim” George Gershwin.

Ney Matogrosso / “Rosa de Hiroshima” de Vinicius de Moraes y Gerson Conrad.

Antonio Núñez Montoya “Chocolate” / “Fandangos”, guitarra de Manuel de Palma.

Barbra Streisand / “What are you doing for the rest of your life ?” de Miche Legrand y A. y M. Bergman.

Django Reinhardt / “Nuages” de Django Reinhardt

Richard Galliano Sextet / “Oblivion” de Astor Piazzolla.

Julien Clerc / “Ma préférence” de Jean-Loup Dabadie y Julien Clerc.

Rubén Rada / “Candombe para Gardel” de Rubén Rada.

Osvaldo Pugliese / “Recuerdo” de Osvaldo Pugliese.

El arte de comparar (bello como las rodillas de Isidoro Ducasse)

Junio 2022 

I) A manera de prólogo. / II) Señores, hagan juego.

Durante algunos meses dudé si este trabajo sería pertinente a La Coquette y quizá lo mejor hubiera sido incorporarlo tal cual estaba editado en la categoría de ensayos. Presenta una seria de rasgos que me llevaron a otra solución; por tanto, ahora ingresa en el Astillero, la sección destinada a proyectos en proceso. Lo hago con la conciencia de la misma operación que puede tener tres nombres: un trabajo de restauración como se hace sobre los objetos de otro siglo, una tarea de remasterización para limpiar escorias y recobrar la música original, un ajuste de reescritura -manteniendo la armazón original- retocando los descuidos de debutante.

La historia ocurrió allá por el año 1985 del siglo pasado y casi cuarenta años atrás, cuando la Alianza Francesa del Uruguay llamó a un concurso de ensayo bajo la denominación de Premio Jules Supervielle. Sin obra de ficción publicada salvo algunos episodios muy esporádicos, había organizado mi vida laboral en la publicidad lejos de las aulas; aun así, retuve el eco del llamado y subrayé las bases. Tampoco fue un entusiasmo expeditivo, estaba como los boxeadores retirados, después de tanto tiempo sin dar clases quería mesurar la extensión de la herrumbre reflexiva literaria, probar si todavía tenía la mano apta para escribir más de cinco páginas; creo recordar que fue una tarea de varios meses. Los primeros dos capítulos subidos este mes al sitio ordenan el marco conceptual y cronológico del ensayo resultante; el segundo, con apelación de ruleta, quiso ser un acercamiento de aficionado a ciertas reflexiones de Pascal próximas al taller del escritor. Las condiciones de producción fueron complicadas, el marco institucional era motivante y raro considerando que fueron los primeros movimientos sociales para ir saliendo del paréntesis militar. Había también mi respeto intelectual por la integración del jurado: Jorge Arbeleche, José Pedro Díaz, Roger Mirza, Ricardo Pallares y Candice Soci, que era el director de la alianza Francesa. Curiosamente, el premio era la edición y un viaje a Paris, las posibilidades de contactar allá con el mundo universitario. El viaje lo emprendí meses después, el libro se editó en 1986 en el sello Mario Zanocchi y es pieza rara agotada, más bien inexistente. El volumen incluía el valioso ensayo del otro premio: “El vampirismo en las disociaciones del yo de Maldoror”, de las profesoras María Élida Rodés de Clérico y Beatris Colaroff de Fabini.

Allí propuse una suerte de diálogo entre el pensamiento de Pascal y las comparaciones relativas a lo bello de Isidore Ducasse en sus famosos Cantos. Más que una tesis con intenciones de arbitraje, era un cruce informal entre dos concepciones del lenguaje, naturalezas y temples alejados en principio que se enfrentaban a los absolutos. Había llegado a Pascal por la literatura; si Borges lo citaba era referencia a tener en cuenta, y en la Biblioteca Nacional había bibliografía vintage con autores quizá ahora olvidados como Guardini, Asín Palacios, Whitehead, François Mauriac. Destacaría en prioridad afectiva la influencia de Ernesto Sábato en la adolescencia, sobre todo la curiosidad satisfecha, el interés contagioso que despertaron títulos como “Uno y el universo”, “Hombres y engranajes” y “Heterodoxia”. La marca distintiva del autor de “Sobre héroes y tumbas”. era la interacción de una epistemología científica con la literatura, fronteras que sigo frecuentando a pesar del vallado creciente que imponen las ciencias duras a la poética.

De Pascal buscada ese encuentro fortuito entre ruleta, máquina de calcular y Dios, que se cierta manera fue precursor de los objetos heteróclitos de Ducasse, del urinario de Duchamp. Una cita de “Las palabras y las cosas” de Michel Foucault espejando las Meninas de Velázquez y un cuento de Borges fueron la palanca. Luego estaba Isidore Ducasse, del cual hablaré con más detenimiento en próximas entregas; igual puedo adelantar dos principios. Observé que a lo largo de los Cantos había varias definiciones de lo bello; me dije que era más sistema premeditado que coincidencia, procedí a organizar un campo delimitado que se volvió corpus incitador de interrogantes especulativas. Lo segundo era una evidencia arbitraria para uso particular considerando lo que vendría. La literatura Oriental comienza con la gauchesca, la literatura uruguaya se inicia también en otra lengua con el caso Isidore Ducasse, con un autor que murió joven como los héroes homéricos, con un libro alternando entre escritura infernal y poética sagrada. La modernidad occidental de la escuela alquímica francesa, tenía una referencia sin retrato en el bajo de Montevideo; que uno de los hijos del limo haya chapaleado en la Guerra Grande, era razón suficiente para armar un proyecto de reflexión y ficción. Heterodoxia y diferencia, centro y marginalidad: llamadme Isidore, llamadme Conde de Lautréamont, llamadme Maldoror.

El jarrón

Deseo contarle una historia -dijo el mayor de los dos hombres-. La historia de cómo llegué a ser lo que soy:

-Como siempre, él estaba sentado en una silla alta, de osamenta dura, en el fondo de la tienda. La mano larga, marfilina, se deslizaba morosa por el lomo del gran gato persa hecho un ovillo de pereza en sus rodillas. La sortija de oro emergía de tanto en tanto entre el blanquísimo pelaje, descubriendo la pequeña esmeralda centelleante que se espejaba en los ojos del felino. Era difícil saber cuándo aquella mirada penetrante lo observaba a uno o estaba detenida en la imperceptible rajadura de un bibelot. Por entre los parpados entornados, dos pupilas de acero dominaban el vasto salón atiborrado de objetos y, como luego comprendería, escrutaban, disecaban implacables a cada uno de los visitantes, curiosos u ocasionales compradores. Los ojos dominaban una cara enjuta, de nariz aquilina y labios finos, que se prolongaba en una breve barbilla plateada. El perfil recordaba un ave de rapiña.

Hacía ya tres meses largos que mis pasos ociosos me conducían a la calle de los anticuarios, se demoraban en la contemplación y se extasiaban en el embeleso, pero en los quince días últimos mis paseos convergían puntuales en el mismo negocio. El atardecer me sorprendía absorto entre los laberínticos meandros del salón con alguna pieza de porcelana fina entre mis manos o al alcance de mis ávidos ojos. Debo aclara que el bronce, el mármol, la madera, la tela y otros materiales que en tales lugares proliferan, por mejor labrados, torneados o cincelados que estuviesen, nunca me impresionaron especialmente, nunca produjeron sobre mí el efecto arrebatador de esta pasta sutil, etérea, dotada de alma que es la porcelana. El dependiente -seguramente por indicación suya- me dejaba hacer, me permitía tocar, acariciar y hasta gemir sin perturbar, sin acudir solícito e invasor. Se limitaba a circular con el plumero, las franelas, los catálogos y los clientes echándome de tanto en tanto una fugaz ojeada. Pero yo sabía que él estaba allí, en su silla, observándome todo el tiempo, y hasta podía sentir su aprobación o su rechazo ante el plato o el jarrón que me suscitaban un especial arrobamiento.

Huelga decir que yo nunca compraba nada: estudiante eterno de asignaturas destinadas a provocar el tedio más profundo, todos mis recursos provenían de los abnegados sacrificios de una madre viuda y una tía solterona, tan laboriosa como corta de entendederas; mis gastos extras no pasaban más allá de cigarrillos, libros de cuarta mano y alguna esporádica escapada al cine. Sin embargo, allí ese detalle parecía carecer de la menor importancia.

Por fin, esa tarde me habló. Era una hermosa tarde otoñal y el sol inundaba el ángulo de la tienda en que yo me encontraba, traslúcido el plato magnífico entre mis dedos ardientes extendidos desde la filigranas de los bordes e insinuándose en el corazón luminoso de la órbita. El tono de su voz me sorprendió. Vagamente esperaba la inflexión acre del fastidio o una seca admonición pragmática, pero los sonidos que me alcanzaron desde la alta silla eran graves, melodiosos, con un dejo de dulzura casi paternal. Me hizo una delicada observación sobre el objeto, me llamó a su lado, me ofreció un cigarrillo y enseguida me atrapó con su monólogo suave y cadencioso.

Desde ese día me convertí en un visitante consuetudinario. Acudía puntual por las tardes y esperaba con ansiedad el momento del cierre. Entonces Max -así lo llamaban los clientes-, como al término de un gran espectáculo, se alzaba ceremonioso de la silla y, seguido por el gato recorría toda la tienda, excusándose ante algún curioso retrasado o volviendo con un rápido movimiento de su mano un objeto a su lugar exacto. Después despedía al dependiente, bajaba las grandes cortinas metálicas, colocaba la tranca, apagaba las luces y me hacía pasar a la trastienda. Ese era su santuario: allí guardaba los objetos más preciosos, allí estaba la gran caja fuerte incitando mis sueños más febriles.

Mi cuerpo de adoptó a ese sistema de movimientos prefijados: sacar las tazas del pequeño aparador de caoba, servir el té del gran samovar de bronce que estaba en el ángulo, encender largos cigarrillos aromáticos y sentarse en una silla de duro respaldo. Recién entonces empezaba el diálogo. Semireclinado en su diván, entre bocanadas de humo sutil, Max me iba instruyendo: primero me habló de las antigüedades en general pero como sabía de mi escaso interés pronto se concentró en las porcelanas. Aprendí a distinguir calidades, texturas, procedencias; supe de técnicas de fabricación, de esmaltes y pinturas, me enteré acerca de las principales colecciones, de las piezas que custodian los museos, de las que atesoran manos ávidas y celosas. También me informé sobre costos, precios y tasaciones, sobre el arte del regateo y el encomio.

Max no hacía preguntas, pero en los intersticios que se abrían entre los bellísimos libros ilustrados, los objetos primoroso y la medida voz sonora, yo fue deslizando, casi sin advertirlo, mi alma. Le fui confiando mis secretas humillaciones, mis temores, mis anhelos más ardorosos. Le conté cómo mi naturaleza tranquila, mi innato buen gusto, mi atracción por la belleza, me había llevado pronto a repeler -pese a mi juventud- la vocinglería, la incuria, la crasa vulgaridad y el aturdimiento incivil en donde chapotea la inmensa mayoría de los jóvenes y casi todo el resto de la gente que, por lo demás, no cuenta. Le expliqué mi escasa propensión y mi aptitud nula para las abstracciones: el oscuro simbolismo algebraico siempre me ha abrumado, el rigorismo lógico y la geometría sin carne me condujeron infaliblemente al tedio. Le hice ver cómo mi sensibilidad se manifiesta entera a través de los sentidos. Abordé el difícil asunto de mi origen modesto y de mis escasos recursos sin falsos pudores, lo compensé haciendo votos de una honestidad a toda prueba y aludiendo a las culpas de un padre omiso que nunca me había proporcionado la educación, las posibilidades que mi corazón anhelaba y que -no tuve prurito en decirlo- mis cualidades merecían. Max lo iba oyendo y comprendiendo todo con delicadeza exquisita, sin deslizar jamás un comentario que pudiera herir mis sentimientos.

La luz de otoño regresó a los grandes ventanales. Casi sin ser advertido un año había transcurrido veloz, silencioso, proficuo. Mi integración a la tienda era un hecho, mis progresos una evidencia. Una tarde de mayo se presentó una señora con una gran sopera cuidadosamente envuelta. Manifestó desear una tasación justa mientras sondeaba nuestro interés por la pieza. Max la examinó distraído, con ademanes de contenida impaciencia, y dictaminó que era una imitación de porcelana de Limoges, hecha a fines del siglo XIX o principios del XX, para añadir enseguida que no le interesaba. Yo me tomé más tiempo, la observé con cuidado, estudié ciertos detalles de la decoración recurriendo a una lupa y, por fin, proclamé eufórico que la pieza era auténtica y databa del siglo XVIII, sólo que se requería paciencia y una sensibilidad artística afinada para captarlo. Un catálogo minucioso respaldó mis afirmaciones, por la embriaguez del triunfo no me impidió percibir el rictus de contrariedad que tensaba los labios de Max. Nada dijo y la jornada se cerró con los ritos acostumbrados.

Al día siguiente, durante las horas de trabajo apenas intercambiamos un par de frases: Max estaba de humor taciturno y muy atareado con una compleja restauración. Cerradas las cortinas, el hábito nos condujo hacia la trastienda donde nos esperaba el té, el tabaco y dos mullidos sillones. En cuento entré lo vi: sobre la pequeña mesa oval se erguía un jarrón como mis ojos nunca había visto. Me quedé contemplándola fascinado: la lechosidad y la traslucidez de la porcelana hacían pensar en la tersura y pregnancia de la piel delicada de un casto efebo. En la parte superior el artista había figurado en azul pálido lo que se me antojó una rechoncha divinidad budista, que sentada a la manera oriental sonreía beatífica en un campo de flores de loto, peonias y crisantemos. Ni una nube inquietaba aquel cielo imperturbable. En la parte inferior, también en azul, un dragón alado y un tigre de largos colmillos se enfrentaban en combate moral. El violeta oscuro había irrumpido en las fauces del dragón y en las pupilas del tigre. A un costado, en pequeño, un ciervo agonizaba junto a un árbol inclinado semejando un sauce. La composición, el trazo, el uso del color, denunciaban la mano de un maestro. El valor del jarrón debía ser incalculable. Cuando ya estaba por aferrarlo, Max me contuvo con un gesto. “Antes desearía referirle una pequeña historia” -dijo, y recién entonces advertí su rostro severo, sus pupilas endurecidas y el “usted” tajante que empleaba cuando quería establecer una distancia inequívoca.

Obediente, serví el té y me senté en silencio. Max encendió uno de sus largos cigarrillos, bebió un sorbo y, sin mirarme, comenzó: “Yo era un poco mayor que usted cuando establecí mi primer negocio de antigüedades. Era un agujero infecto donde había amontonado una serie de cosas viejas. Gracias a la generosidad de unos pocos amigos vestía con extremada elegancia y frecuentaba gente de posición elevada. Por ese entonces me dedicaba a pintar y, naturalmente, me consideraba un genio. Un conocido de esos que están en todo lo que importa, conocen a todo el mundo y decía apreciarme, me pasó el dato: el último descendiente de una de las ramas de una familia muy linajuda cuyo nombre no viene al caso, estaba vendiendo todo el mobiliario porque nada más le quedaba por vender. Era necesario apresurarse porque ya otros anticuarios habían olfateado la carroña. Bastaba con enviar unas líneas anunciando mi visita. El recibía sólo por las noches. Con aire de complicidad y expectativa me entregó la dirección y se alejó dejándome pensativo.

Hice lo indicado y una húmeda noche de otoño me encontré frente a la oscura fachada de una casona del Prado. Al principio creí que estaba deshabitada, no había una sola luz encendida y por lo que lograba entrever, el jardín delantero estaba convertido en un yermo baldío por el que se desparramaban latas, zapatos y alguna rueda de bicicleta. Me aventuré hasta la puerta y -como no había aldabón ni timbre- golpeé con los puños lo más fuerte que pude. Al cabo de un buen rato y cuando ya estaba por irme, sentí el arrastre de unos pies que se acercaban a la puerta. Esta se entreabrió y una silueta encorvada que empuñaba una palmatoria me dijo en un susurro: “Pase, el señor lo está esperando”. Seguí al que juzgué un anciano encorvado a través de una amplia sala en la que flotaban escasos muebles enfundados y dispersos como islas fantasmales; luego enfilamos un largo corredor que torció dos veces ante de conducirnos ante una puerta de sólida madera tallada. Desde el otro lado me llegaba el inconfundible sonido de un piano empinándose en notas apasionadas. El anciano golpeó dos veces y, sin esperar respuesta, me hizo pasar.

La habitación estaba en penumbras, como el resto de la casa, salvo el ángulo opuesto a la puerta, donde mis ojos estupefactos descubrieron una enorme jaula de bambú o mimbre que casi llegaba hasta el techo. Adentro había un gran piano de cola negro sobre el que ardían dos candelabros de tres brazos. El hombre que inclinaba su calva, rodeada de largos cabellos, hacia el teclado ni siquiera parecía advertir mi presencia. Algo intimidado, avancé unos pasos maldiciendo mentalmente a mi amigo: la amplia sala equivalente a la que había atravesado al entrar, casi no tenía muebles. Mis ojos, habituados a la penumbra, registraron esto y, casi simultáneamente, distinguieron las grandes sombras chinescas luchando sobre el cortinado claro que cubría el fondo de la habitación. Fue entonces que lo vi: buscando el origen de las sombras, descubrí el jarrón apoyado sobre el piano, hábilmente iluminado entre los candelabros. En ese instante el hombre dejó de tocar y me escrutó con sus pequeños ojos brillantes, febriles. No podía ser mucho mayor que yo pero estaba muy envejecido, arrugas profundas le surcaban la frente. Observé todo esto sin dejar de contemplar el jarrón. “Usted tiene cualidades mediúmnicas”, dijo el hombre de pronto, y allí comenzó su comedia.

Había un cuarto objeto sobre el piano que yo no había notado: una botella de caña a medio vaciar; el hombre bebió un largo trago, pasó la palma de su mano por el pico y me la alcanzó a través de la jaula, invitándome a beber y a sentarme en la única silla disponible. Me llevé la botella a los labios con asco, con reticencia; el líquido ardiente tenía un gusto extraño. Pero en ese momento él no me observaba; tirando de una cuerda -siempre sin salir de la jaula- descorrió una parte del amplio cortinado, descubriendo los barrotes de una reja que nos separaba de un oscuro jardín, apenas entrevisto, de donde provenían un intenso olor a ruda y el monótono chillido de un grillo.

Después se sentó de nuevo ante el piano y empezó a tocar pero de un modo completamente distinto al de cuando yo había entrado. Era una melodía lenta, viscosa, que parecía surgir de oscuros fondos viscerales, que se enroscaba continuamente sobre sí misma como moviéndose en círculos concéntricos, en espiral inacabada, hasta que se convirtió en un único sonido obsesivamente repetido, mantenido por el pianista con una sola mano en tanto con la otra acercaba a su nariz un polvo blanco aspirado con fruición. Creo que aquel sonido tenía algo de hipnótico porque permanecí como encadenado a la silla y no sabría decir si pasaron minutos u horas. Recuerdo que el pianista miraba con ojos de aluciando hacia el jardín. De pronto hubo una extraña vibración, como si algo se hubiera roto, el sonido cesó y él se derrumbó sobre el teclado con la cabeza entre las manos. Yo busqué como desesperado el jarrón pero, con alivio, comprobé que estaba intacto.

Lentamente se fue recuperando. Primero movía los hombros como si estuviera sollozando; después, alzó la cabeza y con ojos importantes me preguntó: “¿Lo sintió?” Le aseguré que nada había sentido salvo el monótono sonido del piano y el chillar de los grillos. Un relámpago de ira atravesó sus pupilas. Se lazó bruscamente, empujó el jarrón y, con el desprecio en la boca, me dijo: “Los autores chinos aseguran que cuando subieron al trono los Sung se fabricaban porcelanas azules como el cielo, brillantes como un espejo, delgadas como el papel y sonoras como una placa de jade.” En tanto hacía resonar levemente la pieza con sus largos dedos, agregó: “El alma debe tener las cualidades de esta porcelana para poder percibir”. En seguida, me alargó el jarrón preguntando: “¿Cuánto me da por él?”

Yo, aparentando escaso interés, con seguridad fingida, con movimientos pausados, extraje mi billetera, la entreabrí para que pudiera vislumbra su interior, tomé un irrisorio puñado de billetes y se lo arrojé a los pies. El me entregó el jarrón y se agachó a recogerlos con avidez. Si, con avidez; usted seguramente preferiría la versión del artista genial que desprecia el dinero pero no, él no era más que un mediocre, un parásito muerto de hambre que representaba una comedia como por otra parte lo hace el noventa y nueve por ciento de los llamados artistas geniales.

Por eso lo elegí a usted -continuó Max después de un corto silencio cargado de tensión-, no por sus dotes artísticas o su especial sensibilidad, sino por el oscuro rencor, el fuego implacable, la avidez encubierta que anidan en el fondo de sus ojos y que usted todavía no ha aprendido a conocer ni a dominar. También por la fuerza de sus manos, para ser completamente sinceros” -concluyó.

Usted puede pensar que yo inventé toda esta historia y está en su derecho, igual la veracidad no interesa en este caso; lo que importa es que comprenda que yo, ahora el anticuario, lo escogí a usted por los mismos motivos que inspiraban a Max y que ha llegado el momento de que usted vea el jarrón.  

Descartes

Descartes (que era un personaje del Café)

Myriam Pereyra

Nunca supe su nombre ni lo sabré, omisión imperdonable cuando me dispongo a escribir sobre alguien para quien los nombres lo eran todo. O Quizás -se me ocurre ahora- secreta ironía de los dioses, sabedores de que un nombre nada significa en la vorágine del tiempo.

Las circunstancias fueron simples: por esa época yo frecuentaba el Café todos los días; normalmente llegaba al anochecer y él ya estaba instalado en su mesa del rincón junto al segundo ventanal, solo y con un gran libro despegado sobre el mármol. Hacía reiteradas anotaciones al margen valiéndose de un lápiz negro de punta afilada o trazaba círculos y subrayados con un grueso lápiz rojo; de tanto en tanto, extraía de sus bolsillos recortes de periódicos o papeles sueltos de diferentes tamaños y texturas en los que parecía atesorar valiosos datos, los examinaba, los cotejaba, y volvía a guardarlos, siempre en un, para mí, incontrolable desorden.

Todo esto lo fui registrando con el tiempo, porque durante meses, quizás años, él fue para nosotros -incluyo a los amigos con quienes me encontraba- un elemento más del Café, tan indiscernible como el largo mostrador, las columnas, las mesas o las cortinas siempre amarillentas por el humo del tabaco y el polvo de farragosas jornadas.

Era un hombre bajo, de edad indefinible, piel muy pálida y manos y pies sorprendentemente pequeños. Siempre vestía de negro y se peinaba con una recta raya al medio que dividía su abundante cabello también muy negro en dos mitades que se desplegaban ensortijadas a ambos lados de su cabeza sin llegar a alcanzar los hombros. Todos lo llamábamos Descartes.

Hubiera seguido siendo para mí un personaje más del café, uno de tantos que el hábito hacia necesarios hasta que un buen día desaparecían sin dejar rastros ni dar explicaciones, si no fuera porque una noche de enero me encontraba solo en el Café semivacío cuando de pronto entró Descartes visiblemente excitado. Miró a su alrededor -cosa extraña porque nunca parecía fijarse en nadie- y luego, con expresión de alivio se dirigió a su mesa acostumbrada junto al lado de donde yo, por casualidad, me hallaba sentado. Extrajo dos voluminosos libros de una mochila que siempre cargaba a su espada, los depositó sobre la mesa, se sentó y sacando un peine nacarado del bolsillo del pantalón comenzó a repasar su pelo ondulante con mucho cuidado. Después ordeno un café, se calzó unos gruesos lentes de montura anticuada, tomó sus dos lápices y de dispuso a abrir uno de los libros, manipulando con sus manos pequeñas los volúmenes forrados en un papel color crema, casi irreconocible bajo las manchas del continuo manoseo, el café, el tabaco y la grasa de alguna milanesa al pan masticada durante intervalos en la lectura.

Se me disculpará una breve digresión aclaratoria dedicada a mi humilde persona. Nunca tuve, por fortuna, necesidad de trabajar. Me refiero a esas fatigosas obligaciones con horarios, tarjetas, jefes y otros expedientes por el estilo. Sin embargo, siempre fui un hombre muy ocupado y un juez muy severo para quien no cumpliera puntualmente con las funciones que la sociedad le ha asignado. Nada me provoca más admiración que un especialista desplegando sapiencia y habilidades en lo suyo. Pero, para mi suerte o mi desgracia, carezco de la necesaria paciencia que forja a un especialista. Toda mi vida fui un curioso insaciable y eso me llevó a errar por distintos campos del saber humano: me interesé sucesivamente por la botánica, la encuadernación, el latín, el tallado de madera, la pintura china, la astrología, la entomología, el ajedrez, los muebles de estilo y otras inquietudes.

Por ese entonces yo tenía ciertas veleidades de numismático. Recuerdo que esa noche sofocaba el tedio tratando de descifrar una inscripción en una moneda colonial auxiliado por una ostentosa lupa. Había logrado abstraerme en la pesquisa cuando sentí que una voz vieja, opaca, casi susurrante, me solicitaba -en término muy respetuosos- la lupa por unos minutos. Miré a mi alrededor sorprendido pero no había más nadie cerca. La voz provenía de Descartes, que aguardaba expectante, y me sorprendió porque yo siempre había imaginado que él poseía una voz aflautada, casi chillona. Le alcancé la lupa de inmediato y, mientras él escudriñaba un minúsculo recorte, guardé la moneda y aproveché para sentarme en la silla frontera de su mesa. Cuando levantó la cabeza contemplándome entre curioso y alarmado, le pedí disculpas por mi intrusión, le aseguré que me retiraría al instante si así lo deseaba y agregué que siempre me había interesado saber cuál era la tarea en la que trabajaba tan duramente, según había podio observar.

-Estoy aprendiendo a leer- fue la pasmosa respuesta.

La decepción debió leerse en mi rostro, aunque procuré adoptar una actitud comprensiva, porque casi en seguida agregó:

-No, no se trata de lo que usted imagina. Estos dos libros -y señaló los dos gruesos volúmenes sobre la mesa- son los dos tomos del Diccionario de la Real Academia Española, edición 1984. Desde hace años -prosiguió- tengo el convencimiento de que leemos de una manera vaga azarosa, insustancial. Por eso decidí que sólo comenzaría a leer cuando conociera exactamente todas las acepciones que pertenecen a un vocablo. Esa es la labor que me ocupa y que, preveo, me ocupará todavía por mucho tiempo.

La insensatez, la vanidad de la idea me dejaron estupefacto y ya dudaba entre articular objeciones o saludar e irme, cuando miré hacia el ventanal y vi a una señora que combatía el calor con un gran abanico floreado de varillas flexibles. Entonces, lo miré desafiante y le propuse: “abanico”.

Él me contemplo a su vez con sus ojos pequeños, oscuros, penetrantes, parpadeó un par de veces y dijo:

“abanico: diminutivo de abano, derivado de abanar, del portugués abanar, aventar, cribar; y éste del latín vannus, criba. Voz masculina. Instrumento para hacer o hacer aire. El más común tiene pie de varilla y país de tela, papel o piel, y se abre formando semicírculo. 2. figurado. Cosa de figura de abanico, como la cola del pavo real. 3. figurado y familiar. La Cárcel Modelo de Madrid (1876-1939), construida sobre planta de abanico. 4. figurado y familiar. Sable, arma blanca. 5. En Cuba, pieza de madera en forma de abanico, con una ranura arqueada en su parte media, por la que corre un listón que remata en disco y sirve, en las vías férreas, para advertir al maquinista el punto en que aquellas de bifurcan y la dirección que por allí ha de seguir el tren. 6. Ecuador. Utensilio de forma cuadrangular, hecho de esparto o totora, que se usa para aspirar el fuego, soplillo. 7. Germania. Espada, arma blanca. 8. En alguna armaduras antiguas, parte lateral del codal y de la rodillera, en forma de abanico. 9. Marina. Especie de cabria hecha con elementos de a bordo. 10. Véase “vela de abanico”, “en abanico”. Locución adverbial, en forma de abanico, parecer uno abanico de tonta. Frase figurada y familiar. Moverse mucho y sin concierto.”

Clausuró si recitado, bebió un largo sorbo de agua y volvió a contemplarme con la fijeza del maníaco.

Preferí no embarcarme en disquisiciones teóricas; juzgué que un ejemplo bastaría para hacerlo añicos y como a propósito aleteó en mi cerebro el verso de Rubén Darío: “bajo el ala aleve del leve abanico”. Le señalé cómo en ese verso era evidente el uso de “abanico” en su acepción y que todas las demás sobraban, como por lo demás eran un lastre inútil en casi todas las ocasiones en que aparecía
“abanico” en la conversación, en la lectura o en la mente.

Me pareció advertir un destello irónico en su mirada, esbozó un rictus que no llegó a convertirse en sonrisa y enseguida, serio, me respondió:

-Veo que usted es partidario de una lectura reduccionista. Por mi parte y sin entrar en las reverberaciones de ala, aleve y leve, la sola palabra “abanico” me sugiera la cola del pavo real y por tanto el lujo, la magnificencia, la ostentación, los vestidos de las damas, el despliegue sensual, voluptuoso y narcisista de la marquesa. También acuden a mi imaginación el sable y la espada, recuerde que allí se habla de un vizconde desafiante y se sugiere un posible duelo; sin duda, la sola mención de la nobleza ya nos remite a antiguas armaduras y sus piezas. También el trópico y la cárcel están presente en la pasión y en el coqueteo hábil de Eulalia para avivar su fuego, y hablando de trópico me parece percibir la brisa y el sol ardiente de Cuba así como las veleras embarcaciones que atraviesan el mar Caribe. Ni siquiera la etimología es insignificante: observe cómo la marquesa criba astutamente a sus admiradores hasta preferir al paje.

Una rabia sorda crecía en mi interior a media que él hablaba. No sabía si aquel individuo insignificante se burlaba de mi o hablaba completamente en serio. En este caso, su locura sistemática, subversiva de todo sentido común me resultaba intolerable. Opté por desafiarlo otra vez y le propuse: “belleza”.

Volvió a contemplarme fijamente, volvió a parpadear un par de veces y comenzó:

“belleza: derivado de bello, del latín bellus. Voz femenina. Propiedad de las cosas que nos hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas. La belleza absoluta sólo reside en Dios. 2. Mujer notable por su hermosura. 3. artística. La que se produce de modo cabal y conforme a los principios estéticos…”

Lo interrumpí con un “basta, basta” y un gesto perentorio de mi mano. Le hice notar que no era necesario ser un especialista en el tema para advertir que esa definición era harto insuficiente, totalmente cuestionable y no resistía un análisis profundo. Por ejemplo, ¿Qué diría un ateo sobre eso de que la belleza absoluta sólo reside en Dios? ¿Cuáles son los principios estéticos que producen la belleza artística de modo cabal?

El rictus reapareció convertido en un surco profundo; meditó durante largos instantes y por fin dijo:

-Un ateo posiblemente se sentiría confirmado en su ateísmo frente a tal declaración. Pero sospecho que usted no me ha comprendido. Sé que las definiciones del Diccionario son precarias, discutibles, imprecisas como todo lo humano; sé también -y me adelanto a su próxima objeción- que el Diccionario no registra todas las palabras no todas las acepciones. Eso es lo que centuplica mi tarea, convirtiéndola en un esfuerzo casi titánico -su voz no pudo ocultar un matiz de orgullo-. Eso es lo que me ha llevado a una búsqueda continua de palabras desconocidas, de significados ignorados u olvidados. Por eso -y ahora sus ojos, habitualmente apagados, brillaban- he reunido cientos, miles de recortes tomados de periódicos, revistas, libros, catálogos y todo material impreso que cae en mis manos; también conservo miles de anotaciones en las que he registrado términos, acepciones, matices captados en el azar de una conversación, en un programa de radio o de televisión, en una iglesia, en un hospital, en un boliche, en una letrina y en cualquier lugar donde la gente deja las huellas de su lenguaje. Ahora, conozco a un ingeniero que ha prometido aportarme más material de un nuevo lenguaje que se llama informático. Todo lo voy incorporando al Diccionario en la medida de mis fuerzas y respetando un cierto orden, concluyó.

Me fui de vacaciones por diez días. Al regreso, Descartes no estaba solo; frente a él, en su mesa de costumbre, estaba sentada una mujer flaca, de ojos saltones. Me ubiqué a una distancia discreta y de soslayo observé la escena. La mujer llevaba un vestido fuera de moda, salpicado de florcitas desvaídas, que no disimulaba sus formas angulosas y mezclados con el negro natural de su pelo, la gasa violeta alrededor de las arrugas del cuello y las manos ensortijadas no ocultaban sus cuarenta años largos. Se había maquillado mal, con un lápiz de labios barato y el carmín le arrebolaba las mejillas. Tenía un vago parecido con Descartes. Hablaba en tono bajo, apremiante, mientras con dos dedos de la mano derecha retorcía un mechón de cabello. No pude evitar oír algunas palabras pronunciadas con más énfasis: “egoísta… sólo pensás en vos mismo… inútil” y otras expresiones de igual tenor. De tanto en tanto la mujer callaba como esperando una respuesta, pero Descartes nada respondía. Su mirada se perdía en la noche sofocante, más allá del ventanal, entre las luces de la Plaza, las parejas de enamorados y niños que pedían limosna. Entonces, los ojos de la mujer se encendían, lo encaraba iracunda y siempre en un tono asordinado, con rabia contenida, explotaba: “canalla, miserable”, mientras sus manos esgrimían unos papeles manoseados. Él bajaba la cabeza, daba una larga pitada al cigarrillo y después volvía los ojos a la Plaza. La escena se prolongó por más de media hora todavía, hasta que Descartes sacó de su bolsillo una billetera de cuerina barata, le entregó a la mujer unos billetes y le mostró el interior vacío. La mujer tomo los billetes, los dobló cuidadosamente, los introdujo en su seno y después se levantó y se fue no sin antes advertirle: “te veo el mes que viene”.

Descartes permaneció más ensimismado que nunca, sin prestar atención a los escasos parroquianos ni al café frío que tenía adelante ni al infaltable Diccionario. De pronto, extrajo su peine nacarado y comenzó a repasar su pelo una y otra vez mientras la noche se metía por el ventanal como un gran animal amenazante.

Al finalizar el verano, el Café cerró. Ese lunes por la noche nos enfrentamos atónitos al cartel que anunciaba “Cerrado por reformas”, acrecentando los rumos, siempre desmentidos, de que el local sería vendido y destinado a otros fines. Entre el grupo de náufragos que se apiñaba frente a las puertas implacables, divisé a Descartes, cargando su invariable mochila. Parecía más desconcertado y frágil que nunca.

Durante el otoño desapareció por completo. En tanto, el cartel de “Cerrado por reformas” fue sustituido por otro que exhibía un lacónico “Se vende” y el nombre de una conocida Inmobiliaria. Nuestras esperanzas se derrumbaron casi por completo.

Una noche helada de fines de julio, yo subía por Yaguarón hacia 18, como yendo para el Cementerio Central, cuando descubrí a Descartes en el fondo de un boliche de comidas casi vacío. Después de un momento de vacilación entré y una vaharada de aceite refrito me envolvió de inmediato. Descartes estaba sentado frente a un gran plato de papas fritas coronado por dos huevos también fritos y engullía vorazmente; a su lado había una jarra de vino a medio vaciar. Lo saludé afectando placer pero él no levantó la cabeza del plato, con un gesto de su mano me indico que tomara asiento y enseguida me señaló la jarra de vino. Me serví un vaso por complacerlo pero el primer sorbo ya me trajo la acidez del vino barato. Permanecí en silencio contemplado su pelo en desorden, las arrugas que surcaban su rostro, el sobretodo negro de paño muy gastado, raído en los codos y en las bocamangas, la bufanda negra deshilachada y la infaltable mochila sobre una silla al costado. Cuando hubo devorado hasta la última papa frita, repasó con un gran pedazo de pan todo el plato, lo masticó rápidamente, se bebió de un trago el vaso de vino que tenía adelante, se limpió la boca con una servilleta de papel, volvió a servirse de la jarra y recién entonces levantó la cabeza, me miró y dijo: “Vendo el Diccionario”. El anuncio me tomó tan de sorpresa que no supe qué contestar pero él no parecía esperar una respuesta. Se sirvió otro vaso de vino y mientras hurgaba en su boca con un escarbadientes, agregó: “Usted sabe bien que no es un Diccionario común, que está lleno de anotaciones valiosas… si sabe de algún interesado.”

Traté de animarlo diciéndole que por esos días había pensado en él a propósito de una palabra curiosa que había encontrado en un texto: “bustrofedon”. Tampoco esta vez respondió; hizo un gesto despectivo con su mano y con mirada oscura, ensimismada, comentó: “Desperdicié mi vida en naderías”. Después puso unos billetes arrugados sobre la mesa, tomó la mochila y se levantó. Yo lo imité. Caminamos juntos hasta 18 sin cambiar una sola palabra más. Allí nos separamos con un rápido apretón de manos. Me quedé observando la negra figura de Descartes, inclinada contra el viento, que se perdió rumbo al sur, en dirección al Cementerio. La pertinaz llovizna helada azotaba su rostro húmedo.

No volví a ver a Descartes ni supe más de su vida. Sospecho que no culminó su empeño, es más, sospecho que no llegó a completar los vocablos encolumnados en la letra “B”. Sin embargo, hace unos meses, después de mucho pensarlo, decidí enviar esta comunicación a la Enciclopedia Británica, a Larousse y a Espasa-Calpe:

“Descartes (¿-?) Filólogo y Lector uruguayo. Ideó un método de lectura omnicomprensivo, infinito, inútil”.

Hasta el presente, no he recibido respuesta.