JUNIO 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

Lafoucheaux III

Amapola de invernadero

Lafoucheaux IV

EL ASTILLERO

«El cazador Gracchus» amarra en Montevideo

 (dos nuevos episodios)

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

París: ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero.

LOS VISITANTES

Ingrid Tempel nació en Montevideo y forma parte de la tradición poética femenina de la literatura uruguaya. Fue una gran alegría que Ingrid aceptara visitar La Coquette en tanto autor; es asimismo narradora, conoce los senderos secretos del Parc Montsouris y escucha el dúo Grappelli/Menuhin. 

Los poemas que ella misma seleccionó, provienen del libro “Asia en el corazón”.

MAYO 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Lafoucheaux I

Belisario Villagrán

Au rocher de Cancale

Lafoucheaux II

La fiesta : Master Take. Chick Corea.

LOS RIOS FICTICIOS

Las horas en la bruma

EL ASTILLERO

«El cazador Gracchus» amarra en Montevideo

 (nuevos capítulos)

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

Alma, inclínate sobre los cariños idos (Lo Imborrable de Juan José Saer)

LOS VISITANTES

La Coquette tiene el agrado de presentar el primer escritor visitante.

Mi querido amigo Jorge Musto es autor de una obra considerable, le gusta el primer cine de Theo Angelopoulos, la segunda escuela de Viena y el billar a tres bandas. El maestro Musto tenía carta blanca, se decidió por una “comedia de un rato de lectura teatral”. Gracias a ese ingenio escénico puesto en movimiento, también el Cabaret será otro espacio de libertad. 

Ingrid Tempel

La Coquette tiene el agrado de presentar a la segunda visitante.

Ingrid Tempel, escritora y periodista uruguaya, vivió en Buenos Aires y Caracas. Vive en París desde 1983. Publicó ocho libros de poesía, dos novelas y cuentos. Fue corresponsal del Suplemento Cultural de El País de Montevideo en París durante dos décadas y trabajó en la Agencia France-Presse en París durante tres décadas.

ABRIL 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Montevideo en video Ducasse

El principio Van Helsing

Noticia (acercamiento a Horacio Quiroga)

Dunsinane, al alba

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo primero)

Vía Santiago

Nunca conocimos Praga IV

La perseverancia del hombre mosca

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo final)

Recibimos y publicamos

Más allá del Bósforo…

Monólogo interruptus por Miss Candy Loving

LOS RÍOS FICTICIOS

Montevideo sin Oriana

Night and Day (espectros de La vida breve)

Barcelona senza fine

EL ASTILLERO

“El cazador Gracchus” amarra en Montevideo

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

El recordado caso de la Galerie Vivienne

Las ideas estéticas del comisario Medina


El primer show de La Coquette cuenta con la colaboración de los siguientes artistas por orden de aparición:

Carlos d´Alessio

Joel Grey

Sidney Bechet

Martha Argerich

Troilo y Grela

Marisa Monte

Mina

Jorge Musto

La Coquette tiene el agrado de presentar al primer escritor visitante.

Mi querido amigo Jorge Musto es autor de una obra considerable, le gusta el primer cine de Theo Angelopoulos, la segunda escuela de Viena y el billar a tres bandas. El maestro Musto tenía carta blanca, se decidió por una “comedia de un rato de lectura teatral”. Gracias a ese ingenio escénico puesto en movimiento, también el Cabaret será otro espacio de libertad. 

Prohibido fijar carteles

de Jorge Musto

Unas pocas líneas de advertencia a manera de prólogo .

Para un escritor, el teatro es un espacio de libertad que ofrece gratuitamente su uso – como un papel en blanco – a todo aquel que presiente la necesidad del mismo. Parafraseando a Roland Barthes, cuando sentencia que « el mito es un ‘valor’ en sí, no tiene que rendir cuentas a la verdad », podría decirse, substituyendo ‘mito’ por ‘teatro’, que este último puede legítimamente reclamar esa impunidad. Espacio abierto y libre, de acuerdo. Aunque el uso, por supuesto, no garantiza nada, más bien exige. Pero esto es una apuesta común, pues como recomienda enigmáticamente otra prestigiosa referencia (Goethe), esta vez desde la costa Este del Rhin : « Nosotros, todo el mundo en la ruta ».

Para distraídos o desprevenidos, conviene aportar algunas informaciones sobre los personajes nominados en la obra. Aunque evidente, agreguemos que su participación en la misma es ajena a su voluntad. El orden de los detalles no es jerárquico y su identificación una « licencia poética ». 

Sara Larocca, actriz (Buenos Aires 1922 – Montevideo 2006). Comunista irredenta durante toda su vida. Vinculada desde su fundación al Teatro El Galpón de Montevideo, durante años fue uno de los dirigentes de la venerable Institución, y su interpretación de Frau Peachum en la « Opera de dos centavos » de Bertolt Brecht fue muy apreciada por sus conciudadanos de la época.  « El portazo final de Nora » en la obra de Henri Ibsen « Casa de Muñecas » inspiró su equivalente al abandonar su casa en la obra que nos ocupa.

Romeo Gavioli (Montevideo, 1913-1957) violinista, compositor y cantante de tangos. Su orquesta, empero, se mantuvo unos considerables grados por debajo de sus compinches argentinos.

Amanecer Dotta (Montevideo, 1937- ?) hombre de teatro algo polifacético vinculado a El Galpón.

Elías Alippi, actor (Buenos Aires, 1883-1942). Protagonista en varios filmes argentinos durante los años 40, donde alternósu gestión de empresario teatral con el ejercicio de su actividad actoral. Sobrio, elegante, se destacó en varios filmes como intérprete de una cierta burguesía bonaerense.

Florencio Parravicini (Buenos Aires, 1876-1941). Actor cómico, en el sentido inverso de su compatriota Alippi en la misma época. Se le recuerda sobre todo como precedente del actual género teatral llamado uni-personal. 

Hugo del Carril (el hombre de la carretilla, Buenos Aires, 1912-1989). Peronista de la primera época, cantante de tango, tesitura barítono, actor y director del film « Las aguas bajan turbias ».

Otrosi  : La escena de la prueba del pantalón de Gavioli es una cordial guiñada a uno de los « dramolettes » de Thomas Bernhard ; y la intrusión del Teniente y los soldados de la Wehrmacht un ejercicio gratuito de esa libertad mencionada al comienzo de estas líneas.  

Buena lectura.

In Memoriam Sara Larocca

PROHIBIDO FIJAR CARTELES

(Comedia de un rato de lectura teatral)

La acción se desarrolla entre mayo de 1945 y enero de 2013, aunque no es seguro. Un solo espacio para dos situaciones independientes entre sí: a la derecha del escenario una especie de bar; a la izquierda, un pequeño living con sus muebles habituales y una TV cuya pantalla es invisible al público. Al costado de la mesa del bar hay una pequeña pirámide de pedregullo; al fondo del living, una ventana que se supone orientada a la calle y una puerta lateral que puede ser visible o no. En el bar dos personajes sentados en torno a la mesa: Elías Alippi y Florencio Parraviccini; en el living, Romeo Gavioli, Nora y el hijo de ambos, Amanecer Dotta. Nora y su hijo mirando la TV, que no emite sonido alguno. Más adelante harán irrupción en la escena un teniente y dos soldados de la Wehrmacht, sobrevivientes de la segunda guerra en una isla báltica; además un cartero y el hombre de la carretilla. 

Amanecer (va hasta la ventana y observa la calle): – ¿Cuándo van a traer el chocolate? 

Nora (luego de un silencio): – Nora abrió la puerta y salió al exterior, a la libertad. 

Romeo (leyendo el diario): – Ya lo dijiste. 

Nora: – Como Antígona.

Amanecer (volviendo a su lugar): – ¿Cuándo?

Romeo  (sin dejar de leer el diario, a Nora): – No había puertas. En esa época, a lo mejor portones. Aunque no creo.

Elías  (luego de escuchar con atención algo que se supone dijera Florencio, inaudible, apaga su cigarrillo en el cenicero): – No me convence, Parra. Te concedo el “desencanto”, como decís. Pero aun así, tu razonamiento tropieza con un obstáculo. “La marquesa salió a la cinco”, ¿por qué no? Hay aquí dos líneas de operaciones distintas que convergen hacia la ofensiva contra la novela y aseguran su eficacia. Una de ellas contra el estilo de información pura y simple, a la moda. La otra contra lo arbitrario de la ficción. ¿Por qué a las cinco y no a la seis, seis y media? Lo que aparece más claro en la posición ampliamente instintiva que adopta en este caso Valéry, es la retracción fundamental del espíritu ante el vicio nativo de todo comienzo absoluto, de toda Génesis. (pausa para servirse un trago). Por supuesto, ningún artista puede ser completamente insensible, incluso si no lo tiene en cuenta, a ese hábito malsano del incipit que influye sobre todas las artes en la organización de la duración.  

Amanecer (señalando con el índice la pantalla invisible de la TV): – Miren! Es ese argentino que en el teatro hacía de luna! Es el mismo!

Nora: – ¿Cómo de luna?

Amanecer: – Sí, sí! ¿No se acuerdan? Primero de cuarto, después de media. Y al final de luna llena!.

Nora: – Yo no estaba.

Romeo (sin alzar la vista del diario): – Yo sí. Pero no es argentino. Se fue para allá pero es de acá. Yo lo vi hace años en Arturo Ui.

Nora: – Arturo Ui, Arturo Ui! Nora-se-fue-dando-un-portazo. 

Amanecer : – Mamá!

Romeo (lee): – “De los permisos otorgados por el Ministerio de Ganadería para la importación de 2.500 toneladas de tomate entre el 18 de diciembre y el 14 de enero pasados, solamente se efectivó (mueca) el ingreso al país de 472 toneladas, confirmó a la prensa el Director General de la Granja, DIGEGRA”. (a Nora y a Amanecer) Es una sigla, DI-GE-GRA. (pausa) “Efectivó”. Debe ser del verbo efectivar. Este tipo tiene estilo.

Nora (a Romeo): -Después vamos a probar el pantalón.

Elías: – Sí, pero fijate Parra que fascismo no es lo que censura o impide hablar; fascismo es lo contrario, lo que “impone” hablar. (…) ¿Cómo?

(Por un costado, atravesando el living, entra el hombre de la carretilla, con una carretilla llena de pedregullo. Llega hasta el montículo de pedregullo próximo a la mesa donde se encuentran Florencio y Elías e inclina la carretilla para vaciar la carga. Ninguno de los personajes presentes repara en él. El hombre de la carretilla se va por donde había entrado.)

(Elías está siempre atento a lo que se supone dice Florencio. Pero éste, en todo el “diálogo” con Elías, no solamente está mudo sino que ni siquiera se interesa en su interlocutor. Elías a veces cabecea para afirmar o negar, insinúa una interrupción con la mano, enciende un cigarrillo. Cuando no interviene mima el diálogo inexistente mientras el otro puede mirar el techo o tomar un whisky, como si estuviera solo.)

Elías: – Claro, claro. Pero son apenas un puñado de intelectuales no necesariamente fascistas los que tienen algo que decir sobre “lo que es la música”. Ponele Rousseau, Kierkeegard, Nietzsche, Adorno. Un puñadito escandaloso frente al fenómeno de una realidad tan universal donde todo el mundo siente que sin ella -me refiero a la música- nuestro pasaje por la tierra, para decirlo con el énfasis requerido, sería insoportable. Parecería, pero no pretendo afirmarlo, que la música es irreductible al lenguaje. Eh, ¿qué te parece? Irreductible al lenguaje.  

Romeo (a Nora): – ¿Cosiste el dobladillo? 

(Nora no responde)

Romeo: – El dobladillo, digo.

Amanecer (a nadie, como una reflexión): -¿Por qué hay algo en lugar de nada?

Nora: – No habrá dobladillo.

Amanecer: -Papá, ¿por qué hay algo en lugar de nada?

Romeo: – En esta casa ni siquiera se puede leer el diario. Dobladillo. Un pantalón tiene que tener dobladillo. 

Nora: – Eso era antes. 

Romeo: – Eso es ahora, Nora (entre perplejo y satisfecho). Já. Ahoranora. Noraahora. Norahó nahorá. Insisto en que el pantalón debe tener un dobladillo. 

Elías (después de servir los dos vasos): – No, Parra, no se trata de Rulfo sino de Riquelme. Sí, los dos con erre: ru, ri. Eso es todo. Pero vos confundís épocas, profesión, ambiciones. A quién no puede soportar Maradona es a Riquelme, no a Rulfo, que seguramente no le ha hecho nada. En cambio el estilo del sanjuanino lo saca de las casillas. Como aburrido, esperando terminar el partido de una vez para irse a tomar mate. Porque Maradona tiene algo de facho, como esos escritores que usan signos de exclamación y puntos suspensivos. (breve silencio, como si escuchara algo que dice Florencio) 

Amanecer (señalando la pantalla): – Ahí está el Pelusa Sánchez.

Romeo (sin levantar la vista del diario): – ¿Qué Pelusa?

Amanecer: -El Pelusa. Cómo engordó.

Romeo (idem): -Debe comer mucho chocolate. 

Elías: -Ah, no. Mirá: el tipo que pone signos de exclamación es alguien que quiere enfatizar; por las dudas, si no entendiste, prender una lamparita más potente para convencerte de lo que escribió y estás leyendo. En general es el mismo que mete tres puntos suspensivos para terminar la frase, como dejándote un espacio para que la termines vos. Un espacio viciado, porque de lo que se trata es de una invitación a la complicidad, no al diálogo. Cuánto más sutil, más “dialéctico”, es el punto y coma, o el guión que abre y cierra un paréntesis. Recursos que el del signo de exclamación y los puntos suspensivos desprecia o desconoce.

(Nora, que ha salido de escena, vuelve con un pantalón, tijeras, un metro, alfileres, una tiza; se sienta y manipula todo como quien fija planos, cortes y  medidas, costuras.)      

Elías: -Un punto y coma es un respiro, una pausa, una apertura a un complemento. Si querés una vacilación. Y no hablemos del guión, que propicia paréntesis reflexivos, a veces contraindicaciones a lo sugerido por el comienzo de la oración. Si no fuera por el actual desprestigio de la palabra, podría incluso decir que aquí se trata de una actitud más “democrática”.  

Romeo: -Escuchen. (lee) “Para este periodo, el Ministro de Industrias propone utilizar intensamente herramientas de defensa y de eliminación de restricciones para la industria local, según palabras del propio jerarca. Quien agregó que este es un enfoque complementario al de la búsqueda de inversiones. Estas incorporarán lo nuevo y por otro lado defendemos lo existente”. Era hora.

Amanecer (que ha ido hasta la ventana): – Ahí paró una camioneta. Deben ser los del chocolate.

(Nora avanza hasta una silla con el pantalón en la mano. El pantalón está lleno de alfileres y se observan varios trazos de tiza.)

Nora: – Bueno, Romeo. Vení. 

Amanecer: -No, se van.

Romeo: -Eh, ¿quién se va?

Amanecer: – La camioneta. Se va.

(Romeo dobla el diario y lo deja en el piso. Se saca el pantalón y queda en calzoncillos rayados. Va hasta donde está Nora.) 

Nora: – Vamos a ver. Subí.

Romeo: – ¿A dónde?

Nora: -Subí a la silla. ¿Cómo voy a hacer si no? 

(Aparece nuevamente el hombre de la carretilla y repite la operación anterior. Desaparece. Mientras tanto Romeo ha subido a la silla y trata de entrar las piernas en el pantalón que aportara Nora)

Elías: –  Para un novelista, se trata no de saturar instantáneamente los medios de percepción – como es el caso de la imagen- y conseguir con eso un estado de fascinada pasividad en el espectador, sino solamente de alertar con precisión sobre algunos centros neurálgicos capaces de irradiar, de dinamizar todas las zonas inertes intermediarias.

Romeo (que se ha pinchado con un alfiler): – Ay!

Nora: – No te muevas tanto. (tira hacia abajo las piernas del pantalón y corrige algún pliegue.) 

Amanecer (que se ha acercado a sus padres): – Está un poco largo.

Nora: -Largo, largo. Tiene que caer debajo del tobillo. 

Romeo: -A ver. Huum. Sí, un poco largo. 

Nora: – No te agaches porque entonces se sube. (a su hijo) Y vos dejame tranquila (traza unas líneas con la tiza). 

Amanecer: – Ahora un poco corto.

Romeo: – ¿Y si doblo la rodilla?

Nora: – ¿No podés quedarte quieto? A ver, dejame que lo fije con otro alfiler. 

Romeo: – Está mejor.

Amanecer: – Mejor.

Elías: – Lo que aspiro de un crítico literario -y pocas veces sucede- es que me diga, a propósito de un libro, dónde se origina el hecho de que la lectura me produce un placer que no admite sustitución alguna. Un libro que me seduce es como una mujer cuyo encanto me seduce: que se vayan al diablo sus antepasados, su lugar de nacimiento, su medio, sus relaciones, su educación, sus amigos de la infancia. Lo que espero de la crítica es la justa inflexión de una voz que me haga sentir que quien la ejerce está enamorado, y enamorado como yo. Siempre leo esperando esa confirmación. 

Romeo: -Sí, pero todavía un poco corto.

Amanecer: -Un poco corto. 

Nora: -Se puede bajar. (traza una marca con la tiza, se aleja un par de pasos hacia atrás y observa; rodea la silla. Ajusta la parte inferior del pantalón. Suena el timbre de calle).

Amanecer: -Deben ser los chocolates. (va a la puerta; se escucha que dice “gracias”; vuelve a su lugar con las manos vacías).

Romeo: – ¿Quién era?

Amanecer: – El cartero.

Nora: -¿Para quién?

Amanecer: -Para nadie.

Romeo: -¿Cómo para nadie?

Amanecer: -Sí, no traía carta.

Romeo: -¿Y para qué tocó el timbre?

Amanecer: -Para avisar. Para avisar que no había carta.

Romeo (tambaleando en la silla): -Pero los carteros no avisan. Los carteros, si no tienen cartas, no tocan el timbre para avisar que no hay carta. Los carteros llaman a la puerta cuando tienen alguna carta destinada a la gente que vive al otro lado de la puerta. 

Nora: – No siempre. Ya ves.

Romeo: -No veo nada. Lo que veo es que ese cartero se toma muchas libertades. 

Nora (observando su obra): -Así está mejor.

Romeo: -Sigue un poco largo.

Amanecer: -Largo.

Nora: – ¿Y si lo plegamos aquí?

Romeo: -Huuum. 

Elías (citando): -“La ópera italiana, en todo caso el bel canto, sólo resulta interesante si se acentúa su aspecto ridículo”, afirma Groucho Marx. Y esto: “Si el hombre no cerrara soberanamente los ojos, dejaría de seguir viendo lo que merece ser visto”.

Romeo: – A ver. (…) Más del costado, me parece. 

Nora: – Pero la línea de abajo tiene que ser recta.

Romeo: – Lo que pasa es que no tengo los zapatos. Con los zapatos cambia todo. Hijo, pasame los zapatos. (sin bajar de la silla, trata, con mucho desequilibrio, de calzarse). 

Amanecer: – Apoyate en el hombro. 

Elías: -El contorno de la cosa es la cosa.

( Suena el timbre.)

Amanecer: – Voy a ver.

Romeo: – Si es el cartero que vuelve para decir que no hay carta para nosotros, dejámelo a mí. Yo me encargo.

Amanecer: – Sí, es el cartero (entrando) Pero viene acompañado.

Nora: – ¿Acompañado? ¿Por quién?

Ama: – Por unos soldados que bajaron de un tanque. 

Romeo: – ¿Qué tanque? ¿Qué soldados? Ya te dije que yo me encargo. (baja de la silla, sale de escena y vuelve a entrar retrocediendo, seguido por el cartero y dos soldados y un teniente con uniformes de la wehrmacht de los años 40.) 

Romeo: – No, no. No quise decir eso. Un malentendido, seguramente.

Teniente: -¿El señor Romeo Gavioli?

Romeo (cabeceando): -Sí, sí…

Teniente: – Heil. (alza el brazo con la palma de la mano hacia adelante. Romeo vacila, hace un par de movimientos con el brazo y termina imitando torpemente el saludo) Quisimos darle este paquete al cartero (señala el paquete que uno de los soldados tiene en las manos) para que se lo entregara a usted. Pero él se negó diciendo que no entrega paquetes ni cartas ni nada.

Nora: -Ya lo sabíamos. 

Teniente: -Entonces decidimos (mira a su alrededor). ¿Podemos sentarnos? (agitación de Amanecer y Romeo para despejar un par de sillas como respuesta).

Romeo: -Hijo, en la cocina hay un banquito. Como son cuatro…

Teniente(señalando al cartero): -No se preocupe por él. Por el momento es nuestro prisionero. Ya haremos el informe correspondiente.

(El Teniente y los soldados se sientan. Hay un silencio.)

(Romeo, impaciente, emite unos sonidos guturales.)

Teniente: -En febrero de 1945… Podría avanzar unos años pero es importante que conozcan el comienzo. Ya era la desbandada, como saben. Y nuestro pequeño destacamento en Travemünde, en el Báltico, estaba encargado de vigilar la biblioteca personal del comandante, el coronel Ernst Jünger, que incluía las obras completas de su amigo y colega Julien Gracq. Obedeciendo a planes estratégicos de sus superiores, nuestro comandante se plegó a los mismos y decidió abandonar el lugar ordenándonos expresamente proteger y defender la biblioteca, si fuera necesario con las armas. Biblioteca que hasta ahora sigue intacta pues en todos estos años nadie la ha atacado. Pero si estamos aquí es para cumplir sus últimas instrucciones. Es decir, entregarle este paquete (señala el paquete que uno de los soldados depositara en la mesa). Después de bajar la “barranca de mármol” y de alejarse remando en un botecito hasta el submarino Peral que lo esperaba, nunca más supimos del coronel Ernst Jünger.      

Elías: -No hay líneas rectas, Parra. Si por ejemplo vos salís de Bangkok, digamos Bangkok o Las Piedras, siguiendo una orientación determinada y sin desviarte de la supuesta “línea recta”, al final de tu recorrido llegás al punto de partida, Bangkok o Las Piedras. El mundo es una esfera; por lo tanto la recta es una ilusión. Una facilidad de lenguaje inventada por los arquitectos. 

Teniente : -Como decía… (se interrumpe y observa detenidamente el pantalón de Romeo) ¿Y eso qué es ? ¿Qué le hicieron al pantalón ?

Romeo : Bueno, ella, Nora, le está haciendo unos arreglos.

Teniente : -A ver, a ver. (inspecciona el pantalón). Pero esto es horrible.

Amanecer : – Horrible.

Nora : -Vos callate.

Teniente  : -Yo trabajé unos años con mi tío Helmut. Tenía una sastrería en Potsdam. En el 15 de la Fürstenbergstrasse.

Romeo : – Potsdam.

Amanecer: -Potsdam.

Teniente : -Sí, en la Fürstenbergstrasse.

Romeo : – Fruersterbestrase 

Teniente (lo corrige):- Fürs, fürs. Como frank-fur-ter. 

Romeo : – Franfruter.

Teniente:- No, franfruter no. Frank-fur-ter. Fü,fü (abre la boca para indicar el sonido), ü, ü. (alza la mano). Heil !

Romeo ( hace muecas para imitar el sonido, pero lo emite mal) : -Fran…. frur…trasse…

Amanecer : Fürstenbergstrasse.

Teniente : (se vuelve y lo señala con el dedo, asintiendo ; comienza a manipular el pantalón y los ajustes que hiciera Nora).

Elías:- La Duras dice que existe un elemento fundamental que a menudo entra en su cine : el negro -no el negro-negro, un tipo negro, sino el negro como color. Y dice que, por supuesto, en sus filmes no hay pleonasmo alguno entre el texto y la imagen, y dice que entre el texto y la imagen ella concibe la inserción de un negro, y que este hueco negro funciona como un pasaje, como un no-pensar, un estado donde el pensamiento oscilaría hasta desaparecer . Desaparición que se integra a otro negro, el negro del orgasmo, la muerte del orgasmo. (breve pausa) Hasta aquí Marguerite. Yo, aclaro : Quien dice la verdad dice la sombra. (se levanta y sale de escena por la derecha.) 

(Por el otro costado entra nuevamente el  hombre con su carretilla ; vuelca el pedregullo y se va. Mientras tanto el Teniente y Romeo miman una escena en torno al pantalón y los otros dos soldados descubren la TV -se supone que en la isla del Báltico, en los 40, no existía-, la rodean sorprendidos y se quedan observando la imagen invisible para el público. Amanecer se apodera del paquete depositado en la mesa ; lo sopesa, lo agita junto a la oreja ; finalmente lo deposita sin abrir en el piso.  Se escucha un ruido de agua corriendo por el WC ; vuelve a entrar Elías y se sienta en el mismo lugar.)

Nora (acercándose al Teniente y a su marido atareados en el pantalón) : -A mí me parece que va a quedar estrecho en las rodillas. ¿Por qué no corrige aquí con unos alfileres ? 

Romeo : -Nora, el Capitán sabe lo que hace.

Teniente : -Teniente, no Capitán. 

Romeo : -Teniente. (a Nora) En Potsdam su tío tenía una sastrería. En el número 15 de la Franfruterstrasse.

Teniente: – Fürstenbergstrasse. Fürstenbergstrasse. (excedido) Hi ! Hi !

Romeo : -Eso. (a Nora) ¿Por qué no preparás un cafecito ?

Nora (sin moverse): -Nora-se-fue-dando-un-portazo.

(Amanecer y el cartero extraen del bolso de correo un montón de cartas, leen las direcciones y las abren, las intercambian, como un juego. En un momento, Romeo, luchando con el pantalón, empuja involuntariamente con el pie el paquete aportado por los soldados, que aterriza junto a la pila de pedregullo.)

Elías : -Te voy a contar una película. En realidad es una sinopsis : Una muchacha, Verónica Légard, desapareció mientras hacía jogging en la isla de los cisnes, en el Sena, frontera límite entre el XV y el XVI arrondissement -vista aérea de la isla en el Sena-. En la encuesta que siguió, Jeannette, la comisaria -las comisarias están de moda-, descubre que en los últimos tres años desaparecieron otras cuatro mujeres sin dejar rastros. El marido de la primera desaparecida, Roland Liéport, médico y navegante, vive solo en una isla bretona -se escuchan ruidos de olas contra las rocas- y allí se va Jeannette -apresurado taconeo en el pasillo de la comisaría- para empezar su investigación. Pero hete aquí que nuestra comisaria se enamora del bretón -larga caminata de ambos por la playa desierta y amables ladridos del perro que los acompaña, guau, guau-. ¿Habrá un romance entre el médico-navegante y la comisaria ? -se escuchan sugestivos violines, atmósfera de Jean Anouilh, entre leve y grave-.  

(El Teniente sigue midiendo y marcando pliegues en el pantalón de Romeo. Son maniobras  dócilmente aceptadas por Romeo. Hay también cortes de la tela, alfileres, marcas de tiza, pedazos de tela colgando en el respaldo de la silla, a veces Romeo y el Teniente maniobran en el piso, hincados o Romeo acostado, etc.)

Teniente : -Aquí es donde tiene que ir el dobladillo.

Romeo : -¿Ves, Nora ? El Capitán dice que, el dobladillo,¿oíste ? El dobladillo. Y él, en Potsdam, en el 15 de la fras-tru-furt .., bueno, aprendió el oficio con su tío sastre. Helmut .

(entra de nuevo el hombre arrastrando la carretilla, pero ahora vacía, y empieza a llenarla  con el pedregullo acumulado. Sale por donde había entrado. Los otros dos soldados se juntan al cartero y Amanecer, que siguen sacando cartas del bolso de correo y luego de hojearlas las arrojan al piso.)

Teniente : -Helmut decía que no le gustaba nada el estilo italiano ; prefería el prusiano, más sobrio, más viril, decía. Y decía que por eso el dobladillo, porque tiene un peso, una densidad nórdica, decía. Casi luterana, decía. Y yo también lo digo . ¿A quién se le ocurre usar un pantalón sin dobladillo ?

Romeo : -Que lo diga Nora.

Nora : -Yo lo que digo es que Nora-se-fue-dando-un-portazo. (va directamente a la puerta de calle, sale y se escucha un portazo.)

Elías : -De las cosas de las cuales hablamos, Parra, el conocimiento sólo se presenta en estallidos, en relámpagos; el verdadero sentido del texto llega con el redoble muy tardío del trueno.

(suena el timbre de calle)

Amanecer : -Debe ser mamá que se olvidó de la llave (va hasta puerta de entrada). 

(Romeo y el Teniente siguen manipulando el pantalón. Romeo, en calzoncillo rayado, observa los cortes longitudinales que el Teniente, en el piso, aplica a una de las piernas del pantalón.)   

Amanecer (entrando con una caja de bombones en la mano) : -Era el chocolate ! Por fin ! (abre la caja y ofrece a los dos soldados y al cartero, luego cruza hasta Elías y Parraviccini. El primero acepta, pero Parraviccini niega con la cabeza.  Romeo ha trepado a la silla y trata de ponerse el pantalón, que se ha convertido en unas tiras longitudinales que cuelgan hasta los tobillos, como una especie de falda hawaiana. El Teniente lo rodea y ajusta algunos cortes.) 

Elías (para sí mismo): -« El arma que hiere es la que cura. »

(Parraviccini se para, va hasta el perchero al fondo del escenario donde cuelgan un sobretodo y un sombrero. Se calza el sobretodo, se acerca a Elías con el sombrero en la mano y lo enfrenta por primera vez) .

Elías : -¿Qué pasa, Parra ?

Parraviccini (pronuncia lentamente, articulando con energía): -Andate a la mierda. (se pone el sombrero, atraviesa el escenario, se cruza con el hombre con su carretilla vacía, y sale. El hombre de la carretilla  comienza a apalear el pedregullo que antes acumulara. Como el paquete enviado por Ernst Jünger y aportado por los soldados se encuentra junto al montículo de pedregullo, el hombre de la carretilla lo recoge en la pala y lo arroja con el pedregullo a la carretilla.)

Elías : -¿Y vos, quién sos ?

El hombre de la carretilla : -¿Cómo, no te acordás ?

Elías : -No soy muy fisonomista.

El hombre de la carretilla : -Hugo. Hugo del Carril.

Elías : -Pero claro. Hugo. « Las aguas bajan turbias ». ¿Cómo no me voy a acordar ? Sentate, Hugo. (Hugo se sienta en la silla que ocupara Parraviccini. Elías alza un brazo como llamando a un mozo) ¿Qué tomás ? 

Hugo : – Una limonada. (Otro gesto de Elías para llamar al mozo). Con hielo.

Elías : – Allí estaba sentado Parra. Se acaba de ir. Tuvimos una larga discusiôn y de pronto se paró y se fue. No sé lo qué le pasó.

Hugo (mirando hacia un costado, donde debería entrar el mozo) : – No viene nadie.

(Mientras tanto, y desde algún lugar invisible, un ventilador arroja bocanadas de aire que llegan hasta Romeo parado en la silla y ajustando con el Teniente algunos detalles del pantalón recortado en flecos. Los flecos vibran en el aire, mientras los otros dos soldados, el cartero y Amanecer, luego de comer los chocolates, recogen las cartas arrugadas y abiertas desparramadas en el piso y las arrojan dentro del bolso vacío del cartero.) 

Elías (a Hugo) : -George Steiner : « Les Antigones », version française, page deux : « Depuis la Révolution Française, tous les grands systèmes philosophiques sont des systèmes tragiques. Tous métaphorisent le postulat théologique de la chute. Les métaphores sont diverses : chez Fichte et Hegel, c’est le concept d’aliénation de soi ; chez Marx, c’est le scénario de l’asservissement économique ; chez Schopenhauer, c’est le diagnostique de la soumission du comportement humain à une volonté coercitive ; chez Nietzsche … » 

(el reciente Hugo se incorpora sin interrumpir, recoge su carretilla con el paquete encima y sale atravesando el escenario, mientras que, desde aquí hasta el final, la voz de Elías se va apagando progresivamente hasta volverse inaudible ; en algún momento, cuando la voz ya casi no se escuche, una cinta grabada, esta sí audible, retomará el texto y terminará repitiendo solamente algún fragmento y nombres propios, como una letanía) 

« c’est l’analyse de la décadence ; chez Freud, c’est le récit de l’apparition de la névrose et de l’insatisfaction après le crime oedipien original ; chez Heidegger, c’est l’ontologie de la perte de la verité primitive de l’être. Philosopher après Rousseau et Kant, formuler de façon normative, conceptuelle, la condition humaine du point de vue psychologique, sociale et historique, c’est penser de façon « tragique ». C’est trouver dans le théâtre tragique, comme Nietzsche le fit avec Tristan, ‘l’opus metaphysicum par excellence’».   

(la audición de este texto se ha ido debilitando hasta desaparecer, suplantado a su vez, como dijimos, por la grabación de la propia voz de Elías en un crescendo sonoro que invade platea y escenario y se apaga bruscamente (tal vez en la reiteración grabada del « opus metaphysicum par excellence ». Luego del elocuente silencio que sucede a la interrupción de la grabación, Romeo, encaramado en la silla, de frente al público y con los flecos de su pantalón agitándose debido al impulso del ventilador, alza el brazo con su palma adelantada y exclama en alta voz):

Romeo : – FRANFRUTER !

(Rápido apagón. En la oscuridad, todos los personajes abandonan la escena. Se ilumina el escenario desierto. Entra nuevamente el hombre de la carretilla para descargar otra vez pedregullo. Sale de escena con la carretilla vacía mientras la luz comienza a descender hasta la oscuridad total.). Seguna versión posible del final : después de descargar el pedregullo, el hombre de la carretilla avanza hacia el centro de la escena, se detiene frente al público y, sonriendo, saluda con la mano en alto Apagón. .

Jorge Musto (allá por el 2015)

Asia en el corazón

Poemas de Ingrid Tempel


Alter ego

El otro es ese hombre amurallado
que intenta quebrar tus defensas sin bajar la guardia
es un tiburón que recorre la noche
acechando los senos desnudos de las cantantes de tango
midiéndolas
recorriendo con su imaginación cada centímetro de su cuerpo
para que su voz aniquile el ruido de las bombas
o los surcos que sobre su piel dejaron mil heridas.
Pero no hay alcohol que borre esos recuerdos:
la memoria es un verdugo cortés que pide permiso
para desgarrar tus madrugadas
quebrando el esplendor de una pesadilla
con rugidos de tanques y monstruos vestidos de uniforme.
Ahora los días transcurren apaciblemente
aunque los niños que claman a medianoche
reabran viejas heridas
y otra ciudad sea bombardeada en primavera.


Guitarra melancólica

Ahora que ya no busco tu cuerpo
en los devastados territorios del insomnio
y que ni siquiera la caricia de tu voz me aprisiona
camino descalza como si pudiera encontrarte allí
pequeñito tibio tiernamente mío
entre los fríos maderos de la noche y mis huesos
surgiendo desde lo más profundo de tu desamor
desafiándome a no quererte ya
como si supieras que este silencio
no es más que el eco de mi amor en la distancia.
He aprendido a burlarme de mí misma
a imaginarte besando los senos de mujeres anónimas
a pulsar en la guitarra arpegios melancólicos
y a no tenerme lástima
aunque duelan estas manos
que lentamente se habitúan a la soledad.


Centinela en un cielo Magritte

Ese miedo que a medianoche
se incrusta en las húmedas paredes del insomnio
allí donde combato la oscuridad con jazz
mientras avanzo con las manos estiradas
hacia las cicatrices de mi pasado
y un centinela en un cielo Magritte
vigila mis pasos en los túneles de la noche
ese miedo persiste como las otras ciudades que descubrí extasiada
ante la infinita variedad de los amores y los odios
que construyen fortalezas para que la Historia instale sus armas.
Confieso que la esperanza jamás me ha abandonado
y continúo despertando en busca de un oasis
aunque ese centinela me espíe desde los laberintos
de un cielo Magritte que amenaza tragarme para siempre.


Desequilibrios

Si busco respuestas que me conduzcan a cierta armonía
ahora que camino nuevamente por París
acompañada por la impura voz de mi memoria
que no es una cantante de blues ebria de cólera entre las llamas
ni Cavaradossi interpretando E lucevan le stelle
antes de ser ejecutado 
es porque a pesar de mi lucha permanente 
con los precipicios del insomnio
sospecho que el tiempo terminará por destruirlo todo:
la familia edificada sobre las ruinas del pasado
el amor que intenté salvar de las batallas cotidianas
y las plegarias murmuradas contra los zarpazos del silencio.
En esta lucha con el desequilibrio entre mis deseos y la realidad
no encontré un shibboleth que me permitiera sobrevivir 
a los estragos de la violencia íntima
y llevo décadas armando una muñeca sonriente
que me reemplace en este mundo sanguinario.


Autopista hacia el mar

Podría comprar un auto veloz
cargarlo con cientos de canciones
y emprender un viaje hacia los confines de Europa
confiando en que al azar de los encuentros
descubriré un hombre como tú
que me seduzca con boleros y vino
o que me haga temblar cuando súbitamente calla
para mirarme con ojos de pirata ebrio
mientras sus manos me pliegan con ternura
en un lecho de hotel.
Las voces que en la autopista me conducen al mar
callan cuando te recuerdo concentrado
preparando una nueva aventura
entonces vuelves a ser un desconocido
un misterioso peregrino de furias asesinas
que acecha en la próxima encrucijada
dispuesto a atacarme en lo más íntimo de mi memoria
a quemar los mapas que atesoro
para fugarme de esta ciudad
donde todo me recuerda un pasado de furias y traiciones.
Mientras atravesamos las fronteras observo tu rostro
transformándose con la risa
y recuerdo nuestras primeras batallas
nuestras primeras treguas
hasta que el deseo volvió a enfrentarnos
en un duelo infinito.
Las rutas de Francia se abren hacia paisajes nuevos
donde todo me recordará tu ausencia
cuando amanezca buscándote en la oscuridad
y de ti no me quede más que el recuerdo de tu voz
perdiéndose en los acordes de mi guitarra.


Celebración

No hay silencio que resista
a esta celebración animal de un nuevo día
ni cuerpo que sobreviva a tantas fugas y traiciones
mientras la fauna del jardín continúa reproduciéndose
y los turistas arrastran valijas llenas de tesoros
hacia los bulliciosos aeropuertos de la jungla urbana.
Cada uno de ellos reanuda su ciclo de separaciones
guiándose por una brújula que este verano
sedujo a las secretarias tristes
que soñaban con un amante griego
y a los ejecutivos marchitos que pagaron bailarinas asiáticas
antes de que el otoño los confinase nuevamente
en celdas donde cada jefe es esclavo de su propia codicia.
Algún artista dibujará a los animales prehistóricos
que encontró flotando en la costa de Greenport
buscando la felicidad en un mundo tan remoto
que ni zoólogos ni poetas han podido descifrar su clave.
Ahora que la vida es tan larga y el amor tan breve
infinita es la esperanza de los gatos que atraviesan el jardín
allí donde los seres humanos están a su servicio
aunque hinquen los colmillos majestuosamente
en su último espacio de libertad.


Acordes y disonancias

Sólo un pintor puede disponer el cuerpo de una mujer
frente a la luz como un arcoíris en las sombras
abierto a las tinieblas cuando es volcán

             fogata

                           mariposa
eco de las sonrisas que el amor esconda
a los censores del placer.
La ha desnudado sin pensar en el deleite 
del marchand que medio siglo más tarde
intentará en vano reconstruir los cuerpos
antes de que el óleo esbozara un mapa de ese furor
que ahora los mira a través de los músculos maltrechos
de tanto herirse amándose
o de tanto amarse hiriéndose
que es lo mismo que mirarse para siempre
en las pupilas de un verdugo ciego.


Asia en el corazón

Pensábamos en Shigeru Umebayashi una noche de enero
mientras la nieve caía en el jardín, lejos, muy lejos de Hong Kong,
allá donde los cuerpos siguen sendas solitarias entre los rascacielos
y la piel es el infierno cotidiano de los amantes separados.
Las músicas del amor son infinitas si el tiempo no existe
o creemos ingenuamente detenerlo con este silencio
inmunes al dolor que nos amenaza cuando nuestras voces
callan la certeza del olvido.
Es hora de confesar que los relojes se pararon anoche
que nunca podré desearte más que cuando volamos juntos
hacia un territorio donde tus ojos ocupan toda la oscuridad.
Asia en el corazón y tu mordiéndome
millones de hombres y mujeres persiguiéndose
y tú rechazándome
evitando mirarme mientras busco una clave
que te retenga unos minutos más
en este desierto de asfixiante belleza.

Otro sur, otras derrotas (1997)

de Jorge Musto

Aunque motivado por su centenario y enterado de que había vendido sus propiedades en Yoknapatawpha para instalarse en Ginebra, carecía, sin embargo, de otros datos sobre su paradero. Pero el azar me ayudó la semana pasada en la forma de un pequeño aviso publicado en la «Tribune de Genève», donde un cierto Ratliff ofrecía a la venta una vieja máquina de coser. La voz femenina que respondió al teléfono tenía resonancias de la tierra fértil, dijo llamarse Eula y entonces le pregunté, no por Rafliff y la máquina de coser sino directamente por el Maestro. Con el pretexto de su centenario, en pocos minutos obtuve la entrevista. Y no me sorprendió que esa misma tarde me esperara frente a su casa con dos caballos ensillados.

-No soy un hombre de letras – me dijo Willian Faulkner cabalgando a mi lado -, solamente un escritor. Además, dudo poder hablar más de dos minutos sobre algo que valga la pena.

Íbamos al paso, bajando hacia el lago por la estrecha y arbolada calle de Vélizy.

-Por eso -agregó- no entiendo por qué quiere hacerme una entrevista. Todas las anteriores fracasaron.

-Puedo intentarlo.

-Sí. Y recuerde que el hombre puede ser derrotado pero no vencido.

-…

-Sí. Y recuerde también que la victoria no necesita explicaciones. Se basta a sí misma. Mientras que todo el mundo contempla la derrota y los invictos que, debido a ella, sobrevivieron.

-Y la contaron.

Me miró y la mirada era triste pero paciente y testaruda.

-No se haga ilusiones: nada puede ser contado.

Los cascos de los caballos marcaban un ritmo excesivamente sonoro en la calzada. Tal vez fuera a causa del silencio, del amarillo de ese verano ginebrino, de los jardines desiertos al otro lado de las verjas, del Maestro a mi lado, recto en su montura como un álamo, o como un vengador, pero de pronto me sentí desalentado por la entrevista que me había propuesto. Al llegar a la ruta de Lausana quizá podríamos galopar. 

– ¿Es por eso que usted no describe los hechos, sino sus causas o sus consecuencias? Sartre lo considera desleal porque según él nos escamotea la única cosa que interesa.

-Pero no. Los hechos carecen por completo de interés. Lo que realmente importa está antes o después. El incendio de la casa de Sutpen, por ejemplo. Exceptuando a los bomberos y la compañía de seguros, es algo que deja a todo el mundo más bien indiferente.

-Pero se tomó bastante trabajo para escribir «Absalon, Absalon!».  

-Porque quería saber qué había pasado antes del incendio, es decir la historia de Thomas Sutpen.

¿Y lo supo?

-En parte. Ya le dije: nada puede ser contado. Pero es posible ensayar. Miss Rosa, Quentin Compson y Shreve lo hicieron. Desde puntos de vista diferentes y hasta contradictorios. Usted puede agregar luego el suyo. Y tal vez se aproxime a la verdad. 

– «En otros tiempos hubo un verano de glicinas», comenta Miss Rosa.

-Se aproxime a la verdad. Sí – y continuó hablando sin mirarme-. Sí. Pero tampoco pudo conocerlo. Era una vendimia de glicinas, una dulce conjunción de raíces, flores y ansias, horas y tiempo. Tenía apenas 14 años y ningún hombre la había mirado con atención, pues no sólo era más niña que mujer, sino menos que cualquier especie femenina.

Volvió la cabeza hacia mí y sonrió:

-Todo eso está mejor dicho en «Absalon».

-Justamente – intenté protestar. 

Él había detenido su caballo porque el semáforo estaba en rojo. A esa hora de la tarde había bastante tránsito en la ruta de Lausana. Aguardamos en silencio hasta poder doblar a la derecha y continuar al paso.

-Yo quería preguntarle por qué ese lenguaje, esa sensualidad, ese barroquismo. 

– ¿Qué lenguaje? Crecí y me crie en el establo de mi padre. Luego, en el pueblo, ¿sabe cómo me llamaban? «Conde sin condado». Dos malentendidos. Quizá la escritura sea apenas un intento de establecer un equilibrio justo.

-No tuvo suerte con sus compatriotas. En el exterior lo estiman más que en su propio país. 

-El problema en Estados Unidos es la mitificación del éxito. Lo que allá necesitamos es un puñado de mártires-pioneros que entre el éxito y la humildad elijan lo segundo. Ellos querían un escritor que les ayudara en sus cuentas bancarias morales. Yo soy muy puritano.

-Usted siempre vuelve a esos valores, a esos conceptos algo solemnes y con mayúsculas: especie, voluntad, orgullo, destino, espíritu …

Luego de un silencio que utilizó para ajustar las riendas y acariciar el pescuezo de su caballo, habló sin rencor alguno:

-Todo el tiempo he escrito sobre el honor, la verdad, la piedad, la consideración, la capacidad de resistir al dolor y la mala suerte y la injusticia …

-Sí, el penado alto de «Palmeras salvajes».

-Y Lucas Beauchamp y Bayard Sartoris y el cabo de «Una fábula» e Ike McCaslin y … He escrito sobre eso porque soy un sureño, un tipo del Mississippi. ¿Sabe lo que eso significa?

-Conozco su respuesta de 1955, en Japón, cuando alguien le preguntó si le gustaba el Sur.

-Bueno, sí, lo amo y lo odio. Pero no basta. El Sur perdió una guerra en 1865. Y la siguió perdiendo varios años después. Yo soy un producto de esa derrota. 

– «Arraigado en la tierra con la seguridad y la inevitabilidad de un árbol».

Sonrió, separando apenas sus labios delgados.

-No lo escribí yo, pero pude haberlo hecho. 

– ¿Yoknapatawpha es una síntesis?

-No una síntesis regional, si esa es la pregunta. Inventé el condado de Yoknapatawpha por la misma razón responsable de la longitud y la torpeza de mis frases y mis párrafos. Trato de reducir mi experiencia individual del mundo a algo compacto que pueda ser tomado entre las manos sin dificultad.

Estábamos en el cruce de la Avenida de la Paz que conduce al Palacio de la ONU. A nuestra izquierda, la antigua sede de la Oficina Internacional del Trabajo. Mientras esperábamos el cambio de luz en el semáforo, Faulkner continuó:

-Repito la misma historia una y otra vez, y esa historia concierne al mundo y me concierne personalmente. Intento decir todo en una misma frase, entre una mayúscula y un punto. Me propongo reunir todo en la cabeza de un alfiler. No sé cómo se hace. Lo único que sé hacer es seguir tratándolo de formas nuevas. Me inclino a creer que mi material, el Sur, no tiene mucha importancia para lo que hago. Simplemente ocurre que lo conozco, y en la vida no hay tiempo para aprender otro lugar y escribir. Aunque es probable que el que conozco sea tan bueno como cualquier otro. La vida es un fenómeno, no una novedad. Siempre la misma carrera hacia nada y en todas partes el hombre hiede de la misma manera.

Se incendió la luz verde y el caballo de William Faulkner, espoleado por el jinete, partió al galope hacia el muelle Wilson que bordea el lago Léman. Lo seguí, aprovechando que allí las luces estaban sincronizadas para una velocidad regular del tránsito.

Yo iba dos metros más atrás de esa figura elegante, apoyada en los estribos con las rodillas flexionadas y semi-incorporada en su silla de montar, desplazándose horizontalmente por encima de los techos de los automóviles. Un poco más adelante se encontraba el puente del Mont Blanc y había que detenerse para girar 90 grados a la izquierda. Pude ver que el puente estaba completamente embanderado.

Tiré de las riendas y quedé de nuevo junto al Maestro. Tenía el rostro cerrado a cualquier expresión y respeté su silencio.

Cuando reiniciamos la marcha al paso, me indicó con la mano las enormes banderas de todos los cantones suizos que colgaban lacias a cada lado del puente.

-Mire. Mire y recuerde que todo lo que dijo Tolstoi sobre Ana Karenina fue que era hermosa y que podía ver en la oscuridad como los gatos. No necesitó más para describirla.

Quedé esperando la continuación. Creo que quería decir algo más y se arrepintió, porque sacudió la cabeza y murmuró algo inaudible, como para sí mismo. Flanqueado por la multitud de banderas, iba más erguido que nunca en su montura: parecía un caballero medieval regresando triunfante de las cruzadas.

Bordeamos el Jardín Inglés y seguimos por el muelle Gustavo Ador.

-Está en el corazón de un bosque, en el burdel de la señora Reba, en el Paso del Francés, en la tragedia de Joe Chrismas y en el escarbadientes de oro del viejo Lucas, en cualquier negro o cualquier blanco con una gota de sangre negra del Condado de Yoknapatawpha. El Sur está allí – dijo altivo como un general con el uniforme desgarrado -. En la conciencia aguda de la orgullosa y vergonzosa historia de su pasado descuidado, galante y opresivo. El Sur.

Bueno, me dije a mí mismo, si no encuentro alguna pregunta o un pretexto que lo saque del tema, seguirá dando vueltas al Sur durante toda la tarde. 

– ¿Sabe qué novela me hubiera gustado escribir? «Cien años de soledad». Considero a los Buendía como hijos putativos de la implacable voluntad de Thomas Sutpen. Versión tropical, por supuesto. Quiero decir: no la tragedia sino lo grotesco, no la desesperación y las llamas sino el delirio y el esperma.

Me pareció que la brecha estaba abierta.

-Y de Juan Carlos Onetti, ¿qué opina? 

– ¿Ese uruguayo entrevistado 32 veces por la misma periodista, María Esther algo? Creo que escribía textos tan tristes como él.

Ya que estábamos, le pregunté sobre los autores que más lo habían influido

-Hay una conocida lista elaborada por los críticos. No la discuto. Es su trabajo.

-Sí. ¿Pero según usted? 

– ¿Aparte de haber copiado a Joyce y a Dostoiesky? – rio brevemente -. A otro que copié fue a Juan Sebastián Bach. Nadie lo menciona. No sé por qué, pero cuando se habla de influencias sólo se incluye gente que trabaja con las mismas herramientas que uno. Los músicos son influidos por otros músicos; los pintores por otros pintores -hizo una pausa-. Bueno, pero una vez escuché el Misericordia del «Magnificat» de Bach y me dije: yo quiero escribir así, voy a escribir así. 

– ¿Así, cómo?

-Lea cualquier párrafo de «El oso», de «Intruso en el polvo», de «Luz de agosto». Trate de leerlos no para descubrir inmediatamente la realidad, sino siguiendo las líneas sinuosas que van cercando esa realidad, el «acontecimiento», como dijimos antes, y escuche las palabras que la van desocultando. Pero escúchelas -enfatizó-. Es decir, léalas con el oído. Uno puede llegar incluso a leer un escritor mediocre, pero escucharlo resulta insoportable. Si esos párrafos míos no le dicen nada a su oído, tire el libro, no nos entendemos, usted está tratando de leer algo que yo no tuve la intención de escribir. 

– ¿Es un problema de estilo? 

-Pero no, nada tiene que ver con el estilo. Bach era luterano y hacía proselitismo porque creía en algunas cosas. A mi modo, yo también soy proselitista. Y un escritor que siente la necesidad de expresar algo en lo que cree, que está presionado por esa necesidad, no puede perder mucho tiempo en problemas de estilo. Y además el estilo no es una técnica y ni siquiera un problema. ¿Comprende?

-Comprendo. No le gusta Borges.

-Borges dijo algo muy inteligente. Cuando le reprocharon que viviera en Ginebra por ser una ciudad muy aburrida, contestó que en Buenos Aires todas las esquinas se parecen, mientras que aquí son todas diferentes. Pero Borges no sabía andar a caballo. Y no siento ningún respeto por alguien incapaz de montar a caballo.

Movió las riendas hacia la derecha y lo seguí. Atravesamos la entrada del parque de Eaux-Vives y marchamos al paso bajo la bóveda formada por los viejos árboles que bordeaban el camino curvo y ascendente. 

-Maestro -dije algo solemnemente-. ¿Es cierto que «El sonido y la furia» comenzó como un cuento corto?

Luego de un silencio sólo alterado por los cascos de los caballos resonando en el pavimento del camino, Faulkner dijo: 

– ¿Dónde comienza una novela? ¿Y qué es una novela sino el largo, trabajoso, obstinado y a veces espléndido fracaso de justificar su primera frase? No una frase, el comienzo de «El sonido y la furia» fue una imagen. Es lo mismo. La imagen de Caddy y su calzón sucio, vista desde abajo cuando trepa al peral de la casa de los Compson. La visión es de Benjy, el idiota, y me puse a contar sus experiencias de ese día en primera persona. Quedó incomprensible, ni yo mismo me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Y entonces tuve que escribir otro capítulo, esta vez contado por Quentin. Pero la versión era unilateral y fue necesaria otra, la de su hermano Jason. En ese momento la confusión era total. Sabía que ni siquiera estaba cerca del final y entonces tuve que escribir otra sección desde fuera, como un extraño, el autor que cuenta lo sucedido. Es decir que la historia fue contada cuatro veces. Ninguna de las versiones estaba bien, pero había sufrido tanto que no pude desprenderme de nada ni tampoco recomenzar: ahí quedaron las cuatro secciones y así fue publicado. Sí -agregó tras una pausa-, debe ser por eso que me gusta tanto ese libro. Porque fracasó cuatro veces. 

– ¿Sabe lo que dijo Hemingway de usted? Dijo «Faulkner tiene más talento que cualquiera de nosotros. Pero su problema es que nunca se anima a desechar lo que no tiene valor. Yo me conformaría con ser su agente literario».

-Es su propio agente. Y muy bueno.

En la terraza del hotel había unas cuantas señoras tomando té debajo de sombrillas. Rodeamos el hotel y cuando llegamos a las canchas de tenis nos apeamos. Atamos las riendas en el alambrado.

Lo vi por primera vez en toda la tarde. Me sorprendió su baja estatura, y los pantalones de montar y la ajustada chaqueta de cuero y una fusta en la mano le daban un aspecto entre rural y desafiante. El cabello blanco y los bigotes, con las guías en punta, acentuaban esa arrogancia provinciana. La piel del rostro, agrietada sobre el dibujo noble del cráneo, parecía mantenerse viva sólo por una especie de terquedad invencible de los huesos. El mentón decepcionaba, sobre todo en relación con la soberbia exhibida por la nariz fuerte y agresiva. Y los ojos, sabios e indulgentes, se posaban como distraídos en la arista de las cosas y en la serena luz de la tarde.

Caminamos hacia un banco de madera. Frente a nosotros se extendía un amplio territorio de césped muy cuidado y en declive hacia el lago. Lejos, cerrando el horizonte, el Jura. Azul.

Faulkner sacó una botella chata del bolsillo de la chaqueta. 

-Para mantener la leyenda. De mi propio alambique – dijo sonriendo y llevándola a los labios.

-Sherwood Anderson cuenta que en Nueva Orleans usted vivía permanentemente borracho. 

-Sherwood Anderson! -exclamó con sorpresa-. ¿De dónde saca a esos cadáveres? Sí, me emborrachaba con el fantasma de Malcolm Lowry, que ya había escrito «Bajo el volcán» y no tenía absolutamente nada más que hacer en la vida. Era un excelente jinete. 

– ¿No siente nostalgia de esa época? 

– ¿Por qué nostalgia? Sólo existe el pasado. El presente es ilusorio. El primer reloj que tuve fue un regalo de mi padre, quien me dijo: «No te lo doy para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando logres olvidarlo y no gastes tu aliento tratando de conquistarlo». Porque no hay batalla victoriosa. Ni siquiera existen las batallas. El campo de batalla no hace sino revelar al hombre su propia locura y su propio desconsuelo, y la victoria es una ilusión de filósofos y locos. 

– ¿Y su pasado, Faulkner?

-Mi pasado es ahora, hoy. Porque la memoria no necesita recordar: la memoria conoce.

Cada tanto tomaba un trago y era evidente que no tenía la menor intención de invitarme. Yo tenía un montón de preguntas acumuladas y no sabía por dónde empezar. Quería que me hablara de los Snopes, de su actividad como golfista profesional o como guionista en Hollywood, del tiempo en que era empleado de correos en la universidad de Mississippi; que me hablara de su bisabuelo, el coronel, antes de que agregaran la «u» al apellido Falkner.

-Maestro – dije -, tiene razón: renuncio a la entrevista. Pero va a tener que ayudarme.

Me miró y vi que rechazaba mi ruego suavemente pero sin asomo de piedad.

-Ayudarme -insistí- a terminar este diálogo, esta escena, esta mentira.

-Dos es la cifra mínima para discutir un error. Pero uno es suficiente para cometerlo. No -dijo-. No.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando hacia adelante en esa hora de la tarde en que los ruidos diversos parecen concentrarse en un silencio único y perfecto antes de que la luz del día comience su definitiva decadencia.

De pronto escuché el sonido sordo de las pelotas de tenis rebotando en las cuerdas tensas de las raquetas, a nuestra espalda. Supe que era demasiado tarde.

-El hombre prevalecerá – sentenció Faulkner en preámbulo a algo que luego me resultó familiar. -Prevalecerán las viejas verdades del corazón: el amor, el honor, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Y también el arte, que es mucho más simple de lo que la gente cree. Porque hay muy pocas cosas sobre las cuales escribir. Todos los temas conmovedores son eternos en la historia humana y han sido desarrollados desde siempre. Y si un hombre escribe con suficiente energía, sinceridad, humanidad, y con la inalterable determinación de no estar nunca, nunca satisfecho, entonces repetirá aquellos temas, pues el arte, como la pobreza, cuida a los suyos, comparte su pan.

La mirada se le había vuelto súbitamente dura, terrible.

-Tenía razón -dije. – La entrevista es imposible.

-Sí -dijo casi sin mover los labios. -Pero recuerde que no hay consuelo de paz en tener razón.

J.M.  

Dos textos

de Gustavo Wojciechowski

I

Podría escribir un libro de poemas sobre los músicos que admiro. Uno por cada uno de ellos. Miles Davis, Mateo, Piazzolla, Malher, Zappa. Pero sería demasiado extenso. Lo dejo para las próximas vacaciones. (En este fin de semana ya no me da).

Podría escribir un libro de poemas como si fueran tomaduras de pelo, parodias de los miedos que me describen. Pero los parodistas nunca me gustaron, ni los charoles, ni los chocolates, ni siquiera por un fin de semana de febrero.

Podría escribir un libro de poemas sobre los ecos del pasado que melancolean en el poema del presente. El tablado donde nos representamos con un disfraz, como si fuera la realidad, como si el poema lo fuera. Tantos tangos tontos que casi nadie puede descifrar. Chocolate amargo. Pero… entonces: para qué?

Podría escribir un libro de poemas sobre las preguntas fundamentales que un hombre se haría promediando la mañana o el tercer whisky de la noche. Código cerrado que no busca respuesta ni representarse. Pero me resulta fundamentalmente grandilocuente, trascendentalote, intelectual de fin de semana. Sería demasiado serio. Y… ¿dónde queda el hombre de la calle? ¿A quién le puede importar si el tal que se preguntaba era un hombre culto o si la calle en cuestión se llama Culta?

Podría escribir un libro de poemas como si fueran adivinanzas, un juego intelectual e ingenioso de palabras cruzadas. Como si la poesía no tuviera solución. Cuanto más encriptado más inteligente me consideraría. La cultura un signo secreto a decodificar. Un disfraz de mis frases. Pero sería eso. Tratar de ocultarme y no escribir lo que quiero o tengo que escribir. Tan simple como la complejidad. Tan complejo como la poesía.

Podría escribir un libro de poemas ligeros, livianos, sin ninguna pretensión, como caminar en alpargatas –las dos cuadras de la calle de infancia, José Culta– pisando la tardecita cualquiera, recuperando cierta ingenuidad. La palabra “cualquiera”. Después de todo son sólo poemas. Pero no se me antoja. “Después de todo” yo soy el que escribe, mi dueño y hago lo que se antoja. (Si usted quiere otra cosa, pues bien… escríbalo usted mismo. Qué joder).

Podría escribir un libro de poemas antojadísimamente, premeditadamente, como una promesa o condena a cumplir. Por ejemplo: escribir un poema cada mañana, al despertarme. Sin importar domingos o feriados. Sin tregua. Metódicamente. Al método dedicarme. Riguroso con el cometido. Una obligación. A propósito del propósito. Oficiar de oficio. Como un soldado fiel. Como cualquier profesional que se precie de tal. 1. Pero… ¿la palabra cualquiera? La palabra cualquiera regurgitándome otra vez. Yo no quiero ser cualquiera. Quiero ser diferente, bien distinto. 2. Pero tal vez sólo me estoy distrayendo… y lo del método parece ser sólo un pretexto, un entrenamiento, un aperitivo. Buscarme la lengua –cuando no tengo nada que decir– por si finalmente algo aparece. Palabrerío. Cháchara. 3. Pero soy un tipo poco perseverante y me aburro enseguida y quiero pasar de una cosa a la otra, ya que lo más importante de la vida son los cambios. 4. Pero yo no quiero ser profesional. No quiero tener ningún compromiso de dependencia. Quiero ser amateur. Un amador.

Podría escribir un libro de poemas encabalgados, uno tras otro, de continuo, como los días ordenados de la semana. Donde cada poema continúe al siguiente y de pie al anterior. Pero es como volver a volver, ese tropezón inesperado en lo que fui y ya no hay forma de remediarlo, volver a volver, ese tropezón inesperado en lo que fui y ya no hay forma de remediarlo, ese tropezón.

Podría escribir un libro de poemas donde cada poema no tuviera nada que ver con el otro, que no le debiera ni media palabra, sin ninguna repetición, libre totalmente. Pero la libertad es un poema que nunca se podría escribir.

Podría escribir un libro de poemas imposibles pero solo hago lo posible… y… ¿a quién le puede interesar lo posible?

Podría escribir un libro de poemas tan cortitos como una frase. Pero no tan largos como la palabra “pero”.

Podría escribir un libro de poemas sobre la brevedad, lo breve del tiempo o la vida. Esa extensa lápida donde apenas nos movemos. El instante minúsculo que se evapora. El flash que nos encandila y se escapa. Un parpadeo. Pero la foto no está. No queda nada. Ninguna imagen. Nada.

Podría escribir un libro de poema sobre la nada. Escribir simulando que estoy escribiendo algo cuando en realidad no digo nada. Un mero ejercicio y que, por debajo de la cáscara o de cada palabra, sólo reluce la nada. Un engaño. Una farsa. Una caja vacía. Un malabarismo. Parece ser sólo un pretexto, un entretenimiento, un aperitivo. Buscarme la lengua cuando no tengo nada que decir. Palabrario. Cháchara. Pero, si lo sé, si sé que puedo hacerlo, para qué hacerlo? Alcanza con eso, con saberlo. No es necesario escribir.

II

martes 28 

recién a las 21:00 llegaron los de la emergencia móvil
parecían astronautas del siglo de las sombras
eran tres
me tomaron la fiebre me auscultaron controlaron la saturación de oxígeno
–te llevamos
                      me llevaron
pude preparar mi bolsito: un piyama tres libros
tapabocas
y me acomodo en la negra silla de ruedas                    ahí vamos
al rato ya estaba sentado en la emergencia sillón negro
me enchufaron la vía en el brazo derecho
mi respiración seguía deficitaria
–te vamos a pasar a sala aislada para hacerte el test
ya casi se terminaba el día 

miércoles 29

mi sillón seguía negro y no era mío
pero yo sobre él seguía esperando
sin pegar ni medio ojo hasta las 09:00 de la mañana
me pasan a sala aislada
abandono el negro sillón
me hacen el test
–sí, duele un poco, si lagrimeas es que está bien realizado
joder
pues bien           llega el desayuno me como el primer libro
el almuerzo la merienda y antes de la cena liquido el segundo
el médico me informa que dio negativo 
:no tengo coronavirus
sí     una infección en mi pulmón derecho
–te vamos a pasar a sala común
–no me puedo quedar acá, que estoy tan bien?
–no, se necesita esta sala, vas a una común
joder
no quiero
me pongo nervioso
no quiero mudarme
se hace tarde
entrecierro los ojos me duermo me despierto me sobresalto tiemblo 
estoy muy nervioso
cansado
pasan los minutos las horas se termina
el día a las 23:45 pregunto y la enfermera (una cualquiera
con tapabocas son todas casi iguales) me dice
–acuéstese nomás
tardo en aflojarme
me duermo 

jueves 30

sigo aislado en la sala
luego del desayuno llega el médico me dice
–te vas para tu casa con internación domiciliaria
lo mejor que me puede pasar
armo mi bolsito me queda sólo un libro
lo liquido de puro contento
viene el almuerzo y nada        la merienda y nada
mi esposa me manda un mensaje
–vinieron a traerte el oxígeno
ok, yo todavía en la sala
una hora más tarde es mi hija martina que me manda un mensaje
–pá           vinieron dos enfermeras a pasarte el antibiótico
ok y yo todavía en la sala
viene la cena
                      me como la cena
a las 23:45 pregunto
–me quedo, no?
–no, usted es el próximo traslado
–a esta hora?
–sí, a esta hora
ok
pasa un rato
dos        tres         cuatro
viernes primero
primero de mayo
vienen a buscarme
me tengo que poner túnica tapabocas gorro
y sentarme en una silla de ruedas
vamos para el ascensor
me voy
                llegamos
la ascensorista nos dice
–me parece que los camilleros se fueron
no puede ser
llaman por teléfono

         se fueron a llevar a otro paciente
me devuelven a la sala
pasa otra hora limpiamente
me viene a buscar otra vez parece que me voy
llegamos
llaman al ascensor: nada
vuelven a llamar: nada
insisten: nada
golpean un poco la puerta del ascensor: nada
golpean más fuerte: nada
llaman por teléfono
la ascensorista nos está esperando en el quinto piso
nosotros estamos en el cuarto
al fin llega
                    me voy
el ascensor baja raspando la cueva negra
me indican que suba a la ambulancia
abandono la negra silla de ruedas
subo
arranca
bulevar artigas
qué raro no dobla por rivera
doblará por maldonado pienso, no
sigue de largo
no entiendo porqué carajo alarga tanto el camino
paciencia, será una vuelta más
ya son las 01:45
bulevar hasta el final     club de golf     zorrilla     la rambla
derechito derechito por la rambla rumbo a la ciudad vieja
tiene que subir por alzáibar
no sube por alzáibar
sigue por la rambla se pasa
se recontra pasa
pasa la escollera sarandí sigue de largo se pasa
se mete a contramano por una calle
para
recula              marcha atrás
vuelve a avanzar por la rambla es decir a alejarse
se mete por otra
entrepara en cada bocacalle para mirar los cartelitos de cada calle
está perdido    muy perdido    totalmente perdido
para
le pregunta a unos pibes que están en la esquina tomando vino
             ese es mi barrio
le indican correctamente cuál es buenos aires
            ese es mi barrio
llego
estacionan en la vereda de enfrente
son las 2:30 de la mañana
frente por frente a la puerta de mi casa
yo con túnica tapaboca gorra bolsito e infección pulmonar
cruzo la calle
                           toco timbre para avisar que llegué
abro la puerta de calle
mi mujer corrió las macetas para hacer lugar a la silla de ruedas
no era necesario            no hay silla de ruedas
atravieso caminando el patio descubierto silbando la internacional
por las dudas no nos damos un beso
aunque hubiera sido necesario
mañana a las 07:00 vendrán
enfermeras a pasarme el antibiótico
a dormir
es necesario           me digo