El precursor que sigue aguardándonos

Nacido hace hoy exactamente doscientos años, Charles Baudelaire no fue incluido por Paul Verlaine en su antología Los poetas malditos (1884/1888) ni por Rubén Darío en Los raros (1896). Esta ausencia no impidió que su nombre quedara exhalando tufo a opio, haschich, alcohol y flores putrescentes. Muerto a la vida por anticipado a la confección del malditismo y de la rareza como (presuntas) virtudes poéticas, su nombre quedó encarnándolas: ratificar o desmentir estas atribuciones no tiene mucho interés. ¿Quién que es (creador) no es raro? ¿Qué poeta puede reclamarse del benditismo?

Tanto más que estas calcomanías endosadas al nombre de Baudelaire ocultan la asombrosa singularidad de su obra, solo comparable en el singularísimo siglo XIX francés con la de Gustave Flaubert, también nacido en 1821, también víctima en el mismo año (1857) de denuncias y procesos judiciales, también atento al lenguaje, también objeto del desdén incomprensivo de Jean-Paul Sartre, también intransigentemente radical.

En los juicios por Las flores del mal y por Madame Bovary que padecieron en 1857 Baudelaire y Flaubert, el cargo formulado fue “ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres”. Perduró una diferencia: si Flaubert fue absuelto, Baudelaire fue condenado y la revisión de su caso solo sucedió casi cien años después, en 1949 y con el voto en contra de un miembro del Tribunal. En algunas ediciones escolares francesas de Les fleurs du mal de los años sesenta aunque previas a Mayo del 68, aparece el poema “Au lecteur” con una estrofa sigilosamente faltante, obra de la censura. En mi ejemplar, comprado de segunda o tercera mano tal vez a fines de los años setenta, un propietario anterior que firma “Pedro Progreso” escribió en la portadilla y en español: “Por fin me deshice de este puto libro, panfleto, nido de decadencia”. Hoy, cuando otra corrección y otras buenas costumbres vuelven a preceptuar sobre temas, personajes, enfoques, autorías y traductorías, los pormenores de estos juicios vuelven a ser aleccionadores.

Fuera de diferencias judiciales o anecdóticas (uno recluido en su casa normanda a orillas del Sena; otro en París cambiando de domicilio sin parar, rehuyendo alquileres y adeudos constantes) Flaubert y Baudelaire comparten una contracción al trabajo, una castidad y una subversión intransigente que hacen de ellos dos precursores que seguimos teniendo por delante, dos precursores que aún aguardan por nosotros.

2)

Entre los términos recurrentemente asociados a Charles Baudelaire se encuentra “dandy”, con frecuencia entendido como un practicante del lujo elegante en la indumentaria. Para la pose que reclama y proclama “la verdad desnuda”, el dandy es pues sinónimo de artificio, frivolidad, malas artes, engaño, cosmética, artimaña, antinaturaleza y falsía.

Ensayista inteligentísimo, Baudelaire pensó el dandysmo en tanto que institución situada por fuera de las leyes comunes y provista de leyes propias rigurosas; así, inesperadamente, el sometimiento a su propia ley, comparable a “la regla monástica más rigurosa”, acerca el dandysimo «al espiritualismo y al estoicismo».  El dandy pertenece, según Baudelaire, a una estirpe de hombres con el mismo “carácter de oposición y de revuelta” y es “representante de lo mejor que hay en el orgullo humano, de esa necesidad, poco frecuente entre los hombres contemporáneos, de combatir y de destruir la trivialidad”.

Así expuesta, la ley común combatida y destruida por el dandy es la trivialidad, ley de escaso o nulo espiritualismo; para desligarse de su rectorado, el dandy lleva adelante la revuelta. O, mejor dicho, vive en revuelta, porque para dar ese combate “el dandy debe aspirar a ser sublime sin interrupción, debe vivir y dormir ante un espejo”. Por un derrotero tan imprevisible como convincente, Baudelaire atribuye la máxima espiritualidad heroica a quien se separa de la ley común -la ley de la trivialidad- y aspira a lo sublime. De este modo, lo que puede entenderse como una imagen toscamente narcisista -vivir ante un espejo- adquiere un sentido ético, y no solo por la obligación a lo sublime a la que se somete el dandy, sino porque esa obligación implica una ascesis, una gimnasia, un cuidado constante de sí, una vigilancia constante de uno ante uno.

Entonces, en este caso, lo trivial sería entender que Baudelaire dice que hay que estar mirándose todo el tiempo en el espejo, sin prestar atención al mundo y sus dramas. Menos trivial sería comprender que Baudelaire mira su mundo -el París de Louis-Napoléon- y ve el imperio del dinero, del progreso (“ese farol oscuro”), del número, del cálculo, de la especulación, de la utilidad material. Esto es lo que se encuentra en cada esquina -y esto es lo que quiere decir “trivial”: en cada cruce de vías- y contra esto Baudelaire propone su ascesis sin tregua, ante el espejo, para elevarse desasido del cálculo de la utilidad material. La indumentaria elegante simboliza un combate que es una vigilancia de sí, un trabajo de uno con uno, por fuera de la ley común que solo deja sumido en la trivialidad.

El portentoso Gustave Courbet, que cuando la revolución de febrero de 1848 acompaña a Baudelaire en la fundación del efímero periódico Le Salut Public, dejó dos retratos del poeta en los que tal vez sea posible identificar esa práctica ascética de desasimiento de la trivialidad y de aspiración a lo sublime. Uno es un pequeño óleo (53ctms por 61ctms) pintado en 1849; muestra a Baudelaire en su habitación, sentado en un ángulo de su mesa de trabajo, ensimismado en la lectura de un libro voluminoso, con papel y pluma al alcance de la mano. Solos, en un espacio despojado e íntimo, Courbet reunió al poeta, la lectura y la escritura. El otro es un όleo enorme (361ctms por 598ctms), pintado en 1855 y titulado “L’atelier du peintre”; aquí, Courbet reunió al pintor y su modelo pero también a posibles compradores, curiosos, niños, perros y amigos, que pueblan su taller y prestan atención a la obra en la que el pintor trabaja (¡un paisaje!). En un extremo de la pintura, sentado sobre una mesa y nuevamente ensimismado en la lectura de un libro, se reconoce a Baudelaire. Apartado del mundo en el bullicio del taller de Courbet o en la intimidad de su habitación, Baudelaire sin interrupción se mide y se mira en el espejo del libro ajeno.

3)

Entre los términos con menor frecuencia asociados a Baudelaire, se encuentra “crítica”. Baudelaire prosiguió la tradición inaugurada por Diderot en el siglo XVIII, reseñando pintura, en particular, los Salones anuales. Sin duda, se trataba de escribir para la prensa y ganar algo de dinero gracias a esas exposiciones; sin ningunísima duda, la pintura trajo luz al poeta Baudelaire, tanta luz que en su poema “Los faros”, salvo el escultor Puget, todos los nombrados son pintores: Rubens, Leonardo da Vinci, Rembrandt, Miguel Ángel, Watteau, Goya, Delacroix.

También, Baudelaire ejerció la crítica literaria y, entre muchas otras, ahora cabría recordar la que publicó sobre Madame Bovary y que le valió una carta de agradecimiento de Flaubert, en la que éste se declara admirado de la comprensión de Baudelaire: “usted entró en los arcanos de la obra como si mis sesos fueran los suyos”. La mirada de Baudelaire sobre la novela flaubertiana es iluminadora aún hoy, ya que puede leer la narración prescindiendo del afán clasificador (“realista”, “estilizada”, “arte por el arte”, etc.), al ceñirse a lo que Flaubert hace al contar lo que cuenta, así como puede prescindir de la burda psicología para llegar al personaje de Emma Bovary. Igualmente luminosa es su caracterización del Segundo Imperio: “una sociedad absolutamente desgastada -peor que desgastada- embrutecida y golosa, que solo se horroriza con la ficción y solo ama la posesión”.

Además de haber escrito regularmente crítica sobre escritores y plásticos y ocasionalmente sobre músicos (Wagner), Baudelaire teorizó sobre ésta: “para ser justa, es decir para que tenga su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política, es decir hecha desde un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista que abra más horizontes”. La serie de adjetivos parece incoherente -justa y parcial; exclusiva y aperturista-; sin embargo, creo, es posible conciliar esas dobles exigencias: lo justo no es el imparcial justo medio, sino que lo justo supone tomar partido (por lo justo/verdadero/hermoso/etc.); la apertura de horizontes no obedece a la multiplicación de los puntos de vista, sino a la perseverancia en un exclusivo punto de vista. Elegido el exclusivo punto de vista -por ejemplo, la belleza de la obra- el horizonte se abrirá a una cantidad de géneros, épocas, formas, estilos, temas, léxicos, sintaxis, orígenes, materias, etc., destituyendo cualquier jerarquía previa.

La crítica como práctica política disensual rige también la teorización deslumbrante que realiza Baudelaire de su época; es conocida su manera de captar la modernidad, es conocido el impacto que la intransigente agudeza baudelairiana produjo en Walter Benjamin, llevándolo a asociar a Baudelaire con Auguste Blanqui, el conspirador persistente, el insurrecto constante, “el Encerrado”, apodo ganado por los añares que vivió encarcelado.   

4)

Tampoco es frecuente asociar el término “igualdad” a Baudelaire, cuya afiliación al dandismo y a su obligación de distinción de la ley común parece vedar cualquier vecindad con la igualdad. Sin embargo, en la poesía de Baudelaire hay un “jacobinismo lingüístico” que supera el de Victor Hugo, anota Benjamin al comentar la coexistencia, lado a lado como si fueran iguales, de léxico extremadamente culto y de términos recién llegados al idioma, “neologismos desprovistos de pátina poética y que atraen la mirada por su brillo novísimo” . Se trata de palabras como por ejemplo “ómnibus”, “vialidad” o “wagon”, que provenientes del inglés o tomadas del latín nombran objetos urbanos, de la nueva urbe que la especulación inmobiliaria está poniendo patas para arriba. Alcanzaría con atenerse al nombre de la primera sección de Las flores del mal, “Spleen et idéal”, en el que se enlazan un término fundador del pensamiento griego (ιδεα) y un término médico del inglés, que busca nombrar la enfermedad del siglo (spleen).

También, alcanzaría con recorrer el índice de Las flores del mal, para ver cómo lado a lado se ubican “la bendición”, “la musa enferma”, “la belleza”, “la carroña”, “el vino del asesino”, “el gato”, “un viaje a Citera”, “la pipa”, “el recogimiento”, “el sol”, “a una mujer que pasa”, “el alma del vino”, etc., estableciendo así un nuevo orden en el que ya no hay temas elevados y temas bajos, ni objetos elevados ni objetos bajos, ni vocablos elevados ni vocablos bajos. Tampoco hay formas bajas y formas elevadas, por lo que la poesía puede adoptar la forma de la prosa –El spleen de París Pequeños poemas en prosa– despojada de verso y rima, y no obstante sostenida por el ritmo. A algo de todo esto se refiere, creo yo, Benjamin, cuando cita a Paul Claudel, para quien Baudelaire es “una extraordinaria mezcla del estilo de Racine y del estilo periodístico de su tiempo”.

Y quizá sea en el poema “El sol” en donde Baudelaire más nítidamente realiza la igualdad al establecer la equivalencia entre “el sol”, “el poeta” y “el trapero/hurgador”, los tres transitando por el suburbio, transformando lo que encuentran, produciendo algo nuevo.

Por cierto, esta igualdad hecha acto poético está reñidísima con el imperio del número o de las mayorías; es una igualdad en acto que abomina de su delegación electoral. En los textos últimos, escritos en Bélgica poco antes del ataque que lo derrumba y lo conduce a la afasia y a la muerte, Baudelaire piensa con ferocidad el imperio de lo contable.

En Uruguay, Onetti reservó para la intimidad de sus agendas y anotó con su puño y letra el Baudelaire etéreo y aéreo de “El extranjero”, que odia el oro como otros odian a Dios, y que sobre todo ama “las nubes, las nubes que pasan… allá…allá… ¡las maravillosas nubes!”.

Alma Bolón

Indice general del año uno

LOS VISITANTES

Jorge Musto

Ingrid Tempel

Gustavo Wojciechowski

Hugo Burel

Pablo Silva Olazábal

Francisco Álvez Francese

Jaime Clara

Andrea Arismendi Miraballes

Verónica D’Auria

Cecilia Ríos

Duilio Luraschi

Alma Bolón


LOS RÍOS FICTICIOS

Montevideo sin Oriana

Night and Day

Barcelona senza fine

Las horas en la bruma

El viaje a Escritura

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta


EPISODIOS INIVERSITARIOS

El recordado caso de la Galerie Vivienne

Las ideas estéticas del comisario Medina

Alma, inclínate ante los cariños idos

París: ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero

La utopía virtual

Martillo de brujas: el capítulo Naccos

Prólogo a “Los fuegos de San Telmo” de José Pedro Díaz

Prólogo a “Para sentencia” de Omar Prego Gadea

Felisberto y sus plantas parlantes

Buenos Aires como ciudad doliente

Cortázar y los puntos vélicos


EL CLUB DE LOS NARRADORES

Montevideo en video Ducasse

El principio de Van Helsing

Noticia (acercamiento a Horacio Quiroga)

Dunsinane, al alba

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo primero)

Vía Santiago

Nunca conocimos Praga

La persistencia del hombre mosca

En el Palacio del Rey de la montaña (capítulo final)

Recibimos y publicamos

Más allá del Bósforo está los universos

Monólogo interruptus por miss Candy Loving

Lafoucheaux I

Belisario Villagrán

Au Rocher de Cancale

Lafoucheaux II

La Fiesta: master take. Chick Corea

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

Lafoucheaux III

Amapola de invernadero

Lafoucheaux IV

Lafoucheaux V

Lafoucheaux VI

Lafoucheaux VII y último

Muerte del malevo uruguayo

Paralelo 38

Non l’aurei giammai creduto

El “Shinano” a pique

El cometa Arolas

Place de la Contrescarpe (1924)

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

Raíz cuadrada de la melancolía

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Gin tonic con Beefeater

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

El apodo secreto de la doncella londinense

Signo Pez en una tela de J. Torres-García

Pequeña narración con vuelta de tuerca

El caminante de Praga de Guillermo Apollinaire (una traducción)

El lado B del Paraíso

Detalle de cuadro

La otra vez l’autre à Mont Buchanan’s sin hielo  

Estación Pereira

Había conseguido un empleo.

   El trabajo era monótono, el sueldo bajo, pero por fin había conseguido un empleo.

El jefe, con gesto de inminente bostezo, me observaba de arriba a abajo.

– ¿Tiene fobia a los insectos? ¿Le molestan los grillos?

– No –respondí.

Siempre detrás de una posición de poder me hizo un par de preguntas acerca de mi legajo y mis aspiraciones.

La entrevista fue breve. Por un momento pensé que una vez más me rechazarían, pero en medio de la conversación se levantó de su silla y me dijo:

– El empleo es suyo.

Recogí todo lo necesario de un bargueño alargado de cármica verde (la oficina era la primera habitación de una casa de familia) y saludé efusivamente a todos mientras salía.

La camioneta me llevó hasta la ruta 32 y el cruce de vías, luego tomó un camino vecinal, luego otro, y por una senda tortuosa y empinada llegamos a la estación Pereira.

Era un día de calor; recuerdo la fecha: 3 de enero.

La camioneta me dejó levantando una gran nube de polvo y prometieron recogerme a las cinco y media.

Me invadía una gran alegría y una cuota de poderosa ansiedad, que hacía balancear compulsivamente mis piernas.

En la estación me recibió el encargado. Tenía la cara reseca y agrietada, y una expresión de enojo permanente.

– ¿Usted es el nuevo empleado?

Afirmé con la cabeza.

Me señaló hacia un lado del camino y me dijo:

– Ahí tiene su silla, la máquina de escribir y la mesa de tijera. Aquí generalmente hace mucho calor, si quiere higienizarse puede usar el baño que hay detrás de los surtidores.

Llevé todas las cosas hasta la mesita y dispuse los papeles y los demás elementos.

Antes de irse, el hombre con gesto de enojo me dijo:

– Aquí llueve poco, pero si lo sorprende un chaparrón puede ocultarse bajo la garita.

Las horas que transcurrieron hasta las cinco fueron interminables.

Pasé la mañana escribiendo y mirando el reloj; era como si estuviese inmóvil: cuanto más lo observaba más lento recorría su vuelta completa, y más lejos parecía la hora del almuerzo que, evidentemente, partiría en dos el día y me gratificaría algo en medio de ese tedio que me tenía abrumado.

A las doce y doce minutos apareció el encargado. Traía en sus manos un plato cubierto con un lienzo de cocina y una jarra con agua. Me dejó todo a un lado y se fue en silencio.

Descubrí el plato y vi dos huevos fritos con arroz, un pan y un tenedor con mango de madera. El agua estaba fresca, pero me resultó poca.

Luego de almorzar llevé todo hasta la estación y lavé en una pileta de latón los trastos sucios. Regresé a mi silla y me senté, echándome en ella.

La tarde fue aún más tediosa y larga que la mañana.

Una bandada de cuervos planeaba lentamente sobre las rocas y sobre los árboles, con sus alas completamente extendidas, rozándose, apenas, en sus giros. Observaba una y otra vez el reloj y seguía escribiendo.

A veces, una gota de sudor zigzagueaba por toda mi cara y caía estrepitosamente sobre el papel, formando un laguito pequeño que se enturbiaba con la tinta de las letras, firmes y cuadradas; entonces me enjugaba la cara con un pañuelo enorme de hilo blanco y pasaba el pulgar por la hoja tratando de no extender demasiado la mancha.

El silencio era absoluto. El rítmico picoteo de mi vieja Remington lo quebraba, de repente, convirtiéndose pronto en el único sonido en la inmensidad del llano.

A las cinco finalicé mi trabajo. Me cercioré una y otra vez que fueran las cinco y no las cuatro, y comencé a ordenar todas mis cosas lo suficientemente despacio para que me llevara lo que quedaba del horario.

Una vez que terminé me paré junto a la puerta de la estación y quedé observando el camino. Se acercó el encargado y me ofreció un cigarrillo.

Estuvimos así, en silencio, un buen rato.

La camioneta no venía y yo comenzaba a impacientarme. Seguramente le pediría a mi jefe que me pagara tiempo extra. Al otro día de mañana hablaría con él y se lo reclamaría.

– Si tuviese un mapa regresaría caminando –dije.

– Lo más probable es que se pierda con mapa y todo.

– Lo sé.

– ¿Lo sabe?

A veces me parecía que detrás de una nube de polvo aparecería la camioneta, pero al acercarse era sólo un caballo o un perro corriendo perdices por el campo.

Siempre que veía algo moverse, a lo lejos, me decía: “Ya vienen”, y otra vez: “Ya vienen”.

El sol me había recalentado la mollera; quise ir hasta los baños a darme un buen baldazo de agua fría, pero no me aparté del camino esperando ver la camioneta. La vería desde lejos y saltaría de emoción. En el camino no diría palabra. Ellos verían que estaba muy molesto. Si preguntaban me haría el tonto y no se lo diría. Deberían darse cuenta de que estaba furioso sólo por mi silencio.

Ya habían pasado dos horas y no había una señal en el camino.

El encargado me palmeó la espalda y dijo:

– Tal vez vengan mañana.

Me vino entonces un gran desasosiego y quise llorar, pero me contuve.

– Puede dormir en la parte posterior. Hay una cama con sábanas limpias. ¿Le molestan los grillos? Gritan toda la noche. Puedo ofrecerle comida, jabón y alguna camisa; se lo descontaría de su futuro sueldo.

– ¿Hace mucho que vive aquí?

– Diez años. Mucho tiempo. Pero todo pasa más rápido cuando se tiene compañía. Usted parece un muchacho pacífico y sociable. El empleado anterior no soportaba nada.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió con un par de chasquidos. Aspiró una gran bocanada y quedó nuevamente en silencio.

El cielo comenzaba a opacarse y una suave brisa golpeaba mi cara y mis brazos. Yo seguía parado en el mismo lugar. Todavía observaba el camino e intentaba ver, inútilmente, algo. “Ya vienen”, me decía, “ya vienen”.

El encargado se acercó y me palmeó nuevamente. Lo tomé como una exhortación a que fuera con él hasta la oficina; que me dejara de esperar como un tonto.

– ¿Cuánto tardaron en recoger al otro empleado? –pregunté.

El hombre con gesto de enojo no dijo palabra. Levantó las colillas del suelo, colocándolas en una cajita de fósforos vacía.

– ¿Cuánto tardaron en recoger al otro empleado?

El hombre se volvió y comenzó a caminar lentamente hacia la estación. Llegó a la puerta y encendió las luces de la entrada y la garita. Aseguró los postigos. Guardó el cartel y las latas de aceite.

Una vez dentro me hizo señas para que pasara.

La dama

Entré al edificio. Me abrieron la verja y luego crucé el jardín y me choqué contra una puerta de tamaño considerable. No tenía timbre ni llamador pero un portero abrió una de las pesadas hojas y me hizo pasar.

Pensé que el jardín era muy chico para un edificio tan importante pero enseguida me di cuenta de que no era la puerta principal de la embajada.

Pasamos al lado de una escalera de mármol con barandas de hierro forjado y luego una antesala diminuta e insular que daba a una y otra parte de la casa. Dejamos las habitaciones de servicio, pasamos por un estrecho y largo corredor que dio a una sala de estar donde dos guardias miraban televisión y un camarero apilaba unas botellas de vidrio verde. Luego dimos unas vueltas donde perdí la orientación y fuimos a dar a un recibidor; ahí dejé mi abrigo y el portafolio. Llevaba un traje para la ocasión y el mayordomo principal me preguntó si había traído las partituras. Le dije que sí y me di cuenta de que debería sacarlas del portafolio y llevarlas a la sala principal donde, muy probablemente, se encontraría el piano.

–Maestro –me dijo el que debería ser el jefe de recepción.

Entonces le extendí la mano. Él hizo un breve gesto para que pasara por allí y dio un simple cabeceo que resultó todo su saludo.

–¿Trajo las partituras?

Le dije que sí.

Me explicó que el piano estaba de espaldas a la sala. Todavía había poca gente en el jardín y en el patio central donde daban las canchas de tenis. Todos esperaban que diesen la orden de entrar al edificio. No pude ver a nadie en particular sino que se me hizo a la vista como una masa de caras y trajes y vestidos y tapados en los colores más diversos y extravagantes. El jefe del protocolo –encargado de la recepción– me hizo pasar a la sala que tenía muy pocos muebles y la más variada colección de adornos, pinturas y antigüedades. Me señaló el piano y sin decir palabra me senté y puse a un lado de la butaca la carpeta con los folios.

El hombre me dijo que tendría que permanecer siempre ahí y que tocase solo aquellos temas que me fuesen solicitados. Dijo que no debería darme vuelta para observar el salón, ni pedir un vaso de agua, que lo que yo necesitara me sería dado, a su momento. También me dijo que ellos ya tenían una lista con todo lo que podría necesitar y que no tomara mucho líquido ya que no podría ir al baño. Le dije que comprendía todos los términos y me acomodé en la butaca. Después abrí la tapa del teclado e hice unas escalas para ver cuán afinado se encontraba y qué sonidos podría lograr de él. Enseguida se acercó el encargado y me dijo:

–Puede tocar solo lo que se le hubiese encargado. No queremos salirnos del programa.

Le aclaré que solo lo estaba probando, pero no dijo palabra y me aferró el hombro con su mano. Dejé de tocar y me puse a extender mis dedos en el aire.

–Hoy tendremos una visita muy importante –confesó– es alguien que requiere de su música y de su discreción, y por supuesto de su respeto.

–¿Él va a saludarme?

–Nadie sabe qué va a hacer esta noche.

Dijo esto y se fue. Me dejó un dolor impresionante en el hombro por el que me había tenido agarrado.

De pronto sentí un gran rumor de gente que entraba a borbotones desparejos como si hubiese alguien en el umbral de la puerta y estuviera empujándolos de a poco. Un grupo y luego otro y otro, se hacía más confuso y potente ese rumor. Entonces comprendí que la sala ya se encontraba repleta. Un hombre con un vaso de whisky en la mano y gemelos brillantes se paró frente a mí. A un lado y al frente, y me dijo, en tono algo cascado, que tocase música de fondo. Me quedé un poco desorientado. Vino otro hombre de traje pero no smoking, y me dijo:

–El embajador quiso decir algún vals o una música por el estilo.

Entonces toqué un vals vienés. El más común de mi repertorio. Iba pasando mis dedos por el piano y dejaba apenas la huella de las yemas en el teclado. Toqué en forma discreta y casi mecánica. Como no sabía si debía tocar otro vals u otro tema cualquiera o si debería esperar que me indicasen que lo tocara volví a ejecutar ese mismo vals y lo toqué por el lapso de una hora aproximadamente. Entonces el rumor hizo un abrupto silencio y la mano pesada se apoyó sobre mi hombro, otra vez, y también hice silencio. Traté de agudizar más mis oídos. El silencio se interrumpió por un aplauso cerrado y una gran ovación, entonces por los parlantes del salón se pudo escuchar las estrofas del himno del país anfitrión. Una vez que terminaron los acordes se hizo un breve silencio, y de golpe se instaló, de nuevo, en todos lados, ese persistente murmullo.

–Toque música de fondo –dijo la voz de los gemelos y el vaso de whisky.

Entonces sí supe qué tocar y comencé con la suave melodía.

Mi mirada estaba fija en un retrato que tenía frente a mí. Ésta, primero había atravesado el piano y después se detuvo en una pared blanca y estrecha, subió por la mesita con el jarrón y el friso de mármol esculpido, hasta que por fin se detuvo, otra vez, en el retrato de una mujer avejentada. Parecía muy fría o muy ajena. Llevaba un traje de época y un peinado acorde con el momento en el que fue pintada. Tenía un dejo de locura en su mirada. Fría, hueca, pero había algo irracional, como si hubiese sido presa de calumnias o humillación, si hubiera sido difamada. De pronto el murmullo comenzó a fluir en el salón, era como si todos, en olas, se desplazara de un lugar a otro.

Entonces pensé en uno de mis sueños recurrentes. Podría pensar en eso y en otras mil cosas más, mientras ejecutaba, de memoria, la misma melodía. Recordé los acontecimientos dolorosos de ese sueño. Las olas golpeaban contra la costa, el día era gris pero el calor era insoportable. La playa estaba llena de bañistas y me encontraba con mis hermanos y mis primos jugando en el agua. A cierta distancia había un banco de arena y quise ir hasta allí. Nadaba hasta el banco y me paraba sobre él y me parecía que era un verdadero gigante. Veía la costa como algo lejano y diminuto. Entonces me venía un gran frío y un miedo profundo, y trataba de volver a la costa, pero no podía. Nadaba, con gran desesperación, pero era como si nunca avanzara. Entonces me daba miedo de morirme y mis piernas me tiraban hacia el fondo. Solo podía escuchar el ruido de las olas y pensaba que ahí mismo me iba a morir. Pero en el sueño lograba llegar a la costa, y una vez que llegaba a la playa estaba solo por completo. Podía escuchar el sonido del mar, que me rodeaba por todas partes. Entonces regresaba caminando hacia mi casa y la gente se escondía y cerraba sus puertas y ventanas y me evitaban porque yo estaba mojado. Me encontraba en El fortín e iba hasta la piedra horadada y en la gruta no se encontraba la imagen de la santa. Entonces todo desaparecía o se volvía blanco o incoloro, y me despertaba agitado. Una vez despierto estaba, de nuevo, en la playa y no podía salir de ese lugar y me despertaba de nuevo, y luego otra vez. Pensé en ese sueño mientras tocaba la melodía, en forma mecánica. Eso hacía que mi cabeza pudiese abandonar el lugar y me dejara solo frente al piano como quien deja detrás a su sombra. Sabía que mi mente estaba en otra parte pero en ese entonces yo estaba ahí, en el salón rodeado de gente. Todo lo demás eran conjeturas. Solo podía escuchar un murmullo detrás de mí; un rumor, como el sonido de las olas en el mar. Las olas rompiendo en la orilla. Pero era solo eso: un rumor. Gente que tomaba, hablaba y se divertía.

Una voz con marcado acento, pero en castellano, me pidió.

–Toque el tango.

No supe si se refería a algún tema en particular o me pedía que solo tocara tangos, dudé unos instantes y me puse a tocar uno de mis tangos favoritos. El rumor se balanceó, poco a poco, de a un lado al otro, y sentí, otra vez, la mano pesada sobre mi hombro izquierdo.

–Usted preguntó si el visitante lo iría a saludar. Se dirigió a usted y eso ya es un motivo de orgullo. Este tema dejó contento también a su eminencia, esos son dos puntos a su favor. Trate de no defraudarlos.

Dijo esto y levantó su mano enorme de mi hombro que apenas se movió, sin dar una nota en falso. Continué tocando, entonces, la misma canción, una y otra vez, y es todo lo que haría hasta que me pidieran otro tema o que parara de tocar.

Un hombre de traje azul marino se paró a un lado del piano, casi al final de la cola. De un bolsillo de su saco extrajo un encendedor y prendió un cigarrillo de filtro marrón por lo que supuse que estaba fumando un Camel. Nunca lo pude verificar, pero eso pensé. Y entonces echó un par de bocanadas cubriendo las cuerdas del piano. Se estiró un poco en sus zapatos y echó otra bocanada, luego dejó su lugar y volvió a ser parte del murmullo. Por un tiempo inmenso solo me acompañó la señora de la pintura que se encontraba frente a mí, sobre la mesita de estilo, el jarrón y el friso. Entonces me di cuenta de otra presencia, ésta más viva que la del cuadro, era otra mujer. Su boca no paraba de sonreír y por sus ojos claros se escapaba una especie de queja por la situación en la que se encontraba. Era alta de estatura y tenía un vestido gris. Era un gris perla con bordados color grafito. Llevaba un collar de oro con un colgante con brillos y dos pendientes dorados con unas piedritas diminutas que no cesaban de chispear; se había puesto rubor en su piel blanca casi color nácar. Su cara era redonda y de rasgos regulares, algo pequeños pero cargados de temor. Tenía las caderas anchas y el busto pequeño y firme, y sus brazos –que eran generosos y también blancos– se interrumpían camino a su vientre por el puño de dos guantes de seda color canela. El pelo, rubio apagado, caía a los lados de sus pómulos, y era lacio y llovido, sin broches ni adorno alguno, las cejas estaban cuidadosamente trabajadas sobre los párpados. Debería tener más de treinta años pero menos de cuarenta. Sus labios no paraban de sonreír en lo que me figuré era un rictus nervioso. La mujer observaba el piano y me observaba a mí. No de modo intencional o al menos no del modo en el que me hubiese gustado. Me observaba como si fuese parte del salón, del personal de servicio.

La mujer de guantes de canela se acercó un poco a mí y dijo:

–¿Eso es el tango?

Su castellano apenas se podría insinuar como el de un extranjero, le entendí claramente, y asentí con un golpe marcado de párpados y un casi imperceptible balanceo de mi frente.

–Al príncipe le gusta el tango. A mí también. Usted lo toca de forma irreprochable.

Entonces golpeé un poco las teclas como le gusta sentir el tango en el exterior y ella sonrió, pero esta vez no fue de forma nerviosa. Era una genuina risa real. Tal vez no real pero sí de la nobleza.

Llegó un camarero y le extendió un vaso con licor. No pude darme cuenta qué era lo que estaba bebiendo. Tomó un sorbo largo de un golpe y luego lo bebió a sorbitos más pequeños y marcados. Ella esperaba algo de alguien y hacía tiempo junto al piano mientras se desenredaban sus pensamientos. Entonces vino a buscarla un hombre un tanto mayor. No sabría decir bien su edad pero le llevaba al menos unos cuántos años. La sujetó de uno de sus brazos y la atrajo hacia él. La mujer forcejeó y el hombre la soltó y su rostro tomó un color intenso, casi granate. Le reclamaría que fuese con él de forma inmediata, que dejara ese sitio, que no tomase tanto o cualquier otra cosa, parte de una rencilla cotidiana. Tal vez no fuera su esposo sino solo un amigo. Ella quiso decirle algo pero se contuvo. Él se la quedó mirando de forma desafiante. La mujer sumergió sus ojos dentro de vaso de licor y el hombre viejo dio media vuelta y se perdió en medio del murmullo. Ella dejó de mirar dentro del vaso y puso sus ojos claros en mí. Esta vez no me veía como a un mueble: era una mirada que pedía socorro. Quería que alguien tuviese un gesto gentil. Entonces golpeé, una vez más, los dedos en el teclado. Ella sonrió, pero esta vez fue una sonrisa triste y forzada. Se calzaba y descalzaba el talón izquierdo en su zapato. En ese momento me di cuenta que avanzaba hacia mí y apoyó una de sus manos canela sobre mi hombro izquierdo. Sentí un profundo fuego interior. Sus dedos parecían decir cosas a través de mi solapa y el hombro de mi frac se encontraba erizado, expectante. Era como si golpeteara un timbre de telégrafo o me transmitiera algo –que no podía decirme con palabras– a través del guante corto, apoyado sobre mi hombro. Fue un instante. Ella empezó a murmurar una melodía. Era triste y romántica. Al menos me pareció eso mientras la escuchaba y paseaba, al mismo tiempo, los dedos sobre el teclado. La voz cascada y grave –que comprendí era la del embajador– la llamó por su linaje. Lo dijo en otro idioma, pero comprendí que no la llamaba por su nombre. Ella dejó el lugar donde se encontraba y abandonó mi hombro y el piano y la carpeta con los folios que había dejado a un lado, cuando me senté. Me dio, en forma efímera, la noción de una mirada como de quien deja algo atrás, extraviado en algún sitio. Entonces la dama volvió a ser parte del murmullo que habitaba el salón y se perdió a mis espaldas.

–Toque algo de fondo –me reclamó la voz grave, otra vez.

Entonces empecé a tocar un vals. El más común de todos los valses de mi repertorio. El rumor se comenzó a disociar como si alguien cardase una hebra de algodón entre sus dedos. El murmullo se instaló en grupos que abandonaban el lugar y pronto fue un suave rumor fuera de la puerta de entrada a la sala.

–Está bien –dijo otra voz– puede dejar de tocar ese tema.

Descansé mis manos y también mis piernas. Me paré y extendí mis dedos y luego giré mis pies sobre mis talones.

Me trajeron algo de beber: agua; estaba fría. También me trajeron un plato enorme con unos pocos canapés, la mayoría con crema doble. Los fui comiendo mientras abandonaba el piano, la butaca, la pintura de la mujer triste, y la sala. Llegué, siguiendo los pasos del conserje, hasta el recibidor. Puse las partituras en el portafolio y tomé mi abrigo y lo dejé colgado de uno de mis brazos. Junto a la puerta lateral me esperaba el secretario del embajador.

–Estuvo muy bien –me dijo.

Entonces extendió tres billetes y los dejó en mis manos.

Me coloqué el abrigo y salí hacia la noche fría. Todo estaba muy oscuro y había viento.

Mientras cruzaba el parque, antes de llegar a la fuente de querubines, frente a la estatua de un pugilista romano, me puse a pensar, di unas cuántas vueltas y estiré y enrollé mis brazos. Los pensamientos eran confusos y sutiles. Solo una cosa habita en mí: el guante canela con los dedos suaves inventando un lenguaje para pedir socorro. La risa forzada, esa permanente tristeza.

Al otro día los diarios no hablaron de la recepción. Tampoco mencionaron la llegada del príncipe. No hubo una sola cita del hecho.

Manteca y miel

Milka había adquirido últimamente una gran pasión por las plantas. Tenía un jardín diminuto donde había atiborrado –en canteros y macetas– varias decenas de plantas lindas y feas, de diferente tono, color y tamaño. Emilia ya estaba frente a la puerta de entrada. A los lados, dos ventanas de tamaño regular se encontraban enmarcadas con rejas de rombos alargados, color blanco mate.

Emilia tuvo que golpear más de una vez, con bastante fuerza y empeño, y pensó que Milka se encontraba en el fondo de la casa o en la cocina preparando algunos bollos, o haciendo café. Por fin apareció bajo el marco de la entrada, llevaba un delantal en tonos de lila y beige y tenía puesta una manopla de esas que comúnmente se usan para sacar los alimentos del horno. Se saludaron en la puerta y Emilia entró y dejó a un lado el paraguas que ya estaba seco.

Si bien Milka parecía mayor no llegaba a los treinta y dos años.

La casa se encontraba oscura y fresca. Tenía unas gruesas cortinas de brocado color azul que daban una sensación de quietud y paz al mismo tiempo. Pasaron al comedor. Emilia se sentó en una de las tres sillas que habían dispuestas casi en ronda y Milka fue hasta la cocina y dejó delantal y guante en la mesada y volvió con un mantelito poco mayor a uno individual, que colocó sobre la mesa de mármol.

–¿Tomás té o café?

–Un té con leche me gustaría mucho, gracias –dijo Emilia.

–Entonces té. Dicen que va a hacer una tarde de calor insoportable.

–Eso dicen.

Milka volvió a la cocina y regresó con tazas, platos y cubiertos que había ordenado para la ocasión. Puso a calentar la caldera para hacer el té y tomó unos dulces y unas rebanadas de pan que colocó en la tostadora. Enseguida preguntó:

–¿Cómo está Norma?

–Bien. Ella está bien.

–¿Come?

–Sí, ya come.

Emilia había dejado su saquito de hilo sobre uno de los brazos del sofá y raspaba las uñas de la mano izquierda contra la gabardina del vestido de media estación que le quedaba aún un poco chico.

–Ese colgante que tenés… –dijo Milka.

–¿Sí? Es un regalo.

–Es color cobre.

–Es dorado.

–Puede ser. Yo tuve uno parecido.

–Es un buen regalo.

–Parece del color de la piel. No es un buen adorno, de todos modos. Yo prefiero las cosas plateadas.

–Tal vez.

–Estoy segura.

Emilia se tocó el colgante y siguió raspando sus uñas contra el vestido, sin dejar de mirar todo como si nunca hubiese estado en ese sitio.

–Están por visitar la ciudad los marinos del San Luis –dijo Milka.

–¿El buque escuela?

–Dicen que van a bajar a puerto por unos días.

–Es su viaje de graduación, ¿verdad?

–Nuevos alférez. Pienso que no menos de cien.

–¿Tenés leche sin descremar?

–Creo que sí. Ya te doy una jarrita.

Una vez que estuvo todo listo para el breve y muy simple ceremonial, las dos se abocaron a untar las tostadas con miel, dulce de zapallo y mermelada de higos.

–Quiero decirte algo… –dijo Emilia.

–Decime.

–Es sobre Osvaldo.

–Sí.

–Es algo que no te va a gustar.

–Mmm.

–Vos sabés bien como son los hombres.

–Mmm.

–Cada vez que como manteca y miel me viene como un fuego en el estómago.

–En definitiva…

–Jorge piensa que Norma no es de él. Cree que es de Osvaldo.

Sin levantar los ojos de la tostada, Milka le preguntó:

–¿Y vos qué pensás?

–No sé.

–Entiendo.

Se produjo en brevísimo silencio.

–No es la primera vez que Osvaldo sale con una de mis amigas. No creas que sos alguien tan especial. Él disfruta solo con eso. Le gusta hacerme sentir más vieja. Él solo quiere molestarme.

Milka sirvió un poco más de té. Luego untó otra tostada con dulce.

–Jorge se enteró –dijo Emilia.

–Mmm.

–Dijo que iba a matarlo.

–Debe de estar furioso, me imagino. Pero no creo que llegue a hacer nada.

–Lo va a matar.

–No creo.

–Jorge lee mi correspondencia. Me di cuenta que vacía y llena el ropero cada fin de semana.

–Claro.

–Hoy lo piensa matar. Estoy segura. Es como algo que siento en el estómago. Un fuego.

–Osvaldo fue a pescar. Siempre va a pescar con sus amigos los domingos.

–No va a volver. Osvaldo hoy no va a volver. A esta hora seguro que Jorge ya se deshizo de tu esposo.

Milka tomó otro sorbo de té. Pasó un extremo de la servilleta por todo el contorno del borde de la taza y volvió a tomar otro poquito. Levantó los ojos y dijo:

–¿Estás segura?

–Segura.

–Habrá que ver.

–Solo vine a decírtelo.

Dijo esto y se paró.

Milka –sin soltar el asa de la taza que tenía en su mano– la hizo sentar. La sentó con un gesto grave y con su mirada. No tuvo que decir una sola palabra. Emilia volvió a sentarse. Se sentó en el borde de la silla. Milka la miró con una gran expresión de cólera. Se acomodó un poco en su asiento y dijo:

–Vamos a terminar este té.

–Prefiero irme.

–Yo prefiero terminar el té.

Milka recogió unas migas del mantel y las colocó en el platillo que sostenía la taza.

–Creo que este año no van a ser menos de cien.

–¿Perdón?

–Los egresados de la escuela naval. El buque llega a puerto antes de su viaje por el ecuador. Es el último tramo del San Luis. Siempre es el último puerto.

–Creo que sí.

–Estoy segura. Cien graduados. De algún modo todos son un poco también de aquí, de este sitio, ¿no te parece?

Emilia mantuvo su silencio. Tenía los ojos endurecidos y húmedos. No dejaba de pasar las uñas de su mano contra la gabardina del vestido. Milka tomó una tostada de la cesta de mimbre. Le puso manteca. Raspó el cuchillo contra la tostada y esparció bien la manteca aquí y allá. Después le puso miel, hasta los bordes, rebosante. Unos hilos de miel iban cayendo a los lados. Entonces quitó la miel y le puso dulce de zapallo. Un poco. Un poquito. Un poco más. Luego quitó el dulce y la manteca y le dio un mordiscón como con ganas. Comió lo que tenía en la boca y dejó la tostada a un lado, no en un plato sino sobre la mesa.

–¿Cómo piensan escapar de la justicia? –preguntó.

–¿Perdón?

–Por la muerte de Osvaldo. ¿Cómo piensan no ir a prisión?

–Jorge… yo no estoy metida en el asunto.

–Si vos lo decís…

–Soy inocente.

–Premeditación.

–¿Perdón?

–Es un agravante. No puede alegar crimen pasional. Fueron a hablar de cualquier cosa a algún sitio y ahí lo mató, a sangre fría. Sin duda. Premeditación. Vos: complicidad. ¿Instigación? Tal vez. En una de esas salís para cuando Norma cumpla los quince años. ¿Es justo?

–Yo no tengo nada que ver.

–Creo que es justo.

Emilia se levantó otra vez y una vez más se sentó bajo la amenaza sutil y dura de su amiga. Se sentó y quedó ovillada en la silla. Milka fue por más té. Demoró unos minutos en llegar de la cocina. Le sirvió otra taza a Emilia. No hasta el borde pero sí fue una buena ración. De todos modos no llegaría a ahogarla.

–No gracias –dijo Emilia, e intentó poner la mano sobre la taza.

–Vas a tomar el té que viniste a tomarte.

–Prefiero no seguir con esta conversación.

–Vas a tomar hasta la última gota del té que te serví y vas a probar mi torta de vainilla. Una vez que tomes el té y comas tu trozo de torta te vas a ir y no te quiero ver más. ¿Entendiste?

–No tengo hambre.

–Lo siento mucho pero te vas a tomar el té. A eso viniste y no vas a dejar ni una gota. No sé si llego a ser clara en este punto…

Emilia empezó a beber de a sorbos muy chiquitos y ruidosos. Tomaba con un gran apuro y cierta clara y marcada desesperación. De a poco sentía que se le enturbiaba la vista.

–Norma es una beba muy sana y fuerte. Creo que lo va a entender, pasado un tiempo, claro. Va a criarse con mucho amor en una familia sustituta. Porque vos madre no tenés, ¿verdad?

–No. Murió hace ya unos años.

–Sí, claro. Ya me acuerdo. Fue un cruce de vías.

Milka se levantó y fue hasta la cocina. Se demoraba y Emilia empezó a balancearse en la silla. El ruido que llegaba al comedor era algo difuso. Parecía como si Milka estuviera abriendo uno y otro cajón, como si buscara algo que nunca aparecía a la vista. Por fin dejó de buscar. Fue a la heladera y trajo una jarra con jugo; la dejó sobre la mesa. Fue hasta el aparador y trajo dos vasos. Los miró a trasluz.

–Cuando era chiquilina miraba a los alférez, ¿vos no?

–No me acuerdo.

–Me gustaban los más altos de la fila. Cada año iba a verlos llegar al puerto. ¿Cuánto hace que nos conocemos?

–Desde los dieciséis.

–Claro. Fue el año en el que empezaste a salir con Jorge, ¿verdad? Yo tuve que esperar hasta el 56. Ese año fue el más frío de todos los que recuerdo. Tuve que esperar porque hacía luto por mi padre.

Milka sirvió el jugo en los vasos.

–Me tengo que ir. Norma debe de estar extrañando.

–Todavía no terminamos el té. No me vas a dejar sola en la mesa, ¿verdad?, no quiero que me hagas ese tipo de desaire. Vamos a terminar el bendito té, ¿no es verdad? Como verdaderas amigas. Eso. ¿Querés más leche fría?

–No, gracias.

–Sí. Fue en el invierno del 56. Cambié el negro por el blanco. Me hubiera gustado casarme con un naval pero ya había esperado demasiado tiempo. 

Hizo un silencio y siguió:

–¿Cómo se llamaba tu madre?

–Graciela.

–Sí, fue un cruce de vías.

Emilia terminó con un gran esfuerzo el té y se paró, otra vez, casi de golpe, por poco se da contra la otra silla.

–Y la torta –insistió Milka.

Pero Emilia no se volvió a sentar. De pie tomó el platillo con el trozo de torta de vainilla y solo la probó. Comió un pedacito. Dejó el plato sobre la mesa y fue a buscar su saco de hilo. Caminó, como pudo, hasta la puerta y tomó el paraguas y esperó que le abrieran. Milka no se levantó de donde estaba tomando su té ni dijo una sola palabra.

Emilia trató de abrir la puerta por sí sola. Vio las llaves colgadas a un lado de la entrada. Estaban en un llavero de madera con forma de nave, parecía un Galeón o una fragata. Tenía una pequeña inscripción en tinta verde, en un idioma que podía ser danés o sueco. Le fue fácil encontrar la llave apropiada. Abrió la cerradura, bajó el picaporte y sintió un aire denso que la abrazó. La puerta había quedado abierta por completo y el día se presentaba gris y muy húmedo. No dio vuelta la cabeza. Caminó por el jardín repleto de plantas y unas pocas flores. Tropezó con el medidor de la compañía del gas. Corrió el pasador del portón de hierro y salió a la calle. Le vino como un fuego intenso en el estómago, un gran dolor. Había comido miel con mucha manteca.

Febrero 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Signo pez en una tela de J. Torres-García

Pequeña narración con vuelta de tuerca

LOS RIOS FICTICIOS

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta
(Anterior: escenas 14 a 22 / febrero: escenas 23 a 39)

EL ASTILLERO

MI PRIMER FELISBERTO

(solfeo fantástico para debutantes)

I) Fronteras invisibles

II) La estirpe del caballo

Notas

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

JORGE MUSTO

El rapto del tenor

(pre – texto) carta a una muchacha de Hamburgo / Mensaje: ¡mantengamos el vínculo! / capítulo uno – la mujer báltica.

Febrero es menos cruel que abril quizá por ser el mes más breve, sensible para la nostalgia y revisitar tres fragmentos de la novela “El rapto del tenor” del amigo Jorge Musto. Antídoto debido contra la amnesia pendiente de la ciudad letrada, el libro es una rareza y muy bonito en su formato cuadrado italiano. Lo editó ARCA en Montevideo en el año 1995, la carátula sin márgenes impone un Pavarotti sorprendido en pleno despliegue vocal y firmado por Pancho Graells; en el interior, sonríe un hombrecito dibujado por Pieri asomando las bondades del libro de bolsillo. Tenía acápite de Federico Fellini: El mundo es sólo probable, no real. La contratapa la redactó Hugo García Robles: “Escrito con un absoluto rigor absoluto literario, “El rapto del tenor” parte de una anécdota cuya aventura central es la que define, precisamente su título. Pero la peripecia son apenas un pretexto para desarrollar una propuesta que comienza en la insólita botella que viaja con un mensaje desde la Guaia a Adén y de allí a Hamburgo.”

Leyendo estas páginas evadidas del original, se diría que la literatura uruguaya post juvenil está en manos de un narrador senior. Habría que reconocerle a Musto -en todo caso- intuiciones proféticas: imaginó con meses de anticipación lo ocurrido el 4 de marzo de 1996, durante el recital memorable Luciano Pavarotti de Módena en el Estadio Centenario de Montevideo.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Cecilia Ríos

Tres cuentos del libro “No fumes ni vayas a la guerra” de Cecilia Ríos, Premio y edición de Banda Oriental, Montevideo 2019.

Recursos

A las ocho de la mañana la luz del sol era tan intensa como a mediodía.

 Eso pensó Carla cuando atendió el llamado de Fernando, quien le informó del rechazo al proyecto en el que ambos habían puesto tantas esperanzas y ella, además, muchas horas de esfuerzo.

No es que hubiera pensado que esto fuese imposible. Admitir esa alternativa era un resabio de viejas actitudes pesimistas de las que quería alejarse. Para ello se convenció a sí misma de que el proyecto sería aprobado. Era algo más que una actitud proactiva: lo habían analizado del derecho y del revés, comparando su formulación con la de otros similares. Se habían dado ánimo mutuamente hasta llegar a la certeza de que no tenía fallas.  Ya estaban previstos los próximos pasos: a quién contratar, los días libres, el nuevo local, cómo dividirían las ganancias.

La voz de Fernando sonó grave y consternada. La luz del sol que daba de lleno en el piso de la habitación era injusta con su futuro amenazado, demasiado brillante para inaugurar los tiempos oscuros que vendrían.

– Tenemos que reunirnos urgente para analizar el escenario y ver qué medidas tomar.

¡Como si hubiese alguna distinta a reducir los salarios un 40% y cerrar tres meses después!

– Por supuesto. En una hora estoy ahí.

En una hora no llegaría y esto le permitiría a Fernando desahogar su bronca con su impuntualidad, falta de compromiso, desprecio a los detalles y eternos errores de timing (como le llamaba él): todos elementos que aumentaban la incapacidad de la empresa para obtener fondos.

Había dormido mal porque Andrés no se iría con ella de vacaciones el próximo verano, ya que debía encargarse de sus hijos.

– ¿Ni siquiera una semana?

– No, es imposible, este año no.

– ¿Cuatro días?

– Veremos, aún falta un buen tiempo para el verano.

Dejaron de lado el tema y su fantasma los acompañó durante la cena y estuvo a su lado más tarde, después del sexo. Él se había ido de madrugada, sin que ella lo advirtiese.

“Y ahora esto. Un problema grave junto a otro problema grave”.

El timbre anunció la llegada de Amanda. Venía martes y viernes. Al menos la casa estaría limpia, para contrarrestar el caos del día.

Amanda lucía cansada y sudorosa. Es cierto que estaban en noviembre, pero a las ocho de la mañana no hacía tanto calor.

– ¿Estás con la menopausia, Amanda?

– Si, señora, ya estoy en la edad. Hoy tengo calor porque vine caminando. No tenía plata para el boleto. Salí hace hora y media. Me cansé, pero llegué.

Amanda llevaba un vestido suelto, anaranjado, con pequeñas flores rojas. Sus pies sobresalían a los costados de las ojotas gastadas. Tenía sobrepeso y la cara llena de arrugas. Por haber visto su cédula de identidad, Carla sabía que eran de la misma edad, aunque nunca se lo había dicho.

– Hoy me tiene que pagar. Esta vez no tengo ningún adelanto, ¿se acuerda?

– El sueldo, ¡sí! Claro, hoy es cinco. Pero no puedo pagarte, Amanda, no me odies. Recién mañana me acreditan una plata, ahora no tengo, creéme, estoy desfinanciada. Tuve además un problema grave en el trabajo…

Amanda la miró con sorpresa y odio.

– ¿Mañana? Yo preciso la plata hoy, señora, ya hemos hablado de esto. Fíjese que no tengo ni siquiera para el boleto.

– Amanda, es solo un día más. Con todo respeto, no creo que te afecte tanto que el pago se haga dentro de un solo día. Son veinticuatro horas… no es tanto. Te pido mil disculpas, hoy no puedo. Sinceramente, no puedo.

– ¿No tendrá algo, doscientos pesos, trescientos, para darme hasta el viernes, porque mañana no puedo venir solo a cobrar?

Carla revisó sus carteras, los bolsillos de sus chaquetas, los estantes de la biblioteca, los cajones, y encontró un montón de monedas. Con alivio se las entregó, y mientras Amanda las contaba pensó que al menos podría pagarse el boleto de vuelta.

-Señora, estas monedas no son de acá, no me sirven.

 Amanda le extendió un montón de centavos de euro, argentinos y reales.

Había solo cuatro monedas uruguayas, que tampoco aceptó.

-Deje, así no se confunde cuando me pague. Yo veré cómo hago para volver a casa. Hoy no le limpio, el mes que viene si quiere me descuenta. Me voy ya.

Aceptó el medio pollo que había sobrado de la noche anterior, con cara de hacerlo más por gentileza que necesidad. Carla se prometió tener el sueldo pronto, en billetes de 500 pesos, al día siguiente. Así evitaría otro olvido y otro escándalo.

En medio de sus preparativos llamó Verónica. A pesar de su urgencia por salir, era bueno contarle a alguien sus angustias.

– Andrés está raro y no sé qué hacer, mi trabajo peligra y para colmo mi limpiadora se fue porque no le pude pagar el sueldo.

– ¿Cómo que no le pudiste pagar? ¿Cuánto le pagás?

– Siete mil pesos. Le pago mañana, pero como ella los miércoles no viene, será el viernes. Me da un poco de pena porque vino caminando.

 – ¿Cómo no vas a tener siete mil pesos para darle? ¿No podías ir al cajero y sacar? ¿O no tenés, en realidad?

– Tengo, pero no en la cuenta de la que le pago a ella. Recién mañana me acreditan la plata que uso para pagarle.

– No puedo creer lo que me estás diciendo.

– ¿Tan grave te parece? Son tres días de atraso nomás. Podría pagarle mañana, si quisiera venir.

– ¡Cómo se nota que nunca estuviste en una situación así!  Hacéme el favor, pasá por casa que te doy los siete mil pesos, mañana me los devolvés, y pagale a esa pobre mujer que trabajó todo un mes en tu casa y merece cobrar su sueldo.

– Sí, le voy a pagar, saco de la otra plata; ahora salgo a buscarla. Es que estoy alterada, recién me llamó Fernando que el proyecto no sale… no sale, ¿entendés?

Verónica conocía sus desvelos porque el proyecto tuviese todo para ganar. Sabía lo que representaba para ella y su economía, y elegía conmoverse solo por el bienestar de Amanda, a quien nunca había visto. No aceptó el dinero ofrecido y le aseguró que pagaría el sueldo de Amanda lo antes posible.

Verónica alardeaba de su buen corazón y de todo lo que daba a los demás sin pedir nada a cambio. Era rica, y ser generosa era fácil para ella. Carla no lo era; solo tenía un buen nivel de vida en base a su trabajo y muchas deudas, cuotas, manejos financieros que no siempre salían bien y alguna que otra ayuda de su familia.

Llamó al celular de Amanda. No contestó, por lo que le recargó 100 pesos, en un gesto capaz de mejorar su imagen de patrona desconsiderada.

Amanda no contestó luego de la recarga. Carla resolvió seguir su camino de regreso a casa e interceptarla con la buena noticia del pago. No podría estar muy lejos, con ese cuerpo y esas ojotas. Su ruta debería ser Avenida Brasil y luego Soca. Andrés le había dicho que así se salía hacia los barrios del norte, que en el mapa se ven como el cuerpo de un abanico, una cuadrícula desconocida con miles de casas.

El cajero automático quedaba de paso. Se vistió como pudo  -después seguía para la oficina y la reunión con Fernando, por lo que no podía ir ni muy elegante ni mal arreglada- y salió.

Guardó los siete mil pesos en el bolsillo. Debía recordar que había sacado la plata de esa cuenta por una emergencia. Si tenía tiempo, mañana la restituía.

Cargó nafta en la estación de la esquina. Le pareció que el tanque se llenaba muy despacio y las fichas caían con retardo. Se bajó para buscar a Amanda por la avenida.

La conversación con Fernando no sería nada fácil. Sintió sed y compró agua. Aceptó que lavaran el auto y cuando fue a pagar el POS no funcionaba y debió hacerlo en efectivo.  Usó el dinero de Amanda.

“Le pago la diferencia el viernes”.

Al llegar a Avenida Brasil aminoró la marcha para escudriñar el horizonte. Amanda no se veía. Un inspector de tránsito la detuvo un par de cuadras más arriba: no había frenado en la cebra.

– Es que no venía nadie, y yo tengo que ubicar a mi empleada para pagarle el sueldo.

El hombre la miró como diciendo “las cosas que la gente inventa para zafar” y la dejó ir. Le pareció un buen augurio. Al llegar a Soca dio la vuelta y la buscó en las veredas. Tuvo especial atención en las paradas, por si era mentira que Amanda no tenía dinero para el ómnibus. Un malabarista la entretuvo en el semáforo. Le tiró las monedas que había rechazado Amanda, entre ellas un euro, y confió que éste supiese valorarlas.

Tomó por Soca. No era posible que Amanda hubiese llegado hasta allí en tan poco tiempo. Nadie podía caminar tan rápido. Un par de cuadras más adelante dobló a la derecha, por una calle angosta y sin tránsito, y volvió a llamarla. La atendió el contestador automático, y no dejó mensaje porque vio que estaba en medio de una feria vecinal. Frente a ella se desplegaban los techos coloridos de los puestos de verduras: naranjas brillantes, flores, gente con carros y niños.

Bajó y se sumó a la feliz algarabía de clientes y vendedores. Un par de jóvenes ofrecía quesos artesanales y carteras vintage. Por quinientos pesos se llevó un bolso verde casi nuevo, y por trescientos, una horma de queso magro con pimienta y ciboulette. Casi la sedujo un abrigo a cuadros Made in Italy, que descartó porque le faltaba un botón.

Si perdía el trabajo o tenía que arreglarse con menos dinero, vendría a comprar a esta feria. Lo de comprar ropa o carteras era lo de menos, lo que le preocupaba era la cuota del auto, que había cambiado cuatro meses atrás.  Aún debía cinco mensualidades del viaje a San Sebastián. Las compras del free-shop seguían debitándose en su tarjeta de crédito. No quería ser negativa y se esforzó en pensar que lo del rechazo al proyecto podía ser un error. Quizás se pudiese reformular o buscar otro financiador. No podía hacer ningún plan hasta hablar con Fernando, y si no encontraba a Amanda llegaría tarde a la reunión.

Iría hasta su casa. Si no la encontraba le dejaría el dinero a uno de sus hijos.

El camino fue rápido pues iba en dirección contraria al tráfico. En el barrio de Amanda la gente caminaba por la calle en grupos, con bolsos, perros y niños. Bajó la velocidad para no lastimar a nadie. En caso de accidente con heridos, la culpa sería suya.

Se detuvo en la mitad del complejo de viviendas. Un laberinto de senderos se extendía ante ella. ¿Cómo ubicar la críptica dirección: Block SV, C, Apto 218A?

Amanda atendió el teléfono.

-Te traje tu sueldo. ¿Podrías venir? Estoy en el medio del complejo, frente a un kiosco verde y blanco.

Llegó a los pocos minutos y esperó a su lado que terminase la conversación con Fernando, que la urgía a llegar para la reunión. Le alcanzó cuatro billetes de mil.

-Falta un poco. El resto lo completo el viernes, o podés pasar por casa mañana. La plata la tendré.

-Gracias, señora.

– ¿Cómo hiciste para llegar? ¿Pediste monedas?

– Barrí dos veredas y conseguí cincuenta pesos. No fue fácil, en ese barrio todos tienen limpiadora o portero que se encarga. Y en estas épocas tampoco hay tantas hojas secas.

Carla no le creyó. Amanda tendría monedas escondidas para el boleto o las habría recolectado en la calle. Los desgraciados son solidarios entre sí. No la contradijo: era muy probable que la semana próxima ambas perdiesen su trabajo y le pareció cruel discutir sobre el dinero de un boleto, en esas circunstancias.

Ley propia

Natalia se despierta con sed.  No tiene la botella de agua junto a la cama, que quedó enganchada, vacía, en el bolsillo de su mochila.  A través de la persiana entreabierta, el aire fresco de abril trae cierto alivio: gotas invisibles que se diluyen en su garganta al abrir la boca.

No conoce a nadie que sienta la sed como ella. “La necesidad de beber algo muy líquido”, “un cosquilleo en la garganta”, “un calor en el estómago” son las definiciones que balbucean los demás cuando pregunta por la sensación que se agita dentro suyo.

A ella la sed la devora. No puede hacer nada, ni siquiera pensar, cuando la ataca. Su madre dice que es exagerado hablar de un ataque de sed.  El médico opina que así son los cambios hormonales de la adolescencia, aunque a ninguna de sus amigas le sucede esto. Los profesores la miran condescendientes cuando, en medio de la clase, pide permiso para tomar agua. 

Si la sed la acomete en medio de una conversación, teme que su interlocutor advierta su desasosiego y sus impulsos de saltar a su garganta, como un murciélago desesperado. Por eso carga siempre consigo una botellita con agua y la rellena antes de que se vacíe. La deja a su lado en la noche, porque el desvelo con sed le hace perder el sueño. La respiración se entrecorta, el corazón se agita, los labios secos lanzan llamados ardientes por una gota.

Lo mejor es beber un vaso cada dos horas. Una frecuencia menor desencadena el proceso de la sed y es mucho más difícil sofocarla. En esos casos, aun bebiendo, la sed persiste, como un escarabajo royendo su garganta. La agitación cede muy despacio y pierde minutos preciosos en la estúpida tarea de equilibrar su organismo luego de un ataque de sed.

Los que viven en el desierto podrían entender con exactitud lo que quiere decir cuando habla de sed. Ahora está en Marindia, y todos quienes la rodean no son de allí. Tampoco los vecinos, cuyas casas están cerradas hasta el próximo verano.  Podría preguntarle al almacenero o a los chicos de la estación de servicio, qué entienden por sed en este pueblo. 

Entonces oye el ruido del automóvil. La pared del cuarto da a un espacio vacío junto a la casa, marcado por las manchas negras de los neumáticos. El padre de Camila lo guarda allí, y Natalia lo ha sentido llegar las noches anteriores. Su nueva esposa, Nancy, lo estaciona siempre en el patio trasero. El auto no llega sino que se va, y mientras sigue el ruido del motor que se aleja, cae dormida.

Un rato después vuelve a despertarse. La luna ilumina a su amiga, que duerme contra la ventana. El viento levanta las puntas de su pelo y su cuerpo se mueve al compás de su tranquila respiración. Si sale en silencio, puede beber al menos diez largos tragos del grifo del baño.

Baja de la cama con sigilo y, sin encender la lámpara, se encamina hacia el baño. La luz del corredor se enciende y la voz de Nancy, débil y temblorosa, la estremece.

– Perdón si te hemos despertado. ¿Camila duerme?

– Sí. Sólo iba al baño.

Bebe todo lo que puede y busca un vaso, o un frasco que llenar con agua y así tener reservas hasta el amanecer. Ve que la luz del corredor sigue encendida y abandona su idea. No le gusta exhibir su debilidad ni siquiera en la madrugada, frente a una mujer mayor.

Nancy está apoyada en la pared, envuelta en una gruesa bata rosada. Su pelo luce esponjado y los mechones apuntan hacia el techo como tentáculos descoloridos. Solloza.

– Disculpa, ¿puedo ayudarte en algo?

– Ha ocurrido una desgracia. El abuelo de Camila ha muerto. Lo han matado. Si no te molesta, acompáñame a tomar un café.

 La sigue hasta la cocina.

– Lo conocía poco, porque no se lleva -se llevaba- muy bien con Rodolfo. Vivía solo y se las arreglaba muy bien, a pesar de su edad.  Vivía en esa casa desde hacía treinta años y creíamos que eso lo protegería, porque era conocido en el barrio. Era un hombre poco comunicativo, y yo me pregunto si hice el esfuerzo para acercarnos más, ofrecerle ayuda… Sé que tuvo problemas con la madre de Camila porque ella no quería llevar los chiquilines allí, por el dóberman. Ahora que ha pasado tanto tiempo hubiese sido el momento de buscar un acercamiento… el perro se murió, yo no llegué a conocerlo…

La abruma el torrente de palabras anudadas entre sí de tal forma que no puede intercalar un suspiro o una mirada entre una frase y otra.

 – ¿Despertamos a Camila? – dice.

Tiene sueño, y quiere recuperar el tiempo perdido en la madrugada a causa de la sed. Es incómodo saber algo íntimo de Camila que ésta ignora, y prefiere no estar allí cuando se entere, no verla quebrarse por la sorpresa y el dolor, llegar al menos un minuto después.

– No. Cuando Rodolfo vuelva se lo dirá. Vete a la cama, disculpa todo esto, estoy muy angustiada. Perdóname.

– ¿Fue hace poco?

– Hace unas tres horas. Llamaron a Rodolfo de la policía y se fue como para quedarse allá, y después iríamos nosotras, pero recién llamó que se vuelve. No se puede hacer nada hasta el lunes. Un vecino quedó con las llaves de la casa del padre, por cualquier cosa. La hermana y el cuñado vienen para acá.

Natalia la ve abrazarse a sí misma, morder su labio inferior, enjugarse una lágrima que no quiere dejar caer. El pecho se agita en una respiración ruidosa, como si el aire aprisionado entre sus senos saliese a borbotones por el pequeño hueco de su boca. Piensa en el hombre muerto en el jardín, sin compañía. En las películas siempre llega una ambulancia que lo tapa con una manta y se lo lleva en una camilla. Alguien pide para subir y no se lo permiten. Alguien llora, muchos miran. En una oficina varios hombres y alguna mujer discuten sobre lo que sucedió; en una habitación tapizada de azulejos, con cajones para guardar cuerpos congelados, un médico forense inspecciona a la víctima. En el lugar del crimen se hace la reconstrucción de los hechos, con gente vestida de oscuro.

Vuelve a la cama. El ritmo lento y estable de la respiración de Camila la acuna hasta que cae en el sueño.

La despiertan ruidos tenues y variados. La otra cama está vacía y la luz matinal es intensa. Se viste sin prisa y piensa cómo actuar, qué decir, cuando salga del refugio de la habitación. Le lleva varios minutos despertarse por completo y se demora hasta sentir que está pronta, lúcida y fuerte para enfrentar la tristeza del ambiente. La inunda una corriente de solidaridad con Camila, y a pesar de que preferiría no estar allí, la complace acompañarla en esta situación dolorosa y extraña.  Se pregunta si debería llamar a las demás amigas.

Camila está sentada frente a un vaso de leche, del que ha bebido la mitad. Mira por la ventana como si quisiera escapar o concentrarse en algo para mantener la calma. Se vuelve hacia ella y le sonríe. No hay rastro de lágrimas en sus ojos.

– Me contó Nancy que fuiste la primera en enterarte. Me hubieras despertado….

– No había nada que hacer, querida- dice Rodolfo. Lleva puesta la campera con la que viajó en la noche, como si no advirtiera el calor. – Nancy no tendría que haberle contado a Natalia. Para saber las malas noticias es mejor esperar el día.

Nancy, aún envuelta en su bata rosada, se estremece y mira el piso.

– Discúlpame, Natalia, no quise…

– No hay problema, Nancy. Me dormí en seguida, por suerte.

 Se ubica junto a Camila. Nancy le acerca una taza de café y un plato con bizcochos frescos.

– Si quieres, puedes servirte leche.

Ella se pregunta quién compró los bizcochos esa mañana, quizás Rodolfo en su camino de regreso. Es raro que un hombre cuyo padre acaba de ser asesinado se detenga a comprar bizcochos para el desayuno familiar. Nancy no pudo haber salido de casa, con su bata y en pantuflas. Quizás la panadería tiene delivery matutino…

El ruido de un automóvil que se detiene la saca de sus pensamientos.

– Elena- dice Nancy, arreglándose el pelo.

Ambos hermanos se abrazan y el saludo se repite con Nancy, aunque más breve. Oscar, el marido de Elena, entra con el termo bajo el brazo.

– Salimos apenas nos llamaste- Elena habla a Rodolfo. – Se nos rompió una cubierta y estuvimos más de una hora en la carretera esperando el service. Encima nos querían cobrar, aunque está incluido en la cuota. Yo les expliqué, les dije que mi padre había muerto y ni se inmutaron. Oscar les quiso dar quinientos pesos y se ofendieron.

Luego de saludar uno por uno a todos, Oscar se sienta y come un bizcocho. Rodolfo espera que los visitantes se acomoden.

– Lo concreto es que le dieron un balazo en el pecho y murió instantáneamente. Querían robarle el auto y el viejo salió con la escopeta, les gritó que se fueran, y como no lo hicieron disparó. Había sangre en la vereda, señal de que lastimó a alguno, pero los tipos escaparon. Un vecino le contó a la policía, y también me lo dijo a mí. Le dejé las llaves de la casa, por si hay que hacer alguna pericia técnica. Sabremos más el lunes sobre el fin de la tarde, cuando termine la autopsia.

– Murió en su ley- dice Elena, y de cada uno de sus ojos cae una lágrima.

Oscar le acerca un mate que ella bebe con la cabeza gacha. Luego dice

– Qué cosa, este hombre- habla con suavidad, y su voz es áspera- en vez de arriesgarse por ese auto viejo que hace años que no anda, tendría que haberse quedado tranquilo, o llamar a la policía. ¡No debió salir afuera con la escopeta, de madrugada!

– Tendría que haber tirado desde adentro- dice Rodolfo. – Él tenía un par de revólveres calibrados, que hacía revisar una vez al año. No sé por qué se le ocurrió usar esa escopeta vieja. Quizás pensó que asustaría más… estaba acostumbrado a inspirar miedo, y esta vez no le funcionó. Si hubiera disparado desde adentro no le pasaba nada.

 El olor de su cigarro llena la cocina y todos miran las volutas de humo que se extienden sobre la mesa. Nancy y Elena no parecen impresionadas por la recomendación, como si les diese igual que el hombre hubiese matado a un delincuente o siguiese vivo. Oscar se sumerge en el mate.

– Murió en su ley- repite Elena, ya sin lágrimas.

Camila sale corriendo hacia su cuarto y Nancy indica a Natalia que vaya tras ella. La encuentra con la cabeza entre las manos, los codos en las rodillas.

– Cami, sé lo que se siente, porque hace dos años murió mi abuela. Es una pena que te aprieta el corazón, que no se entiende ni tiene explicación… En ese momento yo no sufrí tanto porque tuve que acompañar a mamá al hospital pues le había dado una crisis nerviosa de tanto llorar. Estar ahí, hablar con las enfermeras, conseguirle agua, calmantes, me distrajo. Cuando me di cuenta de que no iba a verla nunca más fue terrible. Mamá estuvo triste varios meses. Llorábamos juntas. Ir a la casa de ella, después…

Camila levanta la cabeza y la mira como si no la escuchara.

– Lo que me da rabia es que justo hoy tenía que pasar…con todo lo que soñé con la fiesta de mañana. Cambiamos la fecha tres veces para que todos pudieran venir. Me muero de vergüenza si hay que suspender otra vez. Nadie vendrá si la cambio. Se van a burlar de mí por tantas postergaciones. ¡Imaginate Fabián y Lucero! Me atormentarán un año entero, estoy segura. No sé por qué me pasan estas cosas. Hasta en este momento mi abuelo me fastidia. Siempre lo hizo. Mi madre lo odia.

Natalia bebe un largo trago de su botella. Se la alcanza a Camila, que toma toda el agua de un tirón. Se levanta y da vueltas en la pequeña habitación. Lanza puñetazos al aire y estrella las almohadas contra la pared. Patea el armario y eso hace caer una pelota que estaba encima. Tiene las mandíbulas apretadas y la boca entreabierta, por la que salen pequeñas burbujas. Nancy abre la puerta y al verla retrocede. Entra Rodolfo y cierra tras de sí. Natalia amaga irse y él ni siquiera la mira, como si no existiese.

– Hijita, sentémonos un momento a conversar.

Toma a su hija del brazo y se sientan en la cama. Camila llora y se recuesta en su hombro.

– Calma, calma.  ¿Qué sucede? ¿Tanto te afecta la muerte del abuelo?

– Sabés bien que no, papá, ni siquiera a vos te afecta. No así como…

Señala a Natalia y cuenta lo que ésta le ha dicho sobre la muerte de su abuela. Rodolfo la escucha con atención y abre mucho los ojos.

– Pero él no era….

El abrazo entre ambos indica que no hay necesidad de aclaraciones.

– ¿Entonces…?

– Ay, papá, ¿no te acordás que mañana tengo la fiesta de mi clase? ¿Que compramos cerveza y papas chips, y encargamos hamburguesas?

– Me había olvidado por completo.

– ¿Y ahora? ¿Tenemos que suspenderla? Por favor, papá, no me hagas eso.

Rodolfo mira a Natalia y ésta baja la mirada. Su botellita está vacía. Eso augura problemas, y no le parece adecuado salir a llenarla.

– Mira, querida, esto va para largo. No nos entregarán el cuerpo hasta el lunes de tarde o martes.  Voy a coordinar el entierro para el miércoles. La policía no le dará publicidad hasta tener el resultado de la autopsia. Nadie tiene por qué enterarse, al menos hasta que pase la fiesta.

Habla como si ésta fuese la mejor solución posible en medio de muchas otras en las que la presencia del muerto pudiese ser ignorada, relegada a un costado por algunas horas.  Natalia recuerda una escena en que el asesino mueve las agujas de un reloj para simular que no ha pasado el tiempo.

– Gracias, papi. Yo sé que no es lo mejor, pero yo estoy viva y él está muerto. ¿Te acordás lo que pasó cuando mis quince, que les pegó a aquellos pibes que querían colarse, y vino la policía? ¿Y cuando se levantó y se fue haciendo ruido de mi obra de teatro porque no le gustó? ¡Qué vergüenza me hizo pasar! Papá, no quiero suspender mi fiesta. Hagamos como vos decís. Que quede entre nosotros.

Elena golpea la puerta y abre sin esperar respuesta. Rodolfo le cuenta el malestar de Camila y su decisión. Ella mueve los ojos hacia arriba y abajo, gira su cuello para aliviar las cervicales y apoya su mano sobre el estómago antes de hablar.

– Me parece bien, no es justo que la chiquilina sufra. El murió en su ley. Por mi parte, no le he avisado ni siquiera a mis hijos. Los llamaré el lunes de mañana. No ganamos nada desperdigando la noticia. La gente merece descansar el fin de semana. No hay nada que hacer.

Natalia la ve como si estuviera en una planicie árida y gris, sin caminos marcados, sin árboles ni postes de que agarrarse, como si la certeza de hacer algo la mantuviese viva, y la ausencia de acciones posibles representase el vacío. Se hunde en ese vacío porque tampoco tiene nada que hacer, salvo quedarse allí sentada.

– Voy a hablar con mamá, dice Camila.

Rodolfo se apresura a salir de la pieza y Elena lo sigue. No quieren escuchar la conversación ni regresar al mundo de antes, en el cual Nancy no existía y la madre de Camila ocupaba su espacio. Natalia se ubica contra la ventana y mira los pájaros que comen bichitos ocultos en el césped, las mariposas que adornan la hilera de flores junto al muro. Recuerda el jardín de su abuela y le dan ganas de volver a su propia casa. Camila habla en susurros.

– No, mamá, no estoy triste. ¿Vos estás triste? No mientas, nunca lo soportaste.

– Ya sé que es una cosa horrible y que nadie la merece. No, no sé nada. No se sabe nada más que esto que te dije.

– Papá está bien. Nancy está angustiada. Elena está tranquila. Natalia está acá conmigo, me va a ayudar con la fiesta.

– Sí, mami, está todo bien. No hace falta que vengas. Un beso.

El día se llena con los preparativos para la fiesta. Compran el pan y las hamburguesas, ponen en el freezer los helados, coordinan la entrega de bolsas de hielo para la mañana siguiente. Preparan una playlist con la música que desean escuchar, y se aseguran de que el parlante funcione. Eligen la ropa que usarán, el abrigo que se pondrán si el día está fresco. Elena y Nancy hacen empanadas. Ríen, como si todo hubiese sucedido hace mucho tiempo. Cuando Camila se acerca, se ponen serias y hablan con voz grave y baja.

Natalia recuerda una y otra vez una frase de Rodolfo, murió instantáneamente, y siente extrañeza ante su propia vida, como si ésta pudiese escaparse también en un segundo.  Esa palabra contundente la asusta más que “murió”, que suena breve y ligera, pronta a desvanecerse en el aire. Ve a los asesinos como sombras oscuras que no sobreviven a la luz de la mañana y se siente segura en la vitalidad que la rodea. No la convence la idea de que quisieran robar un auto viejo y arriesgasen su vida por él. Cree que los animaban motivos oscuros, inaccesibles, propios de un mundo ajeno del que el abuelo de Camila también formaba parte. Imagina la cara del hombre inmóvil en el jardín de su casa, piensa que su último pensamiento fue de rabia u odio, y no termina de entender el sentido de la expresión “murió en su ley.”

Si ella muriese de sed algún día, ¿qué dirían?

No fumes ni vayas a la guerra

La tarde es húmeda y fría, y esta habitación no alcanza a darme el refugio necesario. La luz pálida de mayo me permite verla tal cual es: una triste pieza al fondo de una escuela improvisada en medio del campo vacío. Las paredes son finas y llenas de grietas, el techo tiene agujeros.

Otros años, con paciencia, he rellenado con masilla y nylon los huecos que en invierno se transforman en goteras. Otros años, con alegría, he pintado las paredes descascaradas, para eliminar los bichos que anidan en los rincones y dejarlas limpias y prolijas.

La habitación que hoy miro en el silencio de la tarde; la que todos, incluso yo, nombran y conocen como mi habitación, no tiene nada que sea de mi agrado, salvo las cortinas que yo hice. Ahora están llenas de polvo, el tejido se ha desfigurado y el sol ha desvanecido el color original. No sé por qué digo que me gustan estas cortinas si en realidad me gustaban antes, al poco tiempo de colgarlas allí, en esa ventanita que no puede abrirse y por la que he mirado tantas veces el camino.

La cama es angosta y tiene un hueco en el medio donde me hundo al acostarme, como si fuera un nido. Allí me siento protegida, aunque no sea bueno para la columna ni para el buen descanso.  Las sábanas están gastadas y las frazadas apenas abrigan. Pesan mucho, y en las mañanas de invierno me despierto entumecida por su presencia contra mi cuerpo, agobiante como un compromiso no elegido.

Sé hacer muchas cosas: tejer, bordar, cocinar, atender a los niños y mucho más que eso: sé cómo enseñarles a leer, a contar, a pintar con acuarelas, a imaginar el mundo tan grande y variado que hay más allá.

Esto me lo repito cada otoño cuando veo aparecer caritas diferentes, hijos de los hijos a los que yo he enseñado tantas cosas, siempre con las mismas palabras, usando láminas ajadas y descoloridas. En las paredes del aula, del otro lado de esta puerta, están el mapa del país, el de esta región y la lámina del cuerpo humano que provocó escándalo en algunos padres. Es tiempo de sacar del armario los lápices y los cuadernos que están allí desde el año pasado, de verificar el estado de las ollas, los platos y las cucharas. Hay que barrer el piso del salón y sacudir el polvo de los pupitres. Encargar al almacén una buena provisión de arroz, fideos y aceite. Pedir huevos y gallinas a los vecinos, papas y zapallos a algunos padres, cebollas y zanahorias a otros. Y leña a los más pobres, que la recogen del monte y la traen en carros tirados por caballos enclenques, para la calefacción de este rancho que es frío como un sótano, y está rodeado de aire por todos los costados. Hay que llamar a reunión para organizar la kermesse del año y escribir a la inspección departamental para avisarles que todo está bien. No haré nada de eso hoy.

Voy a leer una vez más sus cinco cartas, las únicas cartas de amor que recibí en toda mi vida. Hoy las frases que conozco al detalle me suenan vacías e inútiles, pero seguiré con la lectura hasta el fin. En la última, fechada un 19 de febrero, dice que me amará toda la vida, siempre, siempre. Comparo su firma con el nombre que leí ayer en el diario: ese Pedro tembloroso e inclinado, subrayado con una línea en diagonal que termina en un pequeño corchete, es el mismo Pedro F. Carrasco A., QEPD, a quien su esposa Clara y sus hijos Gonzalo, Rosario y María Elvira, sus hijos políticos Eugenia y Fernando, sus nietos Baltazar, Inés y Renata, participan del fallecimiento en invitan al sepelio que se realizó el día 5 del corriente, hace dos meses.

No sé qué me impresiona más: saberlo muerto y enterrado, descompuesto ya entre las tablas del ataúd, o ver esa larga lista de personas que lo nombran suyo.

Sabía de su casamiento y de sus hijos, porque hasta hace diez años solía escuchar alguna noticia suya. Supe que estaba allá, o más acá, que se fue de viaje, que se compró un auto.  Un día comenzaron a escasear las noticias, y yo no me di cuenta hasta que fue muy tarde para seguir preguntando. Igual lo hice, indagué entre los que podrían saber algo y soporté avergonzada que me mirasen con piedad o me aconsejasen olvidarlo. Como si estuviese convencida de poder olvidar, me sometí al consejo y olvidé las preguntas.

Me dolió saber que se había casado y aún más enterarme del nacimiento de su primer hijo. Mi soledad se hizo más profunda en ese momento y la esperanza de recuperarlo se disolvió violentamente en mi corazón. Con el paso de los años, cuando supe que no me casaría ni tendría hijos, ese dolor dejó paso a la convicción de que, como me había dicho y escrito, siempre me amaría.

En estos años de soledad escuché muchas historias: supe de mujeres atormentadas por un amor imposible que se comportaban como dignas esposas, supe de hombres mayores enamorados de sobrinas adolescentes, de niños maltratados por padres mal unidos, del aburrimiento de parejas eternas, del odio pertinaz que une tanto como el amor. Escuché historias entre hombres y mujeres, entre mujeres y mujeres, hombres y hombres, viejos y jóvenes, humanos y animales.  Mi lugar detrás del escritorio y mi soledad hicieron que muchos se acercaran a contar lo que a nadie contaron, en busca de un consejo o por el desahogo de compartir la verdad. Escuché, intenté dar una palabra de apoyo o de censura, y cuando me quedaba sola volvía a leer sus cinco cartas y les encontraba un sentido diferente.

Después del desconsuelo de no tenerlo, de saber que era de otra mujer y de otra vida, al leer sus cartas comprendí que era cierto que siempre me amaría, así como yo lo amaba. Lejos de la pobre realidad, de las obligaciones, de la rutina que acosa y embrutece, de los lazos que nos atan a los demás a pesar de nuestro deseo; supe que siempre me amaría. No como esposo ni amante, sino desde sus cartas que nadie podría borrar; desde su recuerdo que vendría a buscarme cuando estuviese triste o cansado. Me recordaría ante cada adversidad, libre de sus ataduras de padre o esposo, de su lugar de empleado y ciudadano. En esos breves momentos de intimidad, me amaría.

Nunca esperé que llegase a salvarme de la soledad. Tuve el amor de los niños, inocentes de haber nacido en este campo pobre, lejano y sin caminos de salida. Tuve el cariño de las madres, que llenas de ilusión esperan que sus hijos se eleven por encima de sus propias vidas. No estuve aquí para sobrevivir, con un sueldo casi miserable, ni por tener un lugar importante en el mundo… tenía éste, que ahora me quieren quitar.

Esta carta que llegó ayer, junto al diario, fechada veinte días atrás, dice que la escuela cerrará por el escaso número de alumnos.

¿Adónde creen que iré? ¡Si no tengo a nadie! Todos están aquí, en estos parajes perdidos. No he ido a la capital en años. Los míos, los que me precedieron en la vida, ya no están. Nadie viene después de mí…y él tampoco está en este mundo. Todo parece intolerable: el frío del invierno, el agua del otoño, la humedad de la primavera, el verano asfixiante. Las tribulaciones diarias y las angustias nocturnas quedan sin solución, sin consuelo, en este desamparo en que las noticias me han hundido.

El vestido más hermoso de mi juventud me queda estrecho y está mordido por las polillas. El diseño es sencillo y anticuado. Me encanta la tela con fondo celeste y todas esas flores, como si restallaran contra el fondo gris del mundo.

 “Para tener una larga vida no fumes ni vayas a la guerra”, decía mi madre.

Nunca fumé. Hoy escudriño mi vida y creo que no pude evitar ir a la guerra, y en este pequeño lugar libré muchísimas batallas. Tendría que haber vuelto al pueblo. Tendría que haber buscado un empleo diferente, una casa propia. Me quedé acá como si éste fuese mi destino, y este lugar mi trinchera. No hubo generales que me marcaran el rumbo sino que yo misma me ordené la resistencia, aunque nunca me propuse triunfar. Me pregunto qué fuerzas desconocidas me dieron este lugar de carne de cañón, de soldado anónimo.

Como una guerrera vencida, creo que tengo el derecho a elegir algo en la vida y no someterme siempre a lo que ésta me ofrece. Elijo entonces la forma de morir, con el cuidado con que hubiese elegido el nombre para un hijo, el tamaño de una casa, el color de un automóvil. Elijo la forma de morir con la atención con que buscaría un tomate en el huerto, una ruta de viaje, un libro que regalar.

Los que me tienen algún cariño habrán imaginado que moriría tranquila, silenciosa y leve como he vivido, tal vez corroída por el veneno, suspendida en una horca, o abandonada a la corriente del arroyo en una crecida. Lamentarán no encontrarse con viejos amigos en el velatorio, acompañarme al cementerio en la brillante camioneta de la funeraria, o esparcir mis cenizas sobre las sierras. Se sorprenderán de que haya elegido el fuego, aunque ya no importa: quiero sorprender alguna vez.

Quiero arder, brillar, al menos en el último instante.  Desaparecer entre las chispas y el humo, ser brasa iridiscente después de ahogarme en la fogata. No importa que nadie escarbe en el rescoldo, perciba el último calor y vea la postrera voluta de humo. Me basta con el asombro de quien descubra la llamarada en el horizonte y antes de preguntarse por qué, admire el esplendor del brillo y el tamaño de las llamas.

Llega la noche y opaca el verdor del campo, vuelve primero negras y luego invisibles las siluetas de las casas en el horizonte.

Así las llamas, rojas, amarillas, violetas, serán como estrellas caídas sobre el campo inmóvil.

FIN