In memoriam Robert Ryan

Porque la historia de la ficción es la historia de la lucha de géneros puede justificarse esta escritura que comienza condenada a quedar inconclusa. Hace meses que estoy metido sin lograr avanzar, en la tupida trama de un argumento sin relación con lo que sucede ahora en el país, será porque aquí no pasa nada y lo que sucede de verdad bajo la superficie es ignorado por la mayoría. ¿Qué puede hacer un narrador el día de hoy, cuando la única noticia con vida fue la muerte de Elvis Presley? ¿Escribir hipnóticas descripciones sobre calles desconocidas de Memphis, imaginar negros de luto cantando himnos litúrgicos en las capillas góspel moviendo zapatos de gamuza azul? ¿Entonar el rock de la cárcel bailando con acrobacias pélvicas alrededor del Penal de Libertad? Es preferible congelar la escritura que son filetes de merluza como sucede hace días, si esos fueran los relatos de los secretos dictatoriales que padecemos la diaria el balance sería una broma pesada, para nosotros que somos contemporáneos de la infamia y los que vendrán dentro de medio siglo, allá por el 2023.

Hoy, luminoso miércoles dieciséis de agosto de mil novecientos setenta y siete ponerse escribir tiene sentido quizá para salvarse de hundirse en la paranoia; urdiendo historias destinadas a jamás ser leídas y enviar cartas a desconocidos, enojarse sin pasar a mayores con editores amenazados, renunciar al intento y sentarse frente al televisor a mirar viejas películas de The King luego que finalice la cadena informativa de las Fuerzas Conjuntas. Esas son las musas desdentadas que me visitan, no hay más nada en perspectiva y ya que estoy al comienzo de un libro que nunca escribiré, puedo permitirme repasar las circunstancias del asunto.

Pasó un año desde que hastiado de imaginar sin éxito argumentos populares creíbles, inventar personajes que pasaran por verosímiles, como dije, me metí en una telaraña cautivante de cuentos oídos al descuido. Sin casi percatarme puse palabras en historias expropiadas; como sucede en el deporte o el amor, cotejé que tenía apenas la arquitectura del devenir y la unidad mutable, superficial, captada sólo por espectadores ajenos al tema. Después, lo de siempre: la muerte de algunos protagonistas entrevistos determinó el duelo de la invención, sin pensarlo irrumpió en mí el imperativo de ordenar materiales proyectando un libro que nunca existirá. Si en los tiempos que padecemos tantas vidas quedan por el camino, es comprensible que algo parecido pueda sucederle a un libro mío. Para ese otro comienzo recuerdo que encontré la fuerza necesaria en la curiosidad, el trabajo periódico y la seducción filológica, fueron apartados por el atractivo estrafalario de episodios que eran incompatibles con otros artificios que venía entrelazando, convencido de que yo también tenía la vida por delante. En un primer momento me preocupó saber si no era el destinatario de un gran embuste, luego esa idea me abandonó, se marchó al trote ganándome la indiferencia asumiendo que la imaginación de los otros forma parte de la realidad. Comencé a creer en papeles que leía y comentarios que escuchaba, sentí probables las aventuras recreadas en epístolas alucinantes como si fuera otra escritura mía que sucedía fuera de mí. Comprobar la existencia de mundos ajenos que estaban a mi alcance me deslumbró, al punto de creer que la pelea era distinta; donde, igual que en los bailes más concurridos los sábados la realidad danza en varias pistas siguiendo el ritmo de orquestas diferentes.

Por primera vez después de varios años estaba en el ring side de una pelea sin sentirme protagonista, balanceándome con el peso del cuerpo en las endebles sillas plegables de latón, ahí cerca: escuchando en directo la transmisión simultánea de tres relatores, viendo la escupida ensangrentada en los baldes de plástico a medio llenar y oyendo el jadeo de cuerpos castigados, cansados. En ciertos contraluces podía observar el rocío de agua y vaselina saltar del pelo ensortijado de uno de los pegadores, seguir con la mirada el rebote en la lona con incierto destino, del huidizo protector bucal despedido como un moscardón de goma abombado, la risa abombada que anuncia la derrota inminente. El minuto de tregua entre los rounds se centuplicaba, el humo de cientos de cigarrillos subía hacia el techo hasta formar la nube compacta del tabaco, un smog artificial y entibiado de pulmones manchados. Había que aguantar hasta el final del combate las ganas de orinar, mientras cuatro vendedores de café y refrescos se pasean en los pasillos, arengando mercadería a toda garganta. Las lámparas enormes, concentradas sobre el cuadrilátero, resaltan el brillo artificial de los pantaloncillos que distinguen a los púgiles y el bermellón desvaído de guantes reglamentarios en los rincones, poblando el interludio de la proximidad del ruido seco de un cuerpo cuando se derrumba, se desparrama como una bolsa de papas, rebota alguna milésima de milímetro y vuelve a golpear; hasta que la cabeza parece desprenderse hacia la nada, mientras la Ley del réferi llega a la cuenta de diez y hace señas cruzando las manos: K.O. Desde siempre se mezcla con mis primeros recuerdos, me subyugó esa forma codificada de la violencia poniendo en práctica el arte de golpear evitando el castigo, preparación meticulosa para el desgaste del adversario, insistencia buscando la falla en la defensa, el aniquilamiento real y simbólico del otro, la suma de los otros púgiles interfiriendo en el propio camino y estorbando porque atrasan la caída deseada desde tiempo atrás.

Idéntica atracción, que mirada desde afuera podía ser calificada de trastorno tenía la carpeta que me hizo llegar un querido amigo borrado. El inconcluso ese debió haber sido el libro que nos sacaría de algunos aprietos económicos; a mí por supuesto, a él menos y a Romano Galloso ex cronista del diario El Plata de Montevideo. Luego de trabajar hasta tarde en la madrugada y varias reuniones quedó apenas la carpeta como prueba de nuestro intento; Galloso viene de morir de un cáncer de garganta cantado cuando se lo veía fumar a lo murciélago, mi amigo prefirió la modalidad urbana del suicidio y se fue a vivir en una calle sin saneamiento del gran Buenos Aires, cortando todo vínculo con su pasado montevideano. Cuando conversé el proyecto con un editor conocido a quien podría interesarle el asunto, pidió que rearmara el acopio de materiales fragmentados en un relato y después charlaríamos. Tarea inconcebible, cualquier modificación que introdujera en la materia bruta le daría aire falso, una innecesaria unidad de estilo; después de años de asistir al bombardeo de una literatura ¿quién puede pensar la pureza de estructuras lógicas, en ensambles armónicos como un jardín?

En la escritura como en Dresde bombardeada, al otro día que fue el 16 de febrero de 1945 hay que comenzar por juntar ladrillos de a uno si aún se está con vida. Luego armar lo que sea posible rescatar, sabiendo que escombros y olor penetrante a carne quemada no pueden ocultarse en ninguna parte. En la tacita del Plata eran pedazos feos y deformes lo que podíamos concebir; una literatura de urgencia cosida con prosa post operatoria para pasar el invierno. Mientras el tiempo que dicen que todo lo puede consiga darnos otra oportunidad de ser sutiles con las subordinadas, reinventar el diabólico tema de dios, afirmar que la muerte vuelve a ser algo que sucede a los otros y citar las calles orinadas de Dublín donde hay cervecerías abiertas toda la noche sin sentir asco por esa debilidad.

La lejana noche de la primera lectura de lo que había en la carpeta, con el ánimo por el piso, recuerdo que estuve a punto de citar a Boecio por el asunto de la consolación que debía venir de alguna parte. Como eso lo pensé al amanecer bajo efectos del alcohol a lo que estoy desacostumbrado, temí que pudieran confundirlo con un welter panameño. Cercado por tales inhibiciones apenas me atrevía a reordenar papeles y postergando una quema coherente con el asunto pensé referirme a memorias. Entonces recordé un diálogo entre Galloso y Tejedor, el púgil que nos daría material para una biografía novelada que haría capote: “Mire, sé que un tipo como yo no tiene derecho a tener memoria” y otra frase: “Cierto, memoria con minúscula sólo tienen los ganadores.”

A la vuelta del tiempo los implicados quedamos con la impresión de remontar un río fétido de palabras, que la fuerza de corrientes encontradas nos hacía naufragar en arrecifes de papel podrido. Tejedor sin laboriosa memoria reconocida por el público, Galloso sin regreso triunfal al periodismo deportivo, mi querido hermano sin su libro para salir del paso y yo cuidando ese hijo de otro, medio tierno apunte, algo tarado, que nunca crecerá y de aquí en más será una pesada molestia. Fuimos durante algunas semanas una pandilla de desgraciados, que habiendo planeado un golpe a lo rififí en los cofres del Banco Comercial, terminamos descolgando la ropa puesta a secar a los vecinos jubilados. A pesar del nefasto panorama esos coágulos, por extraña peripecia insisten en quedar pegados en mis manos; haciéndome saber lo que jamás podría escribir con palabras mías, denunciando una sombra de años pasados, boxeando la sombra contra la pared y que tampoco escribiría ningún otro. El episodio termina en un final de autopsia, fragmentos dispersos de materiales, hígados de diálogos, páncreas de descripciones, sangre sustantiva y heces verbalizadas, inexistentes cadáveres exquisitos para drenar con brutales incisiones, humores de verdades verificables y osamentas aserradas de una historia arrinconada, que nunca nadie intentará completar (como nadie hace cirugía estética con los cadáveres), indagando donde está la flexión entre verdad y mentira (como nadie pregunta por la vida del muerto), el divorcio entre realidad e imaginación (como nadie sopesa el gramaje probable del alma).

Algún conocido que me estima, viéndome manipular papeles noqueados me alentó casi de lástima, revalidando el carácter ontológico de las restauraciones, creyendo advertir en cada fragmento un hueso –invirtiendo esta vez la lógica- del hipotético dinosaurio del probable libro escrito por un muerto, con otro desaparecido voluntario y un escritor en la seca a quien le queda entre las manos una carpeta de recortes, siendo quizá lo mejor que pudo suceder. Releo por última vez esos papeles y ojalá todo hubiera sucedido en otro lugar; soy parte del monstruo y reconozco en infinitos detalles a falsa modestia característica de Montevideo, engañosa seducción de putita púdica y tolerada humildad pulverizando tanta vida. Es un texto de aliento pestilente, ciertos fragmentos desprenden la humedad de hojas guardadas durante muchísimo tiempo, aunque supongo olor también en las palabras. En otros manuscritos de la carpeta el aliento desfallece, se entrega como sucede cuando se va perdiendo una pelea por puntos: puede respirar sólo por la nariz y las pupilas se agrandan presintiendo la llegada del golpe decisivo. Es como leer mensajes obscenos escritos al dorso de simpáticas postales, cebando hasta saciarlo el indestructible bicho de la nostalgia; supongo en ello un problema mío y como siempre, cada cual leerá lo conveniente a su carga de cobardía, hipocresía e ignorancia.

Me temo que falta aire para la piedad en nuestras calles, siento que exceptuando el detalle de la ordenación soy un lector más y no quiero olvidar pedir excusas a ese tercer hombre, el narrador que pude haber sido yo y nunca fui. Es una extraña experiencia repasar de memoria episodios olvidados al segundo, a los diez segundos; aprendí a pensar entre gente para quienes la vida era la sumatoria de tres minutos medidos con cronómetro. En ese tiempo impar los hombre medían, muchos lo hacen con tarjetas de crédito como otros narramos pedazos de vida en fragmentos de cuentos de esos postergados para el verano que viene. La unidad se perdió y dejó de existir, la divina trinidad de gente como Tejedor es el apilamiento de ciento ochenta segundos. Si la coherencia todavía existe es para los ganadores que pueden explicar, teorizar, cerrando una victoria sin despertarse cada noche; como quienes fueron derrotados por un gancho al mentón, sabiendo lo insalvable del segundo aquel sin recuperación, cuando dudaron, calcularon mal la distancia, bajaron la guardia: reconocemos tarde la fracción en que arrancó el fracaso, el momento cuando se resquebrajó el cristal interior y todo comienza a ser diferente al conjunto de años amontonados del pasado.

Más vale hablar ahora de mí pues después faltará tiempo, pasé un invierno (el mismo de la separación y la crisis asmática de la niña) con esos papeles rondando cualquier circunstancia de encuentro con el trabajo. Su magnetismo me acompañaba a cualquier lado adonde iba cuando seguí con mi proyecto previo; asumí que no podría continuar escribiendo más nada si antes no le daba trámite urgente a ese expediente truncado. Siempre tuve dificultades para liquidar situaciones con personajes reales y rematar narraciones, sentí otras fuerzas marginales azuzándome a hacer algo con el proyecto Tejedor. En tanto buscaba dar un salto importante en los aprietos de forma y lenguaje poético, esos mamotretos me sumergían en la realidad con la seducción de una materia intermedia entre voz y escritura. De haberlos trabajado con un afán profesional imposible de concebir en esta tierra se hubiera transformado en un retroceso estético personal, inadecuado pacto con lo cotidiano negado en lo que podría llamarse mi obra.

Quizá en ello está comprendida mi excusa, como si además del cuento literario debiera contar el otro relato de los materiales implicados. Me negué al heroísmo de hogueras purificadoras, quemar las voces que resuenan en la cabeza es a veces una terapia sana cada vez menos frecuente; hacerlo con los ecos de otros, que nos confiaron su última palabra en un testamento balbuciente me pareció indigno. Alguna vez pensé sacar del episodio un cuento interesante a incluir en mi anterior libro publicado, pero nunca llegué a sospechar el tono adecuado al relato ni conseguí integrarlo al sistema de una imaginación cayendo por otros desniveles. De la misma manera, nada impedía esperar años para trabajar el asunto con la distancia apropiada del desencanto. Se me impuso la urgencia de desprenderme ese lastre de peripecias ajenas, declarar cuanto antes el robo y la rapiña de historias de poca monta y cerrar el expediente lo más pronto posible. Otros proyectos personales que creía centrales me aguardaban, deseaba cuanto antes zafar de esta pelea callejera del compromiso absurdo y moral, tejiendo a mano chantajes impagables de ausencia.

En ese estado de espíritu llegué a creer -en los sótanos de las absurdas auto explicaciones- que se trataba del combate celeste imitando la lucha con el ángel entre límites inmóviles, fijándome página a página suponiendo el infinito, lo absurdo y el cosmos inexistentes. Meros conceptos vagos aguardando formas a llenar y tiempos cronometrados; es cierta la presión de difusas razones nocturnas para condenarme a rondar un proyecto, extranjero a mis intereses y haciendo de su destierro una cuestión personal. De tanto pensarlo, concluí que este interés persistente por el currículum de un boxeador de la Curva de Maroñas, debía de tener otras explicaciones que la excusa condescendiente de dar una mano que redacte a tres amigos en la mala; que había explicaciones que yo mismo debía buscar en los álbumes de figuritas de mi propia infancia. Desde entonces había transcurrido muchísimo tiempo y me parece ahora un episodio de la vida de otra persona, sucedió el mismo día que cumplí trece años; no siendo judío podía especularse que sería una fecha de mala suerte pero quedó -hasta ahora lo supe- como algo fuera de lo común confundido con lo cotidiano.

Sólo con el correr de los años se acomodó a su limitado sentido, olvidé los regalos que recibí ese día; creo recordar por el contrario un festejo familiar –uno está solo en esos años de la vida- con cerveza blanca Doble Uruguaya y vino blanco dulce. Mi madre prepararía desde la mañana pizzas caseras enormes, con salsa de tomate y aceitunas verdes picadas por encima; seguro que las masas surtidas y los sándwiches de jamón y queso se compraron en la confitería La Liguria, en la esquina de ocho de Octubre y Cipriano Miró, lejos de casa, cerca del Hospital Pasteur y la Iglesia de San Agustín. Siendo día de semana, digamos que la reunión comenzó a la caída del sol y terminó temprano, la nuestra siempre fue una familia pequeña; como pasaba desde los primeros veranos que recuerdo, la puerta del patio que daba al corredor llevando al fondo estaba abierta, desde donde estábamos escuchábamos los grillos cantando entre los arbustos de la casa vecina y mi perro, Foster con buena voluntad, se paseaba nervioso por las habitaciones. Los parientes alejados llamaban por teléfono cada rato para saludarme. Hubiera venido bien que durante la reunión se dejara caer un chaparrón con el rezongo de los truenos en vacaciones, en casa ya teníamos el juego de hierro de jardín con sillas pintadas de esmalte blanco; la vidriera que separaba la casa del corredor y el pasillo, a medida que el calor aflojaba dejaba oír el ruido de cristales reacomodándose, entre hierro herrumbroso y masilla petrificada. Desde el fondo trotando sobre el tapizado gastado de baldosas amarillas y quebradas, se desbocaba sin convicción un aroma de tierra negra mojada, pasto cortado, naranjas amargas pudriéndose en la tierra.

Por aquellos mismos meses, recuerdo que pasaron en la televisión -nosotros teníamos una vieja Diamond- un film de indeleble memoria e impresión de gancho al mentón. La traducción castellana lo llamaba El luchador, la película mostraba el mundo del boxeo por dentro, un round en la vida de un boxeador oscuro en la pendiente, el minuto de descanso de la condición humana. Lo protagonizaba un Robert Ryan inolvidable por impresionante al que en la historia apodaban “el fogonero”. En el último round, perdedor quebrado, púgil despreciado de esperanza, en la caída irreversible, apalabrado para ser escalera de aspirantes ambiciosos y rellenar preliminares de gimnasios de medio pelo, donde gánsteres de tercera reproducían el juego grande de la delincuencia. Esa noche que muestra el film el fogonero ganó la única pelea que no debía ganar. Había en un momento, lo recuerdo con tanta precisión, un hotel miserable de pocos dólares, una habitación con ventana dando a callejones interiores con escaleras de incendio como panorama, un fastidioso cartel intermitente de un previsible neón chirriante, en blanco y negro cuya luz a fogonazos se metía, irrespetuosamente, en los sueños de los miserables que podía llegar sólo a pagar esa renta; el fogonero era uno de ellos. Toda la película era de luz intermitente como si la electricidad hiciera cuerda. Entre los roles secundarios, todos, porque ninguna podía alcanzar la sublimidad de Ryan en ese film de la RKO, había una pareja de segundos que debían asistirlo. Dos miserables que lo traicionan por unos pocos dólares, ellos masticando sin parar escarbadientes, tenían palitos para trabajar heridas abiertas en las cejas sobre las orejas, uno tenía una camiseta toda podrida, el otro usaba una corbata y se ponían toallas sucias sobre los hombros. En ciertos tramos había mujeres violentas, frustradas, que parecían insinuar bacantes potenciales reclamando sangre fresca y un ciego increíble en el ring side, abriendo sus ojos imposibles, como si Homero hubiera querido ver y repetidas veces la muerte violenta de Dolon; excitándose el ciego aficionado con los sonidos indiscriminados más que con la violencia circundante invisible. Había el fondo de apuestas clandestinas, arreglos de peleas falsificando combates, degradando el deporte y vendedores de palomitas de maíz recorriendo corredores. La película se abría y cerraba con el plano de un reloj grande, de los instalados en la calle con anuncios de marcas de automóviles. Como sudor aristotélico, en ese pequeño cosmos degradado el tiempo de la acción narrada y el de la duración de proyección del film coincidían, cien minutos en la vida del fogonero, cien minutos en mi vida una noche frente al televisor Diamond. Es una pena que ya no la proyecten en la tele, me gustaría volver a verla por ejemplo esta noche en lugar de soportar Estilo Hawaiano o Charro con la omnipresencia de Presley en sentido homenaje a su muerte. Quizá sea preferible no desencantar la mala copia que quedó fijada con tanta insistencia en mi memoria.

Esa era una de las razones íntimas por las que la noche misma de mi cumpleaños quería prender la radio, la puse bajito evitando molestar al resto de la familia, a mi padre que se levantaba temprano para ir a trabajar, esperando que comenzara la pelea. Sólo había dos posibilidades así que debió ser CX 18 Radio Sport o CX 24 La Voz del Aire que eran las que trasmitían esos eventos. En todo caso debió tratarse de un engendro de trasmisión llamado La cabalgata Gilette, trayendo voces de relatores dominicanos o portorriqueños que integraban mensajes llenos de viento, huidas de las voces por el éter americano, a la manera de llamadas de larga distancia de persona a persona. Como yo andaba en lo del consumo personal de hojitas de afeitar que me había enseñado mi padre, me sentí en concordia con el patrocinador publicitario. Esa noche la transmisión se realizaba desde Miami, cerca de donde lanzaban cohetes al espacio, la ciudad donde vivían cubanos afectados por la revolución de los barbudos unos años atrás y con el telón de fondo de la crisis de los misiles. El combate pactado para esa noche era por la corona, en realidad por el cinturón de todos los pesos, la máxima categoría, la reina, entre el monarca reinante, un ex presidiario de terrible aspecto, según había visto en los diarios que anunciaban la pelea, llamado Sonny Liston apodado “el oso”. El retador, un muchacho insolente que apenas llegaba a la veintena y fue campeón olímpico, bocón por vocación y estrategia respondía al nombre de Cassius Marcelus Clay. Yo estaba ahí escuchando cuando esa noche cambió la historia del boxeo y nacía una leyenda.

Fue en esa pelea, tal vez en la revancha a los pocos meses, cuando Clay le dislocó el hombro a Listón que debió abandonar evaporándolo así de la historia del deporte. Años después, una tarde, en el cine Trocadero vi tres veces seguidas la película El más grande que restituyó en imágenes – Clay interpretándose a sí mismo- lo que escuché en la oscuridad de una noche de cumpleaños, haciendo lo imposible por imaginarme lo que veía el relator caribeño en el cuadrilátero de Miami. Aprendí que siempre se es esclavo y fiel a los recuerdos instalados en la memoria sin pedir permiso; la película que tenía esa inquietud informulable de ver a Oscar Wilde en el papel de Oscar Wilde, Juan Moreira interpretando a Juan Moreira, terminaba con el combate más espectacular y simbólico y político, cuando el converso al Islam Mohamed Alí allí en Kinsasa daba cuenta en el octavo round, con una combinación de golpes prodigiosa e inesperada por la fatiga de ambos, del desconcertado George Foreman en un ring africano caldeado por el trópico. Por fortuna allí estaba Norman Mailler que copió las declaraciones previas: “Cuando George Foreman se estaba peleando todavía por las calles, yo ya peleaba con boxeadores de renombre, con boxeadores de calidad, con tíos famosos; ¡con hombres peligrosísimos! Fíjense en la lista: ¡Sonny Banks, Billy Daniels, Alejandro Lavorante, Archie Moore! ¡Dong Jones, Henry Cooper, Sonny Liston! He boxeado con todos ellos. Patterson, Chuvalo, otra vez Cooper, Mildenberg, Cleveland Williams, un peso pesado muy peligroso. Ernie Terrel, dos veces más corpulento que Foreman, al que le di una buena paliza. Zora Folley, que saludaba a la bandera norteamericana tal como hace Foreman, y lo dejé fuera de combate, ¡y era un boxeador muy hábil!” Esa era una enumeración caótica de la areté de sangre africana, héroes vencidos en combates singulares para una gloria del elegido que dejaba a los dioses de la tierra en un rincón neutral.

Recordando ese episodio, años después supe que nuestro Tejedor nunca sería alcanzado ni por un rayo de esas luminarias, su destino como boxeador era el espejo del mío como escritor. Por esa fatalidad de destinos encontrados, en un tiempo y lugar que parecen perfilados a ser olvidados hasta por quienes los vivimos, seguí acompañado con la carpeta que tenía los materiales que dejó de pertenecerme y nunca será de nadie. Mirando hacia atrás, creo conocer un poco al hombre que fue Tejedor y lo quiero como si hubiera sido un personaje de ficción; que comencé a inventar aquella lejana noche de verano, cuando se hacían oír grillos forasteros a la casa y separados por un muro medianero. La noche del olor intenso a tierra mojada, que perfumaba el patio familiar, cuando se destaparon botellas de cerveza empañadas de frío y damajuanitas de vino blanco dulce para festejar algo que me concernía, mientras, cerca de Cabo Cañaveral dos hombres negros hacían precalentamiento en los vestuarios. En las actuales circunstancias, en este mismo día importan poco estas justificaciones personales para explicar el cuento que nunca será escrito; un relato anclado en lindas historias orientales que otros habrían narrado mejor y la hubieran hecho existir. Tejedor se quedó sin cuento, vivir algunos años en la mierda hace que se pierda la pureza necesaria para contar; lo producido permanece incomunicado a los otros, como nosotros mismos quedamos varados en la pobreza de la vida interior.

Lo único cierto es que no logro despegar del vuelo gallináceo del estar aquí ni puedo dejar de temer -con egoísmo- por mi suerte personal en los espacios de la casa tomada. En ese desperdicio de imaginaciones destinadas a nadie, en el extravío agonizante sólo puedo pensar que Elvis Presley murió en Memphis empachado de píldoras multicolores y según dicen con regodeo los cables que saturan las teletipo. Pero él no merece un poema ni siquiera una lágrima nuestra; aquí sólo resta moler en la noria tirada por caballos hechos de palabras recuerdos rotos, sobrevivir con rabia aguardando que pasen si es que pasan los interminables años de fastidio: que Robert Ryan haya muerto, Clay Alí haya muerto y yo mismo haya muerto; y alguien decida que los días de dolor de los nuestros están lejos y ese desconocido comience a desenterrar la rastra de historias pendientes. Como la de Tejedor y la promesa de su cuento que nunca pudo ser, que valdrá la pena recontar despacio en las noches de otros inviernos por venir. Que yo no veré con mis propios, como tampoco vi caer a Sony Liston en una lona mágica la noche de mi decimotercero cumpleaños.