Escritor pensado

(un inédito)

Quince fragmentos

Evitar lo peor. Evitar lo peor todo lo que se pueda. Evitar todo lo evitable. Dentro de lo posible, evitar también lo inevitable. Dentro de lo posible, tratar de que nada se transforme en inevitable. En la medida en que se pueda, hacer lo humanamente posible para que no haya nada que evitar. Trabajar para que lo inevitable no tenga lugar. Preparar las cosas de tal modo que lo inevitable, si ocurre, sea previsible. Trabajar para que, siendo previsible, a lo inevitable se le pueda impedir que ocurra. Evitar de antemano, si es que esto es posible. Hacer hasta lo imposible para que no haya que evitar nada. Desterrar para siempre la necesidad de que algo deba ser evitado. No tener necesidad de evitar. No evitar nada, nunca. Que nada sea evitado. Que todo ocurra cuando deba, cuando quiera, como quiera, en el momento que quiera. Las cosas son como son porque así han de ser porque otras cosas fueron como fueron. Cuando algo que va a ocurrir es evitado se corre el riesgo de poner en marcha hechos indeseados que no podrán evitarse. Todo está concatenado desde el origen, no es posible evitar nada. La evitación es ilusoria. La evitación está predeterminada para que actúe como causa para que otras cosas ocurran de modo inevitable. Nada es evitable, nada es inevitable. Lo que se evita, lo evitable, lo que es evitado, ya estaba previsto en la infinita cadena de causas que condujeron a la evitación. Lo inevitable ocurre no porque no se pueda evitar sino por la infinita cadena de hechos que lo precedieron. Lo que se evita no es evitable. Lo que no se puede evitar no es inevitable. Iba a ocurrir de todos modos.

*

Anoche hablaba de “mis modestas luces”. Me fui a la cama con eso en la cabeza. ¿Era una expresión de mi conocida modestia o el reconocimiento de que no soy inteligente? Mi modestia no es conocida por nadie, más que por mí. ¿O acaso es un rasgo de inmodestia decir que soy modesto?

Dejemos eso porque no puedo mantener más de una línea de pensamiento en la cabeza. A veces no soy capaz de mantener siquiera una línea y la cabeza da vueltas y vueltas en el mismo sitio sin llegar nunca a ninguna parte. O, dicho de otro modo, un modo tal vez un poco más poético, o directamente poético, a veces mi cabeza anda como una mariposa. Se posa en muchas partes y nunca se detiene en ninguna. Uno no sabe qué busca la mariposa, aunque quizá ella sí lo sepa. Bueno, mi cabeza anda como una mariposa y, como no es una mariposa, no sabe por qué se posa donde se posa.

Retomemos lo del comienzo. Mi madre creía que sí, que yo era un niño inteligente. No solamente creía que era inteligente sino “muy” inteligente. Lo decía a quien quisiera oír. A mí me daba algo de pudor porque sentía, íntimamente sentía, que yo no era inteligente. Pero tanto lo repitió mi madre que al final terminé por creérmelo. No creérmelo mucho, pero sí un poco.

Yo me sentía más bien limitado, de vuelo corto, y a la vez pensaba que mi madre no podía equivocarse tanto, por eso acabé cambiando de forma de ver las cosas, gracias a ella. Si mi madre lo decía algo tendría que haber allí. Más o menos así razonaba yo: una madre sabe, intuye, se da cuenta de todo. Después, con los años, empecé a pensar que mi madre no sabía tanto, ni intuía con certeza, y tampoco se daba cuenta de todo porque hasta yo podía engañarla.

Pero bueno, durante un tiempo, unos años, tenía para mí que yo era medianamente inteligente. No andaba por ahí diciéndolo porque sabía que esa era una forma de demostrar lo contrario. ¿Era esa una actitud inteligente o no? Yo creo que sí, una actitud moderadamente inteligente.

Con los años me di cuenta de que tenía dificultades para entender algunas cosas complejas. Después me di cuenta de que también tenía dificultades para entender algunas cosas simples. Más adelante me di cuenta de que me costaba entender cosas elementales.

¿Cómo era eso? ¿Un inteligente no entiende siempre todo? Un inteligente, ante una dificultad, ¿no se sienta a pensar y encuentra la forma de removerla, de solucionar los problemas? Entonces, si mi madre tenía razón y yo era inteligente, ¿cómo era que no entendía cosas elementales? ¿Cómo era que quedaba semanas y meses aplastado por los problemas? Para mí, en aquellos tiempos, no había nada que valiera más que ser inteligente. ¿Entonces? Hoy reconozco que la inteligencia está un poco sobrevalorada, pero no nos adelantemos.

Al final llegué a alguna parte: yo no era inteligente. No era difícil reconocerlo, aunque a mí me llevó un buen tiempo. Bueno, pero si no era inteligente, ¿qué era yo? ¿Lento, tonto, cateto, badulaque, orate? Si era así, entonces, ¿cómo era que había vivido tantos años y no había sucumbido ante la cantidad de dificultades que se me habían presentado más o menos desde que nací, dificultades grandes, medianas, pequeñas? ¿Había sido suerte? Pero yo nunca creí en la suerte.

Entré en un período de reflexión confusa al que llamé la oscura noche. Me daba cuenta de que, aceptada la premisa de mi falta de inteligencia, me iba a ser muy difícil avanzar a pura reflexión. Esto parece obvio, pero me llevó semanas enunciarlo. Porque el razonamiento es así: si uno acepta como verdad principal que no es inteligente, ha de reconocer, a la vez, que le será difícil avanzar hasta el punto de darse cuenta de que reflexionando pueda llegar a alguna parte.

Bueno, yo lo conseguí, llegué a ese punto, cosa que estuvo en el límite de hacerme dudar de la premisa. Pero, en un esfuerzo que no sé si llamar ético o intelectual, deseché la hipótesis de que la premisa podría no ser acertada. Por lo menos la deseché en un comienzo.  Ad referendum de las conclusiones finales, digamos.

Pese a lo que la premisa suponía, pese a que así condenaba mi acto reflexivo casi a la inacción, me dio cierto contento haber llegado a ese desenlace. Era prueba, me decía, de que, aunque no era inteligente, si bien no lo era y yo eso lo aceptaba sin discusión, si me lo proponía, con mucho esfuerzo, era capaz de llegar a un punto que, si bien no demostraba inteligencia, daba pruebas de que yo podía. ¿Que podía qué? No sé, podía darme cuenta de algo.

Con mucho esfuerzo de cabeza, dedicándole a la cosa mucho tiempo, a pesar de que me era muy difícil avanzar, fui llegando a lo esencial. Si no soy inteligente, me preguntaba, ¿qué soy? Porque algo soy, ¿o no? Claro que yo quería ser y no quería no ser. Me decía que la demostración manifiesta de que yo era “algo” era que estaba allí, hacía meses, tratando de encontrar una definición para mí. Eso era ser. Yo no sabía si era ser mucho, pero no tenía dudas de que era ser “algo”.

Paso muchas horas sin hablar. No estoy callado todo el día. Alguien de una empresa llama para confirmar mi nueva dirección. Alguien llama por error. La cajera del supermercado, amable, me dice “Que tenga un buen día” y yo le digo “Gracias”. Me encuentro con una amiga durante la caminata de la tarde, nos saludamos, nos decimos tres frases. Me peleo con la Lita porque ladra demasiado o porque se me escapa en el parque. Es decir, hablo. Hay días de mayor laconismo. No hay ningún día en que yo no diga una palabra, cortés, obligada, o me pelee con la perrita. Pero la palabra hablada no domina mi vida.

En este tiempo algo se está creando dentro de mí. Lo noto, aunque no sé cómo decirlo. Esta ausencia de voces, este silencio en medio del ruido, la conversación interior, está creando algo que no sé qué es ni a dónde conduce. Otra vez, aunque preferiría que no fuera así, está en relación con la palabra. La falta de la palabra hablada lleva a que la palabra pensada, el balbuceo mental, lo irracional, lo oscuro del lenguaje, dominen el día. Me hablo, discuto, me desdigo. Qué cantidad de tonterías que uno es capaz de pensar y decirse cuando no tiene interlocutor.

En este momento tengo un tornillo en el bolsillo del pantalón. En el bolsillo derecho. Lo encontré en el suelo mientras limpiaba la casa. En vez de tirarlo me lo puse en el bolsillo, hace unas seis horas. A cada rato me digo que tengo que ponerlo en la caja de herramientas, pero me da pereza ir hasta el armario, abrirlo, abrir la caja y dejarlo allí. No me decido a tirarlo ni a ponerlo en su sitio. Es increíble que esto me ocupe la cabeza. Hechos así me ocurren todos los días, el soliloquio sobre nada. Y los días pasan cargados de asuntos como el del tornillo.

Bien, yo era “algo”. Ahí había un punto firme donde poner los pies, un pequeño territorio conquistado por mí. Me preguntaba qué pensaría mi finada madre si se hubiera enterado de en qué cosas andaba su hijo del alma. Creo que no le habría gustado. Tampoco lo habría entendido, pero no porque no pudiera entender sino porque no le gustaba. Porque a mi madre, si no le gustaba, no lo entendía. Así era ella, solo entendía lo que le gustaba. Pero si le gustaba, tampoco lo entendía. “¿Para qué entender si ya te gusta?”, decía.

Yo heredé de ella algo de eso. Si una cosa me gusta es posible que la entienda. Ahora, si de entrada no me gusta, ya no me interesa entenderla. Pero también, igual que hacía mi madre, me pasa que, cuando una cosa me gusta no me preocupo por entenderla. ¿Para qué meterse en líos tratando de entender si a uno le gusta? Si te gusta es mejor dejarlo así como está. Vaya que intentes entenderlo y cuando lo entiendas te des cuenta de que no te gusta. Un fiasco.

Retomemos otra vez. Para ser corto: un día, de golpe, llegué a la conclusión de que si bien yo no era inteligente, cosa sobre lo que no había discusión, eso era aceptado por mí como verdad luminosa, algo tenía que me había permitido salvar tantas dificultades en el medio siglo que llevaba sobre el planeta. Yo, y aquí saltó la cosa, era astuto. Allí estaba el quid. Si uno no es inteligente, y yo no lo era, como queda manifiesto, ha de tener algo más. La vida no da tregua y uno debe arreglárselas de algún modo. Puede que haya otros caminos, pero creo que son matices de estos dos: o inteligencia o astucia. Dicen que hay afortunados que han sido agraciados con las dos. No he conocido ese prodigio.

Bien, yo era astuto. Eso me dio cierta tranquilidad, cierta paz interior. Ante las dificultades, yo siempre podría recurrir a mi astucia. El astuto no es inteligente pero se las arregla. A veces se las arregla mejor que el inteligente que, por serlo, se vuelve un poco tonto, un poco impráctico. Confiado en que es inteligente, se deja estar y al final la realidad le pasa por encima. Yo no era inteligente, pero era astuto. De eso debía valerme. Empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista. Es más, acepto que empecé a mirar todo un poco desde arriba, como sobrándome, subido a mi astucia. Ahora iban a ver lo que era un astuto en acción.

Me duró un tiempo la cosa de la astucia. Yo iba por la calle y sonreía. Nadie se daba cuenta de que allí iba un individuo dotado de astucia. Ahora sí, la vida se iba a enterar de lo que era enfrentarse conmigo, con un astuto de verdad. No como hasta hacía poco tiempo cuando, a raíz de lo que mi madre me había inculcado, yo iba por el mundo de inteligente y siempre me había ido mal. Me daba cuenta del tiempo que había perdido por confiar en mi inteligencia, todo lo que me podría haber evitado. Yo marchaba confiado en mi inteligencia y veía a otros, a quienes no consideraba inteligentes, pasar de largo como si fueran en moto. Y yo siempre a pie. Claro, ahora entendía, esos que me habían pasado por el costado eran astutos y yo era meramente inteligente, cosa que tampoco era.

No voy a volver a las preguntas iniciales de la oscura noche, pero sí dejo constancia de que en aquellos intensos tiempos yo me preguntaba qué había sido de mí. Inteligente no era, eso estaba más que reconocido. Tampoco me consideraba astuto. Porque, tal como las cosas se habían dado, yo creía en mi inteligencia y no creía en mi astucia. Es más, tenía una actitud desdeñosa hacia la astucia. Me parecía una cualidad espuria. Veía individuos que yo consideraba astutos y los despreciaba. Eso no es inteligencia, me decía, eso es mera astucia, como una especie de bandidismo. Ahí no hay cabeza, solo hay olfato, así no vale. Las cosas han de ser limpias, claras, hechas a fuerza de pensamiento, de ideas bien definidas.

Pero ¿qué es la inteligencia?, me pregunté un día. Empecemos por donde hay que empezar, como deben hacerse las cosas, por el principio. Porque si no era inteligente por lo menos podía tratar de pensar de modo ordenado. Me hice esa pregunta, me dispuse a responderla, y me senté a pensar.

Estuve cinco años sentado. Había días en que yo veía que avanzaba. Era notorio que iba camino a la verdad, rumbo al día en que lograría decirme: “Inteligencia es esto”. Pero luego venían días en que todo se me venía abajo y me quedaba como al comienzo, sin entender nada.

Para ser cortos, después de esos cinco años quedé donde estaba. Ese fue el resultado: cero. Entonces volví a las andadas. Yo me decía: vistas así las cosas, considerando que no logré entender qué es la inteligencia, hay que concluir que no soy inteligente, cosa que todos ya sabíamos. Tampoco la naturaleza me ha beneficiado con la astucia, cosa también conocida. Entonces, ¿cómo es que he vivido hasta ahora?, me preguntaba.

Fue después de eso que empecé a reconocer que algo de astucia yo debía haber tenido porque, de otro modo, era imposible que hubiera sobrevivido. Por ese camino fue que, recordando todas las metidas de pata que había hecho y de las que siempre, a trancas y barrancas, había salido adelante, empecé a reconocerme astuto. No solo astuto, sino muy. Me reía solo recordando todas las burradas que había hecho y me preguntaba cómo fui capaz de recuperarme. Con astucia, claro. Cuanto más grande la burrada más me regocijaba recordando con cuanta astucia había sabido sortearla.

Se transformó en un vicio, recordar burradas, cuanto más necias mejor. Porque, cuanto más necia la burrada, más grande había sido mi astucia. No había forma de no reconocerlo: yo era un astuto. A esa altura, además, era un astuto viejo.

Todavía ando con el tornillo en el bolsillo. Me digo que qué bueno que me ocurran cosas así, absurdas y pequeñas. Que yo piense en ellas. Son recordatorio de qué es mi vida, me ayudan a saber quién soy. Por eso lo escribo, para no olvidarme, para no perderme.

Anduve un tiempo haciéndome el astuto, hasta que se me desmoronó. Porque a cada paso descubría que, pese a mi gran astucia, ahora no solo tenía los mismos problemas que cuando me creía inteligente sino que, además, tenía problemas que nunca antes había tenido. Yo creía que había superado la oscura noche y resultaba que no solo no había salido de ella sino que cada día me perdía más allí. La oscura noche es un asunto que merece un tratamiento por separado de lo que aquí transcurre. Algo se dirá.

Como se adelantó, la oscura noche es una etapa o mejor dicho una “era”, que aún no ha terminado. El vocablo ‘era’, según el Diccionario de la Academia, es: “período de tiempo que se cuenta a partir de un hecho destacado” y también “extenso período histórico caracterizado por una gran innovación en las formas de vida y de cultura. Era de los descubrimientos. Era atómica” y también “cada uno de los grandes períodos de la evolución geológica o cósmica. Era cuaternaria. Era solar”.

La oscura noche es una ‘era’ en el sentido de la primera acepción del vocablo. Tal vez también un poco el sentido de la segunda. Nunca en el de la tercera.

Elucidado lo anterior, digamos que la Era de la oscura noche aún no ha terminado, pese a que en algún momento se creyó que ya había sido superada. Se entiende que la oscura noche tiene una etapa inicial o liminar, una segunda etapa, y una etapa negra que, según algunos, todavía dura.

Hecha la aclaración, continuamos. Fue durante la oscura noche, segunda etapa, en que decidí que si notoriamente no era inteligente y, encima, tampoco era astuto, podría hacerme escritor.

Dicho así suena diáfano, pero no me lo dije de una sola vez ni en poco tiempo. Fue todo muy enredado. Aquel reconocimiento me condujo a una larga reflexión en la que concluí que debía buscar “algo” en lo que no se necesitara ser ni inteligente ni astuto. Busqué y busqué y busqué.

No fue fácil. Porque me daba cuenta de que para todo, para lo que sea, se necesita o un poco de inteligencia o un poco de astucia o una combinación de las dos: un poquito de inteligencia mezclado con un poquito de astucia. En una palabra, había que ser medio vivillo. No había casos de ausencia de las dos cosas. No se podía vivir en la inopia de inteligencia y en la inopia de astucia al mismo tiempo.

Un día me dije que ya había dado con la cosa. Un escritor no tiene por qué ser inteligente ni tiene por qué ser astuto. Ahí estaba. Es claro que si el escritor es un poco inteligente mejor. O, si no es inteligente, es deseable que sea un poco astuto. Pero podía no ser ninguna de las dos cosas y aún así “ser” escritor. De ese modo lo entendía yo.

Enseguida me puse a la tarea. Para ser escritor ¿qué tenía que hacer? Tenía que escribir algo, claro, pero ¿qué, cómo, acerca de qué? Aquí pensé que me vendría bien, hasta para ser escritor, tener un poco de inteligencia. A la astucia no podía recurrir por lo ya dicho. Por más que durante un tiempo me creí un lince, yo no era astuto, ni cerca. Porque en la época cuando yo miraba el mundo desde la cumbre de mi astucia, y despreciaba un poco a los inteligentes, por despistados, por desubicados y otras lindezas, empecé a ver a los verdaderamente astutos. Esos sí que sabían todo. Otra que vivillos: eran súper vivos. Pasaban por mi lado en avión y yo iba en bicicleta.

Yo, que siempre había admirado la inteligencia, ahora me daba cuenta de que la inteligencia sola, pura digamos, es un lastre. La inteligencia sin astucia, sin un poco de viveza, sin un poco de inmoralidad, digamos, no conduce a nada. Es un lastre de verdad, un peso muerto. Individuos que uno ve y uno entiende que notoriamente son inteligentes y hasta muy inteligentes, parecen infradotados para la vida. En cambio el astuto, el vivillo, cuando hay dificultades está en su salsa.

El inteligente, como yo lo he visto, tiende al exceso. Quiere comprender. Luego quiere hacerse un juicio sobre la moralidad de la situación, sobre la ética de la acción. Y así se paraliza. Mientras el astuto, como llevo dicho, pasa por el costado en avión.

Bueno, fue en la oscura noche, segunda etapa, que yo decidí ser escritor. ¿Estuve mal? Claro, visto desde ahora todo es fácil. Es fácil decir que mi decisión confirmaba no solo mi falta de inteligencia y mi falta de astucia sino también mi falta de sentido común.

Bueno, como fue dicho, arribé a esa orilla: para ser escritor tenía que escribir algo. Era claro, pero ¿qué podía escribir yo? Se me ocurrió escribir poesía. Me parecía más fácil. O no me parecía más fácil, me parecía más corto. Antes me dediqué a la novela. Grandes novelas, con historias nunca contadas, tres, cinco, diez novelas.

Estuve años dedicado a la novela. Después la descarté. Iba a las librerías y miraba novelas. Tenían seiscientas páginas, cuatrocientas páginas, trescientas. Me imaginaba el trabajo que llevaría escribir algo así, los años dedicados a llegar a las trescientas páginas y me desmoronaba.

Buscaba algunas más cortas, ciento cincuenta, ciento veinte. Igual de deprimente. De ahí llegué a la poesía. ¿Qué tipo de poesía escribiría? ¿Con rima o verso libre? Me puse a estudiar métrica. Me aburrió enseguida. Mejor poesía en prosa.

Años dedicado a pensar la poesía en prosa, todo el día. Y no llegué. Nunca llegué a nada, como siempre. Después empecé a preguntarme si de verdad quería ser escritor. En vez de escribir poesía, después de años de pensar en el asunto sin escribir un solo verso, caí en preguntarme para qué iba a ser escritor. Iba a ser escritor porque no era inteligente, iba a ser escritor porque no era astuto. Pero ¿acaso escribiendo me iba a volver inteligente o iba a parecer inteligente? Astuto sin duda nunca iba a ser.

¿Conocía yo algún escritor astuto? O, un poco antes, ¿conocía algún escritor? No conocía ninguno. Pero como algo tenía que hacer, bien podría ponerme a escribir. Entonces las preguntas empezaron más atrás. ¿Por qué tenía que hacer algo?, ¿por qué no podía dedicarme a no hacer nada, que era lo que venía haciendo desde que me conocía? ¿Dónde iba a parar con eso de hacer algo? A nada, pero para ser tenía que dedicarme a alguna cosa. ¿Y por qué tenía yo que ser? ¿Acaso ya no era? Claro, pero era lo que era, y era eso lo que yo pensaba que tal vez debía o podía ser cambiado. Tal vez podría intentar ser otra cosa. Escritor, por ejemplo.

Así seguí, días, semanas. Cinco años dedicados a la novela, cinco años dedicados a la poesía, cinco semanas dedicadas a pensar si valía la pena ser escritor. Al fin desistí. Eso fue sano. Eso fue inteligente, si es que se me puede aplicar esa palabra. O fue astuto, si es que ídem. Fue el final de mi etapa de escritor que transcurrió en la segunda época de la oscura noche.

Las cosas no quedaron allí. A los pocos días recaí en el asunto de hacerme escritor. No iba a ser novelista, claro, mucho menos iba a ser poeta, ¿pero era eso inconveniente para que yo me hiciera escritor? Porque ¿qué es un escritor? Para que la pregunta no me abrumara me fui directo al diccionario.

Allí estaba. ‘Escritor’ viene del latín scriptor y es “persona que escribe”, y también “autor de obras escritas o impresas”, y también “persona que escribe al dictado” y también, aunque desusado, “persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien”.

¿En qué sentido quería yo ser escritor? Descartado el sentido “desusado”, descartado escribir al dictado. Me desorientaba un poco aquello de “autor de obras escritas o impresas”. Porque si eran impresas ¿no habían sido antes escritas? ¿O se podía imprimir obras que no habían sido escritas? También descarté este significado. Me quedaba el primero. Yo quería ser una “persona que escribe”. Punto.

Empezaron otros problemas. ¿Qué cosas escribiría, acerca de qué? Pero, ¿tenía alguna importancia eso? Decidí que no me iba a pasar otros cinco años pensando acerca de qué escribe una persona que escribe, es decir un escritor. El diccionario no dice nada al respecto. Si una persona escribe es escritor, no hay discusión. Nada se especifica sobre qué es lo que escribe. ¿Entonces? Lo resolví en cinco minutos. Yo iba a escribir sobre lo primero que se me pasara por la cabeza. (Empezaba a envalentonarme). Sí, cualquier cosa que se me ocurriera. Cosas grandes, cosas chicas, porquerías, todo. Escribiría todo, ¿y qué? (Seguía envalentonándome). ¿Acaso no era mi derecho? ¿Acaso no somos libres?

Me duró un rato la euforia. Me di cuenta de que yo ya era una “persona que escribe” desde hacía más de diez años. Claro, se me puede decir que en esos diez años no había escrito nada, pero fueron cinco años dedicados a la novela, cinco años dedicados a la poesía. Eso tenía que ser tomado en cuenta. Sin inteligencia y sin astucia, como ya estaba más que demostrado, yo era una “persona que escribe”. En ese momento caí en la cuenta de que era mejor volver a la gallina. No, a la gallina no. Lo mejor era volver al tornillo. Asuntos así eran los míos.

Volví al tornillo. No volví al tornillo, pero llamémoslo así: Regreso al tornillo. La grandilocuencia no tiene antídotos. Yo siento un atractivo irrefrenable por historias de tornillos y me gustaría escribir algunas. Pero cada vez que lo intento me gana la grandilocuencia. ¿Algo que me haya pasado hoy que sea del género “tornillo”? Nada, no recuerdo nada. Parece que todo lo que hoy me pasó es superior al género “tornillo” y yo estoy seguro de que no lo es. Pensemos un poco, ¿qué cosas importantes hice hoy? Ninguna. ¿Y entonces? ¿Por qué no encuentro algo del género “tornillo” para escribir en esta libreta mexicana?

Abril 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Detalle de cuadro

La otra vez l’autre est à Mont

Buchanan’s sin hielo

LOS RIOS FICTICIOS

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta
(Anterior: escenas 1 a 50 / abril: escenas 51 a 60 y final)

EL ASTILLERO

MI PRIMER FELISBERTO

(solfeo fantástico para debutantes)

IV a) Louis Vax

IV b) Roger Caillois

IV c) Tzvetan Todorov

Notas

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

DUILIO LURASCHI

Estación Pereira (“El huésped” – 1999)

La dama (“Mikado” – 2017)

Manteca y miel (“No hay extradición para ningún delito” – 2019)

Los relatos de Duilio Luraschi insisten en ser uruguayos, pero hay algo en ellos de cosa pendiente que los incita a evadirse por los márgenes. Son parientes lejanos de Morosoli y Felisberto, con ancestros que llegaron desde pueblos de Croacia, del interior de los Diarios de Kafka. Duilio nació el año de “Rayuela”, del plan Piloto en la enseñanza secundaria uruguaya y el asesinato de Kennedy. Si bien trabajó atendiendo al público, con programas de computación y como funcionario del Estado, su pasión predominante es el relato breve. Con fidelidad inventiva desde 1987 -además de antologías y recopilaciones- publicó 13 libros de cuentos. Él mismo propuso para La Coquette tres cuentos de atmósferas complementarias.

El nuevo asalariado de una vaga empresa es observado su primer día de funciones un 3 de enero; almuerza arroz con huevos fritos, mientras una trama sin retorno y entre grillos se cierra sobre su persona. Un pianista de ambiente interpreta tangos y valses -de espaldas al público- en la embajada de un país que quizá desapareció del mapamundi y del que emerge una mano femenina con guantes de seda color canela. Dos amigas evocan a la hora del té asuntos cotidianos, la crónica roja inminente y recuerdan amores de estudiantes: hoy un juramento mañana una traición.

Luraschi es como los antiguos fotógrafos ambulantes de la Avenida 18 de Julio; pasan por la vereda casi sin ser vistos, sin embargo -como en “Las babas del diablo”- con un golpe de vista captan la escena clave de la tragedia ocurriendo. La fijan en placa sensible sin que los protagonistas lo sospechen; luego la transfieren a papel sensible en el cuarto oscuro, hasta fijar la imagen imborrable en sepia que viaja por el tiempo.

ALMA BOLÓN

El precursor que sigue aguardándonos

Joaquín Sabina se preguntaba en una canción de 1988 quién le había robado el mes de abril y T. S. Eliot decretó -hasta el fin de los tiempos- que abril es el mes más cruel. Puede discutirse la cuestión aquí y en este San Jorge del 2021, cuando La Coquette cumple el primer aniversario. Se evocan -además- desde el viernes 9 en correspondencia temporal, los doscientos años de Charles Baudelaire.

Alma Bolón escribió un texto donde lo recuerda y tuvo la gentileza de permitir su publicación en el sitio.  A la alegría de saberla sobre el escenario se suma que, por primera vez en Los Visitantes, se incorpora la crítica literaria como actividad creativa. Cuando ella publica en la prensa, circula una corriente alternativa en el campo magnético de la ciudad letrada y al interior del texto. Es docente titular de Literatura Francesa y profesora Agregada de Lingüística Aplicada en la Universidad de la República de Montevideo; pude verla en polémicas públicas sobre políticas de educación universitaria, la escuché entusiasmarse por folletines de ficción del siglo XIX y la leí cuando se decidió a escribir sobre Onetti.

Todo sigue siendo en este otro abril cuestión de punto de vista, como entre los marinos y el albatros. Alma lee a Baudelaire desde la constelación de Capricornio y más allá de las nubes; entonces, el poeta del Spleen y fotografiado por Nadar se refleja en el espejo de manera sorprendente. El dandysmo es estoico, la crítica destilación de ascetismo y rigor: Charles Pierre alerta sobre la tierra baldía de la ciudad antes que todos y la buenas conciencias lo atacan en 1857 ante los Tribunales. El programa de Baudelaire formulado por Alma Bolón es límpido: combatir la trivialidad y aspirar a lo sublime, prepararse para merecer el momento prodigioso del encuentro fortuito.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

QUINTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Cher / “Believe”.

Joaquín Sabina / “19 días y 500 noches”.

Elis Regina y Tom Jobim / “Aguas de março” de A. C. Jobim.

Dave Brubeck / “Take Five”.

Dietrich Fischer-Dieskau y Alfred Brendel / “Gute Nacht” del ciclo Winterreise de F. Schubert.

Ensemble Kapsberger / “Fandango” de Santiago de Murcia.

Canned Heat / “On the road again”.

Supertramp / “Goodbye stranger”

Totem / “Orejas” de Mario “Chichito” Cabral.

Joni Mitchel / “California”.

Daniel Riolobos / “De repente” de Aldemaro Romero.

Circe Maia, palabra en el tiempo

LA CIRCUNSTANCIA

Los días 14 y 15 de octubre de 2020, en una tregua para las actividades culturales durante la pandemia del coronavirus, se realizó en la Biblioteca Nacional de Uruguay un encuentro alrededor de la obra de Circe Maia. En dos intensas jornadas se presentaron estudios críticos y comentarios de colegas poetas a la obra de Circe y se asistió al lanzamiento de un último libro, Voces del agua, que reúne poesías juveniles rescatadas de un cuaderno liceal. El encuentro fue la culminación, hasta el momento, de una serie de reconocimientos que la obra de Circe Maia viene obteniendo desde el año 2007, momento en que se realizó el relanzamiento de su poesía en el libro Obra poética.

La Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay, APLU, y la editorial Rebeca Linke, responsables del encuentro, tuvieron la feliz idea de reunir las exposiciones realizadas en el homenaje. El libro llevó por título Circe Maia palabra en el tiempo. Estudios sobre su obra, y fue presentado el 23 de abril en una desbordada plataforma zoom. La presentación estuvo a cargo de los profesores Gabriela Sosa y Oscar Brando y contó con las intervenciones de Álvaro Revello, presidente de APLU, María del Carmen González, integrante de Rebeca Linke y Néstor Sanguinetti, responsable, junto a la anterior, de la edición del libro.

En esta oportunidad se transcribe el texto de presentación que preparó el profesor Oscar Brando, agradeciendo al Cabaret Literario La Coquette la difusión de esta introducción a un conjunto de trabajos ya necesario para la comprensión de una de las más grandes poetas uruguayas.

***

LO QUE DIJO OSCAR BRANDO

Los días siguen lindos, a veces amanece fresco, pero hacia el mediodía el sol consigue calentar un poco. Al final de la tarde ¿viste cómo refresca? Hay que ponerse un buzo fino, una camperita liviana de esas deportivas, un saquito…

Como ya no es verano
quedó el aire enseguida más frío
al irse el sol. Un aire
nuevo, que viene de tocar tierra húmeda
y piedras frías. Un aire
ya con algo de sombra creciéndole dentro
y soplándole sombra a quien respira.

He aquí dos “traducciones primarias” en términos de Circe Maia. Se pasa a la palabra dos experiencias no lingüísticas, dos ¿simples? experiencias sensoriales.

En el prólogo a En el tiempo que, como bien se ha dicho, terminó siendo el prólogo a toda su obra, Circe señaló, machadianamente, que la poesía era “respuesta animada al contacto con el mundo”, diálogo que se entablaba con la experiencia diaria, viva. Pero agregaba que, para que esas palabras cumplieran con su misión de descubrir un mundo, debían contar con el auxilio de cualidades formales: los valores sonoros, cierto ritmo, cierta estructura. La forma intransferible.

Las palabras -sigo parasitando a Circe en la Introducción a La casa de polvo sumeria– son nuestro refugio y nuestro puente hacia las cosas y hacia los demás. Parafraseando a la poeta diríamos que la poesía es salirse de uno mismo, acceder a ese texto primario que es el mundo, traer de allí su alimento y asimilarlo. Citándola literalmente la poesía es una mirada que nos lleva (¿qué nos regresa, corregiríamos levemente?) hacia el mundo, sin dejar de irradiar un centro íntimo.

Nos queda entonces dilucidar cuál es la diferencia entre las dos traducciones, la que expresé primero a partir de mi experiencia es estos días que pasaron y que tratan de enmascarar el primer verso de Eliot en La tierra baldía: “Abril es el mes más cruel etc.”, y la segunda tomada de Breve sol de Circe Maia y que parece resultar de una experiencia similar.

¿Se pueden señalar las diferencias entre las dos “traducciones”? Me parece que por aquí estaríamos entrando a la primera parte del libro que estamos presentando, la relación entre lenguaje y realidad, entre lenguaje y poesía. Otra manera de hacer la pregunta sería por qué la poesía de Circe Maia nos regresa al tan manido punto de la forma y el contenido.

De mi parte podría decir, con confesada imprecisión, que la primera versión evoca la experiencia, pero no la retiene; contiene demasiados detalles aleatorios (buzo, campera deportiva, saquito). Si tuviera que volver a hablar de ella usaría palabras distintas, seguramente énfasis distintos. El interlocutor de esas palabras podría coincidir, comprender y hasta re evocar en su propia vida un suceso similar, pero luego lo dejaría ir.

La segunda versión crea una red de sostén, un tejido verbal que contiene y aguanta la experiencia, impide que se escape y consigue que se rebote una y otra vez sobre ese mismo texto. Con un poco de atención (un alumno bien aprestado lo haría con facilidad) se escuchan los ritmos prosódicos, se ven las repeticiones de imágenes y de marcas temporales (ya ya), los encabalgamientos, los paralelismos, el tenor cinestésico y las ligeras prosopopeyas que al tiempo que sostienen dan perdurabilidad a las imágenes.

La pregunta que sigue es si, dilucidando esas diferencias, considerando que el segundo texto opera de una manera especial esa “traducción”, conseguimos llegar al “centro íntimo” que en la definición de Maia habitaría el poema y desde el cual se irradiaría sobre el mundo algo que solo esa forma puede irradiar. Para ser más explícitos, si el trabajo con las figuras de retórica consigue ese acceso al punto inexplicable del poema.

¿Eso sería todo? ¿Sería todo lo que podemos hacer con ese texto, su explicación, su justificación? ¿Llegaríamos con el estudio de las figuras de retórica a su “centro íntimo” en palabras de Circe y lo declararíamos poema? ¿O estaríamos apenas surfeando, estableciendo un ligero contacto con su superficie? El misterio ¿estaría en cierta ambigüedad del último verso que nos dejaría la duda sobre quién respira? Tengo para mí que todo eso aproxima a una comprensión del poema, colabora con su fruición, aunque no accede al motivo último: ¿por qué, para qué fue escrito?

(Si un poeta místico transforma su experiencia religiosa en poesía también nos preguntamos ¿por qué lo hace, para qué lo hace? ¿Para entenderla mejor, para hacerla durar, para trasmitirla a otros? ¿Caeríamos en la trampa de creer que la verdadera experiencia es el poema?)

Alfredo Fressia en su libro Sobre piedra resbaladiza escribe que él cree poder decir de dónde viene la poesía: del enganche de poeta y mundo, del colectivo histórico y social en el que nutre sus raíces. Pero, enigmáticamente, dice no saber de dónde viene el poema. Fressia tiene una idea platónica de la preexistencia del poema que el poeta copia de manera imperfecta. Lejos de una posición mística o mediúmnica, Fressia consigue con este acercamiento a un neoplatonismo sacar al poema del aura autobiográfica, quitarle la restricción de su pertenencia y pertinencia al yo biográfico y pasarlo al ámbito de un yo literario que, como agrega, ha tenido un largo ejercicio de la poesía, un ejercicio de contemplación que compromete al talento y sobre todo al estudio y al trabajo. El poeta tiene la musiquita que lo provoca y que en algún momento cuaja en versos. No sé si coincidiría plenamente Circe en esta explicación, si llegaría a Platón desde su insistida fenomenología (“Múltiples paseos a un lugar desconocido” de Dos voces sería su reiterado ejemplo), pero algo de esa externalidad del poema, de ese habitar en otro lado, de no pertenecer en exclusividad al mundo interior y a la experiencia individual sí podría concernir a los distanciamientos lúcidos de su poesía.

Me parece que ese salirse de sí, el despojarse de lo individual en la poesía de Circe Maia es una de las claves recurridas por los artículos del libro. El tema de la traducción resulta un campo abonado para reflexionar sobre la creación a partir de otra creación. Pero también están las traducciones de la realidad y las que se producen a partir de lecturas literarias o visuales que son abundantes en su obra. La ajenidad o alteridad como está dicha en algunos de los trabajos permite entender aquello que desde el primer libro Circe Maia advertía: cada poema es la parte de un todo que se comunica secreta o no tan secretamente con otras partes.

***

El otro aspecto que querría comentar es la pertinencia de este libro en el marco más general de la pertinencia de la crítica literaria. No he podido dejar de pensar que en los años en que Circe Maia publicaba sus primeros poemarios Real de Azúa estaba dictando sus cursos de Estética literaria y se estaba prodigando en una serie de reflexiones sobre la crítica cuyo mayor esfuerzo dejó en un documento de 90 páginas que todavía está inédito. De él se han publicado un par de fragmentos y se lo reconoce bajo uno de los posibles títulos que pudo tener: Conocimiento y goce. El empeño de ese trabajo está condensado desde el principio en una cita de Eliot (Eliot es unos de los críticos guías): COMPRENDER UN POEMA ES GOZAR DE ÉL POR BUENAS RAZONES. La frase es efectista pero no podemos negar que parece reunir en armonía esos dos polos: el del poder fruitivo y el de la necesidad de conocimiento. Eliot habla del arte como “visión” y “contemplación” de un mundo, pero en ese mundo incluye la propia obra que vehicula tal visión y contemplación. La experiencia estética no atraviesa la obra para alcanzar un allende el poema sino que se consagra en el mismo mundo en el que la obra actúa. Por eso se precisa una visión y contemplación de la propia obra y en ello se juegan los mecanismos de comprensión. Circe Maia nos confunde y a veces nos hace creer que la obra es una ventana a través de la que se mira una experiencia más allá. Y puede serlo: así lo atestigua una de las poetas que la homenajea en el libro. Pero tal vez quepa recordar el un poco olvidado comentario de Benedetti sobre Circe (tengo oído que Circe no coincide con la palabra “desamparo” que usa Benedetti en el título del artículo, la limpia mirada del desamparo) y volver a su imagen de la poesía como el aliento, empañando los vidrios transparentes, los inocentes cristales. Engañosamente también habla de voces, de cantos, de los que iban cantando, y usa los términos coloquiales (velorio en lugar de velatorio, se nos señala en una de las ponencias, colocando la acción en un patio con macetas); y por si fuera poco define como “Actividad segunda” a la escritura en torno a la que germinan “voces, seres y cosas verdaderas” (El puente). Pero a la idea de la reconstrucción de la voz, del anhelo oral que está expresado en más de un ensayo del libro, yo agregaría, y subrayaría, que el diálogo abre la capacidad de meditación, de una meditación dialógica y dialéctica que, como en el Fedón de Platón, admite el silencio como apertura del campo reflexivo. El tema del silencio emerge en varias oportunidades y me parece que se lo debe señalar también en ese sentido: el de romper la voz única y darle, a través de la conversación, otras oportunidades a la verdad.

Sin embargo, la apelada sencillez de su poesía exige que mi recreación sea una experiencia en mi imaginación y no necesariamente en mi memoria por la reminiscencia de una vivencia igual a la que presuntamente origina el poema. Nos consta que Circe anduvo por un río en bote porque vimos una foto. Pero no escribe su primer poema de En el tiempo o el primero de los poemas de Caraguatá (Dos voces) para socios del club de remeros. No es necesario tener la experiencia fluvial ni salir corriendo a tenerla para aproximarme al sentido de esos poemas. Está claro que la tal experiencia es otra cosa y sucede en otro lugar. De ahí esa insistencia, en la poesía, de imágenes como la de saltar de un lugar a otro o ver por la puerta entreabierta. 

Se mira adentro y se dibujan experiencias; pero también se pueden dibujar afuera, con la mirada, las imágenes de un paisaje: de la laguna, por ejemplo, rodeada de eucaliptos, a donde se va a pasear tranquilamente. Se puede recordar luego punto por punto y sin mirarlo el paisaje visto y en ese recordar elegir distintas caminatas. “Y aun así, aun así”, dice Circe Maia en el ya citado “Múltiples paseos a un lugar desconocido”, “sientes que la laguna escapa / invisible, invisible, desnuda de miradas / envuelta en sus altos árboles guardianes”.

Arrabal amargo

Lo primero fue el asco. Mi asco. Caminar sobre placas tectónicas de desperdicios, porquería, basura apisonada, dar un paso y otro sobre bolsas, trapos, mierda, botellas, pañales, temer resbalar en ese barro amasado con aguas servidas que huelen a vómitos, semen, fetos en descomposición, pescado podrido.

Yo sé que debería encontrar una palabra para describir este olor, esta pestilencia a cosas muertas, a ríos de orines calentados al sol y mezclados con la sal y la humedad del mar que está allí, a dos pasos, pero fracaso: hedor, tufo o hediondez no describen nada de este mundo. Camino y trago saliva.

Al mediodía y en el mercado, cuando bajé de mi burbuja rodante y acondicionada, ese olor fue un puño que me reventó la boca.

Estamos en Haití, en el sur de Puerto Príncipe.

Este lugar se llama Martissant, y es la miseria de la miseria.

Un entramado de callejones oprimido entre el Caribe y la montaña, chabolas en equilibrio al borde del barranco, una aglomeración anárquica de viviendas, aguas negras que bajan entre cantidades descomunales de desechos, geografía implacable y tugurizada y, por donde se mire, el hacinamiento de gente sin esperanza ni dientes.

Acá se hace más difícil que en el resto del país encontrar vestigios de la llamada “perla de las Antillas”.

Trescientas mil o 400 mil personas (nadie lo sabe muy bien) se amontonan en poco más de ocho quilómetros cuadrados. No hay censos ni estadísticas, dice Carlota, una socióloga española que no le teme al barro ni a los malos olores, que trabaja en una oficina que es también una chabola y que da asistencia psicológica y legal a mujeres víctimas de violencia. No se conocen a ciencia cierta los índices de asesinatos, robos, violaciones, abuso sexual, explotación infantil, trata, violencia familiar (viendo las fotos de mujeres golpeadas que hay sobre su mesa exploto en ansias de castraciones y torturas y pena de muerte, y no sé si todavía soy yo o el enano fascista que me habita).

Si Haití es una pesadilla para la humanidad, el barrio de Martissant –junto a la famosa Cité Soleil– es el producto estrella de las pesadillas.

La ruta que va al sur corta el barrio de un machetazo: autos trancados en el tránsito brutal, colapsado, psicótico, taptaps, camiones exhaustos y multicolores cargados hasta lo increíble de gente y de bolsas y de paquetes, el lujo blindado de las cuatro por cuatro, motos chinas con tres y cuatro pasajeros, y este mercado, el más repugnante del planeta, que se arma sobre la basura por donde camino ahora mismo, arrastrando el asco y la angustia como a un perro muerto.

(Hay o hubo algo de soberbia en esto de cruzar la frontera aséptica de mi hotel de cadena internacional con aire acondicionado a 21 grados y desayuno continental para meter la nariz en la sucursal del infierno.)

¿Qué se le puede vender a los más miserables de los miserables? Una bolsa sucia extendida en el suelo exhibe yucas, jabón de lavar y velas caseras, un par de ollas viejas, lechugas tristísimas. En un país con un índice de desocupación estratosférico, la única alternativa es salir a vender lo que se tenga. Lo que se tenga. Hay que conseguir el sustento de la familia de ese día, y no es casual que la composición por género del mercado sea la que es: casi todas mujeres, mujeres que llevan su carga en la cabeza, frutas y verduras, latones de arroz con porotos negros, bultos de ropa usada, tachos con agua, quilos de panes, botellitas de ron casero.

A mi lado, Amélie limpia las tripas de un animal, las sumerge en un agua turbia, indescriptible, las vuelva a sacar, las inspecciona y repite el procedimiento hasta quedar satisfecha, luego las cuelga de una soga como una guirnalda de Navidad. ¿Dije que no hay agua corriente? Tampoco hay electricidad. Mi conductor, Élian, le explica que yo soy de un lugar de América del Sur, que quiero saber cómo es su vida. Amélie asiente, tiene la mirada un poco perdida, habla lento, hace pocos días vio morir a su bebé recién nacido entre charcos de sangre porque el hospital público estaba en huelga y ella no calificó para ingresar al de una conocida organización humanitaria. Después sabré que el índice de muertes por parto es en Haití uno de los más elevados del mundo, 600 por cada 100 mil. Dice Élian que ella dice que le cuesta caminar tantas horas y con la carne de cabrito sobre la cabeza. ¿No hay otros médicos, otros hospitales? Él dice que ella dice que no sabe. La ayuda internacional se ha ido retirando, es cada vez menor. Esto lo dice mi conductor, que es hombre y sabe de esas cosas. Amélie sumerge tripas, las saca, las cuelga.

Diálogo que podría haber tenido con Amélie, si tuviéramos algún idioma en común:

—¿Cuánto ganás?

—A veces 200 gurdas, a veces 400 [un dólar vale 60 gurdas], a veces nada.

—¿Cuántas horas trabajás?

—No sé cuántas horas trabajo, llego cuando amanece, antes aún. Traigo carne de cabrito que mi madre y yo faenamos. Me voy cuando cae el sol porque tengo miedo de las bandas armadas, a las mujeres nos roban lo que tenemos, nos violan, a veces nos matan.

—¿Vas a ir a votar?

—¿Para qué?

Camino un poco más, por un momento me olvido del asco, del olor, los ojos fijos de Amélie me siguen aunque ya no me pueden ver. Las vendedoras están sentadas en el suelo, al lado de su montoncito de morrones o de ajos, de tomates cascados, espantan las moscas, la paciencia y la indiferencia pintadas en sus rostros. Mujeres para las que el tiempo no existe.

Una joven lleva un petate de varios pisos sobre su cabeza, es una forma rara, no alcanzo a distinguir la carga hasta que se acerca y veo plumas, picos, patas, alas: un hato de gallinas casi vivas o casi muertas.

Nadine, muy vieja, un único diente grande y largo que baja desde su encía superior, sacude las mil trencitas de cabello blanco y vende oraciones para combatir maleficios. Sí, oraciones a Erzulie Yeux Rouges, la gran reina del vudú, diosa nacida del sufrimiento y de la esclavitud, del dolor de las violaciones, la que tiene los ojos rojos de llorar y el machete de guerrera en la espalda. Siento un rechazo inicial, algo de repulsión por esas imágenes de la cosmogonía haitiana –la palabra “vudú” tiene para mí ecos de salvajismo, de ignorancia–, pero Nadine me hace remontar el desagrado a fuerza de simpatía. Habla un poco de francés y me pregunta si tengo pareja, cuántos hijos, me regala una botellita de agua milagrosa que llega del norte del país, de algún sitio donde asegura que se apareció la diosa. También vende klerec, un alcohol de altísima graduación que no sé si tiene algo que ver con el rito antimaleficios o los haitianos lo compran porque les gusta. No, no quiero probar el klerec, muchas gracias. Vive en Martissant desde que nació, me cuenta que este lugar era el paraíso. Pero de eso hace mucho, y ríe su diente solitario.

—¿Vas a ir a votar, Nadine?

—¿Para qué?

Estoy en la entrada, en el umbral de una vivienda. No dije puerta porque no hay, apenas un hueco en los bloques de hormigón tapado con una tela descolorida. Por la noche colocan una chapa y varios candados, me dice Maxine, que defiende a los pobres de los otros pobres, pienso yo. Dentro el suelo es de tierra apisonada, algunas sillas, una mesa con mantel bordado, muy limpio, dos cuadros del sagrado corazón, un par de diplomas, unos peluches sobre un mueble, figuritas de cerámica, muñecas de hace décadas. Una especie de miseria emperifollada.

Maxine dice que es de clase media, intelectual, agrega levantando la voz y la barbilla. En realidad Maxine no sería clase media en ninguna parte más que en África central o aquí, en Haití, pero no seré yo quien se lo diga. Me habla de la corrupción que ha empujado al país a la miseria, de la pérdida de su trabajo después del terremoto, de las posibilidades casi nulas de hacer algo con una licenciatura en letras. Habla alto, casi grita, y yo quedo hipnotizada por esa erre haitiana que es casi una ge, por toda esa fuerza de Maxine que, lo sé, se irá apagando con el tiempo. Habla de la inutilidad de los proyectos de desarrollo internacionales, de la corrupción de los gobernantes locales y de todas las autoridades, de la falta de salud y de higiene y de justicia y de seguridad y de educación. No cree en los políticos, y hoy irá a la manifestación en contra de la segunda vuelta de las presidenciales. Yo miro alrededor, nunca vi osos de peluche más tristes.

—¿Vas a ir a votar?

—¿Para qué?

Allá en lo alto hay un cartel publicitario enorme: “Mamá, es tu turno de hacerte mimar”, dice en francés y no en créole, y una presunta madre, joven y bella, pelo lacio, sonrisa blanquísima contra la piel negro clarito, mira con amor a una imponente camioneta Bmw.

Grand Ravin fue un arroyo y hoy es el mayor basural en el barrio de la basura, un asentamiento dentro de Martissant, un vertedero donde comen los chanchos y las cabras y los perros, y juegan los niños. No sé si es verdad, en todo caso es un símbolo la historia de los nenes que jugaban al fútbol con un cráneo como pelota. Y es que acá hay tantos muertos por homicidio que luego son quemados, que no costaría mucho creerlo.

Por ejemplo, en 2005, en un estadio de Martissant y frente a 5 mil personas, la banda Lamé Ti-Manchet (el Ejército del Pequeño Machete) masacró a 50 personas, matanza que continuó al día siguiente en Grand Ravin.

Cuando llueve, el arroyo resucita, cobra vida, y los casos de cólera se multiplican, me dice Alice, una joven médica haitiana que trabaja en el hospital de Martissant. Cinco años después de la aparición de la epidemia, el sistema de salud haitiano carece de fondos para combatirla, de recursos humanos.

Alice cuenta que estudió en Estados Unidos y volvió para ayudar en su patria. Ahora piensa que es poco lo que puede hacer en medio de la desidia y la corrupción.

—¿No hay médicos?

—Dicen que hay más médicos haitianos en Montreal que en Puerto Príncipe.

—¿Y hospitales?

—Los ricos se atienden en Miami.

Sonríe con la mitad de la boca.

Está cansada de pelear en hospitales sin camas ni medicamentos, sin agua corriente, sin luz, sin letrinas. Tiene 41 años y quiere huir, está entrampada en el sitio al que quiso volver. Piensa: ¿quién se ocupará, si me voy? Y sigue un día más. “Sólo un día más”, me dice desde atrás de un biombo donde se lava las manos, la cara y los dientes con agua que compró con su dinero.

Llegó el momento, haré la pregunta que debo hacer, la haré con vergüenza y sabiendo que no hay salida, y esperaré la respuesta.

Pero Alice no me contestará, ya se habrá ido.

El rugido de un avión tapará el silencio.

Para espantarte mejor

Les tengo terror. Cuando nos detenemos frente al semáforo se acercan al auto, se nos vienen encima arrastrándose en sus muletas o en sus sillas de ruedas, o llegan en brazos de otros mendigos que los alzan y frente a mi ventanilla los exhiben como trofeos. Muestran sus brazos o piernas mutilados, sus muñones cosidos, sus heridas curadas o abiertas. Desvío la mirada y ellos golpean el vidrio, insisten en mostrarme lo que les hizo la guerra, una mina me explotó en mala hora, señora, a veces un accidente o la poliomielitis, y yo cierro los ojos. Les tengo terror y ellos lo saben.

Un muñón carmesí se detiene a centímetros de mi cara tras el vidrio, lo veo aplastarse contra la superficie dura y transparente, revolverse, cambiar de color y de aspecto. Iván no los registra porque está acá hace mucho tiempo y se acostumbró, supongo, sigue hablando con el mismo tono de voz, gesticula o enciende un cigarrillo, y yo intento poner cara de que le presto atención, hago de cuenta que escucho lo que dice. La forma, el color del muñón cambia al aplastarse contra la superficie transparente. Un caleidoscopio de carne.

Están en la vereda, esperan la llegada de cada coche en el semáforo de la esquina de la oficina. Ellos saben que tengo que pasar por allí, lo saben y me esperan con sus heridas escamosas o relucientes, con sus piernas y brazos mochos, con sus llagas rojas y violetas, con sus costurones amarillentos. Esperan a que me detenga para mostrarse y exigir mi lástima, para reclamar su derecho a mi pena. Se exhiben, golpean el vidrio para que los vea, golpean con sus nudillos —si los tienen—, con sus codos —si los tienen—, o simplemente aprietan contra el vidrio su cara de cuencas vacías, un rostro sin nariz, su boca como un túnel negro y desierto.

Qué ojos tan vacíos tienes.

Para espantarte mejor.

Iván pone punto muerto, enciende un cigarrillo para aprovechar la parada, hace tanto tiempo que está en Managua que apenas los ve, su mirada los recorre pero no los registra, su conversación no se detiene ni se enlentece, habla y gesticula como si estuviéramos en la oficina o sentados en un restaurante. En cambio yo pierdo contacto con sus argumentos, me voy de su charla, me extravío en el espanto, y el terror me vuelve sorda. Pero no me vuelve ciega y sigo viendo el desfile de lesiones, de llagas, de mutilaciones.

A veces los espío de costado y sin que ellos lo noten, me escudo tras mis lentes oscuros. Debo evitar que ellos adviertan mi interés: si supieran que hago algo más que clavar la vista en la ruta, que perder la mirada en el horizonte, podrían ser capaces de cosas terribles.

Sé que en poco tiempo seré como Iván, podré mirarlos a los ojos y congelarlos, impedirles el menor movimiento, evitar que se acerquen en el semáforo, verlos como obstáculos que entorpecen el tránsito ya de por sí difícil de Managua. Sé que ese día llegará.

Ninguno de ellos, de los mendigos, me inspira tanto terror como el que no tiene ojos. Viene del brazo de alguien que lo conduce, lo lleva otro indigente al que nadie mirará jamás porque todas las miradas van a la cara sin ojos, a las cuencas vacías. Enormes huecos negros, profundísimos. No son agujeros perfectos como hechos con sacabocados, son hoyos irregulares, cavados, perforados. Uno no ve el fondo de esas cuencas, uno no quiere saber qué hay en ese fondo. Desvío la vista, miro hacia otro lado y cierro con fuerza mis ojos sanos, espero que cambie la luz del semáforo de una vez por todas para que Iván acelere y podamos dejar atrás el horror.

Aunque siempre logramos evitar sus demandas, aunque siempre terminamos por llegar al trabajo, hay veces en que dudo de mi capacidad de escapar de ellos, de cubrir los cincuenta metros que separan el semáforo de la puerta de la oficina: entonces imagino que sus manos sin dedos romperán el vidrio y sus rostros sin ojos entrarán en mi mundo, en mi planeta de aire acondicionado y manos completas y cuencas sanas.

Después, cuando llegamos a destino y desciendo del auto, entro a la oficina y la vorágine del día me traga, olvido el terror que me inspiran. Y cuando salgo hacia mi hotel, ya de noche, ellos se han ido y puedo esperar que cambie la luz del semáforo, sin ansiedad ni prisa.

Hoy tuve que salir sola, sin la compañía de Iván. Ha llovido y hace más de dos horas que manejo esta camioneta por calles de barro, sobre basura e inmundicias, a veces voy esquivando perros o chanchos o gallinas, siempre con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado al máximo.

En algún momento la calle se volvió camino, y el camino se ha vuelto sendero aunque sigo dentro de los límites de la ciudad según me asegura un mapa precario con más de diez años de antigüedad. Las casillas de madera y lata se han ido espaciando, aparecieron algunas vacas que más que vacas son bovinos flacos de grandes cuernos y jorobas, que intentan pastar entre los plásticos y la basura. Súbitamente pierdo la emisión de la radio que iba escuchando, simplemente desaparece y queda un ruido a estática que hiere el oído.

No me parece buena señal haber perdido la señal.

Observo las casuchas dispersas, el barro que dejó la lluvia; tres hombres de sombrero aludo y mirada torva conversan en una esquina, me ven pasar, me siguen con los ojos y hablan entre ellos. Saco mi teléfono: tampoco tiene señal. Una enloquecida actitud mental se cierne sobre mi cabeza y la repelo con todos los argumentos de mi ser racional: voy en mi vehículo, tengo mis documentos en regla, no puede sucederme nada.

Algunos niños descalzos juegan en el barro, patean una pelota o algo que parece una pelota pero ni siquiera pica contra el suelo, cae como una bolsa sin rebotar, algo amorfo que parece un peso muerto. Bien mirado puede que sea un perro o un gato, algún animal pequeño sin vida o a punto de morir. No puedo creer tanta crueldad. Me parece escuchar un gemido o un ladrido o sonido agudo que surge del animal torturado. La rabia me enceguece, o mejor dicho me enloquece porque la visión la conservo intacta, solo mi respiración ha enloquecido. Me detengo y pongo el freno, bajo del vehículo con el motor en marcha, y me lanzo fuera temblando de ira contra todo, corro hasta la primera casa o casucha o casilla de tablas, busco ayuda. Tienen que ayudarme a detener a esos niños verdugos.

Llamo con las palmas, grito buenos días, vuelvo a batir las palmas, grito: hola, ¿hay alguien?

Su cara se asoma y lo reconozco: es el mendigo sin ojos. Su rostro surge de una grieta en la que no hay puerta, de una abertura cerrada con trapos que tapan la profundidad de lo oscuro, que ocultan el misterio sin formas, las sombras de la casucha donde vive. Sale solo, ya no hay otro mendigo que lo conduzca. He visto sus cuencas vacías y sé que es imposible que vea nada, pero camina seguro y se acerca a mí. Yo lo espero inmóvil, me tiemblan las piernas aunque ya no es de rabia. Podría dar la vuelta y correr a la camioneta que dejé encendida y con la puerta abierta, podría subirme y acelerar y salir de este sitio más rápido de lo que cuesta decirlo. Pero algo me detiene, una fascinación por el horror aborta mi carrera al confort, la paraliza antes de haber comenzado. Es difícil de explicar, tengo miedo, sé que tengo miedo y quiero seguir sintiéndolo. Doy un paso hacia el mendigo ciego que se ha detenido a unos dos metros de donde estoy.

—¿Quién es usted? ¿Qué busca? Él se fue.

Su boca está tan vacía como las cuencas donde hubo un par de ojos. Sé que no debo responder, mi acento me delataría como extranjera y soy incapaz de imitar la forma de hablar nicaragüense. Miro allá, un poco más lejos, veo a los niños ensañados en su juego perverso con el animalito, y recuerdo la rabia. Tiemblo y ya ni sé por qué. El calor del mediodía encierra a la gente en sus ranchos, aplasta su voluntad contra la tierra, les quita las ganas de vivir. Tomo una piedra, la sopeso, la conservo en la mano derecha. El mendigo sigue ahí, mira hacia donde estoy.

—Recaredo se ha marchado, no está acá. Ya se lo he dicho antes, se fue.

Habla dirigiéndose al sitio preciso donde me encuentro parada, y yo camino unos pasos solo para probar si percibe el movimiento. Él se sobresalta y gira la cabeza hacia donde me muevo.

—Le juro que Recaredo ya no está acá. Puede entrar y revisar, verlo con sus ojos.

Pienso en toda la sutil ironía que contiene ese «verlo con sus ojos».

El tipo que me aterroriza desde que llegué a esta ciudad, el mendigo de Managua, está ahí parado, frente a mí, me suplica e intenta persuadirme de algo que ni siquiera entiendo. Pienso en los semáforos del cruce de la esquina de la oficina, en los golpes y en su cara contra el vidrio, y aprieto fuerte la piedra contra la palma de mi mano. Él continúa con su letanía.

—No está, no está. Se lo juro.

Oprimo, la piedra me lastima, la rabia, el miedo, hasta que la arrojo con fuerza contra otras piedras que se desparraman como en un violento juego de bochas.

El mendigo se sobresalta, aferra sus harapos, respira entrecortado. Entra en un trance extático, su cuerpo se abandona, parece iniciar una danza convulsa. Mueve los brazos y los pies como si no tuvieran huesos. Habla y habla, cuenta una historia, y yo no entiendo ni una palabra. Termina y hace silencio. Decido suspirar, solo para ver el efecto del sonido. Él se retuerce las manos.

—Ay, no, por favor. No lo haga otra vez. El Recaredo es buen muchacho, se lo aseguro. Dele una oportunidad, se lo suplico.

El mendigo llora sin ojos, sin lágrimas, llora en seco. La camioneta sigue encendida, seguro que todo el calor de Nicaragua ha entrado por la puerta que dejé abierta. Recojo otra piedra y camino de espaldas hasta el vehículo, subo y cierro. Escucho la voz, asordinada.

—Gracias. Dios lo bendiga.

Acelero y me alejo, paso al costado del terreno donde están los niños que patean a un animal, que juegan a torturar a un perrito que cae una y otra vez como un peso muerto, solo que visto desde cerca no es un perrito, es solo una pelota de plástico, una pobre pelota pinchada que da contra el suelo y no pica, una pelota vieja y sucia y estropeada que ni siquiera rebota para unos niños de Managua que quizá mañana serán mendigos.

El probador

Hola Úrsula, bienvenida al mundo de los gordos, donde todos los espejos te dan malas noticias.

Pienso: el sobrepeso llegó sigilosamente, casi sin que me diera cuenta. No, no es cierto que no me diera cuenta, un día te aprieta un botón, otro día te cuesta un poco cerrar el cierre, y ninguno de esos datos tomados en forma aislada significan nada: la menstruación te hincha, son gases, retención de líquidos, ¿no tendré un fibroma? Hasta hace poco tiempo el médico encontraba equilibrada mi relación peso-altura; está en un percentil saludable, decía. ¿Cuándo fue que la salud empezó a ser más importante que la belleza? ¿Después de los setenta, setenta y cinco kilos? ¿Desde cuándo a alguien le importa tener cintura, piernas, caderas saludables?

– ¿Cómo le quedó? –escucho gritar a la vendedora.

–No me entra, ¿me traés un talle más?

–No, no tenemos, ese era el más grande.

Paf, recibo el sopapo.

Un calor súbito trepa por mi pecho y la cara, las orejas me arden. El vestido, que no bajó más allá de la cintura, queda trabado entre las axilas y la cabeza al intentar sacarlo, y la tela espesa me sumerge en una oscuridad sin aire. Hago fuerza, tiro hacia arriba, trato de liberarme, agito los brazos, mis codos empujan, la puta que la parió a la vendedora, ¿cómo que no hay otro talle?, las nalgas golpean contra las paredes de madera del probador que de pronto me aprietan, me comprimen, me ahogan. No logro sacarme el vestido, no veo nada y me falta el aire, la transpiración me moja la espalda, el pecho, este trapo de mierda no sale, por Dios, ¿por qué no sale?, tironeo con más fuerza y ya sin pensar en las costuras pero pensando en la mujer que está ahí fuera, la bronca, las ganas de llorar y salir y tirarle el vestido en la cara, hago fuerza, tiro y tiro, me lo arranco, cruje el hilo roto, la tela desgarrada.

Emerjo y respiro. Respiro.

Me veo en el espejo bajo esa luz impiadosa: agitada, una mujer enrojecida, los ojos desorbitados, jadeante, desgreñada, que desborda en su ropa interior.

Mirate, Úrsula, mirate con atención. Esos rollos a la luz de estos 500 watts, el panículo de grasa que la iluminación resalta y dramatiza, que el sudor hace brillar. ¿No te reconocés? Hola, te presento: sos la gorda. Ese pliegue debajo de tu rostro es tu papada, ese bulto en medio de tu cuerpo es tu panza, por detrás hay un gran culo.

Nadie puede querer a una gorda, me susurra papá.

El espejo, la luz que cae sin clemencia sobre el cuerpo, una mujer pasada de peso en ropa interior. Basta, no miro más.

Me visto como puedo, los dedos torpes abrochan botones en ojales equivocados. La cartera cae al suelo y ruedan monedas, pañuelos, peines, una barrita de cereales, chocolates mordidos y mal envueltos. Recojo todo, me acomodo el pelo. Que no esté la vendedora, que no esté parada ahí, que se haya ido a venderle a otra su ropita de Liliput.

Abro la puerta, salgo con el vestido en la mano, la vergüenza hecha un ovillo en mi puño.

Busco con la mirada: la vendedora muestra un pantalón blanco a una mujer de mi edad, alrededor de los cuarenta. Ella se lo mide sobre la ropa, lo apoya sobre sus caderas, delgadas, perfectas. A esas caderas no les importa el percentil ni la relación peso-altura. Adivino la pregunta que le hace a la vendedora. ¿Me quedará bien, será mi talle? La vendedora asiente, mohín, sonrisa, estás en el sitio indicado, baby.

La gordura llegó sin que me diera cuenta, decía. Mentira. La culpa la tienen los materiales con que fabrican la ropa: lycra, elastano, spándex, esos tejidos hacen que un talle 44 se transforme en un 46 y hasta en un 50, sin que la usuaria advierta cambios. La grasa se expande y la contiene el spándex; silencioso, artero, disimula el rollo, camufla con comodidad el mondongo incipiente.

¿La gordura llegó sin que me diera cuenta? Mentira. Verdad: los elásticos confunden y nadie se mira tanto al espejo después de los cuarenta. Y si te mirás, la miopía, generosa, tiende un manto difuso a la imagen, una aureola de normalidad o al menos de indefinición y de sombra.

Mentira, más mentiras, siempre supe que sería gorda. Aun sin serlo. Papá trató de advertírmelo, y la tía Irene… Pobre tía Irene.

Antes de huir de la tienda miro alrededor. Es día de liquidación, el local está lleno de mujeres que revuelven un mar de blusitas, remeritas, shorcitosque lucirán sobre sus cuerpitos este verano. Hurgan en estantes, canastos, encuentran algo de su talle que sacaron de debajo de un revoltijo, corren a los probadores con el botín, esperan su turno en la fila. Charlan y ríen, se miran, se reconocen entre ellas: la cofradía de las bellas. Las miro desde la puerta y con el vestido en la mano; quiero tirarlo al suelo, pisotearlo, gritar que no me importa nada si me entra o no esa ropa de porquería, esos trapos de mierda, salir y pegar un portazo.

Camino despacio, dejo el vestido sobre el mostrador, musito una disculpa al aire, a la nada, no quiero verles las caras, no quiero mirarlas, me voy en silencio por la puerta de adelante, como si fuera la de atrás. La calle me recibe, me pierdo en la multitud, me traga el anonimato del gentío.

Hoy empiezo la dieta.

–Deme un tique de estacionamiento.

– ¿Tu matrícula, preciosa?

El tipo me sonríe, me mira. El kiosco huele a comida, detrás de la cortina alguien manipula ollas, platos, una voz femenina canturrea una cumbia. Paseo la vista entre la mujer desnuda del almanaque, apenas tapada con un neumático, y los culos que saltan de las revistas exhibidas en los anaqueles. Si me concentro puedo imaginarme que soy la ninfa del neumático, que tengo un culo de revista satinada. El kiosquero sonríe y me mira las tetas, que empujan la remera de spándex comprada hace unos años. Miro la revista, la otra revista, el almanaque.

Me acodo en el mostrador y me acerco al hombre del kiosco que mira mi cuerpo, lo recorre y sonríe. Sin desviar la vista de sus ojos estiro la remera hacia abajo, regodeándome estiro el escote casi hasta llegar al pezón, me detengo ahí unos instantes, y luego lo bajo un poco más, un poco más. El tipo deja de sonreír, deja de mirarme. Un olor espeso a lentejas y carne grasosa invade el espacio, se instala con solidez de objeto en el aire.

– ¿Matrícula? –susurra.

–AXB 1890 –digo lentamente la combinación de números y letras, sin sacarle los ojos de encima.

El tipo vuelve a mirarme, esta vez a la cara, luego dirige la vista hacia la cortina, enseguida los ojos descienden al papel en el que escribe, de pronto apurado, mi matrícula.

Arranca la hoja de un tirón.

–Son diez pesos –dice, con un hilo de voz.

Despacio, me acomodo la ropa y él me entrega el tique, cobra y me devuelve el cambio sin levantar la vista.

–Cagón.

Salgo resuelta, no llego a tiempo a la reunión.

Marzo 2021

Marzo 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

El caminante de Praga” de Guillermo Apollinaire (una traducción)

La puerta B del Paraíso (un inédito)

LOS RIOS FICTICIOS

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta
(Anterior: escenas 1 a 39 / marzo: escenas 40 a 50)

EL ASTILLERO

MI PRIMER FELISBERTO

(solfeo fantástico para debutantes)

III) La melodía judía

IV) La retórica de lo indemostrable

Notas

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

CECILIA RÍOS

Recursos

Ley propia

No fumes ni vayas a la guerra

En marzo nos visita la escritora Cecilia Ríos, tiene nombre de santa patrona de la música y nació el año de las grandes crecidas e inundaciones, cuando los ríos uruguayos se salieron de madre. Ella fue contadora púbica, cuando cerró el balance provisorio de la vida laboral, los rubros beneficiados fueron la música y la escritura. Cecilia interpreta sonatas de Domenico Scarlatti -entre ellas la sublime 141- y en los últimos tiempos se concentran en su cotidiano escritura, reconocimiento y publicaciones. 2019 fue un gran millésime en su producción: finalista en el prestigioso premio de novela Nadal, publicó la novela “Volver de noche” y el libro de relatos “Un fumes ni vayas a la guerra”, de donde provienen los tres relatos del programa. Con ese trabajo, el año anterior había ganado el concurso Lectores de Banda Oriental compartido con María Gueçamburu.

Sus personajes, de preferencia son mujeres que transitan con denuedo el Uruguay contemporáneo; en esas historias los varones parecen ausentes, los visibles no están a la altura y a veces hasta sin discernir la trama envolvente. Sentimos en el conjunto narrado -además de las voces- ascensores de los dúplex en Pocitos, el rumor de complejos habitacionales a tres cuadres de la parada del 405; pasando por barriadas con luz eléctrica, calles asfaltadas en los años sesenta y garajes para autos de ocasión, hasta llegar a una ruralidad donde la escuelita del pago se convierte en tapera tiznada.

En el prólogo al libro Rosario Peyrou escribió: “En estos cuentos hay mujeres de todas las edades y condiciones; adolescentes inexpertas, empresarios ambiciosos, jóvenes decididas a vender su cuerpo para obtener una vida de comodidad, profesionales solitarias atadas a un amor adolescente, mujeres mayores que descubren que “fueron a la guerra” y no les quedó nada entre las manos.”

Programaciones mensuales

Abril 2020Consultar programa

Mayo 2020Consultar programa

Junio 2020Consultar programa

Julio 2020 Consultar programa

Agosto 2020Consultar programa

Septiembre 2020Consultar programa

Octubre 2020Consultar programa

Noviembre 2020Consultar programa

Diciembre 2020Consultar programa

Enero 2021Consultar programa

Febrero 2021Consultar programa

Marzo 2021Consultar programa

Abril 2021Consultar Programa

Mayo 2021Consultar programa

Junio 2021Consultar programa

Julio 2021 Consultar programa

El precursor que sigue aguardándonos

Nacido hace hoy exactamente doscientos años, Charles Baudelaire no fue incluido por Paul Verlaine en su antología Los poetas malditos (1884/1888) ni por Rubén Darío en Los raros (1896). Esta ausencia no impidió que su nombre quedara exhalando tufo a opio, haschich, alcohol y flores putrescentes. Muerto a la vida por anticipado a la confección del malditismo y de la rareza como (presuntas) virtudes poéticas, su nombre quedó encarnándolas: ratificar o desmentir estas atribuciones no tiene mucho interés. ¿Quién que es (creador) no es raro? ¿Qué poeta puede reclamarse del benditismo?

Tanto más que estas calcomanías endosadas al nombre de Baudelaire ocultan la asombrosa singularidad de su obra, solo comparable en el singularísimo siglo XIX francés con la de Gustave Flaubert, también nacido en 1821, también víctima en el mismo año (1857) de denuncias y procesos judiciales, también atento al lenguaje, también objeto del desdén incomprensivo de Jean-Paul Sartre, también intransigentemente radical.

En los juicios por Las flores del mal y por Madame Bovary que padecieron en 1857 Baudelaire y Flaubert, el cargo formulado fue “ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres”. Perduró una diferencia: si Flaubert fue absuelto, Baudelaire fue condenado y la revisión de su caso solo sucedió casi cien años después, en 1949 y con el voto en contra de un miembro del Tribunal. En algunas ediciones escolares francesas de Les fleurs du mal de los años sesenta aunque previas a Mayo del 68, aparece el poema “Au lecteur” con una estrofa sigilosamente faltante, obra de la censura. En mi ejemplar, comprado de segunda o tercera mano tal vez a fines de los años setenta, un propietario anterior que firma “Pedro Progreso” escribió en la portadilla y en español: “Por fin me deshice de este puto libro, panfleto, nido de decadencia”. Hoy, cuando otra corrección y otras buenas costumbres vuelven a preceptuar sobre temas, personajes, enfoques, autorías y traductorías, los pormenores de estos juicios vuelven a ser aleccionadores.

Fuera de diferencias judiciales o anecdóticas (uno recluido en su casa normanda a orillas del Sena; otro en París cambiando de domicilio sin parar, rehuyendo alquileres y adeudos constantes) Flaubert y Baudelaire comparten una contracción al trabajo, una castidad y una subversión intransigente que hacen de ellos dos precursores que seguimos teniendo por delante, dos precursores que aún aguardan por nosotros.

2)

Entre los términos recurrentemente asociados a Charles Baudelaire se encuentra “dandy”, con frecuencia entendido como un practicante del lujo elegante en la indumentaria. Para la pose que reclama y proclama “la verdad desnuda”, el dandy es pues sinónimo de artificio, frivolidad, malas artes, engaño, cosmética, artimaña, antinaturaleza y falsía.

Ensayista inteligentísimo, Baudelaire pensó el dandysmo en tanto que institución situada por fuera de las leyes comunes y provista de leyes propias rigurosas; así, inesperadamente, el sometimiento a su propia ley, comparable a “la regla monástica más rigurosa”, acerca el dandysimo «al espiritualismo y al estoicismo».  El dandy pertenece, según Baudelaire, a una estirpe de hombres con el mismo “carácter de oposición y de revuelta” y es “representante de lo mejor que hay en el orgullo humano, de esa necesidad, poco frecuente entre los hombres contemporáneos, de combatir y de destruir la trivialidad”.

Así expuesta, la ley común combatida y destruida por el dandy es la trivialidad, ley de escaso o nulo espiritualismo; para desligarse de su rectorado, el dandy lleva adelante la revuelta. O, mejor dicho, vive en revuelta, porque para dar ese combate “el dandy debe aspirar a ser sublime sin interrupción, debe vivir y dormir ante un espejo”. Por un derrotero tan imprevisible como convincente, Baudelaire atribuye la máxima espiritualidad heroica a quien se separa de la ley común -la ley de la trivialidad- y aspira a lo sublime. De este modo, lo que puede entenderse como una imagen toscamente narcisista -vivir ante un espejo- adquiere un sentido ético, y no solo por la obligación a lo sublime a la que se somete el dandy, sino porque esa obligación implica una ascesis, una gimnasia, un cuidado constante de sí, una vigilancia constante de uno ante uno.

Entonces, en este caso, lo trivial sería entender que Baudelaire dice que hay que estar mirándose todo el tiempo en el espejo, sin prestar atención al mundo y sus dramas. Menos trivial sería comprender que Baudelaire mira su mundo -el París de Louis-Napoléon- y ve el imperio del dinero, del progreso (“ese farol oscuro”), del número, del cálculo, de la especulación, de la utilidad material. Esto es lo que se encuentra en cada esquina -y esto es lo que quiere decir “trivial”: en cada cruce de vías- y contra esto Baudelaire propone su ascesis sin tregua, ante el espejo, para elevarse desasido del cálculo de la utilidad material. La indumentaria elegante simboliza un combate que es una vigilancia de sí, un trabajo de uno con uno, por fuera de la ley común que solo deja sumido en la trivialidad.

El portentoso Gustave Courbet, que cuando la revolución de febrero de 1848 acompaña a Baudelaire en la fundación del efímero periódico Le Salut Public, dejó dos retratos del poeta en los que tal vez sea posible identificar esa práctica ascética de desasimiento de la trivialidad y de aspiración a lo sublime. Uno es un pequeño óleo (53ctms por 61ctms) pintado en 1849; muestra a Baudelaire en su habitación, sentado en un ángulo de su mesa de trabajo, ensimismado en la lectura de un libro voluminoso, con papel y pluma al alcance de la mano. Solos, en un espacio despojado e íntimo, Courbet reunió al poeta, la lectura y la escritura. El otro es un όleo enorme (361ctms por 598ctms), pintado en 1855 y titulado “L’atelier du peintre”; aquí, Courbet reunió al pintor y su modelo pero también a posibles compradores, curiosos, niños, perros y amigos, que pueblan su taller y prestan atención a la obra en la que el pintor trabaja (¡un paisaje!). En un extremo de la pintura, sentado sobre una mesa y nuevamente ensimismado en la lectura de un libro, se reconoce a Baudelaire. Apartado del mundo en el bullicio del taller de Courbet o en la intimidad de su habitación, Baudelaire sin interrupción se mide y se mira en el espejo del libro ajeno.

3)

Entre los términos con menor frecuencia asociados a Baudelaire, se encuentra “crítica”. Baudelaire prosiguió la tradición inaugurada por Diderot en el siglo XVIII, reseñando pintura, en particular, los Salones anuales. Sin duda, se trataba de escribir para la prensa y ganar algo de dinero gracias a esas exposiciones; sin ningunísima duda, la pintura trajo luz al poeta Baudelaire, tanta luz que en su poema “Los faros”, salvo el escultor Puget, todos los nombrados son pintores: Rubens, Leonardo da Vinci, Rembrandt, Miguel Ángel, Watteau, Goya, Delacroix.

También, Baudelaire ejerció la crítica literaria y, entre muchas otras, ahora cabría recordar la que publicó sobre Madame Bovary y que le valió una carta de agradecimiento de Flaubert, en la que éste se declara admirado de la comprensión de Baudelaire: “usted entró en los arcanos de la obra como si mis sesos fueran los suyos”. La mirada de Baudelaire sobre la novela flaubertiana es iluminadora aún hoy, ya que puede leer la narración prescindiendo del afán clasificador (“realista”, “estilizada”, “arte por el arte”, etc.), al ceñirse a lo que Flaubert hace al contar lo que cuenta, así como puede prescindir de la burda psicología para llegar al personaje de Emma Bovary. Igualmente luminosa es su caracterización del Segundo Imperio: “una sociedad absolutamente desgastada -peor que desgastada- embrutecida y golosa, que solo se horroriza con la ficción y solo ama la posesión”.

Además de haber escrito regularmente crítica sobre escritores y plásticos y ocasionalmente sobre músicos (Wagner), Baudelaire teorizó sobre ésta: “para ser justa, es decir para que tenga su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política, es decir hecha desde un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista que abra más horizontes”. La serie de adjetivos parece incoherente -justa y parcial; exclusiva y aperturista-; sin embargo, creo, es posible conciliar esas dobles exigencias: lo justo no es el imparcial justo medio, sino que lo justo supone tomar partido (por lo justo/verdadero/hermoso/etc.); la apertura de horizontes no obedece a la multiplicación de los puntos de vista, sino a la perseverancia en un exclusivo punto de vista. Elegido el exclusivo punto de vista -por ejemplo, la belleza de la obra- el horizonte se abrirá a una cantidad de géneros, épocas, formas, estilos, temas, léxicos, sintaxis, orígenes, materias, etc., destituyendo cualquier jerarquía previa.

La crítica como práctica política disensual rige también la teorización deslumbrante que realiza Baudelaire de su época; es conocida su manera de captar la modernidad, es conocido el impacto que la intransigente agudeza baudelairiana produjo en Walter Benjamin, llevándolo a asociar a Baudelaire con Auguste Blanqui, el conspirador persistente, el insurrecto constante, “el Encerrado”, apodo ganado por los añares que vivió encarcelado.   

4)

Tampoco es frecuente asociar el término “igualdad” a Baudelaire, cuya afiliación al dandismo y a su obligación de distinción de la ley común parece vedar cualquier vecindad con la igualdad. Sin embargo, en la poesía de Baudelaire hay un “jacobinismo lingüístico” que supera el de Victor Hugo, anota Benjamin al comentar la coexistencia, lado a lado como si fueran iguales, de léxico extremadamente culto y de términos recién llegados al idioma, “neologismos desprovistos de pátina poética y que atraen la mirada por su brillo novísimo” . Se trata de palabras como por ejemplo “ómnibus”, “vialidad” o “wagon”, que provenientes del inglés o tomadas del latín nombran objetos urbanos, de la nueva urbe que la especulación inmobiliaria está poniendo patas para arriba. Alcanzaría con atenerse al nombre de la primera sección de Las flores del mal, “Spleen et idéal”, en el que se enlazan un término fundador del pensamiento griego (ιδεα) y un término médico del inglés, que busca nombrar la enfermedad del siglo (spleen).

También, alcanzaría con recorrer el índice de Las flores del mal, para ver cómo lado a lado se ubican “la bendición”, “la musa enferma”, “la belleza”, “la carroña”, “el vino del asesino”, “el gato”, “un viaje a Citera”, “la pipa”, “el recogimiento”, “el sol”, “a una mujer que pasa”, “el alma del vino”, etc., estableciendo así un nuevo orden en el que ya no hay temas elevados y temas bajos, ni objetos elevados ni objetos bajos, ni vocablos elevados ni vocablos bajos. Tampoco hay formas bajas y formas elevadas, por lo que la poesía puede adoptar la forma de la prosa –El spleen de París Pequeños poemas en prosa– despojada de verso y rima, y no obstante sostenida por el ritmo. A algo de todo esto se refiere, creo yo, Benjamin, cuando cita a Paul Claudel, para quien Baudelaire es “una extraordinaria mezcla del estilo de Racine y del estilo periodístico de su tiempo”.

Y quizá sea en el poema “El sol” en donde Baudelaire más nítidamente realiza la igualdad al establecer la equivalencia entre “el sol”, “el poeta” y “el trapero/hurgador”, los tres transitando por el suburbio, transformando lo que encuentran, produciendo algo nuevo.

Por cierto, esta igualdad hecha acto poético está reñidísima con el imperio del número o de las mayorías; es una igualdad en acto que abomina de su delegación electoral. En los textos últimos, escritos en Bélgica poco antes del ataque que lo derrumba y lo conduce a la afasia y a la muerte, Baudelaire piensa con ferocidad el imperio de lo contable.

En Uruguay, Onetti reservó para la intimidad de sus agendas y anotó con su puño y letra el Baudelaire etéreo y aéreo de “El extranjero”, que odia el oro como otros odian a Dios, y que sobre todo ama “las nubes, las nubes que pasan… allá…allá… ¡las maravillosas nubes!”.

Alma Bolón

Indice general del año uno

LOS VISITANTES

Jorge Musto

Ingrid Tempel

Gustavo Wojciechowski

Hugo Burel

Pablo Silva Olazábal

Francisco Álvez Francese

Jaime Clara

Andrea Arismendi Miraballes

Verónica D’Auria

Cecilia Ríos

Duilio Luraschi

Alma Bolón


LOS RÍOS FICTICIOS

Montevideo sin Oriana

Night and Day

Barcelona senza fine

Las horas en la bruma

El viaje a Escritura

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta


EPISODIOS INIVERSITARIOS

El recordado caso de la Galerie Vivienne

Las ideas estéticas del comisario Medina

Alma, inclínate ante los cariños idos

París: ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero

La utopía virtual

Martillo de brujas: el capítulo Naccos

Prólogo a “Los fuegos de San Telmo” de José Pedro Díaz

Prólogo a “Para sentencia” de Omar Prego Gadea

Felisberto y sus plantas parlantes

Buenos Aires como ciudad doliente

Cortázar y los puntos vélicos


EL CLUB DE LOS NARRADORES

Montevideo en video Ducasse

El principio de Van Helsing

Noticia (acercamiento a Horacio Quiroga)

Dunsinane, al alba

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo primero)

Vía Santiago

Nunca conocimos Praga

La persistencia del hombre mosca

En el Palacio del Rey de la montaña (capítulo final)

Recibimos y publicamos

Más allá del Bósforo está los universos

Monólogo interruptus por miss Candy Loving

Lafoucheaux I

Belisario Villagrán

Au Rocher de Cancale

Lafoucheaux II

La Fiesta: master take. Chick Corea

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

Lafoucheaux III

Amapola de invernadero

Lafoucheaux IV

Lafoucheaux V

Lafoucheaux VI

Lafoucheaux VII y último

Muerte del malevo uruguayo

Paralelo 38

Non l’aurei giammai creduto

El “Shinano” a pique

El cometa Arolas

Place de la Contrescarpe (1924)

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

Raíz cuadrada de la melancolía

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Gin tonic con Beefeater

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

El apodo secreto de la doncella londinense

Signo Pez en una tela de J. Torres-García

Pequeña narración con vuelta de tuerca

El caminante de Praga de Guillermo Apollinaire (una traducción)

El lado B del Paraíso

Detalle de cuadro

La otra vez l’autre est à Mont

Buchanan’s sin hielo