Lira

¿Y si el alma fuera como música
y el cuerpo la lira?
Roto uno, la otra no existe
dice Simmias.
El silencio se hace en la celda.
Los discípulos callan, inquietos.
De aquel largo silencio, las olas
todavía salpican.

Circe Maia

Al final del corredor imperial había un reloj de agua, rojo, verde y dorado, templo al tiempo bordeado por centenares de pequeñas estatuas. ¿Te acuerdas? ¿De la mujer que escuchaba cada gota caer con impaciencia y lanzaba granos de arena al cielo creando las estrellas? Un poco más lejos, entre recuerdos nublados, ves frente al reloj de agua un altar de casi tres mil años de antigüedad, sobre el que reposa protegido y venerado el caparazón de una gran tortuga negra.

Se dice que cuando el emperador del cielo quiso proponerle a aquel anciano -uno que decían que era sabio y conocía el Tao- que se ocupara de llevar el reino él respondió: ¿ves aquella tortuga? Aquel caparazón vacío que veneras y cada uno de tus súbditos adorna con inciensos, flores de hibisco, peonias, lotos… Dime Emperador de los cielos: si la que fue tortuga pudiera hablar ¿elegiría permanecer sobre el altar durante tres milenios, respetada y adorada por todos o volver a arrastrar su cola por el lodo, comer briznas de hierba, mojar su cuerpo en el alma del río? Cuentan que el emperador no respondió y dándose la vuelta se retiró por el corredor, alejándose de la clepsidra que salpicaba impasible su canto antiguo.

La mujer que prendía estrellas se acercó al altar y ya habían desaparecido las personas de aquella celda ornada que llamaban palacio, como si no hubieran sido más que espejismos. Mirando al caparazón vacío recordó el día en que había visto a la tortuga por primera vez: era joven la civilización y viajaba el animal por el borde del Nilo, lejos al otro lado del mundo. Por aquel entonces vivía ella entre nebulosas y desde lo profundo del espacio, curiosa, dibujaba constelaciones. De todo lo que se movía sobre la tierra ella tomaba prestada la forma y esencia, y las tejía en el cielo convirtiéndolo poco a poco en espejo eterno del mundo. Inclinada sobre la realidad había llamado Sulafat a la tortuga que marchaba con parsimonia sobre la arena caliente y la había dibujado, sumando un punto en el firmamento. Su mirada atravesaba el tiempo como una aguja hecha de millones de reflejos; en ellos había visto que sería la tortuga misma un día parte de ella y ella parte de la tortuga, como un sistema o una leyenda que la permitiría escapar de aquel reino.

Ahora sonaba en la oscuridad el repiqueteo del reloj de agua y yacía inerte la que un día había sido Sulafat. Poco faltaba para que sus huesos fueran recogidos por los médicos del imperio celestial. El oráculo los alzaría sobre su cabeza dejando que el fuego iluminara la sala oscura, proyectando sombras espectrales sobre las doce paredes del templo. Al frente se encontraría el emperador y pronunciaría con lenta claridad la pregunta. El oráculo lanzaría a la hoguera el plastrón de la tortuga milenaria, que se resquebrajaría con el calor creando decenas de grietas y dirían ¡son troncos celestiales! ¡Ahí veo la respuesta! Los huesos serían desechados o guardados y cientos de años más tarde los encontrarían los operarios de una obra en Pekín, enterrados bajo montones de piedras. En la pausa del mediodía los pondrían sobre un palé de madera, sobre la acera donde pasarían ancianos, niños, gritos y pasos; el obrero acabaría de comer los fideos que trajo de su casa y limpiaría los huesos con el último trago de cerveza. Una mujer le diría, desde el otro lado de la calle, que aquellos huesos una vez molidos servían para curar la malaria y él los vendería por un yuan. Ella los llevaría a la farmacia de su hermana y ésta los guardaría en un cajón durante una semana. Entonces los compraría el asistente de Wang, aquel profesor de la Academia, quien antes de moler los huesos, descubriría la pregunta que formuló el emperador y la respuesta que había dado el fuego.

Ahora retumbaba cada gota de agua al romper el espejo y la mujer que tejía estrellas, con una mano frente a cada ojo precordaba el destino de la tortuga sagrada. Es que aquel día de hacía tanto tiempo, ella vio no uno sino dos futuros en la estela de un mismo ser, y en el lado opuesto de la vía láctea había arrojado otra hebra luminosa para dibujar de nuevo la tortuga que esta vez llamó Sheliak.

Sheliak no sería huesos sino caparazón, y poco faltaba para que se abrieran las puertas del palacio celestial y el Emperador acogiera a un viajero de zapatos alados. En silencio absoluto, Mercurio avanzaría por el corredor imperial hasta el reloj de agua y en la superficie vería reflejadas las estrellas, en las estrellas vería reflejadas las tortugas y en las tortugas sus huesos olvidados en algún rincón del templo, todavía humeantes. Al alejarse de la clepsidra le llamaría una voz apagada y una mujer hecha de luz le daría siete filamentos de fuego estelar, con los cuales él podría crear la mayor fuerza que existiría nunca. El viajero tomaría entonces las briznas de destello y el caparazón descuidado y alzaría el vuelo por alguna apertura del antiguo templo.

Tras mucho volar se detendría en unos campos de la cálida India siendo todavía noche y antes de que saliera el sol ataría un extremo de cada hilo a un lado del caparazón de Sheliak y el otro extremo de cada hilo en el otro lado y al sonar la primera nota de aquel instrumento se estremecerían los árboles, sus ramas y raíces en gestos profundos. Las olas se alzarían lejos en el mar, el viento soplaría, las nubes trepidarían, las rocas se sacudirían y aquella noche escucharían los humanos un sonido que parecería venido de las estrellas. Ellos señalarían allá mismo, donde la enviada de los cielos había colocado a ambas tortugas, y lo nombrarían Uttara Ashadha: vigesimoprimera constelación, escenario divino.

La tierra nunca habría oído música antes de aquel día, hechizada por los sonidos suaves llamaría al sol. El sol aparecería en el horizonte y le diría al viajero de zapatos alados: “Mercurio, entrégame aquello con lo que cautivas a todo lo innombrable, porque nadie puede sino yo poseer tal don, yo que hago crecer árboles con mis rayos y evaporo mares con mi fuego”. Mercurio inconsciente del poder que sostenía lo jugaría y perdería; más tarde lo perdería a su vez el sol y llegaría a manos de Orfeo, que moriría sin entender tampoco aquello que le fuera concedido.

Entonces Mercurio, arrepentido, volvería a la tumba de Orfeo tarde una noche. De la tumba sacaría el caparazón de música y volando lo devolvería al lugar de donde provenía. Al final del corredor imperial le estaría esperando ella, sujetando en alto uno de los huesos de Sulafat quemado por el oráculo. Sobre él estaría escrita la respuesta a una pregunta que no venía del emperador del cielo sino del cielo mismo. Una pregunta que había sido inspirada por el susurro de millones de estrellas reflejadas en la balsa de un reloj de agua, rojo, verde y dorado. ¿Te acuerdas? Decían: “¿cómo tener poder si uno ha perdido la fe?” y las llamas quebraron el hueso en forma de música.

Mercurio depositaría el caparazón en el altar y ella en su danza infinita convertiría el instrumento en estrellas y lo escondería para siempre en el cielo, hilado con los soles que fueron Sheliak y Sulafat, entrelazado con Uttara Ashadha y aquella constelación se llamaría Lira.

Ahora susurraban las gotas y la mujer cansada se apoyaba sobre el reloj de agua. Parecía que las estatuas la miraran, expectantes como rocas agujereadas por el viento; insufladas ellas de música acumulaban la tensión del momento eterno que pasó entre gota y gota. La segunda gota fue una lágrima, que ella dejó escapar al ver su rostro reflejado en la lisa superficie y más allá el cielo nocturno: la lira que tantos milenios tardó en ser creada y que ahora vivía en el vacío y callaba tímida.

Poco faltaba para que el mecanismo del reloj se colapsara sobre sí mismo, rompiendo la plataforma de centenares de estatuillas, uniéndose las miles de gotas en cataratas exaltadas que rápidamente se lanzarían al suelo del palacio, como un delfín que regresa al agua. Ella brillante e imperturbable se arrodillaría, hundiría un pie en aquel charco hecho de segundos que ya se habría convertido en océano y uniendo las manos recogería sus lágrimas. Luego las vertería sobre el mar, sobre la tierra y por encima de ella no habría ya techo sino cielo. Las figuras talladas de plomo y piedra, ahora humanas, la mirarían desde la orilla. Sería ella un titán, cuya silueta se recorta en el cielo crepuscular oscureciendo el sol y tornando visibles alrededor de su rostro una infinidad de galaxias.

Alguna niña se asomaría a la ventana de su casa y al verla magnífica en su semblante la recordaría durante toda su vida. Partiría a la lejana Italia y allí estudiaría lo oculto, lo extraño; más tarde crearía por encargo de algún noble una baraja de cartas que comunicaba con otros planos. En aquella baraja por fin le encontraría un lugar y de aquel mismo recuerdo la dibujaría tal como apareció siendo la estrella, arcano número diecisiete.

Liberada ahora del palacio, Vega, la última estrella, alzó el vuelo hacia el espacio y se asentó resplandeciente, alma de la Lira, estrella del verano y guía de navegantes. Completa por fin, faltaban catorce milenios para que fueras la constelación más brillante del firmamento, y entretanto sonabas, mecida por las corrientes del vacío. ¿Te acuerdas?