Nunca más tacones altos

(tres jornadas)

“Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llena.”

El pozo
Juan Carlos Onetti

“Todo está cargado en la memoria,
arma de la vida y de la historia.
La memoria apunta hasta matar
a los pueblos que la callan
y no la dejan volar
libre como el viento.”

León Gieco

“Escribir es una tarea poco seria. Un individuo adulto dedica cientos o miles de horas de su vida a contarse historias. Nunca termina de creer que eso que está haciendo sea necesario para nadie.”

El libro que falta
Carlos Liscano

Jornada 1

Las luces se encienden y los pasajeros del B777-300ER de Air France empiezan a salir de su letargo anquilosado. Toses, suspiros y contenidos bostezos acompañan movimientos lentos y frustrados en el reducido espacio que les permite la clase económica. La cola para el baño se estira en un pasillo aún a media luz, señoras teñidas de rubio inevitable y jovencitas con el támpax en la mano compiten por las primeras filas.

Poco a poco se descorren cortinillas que no anuncian la luz del día; en este invierno austral la noche reina aún y ni siquiera los aires de un tango en los altoparlantes ni los aplausos cuando el avión toque tierra en Buenos Aires podrán con ella.

Las azafatas de estricto tailleur azul, pañuelo tricolor al cuello, rodete y maquillaje impecables y el stewart (¿o debería decir azafato?) de rara piel cetrina y cadencia melódica que en nada recuerda el cocoricó (¿o quiquiriquí?), se abren paso empujando el carrito y su sospecha de café caliente.

El suizo que a mi lado había roncado durante todo el viaje se apresta a desplegar sus artes de alpinista, bajando su mochila y hurgando en ella algún edelweiss extraviado, calzándose de nuevo sus gruesos borceguíes, como si el Aconcagua estuviera ya allí y no a más de 1200 km del destino de este avión, como si se prestara ya a transformarse milagrosamente en andinista al asalto del centinela de piedra.

Aquí te dejo mi moleskine, debo bajar la tablita y recibir la bandeja con el desayuno: ¿habrá alfajores?

Instalada ahora en el Buquebus, después de una azarosa e inquietante travesía de una Buenos Aires entre dos luces, con un taxista en quien no logré adivinar si aún no había dormido o si todavía seguía haciéndolo, mientras resonaba la voz de León Gieco en el estrecho espacio del vehículo, dispuesta a atravesar el charquito con mi mochila, sigo.

Aún no percibo el exotismo en estas gentes que me rodean, los nikes-blue-jeans-gorras-bolsas con compras y aspecto de maratón de las rebajas parecen salidos de las tiendas grenoblenses; a no ser por el voseo y el acento de las pocas conversaciones que me llegan.

El bar de abordo no ofrece ningún aliciente a mi curiosidad etnográfica de nuevos sabores, todo parece plastificado, vuelvo entonces a mis hojas de rayas azules, pereza de sacar del bolso la laptop, como le llaman por aquí, ningún deseo de consultar los mensajes, a pesar de que el Juan Patricio cuenta con servicio gratuito de Internet inalámbrico para que lo aproveche la gran cantidad de clientes que viajan por Buquebus por temas de negocios: no los había visto y con razón, viajan en primera clase.

Sopla el viento en las aguas turbias del Plata, salpican gotas ¿dulces? ¿saladas? sobre los vidrios del catamarán que se desliza y titubea. Delante nuestro asoma un increíble y luminoso sol invernal que haría palidecer al mío del norte en pleno verano. Echo una ojeada a los titulares de Página que pude procurarme antes de embarcar; ningún diario uruguayo a mano. Me aburro; estas tres horas comparadas con el largo viaje, primero en tren hasta París, luego en bus hasta el aeropuerto, la espera, el vuelo de trece horas… parecen poca cosa y sin embargo no es así. Las páginas brillantes y glaseadas de Buquebus Magazine: bellezas del mercado y del consumo versión Sur chic, con un artículo que atrae mi atención: 24 hs. en montevideo. ¿Tan pequeña será que tan poco tiempo basta para conocerla, tan pequeña que se la puede resumir así, con minúscula?

¿Qué me ha contado mi madre de esta ciudad que me apresto a descubrir y que ella dejó tan pequeña? Nada. ¿Qué recuerdos me transmitió mi abuela que aquí vivió casi la mitad de su existencia? Muy pocos. ¿Qué he aprendido en mis cursos de la universidad? Sólo lo suficiente como para que me picara la curiosidad de saber, para incitarme a emprender este viaje, realizar mi investigación y obtener un diploma, ¡al fin! Que ya llevo cinco años calentando sillas de aulas universitarias y es tiempo de ver el mundo y la vida.

Para ellas entonces, mi madre y me abuela, me propongo llevar un diario de este viaje.

Afuera brilla un engañoso sol de invierno, sé que la luz no corresponde con la temperatura real. Hace frío, lo pude comprobar, al bajar del avión y seguro echaré mano a mi bufanda cuando llegue a puerto.

¡Ahí! Ahí está, a mi izquierda, casi podría tocarlo con la mano, irguiéndose al borde de la bahía, ese Cerro contado por mi abuelo alguna vez, arropado en el misterio de su pasado y sus silencios.

Del otro lado, el edificio del puerto reverbera en la mañana anunciándose cercano, como flotando entre otros navíos pequeños y coloridos, junto a naves de guerra, grises, de aspecto viejo y cansado. La primera bandera que atisbo sobre una de ellas hace volar en el viento mañanero sus restos celestes y blancos, desflecados, raídos.

Las paredes vidriadas de la zona de desembarque juegan con la imagen del Buquebus, reflejando su silueta, cortando sus líneas como un cuadro cubista.

La corta pasarela que lo separa del muelle ya instalada ha dejado paso a una brigada de limpiadores con tarjetas identificatorias prendidas del pecho que suben a bordo antes de que bajen los pasajeros, enarbolando aspiradoras, escobas y trapos como singulares armas y estandartes, dispuestos a devolver al barco un aspecto impoluto que será nuevamente mancillado, para que, dentro de unas horas, otra vez, del otro lado del charco, nuevas brigadas con otra bandera recomiencen la faena.

El grupo musical que había hecho la travesía pasa delante de todos: guitarras, baterías, bolsos, peladas, melenas y barbas sortean la cola que se va formando y se alejan. ¿Quiénes serán? No me atrevo a preguntar y se llevan consigo el misterio de una posible melodía.

Primeros pasos en tierras montevideanas, la fila se desplaza con gran lentitud hasta alcanzar el puesto de aduanas. Ya está: en mi pasaporte un sello, ni totalmente redondo ni completamente rectangular sino rectangular de ángulos redondeados con una fecha y un número, atestigua mi entrada.

Un perro negro de orejas pegadas y aspecto desagradable contradiciendo el aire juvenil de su amo al otro extremo de la correa, huele mi mochila. Nada ya me impide salir al aire libre, estirar mis piernas y caminar hasta la salida en busca de un taxi.

La ciudad empieza recién a salir de su modorra de la noche, las tiendas abren perezosas sus cortinas metálicas, barrenderos improvisados quitan de las veredas un supuesto polvo milenario, detrás de los cristales de los cafés se despliegan las páginas de los diarios del día, sube el vapor humeante de los pocillos blancos y mis temores se alejan pues el taxi trepa lentamente, sin prisas ni angustias por una calle empinada que no conozco, hacia el destino que le he impuesto: la dirección de un pequeño hotel en el centro de la ciudad.

Inesperadamente gira a la derecha y la calle, desierta, se vuelve estrecha. Edificios grises a ambos lados, testigos sobrevivientes de una ciudad colonial, pocos comercios con sus rejas metálicas cerradas, un perro vagabundo, flaco y sarnoso atraviesa la calzada obligando una brusca frenada. La voz del taxista, como un latigazo, golpea en el vidrio que lo separa de mí. Vuelve a girar dos veces a la izquierda y llegamos a la vuelta obligada por la plaza principal, el taxista sabe que no soy de aquí (¿o sí lo soy y soy también de allá?), la estatua del prócer desafiando el tiempo y las ideologías –dixit el taxista, –enfrente un alto edificio barroco que descubro asombrada, el más alto de América en su época, por cuyas paredes trepó un día el “hombre mosca” (lo leí en un cuento de un escritor de estas tierras) y que albergaba, parece, un viejo café al que, cuenta la leyenda familiar, iba diariamente el abuelo de mi madre, el Tupí Nambá, antro de artistas, escritores, poetas, políticos, intelectuales y turfistas.

¿Ya empiezan los fantasmas a aparecerse en pleno día?

Es que mi memoria de lo desconocido es como un puzzle desarmado, las piezas sueltas aparecen y desaparecen sin orden ni concierto, en el recuerdo de recuerdos de otros, llegan de un pasado lejano que no es mío, hasta este presente, invadiéndolo.

Y en este presente ya va el taxi por la avenida principal, sin darme cuenta, ensimismada y temerosa de las jugarretas de la imaginación, oigo de pronto la voz del taxista, “aquí es, son cincuenta pesos” y como no tengo esos “pesos”, le propongo euros o dólares, que acepta sin discutir, consciente del largo paseo realizado.

De :  amalia (amap@gmail.com)

Envoyé : jeu. 28/07 13:43

À :   Nacha Olmos (nachaolmos@hotmail.com)

Hola mami,

Llegué bien, ¡estupendo! No te preocupes por nada. Ya estoy instalada en el hostal que había reservado por Internet.

Por ahora no he visto a mucha gente, parece que no hay muchos pensionistas, mejor así.

El hostal está a dos pasos de 18, detrás de la Intendencia (eso me han dicho, todavía no salí a recorrer el barrio), te lo digo para que te imagines el lugar puesto que conocés la ciudad.

Ahora me voy a dar una ducha y después te cuento más detalles del viaje.

Abrazos a todos, los quiero (un beso a la abuela)

Amalia

Bueno, clic y enviar, que este teclado de la compu del hostal me pone los pelos de punta, no encuentro las letras, ¡vaya que por ahí debía empezar el cambio!

Ahora derecho al baño, que no es privado y a aprovechar que no hay nadie a la vista.

Mientras corre el agua caliente por mi cuerpo me imagino el río Santa Lucía que prometí visitar. Agua de río para mí, acostumbrada a las frías aguas acumuladas del deshielo de los Alpes.

Miro por la ventanita, veo a lo lejos el final de una calle y ya me siento extrañando que en su extremo no haya una standhaliana montaña sino una sospecha de río-mar y me digo que cuando bajé del taxi me gustó el aspecto de este viejo caserón de principios del siglo pasado que ha sido restaurado, o reciclado como les gusta decir en estas latitudes, con bastante gusto. La entrada se hace por una escalera de mármol, rodeada de paredes de un naranja desafiante. Tras la puerta acristalada, un patio recibe la luz de altas claraboyas, alrededor del cual se abren las habitaciones del primer piso. Mi cuarto no es individual, apenas si la beca obtenida alcanza para pagar uno compartido, pero por ahora dispongo sola del espacio y del amplio balcón con baranda de hierro forjado que da a la calle.

Ahora me espera la tarea por cumplir tras las huellas del enigmático escritor Sergio Tagoni. No sé por qué acepté este tema que me parece tan sin sentido. Quizás me haya picado la curiosidad, exacerbada por una cierta dosis de aventurerismo pues poco y nada se conoce de él. La verdad es que me siento bastante perdida para emprender la investigación. Lo mejor será revisar las notas que traje y empezar por repasar lo que se sabe de sus publicaciones. Y luego tratar de obtener alguno de sus libros pues aún no los he leído. El inviernito sureño se presta para esta actividad, la calefacción funciona en el hostal y hay tranquilidad. Creo que el primer paso es ir a buscar las referencias y las obras en la Biblioteca Nacional.

Ya vestida, unos golpes discretos en la puerta me sacan de mi soliloquio, abro: una chica poco mayor que yo, arrebujada en un poncho de telar, el pelo negro (al fin una no rubia) lacio y largo atado en una cola de caballo me sonríe y por señas intenta preguntarme si todo está bien, un ok silbado y dedo pulgar levantado.

—Sí, gracias, todo perfecto.

La sorpresa le amplifica su sonrisa que se despliega en magníficos dientes blancos:

—¡Pero ché, no sabía que hablabas tan bien, casi como nosotros! ¿Necesitás algo? Soy Sara y me ocupo de los huéspedes por la tarde. Bienvenida entonces.

Aprovecho para preguntarle dónde queda la Biblioteca Nacional.

—Aquí cerquita nomás. Mirá, cuando salís, subís hasta 18 y de ahí seguís a la derecha. A unos diez minutos la vas a encontrar, siempre por la derecha por la misma vereda. No podés equivocarte tiene una estatua de…bueno ni me acuerdo, son dos estatuas a ambos lados de una escalera, ya las vas a ver.

Excelentes indicaciones, sobre todo las referencias culturales, pero no importa, lo que queda claro es que tengo que comprarme un plano de la ciudad, aunque el magazine del Buquebus y su visita en 24 horas alertaba de que era imposible encontrar uno en ningún sitio…

Rumbo a 18, me acabo de enterar que no es solo un número sino el nombre abreviado de la avenida 18 de julio, recién me doy cuenta de que no he comido nada desde el desayuno en el avión. Me digo que es hora de entrar en algún lado, en esta brasserie, cervecería, chivitería, o como se llame este tradicional establecimiento que vende precisamente los chivitos tan deseados por mi abuela y que no son chivos pequeños como yo me imaginaba.

Después de un enorme plato repleto de toda la gastronomía sacada de un libro de recetas especial colesterol y quilos de más que no pude acabar, emprendo el camino hacia la Biblioteca. Pero, qué extraño placer el gusto de lo que acabo de descubrir, el de un chivito al plato. Nunca había comido una carne tan sabrosa y tierna. Igual, ¡cuidado!, que no podré reponer mi vestuario, aunque los precios que se anuncian en las vitrinas de las tiendas sean tan alentadores.

Pensando en estas tonterías voy buscando estatuas y escaleras que me indiquen el lugar de la Biblioteca. El camino se me hace muy corto pues allí están las estatuas, ¡¡Bravo!!

Cervantes y Sócrates parecen estar allí, esperando al visitante para darle la bienvenida.

En la entrada, luego de pedirme la cédula, que no tengo, o el pasaporte, que sí le entrego y examina por todos los costados, el recepcionista, –asombrosamente joven y con aire melancólico, pensando ya en los años que pasará detrás de ese mostrador hasta que le llegue el tiempo de jubilarse, si el Uruguay benedettiano que tengo en la memoria prestada sigue funcionando –me explica con lujo de detalles el camino a seguir para mi búsqueda bibliográfica.

—Allí está la Sala Uruguay: donde podés encontrar todos los libros y folletos impresos en el Uruguay, sean o no de autores uruguayos, así como las obras de autores uruguayos publicadas en el extranjero y los trabajos que sobre el Uruguay se publican fuera del país. Hay un área independiente que incluye una confortable sala de lectura, en la cual, como investigadora extranjera, también para los de aquí, claro, se te ayudará en tu búsqueda. Hay allí un catálogo cronológico donde se registran, por año de publicación, todos los libros y folletos que ingresan a la Biblioteca. Concretamente, para poder trabajar con un libro en la sala tenés que ir al fichero, que se divide en tres tipos: Autor, Título o Tema. Agarrás una boleta en el mostrador de referencia y bibliografía. Luego llenás el formulario en su totalidad (¡ojo! la boleta y los dos talones). Copiás solo la colocación e inventario ubicado en el ángulo inferior izquierdo de la ficha.”

—Muchas gracias, ¿así de simple?

—Bueno también podés usar uno de los ordenadores disponibles, digitás el nombre del autor, libro o tema; y enseguida te da su disposición, la ubicación exacta del material que estás buscando.”

¡¡Enhorabuena!! Haber empezado por esto…

Instalada frente al ordenador, repaso la lista de las obras y fechas de publicación de Sergio Tagoni. Sé que hay algunos poemarios entre 1950 y 1965, y aún antes alguna publicación en una vieja revista, también crónicas deportivas en la prensa, pero me he propuesto abordar solamente su narrativa. Busquemos entonces Ríos desbordados (1959), Juan Futuro (1964), Crónica de la muchacha (1967) y las novelas que siguen hasta 1982 cuando deja de publicar sin que se sepa por qué. Creo que también hubo algo publicado en París después de su muerte, eso lo leí en un compendio de literatura comentada de Darío Talpetto (engorroso, ampuloso y vacío), pero todas mis investigaciones se mostraron absolutamente infructuosas.

Tecleo el nombre del autor y el primer título; la pantalla destella; lento, lento, el cerebro oculto hace trabajar sus chips buscando en el meandro de sus ecuaciones los datos pedidos. Así, como si la máquina remontara por pasadizos oscuros e intrincados en un tiempo lejano y desconocido, temiendo a cada paso el surgimiento de un ser maléfico, luego de unos segundos que me parecen horas eternas, empiezan a alinearse números y letras que podrán conducir a algún funcionario hasta estanterías que imagino iluminadas por una luz cenicienta, partículas de polvo danzando en el aire encerrado, formando arabescos y mensajes codificados.

Al final se me informa que sólo las publicaciones de los últimos años están contenidas en el fichero.

Vuelvo a los viejos archivadores de madera cálida y patinada por el tiempo y las manos. Sigo con los ojos la progresión alfabética y me detengo delante de la letra “t”. Paso una a una las fichas y al fin encuentro lo buscado.

Después de haber rellenado los formularios según las instrucciones del joven melancólico, rectificando mi información inicial pues Crónica de la muchacha aparece publicada no en 1967 como lo afirma Darío Talpetto, sino en 1987, un error que puede atribuirse a algún “duende de la imprenta” responsable de cambiar un “8” por un “6”, pero esto además cambia la referencia a la última publicación según la bibliografía, incompleta y errónea, con la que cuento, pues entonces Tagoni habría dejado de escribir no en el 82 sino cinco años más tarde— he visto como esos formularios se fueron de la mano de una mujer de pelo blanco que parece arrastrar cadenas más que caminar, cansada y mustia.

Si subí las escaleras de entrada casi corriendo ahora las bajo tan agobiada como la mujer de pelo blanco: nada, ninguno de los libros que busco fue encontrado en el acervo de la mayor biblioteca del país.

—Pero las cifras, las letras, las referencias, venga conmigo a ver, todo eso figura en las fichas, intento argumentar.

—Señorita, llevo más de cuarenta años buscando los libros que otros me piden, conozco cada estante, cada rincón, nunca antes me había sucedido algo semejante. Ni siquiera cuando todo el fichero se consultaba a mano, pasando un dedo húmedo entre cada ficha, una a una, cuando no existían ni computadoras, ni informática ni nada de nada. Comprendo su desconcierto que es tan grande como el mío. Me figuro que ha recorrido más de 15000 km buscando algo que le interesa y que no puedo darle: ningún libro figura con esos datos. Lo siento realmente.

Afuera, en esta ciudad de todos los vientos, un soplo helado me envuelve y castiga, y yo que me imaginaba vivir una aventura clásicamente latinoamericana me parece estar convirtiéndome en protagonista de una secuencia de mala película de serie B.

Ya no brilla el sol, nubarrones grises y negros se han apoderado del espacio estelar, las primeras luces del alumbrado público recortan figuras grises que se apresuran y apretujan en las paradas de autobuses.

Enfrente, una luz incierta dibuja el perfil de hombres y mujeres detrás de las ventanas de un café: leo “Sportman”.

Entro, me instalo en una mesa en un rincón, pido un café y me asalta un recuerdo adquirido, una imagen en ocres y negros, hombres y mujeres con sus sombreros puestos, inmóviles, como fijados en el tiempo de un reloj borroso, tranquilos y a la espera de algo que no se sabe qué es.

Y empiezo a sentir la impaciencia de una empresa no empezada aún y que ya naufraga.

Jornada 5

Las primeras luces mañaneras se cuelan por la ventana, pues ni siquiera cerré las persianas anoche al llegar al hotel, compitiendo con la mortecina iluminación de la lamparita que me permitió leer sin tregua durante toda la noche.

Extraña sensación la que me queda al fin de la lectura de esta ¿novela breve?, ¿cuento largo? Difícil me resulta asignarle una categoría genérica.

Lo mejor será que empiece ya a redactar mi trabajo. Esa es mi intención y lo haré en cuanto me dé una ducha y tome algo caliente.

En la cocina no hay nadie esta mañana, creo que puedo instalarme aquí con la laptop mientras se calienta el agua para un café instantáneo sin ninguna promesa de borra del café que pueda anunciarme el futuro o permitirme volver a infancias ajenas. No está Miguel para el mate. Lástima.

Veamos si repaso las notas sobre la literatura uruguaya de los 80 para hacer una introducción y luego empiezo contando de qué habla la sobreviviente obrita de Tagoni.

Mientras estoy en esto llega Sara a quien no veía desde hacía unos días, la oigo empujar la puerta de entrada, refunfuñando un poco, cargada con un canasto y bolsas de compra.

Parece contenta de verme y su breve mal humor se transforma en sonrisa:

—Hola, ¿trabajando?

—Pues sí, ahora puedo empezar. Encontré por lo menos uno de los libros que buscaba.

—Perfecto entonces. ¿Ya lo leíste?

—Sí, anoche no dormí, pero es muy cortito.

—¿Tan interesante? ¿Te acaparó?, dice mientras se ríe con ganas.

—Mirá la verdad es que no sé si me gustó. Es un poco raro.

—Pues conmigo no cuentes. Ya sabés que la biología marina no se acomoda mucho con rarezas de estilo y esas cosas.

—No, no lo digo en ese sentido. Es fácil leerlo, pero es como si quedaran cosas descolgadas, no sé.

—Bueno, pero ¿qué cuenta?

—¿Querés un café? Queda agua caliente.

—Dale. Porque tengo la impresión de que va para largas el relato.

—El libro cuenta la historia de una muchacha, en realidad es una amiga de esta muchacha que recibe una carta desde Francia y empieza a recordarle un pasado común. Así aparecen sus recuerdos de infancia, la escuela, el liceo, pero se complica un poco porque de pronto aparecen las voces de las dos amigas que polemizan con los recuerdos al intercambiar otras cartas. Pero eso no es raro, lo raro es que nunca se sabe por qué se fue su amiga que le escribe desde Francia muchos años después. No se sabe ni cómo ni por qué se fue y a la que quedó aquí parece no importarle pues no hay preguntas en ese sentido.

—A mí no me parece tan raro. En una época la gente se iba, como en la canción, sin decir adiós y no se sabía nada de ella.

—Parece que siempre estamos volviendo a lo mismo…

—No siempre, pero hay huellas, y si bien no lo son todo, en la realidad presente han dejado sus marcas. Lo cual no significa que todo el mundo las vea.

—En todo caso me viene bien charlarlo contigo, son mis primeras impresiones, antes de convertirlas por escrito en sesudas y reflexivas apreciaciones científico-literarias.

Y las carcajadas de ambas suenan y resuenan en la cocina, porque la definición de lo que me propongo escribir parece extremadamente novelesca.

Sara termina su café y se dispone a ordenar las compras. Vuelvo a mi computadora. De vez en cuando me distrae un rayo de sol que se filtra por unas cortinas descorridas. Y aprovecho la distracción para pensar en El Conjuro…

Dejo la computadora y vuelvo a mi cuarto. Me estiro en la cama con el librito rescatado la víspera. Las tapas gastadas, de color entre gris y marrón, arratonadas, llevan la marca del tiempo pero parecería que nunca fueron abiertas. Me imagino que fueron mis manos las primeras que hicieron pasar las páginas anoche en una lectura apresurada y superficial. Pero ¿habrá materia para profundizar?

Veamos al azar en qué caigo.

“Me veo ahí, allá, yo misma con túnica blanca y moña azul almidonadas, rulos domesticados contra mi voluntad franqueando el umbral de la tan prometida escuela…”

Al cabo de un momento de leer me levanto y decido salir. Sin pensarlo, casi sin darme cuenta me encuentro delante de la librería de mis sueños. Miro desde afuera, detrás del mostrador una mujer consulta un grueso libro de cuentas que bien podría ser un libro de conjuros con sus tapas de cuero repujado y sus enigmáticas ilustraciones. Sus lentes parecen en equilibrio sobre una nariz delgada. Pequeñas arrugas circundan sus ojos y su boca, el pelo corto y canoso se destaca como una aureola alrededor de un rostro agradable. Me animo a entrar y me demoro un momento hojeando los libros que descansan en la primera mesa. Con paso tranquilo se me acerca, con una sonrisa que aumenta las arrugas sin desfigurar la intención amable de unos ojos color miel.

—Hola. ¿Puedo ayudarte?

Me desconcierta el tono de su voz, tiene unas resonancias que me parecen conocidas, como si fueran alguno de los componentes de un perfume complejo que el olfato reconoce mucho tiempo después en otra mezcla. Me siento confundida, no puedo preguntar así, a secas por David. Automáticamente recito mi pedido sobre Tagoni.

Sus ojos claros se estiran como los de un gato que se siente amenazado. Me mira de frente, siento que no cree lo que está oyendo, viéndome como ser irreal, siento que no me mira a mí, por el contrario es como si mirara más allá, más atrás en el tiempo, como si de pronto se hubiera descorrido una cortina que guardaba celosamente algo.

—No, aquí no tenemos nada y no creo puedas encontrar nada en ningún lugar.

El tono tajante de su respuesta me sorprende. No parece concordar con la cordialidad con la que me ofreció su ayuda. Siento que algo me oculta. Ha vuelto detrás del mostrador y teclea nerviosa en la computadora. Sus lentes se agitan, al ritmo del tecleado.

Me acerco suavemente, le agarro una mano con delicadeza y le pregunto:

—¿Por qué?

Se desprende pero sin violencia y me mira a los ojos para responder

—¿Por qué qué?

—Por qué se ha puesto usted nerviosa. Yo no quiero agredirla, solo ando buscando información para una tesina en Francia.

Mi explicación parece convencerla. Me invita a sentarme en uno de los sillones de la librería. Ella se queda de pie un momento, mientras por su mirada pasan sombras que se aglutinan como un mal presagio. Al fin decide sentarse frente a mí.

—Ese no es un nombre agradable de recordar.

El silencio se apodera de las estanterías, los colores cálidos de la pared del fondo parecen amenazados por una súbita luz de tormenta, retengo la respiración para que nada pueda interferir en un relato que se hace inminente.

—Hace tiempo, ya mucho tiempo que todo terminó. No fue fácil.

Sigo sentada inmóvil, expectante de lo que pueda ocurrir. Y cuando creo que el relato va a continuar, la mujer se levanta de pronto y se dirige con paso rápido al mostrador, toma un papel y escribe algo, lo pliega y me lo pone en la mano.

—Es mejor que ella te lo cuente. Irene es mi hermana, la segunda mujer de Tagoni. Acá tenés su dirección, yo voy a llamarla para preguntarle si puede recibirte. Pero esperá que yo te avise, no antes. Primero voy a llamarla y a hablar con ella. No está muy bien de salud, ¿sabés? y no podés llegar de repente a su casa.

La sorpresa me deja sin palabras. Así, de pronto tener la dirección de Irene, sin haber hecho nada por conseguirla. No puedo creerlo. Tanta suerte junta y después dicen que el azar no existe. Le doy las gracias y salgo disparada, la puerta restalla detrás de mí. Llegando a 18 me doy cuenta de que no pregunté por David. No me atrevo a volver para hacerlo.

Vuelvo al hotel pensando en el día cercano y lo que el encuentro con Irene puede depararme. Tengo entendido de que era una muy linda muchacha que se había dejado encandilar por la fama de Tagoni. Aparentemente el encandilamiento se le pasó rápido y lo dejó por un deportista mucho más joven que su marido. Bueno, pero eso no son más que anécdotas auxiliares. Lo importante es que pronto encuentre las otras publicaciones. Es seguro que Irene ha tenido que guardar algunos ejemplares.

Intento conciliar el sueño en un cuarto que se me hace enorme pero las luces de la calle que se filtran por las persianas creando un juego extraño, como un teatro de sombras chinas, me lo impiden.

Mi mano decide encender la lámpara. Siento el frío de la noche agarrotar mis dedos y el camino hasta el interruptor se alarga más de lo normal. Dudo en exigirme dormir o continuar la lectura del libro. Sé que la expectativa creada por la entrevista no me dejará pegar un ojo y al fin mi mano aprieta el interruptor. La lamparita se enciende iluminando vagamente los contornos de libros y papeles sobre la mesa de luz. Intento crear una especie de cueva entre las mantas para leer en ese abrigo ilusorio. No me importa saber en qué página dejé la lectura. Me gusta jugar a una especie de lotería ciega, haciendo correr las páginas entre el índice y el pulgar hasta que la suerte decida qué leer.

“Y luego llegó el tiempo del liceo, reglamentarios uniformes, pollera gris, camisa blanca, buzo y corbata verde botella, el primer beso furtivo, los primeros cigarrillos fumados a hurtadillas y las hojas de eucaliptos masticadas enseguida.

Las señoras del Rotary Club recorriendo las aulas, reclutando alumnos voluntarios y organizando reuniones: “Vamos a recolectar ropa para los pobres del Paso Carrasco”…

Ya los ojos se me cierran. Dejo el librito y me arrebujo en las mantas, deslizándome suavemente en una masa algodonosa en la que me voy hundiendo poco a poco.

Pero el sueño no llega y, misteriosamente, me veo propulsada en el aire, en medio de una luz tenue. Siento la brisa que viene del mar despeinarme suavemente, como si una mano amante jugara con mi pelo.

Ahora no sé si veo-siento o sueño. No conozco este tipo de bus en el que voy sentada. Tengo la sensación de emprender un viaje que lleva hacia Montevideo por una carretera que bordea la costa. A mi izquierda las olas rompen contra una escollera que se desliza a medida que el bus avanza. De pronto, siento el viento que silba con fuerza envolviéndolo todo. Una nube de arena opaca los vidrios hasta que el mar lo cubre todo. Peces multicolores e incluso cetáceos perlados danzan alrededor, los veo pasar tras los cristales. Una extraña sensación de plenitud me alberga hasta que en un momento me doy cuenta de que voy sentada en el sentido inverso a la marcha del bus. Este no se acerca a Montevideo, se va alejando rápida, inexorablemente mientras me invade un raro sentimiento de angustia e impotencia. Quiero llamar la atención del chofer, de algún pasajero, explicar que necesito que dé la vuelta, que quiero ir a Montevideo. En vano pues no hay nadie. Sólo afuera, tras la ventanilla, una especie de delfín parece sonreírme mientras a su alrededor sigue el baile de peces multicolores y el viento sopla y las aguas se agitan.

Al fin el bus se detiene y me veo en medio de dunas. A unos metros una especie de parador con rutilantes anuncios de refrescos, pero detrás del mostrador no hay nadie. El ambiente parece ser de lo más banal, nada presagia ningún mal y sin embargo mi respiración es agitada, el aire luminoso y cristalino parece no llegar a mis pulmones, me sofoco corriendo hacia la extraña y al mismo tiempo familiar figura masculina acodada en la barra. Le pregunto cómo hacer para volver a Montevideo, si ese ómnibus va a emprender el camino de retorno en algún momento, ¿cuándo? No sé si la voz que resuena en mi cabeza sale de mi garganta, si recorre el aire hasta el desconocido. Este parece una figura de cera que no oye ni contesta, mientras mira sin pestañear unos cubitos de hielo que se derriten en un vaso de whisky incongruente. Oigo el entrechocar del hielo contra el vidrio del vaso…

Jornada 11

Ni que decir que la noche se me hizo eterna. Daba vueltas en la cama sin poder dormir, esperando pasaran las horas. Ni se me ocurrió volver a leer la novelita, nouvelle o lo que sea, de Tagoni. Después del encuentro con aquel tipo tan raro y desagradable, que incluso daba miedo, mi piel rechazaba sin mucha lógica aparente el contacto con las páginas raídas y sucias del libro que tanto trabajo me costó encontrar.

Anoto en la agenda: no debo olvidar devolvérselo a Miguel antes de marcharme.

Pero el título seguía rondando en mi cabeza como un abejorro tenaz: “Crónica de una muchacha”.

Volví a recorrer el camino hacia el barrio donde vivía Irene, tratando de borrar de mi mente la escena de la papelería, el bar, el tipo asqueroso, y centrarme en encontrar la calle con nombre de árbol nativo: Timbó.

Una calle corta y cortada, sin salidas, realidad que al principio me causó cierta angustia pues era en ella donde precisamente podía encontrar lo que hacía tantos días buscaba.

Pequeñas y vistosas casas medianeras, algunas con el número claramente indicado, en otras ausente o escondido entre ramas mustias del invierno que seguro se convertirían en malezas florecidas y perfumadas llegada la buena estación. Los troncos retorcidos de viajas buganvillas, de supuestos jazmines blancos, parecían trepar por paredes algunas blancas otras ocres, como buscando la luz ya casi mortecina de esta tarde invernal.

A mi derecha, en esa calle que a pesar de estar cerca no dejaba avizorar el río-mar, apareció el número buscado en una fachada blanca, cuya puerta estaba protegida por un pequeño alero de tejas.

No pude anunciarme inmediatamente, seguí calle abajo, caminando los pocos metros hasta la intersección que cerraba el paso. Al volver sobre mis pasos, ya no me quedaba más que franquear un estrecho porche rodeado de grandes macetas que albergaban aún sendas plantas verdes.

No vi timbre así que golpeé suavemente sobre los vidrios enmarcados de hierro labrado de una vieja puerta de madera oscura.

Sin respuesta, volví a golpear, esta vez sobre la parte de madera y poco después oí unos pasos arrastrados que se acercaban.

Al abrirse la puerta descubrí al otro lado del umbral una figura que me resultó extrañamente familiar, era Irene.

Muy parecida a su hermana, pero en su rostro las arrugas parecían no solo marcar el paso del tiempo sino también muchos dolores macerados.

Con pocas palabras me invitó a pasar y a instalarme en un viejo pero aún confortable sillón de cuero pulido por los años.

La chimenea estaba encendida, un agradable calor emanaba de un fuego tranquilo y permanente. Un par de lámparas creaban una atmósfera propicia a la tranquilidad y la charla.

Irene a me dijo que ya conocía el motivo de mi visita, pero que antes de hablar de lo que yo buscaba, ella tenía cosas que decir y se sentó en frente mío.

Entre ambas, como una especie de frontera, había una mesa ratona de factura artesanal y una tetera antigua y sus tazas anunciaban un buen té, el primero que tomaría en todos esos días.

– Antes de hablar de Tagoni, quiero que tengas en cuenta de dónde venía yo antes de encontrarlo. ¿Conocés los pueblos del interior?

– No, la verdad es que solo conozco lo que he podido ver en estos días en Montevideo y lo que he leído, algunos autores. Recién empiezo a enterarme de muchas cosas.

– Bien. Pues te cuento. Mi padre era funcionario público y mi madre ama de casa. Con mi hermana que conociste en la librería y mi hermano, el padre de David, como todos los adolescentes de los 60, empezamos a interesarnos por lo que ocurría, en el pueblo, en el país, en el mundo.

El ambiente de esos pueblos no era el más alegre que te puedas imaginar, de Montevideo nos llegaban las nuevas modas, música, algunas revistas.

Poco a poco los tres comenzamos a movilizarnos por reivindicaciones liceales, pero en frente nuestro, empezaron a actuar grupos violentos de ultraderecha que culminarían con la formación de la jup, alentada…

– Perdón, ¿qué es jup?

 -Juventud Uruguaya de Pie, creada por Hugo Manini Ríos, cuyos fundamentos ideológicos se encuentran en el llamado “ruralismo” y la falange del franquismo español, la defensa contra el comunismo, considerado corruptor, foráneo; también la exaltación de lo policial y lo militar.

Mi hermano, ya estaba en Montevideo, jugando en un cuadro semi profesional y luego se fue mi hermana para sus estudios universitarios. Yo todavía en el liceo tuve que enfrentar y ser testigo de hechos cruentos de golpizas, malos tratos humillaciones de estas bandas muchas veces apoyadas por la policía, en esa época hubo incluso un estudiante muerto. Hasta que mis padres, temiendo por mi seguridad me mandaron a la capital.

Fue entonces a través de mi hermano que conocía a Sergio, pues él venía regularmente al club, hacía entrevistas y publicaba sus notas deportivas en el diario.

Me encandiló. De ese pueblo donde no pasaba gran cosa, me encontré de pronto participando en reuniones sociales, reuniones de gala, ¡la crema montevideana! Trajes de medida para los señores, vestidos última moda de París y sus joyas en armonía para las señoras y mucha condescendencia hacia esta jovencita ignorante de las reglas sociales. Los primeros años fueron un cuento de hadas, encuentros con personalidades del mundo cultural, cenas, conciertos…fotos en las páginas de sociales del diario El País, vestidos, algunas joyas que pensaba verdaderas y luego resultaron falsas

El encandilamiento duró un tiempo, Sergio publicaba de vez en cuando en algunas editoriales, y se creía reconocido.

Pero el corazón es el corazón, y ya cuando mi hermano se había marchado a México, una tarde de invierno nos encontramos Alberto y yo refugiándonos de la lluvia en un mismo portal de la Ciudad Vieja.

Ya nos conocíamos, Alberto jugaba en el principal cuadro de la ciudad, Sergio lo había entrevistado varias veces.

Y llegó el día en que no pude más soportar la superficialidad de la vida con quien se creía, además, ser un gran escritor y me marché de casa.

Eran tiempos raros, la escalada represiva se iba acentuando día a día y en nuestro pequeño apartamento de la calle Ejido donde fuimos a vivir con Alberto se sucedían reuniones y hasta servía de pobre refugio a algunos perseguidos.

Un día Alberto no volvió a casa. Intenté averiguar, pero nadie sabía nada. Fueron días de gran angustia hasta que decidí ir a ver a Sergio y pedirle que él averiguara, puesto que conocía a tanta gente, alguien en alguna comisaría o un cuartel habría quizás oído hablar de Alberto, un jugador cuya foto aparecía a menudo en los diarios.

Nunca podré olvidar la sonrisa de satisfacción, le brillaban los ojos cuando se lo explicaba, le oí decir cínicamente que ahora me acordaba de él, que bien lo había dejado por un terrorista, y que las autoridades sabían perfectamente en qué andaba, que, además, él se había encargado de informar que yo no era ninguna mosca muerta tampoco así que tenía el tiempo contado.

Ahí comenzó una nueva etapa de mi vida, mudanzas sucesivas, viviendo solo con lo que mi hermana podía darme como ayuda, temiendo salir a la calle, temiendo cada auto que frenaba en la noche delante de la casa que ocasionalmente me albergaba.

En fin, fueron muchos años, hasta el 85 cuando cayó por fin la dictadura.

A la muerte de Tagoni, ya sabés en qué condiciones entre tragedia y comedia, me encontré con que, al nunca haber efectuado los trámites de divorcio, podía heredar esta casa. Y sus fantasmas. Nunca nadie supo más nada de Alberto. Las investigaciones históricas que está haciendo la universidad quizá me den un día una respuesta a su desaparición. O no. O yo ya no estaré aquí para enterarme.

Irene no dijo más nada y un silencio profundo se adueñó del salón. Ya no quedaban sino algunos rescoldos sobrevivientes del fuego de la chimenea. No me atrevía al más mínimo movimiento y aún menos a intentar traer a Irene al presente y al objeto de mi visita.

Un tiempo después Irene se levantó pausadamente, y con un gesto me indicó que la siguiera.

Salimos por una puerta que daba a un pequeño jardín muy cuidado en cuyo centro crecía un timbó inconcebible cuyas ramas cubrían no solo el techo de la casa de Irene sino también los aledaños. Al pie del árbol, una multitud de semillas negras con forma de orejas formaban un círculo perfecto. Irene se dirigió al fondo del jardín donde había un local pequeño y volvió con una pala. – Tomá, te dejo buscar a vos una caja de metal que enterré con unos papeles. Son los únicos que guardé de los que Sergio dejó en la casa. El resto, libros y papeles todos me han servido de combustible para la chimenea. Esos los guardé porque me parecía necesario. Siempre esperé una oportunidad para hablar de ellos. Son tuyos. Hacé lo que creas conveniente. Después, volvé a tapar el hoyo, no sea que yo misma termine cayéndome dentro y guardá la pala en el armario del fondo. La puerta verde que ves ahí da directamente a la calle. Yo me retiro, estoy cansada. Mucha suerte.

El palimpsesto intencionado

(el proyecto literario de Felisberto Hernández)

Toda obra es obra de su circunstancia: lo cual solo quiere decir que esa obra tuvo un principio, que empezó en el tiempo y que ese momento del tiempo forma parte de la obra puesto que, sin él, ésta sólo habría sido un problema insuperable, tan sólo la imposibilidad de escribir.

Maurice Blanchot / De Kafka a Kafka

La realidad es un palimpsesto que a veces por pereza, otras por cobardía, comodidad o torpeza hemos leído de manera superficial, conformándonos con los signos más aparentes o con los equívocos datos de los sentidos, que por otra parte, no siempre sin equívocos.

Cristina Peri Rossi / Indicios pánicos

¿Cómo a partir de trozos puedo fundir una historia capaz de tomar vuelo? Franz Kafka / Diario

Palabras liminares

Realizada una investigación, escrita una tesis, evaluada, reescrita para transformarla en libro, y lista para poner en estampa, corresponden unas palabras para presentar un trabajo de casi una década y reconocer el largo intercambio con personas e instituciones que hicieron posible que llegara a concretarse.

Este libro es, con algunas modificaciones de forma, no de fondo, una adaptación de mi tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y defendida el 23 de julio de 2021. El punto de partida de la investigación fueron los materiales que componen la Miscelánea Felisberto Hernández, radicados en la Sección de Archivo y documentación del Instituto de Letras (SADIL, FHCE, Udelar). Una sugerencia del profesor Pablo Rocca, a quien agradezco esa orientación, me llevó a estudiar la génesis, el proceso de escritura y la concepción estética del escritor. Agradezco a mi directora, Celina Manzoni, por guiarme en la escritura de la tesis, con rigurosa convicción, y a Gustavo Lespada, co-director, por sus consejos y valiosos aportes.

Confío en que los resultados de esta investigación, que involucró el estudio, por primera vez, de escritura desconocida durante más de medio siglo, constituya un aporte para reconfigurar el estado de la obra, y de la cuestión sobre el modo de lectura de un autor considerado uno de los más originales de la narrativa latinoamericana.

Una investigación de tantos años necesariamente deja deudas con muchas personas que de una u otra manera aportaron en el proceso. Agradezco haber intercambiado con Norah Giraldi de Deicas, quien organizó un encuentro en la Universidad de París III sobre crítica genética, donde conocí e intercambié con la profesora Laura Corona Martínez, ambas especialistas en el autor. De los profesores que actuaron como jurado de la tesis, la profesora Carolina Sancholuz y los profesores Jorge Monteleone y Óscar Brando, recibí excelentes devoluciones y estímulos para emprender la tarea de la publicación. A Óscar Brando, en especial, debo la lectura atenta, la corrección y las palabras finales de este libro. De él fue la idea de que me pusiera en comunicación con el investigador Ignacio Bajter, a quien agradezco el interesante relato, producto de su investigación, sobre el itinerario viajero de los papeles de Felisberto.

En la SADIL, tanto con la dirección de Pablo Rocca como con la actual de Aldo Mazzuchelli, tuve acceso a los materiales que necesité, para hacer las transcripciones de los textos. Agradezco a estos directores y en especial a todos los colaboradores del archivo por su amabilidad y colaboración. Mi especial agradecimiento a María José Bon, Valentina Lorenzelli, Daniel Vidal y, en la última etapa, a Ana Inés Rodríguez.

Mi agradecimiento a la Fundación Felisberto Hernández, en la persona de Walter Diconca, por su apoyo, su colaboración y el aval para presentar, en este libro, el conjunto de materiales autógrafos, organizados, con criterio de edición y notas, para una mejor lectura.

Mi dedicación a la enseñanza de la literatura en Secundaria y en el IPA fue parte esencial en la búsqueda del conocimiento. El ejercicio de la docencia acompañó casi todos los años de este trabajo, mis alumnos del IPA lo supieron, y padecieron a Felisberto Hernández, tal vez más de la cuenta, pero me ayudaron a procesar muchos aspectos de los resultados parciales de mi investigación. A ellas y ellos debo casi todo lo que sé. Exalumnos/as, hoy colegas, con quienes tuve el placer de compartir conocimiento e interrogantes, como con las jóvenes profesoras Beatriz Rodríguez Posadas, acerca de la original sintaxis de nuestro autor, y Paula Cameto, con quien compartimos y subsanamos dudas de último momento respecto de la grafía de Felisberto. Con otros/as, con todas y todos, la alegría de compartir los procesos de aprendizaje, mutuos y de nuestros alumnas y alumnos.

Recuerdo y agradezco los intercambios con las colegas y amigas Graciela Franco, a quien debo lectura y finos comentarios, a Sonia D’Alessandro por su optimismo radical, a Patricia Núñez por nuestras conversaciones sobre Felisberto Hernández y José Pedro Bellan, a Clara Paladino, por contarme de su padre y la amistad con Felisberto, a Anna Pesce por su lectura y centradas razones, a Silvia San Martín, quien además de confiar en mí, me confiara valiosos materiales pertenecientes a su familia.

En el último tiempo, ya en proceso de transformación de la tesis en libro, la tarea compartida en el equipo Proyecto digital Archivo Felisberto Hernández de la Biblioteca Nacional del Uruguay, hizo que la llama de la investigación sobre este autor siguiera viva. Gracias, en especial, a Carina Blixen, Paula Cameto, Pablo Estévez y Néstor Sanguinetti.

Para terminar, mi agradecimiento a los afectos: a las amigas, a mi familia, a los y las presentes o ausentes físicamente, que de alguna manera se ingeniaron para estar en los momentos que fueron necesarios. A mis hijos, Pablo y Tatiana, porque escucharon y sostuvieron.

Montevideo, mayo de 2022.

Introducción

El origen de la investigación, cuyo resultado final es este libro, fue el encuentro, en el año 2012, con un conjunto de materiales sin clasificar, y desconocidos hasta ese momento, de Felisberto Hernández (1902-1964). La Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras (SADIL) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, de la Universidad de la República de Uruguay, dirigida por el Dr. Pablo Rocca, había recibido para su custodia unas carpetas conteniendo papeles del autor. A partir de una primera organización realizada por un equipo de investigadores designado para esa función, (1) se comprobó que se trataba de manuscritos, mecanografiados y escritos en taquigrafía, incluyendo material edito e inéditos, con predominio de autógrafos manuscritos anteriores a la publicación de Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y originales mecanografiados de los cuentos que componen Nadie encendía las lámparas (1947), además de otros escritos y documentos. De esta manera se constituyó la Miscelánea Felisberto Hernández, fuente primaria y fundamental para la presente investigación.

El acontecimiento abrió un abanico de posibilidades en el campo genético y, como consecuencia, una nueva perspectiva de lectura de la obra, en particular por la presencia de manuscritos de la primera época en los que constan las diversas entradas en la escritura, proyectos inconclusos, además de líneas de desarrollo rastreables sobre un eje diacrónico a lo largo de una obra que se desarrolló a partir del año 1925 y casi hasta su muerte, ocurrida en enero de 1964. Al tomar contacto con este archivo en su estado virgen se pudo participar en la primera catalogación de los documentos, de cuya decantada lectura se extrajo gran parte del material utilizado en esta investigación. Se pudo leer desde una nueva perspectiva tanto el plan editorial como el programa de escritura que subyacía en él. Además de tomar contacto in situ con el particular proceso de selección, conservación y descarte –método de trabajo característico de este escritor– se constató la existencia de textos embrionarios y pre-textos de escritos posteriores, así como la presencia de novedades, que debieran ser de impacto en el trabajo crítico sobre el autor, como tres conjuntos titulados: “Tratado de Embudología”, “El Teatrito” y “Eutilodia”, además de otros importantes núcleos de reescritura.

Al menos en nuestro caso, tal impacto existió y condujo a la elaboración de las hipótesis que guiaron este estudio, en torno a textos que revelan la búsqueda y el hallazgo de una estética particular. La mayor parte de la producción analizada corresponde a la etapa anterior a 1940, fecha aproximada en que la narrativa de este autor tiene un vuelco hacia la escritura de la memoria y la profundización en el modo de recordar. No obstante, una línea de análisis acerca de los procedimientos de simbolización profundiza en esta producción memorialista así como en la que el escritor desarrolló a partir del icónico conjunto Nadie encendía las lámparas (1947) y en el relato “La casa inundada” (1960), verdadera parábola del proceso creativo de este autor.

El siguiente sumario muestra el itinerario seguido a través de seis capítulos y un anexo con la transcripción de materiales inéditos, que además de constituir marco de referencia fundamental en todo el proceso de investigación, enriquece y modifica la lectura de una de las narrativas más originales del siglo XX.

En el capítulo I, Introducción, Felisberto Hernández: itinerario de su obra. Aportes de material inédito para una nueva lectura, se presenta información previa necesaria para delimitar el objeto de estudio, considerando en primer lugar el comportamiento de la crítica en forma diacrónica y paralela a la publicación de los libros, así como los abordajes teóricos pertinentes. Se realiza una consideración general de la obra, sus distintas etapas y características, además del contexto histórico con especial atención al campo literario y editorial.

En el capítulo II, Exploración del archivo de la SADIL: nuevas incorporaciones, se describe la miscelánea del autor, el proceso de clasificación e interpretación de sus documentos que permitió seleccionar materiales afines al tema del proceso de escritura. La colección incluye noventa y nueve carpetas, dato del comienzo de esta investigación, que contienen folios manuscritos, escritos en taquigrafía y en mecanografía, cartas, reseñas, tarjetas, recortes de periódicos, una revista, además de algunos cuadernos y libretas. Se exponen los resultados de acuerdo con un criterio de clasificación que refleja en sí una interpretación de la totalidad y de cada pieza en particular. Se distinguieron éditos de inéditos y luego de analizarlos se desglosaron en subgrupos según se tratase de obra publicada por el autor o por los críticos o investigadores. Se avanzó hacia una catalogación en torno a temáticas, ejes, filiaciones, para construir el objeto de estudio. Se organizaron borradores, fragmentos y pre-originales de éditos y con los inéditos se hizo un trabajo más complejo, encontrando sus núcleos de pertenencia, componiendo grupos enteros a partir de fragmentos con afinidades genéticas. Asignamos una letra mayúscula a cada “grupo” y un número correlativo para señalar lo que serían capítulos o partes menores. El estudio minucioso de cada pieza del archivo permitió aquilatar la relevancia del acervo de la SADIL para la investigación sobre Felisberto Hernández.

En cuanto al periodo, estamos ante documentos que testimonian un desarrollo de escritura desde fines de la década del veinte hasta la del cuarenta, de mayor concentración entre los llamados Libros sin tapas y la narrativa de la memoria, es decir, prioritariamente en la década del treinta cuando Felisberto se abstuvo de publicar libros, aunque esporádicamente publicó textos en periódicos.

El capítulo III, Primer movimiento: ser, mundo y escritura en Fulano de tal, Libro sin tapas y textos afines, se centra en el análisis de los dos primeros libros publicados por Hernández: Fulano de tal (1925) y Libro sin tapas (1929), por considerar que este es el movimiento inicial en su programa creativo. Con respecto al primero se analizan aspectos léxicos, procedimientos metafóricos y simbólicos, así como la particularidad compositiva del libro y de cada uno de los textos que lo integran. En torno a palabras como “trampa”, “entretenimiento”, “movimiento”, usadas en estos primeros escritos, así como el sentido que adquieren en sus combinaciones, se observa la invención de un lenguaje para metaforizar el acto creativo y la manera en que estos conceptos embrionarios producen otros desarrollos.

A continuación del análisis de Fulano de tal comentamos dos versiones de “Tal vez un movimiento”, no incluidas en libro pero recuperadas por José Pedro Díaz para las Obras completas, que se relacionan con la temática y el estilo de este primer libro en el que ya está presente la técnica compositiva fragmentaria. Llama la atención la estructura, el lenguaje entre ingenuo, vulgar y burlón como si trabajara a sabiendas con una materia baja; tal como lo sería la piedra tosca para la Alquimia, es el valor del fragmento que, tocado por el proceso de depuración con el agregado de nuevos elementos, progresa por la energía desplegada a través del lenguaje. Lo primero es el fragmento, un pedazo, un desprendimiento. El escritor es el fabricante de una cantera con trozos de distintos tamaños y formas para realizar su edificio escritural. Esos fragmentos valen en sí mismos, pero también en la función que cumplen en una totalidad imaginada.

El camino de autoconocimiento lleva a la identificación del ser con la obra, es en ella que este alcanza su verdadera dimensión. En la tradición esotérica, la obra constituye la búsqueda de la verdad y, con ella, del ser verdadero; en el autor el movimiento implica un proceso continuo de búsqueda infinita, la ausencia de respuestas definitivas es el verdadero motor y la mayor felicidad para la escritura.

Sin embargo, la idea de transformación hacia el hombre “verdadero”, aparece mejor expuesta en su segunda publicación: Libro sin tapas. A través del análisis de algunos textos podremos advertir cómo se profundiza en la reflexión sobre el arte, el artista, el sistema en el que está incluido, la resistencia del instituido contra un instituyente que quiere acercarse a un centro, pero a la vez sigue siendo margen. Se analizan los textos “Prólogo”, “Acunamiento” y “La piedra filosofal” en relación a la filosofía y al ocultismo por considerar que hay en Felisberto, además de una especulación de orden ontológico, parodia o al menos juega con términos, creencias y conceptos en los que se asoma la idea de la Gran Obra que responda a las grandes preguntas acerca de la existencia.

El capítulo IV, Novela de la escritura. Primera parte: “El Tratado de embudología”, está dedicado enteramente a analizar este conjunto de textos totalmente inéditos y desconocidos, hasta 2015, cuando de ellos se incluye una selección en una de las ediciones de la obra completa producidas en ese año.(2) “Tratado de Embudología” es el título genérico que dimos al conjunto de materiales inéditos que se describe en el capítulo II de este libro y que contiene fragmentos de diferente extensión, algunos de ellos nombrados por el autor como “capítulos” de un proyecto de ensayo o novela sobre la escritura. En sí se trata de un ensayo, una reflexión, un diálogo con el lector al que se supone asombrado ante lo que lee. Se analiza la naturaleza metaescritural y el vínculo con “Filosofía del gángster” incluido en “Otras publicaciones tempranas” (1981). (3)

En forma irónica se desarrolla una especie de teoría de la escritura focalizada en el lado de la producción, en los componentes psicológicos, conscientes e inconscientes que intervienen en el proceso.

En el capítulo V, Novela de la escritura. Segunda parte: Observación de sí, anécdota y metadiégesis, se aborda el desdoblamiento del yo, la observación de sí mismo como acto generador de la palabra escrita. Para observarse en el proceso creativo, el sujeto emisor construye diversas entidades que provienen de los diferentes aspectos del yo. El texto es un espacio de contienda en el que se confrontan deseos y coacciones socioculturales integradas al individuo. En esa pendencia, la escritura es reflejo y productividad a la vez sin deslinde posible entre las diversidades yoicas intervinientes. El autor distingue sus productos transitorios, de “desarrollo ligero” (más adecuados para el fluir de la escritura), y aquellos en los que la reflexión constante sobre el proceso de pensamiento produce estancamiento, una circularidad que impide el avance. Necesita equilibrar ambos aspectos.

En relación con el primer caso analizamos esbozos, notas o apuntes, diarios, cartas a destinatarias reales o ficticias –siempre se trata de mujeres– que sirven como punto de apoyo para traer imágenes del pasado y recuperarlas mediante la escritura, o como posibilidad futura: “Una mañana yo me despertaría”, “Recién he traído un sillón”, “Casi siempre” (Corpus C). En el segundo caso, la interrupción reflexiva, analizamos “Juan Méndez o almacén de ideas o diario de pocos días” (Corpus B) donde la escritura del diarista se ve invadida por el nivel metaescritural.

Por último, en este capítulo se procura analizar lo que a nuestro entender es un proyecto disperso, la propia novela sobre la escritura que el autor empezó a publicar en periódicos y luego abandonó. Aquí se vincularán: “Filosofía del gángster” (Corpus B), “El Teatrito” (inédito hasta 2015) (Corpus C) y “Las dos historias” (Corpus A).

Una intencionada novela sobre la escritura, por utilizar un término muy caro a Felisberto, fue escrita a retazos desde el principio, y en retazos quedó porque esa es la forma que le conviene. Se trata de fragmentos que ralentizan el discurso y lo interrumpen con la intercalación de anécdotas, observaciones de la vida cotidiana o de situaciones físicas y anímicas del emisor en beneficio de una productividad regida por el azar. Por este camino puede llegarse a “algo” con “porvenir artístico”, como dice en “Explicación falsa de mis cuentos”. El fabricador de “cosas aprovechables” en “diarios de pocos días”, el bricoleur reserva materiales toscos, restos a participar en algo mayor, aunque siempre provisorio.

En el capítulo VI, Sujetos femeninos contra el canon estético. Misterio, erotismo y narración, se analiza el proceso cumplido hacia el predominio del estatuto ficcional a través del tratamiento de la figura femenina. Además de ser soporte del erotismo en general, la representación de la mujer adhiere a la estética que persigue y consolida el escritor. El motivo formado por un yo narrador que se siente especialmente atraído por una fémina aparece en varios relatos, sea en forma episódica, sea como elemento presente en toda la diégesis. De diversas maneras constituye un enigma indescifrable y un núcleo de escritura que abre un espacio a la producción de sentidos. A medida que consolida su narrativa, las “damas” de Hernández poseen hipertrofias que despiertan la curiosidad, incitan a pensar, comparar, imaginar, fabular, en definitiva, a crear lenguaje. Son protagonistas de situaciones absurdas, raras, inverosímiles o grotescas, encarnan el misterio y simbolizan el modelo narrativo que corresponde a un determinado pensamiento estético. El proceso hacia la simbolización del tema de la escritura mediante la figura femenina se estudia en este capítulo en tres fases.

1. En primer lugar se realiza un recorrido sinóptico por textos de la primera etapa (1925-1931) donde mujer y escritura comienzan a entrelazarse. Ocurre en ficciones epistolares y de diario personal del tipo “Manos equivocadas” (corpus B) y en “La casa de Irene” (corpus A); en un relato autoficcional como “La cara de Ana” y en cuentos narrados en tercera persona como “La envenenada” y en “Las dos historias” (Corpus A).

2. Luego, se dedica mayor espacio al análisis de un texto que se aparta de los carriles habituales del escritor y que podría insertarse en la ciencia ficción. La presencia de manuscritos y de copias de “Buenos días [Viaje a Farmi]” (Hernández: 1981) permite aquilatar el empeño dedicado a este texto que constituyó una vía de exploración en la fantasía, apartándose de la experiencia cotidiana. Se trata del relato de un viaje imaginario en aeroplano a un país inventado: Farmi. La historia aparece en dos versiones: “Buenos días [Viaje a Farmi]” (Corpus B), inédito por el autor y recuperado por José Pedro Díaz (Hernández: 1981) y “Eutilodia” (Corpus C), antetexto del primero, inédito recuperado en Narrativa completa (Hernández: 2015).

3. La etapa más celebrada y triunfante de la peculiar estética de Hernández se abre con los cuentos de Nadie encendía las lámparas (1947), precisamente donde lo simbólico constituye la esencia de sus relatos. Las figuras femeninas condensan en forma abigarrada, barroca o manierista las claves estéticas del escritor. Tanto el personaje Lucrecia, del cuento homónimo, como el de Margarita, de “La casa inundada” (1960), constituyen ejemplos del palimpsesto, puesto que la ampliación del campo narrativo no deja de lado la utilización de fragmentos anteriores y de motivos recurrentes como el ambiente gótico, la fragmentación del cuerpo, la mirada privilegiada (“lujuria de ver”), entre otros recursos intertextuales. Las intersecciones y transversalidades entre los relatos en los que aparecen mujeres rodeadas de silencio y misterio son evidentes y se analizan en este capítulo. En conclusión, en estas ficciones de Hernández la figura femenina es una representación simbólica de lo perseguido por el autor desde el principio: una escritura. Tanto es así que llega a escribir cuentos con el manierismo propio de quien domina hasta el hueso su propio estilo; un estilo que se lleva a sí mismo tal como las mujeres hernandianas llevan sus irregularidades y rarezas como lo más natural del mundo, forma de dejarse ser que imanta por razones que no pueden esclarecerse del todo.

En el final se exponen las conclusiones a las que se arribó luego del estudio pormenorizado de textos, conjuntos significativos y relatos acabados, de diferentes etapas y estados de elaboración, confirmando los presupuestos que guiaron la investigación y explicitando las novedades que fueron surgiendo en su transcurso, como la existencia de un importante núcleo escritural vinculado al pliegue sobre la escritura propia como mecanismo creativo.

En el Anexo se presenta la transcripción de la mayor parte de los materiales que constituyen la Miscelánea Felisberto Hernández, Archivo de SADIL (Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras, FHCE, Udelar), ordenados y compuestos de manera que –sin considerarse única perspectiva de organización– sea posible una lectura coherente del conjunto.

Notas

1) Compartimos esa tarea con el Dr. Daniel Vidal, la Prof. María José Bon y la estudiante Valentina Lorenzelli, bajo la orientación del Dr. Pablo Rocca, director de SADIL en ese momento.

2) Felisberto Hernández, Narrativa completa, Estudio crítico de Jorge Monteleone. Introducción y notas a los inéditos por María del Carmen González. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2015.

3) La forma “gángster” del texto, que en los originales oscila entre “ganster” (en el manuscrito) y “GANGSTER” (en las copias mecanografiadas), figura en la primera edición del relato (1939) y en las posteriores inclusiones en obras completas (desde 1967). Dicha grafía apareció en la vigésima primera edición del Diccionario de la lengua española (1992) y es la que utilizamos en este libro. A partir de la vigésima segunda edición (2001) figura la grafía totalmente adaptada “gánster”.

Conclusiones

A la manera de un palimpsesto

Como si la dispersión fuera un destino inexorable para la obra de este autor, la Miscelánea Felisberto Hernández radicada en la SADIL (FHCE, Udelar), presenta numerosas huellas de esa condición. Se trata de un repositorio doblemente fragmentado, a saber: no contiene la totalidad de los materiales del autor que se conservan, algunos papeles constituyen piezas desprendidas de un conjunto mayor, o uno de estos que ha dejado sus semejantes en otros lares, y, en segundo término, es ejemplo cabal del modo de producción a partir del fragmento, de la construcción de partes.

La presencia del archivo, como en casi todos los casos, tiene una historia detrás: una voluntad de conservación del autor, quien reserva y no destruye sus pruebas, y la de otros agentes como familia, amigos, conocidos, críticos, que por diversas razones han salvaguardado durante años sus papeles, otorgándoles un valor muy especial. Su existencia, en este caso, es un hecho relevante y testimonia la forma de producción de la que hablamos.

Con relación a la cronología de los textos estudiados se puede afirmar que la mayor parte de los inéditos fueron escritos en las décadas del veinte y del treinta, alrededor de los llamados “Libros sin tapas” (1925-1931), y antes de la narrativa de la memoria (1942-1944); mientras que en los más antiguos predominan los autógrafos, los más cercanos en el tiempo están mecanografiados. La temática recurrente en estos primeros escritos es la autorreflexión con el objetivo de conocer y manejar las propias emociones, en especial la angustia, frente a temas de orden ontológico, y la necesidad de encontrar mecanismos para defenderse de tensiones interiores.

El deseo de realizar una obra, en Felisberto, constituyó una ambición manifiesta desde sus primeros escritos, que solo en parte –hoy lo sabemos– dio a conocer en sus cuatro primeros libros. Demuestra que hubo un trabajo sostenido, siguiendo el deseo de escribir y el placer de la escritura, placer de la repetición, de las variantes y de las múltiples operaciones que adquiere la reescritura. Nos arriesgamos a afirmar que había un quinto libro en proceso, que, de haber existido, habría cerrado la primera etapa. Pero ¿se puede afirmar que el proyecto no se concretó, o que quedó inconcluso? Sí, como libro, pero no como etapa decisiva y fermental, en términos vazfereirianos, en la que se delinearon las bases de su pensamiento estético. Conjuntos como “El Tratado de embudología” y “El Teatrito” exceden la categoría de apuntes. Constituyen ensayos “atípicos” sobre la escritura, proyecto diseminado en periódicos, libros posteriores, o inéditos en general, pues “Filosofía del gángster” es anunciado en periódico como próxima publicación como libro, y “Las dos historias”, escrita en 1931, año en el que publicó La envenenada, no se constituyó en un nuevo volumen. Más allá de las circunstancias que llevaron a que quedaran “por el camino”, la existencia de fuentes primarias de este proyecto abierto, en el acervo estudiado, constituye un hecho revelador para los estudios sobre la obra de Hernández.

La presencia en la Miscelánea de versiones taquigráficas, junto a su respectiva versión en escritura común, demuestra la importancia que otorgaba al registro de todas las ocurrencias del pensamiento, ambición que lo llevó a percibir que, desde el momento en que la escritura se constituye, al fijarse en el espacio del papel, se detiene el flujo que primero se materializa en el logos, y luego en la gramma, para abandonar su “naturalidad” y “espontaneidad”, propósitos muy caros al primer Felisberto, que metaforizaba, con la palabra movimiento esta continuidad propia del pensamiento.

La puesta en conexión de distintos materiales entre sí permitió constatar una forma de creación a partir de fragmentos, que luego se retomaron para integrarse a otro texto. La particularidad de que no practique un borrado absoluto en sus correcciones permite ver la huella de lo desechado, como en un palimpsesto, a lo que se suma la composición mediante trozos de escritura practicados en forma sincrónica. Pueden observarse en sus borradores líneas que atraviesan una página, o dos, formando una cruz, que en general indican que el texto ha sido pasado en limpio, renglones o palabras suprimidas mediante un rayado, pero, en escasas ocasiones, existe un tachado definitivo que oculta lo anteriormente escrito. Dejar ver el proceso, mostrar lo anterior, no debe verse solo como un gesto hacia el lector, por más que el autor lo explicite a menudo, sino como una preservación productiva de la escritura anterior.

La abundancia de material fragmentario se constituye en una muestra exterior y viva, en el sentido moderno del archivo, de dos cosas: la forma en que procedía con su escritura y la manera en que la iba elaborando para crear “algo que valiera la pena”, o “cosas aprovechables”. Fabricaba materiales de descarte, para luego usarlos a la manera del artesano que trabaja con lo que se usó en otro contexto de escritura. El resultado final es un texto en el que se advierten otras escrituras, donde también metafóricamente se puede decir que no hay borrado radical, sino una permanencia del pasado en el presente como en un palimpsesto, intencionado y reivindicado como una forma de escritura que acompañe el carácter no lineal del pensamiento.

Desde la perspectiva genética el texto no es una entidad desprendida de las condiciones que lo provocaron, porque en él están las huellas de su fabricación, lo que tiene consecuencias no solo estéticas sino éticas al implicar una confianza en lo menor, lo parcial y defectuoso. Es desde ahí que vienen las posibilidades de desarrollo hacia un estilo que se considera personal porque responde a su manera de sentir y pensar la realidad. Quien escribe, en general, y, en mayor o menor medida, realiza operaciones de lectura, relectura, reescritura, agregados, borrados parciales o radicales, pero no siempre se tiene la actitud que observamos en este escritor. Tener la posibilidad de analizar estos materiales previos, permitió acceder tanto a su “economía” como a su “política”, vale decir a la forma que produjo y trabajó con sus materiales y qué consecuencias particulares tiene esto sobre la escritura. De ahí la importancia del archivo como arqueología genética de la escritura.

Novela, ensayo o escribir una historia

Sin duda, Felisberto pensó canalizar, en algún momento, esta pasión por estudiar su propia escritura en sus diferentes aspectos para llegar a una síntesis de orden estético, hay esquemas que demuestran esta necesidad de elaborar una teoría. Tal vez llamó “metafísico” a este proyecto por el grado de especulación “teórica” que contienen los textos que lo integran, así como el desarrollo de ese pensamiento a lo largo de toda su escritura, de la que su obra es, también, reflejo. Este proyecto de novela estaría integrado al menos por “Filosofía del gángster. “Dedicatoria”, “El taxi” [Prólogo], “Juan Méndez o almacén de ideas o diario de pocos días”, “El teatrito”, “Manos equivocadas”, “Las dos historias”, “Tal vez un movimiento” y su “Pre-original”. La nómina debería quedar abierta a otras incorporaciones, aunque tal vez de índole más fragmentaria. Un denominador común de estos primeros escritos es la conformación de una escena narrada, con personajes que representan diferentes aspectos del sujeto, movilizados en relación al acto de escribir: un campo de fuerzas del yo, una topografía mental que tiene su base en Freud, y que se complejiza aún más al admitir nuevas e inesperadas fragmentaciones.

El ensayo sobre la escritura o “Tratado de Embudología”, según el nombre elegido por el autor, constituye un importante proyecto metadiegético que debe ser considerado parte del plan mayor que abarca a los relatos mencionados. El dispositivo escritura se metaforiza por medio de objetos de uso común en un ámbito doméstico o en una experimentación de laboratorio. Este doble ensayo –el narrado y el realizado en el nivel de la escritura–, aborda temas como la impotencia del lenguaje para dar cuenta de la realidad en la que está incluida pensamiento y sujeto pensante, el pasaje de la palabra oral a la escritura, la dificultad de la comunicación, el problema de las influencias, la ambigüedad del lenguaje, la importancia de la recepción y, finalmente, la inclusión del lector como interlocutor. El texto juega con la novedad, la irreverencia y la disonancia entre forma y contenido, y el carácter lúdico y placentero de la actividad. La metáfora del colador le sirve para aludir a las fuerzas conscientes e inconscientes, individuales y sociales, que intervienen en la observación de la realidad y su expresión a través del lenguaje. El autor consideró aquí la escritura como un espacio mental y físico en el que se toman decisiones, se canalizan necesidades afectivas e intelectuales, a la vez que se examina el circuito total implicado en la publicación de un libro, incluyendo la recepción. Más que lúdico, el texto parece una parodia de lo lúdico, sin dejar de ser un peculiar ensayo de filosofía del lenguaje.

La práctica de la escritura desde el punto de vista material, en general, puede ser una obligación, una actividad funcional o, por el contrario, una actividad placentera. A veces se acompaña de rituales, de marcos agradables, hospitalarios, un espacio, una mesa, un tipo de papel, una lapicera. En Felisberto estas situaciones se integran a la enunciación, saltan de la realidad al papel y se entretejen en el enunciado. A la escena se agrega el estado anímico del escritor con respecto a su materia, cuán cerca o lejos está de su objetivo de escribir una historia. Querer escribir tiene que ver con ese rasgo de infancia, que suele atribuirse a su escritura ralentizada por la voluntad de que, mientras se dibuja la letra, no se pierda el “hilo” del pensamiento, por naturaleza desordenado, digresivo, desarrollándose en un circuito de conexiones impredecibles. A la captura de esta realidad por medio del lenguaje dedicó gran parte de su vida este productor de fragmentos, que hurga en los más imposibles lugares de la conciencia y de la actividad inconsciente para encontrar conexiones tan inesperadas como inestables.

El ideal de la obra y la materialidad de la escritura

El ideologema de la realización de una obra como proyecto central es recurrente en el escritor hasta fines de la década del treinta. Conocemos la anécdota que cuenta la escritora y amiga del autor, Esther de Cáceres, sobre su réplica ante los elogios recibidos como músico: “pero yo quiero ser escritor”. Algo similar plantea el narrador al comienzo de “Buenos días [viaje a Farmi]” al introducirse en tanto autor a través de sus logros y reconocimientos como músico y también sus aspiraciones literarias, aunque –según dice– en este aspecto no ha logrado tener un perfil definido. Sus dos primeros libros tienen huellas de esa convicción y de la conciencia de estar irrumpiendo en un campo que no le correspondía, por derecho propio, ya que había algo que se debía construir para ingresar en una zona de visibilidad. Elige la línea de la disidencia, coincidiendo con la vanguardia, al optar por una forma de destrucción de lo instituido, que consiste en no “aprender” lo que viene “empaquetado” como parte de las instituciones, de manera de no dejarse “ganar” por la perpetuación de los modelos. Aprender la escritura de una lengua por la vía de la incorporación de sus reglas es un requisito para la “correcta” escritura. En ese aprendizaje todo hablante aprende una nueva codificación, y procesa un corte o distancia con la oralidad, más próxima a la naturaleza y a lo materno. La escuela tiene la misión, entre otras, de introducir la diferencia en el ámbito de la evolución “natural” del individuo. No viene con la naturaleza sino con la cultura, ni es dada de una vez y para siempre puesto que es un aprendizaje de muchos años, sino de toda la vida. La dificultad que Felisberto manifiesta tener con la escritura, en este sentido, es probable que estuviera vinculada a una carencia de formación para ingresar en el campo letrado, además de una fuerte impronta oral proveniente del lazo con lo materno-familiar, pero aún más determinante en él es el buceo en su propia escritura, de restos, de hilos sueltos, de zonas marginales y limítrofes de la conciencia, y aun así “triunfar”, contra todo pronóstico, erigirse como sujeto y escritor. Algo así como “escribo, luego existo”.

La conocida anécdota acerca de su aplazamiento en el examen de ingreso a la escuela secundaria no es relevante en sí misma, pero podría reforzar esta hipótesis acerca de algunas carencias en cuanto al uso de la norma escrita que se observa en sus primeros autógrafos (errores ortográficos y de sintaxis), junto a su permanente justificación por atreverse a escribir con ambiciones literarias. El acceso a los bienes culturales de la humanidad, como la escritura, no es igualitario para todos los individuos y, en caso de serlo, produce impactos diversos. A la vez, junto a la condición de “expulsado” o autoexpulsado de la educación institucional, aparece una compensación medular en la formación de este escritor. Esto es: una mayor libertad para entrar y salir de las diferentes “asignaturas”, sin entrar a las aulas del Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (IAVA) como alumno regular, aunque sí como un oyente interesado en algún tema de filosofía, en alguna que otra ocasión. No lo explica, pero ayuda a entender que la escritura, para Felisberto, no es una realidad terminada con la adopción de su estatuto, sino algo “por hacerse” con reglas propias, una de las cuales es la de ser infinita.

En un punto anterior a la incorporación de la norma escrita en su totalidad, Felisberto comienza a realizar opciones como publicar, mezclando audacia y timidez, tal como se desprende de los textos, como signo de una intención de desobediencia; de allí que se coloque desde el principio en el lugar del outsider, a contrapelo del campo intelectual del Uruguay de los años veinte. Así es que reitera en sus escritos su resistencia a los preconceptos y la puesta en abismo de la que son objeto el pensamiento y el lenguaje, para recomenzar desde el silencio, como en la música.

Como en esos casos psicológicos, en los que el temor genera una conducta intrépida y temeraria, Felisberto parece haber querido dedicarse a lo que temía, lo que le planteaba una gran dificultad, porque además quería torcer el orden racional impuesto por el logos y establecer un campo de lucha entre aspectos contradictorios como la “pasión” y la “razón”, tal lo planteado en “Filosofía del gángster. Dedicatoria”, en “El Teatrito” y en “Tal vez un movimiento”. Cuestiona la lógica de las dicotomías y sostiene, nuevamente, avant la lettre, que no hay verdadero pensamiento sin afectividad.

El propósito de realizar una obra se vincula a la necesidad de fortalecer una personalidad que se manifiesta en los primeros escritos como disociada, divergente, por no admitir dualismos como locura y razón o enfermedad y salud. La escritura plantea dudas, interrogantes ontológicas y antropológicas: cuál es su lugar en el mundo, cuál su propósito y su destino. Estas últimas palabras aparecen frecuentemente en toda la primera etapa. Cuestiona los ideales de certeza a través de la parodia, negando que exista una tierra prometida donde se encuentren certezas definitivas. Si bien entendemos que es obvio que Felisberto está tomando algunas ideas que provienen del ámbito esotérico –así como las que toma de la filosofía– creemos que recibe y pone al servicio de su creación elementos provenientes del ambiente intelectual de la época en la que creció y se formó. Experimenta en su escritura con la combinación de materiales de diversa procedencia, horadando su condición de integrantes de un sistema, para reelaborarlos estéticamente y generar peculiares textos que no tienen mejor encuadre que la autodefinición como autor autoral en el Prólogo de “Buenos días [Viaje a Farmi]”: “No sé si lo que he escrito es la actitud de un filósofo valiéndose de medios artísticos para dar su conocimiento, o es la de un artista que toma para su arte temas filosóficos” (Hernández, 1981: 190).

Como se ha dicho, Libro sin tapas (1929) constituye un homenaje a Carlos Vaz Ferreira y su idea de publicar lo que forma parte de un pensamiento en proceso y también toma algo de esta enseñanza en la práctica, como es la idea de acceder a determinadas fórmulas secretas para iniciarse y luego progresar en el autoconocimiento hacia estadios más avanzados. Es necesario encontrar la “piedra filosofal”, que no es pura, ni perfecta, sino por el contrario, “degenerada”, fuera de género, incorrecta, impropia, pero ella formará la base de un edificio de formas peculiares. El iniciado debe realizar sus pruebas, escribir, soportando y sacando partido de los momentos de estancamiento e improductividad, porque la elaboración de una obra proviene de un fondo caótico, precario y disonante, sobre el que debe trabajarse con la mayor fidelidad posible a su origen.

La figura femenina y la conquista de una estética disidente

La escritura de Felisberto, como aquellas que se sumergen en las profundidades del yo, contiene pasajes oníricos, asociacionistas, flujo de la conciencia o monólogo interior. Sin embargo, la forma elegida es un poco diversa de los procedimientos que alentaron la narrativa europea de las primeras décadas del siglo XX. El origen de sus procedimientos debe hallarse en el desdoblamiento y en la construcción de una escena en la que participan recuerdos, aspectos de la personalidad y pensamientos como si fueran personajes de una obra de teatro. A partir de la década del cuarenta, como es sabido, Felisberto comienza a trabajar con el material aportado por la memoria como proyecto de largo aliento, tema que esbozado en La cara de Ana se afirma diez años después. Ante el desplazamiento del asunto exterior como motivo para un tema de relato, como se había tramitado en La envenenada, y de la inclinación a la transposición directa de sus cuestionamientos de orden ontológico y gnoseológico, emerge una línea narrativa que busca el asunto movilizador de la escritura en la cantera de la memoria. Permanecen la narración en primera persona y la metadiégesis que, a nuestro entender, constituyen los rasgos más permanentes de su narrativa. De manera que, recuerdo, reflexión sobre el modo de recordar y problema de la escritura se incluyen en su narrativa de la memoria a través de la creación de personajes, ajenos al yo, pero a los que el narrador imprime la capacidad de mostrar algún aspecto de una problematización metanarrativa. En tanto creaciones dentro de la ficción pasan a encarnar aquello que durante muchos años se planteó en forma genéricamente limítrofe.

En la etapa de producción de textos con mayor contenido filosófico y menos presencia de lo ficcional, La cara de Ana significa una apertura hacia el relato de ficción que incluye un personaje femenino, actante que encarna aspectos de la concepción estética. Su antecedente en “La casa de Irene” y “Manos equivocadas”, en los que la mujer era una evocación para movilizar el deseo y la escritura.

La elaboración de esos personajes tiene su base en una exploración del deseo como productividad, no como búsqueda de un objeto erótico concreto, sino, por el contrario, con la ambigüedad que implica ir hacia ese objeto y detenerse unos pasos antes de alcanzarlo, como ocurre con el joven de “Las dos historias”: cuando camina con la muchacha, quiere ir hacia adelante, pero también se quiere dar vuelta para mirar el tren. Ambos movimientos, el que avanza y el que retiene, forman parte de la actividad deseante y, como tal, de la escritura y su expresión estética.

Una danza de estéticas diferenciales encarnan personajes como Petrona, en Por los tiempos de Clemente Colling, Celina y el yo narrador que, dividido, hunde sus dedos en el agua para tocar el modelo rizomático que, antes de la letra, se propone en El caballo perdido. Para que el modelo vegetal, de indagación en la conciencia, se pueda erigir estéticamente se debe convocar al recuerdo, volver sobre él investido de poder patriarcal, orden, unidad, armonía, ley, para luego cuestionarlo y horadarlo, haciendo concurrir a Celina al teatro de los recuerdos, hacerla entrar una y otra vez para verla de diferentes modos, con atributo de valor eterno, imagen de reina en una moneda pero con un moño parecido a “un budín quemado”. Celina puede ser criticable, caricaturizable, porque posee exacerbados rasgos de una estética tradicional. Allí se realiza el quiebre que hará ingresar, en la narrativa de Hernández, personajes femeninos inolvidables como la muchacha del balcón o Margarita. Pero sus antecedentes estuvieron dados en Ana, la niña que con sus ojos y risa loca desafiaba la cordura del mundo, o en la joven de “cara ancha, clara y alegre” de “Las dos historias”, o en el desbarajuste estético que es el cuerpo y el rostro de Trisca en “Buenos días”, para cuyo “dibujo” escrito el relato se tensa al límite con lo ominoso.

De lo ominoso se trata cuando avanzamos hacia relatos de la última época, como la chica sonámbula, socia inconsciente del protagonista de “El acomodador” en el ejercicio nocturno de su experimento lumínico, extremo de la connivencia entre escritura y erotismo, porque el relato se vuelve acto erótico con sus pulsiones de vida y muerte, cuando en la segunda noche en que se encuentran el prodigio atraviesa el cuerpo exánime y el narrador ve las huellas del cadáver anticipado. La escritura es potencia, triunfo sobre las limitaciones pero también es muerte. Paraíso y expulsión, porque el yo es expulsado del texto cuando termina la función.

La inclusión de la mujer en los relatos metadiegéticos constituye un procedimiento retórico que desplaza la figura del otro yo dialogante, o de otros, presente de forma rudimentaria en “El teatrito”, en “Las dos historias”, y en El caballo perdido, complejización de la entidad responsable de la narración, junto con la forma que adquiere el enunciado. La inclusión de un personaje femenino –en la vigilia, en los sueños o en la fantasía– es resultado de una nueva operación en el procedimiento narrativo de Hernández.

El caso más relevante, por constituir una síntesis de esta última etapa, lo encontramos en el personaje Margarita de “La casa inundada”, punto culminante de ese procedimiento dramático en el centro de una misma entidad. Desde que comenzó a escribir, Felisberto presentó a su yo constituido por diferentes partes, lo que no es una novedad dentro de la narrativa contemporánea, aunque sí lo era en el momento en que comenzó a producir y publicar sus primeros textos. Un relato, una obra, no provienen de un yo unificado, por lo tanto su resultado es aquel que conviene a su modo de generarse. El asunto es que Felisberto produce a partir de allí, la idea madre a la que quiere ser fiel, aun a riesgo de que el relato ahogue por su excesiva productividad. Por otra parte hay algo del orden del beneficio o la ganancia que, tanto narrador como autor implícito en el texto, reciben y para lo que tienen que trabajar-remar-producir.

Los personajes femeninos prometen historias, temas, asuntos y sugieren formas abundantes, exageradas, curiosas, irregulares y hasta crípticas. ¿Qué significa la figura de la mujer inserta en este dispositivo? Como procedimiento retórico no debería explicarse si no es por lo que hace en el texto. En principio construye otredad, el cuerpo femenino es otro porque adviene como texto, como significación, entidad donde se ha inscripto, ya no el deseo de escribir, sino la escritura misma como espacio de productividad infinita de sentido.

Estos memorables relatos de la última etapa de Felisberto Hernández, de los que solo elegimos algunos ejemplos, que tanto “triunfo” otorgaron sobre las dificultades para “escribir su historia”, retienen, “intencionan” –en palabras del autor– a través de su condensación simbólica, las claves estéticas que lo consagraron como uno de los más originales narradores latinoamericanos del siglo XX.

Octubre 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Encuentro fortuito en la Librería Colonial
Danza ficción
Epístola final de Santa Fe

VISITANTES

Elder Silva: diez poemas y dos inéditos

El año que nació Elder Silva, tirando para la frontera norte del Uruguay, el mundo era una montonera de signos premonitorios: pacto de Varsovia y gira debutante de Elvis Presley, golpe militar contra el general Perón al otro lado del río, publicación de Pedro Páramo, primer Mc Donald´s, Rosa Parks se niega a dejar su asiento en el ómnibus, guerra de Vietnam y sólo para tus ojos nacen las sublimes Lena Olin y Ornela Muti. Después Elder cruzó la tierra purpúrea versión pop desde Salto al Cerro de Montevideo, donde está la más bella vista del río de la Plata; publicó más de diez libros de poesía, dejó inéditos, ganó premios, integró Fabla con otros poetas y en el año 2013 tuvo la iniciativa luminosa de emprender la vuelta poética del Uruguay, llevando en recitales que todos recuerdan su libro Agua enjabonada. Fue periodista, decidor de poesía a la usanza de trovadores y payadores de antaño, coordinó el Centro Cultural “Florencio Sánchez” de la Villa del Cerro; fue un gancho a lo Rocky Marciano cuando la ciudad letrada supo que Elder no podría cantar When I`m sixty-four de la banda de corazones solitarios del sargento Pepper.

De todo eso se verá en la presentación de Álvaro Ojeda y el tríptico de Rosario Peyrou. Cecilia Ríos seleccionó los poemas reproducidos en La Coquette y arrimó dos inéditos.

*

Álvaro Ojeda recuerda por qué noquearon a Jersey Joe Walcott

Las luces blancas y verdes y amarillas
que se levantan del cementerio
y alumbran el aire en las noches de verano
son el aliento de mi padre,
los ojos de mis abuelos que regresan.
Los ruidos de los huesos de mi padre
me iluminan el mundo.

1) Estos versos de Elder Silva exponen, como siempre ocurre con los poetas verdaderos, una razón de ser antigua, poderosa y, finalmente, homeopática y exacta sobre la poesía, sobre su ejercicio, sobre el artificio de sus formas en apariencia oscuras y, sin embargo, tan radiantes, tan translúcidas, tan evidentes. La poesía alienta y crece desde la elegía, siempre o casi siempre. La razón es dolorosamente sencilla: se canta lo que se pierde, como sentenció Antonio Machado. No sólo se canta lo que se perdió, como en el caso de Elder, se canta lo que se pierde, lo que se está perdiendo en el goteo permanente, ineluctable de la respiración, aunque luego, lo que resulta esencial -lo cribado y filtrado- se recupere desde la memoria y desde el arte. La evocación no puede con tanta pérdida, pero al menos, endulza la ruina. No la disimula ni la olvida, la coloca en la punta de la lengua del corazón, allí donde lo dulce duele un poco menos y habilita la perduración posible, la humana perduración, la pausa de la entropía. La poesía no entretiene, el arte no entretiene, la poesía retorna y sublima, el arte retorna y sublima la pérdida que la misma poesía, el propio arte, desnuda. Ambos como totalidad y parte, uno al otro y los dos asociados, entramados, unidos. El resultado es un lenitivo realista: el poeta sabe que su padre no volverá salvo en esa luminosa ausencia que algunos muertos procuran. En esos versos se cuece un denso espacio de dolorosa alegría, de callada vocinglería, de incógnitas sobre lo que se ha mudado al fondo del escenario mientras el público atiende el desarrollo de la trama.  

2) En setiembre de 1952 el campeón de peso completo Jersey Joe Walcott, ponía en juego su título ante Rocky Marciano. Walcott era un estilista, un púgil de fintas perfectas, de esquives angelados, de golpes variados y rápidos, lanzados desde una fábrica de artificios que parecía inagotable. Esquivaba, golpeaba, volvía a esquivar a la vez que retrocedía y se escondía y generaba posibilidades más o menos tangibles, que en innumerables ocasiones, resultaban anteriores a la propia andanada de golpe todavía no lanzados y a la pelea en sí misma, como si quisiese decir: “esto es sólo lo que no se ve, lo que se ve carece de importancia, porque hay algo previo al golpe que sólo yo conozco y que es inefable, invisible, intangible”. Un arte poético de la saturación, de la sobreabundancia, de la concreción llevada a un segundo plano. No importa lo que se ve, importa lo que yo quiero que se vea. El espejo con los movimientos de Walcott vuelto hacia el público. 

Rocky Marciano era todo lo contrario. Golpeaba sí, pero con exactitud, cada golpe dolía, no necesitaba de explicación fuera del cuadrilátero, no necesitaba de un manual de instrucciones para que el espectador se rumbeara hacia donde él quería, porque lo que Marciano quería era noquear. Incluso prefería ser golpeado, errar, si con eso ajustaba la pelea a la exactitud de su maniobra que tenía un único fin: conmover, sacar del lugar al oponente, dejar al público en éxtasis. Las bocas abiertas en O. Golpes como versos poderosos: morir es duro, más no poder morir, si todo muere, es más duro quizás, escribió Luis Cernuda, como Marciano, golpeando donde se debe.

Hace años he elaborado una práctica que consiste en recordar versos desde la óptica de mi futura agonía: sé que recordaré un manojo de versos en ese momento sin excusas ni falsas poéticas, ni retorno. Elder escribió para ese momento.

3) Cuando escuché este poema de Elder, dicho por Elder atrincherado detrás de su perpetuo atril, con su gesticulación de ámbitos anchos, su terminante dicción, los versos finales me conmovieron.

Anunciaban que la muerte podía tener alguna clase de propósito. La muerte de su padre, de mi padre, de los padres de todos los que escuchábamos a Elder en el patio de carruajes de la Cancillería montevideana durante unas Tertulias Lunáticas convocadas por Elder y por Helena Corbellini, resultamos alucinados como esas luces malas a las que aludía el poeta. Desde los cuentos de aparecidos de los fogones criollos, surgía una magia halagüeña que hacía del miedo a los aparecidos, una ruta practicable de la vida, una convivencia con los que se han ido, y una necesidad de esa convivencia que Elder enunciaba desde su logro íntimo: esas luces son mi padre en su nueva naturaleza física, cumpliendo la misma función que durante su vida -digamos, anterior- habían cumplido. Henry James escribiendo en el Salto Oriental. ¿Por qué no convertir a esas fantasmagorías en presencias inevitables y gustosas, por qué no asumirlas para que la elegía transite como el lenitivo de los que quedamos en este plano del vacío? Un salto más acá de Epicuro, un bisbiseo de posibilidades lejos de la engañifa de los templos, los ritos, las palabras sanadoras, del espiritismo ad hoc.

4) En el primer asalto de una pelea pactada a quince, Walcott, el campeón, tiró al retador Marciano. El inicio del fin, la prueba de que la eficacia se logra por la acumulación de veleidosas demostraciones del arte pugilístico. Por un momento Walcott fue Marciano. Su golpe, siempre es un golpe, fue certero. Pero Marciano no fue conmovido en la trivial, veleidosa, medida de “lo suficiente”. Basta. Ya está. Rindo la fortaleza. Se levantó y siguió con la maniobra de ajuste y acorralamiento del verborrágico Walcott, el incontinente lanzador de metáforas. Siguió corrigiendo, eliminando el ripio, eludiendo el lugar común y su contracara, la ametralladora de enumeraciones. En el asalto trece lo llevó hasta un rincón. Todos esperaban algo. Una mano perfecta que lograse poner fin a la exhibición. En el asalto doce, Walcott pareció encontrar el camino hacia el derrumbe de su retador. El trece parecía un trámite. Hasta que el gancho de derecha de Marciano, la más perfecta metáfora, sumió a Walcott en la noche. Íbamos oscuros en la noche solitaria. Marciano se disfrazó de Virgilio.  

5) Así Elder noqueó para siempre al público:

los ruidos de los huesos de mi padre
me iluminan el mundo. 

Podríamos dar cuenta de la sinestesia, del uso casi íntimo y coloquial de los pronombres, mi / me, de esa aliteración ensoñada, la larga eme que parece otorgar a los huesos amados un sonido de ruido de fondo cosmológico; podríamos decir esto y aquello, pero estamos en la lona, doblados de dolor y de maravilla.

Á. O.

Parque de los Aliados, agosto 2022.

*

Visitantes II

Rosario Peyrou: la presentación, el reportaje y una crítica sobre Elder Silva

Rosario Peyrou es egresada de literatura del IPA y licenciada en Letras de la Universidad Central de Barcelona, es decir que asistió a los cursos de Estética de Carlos Real de Azúa y leyó la revista Quimera en el café Zúrich. Antes de esos diplomas, la recuerdo compartiendo una cena parrillada de la agrupación Renovación del IPA, en el Club alemán de Remo en la calle Riachuelo de Punta Carretas, preparando la resistencia a la Ley de Educación General del año 73. Cuando rememoro el divino tesoro de los asistentes, esa noche mágica fue la última cena de una generación sentenciada a la dispersión en crónicas de amor, de locura y de muerte; poco después de la próxima navidad hará de aquello medio siglo, nosotros los sobrevivientes de aquel gaudeamus ya no somos los mismos.

Después Rosario comenzó su propio road movie ibérico, a trabajar en la docencia y se casó con el poeta que escribió para la eternidad que las palabras no entienden lo que pasa. Dirigió páginas culturales, redactó prólogos y notas periodísticas, animó talleres de escritura, fue asesora de varias editoriales y en este octubre del 22 colabora con Banda Oriental; así se sucedieron La Democracia, Brecha, El País Cultural y ahora Le Monde Diplomatique versión sur. Cuando se repasa la lista de sus intereses hallamos variedad y un denominador común; el hilo obstinado del collar es la literatura uruguaya y sus perlas flaubertianas fueron María Eugenia, Arregui, Idea, Tomás de Mattos, Circe Maia, Benavídez, Rafael Courtoisie y tantos otros. En la lista prioritaria está Elder Silva y leemos en La Coquette tres variantes del hacer de Peyrou en la ciudad letrada. La versión papel de eso público, efímero y amistoso que ocurre cuando se presenta un libro; un reportaje exhaustivo a Elder de hace algunos años, espejo confesional, genio y figura, prodigalidad de pistas de lectura; la nota periodística clásica en ocasión de un libro (Mal de ausencias), de esas crónicas citadas entre nosotros cuando los poetas llegan sin estar a la cifra melindrosa de cien años. Con la lealtad de Peyrou, el muchacho salteño le viene ganando más de cuarenta años a esas melancolías tardías

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Cuando llegues a Madrid”

los treinta y nueve escalones / misa de once / Madrid City Tour / Un barrio modesto / me ducho y salimos / Desde 1848

ASTILLERO

“El arte de comparar”

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

V

La estética del infierno

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

UNDÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Salma Hayek, Tito & Tarántula / “After dark” de Tito Larriva y Steven Hufteler.

Richie Havens / “Tombstone blues” de Bob Dylan.

Carlos Lyra / “Influênce do Jazz” de Carlos Lyra.

Donald O’Connor / “Make ‘en laugh” de Arthur Freed y Herb Brown.

Eduardo Darnauchans / “Milonga de Manuel Flores” de J. L. Borges y E. Darnauchans

Pedrito Rico / “A tu vera” de Rafael de León y Juan Solano.

Stevie Wonder / “Lately” de Stevie Wonder.

Les Rita Mitsouko / “Marcia baila” de Catherine Ringer y Fréderic Chichin.

Lang Lang / sonata “Appassionata” (III alegro ma non troppo) de Ludwing van Beethoven.

Julio Sosa / “Qué me van a hablar de amor” de Héctor Stamponi y Homero Expósito.

Joe Pass / “The very thought of you” de Ray Noble.

Polonio

                 HACE MEDIO SIGLO

POR QUÉ

(un prólogo)

Según sea el momento en que este libro llegue a sus manos, las fotos que lo componen pueden tener cincuenta años, algunas un poco más, otras un poco menos. La gran mayoría fue tomada en 1969. En ese año yo tenía 28. Seis meses antes me habían contratado para diseñar una colección de 50 fascículos llamados Nuestra Tierra. A fines del 68 ya estaba claro que el material gráfico disponible era insuficiente, y se había establecido ya salir en marzo. Se resolvió usar la licencia de enero para salir a fotografiar. A mí me tocó el litoral este.

Julio Rossiello, el secretario de redacción, que no sacaba fotos, iba a pasar sus vacaciones en el balneario Aguas Dulces en una casa que compartirían con una familia amiga. Como yo iba solo en mi camioneta, le propuse llevarlos si él y su familia tenían la paciencia de soportar las paradas y desvíos que inevitablemente tenía que hacer para ir sacando las distintas fotos. Aceptaron, supongo que pensaron que no podía ser demasiado peor que las reiteradas y largas paradas de los ómnibus sin baño de ONDA.

Con la ayuda de algunos autores de la colección hice una lista de lugares de interés. También compré los muy detallados y precisos mapas del Instituto Geográfico Militar. Después de estudiarlos, el único lugar de la lista que sabía dónde quedaba pero no cómo llegar se llamaba Cabo Polonio.

Cuando en sitios ya próximos al Cabo preguntaba si sabían cómo ir nadie tenía la menor idea. Lo que más me llamó la atención fue el asombro que provocaba que a alguien se le ocurriera ir a un lugar donde “no había nada”. Cuando llegamos a Aguas Dulces yo sabía que estaba a unos 16 km. del Cabo. Mi idea era dejar el pasaje y seguir de largo. Pero fui tan cordialmente recibido, se mostraron tan interesados por lo que estaba haciendo, tan dispuestos a ayudar que les pregunté si sabían quién me podía alcanzar hasta el Cabo. “Alguien habrá” me dijo el Dr. Infantozzi a quien acababa de conocer. Con gran rapidez averiguó que había un tambero que tenía su establecimiento sobre ruta 16, entre Aguas Dulces y Castillos. Y allí fuimos, Fonseca, que así se llamaba, me atajó con un “estoy trabajando”. Le contesté que yo también y le expliqué que no estaba haciendo turismo. “¿Y usted dónde está?” Silencio. “Está en mi casa” dijo Infantozzi. Respiré. Del resto se ocupó él que ya era parte de la aventura.

A los tres días apareció anunciándose a los gritos como era su costumbre. Así comenzó la travesía y una relación con el Polonio y con los Infantozzi que ya lleva más de medio siglo.

Al poco tiempo de andar por ese desierto camino que era el borde del mar comencé a darme cuenta de qué se trataba esa gran superficie color ocre que aparecía en los mapas rodeando al Cabo. En que lo único que había eran las curvas de nivel y los números que indicaban sus cotas.

Cruzamos el arroyo Valizas en la mañana de un día esplendoroso, con un sol radiante cuya potente luz rebotaba en la arena que formaban los grandes médanos y en un mar que la reflejaba como un espejo que se iba agrandando a medida que nosotros íbamos trepando los médanos. A la vez aparecían otros médanos que se extendían en la distancia hasta que se perdían en el horizonte. Esto era algo muy distinto a lo que yo conocía y había fotografiado. Era un espacio que parecía infinito con una luz que parecía venir de distintas direcciones, por lo menos eso era lo que indicaba el fotómetro. También el sol iba trepando hacia su cenit haciendo sentir su calor. Era moderado por un viento que, más fuerte o más suave, siempre estaba presente levantando una arena finísima, casi invisible, que volaba al ras del suelo o más alto según fuera su intensidad inutilizando cualquier cámara que alcanzara.

Pero lo que más me preocupaba en ese momento era cómo traducir ese desmesurado y deslumbrante paisaje en unas simples fotos. Entre lo que se ve y lo que se fotografía siempre hay una diferencia, aquí parecía haber un abismo. No era posible, debido a las distancias, buscar la foto, había que fotografiar lo que se iba encontrando y que podía representar al conjunto.

En este momento en que está al alcance de todos fotografiar sin límites ni costos y ver al instante el resultado de una toma, hay que recordar que en esa época el material disponible era solamente el analógico: un par de cámaras réflex de 35 mm. con fotómetro incorporado que cargaban cartuchos de película de 36 exposiciones, tres lentes de distinta distancia focal, algunos filtros y un número escaso de rollos. El mundo de la fotografía era limitado, antes de apretar el disparador había que pensarlo dos veces, además era a ciegas. El resultado se vería tiempo después cuando se revelaran los rollos en el laboratorio donde los esperaba Amílcar Persichetti, el fotógrafo titular, quien a su vez, estaría sacando fotos por algún otro lugar.

Seguimos trepando, pasamos al borde de un gran círculo tapizado de lascas de piedra muy blancas y un grupo de piedras ennegrecidas. Dijeron que era un paradero indígena con un fogón, recién destapado por el viento.

A nuestra izquierda quedó el cerro de la Buena Vista. Finalmente comenzamos a descender ya con el faro enfrente. En la orilla un barco encallado en la arena, el Don Guillermo, desencadenó una larga lista de nombres, lugares y hasta fechas de otros naufragios producidos en la zona. Alcanzamos la orilla firme y los caballos, aliviados, pudieron practicar un trotecito rendidor. Llegamos al Cabo: un pequeño pueblo sobre la costa sin gente a la vista, un par de botes, las instalaciones de las loberías, el faro, un remate de grandes rocas, algunas de extrañas formas, imperturbables ante los embates del océano que rompe contra ellas una y otra vez. Al sur, otra playa con una casa de material y unos pocos ranchos desperdigados. La poca gente con que nos encontramos, amables, corteses con un cierto aire de estar recibiendo visitas inesperadas.

El océano de un lado, una gran cadena de médanos del otro, y un sol implacable en un lugar donde parecía no haber nada que hiciera sombra. Seguí sacando fotos mientras me dieron las piernas y los rollos de película. A esta altura tenía claro que aún en el peor de los casos tenía mucho más material que el que correspondía a esta zona donde para todo el mundo “no había nada”. A mí me había resultado un lugar que me despertó un gran interés. Peor aún, un lugar que como fotógrafo me había desafiado. No sabía todavía que el asunto no iba a terminar ahí.

Unos amigos compraron, al poco tiempo, uno de los cinco ranchos que formaban la Barra de Valizas. Varias veces me invitaron a pasar unos días con ellos. Desde allí se podía ir caminando. Una vez al llegar al Polonio me crucé con un vecino que me saludó y se interesó por lo que estaba haciendo “en el pago”. Le expliqué, me miró y dijo a modo de bienvenida: “¿Gusta refrescarse?”, con un gesto me hizo pasar a un pequeño pero sombreado huerto lindero a su casa. Afuera, al costado de la puerta, había una pileta en la que echó una jarra de agua fría. Mientras me refrescaba me di cuenta que la pileta era una gran vértebra de ballena fosilizada a la que le taparon con arena y portland el hueco por el que pasa la médula. Singular mundo el Polonio.

Pero lo más singular era su gente. A medida que los iba conociendo aparecían personas, muchas de las cuales eran personajes que conformaban un elenco diverso de seres cuyo común denominador era ser hombres de campo devenidos en hombres de mar, sin perder ninguno de los rasgos originarios de los paisanos pero con características locales. Un día podían estar faenando lobos o salando bacalao. Al otro, metidos en una yerra o carneando.  Podían criar ovejas o vacunos, cazar nutrias o pescando los camarones, según la época del año. Sus múltiples actividades para ganarse la vida no impedían el disfrute de la sociabilidad cuando se presentaba la ocasión en ese mundo disperso y solitario.

La charla, que convive con las copas y los naipes, era casi la única forma de pasar el tiempo, sobre todo en invierno. En la charla tenía un papel importante el cuento. Cuentos de naufragios, de luces malas, de aparecidos y de desparecidos, cuentos mentirosos y otros verdaderos. Contados innumerables veces pero nunca de la misma forma, recreándolos y enriqueciéndolos con variantes producto del ingenio y de la imaginación, salpicados de palabras desconocidas para mí: ternejal, calandraca, o supuestamente mal dichas: brótula, veranda. Aviso: todas están en el diccionario. Acompañadas del típico “oye tú”, “ven aquí” y sus variantes que supongo delatan un español antiguo producto de un largo aislamiento.

Siempre con una actitud afable pero reservada, cordial pero contenida, alerta ante el citadino. Creo que en esos días no entendían muy bien que estábamos haciendo ahí, el por qué de nuestro entusiasmo por un lugar en que a ellos le resultaba tan duro vivir.

Cuando en el año 2015, el director Enrique Aguerre me propuso hacer una exposición de diseño gráfico en el Museo Nacional de Artes Visuales insistió en que aspiraba que la muestra no se limitara a eso, sino que incluyera otras actividades afines que había practicado, entre ellas, la fotografía. El curador nombrado fue Rodolfo Fuentes, diseñador gráfico y fotógrafo. Con él revisamos todos los negativos que pude encontrar y así seleccionamos un sector de fotografía para la muestra. Comprendía fotos de teatro, generales y del Polonio. Sobre estas últimas, mientras elegíamos Fuentes sentenció lacónicamente: “ahí hay algo” y pasó a escanear todo lo que encontró sobre el tema.

Después de la exposición del 2017, me dediqué a guardar lo más ordenadamente posible todo el material usado y excedente, en particular las fotos del Polonio para ver, de paso, si ahí realmente “había algo”. La idea me seguía rondando. Hice imprimir todo el material ya digitalizado y lo desplegué en todo mi estudio. Al comienzo no encontraba la manera de darle forma. Entonces hice dos cosas: descarté todo que no fuera del año 1969 y su entorno próximo e hice pasar lo que era color a blanco y negro. Esto le dio mayor coherencia al material y me permitió verlo mejor. Finalmente me di cuenta que se podía intentar armar un relato en cuatro capítulos:  mi primera llegada al Polonio, parte de la actividad lobera, un panorama del pueblo y alguno de sus habitantes y, finalmente, el resto de Polonio: el sur.

Es por supuesto una visión necesariamente incompleta, personal y subjetiva. Es lo que logré registrar, dar mi testimonio en imágenes de un mundo que me desbordó por su singularidad. Faltan fotos que se perdieron, otras se estropearon, algunas no las saqué porque no las vi, otras las saqué pero resultaron muy malas. Después de cincuenta años, esto es lo que pude rescatar con el invalorable aporte técnico de Rodolfo Fuentes que maneja con solvencia un mundo que yo ignoro totalmente y sin el cual no hubiese sido posible dar nueva vida a este material que durmió bajo mi custodia durante todo este tiempo.

Me sirvió también para darme cuenta que después, cuando terminé siendo parte del Polonio, ya no saqué más fotos del lugar, salvo alguna puntual. No acepté aquel desafío inicial de registrarlo. Sacar una foto siempre implica una reflexión, estar alerta, al acecho. Al Polonio entonces, preferí vivirlo que fotografiarlo, dejarme llevar por él.

Horacio Añón, mayo 2022

Mi casa del Polonio

Desde hace mucho tiempo, la casa para mi es lo que es. Reconstruir el proceso de creación y construcción me costó bastante trabajo. Y un gran esfuerzo de memoria, pasaron 47 años… pero creo que no hay “perfil de Añón” -es lo que te encargaron- sin casa de Añón.

De las cosas que hice en mi vida es la única de la que se habló durante los 47 años y se habla seguramente porque fue una casa rara, distinta a las demás. Lo fue porque no partí de los modelos de la construcción urbana, tradicional y no tradicional que yo conocía bien. Intenté establecer un diálogo entre el Polonio, que incluye el sol, el viento, la lluvia, y una propuesta arquitectónica despojada de prejuicios, funcional a la creación de un refugio. La primera premisa fue que debía ser una construcción lo más chica posible. Por razones logísticas, de costo, pero también para ocupar y perturbar lo menos posible el entorno del paisaje. Después de elegir un lugar, cuando estaba todo el Polonio para elegir, comencé a trabajar en los planos y con una maqueta. La idea base, era aprovechar mi experiencia en la utilización del espacio en edificaciones montevideanas que había hecho con mi pequeña empresa y que la llamaba, con cierta ironía, “estilo carlinga” haciendo alusión al lugar de comando de los aviones. La segunda fuente de inspiración fue la arquitectura náutica, sobre todo de pequeños cruceros o veleros, donde se aprovecha cada centímetro cuadrado y la gente puede convivir durante mucho tiempo sin matarse, aunque no tenga otro lugar adonde ir. Hoy día agregaría la influencia que debe haber ejercido sobre mí la arquitectura alemana de la posguerra: allá se estaba reconstruyendo con ese sentido de la economía, precisión y estética.

Para empezar plantee dos muros ciegos. Uno al sur por el viento siempre presente y otro al norte por el implacable sol. Al este la entrada, cocina, baño y encima, como techo de estos dos ámbitos, el dormitorio, es decir una cucheta de dos plazas desde dónde a través de una ventana poco alta y larga, se podía ver la salida del sol. Tenía un baúl y algunas bandejas donde colocar ropa, un estante en U horizontal recorría el costado de la cama procurando darle cierta intimidad. La escalera marinera a los pies de la cama servía para subir y bajar. En el espacio de abajo -la parte delantera de la casa que daba al oeste- un lugar de estar con dos parrillas en ELE para ver, a través de una ventana tan ancha como la casa, las rocas, el mar y la puesta de sol.

Como toda la vida supe que bombear agua puede romper amistades, decidí que cuando hiciera una casa en la playa no iba a bombear agua ¡y cumplí! El agua exterior que recogía el techo un caño la trasladaba, por gravedad, a un tanque colocado al costado de la casa de donde, por gravedad también, llegaba a baño y cocina para lo cual tuve que hundirlos. Quedaron entonces tres niveles: 1) el acceso a cocina y baño. 2) lugar de estar, 50 cm. más y 3) más 2.20m del dormitorio. El tamaño de chapas y tirantes terminaron por definir una casa de 3 m. por 5.50 m. es decir 16.50 metros cuadrados de superficie interior. Algunos trucos funcionaron: el no tener mochetas laterales en la gran ventana dejando que la vista corriera libre por las paredes laterales, sin ningún impedimento, establecía un interior/exterior muy fluido, ayudado por un antepecho de apenas 40 cm y un dintel que quedaba a 1.60m. de altura y hacía que uno sentado adentro tuviese la sensación de estar afuera.

Nadie piense ni por casualidad que todo eso se hizo en 1974; ese año hicimos los cimientos, la mampostería exterior, se colocaron puertas y ventana, se techó con chapas pintadas por una sola cara evitando ese aspecto de galpón que da el dolmenit por dentro. La superficie habitable era un arenal y sí estaba hecha la cucheta. En sucesivos veraneos fui haciendo el interior que llevó muchos años de trabajo y ajustes del proyecto. La primera vez que me tiré en la cama y miré hacia la gran ventana hice desaparecer el estante en U horizontal que se suponía le daría intimidad al dormitorio. Descubrí que el sostén de la parte volada de la cucheta era innecesario y la ménsula se sostenía bien por sí sola. Además, el sostén era la escalera que cada vez que subía echaba arena sobre el mostrador de la cocina. Durante mucho tiempo usamos una escalera de mano de la obra; años después, inventé la escalera de subir y bajar con contrapeso permitiendo que la vista circule libremente.

El tiempo fue pasando y el Polonio cambiando. Aquel pequeño grupo de veraneantes que habitaban unas pocas casas y pasábamos el día en la playa, también en los boliches del pueblo donde podíamos desayunar, almorzar, cenar y tomar copas a toda hora, de pronto nos vimos acompañados por nuevos vecinos, otras casas y algo más nuevo: los turistas. Nuestras casas comenzaron a tomar otro rol.

Un verano, al llegar, encontré que un vecino del pueblo había “playeado” unos grandes tirantes nuevos que seguramente cayeron de un barco; estaban empapados pero igual se los compré. Ese verano hubo que esperar a que perdieran algo de agua, mientras tanto empecé a proyectar una mesa y dos bancos que me llevó varios años cortar, ensamblar y pulir con trozos de vidrios rotos. El lugar de estar empezó a parecerse más a un lugar de estar definitivo, al cual fui agregando cortinas, estantes, cajones de pescado adonde guardar cosas. Al cabo de muchos años la casa estaba terminada y creo que el destino me jugó una mala pasada. Había querido hacer una casa que se pareciera, no en lo formal sino en lo conceptual y funcional a un barco, y desde hace muchos años me paso los veranos reparando, lijando, pintando, como hacen los dueños de los barcos en las películas.     

H. A.

Septiembre 2022

(ingresos)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Los titanes
Corcovado

VISITANTES

Jorge Medina Vidal

NUEVE POEMAS

Afortunados quienes fueron alumnos de Medina Vidal en el IPA o Humanidades y más aquellos que lo frecuentamos con asiduidad en los años de formación. Hay entre nosotros los que aprendimos -pienso en visitantes como Mercedes Estramil y Álvaro Ojeda que suelen citarlo- a detectar la literatura en los textos y en lo que tiene de vida apasionada dedicada a los libros; sin olvidar por cierto aspirar a ser feliz de vez en cuando erotizando el cuerpo. Habiendo pasado algunos años desde su muerte en el invierno del 2008, hace bien al espíritu que el suyo visite La Coquette con algunos poemas, haciendo saber que llevaba razón cuando decía al comenzar los cursos “el arte no se agota en lo que enuncia sino en la realidad que desencadena.” Los nueve poemas retenidos, son astros irradiando temas clásicos que le escuchamos evocar en lecciones sobre otros poetas, versos dichos por él mismo en ocasiones informales y configuran una constelación indicando a los jóvenes lectores un rumbo hacia su obra: la poesía está en esa dirección.

Tal vez es prudente comenzar con recuerdos personales y luego orientarnos hacia la obra poética. En los últimos días miré el programa Testigos de TV Ciudad que le fuera dedicado; la delicadeza de Gabriel Peveroni y Julio Porley responsables del video fue dejarlo hablar. En el tercer minuto presentimos una atmósfera de magia polisémica, la del siglo XIX espiritista invocando a los seres queridos que murieron y otras más ancestrales, donde franqueando portales urbanos, que pueden estar más allá del Palacio de la Luz, se abre la maravilla del submundo. Del otro lado de la pantalla, cuando lo vi a Medina con chaleco blanco sin mangas, tenía los mismos problemas capilares de siempre, repite su famoso “¿me explico?” cada pocos minutos, intercala su risa bromista con mirada pícara y el dandismo del cigarrillo al encenderlo, que entre sus manos es talismán de grandes hipnotizadores. Dijo de la calle Marcelina Sosa con casas de zaguán y puerta cancel, del liceo Rodó, Amigos del Arte, la Comedia Nacional cuando vio a Margarita Xirgu en el “difícil” personaje de la Celestina, de Alfredo Zitarrosa antes de Cosquín 1966 y su carné N° 1 de estudiante de la Facultad de Humanidades. El testimonio fue espejo retrovisor de su juventud distante tanto como de otro país en retirada, porque así es la vida decía la película argentina del año del águila Graf Spee y la primera edición de El pozo. Era la crónica de una pasión literaria del hombre agradecido de los encuentros; con la obra de T. S. Eliot desde 1952 y luego vendrían en lectura Jorge Guillen, Vicente Aleixandre y el tríptico uruguayo de Julio Herrera, María Eugenia y Delmira. Fue hombre querido por mujeres que le facilitaron la existencia, con omisiones en Cinemateca, cautivado por la zona porteña del relato de Marta Lynch y Manuel Mujica Láinez, sin comprender el hemistiquio de Borges con la felicidad. Hizo de los opuestos ocasión de premisa existencial, era respetuoso en el trato personal; atento con los alumnos que nos íbamos sucediendo, tenía tiempo para deliberar sobre el futuro, visitaba nuestros lugares de vacaciones en Solymar, venía a almorzar a la casa familiar y recibía en la calle Cufré; era al final de una escalera ascendente, los domingos de tardecita ahí podíamos estar con Víctor Cunha, Mabel Moraña, Roberto Appratto, Rafael Varela, Juan Introini y Eduardo Milán, que escribió sobre Medina un prólogo de alabanza y reconocimiento. El libro es “Poesía selecta” con selección del poeta español Juan Carlos Reche, editado por HUM en el año 2013 y el prólogo de Eduardo comienza así: “Situar a Jorge Medina Vidal en su poesía a nivel meramente local es tan inútil como insensato. La poesía de Medina Vidal alcanza por lo menos, el amplio ámbito de la lengua en que está escrita. Esa obra tiene dos características que la vuelven permanente: su lugar en el límite y la conciencia que eso implica de ubicarse en una temporalidad difícil de precisar. Esto último convoca la atención sobre una necesidad de la poesía de Medina Vidal a partir de un cierto momento: la de explorar sus propias fronteras formales y lingüísticas. La poesía de Medina Vidal es una poesía incómoda. Se la lee en un contexto de incomodidad histórica -la escritura contraviene el presente de su escritura-, opuesta a la reacción de espacios de decir que están bloqueados, en un momento más o menos inmediato a su primera manifestación pública -1951, por el tiempo histórico que pide otra poesía.”

El año 1962 creo que es clave en la trayectoria personal y poética de Jorge, cuando publica Las Puertas en la editorial Losada de Buenos Aires. El libro está dedicado a Beatriz, que si ella existió alguien conocerá el retrato y puede ser en-pendant la muchacha que lleva al Paraíso. Leyendo la solapa presentimos una presentación llana con argucia: “En la elegía exhala el poema las penas del corazón, el calor de la relación amorosa y la intensidad de los afectos; ese antiguo y nada fácil género está admirablemente logrado por Jorge Medina Vidal con sensibilidad y maestría.” Hacia el final del libro esa brisa emotiva se suspende o sublima, se complementa y traslada con una pieza mayor de que es “San Giorgio e il Drago”. Extenso poema que se integra a la tradición de los poemas cosmogónicos, donde asume cotejarse con asuntos y maestros que nos enseñó: El tiempo presente y el tiempo pasado / Acaso estén presentes en el tiempo futuro / Y tal vez el futuro lo contenga el pasado. / Si todo tiempo es un presente eterno / Todo tiempo es irredimible. Advierto en la estrategia de los años sesenta la sinergia del cotidiano con mantel y mitologías de pilares culturales occidentales; decir de otra manera lo indecible, circular en memorias de mayor respiración, empecinarse en el refugio del secreto apalabrado y la clave hermética que conecta a los elegidos. Ese relato mítico del combate con lanza es imaginería sobre orígenes del cristianismo, invoca el soldado romano convertido y mártir, advierte de animales fantásticos evadidos del delirio, pesadillas, temores y la imaginación de los hombres; la obsesión figurativa del episodio que inspiró a Paolo Ucello, Carpaccio, Rafael Sanzio y Tintoretto. Entonces nuestro Jorge formula la pregunta suya y de más nadie en modo epifanía poética. Síntesis, punto de apoyo, número cabalístico y escondida senda al releer su obra, río irrepetible de presocráticos fluyendo en paisajes lunares de Anatolia y arcano del proyecto literario. “¿Montevideo o Capadocia?” Es en esa duda más sacra que cartesiana, interrogante de profeta donde asoma la voluntad de fusionar la vida suya con otras que lo precedieron; observar la rutina con el resplandor de la leyenda dorada, versificando de la anomalía y dictando clases, porque cual la generación de las hojas así la de los hombres… Añorando mitologías que fueron y revelan lo que somos, en salones del IPA y al final de la escalera en la calle Cufré: ¿me explico?

LOS RÍOS FICTICIOS

HAGAN DE CUENTA QUE ESTOY MUERTO

“Cuando llegues a Madrid”

con las manos vacías / las islas de Cabo Verde / el segundo sol de Barajas / Pensión Pilar 4° izquierda / el poema diecinueve / algo a trasluz

ASTILLERO

“El arte de comparar”

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

IV

El precio de un libro

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general de los años Uno y Dos de La Coquette / Fichero de las Bandas de Audio desde Abril 2020.

DÉCIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Chico Buarque / “Vai passar” de Chico Buarque y Francis Hime.

Cecilia Bartoli / “Agitada de due venti” de la ópera “Griselda” de Antonio Vivaldi.

Ava Gardner, Ellen Wilson, Dich Hayme / “Speak low” de Kurt Weill y Odgen Nash.

Julián Centeya / “Eduardo Arolas” de Julián Centeya.

Heart / “Stairway to heaven” de Jimmy Page y Robert Plant.

Ramona Galarza / “Trasnochados espineles” de Alberto “Cholo” Aguirre.

Stephan Grappelli / “Nuages” de Django Reinhardt

Juliette Gréco / “La javanaise” de Serge Gainsbourg.

Electric Light Orchestra / “Last train to London” de Jeff Lynne.

Carlos Benavides / “Como un jazmín del país” de Washington y Carlos Benavides.

Rita Pavone / “Che m’ importa del mondo” de Franco Magliacci y Luiz Bacalov.

«La frontera será como un tenue campo de manzanillas» de Elder Silva

(la presentación)

Conheço meu lugar dice en portugués un verso de este libro.  Cualquiera que conozca la obra de Elder Silva sabe de la verdad de esta afirmación. Elder ha sabido ser leal a una serie de raíces que explican la índole personalísima de su poesía: su nacimiento en Pueblo Lavalleja, un caserío de 700 habitantes en la frontera de Salto con Artigas, tan cerca de la frontera brasileña, su interés por las vidas y las cosas mínimas, aparentemente insignificantes que tejen otra historia frente a la Historia con mayúsculas, su atención a los signos de los tiempos y a las cosas del mundo, su amor por la naturaleza y por la música, su fe en la poesía.

Pocos poetas como Elder han desarrollado a lo largo de 25 años una obra de tan sostenida calidad, de tan acabada coherencia. Una de las obras poéticas más refinadas y originales entre la producción de las últimas décadas.

Un viejo profesor uruguayo de literatura, Guido Castillo, decía con acierto, que “Pocos son los poetas, y los pocos que son, lo son muy pocas veces”. Yo me animo a decir que Elder lo es con una asombrosa frecuencia. Sabe indagar la realidad, las cosas más elementales y cotidianas y encontrar allí, como solo la poesía puede hacerlo, una revelación, una suerte de epifanía, un súbito destello de sentido que nos ilumina por un instante y queda en la memoria. Eso es lo esencial de la experiencia estética. Lejos tanto del hermetismo como de lo puramente ornamental, o del costumbrismo, su poesía ancla en lo concreto, en la observación sensible de lo que parece insignificante, como una suerte de red de cazar mariposas. Tenue y sin énfasis, diáfana en su capacidad de hallazgos, logra romper el automatismo de la percepción cotidiana y dar el salto hacia algo que, si no fuera demasiado grandilocuente para alguien con tanto sentido del humor, habría que llamar una dimensión trascendente del mundo.

   En otra ocasión hablé de la marca de fábrica Elder Silva que resplandece también en este libro: una visualidad nítida que se despliega ante los ojos del lector y se graba en la retina, un montaje de tipo cinematográfico, una economía de recursos que corre pareja con la puntería para la palabra justa, una peculiar destreza para comunicar sensaciones y sentimientos, y un delicado equilibrio entre la ironía y la emoción, entre la seriedad y el desparpajo.

Este libro, “La frontera será como un tenue campo de manzanillas” y ganador del premio Luis Feria de Tenerife en 2003, está centrado en el tema de la frontera. Algo que estuvo siempre presente en la poesía de Elder, pero aquí alcanza su formulación más acabada.  Es la frontera como realidad, la frontera del norte del país, y es también una metáfora, tal vez la metáfora mayor de la poesía de Elder, su palabra clave.  El libro lleva dos acápites. Uno de su maestro Ferreira Gullar que dice dias de fronteiras impalpáveis y otra de Aníbal Sampayo:

Los pájaros cruzan de un lado al otro, muchos comen en Uruguay y por la noche las bandadas van al otro lado del río y allí duermen. Esas aves no tienen cédula de identidad, no las detienen las aduanas, ni las banderas, ni tienen fronteras.

Este libro indaga sobre una serie de “fronteras impalpables”. Antes que nada, por la frontera de la lengua, por la que se pasa imperceptiblemente en el norte, como los pájaros de la cita de Sampayo. El libro tiene una sección de poemas en portugués y algunos en portuñol, lo que es algo inédito en la poesía uruguaya, si exceptuamos a Agustín Bisio, un poeta de Rivera, que escribió en los años 40 un libro que incluía poemas en portuñol llamado Brindis agreste. Pero Elder lo hace de una manera menos pintoresquista que Bisio, más atento a esa cultura compartida de la región de la triple frontera norte. Y entonces puede pasar de una lengua a la otra sin que haya rupturas, como en el poema Luz reconocida. Vean como suena:

Louvado seja meu pai.
(Louvado seja nesta terça feira de novembro
sem ele, sem seu olhar.)
Louvados sejam meus avos Sabino Vicente,
a Mariazinha,
a donna Palmira sempre de preto,
encomendándose al más allá
todas las mañanas
de los últimos años de su vida.

Louvados sejam as cores,
os pássaros coloridos na ventanía,
nas manhás azuis
de Pueblo Lavalleja.

Las luces blancas y verdes y amarillas
que se levantan del cementerio
y alumbran el aire en las noches de verano
son el aliento de mi padre,
los ojos de mis abuelos que regresan.

Los ruidos de los huesos de mi padre
me iluminan el mundo.

Decía que, si esa frontera es su lugar en el mundo, también puede ser la metáfora que define su poesía, cargándose de una notable densidad simbólica. Es la frontera imperceptible entre la realidad cotidiana y esa otra dimensión que vislumbra la poesía. La frontera entre lo culto y lo popular, entre la tradición regional y la contemporaneidad globalizada, entre el peso de la memoria de la infancia y los sueños del futuro colectivo. Entre el amor y la soledad. Pero la frontera es también el lugar de los sueños, el lugar utópico por excelencia; Para ser feliz hay que cruzar el puente dice en Cabellos al viento el poema que abre el libro.

La poesía de Elder Silva está siempre en una tensión entre la Naturaleza y la Historia; entre el tiempo puntual, sin tiempo de los árboles, los insectos y los pájaros (que Elder conoce tan bien, y sabe nombrar por sus nombres) y el tiempo humano breve, violento, sin sentido. La eterna naturaleza y la brevedad atroz del tiempo humano, por eso aparece siempre en su poesía el eco demencial, lejano, de la Historia contemporánea. Como en Un gallo:

En un país como este
en un mundo que estalla como un níspero
es extraño que un gallo cante
un canto limpio
en la luz indecisa de este amanecer en Cambará
Y que otro gallo responda, en apariencia
con la misma fe.

    Este es por cierto un antiguo tópico de la poesía que Elder sabe volver nuevo gracias al poder de convicción de sus imágenes. Otro es la identificación de la poesía con el canto de los pájaros. La poesía es, como los pájaros en la cita de Sampayo, una vía de cruce de fronteras, una clave para acceder a ese otro lado del puente, más allá de la vida que se disuelve como un alkaseltzer. En un poema titulado “Vuelta al mundo” se hace con sutileza ese paralelo:

Canta un sabiá en Tala
en la profundidad del espinillar
y le responde un azulito en Migues
en el huerto silencioso, en casa
del poeta Juan Carlos Macedo

y luego de recordar el canto de una ratonera escuchado en una película de Abas Kiarostami, concluye:

Es que el canto de los pájaros
da la vuelta al mundo, al sol, al sistema planetario, como algunas veces
-pocas, muy pocas-
también le sucede a la poesía.

La poesía permite vislumbrar otro mundo más justo, lejos de la hipnosis de los medios de comunicación, de la guerra de Irak o de Gaza, de la macroeconomía y las fluctuaciones del dólar, y nos recuerda que la vida está en otra parte, como se sugiere en otro poema titulado Otra tarde en Bella Unión:

Mientras alguien habla en la radio
y trata de convencerme que es mejor
ahorrar en dólares y abrir cuentas a plazo fijo
insisto en recordar otra cosa:
una tarde en un boliche de Bella Unión,
en que había un gorrión revolviendo
en el polvo rojo de la calle, frente a la puerta
mientras pasaba un hombre muy viejo
en una bicicleta amarilla.

De ahí que este libro esté lleno de alusiones implícitas y explícitas a otros poetas, desde Li Tai Po, el poeta chino del setecientos (El mundo está lleno de pequeñas alegrías; el arte consiste en saber distinguirlas.)  a Herrera y Reissig, Macedonio Fernández, Ernesto Cardenal, Neruda, Pavese, Oswald de Andrade, Coronel Urtecho, Zitarrosa, Caetano Veloso, José Asunción Silva, Antonio Machado, Ferreira Gullar. La poesía atraviesa el mundo y el tiempo. Y estos poetas conviven en este libro con el padre, el tío Jesús, el abuelo Sabino, el viejo de la bicicleta amarilla, los vecinos de Pueblo Lavalleja, ese mundo de infancia que es su diminuto regazo en el planeta.

Oficio delicado, Elder sabe que el del poeta está signado, como todo esfuerzo humano, por el fracaso en atrapar en última instancia, lo indecible. En un poema titulado En papel astraza el poeta dibuja

un espinero volando sobre un camino vecinal,
unas ramas caídas,

pero, aunque

A los pájaros no se los puede atrapar en un papel astraza,
quedará el dibujo como un pretexto apenas,
un signo del fracaso.

 Lo que Elder dibuja con su poesía tiene a veces la sutileza de la pintura japonesa. Vean este poema que se llama Cerca de Picada de Elías:

 El molino sin rueda
y la casa escorada hacia el oeste.

El caballo dormido cerca del picadero
sueña con que todos se han ido para siempre.

La luna ya salió por el lado de las anacahuitas
y ahora gasta sus hálitos de luz
en el lomo de los pedregales del camino.

Han dejado ropa secándose en el alambre
del patio
y el viento es como una bandera sin aliento
entre las sábanas.

   O este otro, de una visualidad cinematográfica: El caballo de mi padre

El caballo mastica el sol entre los pastos,
la luz azulada
que asordina las horas del verano en la pradera.

El caballo de mi padre come en los brotes de
alfalfa, flores de macachín (rosadas),
las pobrecitas flores del tero
que asoman en la hierba.

Espanta los jejenes con su cola.
y a los tábanos.
Pone en duda el bostezo del mediodía
cayéndose sobre su propia sombra.

El caballo de mi padre ramillea entre ortigales,
elige en el jugo de la gramilla,
tras las retamas que explotan, entre carquejas.

El caballo de mi padre
se alimenta de poesía.

La frontera será como un tenue campo de manzanillas, de Elder Silva. V Premio de Poesía “Luis Feria”, 2003, Tenerife, España. 1ª. Edición Universidad de la Laguna, Tenerife, 2002. Edición ampliada, Civiles iletrados, Montevideo, 2007. 

El reportaje de 2002

Con Elder Silva, poeta de fronteras

Desde que publicó su primer libro, Línea de fuego (1982) Elder Silva (Pueblo Lavalleja, 1955), concitó el interés tanto de la crítica como de los lectores, y obtuvo varios premios que reconocían la originalidad de una escritura a la vez diáfana y refinada. La suya es una mirada capaz de descubrir en las cosas insignificantes y sin prestigio literario, ciertos signos del tiempo en que vivimos (desde el fútbol a la publicidad), instancias de revelación de una realidad que la percepción automatizada de lo cotidiano esconde. Una poesía que une lo urbano y lo rural, la tradición y la novedad, lo culto y lo popular, ciertas marcas generacionales con una visión irónica que rehúye lo que es meramente moda, y perfila un mundo nítido y personalísimo. Verlo en alguno de los recitales que suele hacer en clubes o boliches, resulta toda una experiencia por su capacidad comunicativa y su combinación de humor y lirismo auténtico. Su reciente libro, Mal de ausencias, confirma que Elder Silva es una voz mayor de la poesía uruguaya contemporánea.

Desde el Arapey

– Tuve la suerte de nacer en un pueblito desolado del norte de Salto, cerca del Arapey chico, que se llama Pueblo Lavalleja. Una zona de quintas, y cerros, donde en verano el viento arma remolinos y se producen polvazales enormes. Es un lugar que con el tiempo se me fue instalando de una manera muy fuerte, no sólo en mi vida personal, sino también en mi literatura. Me doy cuenta que el haber nacido ahí significa ser una persona de frontera: si bien en mi casa no se hablaba en portuñol, estábamos rodeados de esa forma de hablar. La frontera es un lugar de cruce, de cruce de músicas, por ejemplo. De mañana en una radio de Artigas escuchábamos música riograndense, a partir del mediodía música litoraleña argentina. Para mí el chamamé es la banda de sonido de los mediodías tórridos del norte, esa hora en que no se puede hacer nada, es un calor impresionante, seco, sin árboles, y solo se puede escuchar música. Pero aparte de la música, también era de frontera la ropa, la comida, que venía de Brasil o de Argentina. Una zona donde también había permanecido una influencia guaranítica. En el litoral uruguayo mucha gente conserva rasgos guaraníes, y es frecuente el apelativo “Paraguay”, por ejemplo.

La de tu infancia fue además una cultura rural.

Y hay una cosa hermosa para mí que es la cultura montada, la cultura del caballo. Vengo de una familia de a caballo. Mi padre era domador, hijo de un domador, y en la familia de mi madre eran troperos, domadores. Los caballos significaban mucho, tenían nombre propio, cada uno sus características. Y uno se va dando cuenta de que eso tiene un ritmo, una velocidad muy distinta a la cultura sobre ruedas. Ahora, a los cuarenta y cinco años, me doy cuenta de lo importante que fue haber nacido ahí, ver el mundo desde ahí. Una vida sin televisión, donde la poesía –en ese caso la canción– me ayudó a entender el mundo. Además de haber nacido en la frontera, en el almacén de mi padre siempre hubo música, guitarreros, payadores, acordeonistas, alguna gente de circo que pasaba.

De niño era muy distraído, soñaba con otras cosas, y las formulaba haciendo canciones, caminaba y cantaba, hacía los mandados o iba a traer las vacas, y mientras, cantaba canciones inventadas por mí.

La experiencia urbana

–¿A qué edad te vas a Salto?

– A los trece años, cuando fui a dar examen de primer año de liceo. El primer día, en la casa de unos tíos en Salto, a la hora de la siesta sentí un ruido impresionante que nunca había escuchado. Era el motocar que iba a Bella Unión, y aquella impresión me dejó sobresaltado durante todo el día; de noche no podía dormir. Prendí la luz y escribí un texto. Y me di cuenta que era una cosa externa a mí. Yo no sabía que eso era poesía, porque ya había sido maltratado por los poemas que enseñaban en la escuela. Pero por suerte, a la casa de mi abuela llegaban algunas revistas del Consejo de Primaria, ilustradas por Carrozzino, donde publicaban leyendas mexicanas, a José María Arguedas, allí escribía Capagorry, había textos de Morosoli, y fue ahí que encontré El cántaro fresco. Y esas lecturas me hicieron ver que se podía escribir. Yo de chico les escribía cartas a mis novias en el papel de astraza del almacén. Son cosas que me fueron marcando.

En las vacaciones iba a un lugar que se llama Nueva Hespérides, donde vivía un tío que era papero, y en su casa lo único que había eran libros: política, literatura. Esos fueron mis primeros contactos con los libros, primarios pero que te marcan. Después estuvo el liceo, donde tuve excelentes profesores de literatura, y a los 16 años entré a Magisterio. Y ahí en un año conocí a Borges, Carpentier, Cortázar, Lorca, García Márquez. Ahí fue el gran salto. Neruda no me interesaba, nunca me interesó, pero sí Lorca y Vallejo. A los 16 años el encuentro con Vallejo es importante. Y a partir de ahí lo que más me interesó fue leer. Me acuerdo que iba al parque Solari y llevaba la mitad de libros para estudiar (Durkheim, Dewey y todas esas cosas didácticas) y la otra mitad eran Onetti, García Márquez, y me pasaba ahí todo el día leyendo, con un pan y una botella de agua.

–¿Y cuándo te vinculás con otros escritores?

Recién a los veinte años tomé contacto con algunos escritores de Salto. Estaba Marosa Di Giorgio, que hasta ese momento yo la veía pasar, hierática, y que era como una leyenda. Un día me presenté a un concurso de cuentos: Marosa ganó el primer premio y yo el segundo. Y a raíz de ese concurso conocí a varias personas: Marta Peralta, Juan Martínez, el grupo La tregua, y ahí sí empezamos a trabajar más colectivamente. Nos reuníamos todas las noches a tomar mate, o vino y a comer torta. Y leíamos a Gelman, a Macunaíma (me acuerdo cuando sacó su primer libro), a Marosa. A mí me interesaban ya en ese momento los brasileños: Drummond de Andrade, Cecilia Meireles, libros en portugués que había comprado en la librería de Salto.

Después en el 66 apareció la revista argentina Crisis, íbamos a comprarla a Cuaró. Ahí fue donde leí unos poemas de Roque Dalton. Esa lectura fue impactante para mí, porque me gustó mucho el humor que él manejaba. Y me marcó al punto de que en algún momento tuve que dejar de leerlo porque estaba demasiado invadido por Dalton, sobre todo en la veta humorística.

Pero ahora me doy cuenta de algo que antes no sabía: la influencia que tuvo en mí la música. El chamamé, por ejemplo. Es una poesía muy descriptiva que se regodea con la descripción del paisaje. Hace un tiempo hablaba con Antonio Tarragó Ros y decíamos que cuando éramos jóvenes, a su padre, el viejo Tarragó Ros, lo hubiéramos tildado de costumbrista, sin embargo hoy, en la medida en que el mundo precisa más que el paisaje se conserve, que el río no se contamine, uno entiende mejor a ese viejo. Los Tarragó Ros son de Curuzú Cuatiá que está como haciendo bisagra con Salto, a la misma altura. Y se comparten muchas cosas: las formas idiomáticas, el clima, las costumbres, los refranes. Ahora, con los años, yo quiero asimilar mucho más todo eso.

–Eso de la influencia de la música popular es interesante. García Márquez dice que una de sus influencias mayores fue el vallenato. Por lo que decís, la tuya no es una tradición nacional, sino más bien un enclave regional: poetas brasileños, músicos argentinos…

–Bueno, yo creo que en lo nacional, lo que tiene más peso en mí, es la canción. Cuando apareció Zitarrosa, con “Milonga para una niña” y “Milonga de ojos dorados” … me acuerdo que mi padre escuchaba CX4 un programa que era a las 10 y 10 y se llamaba “Milonga pasando el puente”; lo auspiciaba el frigorífico Carrasco. Siempre pasaban a Zitarrosa y a Osiris [Rodríguez Castillos]. A mí aquello me parecía hermosísimo: esas milongas de Zitarrosa, o “De Corrales a Tranqueras”, de Rodríguez Castillos, y el summum de la milonga cantada que es “Corrales de Algorta”: “A los Corrales de Algorta / fui con tropa alguna vez”, (canta).

Siempre el viaje

–Sin embargo, tu poesía no tiene nada de folklórica o nativista.

–Lo que pasa es que sufrí a Fernán Silva Valdés, a Ernesto Pinto, todo eso en la escuela…

–También hay una influencia en tu poesía de la música norteamericana, del rock, por ejemplo.

–Sí, pero eso es tardío. Fijate que yo me salteé a los Beatles, no los conocía. Recién cuando fui a Salto, escuché en las radios además de la música uruguaya tipo Discodromo, a grupos como Creedence o los Rolling. Pero siempre seguí muy pegado a otras cosas. Por ejemplo, Los Iracundos fueron parte de mi imaginario.

–Un motivo recurrente en tus textos es el del viaje, el viaje en autobús; es un poco una poesía “on the road”.

–Creo que ahí hay una mezcla de dos cosas: por un lado el descubrimiento del cine, que me marcó mucho: tengo un sentido visual del mundo permanente, todo se me presenta en imágenes. Por otro, el hecho de que hace veinte años que vivo en Montevideo, y sin embargo no vivo acá. Me fui del campo a una ciudad chica como Salto y luego vine aquí, y nunca me pude establecer del todo. Siempre estoy en tránsito, y eso se ha agravado con el tiempo.

–Siendo muy diferentes hay un sentimiento de desarraigo, una nostalgia parecida en Juan Cunha.

–Claro. Sí, yo lo siento muy pariente.

–Aunque en Cunha hay una evocación, y en lo tuyo un tránsito, donde mezclás lo urbano con lo rural.

–Por ejemplo, últimamente he leído mucho al chileno Jorge Teillier, un poeta que ha hecho un mundo con su infancia, que es para él el paraíso perdido. Y yo no hago un mito de la infancia, y tampoco de mi lugar. Yo me burlo un poco de algunas cosas y venero y respeto otras. Lo que me divierte, porque me ayuda a la comunicación, es poder incorporar cosas de este tiempo, desde el fútbol, la música de hoy, las marcas de ropa.

–¿Para vos lo más importante es la comunicación?

–Es que no concibo que haya poesía sin comunicación. Incluso me he interesado por la poesía oral, hago lecturas en distintos lugares, en cafés, en pueblos del interior. Me entusiasma que las palabras que reúno comuniquen mejor apelando a los elementos más cotidianos. Alguna vez me reprocharon que hablara de colores “Benetton”, con el argumento de que dentro de veinte años puede ser que no se sepa a qué me refiero. Pero a mí no me importa, yo quiero comunicar ahora, y que la gente que me lee entienda. Como producto, la poesía solo tiene sentido cuando comunica algo a otra persona. Uno necesita concentración, soledad, recogimiento, porque lo que busca es juntar veinte o treinta palabras que puedan trasmitir una cosa nueva. A veces con alguna picardía, algo de humor, a veces –las menos– con inteligencia, de modo que el que escucha y el que lee no sea el mismo después de haber escuchado o leído. Que, así como se sorprende cuando cae una bomba o cuando cae el sol, también se sorprenda cuando termina de leer un texto. Que no sea como agua mineral sin gas, que la tomó, se refrescó y nada más.

Una manera de vivir

Hace un par de años, a raíz de un artículo de Hugo Achugar en Brecha se desató una polémica a propósito del sentido actual de la poesía. La pregunta era para qué o por qué hacer poesía. ¿Qué responderías tú a esa pregunta?

–Para mí la poesía tiene un sentido fundamental. Yo no podría entender el mundo sin la poesía. Creo que estamos lejos de aquel sentido acartonado que había del poeta, del poeta como profeta, o como chamán. La poesía le permite a uno ver el mundo de otra manera. Implica una forma de vivir. Hace poco me encontré en el Cerro con un señor que me dijo que daba clases. Y yo, un poco en broma, le dije: “¿Hay gente que da clases todavía?”, y él me contestó: “Hay gente que escribe poesía”, y enseguida agregó: “Es que la poesía es muy importante, porque si vos querés seducir a alguien no le vas a mandar una novela o un cuento” (se ríe). Me hizo gracia porque me daba razón.

–Sí, claro, tú escribiste algún poema humorístico sobre eso.

Seguro. Lo que quería decir es que uno puede ver este mundo que puede ser agresivo, amable, duro, dulce, a través de un momento de experiencia. Yo siento que cada vez vivo más en función de ser poeta. ¿Qué quiere decir eso? No sé exactamente, pero mi manera de vivir tiene sentido en la poesía. Mayakovski decía que a él le interesaba cambiar las cosas feas del mundo, que uno a veces tiene la culpa de que el mundo sea tan feo. Nosotros los poetas tenemos la culpa de que el mundo sea feo porque no pudimos modificarlo, hacerlo ver mejor.

   Es cierto que las cosas van a existir igual, a pesar de uno; ya lo dijo Ferreira Gullar: las cosas no dependen de uno, se independizan, si alguien se murió uno sigue viviendo sin esa persona, el agua que cae en las piletas, cae a pesar de que ya no está esa persona, uno se lava las manos en un mundo donde ella ya no está. No tenemos nada que ver con eso. Pero lo podemos perfeccionar. Por eso me importa la comunicación. Que leyendo un poema el tipo vea que en esa ventana cabe más que un cielo nublado y unos techos.

Recién nombraste a alguien que me parece que tiene relación con tu poesía: Ferreira Gullar. ¿Cuándo te encontraste con la obra de ese poeta brasileño?

–Cuando vivía en Salto. Y a partir de ahí me hice seguidor suyo. No lo conozco personalmente, pero hemos hablado por teléfono. Es uno de los poetas más importantes de América Latina. Tiene una cosa que de pronto no tiene nada que ver conmigo, pero que me ayuda cuando lo releo. Es una poesía que se construye a partir de la inteligencia, sin dejar de ser poesía.

–También el Cardenal de los “Epigramas” me parece emparentado con tu poesía.

–Es que Cardenal me sirvió como un trampolín, para descubrir otras poetas, los latinos, por ejemplo. Uno lee a Catulo, a Marcial, a Volusio y ve que tienen un tono, un método, una forma que se relaciona con lo actual. En la poesía no hay progreso, allí los tiempos se borran.

El País Cultural No. 659

21/06/2002.