El sueño de Daniel Urrutia

-Nada es privativo de esos, dije.

En el trayecto nos detuvimos en una carnicería donde era visible que la mercadería expuesta había estado pastando dos días atrás y se olía en el local el trabajo eficaz del matarife.

-Vamos a hacernos un asadito, dijo Urrutia y mientras consultaba con mirada de entendido las vitrinas refrigeradas preguntó si tenía ganas de algo en especial.

La perspectiva del asado logró mejorarme el ánimo machacado por el viaje, confrontando posibilidades trozadas al frío, confesé mi debilidad por los riñones que habían salido de mi dieta habitual allá. Luego de las compras caminamos unas cuadras; alejado de la referencia ofrecida por la plaza principal de San Carlos me desorienté, confundiendo los laberintos de la memoria. Urrutia trabaja en el ramo de la gastronomía, es experto contable y se ocupa de algo así como la gerencia de restaurante; por ello pudo tomar el día libre.

-Estamos fuera de temporada, hasta septiembre tengo la vida profesional tranquila.

Al rato llegamos a la casa nueva, una construcción antigua reformada desde los cimientos siguiendo el gusto del reciente propietario. Daniel utilizó en la obra objetos y accesorios camperos en su totalidad: ruedas de carretas dignas de Atahualpa Yupanqui, rejas de pulpería fronteriza, cadenas de pesadas yuntas de bueyes, vigas petrificadas de molinos del tiempo de la Provincia Cisplatina, hasta la esfera esmaltada de un reloj con el logotipo de la firma Strauch, descubierto de casualidad en un remate de cachivaches de las afueras de Maldonado. Apenas puse un pie en la casa fui atrapado por herrajes, marcas de ganado con filigranas rebuscadas, fierros irrepetibles de tranqueras, el esqueleto metálico de portones, cerraduras de galpones y ventanas; repertorio herrumbroso de historias muertas que nunca serían rescatadas de la fosa común, a menos que la imaginación se volcara para la orilla del pastiche gauchesco.

Escrutando en la casa de Urrutia la colección de objetos pasados por fuego y forja, en especial las artes olvidadas de cerrajería, trancas, pesados pasadores, comprendí que un tiempo de la memoria Oriental estaba clausurado para mis pretensiones de prosista y de forma definitiva. Mi escritura nunca abriría lo oculto detrás de la tranquera antigua, formando un barcito con la campana de bronce bruñido de una escuela rural y un farol que, según los decires del dueño de casa, perteneció a una pulpería famosa de la zona. Establecimiento de ramos generales donde dos por tres había finado por arma blanca o trabuco naranjero y que en mi suposición era de un ilustre quilombo de principio de siglo, con putas casi niñas de pelo colorado y piel lechosa con pecas, pupilas que hablaban en polaco o algo parecido.

Desentrenados por el tiempo transcurrido, con atropello de baguales indómitos Urrutia y yo nos pusimos al día; demasiado apurados por instalarnos en los días lejanos de verano compartido, a comienzos de la década pasada, cuando la insubordinación de la tropa era herida sangrante y un sainete impresentable. Acaso en este tramo de las evocaciones fueran necesarias ciertas aclaraciones, detalles precisos que por mi parte no considero del caso y menos pertinentes a lo que vino luego.

Estábamos en la puesta al día remontando como quien dice la cronología, cuando se sumaron la mujer de Daniel y las dos niñas. Mariela estaba rubia y linda como antaño, por ella los años de la tregua no pasaron en lo que tiene de descalabro. Con ese soplo bienvenido de aire fresco femenino empezamos a conversar, estábamos contentos por haber doblegado el destino y había cierta conciencia del fracaso que avanzaba calibrada por el movimiento del sol. En pocas horas es inconcebible organizar la secuencia de los años acumulados, aceptando el bando que nos condicionaba y sin ponernos de acuerdo, dejamos que el capricho del viernes construyera sus espacios propios; con huecos para silencios, inevitables consideraciones políticas, desastres de nuestro lado, alteraciones en la conducta de personas conocidas como si fuera prioridad de los otros y reincidíamos en la música, claro.

Urrutia me interrogó sobre la configuración de mis nostalgias al respecto, respondí que extrañaba el tango y los candombes cantados por el negro Rada, las murgas las prefiero en carnaval al aire libre delante de un tablado, con un chorizo al pan con chimichurri en una mano y una Pilsen sin espuma en la otra. Por momentos éramos dos veteranos en resistencia, él tenía aquellas grabaciones legendarias de Led Zeppelin; le pedí escuchar Whola lotta love, Heartbreaker, Moby Dick y Stairway to heaven argumentando con pasión apolillada que se trataba del mejor rock, quise decir que era música para la juventud y la mía agregué por las dudas.

La hora avanzaba, el mediodía se nos venía encima a paso firme cuando salimos hasta el fondo de la casa, a preparar el asado como dos payadores derrotados por el mismo rival. A un costado estaba el flamante parrillero justificando el orgullo de Urrutia, un árbol plantado antes que se construyera la casa regalaba a ese rincón una sombra tal que hacía anhelar el verano. Allí mismo y punto cardinal de las reformas, Urrutia instaló una mesada mostrador de madera gruesa y que cumplía múltiples funciones, permitiendo tomarse copas de parado con la grata sensación de estar en un boliche de verdad. A la vez vigilar la evolución del braserío, mutaciones de colores en la parrilla inclinada en ángulo de conocedor. Mariela marchó a organizar la casa y las niñas con tino precoz se fueron a jugar a su cuarto y ahí quedamos los dos solos, recordé que años atrás asociaba a Daniel con una palabra que él todavía no había pronunciado y que -a mi parecer socarrón- faltaba para poner en rodaje la charla según la entendía. Cuestión de rituales lingüísticos, creo que él hacía esfuerzos para evitarla y yo no hallaba la manera de introducirla en la conversación hasta que llegó la ocasión.

En el fondo del terreno vi que había un perro atado, con la claridad del día parecía un bicho especial y cuando en determinado momento el animal hizo un movimiento que lo presentó en su esplendor, quedé asombrado al borde de la expresión.

-Muchacho, qué animal imponente, dije; Urrutia sonrió por mi incontinencia verbal, aflojada de sobreentendidos y nada agregó a mi guiñada fonética, eso que a Daniel se le conoce por el apodo de «el mudo». Es un perro de las legiones romanas, continué sin hallar en mi bestiario canino de Foxterrier y Cocker negro el nombre de la raza.

-Desciende de perros romanos y tibetanos. En efecto, un verdadero Rottweiller. ¿Le gusta?

-Gustarme no sería la palabra adecuada, mis perros fueron siempre modestos. Su animal es de una belleza inquietante. ¿Cómo vino a parar ese animal a esta casa? le pregunté, procurando ganar tiempo mientras me recuperaba de la extraña impresión provocada por el animal.

El perro, la palabra identificándolo y el paréntesis en mi pensamiento quedaron suspendidos o cayeron de golpe en mi conciencia. Creí entender a los manotones: la situación era una metáfora y el animal un signo. Llegaba hasta las casas de San Carlos a reencontrar un amigo y en otra longitud de onda topé con un perro portador en su memoria genética, además de los cruzamientos biológicos, la caída de Cartago y el cerco de Numancia, el acueducto de Segovia sobrevolado por cigüeñas, las ratas voraces de Bizancio, la plaza Villa de Madrid de Barcelona de cuando era cementerio, los deslices nocturnos del César entre las legiones de avanzada extendiendo el Vini. Eran demasiados recuerdos para atribuirlos a un perro, ese perro doméstico acampado de manera fantasmagórica en un barrio calmo de San Carlos y sin embargo, el animal era más prodigiosos que un puñal enterrado en Sumeria, era sangre bombeada a corazón, hígado, unas patas y ojos, sobre todo los ojos.

Le pedí a Daniel que lo soltara, lo dije sin pensarlo; conseguía ver en el animal un perro cualquiera pero emitiendo mensajes poderosísimos. Patas firmes prontas a escalar pedregales, orejas carnosas atentas a reaccionar en cuanto sonara la trompetería de la legión, la enorme cabeza negra era el ariete que seguía horadando la historia, desde centurias más atrás de donde agonizaban raquíticas memorias personales sin patrimonio. Cualquier historia que Urrutia pergeñara sobre el origen del perro, la serie de casualidades que engarzaban Masada con San Carlos, pasando por un veterinario alemán, la anécdota del criador argentino y vacunas contra la enfermedad del cachorro, nada podría en mi espíritu ante el porte del perro de Roma girando en torno mío; rodeándome con instinto como si yo fuera un dragón rabioso excomulgado al rescoldo de brasas rojizas, estigmatizado por San Jorge y San Carlos.

Pensé dialogando conmigo: «no divagues, estás aquí donde estuviste antes y en otra casa, estás bien, ya tomaste un litro de cerveza, estás a punto de comer un pedazo de asado que se dora ahí cerca y a traición te ataca el profesor empachado de apuntes.» Eso lo decía para mí; si alguien que lee se detuvo a contemplar por siete minutos ininterrumpidos la cabeza de un Rottwailler, sabe que digo la verdad. En ello la cerveza no tiene responsabilidad; el Coliseo circular, el arco de Tito, el área entera del Foro y la pedrería completa que traza la vía Apia, quedaban reducidos a polvillo de las eras. A dos metros de la carne asándose, dando vueltas a un trote miliciano y olfateándome mis pantalones de pana, latía el imperio de la memoria del mundo. Siempre me gustaron los perros, el Rottweiller de Urrutia desbordaba la zoología para ser un animal con plusvalía de códigos y cercos ignominiosos; quedé paralizado al recordar que los romanos conocían la cerveza y mi aliento podría despertar en el perro una memoria oscura de festín de victoria.

La visión referida duró unos instantes, mientras el animal avanzaba hacia mí y cruzamos las miradas, pasada tan poderosa comunicación se comportó como un cusco cargoso y hubo que atarlo. El perro desde lejos me miraba, entendí que Urrutia lo sabía y que lo del perro lo hizo a propósito, formaba parte de los verdaderos planes latentes en la invitación y que comenzaba a entender.

-Es mucha coincidencia que usted esté por acá, empezó Urrutia, hablando lento, modulando cada sílaba y luego de un silencio perceptible dejó caer mi apellido como si fuera la raza de otro perro.

Así que es eso, pensé: el apellido, llegó el apellido. Ahora comenzaba la explicación secreta de la expedición del día dentro del viaje mayor.

-Usted escribe complicado compañero, continuó.

Estaba acostumbrado a la misma incómoda situación con gente que quiero, luego vendría el deslizamiento a las virtudes de historias sencillas, el acercamiento a temas que el público lector reivindica y otros ejemplos elocuentes del laurel popular de colegas a quienes casi siempre termino sosteniendo, admitiendo casos relevantes mientras cuestiono mi escritura atormentada.

-Pero por momentos… agregó, con cierta condescendencia familiar, dejándome una ínfima esperanza para los próximos años.

-Mientras siga habiendo unos pocos «por momentos» seguiré en la lucha, repliqué, tocado y con ironía, sin intención de iniciar una defensa fastidiosa e inútil que pronto abandonaría.

Urrutia cortó por lo sano.

– ¿Vio el perro?

Qué paz interior llegaba a la charla y qué estremecimiento; el asunto tomaba forma, la llamada primero, luego el apellido, los momentos intuidos brevísimos como refusilo en el horizonte y la insistencia sobre el perro… principio confuso pero principio al fin.

-Claro que lo vi, dije encubriendo la fuerte impresión que la criatura provocaba en los sentidos desarreglados.

-Es cachorro siguió Urrutia y la conversación tanto como el asunto aflorando se concentraban en el perro romano. No llega al año y tiene empaque de ejemplar adulto, me lo entregaron a pedido luego de una larga espera, cuando tenía tres meses. Es un encanto de animal a pesar del aspecto fiero de la primera impresión, las nenas le hacen de todo y él las soporta como si nada.

Luego del ejemplo de absoluta confianza Urrutia se calló, dejó un tiempito para tomar aire en la densidad del ambiente y que lo ayudara a seguir adelante.

-Hasta aquí todo bien, confirmé y congraciándome con su estrategia para luego dar el golpe de timón. Tampoco estamos aquí para hablar de veterinarios o tirones de orejas, ussted lo sabe.

Me sorprendí hablando como un matón de serial televisiva; estaba por disculparme con mi amigo cuando noté que el exabrupto grosero tenía el efecto del pentotal, reduciendo dolor y haciendo avanzar verdades ocultas.

-Las cosas empezaron a suceder desde la primera noche que el perro pasó con nosotros.

-Urrutia (tal como se presentaba la situación también debí apelar al recurso del apellido) con este día espléndido no me venga, justo a mí, con historias de aparecidos y cosas raras.

-Déjese de embromar, replicó Daniel como latigazo; el tono era de respuesta con ofensa sin despecho necesario al grado de insulto.

Entendí que él seguiría hasta el final, la oscilación del asunto entre disolución sencilla y tramado complicado lograba perturbarme más que la cerveza.

-Tampoco voy a pedirle disculpas, le pido que arranque.

-Sucedieron dos episodios que no podían tener relación una con otra, primero fue el sueño volvedor y luego el impulso. ¿Por cuál le parece que empiece?

-Por el sueño.

-Las primeras noches fue claro como en una película. Soñaba la carrera de caballos sin nada de hipódromos, casaquillas de colores o paseo preliminar frente al palco oficial… era una simple penca cuadrera, desafío mano a mano sin espectadores salvo los implicados; al comienzo fueron imágenes lejanas sucediéndose en silencio y la cinta proyectada parecía muda. Al pasar varias semanas el sueño mejoró, se hizo más nítido, distinguí al ganador, veía clarito a dos hombres discutiendo y aparecía una muchachita llorando. Hasta ahí como escucha, salvo la recurrencia del retorno nada del otro mundo, el sueño se repetía cada tanto hasta que un día de primavera, estando en conversaciones con un brasilero que abría restaurante en la zona de Manantiales, me vino el sueño a la cabeza pasando a formar parte de la vigilia. De ahí la inmediata ocurrencia de localizarlo a usted, sin razón ni lógica poética, causa tajante y como lo más natural del mundo. Tengo que ser sincero, no tanto por usted sino arrastrado por el sueño.

-Entonces se las ingenió para conseguir la dirección, que terminó en la famosa llamada de los otros días.

-En efecto, pensé en enviarle una primera carta a Francia; alguien me comentó que estaba por venir, así que preferí esperar unos meses para asegurar la conexión.

-La llamada me sorprendió, fue cariñosa sin aclarar nada. Pensé que era por los viejos tiempos…

-Qué podía decirle… ¿que deseaba verlo porque había soñado? En cuanto a los tiempos insinuados, creo que son más viejos de lo que usted supone.

-Sea cual sea la razón fue una buena idea; si el verano pasado usted hubiera comprado un bóxer o un Pomerania está por verse si me hubiera localizado.

-Tampoco se ponga en citadino astuto de barniz cosmopolita. Falta lo mejor.

– ¿Hay más? pregunté, estimando que el asombro se daba por terminado, permaneciendo fuera de tanta coincidencia singular que presentía.

Aguardé la reacción de Urrutia a mi pregunta, tenía distancia bastante para desdeñar la historia tejiéndose estando metido en otros líos considerables. El viaje catártico a San Carlos apareció como otro intento de hundimiento y percatarme que no era dueño de andar por ahí sin hacer nada, lo que me daba fastidio. Daniel hizo como si yo no hubiera dicho lo que dije; si en cambio escuchó lo que quise decir sin pensarlo, tampoco reaccionó y como potro sin domar se lanzó a trazar la primera recta de la historia trabajada, insinuada hasta provocar deseos de conocer más, seguir adelante.

-Lo más inexplicable era el paulatino perfeccionamiento del sueño. De a poco fue reconociendo el paisaje donde sucedían los hechos, resulta que la carrera esa se corrió entre dos arroyos y fue aquí cerca en San Carlos. ¿Cómo pude soñar eso me pregunto? No lo sé, dentro del sueño donde todo sucedía entre neblina algo aparecía clarito. Era el muchacho jineteando el caballo ganador cuya imagen me perseguía más allá de las horas de descanso. Otro día, en pleno trabajo discutiendo descuentos con un mayorista, evocando un almacenero cumplidor o una marca de yerba paraguaya dije: «Domingo». El hombre en cuestión me miró como si yo estuviera piantado. Para un momento Daniel pensé, para muchacho. Le di una explicación al hombre sobre el equívoco y fue ahí, hablando de jamones y arvejas enlatadas que descubrí el nombre del jinete del sueño. El muchacho se llamaba Domingo, es de no creer.

Ahí Urrutia necesitó descansar, el primer tramo de confesión lo dejó exhausto; mientras escuchaba yo seguí bebiendo cerveza con parsimonia, prestando una atención más bien floja al relato de Urrutia. Cuando pronunció el nombre del jinete debo decir a falta de mejor comparación que me corrió electricidad por todo el cuerpo; el perro desde lejos no me sacaba los ojos de encima, echado como estaba en el piso, distraído y siguiendo el entrenamiento de los gladiadores. Callé la razón del sacudón y abrupto salto de la coincidencia; por esas mismas fechas, tan distante de San Carlos que parecía otro planeta había comenzado a urdir un relato del cual lo único que sabía, punto de partida sin continuidad a la vista, era que el personaje era un muchacho de diecisiete años, vivía en el campo oriental y se llamaba Domingo en recuerdo de un gringo de paso por el país a principio de siglo. Del nombre no logré salir durante semanas dándole vueltas al asunto, ni avancé media página del relato rumiado, la historia rehuía mis asaltos y nadie que no fuera Domingo podría protagonizarla.

– ¿Domingo? pregunté, reanudando con un nombre propio y ajeno la conversación, curioso y fastidiado por un absurdo sentimiento de hurto, publicidad impertinente de un íntimo secreto de fracaso.

-Domingo, con lo raro que suena… lo asombroso era la creciente precisión del sueño, siempre el mismo y al que se agregaban detalles reveladores. Al cabo de siete semanas lo fui mejorando, aprendí a observar entre los indicios dispersos y sabía cómo terminaba.

-Con la cara radiante de la muchachita, feliz por el triunfo de Domingo.

– ¿Y usted cómo lo sabe?

-Como si fuera un cuento Urrutia, le contesté.

En verdad fue en ese instante que descubrí la imagen de la muchacha, una criollita que apenas había dejado de ser niña. Nunca con anterioridad una historia se configuró en el preámbulo de la escritura tan complicada, si es que algo en verdad se formaba o era yo fundiéndome comedido secundario en un argumento de otro.

-De algo estaba seguro y me asustaba. Eso no era un sueño, yo era depositario provisorio, albacea torpe del asunto inconcluso viviendo fuera de mi cuerpo y que lo implicaba a usted, aunque fuera lateralmente; por eso sentí el impulso de llamarlo.

Nada dije, menos busqué confortar a Urrutia dándole la razón y preferí esperar el final de su relato, las palabras que flotaban entre el sueño y mi viaje a San Carlos.

-Urrutia, la clave del misterio era Domingo. ¿Usted buscó?

– ¿Que si busqué?

– ¿Encontró?

-Más de lo que pensaba.

– ¿Hay alguien llamado Domingo?

-Hay.

-Cuente.

Entonces Urrutia contó. Lo que de ello recuerdo y transcribo es un pobre reflejo de lo que Daniel dijo en el tiempo que va de la carne colorada sobre la parrilla hasta que se pasan, ensartados por un gran tenedor, los pedazos cocidos a una bandeja de losa. El primo político tenía el don de los narradores orales Orientales cuando alcanzan una cadencia expresiva irreductible a la escritura, cierta magia en el manejo de los tiempos, la sabia distribución de los silencios que pocas pero inolvidables veces le escuché a Juan Capagorry, a mi amigo el doctor Eduardo Orrico. En ellos la frase bordea el lugar común para trascenderlo en la continuidad que tejen las palabras, con ruinas de un saber del ayer que se apaga, como si en esa débil llamita de contadores de mostrador se nos extinguieran rudimentos de memoria colectiva. Ella quedara sin perros lazarillos que la dirijan más allá de las fronteras de nuestra pobre provincia, hasta que llegue el tiempo en que otros pueblos, también vecinos, olviden que existimos en la historia celestial como un mito menor.

Esta es una declaración de la incapacidad. Lo que viene, a pesar de las muchas horas de trabajo invertido es el espectro de lo contado por Urrutia mientras la grasa goteaba sobre la brasa tornasol, yo expropiaba circunstancias de su Domingo para atribuirlas al mío que parecía revivir con sangre coagulada en otras heridas. Así como sonseando Daniel buscó en la memoria de vecinos, diarios locales de la época, confidencias de la vieja comisaría del lugar, conociéndolo un poco, en fija que agregó algo de su propia cosecha a la versión que trenzó bajo la enramada y yo sin decirle nada me quedé en el mostrador, interrumpida una sola vez para buscar otra botella de cerveza y que fue más o menos como sigue.

Lucero y emprendedor

Así como sonseando Daniel buscó en la memoria de vecinos, diarios locales de la época, confidencias de la vieja comisaría del lugar; conociéndolo un poco, en que agregó algo de su propia cosecha a la versión que trenzó bajo la enramada mientras yo sin decirle nada me quedé en el mostrador, interrumpida una sola vez para buscar otra botella de cerveza y que fue más o menos como sigue.

El episodio ocurrió en campos del departamento de Maldonado, más bien tirando para el lado de San Carlos allá por el año 1940, cuarenta y poco. Los más veteranos una vez consultados, ubicaban con relativa fidelidad los hechos, relacionaban el supuesto crimen impune con el comienzo de la segunda guerra mundial. Lo que no debería hacerse en este caso, es confundir los almanaques; si el 40 fue el año de la técnica en su esplendor, películas de comedias musicales americanas y bombardeos en formación compacta cruzando el Canal de la Mancha, en algunas regiones de Maldonado, a pocos kilómetros tierra adentro de la costa, la gente estaba convencida de vivir como si el mundo se hubiera detenido cincuenta años atrás. No se trataba del complot colectivo ni la resistencia lúcida al progreso que, cuando debió llegar, lo hizo llevándose por delante los últimos bastiones de la tradición, sino del desapego a lo sucedido detrás del horizonte abarcando la mirada al amanecer, conciencias impregnadas con la concepción cíclica de la vida tomando la apariencia del retroceso, la quebradiza textura de lo anacrónico.

Era un recitado cuyo principio pudo haberlo contado Javier de Viana, si bien al final haría falta tajar fuerte el cuero duro de relatos lineales, es crónica de envidia y desafío, del odio de dos hombres que agotaron sus vidas compitiendo en todo: extensión de los campos declarados y divisa política, cantidad de cabezas de ganado y orígenes umbrosos de la familia. Los rivales eran nietos de portugués y asturiano, hijos de madres criollas y nacidos ambos en 1890; los padres murieron en circunstancias confusas en las últimas patriadas de comienzo de siglo, en ambos casos las familias hablaron de traición y emboscada, muerte por la espalda y delación. La cuestión nunca se dilucidó, tampoco había un marcado interés y los muchachos heredaron la tradición de odio imborrable; tanto orgullo como crecimiento económico no hacían sino incentivar el rencor, cuyas causas de multiplicaban mes a mes. El encono alcanzó tales proporciones, que sólo la irreversible desaparición del otro podía apaciguarlo y nada más que un inconcebible odio superior podría acercarlos.

Cuando comienza la historia del desvío el país gozaba de una relativa estabilidad, con unos años menos en el cuerpo ellos se hubieran declarado la guerra, igual que señores feudales del medioevo japonés, hasta lograr el exterminio del enemigo, incitado con blasones regionales del exilio de ancestros preservados en arcones familiares. Las noticias que llegaban del mundo civilizado, la conciencia de estar en frecuencia con lo sucedido en el exterior volvía ridículas las devastadoras intenciones señaladas, fue así que trocaron los bárbaros embates de depredación por toda forma de apuesta. Los desafíos azarosos y periódicos se iniciaron cuando se agotaba la cuarta década del siglo, ellos nada despreciaban para incentivar el juego; aprovechaban la pobreza errante de los circos, luchadores ambulantes venidos de lejos, animales fantásticos amaestrados, faquires quiromantes y hasta carretas hediondas de putas recalcitrantes. No se tiraba una taba en el pago sin que allí hubiera una apuesta de los hombres, en los más inocentes juegos de cartas entre ancianos, los jugadores sabían que eran instrumento de los hombres ausentes. A pesar de extravagancias y lo elevado de las apuestas la rutina terminó por absorberlos; pasaron diez años en el absurdo desgaste hasta el día que se supieron viejos, advirtiendo que vivieron el odio de manera ridícula y su encono combativo se había añadido a las costumbres del pago, como las fiestas patrias y la esquila, con indiferencia de calendario, y temían que sus apuestas hasta fueran publicitadas en el almanaque del Banco de Seguros, junto al festejo de San Pancracio, los días de granizo, el temporal breve de Santa Rosa.

El encuentro del año cuarenta resultó decisivo no tanto por la obtusa voluntad de los hacendados sino por la tragedia que desataron los hechos menores; se dice en las versiones rescatadas que al final de una mañana sofocante, llegando el mediodía los hombres coincidieron en la sucursal del Banco Comercial que había por aquellos tiempos en Maldonado. Se miraron con rencor renovado sin importarles la plata depositada ni el brillo que desprendían las monedas de oro de los cintos; cuentan que enterados de la llegada masiva de brasileros a la zona, argentinos afiebrados que compraban uno detrás de otro los terrenos arenosos de la costa, sabían que iban para reliquias falsas de una época muerta. Se vieron ridículos bajando de caballos relucientes vestidos de gaucho endomingado, en años donde esas indumentarias eran reservadas para disfraces de carnaval. El mundo que alimentó su odio marchaba al ocaso, ellos y su rencor estaban muertos, eran viejos para concebir un duelo a cuchillo a la luz de la luna al descampado, anacrónico hubiera sido la palabra adecuada. Como si el ridículo disipara el deseo de aniquilación, decidieron jugarse casi todo –ridículo incluido- a una carrera de caballos en campos conocidos; jugarse el caballo corredor y una aguada natural inagotable litigada, médanos costeros codiciados por porteños visionarios, otras tonterías como objetos que acaso admitían el honor del otro, una suma de dinero suficiente para vivir once años en Roma sin apremios y la hija del puestero de uno de los terrenos disputados: disponibilidad de hacienda y ganas de apostar fuerte, afán que la historia del rencor concluyera, aunque supieran antes de la largada que el perdedor exigiría la revancha apenas traspasada la meta.

Cada hombre preparó durante siete semanas su mejor caballo dentro de la tropilla y designó entre la numerosa peonada el mejor jinete. Un capataz de los Lobato, el único ser humano en quien ambos tenían una relativa confianza, fue elegido para diseñar el trazado de la carrera y ser juez inapelable por si había dudas. Don Enrique Delmiro Reyes Agustini presentó para el día fijado a Lucero, pingo nervioso venido de los campos de Rio grande do Sud, con la monta de Sosita. Don Horacio Federico Quiroga Ferrando se decidió por Emprendedor, hijo de pura sangre propiedad del exótico emir árabe de paso por las playas del este, que montaría un tal Domingo. Se sabía que el caballo de Reyes era por lejos el mejor y favorito, Quiroga confiaba en que Domingo descontara diferencias genéticas de la cabalgadura. Dicen que hubo mucho preparativo secreto y con el tiempo esos detalles se perdieron de las memorias que relevaron la historia.

Así comenzaba el sueño de Urrutia, un pañuelo de seda colorada que una mano áspera deja caer sobre el pasto crecido, gritos animosos y galope tendido de enormes caballos sobre los cuales los menudos jinetes son apéndices irreconocibles, prolongación arqueada en lomos de cojinillos apretados, formas humanoides fijadas al animal en estampida como sanguijuelas desproporcionadas. La carrera fue pensada para ser larga y que consumiera el tiempo necesario hasta que un ganador resultara claro. El hombre de Lobato, orgulloso y ladino, diseñó un recorrido que mezclaba dolor y apetencia, una ruta jalonada de codicia haciéndolos galopar entre los mejores terrenos de cada campo disputándose ahí mismo. En el sueño incandescente de Urrutia había montes, pendientes, cruces de cachimbas, arroyos cristalinos y sorpresa de las manadas de ganado marrón huyendo de apariciones lanzadas al disco del infierno. El sueño de Urrutia, la realidad distante, el relato, hicieron una carrera pareja para excitación de los patrones y que duró la breve duración de otro sueño. Fue claro que faltando menos de setecientos metros para la meta, Emprendedor tomó la delantera provocando con ello un cambio a la conformación de las imágenes; en la nueva perspectiva es el caballo la silueta disuelta, creciendo por el contrario los contornos del jinete que domina los primeros planos. Uno que escucha la voz de Daniel e imagina el desenlace, adivina que Domingo gana la carrera y antes que finalice el sueño se conoce que para él serán las felicitaciones. El muchacho triunfa de manera prodigiosa el mismo día que el pobre Sosita hizo la mejor galopada de su vida, al punto que no concita el rencor del patrón por haber llegado detrás.

Algo especial poseía a Domingo el día de la carrera, la inocultable alegría del iluminado, una exaltación de como si corriera con maleficio en la cabeza, embriagado por el honor de divinidades vengativas saludando su pasajera gloria, mientras se sucede el último día que lo vería con vida. Domingo no era nada, era nadie dentro de la gran contienda: alpargatas deshechas, gorra rotosa, cuerpo pequeño de niño enfermo, hablar tartamudeando de cómico de la legua, mirada vivaracha en cambio de zorro salvaje cazador de gallinas y cabeza de angelote indeciso de retablo de la escuela italiana, manos de novio, la astucia de pasar inadvertido y más el día del triunfo. A pesar de la emoción supuesta en el episodio y la descarga de algo indefinido, Reyes y Quiroga desairando el orden de llegada, eran hombres decepcionados. Dos perdedores. «Nos estamos poniendo viejos» dijo uno de los dos y el otro permaneció callado. Al separarse quedaron en encontrarse esa noche en un bodegón recién abierto en la plaza de Maldonado, regenteado por un matrimonio de franceses y liquidar en la ocasión las cuentas de los asuntos disputados. La cita fue fijada a las diecinueve horas y sin haberlo concertado ambos llegaron a las siete en punto de la tarde, vestidos de solemne traje oscuro y corbata de seda.

Desde la tarde esa las ropas de gaucho fantasiosas eran para trabajar en los campos y uniforme de los pobres; estaban incómodos con las nuevas indumentarias planchada para la ocasión, aceptándolas como señal irreversible de que ellos y su odio marchaban al olvido. El malestar se renovó al elegir los platos con nombres rebuscados a pesar de explicaciones detalladas del francés; en eso también debían cambiar como con tractores, tratamientos veterinarios y administración contable, de lo contrario serían devorados por la voracidad rampante de advenedizos llegando a la zona de San Carlos en oleadas indómitas. No obstante cierta similitud de situación, el empaque de los hombres durante la cena era diferente. Reyes llegó al restaurante dispuesto a pagar y escondiendo en la manga una carta sorpresa destinada a Quiroga, que en algo podría reconfortarlo de la derrota sufrida hace unas horas y comenzar la trama de la revancha, iniciada cuando fue claro que su caballo era aventajado sin remisión. Reyes se guardó un gambito, estocada secreta para el final de la cena; este último detalle se lo contaron a Urrutia y aquí los hechos se tornan dudosos al perder la consistencia del sueño. Se conoce la verdad de las consecuencias, el tránsito del sueño de Urrutia a la certeza del crimen se sostiene en un puente inestable e inexistente que debe cruzarse con sumo cuidado.

Sucedió que aquella tarde se habló mucho de Domingo entre la peonada, por más que se guardó el secreto de la apuesta la bulla supo llegar hasta los arrabales de San Carlos y más allá. Reyes se emborrachaba encerrado en su casona, acumulando falsa dignidad para afrontar el encuentro pactado con Quiroga, cuando la comadre Susana, mujer del infeliz puestero del campo apostado le pidió a una de las sirvientas hablar con el patrón. En otras circunstancias Delmiro la hubiera mandado a paseo, ordenado a las empleadas que se encargaran de la mujer y se dejaran de joder. La desgracia, que cayó sobre sus dominios al galope le despertó una intuitiva curiosidad; la mujer no podía saber que en la carrera de hacía unas horas se apostó la piel de Susanita como si fueran cueros viejos. Para desmentir cualquier descrédito público, divertirse por adelantado y hacer más incisiva la derrota aceptó recibirla en el patio; salió encandilado por la resolana y saturado de aguardiente como estaba se despatarró en un perezoso. Reyes tenía con los subordinados una relación más cordial que Quiroga, tacto y delicadeza hacia el vasallaje que se sentía protegido. La sorpresa fue de otra naturaleza y logró sustraerlo de la borrachera rencorosa, supo que Domingo, hacía de ello un buen tiempito, había ganado otra galopada discreta montando el cuerpito chúcaro de Susanita. La madre de la criatura apostada, entre lágrimas dudosas le contó a uno de los patrones la vergüenza oculta de la familia a él, hombre comprensivo. Luego –era lo gracioso de la situación- enterada de la carrera, dolida hasta el alma por el adverso resultado a los intereses de la casa, sabiendo que el galancito comenzaba a tener fama, le pedía a don Delmiro si podía hablar, cuando lo creyera conveniente con el otro y arreglar cristianamente la situación de los gurises desvergonzados pues ella, mujer y madre al fin, se veía crecer una panza de guacha arrastrada en cualquier momento y el raje inopinado del jinete.

Una vez repuesto de la sorpresa fustigada por la información, Reyes se rio con ganas, sin importarme el sentir de la mujer fastidiada y sabiendo que estaría amargado durante semanas. Luego de conocer la más carnavalera de las noticias volvió a ser el consejero solícito, compadre complaciente, conciliador y fuente magnánima de consejos buscando alejar toda preocupación. Minimizando el problema de la angustiada puestera y haciendo que la situación fuera aceptada como lo que era, una travesura de chiquilines en la primavera de la vida.

-Tal como se lo cuento don Horacio, qué embromar con las cosas, dijo Reyes comprensivo y sobrador hasta la chacota cuando terminó de mentar el episodio vespertino en tonalidades sombrías, destacando tintes miserables del cuadro, aumentando con placer aspectos abyectos, denigrando cuanto tenía de lindo el apareamiento de los adolescentes. Ya ve, no es mala voluntad… aquí adentro de la carpeta de cuero está lo que debo pagar por lo de hoy, algunos papeles tienen la tinta fresca del escribano Amonte, pero Susanita escapó a mis posibilidades… voló como golondrina de septiembre. Qué curioso Quiroga, el mismo cuerpito de machito joven que le hizo ganar todo esto –y deslizó sobre el mantel la carpeta de cuero- le quita de la boca el fruto más codiciado para hombres como nosotros. ¿Vio que linda venía la chinita en los últimos tiempos? Se le notaban las tetitas duras; quién iba a suponer que tanto empuje, además de la naturaleza, era obra de Domingo, que resultó taimado y ligerito. Justo a usted, que hace unas horas lo abrazaba como si fuera un hijo…

Más que lo dicho, fue la manera como Reyes presentó los hechos lo que deformó la visión de lo sucedido en la mente de Quiroga. La alegría campechana del ganador cambió de vereda haciéndose miel de rencor, cruce de sentimientos encontrados. La densa documentación sobre la mesa y atestando su condición de ganador absoluto la consideró letra muerta, quiso disimular sin admitir el nuevo odio royéndole el corazón, restarle importancia a lo escuchando del derrotado instigador, decirse que el episodio era una minucia en el orden del universo, carente de relevancia e interés. En lo profundo se reconocía un hombre engañado, traicionado a los ojos de todo por un complot de infelices.

La acción de Domingo fue un atrevimiento, afrenta rústica de códigos nunca escritos de improbables medioevos orientales. Quiroga no alegó ni una palabra a la relación de Reyes, limitándose a sonreír como apostador en apuros al que le llega el naipe esperando; sorprendido por la indiferencia de Quiroga, Reyes creyó que poco apreciaba la honra hurtada de Susanita. ¿Tenía ante sí un hombre viejo hastiado de desafiar, cansado de ponerse a prueba y ello a pesar que, con el reloj suizo de oro llevado en la muñeca, podía comprarse todas las putas deambulando en la frontera desde el Chuy a Yaguarón? Pagaron la cuenta a escote evitando ofensas a la caballerosidad sensible en esas horas, la conversación derivó a temas banales de la explotación agropecuaria, la conciencia que desde hacía años y de manera creciente las condiciones comerciales las fijaran los otros.

El restaurante de los franceses daba sobre la plaza principal de Maldonado, la noche era calma y clara, un agobio de temporal humedecía el aire. Había gente silenciosa rondando las esquinas, se oyó el inconfundible ritmo sincopado de dos caballos pasando a tranco lento por adoquines transversales de las inmediaciones. Sobre la torre de la iglesia colonial había una luna exagerada que sería llena en tres días, nada del paisaje pueblerino noctámbulo guardaba memoria de la competición del día. La noche total volvió a la carrera un recuerdo insustancial del universo, como el perfume de un ramillete de jazmines blanquísimos en un jarrón con agua la víspera de Masoller, mayólicas de zaguán montevideano del barrio de la Unión durante la Guerra Grande.

Los dos hombres se despidieron en esa atmósfera y cada cual tomó para un rumbo distinto, con ganas de distanciarse del encuentro desagradable impuesto por el protocolo. Habían caminado siete metros apenas en dirección contraria cuando Quiroga se detuvo, enfrentado a una tapia altísima, volviéndose igual que si hubiera alcanzado los diez pasos prescritos por el duelo a pistola, dándose vuelta dispuesto a matar al adversario mirándolo a los ojos.

– ¡Reyes! dijo fuerte sin llegar al grito; en el silencio de la bóveda Oriental el apellido ese llegó pleno a la nuca del interpelado, que se paró obediente, intuyendo en el llamado un tonto intermedio entre súplica y orden. En cuanto al pedido de su comadre Susana –siguió hablando Quiroga sin volverse del todo- lamento defraudar las esperanzas de tan digna señora, el asunto del que habló está difunto.

Luego, disipando las dudas, indiferente a que los pocos caminantes pudieran escucharlo, agregó:

-Domingo es hombre muerto.

Sin esperar respuesta del vencido Quiroga retomó la huella, su andar se hizo pesado por el cadáver que venía de echarse a las espaldas cansadas y siguió un sendero marcado a sangre y fuego. Reyes ni habló, quedó triste por la clase de dolor que venía de infligir al eterno oponente, algo sobrevoló el odio de añares entre los hombres, esa compleja solidaridad de poderosos señores, complicidad de estancieros prepotentes; entendió que si los dados hubieran caído del otro lado, porque la diferencia eran los pocos metros que separaron dos caballos, él hubiera reaccionado igual. Desde el alma aceptó la confianza entre pares que Quiroga decidió contándole sus planes siniestros, declarados sin la excusa de la borrachera, con la calma de quien se observa después del hecho consumado, como si se tratara de levantar alambrar un terreno rocoso, supo que estaría dispuesto a defenderlo y mintiendo si hiciera falta, sobornando, amenazando. Si la autoridad competente le tomara declaraciones uno de estos días, él negaría haber oído las palabras definitivas de Quiroga.

Se cuenta que Quiroga no regresó de inmediato a la estancia, luego del aviso a Reyes se disolvió desde la plaza central de Maldonado hasta el último boliche de los arrabales fernandinos, bordeando canaletas pestilentes al comenzar el descampado. Durante el trayecto desusado bebió para emborracharse, en cada mostrador al despedirse anunciaba la muerte de Domingo, bando fúnebre que la gente tomó a broma creyéndolo parte del festejo. A mitad de la noche le llegó a Quiroga una crecida de arrepentimiento, se dijo que la historia de las horas recientes era una tontería… tenía en su poder el cartapacio reventón de documentos autentificados, eran maniobras rencorosas del rival envenenado y que luego de dormir la mona hasta tarde todo estaría olvidado. Domingo era un buen muchacho, lo conocía desde gurí y le hizo ganar una fortuna a su enemigo de siempre, también se e dijo que era tarde para retroceder: él dio su palabra de Quiroga. Reyes lo oyó, putas y peones, cantores de mala muerte, borrachos y maricones con labios pintados, milicos cuarteleros, capataces analfabetos, perros curtidos de cicatrices y la luna anaranjada supieron de su bravata.

Su vida estaba del otro lado; él era un criminal y Domingo un muerto, una vez dictada la sentencia y dada la palabra no había marcha atrás. Se emborrachó para incrementar el odio, madurar el castigo ejemplar y demostrar al mundo y la historia que con Federico Quiroga no se juega, afinar con alcohol el espesor de la crueldad y darle al mocoso atrevido algunas de las muertes terribles que imaginó para Reyes. Hacer un acto inconcebible por cajetillas que construían chalecitos paquetes con techos a dos aguas de tejas coloradas, un gesto para retroceder al tiempo riguroso de su padre, cuando degollar un cristiano daba menos remordimiento que sacrificar el caballo quebrado en un hormiguero.

Así fue que después de los sucedidos, quienes escucharon la cascada de amenazas proferidas en la recorrida le hicieron vivir a Domingo varias muertes; a cada cual más terrible, truculenta por probable, como si hubieran existido varios Domingo hermanados por la sangre que murieron sufriendo en la misma noche a causa del único himen y un vago honor incomprensible. El crimen estaba destinado a saltarse el tiempo y necesitaba ser muchos para mantener latiendo en la memoria el único Domingo que existió. Se cuenta que la misma noche que Quiroga regresó borracho a la estancia, con la ayuda del capataz que daría la vida por el patrón concretó el acto criminal que creía justicia; dicen que dicen que estaqueó al muchacho en un galpón alejado del casco principal y con un hierro de estancia al rojo blanco le marcó todo el cuerpo hasta transformarlo en una masa repugnante de carne chamuscada. Fue capado en frío con tijeras de esquilar y le tiraron los huevos al chiquero; hizo del muchacho un matambre monstruoso con alambre de púas y luego de embadurnarlo en miel salvaje lo metieron vivo en un hervidero de hormigas carniceras. Lo despellejó como si fuera chancho muerto, lo hirvió en aceite como a gallina bataraza, lo enculó con estaca de titiribí, lo colgó de un gancho como se hace con los cuartos delanteros de res en los mataderos, le inyectó fosfato en el corazón hasta reventar y le metió una rata furiosa en los chinchulines salidos, lo asfixió entre cueros podridos de ovejas. Dicen que primero lo dejó tarado a talerazos y luego lo encerró en un establo, roció a Emprendedor de nafta, le prendió fuego y el caballo vencedor, desaforada apariencia del infierno del odio, liquidó al muchacho a coses y mordiscos antes de que el capataz, contrariando por única vez a Quiroga lo matara de un balazo certero, gesto que le costó un costurón en la cara. Otras cosas dicen los paisanos, que juran ver ciertas noches el caballo de fuego montado por un jinete cubierto de costras pútridas, galopar alucinado repitiendo el trazado de aquel desafío de los hacendados. Fuera cual fuera la muerte de Domingo, hubiera pasado lo que hubiera pasado en la noche de autos, a la otra mañana Domingo desapareció y nadie preguntó por la tierra removida en medio del triángulo que formaban tres higueras, plantadas por el primer Quiroga. Nadie se atrevió a preguntar por Domingo, todos sabían de la muerte ignorando la causa secreta, murmuraban que se marchó a tierras de Paysandú donde un compadre le prometió un destino plateado como jockey, con la oportunidad de remontar la temporada del litoral argentino, donde se apostaba fuerte y era bienvenido un jinete con las habilidades y mañas del Oriental.

La vida de Quiroga cambió desde aquella terrible noche, el hombre se concentró en hacer producir sus campos hasta la extenuación. No se le veía el pelo y la región sentía la fuerza del espíritu obcecado combatiendo contra el pasado, sin alardear hizo de la estancia establecimiento modelo que resultó una mina de oro. Todo negocio le salía bien a Quiroga y la nueva fortuna superaba con creces lo recibido en herencia años atrás; parecía que la carrera que ya era inventada, le cedió el golpe de suerte suficiente para distanciarse de otros hacendados del departamento fernandino y su rivalidad con Reyes pasó al archivo del olvido. Cosa extraña: nunca compró ni media hectárea en Maldonado; con lo ganado orientó las inversiones al centro del país, de la otra orilla del río Negro, pensando quizá que el cauce de agua que parte en dos a la Banda Oriental, como el río de la muerte, haría idéntico prodigio con su vida. Lejos del barullo contrajo matrimonio en la intimidad, se instaló con su mujer en tierras de Tacuarembó y en el sur quedó a cargo el hombre de la cicatriz, cebando la fidelidad que otorgan crímenes compartidos.

Poco se supo de Quiroga por más de veinte años, veinte años… a veces surgía como un aparecido por las calles de San Carlos. Hay gente que asegura haberlo visto y está dispuesta a jurarlo, de lejos les pareció que era él optando por llegar al terruño original después del anochecer; y cuando en el horizonte clareaba la mañana el hombre ganaba el límite norte del departamento, desapareciendo tan especto como llegó por otra indefinida temporada.

-Historia curiosa, dije cuando me servía el resto final de la segunda botella de cerveza.

Pagando la vuelta

-Historia curiosa, dije cuando me servía el resto final de la segunda botella de cerveza.

– ¿Historia curiosa? Vamos compañero, sea menos amarrete en sus apreciaciones… es un cuento increíble, replicó Urrutia con entusiasmo desbordante, seguro de obsequiarme un argumento original, justificado el esfuerzo por la búsqueda y encuentro que pudo doblegar al azar.

-Mucha sangre, demasiado sentido del honor campesino y caranchos insaciables para mi gusto. No sabría qué hacer con tanta pasión de terruño retorcido y acumulada; seguro que en la literatura telúrica hay cientos de historias parecidas, pulps fictions con gauchos y cuchillos afilados resueltas con más o menos destreza, menos o mayor olvido. El tema del odio entre dos hombres, pues de eso se trata si entendí bien, se viene contando desde los griegos y el derecho de pernada tiene un toque más bien medieval.

Daniel quedó decepcionado por esa falta aparente de interés, de cierta manera era aseveración mi indiferencia ocultando una velada envidia; esa precisa historia escuchada le venía como anillo al dedo a otro Domingo mío, personaje espectral con nombre y sin argumento. El asado a todo esto estaba pronto, cuando Mariela nos invitó a pasar a la mesa la intriga de Quiroga quedó colgada en una estantería inaccesible de la memoria. Estando la familia reunida hubiera sido de mala educación que el mudo y yo hubiéramos insistido con el asunto, floreciente de escabrosos detalles e impropios para oídos infantiles, pero tanto él como yo quedamos con las banderillas clavadas en el lomo.

Para Urrutia la cosa terminaba en la noche de los crímenes o degüello del centauro y en la conversión con penitencia de un hombre habituado a llevarse el mundo por delante. Fui yo que quebré el sentido de la hospitalidad, quien menos resistió; zafándome de las buenas costumbres hablé en cuanto apareció sobre el mantel el flan con dulce de leche. Las niñas estaban jugando por ahí y Mariela parecía resignada al giro de la conversación.

– ¿Ahí quedó la cosa?

A ello veníamos conversando del proyecto de abrir un restaurante en Punta del Este. Urrutia adivinó mi jugada desde el pique, supo que yo cortaba insistente por la antigua huella.

-Quedó prendido el hombre…

-Digamos que intrigado.

-Mire que esto no es mío, usted puede hacer lo que quiera con la historia.

-Le dije que no es mi cuerda, pero tampoco tiene derecho a jugar con el suspenso de la gente. ¿Saltó algo, se confirmó el crimen del jinete, no sería todo un bolazo?

-Nada especial, el asunto quedó tapado y terminó con dos episodios aislados, definitivos.

El primero fue la muerte de Quiroga también de noche y en medio del gran río; fue uno de los pasajeros desaparecidos del barco Ciudad de Asunción, que marchó a pique a eso de las cuatro menos cuarto de la madrugada el 11 de julio de 1963, mientras cruzaba el Río de la Plata haciendo la travesía de Montevideo a Buenos Aires. El episodio fue extraño y misterioso, el Ciudad de Asunción chocó en el Canal del Indio con el casco hundido de un barco griego para legitimar la tragedia. Luego de la persecución y destrucción del Graff Spee a la salida de la bahía montevideana, lo sucedido al Ciudad de Asunción fue el mayor desastre civil ocurrido en el río. Ninguno de los interrogados sabía qué hacía Quiroga a bordo del vapor de la carrera y viajando solo rumbo a Buenos Aires, él que se enorgullecía de no haberla pisado nunca, casi intuyendo que allá estaba su perdición. La «lamentada desaparición del importante hacendado» apareció publicada en un pequeño recuadro en la prensa local de aquel entonces.

Urrutia se preguntó qué habrá pensado Quiroga cuando el barco se estremeció con el golpe: si estaba entre los desesperados que buscaron salvarse de la muerte a como diera lugar o permaneció calmo en medio del loquero creciente, sabiendo que disponía finalmente de agua suficiente para apagar las llamaradas de Emprendedor; aliviar el cuerpo chamuscado hasta los huesos de Domingo, que le abrazaba la mente hacía más de veinte años. Su cuerpo tampoco estaba entre los cadáveres rescatados; un sobreviviente recordó al hombre quieto que en pleno griterío guardó una calma que daba miedo; era el mismo que quedó despierto desde que zarparon bebiendo en el bar con las coperas de a bordo, insomnes ojerosos, quienes no podían pagar un camarote con cucheta, los que jugaban solitarios con baraja española o el hipnotizante tintineo del cubilete con cinco dados saltando adentro. Este aspecto de la versión era cinematográfico, Quiroga marchó como cualquiera en un naufragio, rabioso por ser protagonista de un accidente estúpido, preguntando por qué él y esa noche precisa. Rabioso por la imbecilidad de morir ahogado siendo dueño de un mar de tierra; murió como un bicho, igual que rata manoteando por alcanzar un salvavidas, una chalana sobrecargada, un pedazo de algo y equivocado. Su manera esperpéntica de morir era un insignificante episodio que él creyó un acto de justicia, último pago por el abominable crimen de Domingo.

-La segunda es la liquidación del campo. Diez años después de morir Quiroga, la viuda pasó siete días en San Carlos con el único objetivo de vender. No a un comprador único sino a varios; fraccionó sin criterio el campo principal y liquidó a precios irrisorios propios de una alienada. Nadie reclamó, cualquiera podía resultar beneficiado por esa forma anómala de rematar el pasado. Los cuervos se multiplicaron al olor del negocio podrido, el legendario campo de Quiroga evocando fortalezas inexpugnables, explotó en decenas de escrituras, alambradas electrificadas, galpones nuevos y tropillas misioneras; como si la frenética aceleración de la producción artificial pudiera tapar una memoria única, que al parecer quedó ahí mismo enterrada. En otros tiempos la actitud de la viuda hubiera sido recibido como un episodio misterioso, siguió Urrutia. En pleno golpe militar, tanto movimiento notarial tenía la apariencia de expropiación por decreto, negociado del capanga de turno, de la misma manera como robaban electrodomésticos, dinero escondido en roperos y se vendían hijos paridos por las presas. Hubo gente que en voz baja relacionó esa alucinada reforma agraria con el triste episodio de la estancia Espartaco, que estaba por aquí cerca.

-Hoy pasé delante de la tranquera, dije. El nombre se mantiene, fue raro comprobarlo… tenía algo de persistencia y broma macabra.

-De ahí en más le pierdo la pista al asunto. Cuando me enteré de esta información de golpe dejé de soñar con la carrera.

– ¿Y Reyes?

-Si quiere podemos ir a verlo. Está viejo y achacoso, las sirvientas dicen que vive entre la mugre como un bicho y se acuerda de todo. Es bien cerca de la chacra de mi hermano.

– ¿El Víctor volvió a los pagos?

-En efecto.

-Lo dejamos para otro día.

-Como guste.

La idea de encontrar a Reyes, que andaría por los ciento cuatro años era tentadora. En menos de tres horas debería subir al ómnibus que me devolvería a Montevideo, ese viernes de julio recuerdo que el atardecer carolino fue espléndido, avanzando temprano para mi gusto una primavera pujante, como si la evocación de otros tiempos hubiera alterado la profundidad del cielo. Al final de la tarde y por bondades secundarias de la cerveza tenía una somnolencia avanzada.

En la capital me esperaba una huelga de transportes públicos, tendría problemas para volver a casa, era viernes y deseaba dormir de un tirón hasta el otro mediodía. Con Urrutia caminamos mientras oscurecía hasta la plaza donde están las terminales de autobuses, en el trayecto pasé siete minutos por la casa de los padres de Daniel, donde era yo la aparición viniendo del pasado; otra vez se repitió la falta de tiempo y el consuelo de un asado prometido para la próxima visita a San Carlos. Daniel y yo llegamos a la plaza con unos minutos de avance, nos sentamos en un banco para intercambiar las últimas consignas, evaluar las casualidades que permitieron que ocurriera el encuentro epilogando.

En ambos sentidos resultó ser un sueño el movimiento primero, el nombre de Domingo estaba escrito al frente y al revés de la trama. La próxima vez que encuentre a Urrutia le contaré cómo finalizó el asunto de mi lado y alcancé la incertidumbre de mensajes ficticios sin futuro.

Al bajar del ómnibus en Avenida Italia y Comercio ya entrada la noche, el milagro de San Carlos quedó atrás, formaba parte del pasado. Al poner pie en Montevideo luego de la visita desconocía las derivaciones inconclusas que me aguardaban; si sólo hubiera existido lo escuchado aquella tarde no habría tenido el coraje de intentar narrar lo incomunicable. Lo hago por lo ocurrido meses después.

La noche previa a embarcarme hacia París, siete días más tarde del regreso a San Carlos pasando por Pan de Azúcar, llamé a Urrutia para despedirme. Algo de emoción pasó en la comunicación, los intercambios de siempre, la intuición de situaciones destinadas a permanecer inconclusas. De pronto me sobrevino una inquietud inexplicable.

– ¿Y el perro?

-Cállese, al otro día de su visita nos pasó algo desagradable con el pobre animal.

– ¿Pero qué pasó? le pregunté cuando terminó la mala impresión, intuyendo conocer la respuesta.

-Mire, déjelo ahí. En la próxima, si hay otra, le cuento.

Era inútil insistir, acepté que nos despediríamos con la sombra de una desagradable coincidencia que debería ignorar. Había el encuentro con Urrutia y el perro formando parte del encuentro abarcándolo todo, la presencia del cuento de Domingo impuesto de manera brutal en nuestra conversación; proveniente de una voluntad intangible, fuerza deslizándose ciega de mi ignorancia a la revelación, de la nada a inundar el diálogo de viejos conocidos, de una tapadera de la noche que medio siglo atrás fue boceto de escritura hasta darle sentido a las coincidencias. Con la sensación simultánea de abismo y puente levadizo, mecanismo que insistía en tenderse entre un nombre garabateado al azar en un café parisino y la historia prestada por Urrutia, terminaba una cierta idea de escritura sin continuidad ni futuro de lectura.

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Sr. Delmiro Reyes.

De mi mayor consideración:

Usted sabe quién soy. Nuestro fiel capataz, el individuo que me puso al corriente de pormenores pasados que vinculan de manera desagradable nuestras vidas, me informó además que vive todavía. Fui depositaria de una confesión de vejez, verdad tardía relacionada con mi marido y no quise morirme, irme de esta tierra sin enterarlo de episodios que doy por descontado que ignora; lo hago sabiendo que no es la persona adecuada para depositar confianza y menos en lo atinente a sentimientos profundos. Tengo la secreta esperanza de envenenarle sus entrañas podridas y sesos parapléjicos en los últimos meses de vida, rezo que sean semanas, imploro para que sean apenas pocos días. ¿Me asiste algún derecho luego del tiempo transcurrido, acaso mi condición de mujer me autoriza a semejante gesto? Digo que sí en nombre de mi despreciable marido que fue toda la vida un canalla, afirmo que claro reivindicando un derecho solamente mío.

Desde que tiene uso de razón y memoria usted codicia –¿es el verbo justo, el sentido adecuado? – los campos que fueron de mi difunto esposo. Sé que a mi llegada tan mentada a San Carlos, desde tiempo atrás una oferta suya me esperaba triplicando el valor real de los terrenos. Fue la propuesta orgullosa y disparatada, ofensiva considerando los términos de transacciones habituales, que me impulsó a tomar las decisiones pertinentes y asumidas por mí sin el mínimo pesar. La primera fue desmembrar como carcasa de gallina hervida las tierras de Quiroga, la segunda regalarlas casi a inescrupulosos oportunistas con el propósito de multiplicarle a usted los enemigos, instalarle en la puerta de su casa el furor de la guerra, azuzarle la codicia de hombres jóvenes cuando despuntaba la decadencia de su ancianidad.

Tiene razón en lo que supone: quiero borrar de la faz de la tierra el recuerdo de Quiroga y que sólo quede un montón de estiércol, algo para pudrirse en nuestras dos cabezas. Hace días me diagnosticaron una enfermedad incurable que lleva a la locura como preludio de una muerte desagradable y dolorosa, por ello me apresuro a escribirle antes de que salga el sol, la luz diurna que tanto me fatiga. Llámese dichoso señor Reyes, será el heredero universal de otros dominios menos extensos que los campos deseados, nauseabundos y profundos como pozo negro de cuartel, una tumba sin nombre.

Lleva de nuevo verdad en lo que está intuyendo. Jamás pensé en usted, nunca concebí dirigirle la palabra; estaba convencida, por razones que Quiroga barruntó durante años, que en buena medida usted fue responsable de nuestra desgracia, desde jovencita lo aborrecí sin tregua en una magnitud que no podrá concebir. Se lo aseguro. ¿Y a qué pues este arrebato? ¿A cuenta de qué este gesto final de escritura en mi último pasaje por San Carlos, el agónico recurso de la escritura aprendida después de desposada? No siendo usted lo que puede decirse un lector de calidad poco importan tales cuestionamientos, que no quede aquí lugar ni para un sentimiento cercano a la indulgencia, todo será escrito mientras duren las sombras de encausto hecho con bilis y la pluma empapada de tinteros desbordantes de odio. Lo que son las vueltas de la vida, Reyes… los juegos con el tiempo debería conocerlos mejor que yo y me consta la densidad de su larga baquía, conocer la verdad a un paso de la muerte es experiencia desaconsejable que sólo se desea al peor enemigo. Es el caso Reyes. Me restan pocos meses para concluir y cancelar el calvario, largo y espinoso camino que comencé a andar antes de lo que usted supone y alcanzó la cumbre en circunstancias milagrosas.

¿Cuál será el instante para incorporarlo a usted Delmiro Reyes en el curso de mi vida? Le aseguro que lo medité largamente y luego de innumerables cavilaciones decidí que la muerte de Quiroga era el momento justo para hacerlo. Con la influencia social y política que usted ejerce en San Carlos, cacique de pacotilla, sabiendo que la muerte de Quiroga le dejaba el campo libre para ser amo absoluto, señor de Maldonado, aguardé de usted y en vano otra actitud digna. En su podrido egoísmo y la mezquina venganza de advenedizo, sólo consintió que se difundieran en la prensa local un par de líneas sobre el doloroso suceso. Estoy segura que a propósito mitigó las secuelas del naufragio en el Río de la Plata; recibí la prueba miserable de su satisfecho desdén en el grosero detalle de ver escrito al apellido de la familia con doble r y descarto una coincidencia, error de cagatinta de turno, que le habrá despertado una secreta alegría. Ya estoy en divagaciones de vieja chocha, lujo que me niego con firmeza en estos párrafos.

Aunque pueda resultar inverosímil la desaparición de Quiroga fue para mí un duro golpe y sin relación con el amor, más bien ligada a la gratitud; él me hizo reconocer el olor del odio y después de medio siglo, estando cerca de la muerte, es el único sentimiento con el que logro convivir y duermo cada noche que puede ser la última, reconociendo al amante fiel que nunca me abandonará. Más que un dolor, recibí la muerte de Quiroga como sorpresa y supe comportarme como debía hacerlo una mujer de mi condición en tamaña situación. No tuvimos hijos, el tiempo que me hubiera llevado educarlos lo utilicé en aplicarme al conocimiento de los negocios de Quiroga. Tampoco lo tome como declaración de arrogancia, cuando Quiroga murió su ausencia pasó inadvertida en la administración de la fortuna y la continuidad normal de las faenas productivas. La postergación de la debacle anunciada a la pobre viuda reafirmó, pasados pocos meses, mi prestigio secreto, la estima respetuosa allá en el norte del río Negro; los antiguos negocios de San Carlos, quedaron bajo control en las manos fieles de quien usted sabe. Era una viuda joven por aquel entonces; van para treinta años del naufragio y hasta parece mentira que mi cuerpo pudo tener alguna vez treinta y cinco años, que a esa edad pudiera ser responsable de asuntos reservados a ustedes los hombres. ¡Ah Reyes!, le aseguro sin falsos pudores que no faltó quien intentara arrimarse a mi duelo pero sin coraje suficiente, tampoco descarto en esos pretendientes de medio pelo ninguna de las intenciones que los llevaron a dar pasitos tibios, desde agrandar el tamaño de sus raquíticas parcelas, hasta suponer con cuatro cañas metidas en el cuerpo que me hacía falta una cama caliente; desde la curiosidad del macho carroñero hasta la pasión soterrada por mi carácter hombruno. Mi cuerpo y memoria estaban saturados lo suficiente como para hacerle un hueco por pequeño que fuera a otra persona, menos a un varón ambicioso. Fue lo que creí durante mucho tiempo.

Así pasaron diez años de mi vida parecidos a un único e interminable día plagado de rutina, habituada con resignación a la creciente soledad, negociando la vida para que nada lograra sorprenderme, quedándome en las casas porque nunca viví en otro lugar que no fuera en el medio del campo, resignada a nunca visitar Montevideo; resignada a que moriría sin haber caminado por la plaza Zabala, el mercado del puerto y las veredas del Templo Inglés. Un día tuve el presentimiento de algo estremecedor anterior a la muerte, cierta imperiosa necesidad de emprender un largo viaje a lugares desconocidos. Muy lejos Reyes. Presentía que aún en mi ignorancia podría dejarme llevar sin temores; un espíritu bondadoso me guiaría sin permitir que pudiera sucederme algo malo y se alivianaron los miedos.

¿Usted conoce la vieja Europa? Por extraño que parezca en aquellos aciagos días decidí viajar sola, quería estar sin nadie y una vez convencida de ello envié órdenes claras, precisas e indiscutibles al gestor de mis bienes en la capital. Por un par de meses, de hacerse cálculos adecuados podría ausentarme sin remordimientos. El secreto del viaje se guardó en la más absoluta intimidad, nadie estaba al corriente de mis intenciones, las personas cercanas de mi entorno quedaron convencidas que marchaba de recorrida por los campos del litoral. El equipaje aguardaba en el aeropuerto de Carrasco de acuerdo a mis indicaciones, yo misma manejé el auto desde la estancia hasta la terminal aérea, donde recuperé documentación y valijas prontas pues salí de casa con lo puesto. El joven asistente del gestor capitalino, sin hacer preguntas insolentes me acompañó en los trámites previos como sabiendo de mi inexperiencia en tales menesteres. En una ensoñación de siesta de verano bochornoso, pasé del casco de la estancia señorial al deslumbramiento fatuo y artificial de la primera clase de un enorme avión; tenía organizado en la cabeza cada minuto del itinerario y apenas el aparato despegó de suelo oriental, me desbordó una tristeza pesada que me acompañó durante semanas.

Una vez allá, nada de lo visto lograba sorprenderme ni hacerme feliz por la duración de una hora, sentía que en las ciudades que visitaba, los hoteles, restaurantes y museos me perseguía al mismo olor a establo vacío, el aroma a jabón de lavar ordinario. La certeza que tenía el corazón más muerto que la muerte supuesta en diez años de duelo; era un espectro de viuda paseando sin pasión por un mundo viejo, saturado de historias fastuosas que me eran por completo indiferentes. Si retengo ahora mi desprecio por usted, Reyes, para hacerle la relación del viaje a Europa es porque durante esos días sucedió algo milagroso. viví una ocasión inenarrable, visión que -ahora lo sé- me aguardaba a mí agazapada desde años atrás, y donde había trazas reconocibles de su alma putrefacta Reyes.

La visión se produjo cuando crucé la Toscana en la ciudad de Siena, en el teatro casual que forman los nueve sectores de la Piazza del Campo, el agua bendita para mí de la fuente Gaia, una tarde de verano, el 16 de agosto, cuando la ciudad, que es lo mismo que decir el mundo, estaba de fiesta. Esa mañana me desperté afiebrada, reponiéndome de un agosto húmedo en mi habitación del hotel Brunelleschi en Florencia. Por causa de la temperatura canicular, la penumbra del cuarto, los rayos de luz entrando desde afuera em destellos de anunciación en frescos renacentistas, quizá la suma de todo incluyendo mi fiebre, sentí el impulso de asistir a la fiesta del Palio anunciada con anticipación en la región. Una vivencia cierta, como si mi alma estuviera agotada de confrontarse con el testimonio de siglos sepultados que nunca me conducían más lejos de la indiferencia. Allá fui Reyes, dirección Siena dentro del auto alquilado que facilitó el gerente del hotel, un suizo encantador y verdadero sin falsedad consustancial como los nuestros.

¡Que multitud Reyes, cuánta locura de gentío llegaba conmigo hasta el casco viejo de la ciudad de Siena! Han pasado tantos años… hoy que escribo aguardando el final cierro los ojos y está en mis retinas el fuego aquel que arde. El dolor reanudado en cada párpado por colores terracota de casas con techos inclinados, un cielo infinito que hacía olvidar la idea de la noche, la ropa sin calendario de la muchedumbre, inmensos estandartes de seda, raso, terciopelo ámbar movidos con gracia angelical por el aire caliente que viene del Tirreno. A pie, progresando como podía llegué hasta los límites de la antigua ciudad y ya avanzados los preparativos, cuando ni en los balcones ni las calles, en las pasivas o zaguanes, ni en escalinatas de caracol cabía un alfiler. Estaba resignada a contentarme después de tanto esfuerzo apenas con el eco, oleaje de gritería, cuanto tímida e insegura di los primeros pasos como de muchacha poliomielítica con muletas nuevas.

Ahora que escribo en este tiempo que comanda la pluma, no podría explicarme el cómo y el por qué: a mi paso reverente la multitud abigarrada, celosa, combativa, hacía un hueco sólo para permitir mi avanza; como si mi cuerpo cansado llenara espacios entre la muchedumbre, gente que el paroxismo del frenesí ni advertía mi presencia pasando entre ellos, irritados, excitados como estaban, desconcertados por la levedad de mi fantasma aceptado por ancianas leyendas del lugar. Yo en tanto materia había dejado de existir; era mi espíritu intangible desplazándose sin resentir el ruido ensordecedor ni sentir en los brazos secuelas de los empellones. Era mi alma, estoy segura, la fuerza que avanzó sin obstáculos ni resistencia, atravesando el corazón último de Siena, avanzó sin tener neto el rumbo que llevaba, hasta un momento en que mis dedos tocaron las barreras indicando la línea de llegada de la carrera del Palio, saberme entre los elegidos que superaron el férreo cerco de las autoridades. Estaba ahí y mi alma lo supo en cuanto el cuerpo se detuvo.

Durante esos instantes comenzó la carrera mítica, alma y cuerpo reconciliados vieron pasar el ardor de caballos galopando. En un santiamén se cumplió la primera de las tres vueltas alucinada que exige la victoria, cuando tomé conciencia del ritmo galopante de los animales dentro de mi cabeza, la exaltada caballada venida de otro siglo se perdía igual a un recuerdo furtivo al extremo distante de una curva cerrada; entonces sucedió el milagro anunciado por el corazón. Primero un latido único, movimiento lento como si un ser muerto hace años regresara a la vida, luego el ritmo sostenido y constante dentro del pecho con la fuerza interior, capaz de empapar de dulce sudor mis tetas de vieja y adherir los pezones estriados al organdí celeste. Durante los segundos que los caballos desaparecieron de mi visita creía que se trataba del fin del mundo y esa era la revelación de mi Apocalipsis. Esa alegría inducida la disfrutaban quienes estaban de otro lado de la plaza de donde provenía la réplica de una gritería infernal y yo Reyes, como si fuera una asidua de la competencia, vieja conocedora del rito veraniego estiré el cuello, excitada igual que zaina alzada, lo suficiente para ver asomar los animales después de superado el largo e invisible trayecto opuesto.

Lo recuerdo como si fuera ahora, el primero de los pingos en asomar después de la ausencia fue un alazán bellísimo, ansioso y descontrolado creyó que la plaza era más negra que la muerte. Sin dominarse rodó como un animal sacrificado a los dioses tutelares de Siena la bella, lo hizo de manera litúrgica mientras las bestias que llegaban de atrás eran azuzadas por jinetes endemoniadas, buscando sacar partido de la catástrofe amontonada, del entrevero bestial y muchachos disputándose la primacía. Desde el lugar donde estaba, parecía que luego del incidente los caballos avanzaban a galope más lento, los había que se pegaban a topetazos contra las empalizadas dejando los jinetes por tierra, uno a uno los animales que continuaban en carrera se juntaron dejando en el olvido los cuerpos despenados, arañando ventajas con desesperación, tirándose al vacío del centro hacia la multitud, recostándose con riesgo a los muros de piedra, haciendo con los cascos sobre los adoquines un ruido trepidante imponiendo un temor ceremonial. Cuando los tuve galopando cerca del cuerpo, por detrás de los paños multicolores adornando la cabeza de los caballos escondiéndola, descubrí la sinrazón ardiendo en ojos desencajados que eran de otro mundo. Vinculé los tonos de las caperuzas de las cabalgaduras con estandartes multiformes agitándose en toda la ciudad, colores que identificaban los diez barrios de Siena sorteados para esa carrera; la misma que se disputa desde antes que nuestros ancestros pisaran territorio Oriental. ¡Ellos pasaron a tan pocos metros de donde yo estaba Reyes, llegaba tan compacto el grupo de competidores, era tan fascinante la masa de animales sudadas, que parecían venir huyendo y sin volverse de alguna afrentosa derrota en colinas toscanas! Fue cuando retrocedí medio paso asustada, invadida por la proximidad de los caballos, imaginé el dolor del tirón del freno en la boca, fustazos en la grupa, el olor penetrante del sudor espumoso en los ijares, la turbia conciencia emanando de potros entrechocándose, sabiendo que comenzaba la última vuelta de una carrera irrepetible sin cuartel. ¿Entiende Reyes? Por primera vez en años estaba implicada de corazón en algo, descubrí que seguía siendo mujer. Algo que sucedía en esa plaza irregular de la esencia del mundo hacía que me sintiera viva; mientras duró esa locura me olvidé de Quiroga, de Quiroga y usted, de los campos que secaron mi existencia. ¡Ah Reyes… qué horrible final de carrera y qué hermoso final! Salvo cierta vez en otra vida anterior nunca vi mayor furia por lograr la victoria.

En la última vuelta prevista se lanzaron jinetes despreciando la realidad de fiesta repetida que tiene la carrera de Siena, era su combate celestial olvidándose del universo. Igual que si Dios y el Cosmos resultante fueran excusas justificando esa carrera de caballos, única en la historia de la humanidad y última previa a una era de humillantes tinieblas. Golpes, caídas, empujones, desplazamientos criminales, galopes desbocados… de repente, entre tanta materia caótica, desde atrás de la plaza minuciosa, desde el fondo de una pesadilla y como hechizo milagroso, se desprendieron un jinete montado un leviatán iniciando un galope soberbio, incontenible y triunfal que culminó con la victoria delante de mis ojos. El griterío era ensordecedor, la tensión de los últimos días de la gente y mi fiebre florentina de horas anteriores estallaron al unísono. Esa noche el caballo elegido entraría con los enormes ojos bien abiertos a una basílica atiborrada de creyentes, golpearía sus cascos nerviosos sobre las losas grises de la nave central, agradeciendo a las alturas más allá de la constelación del Centauro el triunfo en la tierra.

Los estandartes derrotados en la carrera se plegaron -quise creer que con gracia y resignada discreción- dejando al aire sofocado de la plaza, el cielo espléndido de Siena a los colores ganadores ese año y ahí mismo rodeándome, comenzaron a llover desde los techos inclinados banderas ajedrezadas del contrade victorioso. Un enjambre de cuerpos se apiñó sobre los héroes del día y todo ocurría a mi alrededor, vi cómo bajaron al jinete del caballo y lo abrazaron parecido a un cristo adolescente. Un Gattamelata de hombros robustos lo puso a horcajadas sobre su espalda y en su complicado avance, creía que el guerrero me traía al muchacho en ofrenda. Era Domingo… lo vi con mis ojos incrédulos el tiempo suficiente para estar convencida y descartar el delirio; no se trataba de un lejano parecido ni estaba en ese minuto de la historia para tonterías. Lo extraordinario, era que el pobrecito muchacho tenía el mismo aspecto de ángel que cuando usted instigó a Quiroga para que lo matara, por la única razón de que me hizo mujer sin importarles si él me quería o yo lo amaba.

Es demasiado tarde Reyes, quiero evitarle pormenores que me pertenecen de otra carrera en la que mi cuerpo, la raja de mi cuerpo formaba parte de la apuesta. Siempre me pregunté qué hubiera sido de mi vida de haber ganado Lucero la carrera. ¡Oh mi querido, claro que lo sé! Usted hubiera hecho lo mismo y más… quizá luego de emborracharse y venirme a buscar como hizo Quiroga, quien le diga si no era pagando una vieja culpa, estoy segura que me hubiera vendido por dos cobres en quilombos de Rocha, traspasado a troperos riograndenses de paso a cambio de la doma de abajo de una tropilla revirada. Tal vez es concebir demasiada generosidad en su alma que se hubiera contentado matándonos a los dos; me interrogo si ahora que está por morir tendría el valor de decirme la verdad, ahora que podemos hablar con las cartas sobre la mesa como viejos conocidos que somos.

Le adelanté que evitaría detenerme en pormenores, alcanza con saber que aquella noche del festejo popular en Siena busqué al jinete como loca y alcancé a verlo una vez. Luego, como todo muchacho feliz por la efímera gloria se marchó a disfrutar a su placer y además ¿qué podría decirle una vieja extranjera ignorante del italiano, qué contarle al elegido, cómo preguntarle si recordaba nuestro pasado? Lo que le cuento sucedió al final de mi peregrinaje, ahora que aquello es lejano y trota hacia al olvido, le aseguro que lo vivido allí cambió mi espíritu por sacudimiento. También el resto de vida que tenía por delante. ¿Ello pudo serenarme la revuelta interior? No lo sé; le halló un sentido recóndito a mi vida vacía, imponiéndome con delicadeza una serie de tareas concretas en mi otoño. La necesidad de contar incitando la memoria, pues la historia que nos emparienta tampoco merece ser condenada al olvido, más tarde o más temprano terminará por reaparecer. Ignoraba que la historia elegiría la estampa del dulce muchachito que me dio a la vez una dicha brevísima y la interminable agonía; más soportable que la muerte que ustedes le destinaron y ello por hendir hasta que sangrara mi entrepierna, ustedes valerosos hombres de palabra, caballeros temidos de honor inmaculado. Sola y lejos creí perder la razón sin tener a nadie con quien conversar, excepto sombras difusas llegadas del pasado.

Esa noche fui a la misa de medianoche, aguardé que el enorme caballo avanzara por la nave central corcoveando nervioso hasta ganar el altar, como niñita huérfana del barrio ganador empujé a la gente hasta acariciar el cuello suave y tenso del animal asustado cuando terminó la bendición. El jinete que esperé ansiosa nunca llegó a la iglesia, creí entender que salió de viaje a tierras de Montepulciano, cumpliendo una promesa de enamorado. Abandoné la ciudad de madrugada en el mismo coche que aguardaba; defraudada por perder el rastro de Domingo, asintiendo mi humillación sensorial, la ausencia del segundo prodigio de Siena invocándome desde la sinrazón a viajar a la orilla opuesta, allá donde es vano aspirar al retorno.

¿Qué sentido tenía para mí regresar a tierras Orientales, a la contemplación de campos mojados por la escarcha después del sacudón que estremeció mi vida? Hubiera preferido morir ahí mismo de un sincope, terminar mi existencia requería un valor del que carezco y en mi delirio tampoco quería renunciar al reencuentro con Domingo, para hacerle la única pregunta: si tanto dolor y sufrimiento valieron la pena, si halló en nuestras tardes de amor en los galpones un rayo de felicidad que mitigara en parte la muerte que le dieron. Me interrogaba angustiada cómo era posible que una imagen anduviera así, errando en el purgatorio del tiempo. Quería preservar a Domingo y así como supe que él vino a presentarse ante mi engalanado desde la muerte, así temí que Quiroga volviera del limo putrefacto del Río de la Plata. Temí que lo hubieran rescatado semi ahogado unos pescadores y una mañana hallara sus ropas chorreando agua en la sala cuando regresara a casa, que llegase cualquier noche de invierno a meter su condenado espectro en mi cama exigiendo lo que Sosita no pudo ganar para usted.

Usted Reyes no necesita artimañas de difunto y resucitado, es su propio fantasma en vida; ni ruego que vuelva después de muerto pues no dejará a nadie que lo extrañe. Espero que reviente pensando en la carrera que perdió su caballo, muera tiritando de remordimientos, confesando a gritos la verdad, que las viejas achacosas que lo cuidan le borren de las manos pegajosas la sangre inocente de mi dulce Domingo. Hace muchos años yo me lavé del ardor íntimo en un bebedero de caballos y el agua reflejaba, como ojos de puma cebado la sangre satisfecha, mi sonrisa de muchachita amada. Usted no lo hará ni juntando para sus manos asesinas los dos arroyos que demarcan su memoria culpable, que su alma se queme y sea maldita por la eternidad, púdrase en el infierno y sufra por siempre lo que sufrió Domingo. Disfrute a cuenta el reencuentro con Quiroga, sigan los dos hasta el fin de los tiempos dando vueltas y vueltas y vueltas sin cesar, buitres ciegos, como si la carrera de medio siglo atrás se siguiera corriendo sin terminar jamás y Domingo estuviera vivo, yo lo tuviera montado sobre mi cuerpo en celo y él me mordiera el cuello como a una potranca.

Ya ve Reyes, tenía razón al llamarme «la loca de Quiroga» sin saber quién era la loca cuando me negué a venderle los campos de San Carlos. En cuanto pisé suelo patrio supe lo que haría con los campos heredados, durante meses ordené los detalles del negocio en secreto y en una semana liquidé los asuntos tal como le constan. Si algún poder tenía lo utilicé para silencia con rigor a la gente que me rodea, lo hice a lo patrona y acallé sin réplica las voces cuestionando mi iniciativa. Fui débil con premeditación y generosa en exceso al negociar con los nuevos vecinos, que son pirañas de mucho cuidado, si bien en el atropellamiento de la codicia pagaron más de lo esperado. Decidí ser generosa con los colaboradores fieles hasta extremos que a usted le resultaría incomprensibles; los despedí a todos, quería ser la última en salir de los campos malditos.

La primera y última noche que quedé sola en la estancia, sin gente, caballos, muebles, sin perros, sola en un cuarto desvalijado y frío, fui hasta el galpón grande de la peonada, tomé las herramientas y llegué al centro equidistante de tres higueras. Escarbé sin dudarlo con el dolor ardiendo en las uñas para ver de una vez qué hallaba un metro más abajo, madura como era trabajé horas sin descanso a la luz menguada de la luna rojiza y un farol de keroseno, desgarrando, sacando como habrán hecho quienes escondieron a Domingo. Continué hasta dar con los huesos frágiles de un hombre menudo, atado con alambre a la cabeza de un caballo al que le había crecido, entre el hueco de los ojos, un bellísimo cuerno estriado. Quiroga dispuso el detalle de enterrar a Domingo aferrado a la cabeza de Emprendedor como trofeo, por ser los responsables de ganar para él lo disputado entre ustedes a excepción de mi honra, de tener que haber matado y cargar con mi deshonor de ahí en adelante, quien saber si por rabia, amor, secreto o larga penitencia. El lugar era todo penumbras, tierra mojada alrededor y olor a muerte persistente, bien doblado había un estandarte de seda bordado con los colores del barrio triunfador de mi agosto en el centro de Siena vestida de fiesta. Bandera que siempre me acompaña cuando marcho hacia la muerte y si estoy segura que eso llamado Dios no existe hay situaciones que escapan al pobre entendimiento de la hija iletrada de un puestero de la zona, que se niegan a la razón.

Está siendo una carta larga Reyes, pero hace tanto que no tenemos noticias el uno del otro… creo que la última vez fue cuando mi madre caminó a la hora de la siesta hasta su casa y regresó radiante, convencida que mi vergonzosa situación podría arreglarse sin escándalo. Desde mi felicidad infantil de cuerpito caliente y hasta esta noche pasaron varios días; después que viví la revelación de Siena estoy seguro que nosotros tendremos otro encuentro, aunque las circunstancias sean diferentes y presumo desagradables para ambos. Nadie mejor que usted sabe que un puñado de palabras dichas al descuido pueden llevar a la ruina existencias enteras. Igual que un caballo asustado por el refucilo nocturno, usted comenzó por matar a Domingo con lentas palabras que resonaron como puñaladas en la quieta noche de Maldonado. Cálmese… en el brevísimo tiempo que vi a Domingo tan hermoso, vestido igual que un príncipe, laudista adolescente de la corte de los Medicis, no hallé en su mirada ningún indicio de reproche o venganza incubada para sus verdugos de palabra y de hecho. Domingo tenía la mirada limpia y el gesto simple de muchacho que sólo quiere ser amado, la misma sonrisa pícara de cuando dijo que no tuviera miedo y todo se arreglaría sin lágrimas. Me parece oírlo ahora mismo, soñando que tendríamos para nosotros un pedazo de campo cerca de San Carlos y vaya si su augurio se nos cumplió a los dos con apenas unos metros de diferencia.

Si a usted le dan los huevos y la vergüenza, aunque sea arrastrándose vuelva a la intemperie donde sucedió la carrera, en la meta indicada por el hombre de Lobato deje caer una rosa amarilla y otra negra por el descanso del alma de Domingo, por el perdón que usted no merece. Negro y amarillo como los colores bajos los que corrió para mí en la Piazza del Campo. Si una vez él jineteó para ganarle al miserable de Quiroga títulos del poder y del orgullo, en Siena lo hizo para ofrendarme los dominios sagrados del Tiempo, obsequiarme el milagroso cruce imaginario de los años, testificando que dijo la verdad cuando confesó que su amor sería eterno, como lo son los melancólicos atardeceres de San Carlos.

Paz al alma inocente del pobre muchacho, para usted Reyes, que la muerte deseada le llegue lenta y dolorosa. Me despido desde todos lados y desde ninguna parte.

Susana Nadie, viuda de Quiroga.

***

-Me permito insistir señorita, llamo desde Francia, se trata de un asunto muy urgente.

«Le repito por tercera vez, la señora de Quiroga no está en condiciones de hablar con nadie. Aquí, señor, son las dos de la madrugada. No hay médico de guardia ni nadie de la dirección que autorice la conferencia con la paciente. Vuelva a llamar a partir de las siete de la mañana hora uruguaya.»

-Soy el hijo de Susana Quiroga, estoy por viajar para Uruguay, necesito hablar con mi madre de asuntos personales. Si ella muere antes que la vea, cualquier anomalía administrativa será de su entera responsabilidad.

«Un momento.»

» ¿Sí?»

– ¿Señora de Quiroga? ¿Habla la señora Susana de Quiroga?

«¿Quién es? ¿Qué quiere de mí?»

-Soy un amigo.

«Yo no tengo amigos.»

-Soy yo Susana.

«¿Quién es yo? ¿De dónde viene esa voz?»

-De muy lejos.

«¿Eres tú Domingo?»

-Soy yo Susana.

«¡Ah, mi querido! ¿Eres tú de verdad mi amoroso? Tanto, te necesito tanto… tienes que venir a buscarme rápido. Ellos me tienen encerrada en un cuarto. ¿Tu lograste escapar?»

-Me fui al norte sin mirar para atrás, quise ir a buscarte para llevarte conmigo pero los matones de Quiroga me seguían de cerca con orden de hacerme desaparecer.

«Durante años creí que te habían matado.»

-De eso nada. Pero cuéntame de ti, qué pasó contigo todos estos años.

«No puedo.»

-Susanita…

«No puedo. Me da vergüenza, fue todo sucio y horroroso.»

-No importa.

«Lo hice porque Quiroga dijo que te mató.»

-Todo está bien mi amor. Cálmate.

«Quiroga llega a casa borracho con la cara deformada y gritando mi nombre entre palabras sucias…»

-Está bien Susanita.

«…le grita a mi madre que basta de estupideces, que está borracho, que al otro día vendrá a cobrarse lo ganado en buena ley. Después, dice, nos echará del rancho a talerazos. Repite varias veces que Domingo está más muerto que comadreja rabiosa…»

-Ya está bien, es suficiente.

«… cuando se va le digo a mamá que pare de llorar, que la vida sigue. La sacudo por los hombros, le ordeno que me prepare. Yo misma me metí los embriones de pollo, tuve que amenazarla con una cuchilla para que me diera las puntadas en seco. Te aseguro mi amor que no solté ni una lágrima, que lo hice por ti, para vengarte de la sola forma que pude hacerlo.»

– ¿Me oís Susana? Ya basta, te digo que basta.

«Prometí que nadie me separaría de nuestra tierra, juré que no pararía hasta tener noticias tuyas sin importarme cómo ni cuántos años pudiera tardar. A la noche siguiente Quiroga llegó al rancho borracho. Hace horas que lo espero, sola. No le doy tiempo a manosearme porque estoy desnuda y soy yo que lo busca, le doy sin escamotear el dolor fingido y le paso por la cara mi mano colorada de sangre falsa. Esta noche soy con rabia la más arrastrada de las arrastradas, tengo que tenerlo despierto hasta que aclare, si lo hago llegar hasta el amanecer sin dormirse él no podrá desprenderse de mí. Le doy y le prometo, soy la virgen alcahueta de las guachas del pago, le prometo esperarlo cada noche sumisa como perra obediente cuando vuelva borracho y con olor a catinga de los quilombos de negras de Maldonado. Le cuento con lujo de detalles mis vidas anteriores de princesa y esclava, soldadera y bailarina, monja y sifilítica, le enseño y lo obligo a tratarme sin remordimiento como a una perra sumisa y alzada. Durante una hora le exijo que pague cada beso, cada caricia y le desplumo hasta el último billete que tiene encima. A la hora siguiente me arrastro por la tierra pidiéndole perdón, le beso los pies, le pido que me pegue y le doy la plata para que siga conmigo, le digo al oído mordiéndole la oreja que tiene un pedazo de burro, cuando lo siento venir me arqueo y trago mirándolo a los ojos, lo lavo cada vez con agua tibia en una palangana mugrienta fregándolo con los restos estriados de un jabón de lavandera. Cuando lo tengo a mi merced grito dándole gracias al cielo que él haya sido el macho ganador de la carrera de ayer. Me confiesa que tuvo malos pensamientos, que en algún momento quiso matarme. Me buscaba la lengua, le dije que hubiera hecho bien en matarme porque me gustaba que me miraras las tetas cuando me bañaba desnuda en el arroyo. Me dice que soy una criatura venida del infierno y le contesto que él es culpable de los demonios que abrasan mi cuerpo, que luego de la noche que me dio podía hacer de mí lo que quisiera y lo mismo pensaría cualquier hembra envidiosa. Quiroga escucha sin sacarme los ojos de encima, prende un cigarrillo y lo fuma sin decir una palabra, Quiroga se queda quieto cuando me acurruco a sus pies mientras le abrazo las rodillas, parecida a una gata con ganas de matarlo. Pero si lo mato te pierdo para siempre, necesito saber lo que pasó por la cabeza de Quiroga, es la única manera de llegar hasta ti. Yo fui asesinada contigo, hice cuanto pude para merecer tu desprecio mi querido, suplicar tu perdón y vengarte al precio de mi vida. Comienza a clarear, afuera empieza el primer día del mundo sin ti entre los vivos. Quiroga deja que avance la claridad dentro del rancho, entre la niebla de suciedad que inunda el recinto como un vaho irrespirable, luego se levanta y dice: «ponéte el vestidito verde con florcitas que nos vamos», y sin decir más nada me lleva a su casa para siempre. Desde esa noche nunca más me tocó, a los siete meses me convirtió en legítima esposa de Quiroga. Eso sucedió en un pueblo del norte y el día mismo de la boda él puso todas sus propiedades a mi nombre. Después que se firmaron los papeles en una escribanía que daba sobre el río Uruguay, me dijo; «da miedo saber que una mujer pueda hacer lo que usted hizo por Domingo, señora. Se lo digo una sola vez, él está muerto, él estará siempre entre nosotros. Nosotros hemos muerto con él. no podría seguir viviendo sin sentirla cerca, señora. Veremos algún día cómo muero. Sé que nunca me perdonará y nunca terminará de entender, acaso algún día», «pero ni así mi adorado… ni así.»

-Susana…

«Hace tantos años que aguardo noticias tuyas mi amor. Es preferible que no vengas a casa. Soy vieja, soy fea, estoy loca. Lo adivino por tu voz. Tu sigues siendo un muchachito hermoso y atrevido. Adiós y gracias por llamar, siempre quise poder contarte mi casamiento con Quiroga para que me perdonaras. Ahora estoy mejor. ¿Podrás entender, llegarás a perdonarme? ¡Oh, mi cariño, mi lindo! Cuídate mucho, tú eres demasiado temerario, cuídate en las carreras. Eras tan bello cuando llegabas a las casas galopando en pelo las tardes calientes de febrero, tan bello. Café, envíame café que aquí me lo esconden y dátiles turcos que me hacen bien para el corazón. ¿Te acordarás mi amor de enviarme dátiles turcos y café? Aquí me los esconden las sirvientas de Quiroga.»

-Te lo prometo.

«Domingo.»

-Si Susana.

«Nada.»

– ¿Qué pasa Susana?

«¿Me podrías llamar por última vez como antes? ¿Te acuerdas cuando me decías chiquitita mía?”

-Si Susana, claro que sí chiquitita mía, claro que sí.

«Gracias Domingo. No te olvides de lo otro.»

-Dátiles y café.

«Eso… los dátiles tienen que ser turcos, aquí las sirvientas de Quiroga me los roban para venderlos por ahí. Son unas chirusas, eso es lo que son.»

-Tengo que cortar.

«Perdóname mi querido, estoy hecha una vieja loca y cargosa, es que son unas chirusas…»

-Adiós Susana.

***

Fueron los únicos recursos que se me ocurrieron para salir del atolladero abierto de socarrona casualidad en San Carlos. Enviarle una carta al viejo Reyes con la fábula de Siena y hablar por teléfono con la viuda Quiroga al asilo de enfermos mentales de Minas de Corrales mintiendo ser el malogrado Domingo. Lo único que pude imaginar para mal terminar el libro de sueños Orientales, sacudiendo del espíritu la pena lerda del alma de Domingo, que terminó por invadir las horas de escritura, mi vida privada hasta términos imposibles. Más liberado de pensamientos lúgubres, aguardo sin optimismo excesivo las secuelas de ambos mensajes expedidos a la muerte; lo hice para que los sobrevivientes de esta trama alcancemos de una buena vez la paz interior. Mientras tanto, aguardo avergonzado otros retornos cada semana, igual que una rata olfateando el naufragio cercano en el agrio sudor de los marinos, cultivando la paciencia por si del Caos de versiones surge -por combustión espontánea- una mentira que pueda de contada por el viejo Miguel del cuento “Alas negras de serafín abatido.” Eso algún domingo santo, a viajeros montevideanos traspapelados en campaña y si no ocurre así, que algún otro dentro de cien años solucione el entuerto. Pase lo que pase es inexorable: después que yo muera, luego que naufraguen los tres siglos de historia que se anuncian, cuando la República Oriental del Uruguay (como la Troya del viejo Príamo, la Atlántida platónica y la Teotihuacán de sacerdotes del Sol y mercaderes de pájaros multicolores) sólo perdure en códices ilegibles, seguirán correteando por el mundo remanente cachorros de Rottweiller; despertando interés a pocos elegidos -en plazoletas de Siena y arrabales bohemios de Praga, en el corazón blanco de lo que alguna vez fuera el muelle petrificado de Eskimo Point- por asuntos ocurridos en nuestra patria Oriental, cuentos errantes como el judío inmortal y huérfanos de escritura como Oliver Twist. Ellos serán los lazarillos baldados de otras palabras, frases que dejarán tras ellas el rastro de nuestro pasaje florido por el jardín del Tiempo, avanzarán entre desconcierto y confusión hacia el río Amnesia, dejando atrás la noche oscura sin estrellas en que estamos hundidos.

FIN