Asa / Saint-Nazaire

Cuando como todas las tardes abrí el buzón en el palier, creí que se trataba de una equivocación, hasta consideré ir con el envío de recorrida por otros departamentos del edificio a buscar el destinatario verdadero. A los tres segundos me arrepentí presintiendo un extraño sentimiento de pertenencia, era un sobre marrón común y corriente sin encabezamiento ni remitente haciendo imposible su devolución. Si mi nombre y apellido hubieran figurado en el anverso del sobre escritos con mi caligrafía igual habría desconfiado del contenido, hace meses que nadie toma la iniciativa de escribirme, la ausencia de receptor sobre la superficie áspera, la convicción de que una confianza ciega y convenida estaba destinada –sin lugar a dudas- a otra persona acentuó mi avidez de posesión.

Las relaciones con la portera del edificio oscilan desde el primer día entre indiferencia y odio soterrado, la Poste del barrio me confronta cada vez que tiene la ocasión de hacerlo a problemas insolubles, imponiendo desagradables gestiones de reclamo cara a cara con funcionarios en las ventanillas. En los últimos tiempos mi vida es tan sin interés, que la llegada hace minutos y por error del sobre anónimo constituía un acontecimiento perturbador en mi existencia rutinaria.

Je n’aurais jamais d’aventure ;
Qu’il est petit, dans la Nature
Le Chemin d’fer Paris-Ceinture !

El equívoco despertó en mí la medida justa de curiosidad para husmear el secreto de otro, sabiendo por experiencia propia que ningún enigma que viene a nuestro encuentro se nutre sólo del azar. Subí de prisa hasta el quinto piso ocultando el paquete debajo del abrigo igual que un intruso, durante el trayecto quise calcular el peso y traté de relacionar el sobre expropiado con rasgos preeminentes de otros vecinos que cruzo muy de vez en cuando -sin saludarnos- en las escaleras pasada medianoche. Logré vencer la ansiedad urticante del sobre y lo dejé cerrado hasta el otro día, así obrando el contenido se confundiría con el recibo trimestral del gas, los argumentos pergeñados por un publicista creativo queriendo convencerme de renovar la suscripción semestral de una revista de asuntos generales.

La mañana siguiente tampoco tenía nada para hacer. Anotemos ya entrando en confianza del pacto de lectura, que vine eclipsada del Sur del Ecuador y Trópico de Capricornio para redactar una memoria de grado sobre Jules Laforgue. Hace tres meses que vivo saliendo casi nada en un estudio rue d’Enghien cerca del pasaje Brady en París, paso las horas de vigilia pensando cómo hacerlo y es inextricable comenzar o terminar una aislada primera línea de la memoria. Algo amenazante que acecha el entorno proveniente de mi propia corteza mental, hizo que el entusiasmo original se volviera desidia y abandono. Lo que más influye proyectarme a pasado mañana sin falta es la insistencia en no hacer nada y tampoco me afecta. Hago algo mínimo: camino sin salir por calles en horas desaliñadas; cada vez que salgo haciéndome violencia compro lápices de grafo en papelerías al margen del barullo peatonal y al borde de la quiebra. Envío postales con imágenes turísticas pasadas de moda a conocidos de antes, mintiéndoles sobre avances significativos en la investigación poética. Esos gestos son nada, si fuera una enfermedad lo que ocurre conmigo haría fiebre cada atardecer y la angustia persistente de manual tiene síntomas harto conocidos para fallar en su diagnóstico clínico; puede que sea la secuela sin considerar de estudiar durante años al montevideano Laforgue, la magra recompensa secreta por indagar su poesía con pasión absorbente.

Tout m’ennuie aujourd’hui. J’écarte mon rideau,
En haut ciel gris rayé d’une éternelle pluie,
En bas la rue où dans une brume de suie
Des ombres vont, glissant parmi les flaques d’eau.

Paso horas mirando por la ventana dando al pozo interior del edificio que se cae a pedazos, escucho ruidos incesantes de la vida cotidiana y dudo si permanezco allí diseminando el secreto último del universo en fuga. Puedo estar tres días sin salir de la cama regodeándome con un olor rancio que me envuelve y rumiando recuerdos intrascendentes; de decidirlo puedo salir a comprar un cartón de cigarrillos y continuar caminando sin rumbo fijo hasta la madrugada, si quiero y lo decido extremando la voluntad, lograría acomodar lo necesario para iniciar el trabajo. Ciertas veces cortejo la decisión (que nunca llego a redondear) de escribir la primera frase completa de la memoria.

Por esa razón examiné el sobre durante una hora casi sin parpadear, si alguien hubiera allí escrito mi nombre usurpado o el nombre verdadero del desconocido lo hubiera tirado sin dudarlo al rincón de diarios viejos. Fue el silencio -el desprecio omitiendo mi nombre en mi presencia, semejante prescindencia del átomo primero de humanidad, tamaña condición maligna y metafísica sin nadie a posteriori- que me decidió a abrirlo siguiendo un mandato confuso por trasmisión de pensamiento. Lo rompí con esmero de cómplice de larga data, luego levanté la mano con el sobre a la altura de los ojos volcando el contenido sobre la mesa y de su interior cayeron en aguacero treinta fotografías.

Klop, klip, klop,klop, klip, klop.

Las tomas en color cayeron en desorden, baraja donde la redundancia de figuras, signos y números en serie secreta se habían trasmutado durante la caída en naipes de otro juego con enigma: cayeron para quedarse como un viejo amigo intermitente llegado al barrio de improviso. Dejé pasar unas horas de meditación para que se formara la imagen definitiva de un Tarot del abandono, con arcanos arcaicos que dejaron de ser ahorcado, luna antropomorfa y Papisa para ser puente inaccesible, calle llevando hacia ninguna parte, gigantesca chatarra herrumbrosa de mi propia existencia. Ahí podía residir el anagrama desordenada de mi porvenir en imágenes ansiosas de interpretación; era así y carezco de intuición primaria para formularla.

Permanecí mirando por la ventana el afuera cambiando con la luz hacia un grisáceo impuro, escuchando la televisión blanco y negro de los vecinos de puerta. Era la hora vergonzosa de entretenimientos circenses con aplausos del público presente en el estudio, tenía hambre y preparé un sándwich de atún enlatado en aceite de oliva, abrí una tres cuartos de Kanterträu, bebí la cerveza directamente del pico de la botella, encendí una lámpara indirecta y regresé a la figura compleja formada por las imágenes. Comencé a manipular fotografías con varios sentidos, eran parecidas considerando la redundancia. En algunos casos la intención de las tomas desbordaba el encuadre amenazando invadir mi encierro a la manera de virus mutante, pensé que el conjunto intencional reproduciría el itinerario del viaje de vacaciones en familia finalizado en tragedia o la obsesión de una mente monotemática, perturbada por alguna región inhabitable del planeta después de la hecatombe.

El rasgo común era sin embargo la inminencia magnética de algo postergado que fatalmente adviene, ni retrato sicologista mediante zoom invasor, menos pretensión de instantánea robado, tampoco paisaje tipo gran angular con veleidades artísticas. Se trataba de fotografías precisas por voluntariosas, innecesarias a mi vida revelando lo contingente que ignoraban, sin decir la confesión lo mismo ocultaban denotando la marca indeleble de intencionalidad enmascarada. Reivindicaban ser fotografías de las tantas y debía impedir que la ignorancia sacudiera el letargo en que estaba tan viciado de acostumbramiento. Permanecí así en ese estado de suspensión unos días y pretendí negarlo, la presencia del paquete se impuso con fuerza redoblada, al punto que de un momento para otro pude escribir lo siguiente: “el poeta Jules Laforgue nació en la ciudad de Montevideo el 16 de agosto del año 1860.”

Ello supuso un esfuerzo diría que sobrehumano y faltaban por delante escalar doscientos folios para llegar al párrafo final de la memoria. Seguro que dejaría en el intento la vida asmática restante y mientras tanto comencé a practicar el juego del enigma con las fotografías; en alguna parte del mundo físico real había lugares que “correspondían” con lo que estaba mirando. Eran vistas de arrobadora luminosidad opaca, espeluznantes de sugestión, acentuando la ausencia de personas salvo contados espectros capturados a su pesar: carencia premeditada de tragedia interactuando dioses y mortales impotentes, la intencionalidad del hueco humano descartaba emociones excepto la intencional del observador descargando el obturador.

El acertijo era causa y finalidad de esa serie, veía la casa abandonada con silueta estilizada de mirador, barcos armados para puerto de pesca de calado profundo, calles agazapadas tras la apariencia de cierta resignación proletaria, bruscos edificios en su irrupción visual, piezas de hoteles predestinadas a informes policiales tras una serie de crímenes sangrientos, barras usadas de bares confidenciales, artefactos meteorológicos herrumbrosos por el paso del tiempo, un subterráneo aéreo de puentes únicos, el tramado urbano inexorable. El conjunto así enunciado insinuaba afirmando la parcialidad, o que fuera satisfacción de duda inicial se volvió molestia, necesidad fastidiosa de conocer la identidad escamoteada de la ciudad sugerida. Acaso pudiera adelantar generalidades repitiendo un retrato robot de la ciudad y lo mismo faltaban huellas dactilares fiables o líneas entrelazadas identificándola sin error. La única manera de avanzar en el misterio estaba entre las fotos recibidas, las imágenes retenidas debían condensar la dilucidación del enigma; las entreveré adrede provocando el azar subsiguiente y decidí estudiar una fotografía diferente cada mañana. La leería descifrándola con la misma paciencia que si fuera un artículo definitivo para la redacción de mi memoria sobre Laforgue.

La primera semana de la estrategia resulto un sonado fracaso, cada una de las piezas consumía más de dos horas de contemplación. Comencé a saber –podía admitir ese pequeño avance- que cualquiera que fuera la localidad escudriñada yo había estado allí, deduje que fueron tomadas en la misma época con diferencia de pocos días, calculé una distancia máxima de diez días entre la primera (¿cuál era la primera?) y la última considerando que estaban sin numerar. La falta obstinada de casi presencia humana en la serie fue porque el fotógrafo (o el algoritmo del aparato fotográfico) programó que hubiera alguien en otras circunstancias que en la treintena retenida.

Las dimensiones proporcionales del encuadre, rectángulos decomisados, lugares seleccionados y espacios propicios a ser caminados a la búsqueda de lo inesperado, hacían sospechar que el conjunto del álbum aleatorio estaba preparado para una sola persona. Allí se fotografió la ausencia luminosa de un único personaje y los implicados en el complot conocían su identidad. Más que un itinerario a prescribir, cada foto y asimismo el conjunto, eran una enorme sospecha a confirmar del incidente terrible que había sido, estaba sucediendo o resultaba inminente. El orden de las circunstancias, el mazo de imágenes apuntaba a cierto objetivo inequívoco localizado en el plano real. Cuando mi interés se desplazaba hacia el espectro que la tecnología de los laboratorios dejó pasar y estando en el noveno día de la tarea, un cartel fuera de foco daba una pista explotable. Acerqué mi vista a la distancia de relojero y descifré la continuidad hasta leer el mensaje de letras turbias deletreando en voz alta S a i n t N a z a i r e

J’aurai passé ma vie à faillir m’embarquer
Dans de bien funestes histoires,
Pour l’amour de mon cœur de Gloire… !
-Oh ! qu’ils sont chers les trains manqués
Où j’ai passé ma vie à faillir m’embarquer !…

Los trenes con destinación a SN parten en París intramuros de la estación Montparnasse y escribí lo que sigue: “… y murió un 20 de agosto de 1887 en la capital francesa.”  Deseaba luego de lo confesado viajar a la ciudad fijada en las fotografías, ser testigo de la manera como el sistema visual que invadió mis horas productivas se resolvía en la realidad paralela de Saint-Nazaire. Nunca antes que yo recordara estuve en S.N. había resuelto regresar y partiría de S.N. recién después de finalizar la lectura confrontada de cada toma capturada por mi remitente desconocido. En ninguna otra de las imágenes consultadas había trazas reconocibles del nombre, la curiosidad más que por la configuración única de los lugares estaba motivada por la historia velada que escuchaba con intermitencias; necesitaba hallar la verdadera secuencia con sentido narrativo y para ello debería ir personalmente a la ciudad.

Debía tener en cuenta la voluntad del fotógrafo fantasma paseándose fingiendo por la ciudad con un aparato Leica oculto entre las manos, fijando en tomas sucesivas una trama urdiéndose obligada al secreto. La prolijidad del encuadre, una minuciosidad en captar espacios en expansión y otros detalles temporales imperceptibles, delataban la voluntad del objetivo planeado con minucia. La historia que insinuaban las fotos –si es que se hallaba la secuencia correcta de las treinta piezas del puzle visual- todavía no había sucedido si bien ya estaba en marcha siendo imposible detenerla; hasta era posible y sin él saberlo, que el destinatario casual del paquete formara parte de la intriga.

Consulté y calculé horarios de los trenes para llegar a SN a la hora aproximada que fue tomada la fotografía de la estación de trenes, había sido el otoño pasado y debía estar atento a las celadas de la luz. Por unos días sería la sombra desdoblada de mi predecesor, replicaría buscando ángulos idénticos, procurando adivinar sus pasos hasta darle la cara al personaje ausente y la forma humana contradictorias con el número de ASA utilizado para el proyecto.

El tren fue puntual al llegar a SN.

Había la posibilidad de que la imagen novena fuera un error o tal vez la treinta y uno faltante. Es una satisfacción tonta admitirlo, cuando luego de vagar una hora o más con la foto de la estación de SN en la mano hice coincidir mi visión con la imagen, creí haber abierto una primera puerta dando al tercer reino. Fue una iluminación mecánica: ahí “había estado detenido el fotógrafo y di con la primera coincidencia.”

Alguien sabía con antelación mi llegada por inercia a ese lugar; era sin importancia que estuviera esperando y lo demás lo explicaría el ardor de la paciencia, el recorrido laberíntico hasta la ciudad escamoteada. Entré en SN en olor de misterio con la convicción de descifrar el tramado de la serie señuelo en su totalidad. La excitación se aceleró cuando una ciclista me dio las señas del Hotel retratado en la toma XXIV de la serie primera, que se convirtió en mi primer centro de operaciones de la expedición en solitario. Tenía dinero suficiente para quedarme en SN tres semanas y algunos días más, allá de dónde venía nadie estaría esperando, nadie me extrañaba, a nadie le interesaba saber que estaba trasladada en ese recodo del planeta. Tenía conmigo un viejo ejemplar de Limitación de Notre-Dame y era mirada de pierrot lunar buscando coincidencias visuales, cierta secuencia dolorosa hasta la revelación y el orden oculto detrás del plan del envío.

La pieza asignada en el Hotel comprometido era parecida a la tirada elegida y la fotografía destacada podía ser cualquier profundidad visual del mismo corredor llevando a las habitaciones. A la mañana siguiente fui el primer pasajero y tal vez el único en bajar al comedor a desayunar; la empleada un tanto sorprendida por el madrugón se excusó por el atraso de la preparación del café y las tostadas.

Comencé temprano la recorrida especulativa y continué sin pausa ni alto en el camino hasta entrada la noche. Trataba de orientarme sin ayuda de otros interlocutores, cada pocos minutos tenía la necesidad física de confrontar lo visto con lo fijado en las fotografías, la mayoría de las veces el cotejo terminaba en decepción. Siendo la voluntad de concomitancia más fuerte al final del primer día localicé tres emplazamientos válidos, cosecha interesante y suficiente para ser optimista: la serie ficticia presentida durante la primera hora de rastreo existía en el orden del mundo.

De regreso al Hotel coloqué en la mesa de recepción el plano desplegado de la ciudad astillero, numeré las localizaciones identificadas. Primero los lugares, luego el orden yuxtaponiendo continuidad visual sobre secuencia narrativa y la verdad presentida comenzó a manifestarse. Esa noche dormí sabiendo que estaba acostado en la ciudad que convenía. Una vez los tres sitios localizados -lo que el fotógrafo puso cuidado en omitir adrede- la sumatoria se iluminaba de cercanías encendiendo fulgurantes reseñas del plan que fui anotando cada vez. En mi avance y a medida que encontraba, buscaba responder a cuestiones urticantes: ¿por qué este lugar? ¿cuál sería su función en la conjura mayor dispuesta mediante enigma? El valor real de esa perspectiva decidida por él -era visible que el fotógrafo fue mediador de una inteligencia superior que nos utilizaba a varios para sus finalidades retorcidas- dentro de la economía del proyecto quedaba sin respuesta.

El conjunto se sustentaba en la relación carnal entre el paisaje urbano con el fotógrafo interviniendo, luego conmigo que fui integrado al proyecto sin aviso y el tercer hombre: un personaje secundaria desvaído que presumí humanizando la serie mediante la ficción. Puede decirse que necesitaba una tregua, poner la curiosidad bajo anestesia y decidí suspender el incentivo de interrogantes ante lo próximo hasta completar el tramado. Eso me llevó cuatro jornadas, el último de los días de seguimiento salí a SN con una mano servida de cinco fotografías. Tres entre ellas eran del puerto, la cuarta un callejón sin señas particulares de identidad hallado por casualidad y la última sugería preguntar en dos inmobiliarias. Se trataba de una casona abandonada con mirador, único indicio explotable de un lugar habitado por espectros donde pudo ocurrir un crimen atroz y una situación prolongada de violencia familiar. Cuando al fin la localicé en un apacible cruce de caminos de las afueras próximas supe que el horror estaba fusionado en el clisé; nuestro fotógrafo hipotético se dejó arrastrar en su inspiración desfalleciente por fantasmas urbanos, quiso capturar lo otro menos evidente o la imagen resultante delataba su deseo de adelantase a la acción, abandonado la objetividad.

Compré una botella de vodka polaca con hierba de bisonte, estímulo consuelo por haber documentado la totalidad del paquete anónimo que me fuera remitido; tenía hambre y almorcé en el centro y para ver otra gente un entrecot a punto con papas fritas. Luego fui al hotel para ordenar la confusión acumulada, manipulé líneas sumando cruces durante unos minutos sobre el plano hasta formularse ella sola la evidencia. Uniendo puntos de los lugares detectados se formaba un collar, sección inacabada de una circunferencia ceremonial donde uno de los sitios parecía libre y exógeno al dibujo, demasiado aislada para ser un error. Tomé la foto correspondiente a la ficción, imaginé lo real, los momentos de obturación y visión saliendo de los ácidos: era un edificio imponente, concebido para la perspectiva de otra ciudad cambiante con diferentes inmuebles parecidos. El puerto de SN extrañamente sería inconcebible sin esa forma; así como cumplía una geometría de tensor en la ciudad, esa mole tenía una función en la trama que avanza. Sobre el plano ideal tracé una línea desde el Hotel de la Playa hasta el Building y repetí el procedimiento con otros lugares que había detectado. Sobre la cuadrícula del edificio, a medida que progresaba mi ideograma sobre el papel del plano la tinta se apelmazaba, ese punto era el imán insospechado captando la orientación de las demás líneas.

Luego fui cerrando los diferentes puntos entre ellos y se formó una figura premeditada, similar a la piazza del Campo de Siena vista desde lo alto de la Torre del Mangia. Bebí el resto de vodka remanente en la botella y me recosté en la cama a dormir hasta cerca del mediodía, lo que fuera que se estaba urdiendo sin tenerme al tanto sucedería en el Building, sería un crimen decidí e hice lo humanamente posible para que mi profecía se concretara.

El azar con la pasión ocurre sin imágenes preliminares y la premeditación es contraria al instinto, la convergencia tenaz sumada a las líneas de escape desde el edificio avisaba que la víctima entraba y salía del edificio emblemático. Desde ahí se iniciaba una rutina cotidiana y el golpe fatal se daría en uno de los otros puntos equidistantes del trazado consiguiente. ¿Quién entre los habitantes de SN elegiría ese recorrido discreto para sus designios? Debía ser alguien comprometido hace tiempo con la ciudad o bien un personaje de paso, porque los seres transitorios forman una pequeña población. Cuando se es profano en asuntos de fisgoneo la obtención de datos pertinentes es tarea ingrata y durante dos días frecuenté la zona del Building. Podía simular entre la gente del lugar ser alguien sin oficio conocido, un arquitecto catalán haciendo croquis en directo para grandes proyectos de renovación, el fotógrafo viajero buscando escenarios para la filmación agendada de una serie. En Saint-Nazaire cualquier extranjero puede instalarse con hábitos breves sin historias previas en apenas cuarenta y ocho horas.

Una noche casualmente encontré la falsa pista maestra. Estaba bebiendo una cerveza en un bar pequeño cerca del Building, en una mesa cercana cinco individuos daban cuenta de una otra botella de Aberlour y la patrona venía de propinarle dos sopapos a un parroquiano, que a duras penas se tenía de pie e insistía en apurar la última copa. Más arriba el entrepiso minimalista donde una pareja joven jugaba al pool para niños y discutían fuerte, nadie entre los presentes tenía la intención de moverse del lugar, cualquier desarreglo de la situación podía finalizar en catástrofe cósmica. De pronto, una canción de la pop italiana pareció calmar los espíritus más nerviosos, alguien pasó decidido la puerta de entrada y todos lo saludaron. Quién es pregunté, el Alcalde de la ciudad que vive en el Building respondieron y caí en éxtasis escéptico. Necesitaba respirar un poco de aire fresco, pagué mi consumición y salí de inmediato a la calle.

La situación anterior más la confrontación con el viento helado del estuario, creaban condiciones propicias al pensamiento. Ingresé en la única vereda exegética a mi entender verdadera, creí haber descubierto la conjura en movimiento de un crimen político; desconfié que fuera sencilla como solución al enigma del sobre sin remitente o espectacular considerada en tanto procedimiento. Los crímenes políticos simulados en accidente son brutales –recordé Z de Costa Gravas- suponiendo menos fuga de información confidencial. El alcalde de S N viviendo en el punto B era más que coincidencia espontánea. B siendo punto denso del plano proponía en paralelo otro universo autosuficiente, es búnker pensado para la próxima guerra y orientado al cielo indestructible de mi investigación.

Igual que con Laforgue llegaba a la primera línea lanzando el procedimiento y lo restante difuso debía declarar mi ineptitud. Pensé en regresar al hotel, recoger mis pertenencias y largarme de SN en el primero de los trenes que hiciera escala para cualquier parte. Estaba mal de verdad por abandonar la búsqueda perturbadora en ese estado espiritual, como si hubiera buscado escenarios para una película de intrigas oníricas que nunca llegaría a filmarse. La ciudad donde ocurren, sucedieron o pasarán los hechos era el territorio ficticio de la inminencia pospuesta. Algo inquietante sucedería tras la fachada del Hotel des Douaniers, en aguas negreras azotando el monumento a la abolición de la esclavitud, depósitos abandonados de mercaderías asiáticas, tentáculos polivalentes del hotel. Era seguro que aguardaba en el tiempo una escena extensa de violencia y pensaba que podría alertar la fuerza del destino.

Una mañana de esas del agobio permanecí cerca del puerto basculante vigilando las entradas del punto B. Luego de la falsa pista descubrí el error: chapoteaba en lo común rutinario, repetición inocua de escenas y personas mientras lo que pretendía el complot era la excepción. El punto B es el elemento anómalo en la arquitectura urbana y debía detectar el cisne negro inquiriendo las leyes de la lógica, quebrando la armonía trinitaria de los silogismos. Buscar lo extraño en el punto B dentro del perímetro SN y dar con la víctima designada justificando el seguimiento, la serie premeditada de las fotografías, mi estado afiebrado. Sentí el imperativo de mudarme del punto de observación, el hotel del centro cumplió funciones preliminares de rampa de lanzamiento y estaba operando en órbita elíptica peligrosa. El sábado resultó día muerto, estaba sin fuerzas para proseguir indagando ni voluntad o energía para desprenderme de la ciudad; el pensamiento activo evacuó la probabilidad de trenes de fuga y cuando me proyectaba redactando febril una memoria de grado, sentía usurpar una existencia ajena.

Ah ! que de soirs de mai pareils à celui-ci ;
Que la vie est égale ; et le cœur endurci.
Je me sens fou d’un tas de petites misères.
Mais maintenant, je sais ce qu’il me reste à faire.

La semana entrante a más tardar buscaría un trabajo remunerado sin pretensiones, podría errar por esas calles husmeando el misterio el tiempo que fuera necesario, en los pocos días transcurridos de la misión creí recordar una infancia de sustitución pasada en esos barrios. Me mudé a un modesto hotel caso disimulado en el Petit Maroc, la cama era antigua y limpia, había calefacción para soportar noches frescas con agua caliente suficiente para lavarme durante tres minutos.

El punto PM es la parte más antigua de la ciudad, hay bares con grandes ventanales, el café es más que pasable y allí podía pasar las horas que quisiera sin nadie que molestara. Fue zona de pescadores esforzados en el extremo del barrio de cara al río, cuando hay tormenta puede sentirse un adelanto de lo que será el fin del mundo y se intuye que el puente enorme al fondo del paisaje lleva hacia ninguna parte. PM hace pensar y parece isla, a lo lejos flotan astilleros donde arman barcos inconcebibles para navegar en crucero por los mares del Pacífico Sur. La iluminación nocturna hace que el horizonte resultante parezca la reparación de una nave espacial extraterrestre y junto al PM hay un depósito de embarcaciones por donde pasan vaporcitos de pesca, barcazas, remolcadores.

Una mañana de esas sin importancia, al despertar descubrí que entre la niebla del amanecer se recortaba la silueta del barco distinto de tres mástiles. La imagen debía prolongar la película corto metraje del sueño poblado de bucaneros dispuestos al abordaje de la razón sin dejar prisioneros. Me acerqué y creí leer en la proa Le Cygne Noir y su presencia emblemática era más poderosa que cualquier relato de viajeros que pudiera recordar. Desde PM se tiene una perspectiva formidable de B con sus once pisos, los noventa y seis departamento: otro barco inmóvil, submarino flotando sobre la superficie, nave insignia de una flota amenazante de fotografías.

Bon breton né sous les Tropiques, chaque soir
J’allais le long d’un quai bien nommé mon rêvoir.

Lo que debía pasar sucedió promediando la segunda semana en Saint-Nazaire. Buscando la tibieza distante de las bibliotecas inicié la costumbre de inventar bares calmos en barrios alejados del centro, disfrutaba la soledad poniendo las ideas en orden; alguna vez por azar provocado entre esos días, olvidé la causa para estar en SN y retornó el deseo de escribir con fervor sobre Jules Laforgue. Siendo el momento ideal mi empeño se frustró de la misma manera que se conocen los resultados de los match de futbol, un accidente mortal en la carretera secundaria y la inestabilidad de los mercados financieros occidentales leyendo Ouest-France. La modificación fue un reportaje en páginas interiores, había de llamador la toma periodística del edificio intrigante (el B de SN investido en 1955) como telón de fondo en proyección habitual y con figurante desconocido en la imagen.

En un recuadro destacado estaban la información medular sin sospecharlo y que en SN conocían hasta los escolares. La existencia activa de la MEET dentro del Building y el departamento amoblado puesto a disposición de la escritura forastera. Zona portuaria en la cercanía, el visitante renovado cada uno o tres meses –extranjeros, viajeros que llegan a SN con historias previas y curiosidad- que viene a buscar una soledad propicia a la inspiración y su condición transitoria puede transformar en víctimas propicias. La suerte azarosa e incluso violenta de un escritor de paso por Saint-Nazaire nunca llegaría a la estatura de “asesinato” y restará apenas en el perímetro de incidente. El crimen pasaría al hangar de anécdotas que se legarán sin más detalles y acaso a futuros invitados; hecho aislado exógeno a una serie, la supresión de tres huéspedes sin motivo conocido sería un duro golpe para la gestión municipal.

Parecía ser esa el indicio verosímil estimulante, la trama correspondía y el perfil de la víctima establecido con lógica; cuestión engorrosa era la variación periódica del blanco móvil, obstaculizando deducir en cuál avatar transitorio caería la ira programada en secuencia fotográfica. Después de la lectura interesada en la prensa, durante el resto del día repasé mis suposiciones calculando el movimiento de una partida suspendida (con ventaja de piezas negras) contra Kasparov, Estudié a fondo el repertorio de posibilidades y siempre llegaba a lo inevitable, mi teoría con intriga policial tenía la perfección del vacío absoluto. Una decepcionante belleza de paradigma indemostrable, la ironía de conjetura sin repercusión inmediata en el mundo y cuando el plan urdido en la mente lo trasladaba a la realidad donde operaba el argumento era absurdo. Hasta consideré presentarme a las autoridades a decirles que –por A más B- sabía que (quizá y eventualmente) debido a asuntos turbios que desconozco, uno de los escritores invitados de la MEET –sin poder precisarlo- sería asesinado por un desconocido en treinta lugares probables de Saint-Nazaire en un día o noche que faltaba determinarse. Misión Imposible.

Debía poner a prueba en el dispositivo real la maquinaria y para ello avancé como hipótesis de trabajo que la próxima víctima era el escritor de visita ese mes en la MEET. Anunciarle al interesado la mala noticia hubiera sido grotesco y lo mismo querer jugar a ensayar evitar el crimen.

Había guardado a buen recaudo el artículo periodístico y en la Biblioteca Municipal hallé los pocos textos del huésped que fueron traducidos al francés. Como lo crucé en el centro conversando con transeúntes y camareros de bares deduje que manejaba los rudimentos del francés, también sería normal que recibiera a un periodista enviado de La Vanguardia de Barcelona, al corresponsal regional de Le Monde. Una mañana lo abordé de frente en la terraza de una cafetería, concretamos la entrevista y mediante esa iniciativa comenzaba a bordar una cierta corona de protección sobre el personaje.

Así se sucedieron los acontecimientos, entre cordialidad del recibimiento e interés exagerado la primera conversación con el escritor invitado de la MEET fue mejor de lo esperado. Mi buen conocimiento de la obra publicada facilitó la tarea, pude hacerme una somera idea del pasado del individuo (compleja, oscura, falsificada) así como de sus hábitos en la ciudad que tenían el denominador común de la fuga. Al despedirnos quedamos en almorzar juntos uno de estos días, la nota resultante –mentí sin pruritos morales- saldría en dos semanas, dependiendo del caprichoso secretario de redacción, eventos extraordinarios que puedan ocurrir en el mundo y diagramadores de la casa central. Permanecería en Saint-Nazaire algunos días pues estoy escribiendo un gran reportaje sobre la metamorfosis de la ciudad astillero, por supuesto tiene encanto de otro tiempo, conocía el proyecto cultural de la MEET y comparto con él que los libros de la colección son objetos bonitos y hasta cualquier momento.

Cuando regresé al hotel llené varias fichas con ideas que se me ocurrían, por diferentes razones decidí que el escritor invitado tenía sobrados motivos para convertirse en víctima designada. Botellas amontonadas de bourbon en la cocina, pasado dudoso de desertor político, exilio impertinente con demasiadas quejas, regodeo rencoroso por ser objeto de odio y envidia en el medio literario lo hacía modélico en su destino victimario de muerte violenta. Había en él algo desagradable provocando rechazo, cuando le pregunté su opinión sobre la poesía de Jules Laforgue el montevideano, apenas esbozó una sonrisa de desdén. El recuerdo de cada una de sus réplicas daban pistas fiables para haberlo señalado en su seguimiento, mis opiniones personales tampoco debían hacerme olvidar el objetivo superior de mi tarea. Decidí que durante el almuerzo con el pasajero narrador le contaría la verdadera historia de mi iniciativa, hablaría sin mentir ni omitir detalle, debiendo adelantar su respuesta negativa y la indignación por hacerle perder horas preciosas de su valioso tiempo creativo.

El fotógrafo anónimo vaticinó el itinerario del escritor extranjero, cuando decidí seguirlo sin perderlo de vista a diferentes horas, él reproducía caminatas por lugares sabidos de memoria y en los hechos confirmaba mis conjeturas. Alguna vez, cuando en la soledad del paisaje urbano barrido por el viento nosotros dos éramos las únicas figuras, pensé que era inconcebible que él no me viera a mí o que por magia marina mi cuerpo se hubiera vuelto trasparente. Debería al menos haberme adivinado, alguien con tamaña experiencia del mundo y la zona pantanosa de la condición humana tampoco podía avanzar despreocupado por los descampados de Saint- Nazaire.

A medio camino mi plan inicial se fisuraba y el escenario imaginado se caía a pedazos delante de mis ojos. Había desenmascarado una trama perfecta que la realidad desteje cada día, vislumbré la totalidad del tapiz -salvo marcados rasgos diferenciadores- del asesino ocultado por la presencia fantástica de La Licorne. Debía eliminar esa impureza surgida al final del relato, restituyendo la simetría inapelable tendida entre realidad e imágenes recibidas en herencia. Era perentorio dotar de razón lógica e irrefutable a los hechos dramáticos que percibió el fotógrafo del obturador inicial.

Cuando ocurrió la transfiguración y muerte del episodio, el escritor extranjero estaba parado en el extremo de un espolón. final del interminable corredor de piedras ciclópeas y ferruginosas del mecano de Dios cuando era un niño. Cementerio marino de chalupas inservibles y cargueros dados de baja por el patrón del Tiempo, escoria insumergible del Universo fisurado restante luego que pasan los depredadores últimos. olor de materia inorgánica imponiéndose al perfume salado con algas verdes, excremento petrificado de gaviotas chillonas y cadáveres podridos de gatos despanzurrados por otros gatos más humanizados.

Seguro que él escuchó mi llegada hasta su aura y aguardó especulando con la sorpresa de descubrir -en un último segundo de conciencia- el rostro conocido que le deparó la muerte, acaso estaría defraudado al verme a mí tan cerca, lo que incluirá la rabia necesaria para finalizar pronto con la tarea. Avanzo despacio y faltando tres metros con él siempre de espaldas me detengo. Así se disponía la imagen faltante de la serie, a veinte metros mar adentro, mejorando un paisaje de encuadre en la foto tamaño postal al final del relato, cruzó un trabajoso carguero destartalado y de nuestro lado de la proa podían leerse las cuatro letras de MARY.

Un alguien infalible previó nuestra última fotografía treinta y una para cerrar la secuencia preparatoria dándole sentido narrativo. Fue en ese instante que se disparó el prodigio, escuché que detrás y epilogando la serie mutilada cuando llegó a mis manos, se disparó la Leica 35 a velocidad 1/500. Debía seguir adelante con mis asuntos pendiente de la vida anterior en la hora que viene; el escritor ante el paisaje que cayó sin vida tenía la edad -veintisiete años- de Jules Laforgue cuando murió.

Et peut-être qu’à l’heure où viendrait le néant
Baigner mon corps brisé de fraîcheur infinie,
Je mourrais doucement, consolé de la vie.

NOTA BENE

La versión transcripta se descubrió en una papelera del Hotel del Petit Maroc. Ello precedió en pocas horas a la detención de la inculpada, hallada vagando en las afueras de la ciudad cerca de una casa abandonada con mirador. Era una muchacha presentando trastornos psíquicos profundos; exceptuando la circunstancia premeditada del asesinato y versos trascriptos del poeta francés Jules Laforgue, el manuscrito cuenta una impostura de tipo delirante. Los restos mortales del escritor extranjeros fueron repatriados a su país de nacimiento, allí su vida estaba en peligro siendo objeto de varias amenazas y lo sepultaron con los honores del caso. En cuanto a la serie de las fotografías, resultó ser una confusión absurda en el envío del servicio privado de Correspondencia y se supo que era relevamiento de escenarios para un filme de estreno inminente.

La lectura e interpretación simbólica de imágenes en manos de un enfermo mental es imprevisible. Un especialista en tales desarreglos de Nantes -consultado para la ocasión e interesado por el caso- solicitó para profundizar su estudio un juego completo de las fotografías. El informe final afirma que puede considerarse otra interesante batería anexa al test de Rorschach de las diez planchas, artificio clínico para evaluar casos de esquizofrenia aguda. Aquellas manchas simétricas a priori, siete de color incluyendo dos en tonos rojos, otras tres policromadas de tinta y donde pacientes sensibles perciben siluetas enfrentadas de dos cisnes negros.

                  * * *

Versión de los versos de Jules Laforgue citados en el texto

Yo jamás tendré aventura;
Qué pequeño es, en la Naturaleza
El trencito París-Ceinture!

Hoy todo me aburre. Abro mi cortina,
Arriba el cielo gris rayado de una eterna lluvia,
Debajo la calle donde en una bruma de hollín
Las sombras avanzan, resbalando entre charcos de agua.

Klop, klip, klop,klop, klip, klop.

Yo habré pasado mi vida a intentar embarcarme
En historias bastante funestas
Por el amor de mi corazón de Gloria!
-Oh! que caro se pagan los trenes perdidos
Donde yo pasé mi vida a intentar embarcarme!

Ah! cuántos atardeceres de mayo parecidos a este;
Que la vida es pareja, y el corazón de piedra.
Me volvieron loco tantas pequeñas miserias.
Pero ahora, yo sé aquello que me queda por hacer.

Buen Bretón nacido bajo los trópicos, cada crepúsculo
Yo iba a lo largo de un muelle llamado ensoñación.

Y quizá en la hora cuando vendrá la nada
A bañar mi cuerpo roto de frescura infinita,
Yo moriré sosegado, en paces con la vida.

Flash-back

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Lejos de las tribulaciones pasadas por publicar el libro anterior en Montevideo que fueron agitadas, quedé sin entusiasmo para emprender de inmediato la escritura de otro proyecto rumiado. Llegaron entonces en mi auxilio repentinos geniecillos en una ocasión tan ruda, aprobando mi deseo de seguir en la escritura como ejercicio, sin poner a prueba en poco tiempo y por dos veces seguidas la resistencia de la imaginación. Avanzo esto pues lo que voy a contar puede resultar extraño o poco pertinente; siendo indomable la trama de los hechos tal como sucedieron, intentaré anestesiar la sintaxis, ser claro como novela de buenos sentimientos y alcanzar la eficacia de síntesis de marketing que alguna vez redacté. Véase en esta coda final una conversación de café sin pretensiones literarias, ave María purísima… Más bien el informe destinado a una comisaría de barrio, atestiguando un choque de taxímetros ahí en la esquina o dirigido a un hospital psiquiátrico, dando cuenta de la conducta anormal de un tío abuelo. La presentación oral de este mismo libro de relatos al comité de lectores de una editorial, que rechazaría el original y así podrá entenderse el recurso a la primera persona.

Los hechos sucedieron en París donde vivo desde hace unos años y tres meses después de la aparición –aquí- de un libro de bolsillo, episodio a priori insignificante dentro del negocio editorial de la capital francesa. Era por entonces el comienzo de las vacaciones de invierno y venía de un intenso semestre en la Universidad Stendhal de Grenoble, una semana de tregua que pensaba aprovechar para trabajar en mis cosas. Mi mujer había marchado de vacaciones a Roma a casa de unos amigos que nos habían invitado; al principio sería de la partida y como suele suceder, desistí del viaje a último momento. Tenía mis razones, estaba predispuesto a trabajar un asunto complicado por su definición sobre La vida breve la novela de Juan Carlos Onetti, proyecto que rondaba la rutina desde hacía por lo menos tres años. Más que buscar a Roma en Roma, prefería buscarme peregrino en los escapes enigmáticos de Juan María Brausen por los canales invisibles del Río de la Plata.

Anunciaban por la radio un invierno justiciero y el primer día que quedé solo en la casa el frío era tolerable. Había pensado encerrarme en el departamento sin afeitarme ni salir a la calle, con la misma camiseta de felpa, alimentándome de congelados vueltos a la vida con ayuda del horno microondas y tentado por conocer la nueva versión calabresa de Pizza Hut que entregan a domicilio. Nivelando la flojera del frío, por el contrario la lluvia era incesante y parecía que así seguiría hasta el final de los tiempos. Hace treinta años ese era el clima ideal para comenzar amores con una novia morocha, ahora es apropiado para preparar un café cargado, revisar viejos papeles a la búsqueda de aquella idea o mejor aquella manera de escribir la idea. Hora de hacer el elogio de las soledades, buscar películas en la historia del cine que se nos escaparon de matinés y trasnoches; con esa lluvia vinieron las ganas de ver Prisioneros de la tierra de Mario Soffici. Tanta coincidencia entre el guion y la pasada en una sala del Barrio Latino hubiera sido exagerada, la lluvia era lo que sucedía afuera sobre los techos blancos de la estación de trenes de gran velocidad.

Unos ventanales –los cristales digamos- separaban mundos que se ignoran mutuamente, el mal tiempo instalado en Montparnasse y envolviendo la torre del barrio hasta hacerla desaparecer de la vista era la excusa perfecta para disponer del ritmo interior. Unas líneas atrás escribí «después de la publicación del libro» y no hablaba de un libro mío, epifanía circunscripta a Montevideo de manera accidentada, sino a uno de Horacio Quiroga, nueva edición de Anaconda que salió en las ediciones de Seuil, el viejo Horacio resiste sin doblarse los digestos de la obsolescencia. Estaba relacionado a ese episodio de librería porque redacté el prólogo de la edición; para ello releí el libro y la totalidad de los cuentos del salteño, lo que es siempre un placer, amén de alguna noticia biográfica que pude encontrar por estos pagos. Tampoco me propuse inventar el paraguas en relación al compatriota, sino redactar unas pocas páginas persuasivas de presentación para el lector francés, alguien que si bien tiene la sospecha del asunto Quiroga y se acomoda a un lugar común, admite de buen grado un par de ideas orientadoras para comenzar la lectura con provecho. Hallar el camino tentando la primera página del desconocido y después la lectura continúa solita.

Pasados tres meses de la publicación de esa Anaconda y durante el comienzo de la lluvia arrumando mi soledad, fue que llegó la carta. El retiro programado autorizaba a bajar al buzón de la entrada común del edificio, por si llegaban sobres de los amigos. Nunca es previsible el feedback de ciertos gestos, incluso episodios menores como editar el Nº R661 de una colección de bolsillo. En la carta que encontré una mañana, me notificaban que habían leído el prólogo de Anaconda con interés, se habían deslizado en mis párrafos inexactitudes, cierta interpretación superficial del personaje era discutible, pero bueno, finalmente… Percibí en la apreciación la condescendencia comprensible teniendo en cuenta de que era uruguayo, parecía que nosotros teníamos cierto crédito para irnos equivocando por el mundo sin tener que asumir las consecuencias. Dadas las circunstancias climáticas y familiares referidas, asumí aceptar el juicio distante y obviar la polémica, sin replicar con una respuesta defendiendo un escrito breve, prólogo que en mi memoria pertenecía a un pasado lejano y tiempo anterior al inicio del diluvio presente.

La carta en cuestión fue escrita por una mujer, recordé argumentos burdos para explicar el excesivo interés, típicamente femenino, por unas ideas que si algo buscaban era pasar inadvertidas, leí con displicencia tal vez defensiva y di vuelta la hoja recorrida por una escritura manuscrita de caracteres elegantes. En eso advertí que ella se presentaba como una «amiga íntima» -decía- «del malogrado traductor de Horacio Quiroga al francés». Pensando en Quiroga me incomodó que alguien pudiera suponerse más malogrado y sin embargo, escorias en mi disco duro de meses de biblioteca en Barcelona, barruntaron que había en ese mensaje algo de personal e importante. Tenía vagas noticias al respecto, quiero decir sobre las relaciones de Quiroga con Francia, ignoraba la existencia de un traductor que acometió las obras del salteño y podía presumir que en su totalidad. La palabra malogrado era la que retenía la atención en la lectura remontando mi orgullo lacerado.

Perder, desaprovechar una cosa, frustrarse una presentación, no llegar una persona o cosa a su natural desarrollo, es lo que dice Julio Casares en su diccionario ideológico de la lengua española. La tajante definición despertó mi curiosidad por conocer más de la historia sugerida, creí ver que ese oscuro personaje malogrado era más intenso que lo supuesto en un deceso por infarto. En la segunda página del hándicap inicial y con mi ánimo por el suelo, la lectura adquirió una leve coloratura de esperanza amenazante. Era por mi condición de uruguayo que ella conocía -mediante sondeos cuya fuente se guardó- que le gustaría, decía en la carta, encontrarse conmigo para considerar si se podía hacer algo. Ante el cambio de rumbo en el tono de la escritura temía lo peor; un artículo de homenaje recordando el talento malogrado, presentaciones para interceder en la publicación de una novela magistral del malogrado, una viuda oculta del malogrado reivindicativa de la tarea del difunto…

Llovía tanto durante la lectura de la carta y estaba tan agradable la casa ambientada con las variaciones Diabelli en la versión de Brendel, que mi yo arcaico se negaba a atribuir aspectos positivos de lo que se estaba armando, que debería tenerlos. Quería desechar durante una semana cualquier intromisión del mundo exterior, también bajo forma de mensaje epistolar y que distrajera del proyecto de escritura. Lo que consiguió modificar mi punto de vista, fue que la mujer adelantó mis reacciones contraatacando con furia implacable. Ella ignoraba si yo era una persona digna de recibir revelaciones graves, eso se vería personalmente si es que alguna vez teníamos la ocasión de encontrarnos. Kaput a mi proyecto de avance en la escritura, la mujer -era ostensible en la escritura- tenía el extraño don de la dosificación del suspenso y conocer al dedillo intereses secretos del interlocutor.

Veremos la próxima semana, me dije poniendo la carta desplegada sobre el mismo escritorio donde estaban dispuestos los papeles sobre la novela onettiana. Bebí un café, me levanté a orinar, volví al escritorio y tuve ganas de lavarme los dientes; a los diez minutos fui a comer un resto de torta de manzana. Lo que echaba en falta era otro café cargado que preparé de inmediato, regresé al escritorio y comencé la tarea con intención de calentar motores de la concentración. Lo único que se me ocurría giraba en torno a la palabra malogrado, en eso veía pedazos de figuras, fragmentos sin conformar una imagen coherente de lo que pretendía poner por escrito. Los elementos girando en mi cabeza durante ese momento de incierta concentración formaban un enigma, antes de dar con la probable solución debía conocerlo en sus reales términos, para luego continuar adelante con serenidad.

Dejé todo de lado, era un mal día para la onettisea parisina, opté por un retroceso nostálgico folklórico y preparé un mate, listo a tomar unos amargos mirando cómo afuera llovía torrencialmente, pensándome promediando el mes de julio. Resultó harto telúrico la escena y discordante con la situación, encendí la televisión, zapé durante unos minutos hasta dar con una partida de snooker entre dos británicos. La transmisión era en directo desde Manchester y mágico que esos tipos vestidos como para ir a un casamiento, hubieran planificado su encuentro, asociación de billar mediante; que luego la televisora cable los hubiera elegido para trasmitir su partida a esa hora, con el auspicio de los zapatos Dr. Martens. Lo alucinante era que yo la estuviera viendo. Es así en nuestros días la muerte de Sarpedón, hay demasiados héroes reencarnados y exiguas empresas que valgan el esfuerzo. Una vez más como desde hace meses quedé hipnotizado por el juego, motivado por la lejana esperanza de deducir las leyes que rigen esa variante del billar, modalidad del azar controlado digna de Lewis Carrol.

La observación con ignorancia de la física lúdica, su traducción en números ilógicos en la ciudad de Manchester y el sabor de la yerba Canarias en Montparnasse –mientras afuera continuaba el diluvio- le daban a mi espíritu disperso las cercanías de una condición zen del Oriente de allá. Ataraxia perfecta, si bien algo afectada por el recuerdo de la historia pendiente del malogrado traductor y así fueron pasando las horas. Mientras comprobaba la desaparición de las bolas rojas y la reaparición con vuelta al paño –en puntos precisos e inmodificables- de las bolas de otros colores, mi primer nivel de atención avanzaba complicado y satisfecho. El segundo level sin molestar estaba en pleno cónclave, discutiendo, cotejando, evaluando y cuando John Parrott colocó en la tronera la bola verde -con un golpe de taco que el locutor de acento belga calificó de prodigioso- llegó a la superficie del pensamiento (primer level) la orden elaborada por sentimientos contradictorios y pasiones reprimidas: llamar por teléfono a la mujer que envió la carta.

Ignoraba qué había imaginado entre la orden íntima y la ejecución práctica de la misma. Del otro extremo de la línea acechaba un respondedor, el mensaje grabado era claro y lacónico, la voz de la mujer si es que esa era su voz me pareció suave; desde luego no correspondía a la supuesta voz que le atribuí durante la lectura de la carta. Estaba en estas elucubraciones cuando finalizó su mensaje y antes de que llegara el bip autorizándome a hablar colgué intimidado. Apenas lo hice me arrepentí, llamé una segunda vez, volví a escuchar a la voz de la mujer grabada, dejé un mensaje entre el agradecimiento por la carta y estoy en el número tal. La inquietud dejaba de pertenecerme, era un hombre sumiso aguardando la llamada de la desconocida si es que ella estaba en la ciudad.

A eso de las nueve de la noche sonó el teléfono, todo marchaba bien en el Trastévere y Roma era una maravilla. Esa noche salían con los amigos a comer en una trattoria y yo nada tenía para contar o acaso que había avanzado en mi proyecto sobre La vida breve. Estuve a punto de preguntar si entre los colegas traductores del colegio de Arles, se sabía del camarada malogrado en el intento de traducir la obra de Quiroga, recordé que ignoraba detalles primarios al respecto y preferí guardarme las dudas para el regreso. Perdí la esperanza de entablar contacto ese día con la mujer, estábamos de vacaciones y mucha gente había escapado de la ciudad en diluvio. Ella seguro que estaba lejos de París, en la costa Normanda escuchando el ruido del mar, en una casa retirada del sur planeando excursiones a las islas con amigos, su recuerdo y la insistencia del malogrado. Lo de malogrado era apropiado al destino de un aviador, un piloto pionero de comienzo de siglo y era anacrónico al oficio de traductor. Crisis rápida e inevitable, rotura de alambres exteriores, instrumental de cabina que enloquece, fallas del motor experimental, caída en picada tras aterrizaje de emergencia en un claro providencial en plena selva de Misiones. Podía suponer el desconcierto de aterrizar de esa manera piloteando el monoplaza Larousse en la selva de la literatura de Quiroga, admitía que se trataba de una maniobra riesgosa.

Lo que la carta de ella dejaba sin aclarar era si había, entre la condición final de malogrado y el proyecto de traducir los relatos de Quiroga un vínculo directo, relación que de tan grosera refutara la estadística de la casualidad. Alguien que comienza un proyecto que incluye al salteño, asume la serie de calamidades que recuerda todo ensayo biográfico sobre su persona. Itinerario poblado de infortunios, que sus hijos Eglé en 1938, Darío en 1951 –año de mi nacimiento- y Pitoca trazaron con constancia desestabilizando el azar y la genética, hundiéndose a fondo en la tragedia. El malogrado quien fuera que sea, cuando acometió su empresa de traducción, conocía la leyenda sobre el escritor salteño y por tratarse como supuse de un espíritu racionalista, habría trabajado durante años para probar lo contrario; que la leyenda hereditaria es una absurdidad él lo creería antes de volverse un malogrado. No se trata aquí de la vida de Quiroga sino de sus escritos, su literatura es selva fascinante y traidora, quienes leímos en los años escolares alguno de sus relatos, sabemos que entramos en ósmosis con vegetación peligrosa y fuimos inoculados por la yararacuzú de palabras, veneno de escritura sin antídoto.

El asunto crecido era la traducción, la aventura interior para el pobre hombre de adentrarse en una modalidad esquiva de la locura irreversible, intentar salir como pudiera de la expedición y reescribirla luego en otra lengua. Cada vez que volvía sobre ello, a mí se me hacía más luminoso que si la carta había llegado hasta mis manos, esa carta, fue porque había un vínculo entre la empresa de la traducción y el personaje malogrado, final insinuado que con razón o sin ella comenzaba a visualizar. El prólogo a Anaconda tampoco dependió de mi voluntad, fue otro capítulo aislado de una trama editorial soslayando mi entendimiento. Lo que ignoraba era que el conocimiento de la historia, la historia que me contó la mujer y la lectura de los papeles del aviador del bimotor, me llevaría a meterme en un libro de otro que tuvo impedimentos para ser publicado, como si guardara verdades que molestan a determinada gente y la mera evocación del nombre de Quiroga inquietara aún a ciertos espíritus pundonorosos.

Había quedado solo en la casa, tenía frío y afuera era noche cerrada, en la televisión pasaban un certamen de natación con información intercalada sobre un campeonato femenino de hockey sobre césped. El sonido que interrumpió parecía provenir de lejos, tal vez otro departamento del edificio y la insistencia terminó por alojarlo en mi casa. Supe que era ella, terminaba mi semana dedicada a La vida breve sustituida por la brevedad de la vida del malogrado; dijo que nosotros –ese nosotros pudo ser los hombres y temo que se refería a los uruguayos- no solemos responder las cartas, al menos con la premura con que lo hice; logró sorprenderla y lo expresado, yendo en mi contra era sin más opinión de lectora aficionada. La dejé hablar o ella disuadía responderle siguiendo la musicalidad de la frase hipnótica y sin yo comprender qué diablos hacía en un asunto confuso, fisgoneando una historia que seguro lograría distraerme de Santa María. Parecía bruja, ella se adelantó diciendo que quería conversar y librarse de una historia curiosa, dijo que remontó impedimentos mayores, siendo su fórmula elegante de nombrar el olvido. El encuentro casual en la librería Tschang de la obrita de Quiroga y la curiosidad por mi prefacio reactivaron dudas pasadas; como escribió en la carta, mi condición ontológica de uruguayo, de ser viviente ignorante de ciertos episodios, me afianzaba una póliza de complicidad y agregó que contaba para la eventualidad con mi curiosidad filológica.

Nunca me interesaron los detalles de la gente pero sí la magia de ciertas coincidencias; es molesto haber pasado por episodios de la literatura uruguaya sin comprender lo sucedido. Era el caso de Quiroga cuando la retórica de la incertidumbre parecía suficiente para seguir de largo, siendo que faltaban enigmas y refutaciones explicando más allá de lo inefable. «Mañana» replicó cuando manejé la posibilidad de un encuentro para conversar; «lo invito a almorzar» y consideré que era pronto. Había en su voz la seguridad de un mañana o nunca, yo guardaba la intriga sensible que suscitan capítulos por retahílas en la biografía del escritor admirado: «conozco un restaurante modesto y acogedor por el lado de Belleville». Terminé aceptando ir ese mañana a las dos de la tarde, al acogedor si bien modesto restaurante de un barrio popular de París. La cita, por el tiempo, clima, lugar y circunstancias era original, preguntó si me gustaba la comida china, seguro sabía que me gusta la comida china y dije que sí, lamentando la ausencia de una parrilla en Belleville para intercalar alguna oposición a sus mandatos. «Entonces mañana a las dos. Sé que puedo parecer fastidiosa y precipitada, pero cuando cese la lluvia dejaré de lado los deseos de contar historias íntimas. Seguro que no se arrepentirá, puedo acercarle información que lo salve en algún momento de desesperación». «¿Que me salve de qué?» pregunté. «De malograrse. Usted bien sabe de qué se trata».

Cuando colgó pensé jotacé sos un pelotudo, era claro que detrás de la calma aparente esa mujer estaba completamente loca. Un freno mental me impidió ir a Roma y quizá somaticé las ganas de quedarme encerrado; desde hacía dos días venía perseguido por dolores en el ojo derecho, después de cuarenta y ocho horas conseguí despejar el escritorio y ubicar las carpetas con notas que necesitaba. Cuando llegó la hora breve de comenzar el trabajo en serio, coincidía con una cita a ciegas en un restaurante chino de Belleville donde hablaría con la supuesta conocida del malogrado traductor de Quiroga al francés. Comparado a esa encerrona de las casualidades tóxicas las leyes geométricas del snooker eran de inmaculada transparencia, por fortuna y para sortear la noche previa había en los estantes de la cocina una botella de whisky medio llena. A eso era casi medianoche, comí una porción de quiche lorraine fría que quedó en la heladera desde el domingo pasado, comenzaba en la tele un circo de luchadores norteamericanos, mucha brutalidad gestual e inclinación por la farsa enmascarada; por unas horas me alejarían de la rabia por haberme dejado meter en el asunto. Ello duró poco, creo que soñé cosas terribles entreverando viejos fantasmas, supuestos para la cita del otro día y horas frente al televisor, imágenes que podían transferirse a la categoría de pesadilla y cuyos pormenores evitan el interés de nuestra recapitulación.

*

Nunca había visto llover tanto desde el año de las inundaciones en el litoral uruguayo. Desperté temprano al otro día con dolor de cabeza y permanecí más tiempo del habitual bajo la ducha, con la esperanza de que al salir del baño el golpe de agua torrencial hubiera aflojado. Era peor; preparé un café en la cocina mirando por la ventana, hacía tres días que llovía así y en algún momento antes de mediodía debería amainar. Era lluvia tropical macondiana transportada, como si hubiera comenzado cerca del canal de Panamá y que a pocos kilómetros de la cocina bramara sobre el delta de El Tigre, cataratas de Iguazú, desembocadura del Amazonas y crecidas lunares de la laguna Merín. Esa lluvia tenía por misión saciar de agua al continente americano hasta sumergirlo, cumpliendo profecías piramidales precolombinas.

Salí de la cocina con la taza de café en la mano, me senté en el sofá del living y prendí la tele con el mando a distancia. Un partido del playoff de la NBA entre los Bulls de Chicago y los capinchos de Pirarajá, algo así… resumen de la liga Española de Fútbol donde decían que un half izquierdo del Logroñés, que estaba seguro venía de Peñarol era paraguayo. En las promociones anunciaron para la noche la revancha del snooker de la víspera, estaba orgulloso porque deduje una ley: nunca se puede meter en las buchacas dos bolas coloradas seguidas, en cuando al sistema de conteo de los tantos el enigma persistía imperturbable. Había un pakistaní imbatible en squash, ha de ser un buen deporte para acompañar una terapia de electroshock.

Tocaron el timbre y abrí con fastidio la puerta, era el empleado de una compañía de desinfección, un tipo extranjero, húngaro o yugoslavo de pocas palabras, apenas saludó, parecía que durmió en el edificio porque estaba seco. Entró con un aparato idéntico a la máquina que los vendedores de café cargaban en el Estadio Centenario por el año 1957. El hombre fue derecho a su objetivo, abrió la puerta del wáter, roció el interior del inodoro, fue a la cocina, largó otros chorritos pulverizados en el fogón y la grasera para disuadir a las cucarachas. Luego abrió un cuaderno inmundo donde tracé un garabato de testimonio y él se fue escaleras abajo; la casa fue invadida por un olor repugnante que me salvaría de encuentros con cucarachas jansenistas, animales con los que tuve tratos inquietantes durante la infancia. Vuelvo a la televisión, el ambiente de la casa era irrespirable secuela de las emanaciones preventivas. El pakistaní se revolcaba de alegría por el piso después de haber marcado el punto ganador, continuidad de la transmisión: pelota vasca variante cesta punta en directo desde un frontón de Miami. Basta para mí, apago el televisor, voy al escritorio a dejar que pase el tiempo para ir al encuentro pactado. El olor de insecticida continúa su avance, miro de reojo el techo circense de la estación de trenes Montparnasse y el aguacero no aflojaba desde la mañana, era más violento todavía con ráfagas de viento silbando amenazantes, como si el gran dios Tlaloc hubiera esperado mi hora de salir y despacharse a gusto con su aguacero vengador.

Algo era sedante; un curioso laberinto de corredores con escaleras mecánicas me llevaría, desde la puerta del edificio donde vivo hasta el andén del Metro línea 6 y vagón uno de combinación subterránea para llegar a Belleville, pasando por zapaterías, bares, kioscos y vendedores de charcutería con grandes sombreros negros de Aubergne. Me pertrecho lo mejor que puedo, aquí me acostumbré a usar zapatos con espesas suelas de goma, me siento ridículo cuando tomo el paraguas plegable apto para el rocío e inservible para el agua que caía sobre París. En dos cuadras a la intemperie tendré que tirarlo en una papelera callejera, son paraguas baratos que vienen de Corea y Taiwán, en Belleville hay a patadas. Camino por largos corredores de la ciudad subterránea, hay agua por todos lados, gente tirada en los pasillos, el mundo que transita el lugar está fastidiado, la gente empapada sigue caminando como salida de la playa, sorprendida por una tormenta de verano, una dársena rota. El olor del Metro, de la tibia humedad de las personas que cruzo avanzando, es menos penetrante que el esparcido por el balcán del desinfectante para matar cucarachas o del húngaro e igual de inevitable. Hay algo de cianuro en esa fórmula, estoy seguro y que pica fuerte en el fondo de la nariz queriendo alcanzar el penetrante dolor del ojo izquierdo que viene aflojando. Nunca olí cianuro de tan cerca, nunca hasta ahora.

Llegué al Metro Belleville con veinte minutos de adelanto, siempre lo hago cuando voy a una estación de Metro por primera vez y camino por los alrededores si el tiempo lo permite, mirando los comercios, buscando. Hace diez años que estoy en París a la búsqueda del Café perfecto, un lugar donde leer y escribir, escuchar el silencio de la tarde avanzando indiferente a la tragedia humana, tomar buen café, alguna copa; durante todos estos años he logrado aproximaciones pero igual sigo buscando. Salí del Metro, una estación pequeña y de pocos pasillos, subí por la boca más próxima a la calle de la cita que estaba en el interior del barrio y había un buen trecho por delante. Aquello seguía siendo un diluvio, tenía la esperanza de que hubiera parado mientras viajaba en los subterráneos y el agua corriendo por las escaleras de la entrada ahogó mis ilusiones. Lo primero que hice cuando llegué a la superficie, fue correr hasta el toldo de aluminio de un comercio exportación-importación de chucherías orientales, sacos Mao, paraguas retractiles, palitos de comer arroz, nunchakos verdaderos para fracturar cráneos. Hacía frío y el viento se decidió por la tendencia transversal haciendo que lloviera de costado, de atrás y en todos los sentidos, San Pedro era un karateca enloquecido convertido a la comedia musical y el paragüita apéndice inútil; veinte minutos todavía para el sufrimiento.

El restaurante convenido para el encuentro –si mis cálculos sobre el plano de Belleville antes de salir eran correctos- estaba en una callejuela lateral que a los efectos podía estar en Macao. Cruzando la calle casi enfrente del import / export hay un pequeño bar, fui hasta allí siendo el único lugar con la apariencia de refugio intermedio antes del encuentro. Todo parece absurdo, el patrón del bar, un gordo de mostacho tiene aspecto de mosquetero jubilado, la radio está encendida a medio volumen, suficiente para equipararse a la lluvia y el dial marca una estación de las nostálgicas tipo Clarín, como Montecarlo CX 20 a ciertas horas de la mañana allá en Montevideo. Cuando entro me topo con la voz de Luis Mariano cantando las virtudes de México, algo sobre el poder del sol en irónico contraste con la situación que vivimos. Esto es absurdo y la revancha vengativa de Tristán Tzara, hay en el bar -un mostrador en paralelo al estrecho corredor donde se alinean pocas mesas- un negro flaco sentado bebiendo una cerveza y vestido con ropa de musulmán africano que lee. A primera vista podría ser el Corán, pero se trata de una publicación con pronósticos de carreras de caballos y el negro, con una Bic de plástico, hace números inmerso en una concentración digna del hombre que calculaba. En el mostrador, apoyados y de pie dos tipos de facciones asiáticas, más próximos a la banda de Fu Man Chú que a discípulos de Lao Tse, discuten animadamente en versión original. Por fortuna el viejo televisor que hay en una punta del estante de las botellas está apagado, lo único que me salvaría de la desesperación sería ver el final del partido de pelota cesta punta, que ahora mismo se estaba disputando en un pilotalekua soleado de Miami, en la Florida.

Me mando de parado un calvados a palo seco buscando calentar el cuerpo y resulta un error, como esa mañana olvidé desayunar el licor de manzana durante el trayecto quema por dentro. El patrón, viendo que lo tomaba tan rápido, sin que le diga nada, recordando estocadas a fondo de la juventud de esgrimista, sirve otra medida que logra alejar mis protestas. ¿En qué hipódromo del mundo real habrá carreras esta tarde, en las que el negro apostó cien denarios luego de intensas reflexiones? Del fondo del bar superando la distancia del corredor con las mesas llegan olores químicos y naturales combinados en la letrina. ¿Qué hago y en este lugar abierto de turno del universo cerrado por reformas? Aguanto como un gascón la segunda sensación de quemadura interna, miro la boleta de lo debido al patrón, dejo las monedas necesarias sobre el zinc y salgo del boliche.

En el tiempo que cambian las luces del semáforo del cruce fui rescatado del naufragio de pescadores, cuando atravieso la esquina me pego a la pared y avanzo hasta los colores entre amarillo y colorado del restaurante. Desde antes de entrar estaba resignado al Buda recubierto de pintura dorada y guirnaldas de flores, bajorrelieves tridimensionales con caballos desbocados que hubieran hecho las delicias de Sun Tzu, globos de papel blanco sirviendo de lámparas ambientales, tubos diferentes o campanitas ceremoniales con signos, el ingenioso sistema dando la ilusión visual del río incesante que ha de llevar a la mar que es el Tao. A lo sabido incluyendo musiquita con esas voces femeninas finitas, como si fuera locutora militante de la Rosa Amarilla de Tokio, llamando a la deserción en masa de marines yankis liderados por Gregory Peck. Es enternecedor el olor de restaurantes chinos, no de sahumerios humeantes de varilla, sino el proveniente de las cocinas, donde trabajan marmitones con cuchillos filosos, aceites de distintos vegetales calentados en recipientes circulares, donde se vierten otros frutos de la naturaleza. Es rara la debilidad por ese olor de cocina oriental que en nada corresponde a la infancia, es un perfume nuevo descubierto tarde y después que salí de Montevideo, como si mi magdalena fuera un arrollado primavera, metido en salsa agridulce con gotas oscuras de soja, cilindro mágico incrustado al interior del calidoscopio olvidado.

Los restaurantes chinos de Belleville conocidos eran minúsculos pero aquí, apenas ingresado dos metros en el local, recibido por la voz que parecía venir de los muros saliendo de una china diminuta y la fuerza de la disposición geométrica, imitando un jardín de mesas tendidas con modestia, el reciente pasado tormentoso era recuerdo remoto. Estaba en una ciudad lejana, en otra ciudad. La presencia en azules de la china vieja me ayudó a sacarme la gabardina, recuerdo barcelonés de El Corte Inglés; ella hizo señas, gestos mínimos indicándome que la siguiera, pretendí explicarle a la china –que debió estar en el itinerario de la Gran Marcha- que esperaba a una desconocida y estaba cinco minutos adelantado. Esas minucias temporales con las chinas intemporales exiladas en Belleville parecían cosa imposible, aquello era el decorado interior de una película de Kurosawa de los años cincuenta. Resignado seguí a la buena señora, como quien persevera con la debilidad por una pipa de cerámica rellena de opio. Ella me condujo hasta un apartado amplio, contrariando longitudes bonsai aplicables al local según las apariencias.

Ella la otra estaba esperándome, era una mujer de edad ociosa a referir, mirada clara que pudo protagonizar una lucha de angustia introspectiva protestante en un guion de Bergman. En cuanto a los años decidí la sesentena avanzada, que sin necesidad de maquillaje se refugiaba en unas décadas menos y naturalidad distinguida en el invierno desprolijo, como si hubiera estado esperando desde el comienzo del otoño. Ignoro por qué aguardaba algo más campechano y sentí lo de siempre; incomodidad de estar impresentable para uno de esos encuentros casuales que suelo tomar como otra actividad de entrecasa.

Mi sweatshirt Levis y el jean sumando los zapatos eran espantosos, podría justificar el desarreglo escudándome en lo intempestivo del temporal que se abatía sobre París; recurso descartable, el contraste era de esencias, provenía del aspecto de la mujer venida de lejos, de una espléndida ciudad italiana en primavera resplandeciente. La diferencia estaba en que ella se había adelantado en el tiempo de la cita mientras yo bebía los calvados de parado en el boliche. Era ella que esperaba, con lo que el efecto del factor sorpresa quedaba por entero de su lado; provenía además de su premeditación al haber elegido el restaurante y dos gestos de nerviosa seguridad: fumaba el tercer cigarrillo y se parapetaba en la tranquilidad contenida en la taza de té humeante. Aroma profundo y perfumado, experiencia de la serenidad ubicada en las antípodas de lo que supuse luego de su llamada.

Sonrió insinuando que lo pensado era sin importancia, allí estábamos para otra cosa y que nada tenía que ver con la liquidación en Galerías Lafayette. Dejó que me acomodara en mi sitio e instalara en la circunstancia, comentó algo sobre los desastres del clima sin exponer la ansiedad neurótica por enfrascarse en sus problemas. Todo lo contrario, alguien que nos hubiera visto habría pensado que éramos colegas de facultad, prontos a departir sobre el temario de una revista literaria, primos que pasaron siete veranos juntos de vacaciones en la infancia y se reencuentran después de veinte años.

Teníamos aspecto de galeristas que deben compartir un negocio grande fuera de las posibilidades de cada uno, actores sin suceso de taquilla, prontos a montar una pieza experimental traducida del polonés sentenciada al fracaso de público y crítica.

– ¿Tiene apuro, está apurado?, preguntó una vez que encargamos los platos, elección donde caí en lugares comunes habituales.

-Para nada, le contesté. Hoy nadie me espera.

-Mejor así. Quiero recordarle que es mi invitado y preferiría que habláramos del asunto conversado por teléfono al final del almuerzo.

-Como quiera, temo decepcionarla en cuando a las informaciones, estoy lejos de ser un especialista en Quiroga.

-Mi querido amigo… eso lo sé. Su prólogo siendo sensato trasluce que nada tiene original para agregar, ignora capítulos enteros del relato y descuidó buscar como corresponde. Tengo una intriga sugestiva para contarle que nadie conoce. ¿Le siguen interesando las historias curiosas, como aquella que tuvo la cortesía de referirle Daniel Urrutia en San Carlos?

La bola negra en la tronera. Ella, pues, había leído mi último libro editado en Montevideo y llegó hasta el último cuento donde hacía referencia a mi amigo carolino. Luego del retraso en la cita era mi segunda desventaja en pocos minutos.

-Siempre me intrigan las historias, respondí. Cuando escasea la imaginación lo sensato es tener oído atento y pocos escrúpulos para la trascripción clandestina.

-Ahí tenemos un punto de convergencia. Usted escucha y yo cuento, será para mí la manera de liberarme de un asunto que me hizo daño. Un sacerdote que duda de su Fe sería inconcebible para mi espíritu republicano, una amiga termina dando consejos que nadie le pide, el psiquiatra interrumpe cuando es hora de atender otra angustia aguardando en sala de espera. Alguien de sus cualidades hará lo imposible por robarme la historia y puede que sea una estrategia de exorcismo. Para llegar a eso tenemos una hora, un precio razonable ¿no le parece? ¿Qué hace alguien como usted nacido en febrero, en pleno carnaval del sur, viviendo en esta ciudad donde el sol se hace raro?

La pregunta me sorprendió por inesperada; el precio a pagar por escuchar era el tiempo y cierta confesión, pregunta sibilina sin parecer agresiva. Tratándose de una desconocida mentí explicaciones, la serie de razones pergeñadas durante años en tiempos de crisis de pertenencia a este lugar y siendo ciudadano de paso. Ella escuchaba aparentando interés, a veces sonreía y parecía distante de entender lo que yo argumentaba.

Eso duró hasta que terminé los nems envueltos en hojas tiernas de lechuga y hojas de menta intensa, de una delicadeza inesperada habida cuenta de la fachada del tugurio y mi aprehensión inicial sobre las bondades de la cocina. Ella, la mujer de la mirada clara, comió una ensalada apropiada a alguien cuidando su cuerpo al gramo. Cuando la hermana melliza de la china del comienzo nos retiró los platos, la mujer de la mirada clara bebió un poco de té y recuperó la trama de la conversación.

-Lo que cuenta y perdone las precisiones que puedan parecerle impertinentes, son las razones por las cuales no está en Montevideo.

-Supongo que es lo mismo, le respondí.

-Ah no, mi amigo, se trata de asuntos diferentes. Nunca van a ningún lado ni llegan a ninguna parte, ustedes lo que hacen es dejar de estar allá.

-Le adelanté razones a mi entender convincentes. Puede que tenga razón en retocar mi visión, persiste otra sombra de vida que queda por allá tirando para el lado del Parque Rodó. Usted y yo podríamos estar conversando en otro restaurante chino, entonces con idéntica naturalidad y soltura de cuerpo preguntaría la razón por la cual abandoné París. En mi ciudad hay poquísimos cocineros chinos y son más que aceptables.

-Lo sé, viví una temporada en Montevideo, dijo sin perturbar en nada el paisaje sugerido de la mirada clara.

-Eso es jugar haciendo trampas, repliqué. Lo pudo decir antes.

-Es un detalle sin importancia y nunca hago trampas, acotó restándole importancia al incidente. Hice, pero no ahora, viví en Montevideo cuando en la ciudad había un solo lugar donde se servía comida china, de la misma familia propietaria de los locales actuales.

-El Hong Kong sobre la Avenida 8 de Octubre casi Garibaldi, la calle donde pasé mi infancia. En la misma vereda y lejos, a kilómetros de distancia, en la otra punta de la muralla.

-En aquella Montevideo usted sería muy chico.

-Lo recuerdo porque mi padre me llevaba al Estadio Centenario a ver los partidos de fútbol, casi todos los fines de semana. Para volver a casa tomábamos el ómnibus frente al Hong Kong. Nunca fui a comer allí.

-Con ese dato puede deducir mi edad y que lo tiene preocupado.

-Mi infancia y su edad son lo de menos. ¿Qué hacía una mujer como usted en Montevideo?, le pregunté.

-Una historia de amor. ¿Por qué otra cosa se puede abandonar el norte para ir al invierno montevideano? Con más precisión si me permite: averiguar por qué fracasan ciertas historias de amor intenso, agotadoras. Valió la pena mojarse un poco para conocer el restaurante por dentro… llegó hasta aquí desconfiado, detrás de una historia y capaz que se lleva dos. Será la lluvia, tal vez su recuerdo del Hong Kong… estoy de buen ánimo para abrirle el corazón a un desconocido, usted es un hombre afortunado.

-La ensalada de brotes de soja pudo ayudar en su franqueza circunstancial.

-Tampoco se pase de listo. Es el té, si prefiera una razón tangible. Aquí preparan el té que necesito y está el cigarrillo, la lluvia afuera, el perfume del incienso en honor de Buda y la inminencia de las confidencias. Si los dos tuviéramos veinte años menos lo seduciría, ahora es otro dominio de seducción que me interesa. Aprovechar la situación, esta irrepetible configuración de eventos para evocar mis inviernos montevideanos con alguien que los tiene tatuados en los huesos.

-Sin olvidar mi recuerdo infantil del Hong Kong considerado como ilusión chinesca.

-Fue decisivo y participa de casualidades ingobernables. La tragicomedia de mi amor se representó en un departamento de la Avenida Albo, cerca del Hong Kong.

-Tengo miedo de abrir la boca y decir algo. Lo que sea, una palabra, un gesto inapropiado que quiebre el encanto de porcelana de esta situación inexistente. Sería una pena y pérdida imperdonable.

-Demasiada curiosidad la suya.

-Se la canjeo por otra historia de amor y si prefiera la ubico en Montevideo, hasta con restaurante chino de la misma familia de entonces.

-Le tomo la palabra y espero que me convenza. ¿Qué tal está ese vino?

-Pido una copa para usted y lo prueba.

– ¿Pero el vino está bien?

-Tan bueno casi como los nuevos cabernet sauvignon uruguayos. Es una pena que en Belleville empecemos con nostalgias montevideanas, será el vino… tengo la impresión de que nosotros hace tiempo que nos conocemos.

-Oh, quién le diga… puede ser, quizá.

Pagar por ver cartas y bola colorada en tronera del rincón para seguir jugando con otros colores, la vieja ley del póker y billar podía aplicarse a la situación. Estaba frente a una desconocida de cuyas fronteras razonables tenía dudas, en un apartado de restaurante chino que podía estar en una barcaza en aguas jurisdiccionales de Hong Kong, descolgado de París por la tormenta eléctrica que en unas horas disolvió las siluetas de la arquitectura llamada París.

Me fastidiaba que la mujer de la mirada clara hubiera vivido allá, igual se daban condiciones para que yo contara alguna cosa, una historia secreta del pasado que nadie conocía. ¿Qué mejor que inventar una crónica de contradicciones? Como si ella fuera una vieja amiga de la juventud con la que nunca había ido a la cama, comencé a narrarle la historia por la primera vez.

Los detalles con la colaboración de la mujer de la mirada clara del mesón chino es mejor que permanezcan como un secreto de nosotros tres. Lo curioso eran las emociones experimentadas a medida que avanzaba en el relato, se ampliaban la importancia y otras tonterías, nuevos detalles minúsculos capaces de alterar una vida. La lejana comenzaba a crecer a medida que la melancolía se instalaba en Belleville, lograba difuminar con su memoria -como la lluvia lo hacía con los perfiles de la ciudad- mi interés por estar ahí.

Estaba instalado en un recuerdo nunca escrito, creí entender en un momento que si acepté encontrarme con ella no fue por su sutil insistencia telefónica, ni la invitación pues tenía decenas de justificaciones para rechazarla, sino por mi necesidad de conversar con alguien sobre aquello; tal vez con la sola persona que encontraría en mi semana dedicada a la fragilidad de cada vida breve. La pareja es lo que hubo antes tal como me enseñaron, dejando abiertos corredores de desinterés donde a veces uno termina quedándose solo; debí ser convincente en mi relato.

-Es una bella historia, dijo ella cuando bebí el vino dando por terminado mi cuento. Como con toda situación, depende de una serie de resoluciones.

-Debería escribir un libro de autoayuda, si fuera así de sencilla la vida… la única excusa que manejo es la de la escritura, para las restantes emociones humanas me volví más cínico y su vino se adecua a las circunstancias.

-Es joven todavía para hacerlo por entero, aunque el cinismo se le nota demasiado y me alegro por el vino.

-Es posible, hoy estoy con defensas bajas. La lluvia acaso y puedo admitir lo que sea dicho en mi contra: estaba comentando hace un rato algo sobre la cuestión inmobiliaria en la Avenida Albo.

-Es una calle que tiene la extraña condición de recordar un puente, comparada con las grandes avenidas que la rodean es breve, elegante por tramos. Une el inmenso parque donde se ocultan mansiones espléndidas con barrios populares; en una de las cabeceras del puente sin río había una confitería cuyo nombre evocaba un viento. El Siroco.

-El instituto Crandon y su verde inglés.

-Cierto, es el único sitio de la ciudad donde hay algo notorio de la pérfida Albión.

-Está el Templo Inglés y el cementerio de los ingleses cerca de la costa.

-Por favor, no se ponga fúnebre. Allí cerca había también aquel inmenso colegio de monjas, una fortaleza de la moral y la educación cristiana.

-La casa Mera también, dije.

-Cuando empezamos a acordarnos de las pizzerías algo en el selector de la memoria funciona mal. Ahí en la zona el bar era el Siroco, mientras estuve en Montevideo siempre íbamos al Siroco, todas las tardes, a tomar el té o algo fuerte, observar a otras parejas.

-Un caballero con todas las de la ley.

-Primer secreto entre caballeros, se trataba de una señora. Después tuve una vida socialmente correcta con nietos, pero la razón para ir a Montevideo era una señora.

-Caramba, dije.

-Si, caramba fue lo que ella dijo cuando nos conocimos en París hace casi medio siglo, es decir en otra ciudad de la que París sólo guarda el nombre. Era una joven poetisa uruguaya fuera de toda sospecha sáfica para las moralidades reinantes, con cierta aureola de implacable devoradora de hombres. Una historia de primavera parisina y continuidad en el invierno de Montevideo, combinación poco favorable para preservar un romance. Mi querida no los devoraba a los hombres, los seducía por el juego, era joven, inteligente y perversa. Le agradaba lo raro, la removía aquello que fuera extravagante, estudiante púber con tendencias incestuosas, homosexual catequizado a quien desconcentrar aunque fuera la brevedad de un week end, una diseñadora francesa. Casos así eran su debilidad, ella cercaba a todos los que hubiéramos podido ser poetas sin saberlo y nos vampirizaba. Algo que yo podía decirle en un entreacto del Teatro Solís, en el Siroco o en la cama, podía transformarse en el final rotundo de un poema de amor dedicado a un hombre de la sociedad literaria. Sabe a lo que me refiero, eran historias de amor las que ella vivía, asegurándose un botín de guerra consistente en extraer la médula poética de sus amantes ocasionales. Le cuento esto como ardiente prólogo, los episodios que justifican nuestra entrevista tienen referencia entre sí, forman parte de la comedia mayor. Cuando entendí su procedimiento y la manera de funcionar, llegado el momento en que lo otro, el deseo furioso de posesión vicaria podía más que la pasión y la ternura, me apropié de un modesto botín de batalla. La inexperiencia y la prisa desordenada hicieron que me llevara del departamento de la Avenida Albo un cuaderno equivocado, deseaba alzarme con un manuscrito de mi amante orgullosa e incauté algo distinto… era esto.

La mujer de la mirada clara puso sobre la mesa un cuaderno con aspecto de libro del que tiraron un único ejemplar. Se trataba de un cuaderno veneciano dignificado por el pasar del tiempo, la tapa estaba cubierta por esas vetas moteadas de colores evocando los vinos rojos finos, custodiando un sitio donde alguien debería escribir párrafos dignos de vencer el olvido.

Será porque trabajé en una librería de viejo, un instinto de lector avisó que se trataba de una pieza interesante y quizá valiosa. Ante la irrupción de ese objeto irrepetible en el transcurrir de mi vida, debía retener la ansiedad por precipitarme por hojear el contenido.

-Vamos, ábralo, dijo ella. Sería una tontería resistirse por el qué dirán.

Así lo hice, en cuanto lo abrí en la primera hoja manuscrita que topé yo leí Hommage à Horacio Quiroga y más abajo tres iniciales de un nombre desconocido: JPM. Luego, tapizado por una escritura de redacción precisa, pareja e inquietante de color ocre, se desplegaba un cuaderno redactado en francés que cambiaría mi rutina los próximos meses, haciendo que 1997 se volviera otro año inolvidable.

-Hace años que ese cuaderno me acompaña, dijo ella melancólica como si fuera una despedida, el segundo movimiento de la sonata 26 Les Adieux. Antes de hablar de lo que contiene el cuaderno, quiero responder a sus dos preguntas sin formular. Nunca sabré e ignoro la razón verdadera que me lleva a entregárselo, porque lo estoy entregando para que se lo lleve. Es probable que esta misma noche despierte arrepentida y tampoco conozco la causa para que suceda ahora. Cuando llegó al restaurante no pensaba dárselo y ahora creo que lo decidí hace tiempo; debía haber algo involuntario en su prólogo parecido a los jardincitos de la Avenida Albo, la memoria que este año se cumplen sesenta años de la muerte de Quiroga… quizá el cuaderno busque ser una larga carta otoñal de amor persistente a mi vieja amiga, confiando que cuando ella lea que salió este libro publicado en Montevideo, recuerde nuestro invierno de la Avenida Albo, el viento sur pegando contra los ventanales del Siroco, se arrepienta de haberme dejado marchar por cobardía y egoísmo. Estos gestos de apariencia imperial, como la entrega desinteresada de un manuscrito, tienen motivaciones mezquinas y le exijo que nunca comente los pormenores de nuestra entrevista.

-Tiene mi palabra, se lo prometo.

-Gracias, le advierto que estaré atenta a la manera que decida para pasar este sortilegio personal por el circuito editorial.

-Mi poder al respecto es limitado, diría que inexistente; haré lo posible… ahora mismo se me ocurren cien preguntas.

-Sucede que se acabaron las respuestas.

-Usted impone que confíe en su palabra, falta conocer el valor literario que tiene el manuscrito y saber quién se esconde detrás de las letras JPM.

-Ah si… el enigma de las letras. ¿Le gusta el sake?

-Después de otra botella de vino.

Supongo que estaríamos bajo escucha vigilada con micrófonos en la mesa, pues sin que mediara señal alguna la primera de las ancianas chinas llegó con otra botella del mismo vino. Sucedían allí cosas escapando a mi entendimiento. ¿Qué ciudad habría afuera cuando saliera del restaurante? ¿Cómo haría para llegar a casa si fallaba la máquina del tiempo? ¿Qué sería de mi trabajo sobre La vida breve?

-Hace años le escribí a mi amiga sobre el enigma de las tres letras, ella fue breve y áspera en su respuesta, los años le agriaron el carácter. Tenga, lea, le llevará apenas un par de minutos.

«Querida:

             consultas por el cuaderno hurtado… es una larga historia, un amor que roba a otro. Pocos días después que Quiroga muriera llegó a Uruguay, desde el sur de Francia, un joven hermoso y emprendedor. Vino con dos misiones editoriales, conectar a un poeta argentino de la vanguardia literaria y encerrarse un tiempo para traducir la obra publicada de Horacio Quiroga al francés. El extranjero se instaló en la ciudad de Colonia, para estar en un lugar tranquilo equidistante del espacio y el tiempo, un mirador al resguardo de celos y envidias. Comentan que se enamoró de alguien y apasionadamente; ahí vivió como un desterrado del Río de la Plata, dicen que tradujo una enormidad, pero una extraña enfermedad comenzó a degradarlo al punto que renunció al proyecto de una vida.

Tú bien sabes cómo fui siempre, apenas enterada de la existencia de ese espécimen quise conocerlo, me lo propuse y lo logré. Llegamos a ser buenos amigos, aunque conociéndote supongo que desconfiarás de mi sinceridad. El francés renunció a finalizar la traducción de nuestro Horacio, por otra parte bastante avanzada, pero urdió en contrapunto una suerte de curioso homenaje al suicida escrito en un cuaderno que me encomendó. El mismo cuaderno que fuera robado en nuestro último encuentro que se supuso amigable; ya verás qué puedes hacer con ese huérfano literario… esos textos son como si nunca hubieran existido.

Pretendió ser el primer traductor de la obra integral de Quiroga al francés y renunció al proyecto después de una fogata. Quizá se convirtió a la condenación de la leyenda, aunque supongo que la verdadera maldición en literatura es la de ser uruguayo. Me enteré de que eres abuela, te felicito. Te quiero aunque nunca entiendas.

Tuya … «

La firma final de la carta era fácil de leer, recuerdo que quedé de una sola pieza y no por sentimientos manejados en la misiva, menos por la persistencia de cierta pasión odio perceptible a pesar del pasaje implacable de los años, sino por el nombre involucrado. Lo tuve que releer, necesité leerlo varias veces y convencerme de que lo vivido hasta ahora no dejaba respiración para una broma.

-Si, el nombre es correcto.

-Esta carta en manos inapropiadas desataría un escándalo.

-Eso nunca sucederá, dijo ella.

Tomó la carta entre sus dedos, sin esquivarme la mirada la rompió en dos pedazos, en cuatro, en ocho y los dejó caer sobre los restos del pato laqueado. Mejor así, nadie lo creería si intentara contarlo y aunque vieran la carta nadie en Montevideo estaría dispuesto a asociar ese nombre al episodio. Sólo quedaba como prueba de nada el cuaderno veneciano de la impecable escritura obsesiva.

– ¿Qué contiene el cuaderno?, le pregunté a la mujer de la mirada clara sin hacer referencia a la carta destruida.

-Difícil de decir… aparentan ser cuentos siendo otra materia escrita, hay novelas abortadas y relatos con enigma, por momentos semejan historias dictadas bajo hipnotismo, reflejos de pesadillas, trascripción de un estado cataléptico. Un caos de varios estilos que necesita ser ordenado para entenderlo, no es lo que a mí me agrada leer, algunas páginas del cuaderno me llevaron al pánico; jamás lo pudo escribir un francés ni con cincuenta años viviendo en Uruguay, eso es lo horrible. Por momentos parece la traducción de textos de Quiroga pero las fechas enloquecen la hipótesis, hay referencias a episodios sucedidos después que Quiroga murió, al menos que aceptemos la tesis de los espíritus errantes. Está la unificación de la escritura, autores distintos que utilizaron una misma mano.

-Disculpe… lo que usted avanza son lugares comunes y puede que se trate de un simple epígono del salteño, otro mal imitador. La traducción puede ser una actividad peligrosa cuando lleva a una identificación inesperada.

-Está en las vísperas de comprobarlo. Primero léalo, después intente traducirlo al español.

-A usted lo único que le importa es que se publique, redondear su venganza sentimental de la Avenida Albo.

-Voilà… para eso lo necesito y debo dejarle la oportunidad de traducir.

-Nunca traduje un libro en su totalidad.

-Es un buen momento para intentarlo.

-Sucede que estoy ocupado en otros proyectos de escritura.

-Si así están las cosas, ahora mismo puedo restituir el cuaderno a la cartera.

-Tampoco es para tanto, dije tratando de detener la catástrofe. Después de leída la carta creo estar en una situación que supera mis capacidades, empezando por el entendimiento.

-Es probable y esto debe resolverse hoy.

– ¿Tiene más cartas por el estilo en su poder?

-Si usted traduce el cuaderno y consigue publicar el resultado en los meses venideros, podemos pactar otro encuentro para el próximo invierno. Sobre la literatura rioplatense hay infinitos secretos guardados en cajones.

-Usted será mi garganta profunda.

-La de Watergate, supongo.

-Claro y me delega la responsabilidad de una ardua tarea.

-No sea insulso y recuerde la vida complicada de esos hombres.

-Traslúcido como razonamiento.

-Hay que despedirse entonces. Se hizo tarde, confieso que parto sin dejarle gran cosa, un cuaderno con materiales mudables, la obligación de creerme para seguir adelante, trabajo y compromiso por un pacto de vacilantes promesas.

-El tiempo lo dirá. Es curioso y perdone, creo estar frente a una mujer viviendo en el pasado.

– ¿Hubiera preferido que llevara puesta una camiseta Calvin Klein y lo citara en un Ted Mex? Usted confunde ignorancia con prescindencia, estamos metidos en la resistencia, puedo imaginarme el universo sin la trilogía de Lucas o los desnudos de Madonna… vaya… usted conoce el camino. Le dejo un número telefónico ilusorio y aquí le negarán mi presencia una tarde lluviosa. Todo depende del fin del año, el próximo invierno acaso lo vuelva a llamar para otra carta o una fotografía tomada en Tarbes.

La mujer de la mirada clara, que tal vez volviera a encontrar en otra oportunidad cuando ella quisiera se estaba despidiendo. Me levanté despacio.

-Gracias por el fuego -dije señalando el cuaderno- y por lo otro.

-Nunca olvide que ese cuaderno se lo dieron y eso que hay ahí es la escritura de otro.

-Hasta dentro de un año, señora.

-De usted depende.

A la salida del reservado del restaurante las viejas chinas, idénticas como dos gotas de absenta, aguardaban con mi impermeable y una bolsita de plástico donde coloqué el cuaderno veneciano que fuera de la mujer de la mirada clara desde la tardecita que lo robó. Afuera era noche cerrada, consulté el reloj y vi que se quedó sin pilas; podían ser las ocho o las tres de la mañana. La ciudad estaba sumergida en la negrura de la noche, el bar del mosquetero jubilado y el negro musulmán turfista estaba cerrado, el único punto de referencia era la indicación de la boca del Metro.

¿Llovía? Lo olvidé, puede contarse que retrocedí el laberinto de corredores vacíos llevando hasta el apartamento en la rue du Commandant Mouchotte. Los metros tardaban mucho en pasar y el tiempo era sin imporatancia, hojeaba el cuaderno sin decidirme a leerlo, para eso tendría la noche; era cierto que el encuentro con ciertas mujeres cambia parte de la vida.

Habiendo descubierto un tiempo necesario como oxígeno puro para escribir mis cosas, tenía ahora tareas de reproducción y salvamento de la escritura de un tal JPM. Me enfrascaba en los subterráneos de la traducción y luego en la más ímproba tarea de hallar alguien que se lanzara en la aventura de editarlo, las pérdidas deben repartirse entre los amigos pero tampoco hay que abusar. Desde esa primera noche comenzaron tres meses de sonambulismo, insomnio, cotejo con diccionarios y enfrentamiento con el caos en otra lengua que debía trasladar a la nuestra. El desorden era como si JPM hubiera escrito el libro que a mí me gustaría escribir sin que nunca hubiera logrado hacerlo; una situación incómoda, no tanto por la cuestión de estilo –en la traducción debí llevar agua para mi molino- sino lo aleatorio de la construcción, producto de una mente de escritor que en la praxis funcionaba de manera diferente. Cotejado a un oficio distinto al mío de enseñar, fue esa una operación extraña de traducción y la mujer de la mirada clara tenía razón; suponía encontrar una sucesión de elogios a Quiroga, esbozos biográficos sobre aspectos desconocidos de su vida, algún método francés que explicara las razones de la persistencia de Quiroga.

JPM quiso trasmitir que lo único importante es la lectura, que un gran escritor es el que incita a dar el paso, como si JPM en lugar de traducir las obras de Quiroga se hubiera decidido a vivirlas, viejo método ensayado con resultados inciertos. Vivirlas quería decir escribirlas, esa era la justificación de su vida, la objetividad escrita de un fracaso; acaso alguien pueda entender su concepto trastocado de la selva, la idea de admitir un libro inacabado y tampoco era un esbozo comenzado. De Horacio Quiroga recordamos aspectos puntuales de su vida y un conjunto de cuentos, JPM pretendió redactar los intervalos de olvido entre lectores, escribir la memoria herida, el recuerdo de aquella escena de aquel cuento, sin casi nombrar a Quiroga el salteño habita cada frase del cuaderno como modelo de situaciones. Lo anterior es una materia textual que me hubiera gustado escribir con mis propias manos, tengo una cita con la mujer de mirada clara prevista para el invierno, me consta que posee secretos a los que quiero acceder a como dé lugar, siento que el trabajo impuesto es pago de una deuda y regresaré a mis papeles, temeroso que luego de la traducción pueda llegar a escribir algo correcto.

Lo curioso es que JPM –lo advertí cuando el trabajo estaba terminado- son las iniciales de mi padre. ¿Quién dicta la resolución de terminar los libros? Hace muchos años mi padre y yo nos parábamos en la esquina de 8 de Octubre y Garibaldi, los sábados alternados y los domingos veníamos de ver jugar a Peñarol. Esa complicidad nos acercó, era allí en esas circunstancias que hablar de fútbol tenía sentido, en la esquina donde estaba el bar Siroco. Saliendo de la tribuna Olímpica del Estadio Centenario, subiendo por Garibaldi unas tardes y otras por Manuel Albo buscando 8 de Octubre, siempre charlábamos del partido. Una vez llegados a la esquina yo miraba a lo lejos el verdor del Parque de los Aliados, el final de la Avenida Albo, odioso nombre para un peñarolense y guardaba unos minutos para concentrarme en la entrada misteriosa del restaurante Hong Kong.

Quiero creer que fue una de esas tardes, melancólica porque Peñarol apenas había empatado con Danubio, cuando yo ignoraba que mi padre era mortal y creía que el Hong Kong era un restaurante reservado para los chinos que este libro comenzó a escribirse luego de traducido. Podría asegurar que vi a una mujer de mirada clara sentada junto a los ventanales del Siroco, mientras papá buscaba consolarme por el punto perdido en la cancha de manera tan tonta en los minutos finales del partido.

-Hoy el cuadro anduvo a la deriva, dice mi padre.

– ¿Papá, qué es andar a la deriva?, le pregunto.

Era tarde, el sol distante del invierno se escapaba en picada hacia el ocaso detrás de los edificios. Ordenadas por el dragón habitando nuestro apellido, de pronto se encendieron las lamparitas del luminoso del restaurante Hong Kong, apareciendo ante mi imaginación infantil lindísimos farolitos de papel, mariposas multicolores de la noche surgiendo de una barca imperial guardada por guerreros inmortales, cargada de lujosos presentes, deslizándose río abajo por el cause incierto de la memoria. Aprieto entonces la mano grande de JPM y él sabe que yo también lo quiero mucho.

Post escriptum

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Querida Anainés:

                         Nunca más volví a ver hasta ahora a la mujer de la mirada clara y seguro que habita la misma ciudad desde donde te escribo. El número de teléfono que me anotó en el restaurante de Belleville estaba fuera de servicio desde hacía varios meses, a la segunda tentativa que hice por localizarla con los medios a mi alcance supe que era tarea inútil y abandoné el intento. Veremos si una vez publicado el material, si ello se produce y como fuera pactado ella da señales de vida.

Esta es la historia verídica del manuscrito que te estoy enviando, tal como conversamos los últimos días de junio en la calle Blanes. Tú verás si puede activarse alguna palanca, si vale la pena poner la maquinaria editorial en movimiento y hacer de estos papeles un libro. Por los aspectos legales del episodio, dudo que alguien allí en Uruguay reclame la autoría de los textos precedentes. Atraviesan el proyecto heredado historias aludidas y antiguas de Montevideo cuyos personajes están en segundo plano, abandonando la escena otoñal, desafectados por el desgaste como el bar Siroco de 8 de Octubre y Garibaldi, rumores que nadie querría desempolvar.

Antes de llevarlo a La Poste dentro de un rato, anoche mismo leí hasta tarde el manuscrito. La traducción al español podría mejorarse corrigiendo imperfecciones de mi entera responsabilidad, falsas opciones, contrasentidos, confusiones de nombres y fechas, cosas propias del descuido. Este material, desde que ella se desprendió del cuaderno me quema las manos, atrasa mis propias invenciones y quiero que salga cuanto antes de mi cercanía. Lo leí esa última vez y como balance puedo confesarte que tampoco incorpora nada nuevo sustancial o documentado al conocimiento de la obra de Quiroga.

Quien sabe… quizá sea esa la labor paradojal y secreta de la crítica literaria que tanto nos interroga, acrecentar sin pretenderlo el misterio persistente de algunas escrituras singulares. Los autores se continúan leyendo mientras persiste un enigma, el saber que ninguna edición crítica llega a desvelar, la intuición fulgurante que termina huyendo de nuestra lectura como un puma joven. Inexplicable como el rastro de sangre del jabalí herido en un bañado de Rocha, el humo acre de una pipa de cerámica, el hedor a sábanas manchadas de pensiones demolidas del bajo montevideano. Ese regusto a cianuro diluido en un siglo de lecturas y que persiste en la boca luego de leer un cuento de Quiroga… algo así.

Tanti bacci

JCM

La tele de Babel

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Al despertar aquella mañana invernal de un sueño intranquilo el comisario Bugatti supo, delante del espejo del baño, que seguía siendo el comisario Bugatti sin que hubiera ocurrido la aberración de la metamorfosis. Esa mañana él se levantó más temprano de lo habitual y salió del dormitorio procurando no despertar a la asmática de su esposa; como todas las mañanas abrió el ventanal grande del patio hacia un paisaje de montañas lejanas, polígonos industriales contaminantes, dispersas casas campesinas y pensó que si alguien por venganza quisiera matarlo, ese sería el mejor momento.

Bugatti era un hombre robusto y honrado, ello le aseguraba una agonía de tercera edad prolongada con la mente aceitada y una carrera privada de ascenso; recorrió las viejas habitaciones familiares de lo que sería la futura familia numerosa, siempre y cuando la pobre Marcella no continuara perdiendo embarazos.

Se estaban viviendo tiempos relativamente tranquilos. Nada comparable con lo sucedido hace cinco años, cuando estalló por todo el perímetro de la ciudad un ruido constante de escopetas, de explosivos mecánicos durante la llamada semana negra y sus siete asesinados. Episodio tipo cosecha roja que dejó en entredicho el honor de las autoridades policiales; desde entonces, Bugatti temía que algo parecido de desestabilizador volviera a ocurrir.

Como cada mañana, en apenas media hora quedó pronto para enfrentar la jornada. A partir de las 7h, 30 los subordinados estaban autorizados a telefonearle al domicilio, cosa que muy rara vez sucedió en los últimos meses. El comisario se preparó un desayuno copioso: panceta frita, huevos revueltos con queso, un par de tostadas, café cargado, jugo de pomelos y abundante leche achocolatada.

La casa estaba ubicada en las afueras de Palermo y salvo contadas excepciones –en general cuando se trataba de ceremonias políticas y oficiales- prefería manejar él mismo la máquina hasta el comisariado en el centro de la ciudad, sobre una calle tranquila y vigilada en los costados de una plaza popular, disimulada por una larga hilera de árboles frutales.

Primero, el teléfono sonó una sola vez y pareció que se trataba de un número equivocado; luego se sucedieron una molesta sucesión de timbrazos neurasténicos, lo que disipó cualquier duda sobre lo excepcional del episodio.

-Pronto… dijo Bugatti.

Del otro lado de la línea tensa, el cabo Emilio Benveniste le informó que comenzaba la jornada con el enigma enunciación del cadáver de rasgos indoeuropeos; un hombre había sido asesinado las últimas horas de manera tan desconcertante, que justificaba esa intromisión tempranera y la puesta en alerta de los protocolos hermenéuticos.

– ¿Le parece que puede ser complicado?

Siendo todo tan reciente -tanto la información como el desconcierto- Benveniste lo ignoraba y estaba trasmitiendo apenas las primeras señales performativas recogidas; ya había dado la orden de dejar intacto el campo semiótico contaminado y si de verdad son arbitrarios los signos, bien podría serlo su enunciado reenviando al postulado de una orden. Cualquier detective medianamente informado que conociera las funciones del lenguaje enunciadas por Jakobson estaría advertido: nada de recuperar indeterminaciones del lenguaje poético, un cadáver es tautológicamente un cuerpo work in progress: a saber un conjunto precario de señales significativas.

-Prepare una reunión general para las nueve y si considera que los redundantes mass media de la ciudad, en especial los descritos considerando su trasmisión de mensajes icónicos ambiguos, se ponen a olfatear siguiendo el rastro de la sangre fresca, cítelos al mediodía. Voy para ahí de inmediato.

Después de todo la situación tampoco parecía ser tan grave. Los asesinos con pretensiones innovadoras no suelen llegar tan lejos en sus iniciativas compitiendo en creatividad con los casos más clásicos. Asistido por un poco de suerte y de presión sobre las partes blandas del asunto, a las nueve tendrá al asesino confesando por escrito el delito en su escritorio. Si bien en los últimos tiempos se comprueba un cambio de tendencia, los asesinos regresan cada vez menos a las escenas de sus crímenes atraídos por una voz interior que dobla la vocación delictiva y el arrepentimiento residual del bautizo con agua bendita sin gas.

Bugatti terminó despacio el desayuno sin dejar de hojear un número atrasado de la revista Versus. La luz natural inundaba metro a metro todos los rincones del comedor familiar. Escuchó a los pájaros llenando del mismo canto de hace medio siglo los fondos cultivados de la casa donde señoreaban siete pinos centenarios; esos pocos minutos fueron suficientes para que supiera que sería un día hermoso atravesado por nubes negras del oficio.

El comisario se incorporó, se detuvo delante del espejo principal y cada vez que lo hacía era inevitable que pensara en Isidro Parodi. Viejo sabueso argentino que desde la celda 273 de la cárcel del Palermo de allá, insistía en insinuar que los espejos eran objetos abominables y conjeturando que reproducían el hombre imperfecto al infinito.

Antes de salir al mundo fluctuante regresó al dormitorio para despedirse.

-Hoy te llamaron. ¿Sucede algo?

-Simple rutina, le respondió Bugatti a su querida esposa.

-Siempre dices lo mismo en esos casos y sé bien que no quieres inquietarme.

Bugatti tenía demasiado problemas que lo aguardaban en la oficina como para continuar discutiendo en la zona referencial y conativa, su mente avisada estaba fuera del campo magnético hogareño; dentro de todo y usando las buenos argumentos, Marcella siempre entraba en razones.

-La lógica simbólica diría que faltan motivos para inquietarte, pero ello es secundario. ¿Acaso me vino a buscar un auto oficial con la sirena abierta?  ¿Fueron más de una las llamadas con varios interlocutores en el circuito? ¿Deconstruí mi rutina habitual durante el desayuno en razón del mensaje recibido?

-Está bien, con tres juicios de interrogación por hoy es suficiente… pero cuídate igual.

Bugatti caminó hacia la salida, sabía que los cadáveres sumados al caos real integran otra concepción del tiempo y que para el asesino –agotada esa ventaja temporal entre muerte y descubrimiento- comienzan a engranar los artefactos psicológicos que atrasan y adelantan el desarreglo. Había ruido proveniente de la cocina y él pensó “la eterna lucha entre lo crudo y lo cocido”; una mujer atareada en el lavadero tarareaba una canción popular que podría ser de Domenico Modugno: “seguramente siendo joven y hermosa, ella se enamoró perdidamente escuchado el tema ganador de San Remo 57” continuó pensando.

Abrió el gran portal y se metió en la corriente del sol. ¿Qué actos de habla o desarticulación del delicado equilibro de humores pudo llevar a un hombre -o a una mujer- a matar en vísperas de tan espléndido día? El motor del auto encendió el primer contacto con el mundo industrial, el circuito entre la neurona correspondiente del cerebro y el eje central de las ruedas alejó toda duda sobre una posible alteración. La máquina así incentivada se deslizó sin dificultad en la pronunciada pendiente de la primera curva –invadida de indicaciones de advertencia y anuncios de productores locales- que lo llevaría un kilómetro más abajo a la ruta principal.

En los campos aledaños ya estaban los hombres y mujeres en plena faena, algunos campesinos reactualizando códigos de sociabilidad ancestral levantaron su mano de manera automática significando su paso en la asepsia del paisaje preservado de pesticidas Monsanto.  Los animales, fantásticos prototipos bastardos y alterados de bestiarios imaginarios –creados por manos cluniacenses y cistercienses sobre códices iluminados medievales- huyeron volando y reptando cual mantícoras espantadas por el ruido del motor reconociendo el circuito. Bugatti quería recordar cuál era el título de la canción que cantaba la lavandera, aunque si era de la cosecha 57 bien podría ser de Pepino di Capri.

Mal día se presentaba ese para el teniente Gilo                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        Dorfles, nunca es bueno comenzar en la repartición detectives con un crimen de estas características tóxicas. “El nuevo diseño activo de la criminalidad apela a la atención de demasiados sentidos, la polisemia se presenta como más importante que el procedimiento dermatoglifo de Bertillon.” Le quedaba bien poco tiempo para reflexionar y el comisario Bugatti lo saludó sin la habitual amabilidad de otras mañanas anteriores.

-Alguien que comienza como yo la jornada en un día así tan estético, tiene que ser un gran coglione.

Dorfles consideró replicar ante tan violento inicio de diálogo laboral con un mensaje connotado por la injusticia de apreciación, pero Bugatti se le adelantó.

-Disculpe Dorfles, no fue mi intención hacerle vivir mi propia experiencia vicaria de ansiedad por conocer los detalles de lo sucedido y usted sabe mejor que yo mi situación doméstica. ¿Alguien está al tanto a esta hora de qué carajo se trata?

El propio Dorfles fue el primero en tomar la palabra, haciendo un descriptivo sintético por pertinente de la situación anómala. Hacia las afueras elegantes de la ciudad, en un pequeño castillo alejado del mundanal ruido –esmerada reconstrucción de una arquitectura divinamente inspirada del siglo IX y también con aportes infrecuentes de un gótico tardío-, camino de la llamada abadía innombrable de los iconoclastas, se encontró ritualmente asesinado al propietario y último descendiente de la familia que lo habita hace varias centurias.

Complicando el asunto del enigma y pasando de lo obvio a lo intrincado, tenía a su servicio cinco personajes cuyo pasado se estaba pasando al peine fino y ningún mastín cancerbero vigilaba el perímetro violado. Reciclando un clásico del género negro, el cuarto donde se halló el cuerpo estaba cerrado por dentro y el único mono grande que se había visto en las inmediaciones, pertenecía a un viejo circo y que pasó por la región hace más de cinco años: se trataba pues del binomio tradición/originalidad pero con variantes a la vez sutiles y brutales

“Seguramente en el 57 –pensó el comisario Ettore Bugatti, sin lograr recordar todavía quien había ganado ese año el festival de San Remo-, pudo ser Luigi Tenco… pero no: lo suyo en su tragedia con Dalila y posterior suicidio sin ser ciego en Gaza fue posterior a esa fecha.”

– ¿Móvil?

-Desconocido.

– ¿Hora del crimen?

-El forense estima en su informe preliminar que cerca de la medianoche.

– ¿Saña?

-No sabría explicarle.

– ¿Apareció el arma homicida?

-Aún la tiene metida en la cabeza.

– ¿Cómo es eso?

-Lo mataron con un televisor Telefunken lo que abre una posible pista alemana. De atrás, encendido y todo le incrustaron la cabeza en la pantalla o viceversa… un 25 pulgadas con control. Nadie tocó la programación, a esa hora emitían en la RAI una vieja versión de “El conde de Monte Cristo” del año 1954, con la actuación protagónica de Jean Marais en el rol de Edmond Dantès

-Ahá… seguramente un apocalíptico, algo relacionado a los tele evangelistas radicales que pululan en la isla, dijo Bugatti.

-Lo dudo, se atrevió a cuestionar por primera vez el teniente Dorfles, Un apocalíptico hubiera utilizado un objeto mortal que tratara sobre los mass media, sin recurrir a un objeto emblemático de los mass media. Ya lo dijo Rita Pavone:

non essere geloso se con gli altri ballo il twist
no essero furioso se con gli altri ballo il rock
con te, con te, con te che sei la mia passione
io ballo il ballo del mattone…

Luego de esa inopinada intrusión de la técnica del karaoke en la pesquisa, por vez primera Bugatti prestó atención sostenida a ese hombre de anteojos metálicos, pipa recta, prematuramente calvo y con extraña manera de vestirse. “Tiene algo diferente, una mezcla improbable de Alberto Sordi y John Beluschi… pero es bueno en el oficio”, pensó el veterano comisario.

-Más despacio Dorfles, más despacio… recuerde que todo crimen es un mensaje en clave que nos está destinado.

El comentario llegó oportuno, Dorfles sintió que estaba pisando terreno seguro y prosiguió con sus especulaciones.

-Un mensaje claro… también un concepto fetiche post moderno o un episodio de ruido altísimo en el circuito cotidiano enturbiando el devenir. Una serie de pistas capaces de confundir los avances de la investigación, llevándonos al terreno ilusorio de lo emotivo.

– ¿Usted de dónde viene Dorfles?

-Séptimo distrito de Bolonia, señor.

-Ya me parecía…

Bugatti se reconcentró sabiéndose en un día disperso por varias preocupaciones recientes y continuó organizando con su estilo lo que podría ser la investigación encaminada. Era incuestionable, la época del asesinato como una de las bellas artes había terminado y en el horizonte se perfilaba la vela latina de la pensión retiro prematura.

“Hasta en el horror cotidiano del crimen –pensó Bugatti- el medio es el mensaje: en qué se habrá transformado ese cuerpo tieso de un falso aristócrata decadente. ¿Un objeto real encadenado a su consistencia física? ¿Mensaje semántico de pasiones inmediatas sensibleras y nutridas por los culebrones colombianos? ¿La forma de mensaje cultural profético que augura los tiempos tontos y violentos que se avecinan?”

Bugatti sentía en carne propia el conflicto entre la tradicional y la criminología monótona de la era industrial, que tendió una alfombra rojo a la serie desplazando el caso único. “Soy un viejo zorro de una época superada de inteligencias diferentes. El nuevo caos hasta nos empuja a un léxico nuevo, una infraestructura terminología necesaria para la construcción de una visión coherente del nuevo mundo del crimen, aunque parcial.”

A su lado, el teniente Dorfles pareció entender la lucha interior del superior que alteraba a la vez el canon y los sistemas de interpretación. Le puso una mano en el hombro y de hombre a hombre, quizá por primera vez de colega a compañero le habló pausadamente.

-Vamos comisario… nos espera un cuerpo que tiene mucho para decir en su quietismo, un caso que nos aleja por unas horas de novios celosos y notarios travestidos. Recuerde lo que debía Valery: “cuánto más práctico es un espíritu, más abstracto.”

Un joven policía se acercó ansioso y de prisa al auto banalizado en que ellos llegaron el lugar del crimen.

-¡Comisario, comisario!!! Hay unas buenas pisadas en le jardín que puede ser explotadas.

Bugatti siguió su camino ya trazado sin contestarle ni detenerse; si al menos le hubieran dicho que esas pisadas correspondían a las cuatro patas de la bestia de Gévaudan…

¿Qué sucede comisario? Preguntó Dorfles un poco extrañado por la reacción antipática del comisario.

-Si los crímenes todavía se detectaron con pisadas en la gramilla, un molde de yeso y la superstición de campesinos asustados, estaríamos dudando del avance de la inteligencia humana. Tampoco debemos tener por objetivo de nuestras investigaciones estudiar los códigos ridículos que saturan la realidad.

-Pero la criminología debe estar abierta de espíritu crítico a todo lo que suscita curiosidad.

-Lo que usted llama hasta con orgullo inocultable criminología mi joven amigo, es algo que se está redefiniendo de continuo. A pesar de esa ignorancia final, conozco gente que daría la vida por ella.

-Sería inconducente trabajar en el vacío.

¿Le alcanza por el momento con saber que se trata de un conocimiento riguroso? ¿Puede entender que en principio sería la disciplina que considera el conjunto cerrado que tolera todos los cadáveres, que debemos distinguir entre cadáveres arbitrarios y los otros motivados que suelen ser disimulados? La relación arbitraria entre un infarto de coronarias y la muerte me es indiferente. Cuando la relación a explicar conecta un hacha ensangrentada de la marca Raskolnikov y el fin de la actividad eléctrica cerebral por descarga –por descarga del hacha- ahí recién, nunca lo olvide, comienza a determinarse con precisión nuestro objeto de estudio.

Ambos hombres sabían que los esperaba el caso todavía sin nombre popular; eran conscientes igual que era con la textura de la sangre fresca, entre ese olor a madera tratada y matadero clandestino cuando su actividad necesitaba de las especulaciones creativas. 

Después, todo el tiempo libre se lo devoran las última fotos de la romana Onerlla Mutti y las vicisitudes previsibles del scudetto…

-Usted bien sabe que víctima y criminal siempre son humanos. El enigma se cierta cuando se conectan esos dos extremos del circuito de otro encuentro ocurrido en el pasado, dijo Dorfles queriendo rescatarlo de una casuística fría y pretendidamente objetiva.

-Ergo, lo que cambia es el sentido; replicó Bugatti que parecía haber esperado ese planteo para llegar a una proposición evidente y luego continuó su tirada en tono quedo algo paternal. El crimen en nuestra sociedad que se cree post y todavía está clavada en el pasado, es la forma más intensa de la comunicación y fuente privilegiada de los relatos más recordados. El emisor de ese circuito corto, sabe con premeditación alevosa quién será el malogrado receptor de su intenso mensaje. Conoce por haberlos reflexionando los códigos violentos plurales, suspende en su conciencia alterada las claras consignas del Código Penal. El mensaje es simple, escueto: el triunfo de la muerte y la risotada de la venganza. El medio puede ser manual cuando se recurre al estrangulamiento, distante si se opta por bala y la prodigiosa mira telescópica. Lo más interesante del procedimiento es que se asegura el feedback más efectivo y garantizado: el silencio del lenguaje.

-De ser así, todo quedaría acotado a un paradigma esquemático.

-Lo mismo pensó el sagaz detective Lasswell del FBI: él se decía: tu pregunta quién dice qué, en qué canal, a quién, con qué efecto y tienes todas las respuestas necesarias.

-En primera lectura es correcto el procedimiento.

-Claro que si… pero debemos considerar que todo crimen es un sistema verbo gestual visual de alta complejidad.

-¿Cuál es su técnica?

-Sería osado y prematuro llamarla así… yo sé… escuche bien Dorfles: si hay algo sobre lo cual tengo una firme certeza, es que cada crimen es la traducción en lo real de un modelo secreto. Sólo en el caso que consigamos aislar dicho paradigma y que pueda funcionar en niveles de mayor complejidad, nos será posible estudiar todos los crímenes con el único objetivo de dilucidarlos; al menos los posibles crímenes que cometía el homicida.

A todo esto ya era mediodía.

Los dos hombres habían compartido un buen plato de tagliatelli Panzani con pesto rosado y queso parmesano, pero era tiempo de ir al encuentro del repertorio.

-Seguro que hay por aquí una buena biblioteca, fue lo que especuló Dorfles mientras subía la escalera de madera que resentía con ruidos ridículos de termitas haciendo claquetas el peso de los policías.

-Videoteca mi amigo… videoteca es lo más seguro y a propósito: ¿vio la última performance de la Cicciolina?

Dorfles prefirió ignorar esa grosería intertextual, tan distante de un espíritu sensible formado desde niño en la estética del neorrealismo de Ladrones de bicicletas. Además, sabía que lo de Bugatti era una broma de mal gusto, queriendo templar el ánimo antes de enfrentar al fascinante espectáculo de la muerte en movimiento y el enigma de otro crimen sin resolver.

-Dígame Dorfles: ¿qué le va pareciendo toda esta historia happening de la cabeza aristocrática y el televisor?

-Una metáfora exagerada, comisario.

-¿Usted tiene abono a la televisión por cable?

-Todavía no señor, lo estoy meditando.

-Debería, debemos conocer las armas sutiles de las nuevas tecnologías.

-Sería más sencillo considerar un cuchillo de hielo, un libro envenenado en los bordes de página o una cerbatana made in Amazonia. Pero un televisor realmente… parece obra de un desquiciado.

-Locos nos vamos a volver nosotros si no solucionamos el misterio en cuarenta y ocho horas… ¿qué le parece el enigma del control remoto?

-Lo veo bien tranquilo comisario, ¿ya tiene en mente alguna pista?

-Estamos obnubilados por la ignorancia en una selva de símbolos.

-¿Comisario Poirot dixit, comisario?

-Baudelaire, Dorfles… Baudelaire…

El personal del servicio -resignado por las funciones de distracción que suelen asignarle los protocolos del género- se había reunido como un solo ente sospechoso de varias cabezas, aguardando el interrogatorio contradictorio de rigor donde les sacarían todos los trapitos al sol. Tenían en sus expresiones sumisas el aburrimiento propio de los inocentes que se disculpan por ello. Estaban más preocupados esa mañana por el salario vacacional impago (que sería indigno reclamar antes de un prudente período de duelo) que por el destino victimario y eléctrico de su patrón.

Afuera del recinto las sirenas de la urgencia seguían ululando, como si estuvieran abriendo paso a un embajador partiendo al exilio. Las luces rojas giraban dando vueltas y más vueltas encima de los vehículos inconfundible de cada cuerpo de seguridad.

Bugatti pasó frente a todos ellos alineados a lo usual suspects contra un muro iluminado, calibrando a los cinco posibles culpables a la búsqueda de la mínima falla en sus versiones de juro mentirosas y aspecto delator: ladrón en pausa, satanista adepto del complot, homosexual enamoradizo, farsante de la picaresca comedia del arte y –la exclusión que confirma la regla- un hombre con honrados antecedentes.

Bugatti pensó en un clásico: el rostro es el espejo del alma. Recordó su afeitada de la mañana y quedó conforme con la analogía referida, aunque no tanto con la paz del alma de Dorfles.

El quinteto, esos buenos para nada, esos seis personajes en busca de autor si incluimos al difunto sólo podrían darle información fútil.

-¿Dónde está el televisor? comenzó Bugatti que disfrutaba las sinécdoques improvisadas y la ironía.

Su estilo de interrogar sobre el reciente extinto, más próximo de un ingeniero en comunicaciones que de un aguerrido sabueso del cuerpo de carabinieri logró desconcertar al personal. Estaba a punto de decirles que todos los convocados eran culpables de oficio hasta que demostraran lo contrario de manera fehaciente; fue el mayordomo farsante el encargado de responder.

-Esa es una pregunta que en nuestro caso es complicado sacarse de la cabeza.

-Mire Dorfles, hoy estamos de suerte… aquí tenemos al gracioso del dream team… dime payaso ¿alguien tocó algo de esta instalación de Nam June Paik?

-Nada señor, tal como lo indican sus colegas de ficción que salen en la tele… y disculpo señor esa infeliz coincidencia.

-Deja a esos Sherlock Holmes de BBC de lado que aquí nadie se toma por Jeremy Brett.

-Mas bien pensaba en Rex…

-Que nadie se mueva de aquí. Vamos teniente, creo que la comadreja está cerca, dijo Bugatti pensando que más tarde y con tiempo se encargaría de joderle la vida al gracioso.

Dicha escena referida había transcurrido en el primer piso de la residencia, en un estudio de trabajo totalmente cerrado. La única violencia exterior se observaba en la puerta de entrada, algo forzada por los empleados de la casa, que dijeron haber sentido un mal olor desde las primeras horas del día.

-Era muy pronto para la apoteosis de la putrefacción, acotó Bugatti con olfato detectivesco.

-Era olor a pelo quemado comisario.

Bugatti estuvo de acuerdo con esa evidencia. “Por fin –pensó- alguien que piensa en mis servicios. En buen poco tiempo, este mozalbete se quedará con mi puesto por la lógica dialéctica de los hechos; antes de dicho desenlace lo haré sudar un poco.”

-Desenchúfelo, ordenó el comisario.

Un fotógrafo de la técnica apagó el televisor considerado arma del crimen, elección que debería contener información latente por su elección sobre la psicología del asesino. El espectáculo resultante, dentro de la limpieza de la faena, era complejo por la transgresión de operaciones encendidas en su realización. Podía indicar a la vez violencia, ironía de inteligencia superior, esquizofrenia secuela de una lobotomía fallida y crítica radical de la sociedad capitalista punta.

A primera vista no se percibía la evidencia de ventanas forzadas, sótanos con trampas llevando al cuarto de los horrores ni pasadizos secretos detrás de bibliotecas falsas. Adentro del recito mágico había un hombre cincuentón en robe de chambre, sorprendido por el criminal mientas disfrutaba un Macallan 15 años 1957 sentado en un sillón Chesterfield bordó. El aparato había descrito en su envión asesino una curva descendiente, el humano al origen del mensaje lo había incrustado con violencia potenciada en la cabeza del infeliz. Era prematuro conocer la causa verdadera de la muerte, seguramente era el resultado de una conmoción cerebral sin por ello descartar una falla eléctrica del símil casco virtual o la explosión del tubo catódico.

El tubo de rayos catódicos, es una tecnología que permite visualizar imágenes mediante un haz de rayos catódicos constantemente dirigido contra una pantalla de vidrio recubierta de fósforo y plomo. El fósforo permite reproducir la imagen del haz de rayos catódicos, mientras que el plomo bloquea los rayos x para proteger al usuario de sus radiaciones. Fue desarrollado por Willian Crookes en 1875 (Wiki). En el equipo de audio había un disco cd con la sinfonía “El reloj” de Haydn y una casete de los mejores éxitos de Albano y Romina Power.

Una pequeñísima biblioteca exclusiva de incunables venecianos completaba lo básico de la decoración y donde había un pequeño hueco. En el piso, Bugatti recogió el volumen faltante. “Hoy nadie mata por Plinio el viejo, ni aún por un volumen en tan excelente estado y codiciado por coleccionistas obsesivos.” Sobre una mesita baja, la caja empezada de Romeo y Julieta, una lata abierta de Coca Cola descafeinada y un par de aventuras de Corto Maltés.

-De lo más complejo, Dorfles. Estamos ante un crimen mosaico, fíjese bien… pistas populares, clásicas y masificadas… muy difícil teniente, muy difícil… como si se tratara de una arborescencia queriendo desconcertarnos y le aseguro que el responsable lo logró, al menos en las primeras impresiones

-Comisario Bugatti, se acabaron los bellos tiempo de la artesanía del crimen; ese bello ejercicio ajedrecístico donde los cadáveres más emprendedores buscan los escaques y dos mentes poderosas proyectan sus movimientos… Una, por la perfección delictiva de evitar dejar pistas y otro para pillarlo por el olvido fallido o el pecado de hibris de un pequeñísimo error. Ello con las armas lamiñas de la intuición moviéndose en diagonal y los trebejos del ingenio.

-No sea pendejo Dorfles. Usted lee demasiado literatura policial, la vida se trata de otra configuración más real y hoy debemos admitir la existencia activa de una industria del crimen.

-Este crimen y específicamente: ¿es signo y símbolo?

-Evite pensar circunscripto en dualidades cerradas, abra la mente al campo de los posibles hombre.

-¿Quiere decir que podría tratarse de un ícono?

-Cuando se descarta lo posible, aquello que queda es excipiente y por más imposible que parezca, seguro se trata de la verdad. El mundo, teniente Dorfles, es la suma de los hechos que acaecen.

-Está en lo cierto comisario, hay otros mundos pero están en este.

Bugatti impuso un silencio de observación, recorrió la estancia simbólica tratando de recordar cada uno de los detalles.

-Teniente Dorfles, con nosotros y en este mismo cuarto también está rondando la inteligencia superior del asesino.

-Por la violencia dejada como mensaje parecerían ser profesionales venidos del norte, quizá la famosa hermandad genovesa.

-Sin embargo, por la estructuración de los elementos utilizados nos quieren hacer creer que eran seguidores de la Escuela de Fráncfort.

Bugatti tenía una confianza ciega en esa zona intermedia oscilando entre la ola intuitiva, tabla de la experiencia y playa de la deducción. El peso heredado de la tradición, le imponía sin embargo seguir nutriendo el sub mundo de la delincuencia, el entramado lingüístico mediante una delación retribuida y la promesa que supone toda traición; por un puñado de dólares, otro plato recalentado de lentejas, barra de droga afgana o distracción policial ante pillerías menores.

Esa noche salió solo, guiado por el deber algo apolillado y sin sexto sentido machucado, Bugatti se encaminó al terreno de los bajos fondos recalcitrantes e imprescindibles de la ciudad, buscando otra vez los misterios folletinescos de Palermo, su corte de los milagros en los mismos callejones malolientes por se dice deambuló el judío errante, hace más de dos siglos, buscando las luces de los burdeles donde nadie se detiene. “Aquí robarían hasta al mismísimo Fantomas”, pensó el comisario mientras transitaba esquinas con demasiadas luces coloreadas.

El olor penetrante de esa extensa ciénaga humana en especial lo excitaba; le hubiera gustado y hace tiempo, haberse levantado por dos horas a Mary Jane Kelly en la miserable ebriedad de Whitechapel, la noche previa a la que el tío Jack hizo su faena de carnicero con estudios superiores.

Eugenio lo estaba esperando, la alimaña olía bien feo pero Bugatti igual le ofreció un cigarrillo.

-Vayamos al grano cucaracha inmunda… tú sabes bien por qué yo estoy aquí a pesar de la repugnancia.

-El service audiovisual atiende sólo hasta las 18 horas.

-Conozco tu pútrido sentido del humor… hoy lo que necesito son bits con sentido y que señalen una orientación.

La noche era propicia a las delaciones fétida. El silencio si fuera material podía cortarse, se hubiera escuchando el vuelo diagonal de una mosca. Los hombres hablaban sin verse como en un confesionario clandestino de tahúres con mandato de arresto.

-Es muy pronto, dijo Eugenio. Hasta ahora, lo que viene siendo esencial es establecer la comunicación y menos lo que nos es comunicado.

-Adelante, adelante…. La lógica del sistema es problema mío.

Hacía muchos años que el comisario había aprendido en la Universidad del Asfalto, que la información pertinente consiste más en lo que puede decirse que en lo que se dice.

-Usted sabe comisario… la vida está muy dura entre la represión policial sobre el terreno y el multiculturalismo que se advierte en nuestras transacciones. La información operando en un circuito confuso y con polución de ruidos incomprensibles, es apenas la medida de una posibilidad de selección en la elección de un mensaje original críptico.

-Dios mío… hasta los soplones han cambiado de protocolos. ¿Así que ese es tu juego en las presentes circunstancias? Bien, entonces escúchame con todos los sentidos ratilla astuta, porque esto no pienso repetirlo: la información representa la libertad de elección de que se dispone al construir un mensaje.

-¿Y yo qué voy en eso como beneficio concreto?

-Nada, porque tú eres esencialmente una cucaracha; pero no se te olvide que debe considerarse una propiedad estadística de los mensajes en su origen de emisión.

A esa altura de la entrevista el comisario Bugatti estaba furioso contra su iniciativa y el receptor. Le desagradaba esa pérdida del auto control y el instinto de insecto carroñero que sobrevive incluso a las catástrofes atómicas.

Eugenio por su parte, integró a su razonamiento que debía pasar de las teorizaciones a un plano mercenario, evitando así las iras súbitas de su fuente de recursos.

-Esta noche hay liquidación, necesito pocas liras siendo mis necesidades bien modestas y tampoco hay mucho para decir.

-Tú y tu maldita redundancia… replicó Bugatti con los dientes apretados.

-Usted lo sabe muy bien, en los tiempos que corren la buena entropía es cara y peligrosa.

-Si no lo supiera estaría bien lejos de este estercolero oliendo las emanaciones mefíticas de una sucia rata. Es pronto y presiento un alto grado de incertidumbre desordenada en el repertorio de signos ambiguos que encontramos esta mañana.

-Tenga confianza… mañana puede aparecer algo determinante… hoy en promoción gratuita le diré que se fije detenidamente en los objetos.

-¿Del latín Objectum?

-Muy bien comisario, ya ve… a veces la etimología es el mejor sabueso gramático.

-Creo recordar que ello significa lanzado contra…

-Y con existencia fuera de nosotros mismos…

Bugatti sintió en la noche de la rata Eugenio la milagrosa epifanía de una cadena de silogismos desconsiderada, pasando del desdén profesional al entusiasmo casi solitario.

-Me pregunto por qué no me avivé antes: cosa puesta delante de nosotros y que tiene carácter material. Claro, claro… tampoco es mucho y da para empezar. ¿Cuándo nos vemos?

-Tranquilo que yo le aviso, tengo su teléfono aprendido a puñetazos.

-Nada personal.

Cuando Bugatti levantó la mirada luego de encender su cigarrillo le respondió el silencio; regresó a paso lento, esa noche tenía buen material conceptual para reflexionar.

Entró a uno de los bares ambiguos de la zona y donde era tan conocido como detestado; al verlo, dos hombres salieron presurosos por la puerta de servicio dando a los callejones oscuros. Bugatti estaba demasiado ocupado en su cadena de silogismos y deducciones como para abrir una segunda carpeta de indagaciones. Recordó los viejos tiempos y recupero en el crimen catódico todas las señales orientadas al desafío personal.

Cuando se acercó el camarero, el comisario le pidió una medida doble de Jack Daniels sin hielo y el teléfono.

-Hola mi amor… ¿cómo está esa salud a esta hora? Despreocúpate y descansa que por mi lado todo está bien. Lo de esta mañana resultó más complicado de lo previsible… si querida, claro… ya te contaré. Ahora no puedo hablar mucho… si querida, estoy bien abrigado. Tengo varios sospechosos para interrogar… exacto… un poquito más tarde… a ver si en vez de gritar como histérica te preocupas por esa podrida tos. Yo también te amo… adiós.

Bugatti pidió una segunda dosis de bourbon de Tenesse y la preguntó a una puta filipina cuánto cobraba por un polvo de media hora.

Dorfles lo esperó en la comisaría hasta las cinco de la mañana y comenzaba a clarear cuando Bugatti entró en los locales hecho un tigre de la Malasia. Se sirvió una taza inmensa de café negro y con la convicción de quien está rondando una eterna certeza, conminó la complicidad del joven teniente.

-Venga hombre, tenemos muchísimo trabajo.

Haber condenado en el pasado a tres inocentes por un análisis imperfecto de las pruebas materiales plantadas, le daba a Bugatti una comprensible cautela para lanzarse de inmediato a explotar sus primeras conclusiones. Consideraba aun así que esas fallas sólo afectaban de forma colateral lo medular de su propia metodología, en el oficio retórico de hacer salir a la superficie la verdad ocultada por una puesta en escena astuta del asesino verdadero. Lo que hace sobresalir a la figura olvidada del falso culpable, cuya construcción forma parte del montaje del asesinato. Raymond Burr, Darren Mc Gavin y Peter Falk también se equivocaron en algunos episodios.

Bugatti retardaba su impaciencia de sedimento juvenil apelando a los procedimientos que eran más convencionales.

-¿Alguien sabe realmente quién es el muerto?

-Por el momento, todo parece indicar que es un viejo padrino del Piamonte que tuvo poder hace muchísimos años atrás, respondió un Benvenista extrañamente silencioso esa mañana. Vino a vivir a la región con falsa identidad y buscando un poco más de tranquilidad, pero fue evidente que la venganza tiene cara de antifaz.

-Al parecer hubo alguna falla en su estrategia mudanza y desaparición, acotó Bugatti. ¿Piamonte me dijo?

-Es correcto; en cuanto a la identificación definitiva, los muchachos del departamento forense tienen mucho trabajo con eso de extraerle los circuitos sud coreanos del cerebro. Tampoco es a excluir ciertas modificaciones operadas mediante repetidas cirugías estéticas tras el famoso principio poético de yo soy otro.

-Coincidencias Dorfles… demasiadas coincidencias…

La carrera de Bugatti había agotado el repertorio aceptable de las fallas mecánicas y una vez más la ansiedad conducida por el tiempo que fluye a toda pastilla eran sus mayores enemigos. “Es preferible un gran error a la ausencia de diagnósticos hipotético, una falsa interpretación de los signos al vacío hermenéutico” pensó el comisario, contemplando lo que suponemos es la realidad con la mugrosa intermediación de los vidrios de las ventanas de su oficina.

Algunos vecinos llevaban a sus hijos al colegio y esa escena cotidiana le hizo recordar su propia infancia. Corriendo por las viejas calles de Urbino, tomando pendientes empedradas donde cada arco (del latín arcus, es el elemento constructivo de directriz en forma curvada o poligonal, que salva el espacio abierto entre dos pilares o muros trasmitiendo toda la carga que soporta a los apoyos, mediante una fuerza oblicua que se denomina empuje.), árbol, rostro y pared eran las huellas del pasado presumible de la ciudad.

Habían pasado muchos años desde aquellos episodios de educación e inocencia; a la mente movediza del comisario todo parecía cerrar a la perfección aunque la opinión pública se le volcara en contra. Entre el cristal de la memora y la mirada especulativa de Bugatti, subió el humo denso de cigarrillo turco, pensó en el ejemplo pedagógico del humo y el fuego que se deduce en lógica implacable. Una vez más el comisario decidió jugarse, los espectros amigos de su lecturas encabezados por el sargento Richard Cuff –un hombre tan aficionado a las rosas inglesas- le hicieron ver en una aparición digna de Camille Flammarion el rostro identificable del verdadero culpable.

Bugatti era un espiritista por herencia de la abuela materna, que ocultaba sus dones propios del siglo XIX porque nadie le creería y solía atribuir los éxitos de su pesquisa no al mundo de lo invisible, sino a casualidades posibles por la inestimable ayuda de sus subordinados: yo soy otro, pero no aquel que ellos piensan era la segunda parte de la consigna.

-Dorfles, prepare una orden de arresto.

Al oír esa orden el teniente quedó fijado en el relato como una estalactita, la sangre se le congeló ante el espectáculo imprevisible de una mente poderosa en acción. Era demasiado para tan solo veinticuatro horas de extravíos y se limitó a cumplir la parte mecánica del pedido. Colocó el papel en la vieja Olivetti, encabezó retóricamente el expediente y se detuvo.

-¿Qué espera teniente?

-El nombre comisario, lo ausente y lo que permanece es el nombre.

Bugatti hubiera preferido decirle un simple “continuará en la próxima entrega” y así ganar un tiempo precioso. La vida no es un folletín superficial sobre los misterios de Palermo ni menos comic de aficionados retenidos en la infancia, la vida es una herida absurda y una opera aperta. La vida es una tómbola tom tom tómbola o un soplo porque veinte años no es nada.Una rosa roja hubiera temblado más que el comisario Bugatti cuando dejó en libertad el nombre escrito por su mente.

Dorfles, lo poco de Dorfles que persistía en el relato ya se vio traslado de oficio a distritos de estructura ausente; pensó que Bugatti había enloquecido, la tensión ya era demasiado insoporrtable para este hombre y quiso apenas verificar si estaba en lo cierto.

¿Cómo dijo?

-Lo que oyó Dorfles, lo que oyó…

Bugatti dejó que Dorfles terminara el papeleo, luego trató de recordar si en el año 57 el ganador de San Remo había sido Claudio Villa, cuya voz le venía como un eco amable de la niñez. 

Lola de Lodz

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Que haga buen o mal tiempo tengo costumbre de salir a eso de las cinco de la tarde a estirar las piernas por la calle Verdi. Es una arteria relativamente breve que comienza perpendicular a un cementerio, cruza dos plazas íntimas –de los Olímpicos y Eduardo Fabini- y se distiende en la rambla Concepción del Uruguay, la calle ancha con canteros centrales marcando el límite de algo esencial de la ciudad que yo ignoro –escollera sumergida, proyecto fallido de arquitecto urbanista- y que luego sigue unos cien metros más, hasta morir en 18 de Diciembre.

Algunas tardes me quedo sentado en uno de los bancos de la plaza de los Olímpicos, pensando sobre las escasas variantes defensivas que tengo por delante en los próximos movimientos. Cuando la tarde es soleada aguardo la llegada de perros y vecinas, hasta que algún carro tirada por un caballo flaco me recuerda la ciudad en la que habito. Si está frío y llovizna me refugio en “El submarino Peral” que queda a once minutos de marcha a pie desde la segunda plaza, subiendo por la calle Candelaria. A esa hora de la tarde el café lleva bien su nombre, se respira una atmósfera de inmersión distante, como si afuera nos rodeará la profundidad oceánica y el periscopio estuviera plegado.

El lugar contradice la sensación de barrio sin sorpresa, se parece vagamente al café “Praga” del centro de la ciudad, último bastión ciudadano de una vida intelectual y bohemia a la antigua, malherida por los ventiscas post modernas carentes de ambición del talante Excalibur. En el espacio exiguo de “El submarino Peral”, reaparece el gusto por pasiones del pensamiento que llevan a abismar la vida en algún objeto preferencial –obsesión por un autor olvidado, como ser Denis Diderot- y la concentración reflexiva que aquieta la pasión resignada. Identificación de los tertulianos con esa militancia mental vintage que les devoró la vida dándole sentido, inventándose personajes extravagantes de una sátira que nunca será escrita. Supongo que voy por ellos al café, para verlos actuar detectando por ráfagas la manía que olvida la vida entre detritus, tentando adivinar cuál será el día, detalle, casualidad, error, consecuencia, el milagro secreto que abrirá las compuertas de la miseria, enfermedad, la locura y muerte accidental por mano propia. También a mí pueden perderme esas horas de invierno en inmersión, destinándome a una tarea beatífica de mero observador sin voz ni voto.

Si el ex maestro está en vena positiva, despliega las piezas de ajedrez sobre el tablero y alguien silva la melodía del tango “Copacabana” de Julio de Caro, me imagino estar en un café de Buenos Aires sobre Avenida Callao. El ex maestro ya no participa en competiciones de ningún tipo; algo ocurrió de terrible en su vida, en medio de una partida decisiva perdió ventaja considerable en posición, tiempo y material que lo llevó a abandonar el circuito: “uno puede ser un buen lector, que es bien difícil, sin necesidad de volver a escribir el mito de Fausto” me comentó alguna vez, y refiriéndose a su rechazo de la confrontación con otros contendores, que es el corazón cruzado del juego de Ruy López de Segura. Es más extraño porque la gente dejó de jugar ajedrez como cuando el mundo está en peligro de desaparecer; nombres como Lasker, Smyslov y Tartakower parecen guerreros mágicos de una saga de fantasía heroica, sobre combates aristocráticos fatales en planetas expulsados del tiempo finito y la Física cuántica.

Mantiene la pasión por la tradición de los grandes maestros mediante el homenaje diario. Se dedicó en cuerpo y alma a reproducir las partidas más bellas del ciclo de la épica lúdica destinado al olvido, conoce cada detalle de todas las partidas desde los orígenes del juego, hasta reproducir los movimientos entre el Hombre y la Muerte tal como aparece en “El séptimo sello”. Pudo deducir la partida entre el campeón húngaro Mirko Czentovic y el Dr. B. en el trasatlántico que hizo la travesía entre Nueva York y Buenos Aires. También el torneo a 34 partidas, que se jugó del 6 de septiembre al 9 de noviembre de 1927 en Buenos Aires, entre el ruso Alexandre Alekhine y el cubano José Raúl Capablanca; alguna vez lo escuché despotricar contra el ruso por haberle negado la revancha al cubano. Cuando evocaba las simultáneas a ciegas del argentino de adopción Miguel Najdorf –tenía especial admiración por la competición de 1943 en Rosario- nacido en Grodzisk Mazowiecki, cerca de Varsovia, la ilusión polonesa de los años cuarenta era completa.

De pronto, se escuchaba hablar en alemán a algún parroquiano venido de la guerra con esvásticas y sólo dos posibilidades de origen que era preferible dejar en la indeterminación. Entonces mi deseo de refugio se marchaba al café Gluck de Viena, pensando en los destinos trágicos de exilados de la violencia en “El Submarino Peral”. Recordaba lo que Stefan Zweig dijo del librero de viejo Jakob Mendel: “Pero, bien pronto, él se retornó de Jehová, el terrible Dios único, para entregarse al seductor politeísmo de los libros.” Se refería al personaje donde se dramatiza el dilema de la erudición en tiempos de guerra, el debate entre las armas y las letras, que vería también yo mismo y pronto en esas mismas calles del barrio. Por ahí caían los meteoritos de la guerra como estado del mundo y lejos de los puentes de mando, ondas expansivas de la violencia promoviendo una trampa entre los parroquianos de “El Submarino Peral”.

Observaba una variante de la defensa Alhekine y recordaba la guerra ruso japonesa por el control de Port Arthur, de cuando el gran maestro tenía doce años. Admiraba la astucia caribe de Capablanca para rematar una partida y recordaba que él tenía siete años cuando mataron a José Martí. Había un veterano que decía haber estado siendo niño en Tupambaé el 22 de junio de 1904 y yo recordaba algunos nombres de caídos en esa masacre que partió la historia de mi país en dos mitades. Quizá yo mismo regresaba en mis lecturas al olvidado Zweig, sus relatos por el dolor de inocentes destrozados de la Gran Guerra y porque se suicidó del otro lado de la frontera, el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, bien cerca de Río de Janeiro donde fui feliz alguna vez. Me veía a mí mismo recorriendo en la adolescencia “La batalla del Río de la Plata” de Sir Eugen Millington Drake, persecución marítima que inició la partida mortífera de la segunda guerra mundial, cuando tres peones ingleses encerraron una torre alemana y acorazado de bolsillo. Hasta que el capitán del Graff Spee -Hans Wilhelm Langsdorff- sacrificó la pieza mayor haciéndola implosionar en la bahía de Montevideo.

Ahí estaba mi paranoia Ismael, embarcado en un café que homenajeaba al primer submarino de la historia, de 22 metros de eslora y que desplazaba 85 toneladas en inmersión tal como enseñaba el Espasa Calpe. El invento de Isaac Peral y Caballero, nacido en Cartagena y muerto en Berlín en 1895 por una complicación de meningitis mientras le trataban un cáncer de piel. Historia militar de invención y vilipendio, indiferencia y hostilidad. El prototipo fue botado el mismo año que nació José Raúl Capablanca, el ajedrez retorna al campo visual cuando hay tambores de guerra redoblando cerca de casa. Los mandos le negaron al ingeniero Peral el permiso para atravesar el estrecho de Gibraltar –donde nació Molly Bloom y Corto Maltese pasó la primera infancia- desde Algeciras a Ceuta. El ingeniero, que redactó un tratado teórico práctico sobre huracanes, sucumbió a la campaña de difamación, seguro que montada con mentiras, papeles falsificados y espías financiados para sabotear su proyecto. Durante el último año de su vida escribió un manifiesto para defenderse, que sólo pudo publicar en “El Matute”, una publicación satírica, probando que toda tragedia declina a la larga su propia parodia. Sobrevivió a la guerra en Cuba, a la tercera guerra Carlista y siempre fatalmente hay un absurdo que arrasa con nuestras ilusiones.

Aquella tarde que yo creía haber escapado a un temporal cruzando a paso rápido la plaza Fabini, en “El Submarino Peral” me aguardaba la tormenta eléctrica de la memoria y quizá la razón de mi inclinación por considerar la situación perpetua del conflicto acicateado por dioses de la guerra. Estaba ahí para olvidar y se encarnó en mí un recuerdo infantil archivado por falta de pruebas: no debía ser casualidad que me encontrara con un camarada de la escuela primaria. Fuimos inseparables durante seis años, hasta que su familia cambió de barrio y nosotros de liceo; estaba a toda hora en bar, vivía en la misma manzana y el dueño decía que lo trataba bien porque era descendiente lejano del ingeniero Peral. Nos reconocimos de inmediato, nada preguntamos de la suerte en los meses pasados, es preferible después de los treinta ignorar pormenores de esa correntada vital. Retomamos la conversación como si ayer nos hubiéramos despedido en vida y habiéndonos encontrado luego de la muerte, cuando el pasado era ahora, descubriendo que el Purgatorio reproduce el café de la infancia.

Fue Juan Francisco quien abrió la partida paradigmática con piezas blancas: “¿Te sigue gustando el olor a cuero y pomada de las zapaterías de viejo?” preguntó, cambiando la apertura insulsa habitual en nuestros diálogos por una variante con sacrificio que nos llevaría lejos.

Yo: Si, si, entiendo… te veo venir… ahora que lo evocas claro que lo recuerdo. Para mi aquel capítulo fue un cruce desconcertante y mágico, ahora le perdí el gusto a los olores de taller de zapatero pero esos a los que te refieres son imborrables.

JF: Ella era una memoria inconcebible entre nosotros. La mujer esa… presencia providencial, embajadora de otro planeta furioso y destinada a trasmitir el horror de los otros números. Alguien la envió para pasar un mensaje sobre lo que nunca pudimos entender, críptico por insondable pero mensaje al fin y ella era la portadora. Te lo debemos a ti que se haya salvado del olvido, eludiendo la amnesia programada que nos carcome.

Yo: Claro, ahora con el tiempo es sencillo regresar sobre el asunto de la mujer del zapatero remendón. En el barrio lo sospechábamos como un juego implicando la cábala ancestral que ignoramos, ella pertenecía a un sistema mágico de pensamiento diferente al nuestro. Comenzó siendo un detalle del paisaje barrial, luego el tiempo hizo de las suyas buscando el sentido, alimentando el horror. El saber de una historia creciendo con información aleatoria, testimonios que sumamos de forma casual y azarosa, casi sin darnos cuenta.

JF: Hoy día falta información correcta, intuyo que nadie quiere aceptar eso de frente y las urgencias enturbian en pasado. Cuando lo sepamos en su totalidad será insoportable, si es que nos decidimos a querer saber.

Yo: Lo extraño es que ambos lo recordemos en la misma situación espectral, de manera distinta como cuentos gemelos y coincidentes en los datos centrales.

JF: Nunca dijo nada al respecto. Ella sabía que luego de la traducción al español sería imposible recordar lo vivido, a la vez que se liberaba contando volvía a ser prisionera tal vez en Belzec. Nadie le creería el relato hasta el fin, declararíamos que se confundió al cambiar de lengua. Los informados comenzaban a barruntar la historia y en nosotros el asunto requería un primer párrafo de aceptación.

Yo: Lo conmovedor era que se trataba de una mujer y había estado en el vientre del monstruo, la peor combinación imaginable para aquellos años: mujer, judía y polaca. Luego de descubrir su destino de muerte, saber lo sabido y habiendo escapado me cuestiono cómo podía seguir yendo luchando por la vida. Hacer la compra en el almacén q      ue queda siempre en la otra cuadra, levantarse cada día y mirarse en el espejo, enjuagar las medias en la pileta…

JF: Las fuerzas de la vida refutando la destrucción y disculpa la banalidad.

Yo: Tengo un recuerdo preciso. Iba seguido a la zapatería cuando todavía vivía el difunto marido; un verano, debería ser a esta misma hora, estaban por cerrar y ella venía de la cocina secándose las manos con un repasador. Vi que había algo en un brazo suyo que me encandilaba la mirada, parecía una mancha borra de vino al principio, un moretón de dos días que se vuelve violeta. En otras visitas, hipnotizado por ese borrón sobre una piel blanca y dura con pintitas marrones, reparé que era algo delineado por la caligrafía, difícil de asociar al capricho de la naturaleza, brote, sarpullido, la picadura infectada de un insecto.

JF: ¿Ella captó tu curiosidad?

Yo: Claro, ella sabía que yo era un niño ignorante del mundo, curioso por bobera y tenía la misma edad que su hijo

JF: Marquitos.

Yo: Tampoco dijo nada en plan reproche ni se sintió fastidiada por mi curiosidad insistente. Después del descubrimiento era flagrante que yo pasaba seguido por la zapatería y quería mirar esa mancha del antebrazo. Ello continuó por semanas; tratando de entender lo que sucedía y sin saber lo que ocurría de perverso en mi actitud. El tiempo de las revelaciones lo decidió ella y una mañana dijo: “Mira bien, son números. Esta es mi fotografía de identidad de hace unos años atrás: un número.” Supe que eso sería todo y por más que preguntara nunca tendría otra respuesta que eso que venía de escuchar. Lo dijo en voz baja, con aquella voz ronca que tenía… sin dejar de sonreír continuó trabajando en el taller… ordenando suelas enteras, juntando clavos semilla, acomodando cepillos circulares de la máquina de lustrar. Eran números alineados, quedé sin palabras ni poder deducir la razón de esa cifra en la ecuación del mundo. En esa época se me ocurrieron tonterías para evadirme por la imaginación de una revista de historietas; decidí que era la cifra oculta del universo cuya memorización y combinatoria abría arcanos últimos del conocimiento.

JF: Tampoco estabas tan equivocado en relación a los números. Eran guarismos aberrantes del universo, el brazo de esa mujer tenía tatuada la cifra del misterio y secreto de la destrucción de la razón, el nombre oculto por vergonzoso de dios y los dioses, del maligno y del advenimiento.

Yo: La transformaron en eso, la vida reducida a logaritmo tatuado sobre la piel humana viva. Las matemáticas abrían sus secretos rindiéndose a la humanidad, luego de siglos de historia velada seduciendo lo hermético, en la trayectoria del big bang hasta el final los números hallaban su razón de ser: punto de intersección entre arquetipos abstractos y el hombre. Desde esa revelación detesto las matemáticas que hicieron posible el horror que descubrí en la infancia.

JF: La ciencia no es responsable de lo sucedido, somos los hombres que…

Yo: ¡Y un huevo! Prefiero ser un vago malgastando la vida en la calle Verdi a estudiar esa objetividad abstracta teñida de sangre. La historia del horror es la historia de la ciencia, después de Hiroshima el edificio de la Física en sus declinaciones y los casilleros químicos de la tabla periódica están malditos por la eternidad. Nada las podrá redimir, habiendo concretado la traición contra la creación seguirán su éxodo hacia el final… tomarán un atajo por la tontería y la estulticia, serán algo estratégicos antes de la recta final para responder a la pregunta que sustituyó la relativa a la existencia de Dios: ¿Es posible abolir el Planeta en un gesto suicida de simetría artificial? Números enteros, series y operaciones de cálculo tienen por finalidad la ruina circular. Terminarán por atontar los cerebros que lanzaron su comprensible inteligencia del Cosmos, se abrió de par en par la puerta de los siete cerrojos a la demostración matemática de la desesperación. Nada podrá detenerlo.

JF: Los sabios cabalistas son prescindibles buscando números en las escrituras, el número secreto se tatuó en millones de hombres y mujeres, esa es la verdadera serie. Uno de los dioses es la cifra resultante de la suma de los marcados que resuelve la incógnita; ofrece la ecuación última del misterio, profetiza el número de vueltas que le queda a la Tierra alrededor del Sol. Ese dios utilizó a los nazis para borrar la soberbia que supone pretender probar su existencia.

Yo: Parecía una cifra de científico loco caricaturizado en las películas de serie B. Buscar a dios mediante los números y dios gritó que hay que buscar la criatura perdida entre los números. Yo intuía lo relacionado a los números negándome a admitirlo, estaba interesado en la historia como explicación racional y negando las deducciones aritméticas. Sabía que estuvo en un campo de concentración. ¿Qué noción podía tener a los nueve años de un campo de concentración? Nunca había ido ni al teatro Solís; a lo máximo y mediante la televisión lo suponía un campo de prisioneros con perros adiestrados y alambrados de púas, focos de luz y torretas, guardias armados hasta los dientes. Del resto nada, hasta era racional eso de numerar a los prisioneros; tampoco parecían prisioneros, prisionero eran Edmond Dantés, Jaromir Hladik y Patrick McGoohan. El horror fue un cuento que se fue conociendo en cuanta gotas.

JF: A ver, a ver… me parece que estás confundido.

Yo: Es posible, cada detalle era normal, a medida que se sumaban –como los números- actuando en conjunto el horror se definía hasta perder contornos. Había un número, la cifra buscada y estaba tatuada en la piel, esa cercanía alteraba el sentido de la historia, la noción de familia, la condición humana haciendo de la vida algo detestable.

JF: Ahí te puedo entender… el cambio para el resto de la existencia: tatuar en serie un antes y el después. Individualizar la supresión, organizar antros de muerte colectiva, atribuirle hasta el conjunto finito, banalizarla en depósitos de cajas de madera, proponerla como salida única y en condiciones de animalizar.

Yo: Numerar la muerte en una acción vasta y programada, agregarle un acoplado inédito a la guerra tradicional. Tarea digna de titanes ganados por la asepsia y el deseo de limpiar de escoria los dominios terrestres del hombre superior.

JF: La dimensión de la percepción del problema y postulando la solución absoluta, eso era la tesis. De ahí a una gestión racional de las prisiones… primera selección a ojo y criterios genéticos, trenes para el traslado al campo, cámara de gas y eliminación de cuerpos en hornos crematorios. La cadena industrial en astilleros y la muerte; uno de los frentes siguiendo mandatos de estratega berlinés y otra práctica en la retaguardia por la guerra secreta del alma. La guerra clásica a la manera de Helmut von Moltke y Carl von Clausewitz fue una maniobra de distracción para ocultar la enormidad. Esa historia cuando la entiendes mediante la epifanía en su despliegue de maldad es insoportable.

 

Yo: Algunas veces estuve tentado de preguntarle a la mujer del zapatero, suplicarle que me contara lo indecible, negarme a morir el siglo próximo viviendo como un ignorante, habiendo pasado al costado del único enigma del siglo. Es la primera historia que merece ser contada, después vienen las otras, pero nunca me atreví.

JF: ¿Miedo tal vez?

Yo: Por supuesto. Miedo de saber, respecto por un secreto, dejar esa historia en ella y lejos. Una maldición del tiempo de la tumba de Tutankamón que podría expandirse en cuanto la abriera. No éramos culpables y menos víctimas directas. La segunda guerra comenzó su controversia por la supremacía marítima en la bahía de Montevideo, nunca fuimos sitiados por los japoneses como Port Arthur. Acaso una lejana solidaridad de sufrimiento, sentimiento de jamás comprender del toda la insensatez humana que tanto necesita de las masacres.

JF: Contentarnos con la única versión que decidieron para nosotros. El primer frente heroico escrito por Selecciones del Reader’s Digest, ediciones Marvel y películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. Si a los ocho años aceptas que masacren a comanches, búfalos, apaches y pérfidos coreanos ¿qué pueden importar las doce tribus de Israel? Desde entonces tenemos una visión de la historia atravesada por la propaganda activa: Custer, Superman y Paul Tibbets pilotando por el honor del águila americana el Enola Gay, un Boeing B-29 Superfortress. El Departamento de Estado nos formó la cabeza en la infancia; fue un crimen contra la humanidad cuando empieza a entender el mundo y leer en silencio.

Yo: No había otra visión de la historia para nosotros, será nuestra compañía hasta la muerte del circuito de la memoria- Esos tres valientes están incrustados en nuestro inconsciente personal y colectivo, los confundimos con la nostalgia. El Impero del Mal con su cortejo de superhéroes nos asignó un rol de extra y nos desprecia por ignorancia, privándonos de la indignación elemental.

JF: Los marcados fueron los judíos que no pudieron escapar.

Yo: Hubo de todo… la cabeza de algunos judíos de la Mitteleuropa era una esperanza para la humanidad, eran el enemigo.

JF: Algunos parecían tener vergüenza por lo ocurrido.

Yo: El capitalismo mecánico es una poderosa maniobra de negación y digiere como las anacondas todas las presas enemigas.

JF: Supongo que vivir en la costa, penúltimo piso, doscientos metros cuadrados, sabiendo que miles de miserables, que creen en tu mismo dios, pendientes de tus mismos libros sagrados, marcados de por vida por los nazis o no penan en los barrios de Montevideo, antes de marchar al Shaolh y pedir el libro de reclamaciones, requiere cierta textura emocional que me desborda.

Yo: Te jodiste… ahí se te filtra tu vertiente antisemita.

JF: Puede… digas lo que digas sobre este expediente de la historia estando fuera serás acusado de antisemita, un poderoso estigma para marcar al otro que funciona a maravilla; es cómodo, manifiesto y en ciertas circunstancias se vuelve insoportable.

Yo: A pesar de esas trabas éticas, como todavía era un niño pude reconstruir pedazos de la historia. Nunca tendré detalles de lo ocurrido, aquello es el territorio temido de lo indecible, al menos quisiera acceder a fragmentos de papiros, sin pasearme por la vida que me resta en la ignorancia del enigma clave. El resto permite que lo trabaje la imaginación, meditación sobre la depresión nihilista, relatividad de utopía revolucionaria, recorte del epicureísmo que no merece la ignorancia ni el viaje alienado a las estrellas…

JF: Todo un programa de cara al futuro…

Yo: Hay tramos de vida de ella insondables ante los que declaro mi absoluta incapacidad de juicio. Parece que a pesar del hambre de la guerra seguía existiendo la juventud y otro joven ocupante con algo de piedad y el secreto sobre la situación de las mujeres… Ella escapó, es suficiente para nosotros. Nunca conoceré el misterio absoluto, la trayectoria que lleva de su infancia, la razia nocturna, los meses de internación en el campo polaco, la relación con la masa prisionera, el funcionario que la numeró en una larga fila, el otro día con un principio de infección, el escape o la liberación a su vida entre nosotros… el azar finalmente de “ese” número y no otro.

JF: Nada sencillo y es lógico. El asunto te puede comer la vida como le pasó al jugador de ajedrez en el barco con rumbo a Buenos Aires.

Yo: Si existe un itinerario real de venida debe existir en simetría, en inversa, en paralelo, otro itinerario ideal de regreso al origen. Nada nos impide suponer que algún día lejano y conjetural podemos emprenderlo, hasta comenzar a entender. ¿En la realidad y siguiendo las escalas, en pesadillas fruto de la obsesión, la imaginación encerrado entre cuatro paredes, el peligro cuando la escritura es la posible? ¿Existe otra entrada temática razonable hasta que se puede descifrar la serie de los números tatuados? La cifra final, la segunda producto de la suma, el prisionero del número anterior, la vida del otro prisionero posterior y el número último que fue tatuado ese mismo día o en la serie marcando la finitud del procedimiento.

JF: Preguntas que tienen estigmas aberrantes; la demostración es imposible de atenernos sólo a las matemáticas.

Yo: Además de esa paradoja de y contra la ciencia, a mí me marcó el misterio de los itinerarios. Conducen a esta seudo broma que no es tal, de que ella estaba aquí a la espera de la muerte sabiendo que nunca habrá regreso, pensando que su estar aquí era decisión de duelo; que nosotros ignoramos creyendo conocerla. Esa situación celestial recóndita enuncia algo capital para el equilibro del cosmos, esa mujer judía y polaca viviendo entre nosotros, mi vecina que venía a casa a ver televisión con nosotros, porque mi madre la quería, ella a mi madre le contó la marcha del horror y mi madre nunca quiso contarme a mí. Los números tatuados en el antebrazo de esa mujer -única en la historia de la humanidad e irrepetible como Cleopatra- nos indican un mandato relativo a la memoria, la imaginación y el resto. Nos recuerdan el interés que debemos incorporar a nuestros proyectos futuros.

JF: En caso que tales proyectos fueran pertinente y necesarios, si es que se justifican y acomodan a la verdad del mundo que se nos viene.

Yo: Jode, nos interpela por ser extranjeros llamándonos a cierta responsabilidad más extensa.

JF: No estamos a la altura de tan enorme tarea. Debemos dedicarnos a otras actividades menos sagradas, lo preferible sería formar una banda musical con guitarras eléctricas y amenizar bailes de verano en la costa. Así no enfrentamos estos problemas, es más fácil, horizonte, historia y muerte son menos complicados; manejando la ironía de la sobredosis letal estás en óptimas condiciones para responder.

Yo: Por lo otro me consta al punto de estar cercado. Alguna vez en la vida seré llamado e interpelado por esos itinerarios; no todos ellos puesto que sería intolerable, acaso algunos. Estoy seguro que cierta temporada quedaré trancado en un segmento de los que ella trazó… decidí que ella venía de Lodz. Lodz como destino y punto de partida. Lodz como misterio último. Algún día iré a Lodz para saber y dejarme morir cubierto por la nieve, cuando llega el invierno y me sorprenda en el medio del viaje.

JF: Lodz…

Yo: Lo que me atraía era el nombre de la mujer. Lola.

JF: Fassbinder viejo y peludo… demasiado bonito para ser cierto, ese no debería ser el nombre verdadero.

Yo: Casi seguro y por qué no. Tienes razón, parece nombre de cantante de cabaret de Berlín años veinte y de Lodz para pautar una trágica simetría. De antes, cuando se rompían vidrieras y se pintaban estrellas de David en las puertas.

JF: Grosera estrategia de transferencia.

Yo: Quiero olvidar el horror y para ello le inventé una historia de antes del horror.

JF: Es más cruel, desconoces la causa del horror, la inventas y quieres olvidarla. Era judía en Polonia y dieciocho años en 1942, la máquina trágica fue implacable con ella, sin piedad, pudo ser otro testimonio de “Shoah” y el destino la trajo hasta nuestro barrio como si fuera poco.

Yo: La imagino vestida con lencería sugerente y plumas livianas, fumando con boquilla cuando se escucha la música. Cantando canciones evocando tórridos amores de adulterio, historias de legionarios celosos hasta el crimen pasional. Travestidos operados con mala praxis, condes polacos decadentes marchando a la heroína intravenosa entre jóvenes ambiciosos, ingleses de paso espiándose a sí mismos, muchos soldados jóvenes de asueto, pasiones inconvenientes con muchachos y muchachas llegadas de provincia con ilusiones ambiciosas. La quiero ver antes del horror con una vida religiosa liviana, delgada y demacrada, saliendo a actuar en ropa negra apenas iluminada por luces tenues y filtrada por humo, con orquesta minimalista presente sobre escena… en estrella erotizada de music hall censurado cada madrugada por autoridades municipales de inspiración católica.

JF: Tu procedimiento ficticio es cuestionable. Eso es lo que te gustaría a vos, no quieres salvarla a ella, te querías salvar vos. Seguro era una pobre muchacha analfabeta con una chorrera de hermanitos a su cargo, salida del campo y alimentada con papas terrosas.

Yo: Ya lo sé… también se me hace insoportable lo que me rodea. Sin perder la versión de la víctima te contamina hasta la muerte, se filtra en rincones del alma obligándote a que lo sientas. Huyo cobarde por el glamour del cisne, la ironía de suspender el horror del mundo esos años y quiero creer que ella también por la paz al menos del alma. La supongo sobreviviente, descubrí en el brillo de sus ojos y la sonrisa que se salvó por la vida que tenía antes del horror, por la vida feliz que le inventé y decidí creer que en los malos momentos ella se refugiaba en el pasado.

JF: No hay mayor dolor que recordar…

Yo: Que se salvó porque en la carencia total del sentido de la vida, la pateadura de dios y la masacre del año que viene, en la degradación que lleva a la peor de las muertes y destrucción del ritual ella se cobijaba en el pasado. Se salvó de milagro porque a la carencia de vida ella le opuso la segunda vida que yo le atribuyo, de cuando era estrella nocturna del cabaret de Lodz. Es un milagro con partitura de canciones.

JF: A ver eso.

Yo: Considera el conjunto de fuerzas destructivas acumuladas desde la Creación que se cifraron en ese antebrazo, la suma en paralelo de talento e imaginación para descifrar el universo, de odio hasta alcanzar la aporía de la autodestrucción. Estética perversa, ambición irracional y el poder absoluto de alterar el sentido de la historia forzando la orientación de la Creación. Esa mujer estaba condenada a ser disuelta en la ceniza cósmico que cubrió la luz durante décadas.

JF: Y después si tienes razón, ella resultó salvada y por extraños laberintos llegó hasta nosotros.

Yo: No necesitamos ir hacia el horror, el horror termina siempre llegando a nosotros y eligió la tarea manual con enseñanza. Ella comienza a remendar zapatos viejos como si juntara despojos de cadáveres escamoteados a los verdugos y aquí estando lejos, entre nosotros que nunca entendimos nada de su pasado y suponemos tontamente que vino aquí por las playas, la carne de novillo a las brasas y el desfile de carnaval encabezado por carros alegóricos…

JF: Viene al Uruguay, desafía de nuevo a la muerte mirándola a los ojos sin pestañear y dice: Hola, yo soy Lola.

Yo: Además de la muerte, a las fuerzas negativas esa mujer les opone el poder resistente del cabaret. Esa es mi versión de los hechos.

JF: Tenemos ante nosotros varias pistas para escoger, hace tiempo que no estábamos tan serios.

Yo: Estamos ante la evidencia de que todo lo que hagamos, cualquier proyecto pretendidamente original tendrá un punto de partida: Lodz.

JF: Creo entenderlo. Tu Lola vendría a ser Musa inspiradora, la verdadera hasta el final, desplazando incluso deseos fundados hacia algunas vecinas en la edad del desarrollo, que nos tienen inquietos y quisiéramos llevar un par de horas al hotel más próximo.

Yo: Te quedas corto: la justificación de todo lo que podemos hacer de interesante, la profundidad de la memoria, el horizonte de imaginación, el trabajo sobre la breve historia de nuestra colectividad, lo relativo de nuestro estar en el mundo, las historias que podemos inventar, nuestro pequeño sufrimiento de la vida, la comadreja de la ambición y la envidia que nos carcome los relatos, las que decidamos callar para siempre, ese planeta egoísta está en la permutación de las cifras tatuadas de la mujer que decía llamarse Lola.

JF: ¿Te parece fuerza suficiente? Quizá es un meteorito salido de órbita, de historias distantes que nunca nos pertenecieron.

Yo: Si fuera exterior a nuestra historia esta conversación carecería de sentido. Los números tatuados en esa mujer pueden salvarnos de la guarangada, protegernos de la confusión, advertirnos de la mediocridad tentadora, relativizar las inconsistentes ambiciones de la ignorancia. Enseñarnos la pertinencia del misterio, hallar el equilibrio entre la recepción y la rectitud ante la tarea que se sabe un mandato.

JF: Las condiciones objetivas son exigentes.

Yo: ¿Y qué? Una sola consigna: ni una línea que sea indigna del número de Lola.

JF: Qué será de su vida si es que todavía vive.

Yo: Vaya uno a saber… cuando falleció el marido ella vendió el taller y se mudó cerca del barrio, pero es como si hubiera regresado a Lodz. Me pregunto si de veras la conocí.

JF: La cruzaste y jamás podrías llegar a conocerla al menos que fueras un mago de Lublin. Creemos y es la advertencia que se nos enviaba, señal del camino reordenando nuestra responsabilidad si agarramos para otro lado.

Yo: Nunca volví a ver otro tatuaje como ese.

JF: Nada lo hacía posible, fuimos testigos de algo excepcional en la historia de la humanidad. Un eco, luz lejana de la Creación y brasa ardiente del horror. Nadie que haya visto y estando cerca de esos brazos tatuados será el mismo del día anterior.

Yo: El mundo en pocos años olvidará esos números terribles, esa disposición del horror encarnado en los inocentes. Ya verás. Recuerdo su piel gruesa, rugosa creo que dije, con cientos de pecas como si tuviera dos epidermis, tirando a pelirroja y la manera de hablar…

JF: No podemos seguir con ello.

Yo: Es probable que nunca más hablemos. A todas las personas que conoceré hasta la muerte les contaré mi vida inventando aventuras fabulosas, todo menos esa experiencia y esta conversación en “El Submarino Peral”. Intentar olvidarlo será absurdo.

JF: ¿Cómo eso se puede volver problema nuestro?

Yo: Bonito programa para los años venideros. Vendrán otros dolores, nos alejamos de esos números, diremos que la historia es otra. Lola es luz debilitándose de una lejana estrella muerta.

JF: La zapatera prodigiosa.

Yo: La mujer tatuada.

JF: El número inolvidable.

Yo: La reina de la noche.

JF: Lola.

Yo: Musa extranjera del equipaje, de la tripulación del submarino y esto comienza a tener sentido.

JF: No es juego y no hay banda. ¿Luego de esto tenemos derecho a bebernos una cerveza?

Yo: Necesito un litro de Zywiec bien helada para ahuyentar los demonios. Quiero que ya sea después de medianoche, que Lola salga por esa puerta y cante algo del cabaret de Lodz. Escuchar los golpes de un zapatero remendón he tique taque tuque he tique taque tuque para mantenerme despierto, hasta que salga el sol de la conciencia y memorizar los números. Decidirme por alguno de los segmentos del itinerario de la muchacha polaca, prometerme ir alguna vez en peregrinación, una vez en la vida aunque sea hasta olvidar mi propia vida. Necesito un segundo litro de Tyskie helada que queme los labios y desgarre la garganta, me congele las cuerdas vocales hasta dejarme mudo. Lo necesito, tengo miedo de que el mundo quede fijado, estar aquí mismo en “El Submarino Peral” dentro de treinta años, siendo pasajero espectral del buque fantasma, contando las mismas historias.

JF: Tranquilo loco, tranquilo.

Yo: Lodz… nunca conocimos Lodz…

Las llamadas adicionales

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Lo primero que se oye es el ruido de la cerradura, las dos vueltas completas del mecanismo de seguridad y del lado de afuera el tintineo de llaves colgadas golpeándose entre ellas mientras dura la manipulación. Una habitación a oscuras, es noche cerrada, las persianas están bajas. El pestillo cede e irrumpe sobre la moqueta el fragmento de la luz del palié, se abre apenas la hoja permitiendo el ingreso del cuerpo de mujer que cierra de inmediato la puerta, lo hace con miedo como si alguien la siguiera de cerca. Por unos segundos vuelve a eclipsarse el ambiente, escuchando los pasos se supone que ella conoce la distribución correcta del espacio, los tacos de los zapatos avanzan sin vacilaciones, hasta que el clic del interruptor de una lámpara dosifica en la estancia una luz homogénea y suave.

La mujer deja bajas las persianas, tira el saco de lana y un bolso negro sobre el sofá de tres cuerpos, ordena su llegada, se quita los zapatos mientras se sienta en un sillón individual, masajea con una mano los dedos de los pies descalzos y estira la otra encendiendo el aparato de música -un combinado de hace treinta años- distraída de la calidad del audio antiguo enviando sonidos ambientales distrayendo la soledad. Encogida, protegiéndose igual que un animalito acorralado, desde su asiento mira para todos lados dudando por dónde continuar su movimiento sin sufrir demasiado. Se decide por la cocina, va y acciona el interruptor que hay junto a la puerta. Mientras el tubo luz del techo encuentra su acomodo parpadeando ella sigue su camino hacia el baño, deja la puerta entornada para oír la música y orina. El ruido del chorro contra el agua quieta induce a creer que hace horas que retiene las ganas; por debajo de ruidos eléctricos del combinado se escucha el roce, contra la pared pintada al aceite, del rollo de papel higiénico, del corte y plegado, sonido de celulosa perfumada al frotarse contra el sexo. Pasados unos segundos el botón del inodoro libera el agua del depósito incrustado en el muro.

La mujer sale del baño olvidándose de apagar la luz, es más: le resta importancia a ese detalle. En la cocina pone unos cubitos de hielo en un vaso grande y regresa a la sala principal, de debajo de una mesa ratona saca una botella sin abrir de whisky, se sirve una medida y hace girar el vaso como si estuviera acompañada en una confitería al caer la tarde. Ella vuelve sobre el bolso abandonado en el canapé y busca sin mirar, con la mano derecha saca los cigarrillos y de la cajilla un encendedor rojo de esos desechables. Bebe y fuma, se pasea descalza por el salón, levanta las persianas. Afuera es noche cerrada y está por descolgarse como todos los años por estas fechas una buena tormenta. A su pesar afuera sigue siendo Montevideo, ella mira con insistencia hacia la calle buscando en las inmediaciones alguien que pudo haberla seguido.

No está angustiada en exceso, quizá tranquila, más bien fastidiada; sí, ahora parece estar fastidiada, las bocanadas de humo son violentas, liquidó el whisky de un trago y se sirvió un segundo vaso grande, doble esta vez, sin cerrar la botella como si pensara seguir bebiendo. Mueve mucho los dedos de los pies, retorna a los sillones y comienza a hojear viejas revistas femeninas sin prestarles atención. Está atenta a la hora que consulta repetidas veces aguardando la llegada de un minuto preciso para el que falta poco, una música cualquiera finaliza, el locutor anuncia la programación para el primer día del nuevo año. Entonces, ella llega decidida hasta el teléfono, lo descuelga y disca, al parecer del otro lado de la línea hay alguien en casa, aguarda medio minuto y habla.

-Soy yo, perdona la hora… hoy es especial y no aguantaba las ganas de ponerte al tanto. Caéte de espaldas: lo de Germán se terminó de la manera más estúpida, te juro que no sé qué hacer. Esto es para hablarlo personalmente y al menos te adelanto los titulares.

La miro a Luisa sin que lo note y la hallo de una hermosura excepcional. Es una locura, hace dos años que trabajamos juntos y sigue siendo una desconocida para mí. Ella evita fiestas de camaradería entre compañeros, cuando le descubrimos el día del cumpleaños estaba radiante por la sorpresa; en el fondo del corazón deseaba marcharse rápido para su casa, se quedó con nosotros por cortesía y de puro educada que es. Le gusta su trabajo, se pasa el día hablando con clientes y compañías aéreas, combinando pasajes a todo el mundo, negociando descuentos y escalas breves, en poco tiempo se hizo con una profusa cartera de pasajeros fieles a sus modales.

Luisa tiene aspecto de ser divorciada, se parece más a esas mujeres hermosas que de forma inexplicable llegan a los treinta sin haberse casado. Hermosa y discreta, desde que me dio por ahí no hallo excusa válida para invitarla a salir, cada tanto le dejo caer mi situación de separado definitivo. Con dos hijos y asuntos de pensión alimenticia pendientes en espera del fallo judicial, mi condición más que despertar garantías espanta. Lo preocupante es la duda emocional, creía estar curtido para siempre, con ella estoy haciendo cosas de chiquilín y lo duro de admitir es haberla seguido. A mis años mezclé amor con fisgoneo, pantomima mitad inocente y media perversa de descubrirle una historia del desencanto que al final siempre llega.

Empecé un día durante la hora que tenemos para almorzar, después la seguí otra vez a la salida del trabajo y le dediqué un domingo completo comportándome como lo haría un marido comido por los celos. En todos los casos siempre la vi sola; Luisa comía sola, salvo cuando una compañera de trabajo se le pegaba entrando al mismo restaurante, tomaba una copa sola en los bares de la misma manera que hacía sola las compras en las galerías, se acomodaba sin compañía visible en la cola de las boleterías de cines y teatros. Descubrí lo mismo que existía alguien importante en algún lugar del otro lado de la línea. Había una constante en su rutina de mujer solitaria y era la insistencia en hablar por teléfono con periodicidad, gesto que observado a la distancia como era mi caso puede irritar a extremos increíbles. Estaba claro que trabajando en Jetmar ella podía llamar por teléfono durante todo el día y de hecho lo hacía, ello que en otro trabajo puede resultar normal en nuestra empresa es un árbol en el bosque. Fue imposible para mí deducir en cuáles de los cientos de veces que la miré de reojo discar con el lápiz se trataba de comunicación personal; yo lo hice repetidas veces con cierta impunidad, debe evitarse exagerar con la larga distancia y que al final del día se hayan cerrado buenos negocios que conformen a la dirección.

En la calle eso es diferente, para mí que la observaba con ojos interesados en cada uno de sus movimientos, fue desconcertante verla levantarse después de haber hecho el pedido al camarero -por ejemplo- dirigirse a los baños y de repente dar media vuelta hacia el rincón del teléfono público, buscando línea, luchando con la horquilla, las fichas tragadas sin devolución. Cuando los aparatos públicos estaban destartalados, ella se acercaba al mostrador junto a la caja con una sonrisa que ni el más refractario de los patrones podía resistir, pedía el teléfono para uso exclusivo del local y hacia su llamada respetando el “sea breve” escrito en una cartulina. Así sucedió todas las veces que la seguí y a cualquier hora. Las jornadas vacías en apariencia ella repetía igual cada hora y media el gesto como si dependiera del estado de salud de una parienta agonizante.

Fue previsible que junto al metejón crecieran los celos, si del otro lado había un hombre con poder suficiente para provocar esa constante dependencia, lo mejor sería desechar cualquier tentativa de acercamiento; decidí atribuirle a Luisa y de forma arbitraria una situación relacionada con la política militante, con otro de los miedos que nos asedian. La aureola de peligro real en una compañera de trabajo interesándome me hacía vivir una excitación distinta a lo conocido, al punto que dejé de verme con una amiga de encuentros furtivos y más de una vez me descubrí insomne en el baño, pensando en Luisa y masturbándome. La estaba deseando con la necesidad furiosa de ignorar cómo salir de la sumisión a la distancia.

La situación sentimental de Germán era harto clásica para esperar de ella una sorprendente novedad. En el trato laboral de las últimas semanas, Luisa recibía sobradas señales para entender que sucedía algo novedoso implicándola y con prerrogativa a formular las preguntas que quisiera. Sabía que faltaba mucho para que ambos hablaran claramente de ciertos asuntos y de acuerdo a lo sucedido tiempo después –con reparos que le merecía la situación ambigua de su compañero- ella aceptara que Germán no le resultaba del todo indiferente.

-Es increíble, dijo Luisa una tarde de los días siguientes. Tanto tiempo trabajando juntos, vos siempre complicado con líos de tu matrimonio y jamás se me pasó por la cabeza que pudieras fijarte en mí. Dime como empezó, a las mujeres nos encanta escuchar esa historia previa aunque sea inventada.

Las explicaciones congruentes nunca fueron el fuerte de Germán, que debió improvisar algo relacionado con el color de los ojos de Luisa combinado con la manera de vestirse y los gustos comunes en relación al cine. ¿Qué mujer admitiría que despertó una pasión violenta mientras era vigilada? Fue así: en un principio Germán se la quería voltear porque le parecía naricita alta, distante por pituquería, pero al olerla de lejos y seguirla como perro jadeante se volvió un hombre atolondrado. El primer paso del acercamiento intencionado entre ellos fue casual y sucedió durante el almuerzo del 24 de diciembre, ese día se trabajaba en la agencia de viajes hasta el mediodía y los empleados habían concertado almorzar juntos; la mayoría entre ellos, pues algunos salían disparados para las casas del balneario. Conociendo las costumbres de Luisa por haberla vigilado Germán estaba entregado, había aceptado dejar de verla hasta el próximo lunes y esa tarde sería un sinsentido seguirla.

Llegaba la hora, ella permanecía arreglando papeles sobre su escritorio sin apuro como los otros. Fue así que Germán debió cambiar de estrategia sobre la marcha.

-Pero cómo Luisa… ¿se queda a almorzar con nosotros?, le dijo así y al pasar mientras los compañeros se estaban reuniendo en la puerta de entrada.

– ¿Qué tiene de raro Saldías? dijo Luisa. ¿Vio? Sí, me quedo a almorzar. Sabe, yo también trabajo aquí.

Germán que fue intrépido y desmadrado en los seguimientos temió que Luisa lo hubiera descubierto, aguardando ese día para pedirle explicaciones fastidiosas arrasando su proyecto secreto. Era lo contrario, Saldías comenzaba a vivir una jornada de sucesivas coincidencias y podría decirse que era su día de suerte.

El verano montevideano había comenzado espectacular en su primera semana, los penachos de las palmeras de la Plaza Independencia presentaban un verde intenso que parecía selvático, las muchachas que cruzaban al rayo de sol en todas direcciones eran hermosísimas más que de costumbre. La brisa trayendo olorcito de agua salada y limpia, invitaba a caminar en mangas de camisa llevando el saco al hombro. Era un mediodía de tregua, podía olvidarse la tristeza instalada sobre la ciudad y se vivían las horas intensas entre el cierre de oficinas, compras de último momento para la noche, la calma unánime que avanza a su aire promediando la tarde. Los bares de las rinconadas de la plaza, en especial los alineados bajo las pasivas del Palacio Salvo estaban llenos de gente; para un grupo tan numeroso como el de la agencia de viajes Jetmar sería difícil encontrar sitio. Los muchachos allí eran de la casa, los mozos los conocían de otros mediodías del año y cuando llegaron -serían unos quince- de algún lugar aparecieron tres mesas, sillas y manteles de papel.

De mesa a mesa la gente cruzaba saludos aceptándose sin más trámite como conocidos de la vuelta. El gordo Oscar encargado de la contabilidad de la empresa, que después del café sacaría las cuentas, se atribuyó el derecho de distribuir la gente a su antojo; por capricho de los hados decidió que Luisa y Germán se sentaran juntos.

– ¿Usted por acá Saldías? le dijo ella a Germán cuando estaban leyendo el menú plastificado de la cervecería.

-Le tiré unos pesos al acomodador, respondió Germán.

-No me extraña, de usted se puede esperar cualquier cosa.

– ¡Qué poco me conoce Luisa!

Acompañando sus palabras levantó la mirada al cielo, queriendo provocar en ella un cruce de intriga y cariño. Germán estaba de suerte, ello lo puso nervioso con temor de decir macanas, estropear la oportunidad que el azar y el gordo Oscar le daban.

-Más de lo que cree.

-Se puede llevar una sorpresa…

-Usted también Saldías, dijo Luisa, dando por concluido ese tramo de la conversación.

Durante el almuerzo continuaron el juego de desafíos indirectos entre sobreentendidos. A medida que pasaban los minutos y hallando en Luisa una inesperada predisposición, Germán aflojó las tensiones iniciales, olvidó la densidad de pensamientos acumulados sintiéndose en estado de gracia, ingenioso e irónico, sutil cuando fue necesario; discreto en sus insinuaciones sensuales, administrando con recobrada pericia las palabras, demostrando interés y escamoteando debilidad.

Luisa aceptó las evoluciones de la danza social contribuyendo con la complicidad que se esperaba de ella, a la mujer de apariencia solitaria le encantó el tono que Germán impuso durante el ritual del acercamiento, sin la menor sospecha sobre la desventaja de información. Su actitud demostraba que había en juego más que escarceos de seducción social y pasajera entre compañeros de trabajo. Ella, que cuando lo quisiera podía salir por la tangente decidió permanecer en el círculo peligroso y forzando la marcha. Eso duró entre ellos hasta los postres; al final, como si se hubieran puesto de acuerdo con anterioridad ambos se callaron al unísono.

De haber estado solos la situación se hubiera manejado de forma distinta, además de haberse negado la oportunidad anteriormente dependían allí del sistema imprevisible de relaciones, oídos y palabras de personas ajenas a la corriente activada entre ellos. Algunos compañeros miraron el reloj con impaciencia, el gordo Oscar pidió la cuenta y en dos minutos le dijo a cada uno lo que debía pagar.

– ¿Qué hacés esta noche? le preguntó Germán a lo bruto, sin necesidad de justificar el pasaje al tuteo ni dar razones, sugiriendo un encuentro fuera del ámbito de trabajo, invadiendo la noche del 24 que suele guardarse para íntimos y familia.

Luisa reaccionó como si desde hiciera tres meses estuviera esperado una pregunta parecida.

-Hoy estoy complicada, le dijo. ¿Mañana te quedás en tu casa?

-Qué remedio, dijo Germán.

-Entonces te llamo de tardecita.

-Te paso el número.

-Ya lo tengo.

– ¿Y eso? preguntó Germán.

– ¿Vio Saldías? Lo conozco más de lo que usted supone, dijo Luisa y se despidió dándole un beso larguito en la mejilla.

Ella parecía nerviosa sin estar del todo segura de comportarse como era debido, todos se dijeron adiós hasta el 26 y enviaron saludos de felicidad a familiares conocidos. Por un segundo Germán estuvo tentado de seguirla; se dijo que sería torear demasiado a la fortuna, sabía que a la segunda cuadra caminada ella entraría en algún bar a buscar un teléfono.

-Mañana de tardecita, dijo Germán y él también enfiló para 18 de Juli recordando la costumbre de las compras de último momento, antes, cuando tenía una familia.

Saldías corroboró que durante los días libres de obligaciones, ella sale a caminar sola y se detiene para telefonear siguiendo una rutina confusa. La repetición induce a creer que de existir un interés en el gesto de llamar por teléfono, el mismo se bifurca en la atención circunstancial y la densidad de mensajes, tratando de distinguir con claridad las cuotas de redundancia y novedad que poseen. Una mujer hablando por teléfono puede constituir una tontería, comienzo de historia, final de la misma historia modificada y prólogo de un enigma: ¿estridencia resuelta en nada, escenificación monótona de tragedia condensada sin respetar unidades de acción, tiempo y lugar?

Los domingos en el centro de la ciudad tienen desde temprano una dilatada disciplina de silencio sin incienso. El séptimo día de la semana, el movimiento de personas se traslada a la periferia adinerada y ello hasta las últimas horas de la tarde. Quienes vivieron alguna vez una parte de su vida en la zona céntrica de Montevideo conocen bien esa tristeza cíclica, que afea empalizadas de obras en construcción después de años y humilla las filas de gente aguardando la primera función vespertina, incluyendo cines de marquesinas espectaculares. Durante esas horas que van de la madrugada del sábado a la noche dominguera, se activa en el centro un imán gaseoso reteniendo a vecinos menos emprendedores y lo hace con eficacia desagradable. Hombres y mujeres de todas las edades caminan atontados las veredas en uno y otro sentido, semejan animales tristes de zoológico pobre, hastiados de ver las mismas vidrieras con objetos sin permutar; sombreros pasados de moda, libros apilados, máquinas para lavar ropa, cartelitos resaltando precios imbatibles, los mismos menús proponiendo tallarines caseros al tuco y milanesas con puré, escritos con trazos blancuzcos en los cristales de los bares.

Este domingo Luisa hizo seis llamadas. Es momento de cambiar el gran angular -que comprende el paisaje grisáceo de la ciudad semivacía- al teleobjetivo leyendo de cerca el movimiento de los labios, captando contraseñas de palabras y mensajes cifrados cuyo significado se nos escapa. Ella parece cumplir cierta misión oscura en la que una de las fases la obliga a reportarse sistemáticamente; todo sería posible y obtener información suplementaria requeriría vigilancia constante. El día en cuestión, el primer contacto con el otro lado se estableció entre las diez y las once de la mañana. “A pesar del frío hace un tiempo espléndido, el cielo está azul y limpio. Creo que dejé algo prendido en el departamento. Te haría bien un poco de sol, tienes que salir, tampoco puedes quedarte siempre allí. Estoy cansándome de invitarte para nada. Haz como quieras con tu vida. Después te llamo.” Luego continuó la serie. “Caminé hasta la Ciudad Vieja, es agradable pasear por calles abandonadas, da chucho el silencio golpeando contra edificios vacíos, oír el movimiento de ratas dentro de obras derruidas. Un día más por tu egoísmo debo almorzar sola. Sabes que los domingos ir a Morini me intimida, atravesar el salón lleno de familias hasta encontrar un rincón solitario es insoportable. Picaré cualquier cosa en uno de los bares del centro. En el Gran Castro de la esquina de Andes y Mercedes cocinan bastante bien. Si ando de ánimo luego te cuento.” “Si al menos te animaras a encontrarnos en un café estaría tranquila, alivianada de terminar con la dependencia. En el fondo es injusto conmigo y te importa un bledo. Te aseguro que estoy harta, un día de estos dejo que todo reviente. Claro, tu posición es comodísima… ¿y qué supones que puedo hacer? Lo de siempre, meterme en el primer cine que encuentre para ver alguna porquería.” “¿Viste qué guampuda que soy? Sabes bien que a la larga termino llamando. Después de todo la película era pasable, nada del otro mundo pero se dejaba ver y ni pienses que voy a contarte el argumento. Si continúas con tu actitud un día no vas a saber ni en qué país vives o las infamias que pasan fuera de tu casa. Siempre esperando que los demás te cuenten, eres incorregible. Ya te veo venir con tus afanes de meterte en mi vida privada, pero estás lejos de conseguirlo… faltaba más… chaucito.”

“Tienes razón, alguien me sigue. Te dije mil veces que no quería meterme en cosas raras y ya ves el resultado… Si llego a estar en una situación comprometida es tu culpa. ¿No te alcanzó con lo de tu hermana muriendo en España de cáncer y sin poder volver? ¿Quieres joderme la vida a mí también, que me quiebren como lo hicieron contigo? Sácatelo de la cabeza: no quiero saber de nada ¿entiendes? ¿Soy clara? Para ti es fácil decir que son fantasías mías y me hace falta un macho en la cama. Si te digo que estoy vigilada por algo es y si tienes el teléfono pinchado ni te cuento. Estoy muerta de miedo.” Era de noche cuando Luisa estableció el último contacto del domingo y Germán la miraba desde lejos sin oír lo que decía. “Soy yo otra vez, quién si no… Creo que los despisté pero por poco tiempo, si ando bajo sospecha es asunto terminado… dan soga para que me ahorque mejor y arrastre a unos cuantos. Aprovecho el despiste y voy para ahí. Estoy tensa, necesito conversar con alguien. ¿Te queda una botella de escocés pasable? En diez minutos.”

Cumpliendo lo prometido el día anterior Luisa llamó a Saldías la tardecita de Navidad. Germán esperaba desde temprano el sonido del teléfono mirando en la televisión viejas películas sobre la crucifixión y un partido de fútbol del seleccionado de Inglaterra contra el resto del mundo. La llamada cumplió sus objetivos; fue normal en los términos y cálida, dejaba entornadas las persianas a una evolución de la relación entre compañeros de trabajo.

El lunes al reencontrarse estuvieron discretos, procurando que nadie del personal se percatara de una aproximación que comenzaba. Luisa fue sorprendida cuando, al contestar una llamada en pleno loquero de tarifas y confirmaciones escuchó la voz de Germán.

-Hola, te extrañé mucho, le dijo. Estás muy linda con ese vestido amarillo.

Ella sonrió, teniendo delante una pareja de clientes atentos a ciertos trasbordos complicados respondió para continuar otra conversación imaginaria.

-Si, despreocúpese, tengo la confirmación de sus pasajes. La salida del aeropuerto de Carrasco está prevista para la fecha manejada, en cuanto al regreso quedaron en contestar hoy mismo. Cuando le quede bien puede pasar a retirarlos.

– ¿Almorzamos juntos?

-A ver, a ver, permítame consultar la agenda… sí, está bien… a esa hora estoy libre y podemos encontrarnos.

Tres horas más tarde disfrutaron del almuerzo improvisado con cautela, sin perder oportunidad de aclarar que estaban a gusto con la situación. El resto de la semana aprovecharon para estar juntos la mayor parte del tiempo, tomar un cortado de pie y comprar un pantalón tenía insospechadas facetas de felicidad. Germán omitió cualquier referencia a las costumbres de Luisa que lo inquietaron cuando iba tras ella, temeroso de ponerla sobre aviso de su censurable costumbre y alejarla, lo que sería insoportable.

En cada encuentro reafirmaba su interés por Luisa, si bien eran inocultables las ganas de desvestirla y en ella de permitirlo, él prefería esbozar aspectos de la vida cotidiana; especular si podían planificar juntos las próximas vacaciones, pensando en la cara que pondrían los compañeros de Jetmar cuando descubrieran, sorprendidos e irónicos la relación que surgió delante de sus narices sin que se hubieran enterado. Germán producía sin cesar tales ensoñaciones postergando la urgencia de abrazarla y estaba seguro de dominar su reacción. Lo atemorizaba de antemano el carácter de la versión que, algún día futuro Luisa le contaría luego de hacer el amor, una historia con preámbulos relacionada a llamadas compulsivas, tratando de revelarle, con dulzura, un secreto que presentía desagradable.

Con esfuerzo puesto en disimular por parte de Luisa, durante las primeras salidas se repitió el gesto de las llamadas, escondida en la justificación ajetreada de las fiestas y antiguas amigas sin saludar hace años. El temor era que quien fuera que escuchaba del otro lado, significara un real peligro para la posible relación y obstáculo insalvable. Germán estaba dispuesto a asumir lo que fuera si lo ignorado era algo tangible; se proyectaba luchando con el monstruo de fichas, membranas, cables subterráneos recorriendo la ciudad y palabras dichas al oído de alguien invisible. Se propuso olvidar el domingo de las llamadas, lo logró repitiendo que una vez conocido el asunto la anécdota movería a risa por intrascendente; debía aguardar el momento oportuno de hablarlo en pareja y luego archivarlo con los malos momentos del pasado. Buscaba olvidar los últimos años, en los cuales se agolparon sobre su vida calamidades duras de soportar, requiriendo para cicatrizar tiempo de gestión sin la densidad con que se sucedieron. Germán vivía la mejor semana de la década, precisamente él tan desconfiado de que la situación del país pudiera permitirle estar así de contento antes de pensar en Luisa; “no hay derecho a vivir una felicidad de tanta calidad” se decía y el instinto de supervivencia lo llevaba a subvertir valores de la ética diaria. Admitiendo que podía sentir con intensidad, concentrarse sin avaricia en procurar algo de dicha olvidando murmullos y malas noticias redundantes, darle vacaciones a la conciencia deshonesta de haber roto amarras con el mundo, vivir en una isla continental alejado de la mano de dios y pegado a las piernas de Luisa.

Los primeros días del acercamiento se sucedieron en una confusión mental estimulante e incluso encontraron su lógica interna de bienestar sin inconvenientes. Aunque la situación era de caracterización común y corriente, ellos perseveraron atribuyendo en lo iniciado tintes de evento excepcional, inesperado y grato. Eran una pareja más en su primera semana de encuentro vivido en pleno presente agotador y coincidiendo con la última semana del año. Sin dominar del todo los mecanismos liberados, alcanzaron la fuerza interior recuperando un estrato agradable de la ciudad, sepultado por la tristeza generalizada que los chirimbolos navideños acentuaban. Vivían la excitación de una complicidad descubierta por ambos, la clandestinidad de inventarse claves fingiendo ante el mundo como sucedió la tardecita del jueves.

A la salida de la confitería Del León donde fueron a tomar una copa y conversar tranquilos, vieron subir por la calle Andes el auto del gordo Oscar; consideraron media hora si el contable agente de que se sentaran juntos en el almuerzo del 24 los descubrió. Se contaron las mentiras que inventarían en la oficina si fueran interpelados sobre la salida a escondidas, poco a poco llegaron a confiarse fragmentos sueltos de vida, confesándose que se sentían adolescentes, descreían que a sus años pudieran querer con tal intensidad, temían la locura irreflexiva, que pasado el primer momento terminarían y era preferible no empezar. Trabajar en el mismo lugar tenía inconvenientes y es cuesta arriba renunciar a ciertas manías después de vivir tanta vida cada uno por su lado.

-El 31 nos reunimos al mediodía con los compañeros en la oficina, le recordó Germán. ¿Qué harás?

-Me quedo, con una condición.

-Siempre negociando. ¿Se puede saber?

-Que luego tomemos el café en casa, contestó Luisa.

Por primera vez que se hablaba de estar solos. “Eso quiere decir que vive sola” pensó Germán, tenía la respuesta a la pregunta que rondó su cabeza durante la semana y antes; el último día del año sería el primero entre ellos de intimidad. “Año nuevo vida nueva” se dijo, convencido de haber descubierto una fórmula de renovación inédita y original.

Llegó a los pocos días el día de fin de año, la noche anterior Luisa y Germán se despidieron sin hacer referencia a la tarde siguiente. Ella decidió que fuera así, en condiciones excepcionales, para probar que nada le impediría a Germán estar con ella, que ella ya era importante en su vida, tanto como para postergar otro encuentro cualquiera y le agradó esa prueba inicial de poder. Germán, sorprendido en su estrategia (inseguro como era hubiera necesitado más tiempo de acomodo) lo mismo se mostró dispuesto a aceptar los términos de la negociación.

Ella fue al trabajo con el mismo vestido de hace unos días cuando él la llamó por el interno, se había comprado ropa interior nueva, una combinación color carmesí con bordados florentinos; él vestía el conjunto de siempre, pantalón gris pizarra y saco azul de trevira, tenía una camisa nueva, azul a rayitas blancas con botones en las puntas del cuello. Para suerte de los planes, entre los compañeros de la empresa el clima estaba menos predispuesto que en nochebuena a una salida colectiva. La dirección había comprado un par de botellas de whisky y algunas docenas de sándwiches. Después de cerrada la atención al público cerca del mediodía y un buen rato de camaradería en que se habló de chárteres, vuelos bonificados en millas y chimentos de las compañías aéreas, nadie se sentía responsable de continuar la conversación; deseaban estar con sus familias y otros amigos.

Luisa y Germán, indecisos sobre la oportunidad y el momento de salir juntos sin despertar sospechas, temían que algún compañero se les pegara para ir a tomar la última copa en cualquier boliche por ahí; por la línea interna convinieron que en la peor de las hipótesis, se encontrarían a las dos de la tarde en la Galería Delondon cerca de la salida de Río Negro. Se organizó un grupo liderado por los más jóvenes, emprendedores hombres y mujeres complotaron con eficacia para ir al mercado del puerto e invitaban, por puro cumplido, a los mayores con la esperanza como sucedió que rechazaran la propuesta y poder divertirse sin la mirada de generaciones precedentes. Los continuos adioses fueron efusivos con prolongados abrazos y deseos insistentes de felicidad, olvidando que dentro de cuarenta y ocho horas volverían a verse disputando por la liquidación de comisiones del grupo de viaje de Arquitectura; igual era creíble esa tregua reconciliatoria circunstancial con buenos sentimientos.

Pasado el mediodía quienes salían de la empresa se conformaban con sonreír vagamente, levantar la mano haciendo un hasta la vista general sin compromiso, uno a uno los empleados de más edad se retiraron apurados por llegar de una buena vez a sus hogares. Luisa y Germán aguardaban la salida de Marisa, la contadora que dejaba el auto en el parking de la vuelta y de Pedro que -fiel a su rutina- iría con paso apurado hasta el Teatro Solís para esperar el 121.

– ¿Llevo a alguien? preguntó Marisa con cordialidad poco convincente una vez que el grupo pequeño estuvo en la calle.

-No, gracias, respondió Pedro enfilando para la parada del ómnibus.

-Por nosotros está bien Marisa, vamos para el lado del Centro, dijo Luisa.

La contadora sonrió, dio media vuelta y salió con paso firme rumbo al estacionamiento despreocupada de lo que sucedería a quienes dejaba atrás.

-Usted manda jefa, dijo Germán cuando quedaron solos en la vereda, simulando que más o menos sabía dónde vivía ella.

Luisa sonrió con otra calidad distinta al rictus de la contadora y cambió de tema, comentando la salida al mercado de los compañeros más jóvenes.

-Alguna vez, en otra vida anterior yo también marchaba las tardes de fin de año para el mercado del puerto, dijo Luisa. Cuando había cosas para festejar.

– ¿Quién no? replicó Germán. Una salida clásica, primero abrazos, a las cuatro de la tarde cantarela murguera, mamados y piñata segura.

-Exagerado, dijo ella.

La avenida 18 de Julio era un hormiguero que se vaciaba oyendo el ruido cercano de una manguera abierta al máximo, la gente caminaba más de prisa que Pedro rumbo al 121, a paso de ir contra el reloj devorando las últimas horas del Año de la Orientalidad decretado a prepotencia por el gobierno cívico-militar. Cuando llegaron a la esquina de la avenida con la calle Paraguay doblaron a la izquierda, Germán se dejó llevar mansamente por el paso de Luisa hasta la calle Mercedes entre Cuareim y Yi donde un domingo estuvo aguardando la salida para seguirla.

El edificio tendría unos cuarenta años de construido. La entrada -portón negro pesado de vidrios gruesos, rejas repujadas y portero eléctrico nocturno- estaba centrado entre dos salones grandes donde se vendían autos de ocasión y televisores color de marcas japonesas; su fachada tenía imponentes barandillas con tanta ornamentación, que daban el efecto de estar a punto de derrumbarse. Luisa manipuló con eficacia la cerradura del portón principal y entraron al edificio. A esa hora de ese día la portería estaba vacía.

-Es al fondo, dijo Luisa. Tenemos que pasar por aquel corredor, los primeros ascensores son de los departamentos que dan al frente. Una enormidad, ciento ochenta metros cuadrados, mucho piso para una mujer sola. Cuidado con los escalones.

Pasaron la línea de ascensores enfrentados, atravesaron un corredor zaguán de piso de mármol con puerta de cristales biselados y fueron a dar a un pequeño jardín interior. Desde ahí se veían tres entradas identificadas con grandes letras de bronce A B C. Germán miró hacia el cielo, arriba descubrió un rectángulo azul, hueco perfectamente recortado desde donde caían demasiadas ventanas y pocos barandales de terracitas de unos treinta centímetros.

-Nunca me hubiera imaginado esta construcción compleja en el centro de Montevideo, dijo Germán.

-Es la historia de siempre, dijo Luisa. Acostumbrados a ver fachadas nos conformamos con lo evidente, somos haraganes para imaginarnos que hay algo ignorado detrás de la primera impresión.

-Sospecho que querés decir algo que escapó a los cálculos del arquitecto, dijo Germán. Apunta a regiones abstractas y hoy mi perspicacia está monotemática.

-Bobo.

Traspasaron el umbral C, llegaron hasta la reja de un ascensor antiguo de puertas batientes que los llevó sin prisa hasta el piso noveno. En el trayecto Germán acarició a Luisa en la entrepierna por encima del vestido amarillo y ella lo dejó hacer. Cuando entraron al departamento, apenas cerrada la puerta se besaron a gusto sin distraer el momento con prisas innecesarias.

-Al fin solos, dijo Luisa. Ponte cómodo que voy a buscar algo para tomar.

¿Ponerse cómodo? Germán vivía un entrevero de ansiedad e incomodidad generalizada, lo único que hizo para seguir el consejo de la dueña de casa fue echar una mirada al departamento. Los muebles eran antiguos y de buena calidad, caros, los objetos parecían estar ahí desde hacía años, muchos. Germán era ajeno en cuestiones de pintura y arte, alcanzó con ver la forma como estaban colgadas, enmarcadas e iluminadas tres pinturas en la pared grande, para deducir que su precio sería en dólares; lo mismo le sucedió con el juego de té de plata inglesa y otros detalles de la decoración. Se dirigió al rincón de los libros y discos donde, además de sentirse en terreno seguro saldría del circuito de tasaciones de rematador inescrupuloso.

Mirándolo deambular Luisa se adelantó adivinando las preguntas de Germán.

-Mi familia es desde hace cuatro generaciones dueña de campos y molinos en Salto, dijo. Es decir que tiene muchísimo dinero, por lo general es una información que me guardo de divulgar, a la mayoría de los hombres uruguayos los asusta.

– ¿Un molino? Lo primero que me viene a la mente es un chiste de Mafalda.

-Dale, seguí.  

– “Para amasar una fortuna hay que hacer harina a los demás.”

Luisa apenas sonrió, venía de la cocina, en una mano traía una botella y en la otra dos copas con el vaho helado resultado de haber estado varias horas en el refrigerador.

-Muy gracioso, comentó Luisa. Somos lo que se dice una familia con buen pasar.

-Un pasar, entre otras cosas, por champagne legítimo.

– ¿Y qué mi amor? Un día es un día… el de hoy tiene al menos la virtud de ser único e irrepetible. 

– ¿Tan segura estás? dijo Germán.

-Intuición femenina… y vos: ¿estás bien estando aquí? ¿no estás arrepentido de haber venido?

-Negativo lo último y lo primero demasiado, dijo Germán. Estoy al borde de olvidar mi sempiterna conciencia de culpa, día espléndido meteorológicamente hablando, aquí contigo y solos a punto de cambiar el café prometido por champagne del bueno. Demasiada felicidad para un simple mortal.

-Con todo lo que está pasando afuera… ¿es eso?

-Algo así.

-Vamos a terminar todos locos en este país, dijo ella.

El departamento de Luisa era interior, exceptuando unos ruidos sueltos provenientes de distantes departamentos y más en esos días el resto era silencio, poniendo atención puede escucharse el sonido atenuado saliendo del dormitorio que la pareja transformó en isla lejana. Por las ventanas, a través de cristales con cortinas llega la luz iluminando la escena a través del filtro amarillo, dos filtros amarillos alineados. Se escucha el lento goteo del lavabo mal cerrado, grabadores encendidos después de terminada la cinta, palabras cuya reiteración tiene intensidad de gemido articulado, un murmullo sensual compitiendo con la actividad del moderado motor del ascensor del bloque C. Un pájaro imprudente se lanzó a tentar piruetas riesgosas en la sombra del pozo de aire. El paisaje sonoro concertó pequeños ruidos de la casa, cuerpos moviéndose, sábanas estrujándose, muelles de colchón, besos estallando, roce de pieles ardidas en zonas sensibles del cuerpo, golpe sincopado de entrepiernas empujándose decenas de veces, el manoteo a tientas buscando cigarrillos tirados por el suelo, el cric cric de la ruedita áspera de metal arañando la piedra que suelta la chispa, el silbo descomprimido del gas escapando. La llama ilumina durante tres segundos la habitación como el ángulo de una tela de Rembrandt, luego regresa la penumbra encubriendo corridas hacia el baño de un cuerpo de mujer, la risa al sentir que el esperma nervioso todavía descuelga por la pierna derecha. Ella debe salvar el último tramo caminando de manera graciosa, medio doblada con la palma de la mano apoyada en el sexo, evitando manchar de gotones espesos el fieltro de la alfombra. Se escucha el distante enjabonar del pubis recortado para la ocasión, los dedos frotando repetidas veces contra el clítoris hinchado, después con una toalla peluda y celeste que semeja un topo miope de juguete, luego el fish del desodorante íntimo para impregnar el sexo del perfume dulzón de rosas reventonas, besos venideros.

-Anocheció, dijo Luisa y decretaba el crepúsculo del último día del año.

Los dos temían preguntarle al otro si hoy debía cenar con otra persona, en una mesa cercada de familiares más o menos cercanos y de falsa felicidad premeditada.

– ¿Estás solo esta noche? le preguntó Luisa sin imponer ninguna entonación particular a sus palabras que parecieron casuales, duda propia de personas con años de matrimonio encima.

-Tan solitario como vos decidas, contestó Germán. ¿Hay algo en la heladera?

-Ve a inspeccionar si con lo que hay se puede hacer algo.

Germán salió de la cama, de espaldas era una sombra confundida con la oscuridad y la única luz obstaculizando la serie continua de sonidos fue la del refrigerador cuando él lo abrió. Adentro encontró la fuente de espárragos preparados, pollo trozado presentado en bandeja de loza, potes de salsas varias, tres botellas de vino blanco, una tarta de frutas, todo pronto para una cena íntima ligera sin secuelas de modorra ni digestión pesada.

-Hay dos o tres cositas, le dijo a Luisa desde la cocina. Algo se puede hacer.

-Ya me parecía. ¿Tenés hambre?

-Por ahora… ¿y vos?

-Vení, no me dejes sola, dijo Luisa.

Cuando Germán cerró el refrigerador la puerta hizo un sonido de goma seco, como si hubiera aguardado esa señal durante años y el motor comenzó a funcionar reiniciando la recarga.

Luisa y Germán permanecieron en la cama hasta bien entrada la noche, dejaron que la habitación siguiera a oscuras, abrazados y mirando la negrura donde debe estar el techo comenzaron a conversar en voz baja de sus historias respectivas, por momentos retomaban los besos. Eran más de las once y media cuando decidieron levantarse a cenar.

-Ya vengo, dijo Luisa.

Desnudo, Germán se reincorporó y caminó hasta el living. Primero encendió una de las lámparas de pie, luego puso radio Sarandí para escuchar música, noticias del mundo del que se había fugado, en ese minuto era un hombre feliz, le agradó escuchar mezclado con las voces de la radio el sonido del agua empapando el cuerpo de Luisa, el cuerpo de Luisa, el cuerpo de Luisa se repetía Germán. Una parte de su mente estaba lejos de ahí pensando en nuevas formas locas dóciles de felicidad, acentuando el bienestar en que flotaba desde hacía horas, necesitado como estaba de ponerse al día en materia de alegrías luego de una acumulación de fracasos agotadora. El artificio era sencillo, se trataba de aferrarse a la bella molinera dejando pasar la última media hora del año; sin esfuerzo se sentía en su propia casa, después de pasar la tarde en la cama con Luisa, el temor sobre la eficacia del diálogo de sensualidades, la llegada conjunta de orgasmos y la erección recuperada se diluyó. Estaba en terreno conocido, en el cuerpo de Luisa reconoció la distribución de los espacios del departamento, la piel tenía el olor de haber vivido rodeada de objetos bellos, legítimos, desde la ausencia de ella el paisaje en penumbras le resultaba familiar. Ella sublima el egoísmo del cuerpo, pensaba Germán, en almohadones y color de las cortinas que llegan hasta el piso, la distribución de cremas de belleza para el cuerpo dentro del botiquín del baño y el olor a años sumados del cajón de cubiertos de la cocina estaba Luisa, entrando a la oficina hace menos de una semana con un vestido amarillo.

Ella se enjabonó por segunda vez para así palpar por más tiempo la tensión del cuerpo, descubrir el halo oscuro de los pezones irritados, la fatiga dolorosa de los muslos, un tirón grato en los aductores por soportar embates de un hombre: la cancel abierta para escapar de la soledad que sofoca, hablar sin pensar que sus palabras ponen en peligro otra vida. ¿Podría abrir la boca sin sentir que algo se perdía, iniciar una conversación sin hacer referencia a dólares y traslados de vuelos en El Galeao de Río? Satisfecha por su osadía de haber incitado a Germán a tomar la iniciativa, un buen golpe de intuición confirmado por el bienestar de las últimas horas, Luisa dejó caer el agua sobre el pelo y el cuerpo. Las toallas grandes suaves y perfumadas hoy tenían sentido, después de cortar el agua se miraría desnuda delante del espejo de manera diferente, palpándose el vientre chato, las tetas firmes todavía, el culo parado sin trazas de celulitis, perdería la vergüenza de tener un cuerpo hermoso, olvidaría el castigo autoimpuesto de negarse a tocar el placer desde lo sucedido con Ana. Luego de cerradas las canillas deslizó la mampara de acrílico con motivos de mariposas, escuchando el agua concentrándose en el hueco del resumidero. Tentó con el pie derecho fuera de la jaula de aluminio hasta apoyarlo en la moqueta turquesa; salió, aguardó que el vapor caliente desapareciera del espejo y que esa niebla arrastrara los despojos de un año desgraciado.

Son las doce menos cinco, afuera en las calles comienza el estruendo creciente del festejo por el pasaje de un año a otro. Germán espera el ingreso triunfal de un año más y le vienen deseos de hablar con sus hijos que estarán con la madre en casa de los abuelos; son las primeras fiestas que pasan separados, el único sinsabor que sabe inevitable en el juego de la felicidad ideal. El número telefónico lo conoce de memoria por los desagradables asuntos de coordinar con los suegros las salidas de los niños, mezquindades del cheque de la pensión, reproches por asuntos escolares y enfermedades. Durante los años que duró la convivencia Germán cree haber sido un buen padre, le gustaría que los hijos estuvieran esperando su llamada y especula con que Paula no responda el teléfono, el diálogo puede terminar con insultos conocidos. Hablar con los hijos nunca le requirió preparación especial, como papá está contento seguro que podría trasmitir un poco de fantasía sobre el futuro en el breve saludo intercambiado.

Pone whisky en un vaso, se sienta junto al teléfono adosado a otro aparato chato simulando madera, levanta el tubo y escucha la línea muerta. Buscando comunicación insiste con golpecitos sobre la horquilla sin éxito, pasa de on a off una palanquita al costado; esperaba el sonido de línea libre, en su lugar comienza el artificio de sonidos mecánicos, luces verdes en el aparato del costado que se pone en marcha de manera accidental. La experiencia de Germán en relación a las nuevas formas de tecnología aplicada es nula, ante el temor de destrozar el mecanismo si inicia un movimiento lo deja seguir, a la espera que llegue Luisa y haga la maniobra correcta. Se tranquiliza al comprobar que la parafernalia intimidante simula un contestador automático, en venta en los free port de aeropuertos internacionales.

Al comienzo, antes de las palabras, se escucha la música, un tema de Vivaldi. “El número que marcó es correcto. Usted está en comunicación con el hogar de Luisa Amorín. Lamentablemente estoy ausente, pero luego de la señal sonora puede dejar su mensaje y número telefónico, me comunicaré a la brevedad. Gracias.” Germán confirmó que con esa voz tan seductora por teléfono nadie en sus cabales podría resistirse a comprarle pasajes, ninguna compañía aérea aunque la encargada fuera una mujer avinagrada se opondría a solucionarle complicaciones que surgieran con sus vuelos. Siguiendo lo anunciado por la cinta se escuchó un bip, luego, igual que si se tratara de una llamada de larga distancia se oyó la voz irritada. “Hoy te llamo más temprano. Tengo muchas cosas para contarte. Me fastidia que siempre hagas como que no estás en casa. Hay noticias de tu hermana. Tus padres pudieron enviarle unos dólares por una persona que viajó a Madrid. Ella igual se muere, la está viviendo un compatriota sin escrúpulos, que encontró casa y filón con la excusa solidaria de cuidarla. Prometiendo entre lágrimas y giros mensuales que estará con ella hasta el final. Luego vuelvo a llamarte.”

Inmóvil, con el vaso sin tocar pegado a la palma de la mano e insensible al frío Germán buscaba convencerse del error, una broma de fin de año, la voz, la segunda voz era imposible que fuera de Luisa. La cinta siguió girando y él permaneció junto al aparato sin el coraje de distanciarse, sin saber qué hacer atrapado por las voces que eran la misma. El mecanismo prosiguió su destino, primero la voz gentil del aséptico mensaje de bienvenida, luego la otra Luisa fastidiada con problemas de línea, crispada con un fondo de ruido de pizzerías, autobuses viejos arrancando cuando el semáforo da paso, junto a cabinas públicas al aire libre, con la música funcional de galerías céntricas.

Afuera el estruendo alcanzó la máxima intensidad, habían dado las doce en nuestro meridiano, en los barrios alejados del centro donde Germán vivió de niño los vecinos estarían saludándose en la vereda y las líneas telefónicas saturadas de buenas intenciones. En el cielo siempre amenazante de fin de año reventarían petardos multicolores con silbidos agudos, hacia la costa los atolondrados habrían comenzado las carreras con autos de papá.

Germán levantó la vista llamado por otro presentimiento y vio en el dintel recortada la silueta de Luisa, ella estaba descalza, una toalla grande le envolvía el cuerpo desde las exilas hasta las rodillas, el pelo mojado se le pegaba en la frente. La voz de Luisa era directa, sin Vivaldi se obertura ni interferencias de controles defectuosas.

-Es una pena, no debiste hacerlo, dijo ella.

-No sabía, yo quería, mis chicos…

Las palabras adecuadas a la situación que Germán buscó quedaban sin coordinar, la explicación devino balbuceo incomprensible.

-Preferiría dejarlo para otro día, si no te importa.

-Como vos digas, aceptó Germán.

-Mejor así, dijo Luisa. Cenamos y después te vas a dormir a tu casa. Lo siento… dormir contigo hoy era lo que más deseaba, pero ahora… ¿vivís lejos? Es una macana, mi auto quedó en Salto.

-La noche está linda y puedo caminar. Además siempre hay un taxi por ahí. ¿Me llamas mañana?

-No sé, ahora tengo ganas de llorar.

-Buenos, traé ese pollo de una buena vez que estoy muerto de hambre, dijo Germán camino de la ducha.

A las dos menos cuarto de la mañana Germán estaba parado en la calle Mercedes, en las esquinas había familias con niños dormidos en los brazos buscando el taxi improbable, los automovilistas seguían de largo hacia la fiesta que comienza a la una. Enfiló hacia la avenida principal a tranco lento tarareando el aire de Vivaldi y más que reaccionar concebir la reacción era lo arduo. Germán creyó haber violado un ritual protegido igual que el peor de los secretos cogitados durante el seguimiento de la última semana. Lo imperdonable era haber quedado en evidencia de espía sin pruritos en la situación equivocada, por error; comprendía tarde la actitud de Luisa, su comportamiento extraño, mientras los cabos sueltos emergían de manera brutal mostrando la trama anegada de ella. Los desplazamientos de Luisa hallaron su sentido y era preferible haber continuado en la ignorancia recurriendo a explicaciones ruines. Germán entendía, hacerlo le demolió una alegría que ni tuvo tiempo de empezar y cortada de raíz, lo ocurrido se dijo, era sin importancia, casi gracioso en su simplicidad, Luisa dejaba mensajes a ella misma y se la imaginó entrando sola al departamento, apretando por hábito el interruptor del contestador mientras caminaba por la casa poniéndose cómoda para escucharse contándose las novedades del día. En una cinta –Germán pensó que guardaba las grabaciones- estaría la versión de su encuentro junto con otras historias, distintas a la de la hermana en Madrid que él alcanzó a escuchar inocentes como el procedimiento mismo.

A pesar del cielo amenazante anunciando lluvia para el amanecer la noche era agradable, calculó que le quedaba una hora de caminata hasta llegar a su casa y tenía distintas fatigas acumuladas. Con una buena noche de sueño estaba seguro de digerir la sorpresa, si Luisa lo permitía él estaría junto a ella, si ella superaba el mal momento vivido a partir de hoy sería él quien dejaría mensajes en el contestador, hasta que ella vuelva a confiarse por entero y lo devuelva a su cama, le hable de las tías viejas de Salto.

Después de oír el ascensor parar en la planta baja y dejar pasar el tiempo para que Germán saliera a la calle, Luisa fumando permaneció acurrucada en lo hondo de un sillón; inició un despacioso hamacarse en uno y otro sentido, a derecha e izquierda, adelante y atrás sintiéndose la intrusa enchalecada en su propio departamento. A una Luisa le descubrieron el secreto y a otra le probaron la existencia de una conducta anómala difusa hasta hace unos minutos cuya verdad insistía en negar. El amor no tenía derecho a irrumpir en la vida conociendo demasiado del otro, ambas se sintieron vacías creyendo que ya no tenían nada para dar, hubieran querido postergar el día de año nuevo hasta la eternidad y sufrían sabiendo que mañana estarían ahí recomenzando removiendo explicaciones. A la otra Luisa hoy le sería difícil dormir entre esas cuatro paredes, donde el intruso escuchó las voces de las dos. La otra Luisa lanzada por la decisión de huir terminó de vestirse, partió hacia el departamento que tenían sus padres para cuando vienen a la capital -quedaba a pocas cuadras de Mercedes-, allí evitaría el equívoco punzante de las últimas horas, la medianoche más odiosa que pudo imaginar.

En el departamento así abandonado quedó sin apagar la luz que Germán encendió al telefonear a sus hijos, sobre la mesa ratona había un vaso de whisky aguachento con cubitos disueltos y al fondo seguía goteando la canilla mal cerrada, rota. Después que Luisa cerró la puerta por fuera, los objetos de la casa iniciaron su reacomodo nocturno solidarios a la tragedia breve que ocurrió allí mismo. Eso duró una media hora, hasta que agrediendo el silencio nocturno se escuchó el timbre del teléfono, una vez, dos veces; a la tercera el aparato inició la secuencia automática de reacciones, los engranajes interiores luego de unos instantes dejaron espacio para la inspiración de il Prete rosso. “El número que marcó es correcto. Usted está en comunicación con el hogar de Luisa Amorío. Lamentablemente estoy ausente, pero luego de la señal sonora puede dejar su mensaje y número telefónico. Me comunicaré a la brevedad. Gracias.”

-Soy yo, perdóname la hora pero hoy es especial y no aguantaba las ganas de ponerte al tanto. Caéte de espaldas: lo de Germán se terminó de la manera más estúpida, te juro que no sé qué hacer. Esto es para hablarlo personalmente, pero al menos te adelanto los titulares.

Desde el teléfono monedero del bar Green Park al principio de la Avenida 18 de Julio, frente al parque de los Aliados y el Obelisco, que está abierto de noche durante todo el año, Germán intentó llamar a Luisa varias veces. Daba ocupado, al final supuso que ella descolgó el aparato para dormir tranquila queriendo olvidar lo ocurrido. Decepcionado por el fracaso regresó a la calle, el movimiento de gente y autos disminuía de manera notoria. En la vereda un borracho detuvo su marcha vacilante, miró intrigado hacia los luminosos de neón y comenzó a cantar “un año más que importa, como vino se irá…”

Der Tod un das Mädchen

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Lo pienso cada día que pasa a la llegada del crepúsculo sin poder evitarlo, habría que gritarlo en una lengua intraducible, extranjera y violenta para que sea soportable y por fin alguien nos escuche. ¿Por qué están matando a nuestras niñas con tanta saña? De aquello maléfico que se volvió imborrable pasaron tres años y sigo sin salir de la pesadilla del insomnio perpetuo, ni me importa si lo que hago ahora pensando en su memoria tiene sentido. Cerrar el sobre grande si me dan las fuerzas, ir hasta Correos central, esperar mi turno y franquearlo, hacerlo llegar hasta sus manos. Quizá rogarle a la Virgen María que usted lo lea pudiera ser una manera ridícula de guardarla a ella en la memoria desatenta de la gente, del vecindario; el tiempo que huye sobornado, está cada día más amenazado por la avalancha voluntaria del olvido.

Una de las últimas veces que hablamos por teléfono con mi niña –lo recuerdo como si fuera ahora mismo- me comentó que había comenzado a redactar una bonita fábula infantil y le estaba gustando. Cuentito dulce recuerdo que agregó, puede que para tranquilizarme, si bien por ese entonces yo lo ignoraba todo de su tragedia doméstica. Después de varias conversaciones sobre el asunto de su tarea, ella avanzó algunas confidencias; era la invención de un mundo inexistente de juguete, con niños extraviados, secretos a preservar y animalitos suaves que hablan entre ellos con voz casi inaudible, intentando paliar la tristeza del abandono. “Si tú supieras mamá” me dijo pidiendo auxilio a su manera y cuando lo supe fue tarde para salvarla.

Ahora que después de tres años finalizó la parodia de justicia con sentencia y sin redención, de una manera que prefiero obviar para evitar indignarme hasta el agotamiento, nosotros recuperamos por fin sus pertenencias retenidas por la policía. Las pruebas materiales, como dijeron en el juzgado durante el proceso, refiriéndose a objetos tan queridos que guardan el aroma de su perfume preferido. La justicia podría ser social hasta cierto punto, pero el dolor íntimo es imposible de compartir en lo abisal de su verdad. Este se volvió el cuento de nunca acabar, la pena impuesta al miserable que la mató fue maniobra de dilación indigna en la memoria de cotillón, que nada conoce de juez ni fiscal y para que el olvido no la asesine una segunda vez. Las causas más inmundas tienen también su abogado defensor enfático y motivos atenuantes que son considerados por la magistratura. La historia evocada de evasión infantil por la ensoñación quedó revolcada por el camino, los fragmentos sobrevivientes se parecen a esbozos de alguien atemorizado que se busca a sí mismo, jugando a las escondidas en un jardín inmenso, borradores de ilusión tronchada de manera violenta.

En una de las notas recuperadas, esquelitas rosadas que ella agregaba cada tanto, siguiendo sus humores y para protegerse, anotó que pensaba enviarla a un editor de libros infantiles cuando llegara al punto final. Eran invenciones para intentar escapar con vida del acoso que la sofocaba, fantasías inocentes queriendo salvarse del horror cercándola como una enfermedad maligna sin antídoto conocido.

No sé si hago bien en enviarle esas primeras páginas, si usted tiene algo en el corazón del otro que ella soñó mientras redactaba a escondidas y estando sola en la casa. Su lector ideal fue ella misma, era otro niño hipotético que hubiera adivinado sus miedos de muchacha. Si no es así yo seguiré igual adelante mientras me den las fuerzas, insistiré una segunda vez, otra más y las que sean necesarias hasta que el eco de la indiferencia se digne responderme. Prefiero comenzar por usted que siendo mujer habló con tanta sinceridad y recato por la radio sobre el caso de mi niña, que conoce a tanta gente que puede ayudarnos.

En las audiencias públicas ni siquiera se tomó en consideración su testimonio dejado por escrito de mano propia. Se dijo con énfasis que la ficción nunca constituye una prueba material convincente para condenar a un hombre enfermo, son meras especulaciones de subjetividad imaginativa decía la defensa, propósitos que se distancian de la veracidad de los hechos. La brutalidad que fue reconstruida resultó enorme, las circunstancias del acto explícitas y la confesión del matador reivindicada con orgullo tan esquizofrénico, que fue innecesario nutrir el expediente con pruebas irrefutables ni efectos teatrales de careo e informes adicionales, con expertos psiquiatras justificando lo inexplicable. El porvenir quedó inconcluso en su vida cegada de manera brutal: el envío pensando en la fantasía infantil, un libro con ilustraciones coloreadas a doble página, los proyectos ingenuos de mi querida niña de dar vida a sus temores. Yo misma pasé a mano palabra tras palabra y luego a máquina cada oración, mientras lo hacía, me convencía que era la historia más bonita del mundo, sin llegar a entender que fue un grito de auxilio y testamento, carta desesperada sin destinatario preciso, el refugio de la mentira. Es justo que lo diga, mi hija tenía la imaginación necesaria para evadirse de la realidad que insistía en lastimarla sin descanso; faltaba alguien que la guiara y la escuchara como en la vida.

Leí cientos de veces esas poco más de sesenta páginas y nada había para saber del infierno hogareño en que estaba cautiva, lo que vivió cada día de sus últimos tiempos luego que algo sin nombre se rompió en su matrimonio. Nunca sabré si ella sabía de qué manera la violencia crecía dentro del hogar, si llegó a percatarse que la estaban matando y nada hacía suponer ese final de horror que parece inventado. La que escribía era otra persona que la muerta, era sin embargo la misma niña y quedó intacta en su corazón, en nuestro recuerdo. La que escribía era mi niña y la muerta es la joven mujer que destruyó a sabiendas ese personaje endemoniado, que se pudre en la cárcel y tendrá asistencia médica siquiátrica si consideran su caso recuperable. Era como si ella intuyera la muerte, mirándose asesinada por un poseso en un presentimiento necesitado de dejar testimonio.

Con cadencia de crónica y testamento ella contó entonces a su manera la historia imaginada de un país paralelo. El relato inacabado fue la ilusión de vida que meció en secreto, como el hijo que por suerte no tuvo y nunca supimos con el padre qué nos quería decir sin alarmarnos. Era una persona estable y buena desbordante de planes felices relativos al futuro, hasta que conoció a ese hombre y tuvo que ser él el responsable del daño. ¿Cómo permitió Dios ese encuentro sabiendo lo que luego pasaría? Somos gente sencilla, no supimos ver lo que estaba ocurriendo y nunca nos perdonaremos esa ceguera. Repasamos fotos, videos caseros, recuerdos compartidos de almuerzos y aniversarios, de salidas al campo, nada podía sospecharse en esos testimonios sobre lo que sucedería después.

Mi marido dice que las víctimas propiciatorias nunca dejan trazas de su martirio entre cuatro paredes, son espectros inconsolables del pasado y se vuelven asunto de familia que nadie desea escuchar más de dos veces. Ella avanzaba hacia la muerte con la misma inocencia que lo hizo en la iglesia cuanto recibió la primera comunión. Es por esa pureza insoportable que los autores prefieren a los asesinos, la maldad que se ensaña sobre las mujeres los atrae como jalea nauseabunda y hace vender más papel. La tragedia de mi niña está en la historia de su marido asesino, esa es la novela y los cuentos que otros escribirán con entusiasmo, pensando en el efecto cautivo sobre los lectores, felices de entender las razones, contándolo a quienes estén dispuestos a pagar por meter la nariz en cloacas ajenas. La gente que lee en salas de espera y trenes de cercanías tiene la fácil debilidad por asesinos de mujeres; como si gozaran viendo esa manifestación del mal irreversible, disfrutaran con detalles escabrosos de lo ocurrido y la variante ingeniosa que halla el homicida para matar una mujer indefensa.

Mi niña no era la cosa inerte y prescindible descrita en el telediario, ese cuerpo cubierto a medias por una sábana amarilla teñida de sangre. Que acaben de una vez por todas los periodistas con esa falsa compasión de hienas utilizando la muerte ajena para ser inventivos. Lo único que pretendían era entrar primeros al dormitorio para filmar de cerca las manchas coaguladas y el cuerpo deformado, indagar como buitres carroñeros en su pasado para explicar lo ocurrido a la manera de las series americanas. Estaban decepcionados cuando supieron que el matador no era reincidente ni firmaba los crímenes con un criptograma, que mi niña tampoco formaba parte de una serie macabra insistente comenzada años atrás. Es tan siniestro todo, que si ahora escribiera su nombre de soltera nada la evocaría, estamos en una sociedad de amnesia programada que injuria el nombre de las mujeres muertas y nuestra ciudad no es la excepción, las que nadie menciona hasta que la tragedia recomienza. ¿Quién puede recordar el nombre de tres mujeres asesinadas en el hogar por el hombre de su vida? Nadie salvo nosotros que la sobrevivimos, que tanto la extrañamos y sabemos que ninguna justicia, ni siquiera la divina en caso de que existiera, sería suficiente para suponer lo que pudo haber sido su vida. Que su nombre se borre porque distrae la inspiración de los ingeniosos, las muertas nunca hablan y las fotos viejas son hojas muertas del cementerio de fosas comunes; que los falsos memoriosos babeándose cuando la lista se incrementa terminen con la hipocresía y confiesen que se interesan por la mente del asesino desde que era niño.

Ese individuo tan requerido hace pocos meses por el interés público, algún día será un viejo que avanzará pasito a paso por el paseo arbolado de una ciudad marítima, entre corredores quemando calorías con zapatillas Nike y madres paseando los hijos pequeños; disfrutando la brisa de libertad recuperada sin que nadie de los que cruza en su camino de anciano sospeche que es el brutal asesino de mi niña. Me es insoportable pensarlo en esa situación, llegando a viejo sin perder las facultades y que lo recojan en un asilo geriátrico por piedad, financiado por el ayuntamiento; que nadie sepa de su pasado criminal y el personal se encariñe con ese abuelo, ensimismado en sus recuerdos, cuidado por una enfermera que tenga la misma edad de mi niña cuando él la mató.

Como se nota desconozco por dónde comenzar a enhebrar los hechos, mis recuerdos se agolpan sin hallar un orden coherente y en eso debo ser fuerte. Puedo imaginar a mi yerno siendo anciano cuando nosotros estemos muertos, la recuerdo a mi única hija cuando cumplió su primer añito, trato de revisar cientos de veces los testimonios del noviazgo y la preparación para la boda. Con todo lo que hicimos para que la ceremonia fuera un momento inolvidable en su vida, fue como si nosotros la hubiéramos llevado al sacrificio hasta con alegría. Nadie nos envió un signo de advertencia o si hubo signo, en nuestra ignorancia y exceso de felicidad seguro que nada supimos interpretar.

Su padre fue quien la descubrió muerta en la cocina, lo contó decenas de veces a la policía y en el proceso. Fue él quien respondió a los alegatos de la defensa insinuando el merecimiento, revolviendo basura psicológica justificando un crimen pasional, intentando la cobardía de una irracionalidad espontánea. Quiera Dios que pudiera yo decirle el momento de ver por primera vez a nuestra niña muerta, pero fue mi marido que la descubrió. Nunca quiso abundar en detalles, lo que puede darle una idea del horror, se lo guarda para él y no puedo hacer nada. Dice que es por mi bien y le creo, demasiado peso de remordimiento para su sola conciencia, es un buen hombre y sé que morirá de pena dentro de poco sin poder evitarlo.

Lo que guardo de ella parece distanciarse, sólo nosotros podemos reconocerla y cuando faltemos de este mundo nadie recordará su manera de andar ni tendrá presente el martirio. Podría pasar horas mirando fotos de la infancia, seguro que puedo rearmar pormenores de cada emoción y circunstancia, si le enviara una fotografía junto con el manuscrito sería una imagen más de las niñas de cualquier pueblo. Contar lo bonita que era, el color del pelo largo y su sonrisa me agota, me destruye de solo pensarlo, la piedad de la escucha hará que la verdad se diluya en lástima que ni pido ni merezco. Cuando lo intento, queriendo ser precisa en singularizarla, definir lo que a mis ojos la hacía única termino por confundir las emociones. En el conjunto de las niñas suprimidas por sus enamorados y diabólicos asesinos es una más de la lista. Si alguien se llegara a nuestro barrio ni cuenta se daría del horror ocurrido con mi niña; vivimos en una ciudad del interior de las que hay que repetir el nombre para recordarla, dejó de ser la de mi propia infancia y nada hay aquí de terrible en apariencia.  

Habría que inventar para esas tumbas femeninas del camposanto otra forma de cruz escandalosa y un ángel custodio desfigurado, que en su nombre renegara de Dios señalando los lugares donde están sepultadas las mujeres. Me pregunto qué les dirán quienes reciben sus almas confundidas en el cielo, si es que tienen algo para decirles además de pedirles perdón, prometerles venganza porque la justicia nunca alcanza; llorar sin agregar ni una sola palabra de consuelo que sería innecesaria y obscena. Hay gente buena que nos ayudó en los primeros meses a sobrellevar nuestra pena pero el tiempo avanza y pesa, una dice que está bien para quedar a solas, entonces esas almas benévolas se marchan de prisa a su hogar luego de despedirse y no pasa un santo día sin que ocurra otro crimen. ¿Qué les pasa a esos hombres? Es como si hubieran empeñado la humanidad, extrañaran la guerra, hubieran sido paridos por el cieno pútrido sin mujer; bestias descontroladas donde se incrustó una forma del mal que los lleva a destruir lo que una vez amaron. Como si olvidaran las palabras dichas cuando se enamoraron, perseverando hasta hundirse en lo injustificable, sin soportar la contemplación de aquellas que son espejo revelador de su fracaso. A veces ni yo misma lo entiendo, hay mañanas en que me despierto sin la memoria del crimen de mi niña, entonces pienso en llamarla por teléfono, por el gusto de conversar del clima benigno diez minutos y de una receta de cordero al horno escuchada en la tele. Pienso en manera obsesiva en recordar los aniversarios, en especial el de la boda; alguna vez me confesó que había sido el día más feliz de su vida hasta que quedaron a solas. Si se hubiera ahogado durante la luna de miel… si hubiera muerto en un accidente de la ruta la conciencia de esa injusticia hubiera sido consuelo para sobrellevar la muerte.

Acaso en una tarde como ésta, en lugar de estar escribiéndole sin conocerla –hasta su nombre verdadero ignoro- estaríamos de conversación familiar con mi niña, bebiendo chocolate caliente, con la muerta en la casa de visita y recibiendo las flores del mismo hombre que la asesinó. Nunca una carta, alguna explicación balbuceada ni el comienzo del arrepentimiento pidiendo perdón o el intento de un entendimiento. Lo que haya sucedido se lo guardó para él y debe de odiarnos mucho para negarnos el consuelo por la palabra. No debemos guardar esa sobriedad enfermiza en el interior de la familia, mi niña es una más de las víctimas de la locura de unos hombres señalados por el infierno, condenados por una pulsión asesina que comienza cuando las invitan a bailar en una fiesta, las cruzan en el colectivo, les piden el número de teléfono y son presentados en una agencia de reclutamiento laboral.

Esas imágenes que recupero me hacen daño sin poder evitarlo, significan la ausencia y nunca el tiempo que pasó, las fotografías de sus primeros años me dan la ilusión de vida en otra parte que resulta falsa negándome el conocer lo inconcebible. Tampoco consigo hacer el duelo absurdo ese que todos aconsejan, mirándolas una y otra vez las horas se evaporan en el aire y el mundo es un lugar con ardillas veloces donde el crimen nunca ocurrió. La apariencia me exonera de una cadencia que marque la usura del tiempo.

Resulta curioso, es sólo cuando leo su relato inconcluso, la historia inacabada, que oigo una música tierna de ausencia. En su escritura se condensa la voz suya que sigo escuchando dentro de mi cabeza, desde las deducciones de lo que supongo ella quiso decir. Imagino que accedo a la confesión de su vida auténtica, en la progresión de la trama ingenua y sugerente se advierte el horror del desenlace invisible en vida.  La lectura de ese puñado de páginas susurra que mi niña está muerte, la situación es irreversible y el llanto preferible a las ilusiones de una reaparición en sueños. En la lenta lectura de ese final abrupto y su manera de callarlo mirando la frustración de redacción interrumpida, comprendo el sentido de su desaparición. Cierro las páginas, clausuro la carpeta de tela como si fuera un féretro de papel y arrojara un puñado de tierra con pétalos de flor roja en la tierra excavada de la tumba. Entonces me cubren dos sensaciones; la conciencia pútrida de la muerte y el saber que ella no es el último ritual de los avatares del recuerdo. Comienza ahí la sospecha, luego la esperanza en una resurrección por la lectura evocándola. No del cuerpo porque sería maléfico y tampoco del alma, pues después de su muerte perdí la fe en esas cosas; es otra luminosidad la que aparece, melodía inasible evocando un cuarteto de cuerdas, quiero decir de esa condición de la resurrección. Abro una vez más la carpeta y busco la primera frase escrita por mi niña asesinada, leo como si fuera por la primera vez, es ella escribiendo esa línea inicial, sé que está muerta y se instala en mi memoria de una manera dulce.

Quizá era eso, ella escribió a escondidas en los últimos meses de su vida sin pensar en una colección de cuentos infantiles. Lo hizo para decir la sospecha del miedo que ni ella misma llegaba a concebir, se servía de la caligrafía sin poder gritarla, aferrándose a la vida porque su hora se acercaba de manera violenta y sanguinaria. Dejando el recuerdo de su ternura amenazada, ella captó al vuelo los fantasmas criminales rondándola, los transformó queriendo que recordáramos de ella los febreros de su vida pasada, diciéndonos que así era ella. Su vida no puede resumirse a las circunstancias del asesinato, era mucha mujer para ser reducida a simple presa del psicópata tan citado en la prensa de entonces.

Se acerca la resolución y me sucede algo extraño como si la filiación continuara en la escritura, rezo para que algo de ella sobreviva al olvido y sólo puedo hacer pasar el dolor de la madre de una muchacha muerta. Que ahora irrumpa mi tristeza, como cada día de los que me quedan por vivir nada significa en relación a lo ocurrido. Hay que hacerlo así, la memoria de los seres queridos es una tarea con notas de relato perpetuo. Los que estamos todavía en vida somos los únicos que podemos ir al otro lado para hablar con los muertos. El dolor de mi niña nunca regresará de allá donde se halla, si ello sucediera estaríamos cercados de un coro de muchachas y su alarido sería un confutatis maledictis insoportable. Por eso se prefieren estadísticas y se olvidan los casos, por ello especulamos sobre cuál será la próxima mujer que se sumará a ese coro infinito destinado a alcanzar una cifra inconcebible.

Lo puedo aceptar con experiencia de los años pasados y los intentos de esperar algún signo angelical, nada escuché sino el silencio, para recuperar el recuerdo limpio hay que abandonar la vida, partir de viaje hacia una región desconocida. Se lo puede hacer sin temor, la justicia humana pasó y en el otro lado nadie aguarda ni siquiera las almas saturadas de reproches. Esas muchachas muertas y hablo por mi querida niña, no aspiran al infierno circular esperando al viajero para contar el momento del crimen. Ese gesto asesino les cegó la vida sin poder con la integridad de su existencia, lo que ellas cuentan a quien quiera escucharlas es interrupción, ilusiones secretas suspendidas ante la eternidad y felicidades simples que les fueron arrebatadas.

A esa conclusión llegué leyendo lo que ella dejó escrito. En cada lectura mi niña reaparece y es su manera de continuar viviendo, lo escrito es otra vida que una noche se interrumpió, la hora última cuando el universo se transfiguró en nube negra ensangrentada. Leerla es ir al otro lado y verla, escucharla, recordarla, mi niña es una voz que se niega a ser silenciada por el resto de la eternidad. Poco interesa si tenía talento para llevar a buen puerto el relato, esas pocas páginas resumen su historia preservada, la vida interior e inadecuada para lo que le tocó padecer. Con mi marido decidimos dispersar sus cenizas en un estanque con patos y cisnes, mi niña es puñado de polvo de reliquia y memoria infinita. Con mi marido cambiamos su cuarto de soltera hasta hacerlo irreconocible, ella nunca regresará a la casa y sabemos que la voz está en las páginas que le adjunto. Se trata de una experiencia sencilla y tiene el riesgo de cuando se cruza al otro lado de la vida, sabiendo que es improbable dialogar con los difuntos al menos que sean de la propia sangre.

La lectura inicia el milagro de escuchar sus voces como si estuvieran en la misma habitación, por momentos ello ocurre en una sola línea; es suficiente, y yo que comencé suplicando en lengua incomprensible quiero finalizar con la voz de mi hija adorada. En alguna tarde sin nubes ella paró de vivir porque no daba más del alma y decidió llevar una existencia al margen rodeando esa rutina amenazándola. Cuando quedó a solas anotó entonces en su cuaderno: “Las tres muchachas de quienes trata la historia que comienza, se conocían desde la infancia. Una de ellas, que respiraba con dificultad y manchaba los pañuelos de color escarlata, deseaba detener su crecimiento. Temía que algo maligno la estuviera aguardando, allá lejos en los meses venideros de incertidumbre poética, cuando comenzara la juventud precoz anunciando la estación florida del amor.”

Los titanes

Desde que tengo memoria de mis actos, jamás se me pasó por la cabeza iniciar una discusión crispada por asuntos familiares. Yo sabía por escuchas salteadas en el trajinar de la cocina, que desde hace años mamá ahorra para comprar una casa en algún balneario de la costa oriental de la isla. Mis padres cotejaron planos de terrenos delimitando perímetros inconcebibles, visitaron construcciones suntuosas fuera de su alcance económico, merodearon viviendas inacabadas de propietarios en apuros, avistaron ranchos precarios, siniestras taperas olvidadas entre la desembocadura del arroyo Carrasco en el delta mayor y el desvío sin asfaltar llevando hasta Piriápolis.

Me desagradan las playas interminables y a mi hermana también, somos hijos inesperados de la vejez de nuestros progenitores. Nuestros padres tendrán poco tiempo para disfrutar de la dichosa casa, si es que el proyecto se concreta algún día. La idea de una propiedad sobre la costa era el anhelo obsesivo que daba sentido al trabajo de mi padre, al ahorro de nuestra madre vintén a vintén contagiada por la sombra insensata del plan de compra. Ambas fuerzas reunidas y siendo de naturaleza diferente les consumían las tardes de los domingos cuando leían, con perseverancia de entomólogos, los miles de anuncios del diario El País. Ellos alimentaban listas de ofertas interesantes en cuadernos cuadriculados, minúsculas libretitas negras y fichas de cartulina; priorizaban números telefónicos según la cifra de terminación en una cábala incomprensible, calculaban por adelantado intereses trimestrales de la cuenta de ahorro del Banco Trasatlántico y comentaban el monto abusivo de algunas entregas fijadas por escribanos sabandijas.

La obsesión por la casa que espera debía justificarse; el creciente incentivo se explicaba por la tendencia que empujaba las ambiciones familiares hacia la costa, como si nuestra marea humana obedeciera al vaivén del mar regulado por los tamaños cambiantes de la luna. Lo que resultaba una marcada contradicción era alquilar un chalet e incluso en condiciones ventajosas ello suponía achicar los ahorros, pero «había» el mandato de perseverar en la costumbre de abrir casas ajenas con olor a humedad en los rincones y pilotes incrustados en la arena. Recuperar el hábito de calentar de apuro muros fríos de panteón, pasarse horas limpiando remedos de jardines invadidos por hierba mala, acomodando garajes sin furgoneta y atiborrados de herramientas antiguas, cambiando piezas defectuosas a la bomba de agua, vigilando los movimientos taimados del parrillero cuyos ladrillos tienen vocación por despegarse. Papá se responsabiliza de llevar adelante tareas de reacomodo circunstancial, sin reparar en la gravedad del abandono de lugares fijados con anticipación y en términos confusos en contratos manuscritos.

Apenas desplegado el maniático propósito de compra argumentado en razones confusas, mi padre inició una agenda minuciosa asentando los progresos del plan. Con repertorio alfabético de inmobiliarias, catálogo profuso de profesionales implicados en transacciones similares, nombres de simples particulares ofertando su residencia secundaria para ganarse unos pesos, listas de amigos que alquilaron o compraron y de amigos con parientes que alguna vez pensaron comprar o alquilar por siete días (para mi padre esa medida era suficiente) en un punto cualquiera de la franja marítima. Debido a la constancia y acumulación de datos él adquirió un saber relativo a metrajes, precios negociables, sendas vecinales, horarios de transportes, farmacias de turno y profundidades donde hallar agua fresca nada desdeñable.

Entre ese inmenso conocimiento acaso inoperante y la evolución de las cuatro estaciones se produjo una extraña empatía; venimos así alquilando casas distintas cada temporada, arbitrio que de interesante se volvió preocupante. De unirse los puntos agregados año tras año la línea resultante sería un zigzagueo insensato y el paralelo demencial de la orilla costera. Algunas veces –las menos- los esfuerzos de tradujeron en fortuitas transacciones y premio consuelo por otra seguidilla de temporadas desastrosas. La mayoría de las ocasiones los resultados fueron frustrantes, coincidiendo con el clima que acompañó nuestras excursiones fuera de temporada, promediando primaveras caprichosas o cuando se abaten sobre la isla esos otoños tristes, refutando sin piedad las tesis de papá empecinado en augurar falsos veranillos y donde hasta podemos zambullirnos en el mar. Según él son los mejores días para inspeccionar con mirada crítica de futuro inversos, advertir sin interferencias las trampas y virtudes de los alrededores, preciosa información que ingresa con método a la agenda. Quiero decir al implacable cotejo con paisajes de años anteriores, horizontes venideros que se proyectan sin obstáculo insalvable al proceso de su imaginación fecunda. «Ya que se invierte una sola vez en la vida hay que estar bien seguro» suele afirmar mi padre, justificando la búsqueda y postergación de la decisión que daría punto final a enredadas especulaciones.

No obstante las inclemencias repetidas que lo fastidiaban, poniendo a prueba su constancia, jamás lo escuché quejarse ni recurrir al argumento de la mala suerte. Mi padre se limitaba a sostener que ni loco invertiría en una playa como en la que veníamos de «veranear” y “donde las calles se inundan con cuatro gotas locas que caen… ni quiero saber lo que será esta baldío en invierno» decía, puede que sabiendo que estaba repitiéndose en su alegato como el año pasado; llegar a tamaña conclusión justificaba el tiempo invertido y el dinero malgastado. Al final de la aventura, sabiéndose a salvo de la especulación inmobiliaria complotando en su contra se lamentaba, sin ocultar la ironía del que escapó a la trampa de los cretinos que enterraron miles de pesos en esa porquería, embaucados impíamente por vendedores inescrupulosos.

Sobre el sentido del concepto «veranear» es intransigente, por más que la experiencia haya incluido semanas de temporal continuo la apelación vacacional del desplazamiento es respetada. Como si bastara pronunciar la palabra veranear para disipar desagradables momentos de pésimo humor, amaneceres decepcionantes calcando el cielo plomizo del crepúsculo anterior, sobremesas de gélido encierro jugando a las cartas para conjurar las fuerzas del mal tiempo. Mientras la costa, destinada para disfrutar del sol mirando el horizonte, era fatigada por furiosas ráfagas, trayendo hasta la orilla la marejada marrón y sucia.

La desgracia tampoco es una constante irreversible, algunas fallas estadísticas nos deparaban aciertos cada tanto de cielo despejado y que podían la dicha de aventar desagradables episodios pasados, enorgullecer a mi padre confirmándole su pronóstico favorito: los mejores días de verano se ocultan en la periferia otoñal. Más de una vez pensé que esa manía de alquilar casas en fechas extravagantes, dependía de razones ligadas a la salud precaria de la caja de ahorros familiar, luego deduje que la verdad respondía a un aspecto brumosos de su carácter, la convicción secreta de ir contra las costumbres englobando también las de la naturaleza. En la tarea de padre de familia, asumida de manera tardía y poco convencional logró inculcar en nosotros, sin violencia y diluyéndola como herencia irrenunciable hecha jarabe, una manera de anunciarnos cómo sería nuestro porvenir. Al menos fue lo que sucedió conmigo, que acepté sin buscar entender su estilo de interpretar el almanaque y la manía de recaer en ensayos otoñales, sabiendo que para mí no habría un verano que conciliara calor con calendario antes que la familia se hiciera de casa propia frente al mar, la que nos estaba destinada y se negaba a manifestarse poniendo a prueba nuestra perseverancia.

Aguardando el reconocimiento, las casas usurpadas por mi padre con mirada crítica tenían un aliento de amenidad y postergación decepcionante. Eran el fatigado espectro del plan alistado al porvenir, que al espíritu emprendedor de mi progenitor tenía la contundencia de un muro de piedra y su historia capitulada en depósitos en garantía, retiros e intereses del Banco Trasatlántico.

El proyecto familiar disipando ardores de la vida cotidiana y el olor pútrido del Estado descomponiéndose tenía en mi carácter secuelas fluidas, escoltando los manantiales subterráneos que papá detectaba sin error a siete metros de profundidad, en cualquier claro de un bosque de pinos o bajo la textura de un terraplén. Era así: él «sabía» que debajo había agua, la detectaba con la intuición entrenada de Orientalista que para tantas decisiones ordinarias suplantaba el razonamiento positivista. En sus salidas en trance, al momento de la iluminación, parado sobre el manantial invisible y oculto a vecinos desdeñosos de los indicios naturales, al alcanzar la máxima concentración, padre lograba que los incrédulos oyeran fluir el agua. Aceptaran sumisos la transparencia desde el primer chorro frío desconcertado al recibir la tibieza del verano agónico, una luz nunca vista, saturado de minerales beneficiosos para las funciones vitales del cuerpo. Cotejado a ejemplo paterno tan decisivo debí habituarme a intuir el agua primordial y aprendí a observar la sed allí donde mis ojos verían montículos de arena plagados de cascarudos. Vislumbrar una casa en las hojas de la libreta forrada de nylon, adivinar veranos venideros en nubes fugando por encima de porches de casas alquiladas por la tercera parte de los precios estivales. «Temporada que por otra parte fue un rotundo fracaso. Así matan a la gallina de los huevos de oro» decía él y mi pobre madre lo miraba intrigada, pensando que nosotros pudiéramos ser un leve plumón del buche de la inquietante gallina de los huevos de oro.

Todas las horas de convivencia cerca del mar no eran salpicadas por el delirio de mi padre, Orientalista aficionado de fines de semana. Me reservaba otras horas para caminar en solitario habituando la imaginación, organizando un bastión cuya construcción será defendida a cualquier precio hasta la última gota de sangre, un mecanismo interno a utilizar sólo en caso de peligro extremo. Nada extraordinario por otra parte, sencillas persecuciones mentales, mutaciones del paisaje, un amigo inventado para conversar andando por senderos de balasto, fantasías integrando a mi hermana. Desde que yo era adoptado y ella lo sabía, hasta las ganas de espiarla cuando ella me echaba sin mucha convicción, antes de bajarse la bombacha hasta los tobillos, agacharse sobre la pinocha, hacer pichí y luego vichar el charquito filtrarse entre hojas secas intoxicando insectos desprevenidos.

Los años de esos descubrimientos acompasaron mi formación de solitario desconfiado, templando el espíritu hasta dejarlo en estado de alerta permanente y prometí que ello me ubicaría en la vida en situación ventajosa. Cuando entraba en crisis de seguridades, el afán de padre incambiado tras la casa fantasiada, sus divagaciones sobre desaparecidas culturas orientales por causas de pecados humanos, castigos divinos y el don para encontrar agua a tientas, tuvieron sobre mi carácter efectos positivos que fueron de gran ayuda. Buscaba agua en las personas que encontraba considerándolo el mejor criterio para conocerlas de verdad; el cuerpo y la voz de los otros tenían consistencia arenosa, descubrí que salvo rarísimas excepciones y en quienes era intensa la humedad emanada, los demás eran seres desecados desde la infancia, cuerpos porosos indiferentes a la muerte. La capacidad de percepción heredada, sostenida con modestia por el esoterismo paternal y aledaños de locura mansa hicieron de mí un niño diferente. La negación de un niño, un mutante con cuerpo infantil y capacidad analógica inesperada dadas las condiciones intelectuales del entorno; salvo la indicada falla de padre abarrotada de tratados interestelares, cosmovisión de secta y testimonios contando el otro lado del mundo, la primera hora después de la muerte corporal, los secretos perdidos de antiguas civilizaciones sumergidas. La mujer mayor que lo acompaña e inquieta ante la mención de la gallina ponedora de hueso áuricos, sin saberlo supongo, era madre de alguien diferente.

La primera manifestación práctica de mi anormalidad fue el silencio, la negativa a toda confesión de la excepcionalidad en la acepción menos frecuente. Con el silencio inflexible la puse a especial recaudo de sospechas familiares; cuando me atreví a insinuar algunas pistas tibias, recibí respuestas alternando entre papanatas y mentiroso. Juicios que me alertaron y evité así ser abanderado en las fiestas patrias escolares, recibir educación personalizada de docentes creídos que mis logros escolares eran resultado de sus capacidades pedagógicas, contribuir al desarrollo coercitivo de la diferencia en el dudoso beneficio de las ciencias pragmáticas.

Destinado a una vida distinta procuro obtener el mejor beneficio del desajuste, mi diversión favorita consiste en experiencias vinculadas a las visiones. En ciertos instantes que prolongo hasta el agotamiento, puedo transgredir el mecano temporal y mantenerme en contacto con anomalías simuladas en la naturaleza, condensadas en objetos de apariencia trivial. Llego hasta ahí en mis incursiones; con las personas tengo dificultades, como si esa hora superior estuviera todavía por llegar. Mi estado es definido de distintas maneras, existen cuadernillos con figuras para medir coeficientes mentales, conocidos por escolares de vocación indecisa y maniáticos de toda especie. Donde los médicos incitan a buscar, en manchones simétricos de tintas, combinaciones neurológicas apartando del atolladero de la mediocridad, pruebas humillantes que rechazaré en su debido momento; desprecio su objetivo mezquino de asociación obligatoria cuadriculando lo inmedible por estrellitas, ladrillos multicolores y redondelitos.

La falta de una vida normal durante las vacaciones escolares adiestraba el autodominio, cuando adquirí esa brumosa conciencia de mi circunstancia la enmascaré con esmero. La evolución de mis visiones avanzó a buen ritmo sin alterar la vida familiar y sus ritos, algunas miradas de mi hermana sugerían que ella, además de intuir con gusto mis fantasías fraternales advertía lo callado. El control excesivo conduce pronto a la exageración y más de un pariente anda murmurando si no me estaré volviendo tarado, hijo tardío de la chifladura de mi padre por comprar una casa en la playa, confinado a herencia genética; la esquizofrenia mentada de mi abuelo paterno, sobre la que planea la plancha de silencio y versiones disonantes que afectan su final sanguinolento.

Es complicado al hablar dominar la represión y desviar la conversación. La dicción para quien sabe escuchar es lo que delata el desarreglo de mi cabeza, a veces pienso que el ejercicio represivo de la palabra se amontona en un arrabal miserable del cerebro y allí permanece al acecho, aguardando el momento de abordar el costado feliz, siguiendo su avance entre anagramas del mundo y símbolos inmutables del caos en movimiento perpetuo. En el círculo próximo mi cerebro y yo nos comportamos con relativa educación, involucrados como estamos en una familia consumida por un plan coagulando la ambición oriental e insensatez del hombre que cumple apático su jornada laboral; alguien que malviviendo extravió en ruta la sandalia fracaso y emprende absurdas expediciones a un levante cercano, desprovisto de asombro, creído que un día mágico nos conducirá al esplendor de la fortuna.

Esta digresión mía se justifica, además de haber perdido el sentido de la extensión mientras pienso, en esta falsificación de verano sucedió un incidente perturbador y durante una de mis caminatas habituales di con una construcción particular. Estamos a finales de abril, pasó la vuelta ciclista, semana santa, la criolla del Prado y el fastidioso ceremonial de la resurrección. Hasta los últimos días de marzo él mantuvo el suspenso de saber si alquilábamos algo y en la eventualidad de decidirnos, implicarnos en la tarea azarosa de adivinar el lugar consagrado esta vez. Las mujeres y yo confrontados a cabriolas geográficas del padre de familia, salteamos entre curiosidad, resignación, indignación y desinterés. Lo sabía: se repetiría el atropellamiento de salir para allá de un día para otro… luego de la llamada providencial cerca de medianoche, consecuencia fulminante de una turbia entrevista en un boliche mugriento cerca de la Caja de Jubilaciones. Para subsanar las secuelas de nuestra accidentada escolaridad él se las ingenia, consigue certificados falsificados de médicos falsos y del resto me ocupo yo a la vuelta, recuperando las clases perdidas, ayudando a equilibrar el retraso escolar de mi hermana.

El nombre clave y contraseña fue esta vez Los Titanes, al menos es apelativo original. La elección paterna condicionada por semanas en fuga hacia el invierno y ahorros mermados, si excluyo la simpatía por el nombre resultaba indiferente. Yo estaba de antemano convencido sobre lo que encontraría en Los Titanes; las mujeres crédulas escucharon el relato fundador de padre desplegando las maravillas potenciales del lugar. Exponía el catálogo de virtudes con pasmosa persuasión y conocimiento de causa digno del vecino que, luego de treinta años de fidelidad al balneario, mantuviera entero el entusiasmo de pionero. Las calidades supuestas de Los Titanes eran engarzadas con tanta convicción que alguna vez creí las anécdotas, posponiendo juzgar el pleito entre su delirio bordado contra la realidad evocada. Con el paso del tiempo y las estaciones me incliné por la conjetura del desarreglo irreparable en su cabeza, una autosugestión potente y forma de locura chistosa. Lo veía sufrir cuando mi reacción a sus patrañas era distante, contraria a la hipnosis de mamá y mi hermana, dispuestas a creer, temerosas por la posibilidad de concebir una objeción. Le dolía que yo cayera en pozos de desinterés, era inevitable; a decir verdad nunca quise ofenderlo, si algo podía reprocharme era que callara episodios que le comunicaba recién de regreso al hogar, lejos del teatro de operaciones como él dice. Detalles sugestivos para retrotraerlo a la inestable realidad, allí donde nos arrastra algunos días del año y haciéndole saber que sus esfuerzos tampoco me eran indiferentes.

El entusiasmo por Los Titanes se concentró en la abundancia de corvinas, la quimera de impresionantes ejemplares de corvinas negras y la certeza del oleaje descontaminado pues en Los Titanes –afirmó- no hay fábrica procesadora de pescado en actividad. Cerca de la parada de autobuses había un mercadito siempre abierto, la farmacia y una pizzería con horno de leña, cuya fainá era famoso hasta las playas de San Francisco y Punta Colorada. A pesar de razones tan inconsistentes para reivindicar el balneario de la tristeza de sus partes, la manera particular de presentarlas movilizaba el entusiasmo familiar, contagiándonos la proximidad del aroma de viaje, haciéndonos dudar sobre si el verdadero verano recién estaba por llegar. La vida familiar igual que los salmones avanzaba a contracorriente del almanaque, contradecía el decurso natural del deambular planetario. Tiempo atrás descubrí su sistema argumental bien complejo bajo apariencia sencilla, él repetía las figuras tradicionales modificando el orden y contenido de los anunciados. Dos o tres eran exageradas para crear la ilusión del viaje y otro par permanecía en discreto segundo plano agrisado; estas últimas eran destinadas a explicar el probable fracaso, las razones fatídicas por las que el verano zafó de lo previsto, hados intercambiables destinados de antemano al sacrificio.

Cuando comenzaban los preparativos de una excursión mis ilusiones eran tibias, los conocía hasta en los pequeños gestos y podía pronosticar las reacciones de mis padres mirando el curso de las nubes. Era distinto con mi hermana a quien me unían corredores ajenos a la inteligencia, túneles placenteros aunque me hicieran sentir sucio, vigilado, pendiente de lo temido por ininteligible. En aquello que me era dado conocer mi espíritu parecía malgastado, si yo guardaba la esperanza de ser sorprendido –contingencia que descreía a diario- dependía del azar y caprichos exigentes de mi hermana. Cualquier conjunto de información bastaba, aquello que tuviera la apariencia de inexplicable a la primera mirada me interesaba volviéndose indagación disfrazada de desafío. Sabía que mi horizonte de conocimiento era limitado, que para llegar lejos debía proyectarme fuera de mi alcance ganando espacios intimidatorios, de esa conciencia difusa a suponer que la clave huidiza estaba en Los Titanes había un paso enorme. Puedo ahora confesar que mis prejuicios iniciales con respecto al balneario, fueron desestabilizados cuando ocurrió lo imprevisto confundido en la apariencia de un suceso trivial.

Al otro día de instalados seguí rastreando la soledad, aguardando variantes del cariño fraterno y paseando a horas arbitrarias sin método, divagando por senderos estrechos, calculando la distancia entre intenciones y realidad, placer y culpa, sueños faraónicos que intuía al origen de magros resultados en chalets a medio terminar. La costa abandonada es la pesadilla penumbrosa de Montevideo y su revancha, los terrenos desafían la imaginación constructora contenida de individuos raros y perturbados. La ruta que une los balnearios orientales es el desfiladero por donde escapan utopías postergadas de grandeza, ambiciones desmedidas incapaces de vivir fuera del verano. Ello explica la anarquía del trazado de caminos y extravíos en las construcciones visibles, como si ventanas, inclinación de techos y distribución de cimientos fuera concreción de sueños de la infancia, compañeros de avatares frustrantes, orígenes de conflictos familiares, disputas con albañiles hoscos y ofendidos. Como si esa forma precisa de vivienda, tan distinta de todas las anteriores desde las cuevas de la prehistoria, tuviera el poder de compendiar una ambición precisa, justificara los trabajos de una vida y bastara para olvidar la existencia otra dejada de lado. Así concebida y según mi visión desoladora hasta la repugnancia, la franja de construcciones aisladas era insoportable.

Una vez cerradas las casas al comienzo del otoño, desalojada la incomodidad de cuñados haciendo asaditos, amigos de los nenes, parentela rumbo a Florianópolis, cuando quedan abandonadas en la impotencia de remontar las huellas hasta las dunas, adquieren aspecto de animales, curiosas alimañas de cemento atacadas por cazadores armados con ballestas de tiempo y retraídas en permanente defensa. Algunas veces un carnicero hablador o mamá en tardes lluviosas –ella mientras fríe pasteles de dulce de membrillo- cuentan historias de robos en casas de veraneo. Los pormenores evocan enormes candados saltados con tenazas industriales, rejas levantadas con gatos hidráulicos de semirremolque, cristales astillados con martillos de zapatero y banderolas abiertas en azoteas que permitían apenas el paso de un ladrón de siete años. Nunca falla el descubrimiento desagradable de los propietarios, que en noviembre de regreso a la casa costera al abrir la puerta de entrada encontraron, en medio del living lo que quedaba del cuerpo de supuestos rateros, fulminados como si hubieran caído en una trampa para comadrejas, muertos de repente, junto al sillón de tres cuerpos cerca de la ventana forzada, rodeados de cafeteras viejas, vajilla rota, ropa arrugada para usar en enero, hormigas insaciables que siguen la procesión en orden romana por las dudas.

Con cuentos así se completaban las veladas familiares mientras duraba el exilio invernal, jamás menos de siete días y nunca más de catorce; para mi padre esa duración es aleatoria e indiferente, lo medular es ir siempre a un lugar distinto. Otros años, en amaneceres ventosos encontré mujeres sentadas en la orilla inhóspita contemplando el mar olvidadas de la creciente y el viento, parecían cómodas en su inmovilidad contemplativa, aguardando que finalizara la eternidad y sin embargo, en el instante que empleaban en hurtarle la cara a la arena volando, mirando el rencor de gaviotas lanzadas en picada depredadora, ellas desaparecían del paisaje hasta ser sombra de la nada, ni tan siquiera una mancha deslizándose entre la arena arrebatada. A veces avistaba hombres mayores con pijama a rayas verticales, robe de chambre estampadas con motivos chinescos y calzados de pantuflas sin talón caminando solemnes por la arena dura. Dejando una huella levísima, marchando del dormitorio perfumado de sándalo hacia el salón de música hindú a tomar una taza de té de los jesuitas, con una gota de leche y pellizcar galletitas inglesas con jalea de frambuesas; como si vinieran de recibir The Times dominical en el portón del jardincito de una dimensión equivocada, fuera tarde para retroceder al caminero correcto y no les importara el error.

Vi zozobrar un jueves a la tarde una barca de pesca a no más de un tiro de piedra de la costa. Los dos hombres embarcados remaban con fuerza sobrehumana para ganar la orilla, el mar jugaba con su desesperación silenciosa y tensa, dándole cada tanto la ilusión de la inminente arena recobrada para devolverles un segundo después a la conciencia creciente del naufragio. Así por largo tiempo, hasta que la noche se extendió por completo, el viejo océano se aburrió de mi espera neutra contemplativa y decidió con un golpe de agua devorarlos sin más, sin que mientras duró la escena ellos increparan mi falta de ayuda. Nunca supe si encontraron los cuerpos ahogados, el silencio de comentarios al respecto entre el vecindario dio a pensar que los desaparecidos eran pescadores venidos de un caserío lejano, levantado en islas inexistentes. A los tres días y cerca de donde naufragó la chalana, encontré restos de madera petrificada desgarrados por corales acerados y enormes piedras afiladas. Tropezar con esos despojos me sobresaltó, los adopté recogiéndolos de la marea y tuve los pedazos maleables como signo. Vi en ellos el presagio inaugural de la muerte que llegaba a mis manos, vaticinio inconfundible, reliquia que podía ser de alguna de las naves Argos, otro arpón infructuoso clavado en la aleta dorsal del cachalote albino. De algo terrible sucedido anteayer y que llegaba a mis pies buscándome, traído por las olas como un virtual caracol de bosque, que una vez acercado al oído, en lugar del consabido mar atormentado, arreciara con voces disonantes contando historias fabulosas y gratas a mi alma harta de datos carentes de sentido.

Tales encuentros son ingobernables, obedecen a ciclos caprichosos, habitan en mí confundidos entre búsqueda y provocación. Concibo lugares extraños e irreales cuando trepo las dunas altas ignorando lo que hallaré en la ladera opuesta, las supongo colinas del desierto soñado después del último desierto conocido, cayendo en pendiente hasta valles relucientes de una muerte violenta. Cuando escuché este año por primera vez el nombre de nuestro destino, el balneario otoñal que un orden secreto había decretado, me agradó la idea de alcanzar la sombra singular de una luna de Saturno. Los consabidos preparativos otra vez más teñidos del aura de distancia inalcanzable tuvieron, sin embargo, un perfume de olvido premeditado de retorno, de nunca más volver al hogar como si esta vez lo abandonáramos para siempre.

El día señalado de la partida se presentó desconcertante. Recuerdo que estábamos vestidos con ropas de verano pasadas de moda y marchábamos a Los Titanes en un ómnibus vacío por la ruta, formábamos una comparsa carnavalesca indiferentes al estío dejado atrás, desentendidos del cielo amenazante. Ese abril que evoco algo marchó mal, en años anteriores la instalación estrafalaria me tenía sin cuidado, ayudaba en las tareas sin hacer ver mi falta de entusiasmo por el trabajo ni agregar un mínimo esfuerzo suplementario. Mi cabeza se mantenía alejada guiada por el deseo de secundar la previsible fatiga de mamá, teniendo así un orden exterior que me mantuviera distraído y ocupado.

Cuando dejamos atrás la ruta interbalnearia doblando el transporte a la derecha, mi padre comenzó a manipular con aire de entendido un papel sucio con pretensiones de mapa, saturado de flechas orientadoras, alertas y señales decisivas, indicaciones de estaciones de servicio Texaco y fachadas inconfundibles de casas y negocios. Al verlo concentrado en ese desplegable manuscrito me asaltó una irritación superando mi capacidad de autodominio. Parecía que una fuerza externa hubiera captado mis facultades en su totalidad, dispuesta a fastidiarme; planteaba desafío sin permitirme perseverar en mi inercia voluntaria y la intrusa cuestionara el derecho al silencio, obligándome a intervenir en la locura paterna, tomando partido con lo acaecido en el mundo. Su distancia me puso en estado de alerta sin predisponerme contra la familia y si mi hermana ejercía sobre mí una inquietud sensorial, algo rondando situaciones más complejas que los juegos convenidos hasta el presente, tampoco era en ella que se originaba la agresión. Lo repito: era una fuerza circulando en la zona, el secreto oculto en los límites de Los Titanes incitándome a actuar, algo difuso ilusorio de identificar.

La novedad de eso intangible alteró desde la llegada mi vínculo con el paisaje del balneario. Dejé de pasearme sin rumbo perdiendo el tiempo y lo hice buscando, poniendo la mente en disposición de tender un puente sobre la falla que se extendía, hasta ahora inadvertida y se abrió entre el mundo y mi conciencia; desde entonces me esforcé por detectar indicios de un llamado que presumía distante. La soledad, que fuera incentivo para mis reflexiones devino conciencia de cacería, presa o cazador y si andaba en bicicleta, pedaleaba con fuerza temiendo protagonizar un encuentro desagradable. Así se sucedieron los primeros días en Los Titanes cargados de incertidumbre y me aclimaté en la cercanía a la rutina familiar, esas tonteras para matar las horas, timos pausados de mis padres dando cuenta del desayuno, la pantomima preparando los almuerzos, aburridos juegos de salón de reglas anticuadas. Cada gesto lo necesité con hambre de saberme allí y ellos también (me refiero a mis padres) estaban sorprendidos por el regreso al primer círculo del hijo especial. Fue así que descubrí en mi hermana miradas de celo, supongo que mi vuelta a la rutina ella la vivió como claudicación al poder de ciertas normas morales, la condena indirecta a placeres culposos. Sin nada mediando en mis intenciones ella exploró otra zona exagerando demostraciones, descartando los juegos infantiles, acelerando fugas abisales a caricias irreversibles. Tenía ante mi dos incertidumbres de diferente naturaleza y tan grave una como otra; ahora admito que ambas resoluciones posteriores ocurrieron de forma simultánea, el miedo y la falta de escrúpulos cotejado al deseo omnipresente de tocarla me dejaban temblando.

En preludio de expulsión de sensaciones y el atardecer aquel cuando salí de casa sabía hacia dónde dirigirme. No dudé ni un instante del camino a seguir reconociendo el derrotero evitado en paseos anteriores, orientándome convencido a una zona alejada del balneario y luego a un rincón determinado; sin conocer de antemano mi objetivo concreto, lugar, objeto o ser que conseguía influirme a la distancia con tamaña potencia. Al final del trayecto hubo sorpresa y decepción, el contacto resultó de una simplicidad mediocre, era una casa sin apariencia de estar abandonada, como si hubiera gente habitándola a medias y estuviera poblada por seres incompletos. Al menos podía suponerse una pareja de cuidadores viejos que la mantenían siempre pronta, previendo la llegada inopinada del propietario ausente por viaje de negocios.

Tenía el jardín bien cuidado y la casa es un chalet de dos plantas, chimenea rectangular de piedra, techo a dos aguas de tejas coloradas. Al contrario de otras obras modestas del balneario, saturadas de rejas de barrotes con soldaduras ásperas, el chalet predisponía a creer la indiferencia a ser desvalijado. Las ventanas eran inmensas, los vidrios lavados provocaban tentación de pedrada, tanta libertad incitando al asalto hacía sospechar acechanzas intimidantes, sofisticados sistemas de alarmas eléctricas doblegando la audacia de los ladrones, de eso se trataba pues… la casa con un secreto prisionero en su interior. Al comprenderlo pude dominarme hasta estar calmado y renuncié a pisar la gramilla de la propiedad de verde intenso inadecuado al mes que vivíamos, optando por inspeccionar sin prisa los alrededores de la casa; viniendo descuidé que el camino que muere en la casa daba varias vueltas en todas direcciones y era inclinado. La casa fue construida en la cima de una colina y esa era una primera información desconcertante. En la costa oriental no hay hasta donde me consta una colina parecida, las casas construidas sobre elevaciones arenosas tarde o temprano se derrumban, fagocitadas por un terreno inestable en ensimismamiento de las napas profundas. Si lo que me atraía era un vértigo de altura ¿cómo es que nunca la identifiqué antes? Caminé alrededor y observé con atención, desde cierta perspectiva distinguía lejos hacia abajo buena parte del balneario, en un ángulo particular me pareció ver otra casa que bien podría ser la nuestra. ¿Por qué escapó a mis cálculos la colina en Los Titanes? Mi hermana me perturba demasiado, pensé. Recién estábamos en los primeros días de vacaciones, si la casa pudo interpelarme persistía la cuestión del montículo improvisado. Sopesando pensamiento descendí el camino de hormigón quebrado, balasto, tierra floja y arena sucia dejando correr la bicicleta, despreocupado por retener en la memoria los recodos, sin marcar puntos de referencia útiles para el regreso. Cuando volví a casa había oscurecido, la noche se vino encima en apenas media hora y a lo lejos se distinguían luces débiles. Mi hermana esperaba impaciente. «¿Dónde mierda te metiste?» preguntó cuando me tuvo cerca. «Por ahí» contesté.

Esa noche tuve la pesadilla, hasta donde recuerdo soñé que con una hojita de afeitar herrumbrosa partida a la mitad yo abría el cuerpo tibio de un pájaro pequeño, sacaba con cuidado las vísceras diminutas y las esparcía sobre un espejo horizontal hasta la disposición final para leer controvertidas noticias del futuro. Al acercarme queriendo interpretar sin error, debajo de las vísceras, donde se suponía estaba mi imagen duplicada, me vi a mí mismo soñando y en el sueño, que veía incluido como otra transparencia de imágenes superpuestas, yo estaba adentro de la casa en la colina durmiendo. Así comenzaba el sueño; bien adentro, en lo más hondo de las visiones sentí una lengua húmeda de vertebrado hurgando en mi oreja derecha, con cadencia tal que terminó despertándome. La sensación de ser despertado a lambetazos y el saber de quién era la lengua fue lo mismo; permanecí con los ojos cerrados, suplicando desde mi pasividad complaciente que la lengua mojada bajara por el costado del cuello y desde allí -como el trazo de grafo quirúrgico anunciando una traqueotomía y el sacrificio ritual para que un otro leyera su destino en mis entrañas- siguiera vientre abajo. Hubo un instante en el que fui insensible, lo suficiente para aflojar algunos músculos contraídos y desperté del primero, del segundo y del tercero de los sueños a la vez. Del primero, que en sentido inverso era el último, escapé gritando que aquello era una locura pero estaba sin nadie en la cama. Los muslos estaban pegajosos y en los dedos sentí el olor habitual distinto al de un pájaro vaciado. Amanecía, tenía otros datos que verificar más reales que lo visto en el sueño. Con el agua de una botella de Matutina que tenía en la mesa de luz me enjuagué los pegotes.

Cuando entré al cuarto de baño encontré a mi hermana desnuda secándose el pelo. «Se golpea antes de entrar» me dijo. «Ya termino» agregó, haciéndome un lugar en el borde de la pileta, para que yo pudiera lavarme los dientes y mirarla por el espejo. Al salir ella me sonrió, parecía saber lo que había soñado por haber estado en el cuarto mirándome dormir. Igual que otras mañanas dejó abierta la canasta de la ropa sucia, estoy seguro que ensucia las bombachas a propósito para molestarme.

Lo primero que hice fue mirar por la ventana, nada había de especial en el paisaje salvo el cielo amenazante confirmado. Salí de la casa, caminé por el terreno, miré en todas direcciones sin hallar señales de la otra casa. Algo estaba mal, al menos debería distinguir la elevación, la colina debía estar en las cercanías pero nada se le asemejaba. En el horizonte circular la mirada pasaba sin interferencias del final definido del bosque a los grises del cielo, era evidente: la colina del día anterior subida por mí unas horas antes de activar los sueños entrelazados, antes de ver en el espejo del baño las tetas de mi hermana que maniobraba un Moulinex destartalado no existía, pura ilusión, espejismo del desierto del alma. Ese desajuste estaba al origen de la excitación padecida los últimos días, descarté toda relación con el episodio del sueño inmiscuido y de los sueños me acuerdo como si los hubiera vivido. La tentación de la locura rondaba, la esperaba como a la primera novia bajo apariencias más deslumbrantes que la casona de familia acomodada. El destino resultó pobre y decepcionante, necesité calma anotando la cuestión a otras preocupaciones en términos reales con organización, conjeturas y sistema. Si la colina realmente era inexistente el fallo menos podía atribuirse a la memoria más que a la visión. La vi con mis propios ojos y tampoco surgió de la nada, sería insoportable admitir en consecuencia la existencia de los dioses. De haber estado allí desde antes mi padre, afecto a resaltar las particularidades de cada balneario, lo hubiera dicho al llegar: «¿Vieron? con colina y todo.” Era otra visión cambiante inventando paisajes sin estar en el mundo o algo parecido. Nunca había sucedido en ese tamaño, se trataba de una anormalidad, tara evolutiva hacia otro estado de la conciencia por el atajo de amplificar mis facultades, como si mis engranajes racionales hartos de gastarse en menudas tonterías sin riesgo, se hubieran lanzado al testimonio libre de sus posibilidades. Comenzando a manera de advertencia por los límites del juego, paso previo a empresas desconocidas que ignoraba cómo poner en movimiento, controlar y asediaba el temor. Si la primera prueba hostil de esa nueva etapa fue grosera las siguientes eran imprevisibles, los próximos días podría intentar tareas sensatas y tal vez descifrar el enigma sin caer en la trampa recelada.

Esa tarde monté a la bicicleta y marché al rumbo incierto pedaleando con fuerza adecuada a la ansiedad. Pasados los primeros minutos el ritmo aflojó y el avance dejó de ser guiado por la conciencia, di muchas vueltas extraviándome hasta que un tirón muscular en la pierna derecha me hizo ver que subía una pendiente conocida. Al rato estaba frente al muro de piedra y transparentes tupidos que delimita el jardín de la casa. Parado y de piernas abiertas dejé caer al suelo la bicicleta, la rueda delantera falta de apoyo en el aire siguió girando en plano inclinado; era un torpe prototipo de ruleta al que un pedalista inmaterial imprimiera la fuerza exigida para los metros finales del embalaje fantasmal. Lo que observé era igual a lo visto el día anterior, se copiaban detalles anodinos en mi cabeza, entendí que la información complementaria debía buscarla en otro lado, si es que alguien en Los Titanes sabía de una construcción que parecía elevarse nada más que en el solar baldío de mi espíritu.

Siendo la nuestra una familia lo que se dice simpática y que mi padre práctica la política de buena vecindad, ante la eventualidad de invertir en la zona, al otro día de llegar teníamos un conocimiento correcto de los proveedores. Ellos estaban al tanto de nuestra llegada a destiempo, se insinuaban fiados semanales; para los pequeños comercios (el supermercado más próximo estaba sobre la ruta a varios kilómetros de distancia) éramos una novedad imprevista, inesperados clientes tardíos, la oportunidad de alargar por unos días conversaciones insustanciales antes que ganara la costa el silencio invernal. Estaba preocupado por conseguir noticias de la casa en la colina sin avanzar mi dilema de percepción; providencial, llegó en mi ayuda la audacia parlanchina de un almacenero comedido. La táctica de mi padre se puso otra vez en funcionamiento, él insinuaba una marcada preferencia por el lugar entre cierta y falsa, estratégica y exagerada. Solía confesar el tardío conocimiento de la zona –Los titanes pongamos por caso- lamentándolo con palabras convincentes y deslizaba el cobro inminente de una herencia respetable, destinada, desde que tuvo conocimiento del testamento, una vez superadas las instancias en que intervienen notarios, expertos contables y el pronunciamiento inapelable de la justicia civil a los bienes raíces que, como es de sobra conocido constituye la modalidad estable de capitalización. Según él, de acuerdo a la eficacia demostrada en oportunidades anteriores la estratagema despertaría en el interlocutor de turno una recepción más que favorable, teñida de chovinismo local como prólogo a la apología orgullosa este año de Los Titanes. Estando con papá aguardé la respuesta del almacenero. «Como quiera, pero enterrar aquí tanta plata… en Los Titanes hace añares pasan cosas raras. Se lo digo con propiedad.» Ahí dejó la cosa.

La imprevista salida por desalentadora logró sorprendernos a mi padre y a mí. Me agradó la reacción sin complacencia estando a punto casi de pedir certificar ahí mismo sus afirmaciones reticentes. Preferí callar dejando al almacenero armar la intriga a su gusto, mi padre tampoco insistió, le descubrí la mirada de cuando desconfía, él ya estaba pensando que la evasiva del almacenero era una astucia para cobrarle más cara la yerba, los fiambres y marearlo con deudas amañadas con deshonestidad; en sus maneras de tire y afloje tampoco pidió aclaraciones, temiendo el efecto demoledor de respuestas pensadas de antemano. Salí del almacén satisfecho y curioso, antes de nuestra llegada ocurrieron episodios extraños en Los Titanes y si no podía esperarse de ellos la complejidad del mío, era sedante saber dubitativos a los habitantes permanentes del lugar.

Al final de la entrevista recuerdo que hice un comentario: «Algo nos dijeron y le restamos importancia.» Fue cuando mi padre me fulminó con la mirada y recibí el mensaje secreto, «calláte belinún que le hacés el campo orégano al atorrante», seguido de «quien te dio vela en este entierro.» El almacenero pareció reparar en mi presencia, le gustó que yo abriera la boca. «Despierto el pibe» le comentó a mi padre, luego me miró interesado en el precoz recién llegado, que exageró sobre lo no dicho y que él insinuó apenas con malicia. Habrá pensado, «así que sos el vivillo de turno, ya te voy a esperar con el pingo cansado para contarte historias que te harán cagarte hasta los pelos.» Estaba hecho, el tipo era el banco de datos, tenía la lengua floja, faltaba provocar el encuentro para que se sacara las ganas y largara los hechos faltantes a mi intuición. La primera entrevista terminó sin grandeza, lo que comenzó con fanfarrias de misterio se consumió en chismes de comadre sobre el tiempo inestable y el precio del vino en damajuana. De los enigmas orbitando Los Titanes me estaba reservado el supuesto en la casa de la colina que debería dilucidarlo a mi manera.

Fue así que frecuenté la única fuente de información a tiro y cambié las costumbres ofreciéndome varias veces al día para hacer los mandados. «¿Eh?» comentó mi sorprendida madre al verme ingresar sin protestar al tiempo de las responsabilidades, la pobre se conforma con poco. La primera vez que fui solo al almacén, una tosca construcción de bloques grises agregada a la parte lateral de una casa venida a menos, hecha con chapas desiguales de distinto grado de herrumbre, rejas caseras y tablas sin cepillar, con los precios escritos en tiza blanca el dueño sonrió disfrutando por adelantado. Comenzó a interrogarme sin preámbulo, confiado, utilizando un tuteo empalagoso falsamente cómplice, satisfechas las primeras curiosidades el almacenero me regaló dos chocolatines de esos que le dicen Colibrí. Sin pensar que abría juego a fantasías escabrosas, demostré interés en entablar charla intercambiando confidencias, falto de experiencia sobre ciertas variantes de la condición humana, hice evidente un interés que podía ser administrada con maldad por el tipo e insistí sobre la forma bizarra de ciertas construcciones. «Hace años hubo una casa donde ocurrió un drama que es preferible olvidar» dijo y vanidoso del preámbulo misterioso, se inclinó acercándose a mi cara para hablar como si fuéramos antiguos compañeros de correrías. «Contigo habrá otros secretos botija” susurró y al incorporarse agregó «una luz el pibe.» La información recogida era poca y carente de interés, así de la entrevista con barrunto caótico debía negociar tomando precauciones.

La segunda vez que lo visité se fastidió por la presencia en el almacén de una matrona que examinaba latas de pulpa de tomate con lentitud exasperante, sin decidirse entre dos marcas. El hombre hizo una seña de complicidad, «pasá más tarde, es más tranquilo» dijo mientras me cobraba unos caldos Knorr de gallina, el bollón de mayonesa con limón, media docena de huevos caseros, una Pepsi grande, dos kilos de papas coloradas y un preparado para flan. Con el vuelto vino entre las monedas otro Colibrí, la invitación tenía reminiscencias de orden y súplica, el hombre estaba ansioso por hablar y debía aprovechar esa vena de locuacidad.

De tarde pasé en bicicleta por la puerta del almacén, el patrón leía un diario viejo sentado en una silla plegable desvencijada. Iba acompañado de mi hermana, al tipo lo saludé de lejos. «¡Botija! Vení que tengo que decirte algo” gritó. «Esperáme» le dije a mi hermana y fui al encuentro del almacenero. «Cuando te digo de venir es de venir solo, así charlamos de asuntos de hombres. Bueno, por hoy pasa» agregó comprensivo perdonador, “Te preparé algo, tomá.» y de un cajón sacó un sobre marrón de medianas proporciones que me entregó discretamente, abultado como si estuviera lleno de acciones al portador y billetes de banco. «Eso sí, guárdalo bien escondido. Es para vos, que tu hermana no lo vea. Ellas no entiendes. Vichalo en secreto y mañana me contás.» Sin dudar tomé el sobre que el tacto me dio la sensación de estar usado, lo metí entre la camisa y el pecho, subí el cierre de la campera y salí, hasta le di las gracias. «¿Qué quería ese?» «Nada especial» le respondí a mi hermana, «que le avisara a los viejos que el domingo trae unos kilos de tallarines verdes frescos.»

Esa noche cuando regresé a mi cuarto, agotado y temblando cerré la puerta con llave decidido a examinar el contenido del paquete. Eran fotos recortadas de revistas pornográficas de dudosa calidad; había de todo, la mayoría era de hombres en las más diversas actitudes y posiciones, como si fuera un curso de sodomía por correspondencia de la American School. Vaya con la camaradería secreta de hombre a hombre me dije, la situación se retorcía y había que andar con cuidado. El tipo quería indagar si me asustaba por su arremetida descontrolada o quedaba con ganas de ver más imágenes detrás del almacén, en el monte.

Al otro día, cuando me vio entrar al negocio metido como estaba entre pedidos desordenados, pagos en monedas y paquetes, el tipo del almacén se esforzó por sonreír simulando el malestar de asistir al cruce de trabajo y placer. Le hice el comentario en voz alta. «Lindas las fotos don» y después más canchero: «las mujeres son un poco viejas, salvo la pecosa.» De acuerdo a lo planeado se ponía más nervioso a medida que la gente prestaba atención a mis palabras, le disgustó perder el dominio de la situación, ver desmoronarse sus ilusiones en público. La insinuación y proximidad del descubrimiento según mi parecer, era preferible a la denuncia con escándalo. Para que el equilibrio resultara mayor agité el sobre sobado por encima de mi cabeza, antes de dejarlo caer en el plato metálico de la Berkeley con restos de azúcar y lentejas sin pelar, para que ahí mismo, en su propia salsa, sopesara las secuelas de la osadía de anteayer. La aguja de la balanza llegó hasta los doscientos setenta gramos; él recogió el sobre con prisa y lo tiró detrás del mostrador, los clientes quedaron sin saber de qué se trataba preocupados por la fecha de caducidad de los yogurts. «Mañana vengo sin falta y hablamos de aquello» le dijo. «A un tío comisario le interesaron mucho las instantáneas, dice que usted debe ser un tipo piola.» Me di media vuelta y salí. Ahora lo tenía en mis manos, el bufarrón de baja temporada, que mandaría sus hijas al liceo de Atlántida empachadas de advertencias hablaría hasta por los codos, cuidándose de llamarme botija con la boca llena de saliva, acariciándome la cabeza revolviéndome el pelo lacio. Quedaba por saber si daría noticias fiables de lo sucedido en la casa de la colina colonizando mi cabeza.

El almacenero tenía razones para preocuparse, lo que yo más disfrutaba era suponer la rabia contra él mismo por haber apurado la reacción de la presa; asustado de saberse descubierto y obligado a simular nada podría decirme de decisivo. Así fue nomás, cuando en encuentros posteriores lo acorralé pidiendo nueva información, gesticulando buscando un entendimiento que borrara aquella confusión depravada, reiteró algo sobre rumores persistentes en Los Titanes desde hace treinta años. Secuelas misteriosas de la segunda guerra mundial, cadáveres extranjeros torturados y luego un silencio que ningún vecino rompió, persuadidos por la fuerza inmanente de la cercana base militar. La casa, una casa, faltaba saber si se trataba de la misma casa, luego de los hechos y una vigilancia discreta de varios meses, fue vendida a inversores de medio Oriente. En esa casa las temporadas se sucedieron en creciente abandono hasta ser destruida. A partir de la discreta demolición sin testigos y en una sola noche, como si los muros se hubieran desmoronado por milagro, las nuevas oleadas de vecinos perdieron todo signo de referencia con la historia anterior. Nadie conocía con exactitud el antiguo emplazamiento y las contradicciones se apelmazaban cuando los memoriosos intentaban describirla, nada había escrito al respecto, Los Titanes carece de historia. Mi nuevo padrino concluyó que se trataba de una mentira exagerada, invención colectiva de vecinos incentivados por el tedio, la falta de misterio en el lugar y la monotonía de aguardar y así cada año, la llegada del mismo verano que se repite. O apropiación por inercia de otra historia sucedida más al este de la costa atlántica, digna del sur de Brasil.

La nueva información tampoco se adecuaba a mis necesidades pero colmó expectativas menores, el relato del almacenero presentaba interferencias interesantes de la realidad. Las relaciones llegaban a mi mente desde el pasado con la máscara de un enigma desafiante, la oportunidad de alternar con espectros que me aguardaban para probarme me ponía a las puertas de aventuras ausentes en mi vida pasada. La fortuita visión interior de la casa y una trampa del camino hacia lo inexistente, trajeron la constancia del misterio intocado pidiendo un ingreso presuroso, exigiendo compromiso de los sentidos y algo de coraje. Al salir del almacén me dirigí hacia la casa, di más vueltas de las previstas, cuando renegaba de mi impericia y las piernas dolían de tanto pedalear a ciegas me dejé llevar por el agotamiento. La casa estaba allí, comprobar su existencia esa alegría suficiente para comenzar el mediodía. El enigma persistía en el tiempo, tenía la convicción de resolverlo para mí sin que nadie supiera el método utilizado para lograrlo. La alegría duró poco, apenas organicé lo sucedido conmigo en Los Titanes me atacaron unas jaquecas agudas, la cabeza presionaba y el cerebro quería estallar cuando arreciaban los dolores. Malestares del reacomodo supuse, puesta en alerta en razón de estar hundiéndome en aguas pantanosas entre potencias superando mis fuerzas desenterradas.

Era tal el entusiasmo que disipé sospechas, me di a la tarea poniendo cuidado en mantener la vida familiar como hasta entonces. ¿Qué debía hacer con mi hermana? ¿Contarle lo que pasaba? ¿Dejarla en la ignorancia sin agregar otro problema a su cuerpo caliente? Yo dudaba, era complicado conciliar mi solitario deambular barajando la casa con nuestros sobreentendidos en los que ella lleva la delantera del dominio. Seguía atado a la rutina de sometimiento sin oportunidad de cambiar por causa de un placer culposo, me atraía su olor, el cuerpo incrustado en mis pensamientos como la concha de la cholga en la roca.

Había en el ambiente un complot en mi contra incentivado en los últimos días, determinante por un cambio de circunstancias y la tempestad que alteró mi sistema inmunológico. Una tarde mi padre entró a la casa apurado, «cierren todo que viene temporal» dijo. La lluvia era cosa común en nuestras salidas pero nunca antes había estado adentro de tormenta tan violenta como esa. A la media hora del anuncio la familia, desde la ventana trasera de la cocina vio llegar del horizonte marítimo la masa de nubes avanzando a gran velocidad marcando los colores sombríos del cielo. En el centro de la masa se sucedieron sin tregua los relámpagos, viendo caer los rayos mar adentro yo pensaba en lanchas de pesca partidas en dos y toninas fulminadas sin remisión. Pasada la visión, una vez que el borde de la única nube del cielo bajo y sustituto estaba próximo, comenzó el viento desgajando ramas frágiles de los eucaliptos. Cuando la materia se instaló por completo sobre el techo sobrevino la calma. Eso duró unos siete segundos mientras la creación tomó un respiro, luego oímos un estruendo presagiando el fin del continente y a partir del silencio la lluvia. «El segundo diluvio» murmuró mi madre, persignándose, dando testimonio que los últimos meses era permeable a sermones amenazantes del satánico pastor nordestino de la secta de la iglesia de los santos de los últimos días, instalado con pancartas y altoparlantes en nuestro barrio.

Sin secundar las visiones graves de mi madre carentes de originalidad, eso parecía de verdad la última tormenta. Observé las reacciones de mi padre sin decidir si su tranquilidad era de claudicación ante otro fracaso o mostraba la serenidad de alguien que dejó de pelear frente a lo inexorable, me pregunté si guardaba deseos aún de llevar adelante el proyecto de compra o estaba resignado. Las especulaciones se adaptan a los hechos, en familia contemplamos la tormenta con nostalgia, durante la lluvia cenamos oyendo el furor natural, hablamos lo imprescindible y luego cada cual marchó a su cama. Si esa noche repetí el sueño con pájaros y espejos lo olvidé, a la mañana siguiente desperté con temor de encontrar desagradables secuelas del temporal. Era un día espléndido, parecía que había sol de mediodía ecuatorial después de setenta horas seguidas, ni rastros de humedad en postigos y marcos, incluso las ramas quebradas desordenadas en el terreno, tenían apariencia de estar ahí en esa posición desde el invierno anterior por lo menos.

Mi padre permaneció callado, disfrutaba del reconocimiento a su criterio en cuanto a que el verano continuaba para nosotros y con intensidad más gratificante que en las triviales semanas de febrero. El clima estaba bien, mi situación era la inestable, la piel ordenaba que debía disfrutar del sol como cualquier jovencito normal de mi edad y mis facultades entraron en fase de marcada desconfianza. Prefería las tormentas claras, luminosas de rayos, la sensación tangible del tiempo que huye; el sol me predispone a experiencias temidas, el calor excesivo enlentece el fluir de las horas, la temperatura alta tiene sobre mi efectos negativos y acarrea confusión, embota el entendimiento. Supongo que a instancias de mamá fue que debimos dar gracias al cielo, con el sol colgado perpendicular nuestro esfuerzo se concentró en ganar la costa y cuando lo logramos el paisaje resultó alienado. A lo lejos un auto se desvió de las rutas normales, escasos vecinos se contentaron con caminar para ver de cerca la mermada violencia del mar convaleciente acortando caminos hasta la cita con horas venideras, bestias voladoras andaban por ahí marchando y dos caballos sin jinete merodeaban la orilla añorando batallas improbables.

Era verano cruel en Los Titanes y nosotros estábamos desterrados al sol, faltaban las oleadas de veraneantes, el griterío humano que se asienta en la costa mientras dure el estío, jugadores de voleibol rotando sobre espuma de arena, las muchachas de piel untada con aceite de coco expuestas sobra lonas; viejos esqueléticos de renegridos pellejos flojos al trote artrítico huyendo de la muerte de enero o corriendo a su abrazo, esquivando niños desnudos sumergidos en charcos tibios, perros con la lengua afuera enarenados hasta el cogote. Las sombrillas plegadas de colores marchitos y bolsas de polietileno rodando alocadas, papeles marrones con manchas traslúcidas de aceites sudados por croquetas de arroz y buñuelos de acelga. Faltaba bajo el sol el resto del universo exceptuando nosotros, la familia sentada sobre toallas compradas a una vecina contrabandista.

En esa desigualdad flagrante éramos un considerable error, protuberancia de la raza, equivocación desalojada de los relojes, una variante tullida sin censar en los mitos antiguos. Quise de todo corazón disolverme en ese instante, avergonzado de los míos sin saber la razón de mí mismo por integrar esa familia. «Esto es vida» dijo mi padre. En la soledad de Los Titanes admití que sus excentricidades se distanciaban de los embarcaderos cuerdos, superaban el rictus cómico para dirigirse a una anormalidad generalizada y que terminaría por arrastrarnos a todos y algo había que hacer. El universo decidió prescindir de nosotros cuatro, olvidarnos, los solitarios que pasaban caminando cerca ni advertían nuestra presencia, las gaviotas se posaban a escasos metros de donde estábamos ignorándonos por completo. Quise destruir la insolente indiferencia de las aves provocando un incidente, tomé una piedra, la lancé con violencia al centro de la bandada imperturbable y seguro que emprenderían vuelo al unísono. Los aspavientos amenazantes ni la curva del cascote logró espantarlas, para aumentar mi rabia el proyectil caído en medio de los pájaros ni produjo siquiera un aleteo de salvación en la gaviota más amenazada. La estrategia necesitaba modificarse, ese incidente me enseñó que debía terminar mi composición de una reticencia oculta, que algo o alguien esperaba de mí más que la tontería de hacerme el desentendido.

Cuando volvimos a casa luego de almorzar sin apetito me encerró en mi cuarto, quise dormir sin conseguirlo, empecé la lectura de tres libros diferentes que se me cayeron de las manos a los pocos minutos. Intenté pensar, pero en cuanto lograba concentrarme en una idea cualquiera me venía una intensa jaqueca, di vueltas en la cama en un clima de verano dislocado con mi cabeza de invierno. Serían los bloques, el rectángulo de la ventana, la orientación del dormitorio o el techo de chapa, el calor se concentraba en mi cuerpo como si fuera el foco de una lente potente. De continuar tirado sobre la cama pronto me moriría, dudada si escapaba o había una fuerza exigiendo incorporarme a historias antiguas, relatos de aparecidos, esquirlas de cuentos orientales. La situación tenía la apariencia de una ilusión absurda, yo diluyéndome en el calor e intangible como la casa de la colina inexistente, la densidad de mi cuerpo sólo era concebible cotejada a un dominio invisible a los otros.

Cada vez más era un asunto entre la casa y yo, nunca existe cuando estoy fuera, al penetrar como un intruso es ella que me orienta haciendo que la realidad se olvide de mí y olvido quién soy cuando estoy fuera. Ella me retiene para sonsacarme un misterio, regreso para hacer otro tanto, ella estaba esperando, la recorro despacio perdiéndome, nunca alcanzo a contar el número de escalones que avanzo en mis desplazamientos ni coincide lo que veo desde las ventanas con lo exterior. Presiento que pronto quedaré allí encerrado por siempre, a veces llega desde la cocina un fuerte olor a papas fritas quemándome y me parece escuchar descargarse la cisterna en alguno de los cuartos de baño de arriba. La casa revive cuando la habito, seguro que las paredes admiten mi presencia reanimándose cuando sentado en el piso o recostado a un rincón aguardo voces dispuestas a confiarse. El vacío se puebla de sonidos que se hacen eco al golpear dentro de mi cabeza; hago esfuerzos por sobrepasar el umbral de gemidos sueltos hasta entender palabras aisladas y después supongo puentes de silencio que tienden a la frase preanunciando la historia. La espera de murmullos me quitó el apetito y una tenia solitaria trepa de las paredes intestinales por la médula ósea hasta alojarse en los pliegues rosados del cerebro.

Los días pasan sin yo darme cuenta desentendiéndome de todo a excepción de la casa y junto a la cama se aburren los libros que prometí leer. La familia es feliz coexistiendo en silencio, sabemos que hablar es adelantar desgracias, somos felices tensando la desconfianza, nos tranquiliza desconocer el sentido de las tareas de cada uno de nosotros y en la indiferencia se ocultan secretos inconfesados. Vivimos cuando los otros nos olvidan. Papá llena sus monótonos cuadernos estadísticos, los abruma con metrajes, temperaturas y comentarios como si desde niño buscara un lugar de paz que nunca termina de encontrar. La deja tranquila a mamá, sin sacudirle ese aire perenne de mujer resignada que organiza sus días cuidando que sean una repetición de ayer, las mismas carreras de la tricota infinita para otro hijo, un hermano que algún día volverá de su viaje por el Peloponeso, los puntos suspensivos que anudan las agujas, los potes de dulce de higo que siguen saliendo de una alacena inagotable.

Con mi hermana estamos distanciados, ella persiste en el poder, yo prosigo con esa casa incesante en la siesta que irrumpe en mi pensamiento igual que una isla de tumores malignos. Está la casa y las voces parecen retiradas deliberadamente, dudando si dirán la verdad al viajero que atraviesa este falso verano, tengo la impresión de haber desaprovechado el tiempo malgastado los días pasados a la espera de una revelación. Fue mi padre que me sacó del letargo con la simpleza de un gesto olvidado. «El domingo nos vamos» dijo, informó, ordenó. Utilizando las palabras mínimas para que organizáramos nuestro tiempo faltante.

Era viernes y nadie replicó, mamá bajó la vista y siguió tejiendo. Es sabido: dentro de siete meses luego de cálculos farragosos que le insumirían madrugadas enteras de fatiga, él dará su veredicto irrevocable sobre Los Titanes. Durante una cena cualquiera, mientras nos servimos guiso de arroz con presas de pollo recalentado. Así es desde que tengo memoria.

La conciencia de un final a la aventura que llegaría pasado mañana me sorprendió, la situación mía con la casa estaba lejos de estar resuelta. Sería precipitado renunciar justo ahora la confrontación, en la inminencia de, encuentro que presentía a cada hora más cercano, no podía abandonar Los Titanes en las próximas cuarenta y ocho horas ni oponer una razón válida a la decisión de mi padre. Algo relacionado a la casa advertía un peligro, oráculo anunciando que era insensato pretender quedarme en la zona y también huir sin haber resuelto lo ordenado.

Si en algo me equivoqué durante esas horas de cavilación ella lo adivinó, la noche del anuncio de la partida, después de tres días de ausencia sin explicaciones apareció por mi cuarto. «¿Qué querés?, si es que se puede saber» preguntó. «Nada» contesté sin convicción, sintiendo humillación y vergüenza. «De verdad» seguí y medio balbuceando «no es nada especial, cosas raras que me pasan.» «Lo sabía.» Entonces ella se rió como yegua, nunca pudo perdonarme que tuviera dudas y remordimientos, rió porque sabía lo que pasaba como leyendo en un libro abierto. Ella aceptaba gustosa que con pocos años de vida ya tuviéramos el futuro perdido, la tenía sin cuidado que hubiéramos abarrotado el sótano destinado a los malos recuerdos y parecía disfrutar la idea de mentir en todo. Sólo podía detener su risa callándome; ella lo tomó como un desafío y comenzó a morderse el labio de costado. sabiendo que haciendo así logra descontrolarme y hacer de mi lo que quiere. Esta vez se conformaba con humillarme escuchando mi confesión, le narré el hallazgo de la casa en la colina y muy por arriba las consecuencias, el impulso de volver allá a escuchar algo que nos concernía. Lo que más le interesó de mi relato fue mi espera de las voces, «no te creo» dijo, «son mentiras tuyas, todos inventos, te hacés el loco para deshacerte de mí, sos un asqueroso repugnante.» Mi hermana se levantó de la cama, salió del cuarto y me quedé despierto esperando. A la media hora regresó, «salimos para allá a eso de las diez» dijo «pero si son mentiras te juro que me las vas a pagar, ya sabés cómo.»

Mi temor se tradujo en miedos concretos, temor de no encontrar el camino correcto llevando a la colina y ella tuviera razón, todo fuera invento mío empezando a perder el dominio de componentes básicos y la chifladura de papá fuera hereditaria; miedo a la reacción de mi hermana si fallaba a lo confesado bajo presión. En un instante pensé en buscar otra casa para simular, pesaba tanto en mí la de la colina, estaba tan fijada en la cabeza, escuchaba tan claras las voces guiándome que cualquier variante intentada sería perjudicial y la farsa hubiera sido descubierta apenas comenzada; pensando en eso y otras simulaciones pasé la noche sin dormir. Cuando clareaba imaginé que recién con el amanecer empezaría de veras a soñar; temía soñar una de esas historias de personajes del extremo oriental poco creíbles y que mi padre lee en libros narrando la infancia del mundo, porque fue como un sueño lo vivido el día siguiente.

El tiempo se disolvió para medirse en imágenes sin transición evocando la secuencia del Tarot que papá practica para entrenarse, donde cada figura revelada confirma y agrava el presagio inicial. Primero vi la casa de la luna triangular donde nos metíamos con mi hermana la misma mañana del eclipse y vi que llegábamos hasta la inmensa chimenea donde había troncos de sangre que iluminaban la estancia con llamas negras. Vino después la lectura del espectro que parecía hablar con voz de oráculo y de fuego para revelar la historia verdadera, dictaba una serie de órdenes llegadas de los semidioses en exilio, interrumpiendo en mi conciencia la mancha vergonzante de la descendencia que consiguió cruzar los mares y los siglos. Todo sucedió en una pesadilla escenificada en la arena de Epidauro y contemplar a mi hermana muerta a mis pies fue más simple de lo imaginado; me ayudó su inesperado dejarme hacer sin oponer resistencia, hipnotizada como estaba por los ojos de sorpresa y el arrullo del cuento de familia ayudándola a aceptar su destino. El cuerpo tan hermoso, alivianado de la culpa original que arrastramos se volvió ligero como una túnica blanca, lo dejé en un monte cercano a la casa donde bien podría haber un santuario escondido erigido a las divinidades menores. Lloré mientras esparcía algunos recortes de revistas sucias alrededor del cadáver como si fuera incienso; otra parte importante de la voluntad divina estaba así cumplida, podía regresar a la casa a esperar sin impacientarme los hechos en cascada que despierta la muerte.

La sucesión fue previsible como una batalla final perdida de antemano, cuando un vecino encontró el cuerpo desnudo de mi hermana hacia el atardecer del mismo día comenzó el revuelo en el lugar, hasta llegó gente de balnearios limítrofes y esa noche por primera vez hablaron de nosotros en la radio El Espectador. Mamá llora sin parar desconsolada por la desgracia y grita un castigo excesivo del cielo siendo Yocasta revivida, papá envejece ese sábado eterno un puñado terrible de años, como si hubiera regresado del cerco de la nueva Troya con un ojo de menos y trata con torpeza de ponerme al abrigo de las secuelas del crimen afectando la descendencia maldecida. A las pocas horas de empezar el último día de vacaciones llega el patrullero de la comisaría más cercana y se llevan esposado al tipo del almacén, que camina con la cabeza baja entre dos policías tratando de entender.

Lo único que finaliza en esa resolución emponzoñada de pistas fraudulentas es la tragedia inicial de la trilogía que llevaría mi nombre. El final de la historia sucederá lejos de esta región y cuando yo vuelva a escuchar en un palacio amurallado, prisionero en otro laberinto oriental, alguna noche insomne encerrado en un sueño de espejos, las voces murmurando cuentos de Titanes desaparecidos. Después que padre haya quemado en el fuego sagrado y purificador la libreta de los datos inútiles, que el Banco Trasatlántico se haya hundido en un río marrón arrastrando al olvido los ahorros de su querida hermana; si es que antes los amos de las voces no deciden apresurar el tiempo poniendo un cuchillo de bronce ardiente entre mis homicidas manos, para lavar con sangre parricida el pecado vergonzante que me arrojó la isla de la tierra oriental.

Corcovado

existiria verdade,
verdade que ninguém vê
se todos fossem no mundo iguais a você

Vinicius de Moraes

Ingresamos a la bahía de Guanabara sin conciencia visual de lo que nos aguardaba e inventado una fábula compuesta de una nota sola, fue un martes sin fecha, antes de las aguas de marzo cerrando el verano y cuando fugaba desafinada la noche carioca. Tamaña empatía de naturaleza afectando el conjunto de los sentidos y un estado del espíritu melancólico en mi caso, con esperanza de final de travesía, tampoco respondía al azar de corrientes marítimas.

Fueron órdenes del capitán noruego a cargo, forzando reproducir la recóndita armonía cromática de orígenes panteístas, haciendo palpable la existencia del Dios de su parroquia y posible por la maniobra de arrimar el barco a los embarcaderos. Había en la línea del horizonte segmentado y marcada por el cielo, una luz rasante suficiente para contemplar un paisaje excluido de la temporalidad humana. El pudor de la oscuridad mulata arrastraba el terror selvático caliente sin domesticar, temor arcaico de infinitos ofidios escamados deslizándose veloces en un pudridero vegetal asfixiante y felinos manchados en la piel para simular la ilusión, ojos de gemas amarillas irradiadas yendo de una rama inclinada por su peso a la presa dormida soñando que van a devorarla.

El viaje resultó más prolongado de lo previsto o me lo pareció por mi precaria situación, haciéndome dudar de mi lugar en el mundo asignado para la próxima semana. Recordaba como lo inmediato anterior a esa visión de arcadia, escena precediendo la iluminación multicolor, una tormenta eléctrica de tramado cerrado al salir de las Islas Canarias, encima casi de nuestras cabezas. Más atrás me negaba a forzar la memoria, había amontonado con urgencia lo que nunca terminaría de olvidar. En aquellos años era actor de teatro esporádico, cómico de la legua y lo que fuera para mal ganarme la vida sobre escena. Mi único interés rondando la obsesión era alcanzar el puerto fantasma de Montevideo, antes de que se agotaran los escasos ahorros que pude salvar en la desbandada de los últimos días. Tenía entre los papeles secretos una breve esquela de recomendación para Margarita Xirgu –escrita a las apuradas en una taberna por alguien desaparecido a la semana de ese encuentro- que dirigía la Comedia Nacional uruguaya, recortes de prensa que hablaban de mis personajes dobles y triples sobre las tablas, un baúl conteniendo el conjunto exiguo de mi existencia.

Si hubiera pensado dos veces en mi familia amputada y los amores desgraciados habría saltado durante la travesía por la borda, en la hora precisa cuando cruzamos la línea imaginaria del ecuador, puede que antes, al segundo día de zarpar de Vigo. Me decidieron a viajar sin considerar el regreso unos libros de poesía publicados en Argentina por Editorial Losada, la misa militar al aire libre en la plaza principal de mi ciudad de provincia por otro aniversario con camisas negras, la noticia de la muerte del amigo tuberculoso que agonizó entre piojos, preso desde el final de la guerra por el delito de pensar y la envidia. Se trataba de mi primera incursión en suelo americano, estaba seco del alma para hacer circular la emoción bucólica cuando avistamos tierra, pero al ser captado por el semicírculo de la ciudad de Río, cuando la noche se inclina ante la luz rojiza –decidí que las esferas del cosmos se trancaron en Cuelgamuros entre sangre de inocentes con piedra y Dios, tal como me lo enseñó mi santa madre que en paz descanse- prosiguió una experiencia creativa ultraísta del otro lado del Atlántico. Era un experimento podía decirse que concluyente; buscando la nueva vida de consuelo, emulando a millones de compatriotas con menos pruritos de ruptura y la muerte por inanición pisándole los talones. Una prueba de laboratorio de vida insinuando que la resurrección existencial es posible sin pasar por el martirio del cuerpo. Ese personaje lunar de navegante, cotejado a la transición por la maravilla estaba fuera de mi repertorio, lo venía de incorporar al elenco de uno solo como pasajero y nada más que de ida en tercera clase.

En Río de Janeiro permaneceríamos anclados tres días, como si nadie tuviera prisa entre los pasajeros por alcanzar su destino en movimiento y la condición de viajero resultara suficiente esbozando la felicidad de disponer del tiempo fugitivo. Yo sí estaba ansioso por continuar la travesía sin respiro, avanzar hasta encontrar la nueva casa de Bernarda Alba bien lejos del silencio carcelario de Andalucía enlutada. Me dijeron que sería como estar en casa y ello me atemorizó, por nada del mundo deseaba estar en casa, quería morir en el extranjero y mejor si había un océano de por medio para consentir a las corrientes profundas del olvido. Siempre me gustó, era agradable cuando salía de gira en la juventud, otra vida antes de la primera muerte, descubrir el corazón de las ciudades que fui conociendo por pequeñas que fueran. Saborear despacio ese paréntesis oscilante, transcurriendo entre el descubrimiento inicial de perspectivas arboladas y la costumbre de sospecharse uno más del lugar, sortear en polizonte la distancia entre magia espacial y detalles decepcionantes de la realidad reiterada.

Llegando a Río de Janeiro esos cálculos me hicieron una mala jugada, el azar con las horas, la caída de cuerpos sólidos y campos magnéticos resultantes respondieron allí a ecuaciones perfumadas, impidiendo deducir las leyes que los expliquen. Estaba integrando lo ignorado, apoyado en el barandal de cubierta en lenta aproximación a enseñas de propaganda elemental, personas de todas las edades a la espera decepcionante de algo prodigioso, carteles indicadores escritos en portugués, cuando sin avisar llegó el embozado personaje del amanecer. La noche sería por siempre mi ciudad preferida y acostumbrarme a esa claridad era lo mejor que podía ocurrirme.

Ahora que recuerdo, con la malformación de la memoria, sin distinguir la hora de la siesta en esta Cosmópolis de trasnoche y violencia, confundiendo grajeas multicolores de medicamentos que debo tomar cada día hasta decidir que es suficiente, que me habitué a la nostalgia de tangos instrumentales de la guardia vieja, la última visión que recuerdo nítida y con detalles, en movimiento y sonido sincronizado entre evocación y mundo, es la llegada en barco a los muelles cariocas, ello por lo que luego ocurrió en veinticuatro horas, permitiéndome otra existencia que resultó la definitiva.

La historia sucedió durante la escala en Río de Janeiro y en una finca inabarcable de las afueras de toda comparación posible, donde la ciudad dejó de ser referencia geográfica, hormiguero humano con tranvías reptantes y kilómetros de arena dorada, volviéndose prólogo difuso de la selva. Paraje inconmensurable por la distancia y recorrido, con esa naturalidad americana de abolir siglos e instalarnos en una anécdota lacerante, que pudo ocurrir en la colonia, mucho antes también y algo que sucedehoy mismo: caballos sueltos sin estribo, molinos de agua luminosa arrastrando partículas de oro, postes de madera tiznada con grilletes herrumbrados mentando la esclavitud.

Ella era mujer decidida por la ausencia, nació belga, oriunda de la capital del reino de Leopoldo y que la novela escrita por un polaco tránsfuga definió la ciudad sepulcral. Descendiente de familias habituadas a emperadores hereditarios misionadas a mantenerlos en el poder, compañías coloniales africanas tentadas por el caucho, marfil, subsuelo radioactivo y superioridad indecente de la raza, en su adolescencia fue una belleza desconcertante anunciando la condena del trágico destino. Llegó al Brasil siguiendo a su marido, sin considerar lo dejado atrás que asimiló al olvido porque así había que hacerlo; un aventurero audaz y encantador hasta el hipnotismo de los sentidos, que conoció en Londres durante una carrera de caballos formando parte de una fastuosa ceremonia de coronación. La corte amorosa entre ellos duró un año para concretarse; el hombre realizó en esos meses gestos probando un misterioso amor y excepcional por la ebriedad de los sentimientos. Gastó en seducirla una fortuna sin que le importara, era el precio a pagar y la constancia del Tiempo hecha peaje; sabía cómo recuperarla en juegos violentos de la Bolsa, triplicarla con telégrafo inalámbrico, inversión oportuna donde los otros accionistas pasaban de largo, la clarividencia entre compra y venta.

Cuando intimaron descubriendo la dependencia mutua, ella le confesó que un ramo de rosas amarillas y un libro de Verlaine con poemas de la pasión prisionera hubieran sido suficiente, pero deseaba saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

-Hasta el fin del mundo, dijo el enamorado profetizando su final.

El hombre sabía que la relación formaba parte del destino superior y su condenación de hombre mortal, tenía el don de inventar por prestidigitación automática la fortuna, creciendo al ritmo de la naturaleza y de llevar una dura vida de trabajo. No se negaba los fastos de la vida social que ella organizaba porque la amaba, tocados como estaban por la gracia de la elegancia, susurrando que lo ocurrido en la pareja merecía un festejo ininterrumpido. Sin decirlo en voz alta: el mundo es envidia que circula, rechaza rabioso esa concordancia escandalosa y desafiante, detesta la felicidad del prójimo.

Ella adoptó como si le fueran innatos, los márgenes de dicha propios a estar en un lugar donde la naturaleza manda y decide destinos, lo sagrado es presencia tangible entrando al alma por los poros y la condición humana cuestión en camino de perfección. Privilegios olvidados en Europa por razones inhumanas, pudriéndose en campos de batalla arados de trincheras, especulaciones labradas de cadáveres uniformados. Electricidad y penicilina oscurecieron la zona central del paraíso; eso lo supe después y porque ella lo evocó durante nuestra única entrevista, mediante a posteriori una correspondencia de personas mayores fatigadas de secretos guardados.

El orden natural que todo lo rige si descartamos el principio divino, estaba alterado con esa felicidad y siendo inconcebible el amor sin ángel replicante que opte por la caída, la tragedia de la muchacha belga ocurrió cuando ella tenía veintiún años y estaba decidida a tentar la descendencia.

-Hubiera agradecido que lo mataran de un tiro por la espalda y llorarlo de cuerpo presente, aunque fuera irreconocible, contó. Cualquiera de las muertes agazapadas en Brasil es preferible al argumento de la desaparición, la incertidumbre de perder un ser amado sin tener un cadáver palpable y un montón de huesos resulta insoportable. Me lo robó el Amazonas, que es el más terrible e irónico de los enemigos porque sus brazos se multiplican hasta ser infinito. Mi amado esposo decía que lo conocía como nadie, como la palma de mi mano decía, se jactaba de esa complicidad, recordando que el río inabarcable le brindó las tres fortunas de su vida con materias primas diferentes; que allí estaban, al alcance de la mano temeraria que no teme ser devorada durante el sueño. Me quedé sin interrogar el cuerpo inerte de mi dueño, para saber si fue el río que le arrebató la vida, si hubo otro incidente que permaneció oculto.

La vida cambió en un aniversario de hacía dos años, cuando él decidió obsequiarle en prueba de fidelidad un diamante eterno, de esas piedras sublimes con nombre propio que marcan el antes y un después. Amuleto que consideraba prueba última del amor humano, lejos de bandidos e iluminados de las supersticiones, aventureros apátridas y formas indígenas de vida asediadas con codicia. Facetas sin tallar del país infinito que incluyen la vegetación, brutalidad de geología milenaria, animales huyendo de llamas voraces, correntadas destructoras cuando arrecian lluvias ácidas y el dolor inconsolable de generaciones sacrificadas por abrir las purulentas heridas del progreso.

Cualquier otro hombre sensato, hubiera hallado satisfacción a ese deseo pagando una fortuna al mejor orfebre levantino afincado en San Pablo. Unos años antes, sin ella en la intimidad, el enamorado hubiera construido el mayor velero del que se tuviera noticia en esa parte del mundo y navegado en solitario sin escala hasta los canales de Ámsterdam. Una vez allí hubiera exigido por la fuerza la apertura de los cofres mejor guardados, donde están lejos del mundo codicioso piedras que nunca tocaron otras manos que las del tallador. Así hubiera dado con la excepcionalidad, se la hubiera apropiado con violencia y de ser necesario declarando una guerra; luego, sin probar bocado en tierra, sin beber ni un trago de agua de beber, sin dormir para despreciar el sueño, sin dejar de pensar en ella a cada instante, hubiera desplegado el velamen en dirección al sur hasta alcanzar la bahía de Guanabara que resultó su Puerta del Paraíso y entrada del Infierno.

La originalidad consistía en que deseaba obsequiarle un diamante en bruto, corolario del proceso enterrado millones de años, piedra de la misma edad del planeta y que nadie hubiera contemplado. Sería prueba de fusión que acompañó en temblor la creación del mundo, que sólo destellaría ante los ojos de su querida para envidia de Dios y legiones celestes obsecuentes. Soñaba un yacimiento con ahínco, el diamante sin desenterrar y una veta inconcebible que lo aguardaba.

La idea venía desde antes, buscó ese paso durante cinco años como si fuera una ciudad escondida en la selva encerrando secretos del porvenir y riquezas incontables. Lo humano en su conjunto le era indiferente ante la obsesión de la piedra última, talismán del dios anterior al jaguar moteado, secreción venenosa del diablo con alimañas hundidas en el infierno verde, piedra absoluta de lo mineral que sería transición apenas para la verdadera misión.

-Estaba radiante cuando narraba pormenores de la aproximación, contó que internándose en piragua dos días con sus noches por uno de los ramales ocultos, estaba lo que yo merecía. Ese día de la precisión y del tramo final fue la última vez que lo vi. La información del plan era el primer destello; había sido tan secreto en sus intenciones que omitió instrucciones para orientar la expedición de rescate. Las campañas emprendidas resultaron búsquedas a ciegas y a la semana sin noticias de su paradero, se lanzó la alarma general de desaparición. Sus amigos buscaron hasta la extenuación, los enemigos exultantes insinuaron que me había abandonado por la mujer del norte que lo embrujó con ungüentos y caricias de maga. Los envidiosos sonrieron, los mercenarios se aplicaron a la cacería durante meses. Recibí anónimos y mentiras anunciando la verdad a cambio de dinero, hice venir los mejores telepáticos de Inglaterra y compré la confianza de conocedores del Amazonas. Nada, ningún rastro de embarcación ni los hombres que lo acompañaron. Una noche revolviendo papeles, sin acostumbrarme a aceptar su muerte, descubrí en el escritorio la gaveta secreta y en su interior el diario personal de los últimos dos años. Allí estaba anotado en secreto el amor que me tenía, en fórmulas que ni siquiera se atrevió a decir en nuestra intimidad, “es pronto” escribió para justificarse; estaba el entusiasmo por la nueva empresa, informaciones que obtenía acelerando el azar. “Anhelo que en un día cercano las aventuras de pasión amorosa y la búsqueda del milagro se hagan una sola, cuando mi amada reciba lo que fui a buscar para ella al centro de la tierra y presiento que el momento se aproxima.”

– ¿Qué ocurrió?

-Lo único que se acercó fue la noticia de su desaparición. Luego en una línea renació en mi la esperanza, cuando leí que marcharía “al río que llaman Xaxakundo y destino final de mis afanes.” Con esa información en mi poder hice venir a mi finca al Ministro de la Guerra y le entregué los materiales, que aceptó traduciéndolo en orden prioritaria con efecto legal en menos de veinticuatro horas. Como si fueran tiempos de guerra a la búsqueda de un santón apocalíptico, un bandido con ínfulas de caudillo, el regimiento extraviado sin dejar rastro de jóvenes reclutas, partió hacia ese río la expedición militar con misión de hallar trazas de mi querido. Se convocaron geógrafos y peritos, baqueanos y cazadores, una tropa de elite sin problemas de mando. Durante semanas se rastreó el caos e interrogaron a sacerdotes indígenas, se movilizó la oficina gubernamental que tiene la tarea única de espiar el Amazonas y su sistema infernal hasta el último recodo. Ello duró meses, hasta que el Ministro me solicitó una entrevista.

-No traigo nada para usted, dijo. Lo lamento señora, ese río no existe ni en las tradiciones tribales.

Eso lo dijo el Ministro a la mujer, ella se retiró a su habitación a llorar y dormir sin dormir para seguir llorando. Cuando se despertó de llorar sin dormir estaba paralizada de la cintura para abajo, sus piernas se negaban a caminar.

Tres días de escala en Río para alterar la fuerza del destino y yo sin sospecharlo… La mañana siguiente a nuestro desembarco llegó al hotel donde estaba alojado una invitación manuscrita en castellano y catalán, acompañando el presente de un espléndido reloj de oro. Esas invitaciones tentadoras nunca se rehúsan.

Dejé de extraviarme por caminos que clausuraban la ciudad más allá de los morros siguiendo instrucciones que tampoco comprendí en su totalidad. Creo que marchamos cerca de una hora, el tiempo que insumió pasar de ruidos urbanos al silencio y del silencio a una algarabía de pájaros en libertad, monos cautivos ante una amenaza, temí que pudiera tratarse de una venganza, trampa urdida por un bandolero en busca de notoriedad y recompensa. Había bebido la noche anterior y dormido poco, apenas amanecía cuando pasaron por mí y el sol, que allí tenía una fuerza de hipnotismo afrodisíaco me dejaba en un estado de suspensión e indefenso.

Luego de los pájaros, tal vez de los monos olvidé mi llegada y recuerdo los diez pasos avanzados hasta verla a ella, las secuelas de un cuerpo atado a un sillón de ruedas, artefacto que decía sin miramientos su función ortopédica. Ella no pretendía ocultarse en una mentira sin tullidos de poderosos y dejaba a la vista la mecánica degradante, sustitutiva del auxilio cuando parte del cuerpo deja de palpitar. De la cintura para arriba, a la manera parcial de estatuas de la antigüedad romana resultaba una mujer seductora y de belleza rara que el dolor acentuaba de manera inexplicable. Desde el ombligo hasta la tierra era el cuerpo desaparecido del marido… suspensión, trasgresión, pausa inmóvil aguardando el milagro improbable de la reaparición.

Eso es lo que encontré siguiendo las instrucciones de la esquela y ella dijo:

-Disculpe lo intempestivo de la invitación, necesitaba verlo a solas.

-Nunca rechazo una invitación de tales características, es la primera vez que me ocurre algo así. Alguien que avanza la medida del tiempo sólo puede ofrecer luego la eternidad y la muerte.

Hice lo posible para mantener una conversación en términos cordiales, olvidando la condición de saltimbanqui de paso y el sillón de ruedas donde estaba prisionera. Luchando con cierta indiferencia su situación era bien poco comparado con lo que había visto en mi pueblo e hice como si eso nunca hubiera ocurrido. Comenzó entonces de inmediato el capítulo secreto del encuentro.

-Usted es el Amazonas de los hombres, dijo.

Debo confesar que entendía sólo ráfagas de lo que sucedía, estaba acostumbrado a tratar con orates, pasé semanas en sanatorios observando movimientos de los pacientes más afectados para mi trabajo. Ella era la primera desquiciada que me había obsequiado un reloj de oro; estaba allí secuestrado por el tiempo y ella sabía de mi pasado, como si hubiera seguido mi carrera de segunda zona desde la primera noche que subí a escena. Conocía el repertorio en su extensión, mi trabajo de transformista de cabaret y las razones explicando una salida en desesperación; sabía que en un tramo del espectáculo en solitario, le hago recordar a la mayoría de los asistentes algún gesto de un ser querido, el amigo inolvidable de la infancia, un secreto de familia… alguien imborrable que cruzaron durante unas vacaciones crueles o felices.

Fue luego de esa declaración que ella evocó su historia sin que yo adivinara la razón –seguro que la había- de estar allí escuchando.

-Es un pedido especial, dijo.

-Lo suponía y la escucho, respondí.

A una señal que pasó inadvertida, movimiento ensayado la víspera, un hombre ingresó al salón con un baúl donde alcancé a distinguir, ordenadas como para un viaje alrededor del mundo, ropas masculinas de gran calidad.

-Es parte del guardarropa de mi esposo. Le propongo que durante su espectáculo, en los próximos meses, las utilice cuando salga a escena. Alguna de las noches estaré allí para ver y supongo que será lo único, esa ilusión del regreso, que me permitirá levantarme del sillón y aceptar que él jamás volverá a esta finca. La voluntad es insuficiente para continuar adelante.

Estaba habituado a situaciones extrañas pero nunca había escuchado algo así, hablé de lo incierto de mi situación, expresé mis dudas en cuanto a los efectos concretos del plan propuesto. Observaba habiendo previsto mis reflejos negativos y pronta para argumentar, haciéndome saber que yo ni siquiera podría imaginar lo que ella había sufrido, lo doloroso del proceso que la llevó hasta la proposición. Estaba tan convencida de su iniciativa, que a medida que yo hablaba, saliendo de una pesadilla de los sentidos, me persuadió de lo contrario, de que faltaban razones válidas para negarme a su pedido y debía obedecer sobre aquello que crecía como mandato.

-Tiene razón, soy consciente de todos y cada uno de mis inconvenientes. Le suplico que estime la intensidad de mi desesperación llevándome a interrumpir una historia dolorosa inventando ilusiones teatrales queriendo salir del desfiladero. Confiarme a un desconocido como lo estoy haciendo.

A una segunda señal apareció otro hombre con una carpeta que tenía algo de armisticio impuesto.

-Aquí hay dos documentos que pueden interesarle, un contrato por un año en un teatro céntrico de Buenos Aires y un título de propiedad del apartamento en un barrio tranquilo de la capital argentina. Si acepta son suyos; no me conteste ahora, mañana salga a pasear por la playa Roja; si lleva puesto alguno de esos sombreros, querrá significar que nuestro trato está cerrado y nunca nos volveremos a encontrar. De lo contrario, cuando regrese a su habitación no habrá traza de nuestra conversación, ninguna prenda que le recuerde este incidente. Es pedido extravagante y un acuerdo justo; no pregunte razones ni detalles. Soy racional para creer en ceremonias de convocación espectral, estoy agotada de verlo en sueños y si rechaza la propuesta, es probable que me adentre en la locura.

-Es una enorme responsabilidad, le dije.

-Es posible que esté ya en la locura sin saberlo. Gracias por haber venido y darme una hora de su valioso tiempo.

Ella fue quien dio por terminada la entrevista sin consentir la eventual contrariedad de una respuesta negativa.

-Es una historia de amor conmovedora, le dije.

-Gracias, contestó. Una historia que debe finalizar y pronto, como un relato de Stefan Zweig y la vida del escritor, que se suicidó bien cerca de nuestra charla. Si acepta, el recuerdo se irá de esta casa, dispersándose entre los espectadores que lo aplaudirán en Buenos Aires sin sospechar que forman parte de nuestro secreto.

Nunca fui motivado por la ambición, tampoco estaba en condiciones de rechazar una puerta de acceso que daría a mi aventura un tiempo imprescindible de reflexión. Desde que escuché el disparate formulado supe que era verdad; lo confirmó una llamada que recibí antes de desayunar de un empresario argentino, concertando detalles del nuevo espectáculo que comenzaba a ensayar la próxima semana. Nunca hubiera sospechado que mi búsqueda de una nueva vida pasara por esos atajos.

En Montevideo que se volvió ciudad de tránsito informal, preferí abandonar mis posibles contactos pues seguiría de largo. Mediante la embajada de Brasil intenté ubicarla a la belga paralítica para restituir los títulos de propiedad, el cónsul me informó que la indagación llevaría meses y no tenía motivos suficientes para iniciar un procedimiento oficial. A mi hotel de la calle Soriano me llegó una carta manuscrita que no tenía trazas de haber pasado por servicios de correo habituales. “Empiezo a tener sensaciones en las piernas, pocas pero un poco más cada hora después de nuestra entrevista. Es difícil ser una mujer abandonada por la aventura y un diamante que será para otra dentro de miles de años. Quizá pueda viajar a Buenos Aires y asistir a alguna de sus primeras representaciones, es una certeza. Aquí nuestros caminos se separan, puede que sea verdad aquello de que la vida es ilusión.”

Cuando el horizonte sin pretensiones del Río de la Plata se llenó del perfil irregular de Buenos Aires, pensé en la fuerza de los afluentes ocultos por la selva del norte, la travesía por los meandros del Delta del Paraná y que le dan ese color de león agonizante. Se posaron en mi espíritu certitudes que eran órdenes: debería cambiar de nombre para inventar otra carrera argentina y ese sería mi hogar hasta el final de los días. Eran dos vidas no una las que dejaba atrás, huyendo sin volver la mirada hacia mi madre patria tan bella y perdida.