Flash-back

Lejos de las tribulaciones pasadas por publicar el libro anterior en Montevideo que fueron agitadas, quedé sin entusiasmo para emprender de inmediato la escritura de otro proyecto rumiado. Llegaron entonces en mi auxilio repentinos geniecillos en una ocasión tan ruda, aprobando mi deseo de seguir en la escritura como ejercicio, sin poner a prueba en poco tiempo y por dos veces seguidas la resistencia de la imaginación. Avanzo esto pues lo que voy a contar puede resultar extraño o poco pertinente; siendo indomable la trama de los hechos tal como sucedieron, intentaré anestesiar la sintaxis, ser claro como novela de buenos sentimientos y alcanzar la eficacia de síntesis de marketing que alguna vez redacté. Véase en esta coda final una conversación de café sin pretensiones literarias, ave María purísima… Más bien el informe destinado a una comisaría de barrio, atestiguando un choque de taxímetros ahí en la esquina o dirigido a un hospital psiquiátrico, dando cuenta de la conducta anormal de un tío abuelo. La presentación oral de este mismo libro de relatos al comité de lectores de una editorial, que rechazaría el original y así podrá entenderse el recurso a la primera persona.

Los hechos sucedieron en París donde vivo desde hace unos años y tres meses después de la aparición –aquí- de un libro de bolsillo, episodio a priori insignificante dentro del negocio editorial de la capital francesa. Era por entonces el comienzo de las vacaciones de invierno y venía de un intenso semestre en la Universidad Stendhal de Grenoble, una semana de tregua que pensaba aprovechar para trabajar en mis cosas. Mi mujer había marchado de vacaciones a Roma a casa de unos amigos que nos habían invitado; al principio sería de la partida y como suele suceder, desistí del viaje a último momento. Tenía mis razones, estaba predispuesto a trabajar un asunto complicado por su definición sobre La vida breve la novela de Juan Carlos Onetti, proyecto que rondaba la rutina desde hacía por lo menos tres años. Más que buscar a Roma en Roma, prefería buscarme peregrino en los escapes enigmáticos de Juan María Brausen por los canales invisibles del Río de la Plata.

Anunciaban por la radio un invierno justiciero y el primer día que quedé solo en la casa el frío era tolerable. Había pensado encerrarme en el departamento sin afeitarme ni salir a la calle, con la misma camiseta de felpa, alimentándome de congelados vueltos a la vida con ayuda del horno microondas y tentado por conocer la nueva versión calabresa de Pizza Hut que entregan a domicilio. Nivelando la flojera del frío, por el contrario la lluvia era incesante y parecía que así seguiría hasta el final de los tiempos. Hace treinta años ese era el clima ideal para comenzar amores con una novia morocha, ahora es apropiado para preparar un café cargado, revisar viejos papeles a la búsqueda de aquella idea o mejor aquella manera de escribir la idea. Hora de hacer el elogio de las soledades, buscar películas en la historia del cine que se nos escaparon de matinés y trasnoches; con esa lluvia vinieron las ganas de ver Prisioneros de la tierra de Mario Soffici. Tanta coincidencia entre el guion y la pasada en una sala del Barrio Latino hubiera sido exagerada, la lluvia era lo que sucedía afuera sobre los techos blancos de la estación de trenes de gran velocidad.

Unos ventanales –los cristales digamos- separaban mundos que se ignoran mutuamente, el mal tiempo instalado en Montparnasse y envolviendo la torre del barrio hasta hacerla desaparecer de la vista era la excusa perfecta para disponer del ritmo interior. Unas líneas atrás escribí «después de la publicación del libro» y no hablaba de un libro mío, epifanía circunscripta a Montevideo de manera accidentada, sino a uno de Horacio Quiroga, nueva edición de Anaconda que salió en las ediciones de Seuil, el viejo Horacio resiste sin doblarse los digestos de la obsolescencia. Estaba relacionado a ese episodio de librería porque redacté el prólogo de la edición; para ello releí el libro y la totalidad de los cuentos del salteño, lo que es siempre un placer, amén de alguna noticia biográfica que pude encontrar por estos pagos. Tampoco me propuse inventar el paraguas en relación al compatriota, sino redactar unas pocas páginas persuasivas de presentación para el lector francés, alguien que si bien tiene la sospecha del asunto Quiroga y se acomoda a un lugar común, admite de buen grado un par de ideas orientadoras para comenzar la lectura con provecho. Hallar el camino tentando la primera página del desconocido y después la lectura continúa solita.

Pasados tres meses de la publicación de esa Anaconda y durante el comienzo de la lluvia arrumando mi soledad, fue que llegó la carta. El retiro programado autorizaba a bajar al buzón de la entrada común del edificio, por si llegaban sobres de los amigos. Nunca es previsible el feedback de ciertos gestos, incluso episodios menores como editar el Nº R661 de una colección de bolsillo. En la carta que encontré una mañana, me notificaban que habían leído el prólogo de Anaconda con interés, se habían deslizado en mis párrafos inexactitudes, cierta interpretación superficial del personaje era discutible, pero bueno, finalmente… Percibí en la apreciación la condescendencia comprensible teniendo en cuenta de que era uruguayo, parecía que nosotros teníamos cierto crédito para irnos equivocando por el mundo sin tener que asumir las consecuencias. Dadas las circunstancias climáticas y familiares referidas, asumí aceptar el juicio distante y obviar la polémica, sin replicar con una respuesta defendiendo un escrito breve, prólogo que en mi memoria pertenecía a un pasado lejano y tiempo anterior al inicio del diluvio presente.

La carta en cuestión fue escrita por una mujer, recordé argumentos burdos para explicar el excesivo interés, típicamente femenino, por unas ideas que si algo buscaban era pasar inadvertidas, leí con displicencia tal vez defensiva y di vuelta la hoja recorrida por una escritura manuscrita de caracteres elegantes. En eso advertí que ella se presentaba como una «amiga íntima» -decía- «del malogrado traductor de Horacio Quiroga al francés». Pensando en Quiroga me incomodó que alguien pudiera suponerse más malogrado y sin embargo, escorias en mi disco duro de meses de biblioteca en Barcelona, barruntaron que había en ese mensaje algo de personal e importante. Tenía vagas noticias al respecto, quiero decir sobre las relaciones de Quiroga con Francia, ignoraba la existencia de un traductor que acometió las obras del salteño y podía presumir que en su totalidad. La palabra malogrado era la que retenía la atención en la lectura remontando mi orgullo lacerado.

Perder, desaprovechar una cosa, frustrarse una presentación, no llegar una persona o cosa a su natural desarrollo, es lo que dice Julio Casares en su diccionario ideológico de la lengua española. La tajante definición despertó mi curiosidad por conocer más de la historia sugerida, creí ver que ese oscuro personaje malogrado era más intenso que lo supuesto en un deceso por infarto. En la segunda página del hándicap inicial y con mi ánimo por el suelo, la lectura adquirió una leve coloratura de esperanza amenazante. Era por mi condición de uruguayo que ella conocía -mediante sondeos cuya fuente se guardó- que le gustaría, decía en la carta, encontrarse conmigo para considerar si se podía hacer algo. Ante el cambio de rumbo en el tono de la escritura temía lo peor; un artículo de homenaje recordando el talento malogrado, presentaciones para interceder en la publicación de una novela magistral del malogrado, una viuda oculta del malogrado reivindicativa de la tarea del difunto…

Llovía tanto durante la lectura de la carta y estaba tan agradable la casa ambientada con las variaciones Diabelli en la versión de Brendel, que mi yo arcaico se negaba a atribuir aspectos positivos de lo que se estaba armando, que debería tenerlos. Quería desechar durante una semana cualquier intromisión del mundo exterior, también bajo forma de mensaje epistolar y que distrajera del proyecto de escritura. Lo que consiguió modificar mi punto de vista, fue que la mujer adelantó mis reacciones contraatacando con furia implacable. Ella ignoraba si yo era una persona digna de recibir revelaciones graves, eso se vería personalmente si es que alguna vez teníamos la ocasión de encontrarnos. Kaput a mi proyecto de avance en la escritura, la mujer -era ostensible en la escritura- tenía el extraño don de la dosificación del suspenso y conocer al dedillo intereses secretos del interlocutor.

Veremos la próxima semana, me dije poniendo la carta desplegada sobre el mismo escritorio donde estaban dispuestos los papeles sobre la novela onettiana. Bebí un café, me levanté a orinar, volví al escritorio y tuve ganas de lavarme los dientes; a los diez minutos fui a comer un resto de torta de manzana. Lo que echaba en falta era otro café cargado que preparé de inmediato, regresé al escritorio y comencé la tarea con intención de calentar motores de la concentración. Lo único que se me ocurría giraba en torno a la palabra malogrado, en eso veía pedazos de figuras, fragmentos sin conformar una imagen coherente de lo que pretendía poner por escrito. Los elementos girando en mi cabeza durante ese momento de incierta concentración formaban un enigma, antes de dar con la probable solución debía conocerlo en sus reales términos, para luego continuar adelante con serenidad.

Dejé todo de lado, era un mal día para la onettisea parisina, opté por un retroceso nostálgico folklórico y preparé un mate, listo a tomar unos amargos mirando cómo afuera llovía torrencialmente, pensándome promediando el mes de julio. Resultó harto telúrico la escena y discordante con la situación, encendí la televisión, zapé durante unos minutos hasta dar con una partida de snooker entre dos británicos. La transmisión era en directo desde Manchester y mágico que esos tipos vestidos como para ir a un casamiento, hubieran planificado su encuentro, asociación de billar mediante; que luego la televisora cable los hubiera elegido para trasmitir su partida a esa hora, con el auspicio de los zapatos Dr. Martens. Lo alucinante era que yo la estuviera viendo. Es así en nuestros días la muerte de Sarpedón, hay demasiados héroes reencarnados y exiguas empresas que valgan el esfuerzo. Una vez más como desde hace meses quedé hipnotizado por el juego, motivado por la lejana esperanza de deducir las leyes que rigen esa variante del billar, modalidad del azar controlado digna de Lewis Carrol.

La observación con ignorancia de la física lúdica, su traducción en números ilógicos en la ciudad de Manchester y el sabor de la yerba Canarias en Montparnasse –mientras afuera continuaba el diluvio- le daban a mi espíritu disperso las cercanías de una condición zen del Oriente de allá. Ataraxia perfecta, si bien algo afectada por el recuerdo de la historia pendiente del malogrado traductor y así fueron pasando las horas. Mientras comprobaba la desaparición de las bolas rojas y la reaparición con vuelta al paño –en puntos precisos e inmodificables- de las bolas de otros colores, mi primer nivel de atención avanzaba complicado y satisfecho. El segundo level sin molestar estaba en pleno cónclave, discutiendo, cotejando, evaluando y cuando John Parrott colocó en la tronera la bola verde -con un golpe de taco que el locutor de acento belga calificó de prodigioso- llegó a la superficie del pensamiento (primer level) la orden elaborada por sentimientos contradictorios y pasiones reprimidas: llamar por teléfono a la mujer que envió la carta.

Ignoraba qué había imaginado entre la orden íntima y la ejecución práctica de la misma. Del otro extremo de la línea acechaba un respondedor, el mensaje grabado era claro y lacónico, la voz de la mujer si es que esa era su voz me pareció suave; desde luego no correspondía a la supuesta voz que le atribuí durante la lectura de la carta. Estaba en estas elucubraciones cuando finalizó su mensaje y antes de que llegara el bip autorizándome a hablar colgué intimidado. Apenas lo hice me arrepentí, llamé una segunda vez, volví a escuchar a la voz de la mujer grabada, dejé un mensaje entre el agradecimiento por la carta y estoy en el número tal. La inquietud dejaba de pertenecerme, era un hombre sumiso aguardando la llamada de la desconocida si es que ella estaba en la ciudad.

A eso de las nueve de la noche sonó el teléfono, todo marchaba bien en el Trastévere y Roma era una maravilla. Esa noche salían con los amigos a comer en una trattoria y yo nada tenía para contar o acaso que había avanzado en mi proyecto sobre La vida breve. Estuve a punto de preguntar si entre los colegas traductores del colegio de Arles, se sabía del camarada malogrado en el intento de traducir la obra de Quiroga, recordé que ignoraba detalles primarios al respecto y preferí guardarme las dudas para el regreso. Perdí la esperanza de entablar contacto ese día con la mujer, estábamos de vacaciones y mucha gente había escapado de la ciudad en diluvio. Ella seguro que estaba lejos de París, en la costa Normanda escuchando el ruido del mar, en una casa retirada del sur planeando excursiones a las islas con amigos, su recuerdo y la insistencia del malogrado. Lo de malogrado era apropiado al destino de un aviador, un piloto pionero de comienzo de siglo y era anacrónico al oficio de traductor. Crisis rápida e inevitable, rotura de alambres exteriores, instrumental de cabina que enloquece, fallas del motor experimental, caída en picada tras aterrizaje de emergencia en un claro providencial en plena selva de Misiones. Podía suponer el desconcierto de aterrizar de esa manera piloteando el monoplaza Larousse en la selva de la literatura de Quiroga, admitía que se trataba de una maniobra riesgosa.

Lo que la carta de ella dejaba sin aclarar era si había, entre la condición final de malogrado y el proyecto de traducir los relatos de Quiroga un vínculo directo, relación que de tan grosera refutara la estadística de la casualidad. Alguien que comienza un proyecto que incluye al salteño, asume la serie de calamidades que recuerda todo ensayo biográfico sobre su persona. Itinerario poblado de infortunios, que sus hijos Eglé en 1938, Darío en 1951 –año de mi nacimiento- y Pitoca trazaron con constancia desestabilizando el azar y la genética, hundiéndose a fondo en la tragedia. El malogrado quien fuera que sea, cuando acometió su empresa de traducción, conocía la leyenda sobre el escritor salteño y por tratarse como supuse de un espíritu racionalista, habría trabajado durante años para probar lo contrario; que la leyenda hereditaria es una absurdidad él lo creería antes de volverse un malogrado. No se trata aquí de la vida de Quiroga sino de sus escritos, su literatura es selva fascinante y traidora, quienes leímos en los años escolares alguno de sus relatos, sabemos que entramos en ósmosis con vegetación peligrosa y fuimos inoculados por la yararacuzú de palabras, veneno de escritura sin antídoto.

El asunto crecido era la traducción, la aventura interior para el pobre hombre de adentrarse en una modalidad esquiva de la locura irreversible, intentar salir como pudiera de la expedición y reescribirla luego en otra lengua. Cada vez que volvía sobre ello, a mí se me hacía más luminoso que si la carta había llegado hasta mis manos, esa carta, fue porque había un vínculo entre la empresa de la traducción y el personaje malogrado, final insinuado que con razón o sin ella comenzaba a visualizar. El prólogo a Anaconda tampoco dependió de mi voluntad, fue otro capítulo aislado de una trama editorial soslayando mi entendimiento. Lo que ignoraba era que el conocimiento de la historia, la historia que me contó la mujer y la lectura de los papeles del aviador del bimotor, me llevaría a meterme en un libro de otro que tuvo impedimentos para ser publicado, como si guardara verdades que molestan a determinada gente y la mera evocación del nombre de Quiroga inquietara aún a ciertos espíritus pundonorosos.

Había quedado solo en la casa, tenía frío y afuera era noche cerrada, en la televisión pasaban un certamen de natación con información intercalada sobre un campeonato femenino de hockey sobre césped. El sonido que interrumpió parecía provenir de lejos, tal vez otro departamento del edificio y la insistencia terminó por alojarlo en mi casa. Supe que era ella, terminaba mi semana dedicada a La vida breve sustituida por la brevedad de la vida del malogrado; dijo que nosotros –ese nosotros pudo ser los hombres y temo que se refería a los uruguayos- no solemos responder las cartas, al menos con la premura con que lo hice; logró sorprenderla y lo expresado, yendo en mi contra era sin más opinión de lectora aficionada. La dejé hablar o ella disuadía responderle siguiendo la musicalidad de la frase hipnótica y sin yo comprender qué diablos hacía en un asunto confuso, fisgoneando una historia que seguro lograría distraerme de Santa María. Parecía bruja, ella se adelantó diciendo que quería conversar y librarse de una historia curiosa, dijo que remontó impedimentos mayores, siendo su fórmula elegante de nombrar el olvido. El encuentro casual en la librería Tschang de la obrita de Quiroga y la curiosidad por mi prefacio reactivaron dudas pasadas; como escribió en la carta, mi condición ontológica de uruguayo, de ser viviente ignorante de ciertos episodios, me afianzaba una póliza de complicidad y agregó que contaba para la eventualidad con mi curiosidad filológica.

Nunca me interesaron los detalles de la gente pero sí la magia de ciertas coincidencias; es molesto haber pasado por episodios de la literatura uruguaya sin comprender lo sucedido. Era el caso de Quiroga cuando la retórica de la incertidumbre parecía suficiente para seguir de largo, siendo que faltaban enigmas y refutaciones explicando más allá de lo inefable. «Mañana» replicó cuando manejé la posibilidad de un encuentro para conversar; «lo invito a almorzar» y consideré que era pronto. Había en su voz la seguridad de un mañana o nunca, yo guardaba la intriga sensible que suscitan capítulos por retahílas en la biografía del escritor admirado: «conozco un restaurante modesto y acogedor por el lado de Belleville». Terminé aceptando ir ese mañana a las dos de la tarde, al acogedor si bien modesto restaurante de un barrio popular de París. La cita, por el tiempo, clima, lugar y circunstancias era original, preguntó si me gustaba la comida china, seguro sabía que me gusta la comida china y dije que sí, lamentando la ausencia de una parrilla en Belleville para intercalar alguna oposición a sus mandatos. «Entonces mañana a las dos. Sé que puedo parecer fastidiosa y precipitada, pero cuando cese la lluvia dejaré de lado los deseos de contar historias íntimas. Seguro que no se arrepentirá, puedo acercarle información que lo salve en algún momento de desesperación». «¿Que me salve de qué?» pregunté. «De malograrse. Usted bien sabe de qué se trata».

Cuando colgó pensé jotacé sos un pelotudo, era claro que detrás de la calma aparente esa mujer estaba completamente loca. Un freno mental me impidió ir a Roma y quizá somaticé las ganas de quedarme encerrado; desde hacía dos días venía perseguido por dolores en el ojo derecho, después de cuarenta y ocho horas conseguí despejar el escritorio y ubicar las carpetas con notas que necesitaba. Cuando llegó la hora breve de comenzar el trabajo en serio, coincidía con una cita a ciegas en un restaurante chino de Belleville donde hablaría con la supuesta conocida del malogrado traductor de Quiroga al francés. Comparado a esa encerrona de las casualidades tóxicas las leyes geométricas del snooker eran de inmaculada transparencia, por fortuna y para sortear la noche previa había en los estantes de la cocina una botella de whisky medio llena. A eso era casi medianoche, comí una porción de quiche lorraine fría que quedó en la heladera desde el domingo pasado, comenzaba en la tele un circo de luchadores norteamericanos, mucha brutalidad gestual e inclinación por la farsa enmascarada; por unas horas me alejarían de la rabia por haberme dejado meter en el asunto. Ello duró poco, creo que soñé cosas terribles entreverando viejos fantasmas, supuestos para la cita del otro día y horas frente al televisor, imágenes que podían transferirse a la categoría de pesadilla y cuyos pormenores evitan el interés de nuestra recapitulación.

*

Nunca había visto llover tanto desde el año de las inundaciones en el litoral uruguayo. Desperté temprano al otro día con dolor de cabeza y permanecí más tiempo del habitual bajo la ducha, con la esperanza de que al salir del baño el golpe de agua torrencial hubiera aflojado. Era peor; preparé un café en la cocina mirando por la ventana, hacía tres días que llovía así y en algún momento antes de mediodía debería amainar. Era lluvia tropical macondiana transportada, como si hubiera comenzado cerca del canal de Panamá y que a pocos kilómetros de la cocina bramara sobre el delta de El Tigre, cataratas de Iguazú, desembocadura del Amazonas y crecidas lunares de la laguna Merín. Esa lluvia tenía por misión saciar de agua al continente americano hasta sumergirlo, cumpliendo profecías piramidales precolombinas.

Salí de la cocina con la taza de café en la mano, me senté en el sofá del living y prendí la tele con el mando a distancia. Un partido del playoff de la NBA entre los Bulls de Chicago y los capinchos de Pirarajá, algo así… resumen de la liga Española de Fútbol donde decían que un half izquierdo del Logroñés, que estaba seguro venía de Peñarol era paraguayo. En las promociones anunciaron para la noche la revancha del snooker de la víspera, estaba orgulloso porque deduje una ley: nunca se puede meter en las buchacas dos bolas coloradas seguidas, en cuando al sistema de conteo de los tantos el enigma persistía imperturbable. Había un pakistaní imbatible en squash, ha de ser un buen deporte para acompañar una terapia de electroshock.

Tocaron el timbre y abrí con fastidio la puerta, era el empleado de una compañía de desinfección, un tipo extranjero, húngaro o yugoslavo de pocas palabras, apenas saludó, parecía que durmió en el edificio porque estaba seco. Entró con un aparato idéntico a la máquina que los vendedores de café cargaban en el Estadio Centenario por el año 1957. El hombre fue derecho a su objetivo, abrió la puerta del wáter, roció el interior del inodoro, fue a la cocina, largó otros chorritos pulverizados en el fogón y la grasera para disuadir a las cucarachas. Luego abrió un cuaderno inmundo donde tracé un garabato de testimonio y él se fue escaleras abajo; la casa fue invadida por un olor repugnante que me salvaría de encuentros con cucarachas jansenistas, animales con los que tuve tratos inquietantes durante la infancia. Vuelvo a la televisión, el ambiente de la casa era irrespirable secuela de las emanaciones preventivas. El pakistaní se revolcaba de alegría por el piso después de haber marcado el punto ganador, continuidad de la transmisión: pelota vasca variante cesta punta en directo desde un frontón de Miami. Basta para mí, apago el televisor, voy al escritorio a dejar que pase el tiempo para ir al encuentro pactado. El olor de insecticida continúa su avance, miro de reojo el techo circense de la estación de trenes Montparnasse y el aguacero no aflojaba desde la mañana, era más violento todavía con ráfagas de viento silbando amenazantes, como si el gran dios Tlaloc hubiera esperado mi hora de salir y despacharse a gusto con su aguacero vengador.

Algo era sedante; un curioso laberinto de corredores con escaleras mecánicas me llevaría, desde la puerta del edificio donde vivo hasta el andén del Metro línea 6 y vagón uno de combinación subterránea para llegar a Belleville, pasando por zapaterías, bares, kioscos y vendedores de charcutería con grandes sombreros negros de Aubergne. Me pertrecho lo mejor que puedo, aquí me acostumbré a usar zapatos con espesas suelas de goma, me siento ridículo cuando tomo el paraguas plegable apto para el rocío e inservible para el agua que caía sobre París. En dos cuadras a la intemperie tendré que tirarlo en una papelera callejera, son paraguas baratos que vienen de Corea y Taiwán, en Belleville hay a patadas. Camino por largos corredores de la ciudad subterránea, hay agua por todos lados, gente tirada en los pasillos, el mundo que transita el lugar está fastidiado, la gente empapada sigue caminando como salida de la playa, sorprendida por una tormenta de verano, una dársena rota. El olor del Metro, de la tibia humedad de las personas que cruzo avanzando, es menos penetrante que el esparcido por el balcán del desinfectante para matar cucarachas o del húngaro e igual de inevitable. Hay algo de cianuro en esa fórmula, estoy seguro y que pica fuerte en el fondo de la nariz queriendo alcanzar el penetrante dolor del ojo izquierdo que viene aflojando. Nunca olí cianuro de tan cerca, nunca hasta ahora.

Llegué al Metro Belleville con veinte minutos de adelanto, siempre lo hago cuando voy a una estación de Metro por primera vez y camino por los alrededores si el tiempo lo permite, mirando los comercios, buscando. Hace diez años que estoy en París a la búsqueda del Café perfecto, un lugar donde leer y escribir, escuchar el silencio de la tarde avanzando indiferente a la tragedia humana, tomar buen café, alguna copa; durante todos estos años he logrado aproximaciones pero igual sigo buscando. Salí del Metro, una estación pequeña y de pocos pasillos, subí por la boca más próxima a la calle de la cita que estaba en el interior del barrio y había un buen trecho por delante. Aquello seguía siendo un diluvio, tenía la esperanza de que hubiera parado mientras viajaba en los subterráneos y el agua corriendo por las escaleras de la entrada ahogó mis ilusiones. Lo primero que hice cuando llegué a la superficie, fue correr hasta el toldo de aluminio de un comercio exportación-importación de chucherías orientales, sacos Mao, paraguas retractiles, palitos de comer arroz, nunchakos verdaderos para fracturar cráneos. Hacía frío y el viento se decidió por la tendencia transversal haciendo que lloviera de costado, de atrás y en todos los sentidos, San Pedro era un karateca enloquecido convertido a la comedia musical y el paragüita apéndice inútil; veinte minutos todavía para el sufrimiento.

El restaurante convenido para el encuentro –si mis cálculos sobre el plano de Belleville antes de salir eran correctos- estaba en una callejuela lateral que a los efectos podía estar en Macao. Cruzando la calle casi enfrente del import / export hay un pequeño bar, fui hasta allí siendo el único lugar con la apariencia de refugio intermedio antes del encuentro. Todo parece absurdo, el patrón del bar, un gordo de mostacho tiene aspecto de mosquetero jubilado, la radio está encendida a medio volumen, suficiente para equipararse a la lluvia y el dial marca una estación de las nostálgicas tipo Clarín, como Montecarlo CX 20 a ciertas horas de la mañana allá en Montevideo. Cuando entro me topo con la voz de Luis Mariano cantando las virtudes de México, algo sobre el poder del sol en irónico contraste con la situación que vivimos. Esto es absurdo y la revancha vengativa de Tristán Tzara, hay en el bar -un mostrador en paralelo al estrecho corredor donde se alinean pocas mesas- un negro flaco sentado bebiendo una cerveza y vestido con ropa de musulmán africano que lee. A primera vista podría ser el Corán, pero se trata de una publicación con pronósticos de carreras de caballos y el negro, con una Bic de plástico, hace números inmerso en una concentración digna del hombre que calculaba. En el mostrador, apoyados y de pie dos tipos de facciones asiáticas, más próximos a la banda de Fu Man Chú que a discípulos de Lao Tse, discuten animadamente en versión original. Por fortuna el viejo televisor que hay en una punta del estante de las botellas está apagado, lo único que me salvaría de la desesperación sería ver el final del partido de pelota cesta punta, que ahora mismo se estaba disputando en un pilotalekua soleado de Miami, en la Florida.

Me mando de parado un calvados a palo seco buscando calentar el cuerpo y resulta un error, como esa mañana olvidé desayunar el licor de manzana durante el trayecto quema por dentro. El patrón, viendo que lo tomaba tan rápido, sin que le diga nada, recordando estocadas a fondo de la juventud de esgrimista, sirve otra medida que logra alejar mis protestas. ¿En qué hipódromo del mundo real habrá carreras esta tarde, en las que el negro apostó cien denarios luego de intensas reflexiones? Del fondo del bar superando la distancia del corredor con las mesas llegan olores químicos y naturales combinados en la letrina. ¿Qué hago y en este lugar abierto de turno del universo cerrado por reformas? Aguanto como un gascón la segunda sensación de quemadura interna, miro la boleta de lo debido al patrón, dejo las monedas necesarias sobre el zinc y salgo del boliche.

En el tiempo que cambian las luces del semáforo del cruce fui rescatado del naufragio de pescadores, cuando atravieso la esquina me pego a la pared y avanzo hasta los colores entre amarillo y colorado del restaurante. Desde antes de entrar estaba resignado al Buda recubierto de pintura dorada y guirnaldas de flores, bajorrelieves tridimensionales con caballos desbocados que hubieran hecho las delicias de Sun Tzu, globos de papel blanco sirviendo de lámparas ambientales, tubos diferentes o campanitas ceremoniales con signos, el ingenioso sistema dando la ilusión visual del río incesante que ha de llevar a la mar que es el Tao. A lo sabido incluyendo musiquita con esas voces femeninas finitas, como si fuera locutora militante de la Rosa Amarilla de Tokio, llamando a la deserción en masa de marines yankis liderados por Gregory Peck. Es enternecedor el olor de restaurantes chinos, no de sahumerios humeantes de varilla, sino el proveniente de las cocinas, donde trabajan marmitones con cuchillos filosos, aceites de distintos vegetales calentados en recipientes circulares, donde se vierten otros frutos de la naturaleza. Es rara la debilidad por ese olor de cocina oriental que en nada corresponde a la infancia, es un perfume nuevo descubierto tarde y después que salí de Montevideo, como si mi magdalena fuera un arrollado primavera, metido en salsa agridulce con gotas oscuras de soja, cilindro mágico incrustado al interior del calidoscopio olvidado.

Los restaurantes chinos de Belleville conocidos eran minúsculos pero aquí, apenas ingresado dos metros en el local, recibido por la voz que parecía venir de los muros saliendo de una china diminuta y la fuerza de la disposición geométrica, imitando un jardín de mesas tendidas con modestia, el reciente pasado tormentoso era recuerdo remoto. Estaba en una ciudad lejana, en otra ciudad. La presencia en azules de la china vieja me ayudó a sacarme la gabardina, recuerdo barcelonés de El Corte Inglés; ella hizo señas, gestos mínimos indicándome que la siguiera, pretendí explicarle a la china –que debió estar en el itinerario de la Gran Marcha- que esperaba a una desconocida y estaba cinco minutos adelantado. Esas minucias temporales con las chinas intemporales exiladas en Belleville parecían cosa imposible, aquello era el decorado interior de una película de Kurosawa de los años cincuenta. Resignado seguí a la buena señora, como quien persevera con la debilidad por una pipa de cerámica rellena de opio. Ella me condujo hasta un apartado amplio, contrariando longitudes bonsai aplicables al local según las apariencias.

Ella la otra estaba esperándome, era una mujer de edad ociosa a referir, mirada clara que pudo protagonizar una lucha de angustia introspectiva protestante en un guion de Bergman. En cuanto a los años decidí la sesentena avanzada, que sin necesidad de maquillaje se refugiaba en unas décadas menos y naturalidad distinguida en el invierno desprolijo, como si hubiera estado esperando desde el comienzo del otoño. Ignoro por qué aguardaba algo más campechano y sentí lo de siempre; incomodidad de estar impresentable para uno de esos encuentros casuales que suelo tomar como otra actividad de entrecasa.

Mi sweatshirt Levis y el jean sumando los zapatos eran espantosos, podría justificar el desarreglo escudándome en lo intempestivo del temporal que se abatía sobre París; recurso descartable, el contraste era de esencias, provenía del aspecto de la mujer venida de lejos, de una espléndida ciudad italiana en primavera resplandeciente. La diferencia estaba en que ella se había adelantado en el tiempo de la cita mientras yo bebía los calvados de parado en el boliche. Era ella que esperaba, con lo que el efecto del factor sorpresa quedaba por entero de su lado; provenía además de su premeditación al haber elegido el restaurante y dos gestos de nerviosa seguridad: fumaba el tercer cigarrillo y se parapetaba en la tranquilidad contenida en la taza de té humeante. Aroma profundo y perfumado, experiencia de la serenidad ubicada en las antípodas de lo que supuse luego de su llamada.

Sonrió insinuando que lo pensado era sin importancia, allí estábamos para otra cosa y que nada tenía que ver con la liquidación en Galerías Lafayette. Dejó que me acomodara en mi sitio e instalara en la circunstancia, comentó algo sobre los desastres del clima sin exponer la ansiedad neurótica por enfrascarse en sus problemas. Todo lo contrario, alguien que nos hubiera visto habría pensado que éramos colegas de facultad, prontos a departir sobre el temario de una revista literaria, primos que pasaron siete veranos juntos de vacaciones en la infancia y se reencuentran después de veinte años.

Teníamos aspecto de galeristas que deben compartir un negocio grande fuera de las posibilidades de cada uno, actores sin suceso de taquilla, prontos a montar una pieza experimental traducida del polonés sentenciada al fracaso de público y crítica.

– ¿Tiene apuro, está apurado?, preguntó una vez que encargamos los platos, elección donde caí en lugares comunes habituales.

-Para nada, le contesté. Hoy nadie me espera.

-Mejor así. Quiero recordarle que es mi invitado y preferiría que habláramos del asunto conversado por teléfono al final del almuerzo.

-Como quiera, temo decepcionarla en cuando a las informaciones, estoy lejos de ser un especialista en Quiroga.

-Mi querido amigo… eso lo sé. Su prólogo siendo sensato trasluce que nada tiene original para agregar, ignora capítulos enteros del relato y descuidó buscar como corresponde. Tengo una intriga sugestiva para contarle que nadie conoce. ¿Le siguen interesando las historias curiosas, como aquella que tuvo la cortesía de referirle Daniel Urrutia en San Carlos?

La bola negra en la tronera. Ella, pues, había leído mi último libro editado en Montevideo y llegó hasta el último cuento donde hacía referencia a mi amigo carolino. Luego del retraso en la cita era mi segunda desventaja en pocos minutos.

-Siempre me intrigan las historias, respondí. Cuando escasea la imaginación lo sensato es tener oído atento y pocos escrúpulos para la trascripción clandestina.

-Ahí tenemos un punto de convergencia. Usted escucha y yo cuento, será para mí la manera de liberarme de un asunto que me hizo daño. Un sacerdote que duda de su Fe sería inconcebible para mi espíritu republicano, una amiga termina dando consejos que nadie le pide, el psiquiatra interrumpe cuando es hora de atender otra angustia aguardando en sala de espera. Alguien de sus cualidades hará lo imposible por robarme la historia y puede que sea una estrategia de exorcismo. Para llegar a eso tenemos una hora, un precio razonable ¿no le parece? ¿Qué hace alguien como usted nacido en febrero, en pleno carnaval del sur, viviendo en esta ciudad donde el sol se hace raro?

La pregunta me sorprendió por inesperada; el precio a pagar por escuchar era el tiempo y cierta confesión, pregunta sibilina sin parecer agresiva. Tratándose de una desconocida mentí explicaciones, la serie de razones pergeñadas durante años en tiempos de crisis de pertenencia a este lugar y siendo ciudadano de paso. Ella escuchaba aparentando interés, a veces sonreía y parecía distante de entender lo que yo argumentaba.

Eso duró hasta que terminé los nems envueltos en hojas tiernas de lechuga y hojas de menta intensa, de una delicadeza inesperada habida cuenta de la fachada del tugurio y mi aprehensión inicial sobre las bondades de la cocina. Ella, la mujer de la mirada clara, comió una ensalada apropiada a alguien cuidando su cuerpo al gramo. Cuando la hermana melliza de la china del comienzo nos retiró los platos, la mujer de la mirada clara bebió un poco de té y recuperó la trama de la conversación.

-Lo que cuenta y perdone las precisiones que puedan parecerle impertinentes, son las razones por las cuales no está en Montevideo.

-Supongo que es lo mismo, le respondí.

-Ah no, mi amigo, se trata de asuntos diferentes. Nunca van a ningún lado ni llegan a ninguna parte, ustedes lo que hacen es dejar de estar allá.

-Le adelanté razones a mi entender convincentes. Puede que tenga razón en retocar mi visión, persiste otra sombra de vida que queda por allá tirando para el lado del Parque Rodó. Usted y yo podríamos estar conversando en otro restaurante chino, entonces con idéntica naturalidad y soltura de cuerpo preguntaría la razón por la cual abandoné París. En mi ciudad hay poquísimos cocineros chinos y son más que aceptables.

-Lo sé, viví una temporada en Montevideo, dijo sin perturbar en nada el paisaje sugerido de la mirada clara.

-Eso es jugar haciendo trampas, repliqué. Lo pudo decir antes.

-Es un detalle sin importancia y nunca hago trampas, acotó restándole importancia al incidente. Hice, pero no ahora, viví en Montevideo cuando en la ciudad había un solo lugar donde se servía comida china, de la misma familia propietaria de los locales actuales.

-El Hong Kong sobre la Avenida 8 de Octubre casi Garibaldi, la calle donde pasé mi infancia. En la misma vereda y lejos, a kilómetros de distancia, en la otra punta de la muralla.

-En aquella Montevideo usted sería muy chico.

-Lo recuerdo porque mi padre me llevaba al Estadio Centenario a ver los partidos de fútbol, casi todos los fines de semana. Para volver a casa tomábamos el ómnibus frente al Hong Kong. Nunca fui a comer allí.

-Con ese dato puede deducir mi edad y que lo tiene preocupado.

-Mi infancia y su edad son lo de menos. ¿Qué hacía una mujer como usted en Montevideo?, le pregunté.

-Una historia de amor. ¿Por qué otra cosa se puede abandonar el norte para ir al invierno montevideano? Con más precisión si me permite: averiguar por qué fracasan ciertas historias de amor intenso, agotadoras. Valió la pena mojarse un poco para conocer el restaurante por dentro… llegó hasta aquí desconfiado, detrás de una historia y capaz que se lleva dos. Será la lluvia, tal vez su recuerdo del Hong Kong… estoy de buen ánimo para abrirle el corazón a un desconocido, usted es un hombre afortunado.

-La ensalada de brotes de soja pudo ayudar en su franqueza circunstancial.

-Tampoco se pase de listo. Es el té, si prefiera una razón tangible. Aquí preparan el té que necesito y está el cigarrillo, la lluvia afuera, el perfume del incienso en honor de Buda y la inminencia de las confidencias. Si los dos tuviéramos veinte años menos lo seduciría, ahora es otro dominio de seducción que me interesa. Aprovechar la situación, esta irrepetible configuración de eventos para evocar mis inviernos montevideanos con alguien que los tiene tatuados en los huesos.

-Sin olvidar mi recuerdo infantil del Hong Kong considerado como ilusión chinesca.

-Fue decisivo y participa de casualidades ingobernables. La tragicomedia de mi amor se representó en un departamento de la Avenida Albo, cerca del Hong Kong.

-Tengo miedo de abrir la boca y decir algo. Lo que sea, una palabra, un gesto inapropiado que quiebre el encanto de porcelana de esta situación inexistente. Sería una pena y pérdida imperdonable.

-Demasiada curiosidad la suya.

-Se la canjeo por otra historia de amor y si prefiera la ubico en Montevideo, hasta con restaurante chino de la misma familia de entonces.

-Le tomo la palabra y espero que me convenza. ¿Qué tal está ese vino?

-Pido una copa para usted y lo prueba.

– ¿Pero el vino está bien?

-Tan bueno casi como los nuevos cabernet sauvignon uruguayos. Es una pena que en Belleville empecemos con nostalgias montevideanas, será el vino… tengo la impresión de que nosotros hace tiempo que nos conocemos.

-Oh, quién le diga… puede ser, quizá.

Pagar por ver cartas y bola colorada en tronera del rincón para seguir jugando con otros colores, la vieja ley del póker y billar podía aplicarse a la situación. Estaba frente a una desconocida de cuyas fronteras razonables tenía dudas, en un apartado de restaurante chino que podía estar en una barcaza en aguas jurisdiccionales de Hong Kong, descolgado de París por la tormenta eléctrica que en unas horas disolvió las siluetas de la arquitectura llamada París.

Me fastidiaba que la mujer de la mirada clara hubiera vivido allá, igual se daban condiciones para que yo contara alguna cosa, una historia secreta del pasado que nadie conocía. ¿Qué mejor que inventar una crónica de contradicciones? Como si ella fuera una vieja amiga de la juventud con la que nunca había ido a la cama, comencé a narrarle la historia por la primera vez.

Los detalles con la colaboración de la mujer de la mirada clara del mesón chino es mejor que permanezcan como un secreto de nosotros tres. Lo curioso eran las emociones experimentadas a medida que avanzaba en el relato, se ampliaban la importancia y otras tonterías, nuevos detalles minúsculos capaces de alterar una vida. La lejana comenzaba a crecer a medida que la melancolía se instalaba en Belleville, lograba difuminar con su memoria -como la lluvia lo hacía con los perfiles de la ciudad- mi interés por estar ahí.

Estaba instalado en un recuerdo nunca escrito, creí entender en un momento que si acepté encontrarme con ella no fue por su sutil insistencia telefónica, ni la invitación pues tenía decenas de justificaciones para rechazarla, sino por mi necesidad de conversar con alguien sobre aquello; tal vez con la sola persona que encontraría en mi semana dedicada a la fragilidad de cada vida breve. La pareja es lo que hubo antes tal como me enseñaron, dejando abiertos corredores de desinterés donde a veces uno termina quedándose solo; debí ser convincente en mi relato.

-Es una bella historia, dijo ella cuando bebí el vino dando por terminado mi cuento. Como con toda situación, depende de una serie de resoluciones.

-Debería escribir un libro de autoayuda, si fuera así de sencilla la vida… la única excusa que manejo es la de la escritura, para las restantes emociones humanas me volví más cínico y su vino se adecua a las circunstancias.

-Es joven todavía para hacerlo por entero, aunque el cinismo se le nota demasiado y me alegro por el vino.

-Es posible, hoy estoy con defensas bajas. La lluvia acaso y puedo admitir lo que sea dicho en mi contra: estaba comentando hace un rato algo sobre la cuestión inmobiliaria en la Avenida Albo.

-Es una calle que tiene la extraña condición de recordar un puente, comparada con las grandes avenidas que la rodean es breve, elegante por tramos. Une el inmenso parque donde se ocultan mansiones espléndidas con barrios populares; en una de las cabeceras del puente sin río había una confitería cuyo nombre evocaba un viento. El Siroco.

-El instituto Crandon y su verde inglés.

-Cierto, es el único sitio de la ciudad donde hay algo notorio de la pérfida Albión.

-Está el Templo Inglés y el cementerio de los ingleses cerca de la costa.

-Por favor, no se ponga fúnebre. Allí cerca había también aquel inmenso colegio de monjas, una fortaleza de la moral y la educación cristiana.

-La casa Mera también, dije.

-Cuando empezamos a acordarnos de las pizzerías algo en el selector de la memoria funciona mal. Ahí en la zona el bar era el Siroco, mientras estuve en Montevideo siempre íbamos al Siroco, todas las tardes, a tomar el té o algo fuerte, observar a otras parejas.

-Un caballero con todas las de la ley.

-Primer secreto entre caballeros, se trataba de una señora. Después tuve una vida socialmente correcta con nietos, pero la razón para ir a Montevideo era una señora.

-Caramba, dije.

-Si, caramba fue lo que ella dijo cuando nos conocimos en París hace casi medio siglo, es decir en otra ciudad de la que París sólo guarda el nombre. Era una joven poetisa uruguaya fuera de toda sospecha sáfica para las moralidades reinantes, con cierta aureola de implacable devoradora de hombres. Una historia de primavera parisina y continuidad en el invierno de Montevideo, combinación poco favorable para preservar un romance. Mi querida no los devoraba a los hombres, los seducía por el juego, era joven, inteligente y perversa. Le agradaba lo raro, la removía aquello que fuera extravagante, estudiante púber con tendencias incestuosas, homosexual catequizado a quien desconcentrar aunque fuera la brevedad de un week end, una diseñadora francesa. Casos así eran su debilidad, ella cercaba a todos los que hubiéramos podido ser poetas sin saberlo y nos vampirizaba. Algo que yo podía decirle en un entreacto del Teatro Solís, en el Siroco o en la cama, podía transformarse en el final rotundo de un poema de amor dedicado a un hombre de la sociedad literaria. Sabe a lo que me refiero, eran historias de amor las que ella vivía, asegurándose un botín de guerra consistente en extraer la médula poética de sus amantes ocasionales. Le cuento esto como ardiente prólogo, los episodios que justifican nuestra entrevista tienen referencia entre sí, forman parte de la comedia mayor. Cuando entendí su procedimiento y la manera de funcionar, llegado el momento en que lo otro, el deseo furioso de posesión vicaria podía más que la pasión y la ternura, me apropié de un modesto botín de batalla. La inexperiencia y la prisa desordenada hicieron que me llevara del departamento de la Avenida Albo un cuaderno equivocado, deseaba alzarme con un manuscrito de mi amante orgullosa e incauté algo distinto… era esto.

La mujer de la mirada clara puso sobre la mesa un cuaderno con aspecto de libro del que tiraron un único ejemplar. Se trataba de un cuaderno veneciano dignificado por el pasar del tiempo, la tapa estaba cubierta por esas vetas moteadas de colores evocando los vinos rojos finos, custodiando un sitio donde alguien debería escribir párrafos dignos de vencer el olvido.

Será porque trabajé en una librería de viejo, un instinto de lector avisó que se trataba de una pieza interesante y quizá valiosa. Ante la irrupción de ese objeto irrepetible en el transcurrir de mi vida, debía retener la ansiedad por precipitarme por hojear el contenido.

-Vamos, ábralo, dijo ella. Sería una tontería resistirse por el qué dirán.

Así lo hice, en cuanto lo abrí en la primera hoja manuscrita que topé yo leí Hommage à Horacio Quiroga y más abajo tres iniciales de un nombre desconocido: JPM. Luego, tapizado por una escritura de redacción precisa, pareja e inquietante de color ocre, se desplegaba un cuaderno redactado en francés que cambiaría mi rutina los próximos meses, haciendo que 1997 se volviera otro año inolvidable.

-Hace años que ese cuaderno me acompaña, dijo ella melancólica como si fuera una despedida, el segundo movimiento de la sonata 26 Les Adieux. Antes de hablar de lo que contiene el cuaderno, quiero responder a sus dos preguntas sin formular. Nunca sabré e ignoro la razón verdadera que me lleva a entregárselo, porque lo estoy entregando para que se lo lleve. Es probable que esta misma noche despierte arrepentida y tampoco conozco la causa para que suceda ahora. Cuando llegó al restaurante no pensaba dárselo y ahora creo que lo decidí hace tiempo; debía haber algo involuntario en su prólogo parecido a los jardincitos de la Avenida Albo, la memoria que este año se cumplen sesenta años de la muerte de Quiroga… quizá el cuaderno busque ser una larga carta otoñal de amor persistente a mi vieja amiga, confiando que cuando ella lea que salió este libro publicado en Montevideo, recuerde nuestro invierno de la Avenida Albo, el viento sur pegando contra los ventanales del Siroco, se arrepienta de haberme dejado marchar por cobardía y egoísmo. Estos gestos de apariencia imperial, como la entrega desinteresada de un manuscrito, tienen motivaciones mezquinas y le exijo que nunca comente los pormenores de nuestra entrevista.

-Tiene mi palabra, se lo prometo.

-Gracias, le advierto que estaré atenta a la manera que decida para pasar este sortilegio personal por el circuito editorial.

-Mi poder al respecto es limitado, diría que inexistente; haré lo posible… ahora mismo se me ocurren cien preguntas.

-Sucede que se acabaron las respuestas.

-Usted impone que confíe en su palabra, falta conocer el valor literario que tiene el manuscrito y saber quién se esconde detrás de las letras JPM.

-Ah si… el enigma de las letras. ¿Le gusta el sake?

-Después de otra botella de vino.

Supongo que estaríamos bajo escucha vigilada con micrófonos en la mesa, pues sin que mediara señal alguna la primera de las ancianas chinas llegó con otra botella del mismo vino. Sucedían allí cosas escapando a mi entendimiento. ¿Qué ciudad habría afuera cuando saliera del restaurante? ¿Cómo haría para llegar a casa si fallaba la máquina del tiempo? ¿Qué sería de mi trabajo sobre La vida breve?

-Hace años le escribí a mi amiga sobre el enigma de las tres letras, ella fue breve y áspera en su respuesta, los años le agriaron el carácter. Tenga, lea, le llevará apenas un par de minutos.

«Querida:

             consultas por el cuaderno hurtado… es una larga historia, un amor que roba a otro. Pocos días después que Quiroga muriera llegó a Uruguay, desde el sur de Francia, un joven hermoso y emprendedor. Vino con dos misiones editoriales, conectar a un poeta argentino de la vanguardia literaria y encerrarse un tiempo para traducir la obra publicada de Horacio Quiroga al francés. El extranjero se instaló en la ciudad de Colonia, para estar en un lugar tranquilo equidistante del espacio y el tiempo, un mirador al resguardo de celos y envidias. Comentan que se enamoró de alguien y apasionadamente; ahí vivió como un desterrado del Río de la Plata, dicen que tradujo una enormidad, pero una extraña enfermedad comenzó a degradarlo al punto que renunció al proyecto de una vida.

Tú bien sabes cómo fui siempre, apenas enterada de la existencia de ese espécimen quise conocerlo, me lo propuse y lo logré. Llegamos a ser buenos amigos, aunque conociéndote supongo que desconfiarás de mi sinceridad. El francés renunció a finalizar la traducción de nuestro Horacio, por otra parte bastante avanzada, pero urdió en contrapunto una suerte de curioso homenaje al suicida escrito en un cuaderno que me encomendó. El mismo cuaderno que fuera robado en nuestro último encuentro que se supuso amigable; ya verás qué puedes hacer con ese huérfano literario… esos textos son como si nunca hubieran existido.

Pretendió ser el primer traductor de la obra integral de Quiroga al francés y renunció al proyecto después de una fogata. Quizá se convirtió a la condenación de la leyenda, aunque supongo que la verdadera maldición en literatura es la de ser uruguayo. Me enteré de que eres abuela, te felicito. Te quiero aunque nunca entiendas.

Tuya … «

La firma final de la carta era fácil de leer, recuerdo que quedé de una sola pieza y no por sentimientos manejados en la misiva, menos por la persistencia de cierta pasión odio perceptible a pesar del pasaje implacable de los años, sino por el nombre involucrado. Lo tuve que releer, necesité leerlo varias veces y convencerme de que lo vivido hasta ahora no dejaba respiración para una broma.

-Si, el nombre es correcto.

-Esta carta en manos inapropiadas desataría un escándalo.

-Eso nunca sucederá, dijo ella.

Tomó la carta entre sus dedos, sin esquivarme la mirada la rompió en dos pedazos, en cuatro, en ocho y los dejó caer sobre los restos del pato laqueado. Mejor así, nadie lo creería si intentara contarlo y aunque vieran la carta nadie en Montevideo estaría dispuesto a asociar ese nombre al episodio. Sólo quedaba como prueba de nada el cuaderno veneciano de la impecable escritura obsesiva.

– ¿Qué contiene el cuaderno?, le pregunté a la mujer de la mirada clara sin hacer referencia a la carta destruida.

-Difícil de decir… aparentan ser cuentos siendo otra materia escrita, hay novelas abortadas y relatos con enigma, por momentos semejan historias dictadas bajo hipnotismo, reflejos de pesadillas, trascripción de un estado cataléptico. Un caos de varios estilos que necesita ser ordenado para entenderlo, no es lo que a mí me agrada leer, algunas páginas del cuaderno me llevaron al pánico; jamás lo pudo escribir un francés ni con cincuenta años viviendo en Uruguay, eso es lo horrible. Por momentos parece la traducción de textos de Quiroga pero las fechas enloquecen la hipótesis, hay referencias a episodios sucedidos después que Quiroga murió, al menos que aceptemos la tesis de los espíritus errantes. Está la unificación de la escritura, autores distintos que utilizaron una misma mano.

-Disculpe… lo que usted avanza son lugares comunes y puede que se trate de un simple epígono del salteño, otro mal imitador. La traducción puede ser una actividad peligrosa cuando lleva a una identificación inesperada.

-Está en las vísperas de comprobarlo. Primero léalo, después intente traducirlo al español.

-A usted lo único que le importa es que se publique, redondear su venganza sentimental de la Avenida Albo.

-Voilà… para eso lo necesito y debo dejarle la oportunidad de traducir.

-Nunca traduje un libro en su totalidad.

-Es un buen momento para intentarlo.

-Sucede que estoy ocupado en otros proyectos de escritura.

-Si así están las cosas, ahora mismo puedo restituir el cuaderno a la cartera.

-Tampoco es para tanto, dije tratando de detener la catástrofe. Después de leída la carta creo estar en una situación que supera mis capacidades, empezando por el entendimiento.

-Es probable y esto debe resolverse hoy.

– ¿Tiene más cartas por el estilo en su poder?

-Si usted traduce el cuaderno y consigue publicar el resultado en los meses venideros, podemos pactar otro encuentro para el próximo invierno. Sobre la literatura rioplatense hay infinitos secretos guardados en cajones.

-Usted será mi garganta profunda.

-La de Watergate, supongo.

-Claro y me delega la responsabilidad de una ardua tarea.

-No sea insulso y recuerde la vida complicada de esos hombres.

-Traslúcido como razonamiento.

-Hay que despedirse entonces. Se hizo tarde, confieso que parto sin dejarle gran cosa, un cuaderno con materiales mudables, la obligación de creerme para seguir adelante, trabajo y compromiso por un pacto de vacilantes promesas.

-El tiempo lo dirá. Es curioso y perdone, creo estar frente a una mujer viviendo en el pasado.

– ¿Hubiera preferido que llevara puesta una camiseta Calvin Klein y lo citara en un Ted Mex? Usted confunde ignorancia con prescindencia, estamos metidos en la resistencia, puedo imaginarme el universo sin la trilogía de Lucas o los desnudos de Madonna… vaya… usted conoce el camino. Le dejo un número telefónico ilusorio y aquí le negarán mi presencia una tarde lluviosa. Todo depende del fin del año, el próximo invierno acaso lo vuelva a llamar para otra carta o una fotografía tomada en Tarbes.

La mujer de la mirada clara, que tal vez volviera a encontrar en otra oportunidad cuando ella quisiera se estaba despidiendo. Me levanté despacio.

-Gracias por el fuego -dije señalando el cuaderno- y por lo otro.

-Nunca olvide que ese cuaderno se lo dieron y eso que hay ahí es la escritura de otro.

-Hasta dentro de un año, señora.

-De usted depende.

A la salida del reservado del restaurante las viejas chinas, idénticas como dos gotas de absenta, aguardaban con mi impermeable y una bolsita de plástico donde coloqué el cuaderno veneciano que fuera de la mujer de la mirada clara desde la tardecita que lo robó. Afuera era noche cerrada, consulté el reloj y vi que se quedó sin pilas; podían ser las ocho o las tres de la mañana. La ciudad estaba sumergida en la negrura de la noche, el bar del mosquetero jubilado y el negro musulmán turfista estaba cerrado, el único punto de referencia era la indicación de la boca del Metro.

¿Llovía? Lo olvidé, puede contarse que retrocedí el laberinto de corredores vacíos llevando hasta el apartamento en la rue du Commandant Mouchotte. Los metros tardaban mucho en pasar y el tiempo era sin imporatancia, hojeaba el cuaderno sin decidirme a leerlo, para eso tendría la noche; era cierto que el encuentro con ciertas mujeres cambia parte de la vida.

Habiendo descubierto un tiempo necesario como oxígeno puro para escribir mis cosas, tenía ahora tareas de reproducción y salvamento de la escritura de un tal JPM. Me enfrascaba en los subterráneos de la traducción y luego en la más ímproba tarea de hallar alguien que se lanzara en la aventura de editarlo, las pérdidas deben repartirse entre los amigos pero tampoco hay que abusar. Desde esa primera noche comenzaron tres meses de sonambulismo, insomnio, cotejo con diccionarios y enfrentamiento con el caos en otra lengua que debía trasladar a la nuestra. El desorden era como si JPM hubiera escrito el libro que a mí me gustaría escribir sin que nunca hubiera logrado hacerlo; una situación incómoda, no tanto por la cuestión de estilo –en la traducción debí llevar agua para mi molino- sino lo aleatorio de la construcción, producto de una mente de escritor que en la praxis funcionaba de manera diferente. Cotejado a un oficio distinto al mío de enseñar, fue esa una operación extraña de traducción y la mujer de la mirada clara tenía razón; suponía encontrar una sucesión de elogios a Quiroga, esbozos biográficos sobre aspectos desconocidos de su vida, algún método francés que explicara las razones de la persistencia de Quiroga.

JPM quiso trasmitir que lo único importante es la lectura, que un gran escritor es el que incita a dar el paso, como si JPM en lugar de traducir las obras de Quiroga se hubiera decidido a vivirlas, viejo método ensayado con resultados inciertos. Vivirlas quería decir escribirlas, esa era la justificación de su vida, la objetividad escrita de un fracaso; acaso alguien pueda entender su concepto trastocado de la selva, la idea de admitir un libro inacabado y tampoco era un esbozo comenzado. De Horacio Quiroga recordamos aspectos puntuales de su vida y un conjunto de cuentos, JPM pretendió redactar los intervalos de olvido entre lectores, escribir la memoria herida, el recuerdo de aquella escena de aquel cuento, sin casi nombrar a Quiroga el salteño habita cada frase del cuaderno como modelo de situaciones. Lo anterior es una materia textual que me hubiera gustado escribir con mis propias manos, tengo una cita con la mujer de mirada clara prevista para el invierno, me consta que posee secretos a los que quiero acceder a como dé lugar, siento que el trabajo impuesto es pago de una deuda y regresaré a mis papeles, temeroso que luego de la traducción pueda llegar a escribir algo correcto.

Lo curioso es que JPM –lo advertí cuando el trabajo estaba terminado- son las iniciales de mi padre. ¿Quién dicta la resolución de terminar los libros? Hace muchos años mi padre y yo nos parábamos en la esquina de 8 de Octubre y Garibaldi, los sábados alternados y los domingos veníamos de ver jugar a Peñarol. Esa complicidad nos acercó, era allí en esas circunstancias que hablar de fútbol tenía sentido, en la esquina donde estaba el bar Siroco. Saliendo de la tribuna Olímpica del Estadio Centenario, subiendo por Garibaldi unas tardes y otras por Manuel Albo buscando 8 de Octubre, siempre charlábamos del partido. Una vez llegados a la esquina yo miraba a lo lejos el verdor del Parque de los Aliados, el final de la Avenida Albo, odioso nombre para un peñarolense y guardaba unos minutos para concentrarme en la entrada misteriosa del restaurante Hong Kong.

Quiero creer que fue una de esas tardes, melancólica porque Peñarol apenas había empatado con Danubio, cuando yo ignoraba que mi padre era mortal y creía que el Hong Kong era un restaurante reservado para los chinos que este libro comenzó a escribirse luego de traducido. Podría asegurar que vi a una mujer de mirada clara sentada junto a los ventanales del Siroco, mientras papá buscaba consolarme por el punto perdido en la cancha de manera tan tonta en los minutos finales del partido.

-Hoy el cuadro anduvo a la deriva, dice mi padre.

– ¿Papá, qué es andar a la deriva?, le pregunto.

Era tarde, el sol distante del invierno se escapaba en picada hacia el ocaso detrás de los edificios. Ordenadas por el dragón habitando nuestro apellido, de pronto se encendieron las lamparitas del luminoso del restaurante Hong Kong, apareciendo ante mi imaginación infantil lindísimos farolitos de papel, mariposas multicolores de la noche surgiendo de una barca imperial guardada por guerreros inmortales, cargada de lujosos presentes, deslizándose río abajo por el cause incierto de la memoria. Aprieto entonces la mano grande de JPM y él sabe que yo también lo quiero mucho.