Hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar

Estimado Sr. Ángel R. Moner:

Así que tenía que ser usted quien al final me diera caza como si yo fuera un criminal de guerra, el responsable de un campo de concentración nazi escondido del mundo sediento de justicia. Al leer sus crónicas periódicas sobre asuntos literarios pude intuir una tendencia a retornar seguido sobre viejas historias sepultadas, usted tiene una curiosa obsesión -poco uruguaya- por la precisión en las informaciones, cierta inclinación por vericuetos molestos de la verdad, virtudes propias de los hombres jóvenes. Compruebo ahora para mi sorpresa, que su celo un tanto necrológico lo desplazó al mundo de los testigos sobrevivientes; claro que puedo considerarme un hombre vivo apenas unos pocos minutos al día, lo que es un milagro casi, síntoma anormal de la medicina e inesperada suerte para usted. El resto del día (descontando los minutos de tregua referidos) soy un vegetal, otro organismo sin cuerpo, entidad desagradable en descomposición que, en paradojal corolario de otro extraño mecanismo biológico se resiste a morir del todo. Esa es la principal razón por la cual le rechazo la entrevista solicitada hace algunos días, por más que insista y lo hago con convicción que debería ser aceptada a cómo de lugar.

Así que fue usted quien finalmente resolvió el enigma… pensar que por sesenta años pude escapar a rastreadores de gran pericia, sabuesos calificados de los cuales durante años sentí cercana la respiración. Nunca se manifestaron de manera concreta, más de una vez cuando parecía inminente la iluminación, por desaliento o falta de perseverancia terminaban conformándose con la duda, proponían una salida falsificada que creían ingeniosa y seguían adelante con otros asuntos. Nadie se interesa demasiado por los comparsas de la literatura, actores secundarios del sainete, casi nadie exceptuándolo a usted. Debo admitir que irrumpió con mesurada ferocidad en mi vida retirada y desde la primera carta con desmesurada soberbia, su reconocido temor al ridículo me hizo suponer -con la razón que luego me dieron los hechos- que lo leyó todo sobre el episodio expedicionario que perturbaba su sueño. Agotando chismes de memoriosos, pasquines irrespetuosos, aprovechando a destajo su reciente círculo de conocidos, accediendo a fuentes porteñas con la insolencia y desparpajo sólo esperable de algunos orientales; actitud esta última no justificada por la historia presente, sino por la vago reminiscencia de escaramuzas y montoneras libertarias. El suyo Moner es un país que ha vivido abusando de réditos sobre cuadros de Blanes y novelas de Acevedo Díaz, de aquellos treinta y tres bravos desembarcados tan citados en los colegios. Pensaban sembrar otro país que el que tienen ahora, pero esas consideraciones municipales podemos dejarlas para otra carta que dudo me decida a escribir y volvamos pues a su iniciativa.

Asumiendo esa insolencia que suministra el poder de información ni siquiera insinuaba, tampoco preguntaba buscando algún atajo, usted aseguraba que estuve allí y pedía -exigía más bien- un testimonio de confirmación, claro está que para mayor gloria anónima de la desinteresada exégesis literaria… Sin conocerlo ni intentar relacionarme terminé por tomarle fobia, usted había detectado un agujero negro denso en las informaciones dispersas. Por una serie de deducciones que honran su olfato y cuestionan su ética, finalizó por asociarme con aquella situación de duelo encubriendo otra circunstancia secreta, la que debería quedar en la intimidad del silencio y para la cual el aura de la palabra traición es buen antídoto. Decidí no responderle; como le decía párrafos atrás, los desarreglos de mi cuerpo que me van convirtiendo en un ser monstruoso, inconcebible en mis peores pesadillas, impiden cualquier contacto con el mundo al que terminé odiando. Sólo soporto alguna música mientras aguardo los minutos de pensar en cosas y que pueden llegar en cualquier momento de la noche. Los primeros días pude desentenderme de sus fórmulas finales de cortesía, la carta terminó siendo un motivo constante de ofuscación, objeto que en su aparente levedad vegetal contenía el desprecio de la realidad exterior.

La leí durante una semana hasta que logré memorizarla, hacerla parte mía para confiscarle su condición de objeto hostil. Luego me di al ejercicio de repetirla en voz alta y como usted era para mí una acechanza sin aspecto humana, le atribuí las voces que se me antojó. Sus palabras salían de la garganta de Roberto, de Humberto, de Federico e incluso de la voz notarial de Macedonio. Le aseguro que fue un privilegio someter su atrevimiento a semejante coro, de esa manera hice conocer sus exigencias a mis amigos, fantasmas sorprendidos a su vez pues ninguno tenía conocimiento de mi aventura. Las sombra de los muertos, únicos personajes con quienes dialogo, entonces se marchaban como tantas noches sin hacer comentario alguno. Una vez que les narraba la historia optaban por la discreción, todos menos Roberto, imagínese. Recuerdo que lo crucé en uno de los períodos de patotero caprichoso, que para él consistían en hacerse el malevo metafísico, apurar pingos gramaticales hasta alcanzar el galope. Roberto dijo, «nos cagaste a todos con esa foto, tus razones tendrás para haberte borrado y quedarte piola. Como joda era poca cosa y me importa un carajo. El tipo que te dio el manyamiento te conoce bien. Ojito botija, eso que adelanta de los datos es puro grupo. Aquí hay gato encerrado, alguien muy de adentro te batió y vas a entrar en la ratonera como un pipiolo». Después de escucharlo releí la carta y Roberto tenía razón, las deducciones suyas si bien acercaban la información, eran insuficientes para que llegara hasta mi refugio llevado de la mano, guiado por un informante. Ello era evidente, me costó un mes largo pensar y repensar la búsqueda de la falla, el conducto por el cual circuló la verdad protegida.

A pesar de sentirme acorralado tenía algunas ideas. Ha pasado demasiado tiempo, mi cuerpo se aleja cada día más de la condición humana y la memoria se apaga debilitándose. Decidí hablar con el único médico que resiste conversar conmigo en una habitación oscura, el tiempo que me queda es breve y sería una ironía decir que es de vida, más bien la persistencia de funciones que siguen adelante porque están confundidas. Fue entonces que decidí honrarlo con la confesión que tanto esperaba, al precio de obtener antes la suya, la solución al enigma de haberme encontrado. De ahí la razón de mi carta anterior donde proponía un contrato, pacto impregnado de cierta malignidad. Confirmaba haber estado en el barco cuando aquel viaje para incentivarle el interés, que lo supongo de una inusitada codicia, prometí adelantarle detalles, en verdad conjeturas más que comprobación de hechos, a cambio de la sola información que me intriga en el tramo final de mi disolución: saber cómo logró ubicarme en los andurriales de Colonia del Sacramento donde persisto hace casi un siglo. Usted lo entendió, era eso o nada.

El viejo no estaba solo y le adjunto una fotografía inédita (debilidad y testimonio único de mi pasaje por esta broma que es el universo consciente) que lo llevará a la gloria de los hermeneutas del pago, aunque lo adivino más proclive a las certezas secretas que a glorias pomposas de otros eruditos compatriotas suyos. La literatura es la única actividad humana que tiene dos historias legítimas y la mayoría de los lectores se dan por satisfechos con la versión visible, si usted me permite la imagen. Del grupo que aparece en la fotografía, el desconocido que nada le dice a su fichero mnemotécnico, del que siempre se escribe en revistas y reportajes «hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar» soy yo. Puede suponer quién tomó la instantánea, alguien diferente al del mentado desembarco. Desde aquí logré adivinar sus luchas de conciencia al verse confrontado a resquemores de investigador honesto, justificarse por verse obligado a una pequeña traición y se habrá convencido que el objetivo superior de la tarea lo merecía. Yo sabría al instante si la información que usted ponía sobre la mesa era verdadera; de pasar por mí una mínima sombra de sospecha, el perfume tóxico de pretender mentirme en un solo detalle aunque fuera, lo castigaría con la muerte prematura, la pena para el resto de su vida de nunca corroborar su suposición.

Llegó veinte años tarde a esta historia, la manera, el estilo con que respondió a mi carta de desafío me dieron deseos de conocerlo aunque fuera de lejos o conocerlo al fin. Recuerde que pese a nuestra diferencia de edad y conocimiento de la condición humana. estamos a pocos kilómetros de distancia uno del otro, después de todo Colonia y Melo parecen ciudades de países distintos, como Salto y Rocha, Trinidad y Tacuarembó. Es extraño este país suyo, es un enigma geográfico sin pistas de resolución, como si el destino del territorio estuviera revestido en el tajo Heráclito del río Negro atravesándolo de parte a parte, muesca sin cicatriz del sable de la historia, condenándolo a nunca más juntar las partes. Ningún otro país tiene en la tierra tamaña marca de la duplicidad. ¿Qué dos partes separa ese río horizontal amigo Moner? Dos elementos espejados que nunca harán un todo. Al comienzo lo de Melo, lo de usted escribiéndome cartas desde Melo era una situación inconcebible y perdone, hasta una broma viniendo desde allá. Mucha montonera recordada en mateadas me imagino, caudillaje blanco con pañuelo, nacionalismo de vitrina cambalachera, descendientes de prohombres que dan bochorno, mucho chanchullo en negociado ilegal, demasiado milico codicioso para que esa ciudad pudiera custodiar durante decenios un enigma que me implicara. La información venía desde otras regiones, sabiéndolo viviendo en Melo descartaba su espíritu emprendedor y viajero, con algo de esfuerzo poético me lo podía imaginar bebiendo cerveza en la Plaza Real de Madrid una noche tranquila. Nunca lo creí dispuesto a internarse en el Brasil enmarañado, pero al final y ganó con ello varios puntos de estima, resultó una suerte de Gumersindo Saravia de la crítica literaria. Es apenas una imagen tosca, olvide las ilusiones… dejamos de ser la Cisplatina y en las contraofensivas por más que lleguemos a las puertas de San Pablo, estamos condenados a recular. El éxodo es lo que nos define, forzados a emprender dolorosas retiradas y estoy hablando como uno de ustedes.

La escritura de sus compatriotas fue una literatura de fuga. su mentalidad imaginativa es adecuada para la defensiva, la estrategia de ataque la llevan mal y ahí está la realidad para probarlo en caso de intentar desmentirme. Eso fue el detalle revelador; una joven mujer enamorada que nunca entendió mi situación sentimental y corporal en el mundo. A ello se agregan dos o tres cartas que nunca debí escribir, buscando justificar con mentiras mi lento desinterés por su hermosura mestiza y ella que las guarda en algún cajón sin ninguna razón, negando abandono y separación. Cartas que sin quererlo pasan de generación en generación, como reliquias de santo venerando el amor malogrado de la abuela… si hasta parece una mala saga, lo mismo que decir una buena novela en nuestros días. Dudo en calificar el episodio central de su iluminación entre ridículo y patético, termino por inclinarme ante las causas nimias que pueden incidir en las decisiones de la gente, esas pocas palabras cambiando el ritmo de una vida, son poemas terribles dichos sin ninguna intención precisa. Allí asoma el interés de la muchachita brasilera por estudiar aspectos de la literatura uruguaya, lo que dice mucho de sus modestísimas ambiciones e ignorancia de estar participando en el azar.

Usted que llega a esa inconcebible universidad funcionando en los límites de la selva, ella que se acerca luego del primer curso y usted que escucha con desidia las primeras palabras de la tímida muchachita, hasta que ella habla de cartas viejas que tiene en su poder, recuerdos de familia… Y ahí la epifanía, ese es el momento, apenas ella pronunció la palabra cartas, antes que terminara la frase que incluía la palabra cartas, usted decidió que haría lo que fuera para encontrarse con esos papeles. Es lo que imagino leyendo su epístola con aires de informe, las imágenes que se resuelven por debajo de las palabras suyas. La técnica utilizada para el logro de sus propósitos la omite y es mejor así, nunca hay que perder el tiempo en el agobiante asunto de medios y objetivos, las miserias de los avances de la crítica literaria deben quedar en los umbrales de la decencia. Me lo imagino como un père Goriot de treinta años, lo intuyo cuando a los pocos días del primer encuentro con la muchacha quedó por fin a solas con esos inesperados documentos, botín precioso de su gira al corazón de América. Descarto la avaricia de su comportamiento, puedo conjeturar la maquinaria cerebral marchando a gran velocidad, buscando confirmaciones, husmeando ignorancias, descartando lo sabido, desconfiando lo oculto, rabiando ante lo visto, disfrutando por el encuentro casual del secreto. Lo mismo me ocurre a mí en esta hora que la lenta muerte me concede cada día, hacerme saber que la fetidez que me define tuvo un pasado y tal vez me hubiera comportado igual ante esa revelación mostrando el atajo al misterio.

Las fechas coincidían a la perfección sobre el tablero, la zona geográfica especulada se ajustaba a presunciones del territorio donde se desarrolló la historia y el nombre implicado era desconocido. Fue por ello y descarto la prudencia que usted demoró unas semanas en escribirme. Con una simple llamada telefónica podía haberlo resuelto, como si fuera una consulta al farmacéutico; me convertí en presa codiciada, cachalote blanco que una vez embarcado usted no deseaba compartir con nadie. De ahí el precipitado viaje que emprendió a Buenos Aires antes de escribirme la primera vez, supongo que habrá sido una enorme fatiga consultar -nuevamente- la totalidad del material dando cuenta del episodio decisivo, con el propósito de hallar un solo nombre o iniciales que lo pusieran sobre la buena pista.

Como se lo escribí, por aquel entonces yo no era nadie ni creo que hubiera podido ser algo de haber insistido en la escritura. El urgente acicate propia de la juventud me llevó a publicar el único poema que usted exhumó, una suerte de falso soneto vanguardista que bien estaba momificado en la antología del olvido. Tentación a la que se sumó el atrevimiento que habita a los mediocres y me llevaron a propiciar un acercamiento discreto a nuestros conocidos. Después de haber cruzado el río, luego de encontrar el enigma me obstiné en el anonimato. La sucesión de tragedias personales y desgracias colectivas de nuestros pueblos, la desmesura de contadas producciones literarias y un silencio persistente urdieron una muerte prematura. Haciendo dudar a los pocos personajes que frecuenté en mi brevísimo pasaje por las letras, si yo había existido de este lado de la ficción o era personaje inventado, simple referencia en un cuento. Instalado para siempre en ese limbo nadie se preocupó por comprobar el espesor de mi existencia, en algún pueblo perdido de la provincia de Entre Ríos, cuyo nombre es oportuno olvidar, debe estar el original de mi partida de nacimiento. Ni lo intente eso de marchar al norte para buscarla, le llevaría la vida que le falta encontrar el documento que me recuerda bajo otro apellido; en cuanto al certificado que prueba la realidad de mi muerte tan cercana es algo que tampoco le incumbe. El resto, digamos la curiosa secuencia de unos pocos días decisivos del pasado se la voy a detallar pues seguro quedará como algo velado entre nosotros. Estoy convencido de que cuanto más sepa del episodio, menos se atreverá a hacer públicos los detalles y para ello deberían cambiar demasiadas cosas en el mundo.

Créame, resulta difícil tentar con la memoria un viaje al pasado teniendo luego que escribir sobre una travesía en la que, aun estando se supone mi ausencia. La verdad es que no debería haber estado embarcado, me colé siguiendo a un poeta y juzgando que en esa circunstancia de solemnidad, nadie me interpelaría exigiendo papeles de identidad ni billete de embarque. Lo hice eso de jugar al polizón, porque un presentimiento me hizo saber que se trataba de un evento capital el que estaba ocurriendo, con aureola aventurera y romántica crepuscular destinada a perderse para siempre en el tumulto de los aciagos tiempos que venían. La muerte de Quiroga, el suicidio impregnado de intensos olores de hospital logró igual que un disparo de escopeta a boca de jarro, sacudir las más variadas formas de conciencia; desde el dolor sincero ante el gesto brutal a la diatriba rencorosa, desde la lástima llana a la sorda alegría inconfesable. Esos tragos finales amargos del atormentado escritor, pudieron tender el puente uniendo unos últimos días de miseria y anonimato a la falta colectiva, la urgida actualización de recuerdos personales relacionados con Quiroga. Conciencia pública de la ausencia atroz que se manifestó de manera sorprendente e inesperada para el ambiente cosmopolita del carnaval porteño, como si sólo los complejos rituales de la muerte corrompida pudieran lograr la movilización de las masas y el destino de Buenos Aires fuera llevar en andas muertos ilustres hasta el panteón acartonado de la fama.

El hombre delgado que vivió cercado por todos los fuegos era aquel día un montoncito de ceniza, monte de hombre áspero hecho carbón, el cuerpo que amó a las muchachas tiernas estaba reducido a escoria enamorada, quien rechazó la idea de honores estaba allí, polvillo ceniciento, llevado por una comitiva heterogénea y carácter imposible de justificar, cuya única razón circunstancial de existir estaba en la literatura. Aquél que remontó afluentes contracorriente y alucinados a sus inquietos personajes, cruzaba por última vez el Río de la Plata, las aguas que recibían los residuos de la selva, la correntada que –vaya uno a saber las razones profundas- él amó hasta la extenuación. Regresar así a la patria y a la hipocresía que despiertan al morir los hombres molestos, tenía algo de reparadora venganza. Esas sutilezas a usted no deben importarle, lo que le interesa es que allí estaban los que dice y estaba yo. Cada uno de los presentes tenía motivos para justificar la presencia, desde la viva admiración hasta la lástima sin descartar cierta neblina de la vida vicaria. Quiroga vivió la vida de aventurero que sueña todo hombre que escribe, otros seguirían con soterrada envidia el enigma de su atractivo entre las mujeres, algunos acompañaban atraídos por el temeroso respeto a los abismos del suicidio, los menos viendo en él la reencarnación del abuelo Juan Facundo y Horacio sería la fuerza degolladora del escritor de la barbarie, cronista de tierras carnívoras que nos impidieron crecer en la planicie de la civilización. Los habría llamados por la renovada confirmación que los afanes humanos, el cúmulo de empresas cualquiera sea su originalidad, terminan de esa manera y sólo sobreviven los textos, la trama de historias como la que nos puso en contacto.

Debo reconocerlo, su celo e insistencia lograron que luego de setenta años el barco se desprenda de la dársena de Buenos Aires, un viaje breve hasta el puerto de Colonia y que tiene la apariencia de la eternidad. Un río que por momentos es el Océano Indico y parte de mares más detestables; había algo de ceremonia sajona en eso de sentir alejarse el drakar de costas argentinas, el retornar el ser de las cosas a su lugar de origen luego de la muerte, como si la vida fuera travesía autorizada por los dioses. El homenaje de repatriación en algunos claros tenía trazos grotescos y pareció que ciertos viajeros se interrogaban sobre el motivo de mi presencia en la ceremonia. Tratándose de Horacio yo podía ser un hermano lejano, otro hijo natural aparecido a último momento, el conocido de alguien de los deudos cercanos. El barco era una nave funeraria y cuando los muelles de partida más la gente curiosa amontonada en el puerto empezaron a ser un recuerdo, me asaltó a mí el peso de la presencia invasora del río, el pavor de que pudiéramos morir allí mismo; lo previo pudo ser una broma de Quiroga, todo lo que ocurría y si es que las cenizas transportadas eran las suyas, no de un mensú quemado por error premeditado en un horno de ladrillos.

Desde hacía unos días cuando circuló la noticia del suicidio del uruguayo, el grupo cercano al muerto vivía el frenesí de las secuelas del gesto del amigo. Ese desarreglo que confunde cuando se trata de adecuar detalles contiguos ante la muerte, la compleja tarea de conciliar pensamiento ante la ausencia final del hombre salvaje, a lo que venía a ocurrir de escandaloso entre gente de buen gusto, el sentido del abrupto silencio para una playa lindando la literatura, observada con marcada condescendencia. En la resolución del suicidio Quiroga resultaba un pionero, como si el oriental hubiera restituido a la intelectualidad rioplatense el valor olvidado y la dimensión trágica de un gesto bárbaro por definitivo, al precio de sus propias tripas y en esa refutación de piedad al agua de Colonia restaurara la pertenencia cierta de la vida. Como si la cimarrona originalidad de envenenar lo que ya era un cuerpo sin salida, fuera deber de imaginación hasta el último suspiro, gesto de suprema coherencia; haciendo consigo la osadía que pudo destinar a cualquiera de sus personajes, envenenados por el alcohol, dragados por el rocío pegajoso de selva misionera y destilado de naranjas, por la ponzoña agazapada en colmillos retractiles del crótalo en digestión.

Estaban allí las conciencias trabajando, la brisa en cubierta, el imperio inmortal del oleaje enlutado y la correntada remolcando miserias de lejanos yerbatales arrullaban a delicados espíritus afectados; el río decía que el furor se daba tregua, la correntada estaba de duelo y la liturgia pomposa inevitable seguiría al tocar la otra orilla. «Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo –género obligatorio en el Uruguay-, cuando el tema es un uruguayo» escribió con implacable lucidez un conocido mío. Desde el barco se escuchaba el afilar de plumas laudatorias y la proclamación apremiante de actos de homenaje, lamentos diseminados en el itinerario de la ceniza. En ese tiempo de suspensión entre indignidad y infamia posterior a la muerte, el barco nuestro era la nave Argo mitológica construida con lapacho misionero, el ansiado vellocino de oro un cuero de capincho baleado en pajonales, las noticias cuentos terroríficos manteniendo despierta la atención de peregrinos, los animales fantásticos hormigas voraces y víboras dicharacheras acaso satisfechas, las sedas traficadas ponchos mugrientos y sudados.

Al Uruguay los héroes lo evitan, regresan después de muertos como terceto final de soneto quevediano, hay que morir lejos y téngalo presente, siempre del otro lado aunque sea cruzando la línea del Chuy, pero lejos. Sucedió que terminado el murmullo de la partida cada uno de los pasajeros se resignó a gestos habituales de un crucero cualquiera. Algunos haciendo valer la potencia del despiste preguntaron por las señas de la cafetería para ir a tomar un cortadito, otros sacaron cigarrillos del bolsillo como si estuvieran en un palco del hipódromo de San Isidro, en los minutos previos a la largada de la carrera reservada a potrancas de tres años. Los hubo que optaron por instalarse en un rincón donde acomodarse a leer distrayendo el tiempo que quedaba en suspenso, en un controlado desmayo generalizado éramos le bateau ivre del adolescente de Charleville en traducción salvaje, la misa del rito simbolista en la esclusa natural del universo conocido. Nuestro río es una grosería que desperdicia el tiempo que va a la mar del morir, en un mundo en guerra éramos un viaje mecido por el movimiento de un trío de Schubert o su Stábat Mater, una estampa melancólica de Trieste entre dos de algunas guerras. Las cenizas de Quiroga era la fuerza que nos transportaba, nuestro universo se impuso al suyo, su historia sería literaria pues los tiempos, la civilización imbuida de progreso y nuestras costas fluviales rioplatenses, hicieron de él un hombre del pasado. En apartes discretos recordábamos su presencia intangible, revisábamos las imágenes que en cada uno de nosotros dejó y era trabajoso considerarlo uno de los nuestros. La glorificación espontánea era la manera elegante de relegarlo al olvido e incorporarlo a paisajes lejanos de nuestra circunstancia, lanzábamos su recuerdo con orgulloso desdén a la infamia colonialista de Kipling y destinándolo a improbables paisajes orientales. Lo que se pretendía poner de manifiesto con esos gestos -canallescas metáforas de la literatura- era que si en nuestro mundillo de la NRF y Remy-Martin había la eternidad para la narrativa de Quiroga se la vedaba a su escritura.

Muchos de los personajes embarcados así lo entendieron viendo en su agonía brutal un signo decisivo de la mudanza del tiempo. Quiroga moría en la frontera con el apogeo de la posteridad y conviviendo con quienes estaban llamados a desplazarlo. El viaje, ese cruce de un río y en ese barco, en una vuelta de destierro convertido en cenizas, era alegoría de una terrible transferencia de poderes en los subterráneos de la literatura. La muerte de Quiroga fue el gesto de descarte elegido que daría lugar a otra manera de escribir cuentos, el maestro moría inmolándose para ser precursor, así suceden las ceremonias en la literatura aunque al común de los mortales le parezca inconcebible. El viaje hasta la otra orilla era escena, situación ineluctable para operar la casualidad, nadie sabrá cuál fue el momento mágico o el primero, yo puedo atestar cómo y por qué caen las cosas del otro lado. Le consta que en esa travesía había varios escritores y estaba embarcado el más grande entre ellos, que empezó a serlo en ese mismo año casualmente… Pero tranquilo, continúe leyendo esta carta sin impacientarse, tampoco le estoy pidiendo que crea en Dios ni se convierta, sino que pondere y admita el peso de las coincidencias, la potencia brumosa del diálogo secreto entre los textos. Algo sucedió durante ese viaje que nadie supo nunca, yo sé y lo contaré en los raros minutos de lucidez que me restan esta noche. Comprenderá así por qué esas leyes que le insinúo llegarán a la perfección mañana cuando yo muera. El secreto en cuestión es la única explicación de mi larga agonía y la escritura otro avatar manuscrito de suicidio.

Por razones que expliqué demasiadas veces, en mi lejana juventud prestaba atención especial a uno de los pasajeros del barco funerario, era un hombre interesante y cercano a la cuarentena, estaba en esa edad en que los hombres perdemos el atractivo de la juventud sin alcanzar todavía encantos de la madurez. Yo estaba por aquel entonces en la estación florida cuando alguien puede enamorarse de tres poemas de un libro, de la continuidad musical de dos endecasílabos; temo volverme enfático y es contraproducente para la situación presente, me conformaría con avanzar un atractivo, el deseo intenso de acercamiento y luego estaba dispuesto a dejarme llevar por cualquier camino que pudieran depararme las consecuencias. El grupo de conocidos que en la Aduana porteña era compacto, unido por la jalea de la muerte, al poco tiempo de navegación uniforme se confundió con el resto de los pasajeros, tomados por rehenes del dolor. El duelo a cada nudo que avanzábamos hacia nuestro destino se volvía de más en más asunto personal. Con interés y a contramano del espíritu flotante de la expedición me fui acercando al hombre que explicaba mi presencia, unos vagos encuentros anteriores podían justificar el inicio de una conversación. Había preparado una aproximación con varias posibilidades de apertura, incluyendo el halago, el azar, amistades comunes, una pequeña enciclopedia consultada. Fue así que nos dirigimos al bar del barco, el día de febrero estaba doblegado por el calor húmedo que volvía trivial toda vestimenta otra que la balnearia, en especial sacos oscuros, chalecos abotonados oprimiendo el pecho, sombreros opresores.

Decidimos sentarnos en el lugar desde donde podía verse la estela leonina dejada por el avance del navío, el vapor ponía más cuidado a lo dejado atrás por el ruido de la hélice que a la inminencia de la costa oriental que buscaba la proa. La explicación atropellada sobre la coartada de mi presencia en el viaje -una pobre ficción por supuesto- fue aceptada sin desconfianza ni emoción y yo pregunté a mi vez la razón del hombre. Siempre, me dijo él y creo que fue sincero hay que estar atento a un hombre extraño; luego confesó amar en secreto la brevedad de ofidio, la resolución violenta de ciertos cuentos y que el muerto no era indigno de la gran tradición. Había, agregó, la impronta que daba el Salto Oriental a contados varones y los años fatigando la vida en Misiones; recordó sin insistir demasiado un doloroso episodio de la juventud del muerto ocurrido en Montevideo, todo lo que a su parecer justificaba la recatada admiración. Dijo que había concentrado en su existencia episodios trágicos que podían hacer la vida de una generación de escritores, como si la humanidad pudiera concentrarse en un hombre palimpsesto. Quiroga bastaba para defender la curiosa hipótesis de una literatura uruguaya, había en él algo de Bartolomé Hidalgo elemental y lo que viniera luego narrado estaba de alguna manera ya escrito en su obra. Todo le parecía conjurado para explicar una locura, era demasiada la conspiración existencial para provocar la irrupción de una literatura y sin embargo lo intimidaba el recuerdo del muerto; algo le hacía sospechar que estaba en un viaje redentor y preguntó por qué estaba contándome eso precisamente a mí, a un desconocido.

En cuanto se descubrió discurriendo entre sentimientos oscuros y relacionados al oficio ante un extraño, un par de citaciones clásicas oportunas lo llevaron a hablar del tiempo, cine americano, la política criolla cuyas leyes suponiendo que las hubiera dijo desconocer. Creo que quedó gratamente sorprendido cuando demostré mis conocimientos recientes de la poesía francesa del siglo XIX y que podía navegar con pericia entre arrecifes parnasianos o simbolistas. Cuando pretendió indagar más sobre mis preferencias literarias, le respondí que se las confesaría cuando regresáramos a Buenos Aires y en un ámbito menos lúgubre.

Recuerdo que él sonrió, dudo que intuyera mis intenciones confusas y si lo intuía lo disimuló en los pliegues de una invitación cómplice.

-En la otra orilla hay alguien que me espera, creo que es un personaje que puede interesarle a un amateur de la poesía francesa. Cuando el barco atraque en puerto oriental, mientras dura la confusión de responsabilidades venga conmigo, dicho lo cual se levantó dejándome sólo con mis cigarrillos, dándome a entender que era suficiente.

Era extraño que en la ceremonia ostentosa social el hombre hubiera tenido voluntad suficiente para resolver asuntos confidenciales, incluyéndolos en la congoja y me fue laborioso afinar prioridades de dicha coincidencia; sin él yendo a conversar con las amistades habituales, el resto del viaje resultó aburrido. Quise arroparme en las tribulaciones suyas diciéndome que yo también viajaba con otro destino que acompañar las cenizas ilustres del muerto. El suicida sería el más incómodo de la situación si de verdad existiera el alma, un hombre que le dio la espalda hacía pocos días a lo que estábamos representando de manera terrible, asumiendo una muerte como la que los tibios damos a ciertos animales, estaría fastidiado y furioso.

Había en el barco por la voluntad excesiva de expresar su opinión final sobre el sentido de la vida, un clima de dolor sincero al que me fui integrando como cualquier amante de la selva, de la vida de campaña que hui en cuando pude. Es a bordo de ese navío que se inicia mi desaparición del medio, el viaje cambiaría a los implicados y yo -pequeño arribista del mundillo letrado, ansioso de suplementos literarios de diarios populares y ver mi nombre en librerías de la calle Montevideo en Buenos Aires- sabría que era asimismo mi viaje. De pronto, sacándome de la distracción en que estaba metido, alguien a mi lado dijo «Colonia» como si descubriera la playa del Averno. Miré hacia adelante, fue sorprendido por la cercanía de la ciudad oriental que suele conjugarse en pasado, era el primero de nuestros destinos, islote del tiempo de virreinatos y donde había gente aguardando. De acuerdo a lo conversado me acerqué a quien usted sabe, que estaba impaciente por bajar del barco, urgencia que para nada correspondía con la estampa de personaje ponderado que ustedes le atribuyen. «Sígame, me dijo al oído. Tenemos poco más de una hora antes de que el cortejo parta hacia Montevideo. No hay tiempo que perder, vamos».

Lo contado hasta ahora, lo ocurrido hasta poner pie en tierra oriental era lo que a usted le preocupaba y debería estar satisfecho. Más que satisfacerlo por la confirmación prefiero removerlo con una ignorancia, cada información que se concreta dispara varios episodios que quedan sin respuesta. Lo sublime fue lo sucedido la hora siguiente, evaporándome hasta convertirme apenas en mirada testigo y seré breve tratándose de lo único que puede llamarse mi vida privada.

Nunca en Buenos Aires lo había visto a él caminar con ese porte y seguridad, si hasta parecía tener algo de compadrito orillero, avanzaba ignorando la duda, como si su memoria hubiera desplegado la trama secreta sustentando el enigma Colonia. Atravesamos varias calles sacudidas por el acontecimiento mortuorio y llegamos al barrio viejo de la ciudad. Dos vueltas en plazoletas con farolas, tres cruces de callejones empedrados en bajada, alguna manzana partida al medio y perdí las referencias del viaje real incluyendo la memoria del viaje precedente. Ninguna señal del siglo veinte se advertía en las callas andadas ni en las inmediaciones, esa zona de la ciudad estaba incrustada en un tiempo negándose a avanzar. La gente cruzada en nuestro camino parecía habitar un territorio neutro de la imaginación, con algo de corte abrasilerada como si en el mandala ensangrentado del país se hubieran incrustado la Provincia Oriental deseada por los porteños, la Cisplatina para hacerlos hablar la lengua de Camões y un invento diplomático furtivo: auto de fe americano recomenzado tantas veces y prometido a la excomunión eterna.

Sentí que ese barrio en nuestro día de duelo tenía algo contrariando el sentido de la empresa en marcha. Habíamos tal vez equivocado el destino, pude comprender la fascinación que tamaña anacronía podía tener en alguien cuya osadía era caminar de mañana por la calle Florida hasta la Richmond, tenía insomnios de renegados a destruir, expediciones hacia los bajíos en la desembocadura del río Cuareim. En cierto momento éramos contrabandistas embozados en cortejo, él avanzaba llamado por una selva conjetural de signos hasta que se detuvo y sin dudarlo frente a un portal de reja. «Es aquí» dijo. Nada contesté y entramos a un zaguán revestido de mayólicas mitológicas en sombras, con olor intenso de jazmines. Avanzamos hasta llegar a un patio abierto iluminado por un sol de dos siglos atrás, el hombre a conocer estaba sentado en un sillón de mimbre junto a una mesa con papeles y libros. Al parecer había tomado el té y fumado unos cuantos cigarrillos, era un dandi que avanzada la treintena hubiera insistido en evocar el espectro de Julio Herrera y Reissig en días de gloria mundana o del muerto que dejamos en el puerto cercano, cuando se ataviaba de poeta maldito sin suponer que azuzaba los mastines del destino.

«Vengo de Nimes, dijo el hombre luego que nos invitara a sentarnos. Pensé que vendría solo, siguió dirigiéndose al hombre de la otra orilla. Quería conocerlo, me dicen que es una persona interesada en proyectos extraños. Tenga.» siguió y le extendió a él un cartapacio de cuero. «Allí hay parte de mis búsquedas digamos que filológicas, puede hacer con esos papeles lo que quiera. Para que mi nombre supuesto sobreviva debo desaparecer, en Francia falta espacio respirable luego de Mallarmé. Morí para la literatura, lo mismo y de manera distinta de los restos mortales que ustedes acompañaron, sólo me queda esa vaga costumbre de la reencarnación en la ficción». Luego me miró y comprendí la totalidad del pacto en el torbellino de su mirada acuosa, abandonada, resignada al olvido total. Supe que estaba enamorado cuando el desconocido pronunció el nombre de Nimes bajo el cielo improbable de Colonia, mientras nombró la ciudad del mediodía francés como si fuera el nombre de alguien querido y perdido por siempre, el nombre prohibido de una ciudad imaginada. «Usted parece muy compungido, me dijo. Es demasiado joven para admitir las secuelas de la muerte, déjelos a ellos seguir la caravana funeraria. Su amigo argentino, se lo aseguro, en cuanto lea mis papeles volverá como un poseso a Buenos Aires. La muerte de Quiroga, mis escritos legados en el mismo campo magnético le traman un destino celestial y me desagrada cenar solo».

Alguien, desde dentro mío respondió «está bien» y entonces el extranjero volvió la mirada hacia él. «Adiós -dijo pronunciando su nombre-, recuerde que ambos tenemos una cita con ese malentendido llamado inmortalidad». «Su confianza es excesiva para alguien tan torpe como yo». «Adiós» repitió el oriundo de Nimes y mi compañero de viaje salió de la casa sin aguardar ni preguntarme, despidiéndose con una leve inclinación de cabeza.

Usted sabe lo que pasó después y para ello indagó durante años, viví con el francés en una casona fuera del mundo y en las entrañas coloniales del Sacramento los únicos años felices de mi vida; él se consumió en la tarea de una traducción de lo intraducible, los dos hicimos de la disolución en el mundo nuestra ignorada obra maestra, erigida hasta su abrupta interrupción demostrando que la eternidad es virtud devota de la perfección. Mi vida deberá quedar en secreto, lo que usted desea conocer es lo otro. ¿De qué episodio fui testigo durante aquellas horas que cambiaron mi vida? Del viaje alucinante podría decir y un encuentro entre sentenciados a la poesía. Busco convencerme de que el suicidio de Quiroga sacudió las tripas de un joven poeta ultraísta y de manera incontrolada. Ese velar sobre el río la muerte de un hermano bastardo, arriesgo que lo animó a dejar de ser el hombre previsible que el éxito y la estima le habían prometido. Decidió traficar con otros poderes, aceptar renovando el pacto trismegisto del relato e inclinarse en la elección de su propia maldición, aferrado a parapetos negros de ceguera incipiente, un anonimato de anciano al abrigo, siendo todos los hombres que fue en cada uno de los relatos inventados. Tal el sentido de la obra invisible que tanto se menta, el persistente silencio posterior a ese viaje sobre los cuentos acres de Quiroga, el pacto supuesto de asumir la tarea de escribir historias de otras tierras venciendo a la armada del olvido. La verdad nada cambia de la marcha del mundo, al contrario oscurece lo que antes de conocerla teníamos por certeza inamovible. Cuídese Moner, trate de ser menos curioso en el futuro sobre asuntos que prescinden de su opinión; piense que quizá lo que leyó pudiera ser la ficción de un viejo agonizante fuera de sus cabales y en los tiempos que corren ¿en qué versión del mundo se puede tener confianza?

Episodio 8: menú degustación Okinawa

(de la novela «O pasado sin falta»)

Desde el primer cambio entrado sobre la moto del relato, supe que antes de intentar entender lo que estaba ocurriendo debía aceptar, con mi anuencia y consentimiento que me había mudado al condominio de los posibles. Cuanto me rodeaba en el séptimo piso de telas de cortinados y tapicería, muebles de estilo y escandinavos, vajilla mexicana y perspectivas de arquitectura de interiores estaba afectado de pertenencia enigmática. Debía reconocerle una virtud terapéutica al conjunto y cada día un aporte nuevo e inesperado lograba distanciarme de la escena gore de masacre al secador de cabellos. Considerando lo vivido con prólogo de gin tonic de Cadaqués entreabriendo las persianas al reino de la felicidad, se me apareciera como el argumento fracturado de una novela traducida, cuyo título de pocas palabras se me confunde con otros y de un autor que podría ser polaco –uruguayo si buscamos exotismo del bueno- casi seguro que siendo un seudónimo. El cambio podía explicarse, porque al mudarme comencé a meterme en tratos con los muertos en anestesia preparatoria del Juicio Final. Por contadas horas del día las nociones inestables de sueño y realidad se trastocaron lanzadas en un flipper de tres bolas plateadas, durante escasos minutos de la noche las sensualidades de realidad y pesadilla se apareaban en un coito contra natura. Luego de cortar con el Escribano, salí al balcón terraza para cambiar las ideas que se resistían a ser cambiadas. El día finalizaba su círculo sabido a cadencia cósmica en versión resplandeciente de panorama despejado. La luz con luna enorme pintaba a brocha gorda y siete trazos del horizonte sin línea, mostraba una ciudad que desde alturas engañosas de la terraza prestada era bellísima y sólo podía verse así en el punto de fuga donde estaba instalado. En cierto momento de meditación, incluso en esa tregua de plenitud apuntó en el espíritu una nota de angustia pronunciada; fui a la entrevista con la señora Lorente tras información que me beneficiara y salí de allí con una carga extraña de dudas y falsedades.  Cada convicción sobre mi situación se volvía ramillete fané de hipótesis indemostrables, sin pétalos ni espinas y si continuaba derivando en esa montaña rusa de bucles retorcidos, estaría perdido.

Respiré hondo en la terraza recordando la postura décimo séptima del yoga, reordené la densidad de lo real –la vida en lo que tiene de tangible y oloroso, ruido y humores, aunque se lo exprese con palabras- en las semanas precedentes al secador de cabello considerado como arma fatal.

Era una fenomenología del cotidiano con placares sucios de fritura acumulada, ascensor de reja noucentista y la ocurrencia de descomponerse los fines de semana quedando trancado entre dos pisos. Una superficie higiénica del cuerpo de tres metros por dos, donde debía ducharme cerrando los ojos por la irritación del champú al mayoreo, secarme la espalda con una toalla de manos, cagar y mear a lo mono encerrado, afeitarme con maquinitas desechables y hacer el nudo de la corbata –después de pasar el borde de la mano por el espejo empañado- antes de peinarme con un toque de gel fijador. Recordé en el impulso memorioso los cuadrados irregulares de azulejos rajados, la mesa plegable del magro desayuno que bautizamos con mi adorada de “continental” y un rincón de limpieza sin posibilidad de seleccionar las basuras, haciendo un gesto por el Planeta Tierra. Solía comer caliente según el capricho del microondas defectuoso y la docilidad de platos congelados, antes de ponerme de lado para abrir la nevera, sacar la mostaza con granos según la tradición de Dijon y preparar el café de filtro en un calabozo de reducidas dimensiones.

Podía haber continuado la descripción del escudo de la miseria forjado por los demonios, con lo exiguo del metraje y dormitorio único, sin espacio entre los muros empapelados y el borde bajo de la cama. Las dependencias liliputenses de baño y cocina bastaron para el elogio por la negativa de lo real, eso que dejé a la harpía de Montevideo con el secador de cabello en la mano y cargado de malicia, emulando una Mágnum 44 fuera del catálogo otoño invierno Ikea. Mientras rememoraba mi tiempo de concubino infeliz en la opulencia, los pájaros migratorios pasaban junto a la torre del edificio de Correos en ángulo picado y sonó la campana mayor del colegio de monjas.

Me acomodé en la baranda abisal del limbo prestado, en ese instante de gracia en equilibrio se encendieron farolas centenarias del parque enjardinado donde juegan los niños pequeños del barrio. En eso escuché a la distancia el motor inconfundible de una moto Yamaha 500 –de esas cosas de motores con dos ruedas sé casi tanto como Valentino Rossi- y me dije que era una buena noche para cenar japonés. Era un antojo acomodándose a mí nuevo estado de ánimo y presentí que algo mutante estaba ocurriendo conmigo, fue la sensación palpable de que había años encastrados resumidos en una vida. Desde la infancia de niño adoptado por otra clase social y vivía en ese departamento enorme, demasiado opulento para mis necesidades; también niño huérfano o abandonado y no lograba imaginar, aunque me esforzada en hacerlo, la familia acorde a esa situación. Sería incapaz de reconocer los rostros de mis padres conmigo en un álbum de fotos polaroid que me fuera presentado.

La excusa de la novedad resultaba insuficiente, cuando lo pienso casi a vuelo de pájaro, diría –sin temor a parecer cursi abrumado por confesiones en Twitter- que los últimos siete días se concentraron en los ambientes de ese piso, ahora que me siento marchando por pretiles virtuales con el equilibrio prodigioso que tienen los sonámbulos. Los esfuerzos de la imaginación al garete, la cortesía preventiva y el cuerpo desnudo se orientaban a la tarea de alargar los días y mis noches de ocupa de clase privilegiada. Mi vida social se redujo a ser chaperón de compañía –perrito faldero, habría susurrando alguien de mala fe- de la dueña del tesoro. El mayor misterio al que la existencia me confrontaba era saber quién vivía detrás de la tercera puerta, sumado a imperativos menos ligeros de la agenda: ir al trabajo, intentar ser perspicaz en las charlas descosidas con el Escribano, parecer intruso simpático ante los guardianes y cambiar impresiones con la camarera que me confundió con el señor Ricardo. Vaya proyecto estimulante para las próximas semanas; si contara esto a cualquier otro aquí y a esta hora del día, me tomaría por un amnésico incurable para la causa de la coherencia. Uno más desentendido del esfuerzo elemental en el mundo inquietante del paro masivo, el típico desamorado que –y si hasta aquí llegamos- ni una línea sensible trazó sobre sus orígenes familiares verdaderos, alguien que decidió darle vuelta la cara al otro pasado. Excepto a ese episodio entre gin tonic y secador manual, que de tanto repetir en fragmentos precedentes se volverá impostura de justificación, hasta hacerla poco creíble. Personaje transparente e insustancial, entidad espectral negado para hilvanar tres anécdotas sobre su propia vida; otras más entretenidas que esa redundante entre gin tonic y secador de cabello que lo hace víctima consentida de la pasión traicionada.

Mi angustia hizo superficie imitando un sarcófago a la deriva, asumiendo que nada del álbum familiar anterior a la mudanza tenía interés o azufre luciferino suficiente para pretender ser relato tentador. La entrada al departamento prestado hace días era pues mi mantra intransferible, el “había una vez y no hace tanto tiempo” de cuentos ilustrados para niños autistas. La impresión mental mutante operó un encorsetamiento físico concentrado en mis domicilios anteriores; porque el estado ficticio alcanzado jamás correspondía con un deseo reprimido y otras pretensiones de muchacho pobre, que se trancaron en el camino. Ante cada ocasión que se presentaba y huyendo del sofoco, yo escapaba a la vereda sin tener un plan claro de los desplazamientos.

B** tener un plan claro de ñps dedese era garantstellana,ajaba al vecindario a comprar la barra de pan francés que luego dejaba sin rebanar, tenía a propósito la nevera casi vacía y ello me obligaba a salir a la calle por yogures naturales, jamón cocido embalado al vacío, medio kilo de café arábica molido, cerveza a la unidad de lata, vituallas básicas de atún y manteca, desodorante spray que hallaba en comercios asiáticos abiertos durante la noche. En esa vida de deambular entre esquinas cercanas, con tal de no regresar a casa presionando el play del cotidiano, me quedaba horas en bares con tele bebiendo un cubata tras otro. Mirando embobado en la pantalla sin decir palabra Liverpool contra la Juve, el Real Murcia Imperial contra Real Oviedo Vetusta, las eliminatorias regionales para Eurovisión con votación resentida de la audiencia, programas de preguntas y respuestas de la televisión portuguesa. Interesado por cuanta refriega popular inducida por la ONG de Soros tras la democracia for export se sacudía con muertos por la causa de la libertad; en las plazas de El Cairo mostradas en directo durante horas y a las puertas de Kiev, trasmitidas por la parcialidad emotiva de CNN en español con acento cubano de Florida.

Estaba muy a gusto en el piso y hacia lo posible para evitar salir más allá de lo que imponían mis obligaciones laborales. Temía que, mientras durara la expedición punitiva fuera de esas murallas y torreones inexpugnables, un encantador malabarista enviado por potencias enemigas viniendo a por mí, cambiara la cerradura de acceso y yo quedase fuera del castillo encantado por el resto de la vida. Sin impedir la intromisión brutal, expoliación de secretos y pillaje consecuente, obligándome a tomar la ruta del exilio, cruzar el puesto de frontera con retén anidado de ametralladoras en un sentido único hacia la patria peregrina. Incrustado en ese dilema, me sentía más inclinado a permanecer al abrigo del refugio atómico y con apetito de dieta japonesa.

Saliendo del atolladero mikado, busqué la aplicación adecuada en la oferta del teléfono celular del delivery y encargué el suculento menú degustación Okinawa para dos personas. Durante los cuarenta minutos de espera del motorista karateca, cuando pensé en esa paradoja de mis fugas pasadas –lo que fuera necesario para salir del hogar desagradable, que el destino me programó y por alguna falta de mis ancestros- decidí organizar salidas esporádicas al mundo desafiando al destino, al menos una segunda vez en la vida. Ello sería a partir de mañana o pasado sin falta, cuando me hubiera convencido de que mi cobardía era manifestación del miedo a la pobreza, asimilado durante la infancia como la aritmética elemental de una lengua extranjera. En ese estado espiritual estaba –escuchando versiones de Tete Montoliu tocando a ciegas los clásicos sublimes de Cole Porter- cuando llegó una enorme bandeja con arroz perfumado, atunes rojos tornasolados y salmones fileteados en cubitos, una ensalada fresca de soja con pesticidas, la bolita verde de wasabi contaminado picante, gajos carmesíes humectante de jengibre fresco, una sopilla caliente con algas y hongos de invernadero. Por fortuna para mi estómago delicado, la entrega del restaurante Okinawa omitía un chuchillo en cerámica para el honorable ritual harakiri.

Lo que aquí ocurriría justificaba un comentario ganado por la ambigüedad, que era la verdadera naturaleza del girar caprichoso del mundo. En mi anterior período de pareja –era extraño evocarlo en la nueva configuración de los astros, como si hubiera ocurrido hace siete años y yo fuera el eje trabado de una película sueca sin subtítulos del siglo pasado- me parece que sólo me limitaba a vivir. La existencia fluía pastosa en lógica binaria de causa consecuencia, siguiendo un modelo conocido del método mágico del acierto error; sin hacerme el coco con exceso, pasándome una película sinfín y mañana será otro día.

Nunca antes se me hubiera ocurrido preguntarme con interés sincero, quién vivía del otro lado de la tercera puerta y si la vecina del sexto – ¿había una vecina en el sexto? – tenía un animal de compañía, sobre la decoración kitsch del segundo B ni si los personajes evasivos del penthouse habían salido de viaje. El paso de la indiferencia al interés progresivo supongo que venía implícito en las condiciones del contrato, ignoré por descuido la letra pequeña que complica siempre el pacto social, donde se decía lo relativo a cambios previsibles en mi persona, como si volviera a la moda la coartada occidental de yo soy yo y mi circunstancia. Me equivoqué feo creyendo que lo nuevo lo merecía por cuestión de talentos ignorados, reivindicación digna por injusticias padecidas en mi ciclo de fatalidad tribal.

Debía regresar a los fundamentales de lo conversado al momento del pacto, estaba ahí becado para observar la irrupción de la anomalía tramposa que activara los sistemas de alertas del Escribano. Recoger información sin decidir su rango de pertinencia y traducirla en datos de confidencialidad verosímil a las personas adecuadas. Nadie me instruyó sobre modalidades del intercambio de datos, si debía ir a un parking subterráneo a partir de medianoche un martes de luna llena; dejar un mensaje de veinte segundos en un número pre pago que me habían pasado, enviar palomas mensajeras amaestradas con la clave atada a la patita o intentar la trasmisión de pensamiento a la distancia, siguiendo el sistema de los delfines entrenados por instructores de la marina rusa. Debía estar atento a las partes sueltas que se salen de lugar, imantándose por terceros polos y que resultaba estar incidiendo en el centro de la movilidad.

La cosmogonía del sistema se perfilaba a medida que se ajustaba el movimiento de mi integración a la tramoya; alguien que hubiera seguido de cerca mis notas previas, un lector atento a esta altura avanzada del relato, seguro que podría formular media docena de preguntas pertinentes sobre aquello que chirría en la intriga. Por mi parte debía dilucidar a qué motivo velado respondía la invitación para darme a conocer a la vecina protegida, una señora mayor a no subestimar, de cuya suerte dependía una colmena de zánganos impacientes bordoneando día y noche en el polen disperso. Cuando las dudas vagas se condensan en interrogantes y sin que haya nadie en un radio de escucha para compartir confidencias, ante el pasaje al acto de cenar japonés en solitario, después de haberlo encargado por teléfono a una aplicación gastronómica sub tratante por la comisión consecuente, de beber del cogollo tres botellines de cerveza Anahí, mientras la soledad decide vestirse de samurai yendo al combate, pagando con la vida el honor de derrota, lo aconsejable en tales casos de excepción, es volverse un autómata turco mágico abriendo la partida con peón de reina. La trama tejida sobre el piso prestado proponía un enigma proliferante; la única pista con antecedente era la versión del Escribano, defendiendo varias líneas de intereses en pugna. Necesitaba armar baterías antiaéreas previendo la llegada de escuadrillas kamikaze enemigas; de creerle a pie juntillas a ese farsante diplomado, merecía ser despreciado por tontuelo y dejar de ser el narrador ahora mismo, si una parte mía aceptaba que él mentía estaría obligado a contrarrestar la celada con otra estrategia eficaz. El Escribano era astuto en sus maneras de proceder y le agradaba tener en la mente tres o más movimientos de avance en la partida. Con su cuento del hijo perdido en circunstancias de relato marino, me sirvió en bandeja de plata una ventana tentadora para explicar la invitación de la patrona por razón de carencia afectiva y transferencia psicológica. Fue artero omitiendo el planteo aritmético de la tragedia familiar y mantuvo pocas incógnitas en suspenso, dejaba que dedujera yo mismo una explicación plausible y me sintiera satisfecho por el razonamiento concluyente. Luminoso en exceso para ser verdadero y esa tentación sublimada del suicidio ritual japonés –cuando se pierde el honor- me dejó inquieto.

Dragón entre las nubes

Hasta la media tarde de anteayer creía tener una buena intuición para redactar el artículo sobre un episodio de la guerra ruso japonesa de 1904 y avanzar así en la reflexión sobre la estrategia submarina mientras duró el cerco de Port Arthur. Durante la investigación también trabajé para mis cursos del semestre que viene –doy clases de historia americana en una universidad italiana y dicto un seminario a partir de “La batalla del Río de la Plata”, de Sir Eugen Millington Drake- sobre aquello que hace la eficacia fulgurante de un ataque combinado en alta mar. El factor imponderable que lo transforma en episodio ejemplar de la memoria bélica y sin alcanzar todavía una conclusión convincente. Lo único que se puede hacer cuando la conexión deductiva está herrumbrosa es buscar a tientas, hasta que en un rincón de la tapicería, en el reverso de la trama lo más probable, aparezca la Licorne llegada de la nada.

Eso fue hasta el lunes pues. Era agradable la idea de ser el octavo ponente del próximo congreso en Cartagena, leer una comunicación sobre la técnica de escape a la malla luminosa de los radares enemigos, aspiraba a que mi intervención fuera recordada como el Alien de Ridley Scott, el octavo pasajero de la película de 1979: la quimera polizonte a bordo del navío Nostromo inventada por Hans Ruedi Giger. Quería improvisar una criatura semejante, pero que en lugar de proceder del espacio infinito donde nadie te escucha gritar, surgiera del fondo de los abismos marinos. La guerra ruso japonesa de 1904 también fue una monstruosidad de la historia y esa gritería del mundo de los muertos regresa a mi campo de preocupación en ráfagas periódicas.

A eso de las once de la mañana supe que nada podría hacer si olvidaba incluir la palabra cerezo en el artículo y evocar, en concordancia, el sonido de la lluvia cayendo sobre una cabaña de madera a la orilla del río. Nadie que trate de los asuntos sobre el mar ardiendo y la guerra como experiencia última escapa al hipnotismo japonés. Mikado y los súbditos hasta el suicidio, sujetos a la isla indefensa ante fenómenos de la naturaleza, cotejados a la locura atómica de los hombres, tuvieron en el mar el territorio de conquista delirante. Lo del cerezo en flor fue el mandato de un sueño recurrente y profético; precipitado digestivo de la cena sushi de anoche con tres colegas. Su secuela en el estómago flojo y mis recientes relecturas: “Togo” del vice almirante Nagayo Ogasawara y las “Memorias del General Kuropatkin”, la versión rusa del conflicto, editadas a comienzo del siglo pasado en Barcelona por Montaner y Simón.

El plan implicando el artículo del octavo ponente para avanzar fracasó, se postergó unas semanas por razones azarosas y convalecencia sentimental. Quise redactar el parte subjetivo de ese accidente de circulación cerebral, evocar los dos hechos concomitantes que se asociaron y para que esa idea del ardor guerrero, cuando hay que dar cuenta de masacres en masa, de miles de muertos en una sola jornada de asalto, como el tercer ataque el 3 de noviembre que costó trece mil bajas japonesa –el 20 de septiembre fue alcanzado el general Yamamoto y el 13 de diciembre una granada mató al general Kondratenko héroe de la resistencia-, se evaporase en la línea sangre del horizonte, tal como se dibuja en el Mar Amarillo. Es patente que no estoy en la disposición de espíritu ideal para hacerlo, retroceder es impensable, me llevará unos minutos apenas y después por hoy una vez liberado quizá pueda hacer algo de provecho.

Ello sucedió hace poco, el 18 de junio pasado día de San Leoncio, cerca del plazo límite que me impuse para rematar el trabajo. Por alguna razón venía aplazando el momento de redactar con la necesaria concentración; el artículo prometido rondaba el pensamiento, tenía un título atractivo e insinuaba un homenaje tangencial al ingeniero Isaac Peral, hijo ilustre de la ciudad donde fui invitado.

En eso estaba, cuando abrí el correo electrónico antes de marchar a prepararme un café y después de mojarme la cara para refrescar las ideas. Allí aguardaba emboscado el mensaje que me estaba destinado; alguien del país de la juventud, querido amigo y compañero de estudios, me anunciaba la muerte ayer de Jorge Medina Vidal, nuestro profesor de literatura en el Instituto de Profesores. Estudié Letras una breve temporada, eso fue antes de darme de baja y pasarme a las Armas que cambiaron la naturaleza de mis proyectos. La noticia me sumió en un estado melancólico de contornos difusos y volvieron recuerdos de la juventud en malón, la senda que lleva a los maestros de la novela, las charlas en las cafeterías y los amores de estudiante con el auxilio de libros de teoría del relato. La voz de Medina Vidal, el dedo que le faltaba como signo de distinción y una forma de hablar que recupero apenas entornando los ojos.

Vivo en Trieste desde hace años pero nací bien lejos y ahora estoy pasando un semestre sabático en Paris; para estar cerca del museo de la Marina, su impresionante fondo de documentación y lejos de la familia por una temporada. Alquilé un estudio en Montparnasse que me insume la mitad de la beca y transito el período de la cuenta regresiva. Medina Vidal hablaba poco de París que ya no es la capital del siglo XIX y prefería hacerlo de los poetas franceses. Lo único nuevo en mi ciudad de paso son las bicicletas públicas para limpiar la atmósfera de partículas de carbono, una falsa playa en las orillas del Sena, la comedia del poder diciendo una decadencia diplomática resignada, pocos meteoritos venidos de nebulosas distantes y que de vez en cuando atraviesan el cielo dejando una estela persistente.

Había preparado ese día despejando la agenda de accidentes para avanzar en el artículo y no podría. La tristeza viajando desde la juventud me interrumpió, entonces recordé haber visto en un corredor del Metro un Monte Fuji en rojo. Fue en la estación Place Monge sobre la línea 7, durante el accidente de pasajero que la semana pasada paralizó el servicio una hora, otro suicidio escamoteando su nombre. El afiche anunciaba una muestra del maestro Katsushiba Hokusai, excepcional por la cantidad del material reunido. ¿Le gustarían a Medina Vidal las estampas de Hokusai? Sin pensarlo dos veces decidí que era lo que necesitaba; una hora después subía al colectivo 92, quería visitar un siglo diecinueve sin campos de batalla que memoricé en cursos de Historia Patria, sin pasajes mágicos de Walter Benjamin ni desastres de la guerra de Goya.

Veinte minutos después bajé en la parada Pont de l’Alma, lugar que cobró fama mundial porque allí ocurrió el accidente de la princesa Diana. Amiga entrañable de Elton John, madrina de la lucha contra las minas antipersonales en África y madre de reyes, dirían las tres brujas de lo bello y lo feo el mismo día. Donde la gente llega en peregrinación definiendo lo sagrado de los tiempos que corren, depositan ramilletes de flores frescas, violetas imperiales, cirios de colores arcoíris y mensajes manuscritos sensibles por la hermana perdida. Escribiendo con todos un cuento de hadas con diadema de diamantes, cierta vida sentimental pastel edulcorada a medio camino entre pubertad tardía y revistas de cotilleo.

La media mañana llegando al mediodía estaba pesada de aguacero, esa sensación tormentosa que se hace desear y se filtra en humedad impregnando la ropa y cala hasta los huesos. Era yo tal vez, apesadumbrado por la muerte del maestro tan lejos de mi circunstancia inmediata, sus clases sobre Rulfo hablando con muertos olvidados y abriendo como un melocotón pistas sobre “The love song of J. Alfred Prufrock” fue la educación literaria y contra eso no se puede –por otra parte para qué intentarlo y en nombre de qué- hasta el fin de la existencia.

Allí en esa zona de la ciudad el cielo, por la proximidad del Sena es una presencia material cercana descendiendo cual Espíritu Santo en óperas barrocas sobre episodios bíblicos. Hasta podía olerse el temporal en las nubes a la manera de un animal salvaje de la pradera, tenía algo de atmósfera bucólica en campos de Tacuarembó, antes que baje por la ladera a galope tendido una caballada espectral de lanceros suicidas. No obstante, el disco del sol insistía en aparecer hasta enceguecer impidiendo que asomara el llanto sensiblero, haciendo posible recordar un poema de Jorge Medina que se titula “El gran teatro” 

Remember Salvadora Cairón,
bolera andaluza por mil ochocientos sesenta,
de “arrogante presencia”.
Casada con el actor José Valero que la llevó
a primera figura por mil ochocientos sesenta y cinco.
Reconocida por el DIFÍCIL papel de doña Constanza
en el drama: “Las campanas de Almudaina”
de Palou y Coll (además dramaturgo)

que se retiró, a la vida privada, por la maldita
disminución de una esteroide, la
“17-hidroxi-preg-5-enolona” que se transformó en
“11-desoxi-17-cetoesteroide”
y envejeció

como tú, como todos nosotros,
como yo,
hasta que se descubra controlar su maldita presencia
y entonces
tendremos más tiempo

                                 para el bolero
                                 para el amor
                                 para el teatro.

Después del teatro, el amor y el bolero en el distrito XVI parisino avancé a paso regular por la Avenida presidente Wilson, cuatro cuadras después desemboqué en la plaza de Iena. Uno no puede equivocarse de orientación si mantiene la vista sobre el plano ideal; después de todo leemos ciencia ficción y nunca subimos a una cápsula espacial, ni aterrizamos en un asteroide invadido por insectos, creemos en la astrología y jamás tocamos un meteorito extirpado de los planetas muertos. Sobre la derecha está el Museo Guimet dedicado a las Artes Asiáticas, había en las inmediaciones una fila de gente, aguardando para ingresar a la muestra montada sobre los soportes más delicados que se puedan imaginar. Poco intimidante la cola humana, lenta en su avance para interrogarme sobre por qué tanta humanidad, esa mañana precisa -a pesar del clima amenazante- habiendo tantas cosa para hacer de provecho, quería observar de cerca la obra de Hokusai y conjeturar si acaso perdía el tiempo en la espera en lugar de encerrarme a redactar el artículo sobre la estrategia de la inmersión.

Tampoco eran dudas dramáticas, dos horas después tenía la respuesta para salir del paso y en ese desconectar del presente viví una experiencia intensa. Acaso si me aplico con modestia puedo intentar explicarla, boceto de palabras dejando una leve constancia de lo vivido, un apunte que dicen. Lenta inmersión en un misterio de la existencia que descuidé en los últimos tiempos y que la muerte del amigo reavivó de manera brutal, como si la escritura quisiera ser el sonido del pincel impregnado de azul Prusia (“talking of Michelangelo”) sobre papel de arroz y preparado en la luz mortecina del taller, cuando irrumpe el otoño de ocres y las lluvias se sienten en la piel del antebrazo. Un indicio de lo vivido y olvidado en suspensión en esa exposición efímera, la delicadeza de una ilusión de haiku en relato, si ello fuera posible en un mundo decepcionante y no resultara otra utopía poética destinada a la papelera.

La necesidad de dominar la disciplina kendo, para partir de un solo movimiento con el sable sagrado la vida en dos mitades, donde el filo cortante sea la tristeza del día que transcurre; sabiendo que era más incisiva la experiencia, la conexión emotiva y el recuerdo de lo visto que todo lo que pudiera especular en las próximas semanas.

Traza y conciencia, memoria y deseo, dibujo inscripto en la retina del lector: mirando un puente inconcebible en su levedad y tendido.

Conjunto asimétrico de flores de loto flotando en la corriente circular, la palabra cerezo y su dibujo acomodado sin sobresaltos en la frase vertical. Un pájaro inexistente buscado por el color tornasolado de su plumaje desplegado. El árbol centenario de cerezo en floración que tiene tanto de cosa concluida.

Pagué la entrada de siete euros con la tarjeta de crédito, había una segunda fila de espera antes de ingresar a los salones de la exposición iluminada con bajísima intensidad.

Pasábamos al otro lado del biombo del tiempo. A la izquierda organizadores meticulosos colgaron reproducciones creando el clima propicio a la emoción, sobre la pared de la derecha había indicaciones cronológicas para orientar a los visitantes. La vida y obra de Hokusai fluyeron entre 1760 y 1849, el período segmentado mientras se desprendía del magma colonial mi patria americana. El maestro coincidió con Napoleón en Madrid y Goya grabando los desastres del asunto; otro mundo en transformación de alquimia por las armas de fuego, caballos cayendo en desfiladeros andinos, lanzas partiendo corazones realistas.

El maestro sin saber de esos acontecimientos ilustraba en las antípodas poemas de sus contemporáneos mientras transcurría la infancia de Salvadora Cairón en Andalucía. El maestro hacía visibles fantasmas antropomorfos, engarzaba escenas eróticas fantaseadas donde los sexos masculinos se imponen con desproporción ritual.

Una muchacha de rasgos asiáticos me permitió ingresar al corazón luminoso de la muestra, me detuve a leer el texto sobre la creación según fuga la vida que traduje mentalmente.

“Desde mis seis años yo tenía la manía de dibujar la forma de los objetos. Llegado a los cincuenta ya había publicado una infinidad de dibujos; pero estoy desconforme de todo lo que produje antes de los setenta años. Fue recién a los setenta y tres años que comprendí aproximadamente la forma y la verdadera naturaleza de los pájaros, de los peces y de las plantas.

En consecuencia, llegado a los ochenta yo habré progresado de manera considerable; a los noventa alcanzaré el fondo de las cosas; a los cien habré accedido decididamente a un estado superior, indefinible, y a la edad de ciento diez años, ya sea un punto, ya una línea, todo lo que haga tendrá vida. Yo pido a quienes alcancen mi misma longevidad y me sobrevivan que observen si cumplo mi palabra.”

Por dios me dije al leer aquello y sentí lo que perdimos por el camino en los últimos años. La reflexión creativa era incapaz de producir un pensamiento con tal profundidad de desprendimiento y humildad, tamaña inmersión en el oficio, cuando el Tiempo devora el tramo brevísimo de una existencia: la vida lúcida es el único haikú que trazaremos ante la indiferencia del cosmos, mientras se transfiguran las esteroides que nos condenan al envejecimiento prematuro.

Comencé un recorrido sin buscar nada en particular y de haber allí algo concreto que me aguardaba lo sabría sin premeditarlo. Detenido ante paisajes con y sin personajes pensé: eso es una versión intocable de la eternidad que nunca existió.

Aquel que pueda escribir ese puente de madera uniendo la noche lunar y la claridad irracional de la aurora alcanzará el poema perfecto, como nos desafiaba Jorge Medina Vidal -que venía de morir- en sus cursos sobre poesía moderna.

Así pues hay que esperar a los setenta y tres años para entender el designio estético de la creación y la naturaleza; también la locura guerrera de los hombres en el año 1904. No debería apresurarme, estoy lejos aún y esa mañana faltaban dieciséis años, tal vez es cierto que el arte es largo, además no importa y nos negamos a escucharlo por una amnesia semejante a la tontería que resulta merecida.

Estampas, libros únicos, grabados irrepetibles y muchachas tañendo el shamisu con las cuerdas de acero. Un filósofo sin nombre contempla el vuelo desconcertante de las mariposas. Croquis preparatorios de grandes proyectos. Conchas y langostas, armaduras de samurái y sables rituales, los manga de trabajos y días en las islas.

En la sala final estaban las dos pinturas que el maestro realizó en los últimos meses de su vida, testamento sin ser tal y que la muerte cargó de sentido póstumo. “Tigre bajo la lluvia” y “Dragón entre las nubes”. Piezas sublimes formato kakémono reafirmando el respeto por la tradición de tamaño al milímetro preciso. Los dos animales esenciales: uno viniendo de la espesura selvática con paso de felino y el otro que vuela trayendo el fuego desde la imaginación de los hombres, y viceversa.

Estaba ahí no para admirar sino recordando en paz y dejando abierto el cauce de las correspondencias. La mano firme de Hokusai que sabía capturando el vuelo del Dragón fantástico entre las nubes, criatura de fuego, ese octavo pasajero de la imaginación de los hombres me trasladó lejos en el tiempo. Volví treinta años atrás y escuché la voz de Medina Vidal quizá una mañana mágica como esa, como si fuera ahora recitando un poema de Guido Cavalcanti, como si él hubiera estado allá y nosotros también.

Con esa intersección ingobernable, este miércoles de ceniza no se puede armar un artículo y menos la del octavo ponente en la lista armada en Cartagena. Luego de dejar por escrito el testimonio de lo vivido en ese fragmento del día me siento mejor, habiendo saldado una cuenta pendiente con la educación lectora de los queridos maestros. En la coherencia de haber hecho lo que debía hacerse, esperando llegar a los setenta y tres años -2024 si acaso los dioses lo consienten- alcanzar el otro lado del misterio que tampoco es seguro.

Cuando salí a la intemperie la fila de visitantes a la espera casi ni se movía, era una anaconda fantástica haciendo la digestión. Un viento del Este y que bien podía ser el Oeste remolineaba hojas de la memoria en el círculo de la plaza a enorme velocidad. La idea de la guerra por el control de Port Arthur me asaltó el espíritu, calculé que en 1904 Hokusai hubiera tenido 144 años. Si no hubiera envejecido como Salvadora Cairón y Medina Vidal, como Cavalcanti y todos nosotros.

Apuré el paso tentando alcanzar la boca del Metro Iéna, adelantarme así a la lluvia necesaria para lavar el agobio de la ciudad. Dudé sobre si había cerrado bien las ventanas del departamento antes de salir, eso era sin importancia si lograba distinguir el Dragón alado de la memoria, el animal imaginario de la juventud perdida. Ahí cerca del presente, acorralado por el fuego interior entre las nubes esas que viajan, imitando un barrilete de colores, en medio de la misma tormenta eléctrica que se ensaña seguido sobre Montevideo la Coquette.

De la novela “El muro de Alicia Planck”

(capítulos 1 y 2)

Mancha de tinta azul

Qué odisea desatinada esta de querer contarse a uno mismo y más aún cuando no se tiene nada original para escupir en la punta de la lengua. La vida hoy sábado de gloria, busca desagotarse insistiendo en recomenzar y puede que intentarlo resulte la única escapatoria a mano para matar el Tiempo, que aguarda por delante a mi alma enamorada con fractura expuesta. Desarmar segundo a segundo la hora próxima que viene a mi encuentro con la firme intención de suprimirme, antes de que el minutero recorra la vuelta completa alrededor de medianoche de una situación amenazante que debería cronometrarse en años luz.

Tal vez la historia secreta de los relatos huérfanos sin derecho de autor en lista de espera, sea la disposición en algoritmo de nuestras ignorancias sucesivas, llenando con palabras pueriles los huecos insondables, imaginando sin trabas la información faltante en aquello ficticio que damos por sabido. Estamos empeñados nosotros los agitados asumidos en consumir el presente, tan empachados de mensajes redundantes que parecemos coexistir entre diversas vidas de sustitución en la misma jornada. Durante un presunto avatar de converso vía internet, somos militantes practicantes del Estado islámico, con cimitarra ensangrentada apuntando al cielo de luna creciente, con la cabeza decapitada del apóstata sujeta por los cabellos en la otra mano. En la que sigue optativa, cambiando de canal a distancia desde el canapé capitoneado, por fin nos invitan a una fiesta privada de la familia Kardashian (R.S.V.P.) para celebrar otro nuevo embarazo complicado de Kim; menos gore que el asedio a Hana Kimura llevándola al suicidio, cuando su pasaje por Terrace House resultó un rikishi cruel esparciendo la sal de la muerte dentro del círculo. Tampoco demasiado lejos en el tiempo, pescamos en la red una biografía apócrifa contada por Twitter del goleador del Galatasaray y cantantes cordobesas de regatón; contando todos vagamente al hacerlo los followers anónimos, bebedores de cerveza en lata y vestidos con calzoncillos tristes desde hace una semana interminable. Mientras tratamos sin éxito inmediato de trabajar en lo nuestro, haciendo caso omiso por ahora de tentaciones mundanas de sitios de reencuentros.

Mantenernos conectados a lo que sea de excitante que nos evite la pendiente rugosa de la soledad, superar un día tras otro el temor contagioso de quienes son expulsados del circuito y en consecuencia, cada gesto desesperado se acomoda a la doxa imperante. De eso se trata precisamente, se nos conmina con insistencia (sin permitirnos dudar de tales aserciones infligidas por el G7 y bajo amenaza de complicidad complotista y excomunión de las redes sociales) que debemos entender el proyecto mundialista activado a la vista de todos. Someternos sin chistar ni derecho al pataleo, considerando que es por nuestro propio bien, siendo solidarios con jóvenes chinos de ambos sexos o de ninguno, munidos de paraguas negros manifestando por democracia versión Idi Amin Dada en Hong Kong y opositores moderados -desbordantes de paz y tolerancia- al dictador Bashar al-Asad, que responde al epíteto ramplón de carnicero alauita de Damasco, asignado de común acuerdo por la prensa libre occidental, aceptar que los servicios secretos rusos (en el fondo soviéticos) están en decadencia desde la perestroika. Agentes arcaicos de la nomenclatura KGB previos a la Glasnost, que ya ni logran asesinar a nadie de la ralea traidora exilada con venenos dignos de Rasputín, puesto que las dosis residuales de Poloniun 210 en depósitos industriales vetustos están perimidas como yogures Danone, pululantes de bacterias tóxicas con gusto a crema catalana. Firmar una solicitada lgbt+ para que un chavalín, hijo único de la aceitunera lesbiana de Gibraltar cambie de sexo antes de la próxima Navidad, ser cristiano penitente de la teología de la liberación y Papa versión argentina hincha de San Lorenzo a las brasas, debiendo negociar el alma colocada con cocaína de Diego Armando Maradona, que el mediodía del martes 24 de noviembre del 2020 ingresó a la inmortalidad.

Era esa mi vida rutinaria entregada a los soportes multimedia hasta hace unas semanas. Allí cerca sobre la mesa de trabajo tenía siempre a mano mi book gráfico actualizado, la cantera inagotable de titulares de presa premiados, catálogos de tipo de letra y cortos publicitarios para ganarme la vida, enganchar algún free lance si se daba la oportunidad. Sin calendario agenda del mes anterior ni signo zodiacal con ascendente fuego; conociendo por tanto la tendencia erótico financiera de la semana en curso, debiendo atenerme apenas para el libre albedrío a las cifras titilando en el teléfono celular, anunciando mensajes crípticos de gente angustiada que olvidé por el camino. Tener la cabeza fuera del agua y adentro del presente, ligada al resto del cuerpo mortal, pensando en prioridad cuál sería la mejor manera de sortear sin peligro las próximas veinticuatro horas inalcanzables.

Ojalá mi cerebro, comprendiendo esta misma operación en curso de hilvanar cuatro frases seguidas, fuera un teléfono móvil del penúltimo modelo comercializado de Samsung; sería suficiente entonces con dejarlo dos días en el representante oficial y que ellos arreglen el disfuncionamiento de la carta sim. Mi materia gris -más bien gris ratón que gris perla de casimir inglés- es otra máquina defectuosa de obsolescencia programada, estropeada de mala manera por el amor de una mujer según cantaba Julio Iglesias y para el contento de mi madre hace de eso una eternidad. Demasiado pronto para diagnosticar un Alzheimer prematuro hereditario haciendo de las suyas, tarde para suponer una amnesia corolario de intoxicación de anfetaminas automedicadas padezco algo espiritual e indoloro. Epidérmico y urticante con gusto agridulce de soja oriental, sólo excusable por la ciencia ficción de inspiración japonesa y la célula espía reactivada en cada comienzo de Misión Imposible, la serie.

Lo vivido con anterioridad al episodio culebrón ocurrido el jueves pasado se desvaneció de mi memoria, de los archivos enterrados bajo tierra y el disco duro pirateado. Con eso hubiera sido suficiente para matar a un hombre; supongo que fue el epílogo del día siguiente en su incomprensión lo que me tiene en este estado de extravío. Un tercer reino resbaladizo entre curiosidad por la muerte cercana y tentación suicida, para que sin salida existencial se detenga esta verborragia de querer contar en discontinuo mis semanas recientes.

Todas las pantallas operacionales de la cápsula se apagaron al unísono, una comunidad idólatra de hackers ucranianos neo nazis me proscribió al reino de Amnesia Programada mediante un decreto marcial de aplicación inmediata. Lo que me sucede en estas horas privado de sueño y hasta que nosotros nos separemos (improvisar sobre la marcha yendo tras un nuevo continente faltante en las cartas marinas, rastrear mi vida pasada virtual luego de despertar del coma artificial de varios meses) lo cuento con esa sensación extraña de estar hablando una lengua extranjera a la aprendida en la infancia. Además del descriptivo sumario de la agenda Filofax con mis iniciales grabadas, me percaté que fallaba la memoria práctica para la supervivencia cotidiana mientras algo calcinado comenzó a trabarse dentro de mi cerebro. El presente biológico oxidó de mala manera mi pasado debidamente ordenado, devorando a lo Saturno de ojillos saltones contenidos originales e historietas ilustradas; habida cuenta, como si fuera poco, de que me estaba faltando clarividencia reactiva propia para contraatacar.

Ayer nomás, debí delegar a un junior avispado la redacción de testimonios periodísticos informales con falsos clientes satisfechos de una cadena de hoteles. Usualmente ese asunto lo liquido en pocos minutos y me estanqué tres horas inmóvil en la seca creativa, sólo podía concentrarme -sin salir del encierro cautivo- en el último polvo misionero con orgasmo sincopado que nos echamos con ella, la mujer fatal que asoma lentamente en la historia. Comenzaba a dudar que ese trip erótico ocurrió alguna vez, lo mismo nuestra expedición abortada tras los orígenes del universo erótico, la deflagración eyaculatorio equidistante, anunciada por la fanfarria de trompetas Falopio de la maga virtuosa en drogas, con mordidas hasta sangrar en los trapecios y otras metamorfosis de inspiración sex shop. Hoy mismo ando desentrenado, soy el corredor de fondo con calambres de media distancia en plena recuperación luego del accidente de moto y obsesionado por los tiempos recientes de los kenyanos descalzos. Me cuesta una enormidad esto de poner estos pocos divagues afines en cierta ilación sistematizada con orden. Avanzar en un razonamiento incluyéndome y al que le fui perdiendo costumbre, habiendo dejado que la Matrix implantada en mis electrodomésticos facilitara el cotidiano. Compruebo a cada hora que pasa signos preocupantes de desarreglo, anunciando que me acerco a la catástrofe inminente, para la cual tampoco estoy preparado. Concientizar que seré el muerto imprevisto por la estadística fúnebre de mi entorno social tan minado de contradicciones, sentirme en estas dificultades viales de work in progress introspectivo y tránsito pesado con gente en obra, puesto que ocurrió hace pocas horas el incidente que despedazó la rutina.

Eso intuitivo de tener un ayer reconocible se detuvo con estruendo fundiendo el motor, mientras algo desconocido de naturaleza hostil dentro mío comenzó de repente a pedalear en la oscuridad. Distingo apenas con ojos empañados mi propio pasado discontinuo y recuerdo lo hecho por fragmentos escalenos afilados, sin poder entender qué es lo que hice de mi vida: existencia flotante y considerada en tanto desaparición irreversible de la conciencia.

Esa mancha de tinta azul petróleo disuelta sin consecuencias en una duna en movimiento, igual que la mayúscula capitular en un incunable veneciano.

¡hola Max!

Allá en otro siglo que tan lejos parece, el recuerdo más nítido en sus contornos recupera el episodio comulgado cuando mi madre me llevó a posar para la foto coloreada de la primera comunión. Otra promesa de felicidad duradera que quedó estancada por el camino; de buscar en cajones de la cómoda hasta los rincones del fondo y dentro del Palacio de la Memoria, seguro que hallaría el librillo de oraciones con tapas de nácar, misal de broche metálico, páginas doradas con parábolas evangélicas animalistas ilustradas en tonos pastel, preludiando el Edén bucólico donde coexisten el tigre y el cordero. Junto al rosario de cincuenta y nueve cuentas de un rosa pálido, la moña amarillenta del brazo simbolizando mi adhesión a la Iglesia de Pedro, la fidelidad al varón elegido que pasa los meses veraniegos en Castel Gandolfo. Avanzando hacia el altar como un cruzado con dientes de leche y pantalón corto, confiado en la resurrección de la carne, caminando de zoquetes y zapatitos blancos hasta la imagen revelada… ¿seré yo ese niño peinado con brillantina, de manos entrelazadas y crucifijo que aparece en la foto?

Después repaso buscando pistas de identidad en el ordenador de la oficina -que tiene una segunda memoria externa de auxilio, sin estar al abrigo de un virus agresivo extranjero- el CV performativo con los estudios realizados. Varios cambios estratégicos de empresas, firmas comerciales de solera reconocible y atribuciones estrambóticas impresas en mis tarjetas, dicen de un nomadismo laboral acentuado. Sería incapaz de describir ahora mismo cómo es que me hallo siendo el responsable europeo del equipo creativo publicitario de las marcas Tesla, Zara y Amazon; si presenté candidatura buscando plaza, resulta el puesto de la densidad convincente de mi palmarés en los últimos festivales Clío o fui reclutado por un cazador de cerebros, de esos que dicen en la tercera entrevista, tengo una oferta para usted que nunca podrá rechazar y se piensan graciosos. Ello significa que domino la lengua inglesa lo suficiente para asegurar intercambios internacionales y alternar con suceso en video conferencias, traducir los ocho singles de “Horses” de Patti Smith y leer en VO la última entrega de Corman Mc. Carthy. Viajé como palomo mensajero VIP acumulando millas Avios dentro del espacio Schengen, delimitando el nuevo imperio sin ejército y con doce estrellas doradas; aunque ahora mismo sería incapaz de repetir una canción entera de Elton John (la versión gay de Daisy, Daisy… gime me your answer do!… I’m half crazy…) y estoy seguro sufrir de aerofobia desde la primera vez que di tres vueltas en un tiovivo. Fue después de entusiasmarme por los cursos de catecismo y conocer el martirio de Santa Cecilia, llevados por una monja albina virgen a la que le sudaban las manos cuando hablaba de estigmas.

Veo fotos polaroid de dos familias en mi billetera, así que debe de haber trámite de divorcio en alguna parte y un intento asumido de familia reconstruida. Entre tanto niño que por ahí aparece, dudo en poder reconocer a mis auténticos hijos biológicos en una cámara de Gesell, sólo soy capaz en mi estado de ponerle nombre a esa mujer de pelo embrujado y que no logro sacarme de la cabeza. Ella se llama Alicia Planck.

Le hablé por última vez el jueves pasado, quiero decir que la escuché mientras caía la tarde y ella anunciaba su decisión de abandonarme puesto que había encontrado el amor de su vida. Todo lo cual parece indicar que yo estaba acostando el punto de ruptura existencial, nutriendo el síndrome Burnout, haciendo coincidir biología programada y emociones mal negociadas desde la pubertad. Con la nave mental próxima a abandonar por siempre la atmósfera terrestre, orientándose el artefacto a constelaciones desconocidas, galaxias de soles oscuros apagados hace millones de años luz, entre planetas muertos sedientos de vida exterior y de los cuales nunca se regresa.

Lo vivido este fin de semana de salida al campo – que presupuse vulgar y mera autosugestión prosaica- se volvió en consecuencia claridad providencial para entender y paz sepulcral de paraíso post mortem, habiendo atravesado en mi pasión los nueve círculos mentales de la estulticia. La proposición aceptada me metió en un problema extravagante, evitando que cayera en la depresión aguda y obligándome a reaccionar con astucia fallida para creer seguir con vida. Por momentos, creo estar enviando mensajes cifrados estando ya del lado urbano del muro que rodea el cementerio marino, conversando con otro espectro cómplice también ignorante de su fallecimiento.

Ninguna de las iniciativas originales es una buena solución en mi presente fase espiritual. Reconociendo extensión y profundidad de la falla, ingresando en el radar confiscatorio de todos los peligros, siendo expulsado de la zona de protección y abriendo la escotilla del corazón del reactor, al menos intimé en carne propia que había otra vida que la agenda calcada del mismo día que se repite. Comenzando por rezar pasadas las ablaciones matinales, un padrenuestro a la imagen virtual del canonizado Elon Musk, que tiene nombre de divinidad vengativa asiria en forma lamassu. Calculando con interés el monto de mis economías y decidir el porcentaje que invertiría en divisa Bitcoin, el laboratorio idóneo de Wuhan para la sexta dosis de vacuna ARN mensajero, el mejor casco interactivo de realidad virtual pornográfica que puede comprarse en el mercado internet. Navegaba en pleno desarreglo del hombre moderno malogrado y varado en la soledad irremediable, con la quilla torcida hundida en la mierda hasta la línea de flotación.

Algo sucedía conmigo de tan enorme que era impensable comentarlo con los amigos, si es que todavía me quedaba alguno confiable en la ciudad. Supongo que si se hubiera tratado de un cáncer de próstata incipiente sería distinto; quedó atrás la vergüenza social de reconocerlo en público, siendo ahora de esas enfermedades extrañas con gancho morboso, mediatizadas en la televisión durante desayunos en tertulia y a las que nos sometemos amaestrados. Todo sería levedad e imaginación estimulada, sonrisa comprensiva y gozo retenido en el desprecio, como la escena que vimos cientos de veces en la tele y nos consuelan tipo círculo de prostáticos anónimos.

Moderador: Hola todos. Hoy se integra a nuestro grupo alguien que quiere que le demos la bienvenida, pero antes quisiera que él mismo se presentara.

Yo: Hola, me llamo Max, tengo 37 años y soy creativo publicitario. Hace dos semanas me diagnosticaron un cáncer de próstata y estoy a la espera de la biopsia de una verruga molesta.

Coro: ¡Hola Max!

Eso anterior hubiera sido sencillo de escuchar y desconfiaba de las opciones apareciendo insoslayables al otro día de decidir pedir ayuda externa. Presentarme a un médico clínico de esos que pasan de todo y que luego de confesarle lo que me ocurría dijera: “lo suyo es psicológico, traumático agregaría siendo más preciso. Necesita ser tratado por un freudiano.” Consultar a un analista famoso por su interpretación de los sueños y sin mediación del generalista recomendado; quien, después de detallarle mis inquietudes urinarias reiteradas se rascase la barbilla canosa mientras propone: “lo suyo es para que lo cure un manosanta… conozco una mujer antillana mayor que hace maravillas con los males del corazón.”

La resultante del episodio era pura autogestión conflictiva de mi empresa espiritual, la unipersonal corporal del problema en sociedad de responsabilidad limitada. Sería mi dolencia manifiesta sumada al diagnóstico, el galeno de turno, paciente resignado, medicación con posología estricta y tratamiento riguroso acompañando la convalecencia. Imposible contarlo a las familias conjeturales dejadas atrás, eran ellas las esfumadas del Sudoku de los afectos próximos, devastadas por el olvido con nombre y apellido.

Gravísimo error hubiera sido recurrir a la medicina laboral… al otro día sin más tardar sería denunciado ante la jerarquía, traicionado en mi secreto médico de hombre abandonado y despedido sin indemnización. Como le ocurre a Tom Hanks en “Filadelfia” cuando le descubren la mancha facial en el bufete de abogados; inútil cualquier intento de meditación introspectiva, los márgenes de reflexión placebo en autoayuda y la adrenalina anárquica se disparaba en todos los sentidos. Hice un enorme esfuerzo por producir, mediante estrategias de meditación trascendental, mis propias drogas con procedimientos artesanales, de las cuales fui conociendo sus nombres familiares: Oxitocina, Dopamina, Serotonina y Endorfinas. En cierto momento creí que el mal se volvía irreversible, el asunto era crisis de diferencial entre memoria y olvido; otro de los tantos caminos de acceder sin escalas mortificantes a la locura liviana, de las fobias resignadas a la prisión mental sin reacciones violentas.

Ahora estoy en plena crisis consecuencia de recuperación, habiendo identificado la escena al origen del desarreglo e intuyendo que el final de la comedia está cerca. Sólo quedan veintidós escalones minutados para dejarlo grabado con mi voz, antes de que llegue la noche sedienta con su manto de olvido. Dejarlo por hablado, supone adelantar la confesión alegato ante los dioses intransigentes del juicio escatológico que me aguardan; conservar la débil esperanza en la condición humana. Creyendo que alguien salido de la nada escuchará mi dolorida deposición y -al menos durante sesenta minutos- retendrá que tuve una vida tronchada de ficción. Pasé de largo por el jardín botánico tropical abierto al público, sin dejar otra traza visible a los paseantes de la tarde que palabras de papel combustible ardiendo en una chimenea. Si al menos tuviera una sola historia lineal desgraciada testimoniando lo mal que me trató la vida… supongo que me daría maña para hacerlo e incluso suscitando empatía.

Les puedo asegurar que la crónica del hombre abandonado nunca estuvo dentro de mis competencias. Lo que me perturba, lo de verdad obsesivo e incomunicable y puede desorientarme sin saber si me halló lúcido o dentro del sueño, si soy capaz aún de razonamientos lógicos o sólo puedo desplegarme en el relato intermitente del desquicio, lo que me hace dudar si estoy en un culebrón hormonal de la cuarentena o legando mis memorias de ultratumba, son las notas al pie de página. Los bonus de compensación posteriores, la vuelta de tuerca final forzosa de los filmes de horror, las tomas descartadas en el montaje final, el making off de mi relación rescindida con Alicia Planck.

* * *

Minotauromaquia al claro de luna

Que hay en aquellas dehesas
un toro… Más luego vuelvo,
y quédese mi palabra
empeñada en el silencio.

Góngora

-Ringo, se llamaba Oscar Bonavena y le decían Ringo, tiene que acordarse… seguro que en cualquier momento de la conversación le viene a la memoria. La evocación es apenas el principio buscando la salida cuando uno anda perdido entre whisky y palabras, confundido por recuerdos que el tiempo sigue sin explicar. Una historia siempre viene detrás de otra, la de Ringo es la punta de la madeja que conozco mejor. Si es verdad que el laberinto encuentra su sentido después de muerto el Minotauro, lo intrincado es salir con vida de los cuentos, quiero creer que estamos en buen camino… sucedió hace pocos años y sin embargo sigo dudando si alguna vez ocurrió. 

“Ringo era un boxeador argentino como Luis Firpo, el ángel toro de las pampas que mandó a Jack Dempsey al ring side en el primer round, allá por los años veinte; igual al final le robaron el campeonato a Firpo. Ringo también llegó a pelear por el cinturón mundial de los pesos pesado ¡nada menos que con el negro Clay! Lo que Ringo guapeó aquella noche no está escrito, promediando la pelea lo tuvo a mal traer al moreno que agarraba recostándose contra las cuerdas para ganar tiempo. Después lo noqueó a Bonavena en el último round, hay que embromarse… justo en el último round… la jodida vida le robó por unos miserables segundos la leyenda consuelo de haber aguantado a pie firme hasta que sonara la campana. A los seis años de aquella noche torcida lo mataron como a un animal de un tiro de fusil en un rancho prostíbulo cerca de Reno, creo que era el Mustang Ranch. Por esos tiempos yo trabajaba en nuestra embajada de ciudad México y fui el encargado de los trámites relacionados al cuerpo de Ringo, la muerte y la lástima pesaban más de cien kilos, nada quedaba del grandote pintoresco que terminó fusilado por un lío de putas en el oeste. El amañado informe policial decía que se puso cargoso delante de una alambrada porque le prohibían entrar a llevarse una hembrita conocida, habrá gritado con su voz inconfundible abran hijos de puta, no saben con quien se meten que les rompo la jeta con una mano atada, cosas por el estilo. Del otro lado del alambre y los candados alguno fumando y sin prisa lo dejó hacer un buen rato, con pericia de veterano de la guerra de Corea levantó el fusil desoyendo los piropos de Ringo hasta crucificarlo en la mira telescópica, como se hace con los pumas rabiosos y luego apretó con desprecio el gatillo. La única bala le partió el pecho sudado de bourbon ablandado por los kilos de más, desmemoriado del corazón por tantos golpes en la cabeza. Seguro que cayó desparramado queriéndose sacudir la muerte llegando tan rápida, revolcándose como toro estaqueado en la sombra del burladero.

“Fue al ir a buscarlo a través de la maraña de carreteras del norte cruzando los desiertos cuando reapareció la otra historia, el segundo pasadizo a la salida, lo sucedido con el flaco Armando Cristiani. De ese seguro no tiene idea y sin embargo es todo un personaje, mi padre me contó la espuma del cuento de Armando, que integra la tradición oral de los funcionarios diplomáticos destinados a México… mejor dicho integraba porque exceptuándome ya nadie la recuerda. Será porque sucedió por la misma época en que se empezó a conocer el escándalo del cónsul Firmin, antiguo asunto que siguió acaparando las habladurías durante años. Cristiani era o es envejeciendo vaya uno a saber dónde, un uruguayo adjunto al consulado de su país, que luego de otro asunto de cuerpos repatriados largó todo y se perdió en el norte. Nunca más se supo nada de su vida, a mi padre aquello lo afectó muchísimo, tenía por Cristiani la estima explicable por algún secreto compartido y cuando tomaba unos tragos de más repetía: “Armando, querido amigo, brindo por vos, para que algún día puedas olvidar, por tu suerte donde estés y que Dios te bendiga.”

“Quién lo diría… en el largo y enredado trayecto de salida necesito contarle a usted relaciones entrecortadas para matar el tiempo, con la ilusión vana de que pueda ayudarme a ver claro, como si hubiera de verdad en esto un capitulado de desierto, polvareda, alcohol y soledad con muertos fronterizos llegando puntuales cuando el sol se amontona. Donde están escritas instrucciones capaces de permitirme -a mí- escapar de una vez por todas de la confusión que reaparece siempre, siempre… Después de lo de Ringo tengo miedo insistente a manejar en el desierto, perderme en parajes irreales donde pueden encontrarse las pesadillas olvidadas, allá sobra espacio para que salgan de la cabeza a jugar ante nuestra mirada incrédula. Es por aquella mañana… manejaba como un loco a más de ciento ochenta para llegar al destino que temía engañoso y donde aguardaba el cuerpo aporreado del púgil compatriota. La radio dentro del auto era insoportable, tenía las ventanillas cerradas por el calor, apretaba el pie contra el acelerador, empujaba con los brazos el volante nacarado. En esa situación sólo venía a la cabeza la historia del flaco Armando, que debiendo de ser ajena a mi memoria aparecía con familiaridad de recuerdo de mi propia infancia o visión premonitoria del futuro. Temía encontrar el fantasma de graves gemidos del montevideano haciendo autoestop en la carretera, porque le asignaron la misión de acompañar a quienes vamos a buscar muertos a la frontera. Desde entonces aprendí a querer esta ciudad de los temblores, jamás salgo de ella y suscribo su crecimiento desmesurado alejándome del desierto, necesito el smog irrespirable para que impida al sol golpear impunemente piedras sagradas y sacrifique el juicio de todo calendario con serpientes. Después de ir a buscar el primer muerto a la frontera desaparece la certeza de saberse en el lado correcto, como en medio de una borrachera o un relato con corredores, setos, escaleras y paredes falsas. Un purgatorio sin salida.

*

La llamada vino directo desde Moctezuma en pleno carnaval, el consulado estaba vacío, había pasado cinco minutos a buscar un par de botellas cuando sonó el teléfono. Al principio quise desentendí del asunto pero en la oficina sin personal el sonido ocupaba una a una las habitaciones, era molesta la insistencia, la idea de que alguien del otro lado de la línea luego de veinte señales ininterrumpidas, fuera incapaz de entender la ausencia de funcionarios o pudiera desconfiar mi presencia. Exasperado, rumiando una respuesta indignada tuve la desafortunada idea de contestar.

Sin darme tiempo a la ironía la voz de alguien irascible comenzó pidiendo perdón por la molestia; allí mismo de donde comunicaba, a un par de metros, tenían un muerto indocumentado con mapas y banderines de Uruguay. En un tono de voz convincente argumenté sobre horarios, días de festejo, momentos inadecuados, competencias establecidas por el escalafón, expliqué más de una vez que el cónsul general estaba de viaje hasta la próxima semana, insinué una posible confusión de enseñas patrias y nacionalidades. Del otro lado se los oía fastidiados, fregados por la situación, negándose a entrar en razones sobre impedimentos prácticos para seguir en línea que yo les daba. La conversación derivó a cuestiones de Estado, imposibilidad de postergaciones, urgencias diplomáticas y se tranquilizaron recién (por el teléfono se adivinaba la confusión de otras opiniones superponiéndose) cuando -a regañadientes- les aseguré que mañana alguien se presentaría allí en misión oficial. Colgué el tubo con rabia, miré para todos lados y como la oficina seguía tan desierta como antes me insulté a mí mismo por ser tan imbécil. Le dejé unas líneas al cónsul resumiendo la situación, hice un par de llamadas presentando excusas por mi ausencia que no fueron creídas, saqué unos pesos de la caja pues andaba sin efectivo, tomé las llaves de la Chevrolet grande y salí disparado, renegando del festejo arruinado por un asunto que ni condescendieron a detallarme por larga distancia. La tonta conciencia del trabajo me acorraló, una súbita tristeza por un desconocido muerto haciéndome entender que sólo podía seguir hacia adelante.

Exceptuando tres horas de pesadillas en un motel de la ruta, el resto del trayecto manejé desesperado convencido de poder adelantar el tiempo achicando distancias, deseando que todo terminara pronto, presintiendo al final del camino una situación extravagante. Preguntando en Moctezuma aquí y allá, a máscaras sueltas que encontré en la calle, borrachos rezagados invitando a festejar, bien entrada la mañana llegué a la dirección convenida. Las señas respondían a la dependencia local del poder judicial, desde afuera tenía tufillo de clandestinidad intuida el día anterior; los tipos esperaban impacientes, curiosos, cabreados y por alguna razón estaban necesitando a alguien como yo. Supe que tampoco estaban dispuestos a evitarme la experiencia de sentirme un intruso detestable, uno de ellos movió la cabeza reconociendo mi presencia, anunciándole al resto la llegada -por fin- del mequetrefe que esperaban. El mismo hombre se acercó hasta donde yo estaba, tendiéndome por pura formalidad una mano huesuda y comenzó la conversación deseando que nada de aquello que debíamos hacer juntos pudiera complicarse.

-Asunto escabroso, dijo señalando con la mirada hacia un rincón donde, tapados a medias con mantas viejas descoloridas y cortas había dos cadáveres esperando algo en lo que debía intervenir. Los encontraron en las afueras cerca de unos depósitos abandonados, siguió como rememorando un cuento sabido sin sorpresa final. Estaban desnudos tirados al costado de un alambrado, se ensañaron, ahora están lavados y la primera visión fue desagradable. Uno de los cuerpos está identificado, lo reconoció aquí el amigo, y señaló al gordo de lentes negros espejados jugando con un mondadientes entre los labios. El muerto salió en la prensa con foto, es muy popular entre los aficionados al deporte, el otro estaba de ojitos abiertos descreyendo la realidad de lo último que miró en vida. Nos permitimos revisar los bolsos y aparecieron papeles de su patria, por eso llamamos… perdone las molestias causadas, la urgencia es comprensible… quizá ustedes saben algo y ayudan a zanjar rápido un asunto que se presenta feo. Deben hacerse cargo del occiso, avisar a la familia, etcétera, etcétera… dijo.

Avancé hasta las medias piernas sobresalientes de festones deshilachados, el gordo del escarbadientes acompasó la marcha con la esperanza de que la escena me hiciera vomitar. Cuando levanté las cobijas casi le doy esa satisfacción, detrás del olor dulzón subiendo prepotente y el asco con pátina de muerte instalada, era posible imaginar dos estatuas cretenses de bronce carcomido por siglos de sepultura, reventadas a martillazos de serafines posesos.

-En el carro había botellas para embriagar un regimiento y porquerías de carnaval, escuché.

Le pedí que mostrara las pertenencias del desconocido y sin esperar autorización revolví entre lo que quedaba, lo poco despreciado por quienes se llevaron el resto. Había un mapa del país, insignias de las que se colocan en las solapas y banderines de tela enrollados, busqué en los meandros de la mochila. Si el muerto era en verdad un compatriota por allí aparecería alguna cosa, en efecto, dentro de un falso bolsillo había algo cosido. Enganché con los dedos hasta arrancar lo que resultó ser un carné pequeño, lo abrí y desdoblé la hoja, vi la cara seria de un hombre joven como el muerto, debajo de la foto leí Domingo Gonçalvez y Oriental, veintitrés años, deportista de alta competición. En acto reflejo me volví a contemplar el cuerpo destrozado, digiriendo la sorpresa de que ese esperpento tirado por el suelo, pudriéndose desde hace una punta de horas era Míster Uruguay cuarteado a machetazos, como novillos vaciados en mataderos del frigorífico Swift detrás del Cerro montevideano. La musculatura estaba abierta en canal, su carne tumefacta y machucada se pudría sobre las losas frías y cuadradas de una dependencia judicial de quinta categoría. Necesité sentarme en un rincón sin que nadie importunara tratando de hacerme la composición de lugar, era urgente entender y aclarar una situación semejante a un mal sueño más que a la realidad cercándome. Creí escuchar que el grupo murmuraba, podía ser que amplificaba en el vacío del cerebro el zumbido goloso de moscas danzando, sobrevolando impacientes los bordes de heridas apetecibles donde los cortes profundos llegaban al blanco lunar de la osamenta.

Si hubiera dejado de ser carnaval por un par de minutos pude haber aceptado la irrealidad de la situación, estaba sudado del viaje por tierra, sucio, hastiado del calor y la garganta reseca, el cadáver de nuestro mejor ejemplar varonil cerca de la frontera al otro lado del desierto. Sin saber cómo proceder en tal situación, imprevista hasta por un alucinado redactor de manuales para funcionarios de Relaciones Exteriores; miré a los hombres que estaban impacientes por mi silencio, entendí que por propia iniciativa ninguno daría información útil ni aunque la tuviera, conformándose con que firmara cuanto antes un papel con aspecto de documento oficial, cargara al ciudadano metido en una bolsa plástica, dejara dinero para solventar molestias de los últimos días y baldeara -acaso- el patio hasta disolver la mancha colorada que seguía estancada en algún rincón del infeliz. Sabiendo que las instancias lógicas de negociación estaban clausuradas, quedaba el atrevimiento, mi impostada altanería de señorito fastidiado por lo sucedido.

-En buena están carajo, comencé a hablar dirigiéndome a cada uno, a nadie en particular. Por lo menos lío diplomático… mi gobierno exige un informe detallado, nadie piense que levanto ese muerto sin escuchar antes una explicación satisfactoria.

Ya de pie acomodé con displicencia el saco azul cruzado y me pasé la mano por el pelo lleno de tierra. Después de tan largo viaje mi aspecto era calamitoso, le imprimí algún detalle a esos gestos bordeando el desdén que pudo intrigarlos y supuse un sentimiento de indignación cuando se miraron entre ellos. Fue el gordo de lentes espejados quien se acercó hasta que nuestras caras estuvieran a pocos centímetros, desde donde puede reconocerse el espesor de los alientos.

-Y usted quién mierda se cree, dijo masticando las palabras.

-Me creo el embajador del país de ese ciudadano carneado en esta mierda región.

Al no recibir de inmediato un puñetazo en el estómago supe que la mentira había pasado, siendo necesario esperar unos segundos como con el efecto de anestesias locales; hasta que otro de los hombres que había permanecido en un segundo plano, introdujo las oportunas palabras de conciliación.

-Señores, cinco minutos para tomar aire. Luego nos reunimos y aclaramos malentendidos… calma caballeros, se los pido encarecidamente, estamos fatigados e irascibles… tengamos un poco de respeto por los muertos aquí presentes.

El que habló era un hombre joven y delgado, vestía como alguien con veinte años más habituándose temprano a su atuendo de funcionario en condición de juez de instrucción principiante, autoridad suficiente para los primeros trámites relacionados al muerto conocido. Habló con calma de licenciado nostálgico de oratorias periclitadas, articuló la intensidad de las frases mediante dicción parsimoniosa al límite del engolamiento e inclusive logró darle al lugar común del final una solemnidad de jaculatoria definitiva. Se acercó con otra noción de las distancias que tenía el gordo, movimientos y ritmos adecuados a la escena que estábamos viviendo. Con naturalidad de viejos conocidos apretó mi codo hasta la intensidad del duelo creíble, como si en silencio respetuoso viniera a darme el sentido pésame por la desgraciada pérdida de un ser querido.

-Si le sirve de algo, también los sucesos fastidiaron mis escasos días de reposo al año, dijo y apagó un tanto el tono de voz. Despreocúpese señor embajador, cuando los hechos tiene apariencia complicada terminan por aclararse de manera sencilla.

-Alguien debe saber algo de lo sucedido con esos pobres hombres, le dije en voz baja aceptando los términos propuestos para la plática.

– ¿Vio los cuerpos? preguntó consolidando la complicidad asimilada de buen grado. Una verdadera carnicería… le juro que jamás vi nada igual. Donde los encontraron, más durante los días de fiesta nunca faltan cuchillos y balazos; por tales incidentes nadie se molesta, esto es diferente… dijo siendo sincera su preocupación. Liquidar con esa saña a dos forzudos que no le hacían mal a nadie… mis hombres están cansados, le aseguro que trabajaron a conciencia yendo más allá de los límites aconsejables. Tampoco los juzgue mal señor embajador, los conozco y son buena gente, algo rudos pero conocen el oficio, tarde o temprano hallarán una pista. Tiene mi palabra, cuando surja la menor información ustedes en el consulado serán los primeros en enterarse… tanto cuerpo pobres muchachos y terminar despanzurrados como marranos.

Lo miré a los ojos unos momentos siendo imposible deducir si podía creerle por lo menos el trato cordial; él logró el objetivo de comprometerme en la situación y oía el susurro compasivo de traspasarme buena parte del problema. Era un hombre sin escapatoria y ambos lo sabíamos, miré hacia todos los lados y en cada rincón, objeto o rostro estaba la presencia de los muertos que permanecieron destapados. En vida tuvieron un color moreno de piel similar, su pigmento estaba teñido ahora del tono de la cera pasada por la llama que cuelga desbordando candelabros litúrgicos. Estaban depilados en todo el cuerpo excepto un triángulo pequeño, casi una motita, de los pendejos; por efecto de luz transversal filtrada por cortinas sucias de tramado abierto, parecían mover los músculos superiores, que desde dentro insistiera un corazón de toro bombeando sangre fresca para llevar a término un ejercicio de pectorales.

Tranquilo y resignado, viéndome ingresar en otra sucesión de hechos impredecibles acepté la versión del juez envejecido joven como la única a la que podía aspirar por el momento. Firmé sin leer el papeleo que fueron presentándome, quedaba por delante mucho carnaval y conocer el secreto de cómo a esos los disfrazaron de muertos de verdad. Una corazonada murmuró al oído que estaba comprometido en la historia más de lo prudente y llegaría a saberlo todo de ese muchacho Domingo, a rearmar las últimas horas de vida aunque fuera sólo en mi imaginación delirante.

Entre tres individuos sacaron el cuerpo de Domingo al sol de la vereda, con un envión de reses llegando al abasto lo metieron en la camioneta. Un funcionario trajo granos de café y los esparció en el interior de la bolsa de polietileno.

-Así hiede menos, doctor.

Les ofrecí las botellas de coñac que fui a buscar a la oficina en un pasado remotísimo y ellos aceptaron, anoté de apuro datos elementales asegurándome para el resto de mi vida los términos de la verdad vivida y evitar confundirlos con una pesadilla de mezcal. Saludé uno por uno al personal que estaba en el local menos al gordo de las gafas espejadas que se quedó adentro, aparentábamos ser un grupo de amigos despidiéndose al inicio de las vacaciones. El de manos huesudas sonreía, el licenciado hacía adiós apurándome para que me marchara, acomodé los espejos retrovisores siendo un gesto innecesario al conocer de antemano el cortejo que por años me seguiría de cerca sin decidirse a pasarme.

Puse primera, salí despacio buscando caminos de regreso, quería desandar senderos de fuga sorprendido por descubrir que en la patria teníamos un Míster, masa de músculos descalabrados metidos en una bolsa de basura con granos de café. Cuerpo quietito hinchándose, parecido a vacas ahogadas patas arriba que traen a la deriva correntadas de ríos crecidos en mis pagos de origen. Desde ahí, yo que manejaba tan bien, descifraba mapas y señales indicadoras, me extravié en un bordado de caminos vecinales. Atravesé en ambos sentidos caseríos de una sola calle, entré mal en autopistas, tomé carriles equivocados optando por atajos desconocidos, di rodeos extensos restituyéndome a los mismos cruces; y estuve tres días extraviado entre pasajes y galerías al aire libre, fumando, bebiendo café mientras el hedor a muerte contaminaba asientos, el tablero y cristales de la camioneta. Cargaba gasolina cuando llegaba a la reserva, sin preguntar a los despachantes por orientación alguna seguía adelante olvidado del tiempo transcurrido, de si llegaría a encontrar la salida. Estaba descubriendo mi recorrido futuro, forma imperfecta del escondite y revelación de conocimiento.

Entregaría el cuerpo de Domingo y volvería al norte lo más pronto posible a reconstruir el trayecto entre carreteras lindando las fronteras, llevando más lejos de donde anuncian los carteles. Ahora dudo si sabré volver a Moctezuma, si esa ciudad existe realmente sobre la tierra y te lo cuento a vos porque sé que esta historia morirá contigo.

*

-Así que usted es el charrúa.

Allá de donde había salido le pagaron un billete de avión en clase económica, el gerente de la Pan American local aficionado al deporte de competición, contribuyó con un descuento generoso. Llegó temeroso sin inconvenientes hasta la capital azteca, desde ahí a El Paso -le dijeron- era un par de horas en autobús. Domingo les creyó hasta que preguntó en el aeropuerto y entendió que por error sin mala fe de los dirigentes del comité olímpico, estaba perdido a cientos de quilómetros de El Paso, donde en una semana sería la apertura del Panamericano de fisicoculturismo 1958 donde que participaba por primera vez un uruguayo.

Domingo era medio brasileño y oriental nacido sobre la línea imaginaria que cruza la ciudad de Rivera al norte del país. En los ambientes deportivos se corrió la bola de los logros prodigiosos del musculoso fronterizo, a uno de los ingeniosos que nunca faltan se le ocurrió la idea de mandarlo a competir al exterior. Una embajada de dirigentes fue a entrevistarlo a la tierra de nadie dibujada por una sinuosa frontera hecha de arroyos, mojones y cuchillas enanas, de nombres que los escolares aprenden de memoria como ejercicios jesuitas. Una comarca donde quedan residuos de la antigua provincia cisplatina que fuimos y se oye en almacenes de ramos generales un portuñol atravesado, sobre la franja donde gaucho pasa a ser gaúcho, los acordeones riograndenses subliman la independencia del poder central y orientales centenarios recuerdan expediciones hasta un verde norteño tropical, cuando algún paisano corajudo a pura chuza, fusil de pedernal y caballo orejano llegó a las puertas de San Pablo.

-Domingo Gonçalvez para servirle, dijo el uruguayo con acento brasileño.

Cuando tomó distancia tangible con El Paso mesurando la imposibilidad de estar allí antes de varios días, buscó en los bolsillos del pantalón las pocas referencias que le dieron por si acaso y decidió ir hasta un gimnasio que podía ser terreno conocido. Salió del aeropuerto sudado y hambriento, caminaba aferrado a la valijita chiquita con relación al cuerpo trabajado, como lo era el saco azul que le dieron para los actos oficiales. Consiguió ignorar el tamaño inconcebible de la ciudad y olvidar el correr de las horas, remontó el desaliento cuando le indicaban trayectos interminables y pudo dar con la dirección. Llegó por fin a lo que podía parecer su destino, abrió las puertas del gimnasio y se paró delante del conserje.

-Buenos días. Busco a Policarpo Rojas, dijo.

Sin más información apelaba a la aristocracia de números clausus, cultores de divinidades con fibras musculares exigidas al máximo, identificándose con una clase anatómica de autoconciencia forjada delante de espejos, en lidia contra hierros pesados a la conquista del reinado de la deformación. El portero evaluó la medida de la caja torácica expandida del desconocido, miró botones tensados de la camisa, las orejitas pegadas al pelo por la presión ascendente de músculos del cuello y le dijo que esperara.

A los pocos minutos llegó un hombre enfundado en chándal con capucha y bombachos amplísimos.

-Mande, dijo.

-Vengo de Montevideo, voy a El Paso, usted sabe, el Panamericano. Nadie dijo que era tan lejos, tenía señas del gimnasio y su nombre. Vine caminando desde el aeropuerto, ando corto de plata sin idea de dónde hacer noche.

Domingo lo dijo de corrido sin pestañear ni un tantito de vergüenza, tampoco pedía ni buscaba avivar lástima, estaba ahí como albañil sin trabajo, peón rural en el atardecer. El otro lo miró pensando en una broma de algún chistoso para molestarlo, estaba entrenando fuerte con todas las comodidades y tampoco entendía los términos del credo de desamparo que venía de escuchar. Extraña situación y si aquello no era una guasa, delante suyo tenía a un competidor que en pocos días subido a la tarima de exhibiciones haría lo imposible por ganarle.

-Así que usted es el charrúa, dijo Policarpo Rojas.

-Domingo Gonçalvez para servirle.

-Algo se hará, respondió el mexicano. Estamos en medio del entrenamiento. ¿Gusta?

Domingo estaba agotado por el viaje interminable en el que aún seguía, acepto igual el tibio desafío del otro que pretendía conocer hasta dónde estaba dispuesto a pagar el charrúa. Después de las horas pasadas caminando la ciudad la sola idea de un afuera lo atemorizaba, las voces del gimnasio por el contrario, mezcladas con sonido de discos de metal entrechocándose, el aroma a eucaliptos del vapor de duchas calientes y toallas lavadas con poderosos detergentes, le llegaban en oleada parecida al amparo de una cocina amiga; el refugio providencial cuando comienza la furia de la tempestad.

-Hoy hago dorsales, dijo Domingo.

-A mí me toca piernas.

Policarpo acompañó a Domingo hasta los corredores del vestuario, lo dejó solo para que se cambiara y descubriera la salida hacia la sala de aparatos. Fue sencillo para Domingo seguir el rastro llevando al área de entrenamiento, apenas ingresó al lugar quedó maravillado, el único recuerdo parecido debió buscarlo en la infancia cuando visitó por primera vez la sección juguetes de la tienda London-París en la avenida 18 de Julio de Montevideo. Era la más linda y completa sala de aparatos de todas donde había entrenado, aceros cromados sin que la película metálica haya saltado en ningún punto, números arábigos recién pintados indicando el peso de los hierros redondos. Adosadas a los muros había bellas estructuras complejas de las que Domingo ignoraba las funciones específicas; recordó sus primeros pasos con fierros robados de ferrocarriles abandonados, soldados a soplete en el taller del tío, recordó el sótano del club L’ Avenir donde le permitieron entrenarse las últimas semanas antes de partir al Panamericano. Allí todo era más bonito, tenía la lindura de lo recién descubierto.

Una vez pasada la primera impresión con mirada de infancia, Domingo comenzó el calentamiento olvidado del hambre y la falta de azúcar en el cuerpo. Daba gusto templar la maquinaria con aparatos aceitados, sin chirridos constantes de fierro contra fierro ni desequilibrios en los extremos de las barras. Domingo sabía que Policarpo estaba concentrado trabajando muslos y pantorrillas, un olfato de animal de gimnasio le dijo que un número grande de ojos entrecerrados por el esfuerzo lo vigilaba. Como un toro, Domingo bajó la cabeza y arremetió sin tregua por espacio de cuarenta minutos de trabajo intensísimo, clavó su piel en la banqueta de cuero vacuno, organizó las cervicales de tal forma que quedaron firmes como cariátide para iniciar un juego despacioso y tenso del envión vertical. La seguridad del hierro entre las manos le hacía olvidar lo padecido hasta el presente, con cada diez series de diez Domingo aumentaba dos kilos de peso en los costados. Llegado el límite asignado para ejercicios de mantenimiento, en las dos últimas series sobrecargó de manera ostensible el kilaje al punto de concitar el silencio de otros por ahí mirando, que destacaba sonidos roncos de su respiración y quejas secas de asmático en crisis ayudándose en pesados empujes de la barra hacia el techo. En cada envión mantenía el peso a la máxima altura de los brazos extendidos y luego de contar hasta la eternidad de cinco, flexionaba los brazos despacio bajando centímetro a centímetro, dominando el descenso hasta la punzada aguda en los omóplatos, sentir en las pestañas la molestia de gotones nublando la visión, forzando a completar el ejercicio de ojos cerrados, guiándose por el ruido de los kilos golpeando el tope indicando el final.

Domingo salió bufando del sector dorsales, caminó hasta quedar delante del espejo grande, se descalzó y arremangó el pantaloncillo dejándolo de tamaño taparrabos. Con la camiseta recién sacada se enjugó el sudor de la cara, pecho y axilas, luego tiró a un rincón el trapo que cayó junto al cajón de talco para las manos. Enfrentado a la luna se aplicó al juego de respiraciones relajantes encontrando en su interior el soplo del descanso, el cuerpo de Domingo se infló esculpiéndose al saberse cotejado a la provocación de imagen reflejada, examinado por su doble del otro lado del azogue, sobre el mercurio sofocando transpiración del cristal. Quedó satisfecho con la confrontación luego del viaje en avión, seguía temiendo la flojera de los trapecios que parecían músculos de otro cuerpo, tenía una semana para mejorar su talón de Aquiles en la competición. Cuando aflojó la presión de ensayo general, Policarpo que estaba a su lado le alcanzó una botella de agua fresca.

-Mi cuñado tiene un cuarto libre. Si gusta por hoy… mañana hablamos, le dijo Policarpo. ¿De dónde me dijo que era?

Domingo quería decir que venía del barrio más lindo de Rivera pero el otro quedaría sin entenderlo.

– ¿Ubica Uruguay? dijo a manera de respuesta.

– ¿A poco? Maestro, que cabronada le hicieron a los vecinos en el año cincuenta en su propia casa.

Domingo sonrió, recordando que en la frontera cuando la final de Maracaná ellos festejaron y lloraron a la vez.

-Mire charrúa, los gringos se cagan del carnaval y armaron el Panamericano estos días. El asunto pasajes hacia el norte está bravo. ¿Le hace venir juntos a El Paso? Mi cuñado presta el Impala y vamos yendo despacito, con tiempo.

-Gracias, muito obrigado, respondió Domingo usando idiomas que se entreveraban cuando niño en la casa familiar, deseando duplicar por lo sencillo los agradecimientos de tanta suerte que venía encontrando desde que entró al gimnasio.

Esa noche Domingo rechazó por timidez la invitación de los anfitriones para salir a conocer la ciudad. Desde el aeropuerto hasta el gimnasio, entre preguntas, caminatas, camiones, extravíos del rumbo en un par de ocasiones y vuelta a pasar por rotondas que pensaba haber dejado atrás para siempre, echó el mismo tiempo que en ir de Rivera a Montevideo en remolques de ganado.

El deseo era llegar a El Paso y hacer lo imposible por salir adelante en la competición. De todo eso soñó cruzando su primera dormida mexicana y despertó más cansado que si hubiera pasado una noche de insomnio.

-Mañana llegamos, dijo Policarpo.

Esa vez el adiós al alba fue sin reporteros ni fotógrafos de prensa, la salida de ambos en amanecer de carnaval hizo de la escena cuadro de despedida familiar. La hermana de Policarpo preparó unos pastelitos para el viaje, el cuñado miraba preocupado el Impala recién pintado de un verde malva y en los vidrios del coche había adhesivos con banderas del país. El campeón local prefería viajar despacio, sintiendo en el cuerpo que era dueño del irse, el llegar y del tiempo intermedio; necesitaba horas suyas para concentrarse como los boxeadores antes del combate, escuchando su soledad previa al reencuentro con el alboroto del team de asesores, que lo esperaba en el clima de la competición y los halagos de la prensa que prometió una cobertura fenomenal.

Desde el retiro buscado y consentido Policarpo se sintió más cerca de Domingo, alejado de amigos y parientes que le dieran ánimos, venido caminando del país austral que el mexicano imaginaba lindando con selvas misioneras, iluminado por resplandores de la Buenos Aires nocturna que conocía de ver películas argentinas.

-Arriba ese ánimo, charrúa, dijo Policarpo y tarareó la rumba que dice “al carnaval del Uruguay…” Allí en el sur lo estarán pasando padre y nosotros aquí cuidándonos hasta los cojones por nada, agregó. El campeonato tiene dueño, los gringos piensan echarnos un negro impresionante… con suerte estaremos arañando el bronce.

-Puede, dijo Domingo.

Hablaron, hasta la lengua era músculo exigido en la coordinación del sistema, miología donde el conjunto ensamblaba reaccionando en rosario solidario desde los tríceps; organizando un dédalo rojizo hasta la galería central abdominal para luego perderse bifurcando en las piernas, bajando por la maciza pendiente de aductores, entroncando con gemelos responsables de tornearlas hasta los pies descalzos. Bajo la piel latía una estructura de fibras hipertrofiadas, orografía que ellos hacían emerger y retiraban a voluntad.

Cada tanto Domingo trataba de explicarse en qué momento comenzaron a dejarlo solo y lejos. “Es cerca Domingo… grande Domingo, usted puede… saque la garra charrúa, meta pechera y mátelos a musculatura.” Fue así, entre elogios lindando la grosería con despedida de oficina pública, vino clarete en damajuana y bandeja de sándwiches olímpicos, que le hicieron solemne entrega de media docena de banderines, unos mapas para evitar confusiones, cueros con gauchos repujados, estrofas del Martín Fierro y la sentencia “Recuerdo del Uruguay” grabada con clavos ardientes. Una réplica en metal dorado –“solamente si el tipo es importante y sacamos medalla” – del monumento a la carreta y un disco stender play del himno nacional envuelto en un pabellón de falsa seda: “nunca se sabe… por si trepa al podio de vencedores. Suerte Domingo, con usted ni el músculo duerme ni la ambición descansa.”

Buscando encerrar ese recuerdo donde cada detalle estaba retenido, Domingo se caló la gorra a fondo mirando con admiración la camisa de Policarpo igualita a las de Miguel Acevez Mejía, aquel charro con el mechón blanco y caballo bayo adiestrado que marcaba con patas delanteras el ritmo de las rancheras cantadas por el jinete.

-La clase, charrúa, dijo Policarpo intuyendo la intriga de Domingo por su camisa. Llegando allá como caballeros los impresionamos y si no fuera por el negro…

Pasaron horas para desentenderse del Distrito Federal, porfiando en quedar a los costados del camino como baba pegajosa de callejones recién abiertos, columnas de luz alumbrando el avance urbano, arrabales desamparados que eran ajenos a cualquier ciudad concebible. Cuando el único ruido provenía de la radio del coche, Domingo entendió que estaban en la ruta, mirando a ambos lados del camino temió quedarse a solas en el desierto de una frontera hostil. Le avergonzó aceptar que por primera vez veía de cerca el sol y Policarpo adivinó que ahorita mismo el compadre se estaba apendejando por la distancia que hay entre un punto y otro en tierras mexicanas.

-Estamos en México, le dijo, convencido de que una palabra podía explicar lo sentido por el otro.

*

El velocímetro indicaba cualquier cantidad de millas o quilómetros, Policarpo conocía de memoria el recorrido y en su caso se trataba de llegar pronto a alguna parte; para el otro, un paisaje sin montoncito de cipreses ni vaquillona rumiando referencias prologaba ese viaje hacia ninguna parte. Domingo hacía fuerza con los ojos, empujaba la mirada hacia delante y topaba con la línea del horizonte más lejana a medida que subía la temperatura de las chapas verdes del Impala, un reflejo insufrible de lejanísimas tormentas solares con densidad de arena molida se instalaba en sus párpados, hasta disolverse en la frente ablandando los huesos de la cara.

– ¿Falta mucho? preguntó.

-Hace tres horas que salimos, apenas. Tranquilo, igual al final está el toro negro.

Alguna vez durante el trayecto cruzaron otro carro que parecía venir andando sin parar hace más de un mes; graznaban pájaros de alas implantadas, Domingo vio a un costado de la ruta un cortejo de hembras, de varones en procesión lenta dirigirse a rendir tributo a cierta virgen local sin canonizar y él vivía el día más largo de su vida. Cada tanto detenían la marcha, bajaban a orinar o desentumecer cuerpos agarrotados, la musculatura pesada, incómoda como armadura de latón exigiendo frotarse con la fuerza y el ejercicio que hoy se posponía.

-Vamos a perder tonicidad.

-Tendremos cuatro días para recuperarnos, deje de llamar a la mala suerte con sus temores, le recriminó Policarpo.

El mexicano advirtió el miedo a lo desconocido pesándole al charrúa, el murmullo poseso de la superstición macumbera y se disgustó por descubrirse pensando que también él podía estar viajando por primera vez, a pesar de conocer carteles indicadores y ciudades cruzadas por las barriadas últimas.

-Puta madre, ese sol.

Algo se quebró cuando un zopilote atravesó el cielo. Había agua para beber, el motor del Impala respondía sin quejarse; en la radio cuando la onda de una broadcaster volaba, otra nuevecita se colaba para acompañarlos. Frecuencias de estaciones lejanísimas en ciudades fantasmas emitiendo canciones de Agustín Lara.

Igual algo se desgarró como tendón vital, anunciado por el vuelo rasante de ese zopilote y no de otro.

-Que llegar llegaremos.

Policarpo hundió la pierna en el acelerador, el horizonte dejado atrás se alejó otro poquito, pensando en el negro imbatible que prepararon los gringos abrió una botella y echó un trago largo de aguardiente caliente por el caño sediento del garguero. Se la pasó a Domingo, quien olvidando la abstinencia de los últimos días se zampó un buche generoso, dándole una excusa creíble a la borrachera de luz que lo tenía a maltraer, con ganas de vomitar como si tuviera algo en la barriga.

La tierra agrietada, el polvillo suspendido sobre los senderos borrados devoraban con sed ávida músculos y días de preparación, poses ante espejos, el desbordar la piel tensada hacia el espacio, empujando cuerpo afuera hasta ser un hombre depilado, aceitado, brillando en la luz de focos, en pupilas de jueces severísimos, despidiendo un haz de tornasoles epidérmicos indescriptibles.

-Pinche negro. ¿Conoce al brasileño?

-De oídas. Vi al chileno, al argentino. Bien, pero les podemos, del paraguayo ni noticias.

-Me hablaron del colombiano que se las trae, es primerizo como usted. Vivir al lado de los gringos tiene ventajas, uno termina por conocerles las mañas.

Domingo estaba en otro viaje donde esperaba encontrar los bigotazos de Pedro Armendáriz, a Lex Barker siendo Tarzán oxigenado ayudando a Esther Williams saliendo de la alberca y los cowboys de revistas leídas en Rivera; llegaría por fin al territorio de ranchos y haciendas donde arreaban miles de cabezas marcadas al rojo vivo. Marchaban por una carretera sin coyotes aullándole a la luna, emboscadas de apaches ni la sombra insurgente de los ponchos villistas. El desierto era diferente, quemaba recuerdos y lo mirado. Domingo pensó en esqueletos de vaca blanqueados por el sol del mediodía y picos ganchudos de pájaros rapaces, malogró arresto para preguntarle a Policarpo si la revolución terminó y por allí cabalgaban grupos resistentes detrás de los cerros; también el valor de confesarle que sabía de memoria la letra de La cucaracha y una vez en el biógrafo se hizo la paja mirando el pelo azabache y los hombros desnudos de la Katy Jurado.

Policarpo y Domingo llegaron a Chihuahua bien entrada la tardecita después de recorrer más de mil quilómetros de ruta. Esa noche se olvidaron del prólogo del dormir y pasaron directamente al sueño, tomaron una habitación en un hotel para lavarse, dejar los bolsos en seguridad y alivianados dar unas vueltas por la ciudad.

-Hijo de mil putas, negro de mierda.

A cada hora que pasaba, la masa de músculos que los esperaba al norte pasó de ser leal competidor a enemigo de estatura metafísica e invencible de antemano. Ambos avanzaban la escena del negro subiendo al proscenio a presentar su rutina con paso de triunfador, mostrando la dentadura mientras sin esfuerzo los músculos comenzaban a escapársele por los cuatro costados en aluvión incontenible, ofendiendo la platea cuando mandaba al frente el torso y a ritmo de Glenn Miller ordenaba danzar los pectorales, deslumbrando mujeres fumadoras, maricas lanzando grititos.

-Habría que matarlo, sentenció Domingo sin pensar que el rival estaba lejos; con suerte El Paso sería mañana, el otro domingo, nunca.

Todo en Chihuahua eran signos del carnaval, los hombres estaban bien y llegaron en los tiempos previstos, el Impala cumplió su misión a las mil maravillas, los grifos de la bañera funcionaban. Cada cosa que hacían tenía una leve pendiente hacia la perfección aventando contrariedades, era la generosidad rara de la vida, lo insoportable obsequiándoles breves alegrías a término antes de desampararlos en la soledad de El Paso.

– ¿El colombiano le podrá?

Salieron a las calles buscando que les pasara algo inesperado, las muchachas los miraban entregadas de antemano y en los bares en cuanto reconocían a Policarpo se negaban a cobrarles.

-No me gusta nada, dijo Policarpo. Nos tratan como si fuéramos muertos.

– ¿Cómo dice?

-Nada… mejor vamos a que nos meen los perros.

En todas las carreras de galgos recuperaron por lo menos la apuesta y en las dos últimas -a pesar de jugar a propósito a las patas de los más apestosos podencos- igual se apropiaron de unos miles de pesos que hubieran preferido perder. Domingo tenía en sus manos más billetes juntos de los que había visto en toda su vida.

-Mire.

-Olvídese que faltará tiempo para gastarlos. Hay que irse rápido, la Vieja viene por nosotros y nos está siguiendo.

– ¿Qué vieja? preguntó Domingo, que tenía dificultades para entender el susto del otro.

-La Vieja. Quiere impedirnos llegar a El Paso. ¿Usted cree en Dios?

-Creo en Yemanyá.

– ¿Y esa?

Salieron del canódromo, recogieron sus bultos en el hotel y montados en el Impala con la radio a todo volumen cruzaron en rojo los fuegos de la ciudad, creyendo que avanzando así sin mirar hacia atrás estarían salvados. Seguía golpeándoles en el cerebro el aullido de los perros nerviosos antes de la largada, hubieran querido ser flaquitos para andar más deprisa, huyéndole a la vieja que los codiciaba y tiempo para rezar pidiendo perdón por el pecado de tener tanto cuerpo. Domingo echó en falta el carnaval con gusto a cachaza en la boca y escolas do samba interminables por los bulevares, distintas a la fiesta inquietante con tanta calavera andando por ahí.

Excedidos de musculación ellos debían pasar la mascarada de costillas pintadas sobre camisetas negras y calaveras dibujadas sobre trapos raídos. Era tarde para abandonar en Chihuahua el pesado disfraz de musculoso, nada puede el sobrecargar la anatomía de horas fatigadas intentando esconder el esqueleto: Ella sabe que debajo de tanto bulto durito y bailarín, tanto aceite desparramado sobre el pellejo y tanto pendejo despendejado está la bolsita quebradiza de los huesos. Eso la Vieja lo conoce y es la causa de que mande correr a los galgos más flacos detrás de otra muerte, disfrazada de liebre peludita de juguete, mientras los hombres apuestan hasta lo que no tienen queriendo adivinar cuál perro, qué muerte numerada llega antes que otra.

– ¡Vamos mi perrito! había gritado Policarpo y Domingo que veía por primera vez correr así a los galgos, aprendió que después de ladrar los perros escoltan a la Muerte, galgos finitos, corredores enjutos puro hueso como hidalgos ociosos y flacos rocines trotando penosamente las más veces del año.

*

La guantera del automóvil estaba repleta de billetes y en el asiento de atrás había demasiadas botellas de tequila Cuervo, al cruzar un mojón del camino con el número comido por el polvo y el viento las voces de la radio del Impala cesaron, por ningún raquítico resquicio del dial se filtraba música alguna como si ellos hubieran penetrado en una comarca donde era innecesaria la palabra. Hacía rato que debían haber pasado por algún lado, pero seguían avanzando por la recta sin hablar entre ellos, calculando que estarían por llegar a la mitad de la primera mitad del trayecto final, cuando dieron con un cruce sin registrar en el mapa de la Texaco. A unos noventa metros y del lado derecho había restos abandonados de lo que pudo ser una gasolinera, una fonda, algunas casas. Convencido de que Domingo estaría de acuerdo Policarpo se metió por el camino polvoriento; ellos estaban muertos, el sol caía a plomo derretido licuando las sombras que se escurrían como lagartijas, perdiéndose por el suelo caliento. El camino se extraviaba en una lejanía indefinida de polvareda colorada, como si por aquel rumbo galopara sin poder avanzar una caballada desbocada, echaron un trago y no había nada que hacer.

El charrúa fue el primero en llegar hasta el coche, abrió el cofre y sacó su mochila, por los poros Domingo exudaba un sudor de hueso acuoso. Policarpo acompañó al otro Míster imaginando un vestuario cubierto con aire acondicionado, se vistieron sin prisa prontos a una sesión de entrenamiento; algo les había robado la noche, las ganas de descansar y callados, dando saltitos para entibiar el cuerpo recalentado se internaron en el caserío. a cada paso en el interior el lugar predestinado era más grande, como si fueran sumándose al conjunto casas deshabitadas invisibles a la imaginación. De la intersección del sol con el vacío se erigía una ilusión de vecindario, tornaron la cabeza corroborando con el Impala la persistencia de la realidad, lo habían dejado abierto de las puertas delanteras, el motor al aire y de lejos parecía que adentro estuvieran sus anatomías acomodadas para pudrirse en el desierto tentando la bandada de gavilanes. Al trote corto y torpe le siguieron unas flexiones, a los minutos de moverse estaban vestidos de calzoncillos, calzados con enormes zapatones negros, talco y vaselina eran prescindibles ahí. Un líquido espeso de humor desconocido les recorría la espalda y el sol: estaban condenados a desencontrarse con la sombra. El sol.

Maderas podridas, hierros herrumbrados hasta la desintegración y chatarra informe fueron trasmutadas en aparatos mágicos de musculación que ante la mínima exigencia se deshacían entre las manos cayendo a tierra, suspendiendo en el aire espolvoreadas limaduras del color del azúcar sin refinar. De proponérselo ambos podían disolver la escenografía, reducir las construcciones vacilantes a una paz tumbal después del abandono, reintegrándole a las casas deshabitadas su condición de arena memoriosa dejada por desidia y rencor al borde de la ruta. En ronda alrededor de la sombra del sol los cuerpos se arqueaban, centuplicaban contorsiones, brincos, gestos de saltimbanqui semejando langostas, convulsionando el cuerpo con ejercicios de obstinación, arrastrándose por el solar reseco siendo culebras retractiles despellejadas de escamado turquesa; dejando al aire cueros pardos y curtidos, estirados al máximo por el músculo encerrado, tensado como estaqueados al sol, descoyuntados por la fuerza de cuatro toros rejoneados.

Sin conciencia del ridículo era inevitable reproducir poses apropiadas de flexión de las piernas, la tensión del brazo y antebrazo paralela al ombligo, expandir el pecho agarrotando los tendones del cuello. Colocados a poquísimos metros uno era el espejo del otro, el fantasma recuperado del otro mirando un punto inexistente, formando una argamasa muscular achicharrándose lejos de Chihuahua. Olvidaron la carrocería del Impala, el certamen de El Paso pudo haber sido hace cuarenta años y ellos sobrevivientes de la tropilla taurina que después del fracaso decidió retirarse allá para morir, en un leprosorio de animales expulsados de gimnasios, exiliados de ferias, desterrados de carpas de circos ambulantes; eran fenómenos envejecidos desmemoriados, pretendiendo recordar en vano el sinsentido de los ejercicios juveniles.

Domingo calló que creyó ver tres mujeres vestidas de negro atravesando el fondo del callejón pasando de una casa a otra, Policarpo al uruguayo que había cerca un toro amarillo piafando y cuando alcanzó a identificarse con una sombra moviéndose borrachita de un lado a otro tomó su atadito de toallas y camisetas; el otro lo siguió, marcharon hacia el auto, escucharon conversaciones provenientes del Impala, lamentos, voces raras, rasgueos de guitarrones. Durante el entrenamiento al aire libre comenzó a funcionar una estación de las inmediaciones, de un pueblo real invisible; después de la musiquita un locutor se explayó sobre las conveniencias de una zapatería céntrica y recordó a los oyentes las pocas horas que faltaban para el inicio del baile al que sería imperdonable faltar.

Estaban sentados en un tapizado hirviendo, el volante circular quemaba las manos, Policarpo encendió el motor sin atender la dirección para la cual enfiló ni miraron hacia atrás.

-El Paso.

-Eso, allá.

Los hombres habían preparado el cuerpo para actos rituales, durante el día el alcohol fermentando en las tripas anestesió su cabeza de sacrificados encaminados a buscar lo faltante para la ceremonia.

-Era mediodía hace un rato.

-Vea. Luces.

– ¿Y eso? Para El Paso falta, dijo Policarpo.

En los bordes del pueblo sin nombre pronunciable dejaron el auto abandonado, estando cansados y confusos nadie se les acercaba, imponían el respetuoso temor de los elegidos viviendo las últimas horas; era inútil ocultar su cansino andar de cabezudos luego del desfile, la estampa de bueyes decapitados siguiendo al matarife con sus cabezas arrastradas de una guampa. Así pasaron entre el tropel de mascaritas que les tiraban agua de olor y papel picado yendo juntas hasta las puertas del festejo. Más distanciados venían dos disfrazados relegados del resto, Policarpo los descubrió y cuando estuvieron cerca se les paró delante impidiéndoles el paso, levantando la manota hasta fijarla en el pecho de uno de ellos.

-Mil pesos por los disfraces, dijo.

Una enormidad de dinero, así lo entendieron los otros que reían tomando a broma la oferta disparatada. Enfurecido por tamaña impertinencia, Policarpo prendió al desconocidos por el pescuezo y le gritó en la cara.

– ¡Dos mil mierda!

Sacó de los bolsillos puñados de billetes obligando al otro a apretarlos entre las manos, amontonados, sucios, cayendo entre los dedos. Atemorizadas ante la furia de Policarpo, las mascaritas se quitaron los guiñapos sin agacharse a levantar los pesos, perdiéndose de vista a toda carrera igual que perros apedreados.

-Tome, dijo el mexicano. Le toca ser vampiro. Vamos a por el negro gringo.

Solidario sin fisuras, convencido del buen rumbo que tomaban los acontecimientos Domingo se abrochó la capa negra de tela ordinaria como señorito de hacienda y ajustó como pudo la máscara que pretendía ahogarlo. Disfrazado de gallo de pelea Policarpo caminaba como llevando espolones de acero, sosteniendo la cresta de hule rellena de estopa suponiéndola un cetro. El vampiro meó contra un árbol y el gallo quería correr contra la noche y perseguirla para ganarle cada pie de cada milla. Ambos tenían la calma de parecerse a la gente, era sin importancia que los harapos le quedaran chicos y se rajaran hasta ser jirones comparado a la alegría de abandonar la orfandad de ser héroes cansados, condenados a errar sin bajeles velones ni dioses a favor.

– ¿Allá abajo dura mucho la noche?

Aturdido como estaba y la interferencia de creerse vampiro Domingo comenzó a sacar cuentas dudando del tiempo que consume la ausencia del sol en su frontera. Después que le contaron que El Paso estaba ahí nomás y del viaje cruzando el desierto por primera vez, él dudaba de la veracidad del tiempo entre distancias; de ese pasado de miedo y despedidas lo separaban demasiados días.

La luna gorda alumbró la caminata del gallo con la cresta ladeada de ave moribunda, herida por el pico y espolones con cuchillas de otro batarás azuzado en el reñidero. Policarpo aceptó el silencio como respuesta a la extensión de la noche y volvió sobre asuntos concretos.

-Barato dijo.

– ¿Qué barato?

-Dos mil pesos.

– ¿Los dos? preguntó Domingo.

-Eso.

-Pichincha.

Como el infinito menos algo era de larga la calle por la que caminaban. El auto se hizo innecesario pensando en su destino, ellos creían que con las piernas podrían salir de la ciudad innominada y llegar sin tardanza a la frontera conocida. Pasaban los minutos, nada se modificó en la estática de las constelaciones ni en el signo de Tauro. Domingo se dejó puesta la careta avergonzado por si alguien reconocía su cuerpo descuidado, degradado en relación a lo que debía ser y sintiera al acercarse el olor de tequila persistente después de escupir saliva rejuntada, luego de vomitar un hediondo chorrete blancuzco.

-Mire, dijo.

En las afueras del poblado bajo festividad, llegaron hasta una infranqueable red de alambres coronada de púas cortándoles el paso; cerca de donde estaban se oía el ladrido amenazador de perros adiestrados, los sentenciados podían estar en un cruce fronterizo ocioso vigilado, las inmediaciones de El Paso desplazado del centro para que nadie lo asocie a la muerte. Eran depósitos o podían ser almacenes igual que galpones, alguna fábrica clandestina y puede que apariencia camuflada de la última frontera, confusión de formas impidiendo distinguir lo ocultado del otro lado de los portones.  

– ¿Qué es eso?

-Sólo Dios lo sabe, igual vamos a hacerles algo.

– ¿Qué?

-Lo único que sabemos.

La luna redonda atravesando el desértico cielo tenía el brillo que ilumina las contradictorias corrientes del golfo las noches de verano, por otros costados inundaba la escena una claridad de signos propicios y podían distinguirse a lo lejos formas rojas mutantes: otra sangre coagulando, plumas de pájaros fantásticos, impaciencia de carbones rituales, la brasa de respiración del Montecristo de hoja húmeda fumado sin cesar detrás de portones electrificados. Los hombres exageraron el bamboleo del tequila sin sal ni jugo de limones verdes bebido a palo seco, con dificultades subieron a unas cajas de madera, ascendiendo escaleras piramidales de piedra despojados de todo exceptuando máscaras y la cresta ridícula. Tenían la euforia de los sacrificados estando frente a jueces entre semidioses del continente americano en las instalaciones del polideportivo de El Paso, después que se anunciase por los altoparlantes el deceso del gringo hallado muerto por sobredosis, habiéndose dispuesto que el cuerpo sin vida fuera repatriado a los barrios pobres de Chicago. Domingo y Policarpo presentaron su trabajo a la mirada de la muerte brutal agazapada, el mexica levantó los brazos formando una línea recta implicando hombros y cabeza para luego dibujar un ángulo recto doble con antebrazos y soltar las bolas de bíceps en simetría, el oriental dio la espalda a la oscuridad, imprimiendo soltura a sus movimientos acomodó los puños en la cadera desplegando un acordeón portentoso de músculos dorsales.

Desde lejos, contra la luz de una arqueológica Selene desértica eran siluetas de monigotes recortados por tijeras y cuchillos de obsidiana afiladísimos. Sus desplazamientos breves proponían una danza de mutación monstruosa, bichitos de latón en tiros al blanco de Luna Park de cinco por diez pesos, coreografía grotesca ofreciendo ejemplares exóticos de las selvas del sur. Una y otra vez con sus gestos desafiaban pasos de frontera, poses clásicas e innovaciones puntuables para la competencia se repetían, la estatuaria sanguínea se fue petrificando sin que se percataran del acoso ni la manera inhumana de cómo fueron mutilados.

*

“Eso fue lo sucedido en la versión de hoy. Mañana el tequila y el capricho del sol atormentado, la alucinación en fuga permanente me inducirá otra muerte diferente para los nietos deformes de Europa y el desgraciado compatriota que velé durante tres días sin dormir por este mismo norte que parece sin límites.”

-Así dicen que encontraron al muchacho de la musculación y al flaco Armando lo devoró el desierto. Los forzudos fueron vistos por última vez rumbo al norte camino a El Paso; es cierto que era carnaval y es dato pobre para explicar que confundieran la ruta hasta meterse por donde ni transitan sombras de los muertos, toros amarillos o perros flacos para ladrarle a uno. Me acostumbré los últimos años a convivir con la idea de que escapar es inútil, la sola tarea con sentido consiste en continuar matando de distinta forma los monstruos que inventamos ahuyentando la soledad cuando el alcohol es insuficiente. Muchas veces me pregunté por qué se negaba a darme explicaciones las veces que le pregunté por el asunto, mi padre insistía en recordarme la promesa de que una parte de la historia moriría por él. Así fue… para consolarme ante el muro infranqueable me viene a la cabeza lo de Ringo, que al final terminé viviendo en carne propia, es como empezar de nuevo… ese sí que era torazo en rodeo ajeno. ¿De verdad no se acuerda? Haga memoria… si anda con tiempo puedo contarle la historia de Bonavena… tiene lo suyo… qué otra cosa podemos hacer teniendo la noche por delante.

De la novela “Le croupier magyar”

(capítulos 1 y 20)

 Toutes choses sont sorties du néant, et portées jusqu’à l’infini.

Pascal

La vida es una tómbola tóm tóm tómbola…

Marisol

-1-

Con esta última apuesta del todo por el todo y mientras discurre la noche prodigiosa, tentaré contrariar la mala racha porfiada evitando repetir el error de ocasiones anteriores aunque nada puedo afirmar al respecto. En mi tránsito por la vida terrenal me está vedado girar la cabeza volviendo la vista a contemplar el paisaje de ruinas dejado atrás, contentándome con prestar atención a la doble vía internacional congestionada de vehículos por donde avanzo. Cada tanto miraré intrigado de reojo en los espejos retrovisores por si algún habitante del pasado me viene siguiendo la pista de cerca.

Seré mientras avanzamos hacia el final del relato un personaje convencional llamado Carlo Varacchi. Lo mismo durante las próximas horas de viaje mental en levitación, hasta que todos despertemos del sueño colectivo inducido y cada uno de los aquí implicados regrese a sus obligaciones cotidianas.

Desde hace tres años sin que viera pasar el tiempo mientras el río Tiempo fluye en lechos tubulares y arrastrando semanas parecidas, soy transfusionista titular de una Clínica Médica en Chianchiano Terme. Estación de apariencia calma para los turistas de paso, lugar misterioso sin embargo por razones vaporosas en su enumeración -discreto también- con instalaciones a 89 kilómetros de Siena, la bella heredad renacentista del Palio delle Contrade y que enardece multitudes provenientes de todo el mundo; haciendo circular tres vueltas seguidas, cuando el rito es convocado dos veces al año, caballos de ojos desorbitados en una calesita diabólica montados por jinetes suicidas en trance místico, conscientes de que la gloria efímera del vencedor está reservada para uno solo entre ellos. Ciudad que visito cada pocos meses cuando voy a conversar con mi amigo Juan Introini, quien decidió que Siena era el lugar ideal para que un conjurado de las letras latinas pasara los días de retiro y a la espera del Juicio Final.

Queriendo sosegar allí la existencia precedente -algunas noches creo nunca haber tenido una vida anterior a mi arribo a la Clínica y lo que me dispongo a ordenar es rosario de imágenes polaroid implantado sin mi consentimiento por un hipnotizador- buscando el punto de equilibrio entre trabajo bien remunerado (más si eran casos discretos por enfermedad viral y males sin nombre, que debían ignorar familias tradicionales de blasones, juntas de accionistas de Sede Central con torre propia nominada y diputados opositores al partido político que maniobra. Pacientes conocidos por haber salido años en la pantalla chica de la RAI y casos de procedencia delictiva mafiosa, notables provinciales de ambos sexos necesitados de bisturíes para cambiar el aspecto, trasplantes que saltan la lista de espera con un puñado de dólares de corrupción) y un ocio volcánico, de densos vahos febriles propios a curas termales. Aguas arcaicas en ebullición de minerales con fósiles preservados donde enfermos con fe y muertos de pánico, sumergen su cuerpo al declararse el mandato de autodestrucción.

La ruda prueba del tratamiento tradicional –que requiere una adhesión sincera del paciente con ceguera de convertido- se soporta mejor siendo mayor de la tercera edad, presentando arrugas estigmatizando el envoltorio fofo de músculos, huesos delicados, piel apergaminada y se tiene una fortuna de intereses acumulados en Suiza. Ello, buscando retardar procesos biológicos de la edad hasta donde lo permite el horizonte científico y displicente de trabas éticas en instituciones como la nuestra. Un egoísmo animal queriendo aferrarse a la vida por encima de todo contribuye y cierto afán maléfico para querer seguir respirando a cualquier precio; aceptando obedientes ritos sobre inmortalidad de culturas desaparecidas, firmando a sangre con pluma estilográfica Montegrappa el pacto al portador, pagando el precio fuerte que fijan las potencias contables cuando deciden el oneroso peaje del reino de la muerte.

Entre los apostadores menos afortunados en la ruleta de la vida menguada estamos nosotros, que trabajamos sin tregua retardando sin embustes la vejez de clientes privilegiados y conocemos protocolos de la terapia aplicada a pacientes de manera parcial (existe un secreto tradicional de curación milagrosa en gabinetes bajo llave, la sabiduría ocultista de inspiración egipcia trasmitida de generación en generación) la gestión de las horas libres se vuelve fastidiosa –más siendo joven en un harem geriátrico de ancianos desquiciados- y laboriosa de concretar cuando se deja de serlo, hasta por el mismo terrible mimetismo de la tarea. De ahí la rotación periódica de personal uniformado venido de todos los rincones del Atlas humano, salido de la Colonia cuando los Imperios eran empresas nobles, crueles y colectivas.

Somos los contratados por la Clínica una tripulación itinerante del barco Crucero Salud Asegurada con tres mástiles, que se rehúsa el derecho de entrar a puerto y boga errante por el mar de almas impacientes, infectado de criaturas marinas con enormes tentáculos es otra Torre de Babel medicinal de lenguas y fisonomías UNESCO, con la intención de que nunca pongamos nuestro saber en sincronización compartida. El plano original de la Clínica carece de límites precisos y menos las sucesivas ampliaciones aspirando al infinito de un mercado creciente, imitando construcciones que devienen monstruosas con el paso del tiempo, continuando siendo entelequia arquitectónica indescifrable para el común de los mortales.

Ello contribuye por contraste de espacio funcional, al suceso sostenido de algunos locales multimedia de moda en la ciudad –hay pocos sitios atractivos aquí en las Termas donde hallar algo de diversión- que abren en cada temporada estival. Bellas camareras, originaras de otros mundos paralelos, maquilladas como figurantes para películas de ciencia ficción mostrando seres mutantes, sirven estupendas copas en la barra. Allí encienden pantallas plasma, pasando video clips del top 50 interestelar de la semana y trasmisiones de fútbol, tenis y snooker, póquer Texas holdem y cricket para oriundos del Commonwealth. Predispone el entorno a ligues sorprendentes fuera de la atmósfera profiláctica de sanatorio y morgue bajo cero, cruces apasionados de personajes con orgasmos rabiosos sin palabras entre visitantes y personal local, sexo incentivado por el anillo biológico en movimiento constante de agonía irreversible en la ciudad.

En los últimos tiempos el abuso de drogas duras hurtadas de centros médicos y traficadas al borde de autopistas con impunidad, también la que cruza fronteras inexistentes en el norte de Italia, hizo que la trasgresión química perdiera gracia; parecería que así el mundo siliconado se vuelve menos amargo a cada semana que pasa y estoy bien ubicado para saberlo. Con las nuevas fórmulas experimentales en laboratorios orientales y productos de dudosa calidad, los archisabidos paraísos artificiales a la manera del peruano Carlos Castaneda son cosa de museo perimido. Lo único a considerar es la velocidad de los efectos acelerando líneas de fuga, acortando tiempos de acceso en menos de lo que lleva contar hasta nueve al planeta azul inexplorado, esa masa incandescente que orbita helicoidal en nuestro cerebro blando. El micro clima diseñado de la ciudad y la Clínica deben estar al servicio de marear la divulgación de secretos terapéuticos bien protegidos, confundir al reciente listado de pacientes admitidos bajo nombre falso y la intensidad del tratamiento de medicina punta puesta a su entero servicio, un milagro apostólico que no debería tener precio pero lo tiene.

-20-

Hasta aquí es que puedo suponer situaciones similares que le ocurren a quienes me rodean en el circuito laboral, después cada personaje es un mundo distinto. Los últimos días igual perdí contacto con esa región de delirio superficial –que venía dictando una historia sentimental en crecimiento prometedor- como esos números mágicos de la ruleta de los dioses y que inventan su propia serie. Algo se partió grave dentro mío por razones exteriores que fui conociendo, supuse que se trataba de otra tregua fastidiosa sin incidencia y resultó -por el contrario- el inicio fatídico de una función de cine continuo de películas gore asiáticas, artesanales y sin subtítulos. Ahora mismo en esta parada me lo vengo contando para entender, antes de que sea demasiado tarde y estoy en ruta acelerada, trazando una línea de fuga desesperada en diagonal, buscando el final menos perjudicial para la secuencia y que se adecue a los episodios precedentes; avanzando sin demasiado criterio hacia la resolución deus ex machina que me despierte de una buena vez, si es que esto es una pesadilla transitoria en verdad.

Necesito volver a empezar desde el grado cero para ver claro recapitulando lo ininteligible que ocurrió y reconocer el punto de partida, debo hallarle una exposición racional al comienzo del delirio rescatando el hilo electrificado de la madeja. Siento que algo intruso con vida propia gélido y amenazante comienza a circular por mi cuerpo, transportado por malos pensamientos adormecidos, sangre cambiada de otro tipo y una respiración entrecortada. Ciertos recovecos menos perceptibles de la mente abdican uno a uno sin presentar batalla, los más fieles bastiones del cerebro ceden ante lo furibundo del ataque rindiéndose en bloque sin atreverse a combatir cuerpo a cuerpo hasta vencer o morir en el intento. Será por ello que los nuevos enemigos -que tan inventivos resultaron en recursos destructivos- me ordenaron comenzar la cuenta regresiva, sacrificando el orden natural de los números racionales. Es falso por indemostrable decir –ahora me atrevo a pensar en nombre propio sin otra experiencia que la mía- que llega un momento perfecto cuando se tiene la historia original armada en la cabeza y sólo hay que decidirse a transcribirla en su última versión, sin descanso ni alimento hasta librarse de ella que se vuelve criatura corrosiva.

El argumento, que resulta ser efecto conjunto de tres otros motivos diferentes imponiéndome recurrir a la palabra, aparecía como partes separadas de un puzle multidimensional de treinta y siete piezas cambiantes en movimiento constante. Estaba engañado al creer que una buena historia es la que luego de deletrear la última palabra, quien la escucha descubre que recién empieza. Creía salvarme mediante la palabra de las visiones insistentes sin por ello desembarazarme de agitaciones físicas y estoy en la zona última sin probabilidades de retorno.

La semana anterior ocurrió algo del orden misterioso que decidió volverse inolvidable, machacando en su invasión hasta obligarme a reaccionar si quería salvar parte del raciocinio que guardaba en reserva. Puede ser la imagen onírica confusa e ilusoria de un hombre descendiendo en una estación de trenes que visita por primera vez en la vida, despertar de repente confundido en una nave espacial llamada Event Horizon cuando se dejó atrás la frontera del cosmos consignado. Un recuerdo de infancia asociada al teatro de títeres mimando una crónica de reyes y traidores, la melodía de una canción de amor adolescente cantada en italiano y que pasaban en mi primera radio a transistores. El juego recomienza sin pedirnos nuestra opinión sobre la primera escena y la reacción incongruente del creador cuando despierta nervioso, con la consigna de salir del letargo mediante la invención.

En mi situación alternan dos comienzos disputándose la supremacía; en uno ronda el malestar de consulta médica urgente, resultados de análisis inquietantes y fecha reservada con premura para la intervención bajo anestesia general. En otro, salgo de secretaría luego de una entrevista consultiva con la historia clínica del enfermo internado que van a operar y me cruzo con la nueva paciente. Fue así la aparición responsable de las consecuencias que se salieron de cauce desbordando el lecho del río imaginario que lleva mi nombre. Me falta tiempo especulativo para decidir si ella es bella hasta la perdición, mientras siento al segundo que disolverá mi vida siendo encarnación de la Muerte travestida cuando viene a buscarme. ¿Estaré tan falto de curiosidad, carente de inspiración receptiva y poder de asociación, tan afásico del ingenio verbal y sordo al rumor de los muertos que comenzaré a hablar sobre mí mismo? ¿Qué hice de malo la última semana para que los dioses de Grecia, del Tahuantinsuyo y la India védica me abandonen a mi suerte derivando en un río de tinta negra sin fuente ni desembocadura? ¿Por qué esta sensación de que cada palabra pronunciada me condena a volver el comienzo del grado cero de la escritura? ¿Qué es lo que estoy viendo acercándose que quiere dormirme y parece provenir de ningún reino hipotético asociado a lo humano?

Desde niño olvido el sueño de la noche previa y necesito reacomodar cada amanecer el álbum familiar de mis pesadillas recurrentes. Vivo sumando escenas de trauma frustrante como el jugador en mala racha que arma un castillo defensivo; fortificando piedra tras piedra y que cada siete adoquines –inseguro y dudando- debe retirarse a observar con perspectiva el lento avance de la obra, buscando la visión justa antes de meter mano en detalles de la terminación. La muerte debería ser dolor físico con sufrimiento y confusión sensorial, hasta saberse alma protagonista de otra historia breve sin guardar memoria de la vida anterior y activar el horror de sentir efectos tóxicos del agente externo corroyendo mi voluntad. La muerte resulta lo incontenible naciendo de adentro y viniendo de afuera: es un accidente previsible.

Nunca fui consumidor de substancias vendidas por los traficantes en la acepción tranza de adicción callejera y contacto de falsa confianza entre conocidos. Me sentiría fatal fingiendo amistad de gimnasio con seres despreciables, buscando así humillarme en el canje cash y trato directo del desesperado en territorio marginal luego de pasar controles clandestinos; estar frente a un dealer venido de lejos despreciando mi dependencia de miscredente cuando compro mercancía rebajada –por mi sometimiento de cerdo sumiso a la humillación semanal de venir a su encuentro-, se alegra de mi caída que es lo merecido y cada vez que lo contacto busca estafarme con medidas, tarifas y calidad rebajada de la sustancia es insoportable. Prefiero las iniciativas individuales artesanales aunque sean riesgosas, incitando los límites del experimento al costo oneroso del recorrido por un itinerario equivocado. Mi situación laboral en una Clínica prestigiosa, puede darles a los traficantes una fisura explotable en la atención, la ocasión propicia de invadir mi vida privada hasta emporcarla perjudicándome mediante el chantaje de la denunciación. Con mi trabajo de extraer sangre a los donantes –a veces lo solicitan de camiones laboratorio en fábricas y universidades para alimentar el Banco de Sangre en déficit permanente-, congelarla preservando virtudes originales con el paso del tiempo cerrando el circuito e introducirla en el cuerpo segundo carenciado, el menor descuido en los gestos laborales puede resultarme funesto. Un error de dosis en esta historia de transfusiones que se volvió peligrosa se paga caro, acarreando desempleo de un día para otro y la vindicta pública en redes sociales, penitenciaría firme para servir de ejemplo social y condenación eterna en el edén de los anémicos crónicos.

Guardo en la memoria casos fatales de sangre contaminada –por ignorancia, falta de controles y corrupción de laboratorios- que diezmó poblaciones enteras –recuerdo la coral masculina de San Francisco cayendo como moscas- cuando el comienzo del sida y que, como el hombre moderno sin Génesis del Hacedor -soñado a bordo del Beagle rumbo al hielo austral- también descendía del mono. Lo tengo integrado como principios inamovibles de mi conducta profesional, cada etapa del proceso de pase sanguíneo de un cuerpo a otro debe ser controlado hasta la última gota, ese traslado ficticio tiene algo arcaico de dioses originales y humanidad evanescente tal cual será en el siglo XXXVI. En cada gota puede viajar la muerte del Ser de polizonte, un minuto de olvido en la cadena de transfusión, el mareo de tipo positivo o negativo en la etiqueta de identificación, cualquier casillero omitido del archivo refrigerado puede ser devastador para el grupo afectado. El riesgo cero es imposible de asegurar durante el trasiego, mientras el factor humano interviene en sucesivas etapas la vida está suspendida.

Resulté igual consumidor pasivo de substancias, en especial de la fumata dulzona en sitios públicos a la manera colateral de la guerra por la supervivencia. Me hace bien al ánimo fatigado el ambiente ligero de los bares, la sensación ambigua de que nada y todo puede ocurrir antes de la última copa, después de la tercera. Ser espectador del palco reservando por abono anual, en tanto la ambición del protagonismo a ultranza duerme a sus anchas, siendo princesa de cuento infantil tocada por la maldición de maléficos encantadores; sobrellevando la vigilancia de la depresión, igual guardo en casa bajo llave mis propios mecanismos de defensa en caso de catástrofe natural.

Las amistades circunstancias de la ciudad –ópticos, agentes inmobiliarios, vendedoras de lencería fina, funcionarios municipales contratados, peluqueros y comunicadores de toda laya entre otros reclutados emisarios de la noche-, compañeros de trabajo cuando llegamos a concretar encuentros en territorio neutro, visitas del mundo exterior orbitando expedientes de nuestros y pacientes de la ciudad, parejas aceleradas sin convicción de futuro compartido, la mayoría estaban metidos hasta el cuello en el menú cosmopolita de drogas provistas por el mercado. En la pequeña ciudad termal había dinero fuerte circulando, estábamos en un cruce regional ideal para las rutas del tráfico internacional, la urgencia era una mercancía codiciada y pululaban proveedores cercanos fácilmente conectados por teléfono; eran muchachos concienzudos del oficio rentable de asistencia social que ejercían, si bien a veces perdían ellos también el control.

Esa forma de colectividad creaba malentendidos y accesos de violencia urticante, un tramado de relaciones malsanas exacerbadas por la sexualidad hasta con consentimiento, visiones antagónicas de lo sagrado relativas al negocio. A lo que se sumaba varios cargos de la sección estupefacientes de la policía, superados cada tanto por la realidad del cambio social y delictivo, olvidados de la misión original de asegurar el orden público, aceptando que el colegio privado de los hijos aumentó las inscripciones, sensibles pues a la ayuda en efectivo más otros beneficios químicos; por necesidad psicológica ante el precario equilibro de la vida privada, siendo preferible un toque de cocaína durante el servicio nocturno que levantarse la tapa de los sesos con el arma de servicio en el excusado turco de la comisaría. En la balanza ciega de la Ley se dejaron de pesar argumentos de la justicia, los gramos puros de polvillo reconfortante eran la reciclada medida de todas las cosas y el hombre nuevo de Vitrubio tiene un porro humeante en cada una de las cuatro manos.

* * *

De la novela “Sushi de hipocampo”

(capítulo 13)

Piso Trece

¿Cuál es el objetivo de todo esto, destruir un hombre que busca la verdad o destruir la verdad para que ningún hombre puede encontrarla? De todas formas, ustedes perderán.

Mónica Julieta Reyes / X Files

Tampoco pretendía inventar la pólvora y menos el paragua con ese seminario de actualización consultando los vecinos porteños durante un fin de semana. Fue apenas el ensayo molecular equivalente a los disparos atómicos del CERN: saber de qué está hecho el universo y cómo funciona. Más que muñeca rusa la inmersión buscando la luz al final del túnel resultó una Che papusa… oí porteña cantada por Julio Sosa, mientras las cajas chinas se volvieron la habitación judía de excentricidades jurídicas.

Como todos los espectadores indirectos con dos dedos de frente recordaba la espectacularidad del hecho y el tsunami sobre la dársena Sur del comentario posterior, habiendo llegado al algoritmo tolerable de información mediática. La falta de solución consensual al enigma baleado, se volvía versión política del último, teorema de Fermat que tanto tiempo llevó resolver (si es buena la versión de que fue resuelto…) afinando la técnica del rodeo, operando en estrategia espiral.

Mientras el fiscal se embarcó en Barajas destinación Ezeiza como una cosa resuelta ya estaba muerto, el vuelo fue su Bardo y quien viajó a Ezeiza era un espectro rumbo a la historia de la infamia. Cuando el lunes a las 08.51 aterriza en el aeropuerto internacional Ministro Pistarini, seguido por las cámaras al mando de Horacio Tzareff, comienza su última semana con vida en tierra patria y que nunca más volvería a ver a las hijas. El Nisman de los últimos días se transfiguró en personaje marcado de novela policial de espías, engranaje defectuoso de una Matrix autosuficiente con varios centros de energía. Tiene algo de western épico de Gary Cooper vestido de novio con estrella de sheriff  “A la hora señalada” o “Solo ante el peligro” como prefieren en España; el cuadro que debía desafiar Nisman en cancha embarrada de Comodoro Py era de cuidado: Fernández en el arco, una línea de cuatro integrada por Durán, Benítez, Niño y Niz, dos mediocampistas metedores en las figuras de Parrilli y Poccini y adelante el mejor ataque del campeonato, con Tzareff por fuera, Berni de ocho, el Conde Stiuso punteando la lista de goleadores y Lagomarsino que este año no lo para nadie.

El miércoles bien temprano manda presentar la denuncia en el juzgado y se encienden las alarmas tsunami en todos los circuitos de la Central; cundió el pánico, luego del regreso dejando sola a la piba en Barajas, la denuncia en el juzgado, las movidas telefónicas del fiscal, la emisión de televisión, notas en la radio, la tapa de la revista Noticias, redes sociales, servicios, embajadas, cancillerías, la Casa Rosada y el bulín de la calle Ayacucho. El otro bando denunciado debía reaccionar en varios frentes a la vez; quizá hubo antes de navidad un error de perspectiva: desconfiar del póquer servido de Nisman en asuntos documentación o suponer que tenía una mano más débil que la cantada. Es tarde en esa partida cerrada para suponer debilidades o dudar de uno mismo; el hombre hizo all-in sobre la apuesta, los jugadores temblaron y hubo que improvisar una estrategia.

Cuando Patricia Bulrrich combinó la hora para la presencia en comisión el lunes que viene, que nunca existiría para el fiscal en el Congreso y trasmisión televisiva en directo, le dio cuerda al reloj de cuenta regresiva. La tardecita previa al disparo, durante el disparo acrobático y a la primera hora luego del disparo ya se supo que nunca habría solución creíble a ese tapujo.

Nada de asuntos pendientes o el azar de solucionar un misterio intrincado allí donde tantos fallaron y otros maquillaron lo real a conciencia pura; lo mío rebobinando eso amontonado tendía a ponerme en estado de calentar motores para mi propio complot. Una suerte de Haka maorí como hacen los rugbyman de Nueva Zelanda frente a los Pumas y Teros antes del match, desafiando en danza guerrera tribal el dilema que tenía por delante con tonada milonguera de Taquito Militar.

Podían haberlo matado cien veces antes y oportunidades no faltaron, Nisman era un milonguero a la intemperie y le pudieron filtrar una minilla sicaria como Nikita. De hacerlo en exteriores todo se hubiera centrado en el asesinato sin la coartada del suicidio; era necesaria esa dramaturgia colectiva de “Los tres días del Cóndor” y un Dr. Kaufman de “El mañana nunca muere”, el prejuicio del héroe vuelto traidor para que olvidemos agujeros negros esenciales y nos carcoma la cabeza el misterio de la puesta en escena. Lo prioritario era que el lunes no abriera el pico en el Congreso, no tanto por lo que pudiera decir sino por las consecuencias de la palabra pública; aun sabiendo eso alguien dio el go go go, la orden sms al comando de pasar al acto y ocultar la verdad dentro del sortilegio pluridisciplinario de la duda.

Considerando el módulo reflexivo del pensamiento y partiendo de un expediente irresuelto, el caso Nisman era la revolución copernicana dando la vuelta completa; quizá se emparenta como dijeron a esa maravilla de “Crónica de una muerte anunciada” con cámara lenta en reversa. Todos sabían que lo matarían a Santiago Nasar, empezando por el autor y fueron urdiendo consecuencias en sentido contrario; la condena es que se utiliza la fórmula del título – primero Crónica de… (aquí va lo que sea) y luego Anunciada- hasta para un partido de bochas.

Era la física cuántica de los enigmas, lo que tantos autores talentosos propusieron como desafío detectivesco supremo y se conoce como el misterio del cuarto amarillo siguiendo la tradición de la novela de Gastón Leroux. El caso Nisman lo remasterizó hasta extremos inenarrables, el misterio del piso trece ascensor de servicio era una leyenda urbana concretada y faltaban narradores menos tras un LQQD que para reconstruirlo en su mecánica original de los posibles. Era máquina bizarra de funcionamiento imperfecto, con las piezas del puzle a la vista, sin que faltara una vuelta de tuerca y nadie que conociera de memoria el Manual de Utilización, tan buscado como el Necronomicón; es sabido que uno de los últimos ejemplares de la edición latina – traducción de Olaus Wormius de 1228- se halla en algún recodo de la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires:

al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

Remake con firulete del misterio del cuarto amarillo y su enigma del encierro en cuanto al lugar, haciendo del baño del apartamento coqueto encerrona geopolítica. El cableado detrás de los azulejos pasaba por Teherán, El Calafate, Langley y Tel Aviv, la pesquisa monstruosa en lugar de aclarar el asunto lo que hace es complicarlo. La identidad de los asesinos se vuelve enigma viral sublime que nadie logrará dilucidar y podría conjeturarse que ello perdió interés. El expediente dinamitó en cuarenta y ocho horas, con una sola tirada de dados, el último siglo de criminología científica y abecedario razonado de la serie negrísima.

a) Hora del deceso: los relojes trastornados de las versiones proliferantes, deducciones de comunicaciones secretas e informes de forenses desquiciaron la posibilidad de una cronología creíble y desde la cual aprobar un consenso. El tiempo de oro falsificado se mide con el reloj invertido de la plaza de Praga, con el Omega descompuesto de mi padre y los cuadrantes blandos de Salvador Dalí. El laberinto manoseado para evocar la encerrona de Nisman es dédalo en el tiempo, se avanza una hora, se retroceden dos y se reinicia el conteo poniendo a cero los cronógrafos. Se superponen horas prevenientes de fuentes diferentes y vuelta a empezar, el extravío en cronologías interesadas forma parte del Caos premeditado, nuestro yerro de observador exterior es suponer que estamos ante una hipótesis única. La primera data de muerte fija las 02.46 del domingo y se suelen agregar horas o minutos de agonía. El disparo sucedió pasada medianoche, habría pues una ventana de casi veinticuatro horas entre el gesto de los dedos índice en el baño y la primera visual del cuerpo sin vida. ¿Qué puede pasar en veinticuatro horas? Le Mans, La jungla de cristal, Colateral, Día de furia, Alien el octavo pasajero, La habitación del pánico, el Proceso, Doce hombres en pugna, Tarde de perros, A la hora señalada, Teléfono rojo volamos hacia Moscú, Rashomón, Arsénico y encaje antiguo, ¿Hay un piloto en el avión? Ulises, Bajo el volcán, Cosmópolis, Un día en la vida de Iván Denisovich, La muerte de Artemio Cruz, 24 horas en la vida de una mujer y se puede tirar mientras tanto una puerta abajo.

b) Huellas dactilares: llega el momento cuando, ante la eventualidad de relevar ese indicio clásico que suele aclarar el panorama la pregunta del millón era saber de quién no había huellas dactilares en la escena del crimen. Había algo maléfico en el departamento, en cuanto ingresan los expertos científicos se comportan como principiantes. Se comenta que cagaron en el wáter y tiraron la cadena, limpiaron la sangre de la Bersa frente a cámara, hablaron por teléfono desde el fijo. La máquina programada a tales efectos de cotejo enloqueció en el intento y hacía MATCH cada siete segundos; primero estaba tan limpia la escena que ni las huellas de Gladys Gallardo aparecieron y eso que tenía mano para cocinar el pastel de papa. Se dice ya dentro del delirio que se relevaron en el lugar huellas del sargento Chirino, Cayetano Domingo Grossi y el asesino de San La Muerte.

c) Rastros de pólvora: había restos del disparo donde no podían estar y faltaban allí donde se suponen que se dejan residuos, siempre y cuando funcionan las leyes de la Física tradicional, las manos del muerto del muerto luego de ser examinadas dieron -lamentablemente dijo la Fiscal- como resultado la ausencia de pólvora. Coexistían entre los consultados dos estrategias, la de esparcir en otro lugar induciendo al error de interpretación y la limpieza detergente industrial negada por principio, que se explicaría mediante procedimientos mágicos. Lo que desde los chinos que la inventaron es camino de solución por los residuos, en Puerto Madero inicia controversias, terreno minado de tesis opuestas, explosión de indicios discordantes, fuegos artificiales para distraer en las alturas portuarias lo que en verdad enunciado el cuerpo espolvoreado.

d) Temperatura del cuerpo: en algún lugar se dice que al momento visual del médico ecuatoriano, del contacto corporal de la funcionaria forense y habida cuenta de las informaciones primarias anatómicas, se podía estimar que la muerte -a lo que debería sumarse la agonía- debió ocurrir entre trece y dieciséis horas contando hacia atrás. Había que hallar respuestas urgentes en el cadáver, el muerto no dejó esquelas salvo el borrador del mensaje a una docena de destinatarios enviado el miércoles: “Como ustedes saben, las cosas suceden y punto. Así es la vida, lo demás es alegórico.” La autopsia tuvo lugar entre las ocho y las diez de la mañana del lunes sin peritos de parte ni allegados o testigos de la parte civil, tal como lo demandó la madre de las hijas. Por los restos en el estómago, en algún momento de los informes se dice que la última cena fue en base a ñoquis; parece filmada antes que la película “¡Tango!” de 1933 pues es autopsia muda y sin la curiosidad visceral de “La autopsia de Jane Doe” del 2016 y que termina mal. El cuerpo muerto parecía validar la tesis del freezer descompuesto; si se aceptan las pesquisas sobre los pareceres de técnicos responsables, se deduce que lo envolvieron con frazada eléctrica o lo metieron en una vasija funeraria con pedazos de hielo para mantener la temperatura -como se hacía en campaña sin electricidad para bautizos y casamientos-, arreglaron los termostatos del bulo regulando el clima, le dieron una ducha escocesa y presenta los mismos efectos electromagnéticos que las momias incas.

e) Restos adn en espiral escalera caracol: habiendo devorado en depresiones previas la integral de Los Expertos (Miami, Manhattan, Cyber y Vegas) me faltó ver actuar a Los Expertos Buenos Aires. Como si a la ciudad de los cien barrios porteños todavía no conocieran la técnica punta de laboratorios espaciales o hubiera llegado una orden divina; no de buscar a como diera lugar otro adn diferente al de Nisman, sino ahogar la escena con otros adn suplentes. En las primeras horas ingresaron en el departamento por lo menos veinticinco personas (Hamlet presenta veintisiete personajes) suficientes para armar un picado con árbitro y dos jueces de línea de once contra once en cancha grande; algunos llegaron a contar sesenta y cinco participantes, algo así como la milonga de Hansen en su apogeo. En noventa minutos el teatro del crimen se convirtió en el Monumental un domingo de clásico, uno sabiendo que la lucha es cruel y es mucha igual se pregunta como Carlitos la Mona Jiménez ¿quién se ha tomado todo el vino? Vas a encontrar un adn explotable si sos brujo diría López Rega.

f) Cartografía de sangre derramada: la paranoia integral fue la presencia de al menos tres expertos sobre la sangre en el piso, paredes, herida, inodoro, pileta, canilla, manos, remera, pantaloncito, toallas y la Bersa viajera. Que no quiero verla la sangre de Nisman sobre la cerámica decorativa… se reciclaba aquello de que todo cuento cuenta dos cuentos. Más en la Reina del Plata, con la anomalía de que aquí están superpuestos en la misma noche sin numerar entre las mil y una posibles. Es dialéctica rigor mortis sin síntesis factible, mientras pueblan la cosmogonía triste dioses diferentes volcados a la guerra: gotas verticales, gotas salpicadas, gotas tipo lluvia, gotas de impulso, gotas obstaculizadas, gotas con halo y gotas inexplicables.

g) Lectura técnica del arma utilizada: dejemos de lado hablar del origen, boleta de compra, permiso de porte, señalización en la policía, propietario legal, pedido, traslado, instrucciones de uso, manipulación y el resto… Debemos contentarnos con el arma manchada, el arma limpia, las balas expansivas, cargador desprendido, la vaina servida, las huellas posteriores, las faltantes y otras limpiadas en el interior. El único común denominador de la tragicomedia es la Bersa Thunder del licenciado y toda elucidación del misterio debe partir de ese objeto talismán. Los traslados, envolturas, la manipulación previa, la tentación del peso, el escondite, la limpieza, su inutilidad: es el objeto del deseo supuesto del Fiscal. Lo que consume más tiempo del sábado afiebrado, el centro magnético de un relato paralelo y que se utilizó para la escena última y primera de la crónica inacabada de Puerto Madero. A las 02.33 del lunes según el video se “limpia” el arma con dedos enguantados de azul para identificar marca, se comenta Bersa de largo rifle, modelo 62 número 35099. ¿Cuándo el fiscal le pidió el arma a Diego estaba cogitando en el suicidio por arma de fuego? ¿Cuándo pidió consejo por un arma a Benítez pensaba en cosas raras? La religión judía es refractaria al suicidio; se vincula al fiscal al judaísmo hasta en los servicios, menos en cuestiones metafísicas, en el caso hay expertos, chantas, arrepentidos, gatas, periodistas y pocos rabinos. Los enemigos gozarían de que un judío bocón no asuma responsabilidades, suprimirlo en esa diagonal era agregar humillación escatológica. Esa arma parece que fue la del disparo que nadie oyó salvo los B&B de alguno de los dos departamentos vacíos el piso trece, fue la que mató a Bonny and Clayde en Luisiana, Versace en Miami, Lennon en Manhattan y Zelmar Michelini en Buenos Aires. Es un arma de nueva generación en período de experimentación, con un proceso innovador incorporado que al momento de disparar proyecta, acompañando al plomo de la física de la energía, un líquido indetectable que limpia todo rastro delator en el exterior, mecánica, proyectiles, casquillos, estrías y queda pronta para volver a usarla flamante. Por información detallada, el lector puede contactar al último propietario identificado; ello cuando se la devuelvan y pase un service de puesta a punto, en el taller laboratorio acreditado de Augusto Remo Erdosain, en el sótano tapadera de Flores o Villa Crespo.

h) Cámaras de vigilancia: si esos pisos alto superalto standing donde operó la muerte valen un dineral, es porque garantizan la seguridad, gestionada por las empresas mejor conectadas con el oficio, dirigidas con mano de hierro por cuadros que pertenecieron a los Servicios. La consigna derivada de milicos reconvertidos en empresarios de seguridad es veinticuatro horas al día, siete días a la semana y todos los días del año. Nada escapa al ojo de ese cíclope represor con más visores fractales que el hombre mosca: Big Brother is watching you. Nada de lo humano que pueda pasar en ese perímetro gold puede escapar a los captores, trasmisiones satélite, pantallas de observación directa y registros en bandas de video; que se conservan en lugar secreto durante veinte años o mediante un suplemento hasta que usted se muda del complejo. Hay que contar en contadas ocasiones con el azar caprichoso; fue lamentable en consecuencia que durante el trance mágico de la historia -justo ahí-, durante ese fin de semana irrepetible en que todo debía funcionar, cuando era esencial y la fusión Planetas Negros se alineó propiciando la tragedia, la suma de tecnología sufrió un blog informático escogido que fue reparado a las pocas horas. El sábado y el domingo el campo visual de Nisman fue desconectado del avatar del mundo, nadie debe acercarse al corazón del reactor, hay que dejar que ocurra lo presentido aunque se ignoren detalles desagradables. El código del elevador principal de la Torre llevando al piso trece del hombre más vigilado de la Argentina había cambiado; el Fiscal no lo sabía, la madre lo ignoraba, los custodia son distraídos y los vigilantes usuales menos estaban al corriente. Había que liberar la doliente esfera del reloj donde las horas que agonizan se niegan a pasar. Era sabido que Nisman era un judío que traía yeta… y en la AMIA -a las 9.53 el 18 de julio de 1994- se produjo un incidente técnico similar; eso es cosa del pasado porque las horas que pasan ya no vuelven más.

i) Interacción de redes telefónicas: en este caso de escuela funcionaron al mango, incluso se detectó y se sabe por la prensa -fallo técnico filtrado de servicios correspondientes- que hubo una inusual, diferente, intensa y significativa actividad de llamadas telefónicas del círculo reservado del casting. Durante lo que fue un contagio tipo cadena de la fortuna o acredita el celo profesional de autoridades competentes; con prioridad antes del disparo, lo que sugiere pálpito, pupila, intuición, temor de algo preparándose si bien nadie conocía el operativo y pormenores de intendencia. Entre tanta actividad de parloteo y la muerte del fiscal, sería imprudente afirmar que se trata de relación causal complotista; es la sinergia inmanente trágica que disparan las coincidencias. Cualquier grabación, transcripción de conversaciones, listines con nombres o números recurrente pueden caer fuera de contexto siendo montaje trucho de redes interesadas. ¿Quién hace el primer contacto telefónico el sábado 17 de enero entre los dos cotitulares de la cuenta en dólares en el ex Merrill Lynch de Nueva York? Los teléfonos del hijo de San Justo se quedaron sin carga de batería y todos los intentos de comunicarlo desde del viernes por parte del muerto fracasaron; quizá el Conde Stiuso decide no responder a los llamados de Albertito en ese delicado perímetro temporal y si bien el hecho es elocuente para un pinche de Telefónica, pueden abrirse varias posibilidades. ¿Para qué hablar con el interesado si permanecía en contacto con la custodia y estaba al tanto de la dramaturgia? Para qué distraerlo, hacerle perder tiempo precioso con datos de último momento sabiendo que concentraba para el partido del lunes; ratificando la pista preferencial servida, poniendo en orsay a la patrona que lo echó del once titular como a perro con sarna. Quizá está en conocimiento activo del operativo zona liberada y el silencio es parte del plan; le advirtieron que de existir una falla la vida familiar está en juego y en Miami espera gente amiga antes de fin de mes. Lo estima por haberlo visto laburar y el silencio -como en la música- forma parte de un mensaje de advertencia, que el hombre tan ocupado según dicen en buscar un arma ese sábado y por las dudas, no supo descifrar.

j) Testigos al paso y vecinos: tarea consistente en suprimir de la indagatoria la lista primera de testimonios probables, algo que cualquier escuela privada de detectives truchos fijaría en el primer semestre. En paralelo preventivo, proponer una “segunda” lista de testigos y expuestos en abundancia al esplendor de los medios rapaces durante la primera semana del retorno. Pichones masacrados a partir del séptimo día en su probidad moral y motivación económica, acorralados en el escarnio por un vicio tapado, enviados a depresión, locura y suicidio. Su testimonio ante autoridades y prensa audiovisual se volvió jungla cauchera que los devoró, como a los mensú esclavos del yerbatal en Roa Bastos.

k) Seguridad coordinada: todo sistema de vigilancia en vida del Fiscal y dependiendo del factor humano marchó en pedazos al inodoro en esas primeras semanas. La evaluación de un equipo de custodia está en relación directa a la suerte del custodiado y con perro muerto se acabó la rabia. Lo ocurrido en Puerto Madero da el tiro de gracia al mito del bodyguard con pinta de Kevin Costner y que cae bajo el encanto de Rachel Marron. Es que la gola se va y la fama es puro cuento; control psicológico de evaluación, pruebas físicas cardiovasculares, chequeo de fidelidad el equipo de guardias próximos para infiltrarlos o sean traidores mercenarios. Durante meses de sanata preparar el comando Cero entre convencidos, engañados, chivos expiatorios que estarán las horas previas y posteriores al Suceso Luctuoso en el teatro de operaciones. Confundir órdenes sin firma con relevos, destrozar toda reconstrucción de cronología, borrar trazas telefónicas que tiendan una red de conexiones, apretar con amenazas a los flojos, retribuir a decididos, tenerlos en la mira todos a la vez por si les da por batir en gesto pelotudo de penitencia, asistirlos en careos judiciales a sabiendas que se trata de una farsa, que para ello fueron intensamente entrenados en caso de caer prisioneros. Asignarlos luego a misiones livianas bien remuneradas, jubilarlos con prohibición de aceptar contactos con la prensa, expatriarlos a Cabo Cañaveral o más lejos, extraerlos del círculo para que sean olvidados, sacrificar a uno al azar en un baldío, con trazas de tortura enviando mensaje al resto del staff. Todo comando de vigilancia cuerpo a cuerpo está infiltrado y por ese lado fracasará la misión; tanto para ser responsable físico del asesinato o dejar accesos abiertos, desaparecer del radar en el horario estipulado y traicionar -por la Patria, fidelidad al patrón o un puñado de dólares- al sujeto que se debe vigilar de cerca. Guardar la espalda y entregar por la espalda.

l) Listado de contactos: son enigmas híbridos en arborescencia… Los usuarios vinculados después del crimen formando parte del elenco estable, plantilla titular o banco de suplentes complotista, abrieron decenas de llamadas las veinticuatro horas previas al disparo; téngase en cuenta que salieron a la pesca casi noventas sabaleros, se pudieron detectar las últimas comunicaciones del muerto con voz propia y luego los mensajes rescatados pierden valor e interés para la ficción. Hay actividad comprobada de la computadora, sin que ello suponga que fuera Nisman quien hizo funcionar la máquina; se la pudo abrir mediante pirateo del comando, también a la distancia dando la impresión en el relato Internet que a esa hora aún estaba con vida. Mientras un Nisman se suicidaba en el baño otro Nisman tecleaba las computadoras mejor que el Mono Villegas, también en el horario cuando fueron a buscar a la madre. Un doble, el clone replicante de la Tyrel Corporation limpiaba el piso, arreglaba cerraduras, borraba mensajes, consultaba Google sobre la vida eterna ¡un milagro de realismo mágico estando muerto! y acomodaba el cuerpo del primer Nisman mientras yo agonizo. El pasaje a lo público a través del Periodista Estrella es otra novela, saber cómo y quién pasó esos mensajes es otro artefacto conjetural inserto en la red de comunicaciones. Habría que urdir en la afirmación de que esa alerta le cortó horas preciosas a los que estaban montando el tinglado; es posible… Una vez el cuerpo desactivado comenzó la pelea feroz entre los servicios por el alma y herencia relato del Fiscal: el Mossad no consiente que se mate así a un valiente. Entonces entra en juego una réplica que debería dar explicaciones; los despachos posteriores alcanzan tal grado de interacción, que evocan filmes catástrofe blockbuster, donde un virus contamina en horas la totalidad del planeta Tierra destruyendo todo tipo de vida. El suicidio inducido fue virus contaminante en menos de veinticuatro horas del ecosistema informativo del planeta; en algún lugar se sabe, el operativo tuvo un go go go humanoide con nombre y apellido como en los filmes de James Bond. ¿Quiénes son aquí el Dr. No, Goldfinger, Elliot Carver y Le Chiffre? ¿Quién acaricia el gato blanco en Casa Rosada? Se activaron dando luz verde las conexiones a una señal, sabiendo la extensión del desastre venidero, creándose una zona con gran playa horaria de la operación en sí. Hay dos planes diseñados para las consecuencias, el que estaba planeado de larga data y el improvisado resultante, alguien bien informado decretó que el A no debía ser como lo planearon los del A, los del A debían saber que había un ruido más potente que fue plan B. Los responsables B tienen información de A y la utilizan para sus propios fines. El sábado a las 18.27 llamado WhatsApp de intercambio con Waldo Wolf y prueba con foto de que estaba con vida, a las 21.03 mensajes chateo hasta las 21.17 con Natasha Niebieskikwiat y por el tenor de los textos se hace saber que la situación estaba dominada. La conexión se produce luego de la segunda salida del edificio del licenciado; hubo llamadas más tarde a madre y tía cerca de medianoche.

ll) Cadáveres barriales: circula en documentos consultados durante las horas de insomnio, una versión anguila afirmando que fueron dos los cadáveres tendidos en el departamento. Uno desapareció, aterrizó en esa misma zona de riesgo temporal -proveniente desde el espacio interestelar infinito o de la oscura ciudad de Cacodelphia saliendo del ombú- el segundo cadáver de la mujer carbonizada en las inmediaciones al que incluso le dieron nombre propio. Tal vez el otro cuerpo nada tiene que ver en relación a la enormidad del asunto; pudo ser un novio que decidió liquidar los celos a la antigua, las treinta y cuatro puñaladas que le fajaron a la pobre Catalina del tango de Edmundo Rivero. Quizá fue una muchacha punk no futur versión Fogwill drogada hasta las orejas, que por traspiés de zarpe con merca boliviana adulterada comprada en el fiord Lamborghini tocó sin querer los cables pelados de la centralita que le fue destinada desde la noche de los tiempos, pudo ser un suicidio ritual -total, habida cuenta de que la zona fue liberada y circulaban armas amigas…- de esos con cánticos entre orgásmicos gregorianos, ordenado por una secta satánica con sacrificio de danza del fuego ceniciento. Debajo de Puerto Madero se halla un cementerio indígena, blasfemado por la piqueta fatal del progreso, cuyos espíritus están perturbados por tanta festichola con cocaína y sushi…  En las mismas horas, de los mismo días, en las cercanías de la Torre la presencia de otro cadáver quemado, sin identificar mediáticamente, es otra estrategia de espesar con hemoglobina coagulada el misterio. No nuestro misterio sino la ignorancia ardiendo entre llamas, fue fallo grave de los responsables haber obviado plantar un perejil culpable y así baldear crónicas truchas de esa excresencia sobresaliente molesta. El conjunto del operativo observado no parece destinado a aclarar un misterio sino a construirlo, pasar de lo simple a la complejidad de aquello que nunca tendrá solución. La mejor manera de esconder un cadáver molesto era convertir el anfiteatro operativo en morgue al aire libre, extensión tapizada de cadáveres NN; en esos menesteres fúnebres maquillados los usual suspects tienen experiencia sobre la cual se les puede hacer confianza.

m) Trazas en nuevas tecnologías, televisores, alarmas, teléfonos, radares y computadoras: the game se reitera hasta la saturación en las novelas suecas -donde anochece a las tres de la tarde, hay auroras boreales, desayunan salmón ahumado y leen a Stieg Larsson sin traducir- que en la tecnología podría hallarse la redención que desata el nudo gordiano de la muerte. Cuando ella ingresa con su cortejo de reactivos químicos y microscopios en la pesquisa, lo intrigante de complots delirantes vuela en esquirlas, la escoria de los servicios sería barrida por el testimonio registrado como en las películas: rayas de fricción en la bala, casquillo rebotado contra una pared empapelada, ampliación de foto, matricula detectada por cámaras al salir del parking, ordenador desde el cual se dio la orden, peine fino en los cuatro departamentos del piso trece, números de teléfonos celulares comprados en los chinos del Once, algo… algo… algo por poco que sea… Olvidamos en el camino a Lisbeth Salander tatuada y abrimos un best seller Dan Brown, donde cierto siniestro electromagnético total de formatos planetarias y origen dual divino humano, logra desactivar la totalidad de máquinas energéticas al alcance de la tecnología. Las alarmas dejan de funcionar, se quedan sin pilas los timbres que vas a tocar, las cámaras video roncan en mantenimiento, se tranca en medio del juego el programa Super Mario Bros, se cambian códigos de ascensores, los casetes se borran por arte de prestidigitación, el titular de la empresa resultó vinculado a los Servicio. El domingo entre las siete y las ocho de la mañana se registra actividad en la computadora, fue el fiscal que todavía estaba con vida o bien fue el informático con alto nivel del comando que lo asesinó; en los minutos 40 y 49 consultó dos sitios sobre el descriptivo de la muerte clínica y la psicodelia. Había menos vigilancia en el perímetro del caso Nisman que en el modesto Casino de Atlántida, para atrapar vivillos que apuestan fichas truchas de madera pintadas a la témpera. La tecnología que daría acceso a la verdad tuvo apagón general, este no resucitaría como el otro del sacrificio consentido al tercer día y si lo hace lo volvemos a suicidar; hasta limpiaron la lanza del centurión Longinos con medio litro de detergente Ala.

n) Eficacia de la Nebulosa: ¿cómo se evalúa la eficacia de los servicios, para quién trabajan, a quién le rinden cuentas? ¿Son instrumento de poder o maquina represora, los servicios pueden virar a máquina sublevada a lo Matrix sirviendo intereses propios? Claro está que ciertas ventajitas pueden ser rastreras como los de cualquier mafia del cono urbana; ejecutar para ganar guita o servir planes del Complot Superior, sumiso a ideologías que -tan secretas dialogando en códigos cifrados- pueden desquiciarse. En los otros grupos delictivos admitidos como tales hay secretos incluyendo solidaridad con pacto de muerte, contraseña en concilio y amuleto de identificación a la manera Iluminatti, Spectre, francmasones, yakuza, protocolos de sabios de Sion, lobos grises turcos, tenientes de Artigas, Bohemian Groove. Nisman acaso fue condenado en la misma línea punitiva de Kevin Spacey por mostrar demasiado en House of Cards. La historia es complot, las bandas malhechoras se diluyen cuando caen baleados o mueren a traición los cabecillas, otras se desplazan de acuerdo a los mercados y el vicio insatisfecho que le tiene horror al vacío. La delincuencia de los Servicios está probada, filmada, documentada, asumida; sus componentes son integrados al imaginario social colectivo -con factores de credo militar y delincuencia, influencia de otros servicios norteños y grupos creados al interior de cada sección- son consustanciales al Estado. Forman parte de la Patria Vivada, se los acepta desfilando en la Avenida 9 de Julio y Te Deum de honor al pabellón nacional y a su planta rendido un león, ¿Qué hubiera escrito al respecto Osvaldo Soriano en su refugio de Dr. Del Valle Iberlucea, tangencial a la Bombonera? Cuando se ingresa jovencito a los Servicios, uno de los incentivos más vocacionales es consagrar una carrera encomiable con protección de instituciones; servir a la Patria Carajo pasa a segundo plano porque lo bueno es servirse uno. La Historia Nacional persevera en su cortejo nutriendo libros polémicos sobre las dos fundaciones de Buenos Aires, las dos letras del himno patrio, los dos cuerpos de Nisman, los dos viajes del Licenciado el sábado a Puerto Madero. Vida hay una sola decía el doctor Alberto Castillo: por cuatro días locos que vamos a vivir, por cuatro días locos te tenés que divertir…

ñ) K.O. a la reputación de los forenses:buena estrategia fue deslizar la sospecha de falsedad complotista, obediente, corrupta y falsaria a los informes expertos. En el dominio científico lo que da fe y prueba en todas las Cortes jurídicas del mundo, en Puerto Madero se vuelve campo minado, cada nimia afirmación probada es objeto de controversia y difamada, toda verdad inicial obliga a otra hipótesis sustitutiva que la contradiga, el informe primero es cuestionado de oficio, se exige una segunda constatación en la cual se indicarán fallas metodológicas; aparece igual con insistencia la fórmula “etiología violenta” caracterizando la muerte del fiscal. Ahí es cuando llega luminosa la tercera indagación, inducida, obligada, ordenada, comprada, amenazada y afrentando informes precedentes, corrupta, inepta en sus términos litigando a las anteriores: no queda cuerpo material explotable para la cuarta (antes de la quinta en trámite) disección que revelara la verdad escamoteada que acaso se comience a vislumbrar en la sexta autopsia. El cuerpo del delito -los recortes restantes del cuerpo se vuelven campo cárnico minado- ningún forense está en condiciones de asegurar que los restos sometidos para el examen son del muerto objeto de disputa científica, o fueron comprados la víspera en la carnicería del barrio. Esta vez con una autopsia fue suficiente el lunes entre 8 y 10 de la mañana; por esa premura marcharon por el resumidero las reputaciones de Tommy Tildes, Donald Mallard, Lorette Wade, Kay Scarpetta, Megan Hunt, Albert Robins y Daniel Harrow.

o) Desaparición de actas secretas: para el lunes próximo, dentro de unas pocas horas de hace veinte años, Nisman previó una denuncia pública que podría conmover el Cosmos y dio un adelanto televisivo; ocurrió el 15 de enero del 2015 en “A dos voces” y la entrevista la hizo Edgardo Alfano. Sacudir desde lo ocurrido en Puerto Madero a bombardeos preventivos de Israel en Irán y el suicidio de varios científicos. Es sabido que el contacto con la física cuántica atómica puede llevar a problemas de identidad, crisis espiritual e impulso de tomar decisiones irreversibles; fue el caso de Masud Ali Mohamodi, Mayid Shahriari, Dariush Rezaineyard, Mostafa Ahmadi Roshan, Mohsen Fakhizadeh. Del potencial atómico capaz de dinamitar posibles narrativos no quedan hasta donde sabemos manuscritos, restos en máquinas de picar documentos, nada en fotocopias, ninguna llave usv, nada lacrado en el despacho del notario; desaparecieron como tantas cosas en las aguas del Río de la Plata. Se detectaron trazas espectrales del uso del ordenador del Fiscal y entendemos por maniobra espectrales los movimientos sobre el teclado, borrados, copiados, apertura de documentos, traslados, revisión de correo mail y supresión de huellas dactilares operados sobre el aparato -se dice que había cinco- durante el tiempo que de acuerdo a una de las múltiples cronologías forenses, el usuario nominado de esa tecnología estaba muerto. Parece parodia de delirio de Lovecraft sin la sospecha de Cthulhu despierto; el fiscal se mata en calzoncillos y en el camino espiritual luego del suicidio y/o asesinato recuerda que tenía trámites pendientes. A la manera de “El milagro secreto” de Borges suspende el tiempo de la muerte, algo o alguien de él regresa al lugar de trabajo, procede a ingresos borrando años de trabajo y luego regresa al baño a esperar a la madre. Ella será quien verá por segunda vez (la primera fue el testigo Cero) el cuerpo sin vida del Fiscal, luego del vistazo del custodio; le seguirán el médico ecuatoriano José Raúl Carrera Mendoza y la médica forense Gabriela Ester Piroso, incluso en una postura gimnástica que es tranca en la puerta de entrada, antes del malón de la manada de búfalos. Como los metafísicos de Tlön y teóricos del Círculo de Viena podemos inferir que el caso Nisman es una rama de la literatura fantástica, los papeles pudieron nunca haber existido y como nadie puede asegurar las cronologías de los suicidios se urde así otro misterio. Pudo haberse suicidado el lunes de noche y la cosa concretarse luego del bochorno; hacerlo la semana anterior y así le cerraba la boca a todo el mundo, incluso habiendo regresado de la entrevista en la tele porque ahí ya estaba condenado. Ese suicidio es el asesinato perfecto de la tesis del suicidio, suicidio a medio camino y mala obra en pésima representación de la cual la puesta en escena quedó a medio cocinar.

p) El silogismo de la entrega: si yo fuera escritor de novelas policiales de verdad tras fuentes de inspiración, si rescatara algo del espíritu juvenil de historietas fantásticas, esa sería la pista más segura y explotable para explicar desde afuera lo ocurrido. Quizá sin saberlo al día de hoy estamos de verdad ante un misterio insondable, en tanto que el rumor nauseabundo que lo rodea desprestigia dicha teoría y son visibles las salpicaduras de lo turbio: “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que queda, por muy improbable que parezca, es la verdad.” Cuando digo entrega, quiero señalar ignorancia del muerto, insinuar plan ambicioso sobre su persona montado por un comando compacto y alguien decisivo del primer círculo; de alguno de los primeros círculos que pasó planos, instaló micrófonos, cambió el código de ascensor principal, copió la agenda, facilitó el espionaje informático, dejó puertas accesibles en el tramo preciso para que la tragedia tuviera lugar y planeó la fuga calculada que fue quizá perturbada por el tuit Patcher. Al respecto habría que considerar la lista cierta de muertos accidentales de interrogados en las primeras horas, para acceder apenas a informaciones básicas y que se dejaron de lado exprofeso. Ante la alternancia suicidio asesinato, asoma la tentación de aplicar el criterio navaja de Guillermo de Ockham a esos modelos teóricos; cuando la verdad es huidiza la anunciación será milagrosa.  Las razones de la entrega pueden ser explotación de vicios públicos, amenaza partiendo de imágenes comprometidas, dinero groso en paraísos fiscales para por fin pasar un semestre en playas privadas de Brasil, bebiendo Macallan 18 o intimidaciones explícitas a la familia: berretines que tengo con las gatas, metejones de sushi los domingos, ilusiones del viejo y de la vieja…

q) Boceto del transportador a lo Jason Statham de la Bersa disparada: cuando murió Gardel comienza la polémica sobre el lugar de nacimiento, hasta ese accidente en la pista de Medellín era de fluida transparencia. Lo mismo ocurre en cada relato que necesita su Efialtes, Yago, Fergus Kilpatrick, John Vincent Moon o el nombre de Judas providencial que alteran los relatos. Muere Gardel, asoma la versión Delfino y por intereses espurios uno se recuesta en la verosimilitud o decide creer la versión Delfino; con ese pavor ingenuo de quienes piensan reordenar el Cosmos, cuando en verdad agregan dos iniciales a la historia universal de la infamia. Aquí tenemos la versión del corazón del reactor que es la del Licenciado; de firmarla en un acto de Fe el Cosmos se reordena, las explicaciones encajan en cierta convicción y asoma un duelo compungido que calma la historia. Sin ningún testimonio, por inercia de invención, en algunos libros hay el diálogo de esas dos escenas sin público que delatan a sus autores. Si se sospecha que circula otra versión velada ingresamos en la incertidumbre del relato, con preparación de café en la cocina, la copita de anís y la conducta en los velorios, abriendo las puertas de servicio a dominios en llamas de la tragedia. La certeza está aguardando a buen recaudo en el mundo de los muertos y habrá que ir hasta allá para buscarla.

r) Matadero clandestino en el aura del crimen: hay varias maneras de nombrar la escena inicial filmada por las cámaras formando parte del malón, desde el clásico tirar margaritas a los chanchos hasta el pedagógico “la manada de búfalos” que significa revertir una Ley consustancial a la imaginación del crimen, desde la mitología universal de las civilizaciones incluyendo las desaparecidas. Toda escena de crimen debe ser preservada tal cual se la descubre, para que a la llegada de la pericia técnica se puedan levantar trazas significativas, evitando que haya interferencia entre situación del delito y primo contacto de la autoridad. Si había al margen una situación delictiva, sospechosa, intrigante o curiosa, otra circunstancia rara requiriendo que esa consigna fuera respetada a rajatabla en lo estricto de sus protocolos, era esa escena parlante del bulín Nisman. Nunca estuve ahí pero vi la filmación de los primeros pasos, indescriptible aquello… era una peli de los hermanos Marx titulada una noche en Puerto Madero. La escena tal cual se montaba era cierre de comedia musical en Broadway mientras saluda toda la compañía y eso es lo que vi…  a medida que las cámaras avanzaban en el piso desvelaban la intimidad, anunciaban la extensión de la tragedia y más allá de cierto murmullo de fondo dadas las circunstancias, quedé asombrado por la falta de expresiones indignadas. Nadie entre los presentes gritó, puteó o inició un gesto de fibra pasional ante lo ocurrido; ningún ¡yo sabía que iba a terminar así! o ¡hijos de puta lo mataron! ¡No hay derecho Alberto! Las personas que ingresaron al cabaret yiddish desde que fueron informadas olieron lo ocurrido y que iban a simular descubrir, lo que se esperaba de ellas: nada de hacer olas muchachos, las olas y el viento sucundum sucundum… Después se dice de pisadas con barro, comerse algo fuera de fecha de perención guardado en la heladera, limpiar la Bersa todavía caliente para ver el número y jugarle las tres cifras a la quiniela de Montevideo, mear en la cocina y limpiarse el culo con alguna servilleta, entrar pidiendo perdón moviendo el cuerpo, robar un calzoncillo, abrir cajones, revolver y evaluar si había algo que pudiera negociarse, recordar las noches de allanamientos en casas de zurdos boleta. Alguien de los presentes debió haberlo pensado: chapaleando en ese muladar van a encontrar una pista si son brujos… manga de hijos de puta… ahora a poner la cara por unos días… es lo menos que podemos hacer. Poner la cara y hacerse los boludos con vista al mar acusados de ineptos, incapaces, incompetentes, nulos, negados delante del mundo entero pero poniendo la cara. Tranquilo el perro… bajar la testa sin protestar y asunto liquidado: “claro que esto está pringado a más no poder ¿ché boludo, cenamos el martes donde siempre? tengo ganas de comer achuras con fariña.”

s) Discrepancias en la reconstrucción: vendría a ser la repetición general de una obra teatral al otro día del estreno, en principio tiene el noble objetivo de imaginar siguiendo tiempos, espacios y desplazamientos la manera cómo ocurrieron -o debieron ocurrir- los hechos indagados, siempre y cuanto el conjunto de las partes busque los mismos objetivos. Buenos intenciones postergadas al infinito porque no hubo reconstrucción en el piso trece de Puerto Madero; si en cambio hay gato encerrado, la traza de certeza deformada provocando lecturas arbitrarias. La reconstrucción será rompecabezas bumerang, camino empedrado de impedimentos, obstáculos, recriminaciones, protestas, rastreo de fallas procedurales, recusación de intervinientes, alteración, robo, manipulación o mosqueta callejera de pruebas materiales, distorsión sobre la marcha, negación de repeticiones, deducciones groseras ante lo evidente, falseamiento de desenlaces, acusaciones de implicancia, distribución de versiones contradictorias a la prensa. Pasaje de duda binaria al caos de hipótesis infinitas, al punto de alterar puntos de partida comunes y juntados al comienzo de la pretendida reconstrucción.

t) Culpables designados: lo sucedido en Puerto Madero durante el fin de semana, además del hecho -asesinato o suicido voluntario o inducido que viene a ser asesinato- permite añadir la tesis del tercero excluido, reduce los implicados. El único con nombre es Nisman y de aceptar la conjetura suicidio el caso se cierra, aunque circula algo en el relato de esa tesis que obstruye: “Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admitían la menor réplica y no causaban la menos convicción.” Se la puede admitir en militante y jamás en caso de ser lector de novelas policiales o abonado a Netflix, que es mi caso. El relato se distorsiona con los hechos, persisten abundantes huecos argumentales en la trama; si se reconoce la ejecución extranjera -además del plan, los mecenas, la diversa intendencia comando de plantar el falso escenario- falta algo que sería escándalo lógico y es la omisión de los asesinos. Ah… si se pudiera haber conservado la tesis del asalto que terminó mal con un par de malandros a quienes endosarle el asunto, sería más sencillo… como los obreros albañiles en “El secreto de tus ojos”. Una mina degollada esposada a la cama, con moretones en los brazos, restos de coca en las fosas nasales y un repertorio de sex toys con arneses… como en “L.A. Confidential”. Los directores de escena del plan se decidieron por el suicidio y con ello cerraron sus posibilidades de dar indicios alternativos, las pistas con libreto comienzan a hacer agua por los cuatro costados; si se descree el suicidio se cae en el asesinato queriendo engañar y la exigencia de nominar los culpables. Tal como aparece el programa al día de hoy ello es insostenible, la sociedad está tan sensible que a la menor traza de inmediato se tejería la trama completa que “hasta puede llegar a armar la verdad escamoteada”. ¿Cómo se coordinó el asunto? Con el efecto dominó de los incapaces; para que ello lo que sea ocurriera tal cual debió fallar una red de responsables técnicos, encargados de seguridad, vigilancia cuerpo a cuerpo, técnicos con fallas técnicas, la majuga lumpen provincial que debería tranquilizar la catarsis colectiva. La cosa es tan enorme que parece imposible; genera entornos de traiciones, merodea un temor subterráneo que por una parte fallada en la trama la red romperá: arrepentimiento espiritual, afán de publicar un libro testimonio, cáncer terminal con miedo de perder el Paraíso y anhelos de sacarse la culpa de encima, por si existe el Dios de la primera comunión tomada en una de las parroquias de San Justo.

u) Incompatibilidad horaria del operativo: cuando se trata de la hipótesis suicida la duración de hechos es simple de medir. Tenemos una última comunicación registrada y la hora en la que la madre vio el cuerpo sin vida de Alberto, a ese segmento minutado le llamo la hora del operativo. Para la hipótesis del suicidio puede afirmarse que duró lo que el estampido del arma de fuego y la vida toda del hombre hacia atrás. Relativo al operativo figurado, es imposible calcular horas laborales pagas desde que a alguien se le ocurrió la idea, tardes de trabajo compartido en oficinas, boliches y enterraderos, relojes de todos los modelos que se detuvieron cuando la madre tocó la puerta del baño. Como uno carece de habilidad en este tipo de asunto, llamo Tiempo del Operativo al guion de la película si hubiera sido un episodio filmado de Misión / Imposible: Nisman. Sería como si se marcara tarjeta en el Ministerio del Interior, lo mismo que a falta de solución se decidió por el principio de incertidumbre. ¿Quién podría calcular el tiempo entre que los sicarios ingresaron a la Torre (aunque hubiera sido tres días antes) hasta que abandonaron la Torre aunque salieran del perímetro tres días más tarde? Es posible que con tanto entrevero hubieran estado presentes la primera noche entre los búfanos, salido del ascensor con uniforme de Expertos; es lo que habría sugerido si hubieran pedido mi visión narrativa, tomando como modelos a Jean Reno en “Leon”, Kevin Spacy en “Usual suspects” y “El negociador” bajo el nombre de Chris Sabian y uno de los casos del comisario Abel Romero en “Estrella distante”.

v) Invención, refutación, denigración de testigos casuales: del hecho central existen dos categorías privilegiadas de testigos. Uno fantástico es la imagen final del Fiscal en el espejo del baño si concordamos en la tesis suicida y Nisman más los integrantes del comando en caso de suscribir la tesis asesinato. De ser los matadores tipos profesionales venidos del extranjero -motivados por razones de interés ideológico patriótico u honorando un contrato- hay posibilidades de que sigan con vida, extraviados en el negocio de la muerte contratada que vimos en tantas películas. Si los asesinos son de industria nacional, lo probable es que estén muertos desde hace tiempo, arrastrados a la fosa común de accidentes en la General Paz o ajustes de cuentas entre bandas rivales por el control del mercado del paco en Provincia Federal. Lo que hacía falta para la puesta en escena jurídica eran testigos de otra naturaleza; los cinco sentidos que estuvieran presentes certificando lo ocurrido en el departamento en esas horas y otras presencias con DNI otro de la manada. Nunca quedó claro si primero los buscaron entre vecinos del muerto o personal de mantenimiento de la Torre, los mismos que no sabían del cambio del código del ascensor y prefirieron esperar al cerrajero antes que tirar la puerta abajo de dos patadas… al parecer fueron a la calle, reclutaron al azar según la cara del cliente y no tanto. El criterio era traer al ojo del huracán personas con perfiles ambiguos, seguro que para manipular su testimonio antes de ingresar al departamento y vieran así lo que tenía que verse apoyando la versión oficial; así lo hubiera sugerido yo si me hubiera pedido escribir el guion de una serie. En caso que asumieran cierto apostolado de la verdad, tuvieran la tentación inducida de responder a sondeos periodísticos tras detalles, presentaran fallas de conducta, antecedentes explotables preparando el destrozo. Levar desamparados de la noche -es medianoche el cabaret despierta…- quienes en menos de una hora, imaginando participar en la aventura de toda una vida, fueran incapaces de ver tijeras cortando hilos de los marionetistas; el podio lo integran la testigo Natalia, el testigo C y Hébert B. Es otro folletín, hay testigos que son de poco fiar, los asedian y se inocula la duda sobre la veracidad final del testimonio: jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Lo juro. Entonces sos boleta.

w) Casting de Bollywood: espías, jueces, informáticos, fiscales, ministros, periodistas, terroristas, animadores, amigos, piqueteros, putillas, servicios… contrariando la pesquisa tradicional, la mejor estrategia fue escribir la novela en varios volúmenes y que sigue sumando episodios. En toda investigación libresca o fílmica (son las únicas que conozco) se impone el procedimiento de círculos concéntricos. Primero establecer la lista directa o colindante de nombres metidos en el asunto por intereses, cercanía, testimonio, otros motivos sin descartar a priori ninguna pista disponible; luego obrar por eliminación, eximiendo el tiempo procedural reducir el catálogo y en cada caso agotar los argumentos evitando volver atrás en las consideraciones. Sin asegurar un procedimiento infalible permite -como en los grandes sumarios desde el topo de Le Carré hasta John el Rojo- reducir el elenco a media docena de nombres. Una vez alcanzado tal objetivo, puede decirse que la investigación cambia de naturaleza, emulsiona una suerte de catarsis y cuando las hipótesis son afinadas se acelera el juego de contradicciones. Los pesquisa pueden montar celadas y una vez los fichados que saben pueden activarse en depuración probando su inocencia; es probable que cada uno de los huéspedes de las Torres -clonando “La muerte camina en la lluvia” con Olga Zubarry- tiene sus ideas y había sólo que aguardar el funcionamiento de la máquina. Eso en un mundo ideal… pero siempre hay un cerebro -aquí hay varios- que tiene la réplica pensada para alterar protocolos de pesquisa. Embarrar la cancha en cuanto a pruebas materiales, rotar equipos encargados del aseo, permutar procedimientos de sondeo por una novela folletín con más episodios que “El amor tiene cara de mujer” intercalando géneros sabidos: espías, abogados, prostitución, periodismo, piqueteros… todo subsumido en un Frankenstein monstruoso de relatos, como en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se mezcló la vida. Cada temporada cambiar protagonistas, galanes, putas, hombres justos, entregados y corruptos; cuando pobre de mí quise seguir la pista de sangre salpicada en el baño (creo haber llegado en el fin de semana a cuatro expertos prontos a timbear su reputación ante cámara) y yo desamparado, tolerando ese sunami devastador rojo desde varios frentes, ante tanto nombre entreverado epilogo la inmersión como en Expedientes X: “no confíes en nadie que la verdad está ahí fuera.”

x) Invalidez de maqueta fiable: lo obsesivo para las partes, era destacar un recurso en cada uno de los pasos rigiendo el dispositivo de modelización de la muerte. Si las estimaciones cronológicas, el arma, los orificios de entrada al cráneo y el entorno político psicológico son partes de una enorme discusión, era impensable ordenar una restauración clásica. Los que hablan del suicidio tendrían que narrar lo ocurrido en los segundos / minutos / horas deslizadas entre la decisión, el gesto con el arma de fuego, el segundo del disparo, la agonía probada, la muerte corporal de acuerdo a criterios clínicos y el primer acceso al baño amarillo, cuando Nisman dejó de ser fiscal y se volvió anatomía con rigidez cadavérica. Aun aceptando la tesis del suicidio la estimación de tal cronología es un misterio; sólo podría situarse con una filmación captada desde el otro lado del espejo. Ese vacío secuencial deja el campo orégano a la espiral logarítmica de las hipótesis posibles; en algunos tramos de la meditación dan ganas de aceptar que lo allí ocurrido es disparatada ficción y dispensarnos así de tomar partido. La reconstrucción se frustró en la segunda versión por la falta del asesino; en esos casos lo sabemos: al hombre lo traen golpeado y libreto pronto. Se sucede una escena de pocos minutos, que nunca sabremos si es dogma amañado e incorpora al misterio una dramaturgia con efecto catártico, paráfrasis de verosimilitud, consuelo de explicación para los implicados; también para familiares cercanos. A falta del asesino orquestando los pasos la farsa se convierte en suposición, habilitando tantas puestas en escena del crimen como responsables de llevarla adelante; tampoco es a excluir la búsqueda de una puesta en escena de la versión interesada, el miedo a una represalia familiar y la ineptitud actuando en sinergia. Revisando materiales accedí a cuatro alternativas con sus teorías, defensores, pruebas, alegatos y convicciones. Deberíamos regresar a los Evangelios, póker de reinas ganadoras y Rashomon de Akutawara Ryũnosuko para discernir lo ocurrido. Las versiones retenidas movilizaron energía para dominar el combate del relato y son: a) amigos o bando Nisman con apoyos de difusión y libros. b) versión de reconstrucción 3D con ambas variantes siguiendo el principio de indeterminación. c) fue ostensible la movilidad de la tesis suicida con relatores, políticos y libros indagando el expediente; pruebas centradas en el estado psicológico y disco duro del muerto, lo infundado de las acusaciones reservadas al Congreso. Estas tres opciones estuvieron en la prensa audiovisual -hasta donde pude informarme- que fue la nueva estancia de la familia Caceros de 1852. Era cuestión de fuerza de artillería, reclutas en infantería, traiciones dolorosas, cambios de bando, convicción militante en argumentos, evidencia de que unos como otros tenían doble agenda, la teoría de los dos cuerpos del Rey: Nisman el padre de las hijas y Nisman la metáfora de lo que significaba. El suyo fue un combate celestial; de haberse limitado a lo que Martínez Estrada llamó asuntos municipales, acaso otra pudo haber sido la historia. Había algo en Nisman de Ícaro, se acercó demasiado a la energía atómica solar y se fundió el motor: ¿por qué tus alas, tan cruel, quemó la vida? ¿por qué esta mueca siniestra de la suerte? d) faltó la lectura de Gendarmería, la reproducción Argentina Sono Film del departamento o al menos del baño. La historia se inscribía en su maqueta, el baño se volvía estudio con efecto especiales -estética Harry Lange en 2001 Una Odisea del espacio- donde reproducir lo que sería leyenda urbana, lo que trato de hacer durante estas horas suspendidas circulando en mi Palacio Espiral de la Mente Fractal y sin alcanzar la ecuación satisfactoria.

y) Enchastre de la víctima, acecho de la falla humana:alguien en estos años salió victorioso de la gran batalla que es la extensión del principio de incertidumbre en el tiempo. Más allá de las convicciones personales, la hipótesis del asesinato tiene la forma piel de leopardo de los territorios palestinos sin llegar a configurar un estado. El sistema de información puede mantener la presión hasta cierto punto, después se retroalimenta con otros episodios del deporte, la delincuencia común y su cortejo de horrores, la batalla política cotidiana, antídotos del entretenimiento, círculo que se retrae de exploradores y contraofensiva de las tesis confrontadas. Funciona en anexo el sistema de cajas chinas, muñecas rusas, heráldica semiótica o teoría de conjuntos: los conjuntos son colecciones abstractas de objetos los cuales comparten una característica en común, son misterios imbricados. La bala Nisman penetra en la novela Fiscal que hipnotiza y se empotra en el atentado Amia, que se injerta en la política internacional Argentina, acoplada a la guerra Irán Israel y anexada a la historia contemporánea. Efecto dominó entre enigmas conexos; y eso que fui el último hasta ahora en llegar al Mercado de Abasto a llevarme las sobras… recibo la luz agonizante de estrellas Novas que murieron hace millones de años. Tengo el delirio de informaciones conocidas, opero como si pudiera intuir una salida lógica allí donde se instala el fracaso. Aunque alguien piadoso viendo mis agitaciones inoperantes me enviara un sobre lacrado con la verdad escrita, no sabría qué hacer con eso: a esa estrategia del misterio dentro del misterio se suma la menos noble de embarrar escupiendo al muerto. Advierto en el armado del artefacto una división del trabajo con tres líneas maestras en la ofensiva.a) deconstrucción teórico político, la toma de conciencia de ser agente al servicio de Israel, alguien manipulado por varios titiriteros -el espectro oscila desde Stiuso a la CIA – y acaso el profesor James Moriarty.  b) estrategia King of the night. Sexo, drogas y rock and roll; para lo cual el finado dejó una tranquera abierta, grande como el Rosebar y la agenda de Leandro Santos. En la cuarentena iba de boliche en boliche aceptando el ambiente pesado, lo perdía un día de paseo en Santa Fe de Industria Nacional y era sensible al charme tarifado de gatitas insomnes. Hallé fácil sin necesidad de abrir internet dark las fotos de Melisa y Florencia, las versiones insinuantes de judío puto, pichicatero y con cuentas en el extranjero, lo de vendepatria le agregaba un tono vintage pasado de moda.c) la tercera es la exégesis suicida; los torpedos teleguiados a la Santa Bárbara de motivaciones: encerrona mental por años de gestión de mierda, abuso de la tajada presupuestal, soledad desobedecida del Sabbat, pues jamás llegaron documentos prometidos, sin noticias de Stiuso, proyección maltrecha del ego luego de la crónica de masacre anunciada en comparecencia al Congreso, la ansiedad de tener un arma entre las manos y sentirse seguro. Insoportable proximidad del fracaso: estás desorientado y no sabes que trole hay que tomar… lo demás es la sucesión lógica de acontecimientos barranca abajo y para colmo se le había dado por atacar a la Diosa sin saber con quién se estaba metiendo, los héroes de la antigüedad nunca debían obseder sus límites de lo contrario… Estaba cantado, son dos sistemas solares que continuarán durante décadas su funcionamiento, emitiendo energía certificando la tesis de mundos paralelos en permanente expansión. Las estrategias cosmológicas de los sistemas hacen que estén destinados a colisionar, seguro que cuando suceda nosotros estaremos lejos y será fisura del factor humano. Hay un arrepentido latente en el once titular que conoce detalles de Puerto Madero a la espera del tiempo sin almanaque, otro con intención de enterrar el expediente en un silo abandonado hasta desintegrarlo en la amnesia programa del Cosmos y un tercer hombre a quien entre otras cosas le daba por cantar.

z) ¿Dónde está el periodista aquel?Se llama o se llamaba Damián Patcher, lo vi pasar como un dybbuk en el primer cotejo de información, era un personaje secundario de los inolvidable, al punto que anoté su nombre tres veces y lo encerré con grafo colorado. Me pareció el hombre clave en el asunto, luego hallé un tuit matador de Pablo Duggan del 17 de enero de 2018 a las 17. 46 que me desestabilizó: “Damián Patcher no sabe nada del caso y sólo contó lo que le dijo un enfermero de Swiss Medical. Después inventó que lo perseguían y varios papelones más. Un vivo.”Creí que se trataba de un ajuste de cuentas habitual entre periodistas y olvidé que Duggan escribió 568 páginas para responder por el suicidio a la pregunta que titula su libro de investigación: ¿Quién mató a Nisman? Puede que cuando presentó el libro en Santa Fe tenía razón, que asistimos al gran complot partiendo del suicidio y “todos fuimos engañados.” Quizá la banda audio del caso no sea “De boliche en boliche” de Los Náufragos sino Valeria Lynch cantado “tu vida siempre ha sido una mentira… una vulgar y estúpida mentira.” ¿Qué se puede esperar de un consumidor de prostitutas Vip? Basta con escuchar las grabaciones del acoso sexual perverso durante ocho años sobre una vieja conocida; la gran pifia del fiscal cuando armó su circo internacional “es que no la conocía a Cristina” que al parecer “lo consideraba un cuatro de copas.” Por ello esperé en vano durante toda la noche, hasta que aclaró pegando el sol sobre la terminal Buquebus siguiendo las horas del documental Netflix “El fiscal, la presidenta y el espía.” Gran decepción para mi ego intuitivo, Damián Patcher ni en foto. Quien robaba pantalla era Stiuso que debió negociar algo enorme para tamaña exposición, un tipo calmo hiper secreto colocado largos minutos en la mira telescópica de varios sniper, es fascinante; en mi película mental sólo Al Pacino estaría a la altura de esa prestación con aire de nominación Awards.  Me sentí un pelotudo, había creído que DP era pieza clave y los genios de las series gringas ni lo llamaron por teléfono. La serie es adictiva pero esa ausencia de DP era el adoquín en el camino, lo mismo que la red de comunicaciones las horas previas sin visual nominativa el domingo del crimen. Estaba sin tiempo para continuar con mi tarea así que decidí que lo había soñado. Damián P. era un personaje de ficción que venía al dedillo para rellenar vacíos imposibles de llenar. Soñé que él era una mariposa china, tenía doble nacionalidad argentina israelí y sirvió en la armada de la estrella de David durante tres años en la frontera, soñé que aseguró que estando en Argentina ninguno de los servicios israelíes -inclusive valorando su fidelidad al ejército- lo conectó aunque más no fuera para tomar un café. Soñé que es el hombre esencial de las fuentes originales y envió su primer tuit que -a su entender- le cortó tiempo al comando en el manejo de la escena del crimen; de ahí la sensación de chapuza en calzoncillos que hallaron los primeros en entrar al piso. DP tenía confidencias de la esencial desde el corazón del reactor Puerto Madero y otra más arriba que la del enfermero ortiba que dice Duggan. El primer tuit del mensajero fue el domingo a las 23.30: “Me acaban de informar sobre un incidente en la casa del fiscal Nisman.” Media hora más tarde, a las 12.08 que ya era lunes saltó a la red el segundo tuit: “Encontraron al fiscal Alberto Nisman en el baño de su casa de Puerto Madero sobre un charco de sangre. No respiraba. Los médicos están ahí.” Soñé que en tres días DP sacó las conclusiones que se imponían del caso y mediante una red de amigos bien aceitada, el 18 de enero a las 6.50 salió de Aeroparque rumbo al aeropuerto de Carrasco de Montevideo, enlace Madrid y destinación final Israel para ir a Tel Aviv donde reside y trabaja ahora mismo, si no es que lo soñé. Soñé que en alguna entrevista Patcher afirmó que el Mossad sabe lo sucedido en Puerto Madero y tampoco puedo afirmarlo. Además, me tengo que tragar sin chistar que a Patcher según Duggan, lo puso al tanto uno de los tipos de la primera ambulancia Medical Swiss que llegó al piso trece de Puerto Madero. Después de esa inmersión entre realidad y fantasía de tanto empacho de noticias, creo que los aficionados a que todo se vuelve relato desestimamos la secta cerrada del Silencio. Al final del camino, si tuviera que poner una última ficha nácar sobre el paño. la jugaría al olfato novelista del turco Jorge Asis de hace unos años, a su certeza sublime en A fuego lento del 8 de marzo del 2015 y que vimos menos de 3300 personas.

Cada uno de los puntos del abecedario desmembrado cuando se echaron a rodar excitan la refutación, el misterio nunca termina de concentrarse, por el contrario se expande al infinito, la víctima cambia de estatura y la certeza es abolida. Debemos trasladarnos de una lógica del laboratorio al dogma del creyendo, el crimen es religión atea politeísta, Nisman deviene pasión inextinguible, hacen falta cuatro crónicas apócrifas narrando versiones contradictorias y del cotejo de las mismas si de algo podemos estar seguro, es que la luz la verdad está en viaje. En la secta predominante todos los evangelios son necesarios y adulterados, habrá profetas dedicados a la destrucción del ícono que se debe adorar: era el falso Mesías y qué menos se podía esperar de un idólatra.

Yo miraba en sesión continua programas de tele viejos con periodistas acusando, despotricando, suponiendo o defendiendo y más fascinante era el asunto, sería mejor decir aterrorizaba puesto que la obra se jugaba sin máscaras a cara descubierta. El periodismo trocaba de funciones, menos que de informar se trata de crear el relato dudoso y suspicaz, descartar el indagar la verdad consensual e influir en la opinión pública. Se dinamitó en una noche el círculo virtuoso entre hechos, noticias, autoridades y justicia, todo por el poder: game of trones de 23 provincias y 48 barrios capitalinos que se decide entre las cabezas coronadas de los siete locos. Temí que mirando tantos videos de pronto intervinieran la trasmisión y apareciera Allan Bogado, aconsejando que hay asuntos que es preferible dejarlos al show business de la prensa, que Stiusso enviara fax desde Miami diciendo que aguardara al lunes antes de sacar conclusiones apresuradas pues el fin de semana habría sorpresas. Recibir una llamada desde Tel Avid para decirme que los servicios enviaron un video de la parte de Damián para sacarme del problema y cuando preguntara de qué se tratara dijeran: “Pablo querido… ¿alguna vez viste La vida de David Gale con Kevin Spacey? Temí que Nisman interpelándome saliera de la pantalla y viniera hacia mí como ocurre en “The ring” o “La rosa púrpura del Cairo”; todo ello era posible menos lo ocurrido cuando fui a concretar la compra de la Olympus.

-Soy yo, perdona si te incomodo tan tarde…- le dije al Inquisidor Ateo. Es solo para preguntarte si tienes algún conocido en el Mossad.

-… llamada para mister Prufrock… llamada para mister Prufrock!

El episodio fue tan inasible que decidí dictarlo ante el taquígrafo del relato y aun así dudo de ser escuchado, porque creído sería otro cantar. Siempre asoma el big bang de palabras de todo cosmos narrativo y temo ser suprimido una vez habiendo accedido al secreto; seguro que lo mejor hubiera sido callar, el silencio ponderado debió de ser mi Musa inspiradora cuando comenzó el episodio Prufrock y no obstante lo ocurrido se impuso a mi voluntad.

Ningún humano puede alterar el ritmo de las mareas en las costas de Bretaña con olas de leyenda rodeando la tabla redonda, dos veces al día el nivel del mar se altera en varios metros cubriendo y ocultado los roquedales de la isla Avalon. Sabemos lo ocurrido con las mareas en abril de 1894 y el 17 de marzo de 1938 cuando las bombas fascistas mataron a Segalá y Estalella y los vigías marinos logran predecir a lo Tiresias con senos los caprichos del ponto cualquier atardecer, también pasado el 2051 cuando estemos muertos. Toda duda razonable es a descartar y un oceanógrafo novato conoce la explicación del fenómeno, deducida sin necesidad olímpica de Apolo o Poseidón, fuerzas que don Luis Segalá hizo hablar en castellano. La gente crédula necesita la superstición cotidiana para soportar la existencia y se inclina fácil ante ese enigma, contemplando miedosa el temblor caprichoso del mar hasta que se detiene llegado el momento por voluntad de los dioses exilados.

Fue por esa situación incomprensible que decidí suspender la vida rodando cuesta abajo, tomándome unos meses para entender y luego contarlo con la intención chamánica de sacarlo de mi vida. El informe final terminó siendo una novelita descosida todavía sin escribir que tal vez enviaré a un concurso dedicado a la Ciencia Ficción; coexistiendo entre monstruos mutantes con función de exterminación, quizá el episodio encuentre el reposo necesario. Supuso extraer un órgano maligno del cuerpo: todo sigue funcionando bien en apariencia, pero el equilibrio original está afectado. Si el gesto hubiera sido vocacional u otro asalto brutal inspirado… pero desde joven me conformé siendo traductor. Con mi nombre de nacimiento me gano bien la vida y vi pasar de una lengua a otra manuales de instrucciones, libros de divulgación, consejos de autoayuda e historietas de todo tipo. Para las traducciones de la quinta función del lenguaje y evitando el cambalache de las voces confusas, me asigné un seudónimo femenino; con el tiempo acumulado, más algunos aciertos intuitivos fui una sombra tipo Greta Garbo -con apellido asimismo travestido- la divina que se retiró en 1941, teniendo la edad de Dante cuando pisó la tierra del infierno.

Hoy decidí abrir el sobre que me será destinado al final del relato y antes de hacerlo quisiera dar una última vuelta por el laberinto calcando el trayecto recorrido. Adentro aguarda la misiva proveniente del Minotauro y privado de mi Ariadna que me abandonó por un actor cubano que cantaba boleros, marcharé a la revelación con el hilo trenzado de mis abuelos. Tener filiación paterna vasca y materna con abuela meiga -que evitó la hoguera viviendo en santidad de heterodoxa barrial curandera- me ayudarán a encontrar la salida. Todo comenzó cuando sentí que alguien me había robado la vida y esta sentencia digna de culebrón latino resultó la única manera de expresarlo.

El dominio del tríptico de tres lenguas atravesadas en ambos sentidos me permitía estar tranquilo por el trabajo, siguiendo permutaciones básicas tenía a disposición una autopista con seis carriles donde siempre había una salida abierta. Lo mismo nutría mis deseos reprimidos como cualquiera del oficio, proyectos quiméricos que se postergan pues ¿quién se metería a intentar eso? Las sirenas anunciadas por Circe me tentaban con “la canción de amor de J. Alfred Prufrock”, suponía que más adelante y en otra vida eso de escucharla en mi lengua materna podía justificarme cuando llegara el juicio final. Mi escondida senda era apacible, la pasaría del inglés al castellano buscando algo inalcanzable; lo digo pues, habiendo excelentes traducciones a disposición en el mercado ninguna terminaba de conformarme. Era lo rechazado obnubilando el criterio, el delirio con absenta de que en una noche futura y que me fuera destinada, orbitaba una versión castellana digna del original sin necesidad de apostillas fastidiosas. Algo del orden de la evidencia sacra, la traducción estaba motivada por fuerzas poéticas mágicas e invisibles; mi única empresa humana sería entrar en trance, purificándome para leerla y aceptando el sacrificio de poder transcribirla.

Pasaron las estaciones sin que jamás estuviera pronto, había algo de orgullo desmesurado en postergar la empresa sin considerar que alguien pudiera hacerlo; que tan inhumana parecía la tarea habiendo bastado con sacudir de mi vida la ceniza mezclada con escoria, aceptar la soledad de una ínsula retirada y el obstáculo habría sido superado. Desestimé la vida apartada, convertí en modo post moderno la noche del alma suponiendo por años que esa ambigüedad la podría negociar. Fue un error imperdonable pensar que la utilización del seudónimo es una inocente estrategia de marketing; tal vez espejaba la antigua dualidad con sus incontables declinaciones entre cuerpo y espíritu, rechazo a asumir la muerte como quiebre de nuestra contemplación de la deriva cósmica. Desde las querellas suscitadas entre la expedición de las mil ciento ochenta y seis naves a Ilión y el llanto por acariciar en Ítaca el perro del pasado, maceramos el deseo en esa encrucijada.

El pionero Ignacio García Melo firmaba algunas veces como Mariano de Anaya y los traductores tenemos nuestros santos patrones. Cuando viajamos a Roma somos errabundos humildes buscando la Iglesia de San Jerónimo y en pecado asumido, pues toda traducción hace sospechar herejía lingüística en potencia. Varias veces olvidé honrar esas tradiciones; la urgencia existencial, espacios abiertos en mi juventud a la sensualidad así como la ingenuidad de que era sencillo eso de cambiar el mundo mediante canciones prestadas, pusieron mi congoja pendiente de traductor en el ático del olvido. Repudié la capacidad de revancha que tienen las ilusiones perdidas y la fuerza de los complots resentidos: siempre pensamos ser responsables de maquinaciones mágicas o el listillo que denuncia, el radar esotérico detectando el rumor de fake news pululando nuestro campo magnético y jamás siendo la víctima.

Seguro se trataba de un puro azar digno del laberinto de Fortuna y fue ilusorio dejar de pensar que era el elegido. La noticia ardiente fueron treinta segundos, una hora intensa de búsqueda la siguiente, siete días de espera y esta secuela convaleciente en la cual todavía estoy rondando… si hasta razonaba en rumbita a lo Joaquín Sabina. Inusitado fue el diálogo en un sitio internet dedicado a las traducciones, al cual entro cada tanto por oficio, curiosidad e intención de divertirme. Ahí uno sabe del mercado actualizado, lo que saldrá en librería con varios meses de anticipación y ajustes de cuentas profesionales dignos de OK Corral en un mundo de ruda competencia entre mercenarios. Estaba atento al desarrollo de una conversación plural y anónima cuando un anónimo intrigante de ponzoña introdujo la cuestión: “¿Alguien tiene noticias de la reciente traducción de Prufrock al español?”

La luz de la luna llena entraba en mi desván y supuse que la colectividad vendría en mi ayuda. Vanas esperanzas pues nadie respondió, de cierta manera la pregunta me estaba dirigida y seguí conectado; como si de un error se hubiera tratado –nadie de la comunidad fue sensible a “ese” mensaje- esperé unos minutos, hasta que de pronto la tertulia virtual se disparó hacia otros derroteros una vez que el daño estuvo hecho. Preparé una copa y el daño estaba hecho, liquidé la correspondencia total el daño estaba hecho, me calenté un arroz chino en el micro ondas mientras abría una botella de vino blanco puesto que el daño estaba hecho. Creí que el episodio se solucionaría con un poderoso somnífero considerando que el daño estaba hecho, soñé que en un transbordador espacial de pesadilla había perdido el documento de identidad: el daño estaba hecho.

Al despertar de un curioso sueño a la mañana siguiente, estaba transfigurado en un insecto obsesivo sediento de respuestas. Como tantos de mi generación intermedia me dejé facilitar la vida laboral por la informática, quedó atrás la querella entre las armas y las letras desplazada por la parodia entre imprenta con guillotina e informática. Una Waterman 402 de colección sólo me sirve para firmar ciento treinta y tres veces ensayando la identidad evanescente y mi agenda Filofax con direcciones tiene apariencia de incunable. Cultivo la nostalgia de esperar la ronda del cartero que deja en el buzón desplegables de Leader Price, mientras todo lo paso por la dirección mail lo mismo que para trabajos contratados. Con esa confianza próxima a la salvación del milagro de quienes creen, bien de mañana me lancé a la búsqueda de información que llevaría menos tiempo que preparar un café con la Bialetti que me acompaña hace años.

Lo usual… a la primera falla uno lo reintenta alterando la estrategia de información, en la quinta frustración comienza la comezón de cuello y llegando la novena danzamos en la angustia discordante. Nueva mentalidad cibernética de la amenaza de muerte entre anonimato e ignorancia -era un desafío personal- la información sobre la traducción resultó un WarGames amenazante. Subí a una inercia que nunca logré reproducir, rosario de enlaces, encadenamientos, juegos desvíos o transferencias, olvidado del café y paso de las horas, de coordinar lo que restaba de la jornada luego de un juego de pantallas simulando: ataque furioso de hacker coreano, agonía de mi Mac emulando HAL 9000, efectos especiales dando cuenta del estar atravesando el continuum espacio temporal, lo que sería la mente disgregada a causa de una sobredosis de heroína preludiando el carromato de la muerte; algo así respondiendo casi nada a mandos manuales del ordenador.

De repente la epifanía, ahí estaba la versión poética en serie Fibonacci contando estrofas: 12 / 2 / 8 / 12 / 2 / 12 / 6 / 7 / 8 / 3 / 2 / 12 / 12 / 12 / 9 / 2 / 3 / 1 / 6… y los 133 versos en la nueva traducción de mi mayor secreto: el texto siendo más perseverante que el traductor polisémico y que lo sobrevive. A esa altura del contencioso había extraviado las nociones espacio temporales, sentía estar conectado en lo hondo del cíber espacio poético derivando hacia una situación no euclidiana. Fue viaje de preparación ante lo que avanzaba y cubriendo la pantalla estaba la nueva versión del poema que reconocí de inmediato, diferente a todas las otras que sabía de memoria siendo preámbulo a la percepción del horror. Madurez fatigada o acumulación del oficio, perdí en el camino la espontaneidad de la lectura inocente; eran dos operaciones subordinadas, junto a la recepción clásica irrumpe la crítica clonada. Cada vez menos en la vida topamos con algo que haga olvidar nuestros prejuicios, derivándonos a lo original proveniente de alguna nada previa. Comencé a leer suponiendo que era la primera vez que lo hacía y nunca había leído algo parecido, la cadencia se instaló en el primer tercio, en el segundo asomó la inquietud somatizada, llegado al final acometió el prodigio. Había alcanzado un punto deductivo que nunca ocurrió antes, era verosímil lo leído o diagnóstico de alteración del conjunto de mis facultades, quedé sin razonamiento ponderado habiendo una sola manera brutal para expresarlo: lo leído en castellano era la versión original del poema. Tal fue la sensación de cosa acabada, perfecta, inolvidable y la versión de T. S. Eliot era la traducción al inglés de una monstruosa perfección anterior.

La experiencia contrariaba la tendencia lúdica del oficio, recibí una certeza afilada que fui incorporando a otras noticias del mundo liberándome de la ignorancia, retorné al perímetro cotidiano confuso; ello ocurrió más tarde en las horas y en otro teatro. Faltaba al final del documento perturbador el nombre del traductor responsable, el tríptico TSE se transfiguró en LPD. Seguir adelante hubiera sido agotador y si tamaña tarea invertí para sacar el poema de la red turbia, conocer el nombre propio dentro las mayúsculas suponía un desafío infinito de permutaciones superior a mis capacidades. Como en el cuento tradicional de la computadora en el corazón del Tíbet tras el nombre de Dios, tarea eterna que aleja de intentar conocer el nombre de nosotros mismos y finaliza con la danza de Shiva destructor; por ello pactamos a escamotearlo e inventar un seudónimo de resurrección. ¿Era remordimiento o incentivo? ¿Algo se terminaba o el signo de la angustia era su comienzo? ¿Do I dare disturb the universe?

La voluntad era inoperante y cometí el pecado de poner la máquina en movimiento, algo que debí descartar me identificó durante mi iniciativa, demasiado lejos para volver atrás, cada gesto -siendo la existencia equilibrio dependiente- tiene consecuencias. Los poderes ocultos permitieron igual unas horas de sueño, suficientes para dudar si lo vivido en días posteriores sucedió en el mundo opaco o al interior de una pesadilla de la cual jamás despertaría. En los tiempos actuales se duplico la actividad nocturna y despertamos con dos interrogantes: ¿qué habré soñado y olvidé? Durante siglos ello estaba integrado con profecías de advertencia, desde 1900 nos interpela sobre nuestros abismos infantiles, las criaturas reprimidas que los habitan. ¿Qué nos enviaron como mail arcaico durante la noche? Perplejidad reciclada en 1971, cuando el ingeniero Ray Tomlinson envió el primer correo electrónico de la historia. Entre el tiempo de lectura y las siete de sueño mí noche dura ocho horas; la noche fuera de nosotros puede ser infinita cargada de millones de conexiones aéreas, el movimiento de las esferas celestes y el avispero infinito de comunicaciones.

Tengo la programación pronta para el tríptico información, trabajo y afectos; en afectos estoy pasando por el desierto de An-Nafud, cuestión trabajo venía en fase de rechazo al estar sobrecargado de traducciones y en cuanto a información consecutiva, recelo sobre qué suceso en el circo mundializado podría interesarme. Despertar sin sorpresa ni estar preparado a la irrupción en el estanque del cisne negro: el motivo decía MERA CURIOSIDAD. Podría ser un colega en apuros de regionalismos colombianos, invitación de un sito pornográfico con auténticas bellas dormidas japonesas o la promoción de los casinos de Malta a apostar en línea, la isla refugio de los primeros Templarios. “Estimado colega, logró emocionarme su afán por tratar de localizarme y quizá lo mejor sea que podamos conversar frente a frente. Suelo frecuentar el Ateneo de Madrid, usted decide día y hora y estaré allí esperándolo. Cordialmente, L. P. D.”

Dediqué un día a pensar la situación, intentar un intercambio precipitado de mensajes distantes hubiera sido humillante; estaba conminado a dar una respuesta en una sola línea dando por descontado que el remitente conocía detalles de mi vida. Mediante algunos editores lenguaraces o yo mismo -habiendo cedido al halago del periodismo adelanté demasiado de mí- como tantos fui deslizando con gusto mi estrategia del trabajo, la marca del reloj, restaurantes preferidos cuando viajo a París y la tienda de calcetines donde compro los de la casa romana Gammarelli; es posible que el signo zodiacal incluyendo el tercer decanato y por supuesto mi domicilio. Las redes sociales son nuestro confesionario semiótico irredento, avispero de soplones para los servicios mientras asistimos a una tendencia planetaria consistente en sonreír al mundo con una copa en la mano. El otro sabía pues que debería viajar, reservar un hotel y tampoco le importó; sabía o adivinó que en mis idas a Madrid marchaba al barrio de Cortes, que conocía la calle del Prado -donde se retiró el narrador de la novela “El malogrado” luego de abandonar el piano- buscaba la promoción estival del hotel Villa Real o una pensión limpia en la calle Ventura de la Vega. La ficha copiada de Don Marcelino Menéndez y Pelayo de los Heterodoxos venia al pelo: “En una reciente memoria sobre la poesía religiosa, leída en el Ateneo de Madrid donde tantos buenos ingenios naufragan y se pierden, he visto que se censura a la iglesia por haber acabado con los himnos de nuestros heterodoxos, y especialmente con los de los gnósticos, en sus ramas montanista, maniquea y priscilianista.” …  “Muchas veces he dicho, hoy lo repito, que el Ateneo es la mayor rémora para nuestra cultura, por lo que distrae los ánimos de nuestra juventud, habituándola a hablar y discurrir de todo sin preparación suficiente y con lugares comunes.”

Decir Madrid sería viajar en el Tiempo y esa zona cerca del Retiro estaba asociado a recuerdos imborrables de noches de verano en la Villa insomne hasta el amanecer. Sentado ante el ordenador tentaba una conveniente alineación de los astros desde el sitio travelling de El Corte Inglés, miré la lista del mercado sin prisa jugando con el ratón, confronté hasta elegir ponderando la resultante e ingresé el número de la Visa. Cuando ellos enviaron el mail de confirmaciones horarias y reservas organicé la estrategia de respuesta, el encuentro sería dentro de seis días y respondí: jueves próximo a las 18 horas, cordialmente y agregando mis cuatro letras JCMV del cartollino. Resumir lo vivido durante esos días de espera sería sembrar en tierra yerma o escribir una novela de sesenta minutos sobre las horas muertas. En cuanto a lo ocurrido luego de la entrevista, lo sitúo en el domino vidrioso de la pura especulación, siendo el tercer personaje de la paradoja de la tortuga fondista y Aquiles holgazán, un alma enajenada mientras comprende que los teólogos escatológicos estaban en lo cierto.

Durante la entrevista que para un viajero venido del espacio intergaláctico y el camarero de la cafetería del Ateneo duró algo más de una hora, fue para mí la más intensa experiencia del segmento presente; el presente es sentir en carne propia que todos los tiempos -pasado y futuro- convergen aquí ahora en tanto la comprensión de mi vida, del Cosmos y la Historia trágica se justifican para esta experiencia irrepetible: lo que ocurre será irrepetible y nadie nunca leerá dos veces una misma oración.

-Lo hacía menos joven, recuerdo que dije.

– J’ai plus de souvenirs que si j’avais mille ans, respondió; era un hombre seductor, atildado y cultivando la discreción de los herméticos.

-Ahora dirá que viene trabajando hace años en la Biblioteca del Ateneo.

-Desde hace dos siglos para ser exactos, cuando se abrió la institución, dijo. Pero usted está aquí por otros intereses.

Estaba en lo cierto, quería conocer el enemigo, la persona física que robó el alma de mis ilusiones con un movimiento de mosqueta con tres naipes marcados sobre el tapete verde.

-Quedé sin palabras con su traducción de la canción de amor, es algo que nunca pensé que podría lograrse.

-Debemos estar prontos para la maravilla, cuando lo cité estaba seguro de que vendría una mujer elegante y ya ve…

-Seguro que estaba al tanto del truco del seudónimo, pero eso es circunstancial.

Luego continuamos hablando con la pasmosa tranquilidad de pasajeros vintage en un crucero por el Nilo; estaría dispuesto incluso a asegurar que era condiscípulo de mi juventud, exilado en Montevideo para descifrar el misterio poético LSD: Laforgue, Supervielle, Ducasse y regresaba del virreinato del Río de la Plata con la pieza clave develando el secreto de la poesía contemporánea: silencio, exilio y astucia. Me tranquilizó al verlo beber su zumo de melocotón pensar que era un enviado agente doble y acaso impostor, brulote polizonte del verdadero traductor que sería una suerte de ermitaño ciego, utilizando discípulos fieles a manera de avatares para sobrevivir en un siglo de mentira y estulticia. Había casi el imperativo de inventar estrategias de iluminista para sortear la tontería imperante; haber elegido el Ateneo para la entrevista lo hacía cómplice de luces eléctricas contra tinieblas de las cúpulas y centinela de la tradición letrada ante pajarillos azules de Twitter, con abundante tributo de los cuervos de Alfred J. Hitchcock. Yo estaba ahí sentado para hablar de otro Alfred J. o tal vez de Miguel Ángel sin saber articular la conversación, y en el instante mientras comenzaba a dudar si valió la pena atravesar el cielo amarillo para venir hasta Madrid dio inicio el final.

-Hora de irnos tú y yo, dijo, En tanto la tarde se tiende contra el cielo como el anestesiado en su camilla.

– La hora ya es venida.

-Tenemos siete minutos.

Había pasado una semana pensado decenas de preguntas que formularía llegada la oportunidad y naufragaba en la oportunidad desaprovechada. Consideré asuntos técnicos de la traductología y todo epilogaba en un truco de sortilegio resumido a una fórmula que usurparían los teólogos, si por milagro invertido tuvieran la ocasión de hallarse ante sus dioses con derecho a esa única pregunta.

– ¿Cómo lo hizo?

Me miró sorprendido, quizá no esperaba eso sino la letanía de campos lexicales, polisemia y musicalidad respetada en los traslados, problemática de nombres propios, referencia al Infierno XXVII, incestos entre memoria y deseo, si ese octubre del poema y nuestro encuentro era de crueldad semejante al mes de abril.

-En la traducción operan idénticos mecanismos que en el número encantado del hombre trasladado, primero creer que la magia existe y luego que hay dos cuerpos que pueden renacer o desdoblarse. Para entender de qué se trataba el poema, antes debí estar en Wimbledon cuando Spenser Gore venció a William Marshall: toda empresa necesita dos cuerpo para alcanzar la inmortalidad, en ello incluyo la realeza, la traducción y el tenis.

-Usted reivindica demasiada Fe en un mundo infectado de apostasía.

-Lo sé… y lo que usted busca es la verdad improbable. Mañana seguirá su vida y nunca volveremos a encontrarnos.

-Me quedaré sin conocer el truco.

-Mi querido amigo, nunca hubo truco ficticio con tramoya sino transubstanciación hasta ser poesía, que es lo único que permanece cuando el resto se olvida… todo podemos tirarlo por la borda del Argo exceptuando el misterio.

Sonreí aceptado el juego, hasta ahí llegaría y confirmé mi sospecha de ser el objeto de una farsa inteligente. Mañana daría una vuelta por el Museo del Prado intentando hallarle aspectos positivos a la escapada madrileña y contemplar de cerca los misterios pendientes. El tiempo fugaba, tampoco deseaba proseguir en un dialogo destinado a sacar conejos de la galera y menos insistir ante las puertas entreabiertas del secreto. Algo venido desde lejos debería dar por terminada la entrevista; estaba torpe para los buenos modales y LPD – ¿habría una tarjeta para conocer su nombre completo? ¿se atrevería a decir quién era o estaba fingiendo? – dio vuelta el reloj de arena.

Ni siquiera conté con que él había tramado otra vuelta de tuerca, haciendo que el capítulo Ateneo madrileño pasara de ser algo simple confundido en la calle del Prado a los sucesos que acaecen por detrás del espejo: la voz esa entrometida me recordó la del recluta cantando el pasodoble “Suspiros de España” en la película “Soldados de Salamina”. El chico vino hasta la atención distraída de los parroquianos lectores de la prensa, anunciando que había en la barra llamada telefónica para un tal míster priscof o algo así. Entendí la coincidencia con toda la pasión de la incredulidad, para LPD fue grado cero de otra escena inminente que me estaba prohibido presenciar.

-Ha sido un placer, buen regreso a Perpiñán. ¿Sigue siendo el Centro del Cosmos?

-Hay mucha competencia en el presente.

El elegido del misterio sonrió y se dio media vuelta, entonces vi que había dejado un sobre color celeste sobre la mesa ratona donde estaba escrito mi nombre con todas las letras.

Asa / Saint-Nazaire

Cuando como todas las tardes abrí el buzón en el palier, creí que se trataba de una equivocación, hasta consideré ir con el envío de recorrida por otros departamentos del edificio a buscar el destinatario verdadero. A los tres segundos me arrepentí presintiendo un extraño sentimiento de pertenencia, era un sobre marrón común y corriente sin encabezamiento ni remitente haciendo imposible su devolución. Si mi nombre y apellido hubieran figurado en el anverso del sobre escritos con mi caligrafía igual habría desconfiado del contenido, hace meses que nadie toma la iniciativa de escribirme, la ausencia de receptor sobre la superficie áspera, la convicción de que una confianza ciega y convenida estaba destinada –sin lugar a dudas- a otra persona acentuó mi avidez de posesión.

Las relaciones con la portera del edificio oscilan desde el primer día entre indiferencia y odio soterrado, la Poste del barrio me confronta cada vez que tiene la ocasión de hacerlo a problemas insolubles, imponiendo desagradables gestiones de reclamo cara a cara con funcionarios en las ventanillas. En los últimos tiempos mi vida es tan sin interés, que la llegada hace minutos y por error del sobre anónimo constituía un acontecimiento perturbador en mi existencia rutinaria.

Je n’aurais jamais d’aventure ;
Qu’il est petit, dans la Nature
Le Chemin d’fer Paris-Ceinture !

El equívoco despertó en mí la medida justa de curiosidad para husmear el secreto de otro, sabiendo por experiencia propia que ningún enigma que viene a nuestro encuentro se nutre sólo del azar. Subí de prisa hasta el quinto piso ocultando el paquete debajo del abrigo igual que un intruso, durante el trayecto quise calcular el peso y traté de relacionar el sobre expropiado con rasgos preeminentes de otros vecinos que cruzo muy de vez en cuando -sin saludarnos- en las escaleras pasada medianoche. Logré vencer la ansiedad urticante del sobre y lo dejé cerrado hasta el otro día, así obrando el contenido se confundiría con el recibo trimestral del gas, los argumentos pergeñados por un publicista creativo queriendo convencerme de renovar la suscripción semestral de una revista de asuntos generales.

La mañana siguiente tampoco tenía nada para hacer. Anotemos ya entrando en confianza del pacto de lectura, que vine eclipsada del Sur del Ecuador y Trópico de Capricornio para redactar una memoria de grado sobre Jules Laforgue. Hace tres meses que vivo saliendo casi nada en un estudio rue d’Enghien cerca del pasaje Brady en París, paso las horas de vigilia pensando cómo hacerlo y es inextricable comenzar o terminar una aislada primera línea de la memoria. Algo amenazante que acecha el entorno proveniente de mi propia corteza mental, hizo que el entusiasmo original se volviera desidia y abandono. Lo que más influye proyectarme a pasado mañana sin falta es la insistencia en no hacer nada y tampoco me afecta. Hago algo mínimo: camino sin salir por calles en horas desaliñadas; cada vez que salgo haciéndome violencia compro lápices de grafo en papelerías al margen del barullo peatonal y al borde de la quiebra. Envío postales con imágenes turísticas pasadas de moda a conocidos de antes, mintiéndoles sobre avances significativos en la investigación poética. Esos gestos son nada, si fuera una enfermedad lo que ocurre conmigo haría fiebre cada atardecer y la angustia persistente de manual tiene síntomas harto conocidos para fallar en su diagnóstico clínico; puede que sea la secuela sin considerar de estudiar durante años al montevideano Laforgue, la magra recompensa secreta por indagar su poesía con pasión absorbente.

Tout m’ennuie aujourd’hui. J’écarte mon rideau,
En haut ciel gris rayé d’une éternelle pluie,
En bas la rue où dans une brume de suie
Des ombres vont, glissant parmi les flaques d’eau.

Paso horas mirando por la ventana dando al pozo interior del edificio que se cae a pedazos, escucho ruidos incesantes de la vida cotidiana y dudo si permanezco allí diseminando el secreto último del universo en fuga. Puedo estar tres días sin salir de la cama regodeándome con un olor rancio que me envuelve y rumiando recuerdos intrascendentes; de decidirlo puedo salir a comprar un cartón de cigarrillos y continuar caminando sin rumbo fijo hasta la madrugada, si quiero y lo decido extremando la voluntad, lograría acomodar lo necesario para iniciar el trabajo. Ciertas veces cortejo la decisión (que nunca llego a redondear) de escribir la primera frase completa de la memoria.

Por esa razón examiné el sobre durante una hora casi sin parpadear, si alguien hubiera allí escrito mi nombre usurpado o el nombre verdadero del desconocido lo hubiera tirado sin dudarlo al rincón de diarios viejos. Fue el silencio -el desprecio omitiendo mi nombre en mi presencia, semejante prescindencia del átomo primero de humanidad, tamaña condición maligna y metafísica sin nadie a posteriori- que me decidió a abrirlo siguiendo un mandato confuso por trasmisión de pensamiento. Lo rompí con esmero de cómplice de larga data, luego levanté la mano con el sobre a la altura de los ojos volcando el contenido sobre la mesa y de su interior cayeron en aguacero treinta fotografías.

Klop, klip, klop,klop, klip, klop.

Las tomas en color cayeron en desorden, baraja donde la redundancia de figuras, signos y números en serie secreta se habían trasmutado durante la caída en naipes de otro juego con enigma: cayeron para quedarse como un viejo amigo intermitente llegado al barrio de improviso. Dejé pasar unas horas de meditación para que se formara la imagen definitiva de un Tarot del abandono, con arcanos arcaicos que dejaron de ser ahorcado, luna antropomorfa y Papisa para ser puente inaccesible, calle llevando hacia ninguna parte, gigantesca chatarra herrumbrosa de mi propia existencia. Ahí podía residir el anagrama desordenada de mi porvenir en imágenes ansiosas de interpretación; era así y carezco de intuición primaria para formularla.

Permanecí mirando por la ventana el afuera cambiando con la luz hacia un grisáceo impuro, escuchando la televisión blanco y negro de los vecinos de puerta. Era la hora vergonzosa de entretenimientos circenses con aplausos del público presente en el estudio, tenía hambre y preparé un sándwich de atún enlatado en aceite de oliva, abrí una tres cuartos de Kanterträu, bebí la cerveza directamente del pico de la botella, encendí una lámpara indirecta y regresé a la figura compleja formada por las imágenes. Comencé a manipular fotografías con varios sentidos, eran parecidas considerando la redundancia. En algunos casos la intención de las tomas desbordaba el encuadre amenazando invadir mi encierro a la manera de virus mutante, pensé que el conjunto intencional reproduciría el itinerario del viaje de vacaciones en familia finalizado en tragedia o la obsesión de una mente monotemática, perturbada por alguna región inhabitable del planeta después de la hecatombe.

El rasgo común era sin embargo la inminencia magnética de algo postergado que fatalmente adviene, ni retrato sicologista mediante zoom invasor, menos pretensión de instantánea robado, tampoco paisaje tipo gran angular con veleidades artísticas. Se trataba de fotografías precisas por voluntariosas, innecesarias a mi vida revelando lo contingente que ignoraban, sin decir la confesión lo mismo ocultaban denotando la marca indeleble de intencionalidad enmascarada. Reivindicaban ser fotografías de las tantas y debía impedir que la ignorancia sacudiera el letargo en que estaba tan viciado de acostumbramiento. Permanecí así en ese estado de suspensión unos días y pretendí negarlo, la presencia del paquete se impuso con fuerza redoblada, al punto que de un momento para otro pude escribir lo siguiente: “el poeta Jules Laforgue nació en la ciudad de Montevideo el 16 de agosto del año 1860.”

Ello supuso un esfuerzo diría que sobrehumano y faltaban por delante escalar doscientos folios para llegar al párrafo final de la memoria. Seguro que dejaría en el intento la vida asmática restante y mientras tanto comencé a practicar el juego del enigma con las fotografías; en alguna parte del mundo físico real había lugares que “correspondían” con lo que estaba mirando. Eran vistas de arrobadora luminosidad opaca, espeluznantes de sugestión, acentuando la ausencia de personas salvo contados espectros capturados a su pesar: carencia premeditada de tragedia interactuando dioses y mortales impotentes, la intencionalidad del hueco humano descartaba emociones excepto la intencional del observador descargando el obturador.

El acertijo era causa y finalidad de esa serie, veía la casa abandonada con silueta estilizada de mirador, barcos armados para puerto de pesca de calado profundo, calles agazapadas tras la apariencia de cierta resignación proletaria, bruscos edificios en su irrupción visual, piezas de hoteles predestinadas a informes policiales tras una serie de crímenes sangrientos, barras usadas de bares confidenciales, artefactos meteorológicos herrumbrosos por el paso del tiempo, un subterráneo aéreo de puentes únicos, el tramado urbano inexorable. El conjunto así enunciado insinuaba afirmando la parcialidad, o que fuera satisfacción de duda inicial se volvió molestia, necesidad fastidiosa de conocer la identidad escamoteada de la ciudad sugerida. Acaso pudiera adelantar generalidades repitiendo un retrato robot de la ciudad y lo mismo faltaban huellas dactilares fiables o líneas entrelazadas identificándola sin error. La única manera de avanzar en el misterio estaba entre las fotos recibidas, las imágenes retenidas debían condensar la dilucidación del enigma; las entreveré adrede provocando el azar subsiguiente y decidí estudiar una fotografía diferente cada mañana. La leería descifrándola con la misma paciencia que si fuera un artículo definitivo para la redacción de mi memoria sobre Laforgue.

La primera semana de la estrategia resulto un sonado fracaso, cada una de las piezas consumía más de dos horas de contemplación. Comencé a saber –podía admitir ese pequeño avance- que cualquiera que fuera la localidad escudriñada yo había estado allí, deduje que fueron tomadas en la misma época con diferencia de pocos días, calculé una distancia máxima de diez días entre la primera (¿cuál era la primera?) y la última considerando que estaban sin numerar. La falta obstinada de casi presencia humana en la serie fue porque el fotógrafo (o el algoritmo del aparato fotográfico) programó que hubiera alguien en otras circunstancias que en la treintena retenida.

Las dimensiones proporcionales del encuadre, rectángulos decomisados, lugares seleccionados y espacios propicios a ser caminados a la búsqueda de lo inesperado, hacían sospechar que el conjunto del álbum aleatorio estaba preparado para una sola persona. Allí se fotografió la ausencia luminosa de un único personaje y los implicados en el complot conocían su identidad. Más que un itinerario a prescribir, cada foto y asimismo el conjunto, eran una enorme sospecha a confirmar del incidente terrible que había sido, estaba sucediendo o resultaba inminente. El orden de las circunstancias, el mazo de imágenes apuntaba a cierto objetivo inequívoco localizado en el plano real. Cuando mi interés se desplazaba hacia el espectro que la tecnología de los laboratorios dejó pasar y estando en el noveno día de la tarea, un cartel fuera de foco daba una pista explotable. Acerqué mi vista a la distancia de relojero y descifré la continuidad hasta leer el mensaje de letras turbias deletreando en voz alta S a i n t N a z a i r e

J’aurai passé ma vie à faillir m’embarquer
Dans de bien funestes histoires,
Pour l’amour de mon cœur de Gloire… !
-Oh ! qu’ils sont chers les trains manqués
Où j’ai passé ma vie à faillir m’embarquer !…

Los trenes con destinación a SN parten en París intramuros de la estación Montparnasse y escribí lo que sigue: “… y murió un 20 de agosto de 1887 en la capital francesa.”  Deseaba luego de lo confesado viajar a la ciudad fijada en las fotografías, ser testigo de la manera como el sistema visual que invadió mis horas productivas se resolvía en la realidad paralela de Saint-Nazaire. Nunca antes que yo recordara estuve en S.N. había resuelto regresar y partiría de S.N. recién después de finalizar la lectura confrontada de cada toma capturada por mi remitente desconocido. En ninguna otra de las imágenes consultadas había trazas reconocibles del nombre, la curiosidad más que por la configuración única de los lugares estaba motivada por la historia velada que escuchaba con intermitencias; necesitaba hallar la verdadera secuencia con sentido narrativo y para ello debería ir personalmente a la ciudad.

Debía tener en cuenta la voluntad del fotógrafo fantasma paseándose fingiendo por la ciudad con un aparato Leica oculto entre las manos, fijando en tomas sucesivas una trama urdiéndose obligada al secreto. La prolijidad del encuadre, una minuciosidad en captar espacios en expansión y otros detalles temporales imperceptibles, delataban la voluntad del objetivo planeado con minucia. La historia que insinuaban las fotos –si es que se hallaba la secuencia correcta de las treinta piezas del puzle visual- todavía no había sucedido si bien ya estaba en marcha siendo imposible detenerla; hasta era posible y sin él saberlo, que el destinatario casual del paquete formara parte de la intriga.

Consulté y calculé horarios de los trenes para llegar a SN a la hora aproximada que fue tomada la fotografía de la estación de trenes, había sido el otoño pasado y debía estar atento a las celadas de la luz. Por unos días sería la sombra desdoblada de mi predecesor, replicaría buscando ángulos idénticos, procurando adivinar sus pasos hasta darle la cara al personaje ausente y la forma humana contradictorias con el número de ASA utilizado para el proyecto.

El tren fue puntual al llegar a SN.

Había la posibilidad de que la imagen novena fuera un error o tal vez la treinta y uno faltante. Es una satisfacción tonta admitirlo, cuando luego de vagar una hora o más con la foto de la estación de SN en la mano hice coincidir mi visión con la imagen, creí haber abierto una primera puerta dando al tercer reino. Fue una iluminación mecánica: ahí “había estado detenido el fotógrafo y di con la primera coincidencia.”

Alguien sabía con antelación mi llegada por inercia a ese lugar; era sin importancia que estuviera esperando y lo demás lo explicaría el ardor de la paciencia, el recorrido laberíntico hasta la ciudad escamoteada. Entré en SN en olor de misterio con la convicción de descifrar el tramado de la serie señuelo en su totalidad. La excitación se aceleró cuando una ciclista me dio las señas del Hotel retratado en la toma XXIV de la serie primera, que se convirtió en mi primer centro de operaciones de la expedición en solitario. Tenía dinero suficiente para quedarme en SN tres semanas y algunos días más, allá de dónde venía nadie estaría esperando, nadie me extrañaba, a nadie le interesaba saber que estaba trasladada en ese recodo del planeta. Tenía conmigo un viejo ejemplar de Limitación de Notre-Dame y era mirada de pierrot lunar buscando coincidencias visuales, cierta secuencia dolorosa hasta la revelación y el orden oculto detrás del plan del envío.

La pieza asignada en el Hotel comprometido era parecida a la tirada elegida y la fotografía destacada podía ser cualquier profundidad visual del mismo corredor llevando a las habitaciones. A la mañana siguiente fui el primer pasajero y tal vez el único en bajar al comedor a desayunar; la empleada un tanto sorprendida por el madrugón se excusó por el atraso de la preparación del café y las tostadas.

Comencé temprano la recorrida especulativa y continué sin pausa ni alto en el camino hasta entrada la noche. Trataba de orientarme sin ayuda de otros interlocutores, cada pocos minutos tenía la necesidad física de confrontar lo visto con lo fijado en las fotografías, la mayoría de las veces el cotejo terminaba en decepción. Siendo la voluntad de concomitancia más fuerte al final del primer día localicé tres emplazamientos válidos, cosecha interesante y suficiente para ser optimista: la serie ficticia presentida durante la primera hora de rastreo existía en el orden del mundo.

De regreso al Hotel coloqué en la mesa de recepción el plano desplegado de la ciudad astillero, numeré las localizaciones identificadas. Primero los lugares, luego el orden yuxtaponiendo continuidad visual sobre secuencia narrativa y la verdad presentida comenzó a manifestarse. Esa noche dormí sabiendo que estaba acostado en la ciudad que convenía. Una vez los tres sitios localizados -lo que el fotógrafo puso cuidado en omitir adrede- la sumatoria se iluminaba de cercanías encendiendo fulgurantes reseñas del plan que fui anotando cada vez. En mi avance y a medida que encontraba, buscaba responder a cuestiones urticantes: ¿por qué este lugar? ¿cuál sería su función en la conjura mayor dispuesta mediante enigma? El valor real de esa perspectiva decidida por él -era visible que el fotógrafo fue mediador de una inteligencia superior que nos utilizaba a varios para sus finalidades retorcidas- dentro de la economía del proyecto quedaba sin respuesta.

El conjunto se sustentaba en la relación carnal entre el paisaje urbano con el fotógrafo interviniendo, luego conmigo que fui integrado al proyecto sin aviso y el tercer hombre: un personaje secundaria desvaído que presumí humanizando la serie mediante la ficción. Puede decirse que necesitaba una tregua, poner la curiosidad bajo anestesia y decidí suspender el incentivo de interrogantes ante lo próximo hasta completar el tramado. Eso me llevó cuatro jornadas, el último de los días de seguimiento salí a SN con una mano servida de cinco fotografías. Tres entre ellas eran del puerto, la cuarta un callejón sin señas particulares de identidad hallado por casualidad y la última sugería preguntar en dos inmobiliarias. Se trataba de una casona abandonada con mirador, único indicio explotable de un lugar habitado por espectros donde pudo ocurrir un crimen atroz y una situación prolongada de violencia familiar. Cuando al fin la localicé en un apacible cruce de caminos de las afueras próximas supe que el horror estaba fusionado en el clisé; nuestro fotógrafo hipotético se dejó arrastrar en su inspiración desfalleciente por fantasmas urbanos, quiso capturar lo otro menos evidente o la imagen resultante delataba su deseo de adelantase a la acción, abandonado la objetividad.

Compré una botella de vodka polaca con hierba de bisonte, estímulo consuelo por haber documentado la totalidad del paquete anónimo que me fuera remitido; tenía hambre y almorcé en el centro y para ver otra gente un entrecot a punto con papas fritas. Luego fui al hotel para ordenar la confusión acumulada, manipulé líneas sumando cruces durante unos minutos sobre el plano hasta formularse ella sola la evidencia. Uniendo puntos de los lugares detectados se formaba un collar, sección inacabada de una circunferencia ceremonial donde uno de los sitios parecía libre y exógeno al dibujo, demasiado aislada para ser un error. Tomé la foto correspondiente a la ficción, imaginé lo real, los momentos de obturación y visión saliendo de los ácidos: era un edificio imponente, concebido para la perspectiva de otra ciudad cambiante con diferentes inmuebles parecidos. El puerto de SN extrañamente sería inconcebible sin esa forma; así como cumplía una geometría de tensor en la ciudad, esa mole tenía una función en la trama que avanza. Sobre el plano ideal tracé una línea desde el Hotel de la Playa hasta el Building y repetí el procedimiento con otros lugares que había detectado. Sobre la cuadrícula del edificio, a medida que progresaba mi ideograma sobre el papel del plano la tinta se apelmazaba, ese punto era el imán insospechado captando la orientación de las demás líneas.

Luego fui cerrando los diferentes puntos entre ellos y se formó una figura premeditada, similar a la piazza del Campo de Siena vista desde lo alto de la Torre del Mangia. Bebí el resto de vodka remanente en la botella y me recosté en la cama a dormir hasta cerca del mediodía, lo que fuera que se estaba urdiendo sin tenerme al tanto sucedería en el Building, sería un crimen decidí e hice lo humanamente posible para que mi profecía se concretara.

El azar con la pasión ocurre sin imágenes preliminares y la premeditación es contraria al instinto, la convergencia tenaz sumada a las líneas de escape desde el edificio avisaba que la víctima entraba y salía del edificio emblemático. Desde ahí se iniciaba una rutina cotidiana y el golpe fatal se daría en uno de los otros puntos equidistantes del trazado consiguiente. ¿Quién entre los habitantes de SN elegiría ese recorrido discreto para sus designios? Debía ser alguien comprometido hace tiempo con la ciudad o bien un personaje de paso, porque los seres transitorios forman una pequeña población. Cuando se es profano en asuntos de fisgoneo la obtención de datos pertinentes es tarea ingrata y durante dos días frecuenté la zona del Building. Podía simular entre la gente del lugar ser alguien sin oficio conocido, un arquitecto catalán haciendo croquis en directo para grandes proyectos de renovación, el fotógrafo viajero buscando escenarios para la filmación agendada de una serie. En Saint-Nazaire cualquier extranjero puede instalarse con hábitos breves sin historias previas en apenas cuarenta y ocho horas.

Una noche casualmente encontré la falsa pista maestra. Estaba bebiendo una cerveza en un bar pequeño cerca del Building, en una mesa cercana cinco individuos daban cuenta de una otra botella de Aberlour y la patrona venía de propinarle dos sopapos a un parroquiano, que a duras penas se tenía de pie e insistía en apurar la última copa. Más arriba el entrepiso minimalista donde una pareja joven jugaba al pool para niños y discutían fuerte, nadie entre los presentes tenía la intención de moverse del lugar, cualquier desarreglo de la situación podía finalizar en catástrofe cósmica. De pronto, una canción de la pop italiana pareció calmar los espíritus más nerviosos, alguien pasó decidido la puerta de entrada y todos lo saludaron. Quién es pregunté, el Alcalde de la ciudad que vive en el Building respondieron y caí en éxtasis escéptico. Necesitaba respirar un poco de aire fresco, pagué mi consumición y salí de inmediato a la calle.

La situación anterior más la confrontación con el viento helado del estuario, creaban condiciones propicias al pensamiento. Ingresé en la única vereda exegética a mi entender verdadera, creí haber descubierto la conjura en movimiento de un crimen político; desconfié que fuera sencilla como solución al enigma del sobre sin remitente o espectacular considerada en tanto procedimiento. Los crímenes políticos simulados en accidente son brutales –recordé Z de Costa Gravas- suponiendo menos fuga de información confidencial. El alcalde de S N viviendo en el punto B era más que coincidencia espontánea. B siendo punto denso del plano proponía en paralelo otro universo autosuficiente, es búnker pensado para la próxima guerra y orientado al cielo indestructible de mi investigación.

Igual que con Laforgue llegaba a la primera línea lanzando el procedimiento y lo restante difuso debía declarar mi ineptitud. Pensé en regresar al hotel, recoger mis pertenencias y largarme de SN en el primero de los trenes que hiciera escala para cualquier parte. Estaba mal de verdad por abandonar la búsqueda perturbadora en ese estado espiritual, como si hubiera buscado escenarios para una película de intrigas oníricas que nunca llegaría a filmarse. La ciudad donde ocurren, sucedieron o pasarán los hechos era el territorio ficticio de la inminencia pospuesta. Algo inquietante sucedería tras la fachada del Hotel des Douaniers, en aguas negreras azotando el monumento a la abolición de la esclavitud, depósitos abandonados de mercaderías asiáticas, tentáculos polivalentes del hotel. Era seguro que aguardaba en el tiempo una escena extensa de violencia y pensaba que podría alertar la fuerza del destino.

Una mañana de esas del agobio permanecí cerca del puerto basculante vigilando las entradas del punto B. Luego de la falsa pista descubrí el error: chapoteaba en lo común rutinario, repetición inocua de escenas y personas mientras lo que pretendía el complot era la excepción. El punto B es el elemento anómalo en la arquitectura urbana y debía detectar el cisne negro inquiriendo las leyes de la lógica, quebrando la armonía trinitaria de los silogismos. Buscar lo extraño en el punto B dentro del perímetro SN y dar con la víctima designada justificando el seguimiento, la serie premeditada de las fotografías, mi estado afiebrado. Sentí el imperativo de mudarme del punto de observación, el hotel del centro cumplió funciones preliminares de rampa de lanzamiento y estaba operando en órbita elíptica peligrosa. El sábado resultó día muerto, estaba sin fuerzas para proseguir indagando ni voluntad o energía para desprenderme de la ciudad; el pensamiento activo evacuó la probabilidad de trenes de fuga y cuando me proyectaba redactando febril una memoria de grado, sentía usurpar una existencia ajena.

Ah ! que de soirs de mai pareils à celui-ci ;
Que la vie est égale ; et le cœur endurci.
Je me sens fou d’un tas de petites misères.
Mais maintenant, je sais ce qu’il me reste à faire.

La semana entrante a más tardar buscaría un trabajo remunerado sin pretensiones, podría errar por esas calles husmeando el misterio el tiempo que fuera necesario, en los pocos días transcurridos de la misión creí recordar una infancia de sustitución pasada en esos barrios. Me mudé a un modesto hotel caso disimulado en el Petit Maroc, la cama era antigua y limpia, había calefacción para soportar noches frescas con agua caliente suficiente para lavarme durante tres minutos.

El punto PM es la parte más antigua de la ciudad, hay bares con grandes ventanales, el café es más que pasable y allí podía pasar las horas que quisiera sin nadie que molestara. Fue zona de pescadores esforzados en el extremo del barrio de cara al río, cuando hay tormenta puede sentirse un adelanto de lo que será el fin del mundo y se intuye que el puente enorme al fondo del paisaje lleva hacia ninguna parte. PM hace pensar y parece isla, a lo lejos flotan astilleros donde arman barcos inconcebibles para navegar en crucero por los mares del Pacífico Sur. La iluminación nocturna hace que el horizonte resultante parezca la reparación de una nave espacial extraterrestre y junto al PM hay un depósito de embarcaciones por donde pasan vaporcitos de pesca, barcazas, remolcadores.

Una mañana de esas sin importancia, al despertar descubrí que entre la niebla del amanecer se recortaba la silueta del barco distinto de tres mástiles. La imagen debía prolongar la película corto metraje del sueño poblado de bucaneros dispuestos al abordaje de la razón sin dejar prisioneros. Me acerqué y creí leer en la proa Le Cygne Noir y su presencia emblemática era más poderosa que cualquier relato de viajeros que pudiera recordar. Desde PM se tiene una perspectiva formidable de B con sus once pisos, los noventa y seis departamento: otro barco inmóvil, submarino flotando sobre la superficie, nave insignia de una flota amenazante de fotografías.

Bon breton né sous les Tropiques, chaque soir
J’allais le long d’un quai bien nommé mon rêvoir.

Lo que debía pasar sucedió promediando la segunda semana en Saint-Nazaire. Buscando la tibieza distante de las bibliotecas inicié la costumbre de inventar bares calmos en barrios alejados del centro, disfrutaba la soledad poniendo las ideas en orden; alguna vez por azar provocado entre esos días, olvidé la causa para estar en SN y retornó el deseo de escribir con fervor sobre Jules Laforgue. Siendo el momento ideal mi empeño se frustró de la misma manera que se conocen los resultados de los match de futbol, un accidente mortal en la carretera secundaria y la inestabilidad de los mercados financieros occidentales leyendo Ouest-France. La modificación fue un reportaje en páginas interiores, había de llamador la toma periodística del edificio intrigante (el B de SN investido en 1955) como telón de fondo en proyección habitual y con figurante desconocido en la imagen.

En un recuadro destacado estaban la información medular sin sospecharlo y que en SN conocían hasta los escolares. La existencia activa de la MEET dentro del Building y el departamento amoblado puesto a disposición de la escritura forastera. Zona portuaria en la cercanía, el visitante renovado cada uno o tres meses –extranjeros, viajeros que llegan a SN con historias previas y curiosidad- que viene a buscar una soledad propicia a la inspiración y su condición transitoria puede transformar en víctimas propicias. La suerte azarosa e incluso violenta de un escritor de paso por Saint-Nazaire nunca llegaría a la estatura de “asesinato” y restará apenas en el perímetro de incidente. El crimen pasaría al hangar de anécdotas que se legarán sin más detalles y acaso a futuros invitados; hecho aislado exógeno a una serie, la supresión de tres huéspedes sin motivo conocido sería un duro golpe para la gestión municipal.

Parecía ser esa el indicio verosímil estimulante, la trama correspondía y el perfil de la víctima establecido con lógica; cuestión engorrosa era la variación periódica del blanco móvil, obstaculizando deducir en cuál avatar transitorio caería la ira programada en secuencia fotográfica. Después de la lectura interesada en la prensa, durante el resto del día repasé mis suposiciones calculando el movimiento de una partida suspendida (con ventaja de piezas negras) contra Kasparov, Estudié a fondo el repertorio de posibilidades y siempre llegaba a lo inevitable, mi teoría con intriga policial tenía la perfección del vacío absoluto. Una decepcionante belleza de paradigma indemostrable, la ironía de conjetura sin repercusión inmediata en el mundo y cuando el plan urdido en la mente lo trasladaba a la realidad donde operaba el argumento era absurdo. Hasta consideré presentarme a las autoridades a decirles que –por A más B- sabía que (quizá y eventualmente) debido a asuntos turbios que desconozco, uno de los escritores invitados de la MEET –sin poder precisarlo- sería asesinado por un desconocido en treinta lugares probables de Saint-Nazaire en un día o noche que faltaba determinarse. Misión Imposible.

Debía poner a prueba en el dispositivo real la maquinaria y para ello avancé como hipótesis de trabajo que la próxima víctima era el escritor de visita ese mes en la MEET. Anunciarle al interesado la mala noticia hubiera sido grotesco y lo mismo querer jugar a ensayar evitar el crimen.

Había guardado a buen recaudo el artículo periodístico y en la Biblioteca Municipal hallé los pocos textos del huésped que fueron traducidos al francés. Como lo crucé en el centro conversando con transeúntes y camareros de bares deduje que manejaba los rudimentos del francés, también sería normal que recibiera a un periodista enviado de La Vanguardia de Barcelona, al corresponsal regional de Le Monde. Una mañana lo abordé de frente en la terraza de una cafetería, concretamos la entrevista y mediante esa iniciativa comenzaba a bordar una cierta corona de protección sobre el personaje.

Así se sucedieron los acontecimientos, entre cordialidad del recibimiento e interés exagerado la primera conversación con el escritor invitado de la MEET fue mejor de lo esperado. Mi buen conocimiento de la obra publicada facilitó la tarea, pude hacerme una somera idea del pasado del individuo (compleja, oscura, falsificada) así como de sus hábitos en la ciudad que tenían el denominador común de la fuga. Al despedirnos quedamos en almorzar juntos uno de estos días, la nota resultante –mentí sin pruritos morales- saldría en dos semanas, dependiendo del caprichoso secretario de redacción, eventos extraordinarios que puedan ocurrir en el mundo y diagramadores de la casa central. Permanecería en Saint-Nazaire algunos días pues estoy escribiendo un gran reportaje sobre la metamorfosis de la ciudad astillero, por supuesto tiene encanto de otro tiempo, conocía el proyecto cultural de la MEET y comparto con él que los libros de la colección son objetos bonitos y hasta cualquier momento.

Cuando regresé al hotel llené varias fichas con ideas que se me ocurrían, por diferentes razones decidí que el escritor invitado tenía sobrados motivos para convertirse en víctima designada. Botellas amontonadas de bourbon en la cocina, pasado dudoso de desertor político, exilio impertinente con demasiadas quejas, regodeo rencoroso por ser objeto de odio y envidia en el medio literario lo hacía modélico en su destino victimario de muerte violenta. Había en él algo desagradable provocando rechazo, cuando le pregunté su opinión sobre la poesía de Jules Laforgue el montevideano, apenas esbozó una sonrisa de desdén. El recuerdo de cada una de sus réplicas daban pistas fiables para haberlo señalado en su seguimiento, mis opiniones personales tampoco debían hacerme olvidar el objetivo superior de mi tarea. Decidí que durante el almuerzo con el pasajero narrador le contaría la verdadera historia de mi iniciativa, hablaría sin mentir ni omitir detalle, debiendo adelantar su respuesta negativa y la indignación por hacerle perder horas preciosas de su valioso tiempo creativo.

El fotógrafo anónimo vaticinó el itinerario del escritor extranjero, cuando decidí seguirlo sin perderlo de vista a diferentes horas, él reproducía caminatas por lugares sabidos de memoria y en los hechos confirmaba mis conjeturas. Alguna vez, cuando en la soledad del paisaje urbano barrido por el viento nosotros dos éramos las únicas figuras, pensé que era inconcebible que él no me viera a mí o que por magia marina mi cuerpo se hubiera vuelto trasparente. Debería al menos haberme adivinado, alguien con tamaña experiencia del mundo y la zona pantanosa de la condición humana tampoco podía avanzar despreocupado por los descampados de Saint- Nazaire.

A medio camino mi plan inicial se fisuraba y el escenario imaginado se caía a pedazos delante de mis ojos. Había desenmascarado una trama perfecta que la realidad desteje cada día, vislumbré la totalidad del tapiz -salvo marcados rasgos diferenciadores- del asesino ocultado por la presencia fantástica de La Licorne. Debía eliminar esa impureza surgida al final del relato, restituyendo la simetría inapelable tendida entre realidad e imágenes recibidas en herencia. Era perentorio dotar de razón lógica e irrefutable a los hechos dramáticos que percibió el fotógrafo del obturador inicial.

Cuando ocurrió la transfiguración y muerte del episodio, el escritor extranjero estaba parado en el extremo de un espolón. final del interminable corredor de piedras ciclópeas y ferruginosas del mecano de Dios cuando era un niño. Cementerio marino de chalupas inservibles y cargueros dados de baja por el patrón del Tiempo, escoria insumergible del Universo fisurado restante luego que pasan los depredadores últimos. olor de materia inorgánica imponiéndose al perfume salado con algas verdes, excremento petrificado de gaviotas chillonas y cadáveres podridos de gatos despanzurrados por otros gatos más humanizados.

Seguro que él escuchó mi llegada hasta su aura y aguardó especulando con la sorpresa de descubrir -en un último segundo de conciencia- el rostro conocido que le deparó la muerte, acaso estaría defraudado al verme a mí tan cerca, lo que incluirá la rabia necesaria para finalizar pronto con la tarea. Avanzo despacio y faltando tres metros con él siempre de espaldas me detengo. Así se disponía la imagen faltante de la serie, a veinte metros mar adentro, mejorando un paisaje de encuadre en la foto tamaño postal al final del relato, cruzó un trabajoso carguero destartalado y de nuestro lado de la proa podían leerse las cuatro letras de MARY.

Un alguien infalible previó nuestra última fotografía treinta y una para cerrar la secuencia preparatoria dándole sentido narrativo. Fue en ese instante que se disparó el prodigio, escuché que detrás y epilogando la serie mutilada cuando llegó a mis manos, se disparó la Leica 35 a velocidad 1/500. Debía seguir adelante con mis asuntos pendiente de la vida anterior en la hora que viene; el escritor ante el paisaje que cayó sin vida tenía la edad -veintisiete años- de Jules Laforgue cuando murió.

Et peut-être qu’à l’heure où viendrait le néant
Baigner mon corps brisé de fraîcheur infinie,
Je mourrais doucement, consolé de la vie.

NOTA BENE

La versión transcripta se descubrió en una papelera del Hotel del Petit Maroc. Ello precedió en pocas horas a la detención de la inculpada, hallada vagando en las afueras de la ciudad cerca de una casa abandonada con mirador. Era una muchacha presentando trastornos psíquicos profundos; exceptuando la circunstancia premeditada del asesinato y versos trascriptos del poeta francés Jules Laforgue, el manuscrito cuenta una impostura de tipo delirante. Los restos mortales del escritor extranjeros fueron repatriados a su país de nacimiento, allí su vida estaba en peligro siendo objeto de varias amenazas y lo sepultaron con los honores del caso. En cuanto a la serie de las fotografías, resultó ser una confusión absurda en el envío del servicio privado de Correspondencia y se supo que era relevamiento de escenarios para un filme de estreno inminente.

La lectura e interpretación simbólica de imágenes en manos de un enfermo mental es imprevisible. Un especialista en tales desarreglos de Nantes -consultado para la ocasión e interesado por el caso- solicitó para profundizar su estudio un juego completo de las fotografías. El informe final afirma que puede considerarse otra interesante batería anexa al test de Rorschach de las diez planchas, artificio clínico para evaluar casos de esquizofrenia aguda. Aquellas manchas simétricas a priori, siete de color incluyendo dos en tonos rojos, otras tres policromadas de tinta y donde pacientes sensibles perciben siluetas enfrentadas de dos cisnes negros.

                  * * *

Versión de los versos de Jules Laforgue citados en el texto

Yo jamás tendré aventura;
Qué pequeño es, en la Naturaleza
El trencito París-Ceinture!

Hoy todo me aburre. Abro mi cortina,
Arriba el cielo gris rayado de una eterna lluvia,
Debajo la calle donde en una bruma de hollín
Las sombras avanzan, resbalando entre charcos de agua.

Klop, klip, klop,klop, klip, klop.

Yo habré pasado mi vida a intentar embarcarme
En historias bastante funestas
Por el amor de mi corazón de Gloria!
-Oh! que caro se pagan los trenes perdidos
Donde yo pasé mi vida a intentar embarcarme!

Ah! cuántos atardeceres de mayo parecidos a este;
Que la vida es pareja, y el corazón de piedra.
Me volvieron loco tantas pequeñas miserias.
Pero ahora, yo sé aquello que me queda por hacer.

Buen Bretón nacido bajo los trópicos, cada crepúsculo
Yo iba a lo largo de un muelle llamado ensoñación.

Y quizá en la hora cuando vendrá la nada
A bañar mi cuerpo roto de frescura infinita,
Yo moriré sosegado, en paces con la vida.

Flash-back

Lejos de las tribulaciones pasadas por publicar el libro anterior en Montevideo que fueron agitadas, quedé sin entusiasmo para emprender de inmediato la escritura de otro proyecto rumiado. Llegaron entonces en mi auxilio repentinos geniecillos en una ocasión tan ruda, aprobando mi deseo de seguir en la escritura como ejercicio, sin poner a prueba en poco tiempo y por dos veces seguidas la resistencia de la imaginación. Avanzo esto pues lo que voy a contar puede resultar extraño o poco pertinente; siendo indomable la trama de los hechos tal como sucedieron, intentaré anestesiar la sintaxis, ser claro como novela de buenos sentimientos y alcanzar la eficacia de síntesis de marketing que alguna vez redacté. Véase en esta coda final una conversación de café sin pretensiones literarias, ave María purísima… Más bien el informe destinado a una comisaría de barrio, atestiguando un choque de taxímetros ahí en la esquina o dirigido a un hospital psiquiátrico, dando cuenta de la conducta anormal de un tío abuelo. La presentación oral de este mismo libro de relatos al comité de lectores de una editorial, que rechazaría el original y así podrá entenderse el recurso a la primera persona.

Los hechos sucedieron en París donde vivo desde hace unos años y tres meses después de la aparición –aquí- de un libro de bolsillo, episodio a priori insignificante dentro del negocio editorial de la capital francesa. Era por entonces el comienzo de las vacaciones de invierno y venía de un intenso semestre en la Universidad Stendhal de Grenoble, una semana de tregua que pensaba aprovechar para trabajar en mis cosas. Mi mujer había marchado de vacaciones a Roma a casa de unos amigos que nos habían invitado; al principio sería de la partida y como suele suceder, desistí del viaje a último momento. Tenía mis razones, estaba predispuesto a trabajar un asunto complicado por su definición sobre La vida breve la novela de Juan Carlos Onetti, proyecto que rondaba la rutina desde hacía por lo menos tres años. Más que buscar a Roma en Roma, prefería buscarme peregrino en los escapes enigmáticos de Juan María Brausen por los canales invisibles del Río de la Plata.

Anunciaban por la radio un invierno justiciero y el primer día que quedé solo en la casa el frío era tolerable. Había pensado encerrarme en el departamento sin afeitarme ni salir a la calle, con la misma camiseta de felpa, alimentándome de congelados vueltos a la vida con ayuda del horno microondas y tentado por conocer la nueva versión calabresa de Pizza Hut que entregan a domicilio. Nivelando la flojera del frío, por el contrario la lluvia era incesante y parecía que así seguiría hasta el final de los tiempos. Hace treinta años ese era el clima ideal para comenzar amores con una novia morocha, ahora es apropiado para preparar un café cargado, revisar viejos papeles a la búsqueda de aquella idea o mejor aquella manera de escribir la idea. Hora de hacer el elogio de las soledades, buscar películas en la historia del cine que se nos escaparon de matinés y trasnoches; con esa lluvia vinieron las ganas de ver Prisioneros de la tierra de Mario Soffici. Tanta coincidencia entre el guion y la pasada en una sala del Barrio Latino hubiera sido exagerada, la lluvia era lo que sucedía afuera sobre los techos blancos de la estación de trenes de gran velocidad.

Unos ventanales –los cristales digamos- separaban mundos que se ignoran mutuamente, el mal tiempo instalado en Montparnasse y envolviendo la torre del barrio hasta hacerla desaparecer de la vista era la excusa perfecta para disponer del ritmo interior. Unas líneas atrás escribí «después de la publicación del libro» y no hablaba de un libro mío, epifanía circunscripta a Montevideo de manera accidentada, sino a uno de Horacio Quiroga, nueva edición de Anaconda que salió en las ediciones de Seuil, el viejo Horacio resiste sin doblarse los digestos de la obsolescencia. Estaba relacionado a ese episodio de librería porque redacté el prólogo de la edición; para ello releí el libro y la totalidad de los cuentos del salteño, lo que es siempre un placer, amén de alguna noticia biográfica que pude encontrar por estos pagos. Tampoco me propuse inventar el paraguas en relación al compatriota, sino redactar unas pocas páginas persuasivas de presentación para el lector francés, alguien que si bien tiene la sospecha del asunto Quiroga y se acomoda a un lugar común, admite de buen grado un par de ideas orientadoras para comenzar la lectura con provecho. Hallar el camino tentando la primera página del desconocido y después la lectura continúa solita.

Pasados tres meses de la publicación de esa Anaconda y durante el comienzo de la lluvia arrumando mi soledad, fue que llegó la carta. El retiro programado autorizaba a bajar al buzón de la entrada común del edificio, por si llegaban sobres de los amigos. Nunca es previsible el feedback de ciertos gestos, incluso episodios menores como editar el Nº R661 de una colección de bolsillo. En la carta que encontré una mañana, me notificaban que habían leído el prólogo de Anaconda con interés, se habían deslizado en mis párrafos inexactitudes, cierta interpretación superficial del personaje era discutible, pero bueno, finalmente… Percibí en la apreciación la condescendencia comprensible teniendo en cuenta de que era uruguayo, parecía que nosotros teníamos cierto crédito para irnos equivocando por el mundo sin tener que asumir las consecuencias. Dadas las circunstancias climáticas y familiares referidas, asumí aceptar el juicio distante y obviar la polémica, sin replicar con una respuesta defendiendo un escrito breve, prólogo que en mi memoria pertenecía a un pasado lejano y tiempo anterior al inicio del diluvio presente.

La carta en cuestión fue escrita por una mujer, recordé argumentos burdos para explicar el excesivo interés, típicamente femenino, por unas ideas que si algo buscaban era pasar inadvertidas, leí con displicencia tal vez defensiva y di vuelta la hoja recorrida por una escritura manuscrita de caracteres elegantes. En eso advertí que ella se presentaba como una «amiga íntima» -decía- «del malogrado traductor de Horacio Quiroga al francés». Pensando en Quiroga me incomodó que alguien pudiera suponerse más malogrado y sin embargo, escorias en mi disco duro de meses de biblioteca en Barcelona, barruntaron que había en ese mensaje algo de personal e importante. Tenía vagas noticias al respecto, quiero decir sobre las relaciones de Quiroga con Francia, ignoraba la existencia de un traductor que acometió las obras del salteño y podía presumir que en su totalidad. La palabra malogrado era la que retenía la atención en la lectura remontando mi orgullo lacerado.

Perder, desaprovechar una cosa, frustrarse una presentación, no llegar una persona o cosa a su natural desarrollo, es lo que dice Julio Casares en su diccionario ideológico de la lengua española. La tajante definición despertó mi curiosidad por conocer más de la historia sugerida, creí ver que ese oscuro personaje malogrado era más intenso que lo supuesto en un deceso por infarto. En la segunda página del hándicap inicial y con mi ánimo por el suelo, la lectura adquirió una leve coloratura de esperanza amenazante. Era por mi condición de uruguayo que ella conocía -mediante sondeos cuya fuente se guardó- que le gustaría, decía en la carta, encontrarse conmigo para considerar si se podía hacer algo. Ante el cambio de rumbo en el tono de la escritura temía lo peor; un artículo de homenaje recordando el talento malogrado, presentaciones para interceder en la publicación de una novela magistral del malogrado, una viuda oculta del malogrado reivindicativa de la tarea del difunto…

Llovía tanto durante la lectura de la carta y estaba tan agradable la casa ambientada con las variaciones Diabelli en la versión de Brendel, que mi yo arcaico se negaba a atribuir aspectos positivos de lo que se estaba armando, que debería tenerlos. Quería desechar durante una semana cualquier intromisión del mundo exterior, también bajo forma de mensaje epistolar y que distrajera del proyecto de escritura. Lo que consiguió modificar mi punto de vista, fue que la mujer adelantó mis reacciones contraatacando con furia implacable. Ella ignoraba si yo era una persona digna de recibir revelaciones graves, eso se vería personalmente si es que alguna vez teníamos la ocasión de encontrarnos. Kaput a mi proyecto de avance en la escritura, la mujer -era ostensible en la escritura- tenía el extraño don de la dosificación del suspenso y conocer al dedillo intereses secretos del interlocutor.

Veremos la próxima semana, me dije poniendo la carta desplegada sobre el mismo escritorio donde estaban dispuestos los papeles sobre la novela onettiana. Bebí un café, me levanté a orinar, volví al escritorio y tuve ganas de lavarme los dientes; a los diez minutos fui a comer un resto de torta de manzana. Lo que echaba en falta era otro café cargado que preparé de inmediato, regresé al escritorio y comencé la tarea con intención de calentar motores de la concentración. Lo único que se me ocurría giraba en torno a la palabra malogrado, en eso veía pedazos de figuras, fragmentos sin conformar una imagen coherente de lo que pretendía poner por escrito. Los elementos girando en mi cabeza durante ese momento de incierta concentración formaban un enigma, antes de dar con la probable solución debía conocerlo en sus reales términos, para luego continuar adelante con serenidad.

Dejé todo de lado, era un mal día para la onettisea parisina, opté por un retroceso nostálgico folklórico y preparé un mate, listo a tomar unos amargos mirando cómo afuera llovía torrencialmente, pensándome promediando el mes de julio. Resultó harto telúrico la escena y discordante con la situación, encendí la televisión, zapé durante unos minutos hasta dar con una partida de snooker entre dos británicos. La transmisión era en directo desde Manchester y mágico que esos tipos vestidos como para ir a un casamiento, hubieran planificado su encuentro, asociación de billar mediante; que luego la televisora cable los hubiera elegido para trasmitir su partida a esa hora, con el auspicio de los zapatos Dr. Martens. Lo alucinante era que yo la estuviera viendo. Es así en nuestros días la muerte de Sarpedón, hay demasiados héroes reencarnados y exiguas empresas que valgan el esfuerzo. Una vez más como desde hace meses quedé hipnotizado por el juego, motivado por la lejana esperanza de deducir las leyes que rigen esa variante del billar, modalidad del azar controlado digna de Lewis Carrol.

La observación con ignorancia de la física lúdica, su traducción en números ilógicos en la ciudad de Manchester y el sabor de la yerba Canarias en Montparnasse –mientras afuera continuaba el diluvio- le daban a mi espíritu disperso las cercanías de una condición zen del Oriente de allá. Ataraxia perfecta, si bien algo afectada por el recuerdo de la historia pendiente del malogrado traductor y así fueron pasando las horas. Mientras comprobaba la desaparición de las bolas rojas y la reaparición con vuelta al paño –en puntos precisos e inmodificables- de las bolas de otros colores, mi primer nivel de atención avanzaba complicado y satisfecho. El segundo level sin molestar estaba en pleno cónclave, discutiendo, cotejando, evaluando y cuando John Parrott colocó en la tronera la bola verde -con un golpe de taco que el locutor de acento belga calificó de prodigioso- llegó a la superficie del pensamiento (primer level) la orden elaborada por sentimientos contradictorios y pasiones reprimidas: llamar por teléfono a la mujer que envió la carta.

Ignoraba qué había imaginado entre la orden íntima y la ejecución práctica de la misma. Del otro extremo de la línea acechaba un respondedor, el mensaje grabado era claro y lacónico, la voz de la mujer si es que esa era su voz me pareció suave; desde luego no correspondía a la supuesta voz que le atribuí durante la lectura de la carta. Estaba en estas elucubraciones cuando finalizó su mensaje y antes de que llegara el bip autorizándome a hablar colgué intimidado. Apenas lo hice me arrepentí, llamé una segunda vez, volví a escuchar a la voz de la mujer grabada, dejé un mensaje entre el agradecimiento por la carta y estoy en el número tal. La inquietud dejaba de pertenecerme, era un hombre sumiso aguardando la llamada de la desconocida si es que ella estaba en la ciudad.

A eso de las nueve de la noche sonó el teléfono, todo marchaba bien en el Trastévere y Roma era una maravilla. Esa noche salían con los amigos a comer en una trattoria y yo nada tenía para contar o acaso que había avanzado en mi proyecto sobre La vida breve. Estuve a punto de preguntar si entre los colegas traductores del colegio de Arles, se sabía del camarada malogrado en el intento de traducir la obra de Quiroga, recordé que ignoraba detalles primarios al respecto y preferí guardarme las dudas para el regreso. Perdí la esperanza de entablar contacto ese día con la mujer, estábamos de vacaciones y mucha gente había escapado de la ciudad en diluvio. Ella seguro que estaba lejos de París, en la costa Normanda escuchando el ruido del mar, en una casa retirada del sur planeando excursiones a las islas con amigos, su recuerdo y la insistencia del malogrado. Lo de malogrado era apropiado al destino de un aviador, un piloto pionero de comienzo de siglo y era anacrónico al oficio de traductor. Crisis rápida e inevitable, rotura de alambres exteriores, instrumental de cabina que enloquece, fallas del motor experimental, caída en picada tras aterrizaje de emergencia en un claro providencial en plena selva de Misiones. Podía suponer el desconcierto de aterrizar de esa manera piloteando el monoplaza Larousse en la selva de la literatura de Quiroga, admitía que se trataba de una maniobra riesgosa.

Lo que la carta de ella dejaba sin aclarar era si había, entre la condición final de malogrado y el proyecto de traducir los relatos de Quiroga un vínculo directo, relación que de tan grosera refutara la estadística de la casualidad. Alguien que comienza un proyecto que incluye al salteño, asume la serie de calamidades que recuerda todo ensayo biográfico sobre su persona. Itinerario poblado de infortunios, que sus hijos Eglé en 1938, Darío en 1951 –año de mi nacimiento- y Pitoca trazaron con constancia desestabilizando el azar y la genética, hundiéndose a fondo en la tragedia. El malogrado quien fuera que sea, cuando acometió su empresa de traducción, conocía la leyenda sobre el escritor salteño y por tratarse como supuse de un espíritu racionalista, habría trabajado durante años para probar lo contrario; que la leyenda hereditaria es una absurdidad él lo creería antes de volverse un malogrado. No se trata aquí de la vida de Quiroga sino de sus escritos, su literatura es selva fascinante y traidora, quienes leímos en los años escolares alguno de sus relatos, sabemos que entramos en ósmosis con vegetación peligrosa y fuimos inoculados por la yararacuzú de palabras, veneno de escritura sin antídoto.

El asunto crecido era la traducción, la aventura interior para el pobre hombre de adentrarse en una modalidad esquiva de la locura irreversible, intentar salir como pudiera de la expedición y reescribirla luego en otra lengua. Cada vez que volvía sobre ello, a mí se me hacía más luminoso que si la carta había llegado hasta mis manos, esa carta, fue porque había un vínculo entre la empresa de la traducción y el personaje malogrado, final insinuado que con razón o sin ella comenzaba a visualizar. El prólogo a Anaconda tampoco dependió de mi voluntad, fue otro capítulo aislado de una trama editorial soslayando mi entendimiento. Lo que ignoraba era que el conocimiento de la historia, la historia que me contó la mujer y la lectura de los papeles del aviador del bimotor, me llevaría a meterme en un libro de otro que tuvo impedimentos para ser publicado, como si guardara verdades que molestan a determinada gente y la mera evocación del nombre de Quiroga inquietara aún a ciertos espíritus pundonorosos.

Había quedado solo en la casa, tenía frío y afuera era noche cerrada, en la televisión pasaban un certamen de natación con información intercalada sobre un campeonato femenino de hockey sobre césped. El sonido que interrumpió parecía provenir de lejos, tal vez otro departamento del edificio y la insistencia terminó por alojarlo en mi casa. Supe que era ella, terminaba mi semana dedicada a La vida breve sustituida por la brevedad de la vida del malogrado; dijo que nosotros –ese nosotros pudo ser los hombres y temo que se refería a los uruguayos- no solemos responder las cartas, al menos con la premura con que lo hice; logró sorprenderla y lo expresado, yendo en mi contra era sin más opinión de lectora aficionada. La dejé hablar o ella disuadía responderle siguiendo la musicalidad de la frase hipnótica y sin yo comprender qué diablos hacía en un asunto confuso, fisgoneando una historia que seguro lograría distraerme de Santa María. Parecía bruja, ella se adelantó diciendo que quería conversar y librarse de una historia curiosa, dijo que remontó impedimentos mayores, siendo su fórmula elegante de nombrar el olvido. El encuentro casual en la librería Tschang de la obrita de Quiroga y la curiosidad por mi prefacio reactivaron dudas pasadas; como escribió en la carta, mi condición ontológica de uruguayo, de ser viviente ignorante de ciertos episodios, me afianzaba una póliza de complicidad y agregó que contaba para la eventualidad con mi curiosidad filológica.

Nunca me interesaron los detalles de la gente pero sí la magia de ciertas coincidencias; es molesto haber pasado por episodios de la literatura uruguaya sin comprender lo sucedido. Era el caso de Quiroga cuando la retórica de la incertidumbre parecía suficiente para seguir de largo, siendo que faltaban enigmas y refutaciones explicando más allá de lo inefable. «Mañana» replicó cuando manejé la posibilidad de un encuentro para conversar; «lo invito a almorzar» y consideré que era pronto. Había en su voz la seguridad de un mañana o nunca, yo guardaba la intriga sensible que suscitan capítulos por retahílas en la biografía del escritor admirado: «conozco un restaurante modesto y acogedor por el lado de Belleville». Terminé aceptando ir ese mañana a las dos de la tarde, al acogedor si bien modesto restaurante de un barrio popular de París. La cita, por el tiempo, clima, lugar y circunstancias era original, preguntó si me gustaba la comida china, seguro sabía que me gusta la comida china y dije que sí, lamentando la ausencia de una parrilla en Belleville para intercalar alguna oposición a sus mandatos. «Entonces mañana a las dos. Sé que puedo parecer fastidiosa y precipitada, pero cuando cese la lluvia dejaré de lado los deseos de contar historias íntimas. Seguro que no se arrepentirá, puedo acercarle información que lo salve en algún momento de desesperación». «¿Que me salve de qué?» pregunté. «De malograrse. Usted bien sabe de qué se trata».

Cuando colgó pensé jotacé sos un pelotudo, era claro que detrás de la calma aparente esa mujer estaba completamente loca. Un freno mental me impidió ir a Roma y quizá somaticé las ganas de quedarme encerrado; desde hacía dos días venía perseguido por dolores en el ojo derecho, después de cuarenta y ocho horas conseguí despejar el escritorio y ubicar las carpetas con notas que necesitaba. Cuando llegó la hora breve de comenzar el trabajo en serio, coincidía con una cita a ciegas en un restaurante chino de Belleville donde hablaría con la supuesta conocida del malogrado traductor de Quiroga al francés. Comparado a esa encerrona de las casualidades tóxicas las leyes geométricas del snooker eran de inmaculada transparencia, por fortuna y para sortear la noche previa había en los estantes de la cocina una botella de whisky medio llena. A eso era casi medianoche, comí una porción de quiche lorraine fría que quedó en la heladera desde el domingo pasado, comenzaba en la tele un circo de luchadores norteamericanos, mucha brutalidad gestual e inclinación por la farsa enmascarada; por unas horas me alejarían de la rabia por haberme dejado meter en el asunto. Ello duró poco, creo que soñé cosas terribles entreverando viejos fantasmas, supuestos para la cita del otro día y horas frente al televisor, imágenes que podían transferirse a la categoría de pesadilla y cuyos pormenores evitan el interés de nuestra recapitulación.

*

Nunca había visto llover tanto desde el año de las inundaciones en el litoral uruguayo. Desperté temprano al otro día con dolor de cabeza y permanecí más tiempo del habitual bajo la ducha, con la esperanza de que al salir del baño el golpe de agua torrencial hubiera aflojado. Era peor; preparé un café en la cocina mirando por la ventana, hacía tres días que llovía así y en algún momento antes de mediodía debería amainar. Era lluvia tropical macondiana transportada, como si hubiera comenzado cerca del canal de Panamá y que a pocos kilómetros de la cocina bramara sobre el delta de El Tigre, cataratas de Iguazú, desembocadura del Amazonas y crecidas lunares de la laguna Merín. Esa lluvia tenía por misión saciar de agua al continente americano hasta sumergirlo, cumpliendo profecías piramidales precolombinas.

Salí de la cocina con la taza de café en la mano, me senté en el sofá del living y prendí la tele con el mando a distancia. Un partido del playoff de la NBA entre los Bulls de Chicago y los capinchos de Pirarajá, algo así… resumen de la liga Española de Fútbol donde decían que un half izquierdo del Logroñés, que estaba seguro venía de Peñarol era paraguayo. En las promociones anunciaron para la noche la revancha del snooker de la víspera, estaba orgulloso porque deduje una ley: nunca se puede meter en las buchacas dos bolas coloradas seguidas, en cuando al sistema de conteo de los tantos el enigma persistía imperturbable. Había un pakistaní imbatible en squash, ha de ser un buen deporte para acompañar una terapia de electroshock.

Tocaron el timbre y abrí con fastidio la puerta, era el empleado de una compañía de desinfección, un tipo extranjero, húngaro o yugoslavo de pocas palabras, apenas saludó, parecía que durmió en el edificio porque estaba seco. Entró con un aparato idéntico a la máquina que los vendedores de café cargaban en el Estadio Centenario por el año 1957. El hombre fue derecho a su objetivo, abrió la puerta del wáter, roció el interior del inodoro, fue a la cocina, largó otros chorritos pulverizados en el fogón y la grasera para disuadir a las cucarachas. Luego abrió un cuaderno inmundo donde tracé un garabato de testimonio y él se fue escaleras abajo; la casa fue invadida por un olor repugnante que me salvaría de encuentros con cucarachas jansenistas, animales con los que tuve tratos inquietantes durante la infancia. Vuelvo a la televisión, el ambiente de la casa era irrespirable secuela de las emanaciones preventivas. El pakistaní se revolcaba de alegría por el piso después de haber marcado el punto ganador, continuidad de la transmisión: pelota vasca variante cesta punta en directo desde un frontón de Miami. Basta para mí, apago el televisor, voy al escritorio a dejar que pase el tiempo para ir al encuentro pactado. El olor de insecticida continúa su avance, miro de reojo el techo circense de la estación de trenes Montparnasse y el aguacero no aflojaba desde la mañana, era más violento todavía con ráfagas de viento silbando amenazantes, como si el gran dios Tlaloc hubiera esperado mi hora de salir y despacharse a gusto con su aguacero vengador.

Algo era sedante; un curioso laberinto de corredores con escaleras mecánicas me llevaría, desde la puerta del edificio donde vivo hasta el andén del Metro línea 6 y vagón uno de combinación subterránea para llegar a Belleville, pasando por zapaterías, bares, kioscos y vendedores de charcutería con grandes sombreros negros de Aubergne. Me pertrecho lo mejor que puedo, aquí me acostumbré a usar zapatos con espesas suelas de goma, me siento ridículo cuando tomo el paraguas plegable apto para el rocío e inservible para el agua que caía sobre París. En dos cuadras a la intemperie tendré que tirarlo en una papelera callejera, son paraguas baratos que vienen de Corea y Taiwán, en Belleville hay a patadas. Camino por largos corredores de la ciudad subterránea, hay agua por todos lados, gente tirada en los pasillos, el mundo que transita el lugar está fastidiado, la gente empapada sigue caminando como salida de la playa, sorprendida por una tormenta de verano, una dársena rota. El olor del Metro, de la tibia humedad de las personas que cruzo avanzando, es menos penetrante que el esparcido por el balcán del desinfectante para matar cucarachas o del húngaro e igual de inevitable. Hay algo de cianuro en esa fórmula, estoy seguro y que pica fuerte en el fondo de la nariz queriendo alcanzar el penetrante dolor del ojo izquierdo que viene aflojando. Nunca olí cianuro de tan cerca, nunca hasta ahora.

Llegué al Metro Belleville con veinte minutos de adelanto, siempre lo hago cuando voy a una estación de Metro por primera vez y camino por los alrededores si el tiempo lo permite, mirando los comercios, buscando. Hace diez años que estoy en París a la búsqueda del Café perfecto, un lugar donde leer y escribir, escuchar el silencio de la tarde avanzando indiferente a la tragedia humana, tomar buen café, alguna copa; durante todos estos años he logrado aproximaciones pero igual sigo buscando. Salí del Metro, una estación pequeña y de pocos pasillos, subí por la boca más próxima a la calle de la cita que estaba en el interior del barrio y había un buen trecho por delante. Aquello seguía siendo un diluvio, tenía la esperanza de que hubiera parado mientras viajaba en los subterráneos y el agua corriendo por las escaleras de la entrada ahogó mis ilusiones. Lo primero que hice cuando llegué a la superficie, fue correr hasta el toldo de aluminio de un comercio exportación-importación de chucherías orientales, sacos Mao, paraguas retractiles, palitos de comer arroz, nunchakos verdaderos para fracturar cráneos. Hacía frío y el viento se decidió por la tendencia transversal haciendo que lloviera de costado, de atrás y en todos los sentidos, San Pedro era un karateca enloquecido convertido a la comedia musical y el paragüita apéndice inútil; veinte minutos todavía para el sufrimiento.

El restaurante convenido para el encuentro –si mis cálculos sobre el plano de Belleville antes de salir eran correctos- estaba en una callejuela lateral que a los efectos podía estar en Macao. Cruzando la calle casi enfrente del import / export hay un pequeño bar, fui hasta allí siendo el único lugar con la apariencia de refugio intermedio antes del encuentro. Todo parece absurdo, el patrón del bar, un gordo de mostacho tiene aspecto de mosquetero jubilado, la radio está encendida a medio volumen, suficiente para equipararse a la lluvia y el dial marca una estación de las nostálgicas tipo Clarín, como Montecarlo CX 20 a ciertas horas de la mañana allá en Montevideo. Cuando entro me topo con la voz de Luis Mariano cantando las virtudes de México, algo sobre el poder del sol en irónico contraste con la situación que vivimos. Esto es absurdo y la revancha vengativa de Tristán Tzara, hay en el bar -un mostrador en paralelo al estrecho corredor donde se alinean pocas mesas- un negro flaco sentado bebiendo una cerveza y vestido con ropa de musulmán africano que lee. A primera vista podría ser el Corán, pero se trata de una publicación con pronósticos de carreras de caballos y el negro, con una Bic de plástico, hace números inmerso en una concentración digna del hombre que calculaba. En el mostrador, apoyados y de pie dos tipos de facciones asiáticas, más próximos a la banda de Fu Man Chú que a discípulos de Lao Tse, discuten animadamente en versión original. Por fortuna el viejo televisor que hay en una punta del estante de las botellas está apagado, lo único que me salvaría de la desesperación sería ver el final del partido de pelota cesta punta, que ahora mismo se estaba disputando en un pilotalekua soleado de Miami, en la Florida.

Me mando de parado un calvados a palo seco buscando calentar el cuerpo y resulta un error, como esa mañana olvidé desayunar el licor de manzana durante el trayecto quema por dentro. El patrón, viendo que lo tomaba tan rápido, sin que le diga nada, recordando estocadas a fondo de la juventud de esgrimista, sirve otra medida que logra alejar mis protestas. ¿En qué hipódromo del mundo real habrá carreras esta tarde, en las que el negro apostó cien denarios luego de intensas reflexiones? Del fondo del bar superando la distancia del corredor con las mesas llegan olores químicos y naturales combinados en la letrina. ¿Qué hago y en este lugar abierto de turno del universo cerrado por reformas? Aguanto como un gascón la segunda sensación de quemadura interna, miro la boleta de lo debido al patrón, dejo las monedas necesarias sobre el zinc y salgo del boliche.

En el tiempo que cambian las luces del semáforo del cruce fui rescatado del naufragio de pescadores, cuando atravieso la esquina me pego a la pared y avanzo hasta los colores entre amarillo y colorado del restaurante. Desde antes de entrar estaba resignado al Buda recubierto de pintura dorada y guirnaldas de flores, bajorrelieves tridimensionales con caballos desbocados que hubieran hecho las delicias de Sun Tzu, globos de papel blanco sirviendo de lámparas ambientales, tubos diferentes o campanitas ceremoniales con signos, el ingenioso sistema dando la ilusión visual del río incesante que ha de llevar a la mar que es el Tao. A lo sabido incluyendo musiquita con esas voces femeninas finitas, como si fuera locutora militante de la Rosa Amarilla de Tokio, llamando a la deserción en masa de marines yankis liderados por Gregory Peck. Es enternecedor el olor de restaurantes chinos, no de sahumerios humeantes de varilla, sino el proveniente de las cocinas, donde trabajan marmitones con cuchillos filosos, aceites de distintos vegetales calentados en recipientes circulares, donde se vierten otros frutos de la naturaleza. Es rara la debilidad por ese olor de cocina oriental que en nada corresponde a la infancia, es un perfume nuevo descubierto tarde y después que salí de Montevideo, como si mi magdalena fuera un arrollado primavera, metido en salsa agridulce con gotas oscuras de soja, cilindro mágico incrustado al interior del calidoscopio olvidado.

Los restaurantes chinos de Belleville conocidos eran minúsculos pero aquí, apenas ingresado dos metros en el local, recibido por la voz que parecía venir de los muros saliendo de una china diminuta y la fuerza de la disposición geométrica, imitando un jardín de mesas tendidas con modestia, el reciente pasado tormentoso era recuerdo remoto. Estaba en una ciudad lejana, en otra ciudad. La presencia en azules de la china vieja me ayudó a sacarme la gabardina, recuerdo barcelonés de El Corte Inglés; ella hizo señas, gestos mínimos indicándome que la siguiera, pretendí explicarle a la china –que debió estar en el itinerario de la Gran Marcha- que esperaba a una desconocida y estaba cinco minutos adelantado. Esas minucias temporales con las chinas intemporales exiladas en Belleville parecían cosa imposible, aquello era el decorado interior de una película de Kurosawa de los años cincuenta. Resignado seguí a la buena señora, como quien persevera con la debilidad por una pipa de cerámica rellena de opio. Ella me condujo hasta un apartado amplio, contrariando longitudes bonsai aplicables al local según las apariencias.

Ella la otra estaba esperándome, era una mujer de edad ociosa a referir, mirada clara que pudo protagonizar una lucha de angustia introspectiva protestante en un guion de Bergman. En cuanto a los años decidí la sesentena avanzada, que sin necesidad de maquillaje se refugiaba en unas décadas menos y naturalidad distinguida en el invierno desprolijo, como si hubiera estado esperando desde el comienzo del otoño. Ignoro por qué aguardaba algo más campechano y sentí lo de siempre; incomodidad de estar impresentable para uno de esos encuentros casuales que suelo tomar como otra actividad de entrecasa.

Mi sweatshirt Levis y el jean sumando los zapatos eran espantosos, podría justificar el desarreglo escudándome en lo intempestivo del temporal que se abatía sobre París; recurso descartable, el contraste era de esencias, provenía del aspecto de la mujer venida de lejos, de una espléndida ciudad italiana en primavera resplandeciente. La diferencia estaba en que ella se había adelantado en el tiempo de la cita mientras yo bebía los calvados de parado en el boliche. Era ella que esperaba, con lo que el efecto del factor sorpresa quedaba por entero de su lado; provenía además de su premeditación al haber elegido el restaurante y dos gestos de nerviosa seguridad: fumaba el tercer cigarrillo y se parapetaba en la tranquilidad contenida en la taza de té humeante. Aroma profundo y perfumado, experiencia de la serenidad ubicada en las antípodas de lo que supuse luego de su llamada.

Sonrió insinuando que lo pensado era sin importancia, allí estábamos para otra cosa y que nada tenía que ver con la liquidación en Galerías Lafayette. Dejó que me acomodara en mi sitio e instalara en la circunstancia, comentó algo sobre los desastres del clima sin exponer la ansiedad neurótica por enfrascarse en sus problemas. Todo lo contrario, alguien que nos hubiera visto habría pensado que éramos colegas de facultad, prontos a departir sobre el temario de una revista literaria, primos que pasaron siete veranos juntos de vacaciones en la infancia y se reencuentran después de veinte años.

Teníamos aspecto de galeristas que deben compartir un negocio grande fuera de las posibilidades de cada uno, actores sin suceso de taquilla, prontos a montar una pieza experimental traducida del polonés sentenciada al fracaso de público y crítica.

– ¿Tiene apuro, está apurado?, preguntó una vez que encargamos los platos, elección donde caí en lugares comunes habituales.

-Para nada, le contesté. Hoy nadie me espera.

-Mejor así. Quiero recordarle que es mi invitado y preferiría que habláramos del asunto conversado por teléfono al final del almuerzo.

-Como quiera, temo decepcionarla en cuando a las informaciones, estoy lejos de ser un especialista en Quiroga.

-Mi querido amigo… eso lo sé. Su prólogo siendo sensato trasluce que nada tiene original para agregar, ignora capítulos enteros del relato y descuidó buscar como corresponde. Tengo una intriga sugestiva para contarle que nadie conoce. ¿Le siguen interesando las historias curiosas, como aquella que tuvo la cortesía de referirle Daniel Urrutia en San Carlos?

La bola negra en la tronera. Ella, pues, había leído mi último libro editado en Montevideo y llegó hasta el último cuento donde hacía referencia a mi amigo carolino. Luego del retraso en la cita era mi segunda desventaja en pocos minutos.

-Siempre me intrigan las historias, respondí. Cuando escasea la imaginación lo sensato es tener oído atento y pocos escrúpulos para la trascripción clandestina.

-Ahí tenemos un punto de convergencia. Usted escucha y yo cuento, será para mí la manera de liberarme de un asunto que me hizo daño. Un sacerdote que duda de su Fe sería inconcebible para mi espíritu republicano, una amiga termina dando consejos que nadie le pide, el psiquiatra interrumpe cuando es hora de atender otra angustia aguardando en sala de espera. Alguien de sus cualidades hará lo imposible por robarme la historia y puede que sea una estrategia de exorcismo. Para llegar a eso tenemos una hora, un precio razonable ¿no le parece? ¿Qué hace alguien como usted nacido en febrero, en pleno carnaval del sur, viviendo en esta ciudad donde el sol se hace raro?

La pregunta me sorprendió por inesperada; el precio a pagar por escuchar era el tiempo y cierta confesión, pregunta sibilina sin parecer agresiva. Tratándose de una desconocida mentí explicaciones, la serie de razones pergeñadas durante años en tiempos de crisis de pertenencia a este lugar y siendo ciudadano de paso. Ella escuchaba aparentando interés, a veces sonreía y parecía distante de entender lo que yo argumentaba.

Eso duró hasta que terminé los nems envueltos en hojas tiernas de lechuga y hojas de menta intensa, de una delicadeza inesperada habida cuenta de la fachada del tugurio y mi aprehensión inicial sobre las bondades de la cocina. Ella, la mujer de la mirada clara, comió una ensalada apropiada a alguien cuidando su cuerpo al gramo. Cuando la hermana melliza de la china del comienzo nos retiró los platos, la mujer de la mirada clara bebió un poco de té y recuperó la trama de la conversación.

-Lo que cuenta y perdone las precisiones que puedan parecerle impertinentes, son las razones por las cuales no está en Montevideo.

-Supongo que es lo mismo, le respondí.

-Ah no, mi amigo, se trata de asuntos diferentes. Nunca van a ningún lado ni llegan a ninguna parte, ustedes lo que hacen es dejar de estar allá.

-Le adelanté razones a mi entender convincentes. Puede que tenga razón en retocar mi visión, persiste otra sombra de vida que queda por allá tirando para el lado del Parque Rodó. Usted y yo podríamos estar conversando en otro restaurante chino, entonces con idéntica naturalidad y soltura de cuerpo preguntaría la razón por la cual abandoné París. En mi ciudad hay poquísimos cocineros chinos y son más que aceptables.

-Lo sé, viví una temporada en Montevideo, dijo sin perturbar en nada el paisaje sugerido de la mirada clara.

-Eso es jugar haciendo trampas, repliqué. Lo pudo decir antes.

-Es un detalle sin importancia y nunca hago trampas, acotó restándole importancia al incidente. Hice, pero no ahora, viví en Montevideo cuando en la ciudad había un solo lugar donde se servía comida china, de la misma familia propietaria de los locales actuales.

-El Hong Kong sobre la Avenida 8 de Octubre casi Garibaldi, la calle donde pasé mi infancia. En la misma vereda y lejos, a kilómetros de distancia, en la otra punta de la muralla.

-En aquella Montevideo usted sería muy chico.

-Lo recuerdo porque mi padre me llevaba al Estadio Centenario a ver los partidos de fútbol, casi todos los fines de semana. Para volver a casa tomábamos el ómnibus frente al Hong Kong. Nunca fui a comer allí.

-Con ese dato puede deducir mi edad y que lo tiene preocupado.

-Mi infancia y su edad son lo de menos. ¿Qué hacía una mujer como usted en Montevideo?, le pregunté.

-Una historia de amor. ¿Por qué otra cosa se puede abandonar el norte para ir al invierno montevideano? Con más precisión si me permite: averiguar por qué fracasan ciertas historias de amor intenso, agotadoras. Valió la pena mojarse un poco para conocer el restaurante por dentro… llegó hasta aquí desconfiado, detrás de una historia y capaz que se lleva dos. Será la lluvia, tal vez su recuerdo del Hong Kong… estoy de buen ánimo para abrirle el corazón a un desconocido, usted es un hombre afortunado.

-La ensalada de brotes de soja pudo ayudar en su franqueza circunstancial.

-Tampoco se pase de listo. Es el té, si prefiera una razón tangible. Aquí preparan el té que necesito y está el cigarrillo, la lluvia afuera, el perfume del incienso en honor de Buda y la inminencia de las confidencias. Si los dos tuviéramos veinte años menos lo seduciría, ahora es otro dominio de seducción que me interesa. Aprovechar la situación, esta irrepetible configuración de eventos para evocar mis inviernos montevideanos con alguien que los tiene tatuados en los huesos.

-Sin olvidar mi recuerdo infantil del Hong Kong considerado como ilusión chinesca.

-Fue decisivo y participa de casualidades ingobernables. La tragicomedia de mi amor se representó en un departamento de la Avenida Albo, cerca del Hong Kong.

-Tengo miedo de abrir la boca y decir algo. Lo que sea, una palabra, un gesto inapropiado que quiebre el encanto de porcelana de esta situación inexistente. Sería una pena y pérdida imperdonable.

-Demasiada curiosidad la suya.

-Se la canjeo por otra historia de amor y si prefiera la ubico en Montevideo, hasta con restaurante chino de la misma familia de entonces.

-Le tomo la palabra y espero que me convenza. ¿Qué tal está ese vino?

-Pido una copa para usted y lo prueba.

– ¿Pero el vino está bien?

-Tan bueno casi como los nuevos cabernet sauvignon uruguayos. Es una pena que en Belleville empecemos con nostalgias montevideanas, será el vino… tengo la impresión de que nosotros hace tiempo que nos conocemos.

-Oh, quién le diga… puede ser, quizá.

Pagar por ver cartas y bola colorada en tronera del rincón para seguir jugando con otros colores, la vieja ley del póker y billar podía aplicarse a la situación. Estaba frente a una desconocida de cuyas fronteras razonables tenía dudas, en un apartado de restaurante chino que podía estar en una barcaza en aguas jurisdiccionales de Hong Kong, descolgado de París por la tormenta eléctrica que en unas horas disolvió las siluetas de la arquitectura llamada París.

Me fastidiaba que la mujer de la mirada clara hubiera vivido allá, igual se daban condiciones para que yo contara alguna cosa, una historia secreta del pasado que nadie conocía. ¿Qué mejor que inventar una crónica de contradicciones? Como si ella fuera una vieja amiga de la juventud con la que nunca había ido a la cama, comencé a narrarle la historia por la primera vez.

Los detalles con la colaboración de la mujer de la mirada clara del mesón chino es mejor que permanezcan como un secreto de nosotros tres. Lo curioso eran las emociones experimentadas a medida que avanzaba en el relato, se ampliaban la importancia y otras tonterías, nuevos detalles minúsculos capaces de alterar una vida. La lejana comenzaba a crecer a medida que la melancolía se instalaba en Belleville, lograba difuminar con su memoria -como la lluvia lo hacía con los perfiles de la ciudad- mi interés por estar ahí.

Estaba instalado en un recuerdo nunca escrito, creí entender en un momento que si acepté encontrarme con ella no fue por su sutil insistencia telefónica, ni la invitación pues tenía decenas de justificaciones para rechazarla, sino por mi necesidad de conversar con alguien sobre aquello; tal vez con la sola persona que encontraría en mi semana dedicada a la fragilidad de cada vida breve. La pareja es lo que hubo antes tal como me enseñaron, dejando abiertos corredores de desinterés donde a veces uno termina quedándose solo; debí ser convincente en mi relato.

-Es una bella historia, dijo ella cuando bebí el vino dando por terminado mi cuento. Como con toda situación, depende de una serie de resoluciones.

-Debería escribir un libro de autoayuda, si fuera así de sencilla la vida… la única excusa que manejo es la de la escritura, para las restantes emociones humanas me volví más cínico y su vino se adecua a las circunstancias.

-Es joven todavía para hacerlo por entero, aunque el cinismo se le nota demasiado y me alegro por el vino.

-Es posible, hoy estoy con defensas bajas. La lluvia acaso y puedo admitir lo que sea dicho en mi contra: estaba comentando hace un rato algo sobre la cuestión inmobiliaria en la Avenida Albo.

-Es una calle que tiene la extraña condición de recordar un puente, comparada con las grandes avenidas que la rodean es breve, elegante por tramos. Une el inmenso parque donde se ocultan mansiones espléndidas con barrios populares; en una de las cabeceras del puente sin río había una confitería cuyo nombre evocaba un viento. El Siroco.

-El instituto Crandon y su verde inglés.

-Cierto, es el único sitio de la ciudad donde hay algo notorio de la pérfida Albión.

-Está el Templo Inglés y el cementerio de los ingleses cerca de la costa.

-Por favor, no se ponga fúnebre. Allí cerca había también aquel inmenso colegio de monjas, una fortaleza de la moral y la educación cristiana.

-La casa Mera también, dije.

-Cuando empezamos a acordarnos de las pizzerías algo en el selector de la memoria funciona mal. Ahí en la zona el bar era el Siroco, mientras estuve en Montevideo siempre íbamos al Siroco, todas las tardes, a tomar el té o algo fuerte, observar a otras parejas.

-Un caballero con todas las de la ley.

-Primer secreto entre caballeros, se trataba de una señora. Después tuve una vida socialmente correcta con nietos, pero la razón para ir a Montevideo era una señora.

-Caramba, dije.

-Si, caramba fue lo que ella dijo cuando nos conocimos en París hace casi medio siglo, es decir en otra ciudad de la que París sólo guarda el nombre. Era una joven poetisa uruguaya fuera de toda sospecha sáfica para las moralidades reinantes, con cierta aureola de implacable devoradora de hombres. Una historia de primavera parisina y continuidad en el invierno de Montevideo, combinación poco favorable para preservar un romance. Mi querida no los devoraba a los hombres, los seducía por el juego, era joven, inteligente y perversa. Le agradaba lo raro, la removía aquello que fuera extravagante, estudiante púber con tendencias incestuosas, homosexual catequizado a quien desconcentrar aunque fuera la brevedad de un week end, una diseñadora francesa. Casos así eran su debilidad, ella cercaba a todos los que hubiéramos podido ser poetas sin saberlo y nos vampirizaba. Algo que yo podía decirle en un entreacto del Teatro Solís, en el Siroco o en la cama, podía transformarse en el final rotundo de un poema de amor dedicado a un hombre de la sociedad literaria. Sabe a lo que me refiero, eran historias de amor las que ella vivía, asegurándose un botín de guerra consistente en extraer la médula poética de sus amantes ocasionales. Le cuento esto como ardiente prólogo, los episodios que justifican nuestra entrevista tienen referencia entre sí, forman parte de la comedia mayor. Cuando entendí su procedimiento y la manera de funcionar, llegado el momento en que lo otro, el deseo furioso de posesión vicaria podía más que la pasión y la ternura, me apropié de un modesto botín de batalla. La inexperiencia y la prisa desordenada hicieron que me llevara del departamento de la Avenida Albo un cuaderno equivocado, deseaba alzarme con un manuscrito de mi amante orgullosa e incauté algo distinto… era esto.

La mujer de la mirada clara puso sobre la mesa un cuaderno con aspecto de libro del que tiraron un único ejemplar. Se trataba de un cuaderno veneciano dignificado por el pasar del tiempo, la tapa estaba cubierta por esas vetas moteadas de colores evocando los vinos rojos finos, custodiando un sitio donde alguien debería escribir párrafos dignos de vencer el olvido.

Será porque trabajé en una librería de viejo, un instinto de lector avisó que se trataba de una pieza interesante y quizá valiosa. Ante la irrupción de ese objeto irrepetible en el transcurrir de mi vida, debía retener la ansiedad por precipitarme por hojear el contenido.

-Vamos, ábralo, dijo ella. Sería una tontería resistirse por el qué dirán.

Así lo hice, en cuanto lo abrí en la primera hoja manuscrita que topé yo leí Hommage à Horacio Quiroga y más abajo tres iniciales de un nombre desconocido: JPM. Luego, tapizado por una escritura de redacción precisa, pareja e inquietante de color ocre, se desplegaba un cuaderno redactado en francés que cambiaría mi rutina los próximos meses, haciendo que 1997 se volviera otro año inolvidable.

-Hace años que ese cuaderno me acompaña, dijo ella melancólica como si fuera una despedida, el segundo movimiento de la sonata 26 Les Adieux. Antes de hablar de lo que contiene el cuaderno, quiero responder a sus dos preguntas sin formular. Nunca sabré e ignoro la razón verdadera que me lleva a entregárselo, porque lo estoy entregando para que se lo lleve. Es probable que esta misma noche despierte arrepentida y tampoco conozco la causa para que suceda ahora. Cuando llegó al restaurante no pensaba dárselo y ahora creo que lo decidí hace tiempo; debía haber algo involuntario en su prólogo parecido a los jardincitos de la Avenida Albo, la memoria que este año se cumplen sesenta años de la muerte de Quiroga… quizá el cuaderno busque ser una larga carta otoñal de amor persistente a mi vieja amiga, confiando que cuando ella lea que salió este libro publicado en Montevideo, recuerde nuestro invierno de la Avenida Albo, el viento sur pegando contra los ventanales del Siroco, se arrepienta de haberme dejado marchar por cobardía y egoísmo. Estos gestos de apariencia imperial, como la entrega desinteresada de un manuscrito, tienen motivaciones mezquinas y le exijo que nunca comente los pormenores de nuestra entrevista.

-Tiene mi palabra, se lo prometo.

-Gracias, le advierto que estaré atenta a la manera que decida para pasar este sortilegio personal por el circuito editorial.

-Mi poder al respecto es limitado, diría que inexistente; haré lo posible… ahora mismo se me ocurren cien preguntas.

-Sucede que se acabaron las respuestas.

-Usted impone que confíe en su palabra, falta conocer el valor literario que tiene el manuscrito y saber quién se esconde detrás de las letras JPM.

-Ah si… el enigma de las letras. ¿Le gusta el sake?

-Después de otra botella de vino.

Supongo que estaríamos bajo escucha vigilada con micrófonos en la mesa, pues sin que mediara señal alguna la primera de las ancianas chinas llegó con otra botella del mismo vino. Sucedían allí cosas escapando a mi entendimiento. ¿Qué ciudad habría afuera cuando saliera del restaurante? ¿Cómo haría para llegar a casa si fallaba la máquina del tiempo? ¿Qué sería de mi trabajo sobre La vida breve?

-Hace años le escribí a mi amiga sobre el enigma de las tres letras, ella fue breve y áspera en su respuesta, los años le agriaron el carácter. Tenga, lea, le llevará apenas un par de minutos.

«Querida:

             consultas por el cuaderno hurtado… es una larga historia, un amor que roba a otro. Pocos días después que Quiroga muriera llegó a Uruguay, desde el sur de Francia, un joven hermoso y emprendedor. Vino con dos misiones editoriales, conectar a un poeta argentino de la vanguardia literaria y encerrarse un tiempo para traducir la obra publicada de Horacio Quiroga al francés. El extranjero se instaló en la ciudad de Colonia, para estar en un lugar tranquilo equidistante del espacio y el tiempo, un mirador al resguardo de celos y envidias. Comentan que se enamoró de alguien y apasionadamente; ahí vivió como un desterrado del Río de la Plata, dicen que tradujo una enormidad, pero una extraña enfermedad comenzó a degradarlo al punto que renunció al proyecto de una vida.

Tú bien sabes cómo fui siempre, apenas enterada de la existencia de ese espécimen quise conocerlo, me lo propuse y lo logré. Llegamos a ser buenos amigos, aunque conociéndote supongo que desconfiarás de mi sinceridad. El francés renunció a finalizar la traducción de nuestro Horacio, por otra parte bastante avanzada, pero urdió en contrapunto una suerte de curioso homenaje al suicida escrito en un cuaderno que me encomendó. El mismo cuaderno que fuera robado en nuestro último encuentro que se supuso amigable; ya verás qué puedes hacer con ese huérfano literario… esos textos son como si nunca hubieran existido.

Pretendió ser el primer traductor de la obra integral de Quiroga al francés y renunció al proyecto después de una fogata. Quizá se convirtió a la condenación de la leyenda, aunque supongo que la verdadera maldición en literatura es la de ser uruguayo. Me enteré de que eres abuela, te felicito. Te quiero aunque nunca entiendas.

Tuya … «

La firma final de la carta era fácil de leer, recuerdo que quedé de una sola pieza y no por sentimientos manejados en la misiva, menos por la persistencia de cierta pasión odio perceptible a pesar del pasaje implacable de los años, sino por el nombre involucrado. Lo tuve que releer, necesité leerlo varias veces y convencerme de que lo vivido hasta ahora no dejaba respiración para una broma.

-Si, el nombre es correcto.

-Esta carta en manos inapropiadas desataría un escándalo.

-Eso nunca sucederá, dijo ella.

Tomó la carta entre sus dedos, sin esquivarme la mirada la rompió en dos pedazos, en cuatro, en ocho y los dejó caer sobre los restos del pato laqueado. Mejor así, nadie lo creería si intentara contarlo y aunque vieran la carta nadie en Montevideo estaría dispuesto a asociar ese nombre al episodio. Sólo quedaba como prueba de nada el cuaderno veneciano de la impecable escritura obsesiva.

– ¿Qué contiene el cuaderno?, le pregunté a la mujer de la mirada clara sin hacer referencia a la carta destruida.

-Difícil de decir… aparentan ser cuentos siendo otra materia escrita, hay novelas abortadas y relatos con enigma, por momentos semejan historias dictadas bajo hipnotismo, reflejos de pesadillas, trascripción de un estado cataléptico. Un caos de varios estilos que necesita ser ordenado para entenderlo, no es lo que a mí me agrada leer, algunas páginas del cuaderno me llevaron al pánico; jamás lo pudo escribir un francés ni con cincuenta años viviendo en Uruguay, eso es lo horrible. Por momentos parece la traducción de textos de Quiroga pero las fechas enloquecen la hipótesis, hay referencias a episodios sucedidos después que Quiroga murió, al menos que aceptemos la tesis de los espíritus errantes. Está la unificación de la escritura, autores distintos que utilizaron una misma mano.

-Disculpe… lo que usted avanza son lugares comunes y puede que se trate de un simple epígono del salteño, otro mal imitador. La traducción puede ser una actividad peligrosa cuando lleva a una identificación inesperada.

-Está en las vísperas de comprobarlo. Primero léalo, después intente traducirlo al español.

-A usted lo único que le importa es que se publique, redondear su venganza sentimental de la Avenida Albo.

-Voilà… para eso lo necesito y debo dejarle la oportunidad de traducir.

-Nunca traduje un libro en su totalidad.

-Es un buen momento para intentarlo.

-Sucede que estoy ocupado en otros proyectos de escritura.

-Si así están las cosas, ahora mismo puedo restituir el cuaderno a la cartera.

-Tampoco es para tanto, dije tratando de detener la catástrofe. Después de leída la carta creo estar en una situación que supera mis capacidades, empezando por el entendimiento.

-Es probable y esto debe resolverse hoy.

– ¿Tiene más cartas por el estilo en su poder?

-Si usted traduce el cuaderno y consigue publicar el resultado en los meses venideros, podemos pactar otro encuentro para el próximo invierno. Sobre la literatura rioplatense hay infinitos secretos guardados en cajones.

-Usted será mi garganta profunda.

-La de Watergate, supongo.

-Claro y me delega la responsabilidad de una ardua tarea.

-No sea insulso y recuerde la vida complicada de esos hombres.

-Traslúcido como razonamiento.

-Hay que despedirse entonces. Se hizo tarde, confieso que parto sin dejarle gran cosa, un cuaderno con materiales mudables, la obligación de creerme para seguir adelante, trabajo y compromiso por un pacto de vacilantes promesas.

-El tiempo lo dirá. Es curioso y perdone, creo estar frente a una mujer viviendo en el pasado.

– ¿Hubiera preferido que llevara puesta una camiseta Calvin Klein y lo citara en un Ted Mex? Usted confunde ignorancia con prescindencia, estamos metidos en la resistencia, puedo imaginarme el universo sin la trilogía de Lucas o los desnudos de Madonna… vaya… usted conoce el camino. Le dejo un número telefónico ilusorio y aquí le negarán mi presencia una tarde lluviosa. Todo depende del fin del año, el próximo invierno acaso lo vuelva a llamar para otra carta o una fotografía tomada en Tarbes.

La mujer de la mirada clara, que tal vez volviera a encontrar en otra oportunidad cuando ella quisiera se estaba despidiendo. Me levanté despacio.

-Gracias por el fuego -dije señalando el cuaderno- y por lo otro.

-Nunca olvide que ese cuaderno se lo dieron y eso que hay ahí es la escritura de otro.

-Hasta dentro de un año, señora.

-De usted depende.

A la salida del reservado del restaurante las viejas chinas, idénticas como dos gotas de absenta, aguardaban con mi impermeable y una bolsita de plástico donde coloqué el cuaderno veneciano que fuera de la mujer de la mirada clara desde la tardecita que lo robó. Afuera era noche cerrada, consulté el reloj y vi que se quedó sin pilas; podían ser las ocho o las tres de la mañana. La ciudad estaba sumergida en la negrura de la noche, el bar del mosquetero jubilado y el negro musulmán turfista estaba cerrado, el único punto de referencia era la indicación de la boca del Metro.

¿Llovía? Lo olvidé, puede contarse que retrocedí el laberinto de corredores vacíos llevando hasta el apartamento en la rue du Commandant Mouchotte. Los metros tardaban mucho en pasar y el tiempo era sin imporatancia, hojeaba el cuaderno sin decidirme a leerlo, para eso tendría la noche; era cierto que el encuentro con ciertas mujeres cambia parte de la vida.

Habiendo descubierto un tiempo necesario como oxígeno puro para escribir mis cosas, tenía ahora tareas de reproducción y salvamento de la escritura de un tal JPM. Me enfrascaba en los subterráneos de la traducción y luego en la más ímproba tarea de hallar alguien que se lanzara en la aventura de editarlo, las pérdidas deben repartirse entre los amigos pero tampoco hay que abusar. Desde esa primera noche comenzaron tres meses de sonambulismo, insomnio, cotejo con diccionarios y enfrentamiento con el caos en otra lengua que debía trasladar a la nuestra. El desorden era como si JPM hubiera escrito el libro que a mí me gustaría escribir sin que nunca hubiera logrado hacerlo; una situación incómoda, no tanto por la cuestión de estilo –en la traducción debí llevar agua para mi molino- sino lo aleatorio de la construcción, producto de una mente de escritor que en la praxis funcionaba de manera diferente. Cotejado a un oficio distinto al mío de enseñar, fue esa una operación extraña de traducción y la mujer de la mirada clara tenía razón; suponía encontrar una sucesión de elogios a Quiroga, esbozos biográficos sobre aspectos desconocidos de su vida, algún método francés que explicara las razones de la persistencia de Quiroga.

JPM quiso trasmitir que lo único importante es la lectura, que un gran escritor es el que incita a dar el paso, como si JPM en lugar de traducir las obras de Quiroga se hubiera decidido a vivirlas, viejo método ensayado con resultados inciertos. Vivirlas quería decir escribirlas, esa era la justificación de su vida, la objetividad escrita de un fracaso; acaso alguien pueda entender su concepto trastocado de la selva, la idea de admitir un libro inacabado y tampoco era un esbozo comenzado. De Horacio Quiroga recordamos aspectos puntuales de su vida y un conjunto de cuentos, JPM pretendió redactar los intervalos de olvido entre lectores, escribir la memoria herida, el recuerdo de aquella escena de aquel cuento, sin casi nombrar a Quiroga el salteño habita cada frase del cuaderno como modelo de situaciones. Lo anterior es una materia textual que me hubiera gustado escribir con mis propias manos, tengo una cita con la mujer de mirada clara prevista para el invierno, me consta que posee secretos a los que quiero acceder a como dé lugar, siento que el trabajo impuesto es pago de una deuda y regresaré a mis papeles, temeroso que luego de la traducción pueda llegar a escribir algo correcto.

Lo curioso es que JPM –lo advertí cuando el trabajo estaba terminado- son las iniciales de mi padre. ¿Quién dicta la resolución de terminar los libros? Hace muchos años mi padre y yo nos parábamos en la esquina de 8 de Octubre y Garibaldi, los sábados alternados y los domingos veníamos de ver jugar a Peñarol. Esa complicidad nos acercó, era allí en esas circunstancias que hablar de fútbol tenía sentido, en la esquina donde estaba el bar Siroco. Saliendo de la tribuna Olímpica del Estadio Centenario, subiendo por Garibaldi unas tardes y otras por Manuel Albo buscando 8 de Octubre, siempre charlábamos del partido. Una vez llegados a la esquina yo miraba a lo lejos el verdor del Parque de los Aliados, el final de la Avenida Albo, odioso nombre para un peñarolense y guardaba unos minutos para concentrarme en la entrada misteriosa del restaurante Hong Kong.

Quiero creer que fue una de esas tardes, melancólica porque Peñarol apenas había empatado con Danubio, cuando yo ignoraba que mi padre era mortal y creía que el Hong Kong era un restaurante reservado para los chinos que este libro comenzó a escribirse luego de traducido. Podría asegurar que vi a una mujer de mirada clara sentada junto a los ventanales del Siroco, mientras papá buscaba consolarme por el punto perdido en la cancha de manera tan tonta en los minutos finales del partido.

-Hoy el cuadro anduvo a la deriva, dice mi padre.

– ¿Papá, qué es andar a la deriva?, le pregunto.

Era tarde, el sol distante del invierno se escapaba en picada hacia el ocaso detrás de los edificios. Ordenadas por el dragón habitando nuestro apellido, de pronto se encendieron las lamparitas del luminoso del restaurante Hong Kong, apareciendo ante mi imaginación infantil lindísimos farolitos de papel, mariposas multicolores de la noche surgiendo de una barca imperial guardada por guerreros inmortales, cargada de lujosos presentes, deslizándose río abajo por el cause incierto de la memoria. Aprieto entonces la mano grande de JPM y él sabe que yo también lo quiero mucho.