Montevideo sin Oriana – Parte I

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¿Se te han franqueado las puertas de la muerte y viste las puertas de la sombra?

Job, 38 / 17.

Es que apenas intento la primera frase con sentido y ya intuyo los ruidos espurios de la noche a venir. En esa madrugada de incierta localización futura daré por terminada esta relación y sólo entonces conoceré la razón que me decidió a escribirla. Si pretendo despegar del espacio en blanco para emprender el vuelo, antes que nadie necesito yo mismo convencerme hasta alcanzar la Fe: Claudio exageraba al afirmar que para recordar sin ser importunado él debía marcharse lejos de lo ocurrido; se comienza por desairar intermitentes historias pasadas y terminamos olvidando nuestra justificación para estar aquí, sin importarnos que había una vez hace tiempo aquella ciudad sin nombre llamada Montevideo. Eso le dijo. 

Meses después de los adioses definitivos y negándose al olvido, Eliseo Peralta se preguntaba todavía si lo editado a pérdida era el desenlace de otra impostura, desajuste necesario entre la escritura dispersa huérfana de padre y una obra que decía de cierta revelación, si la mujer llamada Oriana Servetto había en realidad existido entre nosotros. Un libro de formato pequeño del sello Ciudadela, encuadernado con esmero olvidado por la informática aplicada demostraba parte de la verdad y a nadie conocía Peralta en la ciudad que pudiera contradecirla con pruebas al apoyo. 

En el inicio del relato hubo un número providencial de la revista “Patmos” y atardeceres de trabajo en colaboración, cuando Claudio repetía que de aquello que no se puede hablar es preferible callarse. ¿Quién decide lo que debió permanecer del lado del silencio? Peralta miró la imagen de la muchacha invisible por primera vez a finales de diciembre, una tarde de calor obviamente insoportable en el casco antiguo de la ciudad portuaria, mientras bebía cerveza en el Café Brasilero, escala obligada antes de abrir el disuasivo candado del sótano. Eran a eso las cinco de la tarde, a más tardar cinco y diez. Claudio entró al café contento y confundido, visiblemente excitado trayendo el retrato inventado esa misma mañana. 

Al promediar el otoño siguiente se la pudo ver a la muchacha en situación menos confidencial. Aparecía sonriendo en páginas finales de un suplemento literario, que reprodujo la única fotografía que de ella se conoce y comentaba –cuatro meses después de la puesta en venta- la salida del libro en términos elogiosos limitados al texto, sin entrar en detalles de edición e imprenta. Ello sucedió luego de despedir al amigo, separación que Eliseo Peralta sabía irreversible. Al cerrar el suplemento literario en cuestión y luego de doblarlo, fue para él inevitable evocar la historia del amor singular que comenzó a decidir el viaje, en la cual se consideraba menos que actor secundario, acaso testigo circunstancial poco fiable por estar implicado hasta el cuello.

Ellos se conocieron un miércoles de octubre. Eliseo se había embarcado en un submarino editorial cuya base de operaciones era un sótano inmenso, con poca ventilación y luz mortecina alquilado en plena Ciudad Vieja, al que se accedía por un portón bajo de hierro obligando a inclinar el cuerpo como en las escotillas de los sumergibles. Estaba motivado en los últimos tiempos por la misión –bastante suicida por insensata- de minar la ruta de abastecimiento y torpedear los buques insignia de la armada invencible de la edición internacional que entró a puerto montevideano, le decía a quien quisiera escucharlo, bajo prepotente insignia imperial con maneras de Corte y nostalgia colonial. Peralta promovía desde su sótano modestas operaciones de sabotaje literario y ensayo sociológico sobre la cambiante realidad de las mentalidades, que tenían a sus ojos de ácrata irremediable motivaciones morales, altas finalidades filosóficas, justificaciones estéticas. 

La memoria cuando extraña con el corazón y el espíritu de finura puede determinar aquello que debe decirse por escrito. La relación entre ambos hombres fue un depósito de confianza mutua a plazo fijo con interés muy bajo sin necesidad de caución y demasiado breve. Me consta que Peralta, quien por edad y trayectoria sindical agitada era un carácter situado en las antípodas de alguien como Claudio, lamenta todavía haberlo cruzado tarde en la vida, en la inminencia de una separación que omitió la promesa de regreso dejando de lado la mentira. Apenas la edición de trescientos ejemplares numerados salió de máquinas, Claudio olvidó frecuentar el sótano de ediciones Ciudadela con la asiduidad del comienzo, como si la intensidad de la amistad hubiera sido una apariencia calculada con premeditación, el precio a pagar por la salida del libro, lo que es una interpretación injusta además de inexacta y ahora importa poco. 

De la época feliz de cotejo de pruebas y correcciones de galeradas eran los mejores recuerdos, los que heredé por accidente en conversaciones posteriores, cuando llegué al sótano que olía a tinta imborrable con mis propios cuadernos. Confidencias de Eliseo rebatiendo la verdad irrefutable de la ausencia, las horas cuando Claudio tuvo la necesidad de contar a su manera la crónica del encuentro con la desconocida. Esa sombra que alguna vez llamó “mi novia de la muerte”, la prometida postergada cuyo velo cubrió uno entre los tantos motivos determinantes para decidirlo a marcharse de Montevideo.

Una mañana, con la mirada fija en la mano que jugaba con el pocillo de café, sin darle importancia a la noticia le comentó a Eliseo que había resuelto irse del país. Estaba al parecer tan firme en su propósito de partida, que Peralta consideró impertinente preguntarle el real motivo de la decisión –que él nunca aceptaría del todo- o pedirle una reconsideración en nombre de algo, un pretexto cualquiera que era incapaz de formular y sabiendo que la noble causa anarquista, a la que entregó el sentido de su existencia sería argumento insuficiente, rechazado con sonrisa amable y sin mediar palabra. Luego que Claudio le informó someramente de sus planes de viaje igual continuaron trabajando en los detalles finales de la edición del poemario, cambiaron ideas sobre la promoción en la prensa como si ninguna frase mentando la partida hubiera sido pronunciada en los minutos previos. 

Pasada la primera hora el silencio compacto del editor sobre lo dicho terminó por incomodarlo. A manera de justificación enclenque Claudio murmuró que uno de estos meses, después que se adaptara al clima húmedo tropical y consiguiera trabajo, después del papeleo y haber pagado el primer alquiler en bolívares, después entonces, después escribiría desde allá para seguir en contacto. Claro que ninguno de los dos creyó esa engorrosa explicación pretendidamente conciliadora. Ese mismo día, antes de irse cada uno por su lado Peralta preguntó, sin énfasis que delatara curiosidad ni demostrara pena, por el destino del viaje anunciado, destino que debió intuir si hubiera aceptado la jodida idea de que un amigo reciente se marchaba lejos. Esta vez Claudio lo miró a los ojos, sonrió igual de amable y luego, como insistiendo por tercera vez en un asunto demasiado evidente pronunció la palabra mágica: Maracaibo. 

Allá estará, verificando si de verdad desembocan en el lago más de doscientos ríos incluyendo el curso de su vida, yendo a los bares abiertos hasta el amanecer y que proponen espectáculo de strip-tease, por si el azar que de seguro se altera con la proximidad del trópico logra que se cruce con el cuerpo mulato que se desnudaba sobre un escenario de la calle Andes de Montevideo, el culo, las piernas y tetas conocidas en el ambiente nocturno por el nombre artístico de Flor de Maracaibo. Buscará ser feliz como insistía en serlo aquí mediante la argucia de descreer de la felicidad y escuchando melodías que marcaron años de peregrinación nocturna. Manteniéndose a distancia prudente de las bibliotecas públicas, recintos que pueden cambiar el rumbo de una vida como decía, bromeando y no tanto, en el sótano de Peralta o apoyado sobre el mostrador del Café Brasilero.

Pensando en Claudio al que nunca conocí personalmente, la boutade de que todos aspiramos a unos minutos de celebridad porque nos empeñamos en conseguirla alcanzó su máximo nivel paradojal. Lo digo porque recuerdo que hace tiempo, desde diversos frentes se pretendió debilitar la figura de protagonista, aprisionada entre la técnica de efectos especiales y la exaltación planetaria de héroes caricaturales dotados de súper poderes. Sin novicias carmelitas voladoras ni crímenes en serie, sin monstruos informáticos ni productos terroríficos de manipulaciones genéticas incontrolables, sin sagas familiares malditas implicando varias generaciones de compatriotas parece dudoso suponer que la historia de Claudio pueda sostenerse hasta el final. La lectura quiero decir, porque la escritura estoy decidido a concluirla y balbucear así alguna respuesta. Luego de saber de Oriana confirmé que algunos cuentos se las ingenian para filtrarse por la trama del tiempo, sobreviven mediante una disposición enigmática de palabras en escenas nítidas que logran remontar el cauce del olvido.

-Después de mi The End, sobre la pantalla nadie hallará una larga lista de créditos pasando en sin fin, mientras se encienden las luces de la sala, solía comentarle a Peralta, cuando ya estaba pensando en marcharse de la ciudad.

Debería comenzar por hacer creíble esta misma escritura, afirmar con énfasis que es verosímil la silueta inconfundible de un personaje llamado Claudio y andando antes de irse por las calles de Montevideo, ciudad conocida en el extranjero por aficionados a completar crucigramas y los pocos especialistas en poesía francesa de la modernidad que van quedando. Más complicado será hacer aceptar que la acción evocada sucedió en el año 2000, cifra fastidiosa por estar impregnada de olor artificial de ciencia ficción, fatalmente destinada a señalar un tiempo propicio a criaturas de aspecto repugnante venidas del espacio estelar. Temor que resultó infundado: fue un año más tonto que lo que nos hicieron suponer alarmantes pronósticos de parasicólogos, autoridades religiosas, publicitarios creativos y videntes de diversa calaña. 

Ello irritaba a Peralta, recuerdo que le desagradaba sobremanera aceptarse en una encerrona colectiva. Estar obligado a manejar información prescindible y admitir la referencia temporal concreta –el año 2000- dejaba el recuerdo de la amistad con Claudio al capricho de las suposiciones, cruzándose con decenas de eventos ridículos y en  la perplejidad de interrogarse sobre si el encuentro realmente sucedió. Disipando las dudas estaba la constancia del libro y era suficiente si Eliseo Peralta quería recordar la verdad sobre el capítulo denso en su vida de viejo impresor anarquista. La maldita cifra alteró la memoria de millones de personas y puede que yo escriba desde la otra orilla buscando reordenar la mía. El virus más depredador afectó a los humanos y menos a las máquinas como se predijo, infiltró recuerdos íntimos, impuso a la historia una trayectoria orbital trazando el paréntesis definitivo entre mi amigo editor y el oriental errante que marchó a Maracaibo. Cuando Peralta se decidía a contarme parecía estar recordando antes de que hubieran sucedido los hechos. La simultaneidad de ambos hombres en el episodio que los encontró tiene a mi entender la fragilidad de la imaginación. Si la presente evocación pudiera coexistir con el año de los episodios aquí recordados –también mi escritura y lectura consecuente- la incertidumbre vendría del fisgoneo por detectar coincidencias con la realidad: distraerse por disparidades obvias, advertir olvidos imperdonables, condenar excesos de fantasía que circulan en la historia.

Sucedió que Peralta me contó para recordar después del dos mil y comenzó a funcionar la memoria. Seguro que se interpusieron en sus palabras buscándose y en mi escucha interesada peripecias personales creando efectos raros de interferencia imprevisibles. Tal vez la evocación, ahora distanciada del tiempo de los hechos tienda a la anacronía y descubra una vocación de olvido que mi versión subjetiva pretende refutar. Ese debió ser sin embargo el único año donde las coincidencias pudieron disponerse de esa manera y no de otra, desde el inicio el cuento que ellos armaron quiso alcanzar un determinismo que lo hiciera inolvidable y pretendió pasar inadvertido ante la duplicación ficticia de la vida ocurrida durante aquellos meses. El triángulo formado por Oriana, Claudio y Eliseo quedó en sintonía casual con la serie incesante de festejos. Si se pone un poco de atención todavía se escuchan ecos del Te Deum planetario saturado de eufórica crueldad, saludando destierro muerte y prescripción de dioses anteriores con su corte carnavalesca de sátiros, centauros, minotauros, licornes, serpientes emplumadas, esquizoides satanistas, criminales y músicos ciegos ambulantes, otros proyectos para el hombre que clavarlo en una cruz de madera para luego hacer correr el rumor de que resucitó unos días después. 

Tamaña euforia, que comenzó en catacumbas latinas con olor a pescado podrido y aliento fétido de leones etíopes, podría explicarse por la perfección aritmética de la cifra, la contundencia de misiones sangrientas con excusa evangelizadora y que permitieron llegar al jubileo urbi et orbi. Festejo harto arbitrario para nosotros los uruguayos, hacia el año mil Montevideo no existía en las cartas geográficas manejadas en Constantinopla para ubicar el paraíso terrenal. Considerando la evolución geopolítica de la región donde está situada hay débiles fundamentos para conjeturar que sus murallas virtuales resistan hasta el año tres mil, si es que así se continuarán datando las eras sucesivas. Serán otros los calendarios vigentes que aguardan su hora desde las Cruzadas contra el musulmán, desde la estrategia guerrera soñada por Sun Tzu, en la memoria expulsada de los judíos sefaraditas confundidos con el desierto.

La única certeza que me atrevo a dejar por escrito es que durante los meses del dos mil estuvimos aquí sin saber los unos de los otros. En una ciudad concreta que desplazada al pasado se vuelve espectral, junto al puerto donde lloverá siempre y naufragó en la amnesia de los navegantes. Un lugar donde los poetas padecen catarros crónicos mientras cultivan la pertinaz costumbre de componer versos oscuros en lenguas extranjeras. Los habitantes de esa suposición, escasos si se los coteja con los parias descastados del casco urbano de Calcuta, formamos una secta sin reglas conocidas e inconcebible para cismáticos decepcionados del primer milenio. Padecemos la ausencia de una memoria de aliento medieval, lo que siempre termina por pagarse en tiempos críticos. Peralta retuvo en la memoria lo que Claudio contaba después de Oriana y antes de Maracaibo. En la imagen del mundo como un circo ambulante, dirigido por un loco autoritario con látigo en el centro de la pista, los uruguayos seríamos el funámbulo apoyado sobre el alambre de la historia, en situación tan precaria que la red y su tendido sería cuestión sin importancia. 

Eso le decía Claudio a Peralta en las tardes de corrección de galeradas y ajuste de confesiones, acotando que nuestra filosofía más apropiada, le decía, era la del volatinero. Un éxtasis en suspensión sin misticismo sufista, oscilación entre la ignorancia de orígenes brumosos y el imperativo de avanzar hacia objetivos difusos. Como situación es absurda decía Claudio, pero resultaba compensada por la sensación de vacío rondando cada paso que damos, la tentación de desertar el rigor del alambre tenso y dejarse ir asumiendo un suicidio colectivo. A su entender ello explicaba el monstruo llamado “Los Cantos de Maldoror”, los relatos emponzoñados de Horacio Quiroga, tres novelas mayores escritas por Onetti y la milagrosa reaparición entre los vivos de Oriana Servetto, su libertad condicional arrancada a la muerte. 

Claro que lo dicho era una evidencia hipotética e indemostrable, la escritura polizonte decía Claudio es la tarea secreta que prueba la pertinencia de nuestra tribu. Sería insensato que organizáramos la existencia futura confiando ingenuamente en la continuidad de la vida, amparados por proyectos faraónicos suponiendo una oscura razón superior que nos justifique. Claudio sostuvo ante Peralta que el año dos mil confirmó la tendencia: estamos destinados al olvido absoluto exceptuando la obra de algunos poetas y lo decía pensando en Oriana Servetto. Luego de tanto desvarío sobre el puesto de los compatriotas en la geometría del cosmos, le preguntaba a Peralta si podía pedir un té con leche al Café Brasilero y que estaba harto de hablar de asuntos que a nadie interesan. Fue esa vez cuando dejó pasar un minuto de silencio que anunciaba algo y Peralta lo esperó.

-Hay en el norte del continente ciudades más calientes, dijo. Es preferible perderse en la espesura entre alimañas carniceras, en la vorágine tropical donde la violencia gana el corazón, antes que uno pueda apasionarse por muchacho alguno que caerse del alambre en este circo, eso decía las semanas previas a largarse a Maracaibo.

Nuestra ciudad parecía por entonces un manicomio aguardado inspectores corruptos instigados por denuncias anónimas. El año era un baratillo de vanidades y por una vez Montevideo se parecía a cualquier capital del occidente civilizado sin ser de las peores. Peralta introducía matices en la charla diciendo que si aquí persistía una esperanza era porque podía rescatarse una vocación por la desidia. 

En determinado momento y ello le seguía pareciendo mágico –lo enternecía- alguna gente se harta de los buenos consejos y escuchar que la felicidad está al alcance de la mano. Le repugna oír de continuo datos simples para realizar negocios fabulosos, correr detrás del bienestar que se merecen y el paraíso consecuente pagado en mensualidades. Esa gente desconfía, hace un quiebre de mangas y de un instante para otro lo que anhela es perderse sin brújula, hacer del cielo prometido una porqueriza hasta recobrar la olvidada sacrosanta vocación de los abismos.

-Sentirse humano carajo, decía Peralta y con ambas manos señalaba su pecho a manera de ejemplo, dando prueba de su pasado militante.

-Hay mucho de verdad en lo que usted dice Eliseo. También para los horrores del infierno son muchos los llamados y pocos los elegidos, dijo Claudio.

El editor escuchaba sin sospechar que cuando fuera tarde y estuviera lejos le daría parte de la razón; quien suponga que el Averno está en franquicias peca por error, ser condenado en los tiempos que corren es un privilegio, para ser pecador VIP sin redención hay mucha competencia.

-Usted, como siempre, exagera.

-¿Que yo exagero Peralta? Difícil tarea esa de convencer a mis compatriotas de optar por el camino equivocado. Si dejamos de lado la Visa Gold, la recorrida mensual por los Dutty Free cada vez más cerca de la ciudad, la ilusión por la máquina cero milla y la firma de escrituras en oficinas de arquitectos famosos por su falta de talento, a mis años queda poco por hacer. Los chicos malos del dos mil ahorran como viejitas en el Banco Hipotecario, tienen teléfono celular esperando el mensaje personalizado de la depresión, navegan varias horas al día por la Red y están afiliados a la Coronaria Móvil por si les falla el corazón.

Claudio había dejado hace tiempo de ser un muchacho de veinte años, cada vez más seguido se permitía ese tipo de comentarios oscilantes entre ironía y desencanto, formaban parte de su estrategia para retardar el ingreso al escalafón superior de madurez que anuncia el declive, contener el desgaste del tiempo. Vivía una etapa crítica donde los almanaques son nidos de meses venenosos. Encaminarse de forma acelerada a la treintena estando en Montevideo, teniendo conciencia de vivir en un año que se anuncia pródigo en tonterías puede llevar en poco tiempo a la desesperación. En el año elegido de charlatanes a refutar, del coro desafinado de profetas milenaristas era tal el barullo programado que muchos deseaban que los mesiánicos de feria estuvieran acertados en su perorata cuando recitaban el catálogo terrible de pestes y hecatombes inminentes. Claudio deseaba que algo sucediera en la ciudad durante los meses del año dos mil.

-Daría la vida por ser testigo del espectáculo de olas desbordando de la bahía hacia el centro. Que las aguas, luego de haber partido el espigón de la escollera monten las escalinatas del Club Uruguay arrasando los fundamentos del teatro Solís. Pagaría millones de dólares por contemplar llamas de doce pisos de altura en la línea del horizonte, un tornado arrancando de cuajo el siniestro Palacio Salvo y la torre de los homenajes del estadio Centenario, cualquiera de las calamidades prometidas por los alucinados. El año se lo merece, al menos aquí, le dijo un día a Peralta.

-Romper todo, eso quiere decir, agregó Peralta.

-Aunque más no fuera por un tiempo.

Yo podría ahora recapitular la vida de Claudio en pocas líneas, por lo menos intentarlo. Me consta que el presente suyo para ser entendido puede prescindir de antecedentes que nos alejen demasiado. Durante los últimos años, los de Montevideo sin Oriana pretendió vivir en sintonía con el tiempo que le correspondió en el reparto aceptando limitaciones de su lugar de residencia, decidido a descubrir potencias secretas de la ciudad sin medir las consecuencias. Definirlo como postmoderno en un lugar donde muchas niñas reparten estampitas en bares céntricos pidiendo limosna desacomoda, recordar que pasó privaciones sin la locura suficiente para ser el estudiante Raskolnikov dándole el hachazo a la prestamista Aliona Ivanovna es no estar a la altura de las circunstancias. Tenía un espíritu alerta y por ello, consciente que la resignación era de las contadas cualidades a requerir en un año saturado de festejos, buscó paliativos simples para salir indemne de la refriega. 

Sería suficiente, creyó, hallar un contento elemental en el trabajo, la felicidad mesurada en el amor y continuar con placeres desinteresados. Lista compacta de buenos propósitos incumplida, travesía que a medio camino modificó el destino previsto y sin que nadie conozca el responsable de la orden. Es así de sencillo el comienzo: una anécdota insistiendo en proteger su privacidad. Pero yo que cuento y busco saber por qué lo hago, presumo en el destino desviado de Claudio una fulminante intersección metafórica; yo, que tengo la tarea de hacer avanzar el relato me declaro ahora mismo incapaz de detectarla. La poesía suscitada entre ellos estará seguramente en otro lugar de donde la supongo y seguro que oculta en un secreto que marchó a Maracaibo.

El hombre que se está despertando me interrumpe y estaba esperando que lo hiciera. El inicio me tomó de sorpresa, por ello debí improvisar un falso comienzo con aquello del artista del alambre tenso y pasajeros minutos de notoriedad. El despertar de Claudio pone fin al primer tramo de la historia; no descarto que como en algunas carreras de obstáculos, se trata de una falsa partida y haya que recomenzar. Anoche durmió en su casa, se acostó sin cenar después de tomar una taza de té y por eso es extraña su incomodidad. Se levantará con la boca pastosa como si durante uno de los sueños se hubiera emborrachado, si bien los sueños pertinentes empezarán mañana. Al parecer estamos en Montevideo y si mis cálculos son correctos hoy es 11 de enero del año 2000. Cuando decida levantarse una máquina se pondrá en movimiento y desconozco su funcionamiento, aspiro sólo a que la cuerda me permita llegar hasta la madrugada catártica del punto final. 

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Night and Day – Capítulo I

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Something in August

Al sur de todo carcomido de amnesia con herrumbre, más terrible es el octavo mes. Agosto se precia de cortejar la muerte haciendo el balance generacional y parecer indiferente al paso de las estaciones: es cuando el frío eterno, atributo infernal, trepa y se instala en la pampa urbana maloliente y gris. Mes de fiesta patria y noches de helada, temporales vaticinados por creyentes, nubarrones burlando la consagración primaveral y la transfiguración. Desde el martes 1º o jueves o domingo, el mes orienta los espíritus al tiempo de nadie, región de la existencia donde respiramos combustión de kerosén con llama azul y la humedad de los empapelados, se amontonan trapos en las hendijas para atajar el viento, los pies ateridos amasan el látex enfriado de las bolsas de agua caliente. Hay gente que duerme vestida, las verduras se deshacen en un caldo turbio cocinándose a fuego lento sobre el primus. El agua se enfría al salir sin fuerza de calefones empotrados en casas de huéspedes baratas, sobre la cama turca de plaza y media se amontonan frazadas oscuras. Los ómnibus en los arrabales son camiones desahuciados rumbo al matadero, viejos jubilados evocan refranes carentes de ingenio sobre las condiciones del clima, argumentan nostalgias sobre las perdidas tardes estivales y a todo ello, los desesperados inician el viaje sin tregua hacia el fin del invierno. Son las noches de invierno en que se lee hasta bien tarde, apropiadas para abrir cualquier edición de La vida breve.

La novela parte de un deseo irrealizable, que pase Algo, cualquier cosa y Algo. Se lo pide desde el acápite de Whitman (fragmento de A Song of joys, 1860)  diciendo la extensión de la desesperanza al comienzo del texto. Situación inicial del protagonista en quien convergen tres desacomodos abriendo la irrupción de Algo; amputación del cuerpo de la esposa, irrupción de vecina nueva, ilusión de la escritura. El mundo del protagonista viene de alterarse, lo insinúa y luego lo formula sin saberlo –o acaso- la nueva vecina; en el principio es el verbo de ella, palabra de víctima propiciatoria, criatura destinada al sacrificio. Desde la primera línea ordena la predisposición mediante conciencia de verdades: el mundo está loco, la soledad es radical, la vida es breve. La angustia irrumpe ante la certeza de que todo es posible, el hombre correcto que escucha se confrontará con un cáncer conyugal y el despido, la mentira y el deseo de matar, pulsión de escribir y regreso a Montevideo. 

LVB comienza en la inminencia del temporal pocos días después de celebrarse la Asunción de la Virgen María, una vecina pecadora inicia la partida abriendo la boca, proyectando la voz. La conmueve el espectáculo del mundo, máquina irracional trituradora y se reconoce en un trueque panteísta devorándola, lo acepta resignada sin considerar las secuelas. Su Pathos es simple, ella asistirá al último temporal de Santa Rosa de su existencia. Es una voz inconfundible, detrás de esa voz acaso mimética se acumulan detalles envilecidos del cotidiano de la recién llegada, que amuebla su mudanza, cambia y acomoda el lugar de su nueva existencia breve orientada a la muerte. Un mundo exento de dudas. La cama, un aparador para botellas de ginebra vaciadas con avidez, la cómoda de cajones donde esconder medias arrugadas, bombachas, calzones sucios de la jornada. 

Ella dice lo del mundo loco, son las primeras palabras y el que escucha de éste lado junto a mí, acota que es como remedando, como si tradujera y lo escuchado tuviera un original en otra lengua. Sin pretensiones metafísicas ella constata un estado del mundo, lo hace con humildad y justificado desengaño. Ella ignora estar profetizando por metáforas y es un oráculo ciego. El mundo está alienado. LVB será la demostración de ese teorema inicial. Como la ciudad aguardando relámpagos de Santa Rosa y la fugacidad de la vida rioplatense la novela terminará en carnaval. La locura equivale al universo, lo sustituye, toma su lugar, lo necrosa. El delirio se formaliza en realidad, la razón será desterrada con la palabra puesta en entredicho, declarada inservible para lo que vendrá. En ese edificio (ladrillos y palabra, escritura e inmueble en la calle Chile de Buenos Aires) la coherencia es inquilino incumplidor, indeseado, irreconciliable con el carácter de los vecinos. Como puede serlo en la ciudad un individuo indocumentado, un extranjero en Buenos Aires. 

La mujer habla e instala la alteración, dispone las reglas del juego a venir. De seguir vigente el refrán sobre la verdad de locos y borrachos, tontos y condenados, siendo una atorrante postula la verdad del destinado a desaparecer para que otros vivan. Será dejada de lado, sacrificada mediante un crimen absurdo, tirada en la cuneta de la escritura y con la finalidad de acelerar la narrativa de la historia. 

Faltan tres semanas para llegar a primavera y después a Montevideo. Invierno de lectura, infierno porteño, se plantea la apertura Brausen, comienza la partida existencial, el movimiento de las piezas sobre el tablero novela. Los personajes esos implantados en el desierto de la angustia urbana, deambularán de madrugada en el cruce de Corrientes y Talcahuano, arrastrarán los pies por Palermo Viejo, se fatigarán en el barrio donde sucede la acción. Buenos Aires es ciudad de la preterición y territorio de la amnesia que provoca el protagonista. Esperar Algo con insistencia, incitarlo en detalles mínimos de lo circundante (vecina, retrato, ampolla de morfina, tuerca del puerto) supone el deseo de cambio profundo; intentarlo por la invención de vidas paralelas, aceptando el pasado como algo ratificado en la operación de recordar, renunciando a la identidad. La espera de esas modificaciones altera tiempo y espacio. 

LVB como deseo y búsqueda de Algo peligroso y terrible, diferente y desconocido que llegará en un éxtasis místico. Cada personaje persigue su Algo de las maneras más heterodoxas, ese Algo para mi es la novela La vida breve, el objeto libro de la primera edición cuando yo no existía.

Hace medio siglo los textos que argumentaban a favor de una novela, ubicados en la parte interior de las tapas del libro eran menos grandilocuentes en relación a los méritos del autor que hoy día. Más prudentes sobre la excelencia de la historia alegada y evitaban subestimar la inteligencia del lector. Cuando en noviembre de 1950 salió de imprenta La vida Breve de Juan Carlos Onetti (Editorial Sudamericana de Buenos Aires, talleres gráficos de J. Hays Bell), año del Libertador General San Martín, en la primera solapa, sobre fondo verde, tres párrafos buscaban la atención del lector potencial. El tercero merece ser recordado. “La originalidad de esta novela no afecta en lo más mínimo a su interés. No se tema que se trata de un experimento literario, como suele calificarse despectivamente a todo abandono de los moldes notorios. Es, pura y simplemente, una novela con todas las de la ley: un relato fluido, coherente y ameno, que el lector ha de seguir con la misma intensa curiosidad desde la primera hasta la última página.” 

Lo comprendimos luego con el paso de los años, se dieron en aquel noviembre del 50 una serie de circunstancias determinando un episodio mayor de la literatura. Avanzo la sospecha de que lo que tiene LVB de novela inicial de un ciclo magistral opacó en parte su valoración específica; más tarde, otros grandes libros confirmaron la densidad del proyecto onettiano. LVB es sui géneris, supone un peaje oneroso en la concepción del oficio de novelar, apuesta a la indeterminación, resiste al peligro de lo inconcluso, permite observar desde un lugar privilegiado el proceso inapelable y subyugante de la transfiguración en escritura de objetos, personas y circunstancias. Claro que el autor tenía algo para decir, por supuesto había el empeño de Onetti por ser escritor detectable desde la juventud: LVB recuerda que la traducción del deseo en lenguaje es lo que continúa marcando la diferencia, el misterio. 

Los retóricos juegos con las palabras (cada generación, cada país, cada movimiento produce malabaristas de diccionario) no alcanzan a burlar el olvido, burlar la ley más inflexible del arte de narrar que es la obsolescencia. Misterio, desesperación y coherencia se agregan a los sabidos silencio, exilio y astucia. El mundo no está destinado a justificar ningún libro por más seductora que sea la idea y muchos teóricos estén tentados a desertar de su capacidad crítica por tal hipótesis. La literatura tampoco es la mimesis reductora de lo que nos rodea, espejo complaciente de buenas conciencias. Ningún libro que se escriba sobre La vida breve necesita justificarse; han pasado más de cincuenta años desde la primera edición de la novela, buena ocasión para desprenderme de notas al margen, subrayados recordando dudas de interpretación, dependencia que se volvió pasión, compleja historia de amor con un texto y un objeto que aquí busca declararse y dictar la carta de un adiós necesario. 

Las opiniones avanzadas son cautelosas y en algunos casos originales, tienden a tramar una novela de la lectura, su sinergia es ambiciosa, alterar la valoración habitual del “otro” libro de presencia espectral. El libro que importa es el “otro”, mi libro se legitima en tanto hace recordar al otro libro omnipresente en cincuenta fragmentos. Cada línea de este libro habla de él, escribí con la sospecha de que toda lectura rigurosa supone la lectura de dos libros en coexistencia. La literatura ocurre en la relectura y esa experiencia inicial algo presocrática en su formulación supone leer dos libros que nunca son el mismo. 

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Barcelona senza fine – Capítulo I

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él la hubiera matado y se hubiera echado a llorar

pero tú no eres demasiado extranjero para eso

y yo amo a los extranjeros porque no los entiendo.

Manuel Vázquez Montalbán

Algo indefinible para comenzar las hostilidades: como tirando a lila sin espesor y que proviene del silencio especulativo, precediendo a la palabra tal como la entendemos; eso insinuado se sospecha viniendo de tiempo atrás, se supone que contiene en germen la suma del relato que comienza a proliferar. Verosimilitud exigida al fin de cuentas, incluso antes de conocer los fundamentos de la trama y en consecuencia forma la frase inicial del tema, siendo enunciación previa a lo que se recuerda sin forzar la voluntad.

Resulta extraña esa oración de veintiséis palabras premeditadas comenzando la circulación activa, también involuntaria y que raras veces posee un poder sedante e inatacable, como una línea furtiva trazada con cristales opiáceos de promesa sorprendente, emulando la cocaína paralela sobre la superficie esmerilada. La frase esa –donde uno que lee deberá incorporar la escritura del otro- deja de ser autor y comienza a configurar ectoplasmas figurantes de palabras con alma. Conozco lectores obsesivos que hasta la memorizan como la letra de una canción extranjera, estrofa repetida para salvarse de la amnesia programada que nos acosa si trancamos la puerta dando a la intimidad; cuando salimos a la calle, apenas cerramos la rutina y abrimos el libro. La vida suele cambiar de vereda sin avisar de un día para otro y de esto trata la novela, de la fuerza sin programar del paso de un día para otro. Consecuencias impredecibles cuando se descuida el cruce sin cebra de un día para otro y mañana es el mercado a la intemperie de posibles bien maduros; comparable a limones blandos ofertados a pérdida, cuando la feria se disuelve y quedan a la venta restos de vegetales expiando el paso titubeante de un día para otro.

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Leer prologo a la primera edición de Barcelona senza fine

Las horas en la bruma (Capítulo I)

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Llegó suspendido sobre los rieles paralelos cualquier domingo del último noviembre en el tren de las 23h.47 que viene de París. Ninguna persona lo esperaba a lo largo del andén a la intemperie, tampoco en el vestíbulo casi desierto; ni en la ciudad que estaba escrito donde por fin entraba. Fue de los últimos en bajar del vagón y trepar luego a la estación llevado por una escalera mecánica lenta y amarilla. A esa hora tardía los abrazos de recibimiento al viajero son cordiales sin más y manotear el equipaje a los recién llegados un acto reflejo de las manos que esperan.

Acompasando su ingreso silencioso, el protagonista del relato observó la prisa de otros pasajeros por alcanzar los automóviles estacionados en las inmediaciones. La premura de una mujer atractiva para conseguir línea en cabinas telefónicas de la sala de espera y comunicar a alguien querido un arribo sin inconvenientes. En contrapeso al desprendimiento progresivo de los anónimos compañeros del viaje de dos horas y media, él supuso estar en un momento crucial de su vida; dejándose convencer de ello por sutiles conjuros combinados en una ciudad portuaria a la que se llega por primera vez. 

Como esas convicciones nunca se sostienen por claras razones de aprehensión inmediata, evitó disfrutar en exceso la idea de asombros latentes, optando por guarecerse en una prudencia conforme a su condición de extranjero. Admitiendo de buen grado la ventaja de llegar en horas de la noche, que suma otra textura a la superstición de destino y tolera divagar sobre lo imprevisto que puede suceder mañana. Sencillas expectativas como algún sabor salado que se incorpora, cierta música y el perfume de una mujer determinada, capaces de hacer inolvidable esa ciudad de paso, encallar en la memoria el nombre de una calle portando un paisaje anodino al límite de la percepción.

El viaje -este preciso viaje que comenzamos a evocar- se decidió en sus aspectos prácticos en apenas cuatro días. Deseo abrupto en su compleja formulación, fue camuflado por motivos referidos a inesperadas, favorables circunstancias laborales (“es una buena oportunidad, única y seguro que irrepetible en la vida… una propuesta que sería insensato desaprovechar”), que acomodaba la curiosidad de estar solo una temporada, poner distancia con lo cotidiano y sacudirse el ardor de relatos dispersos que lo acompañaban desde la niñez. La familia quedó esperando en la otra ciudad; los extrañaría, pero igual decidió prescindir por una vez de los cariños cercanas y dedicarle el tiempo necesario al cabotaje marino de los buques fantasmas.

Cuando el pasajero salió de la estación reconoció el olor del viento trasladando amenazas de temporal portuario. Adivinó al otro extremo del mismo aire cormoranes y gaviotas insomnes suspendidas, aliabiertas e inmóviles sobre la rompiente de olas incansables contra espigones de piedra: ennegrecidas por fugas de petróleo crudo y cascos herrumbrados asomando en la superficie, rodeados del ronroneo carrasposo de remolcadores desperezándose en la madrugada.

Se sucedía la noche del desembarco, el viento disipó en pocos segundos el grupo compacto de viajeros dispersándose presurosos a refugios asignados, como si hubieran escuchado ululantes sirenas avisando de carlingas lanzadas en picada y mortífero vuelo rasante. 

En las esquinas más alejadas del paisaje desaparecían los últimos cuerpos de peatones con paquetes y bolsos. Los semáforos próximos a la estación –en la confluencia de las calles de acceso y rutas de salida a todas direcciones- eran excesivas ante tanto silencio acumulado. Así decidido por invitación de ciertas luces, el protagonista caminó sin apuro por la casi segura calle principal. Una primera entrevista convenida tendría lugar dentro de tres días. 

Consideró un gesto amable que los luminosos de los comercios céntricos aguarden a los viajeros del último tren de la semana proveniente de París que frena en la ciudad. La ruta paralela de luces encendidas era pasiva de señales, propuesta para evitar el extravío a viajeros primerizos llegados a puerto por una de las estaciones de ferrocarril. “Noche de domingo” pensó el ingeniero Soubervielle y se dejó llevar por la intuición, postergando la iniciativa de decidir para cuando estuviera de frente a lo imprevisto, aunque más no sea la sombra de un gato velocísimo.

En los primeros viajes con Margarita él llevaba una ordenada agenda, hasta considerar que importaba poco saber que el 19 de setiembre de 1979 habían tomado chocolate en el café Mozart de Salzburgo y llegaron a la terminal de Florencia un sábado nublado hacia el atardecer. Las fechas fundadoras sin necesidad de anotarlas en dietario alguno, vuelven con perseverancia de mareas atlánticas y de la luna nueva como lo comprendió esos días que aguardan.

Pensar “noche de domingo” era suficiente. Después de muchos viajes hay uno cuyo destino se postergó por años; el ingeniero sabía que cargaba otra valija adicional sin consignar como exceso de equipaje en las aduanas cruzadas. Pretendía restarles importancia a esos detalles siendo imposible; se sentía recayendo en la costumbre atávica de conocer las calles, árboles, puertas y la costa atlántica donde nació su padre. Después de algunos años y sopesando su escepticismo hacia afectos sobrevalorados, se convenció de que nada había para recuperar, acaso la curiosidad por determinar ciertos puntos de fuga de la vida paterna. 

Aunque lo negó repetidas veces en conversaciones sin trascendencia, su viaje buscaba epilogar relatos entreoídos desde la infancia, sacudiendo narraciones suspendidas del tiempo y acelerar finales anestesiados. Hasta el día que murió su padre, el ingeniero nunca sintió la urgencia ni la curiosidad por planear un viaje a la ciudad. Algo entre ellos ocurrió en las horas últimas de la vida cruzando el puente de la agonía y agolpándose en momentos previos a la muerte. Baúles desenganchados en bodegas de barcos debajo de la línea de flotación: canciones ásperas de alta mar recordadas en un delirio terminal. Un sacudirse sondas y vendajes como si el moribundo aventara cargas molestas a la navegación. Cuando una escuadrilla imaginaria deja caer espoletas fulminantes incinerando amigos, amores, la cocina de la casa y las horas reservadas para alcanzar el futuro. 

“Es cierto que allá formó familia y jamás pretendió reconstruir su vida pasada; estando tan lejos, habrá pensado que ciertos escombros es preferible dejarlos sin remover y una vida –la suya- era insuficiente para rearmar lo destruido. Estoy seguro que él nos quiso con cariño tocado de ruptura; sin la consistencia que otorga la filiación de tres generaciones predominaron el instinto, los recuerdos y la necesidad de continuar viviendo. 

Siempre extrañó la ternura que brinda la vida sedentaria, nos amó lo mejor que pudo considerando su condición de viajero obligado. Otra existencia anterior daba la impresión de haberse ahogado en una travesía. Con el tiempo yo mismo supe lo complicado que es la vida fracturada y se asemeja a la contemplación de un paisaje con puentes bombardeados. Cuando algo se pierde con violencia sobreviene un silencio inabordable; pasa con ciertas mujeres que amamos y ciudades predestinadas que nos aguardan pacientes hace mucho tiempo. Nacer en puerto de padres emigrantes ayuda a templar esa ironía de la no pertenencia a sitio alguno, acomoda el sencillo desamarre de afectos que suponíamos eternos.”

Un hombre sabe si su vida está ensamblada de urgencia, aunque lo disimule se evidencia en su forma de recorrer determinados trayectos. Cuando Jean-Marc murió, su hijo Armand se liberó de unas pocas dependencias referidas al carácter paterno, quedando anudado a pesadillas de insomnios vedadas hasta entonces. 

En una de ellas, creíble para explicar su presencia en la ciudad y sin tenerlo claro, busca unir el tramado de palabras oídas en la infancia, tocadas de inocencia cada vez que Jean-Marc rearmaba días pasados. Busca en el presente avistar barcos sin bandera ni mirada de experto ingeniero naval, sino como polizonte adolescente sediento de aventuras pronto a zarpar de inmediato; al descuido se diría. 

Los días previos al viaje revisó las cartas de marear y rutas clásicas del Atlántico en Enciclopedias del Mar envejecidas. Hojeó el álbum familiar heredado y quitó una de las fotos en la que estaba su padre. Limpió su colección de pipas en desuso como hacen los capitanes mercantes jubilados, por si acaso al regreso del periplo reincidía en ese placer de cuando estudiaba. En la foto retirada –tenía la intención de llevarla consigo hasta el destino final- Soubervielle padre está en pose con otros tres camaradas. Uno tiene una gran gorra ladeada, chaleco y un saco que parece de pana doblado en el brazo; los dos restantes están en camisa con mangas arremangadas. Entre los cuatro su padre es el de aspecto más juvenil, el que encendió el cigarrillo en el trámite de la toma para parecer mayor en el recuerdo.

En la caja de cartón destinada a preservar otros recuerdos menores, había postales que nunca llegaron a enviarse a destinatario alguno, sin leyendas manuscritas en el dorso ni matasellos fechados. Mostrando faros atribuidos a la ciudad, fachadas de hoteles desaparecidos con la hilera en pose del personal, calles adoquinadas atravesadas por carruajes de tracción diversas. Cómicas y aglutinadas comitivas oficiales inmortalizadas para nadie, habitando ceremonias solemnes al borde flamante de cascos imponentes. De todas esas historias sin relato que las rescaten y tocadas por ese tono sepia del tiempo obrando, durante años únicamente lo separo el mar océano sobre el cual navegó hace pocos días. La muerte del padre lo arrastraba en el presente a muelles obviados en viajes anteriores, sólo el mar se interponía y cuando es sublimado una especie de mar: no selvas enmarañadas, cordilleras intransitables ni desiertos calcinantes. Recién ahora el ingeniero parecía estar capacitado para seguir su camino ya dictado sin extraviarse. Encontrar el rastro neto de las aguas de puerto hospitalario, identificar la agresión de quillas hendidas, la letanía de cadenas perpendiculares dejándose arrastrar hasta el fondo barroso por el peso ingrávido de áncoras biológicas. 

Con esa muerte se produjo en el circuito del ingeniero el tránsito de la indiferencia a lo inevitable. “Descubrí que, ya era tiempo de ir” se contó una tarde de asueto, sin dejarse la oportunidad de una réplica convincente y admitiendo lo preciso del enunciado. Margarita toleró sin oponerse las razones esgrimidas de deberes profesionales, eludiendo el argumento que ella suponía definitivo en tan intempestiva decisión. Inclusive lo obligó a disponer de una parte considerable de los ahorros en la aventura –ellos planeaban cambiar de departamento- para que las escuchas que comprometían la estabilidad emocional de su marido se terminaran de una buena vez.

Ella sabía que la muerte del suegro lo había afectado al punto de obligarlo a ir hasta aquella ciudad, sin recordarle que muchas veces en otros viajes ella insistió en visitarla, a lo que Armand se negaba siempre. Lo ayudo en todas las gestiones fastidiosas ante el Consulado francés para obtener los papeles necesarios, que le posibilitarían visitar los astilleros como técnico invitado y consultor extranjero. Tramitó visados y pasajes con Air France, organizó una cena de despedida familiar y estuvo con él en el aeropuerto de Carrasco el día de la partida del vuelo. 

Un viejo amigo de Armand, oncólogo y exilado político que trabajaba en el Hospital de Colombes fue el encargado de recibirlo en la termina del Charles de Gaulle, así como de las pequeñas gestiones para asegurarle la continuidad positiva de la travesía. 

Tampoco en la inminencia de este viaje Armand tomó alguna iniciativa por conocer al menos noticias generales sobre la ciudad, conformándose con la versión inclinada heredera del padre. Negándose a la utilidad práctica de las informaciones turísticas, era lógico que no tuviera ni la menor idea de donde pasaría la primera noche en el lugar. Un desajuste en su organización social planificada y premonitorio acicate de improvisación. Algo le agradó en la situación de llegar sin haber combinado reservaciones y aunque estaba cansado, lo mismo decidió deambular por los alrededores. 

Armand carecía del llamado sentido de la orientación, sin embargo, esa noche se permitió eximir sin preaviso su tendencia defensiva a las seguridades: sentía que en las próximas horas podía adueñarse por legítimo derecho de herencia de algún rincón evanescente de la ciudad. Igual que lo hacía siempre prefirió inclinarse a las arterias laterales de la trama y se apartó de la avenida principal, volcándose hacia la izquierda sin saber que en esa dirección estaba la zona portuaria. Cada calle intentada le proponía la hospitalidad próxima de un hotel familiar y él optó por desoír las primeras insinuaciones de la fatiga mental.

Prosiguió la marcha hasta que vio y sintió en el cuerpo –a unos doscientos metros de donde estaba cuando se estableció el contacto- un probable límite (indeterminado como deslindes del agua de los ríos), línea imaginaria y franja narrativa donde se disgregan los poderes urbanos y comienzan los imperios portuarios. Zonas evanescentes de panorama nocturno devastado, encadenado a luces anaranjadas de advertencia. Calles transitadas por semirremolques de matrículas forasteras cruzando fronteras cuando amanece. Sombras indestructibles de construcciones perceptibles apenas entre la transparencia dificultosa de la bruma costera. Armand reaccionó pensando en un muchacho náufrago aterrorizado ante el peligro de un renovado embiste contra los arrecifes. En noche nublada y con la brújula razonable desnortada, prefirió recalar de este lado verbalizado del delirio, al menos hasta el alba coincidiendo con el retorno de las redes de pesca.

Le gustaban desde niño los hoteles grandes y pintados de blanco, con escalones de granito rosado pálido y pulido. Esos hoteles pensados para eternizarse al borde de una playa oceánica cubierta de bañistas; edificios desgastados por la arena minutada de veranos reincidentes, protegidos por la somnolencia de pasarelas verdes, blancos y celestes. Junto a reposeras tensas hundidas en la grava empapada de la orilla, donde los más pequeños se entretienen construyendo castillos perecederos con juguetes de molde.

Desde una esquina leyó Au bon Accueil. “El nombre sugiera algo de modesta hospitalidad” pensó el ingeniero uruguayo. Pasó despacio delante de ventanales desde donde se distinguía el comedor y observó entre penumbras que el tapizado de los sillones comenzaba a desgastarse. “Seguro –pensó- será un hospedaje de costo excesivo, bien sabemos que la decadencia sincera tiene costo y es normal pagarlo en su justo precio.”

Armand pudo seguir buscando otro lugar para pasar la primera noche, pero algo sin explicar de la fachada atrajo su atención y la situación cordial del cruce de calles cortas evocaron el hotel de las vacaciones inolvidables en una vida pasada. La explicación para decidirse era endeble y sin mucho peso, apenas el suficiente para quedarse allí hasta mañana al menos. 

Todavía desde el exterior miró las ventanas entornadas y el área del estacionamiento cercada por una pared podada de transparentes, era sencillo allí imaginar el tránsito calmo de viajantes de comercio extenuados, parejas adúlteras llegadas de los alrededores, el arribo sin reservación de huéspedes extraños –como el caso del ingeniero naval extranjero- que ignoran la razón por la cual están en la ciudad. Lo recibieron con la amabilidad distante del oficio de tratar a personas de paso. 

El recepcionista consideró de buen gusto obviar el detalle menor de cotejar tarifas y comodidades; aceptó sonriendo el pasaporte azul que le entregó el inesperado huésped de la medianoche y sin duda muy viajado. En tanto Armand llenaba los formularios de rigor el recepcionista revisó el documento por costumbre, para sonsacar una fugaz información de profesión, nacionalidad y sellos estampando entradas y salidas.

-Usted viene de muy lejos, le comentó el momento de entregarle el pasaporte y la llave de la habitación número cuatro.

-No tanto, contestó Armand en francés impecable y con acento extranjero. Apenas unas pocas horas.

-¿Se quedará cuántos días con nosotros?

En una de las reparticiones de maletín Samsonite para viajar con lo necesario en esos pocos días, estaría buen ordenado el calendario del viaje con fechas, itinerarios, horarios y combinación del regreso; los viajes tienen ahora mejor asegurada la fecha del retorno que la de partida. Recostado en esa tranquilidad de billete cerrado que ofrecen las agencias de viaje, la inquietud del regreso estaba todavía en modo confuso, tampoco deseó hacer de una pregunta de cortesía el inicio de una incomodidad.

-Depende… esas cosas dependen… usted sabe…

-Perfectamente señor, contestó el recepcionista, habituado a los pasos del pasaje sobre el borde de la discreción. 

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El viaje a Escritura, I a XI (primer capítulo)

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El río que vendría a ser la vida tiene varios afluentes, cuentan los ancianos que uno de ellos se llamaba Memoria y en una época incierta, sin que nadie conozca la razón del cambio comenzaron a llamarlo Amnesia. En un recodo del afluente así transfigurado hay una isla sólo visible estando sobre la corriente o siendo el río. Esa isla se llama Escritura. 

Desde hace cierto tiempo me levanto bien temprano pero recién hoy inicio el viaje a la isla esa queriendo olvidar, luchando contra el recuerdo rondando, controlando el temor a perder la cordura mientras me ocurre considerar la escritura manifestación sagrada de la memoria. Estoy de vacaciones con mi familia y lo primero que pretendo quimerizar es mi afán por indagar las motivaciones de esa pulsión inopinada. Vienen de dar las seis de la mañana, pasé una noche de reposo sin llegar a dormirme del todo por la ansiedad de la partida, nada atribuible al insomnio ni a una angustia pasajera por sucedidos de la víspera. Lo supongo un malestar sin motivo fisiológico, gozo de buena salud y me toma por sorpresa esta crisis de identidad con síntomas incisivos. 

En la casa alquilada algunas semanas de verano y por séptima temporada consecutiva los dormitorios están en la planta alta. Hace veinte minutos bajé la escalera sin necesidad de encender las luces, una claridad incipiente desentumecía la oscuridad del estar y solidaria con la luz de una farola oculta entre la vegetación del jardín. A un costado en atalaya de cristales –espacio que pretende formar parte del afuera y el adentro- hay una saliente que sería excesivo llamar habitación; es un retiro, cuarto de costura y meditación, allí tomamos el té de la tarde, desde ahí pienso. Hasta las ocho estaré tranquilo sin que nada me distraiga, bajé con la idea de meditar algo que me permita dormir una hora más y considerar las ganas que me vinieron de escribir. 

No hoy –se trata de una crisis conocida- sino dentro de unas semanas, cuando regresemos a nuestra casa en la ciudad y secundando el ritmo de los compromisos profesionales. Durante los próximos días será una actividad inocente y secreta la de pensar en Escritura, un estado febril que invade mi cuerpo, el tiempo de rodearlo y convocarlo para saber sobre mí mismo, eso incomprensible de esperarla y consentirla: escribir para saber que soy dos pretendiendo ser uno, si ello fuera posible y antes de convertirme en el otro después del punto final. Ceniza caliente cuando queme los documentos heredados, espera que me prescribo como sedante conteniendo las mismas moléculas del mal que me aqueja.

Me propuse seguir con la vida normal y todo debería continuar igual que antes. De hecho es igual, exceptuando que hace una hora sentí una punzada en la mano, dolor avisando que escribir me sería de utilidad para olvidar, comprender la deserción del sueño y evitar que los pensamientos recurrentes se acumulen en mi cabeza. Desde aquí observo la bruma disiparse acuciada por un viento conocido y la consistencia del roquedal costero, llamada por el mar golpeando que deja recuerdos en la playa del lado contrario. Suelo pasar horas mirando la inconstancia del mar vinculándome a una fantasía de vida serena, en cuanto considero tentar el viaje a Escritura el mar resulta diferente. Lo contemplo salir del sueño como si Poseidón fuera más que una convención mitológica, hasta recuperar tonalidades dejadas en custodia por criaturas marinas, verdes bancos de algas tóxicas, tornasoles del cruce de mareas, salinidad fosforescente que define esta zona de costa. 

Tomada mi decisión la entidad del deseo se asemeja a un camarada de larga data, alguien que al momento de escribir me acercara tres recuerdos dignos de olvidar, el dato incierto, un nombre destinado a desaparecer, información sustraída entre arrecifes fijados en corales de profundidad. Los ritos materiales preliminares al viaje fueron triviales; contrabandeado en la compra deslicé un cuaderno tapa roja espiral y página cuadriculada, misal sin borrones y suficiente para aguardar la línea primera todavía difusa. El objeto y la situación a la espera me incita e intimida, tampoco tengo idea de cuanto tiempo pueda extenderse nuestra relación, si será suficiente o habrá otro y puede que un tercer cuaderno. Una segunda palanca del plan es responsabilidad de mis pacientes, la señora Nariño para navidad me regaló un bolígrafo Pelikan en tonos verde oscuro, agradecida porque disminuí los dolores ocasionados por una úlcera. Del café se encarga Krups mediante un sistema de relojes, dosificación de agua y regulador automático. El amuleto de transubstanciación consiste en que siempre tenga a mano café, lo necesito para mi meditación preliminar a la partida. 

Asumo encarnar el capitán que observa el horizonte y sabe que el próximo puerto está más distante de lo estimado la víspera. Me consta que soy joven para pensar en redactar memorias y mi vida tampoco presenta episodios tales que pudieran justificar la iniciativa. Carezco de la experiencia aventurera y del deseo para narrar historias edificantes de médico rural, personajes heroicos llegando a tiempo o tarde a la expiración de pacientes, parto complicado, amputación improvisada después de un accidente de trabajo. Lo que allá y cuando vuelva pueda escribir será una aclaración erradicando malentendidos con mi memoria, tumores imaginados que deben ser extirpados antes de la expansión irreversible. Hasta estos últimos tiempos consideré la escritura desde la lectura, trataba con libros teniendo a los autores como nombres del complot planetario. Integrantes de sociedades secretas que, por motivos misteriosos ligados a la codicia y egolatría insisten en duplicar la confusión de lo real, siendo archisabido que las evidencias dignas de ser recordadas y dejadas por escrito ya fueron publicadas. La experiencia me demostró que estaba equivocado y si había deducido un error estaba decidido a persistir en él. Omitiendo recetas destinadas a dependientes de farmacia y esporádicas cartas a los amigos, informes para publicaciones de mi especialidad que redacto directo en la computadora, considero la escritura manuscrita práctica antigua, remanente de un mundo desaparecido y pertenezco al planeta que tiende a la disolución. 

Con la ayuda del pensamiento que avanza a cadencia pareja hacia el proyecto, preparando antebrazo, mano y dedos me llega la manualidad de años de educación, llenando cuadernos de notas que se referían a parábolas de Rodó, cosmogonías del pensamiento especulativo que me rechazaron y abdicaron ante el llamado de prácticas del cuerpo humano cuando apesta. Dios y los dioses escriben en rojo sangre los designios de la existencia, una voz o algo opuesto me decidió por la enciclopedia blanda prescindente de otra prosodia que aquella induciendo el final de la muerte. Abandoné los artículos costumbristas de Larra cuando se suicidó delante del espejo por razones que consideró pertinentes; comencé después del estampido, cadáver caliente vestido, con la autopsia tal como lo ordenaba la ficha de ingreso a la morgue madrileña, bajo el rótulo mezquino de cagatintas romántico y predestinado. Desde entonces -tropezón decisivo con mi vocación- me desplazo redactando en pisos intermedios y ascensores reservados a camillas. Lejos de tentaciones prácticas, aplicando disciplina farmacológica, preceptiva en la cual la reflexión entorpecería el entendimiento de la orden que debe llegar clara y precisa para la lectura del farmacéutico de cualquier barrio, concisa escritura de formulación, posología, efectos secundarios, tiempo y cadencia del tratamiento, fecha de caducidad.

Una vez contraída la decisión, me interrogo si en las mañanas previas al viaje podré ordenar la sucesión de hechos al origen de la patología detectada. Haber comenzado a meditar me tranquiliza, siendo el efecto placebo de cucharada inicial, primera grajea e inyección. Siento los efectos positivos en el organismo y comprendo a los enfermos de la mejoría precipitada, miro el reloj: transcurrieron veinte minutos y estoy en la misma línea de pensamiento, esfuerzo de concentración agradable y prueba de resistencia. El silencio se impone en la casa que me lo hace saber, Mister James curiosea en las cercanías intrigado por mi nueva costumbre sin agitación y vuelve a dormitar en su rincón preferido. La claridad del jardín se intensifica segundo a segundo y está al acecho de mi parte de sombras; sería feliz si pudiera fijar para la escena un tono exacto de las penumbras que se suceden, dejarla inmóvil y continuar el discurrir sin preocuparme del tiempo, concentrado en cada frase con sentido completo. 

Sólo la noche cerrada tiene apariencia de instante inamovible mientras ascienden modificaciones a la altura de los planetas y el mutismo de las constelaciones. La luz del amanecer me acorrala recordándome que pese a mi novelería la vida continúa, el día empuja argumentos reactivando verbos usados para el segundo sueño. La gramática diurna obliga a que ocurran episodios perturbando la concentración aconsejable, desbarata la sensación de tierra inamovible que supone la noche en los intersticios opacos, aconsejándome que debo pensar como si lo anterior fuera contado por el otro. 

Hace una semana llegamos a esta casa de veraneo, vivimos en las afueras de Pontevedra y me agrada una vez al año pasar una temporada durmiendo cerca del océano. Disciplina, disciplina, repito testimonios conocidos para cuando relea el cuaderno a venir dentro de un año y lo leído sea más verdad que lo vivido y olvidado. 

La relación entre vivencia y escritura la puedo localizar en el último año; algunos problemas con los niños en la preadolescencia, el traslado al pasado, secuelas de meses de trabajo al borde del agotamiento… sumando responsabilidad del hospital, consulta particular en un gabinete como asociado y participación en coloquios para mantenerme actualizado faltó tiempo para pensar lo sucedido mientras ocurría, evaluarlo tal como merece. Era imprescindible hacerlo para seguir adelante, por eso me hallo en esta situación. El tiempo de vacaciones –lo supe desde el primer día- perdería la calidad de descanso de años anteriores si bien las circunstancias eran idénticas. 

La casa, creo haberlo mencionado antes es la misma de las últimas temporadas, en Puerto de Corrubedo se nos reconoce como visitantes fieles de la región. Evoqué las circunstancias, debo agregar que lo modificado en mi rutina de gastroenterólogo fue la experiencia del regreso, el retorno a los orígenes y lo que del otro lado del mar sucedió, en ese viaje se halla la causa del madrugón actual y razón del soliloquio preludiando la escritura. Si lo del nombre me parece accesorio, puedo replicar que nací en Montevideo en el año 1952 y considerando lo sucedido, la información supone una irresponsabilidad frente a la historia. En un pasado más cercano de lo que pueda suponerse los datos de filiación eran ciertos; con el tiempo transcurrido, papeles legales, la medicina en las manos y espalda hace años y la descendencia animada me presento como médico español, gallego cuando los otros insinúan sutilezas geográficas de autonomías. En los tiempos que corren haber nacido bajo la Cruz del Sur y luego de lo sucedido provoca un estigma de la memoria, como si sus motivos fueran hijos de una vieja alcohólica paridos por la pobreza que es mejor olvidar. Durante años perdí la costumbre de considerar eso como problema, me harté de respuestas gratas a colegas progresistas y la vida hubiera continuado tal cual de no haber emprendido el retorno. La excepcionalidad de filiación para médicos que se dicen europeos, incomprensible para nuevas generaciones especializadas en manipulación genética y trasplante era moneda corriente.

Acaso todo había comenzado aquí, cuando insistía la guerra sin final y los jóvenes que serían mis padres decidieron subirse a un barco buscando la orilla imaginada del océano. Eran primos lejanos, mi madre estaba embarazada y su padre fue fusilado cuando ella gateaba en la plaza del pueblo por un pelotón de vecinos. Años después reaccionó y huyeron hacia cualquier otro lugar, el destino era sin importancia, nada podía ser peor que lo padecido. A los dos meses de desembarcar con lo puesto en el puerto del sur nací en el hospital del casco colonial de la ciudad. Recuerdo con precisión de aromas el almacén de mis padres y la distribución de aulas en la escuela primaria, una infancia cuando pescaba con aparejo en la escollera fantaseando con barcos de carga y armo la ciudad en silueta de edificios recortados.

 Es el primer aluvión de imágenes para fomentar la continuidad del discurrir, seguro que cuando me aplique a recapitular esas redundancias con intención de olvidarlas surgirán detalles para rescatarme. Hijo único sin decisión, durante años creí que fue por razones de la naturaleza, ahora supongo que de esa manera mis padres se fijaban en peripecias de la osadía juvenil, decidieron la irreconciliable situación abierta entre pasión amorosa y guerra interminable. Trabajaron fuerte para sacar adelante el negocio; en la intimidad decían que los criollos eran poco inclinados al esfuerzo y se sentían extranjeros al repetir ese lugar común, como cuando se convencían que el secreto para hacer fortuna en aquellas tierras consistía en trabajar unas horas añadidas al día. Había bastante más que esa definición de la diferencia por el cansancio y jamás pude convencerlos de lo contrario. Es extraño esto de la memoria discontinua, mis diecisiete años vividos en Montevideo resultan un montaje de escenas densas carentes de continuidad y dispensadas de sistema narrativo. Vida transitoria en una ciudad inexistente sin llegar a ser fantástica, fue período de preparación, un aprendizaje para la vida verdadera y fuera del sueño comenzado cuando regresamos a esta tierra. Me distraigo del recuerdo, el panorama del mar cercano es absoluto y acapara el paisaje, la luz ingresa unánime disipando la niebla, cambio necesario para reconocer la costa montevideana que diviso en la memoria. 

La oigo: Carmen se levantó para ir al baño y Mister James pide que le abra la puerta del jardín, el café se enfrió en la taza. El recuerdo deberá ser postergado hasta el próximo amanecer, oscilando entre arrecifes orgánicos evitando el naufragio antes de zarpar; sin discernir recuerdos y mi vida en Montevideo de celadas en esta región amenazante en la cual me interno, propensa a espectros que se manifiestan mediante signos evasivos.

El viaje a Escritura, XII a XXII (Un capítulo)

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XII

Mi salida fue inoportuna en destiempo histórico y personal, la decisión de mis padre hizo que una vez lejos lo sucedido en el barrio del Cerro me afectara parcialmente, así pueden comprenderse las condiciones remontando en el tiempo y que tenían origen lejos de la ciudad donde nací. Si mis padres marchándose regresaban yo tenía un pasado equiparable a la memoria, el porvenir a construir, la imagen difusa de pocos amigos y un proyecto aproximativo.

Tampoco me opuse con firmeza a la separación, el compromiso con el cambio de la sociedad era parcial rondando la simpatía, La única verdad es que carecía de raíces, siendo un jazmín del aire floreciendo en una juventud marchando a la derrota sin admitirlo, condenada a marchitarse por falta de agua y filamentos conectados a tierra. Era de un lugar sin serlo totalmente, la historia patria aprendida en la escuela me interesaba ocasionalmente, la suponía de otro país del que habitaba y mi pasado en relación al Uruguay era antiguo como la edad que tenía. Quería, sin haberlo comprendido mi familia, abarcar un compromiso que afectara a todo un continente, un ser expansivo asimilando culturas diferentes y estaba dispuesto a cambiar el espejo comprometido que me tocó en suerte por la solidaridad.

Con mi inestabilidad emotiva más la inseguridad, tendía a la ficción de interpretar deseos revulsivos y la vida de otros. Creía que la osadía era suficiente, adopté melodías y estrofas de otros, hablando sobre las causas de sus luchas con certeza insostenible para entender traiciones de mi barrio, de la manzana donde vivía. Nunca entendí ese excedente de comprensión y agitación distante, tal capacidad de entendimiento sobre lo sucedido afuera, la naturalidad de solidaridad con marginales de Maracaibo. Era el temor a aceptar que vivimos un período de evanescencia y la manera de pagar una culpa sin identificar, ello es más desatinado y en la madurez tardía llega al ridículo retrospectivo. Aquel inexistente, que quiso participar de cambios radicales, creyendo tener a su favor la vida eterna para acompañar los procesos que fueran necesarios, resultó ser este alguien que ahora piensa en redactar, medita, indaga las razones del deseo y lo que vale la pena dejar por escrito. Busca como creyente de supersticiones conjurar la versión encerrada en una caja de zapatos Gallarate, que adquiere aspecto de objeto condenado e inventario maldecido.

Habiéndome sentido dispuesto a enrolarme allí donde fuera sin peligro de perder la vida, con tal de que la victoria resultara asegurada y más si era avanzada por otros, mal pude digerir la angustia militante con su antídoto de cinismo, la incertidumbre y ganas de pelear contra la esquizofrenia de la soledad. Mal tardío que comienza a cercarme en horas cuando se verifica el cruce de luz y oscuridad, el eterno inmutable mofándose de calendarios humanos que podamos proponerle. Luego de despreciar la palabra poética por blanda e ineficaz, haberla condenado en favor de formas de contacto revulsivas y próximas, confrontado al magma del pasado, hallo en el gesto de pasar pensamientos el alivio espiritual permitiéndome seguir adelante.

Estoy salvado, cuento mi supervivencia y olvido la historia de los muertos por mi propia causa, sin preguntarme dónde está el derecho para justificar mi salvación y no la de ellos. El láudano providencial ante derivaciones de historias incomprensibles para mi pensamiento, impensables en la juventud, mientras conocía el destino continental siendo incapaz de configurar el futuro de mi cuerpo, aquél espíritu que decidía con arrogancia sobre el porvenir floreciente de poblaciones enteras. Ese yo soporta apenas el silencio nocturno y el murmullo de su meditación, el dolor por la ausencia de los pocos amigos residuales de la juventud.

Algo ocurrió en las últimas horas, me sentí derrotado prematuramente y tejí una coraza de convencimientos más briosos que el poder de la hipocresía, que tiene la virtud relativa de desplazarse lentamente. Fueron muchas las vidas que pretendí vivir en pocos años, faltando espacio para el juego de universos paralelos, confinado en la terraza, igual que un coleóptero en una caja con vidrios intermediando un paisaje decorativo y la obstinada meditación sobre Escritura, llevándome de un puerto a otro, tengo la ilusión de hallar un muelle de equilibro.

Me resisto a terminar abrazando la caja de zapatos gritando que alguien ha muerto y mantengo la razón, prefiero creer que es otro yo que murió sin que me resta nada de él, excepto el cuerpo y los recuerdos. Dicho yo equidistante decidió retener las amarras de cierta coherencia, cabos que lo atan al trabajo y un proyecto, a seres que le importan. En la caja de zapatos, llegan a la orilla de responsabilidades residuos del naufragio atlántico del cual escapé por milagro. Maderas y objetos, restos informes pertenecientes al navío donde hace años permanezco embarcado y navegando sin tregua. Como un ataúd flotante, la caja de cartón Gallarate demuestra que el barco existió antes de hundirse y con tripulación a bordo. Objeto que debería pertenecer al sueño, escándalo llegando al presente luego de viajar por el tiempo, prueba que estuve allá y puede ayudarme a salvarme, copiloto necesario para emprender el viaje a Escritura; por si emerge el cuerpo diezmado de cicatrices del ahogado, escoltada por fantasmas y aparece al otro lado de los cristales. Como si estuviera en un aparato construido para soportar la inmersión hasta los abismos de fondo, el barro último y primordial del Río de la Plata.

El viaje a Escritura, XXIII a XXXIII y final (un capítulo)

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Temeroso de que el mundo se hubiera interrumpido ayer fui sacudido en mi retiro por la fuerza de los hechos. Estaba tan dormido anoche que ni escuché el temporal que se desató sobre la región, cuando desperté para carburar en mis cosas había en el cielo nubes raptadas por el viento de tal manera y tantas, que me hicieron pensar que esas oscuridades amenazantes y agua turbia suspendida -hace apenas dos horas- estaban sobre Oviedo. Sentía el fresco en la piel y descubrí las trazas de la lluvia; recluso como estoy en mis pensamientos tampoco pensé en episodios que ocurrieran fuera de esta atalaya donde llego entre tinieblas de día y noche a contemplar paisajes que nunca sucedieron.

El alerta de ayer fue real, un servicio especial llamaba a los médicos de vacaciones en la región para confirmar nuestra presencia, tenían información sobre la eventualidad de una emergencia. Algo ocurrió, como los fines de semana donde se conoce por adelantado la muerte de cien personas en la ruta, de tal forma, que la lucha se desplaza de la muerte accidental al conteo macabro del primer día laboral. Cuatro muertos menos que el agosto anterior tranquilizan por la mejora estadística. Aquí los desastres son menos localizables, se trataba de una barca de pescadores y ello ocurre ocasionalmente, a veces es la tragedia clandestina de catamaranes cuatro motores de contrabandistas, que a pesar de la pericia de sus baqueanos se precipitan en las curvas cerradas de las rías.

La desgracia hoy se había ensañado con una barca de pescadores. La espera de la catástrofe de los trabajadores es centenaria como la imprudencia de salir mar adentro, aún así la atención y ruegos, desesperación de colegas y el ingreso en el duelo de la familia afectada se reproduce sin pausa. El pasado de nada sirve ni la resignación ante el golpazo artero del azar, la muerte impone su tradición en una cultura ennoviada al horizonte considerando la vida como la ocasión de contraer riesgos. El naufragio tiene el ritual reglado como la misa, a pesar de radares y aparatos un hombre tragado por el mar continúa siendo cosa seria.

La población se entera por las radiodifusoras comerciales que interrumpen programas de entretenimiento para dar la información, así comienza la espera entre esperanza y confirmación. Durante ese tiempo se moviliza un grupo de voluntarios, los guardacostas salen del letargo, los miembros de la cofradía olvidan asuntos de comercialización del atún, los bomberos se estremecen por el incendio marino y convocan a los médicos que andamos por ahí. Se pone en estado de alerta hospitales y clínicas, las mujeres que saben lo desgarrante de la espera rezan, desgastan cuentas del rosario, mentras hablan y murmuran, recuerdan a sus hombres del purgatorio del reloj orando a santones telúricos archivados en antesalas de beatificación.

La llamada fue citación inmediata, le avisé a Carmen lo sucedido y en auto seguí la carretera que hace lo posible por acompasar la costa irregular hasta llegar al puerto cercano, a uno de los tantos y que dista nueve quilómetros de mi casa. Durante el trayecto de ruta sopló un viento fuerte y frío que me atemorizó, al punto de despertarme del sueño de los recuerdos; llegué hasta el puesto de mando del puertito y me puse a las órdenes del práctico, hombre curtido en tales situaciones y que dirigía la operación. En un banco de madera estaban sentadas tres mujeres que supuse las esposas, madres y hermanas de pescadores malogrados. Desde el equipo de radio salían voces en varios idiomas, la repetición de códigos comunes y descargas eléctricas congestionaban la comunicación como a propósito; vivo esos momentos como la espera de los cuerpos -si es que llegan a ser encontrados- cuando lo único verificable es el anuncio del desastre.

Entro y saludo a un colega del hospital local, modesto policlínico previsto para emergencias y primeros auxilios, comenzamos lo molesto de estar implicados en situaciones conociendo la inutilidad de nuestra ciencia, coincidiendo en que la probabilidad de rescate es remotísima. Llegué al comando una hora después de conocido el extravío de la embarcación y la pérdida de la comunicación en medio de la tormenta. Nunca fui hombre de mar, apenas de río turbulento; la población fija de por aquí sabiendo de eso igual sigue sorprendiéndose por lo abrupto del temporal, más cuando un fenómeno de características violentas anuncia su vehemencia para que nadie le salga al paso. Ese pareció el súbito invento de una fuerza trastornada.

-Fue imprevisible doctor, decía uno de los patrones del barco gemelo del desaparecido. Como supondrá, en esto del clima cambiante estamos acostumbrados, son generaciones de experiencia. Los temporales se sienten en la piel, están los satélites en alerta permanente y el instrumental que quisiera destrozar a garrotazos. Una ventisca tramposa se coló por algún lado aprovechando la distracción del verano, corta y terrible, sin dar tiempo a ninguna respuesta. Los barcos pudieron regresar a la costa y siempre queda alguno enganchado por falla de motor, el golpe del tablón a la deriva. Se lo esperó un tiempo prudencial con esperanza, ahora decretamos alerta y puede que sea tarde.

Mi situación allí era confusa, teniendo en cuenta el descanso y extravío en estas meditaciones a tientas, con un gesto egoísta sentía que ello me daba tranquilidad regresándome a un contacto violento con lo real de sacudidas. Durante años la realidad fue una laxitud de la vida familiar, el cuidado a conciencia de mis pacientes y a la larga toda enfermedad termina pareciendo la misma. Estaba inhabituado a la situación excepcional, el reintegro a emociones fuertes lo decretaba el naufragio de una barca de pescadores, demasiada aventura para mi corazón cansado y se habían invertido los términos, la realidad era morosidad de la memoria y el naufragio lo insólito interrumpiendo.

Los hombres mantenían la calma, cada minuto sin información significaba la aproximación a la tragedia. Una de las mujeres comenzó a sollozar de tal manera que hacía presumir la crisis de histeria, le administramos un sedante que se dejó inyectar mirándome a la cara extraviada en el dolor. Las instancias de la expectativa quedaron atrás, el rescate en tiempo, hombres y embarcaciones avanzaba, sabíamos que era tarde y la verdad avanzaba hacia nosotros. La sala comenzó a iluminarse, las últimas nubes desaparecieron por hechizo y un sol desconsiderado obligó a reacomodar el diafragma en las pupilas, enfrentados a tamaña agresión de felicidad ocho personas continuábamos encerradas en el local de gestión de la crisis rastreando despojos del desastre.

Estábamos por despedirnos cuando llegó una llamada. Habían encontrado restos contra un peñón en la parte escarpada de la costa, los divisó otra barca y confirmó la lancha de los guardias, decían que resultaba incomprensible la posición de la embarcación incrustada en la piedra, parecía que algo extraño y consecuente la hubiera colocada allí. Además del asombro faltaban noticias de los tripulantes, salieron de la madrugada por la pesca y se los reportaba desaparecidos como si la naturaleza los hubiera tragado. De ellos quedaban maderas rotas recostadas contra arrecifes y los pescadores eran espectros, los tres hombres pasaban a otra categoría de la existencia. Mediante ese artilugio de la muerte la esperanza se desplazó y consistía en recuperar los cuerpos antes de que fueran devorados por los peces. Se repetía el cuento regional, la historia de la desaparición del barco de pescadores al borde del mar sin tierra a la vista.

Al retirarme las mujeres decretaron el pasaje al duelo, los llantos de apagaban y cesó el entrecruzamiento de voces femeninas, quedaban en línea tripulaciones insistiendo en la búsqueda fingiendo que la vida era probable. En los muelles, sabiendo la experiencia del terror las barcas recomenzaron un vaivén calmo y perezoso. Los chillidos de las primeras gaviotas se filtraban por ventanales, durante los siguientes minutos llegaron navegantes saliendo de su escondite para evaluar el daño en las embarcaciones. Los niños corrían hacia los huecos de las piedras reiniciando la recolección del cangrejo, volvíamos a estar en un espléndido día de verano, sin señales de que hace unas horas hubiera sucedido una catástrofe. En la parte sumergida del naufragio quedaban las explicaciones de la historia siendo bombas de profundidad biológicas, las historias tienden a reflotar, retornar de otra manera a la superficie de como eran el día del hundimiento.

Esas fueron las últimas noticias, las autoridades nos exoneraban del compromiso de la espera y sólo había para recuperar cadáveres deformados. Cuando entre voces salí de la habitación fue imposible conciliar la tragedia contemplada desde dentro -hace apenas unos minutos- con el día soleado pretendiendo borrar el recuerdo de su mal momento. Miraba a la gente y sentía cómo ocurre en el mar la coexistencia de dos corrientes, la tibia arrastrando a los figurantes de paso para los cuales el naufragio era un incidente de la temporada; otra circular vertiginosa, comprometiendo a los habitantes permanentes, para quienes los otros éramos accesorio prescindible.

Se reiteraba la sensación de incomodidad y quedé caminando por los muelles del puerto, en otra ocasión lo habría disfrutado pero allí era un sacudón, la fuerza para sacarme de la espiral de dos horas mañanera. De haber sido un orden de escritura pude vivirlos de otra forma, pero eran tiempos distanciados en contacto como filamentos electrónicos.

La separación en tantos años se reducía a juego de palabras, mi cabeza estaba en varios lugares y en cada uno debía recurrir a inventarios para salir. Los compartimentos estancos y que la historia se encargó de organizar eran inestables, similar a un delta donde una violenta corriente de agua, venida de no se sabe dónde comenzaba a abrir canales sin contenerlos hasta conquistar vestigios de tierra firme. Al salir recuerdo que dije “quedamos en contacto”.

Un naufragio me reclamaba y no quería saber de nada, prefería permanecer en la ignorancia, tirarme en la tumbona y proseguir la reconstrucción en obra. Recuperar de ojos cerrados detalles para que nada se escapara en la introspección de la mañana, debería seguir con el asunto suspendido en el departamento alquilado. Sin lograrlo en el trayecto de regreso a casa procuré pensar distinto, quedaba como campana mareada desenganchado del punto asignado en el mar, encallada entre la memoria de Montevideo y la barca naufragada imaginando su ingreso en un puerto fantasma. En casa me esperaban inquietos, les conté lo mejor que pude las peripecias pues estaba agotado.

Eulogio me recordó que lo nuestro parecían ser los naufragios, temí preguntarle si lo había descubierto en la caja de zapatos y por si respondía afirmativamente. El resto del día y cada hora llamaba al comando de rescate por si había novedad, la probabilidad de hallar a los hombres con vida había desaparecido. Se trataba de considerar el movimiento de mareas y salir al encuentro de los cuerpos antes de iniciarse la fuga hacia el océano, rastrear cada ensenada en un radio de varios kilómetros e impedir que los cuerpos quedaran muchos días contra las rocas.

Esa historia se interrumpe, quiero decir que entré sin pretenderlo en el penúltimo acto y cuando el final está decidido. Hice de comparsa y salí sin incorrecciones, el naufragio que continúa me incumbe menos a cada hora, algún día sabré si llegó el deux ex machina de la Virgen del Mar y se produjo el milagro de la muerte. Ni la posibilidad tuve de mirar las escenas anteriores, igual que con la historia de la caja de zapatos nunca sé si se me está permitido ver nada. Una fuerza incita a creer como si debiera recuperar una fe que nunca tuve, fe en el naufragio y el dolor rechazado de mi doble, fe para tener que creerlo y lo que mi reacción tiende a desestimar.

Demasiadas agresiones para entenderlas, el porcentaje de credulidad flaquea en lo recordado y en lo que imagino escribir me asalta el temor de creerme mis versiones. Lo aceptable cuando las certitudes se evaporan, el ejercicio de ajuste memorioso se convierte en monstruo marino que comienza a desobedecerme, marca el ritmo, el camino y lo padezco en el desarreglo. Supuse que el episodio del naufragio me daría de narices con el dolor y resulté insensible a lo que no sea la influencia de aquello, nuevamente topé con equívocos, malentendidos inéditos de recapitulación y el Viejo Océano jugándome otra mala pasada.

Durante el día estuve tenso mientras dos historias demandaban mi atención, la inmediata que me tuvo por ocasional protagonista y vivida como escenificación de leyenda de la costa gallega; otra que -considerada en su conjunto y leída como adiviné en la caja de zapatos- tiene la apariencia de una invención erosionando certidumbres que confirman mi pasado. A lo largo del día busqué conciliar los contrarios, apelé a mis deberes profesionales y la tarea de formar una familia, hice un esfuerzo por reconocerme un hombre feliz y logré serlo a condición de distraer las dos entidades que me rondaban exigiendo atención.

Recién en el amanecer y pensando en la escritura a venir puedo conciliar esos mundos coexistiendo en el universo a inventar del cuaderno, naturalezas latentes ante los cuales es un esfuerzo mantenerlas en vida contingente. Lo sucedido hoy fue señal y demostración del artilugio que apelará mañana al recuerdo de una barca reventada en las rocas. Se produjo la falla en el sistema de trabajo, otros episodios buscan en la meditación que ronda el viaje a Escritura competir con el contenido de la caja de zapatos, cuestionar al Socio inestimable que hallé en un recodo de lo real. Topé con trazas de su pasaje y él se evade de la caligrafía, es un fugitivo refugiándose en escondites de la caja de zapatos legada por los muertos. A veces creo haberlo identificado y resulta que se oculta detrás de un paso de frontera, por momentos lo confundo con personajes de menos valía.

El enigma Gallarate me tiende celadas para distraerme, inventa un naufragio en medio de mi tarea de persecución hasta adoctrinarme de que las verdades están en una quilla partida. Ocurre aquí adentro y de ello debo convencerme aún más; afuera faltan referencias que puedan confirmar al menos un detalle, no son suspenso ni tensión la motivación principal, es el miedo, el olor del miedo en mi cuello y axilas lo que me impulsa a seguir adelante, intentar detenerme y regresar. Ellos y la silueta de lo no vivido allá o lo vivido por un doble mío que decidió permanecer en Montevideo y que me fuera asignado. Es mi Enemigo Jurado, tengo que salirle al paso escribiendo de su estrategia dentro de algunos días.

Cuanto más escriba al respecto más me mato y debe ser por ello que postergo el momento, cuanto más escriba –hasta ser escriba, escritura y texto resultante- seré consciente de estar avanzando hacia mi destrucción.

Temo pensar en exceso y regresan demonios confirmando la pérdida de la felicidad ilusoria. Lo vivido en las últimas horas fue una advertencia, alguien me alerta, oye: sucedió algo doloroso y estimemos que la barca destrozada es invención de la escritura de otro. Un naufragio verdadero con falsa alarma y si así lo pasé mal afectándome tanto en lo cercano, debo prepararme a enfrentar otros accidentes. En la destrucción hay componentes de hipnotismo, me escudo creyendo tener fuerza para detenerme a tiempo, tachar momentos cuya lectura incomoda y tomármelo a broma, suponer que lo sucedido es más verdad que el capítulo montevideano.

La barcarola podría ser imaginaria: Montevideo existe y es necesario un lugar. Si apruebo su inexistencia dejo de existir, si existo tal vez soñé para mí una memoria donde nunca hay nadie. Próxima al destino de ausentes en medio de la ruta, lugar transoceánico que nadie sabe cómo se denomina, tiene iglesias románicas y hay buenos salvajes entre sus padres antropófagos e idólatras.

Me rescata la disciplina de las mañanas, miro salir el sol y desaparecer las estrellas, compruebo las leyes celestes cumplirse y lo depositado en la caja de zapatos asume la incertidumbre de ser y refutar una invención, incluyendo la muerte accidental necesaria de mi amigo. Cesé de pensar y creer, que se detenga la hipótesis de la segunda escritura mía para asegurarme que existo y soy éste el real otro del personaje que quedó allá. Escritura es un rodeo hacia el nombre que me está aguardando, el último destino es la convicción sin picaporte. ¿Qué haré mañana cuando me despierte y el sueño haya sido el rumor persistente de la misma palabra repitiéndose?

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