Night and Day – Capítulo I

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Something in August

Al sur de todo carcomido de amnesia con herrumbre, más terrible es el octavo mes. Agosto se precia de cortejar la muerte haciendo el balance generacional y parecer indiferente al paso de las estaciones: es cuando el frío eterno, atributo infernal, trepa y se instala en la pampa urbana maloliente y gris. Mes de fiesta patria y noches de helada, temporales vaticinados por creyentes, nubarrones burlando la consagración primaveral y la transfiguración. Desde el martes 1º o jueves o domingo, el mes orienta los espíritus al tiempo de nadie, región de la existencia donde respiramos combustión de kerosén con llama azul y la humedad de los empapelados, se amontonan trapos en las hendijas para atajar el viento, los pies ateridos amasan el látex enfriado de las bolsas de agua caliente. Hay gente que duerme vestida, las verduras se deshacen en un caldo turbio cocinándose a fuego lento sobre el primus. El agua se enfría al salir sin fuerza de calefones empotrados en casas de huéspedes baratas, sobre la cama turca de plaza y media se amontonan frazadas oscuras. Los ómnibus en los arrabales son camiones desahuciados rumbo al matadero, viejos jubilados evocan refranes carentes de ingenio sobre las condiciones del clima, argumentan nostalgias sobre las perdidas tardes estivales y a todo ello, los desesperados inician el viaje sin tregua hacia el fin del invierno. Son las noches de invierno en que se lee hasta bien tarde, apropiadas para abrir cualquier edición de La vida breve.

La novela parte de un deseo irrealizable, que pase Algo, cualquier cosa y Algo. Se lo pide desde el acápite de Whitman (fragmento de A Song of joys, 1860)  diciendo la extensión de la desesperanza al comienzo del texto. Situación inicial del protagonista en quien convergen tres desacomodos abriendo la irrupción de Algo; amputación del cuerpo de la esposa, irrupción de vecina nueva, ilusión de la escritura. El mundo del protagonista viene de alterarse, lo insinúa y luego lo formula sin saberlo –o acaso- la nueva vecina; en el principio es el verbo de ella, palabra de víctima propiciatoria, criatura destinada al sacrificio. Desde la primera línea ordena la predisposición mediante conciencia de verdades: el mundo está loco, la soledad es radical, la vida es breve. La angustia irrumpe ante la certeza de que todo es posible, el hombre correcto que escucha se confrontará con un cáncer conyugal y el despido, la mentira y el deseo de matar, pulsión de escribir y regreso a Montevideo. 

LVB comienza en la inminencia del temporal pocos días después de celebrarse la Asunción de la Virgen María, una vecina pecadora inicia la partida abriendo la boca, proyectando la voz. La conmueve el espectáculo del mundo, máquina irracional trituradora y se reconoce en un trueque panteísta devorándola, lo acepta resignada sin considerar las secuelas. Su Pathos es simple, ella asistirá al último temporal de Santa Rosa de su existencia. Es una voz inconfundible, detrás de esa voz acaso mimética se acumulan detalles envilecidos del cotidiano de la recién llegada, que amuebla su mudanza, cambia y acomoda el lugar de su nueva existencia breve orientada a la muerte. Un mundo exento de dudas. La cama, un aparador para botellas de ginebra vaciadas con avidez, la cómoda de cajones donde esconder medias arrugadas, bombachas, calzones sucios de la jornada. 

Ella dice lo del mundo loco, son las primeras palabras y el que escucha de éste lado junto a mí, acota que es como remedando, como si tradujera y lo escuchado tuviera un original en otra lengua. Sin pretensiones metafísicas ella constata un estado del mundo, lo hace con humildad y justificado desengaño. Ella ignora estar profetizando por metáforas y es un oráculo ciego. El mundo está alienado. LVB será la demostración de ese teorema inicial. Como la ciudad aguardando relámpagos de Santa Rosa y la fugacidad de la vida rioplatense la novela terminará en carnaval. La locura equivale al universo, lo sustituye, toma su lugar, lo necrosa. El delirio se formaliza en realidad, la razón será desterrada con la palabra puesta en entredicho, declarada inservible para lo que vendrá. En ese edificio (ladrillos y palabra, escritura e inmueble en la calle Chile de Buenos Aires) la coherencia es inquilino incumplidor, indeseado, irreconciliable con el carácter de los vecinos. Como puede serlo en la ciudad un individuo indocumentado, un extranjero en Buenos Aires. 

La mujer habla e instala la alteración, dispone las reglas del juego a venir. De seguir vigente el refrán sobre la verdad de locos y borrachos, tontos y condenados, siendo una atorrante postula la verdad del destinado a desaparecer para que otros vivan. Será dejada de lado, sacrificada mediante un crimen absurdo, tirada en la cuneta de la escritura y con la finalidad de acelerar la narrativa de la historia. 

Faltan tres semanas para llegar a primavera y después a Montevideo. Invierno de lectura, infierno porteño, se plantea la apertura Brausen, comienza la partida existencial, el movimiento de las piezas sobre el tablero novela. Los personajes esos implantados en el desierto de la angustia urbana, deambularán de madrugada en el cruce de Corrientes y Talcahuano, arrastrarán los pies por Palermo Viejo, se fatigarán en el barrio donde sucede la acción. Buenos Aires es ciudad de la preterición y territorio de la amnesia que provoca el protagonista. Esperar Algo con insistencia, incitarlo en detalles mínimos de lo circundante (vecina, retrato, ampolla de morfina, tuerca del puerto) supone el deseo de cambio profundo; intentarlo por la invención de vidas paralelas, aceptando el pasado como algo ratificado en la operación de recordar, renunciando a la identidad. La espera de esas modificaciones altera tiempo y espacio. 

LVB como deseo y búsqueda de Algo peligroso y terrible, diferente y desconocido que llegará en un éxtasis místico. Cada personaje persigue su Algo de las maneras más heterodoxas, ese Algo para mi es la novela La vida breve, el objeto libro de la primera edición cuando yo no existía.

Hace medio siglo los textos que argumentaban a favor de una novela, ubicados en la parte interior de las tapas del libro eran menos grandilocuentes en relación a los méritos del autor que hoy día. Más prudentes sobre la excelencia de la historia alegada y evitaban subestimar la inteligencia del lector. Cuando en noviembre de 1950 salió de imprenta La vida Breve de Juan Carlos Onetti (Editorial Sudamericana de Buenos Aires, talleres gráficos de J. Hays Bell), año del Libertador General San Martín, en la primera solapa, sobre fondo verde, tres párrafos buscaban la atención del lector potencial. El tercero merece ser recordado. “La originalidad de esta novela no afecta en lo más mínimo a su interés. No se tema que se trata de un experimento literario, como suele calificarse despectivamente a todo abandono de los moldes notorios. Es, pura y simplemente, una novela con todas las de la ley: un relato fluido, coherente y ameno, que el lector ha de seguir con la misma intensa curiosidad desde la primera hasta la última página.” 

Lo comprendimos luego con el paso de los años, se dieron en aquel noviembre del 50 una serie de circunstancias determinando un episodio mayor de la literatura. Avanzo la sospecha de que lo que tiene LVB de novela inicial de un ciclo magistral opacó en parte su valoración específica; más tarde, otros grandes libros confirmaron la densidad del proyecto onettiano. LVB es sui géneris, supone un peaje oneroso en la concepción del oficio de novelar, apuesta a la indeterminación, resiste al peligro de lo inconcluso, permite observar desde un lugar privilegiado el proceso inapelable y subyugante de la transfiguración en escritura de objetos, personas y circunstancias. Claro que el autor tenía algo para decir, por supuesto había el empeño de Onetti por ser escritor detectable desde la juventud: LVB recuerda que la traducción del deseo en lenguaje es lo que continúa marcando la diferencia, el misterio. 

Los retóricos juegos con las palabras (cada generación, cada país, cada movimiento produce malabaristas de diccionario) no alcanzan a burlar el olvido, burlar la ley más inflexible del arte de narrar que es la obsolescencia. Misterio, desesperación y coherencia se agregan a los sabidos silencio, exilio y astucia. El mundo no está destinado a justificar ningún libro por más seductora que sea la idea y muchos teóricos estén tentados a desertar de su capacidad crítica por tal hipótesis. La literatura tampoco es la mimesis reductora de lo que nos rodea, espejo complaciente de buenas conciencias. Ningún libro que se escriba sobre La vida breve necesita justificarse; han pasado más de cincuenta años desde la primera edición de la novela, buena ocasión para desprenderme de notas al margen, subrayados recordando dudas de interpretación, dependencia que se volvió pasión, compleja historia de amor con un texto y un objeto que aquí busca declararse y dictar la carta de un adiós necesario. 

Las opiniones avanzadas son cautelosas y en algunos casos originales, tienden a tramar una novela de la lectura, su sinergia es ambiciosa, alterar la valoración habitual del “otro” libro de presencia espectral. El libro que importa es el “otro”, mi libro se legitima en tanto hace recordar al otro libro omnipresente en cincuenta fragmentos. Cada línea de este libro habla de él, escribí con la sospecha de que toda lectura rigurosa supone la lectura de dos libros en coexistencia. La literatura ocurre en la relectura y esa experiencia inicial algo presocrática en su formulación supone leer dos libros que nunca son el mismo. 

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