La diana del tiempo

En un libro en el cual los personajes tratan de acomodar como pueden la vida que se va, donde ilusiones perdidas juveniles y la certeza -aunque desmoronada- eran puerto de amarre que consuela, me interesaba considerar el asunto del extravío; por ello planea a lo largo de los once relatos el espectro del ingeniero Isaac Peral. Por una filiación secreta, en este octubre 21 coinciden en La Coquette dos relatos que, si bien pertenecen a épocas diferentes de la vida, tienen algo en común: narran el desconcierto y la perdida de dos hombres en el itinerario de su búsqueda; si la imagen compartida fuera un rio, habría que marchar a la deriva después de haber sido mordidos por los ofidios de la ironía. La historia reciente desplazo con perversa inteligencia la dialéctica de las clases sociales; organizó en su lugar bandos compactos turbulentas e inofensivos al sistema, tribus urbanas pintorescas, minorías que se definen por lo insolidario acotado al cuerpo sexuado y puliendo el espejo narcisista, chacras antropológicas en modo ghetto entre identidades sacudiendo grilletes; el cambio de sociedad fue excomulgado y la consigna es la persistencia en el ser. La vida es una sola y mía, la metamorfosis colectiva está obstruida con el sedimento de siempre; se es hincha del cuadro hasta el sepelio -el Danubio quizá- de una agrupación carnavalera (Los marinos cantores) y llegado el caso se la defiende a trompadas en el Teatro de Verano, de una tendencia política y banda musical (Tótem) de aquí a la eternidad. El movimiento de las partículas minimalistas es tan intenso que resulta dificultoso percibir el paso del tiempo. Al momento del balance, a pesar del vértigo del mundo, se podría hablar de predestinación asumida, profecía autorrealizada, destino programado o novela de anticipación que cada persona llega a bocetar. Hay algo de tierno y escalofriante viendo a ciertos abuelos paseando de camiseta con la lengua Rolling Stones. El país es más de historia que de ciencia ficción, a las luces de señalización de la isla misteriosa y el tesoro enterrado, se prefiere el espejo retrovisor. Había que trabajar esas fallas, refutarlas y conjurarlas; el repertorio post 73 cargado de redundancia o que lo parece, insatisfacción generacional, fracaso íntimo, justicia que falta y las cosas que nunca son como debieran perdurando varias décadas. El esfuerzo de considerar que buena parte de los compatriotas piensa diferente, admitiendo que las circunstancias son lo en verdad mutante: aceptar los cambios operados recordando el barrio de la infancia, se puede transformar en pesadilla existencial. En especial la verdadera revolución tecnológica que nos viene del exterior, del Silicón valle que es decir otro planeta: el primer cuento del navegante solitario fue pasado en la Brother Typerwiter y el segundo de la diana con ordenador Asus made in Taiwán. Eso en el taller, lo interesante es cruzar destino individual con circunstancias que nunca son las esperadas; por más que queramos ser los mismos escuchando “A don José” mientras se juntas firmas, es el mundo que cambia tal como ocurre dentro de nuestro teléfono Movistar. El cuento del navegante solitario, rescata la noche del encuentro entre un muchacho propenso al atajo del ascenso social con el aparato represor; el segundo, un informático recién diplomado extraviado en bucles espacio temporales. Tampoco es una circunstancia demasiado original; los estadios con Quilapayún se encienden ahora cuando actúan los hermanos Angus de Escocia y que crearon AC/DC en el año 1973. Nos interesaba en la edad media ingresar en una novela como “Sobre héroes y tumbas”, actualmente protagonizar un video game en la batalla final contra la armada de los zombis; las nuevas tecnologías dan el protagonismo depredador adentro del argumento. La experiencia de relatos de mundos virtuales evoluciona desde la máquina de viajar en el tiempo -en un submarino- hasta el suceso de sagas como Alien, Star Wars y Matrix. El relato sobre el informático compatriota, acompaña un extravío existencial en laberintos interconectados, como si ese destino en efecto dominó fuera alegoría de lo ocurrido en el país de un tiempo a esta parte. El relato carece de explicación en lógica secuencial ¿por qué no?, era tiempo de incorporar la imaginación, los sueños, esos viajes low-cost consumiendo drogas de las bocas de venta. Tampoco deberíamos pedirle excesiva coherencia a la literatura, menos en un país donde la gente cuenta sueños a analistas que leen Relaciones; se reivindica que el mundo se trastoca maquillado en el carnaval más largo del planeta Tierra; Yemanya es la reina del mar y más en febrero diseminando ofrendas en la playa Pocitos. El racionalismo disciplinado uruguayo está contra las cuerdas; ahí están los tele evangelistas invitando a parar de sufrir, sacudiendo demonios a diestra y siniestra, prontos a tiradas de buzios y la peregrinación a la parroquia San Pancracio. Por tanto, el extravío se puede operar en túneles con espejos ficticios del tiempo y espacio. Buena parte del relato sucede en Cuba que no conozco, quizá por influencia del cuento “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier. El extravío admite confusión de identidades y recuerdo el abismo nominal de “Profesor: reportero” de Michelangelo Antonioni de 1975. Para confusiones de la identidad nadie mejor que Jack Nicholson, sabemos a qué me refiero y más cuando dialoga con el barman Lloyd. Esa variación identitaria de música tropical se puede asociar a la diana del tiempo: diosa de la caza, toque para despertar a la tropa en los cuarteles, acertar en el blanco o centro de un objetivo con la flecha zen de la intuición.

Monólogo Interruptus por Miss Candy Loving

Desde que tengo memoria sensual, cada una de mis manos es un poderoso afrodisíaco y hace diez años que no logro olvidar la más hermosa primavera de mi imaginación, saliendo como Venus de una concha de vieira. La bella Candy será este día festivo de San Valentín una señora hacendosa y de su hogar, alguien que recordará apenas –tal vez esposada a nuestro pasado inolvidable- a la hora del desayuno familiar su apoteosis juvenil. Quizá entre tanto murió acuchillada por un traficante hispano que le robó nueve dólares y sin violarla excitado en el apuro, por indiferencia sexual a los pliegues del cuello y rodillas artríticas que comienzan a envejecer. De cualquier manera ella está ausente como para olerla y hace ya tanta obsesión desde el primer encuentro… 

Hoy pasaron en Radio Nostalgia una canción cantada por Billy Joel, Candy ni sospecha que esa melodía vinculada a nuestra historia nos pertenece; como tampoco sabe ni puede medir la emoción que me produjo la epifanía inicial ante el milagro de sus enormes tetas. La música esa me hizo viajar al tiempo en que la conocí, día milagroso en que sobresalió de la porosidad intangible del papel satinado, desplegando la esplendorosa selección de colores vertiginosos e iluminando una piel inconcebible para el deseo, imposible de concebir en otra mujer de la especie humana. Aquello supuso la caída instantánea en una pasión devoradora, comienzo de experiencia abisal prolongada durante meses hasta que finalmente hicimos el amor o sucedáneo. 

La ritualidad también era diferente con Candy, yo me negué a comprar un segundo ejemplar de la revista y acabar sobre su imagen tomando vida como solía hacer con otras desconocidas sin su charme. Recuerdos indiferentes de meretrices circunstanciales que nada me aportaban y empastaban su sonrisa fingida bajo ácidos seminales que corroían el papel brillante, dejando un rictus amarillento en rostros fatigados por la prostitución rosa y cambiantes según las exigencias del mercado consumidor. Candy tenía entre otros el poder de inhibirme, recuerdo que la contemplé por vez primera en un restaurante popular y ese día me fue imposible almorzar por los dos nudos en el estómago y la garganta. 

Ella venía en el mismo paquete de todas las semanas y nada hacía suponer que ese nuevo envío contenía algo de excepcional. Mi reacción reflejo fue retirarme a los sanitarios del local movido por la urgencia, pero cuando comencé a manoseármela con estimulantes intenciones, supe que esa moza tan diferente despertaba en mi una variante superior del sensualismo onanista; no merecía amor por transferencia entre letrinas turcas con obscenidades manuscritas y cuadraditos diseminados de papel ordinario en el suelo, de esos en los mostradores de El Subte para manipular figazzas recién salidas del horno. Regresé entonces a la mesa inquieto por mi sorprendente cambio de conducta y me comporté con discreción prudente de enamorado solícito. Era imposible comenzar a comer, jugaba con el tenedor sobre el plato e imaginaba –mientras me sonreía en silencio- que pinchaba trocitos de carne para dárselos a ella en la boca. Simulaba estar concentrado en el manjar tirando la comida a un costado de la mesa, disfrutaba el vino tinto peleón en garrafa como si fuera un estupendo Rioja compartido. Por aquel entonces mi inglés era más que correcto y podíamos entendernos a la perfección; su acento de Kansas estaba más cerca de Goldie Hawn que de sonetos –oscuros y secretos- del entrañable William, que junto a las vicisitudes de Lucrecia en su alcoba me procuró bonitos momentos de inusitado placer isabelino. ¿Cómo decir cierto de la emoción? ¿Cuáles mil y una palabras podrán con aquella imagen indescriptible?

¿Cómo referir sin traicionarme nuestro interminable trayecto desde el restaurante al departamento? Yo apretaba con mi brazo la inocente historia de Candy, sentía que mi corazón que tenia sus propias razones saltaba de contento con la llegada de un sentimiento original y ausente en mi repertorio anterior. Era promesa inequívoca de interminables horas de placer, la certeza de desear llegar rápido a casa desertando para siempre las cercanías de colegios públicos y religiosos de confesionario, absurdas disculpas retrospectivas en baños públicos, humillantes vigilas nocturnas en parques arbolado a la espera del sumiso, prismáticos nocturnos infrarrojos y otras noches solitarias en hoteles marginales de barrio. El ingreso de Candy cambiaba mi vida imaginaria y le daba al sexo de mis manos un nuevo sentido práctico poético. La mutación ocurrió un mediodía de verano de un intenso calor solar y que aún persiste en mi epidermis, en la calle caliente desde las baldosas mientras las muchachas en flor caminaban con pasos agresivos moviendo vestidos traslúcidos a la moda. Disponiendo una atención mínima, era posible observarles, comprimido por telas suaves y escasa de ropa interior, el tramado incesante del vello multicolores sumando tonos complementarios, frotándose unos sobre otros, lubricados por el lentísimo sudor bajando del ombligo perfecto, desde la presión sensual del elástico superior de la tanga y esa otra humedad subiendo del humor piloso en la entrepierna. A ellas podía verlas de atrás cuando pasaban a paso decidido arrancando de los tobillos culminando en nalgas duras, trabajadas por manos consentidas y gimnasia cotidiana. Allí la prenda se metía y en ese infinito de placeres potenciales las líneas tensas de elásticos laterales tienden a confluir para luego partir en simetría belicosa una amada belleza –sin mayores distinciones- por unos pocos elegidos; un diámetro vertical y espeso se apoyaba –caprichoso- sobre el retráctil esfínter escamoteado. Yo mismo me desafiaba poniendo a ruda prueba mi naciente fidelidad por Candy, decenas de tetitas que avanzaban viniendo hacia mi, libres por el mundo como legiones de amazonas dispuestas al asalto; erectos los pezones estando distantes del invierno, perfectas circunferencias alternando del diámetro de moneda pequeña al de disco compacto de bossa nova, subiendo del tono cromático más suave del rosa con pecas esparcidas, al oscuro achocolatado que atraviesa la tentadora transparencia de tejidos oscuros. 

La calle era una tentación creciente incontenible pero yo tenia a la dulce Candy, que era tener en dos todas las tetas de las otras mujeres. Cotejado con la pureza vegetal del papel y la rugosidad del pezón impuesto por la imagen, con la constancia próxima de un sexo depilado sin menstruación puntual todo el resto era desagradable y ni pensarse merecía. Ella sería el amor perfecto de todo el mes sin compresas molestas, tampones ni coágulos casi castrantes del placer femenino. En mi pleno placer mantendría la sonrisa y una mirada idénticas al instante cero: eterno como cuando fueron inmortalizadas desde su graciosa apoyatura en la cama de bronce de la sublime sesión de fotografía que pasó a la historia. Debía detenerme en ese proceso, la había contemplado apenas unos minutos y desesperaba por llegar a mi cuarto para verla mejor. Aunque caminaba avanzando yo enlentecía el trayecto temiendo que todo hubiera sido una falsa impresión, descuido inexcusable de afiebrada imaginación y frustrada esperanza de placer desconocido. Era el troyano Eneas mirando nubarrones en la entrada de la cueva con Dido, Quasimodo escuchando los ejes de una carreta de gitanos con olor a Esmeralda, Caracé descubriendo la piel blanca de Magdalena temblando en la hierba. 

En la espera y mientras ese lento andar se sucedía mi pija no engrosaba groseramente, latía fuerte con impaciencia distinta exigiendo la suavidad de un nuevo excitante, deseando avizorar la verdad de los sentimientos encontrados que me cruzaban el teatro mental. Ante esas tetas extraordinarias mi hemeroteca abundante era menos que nada… decididamente había sido un pajero triste melancólico, solitario sexo dependiente empedernido conducido de la mano a mis propias limitaciones orgiásticas. Con la asistencia providencial de las tetas de Candy ingresaría a otra época diferente, al dominio de otro nuevo arte de la manipulación y redescubrir la necesidad de una disciplina estricta de la masturbación, trascendiendo etapas de educación penetrando a necesarias dolorosas iniciaciones y así despegar de apelotonadas miserias de una sabiduría carnal egoísta. En el medio del camino de la paja pecador de mi, permanecían pesando las contradicciones; la lucha a brazo partido –al menos a brazo exhausto- contra debilidades admitidas del dadivoso y egoísta placer egotista. 

Estaba lejos de recaer en los manoseados fetichismos adolescentes; pero la ascensión sagrada, el encuentro predestinado con la amada tampoco pasaba por una renuncia radical de todo lo que yo había sido. ¿Qué haría Candy con mis debilidades crepusculares? ¿Cómo hacerle entender a ella y a sus tetas que era un combate mortal entre pasado y futuro? Como suponen los otros celosos con ligereza no se trata de un regusto malsano por la soledad. Lo placentero de la situación es el silencio: oír de cerca el sonido de articulaciones irrepetibles, a mis dedos apiñados friccionados y mezclándose cual reptiles caóticos en un desperezarse gozoso; consentir el son indescriptible del chocar las carnes tensas creando golpes secos y únicos e inconfundibles por deliciosos. Ello resulta en una armonía respiratoria solista de la vez propia o extrañamente ajena; se intenta dominar el movimiento resultante, los tiempos requeridos a la eyaculación e incluso orientación y distancia del chorro final del esperma, mientras despacio se pierde el sentido de la respiración; sin que nadie obstaculice mis estertores, sus demostraciones ruidosas de placer ni otros extraños ruidos, ventosidades gaseosas y otras desagradables inoportunas y capaces de desconcertar al más libertino de los amantes. El silencio lo es todo y yo soy ese todo: el sonido, la furia y el idiota frenético que se masturba debajo del escenario.

Pero en eso llegó Candy a la depresión galopante… y con ella una historia de vita nuova con dos tetas enormes que dinamitaron mi universo autista. Yo que había visto la paja en mi propio ojo, contemplaba ahora la viga erecta en esa hija prodiga de Kansas. Lo primera noche después de haberla conocido ni siquiera me atreví a hojear la revista por arriba. Si en mis prácticas queridas había destinada alguna magia seguro que jamás seria para mi, esa noche e intimidado la dejé reposar a mi lado y busqué el placer en lo conocido de antes. Sabiendo que esa serie la ultima noche de goce sin referencias de nombre propio, decidí utilizar toda la artillería disponible y me masturbé sintiendo dolor en los antebrazos, hasta que la cabeza del glande comenzó a sangrar derrotado; eso ocurrió mientras entre las persianas venecianas la luz del nuevo día comenzaba a entrar en mi habitación. 

Decidí faltar al trabajo, metido en la embriaguez lujuriosa y el desorden iconográfico de la habitación sentía la presencia exigente de lo nuevo; por primera vez en mucho tiempo me dormía arrullado por la estúpida culpa de haberme negado a lo que se mostraba como inevitable. Me sentí tonto por mis pruritos pensando que esa misma noche otros alienados como yo habrían gozado en convulsiones mirando una y cien veces el cuerpo de Candy Loving, coneja elegida de las bodas de plata de Playboy cuando recién era enero de 1979.

Incluso admitiendo esa contradicción de debutante, comenzaba para mi una estricta educación sentimental y autodidacta. Fui empaquetando de a poco mi reducida biblioteca, separando una selección mínima de cabecera para despertares erectos en medio de la madrugada; en lo demás que pueda interesar, mi vida social continuó de lo más normal. Admito que el sexo es motor principal de muchas iniciativas y que logró en mi persona cambios excepcionales, la presencia por efracción de Candy llevaba mis aspiraciones de perfeccionar un ars amandi individual hasta llegar –sofista siendo estrictamente irreprochable- a una bella teorización; me indujo a profundizar en modalidades de masturbación abyecta nunca antes probadas despreciando límites inferiores, sin detenerse en vómitos, prótesis movidas a pilas Duracel y hasta la intervención de sangre de terceros. Todo parecía destinado en fin a la búsqueda de una síntesis inalcanzable que anulara la distancia y rechazando mi sombra de la muerte; hubo de todo en esos meses degradante de praxis sin excluir celos y culpa, sentimientos de romántico que suponía adormecidos y renacían por mi opción con potencia inusitada. Algunas veces lloraba en soledad; habiendo renunciado al intercambio fecundo de sentimientos exteriores –elección vocacional que derivó hacia un egoísmo negociado- me encontraba el presente de crisis en un mundo irreconocible de ensoñación dulzona. 

Eran la manifestación de la rabia perforada por la felicidad; cómo sería la confusión resultante, que fui a la manicura y habiendo reservado hora buscando embellecer los momentos sublimes de mi vida sexual. También de noche suavizaba mis manos con la más delicada de las opciones Estee Lauder, como presumía en mi teatro sensual que haría Candy con sus senos sublimes delante del espejo. Para mi, que a fuerza de entrenamiento había llegado al supremo dominio de los esfínteres seminales y del músculo sagrado en cuestión, que podía sentir la producción de esperma de los testículos y regular a voluntad la marea sangrienta del flujo y reflujo en las cavernas del pene, sólo era aceptable el dulce llanto de emoción cuando –luego de un sueño de previsible detalles y que me guardo sólo par mi- me desperté en el medio de la noche atravesado en la cama entre el revoltijo de sábanas empapadas. Se sucedían episodios distintos hostigando mi racionalidad nerviosa y si bien ello me preocupaba igual sentía un bienestar en crecimiento.

Durante esas crisis caminaba por calles antiguas empedradas, buscando casas viejas abandonadas que apaciguaran mi atormentado espíritu; era esa la manera que hallé de alejar mis malos pensamientos y la absurda intermediación del placer. Hasta el momento en que recapitulo, la cuestión se había limitado al encuentro simple de imágenes conmigo en una situación de intimidad y ahora parecía acuciarme en alusión al monstruo poliforme de la mirada verde. A la distancia imaginaria podía entender a los hombres del norte de verdad, a todos quienes cogiéndosela desde la grupa y de ojos entornados, porque algo insoslayable había que mirar, buscaban con las manos sedientas las tetas distantes y colgadas, pasaban la yema de los dedos húmedos de saliva por sus pezones duros mientras le metían la pija hasta los huevos, triplicando el placer, escuchándola gemir en jadeos breves sin verle a ella la cara desencajada o recibían en envión el retroceso ininterrumpido de nalgas con duende tratadas a polímero sintético, el embate final cuando arrecia el orgasmo de esa hembras más que caliente alzada como perra en celo y pidiendo más de lo mismo, aunque fuera con otro tipo pelirrojo pero más de lo mismo. Yo tenía celos de la misma escena que había urdido con mis propias manos, sin poder sacarme del tinglado mental al fotógrafo de la sesión definitiva, al laboratorista untuoso que revelo los rollos de película en colores, al armador sodomita de la imprenta y la larga lista de espera de los machos que formaban encuadernador, empaquetador, dos tipos de transporte de distribución y el vendedor tullido del kiosco callejero. Odiaba a todos los hombres y las pocas lesbianas que habían comprado el número del 25 Aniversario; odiaba los adolescentes urgidos y ancianos viudos de anteojos oscuros, a señoras hombrunas por inyectables gozando el gusto de las tetas apenas y mecánicos de la Escuela Industrial que la clavaron en el taller a la vista de todos los babosos. 

Entre tanto desprecio yo buscaba suplir ese suplicio del manoseo mediante una historia sustituta de pureza y encuentro. Desde el comienzo sabía que con Candy sería insuficiente archivarla, sustituirla por la playmate de la próxima primavera. Ella era una presencia celestial cuya promesa de placer estaba en relación estrecha con la conciencia persistente del problema. Desde que la conocí en aquel almuerzo que me cortó el apetito, la llevaba conmigo en las giras comerciales y era un hombre feliz sabiendo que ella estaba en el portafolio en mis idas al futbol o al teatro a disfrutar puestas en escena de la Comedia Nacional. Fuimos juntos a todos los lugares a los cuales nuestras naturalezas disímiles del cambalache contemporáneo nos permitieron asistir; y claro que mi existencia poblada de contradicciones continuaba adelante, teniendo como evidencia sagrada que la balanza del destino se inclinaba hacia el platillo del amor exclusivo por Candy.

La pasión en las historias como la nuestra termina imponiendo su inflexible cronología, después de seis meses de saboreada continencia llegamos a la conclusión –algo que rompe los ojos- de que era llegado el tiempo para ambos de hacer el amor. Al comienzo dudé si concretarlo en su presencia o darle prioridad al recuerdo maleable y entonces decidí aportar una técnica mixta; partí de la disciplina visual dedicándole una semana intensa y en siete días que conmovieron mi libido, me apliqué a observarla como estaba seguro nadie había hecho antes. Ante su imagen mantenía la mirada alerta y amorosa recorriéndola en sesiones de auscultamiento hasta la más profunda célula del cuerpo, superando tentaciones del gesto espontaneo y brutal que me subían desde los dedos al lóbulo irrigado del placer, reconociendo cada línea de su anatomía y que por eso mismo se volvía lasciva, intentando el olor bestial de sus axilas que llevan a la perdición de los otros sentidos, penetrando en su mirada hasta el fondo de ojos y en la textura tornasolada del pelo, descubriendo de a uno colores empastados de la curva descendiente del vientre, la excitabilidad de sus hombros a flor de piel, ocultos por la tenue malla del deshabillé insinuante en gasa tono rosa y motivos dorados. Pasé en sueños voluntarios mi lengua por el cuello de Candy al que lo rodeaba un foulard ocre y uno de cuyos extremos buscaba la mano izquierda, donde un anillo resaltaba el dedo mayor. En esa experiencia de posesión despojamiento palpé de ojos cerrados el recorrido infinito entre sus tetas, allí donde caían derrotadas las cadenitas de oro y engarzaban el seno izquierdo frontal, pidiendo que la chuparan hasta el desmayo de placer, entrecerré los dedos de su mano derecha abierta apoyándose a pulgadas del vello suavísimo y recortado como si ella conociera mis gustos al respecto.

Logré cerrar los ojos y pensando que Candy era una halografía conseguí reproducirla en la zona más oscura de la habitación. A tamaño escala natural, en la dimensión real de sus formas y con movimiento levísimo de los labios pintados diciendo “Hello, Henry”. Un movimiento imperceptible continuando cuello abajo pudiendo la hazaña milimétrica de alzar la punta de las tetas. Las manos ansiosas me sudaban, la pija tan solicitada se hinchaba sin urgencias teniendo todo el tiempo por delante: nunca habría en mi futuro cosa en qué poner los ojos inyectados de deseo que no fuera recuerdo de miss Candy Loving. El Cosmos comprensible era la muchacha de Kansas y que en algún momento de la vida se mudó a Oklahoma, imaginé las chanzas vulgares resultantes y jugué con una esperpéntica despedida de soltero que yo nunca tendría: sin huevos partidos en el pelo ni queso parmesano pegándoseme en las solapas, un regalo colectivo ignominioso ni insinuaciones obscenas de vestuario sobre la honorabilidad dudoso de mi futura esposa; por ello mismo Candy era el hoy, la presencia absoluta sin distracción y lo que nunca más permitiría me sucediera.

Sin la belleza agregada de variaciones amatorias de pareja ni una acrática invitación a la orgía lo nuestro fue la unicidad. El despertador motivacional puede ser infinito, pero las posibilidades de realización cuerpo a cuerpo son limitadas a rituales protocolares, sobre los que pesan estigmas sociales; que van desde comentarios sobre pelos en las manos hasta el viaje mental sin retorno a dominios de la idiotez. Después de aquella noche mágica toda esa superchería vira hacia el olvido, después de la Candy epifanía voy por la vida con otra calidad interior. Por primera vez desde el inicio de mi dulce perversión, mientras me contraía en la convalecencia del placer repetía su nombre una, dos y tres y treinta y tres otras veces. Las manos estaban suaves y cremosas, mi falo sabía que esto era esencial y tampoco se avino a una erección animal; conmigo imaginó –quiero suponer- todo el vestirse de la muchacha de Kansas. Después un lento desnudarse y cada prenda cayendo en la escena imaginada era otra ola de sangre derramada en las venas hinchadas. Fue una hora larga la vivida para restituirla a ella en ícono vertical de página central de las bodas de plata. Desde ahí una lucha a brazo partido del placer solitario alternando la inmovilidad de la fotografía con la imaginación activa que la anima y restituye a la bella Candy besando acariciando, chupándome, masturbándose ella para lubricarse lo necesario y abrirse de piernas reciclada sobre el acolchado rosa, antes que mi pinga con el esperma de la descarga retenido en la cabeza fuera despejando carnosidades sucesivas del juego palpitante de labios, mientras sus manos, cumpliendo el más secreto de mis deseos se soban las tetas con dedos de bollera tapada. Deseaba que eso nunca sucediera y que pasara de una buena vez pues no creía volver a soportarlo, por primera vez perdía en simultáneo control y autodominio; sentía que Candy estaba entre mis manos, sus tetas eran las que me masturbaban, aplicaba el calor de su piel de hendidura, la proximidad de sublimes pezones y la boca carmesí del deseo entreabierta, dispuesta a tragar lo que saliera en el momento orgásmico. Era su auténtica piel lo que sentía entre las piernas, alternadamente su boca y manos, sus pechos siempre y pies y concha depilada con himen que aprisionaba un linga biológico dejando de pertenecerme para ser el de Candy. Eso era la ajenidad, el otro del deseo y el amor: duplicidad del placer, chorro intenso untuoso disparado sin destino y una planicie de vertiente tranquila, pausada emanación viscosa, blancuzca como si un juego adicional de concéntricos aros siguiera sacando leche donde no podía más y emanaban borbotones de esperma cayendo en diferentes direcciones por el glande y prepucio, por las manos y boca de Candy o tetas o vulva ardida o esfínter del culito de conejita en celo. Pero la verdadera no estaba allí para besarme, yo repetía su nombre alienado y ella menos pediría para ir primero al baño a lavarse la vagina encharcada.

Abrí por fin los ojos. El disco había terminado y se escuchaba un ruido de púa sobre el último surco de Tony Benett, Una puerta de pronto se cerró y un enfermo incurable tosió en el edificio, queriendo espantar de su enfisema la que viene a buscarlo. Me levanté, con un kleenex aromatizado sequé un poco la alfombra y me tomé el resto de bourbon que quedaba en el vaso. Fui hasta el baño evitando manchar el parqué recién encerado y me duché con agua caliente para que bien rápido el vapor invasor empeñara el espejo. Estaba viviendo la crisis sentimental del libertino. 

La situación resultaba insostenible, fueron algunas semanas intensas de increíble felicidad las vividas pero estaba pensando en las manera de hacerla gozar a ella, que se volvió el corazón de nuestra historia. Hasta pensé en consultar un psicólogo ortodoxo para clarificar los orígenes del desarreglo y escuchar consejos con fundamento científico. Debía emprender el regreso a mi vida rutinaria sin nada que me distraiga de mi amado vicio y desmitificar a Candy, imaginarla en situaciones degradantes para su estima y sabiendo que sería incapaz de concretarlo porque el amor se había sentado en la partida. En esas páginas del numero 25 aniversario se incluía su ficha personal junto a tres imágenes más pequeñas en blanco y negro, postales aledañas revalidando la tradición hollywoodense de la fotografía, el consuelo del clásico ejemplo de las tres edades de la mujer. La miré en su niñez y me atrevía a acariciar su inocencia lampiña, besuqueándole como si fuera un tío segundo de visita a la casa del balneario, En el colegio uniformada me autoricé el estupro dándole sopapos a lo Glenn Ford cuando fue Johnny Farrell, mientras ella lloraba y suplicaba; y entrada en la pubertad la prostituía en tabernas imaginarias de puertos pescadores de la bahía de Cochinos que nunca conoceré. También imaginaba –un paso detrás de mi diosa del sexo- una Candy tardía de huesos marcados por la anemia y cabello raído hasta la calvicie, senos secos caídos, que la abrazada por la cintura atrayéndola a una debacle de la belleza pasajera y que sería la única estrategia para mi de olvidarla. 

Ello introducía en el romance la conciencia del tiempo que todo lo puede, una sucesión de historias redactando la novela breve de nuestro encuentro y que –contrariando mis intenciones iniciales cuando urdí el procedimiento- en lugar de alejarla de mi campo sensual la acercaban más y todavía más cada día: todo lo concentraba para vivir intensamente hasta fusionarme, ese 1/1500 segundo milagroso de la historia del mundo sensorial en que ella fue fotografiada. El instante mágico de la Gracia suprema y lo único que me pertenecía; lo que era nada al minuto siguiente y se me iría entre los dedos de las manos como tantas otras historias de amor y despedida. Dejé a Candy en uno de los confesionarios de la Catedral de Montevideo sobre la calle Ituzaingó, lugar de paz  espiritual al que nunca jamás regresé, crucé a pie la Ciudad Vieja y nada de lo conocido en esas calles coloniales parecía pertenecerme. 

Ese día la Catedral se convirtió en la estación de trenes abandonada de un western spaghetti, terminal del viaje iniciado en Kansas City y que me trajo hasta una ciudad extraña de otro tiempo, más triste que la recorrida de niño cuando aprendí a caminar. Adivinaba la melancolía de los solitarios, quería pararlos en la vereda y contarles con entusiasmo de predicador menonita, la vía insoslayable de salvación del alma pecadora. Esa evangelización me estaba prohibida y los transeúntes se negaban a escuchar mi palabra con acentos lastimosos de amor. Ingresé a la gran avenida de la ciudad y me mentí en el primero de los cines de estreno que encontré. La película por lo que pude ver estaba en el final; mientras buscaba acomodo entre las filas y me decidía por una butaca, escuché los últimos disparos del tiroteo. Cuando miré la pantalla en colores sobre un encuadre de final previsible, la silueta de un vaquero solitario y herido montado a caballo se perdía en el horizonte, buscando la noche de la pradera ensangrentada de fuego. Fue instantáneo asociar esa escena con mi adorada Candy cabalgando también y yendo hacia el poniente, con sus tetas al aire desafiando el viento salvaje que nunca más vería. Entrecrucé entonces las manos como si rezara una plegaria montevideana, entraron los créditos finales del filme en la pantalla y escuché la voz de la vendedora ofreciendo caramelos, bombones, maní con chocolate. 

Hacia lo alto inaccesible de la sala con aspiraciones góticas de seo se encendían débiles luces del entreacto y mientras yo tarareaba en silencio la canción de Tony Benett sobre cuando dejó su corazón en San Francisco, comprendí que me estaba destinada otra misión. Supe que la tarea sería inmensa y humillante; volvería a parques arbolados pasada medianoche buscando miradas de la concupiscencia, la creolina industrial penetrante de baños públicos mal iluminados, a concluir la historia como los seductores en terapia, sabiendo que si a lo largo del camino empedrado alcanzaba el poder de los dioses, haría con Candy lo que Neptuno el del tridente hizo con una de las ninfas: convertirla en hombre.  

Night and Day – Capítulo I

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Something in August

Al sur de todo carcomido de amnesia con herrumbre, más terrible es el octavo mes. Agosto se precia de cortejar la muerte haciendo el balance generacional y parecer indiferente al paso de las estaciones: es cuando el frío eterno, atributo infernal, trepa y se instala en la pampa urbana maloliente y gris. Mes de fiesta patria y noches de helada, temporales vaticinados por creyentes, nubarrones burlando la consagración primaveral y la transfiguración. Desde el martes 1º o jueves o domingo, el mes orienta los espíritus al tiempo de nadie, región de la existencia donde respiramos combustión de kerosén con llama azul y la humedad de los empapelados, se amontonan trapos en las hendijas para atajar el viento, los pies ateridos amasan el látex enfriado de las bolsas de agua caliente. Hay gente que duerme vestida, las verduras se deshacen en un caldo turbio cocinándose a fuego lento sobre el primus. El agua se enfría al salir sin fuerza de calefones empotrados en casas de huéspedes baratas, sobre la cama turca de plaza y media se amontonan frazadas oscuras. Los ómnibus en los arrabales son camiones desahuciados rumbo al matadero, viejos jubilados evocan refranes carentes de ingenio sobre las condiciones del clima, argumentan nostalgias sobre las perdidas tardes estivales y a todo ello, los desesperados inician el viaje sin tregua hacia el fin del invierno. Son las noches de invierno en que se lee hasta bien tarde, apropiadas para abrir cualquier edición de La vida breve.

La novela parte de un deseo irrealizable, que pase Algo, cualquier cosa y Algo. Se lo pide desde el acápite de Whitman (fragmento de A Song of joys, 1860)  diciendo la extensión de la desesperanza al comienzo del texto. Situación inicial del protagonista en quien convergen tres desacomodos abriendo la irrupción de Algo; amputación del cuerpo de la esposa, irrupción de vecina nueva, ilusión de la escritura. El mundo del protagonista viene de alterarse, lo insinúa y luego lo formula sin saberlo –o acaso- la nueva vecina; en el principio es el verbo de ella, palabra de víctima propiciatoria, criatura destinada al sacrificio. Desde la primera línea ordena la predisposición mediante conciencia de verdades: el mundo está loco, la soledad es radical, la vida es breve. La angustia irrumpe ante la certeza de que todo es posible, el hombre correcto que escucha se confrontará con un cáncer conyugal y el despido, la mentira y el deseo de matar, pulsión de escribir y regreso a Montevideo. 

LVB comienza en la inminencia del temporal pocos días después de celebrarse la Asunción de la Virgen María, una vecina pecadora inicia la partida abriendo la boca, proyectando la voz. La conmueve el espectáculo del mundo, máquina irracional trituradora y se reconoce en un trueque panteísta devorándola, lo acepta resignada sin considerar las secuelas. Su Pathos es simple, ella asistirá al último temporal de Santa Rosa de su existencia. Es una voz inconfundible, detrás de esa voz acaso mimética se acumulan detalles envilecidos del cotidiano de la recién llegada, que amuebla su mudanza, cambia y acomoda el lugar de su nueva existencia breve orientada a la muerte. Un mundo exento de dudas. La cama, un aparador para botellas de ginebra vaciadas con avidez, la cómoda de cajones donde esconder medias arrugadas, bombachas, calzones sucios de la jornada. 

Ella dice lo del mundo loco, son las primeras palabras y el que escucha de éste lado junto a mí, acota que es como remedando, como si tradujera y lo escuchado tuviera un original en otra lengua. Sin pretensiones metafísicas ella constata un estado del mundo, lo hace con humildad y justificado desengaño. Ella ignora estar profetizando por metáforas y es un oráculo ciego. El mundo está alienado. LVB será la demostración de ese teorema inicial. Como la ciudad aguardando relámpagos de Santa Rosa y la fugacidad de la vida rioplatense la novela terminará en carnaval. La locura equivale al universo, lo sustituye, toma su lugar, lo necrosa. El delirio se formaliza en realidad, la razón será desterrada con la palabra puesta en entredicho, declarada inservible para lo que vendrá. En ese edificio (ladrillos y palabra, escritura e inmueble en la calle Chile de Buenos Aires) la coherencia es inquilino incumplidor, indeseado, irreconciliable con el carácter de los vecinos. Como puede serlo en la ciudad un individuo indocumentado, un extranjero en Buenos Aires. 

La mujer habla e instala la alteración, dispone las reglas del juego a venir. De seguir vigente el refrán sobre la verdad de locos y borrachos, tontos y condenados, siendo una atorrante postula la verdad del destinado a desaparecer para que otros vivan. Será dejada de lado, sacrificada mediante un crimen absurdo, tirada en la cuneta de la escritura y con la finalidad de acelerar la narrativa de la historia. 

Faltan tres semanas para llegar a primavera y después a Montevideo. Invierno de lectura, infierno porteño, se plantea la apertura Brausen, comienza la partida existencial, el movimiento de las piezas sobre el tablero novela. Los personajes esos implantados en el desierto de la angustia urbana, deambularán de madrugada en el cruce de Corrientes y Talcahuano, arrastrarán los pies por Palermo Viejo, se fatigarán en el barrio donde sucede la acción. Buenos Aires es ciudad de la preterición y territorio de la amnesia que provoca el protagonista. Esperar Algo con insistencia, incitarlo en detalles mínimos de lo circundante (vecina, retrato, ampolla de morfina, tuerca del puerto) supone el deseo de cambio profundo; intentarlo por la invención de vidas paralelas, aceptando el pasado como algo ratificado en la operación de recordar, renunciando a la identidad. La espera de esas modificaciones altera tiempo y espacio. 

LVB como deseo y búsqueda de Algo peligroso y terrible, diferente y desconocido que llegará en un éxtasis místico. Cada personaje persigue su Algo de las maneras más heterodoxas, ese Algo para mi es la novela La vida breve, el objeto libro de la primera edición cuando yo no existía.

Hace medio siglo los textos que argumentaban a favor de una novela, ubicados en la parte interior de las tapas del libro eran menos grandilocuentes en relación a los méritos del autor que hoy día. Más prudentes sobre la excelencia de la historia alegada y evitaban subestimar la inteligencia del lector. Cuando en noviembre de 1950 salió de imprenta La vida Breve de Juan Carlos Onetti (Editorial Sudamericana de Buenos Aires, talleres gráficos de J. Hays Bell), año del Libertador General San Martín, en la primera solapa, sobre fondo verde, tres párrafos buscaban la atención del lector potencial. El tercero merece ser recordado. «La originalidad de esta novela no afecta en lo más mínimo a su interés. No se tema que se trata de un experimento literario, como suele calificarse despectivamente a todo abandono de los moldes notorios. Es, pura y simplemente, una novela con todas las de la ley: un relato fluido, coherente y ameno, que el lector ha de seguir con la misma intensa curiosidad desde la primera hasta la última página.» 

Lo comprendimos luego con el paso de los años, se dieron en aquel noviembre del 50 una serie de circunstancias determinando un episodio mayor de la literatura. Avanzo la sospecha de que lo que tiene LVB de novela inicial de un ciclo magistral opacó en parte su valoración específica; más tarde, otros grandes libros confirmaron la densidad del proyecto onettiano. LVB es sui géneris, supone un peaje oneroso en la concepción del oficio de novelar, apuesta a la indeterminación, resiste al peligro de lo inconcluso, permite observar desde un lugar privilegiado el proceso inapelable y subyugante de la transfiguración en escritura de objetos, personas y circunstancias. Claro que el autor tenía algo para decir, por supuesto había el empeño de Onetti por ser escritor detectable desde la juventud: LVB recuerda que la traducción del deseo en lenguaje es lo que continúa marcando la diferencia, el misterio. 

Los retóricos juegos con las palabras (cada generación, cada país, cada movimiento produce malabaristas de diccionario) no alcanzan a burlar el olvido, burlar la ley más inflexible del arte de narrar que es la obsolescencia. Misterio, desesperación y coherencia se agregan a los sabidos silencio, exilio y astucia. El mundo no está destinado a justificar ningún libro por más seductora que sea la idea y muchos teóricos estén tentados a desertar de su capacidad crítica por tal hipótesis. La literatura tampoco es la mimesis reductora de lo que nos rodea, espejo complaciente de buenas conciencias. Ningún libro que se escriba sobre La vida breve necesita justificarse; han pasado más de cincuenta años desde la primera edición de la novela, buena ocasión para desprenderme de notas al margen, subrayados recordando dudas de interpretación, dependencia que se volvió pasión, compleja historia de amor con un texto y un objeto que aquí busca declararse y dictar la carta de un adiós necesario. 

Las opiniones avanzadas son cautelosas y en algunos casos originales, tienden a tramar una novela de la lectura, su sinergia es ambiciosa, alterar la valoración habitual del «otro» libro de presencia espectral. El libro que importa es el «otro», mi libro se legitima en tanto hace recordar al otro libro omnipresente en cincuenta fragmentos. Cada línea de este libro habla de él, escribí con la sospecha de que toda lectura rigurosa supone la lectura de dos libros en coexistencia. La literatura ocurre en la relectura y esa experiencia inicial algo presocrática en su formulación supone leer dos libros que nunca son el mismo. 

Drama familiar en la calle Tánger al 600

Este relato finisecular forma parte del libro homenaje a la obra y espectro literario activo de Horacio Quiroga; el trabajo se llevó adelante, según una serie de protocolos preliminares y que fueron explicitados en el comentario a otras cuentos del mismo libro. Las estrategias de acercamiento al argumento Tánger al 600, eran quizá reacciones del hombre emponzoñado por la yararacusú de las drogas; como nunca conocí la selva misionera, opté por ubicar la acción en las zonas orilleras de la sociedad montevideana. Esos barrios alejados de las avenidas con transporte, fluctuantes entre las últimas carpetas asfálticas y primeros caminitos de tierra avisando el descampado; pasillos interminables de hospitales públicos, donde de noche se franquean fronteras disputadas entre enfermedad y muerte, las puertas giratorias de templos de los santos de los últimos días, sótanos de cabarets putañeros que pueden entornar las puertas del infierno o paraíso según la cara del cliente. También asoma algún recuerdo de la infancia, cuando mi madre me llevaba a visitar a los abuelos paternos que vivían en la calle Besares, cerca del hipódromo de Maroñas; muchas veces salí apurado a la calle, atraído por el ruido de herraduras sobre los adoquines y veía a rocines de antes -entre bruma de niebla invernal o en la resolana veraniega, aprontando el premio Ramírez del 6 de enero- el paseo de los caballos soberbios y con la monta del jinete adolescente embozado. Sin haber sido un turfista ni de lejos, igual todo lo relativo a los pingos -aunque sean de madera- tiene para mí una fascinación que releva de lo maravilloso; ahí pues, tenía el narrador y venía faltaba el personaje.

Quiroga -contrariamente por ejemplo, a la narrativa patriótica de Eduardo Acevedo Díaz- rescataba la violencia excedente cuando se agotan las cantimploras de la historia; los guerreros abandonan la vanguardia con lanza en mano y carabina a la espalda, entrando a intervenir demonios interiores que desertaron el batallón racional. Imposible hacer una introspección organizada de esa mente criminal rondando el cuento, así que me limité a lanzarlo a su aire en un itinerario de iniquidades incontroladas, repetidas en el cotidiano apenas afinamos la mirada y el oído en la noche de las comisarías, los servicios de primeros auxilio, el ulular de las ambulancias pagas y el tránsito permanente de ataúdes en salas velatorias de Javier Barrios Amorín 1076 y la calle Durazno. Del salteño proviene asimismo esa violencia secreta y explosiva que a veces es un suelto de siete líneas en las noticias policiales; la calesita social arrastra todo a su paso y lo retenido desborda una arqueología con cronista de prensa cotidiana matutina o archivos policiales.

El cuento existe mediante la escritura, tan solo porque el narrador alguna vez se cruzó con el personaje; ese escándalo de lo inimaginable que ocurre con alguien frecuentado por azar en nuestro campo magnético, lo pánico merodeando la vecindad. Hay un poder que llamamos sistema y se ejerce sobre los necesitados, pero hay otro instinto de agresión circulando entre los humildes, de la misma manera que sabemos de ajuste de cuentas entre apostadores, vecinos denunciados, estupro sobre la guacha de la otra cuadra, narco traficantes de pasta base y proxenetas de travestis. Evocando los tiempos prehistóricos de las series dobladas de médicos, como el famoso pionero Dr. Ben Casey -hombre, mujer, vida muerte, infinito…- el cuento irradia algunas páginas de ese universo; pero distante varias camillas del magisterio doctoral del neurocirujano prodigioso, sino vendados al tráfico de influencias voraces entre enfermeros, camilleros y empleados de la limpieza.

El enfermero del turno narrativo, que viene a ser una estrella fugaz de un rojo sangre infernal, tiene un alto componente de ficción rodeado de realismo. Es metonimia de violencia social sublimada en el Mal desregulando el mundo lindando y condensador proletario de fallas sociales; esas que algunas veces articulan deformaciones populares, agregación de conductas y gestos cicatrizando lo monstruoso. El itinerario de iniquidades del hombre en guardapolvo es lo bastante explícito para requerir explicaciones de filosofía lóbrega, una sociología blanda de la excusa o psicopatología de la vida cotidiana malograda. Quizá tiene en su fórmula mental ingredientes de todas las boticas mentales citadas, queriendo acercarse al estereotipo esperpéntico. La tarea en el hospital público, su incursión por el mundo tarifado de la noche, son acaso el espejo de un Uruguay desatendido por el enmarque acotado circunscripto en bucle a la dictadura; en algún momento pudo ser torturador con conocimiento de medicina, el médico insospechado de la militancia guerrillera, hermano de la vecina amable a quien le entró agua en la azotea; se quedó siendo el que activa y resuelve la tragedia -remedando sin saberlo a los clásicos en Epidauro- en el ámbito familiar. El teatro burlón de la Historia siempre supone la coexistencia de máscaras complementarias, dos espacios que pueden ser utilizados como metáforas donde se exponen Tánatos y Eros de una sociedad que antecede, coexiste y sobrevive a episodios ordenados por los libros de historia. El hipódromo o circo hípico activa la catarsis de las edades doradas con centauros, renueva el pacto de la competencia por la vida y sus apuestas, divide espectadores en ganadores por varios cuerpos y perdedores, da revancha desde la segunda carrera o el próximo sábado y habrá galope tendido en la recta final después de nuestra muerte; para entender esa leyenda urbana, quizá alcance con escuchar en la radio Clarín -que dejó de emitir música típica y folklórica para la cuenca del Plata- Por una cabeza cantado por Gardel.

En cuanto al hospital, hace tres años que lo vemos a diario y no es complicado -en los tiempos irrespirables del covid- imaginar a nuestro personaje deambulando en piloto automático los pisos superiores del Hospital de Clínicas del Parque Batlle, organizando con eficacia endiablada el mercado negro de vacunas Pfizer; vendiendo a padres desesperados dosis infantiles falsificadas, tal como hacia Harry Lime en Viena durante la post guerra mundial, mientras exponía al viejo amigo Holly Martins -en la rueda gigante del Prater- su alabanza de la corte Medici florentina y el menosprecio por la democracia suiza del reloj cucú.

Últimos globos de historieta

Cuando escribí “Aperturas, miniaturas, finales” ya desde el título había un guiño a la cosa mentale del ajedrez, la noción de juego sometido a reglas y la heráldica de combate -el primero de todos contra las murallas de la narrativa- así como a las infinitas variaciones. Contaba de tres secciones y cada una ponía el acento en momentos clásicos de la partida, donde se puede definir el éxito o fracaso del intento; así lo quiere la tradición desde el tratado de Ruy López de Segura, publicado en Alcalá de Henares en 1561, hasta la corona revalidado la semana pasada por el noruego Magnus Carlsen. A veces también se hacen tablas, una suerte de aporía de movimientos donde a la belleza del desarrollo le falta el asalto final sobre el rey enemigo.

Las aperturas -en salida con blancas y en defensa- son parte de la partida; por ser estudiadas sin tregua se repiten siguiendo partidas anteriores, hasta el momento que sucede el movimiento haciendo vacilar lo que sigue; en el cuento sería el planteo inicial del decorado, personajes, tonalidad, coordenadas espacio temporales y el arranque de la historia. Las miniaturas son relámpagos, partidas resueltas en poco intercambios digamos menos de veinte movidas; es el insondable secreto del cuento breve, algo rondando entre Poe y el dinosaurio de Augusto Monterroso, sin olvidar el decálogo del gran maestro Horacio Quiroga. Los finales es el arte de rematar una partida, liquidar un cuento entre escaques despejados y haciendo que la última oración sea inesperada, diferente o mágica, eficaz como la inicial que tanto preocupa a los narradores. Ese tríptico formal, en mi caso estaba acompañado en el primer libro por otro de condicionamientos. Los recuerdos de la educación al relato, que incluye la literatura en su acepción habitual y las imágenes del cine, revistas de chistes canjeadas en los kioscos y la influencia de la televisión; con esa coincidencia irrepetible de ser la primera infancia uruguaya confrontada al monstruo catódico de fabricar historias. Luego estaba el aire del tiempo, sobre todo el interés por los signos de la cultura de masas, la Semiótica en su auge -nombradía de Umberto Eco y Julia Kristeva- que me condujo a pasar post grados en la Universidad Autónoma de Bellaterra, donde redacte una memoria de grado sobre Rocky Balboa. Por último, estaba la exploración narrativa de todos los posibles, lo que daba un estado de escoria y heterodoxia al libro aquel, que podía ser considerado de búsqueda tanto como de extravió.

“Últimos cuadros de historieta” responde a ese magma y todavía no estoy seguro si la resolución fue acertada y la idea no se fue apolillando con el paso del tiempo. Durante la infancia acumulé miles de imágenes de enmascarados, animales que hablan, balaceras del far west, andanzas en liana del hombre mono, Benitín y Eneas… la suma seria abrumadora, así que me limitaré a un par de ellas. Una película blanco y negro sobre la guerra del Pacifico donde actuaba Gregory Peck que llamaba en castellano “La gloria se escribe con sangre” y los sábado caseros, cuando seguíamos en familia las aventuras del teniente Hanley y el sargento Saunders en “Combate”; todavía puedo tararear el tema del genérico. En la disciplina semiótica eran los tiempos que delatábamos el capitalismo en tiras cómicas del pato Donal, la psicología infantil en la banda de Mafalda y la sublimación del clítoris en las planchas de Milo Manara. Comenzaba la metástasis en reversa con el hombre de acero, el hombre murciélago, el hombre fantasma, el hombre invisible, el hombre araña… y el art pop en litografías de Roy Lichtenstein. Fue aquel un movimiento poderoso en torno al signo; en cuanto al deseo de explorar técnicas narrativas, busqué las primeras adiciones de los almanaques de Cortázar, “La vuelta al día en 80 mundos” (1967) y “Último round” (1969), que incitaba a una expedición permanente: los otros mundos narrativos hay que ir a buscarlos. Al final, el relato quiso ser una parodia de los doblajes de la tele, del mundo americano que coloniza las mentes infantiles y la escena de la muerte injusta del muchachito. ¡Cáspita! que lo malditos saben hacer pasar la emoción cuando los genocidas mueren. Fracasé en el intento de revancha por haberlo creído -mis lágrimas fueron sinceras- cuando Lakotas, Cheyennes y Arapahoes mataron a Errold Flyn con las botas puestas, el 25 de junio de 1876 en la batalla de Little Bighorn, en una tarde de domingo en el Cine Broadway de Montevideo.

Lefaucheux I

-Es por aquí Cirilo. Rápido, rápido… no hay tiempo que perder.

El muchacho que abrió la puerta cancel era alto y fornido, tenía aspecto de alguien que podía dominar cualquier situación amenazante. La manera de echarse con la mano el cabello hacia atrás, el mechón rebelde que permanecía desobediente sobre la frente daban cuenta de un infierno interior.

Hace menos de una hora promediando la media mañana, Cirilo estaba bebiendo su primera naranjita azucarada del día en las instalaciones del Club Social Democrático. Eran cerca de las diez, puede que un poco menos; a esa hora ningún ómnibus de Onda llega al pueblo desde la capital, los representantes comerciales desmotivados, que merodeaban cada tanto por el lugar, asomarían la nariz recién el mes que viene. Los clientes habituales de Cirilo preferían salir de tardecita, salvo los primeros días de mes cuando las viudas van al Banco República a cobrar la pensión legada por el difunto.

El gordo Acosta responsable del bar del Club, concesionario vitalicio de la cantina, estaba sintonizando la radio y dejó sonar el teléfono varias veces. Fastidiado por la campanilla interrumpiendo la quietud de la mañana levantó el tubo, escuchó sin chistar y anotó unos garabatos en una servilleta de papel. Después de colgar dijo:

-Es para vos Cirilo. Tomá, parece que hubo accidente en el barrio Las Manzanas. 

Era la peor noticia que le podían dar a esa hora y siempre; estaba harto de tener que hacer en ese pueblo podrido, sin ambiciones de porvenir, además de taxista de patrullero, remisero y ambulancia; por poco que fuera el accidente al origen de la llamada, ya se suponía ayudando a maniobrar con algún tipo jodido. Aunque llevaba una lona plastificada para casos complicados, el vertedero de sangre, bilis o mierda chirle en el tapizado sería inevitable, pero había que ir respetando el sermón de Nicolás Sauvage. 

Cirilo se levantó con esfuerzo de la silla, una vez de pie se tomó el jugo azucarado de un trago y se arregló la circunferencia que unía la panza con el cinto, mientras se arrimaba pachorriento al mostrador.

-A ver, le dijo al gordo Acosta. Dame esa changa.

Leyó el papel, conocía el rumbo, bueno sería; la calle y el número así de primera nada le decían de especial. 

Le costó decidirse salir a la calle, nadie en las inmediaciones y la estación de servicio Texaco parecía cerrada por quiebra. Una vieja con pañoleta en la cabeza amagó salir del almacén del rengo Ruperto, ella amagó y los perros de la cuadra estaban boqueando tirados en la sombra de los zaguanes.

Había en la vereda una resolana reverberante como playa de río con cantos rodados, linda para estar pachorriento tomando una cerveza helada debajo de cipreses llorones y los pies descalzos apoyados en el pastito húmedo. A Cirilo el calor de pueblo chico le derretía la cabeza, con el auto no había caso, estaría recontracalentado. La noche era poca para enfriar esa enorme carrocería, él lo estacionaba debajo de los árboles para evitarle sufrimientos. Igual lo cagaban los pájaros madrugadores y goteaba sobre la carrocería esa savia pegajosa que cae de los árboles.

-Tenía que haber seguido veterinaria, se dijo Cirilo.

Terminó siendo taxista y por amor. Debía ganar plata dulce y rápido, en una o dos temporadas abrirían el inmenso parador Municipal que sería una inagotable mina de oro. Había que instalarle y por lo alto la peluquería a aquella, inesperada mina de mierda que terminó yéndose a la capital con la otra atorranta que tomó de aprendiza.

-La muy hija de puta… refunfuñó Cirilo.

El taxista permanecía fijado en el drama insuperable de su breve vida sentimental. La única gracia cuando se emborrachaba a propósito era contarle los planes de venganza, rumiados durante años de rencor a quien quisiera oírlo; él llegaría hasta la peluquería y salón de belleza que funcionaba cerca de la cárcel de Miguelete, allá en Montevideo. Sin decir una palabra les pegaría dos tiros a cada una de las traidoras que jugaron con su credulidad; después de la balacera liberadora, iría caminando lento hasta la entrada de la prisión cercana y diría los versos que eran su to be or not to be ensayado cientos de noches de insomnio: «arrésteme sargento y póngame cadenas, si soy un delincuente que me perdone Dios». 

Del inapelable fracaso en el amor y la falta de intuición para administrar el jodido parador, que nunca vivió ni un verano de gloria ni tuvo reina de belleza, ni cena oficial de Rotarios departamentales y terminó en una especie de establo abandonado donde pastaban burros y caballos, a Cirilo le quedaron oficio y taxi. Un Desoto enorme que padecía las iras retrospectivas de su iracundo propietario. «De todas las atorrantes que andan yirando por el mundo, justo a mí me tuvo que tocar una que salió más tortillera que puta» se quejaba el taxista. Cirilo pensaba eso cada mañana. 

Fue allí mismo, frente por frente a la entrada del Club Social Democrático donde estaba otrora la peluquería Yolanda, de dolorosa memoria para él. Ahora es un boliche infame donde levantan quiniela, venden alfajores, bombones Garotto traídos del Chuy, pilas alcalinas, helados de palito, figuritas coleccionables, lo que sea; ese local mancillado por la usura y la miseria, era su círculo del infierno asignado por adelantado estando en vida. 

Cada vez que salía del Club Social Democrático estaba obligado a ver el lugar de la afrenta y que años atrás él mismo pintó con tanto cariño; además de haber instalado el sistema eléctrico y cañerías complicadísimas necesarias para los lavados de cabeza. Le faltó la satisfacción de una violenta escena de ruptura escandalosa, ni tuvo desahogo mediante un par de gritos y otros tantos sopapos pesados. Apenas el dudoso derecho a la cartita en la que su mujer escribió una posdata creativa: «y esto te lo dejo, cornudo, para que no te hagas ilusiones pajeras sobre una reconciliación», palabras claras preludiando un fajo de fotos Polaroid explícitas hasta la interjección. 

En una de ellas. la aprendiza de aire tan modosito cuando recién llegó a la peluquería, que motivó en Cirilo bromas repetidas sobre la claridad de sus luces, parece que había nacido con un slip de cuero negro tachonado de plata, del cual emergía una porra enorme de látex transparente hiperrealista. Cirilo continuaba desde entonces arrastrando su cruz de taxista, manejando era el único momento en que podía olvidar ciertas escenas, aunque alguna tarde se iba a las afueras del pueblo no lejos de donde se anegó la utopía del Parador y llorisqueaba repasando el álbum de familia.

Despreciaba el barrio Las Manzanas, mucho pardo holgazán para su gusto decía, demasiado atorrante sin ganas de trabajar perdido por el vicio. Casi nunca lo llamaban de esos rumbos miserables, pero se trataba de un accidente y había que hacer de tripas corazón. 

Llegó a la dirección que le pasó al gordo Acosta y la puerta de calle estaba entreabierta. Cirilo entró a un zaguán oscuro, caminó unos metros en la semipenumbra y golpeó al final con los nudillos en cristales esmerilados.

Cuando abrieron, él reconoció al muchacho que lo hizo pasar y le costó relacionar la facha de ese zurdo con el lugar. La casona era de las antiguas, una construcción sólida de principio de siglo que parecía deshabitada, había muchos papeles tirados por el suelo y algunas botellas vacías. 

«Maricones y pichicateros, en una buena farra me metí» pensó Cirilo. Los dos hombres atravesaron rápido la primera pieza donde los papeles se amontonaban más, en la segunda habitación había colchones tirados por el suelo y del cuarto de baño salía un olor parecido a champú de peluquería. En la cocina -también debieron pasar por la cocina- había lo necesario para preparar un mate, cachos de pan sobre la mesa sin mantel de hule, latas de sardina abiertas y salamines cortados a lo bruto, una botella de leche a medio llenar. 

Ese catálogo pasaba velozmente ante la mirada despreciativa de Cirilo que hacía esfuerzos por retener detalles, intuyendo con razón que terminaría declarando en la comisaría del pueblo «o más arriba, qué mierda» pensó el del taxi.

-Pero qué es esto, por Dios, dijo Cirilo cuando salió al patio trasero de la casa del barrio Las Manzanas.

El sol estaba filtrado por una parra aérea que hacía las veces de toldo intermitente, una claraboya con racimos en lugar de vidrios. El suelo del patio estaba hormigonado en su casi totalidad y a pesar del gris intenso del piso, se destacaba terrible un cuerpo de muchacho en calzoncillos y alpargatas. 

Tenía la camisa abierta en el pecho, saboteando uno de los ojos había un coágulo enorme y que en un punto del borde permitía la salida de un hilillo de sangre. Debía de haber un segundo agujero en otra parte del cuerpo inanimado y el charco de sangre era impresionante.

-Hay que llevarlo al hospital, dijo el muchacho hablando con calma voluntariosa.

-Qué hospital ni ocho cuartos, ladró Cirilo. Este hombre está muerto.

A Cirilo le bastó inclinarse muy poquito para identificar al muerto. Era el sobrino capitalino del Pato, el dueño del boliche donde los atorrantes del pueblo se juntan de noche a conspirar. 

«Tendrían que meterlos a todos en un barco y mandarlos a Rusia» pensaba Cirilo cada vez que debía pasar cerca del boliche del Pato, lo que sucedía varias veces a la semana.

-El hospital, insistió el muchacho. Tenemos que llevarlo rápido. 

Cirilo se impacientaba y estaba a punto de rajarse del lugar bastante caliente, cuando observó que el otro tenía un revólver en la mano. Con el revólver en la mano le abrió la puerta y parecía no estar dispuesto a soltarlo antes que terminara la eternidad.

-Yo solo no puedo, dijo el taxista. Tenés que darme una mano, pero primero soltá eso. Es peligroso, se te puede escapar un tiro.

El otro recién ahí pareció reaccionar porque miró su mano y con gesto repulsivo arrojó a un costado el arma -una antigualla de museo- como si fuera una araña en celo que cayó por tierra en el lugar donde salía el tronco áspero del parral; después, él mismo se dejó caer por inercia y llorisqueando, volviendo de un trance que al parecer duró demasiado. 

Cirilo tenía el fastidio acobardado, deseaba que todo el asunto pasara pronto, amagó encender un cigarrillo pero le faltó tiempo. El muchacho había tapado la cuenca vaciada del muerto con unos trapos viejos y lo tenía agarrado por los hombros, como cuidándolo de una simple borrachera de cerveza.

-Vamos, rápido, que todavía estamos a tiempo, dijo el muchacho.

-Si, vamos, respondió el taxista.

Sin apurar los trámites, temiendo una reacción intempestiva del mozo del revólver Cirilo se acercó hasta los pies del muerto y entre ambos lo cargaron sacándolo de la casa. A todo esto era casi mediodía. 

Se escuchaba el peso del esfuerzo de cargar un muerto sobre la tierra, en contrapunto cantaban con ahínco las chicharras oficiando a manera de coro funerario; el ruido de los insectos era ensordecedor y aumentaba segundo a segundo. «Si no despegamos pronto de aquí él me mata a mí o yo lo mato a él» se dijo Cirilo y en ese momento sintió la inconfundible gota gorda recorrerle la espalda, eso era catinga en fija en el sobaco o irritación de hongos en las pelotas. «Estamos completos. Día de mierda y todavía falta la mitad» pensó el taxista.

Colocaron en el asiento de adelante al muerto que parecía estar sonriendo si no fuera por el detalle revelador del ojo vaciado. El otro hizo las maniobras necesarias para que el muerto viajara cómodo. «Ha de creer en serio que el sobrino del Pato sigue vivo. Está convencido de que los médicos podrán hacer algo para salvarlo. Aquí pasó algo feo y yo estoy en el medio, como si las situaciones de mierda las buscara a propósito» se compadecía Cirilo. 

Ninguna de los tres abrió la boca hasta que llegaron a la entrada del hospital, una clínica un poco mejorada tirando a dispensario.

-Tranquilo, ya llegamos, dijo Cirilo.

Cuando terminó de frenar el tachero bocinó con insistencia, nervioso, sin largar el volante. 

De una puertita del fondo, que daba sobre el estacionamiento trasero del edificio salió un tipo somnoliento a pesar de lo avanzado de la hora, asombrado por tanto barullo, ofendido como pistero de amoblado un domingo de mañana. 

Cirilo desde lejos le hizo unas señas extrañas y el otro desapareció.

-¿Ahora qué pasa? ¿Por qué demoran? preguntó el muchacho.

-Ya viene. Está todo bien… se hará lo humanamente posible.

Pasados un par de minutos regresaba el enfermero de guardia, traía una camilla alta con ruedas cuyo ruido al avanzar era peor que el de las chicharras del barrio Las Manzanas. 

Cuando llegó junto al auto abrió la puerta delantera y el cuerpo todavía tibio del sobrino del Pato se desplomó por tierra.

-Puta madre, dijo el enfermero. Que hacés Ciri, es temprano para jodas. Esto es grave, tenés que ir derechito al destacamento a ver a Larramendi.

-Es lo que le dije al señor, dijo Cirilo. Pero aquí el joven insistió y estaba armado, entendés.

Mientras los otros intentaban conversar el muchacho permaneció callado, acomodó el cuerpo del muerto sobre la camilla y avanzó empujándola hacia la puerta trasera del hospital dejando atrás a los hombres discutiendo.

-¿Qué negocio Ciri?, insistió el enfermero.

-Algo muy podrido, respondió Cirilo. Andá, seguile la corriente y ganá tiempo. En diez minutos te mando a alguien… imaginate.

-Siempre el mismo piola vos.

-Yo ya banqué mi parte de la mierda, dijo Cirilo. Andá, tratá de averiguar algo. Lo encontré en una caso del barrio Las Manzanas con el chumbo en la mano. Está medio ido, seguro que drogado.

-Ciri, mirá en qué estado te dejó el tapizado delantero.

-Ya vi, ya vi. Callate… por hoy estoy completo.

El taxista volvió a su puesto de trabajo y encendió el motor. El Desoto retozó contento por haber vivido una aventura distinta, Cirilo le adivinaba al auto esos caracoleos de felicidad, de cuando Yolanda lo manejaba y se iban con la aprendiza hasta la frontera a comprar lacas brasileras, ruleros y tintas. 

Era lo que ellas decían.

-Auto de mierda, dijo Cirilo y metió una segunda capaz de reventar cualquier caja de cambios.

El pobre Desoto volvió a ser auto de cornudo y único taxi sacrificado de ese pueblo sin nombre, él que había sido armado en las grandes fábricas de Detroit allá por los finales de los años cuarenta.

La semana del búho

“La semana del búho” es un relato incluido en el libro “Siete partidas” publicado en 1998. Si bien recuerdo marcó el inicio editorial de Linardi y Risso, librería donde encontré varias primeras ediciones de otros uruguayos -incluyendo “El pozo” y la “Historia de mi vida”- que andan todavía por la biblioteca. En esa oportunidad los protocolos narrativos del proyecto pasaban por la exploración de la media distancia, la milla escrita de unas veinte páginas que había llamado mi atención en varias lecturas. Se trataba de indagar nuevos territorios saliendo del rigor formal que impone el cuento breve según la praxis de Poe, el decálogo de Quiroga, la remasterización de Cortázar y el dinosaurio de Monterroso. Yendo más allá en extensión, tiempo de lectura y dispensarme así del requisito impuesto del efecto final que ya de por sí es asunto complejo; ello sin por tanto desafiar la extensión y esfuerzo de la novela. Los textos querían ser más cuentos que los siete identificados con título -un cuento por el recuerdo que todo lo enciende, otro para el ingreso en la historia, un tercero considerando las condiciones de producción- y dejando que el lector añorara las novelas latentes en la anécdota, que acaso podría escribir si tuviera otra vida segunda que me viene faltando. El título general aspiraba a asociaciones ligadas a la tradición de la lengua castellana y el Derecho en el dominio castellano, los desafíos con variantes del ajedrez en campeonato a siete partidas simultáneas, la burocracia liada al nacimiento y muerte en el Registro Civil; tal vez sin premeditación, avanzando los adioses que por entonces eran anexados a Pluna y ahora comienzan a tener otros significados.

Toda la historia ahí contada está supeditada al lenguaje; había dictado cursos de literatura latinoamericana (en especial los años de universidad francesa) y pude acomodarme a modismos mexicanos del D.F. con la ayuda de queridos colegas, lluvias torrenciales de Macondo que arrasaban con todo y la poesía andina de César Vallejo. Habiendo junto a la enseñanza una práctica de la propia escritura, el suponer un código común continental me significaba un problema. Era el muro de mis limitaciones e impedimento escarpado que me ordenaba una tendencia a manera de mandato hereditario. Se pueden vivir varias vidas breves pero somo una matriz lingüística barrial; en mi caso uruguaya y vía Colonia lo rioplatense en la versión urbana. La misma lengua pero distintas músicas; aquello que que la lingüística sabe y explica yo lo quise confiar en un relato sin demasiadas contradicciones y fue ahí que comencé a disponer las piezas sobre el tablero, mientras afuera se escuchaba el canto del búho.

Una vez más se trataba del cruce del archivo de recuerdos reales y otra parta inventada, de buscar un narrador que tomó la bifurcación hacia otra vida que pudo ser la mía: explorar un tercer territorio lindante y extranjero, cercano e inalcanzable. Todo lo relativo al querido Jorge Cuinat es la parte firme romana, fue así como lo cuento su latinismo elegante y el encuentro en el IPA -junto a Juan Introini con quien Jorge era amigo de antes- mi visita a su departamento cuando vivía en Tolbiac la primera vez que visité Paris, nuestro encuentro en Barcelona con ida al casino de Perelada y después su muerte brutal, que nos dejó ese sabor trágico de empresa truncada. Yo enseñé desde mis veinte años las apariciones de dioses olímpicos entre guerreros mortales y la Muerte que viene a por el enamorado en el romancero, acepté que el fantasma paterno puede manifestarse al príncipe, que nunca es tarde para firmar el pacto con el diablo o incursionar en círculos infernales en medio del camino de la vida. Esa es la maravilla infinita de la literatura; pero sabía que el spectrum burlón de Cuinat jamás se aparecería. Por eso inventé un narrador verosímil que durante unas breves vacaciones ahonda en sus recuerdos y va al más allá -el paraíso de los latinistas- para que Cuinat lo asista en el extravío pendiente entre los diccionarios de americanismos.

Uno quiere escribir cuentos sobre los compatriotas y aquí -es decir hace un cuarto de siglo- el placer fue egoísta, acotado al auditorio de profesores de secundaria; para tener una idea de los estragos del tiempo son ellos el cursor poético que me importa, mucho más emotivo que las fuerzas conjuntas. Recuerdo a quienes nos presentamos al examen de ingreso hace más de medio siglo en el instituto de profesores Artigas, los designados que seguimos los cursos en años de cercos y glicinas y después el desparramo de la existencia: Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino! / y en Roma misma a Roma no la hallas… Esa historia que consume una semana en Piriápolis para Cuinat, Ana María Echave, las muchachas chilenas y el narrador casado con María del Carmen son cosas que marchan al olvido. Los visitantes más jóvenes que llegan a La Coquette, nuevos escritores que están en plena producción renovadora sospecho que repiten nuestros gestos de antaño, los mismos errores sentimentales y las dudas. Algunos leen tarde en la noche “Alturas de Machu Pichu” o escuchan recitales de los hijos bastardos de Led Zeppelin, mientras los menos revuelven mesas de saldos en Tristán Narvaja tras los libros usados Les Belles Lettres, como se quiere creer al final del cuento: ¡Oh Roma! en tu grandeza, en tu hermosura / huyó lo que era firme, y solamente / lo fugitivo permanece y dura.

Alas negras de serafín abatido

Una zona de mis relatos -creo les perdí la pista- surgieron de un proceso asociado al trabajo en los cursos; de la misma manera que los hay incitados por la memoria de los recuerdos infantiles, una asociación o escena que se impone al punto de necesitar transfigurarse en relato. El haber sido profesor de literatura presentaba algunos inconvenientes: los plagios a lo Rod Stewart, influencias de los epígonos, la dificultad de escapar de otras escrituras que se yerguen como obstáculos. El lector, la estrategia editorial o el mercado también -desde hace unas décadas- desconfían de los literatos profe que escriben e irrumpe la soterrada acusación de intelectualidad. Por suerte, fui alumno y visité las casas de Alejandro Paternain y José Pedro Díaz; a través de ellos ingresé a los mundos de Thomas Mann y Balzac. Creo que esa fue una de las razones de mi tardanza en organizar un primer libro, habiendo tantas cosas para leer antes. Después decidí hacer caso omiso al rumor -total la gente siempre habla…- y me dije que para acceder a la promesa de los mundos posibles era bueno cualquier medio de transporte submarino o espacial. Buscando la fachada positiva, estoy seguro que el haber dictado tantos años clases de literatura, preocupado por la teoría literaria y otras experiencias asociadas a la Estética (gracias al programa del curso del IPA de Carlos Real de Azúa) adquirí cierta gimnasia retórica. Fui creyendo menos en la inspiración, que parecía que se me negaba con el correr del tiempo y más en el sencillo método de insistir de Felisberto Hernández. Ante ese fracaso sentimental con las musas debí recurrir a mi propio arsenal; el joven Stephan Dedalus decía que las tres armas del escritor eran la soledad, el destierro y la astucia; el primo Maldoror, escribió que la belleza era el encuentro fortuito de la máquina de coser y el paraguas sobre una mesa de disección; el ruso Dostoievski en El príncipe idiota sentenció: “la belleza es un enigma.” Casi de manera inintencionada quise dotarme de un tríptico casero que me parece que tengo claro y alguna vez dejaré por escrito.

En ocasión de Serafín Antúnez quiero citar uno de esos componentes, que es preocupación y herramienta multiuso del taller: la obsesión por transformar en relato los problemas técnicos del narrar que exponía en mis cursos de literatura. Lo sentía como materia prima artesanal, los instrumentos de cocina imprescindibles cuando se vive entre pucheros, esos que de faltar impiden que se preparen una milanesa a la napolitana o bifes a la portuguesa. Algunas veces esa preocupación mecánica llegaba luego de la redacción, para descartar la tentación mimética y forzar la originalidad; otras, como en este caso, se impone desde antes de redactar. Años de evocar a Poe, enseñar literatura fantástica, analizar Borges y ya… hasta que una tardecita bostoniana llega el mandado. ¿Cómo haría yo para escribir en relato el tema del doble? No es una facilidad de tipología, lo vivía como el desafío obligado a inscribirse en una tradición. Desde el momento que decidí esa estrategia, sabía que en alguna parte el cuento estaba ya escrito y debía organizar el puzle lentamente. Comenzaba a estar en los cuarenta y en el debe de la vida, el momento cuando los recuerdos infantiles se presentan como único relato posible. Luego se perfila un aire cultural que es de donde uno viene y la emoción nueva de conocer la historia del tango en sentido contrario: recordar al Piazzola del proyecto Decarísimo y su versión sublime de Boedo donde, en una sola interpretación, el marplatense recorre la historia del tango. Para el relato presente, dispuse un santo, un genio y un héroe: el personaje trágico improbable, el narrador oral que supiera hacer circular la incertidumbre poética y nuestro testigo necesario para que la historia sobreviva. De barrio del Hipódromo sabía porque allí vivían mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, de las semanas de campamento cerca del río menos pero me daba maña y funcionaba la fascinación recurrente de imitadores, Cabarets impresionistas alemanes, tablados barriales de la Lista 14 y El Unión Ciclista (donde, menos de dos metros y de pantalón corto vi a Rómulo Ángel Pirri, Tito Pastrana, dirigiendo la batería de La Nueva Milonga) y el Teatro romano de la Barafonda de Fellini durante la guerra, donde el electricista Alvaro imita a Fred Astaire. En cuando a las hipótesis manejadas sobre Gardel y su lugar de nacimiento, un poco de paciencia que faltan sólo catorce años y en el 2035 se conocerá la verdad.

Belisario Villagrán

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído.”

J. L. Borges

Sabedor desde que tuvo memoria que la magra tierra de sus mayores dejaría para siempre de pertenecerle, recordando del padre apenas un apellido miserable y de su madre la vergüenza de dejarse chingar medio vestida por un hombre llegado del Norte, Belisario Villagrán orientó la totalidad de su coraje -forjado en una rebeldía contra el mundo que nunca condescendió a entender- a la única causa que le pareció tenía cierto interés: la de apurar su propia vida.

Dicen que una vez siendo casi un niño amenazó cabalgar con las tropas revolucionarias y gritar ¡viva México! al entrar en combate. Como se entusiasmaba por la consigna de la tierra para todos sólo cuando estaba borracho, decretó para su armada de uno solo que la revolución agraria era asunto de campesinos cobardes y generales alienados. 

Cuando descubrió que lo esperaba un futuro infinito de noches y días parecidos, dedicó su existencia a procurarse los vicios urgentes sin fatigarse; a la no menos trabajosa labor de tramar una fama fronteriza de macho pendenciero y bebedor de aguardiente. Quienes todavía lo recuerdan dicen que era hombre de pocas palabras y esas pocas soeces e insultantes. Le gustaba el alcohol, que consumía en abundancia hasta perder los estribos por el placer agregado de marcharse sin pagar. Abusaba de los labios rosados de muchachas atemorizadas que se entregaban, como si él fuera un dios insaciable, a la incipiente leyenda llamada Belisario. Que algunas veces se dormía junto a ellas sin haberles siquiera rasgado la camisa o hablado de amoríos salvajes con el aliento brumoso de tequila barata.

El sol implacable, el mismo horizonte, sudor agrio adornando su pecho de toro y resplandor de osamentas cercanas a los cactus, conseguían a veces aquietar su voluntad en días idénticos repetidos, iguales por insoportables. El paisaje cerril padecido por el hombre predestinado, creaba a su alrededor un dominio intangible donde nadie se oponía a la agresión de Belisario: era su manera desesperada de contrarrestar la fuerza del desierto calcinado que ordenó consumirle la vida. 

El prestigio de su nombre creció hasta la desmesura una ebria mañana de domingo durante el oficio, cuando la pólvora herética compitió con las campanas y el rebaño de fieles se persignaba murmurando cuestiones de herejía entre maldiciones merecidas.

-No es religioso y menos muy cristiano despenar de ese modo a un padrecito con la hostia en la mano, dijo esa noche Belisario sin mostrar señales de arrepentimiento-. Al menos así y por las buenas Dios se acuerda de que existo.

La gente bajaba por miedo la cabeza al escuchar sus confesiones, las amistades tejidas en la admiración se deslizaron hacia el temor como un cáliz que cae escaleras abajo. El Diego –era su primer nombre- lo comprendió: habiendo desafiado a Dios con beneficio decidió que esa hora de vérselas con los hombres. 

En su caótico código de costumbres entendía la traición bajo todas sus formas, el ultraje al vencido, la inconsciencia como hechos normales y no toleraba la cobardía ni cuando estaba sobrio. La sangre lo bautizó antes que conociera la pasión por la muerte. Esa pirueta agazapada era para él una cosa confusa que sólo le sucede a los otros; sin excepción a quienes se interponían en su camino incluso sin buscarlo. 

Una tierra árida que podía de quererlo resquebrajar al mismísimo sol curtió desde temprano los perfiles de Diego, la cara imberbe del niño que corría procesiones y degollaba gatos para pasar el rato, dio paso a una temprana cara de indio viejo. De india vieja, decía la gente en secreto cuando sabían que Diego estaba lejos toreando al destino. Lo que no lograba su rostro en provocar el miedo lo podía su aspecto de animal enorme, perfeccionado a conciencia con un sombrerote que le hacía la digna sombra de sepultura que merece un hombre fornido y tan feo.

Su pasado era cuestión de leyenda, el futuro lo presagiaban dos pistolas laterales palpitantes y cargadas, nerviosas y tibias, iguanas venenosas prontas al ataque.

-Son para evitar negocios con la muerte, se jactaba Belisario Villagrán. Para que las viejas sigan hablando de mí mientras yo ande vivo. 

En su Chihuahua se comentaban muertes numerosas casi sin pensar, algunas enumeraciones incluían conejos y coyotes que se confundían con hombres abatidos en números inciertos. 

En el que sería su día más glorioso Diego Belisario Villagrán se despertó al mediodía, estaba solo en la cama y le dolía la cabeza. Salió a tientas buscando el sol en lo más alto, espantó algunas gallinas sucias que levantaron un fino polvo en su fuga cacareada y se encaminó despacio a la sombra fresca del manantial cercano. Apenas se mojó la cara como de barro cocido se sintió mejor, un perro cualquiera ladró y su caballo lo saludó desde el pequeño corral con un relincho premonitor. 

De vuelta a la casa comió con paciencia y la voracidad de quien sabe que la ley del Estado le teme, hasta es posible que rasgara las seis cuerdas de una guitarra y desafinado alguna copla vulgar para divertirse.

Es verosímil que haya ayudado por inercia a la familia de la muchacha con la que había dormido: el acarreo de alguna bolsa de maíz rojo demasiado pesada para el mexicano viejo, llevar baldes de agua necesitados por la madre de la muchacha –los rasgos pudieron parecerse a los suyos- y la muerte súbita como si fuera gato barcino de la infancia del cochinillo chillón para esta noche, a la vuelta.

Le disgustaba estar de paso en New México donde lo único de ñu decía Diego, es el olor afeminado del agua de colonia y palabras incomprensibles nombrando de otra manera la sequía, los caballos y la bala. 

Llano Estacado tenía una cantina que fue el improvisado escenario porque las ganas de ejercer el coraje no siempre hay que esperarlas demasiado tiempo. A pesar de conocer el lugar donde se le prodigaba un vago respeto, para hacer más rotunda la transferencia de los mitos Diego creyó oportuno calzarse, aflojarle el barbijo al sombrero y adornarse con espuelas de las que prefería el ruido que hacían al caminar sobre pisos de madera. 

La versión que llegó hasta nosotros omite decir si llevaba poncho aunque es probable.

-Anoche vino tu padre a visitarme, le murmuró la vieja sin mirarlo a los ojos. Me golpeó la ventana para decirme que hoy te tratara bien.

-Usted sueña mucho vieja. Tiene que hacer como su hija, que se quedó despierta hasta el amanecer.

-Me preguntó cuál era tu caballo. Esta noche quiere cabalgar contigo.

-Es un buen caballo y puede aguantar el peso de un muerto. Hasta esta noche, vieja.

La noche de luna llena y nubes de tormenta que nunca se hacen lluvia estaba demasiado fresca. “Me estoy poniendo viejo”, piensa Belisario en el preciso momento de entrar en la cantina.  

Un mostrador inseguro sostiene hombres cansados por un largo día de trabajo y meses de fuga hacia ninguna parte, gastados por la historia que los embosca sin respiro y no logran entender, hombres fatigados por huidas de lugares que olvidaron a sabiendas. Sin orden se mezclan entre la sed de whisky barato, cerveza tibia y el mezcal alucinante. Nada nuevo en apariencia, están allí dispuestos los incondicionales de siempre y unos pocos extraños vestidos como ratas de alcantarilla, siempre más que la vez anterior. 

En la frontera inestable la reputación se sustenta gritando o insultando a granel con las manos en la cintura,  más al estar confrontado con forasteros solitarios de mirada sin vida; sabedores que nunca serán héroes porque no tienen tierra que conquistar, gente que los siga ni bandera que los reclame. 

Huelen que la muerte los ronda como una novia renga.

El año por si interesa era 1873.

El dulce español derrotado en la guerra pasada es bueno cuando se cantan serenatas, para gritar en burdeles y cantinas es preferible el áspero idioma de los gringos. 

Diego entró y saludó provocando, algo así como las buenas noches. después dijo a todos los gringos hijos de perra, que en México quiere decir hijos de puta.

De algún lugar salió el estampido que resonó en las memorias durante mucho tiempo.

El vientre asombrado de Diego Belisario Villagrán aceptó sin resistencia el calor plúmbeo de la primera bala que resultó la última. Igual, antes de desplomarse en la tumba el desconcertado mexicano alcanzó a ver, bajo el aspecto ridículo de un predicador evangélico vestido con harapos, un niño endemoniado de unos quince años. De pelo sucio color zanahoria, con un revolver humeante en la mano y que no se dignaba mirarlo a él Belisario Villagrán, que ya era un hombre muerto.

El ruido que hizo Diego al caer pareció el segundo balazo innecesario del incidente.

A pocas leguas del lugar de los hechos narrados un cochinillo se asaba a fuego lento. La vieja que movía los tizones sabía lo sucedido en Llano Estacado.

El autor del disparo traicionero respondiendo al saludo desafiante y se presentó a los testigos como Bill Harrigan oriundo de New York. 

Con desdén rechazó la sugerencia de hacer con una navaja una muesca en la culata aduciendo que el muerto era mejicano, condición tan despreciable para un ángel de cloaca llegado de otro infierno neoyorkino como la de ser negro. Se guardó en el bolsillo la navaja del apresurado alcahuete y esa noche durmió junto al cadáver del mejicano con cara de india vieja.

Cuando el muchacho se despierte será Billy the Kid.

El Diego por fortuna para su orgullo interrumpido no tuvo una agonía prolongada, a él no lo afeitaron ni lo exhibieron como a fenómeno en vidrieras de las barberías de Llano Estacado, tampoco esperaron al cuarto día para enterrarlo.

La mañana que el gringo asesino se marchó del pueblo tres campesinos confiscaron el cuerpo hinchado de Villagrán para enterrarlo lejos. En New México cuando se supo de su muerte lo lloraron en secreto muchas muchachas. Nadie encontró su caballo a pesar de que lo buscaron por toda la comarca; tal vez por eso en noches de luna menguante cuentan que lo ven galopando sin brida, rumbo para donde asoma el sol llevando dos jinetes con apariencia de espectro sobre el lomo.