El caminante de Praga de Guillermo Apollinaire

Hace algunos años yo buscaba materiales relativos a la ciudad de Praga para el proyecto Gracchus y encontré pistas interesantes entre los escritos de Apollinaire. El poema “Zona” (à la fin tu es las de ce monde ancien…) y este cuento testimonio en especial. De “Zona” retuve unos verso como acápite para la cuarta variante del libro “Nunca conocimos Praga”. Del cuento “Le passant de Prague” (del libro “L’Hérésiarque et Cie. 1910) la confirmación del aura mágica de la ciudad del río Moldava y el deseo tardío de aplicarme a un ejercicio de traducción. Repasando la vida del autor -en épocas de dudas retrospectivas y el imperialismo del relato alienado-, conformé la idea de que vale la pena dedicar buena parte de la vida a los asuntos literarios. A un joven docente o narrador que está todavía en la incertidumbre, le diría que lea en media hora la ficha de Wikipedia dedicada a Guillermo Apollinaire y sabrá así lo que se puede hacer durante una vida de apenas 38 años. Alguno de sus nombres es Vladimir, fue hijo natural nacido en Roma, ciudadano polonés del imperio ruso, falleció en París -luego de ser herido en la cabeza por un fragmento de obús en trincheras de la primera guerra mundial- en 1918, muerto por Francia de la gripe española. Los candidatos a poetas en La Coquette sin duda leyeron su poemario “Alcools”, nadie puede llamarse poeta sin pasar por ese puente minado de todos los peligros y oportunidades de la modernidad.

La historia del relato traducido es sencilla. El narrador – que asume también las funciones de personaje y autor del texto-es un conocedor de mundo, en esa tradición que más cerca de nosotros siguieron W. G. Sebald y Peter Handke.  Un caminante que llega a los lugares que lo inspiran trata de instalarse un tiempo para saber. Liviano de equipaje como si regresara al sitio déjà-vu y para buscar sólo aquello que encontrará al final del golpe de dados. La billetera más bien delgada lo obliga a comer y pernoctar por los márgenes, que quizá es el itinerario privilegiado para acceder el corazón / alma / alcantarilla de los teatros narrativos. Siendo Praga en esta ocasión, es de presumir el encuentro próximo con la maravilla y lo fantástico sin poder formular bajo qué apariencia.

Las historias marcantes de la vida suelen comenzar igual que la novela “Jacques el fatalista” de Diderot. “¿Cómo se encontraron? De casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Y a usted qué le importa? ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿A dónde iban? ¿Es que sabemos a dónde vamos? ¿Qué dijeron ellos? El amo no dijo nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo lo que nos llega de bueno y de malo aquí abajo, estaba escrito allá arriba.” A partir de ello, encontrarse con el judío errante es una experiencia proliferante de anécdotas con algo de inmortalidad. El personaje andando en movimiento perpetuo desde los evangelios y la leyenda urdida desde entonces por los testigos del prodigio, el corazón humano de la Teología occidental y la tradición literaria del personaje inventada en todas las lenguas romances. La ocasión fantástica abruma por la naturalidad del encuentro: yo hablé con el judío errante. La confirmación de que ello sólo podía suceder en Praga y además imbricando dos temporalidades: la historia del Isaac Laquedem (el nombre elegido por Apollinaire entre los posibles) narrada por él mismo y lo ocurrido en las pocas horas mientras dura el relato, que nos hace ver otra ciudad desde el ghetto de la noche. Orígenes, episodios, condiciones de la posible redención y planes para las próximas horas traman una novela infinita que suspendió el sueño. El cuento se publicó en versión no definitiva en una revista por primera vez en 1902 y Kafka tenía 19 años. Siempre es asunto de gente que narra sobre personajes que narran, aquí intenté primero una traducción literaria y luego traté de desviar el aura hacia la tendencia de otros miembros del Club de los Narradores; alguien me comentó hace un tiempo, que vieron a Isaac Laquedem saliendo de un prostíbulo de la calle Magallanes de Montevideo, lo que puede ser la primera escena de un cuento interesante.

Hagan de cuenta que estoy muerto

Ya pasaron quince años desde la primera edición de esta novela, un proyecto que aprecio particularmente por varias razones; fue escrita mientras cambiaba de destino universitario, dejaba las montañas nevadas de Grenoble tan cerca de Italia y viajaba al norte, a Lille próxima a la frontera con Bélgica y a una hora de tren de Bruselas. Eso sucedía en la cincuentena de tránsito, que me parece una suerte de etapa distante de felicidad; tampoco hace falta viajar tan lejos a la infancia montevideana para hallar momentos irrepetibles. La novela apareció en las librerías en el año 2007, mi madre vivía todavía, se publicó en la colección Biblioteca Breve de Seix Barral Buenos Aires, el editor fue Alberto Díaz y está dedicada a Juan José Saer, que había muerto dos años antes; tuvo la fortuna de ser editada por Carmen Abad -editorial Casus Belli- de Madrid en el año 2011, la misma casa que en 2021 publicó “o pasado sin falta.” En el origen del proyecto está la persistencia periódica de una imagen en mi retina que es el monumento y la Cruz del Valle de los Caídos de Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama, a 50 kilómetros de Madrid. Todos recuerdan los episodios de repudio del año 2019 con la desacralización de los catafalcos de la represión; hace justo tres años el 24 de octubre se procedió a la exhumación del féretro del Caudillo, lo que confirmó que allí había un símbolo con consecuencias de España, un lugar de la historia con algo malsano, que ostentaba en arquitectura voluntaria impugnando el paisaje un relato ideológico y sígnico fuerte.

Creo recordar cuatro imágenes que hicieron su lento trabajo en los cimientos del intento novelesco y fueron sumándose en palimpsesto al momento de la escritura. Seguro que hubo durante la infancia un primer acercamiento a la imagen en el cine del barrio, algunos reportajes del noticiero No-Do que narraba la voz de Joaquín Ramos, antes de la proyección de “El pequeño ruiseñor” o “Violetas imperiales” con la bella Carmen Sevilla. El segundo que identifico, son los primeros cuatro minutos de una película de acción que pasó sin pena ni gloria del año 1979 -yo creía en el recuerdo que era anterior- y se titulaba Jaguar lives. Iniciaba las artes marciales entre atletas occidentales siguiendo la senda de Bruce Lee -Joe Lewis en avanzada de Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme y Scott Adkins- pero sobre todo tenía la visión premonitoria -cuarenta años antes- de un atentado terrorista donde se produce la voladura espectacular de la Cruz de 150 metros y la basílica con efectos especiales convincentes: epifanía y presentimiento, idea surrealista como cortar un ojo a navaja o quedar encerradas con una manada de corderos. Luego fueron las experiencias directas, un primer viaje a España a comienzo de los ochenta: el espectáculo al llegar al valle era una verbena veraniega, con cientos de autobuses, miles de personas en plan paseíllo, chiringuitos y souvenirs taurinos, una romería confusa mientras me preguntaba sobre los vericuetos de la memoria histórica. La última vez fue en el invierno europeo del año 2006, algo estaba cambiando en el paisaje; fui a pasar una semana de trabajo para confirmar escenarios de algunos capítulos de la novela: Museo de Historia de Madrid de la calle Fuencarral, el Café de Oriente, la victoria alada del edificio Metrópolis en Gran Vía, el bar Cock en la calle Reina. El domingo de esa semana cortada decidí volver al Valle de los Caídos y lo que fui encontrando en la expedición parecía conspiración o advertencia. Subí a un autobús y pude llegar hasta San Lorenzo del Escorial; allí debí detenerme, no había ningún medio de transporte que pudiera llevarme hasta Cuelgamuros, nada de transporte público, ni un taxi, visité el sitio allí hasta donde me dejaron entrar en El Escorial, tomé un par de vinos y un bocata de tortilla en un bar. A cada hora que pasaba aumentaba el frio y disminuía la ya menguada luminosidad, caminando entre tinieblas logré subir apenas el último autobús de retorno de la semana y regresé a Madrid cuando ya era noche cerrada. Estaba bien lejos de la empatía infantil con Joselito cantando “Doce cascabeles” de la visión primera y la historia estaba cambiando.

Se conjetura en los estudios literarios que en realidad cada relato cuenta dos historias; si la novela sigue siendo el territorio de los posibles -me dije recordando los momentos de mi cruce con la imagen- para qué conformarse con dos cuando se pueden contar tres historias. La primera que inicia la novela trata del encuentro fortuito de la temática central del libro; me serví para ello de cuando paso algunos días en Brignogan – Plages en Bretaña, tierra de leyendas, en casa de Monika y Jorge Musto. Eso de contar, aunque sea inventado la elaboración de un libro me fue a veces criticada, como si le sacara algo a la pureza del relato y sin embargo lo sigo utilizando en los últimos textos. Es posible; pero pasé buena parte de la vida explicando textos, a veces sin saber nada sobre ese momento misterioso que fluye entre el cotidiano y el deseo de escribir; recuerdo a Barthes sobre Proust: mamá murió y yo comencé la Recherche… La segunda historia era la cuestión del exilio, pero a decir verdad estaba fatigado que ese proceso sólo dependiera de la dictadura y por ello ubiqué la escena en los años cincuenta, un exilio antes de y cuando en el cine con mi madre veíamos a Luis Mariano cantar… sabes que ya no habrá primavera, si tú no estás aquí violetera… Esos adioses suceden en un grupo de amigos como los que vi de joven en los estertores del café Sorocabana, café sublimado que decidí bautizar Praga. Los amigos están relacionados a la poesía, es maravilloso que haya jóvenes que ahora mismo -acomodando las diferencias generacionales del caso- repitan escenas de lecturas, publicaciones, críticas y preguntando cómo hizo Apollinaire para escribir “Zone”. Uno de ellos, el gordo Molinari con aspecto de Dylan Thomas criollo y sacerdote primero del culto a Edmundo Rivero, decide pasar una temporada en España. Como fatiga dar explicaciones a los conocidos sobre decisiones y las vueltas caprichosas de la vida, les arguye que va allá para coincidir con la inauguración de la obra del Valle de los Caídos y encaja la indignación local por su gesto. En Madrid al parecer Molinari fue asesinado y entre el grupo uno de ellos, Uribe, que ya había formado familia, marcha a Recoletos para intentar averiguar lo que pasó con el amigo. La última parte de la novela es la crónica probable de esa expedición surrealista de Uribe a la Madrid franquista y de lo que allá fue encontrando. Me hubiera gustado que se pareciera a una película de Buñuel, algo violento y esperpéntico a la vez, alguna apertura a la monstruosidad en familia, escenas en blanco y negro algo goyescas que nunca sabemos de cual universo participan. La única verdad al final del camino es una ficción que consuela, porque las historias nunca se terminan, lo del Valle de los Caídos fue una excusa provocadora. Acaso la humanidad de Madrid en aquellos años no era un karateca rubio, sino Pepe Isbert y su rebeldía en “El cochecito” de Marco Ferrari, del año 1960, de cuando el apogeo del café Praga, yo iba a la escuela N° 49 República de Nicaragua en Andrés Latorre 4846 y juntaba figuritas del álbum Donald Campeón.  

La puerta B del paraíso

Más que lo inmediato por todos sabidos, el antecedente más lejano de este cuento pudiera en el chotis “Madrid” de Agustín Lara, el mexicano que captó el espíritu de la Villa antes de conocerla: cuando llegues a Madrid, chulona mía / voy a hacerte emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / ya bañarte con vinito de Jerez… Me hubiera gustado vivir allí una larga temporada, pero los dioses decidieron Barcelona. La serenidad de las noches de Madrid caminando por el barrio de Las Cortes en el verano, igual son horas que resisten en la memoria. El 2020 me atrapó en el lanzamiento de La Coquette, cabaret literario planeado antes de la irrupción del Virus en el planeta Tierra, hace un año para ser precisos. Hemos asistido al sacudón sanitario mundial y los efectos en la reacción de la clínica de la escritura. Artículos, confesiones, novelas, antologías de cuentos y paralelismo apresurado con cuanto zombi o mutante de Residen Evil que debió enfrentar la ucraniana Milla Jovovich. Todo el mundo desde los comics hasta los best sellesr salió a la búsqueda de la variante de la Covid 19 que dará fama, fortuna y popularidad. Eso parecía la largada del maratón de New York de antes, y en mi caso por fatiga o temor a fracasar en el intento, preferí seguir acomodando lo publicado a salto de mata en el siglo XX y hacer avanzar algunos proyectos que estaban en carpetas.

Igual seguía el relato televisivo de la pandemia con interés, como si fuera una mala serie sobre la Corona de Inglaterra, primero con el interés del candidato al contagio estando en el grupo prioritario de riesgo, luego con la distancia esa que -sin olvidar el dolor circulando y las noticias tristes sobre la gente conocida- puede captar la parte de ironía y absurdo que venía circulando tetanizando el mundo. Un narrador, además, siempre sigue con interés todos los movimientos del complotismo y las fake news, empresas obligadas a estructurar un plan que contiene un relato secreto, cuando no una epopeya a la altura del “El señor de los anillos” Un mundo que cree en las historias de J.R.R. Tolkien y en el hombre araña, puede creer en todo lo que irrumpe en el campo de los posibles y más viniendo de las tierras de Fu Manchú. En ese estado de espíritu instalado, una mañana hallé el amuleto tipo pata de conejo.

Después de varios meses me llegaba un mail de Iberia, diciendo que renovaba los vínculos con la lista de sus pasajeros en la lista de espera. Resultó muy emotivo, en la medida que fue lo que me permitió volar durante años, uniendo mis dos mitades de la vida; viajé en varias compañías, pero Iberia alguna vez -antes de la reestructuración comercial- me acreditó una tarjeta de esas que permiten acceder al salón VIP, duró poco la experiencia pero se recuerda con cariño. Podría decirse que ese mensaje abría una esperanza y reciclaba la melancolía. Me informaba que habría un próximo vuelo a Montevideo, pasando por Barajas, cuya fecha y concretización era por el momento una hipótesis de trabajo; siempre y cuando Iberia y yo sobreviviéramos de la epidemia para llega a esa conexión con una valija que pese menos de 23 kilos. Si ello era noticia del reino eventual, lo cierto es que existió un último -por el momento- pasaje mío por Barajas.

Claro que pude buscar en los papeles y fecha en mano acceder a los mandatos del realismo, pero ello no tendría nada de mágico. Por ello me inventé una escena de esas que se ven en los frescos de parroquias desertadas en la Toscana; el resto eran agregados que, en esa magnitud de bazar oriental desparecieron del mundo. Curioso, a mí me importaban como el paisaje de lo efímero mientras el mundo parece suspendido; la escena se hizo un pálido fax parodiando artículos de costumbres de don Mariano José de Larra, al menos la ciudad correspondía… Yo ahí departiendo en soledad entre dos aviones, recuerdo que presenté mi pasaporte a la guardia civil y aguardé los trencitos hasta el tope de gente actuando la condición humana entre las terminales del aeropuerto. Olí los perfumes de Kenzo (el pisciano japonés que murió el cuatro de octubre pasado), me preguntaba quiénes seríamos en realidad los 359 pasajeros -muchos compatriotas y otros de rasgos orientales- que aguardábamos, en la última terminal la salida del Airbus A340 600. Destinación aeropuerto internacional de Carrasco, al mando del comandante José Artigas y llegada prevista a las 9h57, hora local. Fue en el viaje de regreso que crucé a la muchacha que cortaba el jamón, mientras bebía una cerveza San Miguel.

Montevideo en vídeo Ducasse

Los primeros días de abril y otoñales en su totalidad, cuando en la ciudad empieza a desangrarse la noche me gusta pasear a paso lento por ciertas calles predestinadas a la redundancia, la costanera asfaltada lindando con el puerto tiene para mi un particular encanto. Es rara la ocasión en que finalizando el ambiguo trayecto, no me detenga a contemplar el mismo paisaje recurrente. Indefinición de banderas lejanas, el paso vacilante de enigmáticos personajes exentos de ficción que cruzo en mi camino, el mar que cada tanto salpica mi cara después de haberme hecho señalar el sonido furioso del oleaje: una satisfacción eslabonada de episodios triviales que se repiten. 

Suelo también inclinarme –sin responder a tendencias suicidas que aguardan su ocasión- sobre los parapetos de granito a comprobar si las rocas insisten en intermediar el choque bestial entre la marea oscura y murallas humanas renegridas. Me acerco a descubrir despojos de las correntadas, tablas que evocan ataúdes marinos, pedazos deshechos de redes, andrajos polizontes, peces masacrados por golpes y la asfixia del petróleo crudo a la deriva. Durante una de esas salidas (recuerdo que había dejado a la mirada recorrer indolente detalles más dignos del horizonte) me apercibí de que uno de los portones clausurando  el puerto estaba entreabierto. 

Los guardias de la marina, como si hubieran desertado de súbito parecían ausentes de sus puestos de control, sin ruidos de frontera asimétrica, fusiles amartillados ni vallas rojas de PARE vi desplegarse ante mí las veredas empedradas que conducen al interior prohibido. Ese descuido inesperado del universo y sus centinelas asignados me indujo al movimiento, dejándome sin resistencia por el impulso, esencialmente ridículo, que me incitaba a seguir adelante; sin temor al único balazo en la espalda precedido del grito de alerta que nadie escucharía, sin miedo al prepotente registro en busca de cámaras ocultas entre mis ropas o explosivos disimulados. 

Estaba a un paso razonado de comparar el panorama y la situación a un barco abandonado, las luces oscilantes de las embarcaciones ancladas en las dársenas y la música inconfundible de un insolente bar de camareras se interpusieron con brusquedad en mi espíritu. El recuerdo instantáneo de mi distante infancia (poblada de episodios portuarios), la tentación que supone lo prohibido (el acceso a esas horas inconvenientes), mi tendencia al olvido (el nervioso índice homicida del alférez destinado al retén) me condujeron a esa oscuridad de sombras ciclópeas, cuerdas infinitas hundidas en un agua más tenebrosa que la muerte misma, secretos inviolables desde la Creación y mundos contrabandeados en depósito circunstancial. 

Caminé sobre esa perplejidad anímica unos cuantos metros y nadie me salió al paso, dejé de pensar excusas, justificaciones de documentos olvidados en casa al salir y la manera de escapar más tarde, para disfrutar contemplando –como hace tiempo no vivía, con temblor diferente en el alma- la silueta de dos remolcadores y un barco cisterna del tamaño de una montaña andina. El petrolero más una hilera interminable de contenedores, donde yo suponía los objetos del mundo, desde televisores portátiles a vajilla dinamarquesa formaban un desfiladero artificial por donde me metí sin conocer la salida. Cuando llegué al final de la recta vi que otro barco intruso a la historia se acercaba a la costa donde yo deambulaba, como si ambos marcháramos al encuentro convenido muchísimo tiempo atrás. 

Tenía aspecto de embarcación antigua que no logró sacudirse la vejez de la declinación cercana, los trapos que sobrevivían de las velas originales se adherían sin vergüenza a mástiles de otro siglo remoto. A pesar de su avance pausado supe, por el peso irrefutable de persuasiones irracionales que faltaban tripulantes humanos a bordo y fue por ello que lo aguardé sin moverme. 

Vino a mi encuentro sin ser impulsado por viento alguno ni ocultos remeros involuntarios, al entrechocar contra el muelle crujieron, se quejaron como ratas aplastadas todos y cada uno de los años del casco de madera. De la cubierta despoblada nadie tiró una amarra al vuelo, nadie maniobró el timón buscando el equilibrio de la quietud ni un ser humano suspiró de contento por llegar a buen puerto; en cambio esperé porque intuía. El único indicio de vida en la embarcación era un cerdo inmenso paseándose a bordo con la solvencia brutal del grumete experimentado. Las patas del cerdo, sus pezuñas evolucionando sobre cubierta, la respiración de hombre fatigado producían un sonido molesto haciendo contrapunto en fuga con mi corazón reactivado.

La extraña criatura, la cosa esa abandonada en tan inconcebible naufragio me inspiró una variante ignorada de la ternura; como alguien que se agacha para pedirle a su perro que se acerque, del mismo modo flexioné mis rodillas y estiré la mano hacia el animal, el ruedo del impermeable barrió las piedras empapadas de un humor desconocido. Mi mano parecía dar ayuda pero era cierto que la estaba pidiendo, para entender lo sucedido y salir luego ileso del atolladero mental que comenzaba a desbordar expectativa y entendimiento. 

El cerdo con agilidad inaudita que todavía recuerdo cuando se repite la pesadilla, salvó de un salto limpito la relativa distancia que nos separaba.

-¿Qué hay de tan extraño del otro lado?, le pregunté, como si tuviera antiguos tratos amistosos con la aparición.

-Desconozco la respuesta definitiva y me faltan aún algunos viajes antes de morir, me respondió el cerdo. Nada es destruido de manera definitiva y todo se encamina a la transformación incesante. De los posibles avatares corporales que pudieron tocarme en suerte, pienso que esta forma animal discriminada por millones de creyentes es la más ventajosa. A mi especie, el sabor de la carne humana nos despierta idéntica voluptuosidad que a los hombres del evangelio la carne del cerdo. ¡Sabios judíos lectores de Ezequiel! Ellos adoran desde el pacto sangriento la criatura aborrecida, la bestia postergada de la zoología, el animal con más ignominioso prontuario dentro de la historia natural, y que al morir bajo el acero eficaz del matarife chilla cual niños martirizados que ignoran el lenguaje humano cuando mueren. Es curioso, cuando bajo los párpados obnubilando el mundo las diferencias se disuelven. Lo digo por experiencia. ¿A ti te sorprende tan poco que un cerdo hable?

-Es normal y tan mágico como que hable un hombre, contesté.

-Si las apariencias carecen de importancia para tu inteligencia volveré al aspecto desarreglado de mi juventud. Te pido por favor que te vuelvas unos instantes, esto de las metamorfosis conscientes en el tiempo breve de un soneto es desagradable.

Accedí a esa comprensible demanda de secreto pudor.

-Puedes mirar, me dijo luego que pasara un momento.

El olor que me llegaba de su corporeidad era el mismo, pero ahora tenía ante mí a un anciano achacoso de chaqueta raída, mirada de pájaro nocturno exterminado por arqueros asirios, sin dientes flojos que mancharan de osario blanco una boca negrísima. Vencido y orgulloso a la vez, me obligué a superar un asco inevitable y avancé hasta ofrecerle un brazo para que se apoyara, temiendo que al mínimo contacto su cuerpo se disolviera en un charco espeso de materia nauseabunda; ya habría tiempo en la próxima hora para hallar explicaciones.

-Como ves, cuando cae la levísima cáscara de bestiario que me recubre, soy nada más que un viejo que persiste envejeciendo hacia la Nada que todo lo abarca. Inmortal porque sigo viviendo en mi escritura, envejeciendo al ritmo mecánico de mi fraseología.

A medida que lo escuchaba dejó de repugnarme el aspecto y su manera de hablar de erres arrastradas. Me pareció tomar del brazo a toda una ciudad, la misma donde yo agonizaba, tan vacía a esa hora, gris a la mañana irrepetible, húmeda de inmemoriales lluvias tristes. Ciudad niña y con aspecto goyesco de anciana fatigada presagiando en callejones inmorales inexorables ruinas sin prestigio. El Monte Sexto de los primeros navegantes extremeños que diera al mundo, con el reptar del tiempo, seis Cantos terribles por voz de éste –lo supe de inmediato- que camina a mi lado ahora y que reconocí por la belleza del temblor de sus manos bendecidas de absenta. 

-Como sabes, en medio del delirio sin diagnóstico alabé el poder matemático, pero a mis años me incliné por la zoología de los grabados talla dulce de Historia Natural. Los números, a pesar de la cómoda tentación del infinito y el cero inspiración de Shiva perdieron para mí encanto pitagórico y me aburren hasta la indiferencia. Las bestias, como la serpiente ouróboros de la imaginación establecen fronteras; esos límites poseen el poder de inquietarme, de igual manera que me aterrorizan los mismos sueños persiguiéndome. Mis miedos acunados en luces perpetuas de este puerto al que siempre regreso, como si fuera un purgatorio asignado que no comparto con más nadie. La condena consiste en volver a mi patria de signos ambiguos, ser viajero del tiempo triangular de los suicidas. Exilados de lenguajes en prosopopeya con la oscura misión de demostrar a la razón altanera que la mitología es una ciencia exacta. ¿No dicen con lengua apresurada que los poetas somos inmortales? Hagamos el pacto entre nosotros y tengamos fe ciega en la escatología de ciertas palabras. Mira el cielo del Sur en cruz, atrévete a escuchar el ruido que recuerda el aletear de albatros infectados huyendo, partiendo hacia la muerte en picada sin dar la última vuelta que debe prescribirles el instinto. ¿Te parece que duerme la gaviota posada sobre aquella cubierta? Tal vez espera la llegada de la agonía extraviada traída por vientos hostiles a su especie, que la hunda en aguas contaminadas y se plegó al fracaso sin la gracia del final rotundo. A la certeza de estas dudas se le dio el desafortunado nombre de nostalgia, en otro siglo enterrado yo vi con  ojos de niño en estas calles perpendiculares, en estos andurriales que cambiaron de nombre, la violación y el robo, los divinos estragos del alcohol y el orgasmo espasmódico de los asesinatos. Aquí tan cerca que me parece olerlo arrullé bestias invisibles, contemplé gusanos fraternales que crea el hígado en su putrefacción, acaricié la entrepierna del impotente lenguaje hermafrodita ofreciendo el sabor simultáneo del asco y el placer. Mi cuerpo desgarrado, mis cantos olvidados, mi fantasma sin daguerrotipo sensible somos el Oriental errante, el ser perpetuo que nunca muere para trocarse en mujerzuelas golpeadas que venden la virtud pasajera de sus hijas a marinos borrachos venidos de Tartesos, de Thule. Olvida lo que digo, tengo la fatiga del espectro cansado… arrastro el dolor de lo inconcluso, siento que falta y faltará por siempre el séptimo canto relatando el regreso. Es triste confesar por escrito la impotencia con palabras manosadas que son ahora reverentes, sumisas por temor a ser olvidadas en viejos diccionarios. Es imposible volver a mis irrepetibles catorce años, la edad cuando decidí matar mis propios jovencitos, el año prodigioso cuando zarpé de esta bahía para agonizar allá donde ya sabes y malvivir entre palabras como juegos. Molestias gratuitas de la pobreza, parrafadas inoperantes y apostar sin pasión a lectores timoratos, noches en vela afiebrada junto al piano vertical buscando incomodar el futuro y exorcizar la pertinaz infancia.

Nadie nos detuvo cuando salimos del puerto, la cercanía del transfigurado tenía el poder de hacer de la escena nocturna un sueño y plasma insustancial.

-Observa alrededor e intenta decirme con precisión lo que ves. ¿No crees que mis versos centenarios resultan toscos, ingenuos, devorados por la bestia rutinaria, enmohecidos por el orín venéreo del uso? Mis cantos otrora repugnantes se deshacen incluso en ediciones con prólogo ilustrado. La irónica lección del tiempo me condujo de fronteras infernales de la poesía a manuales de historia literaria y sin embargo… las adúlteras madres prudentes mantienen mis papeles lejos del reposo nocturno de los adolescentes, que presienten en sus venas azules la sensación agradable de aceptar que los excita el color, gusto y tacto pegajoso de la linfa. Entre tanta humillación amasada por la muchedumbre la complicidad con los jóvenes podría reconfortarme, el poeta que jamás pacta con lo que ya sabemos continúa siendo una molestia a destruir para las buenas conciencias; criatura peligrosa, como homicidas metódicos de la hora ecuatorial de las noches sin luna. Nada es ahora mi delirio poético confrontado a los hechos infectados que suceden aquí, mi crimen con metáfora y ornado de animales inconcebibles empalidece avergonzado frente al espejo de las actuales formas de tortura. El Maldoror querido tiene la ingenuidad de un aprendiz del vicio comparado con la saña de ciertos compatriotas vulgares, que extraviaron la excusa dudosa de pretender entrar en el Mal absoluto. Mis buitres negros con carroña en el pico son palomas de plaza enfrentadas al hombre que fuma apurando la braza que aplicará sobre la piel de muchachas en flor; el funcionario público que goza sintiendo en los nudillos partirse la pulpa de labios tumefactos y al amanecer, con ojos transidos del horror placentero regresa al hogar, acaricia con afecto a su gato, pregunta a la esposa si quedó algo frío de la última cena y hojea junto a sus hijos revistas con estampas de animales salvajes. Ingenuo de mí… querer estremecer un pueblo de púberes por la comparación, matar la tenia de la abulia con una metonimia, seducir corazones proclives al abismo con una sinécdoque original… creía equivocado que el viejo asunto con la poesía seguía siendo la palabra.

Caminamos hacia ninguna parte; quiero evadirme de la idea reconfortante del sueño fabricado, por ello me concentro queriendo escuchar nuestros pasos pero es su voz lo único que encuentro.

-Mis admoniciones se oyen sin reacción y con indiferencia en los liceos barriales y mis imágenes escritas son de tráfico corriente en síntomas visuales de toda esquizofrenia que se precie. El mundo se acomodó a mi fresco de Montevideo, lo arrumbó al olvido y regreso a ver, confirmar o desilusionarme. Buscar como entonces en medio de la guerra la fiereza ciega del tiburón hembra y aparearme con ella en las profundidades hasta engendrar otro lenguaje monstruoso. Lo más desesperante de las letras de esta putria lo escribí yo mismo en la lengua que heredé de mis padres legítimos. ¿En qué se escribirá desde ahora si es que nos queda la polidipsia de escuchar a los bastardos? Seguro que en lenguas que vinieron del norte.

-¿Por qué yo? ¿Cómo llegó hasta mí tu embarcación de cazador y corriendo el riesgo que te desconociera, tomándote por otro loco más sin brújula magnética?

-Te das demasiada importancia; tú porque eres el único otro personaje ficticio que está en la visión que alguno viene mecanografiando. ¿Cómo puedes suponer que me aparecería –con los inconvenientes que has visto tú mismo- ante un desconocido que apenas estaría atento a mis explicaciones considerándolas con desdén, catalogándolas de inútiles absurdidades en un gesto de menosprecio y condescendencia? Debes saber que muchos por aquí cerca me conocen de oídas, si lo deseas podemos salir por calles aledañas a gritar en sordina cualesquiera de mis nombres. Preguntar incitando la complicidad de nuestra corte de los milagros: ¿conoces a Isidoro, el muchachito esmirriado que partió rumbo a Francia hace muy poco tiempo? Inténtalo, la gente bien te mirará extrañada y luego, sin que lo pidas te darán unas monedas falsas para que dejes de molestarla. ¡Ah!, pero los pordioseros que se reproducen como anguilas… ellos los sublimes te mostrarán un enorme piojo con facciones humanas, el mismo insecto paseado por Vallejo en aledaños de Versalles. Las vagabundas sin dientes hurgarán entre los trapos superpuestos como capas de cebolla, hasta meterse los dedos en labios inaccesibles del placer, impregnarlos de fuerte olor a algo inconcebible en vida para luego ofrecerlo a tu boca golosa mientras se ríen con gula de aquelarre y murmullan obscenidades en el argot de Brest.

-Este es tu monumento en Montevideo, le dije para intentar sacarlo de los abscesos purulentos que le quedaron por redactar cuando lo fulminó la muerte,

-¿Así que sólo este pedazo de chatarra merece mi inmolación? Una gloria compartida con messieur Laforgue y messieur Supervielle… un velamen de bronce, como si los tres viajáramos en el mismo barco y cuya destinación fuera regresar hasta la eternidad al mismo puerto de partida, detrás del encantador teatro Solís e insinuando que nuestras tragicomedias de montaje distinto eran fatalmente similares. Hay en el emplazamiento una lógica sutil que escapó sin duda a los ediles. ¿No fue Solís aquel adelantado español que despertó el apetito de los indios charrúas? En otro tiempo aquí resplandecía la calle de la prostitución, estar fundido en tales dominios indefenso al capricho de los vientos es algo que me reconforta. Luego deberás contarme qué dicen los biógrafos de mis primeros años pares de educación sentimental vividos entre ustedes; los pocos que conozco tienen pudor cuando se enfrentan a mi dependencia montevideana. Pero eso será luego… ahora déjame contemplar mi putita ciudad, mon petit mon, mon petit con, ma vie Montevideo. La mano de los hombres emprendedores que siguieron la obra te cambió poco, apenas te diferencias de las estampas que hoy se venden en el centro de Londres a buen precio. Lentamente y sin apercibirnos los aborígenes del sur dejamos de ser exóticos, ahora no vienen a estas pampas concienzudos naturalistas curiosos, los nuevos gobiernos republicanos nos envían embajadores egresados de Polytechnique y los audaces ingenuos buscan en el sur del trópico la intacta magia del asombro vegetal excedente, olvidándose sin remordimiento, mecidos por la ignorancia galopante de mi lluvia de sapos y una fatigada máquina de coser contigua a cierto paraguas tan citado. Allá, en las bibliotecas de París se atreven a redactar memorias sobre mi criatura sin sospechar el infierno cuadriculado que me acunó. ¡Triste destino el mío, ser una referencia elegante y bilingüe! Podrías s’il te plait indicarme en que lengua estoy monologando; basta de recuerdos ingratos… anda, cuéntame las novedades como lo haría una portera ciega del Marais, dime de la muerte que huelo, ayúdame a entender la desfachatada sensación de ver que tomaron mis abyecciones casi al pie de la letra, militarizando mis vicios y los sueños consecuentes. Con lo cual queda probado que insistiendo uno hasta puede ser profeta sacrificado en su tierra natal.

-Tengo un poco de miedo.

-Te comprendo, de algunas cosas es mejor callar… además debes vivir por acá cerca y te cuesta creer lo que estas viviendo.

-Algo así.

-Quisiera volver a perderme en esta ciudad que fuera mía, revivir la memoria escuchando frases de significado desconocido, sonidos guturales recordándome que escribí en francés salido del latín para defenderme de pesadillas visionadas en montevideano. Te pido mantenernos cerca de la costa, desde niño detesto las calles suburbanas pobladas de gente pobre recargada de hijos, que desprecio tanto como amo los despojos humanos desnudos de dignidad que sobreviven igual que costras purulentas de puerto. Miro cualquier barco de tres mástiles anclado y me admira que el hombre pueda llegar tan lejos; lo mismo pienso cuando observo mi prójimo borracho disputándose un hueso grasoso con perros vagabundos. Llegan todos de regreso al punto de partida para no partir hacia ninguna parte, la ciudad rumiando los empuja implacable hacia el mar con excrementos, basura, fetos y preservativos. Del mar venimos y hacia otro mar de inmundicia volvemos, cuando los hombres se degradan lúcidos alcanzan a recuperar ruinas indescifrables y despojos de la amnesia primitiva de la especie. Me intrigan los náufragos anónimos que llegan a la costa desde alta mar y quienes vienen de tierra adentro preservándose desparramados entre diarios del siglo y perros con la rabia. Durmiendo mientras los hombres prudentes expiran sin remedio a causa de un derrame cerebral sin previo aviso, dejando a la familia culpable una pensión miserable. Volver a Montevideo, monte… vi… deo… vi un monte, vi, viví en la ciudad inventada con vino de voyeur… del ver, del ver el monte a lo lejos, ilusión de la luz olvidada, imagen irreal de esperanza lindando aquello inalcanzable. Para escalar este monte hay que atravesar el valle doliente, emprender un viaje de significados por un infierno hecho de sintaxis, con castigos ejemplares similares a figuras retóricas. Una sola idea siendo a la vez el nombre y la ciudad, impremeditada invención de viajero vigía que llega, puerto último desfigurado para gente escapada cruzándose con quienes regresamos a descubrir lo que quedó en pie después de la batalla, a ensayar repitiendo el papel que nos corresponde en la tragicomedia de la muerte. Montevideo, Montevideo, Montevideo… Haz el intento, repítela hasta que se pierda el sentido buscado y sólo quede la irreconocible melodía voluptuosa disolviéndose en la boca como bombón relleno con licor de naranjas amargas, embriaga como vino espeso de Bordeaux, brota parecida a la sangre de la carótida seccionada por la navaja del peluquero alienado, chorrea como esperma entre manos traslúcidas de vírgenes. Por ese gusto a muerte es que apenas hieren al que se queda las cartas recomendadas y las postales, Montevideo es alucinación de viajeros afiebrados añorando ciudades inexistentes, pero si partes de un día para otro guárdate de proferir en el mundo su nombre, de hacerlo estarás perdido para siempre; por el contrario si lo callas, puede que llegues a ser un hombre feliz. De caer en la tentación de decir lo impronunciable estando lejos, al instante te invade la carroña vengadora, el cáncer de querer volver. Una vez la nombré en un descuido imperdonable, yo recordaba mi perturbada infancia cuando caí en la debilidad de asociarla a un sonido dulcísimo, desde ese instante supe que mi condena era regresar a la ciudad sonido, grito de marino trepado en un mar de silencio… después Montevideo ahogada por otros gritos y una marejada de insultos carentes de piedad. Acércate a la costa y nómbrala en voz baja, tiene la apariencia de una palabra única siendo toda una ciudad… si el resto es silencio y acaso algo distante de la literatura, Montevideo es el resto y te lo dice el poeta muerto de dos mundos con ganas de llorar. Extraño el misterio vasto del río como mar, en mi querido Sena los suicidas pierden en pocas horas su intimidad con la muerte y flotan hinchados delante de pintores aficionados bajo le Pont des Arts, se enganchan ridículos en barcazas de paseo cargadas de turistas. Aquí cualquier naufragio es esplendoroso y la intimidad del suicidio puede prolongarse durante semanas, es un río que respeta voluntades y a los cadáveres con la marca del crimen grabada en la frente los vomita en las playas para espanto de gente desinformada e inquietud de verdugos, el gigante marrón respeta a los puros que dieron su vida para el otro milagro de los peces, donde fuera que estuviera extrañaba este río travestido de mar. A pesar de las arquitecturas perversas de París, sus callejuelas con misterio y el mundo secreto de las alcantarillas cada día añoré este paisaje nocturno impregnado de agua de agonía… barcas terminales que no merecen existir, hombres alucinados que escuchan melancólicas canciones extranjeras. Cuando escribía con la muerte histérica mirándome las manos, me desprendía de una realidad carente de interés y forzaba apenas la imaginación, nada más hacía que activar la memoria hurgando en el pasado. Allá y aquí siempre me sentí un injerto mal suturado, grotesca sumatoria de partes desiguales como la burda criatura de cierta novela de terror con suceso. Alimentaba la secreta esperanza de que mi monstruosidad se asemejara a la poesía, escribí la virtud de torturar al hermano pero juro que nunca pretendí… ¿A cuánto estará el franco francés en el mercado negro? Creo que todavía tengo en los bolsillos algunos billetes… podríamos salir de putas, ir a buscarlas caminando los mismos adoquines que frecuenté hace más de un siglo destruyendo mi breve infancia. ¿Qué hora es? ¿Has visto cómo pasa el tiempo? Y todos los niños que se han acercado a pedirnos monedas, algo para masticar o cariño… mes petits éléves… ellos conocen a los cinco años el secreto de mis cantos mejor que los especialistas, para esos pequeños con mal de aurora las liendres voraces son algo más concreto que un símbolo y tema sorteado de disertación. Mis historias son apenas cuentos de nodrizas montevideanas, quienes quieren todavía ocupar los años de la vida para entender mis cantos tienen un sólo camino empedrado de brasas: llegar a como de lugar a La Coquette una noche ventosa y dejarse envolver por la orgía incesante de palabras e imágenes. Que una cárcel se llame Libertad es una paradoja digna de presidir un curso de gramática, como lo es que el río amarronado se llame de la Plata y no obstante sea bello como el supremo instante en que se superponen el olor a excrementos y los gritos del prisionero estaqueado cuando le aplican electricidad en los testículos… sabrás perdonar… hay comparaciones que todavía me tientan a ciertas horas de cefalea. En aquellas noches de desesperación la lengua de mis padres fue el instrumento idóneo para decirlo todo, los versos escritos de madrugada, la humillación de la miseria y pequeñas empresas artesanales me ayudaban a poblar de monstruos los recuerdos. Todo empezó en estas mismas costas… más que apocalíptico de langostas ridículas fui premonitor y eso se paga caro. Extraño las navajas afiladas que tanto llenaron mis imágenes, la crónica roja de pasquines amarillos, los procesos jurídicos por crímenes horribles y la historia del arte; me reconforta volver a los fundamentos de mi imaginación, sentir y presentir el contacto directo con los solitarios inspiradores, muertos, pederastas, prostitutas, el creador impostor, Maldoror lui même, seres condenados al desamor remontando el cauce de corrientes eléctricas y vivir de cara a la máscara mortuoria; los indefendibles seres solitarios, protagonistas de actos irrepetibles en los que no existe posibilidad de salvarse. Al caminar por Montevideo me sorprende la nostalgia de amor y la verdad es diáfana, soy un fantasma hecho de palabras como es fantasma de espectros expatriados la ciudad, derrumbando y construyendo, poniendo asfalto hasta esconder los rieles, supermercados sobre antiguos cementerios, casas de cambio en viejos conservatorios, prostíbulos en escuelas primarias: sé que estoy condenado a transfigurarme en todo, importa poco en qué. Ahora tengo la leve tentación de matarte, ultrajar de alguna manera tus despojos y tirar trozos de tu carne a los gatos sarnosos que miran asustados desde los rincones. No temas, estoy cansado y viejo, esta visión me remueve el pasado… otro siglo más… tu esfuerzo de llegar hasta aquí habiéndome soportado merece que te cuente lo que sucederá. Escucha con atención: ellos irrumpirán desde el aire en aviones, no en barcos fantasmas sin velas ni timón como yo; intenta pensar en niños cuya infancia pasó en Montevideo, siendo seducidos a los catorce años en lenguas extrañas y ya tienes un poeta maldecido. Maldorores del mundo escribid de noche, aguzad el ingenio hasta el rechazo de la vida que arrastráis… castrados de nostalgia y amor obligaros a cantar desde el desgarramiento sobre las nuevas formas que tiene el mal entre los hombres. El puerto está intacto, durante el transcurrir del siglo pasado aquí vivió el poeta desgarrado por alimañas internas, ahora padece oculto entre Suecia y Caracas, alcoholizado hasta el delirio en un desierto australiano desafiando la muerte, en México D.F. y se escamotea hundido en pensiones colectivas del barrio chino de Barcelona. Chicos de pocos años que sin ser hijos de funcionarios extranjeros, escarban diccionarios bilingües, entresacando despojos del habla popular, saqueando la sintaxis más negadas de la sociedad, reflotando vicios poco frecuentados en esas lejanas literaturas. Serán ahora otras las imágenes resultantes, palabras, bestiarios y lenguas profanadas, idénticas serán la infancia vivida entre estas casas. Ya partieron y están en ruta, morochitos insignificantes entre los demás colegiales, silenciosos, postergados a los últimos bancos en las aulas, buscando a ciegas las palabras traduciendo lo que vieron los ojos inocentes en su ciudad natal, ensañándose contra ellos mismos, excomulgando dioses falsos y nombres nórdicos, mediterráneos o tropicales. Esta ciudad los engendra y acuna durante los primeros años haciéndoles ver el horror del más allá en vida. Les infiltra en sus sueños infantiles visiones de espanto que los despiertan con el cuerpo sudado y ganas de escribir. Somos así entre nosotros, enviamos hacia el mundo bombas humanas de tiempo llenas de poesía, huevos de bestias fantásticas que anidarán por años en gramáticas y escrituras desconocidas profanando sagas heroicas hasta desparramar miserias en estanterías de bibliotecas fuera de sospecha. Mi francés se desangra mordido por hienas sajonas, en el siglo pasado redactarlo era ser escriba de Babel. Me descifraron, me tradujeron y haciendo eso me mataron; por ello desde la nada reconstruiremos la torre y recitaremos los cantos en todos los idiomas conocidos. ¿Cuánto demorarán en percatarse de que hay orientales desmoronados tramando estrofas en lengua sueca? Será demasiado tarde. Mi grito desgarrado de soledad y ayuda se perdió en la niebla del tiempo como se evaporó en la historia el Imperio Austro-Húngaro, esperemos que mis jóvenes discípulos dispersos por el mundo tengan mayor fortuna y logren vivir hasta finalizar la obra, errarán mucho tiempo por provincias extranjeras hostiles, regresarán como lo hice yo esta última vez vagando entre palabras. Mientras tanto, dejemos que la escritura sirva para incomunicarnos, dos piedras sin serlo ya son una muralla, dos palabras opuestas forman un idioma, la patria es esto que sucede: hablar la propia lengua bajo el cielo celoso de la Cruz del Sur. Hablar, el supremo placer de hablar así al borde de aguas malolientes y ahora sé: era lo único que tenía para decir antes de anegarme en la arena sucia del olvido.

Como viejos inseguros y temerosos de su destino final que olvidan valijas de cartón en andenes de madera, así el anciano se me perdió de vista en la primera bocacalle del fondo de donde provenía esa música de acordeón a piano desafinado, una melodía reconocible. Miré el reloj de bolsillo, tenía diez minutos para llegar al cine, tiempo más que suficiente, en la Montevideo de Maldoror los destinos siempre están cerca y casi al alcance de la mano.

“o pasado sin falta”

Episodio 8: menú degustación Okinawa

Al comienzo de la aventura La Coquette, en la sección Los ríos ficticios se remasterizaron en su integralidad algunas novelas relativamente cortas. Luego las más extensas fueron declinadas en forma de folletín avanzando cada mes por paquetes de capítulos con cierta unidad y en el tramo final del ciclo, iniciamos la estrategia de los Capítulos Sueltos. Se trata de recuperar fragmentos de novelas que están en carpetas o fueron interrumpidas, que aguardan su tiempo de edición y sin embargo propone una unidad narrativa, cierta coherencia argumental autosuficiente que puede confundirlas con cuentos aptos para saltar a la sección el Club de los Narradores. El capítulo “Episodio 8: menú degustación Okinawa” que abre el procedimiento, tuvo la suerte de ser publicado dentro de una novela de 17 episodios. El título de la novela es “o pasado sin falta” así con minúscula, insinuando la palabra que falta al inicio, sugiriendo que se trata de un título que retoma un verso modernista escrito en portugués. Fue publicada el año 2021 en Madrid por Ediciones Casus-Belli bajo la dirección de Carmen Abad; la misma que sacó la edición española de “Hagan de cuenta que estoy muerto” en el año 2011.

“o pasado sin falta” forma parte de un grupo de novelas cuyos narradores miraron de cerca los cuadros de Mark Rothko, escucharon a Pink Floyd cuando eran vanguardia y vieron con admiración perpleja las series y películas de David Lynch: explicaciones sin censura de los posibles, asumir que la abstracción forma parte de la realidad, apostar a la fuerza del relato contra la verosimilitud rutinaria, que un relato puede ser clausurado al punto de proponer sus propias leyes de articulación interna y que son otros protocolos de la ficción que adviene. Buscando más atrás, quizá el modelo sean las novelas de Denis Diderot, que comienzan “ahora” y se preocupan sólo por la lógica consecuente de acontecimientos azarosos del dominó desparramado. De “Jacques le fataliste” es precisamente el íncipit retenido para el libro : “Que cette aventure ne deviendrait-elle entre mes mains s’il me prenait en fantaisie de vous désespérer!” La originalidad está acaso en la propuesta de un nuevo pacto de lectura renovado, actualizar las referencias diseminadas a un lector que utiliza las nuevas tecnologías y lleva el mundo en el teléfono celular, considerar en el campo magnético del relato las primicias antropológicas de las sociedades nuestras en cuanto a sexualidad, transhumanismo e inteligencia artificial; comenzar a indagar cuáles serán las estrategias narrativas latentes, asumiendo que el relato lineal fue abducido por la industria cultural y se impone la búsqueda de otras poéticas aunque haya que pasar por el atajo del error. Hay pues una salida premeditada de la zona de confort de otras novelas propias y ajenas, digamos que más tradicionales y con las amenazas que ello implica al momento de la recepción. Cuando comencé a escribir ficción en el siglo pasado, el pacto social de lectura parecía más claro en Montevideo; adoraba las clases y profesores de literatura, conocía por dentro varias editoriales, no había salida al centro sin pasar por un par de librerías, los críticos literarios tenían predicamento en la ciudad letrada y había cierta ideal del perfil le lector. Eso cambió y la distancia cuali/cuantitativa es la misma que existe entre la Brother de aquellas ficciones y la computadora ASUS donde redacto este párrafo. El lector también salió de ese circuito, sabe qué cosa es Poulard, se hace signo en Twitter de Elon Musk y en Facebook sonriente de Mark Zuckemberg, escucha con audífonos temas de Amy Winehouse y carga la temporada dos de Breaking Bad, sabe de quién es la réplica culta “hasta la vista, baby”. En ese universo envolvente la ficción es verosimilitud naturalista, el espacio simultaneidad, el tiempo maleable, los personajes alienígenas, mutantes con superpoderes, zombis o se oponen a definirse sexualmente; lo dijo la Queca en “La vida Breve” hace setenta primaveras: “mundo loco”.

La novela narra un fragmento móvil en la existencia del héroe joven y urbano de las sociedades contemporáneas del comienzo del siglo XXI, personaje más del presente que de un lugar fijo y abonado a Netflix, que puede esnifar coca para mantenerse despierto las noches de verano, tatuarse un dragón Hokusai y conocer el sabor del wasabi. Hay en la intriga una relación con una muchacha montevideana que termina mal, un episodio inmobiliario con algo de Polansky y un renacimiento a la vida afectiva que puede resultar confuso para las mentalidades dominantes tradicionales. El Episodio 8 halla al héroe con pocos atributos en una situación distendida, acaso una tregua en la batalla cotidiana, ese tiempo donde los asedios parecen amainar -la conocida calma que antecede a la famosa tormenta-, donde uno quiere darse el gusto de cenar en paz y tiene programado en el Samsung el número del Delivery Uber Eats.

Detalle de cuadro

Hace un año, al redactar algunos de los propósitos que me llevaron a la aventura del Cabaret Literario, escribí que entre ellos estaba la transferencia o el antídoto mediante pantalla, al dilema de la reedición. En la zona que tiene la narrativa de industria cultural, es claro que sucumbió al rigor de la obsolescencia programada, el sistema de multiplicación e impulso de información continua. A la manera del antiguo Club del Clan argentino que esperábamos semana a semana en los años sesenta; de las bandas y el último álbum destinado al mercado, siempre atento a la novedad, el tema reciente que se alza a los primeros lugares en Impactos de la nueva ola en radio Independencia. Fusionando dos criterios: difusión calibrada en diferente soportes -pasamos de radio y televisión a redes sociales o cómo cargar la play list en el celular- e incidencia en ventas del single de Los cinco Latinos. Quizá con la ventaja en la pop de que siempre se pide -el público lo exige y se logra una sincera comunión- la interpretación de viejos hits: “Satisfaction”, “Brindis por Pierrot”, “Mi unicornio Azul”. Un ejemplo enorme – considerando el virus en el barrio de Belgrano- es la versión -está en youtube- de AC/DC en vivo en el Monumental de River Plate, en Buenos Aires, en diciembre del 2009, cuando atacan “Highway to Hell”. Mirar tres veces ese video puede ser una lección de estética de la recepción; me ayudó a considerar con otra perspectiva la cuestión de la reedición y el trabajoso reciclado de las ficciones. El relato fue confiscado, el mundo es relato ininterrumpido y la narrativa escrita debería reconstruir los puentes con la poesía de lo irreductible.

“Detalle de cuadro” integra mi primer libro de relatos “Aperturas, miniaturas, finales”. Luego de su aparición -que tuvo la suerte de tener ediciones destinadas a públicos diferentes, siendo el primero una lista de suscriptores- hubo un par de intentos de reedición que naufragaron. Esta es la segunda vez que sale al dominio público. Cambió el soporte acompasando la revolución tecnológica y lo escribí en el ocaso del mundo anterior con la versión final de las máquinas de escribir Brother. El avatar La Coquette me permitió corregir fallas de principiante en su puesta en relato, advertir que todo texto se mueve y suscita lecturas diferentes. Es el efecto del tiempo modificando el texto -a la manera del vino- y son cambios vinculados al factor humano de la escritura; tanto por lo inexorable de la edad del autor como de la hora del lector -recordando el libro de Josep María Castellet de 1957- y que resulta ser otro.

Del episodio 1985 y el cuento recuerdo tres piezas sueltas. El título del libro, sin retomar un cuento del conjunto y aludiendo a tres zonas del juego de ajedrez; destacando una afinidad entre escaques, trebejos y narrativa, juego simbólico sublimando batallas en épocas de realismo testimonial. El pálpito de que recién comenzaba mi torneo con la narrativa y que todo relato depende del dominio de esas tres operaciones. Las primeras dos oraciones definen el tono y destino de la partida, el desafío que presume solucionar un cuento en pocos movimientos, como lo enseñaba el maestro Horacio Quiroga; la importancia del final o cómo hacer para rematar un relato. Aprendizaje laborioso del oficio, equilibro entre recuerdo inolvidable y el olvido que todo lo puede. Las circunstancias, eran especiales; se trataba de mi primer libro y había ganado un premio generoso para su momento. El país salía -es un decir- penosamente de la dictadura y la literatura entraba en otros pactos sociales y retóricos. Me estaba interesando por la pintura, en especial la obra de Joaquín Torres-García, buscando en otros dominios del arte atajos a la esencia de lo escrito, indagando variantes compatriotas en el mundo moderno. Estaba en los preparativos del primer viaje para conectarme con la escuela semiótica de Barcelona, que tenía su torre de control en la universidad autónoma de Bellaterra.

Exploraba en la pintura la conocida paradoja de que un cuento cuenta dos historias; una de ellas visible en la primera lectura y la segunda oculta sin ser imprescindible, más integrada a la trama secreta. Como esos códigos de injerencia del autor a manera de firma en la obra y la protección del misterio, que se niega a ser dilucidado en un primer golpe de vista. El autorretrato confundido entre personajes de la escena, la firma sello en un pergamino plegado, apariciones furtivas de Alfred Hitchcock en sus películas. Del cine venía el afinar la disciplina del ver, en aquellos tiempos de destape criollo era prioritaria la conexión directa con los acontecimientos. La proyección con el futuro era incierta con aires de lotería y el pasivo oscilaba olvido circunstancial, persistencia activa.  Era la libertad formal regresando, una lista detallada de cosas para hacer que nos aguardaban en años florecientes, la equidad entre memoria con costras y deseo podría resolverse sin excesivo daño. Mañana será otro día cantaba chico Buarque de Holanda, éramos jóvenes marcados por cierto standby de la existencia y olvidando el decorado conceptual del barroco. Memento mori: hoy mismo el tiempo está pasando y ya fuimos una vida, una década, un año, un día y una hora sumada de existencia. Cuando observamos el tapiz de la vida -del cuadro anónimo donde está representada- hasta distinguir el cruce milimétrico de la trama, si nos decidimos a mirar en detalle, confirmamos que la única movida agazapada -esa que nadie puede jugar por nosotros- anuncia jaque mate en pocos movimientos. En pocas horas se decide la partida narrada en el cuento, la posición era insostenible y más porque estamos siendo medidos por dos relojes, como los péndulos de ajedrez.

El muro de Alicia Planck

mancha de tinta azul / ¡hola Max!

El retorno en aplicaciones del cosmopolitismo, la euforia antropológica del multiculturalismo, las series de historia fantasía tipo Conan, Riddick o Juego de Tronos, las grandes producciones fílmicas blockbuster (Avengers, Spiderman, Thor) donde todo es superpoderes y Transformers, el éxito arrasador del manga japonés, la gestión mundial de la COVID, la guerra en el planeta Ucrania, el desacomodo del periodismo en relación a la redes sociales, la imposición en la vida civil heredera de las Luces de protocolos religiosos del desierto, la segmentación reivindicativa de las minorías de todo tipo, los avances del transhumanismo tras el cambio de sexo o la inmortalidad y la informática al servicio de los ataques de hackers, son apenas el preludio de la agenda temática para las nuevas generaciones de productores o receptores de relatos y los remolones que vamos saliendo del dominio narrativo. Si bien es cierto que se mantiene el libro del testimonio en algunos sectores del mercado, así como la tentación de ponerle narrativa explicativa a expedientes que ya trató la Historia, considerando el tsunami de la novela policial, sin olvidar el auto polisémico: auto ayuda, auto ficción, la historia verdadera de mi vida… asistimos a una lucha soterrada entre partidarios radicales del mimetismo (todo lo que se narra sucedió o pudo haber sucedido en los contornos de la experiencia humana, de la ciudad desnuda) y el despegue absoluto rompiendo el archivo de convenciones retóricas. Miles o millones de lectores siguen buscando los estremecimientos que huelen a podrido de H. P. Lovecraft o creen en la Matrix de gafitas Neo y la transfiguración sexual Wachowski; como si la mente individual, el país de nacimiento y el planeta Tierra, fueran de un horror insatisfactorio debiendo recurrir a los antiguos cósmicos, primigenios previos a lo humano -Cthulhu, Yog-Sothoth, Azathoth- originales informes, entidades confinadas que vuelven cuando se descifran los arcanos nauseabundos de los libros malditos y hay corifeos por doquier dispuestos a renovar el pacto con los súcubos.

Para los planes narrativos propios, el encuentro fortuito de cierta edad que se acelera, el proyecto virtual del cabaret La Coquette y el ambiente Gran Hermano mundializado (Paris vacía durante semanas, como si ya hubiera llegado el día después del apocalipsis atómico o la invasión extraterrestre) me condicionaron a rearmas las fichas a la espera. Había dos itinerarios posibles; uno era sentirse abrumado por demasiada cosa tecnológica de dominio complicado, aceptando que la realdad presentaba tantas intrigas fantasiosas que era preferible dejar sin encender la computadora o comprar nuevos cartuchos de tinta: así -como hice- lo sensato fue retocar viejos textos pensando quizá que lo mejor estaba detrás de la escritura. El segundo era permanecer abierto al ruido chirriante en el circuito, atento a ciertas problemáticas de esa agenda enunciada caótica pero desafiante, decodificar los signos del cambio que se van viendo en la vida cotidiana; tirar alguna ficha de nácar que quedaba todavía en los bolsillos de la campera, pero apostando al tercer color indefinible que está fuera de la zona de confort. Reciclé pues alguna experiencia de viejos casetes de redactor publicitario de los años setenta del siglo XX, me pregunté que puede haber de nuevo hoy día del otro lado del muro de Max Planck, territorio comanche donde las leyes pierden sentido para las fórmulas clásicas de la novela; decidí dudar si es creíble eso de la puerta a las estrellas o atajos para pasar de un punto al otro del universo perforando pliegues espacio temporales. Es decir de la novela y encontré en esa calesita la historia de un romance que, como en los viejos boleros románticos, termina con la perdición de las almas implicadas. El resultado fue una novela breve titulada “El muro de Alicia Planck” y de la cual se adelantan en este enero del 2023 los dos primeros capítulos.

Al fin de cuentas la canción es la misma: un hombre sin cualidades se encuentra, gracias a un algoritmo premeditado, con la mujer nueva de las transfiguraciones, de la estirpe de Medea con chip incorporado y que piensa que las tesis de Judith Butler son para quinceañeras con revanchas filiales pendientes. La época importa poco, si bien podemos conceder que estamos en el campo magnético de los últimos diez años, pues las novelas cuando yo las leo están en un eterno presente y tienen como los yogur de vainilla fecha de caducidad. El lugar de la intriga es la suma de otros lugares, puesto que todos estuvimos en demasiados puntos del planeta a los cuales jamás volveremos y fuimos conectados por salas de embarque de los aeropuertos. Lo que se repite, como en mis últimos libros, al punto de ser considerado un atributo estilístico o una obsesión de la memoria malherida, es la atmósfera de un bar en el crepúsculo. Que puede ser de hotel o no y se llama La Vela, como el bar del Hotel Lancaster de la plaza Cagancha de Montevideo, con algún trago siempre en preparación en manos del barman, de preferencia el Negroni, alguien que toca un piano porque the time goes by y siempre sus manos retoman al menos una canción de Cole Porter; lo que tanto ayuda para tratar con entes de ficción y que se nos escapan de entre las manos cuando la computadora está encendida.

El Principio de Van Helsing

en «Mariposas bajo anestesia», 1993

Como sucedió cada una de todas las noches anteriores hoy también los espero y sin reaccionar, por si es esta la noche elegida. Negándome a ensayar ni tan siquiera un gesto defensivo por mínimo que fuese, que sumaría un movimiento inútil a la inminencia del encuentro y cuya peor represalia es la insoportable dilación nocturna. Fijo con insistencia la mirada en la pantalla del televisor para matar el tiempo, hasta conseguir que los párpados cedan al cansancio, queriendo hallar aunque más no sea una vez, una imagen que me devuelva las ganas de pensar y logre espantarme (sería suficiente por un momento) la conciencia constante y repugnante de saberme aguardando su llegada.

Las cinco líneas fronterizas que definen el misterio llamado Hungría son sinuosas y se modificaron sin cesar a lo largo de la historia. De noche imponen el silencio e intimidan al viajero cuando despunta el amanecer, son límites que desprecian la monotonía del horizonte recto y fugitivo entre azul y turquesa, resquebrajado por tensas velas blancas y cascos de barcos abandonados navegando al varadero definitivo. El actor reclutado in extremis para el proyecto mantenido en secreto en la Meca del Cine tiene orígenes húngaros o algo así; estudia y se abisma buscando los motivos oscuros de su personaje fetiche, camina nervioso sin cesar en círculos concéntricos más pequeños a cada paso. Concentra su espíritu memorizando diálogos y parlamentos, concibe gestos que él está convencido harán su prestación inolvidable… se trata nada menos que de inmortalidad. El estado de la mente le permite todavía ensayar delante del espejo y mientras intenta controlarse hace volar la imaginación, sediento de poder integrarse hasta la sangre en el papel que obtuvo a último momento, como si pudiera creerse rondando la predestinación de los gitanos. Tiene cerca de cincuenta años, nada de tiempo para la eternidad y demasiado para un mañana que especule con la espera, sabe que será la última oportunidad, se agotan los tiempos del disimulo, cuando ninguna postergación es admisible: será su sangre o la sangre de los otros. 

Durante una interrupción entre dos tomas, mientras los utileros mastican emparedados de atún y empinan largos tragos de cerveza tibia, en un rincón del enorme estudio ganado por penumbras naturales y sin decorado, Tod Browning reitera e insiste con las indicaciones previstas para la próxima escena. El talentoso Browning dirige la película y a pesar de su considerable experiencia, está realmente preocupado por los nervios incontrolables de las manos del protagonista, desconfía de su mirada cargada del idéntico brillo que tienen los vivientes cuando velan un difunto y hay algo alucinante en la dicción que parece de un muerto. La capa de Lugosi, cortada de hipnótico velarte se arrastra implacable sobre las escaleras huecas diseñadas en los talleres de la Universal Pictures. El negro intenso lo defiende teniéndolo por hijo predilecto, protegiéndolo de la luz asesina que la noche acarrea; él oculta con la capa a impúdicas miradas el efecto humillante, la irrefrenable debilidad de excitar los caninos a la vista del cuello palpitante. Reclutados lobos extra aullando con esmero contagioso en la banda sonora, cobijan el batir de los brazos emplumados de capa que se funden –por invisible magia del hábil montajista- en retractiles alas de murciélago actor cedido gentilmente por un laboratorio californiano, que investiga leucemias fulminantes en ratas y moribundos. El pelo de Lugosi hace sospechar negras alquimias del maquillaje personal, está peinado hacia atrás demostrando las virtudes de los fijadores artesanales preparados en Transilvania. 

Una cabeza perfecta pues, en estricta correspondencia con la capa y el charol del calzado, conjunto adecuado para sobrevivir sin sobresaltos la noche moribunda y evitar las consignas del sol. El actor húngaro que responde al epíteto de Bela Lugosi, el comediante de los ojos más entrecerrados jamás filmados en blanco y negro, decidió desentenderse de las pertinentes indicaciones de Browning e ignorar asimismo las oraciones escritas por Stoker. Se encerró asiduamente en el camarín asignado por la producción a su condición de estrella para buscar a gusto, hasta quedar a solas con el fantasma del Conde revivido. Algunas semanas antes de esa comunión, cuando Lugosi supo que fue el elegido entre los candidatos a encarnar al Maestro, como si hubiera en ello un pacto concretado se dice que rió de alegría a escondidas. Cuando cesó esa convulsa felicidad epiléptica dio en interesarse, como lo más normal del mundo por la frecuencia invisible de las ondas sonoras, puntas fibrosas de estacas de madera, cortinados espesos capaces de apaciguar la claridad del crepúsculo; se informó a fondo sobre las cualidades secretas de la plata, la fisiología interna del cilíndrico cuello –femenino y virgen de preferencia-, conoció aplicaciones decorativas del azogue y se inició al complejo volar de las aves nocturnas.

Urdida esta información periférica en un haz compacto, Lugosi comenzó a comportarse como el sublime aristócrata del Mal que nunca había existido. Hasta el último segundo de penumbras tentó salvar al Conde y que era salvarse él mismo, de la disolución anunciada más allá de la muerte.

“Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.”

El único protagonista del film destinado a conocer la vida eterna, releyó con desdén e impotencia y desprecio y odio la réplica asesina del doctor Abraham Van Helsing. La fórmula presintiendo el final y anunciado la aniquilación de una leyenda que era la suya. Pero alguien con apariencia humana que alguna vez fuera Bela Lugosi, el elegido venido de tan lejos, sabía que al Conde que él decía que actuaba no podían matarlo porque ya estaba muerto, ni liquidarlo –era una presencia indestructible- las restauradoras secuencias marcadas por el guión. Saltó Bela el umbral viscoso de regiones sin retorno e incomunicables por puentes levadizos de la razón, ganó Lugosi la paz interior de su noche absoluta revestida de insomnio, que aguarda en vano la luz ilusoria del sol a la parafinada luz de velas clavadas en candelabros negros.

Imagino que muchos años después del sorprendente estreno del film en los cines del mundo, habiéndose desentendido del plano final fijado sobre acetato inflamable, un Lugosi patético mostraba colmillos postizos de utilería a cajeras de supermercados y empleadas de tintorerías barriales. Hasta quienes fueron alguna vez espectadores de matinée se rieron a carcajadas de sus piruetas grotescas y lo que fue más horripilante, sin respetar los miedos nocturnos de la infancia. Bela vivió en envejecida carne propia el exilio definitivo de monstruos crepusculares del siglo diecinueve, velaría en soledad su sueño cataléptico con temor, aguardando que el pertinaz Van Helsing golpeara la puerta clausurada al final del adarve, una mano libre y otra ocupada con martillos y astillas envuelta ritualmente con ristras de ajo.

Se sucedieron infinitas lunas llenas desde la hora que murió el cuerpo de Lugosi. El magiar comenzó a fallecer cuando leyó por vez primera la versión definitiva y aprobada del guión de Garret Ford y Dudley Murphy, al decidir no ser el Drácula fantoche de Browning ni terminar como el Max Schreck Nosferatu Murnau. Eligió o algo decidió por él olvidarse del húngaro Lugosi para ser el Conde Drácula, temido aristócrata y Maestro Sanguinario de los lejanos Cárpatos. Había enloquecido a causa de la sangre teñida de morfina, la agonía se limitó a sus propias carótida y yugular que pensaba infinitas, torturado a sondas de suero incoloro, ironía adicional injusta con su lucha postrera por el rojo; dadas las circunstancias pedir donantes de cualquier tipo para el paciente hubiera sido un irreverente acto de humor negro. 

Los fotogramas finales del 16 de agosto de 1956 son imaginables en eso de despreciable que tiene la realidad. Esperpénticos gritos con convicción mimética y un batir de brazos gallináceos en vano intento por alcanzar la última ventana sin vitrales. Los enfermeros de turno del ala tercera del hospicio seguro que lo tomaron con fuerza campesina y lo clavaron a la cama de hierro, sin más artificios que sus propias manos y unas correas viejas mordidas por locos anteriores con cuadros de histeria menos sofisticados. Indigno de su perseverancia humanista el doctor Van Helsing faltó a la cita final, la única impostergable. El joven médico recién diplomado y agnóstico le cerró los ojos como si así finalizara una pesadilla digna de piedad, un estudiante curioso y comedido cubrió el raquítico cuerpo del difunto, despojo perdido en los pliegues de una bata celeste meada y cagada, con una sábana blanca almidonada. Por el ventanal entreabierto y que daba al portal gótico de una abadía en ruinas, penetraba insolente la claridad de un espléndido día casi primaveral.

Mientras yo deliraba el Conde Lugosi moría otra vez en la pantalla del televisor encendido, en alta mar a velamen desplegado, entre sombras de sospecha blancas y negras alimentadas por puertas cerradas con chirrido de bisagras herrumbradas, extraviados crucifijos vengadores fundidos en plata potosina de ley. Había trancado las ventanas de mi casa cuando cayó la noche, me siento mejor si antes de dormirme, tarde, escucho el ascensor del edificio aunque nunca sepa cuál será el último viaje ni a quién lleva en su interior. Cada tanto me tapo los oídos con las manos para evitar el ulular de las sirenas, frenadas de los autos, timbres insistentes que nada bueno anuncian, llamadas telefónicas a deshoras y que ninguno en la comarca se atreve a responder. Nadie puede escapar de la Transilvania montevideana ni transitar sendas empedradas de sedientas bestias asesinas; de haber contado afuera lo que aquí nos sucede nadie nos creería y de creernos por lástima poca cosa harían por nosotros. Me resigno a escribir epístolas dirigidas a difuntos transitando el Bardo: se siguen llevando por la noche la mejor sangre y comeremos nuestro pan viejo en miedoso silencio. 

El ruido del televisor encendido sin imágenes parece freír en un aceite electrónico el principio de Van Helsing: “persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo”. Lucy habita Montevideo con diamantes, escucho el estruendo inconfundible mientras trepan escaleras arriba las alimañas; comenzaron a patear la puerta de entrada para derribarla, sin saber que está cerrada sólo con picaporte y suponen que me sorprenderán. Como sucedió cada una de las anteriores hoy también los esperé sin reaccionar por si fuera esta la noche elegida, negándome a ensayar cualquier maniobra defensiva agregando un gesto inútil al encuentro perentorio y cuya represalia sería otra pesadilla nocturna. Fijo la mirada en la pantalla del aparato para pasar el tiempo hasta que mis párpados cedan al cansancio, queriendo descifrar alguna imagen reintegrando la esperanza de una segunda vida y espante la conciencia doblegada de cuando los invasores volaron las fronteras.

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Le croupier magyar

capítulo 1 / capítulo 20

Por un edificio de más de cien pisos construido, de esos tan magníficos en Doha -tal como vimos en el último mundial de fútbol- hay en general un concurso previo internacional de proyectos, un estudio laureado y quedan por el camino por lo menos media docena de maquetas estupendas. Eso yo lo había visto cuando trabajaba en la novela “Hagan de cuenta que estoy muerto”; allí era cuestión del monumento, basílica y Cruz del Valle de los Caídos, el procedimiento fue el mismo hasta que el Caudillo se decidió por los planos de Diego Méndez y Pedro Muguruza. A eso remanente se le puede llamar para ser ejemplares el camión de rezagados como en la vuelta ciclista, el salón de rechazados en el arte vanguardistas, la exposición consuelo de los finalistas, museo virtual de lo que quedó por el camino, campo minados de empresas posibles que nunca tendrán piedra inaugural con el nombre del arquitecto; quizá en los planos dejados de lado estaba la idea prodigiosa que pudo alterar la historia de la arquitectura y nunca lo sabremos. En la plástica, de vez en cuando, aparecen a subasta bocetos de los grandes maestros y un catálogo que se pensaba clausurado descubre un muro -como el amarillo Vermeer en la Vista de Delft- que despierta codicias de millones de dólares. Así hay grabaciones de estudio improvisadas de John Lennon, fotos de la última o primera sesión fotográfica de Marilyn Monroe. En el taller del escrito hay encarpetados en abundancia de esos proyectos -el caso de Céline estos últimos tiempos es ejemplo mayúsculo- que se estancaron buscando el inicio errático, otro personaje inolvidable al estilo Ferdinand Barnamu, un remate argumental que tarda en llegar o acaso la complicidad de un editor. Ese fue el caso artesanal del largo relato “Le croupier magyar” del cual se avanzan este febrero en La Coquette los dos primeros capítulos y a pesar de que el orden numérico puede aparentar lo contrario.

Como fue trabajado en años diferentes esos capítulos adolecen de cierta discontinuidad; generalmente remedo la secuencia de los cuentos en las apostillas correspondientes, pero al escribir estas notas sobre capítulos sueltos me asaltó la duda, quizá porque trata el título dos temas generales o la historia sucede en instancias paralelas de lo real. Como dijo Neruda, no sé si he sido claro: a veces el tema prioritario preexiste a la escritura y se impone por razones misteriosas en la redacción. Otras, sucede lo contrario, se comienza la escritura que avanza tanteando su cadencia y es allá recién a las cansadas que el tema evasivo muestra su verdadero rostro, pudiendo haber en ello confirmación o sorpresa. Lo que ensayo en esta tregua para mentar ese inédito es más sencillo si evoco los dos temas vectores y las coordenadas por donde se desplaza el cursor del argumento. Uno es el de los estados segundos, la novela le puso relato a esa duplicidad repetida cada día, en un despertar en medio de una pesadilla, en la consulta del psiquiátrico, en todo punto callejero de venta de droga. Algunos ejemplos serían la conversión religiosa partiendo del milagro interior ante la iluminación, la posesión demoníaca que fascina a la sociedad del espectáculo o estados místicos de los anacoretas que recorren la India. La ebriedad versión ginebra, la absenta decimonónica de poetas malditos, la batería generosa de drogas circulando en el mercado, desde la cocaína, heroína y LSD, -The Doors (riders on the storm), El almuerzo desnudo, Las puertas de la percepción, Confesiones de un fumador de opio, la muerte de Dylan Thomas y tantos compatriotas sin ir más lejos- hasta el porro que se compra haciendo cola con los billetes apretados en las farmacias de Montevideo o el paco orillero que tanto bate papo de boliche ha producido. Mención especial, sobre todo luego de la estrategia freudiana, merece el mundo de los sueños: la histeria de Dora (Ida Bauer) y la historia de Sergueï Pankejeff llamado el hombre de los lobos; o la pesquisa mental de Montgomery Clift en “De repente en el verano”. Con tales antecedentes la cosa se ponía complicada del lado de la originalidad; en otros casos recurrí al hipnotismo de los grandes magos y al final me decidí por indagar las posibilidades narrativas de la anestesia, que lo tiene todo en potencia pero ha quedado como ramal periférico de la medicina. De esto trata la novela, del documental onírico que sucede durante la anestesia general, donde se mezclan memoria, lecturas, visiones del subsuelo y alguna salida accidental de la carretera. Para darle una vuelta de tuerca adicional y que podría explicar las incoherencias narrativas, le sumé el misterio de una transfusión; que la sangre no es útil sólo para vampiros clásicos, zombis sedientos y el infatigable Abraham Van Helsing. Cada anestesia emula un trip de los clásicos, supone una intervención agresiva sobre el cuerpo dormido y durante su efecto de manera invisible o brutal yo soy otro; cosa que se comprueba en el largo despertar post operatorio. Sabemos que venimos de alguna parte inexistente en la geografía, la mayoría de las veces olvidamos de dónde, pero si hacemos un poco de memoria retrospectiva observando el vaivén de un péndulo puede haber sorpresas. Hace apenas un siglo, antes de la anestesia del petróleo, donde ahora se levantan las torres inaccesibles de Doha, aquello era apenas una duna de arena, reloj de arena, libro de arena, castillo de arena, nostalgias de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó.

La otra vez l’autre est à mont

Entre hipótesis de ficción y protocolos académicos suele haber desencuentros porfiados estando bien ubicado para saberlo. Teóricamente existe un trato cruzado en colaboración pactada sin contrato y en realidad se cava una zanja, se levantó un muro que obstaculiza la fluidez. El texto aquí comentado fue un intento de perforar un pasaje y formular un híbrido de género; que se estimula y teoriza en todos los órdenes de la vida -incluso en los más íntimos de la identidad sexual-, pero que a nivel de discurso teórico permuta mentes abiertas en ayatolas de la emasculación. Es así: lo acepté como condiciones de producción hostiles e intenté algunas refutaciones en la práctica textual. Sabiendo desde temprano que alegarlo en la vida social entre colegas y promoviendo un debate era una pérdida de tiempo. La diatriba cultural de los medios masivos de comunicación, la crítica de salida y mercado legitima todo tipo de propuesta estética; desconfía sin embargo de la ficción vinculada al universitario, lo mismo ocurre en seminarios y coloquios en las facultades. Tal vez sea mejor así para escribir la ficción, que es el voto que el alma pronuncia y que heroicos sabremos cumplir…

Allá a comienzo de siglo y trabajando yo en la Universidad de Grenoble, se organizó un número especial de una revista sobre la figura del autor. Participaron todos los departamento de las diferentes lenguas; la sección de Español tenía grandes valores interesantes, colegas talentosos que trabajaron a Borges y Manuel Vásquez Montalbán. Lo que hacía de las actividades ocasiones de intercambios estimulantes, combativos sin escenas de pugilato y divertidos. Cuando me invitaron a colaborar, evité mirarme al espejo que siempre nos miente y la tentación de confesar en público mis tribulaciones editoriales. Ellos contaban igual con mi dudosos antecedentes de escritor, me dije que la supremacía en el equipo de Buenos Aires y Barcelona -ciudades queridas- requería una estocada secreta donde estuviera Montevideo. Le dediqué varias semanas a reactualizar la presencia de Isidore Ducasse en la mesa de trabajo, con felicidad ya que es para mí un mito fundador por varias razones. La importancia de su obra en el diseño de la modernidad, el nacimiento en la misma ciudad del Cerro y el Ejido, la soledad de su proyecto acuciado por la muerte, la mitología subversiva de los Cantos en la literatura. El misterio siempre renovado en horas extras de ser escritor uruguayo y para agravar el caso, con dos almas lingüísticas intercambiables. Las relaciones con la tradición francesa y París capital del Siglo XIX, los lentos procesos de reconocimientos, la distancia estancada del circuito uruguayo. Considerando que, si Isidore Lucien hubiera nacido en otra capital letrada de Latinoamérica, habría reivindicaciones de pertenencia cada semana. En los suplementos, talleres, ceremonias oficiales, declaraciones de poetas, discursos en premios, presentaciones de libros, homenajes circunspectos, ferias internacionales, fechas de todo tipo, ediciones críticas, presencia en los programas pedagógicos y lecturas públicas maratónicas cada 4 de abril.

Como bien saben quienes frecuentan la investigación, cada artículo pedido viene con un cuadernillo de instrucciones de todo tipo que, para satisfacerlas es más complejo que el mismo asunto a tratar. Cuando comencé a tomar notas vi que tenía un enorme problema por delante; hay una zona extensa de información compartida sobre Ducasse, pero nada comparable con la precisión de los autores nacidos en Francia. El origen uruguayo para condicionar malformaciones genéticas, huecos de papeles y enigmas en la información: la reivindicación nocturna de la juventud de Bruselas rescatándome como a los héroes que mueren jóvenes, prefiriendo la Gloria tronchada a la vejez. ¿Estaba el navegante solitario en la lista de pasajeros de tal barco? ¿Por qué la aporía irrumpe, desacomoda lo sabido cuando se indagan las fuentes de una poética de la violencia social y personal? Y esa foto que anda circulando… ¿Qué pasa con esa foto? Me prometí escribir algún día un relato sobre ese muchacho bautizado en la ciudad vieja, plagiando lo hecho por Thomas de Quincy en “Los últimos días de Emanuel Kant”. Una parte de lo que hay que decir sobre el conde de Lautréamont sólo puede hacerse mediante la ficción; ello explica el carácter ambiguo del texto, admito que el truco es demasiado evidente pero había que hacerlo. La excusa que se transfigura en comunicación y enumeración de objetivos pensando en un ensayo a venir. Intromisión arbitraria del relato esbozado con perfume de sociedad secreta, sin existencia autónoma; la carta providencial estampillada en Barcelona y con información casual… un recurso tan viejo como la literatura y tan al día como Twitter. Si los estudios de género están en auge como las casas de citas y las relaciones sociales entre los sexos desatan la orgia discursiva en los anfiteatros, es fascinante que en el Cabaret -festejando el primer aniversario- actúe con desnudo completo un cuento andrógino. A lo Marlene Dietrich fumando con boquilla y Julie Andrews en “Víctor, Victoria” sacándose la peluca después de cantar “The Jazz Hot”.