La novela de Carlos Tomatis

“Debo ser modesto y reconocer el trayecto cumplido sin triunfalismo: no ya en el último escalón de la especie humana, como en Navidad por ejemplo, o en enero y febrero en que, aparte de somníferos y tranquilizantes podía tomar cuatro o cinco litros de vino por día, y en que pasaba el tiempo entero de la vigilia sentado frente al televisor mientras ella iba muriéndose de a poco en la habitación de al lado; no, de ningún modo en el último ya, y no estoy para nada jactándome, sino en el penúltimo. Durante meses y meses estuve en el último: el agua negra barrosa me manchaba los zapatos, las medias, las bocamangas del pantalón y un golpecito nomás, un soplo, me hubiera mandado al fondo.”

La novela Lo imborrable (inolvidable) (indeleble) (permanente) de Juan José Saer se organiza a partir de esa declaración fundadora, del recuerdo desprendido que busca fijar una escena convincente y la figura del penúltimo escalón que decide Carlos Tomatis haciendo pasar una idea de lo ocurrido y que otros lo entiendan, que él antes que nadie pueda llegar a entender lo que está ocurriendo. Claro y turbio a la vez, parece que no hubiera nada que se pueda agregar con palabras para ir más al fondo de las cosas, la sensación agotadora de que está todo dicho. Saer rehusó ser escritor del convencimiento trabajoso de los otros textos ni de los propios, para él valía la evidencia de lo alcanzado en el fulgor, que se expandía, inolvidable, cuando recitaba poesía de todos los registros (desde la metafísica incluyendo asuntos del Deseo y la Memoria, hasta la coplas de Manuel Ortega Juárez, Manolo Caracol, dando cuenta de crímenes pasionales), así entendió los prólogos que se decidió a escribir y sus artículos teóricos, que habida cuenta de la producción narrativa, adquieren la dimensión de una verdadera poética. Nunca buscó el deslumbramiento del lector que acompañaba sus meditaciones sobre el arte de narrar de los otros desde la ventaja relativa de la práctica, sino proponiendo una empatía directa con la vivencia de un texto del cual él se consideraba apenas un lector admirativo.

Tampoco necesita pistas de lecturas secretas previas la novela titulada Lo imborrable, las autorrutas de ingreso están abiertas al entendimiento y despejadas casi de obstáculos para quien esté dispuesto a recorrerlas; en su dominiocoexisten por lo menos dos textos como suele suceder en Saer. Un territorio que se afilia al conjunto de la obra total, hegemonía textual que no reconoce fronteras fijas y se interacciona de libro en libro, de novela en novela. Parte del todo, cruce de los conjuntos donde escritura y personaje central cristalizan tendencias estéticas, pulsiones del magma saeriano anteriores al año 1992, se abren perspectivas para la recta final y algunos personajes –Carlos Tomatis, obvio- lo acompañaron hasta las últimas páginas escritas en París. Es el último en hablar.

“-Azul –repite Tomatis después de su silencio dubitativo-. Vecino del negro.”

Digo Tomatis pues resulta incalculable el tiempo que pasaron juntos esos dos, si se suman las horas de meditación y escritura, lectura y notas en cuadernos y papelería de los hoteles del mundo; parecen hermanos de sangre, no hay casi texto que no deje recuerdo de su complicidad. Esa persistencia y perseverancia es más que una tramoya narrativa, dice del misterio de la creación literaria, sobre la membrana que separa/une la escritura de lo real. La decisión Saer es haberle dado a la escritura y a su pregunta sobre la encarnación una solución que en cierto momento se llama Tomatis. Luego está la novela redactada esa, esa novela en la que estamos, entidad publicada entre la palabra “pasaron” que abre el texto y la palabra “fuerte” que lo cierra, leída en su intensidad propia, con la incertidumbre entre certeza y duda, que atrapa a lo agujero negro, como ese barro de la depresión donde chapalea el protagonista mientras ella agoniza, ella es la madre que murió en el mes de marzo, allí donde el texto se convierte en la única referencia autosuficiente. Más que escribir novelas que se suman -todos lo sabemos y por eso estamos aquí- Saer emprendió una obra infinita por definición, como si la novela de 1992 donde es a la vez el mismo y el otro, pudiera parangonarse a las Invenciones y Sinfonías de Bach o la Obertura a la Francesa para que podamos entendernos.

Luego de la publicación de Glosa en 1985, que marca a mi parecer una de las etapas insuperables de la escritura del autor, un momento de epifanía de la novela en tanto género en cualquiera de las categorías que se consideren, después de La ocasión de 1986 con la cual ganó el premio Nadal en España, escritura y legitimación internacional parecían haber coincidido por aquellos años. Doblete significativo en pocos meses, y claro que era prudente estar atento a la próxima movida del escritor, que no aparecía tan evidente, porque el progreso de su obra no se podía adivinar; como si el autor más allá del innegable poder, igual se cotejara con fuerzas que provienen de la sinergia secreta de textos anteriores y escrituras potenciales.

Debieron de pasar seis largos años para que se resolviera la incógnita, acceder al nuevo proyecto y que tiene la impronta de los afectos. Supone un recordatorio de la educación literaria y sentimental, como si en la cuarentena del creador la juventud propia comenzara a ser un tema pasado y la existencia de los personajes recurrentes resultara la marca indeleble que señala el paso de los años. Dedicada al pintor Juan Pablo Renzi amigo del escritor y cuya obra ilustra la cobertura de la mayoría de sus libros, fallecido el mismo año de la publicación de la novela; un verso de acápite de Juan L. Ortiz casi anónimo y la novela “personaje en progreso” en tanto proyecto, orientada a Carlos Tomatis, que tal vez se impuso como presencia en la secuencia de Saer, durante ese paréntesis, en pleno ajuste de cuentas con la vida sentimental, la depresión polifacética y la literatura.

Dentro de la integral Saer, de la obra completa, de la biblioteca, quizá ninguna novela está tan asociada a esas referencias de cercanía humana y a un personaje del ciclo y que, por ese hecho textual, se transforma en pieza de discusión de la que se puede denominar comedia humana saeriana. La distancia de la ficción se fragiliza y por ello la toma de riesgo es más peligrosa, la coexistencia del mundo real y el ficticio se adelgaza y el pasaje de una condición a otra es menos dominada.

Ambos, Lo imborrable como novela y Tomatis como personaje tienen una función poética, remarcan el lugar del intercambio invisible entre la mirada del lector y la obra de Saer, dicen de la permeabilidad entre el mundo de la novela y el nuestro; Son, creo, como el caracol que Daniel Arasse estudia en un artículo formidable dedicado a La anunciación de Francesco del Cossa. Saer lleva allí el texto a la dimensión de reflexión y a una filosofía de la escritura, pero lo integra a un drama reconocible de un escritor secreto de provincia demasiado distraído por la vida: “Yo que me había pasado mi vida pensando en Cervantes y en Faulkner, en Quevedo y en Vallejo y en Dostoievsky, me descubrí a los cuarenta años rumiando para conmigo mismo todo el santo día historias de suegras.”

Hasta se podría conjeturar que en Lo Imborrable Saer explora en práctica de relato la compleja relación de un autor con un personaje –mucho más cuando se trata de un recurrente del “elenco estable” como decía el autor-, una estrecha colaboración que casi suprime la convención retórica del narrador como figura intermedia de la cual, por una vez, puede prescindirse en razón de una conexión directa que dinamita los puentes de la función poética del lenguaje. La novela también asume el tema de esa distancia; es una relación la de esos dos que viene de lejos y podemos rastrear desde los primeros principios, hasta la sospecha de que Tomatis se integra al anecdotario virtual del autor. Tomatis es el agente doble que infiltró Saer en su obra para avanzar algunas evidencias literarias sobre su proyecto. La maravilla de Lo imborrable, luego, es que no lo confronta con un momento de la creación sino de la depresión. Es la apoteosis de Tomatis menos en cuanto escritor sino en cuanto lector acosado por la existencia; claro que hablando de la escritura de los otros está hablando de la escritura, y diciendo de la crítica mediante el juego de espejos está dando cuenta de un canon.

Es En la zona de 1960, en el relato Algo se aproxima donde se escucha un “él” que ya dice de Tomatis cuando afirma “Estoy hasta la coronilla de literatura.” En Palo y hueso de 1965 comenzamos a frecuentar el Tomatis habitual de las definiciones radicales y la relación indisoluble con la escritura: “A Tomatis lo único que parece interesarle seriamente es la literatura. De todas maneras, a él no le queda más remedio que trabajar en el diario, porque a esta altura, y como van las cosas, en este país la literatura no es una profesión: es una changa.”

Del conjunto de los personajes recurrentes Tomatis resulta el más preocupado por conocer su naturaleza verdadera, el que está dispuesto a desenmascarar la estrategia y la persona que está detrás de sus gestos; sin que lo explicite, conoce tanto de poesía que puede incluso suponer que -necesariamente- ronda un creador detrás de su existencia. Descree de dios pero adora el soneto y es capaz de deducir su antropología cultural poética, descender hasta su fondo de ficción sin temor a contar los escalones. Como lo hacía el tío farmacéutico a la búsqueda del hombre no cultural, el mismo tío que le legó unos bienes para alivianarle la vida en la madurez, y lo reconcilió quizá con la profesión luego de la experiencia con la otra farmacéutica de Lo imborrable, la veterana elegante, la suegra del mundo de los notables de provincia que le pudrió la vida, le pudrió la última pareja y lo desbarrancó en la depresión por la zancadilla de los valores en el episodio de la flaca Tacuara, la abuela de Alicia, su única hija.

Será en La vuela completa de 1966 que la figura insinuada comienza a tener opacidad densa y reclamar algo más que propósitos efímeros y réplicas ingeniosas, a querer ser algo otra cosa que un espectro de palabras oscilando oscilar entre el llamado de la vida y el vértigo de la escritura. La creación y crecimiento de la obra coincide acompaña la construcción de Carlos Tomatis, presentado en sociedad como amigo de vieja data, alguien que llegó para quedarse por una larga temporada. Interesarse por la literatura es para un personaje asumir a la vez una ontología y su metafísica correspondiente; si tiene una actitud cínica ante la vida es porque conociendo la ilusión de los otros que se suponen reflejos convincentes de lo humano, él siempre sospecha su densidad de ente de ficción. Se sabe personaje de una novela que no llega a leer y por eso Saer –que conoce el secreto de su angustia- lo atiende como corresponde: “-Qué tal –dijo Tomatis. Era un muchacho de unos veintiséis años, bajo y macizo, con la espalda ligeramente abombada. Su gran cabeza, cubierta por un desordenado pelo oscuro, descansaba sobre un cuello corto y grueso. El rostro de Tomatis era áspero y dulce al mismo tiempo; sus grandes ojos cálidos se hallaban separados por una nariz ganchuda que caía a pique sobre una boca de labios gruesos e irónicos. Tenía las mejillas y las mandíbulas oscurecidas por una barba de dos días y llevaba puestos un pantalón gris y una remera de gruesa lana negra.” Y silva por ahí una aire de Bach.

“-El defecto principal de Tomatis es que es escritor, dijo Pancho. // Pero cada vez que Carlitos ha estado lejos de nosotros ha sido por culpa de la literatura. La literatura lo ha llenado de afección y le ha quitado humildad muchas veces; lo ha hecho juntarse con gente estúpida; le ha oscurecido la mente con prejuicios sobre la decencia, así como a otros se les oscurece por prejuicios sobre la indecencia. Cuando todos nos hemos sentido peor que nunca, él, bajo cuerda, cuando más lo necesitábamos, se las ha tomado a su altillo a escribir cuentos y novelas. Y los bolsillos de toda la ciudad están en peligro cuando a él le da por sostener que la miseria económica del escritor es una injusticia, y la colectividad debe alimentarlo, quiera o no. Pero ésos son gajes del oficio. Si rascamos por debajo de su talento, nos encontramos con un pibe de buen corazón y sobre todo, sumamente inteligente.”

Es también en La vuelta completa que se comienza a hablar sobre él, participa de las situaciones o está en el cruce, tiene algo para decir o corregir, juega en diagonal o apenas desliza una presencia, se vuelve cara conocida, figurita repetida: yo a ese fulano lo tengo de alguna parte. Se preocupa más de la literatura como especulación que en tanto creador sistemático; comprobamos cierta incoherencia o desajuste entre la densidad literaria que presenta con el intento de pasaje al acto, y una suprema sabiduría: se contenta con rondar la poesía. Al respecto creo que es en Unidad de lugar de 1967 donde menos me agrada, cuando ataca a la poetisa Adelina Flores. Tiene razón pero abusa del enemigo y no llega a distinguirlo con claridad como lo hará quince años después, emite un juicio distante de sus modelos de la madurez, parece fatigado por el apartamiento pueblerino de la práctica literaria y puede que lleve encima una copa de más, como suele decirse en voz baja para apaciguar su salida algo patotera. “La señorita Flores –dijo, riéndose y poniéndose como pensativo- ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa?” Que es cínico lo sabemos, que Adelina no es ni siquiera miss provincia y linda lo ridículo también, lo que no parece soportar no es tanto la previsible obra de Adelina, sino que en alguna parte de la mecánica la poesía haya permitido la representación de una mujer como Adelina y viceversa.

En Cicatrices de 1969 -novela de la violencia circular- es cuando Tomatis casi en contra del planteo ideológico de la obra y afirmando el planteo ideológico de la obra, avanza su poética; parece el encargado de teorizar sobre el proyecto en el que está metido para recordarnos cada tanto la existencia meramente ilusoria, nada menos, de su propia persona y también del lector. “No hay más que un solo género literario”, dijo Tomatis. “No hay más que un solo género literario, y ese género es la novela. Hicieron falta muchos años para descubrirlo. Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo.”

En La mayor de 1976 en el cuento A medio borrar lo vemos confrontado a la escritura y lo que deja cuando pasa el tiempo, “Tomatis, que después compaginó y prologó una plaqueta con dos poemas de Higinio –“El balneario” y “Regiones”- dice que entre sus papeles había un montón de aforismos escritos, cosa curiosa, a lápiz. Le costó descifrarlos porque ya estaban medio borrados.” En Nadie Nada Nunca de 1980 es periodista en medio de la violencia. Será en Glosa de 1985 donde el sistema Saer y Tomatis se aproximan e insinuando la novela de 1982 en una iluminación de lo que vendrá. Los vimos funcionando en la educación sentimental y las apreciaciones literarias; si bien el asunto es otro, en Glosa Tomatis asume una presencia que se impone interiormente desde la necesidad temática y estructural, crece en la opinión de otros personajes por varias razones y sean la principales:

a) El grado de amistad con el homenajeado –fiesta de aniversario mentada desde la ausencia- que lo convierte en invitado clave para los interesados por saber lo ocurrido en la fiesta de que tanto se dice: “Para que Tomatis haya lavado las ensaladas y vuelto a lavar los pescados, tiene que estimarlo mucho a Washington.”

b) La latencia y duda escrita del cruce de la conciencia con lo que suele llamarse el mundo, cuestión superior en la obra de Saer: “Desde el despertar, la realidad lo amenaza –la realidad, ¿no?, que es otro nombre, y de los menos felices, posible para eso, y que puede ser, a causa de su opacidad obstinada, adversidad y amenaza.”

c) Escribe el acápite de la novela que estamos leyendo: “-Yo también escribí un comunicado esta mañana –dice, y, sin otra aclaración, se pone a leer lo que está escrito en la hoja: En uno que se moría / mi propia muerte no vi, / pero en fiebre y geometría / se me fue pasando el día / y ahora me velan a mi.”

d) Tenemos su versión de los hechos para los otros dos que se están haciendo la novela sobre lo ocurrido, pero él estuvo allí, él estuvo esa noche y lavo lechuga y luego en un par de visitas le liquidó al poeta Washington Noriega, que venía de festejar sus 65 años, el jamón que le habían regalado los mellizos Garay: “-Más vale me callo –dejan pasar, sobreentendiendo el colmo de la abyección, los labios nerviosos de Tomatis y, demostrando triunfales la inconsistencia del plano denotativo, prosiguen sin transición (y más o menos): poco más o menos, el cumpleaños de Washington ha sido un rejuntado de borrachones, pistoleros y cabareteras.”

e) Su visión de las mujeres y que puede explicar mucho de Lo imborrable: “Tomatis, para quien todo ejemplar del sexo femenino cuyas medidas de torso, cintura y caderas no coinciden con las de Miss Universo es un ente borroso y transparente.”

f) Tomatis visto por el Matemático: “Pero Carlitos es así. Es así. No hay nada que hacerle. Capaz de lo abyecto y de lo sublime. Que un muchacho como él puede tener esos bajones es algo que se me escapa. Hay días en que no se controla. Yo creo que lo afectan demasiado las dificultades y cuando se le presenta un obstáculo en vez de tratar de resolverlo como cualquier hijo de vecino no se le ocurre nada mejor que empezar a desparramar mierda sobre le prójimo.”

g) Sabemos el regalo que le hizo al poeta, lo que dice de su conocimiento del homenajeado y también de él, sobre todo de él: “Tomatis, un álbum de grabados pornográficos japoneses del siglo XVIII;”

h) En tres páginas maravillosas se expone el proyecto total de Lo imborrable, la maqueta de la novela a venir, que aparece como el desarrollo posterior, años después, de una oración de Glosa; como si la novela posterior en fecha pero seguro que coexistente en lo que no sabemos, resultara la proliferación de una frase de otra novela: “En esos tiempos Tomatis estará sufriendo de eso a lo que los individuos que llaman psiquiatras, llaman una depresión, de la que unos meses más tarde ya habrá salido a flote, pero que en los días en que Leto lo visitará estará en lo que esos mismos individuos hubiesen llamado su fase crítica.”

Las citas previas serían la educación sentimental a Lo imborrable,entendiendo por tal no los párrafos de otros que preceden la obra sino lo insinuado sobre la novela que escribió el autor antes, y en su segunda acepción se vuelve una ordenación de materiales de lo que tiende a y lo anuncia. El proyecto secreto se venía escribiendo desde antes, los temas estaban dispuestos, siendo novela nada más pero nada menos que la puesta en novela dentro de un todo. Lo imborrable tiene algo inquietante de previsible e inevitable, como la materia que se apelmaza hay fragmentos de Tomatis girando en el espacio con mayor o menor intensidad escrutando su centro gravitacional; era también el autor que se buscaba y luego de Glosa irrumpirá lo de Tomatis, que es todo eso que venimos de exponer.

La novela del 92 se abre con esa memoria diseminada en los textos, es el experimento de inmersión a una historia personal más densa, sl menos me lo parece o yo lo quisiera. Un testigo con destino de segundo plano que se ve asignado a llevar adelante una misión de extrema importancia. Quizá había el proceso y la adolescencia de las ilusiones poéticas en una ciudad metonímica (que podía ser provincia, país, y el cosmos mismo) que tritura con sistema. Saer lo destinó a pasar una temporada en el infierno y luego nos cuenta los tres primeros días del reencuentro con el mundo ese, que puede ser la suma de las cosas que acaecen y con lo que hay que lidiar cada mañana después de afeitarse, si la cosa camina después de tomar el primer café del día: porque sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. Una novela desencantada del segundo aprendizaje, post grado luego de la secuencia de fracasos, del catálogo desencantado de la poesía, del amor en pareja, del periodismo como glosa de la realidad, del tiempo que pasa, la muerte de la madre y la delicuescencia mental de los amigos como Mauricio.

Lo imborrable parece, tiene la tragedia de ficha fetiche en el bolsillo del pantalón cuando se escucha el último hagan juego señores entre las mesas del casino, de la última ronda de champagne trucho para todos en el cabaret cuando las coperas están bostezando. La literatura de aspiración coral se hace solista y el elegido es Carlos Tomatis, la condición humana para profundizar –en el horizonte temporal donde evoluciona la obra de Saer- es la que corresponde a los años de formación del autor. De ahí que sea la novela de la escritura y tiene la triple fuerza de los textos capitales: incita a pensar en el autor porque allí acecha lo anterior, induce a considerar el contexto porque es relato de una circunstancia irrepetible, obliga a que se hable de la novela porque siempre es cuestión de la novela, de su redefinición que forma parte del acto creador.

En una primera aproximación se puede hablar del dietario no escrito y delimitado, la meditación sobre las paradojas existenciales funcionando a manera de memoria, confesión, espejo y desintoxicación que insinúa la recaída aludiendo a la redención. El plan del relato asume cierta libertad de la errancia urbana; periodista y captado por la rotación del juego, hombre reservado en su poesía y dialoguista en los cruces con los otros en la polis, Tomatis es representativo del antihéroe de la modernidad. Trata de ser derecho pero sabe que puede tener reacciones de canalla, tiene un grupo de amigos para sonsacar la polaroid de manera socrática de esa zona fugitiva de la juventud. Entre el dónde están que denuncia el paso de los años, las nieves de antaño como interrogante de la poesía y la obligación del intenso presente, él toma distancia y prima el imperativo de dejar para luego, para cuando no estemos y ya no importe un cuadro de familia devastada, esas reuniones de asado junto al río o despedida de soltero: así éramos y nos habíamos amado tanto, asumiendo esa configuración, probando la manera de cotejarse a tradición y región, amor e historia, desajustes de la vida ética y sexual, y claro y siempre la tentación literaria, la amante más desdeñosa entre todas. Saer capta los segmentos elocuentes, momentos fragmentados de cambios radicales allí donde la vida no es sólo la vida que resulta insuficiente, sino que incluye el despliegue, la detonación o la ocasión de que circulen crisis y contradicciones: cuando de tan intensa escapa a la banalidad y se vuelve novela.

En Lo imborrable las cosas pasan en el tiempo dual del reloj y el calendario, entre el martes de nochecita al viernes al mediodía; algo así como unas 72 horas pero que, a fuerza de escritura se expanden en otra temporalidad proliferante que es el tiempo novelado. La versión parodiada de la expresión sabida, como cantaba Alberto Castillo con los Indios de Ricardo Tanturi: por cuatro días locos que vamos a vivir. Entre lo sucedido en esas horas no es lo menos importante la concentración de los momentos simbólicos de Carlos Tomatis. Se puede hablar entonces de una indagación en un personaje; tratándose de Tomatis es viaje al lenguaje y diagnóstico puesta a punto relativo a la literatura; por estar Tomatis tangente a la experiencia novelesca y poética, no sólo puede esperarse la intensidad sino una expedición a las fronteras del relato y el poder de la ironía, extensión de la glosa y eficacia del epíteto. En ese imperativo de modernidad (“Están incontrolables desde que vieron La Dolce Vita, le he oído decir a Tomatis con desdén distraído, la semana anterior.” en Glosa) el planteo de las secuencias, los planos, el montaje, habla de técnicas de realizador: traveling, flasback, fundido encadenado, corte y montaje con una réplica final digna de guionista de cine.

De la primera lectura de la novela recuerdo escenas como el viaje en automóvil al aeropuerto para llevar a Julio César Parola, el especialista en marketing venido de Buenos Aires y la presentación formal sobre la página. Un juego referencial con el cual el lector entra y sale del texto. Ayuda memoria al margen de la página y ahuecando el párrafo, cartel breve como en el cine mudo, lectura con subtítulos como en los periódicos de la tarde. Referencias al margen (203) indicando el centro, notas imprescindibles (evocación de Barthes, “Fragments d’un discours amoureux”, 1977) por si se borra el resto, la novela escrita en su forma más breve. Notas que están ahí “después” del texto o “antes” del texto: sostén al narrador con la ayuda del autor (¿quién escribe esas notas?) replicante a cada vuelta de esquina, cartelitos parecidos al de “Moro vende” en La grande.

Estamos en el otoño de nuestro descontento y en la salida de la depresión que es asimismo el alejamiento de lo otro sabido, en borrón también imborrable en la memoria colectiva y que se superpone o fusiona con el dolor personal. La salida es memoria selectiva y ajuste de cuentas, exposición circunvalando más que denuncia de la fenomenología bajo el fascismo, desmembrando discursos copartícipes que escoltan el protocolo militar: el discurso mediático televisivo, el ingreso de la infamia en la familia, la axiología de los relatos consumidos y otras pequeñas traiciones. Para qué insistir en lo que podía adelantarse, el testimonio y la denuncia del primer plano sería abundante, la redundancia al respecto resulta necesaria pero puede terminar por ser ineficaz. Con Tomatis vemos la constancia del desastre en el escritor, el discurso, la escritura que necesita el sostén de esas palabras al margen, en la novela, los sistemas pervertidos de legitimación y el entusiasmo de la lectura. En el estado de alerta ante el olvido o su forma social que es la amnesia programada.

En esa cosa que tiene de intimista Lo imborrable es un alegato irónico e implacable contra la industria cultural, por si hiciera falta eso de entrar en detalles. Estamos en el otoño, en mayo mes paradigmático y a dos meses de la muerte de la madre; también veinte años después y cinco o seis años atrás. La depresión tiene la relativa virtud de concentrar la existencia y hacerse relato; ese Aleph menos mágico no proyecta en sus escalones el prodigio del mundo sino el pasado personal, como si el ayer llegara en auxilio a dar explicaciones de un malestar que las evita mostrando para ver claro en la salida y si las tiene no puede llegar a reconocerla.

Hace ocho años que no publica una sola línea, está en los cuarenta años.

“Pasaron, como venía diciendo hace un momento, veinte años: anochece.”

Es la primera oración de la novela. Luces de neón del emblema del hotel Conquistador.

La salida de la depresión, la muerte de la madre y la separación en una combinación demasiado fuerte. En esa orfandad de la madurez llegó el momento de confrontarse con la existencia, en ese magma de vida social, educación sentimental y por encima de todo la literatura como juego entre teoría y praxis. Carlos Tomatis está en la calle a la intemperie casi renaciendo. Un hombre lo interpela y lo invita a juntarse con ellos en el bar. Allí entrará en relación con la pareja en cuestión de Vilma Lupo (inminencia de la treintena y llamada vagina dentada por las malas lenguas) y el pelado Alfonso (cincuentón largo) de Bizancio Libros que organizan su llegada en cruzada cultural a la ciudad bajo temporal. Es cuestión la coincidencia de una novela de Walter Bueno, La brisa en el trigo que resulta el denominador común de los implicados y del general Negri porque la asociación es inmediata, sin armar un coloquio sobre relaciones entre dictadura y literatura; de las secuelas de la novela de Bueno, desde similitudes de argumentos y vida hasta la redacción de un brulote incendiario, también de las relaciones peligrosas con las mujeres.

El famoso artículo de Tomatis (“La idea que Walter Bueno se forja de la novela y el camino elegido por toda novela lograda son divergentes”) fue publicado dos o tres años atrás en el suplemento literario de La Región. Eso que se repite, más un ejemplar de la novela de Bueno -anotada con saña por Alfonso- parecen ser los pasaportes para la idea que está flotando y va consolidándose: la propuesta de la dirección de una revista cultural para Tomatis, que aparece como una garantía intelectual. El CV que importa cuando se mira hacia atrás al sótano de la depresión es la crónica de la vida amorosa, el catálogo es este, escuchen y lean conmigo. Un primer matrimonio con Graciela que se parece a un error de casting de la juventud. La relación con Haydée que tiene una madre farmacéutica y le dio una hija de ocho años que se llama Alicia. Del segundo matrimonio con Marta que se suicidó, como Blanca que era la esposa de Alfonso; pero todo eso es bien fácil de hallar pues el amor tiene cara de mujer, diría un personaje de Bueno. Cada una de esas relaciones tiene cierta patología de la sexualidad que parece conformar las tesis populares del doctor Freud manoseadas por las revistas del corazón.

La labor literaria del convaleciente del alma está reducida al trabajo sobre cinco sonetos: Lucy (del cual conocemos una versión) / The blackhole (que podemos leer) / La mañana / Eco y Narciso / s/t. Ese es uno de los centros de la probable salvación: “La medida, el verso, la rima, la estrofa, la idea pescada en alguna parte de la negrura y que hace surgir, ondular, plegarse al vocabulario, acumulado misteriosamente en los pliegues orgánicos, se vuelven rastro en la página, forma autónoma en lo exterior, floración cristalina que centellea y, que, por haber puesto un freno a la dispersión, a causa del prestigio heroico de toda medida, ya imborrable, me apacigua.”

La última etapa viene durando unos siete meses: el episodio Tacuara y la separación irreversible con la mamá de Alicia, la vuelta a la casa familiar y la muerte de la madre. La poesía funciona como bote salvavidas en el naufragio en medio de la tormenta. Saer hace ingresar la crítica de la literatura en la sociedad contemporánea como un tema de la novela; no sólo se critica la textura técnica de Walter Bueno, sino que allí están ante nuestros ojos, algunos párrafos significativos de su prosa en desdoblamiento que desafía la esquizofrenia y resulta magnífico. Por otra parte el material publicitario de Bizancio Libros resulta un verdadero curso de novela contemporánea, constancia de la deriva de la industria cultural y diatriba de la recepción, la decadencia del mesurado arte de la lectura. Al final las interrogantes sensatas se instalan en el lector; la primera: ¿pero qué es lo imborrable? La poesía siempre y formando parte de eso imborrable.

Lo imborrable es una noción y en Amigos de La Mayor fue Leto quien incorpora el concepto. “Y a medida que se desplegaba, como el pájaro que se come a sus huevos, el tiempo iba borrando los acontecimientos, sin dejar de la vida humana otra cosa que su presencia indeterminada, una especie de grumo solidario que iba reduciéndose y encontrándose en algún punto impreciso del infinito y del que todos los individuos, como consecuencia justamente de su condición mortal, formaban parte. Ese grumo, pensaba Leto, tenía una sola cualidad: era imborrable.” Lo imborrable es la vivencia de esa depresión asociada a la muerte de la madre y que, por una vez parece tener causas que se ven y se comprueban. Lo imborrable es el general Negri, sus secuaces y quienes quedaron por el camino. Lo imborrable es una traducción posible de El retrato de Dorian Grey del doctor Ernesto López Garay en Cicatrices, “Alzo una de las lapiceras a bolilla sobre el escritorio, y me dispongo a trabajar. La última frase escrita en el cuaderno es la siguiente: “Ahí había un imborrable (perenne) (siempre presente) (eterno) signo de la ruina (perdición) que los hombres llevaron (atrajeron) sobre sus almas”. Lo imborrable es el final de Cicatrices donde se llama como Pablo a Corintios a la necesidad de la herejía: “Entonces comprendo que he borrado apenas una parte, no todo, y que me falta todavía borrar algo, para que se borre por fin todo. NAM OPORTET HAERESES ESSE”. Lo imborrable es la novela de la que venimos, la que nos espera, en el descubrimiento y la relectura, en la vuelta a la peregrinación de Tomatis con la cúpula de Bizancio Libros: lo imborrable es lo que se sigue leyendo y luego. Lo imborrable es la novela de Tomatis. Lo imborrable es la transfiguración de la escritura de Saer cuando Saer supo la terrible verdad: “Maintenent, ce que tu n’as pas fait, tu l’as fait; ce que tu n’as pas écrit est écrit: tu es condamnée à l’ineffaçable.” (Maurice Blanchot en “De Kafka à Kafka”) La novela puede admitir una segunda pregunta, más barrial, del lector escéptico y que queda suspendida en el texto: ¿irá Carlos a buscar a Alicia el viernes por la noche a las siete en punto?

J. C. Mondragón

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Una forma literaria permanece viva en tanto pueda tener una capacidad constante de renovarse desde la creación hasta las modalidades de recepción. Para un espíritu lector en general pareciera que se hubieran disuelto las categorías y telones de separación: todo se volvió narración. El relato es la verdadera Matrix sin necesidad de sublevar las máquinas a la manera de los modelos Terminator cazando la matriz reproductiva de Sarah Connor, ni el gran reemplazamiento ciber punck que vimos en todas las pantallas combatido por Trinity, Neo y Morpheus. Los hermanos sean unidos de los inventores de la saga sediciosa se transformó en las hermanas sean unidas; los nacidos varones en la transfiguración del siglo se volvieron Lana y Lilly, dos muchachas mayorcitas trasn en la línea lgbt y la teoría / praxis genre: nada se crea nada se destruye todo se transforma. El filme de 1999 parece ejemplificar un título del mismo año de James Bond -con Pierre Brosnan mi 007 favorito- que decía El mundo no es suficiente: los Wachoowski lo demuestran en escenarios y carne propia: orígenes polacos, nacidos celestes en Chicago la ciudad de Ballinger y Eliot Ness, homosexualidad, queer theory, drag queen, travestismo, tratamientos hormonales, trabajo sicológico entusiasta y quizá la intervención radical de falectomía y vaginoplstia. El relato al ser mutante es infinito e ingresan en nuestro cotidiano nociones activas tales como desinformación, teorías complotistas, fake news, cadenas (?) de información continua, auge del cuento religioso monoteísta, Netflix, Disney y Amazon multiplicando la proliferación de mundos paralelos con zombis, licántropos y otros vampiros una vez que se abrió The Rocky Horror Show en la temporada de Londres en 1973, el 19 de junio es decir una semana antes del golpe de estado en Uruguay.

El mundo no es suficiente y sólo se vive dos veces: más que nunca el cuento podía ser el campo de los posibles. Quizá el Capitulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes sale de los cánones precisos para definir el género siendo un corpus ficticio clonado e inyectado con hormonas de biografía. Forma parte del proyecto “El misterio Horacio Q” que inventa situaciones bifurcando de la alquimia entre preceptos del Decálogo del perfecto cuentista y episodios terribles de la vida de Horacio Quiroga. Sabiendo que su enunciación son por otra parte secuencias que pueden adaptarse a cualquier otra circunstancia: un joven poeta mata accidentalmente a su amigo y después arréglate como puedas. Aquí se trata de la experiencia del viaje de Quiroga el año 900 a Paris, experiencia de la que dejó dos cuadernos de escritura magnetizada; es ejemplar el confrontar leyendo ilusiones con frustración, amor por el ciclismo, hambre en las tripas durante semanas de economía de guerra y falta de dinero, complejidad de afinidades en un medio adverso y oposición del mundo a los planes de ambición literaria. Llega el salteño a una ciudad a treinta años de los episodios de asedio cerco de la ciudad por los prusianos y la terrible experiencia social de la comuna; allí se cocinaron en un caldo de sangre las nociones de lucha de clases y represión que todavía se alegan en el Palacio Legislativo. Treinta años es lo que a los uruguayos nos separa hoy -al final del 2020 año de la rata en el calendario chino- del primer gobierno de Luis Alberto Lacalle, el padre del actual presidente. Con cierta ironía sarcástica Quiroga llegó a Francia en lo que se llamaba la belle époque; está París a catorce años de la primera guerra mundial terminada en carnicería. La misma distancia temporal que nos separa del año 2034, tan lejos y tan cerca, fecha mágica para la cual está programado uno de los más conocidos finales del Cosmos. Como Lana y Lilly W. también procedí a ciertos ajustes transgresores del adn original: el personaje se llama Gervasio Nardeau y es músico, en lugar de ir a conocer a Henri Bergson quiere entrevistarse con Eric Satie. Hay una biografía extensa de Nardeau latente que algún día se escribiera; por ahora nos contentamos con transcribir el Capítulo V donde se habla de la preparación del viaje entre los amigo, la experiencia de algunos días desgraciados dando vueltas y escenas esperpénticas. Que pueden explicar el regreso apresurado a la patria para luego retomar la fuga a las fuentes del Paraná, hasta que la Muerte nos alcance.

El arte de comparar

(bello como las rodillas de Isidore Ducasse)

Todo lo referente a este trabajo está consignado en el “Diario de la obra” que pasará a los archivos de La Coquette el próximo mes de diciembre. Se trata de un ensayo de juventud que quiso explorar la zona del encuentro fortuito de la literatura uruguaya con la lengua francesa. Isidore Ducasse ingresó con pleno derecho a la tradición de los hijos del limo, la mitología de los poetas malditos y la leyenda de los varios misterios: inspiración, fotografía, muerte y transfiguración. Es autor de uno de los libros decisivos del siglo XIX vinculado a todos los desarreglos de los sentidos y sacudimiento de las estrategias de lectura, por ello el ensayo provoca un cotejo incidental con los pensamientos de Pascal. Fue acaso un gesto de piratería oportunista más que de rehabilitación ofendida; me parecía y me sigue pareciendo, un derroche suicida dejar sin amarras montevideanas ese barco, a la deriva entre tiburones y sin timón en otras aguas internacionales, con flotas hostilas prontas a tomar por asalto el cargamento Ducasse, sin exigir ni siquiera un rescate desmesurado. 

Mi primer encuentro con Les chants de Maldoror en la librería Colonial de Montevideo donde trabajé una larga temporada, fue un momento clave en la educación literaria. Ese episodio quizá me facilitó el paso de la pedagogía y la hermenéutica a la ficción; el ensayo me hizo ganar un concurso de la Alianza Francesa y el premio bien recibido en su momento, que consistía en un billete aéreo para visitar París. La más reciente secuela del efecto mariposa vinculado a Ducasse, es la traducción de “Alcools” de Guillaume Apollinaire editada en Montevideo hace algunos meses por Yaugurú.

Gin tonic con Beefeater

Este relato pertenece al libro “In memoriam Robert Ryan” publicado por Ediciones Trilce en Montevideo hace unos treinta años. Es el tercero de ocho cuentos que tienen un denominador común que es a la vez visible y zigzagueante; los hechos narrados se conectan en palimpsesto temporal y ocurren el martes 16 de agosto de 1997, el día que murió Elvis Presley. Creo en ese tipo de dispositivos discretos de casualidades -los famosos fortuitos encuentros- con sentido narrativo aunque sean obviados en la recepción; me permiten indagar el sentimiento de simultaneidad, suponer una trama secreta y medir las derivas del efecto mariposa, la grieta entre historia guionada social decidiendo agenda de prioridad, memoria y conmemoración contra la fuerza evocadora de la ficción: forman un sistema alrededor de una estrella rock que venía de apagarse.

Era el deseo de explorar -para mejor contrariarlas- modalidades del fervor popular y el agravante del poner de lado, descartar y que se advierte en la lectura retrospectiva de lo sucedido; forma parte de la batalla ideológica, el combate perpetuo entre idolatría militante y ninguneo. Cuando los grandes proyectos históricos se frustran la senda literaria omisa en el fragor de la acción – transformar el mundo y no poetizarlo- luego de la derrota se convierte en divinidad el testimonio, la memoria se vuelve más dolorosa que libertina y la imaginación permanece demorada por indagaciones en cuarteles de invierno. En tanto se repite hasta la saciedad el episodio Presley -la cultura de masas tiene su propio panteón y efemérides- hay una vida sobre la cual se superpone la desmemoria intencionada, una amnesia programada y lo que no se pudo en lo real se reivindica en la celebración. Salvo quienes cumplen años ese día de agosto o los pocos testigos que asistieron aquel martes al Palio de Siena, nadie recuerda las horas de ese día. Tampoco podría yo afirmar si de mañana tomé mate o nescafé batido; supe que falleció Presley en la Memphis de Tennessee (U.S.A.) y el segundo Palio de Siena lo ganó Nobile Contrada dell’ Oca, el caballo era Rímini y el jinete Andrea Degortes; recuerdo porque las inventé otras ocho historias de la ciudad desnuda. En mi memoria viva tienen más textura esos accidentes literarios que los comunicados militares, los titulares sobre el cantor de it’s now or never, lo olvidado de la agenda personal del día. Todo parecería resumirse a dictadura, presos, exilados y los que andábamos por ahí; entre ellos, orbitando como los meteoritos de Saturno, alguien conocido se pregunta para distraerse qué pudo ocurrirle a un diplomático compatriota, formado en el Palacio Santos, el día que Presley ascendió al cielo y Rímini llegó primero en Siena. Elegí uno de los candidatos al olvido con pasaporte diplomático, un destino consular lejano entre imágenes policromáticas de Ganesh y tedio a lo “India Song” de Duras. La muerte de la madre que siempre marca el comienzo de la búsqueda del tiempo perdido, la venta de la casona familiar del Prado donde quedarán los espectros de ancestros y el recuerdo de la infancia. La ciudad cambiaba, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, sólo queda el consuelo de beber gin tonic en algún bar, esa vaga costumbre rumiando que la vida es una herida absurda y la última curda tarde demasiado en llegar.

La del estribo

(posfacio a “Alcools” de Guillaume Apollinaire)

J’émerveille.

G.A.

Una entrada al mundo dificultosa como otros tantos y con entorno novelesco, Apollinaire nació el 26 de agosto de 1880 en la ciudad de Roma y cinco días después se lo declara a las autoridades competentes con discreción dadas las circunstancias. El 29 de setiembre en presencia de su madre polaca Angélica de Kostrowitzky, se lo bautiza y el 2 de noviembre se acta su reconocimiento como hijo natural con el nombre de Gugliermo Alberto Wladimiro Alessandro Apollinare de Kostrowitzky. Primogénito ilegítimo del oficial italiano que fue su padre y madre aventurera de los juegos de azar, infancia próxima de la iglesia en sus rituales vaticanos, pasaje por Mónaco y escolarización en Cannes y Niza, instalación en la ficción social para sobrevivir, cercanía del Casino y hermano dos años menor en situación similar… De aceptar usos freudianos de la novela familiar, los deseos de protagonismo y originalidad manifiestos más tarde por el poeta de Zona, se explicarían así acaso al sesgo.

Luego de fugas juveniles picarescas de hospedajes de vacaciones -lo que se conoce como episodio Stavelot- la familia se instala en París. Será el ingreso en la primera madurez donde descubre el mundo de golpe, fenomenología del foco de la modernidad, afinidad con la vida de artista, interrogantes sobre la cuestión identitaria, despertar político, gestión monetaria del cotidiano.Considerando la perspectiva histórica, es notable la dramaturgia con la cual romances y tumbos laborales -incluyendo el viaje fundador a Alemania- en su conversión poética se vuelven episodios de epopeya personal. Aventuras movilizadoras, un afán creciente con toma de riesgo para estar allí donde se gesta el mundo que adviene, Guillaume impone -más en su tiempo y entre los primeros exégetas- identificar la filiación a su escritura: nombres, viajes, encuentros, cartas, dedicatorias, lugares, fotografías, trazas en la obra literaria. El amor descubierto, su insistencia y abandono o rechazo en el primer siglo Apollinaire tienen álbum de educación sentimental; luego, cuando el tiempo hace su tarea, amor o ruptura sedimentan su condición universalista y los textos tienen al presente, fuerza de tópicos de la tradición poética.

Una iniciación a la vida entre picaresca, nomadismo, liturgias ceremoniales y lecturas heterodoxas son energías aceleradoras de la madurez proyectando un personaje insoslayable y la figura del autor. Será al regreso de su viaje a Alemania mientras se apronta a descifrar los misterios de París cuando firma por primera vez Guillaume Apollinaire; el joven se inclina por leyendas medievales más que por el naturalismo en boga, aficiona un mundo de poderes sobrenaturales, nacimientos ilegítimos, crónicas celtas y encantadores druidas, capaces de alterar el diseño del mundo mediante poderes sobrehumanos provenientes de la ascesis. Superada esa ensoñación encantada adviene la confrontación con el presente, los orígenes proletarios de la revolución pictórica obran en Apollinaire un cambio de perspectiva. En ese humus social nocturno se produce la revolución estética que lo arrastra en sintonía con otra de inspiración social. La invención transgresiva, transfiguración de experiencias en materia de otra naturaleza menos contaminada con el desgaste de la vida, acaso la inconformidad que impulsa a considerar otra forma de contemplar el mundo, alternando juego y deseo: el mundo es acaso tal como lo pintan sus camaradas sobre las telas.

Cotejando cotizaciones de pintura de comienzo del siglo XX -con la metonimia Picasso- es paradójico entender y agrega ironía, que ello sucedió en una colina Montmartre periférica, territorio tan encomiado desde fuera. Los estudios indigentes se amontonaban en Le Bâteau Lavoir especie de conventillo de madera barullento, canilla única para todo el mundo e inodoro compartido para humores de veinticinco inquilinos. Sofocante en verano, polar en invierno con olor a humedad verdosa, allí se enciende el período Azul del malagueño y la lista de inquilinos es catálogo codiciado por los mejores museos del mundo. Apollinaire será nexo entre destino y provocación, condicionantes aleatorias más arbitrajes que todo lo cambian; durante el otoño de 1904, cerca de la Estación Saint Lazare, en un bar de la calle Ámsterdam, se produce el encuentro fortuito entre el polaco romano, un español en período azul y el bretón Max Jacob. El efecto será la onda expansiva creadora encomiada por libros de Historia y mientras, el joven Kostrowitzky vive meses intensos como los del año 1906. Sinergia de máscaras africanas y arte negro, edición de novela pornográfica, muerte de Cézanne, protagonismo de Gertrude Stein y el galerista Ambroise Vollard, mutación de Picasso en Gósol e irrupción de “Las señoritas de Aviñón”, publicación de escritos relativos de Einstein… En la densidad física del Universo y la sublimación estética se desplazaba el cosmos de manera definitiva, confiando en la ilusión pasajera de que la razón se impondría a la amenaza de la confrontación bélica. Auge de velocidad, reproducción industrial, fuerza gravitacional, exposiciones universales, medios de comunicación y representación pictórica, se sostiene que por entonces cambia la imagen, el ojo que mira, el cerebro almacenando y la voluntad creadora que reacciona. El arte lo revoluciona el cubismo del burdel del Raval barcelonés, entre miseria social, tentación orgiástica, delincuencia callejera, sexualidad negociada y espectro de la sífilis. Se suceden los encuentros con Bretón, Seuphor, Braque, Jarry, Reverdie y Cocteau; gran animador de la agitación cultural, Apollinaire es sinónimo de itinerarios a patacón por cuadra entre La Closerie des Lilas en Montparnasse y los talleres de Montmartre cruzando los puentes sobre el Sena en ambos sentidos. Se boceta así la vida breve del Apollinaire crítico de arte; sus pilares eran: curiosidad insaciable, mirar desde el interior, captar la dinámica de las propuestas, caracterizar el factor diferenciador de cada artista, intuir las piezas de discusión separando etapas, procurarse un discurso sobre la praxis (creación, comercio, galerías, batalla en la prensa), proponer una escritura consciente y participante del combate teórico entablado en los bajos fondos cromáticos de la capital del siglo XIX.

Llama la atención la enorme capacidad de trabajo y producción de obra escrita en diferentes registros atendiendo a la fugacidad de su vida. Apollinaire es una fuerza de la naturaleza aplicada al relato, cuento, poesía, teatro, crítica reactiva, gestión cultural, conferencias y revistas; todo acercamiento informativo al poeta por escueto que sea es insuficiente, al menos de admitir que la historia de las vanguardias del siglo XX puede nuclearse en el itinerario de un solo hombre. Su estrategia literaria proviene de los márgenes, la ficción sobre los orígenes, brebajes amargos de barrios pobres, falta de dinero, inestabilidad afectiva y cotejo con aventureros provenientes de todas partes a las escaleras de Montmartre. Hallar en cada episodio vivido la respiración escrita: hacia el final del gran poemario que es “Alcools” las vendimias de la revolución francesa, al comienzo la aventura cósmica del hombre predestinado a ser poeta, inventando palabras contra el olvido y la prepotencia hipnotizante de las máquinas. La ciudad de Apollinaire está minada de sinergias, agujeros negros y bifurcaciones y es como si lo habitaran varios personajes, el agente del arte contemporáneo se puede mutar en escritor de novelas erótico pornográficas para ganarse la vida, como pasó con “Las once mil vergas”. El trato fronterizo entre artistas, aventureros y tentación por el arte aprisionado en los museos, lo llevan a mezclarse en un asunto rocambolesco de robo de estatuas del museo del Louvre; en 1911 ocurre el incidente y por ello será encarcelado entre el 7 y el 13 de septiembre. Se ve implicado en primera línea y falto de agilidad para salir del asunto con astucia, será chivo expiatorio que dormirá en La Santé esos días, vividos como temporada dramática, con angustia palpable en los poemas dedicados al episodio. Supuso exponerse bajo otra imagen pública que la pensada para conquistar mundo y reconocimiento; siendo testimoniada la caída moral, depresión consiguiente a la prisión y el miedo a ser expulsado de Francia, quizá otra convalecencia íntima fue participar en la guerra con curiosidad y redención, forma brutal de ponerse a prueba más que las polémicas entre tendencia pictóricas proliferantes. Ver y ser visionario además de participar en los frentes referidos, asimismo se interesó por el cine; curioso por lo nuevo puso manos a la filmación, escribió guiones, intentó llevarlos adelante, asumiéndose a la par pionero en crítica cinematográfica e intuyó en el ingenio mecánico balbuceante un nuevo soporte de expresión para narrar el mundo y articular otras pulsiones estéticas. Lo mismo ocurrió con los ballets, artes del espectáculo y el conjunto cuando se aúnan decorados, escenificación, vestuarios, música incidental, gesto y actuación, texto; en 1917 lo compendia y marca el teatro contemporáneo con “Las tetas de Tiresias” definido como drama surrealista. Otra zona de inquietud lo llevó a trabajar con los censurados eróticos condenados en el Infierno de la Biblioteca Nacional, las artes de amar y los clásicos de las orgias romanas, que dieron lugar a naciones de sadismo, masoquismo, jardín de los tormentos, burdeles en las metrópolis y colonias alejadas.

Si la experiencia de la cárcel fue un duro golpe en el aura individual, fue también momento de cambios. Apollinaire participa en nuevas publicaciones sobre poesía, de escritos sobre la educación sentimental y viajes pasa a grandes textos tres de los cuales aparecen en “Alcools”. Condicionado por los orígenes, el deseo de ser francés o acompasando la historia militar de la misma manera que lo hizo con la historia de la pintura y la poesía, al entrar Francia en guerra el extranjero sintió el llamado de la movilización; agrega otra forma de riesgo, más que el compromiso militante era estar en las trincheras donde se definía el mundo a venir. La guerra parece ser más entre eras que entre naciones, con épica presentida sabía que cada conflagración producía sus mitos, siendo un entorno límite para ponerse a prueba, saber quién era él realmente. El 13 de julio de 1914 se decreta movilización general, el brigadier Guillaume de Rustrowitzky es asignado al 38 regimiento de artillería 45 sección, sector 59. En abril de 1915 está uniformado y con grado en el frente; en paralelo continuaba la vida amorosa, su admiración por la revolución pictórica y búsqueda del equivalente en la poesía: pondrá en circulación la noción de “surrealismo” en 1917 y un año más publica “Caligramas” como experiencia radical incluyendo lo visual. El 17 de marzo de 1916 la esquirla de un obús lo hiere en la cabeza y pocas semanas después será trepanado. El poeta es sobreviviente de la hecatombe militar y comenzaron los últimos dos años y medio que le quedan por vivir; el redactor en jefe de la revista SIC le hace un reportaje en relación a lo vivido.

“- ¿Piensa usted que la guerra debe modificar los movimientos vanguardistas y en qué sentido?

-Del conocimiento del pasado nace la reacción, de la visión del futuro surgen la audacia y la videncia. Nunca más haremos literatura desinteresada. Puesto que examinando el pasado hallaremos ejemplos, creando el porvenir pensaremos en legar la fuerza a aquellos que nacerán…”

El enamorado de la Renania intuye el universo surrealista, el prisionero de los poemas de la cárcel libera el espacio poético con los Caligramas, el enamorado nómada de muchachas inglesa, alemanas, argelinas e hijo de la intrépida polaca, el escritor de novelas pornográficas se casa finalmente el 2 de mayo con Jacqueline Kolb en la iglesia Santo Tomas de Aquino parisina, cerca de la actual plaza Gabriel García Márquez. Ileso de bayonetas, habiendo frecuentado al judío errante en calles mágicas de Praga, consignado las aventuras eróticas del hospodar rumano Mony Vibescu, quien rescató en pompa amistosa del olvido al aduanero Rousseau y cerró Zona con una exclamación de Aimé Cesaire, fue infectado por la gripe española y falleció el sábado 9 de noviembre a las cinco de la tarde. Sus funerales se celebraron en la iglesia del casamiento cuatro días después en medio de la alegría colectiva festejando el fin de la guerra y será enterrado en el cementerio Père – Lachaise división 86.

*

El 20 de abril de 1913 en Mercure de France se publica la primera edición de “Alcools” reuniendo las mejores poesías escritas por Apollinaire en el período 1898 – 1913. Zona fue el último en ser incluido y Vendémiaire (primer mes del calendario republicano francés del 22 de septiembre al 21 de octubre y último texto del libro) el poema escrito en 1909 buscando nuevos ritmos. Vendémiaire es donde los signos de puntuación se desvanecen -procedimiento que se aplicará luego al conjunto-, con el fruto báquico de la vendimia exalta la cosecha revolucionaria francesa, brinda a los habitantes de barrios populares su epopeya en voz coral. Zona que inaugura el libro expande la ambición, las experiencias retenidas son la aventura amenazada del hombre sediento inmerso en las fuerzas de la modernidad: jornada de peregrinación, viajes al pasado, unión a su manera de deseo y memoria, testimonio del tiempo fugitivo en la figura del caminante urbano buscándose y dejando trazas de su pasar por la poesía. Entre ambos extremos El puente Mirabeau -su poema más conocido- donde fusiona la pasión personal a cuestiones presocráticas, tópicos del rio y metáfora del puente se concentran en un tramo de París uniendo las orillas de la ciudad, haciendo del puente de 1896 memoria poética, acentuada más de medio siglo después por el suicidio de Paul Celan el 20 de abril de 1970. 

Tres grandes tendencias concurren al libro, una vertiente biográfica donde los poemas se relacionan a experiencias y períodos de la vida del autor. Una gran parte de la crítica se aplicó a establecer esos nexos hasta en su articulación íntima y con los años se fueron opacando, puesto que los referentes exhumados se diluyen en la memoria histórica; en esa línea hay territorios de amor, recuerdo y tiempo, paisajes, viajes y personajes de mitos medievales, iniciación a la modernidad, anécdotas del cotidiano en cafés y galerías. Luego se advierte casi la crónica de la génesis, búsqueda y tanteos poéticos, exposición subjetiva de circunstancias dialogantes y complicidades del proceso creativo del cual “Alcools” es la destilación. Una tercera vía serían los aspectos formales; para dilucidar esa cuestión técnica, lo oportuno es acercarlo a la revolución pictórica, considerar que el paso del mimetismo académico a la abstracción conceptual, incluso al ready made, supuso transitar por decenas de intentos y fracasos. Igual en la poesía, así como “Las señoritas de Aviñón” de Picasso son cursor del antes y después, lo mismo sucede en la expresión visual y estrategia poética con “Alcools”. Los alcoholes del título refieren a la embriaguez de la vida, pueden leerse en polisemia de tradición bíblica llevando al incesto, en la mitología literaria de Ulises con los Cíclopes; sin desestimar la desinfección de mutilaciones militares, la sed revolucionaria, la absenta de artistas malditos y el banquete de don Juan. El etanol del alcoholismo quemando al proletariado que se expande en boliches de los bajos fondos y la prostitución de una París monstruosa; brindes burlón recordando que la revolución artística del siglo pasado se alzó en callejones de Montmartre y cafés como Le Dôme y La Rotonde. Macerando en ebriedades cotidiano de la gente, que lo traduciríamos en uruguayo por tinto suelto, grapa con limón y ginebra de pulpería, siendo la poesía espontánea cuando se nos aparece cuesta abajo la existencia y en el reloj descompuesto de la modernidad.

En internet los interesados pueden verlo joven con bigote así como a su madre, convaleciente con venda en la cabeza después de haber sido operado y oír la voz grabada venida de la muerte recitando “El puente Mirabeau”; pueden rescatar una filmación de 49 cuadros de agosto de 1914, testamente movido mientras comenzaba la guerra en esas mismas horas.De cada parcela del libro se puede intentar una exégesis particular, fábulas medievales, experiencia carcelaria, ciudades recorridas en el vagabundeo, novias de amores imposibles, importancia de manifestaciones culturales populares, la naturaleza e incluso el caos abstracto narrativo de los sueños. La vida casi es un filme realzando el poder hipnótico del fragmento a la intemperie, la selección de los recuerdos, escribir con lo que está pasando aquí y ahora, el poeta como il miglior fabbro y vidente. Una respuesta a las interrogantes que activa la misma poesía cuando se está gestando, el decir poético se hace variante, desde el deseo de abarcar tras un sistema nuevo de metáforas, la confesión directa despojada de florituras, hasta la evocación de contextos que tienen consistencia de leyenda, las afueras oníricas de Praga y el puente sobre el Sena que se cruza cada día. Todo poema tiene una historia, cada uno refiera a un episodio luminoso aunque olvidemos la circunstancia, Apollinaire le agrega a la autoría protagonismo preexistente, apropiación y persistencia. Incluso a nosotros habitantes de otro siglo, hemisferio, tradición, lengua, condiciones de recepción y lectura. El alcohol es corolario, presupone una alquimia que partiendo de la naturaleza panteísta, con fuego, tiempo, alambiques y destilación culmina en un precipitado de orígenes herméticos. Resultando molécula final de la transfiguración que, penetrando el circuito humano reinicia otro proceso en el conocimiento y sensaciones, deseo de crear divagando entre infierno verde y paraísos artificiales. El libro objeto como otro alcohol, emulando la alquimia tiene la virtud de cambiar al hombre que lo manipula en la lectura; lo dijo Jean Gavin en “Un mono en invierno” de 1962: “No es el alcohol lo que me falta, es la embriaguez.” “Alcools” es antología, recopilación, confesión y manifiesto, repaso de etapas vividas e intuición de adelantar un testamento. Voluntad de plasmar en poesía (palabras, signos, espacio, sorpresa ruptura, ritmo, vanguardia, metáforas, nexos y conexiones, nombres) la revolución que él acompaño en la pintura, necesitando del trámite de la guerra para hacerse entender. Apalabrar el momento fugitivo captando en una rosa, presentir el infinito inabarcable, aspirar el imposible de juntar pasado, presente, futuro; y como se exiló el orden divino, para realizar ese milagro imposible nos consuela el paréntesis fugaz de un poema. Ahí un tiempo se detiene y otro avanza, mientras se atomizan ante nuestro desasosiego de lector otras temporalidades desaparecidas.

J.C.M.

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

Había algo así a finales del siglo pasado sobre los cuentos de cuentos y la literatura -poesía, narrativa y ensayo- testificando del proceso histórico e individual. La violencia documentada, lo bizarro de una sociedad mutante en sustitución generacional, expansión del dominio provincial al latinoamericano que resultó mundializado; ante esas modificaciones el hacer literario -además de lo traducido y del auge audio visual: Netflix lo recupera todo desde Nisman a Mujica- alteró las viejas y queridas condiciones de producción. Resulto la secuela sin quererlo un plan B de estrategia forzada de reacomodo y forzó la invención de otra vida fuera de programa. Sólo puedo partir de pocas constancias: estaba allí y vivo lejos desde hace tres décadas, conocí desde el interior las tres fases del período de la novela social. Los años previos de la educación sentimental a tropezones, el despliegue de la situación anómalas hasta las elecciones libres y las estrategias de salida -tragedia, comedia, ironía y esperpento- como exploración de la poca respiración sin asistencia que queda por delante. Como todos supe que la vida bifurcó y es lo que hay en los tiempos del virus; recuerdo y circunvalo la tela de araña de los años setenta, la vida arrastra con corrientes submarinas, Thanatos en más inexorable que amarrarse al muelle del astillero oriental que se va pudriendo. El materialismo dialéctico resintió el tirón desde el malecón, fundió el motor Lada y le cuesta avanzar en el desierto. La noción revolucionaria (la social tal como se estilaba en proclamas partidarias y la poética experimental hasta perforar los misterios del Cosmos) entró en catalepsia, permaneciendo como la Walkiria Brunilda encerrada en el anillo de fuego.

Conviví años con otro yo que quedó por el camino; me pregunto que habrá sido de su vida en alguno de los planetas Solaris o universos paralelos con geometría Lobachevsky si el tren no hubiera descarrilado en estación Yatay. Uno a veces bebe o deprime porque al momento de escribir está lo que debería escribir atento a la conciencia social atorando. Asoma luego lo que se debe escribir por mandato de novela familiar y fuerzas narrativas, circula la paranoia, el desdoblamiento de personalidad mientras el autor corporal permanece trenzado al documento de identidad. En transferencia de emergencia, envió un equipo de narradores en misión a explorar otros territorios haciendo arqueología, descifrando mensajes de quienes pasaron como sombra por la tierra baldía de los años verdes decía Carlos Liscano. Así como en la antigüedad había el teatro de los dioses y la tragedia humana, sigo pensando aquello bien sabido de que toda historia cuenta dos historias. El relato tiene evangelistas canonizados que hicieron esfuerzos por imponer la doctrina; sobrevive en latencia el conjunto de evangelios apócrifos que son versiones sospechadas de heterodoxia, con algo de la tradición oral sin el aurea heroica, sufriente o reivindicativa que merece que se lo deja por escrito.

La experiencia molecular de “Nieve celeste cae sobre Eskimo Point” la viví en persona; cuando se creyó recuperar la democracia, salieron los prisioneros, volvieron muchos del exilio, una parte de la tarea -intensa, comprometida, emotiva- se avocó a un replay y había oficinas dedicadas a la tarea de la crónica dolorosa que sigue aún sin resolverse. Narrar lo sucedido, tratar de interpretar, juntar relatos, acceder a la verdad encubierta y la exigencia de justicia. Una zona en que es pronto para dejar sólo la historia de los documentos omitiendo los personajes en busca de autor; los muertos tampoco descansan en paz aguardando la hora del ajuste de cuentas, el castigo y tampoco es a excluir la venganza, tarea de Sísifo que seguirá cuando quienes fuimos jóvenes de 1973 estemos muertos. Se agregaba ello a lo euforia de haber zafado de un pozo sin haber salido, nada podía ser como antes, dice el tango que las horas que pasan ya no vuelve más y el plan del día después lo fuimos improvisando sobre la marcha. Conocí esos equipos de investigadores tenaces recomponiendo el caos y vi en trasluz lo que estaba ocurriendo; imposible olvidar, la vida adulta después de la tormenta tenía sus escenas fundadoras y la pregunta postergada retornaba ¿dónde están los relatos escapando al pulpo del mimetismo? Entonces llega con mueca inspirada la mensajera avanzada de la muerte; acaricio la condición humana cuando evoco a Ivón yendo en socorro a Gordon Pym hasta Eskimo Point, me asisten mecánicos de motor, chapa y pintura de novelas pinchadas con problemas de caja de cambios. Personajes fantasmas cuyas tumbas sin nombre están lejos de nosotros e iluminan por reflejo los enigmas pendientes de resolución; la historia tiene poco suspenso, en territorio ficticio nunca debe dejarse a la muerte dominar el terreno de juego, los partidos duran noventa minutos, ronda la ilusión de hacer un gol en la hora reglamentaria y los de afuera son de palo.

Desplazamiento y escrituras en la obra de Joaquín Torres-García

Ante todo una breve aclaración en cuanto al título de la ponencia, tan ambiciosos ellos cuando se avanzan en el programa preliminar de las jornadas y menos estrictos al momento de la exposición oral. Les adelanto que me centraré más en la noción de desplazamiento corporal en ejes espacio temporales y que escritura supone que lo expuesto tiene huella textual (signo, caligrafía, ediciones) que argumentan a favor por testimonio directo y redactan la legitimación.

Estamos ante uno de los pocos casos en el dominio plástico (más allá de reportajes recuperados y correspondencia de combatiente) donde el proyecto del artista es secundado por una vigilancia escrita y eco polifónico de lenguaje. Un dietario casi obsesivo por capturar la fugacidad del tiempo, huella o rastro redactado en simultáneo del empeño militante de dejar constancia a los que vienen, mañana, el próximo verano y después de la muerte. Sabiendo que la lucha contra las criaturas narcóticas del Olvido es implacable y la mejor manera de neutralizarla es desafiarla, siendo protagonista en la intemperie, testigo expuesto a cara descubierta y próximo escribano del propio itinerario. La pieza clave de este dispositivo donde desplazamientos, educación estética, fricciones con los entornos, fenomenología de la vida cotidiana y estrategias diferenciales de la praxis pictórica, es el libro “Historia de mi vida”, publicado en Montevideo (1939) en Ediciones de la Asociación de Arte Constructivo.

Existe una chanza repetida entre los americanistas en Francia cuando se evocan orígenes de la identidad latinoamericana; sin duda todos la conocen. Hay poblaciones -dicen los bromistas redundantes- que descienden de Incas o Aztecas y otros -en general se piensa en los argentinos, pero se puede extender sin estar desacertado a los Orientales- que descienden de los barcos. Quizá esa condescendencia de tiempos viejos es al presente imprudente, pudiendo acarrear acusaciones de racismo desde mentalidades post colonialista, aunque quien la diga marche en el lote con los ojos abiertos. La moraleja de dicho chiste, que al parecer pretende un tipo de distancia real y una repercusión final ingeniosa a medias, diría que es aproximada en su casi totalidad. Está relacionada a barcos, rutas marítimas y el imperativo de nuestros ancestros de viaje hacia o saliendo de sin retorno asegurado. En mi caso es cuestión de familia que conocí personalmente por la línea paterna vasca; los viajeros de ambas ramas se aquerenciaron con criollas de dos siglos anteriores y fueron mis abuelas que conocí de chico.

Es pertinente el dato para acceder a un mejor entendimiento de las poblaciones rioplatenses, su manera de estar encallados en el nuevo mundo y la elaboración de un imaginario particular; algo con la fatalidad de herencia derivada y la fuerza del destino de ópera italiana, distancia de otra filiación arqueológica con pirámides y sacrificios cósmicos. Nos incorpora o condiciona a una poética de navegaciones, sextantes y descubrimiento de la Cruz del Sur escrita entre las Nubes Magallánicas. Podríamos hacer nuestra la respuesta del marinero embarcado al curioso Conde Arnaldos del romancero: yo no digo mi canción sino a quien conmigo va.

Este código de embarcaciones, velas latinas, grúas, peces, naufragios en medio de la tormenta, maderas rotas y cuerpos a la deriva, se ensambla a la perfección con la figura de Joaquín Torres-García, centro magnético de nuestra comunicación, que sin saberlo intuyó y plasmó en el Arte -entre otros- el tema de la emigración, si es que la brújula mantiene el rumbo que fijamos y los vientos del día son favorables. No tanto porque su vida constructiva es un largo viaje que invierte la metáfora para hacerla creíble, sino por emprender varias travesías a diferentes culturas y lugares -en el sentido literal del término- en su acepción prioritaria. Es pues una tradición la de los viajes por mar que coincide con la tradición del relato tal como se originó en Occidente. Viaje y narración componen una unidad molecular genesíaca; así como desplazamiento parece fusionado a escritura: siempre perdura un prototipo del mito troyano y el catálogo de las naves, del regreso a la isla de nacimiento o naufragios decididos por las divinidades, sólo cambian los nombres de acuerdo a las circunstancias. Aceptemos pues la imagen operativa del viaje, no siendo otra cosa que relato de barcos y utopías, tránsitos y escorbuto, embarcaderos y traducción de la palabra cuando la migración se concreta.

Entre 1880 y 1930 se trasladó a América cerca del veinte por ciento de la población de España, movimiento que afectó a más de tres millones de hombres y mujeres; sé por experiencia familiar de lo que hablo. Si a la clásica lectura del viaje migratorio -considerado episodio respondiendo a razones de índole económico y social- le sumamos la visión espiritual de otros valores que se desplazan (memorias perdidas y episodios inventados, oráculos campesinos que se cumplen, detalles de predestinación y búsqueda, vidas encomendadas a la divinidad, aventura interior si se quiere; como en Grecia, el mito de Palinuro, la Castilla Imperial, la larga noche de Céline) la imagen se adecua a la perfección el caso Torres-García. Así considerado, podemos afirmar que J T-G emprendió un viaje a la memoria familiar y a la vanguardia del arte, a la Cosmópolis de la historia contemporánea y al corazón precolombino del continente americano, hacia una invención de Montevideo que por esta vez escapa a la sagacidad de poetas y narradores. A eso tan difuso que se nombra identidad colectiva y personal, más difusa tratándose de lo uruguayo; pudiendo en paralelo, cristalizar las variaciones culturales que ocasionan los movimientos migratorios.

Largo periplo también al corazón del signo y la materia pictórica, misteriosa travesía documentada que resultó a la vez ritual y concreta. La primera gran característica de este caso es ser a la vez modélico y único, aventura familiar tras la armonía huidiza de la sección áurea mientras la migración prolifera y dejando trazas testimoniales. Responde a causas modélicas por así llamarlas archiconocidas, destaca de forma inconfundible en museos y pinacotecas por afectar con la tarea del taller condiciones superestructurales, entre las cuales sería un error de método desdeñar el dominio artístico. En eso pensamos el adecuar la figura de Torres-García al tráfico de modelos entre Europa y América, Cataluña y Uruguay, Montevideo y Barcelona. Empresa que se inicia en Mataró, ciudad unida a Barcelona en 1848 por el primer tendido de vía férrea en España y que culmina en la antigua colonia de San Felipe y Santiago, la ciudad del semanario Marcha, que tenía por lema la máxima latina Navegare necesse vivere non necesse.

El caso Torres-García es extraño. Por la primera apariencia y lo reposado de la figura en cuestión, todo supondría la ausencia de un carácter inquieto provocando de manera constante la movilidad en búsqueda inagotable de la novedad. La mirada indagadora sin embargo, da cuenta que se halló o proyectó en el torbellino de grandes movimientos; en cada oportunidad los vivió con profundidad comprometida, es uno de los raros casos donde se puede alegar que el conjunto parece exponer la vida de varios pintores, resultando sus incursiones por zonas y culturas diferentes lo que designa su especificidad. Quizá el nombre de una ciudad secreta del Arte que todavía se está buscando o quiere insinuar la carencia de una identidad platónica exógena a las migraciones. Operativamente ello nos condiciona a tentar dos caminos y que siendo uno puedan bifurcarse. Por un lado, la necesidad de una visión panorámica que pretende la ilustración, queriendo hacer conocer al auditorio el itinerario de esa motivación y en paralelo, habida cuenta de que ello sería difícil de profundizar, nos detendremos en algunas experiencias de viaje. Observando de qué manera J T-G asumía en lo personal esa movilidad de las grandes Especies y la ruta de los pintores emblemáticos del siglo XX. Creaba una reacción, intentaba la síntesis y se mutaba en paradigma ejemplar acaso sin saberlo.

La figura sígnica/simbólica asimismo se adecua a la obra de Torres-García, si razonamos sus itinerarios detenidamente que son un trazado anotado paso a paso se puede recuperar lo que Roland Barthes recordaba de la nave Argos, que seguía siendo la misma habiendo cambiado todos sus componentes. Creo que ese juego con sentido entre permanencia y transfiguración continua, pasando por diferentes culturas es lo que puede distinguir el itinerario pictórico original del uruguayo. Segunda imagen marina necesaria (recordemos los orígenes mediterráneos de la familia de Torres-García y su destino binario de puertos) es la manera como, durante esos años de actividad trató de discernir y asimismo definir su compleja condición de uruguayo venido de lejos. En variaciones más modestas Torres-García adecuó los protocolos de la tralatio Imperai y la traslatio ecclesiae; lo transportado consigo junto a su familia numerosa era lo que estaba construyendo: la idea, el tópico del viaje como transportador de ciudades, tal como lo considero Ernst Robert Curtius en su estudio de la literatura occidental. Una condición viajera e introspectiva tras señas de identidad utilizando la manifestación artística; si el itinerario interior puede asimilarse a otros tantos, la diferencia se halla en la construcción exterior, lo que permanece a la vista de todos luego que la vida termina. Una tercera imagen al respecto la podemos tomar de Joseph Conrad, conocido escritor de la modernidad viviendo entre dos culturas y dos lenguas. Lo invoco porque, al comienzo de “El corazón de las tinieblas” avanza la hipótesis que la Historia de Inglaterra es la historia del río Támesis. Cierto y acaso la historia de las culturas de nuestro ex virreinato austral es la historia del Rio de la Plata, desde la expedición interrumpida de Juan Díaz de Solís y la doble fundación de Buenos Aires, hasta los horarios de Buquebus esta mañana misma.

La tesis es ejemplar, incorpora a la cuestión de las migraciones de todo tipo la doble característica del movimiento colectivo y destino individual. Siendo modelo social que precede y paradigma que anuncia el expediente J T-G puede estudiarse en la ola de mareas sociales atendiendo movilidades colectivas y debemos en tal caso aislar la trayectoria, dejarnos tentar por un análisis de lo individual; más interesante aún porque al asunto que nos interesa sumó tres elementos esenciales.

a) moviliza la problemática migratoria en la esfera del arte, que es de las menos tratadas el tratar estas cuestiones de tonalidad sociológica.

b) dejó constancia de su itinerario en una abundante obra teórica, donde se observan con claridad meridiana la sinergia de lo cultural, mandatos de la lengua, el imperativo de la creación e incluso sus miserias cuando estas circulan y se reflejan en la vida cotidiana.

c) quizá e intuyendo lo raro que resultaba su caso, dejó en “Historia de mi vida” una autobiografía donde se pueden aplicar los esquemas retóricos más usuales que se asocian a ese género literario.

Hace veinte años y sin ir más lejos, nuestra comunicación hubiera necesitado algo así como un capítulo preliminar sobre ¿pero quién es Joaquín Torres-García? Me refiero incluso a las referencias generales de una ficha de diccionario de divulgación. En el nuevo siglo, quien está al tanto de cotizaciones de la plástica contemporánea, recientes exposiciones en Barcelona (en especial la del museo Picasso) o por variadas razones estudia el fundamento cultural de la identidad catalana, llegando a recientes movimientos nacionalistas tras la independencia, quien se interesa por el arte de vanguardia tal como se construyó en París en las primeras décadas del siglo pasado, reflexiona sobre expresiones bilingües de la cultura americana o se preocupa por pruebas estéticas del continente latinoamericano, frecuenta ese género lateral denominado los papeles de artista y tiene la curiosidad de buscar un sitio en Internet, todos esos hipotéticos aludidos en ausencia, poseen pues una idea -al menos y quizá más de tres- de lo que significa la figura arborescente de Joaquín Torres-García en ese tramado de axiología e intereses. No se trata por tanto ahora de enmendar un error de perspectiva, tampoco reivindicar la tardía valoración de un desconocido, sino de la puesta en circulación de información ya comprendida en la contemplación de alguna de sus telas.

Habrán advertido que en nuestra comunicación y desde su título plural eludo evocar la zona pictórica. Lo hice por carecer de competencias técnicas y manuales suficientes operando al interior de la praxis de taller, porque nos alejaría un tanto del motivo vertebral de nuestro encuentro. En consecuencia, en esta mañana puedo argumentarles por la fe y el deseo, la fe necesaria para ser creído cuando afirmo que una retrospectiva de la obra polisémica y la lectura cronológico/crítica de su producción se corresponde a períodos paradigmáticos de intereses culturales e identitarios. Cada ciclo retenido corresponde al resultado de un viaje, iniciación y búsqueda; tarea cotidiana registrada desde la infancia, el resultado pictórico se adecua de manera perfecta a la pertinencia del viaje e imposición de una temática específica creando un sistema de correspondencias sorprendente. Como si se tratara del tópico de la vida breve, la unidad del artista se forja considerando el conjunto de experiencias de traslado. Contrariando sin negarlo sus viajes se distancian de la persecución del exotismo, la búsqueda de lejanos Orientes evocados en la poesía de Rubén Darío. Ni siquiera a la desenfrenada imaginación; más propia esta última de realismos fantásticos, mágicos o como quiera llamárselos, la mayoría de las veces asociados a exuberancias novelescas, que siendo casi oxímoron se utilizan con liviandad para mentar aquellas tierras.

Su itinerario se corresponde a la movilidad característica del siglo veinte; como si Torres-García por intuición, destino o fatalidad hubiera buscado o coincidido en su aventura por tramos donde ocurrieron asuntos atendibles, decisivos para el arte del siglo veinte y el autoconocimiento de colectividades implicadas en el movimiento observado desde el interior. Negó asumir sin matices razones iniciales de las migraciones -ligadas a situación sociales y peripecias de la novela familiar- y los trasmuta en aventura personal artística. Se trataba de hallar espacios sociales estimulantes en un conjunto de condicionamientos, ese espacio de libertad fue para él la experiencia artística anotada. J. T-G vivió lo que Eric J. Hobsbawm llamó edad de los extremos y caracterizó por su brevedad, vertiginosa aventura de siglo pasado, fases que fueron viajes, etapas como migración, períodos asimilables a desplazamientos por el mapa pictórico del siglo XX.

Vayamos por partes; el primer capítulo es el que lo precede y que llamamos sueño americano -o pesadilla- de millones de europeos excluidos del circuito social; para una cantidad enorme de españoles, vascos, asturianos, gallegos y como en nuestra comunicación de catalanes. En dicha agitación asoma la determinación que hace coincidir situación social asfixiante con movilidad marina tal como la evocamos y de los posibles destinos de nominación -arbitraria, decidida, azarosa- del puerto de Montevideo. Allá en la ciudad del Cerro aguardaba una sociedad y un momento del país que al decir del historiador José Pedro Barrán vivía el pasaje de la barbarie al disciplinamiento, que se ubica hacia el año 1860. Período de cruce intenso para la cultura uruguaya, en 1870 muere en París el uruguayo Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, monstruo poético de la modernidad y autor de “Les Chants de Maldoror” y en 1874 nace Joaquín Torres-García. Para cualquiera de las dos orillas del océano Atlántico es claro que pocas otras épocas son tan ricas en sucesos e información, propicias para el entendimiento del proceso de las migraciones. Es el momento de las dos historias que se cruzan e interactúan, creando condiciones espirituales de la modernidad y el presente que ya se lo piensa como post. Esa dialéctica entre lugar de nacimiento, filiación de padres, lengua (o lenguas) habladas en el modelo intelectual y recuerdos de escenas fundadoras de la infancia son parte vertebral de eso que, con excesiva facilidad de uso y poca precisión metodológica se denomina identidad. Dicha cuestión nunca es sencilla de acatar y esa dualidad -que podría denominarse espiritual- es la primera ecuación que resuelve Joaquín Torres-García.

De ahí la importancia del segundo viaje; el viaje de regreso al territorio de los ancestros, la tierra de los mayores precedida por una educación a la vida uruguaya. Reinserción, desexilio o lo que fuera, el muchacho que descubre la ciudad de Mataró tuvo la necesidad de construirse para su uso personal una tradición de síntesis que fuera lo más estimulante posible; necesidad de una cultura que pudiera habitar y que halló en el pasado mediterráneo variante catalana. La tarea sin tregua de Torres-García en Barcelona, sus obras y pinturas, la invención de una tradición a medida por donde transitar con métodos pictóricos, utilización de la lengua adecuada a sus objetivos, formación de una familia, la activa vida social y cultural serán tratadas en detalles más adelante. El magma intelectual político de la nación catalana era también intenso en esa época. Es el período del proyecto Prat de la Riva, consolidación de la gramática ideológica con finalidades políticas, regulación de la lengua catalana, el Noucentismo pensado en tanto discurso cultural y la Venus de Ampurias como objeto desenterrado del pasado, legitimando en reliquia las aspiraciones a la diferencia en el espacio de la península ibérica. El proyecto por desfasaje e incomprensiones aparece como decepcionante, con falta de integración en sus objetivos más históricos y que desbordan la correntada estética. Es en ese punto de ruptura cuando se desentiende del proyecto de construcción de la memoria simbólica de la estirpe -justificando proyectos y reivindicaciones de los años recientes- y hasta la suya propia, para trasladarse a un ámbito cosmopolita, en adecuación lógica con sus intereses plásticos; otro ámbito donde se sucedieran transgresiones removedoras que le interesaban.

Se inicia entonces el tercer viaje a destacar, que aunque siendo menos espectacular en sus incidencias emotivas marca la voluntad de corte con el período de educción pictórica, la urgencia de traslado y exploración de nuevos períodos. Es la experiencia del pintor en Nueva York, sorprendente iniciativa de comenzar una nueva vida en una lengua desconocida y más dada la edad que tenía Torres-García cuando la emprende. Su experiencia norteamericana -es preferible y acertado decir neoyorquina- tal cual fue narrado en la autobiográfica es sorprendente. Los bocetos gráficos resultantes de la primera impresión son una maravilla, los cuadernos de notas escuela de impresión visual de un mundo avasallador erigiéndose a la vista de todos. Asombra ver a un hombre ya mayor aceptar el reto y desafío de la ciudad más moderna de la historia humana por aquel entonces. Vista desde el presente, mejor dicho desde mi lectura interesada de los hechos, no es Nueva York de las experiencias que parezcan más logradas en cuanto a la armonía concordante entre artista y medio donde interactúa. Hay allí algo de incómodo e inacabado aunque pueda argumentarse cierta intensidad y oposición que podría ser generativa. No obstante los resultados objetivos al momento del balance hay algo de contraste y aporía, desarreglo entre historia personal y entorno. Esa situación apenas insinuada de cosa inacabada -muchos entre nosotros lo sabemos- y de fracaso circunstancial es condición central de la experiencia migratoria, se le llama desarreglo, otras veces melancolía y ejemplifica en parte la movilidad que venimos tratando.

Montevideo, Barcelona y Nueva York lo preparan a la aventura más productiva que se intensifica en la experiencia pictórica. El nuevo puerto es Paris, Miró y Picasso son sus conocidos, la vida de galerías en Saint-Germain dominio natural, el atelier su mundo, la publicación de revistas efímeras la actividad reflexiva. Deseo y voluntad de incorporarse a la vanguardia por el arte es programa tenaz y la búsqueda de una línea de pintura original su obsesión; de ahí surge su teoría cósmica del Universalismo Constructivo -desafiante al totalitarismo cubista- que es la necesaria relectura del arte preponderante del siglo veinte y tendría el poder de alterar valores de la pinacoteca imaginaria considerada inamovible. Esa es la gran aventura: la participación en la vanguardia y la invención del arte del siglo veinte.

Conozco pocos casos de ruptura tan frontal con dos períodos de la vida. Una inmigración que pasó de la retrospectiva de una Cataluña eterna como se titula uno de sus maravillosos murales, para entender el presente y marcar la diferencia con el salto al vacío pictórico que significaba el cotejo -por ejemplo- con la figura poderosa de Picasso o el programa de los surrealistas que nunca fue de su agrado. Luego el afán de pasar de la tendencia neo figurativo con evocaciones de mitología pretérita -mimética a lo griego de línea mediterránea o mejor a la inversa- a la búsqueda de otra expresión en la intentona abstracta. Con la propuesta además de una solución a ese desafío pictórico desde otra orientación, que se distingue sobre la tela del abstracto geométrico. En ese circuito operacional concurrido y competitivo, es de sumo interés el haber planteado la misma ecuación partiendo de otras incógnitas y alcanzado la solución del Universalismo Constructivo; en dos vertientes: sosteniéndolo con un discurso reflexivo teórico y con la praxis de la obra que puede contemplarse en los museos del mundo. Claro que en estos dominios del quehacer humano lo que interesa son los resultados más que supuestas intenciones. La figura de Torres-García deja de ser meramente paradigmática de un tramo de la historia del arte occidental, sostén circunstancial para justificar un ejemplo, ilustración modélica de procesos de traslación, salto hacia adelante del provincialismo catalán al que podía haber quedado confinado para pasar a una dinámica en la pura especulación del arte. Es él tránsito modélico para los temas que nos convocan, saltando de la estadística sociológica y anécdota de pueblo al misterio y disfrute que interpelan.

En este panorama de fronteras que venimos esbozando faltaba el último de los viajes, el del regreso tal como lo indica el mito del comienzo de la narración en occidente… porque el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar. En 1934 y con tantos años de vida, Joaquín Torres – García regresa a Uruguay. Lo que parecería epílogo de una época se transforma para la tibia movida uruguayo y el arte latinoamericano en otro período intenso en actividades varias, del cual tendríamos tiempo apenas para enumerarlas en los tiempos de la comunicación. Destacaría la labor de publicista del Arte y divulgador social dictando cientos de conferencia, creación de revista y activación del taller para el acercamiento a los jóvenes interesados y removedores. Una tarea de creación -considerada en tanto proyecto de la intimidad irreductible del individuo- de pedagogía en la práctica; es el taller espacio cósmico, la Escuela del Sur más que praxis se vuelve discurso programático, de la cual salieron ilustres artistas seguidores de la tradición del maestro y su normalizan ante generaciones venideras.

Algunos entre ustedes conocen la forma gráfica icónica de ese intento, se trata de la inversión del mapa bocetado de América del Sur y la inscripción del lema: Nuestro Norte es el Sur. Artísticamente da otro paso innovador interactuando buscas vanguardistas, legado del Universalismo Constructivo y memoria de la experiencia mediterránea catalana con la tradición de pueblos originarios amerindios. El hijo de inmigrantes catalanes propone cuando retorna a su país de nacimiento un nexo con los orígenes que fueran evocados al comienzo de la charla; lo hace desde una recuperación sígnica, estética, manual como camino de recuperación de un Cosmos que en ese Sur era inexistente y allí donde persiste lo hace en condiciones vitales difíciles. Es durante este viaje que se concentran las energías de la aventura Joaquín Torres-García. De todo ello detenerme brevemente en dos de los viajes evocados: dejar la patria, volver a la patria. Ese movimiento está en el origen de la literatura occidental y de ahí lo novelesco que impregna la trayectoria del artista; el primero es el del retorno a la tierra de sus mayores probando que las migraciones nunca se operan en un solo sentido y el segundo más breve: la significación del regreso al Uruguay.

***

Vayamos por partes en esta focalización final de ida y vuelta, cuando el círculo del destino y el cuadrado del libre albedrío forman una sola figura geométrica. Cataluña primero, es esa ruta síntesis para entender sobre la tierra el paradigma del regreso al lugar donde están las raíces familiares y cuando -a la vez- se tiene memoria de una infancia y educación americana. Fue a los diecisiete años que regresa, menor dicho que el muchacho va hacia, siguiendo la vida azarosa de su padre Joaquín Torres Fradera, que se casó en Uruguay con una criolla; de la misma manera que el hijo se casará con una heredera de la burguesía catalana de entonces. Viajan directamente a Mataró y aquel no fue el retorno del indiano con fortuna, que es tópico considerable en la inmigración española y la ciudad de los prodigios; allí pasa casi treinta años y lo que tenía la apariencia de un proceso acabado se revela ser pasaje hacia otras experiencias. Viaje a Europa en el año 1891 en el Cittá di Napoli y barcos otra vez. Durante el primer año en la tierra de los mayores el joven Joaquín emprende una inmersión en la cultura (una de ellas) que lo precede, practica la lengua paterna y conoce por contacto el locus mediterráneo, toma conciencia de lo femenino, reafirma su vocación artística anterior y explora una tradición diferente, tal como lo había hecho durante la infancia en Montevideo en su contacto con la colonia italiana. Es curioso y se aficiona a los objetos del oficio del cordelero, lo que podía ser la escena fundadora segunda que explicaría el constructivismo posterior. Aparente contradicción o complemento, facilidad de vida o impedimento de una síntesis positiva, búsqueda alternativa en la conciencia compleja de los dos orígenes, una eventualidad que por la gravitación de los hechos cotidianos, se vuelve situación irreversible. Es así que siendo uruguayo de nacimiento, Joaquín Torres-García se convierte en un Guardián inventivo del catalanismo artístico, propulsor de una teoría estética como el Noucentismo desde la referida doble filiación y un ingreso al debate del arte desde una perspectiva americana.

La experiencia en la Cataluña interior dura apenas un año, pues habitan en Torres-García movimientos dentro del movimiento; una suerte de mise en abyme del itinerario ocurre cuando la familia en 1892 abandona Mataró y se instala en Barcelona. Como bien dice Jaume Vicens Vives: “Al propio tiempo, Cataluña creaba un órgano de resonancia histórica y mundial muy por encima de sus posibilidades humanas: Barcelona. Favorecida por su situación geográfica, la antigua ciudad de los condes concentró desde 1840 una enorme cantidad de energías espirituales y de recursos materiales. Sin Barcelona habría faltado a los catalanes el crisol que haría la síntesis de sus esperanzas; el pedestal que elevaría su cultura al plano internacional, reduciendo la mentalidad de berratina y una definición ética y espiritual; yunque y martillo, en una palabra, la herramienta de un pueblo renaciente.” El encuentro del uruguayo en órbita centrípeta con esa Barcelona prodigiosa es la primera de las grandes sinergias de la vocación con las ciudades modernas. Ello no debería sorprendernos si consideramos que supo estar en el centro de la acción: olfato, intuición, deducción, destino, azar ambivalente en los momentos privilegiados. Fue notorio que para la ciudad de Barcelona en tanto entidad productiva y Cataluña como proyecto cultural, el período que va de 1890 con el inicio de la campaña lingüística, las elecciones del 91 que marcan el cambio de tránsito entre la Restauración y el auge de la Liga Regionalista, las bases de Manresa de 1892, el atentado con bombas Orsini del Liceu en el 93 y hasta la muerte de Prat de la Riba en el año 1917 son los que perfilan la Cataluña moderna.

La integración al sistema artístico barcelonés supone un Torres-García diurno y nocturno. Por la noche asiste a la Academia de Bellas Artes, que funcionaba en los pisos superiores de La Lonja de Contrataciones en la plaza del Palacio donde fuera condiscípulo de Mir, Sunyer, Canals y Nonell; de día marchaba a las Academias Baixas. Más tarde en la educación estética, mientras sus amigos se acercaban al círculo Artístico revolucionario y polémico con desnudos femeninos, Torres-García frecuentaba el círculo de Sant Lluc de orientación católica bajo el magisterio de Torras y Bages. Es hacia 1900 que cada hombre de su generación decide su camino. Torres-García fue sensible al ambiente agitado de les Quatre Gats -más que un café- fundado en 1897 por Pere Romeu; era el llamado irresistible de la vida de bohemia versión barcelonesa, pero no era el tipo de vida disipada que se adecuaba al proyecto Torres-García. Que salió del condicionamiento de aire del tiempo y buscó su camino por dos vías: el paisaje mediterráneo y la formación clásica. Torras y Bages lo inició a la obra de Puvis de Chavannes y se produce entonces una de las primeras síntesis, la iluminación inicial: “Tanta lectura, ensayo y meditación, cristalizaron en una idea: que el arte debía ser de una tierra y de una época.” La formación práctica con los materiales es intensa, enseña dibujo para ganarse la vida, busca contactos, trabaja con Gaudí en las vidrieras de la Catedral de Palma de Mallorca y en la desmesura de la Sagrada Familia. Con éxito más parecido al fracaso trabaja en las iglesias de San Agustín y la Divina Pastora de Sarriá; pero las autoridades garantes de los encargos fueron insensibles a una propuesta que rebasa el clásico mimetismo supuesto en la representación de la Fe y Creencia. La migración es conciencia dialéctica de pruebas y obstáculos, rechazo y desconfianza, campo de emociones refractario al que se ve confrontado de continuo.

Hacia el final de la primera década del siglo nuevo suceden tres eventos de relevancia en la vida del autor. En 1909 se casa con Manuelita Piña, en 1910 lo llaman para decorar el pabellón uruguayo para la exposición Universal de Bruselas y Torres-García se embarca en la definición teórico/práctica del Noucentisme. Movimiento del cual se le reconoce como uno de los teóricos definitivos con la peregrina y estimulante ambición de universalizar Cataluña; en esa circunstancia estalla la polémica con Xenius, Eugenio D’Ors, sobre el nombre y las actitudes históricas a asumir. Torres-García posee a su favor el argumento de la coherencia; además del planteo teórico, siendo terreno propicio a la discusión asumió darle una configuración práctica a su pensamiento. Luego, cuando la crisis posterior Torres – García buscó refugio en la expresión del arte; Xenius se traslada a Madrid, ingresa a Falange Española, recibe el Honoris Causa de la universidad de Coimbra bajo Salazar, envía sus hijos a la División Azul al frente ruso y prolonga una antología de Benito Mussolini.

Al tiempo Torres-García pensando en la educación artística de sus hijos, crea un método pedagógico centrado en lo estético y construye desde los planos a la decoración su casa Mon Reposm concebida como una obra de arte donde vivir en familia. Hacia 1912 se lo convoca a colaborar con Prat de la Riba en una política cultural catalana; para Torres-García, hombre poco diestro en políticas culturales, se trata de tender el puente con la tradición mediterránea, concebir algo que no existía y de donde resulta el Arte de la Cataluña Eterna. El proyecto cultural y emblemático es el de los murales del Salón Sant Jordy junto al patio de los Naranjos en el corazón de la Generalitat. El encuentro incentivado entre artista y político proyecta aunar tesis conceptuales del Noucentismo con la fuerza de la Lliga en tanto proyecto político. Torres-García crea los frescos; memoria visual, tradición en imágenes, política policromada, utopía visual y Prat de la Riba redacta La Nacionalidad Catalana. Esa colaboración entre los dos hombres funciona bastante bien hasta el año 1917 cuando muere Prat de la Riba; ello cambia la dinámica del poder, otros intereses se instalan en las instancias de decisión y la cercanía del arte con la vida política desaparece. Allí se inicia un trabajo sistemático de menosprecio sobre la creación de Torres-García, equivocado e infundado, en tanto el tiempo (estético e institucional catalán) le dieron la razón. El uruguayo catalán es excluido, sale de todo proyecto político en tanto emprendimiento estéticos referidos a un imaginario de Cataluña; todas las tesis pueden ser consideradas e incluso la paranoia de ser un extranjero dentro de lo mismo. Ello supuso la ruptura definitiva, Torres-García tiene 45 años y debe emprender otros caminos que fueron evocados.

La llegada a Montevideo varias décadas después tiene la apariencia ideal del regreso del hijo pródigo. Si bien es cierto que lo persigue la fatalidad (hasta desgracia se argumenta, simbolizada en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro el 8 de julio de 1978), una falta de reconocimiento en la inmediato que hizo arduo asumir la partida de Europa. Será emigrante de otra categoría y llegamos al final de la peripecia; en cuanto al regreso a Uruguay nos llevaría demasiado tiempo y creo que nadie -sin saberlo- intuyó el sentido de esa vuelta a la patria como lo hizo Constantin Cafavis en uno de sus poemas de la década 1905/1915. Se llama Ítaca, refiere el conocido regreso, es utopía del viaje y habla del necesario lento regreso a la patria para así conocer las maravillas del mundo

Sobre todo no te apresures en tu viaje.
Mejor es prolongarlo durante años;
y no amarrar en la isla que cuando llegue la vejez,
rico de aquello que tu habrás ganado en el camino,
sin esperar de Ítaca ningún otro beneficio.

Ítaca te ofreció ese bello viaje.
Sin ella tú no habrías emprendido la ruta.
Ella no tiene nada más para darte.

Y si bien ella es pobre, Ítaca no te engañó.
Sabio como tú eres, con una tal experiencia acumulada,
Tú has comprendido seguramente
Aquello que los itaquenses significan.

J. C. M.

Notas

1) Michel Faucault, “Las palabras y las cosas” (prefacio). Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 1978. 

2) Ernesto Sábato, “Hombres y engranajes / Heterodoxia” (introducción). Alianza Emecé, Buenos Aires, 1973.

3) Jorge Luis Borges, “Otras Inquisiciones”, Obras Completas. Emecé. Buenos Aires, 1974.

4) Dmitri Merejkovski, “Pascal”. Editorial Castelar, España, 1947.

5) Miguel Asin Palacios, “Huellas del Islam”. Espasa-Calpe, Madrid, 1941.

6) Romano Guardini, “Pascal o el drama de la conciencia cristiana”. Emecé, Buenos Aires, 1955.

7) Ibid. 5.

8) François Mauriac, “El pensamiento vivo de Pascal”. Losada, Buenos Aires, 1940.

9) Jorge Luis Borges, El idioma analítico de John Wilkins en “Otras inquisiciones”. Ibid. 3.

10) “En el absoluto lo que el lenguaje manifiesta, aunque no al nivel de lo óntico-ontológico, sino al de las significaciones y de la organicidad de los contextos semánticos. Pero un “absoluto” provisorio que no puede acabar de cerrarse sobre sí mismo o, si se prefiere un absoluto dialéctico, que se trasciende a sí mismo en su propia negación. Y esta negación del lenguaje en cuanto escritura lógica, en la línea de la expresividad totalizante, sería precisamente el MITO.”

Luis Cencillo. “Mito / Semántica y Realidad”. B.A.C. Madrid, 1970.

11) A. N. Whitehead, “Proceso y Realidad”. Losada, Buenos Aires, 1956.

12) En relación al monstruo existe asimismo un marcado interés desde la práctica literaria: “No es la naturaleza lo que crea los monstruos, sino más bien los sueños de la razón.” / “los monstruos son criaturas intelectuales cada vez más de acuerdo con los postulados de una ciencia imaginarias de la simulación” Severo Sarduy, “La simulación”. Monte Ávila, Caracas, 1982.

“El verdadero objeto del monstruo no es el terror que suscita con su aparición, sino el secreto de su composición interior.” F. Ferrinio, “¿Qué es verdaderamente la ciencia ficción?”. Doncel, Madrid, 1971.

13) Richard N. Coe, “¿Qué ha dicho verdaderamente Becket?”. Doncel, Madrid, 1972.

14) Se utilizó como referencia la Edición de las Obras Completas de la librería José Corti. París, 1953.

15) Umberto Eco, “La estructura ausente” / Introducción a la Semiótica. Lumen, Barcelona, 1975

16) Abraham Moles, “Teoría de los objetos”. Gustavo Gilli, Barcelona, 1975.

Prólogo a la primera edición de «Barcelona senza fine»

Carrer de la Canuda

Durante el años 1990 y algunos meses más viví una segunda estancia prolongada en Barcelona, amada ciudad que por entonces no era aun la metrópoli Olímpica del arquero con flecha de fuego y vestido de blanco, como la novia prometida al sacrificio ritual. En esa época –mientras reacomodaba la vida fragmentada de quinquenios uruguayos previos- todavía se podía beber cerveza en el Café Zurich leyendo la prensa a sol y sombra, con mesas en la vereda, renunciando a batir un record y fumar en la terraza la dosis matinal de Camel sin ser incordiado por la legislación del principio de precaución. Podía escucharse –pasada medianoche- a un transformista venezolano imitador de Mina sobre un escenario en Avenida del Paralelo, cantando en karaoké la canción de Gino Paoli que contribuye al título del libro; seguir el fraseo de Tete Montoliu tocando Body and Soul en La Cova del Drac de la calle Tuset, leer en trenes de cercanías las novelas de Manolo Vázquez Montalbán del romance de la Charo y Pepe Carvalho en esas mismas calles; sabiendo cómo hacer para llegar caminando sin prisa hasta Les Quatre Gats partiendo de Boadas en el 1 Carrer dels Tallers. 

Configuración prodigiosa de la ciudad mediterránea y que se perdió para siempre, considero una suerte haber estado allí durante esa etapa de muerte y transfiguración urbana en mi condición de extranjero. Ese sentimiento de cuenta pendiente con la vida, asunto del corazón sin resolver y apego irracional al lugar de paso, lo definió de manera delicada Gabriel García Márquez en un artículo de 1982: “De modo que llegué a Barcelona en el otoño de 1967, con toda mi familia y con el ánimo de quedarme ocho meses que me sobraban de una novela, y me quedé siete años. Más aún: de algún modo difícil de explicar, todavía no me he ido por completo, ni creo que me vaya nunca.” 

Pasé esa transición entre ciudades con puerto leyendo y estudiando los papeles teóricos de Joaquín Torres – García, escritos en cuatro lenguas si incluimos en la lista el alfabeto de los signos; construyendo una hipótesis de interpretación que me pareció novedosa sobre su obra, memorizando una ciudad de la que me había apasionado cinco años atrás, cuando llegué por primera vez a la estación de Sants. Manuel Parés i Maicas, que dirigía mi investigación en la Universitat Autónoma de Bellaterra, me aconsejó trabajar en la Biblioteca del Ateneo Barcelonés, en el Nº 6 del Carrer de la Canuda, a pocos metros de Las Ramblas y allí pasaba la mayor parte del día. Recuerdo que una tarde fui hasta la librería Tartessos que estaba casi frente al Ateneo y asistí a una lectura de Jaime Gil de Biedma; eso debió ser por el año 1985. En ese tiempo de aislamiento me acompañé con la redacción accidentada de una historia que luego quiso ser novela abstracta, de las que quedan entrampadas en carpetas desvaídas con otras bellas durmientes a la espera. El proyecto formaba parte sin saberlo de la partida enunciada por Marcel Duchamp, que leía por entonces tratando de aplicarlo al caso del pintor uruguayo: “este corte que representa la imposibilidad para el artista de expresar completamente su intención, esta diferencia entre lo que había proyectado realizar y lo que ha realizado, es el “coeficiente artístico” personal contenido en la obra. En otros términos, el “coeficiente artístico” personal es como una relación aritmética entre “lo que está inexpresado pero estaba proyectado” y “lo que está expresado inintencionalmente.” 

Cada día, partiendo de la biblioteca del Palau Sabassona colonicé espacios próximos en un radio de quinientos metros que aparecen dispersos en el libro. Con la extraña conciencia de estar dentro del círculo magnético y cuadrado mágico, figuras geométricas que me inventé con el paso de los meses para protegerme y en tanto mi personaje malogrado se hundía en la locura por procuración. Los lugares mencionados a lo largo del texto son verificables caminando la zona sin necesidad de la ficción, todos pertenecen a una suerte de guía íntima y secreta de la ciudad real, recorrido sentimental por la memoria activa: ruinas romanas de la plaza Villa de Madrid, el desaparecido Hotel de la rinconada, el jardín romántico suspendido y la biblioteca a la antigua, pasajes secretos dignos de conspiraciones anarquistas y esotéricas, el restaurante hindú que todavía sobrevive. También la cúpula de las estrellas que tanto perturbó a Paolo en su delirio y lo llevó a subrayar en su libro los versos de Montale sobre las paradojas de la historia.

A la obsesión por ese dominio especulativo que inspiraba algo inquietante o me lo pareció, le incorporé una intriga puede decirse neo detectivesca, que trata en verdad de apariencias ilusorias e historias con las pieles que nunca se terminan; le di protagonismo a personajes extranjeros porque era la gente que frecuentaba y lo era yo mismo. La trama fue avanzando en paralelo a la escritura del ensayo sobre el Universalismo Constructivo y la obra conocida de Torres García, la guardé conmigo durante todo el tiempo transcurrido puede decirse que en ocultamiento significativo. Años después, como esos espías topos que despiertan una mañana cargados con secretos de defensa para trasmitir al enemigo, el relato decidió subir a superficie, tomar forma después de los retoques, de manera insistente y replicando a recuerdos de aquellos meses catalanes. 

Una vez más, gracias al amigo editor Oscar Brando el manuscrito –que admite dos autores con idénticas huellas dactilares- se transfiguró en libro montevideano. La explicación literaria del episodio me resulta confusa, es como si la memoria quisiera hacerse intriga de manera urgente y porque el olvido inició su tarea de demolición. Supongo que algo mío quedó rezagado en aquel deambular cotidiano teniendo por eje narrativo la calle de la Canuda, algo del que soy y escribe depende de ese paisaje noucentista que me consolaba en el año noventa a la deriva. 

Es hora de darme una vuelta por allá para cotejar la falla irremediable entre los cambios y lo que permanece, aceptar que las circunstancias pasadas están destinadas a lo irrepetible y mucho de lo evocado se perdió en el olvido. Entender razones de la persistencia, confirmar que el mundo sigue siendo apariencia y conduce a la muerte, excepto los prodigiosos cuadros constructivos de Joaquín Torres García, ciertas telas tocadas por un rojo salado de Cadaqués y la Gracia inexplicable, que cruzo muy de vez en cuando en museos imaginarios y pinacotecas de lo posible.J.C.M.

El arte de comparar (bello como las rodillas de Isidoro Ducasse)

Junio 2022 

I) A manera de prólogo. / II) Señores, hagan juego.

Durante algunos meses dudé si este trabajo sería pertinente a La Coquette y quizá lo mejor hubiera sido incorporarlo tal cual estaba editado en la categoría de ensayos. Presenta una seria de rasgos que me llevaron a otra solución; por tanto, ahora ingresa en el Astillero, la sección destinada a proyectos en proceso. Lo hago con la conciencia de la misma operación que puede tener tres nombres: un trabajo de restauración como se hace sobre los objetos de otro siglo, una tarea de remasterización para limpiar escorias y recobrar la música original, un ajuste de reescritura -manteniendo la armazón original- retocando los descuidos de debutante.

La historia ocurrió allá por el año 1985 del siglo pasado y casi cuarenta años atrás, cuando la Alianza Francesa del Uruguay llamó a un concurso de ensayo bajo la denominación de Premio Jules Supervielle. Sin obra de ficción publicada salvo algunos episodios muy esporádicos, había organizado mi vida laboral en la publicidad lejos de las aulas; aun así, retuve el eco del llamado y subrayé las bases. Tampoco fue un entusiasmo expeditivo, estaba como los boxeadores retirados, después de tanto tiempo sin dar clases quería mesurar la extensión de la herrumbre reflexiva literaria, probar si todavía tenía la mano apta para escribir más de cinco páginas; creo recordar que fue una tarea de varios meses. Los primeros dos capítulos subidos este mes al sitio ordenan el marco conceptual y cronológico del ensayo resultante; el segundo, con apelación de ruleta, quiso ser un acercamiento de aficionado a ciertas reflexiones de Pascal próximas al taller del escritor. Las condiciones de producción fueron complicadas, el marco institucional era motivante y raro considerando que fueron los primeros movimientos sociales para ir saliendo del paréntesis militar. Había también mi respeto intelectual por la integración del jurado: Jorge Arbeleche, José Pedro Díaz, Roger Mirza, Ricardo Pallares y Candice Soci, que era el director de la alianza Francesa. Curiosamente, el premio era la edición y un viaje a Paris, las posibilidades de contactar allá con el mundo universitario. El viaje lo emprendí meses después, el libro se editó en 1986 en el sello Mario Zanocchi y es pieza rara agotada, más bien inexistente. El volumen incluía el valioso ensayo del otro premio: “El vampirismo en las disociaciones del yo de Maldoror”, de las profesoras María Élida Rodés de Clérico y Beatris Colaroff de Fabini.

Allí propuse una suerte de diálogo entre el pensamiento de Pascal y las comparaciones relativas a lo bello de Isidore Ducasse en sus famosos Cantos. Más que una tesis con intenciones de arbitraje, era un cruce informal entre dos concepciones del lenguaje, naturalezas y temples alejados en principio que se enfrentaban a los absolutos. Había llegado a Pascal por la literatura; si Borges lo citaba era referencia a tener en cuenta, y en la Biblioteca Nacional había bibliografía vintage con autores quizá ahora olvidados como Guardini, Asín Palacios, Whitehead, François Mauriac. Destacaría en prioridad afectiva la influencia de Ernesto Sábato en la adolescencia, sobre todo la curiosidad satisfecha, el interés contagioso que despertaron títulos como “Uno y el universo”, “Hombres y engranajes” y “Heterodoxia”. La marca distintiva del autor de “Sobre héroes y tumbas”. era la interacción de una epistemología científica con la literatura, fronteras que sigo frecuentando a pesar del vallado creciente que imponen las ciencias duras a la poética.

De Pascal buscada ese encuentro fortuito entre ruleta, máquina de calcular y Dios, que se cierta manera fue precursor de los objetos heteróclitos de Ducasse, del urinario de Duchamp. Una cita de “Las palabras y las cosas” de Michel Foucault espejando las Meninas de Velázquez y un cuento de Borges fueron la palanca. Luego estaba Isidore Ducasse, del cual hablaré con más detenimiento en próximas entregas; igual puedo adelantar dos principios. Observé que a lo largo de los Cantos había varias definiciones de lo bello; me dije que era más sistema premeditado que coincidencia, procedí a organizar un campo delimitado que se volvió corpus incitador de interrogantes especulativas. Lo segundo era una evidencia arbitraria para uso particular considerando lo que vendría. La literatura Oriental comienza con la gauchesca, la literatura uruguaya se inicia también en otra lengua con el caso Isidore Ducasse, con un autor que murió joven como los héroes homéricos, con un libro alternando entre escritura infernal y poética sagrada. La modernidad occidental de la escuela alquímica francesa, tenía una referencia sin retrato en el bajo de Montevideo; que uno de los hijos del limo haya chapaleado en la Guerra Grande, era razón suficiente para armar un proyecto de reflexión y ficción. Heterodoxia y diferencia, centro y marginalidad: llamadme Isidore, llamadme Conde de Lautréamont, llamadme Maldoror.

Julio 2022

III) Las torres de Babel.

En la versión original del siglo pasado, este capítulo se titulaba “Cuando hablamos lenguajes diferentes”; por entonces yo partía de una constancia relativa al valor de Ducasse, quería entender el origen de su insularidad, ponerme al tanto desde el interior de la escritura y comprender la cacofonía del mundo a la cual se confrontó, incluso desde su más tierna infancia: la lengua de la casa materna cotejada a la gritería de la patria en armas. En los años trascurridos evité cambiar el texto salvo correcciones evidentes a una redacción aproximativa; lo que mutó es entender lo buscado en la obra del montevideano, aquello en diagonal que diera pistar para acceder a lo otro que también buscaba Felisberto Hernández.

Primero fue la mitología del personaje, los huecos de documentación, el silencio de mausoleo social ante la publicación, el misterio iconográfico, su muerte tan callando, el rescate de los surrealistas belgas y luego una indagación en la escritura; asumí la incidencia de su estrategia suicida afectando el conjunto de la literatura en tanto creación, sobre el discurso crítico sacudiendo paradigmas. Comprendía el sitial de su osadía en la poesía de la modernidad y había pendiente una aporía contagiosa: asumir que ello sucedió en el dominio de la lengua francesa (conocemos el famoso tríptico LSD que parece drogar nuestro sentido de pertenencia) y por alguien nacido en Montevideo, donde se redacatba el ensayo. La segunda parte del enunciado estaba adquirida, así que debía hacer un camino improvisado para tantear la primera y comencé por el estudio de una metáfora en LcdM. Con la gramática francesa los primeros contactos en secundaria fueron adversos; por suerte, había por ahí en los primeros amoríos las canciones de Charles Aznavour, la escena fundadora de “Un hombre y una mujer” -Deauville, Anouk Aimée, Jean-Louis Trintignant, la inolvidable banda audio- y los cursos de José Pedro Diaz. Lejos estaba de acceder a la historia integral de la literatura francesa, pero el siglo XIX lo tenía a mano. Benjamin escribió que fue el siglo que tuvo a París como su capital; pertenecía a mi horizonte de identidad social, familiar y entrañaba el auge de la narrativa. Era centuria de la invención del Uruguay, donde nacieron los cuatro abuelos que conocí y de Eugène de Rastignac, Julien Sorel, Emma Bovary, Joseph Balsamo y Adrian Leverkühn. Cuando leía sus aventuras traducidas, nunca supuse que daría clases en la universidad Stendhal o traduciría de mayor a Guillermo Apollinaire. El XIX era sobre todo Ducasse, de ahí la curiosidad por el lenguaje del siglo; al comienzo del capítulo enumero varios títulos de la escritura francesa, pude haber sumado “Las memorias de ultratumba” de René de Chateaubriand. La revelación fue la clave del lenguaje dando acceso a la lingüística y otros asuntos: uno y el universo, tesis para transformar el mundo, pensamientos, el descenso a las pesadillas, expresiones del deseo, correspondencias de amor, de locura y de muerte. Ducasse estaba en ese entramado a lo que sumaba la poesía y Los cantos de Maldoror de refractaria caracterización. Con los años entendí que acercarse a Ducasse era una maniobra para abrir un túnel a la creación, que tan grande era el extravío y el lenguaje la llave maestra, dando acceso a otros imaginarios que están sin colonizar como los mares de Solaris.

Ello me asignaba a operar hacia los márgenes del sistema y sentía el atractivo de sujetarse al comentario redundante del mundo, obviando la duda movediza: ¿la escritura dando cuenta notarial de la realidad o instrumento para explorar los posibles? Quizá de ahí la reticencia ante la tarea periodística; vivía desde las primeras lecturas un laberinto de dioses griegos, espectros dinamarqueses, complot en Inglaterra, gigantes que no son tales: la ficción forma parte de la realidad, el escritor debe leer hasta los papeles tirados por la calle y ser el último en pasar por el mercado. En esa peregrinación de bifurcación acelerada, debí hacer un duelo y activar una recuperación. El duelo fue capitular ante el desarrollo de las ciencias duras, nociones como reacción en cadena, geometrías no euclidianas, principio de incertidumbre de Heisenberg, el muro de Planck, bosón de Higgs para explicar el universo… era como si sólo pudiera participar en la ilusión estética policromática del conjunto de fractales de Mandelbrot, sin entender las ecuaciones demostrativas de los modelos matemáticos. El rescate fue alternar lo visible y lo invisible, entendiendo por visible los avances de la lingüística, dialéctica hegeliana, materialismo histórico marxista induciendo un mecanismo lógico en el caos de las sociedades. Lo invisible era las potencias ocultas manifestadas en la locura, tradición esotérica, espectáculo del momento mágico y tahúres que continúan hablando con los muertos. Ducasse fue como esas estrellas del rock que muere jóvenes, pagó un precio excesivo y dejó pistas indicando que la potencia de las ficciones está lejos o cerca. Sobre una mesa de disección, el otro lado del espejo, en los cráteres donde otras civilizaciones venidas de las estrellas, enterraron monolitos negros que intrigaron a nuestros ancestros los primates. De ahí el cambio del título al capítulo, intentar una traducción simultánea social totalizante del ruido del mundo, sería una broma mefistofélica; el afán a comenzar de cero sus propias torres de Babel, en cambio, es algo luminoso que acaso se advierte al final del camino.

Octubre 2022

IV) El precio de un libro.

El trabajo llega al momento de la orfandad sin padres adoptivos, cuando los soportes exógenes deben dejarse de lado; hay en los capítulos preparatorios un paulatino acomodo sobre las conexiones, inyectada información biográfica lacónica hasta con polémica de retrato, los entornos históricos respectivos del río de la Plata y de Francia son vampirizados, los años de formación en el sur y los últimos meses en París teje como araña esta extraordinaria aventura, incluyendo peripecias editoriales desdeñosas que infectan la leyenda urbana del libro. También asoman el trabajo de referencias e intertextualidad, si se quiere la estructuración de la obra y el avance folletinesco de las escenas -nada sencillo de organizar, por otra parte- con varias lecturas y el auxilio de la abundante bibliografía para poder avanzar a tientas armando el ensayo. En ese ir y venir llega el momento a veces postergado, cuando el todo del texto se derrama e interroga tras una definición sucinta: ¿qué es la masa indefinida captado por el radar del submarino, el amorfo objeto celeste avanzando hacia la Tierra que observan los potentes telescopios, la figura embozada amenazante que viene a nuestro encuentro en la madrugada portuaria desde la otra cabeza del puente?

Creo que tampoco llegué a entenderlo en su desmesura, por ello lo continuaré trabajando algunos años más y desde ahora en el encierro voluntario del texto, dejando de lado el juego de cotejos, comparaciones y fuentes; quizá para entender mejor, en una primera aproximación juvenil, me resguardé hace décadas en las comparaciones, que me llamaron la atención como una argucia que por su redundancia debería significar algo dentro del sistema, necesitando puntos de  apoyo para tentar rearmar el proyecto. La presencia de Pascual se me impuso, puede que forzada como cursor racional procurando razonar el desquicio Maldoror; ayudó en la ronda al texto mutante durante los primeros capítulos, si bien en dicha protección mi muro de Planck son los saberes inexistentes de la matemática superior. Lo mismo se puede recurrir al autor de los “Pensamientos” desde la cuádruple tradición más accesible: la reflexión filosófica en una historia de manual, el avance sucedáneo de la ciencia occidental partiendo del renacimiento, la lengua francesa en máquina privilegiada del discurso para explicar la Creación, el mandado de confrontarse en la parroquia cristiana a la problemática de Dios. Ante tanta actividad cerebral, el argumento llamativo de la apuesta que avanza Pascal lo humaniza, si hasta parece un precursor de Ducasse en eso del envite a las experiencias límite. En la mesa de la ruleta donde Pascal tira las últimas fichas de la Fe, en un orden superior jugando al color de la apuesta y ante la apatía de sus contemporáneos, es donde el fullero Isidore Ducasse sale de la ruleta matemática y comienza a observar la realidad del Casino pasados las dos de la madrugada. Cambia la mesa de juego por una ensangrentada de disección, la ruleta circular del 0 al 36 por un paraguas y la tabla de los números del azar por una máquina de coser. En esa transfiguración de los objetos se verifica la ruptura radical redimiendo la parábola del ángel caído, la vuelta del extranjero desde los países en guerra, la hora del vampiro, el mandato de los crímenes que ofenden el plan original, el olor a felonía que todo lo gana desde la adolescencia de la humanidad. Ducasse es el cometa oscuro amenazante desprendido de la constelación de la Cruz del Sur; la literatura francesa desconoce de donde proviene ese muchacho tenebroso, lo desprecia por ignorancia, desdeña su misión suicida de dinamitar los puentes de París, descubrir la ciudad siniestra cuando se apagan los faroles enciclopédicos de las luces, elogia la sífilis y la menstruación de hipócritas espíritus románticos, hace del Emilio educándose en la naturaleza pedófilo en potencia, milita repatriar los vampiros de los Cárpatos, rompe los bollones de vidrio de los museos de Historia Natural donde se preservan embriones deformes, incentiva al científico paranoico que intente transfiguraciones con bisturíes descontrolados. El resultado es un libro maldito que sigue fascinante, escrito de un tirón por un muerto viviente durante el trip salvaje de una droga sudamericana de nombre rioplatense. A la anarquía que busca atentar contra el poder, el montevideano prefiere gozando de los detalles los crímenes gratuitos; la soledad nocturna. Morir como un perro tirado en la fosa común es el precio a pagar, el único pacto que firma es para mendigar tiempo suficiente para ponerle punto final a su proyecto, para que las generaciones futuras recuerden que el monstruo fue parido en las murallas asediadas de La Coquette.

Febrero 2923

V) La estética del Infierno.

Fue arduo pasar por el capítulo anterior donde debía darse la lectura de la obra en general, sus señas de identidad y más confrontado a un texto en movimiento: la máquina de coser funciona a toda velocidad, el paraguas canta baila bajo la lluvia y están operando un tiburón sobre la mesa de disección… hasta podría decirse que pasamos la zona de turbulencia, el ojo del huracán y hacia el final retomados los hilos electrificados de la trama, unos pocos destellos dorados recordando lo acotado del proyecto sobre las comparaciones, y dentro de ese corpus de aquellas que insisten en lo bello. Así procedimos a la detección, el listado siguiendo la aparición ordenada en el texto y luego una segmentación grupal, mediante ese procedimiento el crítico hasta puede dar al lector la impresión de que recupera el dominio de los materiales. Elegir el tema fue una medida de protección; con otros tiempos disponibles, se podrían seguir las trazas de miembros corporales trozados por cuchillos de obsidiana como en una morgue azteca, el catálogo de una sexualidad excomulgada por el papado, el zoológico maldito de animales quiméricos que incluye a los fantásticos, una poética no euclidiana de los espacios aberrantes. El libro es magma manuscrito que arrastra, las musas parecían estar inyectados de heroína, la redacción desprecia el punto y aparte, se dinamitan represas endebles el papel entre oralidad y escrituras, el desfile ininterrumpido de personajes magnetiza el colectivo de lectores para arrastrarlo en una parada carnavalesca esperpéntica.

Elegir lo bello para este ensayo que concursaba, haber detectado dicha noción estética como preocupación técnico retórica de Isidore Ducasse, tiene algo de broma macabra; utilizando la comparación clásica como el epíteto o la metáfora, el conde de Lautréamont salta al vacío de un principio filosófico estético respetuoso a un gabinete de curiosas excentricidades, al catálogo radioactivo de una imaginación obsesiva. El joven escritor se confronta a lo bello con la misma brutalidad cruel que a Dios, la condición humana despreciable o la literatura contemporánea; a su capricho quiere ser visionario desarreglando los sentidos, de ahí su empresa prometeica de inventar géneros por generación espontánea. Sabe que las puertas del paraíso están más allá de los cantos infernales, en esa mutación la ambición es desmesurada y sólo admite transitar -como lo hizo- por el camino de lo inexistente. Lo hace en cada estación de su peregrinaje; si bien alguna pudo haberse escapado de nuestra pesquisa, pudimos retener dieciséis comparaciones dispuesta de manera curiosa. Leímos una solitaria en el Canto I y las restantes se distribuyen en los dos últimos cantos; lo bello se fija, diferencia, convirtiéndose en centro celada del espacio, sustentando la persistencia posterior a la muerte. Con lo bello -y lo mismo sucede con otras nociones- sabemos que LcdM explora otro territorio retórico poético como el infierno dantesco, donde pierden vigencia las leyes que rigen la vida terrestre para entre en otra legalidad, como sólo conocerán los viajeros que se atrevan. Es una fortaleza cerrada como partida de ajedrez en un tablero aberrante, partitura en el pentagrama sin horizontalidad parecida al Lamento del Doktor Faustus de Adrián Leverkün, un juego conectado por electrodos suicida o sistema informático autosuficiente. El pacto de lectura es diabólico, sólo se negocia en su interior resultando un texto de experiencia espiritual para almas extraviadas sin redención, más que un argumento literario para explicar en clase.

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