Prólogo a la primera edición de “Barcelona senza fine”

Carrer de la Canuda

Durante el años 1990 y algunos meses más viví una segunda estancia prolongada en Barcelona, amada ciudad que por entonces no era aun la metrópoli Olímpica del arquero con flecha de fuego y vestido de blanco, como la novia prometida al sacrificio ritual. En esa época –mientras reacomodaba la vida fragmentada de quinquenios uruguayos previos- todavía se podía beber cerveza en el Café Zurich leyendo la prensa a sol y sombra, con mesas en la vereda, renunciando a batir un record y fumar en la terraza la dosis matinal de Camel sin ser incordiado por la legislación del principio de precaución. Podía escucharse –pasada medianoche- a un transformista venezolano imitador de Mina sobre un escenario en Avenida del Paralelo, cantando en karaoké la canción de Gino Paoli que contribuye al título del libro; seguir el fraseo de Tete Montoliu tocando Body and Soul en La Cova del Drac de la calle Tuset, leer en trenes de cercanías las novelas de Manolo Vázquez Montalbán del romance de la Charo y Pepe Carvalho en esas mismas calles; sabiendo cómo hacer para llegar caminando sin prisa hasta Les Quatre Gats partiendo de Boadas en el 1 Carrer dels Tallers. 

Configuración prodigiosa de la ciudad mediterránea y que se perdió para siempre, considero una suerte haber estado allí durante esa etapa de muerte y transfiguración urbana en mi condición de extranjero. Ese sentimiento de cuenta pendiente con la vida, asunto del corazón sin resolver y apego irracional al lugar de paso, lo definió de manera delicada Gabriel García Márquez en un artículo de 1982: “De modo que llegué a Barcelona en el otoño de 1967, con toda mi familia y con el ánimo de quedarme ocho meses que me sobraban de una novela, y me quedé siete años. Más aún: de algún modo difícil de explicar, todavía no me he ido por completo, ni creo que me vaya nunca.” 

Pasé esa transición entre ciudades con puerto leyendo y estudiando los papeles teóricos de Joaquín Torres – García, escritos en cuatro lenguas si incluimos en la lista el alfabeto de los signos; construyendo una hipótesis de interpretación que me pareció novedosa sobre su obra, memorizando una ciudad de la que me había apasionado cinco años atrás, cuando llegué por primera vez a la estación de Sants. Manuel Parés i Maicas, que dirigía mi investigación en la Universitat Autónoma de Bellaterra, me aconsejó trabajar en la Biblioteca del Ateneo Barcelonés, en el Nº 6 del Carrer de la Canuda, a pocos metros de Las Ramblas y allí pasaba la mayor parte del día. Recuerdo que una tarde fui hasta la librería Tartessos que estaba casi frente al Ateneo y asistí a una lectura de Jaime Gil de Biedma; eso debió ser por el año 1985. En ese tiempo de aislamiento me acompañé con la redacción accidentada de una historia que luego quiso ser novela abstracta, de las que quedan entrampadas en carpetas desvaídas con otras bellas durmientes a la espera. El proyecto formaba parte sin saberlo de la partida enunciada por Marcel Duchamp, que leía por entonces tratando de aplicarlo al caso del pintor uruguayo: “este corte que representa la imposibilidad para el artista de expresar completamente su intención, esta diferencia entre lo que había proyectado realizar y lo que ha realizado, es el “coeficiente artístico” personal contenido en la obra. En otros términos, el “coeficiente artístico” personal es como una relación aritmética entre “lo que está inexpresado pero estaba proyectado” y “lo que está expresado inintencionalmente.” 

Cada día, partiendo de la biblioteca del Palau Sabassona colonicé espacios próximos en un radio de quinientos metros que aparecen dispersos en el libro. Con la extraña conciencia de estar dentro del círculo magnético y cuadrado mágico, figuras geométricas que me inventé con el paso de los meses para protegerme y en tanto mi personaje malogrado se hundía en la locura por procuración. Los lugares mencionados a lo largo del texto son verificables caminando la zona sin necesidad de la ficción, todos pertenecen a una suerte de guía íntima y secreta de la ciudad real, recorrido sentimental por la memoria activa: ruinas romanas de la plaza Villa de Madrid, el desaparecido Hotel de la rinconada, el jardín romántico suspendido y la biblioteca a la antigua, pasajes secretos dignos de conspiraciones anarquistas y esotéricas, el restaurante hindú que todavía sobrevive. También la cúpula de las estrellas que tanto perturbó a Paolo en su delirio y lo llevó a subrayar en su libro los versos de Montale sobre las paradojas de la historia.

A la obsesión por ese dominio especulativo que inspiraba algo inquietante o me lo pareció, le incorporé una intriga puede decirse neo detectivesca, que trata en verdad de apariencias ilusorias e historias con las pieles que nunca se terminan; le di protagonismo a personajes extranjeros porque era la gente que frecuentaba y lo era yo mismo. La trama fue avanzando en paralelo a la escritura del ensayo sobre el Universalismo Constructivo y la obra conocida de Torres García, la guardé conmigo durante todo el tiempo transcurrido puede decirse que en ocultamiento significativo. Años después, como esos espías topos que despiertan una mañana cargados con secretos de defensa para trasmitir al enemigo, el relato decidió subir a superficie, tomar forma después de los retoques, de manera insistente y replicando a recuerdos de aquellos meses catalanes. 

Una vez más, gracias al amigo editor Oscar Brando el manuscrito –que admite dos autores con idénticas huellas dactilares- se transfiguró en libro montevideano. La explicación literaria del episodio me resulta confusa, es como si la memoria quisiera hacerse intriga de manera urgente y porque el olvido inició su tarea de demolición. Supongo que algo mío quedó rezagado en aquel deambular cotidiano teniendo por eje narrativo la calle de la Canuda, algo del que soy y escribe depende de ese paisaje noucentista que me consolaba en el año noventa a la deriva. 

Es hora de darme una vuelta por allá para cotejar la falla irremediable entre los cambios y lo que permanece, aceptar que las circunstancias pasadas están destinadas a lo irrepetible y mucho de lo evocado se perdió en el olvido. Entender razones de la persistencia, confirmar que el mundo sigue siendo apariencia y conduce a la muerte, excepto los prodigiosos cuadros constructivos de Joaquín Torres García, ciertas telas tocadas por un rojo salado de Cadaqués y la Gracia inexplicable, que cruzo muy de vez en cuando en museos imaginarios y pinacotecas de lo posible.J.C.M.