El “Shinano” a pique / El cometa Arolas / Place de la Contrescarpe (1924)

En general se concede en la teoría literaria y la poética enunciada de los narradores -Quiroga, Cortázar- que un cuento es una entidad de relato autosuficiente, si bien pueden tenderse puentes de complicidad (temática, épocas, tonalidad) que alcanzan una supra unidad distintiva, como ocurre con el “Decameron”, “El llano en llamas” y las “Vidas imaginarias” de Marcel Schwob. A ese principio nos sometimos en los primeros meses dentro del Club de los Narradores y cada vez fuimos restaurando relatos de épocas diferente. Sucede que en setiembre 2020, nos vimos confrontados a la insigne excepción que confirma la regla. Los cuentos retenidos para este mes funcionan -el azar y la necesidad- en sistema de sinergia de mutua dependencia y son tres. Podríamos mentar una trinidad o trilogía, evocar la figura litúrgica del icono a la manera de Andreï Roublev articulado en tres momentos, un biombo chino de mago y la creación de una nueva molécula de laboratorio a partir de tres átomos diferentes de la tabla periódica. La hojas de la entrada quedarían abiertas para la apología de la iniciativa, pero en el origen del tríptico fue una única puerta de emergencia para la ecuación episódica que se presentaba sin salida.

   En el propósito primero se trataba de reciclar y actualizar un cuento publicado en los años 80 del siglo pasado. Se titulaba “Comme il faut” y se halla en la primera versión del proyecto original “Nunca conocimos Praga” de 1986. La historia es simple de resumir: hacia fines del siglo XX el narrador protagonista, ante el ruido desagradable y creciente del mundo, halla su escondida senda en la escucha de los tangos de la guardia vieja, los orígenes de esa música urbana rioplatense en concordancia con las jazz banda de Nueva Orleans. Dentro de ese repertorio de personajes pintorescos, orquestas típicas, grabaciones arcaicas y el talento propio de toda invención viniendo de la nada, es tocado por la figura de Eduardo Arolas partiendo de alguno de sus tangos. Sobre todo por una versión de “La cachila” de Troilo y Grela: ellos tocaban en escena ese tango -que luego grabaron en diciembre de 1867- en el musical de Catulo Castillo El patio de la morocha hacia 1953, donde Troilo era Eduardo Arolas… El interés muta en obsesión, la obsesión se alimenta de información dispersa y de ahí es fácil alcanzar el nudo de misterio que tiene toda vida. En Arolas lo gordiano estaba al final y con la muerte casi por procuración: París 1924 y un final inacabado por ser finales plurales y antagónicos; los restos y el misterio fueron repatriados a Buenos Aires treinta años después.

   Ante esos casos de incertidumbre sólo hay dos maneras de resolverlos: en la realidad inventando documentos inexistentes, fotos con un Isidore Ducasse conjetural o burdas falsificaciones a lo Enrique Delfino y en literatura activa, proponiendo viajar en el tiempo. Ahí se activan las famosas dos historias que cuenta todo cuento; fue lo que hizo en 2011 Woody Allen en Midnigh in Paris, donde Adrien Bredy era Dali y Yves Hek el mago Cole Porter. Debía haber una falla de estrategia en el plan original y la resolución catártica en alguna parte; por más que intentaba una nueva versión para el Cabaret La Coquette había en cada movimiento algo de insatisfacción y torpeza buscando hacer verosímil esa articulación insalvable. Si la unidad se resistía había que abrir de urgencia el laboratorio de accidentes narrativos y bombardear la molécula que se resiste. Fue lo que hice, agregué un elemento nuevo para tantear pistas y se fusionó otra molécula con características novedosas: la unidad original se desplazaba a la nostalgia comparativa y había un rosario de episodios arbitrarios o no tanto que llevan de Su Bar al mediodía al hospital Bichat. Quizá lo mejor del cuento -de los cuentos debería decir- no era tanto la danza de las dos historias sino el movimiento de la transfiguración, y para qué conformarse con dos historias cuando podría haber una tercera.

  Para trasladar al personaje en el tiempo necesitaba la compañera de un espectro y por ello fui a mi más allá a pedir la ayuda de Hugo García Robles. Lo que de Hugo recuerdo al inicio es apenas una sombra de su real dimensión, pero siempre sentí que tenía algo de poético y personaje de picaresca intelectual. Muchas cosas podrían decirse de él, algunas ligeras rondan en el cuento; quizá destacaría la música clásica cuando las condiciones personales e históricas resultan hostiles. El resto es sencillo; el almuerzo con la pascualina existió y Oscar Brando fue testigo directo, tengo en el fichero de la computadora el relato sobre el “Shinano” e intenté hacerlo publicar en Montevideo, lo que resultó la mueca de otro fracaso anunciado. Hugo era el barquero baqueano que podía sortear el relato entre las islas del tango, los afluentes de la poesía y la neblina de los años 20 del siglo pasado cuando una voce poco fa. De Arolas no halle mucha cosa nueva, acaso el acápite tan emotivo de Julián Centella y la noticia -espero que sea cierta- que en Montevideo se tocó por primera vez “La cachila”, la misma ciudad donde Pascual Contursi escribió la letra de “Mi noche triste”. Después la acción se traslada a 1924 por razones deportivas, personales y necrológicas que el lector irá descubriendo; para entender las locaciones del desenlace, basta recordar una novela extraviada y recuperada por el propio Hemingway sobre aquellos años veinte, cuando la ciudad era una fiesta: i love Paris every moment… ¿Es Ella Fitzgerald quien canta esa canción de 1953…?

Montevideo sin Oriana

Hace apenas veinte años del episodio y parecen escenas ensayadas durante una desviación de la historia, en otra vida, los famosos abriles que nunca volverán del tango. El único punto de referencia verosímil sería la persona del autor responsable, que se desplazó en el tiempo y espacio, distanciándose del origen mientras se acerca a la disolución. La más tentadora membrana siguen siendo la muerte y faltan varios de los protagonistas del misterio Oriana, comenzando por Alberto Oreggioni el querido editor de la novela. Es un consuelo magro escuchar la canción de Léo Ferré sobre el tiempo que pasa; recuerdo que entre reacomodos complicados, idas y venidas, agregados y substraciones vacilantes al anunciado fin de la historia, la psicosis colectiva se centraba en el cruce del milenio, siendo pocos los testigos presenciales del portento entre tantas generaciones de uruguayos. Época propicia para complots de todo tipo entre informática cósmica y satanismo numerológico, embusteras hipótesis de desarreglo mecánico, crédulas integraciones a la mascarada occidental urbi et orbi, sin desatender alertas a lo Patmos señalando el final del mundo por el fuego y otros cataclismos panteístas. Claro que después sobrevivimos mal que bien al sonido y la furia, el milagro proliferante quedó así reducido al cambio de almanaque con gatitos y paisajes de Cabo Polonio. 

La novela da cuenta como telón de fondo de ese interregno removedor en la ciudad de Montevideo, desde la subjetividad del protagonista publicitario free lance y desencantado de la vida amorosa; venía como anillo al dedo por haber yo mismo vivido la temporada criolla de Man Men durante una década, cuando se cruzaban el mismo día en las conversaciones Jerry Della Femina, Allen Ginsberg y José German Araújo, muerto tan joven. El punto de apoyo fue la mujer en la literatura uruguaya en su vertiente poética, con fuerza y protagonismo capaces de crear una mitología; la misma que en el cine podían tener Greta Garbo, Betty Davis o Marlene Dietrich. Ello venía de lejos, yo tenía presente las escenas fundadores al comienzo del siglo XX de Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira, también Juana de Ibarbourou más entrado el siglo y fallecida en 1979. Con las más recientes compartí campo magnético y los once años diferentes del país: escuché a Idea Vilariño en el Palacio Salvo, charlé con Amanda Berenguer y José Pedro Díaz en sábados de copetín en la calle Mangaripe de Punta Gorda, entreví los misterios de Marosa di Gorgio incorporada luego como invitada en una novela posterior y me alegró el Premio Cervantes de Ida Vitale, que avalaba mi temprana intuición del perfume de mujer en la poesía de mi lengua materna.

Pude haber tentado un estudio biográfico y analítico de alguna entre ellas, pero es difícil decidir entre las diosas y una vez realizado el pasaje al acto, las consecuencias suelen ser terribles en la Nueva Troya como Dumas llamaba Montevideo; hice entonces lo único posible para un  narrador ante ese dilema: inventar una vidente modesta que se sume al cortejo. Se llama Oriana por Proust y Amadís en Londres, el apellido Servetto es para tener presente a mis primos Socorro, Gerardo y Diego que tienen nombres de poeta. En aporte de ficción, me permití una licencia en localizaciones e instalé en la Biblioteca Nacional las Puertas del Paraíso, en copia fidedigna del original florentino de Lorenzo Ghiberti. El argumento es otra eterna cuestión literaria, el movimiento perpetuo entre creación y obsolescencia, popularidad y purgatorio, noche transfigurada, memoria y deseo. La necesidad de pasantes, lectores providenciales que acomodan cada tanto los estantes de la biblioteca; algunas veces por propia iniciativa, voluntad y militancia literaria, otras porque sin saberlo obedecen mandatos de espectros. Los mismos que nos observan ahora mismo agitarnos desde las playas verticales del tercer reino.  

Ángeles sobre Ecuador

(apuntes sobre la prosa de Jorge Enrique Adoum)

La participación en coloquios y seminarios forma parte de las tareas del docente universitario francés, son ocasiones de profundizar en las respectivas áreas de especialización; consolida la presencia en el circuito de colegas activos, los docentes novatos toman la alternativa en esas lidas y para los más calculadores, es la oportunidad de organizar la trama oculta de influencias y promoción partiendo de las cátedras disputadas. Suelen ser momentos estimulantes de intercambio social saliendo de anfiteatros y correcciones, la ocasión de conocer profesores extranjeros, algunas ciudades que de lo contrario uno jamás visitaría. Cuando me apliqué algunas veces a ese ejercicio, traté de mantenerme en uno de esos protocolos que era el trato asiduo con la literatura rioplatense; en todo caso, porque acompañaba en las lecturas analíticas la zona creativa personal, siendo la mejor manera de permanecer en contacto con algunos centros de investigación que andaban en lo mismo.

En el año 2007 fui invitado al coloquio homenaje a Jorge Enrique Adoum en Boulogne-sur-Mer; acepté feliz por circunstancias que en mi suponían salir de la zona de confort epistemológica y por varias razones. Había cruzado al poeta ecuatoriano Ramiro Oviedo -el organizador de las jornadas- en comités selectivos para cargos en la universidad, asistí a la presentación/lectura de alguno de sus poemarios, me placía su tenacidad entrañable por defender la cultura de su país y a los autores ecuatorianos. Yo había dirigido en Grenoble una memoria -la estudiante del master venía con ese texto decidido de un largo viaje revelador a Ecuador- sobre “Porqué se fueron las garzas” del ecuatoriano Gustavo Alfredo Jácome. Jorge Enrique Adoum (1926-2009) era muy amigo de Jorge Musto, de cuando el ecuatoriano trabajó en la Unesco en París y entonces -si bien lo crucé pocas veces- sabía bastante sobre el personaje; el autor celebrado estaría presente en el evento, lo que es inusitado en esas situaciones y nos permitió pasar tres días de contento. Adoum tenía un reconocimiento más extendido como poeta -hacia allí se orientaban la mayoría de las ponencia del coloquio- y había publicado en 1976 (el año de Taxi Driver y la muerte de Lezama Lima) la bien experimental novela “Entre Marx y una mujer desnuda”. Opté por la de 1995 “Ciudad sin ángel”, quizá porque tengo el ejemplar dedicado y la leí con gran interés, atraído por la variedad de estrategias narrativas. Entre tantas actividades sociales, infinitas secuelas periodísticas sobre el boom y nacionalidades reiteradas, estar en el área ecuatoriana me agradaba por la empatía hacia los países pequeños; además -somo sucedió- podría conocer la casa del exilio del general San Martín, donde pasó los últimos años de su vida luego del encuentro con Bolívar en Guayaquil el 26 de julio de 1822.

Observaba en la silueta de Adoum acaso una visión espejada y al norte de lo ocurrido con nuestro Onetti; figuras satelitales del llamado boom de la novela latinoamericana que canonizó un puñadito de nombres, en algunos casos hasta la exageración ambigua. Luego de los escapados venía un pelotón de persecución, con reconocimiento trabajoso en las patrias respectivas y acceso a otras gratitudes acotadas, circunstanciales o efímeras. Visitas puntuales a universidades norteamericanas, alguna novela llevada al cine, suceso temporal a través de agentes y sellos editoriales en la España postfranquista, el juego casual de las traducciones -Francia, Italia y Alemania de preferencia- e incursiones en la universidad francesa (es la que vi y conozco) mediante tesis, mesas redondas y presencia de títulos en concursos de acceso a la enseñanza. Había en esa ronda subsidiaria tres vertientes visibles a grandes rasgos; una primera de sorpresa y eficacia narrativa con recetas acentuadas de lo real maravilloso o realismo mágico, redundante hasta la fatiga, una segunda testimonial fusionando con llaneza obra y destino del autor. Luego, proyectos marginales híbridos, dialéctico o callejones narrativos en aporía queriendo conectar testimonio y anhelo estético. En la novela de Adoum me interesó la fricción combativa dentro del texto, un cruce vertiginoso de pulsiones alternando erotismo y muerte, tortura y goce, Historia y biografía efímera de vidas breves. Poesía y horror del mundo siguiendo la caravana fatal de Rubén Darío, que aprendimos de adolescentes en el liceo: y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos / y la carne que tiente con sus frasco racimos, / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos…

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

De una manera u otra, más tarde o más temprano todo narrador emprende su propio viaje a la búsqueda del tiempo perdido. El haber decidido retener el nombre de Libertad Lamarque en el título de un cuento, seguro que está asociado a episodios ocurridos en los años cincuenta y tienen relación con la banda de audio de la infancia; también los lunes familiares de cine argentino del cine Broadway de Montevideo, con la presencia protagónica de Libertad Lamarque en algunas películas mexicanas; mi madre preparando el almuerzo y escuchando en la radio Artigas CX 34 y para su contento, esa versión tan intensa de “Besos brujos” y de noche en la tele “El show de Libertad Lamarque” al comienzo de los sesenta oyendo aquella bonita tonada madrileña de “la chica del 17 de la plazuela del Tribulete…” En lo más personal recuerdo el remordimiento de saber de “En esta tarde gris”, dando la rosarina su versión femenina del repertorio tanguero, el temblor de mujeres cantando tangos, y eso que había varones que la interpretaron de maravilla como Fiorentino, Julio Sosa y el japonés Ikuo Abo.

Después y hacia los años 90 esos vinílicos RCA de la memoria se convirtieron en el relato que salió segundo en un concurso Juan Rulfo; el cuento conoció algunas estimulantes salidas independientes, el romance de la Gilda y el Aldo hasta fue traducido al francés, si bien no la totalidad del libro “Mariposas bajo anestesia” del que formaba parte. De pura casualidad ese noviazgo circuló y me permitió trabajar un par de años con el director argentino Alfredo Arias, que fue sensible a la historia; en algún lugar debe estar el guion de cine que escribí y que nunca halló la financiación para competir por el Oso de plata en Berlín. Ello igual me permitió escribir con Arias un Cabaret musical representado alguna vez en el Casino de Monte – Carlo. Mi colega y amiga Mónica Zapata lo dio a estudiar en el ámbito del “estudios de genre” por el asunto de travestismo escénico y nunca pensé que, mediante la voz argentina de Libertad Lamarque, estaría en contacto epistemológico con Bibi Andersen -la que baila “Pecadora” dentro de la cárcel en “Tacones lejanos”- y otras chicas trans de Almodóvar; ya lo cantaba Mercedes Serós en 1926: la que quiera coger peces que se acuerde del refrán.

La historia sería más bien un híbrido o dialéctica de género narrativo entre supervivencia cotidiana y representación cabaretera, tango y bolero en una Paris de todos los posibles como los epílogos en aquellos años de las guerras coloniales en Indochina y Argelia; si bien los modelos retenidos vienen de las noches de Barcelona, donde el paso a los ámbito del espectáculo a menos de veinte metros de las mesas con cava eran naturales como los paseos trasnochadores por ramblas, pasivas y la calle del Arco del Teatro llevando al Villa Rosa. Aún en las historias trasn travesti que había leído o frecuentada por gente conocida que se operó, la transgresión puesta en dramaturgia adopta ciertos clichés modélicos y de existencia, puesto que en las cosas del querer tampoco las variaciones son infinitas. El paso de chico a chica o viceversa siempre tiene algo relacionado con la teatralidad y el maquillaje, depilaciones y ropa interior, un toque de ficción que jamás pretende en este relato suplantar la vida verdadera. Entonces, aceptando ese envión inicial. me propuso explorar la transfiguración mariposa en el otro sentido: la estrategia del salmón yendo contra corriente en plan exploración, teniendo como espacios escénicos el pisito compartido en un barrio que pudo ser latino y el Cabaret Saudade, lejano antecedente de La Coquette. Tampoco podía pensarse para ello en el protagonismo de una sola persona si el show quería volverse episodio emotivo; ello suele ocurrir en la ambigüedad Amanda Lear -de orígenes tan inciertos parecidos a Corto Maltese-, el sacudón folklórico antimatriarcal de La Veneno, el atleta Caitlyn Jenner tan conocido por su hija adoptiva, Jaye Davidson cantando “The Crying Game” en la película de Neil Jordan (1992) y la tragedia repetida e inconmensurable de Zulma Lobato, a quien se la vio por primera vez en Crónica TV presentada por Anabela Ascar. Necesitaba que funcionara en pareja para hacer pasar la verosimilitud de esa puesta en escena de ida y vuelta por al repertorio y la apariencia. Fue como improvisar en una platina de mixage Dj músicas conocidas de Mariano Mores, Francis Lemarque, Agustín Lara y Boy George; lo anterior en detalle escabroso, lo posterior de los personajes después del punto final y salvo algunas trazos rápidos, es un misterio. Esas vidas de paso fijadas en el relato como estrellas fugaces, cargan los estigmas de la marginalidad y violencia de pelear por la vida del otro lado del espejo cada madrugada. Los quise encuadrar en esos pocos minutos de atención -el mentado cuarto de hora de Andy Warhoil que pueden ser de fama y acaso de entrega- cuando la película se parece más a una comedia musical con Judy Garland que a un documental sobre prostitución ecológica al borde de los bosques, o la escena de cuando se esnifa cocaína cortada con leche en polvo para bebé; por eso sólo podía ser un cuento que pasara pronto sin didascalias morales y como título de jukebox: apenas un tentar provocando el encuentro fortuito de mundos de apariencia incompatible sobre una mesa de disección, sin tránsitos engorrosos insinuando una historia de amor que se recueerde. Indagar en las insinuaciones de las canciones de karaoké, las barras de los bares lgbt, los mandatos hormonales del deseo adolescente y que perdura hasta la edad de los implantes dentales. Sabiendo que es historia repetida; ahora mismo que se termina el año 2020 hay chicos y chicas que, vestidos todos de blanco como un pai de Bahía de San Salvador, se paran delante del espejo del cuarto luego de cerrar con llave y cantan -siendo Ney Matogrosso- “Homen con H” o entonan incorporando a la orixa Simone: soy el pecado que te dio nueva ilusión en el amor, soy lo prohibido…

«Jacob y el otro»: cuenta el tiempo

Los relatos de Juan Carlos Onetti, urden una de las indagaciones más certeras sobre una etapa -decisiva- de lo que podría denominarse el ser rioplatense. Es decir: la especie humana trasladada sujeta a ciertas condiciones –históricas, emotivas, económicas- de libertad acotada donde alternan grandezas y miserias existenciales. Ese proyecto se legitima en el canon con el paso de los años, puesto que a la voluntad conceptual se suma el oficio narrativo forzado al máximo, la discreta organización de los materiales literarios a la manera onettiana, atrapando lo instantáneo atendiendo a lo eterno, conciliando lo inexorable de la peripecia individual con la ética subyacente de la perfección narrativa.

“Jacob y el otro” el cuento, es un prodigio de construcción de voces plurales disponiendo una dramaturgia de versiones dialogantes, su distribución de ámbitos heterogéneos y cierta temporalidad sincopada, como si su avance fuera regulado por tres relojes de mecánica asincrónica. El relato moviliza una atmósfera clásica onettiana y en paralelo, despliega otra serie compleja de elementos (temas, personajes, nudos narrativos) que lo destacan dentro de la obra del uruguayo. Es un relato con destino, desde su primera publicación suscitó lecturas críticas de indudable valor como acaso ningún otro relato de los llamados de media distancia; dando lugar a una serie de interpretaciones sucesivas que no se sustituyen en su continuidad y por el contrario se complementan. En una aproximación generalizada, el relato induce a cuatro interpretaciones:

1) la persistencia de un clima que lo asocia al ciclo de Santa María y de ahí la necesidad de establecer puentes con otros cuentos, relatos y novelas.

2) la fuerza del título fijando la asociación con ciertos episodios bíblicos, así como la tentación a deducir analogías religiosas.

3) el tríptico de narradores, de donde la proliferación de hechos y el punto de vista multiplicando coincidencias, desacuerdos y contradicciones.

4) la puesta en escena de enfrentamientos de naturaleza plural, que pueden unificarse por la idea de lucha y transitan sin violencia de lo literal a una interpretación simbólica.

No obstante ningún elemento parece ser determinante, el efecto de la escritura proviene de la interacción de las lecturas evocadas. Más que insistir en lo ya fuera escrito de manera estupenda, nos proponemos incorporar otra hipótesis de lectura con el propósito de acercarnos por otro atajo al misterio de la historia que -por supuesto- restará inaccesible.

La perspectiva a considerar es la temporalidad; así, el trabajo sobre el tiempo sería causa determinante del “efecto Jacob”. El relato apela a las variantes básicas del tiempo, desde los no cronometrados segundos que dura el abrazo final hasta la incierta época donde se ubica el relato, una postguerra de identificación imprecisa; desde la duda sobre el mes de primavera evocado (octubre para el narrador, setiembre para Orsini) hasta la sinuosa cronología de la semana sanmariana que acoge las historias; desde el valor de los días de entrenamiento (el viernes cuesta 2 pesos la entrada y luego 3 por decisión del príncipe) hasta las edades de los protagonistas: Mario tiene 20 años y Adriana 22; en cambio Orsini y Jacob, más que edad habitan una parcela que se identifica con la decadencia. Entrando en detalle, Díaz Grey estima la edad del promotor entre 40 y 45 años, en tanto que el narrador -en dos oportunidades- se pronuncia por la cincuentena.

La experiencia temporal transita asimismo por los grandes discursos o si se prefiere las edades del hombre; es claro, especialmente en los extranjeros, el cotejo entre un pasado de esplendor y el presente de autoconciencia dañada, que hace del futuro cercano un territorio peligroso. Téngase en cuenta que la presencia de tres narradores, además del punto de vista o la versión plural de episodios controvertidos, triplica la cronología de hechos vistos desde mediaciones discordantes. Adriana tejiendo incorpora otra imagen temporal clásica: las parcas hilando y el hilo para alcanzar el corazón del laberinto donde habita el monstruo. Las cuerdas que delimitan el ring, el hilo de coser las heridas, la cuerda para saltar durante el entrenamiento; tiempo, urdimbre y la mujer urdiendo la trama son determinantes.

Díaz Grey y Orsini jugando al póker en el entorno temporal del minuto de la lucha, uno en el club con Burmenstein, otro con Deportivas en el diario, construyen la simetría necesaria al relato. Narradores que son a la vez personajes, ellos incorporan la concordancia intuida de escenas equidistantes. El póker de tal manera distribuido insinúa el fingimiento, la obligación de engañar al otro jugador sobre la verdad de las cartas que se tienen entre las manos. En la hora decisiva, los dos personajes repiten la costumbre de hablar entre lo dicho, lo que se supone es creído y en ambos sentidos. Díaz Grey asocia los dos domingos involucrados en la historia. Orsini hace espectacular la llegada a Santa María y omite la salida de la pareja de la ciudad. En otra naturaleza de la simultaneidad, Díaz Grey al inicio muestra cierta indiferencia mientras acaece “la cosa”, que es así como el médico define esa amalgama entre circo, espectáculo, desafío y tragicomedia.

El relato presenta asimismo la experiencia de la duración y no sólo de la historia como complejidad, sino de dos episodios determinantes:

a) la duración de las operaciones cuyos detalles -a pesar que se prolongan algo así como siete horas- el lector desconoce.

b) la duración real de la lucha, pocos segundos y en todo caso menos de un minuto; pero en la versión Orsini comprende buena parte de los últimos párrafos del relato.

Por supuesto “Jacob y el otro” introduce la experiencia de la sucesión, es la que aporta de manera más controlada la voz del narrador. Sin omitir hechos, agujeros temporales ni sombras de información, esa voz anónima procura acercarnos a los vericuetos, así como a la continuidad a grandes rasgos de los acontecimientos durante la semana. Lo sucedido entre la primera visión de Díaz Grey hasta que Orsini toma el relevo del narrador al despertar el sábado por la mañana.

El tiempo impregna el relato hasta el vértigo: las veinticuatro horas de sueño que recomienda Rius a Díaz Grey luego de la operación, la media hora que Jacob pasa de rodillas en la iglesia, el “asunto cíclico” que deduce Orsini en las crisis del luchador, las veinticuatro horas de vacaciones que se dio el príncipe antes de ir al encuentro de Mario, el tiempo contra reloj supuesto en la peripecia del depósito de los quinientos pesos, los tres minutos reglamentarios de lucha y ños prodigiosos diez minutos finales de Orsini silencioso en el almacén.

La concepción misma del relato supone una máquina de circularidad, predisponiendo a la ilusión de lo ininterrumpido e impone un retorno perpetuo cuando el final de la historia atrae -como imán de palabras- el comienzo. Funciona sin embargo otra supra cronología abarcando las versiones de los tres contadores responsables, es la cronología que propone la escritura organizada de acuerdo a una secuencia original, precisa. Dicha temporalidad se caracteriza por avances lógicos y retrocesos propios de la ficción, la verdad sobre los episodios restará inaccesible. Una indagación minuciosa sobre el dispositivo temporal puede contribuir a imaginar lo desconocido.

la mañana del segundo domingo: Díaz Grey recuerda

“Jacob y el otro” comienza con un médico que medita antes de dormirse. Díaz Grey recuerda en dos tiempos, primero evoca la noche pasada y luego se proyecta al domingo anterior, donde comenzó la serie de casualidades que lo llevan a recordar eso -precisamente- una semana después previo al sueño.

“Antes de tomar las píldoras comprendí que nunca podría conocer la verdad de aquella historia; con buena suerte y paciencia tal vez llegara a enterarme de la mitad correspondiente a nosotros, los habitantes de la ciudad. Pero era necesario resignarse, aceptar como inalcanzable el conocimiento de la parte que trajeron consigo los dos forasteros y que se llevarían de manera diversa, incógnita y para siempre.”

Tales son los límites temporales del relato y las fronteras del conocimiento para el lector. El relato al inicio admite la renuncia, entendible, a saberlo todo y propone un pacto de acercamiento o tarea conjunta con el lector para intentarlo. En el médico la resignación a deducir el alma de los hechos vividos es simultánea al deseo de recordar, una pulsión queriendo reordenar informaciones dispersas. Lo hace quien reconstruyó un cuerpo moribundo, viajando entre sangre y algodones hacia el final de su propia noche. Lo persistente onettiano es la apoteosis heroica de Díaz Grey, médico de congestiones y purgantes, antiabortista convencido, socorro en caso de accidentes domésticos, hombre de juventud tentada por la droga y atraído por mujeres fatales, lo vemos realizar la máxima proeza de que da cuenta su crónica cíclica. Ello sucede en un relato satélite del ciclo novelesco sanmariano: en “Jacob y el otro” vive su momento de gloria discreta. En lenguaje clínico salva un paciente desahuciado en la mesa de operaciones, en términos simbólicos lucha toda la noche contra las fuerzas terribles de la muerte. Suerte de circo minimalista de paso, Jacob y Orsini logran sin embargo desatar una reacción en la población de Santa María. Furia del populacho el sábado a la noche y curiosidad antes, vocación pegadora de los milicos, sacudón de la sección deportes de la prensa local, ruptura de una historia de amor sanmariana y movilización del servicio de urgencias del hospital. Esa es otra de las tensiones del relato: los vínculos indirectos entre Jacob van Oppen y Díaz Grey. La llegada del luchador, por un misterioso juego de causas y efectos hace posible el momento heroico del médico. A pesar de la distancia de intereses (la anatomía según Testut y según Lewis) y la mutua indiferencia, esos hombres se encuentran por las manos, manipuladoras, como son, de naipes y clavículas, escalpelos y pesas. Ambos coinciden en cierta reivindicación de los perdedores y en sobrepasarse cuando se confrontan con el monstruo algo gorila, bastante minotauro y llamado Mario. El relato convoca un accidente deportivo y la historia médica excepcional, la tragedia de evocaciones rurales y acaso una mitología cimarrona. Lo que será el enigma superficial del relato se halla desbordado por otros misterios; finalmente la justificación del avance del relato busca dilucidaciones más cruciales que la identidad del operado, que todos conocen excepto el lector. A ese suspenso se lo denomina “la noticia”.

sábado a la noche: rumbo a la curva de Tabárez

Hay relato porque el moribundo fue salvado. Díaz Grey enmienda un certificado de defunción por la necesidad de intentar conocer lo sucedido. El relato busca establecer las condiciones humanas posibilitando el milagro quirúrgico rondando la leyenda. Jacob dándole un cuerpo destrozado de cierta manera desafía al médico en sus facultades profesionales y convicciones sobre la relación vida/muerte. Díaz Grey llama a lo que sucede “la cosa”, denominación despectiva, condescendiente y será “la cosa” que lo interpela para confrontarlo a una misión, la operación que -más allá de la admiración de los colegas- lo justifique ante sí mismo. Estamos en primavera, quienes conocen Montevideo saben que el ir al hospital por “la curva de Tabárez” es un guiño pues recuerda uno de los barrios más populares de la ciudad donde se escribió el relato. Los indicios conducen a que resultaría inútil cualquier intento y no vale la pena ni siquiera ponerse los guantes. En la primera secuencia la escritura se concentra volviéndose conceptual, lo anecdótico sale de foco, el único misterio es la vida: se salva o no lo salva. El resto es sin importancia. Lo sucedido hace poco más de una hora en el cine teatro Apolo de la ciudad – “la cosa”- adquiere sentido retrospectivo en tanto lo sucedido termina en manos de Díaz Grey. La trama narrativa y en la que el lector fue atrapado es lo dado por descontado; el relato inocula el suspenso en la engañosa interpretación de los indicios y pequeñas fórmulas minando de dudas la lectura. El lector depende de quién es el moribundo, sin advertir al comienzo que está ante el momento de mayor amor de Onetti por su personaje más entrañable. La respuesta a esa duda (quién es el anestesiado: la noticia) no cambiaría la decisión de Díaz Grey de darle pelea a la muerte, pero sí las reacciones de otros implicados incluyendo al lector. El relato que viene sin ese gambito se leería de otra manera chismosa perdiendo incertidumbre poética. El crecimiento de Díaz Grey sucede en tanto consecuencia lateral de un espectáculo algo circense, siete días que conmovieron a Santa María y por el equivalente a bastante menos de 50 dólares, que en esa suma se puede presupuestar lo sucedido. Ello no le quita nada a la estatura de lo actuado; al contrario, el anonimato y los orígenes algo paródicos ennoblecen lo hecho por el médico. Si el moribundo no tiene nombre la operación crece en implicaciones simbólicas. La consigna del médico, descreído de los hombres funcionando en sociedad tiene una única razón de ser que es evitar la llegada de la muerte victoriosa. Eso que lo destaca como personaje -sin olvidar actitudes menos principistas de otros textos- es el empecinamiento por luchar contra la negación de la vida. Díaz Grey tiene una sentencia que según su parecer, contribuirá a la leyenda posterior a la muerte; para los colegas la frase tiene algo de broma de quirófano, el médico la acepta en tanto fórmula mágica infantil que le permite continuar en el juego:

“-A mí, los enfermos se me mueren en la mesa.”

Ese es el núcleo conceptual del relato y punto de contacto con el resto de la obra onettiana. Lo que vendrá serán variaciones sobre la condición humana, sucesos tragicómicos acaecidos en la ciudad, anécdotas sobre personajes periféricos al sistema y seres ocasionales tratados con una mixtura de ternura y crueldad. La bulla Jacob sirve para el significado narrativo de la intervención; una minuciosa descripción de los afanes del médico por salvar al miserable hubiera sido sin ello exagerado, falso, fuera de tono y transformado la proeza en espectáculo. Se la ubica por esa razón al principio del relato, desplazando la función que la precede y sublima el insomnio de Díaz Grey a la condición de casi naturalidad opacando la excepcionalidad de lo hecho. Las manos que distribuyen fichas y damas de pique en pocos minutos se las entienden con la sexta costilla derecha y un pulso filiforme. Es prodigiosamente insensata la disparidad entre el significado de la frase citada, para el conjunto de la obra onettiana y la duración narrativa; por ello de inmediato se incorpora el ruido ajeno a esas horas de trabajo solitario: se trata de la mujer que se acercó al casi cadáver en el Apolo. La mujer es la primera gran interrupción, excedencia (la segunda luego del cuerpo) de “la cosa” y suceso que el lector ignora completamente. La intensidad de lo ocurrido lo marca la espera de la mujer, ella está cerca esperando mientras Díaz Grey opera; la tentación metafórica es fuerte, pero el relato gana en intensidad cuando permanecemos en explicaciones circunscriptas a la conducta humana. En pocas líneas transcurren muchas horas, es posible que el operado se salve y se resuelve el primer enigma: el médico triunfa sobre la muerte. Si privilegiamos la psicología Díaz Grey en tanto representante del ciclo sanmariano, el triunfo marcaría el final de la historia. Rius aconseja a las siete (a las cinco había terminado la tarea) un sueño de veinticuatro horas. La duda del lector persiste, Díaz Grey sabe a quién operó y los enfermeros, camilleros, jugadores de póker, los de Deportivas y medio pueblo que presenció “la cosa”. Ello debería bastar, es Díaz Grey –él compara ese misterio de la muerte a un sueño nunca realizado de arreglar el motor del auto con sus propias manos- quien decide lo contrario, legitimando la parte de seducción externa al sistema que irrumpió el domingo anterior.

primer domingo I: homenaje a Brausen

Cuando Díaz Grey opera presiente el drama e ignora los pormenores, eso será tarea del narrador; él con la ayuda de unos barbitúricos se desentiende de “la cosa” y las secuelas en el círculo de los contendientes. Salvar una vida le consume la totalidad del tiempo y cuando la tarea fue cumplida, en la inminencia del sueño recuerda -comienza a relacionar antecedentes- detalles faltantes en los intersticios. Fue el domingo anterior, la historia así se perfecciona en cuanto a un ciclo completo de duración, “la cosa” comenzó cuando entraron a Santa María Jacob y el otro; el médico inicia a la vez los retratos y las fórmulas alentando a la confusión:

“El hombre movedizo y simpático y el gigante moribundo atravesaron en diagonal la plaza y el primer sol amarillento de la primavera. El más pequeño llevaba una corona de flores, una coronita de pariente lejano para un velorio modesto.”

Como sucedió con la edad de Orsini, también en cuanto a la talla del luchador hay la versión del médico que ve un Jacob de dos metros y la versión Orsini que fija la estatura en 1m. 95 cm. Esos dos ingresaron a Santa María como una embajada del reino de la lucha grecorromana, destinada a la pompa y protocolo, con la intención pública de hacerse ver y mediante el homenaje al prócer del lugar tomarle la delantera al ridículo. “A partir de aquí las pistas se embrollan un poco.” sostiene Díaz Grey y ello no obsta para que muestre una marcada preferencia por el pequeño. Se decide por Orsini, el luchador pudiera ser un misterio demasiado distante para las especulaciones del médico. La disponibilidad social del pequeño obligado a forzar las horas y tomar la iniciativa, lo dejan más expuesto a la observación del médico. Es claro que se parece a otros personajes que se acercaron a Santa María, como el señor Lagos o Larsen, de hecho es una presencia más verosímil que el gigante silencioso, que reza en la iglesia y salta a la cuerda. Díaz Grey puede conocer parte de la verdad del lado sanmariano, sospechando que la otra mitad necesaria tiene su anagrama en el que se hace llamar príncipe y comendador. Ese recuerdo es revelador y el conjunto lo fascina: la manera de asumir su físico, el estilo para irrumpir en el domingo de la ciudad, la rapidez con que organiza el asunto, la habilidad para resolver cuestiones prácticas. Incluso la compleja relación con el gigante o el miedo prudente para enfrentar la vida cuando se acerca la pendiente. Para Díaz Grey los supuestos sobre Orsini son convicciones. “Había nacido” se repite tres veces, como si la conducta del príncipe respondiera a una vocación, tuviera un destino manifiesto. Lo describe sin humillarlo, lo intuye sin reprobarlo, de manera secreta lo entiende y puede que seguramente lo respete, en una extraña proyección lo sigue hasta El Liberal como si hubiera estado presente y preparara la entrada del narrador. El médico inventa el personaje de Orsini a partir de miradas, versiones oídas, actitudes supuestas, comportándose como un escritor. Cuando por ejemplo se trata de la voz:

“El tono de la voz era italiano, pero no exactamente; había siempre, en las vocales y en las eses, un sonido inubicable, un amistoso contacto con la complicada extensión del mundo.”

Es recién al final de la primera secuencia narrativa -luego de la mujer, la operación y Orsini- que sabemos de la visita de un ex campeón mundial de lucha que responde al nombre de Jacob van Oppen. Una enormidad como situación inicial de un relato en el universo onettiano y se adelanta el tiempo perdido a buscar, una semana entre desafío y lucha, la coronita de Orsini y los barbitúricos de Díaz Grey. Para el gigante moribundo -se le llama así dos veces- se reserva la escena final antes de dormirse, fue a la iglesia a rezar y luego las palabras que indican la inminencia de la ficción: dicen, juran, presumen. Hasta aquí llega la conciencia del médico, el resto se lo transfiere a un narrador ¿Y si lo que viene fuera una continuidad de otro tipo, un sueño realizado?

primer domingo II: 500 pesos 500

  Mientras Díaz Grey duerme y porque la historia debe seguir recomenzando, el relato incorpora un narrador que cumple la tarea profiláctica de disponer un orden a los acontecimientos omitidos. El narrador comienza en sintonía lógica con lo pautado por el médico antes de dormirse, perfeccionando el retrato de Orsini. Es notable: la apariencia, el nombre seguramente falso, los títulos trucados, el desafío en la plaza pública, los movimientos en sociedad, el conjunto tiene un perfume de farsa y ronda lo caricatural. Sin embargo, el hombre se mueve asegurando la verdad, batiéndose por una conducta, exige disciplina y se impone coherencia, sustenta un conflicto dramático, es el héroe del autoengaño buscando valores auténticos en un universo dañado. En verdad -y nadie lo concibe de otra manera salvo una mujer- el desafío es una parte menor de un programa de ampulosidades gimnásticas, forma parte de la estrategia publicitaria, la treta vieja como el mundo para movilizar la prensa e incentivar la curiosidad. Incluso después del desafío estaban previstas exhibiciones para completar el programa y no dejar al público insatisfecho. La visita, en la planificación de Orsini debería ser una diversión familiar sin conflictos y que no los ponga frente a la evidencia del pasaje del tiempo. Algo sucedió esa semana para que el proyecto modesto de circo romano haya finalizado en el quirófano. Ese tiempo entre fantasías de tríceps y clavas, pectorales musculosos y la noche segunda de insomnio de Díaz Grey comienza a trabajar en la mente del lector. El efecto “Jacob y el otro” proviene también de esta estrategia donde la recepción activa construye la intriga. Lo que salta a la vista, apenas avanzadas las primeras noticias es la situación paupérrima de los visitantes, los detalles de la gira dicen de un estado grave de decadencia, por otra parte hacer escala en Santa María confirma el diagnóstico. Jacob y Orsini montan un espectáculo digno en intenciones pero decadente en la exteriorización, lo que no le quita nada de verdad a las glorias vividas: para un luchador el pasado es el más temible contrincante. El narrador no explota esa faceta, por el contrario los exime de mezquindad, avaricia o la técnica del complot, esos valores negativos se los asigna a los sanmarianos que ante la visita exótica despliegan una inusitada capacidad de ensañamiento. La estafa en boletería, la burla soterrada, la codicia, la indiferencia y la tontería -en esta historia- es patrimonio de los sanmarianos: “¡Qué costa, qué playa, qué aire, qué cultura!” En la primera secuencia del narrador alternamos el sentido público que necesariamente requiere el espectáculo y el pasaje rápido del tiempo:  

“El martes o el miércoles Orsini trajo en coche al campeón hasta el Berna, concluida la casi desierta sesión de entrenamiento.”

¿Qué otra razón que la decadencia explica la llegada de esos personajes a Santa María? Sin embargo, será allí que tendrá lugar la confrontación decisiva para su amistad, una conversación largamente postergada. ¿Qué otra razón que el aburrimiento pueblerino puede justificar el revuelo sanmariano? El protagonismo colectivo ampara a la vez un drama de frontera cultural y social, posibilita la hora de gloria inadvertida casi de un médico de provincia, ello en un rincón del mundo llamado América, que parece más próximo del altiplano que de la capital evocada; con la visita de dos personajes que -en su tipología- parecen arrastrar trazas de la Europa fascista del eje, al menos en su picaresca.

martes o miércoles después de las 20 : wie einst, Lili Marlen

Lo inesperado y el gambito narrativo es la instalación en la intimidad de los forasteros, los camaradas europeos tienen una relación respetuosa, se tratan de usted y si hay diferencias más que disputarse se “aconsejan”. Esa incursión no sólo abre pistas al porcentaje de la verdad sugerida, también indaga en los términos del contrato que los une, visión nebulosa que se acentúa por la cuestión de la lengua utilizada. Orsini, se dice, habla en francés y en español, lo que es evidente; recuérdese la referencia al acento rondando lo italiano (está el nombre, así como el Signorina que utiliza cuando se dirige a Adriana) y llegado el caso puede mantener una conversación en alemán, al menos cantarlo. Lo que agrega otra interrogante a la llamada versión de los hechos; la certeza de que, muchas de las escenas de “Jacob y el otro” resultan de un proceso de traducción concretado en alguna zona difícilmente identificable del circuito narrativo. El relato se desplaza continuamente de lo interior a lo exterior de Santa María, de una lengua a otra y se puede postular una poética de los espacios. Lo interesante en relación al eje de nuestra propuesta, es advertir que el narrador opta por la mecánica del pasaje de lo público a lo íntimo, del tiempo social al privado. Orsini parece más claro, condicionado por ese “amistoso contacto con la complicada extensión del mundo” que le diagnosticó Díaz Grey y Jacob preserva su secreto: la iglesia, el silencio, allá, los otros, la fuerza desmesurada que –sin razón- hace suponer una inteligencia menor para intercambios sociales y el entendimiento limitado de los otros. El lector, condicionado por la empatía del narrador, se acopla a la versión Orsini de los hechos a veces leídos incluso en la transcripción de sus pensamientos. Los desgarramientos internos de Jacob quedan, por el contrario, más en retaguardia. A Orsini se lo puede adivinar en su angustia demasiado humana, pero las fuerzas que atraviesan el espíritu del atleta nos están vedadas. Jacob percibe la verdad de la gira, entiende los miedos de Orsini, sabe la vestimenta que se adecua a cada circunstancia, vio en la prensa el aspecto del desafiante, intuye cuando necesita ganar, saca cuentas, dispone de ahorros, dedujo la verdadera naturaleza de Santa María, Jacob sabe que está fuera del mundo y le gusta dormirse escuchando Lili Marlen. Es un hombre sensible que en menos de una semana llora dos veces, su perfil de personaje tiene en apariencia un planteo claro: la gloria pasada, el cuerpo envejeciendo, la caída inexorable. Es entonces que en Santa Maria alcanza una victoria sobre sí mismo y contra el tiempo, hace ante los aficionados la llave que Orsini le niega en el circuito de los grandes luchadores del mundo. Vence a la avanzada de la derrota, que lo desafía con voz de mujer embarazada por el contrincante. Puede que esa farsa haya tenido para el gigante el valor de una iluminación, no lo sabremos y ese es un encanto adicional del relato. Jacob no está dispuesto a morir en ese ring, posee una conciencia lúcida de la situación sin la escenografía de optimismo que monta su compinche. Esa intimidad que venimos observando es afectada por algo determinante; el conflicto de ambas personalidades explota saliendo a la superficie, se verbaliza allí como si la ciudad estuviera destinada a ser la última escala de la decadencia en cuanto farsa. En Santa María los extranjeros alcanzaron alguna configuración de su propia verdad que venían desatendiendo, ellos arrastran -Jacob más- la nostalgia del otro lugar.

“Unos meses, unas semanas –dijo Orsini-. Nada más. Después vendrán todos, estaremos con todos. Iremos todos allá.”

Lugar y personajes que permanecerán en el cono de sombra de lo no escrito; la indeterminación se extiende a los orígenes del personaje, hay varias opciones disponibles y si nos decantamos por la hipótesis alemana, aquí vemos la otra cara del juicio de Eladio Linacero en “El pozo “ cuando afirma que el pasado uruguayo se limita a 33 gauchos -por eso el desencanto de ser oriental- pero que era comprensible cierta barbarie germánica por un pasado con verdadera historia: Jacob seria lo que quedó de tanto ideal de perfección luego de la guerra. Hacia el final de la secuencia se evoca de manera indirecta la guerra, Jacob le pide al socio que cante Lili Marlen, melodía que de cantina de tropa se volvió aquí canción de cuna y cuando el gigante duerme, Orsini vuelve a la noche como en el pasado glorioso.

martes de mañana: dura como una lanza

Cuarenta y ocho horas después del cruce en diagonal en la plaza se incorpora el elemento de oposición. Al pacto establecido de pasar unos días sin conflicto, que era el plan Orsini y de reestablecer el equilibrio emocional de Jacob, se incorpora el desafío aceptado. Contrariamente a lo esperado en tales circunstancias lo lleva adelante una mujer, que parece actuar en representación pero en realidad es quien decide. En un texto relativamente breve, habida cuenta del dispositivo de la economía del relato ella debería ser la misma mujer de la primera parte. ¿Cómo la mujer que viene a entrevistarse con Orsini cinco días después estará en el hospital acechando un moribundo hecha una furia? Con ella se incorpora una serie de dudas menores relativas al operado, su propia personalidad, embrollo de pistas y resolución de una situación conflictiva que -líneas atrás- sólo se pudo resolver cantando Lili Marlen. Nada habría sucedido como sucedió sin la locuacidad intermitente de Adriana; parca minúscula, empresaria improvisada, novia determinada, fumadora empedernida, tomadora de mate, trágica signorina que sacrifica su héroe sirio ignorando las fuerzas que pone en movimiento y que se hunde en el error pecaminoso de querer sobrepasar los límites, sin considerar las consecuencias de un combate singular. Ella acepta el desafío estableciendo los términos de la lucha, hizo una evaluación y pronóstico del combate (espiando a Jacob) antes de la entrevista e incluso adelanta sus razones -enternecedoras y oscuras- para que los hechos se concreten inexorablemente. Su razón inmediata es el dinero que servirá para el casamiento; podría tratarse de un caso de desesperación con tintes románticos, pero es obvio que ella oculta o ignora otras razones que pueden ser vergüenza, capricho, tenacidad, quizá una forma de amor inhabitual propio a mujeres de civilizaciones desaparecidas. Ella espera y estaba desde antes, ella vio y salta sobre la oportunidad; en esas pocas horas armó el proyecto, convenció el novio, espió al campeón, recogió información sobre Orsini y urdió la estrategia para la entrevista.  También supuso los argumentos que podría oponerle el extranjero y llegó con respuestas preparadas; sabe que puede tratarse de un engaño y busca cerrarle al príncipe todas las salidas. Ella pelea contra el tiempo (llegar al sábado que viene a las 9 de la noche y los meses que faltan para parir) con armas temporales: el campeón está viejo. Orsini, naturalmente habituado a ese tipo de situaciones -que según cuenta el narrador debió tener antecedentes en Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia- parece desconcertado ante la forma del planteo. Al reconocerlo como príncipe (“-Príncipe Orsini –dijo el príncipe.”) el narrador se solidariza con el extranjero en la primera de las entrevistas. Ella, de manera telegráfica aporta información sobre el final del relato, sobre aquél a quien Orsini llamará “el otro” segundo de la pelea y de la pareja: Adriana y el otro. Es su novio y vivió en el campo, es dueño del almacén de Porfilio, le dicen turco (costumbre rioplatense de llamar así a los originarios del antiguo Imperio Otomano) pero es Sirio (al parecer hay papeles que lo prueban), se llama Mario y tiene veinte años. Ella es quien ajusta ante el narrador la cronología del relato: cuando la primera entrevista es martes. La muchacha ordena el tiempo y desordena los planes del príncipe. La presencia femenina, que una muchacha de pueblo se haya atrevido acentúa las dudas de Orsini sobre la potencia real de Jacob. Quizá desde afuera la decadencia sea más notoria, ella es la avanzada de las fuerzas del tiempo hostigando a Orsini y en otro plano -por representación- adelanta la lucha que debería realizarse el sábado. El príncipe busca sus propias salvaciones y por ello cree -equivocado- que la mujer pretende un posible acuerdo.

miércoles de mañana: una C azul en la tricota y años de preguerra

La segunda secuencia del narrador tiene una forma similar a la primera, el esquema del tránsito de lo público a lo privado se repite y si antes conocimos al campeón en los minutos previos a dormirse, ahora se lo presenta en los que siguen al despertar. Es la mañana reservada al paseo del fenómeno por la ciudad buscando despertar la curiosidad ciudadana; para esa salida las horas son precisas, se trata de las ocho de la mañana del día en que se hace pública la aceptación del desafío. Día clave para las relaciones públicas, el acercamiento interesado de la prensa y la provocación de la opinión pública. En el relato marca el quiebre entre voluntad y realidad, la confirmación de lo que se había sido y la decadencia ridícula que la marcha por la ciudad parece confirmar. Contraste acentuado por el compromiso del narrador:

“Algún día, esto era indudable, las cosas habían sido así: van Oppen campeón del mundo, joven, con una tuerca irresistible, con viajes que no eran exilios, asediado por ofertas que podían ser rechazadas.”

Esa distancia producto del pasaje del tiempo, focaliza la entidad del drama de Jacob. Lo mismo sucede con el príncipe pero es más relativo a la existencia; en Jacob la tragedia del tiempo se manifiesta en el cuerpo y de ahí la importancia de la reivindicación final. Hay en esa caminata algo chaplinesco, recuerda atmósferas de Fellini, se asocia al patetismo de otros grandotes luchadores como el italiano Primo Carnera. Son motivo de curiosidad, de lo contrario y sin negar las dotes de observador que pudiera tener el narrador, es difícil integrar a la verosimilitud del relato un juicio de esta sutileza:

“Había nacido con cincuenta años de edad, cínico, bondadoso, amigo de la vida, partidario de que sucedieran cosas.”

A pesar de su natural optimismo (“había nacido…”) durante la escala sanmariana Orsini va sumando contrariedades; primero el desafío de esa mujer, luego el dinero que no hay para el depósito. Comienza a actuar movido por el miedo a que hoy o mañana se quiebre el equilibrio, el milagro que lo lleva a estar vivo cada día. Lo gana el síndrome de la huida, es cuando argumenta para ahuyentar sus temores que sin saberlo, se hace profeta:

“Que puede hacer uno, qué podemos hacer nosotros, si al final de esta gira de entrenamiento aparece de golpe un suicida. Y si además lo ayudan.”

El narrador le otorga una misión en relación a la verdad de los hechos y la resolución de la anécdota. Se mueve y trabaja, se las entiende con todos los restantes personajes y consigo mismo obligado a la coherencia y fingimiento. Tiene salidas individualistas, suerte de valoración por la gastronomía para sentirse caballero y obrar en consecuencia. Acepta su destino de simulador e intenta dignificar el papel que le correspondió en el gran teatro del mundo.

miércoles al caer la noche: Almacén Porfirio Hnos.

Luego de la entrevista con la mujer Orsini se había adjudicado “veinticuatro horas de vacaciones” antes de ver al desafiante. El miércoles del entrenamiento por las calles es día de visitar al turco; la escena representa un coloquio de extranjeros desarraigados en suelo americano, la secuencia resulta limítrofe con la atmósfera gauchesca y ese almacén está cerc de las viejas pulperías, sobre todo por la presencia de ginebra y yerba, de alguna expresión utilizada para ahuyentar a los perros. La visita está motivada por la curiosidad, la búsqueda de informaciones, un intento de negociación que pueda disipar los temores del príncipe. La lucha real parece relegada, Orsini se aplica a ser embajador conocedor de la gente con la noble tarea de acomodar los hechos a la voluntad, convencer sin humillar, brindar la ilusión de lo logrado, pagar evitando incidentes, ganar unos días más, no lo motiva la avaricia sino probar que su interpretación de la vida es correcta. Por ello el narrador se instala en los pensamientos del príncipe, nos permite observar el combate entre lo pensado y lo dicho. La entrevista en el almacén es para Orsini una derrota pues fracasa sin alcanzar los objetivos. El turco tarda en entender pero acaso es sensible a los argumentos del comendador, pero ella hizo del desafío por el contrario el centro de su existencia y la posibilidad de cambiarla. El turco encarna la ingenuidad de la brutalidad, un buen muchacho manipulado por la mujer, se prepara para una noche de reconocimiento y lo único que hace es acentuar su condición de víctima. La lucha entre Jacob y el otro será un episodio menor, el clásico encuentro entre profesional con aficionado y el resultado responderá a una lógica cuyo avance inexorable –que no la excepción- es el nudo enigmático del relato. Esa confirmación del no milagro es lo que constituye la estafa, el triunfo de Jacob reordena el cosmos sacudido por atrevimientos de divinidades menores. Sin embargo, la pareja que prepara su casamiento es de suma importancia. Mario no es ángel, es cuerpo, la corporeidad más determinante en tanto modifica un pasado que en Jacob es lo que define. El turco es representación de Santa María y sube al ring, inspira miedo en Orsini y despierta la curiosidad de Jacob, es posible que haya embarazado a la mujer y lo exige a fondo al doctor Díaz Grey. El sirio permitió la apoteosis de un personaje recurrente de la obra del uruguayo, se transformó en espejo delator a su pesar de las miserias de la ciudad, suscitó el rencor de los periodistas deportivos, le permitió a Jacob una resurrección así como otra lectura de su vida, llevó al príncipe a empuñar un revolver en la intimidad e hizo de dos extraños de paso -para siempre- personajes entrañables de la obra onettiana. Modesto destino: el miércoles de noche carga bolsas de yerba y el sábado en el Apolo será escupido por la novia que matea. Ella en el relato acumula aspectos negativos, rápidamente podemos asociarla a la muerte o una arpía que trastoca amor por odio cuando sus proyectos se frustran. Tiene a su favor la osadía de desafiar un mundo de hombres: la medicina, el almacén de ramos generales, el mundillo del periodismo deportivo y el círculo de los combates profesionales de lucha grecorromana. Sólo una mujer implacable puede hacerlo, las versiones que sobre ella se van acumulando -sin excepción- le impiden cualquier réplica de redención; es más, parece que se la designara como la gran culpable de todo lo sucedido. Su sacrificio y el del turco de manera más contundente son necesarios para mantener el orden de los otros. Ella obliga a los hombres al máximo de fidelidad, persuasión, fuerza, habilidad e incluso las astucias del escritor. De esa movilización podría justificarse la reacción final, su rabia es mostrada como la obsesiva persistencia de una psicología perversa; pero es ella sola quien no actúa para mantenerse sino forzando la barra el Destino. Los hombres buscan medrosos acomodarse a la rutina, ella apuesta, paga y podría estar motivada por el posible feto que lleva en el vientre. Adriana se quiere casar y con la bestia, propone un final romántico en un universo brutal y sale derrotada, ella teje su destino y al final busca un rito de venganza. Cuando escupe el cuerpo inerte de Mario lo hace dando una concepción del mundo y la vida, lo dice el narrador utilizando los pensamientos de Orsini: “No es contra mí; es contra la vida.”  En la misma escena que Orsini decide que Adriana está embarazada dice:

“podría ser buena o mala; ahora había elegido ser implacable, superar alguna oscura y larga postergación, tomarse una revancha.”

La verdad de los hechos es inaccesible puesto que los personajes son un misterio para ellos mismos. La mujer pone por delante la razón de los quinientos pesos, pero su continuar adelante depende de fuerzas ingobernables, obligándola sacrificar a Mario para que Jacob y el otro Díaz Grey hallen en esa semana -con ocho horas de diferencia- los episodios que los acreditan como personajes, de paso y persistencia, en el ciclo sanmariano. Ella incorpora al relato la dimensión heroica mediante una redecilla de asociaciones respondiendo a un mundo arcaico y una lucha previa a la nobleza reglamentada de Jacob. Entre el mundo religioso de Jacob y el territorio arcaico de Adriana, el príncipe Orsini funciona como intermediario, de la misma manera que con sus pensamientos introspectivos mecia entre narrador y lector. La retórica Orsini parece que por intermitencias puede funcionar con Mario y el destino decidido por Adriana resulta más fuerte. El final del encuentro se dilata, durante diez minutos interminables Orsini bebe ginebra pensando en Jacob, ella teje batitas y fuma sentada en un rincón, el turco carga bolsas de yerba en dirección a la trampa del sótano. Cuadro de sainete y el sábado habrá lucha.

viernes 7 de la tarde: una llamada de larga distancia

Entonces, de repente, son las siete de la tarde y aunque es probable que sea jueves es viernes ya. ¿Qué se hizo el lunes? ¿Qué misterio se llevó el silencio sobre lo ocurrido el jueves? “Jacob y el otro” progresa en secuencia de escenas privilegiadas y con técnica de montaje cinematográfico. El viaje hacia la noche anterior a la del combate se inicia en una redacción mientras se evoca la canícula de la gran ciudad en octubre. Orsini está acorralado, quiere comportarse como un caballero pero la inercia terágica de los eventos lo llevan a la farsa de la llamada de larga distancia, la actuación de un diálogo inexistente sobre la inminencia de otros hechos –el dinero, el giro, el depósito- que se instalan en la embestida de las horas. Estamos en la víspera del hecho decisivo que nunca debió dejar de tener un aire de comedia e impone incluso el lugar común. “-Espero que mañana será una gran noche para Santa María; espero que gane el mejor.”

viernes 20h. aprox.: 110 espectadores

El Liberal y el cine teatro Apolo (al que de hecho se accede por primera vez) son espacios de transición que llevarán al enfrentamiento de Orsini y Jacob van Oppen; de los novios locales no se sabrá nada hasta el final de la escritura. La pequeña escena sucede mientras el campeón se entrena, el príncipe saca cuentas, se asombra que 110 sanmarianos hayan pagado para verlo saltar a la cuerda. “Trató de odiar a van Oppen para protegerse.” dice el narrador y luego el príncipe se arrepiente de no haber hablado antes. Si la noche de Jacob será la del sábado la de Orsini es la del viernes. Ahora le corresponde hablar:

“Orsini caminó lentamente hacia el hotel, las manos en la espalda, buscando detalles de la ciudad para recordar y despedirse, para mezclarlos con los de otras ciudades lejanas, para unir todo y continuar viviendo.”

viernes de noche en el hotel Berna: se oye música de jazz

La pieza del hotel es el cuadrilátero espacial donde se sucede la otra lucha que puede resumirse en revólver, declaración, huida y fuera de combate. Orsini planifica la retirada, ya está lejos proyectado fuera de Santa María; paga la cuenta, hace las valijas que le están autorizadas y medita la estrategia. El narrador se reserva la última secuencia para expandir el misterio: la verdad de Orsini y sus palabas buscando convencer a Jacob; pero viene del fracaso de su oratoria con Adriana y está lo silenciado sucediendo en la mente del atleta. Es una escena densa -por otra parte la más larga del dispositivo- como si el narrador quisiera indagar de preferencia en la zona de autenticidad que se llevaron los extranjeros. La complicidad tiene una larga historia y será en la pieza del hotel Berna de Santa Maria donde es verbalizado el conflicto. Se avanzan verdades sobre decadencia y dinero, se comprende entonces que el efecto Jacob proviene de que la semana en Santa María es decisiva para esos dos. La perspectiva es parcial e ignoramos los pensamientos de Jacob, claves por otra parte pues su determinación altera los planes de otros personajes. La terquedad de Adriana modificó el equilibro entre esa pareja que viene de los años previos a la guerra. La ternura que sienten Díaz Grey y el narrador por Orsini proviene de su conocer casi todo de la condición humana, ser implacable en su introspección pero equivocarse en la evaluación caracterial del gigante. Orsini está en el límite de una desesperación persistente que cree controlada. La novedad es que se intuye una conciencia de Jacob sobre los hechos de los que durante la semana quedó en apariencia al margen. A pesar de borracheras, crisis religiosas, extrañar a “ellos”, la sensación de extravío en el universo y necesidad de una canción con versos de Hans Leip para dormirse, la soledad del atleta durante el entrenamiento, el dejarse mostrar como un oso, a pesar de faltarle “todo eso que los alemanes llaman naturaleza”. En esa noche que Orsini decidió y tuvo el coraje de avanzar una verdad, el lector intuye no que Jacob tuvo una improbable revelación, sino que lo entendió todo desde antes; para empezar, al príncipe mismo. ¿Acaso al despertar y bajo la ducha no cantó “Yo tuve un camarada” o la canción del soldado muerto? Otra vez el tiempo: el viejo camarada le propone irse a las cuatro de la mañana en el ómnibus que parte de Santa María, Luego se lanza en el monólogo interior de la lástima que extiende al turco y su novia. El príncipe filosofa y Jacob enfrenta el destino:

“-Yo me quedo. Mañana a las nueve lo estaré esperando en el ring. ¿Voy a estar solo?”

El príncipe introduce la duda sobre la eventualidad de los combates arreglados, que son estrategias y quizá paga para disipar sus miedos. En Santa María le confiesa la verdad a Jacob, los argumentos esgrimidos producen reacciones encadenadas del gigante que resuelve la situación mientras toma decisiones. Después de todo, las plegarias habían dado resultado. Luego le engaña pidiéndole al empresario que cante el clásico para dormirse si bien Orsini intuye que Lili Marlen cambió de significado. Lo noquea, lo estira en la cama y “La música de jazz del baile parecía estar naciendo ahora en el hotel, en el centro de la habitación semioscura.”

sábado de mañana: el Stetson de los grandes días

La secuencia final es responsabilidad del príncipe y Orsini narra una subjetiva segmentación del sábado, si Díaz Grey recuerda antes de dormirse viniendo del póker aquí se sigue al príncipe hasta el póker previo a la lucha. Orsini conducirá la historia hasta el final, es decir que lleva al lector hasta el principio del relato. Ello es posible. De hecho, en el juego de las versiones pasamos de una noche de viernes de octubre para el narrador a una mañana de sábado en setiembre para Orsini. Los minutos cuentan y los meses se confunden. En este nuevo principio Jacob ríe y habla en alemán. La secuencia desordena el sentido de protección entre los hombres, el príncipe pasa de ser personaje pensante a personaje que cuenta. La alteración más profunda se produce en Jacob armonizando el pasaje de los días de entrenamiento con las horas previas al combate; ello se acentúa en el cambio de las tricotas grotescas y la autoestima manifestada en el vestir.

“Se había puesto el traje gris claro, los zapatos de antílope, equilibrando en la nuca el Stetson. Pensé de golpe que él tenía razón, que en definitiva la vida siempre tiene razón, sin que importaran las victorias o las derrotas.”

Sin rencores por lo sucedido la noche anterior el príncipe, proclive a pronósticos negativos, percibe que en el terreno moral Jacob había ganado. ¿Qué sucedió durante el sueño provocado del príncipe Orsini? La transformación del viejo luchador. Una inercia existencial lo ganaba en tanto seguía la gira que aparece como proceso de decrepitud; el pasaje del príncipe a la palabra, el grado de desesperación que conllevan el revólver y la propuesta de huida, tuvieron la virtud de decidirlo a ser -en ese lugar literario fuera del mundo- el hombre que había sido según contaban los diarios “con grandes titulares en idiomas extraños”. Desde ahí se hace claro el pacto de no prolongar la lucha más allá de un minuto, el buen humor y los zapatos de antílope. Asistimos al suspender el proceso de caída, su lucha introspectiva con el cuerpo y cierto retorno a la juventud; la comprensión de la totalidad que está en juego llevan al luchador a entender los miedos de Orsini. Jacob van Oppen recupera la risa y tiene dinero para el depósito.

sábado al mediodía: un almuerzo de príncipe

El dinero, que sale del zapato gris de antílope es el agente que le permite al príncipe esperar las 9 de la noche con relativa tranquilidad de espíritu. Almuerzo de caballero, “una propina de borracho o de ladrón” y visita al diario para mostrar los billetes. En la redacción recobra parte de la dignidad maltratada durante la semana, se venga de haber tenido que mentir una comunicación delante de los cronistas deportivos y juega a las cartas. Ello para que se concreten las leyes de simetría onettiana y las manos de Orsini en El Liberal se asocian a las manos de Díaz Grey en el Club.

sábado, después de 20h.30: la lucha final

Jacques Prévert : Le combat avec l’ange (1946)

N’y vas pas

Tout est combiné d’avance

Le match est truqué

En quand il apparaîtra sur le ring

Environné d’éclairs de magnésium

Ils entonneront à tue-tête le TE DEUM

Et avant même que tu te sois levé de ta chaise

Ils te sonneront les cloches à toute volée

Ils te jetteront à la figure

L’éponge sacrée

Et tu n’auras pas le temps de lui voler dans les plumes

Ils se jetteront sur toi

Et il te frappera au-dessous de la ceinture

El tu t’écrouleras

Les bras stupidement en croix

Dans la sciure

Et jamais plus tu ne pourras faire l ‘amour.

No vayas / todo está amañado de antemano / la pelea está arreglada / y cuando él suba al ring / rodeado de flashes de magnesio / ellos entonarán un TE DEUM a toda garganta / y antes mismo que te hayas levantado del banquillo / ellos repicarán las campanas a todo vuelo / ellos te tirarán al rostro / la esponja sagrada / y tu no tendrás tiempo de entrarle al cuerpo a cuerpo / ellos se lanzarán sobre ti / y él te golpeará por debajo del cinturón / y tu irás a la lona / los brazos estúpidamente en cruz / sobre el aserrín / y nunca jamás podrás hacer el amor.

La comitiva se traslada del periódico al Apolo en auto, “para acentuar el carnaval, el ridículo”. El príncipe va directo al vestuario, su pesimismo se acentúa por el olor del lugar y la hostilidad presentida de los asistentes en la sala, que están ahí sin saber qué diablos es lo que quieren que pase. El único creyente es el ex campeón que se mueve y guarda silencio, en slip celeste y concentrado en su objetivo ayudado por el objeto fetiche: “el cinturón de Campeón del Mundo que brillaba como el oro”. Sólo él parece entender la significación del combate dándole el sentido que luego le atribuiría la crítica literaria. Debió salir del mundo para recuperar algo de la juventud, en algún lugar americano volvió a ser el de los años anteriores a la guerra, la primavera sanmariana le dio a ese hombre de trote ridículo la esperanza de que algo podía recomenzar. Orsini no accede a los procesos milagrosos de su camarada y socio, se contenta siendo espectador de un probable drama que lo comprende y cuenta:

“Ahora, en este momento, dentro de unos minutos, llegaba el final de la historia. De ésta, la del Campeón Mundial de Lucha. Pero habría otras, habría también una explicación para El Liberal, Santa María y pueblos vecinos.”

A pesar de ver al campeón más fuerte y flaco el príncipe persiste en sus hipótesis de fracaso. Llegó la hora. Hacia el final lo que cuentan son los minutos, a las nueve Orsini pasa por boletería, antes de las nueve y cuarto las cuentas amañadas son aceptadas. “La cosa” está en marcha. El tiempo de los sucesos y el narrativo se fusionan. El príncipe descubre la escena, es con su punto de vista que el lector accede a la resolución del enigma y el relato. Se ajustan las medidas, lo relevante son los segundos; la lucha tiene en su intensidad tres fragmentos: diez, treinta, cincuenta segundos. En menos de un minuto se confirma y altera, se quiebra y define la suerte de los personajes que vimos evolucionar. El escándalo nunca alcanza a saturar la forma de los tres finales: la mujer patea y escupe al moribundo, Orsini tratando de comprender felicita al gigante moribundo, Herminio y los otros del hospital se hacen cargo del turco tirado en el ring side. El relato se construye allí donde interfieren el tiempo de los hechos y el tiempo de narrar. Esto parece terminado, pero alguien en algún lugar llamó al Club para localizar al doctor Díaz Grey que mata el tiempo en una mesa de póker.

J. C. Mondragón.

NOTA

Como es sabido “Jacob y el otro” fue enviado por Juan Carlos Onetti al concurso organizado por la revista Life en español. El jurado estimó que el relato era merecedor de una modesta mención, los textos seleccionados formaron parte de un volumen que constituye la primera publicación del cuento.

“Ceremonia secreta y otros cuentos de América Latina”, Doubleday, New York: 1961.

Decíamos al comienzo del trabajo que el relato provocó una serie de lecturas luminosas y que tiene su tradición crítica propia al interior del corpus onettiano. El lector curioso deberá repasas esas interpretaciones pertinente, nuestra intención original no pasaba por glosarlas. Ellas conforman una base de deducciones dialogando en asociaciones inéditas y desacuerdos que interpelan; a ellas se suma nuestra variante a la espera de otros aportes originales. Señalar precursores es reconocer una deuda hacia quienes fueron sensibles y fieles al “efecto Jacob”.

Gabriel Saad: Prólogo a “Jacob y el otro. Un sueño realizado y otros cuentos”, Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo: 1965.

Ruben Cotelo: Arquetipo de la pareja viril, El País. Montevideo: 14 de agosto de 1966.

Lídice Gómez Mango (coord.): “En torno a Juan Carlos Onetti”, Fundación de Cultura Universitaria. Montevideo: 1970. En esta antología se recoge el citado artículo de Cotelo y un segundo trabajo de Gabriel Saad: “Jacob y el Otro” o las señales de la victoria.

Ana Inés Larre Borges: “Jacob y el otro o el relato como duelo”, Deslindes, Revista de la Biblioteca Nacional, Nº 4-5. Montevideo: diciembre 1994.

Pablo Rocca: Prólogo a “Jacob y el otro” Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo: 1999.

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Ángeles sobre Ecuador

(apuntes sobre la prosa de Jorge Enrique Adoum)

El Ecuador, la noche callada, los Andes. El firmamento, las galaxias que giran hechizadas sobre este pueblo reclinado en la montaña y entregado a las alturas. Se llama Atuntaqui, sé que vine a leer poesía en la ciudad cercana y alguien me trajo al hotel de este pueblo.

Alfredo Fressia

Quiero comenzar esta charla agradeciendo al amigo Ramiro Oviedo, al equipo de colaboradores de la Université du Littoral-Côte-d’Opale y su antena Boulogne-sur-Mer la puesta en marcha de este encuentro, así como su amable invitación a participar en él. Lo conocía como docente y poeta, ahora debo agregarle la condición de organizador anfitrión, un hombre capaz de trasladar el ecuador al norte y de llevar el sur al Ecuador que es su tierra de nacimiento. Bajo la apariencia agrupada de coloquio universitario, estamos compartiendo una fiesta de diálogo y poesía en ocasión de un escritor mayor, autor de una obra considerable que continúa creciendo ante nuestra vigilancia de lectores reincidentes. Tengo la certeza de participar de un evento que será recordado dentro de mucho tiempo, tanto por la intensidad de la amistad circulando, la calidad de hospitalidad confirmada en cada pausa, así como por lo explícito del evento en el proceso de legitimación crítica, de clarificación estética que, partiendo de la obra de Jorge Enrique Adoum, incide sobre el campo cultural más extenso de la creación latinoamericana.

Cuando avancé mi posible tema de intervención el invierno pasado, creía tener las cosas claras al respecto y me plegué con naturalidad a los dictados tentadores de la memoria evocadora; sin embargo, durante la concentración en la lectura de la novela presentida a tales efectos, en las últimas semanas de redacción, a medida que agregaba notas en el cuaderno, llenaba fichas cuadriculadas y subrayaba el libro elegido, el objetivo inicial se expandía en centros de interés sin que pudiera evitarlo, así como formulaba un dictamen prudente: debí pensarlo mejor antes de enviarle el mail a Ramiro. Algo sorprendente había en dicho intento, llevando de la intuición hasta esta situación presente rehuyendo al control rutinario. La máquina de escribir Jorge Enrique Adoum, en la recepción estaba acelerada, produciendo nuevos sentidos, otras conexiones inéditas, revelando expedientes ocultos, activando trampas del oficio dentro de un movimiento que, a la propuesta de temáticas de enclave, le sumaba el mandato renovador vanguardista en las maneras de narrar. Eso que acoté a rajatabla el corpus a considerar, confinándome en el territorio prosa y eso que confiné el interés a una sola de las novelas, terminada en 1992, que el miércoles pasado cumplió quince años, según la cronología interna al texto. Resultaba que el sexo de los ángeles no era una cuestión tan anodina como se dice por ahí, cuando el concilio divaga entre cirios consumidos sobre entidades celestiales y afuera el mundo arde en llamas. Así pues, más que avanzar certitudes preexistentes, lo que pretendo en los próximos minutos -veinte más o menos- es dar cuenta de esa duda crítica, cierta incertidumbre percibida cuando se trató de elegir un plan de exposición. Son perplejidades de lector deslizadas al investigador y puedo asegurar de ellas que son de buena intención, convencido como estoy de su pertinencia.

Sucede que la prosa de Adoum -me refiero a la prosa de ficción infiltrada por agentes poéticos, gozosos de participar en la aventura del relato- pudo activar en su consideración tres centros de interés privilegiados, que se presentaron operando en sinergia exponencial. Quiero hablar -antes de ser demasiado confuso- del placer de la relectura, el mecanismo disparador de sentido y la conciencia que explicita el texto de pertenecer a una filiación. Laberinto que nos vincula en el trato textual a cierta familia, una ciudad, el país de nacimiento o destino, un continente en ebullición -como nos ocurrió a los latinoamericanos en los últimos cuarenta años- y cuyo itinerario finaliza mientras enfrentamos el minotauro del relato: toda novela lograda debería ser monstruosa. La relectura de Ciudad sin ángel confirmaba un placer reconocible hecho de música y justeza, erotismo activo orgásmico y osadía en el horror; manejo de puntuación siguiendo comas y blancos de vanguardias, campos semánticos según la lección de los barrocos, personajes que rozan lo trascendente y pueden tener reacciones miserables. La mirada reiterada habilita la escucha de una voz particular, la lectura intencionada puede presentarse como memoria exigua a la que acompaña el redescubrimiento sorprendente. Releer a Adoum nunca es leer lo mismo, hay algo de reconocible de una vida anterior y de descubrimiento; a la vez -les decía- me deparó una difusión temática, coincidencias con otras lecturas salteadas y recuerdos, conexiones aleatorias, un ágil repertorio de líneas y planos de sentido narrativo negándose a detenerse en tanto modelo fijo. La historia comienza así: “No le queda más remedio que levantar el teléfono. Ese gesto inmemorial, mecánico, vulgar puede cambiar su vida. Y él no lo sabe. Porque así como el pobrecito humano era zarandeado, al comienzo, por los dioses y el oráculo, el pobrecito personaje está ahora, en las primera páginas, a merced del autor.”

Podría, de proponérmelo, utilizar mi tiempo asignado leyendo una relación de títulos de memorias hipotéticas para estudiantes a la búsqueda de corpus explotables, enunciando un catálogo denso de ingresos originales a la investigación universitaria, procedimientos de escritura que serían secuela lógica del potencial poético de la novela. Entiendo por ello la estrategia bien definida que previó lecturas futuras en circunstancias privadas y eruditas; una geometría narrativa no euclidiana de exigencia, sosteniendo en equilibrio a lo Calder el plano complejo de esa ciudad de párrafos, búsqueda de nuestra inteligencia cómplice para alcanzar juntos al final, considerando al lector presencia exterior vigilante y activa al interior al texto: observar el río navegando en el río, leer la novela participando en la intriga. La materia textual -en tanto epifanía programada- como algo que me estaba esperando para decirme cosas que no fueron dicha en la primera lectura, hace años; asuntos sobre los que, sin duda, pasé de largo sin sospechar que luego regresaría. Había asimismo al acecho un aura de pertenencia preliminar -en la creación programática del escritor ecuatoriano- a Ciudad sin ángel y que la desborda; algo así como una filosofía de la escritura. La puesta permanente en entredicho del gesto creador, un sistema de vasos comunicantes con la realidad obstinada que la hizo posible, con otras novelas precursoras y el resto de la obra de Adoum.

El mundo puede en ciertas epifanías, ser el encuentro de la miseria de una fonda sobre la ruta de un paisaje olvidado y el recuerdo de algunos versos de “Residencia en la tierra” de Pablo Neruda. El dominio rodeando la ficción de Adoum o ese sistema deliberado puesto sobre la mesa es la Estética; disciplina de la tradición letrada, termino desconsiderado repetidas veces en el cambalache crítico actual, irreductible cuando -en condados literarios amenazantes- queremos ver claro llamando a las cosas por su nombre secreto. Este primer tríptico de la sorpresa lo completaría con la proyección de la filiación hacia el pasado, una voluntad de adelantarse al futuro y que presenta diferentes máscaras. Unos lo llaman memoria literaria, otros prefieren el termino metafórico de biblioteca; también se lo conoce como persistencia y en los últimos tiempos retornó con fuerza renovada la idea de canon. Me refiero a la necesidad de poner orden, convocando las fuerzas voluntarias de una escritura personal para vencer el olvido. Como si la ley poderosa que rige nuestros asuntos, más que el impulso coordinado e irracional de la creación, fuera escapar a la obsolescencia aguardando -agazapada- a la vuelta de cada esquina, de cada poema y novela. La implacable articulación de relectura en el tiempo que distingue o establece la distancia existente entre permanencia y amnesia, brecha o grieta entre entusiasmos bochincheros por la novedad, variaciones conceptuales que vendrán -vinieron inexorables- en los próximos años sin duda y después. Lo decía bien el maestro Juan de Mairena: “En política, como en arte, los novedosos apedrean a los originales.”

La literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, tan productiva y expansiva acompasando una legitimación internacional, está actualmente enfrentada a esa operación de implacable decantación que es también parte de nuestra tarea. Los primeros balances están siendo tan sorprendentes como lógicos, la apariencia de la biblioteca se altera, el precipitado textual se configura bajo apariencias imprevisibles, lo que se creía ya no es y lo desestimado se actualiza. La buena poesía tiene algo de inexorable resistiendo el paso del tiempo, los libros tampoco escapan a la paradoja del único cuadro vendido de Van Gogh, a las suites para violonchelo de Bach, sonido recuperado luego del largo silencio, creo, hacia el año 1936 con las grabaciones de Pau Casals. Tampoco es cuestión reciente dicha confrontación; en una carta de Flaubert a Louise Colet, del 16 de septiembre de 1853, el escritor le daba a su amiga y confidente un consejo para evitarle malas relecturas, habida cuenta de los cientos de libros circulando y la brevedad de la vida. Indicaba un criterio, sugiriendo que debemos distinguir entre fuentes -en la primera acepción de María Moliner- y grifos. Flaubert aficionaba esas imágenes de conductos, cloacas, plomería del inmueble aparente y sin estar del todo equivocado.

La obra de Adoum induce a ese viaje hacia las fuentes en la versión Castalia donde se refugian los orígenes, se inscribe con naturalidad pertinente en el nexo entra tradición y originalidad, la misma que el maestro Salinas observó en la poesía de Jorge Manrique. Ese momento poético mágico de pasaje entre lo que nos precedo y aquello que todavía no existe, legitima la imposición de la ruptura y la búsqueda en la experimentación; dándole sentido al riesgo que se advierte en el plan Adoum, así como a una viva conciencia de la modernidad, asumida en tanto avatar dialéctico de la producción textual. Considerar un escritor supone para el estudioso estar dispuesto a frotarse con el conjunto de la literatura; siempre es una experiencia compleja coincidir con una obra que sacude el modelo crítico utilizado para armonizar y organizar nuestros cursos. Así me sucedió; abrir su novela tiene -y tengo la fortuna de decírselo personalmente- algo de la famosa caja de Pandora. Parece que uno nunca saldrá de los apuntes y notas, de aproximaciones y bocetos, de tentativas y apostillas, tal como se puede apreciar ahora mismo. Algo similar le ocurrió a Bruno Salerno, uno de los protagonistas de Ciudad sin ángel cuando trabajó cerca del mar sobre un tema esquivo que acaso superaba sus capacidades o para el cual le faltaba preparación interior. Ser hombre pintor en Ecuador estando atento al mundo mundo, oscilar entre el cuerpo de la Karen presente y el recuerdo de una muchacha que se llamaba AnaClara cierra una intriga sin salida posible.

Veamos si me hago entender. Dije Ciudad sin ángel y por supuesto lo primero que irrumpe es deducir, hacerse cargo del dispositivo que la sustenta; para comenzar el título de la novela, cargado de duende, hipnotizante incluso en su tipografía y que menta -lo iremos descubriendo en el camino- un tríptico de pintura del cual es cuestión en la novela: esto no es una novela parece recordarnos el título, sino la crónica de una ausencia. Es entonces que: está fechada en abril que como sabemos y poéticamente, es el mes más cruel, cuando se entierran a los muertos queridos, que mucho de eso circula en la novela. Es así como se va urdiendo un sistema de resonancias, cámara de ecos, capas de sedimento poético que no pretenden la reacción epidérmica sino invocar el efecto original; lo mismo que nos sucede cuando decimos memoria y deseo. La novela incorpora la conciencia activa del narrador comprometido en la construcción del artefacto, menos como personaje que como gestor para solucionar expresas aporías tenaces de las situaciones. Allí, en ese cruce de niveles se considera la dualidad del taller pictórico poético, como condiciones de producción y reivindicación de oficio ante todo. Mostrando materiales, algunas herramientas de la tarea y mezclas persuasivas para llevar a buen fin el trabajo. Vayan llevando y hay más para empezar, hacia el final del libro descubrimos una cita de un poema central del poeta Jorge Enrique Adoum, se trata de “El amor desenterrado” sobre las famosas momias amantes, tema recurrente de ambas zonas de creación. ¿Mise en abîme, relectura, intertextualidad? Creo más bien que sólo ese texto, distribuido de otra manera en el espacio de la página era el que podía resolver la escena. La experiencia insondable del amor anterior a la historia fusiona, en otro abrazo más contemporáneo, la dualidad de prosa y poesía. Mas bien se parece a la guiñada del final de don Giovanni, cuando el seductor en el cuadro de la cena, sabiéndose destinado al infierno, acelerando su destino, escucha una leve melodía que le da placer y compuesta por propio Mozart. Los lectores somos Leporello cuando dice: questa poi la conosco pur troppo. La novela es muchos posibles; la ciudad textual tiene un complejo sistema de accesos y también subterráneo entramados. Será en el plano más visible la historia de Bruno Salerno, pintor en el torbellino, que se llama igual que el personaje de “El perseguidor”, aquel inolvidable cuento de Julio Cortazar que buscaba -también el cuento- el misterio del jazz en el saxo tenor.  Salerno de regreso a Quito, se va a vivir a una casa bautizada Macondo y esto sería comienzo de partida, orden preexistente y lo que llamé dispositivo inicial. No hay derecho o lo hay. Ciudad sin ángel es de una época y no hace tanto, en que las novelas se regían por manifiestos de la ilegalidad formal estructurante y contrariando protocolos del mercado receptor, que suelen desconsiderar la inteligencia de sus propios lectores. Como ven, igual que en la teoría más consensual sobre la creación del Cosmos, la más divulgada al menos, la novela Ciudad sin ángel tiende a un big bang metafórico, con la energía saturada de astros circulando en la galaxia autosuficiente exponiendo la diversidad compleja del mundo. El Ecuador se desplaza en mundos paralelos y se invierte en meridianos con ambición de totalidad y barrido irresistible de coordenadas. Terrible y fascinante, más aún si nos atenemos a las denominadas condiciones de producción, como el poeta lo escribió en 1964, que sabemos entender los oriundos de las patrias menos extensas del planisferio:

Nadie sabe en dónde queda mi país, lo buscan
entristeciéndose de miopía: no puede ser,
tan pequeño ¿y es tanta su desgarradura,
tanto su terremoto, tanta tortura
militar, más trópico que el trópico?

Si resulta tarea extenuante y por siempre inconclusa modificar la apariencia social del mundo, la literatura puede combatir al menos la costra de mediocridad simbólica definiendo el proyecto cultural del mundo triunfante, cuyos efectos llegan incluso -estos mismos días- a la vida universitaria francesa. Para ese combate ininterrumpido están a nuestra disposición, en la novela de Adoum el amor, una conciencia política, el cuerpo desnudo de la mujer y el sabor salado de los mariscos. La utopía de la cual se trata para el logro de una vida, no es sólo el viaje a otra organización social, a la isla hipotética que nunca existió en ninguna parte, sino la expedición a otra configuración visceral de la plenitud anhelada, donde coexisten justicia y orgasmo. Ciudad sin ángel activa la clásica dualidad entre Eros y Thanatos, haciéndola circular en la experiencia individual, la imagina expandiéndose en la vida social. Bipolaridad, alternancia, dualidad asomando como principio orgánico del relato y central en la estrategia del escritor para diferenciar definiendo esta novela; al respecto, me permito avanzar algunos ejemplos que deben ser recibidos como los apuntes prometidos en el subtítulo de la comunicación.

Oscilación poesía / prosa en deslizamiento peligroso y que tiene por tramos la eficacia que recuperamos en dos configuraciones. Primero: la radical del pasaje de un género a otro, que fuera ensayado por otros autores y que Adoum concreta en la respiración mayor de la novela y además reincidiendo con premeditación en la experiencia. Luego: en esa curiosa designación huidiza de prosa poética, que no supone prosa sonora en endecasílabos sino búsqueda de consonancia original conformando un leer escuchando. La novela comienza y en la banda de audio se escucha un cuarteto de Schubert; no estuve ahí, en ese Macondo donde los carteros se niegan a entregar la correspondencia, pero apostaría una botella de vino blanco que se trata de “La niña y la muerte”, por aquello de la belleza de simetrías internas. Contacto entre autor y personajes compartiendo la misma materia, haciendo saltar puentes de la naturaleza omnisciente del escritor participando en dilemas de sus criaturas de ficción. Encuentro de recuerdos infantiles determinantes, por partes iguales la pobreza y el erotismo, otras vivencias de la edad adulta en un intento por conciliar pedazos de la existencia fragmentada. Nunca en la relación causa consecuencia -de sencilla articulación- sino en las actitudes que puedan quebrar esa cadena harto previsible y haría de la vida algo escrito de antemano. El hombre no está determinado, puede escribir su destino, pintarlo, provocarlo o padecerlo. Vacilación entre el aquí de los orígenes y la fatalidad del regreso, con el allá del exilio o de la escapada. La patria y la historia son instancias de una permanente movilidad, atreviéndose a grandes mares de navegación existencial. Territorio sagrado del cuerpo femenino tentando a la pasión del erotismo de sabiduría y trascendencia, juego y pertenencia, celos sumando silencios y rondando fatal el horror de la tortura. Tema limite si los hay, que el escritor no soslaya, acaso sabiendo que llega a la frontera última de la palabra, a un callejón sin salida; eso es lo que hay a mano en el taller del autor y con ello debe maniobrar en la escritura. Búsqueda de catarsis por la exposición minuciosa de la estricta trilogía trágica y también del humor; para que las fuerzas oscuras nunca tengan el pronunciamiento del juicio final, ni releven en su importancia las causas del movimiento. La comedia que por momentos se incrusta en una fenomenología de la vida cotidiana y la amistad no es evasión, distracción, ni opción del atajo sino nueva perspectiva; que ilumina exponiendo a la luz del día el complot, la barbarie de agentes de lo inhumano, infringiendo un corte profundo entre los proyectos en oposición.

Dualidad de la pareja humana, claro que con su cortejo de variaciones sabidas en la única certeza irrefutable; que va desde una arqueología de momias del paleolítico americano -ecuatoriano: los “amantes de Sumpa”- hasta la eventual trascendencia en la pintura. Amor constante más allá de la muerte y como dice Adoum:

“(lentitud de quienes adueñándose del gozo se adueñaron del tiempo)”

Dualidad de vivos y difuntos como si la muerte fuera accesible y otra vez -remedando el mito de Orfeo- una cierta música pudiendo abrir las puertas infranqueables del Averno. Dos espectros recorren la novela, son los espectros de AnaClara la mujer perdida e imborrable y el de Vladimir Illich Ulianov. Una poética, que nada condensa mejor que el titulo de la novela anterior de Adoum de febrero de 1974: Entre Marx y una mujer desnuda. Tesis y antítesis de la dialéctica indivisible de una resolución total y síntesis de otra utopía. Advierto en Ciudad sin ángel la tentativa por explorar los desafíos de la novela futura y los límites difusos de la literatura, mandato de experimentación inscripto en la línea sinuosa de la modernidad e intercambio de procederes venidos de la poesía. Me refiero ahora a la práctica solitaria y social de la escritura; en ello hallo otra dualidad siendo la última bifurcación que quería compartir con ustedes. A la vez elogio y amistosa advertencia, apología de práctica sostenida a la que Adoum dedicó la vida y refutación amable de la tendencia al saber exclusivo que puede tentar. Adoum marcha a la búsqueda de un específico poético en la selva de los lenguajes que nos rodean y decide, en simultáneo, que el encuentro con lo inefable puede ocurrir en otros sistemas de expresión, y la sorpresa estar agazapada en el recuadro de un pequeño anuncio, el dolor inconsolable del viudo y la publicidad de un brebaje mágico. Esas chispas de locura que escapan a los controles rigurosos del sistema. ¿Cómo dar cuenta de la marcha del mundo y hallar la concordancia con la realidad y el compromiso? ¿Cuál es el decir específico de la literatura allí donde predomina la polifonía cacofónica?

Conocemos el peligro aludido, cuando la palabra poética se incrusta hondamente en lo real es lo real que la capta y desactiva, la digiere haciéndole perder eficacia. La escritura camaleón termina por confundirse con el fondo; para decir el mundo por escrito disponemos de la Historia y la sociología militante, del ensayo, periodismo, testimonio, reportajes, el grito manifiesto y comunicados oficiales cumpliendo -todos ellos- una tarea formidable, por partes iguales, de crítica y propaganda, toma de conciencia y desinformación. El excesivo decir ininterrumpido del mundo puede doblarlo, desvirtuarlo, sustituirlo hasta convertirlo en un simple rumor de fondo ante la preeminencia del comentario. Como nunca antes en la historia, hoy mismo, el mundo no termina de decir su comentario partidario; la simultaneidad informativa es 24 horas sobre 24 en un juego de concordancia que ni siquiera respecta el sueño, se activa sin dar tregua, haciendo del hombre más que protagonista telespectador de la vida social. Un espectáculo montado, con relato intencional que lo deja de lado y elabora la excusa de la gobernabilidad; la información continua consolida en conciencias moldeadas así el poder del sistema.

Casi puede decirse que se impone estar atento a la distribución del trabajo en el lenguaje. El escritor debe buscar, si no quiere ser producto del mercado, excavar aquellos intervalos camuflados donde los discursos unánimes son insuficientes. La literatura debe explorar esas fallas e instantes inexplicables, traer noticias de lo invisible desatendido y no puede reducirse a noticia; es la única manera de escapar de la trampa que el tiempo le tiende a cada texto. El proyecto Adoum es un hacer que interroga la pertinencia del soporte y el instrumento, produciendo no cesa de interrogarse sobre la función e incidencia del texto poético a la búsqueda de su saber intraducible. Darle un nuevo sentido a la palabra de la tribu, antigua cuestión renovada cada vez que se intenta la escritura, como si la poesía fuera o supusiera también esa sospecha y el misterio persistente.

La duda es punto de partida en una actividad que es movimiento perpetuo a la búsqueda de sentido; el taller permanente, transmutación de escoria y chatarra en algo que valga la pena acercándose más a las fuentes que a los grifos. Cuando pensamos estar en la zona literaria una ventana se abre al paisaje de afuera y Ciudad sin ángel se apoya en otras referencias, tejiendo una trama que nunca es casual y responde a la dualidad anunciada o acaso al tríptico literatura, música y pintura. El programa musical es intenso, denso y son citados, entre muchos, Schubert, Mahler, Prokofiev, Brahms y Bruckner. A lo largo de la novela hay referencias a obras de Magritte, Gauguin, Bacon, Malevich, Roberto Matta y Wilfredo Lem. En este preciso instante es que podría comenzar otra charla sobre esa tentación del Laoconte, pero lo dejamos para otra ocasión; a lo que se agregan cineastas, escultores y por cierto varios escritores. Esa presencia permanente del Arte, tal insistencia en una novela que incluye los temas más crudos del realismo, opera como contraste y axiología completando una visión compleja de la condición humana. Si la literatura tiene un compromiso con lo social por la palabra, el Arte lo tiene con la vida, si la revolución viene del logos de la mecánica celeste, también puede proseguirse en la vida interior. La poesía debe decir de eso. Hay momentos en los cuales la literatura parece insuficiente o acaso olvida su tarea; puede conocer un mal período, como un boxeador demasiado golpeado o un cantante de ópera, un tenor italiano con problemas en las cuerdas vocales. En esos trances se debe buscar en otras formas de expresión, lo esencial existe incluso fuera de los libros y es provechoso intentar esas salidas; para entender lo que de arte hay en la literatura es fecundo buscar el arte que se manifiesta fuera de la literatura. En la página 193 de la novela, cuando AnaClara interroga el sentido del amor bajo las cenizas, la muchacha dice: “Ahí está el misterio inexplicable. Y no es la ciencia sino el arte el que tiene la última palabra.” Que así sea, muchas gracias.

La novela de Carlos Tomatis

La narrativa y en especial la novela, género que como ciertas especies animales está en peligro de extinción en su modalidad moderna -quizá a falta de renovación interna (como sucedió con la pintura) de expoliación del relato por la industria de información y entretenimiento, asunto tratado de manera estupenda en “Lo imborrable”- podrá sobrevivir si se fideliza a la misma fuente que el misterio del Cosmos y la Materia: su complejidad. Ello se constata en todas las actividades, la física cuántica, la arquitectura, la guerra y por tramos la sociedad del espectáculo; es un debate sobre el cual vale la pena insistir, sabiendo que quizá es inútil en ciertos anfiteatros y sólo resulta eficaz el convencimiento interior. Con la obra de Juan José Saer, considerando también su itinerario de escritor, pareciera que el cursor axiológico receptivo pasó por las estaciones ineluctables. Cierta indiferencia en el momento de salida a la biblioteca social (salvo contadas excepciones que son cicatrices significativas), aceptación lerda en medios universitarios fascinados por las derivas del realismo fantástico y la movida postmoderna en el ruedo ibérico, un nuevo grupo de lectores finito pero suficiente para la resistencia y alabanza. La muerte luego de Saer en 2005, que fortifica la zona teorizada por el escritor y la libera; la obra conoce desde entonces una incursión profunda en el canon (doble articulación de crítica y evidencia, olvido sobre otros autores, movimientos en tradiciones, fidelidad editorial, seducción sobre generaciones que llegan) ahora para reacomodarlo y quedarse. Son varios los ángulos desde donde la crítica lo lee al presente; si bien esa obra parece no adecuarse a las cuestionas urticantes del interés epistemológico rondando en la actualidad.

Es otra cosa para los protocolos invisibles de la tarea de creación, mientras se pronuncian los abismos casi irreconciliables entre críticas de influencia y artes de invención; a saber, si la obra renueva paradigmas o las posturas militantes satelitales doblegan al creador. El comentario, circulando en los campus y el periodismo, sigue los avatares dialécticos que las modas de pensamiento, la caravana del imperialismo que se desdobla en novedades del pensamiento filosófico. El centro o centros de intereses se desplazan en forma permanente, las marginalidades de otrora capitalizan reivindicaciones totalitarias, influencias de ámbitos de poder afectado estratos simbólicos, mimetismos sociales a falta de originalidad o éxito de la recepción, como si el sistema crítico abandonara al lector pasándose a promover intereses de la industria cultural, provocando un cortocircuito precipitando a las tinieblas categorías de las luces. El hiato antiguo entre iluminación y alienación de sesgo marxista se desactiva con complicidades varias; la obra de Saer, creada en el cruce de los siglos y la interacción de dos territorios, la fricción de varias lenguas y un sitial en la escena narrativa, tampoco pretendía ser un corpus útil para negar o legitimar especulaciones críticas. En la historia de la creación del relato ficticio es diferente, es ahí donde se observan y diferencian -volvemos a Saer- varias estrategias de escritura que responden a un plan, proyecto de obra con mucho de mandato, reflexión y asumiendo la situación heredara y elegida durante el trayecto; en eso Saer formulaba una lucidez implacable, que supuso en el argentino filtrarse en una doble tradición literaria. La argentina con Zama de Antonio de Benedetto o Macedonio, por ejemplo y la literaria a secas: E. E. Cumming, William Carlos Williams; partiendo de incurrir dentro del relato tras la originalidad, seguro de la elección temática en las modalidades del narrar. De ahí su confrontación con las artimañas publicitarias del mercado, los asuntos de aceptación pública efímera o éxito de ventas; la insistencia en el conjunto del proyecto propio, desde el primer libro publicado hasta las últimas oraciones que pudo escribir.

En otras ocasiones tuve oportunidad de explayarme en esos asuntos; ahora me contentaré con avanzar titulares relanzando la memoria y que explican la razón del trabajo sobre Carlos Tomatis. Juan José tenía varias fuentes de lecturas, más que pistas policiales buscaba atraer la atención empática del lector y tenía un conocimiento -dentro de lo que se puede de tan gran producción- de la literatura argentina sin limitarse a ello; diría que algo conocido anecdótico, un segundo frente inesperado y la tercera pasión secreta. Evocaría la amistad con Ricardo Piglia en territorio común y batallas diferentes, la complicidad con Alain Robbe – Grillet cabeza de puente del Nouveau roman francés moderno, el conocimiento intenso de la poesía americana del siglo XX. Del peso de esa fricción entre textos se encargaron otras generaciones críticas; aquí me detendría en la idea de sistema constelado de la mayoría de su narrativa, donde cada título se potencia en una trama de conexiones y sinergia de la totalidad. Suerte de comedia humana entrerriana o como él prefería decir un elenco estable, que en cada novela rotaba cometidos protagónicos, en avance o retroceso del relato de vida propio. El ónfalos de la ciudad de Santa Fe, la cercanía de Rosario, allá Buenos Aires y más lejos París; la creación de su “zona” de ambigua definición fronteriza y presentida, tal como les ocurría a los cartógrafos renacentistas, Apollinaire en la Paris de la belle époque y Stalker de Tarkosky. Algunas veces se permitía salir del encuadre fijo contemporáneo temporal (sin alterar el espacio del cronotopo regional, tal como sucede en “El entenado” y “Las nubes”) para visitar los orígenes, episodios coloniales o magma terrenal, así como indagaba la profundidad del pensamiento humano hasta los vagidos primeros de la especie. Mi preferencia de lector por “Lo imborrable” me llevó a interesarme por Carlos Tomatis, que escrutaba no tanto en sublimación heroica, sino como señal luminosa intermitente útil para ubicar a otros personajes. Me recordó al joven español de “El entenado”, grumete, cautivo entre los primeros de los indios durante años, que lo dejaron vivir porque sería su testigo y luego el narrador, cronista tardío en la lengua conquistadora que necesitaba cada tribu, para que su efímero paso por el mundo no desaparezca totalmente. Acaso Tomatis pudiera ser el alter ego de Saer, la considero una hipótesis aproximativa e insatisfactoria; cada uno de esos dos tenía claras sus funciones en el complejo. Carlos Tomatis sospecha que tiene algo de autor y mucho de personaje, para que ello funcione opera a corazón abierto, miente y guarda en secreto sus poesías, escucha y glosa a sus coetáneos, comenta y escribe; a veces da un paso adelante o queda en bambalinas de la función, puede ser el maestro de vida que traiciona la confianza del alumno, la parte emotiva que permaneció en la zona cuando los amigos andan por Europa. Tal vez era lo que Saer hubiera preferido si en la quiniela literaria le hubiera tocado ser personaje, pudo haber estado con el autor cuando es medianoche y el cabaret despierta; manipular el desprecio y la ironía evitando el lugar común, exponerse cuando asedia la depresión, encajar la muerte de los amigos y recordarlos, ser piadoso con el entorno poético literario, sabiendo que el héroe de la novela moderna es el hombre sin atributos. Padecer la historia, decirse que el mismo pronóstico del tiempo se puede aplicar a cada día que pasa, jugar al billar porque el sentido de la vida tiene algo de timba clandestina, de carambola con tacada amañada en un boliche de barrio.

Raíz cuadrada de la melancolía

Después de muchos años la historia melancólica de los amigos fallecidos sigue siendo la misma y le cambié el título para acercarla al alma de los protagonistas. El original se llamada “Desarrollo de curso”, por entonces me interesaban el cuento de vecinos del barrio, colegas profesores de secundaria, la memoria olvidada de familiares que fueron desertando el tablado. Era una combinación de determinismo y estrategia en años de agitación concentrada y dispersa, cuando copulaban en público el carpe diem y el ubi sunt a diario en movida exultante a la salida del túnel; expresión sustraída del post franquista español, elogio de originalidad al borde del ataque de nervios y puesta al día del carnaval sin botas ni comunicados de los mandos.

Había en la ciudad letrada varias generaciones (término impreciso comprensible) de escritores con recorridos dispares siendo la mía la intermedia. Tardía para adoptar resonancias tradicionales del 45 y 60, demodé para adherir a una postura punk y subordinada a los últimos inviernos del poder castrense anudando a su relato sin rienda suelta al potro de la ficción. Los muchachos dicen era lo que hay y había que arreglarse con lo que cada uno tenía en su mochila; para mí fue disco duro de docente en el secundario sin cursos y reconversión en redactor publicitario, más interesado por la calle Corrientes y el Luna Park -donde velaron a Julio Sosa hace 56 años- que por el Malecón caribeño. Tampoco sabía que la vida estaba cambiando y los primeros malabares narrativos, con la ayuda del concurso de Banda Oriental tendrían una incidencia determinante en el futuro. Recuerdo esa sensación de corso de la historia en tanto quedaban sobre las playas capitalinas -además de ofrendas avícolas a Yemanyá- restos del naufragio del país que nunca sería el mismo. Mis personajes eran habitantes de la segunda zona, quería contar parte de lo ocurrió en los grises y la periferia; la Gorgona monstruosa comenzaba a activarse, había que mirarla a los ojos sabiendo que petrifica la creatividad y recordé a tiempo la lección de Calvino, el imperativo de capturarla de manera indirecta. Dolor y muerte comenzaban a mostrar sus muecas anestesiadas, retornos y partidas perdían apariencia bucólica; para la sociedad uruguaya sería complicado dar vuelta la página y moriremos con varias cuentas pendientes. La realidad omnipresente se agota en la redundancia y nadie está al abrigo de traiciones a las ilusiones juveniles, se vuelve vencido a la casita de los viejos, se lloran veinticinco abriles que no volverán. Cada día aporta novedades perturbadoras, el mundo fue y será una porquera mientras la yerba de ayer se seca al sol y la página literaria de Marcha termina envolviendo pescado en el expendio municipal. Se impone la ética de hacerse violencia y tomar por el atajo con obstáculos, escribir lo que se puede y no sobre aquello que se debería de acuerdo a la doxa predominante; lejos de escenarios carnavalescos y lides municipales del nomenclátor, dejando fluir la emoción como catarsis teatral de la tragedia; la pelea dejó de ser con la página en blanco, los malos son olvido y obsolescencia. Decía Torres-García que en la casa de las Musas no hay lugar para las lágrimas.

Las lágrimas hay que protegerlas para la amistad muriendo en pleno vuelo; ahí estaban esperando turno la pérdida de los amigos, compañeros de estudios y colegas de trabajo para contar su versión que las murgas omiten en las despedidas. La sensación de los muertos jóvenes la tenía, conocía el sanatorio desde la cesárea que me trajo al mundo, de niño me acostumbré a ir a los cementerios a visitar mis muertos de la novela familiar, los velorios de abuelos y a leer lo aprendí a la vez, ignoraba que entraba en un túnel espacio temporal de aviones, visas y aeropuertos, mudanzas en veredas pisadas por otros compatriotas. Releyendo los primeros cuentos que ingresan al Cabaret se diluye la frontera entre lo real y lo ficticio, surge la sospecha de que esas historias nunca fueron inventadas siendo el narrador testigo necesario de tales asuntos. Puedo testificar que esa circunstancia de camarada en situación crítica internado en el Casmu -con variantes infinitas- ocurrió en Montevideo allá por los ochenta del siglo pasado; en testimonio de ello -treinta y cinco años después de los sucesos- se vuelve a dejar constancia por escrito, sin omitir detalle, jurando por Shiva Nataraja mientras danza, poniendo la mano derecha sobre el calefón descascarado del cambalache discepoliano rescatado en prenda de empatía. Vale.

Night and Day

El libro en cuestión se presentaba complicado de concretar por orígenes difusos, definición de género y gestión para editarlo cuando debía argumentar de qué iba el asunto; quiso ser homenaje al medio siglo de La vida breve pero la ciudad letrada tenía otras preocupaciones y si salió fue gracias al amigo Oscar Brando. De adolescente había leído a Onetti y no sólo a él entre los compatriotas; los años sesenta en Uruguay fueron movidos en literatura, se vivía una renovación de narrativas incitada por el impacto cubano y la ola del boom con su cortejo de efectos especiales. Mario Vargas Llosa visitaba Montevideo, Ángel Rama dictaba cursos sobre Gabo en la Facultad de Humanidades, llegaban a nuestras manos modelos para armar de Cortázar y conocimos a la Maga; Onetti vivía al margen escribiendo en Gonzalo Ramírez 1497. Recitales encendidos, presentaciones de libros cada semana, escena local marcada por la mudanza de El Galpón en 1964, suceso internacional de Benedetti y Galeano, poetas cantautores, la Feria del Libro de Nancy Bacelo en noches de verano… nuestros años felices de la veintena entre poetas y artesanos, juguetes pedagógicos y móviles, planes de futuro y amoríos para el resto de la vida mientras se urdía la catástrofe. 

Un joven lector hallaba el entusiasmo en las fuentes convergentes: narradores activos en Uruguay en cercanía estimulante, la circulación del discurso crítico removedor en centros docentes y en la prensa con magisterio de Marcha, la tarea de editoriales nacionales con el trio Alfa, Arca, Banda Oriental en el sótano de la calle Yi y que conocí llevado por Alejandro Paternain. Al finalizar el bachillerato redacté una memoria que trataba de los primeros textos de Juan Carlos Onetti, su obra me acompañó hasta la tesis y redacté el número a él dedicado en otro avatar de Capítulo Oriental. De su producción conocía El pozo hasta el fondo por su potencia inaugural de narrativa urbana y la primera edición está cerca de donde escribo ahora. En el lado opuesto de la vida de Onetti, me asombra todavía la pasión sensual de Dejemos hablar al viento abrazando la madurez de la obra, su destrucción porque así deben pasar las cosas y nuevas manos de resurrección retomando la partida; en otra reencarnación me prometí escribir sobre ella para descubrir qué nace de las cenizas de Santa María. 

Dentro de tanta historia contada por el mismo escritor, el objeto de fascinación era para mí La vida breve. Novela de sorprendente modernidad pensando en sus condiciones de producción, era exógena de poéticas rioplatenses siendo insoslayable para entender la humanidad formado entre treinta y tres gauchos y gringos aquerenciados; ingresa en diálogo con otros autores mayores como el conocido caso de Faulkner, pero sentimos la medicina de trinchera y el olor a consultorio pobre del Dr. Céline. Recuerdo al protagonista redactor en una agencia de publicidad con la esposa enferma cuando comienzan las apuestas esperando el temporal de Santa Rosa. Héroe sin cualidades que deja de ser Uno discepoliano y se desdobla para intentar salvarse, lanzado por el autor -que se inmiscuye como personaje secundario- en un mundo loco de yiras y malandras. Juanicho se deja hundir en la trampa de pensar la escritura cerrando los ojos, transfigurándose en narcomédico embarcado en un viaje esperpéntico al final de la noche, cuando canta la retirada el carnaval de los disfrazados. Quizá porque con la novela llegamos a la existencia en los mismos meses, supe que sería buena compañía para el viaje a Escritura con la condición de mantener la boca cerrada. Sentí que sería un espectro que estaría a mi lado, a la larga sería bravo de maniobrar y la única manera de exorcizarlo era llegando al fondo del misterio de los capítulos cambiando decorado. 

Haber trabajado la novela me permitió conocer diagonales porteñas llevando a parques, cementerios y al bajo Leandro Alem. Bajar al subterráneo reino de correspondencias, cruces y encuentros casuales; recorrer la extensión de filiaciones vinculando mundos paralelos hasta encontrar una salida y que puede ser Estación Pocitos en Montevideo. Debía hacer algo al respeto, el discurso crítico lo había ensayado y hay una bibliografía inmensa que forma la tradición de la exegesis onettiana. Temía la tentación de inventar un pueblo parecido a Santa María que decretaría mi pálido final; primero vino la idea de escribir un diario acompañando los cursos y que poniendo en común limitaba las arbitrariedades que despertaba en mí la novela. El final del asunto fue comenzar una novela cuyo tema es la lectura de La vida breve, anatomía parsimoniosa de pasión ficticia donde participan la pareja escritura lectura bailando un tango de la guardia vieja. Los primeros capítulos fueron trabajosos, pero a medida que avanzaba la tarea halló su ritmo de academia; el resultado me dejó satisfecho y vacío. 

¿Es Night and Day una novela en términos estrictos? Yo digo que si cuando miro lo que anda circulando en los shoppings y tampoco me interesa la discusión, siendo para mí caso archivado. El título proviene de la inolvidable melodía de Colle Porter que canta la obsesión amorosa; es de 1932, el mismo año que se editó Viaje al final de la noche del Dr. Louis Ferdinand Destuoches. Del autor es difícil afirmarlo porque era más bien casero, pero varios personajes de la novela estarían felices de pasar unas horas en un nuevo cabaret; siempre y cuando el inglés Oscar Owen tenga en reserva unos gramos de blanca en el bolsillo del chaleco.

La del estribo

“La del estribo” pudo haber sido un prólogo, pero se dice postacio porque fue ubicado al final luego del corpus principal del libro. El libro de marras es una versión con tonalidad uruguaya de “Alcools” de Guillaume Apollinaire; casi un ejemplo de eficacia de condiciones de producción, Apollinaire lo escribió a comienzos del siglo pasado, yo hice la más reciente traducción del francés y Gustavo Wojciechowski (editorial Yaugurú) fue el encargado de editarlo en Montevideo. Seguro que sin su cómplice comprensión este libre jamás hubiera existido, el trabajo de pasaje de una lengua a otra habría quedado en alguna libreta o llave USB. Esa es la historia visible del texto; en lo práctico fue Maca que expuso la pertinencia de unas líneas para orientar al lector nuevo, remasterizar la figura del poeta algo olvidado entre nosotros y recordar en el virreinato del Rio de la Plata la importancia que tuvo “Alcools” en la invención de la poesía contemporánea. Estuve de acuerdo, escribirlo me llevó varias semanas de lecturas y otras tantas de escritura condensado la enorme información; no tanto queriendo argumentar la vigencia de Apollinaire que podía prescindir de nuestra tarea, sino para reparar cierta amnesia consentida -como con otros grandes escritores- dentro de la ciudad letrada en lo que tiene de trasmisión.

Lo que había para decir del libro está dicho en el texto epilogal; me dije que era un desacato poner algo de cosecha propia antes de esa maravilla que es “Zone”, decidí que fuera ubicado al final y está bien así. Quizá sería bueno agregar algo sobre la historia invisible del proyecto; todo comenzó con el cruce entre Kafka y Apollinaire caminando las calles de Praga. Hallé en “Zona” una estrofa que era estupenda para iniciar otro trabajo sobre el cazador Gracchus, luego me dejé arrastrar por la épica personal y eléctrica del poema, siguiendo con el libro que despertaba en mí una suerte de llamado. Debía haberme encontrado con ese libro traducido cuando era un debutante estudiante de literatura, “Alcools” es de las experiencias fundadoras de lectura que anulan dudas y relativismos en cuando a la poesía, otras excitaciones de género y exime a la poesía de ponerse al servicio de grupúsculos, alejándose de aceptar la literatura como mera explicación de texto del real aparente. Después llegué al relato “El caminante de Praga”, que trasmitía el espíritu huidizo de una ciudad literaria, mágica y querida. Ignoro la razón para querer traducirlo, pero era íntima y venía trabajando el disco duro desde hace tiempo; estaba lejos de las obligaciones de la docencia universitaria, la resultante es que lo pasé a nuestro dialecto y con cierta felicidad. Ello me dio impulso para intentarlo con el poemario; no descarto -buscando pistas herméticas- la casualidad de que varias veces al mes debo cruzar el puente Mirabeau en ambos sentidos. Podía ser una nueva veta laboral para traducir acaso narrativa, pero es tarde para emprender esa ruta reconvertida y fue entonces que se produjo hace unos dos años la epifanía fortuita de querer transfigurar “Alcools” y sentir que podía hacerlo con cierta habilidad.

La idea ulterior era que el resultado saliera en Montevideo y contacté al único editor uruguayo que podía subirse el carro ese y así fue. En poco más de un año estaba pronta la traducción, en seis meses se preparó el posfacio de salida y se editó el libro; quizá una razón más terrenal era poner en circulación un autor y libro, que son magníficos, para la enseñanza de la literatura y despertar la pasión del misterio escrito entre los estudiantes. La biografía de Apollinaire es ejemplar por novelesca, desde el nacimiento hasta la doble muerte por causa de modernidad y en cada una de sus estaciones; es una aventura apresurada tras la identidad inalcanzable y el afán de ser distinto, no búsqueda estéril autorreferente consumiendo la existencia sino lo contrario: pragmática, activa, moderna tronchando las líneas permeables de demarcación. Apollinaire fue viajero urbano y de trinchera, enamorada vocacional, curioso de otras artes, caminante infatigable tras los misterios de París; dicta conferencias, funda revistas, es animador full time de la vida literaria en la urgencia, amigo y tertuliano, redacta críticas, se interesa por el teatro, crea la palabra surrealista, escribe un clásico de la novela erótica, dibuja los caligramas con lo visual en la poesía, se interesa por el cine, la música y las artes del espectáculo, combatió por el arte moderno, fue tocado en carne propia por la primera guerra mundial en la trinchera y tuvo la osadía de morirse -apenas pasado el medio del camino de la vida- de la peste española. Fue el literato que más se acerca a los grandes nombres, telas, performances, barrios, talleres, amistad, promoción y batallas estridentes de la revolución del arte moderno. Cuando recuerdo la relativa brevedad de su vida, sospecho que descubrió el secreto del tema del doble; tiene una obra inmensa que podía explicarse únicamente aceptando la hipótesis de dos vidas. Seguro que debí haberlo hecho antes pero no era todavía el tiempo; la hora llegó en el 2022 con un poco de atraso, tampoco podíamos dejar un poemario como “Alcools” tan lejos de estudiantes uruguayos y los vates en ciernes. Ya que el francés dejó de ser lengua habitual en nuestra enseñanza siendo pilar de nuestra historia literaria, al menos vislumbrarlo al sesgo, leerlo desde la otra cabeza del puente romano. Apollinaire nació en Roma pero pudo haber nacido en Montevideo, en la zona colonial de la ciudad vieja, allí en la brecha lingüística donde los versos de San Felipe y Santiago se afrancesan para denominarse La Coquette.