Raíz cuadrada de la melancolía

Después de muchos años la historia melancólica de los amigos fallecidos sigue siendo la misma y le cambié el título para acercarla al alma de los protagonistas. El original se llamada “Desarrollo de curso”, por entonces me interesaban el cuento de vecinos del barrio, colegas profesores de secundaria, la memoria olvidada de familiares que fueron desertando el tablado. Era una combinación de determinismo y estrategia en años de agitación concentrada y dispersa, cuando copulaban en público el carpe diem y el ubi sunt a diario en movida exultante a la salida del túnel; expresión sustraída del post franquista español, elogio de originalidad al borde del ataque de nervios y puesta al día del carnaval sin botas ni comunicados de los mandos.

Había en la ciudad letrada varias generaciones (término impreciso comprensible) de escritores con recorridos dispares siendo la mía la intermedia. Tardía para adoptar resonancias tradicionales del 45 y 60, demodé para adherir a una postura punk y subordinada a los últimos inviernos del poder castrense anudando a su relato sin rienda suelta al potro de la ficción. Los muchachos dicen era lo que hay y había que arreglarse con lo que cada uno tenía en su mochila; para mí fue disco duro de docente en el secundario sin cursos y reconversión en redactor publicitario, más interesado por la calle Corrientes y el Luna Park -donde velaron a Julio Sosa hace 56 años- que por el Malecón caribeño. Tampoco sabía que la vida estaba cambiando y los primeros malabares narrativos, con la ayuda del concurso de Banda Oriental tendrían una incidencia determinante en el futuro. Recuerdo esa sensación de corso de la historia en tanto quedaban sobre las playas capitalinas -además de ofrendas avícolas a Yemanyá- restos del naufragio del país que nunca sería el mismo. Mis personajes eran habitantes de la segunda zona, quería contar parte de lo ocurrió en los grises y la periferia; la Gorgona monstruosa comenzaba a activarse, había que mirarla a los ojos sabiendo que petrifica la creatividad y recordé a tiempo la lección de Calvino, el imperativo de capturarla de manera indirecta. Dolor y muerte comenzaban a mostrar sus muecas anestesiadas, retornos y partidas perdían apariencia bucólica; para la sociedad uruguaya sería complicado dar vuelta la página y moriremos con varias cuentas pendientes. La realidad omnipresente se agota en la redundancia y nadie está al abrigo de traiciones a las ilusiones juveniles, se vuelve vencido a la casita de los viejos, se lloran veinticinco abriles que no volverán. Cada día aporta novedades perturbadoras, el mundo fue y será una porquera mientras la yerba de ayer se seca al sol y la página literaria de Marcha termina envolviendo pescado en el expendio municipal. Se impone la ética de hacerse violencia y tomar por el atajo con obstáculos, escribir lo que se puede y no sobre aquello que se debería de acuerdo a la doxa predominante; lejos de escenarios carnavalescos y lides municipales del nomenclátor, dejando fluir la emoción como catarsis teatral de la tragedia; la pelea dejó de ser con la página en blanco, los malos son olvido y obsolescencia. Decía Torres-García que en la casa de las Musas no hay lugar para las lágrimas.

Las lágrimas hay que protegerlas para la amistad muriendo en pleno vuelo; ahí estaban esperando turno la pérdida de los amigos, compañeros de estudios y colegas de trabajo para contar su versión que las murgas omiten en las despedidas. La sensación de los muertos jóvenes la tenía, conocía el sanatorio desde la cesárea que me trajo al mundo, de niño me acostumbré a ir a los cementerios a visitar mis muertos de la novela familiar, los velorios de abuelos y a leer lo aprendí a la vez, ignoraba que entraba en un túnel espacio temporal de aviones, visas y aeropuertos, mudanzas en veredas pisadas por otros compatriotas. Releyendo los primeros cuentos que ingresan al Cabaret se diluye la frontera entre lo real y lo ficticio, surge la sospecha de que esas historias nunca fueron inventadas siendo el narrador testigo necesario de tales asuntos. Puedo testificar que esa circunstancia de camarada en situación crítica internado en el Casmu -con variantes infinitas- ocurrió en Montevideo allá por los ochenta del siglo pasado; en testimonio de ello -treinta y cinco años después de los sucesos- se vuelve a dejar constancia por escrito, sin omitir detalle, jurando por Shiva Nataraja mientras danza, poniendo la mano derecha sobre el calefón descascarado del cambalache discepoliano rescatado en prenda de empatía. Vale.