El comisario de Cerro Mocho

Esta narración me resultó problemática desde el comienzo, la terminaba -al menos lo creía- y había siempre flotando algo de insatisfacción; el trabajo parecía desviarse de sus objetivos originales y tomar rumbos inciertos. Dentro del proyecto “Nunca conocimos Praga” estamos en la cuarta redacción y la sensación es idéntica; puede que la quinta sea la vencida. Así que es preferible enumerar razones de la frustración organizando el diagnóstico y las intenciones que quedaron por alcanzar. Técnicamente omití en el espíritu de recuperación las versiones II y III, preferí trabajar pensando en el urs del relato de la memoria, ubicado incluso antes de la primera versión por escrito. Por ello la problemática “escribir un cuento igual/otro treinta años después” forma parte del relato. Eso de la obra en progreso en la variante reescritura me interesaba desde el punto de vista teórico; la cuestión es cómo plasmar un litigio teórica en relato. Quizá es un falso problema de profesor y más propio a quienes aconsejan valorando una estética de carnicería, mediante el famoso escribir con las tripas. Nunca me saco las tripas poniéndolas encima de la mesa cuando toca escribir; tampoco puedo hacerlo desde otro lugar del cual estoy, laberinto sin importar la salida porque aún estoy buscando el centro. Lo que sí puedo afirmar es que pasan cosas y el sentido, ritmo, recursos y resoluciones se alteran de alguna manera. El tiempo hace su tarea y ahí están para probarlo las ruinas de Roma, las fotos de los casamientos de los compañeros del IPA, las películas de El Club del Clan.

Luego trabajé el cruce entre ensayo y relato tramando la paranoia propia; por aquel entonces me preocupaba la alternancia entre cuento y novela, la manera de acertar en la cosecha de protocolos para intentar ambos géneros ficticios. Comencé por el cuento para calentar los motores y porque la novela me parecía inaccesible, la extensión podía borrar ese efecto de canción criolla que tiene la forma breve. El cuento porque admiraba el género, era lector insistente y los poetas siempre fueron los otros. Lo que ahora se titula “El comisario de Cerro Mocho” fue una trampa preparada de esas contradicciones. Tenía demasiados asuntos orbitando para el resultado fuera un cuento tradicional, pero haciendo carretear los asuntos quedaban pegados a la pista sin levantar el vuelo novelesco, sin alcanzar una respiración elemental para otras ambiciones.  Siempre vi el asunto como otra configuración menos un cuento; ya dije que lo imaginaba novela, también una pieza radiofónica, se podría hacer un collage escénico e incluso -es la solución formal aquí presente- una serie de diez episodios. Lo que fuera menos un cuento, pero resulta que es un cuento que termina decantándose por ser maqueta de novela. Quizá esa paradoja funcionando le aporte una energía insospechada, la misma que mueve a los cometes volvedores a la pantalla de los telescopios. Si, es eso: los volúmenes en una mesa de arquitecto del puente, el barrio o el teatro romano de lo que será si es que ganamos el concurso de los proyectos.

Me quedó en la memoria de estudiante una bonita fórmula de Leo Spitzer, que hablaba de “la enumeración caótica de la poesía moderna” y hay algo de ello en el cuento. El caos regenerado está en pleno funcionamiento operacional, ahora quisiera tentar insuflar un poco de orden en los asuntos tratados y es difícil de explicar… Primero sería la lucha política de los relatos o la confiscación narrativa y metonimia de la historia del Uruguay. Lo que ahí cuento es parte de mi historia personal, pero también de la colectividad en algunos tramos. Me consta que esos episodios pasan a la amnesia programada en soporte de epopeyas de derrota y siendo relegados al depósito de la intrahistoria. La noche aquella del IPA es como la noche del cazador, con letras de amor y odio tatuadas en las falanges. Esa noche mágica me parece más sublime que otras noches que nos repitieron hasta el hartazgo; ese mundo que cuento perdió interés en el periodismo, la historia de manuales militantes, la sociología interesada y la facilidad de nuevas generaciones en aceptar siempre los mismo cuentos sin chistar y lo que es peor creerlos. Es entonces que viene el poder de la literatura a dar una versión simbólica; lo entendí cuando trabajaba en Grenoble y visitaba la casa del abuelo de Stendhal, allí donde el futuro escritor pasó la infancia. Hay miles de libros sobre la transición española, pero todo pasa a la feria de Tristán Narvaja como la Historia Patria de H.D. Lo que permanece como recuerdo imborrable y resplandor llevando al entendimiento -pensemos en la transición española luego del franquismo- es la lectura de “El pianista” de Manuel Vázquez Montalbán, la música callada de Federico Mompou.

Hay conflicto en el cuento pues convergen en un punto líneas de interés a priori sin perspectiva de cruce. En la nota a “Radio de remate” expliqué la importancia del medio, los mensajes y aparatos tal como se presentaban en la niñez. En ese universo había una audición “El comisario de Cerro Mocho” que era sainete entre carnavalesco y esperpento criollo de género menor, proveniente de la gauchesca absurda con el personaje del comisario caricaturizado. Era el teatro del pobre o de barriada; encuentro con el espectáculo, el escenario y la ilusión cómica con lo que se tiene a mano. Allí imperaba la figura del actor, autor y director saltimbanqui omnisciente; Roberto Barry era un todo terreno que fue adelantado en el one man show político, como Julio César Armi en otra rúbrica se hacía llamar actor de los humildes. Después, uno abandona la infancia, accede a otras formas del espectáculo y eso asociado al tablado del barrio quedo atrás. El narrador viaja en el tiempo, pasan unos quince años y se encuentra en medio de una huelga de los estudiantes del IPA contra la Ley de Educación. No entro en detalles a confirmar porque eso está en los libros de historia; yo mismo olvidé los detalles, pero asoma una noche interminable entre las otras 1001 noches que es allí contada. Busco lo exacto y se pierde, espectáculo es pomposo, acto militante cierto y exiguo. Fue como una noche de tablado fuera de carnaval con un paisano de cada pueblo subiendo en orden al proscenio. El cuento lo narra, lo mágico fue que apareció Roberto Barry y eso hace explotar las leyes de las casualidades en beneficio del encuentro fortuito. En medio de la educación sentimental y literaria, de pronto me encontré con una calle de la infancia. Di marcha atrás hasta los días de la escuela y sin saber que esa noche comenzaba el largo viaje que me trajo hasta aquí, pasando entre otras por la estación Franz Kafka. Entonces algunas expresiones que pensaba fórmulas de los cursos como carpe diem y ubi sunt, adquirían una encarnación que debían suturarse en relato. La lucha nunca es contra la página en blanco, sino contra el olvido y la obsolescencia. La juventud no está y los espectros rondan; valió la pena y nada estará perdido si por ahí resisten estudiantes del IPA, muchachos del interior que escuchan a Ignacio Corsino en las pensiones del Cordón…

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día,
y cantaba como una calandria
la pulpera de Santa Lucía…

Las curiosas tribulaciones del estudiante Andreas Stein

Si es que existe una edad big bang del pensamiento, puede que durante la época de los filósofos presocrático, al parecer el fragmento breve era el nexo privilegiado entre la ciencia del átomo indivisible, la cosmogonía con comedia divina y la poesía con ríos griegos que nunca son el mismo. Luego se opera progresivamente una separación exponencial entre números y abecedarios, salvo intentos esporádicos por raros. De la tradición que conozco relativa a esa oscilación yo intenté acceder al sistema Pascal en línea sinusoidal. Me acerqué de lejos a los pensamientos sobre el hombre como junco pensante confrontado al cosmos infinito, al argumento de la apuesta pertinente a probar la existencia del Crupier Mayor y el deseo de ubicar a Dios como punto geométrico de varias coordenadas. Pero cuando comienza las series matemáticas, ecuaciones sobre la ruleta y la máquina de calcular, quedaba fuera de juego por falta de formación matemática, siendo una frustración resignada. Con Diderot ocurre algo similar, pero el proyecto revolucionario de la Enciclopedia y la visión colectiva que se llaman las luces, con su horizonte fijado en el reino de este mundo lo podía incorporar con cierta maña a la conversación. Lo mismo las extrañas novelas de circuito cerrado -como “El sobrino de Rameau”- que surgen de una intuición espontánea y me llamaron a atención por su montaje vanguardista. Más de una vez seguí esa lección del grado cero de la narrativa.

Luego y recordando el verso del tango “como esas cosas que nunca se alcanzan”, me interesé por los juegos de la ciencia. A ello contribuyeron los libros de Ernesto Sábato y pienso en “Uno y el Universo”, en “Hombres y engranajes”. Era un cotejo estimulante entre ciencia y relato, novela y Fibonacci, cuyo auge pensando en objetos y laboratorios electrificados por el rayo de Mary Shelley, fue el siglo XIX. La máquina de viajar en el tiempo, a pesar de sus desarreglos, es la locomotora Richard Trevithick de la revolución narrativa. Estamos tan fascinados al presente por chirimbolos tecnológicos de la inteligencia artificial, que por momentos olvidamos la astucia humana. Puede decirse que un escritor podía seguir el funcionamiento de aquellos intentos pioneros, de la misma manera que vemos con nostalgias las primeras imágenes filmadas, los aeroplanos casi de juguete suicida y los hombre bala en los afiches circenses; pero después se produce la falla irrecuperable. Lo ocurrido en las primeras décadas del siglo XX en el dominio de la ciencia occidental es prodigioso. Una aceleración de revelaciones dinamitando todos los puentes, yendo hasta las fronteras del universo visible, desmembrando con la física cuántica la mínima realidad invisible. Unas pocas decenas de cerebros en sinergia desafiante, transcribieron en ecuaciones bellas e inaccesibles para el común de los mortales misterios que durante milenios trastornaron a logias y exorcistas. Incompetente para acceder al enigma que se da contra el muro de Planck, a saberes que avanzan a la velocidad de la luz por la única vía de las integrales y la experimentación, me conformé con las crónicas de los divulgadores. Carl Sagan se me ocurre, en aquella famosa serie de los años ochenta, testimonios de los interesados -Werner Heisenberg “Más allá de la Física” BAC N° 370- y hace pocos meses las memorias de Benoît Mandelbrot quien dedujo que el universo y los girasoles son fractales.  Ante el trabajo sobre la ficción, sentía que era ilusorio obviar ese asunto hipnótico aun sin dominarlo. La textura material evolucionaba más rápido que la ficción, la discusión sobre el bosón de Higgs circulaba en el anillo del CERN junto a la estatua de Shiva Nataraja. Lo que creíamos materia resistente se hizo mágicamente fórmulas y la serie avanzaba inexorable: nuevas conjeturas, descubrimiento de estructuras en espiral, eventualidad de varias dimensiones coexistentes, torción de las galaxias, aporía sobre el origen del cosmos y la inventiva explorando esas cuestiones me resultaba vertiginoso. Ahí anida también en afirmación o interrogante la eterna cuestión de lo real y el dictamen de la literatura como exploración de los posibles.

Lo escrito en este cuento es poco original; propone la discusión a ciegas de dos órdenes, dos enigmas dispuestos en ambas cabeceras de un puente y que tienen la solución oculta del otro lado del mismo puente. Había que aguardar para comenzar a narrar la noche de la conjunción planetaria dando acceso a los arcanos y la irracionalidad de la guerra entre naciones con sus pasiones malsanas. Repensar lo que ocurría en los talleres de pintores, el escritorio de ensayistas, las mesas de café y el reactor de la poesía cuando se abrió el séptimo Congreso Solvay, en el Hotel Metropole de Bruxelles durante el año 1933. A veces me llega el trancazo y siendo complicado trasladar el Gran Circo del Mundo a la Banda Oriental, me decido por designar un cosmonauta criollo. Lo envío en misión casi suicida hacia lo desconocido a riesgo del anacronismo, como cuando vemos un viejo episodio de Cosmos 1999 en tele nostalgia. Paris por razones obvias personales, facilidades haciendo verosímil el entorno académico y otras retortas de la ciencia inflamable. Resolución de la historia en Praga y el café Slavia, porque allí la magia ronda como compañía bohemia de saltimbanquis, afuera es el Moldava y algunos vernáculos redactan dietarios hasta tarde en la noche. La anécdota parece arbitraria y el milagro del encuentro fortuito algunas veces necesita ser provocado. El estudiante Andreas Stein resultó ser un condenado a esa utopía diferida de la humanidad y obsesión del transhumanismo, ptro episodio traspapelado de la literatura fantástica, quizá espectro recurrente que sólo habita en nuestras pesadillas reprimidas de la inmortalidad.

Cuento para la cuerda sol

En aquellos años del primer libro, digamos que el título del relato buscaba una originalidad velando la aporía que supone contar dos historias en una. El conjunto de relatos asumía plenamente la poética cuento definida por los propios cuentistas y la concisión consecuente del ejercicio literario; se atenía a protocolos técnicos conocidos, era la distancia en la que me sentía cómodo y lo que daba la nafta del 600 de segunda mano. Más bravo era negociar la tensión de andar pocas páginas sobre la cuerda floja tras un resplandor solar, apoyándome en la quinta de las siete notas musicales y una de las cuerdas del violín. Desplazaba el drama irónico e irreparable del compatriota a la historia de un violín o de varios, según quién tenga el arco en la mano decidiendo la música. Un cuento es también un instrumento sensible que cada tanto -como ocurrió esta vez- es necesario afinar antes de que suene distorsionado por notas discordantes. Después, en ese sábado de recuerdo y Brahms, de ilusiones perdidas y trasnoche con pista de baile hay de fondo una melodía de organito, de parque de diversiones donde van las familias con niños chicos los fines de semana. Los comienzos de la aventura literaria tienen algo de esas calesitas con altibajos, la sensación de avanzar siempre volviendo al punto de partida, subido a un caballito que la próxima vez será una motoneta Vespa o el lomo palpitante de un tigre de bengala.

El cuento combinó varios elementos reconocibles del repertorio de melodías urbanas a mi alcance y disponiendo un eje central donde se oculta el mecanismo. La dínamo era la proximidad en la sociedad uruguaya -al menos hasta mis veinte años- de cierta coexistencia entre perspectivas de la música clásica con becas escuálidas, conservatorios Santa Cecilia y bailes populares donde todavía evolucionan parejas bien vestidas siguiendo las orquestas de Juan D’Arienzo y Miguel Villasboas, que era profesor de música en la enseñanza secundaria. Algo parecido sucedía con las bandas de jazz para los trompetistas, seguro hay casos vinculados a Carlos Goberna y su sonora Borinquen. Así se fueron sumando detalles de variada procedencia, el recuerdo heredado por vía materna de José Serebrier que vivía en el barrio de nuestra familia e hizo una trayectoria internacional como compositor y director de orquesta. Los primeros discos vinílico de Julio de Caro los escuché en casa de Héctor Galmés, donde me llevaba de visita Alejandro Paternain y oíamos las voces cómicas en “El monito”. Los liceos los frecuenté desde los doce años y si bien me faltaba experiencia de terreno en los bailes -sigo admirando al sublime Fred Astaire y la danza de salón nunca fue lo mío- tenía informantes de fiar en tíos milongueros y vecinas traviesas de lo ocurrido -hasta por ahí no más- en el entresuelo del Palacio Salvo, la IASA de la calle Yatay y los locales de Casa de Galicia.

Violinista para la instrospección porque eligió con la ayuda paterna un instrumento de los más sublimes e implacables para calibrar el talento del músico; que hace pasar a la audiencia las últimas siete palabras del Cristo en la cruz y el trino del diablo; que se acomoda a las maneras de David Oïstrakh, Stéphane Grappelli y Antonio Agri. A veces es aconsejable una curiosidad transitoria por dominios distintos de la enseñanza de la literatura; los túneles laboriosos entre pulsión de vida compartida en sociedad y modelos invocando desde la tradición clásica siempre me intrigaron. Difícil de resolver la cuestión cuando se presenta y bien sabemos lo que ocurrió con el joven Ícaro cuando quiso acercarse al sol. Si lo redacté, fue porque la anécdota era verosímil y se adecuaba a mi proyecto, decía de la opresión desde otra cadencia que la charanga militar y marchitas de los comunicados; alguna vez fui testigo de situaciones inolvidables mientras el enganche mágico entre La cachila y una suite francesa fue posible creando la tercera clave del recuerdo. Tuve la suerte de hablarlo con Coriún Aharonián -dijo que en momentos graves tocaba las suites francesas- que escuchaba paciente, porque a esa cuestión le dedicó buena parte de su vida. Algunas veces en verano y estando a menos de diez metros, pude verlo en directo pasada medianoche en Preludio café-concert de la calle General Mora de Pocitos; cuando Manolo Guardia rondaba el cuento ese sobre la cuerda Sol, improvisando como si fuera Mozart y Marianito Mores inspirado, siendo Manolo valorando la burla de comedia que carga toda tragedia. Si él hubiera sido el protagonista, el cuento corto hubiera necesitado el fuelle de una novela luminosa: alumno de Guillermo Kolischer, tocó con el potrillo César Zagnoli, integró la All Stars del Hot Club de Montevideo y fundó Camerata de Tango. Sentí que actuación era la banda de audio del cuento que a mí -medio siglo después- todavía me quedó por el camino, trancado en una nota sola; como si él pidiera que siga trabajando en los arreglos. Me consuela entonces el inmenso Joao Gilberto cuando canta -desde 1958- que no peito dos desafinados tambén bate un coraçao.

Un apócrifo: «Martillo de jesuitas»

El relato integra un libro titulado “El misterio Horacio Q” editado en Montevideo la primera vez por Alberto Oreggioni en 1998 y luego en Buenos Aires (2005) por Alberto Díaz. Evocaba la figura de Horacio Quiroga en una suerte de homenaje inspirador, siguiendo dos líneas de trabajo de manera a la vez flexible y estricta provenientes del salteño. La primera de orden temático imponía orbitar algunos de los episodios de la vida atormentada del escritor; podía ser la muerte accidentada de un amigo en un simulacro de duelo o la tentación vanguardista del cinematógrafo. En el cuento presente quise dejar traza sublimada de la muerte violenta de su padre, en un accidente de caza cuando HQ venía de nacer, el suicidio terrible del padrastro cuando el aspirante a poeta modernista ingresaba en la edad adulta y antes del viaje a París. Dos escenas traumáticas en la vida de cualquier persona y tratándose de HQ potencian una dramaturgia de héroe maldito, en tanto que se suman a otras desgracias apiladas, haciendo inevitable una detestación de la vida que le tocó vivir, odio visceral por el ensañamiento en su contra de oscuras fuerzas del Destino, increpar a enemigos invisibles y blasfemar ante otras instancias superiores en la feria de las creencias.

El segundo mandato a seguir era respetar -sin el orden general estricto del texto- alguno de los preceptos contenidos en su famoso “Decálogo del perfecto cuentista” publicado en la Revista Babel de Buenos Aires en 1927. Aquí se trataba de glosar el fragmento VI: “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frio”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.” Había pues que concentrarse en esa frase hasta quedar encerrado e intentar transformarla en obsesión de historia individual. Machacar haciendo que -impedido por variaciones asfixiantes- el recurso de la repetición le diera un nuevo sentido fatal. Debería correr no demasiado lejos en la escritura un rio visible o invisible, el soplo en movimiento humanizando la naturaleza o atribuyéndole alguna intención amenazante. El viento que todo lo lleva, que anuncia temporal y que trae malas noticias, desata la tormenta con granos de arena del desierto e incita langostas devoradores de todo verdor perecedero. Además ese frio repetido… eso sensible que un ser humano puede calibrar en su temperatura entrando por los pies o el cuello, el frio aliviando de la humedad sofocante y que avisa la muerte si toca virazón, Las dificultades de resolver el relato daban vueltas como viento circular; así continuó la espera con anotaciones al margen y una mañana se juntaron los posibles dentro de la frase tajante, formaron la jangada imaginaria con olor a cadáver que se olfatea cuando la presa del cuento está cerca.

Por la violencia trabajó algo la memoria personal de la historia reciente y psicologías fronterizas de Acevedo Díaz, pero si se la mantiene en actividad exclusiva rondando el testimonio la ficción intransigente huye despavorida como animal acorralado. Se podía dar rienda suelta a la ficción; sin ese olor a sangre humana y carcazas pudriéndose que llegaba desde el rio Uruguay, la intención original marchaba corriente abajo y naufragaba la dosis justa de convicción. Quedaba pendiente lo más complicado de acceder al delirio -la escena debía resolverse en delirio- desde datos concretos; recordé las lecturas del propio Quiroga donde la vida cambia en un segundo y que todos conocen aunque hayan leído “A la deriva” una sola vez en la vida. Hay un hombre que se llama Paulino y tiene una mujer llamada Dorotea. Está a cinco horas de navegación del pueblo Tucurú – Pucú y se enemistó por asuntos pasados con el compadre Álvez. Recuerda otro conocido llamado Gaona, su ex patrón míster Dougald y el recibidos de madera, un tal Lorenzo Cubilla al que conoció un jueves de semana santa. Toda la sangre del pasado está envenenada por la mordedura de la yararacusú, en las venas circula la infección que pudre el cuerpo y llega al cerebro. En ese trance irreversible los hombres solo pueden distinguir el teatro negro donde se representa el cuadro de la muerte. Eso ocurre en el medio del rio que es también el de Manrique y desde donde soplaba un viento frío, que a Paulino lo dejó indiferente pues no distingue el agua de la caña: ¿lo de Cubilla fue un jueves o un viernes?

Aunque se destile en otros alambiques narrativos, la maldición de las Misiones sigue goteando cada tanto veneno sin antídoto. Se pueden cambiar los nombres de la cartelera, algunos contexto de rancho familiar y ser otra la noche del cazador de los curas traidores con Odio Amor tatuado en las falanges. Una verdad reptante sigue avanzando a la deriva desde 1927: desde el río soplaba el viento frío.

Los marinos cantores

Durante muchos años enseñé el Nocturno de Darío dedicado a Mariano de Cavia y tan maravilloso

Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero ruido…

Durante la lectura -además de la angustia madura del nicaragüense- es luminoso percibir el murmullo nocturno avanzando mientras convoca avatares ambiguos y estimulantes, temas declinados por la tradición literaria al infinito. Pienso en la enigmática noche de Antonioni y la oscura del alma, las noches de circo de la filmografía sueca y otra pasada en la Opera con los hermanos Marx, la noche del cazador tras el rastro sanguinario del reverendo Harry Powell y el largo viaje de la novela hacia el crepúsculo con Céline. Rondando ese motivo de lo maléfico viniendo de las sombras, imaginé lo que pudo ocurrir durante una noche de tablado de aquellos populares de los años cincuenta en Montevideo; por eso los elementos del kit que componen el cuento son similares a los de mi infancia: llegar al club todavía con sol y monedas para tres churros, jugar al futbolito por la ficha, leer las letras de Jardineros de Harlem escritas por Amuedo que era vecino del barrio. Ver la mágica entrada en éxtasis inolvidable de Tito Pastrana, dirigiendo tan solo la batería de La nueva milonga ya abajo del tablado a menos de dos metros. En mi memoria aquellas eran semanas felices y sin embargo recuerdo otras inquietudes, temores súbitos, la superstición del vecindario y fuleros berretines asomando prematuros en la niñez. Es suficiente en toda circunstancia una pequeña distracción en la cronología para que se inicie y entre en funcionamiento la tramoya trágica. Así, el autor del cuento adulto organizó al marco general partiendo de lo real transfigurado por la evocación; el narrador entrenado operó las distorsiones, el agregado de lecturas y pactos necesarios para que el relato fuera posible. El título tiende hacia la verosimilitud, quizá hubiera sido más popular citar una murga como lo vengo de hacer, pero esa categoría ha reinado luego en las últimas décadas con tanta suficiencia que parecía rugoso recuperar la fascinación infantil. Habiendo visto antes de ir al liceo a Pastrana, a Pepino, a Martha Gularte y asistido a ensayos de Los Saltimbanquis en el Cyssa Maroñas cancha original, donde jugaba al básquet mi tío Rubén uno puede entonar tranquilo la despedida; los murguistas además desconfían de los profesorcitos de literatura metidos en su marcha camión, como sucedió con el Bocha Benavides. Había en aquellos carnavales crédulos hospitalidad para números artísticos como Los marinos cantores que cantaban lindo con un repertorio entre cantina, kermesse y brindis de gala. Me gustaba su estampa con uniformes de marineros de agua dulce y -quien sabe- si no había en mí un deseo nunca cumplido de embarcar de verdad con un gorro de ballenero. Después la vida decide diferente, uno queda varado entre los botes a remo de la costa montevideana; por fortuna, estaban por ahí los profesores de literatura del liceo 14. Entonces entiende las lágrimas en la lluvia del androide replicante Roy Batti: estuve en una de las naves aqueas que alcanzaron la costa troyana antes del desembarco de Protesilao, en el Pequod mientras Achab clavó el doblón de oro en el mástil, sobre el barco navegando el río Congo cuando fuimos a buscar a Kurtz al corazón de las tinieblas y hace poco me sumergí una temporada en el submarino Peral. Padre marchaba a trabajar cada día al otro lado del Cerro de Montevideo en remolcador y fui polizonte en los astilleros de Saint-Nazaire; quizá la memoria de los mayores y la historia del abuelo Nazario ayudó. Con sus hermanos Osvaldo y Máximo cuando desde el barco que los traía del país vasco vieron costa uruguaya, decidieron que Buenos Aires estaba lejos, se tiraron por la borda y llegaron a nado por ahí; esa era la leyenda familiar que decidí que era verdadera.

Mientras en el tablado del cuento actuaban Los marinos cantores en la casa familiar del personaje central se filtraba el horror, el horror… preferí no decidirme por una solución detallada, creo que no hubiera podido escribirlo y más porque debió de parecerse a un cuento de Horacio Quiroga, espectro que siempre se cuela por alguna rendija cuando se trata de cuentos uruguayos. Eso es el final abierto del relato y que explica el inició holandés ya leído, la crónica marina alcoholizada de la redención que para mantenerse encendida necesita nunca tocar tierra. Una vez embarcados en el viaje del relato con el narrador liberamos las jarcia buscando con los trapos desplegados el punto velico y a falta de una práctica directa en esos menesteres, dejamos correr el relato entre leyendas y supersticiones. Después me tocó salir a varias ciudades pero siempre en avión y sin embargo, podría decir que una parte mía permaneció en la orilla donde mueren las olas, en la arena mojada de la playa Malvín, mirando el roquedal asomando a unos cientos de metros río adentro; que se llamaba isla de las gaviotas. Para mis siete años crédulos esas peñas asomando se volvían Ítaca y Barataria, se parecían a la isla de los esqueletos, anunciaban Saint-Louis sobre el Sena, If para meditar las revanchas y Santa Helena cuando llega el exilio definitivo. Eran Avalon de las manzanas donde dicen las leyendas que se forjó Excalibur, vive Morgana con sus hermanas y reposan los restos del hijo legendario de Uter Pendragon.

¿Es que Zarah Leander cantó viejas melodías en guaraní?

Este cuento integra el libro de ficción en homenaje a Horacio Quiroga editado en 1998 que tenía por título “El misterio Horacio Q”. El proyecto fue evocado en algún otro momento de estos comentarios, igual considero pertinente recordar su doble protocolo o si se quiere las figuras impuestas que debían ser respetadas. Se trataba de recuperar ciertos episodios marcantes de la biografía trágica del salteño y cruzarlos con las sentencias del famoso decálogo del perfecto cuentista. Antes de ponerme a escribir, entonces, tenía la temática sin conocer la historia que la acompañaría y ello -que puede hacer pensar en cierta facilidad de procedimiento- para el tema del cinematógrafo y su frustración industrial, resultó de cierta complejidad; como si los personajes, el narrador y también el autor habláramos lenguas diferentes.

El vía crucis del escritor – sabido y glosado tantas veces- inclina las lecturas a una vertiente biográfica; parece que de principio a fin asistiéramos a una crónica inverosímil por la obstinación de la muerte perturbando la existencia. Vida y obra entonces en versión redundante de horror, desquicio y fatalidad; una prolongada burla maliciosa de divinidades resentidas, trazando un trámite perpetuo de obstáculos; equivalencia desfigurada entre temática de algunos relatos y capítulos luctuosos de su biografía. ¿Cómo se podía resistir a una relación causa efecto tan implacable a lo largo de la vida? La juventud turbulenta de los duelos románticos termina en asesinato del mejor amigo, el viaje tras el modernismo a Paris se resuelve en una crónica naturalista del hombre fracasado, la miseria retorcida en las tripas y la casa de empeño. Quiroga fue para las Parcas un hueso duro de roer desde temprano, un contrincante empedernido capaz de jugarse la vida y que tiene la réplica en cada mano de apuestas sin nunca darse por vencido. Si falla la poesía será el cuento, si muere el amigo frecuentará a los desterrados, si una mujer abdica encontrará una novia adolescente, si París lo regurgita se exilará en la selva Misionera y si el cáncer asedia dirá suicidio, cianuro comprado al ferretero en la esquina del hospital. Esa falta de resignación ante la crecida devastadora impone respeto y puede relativizar la leyenda del hombre derrotado; muy uruguayo todo eso, y así Joaquín Torres-García pudo afirmar que en la casa de las Musas no hay lugar para las lágrimas.

Curiosa paradoja la suya, el escritor más hostigado de la Biblioteca hizo que muchos escolares -creo recordar que fue mi caso- entramos con su lectura a la literatura; nada de niñerías, sino que nos codeaba con grandes temas de la ficción cuando recién veníamos de aprender a leer. Supongo que de ahí me llegó la admiración por el relato breve, saber que en el cuento se resuelven los expedientes técnicos de la literatura y la memoria de las naciones. En los diálogos entre animales estaban las fábulas y mitologías para uso personal, la función de la ficción heredara en la educación estética y sentimental, la obligación de escuchar los ruidos del mundo, el canto de la noche y la voz de los espectros. Entre sus estrategias de supervivencia, hallamos la suma de trabajos heteróclitos, días de cielo obscurecido, empresas con balance negativo, barba a lo Landrú y tribulaciones del amor que se presenta bajo el signo de Annabel Lee. Trapecio sin red de protección, apartada por expreso deseo del interesado, entre mandatos de tradición bostoniana e imperativos de la modernidad rodando en bicicleta, como si la vida fuera un velódromo en circuito cerrado; entre ellos, el interés por el cine: durante su vida se vivió el pasado del cine mudo al parlante, del blanco y negro al color, estaban en las pantallas Chaplin y Rodolfo Valentino, ya había copias circulando de El perro andaluz, El gólem, El gabinete del Dr. Caligari y Nosferatu. Este cuento es el recuerdo de la importancia del cine en los intereses de Quiroga; el problema a resolver era inventar una historia que lo considerada y en sintonía de montaje se distinguiera por estrategias propias.

Guardé un protagonista uruguayo y la picaresca en el avispero porteño, evocación sin palabras del mundo estilizado misionero y agregué un par de invenciones: la estrella femenina del cine retirada de las carteleras y un improbable emprendimiento atrevido en Berlín. Si el Graf Spee se hundió en la bahía de Montevideo dos años después de la muerte de Quiroga, bien podía un proyecto cinematográfico hundirse en la Berlín de entonces. Está de moda la noción del punto Godwin que es menos científica que sugerente; más o menos, quiere decir que toda charla sobre asuntos polémicos, en pocas frases termina convocando el nazismo: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno.” En la narrativa ocurre algo similar y creo que lo intenté hace años en otro relato; es una conocida tradición, ahí están Borges, Polasnky, la infancia del Dr. Hannibal Lecter, Liliana Cavani y Visconti, Christopher Isherwood, Tarantino, Philip K. Dick, Bolaño, Jonathan Littell y tantos otros para demostrar el tirón narrativo por el mal y que presenta con el nazismo la facilidad de ser laboratorio absoluto, encajando los excesos a discreción sin presumir secuelas judiciales. Si existe una juventud atraída por modelos revolucionarios de inspiración variada desde Vietnam a Bolivia, también se activa otra comprometida con la fascinación fascista y la retórica totalitaria. Supongo que en otras vidas -que nunca tuve y es tarde para considerarlo- hubiera frecuentado los cabaret de entre guerra en Berlín. Antros acogedores permisibles donde olvidar lo que sucede afuera, empollar el huevo de la serpiente mientras cantaban Lola Lola y Sally Bowles, en el mismo barrio de los pogromos con vidrieras rotas. Es una materia curricular pendiente y a destiempo; reparando esa falla imperdonable, fui por ahí tras las obras de Brueghel: la pesadilla Babel del cuento y El triunfo de la Muerte en El Prado, que fue titulado pensando también en Quiroga. Había sobre la mesa de trabajo llegado el momento, el diálogo de animales selváticos, fotos del narrador subido a un aeroplano, los Brueghel de Bruselas y la voz de Zarah Leander cantante “il pleut sans treve”, el adolescente rubio de aquella escena campestre de Cabaret arengando “tomorrow belongs to me”… el cuento se fue escribiendo así, siguiendo su curso como otro rio ficticio bajando turbio desde fuentes huérfanas, llevando al gran Delta todo lo que arrastra en su marcha; eso, antes de que la vida rompa el timón en los rápidos y termine su navegación a la deriva.

El navegante solitario del Danubio

Un acercamiento inicial al relato del navegante solitario, digamos que proviene del contexto uruguayo precediendo su publicación y mi vínculo por entonces con la escritura, el tramo encrucijada de la existencia cuando una anécdota así irrumpe en los cuadernos y se resuelve en cuento. Era la salida negociada de la dictadura tan glosada, de un período perturbador afectando lo personal y lo colectivo; ello activaba mareas sociales interactivas puede decirse que previsibles. Una fue el entusiasmo generalizado liberador a la manera del destape español, la sensación de abrir puertas y ventanas proyectándose al futuro; sin considerar en el fervor que las reglas del juego cambiaron para siempre y la euforia reivindicativa era insuficiente para contener la erosión consecuente. Como generalmente en esas coyunturas, se trataba del ensayo vano de recupera el tiempo perdido confiscado por otros uruguayos y la estrategia internacional. Remasterizar las culturas pop (hay demasiado en la expresión como para extendernos aquí) desde el rock al cine, el desdén hacia la vapuleada consigna de patria para todos, las drogas abriendo adarves del paraíso con guitarras Fender y otra serie de performances culturales heterodoxas de la teología de la liberación. Fueron catarsis lúdicas de Arte en la lona, homenaje a Titanes en el Ring, Montevideo rock proliferando bandas, repertorios y cantantes censurados, la incidencia de figuras no futur como Gustavo Escanlar, cronista reactivo y narrador talentoso de esa situación. La segunda fuerza activa fue una memoria post revolcón, la del triunfo ideológico aparente, resolana agridulce nutrida en expedientes municipales y estigmas carcelarios. De hecho, una diplomacia de resarcimiento y re/vivir años idos con múltiples aristas: testimonio conmovedor, explicación sociológica, búsqueda de verdad partidaria, deseo de justicia burguesa, postergación sine die de transformar el país por un reajuste compensatorio; repasar la película con dos finales. Detectando donde estuvo la falla en la proyección, postergando la crítica para luego de consignar la violencia desatada. Había algo en ello de avanzar volviendo, situación gramsciana ejemplar, de movimiento sin salir del lugar dejado atrás y apostar casi a lo que hubiera pasado si… que se decidió por mayoría proyectando la mirada sobre el espejo retrovisor. Stand by del relato país, la acción de imaginar los posibles latentes se detenía para remedar lo pasado y aquello que permaneció inactivo. La famosa estrategia futbolera del club “Avanzada y retroceso”, filosofía humorística del coach Cholo Capandegui, interpretado por el inolvidable Alfredo de la Peña, también profesor de literatura. Nos situamos ante varias estrategias que podían explicar el imaginario colectivo pero siendo escuetas para fundar un proyecto literario unificado. A la triada prisión, exilio e insilio se sumó la leyenda urbana de manuscritos guardados en los cajones a la espera de publicación. Ese ejercicio pactado se perpetuó durante años traducido en programas de enseñanza, insistencia de reconocimiento social, corpus reflexivo producido, políticas editoriales y reflejos inamovibles del aparato crítico. La investigación periodística, el relato histórico, la vertiente sociológica se impusieron a los dominios clásicos del género ficticio; quizá la poesía, por ser cuestión de jóvenes en renovación perpetua, guardaba el interés de operar en los márgenes ante una recepción colectiva afín a las artes del espectáculo.

Cada escritor fue buscando su propia estrategia, muchas veces operando en antípodas válidas coexistentes; ello explica en simultáneo los textos de proyección continental de Galeano y los talleres presenciales/virtuales de Levrero en su Aleph culto de la calle Bartolomé Mitre, con mediaciones de computadoras y acólitos, universo paralelos con palomas moribundas en la azotea. En lo personal, practicaba la doble Nelson de dejar traza reconocible de lo vivido evitando la tentación mimética y con el mandato de una diagonal narrativa. Por los finales de los ochenta había en la mochila una incursión exploratoria en Barcelona, trabajaba en publicidad y me interesaban los signos de los medios masivos de comunicación. El domino preferido era el cuento -límite de energía, aprendizaje tardío, tradición rioplatense integrada, idea del mosaico- y venía preparando el tercer libro. Su título fue “In memoria Robert Ryan”, se basaba en el recuerdo de una película donde el actor de Chicago actuaba un boxeador en su última pelea. Las historias del libro fueron saliendo a su aire y quise inventar un nexo que unificara: se trata de ocho relatos ocurridos en Uruguay el mismo día 16 de agosto de 1977, cuando murió Elvis Presley en Memphis. Me interesaban los personajes secundarios y víctimas colaterales, asistentes casuales en tertulias barriales, la patota de los vestuarios y otros lesionados revolcados por el torbellino padecido. Era imposible no estar al tanto de lo ocurrido, pero buena parte de la población fue testigo ocasional, tenía planes ajenos a proclamas y comunicados conjuntos o estaba a favor de los mandos reinantes. En el planteo anecdótico el cuento puede resultar sencillo, para la ocasión fue la crónica de muchachos de barrio -mi barrio hasta bien entrada la vida- que tenían sueños parcos relativos al ascenso social y la frontera delictiva a la vuelta de la esquina, pudieron probarse en las divisiones inferiores del Danubio Fútbol Club (1932) y zafaron del barrio a la búsqueda de su propio río. La tragedia arde cuando los dos países se topan de manera fortuita y de la nada surge aquello del mal momento en el lugar equivocado y en la noche fatídica, predicha por tres brujas de la Curva de Maroñas. Yo conocí por dentro la sede del Danubio, me llevaba mi padre y fue antes de asistir por la tarde a la Escuela N 49 República de Nicaragua, de la calle Andrés Latorre esquina Pirineos; la cuidadora con casa era una morena que se llamaba Anchorena y su marido vendía biscochos durante el recreo.

La diana del tiempo

En un libro en el cual los personajes tratan de acomodar como pueden la vida que se va, donde ilusiones perdidas juveniles y la certeza -aunque desmoronada- eran puerto de amarre que consuela, me interesaba considerar el asunto del extravío; por ello planea a lo largo de los once relatos el espectro del ingeniero Isaac Peral. Por una filiación secreta, en este octubre 21 coinciden en La Coquette dos relatos que, si bien pertenecen a épocas diferentes de la vida, tienen algo en común: narran el desconcierto y la perdida de dos hombres en el itinerario de su búsqueda; si la imagen compartida fuera un rio, habría que marchar a la deriva después de haber sido mordidos por los ofidios de la ironía. La historia reciente desplazo con perversa inteligencia la dialéctica de las clases sociales; organizó en su lugar bandos compactos turbulentas e inofensivos al sistema, tribus urbanas pintorescas, minorías que se definen por lo insolidario acotado al cuerpo sexuado y puliendo el espejo narcisista, chacras antropológicas en modo ghetto entre identidades sacudiendo grilletes; el cambio de sociedad fue excomulgado y la consigna es la persistencia en el ser. La vida es una sola y mía, la metamorfosis colectiva está obstruida con el sedimento de siempre; se es hincha del cuadro hasta el sepelio -el Danubio quizá- de una agrupación carnavalera (Los marinos cantores) y llegado el caso se la defiende a trompadas en el Teatro de Verano, de una tendencia política y banda musical (Tótem) de aquí a la eternidad. El movimiento de las partículas minimalistas es tan intenso que resulta dificultoso percibir el paso del tiempo. Al momento del balance, a pesar del vértigo del mundo, se podría hablar de predestinación asumida, profecía autorrealizada, destino programado o novela de anticipación que cada persona llega a bocetar. Hay algo de tierno y escalofriante viendo a ciertos abuelos paseando de camiseta con la lengua Rolling Stones. El país es más de historia que de ciencia ficción, a las luces de señalización de la isla misteriosa y el tesoro enterrado, se prefiere el espejo retrovisor. Había que trabajar esas fallas, refutarlas y conjurarlas; el repertorio post 73 cargado de redundancia o que lo parece, insatisfacción generacional, fracaso íntimo, justicia que falta y las cosas que nunca son como debieran perdurando varias décadas. El esfuerzo de considerar que buena parte de los compatriotas piensa diferente, admitiendo que las circunstancias son lo en verdad mutante: aceptar los cambios operados recordando el barrio de la infancia, se puede transformar en pesadilla existencial. En especial la verdadera revolución tecnológica que nos viene del exterior, del Silicón valle que es decir otro planeta: el primer cuento del navegante solitario fue pasado en la Brother Typerwiter y el segundo de la diana con ordenador Asus made in Taiwán. Eso en el taller, lo interesante es cruzar destino individual con circunstancias que nunca son las esperadas; por más que queramos ser los mismos escuchando “A don José” mientras se juntas firmas, es el mundo que cambia tal como ocurre dentro de nuestro teléfono Movistar. El cuento del navegante solitario, rescata la noche del encuentro entre un muchacho propenso al atajo del ascenso social con el aparato represor; el segundo, un informático recién diplomado extraviado en bucles espacio temporales. Tampoco es una circunstancia demasiado original; los estadios con Quilapayún se encienden ahora cuando actúan los hermanos Angus de Escocia y que crearon AC/DC en el año 1973. Nos interesaba en la edad media ingresar en una novela como “Sobre héroes y tumbas”, actualmente protagonizar un video game en la batalla final contra la armada de los zombis; las nuevas tecnologías dan el protagonismo depredador adentro del argumento. La experiencia de relatos de mundos virtuales evoluciona desde la máquina de viajar en el tiempo -en un submarino- hasta el suceso de sagas como Alien, Star Wars y Matrix. El relato sobre el informático compatriota, acompaña un extravío existencial en laberintos interconectados, como si ese destino en efecto dominó fuera alegoría de lo ocurrido en el país de un tiempo a esta parte. El relato carece de explicación en lógica secuencial ¿por qué no?, era tiempo de incorporar la imaginación, los sueños, esos viajes low-cost consumiendo drogas de las bocas de venta. Tampoco deberíamos pedirle excesiva coherencia a la literatura, menos en un país donde la gente cuenta sueños a analistas que leen Relaciones; se reivindica que el mundo se trastoca maquillado en el carnaval más largo del planeta Tierra; Yemanya es la reina del mar y más en febrero diseminando ofrendas en la playa Pocitos. El racionalismo disciplinado uruguayo está contra las cuerdas; ahí están los tele evangelistas invitando a parar de sufrir, sacudiendo demonios a diestra y siniestra, prontos a tiradas de buzios y la peregrinación a la parroquia San Pancracio. Por tanto, el extravío se puede operar en túneles con espejos ficticios del tiempo y espacio. Buena parte del relato sucede en Cuba que no conozco, quizá por influencia del cuento “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier. El extravío admite confusión de identidades y recuerdo el abismo nominal de “Profesor: reportero” de Michelangelo Antonioni de 1975. Para confusiones de la identidad nadie mejor que Jack Nicholson, sabemos a qué me refiero y más cuando dialoga con el barman Lloyd. Esa variación identitaria de música tropical se puede asociar a la diana del tiempo: diosa de la caza, toque para despertar a la tropa en los cuarteles, acertar en el blanco o centro de un objetivo con la flecha zen de la intuición.

Últimos globos de historieta

Cuando escribí “Aperturas, miniaturas, finales” ya desde el título había un guiño a la cosa mentale del ajedrez, la noción de juego sometido a reglas y la heráldica de combate -el primero de todos contra las murallas de la narrativa- así como a las infinitas variaciones. Contaba de tres secciones y cada una ponía el acento en momentos clásicos de la partida, donde se puede definir el éxito o fracaso del intento; así lo quiere la tradición desde el tratado de Ruy López de Segura, publicado en Alcalá de Henares en 1561, hasta la corona revalidado la semana pasada por el noruego Magnus Carlsen. A veces también se hacen tablas, una suerte de aporía de movimientos donde a la belleza del desarrollo le falta el asalto final sobre el rey enemigo.

Las aperturas -en salida con blancas y en defensa- son parte de la partida; por ser estudiadas sin tregua se repiten siguiendo partidas anteriores, hasta el momento que sucede el movimiento haciendo vacilar lo que sigue; en el cuento sería el planteo inicial del decorado, personajes, tonalidad, coordenadas espacio temporales y el arranque de la historia. Las miniaturas son relámpagos, partidas resueltas en poco intercambios digamos menos de veinte movidas; es el insondable secreto del cuento breve, algo rondando entre Poe y el dinosaurio de Augusto Monterroso, sin olvidar el decálogo del gran maestro Horacio Quiroga. Los finales es el arte de rematar una partida, liquidar un cuento entre escaques despejados y haciendo que la última oración sea inesperada, diferente o mágica, eficaz como la inicial que tanto preocupa a los narradores. Ese tríptico formal, en mi caso estaba acompañado en el primer libro por otro de condicionamientos. Los recuerdos de la educación al relato, que incluye la literatura en su acepción habitual y las imágenes del cine, revistas de chistes canjeadas en los kioscos y la influencia de la televisión; con esa coincidencia irrepetible de ser la primera infancia uruguaya confrontada al monstruo catódico de fabricar historias. Luego estaba el aire del tiempo, sobre todo el interés por los signos de la cultura de masas, la Semiótica en su auge -nombradía de Umberto Eco y Julia Kristeva- que me condujo a pasar post grados en la Universidad Autónoma de Bellaterra, donde redacte una memoria de grado sobre Rocky Balboa. Por último, estaba la exploración narrativa de todos los posibles, lo que daba un estado de escoria y heterodoxia al libro aquel, que podía ser considerado de búsqueda tanto como de extravió.

“Últimos cuadros de historieta” responde a ese magma y todavía no estoy seguro si la resolución fue acertada y la idea no se fue apolillando con el paso del tiempo. Durante la infancia acumulé miles de imágenes de enmascarados, animales que hablan, balaceras del far west, andanzas en liana del hombre mono, Benitín y Eneas… la suma seria abrumadora, así que me limitaré a un par de ellas. Una película blanco y negro sobre la guerra del Pacifico donde actuaba Gregory Peck que llamaba en castellano “La gloria se escribe con sangre” y los sábado caseros, cuando seguíamos en familia las aventuras del teniente Hanley y el sargento Saunders en “Combate”; todavía puedo tararear el tema del genérico. En la disciplina semiótica eran los tiempos que delatábamos el capitalismo en tiras cómicas del pato Donal, la psicología infantil en la banda de Mafalda y la sublimación del clítoris en las planchas de Milo Manara. Comenzaba la metástasis en reversa con el hombre de acero, el hombre murciélago, el hombre fantasma, el hombre invisible, el hombre araña… y el art pop en litografías de Roy Lichtenstein. Fue aquel un movimiento poderoso en torno al signo; en cuanto al deseo de explorar técnicas narrativas, busqué las primeras adiciones de los almanaques de Cortázar, “La vuelta al día en 80 mundos” (1967) y “Último round” (1969), que incitaba a una expedición permanente: los otros mundos narrativos hay que ir a buscarlos. Al final, el relato quiso ser una parodia de los doblajes de la tele, del mundo americano que coloniza las mentes infantiles y la escena de la muerte injusta del muchachito. ¡Cáspita! que lo malditos saben hacer pasar la emoción cuando los genocidas mueren. Fracasé en el intento de revancha por haberlo creído -mis lágrimas fueron sinceras- cuando Lakotas, Cheyennes y Arapahoes mataron a Errold Flyn con las botas puestas, el 25 de junio de 1876 en la batalla de Little Bighorn, en una tarde de domingo en el Cine Broadway de Montevideo.

Alas negras de serafín abatido

Una zona de mis relatos -creo les perdí la pista- surgieron de un proceso asociado al trabajo en los cursos; de la misma manera que los hay incitados por la memoria de los recuerdos infantiles, una asociación o escena que se impone al punto de necesitar transfigurarse en relato. El haber sido profesor de literatura presentaba algunos inconvenientes: los plagios a lo Rod Stewart, influencias de los epígonos, la dificultad de escapar de otras escrituras que se yerguen como obstáculos. El lector, la estrategia editorial o el mercado también -desde hace unas décadas- desconfían de los literatos profe que escriben e irrumpe la soterrada acusación de intelectualidad. Por suerte, fui alumno y visité las casas de Alejandro Paternain y José Pedro Díaz; a través de ellos ingresé a los mundos de Thomas Mann y Balzac. Creo que esa fue una de las razones de mi tardanza en organizar un primer libro, habiendo tantas cosas para leer antes. Después decidí hacer caso omiso al rumor -total la gente siempre habla…- y me dije que para acceder a la promesa de los mundos posibles era bueno cualquier medio de transporte submarino o espacial. Buscando la fachada positiva, estoy seguro que el haber dictado tantos años clases de literatura, preocupado por la teoría literaria y otras experiencias asociadas a la Estética (gracias al programa del curso del IPA de Carlos Real de Azúa) adquirí cierta gimnasia retórica. Fui creyendo menos en la inspiración, que parecía que se me negaba con el correr del tiempo y más en el sencillo método de insistir de Felisberto Hernández. Ante ese fracaso sentimental con las musas debí recurrir a mi propio arsenal; el joven Stephan Dedalus decía que las tres armas del escritor eran la soledad, el destierro y la astucia; el primo Maldoror, escribió que la belleza era el encuentro fortuito de la máquina de coser y el paraguas sobre una mesa de disección; el ruso Dostoievski en El príncipe idiota sentenció: “la belleza es un enigma.” Casi de manera inintencionada quise dotarme de un tríptico casero que me parece que tengo claro y alguna vez dejaré por escrito.

En ocasión de Serafín Antúnez quiero citar uno de esos componentes, que es preocupación y herramienta multiuso del taller: la obsesión por transformar en relato los problemas técnicos del narrar que exponía en mis cursos de literatura. Lo sentía como materia prima artesanal, los instrumentos de cocina imprescindibles cuando se vive entre pucheros, esos que de faltar impiden que se preparen una milanesa a la napolitana o bifes a la portuguesa. Algunas veces esa preocupación mecánica llegaba luego de la redacción, para descartar la tentación mimética y forzar la originalidad; otras, como en este caso, se impone desde antes de redactar. Años de evocar a Poe, enseñar literatura fantástica, analizar Borges y ya… hasta que una tardecita bostoniana llega el mandado. ¿Cómo haría yo para escribir en relato el tema del doble? No es una facilidad de tipología, lo vivía como el desafío obligado a inscribirse en una tradición. Desde el momento que decidí esa estrategia, sabía que en alguna parte el cuento estaba ya escrito y debía organizar el puzle lentamente. Comenzaba a estar en los cuarenta y en el debe de la vida, el momento cuando los recuerdos infantiles se presentan como único relato posible. Luego se perfila un aire cultural que es de donde uno viene y la emoción nueva de conocer la historia del tango en sentido contrario: recordar al Piazzola del proyecto Decarísimo y su versión sublime de Boedo donde, en una sola interpretación, el marplatense recorre la historia del tango. Para el relato presente, dispuse un santo, un genio y un héroe: el personaje trágico improbable, el narrador oral que supiera hacer circular la incertidumbre poética y nuestro testigo necesario para que la historia sobreviva. De barrio del Hipódromo sabía porque allí vivían mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, de las semanas de campamento cerca del río menos pero me daba maña y funcionaba la fascinación recurrente de imitadores, Cabarets impresionistas alemanes, tablados barriales de la Lista 14 y El Unión Ciclista (donde, menos de dos metros y de pantalón corto vi a Rómulo Ángel Pirri, Tito Pastrana, dirigiendo la batería de La Nueva Milonga) y el Teatro romano de la Barafonda de Fellini durante la guerra, donde el electricista Alvaro imita a Fred Astaire. En cuando a las hipótesis manejadas sobre Gardel y su lugar de nacimiento, un poco de paciencia que faltan sólo catorce años y en el 2035 se conocerá la verdad.