Alas negras de serafín abatido

Una zona de mis relatos -creo les perdí la pista- surgieron de un proceso asociado al trabajo en los cursos; de la misma manera que los hay incitados por la memoria de los recuerdos infantiles, una asociación o escena que se impone al punto de necesitar transfigurarse en relato. El haber sido profesor de literatura presentaba algunos inconvenientes: los plagios a lo Rod Stewart, influencias de los epígonos, la dificultad de escapar de otras escrituras que se yerguen como obstáculos. El lector, la estrategia editorial o el mercado también -desde hace unas décadas- desconfían de los literatos profe que escriben e irrumpe la soterrada acusación de intelectualidad. Por suerte, fui alumno y visité las casas de Alejandro Paternain y José Pedro Díaz; a través de ellos ingresé a los mundos de Thomas Mann y Balzac. Creo que esa fue una de las razones de mi tardanza en organizar un primer libro, habiendo tantas cosas para leer antes. Después decidí hacer caso omiso al rumor -total la gente siempre habla…- y me dije que para acceder a la promesa de los mundos posibles era bueno cualquier medio de transporte submarino o espacial. Buscando la fachada positiva, estoy seguro que el haber dictado tantos años clases de literatura, preocupado por la teoría literaria y otras experiencias asociadas a la Estética (gracias al programa del curso del IPA de Carlos Real de Azúa) adquirí cierta gimnasia retórica. Fui creyendo menos en la inspiración, que parecía que se me negaba con el correr del tiempo y más en el sencillo método de insistir de Felisberto Hernández. Ante ese fracaso sentimental con las musas debí recurrir a mi propio arsenal; el joven Stephan Dedalus decía que las tres armas del escritor eran la soledad, el destierro y la astucia; el primo Maldoror, escribió que la belleza era el encuentro fortuito de la máquina de coser y el paraguas sobre una mesa de disección; el ruso Dostoievski en El príncipe idiota sentenció: “la belleza es un enigma.” Casi de manera inintencionada quise dotarme de un tríptico casero que me parece que tengo claro y alguna vez dejaré por escrito.

En ocasión de Serafín Antúnez quiero citar uno de esos componentes, que es preocupación y herramienta multiuso del taller: la obsesión por transformar en relato los problemas técnicos del narrar que exponía en mis cursos de literatura. Lo sentía como materia prima artesanal, los instrumentos de cocina imprescindibles cuando se vive entre pucheros, esos que de faltar impiden que se preparen una milanesa a la napolitana o bifes a la portuguesa. Algunas veces esa preocupación mecánica llegaba luego de la redacción, para descartar la tentación mimética y forzar la originalidad; otras, como en este caso, se impone desde antes de redactar. Años de evocar a Poe, enseñar literatura fantástica, analizar Borges y ya… hasta que una tardecita bostoniana llega el mandado. ¿Cómo haría yo para escribir en relato el tema del doble? No es una facilidad de tipología, lo vivía como el desafío obligado a inscribirse en una tradición. Desde el momento que decidí esa estrategia, sabía que en alguna parte el cuento estaba ya escrito y debía organizar el puzle lentamente. Comenzaba a estar en los cuarenta y en el debe de la vida, el momento cuando los recuerdos infantiles se presentan como único relato posible. Luego se perfila un aire cultural que es de donde uno viene y la emoción nueva de conocer la historia del tango en sentido contrario: recordar al Piazzola del proyecto Decarísimo y su versión sublime de Boedo donde, en una sola interpretación, el marplatense recorre la historia del tango. Para el relato presente, dispuse un santo, un genio y un héroe: el personaje trágico improbable, el narrador oral que supiera hacer circular la incertidumbre poética y nuestro testigo necesario para que la historia sobreviva. De barrio del Hipódromo sabía porque allí vivían mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, de las semanas de campamento cerca del río menos pero me daba maña y funcionaba la fascinación recurrente de imitadores, Cabarets impresionistas alemanes, tablados barriales de la Lista 14 y El Unión Ciclista (donde, menos de dos metros y de pantalón corto vi a Rómulo Ángel Pirri, Tito Pastrana, dirigiendo la batería de La Nueva Milonga) y el Teatro romano de la Barafonda de Fellini durante la guerra, donde el electricista Alvaro imita a Fred Astaire. En cuando a las hipótesis manejadas sobre Gardel y su lugar de nacimiento, un poco de paciencia que faltan sólo catorce años y en el 2035 se conocerá la verdad.

Un ragtime bostoniano – Salto y más allá

Todo lector interesado integró en su conciencia que cada cuento narra por los menos dos historias; en esta situación comentada de escritor yo necesité de dos cuentos para narrar una sola historia. Los relatos de este febrero 22 pertenecen al libro “El misterio Horacio Q”, ya aclaré en otras ocasiones el plan del libro evocando el espectro de Quiroga; quiso ser un homenaje en praxis a su Decálogo del perfecto cuentista y tratamiento ficticio de algunos temas del salteño, traumas biográficos, segmentos accidentales de su vida sobre tierra. Una serie de peripecias que, como tan acertadamente escribió Augusto Monterroso, si alguien lo propone en una novela la trama sería impugnada por acumulación de desgracias, puesto que hasta los vengativos dioses del Olimpo se daban alguna tregua. El desafío incriminado en ese tramo bicéfalo del libro al que refieren los cuentos, fue a la vez límpido en cuando a planteos literarios y arduo de resolver en redacción, puesto que se trataba de desmenuzar la presencia de Edgar Allan Poe en la obra del uruguayo. Siendo profesor de literatura me enfrenté muchas veces a asuntos similares y creía tenerlo todo dominado para salir del paso con cierta facilidad. Había una ecuación sencilla de resolver si bien la sumatoria de coincidencias díscolas comenzara a enrarecer la empresa; contaba con buenos artificios de partida, territorios fértiles de reflexión acumulada que fui colonizando con años de práctica docente, que luego se enmarañaron al momento de tender puentes, como si cada intento debiera frustrarse una y otra vez. Tenía de mi lado un arsenal teórico referido a la literatura fantástica, con saber de los clásicos del género tal como quedó asentado en nuestro ensayo sobre Felisberto Hernández; contaba con el apoyo logístico de Cortázar, donde el nexo se explica pues el argentino tradujo la integral de los cuentos de Poe. También en la asiduidad fiel al relato breve había un factor en común y materia pragmática; quiero decir que la mayoría de las novelas circulando tienden a la biblioteca obsolescente y ciertos cuentos -primeras emociones de la educación literaria- se fijan de tal manera que se vuelven inolvidables. De todos los horizontes, tal como fuera recogido en la famosa Antología de literatura fantástica que Borges, Bioy y Silvina Ocampo publicaron en 1940 con 75 relatos. El cuento escribe así su tradición y reconozco que son un porcentaje alto de mi tarea; aceptando contextos previos, límites sabidos y condiciones de producción, sentía el mandato de proseguir esa caravana, que va del aguafuerte de un párrafo breve hasta los más extensos, insinuando síntomas reconocibles de la novela.

Había también en Poe y Quiroga otra paradoja curiosa y desafiante; incluso conociendo por encima sus peripecias biográficas, se sospecha que fueron hombres atormentados, arrastrados hasta expuestas fronteras intangibles, que transgredieron límites diversos regresando con historias que los perturbaron hasta la hora de morir. Sin embargo, había una relación extraña con el gesto de la escritura, esa forma notarial del psicoanálisis que los lleva a dejar por escrito cavernas de memoria, tornasoles del deseo, aberraciones de imaginación y transcripción fantástica de pesadillas. Sin embargo contadas veces se declinaron en un romanticismo descontrolado, patología de escritura automática o discurso caótico; eran descendientes de Dante: el infierno es de las cosas mejor estructuradas sobre tierra literaria. Podemos hablar en tal caso de poética, retórica, estrategias de escritura o preceptos del taller; ambos se impusieron -para uso personal con indicios espejados- reglas estrictas intentando diseminar en la jurisdicción de su obra. Decálogos del perfecto cuentista, filosofías de la composición, necesidad de modelos literarios, puesto que el relato es más resistente que los desarreglos del autor: el cuento es el espectro de palabras que nos sobrevive.

Cuando dictaba mis cursos todo parecía sencillo, recurría a la literatura comparada, generalidades referidas líneas atrás y también al término de intertextualidad; el diálogo entre textos puede ser evidente, al punto de llevar a una excesiva facilidad de comentario siendo insuficiente pues descarta con desdén semiótico el factor humano. Tratándose de admiración o influencia se debía establecer el buen diagnóstico, el tráfico a considerar -por circunstancias, y condiciones de producción, cronologías y distancias- se verificaba en un solo sentido: cómo llegó el universo -algunas zonas- de Poe a circular en la escritura de Quiroga. La lectura sin duda, noticias de peregrinos curiosos, conexiones apresuradas en la dura experiencia parisina del salteño; para dar cuenta de la complejidad tratando narrativamente lo que era tema de examen, debí apelar a recursos auxiliares. Un traslado al país de cuando la muerte de Quiroga, con desdoblamiento ambiental de bajo montevideano hasta un epílogo nocturno salteño volviendo a los orígenes; todo ello a partir de una trama con vocación verosímil en su articulación narrativa. Luego una heroína marcada, las mujeres fueron determinantes para ambos escritores en entornos complicados; quizá porque lo femenino -desde la tradición de las pitias, hechiceras y videntes- es lo único que abre puertas a territorios vedados. Finalmente, se imponía hacer un salto a dominios rehuidos por la tradición Oriental -más bien mimética naturalista- penetrando abismos de espectros actuantes y otras criaturas. Es esa una constante imaginaria humana buscando los límites del universo, la materia, la Historia, la física cuántica y la muerte; todas las sociedades tienen su versión irreductible de lo que aguarda del otro lado del muro del relato, tal vez la danza destructiva de Shiva Nataraja.

Dragón entre las nubes

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

Hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

Minotauromaquia al claro de luna

Cualquier relato que se evada del horizonte generacional, la cronología familiar y el campo literario de la obra precedente tiene para mi algo de ciencia ficción; evitando esas ucronías cuando son gratuitas, reparando la proporción verosímil en el intento suelo tentar dos maniobras. Tratando algunos temas o quimeras literarias occidentales -buena parte distantes del legado narrativo uruguayo- procedo a la operación del mito trasladado; digamos que ante el desafío del misterio serial de Jack el destripador (apelando a un ejemplo paradigmático) lo haría evolucionar en la Montevideo noucentista de Delmira Agustini, cuando la patria todavía oscilaba entre barbarie y disciplinamiento. En el caso contrario del ir hacia allá saliendo del pueblo, tarea de viajeros y según astucias de Mark Twain -Tom Sawyer llegó al placer literario infantil antes que Clemente Colling y Adrián Leverkühn- elaboro rodeos a la manera del yanki en la corte del Rey Arturo. Con el norte del continente en la zona fronteriza tenía pendiente un contencioso o síndrome Tommy Lee Jones en “Los tres entierros de Melquíades Estrada.” Parece claro que moriré sin haber viajado a lo largo de la frontera norte mexicana en un road movie que podría terminar en una cantina regenteada por vampiros, donde baila Salma Hayek la música de Tito y Tarántula.

Antes de una cultura consumista mundializada teníamos en la infancia la posibilidad de conocer muestras culturales de otros pueblos. Con una radio de bujías lentas de encender, cuatro cines sobre la Avenida 8 de Octubre más el primer televisor blanco y negro Diamond en la casa familiar, se accedía a Akira Kurosawa, películas como “El poder y la gloria” en versión Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; en otro registro el noticiero NO-DO, canciones de Joselito y Sarita Montiel, el festival de San Remo hasta conocer canciones de Iva Zanicchi y Peppino di Capri. Hubo un tiempo que en Uruguay veíamos el Show de Pedrito Rico (qué tiene la zarzamora…) y el show de Renny Ottolina que emitido en Caracas llegaba a la Banda Oriental apenas con alguna semana de atraso. Más tarde las lecturas sumaron información, decantando intereses y sin ser lo que se dice un mexicanista en el ámbito universitario, los signos vinculados al norte se aglomeran. La película “Veracruz”, don Diego de la Vega, el mito iconográfico revolucionario con la foto sublime de Pancho Villa y Emiliano Zapata en Aguascalientes, la novela volcánica de Malcolm Lowry, la muerte de Ambrose Bierce, Rulfo siempre Rulfo… la región más transparente y canciones de Agustín Lara. Durante más de una década compartí oficina con colegas mexicanistas -Cathy y Antoine- de pura cepa en la universidad de Lille, experiencia equivalente a haber pasado una temporada en el D.F. Aparente mucho asunto amontonado, pero exceptuando el capítulo de colegas de Lille creo que mis coetáneos vivimos esa travesía con naturalidad. Eso de México podría decirse también de Brasil; con el tiempo escuché duros relatos del exilio que hacían mal por las miserias cotidianas, estuve en los primeros espectáculos cuando el retorno de El Galpón y andábamos peregrinando en los boliches con Eduardo Milán cuando publicó “Esto es” en 1978, la hoja plegada poética donde había jeroglíficos de pájaros egipcios antes que el poeta marchara a México para quedarse.

El relato que finaliza al claro de luna limítrofe cuenta la incompatibilidad de dos historias. En la primera dejo por escrito un fracaso anunciado la tarea imposible de captar en palabras una hacienda jamás visitada, es transferencia cándida de alguien que quiso escribir una novela ubicada en el norte; será en una próxima vida bebiendo mezcal, con pirámide buscando el sol y para resarcirme del desface nací el año que se publicó “El laberinto de la soledad”. Equilibrando ese deseo frustrado es que la segunda historia -zurcido invisible tramado de nuestra minotauromaquia- tiene trazas que acaso se me parecen más. Hay un ambiente de gimnasio similar al que visitaba varias veces a la semana; el Club L’ Avenir sigue hoy mismo abierto sobre Maldonado, a tres cuadras del IPA cuando funcionaba en la calle Paraguay. La palanca para mover ese diaporama alucinado es la respiración del boxeo y el recuerdo del combate entre Mohammed Alí – lo conocí antes del 64m cuando se llamaba Cassius Marcellus Clay- y Oscar “Ringo” Bonavena, el 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden de New York. Que el desafiante fuera argentino daba cierta proximidad cómplice al asunto, Ringo era lo que se dice al presente un mediático de vanguardia, le hacían reportajes graciosos, había grabado canciones poco memorables e hizo famosos los ravioles de su mamá doña Dominga. Después llegó la noticia del asesinato del púgil en Estados Unidos con su cortejo de versiones; de eso se escribió mucho, así que preferí la idea del espectro visitante y centrar la anécdota en otro deporte de musculación marginado en la confidencialidad. Un punto de partida real para calzar los guantes y luego acelerar la historia de una dupla improbable que debe crear su propia lógica interna. Como nadie sabe si pasó tal como consta en las versiones orales y pudo haber pasado diferente, decidí que la dramaturgia retenida era la adecuada y sería distinta si debiera escribirlo de nuevo. Es otra de las transcripciones posibles en la ruleta de la ficción y Domingo y Policarpo pudieron morir de manera diferente. Como subsisten dudas pertinente sobre su veracidad, tal vez es un entrenamiento a fondo para que permanezca de pie en el cuadrilátero de la memoria; el gong inicial fue Ringo, el boxeador porteño criado en el barrio de Boedo, se llamaba Oscar Natalio Bonavena pero le decían Ringo: “todos son muy amigos, pero cuando subís al ring hasta el banquito te sacan.”

-…Llamada para míster prufrock… Llamada para míster prufrock!

Viajando en el trompo del tiempo lo más atrás posible en la experiencia de lectura, distinguiendo la enseñanza escolar y un germen de ficción, el recuerdo más palpable era la que en infancia y mi barrio de la Curva de Maroñas llamábamos las revista de chistes. Había en las esquinas los kioscos de compra -primeras cuevas de Alí Babá- y puestos de canje en las ferias vecinales permutando también la figurita sellada, préstamos entre vecinos y en el descubrimiento alguna forma de canon: propuestas miméticas antropomorfas, fábulas de animales, aventuras exóticas en espacio o tiempo y la carga cultural de los héroes justicieros coloreados: ¡Hi-yo Silver, away! el grito polifónico de Tarzán en la selva, el amuleto vocal mágico Shazam, las onomatopeyas Batman, el poder devastador de la Kryptonita sobre el reportero Clark Joseph Kent; dígase El Fantasma y su anillo calavera, La hermandad de la lanza, el Cisco Kid, Terry y los piratas, Brick Bradfor y el trompo del tiempo o el Mago Mandrake con su asistente Lotario, aquella historieta infinita ya era asunto de traducción. Años más tarde fueron llegando las primeras experiencias cinematográficas, los lunes cine argentino, después de vez en cuanto algo de México, España, de Alberto Sordi, de Antonio de Curtis; el sábado integral en el cine Broadway proyectaba tres películas, americanas la mayoría y con la suerte de no ser dobladas, con lo cual la tradición de la traducción se leía en los subtítulos. Con la televisión el relato se metió los hogares y escuchamos otra variante de la traducción sonora donde Eliot Ness y Mike Hammer hablaban con un acento de Miami, bien distinto al de Héctor Coire, Carlos Giacosa o Luis Víctor Semino. La lectura con dibujo y la adicción audiovisual de relatos continuó hasta la adolescencia, cuando sucedió el encuentro con la Literatura disciplina, formando parte de la educación donde se elije con trio determinante. El liceo 14 de 8 de Octubre y Propios, la profesora Alicia Conforte y La Ilíada; para Homero se seguía habitualmente la versión de la Colección Austral con la traducción de Lluis Segalá i Stalella. En la librería de barrio -había librerías de barrio…- yo di con la traducción de Juan B. Bergua; no estoy en situación de comparatista helenista pero guardé de ella un buen recuerdo y al punto de recordar la tirada del comienzo. La edición la perdí por el camino escabroso, hace poco pude encontrarla en Amazon y el círculo se cerró. En el corazón de la literatura fluye en río subterráneo el asunto traducción, el pasaje ida vuelta entre las lenguas y la sala espejada de las versiones.

Parece un asunto técnico práctico o de bibliófilo; creo que la literatura uruguaya está de hecho metida en el asunto por el tríptico de los poetas uruguayo franceses. Tengo en mi poder unas cuantas versiones de “Les Chants de Maldoror” y me animé a una traducción de “Alcools” de Guillermo Apollinaire. Fue durante ese ejercicio solitario y lejos de la interacción de los cursos, que surgió la idea del cuento ese sobre meandros y arenas movedizas de la traducción. La estrategia de escritura fue la habitual; partir de una noción problemática de la teoría, disponer sobre la mesa de trabajo heteróclitos elementos narrativos moleculares, entablar una hipótesis de trabajo provisoria y dejar que hallen su coordinación fortuita si es que existe. Tenía en cuenta el decálogo del perfecto cuentista de Quiroga, fumadores de opio para acceder a mundos alternativos, los puntos vélicos de Cortázar que sólo distinguen los gatos, el iceberg narrativo sumergido, las dos historias de Ricardo Piglia y la botánica de Felisberto Hernández entre otros instrumentos y herramientas del taller. En general, si miro hacia atrás considero que puedo estructurar bien los comienzos, por el contrario el epílogo tiene un toque de desasosiego que sólo se resuelve en la praxis de la escritura como en esta misma apostilla.

Es un cuento inédito -quizá solitario como John Reid- que todavía busca su acomodo entre otras historias para formar un conjunto estable. La preocupación técnica original fue la traducción y su misterio; los elementos del punto de partida argumental un traductor profesional de una lengua que no domino y obsesionado por un poema mayor de la modernidad. El espacio inicial es la ciudad Perpiñán en el sur de Francia; Dali dijo que su estación de trenes era el centro del mundo y es cierto que la atraviesan tres lenguas o culturas queridas que son el español, francés y catalán. Para la escena del encuentro de los personajes inexistentes y resolución abierta opté por un barrio de Madrid que comienzo a conocer cerca de Las Cortes. Existiendo una disciplina llamada la traductología era ambiguo considerar puros aspectos técnicos que pudieran ser refutados por los especialistas; entonces me incliné con gusto por hipótesis de trabajo más bien fantásticas, a saber: The Love song of J. Alfred Prufrock es la traducción al inglés emprendida por T. S. Eliot de un poema escrito originalmente en español; misterio puesto en entredicho por otro encuentro premeditado en el Ateneo de Madrid, insinuando que toda traducción destila cierto abandono, un sacrificio de persona o transfiguración involuntaria deslizada entre la confusión del mundo, inclusive en la Gare de Perpignan.

Flash-back / Post-scriptum

Estos relatos justifican un comentario conjunto pues son los dos finales de “El misterio Horacio Q”, publicado primero en Montevideo -1998- gracias a la iniciativa de Alberto Oreggioni y luego en Buenos Aires en el año 2005, editado por Alberto Díaz. Varias veces expliqué comentando otros cuentos del proyecto el espíritu del mismo; la estrategia consistía en cruzar episodios biográficos en general trágicos del escritor uruguayo Horacio Quiroga, con los protocolos del oficio y experiencia que nos legara en su famoso “Decálogo del perfecto cuentista”. Una vez ello asentado y buscando otra diagonal original, opté por evitar el axioma de cuentos engarzados escritos en diferentes circunstancias. Cada pieza siendo particular cumplía una función retórica propia, aportaba su argumento a una sinergia global otra por distinta a la adición de historias con perfume del autor celebrado: crónica de tragedia pueblerina diseminada en su continuidad, maqueta de novela en dos capítulos, correspondencia tardía con revelaciones, memoria fílmica en los tiempos de guerra, trip asesino del enfermero yonqui, capítulo desanudado de la biografía de un músico… La ruptura formal me entusiasmó, creo recordar haberme implicado con gusto en el proyecto redactado en Grenoble cerca de las montañas, en las antípocas de la selva misionera.

Lo arduo artesanal era salir del asunto, disparar el tiro de gracia narrativo, proponer un final haciendo que lo escrito fuera verosímil, creíble para el lector hipotético a nivel de ficciones, evitando la acusación de barroquismo prescindible, habida cuenta de los distintos soportes narrativos utilizados. No había caso, el remate de la faena estaba trabado y vino en mi ayuda una ocasión doméstica bastante parecido a lo relatada en “Flash-Back”. Fue cierto lo de la semana de invierno en soledad, lo mismo que el abono tele de entonces; el combo contratado incluía una estación ignota, que trasmitía a toda hora toda partidas, desafíos, campeonatos, ligas, retratos de los competidores, eliminatorias, masters… todas las posibilidades imaginables de la variante del billar llamado “snnoker”, en el cual los súbditos del Reino Unido son imbatibles, a pesar de la influencia creciente de billaristas asiáticos. Con el billar de 22 bolas inventado por Neville Chamberlain en la India, las drogas duras y unas pocas pasiones, uno ingresa sin darse cuenta en la gravitación de la dependencia y confieso haber pasado demasiadas tardes mirando esas partidas. Al punto de comprender las reglas del juego luego de varios meses de aplicación, seguir el itinerario de la troupe como si fuera una compañía teatral y conocer de nombre a una docena de sus culturas.

Como lo hacen esas cadenas sin patria y el capricho de los abonados, de una día para otro el billar snooker desapareció de las pantallas. Creo que el cuento fue la manera mía de hacer el duelo de dicho desgarramiento; como una bonita carambola de consuelo, hallé la solución una tarde de lluvia a la cuestión insistente del final del libro volviendo a una esquina querida de Montevideo, lo inaccesible en Grenoble estaba en el cruce de 8 de octubre y Garibaldi. El procedimiento manido del autor segundo, del legado encarpetando que nos viene en auxilio es conocido. Dante apeló a Virgilio y además (infierno XX) usaba el recurso de conversar con el lector para recordar que la ficción es otro avatar de la realidad. Al menos, la rareza del proyecto no queda en manos de potencias oscuras ni lenguajes esotéricos; los grandes misterios están cerca nuestro y es asunto de mujeres, como casi siempre y casi con todo. Tal vez por ello el Post-Scriptum está dirigido a Ana Inés Larre Borges; es el final del tránsito de la escritura del proyecto a la edición del libro, que es otro asunto críptico entre nosotros. Ana Inés claro que por ser ella y que luego editó la versión III de “Nunca conocimos Praga”; era también la esposa del primer Alberto, que me llamó a Paris -todavía no era mi espíritu dependiente del snooker- un domingo de mañana para decirme que publicaba el libro y ese final era un agradecimiento a su pareja. También al departamento entrañable de la calle Blanes, donde creció Martín, donde cada vez que viajaba a Montevideo nos reuníamos la gente amiga (Strogonoff, Don Pascual, peras al vino…), los mismos amigos que de manera anárquica están presentes en el Cabaret La Coquette, testigos necesarios de la vida que se nos va y al decir de Idea:

Si no

para qué todo.

La tele de Babel

El relato en cuestión tiene aire de comedia italiana, una simulación de juego de pistas debido a tres circunstancias. Eran los años noventa de la circularidad uruguaya, acelerada tanto en lo social como en lo personal; aparte del cursor inquietante de la cuarentena, recuerdo que todo el país estaba todavía moviéndose en el reflujo del final de la dictadura. Alternando euforia con melancolía, lo que provocó dos tendencias o temporalidades en medio de la espiral dialéctica incesante, como recuperando el refrán de una canción del melense Tabaré Etcheberry: ¡Vamos! No miren para atrás, que la Patria va adelante. Una retrocedía al centro cercenado tras una recuperación improbable, memoria cíclica, testimonio consignado, justicia retrospectiva, entender recomenzando el engranaje imposible del punto cero; otra tendencia tras la extensión a veces de manera descontrolada, tomando el atajo por la salida del país, la pesadumbre del futuro abatido que sólo aguarda la muerte, la creación de bandas de rock, el aquelarre a la manera de Arte en la Lona, donde el happening era subido al ring del Palermo Boxing Club, en Gonzalo Ramírez 1409. En lo personal me habían excomulgado de la enseñanza, trabajé años en la publicidad, dicté cursos de semiótica en la Católica y conocido Barcelona, que por algún tiempo creí seria la destinación final.

Había una intensa actividad editorial en Uruguay, las novelas míticas de los cajones, los recitales poéticos de la resistencia, las sociologías restauradoras invirtiendo el paradigma de praxis y teoría retrospectiva, las memorias del calabozo, recuerdos de la vida cotidiana interna, retiro de los derrotados a cuarteles de invierno, la tarea de la muerte, crónicas del exilio y la exploración de imaginaciones marginales. Las nuevas generaciones apostarían por la narrativa luminosa de Jorge Varlotta como literatura canónica más que por las rimas del cantar opinando. Ediciones Trice tuvo en ese entorno la excelente idea de publicar unos libros de ficción temáticos; se proponía un tema que pudiera interesar a un público potencial y se pedía -a un equipo de escritores que propusieran un cuento. Salieron varios títulos en la colección y participé en dos de ellos. Uno erótico con el texto “Monólogo interruptus por Miss Candy Loving”, en resonancia de la coneja maravillosa oriundo de Oswego Kansas, del número 25 aniversario de Playboy, enero de 1979. También formé parte del elenco en la redada policial cuando Trilce publicó “Cuentos bajo sospecha”. El cuento a pedido se llamaba “El nombre de la muerte”, retruécano a la famosa novela de Umberto Eco sobre la semiótica medieval de Guillermo de Baskerville, que tanto me había gustado pues traducía en narrativa popular lo teorizado en sus estudios universitarios que utilizaba para mis cursos; y ahora tiene título en versión un tanto más Amazon y Netflix.

El tercer condicionamiento refiere a la estrategia de escritura; sabía que el género policial era seguido de éxito popular, como lo fue desde los inicios de la televisión, con Mike Hammer, Ballinger de Chicago, En la cuerda floja y Johnny Stacatto. Era tarde en mis planes narrativos para inventar un detective recurrente, pensar en los misterios de Montevideo o un asesino serial que viviera en la calle Besares. De haberlo hecho se hubiera parecido -y seguro que no tan bien resuelto- a las historias de Omar Prego, que creo que daban en lo justo, leía con gusto e incluso prologué para Banda Oriental una de ellas. Opté por la comedia musical al estilo de la RAI, aproveché el entrenamiento intenso que tenía en códigos de la cultura de masas y quise divertirme. Fue así que nombres, códigos, coartadas y motivaciones, escenas del crimen e incluso los blues del pesquisa son un pastiche de la semiología. Disciplina en auge por entonces, que conocí por la escuela de Barcelona, gracias al apoyo de Miquel de Moragas Spa. Esas lecturas aportaban un aparato deductivo para decodificar la Babel desbordante de mensajes icónicos, eran activismo superestructural con sentido político. Hoy día las recientes tecnologías elaboraron nuevas connotaciones, atractivas, amenazantes, nadie quiere descifrar el mensaje imperialista del pato Donald o los mensajes subliminales de Coca Cola y Lucky Strike, sino divertirse con Nemo y Toy Story. ¿Quién le teme a Mick Jagger, ícono veterano del poder capitalista triunfante y que no le hace mal ni a una mosca del sistema? Era un juego del intelecto ideológico y defensivo, intento militante de desarmar las conspiraciones alienados de los mass media; tampoco pensé que cuarenta años después lo que era recelo se haya transformado en sumisión.

En el cuento presentado, la tele objeto está presentada como arma del crimen, la investigación avanza signo a signo siguiendo procedimiento semiológicos y falta en el epílogo el nombre del asesino: gesto de protesta al cliché del género, incapacidad del autor de dar en el clavo del desenlace, duda sobre la perspicacia real del protagonista o deseo de confirmar aquello de Opera Aperta del maestro de Urbino. Circulaban esos aires semióticos por todos lados, sin excluir Casa Leopoldo en el carrer de Sant Rafael. El fragmento que sigue lo leí después de publicado el cuento; como me faltan pruebas al respecto, a quienes incriminen a los abajo firmantes sobre un posible plagio, les aseguro que conocí al autor y existe prescripción del supuesto delito.

“-En todo mensaje hay un emisor y un receptor, a través de un canal. Pero a veces esa trasmisión se interrumpe por un ruido. Pues bien, el delito es un ruido no total. Es un ruido transitorio que deja desviado el mensaje. Aquí nos anuncian una muerte. Nos la quieren comunicar, insisto en la palabra, comunicar. Remontándonos por ese canal podemos llegar al comunicador, el emisor, es decir, el presunto criminal, el que puede llegar a ser criminal

Contreras les guiñó el ojo y dijo:

-Ojo al parche.”

Manuel Vázquez Montalbán / “El delantero centro fue asesinado al atardecer” (1989)

Lola de Lodz

La ecuación del relato era complicada inclusive antes de comenzar la escritura, debía considerar la salida del asunto a la superficie de la conciencia, la adecuación dentro del proyecto “El submarino Peral” conectando con otros cuentos, su resolución narrativa formal así como una serie de dudas sobre el escollo tratándose de cuestiones de naturaleza tan delicada. La zona del relato propuesto a la lectura que trata de Lola patrona de un taller de zapatería, es un recuerdo verdadero de la infancia. Ese segmento del relato era diferente a un simple ejercicio de rememoración, miraba al reloj de la plaza de Praga que avanza sus agujas en sentido contrario: era encontrar una foto extraviada después de medio siglo, donde uno aparece de pantalón corto y quedarse así mirando, tratando de entender la distancia entre esa figura y el hombre canoso que la observa. Si la terminé escribiendo de adulto fue porque terminé por reconocerme durante el proceso, había en la figuración mental algo de escena fundadora, sin la madalena mojada en té una parcela de recuerdos emergió, localizada entre la memoria que registra por primera vez en la conciencia y el final de la escuela primaria.

La zapatería estaba ubicada en la esquina de Juan Jacobo Rousseau y Smidel -calle que va desde la Avenida 8 de Octubre hasta la cortada después de Pavón- en la misma manzana de la casa de la infancia. Éramos camaradas cercanos con el hijo de Lola, teníamos más o menos la misma edad con Marcos, al que luego perdí de vista. Mi madre la quería mucho y Lola venia -como se hacía en los años sesenta del siglo pasado- algunas noches a casa a ver la primera tele, supongo que Ruta 66 o el genérico del Dr. Ben Casey (Vince Edwards y Sam Jaffe: hombre, mujer, nacimiento, muerte, infinito). Fue recién con el correr de los años que comprendí el sentido de los números grabados en el antebrazo de Lola; recobrado el núcleo del recuerdo, dudé si debía escribir sobre algo para lo que uno nunca está preparado. Tenía el freno de quien mira de lejos sin añadidos fuera de lugar, secuela de ignorancia, temor a ingresar por efracción en asuntos de otros. Decidí por ello glosar el recuerdo, hacer el cuento del recuerdo y seguir un hilo conductor del recuerdo, hasta que algo interno dijera basta con el recuerdo y los filamentos fraseados tocaran tramas cercadas en otros campos de trabajo. Siempre me intrigaba -lo mismo con vecinos gallegos, un peluquero armenio y varios más- el largo viaje de esa mujer desde su niñez hasta esa esquina del barrio donde había feria los sábados y nunca sabré lo que ocurrió cuando dejamos de vernos. Tal vez con otra juventud, años de dedicación documental y otra vida que no tengo hubiera trazado esa ruta, que sería otra variación del horror sabido; más prudente, preferí el misterio, divagaciones de personajes como puntos de fuga, intermitencias de la memoria, posibles desvíos de la ficción e inventarle una vida otra donde ese número nadie tatuó en su antebrazo. Nunca supe su verdadero apellido o pude confirmar su pueblo de nacimiento; ahora mismo recuerdo el grano de voz, la sonrisa de los ojos acariciándome la cabeza cuando entraba al taller, a preguntar por Marquitos o buscar alguna media suelta para el tío Rúben. Como era fuerte para escribir como un recuerdo propio, le pedí una mano a Denis Diderot en el arranque de los primeros párrafos y el recurso del diálogo entre personajes. Por el resto me revolví con mañas de viejo dactilógrafo, parroquiano tardío del bar Antequera de Plaza Independencia, cinéfilo intrigado por películas con exteriores en paisajes de Polonia.

Las llamadas adicionales

Fue un par de años más tarde que comencé a trabajar ya no en la educación sino en la ciudad vieja y el centro. El eje era la Avenida 18 de julio, la escala sin manzana plaza Independencia y luego Sarandí, siendo las perpendiculares del cuadrilátero Ejido y Misiones, la siguiente después de Treinta y Tres; era el centro activo de Montevideo, faltaba inaugurarse el Shopping Center cerca de Rivera y Punta Carretas era todavía la cárcel que adquirió fama en 1971 con la famosa fuga de los tupamaros. La acción del relato se centra en la última semana de 1975 cuando el poder cívico militar decretó que fuera el año de la Orientalidad, una exaltación agitada con charangas y deformaciones de valores telúricos nacionales en lucha contra las ideologías foráneas. Se trataba de ganar también la batalla de las ideas, alterar la opinión pública, darle un discurso positivo al quiebre de las instituciones, instalar una suerte de circo o parada del folklore y relato patriótico embanderado.

La dictadura había comenzado y entraba en su tercer aniversario, no había retroceso a la vista, había que sobrevivir con la circunstancia, nadie era capaz de predecir cuando la situación cambiaría y volver a la normalidad nunca sería lo mismo. Considerando la demografía y a pesar de los números concretos, el país parecía signado por la suerte de las minoría y también subsidiarias de portar el relato visible al menos del país, la metonimia lucha armada fue pronto convertida en prisión con rehenes y represión que de cuarteles pasó tentada al Palacio Legislativo. ¿Cómo dividir en categorías esa sociología? Acaso se podría cuantificar los presos, los militares en actividad y favorables al giro que tomaban las cosas, los exilados por razones políticas, los expatriados llevados por el envión, la saturación y hacer vida lejos. Difícil de establecer porcentajes, pero podría decirse que la mayoría de los uruguayos vivimos en el insilio; por inercia, incapacidad de reacción, en situación de latencia, en una categoría inventada que quería decir quedarse a barrer la casa, estar con los padres, zambullirse al mediodía en el Cabo Polonio. La información circulaba, se aguardaba el amanecer del otro día y el unicornio azul, mientras el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos, se armaban estrategias de resistencia cultural con cacerolas de canto popular y cotidiana leyendo la vida entre líneas; tampoco se pueden cuantificar a los indiferentes y satisfechos por el final del caos zurdo. Cualquiera que fuera la situación, el país había cambiado y ello repercutía en todas las capas sociales y actividades. Algunos entre los más ancianos debieron resignarse a eso de morir en dictadura; los niños vivían la educación sentimental de la ignorancia, sin haberlo decidido y algunos años después, fueron protagonistas de la cultura punk, anticultura crítica, arte en la lona, bandas musicales, la simpatía por la droga llevando a los riff australianos y que arrastró muchas vidas tronchadas en la motosierra rock. El conglomerado de izquierda estaba atento a las señales de Suecia y España, de Libertad y Jefatura, vivía de manera vicaria lo ocurrido en otros países a la espera del volver a empezar.

Había también una fuerza social con su entropía, inercia de eros más fuerte que los mandos, haciendo que la gente decidiera casarse, nadara en Neptuno, tramitar un crédito ante el Banco Hipotecario, fuera al cine Liberty los sábados a medianoche a ver a Led Zeppelin en “La canción es la misma”, se acercara a los fogones con tablita del Mercado del Puerto tras el colesterol a las brasas, a los bailes erotizados de Casa de Galicia y al casino del Parque Hotel a tirarse alguna ficha. De cierta manera chambona la vida continuaba y en el trabajo chico conoce a chica; se esto trata el relato porque la historia se repite. Como Romeo y Julieta, el Aniceto y la Francisca, Ana Belén y Víctor Manuel, Sid Vicius y Nancy Spungen remasterizados donde Florencia o el Hotel Chelsea es la agencia de viajes Jetmar y los tortolitos maduros. Para German y Luisa no se trata de descubrimiento de la vida sino de una segunda chance, que quizá sea la última y parodiando al colombiano, sería una crónica de amor entre adultos en los tiempos de la orientalidad. A su manera la pareja protagónica tiene cicatrices que duran en cerrar los puntos, arenita en el motor, fallas en el corazón del reactor, secuelas de lo social vivido la década pasada, que se vuelven obstáculos confusos en el intento de ser felices o meterse en la cama. La primera tarde que pasé contigo quisiera olvidarla pero no he podida, la intimidad como puente esperanzado a un año más llevadero se cruza con desperfectos técnicas de la central telefónica. El aislamiento nunca es solución liberadora, recomenzar luego de una separación es bravo, los chicos de una primera unión son nexo con el pasado y el buen pasar tampoco impide tener trastornos compulsivos de carácter. Desde aquella madrugada de fin de año les perdí la pista, Luisa y German tienen cincuenta años más como yo mismo; sus historias eran una exploración de los posibles, quizá se separaron, puede que ese cuento tenga un final feliz hasta con hijos grandes, como si alguien pudiera saber el verdadero significado de la formula tener un final feliz.