Alas negras de serafín abatido

Una zona de mis relatos -creo les perdí la pista- surgieron de un proceso asociado al trabajo en los cursos; de la misma manera que los hay incitados por la memoria de los recuerdos infantiles, una asociación o escena que se impone al punto de necesitar transfigurarse en relato. El haber sido profesor de literatura presentaba algunos inconvenientes: los plagios a lo Rod Stewart, influencias de los epígonos, la dificultad de escapar de otras escrituras que se yerguen como obstáculos. El lector, la estrategia editorial o el mercado también -desde hace unas décadas- desconfían de los literatos profe que escriben e irrumpe la soterrada acusación de intelectualidad. Por suerte, fui alumno y visité las casas de Alejandro Paternain y José Pedro Díaz; a través de ellos ingresé a los mundos de Thomas Mann y Balzac. Creo que esa fue una de las razones de mi tardanza en organizar un primer libro, habiendo tantas cosas para leer antes. Después decidí hacer caso omiso al rumor -total la gente siempre habla…- y me dije que para acceder a la promesa de los mundos posibles era bueno cualquier medio de transporte submarino o espacial. Buscando la fachada positiva, estoy seguro que el haber dictado tantos años clases de literatura, preocupado por la teoría literaria y otras experiencias asociadas a la Estética (gracias al programa del curso del IPA de Carlos Real de Azúa) adquirí cierta gimnasia retórica. Fui creyendo menos en la inspiración, que parecía que se me negaba con el correr del tiempo y más en el sencillo método de insistir de Felisberto Hernández. Ante ese fracaso sentimental con las musas debí recurrir a mi propio arsenal; el joven Stephan Dedalus decía que las tres armas del escritor eran la soledad, el destierro y la astucia; el primo Maldoror, escribió que la belleza era el encuentro fortuito de la máquina de coser y el paraguas sobre una mesa de disección; el ruso Dostoievski en El príncipe idiota sentenció: “la belleza es un enigma.” Casi de manera inintencionada quise dotarme de un tríptico casero que me parece que tengo claro y alguna vez dejaré por escrito.

En ocasión de Serafín Antúnez quiero citar uno de esos componentes, que es preocupación y herramienta multiuso del taller: la obsesión por transformar en relato los problemas técnicos del narrar que exponía en mis cursos de literatura. Lo sentía como materia prima artesanal, los instrumentos de cocina imprescindibles cuando se vive entre pucheros, esos que de faltar impiden que se preparen una milanesa a la napolitana o bifes a la portuguesa. Algunas veces esa preocupación mecánica llegaba luego de la redacción, para descartar la tentación mimética y forzar la originalidad; otras, como en este caso, se impone desde antes de redactar. Años de evocar a Poe, enseñar literatura fantástica, analizar Borges y ya… hasta que una tardecita bostoniana llega el mandado. ¿Cómo haría yo para escribir en relato el tema del doble? No es una facilidad de tipología, lo vivía como el desafío obligado a inscribirse en una tradición. Desde el momento que decidí esa estrategia, sabía que en alguna parte el cuento estaba ya escrito y debía organizar el puzle lentamente. Comenzaba a estar en los cuarenta y en el debe de la vida, el momento cuando los recuerdos infantiles se presentan como único relato posible. Luego se perfila un aire cultural que es de donde uno viene y la emoción nueva de conocer la historia del tango en sentido contrario: recordar al Piazzola del proyecto Decarísimo y su versión sublime de Boedo donde, en una sola interpretación, el marplatense recorre la historia del tango. Para el relato presente, dispuse un santo, un genio y un héroe: el personaje trágico improbable, el narrador oral que supiera hacer circular la incertidumbre poética y nuestro testigo necesario para que la historia sobreviva. De barrio del Hipódromo sabía porque allí vivían mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, de las semanas de campamento cerca del río menos pero me daba maña y funcionaba la fascinación recurrente de imitadores, Cabarets impresionistas alemanes, tablados barriales de la Lista 14 y El Unión Ciclista (donde, menos de dos metros y de pantalón corto vi a Rómulo Ángel Pirri, Tito Pastrana, dirigiendo la batería de La Nueva Milonga) y el Teatro romano de la Barafonda de Fellini durante la guerra, donde el electricista Alvaro imita a Fred Astaire. En cuando a las hipótesis manejadas sobre Gardel y su lugar de nacimiento, un poco de paciencia que faltan sólo catorce años y en el 2035 se conocerá la verdad.

Un ragtime bostoniano – Salto y más allá

Todo lector interesado integró en su conciencia que cada cuento narra por los menos dos historias; en esta situación comentada de escritor yo necesité de dos cuentos para narrar una sola historia. Los relatos de este febrero 22 pertenecen al libro “El misterio Horacio Q”, ya aclaré en otras ocasiones el plan del libro evocando el espectro de Quiroga; quiso ser un homenaje en praxis a su Decálogo del perfecto cuentista y tratamiento ficticio de algunos temas del salteño, traumas biográficos, segmentos accidentales de su vida sobre tierra. Una serie de peripecias que, como tan acertadamente escribió Augusto Monterroso, si alguien lo propone en una novela la trama sería impugnada por acumulación de desgracias, puesto que hasta los vengativos dioses del Olimpo se daban alguna tregua. El desafío incriminado en ese tramo bicéfalo del libro al que refieren los cuentos, fue a la vez límpido en cuando a planteos literarios y arduo de resolver en redacción, puesto que se trataba de desmenuzar la presencia de Edgar Allan Poe en la obra del uruguayo. Siendo profesor de literatura me enfrenté muchas veces a asuntos similares y creía tenerlo todo dominado para salir del paso con cierta facilidad. Había una ecuación sencilla de resolver si bien la sumatoria de coincidencias díscolas comenzara a enrarecer la empresa; contaba con buenos artificios de partida, territorios fértiles de reflexión acumulada que fui colonizando con años de práctica docente, que luego se enmarañaron al momento de tender puentes, como si cada intento debiera frustrarse una y otra vez. Tenía de mi lado un arsenal teórico referido a la literatura fantástica, con saber de los clásicos del género tal como quedó asentado en nuestro ensayo sobre Felisberto Hernández; contaba con el apoyo logístico de Cortázar, donde el nexo se explica pues el argentino tradujo la integral de los cuentos de Poe. También en la asiduidad fiel al relato breve había un factor en común y materia pragmática; quiero decir que la mayoría de las novelas circulando tienden a la biblioteca obsolescente y ciertos cuentos -primeras emociones de la educación literaria- se fijan de tal manera que se vuelven inolvidables. De todos los horizontes, tal como fuera recogido en la famosa Antología de literatura fantástica que Borges, Bioy y Silvina Ocampo publicaron en 1940 con 75 relatos. El cuento escribe así su tradición y reconozco que son un porcentaje alto de mi tarea; aceptando contextos previos, límites sabidos y condiciones de producción, sentía el mandato de proseguir esa caravana, que va del aguafuerte de un párrafo breve hasta los más extensos, insinuando síntomas reconocibles de la novela.

Había también en Poe y Quiroga otra paradoja curiosa y desafiante; incluso conociendo por encima sus peripecias biográficas, se sospecha que fueron hombres atormentados, arrastrados hasta expuestas fronteras intangibles, que transgredieron límites diversos regresando con historias que los perturbaron hasta la hora de morir. Sin embargo, había una relación extraña con el gesto de la escritura, esa forma notarial del psicoanálisis que los lleva a dejar por escrito cavernas de memoria, tornasoles del deseo, aberraciones de imaginación y transcripción fantástica de pesadillas. Sin embargo contadas veces se declinaron en un romanticismo descontrolado, patología de escritura automática o discurso caótico; eran descendientes de Dante: el infierno es de las cosas mejor estructuradas sobre tierra literaria. Podemos hablar en tal caso de poética, retórica, estrategias de escritura o preceptos del taller; ambos se impusieron -para uso personal con indicios espejados- reglas estrictas intentando diseminar en la jurisdicción de su obra. Decálogos del perfecto cuentista, filosofías de la composición, necesidad de modelos literarios, puesto que el relato es más resistente que los desarreglos del autor: el cuento es el espectro de palabras que nos sobrevive.

Cuando dictaba mis cursos todo parecía sencillo, recurría a la literatura comparada, generalidades referidas líneas atrás y también al término de intertextualidad; el diálogo entre textos puede ser evidente, al punto de llevar a una excesiva facilidad de comentario siendo insuficiente pues descarta con desdén semiótico el factor humano. Tratándose de admiración o influencia se debía establecer el buen diagnóstico, el tráfico a considerar -por circunstancias, y condiciones de producción, cronologías y distancias- se verificaba en un solo sentido: cómo llegó el universo -algunas zonas- de Poe a circular en la escritura de Quiroga. La lectura sin duda, noticias de peregrinos curiosos, conexiones apresuradas en la dura experiencia parisina del salteño; para dar cuenta de la complejidad tratando narrativamente lo que era tema de examen, debí apelar a recursos auxiliares. Un traslado al país de cuando la muerte de Quiroga, con desdoblamiento ambiental de bajo montevideano hasta un epílogo nocturno salteño volviendo a los orígenes; todo ello a partir de una trama con vocación verosímil en su articulación narrativa. Luego una heroína marcada, las mujeres fueron determinantes para ambos escritores en entornos complicados; quizá porque lo femenino -desde la tradición de las pitias, hechiceras y videntes- es lo único que abre puertas a territorios vedados. Finalmente, se imponía hacer un salto a dominios rehuidos por la tradición Oriental -más bien mimética naturalista- penetrando abismos de espectros actuantes y otras criaturas. Es esa una constante imaginaria humana buscando los límites del universo, la materia, la Historia, la física cuántica y la muerte; todas las sociedades tienen su versión irreductible de lo que aguarda del otro lado del muro del relato, tal vez la danza destructiva de Shiva Nataraja.

Dragón entre las nubes

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

Hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

Minotauromaquia al claro de luna

Cualquier relato que se evada del horizonte generacional, la cronología familiar y el campo literario de la obra precedente tiene para mi algo de ciencia ficción; evitando esas ucronías cuando son gratuitas, reparando la proporción verosímil en el intento suelo tentar dos maniobras. Tratando algunos temas o quimeras literarias occidentales -buena parte distantes del legado narrativo uruguayo- procedo a la operación del mito trasladado; digamos que ante el desafío del misterio serial de Jack el destripador (apelando a un ejemplo paradigmático) lo haría evolucionar en la Montevideo noucentista de Delmira Agustini, cuando la patria todavía oscilaba entre barbarie y disciplinamiento. En el caso contrario del ir hacia allá saliendo del pueblo, tarea de viajeros y según astucias de Mark Twain -Tom Sawyer llegó al placer literario infantil antes que Clemente Colling y Adrián Leverkühn- elaboro rodeos a la manera del yanki en la corte del Rey Arturo. Con el norte del continente en la zona fronteriza tenía pendiente un contencioso o síndrome Tommy Lee Jones en “Los tres entierros de Melquíades Estrada.” Parece claro que moriré sin haber viajado a lo largo de la frontera norte mexicana en un road movie que podría terminar en una cantina regenteada por vampiros, donde baila Salma Hayek la música de Tito y Tarántula.

Antes de una cultura consumista mundializada teníamos en la infancia la posibilidad de conocer muestras culturales de otros pueblos. Con una radio de bujías lentas de encender, cuatro cines sobre la Avenida 8 de Octubre más el primer televisor blanco y negro Diamond en la casa familiar, se accedía a Akira Kurosawa, películas como “El poder y la gloria” en versión Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; en otro registro el noticiero NO-DO, canciones de Joselito y Sarita Montiel, el festival de San Remo hasta conocer canciones de Iva Zanicchi y Peppino di Capri. Hubo un tiempo que en Uruguay veíamos el Show de Pedrito Rico (qué tiene la zarzamora…) y el show de Renny Ottolina que emitido en Caracas llegaba a la Banda Oriental apenas con alguna semana de atraso. Más tarde las lecturas sumaron información, decantando intereses y sin ser lo que se dice un mexicanista en el ámbito universitario, los signos vinculados al norte se aglomeran. La película “Veracruz”, don Diego de la Vega, el mito iconográfico revolucionario con la foto sublime de Pancho Villa y Emiliano Zapata en Aguascalientes, la novela volcánica de Malcolm Lowry, la muerte de Ambrose Bierce, Rulfo siempre Rulfo… la región más transparente y canciones de Agustín Lara. Durante más de una década compartí oficina con colegas mexicanistas -Cathy y Antoine- de pura cepa en la universidad de Lille, experiencia equivalente a haber pasado una temporada en el D.F. Aparente mucho asunto amontonado, pero exceptuando el capítulo de colegas de Lille creo que mis coetáneos vivimos esa travesía con naturalidad. Eso de México podría decirse también de Brasil; con el tiempo escuché duros relatos del exilio que hacían mal por las miserias cotidianas, estuve en los primeros espectáculos cuando el retorno de El Galpón y andábamos peregrinando en los boliches con Eduardo Milán cuando publicó “Esto es” en 1978, la hoja plegada poética donde había jeroglíficos de pájaros egipcios antes que el poeta marchara a México para quedarse.

El relato que finaliza al claro de luna limítrofe cuenta la incompatibilidad de dos historias. En la primera dejo por escrito un fracaso anunciado la tarea imposible de captar en palabras una hacienda jamás visitada, es transferencia cándida de alguien que quiso escribir una novela ubicada en el norte; será en una próxima vida bebiendo mezcal, con pirámide buscando el sol y para resarcirme del desface nací el año que se publicó “El laberinto de la soledad”. Equilibrando ese deseo frustrado es que la segunda historia -zurcido invisible tramado de nuestra minotauromaquia- tiene trazas que acaso se me parecen más. Hay un ambiente de gimnasio similar al que visitaba varias veces a la semana; el Club L’ Avenir sigue hoy mismo abierto sobre Maldonado, a tres cuadras del IPA cuando funcionaba en la calle Paraguay. La palanca para mover ese diaporama alucinado es la respiración del boxeo y el recuerdo del combate entre Mohammed Alí – lo conocí antes del 64m cuando se llamaba Cassius Marcellus Clay- y Oscar “Ringo” Bonavena, el 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden de New York. Que el desafiante fuera argentino daba cierta proximidad cómplice al asunto, Ringo era lo que se dice al presente un mediático de vanguardia, le hacían reportajes graciosos, había grabado canciones poco memorables e hizo famosos los ravioles de su mamá doña Dominga. Después llegó la noticia del asesinato del púgil en Estados Unidos con su cortejo de versiones; de eso se escribió mucho, así que preferí la idea del espectro visitante y centrar la anécdota en otro deporte de musculación marginado en la confidencialidad. Un punto de partida real para calzar los guantes y luego acelerar la historia de una dupla improbable que debe crear su propia lógica interna. Como nadie sabe si pasó tal como consta en las versiones orales y pudo haber pasado diferente, decidí que la dramaturgia retenida era la adecuada y sería distinta si debiera escribirlo de nuevo. Es otra de las transcripciones posibles en la ruleta de la ficción y Domingo y Policarpo pudieron morir de manera diferente. Como subsisten dudas pertinente sobre su veracidad, tal vez es un entrenamiento a fondo para que permanezca de pie en el cuadrilátero de la memoria; el gong inicial fue Ringo, el boxeador porteño criado en el barrio de Boedo, se llamaba Oscar Natalio Bonavena pero le decían Ringo: “todos son muy amigos, pero cuando subís al ring hasta el banquito te sacan.”

-…Llamada para míster prufrock… Llamada para míster prufrock!

Viajando en el trompo del tiempo lo más atrás posible en la experiencia de lectura, distinguiendo la enseñanza escolar y un germen de ficción, el recuerdo más palpable era la que en infancia y mi barrio de la Curva de Maroñas llamábamos las revista de chistes. Había en las esquinas los kioscos de compra -primeras cuevas de Alí Babá- y puestos de canje en las ferias vecinales permutando también la figurita sellada, préstamos entre vecinos y en el descubrimiento alguna forma de canon: propuestas miméticas antropomorfas, fábulas de animales, aventuras exóticas en espacio o tiempo y la carga cultural de los héroes justicieros coloreados: ¡Hi-yo Silver, away! el grito polifónico de Tarzán en la selva, el amuleto vocal mágico Shazam, las onomatopeyas Batman, el poder devastador de la Kryptonita sobre el reportero Clark Joseph Kent; dígase El Fantasma y su anillo calavera, La hermandad de la lanza, el Cisco Kid, Terry y los piratas, Brick Bradfor y el trompo del tiempo o el Mago Mandrake con su asistente Lotario, aquella historieta infinita ya era asunto de traducción. Años más tarde fueron llegando las primeras experiencias cinematográficas, los lunes cine argentino, después de vez en cuanto algo de México, España, de Alberto Sordi, de Antonio de Curtis; el sábado integral en el cine Broadway proyectaba tres películas, americanas la mayoría y con la suerte de no ser dobladas, con lo cual la tradición de la traducción se leía en los subtítulos. Con la televisión el relato se metió los hogares y escuchamos otra variante de la traducción sonora donde Eliot Ness y Mike Hammer hablaban con un acento de Miami, bien distinto al de Héctor Coire, Carlos Giacosa o Luis Víctor Semino. La lectura con dibujo y la adicción audiovisual de relatos continuó hasta la adolescencia, cuando sucedió el encuentro con la Literatura disciplina, formando parte de la educación donde se elije con trio determinante. El liceo 14 de 8 de Octubre y Propios, la profesora Alicia Conforte y La Ilíada; para Homero se seguía habitualmente la versión de la Colección Austral con la traducción de Lluis Segalá i Stalella. En la librería de barrio -había librerías de barrio…- yo di con la traducción de Juan B. Bergua; no estoy en situación de comparatista helenista pero guardé de ella un buen recuerdo y al punto de recordar la tirada del comienzo. La edición la perdí por el camino escabroso, hace poco pude encontrarla en Amazon y el círculo se cerró. En el corazón de la literatura fluye en río subterráneo el asunto traducción, el pasaje ida vuelta entre las lenguas y la sala espejada de las versiones.

Parece un asunto técnico práctico o de bibliófilo; creo que la literatura uruguaya está de hecho metida en el asunto por el tríptico de los poetas uruguayo franceses. Tengo en mi poder unas cuantas versiones de “Les Chants de Maldoror” y me animé a una traducción de “Alcools” de Guillermo Apollinaire. Fue durante ese ejercicio solitario y lejos de la interacción de los cursos, que surgió la idea del cuento ese sobre meandros y arenas movedizas de la traducción. La estrategia de escritura fue la habitual; partir de una noción problemática de la teoría, disponer sobre la mesa de trabajo heteróclitos elementos narrativos moleculares, entablar una hipótesis de trabajo provisoria y dejar que hallen su coordinación fortuita si es que existe. Tenía en cuenta el decálogo del perfecto cuentista de Quiroga, fumadores de opio para acceder a mundos alternativos, los puntos vélicos de Cortázar que sólo distinguen los gatos, el iceberg narrativo sumergido, las dos historias de Ricardo Piglia y la botánica de Felisberto Hernández entre otros instrumentos y herramientas del taller. En general, si miro hacia atrás considero que puedo estructurar bien los comienzos, por el contrario el epílogo tiene un toque de desasosiego que sólo se resuelve en la praxis de la escritura como en esta misma apostilla.

Es un cuento inédito -quizá solitario como John Reid- que todavía busca su acomodo entre otras historias para formar un conjunto estable. La preocupación técnica original fue la traducción y su misterio; los elementos del punto de partida argumental un traductor profesional de una lengua que no domino y obsesionado por un poema mayor de la modernidad. El espacio inicial es la ciudad Perpiñán en el sur de Francia; Dali dijo que su estación de trenes era el centro del mundo y es cierto que la atraviesan tres lenguas o culturas queridas que son el español, francés y catalán. Para la escena del encuentro de los personajes inexistentes y resolución abierta opté por un barrio de Madrid que comienzo a conocer cerca de Las Cortes. Existiendo una disciplina llamada la traductología era ambiguo considerar puros aspectos técnicos que pudieran ser refutados por los especialistas; entonces me incliné con gusto por hipótesis de trabajo más bien fantásticas, a saber: The Love song of J. Alfred Prufrock es la traducción al inglés emprendida por T. S. Eliot de un poema escrito originalmente en español; misterio puesto en entredicho por otro encuentro premeditado en el Ateneo de Madrid, insinuando que toda traducción destila cierto abandono, un sacrificio de persona o transfiguración involuntaria deslizada entre la confusión del mundo, inclusive en la Gare de Perpignan.