Minotauromaquia al claro de luna

Cualquier relato que se evada del horizonte generacional, la cronología familiar y el campo literario de la obra precedente tiene para mi algo de ciencia ficción; evitando esas ucronías cuando son gratuitas, reparando la proporción verosímil en el intento suelo tentar dos maniobras. Tratando algunos temas o quimeras literarias occidentales -buena parte distantes del legado narrativo uruguayo- procedo a la operación del mito trasladado; digamos que ante el desafío del misterio serial de Jack el destripador (apelando a un ejemplo paradigmático) lo haría evolucionar en la Montevideo noucentista de Delmira Agustini, cuando la patria todavía oscilaba entre barbarie y disciplinamiento. En el caso contrario del ir hacia allá saliendo del pueblo, tarea de viajeros y según astucias de Mark Twain -Tom Sawyer llegó al placer literario infantil antes que Clemente Colling y Adrián Leverkühn- elaboro rodeos a la manera del yanki en la corte del Rey Arturo. Con el norte del continente en la zona fronteriza tenía pendiente un contencioso o síndrome Tommy Lee Jones en “Los tres entierros de Melquíades Estrada.” Parece claro que moriré sin haber viajado a lo largo de la frontera norte mexicana en un road movie que podría terminar en una cantina regenteada por vampiros, donde baila Salma Hayek la música de Tito y Tarántula.

Antes de una cultura consumista mundializada teníamos en la infancia la posibilidad de conocer muestras culturales de otros pueblos. Con una radio de bujías lentas de encender, cuatro cines sobre la Avenida 8 de Octubre más el primer televisor blanco y negro Diamond en la casa familiar, se accedía a Akira Kurosawa, películas como “El poder y la gloria” en versión Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; en otro registro el noticiero NO-DO, canciones de Joselito y Sarita Montiel, el festival de San Remo hasta conocer canciones de Iva Zanicchi y Peppino di Capri. Hubo un tiempo que en Uruguay veíamos el Show de Pedrito Rico (qué tiene la zarzamora…) y el show de Renny Ottolina que emitido en Caracas llegaba a la Banda Oriental apenas con alguna semana de atraso. Más tarde las lecturas sumaron información, decantando intereses y sin ser lo que se dice un mexicanista en el ámbito universitario, los signos vinculados al norte se aglomeran. La película “Veracruz”, don Diego de la Vega, el mito iconográfico revolucionario con la foto sublime de Pancho Villa y Emiliano Zapata en Aguascalientes, la novela volcánica de Malcolm Lowry, la muerte de Ambrose Bierce, Rulfo siempre Rulfo… la región más transparente y canciones de Agustín Lara. Durante más de una década compartí oficina con colegas mexicanistas -Cathy y Antoine- de pura cepa en la universidad de Lille, experiencia equivalente a haber pasado una temporada en el D.F. Aparente mucho asunto amontonado, pero exceptuando el capítulo de colegas de Lille creo que mis coetáneos vivimos esa travesía con naturalidad. Eso de México podría decirse también de Brasil; con el tiempo escuché duros relatos del exilio que hacían mal por las miserias cotidianas, estuve en los primeros espectáculos cuando el retorno de El Galpón y andábamos peregrinando en los boliches con Eduardo Milán cuando publicó “Esto es” en 1978, la hoja plegada poética donde había jeroglíficos de pájaros egipcios antes que el poeta marchara a México para quedarse.

El relato que finaliza al claro de luna limítrofe cuenta la incompatibilidad de dos historias. En la primera dejo por escrito un fracaso anunciado la tarea imposible de captar en palabras una hacienda jamás visitada, es transferencia cándida de alguien que quiso escribir una novela ubicada en el norte; será en una próxima vida bebiendo mezcal, con pirámide buscando el sol y para resarcirme del desface nací el año que se publicó “El laberinto de la soledad”. Equilibrando ese deseo frustrado es que la segunda historia -zurcido invisible tramado de nuestra minotauromaquia- tiene trazas que acaso se me parecen más. Hay un ambiente de gimnasio similar al que visitaba varias veces a la semana; el Club L’ Avenir sigue hoy mismo abierto sobre Maldonado, a tres cuadras del IPA cuando funcionaba en la calle Paraguay. La palanca para mover ese diaporama alucinado es la respiración del boxeo y el recuerdo del combate entre Mohammed Alí – lo conocí antes del 64m cuando se llamaba Cassius Marcellus Clay- y Oscar “Ringo” Bonavena, el 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden de New York. Que el desafiante fuera argentino daba cierta proximidad cómplice al asunto, Ringo era lo que se dice al presente un mediático de vanguardia, le hacían reportajes graciosos, había grabado canciones poco memorables e hizo famosos los ravioles de su mamá doña Dominga. Después llegó la noticia del asesinato del púgil en Estados Unidos con su cortejo de versiones; de eso se escribió mucho, así que preferí la idea del espectro visitante y centrar la anécdota en otro deporte de musculación marginado en la confidencialidad. Un punto de partida real para calzar los guantes y luego acelerar la historia de una dupla improbable que debe crear su propia lógica interna. Como nadie sabe si pasó tal como consta en las versiones orales y pudo haber pasado diferente, decidí que la dramaturgia retenida era la adecuada y sería distinta si debiera escribirlo de nuevo. Es otra de las transcripciones posibles en la ruleta de la ficción y Domingo y Policarpo pudieron morir de manera diferente. Como subsisten dudas pertinente sobre su veracidad, tal vez es un entrenamiento a fondo para que permanezca de pie en el cuadrilátero de la memoria; el gong inicial fue Ringo, el boxeador porteño criado en el barrio de Boedo, se llamaba Oscar Natalio Bonavena pero le decían Ringo: “todos son muy amigos, pero cuando subís al ring hasta el banquito te sacan.”