La Fiesta: master take. Chick Corea

En “In memoriam Robert Ryan”, 1991

Los hechos aquí evocados ocurrieron el día que murió Elvis Presley y hace poco, en uno de esos años cuando el silencio de las voces apagadas era más espeso que el recuerdo de las caras. Alguien dijo, con convicción de deseo inexorable que un hecho lindante al prodigio sucedería esa noche sin ser la noche de San Juan. Entre quienes escucharon el rumor, nadie pensó en un eclipse total de luna ni avanzó la hipótesis que se trataba del cometa Halley adelantado en la órbita, cruzando con su cola de novio en combustión el cielo triste de Montevideo. 

En una ciudad cautiva las palabras dichas de pasada adquieren cierto rango de verdad, incluso si al minuto siguiente se confunden con un anónimo sin nombre, rasgos característicos y menos identidad confirmada de boca informante. Es complicado narrar, la certeza en torno a lo supuesto se acotaba al recuerdo vago de lo escuchado al pasar, unos días atrás y más seguramente pocas horas. Lo retenido tenía la consistencia de una revelación en pesadilla sin nada de fantástico en su enunciado simple: Chick Corea actuaría esta noche en un local de la ciudad. 

Esa revelación flotando en la conciencia era insuficiente para promover indagaciones insistentes entre amigos. Tras la búsqueda de una modesta ratificación de la venida, Luís se comunicó con un par de conocidos que solían estar al tanto de lo que pasaba en el ambiente. Su línea telefónica, estaba cseguro de haberlo detectado, emitía un ruido inusual de aparato intervenido bajo escucha; podían ser los cables viejos de la instalación y sería prudente asegurarse. Era costumbre –por el temor compartido en ambos extremos de la línea a que lo dicho sea interpretado de otra manera- que terminaran hablando de las nuevas gracias de Sigfrido, el perro del interlocutor y quejándose de lo agotador que es organizar un cumpleaños infantil, antes de deslizar un par de frases sobre la dolorosa noticia del día.

Diálogos tontos despejando de la conversación cualquier apariencia de claves y contraseñas, decir encuentro, recital, concierto en el código penal de quienes escuchaban conversaciones ajenas, podía ser en locución uruguaya sinónimo de conspiración. Corea un apodo clandestino, significativo de célula subversiva, operativo desestabilizador del orden social. Hoy día las palabras huyen de su definición original, circula una violencia ciega desatada para pesquisar la segunda potencia de freses irrelevantes; denunciando la polisemia terrorista a desmantelar y una circunstancia de acepciones latentes irritantes de admitir. Era el odio preventivo a las palabras de antes, cualquier intento de comunicación desde hace tiempo es sospechoso, se lo vigila e interrumpe hasta la decisión de proscribir vocablos, poemas, novelas, canciones, autores y voces, siendo aconsejado el silencio para obedecer órdenes. Una ocurrencia nocturna resistente o risueña, garabateada en paredes de calles oscuras y solitarias, se pagaba caro. 

La consigna Liberar a Julio era suficiente y los transeúntes seguro que ignoraban la historia del tal Julio que anda por ahí. Leer la pintada desde la vereda de enfrente, desde la ventanilla del ómnibus era suficiente para imaginar una situación amenazante; incluyendo apremios a Julios encerrados en establecimientos penitenciarios, cuarteles, comisarías, cárceles clandestinas en casonas. Prolongando la prepotencia a hogares de parientes, conocidos y amigos de Julios presumibles en impensable estado de liberación, iniciando la espiral de los Julios cercanos, recordados, que finalizaba en el Julio infeliz designado por un azar descontrolado. 

Ninguna pared hablaba de Corea y eso que sería hoy mismo la cosa. Luís tenía apenas la convicción de la venida de origen difuso, desconoce lo que sucederá esta noche si dejamos de lado el temor a madrugadas de insomnio; tampoco conoce el lugar del encuentro ni escenario donde se supone que Corea tocará esta noche. Hasta parece que hace unos días actuó con suceso en un teatro céntrico de Buenos Aires, en dúo con el xilofonista Gary Burton, pero es dato de laboriosa confirmación: hace más de un mes que los mandos impiden el ingreso a Uruguay de diarios porteños. “Tiene que venir esta misma noche, pensaba Luís. Hace tiempo que lo esperamos, me resisto a la idea de saberlo pasando de largo rumbo a San Pablo sin recalar en Montevideo. Tampoco puede hacernos eso de hacernos sentir que vamos desapareciendo del hemisferio sur.”

A primera hora del día Luís compró El Día y El País, buscando información sobre la llegada de Corea, detalles referentes al espectáculo nocturno, horarios, precios, esas cosas; buscó una hora sin hallar ni una línea que hablara del concierto y era raro, ambos diarios informan sobre casi todo lo que sucede en el país. Los leyó encerrado en su casa, sin llamar la atención de alguien que busca sin saberlo la noticia comprometedora; los titulares de primera página anunciaban inauguraciones de tramos de asfalto en el interior del país, cerca de las regiones militares. Las páginas interiores reproducían los partes diarios de guerra contra la historia; lloraban la tragedia del mundo de la música pop por la muerte de The King, descubrían el revés de la trama de algunos ciudadanos indignos de tal condición. Nada original en los últimos tiempos, después de años de cotidiana militancia en el ejercicio de la pública exposición de hombres y mujeres vecinos de la ciudad, los perfiles propios se desdibujaban. “Ni sabemos quién es la gente con la que convivimos; tampoco se me ocurre nadie en quien confiarme para verificar la información de la llegada” pensó Luís.

Hacia la media mañana las horas comenzaban a sucederse, Luís se refugió en una de sus pocas costumbres queridas y confiables; esperó en el café, que no podía ocultar la tristeza instalada y en su misma mesa, la llegada de los amigos fijados en la rutina apoyándose unos en otros. A los pocos minutos el grupo estaba instalado, Luís les confió su pequeña preocupación del día centrada en la llegada del músico. Los otros lo miraron extrañados: ni la menor idea del concierto y menos del personaje evocado.

-Es un músico genial, medio morocho y chiquito del Estado de Massachusetts, les comentó Luís con la curiosa convicción que requiere lo evidente. Toca el piano, moderno, jazz y cosas por el estilo.

Luís se percató que resultaba peliagudo explicarse ante quienes desconocían la existencia del pianista y el nombre tan sonoro nada les decía. Esos amigos del café a media mañana pertenecían a otra generación, llegaban de oídas bien hasta el apogeo de bandas al estilo Count Basie y haciendo un esfuerzo ayudado por la contaminación informativa, a conocer por arriba el muerto del día y su famoso golpe de caderas. Cada dato que Luís agregaba sobre Corea ya fuera anatómico o musical, el desconcierto de ellos aumentaba. Lo vieron tan preocupado por el asunto, que llegaron a prometer una exhaustiva indagación entre los conocidos, lo harían con el mismo celo que si se tratara de un hermano acuciado por verdaderos problemas. Dijeron que eso sería para mañana, el día después, un día demasiado tarde. 

Si algo había de ocurrir entre Luís, la ciudad y Corea sería esa misma noche; Corea, el sonido Chick Corea hoy podía ser en Montevideo diferente a la persecución de un nombre. Apurando la urgencia de lo inminente irracional, Luís decidió que tenía pocas horas para averiguarlo. Comenzaba así de sencillo una persecución desesperada, confusa y misteriosa como el tren fantasma. La gente por aquí estaba en mutaciones forzadas desde afuera, derivando hacia objetivos imprecisos y situaciones transitorias. En curiosa deshumanización, las personas se transfiguraban en manifiestos firmados en las estaciones de metro alejadas de Londres la City, recitales sucedidos hace meses en estadios cerrados de Sidney, nombres de detenidos envueltos en la acústica gótica de iglesias parisinas con aguacero afuera; mientras el nombre convocado por la solidaridad dibujaba en prisión mulitas sobre papel de estraza para matar el tiempo. Pedazos de ciudades aprendiendo que no habrá regreso al pasado, aunque cada amanecer trajera una incumplida promesa de retorno y postergación vendada a la historia patria, versión diferente a la leída tiempo atrás en los manuales escolares. 

Como esto era cierto, había entonces que admitirle a Luís su empecinamiento por la creída llegada de Corea; además de tales metamorfosis de la sensibilidad, coincidíamos ese día con él en la misma ciudad Montevideo de Corea. 

Era posible creerle que Chick estaba llegando al aeropuerto y tocaría dentro de pocas horas, poco importaba la falta de afiches pegados en las paredes anunciando el espectáculo y el silencio cómplice de altoparlantes en la costa, encargados de la propaganda. Las omisiones podían acrecentar por el absurdo, oposición, el tercero excluido su convicción en el encuentro próximo con el músico. Recobrábamos con Luís –para mantener distancias es preferible decir que Luís recobraba- un impulso que llega cada tanto, bajo la forma de un deseo irrefrenable por salir a buscar lo inesperado en la noche montevideana. Hoy la maravilla mágica se llamaba Chick Corea. 

Todo hace suponer que el músico vendrá de Buenos Aires como apéndice inflamado de la tournée, insignificante fuga de gas neón de marquesina de teatro de la calle Corrientes. Seamos sinceros, fuera de ese rebote reflejo de contratista ¿a qué diablos vendría Corea a esta Montevideo hastiada de milicos? Seguro que el pianista desconocía la existencia de una ciudad llamada Montevideo, cuya referencia decisiva es un cerro mocho de 130 metros de altura. Anoche le preguntó al contratista para evitar meter la pata con la prensa en la conferencia de prensa, y mañana olvidará si la escala estaba cerca de Montreux o Tunisia. Montevideo nunca tuvo un tema clásico para jugar variaciones locales dentro del repertorio de jazz ni festival anual, su existencia le interesa a unos pocos; hoy es otro día de espera en la ciudad, como antes lo fue de Frank Sinatra, Lawrence Olivier, Herbert von Karajan y los Rolling Stones. 

Algunos de los esperados en sueños pasaron por aquí sin percatarse, teníamos algo de tierra condenada; por eso se largaban sin entender el motivo del cariño manifiesto por los espectadores al final del show. Nadie viene ya por nuestra casa, casi nadie debería decirse porque esta noche, de creerle a Luís y su perseverancia ingenua, en algún lugar de la ciudad estará haciendo música el pequeño Corea y habrá que estar ahí a pesar de las camionetas azules estacionadas en las inmediaciones, como un solo hombre.

Una buena manera de achicar las horas de espera podía ser llegarse hasta el aeropuerto, presentarse en informes y preguntar con aire desenvuelto en que vuelo llegaba el señor Corea. Con buen criterio Luís estimó que, tal como están las cosas en este invierno, ello sería ingenuo, daría lugar a desagradables malentendidos. Despejada esa modalidad de la verificación crecía en Luís –un día más- la masa de las horas destinadas a perderse en relojes a cuerda de lo inservible e irrecuperable. Esferas gelatinosas, minutos necrosados devorándose hacia adentro marcando los segundos que temporalizan la ciudad. 

En Luís estar convencido de que esta noche bruja Chick Corea actuará en Montevideo se hizo obsesión pegajosa, y ello a pesar de su limitación como proyecto, con argucias de ideas concebidas durante el sueño profundo e informaciones dispersas en revistas viejas editadas en otro país; él leía Montevideo donde aparecía el nombre de otra ciudad imaginada. Supuestos e interferencias, sumatoria de deseos postergados pedidos de a tres y en secreto en tiempos idos, cuando todavía caían estrellas muertas hace milenios luz en nuestra estratósfera, llegando vagabundas desde el cenit nocturno de Montevideo. Luís estaba resignado a que la sesión, algo improvisado seguro, estaría distante de cualquier resplandor generoso y una mínima dignidad. Es sabido: nadie viene a tocar a Montevideo dispuesto a dejar el resto salvo que haya nacido por aquí y sepa que aquí morirá. Los artistas de paso por la ciudad, sin tiempo para comer un pedazo de carne asada en el viejo Mercado del Puerto, juegan así nomás para cumplir, sabiendo la aceptación indiscutida sin protesta del público ganado de antes, importándoles un comino las crónicas del día siguiente, publicadas en la prensa, caladas de indignación o elogiosas hasta el ridículo de lo irrecuperable. Luís recordaba al respecto los días finales de noviembre del año 1971. 

El último domingo del mes fueron las elecciones, en las que por primera vez el Frente Amplio se presentaba como coalición de izquierda y el sábado de ese domingo, fue la última vez que Duke Ellington tocó en la ciudad. Yo mismo lo recuerdo como si fuera hoy y puedo hacerle recordar a Luís el calor agobiante de aquel día. Infierno reforzado al atardecer pues, designios de la cruel economía doméstica, sólo pude pagar una entrada en las alturas, lejos del escenario, cerca de techo del estadio cerrado donde actuó Duke: el legendario Palacio Peñarol, más conocido fuera de fronteras que la Catedral de la plaza Matriz. Aquella noche era cierto que el nombre de Peñarol brilla como el sol, calentando en consecuencia y allí se podía conocer lo que sintió Icaro el segundo previo a desplomarse. Después de pasados veinte años de aquello, creo seguir escuchando Sophisticated Lady con solos de improvisación de un saxofonista blanco de la primera línea, mal improvisador al menos ese sábado, un músico que estaba borracho o se hizo el payaso a lo largo de la actuación. Lo sucedido ocurrió dentro de lo previsible, como si pasara una tormenta de indiferencia, pero hubo un momento eléctrico cuando el viejo Duke, él solo esclavo de su genio, sin orquesta de payasos apurados por regresar a casa, iluminado por un haz milagroso de Frá Angélico sobre el ángel negro viejo, puso dos manos negras sobre el teclado racista, inventando un tiempo tormentoso impredecible la víspera. Quiero creer: seguro que sus dedos atravesaron nubarrones cargados de la infancia, de los que cruzan el cielo apurados a toda velocidad tras las liebres del camino de Alicia, con tiempo justo para dejar caer gotones tibios y pesados de notas graves. Alcanzó: se trataba de estar alerta durante el espectáculo, dejarse empapar el alma por un aguacero de morondanga de fines de noviembre, que cada tanto le despierta hongos tóxicos de humedad a la memoria. No se conocen versiones memorables de los temas clásicos de jazz grabados en Montevideo, al menos en antologías de los monstruos del género recopiladas en discos compactos, y en esta evidencia para nada cuenta la memoria personal. Digo que habría que convertir esa notoria carencia en un atractivo secreto, hacerlo el imán potente de nuestro arrabal, lanzarlo a los grandes centros como desafío: a ver quien tiene el coraje y huevos de venir a tocar aquí, adentro de las murallas. Con la furia de que fuera capaz, si supiera que la música se termina mañana y queda una sola oportunidad de que su música sobreviva. 

Luís y yo sabemos en este cuento que avanza, que nuestra ciudad es una escala lateral en la gira. Deberíamos empezar por la modestia que falta, sacudirle al asunto la atrofia de distancia ruinosa evitando hablar aparatosamente de concierto y aunque fuera tarde para cualquier reacción contra el desdén. A Luís le hubiera gustado ver a Corea tomarse lo de esta noche como un tiempo muerto, alto prudente en la ruta para cargar gasolina. Que Chick se olvidara de actuar a que algo le importamos, limitándose a ensayar. Joder con el teclado buscando música como estando en un estudio de Los Ángeles pagado por la CBS; sin compromisos falsos, igual que en su casa el día que encontró la melodía de Children Song y el tema de La Fiesta. Si pasara algo así sería mejor para los involucrados y nos evitaría la humillación adicional. Eso, que vengan a buscar y suban al escenario sin fanfarrias, sin locutores engolados ni tachos seguidores, sin presentación cortando el aliento ni ladies and gentlemens y una vez arriba, se largaran por un camino cualquiera. Drogándose si quieren con cocaína, bajándose tres botellas de Beefeater si funcionan a gin, tosiendo y escupiendo delante del respetable, fumando como murciélagos, dejando el pucho al costado del teclado, hasta que el sufrido Stenway & Sons se chamuscara en los bordes; y si llegan las ganas, meando contra el manso telón del Teatro Solís, que siendo bordó con borlitas doradas sería un portento. Mirarlos sin esperar nada, dejarlos a ellos seguir en sus asuntos esperando por si algo original se les cruza por la cabeza, aguardando el relámpago del tiempo tormentoso en noviembre hacia el sur anunciando el verano. 

Luís sabe que esa escena es improbable en su horizonte cercano y hoy perseguimos lo inefable en bolsas negras de plástico dentro de las que ninguna música es posible. Para esta noche habría sin embargo la promesa de algo que se suspendía y era necesario forzar la idea de Corea actuando en Montevideo. Luís esperaba la comprobación, ello lo descontrolaba en cuanto a las decisiones a tomar, llegó a pensar que la incertidumbre sería parte de la actuación. Una manera simpática de poner a prueba la fidelidad de los iniciados a la música de Corea: el chiste comprensible en quien desconoce lo que pasa por aquí, lo delicado de la situación, que se propuso hacernos buscar en la noche sabiendo que en Montevideo todo se encuentra pronto; cuanto menos alguno de los pocos locales donde podría actuar Corea, so fue lo que se dijo para tranquilizarse.

Ellos se encontraron casualmente en la calle pasado recién el mediodía. Luís parecía salir en ese momento de una pesadilla e ingresando en otra devolviéndolo a esquinas de la ciudad temerosa. De acuerdo a las últimas informaciones en nuestro poder y sin verificación de fuentes confiables, Luís Dos debería estar viviendo en un barrio jardín enrejado en algún lugar de Caracas, con hijos, trabajos, divorcios y anécdotas que le suceden a la gente sólo cuando se va de aquí. 

Algo intermedio entre alegría del encuentro, olor a fantasma inseguro y lo banal de los días perdiéndose hizo que Luís evitara preguntas sobre playas caribeñas, amantes mulatas y ardides rocambolescos de ganarse la vida, contrabandeando ron entre las islas por ejemplo. Lo que predominó fue la alegría, de los condiscípulos del Instituto de Formación, Luís Dos se contaba entre los mejores amigos y era sin discusión el que sabía más de música. 

A pesar del tiempo pasado, fue mutua la percepción del comienzo de una noche irrepetible que justificó la pregunta.

-¿Sabés lo de Corea? le preguntó Luís Dos, sin darle excesiva importancia al asunto, con la certidumbre implícita de que escondía una duda propia.

Él jamás sabrá la tranquilidad que le proporcionó a Luís esa sencilla pregunta; había un alguien, un otro que sin ser espejo, fantasía o él mismo aparecía de repente en el relato con noticias frescas sobre lo que se estaba cocinando para la noche en la ciudad. Era una suerte, Luís tenía la confirmación referida a un asunto que comenzaba a enredarse –en especial las últimas horas- con otras dudas más serias. 

Lo que creyó entender días atrás sobre la venida de Corea era verdad, entonces no se estaba volviendo chiflado cargando un dato de esos que se tiene vergüenza de compartir.

-Claro, respondió Luís. Lo de esta noche… te sonará increíble, pero no estoy seguro de dónde será la cosa.

-Nadie lo sabe, dijo el contrabandista de ron de la isla Margarita. Suponte, habría problemas con los permisos de policía. La vigilancia de los vuelos internacionales está pesada, esperamos que en pocas horas eso se arregle, quédate tranquilo que aquí nadie se queda afuera.

-O será asunto de los productores del espectáculo, le hice contestar más cómodo, con un tono de angustia aplazada. Sabés cómo somos para esas cosas, unos despelotados que siempre dejamos todo para último momento.

-No te creas, replicó Luís Dos.

Sus palabras fueron rápidas, cortantes, secas y pronunciados pensando en cosas muertas para siempre.

Luís prefirió no entenderlo así, apropiarse la tranquilidad pasajera que vivía y una alegría incluyendo partículas de emoción. Sin preguntarse sobre las razones por las que Luís Dos estaba delante suyo y lejos de Caracas, le propuso encontrarse unas horas más tarde e ir juntos al lugar donde se escucharía el piano de Corea.

-¿Pero llegar a dónde? ¿Ir a dónde? argumentó Luís Dos, modulando la duda con su garganta resignada y en tonalidad que un tercero podía interpretar de mala manera.

-Ir a buscar, fue la recriminación en forma de respuesta con acento obstinado y terco. Es la única puta cosa que venimos haciendo desde hace tiempo. capaz que por ahí perdiste la memoria y lo que es más grave la imaginación.

Tampoco era el mejor momento para respuestas directas, si es que uno y otro podía entender al otro: a pesar del reconocimiento se desplazaban en distintas profundidades de la realidad. Convinieron en encontrarse a las siete de la tarde en El Vasco, un bar tirando para el costado sur de la Plaza Independencia, la esquina donde el viento golpea la lluvia de costado, como dicen que ocurre en plazas embrujadas de Santiago de Compostela, en Pontevedra la de piedras grises. El Vasco era un buen lugar para tomar el último café con los amores que terminan y hoy para comenzar a barrer la ciudad hasta alcanzar la música de Corea.

Nada y si existe lo menos que la nada fue eso, purísimas sensaciones de vacío consumieron las horas de Luís que lo separaban hasta el encuentro pactado, letargo durante actos breves sumados y un curioso juntarse de objetos pueriles. Lo dicho, mezclado sin suspender en su totalidad la vida imaginable en días como el de hoy, menos alterar un estado situacional, disposición de cosas incorporando la condición abstracta y el viento del lado sur de la Plaza. Ni remedando la manera de un faquir hindú de circo de paso; era imposible intentar suspender las funciones vitales, a la espera de que la pesadumbre pasara por el arrastre de los meses. Lo mismo derogar mediante magia cientos de semanas de vida renegada, apagar la luz espiritual interrogándose en la madrugada:

¿cómo hundir anzuelos con cadáveres y descarnados, visible apenas el garfio en aguas infectas que envenenan las agallas,

¿cómo trabajar hasta la medianoche en contabilidades negras de improbables empresas de exportación,

¿cómo repetir el desamor con desesperación, sin borrar muecas por el aroma penetrante de baño de casas de huéspedes sin bidé,

¿cómo beber hasta vomitar en la vereda alcoholes de pésima calidad,

¿cómo reírse frente al televisor durante horas aceptando la vulgaridad,

¿cómo ahorrar para luego derrochar los pesos en gestos gratuitos y degradantes del trabajo? 

Una cena cerril por ejemplo, con el vino más caro que pueda comprarse en la ciudad sin saberlo disfrutar, escanciándolo con la misma avidez con que despachamos una coca cola fría durante el mes de enero. Era otro día diluido por el desagüe del tiempo interminable, Luís creyó que una acción podría por fin tener sentido, encontrar un amigo en otro paisaje urbano y concentrarse para buscar un músico que llegaría en pocas horas a Montevideo. 

En invierno el sol se fugaba abandonando la ciudad a la luz artificial de raquíticos tubos fluorescentes débiles, sin intensidad, sucios y con insectos chamuscados, los escasos sobrevivientes zumbaban de manera absurda y asistiendo al espíritu de moscardones masacrados. Del lado de adentro de los lugares que se ven desde la calle las conversaciones tienen tono monocorde, cuando alguien entra algunas manos se alzan para mostrar reconocimiento superficial insinuando un contento circunscrito al estar ahí. 

Antes del encuentro en El Vasco ambos sabían que comenzarían la búsqueda con método coherente y terminarían en trance alucinado, abandonados al azar noctámbulo. En las mesas del boliche había grupos afines, vendedores de ropa de antílope falso instalados en las inmediaciones, aprendices de actor sobreactuando sin saber su bolo en la tragicomedia prevista ese día. Había hombres crepusculares a los que ningún Mercuccio lograría sacudirles la tristeza que los arropaba, solidarios por esa categoría de orientales embromados por la existencia. Era imposible conocer si los parroquianos estaban al tanto de la llegada de Corea, ninguno se atrevía a preguntarle algo así a los otros. 

Esta noche, como tantas otras cada cual emprendería su búsqueda en solitario; el miedo dejaba algo para la especulación, intención de pasatiempo urdido por hombres de Inteligencia, habituada a retener artistas de paso en el salón VIP del Aeropuerto de Carrasco, censurar estrofas de canciones porque sí y suspender espectáculos cuando la gente está sentada en las butacas; una práctica molesta, sostenida, metódica y insuficiente para arruinarlo todo. Sabiendo la reaparición de miedos les quedaba la ficha de seguir buscando, entre el humo de cigarrillos y el gusto del café Luís tarareaba bajito los temas de Chick Corea. Se aplicaba con la misma sensualidad de estar oliendo el perfume de la mujer que en dos horas, a más tardar estaría con él por primera vez en una cama. Los interrogantes se referían a cuestiones menores, si vendría solo, en dúo, trío, sexteto o con conjunto más importante. 

Luís Dos recordaba lo estupendo que resultó el recital del año anterior en Caracas, que él disfrutó desde las primeras filas, lo contaba con la ansiedad del viejo amigo que escuchando, recobraba pedazos de música. Lo retrotraía hasta asombros infantiles de ferias y tinglados ambulantes, lo intrincado que resultaba concebir la existencia biológica de la Flor Azteca, la sabiduría enigmática de la Mujer Araña. Lo difícil de aceptar la poquita cosa que de verdad es Corea, chiquito, lentes redondos, barbudo o lampiño según la foto que ilustra el LP conseguido, que buscaba por encima de recuerdos férreos, donde se batían en duelo de teclas profanadas, perita en punta de impostor príncipe Kalender y su Vals del recuerdo.

Desde la mesa, junto a la ventana que da sobre la calle Buenos Aires, podían ver la fachada del Teatro Solís. Las puertas de acceso estaban cerradas, nada hacía suponer algún movimiento en los próximos minutos, un remolino antipático se empecinaba en retener hojas muertas en uno de los rincones del frente, junto a las puertas laterales. Hacia la izquierda, adivinado entre columnas, custodiando la puerta giratoria de siempre, alumbrado por la pequeña marquesina que exhibe el menú para la cena, el portero del restaurante El Aguila, de impecable uniforme bordó y gorra se frota las manos por el frío, añora un trago de caña mientras aguarda clientes dispuestos a dar cuenta del mejor omelette surprise de la galaxia. En el mismo frente del teatro, el espacio que hay entre el fin de las escalinatas y el comienzo de la hilera de columnas, un cartel de chapa sobre fondo negro anuncia la reposición de un sainete y certamen de coros del interior del país. Del asunto Corea ni dos palabras escritas con tiza sobre aplazamientos y cambio de sala. 

El paisaje definió así la primera opción, era tiempo de salir de ahí, procurando unir horas de velocidad desconocida por un lugar preciso que podía estar en cualquier lado. Luís inició la danza de probabilidades conociendo por adelantado el balance final. la sala grande del grupo El Galpón continuaba expropiada por los mandos; se la destinaba para dictar cursos de Estadística a futuros contadores, Derecho Constitucional y otras calamidades escénicas por el estilo. El Teatro Victoria era depósito de expedientes y los ecos de la voz humana de Jean Cocteau, que alguna vez sonó allí con dudosa acústica, fueron apagados por chillidos de ratas alimentadas con expedientes de catastro. El Stella D’Italia va sobreviviendo como puede con espectáculos de varieté, se ve que a algunos mandos les gusta ver tetas al aire y sueñan con levantarse alguna vedette argentina. El Circular sigue bajo vigilancia en relación directa al denso repertorio de los últimos años; alguien anota salidas y entradas de los sospechosos Pirandello, Chejov y Calderón. En el estadio cerrado donde hace tanto se produjo la orquesta de Duke Ellington, hoy estaba en plena temporada exitosa el Holiday on Ice con el tierno número de los ositos patinadores. La sala de conciertos principal de la ciudad era un montón de escombros y cenizas sin remover, después, lo que resta son salas pequeñitas; esta noche Chick Corea actuaría fuera del circuito de los grandes escenarios.

Salieron del perímetro de la Plaza Independencia y comenzaron a caminar por el centro de la ciudad, seguro era una falsa impresión, había más gente que de costumbre en las veredas. Era extraño contrariar la costumbre de topar con las mismas caras marchando sin mucha idea del destino final, cada persona se esforzaba por zafar del penúltimo animal asignado en los años vividos y atreviéndose a buscar; podría tratarse de un error, ser la mirada de Luís proyectando su virus del indagar y eso que –siendo la noche de la conjura Corea- nadie tenía intuición afinada para encontrarlo. Como luciérnagas mutantes apagándose fueron hasta las salas de la Alianza Francesa y la Americana; encontraron con carteles de fechas y horarios publicitando cursos intensivos, se anunciaba un monólogo Beckett de estreno postergado y la charla sobre Kerouac que dictaría un especialista, nada más y las decepciones se sumaban. A medida que disminuían las probabilidades de llegar a la zona, crecía en ellos la evidencia de que esa noche algo ocurriría: esperando la noche a la que ingresaban, condicionados por persecuciones, reglas que antes fueron claras, precisas y estaban olvidadas.

Un reloj publicitario indicaba que eran cerca de las nueve, a esa hora en agosto es noche cerrada y resulta difícil distinguir estrellas en el cielo. La mayoría de los focos del alumbrado público están quemados y fuera de servicio, nadie contempla el azur por las ventanas por si la luna sigue instrucciones del almanaque de la Compañía del Gas. Luís, acostumbrado a los desencuentros reconoce en su interior la activación del mecanismo nuevo, un termostato rojo indica para las próximas horas que él y la música Corea serán lo mismo, fundiéndose de pronto como sucedería si hallara en su deambular el espectro de un abuelo muerto. Luego de la divagación por escenarios cercanos a la calle principal de Montevideo y que acrecentó la desolación, ellos apuraron el paso sin perder un instante para llegar a tiempo a una música sin comienzo. 

Agitados como si fueran perseguidos, cubiertos por un sudor frío y espeso, viscoso y desagradable humor ajeno al cuerpo, inadecuado a las temperaturas del mes emblema del invierno, insistieron con lugares muertos sabiendo del error. Recobraban ladrillos del pasado, recuerdos que tenían la culpa de ser felices, sobre puertas a medio derruir de teatros independientes, quedaban suspendidos títulos de las últimas puestas en escena sin que nadie los haya descolgado. La otra realidad pendiente, la continuidad de la farsa anunciando el aplazamiento de la función por catarro del galán, menopausia de damita joven. 

Durante varias cuadras de marcha los pasos resonaron indecisos, algunas aceras las recorrían una y otra vez en ambos sentidos por las dos veredas.

-Te apuesto lo que quieras, que en la cuadra que viene, después de una joyería hay un cine, dijo Luís Dos. Al menos ahí estaba cuando me marché.

Cualquier intento de hallazgo resultó decepcionante, auscultaban puertas clausuradas por enormes candados de bronce, del estilo de las que se debe entrar agachado dando paso a una escalera conduciendo al sótano. Lugares lúgubres donde años atrás se bebía vino mediocre y aplaudía a cantores de boliche. Las puertas enanas esta noche están deformadas, sucias como si se hubieran meado encima sin importarles, cerradas para siempre, portales convertidos en minúsculos arcos para festejar derrotas, alojar talleres polvorientos donde tapizan sillones viejos.

De ninguna de las plazas dejadas atrás por los buscadores de Corea salía luz de reflectores multicolores, tampoco se levantaban columnas de parlantes superpuestos, ni había gente amontonándose para estar cerca cuando el tecladista saliera al escenario. La ausencia de preparativos era concluyente, tamaña evidencia disminuía la negativa a admitir la ausencia conformada de Corea en Montevideo. Resultaba insufrible reconocer que la intuición y espera, el recorrido elegido respondía a un ridículo error de información; que había que argumentar retrasos en vuelos y postergaciones simples ad infinitum como sucedió con otras tantas cosas.

En la oscuridad pertinaz de calles sin iluminación se filtra la luz tuberculosa de comercios cerrados, bares resignados donde mozos al borde del suicidio atienden unas pocas mesas. La gente se agazapa en esquinas y refugios descuidados esperando los últimos buses que los llevarán a sus casas, los taxis libres recorren lentos las arterias, tentando sin éxito a transeúntes atrasados ateridos de frío. Marchar a buscar barrios alejados estaba descartado, sin ser Dios Montevideo es una circunferencia con un solo centro.

-Lo que nos queda es la ciudad vieja.

-Vamos, dijo Luís.

Habían llegado al final de Dieciocho de Julio, a un par de cuadras del Obelisco a los constituyentes y cerca del único túnel de la ciudad. Montevideo carece de vida subterránea, lo vieron llegar a la parada y subieron al trolley en penumbras que los devolvió a la Plaza Independencia, punto inicial del recorrido. La plaza es el límite aceptado donde desfallecen un centenar de manzanas conocidas como Ciudad Vieja, la otra Montevideo colonial de cuando se llamaba San Felipe y Santiago, un tiempo de arena cuando ese perímetro rodeado en su casi totalidad de mar era la ciudad. Quienes viven fuera de esa circunscripción jurídica y policial –territorio de crónicas en lista de espera- se extraviaron extramuros los relatos coloniales pensados para perdurar, quedando subordinados a otros demasiado nuevos como este mismo que cuenta la llegada de Chick Corea a Montevideo. 

Siendo una suerte que las ciudades sean un cuento infinito que nunca finaliza, es lógico que ciertos excesos humillan incluso los rincones más queridos del pasado: otras brujas, distintas a la Brujas sobreviviente en el interior de un encaje de canales, se ensañaron con ese barrio original de la ciudad del sur, sobre el Río de la Plata, disponiendo la equidistancia entre destrucción, miseria y rumores de hace un siglo apenas; cuando el sonido montevideo se pronunciaba distinto en los internados para muchachos de Tarbes y era manuscrito con respecto por paseantes ingleses de grandes compañías de navegación. 

Visto el rosario de los episodios a contar, emprenderlo era retroceder tentando el olvido entre veredas historiadas, salpicadas de crímenes de virreinato que quedaron impunes, nombres de cabarets finiseculares idénticos a los de tantos puertos. Decenas de leones rojos, perros que fuman, anclas fosforescentes y corazones verdes, antros persistiendo en su arrullo de boleros cantados por Celia Cruz. Canciones extranjeras sobre amores legionarios intensos y desgraciados, suavizando el recambio incesante de marineros tatuados y sifilíticos de siete mares y lejanas banderas, desembarcados para el naufragio en tierra durante cuatro días, sobre la balsa ebria de alcohol sin límites, aferrados al olor macerado de cuartuchos al final de escaleras de hierro, herrumbrosas, empinadas, conventillos como cargueros, covachas roídas de humedad y elásticos desfondados de miserables camas matrimoniales.

En ese deshidratado mar de los sargazos, donde la vida puede valer un malentendido de traducción en el trueque de una campera de hule por dos botellas de Slivovitz, comienza la zona franca de la realidad. Escenas repetidas son protegidas en depósitos y clausuradas en conteiners indiferentes a modificaciones operadas lejos de los barrios portuarios, por allí, contramaestre de petrolero con bandera noruega, es que podría filtrarse el cuerpito de Corea, las manos de Chick para posarse sobre las teclas del piano sin afinar. 

Los dos amigos salvaron ese umbral de referencias concretas y continuaron buscando algo externo a ellos mismos. Luís se atemorizó al pensar en la inexistencia real de Corea, que podría llamarse George o Ted y ser otro invento de las multinacionales del disco; podía ser porque, en años recientes de los uruguayos, el mundo pudo haber dejado de existir sin que nos enteráramos. Desaparecer el planeta mientras nos reconcentrábamos en contemplar el interior, sin aguardar nada de fuera, viviendo dentro de una gran vaca muerta pudriéndose, esperando cartas que nadie escribió para nosotros. Escuchando de noche sonidos de puertas metálicas abriéndose, cerrándose de continuo en vagos sitios de la ciudad. 

La llamada puerta de la Ciudadela no hace ruido al abrirse, sobrelleva dignamente su condición de monumento reconstruido. Le creemos que alguna vez sostenía el portón límite entre el adentro y afuera de la ciudad naciente, de día es estorbo para automovilistas queriendo ingresar en la zona financiera. Continúa separando y uniendo el dominio de la Plaza Independencia en relación a la ciudad de piedras coloniales; si se ingresa de noche por ella a la Ciudad Vieja, pasando debajo de la arcada de piedra hueca, se siente en las mejillas un roce de tela invisible. Intencionadamente los dos quisieron pasar por ese hueco, deseando que el truco de hechicería menor les diera un tanto de fortuna, al permitirles ingresar a territorio enemigo otro que el adoquinado infantil de la capital uruguaya.

Del otro lado de la puerta en lo inmediato, atravesando el vacío de piedra falsificada, la ciudad continúa siendo la misma en apariencia; era suficiente para creerlo recordar, como pidiendo ayuda el olor a veredas mojadas después del chaparrón que ocurrió en la niñez. Agregar caminatas por la avenida Dieciocho de Julio mientras tenía árboles, era la arteria del universo y el mágico paseo por la calle Sarandí, cuando la marcaban cicatrices paralelas de vías de tranvías, el espectáculo de vidrieras mimando el mundo existente en otro puerto de barcos retenidos en muelle. Corriendo contra esta noche coreana avanzando, era un sinsentido confundir imágenes, sensaciones y secuencias de ternura inmerecida para los actuales tiempos de la ciudad.

Un presente amargo corrompe un ayer de veredas y personas queridas, desvirtúa hasta humillar espectros de la niñez y otros de los meses cercanos. En relación a los últimos años el control se distiende, limitándose al tránsito civil de fronteras movibles, dejándole a la ciudad interior pocas vías de escape fluidas, pasadizos donde la libertad está condicionada al peaje consistente en renunciar. A medida que los amigos reencontrados se internaban en la ciudad vieja, Luís comprobó que otros perdidos habían pensado lo mismo que ellos. De actuar Corea esta noche en Montevideo seguro lo haría en un local de la Ciudad Vieja. La visión de los otros pudo animarlos un poco, Luís recuperó presencia en el paseo, al punto que le pareció ver desde una esquina cruzar por Bartolomé Mitre al flaco Rafael, idéntico a aquellos tiempos pero canoso y pensó en las nieves del tiempo.

-Es imposible, estás equivocado, respondió Luís Dos a la insistente indicación. El flaco se fue de aquí hace ocho años.

El encuentro previsto por Corea era postergado por otros menos espectaculares e igual de imprevistos.

-Mirá Luís. Aquella que va allá, es Magdalena.

-Aflojale con tus parecidos. ¿Te acordás de la rubia? Se casó con un agrónomo argentino y se fue a vivir al norte de Argentina.

Lo que era verdad, parecía que a Luís le resultaba complicado distinguir entre lo visto y lo deseado ver. Luego de dos confusiones prefirió callarse cuando, en cada cuadra topaba con la cara de amigos perdidos para siempre. Nada le dijo a Luís Dos, comenzó a sentirse mal con ganas de hacer arcadas sin nada que vomitar y confrontado a la sucesión de una cara tras otra en desfile que era pesadilla: Gonzalo que debería estar a esta hora sudando la gota gorda en Madrid, Claudio cuya última postal llegó desde Trieste como testamento de poeta maldito. Vio a uno de los Jorges recorriendo las salas del Hospital de Pontevedra, Eduardo de lentes que sucumbió a los Cantos de Pound respirando el smog de México D.F. María Rosa ahí a la que nunca más pensó volver a ver; y más: estuvo seguro que aquel era Horacio viviendo con la holandesa en Rotterdam, a Mabel escuchando tangos como ninguna; el otro Eduardo apareció, con el que alguna vez pasearon por el parque Lezama de Buenos Aires tras las glorietas de entes de ficción. El dandy del sacón verde era Daniel, que llevaba los hijos a una escuela en Bruselas y Silka más allá, que sucumbe a inviernos en ciudades de U.S.A. donde nieva durante semanas cerca de la frontera canadiense.

La alegría de esos cruzamientos nocturnos acentuaría en Luís la soledad de mañana, cuando regresara como ellos saben hacerlo a la década pasada. Silencio sin gente, otra manera de envejecer del alma a velocidad constante, simulando que Corea actuó en la ciudad y fuera suficiente esa felicidad para consolar la amnesia. Si lo visto era verdad real es preferible negarlo, desvirtuar la enunciación con una transformación a la segunda potencia: Luís estaba confundiendo el pasado privado con la silueta de un cajero de Banco, rezagado por horas extras de conteo buscando una diferencia, el camarero del bar apurado por llegar a su casa en Piedras Blancas, una cocinera que dejó pronta la buseca en un cafetín del bajo, el plomero que tras la changa vuelve a su pensión. Extranjeros merodeadores, forasteros emborrachados verían en Luís la imagen de un amigo dejado en tierra y lejos en depósitos de Hamburgo, frigoríficos de Ontario.

Luís Dos y él llegaron al corazón fatigado de la ciudad vieja; estaba obstinado en rechazar esta como otra noche más sin música. No otro día admitiendo que la vida sucedía fuera de nosotros, contentándonos con escuchar el mismo sonido de la casete circulando por Caracas, Milán, París, Los Ángeles. Si al menos quienes compramos la misma cinta, en distintos lugares del mundo, hubiéramos hallado un sistema para ponernos de acuerdo y pulsar la tecla play tal día a tal hora sobre tal tema… sería una manera de sacudir la incomunicación sobre la ciudad. Unos años del pasado y otros del porvenir están perdidos, ni luego de pasada esta porquería podrá Luís rearmar el círculo roto en un número infinito menos uno de líneas fugadas sin regreso. Durante las horas metidas en la noche, consideraba las apariciones llamadas de larga distancia por operadora de la muerte; sólo el oportuno bullicio inconfundible de la Calle Roja logró regresarlo a sus días del presente, seguir a los fantasmas, cruzar una palabras con ellos equivaldría a detener la búsqueda, dejarse arrastrar a subsuelos de ciudad desactivada. 

La verdadera Calle Roja se declina en pendiente hasta los muelles del puerto, hacia la mar del puerto que es el morir zarpando. Allí es infrecuente que lleguen cargueros del pasado y cuando sucede contrabandean mercadería escasa; ilusión espectral de gente viva en regiones de otro tiempo, demostrando que pueden quedarse los que nunca regresan. Si por esa zona no tocaba esta noche Corea se les perdería para siempre. Ellos ingresaron a la calle donde la gente cruza de una vereda a otra, las mujeres perdieron la conciencia de la prostitución, las luces parecen de colores. Temen que el concierto haya comenzado en otro lugar que fueron incapaces de ubicar, el músico quizá llegó a un local vacío, alguna autoridad ignorante pudo trasladarlo a un pueblo del interior arguyendo mentiras (Corea ignora la diferencia entre Montevideo, Artigas, Minas y Libertad) y una vez allí le explicaron al visitante la falta de público por causas de sedición, pagándole igual lo estipulado en el contrato, dejando en la capital a cientos de incomunicados, buscando la confirmación al llamado postergado una, otra y otra vez más. 

La Calle Roja está adoquinada dejando la traza del pasado y el trabajo de los presos, admitiendo el pasaje ritual por debajo del dintel de la puerta de la Ciudadela, nunca se llega a los adoquines por poéticos pasajes infernales. Reencontrar amigos que están vivos como si fueran muertos que retornan nada probaba, los sonidos Corea cuando comenzaran serían réquiem de situaciones curiosas vespertinas. Escucharlo a Chick supondría la ceremonia de exorcismo para ahuyentar lo visto, desde que cayó el sol y comenzó la noche al lugar que le corresponde. Luís puede desentenderse de sueños donde imagina que se puede regresar a la Montevideo, buscaba para alcanzar la resignación, olvidar y recobrar el gusto del indagar curioso. Sepultado por meses de escombros de existencia y despedidas atosigando cualquier iniciativa, inmovilizando la alegría, reprimiendo planes de emprender algo nuevo, hasta quebrar el cerco del retroceso: vender la biblioteca al kilo, quebrar discos sabidos de memoria, empujar témperas por el resumidero. 

Cada gesto que Luís ensayaba estaba contaminado por un virus de pesadillas diurnas, vigilia impidiéndole disfrutar cosas simples, en tales circunstancias, comprar la entrada para escuchar a Corea en Montevideo era una inmensa tarea postergada sin concretarse. Llegar al instante de tener en las manos ese papel ordinario, color verde enfermizo escrito tertulia o galería estaba lejano en la vida de Luís, pero él avanzaba creído, manos en los bolsillos, tocando billetes con urgencia de sacárselos de encima, canjearlos por la entrada. 

Caminaron escoltados por olores de mar mezclado con petróleo crudo y reconcentradas frituras de comidas al paso, en su avance escucharon sonidos de distintas configuraciones menos el deseado; distinguieron la tos de un niño que teme dormir solo, oyeron incoherencias de un borracho insultando al universo cuya vómito humilla escalones de una casa de inquilinato y más: colchones remendados rellenos de estopas diferentes, donde parejas simulan estar cogiendo, cerveza tibia sin espuma desbordando vasos sucios de dedos grasosos, ruido de orín violento contra losas quebradas en mingitorios asquerosos, sonido de escarbar el fondo de estuches plásticos contra restos de maquillaje, clic clic de alicate de una negra cortándose las uñas de los pies, de piernas cruzadas esperando cliente. Los ruidos identificables y superpuestos cubren otros sonidos en sordina; para Luís era una gran suerte y así no oía las voces de amigos de hace un rato llamándolo. 

Oyeron letanías de matronas gordas, apoyadas en puertas de antros jugando con las cortinas entre los dedos, sirenas marginales de pantano putrefacto entonando a su paso el salmo “me importas tú y tú y tú y solamente tú” intercalado entre oraciones con guacho y papito dejáme andá que te chupo todo, con idéntica sensualidad que utilizarán mañana para comprar tomates machucados y pan flauta. Con Luís se sonrieron al escuchar las proposiciones, miraron, pasaron, caminaron despacio conscientes que importaba poco la puntualidad de su llegada. En pocos metros alcanzaron el borde del mar y sólo les quedaba por delante emprender el regreso. 

El día de hoy, la manera como se organizó pulverizó el horario inicial, ellos dejaron de moverse en el espacio separado por horas para perder pie en tiempos densos y amontonados. Durante ese minuto de transición, Luís se sorprendió desconfiando sobre si él sabía qué cosa era Corea realmente. Entre ellos ahí parados y la muralla de conteiners defendiendo la bahía haciéndola inaccesible, la única distancia era el cruce de la costanera portuaria. 

-Es tiempo de regreso, dijo Luís Dos queriendo convencer al otro de que todo estaba liquidado. Never More. Finish. Caput. Lo hecho fue inútil.

Luís permaneció en silencio, prefirió dejarse seducir por un espejismo de sonidos, concentrarse hasta estar seguro y poder responderle a Luís Dos en lugar de un “ya oí un “oí” conminándole a seguirlo en un absurdo recién descubierto que él estaba dispuesto a continuar.

Hasta que de pronto, cesó el audio en la Calle Roja, desde el interior de un local cualquiera próximo a la resignación franqueado por una cortina de cañas de bambú, salió la melodía inconfundible de La Fiesta. Sin esperar la reacción de Luís el otro se metió tras la música, queriendo llegar y pronto a las primeras filas de butacas, que estarían ocupadas porque las mejores ubicaciones se consiguen llegando temprano, lo que no era el caso. 

Luís tardó unos segundos en habituarse al paisaje interior donde todo era azul, vio sombras teñidas de un azul uniformizando los colores de piel proyectada, miró sus manos azules y zapatos azules como de gamuza, su cara azul reflejada en un espejo de azogue azul. El azul disimula la verdadera edad de las mujeres que andan por ahí, el azul adultera la fuente de las bebidas, el azul desconcierta sobre la incierta limpieza del decorado. ¿Era eso lo que le estaba destinado encontrar, un azul perpetuo venido de otros mundos lunares? Luís permaneció quieto cinco segundos, buscó evaluar si el conjunto que tenía a su vista no pasaba de ser un gravísimo error, equívoco celeste destiñendo una tintura que todo lo azulaba. Detrás de un mostrador pintado de azul un gordo de lentes negros como los de Ray Charles, limpia con desgano unos vasos, su camisa tropical está estampada con olas, palmeras y pájaros azules, un cigarro sin filtro a manera de verruga ardiente enciende, rítmicamente, una brasa azulada en la comisura derecha de los labios; el gordo ni siquiera lo mira a Luís. 

En un taburete altísimo, una mujer de apariencia sospechosamente viril mueve las manos con los dedos bien abiertos y con la boca en trompita sopla las puntas para secar un esmalte de uñas azul, apretando el frasquito del esmalte entre las rodillas huesudas de osamenta azul. De la trastienda donde estará el baño, la ropería y el camarín de artistas, la puerta de emergencia en caso de siniestro sale una gorda enorme caminando pesada, acomodándose las tetas azules comprimidas por un corpiño azul unos talles más pequeño que el efecto de siliconas inyectables. En el rincón del azul intenso compartiendo una mesa inestable, un hombre confía una declaración de amor con promesas de jardincitos de azucenas regados y domingos de tarde luego del almuerzo con niños a una azul platinada que, a maliciosos sorbitos, bebe un licor azulado mientras por debajo de la mesa que los acerca, con el pie descalzo de chancletas azules le friega al tipo la pantorrilla, excitándole fantasías de imposibles rescates por amor de las putas azules. A un costado de la escena azulada la juke-box parece un teatrillo pronto para recibir fenómenos de feria de diversiones. 

Algunas lamparitas del mecanismo están quemadas hace tiempo, igual el conjunto insiste en lanzar destellos incitando la inserción de fichas, de lejos tiene apariencia de luminoso publicitario sin mantenimiento. El escenario miniatura es caverna ordenada con discos verticales y la asistencia del brazo ortopédico semicircular prensando círculos azules, colocándolos bajo la púa para luego restituirlos, automáticamente, al sitio asignado por botones combinados B-14, H-9, J-21. Dentro del azul, unas luces veloces que son multicolores recorren la boca del proscenio diminuto, se las puede comparar con señaleros de autos Impala de los años cincuenta y calles de Las Vegas a esta misma hora en el desierto de Nevada. La máquina en cuestión es antiquísima, anterior al auge de los Impala pero poco importa. La botonera integrada en plano inclinado propone la oferta musical del día, sus opciones son marquesinas de los espectáculos posibles, invitación danzante y repetitiva para que las putas puedan decirle “están tocando nuestra canción” a clientes fieles, propensos a creer en la estafa del amor reciclado. En la parte inferior, donde todos patean las máquinas cuando el brazo prensa la canción equivocada, hay una imagen descascarada de Nat King Cole con sombrero. 

El disco seguía girando en el azul desde que Luís entró, podía ser la cadencia de Mona Lisa, Terciopelo Azul en una vieja versión; hasta los auténticos Plateros diciéndole “only you” a Luís, pero era sólo Luís escuchando a Corea. Era allí que Corea tocaba hoy de noche en Montevideo, en esta sala de marionetas tullidas y brazos ortopédicos para discos de una sola cara. Bajo candilejas paupérrimas el espectáculo duraría el tiempo del single sonando hasta que Luís pasara, era esa la esperada actuación de Chick Corea en Montevideo, lo máximo a lo que podíamos aspirar nosotros en los tiempos actuales. Parado junto a la juke-box de Nat King Cole un hombre pequeño con marcadas facciones de chicano, de Corea coreano de pesquero de atún, le hacía a Luís movimientos de borracho. Un ebrio azulado con la cabeza accionada por una palanca mecánica, como la de los acetatos, subrayándole con gestos bondades del tema amplificado, que La Fiesta está en pleno, invitándolo al menos creyó Luís, a seguir metiendo fichas azules en la máquina mágica que le haría oír lo que tanto deseaba, incluyendo las voces de Miguel y Teresa. 

Una vez pasado el asombro del precipitado ingreso al lugar azul, las mujeres reanimaban su movimiento natural diciéndole a Luís sin importarles el orden adelante, señor, chiquito, che, invitame un whisquicito, pagate la cervecita si vos querés y después te hago algo rico a precio de amigo, ¿verdad que si? decían. Claro que si… La Fiesta se terminó. Claro que si, luego, más tarde, una cervecita… Luís siente en las mejillas la agresión del cortinado tropical y sale a la calle vaciado de rencor, sabiendo que encontró lo buscado durante horas en la noche uruguaya. Por un instante vio azul la Calle Roja, azul como era la pieza del amoblado donde él hizo el amor con Carmen la noche previa a que ella viajara para radicarse en Adelaida; azul como la camisa de Juan la última vez que tomaron cervecita al aire libre –era verano- en las pasivas de la Plaza Independencia, del otro lado de la puerta de la Ciudadela que daba al exterior. 

Después de un breve parpadeo azul Luís recobró los colores de su gente y la hora incolora de su ciudad, de su vida. Buscó a Luís Dos en las cercanías pero no estaba, seguramente aquél está durmiendo en su apartamento en Caracas, lo compartido fue sin duda una distracción de Luís Dos que a pesar del paso de los años sigue siendo un despistado. No es nadie Luís en la Calle Roja por donde camina calle arriba, parecido a un espectro extraviado en la vida. La noche está especial para caminar unas cuadras escuchando los propios pasos, igual paró un taxi cuando llegó a la plaza Matriz, a decir verdad prefiere evitar encontrarse con aquellos, que a la larga son unos pesados y ni una postal desde que se fueron. 

Rumbeando para su casa Luís descubre que es mañana, después de todo y sin ponerse exigente el espectáculo de Corea no había estado tan mal. Por suerte, se lo había comentado alguien que ahora se le escapaba de la memoria, el próximo mes viene Miles Davis a Montevideo para tocar Solar y de espaldas al público –si tenemos suerte- en algún lugar indefinido todavía. Faltaba más… así somos los uruguayos que dejamos las cosas para último momento, cuando en el cielo ya no se ven estrellas.