Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

Había algo así a finales del siglo pasado sobre los cuentos de cuentos y la literatura -poesía, narrativa y ensayo- testificando del proceso histórico e individual. La violencia documentada, lo bizarro de una sociedad mutante en sustitución generacional, expansión del dominio provincial al latinoamericano que resultó mundializado; ante esas modificaciones el hacer literario -además de lo traducido y del auge audio visual: Netflix lo recupera todo desde Nisman a Mujica- alteró las viejas y queridas condiciones de producción. Resulto la secuela sin quererlo un plan B de estrategia forzada de reacomodo y forzó la invención de otra vida fuera de programa. Sólo puedo partir de pocas constancias: estaba allí y vivo lejos desde hace tres décadas, conocí desde el interior las tres fases del período de la novela social. Los años previos de la educación sentimental a tropezones, el despliegue de la situación anómalas hasta las elecciones libres y las estrategias de salida -tragedia, comedia, ironía y esperpento- como exploración de la poca respiración sin asistencia que queda por delante. Como todos supe que la vida bifurcó y es lo que hay en los tiempos del virus; recuerdo y circunvalo la tela de araña de los años setenta, la vida arrastra con corrientes submarinas, Thanatos en más inexorable que amarrarse al muelle del astillero oriental que se va pudriendo. El materialismo dialéctico resintió el tirón desde el malecón, fundió el motor Lada y le cuesta avanzar en el desierto. La noción revolucionaria (la social tal como se estilaba en proclamas partidarias y la poética experimental hasta perforar los misterios del Cosmos) entró en catalepsia, permaneciendo como la Walkiria Brunilda encerrada en el anillo de fuego.

Conviví años con otro yo que quedó por el camino; me pregunto que habrá sido de su vida en alguno de los planetas Solaris o universos paralelos con geometría Lobachevsky si el tren no hubiera descarrilado en estación Yatay. Uno a veces bebe o deprime porque al momento de escribir está lo que debería escribir atento a la conciencia social atorando. Asoma luego lo que se debe escribir por mandato de novela familiar y fuerzas narrativas, circula la paranoia, el desdoblamiento de personalidad mientras el autor corporal permanece trenzado al documento de identidad. En transferencia de emergencia, envió un equipo de narradores en misión a explorar otros territorios haciendo arqueología, descifrando mensajes de quienes pasaron como sombra por la tierra baldía de los años verdes decía Carlos Liscano. Así como en la antigüedad había el teatro de los dioses y la tragedia humana, sigo pensando aquello bien sabido de que toda historia cuenta dos historias. El relato tiene evangelistas canonizados que hicieron esfuerzos por imponer la doctrina; sobrevive en latencia el conjunto de evangelios apócrifos que son versiones sospechadas de heterodoxia, con algo de la tradición oral sin el aurea heroica, sufriente o reivindicativa que merece que se lo deja por escrito.

La experiencia molecular de “Nieve celeste cae sobre Eskimo Point” la viví en persona; cuando se creyó recuperar la democracia, salieron los prisioneros, volvieron muchos del exilio, una parte de la tarea -intensa, comprometida, emotiva- se avocó a un replay y había oficinas dedicadas a la tarea de la crónica dolorosa que sigue aún sin resolverse. Narrar lo sucedido, tratar de interpretar, juntar relatos, acceder a la verdad encubierta y la exigencia de justicia. Una zona en que es pronto para dejar sólo la historia de los documentos omitiendo los personajes en busca de autor; los muertos tampoco descansan en paz aguardando la hora del ajuste de cuentas, el castigo y tampoco es a excluir la venganza, tarea de Sísifo que seguirá cuando quienes fuimos jóvenes de 1973 estemos muertos. Se agregaba ello a lo euforia de haber zafado de un pozo sin haber salido, nada podía ser como antes, dice el tango que las horas que pasan ya no vuelve más y el plan del día después lo fuimos improvisando sobre la marcha. Conocí esos equipos de investigadores tenaces recomponiendo el caos y vi en trasluz lo que estaba ocurriendo; imposible olvidar, la vida adulta después de la tormenta tenía sus escenas fundadoras y la pregunta postergada retornaba ¿dónde están los relatos escapando al pulpo del mimetismo? Entonces llega con mueca inspirada la mensajera avanzada de la muerte; acaricio la condición humana cuando evoco a Ivón yendo en socorro a Gordon Pym hasta Eskimo Point, me asisten mecánicos de motor, chapa y pintura de novelas pinchadas con problemas de caja de cambios. Personajes fantasmas cuyas tumbas sin nombre están lejos de nosotros e iluminan por reflejo los enigmas pendientes de resolución; la historia tiene poco suspenso, en territorio ficticio nunca debe dejarse a la muerte dominar el terreno de juego, los partidos duran noventa minutos, ronda la ilusión de hacer un gol en la hora reglamentaria y los de afuera son de palo.

El seudónimo secreto de la muchacha londinense

La puesta en escena actualizada se remonta a finales del siglo pasado; esto escrito en el 2021, también pudo decirse cuando salió publicado el cuento (1998) y dándole sabor áspero de finales del siglo XIX. Cuando el Uruguay se afianzaba como nación, la vida moderna construía su mitología con leyendas urbanas, bordando en paralelo la destrucción guerrera. Segmento histórico del cruce entre Ciencia y Superstición, mientras el relato policial se incrustaba en la prensa y el interés de los lectores, ávidos de la partida por entregas entre mentes criminales y justicieros infatigables. Se despliegan grandes relatos de la interpretación del mundo, explicando el origen del hombre y la lucha de clases, el complejo de Edipo, la presencia espiritista de los difuntos entre nosotros. Es una época que siempre me fascinó, al punto que estaría dispuesto a creer en las reencarnaciones para justificar dicha insistencia; siendo imposible, lo mejor que pude hacer es enviar uno de mis narradores en expedición a Londres, embarcarlo como polizonte en un barco en travesía oceánica y reservarle habitación interior en un hotel portuario. Lo hice varias veces eso de enviar adelantados a otras épocas, con una condición: nunca viajan en el Tiempo más lejos del horizonte de mis abuelos, que tuve la suerte de conocer siendo los cuatro ríos de la memoria familiar.

En la lectura del relato es claro que se trata de una práctica de ucronía, ruptura en el tiempo pactado socialmente, alteración de un par de coordenadas de hechos referidos y luego un juego por banda de especulaciones; exploración ficticia que fue preparación para otros proyectos y burbuja autosuficiente para cerrar la conjetura inicial: el mismo mismo loco afán de bifurcar el jardín secreto de historias releídas. La literatura contemporánea no escapa a esa doble condición de centro y periferia, habiendo estudiado la literatura -en especial ese tramado entre moderno y contemporáneo-, recuerdo con afecto admirativo los mitos de mutaciones accidentadas desafiando fundamentos del racionalismo. Desde el Dr. Frankenstein, incluyendo la variante Mel Brooks (1974) hasta Drácula en sus varias declinaciones, teniendo por paradigma el avatar Bela Lugosi de 1931; algunas tardes, contornando el conformismo de reescribir sobre ellos, prefiero traerlos a la playa montevideana en una red de pesca clandestina. Sin olvidar que debe tenerse en cuenta, en tales casos, la pertinencia de la intriga policial; por el protocolo citado por Borges, que lo asimilaba a una partida de ajedrez: apertura, desarrollo y finales. En mi situación presente, es tarde para crear un comisario uruguayo o detective privado recurrente, como veíamos en el comienzo de la televisión y las redifusiones de Columbo y su mayéutica Basset hound. Compensando ese fracaso ni siquiera intentado, me interesaron los elementos de la retórica del género y la poética agresiva que se moviliza en el periodo de los clásicos. Por ello de manera intimista me interesé por aspectos puntuales: la gestión del tiempo folletinesco a la manera de “La piedra lunar”, la inventiva polifónica del Mal – el maléfico Fu Manchú, el satánico Dr. No, el Dr. Hannibal Lecter y tantos otros sublimes de mala voluntad- así como su fascinación icónica, el poder de deducción de héroes positivos que practican la Patrística de la bienaventuranza, se identifican con el horror para mejor combatirlo y restituyen el orden legal de las cosas para que, una vez que cerramos el libro o apagamos la tele, podemos dormir tranquilos.

Durante el siglo XIX en el dominio de la lengua inglesa, en menos de cuarenta años, ocurrieron dos episodios que siguen iluminando estantes de las librerías. Edgar Allan Poe crea el personaje de Augusto Dupin (el Adán de los pesquisas) y Londres procrea a Jack el destripador; un misterio con decenas de hipótesis y lista de sospechosos interminable. Al parecer lo último de los laboratorios acusa un peluquero polaco… como yo no podía ir hacia Londres en 1888 a inspeccionar la escena del crimen, hice venir a uno de los sospechosos hasta nosotros. Supe después que era la tesis que proponía Arthur Conan Doyle, lo que no deja de darle al asunto un perfume de tabaco de pipa y cocaína. La huida, en ese caso patológico de bajos fondos de Dickens, no impide escapar a la fatalidad y sabemos que el ciclo recomienza. La trama inglesa que podría faltarle al cuento, traté de compensarla con una decoración portuaria de Montevideo, que era un hervidero de crímenes de otra naturaleza. La historia acerca instrumentos del pasaje al acto en la inminencia del asesinato y la curiosidad de la gramática de cronistas viajeros. En alguno de esos barcos llegaron algunos de mis mayores, así que esa ciudad utópica por desaparecida está incrustada en mis relatos y el horizonte descriptivo creíble. Técnicamente, por aquellos años estaba saliendo del cuento como forma breve, la exigencia novelística me tentaba y resistía; para esa extensión de la media distancia -que sigo utilizando cada tanto- prefiero la denominación de relato, siendo el tono dominante del libro “Siete partidas”. Es atmósfera y referencia, es espectro de narraciones entre la resolución de esgrima con estocada secreta y espesura de comedia humana reflejada en un espejo roto. El cuento asume toda la culpa inherente a la ficción; si es acusado de proponer una verdad ambigua -apoyada en pruebas materiales falsificadas- jamás habría segundo juicio en apelación mientras dejamos hablar al misterio.

Signo pez en una tela de J. Torres-García

Fue por el año 1985 que me instalé por primera vez en Barcelona; se cerraba una etapa del país conmigo adentro y comenzaba algo que forzosamente sería diferente. Había ganado un premio literario que sentí como regalo de los dioses, acompañando lo acuciante de algún semestre sabático mirando los restos del naufragio. Las razones de Barcelona relevan del misterio, puede que el puerto… el antojo de probar el arroz negro de Casa Leopoldo -baluarte gastronómico de Pepe Carvalho- en el Carrer de Sant Rafael. Por los amigos debió de ser Madrid y por los ancestros paternos el país vasco; mirando por el espejo retrovisor, había razones editoriales: la semiótica de la escuela de Barcelona vehiculada por editorial GG y la cálida recepción de Miguel de Moragas Spa en la Autónoma de Bellaterra. Los personajes ficticios de “Los mares del Sur”, “Los pájaros de Bangkok” y “La verdad sobre el caso Savolta”. En los primeros meses estando allá se editaron en Barcelona dos obras mayores, “El pianista” y “La ciudad de los prodigios” que para mí era Montevideo. Ello confirmó mi corazonada y entusiasmo sobre la elección de meses atrás, sin imaginar que terminaría conociendo a Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalván.

Tragedia y Comedia eran pues las facetas de todo alejamiento y el descubrimiento de otra manera de estar en el gran teatro del mundo. Fue una expedición que orientó un cambio de las placas tectónicas e hizo aflorar la angustia de las vidas breves. La trama constructiva para juntar esos fragmentos de vivencia a la intemperie, lo hallé en el estudio de la obra teórica de Joaquín Torres-García y tuve la fortuna de estar una tardecita en el patio de los naranjos de la Generalitat, cerca de los frescos del maestro sobre la Cataluña Eterna. Había también en ello la ironía pensando no sólo en la tarea universitaria sino en la ficción; no había producción profusa detrás, el lastro narrativo era penosamente liviano y el ecosistema universitario recuperado me hacía feliz. Bien pude haber decidido abandonar las ficciones; de hecho lo hice por una temporada, como si supiera que la hora venía atrasada en los relojes blandos.

Hasta que alguna mañana bien temprano, cuando comienza el movimiento de la ciudad mirada desde la terraza del café Zúrich, integré que estaba hasta el cogote en el tríptico Stephan Dedalus: silencio, exilio y astucia. El silencio, porque sólo tenía conversación con gente nueva sin pasado común y los diálogos minimalistas ocurrían en museos o cafeterías de las bibliotecas. El exilio -con la fortuna de ser voluntario- queriendo saber cómo era eso de vivir en una ciudad otra sin conocer a nadie, con medios limitados de financiación y una vida en suspenso, que me aguardaba en el sur porque había comprado un pasaje con vuelta. La astucia en fin, para solucionar problemas del cotidiano, llenar las horas, descubrir rincones del barrio gótico con empatía, intentar transcribir experiencias sensoriales y emotivas en relatos. Aprovechar que estaba en una ciudad literaria y trabajaba cerca de la Librería Tartessos, donde asistí a lecturas del poeta Jaime Gil de Biedma. Era el barrio de Alberto Rosell y de Onofre Bouvila y el cuento sobre el PEZ de J. T-G pasea mis personajes por esos callejones en plan maqueta. Después cierto deslumbramiento que fui asumiendo, negociar con la idea lacerante de que debía haber viajado diez años antes y el susto de que nunca pude haber vivido a pocas cuadras de la Sagrada Familia, responder a la pregunta ¿qué hago con esto? Había la experiencia de lo extraño y la simultaneidad, al dolor colectivo del sur correspondía la felicidad recuperada del norte después del destape. La riesgosa prueba de confrontar la propia amnesia con otras memorias que saben poca cosa del virreinato del Rio de la Plata. De a poco se asiste al olvido contrariado y la muerte operando contra las energías regenerativas; estaba rondando la experiencia artística, una suerte de mandato con el imperativo de aunar lo vivido y lo que adviene, oponer a la oscuridad persistente un Ideal solar a la manera que busco Torres-García en sus telas. Así fue el relato entre esos orientales narrando frustraciones calladas, el alejamiento del Uruguay por motivos que son diferentes en cada caso como las huellas digitales y forzar -a como dé lugar- la realidad pegajosa con la testarudez de la literatura: la idea mágica en toda sociedad de que un solo signo puede contar la historia con mosaicos. Siempre y cuando estemos dispuestos a leer el pasado como una gramática visual y queramos conocer los capítulos previos de nuestra novela colectiva.

Pequeña narración con vuelta de tuerca

Hace cuarenta años dudaba del sentido preciso de la expresión “otra vuelta de tuerca” y la situación tampoco mejoró desde entonces; como en mis planes inmediatos no está traducir la novela de Henry James, reivindico el antiguo significado. Que suma una variante factual sorprendente en los últimos tramos de la intriga, un factor exógeno alterando una situación dramática estática y tal vez un final previsible. Si ello puede aplicarse al cuento este recuperado en cuanto a estrategia de escritura, es también artificio cómplice para una dupla escritor / lector que tengan en alta estima los protocolos de Horacio Quiroga. Después de todos estos años me parece que trataba de la situación de los límites. Entre la lectura del país que fuimos (algo en el pasado nos preparaba / mucho en el presente indica que nunca saldremos de la encerrona) debida a protagonistas e historiadores más afectados por la subjetividad que por la herencia de Heródoto; entre negadores a rajatabla de lo acontecido feroz escuchando a Marilyn Manson, creyendo -aun pasados los 50 abriles, con panza de birra y en playa Pascual- que el secreto de la existencia estaba en el encuentro pasional de Nancy y Sid. Para caminar por esa ruta 66 cubierta de macadán caliente yo me evadía al tercer reino literario, teniendo presente el título de Bergamín “Las fronteras infernales de la poesía”.

Más que como retórica, esa argucia limítrofe la utilizaba con finalidades pedagógicas para reflexiones sobre el fin de la juventud, el cruce inadvertido al alcoholismo, el tercer paso en la locura sin retorno o esa extraña sensación de mirar el mundo dejado otras una vez instalado en la literatura. Las fechas y los atentados, las masacres y el exilio, la prisión y la muerte, las puertas de la percepción lsd con jinetes en el cielo, la depresión con picaporte y zaguanes del infierno tan temido, la emoción de la famosa línea o raya siempre evocada al pasarla. Ahora, más de tres décadas después de los hechos, leyendo el cuento, observo que se trataba de marcar territorios: un autor es un perro vagabundo que mea; se podría decir que pretendí narrar una astucia programada, pero es por encima fue la extensión de las limitaciones. Sólo puede resultar satisfactorio el intento, si se resuelve bien en la escritura e incorpora otros requisitos del cuento. Además de la mentada vuelta de tuerca (que parece el clásico deux ex machina versión revolución industrial de Ferretería Trabucatti) y que requieren otras estrías del tornillo; considerar si el propio relato se inscribe en una caja más grande de herramientas, donde además de tuercas hay clavos torcidos y tenazas, martillos de diverso calibre, serruchos y arandelas, destornilladores punta phillips. Como todo límite, la partida se juega quizá entre la tentación y el temor de estar de uno u otro lado del tablero, de la escena iluminada, del cuerpo desnudo de la mujer deseada y del calabozo en el penal.

Cada lector durante o pasada la lectura, le pondría el nombre que se le cante al adentro y el afuera, relevará la lista de sus propioas amigos del alma, pensara en la carga de esquizofrenia y delirio que recorre su árbol genealógico, la ruleta de las generaciones venideras. Está pues la escenografía del sainete en barrios montevideanos, el cuadro social nosocomial donde se concreta la diferencia entre lo normal y la anomalía; luego el pacto escrito con tinta invisible entre amigos que visitamos y otros que se marcharon a Barcelona, que admite cierta flexibilidad piantada de valores o ironía, porque muchas veces, sin que intervenga la voluntad, podemos estar a un lado y otro de la barrera. Cuando recuerdo la fecha y la circunstancias en que ese relato circuló por primera vez, hay algo de la mentada inquietante extrañeza. El estar explorando en solitario entre el afuera y el adentro del territorio de la ficción, avanzando en el laberinto de los posibles que tiene el secreto -al igual que en “La piedra lunar”- escondido en las arenas movedizas.

El caminante de Praga de Guillermo Apollinaire

Hace algunos años yo buscaba materiales relativos a la ciudad de Praga para el proyecto Gracchus y encontré pistas interesantes entre los escritos de Apollinaire. El poema “Zona” (à la fin tu es las de ce monde ancien…) y este cuento testimonio en especial. De “Zona” retuve unos verso como acápite para la cuarta variante del libro “Nunca conocimos Praga”. Del cuento “Le passant de Prague” (del libro “L’Hérésiarque et Cie. 1910) la confirmación del aura mágica de la ciudad del río Moldava y el deseo tardío de aplicarme a un ejercicio de traducción. Repasando la vida del autor -en épocas de dudas retrospectivas y el imperialismo del relato alienado-, conformé la idea de que vale la pena dedicar buena parte de la vida a los asuntos literarios. A un joven docente o narrador que está todavía en la incertidumbre, le diría que lea en media hora la ficha de Wikipedia dedicada a Guillermo Apollinaire y sabrá así lo que se puede hacer durante una vida de apenas 38 años. Alguno de sus nombres es Vladimir, fue hijo natural nacido en Roma, ciudadano polonés del imperio ruso, falleció en París -luego de ser herido en la cabeza por un fragmento de obús en trincheras de la primera guerra mundial- en 1918, muerto por Francia de la gripe española. Los candidatos a poetas en La Coquette sin duda leyeron su poemario “Alcools”, nadie puede llamarse poeta sin pasar por ese puente minado de todos los peligros y oportunidades de la modernidad.

La historia del relato traducido es sencilla. El narrador – que asume también las funciones de personaje y autor del texto-es un conocedor de mundo, en esa tradición que más cerca de nosotros siguieron W. G. Sebald y Peter Handke.  Un caminante que llega a los lugares que lo inspiran trata de instalarse un tiempo para saber. Liviano de equipaje como si regresara al sitio déjà-vu y para buscar sólo aquello que encontrará al final del golpe de dados. La billetera más bien delgada lo obliga a comer y pernoctar por los márgenes, que quizá es el itinerario privilegiado para acceder el corazón / alma / alcantarilla de los teatros narrativos. Siendo Praga en esta ocasión, es de presumir el encuentro próximo con la maravilla y lo fantástico sin poder formular bajo qué apariencia.

Las historias marcantes de la vida suelen comenzar igual que la novela “Jacques el fatalista” de Diderot. “¿Cómo se encontraron? De casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Y a usted qué le importa? ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿A dónde iban? ¿Es que sabemos a dónde vamos? ¿Qué dijeron ellos? El amo no dijo nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo lo que nos llega de bueno y de malo aquí abajo, estaba escrito allá arriba.” A partir de ello, encontrarse con el judío errante es una experiencia proliferante de anécdotas con algo de inmortalidad. El personaje andando en movimiento perpetuo desde los evangelios y la leyenda urdida desde entonces por los testigos del prodigio, el corazón humano de la Teología occidental y la tradición literaria del personaje inventada en todas las lenguas romances. La ocasión fantástica abruma por la naturalidad del encuentro: yo hablé con el judío errante. La confirmación de que ello sólo podía suceder en Praga y además imbricando dos temporalidades: la historia del Isaac Laquedem (el nombre elegido por Apollinaire entre los posibles) narrada por él mismo y lo ocurrido en las pocas horas mientras dura el relato, que nos hace ver otra ciudad desde el ghetto de la noche. Orígenes, episodios, condiciones de la posible redención y planes para las próximas horas traman una novela infinita que suspendió el sueño. El cuento se publicó en versión no definitiva en una revista por primera vez en 1902 y Kafka tenía 19 años. Siempre es asunto de gente que narra sobre personajes que narran, aquí intenté primero una traducción literaria y luego traté de desviar el aura hacia la tendencia de otros miembros del Club de los Narradores; alguien me comentó hace un tiempo, que vieron a Isaac Laquedem saliendo de un prostíbulo de la calle Magallanes de Montevideo, lo que puede ser la primera escena de un cuento interesante.

La puerta B del paraíso

Más que lo inmediato por todos sabidos, el antecedente más lejano de este cuento pudiera en el chotis “Madrid” de Agustín Lara, el mexicano que captó el espíritu de la Villa antes de conocerla: cuando llegues a Madrid, chulona mía / voy a hacerte emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / ya bañarte con vinito de Jerez… Me hubiera gustado vivir allí una larga temporada, pero los dioses decidieron Barcelona. La serenidad de las noches de Madrid caminando por el barrio de Las Cortes en el verano, igual son horas que resisten en la memoria. El 2020 me atrapó en el lanzamiento de La Coquette, cabaret literario planeado antes de la irrupción del Virus en el planeta Tierra, hace un año para ser precisos. Hemos asistido al sacudón sanitario mundial y los efectos en la reacción de la clínica de la escritura. Artículos, confesiones, novelas, antologías de cuentos y paralelismo apresurado con cuanto zombi o mutante de Residen Evil que debió enfrentar la ucraniana Milla Jovovich. Todo el mundo desde los comics hasta los best sellesr salió a la búsqueda de la variante de la Covid 19 que dará fama, fortuna y popularidad. Eso parecía la largada del maratón de New York de antes, y en mi caso por fatiga o temor a fracasar en el intento, preferí seguir acomodando lo publicado a salto de mata en el siglo XX y hacer avanzar algunos proyectos que estaban en carpetas.

Igual seguía el relato televisivo de la pandemia con interés, como si fuera una mala serie sobre la Corona de Inglaterra, primero con el interés del candidato al contagio estando en el grupo prioritario de riesgo, luego con la distancia esa que -sin olvidar el dolor circulando y las noticias tristes sobre la gente conocida- puede captar la parte de ironía y absurdo que venía circulando tetanizando el mundo. Un narrador, además, siempre sigue con interés todos los movimientos del complotismo y las fake news, empresas obligadas a estructurar un plan que contiene un relato secreto, cuando no una epopeya a la altura del “El señor de los anillos” Un mundo que cree en las historias de J.R.R. Tolkien y en el hombre araña, puede creer en todo lo que irrumpe en el campo de los posibles y más viniendo de las tierras de Fu Manchú. En ese estado de espíritu instalado, una mañana hallé el amuleto tipo pata de conejo.

Después de varios meses me llegaba un mail de Iberia, diciendo que renovaba los vínculos con la lista de sus pasajeros en la lista de espera. Resultó muy emotivo, en la medida que fue lo que me permitió volar durante años, uniendo mis dos mitades de la vida; viajé en varias compañías, pero Iberia alguna vez -antes de la reestructuración comercial- me acreditó una tarjeta de esas que permiten acceder al salón VIP, duró poco la experiencia pero se recuerda con cariño. Podría decirse que ese mensaje abría una esperanza y reciclaba la melancolía. Me informaba que habría un próximo vuelo a Montevideo, pasando por Barajas, cuya fecha y concretización era por el momento una hipótesis de trabajo; siempre y cuando Iberia y yo sobreviviéramos de la epidemia para llega a esa conexión con una valija que pese menos de 23 kilos. Si ello era noticia del reino eventual, lo cierto es que existió un último -por el momento- pasaje mío por Barajas.

Claro que pude buscar en los papeles y fecha en mano acceder a los mandatos del realismo, pero ello no tendría nada de mágico. Por ello me inventé una escena de esas que se ven en los frescos de parroquias desertadas en la Toscana; el resto eran agregados que, en esa magnitud de bazar oriental desparecieron del mundo. Curioso, a mí me importaban como el paisaje de lo efímero mientras el mundo parece suspendido; la escena se hizo un pálido fax parodiando artículos de costumbres de don Mariano José de Larra, al menos la ciudad correspondía… Yo ahí departiendo en soledad entre dos aviones, recuerdo que presenté mi pasaporte a la guardia civil y aguardé los trencitos hasta el tope de gente actuando la condición humana entre las terminales del aeropuerto. Olí los perfumes de Kenzo (el pisciano japonés que murió el cuatro de octubre pasado), me preguntaba quiénes seríamos en realidad los 359 pasajeros -muchos compatriotas y otros de rasgos orientales- que aguardábamos, en la última terminal la salida del Airbus A340 600. Destinación aeropuerto internacional de Carrasco, al mando del comandante José Artigas y llegada prevista a las 9h57, hora local. Fue en el viaje de regreso que crucé a la muchacha que cortaba el jamón, mientras bebía una cerveza San Miguel.

Detalle de cuadro

Hace un año, al redactar algunos de los propósitos que me llevaron a la aventura del Cabaret Literario, escribí que entre ellos estaba la transferencia o el antídoto mediante pantalla, al dilema de la reedición. En la zona que tiene la narrativa de industria cultural, es claro que sucumbió al rigor de la obsolescencia programada, el sistema de multiplicación e impulso de información continua. A la manera del antiguo Club del Clan argentino que esperábamos semana a semana en los años sesenta; de las bandas y el último álbum destinado al mercado, siempre atento a la novedad, el tema reciente que se alza a los primeros lugares en Impactos de la nueva ola en radio Independencia. Fusionando dos criterios: difusión calibrada en diferente soportes -pasamos de radio y televisión a redes sociales o cómo cargar la play list en el celular- e incidencia en ventas del single de Los cinco Latinos. Quizá con la ventaja en la pop de que siempre se pide -el público lo exige y se logra una sincera comunión- la interpretación de viejos hits: “Satisfaction”, “Brindis por Pierrot”, “Mi unicornio Azul”. Un ejemplo enorme – considerando el virus en el barrio de Belgrano- es la versión -está en youtube- de AC/DC en vivo en el Monumental de River Plate, en Buenos Aires, en diciembre del 2009, cuando atacan “Highway to Hell”. Mirar tres veces ese video puede ser una lección de estética de la recepción; me ayudó a considerar con otra perspectiva la cuestión de la reedición y el trabajoso reciclado de las ficciones. El relato fue confiscado, el mundo es relato ininterrumpido y la narrativa escrita debería reconstruir los puentes con la poesía de lo irreductible.

“Detalle de cuadro” integra mi primer libro de relatos “Aperturas, miniaturas, finales”. Luego de su aparición -que tuvo la suerte de tener ediciones destinadas a públicos diferentes, siendo el primero una lista de suscriptores- hubo un par de intentos de reedición que naufragaron. Esta es la segunda vez que sale al dominio público. Cambió el soporte acompasando la revolución tecnológica y lo escribí en el ocaso del mundo anterior con la versión final de las máquinas de escribir Brother. El avatar La Coquette me permitió corregir fallas de principiante en su puesta en relato, advertir que todo texto se mueve y suscita lecturas diferentes. Es el efecto del tiempo modificando el texto -a la manera del vino- y son cambios vinculados al factor humano de la escritura; tanto por lo inexorable de la edad del autor como de la hora del lector -recordando el libro de Josep María Castellet de 1957- y que resulta ser otro.

Del episodio 1985 y el cuento recuerdo tres piezas sueltas. El título del libro, sin retomar un cuento del conjunto y aludiendo a tres zonas del juego de ajedrez; destacando una afinidad entre escaques, trebejos y narrativa, juego simbólico sublimando batallas en épocas de realismo testimonial. El pálpito de que recién comenzaba mi torneo con la narrativa y que todo relato depende del dominio de esas tres operaciones. Las primeras dos oraciones definen el tono y destino de la partida, el desafío que presume solucionar un cuento en pocos movimientos, como lo enseñaba el maestro Horacio Quiroga; la importancia del final o cómo hacer para rematar un relato. Aprendizaje laborioso del oficio, equilibro entre recuerdo inolvidable y el olvido que todo lo puede. Las circunstancias, eran especiales; se trataba de mi primer libro y había ganado un premio generoso para su momento. El país salía -es un decir- penosamente de la dictadura y la literatura entraba en otros pactos sociales y retóricos. Me estaba interesando por la pintura, en especial la obra de Joaquín Torres-García, buscando en otros dominios del arte atajos a la esencia de lo escrito, indagando variantes compatriotas en el mundo moderno. Estaba en los preparativos del primer viaje para conectarme con la escuela semiótica de Barcelona, que tenía su torre de control en la universidad autónoma de Bellaterra.

Exploraba en la pintura la conocida paradoja de que un cuento cuenta dos historias; una de ellas visible en la primera lectura y la segunda oculta sin ser imprescindible, más integrada a la trama secreta. Como esos códigos de injerencia del autor a manera de firma en la obra y la protección del misterio, que se niega a ser dilucidado en un primer golpe de vista. El autorretrato confundido entre personajes de la escena, la firma sello en un pergamino plegado, apariciones furtivas de Alfred Hitchcock en sus películas. Del cine venía el afinar la disciplina del ver, en aquellos tiempos de destape criollo era prioritaria la conexión directa con los acontecimientos. La proyección con el futuro era incierta con aires de lotería y el pasivo oscilaba olvido circunstancial, persistencia activa.  Era la libertad formal regresando, una lista detallada de cosas para hacer que nos aguardaban en años florecientes, la equidad entre memoria con costras y deseo podría resolverse sin excesivo daño. Mañana será otro día cantaba chico Buarque de Holanda, éramos jóvenes marcados por cierto standby de la existencia y olvidando el decorado conceptual del barroco. Memento mori: hoy mismo el tiempo está pasando y ya fuimos una vida, una década, un año, un día y una hora sumada de existencia. Cuando observamos el tapiz de la vida -del cuadro anónimo donde está representada- hasta distinguir el cruce milimétrico de la trama, si nos decidimos a mirar en detalle, confirmamos que la única movida agazapada -esa que nadie puede jugar por nosotros- anuncia jaque mate en pocos movimientos. En pocas horas se decide la partida narrada en el cuento, la posición era insostenible y más porque estamos siendo medidos por dos relojes, como los péndulos de ajedrez.

La otra vez l’autre est à mont

Entre hipótesis de ficción y protocolos académicos suele haber desencuentros porfiados estando bien ubicado para saberlo. Teóricamente existe un trato cruzado en colaboración pactada sin contrato y en realidad se cava una zanja, se levantó un muro que obstaculiza la fluidez. El texto aquí comentado fue un intento de perforar un pasaje y formular un híbrido de género; que se estimula y teoriza en todos los órdenes de la vida -incluso en los más íntimos de la identidad sexual-, pero que a nivel de discurso teórico permuta mentes abiertas en ayatolas de la emasculación. Es así: lo acepté como condiciones de producción hostiles e intenté algunas refutaciones en la práctica textual. Sabiendo desde temprano que alegarlo en la vida social entre colegas y promoviendo un debate era una pérdida de tiempo. La diatriba cultural de los medios masivos de comunicación, la crítica de salida y mercado legitima todo tipo de propuesta estética; desconfía sin embargo de la ficción vinculada al universitario, lo mismo ocurre en seminarios y coloquios en las facultades. Tal vez sea mejor así para escribir la ficción, que es el voto que el alma pronuncia y que heroicos sabremos cumplir…

Allá a comienzo de siglo y trabajando yo en la Universidad de Grenoble, se organizó un número especial de una revista sobre la figura del autor. Participaron todos los departamento de las diferentes lenguas; la sección de Español tenía grandes valores interesantes, colegas talentosos que trabajaron a Borges y Manuel Vásquez Montalbán. Lo que hacía de las actividades ocasiones de intercambios estimulantes, combativos sin escenas de pugilato y divertidos. Cuando me invitaron a colaborar, evité mirarme al espejo que siempre nos miente y la tentación de confesar en público mis tribulaciones editoriales. Ellos contaban igual con mi dudosos antecedentes de escritor, me dije que la supremacía en el equipo de Buenos Aires y Barcelona -ciudades queridas- requería una estocada secreta donde estuviera Montevideo. Le dediqué varias semanas a reactualizar la presencia de Isidore Ducasse en la mesa de trabajo, con felicidad ya que es para mí un mito fundador por varias razones. La importancia de su obra en el diseño de la modernidad, el nacimiento en la misma ciudad del Cerro y el Ejido, la soledad de su proyecto acuciado por la muerte, la mitología subversiva de los Cantos en la literatura. El misterio siempre renovado en horas extras de ser escritor uruguayo y para agravar el caso, con dos almas lingüísticas intercambiables. Las relaciones con la tradición francesa y París capital del Siglo XIX, los lentos procesos de reconocimientos, la distancia estancada del circuito uruguayo. Considerando que, si Isidore Lucien hubiera nacido en otra capital letrada de Latinoamérica, habría reivindicaciones de pertenencia cada semana. En los suplementos, talleres, ceremonias oficiales, declaraciones de poetas, discursos en premios, presentaciones de libros, homenajes circunspectos, ferias internacionales, fechas de todo tipo, ediciones críticas, presencia en los programas pedagógicos y lecturas públicas maratónicas cada 4 de abril.

Como bien saben quienes frecuentan la investigación, cada artículo pedido viene con un cuadernillo de instrucciones de todo tipo que, para satisfacerlas es más complejo que el mismo asunto a tratar. Cuando comencé a tomar notas vi que tenía un enorme problema por delante; hay una zona extensa de información compartida sobre Ducasse, pero nada comparable con la precisión de los autores nacidos en Francia. El origen uruguayo para condicionar malformaciones genéticas, huecos de papeles y enigmas en la información: la reivindicación nocturna de la juventud de Bruselas rescatándome como a los héroes que mueren jóvenes, prefiriendo la Gloria tronchada a la vejez. ¿Estaba el navegante solitario en la lista de pasajeros de tal barco? ¿Por qué la aporía irrumpe, desacomoda lo sabido cuando se indagan las fuentes de una poética de la violencia social y personal? Y esa foto que anda circulando… ¿Qué pasa con esa foto? Me prometí escribir algún día un relato sobre ese muchacho bautizado en la ciudad vieja, plagiando lo hecho por Thomas de Quincy en “Los últimos días de Emanuel Kant”. Una parte de lo que hay que decir sobre el conde de Lautréamont sólo puede hacerse mediante la ficción; ello explica el carácter ambiguo del texto, admito que el truco es demasiado evidente pero había que hacerlo. La excusa que se transfigura en comunicación y enumeración de objetivos pensando en un ensayo a venir. Intromisión arbitraria del relato esbozado con perfume de sociedad secreta, sin existencia autónoma; la carta providencial estampillada en Barcelona y con información casual… un recurso tan viejo como la literatura y tan al día como Twitter. Si los estudios de género están en auge como las casas de citas y las relaciones sociales entre los sexos desatan la orgia discursiva en los anfiteatros, es fascinante que en el Cabaret -festejando el primer aniversario- actúe con desnudo completo un cuento andrógino. A lo Marlene Dietrich fumando con boquilla y Julie Andrews en “Víctor, Victoria” sacándose la peluca después de cantar “The Jazz Hot”.

Buchanan’s sin hielo

Algunos días me levanto pensando que el whisky es el cursor divino cinco estrellas para medir la cultura y la civilización, el avance de la condición humana hacia una insinuación de lo sublime en el reino de este mundo. En tiempos de relativismo y apologías de la mediocridad, recuerdo con ternura a los monjes retirados y pacientes. Que además de dedicarse a tareas de copista (próximas a la literatura) y regular la vida por un ceremonial estricto, inventaron con los arroyos, la cebadas y barriles de la cultura celta esa maravilla. Como muchas otras cosas un muchacho de los barrios populares montevideanos llega después a esas experiencias sensibles; recuerdo con cariño las fases de la educación al respecto, que va del mate dulce al Jameson, que era la marca preferida de James Joyce. Primero el Espinillar de Ancap, después el Paddy que mi abuela le regaló a un médico que la operó de la vesícula biliar; el tío Perucho era aficionado de Monje en botella cerámica, el tío Julio Carvalho -al que la tía Delia mató de dos balazos- sacaba del puerto donde trabajaba, las primeras botellas rojas de Johnny Walker. Padre compraba alguna Catto’s en la licorería Los Domínguez, eran épocas pioneras hasta los ochenta y con repertorio de botellas austero.

En esa tradición inglesa también se deslizaba el relato policial, las pasiones llevadas hasta el crimen y la conciencia de la teatralidad que supone la existencia; la famosa frase con variaciones infinitas y deformaciones del monólogo del cuento contado por un idiota, que se pavonea sobre un escenario y que nada significa. Es conveniente buscar el enroque o la variante para intentar la sorpresa en un nuevo relato; en la primera impresión de lectura del cuento – espero y está en el último libro publicado en Montevideo “El submarino Peral”- da la impresión hospitalaria del género policial. Leí mucha novela policial y creo que -paradojalmente- ablandan el misterio, responden demasiado a un recetario, consuelan -por ello el sistema las acepta feliz, fomenta, produce, promueve y mundializa: no hacen daño- con el triunfo del bien. Algunas series tratan de reivindicar a psicópatas inventivos, se pasman ante la inteligencia criminal activada y dan manuales de instrucciones para martirizar el prójimo. Finalmente todo cambia para que todo siga como está: deducción inteligente, pruebas demoledoras, explicación comprensible y culpable castigado. Los tenientes con perro, comisarios mediterráneos, expertos de laboratorios en ciudades gringas, forenses de autopsia, detectives privados, negociadores, periodistas expuestos, mentalistas, profilers de ambos sexos, Quantico, FBI, Interpol, NCIS, Scotland Yard, Hawai 5-0 y el resto terminan ganando. El relato industrial de esta noche misma en la tele -por lo menos diecisiete- primero disemina pavura en la audiencia abonada mediante monstruos asesinos, luego en los últimos minutos del episodio, nos murmura al oído que estamos bien protegidos y ello hasta la semana próxima.

En el relato quise plantear la intriga con algo de Comic historieta solidario con el protagonista, y -aunque pueda resultar demagógico- dejo que la solución quede fuera del texto. Quizá en el lector y es imposible comprobarlo, seguro que en el autor sin poder asegurarlo; hasta ahora formulé tres hipótesis para explicar la ocurrido en la isla, que acaso es el epilogo de sucedidos en el continente, tal vez en una vida anterior. Tiene algo del clásico despertar y hallarse en una situación anómala -in memoriam Gregorio Samsa- cuyos mayores ejemplos vienen del cine. Series de películas exitosas como “Saw” o “Cube” prueban el efecto del artificio, pues la ecuación del encierro con enigma funciona en piloto automático. Mundos paralelos inducidos según “The Truman Show” (1998) con Jim Carrey o empresas del engaño como “The Game” (1997) con Michael Douglas. Mi preferida es “Sleuth” del año 1973 -mal para los uruguayos- de Mankiewicz, con un mano a mano inolvidable de astucias mecánicas, disfraces circenses y mentiras entre Michael Caine y Laurence Olivier. Para la industria en cadena y desde niño está el ritual “Misión: Imposible”, las seis declinaciones fílmicas y la serie desde 1966; donde todo casi empezaba con máscaras de látex y el afro descendiente Barney Collier (Greg Morris) desarmaba una central atómica con un destornillador de bolsillo. El final de mi cuento podía suponer una rebelión, el hombre atrapado que se subleva contra la suerte que le destina la ironía de sus enemigos. Mi personaje opta por la resignación, lo inmediato ya lo sofocó, sabe que ellos saben que no tiene respuesta ni movida secreta para contrarrestar la maquinaria. Necesita lo que le falta en los minutos previos al arresto, tiempo para entender cómo se armó la trama por la cual está pagando y quizá está en ello aún en estos años de virus.

Se trata de forzar el paradigma usual, avanzar la tesis en el Club Privado Clandestino de que el verdadero personaje creado por Conan Doyle es el Dr. John o James Watson. Nacido en 1852, herido en Afganistán -cfr. “Estudio en escarlata”- y repatriado a Londres. Si sabemos lo ocurrido en el 221B Baker Street y las aventuras del violinista excéntrico con el mastín de los Baskerville, es porque el médico lo escribió. Lo que prueba la superioridad indiscutible del relato sobre los hechos efímeros: sólo persisten en la memoria los gestos que se nombran. Al paladar del Buchanan’s 12 evocando gaitas soplando “Scotland the brave” en almenas de Cadwor, de Glamis y los tíos pícaros de la infancia, se suma el aroma del Montecristo N⁰ 4 a medio fumar. Armado por diestras manos cubanas, mientras alguien con buena voz de bolero, en la tabaquería y desde una tarima con ventilador, lee sin apuro la escena inolvidable, donde Edmond Dantès pone en marcha la obra suprema de la venganza.

Radio de remate

Ahora que lo pienso y en relación a este cuento, años después, retomándolo para subirlo al sitio, el proyecto resultó paradojal. El nudo molecular de la crónica, que quiso ser fantástico naturalista, devino real con las nuevas tecnologías y los comentarios miméticos usurpados de anécdotas banales se volvieron fantásticas. Esa articulación remite como ambiente a un mundo o ecosistema tecnológico que ya no es; para la gente de mis años, los hechos ocurridos en la niñez tienen ese principio de incertidumbre persistente, la duda de si realmente existieron. Una edad de oro con caballitos de madera, bombones Garoto, radios Spica a transistores y rueditas para cortar ravioles caseros. A ello contribuye la deformación de la memoria que pierde definición como las fotos de los abuelos y la evidencia del mudar de las cosas. Debe de tener su origen en una experiencia social, familiar y personal de un mundo sin televisión, un espacio donde éramos los únicos vecinos de la cuadra que teníamos teléfono discando el 5 4717. La palabra lo era todo, mientras el inicio a la gramática de la vida en una segmentación aristotélicas se hacía por la escucha, sin réplica en retorno al emisor y el comentario a veces ni siquiera dentro de la familia.

La radio era la primera experiencia de los trasnoches musicales, a los siete años tenía noticas de Frankie Laine (1913-2007) cantando “OK Corral”, Juan Legido (1922-1989) y su monte del olvido, Billy Cafaro (1936- ), Edith Piaff (1915-1963) cantante La vie en rose y el Milton Banana (1935-1999) trio en los nocturnales de CX 22. Es sencilla la deducción considerando la falta de imágenes en movimiento -las figuritas eran fijas en las revistas de aventura tipo Tarzán y Mandrake el mago- de una forma de incentivar la imaginación pero era cierto. Me perdí la trasmisión de la guerra de los mundos de Orson Welles el domingo 30 de octubre de 1938 a las nueve de la noche, pero seguro que le hubiera pedido a mis padres que abandonáramos Montevideo a toda prisa, para viajar a La Plata, donde vivían la tía Susana y el tío Armando; o más terrestre a las chacras de Míguez departamento de Canelones, de donde era oriunda la cría de la abuela Serafina. Sin llegar a esos extremos -que esta noche misma montevideana los profetas místicos del otro lado de la laguna Merín abren nueve puertas terribles a temores apocalípticos necesitados de potentes exorcismos- por la radia pasaban pasiones y suspenso de radioteatros, el espectáculo a la distancias con directos de fonoplatea, la orquesta de Juan D’Arienzo con la voz de Alberto Echague, las trasmisiones deportivas de Básquet metropolitano hasta tarde en la noche en varias emisiones, y la parte de comedia en audiciones de humor con abusados recursos de conventillos, peluquerías y familias numerosas. De una época de archivos sonoros y retrasmisiones, recuerdo el golpe militar en Argentina del almirante Rojas, las peleas de Floyd Patterson trasmitidas por la cabalgata Gillette hasta que llegó Sony Liston, Delfor y su revista dislocada los domingos de mañana directo desde la ciudad porteña, los ensayos de murgas en Adelantando el carnaval, las películas de Luis Sandrini y su viejita María Esther Buschiazzo, narradas mediante didascalias detalladas y El comisario de Cerro Mocho que recuerdo en el segundo cuento de este mayo 2021.

La radio tenía también el atractivo de otro mundo que quedó por el camino; como no se puede hacer con la máquina de viajar en el tiempo en versión decimonónica y otros artefactos de la ficción, tendiendo a la robótica y rayos invisibles, yo podía ingresar -levantado el telón trasero del ingenio- al armado de la instalación mecánica. Las perillas moviendo el dial sobre la guía de frecuencias con hilos rojos, las válvulas y lámparas que se encendían entablando conexiones invisibles con onda corta de Bahía de San Salvador, la luz esa de espía tras la cortina y el calor de sinergia cuando el conjunto funcionaba, la membrana vibrante del parlante, era eso fantástico de la ingeniería electrónica que traería las novedades al mundo. La picota fatal del progreso pudo que esa magia fuera desplazada por el televisor y poco podía La pensión 64 (como Pepino el 88 perdió vigencia de circo con la radio) con los aventuras del sargento Frank Ballinger de Chicago, el show de Dick Van Dyke y Patrulla de caminos 20 50 jefatura. En años de dictadura la radio volvió a tener otra influencia, menos dependiente del poder que la imagen, más efímera y abierta al lenguaje del segundo grado, parecía estar más cerca de la gente en sufrimiento; pasando el mensaje mediante argucias periodísticas, los cancioneros sugerentes, lo internacional comentando el adentro, la nostalgia de Bulevar Sarandí haciendo del perfume vintage una conciencia de las cosas perdidas. Si bien el grado de resistencia era filtrado, había la espera de alguna voz de consuelo, noticias de los uruguayos por el mundo y el peso espiritual de lo insinuado. En el relato hablo de una comunidad solapada buscando consuelo, del paso de recepción a comunicación, de búsqueda de objetos mágicos radiales, que a manera de amuletos o talismanes movidos a electricidad, tienen la capacidad de conectar con el más allá sin importar donde se halla ese otro allá. Como decía la ópera una voce poco fa; pero ha de ser clave esa articulación humana, porque todo madre recuerda la primera palabra del hijo y todos estamos pendientes de conocer el secreto sonoro de nuestra última palabra, antes de mudarnos al barrio vecino, el de la Quinta del Ñato…