Lefaucheux IV

Casus Belli, el origen de la tragedia, desarreglo cósmico, el gesto desencadenante, la acción partiendo la armonía irreconciliable y comienza -en el universo imaginario de la ficción y más real que el verdadero- la secuencia que se hace relato. Lafoucheaux es una buena demostración del sentido dado el apartado El Club de los Narradores; dentro de los cuentos es el personaje principal, aunque a veces tenga el inconveniente de tener que disimularse, por exigencias técnicas, en la apariencia sin gracia del autor y otras duplicarse como aprendiz de brujo. En algo se parece al punto de vista, mide la distancia y perspectiva, es mediador y voz oculta en la escritura. En esta parte IV asume la función Ismael: alguien que viene de lejos y conoce el mundo, que se embarca con una tripulación preexistente y sobrevive al naufragio para traernos el relato a nosotros, que nada en sus propias contradicciones y estuvo ahí: en el momento donde se entiendo cómo se puede llegar a lo incomunicable, montando una exploración visceral a las condiciones de producción. 

Si en el cuento hay dramaturgia y poesía de acentos oscuros, la tensión en menos de tres minutos se vuelve novelesca. El vendedor de libros resulta mercader de cuentos y si el Pato acerca la visión nocturna, el Banda transita lo diurno. El azar de circunstancias sociales, la ruptura del pacto implícito y la crónica de las últimas horas, la angustia de vivir circunstancias donde todo pudo haberse evitado sin poderlo lograr. Deseo frustrado del lector de meter mano para modificar el desarrollo de los acontecimientos, el relato no puede detenerse y tiene vida propia, aquello que debe suceder fatalmente está escrito. Como en las pesadillas preparando la esquizofrenia, algunas escenas deben contarse cientos de veces para que -ante la escucha flotante del analista- podemos interpretar el cuento que nosotros mismos nos contamos.

El Banda y el Pato son espejos confrontados, aportan el contraste para decir el infortunio avanzando hacia nosotros que conocemos el final. Todos moriremos buscando el último whisky bar de la noche y cruzamos al Banda en el momento justo, cuando calienta motores, saca cuentas, se toma las primeras copas y se le paran los pelos de la nuca imaginando lo que le espera, en cuanto decida ir a la casa verde amarilla con orden y progreso. Como ocurría en aquellos tiempos de los uniformados, rondaba la tentación de girar cada uno en su círculo infernal y una conciencia, si no política al menos lucida de lo ocurrido. El Banda fue testigo de dos articulaciones sociales del relato y quedó fuera del secreto último, durante la tarde asistió al evento de humillación colectiva de la señora Carve y happenig surrealista. El momento mágico, cuando sube el petómano al escenario de La Coquette sin pretender silbar La Cumparsita. Después -como dicen los polacos en “inland empire”- cada acto tiene consecuencias. Retardar o distraer la fuerza del Destino, ignorancia -pero nosotros sabemos- de la dramaturgia que cerrará el proceso; sucede una suerte de carnaval de la poesía conjurando la réplica de las fuerzas telúricas, el Banda tiene algo de Baudelarie en eso de distinguir correspondencias, detectar signos -debería tener 46 años-abonar las flores del mal y haber hallado en el pueblo su propia Jeanne Duval.

Lafoucheaux V – VI – VII

En el circuito de Monza durante las últimas dos vueltas, en carreras de caballos faltando 300 metros de recta final antes del disco, cuando suena la campana del último round o el crupier anuncia la última bola en el Casino San Rafael, motores, palpitaciones, adrenalina y las fichas nacaradas entre los dedos se aceleran. En el animalito viviente que es un cuento, ocurre lo mismo; así como los primeros episodios durante varias semanas tantearon su cadencia propia, en julio 2020 “Lafoucheaux” se lanza al final. Hay algo de equilibrio espiritual en eso de que Federico conozca el origen de la tragedia y transite por el sacrificio; es el personaje del dolor expuesto a vaticinios ambiguos, posee la lucidez de los elegidos con ironía inocente: héroe del gesto hibris en sociedad, resulta avío de los dioses. Cada relato reinventa su propia mitología; sabemos de él para entender el argumento, aceptando que los gestos cotidianos -por artilugios secretos y exigencias técnicas del relato- resultan escenas simbólicas, metáforas de situaciones que escapan al entendimiento. 

Los hechos suceden en pocas horas, las causas triviales vienen de la adolescencia cuando los cumpleaños de quince y la salida del liceo. El hermano muerto repite modelos trágicos de los enviados celestiales que son abatidos en pleno vuelo; ellos de la cofradía saben en carne propia que, más importante que el lugar en el mundo aceptado es el lugar en la vida y más tarde: que aunque la vida perdió, dejónos harto consuelo su memoria. Federico sabe del sufrimiento y caída en el pozo, el Uruguay tuvo rehenes anónimos del dolor ausentes al buscar la salida colectiva; para ellos nunca habrá reivindicación, reconocimiento público con pancartas ni gratificación mensual del Estado arrepentido: paz a las almas de los hermanos David y Federico. Si no podían tomar el cuartel de Región por asalto, los muchachos lo transformaban en desierto de los Tártaros, Castillo de Praga, muralla China de 21.200 kilómetros; escalinatas de pirámide lunar tras el corazón arrancado con obsidiana afilada, expuesto a caprichos siderales de eclipses calculados: odio y concentración de frustraciones, instalaciones malignas que borraron los mejores años, la vida cegada. Haciéndolo sin saberlo Federico ensaya rearmar lo que él fracturó, fue prisionero de coincidencias tejidas desde antes de su nacimiento y viendo en el destierro de primeros auxilios -huida improvisada- la salida para salvar el pellejo y exonerar de culpa a los amigos; al final resulta atrapado por la ruleta rusa de la fatalidad. Federico está ahí para recordar lo que pudo sentir Quiroga cuando mató al amigo y la risa de David; a redoblar la terrible duda que ninguna gramática puede responder, saber si el Lafoucheaux manipulado en la juventud designó al escritor Quiroga y que quedó por fuera del Decálogo.

El penúltimo capítulo es la incursión en el tercer reino, el lugar donde están los seres queridos por los cuales se sigue preguntando, se sabe que jamás volverán, la aceptación de la muerte con cadáver y restos parece ser insoportable; de ahí la negación oculta en la reivindicación, en ese lugar improbable de ficción está al menos la palabra interior del hermano Ramiro. Afirmar que está muerto es insuficiente; en el tercer reino ocurre una peregrinación próxima a la que narra el Bardo Thödal que es el libro tibetano de los muertos. Ellos los espectros recuerdan y sin poder comunicar, conocen el futuro que es pasado, saben quién será el próximo asignado atestando el nexo perpetuo con la vida; tal vez tiene 49 días para cumplir la misión. Allí las nociones humanas legales -en el sentido físico y social- resultan desactivadas, la única justicia es permitir que la máquina cósmica siga funcionando. 

Esos asuntos se deben arreglar en el territorio de los humanos lectores, que es lo que sucede en el último capítulo y al final la historia recomienza. El trauma enquistado requiere la búsqueda de la escena fundadora, rastreada durante años en los dédalos de las pesadillas recurrentes, en la escenografía de la memoria bloqueada y reprimida. Muchas de las obras maestras del cine son poco más que un suntuoso flashback, la novela del siglo XX fue la que se lanzó -con todas las fuerzas disponibles de la escritura- a la búsqueda del tiempo perdido. El recurso final de “Lafoucheaux” es simpe e inocente, cronometrando las horas previas de lo visto y oído en la escena inicial, la explosión de la gran Nova inesperado en los radares. La secuencia es inexorable, la vida puede imitar la serie de Fibonacci donde la suma de gestos, conducen a lo exponencial del horror, la narrativa indaga algunas veces esas epifanías de signo negativo maléfico. En pocas horas se activan iluminación de la víctima y educación del instrumento del destino; también está rondando el drama la bella pitonisa, que será memoria viva y oráculo del horror. Lo inexorable se relativiza por el absurdo, lo antiguo abre con estampido portones del porvenir, debe haber una emoción secreta que explique el fluir de los hechos. 

La mayoría de las veces las cosas de la vida salen así y casi sin quererlo, de pura carambola…

Muerte del malevo uruguayo

El relato en cuestión forma parte del libro “El misterio Horacio Q” que -fue dicho en alguna otra parte del Cabaret- se organizó en la superposición de dos principio: recuperar pocas escenas fundadoras de la biografía de Horacio Quiroga (“Lafoucheaux” es el ejemplo más claro) y luego tentar poner en práctica los diez principios narrativos que Quiroga propuso en el “Decálogo del perfecto cuentista”, publicado en la revista Babel de Buenos Aires en julio de 1927. El procedimiento, como toda alquimia literaria que se precie alcanza a veces los objetivos, en otros el resultado es menos estimulante; “Muerte del malevo uruguayo” es resultado de una negociación honesta y conveniente para ambas partes. Un lector advertido, puede reconocer que allí se evocan algunos estilemas en cicatriz imborrable del maestro: el hombre yendo a su destino con los ojos abiertos, ignorando fuerzas y correntadas que lo arrastran. Acepta la cercanía empática con otros personajes que intervienen (alguno pudo ser conocido o pariente del autor), proximidad de afecto y prudencia con ese grupo de desterrados de la historia europea, lanzados a buscar fortuna en el Rio de la plata y que suele ser uno de los recurridos sinónimos de la muerte. 

Sin las circunstancias de producción de la prensa periódica de los años Quiroga y la ayuda de otras poéticas posteriores, el contrato de signos y la brevedad es contrariada aquí; supongo que se pueden incorporar algunos ripios al cuento, para que los muros del rancho narrativo sean más sólidos. Desde aquel 1927, debe aceptarse que la novela se impuso de manera totalitaria en la producción, edición y valoración critica. Los protocolos del cuento fueron recuperados por la industria cultural de los medios masivos; recuerdo como ejemplo personal las primeras series, en especial los capítulos de media hora de televisión, un imaginario anunciando la apoteosis del género policial, donde Darren Mc Gavin era Mike Hammer, Lee Marvin Franck Ballinger de Chicago y John Cassavettes el pianista Johnny Staccato. De ahí el relato ensayado en esta oportunidad con más escritura y desbordando la convención cuento, algo de media distancia o narrativa zona, la noción trabajada por Saer: ¿dónde finaliza el terreno cuento y comienza la zona novela?

Como nunca fui a Misiones, creo que El tigre -en cuanto a ríos y Delta infinito- deja de ser la ciudad babilónica porteña sin ser aún la jungla, donde se avanza con machete; marcando de paso la vía de navegación llevando al infierno de los naranjales, culebras venenosas, yerbatales de esclavistas y apicultores. Para un personaje retraído como Bocage (el narrador trata de seguirle la pista viendo el desastre al cual se encamina el Oriental, teniendo prohibido enviarle señal alguna) salir de la delincuencia municipal montevideana y penetrar los laberintos isleños es ir a buscar la cabeza mitológica, sin que ninguna Ariadna le pase el hilo para salir a la superficie. Durante los primes años de mi infancia mi padre trabajaba en un frigorífico inglés, en la parte contable, pero eso era lo de menos; de vez en cuando traía a casa latas de corned – beef, una bola de lomo congelada, invitaciones para subir a los barcos británicos donde regalaban ceniceros y vendían cortes de casimires. Trajo hasta un cuero curtido de torito Hereford llamando a la aventura, donde yo me tiraba a leer “Cuentos de la selva” sobre los rulos esos, entre cuello y espalda del astado tan parecidos a los del Minotauro.

Paralelo 38

   Es coordenada geográfica horizontal que designa aquella guerra lejana y el título del cuento que integra un primer libro de relatos editado en Montevideo “Aperturas, miniaturas, finales”. Debe ser leído desde esa doble cronología histórica; no fue un ingreso al circuito literario mediante la poesía, la ruta a seguir era otra y en ese rubro alcanzar la diferencia o acercarse al misterio es bien difícil. Novela tampoco, aunque los temas tratados en el conjunto parecen insinuarlo; por entonces me faltaba la conciencia de ríos provenientes de fuentes insondables y la respiración necesaria para navegarlos. Asunto complicado ese de pasar de profesor en el Liceo No 14 a la creación, coincidiendo con el interregno dictatorial y queriendo interpretar la realidad partiendo de mensajes de los medios de comunicación (trabajo en la publicidad, clases de Semiótica, interés por la tarea cultural e ideológica de los teóricos de Barcelona, encabezados por Miquel de Moragas) la intranquilidad de que nadie escribiría mis historias. El profesor de literatura es al respecto bicho raro, se fascina cuando el autor viene de otros horizontes -periodista polifuncional, militante de la buena causa, artes escénicas, tecladista, parecido a Joan Manuel Serrat, adicto a las anfetaminas empanadas, esquizoide lo que no obsta- pero tiene frente al colega de oficio cierta desconfianza desdeñosa.

   Los relatos primeros fueron -ahora parece sencillo justificarlo- una variante en catálogo narrativo de temas que me interesaban dejados para más adelante; cuando hubiera tiempo ocioso y se dieran condiciones objetivas de producción favorables: el Godot recurrente de todo aspirante a publicar. Tenía impaciencia culposa a lo Rainer W. Fassbinder motivada por la idea de haber comenzado demasiado tarde, la urgencia por disponer rápido sobre el paño ruletero eso que sabía nunca lograría desarrollar en extenso. De ahí cierta desprolijidad del aprendiz primerizo, formado en un medio con escasa conciencia profesional al respecto. Montevideo era el estar ahí y debtri del plan sin opción (una suerte de Alexanderplatz en configuración mosaico), las condiciones de trabajo disponibles, conciencia de nuestra tradición narrativa urbana preexistente y fatalidad territorial.

   Esta vez -la anécdota 38- la alquimia debería resultar del encuentro fortuito de la guerra, una calle de la Ciudad Vieja y un suelto inventado de la crónica roja. Llegué al mundo durante la guerra de Corea y esa conciencia violenta de puntos cardinales que orientan nuestro pasar histórico por el globo: norte, sur, este y oeste. El recuerdo de una matiné bélica viendo la película “La gloria se escribe con sangre”, donde Gregory Peck interpretaba al teniendo Joe Clemons al frente de un batallón al asalto de una colina atrincherada. Cuando el 30 de junio de 2019 se dieron la mano Kim Jong-Un y Donald Trump, me pareció un reencuentro de ex alumnos de la escuela No. 42 republica de Nicaragua, donde aprendí a leer y contar: el Chino y el Colorado habían decidido hacer las paces en el patio de los actos patrios… al menos en apariencia.

   La calle es Juan Carlos Gómez, la más cargada de Montevideo en información; estoy seguro que caminándola se atraviesa la historia antropológica de la ciudad, desde los desembarcos de la colonia y los tres poetas que escribieron en francés, hasta los barcos de cargas mundializados. Cruzando bulevar Sarandí y siendo lado Cabildo de la plaza Matriz; por esas veredas caminábamos los jóvenes en los años 60 tras los vaqueros Lee de contrabando y se sentía a toda hora el canto de las sirenas del bajo. Zona escenografía de “Bruxelles piano – bar”, en Sarandí alquilamos con Gonzalo Bianchi el primera estudio creativo a la vuelta del bar Jauja; es JCG una calle con prestigio narrativo donde transcurre parte de “El pozo” de Onetti. Resultaron inolvidables los bares y personajes cruzados, la sociedad periférica de pensiones, fondas, piringundines y tiendas de cachivaches; el tráfico con la prostitución casi familiar, que en Onetti fue más pertinente en la educación sentimental que la reticencia de otras parientas de Av. Buschental. En alguna de esas recorridas la sorpresa no era ver periodistas, profesores de matemáticas o funcionarios de la Corte Electoral de la otra cuadra, para mí fue descubrir los primeros marineros orientales de verdad. Uno sin nombre entre ellos de ruta complicada y final pendenciero, que decidí coreano por las razones aludidas.

   De repente, entre los luminosos de El león Rojo, El perro que fuma, Moby Dick y Ámsterdam -era la recorrida para comprobar si existía el bodegón “Internacional” y si alguien recordaba una mina llamada Ester, así sin h- hay palabras de la otra escritura: sinogramas incomprensibles anunciando la futura transfiguración de la zona portuaria. Lo demás fue inventar un episodio sin historia comprometida, otro incidente fugaz de la ciudad desnuda como cuando se quema una bombita colorada en El Ancla. Información que habría menospreciado un redactor jefe de La Mañana y El Diario: nunca faltan encontrones cuando el pobre se divierte… Además, el 18 de febrero de 1966 se robaron los fusiles de la Carpa Futi en el Palacio Legislativo

  -Y justo hoy me viene con esas pelotudeces de un crimen pasional coreano… aquí a pocas cuadras se está escribiendo la historia de verdad y usted Rienzi chapaleando en el barro…

Non l’avrei giammai creduto

  La historia del encuentro fue tal cual se cuenta en el relato. Venía trabajando la versión IV de “Nunca conocimos Praga”, las modificaciones sobre los relatos originales estaban avanzadas y quería agregar nuevas diagonales. Comencé una serie de lecturas al tanteo, lo más estimulante hallado en esas pesquisas fue el libro del italiano Ángelo María Ripellino “Praga mágica”, que dopaba mi proyecto y lo anestesiaba a la vez poniendo en evidencia ciertas peripecias descuidadas. Era un recorrido por los planos secretos de la ciudad a lo largo de los siglos, arqueo histórico de cementerios y peregrinos, fascinación esotérica y testimonio de pasión por una ciudad que nos convoca cada tanto, por razones equivalentes de orden intelectual e inducciones irracionales. De joven creía que fue Kafka quien inventó el mito literario y moderno de Praga, con el paso de los años y luego de leer a Ripellino, es claro que hicieron falta los cimientos históricos y varios siglos acumulados de la ciudad para que Kafka fuera posible; también la bella Milena que lo tradujo, le despertó algo parecido al amor y murió en el campo de Ravensbrück el 17 de mayo de 1944, cinco años después de que se editara “El pozo” en Montevideo. Allí se habla de precipitados inflamables, mapas celestiales, alquimias materiales y del alma gramatical, el horror de guerras religiosas y dominios secretos rebasando mi búsqueda narrativa de entonces; por ello, decidí incorporar su comentario al proyecto en proceso de El Astillero sobre el mito Gracchus y que conoceremos en un par de meses.

   Cuando los temas estimulantes demoran hay que tirar la perinola, esperar que se junten los átomos dispersos de manera futurista, aguardar la tercera vuelta de la ruleta que bifurque la serie. En esa calesita compré y leí el libro de Eduard Mörike “El viaje de Mozart a Praga” sutil e informado, que clausuraba una orientación imaginativa centrada en el personaje del músico. Recordé que cuando por fin conocí Praga -hace de ello treinta años- necesariamente visitamos el Teatro de los Estados, en todas las guías incluyendo la visita en grupo se decía que ahí -el 29 de octubre de 1787- se estrenó la ópera Don Giovanni dirigida por el propio Mozart: por el propio Mozart, ahí mismo en este teatro donde estaba de recorrida. Ello introducía una circunstancia favorable y había por fortuna una composición fusionando músico con ciudad: la sinfonía No. 38. Esa nebulosa -donde el protagonista era una partitura- necesitaba ajustarse a cierta cronología hallada en el “Mozart” de Jean y Brigitte Massin, que más que una crónica parece dar cuenta de una prodigiosa casualidad: la forma cómo los astros se ordenaron en la bóveda celeste, propiciando el milagro de la constelación clasificada por el polifacético Ludwing von Köchel.

   Se habrán percatado que, más que un cuento en el sentido clásico, se trata de una indagación amateur y rastreo de conexiones con peso de ficción. Resultó una suerte de terapia naturalista, estaba fatigado de ver en la Tele que el objeto de la búsqueda sea un asesino serial o esporádico, que el objeto un cadáver -la mayor parte de las veces de mujer martirizada- pasado por la morgue tras residuos ADN y que el hombre que reflexiona sobre el misterio resulte un detective privado o funcionario al frente de un equipo del Ministerio del Interior; saturado de postergar la Poética por asuntos congelados, prontos al microondas de la lectura según el recetario del Código Penal. La excusa algo forzada de una intuición a confirmar me llevo a otros terrenos paralelos y a veces colindantes de la investigación literario. El resultado final son notas en libretita con lápiz de grafo de un peregrinaje a pie, un alto en el camino sin carta territorial llevando a la próxima novela, acuarela sobre papel de música describiendo un paisaje onírico camino a Praga, merecidas vacaciones de pocas semanas en protocolos menos novelescos: crucero en clase económica por el Moldava bajo el mando del capitán Claudio Abbado. Mozart.

   Las óperas y sinfonías pueden ser drogas duras. Uno puede dejarlo todo, zanjar que el sentido de la vida está en las sonatas para piano en versión de Alfred Brendel. Después hubo la trampa donde caí al escribir sin oponer resistencia, más ficticia que la primera intención de melómano, introduciendo una conjetura lunar sobre la influencia de Praga sobre el hijo de Leopoldo. Es apócrifa y tampoco puede probarse, aunque las coincidencias con algo de buena fe parezcan mágicas.

El “Shinano” a pique / El cometa Arolas / Place de la Contrescarpe (1924)

En general se concede en la teoría literaria y la poética enunciada de los narradores -Quiroga, Cortázar- que un cuento es una entidad de relato autosuficiente, si bien pueden tenderse puentes de complicidad (temática, épocas, tonalidad) que alcanzan una supra unidad distintiva, como ocurre con el “Decameron”, “El llano en llamas” y las “Vidas imaginarias” de Marcel Schwob. A ese principio nos sometimos en los primeros meses dentro del Club de los Narradores y cada vez fuimos restaurando relatos de épocas diferente. Sucede que en setiembre 2020, nos vimos confrontados a la insigne excepción que confirma la regla. Los cuentos retenidos para este mes funcionan -el azar y la necesidad- en sistema de sinergia de mutua dependencia y son tres. Podríamos mentar una trinidad o trilogía, evocar la figura litúrgica del icono a la manera de Andreï Roublev articulado en tres momentos, un biombo chino de mago y la creación de una nueva molécula de laboratorio a partir de tres átomos diferentes de la tabla periódica. La hojas de la entrada quedarían abiertas para la apología de la iniciativa, pero en el origen del tríptico fue una única puerta de emergencia para la ecuación episódica que se presentaba sin salida.

   En el propósito primero se trataba de reciclar y actualizar un cuento publicado en los años 80 del siglo pasado. Se titulaba “Comme il faut” y se halla en la primera versión del proyecto original “Nunca conocimos Praga” de 1986. La historia es simple de resumir: hacia fines del siglo XX el narrador protagonista, ante el ruido desagradable y creciente del mundo, halla su escondida senda en la escucha de los tangos de la guardia vieja, los orígenes de esa música urbana rioplatense en concordancia con las jazz banda de Nueva Orleans. Dentro de ese repertorio de personajes pintorescos, orquestas típicas, grabaciones arcaicas y el talento propio de toda invención viniendo de la nada, es tocado por la figura de Eduardo Arolas partiendo de alguno de sus tangos. Sobre todo por una versión de “La cachila” de Troilo y Grela: ellos tocaban en escena ese tango -que luego grabaron en diciembre de 1867- en el musical de Catulo Castillo El patio de la morocha hacia 1953, donde Troilo era Eduardo Arolas… El interés muta en obsesión, la obsesión se alimenta de información dispersa y de ahí es fácil alcanzar el nudo de misterio que tiene toda vida. En Arolas lo gordiano estaba al final y con la muerte casi por procuración: París 1924 y un final inacabado por ser finales plurales y antagónicos; los restos y el misterio fueron repatriados a Buenos Aires treinta años después.

   Ante esos casos de incertidumbre sólo hay dos maneras de resolverlos: en la realidad inventando documentos inexistentes, fotos con un Isidore Ducasse conjetural o burdas falsificaciones a lo Enrique Delfino y en literatura activa, proponiendo viajar en el tiempo. Ahí se activan las famosas dos historias que cuenta todo cuento; fue lo que hizo en 2011 Woody Allen en Midnigh in Paris, donde Adrien Bredy era Dali y Yves Hek el mago Cole Porter. Debía haber una falla de estrategia en el plan original y la resolución catártica en alguna parte; por más que intentaba una nueva versión para el Cabaret La Coquette había en cada movimiento algo de insatisfacción y torpeza buscando hacer verosímil esa articulación insalvable. Si la unidad se resistía había que abrir de urgencia el laboratorio de accidentes narrativos y bombardear la molécula que se resiste. Fue lo que hice, agregué un elemento nuevo para tantear pistas y se fusionó otra molécula con características novedosas: la unidad original se desplazaba a la nostalgia comparativa y había un rosario de episodios arbitrarios o no tanto que llevan de Su Bar al mediodía al hospital Bichat. Quizá lo mejor del cuento -de los cuentos debería decir- no era tanto la danza de las dos historias sino el movimiento de la transfiguración, y para qué conformarse con dos historias cuando podría haber una tercera.

  Para trasladar al personaje en el tiempo necesitaba la compañera de un espectro y por ello fui a mi más allá a pedir la ayuda de Hugo García Robles. Lo que de Hugo recuerdo al inicio es apenas una sombra de su real dimensión, pero siempre sentí que tenía algo de poético y personaje de picaresca intelectual. Muchas cosas podrían decirse de él, algunas ligeras rondan en el cuento; quizá destacaría la música clásica cuando las condiciones personales e históricas resultan hostiles. El resto es sencillo; el almuerzo con la pascualina existió y Oscar Brando fue testigo directo, tengo en el fichero de la computadora el relato sobre el “Shinano” e intenté hacerlo publicar en Montevideo, lo que resultó la mueca de otro fracaso anunciado. Hugo era el barquero baqueano que podía sortear el relato entre las islas del tango, los afluentes de la poesía y la neblina de los años 20 del siglo pasado cuando una voce poco fa. De Arolas no halle mucha cosa nueva, acaso el acápite tan emotivo de Julián Centella y la noticia -espero que sea cierta- que en Montevideo se tocó por primera vez “La cachila”, la misma ciudad donde Pascual Contursi escribió la letra de “Mi noche triste”. Después la acción se traslada a 1924 por razones deportivas, personales y necrológicas que el lector irá descubriendo; para entender las locaciones del desenlace, basta recordar una novela extraviada y recuperada por el propio Hemingway sobre aquellos años veinte, cuando la ciudad era una fiesta: i love Paris every moment… ¿Es Ella Fitzgerald quien canta esa canción de 1953…?

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

De una manera u otra, más tarde o más temprano todo narrador emprende su propio viaje a la búsqueda del tiempo perdido. El haber decidido retener el nombre de Libertad Lamarque en el título de un cuento, seguro que está asociado a episodios ocurridos en los años cincuenta y tienen relación con la banda de audio de la infancia; también los lunes familiares de cine argentino del cine Broadway de Montevideo, con la presencia protagónica de Libertad Lamarque en algunas películas mexicanas; mi madre preparando el almuerzo y escuchando en la radio Artigas CX 34 y para su contento, esa versión tan intensa de “Besos brujos” y de noche en la tele “El show de Libertad Lamarque” al comienzo de los sesenta oyendo aquella bonita tonada madrileña de “la chica del 17 de la plazuela del Tribulete…” En lo más personal recuerdo el remordimiento de saber de “En esta tarde gris”, dando la rosarina su versión femenina del repertorio tanguero, el temblor de mujeres cantando tangos, y eso que había varones que la interpretaron de maravilla como Fiorentino, Julio Sosa y el japonés Ikuo Abo.

Después y hacia los años 90 esos vinílicos RCA de la memoria se convirtieron en el relato que salió segundo en un concurso Juan Rulfo; el cuento conoció algunas estimulantes salidas independientes, el romance de la Gilda y el Aldo hasta fue traducido al francés, si bien no la totalidad del libro “Mariposas bajo anestesia” del que formaba parte. De pura casualidad ese noviazgo circuló y me permitió trabajar un par de años con el director argentino Alfredo Arias, que fue sensible a la historia; en algún lugar debe estar el guion de cine que escribí y que nunca halló la financiación para competir por el Oso de plata en Berlín. Ello igual me permitió escribir con Arias un Cabaret musical representado alguna vez en el Casino de Monte – Carlo. Mi colega y amiga Mónica Zapata lo dio a estudiar en el ámbito del “estudios de genre” por el asunto de travestismo escénico y nunca pensé que, mediante la voz argentina de Libertad Lamarque, estaría en contacto epistemológico con Bibi Andersen -la que baila “Pecadora” dentro de la cárcel en “Tacones lejanos”- y otras chicas trans de Almodóvar; ya lo cantaba Mercedes Serós en 1926: la que quiera coger peces que se acuerde del refrán.

La historia sería más bien un híbrido o dialéctica de género narrativo entre supervivencia cotidiana y representación cabaretera, tango y bolero en una Paris de todos los posibles como los epílogos en aquellos años de las guerras coloniales en Indochina y Argelia; si bien los modelos retenidos vienen de las noches de Barcelona, donde el paso a los ámbito del espectáculo a menos de veinte metros de las mesas con cava eran naturales como los paseos trasnochadores por ramblas, pasivas y la calle del Arco del Teatro llevando al Villa Rosa. Aún en las historias trasn travesti que había leído o frecuentada por gente conocida que se operó, la transgresión puesta en dramaturgia adopta ciertos clichés modélicos y de existencia, puesto que en las cosas del querer tampoco las variaciones son infinitas. El paso de chico a chica o viceversa siempre tiene algo relacionado con la teatralidad y el maquillaje, depilaciones y ropa interior, un toque de ficción que jamás pretende en este relato suplantar la vida verdadera. Entonces, aceptando ese envión inicial. me propuso explorar la transfiguración mariposa en el otro sentido: la estrategia del salmón yendo contra corriente en plan exploración, teniendo como espacios escénicos el pisito compartido en un barrio que pudo ser latino y el Cabaret Saudade, lejano antecedente de La Coquette. Tampoco podía pensarse para ello en el protagonismo de una sola persona si el show quería volverse episodio emotivo; ello suele ocurrir en la ambigüedad Amanda Lear -de orígenes tan inciertos parecidos a Corto Maltese-, el sacudón folklórico antimatriarcal de La Veneno, el atleta Caitlyn Jenner tan conocido por su hija adoptiva, Jaye Davidson cantando “The Crying Game” en la película de Neil Jordan (1992) y la tragedia repetida e inconmensurable de Zulma Lobato, a quien se la vio por primera vez en Crónica TV presentada por Anabela Ascar. Necesitaba que funcionara en pareja para hacer pasar la verosimilitud de esa puesta en escena de ida y vuelta por al repertorio y la apariencia. Fue como improvisar en una platina de mixage Dj músicas conocidas de Mariano Mores, Francis Lemarque, Agustín Lara y Boy George; lo anterior en detalle escabroso, lo posterior de los personajes después del punto final y salvo algunas trazos rápidos, es un misterio. Esas vidas de paso fijadas en el relato como estrellas fugaces, cargan los estigmas de la marginalidad y violencia de pelear por la vida del otro lado del espejo cada madrugada. Los quise encuadrar en esos pocos minutos de atención -el mentado cuarto de hora de Andy Warhoil que pueden ser de fama y acaso de entrega- cuando la película se parece más a una comedia musical con Judy Garland que a un documental sobre prostitución ecológica al borde de los bosques, o la escena de cuando se esnifa cocaína cortada con leche en polvo para bebé; por eso sólo podía ser un cuento que pasara pronto sin didascalias morales y como título de jukebox: apenas un tentar provocando el encuentro fortuito de mundos de apariencia incompatible sobre una mesa de disección, sin tránsitos engorrosos insinuando una historia de amor que se recueerde. Indagar en las insinuaciones de las canciones de karaoké, las barras de los bares lgbt, los mandatos hormonales del deseo adolescente y que perdura hasta la edad de los implantes dentales. Sabiendo que es historia repetida; ahora mismo que se termina el año 2020 hay chicos y chicas que, vestidos todos de blanco como un pai de Bahía de San Salvador, se paran delante del espejo del cuarto luego de cerrar con llave y cantan -siendo Ney Matogrosso- “Homen con H” o entonan incorporando a la orixa Simone: soy el pecado que te dio nueva ilusión en el amor, soy lo prohibido…

Raíz cuadrada de la melancolía

Después de muchos años la historia melancólica de los amigos fallecidos sigue siendo la misma y le cambié el título para acercarla al alma de los protagonistas. El original se llamada “Desarrollo de curso”, por entonces me interesaban el cuento de vecinos del barrio, colegas profesores de secundaria, la memoria olvidada de familiares que fueron desertando el tablado. Era una combinación de determinismo y estrategia en años de agitación concentrada y dispersa, cuando copulaban en público el carpe diem y el ubi sunt a diario en movida exultante a la salida del túnel; expresión sustraída del post franquista español, elogio de originalidad al borde del ataque de nervios y puesta al día del carnaval sin botas ni comunicados de los mandos.

Había en la ciudad letrada varias generaciones (término impreciso comprensible) de escritores con recorridos dispares siendo la mía la intermedia. Tardía para adoptar resonancias tradicionales del 45 y 60, demodé para adherir a una postura punk y subordinada a los últimos inviernos del poder castrense anudando a su relato sin rienda suelta al potro de la ficción. Los muchachos dicen era lo que hay y había que arreglarse con lo que cada uno tenía en su mochila; para mí fue disco duro de docente en el secundario sin cursos y reconversión en redactor publicitario, más interesado por la calle Corrientes y el Luna Park -donde velaron a Julio Sosa hace 56 años- que por el Malecón caribeño. Tampoco sabía que la vida estaba cambiando y los primeros malabares narrativos, con la ayuda del concurso de Banda Oriental tendrían una incidencia determinante en el futuro. Recuerdo esa sensación de corso de la historia en tanto quedaban sobre las playas capitalinas -además de ofrendas avícolas a Yemanyá- restos del naufragio del país que nunca sería el mismo. Mis personajes eran habitantes de la segunda zona, quería contar parte de lo ocurrió en los grises y la periferia; la Gorgona monstruosa comenzaba a activarse, había que mirarla a los ojos sabiendo que petrifica la creatividad y recordé a tiempo la lección de Calvino, el imperativo de capturarla de manera indirecta. Dolor y muerte comenzaban a mostrar sus muecas anestesiadas, retornos y partidas perdían apariencia bucólica; para la sociedad uruguaya sería complicado dar vuelta la página y moriremos con varias cuentas pendientes. La realidad omnipresente se agota en la redundancia y nadie está al abrigo de traiciones a las ilusiones juveniles, se vuelve vencido a la casita de los viejos, se lloran veinticinco abriles que no volverán. Cada día aporta novedades perturbadoras, el mundo fue y será una porquera mientras la yerba de ayer se seca al sol y la página literaria de Marcha termina envolviendo pescado en el expendio municipal. Se impone la ética de hacerse violencia y tomar por el atajo con obstáculos, escribir lo que se puede y no sobre aquello que se debería de acuerdo a la doxa predominante; lejos de escenarios carnavalescos y lides municipales del nomenclátor, dejando fluir la emoción como catarsis teatral de la tragedia; la pelea dejó de ser con la página en blanco, los malos son olvido y obsolescencia. Decía Torres-García que en la casa de las Musas no hay lugar para las lágrimas.

Las lágrimas hay que protegerlas para la amistad muriendo en pleno vuelo; ahí estaban esperando turno la pérdida de los amigos, compañeros de estudios y colegas de trabajo para contar su versión que las murgas omiten en las despedidas. La sensación de los muertos jóvenes la tenía, conocía el sanatorio desde la cesárea que me trajo al mundo, de niño me acostumbré a ir a los cementerios a visitar mis muertos de la novela familiar, los velorios de abuelos y a leer lo aprendí a la vez, ignoraba que entraba en un túnel espacio temporal de aviones, visas y aeropuertos, mudanzas en veredas pisadas por otros compatriotas. Releyendo los primeros cuentos que ingresan al Cabaret se diluye la frontera entre lo real y lo ficticio, surge la sospecha de que esas historias nunca fueron inventadas siendo el narrador testigo necesario de tales asuntos. Puedo testificar que esa circunstancia de camarada en situación crítica internado en el Casmu -con variantes infinitas- ocurrió en Montevideo allá por los ochenta del siglo pasado; en testimonio de ello -treinta y cinco años después de los sucesos- se vuelve a dejar constancia por escrito, sin omitir detalle, jurando por Shiva Nataraja mientras danza, poniendo la mano derecha sobre el calefón descascarado del cambalache discepoliano rescatado en prenda de empatía. Vale.

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Una forma literaria permanece viva en tanto pueda tener una capacidad constante de renovarse desde la creación hasta las modalidades de recepción. Para un espíritu lector en general pareciera que se hubieran disuelto las categorías y telones de separación: todo se volvió narración. El relato es la verdadera Matrix sin necesidad de sublevar las máquinas a la manera de los modelos Terminator cazando la matriz reproductiva de Sarah Connor, ni el gran reemplazamiento ciber punck que vimos en todas las pantallas combatido por Trinity, Neo y Morpheus. Los hermanos sean unidos de los inventores de la saga sediciosa se transformó en las hermanas sean unidas; los nacidos varones en la transfiguración del siglo se volvieron Lana y Lilly, dos muchachas mayorcitas trasn en la línea lgbt y la teoría / praxis genre: nada se crea nada se destruye todo se transforma. El filme de 1999 parece ejemplificar un título del mismo año de James Bond -con Pierre Brosnan mi 007 favorito- que decía El mundo no es suficiente: los Wachoowski lo demuestran en escenarios y carne propia: orígenes polacos, nacidos celestes en Chicago la ciudad de Ballinger y Eliot Ness, homosexualidad, queer theory, drag queen, travestismo, tratamientos hormonales, trabajo sicológico entusiasta y quizá la intervención radical de falectomía y vaginoplstia. El relato al ser mutante es infinito e ingresan en nuestro cotidiano nociones activas tales como desinformación, teorías complotistas, fake news, cadenas (?) de información continua, auge del cuento religioso monoteísta, Netflix, Disney y Amazon multiplicando la proliferación de mundos paralelos con zombis, licántropos y otros vampiros una vez que se abrió The Rocky Horror Show en la temporada de Londres en 1973, el 19 de junio es decir una semana antes del golpe de estado en Uruguay.

El mundo no es suficiente y sólo se vive dos veces: más que nunca el cuento podía ser el campo de los posibles. Quizá el Capitulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes sale de los cánones precisos para definir el género siendo un corpus ficticio clonado e inyectado con hormonas de biografía. Forma parte del proyecto “El misterio Horacio Q” que inventa situaciones bifurcando de la alquimia entre preceptos del Decálogo del perfecto cuentista y episodios terribles de la vida de Horacio Quiroga. Sabiendo que su enunciación son por otra parte secuencias que pueden adaptarse a cualquier otra circunstancia: un joven poeta mata accidentalmente a su amigo y después arréglate como puedas. Aquí se trata de la experiencia del viaje de Quiroga el año 900 a Paris, experiencia de la que dejó dos cuadernos de escritura magnetizada; es ejemplar el confrontar leyendo ilusiones con frustración, amor por el ciclismo, hambre en las tripas durante semanas de economía de guerra y falta de dinero, complejidad de afinidades en un medio adverso y oposición del mundo a los planes de ambición literaria. Llega el salteño a una ciudad a treinta años de los episodios de asedio cerco de la ciudad por los prusianos y la terrible experiencia social de la comuna; allí se cocinaron en un caldo de sangre las nociones de lucha de clases y represión que todavía se alegan en el Palacio Legislativo. Treinta años es lo que a los uruguayos nos separa hoy -al final del 2020 año de la rata en el calendario chino- del primer gobierno de Luis Alberto Lacalle, el padre del actual presidente. Con cierta ironía sarcástica Quiroga llegó a Francia en lo que se llamaba la belle époque; está París a catorce años de la primera guerra mundial terminada en carnicería. La misma distancia temporal que nos separa del año 2034, tan lejos y tan cerca, fecha mágica para la cual está programado uno de los más conocidos finales del Cosmos. Como Lana y Lilly W. también procedí a ciertos ajustes transgresores del adn original: el personaje se llama Gervasio Nardeau y es músico, en lugar de ir a conocer a Henri Bergson quiere entrevistarse con Eric Satie. Hay una biografía extensa de Nardeau latente que algún día se escribiera; por ahora nos contentamos con transcribir el Capítulo V donde se habla de la preparación del viaje entre los amigo, la experiencia de algunos días desgraciados dando vueltas y escenas esperpénticas. Que pueden explicar el regreso apresurado a la patria para luego retomar la fuga a las fuentes del Paraná, hasta que la Muerte nos alcance.

Gin tonic con Beefeater

Este relato pertenece al libro “In memoriam Robert Ryan” publicado por Ediciones Trilce en Montevideo hace unos treinta años. Es el tercero de ocho cuentos que tienen un denominador común que es a la vez visible y zigzagueante; los hechos narrados se conectan en palimpsesto temporal y ocurren el martes 16 de agosto de 1997, el día que murió Elvis Presley. Creo en ese tipo de dispositivos discretos de casualidades -los famosos fortuitos encuentros- con sentido narrativo aunque sean obviados en la recepción; me permiten indagar el sentimiento de simultaneidad, suponer una trama secreta y medir las derivas del efecto mariposa, la grieta entre historia guionada social decidiendo agenda de prioridad, memoria y conmemoración contra la fuerza evocadora de la ficción: forman un sistema alrededor de una estrella rock que venía de apagarse.

Era el deseo de explorar -para mejor contrariarlas- modalidades del fervor popular y el agravante del poner de lado, descartar y que se advierte en la lectura retrospectiva de lo sucedido; forma parte de la batalla ideológica, el combate perpetuo entre idolatría militante y ninguneo. Cuando los grandes proyectos históricos se frustran la senda literaria omisa en el fragor de la acción – transformar el mundo y no poetizarlo- luego de la derrota se convierte en divinidad el testimonio, la memoria se vuelve más dolorosa que libertina y la imaginación permanece demorada por indagaciones en cuarteles de invierno. En tanto se repite hasta la saciedad el episodio Presley -la cultura de masas tiene su propio panteón y efemérides- hay una vida sobre la cual se superpone la desmemoria intencionada, una amnesia programada y lo que no se pudo en lo real se reivindica en la celebración. Salvo quienes cumplen años ese día de agosto o los pocos testigos que asistieron aquel martes al Palio de Siena, nadie recuerda las horas de ese día. Tampoco podría yo afirmar si de mañana tomé mate o nescafé batido; supe que falleció Presley en la Memphis de Tennessee (U.S.A.) y el segundo Palio de Siena lo ganó Nobile Contrada dell’ Oca, el caballo era Rímini y el jinete Andrea Degortes; recuerdo porque las inventé otras ocho historias de la ciudad desnuda. En mi memoria viva tienen más textura esos accidentes literarios que los comunicados militares, los titulares sobre el cantor de it’s now or never, lo olvidado de la agenda personal del día. Todo parecería resumirse a dictadura, presos, exilados y los que andábamos por ahí; entre ellos, orbitando como los meteoritos de Saturno, alguien conocido se pregunta para distraerse qué pudo ocurrirle a un diplomático compatriota, formado en el Palacio Santos, el día que Presley ascendió al cielo y Rímini llegó primero en Siena. Elegí uno de los candidatos al olvido con pasaporte diplomático, un destino consular lejano entre imágenes policromáticas de Ganesh y tedio a lo “India Song” de Duras. La muerte de la madre que siempre marca el comienzo de la búsqueda del tiempo perdido, la venta de la casona familiar del Prado donde quedarán los espectros de ancestros y el recuerdo de la infancia. La ciudad cambiaba, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, sólo queda el consuelo de beber gin tonic en algún bar, esa vaga costumbre rumiando que la vida es una herida absurda y la última curda tarde demasiado en llegar.