Lafoucheaux IV

Casus Belli, el origen de la tragedia, desarreglo cósmico, el gesto desencadenante, la acción partiendo la armonía irreconciliable y comienza -en el universo imaginario de la ficción y más real que el verdadero- la secuencia que se hace relato. Lafoucheaux es una buena demostración del sentido dado el apartado El Club de los Narradores; dentro de los cuentos es el personaje principal, aunque a veces tenga el inconveniente de tener que disimularse, por exigencias técnicas, en la apariencia sin gracia del autor y otras duplicarse como aprendiz de brujo. En algo se parece al punto de vista, mide la distancia y perspectiva, es mediador y voz oculta en la escritura. En esta parte IV asume la función Ismael: alguien que viene de lejos y conoce el mundo, que se embarca con una tripulación preexistente y sobrevive al naufragio para traernos el relato a nosotros, que nada en sus propias contradicciones y estuvo ahí: en el momento donde se entiendo cómo se puede llegar a lo incomunicable, montando una exploración visceral a las condiciones de producción. 

Si en el cuento hay dramaturgia y poesía de acentos oscuros, la tensión en menos de tres minutos se vuelve novelesca. El vendedor de libros resulta mercader de cuentos y si el Pato acerca la visión nocturna, el Banda transita lo diurno. El azar de circunstancias sociales, la ruptura del pacto implícito y la crónica de las últimas horas, la angustia de vivir circunstancias donde todo pudo haberse evitado sin poderlo lograr. Deseo frustrado del lector de meter mano para modificar el desarrollo de los acontecimientos, el relato no puede detenerse y tiene vida propia, aquello que debe suceder fatalmente está escrito. Como en las pesadillas preparando la esquizofrenia, algunas escenas deben contarse cientos de veces para que -ante la escucha flotante del analista- podemos interpretar el cuento que nosotros mismos nos contamos.

El Banda y el Pato son espejos confrontados, aportan el contraste para decir el infortunio avanzando hacia nosotros que conocemos el final. Todos moriremos buscando el último whisky bar de la noche y cruzamos al Banda en el momento justo, cuando calienta motores, saca cuentas, se toma las primeras copas y se le paran los pelos de la nuca imaginando lo que le espera, en cuanto decida ir a la casa verde amarilla con orden y progreso. Como ocurría en aquellos tiempos de los uniformados, rondaba la tentación de girar cada uno en su círculo infernal y una conciencia, si no política al menos lucida de lo ocurrido. El Banda fue testigo de dos articulaciones sociales del relato y quedó fuera del secreto último, durante la tarde asistió al evento de humillación colectiva de la señora Carve y happenig surrealista. El momento mágico, cuando sube el petómano al escenario de La Coquette sin pretender silbar La Cumparsita. Después -como dicen los polacos en “inland empire”- cada acto tiene consecuencias. Retardar o distraer la fuerza del Destino, ignorancia -pero nosotros sabemos- de la dramaturgia que cerrará el proceso; sucede una suerte de carnaval de la poesía conjurando la réplica de las fuerzas telúricas, el Banda tiene algo de Baudelarie en eso de distinguir correspondencias, detectar signos -debería tener 46 años-abonar las flores del mal y haber hallado en el pueblo su propia Jeanne Duval.