Cuento para la cuerda sol

En aquellos años del primer libro, digamos que el título del relato buscaba una originalidad velando la aporía que supone contar dos historias en una. El conjunto de relatos asumía plenamente la poética cuento definida por los propios cuentistas y la concisión consecuente del ejercicio literario; se atenía a protocolos técnicos conocidos, era la distancia en la que me sentía cómodo y lo que daba la nafta del 600 de segunda mano. Más bravo era negociar la tensión de andar pocas páginas sobre la cuerda floja tras un resplandor solar, apoyándome en la quinta de las siete notas musicales y una de las cuerdas del violín. Desplazaba el drama irónico e irreparable del compatriota a la historia de un violín o de varios, según quién tenga el arco en la mano decidiendo la música. Un cuento es también un instrumento sensible que cada tanto -como ocurrió esta vez- es necesario afinar antes de que suene distorsionado por notas discordantes. Después, en ese sábado de recuerdo y Brahms, de ilusiones perdidas y trasnoche con pista de baile hay de fondo una melodía de organito, de parque de diversiones donde van las familias con niños chicos los fines de semana. Los comienzos de la aventura literaria tienen algo de esas calesitas con altibajos, la sensación de avanzar siempre volviendo al punto de partida, subido a un caballito que la próxima vez será una motoneta Vespa o el lomo palpitante de un tigre de bengala.

El cuento combinó varios elementos reconocibles del repertorio de melodías urbanas a mi alcance y disponiendo un eje central donde se oculta el mecanismo. La dínamo era la proximidad en la sociedad uruguaya -al menos hasta mis veinte años- de cierta coexistencia entre perspectivas de la música clásica con becas escuálidas, conservatorios Santa Cecilia y bailes populares donde todavía evolucionan parejas bien vestidas siguiendo las orquestas de Juan D’Arienzo y Miguel Villasboas, que era profesor de música en la enseñanza secundaria. Algo parecido sucedía con las bandas de jazz para los trompetistas, seguro hay casos vinculados a Carlos Goberna y su sonora Borinquen. Así se fueron sumando detalles de variada procedencia, el recuerdo heredado por vía materna de José Serebrier que vivía en el barrio de nuestra familia e hizo una trayectoria internacional como compositor y director de orquesta. Los primeros discos vinílico de Julio de Caro los escuché en casa de Héctor Galmés, donde me llevaba de visita Alejandro Paternain y oíamos las voces cómicas en “El monito”. Los liceos los frecuenté desde los doce años y si bien me faltaba experiencia de terreno en los bailes -sigo admirando al sublime Fred Astaire y la danza de salón nunca fue lo mío- tenía informantes de fiar en tíos milongueros y vecinas traviesas de lo ocurrido -hasta por ahí no más- en el entresuelo del Palacio Salvo, la IASA de la calle Yatay y los locales de Casa de Galicia.

Violinista para la instrospección porque eligió con la ayuda paterna un instrumento de los más sublimes e implacables para calibrar el talento del músico; que hace pasar a la audiencia las últimas siete palabras del Cristo en la cruz y el trino del diablo; que se acomoda a las maneras de David Oïstrakh, Stéphane Grappelli y Antonio Agri. A veces es aconsejable una curiosidad transitoria por dominios distintos de la enseñanza de la literatura; los túneles laboriosos entre pulsión de vida compartida en sociedad y modelos invocando desde la tradición clásica siempre me intrigaron. Difícil de resolver la cuestión cuando se presenta y bien sabemos lo que ocurrió con el joven Ícaro cuando quiso acercarse al sol. Si lo redacté, fue porque la anécdota era verosímil y se adecuaba a mi proyecto, decía de la opresión desde otra cadencia que la charanga militar y marchitas de los comunicados; alguna vez fui testigo de situaciones inolvidables mientras el enganche mágico entre La cachila y una suite francesa fue posible creando la tercera clave del recuerdo. Tuve la suerte de hablarlo con Coriún Aharonián -dijo que en momentos graves tocaba las suites francesas- que escuchaba paciente, porque a esa cuestión le dedicó buena parte de su vida. Algunas veces en verano y estando a menos de diez metros, pude verlo en directo pasada medianoche en Preludio café-concert de la calle General Mora de Pocitos; cuando Manolo Guardia rondaba el cuento ese sobre la cuerda Sol, improvisando como si fuera Mozart y Marianito Mores inspirado, siendo Manolo valorando la burla de comedia que carga toda tragedia. Si él hubiera sido el protagonista, el cuento corto hubiera necesitado el fuelle de una novela luminosa: alumno de Guillermo Kolischer, tocó con el potrillo César Zagnoli, integró la All Stars del Hot Club de Montevideo y fundó Camerata de Tango. Sentí que actuación era la banda de audio del cuento que a mí -medio siglo después- todavía me quedó por el camino, trancado en una nota sola; como si él pidiera que siga trabajando en los arreglos. Me consuela entonces el inmenso Joao Gilberto cuando canta -desde 1958- que no peito dos desafinados tambén bate un coraçao.