La perseverancia del hombre mosca

En “Mariposas bajo anestesia”, 1993

Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas.

Augusto Monterrosso

Transcurre la mañana del primer viernes de 1992, estoy en una casa al final del camino empinado que lleva a un lugar llamado La Coste, región conocida como Roquedur le Bas al sur de Francia. Llegamos aquí con mi mujer mediante una sucesión de combinaciones que incluyó un trayecto en TGV y finalizó con un traslado desde Montpellier en un Citroën DS veterano de los años cincuenta, muy querido por los dueños de casa. Esta constancia inicial verificando coordenadas tiene su explicación en los movimientos habituales por las fiestas de fin de año, época en la cual es prudente alejarse de la alegría impuesta en las ciudades, colándose hasta por las ventanas. 

La cena del treinta y uno fue agradabilísima por la simpatía de las personas que estaban a la mesa, la sabrosa variedad de platos presentados apropiados a la estación invernal. Al dar las doce extrañé la tibieza infantil de los finales de años montevideanos, cuando salía a la calle con mis padres para ver en el cielo los fuegos artificiales de medianoche, escuchar músicas saliendo de casas aledañas amenizando improvisados bailes callejeros y saludar con fórmulas de cortesías propias del momento a los vecinos de la cuadra. Confundiendo la irrebatible verdad del estar aquí, para mí, nacido tan lejos del paisaje que ampara la casa de los amigos, la situación tiene bastante de sorprendente, en el sentido que tuvo cuando mis padres me llevaron al zoológico y vi un rinoceronte por primera vez. En silencio atribuyo a ciertos hechos ser el resultado de casualidades de la vida que siguen asombrándome; con relación a confirmar tales creencias más científicas que religiosas soy incurable.

Dentro de algunos minutos serán las diez de la mañana, estoy sentado con las piernas recogidas procurando calentar la mano, escribiendo en condiciones de producción tan gratificantes. que invalidan cualquier excusa que impida tentar en las próximas horas al menos un párrafo aceptable. La habitación donde trabajo está en la planta más alta de la casa, cumple funciones de cuarto de huéspedes y siendo este año nuevo pocos los visitantes, la utilizo con provecho para concentrarme y leer –estoy en la mitad de Juegos de la edad tardía del español Luis Landero- pues hay una mesa que, aunque mediana, es suficiente para albergar la lámpara con opalina blanca, un cuaderno de notas y un par de lapiceras. Al lado, un cuarto de baño pequeño comunica con nuestro dormitorio. Por la tranquilidad que me protege se filtra el rumor distante del resto de la casa: la escritura luminosa de Tony sobre la pantalla del ordenador, una música arrebatada directamente a un pianoforte vertical que hizo un largo trayecto hasta llegar aquí, puertas varias que al cerrarse atrapan cerrojos corredizos. Los sonidos llegan hasta mí en sordina, traspasan corredores de piedra y escaleras caracol de madera, sumándose al goteo persistente de la canilla mal cerrada del cuarto de baño y que me niego a apretar de puro haragán, dejando a ese reloj de agua marcar los segundos bien distanciados. 

Cuando decidí trabajar en este cuarto redistribuí los muebles, coloqué la mesa de madera en un ángulo del dormitorio dejándola equidistante del paisaje natural y la molestia del sol que, de haber ubicado la tabla en el medio se reflejaría durante dos horas directamente sobre los lentes, haciendo de la madera encerada o cualquier hoja una superficie de reverberación insoportable. En el ángulo estoy a salvo de los súbitos fenómenos meteorológicos de la región, con la nueva distribución y una vez acomodado mi cuerpo, al frente y a la izquierda tengo dos ventanas de madera gruesa barnizada, postigos y trabas de funcionamiento inventado hace siglos. Desde esa situación observo el paisaje desconcertante, ante mí estribaciones angulosas recubiertas de bosques tupidos, exceptuando notorios rectángulos perfectos en las laderas destinadas a los árboles frutales, veo picachos lejanos inaccesibles para mi respiración y escamoteados por una niebla de espesores variados. Esta mañana comienzo a intuir lo que en verdad es un valle; muy abajo, en la antípoda concentrada de las crestas heladas, serpentea la línea de una carretera donde pasan autos y camiones con intervalo irregular, sin relación con el ritmo de las gotas del grifo resfriado. 

Se distingue el tajo casi invisible del río Hérault que separa y conecta dos regiones linderas por el soberbio recurso de un angosto puente de piedra, construido de tal forma que sólo tolera el paso de un vehículo a la vez. Distingo acueductos de apariencia romana e intactos por los cuales nada pregunto, temiendo una explicación trivial que desbarate la impresión de saberlos allí colgados del sublime sinsentido. Salpicados sin orden aparente hasta hacer olvidar que una vez alguien decidió esos emplazamientos, asoman caseríos, conjuntos de casas, mínimos poblados oscilando entre el abandono vegetal hasta el humo indescifrable huyendo por chimeneas incrustadas en la roca. La mente, sin embargo, empuja el paisaje más distante de mi tierra y acepto sin resistir la negociación que parece proponerme la escritura. En ese vaivén del espíritu esta mañana me cuesta concentrarme, seguro que se trata de la dificultad de poner en orden materiales recientes. Sucede que estoy trabajando en la primera versión de un relato que se titula por ahora «Llamadas adicionales» y obviamente dudo del valor del argumento así como de la eficacia de la primera resolución en el lenguaje. Empecé bien, con cierto entusiasmo, hace cuatro días que vengo trabajándolo y llegué al punto en el que las fuerzas negativas parecen concentrarse; la fatiga, autocrítica sin salida del último párrafo escrito, fastidio por carecer de información imprescindible para ceñir la historia a un plan creíble y convincente. Allí está me supongo la causa de mi dispersión matinal, cuento una y otra vez las tres páginas manuscritas con la ilusión de que ya sean las veinte mecanografiadas en versión definitiva, sin la necesidad de retoques en rojo de último momento. 

Ocurre entonces: la descubro, me concentro en su deambular desesperado y pienso que Augusto Monterroso estuvo acertado cuando casi pudo escribir que al morir las palabras comienzan las moscas. Una sola mosca resulta suficiente, es el insecto y metáfora de algo desconocido, la mosca en cuestión está atontada sobre el cristal de la ventana que tengo enfrente y ello hipertrofia su presencia hasta el escándalo. Si es verdad que las moscas caminan, la mía lo hace olvidada de la velocidad de vuelo libre en plenitud, marcha al paso de insecto rumbo al patíbulo después de recibir tres descargas de aquellas máquinas asesinas con bombeo manual, depósito de matamoscas líquido en un extremo y una nubecilla tóxica resultante que desteñía las cortinas plisadas de la casa familiar. Quiero suponer que la mosca está confundida, frente a sus ojos pentagonales el exterior está próximo quintuplicándose y una categoría de materia traslúcida como sus alas abatidas se interpone. La escritura es un cristal de microscopio y de botella rota, la poesía está del otro lado como el vino y las bacterias, el lenguaje es la trampa traslúcida. Desde la fatiga física de este oficio a medias, se intuye que del otro lado hay un Cosmos donde orbitan todos los libros futuros, revolotean historias mariposa con multicolores combinaciones de palabras sin usar. Podemos pasarnos la vida en este lado sin comprender la causa que impide llegar a lo evidente. Triplicamos con sacrificio la mirada queriendo ser la mosca y distinguir así el tornasol inédito mientras creemos contemplar la quintaesencia teatral de lo real. La estructura cristalina del lenguaje y la transparencia hecha de estrellas ateridas unidas una a otra por los vértices impiden el contacto, creando la ilusión fugaz de haber logrado una frase legible. 

En alguno de esos minutos necesito levantarme de la silla y mojarme la cara con agua fresca en la pileta del baño, abrir un picaporte pensando que puedo así escapar de la trama. La escritura me lleva derecho a darme la cabeza contra el cristal irrompible; siguiendo a la mosca que renuncia a retroceder y ensayar otro plan de salvación descarto la segunda vía, como ella persistiré en la ignorancia y la tonta insistencia de golpear sobre la misma superficie insensible a mis trabajos. Ahora también yo miro la realidad impuesta de un paisaje distinto al de mi infancia, lo contemplo a través del vidrio de la ventana de madera cerrada a causa del frío. Mi realidad continúa siendo una y sería estéril pretender quintuplicarla; cuando observo mi entorno circundante acepto la verdad del cristal que logro traspasar con la mirada. La mosca es una vitalidad colgada moviéndose en el mismo plano de la verticalidad y manejada por un obsesivo titiritero euclidiano. Mi realidad, lo que insisto en llamar así incluye la mímica repugnante del bicho apurando la muerte luminosa y un relato en borrador con el título provisorio de « Llamadas adicionales» sobre separaciones compulsivas entre compatriotas, cuento trunco trancado negándose a finalizar. Es otra mosca la escritura buscando la salida como el arroyo de argumento sin pejerreyes plateados, un cristal de seca le impide continuar fluyendo hacia la desembocadura catártica; sin proponérmelo comienzo a verlo todo claro en esa superposición involuntaria. Hay un paisaje mental sencillo con perfume de ciudad antigua que quiere decir algo, para aprehender ese saber que olfateo maduro y elemental como manzana colorada necesito el lenguaje, del cristal sin salida impidiendo pasar al otro lado. Existe un secreto repugnante en la degradación de una mosca deshidratándose ante nuestra mirada.

La dueña de casa se llama Evelyne, responsable de la música cuyo eco monta hasta la habitación donde trabajo. Es compositora, su escritura depende de otros códigos distintos a los que yo utilizo, le preocupa el tiempo que mide mentalmente y vibraciones de sonidos de los más curiosos instrumentos, en especial la voz humana. Su familia, cuando mira notas valorizadas y equilibradas colgarse de los cinco horizontes del papel pentagramado, como cinco son las fronteras de Hungría, dice que parecen “trazos de las patas de las moscas”. Otra escritura inadvertida similar al dibujo invisible trazado en pleno vuelo, aceptado igual que el testimonio de la marcha de las moscas sobre el papel, las huellas de una cabalgata de patitas entintadas. La mosca tan recurrida, con sus patas debió escribir un mensaje imprescindible, con una tinta parecida al líquido que salió de la boca de Emma Bovary después de muerta, cuando empezaba a revolotear sobre sus párpados la primera mosca impertinente.

Las moscas escriben testamentos vidriosos y hacen falta ojos de mosca para leerlos, los ojos limitados de los humanos ven el cristal sin alcanzar la estructura, consolándose con la lectura equidistante de la realidad: un espectro inconcluso. Existe una cábala de las moscas y un evangelio de su Señor, el animal negro de alas trasparentes, zigzagueante como la literatura me repugna y me atrae a la vez. Esta mañana la relación del insecto con la arena fundida y cortada en forma de página rectangular tiene algo de palabra postergada. La mosca ni vuela ni retrocede, asiste a su destrucción fría y poliédrica. La muerte es vislumbrar cinco realidades a la vez sin alcanzar ninguna, entrever frases maravillosas cerrando de forma magistral relatos llenos de prodigios, de los cuales se nos cicatea la vía recta hacia su resolución que es vertical. La escritura es vertical y quebradiza.

En un gesto de reconciliación panteísta me levanto para forzar la situación, en lugar de ir a mojarme los ojos simples de mi cara, con una hoja de papel blanquísima sin notas que la manchen empujo despacio el insecto hacia abajo creando un contraplano opaco y le digo: mosca tonta sal de ahí. La impulso con violencia al ver que me desobedece y ella, luego de tres intentos frustrados sale volando. Quiero suponer que recupera, gozosa, la sensación del aire, la falta de resistencia al despegue incrementando el desagradable zumbido de agonía de las moscas. ¿Qué quiere decir haberla salvado? Cuando mucho desatar la metáfora amarrada en sus patas y consentida en la escena. Forzando mínimos acontecimientos obligué la mosca a comportarse de manera racional y anulando la mosca separé una intermediación de la melancolía con el paisaje. Delante está ahora la ventana sin distracciones dando en plenitud el exterior, el universo parece idéntico exceptuando el detalle menor de la mosca desterrada, el cosmos inmune que me acepta: observador del lado de acá escribiendo con tinta Waterman de notario de provincia y patitas de moscas alfabetarias sobre papel blanco. Esta mañana el trabajo me aleja de las peripecias telefónicas de una mujer desesperada llevándome a otro territorio reconocible. La relación entre ambos momentos se establece por un mecanismo poco original y se aplaza la redacción de un cuento porque un recuerdo insiste en ser considerado; escapado de la memoria, animal que por momentos es un toro y luego un búho, un pingüino de felpa movido a cuerda y la imaginación. Cauce indefenso entre paredes insalvables de una presa, se detiene y sólo le está permitido acumular energía alumbrando de madrugada taperas abandonadas.

Mi padre me lleva al Centro de la ciudad un día entresemana, de los pocos que no trabajó de sol a sol. Es una tarde del último verano antes de empezar las clases en la escuela –debió ser el año de salida al mercado del Citroën DS- así que el paseo nada tiene que ver con recompensas por la escolaridad, la razón supongo que pasaba por las obligaciones que entrañan la paternidad. Ese día tomamos uno de los últimos tranvías que circuló por Montevideo y que sin prisa nos llevó hasta el recuerdo que se estaba haciendo. Veía por primera vez el paisaje de casas con balcones de antepecho de mármol, comercios de nombre pintado en letreros de chapa y bocacalles arboladas; estaba reconociendo la ruta futura, subterráneo, cordillera, curso entre boyas rojas, la recta destinada a ser transitada una y mil veces. La puerta de calle de nuestra casa era un escalón y última frontera entre dos universos recelosos.

Bajamos del tranvía 51 en la plaza donde desemboca la avenida Agraciada y desde la cual al fondo se revela la silueta del Palacio Legislativo. Una calle anchísima, desmedida para nuestra ciudad de veredas estrechas parece conducir hasta un libro de historia con láminas policromadas y la escenografía acartonada de pésima película de gladiadores. Sabía de antes que allí, en una de las esquinas estaba La Platense, mostrando en sus escaparates inmensos la felicidad de las cajas de lápices de colores Faber y Caran D’Ache, pomos de témperas y pinceles de variado tamaño, frascos retacones con tierras de colores y estuches aterciopelados de compases. Impedido de concebir el secreto de grandes construcciones yo intuía que los puentes de piedra, castillos de fábulas y túneles de los macizos terciarios, tenían inicio en la prolija articulación de esos instrumentos brillantes sobre una hoja de papel calco, fijada a la tabla de trabajo por una chinche en cada vértice. Papá me permitía que fuera corriendo hasta las vidrieras, apoyara la cara contra el cristal para ver de cerca el despliegue de potencialidades: si el recuerdo me hace feliz es porque el gesto de contemplación excitaba cientos de sorpresas, latencias incomprensibles despertando otra forma de la sensualidad. Fui feliz apoyando el canto de las manos junto a mi cara perpleja y queriendo atravesar el vidrio, haciendo un hueco con los dedos pequeños, creando una cámara oscura que amortiguara la luz natural permitiéndome en esa penumbra circunstancial fijar mejor la imagen del otro lado.

Por aquellos años los montevideanos caminábamos despacio por calles arboladas, creyendo que estar ahí era la mayor de las fortunas para la condición humana. Los plátanos y paraísos diseminados sobre la principal avenida daban sombra fresca a los paseantes, en las veredas se sucedían unos tras otros fotógrafos ambulantes con sus cámaras, lentes enormes, obturadores manuales y negativos empapados para que nadie quedara sin el testimonio propio de esa felicidad exagerada. Papá me iba diciendo

-Ese es el cine Colonial; al que fuimos después tantos domingos a ver películas de Laurel y Hardy.

-Esa es la confitería Santa Anita; supe el origen de los sándwiches de jamón y queso que mamá traía a casa algunos atardeceres.

-Esa es Casa Rhim, una sastrería; y se estaba nombrando el lugar donde tiempo después, unos años más tarde, me comprarían mi primer traje de pantalón largo.

-Esa es la vidriera de Grimoldi; allí vendían zapatos elegantísimos y el slogan de la firma era “Grimoldi, la marca del medio punto.”

-Ese es el cambio Rebagliatti; miraba libras esterlinas ofrecidas en venta, números de lotería multicolores cubriendo la vereda, y escuchaba la voz ronca de vendedores callejeros diciendo tengo el catorce para hoy, tengo la grande para hoy, el catorce tengo para hoy…

-La que viene es la calle Andes y allí un poquito a la izquierda, pegado al pasaje Salvo está la granja Pichinango; era donde papá compraba unas impresionantes nueces californianas Diamond, que parecían el cerebro de Kant petrificado en miniatura.

-Esto, la Plaza Independencia.

Había algo de fiesta en el ambiente cuando llegamos a la plaza, creo recordar el ruido confuso de altoparlantes acoplándose y el amontonamiento de mucha gente curiosa. Aquellos parecían preparativos de un desfile militar en fiesta patria, pero por ningún lado llegaban gauchos a caballo, blandengues dignos de estampas coloridas ni la decorativa compañía de zapadores duchos en trincheras impidiendo el avance de los invasores. Papá continuaba señalando para mí los lugares considerados estratégicos, como si pensara abandonarme allí a mi suerte y estuviera indicándome los secretos básicos del prodigio intuido en Montevideo.

-Allí en la rinconada, detrás de las columnas –donde yo veía un café con grandes ventanales y mesas en la vereda- es donde se encuentran poetas, actores y políticos importantes.

-Ahora iremos a La Pasiva.

Trabajando sobre un escritorio antiguo, olvidado de la mosca desaparecida miro hacia afuera y en lugar de ver colinas superponiéndose, bosques agrestes ordenados de las laderas visibles, percibo arcadas con columnas de la Plaza Independencia, como en la Place des Vosges del barrio antiguo de París, la parte alta del parque Güell de Barcelona y los paisajes de Turín entrevistos en cuadros de De Chirico. He visto e intuyo cientos de plazas similares y la que insiste en regresar es la montevideana, al ser tan joven como plaza nadie piensa que valga la pena considerarla junto a otros modelos con prestigio histórico, ni conservarla: temo su paulatina destrucción sin dignidad, sucia y abandonada. 

Mi infancia es mi padre sentado conmigo en la Plaza Independencia, enseñándome a reconocer plazas que él nunca vería. Me parece haberle escuchado decir:

-Esta ciudad es la tuya, estás condenado a Montevideo.

-Si papá.

Ese fue su testamento temprano en el que la única herencia era darme Montevideo en un instante suspendido de felicidad, que yo trataba de memorizar como si fuera el catálogo de las naves aqueas.

-Allá la casa de Gobierno, enfrente al Hotel Victoria Plaza, el más alto y lujoso de toda América del Sur. Esa es la agencia Dodero de vapores, son responsables del cruce hasta Buenos Aires, todas las noches, del vapor de la carrera y de barcos más grandes que traen desde Europa a los pobres que lo pierden todo con la guerra. En uno de esos barcos vino mi padre, tu abuelo. La calle que sale derecho después de la plaza se llama Sarandí, yo de chico trabajé allí en la Librería Inglesa y en el Palacio de la Música. Al fondo de esa calle cada mañana subo al remolcador para ir a trabajar al frigorífico Swift.

Era cierto que había algo de fiesta en el ambiente, mi padre tomó cerveza en una jarra enorme de vidrio con manija, recuerdo su pelo crespo contrastando con la espuma blanquísima de la cerveza cuando todavía se llamaba Doble Uruguaya.

-Estamos comiendo frankfurters en La Pasiva. La fórmula de la mostaza es un secreto.

Lo dijo muy serio lo del secreto de la mostaza, así me obligaba a fijar el recuerdo. Yo estaba descubriendo un segundo nivel de las palabras aprendiendo a imponérmelo para el resto de la vida y él me ayudaba a imaginar una ciudad enferma de memoria.

-Tranquilo el perro, que falta lo mejor.

Permanecí callado esperando el asombro mayor empachado con ese enorme prólogo, el levísimo anuncio de la futura revelación de las claves que algún día futuro, me permitirían desentrañar el enorme secreto. Al atardecer la ciudad retuvo parte del esplendor del sur, las sombras enormes de las construcciones avanzaban sin oposición a lo largo y ancho de la plaza imitando gigantes de cuento infantil.

-Vamos, me dijo.

Habían cortado el tráfico alrededor de la plaza Independencia y puesto barreras para que el público, sin desbordar canteros prolijamente recortados permaneciera del otro lado. Recuerdo que por ahí había estacionado un enorme camión del ejército verde oscuro con grandes focos, unos tachos de luz que se usaron en las guerras mundiales, durante la noche, para descubrir en el cielo la silueta de los zepelines, el pasaje furtivo de los aviones caza y encauzar las balas trazadoras. Al pie del Palacio Salvo, en el ángulo que forman la plaza y la Avenida 18 de Julio había, hay una tarima de madera adornada de banderitas y encima un cartel escrito a mano: Yamandú Hinzau El Hombre Mosca. Me lo leyó mi padre.

-El hombre va a trepar por las cornisas del edificio hasta la punta de la torre.

Me acerqué lo más posible, vi sentado en un taburete y haciendo flexiones que parecían sencillas a un hombre pequeño del tamaño de un jockey de Maroñas, con calzones brillantes azules, zapatillas livianas y disfrazado de faquir. Al costado había dejado un chaleco sin mangas bordado de lentejuelas y un turbante turquesa con un vidrio rojo en el medio de la frente, haciendo las veces de rubí de marajá y la piedra Lunar. El artista era flaco de contarle las costillas y verle salir de la piel la forma de los omóplatos, a una distancia prudente evitando la desconcentración del atleta había un grupo de fotógrafos preparando la primera página de los periódicos de mañana. Dos odaliscas, una de ellas casi una niña de mi misma edad repartían hojas impresas anunciando la actuación del faquir oriental en teatros y sociedades recreativas para el próximo fin de semana, antes de emprender la gira por todas las ciudades, pueblos y villas del interior del país.

-Un Hombre Mosca es alguien que sin más ayuda que las manos y pies trepa por afuera de los grandes rascacielos. En Norteamérica es cuestión de todos los días, pero aquí es insólito. Ayer leí en El Plata que fue necesario un permiso municipal especial para autorizar el intento de hoy.

Así que se trataba de eso, de ahí el paseo inesperado un día de semana y el refresco de mandarina en La Pasiva. Papá me llevó hasta allí para que yo viera la gran aventura del Hombre Mosca, los esfuerzos de un extravagante artista del hambre trepando hasta salvar el escollo de los complicados adornos colgantes del Palacio Salvo.

Nosotros quedamos en una ubicación inmejorable, papá igual me subió en brazos para que viera mejor y era tan novedoso todo lo visto que me abandoné a un relevamiento minucioso de lo sucedido a nuestro alrededor. Un murmullo a la vez asociado a la confianza y el temor de un paso en falso del temerario escalador se presentía en el ambiente, en comentarios exagerados de las personas que estaban cerca nuestro. Esa ambivalencia sin disimulo trataba de ser distraída con música y la bulla sin pausa de vendedores de globos y banderines; desde el camión militar parpadeaban los reflectores, buscando en ruidosos generadores acoplados al vehículo la energía necesaria para potenciar al máximo los haces de luz comenzando a barrer el cielo, desconcertados por la ausencia del dirigible gemelo del pérfido Hindenburg.

-Son para iluminar la ascensión, me dijo él.

En esa hora y circunstancia el Palacio Salvo era el Everest, la mayor altura concebible y desafiante en nuestro horizonte, secuela de una familia de inmigrantes que quiso su palacio a destiempo renacentista para erigirlo en Florencia; es lo que entre nosotros llegó más lejos en el intento de tocar el cielo con las manos. En principio el Palacio Salvo fue concebido como un Gran Hotel con enormes salones de baile para orquestas con dos líneas de trompetas y trombones, salas de baño relucientes diseñadas por arquitectos italianos trabajando a piaccere, dándose el gusto de hacer lejos de su patria un proyecto que creyeron magistral y excesivo para el recato de ciudades como Ferrara. Con el tiempo, el edificio proyectado se transfiguró en pequeños departamentos y a medida que deslavaba su brillo original lo fuimos queriendo más quienes lo mirábamos de afuera. Puedo aceptar otras ausencias en la ciudad pero Montevideo es inconcebible sin esa mole, el Purgatorio de la ciudad está entre su hora de fundación y el retiro del último andamio del edificio, el Paraíso o Infierno posterior comienza en ese instante ritual de la logia de los constructores. Cuando yo muera su silueta seguirá recortándose sobre el cielo celeste de enero y de lo que pueda pasar después poco me interesa. 

Esa presencia gris descascarándose siendo la metáfora del último dinosaurio sobre la tierra logra desconcentrarme todavía, las veces que regreso a casa nunca estoy seguro de haberlo hecho hasta toparme con el Salvo aunque sea entrevisto en un atardecer brumoso. Esta apología mediocre de una construcción hecha de memoria puede derivar en argumentación sensiblera cuando lo importante es el recuerdo del Hombre Mosca, mejor: el significado del recuerdo de un instante preciso de su hazaña. Olvidé por completo las condiciones de la ascensión de la que fui testigo y da lo mismo ya que puedo inventarla lindando la verosimilitud. El hombre pequeño que había visto se detiene al pie de la gran columna de la esquina y realiza las últimas flexiones sobre el suelo, ya es un espectáculo e importa poco lo que piensa y se cruza por su cabeza en los instantes previos al ataque frontal. Curiosamente, ese brahmán disfrazado que debería creer en dioses extraños se persigna igual que un  cruzado antes de la batalla contra el infiel por la tierra santa; luego se vuelve hacia la multitud, nos mira sintiéndose capaz de magnetizarnos colectivamente, saluda con el brazo en alto igual que un aviador temerario antes del cruce polar jamás antes intentado. 

Nosotros lo aclamamos haciendo el esfuerzo de controlarnos sin querer aturdirlo y él después del saludo nos da la espalda, contempla la verticalidad sinuosa de hormigón que lo aguarda (vidrio opaco y gris de formas rebuscadas), da los primeros pasos de la escalada permaneciendo con los ojos de mirada penetrante a escasos centímetros del cemento que lo hipnotiza a él; su torso desnudo al aire para que puedan verse los movimientos desde miles de ojos atentos, las dos pupilas de reflectores aguardando entrar en acción cuando anochezca y el artista estuviera a escasos metros de la cumbre. Con el éxito que supone la llegada al objetivo sucede lo mismo, olvidé el momento decisivo del tiempo del Hombre Mosca. 

Debe haber llegado hasta arriba de lo contrario su fracaso habría sido insoportable, su muerte espectacular inolvidable para quienes estuvimos ahí y el recuerdo del incidente más persistente que el de mi padre tomando cerveza. Seguro que alcanzó su cometido siendo lo de menos, ese vacío de la memoria es fácilmente reemplazable, nada más simple que imaginar la llegada a la cima de un Hombre Mosca, aunque se trate de observarlo en la familiaridad del Palacio Salvo ante la mirada de una multitud de orientales alelados. Bien pudo ser así: hay emoción concentrada en los últimos metros de la proeza y dando un golpe de efecto luego de una hora tensa, Yamandú finge un mal paso, se desacomoda perdiendo por un momento el equilibrio… Muchos exclaman ¡ahhh!, otros quitan la mirada del objeto fascinante permaneciendo con los ojos cerrados, se produce un movimiento masivo de retroceso haciendo lugar en el asfalto, un círculo por si el cuerpo se precipita. Nadie atiende las mesas de la cervecería, los camareros comentan en grupo de brazos cruzados y voz baja los eventos temerarios de las alturas, es imposible distinguir el animal lejano en lo alto desplazándose despacio por más que los reflectores ayuden, entreverado, perdido entre moldura de resistencia incierta y las cabezas de inquilinos curiosos asomándose a ventanillas de las torretas circulares. 

A partir de los ochenta metros aquello dejó de ser un hombre, era el animal que recuerdo del comienzo de “Las palabras y las cosas” cuyo autor citaba al escritor vecino  que considerando ambigüedades, redundancias y deficiencias de John Wilkins recuerda al doctor Franz Kuhn, atribuyendo parecidas imprecisiones a una enciclopedia china –emporio celestial de conocimientos benéficos- donde está escrito que, después de los animales que acaban de romper el jarrón están aquellos (la categoría N) que “de lejos” parecen moscas; es una categoría de metamorfosis operada a la distancia en los sentidos, evidente en los supuestos sin ratificación en la anatomía. Cerca de la cumbre, como el centauro y las sirenas se colma el sentido del Hombre Mosca. La multitud de pronto alcanza un clímax de liberación, modestísima catarsis de purgatorio transitorio y se escucha música de final feliz. El faquir logró el objetivo de alcanzar tan exótico Shangrilá, agita las patitas en lo alto cuando se vuelve hacia la muchedumbre que a su fatigada mirada parece un puñado de hormigas alborotadas. 

Los camareros de la cervecería La Pasiva regresan resignados a sus obligaciones de cerveza, a la inminente invasión sobre mesas y mostradores de curiosos atraídos por el secreto celosamente protegido de la mostaza.

-Viste, dice mi padre.

Todos estamos felices, el Hombre Mosca entró al Palacio Salvo por una ventana grande como ésta delante de la cual escribo. Aquella mosca hombre buscó el hueco hasta penetrar al Palacio y laberinto descendente de torres falsas, corredores sin fin, habitaciones subdivididas por la especulación inmobiliaria, escaleras oscuras y ascensores descompuestos cada dos por tres. Muchos años después lo conocí por dentro y de inmediato asomó en mí la impresión sin resolver de cofradía secreta, incomprensible para quienes vivimos fuera del hormigón armado del edificio. Ese boceto incitado por la historia natural lo olvido a medida que voy escribiendo y recuerdo con detalle de pesadilla un momento que sucedió durante el cambio de las luces mientras todo era propicio a las mutaciones.

El sol daba paso a la desorientación de los reflectores, las sombras de los edificios que nos rodeaban comenzaban a enfriarse. Yamandú pasaba de la primera base del Palacio Salvo a encarar la zona cilíndrica de almenas puntiagudas y entonces en la percepción se fugaba cierto antropomorfismo a una mancha oscura, azulada. Fue ese el momento, era tonto y fascinante a la vez intentar escalar por fuera la construcción. La caminata exterior del edificio emblemático de la ciudad necesariamente querría significar algo, era irrefutable que las cuatro patas de Yamandú estaban escribiendo como moscas, en la fachada envejecida del Palacio Salvo, un mensaje claro por críptico, elemental antes que doloroso, evidente y secreto: yo no lograba descifrarlo y menos entenderlo. Al respecto se me ocurren varias interpretaciones, la criatura ambigua escalando estaba advirtiéndonos sobre un suceso capital imposible de verbalizar y sólo comunicable de manera acrobática, quizá la escritura a cuatro patas era un agente desencadenante de otra instancia y que el escriba simbólico tampoco entendía; luego: en cuanto al mensaje insinuado proponía un enigma sobre la ciudad y que puedo continuar queriendo descifrar infructuosamente desde entonces. 

Cuando regreso a Montevideo miro con desconfianza el Palacio Salvo desde varios ángulos, tratando en vano de recordar los gestos e itinerario de Yamandú, por más que fijo la mirada no hallo evidencia visible de aquel episodio de mi infancia, ni trazos indelebles sobre los muros que puedan recordármelo en su misterio. A pesar de la ignorancia persistente, esta mañana pienso que ello sigue siendo un enigma. Habiendo tantas cosas en el mundo para qué insistir en Montevideo sino para reconocer en lo escrito una palabra sola, parecida a las que el faquir ficticio garabateó un atardecer sobre las paredes del edificio más feo de la ciudad; que a mis ojos encierra mayores enigmas que Keops, más deslumbramiento que La Alhambra y sus jardines al sol del mediodía, más historia que el eco de Epidauros y más resignación que esa mosca encerrada: caminando sobre el cristal de la ventana donde de un lado respira eterno el valle del Hérault y del otro mi padre y yo regresamos a casa en tranvía, mientras avanza inexorable el primer viernes de mil novecientos noventa y dos.