Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Plus on est musicien, plus on devient fou.

Satie

V.1) Lo que venimos de demostrar en capítulos anteriores: ¿podría explicar incluso considerando una juventud de pasos previsibles, condicionados por el ambiente familiar, el cambio radical ocurrido en las creaciones de Gervasio Nordeau? Mi categórica respuesta (me consta que ello desatará la cólera visceral de muchos musicólogos) es negativa. Hasta este momento crucial de la vida de nuestro personaje, la casi totalidad de las pautas rigiéndola pueden ser dominadas, tenemos en nuestro poder datos claves, trazas documentales de importancia y testimonios producidos en tierras conocidas. El viaje emprendido a París aquel preciso año tiene la virtud de trastocar la información acumulada, erigiendo un verdadero enigma para la tarea del biógrafo.

Es ahora, llegó el momento estremecedor por otra parte cuando resulta dificultoso conciliar episodios de la vida cotidiana del artista con el exabrupto contenido en las partituras. Creíamos dirigirnos sin sorpresas hacia un epígono provinciano de Debussy, se nos reintegra un émulo perturbado y precursor de Adrian Leberkuhn ensimismado en trágicos abismos del siglo. En el quinto capítulo quisiera explicar la transfiguración –al menos intentarlo- salvando la distancia demencial, que va desde los primeros daguerrotipos conservados de Gervasio, con sonrisa de dandi satisfecho para quien la música, la vida misma y el universo con enigma son una broma que admite el único género de la picaresca, al rostro final cuando el mal lo había golpeado; preludio contrastado a la máscara mortuoria donde piel y mirada, la barba y el desdén de la respiración que se advierte, traducen implacables, prueban el asedio de espectros invisibles para nosotros los mortales.

Al respecto mis colegas optaron por la tesis de la naturalidad técnica, decidieron que resulta suficiente una confrontación de partituras lo que es de una grosera evidencia. Se conforman con la explicación tautológica y de ahí pasan a la simplicidad del salto sin peligro mediante una interpretación más imaginativa que concreta. En el ambiente musical consta que durante mi juventud fui uno de los fervientes cultores de su obra, recorrí sin tregua los cuadernos de las piezas para piano, me introduje solo y como pude en la intrincada selva de sus tríos y cuartetos, en varios artículos especulé tímidamente sobre la ausencia de sinfonías en su obra. Debo confesar que dicha devoción sin claudicaciones dejaba en mí una amarga sensación de decepción. Era cierto, “interpretaba” las obras de Nordeau sin acceder a lo que llamé, con escasa retórica en un viejo artículo publicado en enero de 1957 en el dominical de El Día, “el misterio Gervasio Nordeau”; fórmula modesta y mediocre sin la potencia necesaria para conquistar certezas. El misterio Nordeau era la incapacidad de ver y nuestro conformismo montevideano con la lectura superficial de su producción, satisfechos y orgullosos aceptando el índex de valores que del desgraciado músico hallaban los otros. En especial sus buenos amigos de la otra orilla, quizá a la espera sabiendo que de tanta desocuparnos los uruguayos de Gervasio terminarían incorporándolo a su tradición cultural; por el derecho que otorgan la inteligencia y persistencia, nuestro proverbial abandono a pensar que la obra de arte se produce de hecho brotando celeste de nuestra idiosincrasia, sin necesidad del apoyo de la valoración. Así ocurrió con Florencio Sánchez, con Horacio Quiroga y admito en ello cierta justicia dictada por el respeto a la obra de nuestros compatriotas. Algo de esto lo intenté explicar en el prólogo del libro tal como recordará el lector. Me resultaba humanamente imposible acometer ambas tareas en paralelo y renuncié a una prometedora carrera de intérprete de concierto (ello era lo que en verdad mi corazón pedía) dedicando mis esfuerzos a dilucidar los nudos tenaces de la vida de Nordeau.

Al comienzo parecía enfrentado a una tarea vana, todo aficionado conoce los cinco estudios biográficos publicados cuya referencia hallará al final del volumen; sólo dos merecen ser citados y los otros un olvido piadoso luego de dejar constancia por escrito de la indignación. Con esos antecedentes voluminosos parecía ser suficiente para alguien discreto como Gervasio y sin embargo… una cuestión central, su modificación de la estrategia de composición quedaba sin dilucidar hasta que comencé a rastrear. Este capítulo comenzará a poner las cosas en su lugar al precio del desprecio y la diatriba, al costo de hundirme en la indiferencia por adelantar conjeturas que otros considerarán desubicadas.

El presente eslabón lo organizo y sustento con una serie de documentos inéditos, adelanto luego la importancia de algunos contados episodios, sobre los cuales no existen pruebas tangibles más sólidas que la tradición oral o la sospecha de coincidencias. Es la prueba luminosa proveniente del encuentro de cientos de detalles que urden una explicación desdeñada, jamás considerada por raquíticos espíritus racionalistas a la violeta. Cuando escribo las líneas iniciales del Capítulo V puedo adelantar la ironía asociada a los estragos de la senilidad, el hiriente mito referido a que quienes nos ocupamos de Gervasio Nordeau terminaremos por perder el dominio de la razón, como los arqueólogos ingleses que descubrieron la tumba del faraón Tutankamón. En este asunto todo resulta paradojal, los mismos que ponen los ojos en blanco al escuchar el cuarteto Las Misiones, que escriben parrafadas sobre la cita con lo inefable y la fuerza de partituras vegetales de Gervasio, al momento de acercarse al hombre de carne y hueso -el mismo autor de esos prodigios- se comportan con mentalidad de escribano, exigen documentos que prueben mecanismos infrecuentes en los restantes mortales; esa aporía es ahora lo de menos. Aquellos pues, con espíritu de escribiente o gacetillero de noticias policiales que se abandonen a tareas más gratificantes que la lectura. Los otros que lean lo que sigue como un relato tal vez suscriban que la imaginación es atajo apropiado para alcanzar la verdad; les pido considerar que tal vez en algunos años de la historia lo que hoy especulo podría resultar la versión canónica. Quien compuso las piezas desgarradoras del Cahier egorgé jamás pudo avanzar por la vida sin topar de frente la tragedia, nadie sale indemne luego de acercarse a la vida de Gervasio Nordeau y si lo fatal se integra a la música, algo más maléfico puede suceder de seguir sus pasos con fidelidad.

V.2) Tanta advertencia puede parecer exagerada pues esta etapa de la vida de Gervasio comenzaba bajo auspicios agradables. Los almanaques del mundo entero habían cambiado las tres últimas cifras, los pronósticos que arreciaron y extremados apocalípticos ellos anunciando el fin del mundo, hacia mediados del mes de enero de 1900 se convirtieron en el hazmerreír de los sobrevivientes a tan implacables augurios. Había una comprensible denuncia y persecución de profetas charlatanes presagiando prodigios lunares, erupciones inopinadas de volcanes apagados, maremotos en cadena recorriendo los siete mares y el despliegue sin fronteras de pestes de toda especie que acabarían con el reino usurpador del hombre sobre la tierra, para que todo resultara un páramo y luego una selva dominada por las especies resistentes. Gervasio -lo dejó escrito en dos cartas de juventud- se divertía mucho con esas calamidades anunciadas.

Si bien la historia de la familia Nordeau tenía episodios oscuros relacionados a la naciente psiquiatría, que podían llevar a una tendencia pesimista de su espíritu él los incorporaba a la estadística de la vida. Con cada hombre comienza una nueva historia de la humanidad. Gervasio insistía en la extravagancia diciendo que el cambio de año, el salto al vacío de un nuevo siglo daría un vuelco definitivo a su vida artística. Así fue; lo hizo en el sentido inverso al que suponía nuestro joven emprendedor. Convencido de que las luces del nuevo siglo disiparían las sombras tenaces de su pasado egoísta y egocéntrico, liberándolo del peso de episodios evocados en capítulos anteriores. Eso que induce a decir que la mentada experiencia de las drogas, además del air du temps que con acierto detectó Elbio Rodríguez Barilari tenía un fuerte aire existencial, la respuesta directa al cuerpo, lateral en relación al organismo social y una situación desesperante.

Fue Oreggioni una noche de julio al final de una cena agradable y conociendo mis afanes, mi monomanía en la cuestión que me sugirió la hipótesis del entrenamiento y la preparación. La experiencia pasajera de la droga había sido un procedimiento para alejarse de la vacuidad acelerando la llegada a los abismos. Estoy en parte de acuerdo con esa lectura avanzada pero faltaba la verdadera entidad de los abismos, siendo imprescindible para ello considerar el trasfondo supersticioso en el entorno familiar del músico. Es insuficiente el azar para explicar las fechas elegidas y resulta una paráfrasis mezquina; se trata de la coincidencia del cambio de siglo y la llegada de la primavera en el hemisferio norte. El derrotero era de una lógica indudable preparada de antemano, por razones que luego avanzó el malogrado Walter Benjamin y la forja íntima de nuestro músico. París era destinación obligada para alguien como Gervasio y allá fue como lo haría hasta el último momento de su existencia. Nordeau nunca rehusó las inaplazables citas con el destino.

Lo expuesto en los primeros cuatro capítulos se orientaba a una sublimación constante de sucedidos en la capital francesa de manera vicaria y persistente. Allí estaban componiendo la música que él admiraba, se vivía la tangible relación entre arte y substancias oníricas sin necesidad de pudores pueblerinos o actuaciones en la imposibilidad de conseguir cosas. Si desde la infancia Gervasio fue consciente de que ciertos lugares determinan la resultante final de la actividad artística, si desde que se marchó a vivir a la selva su obra adquirió tonalidades turbias que la hacen excepcional, la ida compulsiva a París tenía su objetivo trascendiendo el horizonte del capricho bohemio, por otra parte impensable en Gervasio. París para perderse, tal vez para acordarse melódicamente de vidas anteriores. En el cuaderno de notas donde consta la preparación maniática del viaje, con conciencia de apuntes para la posteridad Gervasio dejó una serie de bocetos por adelantado de la ciudad a descubrir y encontrar.

La escritura nunca fue su fuerte, los textos mencionados apenas escapan a la consideración de documento factual. Hay allí dos líneas, al final del cuaderno en las últimas páginas que pueden dar pistas. En la primera se capta el agotamiento de un modelo de vida, su pose exterior y la definición del viaje como necesidad de otra segunda respiración para salir del sofoco, por cierto bastante artificial en que se hallaba. Dice Gervasio “tal vez en un pasaje del barrio de la Bolsa, en la puerta entreabierta de una tienda de ultramarinos orientales, escuche la música que consiga salvarme del acorde final de la locura”. Metáfora evidente que recuerda un Rimbaud inseguro y más adelante leemos “¡Y Satie!” ¿Gervasio había estudiado partituras de las Ginopedias y pensaba que era un camino a explorar? Que Satie pertenecía a una raza de músicos que a Gervasio le hubiera gustado adherir me parece hoy indiscutible, como lo es la parábola que va del impulso del émulo al desencanto del encuentro, que se diluirá en la decepción. Debió de ir hasta allá tras el atroz descubrimiento: su obra, aquella para la que él estaba destinado no lo esperaba en Montparnasse, cafés literarios y espectros sin paz de la Comuna, cabarets de música popular ni arpegios simbolistas. La verdadera obra estaba detrás de la vida de Gervasio Nordeau en el retorno a un estado anterior de la música y una tierra anterior a la de su nacimiento, una maraña inextricable de árboles, humedad y serpientes distante de la carpintería mecánica del ingeniero Eiffel.

V.3) Gervasio Nordeau se embarcó hacia Europa el 30 de marzo de 1900 en el Cittá di Torino. Existe una crónica anónima dando cuenta de aquella despedida del genio vernáculo, imbuido de la ambiciosa tarea de conquistar el mundo poético. Delicioso opúsculo anónimo que relata en detalle los tres días y sus respectivas noches que duró el adiós del elegido. Noticia al uso del tiempo de una excitada Montevideo finisecular, navegando entre verdad simulada e imaginación provocadora, alterna pistas de lo dejado atrás y proyecciones de lo que pensaba el periodista que encontraría Gervasio al final de la travesía transoceánica. En otras versiones apócrifas se menciona como verdad la existencia de un fumadero de opio ubicado en la zona de lo que es ahora el Palacio Peñarol y regenteado por un clan de pérfidos malayos; insinuaciones de una noche alucinante de debate y licor en la que uno de los asistentes de pie sobre una mesa recitó esquirlas de Una saison en enfer. Declaró el bardo que había incorporado minutos antes el espíritu sufriente del autor y se manifestaba en su poética adolescencia, dicho lo cual cayó en un profundo coma alcohólico semejante a la muerte. El café donde ocurrió el episodio espiritista aparece descrito con lujo de detalles, el autor comete la ucronía de ubicar un local semejante al famoso Café de la Paix en una calle adoquinada del Cerro de Montevideo.

La razón adelantada para justificar tal disparate fue para el autor evidente. Los frigoríficos allí instalados con cientos de obreros faenando ganada, eran anagrama de nuestra mugrienta riqueza semoviente y porque el Cerro resultaba lo más parecido que teníamos al Olimpo de divinidades griegas, al Monte Ararat de predicadores armenios y cuando perdiéramos el dominio del Cerro los uruguayos perderíamos al alma. Para hincar más el diente en el disparate, el café referido que se describía como si fuera el verdadero Café de la Paix se llamaba Le Chat Noir. En realidad un felino refugio de ácratas italianos y midinettes de trenzas negras venidas del interior, gastadas de ser violadas por patrones de estancia, mausoleo de poetas suicidas en vida sin haber publicado aquella plaqueta decisiva, paraíso sin clases de obreros que merecían la euforia de la revolución proletaria aunque ocurriera en la otra orilla del mundo.

De los episodios criollos y verdaderos de dudoso gusto, sobre lo que debo dejar constancia por honestidad histórica y para definir la caterva de aquellos individuos integrantes del grupo, acaso sea suficiente recordar la denominada purga nativista, iniciativa a la que Gervasio se prestó gustoso. La misma consistió en un cóctel repugnante de salsa inglesa y aceite de ricino que dejó al viajero desparasitado de achuras y mate, puchero y empanadas, guiso criollo y pasteles de dulce de membrillo. Durante tres días consecutivos, los amigos lo alimentaron a salmón crudo macerado en jugo de limones verdes, champaña comprado de contrabando, sopa de cebolla para restituir un alicaído espíritu proletario y pan marsellés amasado por un auténtico boulanger venido de la ciudad mediterránea, acompañando una reducida selección de quesos evocadores; sobre todo le prepararon como plato de resistencia un pato a la naranja, siguiendo la receta de un famosos chef del Café Inglés de París; pato sobre el que se juraba era un auténtico canard con pedigré, confiscado durante la noche del estanque de la residencia del embajador francés en Montevideo. El rito fue culminado con la iniciación a los placeres de la negada Venus Luteciana y para ello se instalaron una noche en un prostíbulo muy afamado por aquellos años, que funcionaba en las afueras de la ciudad de Pando e hicieron que Gervasio tuviera relaciones sexuales con asistencia de público. La elegida fue una pupila exótica de origen antillano, negra como carbón y que hablaba en francés insular cuando se emborrachaba. “¡Baudelaire, Baudelaire!”, cuentan que gritaron los energúmenos asistentes del episodio cuando Gervasio estaba en estertores finales propios de tan insólita situación. Como si ello fuera insuficiente para saludar el encomiable desempeño de su amigo viajero, verdadera proeza dadas las circunstancias, alguien se las arregló para entonar una versión irrespetuosa de La Marsellesa, cuyos versos fueron adoptados al ritmo de un pericón tradicional.

Gervasio en ninguno de sus escritos ni siquiera de manera insinuante dejó una deposición detallada de la despedida. Es probable que la haya vivido como una traumática muestra de amistad de por vida, el precio a pagar por alejarse de las costas uruguayas aunque sólo fuera por una temporada. Quizá fue un brusco despertar para quien soñaba con refinadas doncellas del siglo de las luces, que adornaban sus lánguidos cuellos de cisne con camafeos, princesas ocultando el rubor de la pasión con polvo de arroz y la pícara sonrisa mediante abanicos trenzados de sedas chinescas y sándalo nipón. Nos consta que lo aquí consignado sucedió en sus grandes líneas, pato más o prostíbulo menos; recordando lo que de ahí en más sería la vida de Gervasio, es de esperar que haya disfrutado ese desbarajuste goliardesco. Haciendo un rápido balance era la última oportunidad que le daba la vida de ser feliz en el exceso y sin que tuviera que pagar nada a cambio.

La llegada al viejo continente se concretó en el puerto de Génova. Apenas desembarcado Gervasio escribió una postal a su querida patota, grupúsculo que se hacía llamar los sobrinos de Maldoror. La emoción del joven viajero era grande y se advierte desde la llegada una disminución en el manejo de la ironía; faltaba margen de negociación para especular con los proyectos soñados, era la emoción de estar en tierras europeas y tal vez más alejado de su verdadero destino. La ciudad de Génova perturbó al uruguayo siendo una escala de realidad en su incierto camino y el paisaje lo condicionó. Una pensión popular barata lindando la miseria, gente vestida como había visto en cualquier barrio pobre de Montevideo, fuentes de tallarines con salsa boloñesa, la sensación de estar confrontado ante una nueva postergación. Supo ahí que el sueño ilusorio de una París de revistas ilustradas y noticias de viajeros exagerados, la ciudad a la que podía llegarse por un golpe de magia había desaparecido; si quería llegar debería hacerlo por otros puentes y emprendiendo rutas demasiado humanas. Génova no atenuó por tanto el deseo inicial y acaso puso las cosas en su justo lugar. La ciudad italiana interrumpió la música interior de acordes inéditos con los cuales Gervasio pretendía épater al mundo, para machacarlo con música brutal de mercados salida de toscos acordeones, cantos del mercado de la pesca que fue para él una verdadera revelación.

En su pueblo de origen como fuera evocado en el primer capítulo, en las afueras del pueblo corría un modestísimo río. El conocimiento que el músico tenía de la vida submarina estaba limitada a bagres feos y sin destellos que pescaban los niños del lugar para matar el tiempo. El contraste era potente, había Génova y crustáceos que llegaban del mar Mediterráneo, una Génova de peces inconcebibles de formas y aspecto sorprendentes que allí provocándolo eran extraña metáfora de su ignorancia. Como si sus aspiraciones artísticas estuvieran destinados a sucias correntadas de riachuelos obsesivos y se le negara la embriagadora inmensidad del mar; sí surubíes, bagres y pirañas carniceras venidas de lejos, nunca el abrazo del leviatán, del calamar gigante, la danza de la pesca sangrienta del atún ni la visión mallarmeneana en un atardecer de aguas tropicales de la manada de cachalotes teleguiados rumbo al frío del norte.

Era así y de manera brutal que sucedía la confrontación europea de Gervasio con la ignorancia, imperiosa necesidad de creer antes de crear, leer el vasto universo y temió que con la música se repitiera la idéntica ignorancia de los peces. Nordeau pasaba sobre la superficie de cuestiones que en pocos meses serían decisivas. Ahora que redactamos, con el paso del tiempo es sencillo deducirlo, la visión del mercado era otra secuencia de la eterna confrontación con los signos que fue la vida de Gervasio y de los cuales nunca quiso descubrir el verdadero significado. La mayoría de las veces ni los vio en su presencia contundente, él pasaba por una selva de símbolos y era tal su obsesión, simulada en la caparazón del aprendiz de dandi snob que durante ese desajuste opera buena parte de la tragedia. Había si se quiere una retención de índole psicológica, podía pensarse que el viaje era la oportunidad de una experiencia de gozo y disfrute, la ocasión para componer un cuaderno de canciones, esbozos de ejercicios de contrapunto. Hacerlo sería absurdo, para Gervasio el viaje era el tiempo y la distancia que se interponían como irónicas barreras en los designios parisinos; como sí con años de anticipación él transportara hacia París en una urna las cenizas de su propia alma calcinada en hornos de carbón.

Gervasio creía ir hacia la vida de la consagración y se dirigía hacia el invierno de la creación. A partir del inicio del viaje y desde el momento que subió al barco, su trayectoria vital nunca da la impresión de una elevación progresiva sino al contrario. Inspira la declinación del vértigo, caída irremediable, descenso hacia abismos sin gracia final ni redención. Integrada en este contexto espiritual la mentada despedida de sus amigos fue la culminación. Algunas veces me pregunto ahora que tengo materiales para redactar el libro que yo quería si no había en Gervasio la conciencia del precio a pagar, si él no firmó otro tipo de pacto e inverso al habitual. Vivir el infierno en la tierra, conocer en carne propia los sufrimientos especulados entre teólogos por una improbable salvación del alma. Un pacto diferente y complejo por salvar otra alma querida dispuesto a duplicar el precio de la condena eterna. Dándose por adquirida la eternidad y la lucidez del terror en la vida, el secreto mejor guardado de abrir las puertas del infierno así como el antecedente mitológico y con las manos dipsómanas sobre el teclado.

Otro sería el itinerario que lo llevaría a su meta. El camino entre Génova y París es largo, recuérdese que estamos en 1900 y para quien lo recorre por primera vez se presenta pleno de agradables sorpresas habiendo varios itinerarios para pasar de una ciudad a otra. Gervasio siendo joven zanjó que la música era la que se componía por esos años, con prisa comprensible decidió desentenderse del patrimonio acumulado y el pasado, actitud característica de pueblos novato. Esa persistencia en la ignorancia privilegiando un ahondamiento circunscrito hace que su grandeza sea intransferible. Un solo viaje y único pozo de martirio, inamovible coherencia hasta el final de la conciencia: rechazo de cierta forma de cultura, arriesgado coqueteo con la irracionalidad y la muerte como privilegiada postal del viaje.

Debo aceptar mi temor que a la lectura del presente capítulo se me acuse de tender a los excesos, promover diferentes tipos de supuestos sobre una obra que estaba por cerrarse. Buscar peregrinas explicaciones que mutantis mutandi pueden ser mías por haber renunciado a continuar interpretando en público la música de Nordeau. Pensar así sería atribuirme un egocentrismo negado por los años y hay más grave, debilitar e ignorar el misterio Nordeau, que se arraiga en los meses evocados en el extranjero. Misterio que condiciona un cambio revolucionario, curiosa forma de suicidio musical consistente en renegar de la obra compuesta con anterioridad al día de embarcarse en el Cittá di Torino con un pequeño grupo de compatriotas. Refutación que es hallazgo azorado de otro imperativo de creación terrible desafiando fronteras sabidas de la naturaleza humana. ¿Qué puede haber de común entre Tres desvanecimientos donde está la presencia del Gervasio lúdico de publicaciones paródicas, pequeños escándalos mundanos por cuestiones de faldas sin olvidar semicorcheas y la irrupción de Alimañas interpretada al piano a su regreso a Uruguay, a mediados del mes de julio del novecientos en el cruel invierno montevideano y teniendo por público a los mismos amigos de la despedida? Quizá fueron ellos quienes lo prefiguraron con la grosera evocación del poeta que amó a Jeane Duval, quizá… la diferencia es el viaje.

Sostengo con vehemencia y por lo ello me bato estos últimos años –en la doble acepción de la expresión- la importancia decisiva de los cuatro meses que Gervasio Nordeau vivió en París. Como puede advertir el lector consumen la mayor parte de mi biografía, cuatro capítulos para ser precisos. La biografía deja de suponer una operación de extensión en la vida, reproducción carbónica de almanaque para ser experiencia desconcertante de la intensidad; la biografía repudia ser el puntual itinerario de la banalidad, agenda del ángel de la guarda burocrática para tender -como lo entendió el genio del siglo XIX- a las iluminaciones heterodoxas. En el presente capítulo quinto de título ambiguo seguiremos apenas los primeros tres días de Gervasio Nordeau en París.

V.4) Según testimonios dignos de la mayor confianza, el joven Gervasio Nordeau preparó meticulosamente su llegada a París. Igual que los exploradores de leyenda él marchaba hacia un lugar desconocido del mundo, había memorizado el tramado de calles y pasajes cercanos de la estación del Norte, conocía nombres y articulaciones. En paralelo al estudio de las nuevas partituras que llegaban al Río de la Plata, Gervasio se procuró un dominio elemental del francés que facilitara ingresar pronto en eso que desde un allá periférico se llamaba el ambiente. Hubo algo de ingenuidad en los preparativos, le hacían olvidar que lo aguardaba sólo una sombra de la soledad, la terrible presión que la dirección aproximada de un par de hotelitos disimulaba un tanto. Mirándolo desde la otra orilla nadie conocía a Gervasio en París, tenía poco dinero para financiar su aventura y el equipaje era ligero con vestimentas para vivir un veranillo atemperado a la espera del golpe de suerte.

De eso se percató cuando el tren llegó a detino. La soledad referida lo esperaba en todos los andenes con fidelidad de antigua amante envejecida, se trataba de detalles de peso que lo condicionaron esas primeras horas. Bajar del tren y comprobar que todos allí tenían un sitio concreto a donde ir, también los vagabundos menos él. Por segunda vez en la vida entendió que era nadie viviendo el pavor de la disponibilidad del tiempo como hacen los muertos. Estaba cansado y sin sueño, el viaje había sido largo y contaba el peso acusado de lo anterior vivido en el puerto de Génova. Gervasio debía hacer los movimientos despacio aplicando una absurda teoría del acostumbramiento. Salió de la estación del Norte como otros baúles, abandonó la última frontera del pasado y obstáculo simbólico a sus planes. París lo acechaba con la primavera adelantada, un golpe del mismo sol que caía sobre el litoral uruguayo en la niñez del músico, su arquitectura como tantas veces observó en revistas ilustradas con la diferencia de verdad y representación.

Salió de la estación de trenes, cruzó la calle con excitada aprehensión y se instaló en el primer café a intentar ordenar los pensamientos. Pidió una cerveza, era él quien ahora observaba la salida de pasajeros de otros tres trenes llegados luego del suyo y continuó así atento a otros tres arribos más, como si estuviera esperando al músico uruguayo Gervasio Nordeau. En cuanto sintió el gusto de la cerveza creyó ser un parisino viejo. Nordeau dejó el equipaje más pesado en la consigna de la estación, decidido a caminar por la ciudad, lo poco que llevaba en un bolso de mano era suficiente para los tres primeros días de instalación; al menos esos eran sus planes, Gervasio caminó lentamente por el espacio trazado de los bulevares y al mediodía cruzó por primera vez le Pont des Arts. Estaba en el corazón de París y era el fin de tantos afanes, hora cero de algo inexplicable.

La soledad aludida del cuerpo, el sueño realizado le ofrecían una París coqueta y hostil, maraña de desconocidos incentivada por el barullo cosmopolita de una Exposición Universal. Tanto proyectar y batallar –pudo pensar Gervasio- hasta llegar a lo que consideraba el centro del mundo y culminar en un presentimiento de temprana decepción; que el músico atribuyó al cansancio y efectos desconocidos de la diferencia horario en el hemisferio sur. Había por allí entre las calles del sueño mucha gente pobre. Gervasio pudo decirse que la París de Nordeau sería la ciudad de la noche habitada por mártires de la poesía y desesperados del simple hecho de vivir. Caminó a la deriva durante horas dejándose llevar en la inercia por indicaciones que orientaban hacia la Butte Montmartre. Anduvo hasta llegar al barrio de los artistas y cuando penetró en esas veredas estrechas se preguntó si sería allí que compondría su pasaporte a la inmortalidad. El hotel al que llegó siguiendo vagas indicaciones era una pensión modesta y sucia. Un olor rancio a esperanzas muertas y vegetación podrida se desprendía del cuarto asignado en el último piso. Tenía una pequeña abertura, ventanuco de prisión dando al patio interior sin tratos con el sol y habituado a la basura. Según escribió en su carné, apenas llegado al cuartucho se durmió vestido por temor a despertar en medio del incendio o algo parecido. Lo hizo decidido a cambiar de residencia en cuanto aclarara las ideas y estuviera en condiciones de organizar mejor el tiempo, consigna que en ese primer sueño parisino debió tener una pesadilla horrible. La olvidó y despertó desnudo acurrucado en el piso de tablas temblando de frío. Gervasio atribuyó al cansancio la represión del inconsciente, cuando se levantó hacía noche y allá todavía sería día… allá en América.

La ciudad estaba a su disposición y él sin lugar concreto a dónde dirigirse. Escribió que marchó sin rumbo por las inmediaciones del hotel y fue al biógrafo a ver una vista que lo aburrió. Luego comió un churrasco con papas fritas y se metió en un café cualquiera buscando a los poetas. Halló borrachos sin retorno metidos en vestimentas raídas, que lo interrogaban sobre su capacidad de reconocer a los artistas elegidos cuando el lugar común cambia de apariencia. Fue así que en recuerdo agridulce de su despedida montevideana y por curiosidad espontánea para abrumar los sentidos, entró al local a ver un espectáculo pornográfico que le desagradó por la ausencia de ternura hasta en las luces, la exigencia de la bestialidad en el acoplamiento circense. Anotó que fue subyugado por el acto de una mujer enorme, de un color de piel que él veía por primera vez y con el cuerpo tatuado de símbolos esotéricos jugando su actuación con una boa pitón de respetables dimensiones. Lo paradojal era que él venía del llamado continente salvaje y tenía que ser en París en su primera noche que descubriera un animal así, como si fuera el parásito coloreado de un implacable dios rencoroso. Más que la bestia reptante, a nuestro Nordeau le intrigó haberse planteado esa cuestión de pertenencia a una tierra que ignoraba y distanciada de sus intereses creativos.

Salió del espectáculo contrariado, era otro imaginario el que había ido a buscar para que lo interpelara y se sintió mejor cuando dejó atrás aplausos, gritos de los asistentes para confrontarse con la noche parisina al alcance de la mano. La proximidad del alcohol esperándolo y la violencia, prostitución disponible y drogas consumidas como parte de la vida y no en versos de Les fleurs du mal. La primera noche se sucedía y la segunda duda lo asaltó; saber si llegó hasta allí por partituras o a rescatar un aliento de libertad faltante entre sus conciudadanos, aceptar lo que era en verdad o buscaba ser un drogadicto dependiente. Un aire del tiempo, la inminencia simultánea del esplendor y tinieblas sería insuficiente para explicar la inclinación de Gervasio por la química de la marginalidad en esos meses. Llegó a otra certeza que me permito adelantar en ese quinto capítulo: Gervasio acordó la excusa de la música simbolista para ingresar al nuevo siglo por la puerta del horror personal. El ensimismamiento de la distancia para confrontar una obra liviana, original y chispeando que sabía falsa e impostada de epígono sin porvenir atendible. ¿Su trayectoria posterior no grita acaso el incontestable rechazo de sus años juveniles de formación? ¿No resulta evidente que habiendo alcanzado un relativo dominio de su oficio nunca se dignó a una revisión cautelosa, al menos nostálgica de su pasado?

Un Nordeau libraría la batalla del hastío, spleen y mal de siglo, humos agrios de la Comuna y experiencia decadente; como un extraño aguardaba lo mimético por la simple comunicación de estar allí provocando una reacción química que alteró su metabolismo. Fue a París para afinar la educación sentimental y volvió siendo un hombre distinto, el otro. Después, la suma de terribles sucesos conocidos por el lector de los que daremos cuenta en capítulos posteriores, pueden explicarse como deriva de la fractura parisina pero recuperemos los hechos ensayados que al final resultan lo menos interesante. “Esa misma noche fue la primera copa, la belleza del verde interior como escribir un trío demencial mojando la pluma en tinta herrumbrada color turquesa”.

Es falso, como pretende hacer entender Gervasio que se trató de una sola copa simbólica, seguro que él consigna apenas el comienzo del delirio que duró tres días, habiendo descubierto la ceremonia equidistante de la despedida montevideana. Una encrucijada para cualquier biógrafo y yo -desdeñando por adelantado las burlas y a riesgo de ver vituperada mi vacilante prestigio de historiador de la música- debo confesar que no hallé mejor punto de vista que instalarme en el interior del delirio. Dejar de lado la persecución de un borracho atolondrado, buscar a como dé lugar el punto oscilante entre absenta goteando y visión devastadora; permaneciendo del lado de afuera de esa tentativa me comportaría como médico asustado de una clínica mediocre.

Dios bien sabe que intentó navegar en los intersticios que asemejan los abismos del alma y ello en el primero de los cuadernos de notas, el Verde. Hubo un viaje a la imaginación abierta en canal por el bisturí desafilado de la razón y que supura destellos de situaciones alucinantes. Estoy convencido de que el delirio ininterrumpido en aquellos tres días supuso la fractura, quiebre decisivo en la personalidad conocida hasta entonces. Con diferencia de horas Gervasio fue el músico que se había inventado antes de embarcarse; también destiló la prosa de un escritor torturado y fue pintor por una temporada. Período miserable de alguien tirado debajo de los puentes, atleta enloquecido corriendo por el bois de Boulogne, traficante de fantasmas, visitante a deshoras del museo de Artes y Oficios, tal vez el criminal que olvidó a la víctima.

El regreso precipitado de Gervasio Nordeau a tierras orientales puede especularse que resultó el retorno de alguien culpabilizado, probablemente cometió un crimen y sólo por el gesto. ¿No es el arrepentimiento prueba concluyente más poderosa que el macaco autopsiado por los forenses? Cuando avancé esta idea de un secreto impregnado de sangre, algunos colegas e incluso bienintencionados se preguntaban si ello se relacionaba con la realidad o el delirio alcohólico de Gervasio aquellos días. ¿Dicha distinción tiene importancia? Aquí y por segunda vez dentro del mismo capítulo falta documentación tangible para sustentar mis afirmaciones. Algún día seré blanco de pullas de colegas anglosajones interesados por la vida de Gervasio, ellos preguntarán por el motivo del delito y la suerte del cuerpo de la víctima. Interrogarán sobre el cliché dando cuenta del lugar del crimen, el arma utilizada con una etiqueta atada que la señale como prueba número uno del proceso y pormenores sobre circunstancias del asesinato incluyendo detalles insignificantes. A ellos sólo puedo darles como testimonio la confrontación de las obras finales de Gervasio Nordeau, exigirán hechos documentados y pruebas materiales. Yo entrego partituras embebidas de música inhumana siendo mis alegatos irrefutables.

V.5) Consta y sin discusión el argumento de la continuidad, la larga marcha del insomnio prolongado tres días. Un músico de origen uruguayo recién llegado a París sin conocer a nadie en la ciudad, sale durante la noche y se dirige hacia uno de los pocos lugares donde se continuaba vendiendo absenta bajo permisibilidad semi clandestina. Eso es lo que sucedió como episodio cerrado y parece el resumen del cuento que por improbable habría que catalogar de fantástico.

Nadie cuestiona que esos cafés marginales tolerados por las autoridades corrompidas, se regían con el código de honor de la Legión Extranjera y a nadie se le preguntaba por el pasado olvidado en las mazmorras de la memoria. Con el manejo de doscientas palabras en francés, bastaba una hora compartiendo media botella del licor verde para saldar una entrañable amistad hasta el amanecer y durante tales circunstancias anómalas era lo mismo que decir una vida. En esa primera hora de amnesia consentida supongo que Gervasio halló cierto equilibro comportamental aunque parezca paradoja; por esa hora fue la sombra de lo que había querido ser desde la adolescencia, improvisando un pasado común con otros parroquianos, motivado por la obsesión de olvidar la infancia vivida en las antípodas de su nueva situación existencial apenas pasada la veintena.

El goteo lento de la absenta aumentó el tamaño de la impostura arrastrada desde tierras americanas, el vacío y la urgencia de llenar ese hueco entre dos existencias irreconciliables e insondables como el pozo de dos vidas distintas. ¿Por qué no dos vidas? El doble vivido en uno mismo a plena conciencia y el hielo tornasol sentido en la propia mente inundada por el licor prohibido. Hipotética duplicación afectando músculos de brazos y cuello, necesidad imperiosa de vivir en otro lugar alcanzando la gloria relativa de seres marginales por el camino de la aniquilación. ¿No pediría Gervasio pocos años después ser recibido por deberes y obligaciones de otra nacionalidad? La patria argentina enfatizando paradojas y contrastes. Resulta insensato hablar en esa continuidad de distingos entre días y noches, a nuestro músico aquello debió parecerle sofoco del infinito. Los datos consignados en la libretita son precisos e imposibles de cotejar con otros testimonios, por ejemplo “al mediodía, encuentro con Satie en el Jardin des Plantes”. Desde siempre despertó mi curiosidad de biógrafo la neutralidad del lugar elegido para la entrevista, a su carácter de espacio luminoso agregaba la sospecha de oasis en la jungla positivista parisina. En cartas posteriores, nuestro autor asegura que buscó a Satie porque era el compositor de las Ginopedies a la misma edad que él tenía cuando decidió viajar a París. Resulta una razón atendible si recordamos la debilidad de Gervasio por las coincidencias numéricas.

Es probable que el Oriental hubiera tenido acceso, quizá por alguna trascripción manuscrita y la intriga de los pianistas de varieté llegados por aquellos tiempos a Montevideo, de piezas para piano del músico y compositor oriundo de Honfleur. Me atrevo a afirmar que Animales chinos del año 1898 insinúa acordes, rareza de la frase, incertidumbre tonal y la elaboración vacilante de piezas juveniles de Satie. Si dicha partitura tiene valor es por lo que vino después, de lo contrario estaríamos ante el producto de un epígono menor de Satie más que de un entusiasta admirador de Chanson de Bilitis de Claude Debussy. Esa fidelidad en la apropiación pone en duda la causa de la búsqueda, fue Coriún Aharonian quien me señaló que el supuesto encuentro con Satie, que él considera fraudulento (como la supuesta fotografía de Isidore Ducasse) sólo se concretó en el terreno de fantasías peregrinas y la pura ficción; cuando Satie estaba en coqueteos intensos y esporádicos con el mundo del ocultismo en su vertiente más snob que peripatética. La cuestión que nos acucia al respecto es ¿tuvo Nordeau en Montevideo acceso a obras y predicamento hipnótico de Josèphin Pèladan, enigmático jefe de fila de esas derivas urbanas del irracionalismo decimonónico? Me resulta tan improbable lo uno como lo otr, a Montevideo por aquel entonces llegaban productos terminados sin acallar el rumor del aire de los tiempos; intersticios burlones de la vida cotidiana del músico, miserias que enclaustraron a Eric Satie en su departamento de Acueil-Cachan, amistades sustentadas en la excentricidad, praxis de misoginia y manías reiteradas que están sin elucidar por los exegetas.

Por momentos parece un exceso referirse a aquellos años en términos de belle époque. ¿Qué legitima la pertinencia de un nuevo libro si olvida aportar algo original? Me permito avanzar una tercera hipótesis para explicar el encuentro con Satie, si es que el mismo se produjo en una realidad ajena a la alucinación de Gervasio. Luego de muchos desvelos pude encontrarme con la primera edición de la biografía de Satie escrita por Pierre-Daniel Templer, fue allí que descubrí que el mismo año que nació Gervasio, la abuela de Satie moría ahogada en las playas de Honfleur en circunstancias nunca aclaradas del todo. Recuérdese la muerte del padre de Gervasio cuando él tenía apenas unos meses de vida así como las increíbles condiciones que rodearon el suicidio del padrastro. Considero que, supuesta la ligereza de las composiciones en ese fondo de tragedias infantiles, lo que acerca a los músicos evocados al punto de interceptarlos en un delirio es saber que se puede componer viviendo con recuerdos dolorosos sin abundar en explicaciones psicológicas.

Lo sabemos y al parecer, de acuerdo a la endeble tradición que lo rescata, el encuentro entre ambos hombres fue decepcionante. Era de antemano imposible cualquier diálogo entre ellos, el Satie que ya era y el Nordeau que sería fueron personajes solitarios, obligados a fingir por obligaciones del carácter y el oficio entre la sociedad. Conscientes de que la gloria en vida les sería negada y estándoles destinado un final de fracasados, deseaban asumirlo rápido con voracidad de suicidas sin retardos de la lástima. El mejor suceso de público, incluidas primeras audiciones de sus creaciones sería su velatorio; ni admiración latente ni proyectos reivindicativos, acaso un arqueo de odio y desprecio rondando. Satie llevaba la ventaja de sus años con el desencanto a rastras, la tercera mano momificada y la insobornable voluntad de persistir en su ser. En el delirio creciente de Gervasio era claro el imperativo del cambio radical tras su implacable transfiguración: yo debo ser otro.

El encuentro estaba predestinado a ser el momento del desencanto, cuando el uruguayo a su pesar calibró lo que nunca podría ser. Las reacciones ante el obstáculo insalvable fueron inmediatas y lo significativo es la ausencia de alguien llamado Satie, ni una mención superficial a su nombre después del supuesto encuentro en el Jardin des Plantes. Propongo que ese olvido es el principio del cambio o al menos su manifestación simbólica. Al interior del viaje parisino seguro que el delirio de absenta de los tres primeros días -que intentamos reseñar con insistencia- marcaría el cambio mentado cuyas manifestaciones y secuelas ampliaremos en el resto del libro. Del otro lado del encuentro, ubicados precariamente en la biografía de Satie ninguna referencia informa del encuentro evocado con Gervasio Nordeau, tenemos así pruebas de lo uno y de lo otro. Como si hubiera sido probable en la coincidencia del alcohol y exotismo un cruce mentalista, suerte de terapia para alguien como Gervasio que se define, medio en broma medio en serio un pararrayos de desgracias.

Según nuestro Gervasio, Satié comenzó por preguntarle qué hacía en la vida y él ofuscado por la orientación de la pregunta, molesto porque el francés hubiera supuesto que pudiera ser otra cosa que músico, le respondió con orgullo incomprensible “yo soy uruguayo, señor” a lo que Satie respondió “c’est une bien belle profession!” y luego –siempre según notas de Nordeau- que se había imaginado muy diferente al aspecto de los indios galantes y Gervasio dejó por escrito “había que desconfiar de las apariencias.” Tales eran los límites de la conversación entre ellos la única vez que se cruzaron, tres días de delirio ininterrumpido nunca podrían amortizar siglos acumulados de tristeza y desencuentro. Uno de los objetivos determinantes del viaje, el encuentro con Satie, se disipaba sin pena ni gloria al barullo de pájaros exóticos traídos de todos los rincones del planeta.

Por primera vez Gervasio se aceptó en tanto hombre derrotado arrancado de su tierra, olvidó de sopetón la música y concentró la atención en una hilera de hormigas enormes, movidas por tal afán que parecían transportar el cuerpo de un muerto para almacenarlo en su madriguera laberíntica. Dice Gervasio que lo miró al maestro Satie y le dijo “Usted va a morir el primero de julio de 1925” y el otro replicó “le agradezco tan interesante información. Esa precisión tiene algo de privilegio, hasta en eso de la muerte le llevaré doce años de ventaja. El doce es una bonita cifra pero volvamos a su problema, mire a su alrededor… esta selva artificial de jardineros le despierta la intuición, es probable que una música acorde. La vida nocturna de los cafés parisinos es inadecuada para alguien de su temperamento. Ninguno de nosotros daríamos un paso para ir a su país y ello a pesar de Isidore o justamente porque existió la escritura de Isidore. Es necesario el desprecio que le falta para vivir aquí con el plan de quedarse o darse por vencido, váyase y pronto, lo que podría componer permaneciendo en París lo hará Strawinsky. Está enrolado en la guerra equivocada, se lo aseguro”. “Sentí –escribió Gervasio en uno de los pocos momentos en que la pluma de su cuaderno se hace confidencial- un ruido ensordecedor de pájaros cautivos y río desbordado, otro río que el Sena corriendo como un arroyuelo de postal bajo el puente de Austerlitz”.

Tal la versión y sólo puede atribuirse la legitimidad propia a manifestaciones del delirio, proyecciones mudas del inconsciente atormentado. Satie se retiró de la escena a paso lento como lo haría un pensionista mutilado de guerra y Gervasio pasó la noche escondido en el Jardin de Plantas; él afirma que vio en el cielo las constelaciones del hemisferio sur desplazándose cerca, las estrellas estaban a la altura de las nubes y avanzaban. La absenta se movía infiltrándose por el cuerpo cual clorofila destilada, llevando de las raíces al delirio humores en la demencia y con efectos devastadores cuando llegan a la cabeza. Cuenta que se despertó estando el sol alto en el cielo parisino, con la boca reseca, recuerdo de serpientes que le pasaron por encima y gusto de la caña que probó alguna vez un enero caluroso de la adolescencia.

París dejó de existir para ser una jungla, absenta corriéndole en verde mayor por el organismo, río infernal de anguilas diminutas. Todo era inmenso a sus sentidos afectados y Gervasio advirtió certezas de que estaba del otro lado, extravió la memoria de los grandes bulevares de la víspera, el recuerdo de los cafés visitados y padecía la sed imposible, necesidad del monte tupido de las correspondencias. Salió huyendo del Jardin des Plantes y caminó sin rumbo determinado dejándose llevar por el instinto enfermo, caminó durante horas transitando veredas inhóspitas de la ciudad, hasta advertir estar metido en el agua. Había llegado a la fase final de delirio, límites humanos de la absenta, encuentro de vegetación destilada golpeándole el cerebro obligándolo a hundir su cuerpo y la conciencia en otra vegetación, la memoria almacenada en moléculas de absenta.

Los dados fueron lanzados sobre el paño verde y era dejarse llevar mansamente por la muerte o intentar un retorno a la conciencia previa con un alto precio a pagar. Gervasio olvidó o simuló que olvidó las razones que al tercer día del delirio lo empujaron al territorio del Bois de Boulogne. Si la jornada inicial fuera marcada por la vagancia y la segunda por el fantasma de Satie, la tercera resultó la apoteosis del delirium tremens. Lejos de ser un experto en tales asuntos, por más que me haya documentado no puedo afirmar con precisión lo que es un delirium tremens y menos describirlo por escrito. Intuyo apenas que debe ser lo más parecido a la experiencia vivida por Gervasio durante aquellas horas, hasta puedo arriesgar que el desplazamiento a París resultó una excusa elegante y creíble.

El segundo viaje era el importante, lo avanzo por lo que sigue luego como diario de viaje, sucesión de hechos previsibles y lugares comunes. Los encuentros verdaderos, anécdotas de soberbia juvenil, aventuras amorosos donde él era amante exótico de aristócratas venidas a menos en fortuna y años, la inocua carrera por la originalidad metafórica y la aventura menos prestigiosa, con mucho de picaresca miserable. Dinero que se agota, gestos claudicantes contrariando la dignidad inicial, cambios de domicilio y cuya categoría de camas caía en picada. La posibilidad de un agosto soporífero sin nadie que invite a pasar el verano a la provincia o junto al mar. Ello lo trataremos en detalle más adelante; me temo que salvo datos reveladores y documentados que me acercó Norah Giraldi no pueda ir mucho más lejos de donde llegaron los biógrafos precedentes, lejos estoy hermano lector de alcanzar con facilidad al cuarto día de Gervasio en París.

V.6) El Bois lo atrapó desde la primera visita. Gervasio dejó de ir a los museos de París donde nadie representaba a su tribu “somos el continente más vigoroso y sólo hay embalsamados de nuestro patrimonio que consideran digno de exponer entre los muros. Entre nuestra incapacidad y la ignorancia de estos señores hallo la causa en lo segundo”. Después del primer encuentro Gervasio marchaba cada mañana al Bois de Boulogne. “Soy una vegetación trasplantada y vengo cada mañana enfermo a mi jardín de aclimatación”. Durante el tercer día tan determinante es significativa la manera como él describe los “bichos”, “criaturas que nunca había visto y me aguardaban en algún lugar americano. Me prometían cantarme al oído para que transcribiera melodías y acordes nunca escuchados por el animal humano”. Como si de una zoología se tratara descubrió la existencia de otra gente que argentinos de Buenos Aires y uruguayos, lo interesó la heterodoxia de la calaña borracha cosmopolita topada en sus interminables paseos de madrugada. “Me enternece hasta las lágrimas la transparencia del fracaso de esos hombres, el valor o desidia por abandonarlo todo, la indiferencia con que marchan hacia su destrucción. Los músicos que conocí este último tiempo, viven en cada borrachera el equivalente al fracaso estrepitoso de una ópera cómica en el Palais Garnier. Tienen algo del batallón de infantería dejándose matar por el enemigo y ello para que venga detrás el regimiento que remate la batalla. Están cerca, pisotean un mundo que les pertenece y huelen a espíritus desterrados. ¿Qué hago metido en esa insensatez?”

El delirio era el movimiento de mutaciones del verde, del lago vegetal y senderos que Gervasio miraba en espectador de la comedia humana, alma del bosque incitándolo a lo impreciso alejándolo del París conjeturado en buhardillas montevideanas recalentadas en las siestas de enero. “Lo que me rodea es la sospecha de algo horrible. Esta tarde caminaba por uno de los caminos laterales y que dan sobre el costado de Auteuil, una de las zonas más distinguidas de París cuando de pronto me invadió lo que nunca antes. Tuve deseos intensos y ganas irrefrenables de matar.” Esas ganas resultan lo revelador definitivo; súbitamente en medio de una borrachera sucede que se dejan detrás la reivindicación de juegos, poses desafiando la inmortalidad, coqueteos eróticos con potencias invisibles y ello para retornar a la trama de una actitud propia de salvajes. La llegada sin intención previa al Bois de Boulogne borró del hombre Gervasio los barnices de la formación, rasgó vertientes residuales del dandi suficiente trastocando el cuerpo del muchacho deportivo que practicó el remo en la ciudad de Mercedes (Uruguay) para dejarlo seco, descarnado a los límites de la osamenta. Como si un taxidermista del alma que utilizaba absenta para empapar los tejidos trabajados lo hubiera retenido en su taller durante tres días.

El cambio de nuestro músico no fue sólo evidente en el carácter que saltó de Dadá a Blake ni lo testimoniado en partituras legadas, que llevan del correcto Debussy periférico al Villalobos extraviado en el Matto Grosso mordido en las várices por ofidios venenosos. La mutación se acentuaba en los huesos, era potente en la mirada acerada de las últimas fotografías conservadas donde aparece un hombre que vio a los ojos signos del horror más destructores que la muerte. La carrera hacia el objetivo de ser músico moderno le reveló la verdad de su condición de hombre del pasado, los atajos artificiales que transitó con furia buscando acordes disonantes inéditos lo condujeron a visiones fragmentadas de infiernos en vida, círculos verdes aguardándolo a él en un lugar del norte argentino y lo recóndito del alma atormentada. La absenta descubierta igual que un lago lo condujo al carromato de Brueghel que avanza proclamando el triunfo de la muerte, bastaron tres chorros de verde destilado y traslúcido, unas horas de un centro de tierra de París para que el Bois de Boulogne (como sabe el lector Bolonia es la ciudad de origen de la rama familiar materna de Gervasio) se volviera experiencia precursora disponiendo la dependencia de retorno. Droga de espacios abiertos desembocando en la conocida pulsión por buscar la corona vegetal del Río de la Plata, centro de nuestra América.

Llegó a París tras el secreto de acordes impresionistas o así lo hizo creer, topó con la urgente necesidad de ramas afiladas abriéndole la carne, vino a escuchar en este capítulo el irascible fluir de capillas sumergidas en estanques y halló caimanes voraces en correntadas de inundación llevando una vaca muerta entre las mandíbulas. Buscaba el deseado encuentro consigo mismo y el precio del peaje fue demasiado alto, la visión resultante era la de un alucinado, el viaje de embriaguez y lejos del origen le demuestra que lo soñado en nada era semejante a las vivencias de muchacho provocador, un Pierre Lotti de burguesía chacarera de Mercedes. La alucinación que Gervasio consigna en sus notas describe situaciones inexistentes en la realidad, colores y animales Chagal, niños metafísicos de Chirico, fragmentaciones de la conciencia parecidas a Max Ernst, absurdos ciclistas de parada de circo italiano, la irrupción de cazadores furtivos a la búsqueda de licornes y otros animales fantásticos.

“Y la manera como tres hombres que parecían turcos robaban y mataban a un muchacho delante de mis ojos. El muchacho quedó vivo después de la agresión y me pidió a mí que lo matara porque sufría demasiado, tal vez ni me lo pidió. Sin embargo lo maté y lo olvidé, de pronto me encontré con sangre en las manos, supe eso. Corrí con las manos ensangrentadas a ocultarme entre los árboles y estando allí olí mis manos, no sabía de donde provenía la sangre, cuál había sido la acción que las llevó de un cuerpo hasta mis manos y sabiendo que era sangre de muchacho”. Sin discusión la escritura automática con tinta absenta es el corolario que explica las derivas violentas de la imaginación, Gervasio recuerda el episodio como la última visión del viaje dentro del viaje. Después se durmió en la humedad del corazón del bosque y regresó a la conciencia sin saber cuánto tiempo había transcurrido. Despertó a una media mañana interrogándose sobre qué hacía allí, sin aclarar en el cuaderno si ese “ahí” se refería al lugar, al bosque o a París; despertó en la sabiduría con la mala conciencia de borrachera culposa, cierta sonrisa por haber transitado como cometa errante del hemisferio sur y aceleradamente la ambicionada nocturnidad bohemia. Escapó de la vorágine de alteraciones corporales siendo el Bois de Boulogne lo que debía ser ese sitio amenazante en la mañana de un día cualquiera.

Criadas con cofia paseando niños vestidos de marinerito, deportistas imbuidos del entrenamiento dispuestos a intentar hazañas inmediatas, muchachas en flor malgastando su tiempo, y cachorros de poeta anclados en bancos de madera al sol con un libro de versos abierto entre las manos. Una hilera de discretos ciclistas cuenta Gervasio que avanzaba por el horizonte y podía escucharse el ritmo mesurado de los remos golpeando las aguas del estanque, los árboles tenían la discreción que impone la vigilancia de estrictos jardineros alsacianos. Luego de lo vivido estaba perdido, el trazado prolijo de los senderos parecía indicarle el camino correcto de retorno a la cordura y regreso a casa. Gervasio supuso volver al itinerario de los planes originales; no fue así, algo definitivo se modificó en tres días de delirio si bien él lo ignoraba.

Nosotros lo sabemos y fue el regreso precipitado al país decidido a renegar del pasado. La primera búsqueda tentada en la selva urbana bonaerense pronto se reveló insuficiente para su sed, la música que comenzó a componer le salía demoníaca, extraña y primitiva, salvaje y radiante. Recordemos sus tres cuadernos de composiciones para guitarra. ¿Quién hubiera imaginado que ese dulce instrumento inventado para loar jugueteos amorosos con la sensualidad, podía producir tonos grotescos y desgarradores acordes? Si los esperpentos de Goya venido el caso, armaran un concierto destinado a locos irrecuperables sobre una changada de troncos talados con navaja en bosques con hormigas ¿sería esa la música programada? Por ello sus piezas son poco frecuentadas en programas timoratos de nuestra época y rodeando sus partituras del regreso persiste un temor de maldición. Sostengo que esa música, acorde por otra parte con su manera de morir comenzó a engendrase en los evocados primeros días de su estancia en París.

Cuando regresó del viaje del delirio Gervasio Nordeau persistió con la idea que ahora parece ingenua de llevar adelante los proyectos primeros, Guiado por ese buen propósito y avergonzado por su aspecto de vagabundo desayunó en el primer café que encontró como si fuera un parisino de siempre. Eso ocurría cuando promediaba el cuarto día del viaje y que será tema del próximo capítulo.

Gin tonic con Beefeater

Mamá falleció, nada justifica mantener abierta una casa sobrecargada de recuerdos ni tengo razones para quedarme a vivir en un país que como yo agoniza de verdades añejas.

Durante años y en la ignorancia aguardé la llegada de ese día distinto temiendo una reacción indigna de mi mundo afectivo. Los últimos meses la llegada de correspondencia al consulado me acarreaba un mal rato, demorando mi dificultosa digestión presagiando una noche de insomnio con remordimiento. A ello contribuían las cartas de Marica tan artesana en el estilo de la ambigüedad y que nunca eran suficientemente claras ni explícitas buscando castigarme así por antiquísimas culpas, enviándome noticias recortadas o incompletas de las que activan la parte oscura de la imaginación. Entre problemas con la administración de los campos heredados, la relación petrificada con el tarambana del marido y los hijos –a esta altura unos muchachones- la pobre Marica zozobrará en una tormenta familiar sin miras de amainar. Debo reconocerlo: a su manera se ocupaba de mamá sin olvidar -faltaba más- acentuando su vocación de víctima irremediable incapaz de conseguirse entre las amistades un chevalier servant que la cubra de besos y mentiras.

Desde lejos puedo imaginar el activo aburrimiento de su desvivirse que ella no percibe más allá de la queja constante, siempre en cada una de las carta escribía lo mismo: mamá está bien, quédate tranquilo y ocúpate de tus asuntos. Lo decía destilando lamentos que sin conseguir apaciguarme, lo que lograban en verdad eran hacerme sentir un incapaz y si ello puede que sea verdad igual necesitaba esa fórmula de consuelo. Por unos días olvidaba el pensarla apagándose sin que pudiera verla, apagándose, peleando, gritando insolencias a una servidumbre inexistente en dormitorios vacíos e inmensos, delirando de continuo, cantando al amanecer valses de una juventud entrometida preludiando la muerte. Besé a mamá por última vez hace poco más de tres años, ella me tomó la cara entre sus manos blancas, huesudas y mirándome a los ojos repitió varias veces “esa muchacha no te conviene, esa muchacha no es para ti y te hará infeliz…” creyendo presagiar lo que ya era mi lejano divorcio de Susana. Desde entonces, viví este tiempo deseando que las cartas familiares fueran las imprescindibles para no saberme del todo escindido del pasado. La distancia lograba esfumar el recuerdo de una vida actuando por un alguien para mi irreconocible.

Lo acaecido entretanto en el país continúa pareciéndome un incidente menor de entrecasa que en nada afecta la continuidad del mundo verdadero. Ofuscado y molesto debí conceder de mala gana pequeñas entrevistas nada comprometidas, carentes de información explotable confiado en la rápida desaparición de mis declaraciones por avalancha de noticias del mundo. Cada mañana me despertaba esperanzado en encontrar un conflicto lo suficientemente importante para alejarme del foco de los corresponsales locales, haciendo de Uruguay un envejecido suceso de rotativas, olvidado sin apelación como pasan de moda las canciones. El tiempo pudo más, desaparecido de los titulares de primera página, relegado por curiosos cronistas latinoamericanos acreditados por error volvía a la rutina consular con la tranquilidad de trabajar en una oficina donde nada relevante sucedía. Algún pasaporte extraviado por compatriotas de paso, tres llamadas diarias –lavandería, amigos, peluquería, cosas así-, la espera cada mes del rubro para sueldos, afinar el criterio para seleccionar recepciones mundanas evitando con diplomacia -de eso se trata- encuentros irritantes y desagradables.

Formaba parte del país salpicado en cientos de ciudades, en mi caso una bandera descolorida por el sol implacable coronaba bufonescamente el tercer piso de un antiguo edificio en la zona de los negocios. Durante todo este tiempo nunca llegué a conocer la naturaleza y actividades de nuestros vecinos; supongo que ellos nos creerían un centro de refugiados de republiqueta bananera recién inventada. Las únicas conmociones ocurrían cuando un hindú vestido a la occidental se confundía de puerta, creyendo haber entrado en la recepción de la compañía aérea polaca que desde algo más de un año comparte con nosotros el piso en el antiguo barrio de Bombay. En este punto del mundo que es como decir de otro mundo, que mamá se agrave día a día o haya muerto resulta poco creíble e indiferente. Debo tomarlo como un elemento adicional del castigo administrativo que me destinó a esta ciudad inmunda donde la vida es poco más que el estado degradado y previo de la muerte, mientras el calor que huele mal licua las memorias más férreas.

Un subsecretario tan influyente como apasionado, celoso de un joven abogado pudo hacer estragos en mi alentadora carrera en las intrigas del palacio Santos. En leyes nunca escritas estaba la obligación de aceptar estos destierros curriculares con sonrisa diplomática: después de todo me formé para eso y nada podía tomarme por sorpresa. Viviendo esta última eternidad pasada, siento confundirse valores perennes e instituciones objetivas como sucede con las calles de Bombay, callejones, zaguanes, ventanas de madera por donde se filtra esa irritante música de entre tonos durante horas dilatadas que pierden despacio la luz como mamá apagó su vida.

La valija diplomática llegaba vía Europa, su frecuencia dependía de funcionarios de la cancillería desconocidos para mí. En los años recientes los advenedizos tomaron por asalto lugares guardados por una tradición despreciada, haciendo de la eficacia del correo y la ignorancia del inglés una cuestión de honor. Por temporadas parecían promover desde allá una cruzada santa editando bulas de victorias mínimas e ignominiosas para hacerlas circular urbe et orbi. En ese plan de repercusiones celestes Bombay tenía una modesta función aunque más no fuera de cansada divulgación. Recibimos con regularidad la deplorable serie de publicaciones lustrosas con fotos a todo color, reproducciones infinitas de escudos y banderas así como la integral de discursos olvidables sobre la esencia de la orientalidad, es decir sobre nosotros. A nuestra dependencia en Bombay por capricho infundado y abuso le asignaron media docena de ejemplares. En mi condición de destinatario, dudaba entre repartirlos a los esqueléticos santones elegidos que merodean el mercado de legumbres de la ciudad, sortearlos en algún té entre las otras misiones acreditadas o estimular el intercambio distrayendo un hastío compartido: dos ejemplares consignando la inauguración de un puente con presencia de escolares de la zona y el ímpetu de la caballería gaucha contra reproducciones correctas de Turner, antología de selectas intervenciones parlamentarias, con foto y currículum de los oradores por un registro de famosas arias en la versión de Alfredo Kraus. Con sentido práctico infrecuente, para evitar incidentes diplomáticos en el Indico ante la llegada de material cultural tan envidiado, opté por la santa cremación purificadora de efectos probados a la distancia.

El acuse de recibo era tan inmediato como lo permitían mis escasas obligaciones, cada tanto procuraba modificar las aduladoras frases de rigor al servicio responsable. Por simple curiosidad algo masoquista conservé alguna de las fotos que me parecieron más representativas, puedo justificar dicha debilidad por el conjunto de increíbles señoras sofocadas en nutrias, astracanes o visones, expresión de haberse quitado los ruleros hace pocos minutos y vigilándose, con especial rapacidad las ubicadas en la primera fila, unas a otras sin darse tregua. Supongo que compartir una recepción con esos nuevos ejemplares sociales habrá tomado ribetes de experiencia alucinante; es seguro que no quedaron desfiles de alta costura, vernissages ni peluquerías libres de su presencia. Pobre Marica y su formación inglesa con destello de corona mustia… Por causa del referido aluvión de testimonios destinados a hacer historia dejé de recibir directamente la correspondencia, mi secretaria se encargó de la primera selección dispensándome de bochornosas lecturas. Se les adivinaba tan firmes y emprendedores en su labor reparadora que ni estarían al corriente de nuestra lejana indisciplina. ¿A quién sino a un paria se le ocurriría envidiar un destino de agregado, de cualquier categoría, en un sitio llamado Bombay donde las cartas recibidas parecen trasmitir otra cosa de lo realmente dicho?

Cortados así los vínculos racionales con mi patria de origen, dediqué algo del tiempo libre de que disponía para regresar a un olvidado antiguo amor y comencé a escribir cosas que se acercan vagamente al teatro. En un delirio de impertinente imaginé escenarios, personajes más verdaderos que la realidad de la gente frecuentada por cuestiones de trabajo. Algunos días apenas produje un par de líneas y la lectura de lo escrito me dejaba insatisfecho, eran palabras sobre nada, de nadie, de alguien sin mucha cosa para decir. Hojeando aquellos libelos entendí que permitimos escribir a unos y a otros, permaneciendo nosotros imperdonablemente callados, corriendo el peligro de perder el pasado como quien dilapida una herencia. Lo sentía en mi poca vida escondida, en el despacho alquilado dando sobre una calle lateral y discreta de Bombay. Susana y los niños estarían en Arkansas viviendo con el ingeniero de caminos que los tomó a su cargo mientras yo me pierdo en la escena cuarta del acto primero de lo irrepresentable.

Algunos atardeceres melancólicos yo miraba el mapamundi colgado en la pared recordando los destinos de Fino, Agustín, Lezama, Conrado. Marqué con líneas rojas el papel uniendo las ciudades implicadas hasta formar un diamante irregular que sólo hacía brillar la lejanía. ¿Sería comprensible la rebelión de los palafreneros? Me entristecía el destino de las casonas del Prado que fueron el paisaje de mi infancia, en poco tiempo pasaron del silencioso recato centenario, con hiedra lenta reptando por los muros a inevitables enanos de jardín coloreados, faroles de luz agresiva para disuadir eventuales intrusos, noviazgos claudicantes preservando el patrimonio en peligro, enjambre de decoradores, camiones llevando muebles de Caviglia y antigüedades rematadas en Gomensoro, quebrando así la paz de una siesta prolongada por décadas.

Estando lejos tiene un sabor extraño el exilio de noticias del país, la ciudad religiosa donde agonizaba era de otros tan extranjeros como yo. Allí ejercía los pequeños vicios con resignado desdén, hasta me inventé al correr de los meses un alcoholismo necesario y ficticio que tenía en el gin el ingrediente recurrido. Como la caricatura de antiguos funcionarios británicos enrojecí la nariz, formé un abdomen de cócteles en un estilo informal que suponía trajes blancos de tres piezas y sombreros livianos. En el bar climatizado del Sheraton Hotel de Bombay moderno encontré la primera noticia indirecta de lo que podría estar sucediendo en casa.

Ese día habíamos convenido encontrarnos a las ocho de la tarde con el agregado comercial belga, el objetivo era tomar unas copas y organizar la partida de póquer del próximo sábado. Deseaba estar unos minutos en soledad acodado a la barra del bar en penumbras, llegué temprano a la hora acordada para nuestra cita, recuerdo que estaba en el segundo gin tonic cuando en el espejo del fondo del salón, distinguí a mamá tal cual era hace muchísimos años. Ella estaba hermosa, parecida a ciertos recuerdos cíclicos, idéntica a la foto suya que me acompaña desde la época de Caracas mi primer destino fuera del país. Me prometí que esa misma noche sacaría el retrato del maletín para tenerlo entra mis manos y verla tal claro como la vi en el bar: el medio perfil que más la favorece, pelo a la garçon, sombrero de ala corta proyectando una deliciosa sombra en los ojos sin impedirle el brillo de la juventud. Era seguro que la mujer reflejada en el espejo enorme era una turista de paso por Bombay, pero también era mamá hace algunos años. Si yo la veía así era porque en una región interior había dejado de ser el cónsul uruguayo en Bombay para ser el hombre que fui alguna vez.

Miré mis manos y las hallé envejecidas, los dedos amarillentos de nicotina dejarían caer cualquier juguete, el temblor más nervioso que alcohólico dejaría caer abalorios chinos de madera, soldaditos de plomo, esferas de cristal llenas de copos de colores suspendidos y en movimiento perpetuo, títeres de cordel heredados de abuelo, las mismas manos de mamá. Cuando devolvía la mirada del espejo a la realidad mamá se había evaporado del mundo, la mujer extranjera pudo ser una ilusión pasajera. Encontré la puerta abierta del bar que daba a la calle, un hueco de luz y calor por donde cruzó una ambulancia con la sirena abierta. “¡Paul, Paul, ici!” grité desde la barra del bar. El hombre avanzó con la torpeza de un levantador de pesas retirado dispuesto a recordar competencias olímpicas tomando un gin tras otro.

Olvidé si fue al otro día de la aparición o sucedió a la semana después de la mesa de póquer. La carta de Marica enviada por la valija diplomática más urgente decía que mamá había sufrido un ataque de hemiplejía intenso con complicaciones sin precisar. Mamá -lo sabía- preferiría morir sin ese injusto prólogo de moribunda inmovilidad que la condenaba a esperar su nada poblada de arcángeles sin hablar ni poder hacer nada. El médico de la familia, escribía Marica, diagnosticó una de esas situaciones incontrolables que pueden durar pocas horas como algunos años. De inmediato envié un telegrama a mi hermana informando que viajaría a Montevideo un día de estos, cuando el trabajo en el consulado me diera un pequeño respiro.

La obra avanzaba, finalicé el segundo acto, estaba satisfecho, ese optimismo de autor a medio camino y una nueva relación llenaron mis horas asignadas a indagar cosas fallecidas. Las cada vez más impersonales cartas de Marica decían de una situación estacionaria de la salud de mamá. Mi hermana hacía lo debido, cobrar las rentas, administrar el dinero, pagar deudas y gastos de la enfermedad, sentarse junto al lecho de nuestra madre para informarla del avance escolar de los chicos el último trimestre, acariciarle el pelo y peinarla, darle la papilla de la mañana, preguntarle si quería algo. Así hasta despedirse pretextando compromisos impostergables, era mucho más que lo hecho por mí a incorregible distancia; quería verla como en la fotografía evitándome la pena de contemplar su decadencia.

Desconozco si mamá esperaba algo diferente de nosotros dos y nos educó con la esperanza de otro comportamiento. Quizá en sus planes estaba envejecer como lo hizo y aguardar la muerte en soledad; su carácter combinaba ternura y rigor, ella decía que la familia era más importante que los destinos de cada uno de sus integrantes. Años después me preguntaba si dos fotografías, recuerdos fracturados y distancias absolutas formaban la configuración marginal de la familia. La única verdad incuestionable era tal vez aquella imagen indirecta de una turista en un bar de Bombay, proyección alucinada de años fugados de las manos. Aspiraciones postergadas como mi sueño de ser destinado en misión a Londres, donde jamás llegaré hundido como estoy en la vieja colonia del Imperio, arrabales miserables de la diplomacia y paraíso de los teatros de vodevil. Estaba solo en Bombay, mi carrera terminaría en este estercolero sin percatarme del proceso de deterioro combinado por efecto del calor y el gin tonic. Gracias a Dios pude anestesiarme en la molicie de la aceptación de la circunstancia. El deseo de alejarme del país, implícito a las funciones de mi vocación logró que me fuera del todo sin regreso completo. Tanta envidia recibida, tanta competencia desleal para irse a vivir lejos y cuando lo logré -demasiado lejos para intentar el retorno- sucede que era para beber gin a discreción. Un apellido reconocible entre iniciados y una fortuna hechos a fuerza de pura vaca en matadero, las mismas que aquí son animales sagrados, intocables, ironía complementaria de mi situación que prescribe aumentar la dosis diaria de gin.

Miro sobre el escritorio de mi despacho la banderita en miniatura con pedestal del mármol, comprendo nuestra vergüenza mutua lejos de la patria y las connotaciones heroicas de tan modesto símbolo. Miro a los ojos al sol ufano regordete hasta decirle que somos poca cosa en esta región del mundo; somos, soy, un presupuesto ajustado para gastos de representación, trajes a medida, comidas informales con mis pares, papelería y algún polvo exótico. Poca cosa, allá en la metrópoli cambiaban de presidente nosotros en Bombay ni siquiera bajábamos el retrato; dejé colgado al Juancho por dejar a un amigo y jugar a que lo sucedido en casa fue una pesadilla de resaca de gin. Mintiéndome que la patria fuera de fronteras estaba intacta guardada por el celo inflexible de los mejores entre nosotros; que a mí me correspondía organizar los temibles lanceros de Bengala aunque más no sea para salvaguardar el protocolo. La última carta vino acompañada con un pasaje. Previsores como debe ser habían dejado el regreso abierto, una vez más llegaría tarde a los momentos importantes de la familia que obviamente se habría encargado de los detalles molestos.

Además de acentuar el dolor retrasado mi presencia tendría como única finalidad práctica estampar las firmas requeridas por la muerte a su paso. Aceptando los pésames de los funcionarios allegados del consulado que me asistieron en los trámites previos a la partida, me avergonzaba de asumir mi ausencia en el último minuto de mamá, en el primero de cerrar los párpados para siempre sin haber llorado lo suficiente. Comencé así un retorno largo y lento, engarzado por fastidiosas escalas de trasbordos en varios aeropuertos; por primera vez en mi vida el equipaje despachado no excedía los veinte kilos.

Llegué a Montevideo el miércoles dieciséis de agosto de mil novecientos setenta y siete, decidí no ver a nadie en las primeras horas y ocultarme en la casa de Antonio que asumió la tarea de llevarme en auto a todos lados. La mañana siguiente llamé al Ministerio, mis superiores entendieron mi deseo de comparecer recién dentro de unos días. Supe que Susana había escrito, los chicos y el ingeniero estaban de campamento pescando en un Parque Nacional del medio oeste, ella enviaba las condolencias en nombre de todos. Como era de esperar estaba en los detalles, sin faltar tampoco en el final de la mujer que le hizo la vida imposible desde la tarde que se la presenté. La segunda noche cené en lo de Marica, cuando sirvieron el plato caliente los dos comprobamos ser unos imperfectos extraños. Nunca fuimos mejores amigos que hermanos y era insuficiente el recuerdo de las idas al campo, vacaciones cómplices cuando a los ojos ajenos parecíamos una familia.

Varias veces durante la velada nos sorprendimos mirándonos, buscando en ese pariente lejano transformado en un casi desconocido el lugar donde permanecieron fijadas conversaciones interminables, desbordantes de planes que para uno y otro quedaron sin concretar. Los proyectos luminosos, la voluntad para llevarlos adelante se extraviaron entre un par de escándalos mundanos tan ingenuos como intrascendentes, algún divorcio sonado y la reincidente violencia de ambiciones cotidianas. Ateniéndonos a las apariencias era absurdo declarar el fracaso fraternal del reencuentro, optamos por atribuir al omnipresente recuerdo de mamá y la tensión de las última semanas la mala cara que teníamos. A pesar de la educación esmerada que se nos proporcionó al momento del café no nos soportábamos, en pocos minutos de embarazoso silencio, pasamos a ser el único testigo que el otro tenía de lo realmente sucedido en años imposibles de olvidar, semiplena prueba de corroborar nuestra incapacidad para vivir felices.

Quería recorrer la casa de mi infancia por última vez. Antonio me condujo hasta la entrada, él sabe que pasé una pésima noche y tiene la delicadeza de esperarme en el auto. Lo primero que hago es caminar por el fondo y los jardines; es extraño, cuando estaba mamá todo era más grande. Ella defendía los hábitos como un estilo de vida, la idea tradicional de familia, hasta nuestra casa misma. Ahora volvía a enfrentarme a rejas herrumbrosas, empujándome a levantar las solapas de mi Calcuta, esconder la cara contemplando por última vez rosales descuidados plantados para ser eternos. Papá falta en los recuerdos hechos de lugares de la niñez, los cristales opacos y sucios de la barbacoa me devuelven signos deformados de una historia manuscrita en sánscrito vulgar.

Entro a la casa por la puerta de atrás como un ladrón de objetos intangibles, todo está desmantelado, se quebró un orden aprendido en la infancia y capto la presencia invasora del intruso. Subí, bajé, bajé y subí las escaleras de madera varias veces, en un lugar indeterminado de la casa pareció que alguien me llamaba y temí escucharme a mí mismo jugar a la escondida en uno de los cuartos. Una soledad total más despiadada que la muerte misma desterraba cualquier consuelo, adentro de la casa hace frío y está más húmedo que en la intemperie de los jardines. Miro el hogar involuntariamente buscando cenizas del fuego extinguido, las arañas con caireles de cristal están desarmadas pieza a pieza, embaladas en cajas marrones de cartón entre cajones desparramados de La Higiénica. Algunas puertas están rasqueteadas hasta la verdad insoportable de la madera, la cerámica de la cocina, que mamá importó de Italia aparece partida en los lugares donde arrancaron la vieja grifería. Algunos muebles rezagados de la violenta mudanza están enfundados en sus mortajas de rigor, en las grandes paredes se delinean los claroscuros asimétricos de una pinacoteca fantasmal. Mamá no hubiera permitido tener así de manchados los cristales, pero ella falta debajo de este techo y nada de lo contemplado pertenece esta mañana a nuestro apellido.

Prefiero ignorar quién fue el comprador, me deprimiría saberlo sin regatear pagando en dólares y al contado, como si durante años hubiera esperado agazapado bajo el porche el momento preciso para ofertar. A más tardar mañana a esta sala entrarán pintores, albañiles, en pocas semanas habrá bullicio de festejos y por las escaleras correrán otros niños ignorantes del misterio de la olla de hierro llena de libras esterlinas enterrada junto al castaño, la escapada de tío Jacinto con una sirvienta y tantos secretos que morirán conmigo. Es apenas una casa que cambia de dueño, pienso mientras camino pisando hojas de diario amarillentas y quebradizas olvidadas sobre el parqué hasta llegar al zaguán en sombras y atravesar la puerta. Afuera los escalones de mármol están limpios de hojas del invierno, los desciendo despacio disfrutando cada paso como si fuera la escalinata de nuestra Embajada en Londres.

Subí al auto y partimos en silencio, a las pocas cuadras nos atrapaba el tráfico de la ciudad cuando Antonio creyó que estaba digiriendo la despedida de pasos y cerrojos. Entonces se decide a hablarme.

-Mirá que hubo cambios importantes en el Ministerio, tu situación puede arreglarse… si estás interesado mañana mismo puedo iniciar ciertos contactos.

-El lunes regreso a Bombay, me sorprendí diciéndole sin haberlo dudado ni un instante.

-Estás desconocido, realmente no te entiendo.

-Sucede que ando en la mitad del último acto.

Durante el resto del viaje con Antonio no intercambiamos palabra, como hacemos con el amigo Paul en el bar del Sheraton Bombay mientras bebemos el tercer gin tonic especialidad del barman.

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

Ah mia patria si bella e perduta!

Oh membranza si cara e fatal!

Coro de Nabucodonosor

-22h.04-

De lo único que estoy seguro en esta vida es de que jamás iré a Eskimo Point, antes de conocer la historia de la enfermera Ivón ignoraba la existencia de un punto del planeta que llevara ese nombre. De niño creía que la nieve imitaba los copos artificiales adornando pinos navideños hechos de alambre en los países cálidos; efecto especial para películas de colores tenues con alpinistas tiroleses, que los austriacos colocaban en la cumbre de las montañas más altas. Con el paso de los años la experiencia me sacó del error infantil, en aquellos días veía en nieve y hielo vastos territorios para incitar expediciones en solitario hacia ninguna parte. Configuraciones demoníacas de la materia acortando la duración de los días enturbiando el resplandor del sol en derrota imponiendo el imperio invicto de noches interminables. El hielo era el dominio donde los niños usan orejeras, llevan puestas cuando salen manoplas marrones, esas forradas de piel de conejo para evitar que los meñiques se desprendan por congelación, moldean muñecos blancos redondeados que adornan con sombreros viejos y escobas atravesadas. Un lugar ficticio donde la nevada nocturna cubre por completo vehículos particulares dejados a la intemperie, obligando a despejar las veredas a la mañana siguiente con palas especiales.

El frío era la sospecha de espacios inhóspitos donde la vida se organiza entre osos pardos hambrientos y bosque de coníferas centenarias, en cabañas de troncos rematados con chimeneas de piedra por donde sale humo azul de leña seca. Imaginaba que cada tanto, por peligrosos senderos estrechos y pendientes del alud traicionero, descendían soldados espectrales sobrevivientes de antiguos batallones, vestidos con restos de uniformes raídos de diferentes épocas. Los pies descalzos envueltos con trozos de rasgadas casacas militares rapiñadas a soldados muertos. Arrastrando parihuelas improvisadas entre el barro y donde a los cuerpos gangrenados de reclutas malheridos se les cristalizaban de color rubí la costra de sangre de tajos de sable, el boquete abierto por mosquetes a quemarropa y el surco calado de bayonetas ferruginosas hincadas con fiereza en la carne.

Dejando otras la infancia, hubiera imaginado así ese punto del frío que se proclama punto desde su mismo nombre. Después de varios años alejado del país -acogido por inviernos civilizados en el norte europeo y luego de conocer lo sucedido en Eskimo Point- acepto que la nieve es el estado más triste y melancólico de la naturaleza. Odiosa mutación del agua arrastrada a temperaturas inhumanas, prisionera por siempre de las cimas soberbias que nada serían sin esa blancura cautiva y pese al simulacro de fuga que ensayan cuando pega el sol de primavera. El hielo es el peor destino para los hombres friolentos de la costa chata con arena amarilla, nacidos con la angustia de vivir donde los horizontes prescinden de enormes cordilleras a escala para probarse a sí mismos. Sin interferencias entre la mirada y la disolución de las distancias, condenados a un avanzar incesante: exonerados de la pregunta sobre qué mundos desconocidos existen detrás de las cumbres eternas. Más allá siempre está Eskimo Point el lugar, las palabras que sueñan Eskimo Point. Es también el nombre evitado del informe con aspiraciones enciclopédicas que redacté a lo largo de los últimos siete meses. Esas dos palabras, el sonido en cuatro tiempos que se adhirió a mis pensamientos igual que las costras rubí de infanterías entrevistas en sueños regresando de batallas perdidas y éxodos de derrota. Del mismo modo quedará al descampado la verdad, pasando las montañas inatacables con la apariencia de relato de mediana extensión, fosilizado como un celacanto a la espera de ser descifrado algún día.

Me reconforto recordando que deseché el episodio, sin permitirle la excusa de mi conciencia profesional requerida de acotar su objeto y reconocida seriedad de investigador, haciendo del trabajo un todo cerrado e inexpugnable de cifras contundentes. Prolija confección de cuadros estadísticos, sin intersticios para la prosa sentimental que tiñera de emoción amarga las conclusiones y mermando el impacto racional. Donde sea, ante quien sea sostengo que la función de las ciencias sociales, cuando se trata de colectivizar información, es más útil y eficaz que cualquier interpretación impregnada de subjetividad o testimonios pergeñados en raptos de dudosa inspiración. Ahora que pude desprenderme del trabajo y debería estar liberado de tensiones emocionales regresan las letanías de Eskimo Point. Fue hoy, que debió ser el día señalado para salirme del asunto y desprenderme de los detalles. Error.

-22h.39-

Debo comenzar por lo sucedido esta tarde, supuesta la humildad implícita del trabajo académico fue confusa la sensación de saber a mi cuerpo incluido en la presentación del libro. Con el apoyo financiero de La Fundación concretaba mi aspiración de ver el informe transformado en tomo contundente, objeto multiplicado que saldrá de mi vida confiscando recuerdos queridos, sentimientos hostiles y silencios inexplicables. La última parte de la operación resultó más sencilla de lo esperado, tenía gracias a la experiencia en el extranjero una agenda nutrida, la fortuna de conocer el interior del sistema de producción editorial y fuentes de financiación para dar el paso al libro. Me aseguré un prólogo inobjetable de un compatriota exitoso con ambiciones de tener más notoriedad, una editorial cumplidora y el respaldo institucional del exterior dieron el convincente toque final. El círculo cerraba de manera perfecta con un medio sensible a un trabajo con tales características; que depondrá el espíritu crítico, resaltando (tengo firmes promesas al respecto) mi (reconocido) rigor en el manejo de información, la (apabullante) diversidad y amplitud (años de búsqueda) de las fuentes consultadas (sin olvidar detalles), la oportunidad (se trata de un trabajo imprescindible) y pertinencia (en momentos cuando el olvido programado comienza su tarea) de semejante trabajo (rescata una zona oscura del pasado del país), la utilidad para la tonicidad de la conciencia colectiva y necesidad de saber. Lo que nadie sabrá es que allí falta la anécdota trivial incinerada en el horno crematorio de Eskimo Point frente a cuatro testigos, que retorna a mi existencia sin explicación ni razón, siendo una nave negra cargada de animales condenados al sacrificio.

El libro se presentó hace unas horas, con cara circunspecta escuché intervenciones halagadoras y a mi conciencia fatigada regresaron situaciones durísimas que otras veces me dejaron triste, abatido, vacío, sin respuesta. La descarga por escapar de tantos meses de trabajo obsesivo, la satisfacción científica y moral debieron contentarme. Pesaba sin embargo la ausencia de la carilla desestimada en el libro, siendo tarde para reparar lo que puede ser considerado un error de mi parte intentaré incorporarla de manera clandestina en la diskette. Como si de verdad la historia pudiera alterarse con el deseo y la entrega a la imprenta estuviera prevista recién para mañana. La excusa consiste en comprobar si ahora el asunto resiste el tránsito de la oralidad a la escritura, hasta convencerme de que la historia está de verdad integrada al libro presentado. El testimonio sobrevive apenas en mi cabeza, ninguna grabación archivada puede ayudarme, el relato flota en algún lugar improbable fuera de mi memoria, fugitivo, congelado en otro estado de las ideas y recuerdos. Se alterna como agua entre ebullición y cristales inadvertidos a simple vista. Si decido postergar la corrección hasta mañana, la anécdota se instalará en mi tomando la apariencia de un recuerdo propio. Es pensando en algo que está acechando en el futuro que debo resolver el entredicho sobre la pantalla del ordenador. No es de las historias más originales que me fueron contadas, tampoco de las dolorosas si por una escala el sufrimiento pudiera medirse con exactitud. Le reconozco una melancolía intrínseca sin enseñanzas posteriores y el nudo que logra hacerme en la garganta. La modestia uniforme de negarse a salir a la intemperie, una vergüenza de provocar lástima e incitar pensamientos de justicia necesitada de sentencias escritas sobre papel. Es noria despiadada moliendo el grano derrotado sin nada para demostrar, la aceptación mansa y sin lágrimas del final desfavorable de una partida de cartas jugada mientras se espera el tren atrasado en un ramal desafectado.

Dudo si mediante este procedimiento subrepticio traiciono mis métodos de trabajo, cediendo con facilidad a la introspección fluctuante de la Macintosh con ratón incluido; si fuera verdad como afirma la propaganda que los caracteres fluorescentes, oscilando en el cristal líquido de la pantalla conectan pensamiento y escritura. Será por esa protección tecnológica que pretendo descongelar la anécdota mientras dure la noche y hasta que el sol de la mañana la encuentre aguachenta llevándosela para siempre. Quiero convencerme pues desde hace unos minutos mis pensamientos y signos titilantes en la pantalla son lo mismo, mis manos incitan al rumor y los dedos teclean mientras me repliego a la neutra función de ser canal de paso.

-23h.11-

Me llamo Luís Alberto Batlló y soy abogado, estudié leyes y después sociología porque eran a mi criterio lo más cercano a la Historia –es lo que siempre me interesó- con posibilidades de tener trabajo. Como tantos compatriotas quise modificar mi pasión por la historia desde el interior, pasé años estudiando leyes y códigos de una sociedad que se desmoronó sin estruendo. Fui un ptolomeico al otro día de conocerse los trabajos de Newton sobre la gravitación universal, luego de memorizar leyes de la patria Oriental sin ninguna incidencia fuera de fronteras, debí adiestrarme de urgencia para otras sociedades y ello sucedió en las afueras de Gotemburgo. Allí aprendí la sutileza de los matices del frío practicando por años un ejercicio neurótico de ciencia ficción que rastreando preservar estructuras pasadas logró desdoblar mi cabeza.

Cuando escribía “Suecia” en los controles trimestrales pensaba Uruguay, mientras pronunciaba “funcionarios de Upsala” veía obreros de Funsa apaleados por coraceros uruguayos de pura cepa. En tanto evaluaba planes de educación para adolescentes nórdicos, recordaba los recreos en el liceo Elbio Fernández y cuando luego de grandes esfuerzos hablaba sueco con cierta corrección –que me enseñaron monitores con paciente cariño de incipit vita nouva- me regodeaba en recuperar las variantes antigramaticales del habla montevideana. Esa obligada reconversión produjo dos efectos: que fuera un mediocre estudiante extranjero reciclado y un sociólogo que teorizaba a media lengua, el inglés que hablo y escribo correctamente me ayudó en la travesía. Lo que al comienzo fue dura militancia, pronto se volvió deseo de forzar lo aprendido buscando saber qué fue de verdad lo que nos pasó a los uruguayos. El daño estaba hecho y habrá que esperar años para conocer la verdad última, las respuestas que busco siguen sin llegar y otros serán quienes las formulen; nuestra fracasada generación, destinada a no llegar a ninguna parte tiene la oscura tarea de repetir las mismas preguntas sin olvidar las pendientes. Mi película dolorosa sólo para mí es la de tantos y puede resumirse sin omitir detalle en un verso de tango: batida, celular, viaba y gayola. Los cuentos de salida tienen base simple y un tinte homogéneo proveniente de circunstancias similares, debidas a un clima de violencia cotidiana alejado de nuestras preocupaciones como las patriadas del siglo pasado; por el contrario, ningún regreso al país fue parecido. En ese otro viaje lo idéntico del comienzo se difumina para dar paso a historias cada una diferente de las otras, como si se tratada de una noche de verano para la cual está predicha una lluvia de meteoritos provenientes del norte, que resplandecen un instante y luego desaparecen de nuestra vista cuando el mineral deja de ser incandescente al entrar en la atmósfera.

Me llamo Luís Alberto, tengo una esposa rubia y alta que adopta maneras irracionales de drogada cuando escucha una comparsa de tamboriles uruguayos. Nuestra hija adolescente nacida allá y mientras espera tener los años suficientes para mandarse mudar a su país, se disciplina cada día en el desdén de algunas costumbres nuestras, en la reiteración de una idea fija: la felicidad está en otro lugar. Allá, el lugar donde quiere marcharse nuestra hija única yo tenía un buen puesto de trabajo incluso envidiable para los propios suecos. Sin embargo, un sábado de tarde decidí dejarlo todo cuando acepté la oferta de volver, por tres años, a coordinar una investigación sobre las secuelas del exilio y los problemas de la repatriación en el marco del convenio entre la Universidad y una fundación dirigida por democratacristianos europeos. El proyecto tenía algo de apuesta controlada, tres años de trabajo seguro pagado en dólares y después se vería.

En pocos meses entre carta que va y postal que viene, para mi sorpresa, el asunto se concretó. Luego se sucedieron las despedidas que los amigos nórdicos, con filosofía vikinga, sabían definitivas a pesar de mis tibios argumentos en contra. Las explicaciones esquivas justificando el regreso, por el contrario aceleraron la contratación de billetes y conteiner con empresas de transporte, las cartas diseminadas sin criterio a compañeros de la juventud avisando la vuelta, la transferencia de la cuenta bancaria, contactos telefónicos con inmobiliarias montevideanas para informar si era más conveniente comprar o alquilar. Uno cree que regresa mientras muda de vida, pega el paso atrás hacia la muerte más dulce soñada durante años de ausencia dejando el mundo en el mismo lugar donde lo conocimos. Había pasado demasiado tiempo para suponer una revancha personal y años suficientes para decidir yo mismo si quería irme del puerto del exilio. Me encaminé a una experiencia parecida al aterrizaje de un Boeing marcha atrás, con las economías solucionadas a medias pensé que lo demás vendría por añadidura durante un pausado acomodo.

Desembarcado en Montevideo apenas pasados los días de confusión y emociones, cuando mi asidua presencia dejó de ser sorpresa y habiendo visitado añorados rincones de la ciudad, una querida amiga me avisó que estaba vacante un grado cuatro de Sociología en una Facultad. Era claro que cubría el perfil exigido al candidato hipotético; con sentimientos cruzados, provocados por la ventaja de haber trabajado afuera durante años difíciles me presenté, convencido de que mi aporte sería útil en la nueva etapa de la enseñanza superior. Para mi asombro, casi de inmediato fui apelado por uno de los órdenes del cogobierno; se chimentaba que estaba financiado por una entidad extranjera y alguien –de quién insistieron en darme el nombre- llegó incluso a pedir por Cancillería antecedentes detallados de mis ingresos en Suecia. Sin batirme a fondo, debilitado por la sorpresa, tocado a fondo por una actitud impensable en las jornadas de lucha por la Ley Orgánica de la Universidad, acepté a regañadientes la incorporación de novedosas reglas de juego académico; otras actitudes de la gente me dije y reconocí que el trayecto hasta las aulas sería más azaroso de lo supuesto. Buscando compensar el tropezón con la enseñanza superior y el contacto desencantado con la realidad del desexilio, me concentré con tesón en el trabajo para el que había sido apalabrado.

El conflicto medular era la diversidad de materiales y la necesidad impuesta de hallar elementos comunes, cada caso era diferente formando episodios laterales de una trama que lograban hundirme en pozos depresivos. Recién ahora, alivianado del lastre semejante al arqueo de un sótano abandonado, comenzaré a vivir en mi país sin depender del recuento interminable. Un largo sueño donde el cuerpo descansaba sobre una superficie mullida en la Montevideo reconciliada mientras mi cabeza marchaba sin rumbo por un atlas demencial. Yendo y viniendo a lo loco de un país a otro, oyendo en el cerebro el sonido metálico de un fichero cerrándose con violencia dentro del cual se multiplicaban informes densos, abrumándome sin descanso mientras escalaba laderas en pendiente de cartulinas cuadriculadas, manuscritas con bolígrafos de colores diferentes para cada sector de información. Era pretender controlar una explosión, mirarla en su totalidad sin bajar los párpados, sin que ningún destello escape a la tentación. Debí deponer efectos haciendo de cada testimonio reciclado un cuento salido de una matriz común para explicar lo inexplicable, empezando por mí mismo y era la desesperación inadvertida por mis colaboradores. Me coloqué en la situación de recibir cuentos antiguos de siglos, trasmitidos de boca en boca, de pago en pago de la vieja Provincia Cisplatina; así avancé hasta que tuve sobre la mesa de trabajo las piezas de un puzle que debía armar sin conocer la figura que resultaría. Lo consideré aporte pertinente para defender mi estabilidad emocional, atajo que dio sentido a cuentos fantásticos que muchas noches me dejaron en vela con la menta vaciada y otras borracho con jaqueca durmiendo poco en un sofá incómodo. Bueno sería que cuando todo está terminado regresara sobre las base metodológicas de la mezcolanza publicada, ni a justificar conclusiones sobre las que sigo dudando, no es el momento. Que el libro se defienda solo si puede, esta noche que comienza lo visceral es el material descartado y recorte silenciado de la indagación.

-23h.55-

La historia excluida comenzó cuando coincidieron dos situaciones conectadas a mi investigación: la tarea relativa al trabajo de campo, el interés en un aspecto del proceso que me comprometía por haberlo vivido y pienso en el sentido de dispersión similar a la explosión de la nova enana en una esquina del universo. A cada paso avanzado, verificaba con estupor la multiplicación de lugares hacia donde disparó la gente eyectada de Uruguay. Extraña reacción me parecía, como si el instinto de preservar una memoria se hubiera impuesto un oscuro deseo de destrucción apelando al recuerdo de la fragmentación, partiendo la cabeza en miles de esquirlas. Había causas cercanas a la visión de la muerte personal y muertes humillantes de amigos en la soledad absoluta, otras rondando el miedo, asomaban explicaciones sociopolíticas a granel e infinitos temores de pellejos concretos instigando a la resolución nunca libre del todo de marchase bien lejos.

Esa lectura me dejaba insatisfecho por ser evidente, explicando la casi totalidad de los gestos de fuga excepto mi incomodidad carcomiéndome. Manejaba con información firme la conducta migratorio de especies y colectividad, en nuestro caso la resultante era una dispersión conduciendo a la soledad depurada y total. Sin molestos vecinos extraños salidos de películas de Polanski, aprendiendo las correspondencias del Metro debajo de capitales lejanas, calculando horarios de apertura de los grandes almacenes cuando comienzan las rebajas, diciendo agua según el acento del lugar donde nos acuciaba la sed. Pensar en ello era considerar mi propia liberación, buscaba incorporar a la explicación del proceso sucedido a los otros vergüenzas que me abrumaron cientos de tardes idénticas. En los salones impecables de comedores universitarios, refugiado detrás de lentes oscuros de ciego, sintiéndome mayor para estar ahí callado, mirando a jóvenes estudiantes nórdicas sacarse anoraks de colores mientras se acomodan sonriendo en las mesas centrales del salón; siempre amparado junto a los ventanales, sabiendo que el calor de los radiadores de energía atómica era distinto al del sol de la patria. Esta madrugada sigo siendo un exilado, guardo en el fondo de la mesita de luz los papeles de refugiado político desde el primero de los documentos sin haberme atrevido a quemarlos cuando decidí la vuelta al país. Ciertas noches los releo despacio por las dudas y preparándome para otra pesadilla de expulsión.

Mi caso considerando la incumbencia de mis recuerdos eran obstáculo en el proyecto de formular el paradigma de la matriz buscada. En la forma recordada de los relatos -según fui sabiendo a medida que me documentaba- quien cuenta asume la función y responsabilidad de ordenar los elementos, uno de los cuales resulta el mismo narrador y estaba sin fuerzas para organizar tanta desgracia acumulada por oleadas sucesivas. Desde entonces me preocupó la interferencia de la introspección, que disimulé de múltiples maneras empezando por la inutilidad de querer restarle importancia y comencé en consecuencia por aplicarme yo mismo el modelo. Los ancestros son de una aldea de Piamonte por la parte materna y de Mataró en la costa catalana por la paterna. En el corto trayecto de dos generaciones, hasta la ortografía del apellido familiar perdió algo en el camino; Batlló, Battló, Ballió… vaya uno a saber. Hace cien años era diferente al escrito en mi documento de identidad, la anomalía está en algún punto entre la parroquia catalana administrada por un mosén miope, mi abuelo analfabeto hijo de payeses con hambre de pan fresco y un funcionario sordo en un día de mal humor en los juzgados de la ciudad vieja de Montevideo a finales del siglo pasado. Es una conspiración enorme la supuesta en esa secuencia de hechos para creer que un apellido pueda sobrevivir tanto equívoco sin ser desvirtuado por la costumbre. Haber nacido aquí me dio a la vez una memoria limitada y dos otras genéticas encontradas por herencia, tirando cada una para su lado: “tiene la frente de los Batlló”, “pero las orejas apantalladas de la parentela italiana”. Me sentía el precipitado híbrido de una alquimia de migraciones, factor transitorio de experimento aproximativo a medio terminar. Por esa irreconocible pluralidad, cuando me llegó el turno de ser expulsado de la memoria sólo mía no busqué remontar el curso de las memorias familiares ni un profundo arquetipo de reconocimiento entró en crisis.

¿Cuáles fueron las razones por las que evité las dulces estribaciones del Piamonte y jamás subí a un tren que me llevara a Mataró cuando alguna vez llegué a Barcelona en condiciones favorables? Había al comienzo dificultades objetivas como para elegir con felicidad un destino siendo innegable un persistente aire de rechazo, siempre se es el extranjero en todas partes. ¿Por qué contradije una conducta inflexible de cualquier animal desde los elefantes a los salmones salvajes del Yukón? Era la versión invertida del mito de pueblo elegido, el designado para probar que era posible una diáspora disolvente. Prueba viviente de que los grupos humanos -en especial los orientales- pueden desaparecer de la crónica leve de los hombres y que el recuerdo nunca es de los otros. Es pasión ficticia e inicio de la muerte pretender vivir de memorias prestadas, en los antiguos cuentos el héroe es invitado a abandonar la aldea principiando la aventura imprevisible. A pesar de todos los caminos tentadores del viaje de iniciación hacia la maravilla, nuestro personaje guarda un recuerdo de aquello que escuchó de sus abuelos que a su vez lo oyeron del padre de su padre. Puede entonces encaminarse a la aldea A y también a la B pues a ambas las conoce a la perfección por cuentos recurrentes de la infancia. El actor de la trama armándose tiene un momento de duda, no es lo que puede decirse un A puro ni un puro B: es ciudadano C. Impedido así por X razones de permanecer en C decide marcharse, tiene que dirigirse a vivir en la aldea K, uno de los infinitos K porque K nunca será un punto final del trayecto: K es el mundo.

Hubiera sido cruel aunque atinado que a los indeseables nos hubieran enviado juntos al norte de Australia, como vinieron para aquí en masa italianos y españoles. Los anfitriones nos querían dispersos por la tierra para evitar reclamaciones diplomáticas; hubiera sido bonito, a pesar de la vigilancia y equidistancia sanitaria adecuada a los apestados, saber que ensayamos un mecanismo de integración donde proliferaban restaurantes Rodelú, zapaterías Nueva Montevideo, panaderías La Flor de la Curva y clínicas dentales Punta Gorda, el ghetto hacerlo de verdad hasta formar el Urutown de ciudades monstruosas. Ese proyecto faltó en la desesperación del abandono, ningún país nos dio un barrio para nosotros como en París hicieron con los vietnamitas adinerados; a lo máximo nos permitieron confundirnos con otros latinoamericanos que aseguran que somos melancólicos y nos apabullan con música de salsa bebiendo aguardiente de la caña de azúcar. En curioso proceso de obligación y decisiones inminentes hicimos como los pingüinos ante el peligro. Nos tiramos sin pensarlo de cabeza al mar yendo directo a la muerte, ahogando de una vez por todas la memoria de A más la de B, también la memoria de C y prontos a ser los K. En esa desbandada, quienes llegamos sin planearlo hasta las proximidad del frío polar no morimos de nostalgia, permanecimos congelados hasta que pasara el tiempo y empezara el deshielo bajo el sol conocido. Añorado en la desesperación de ventanales abiertos a terribles cielos grises, entre gente desconociendo la tibieza del solcito primaveral pegando en árboles ásperos de la plaza Matriz en la manzana donde flctúa la ciudad vieja de Montevideo.

-00h.31-

El trabajo consistía en el encuadre estadístico de consecuencias siendo la traducción de lo incontable al paradigma, algunas tardes olvidé las verdaderas causas del desastre que intentaba ordenar como si maniobrara con la contabilidad de una mercería de barrio. Otras, tampoco tenía claro a cuáles consecuencias me refería y la pregunta reiterada fue si era posible rearmar una memoria colectiva dispersa. Era observar un escritor a quien, camino de la editorial, se le caen de las manos los folios sueltos de una novela sin encarpetar ni numerar en medio de una plaza cruzada por una ventolina rapaz haciendo volar las holandesas errantes. Pasada la primera impresión, en el momento de reconocer la página inicial del manuscrito anegada en un charco sucio, el malogrado autor sabe que será imposible reescribir la novela ni recuperar la totalidad de hojas poseídas arremolinándose cerca suyo, exoneradas de la continuidad impuesta por el argumento. Sentado en la vereda el escritor tocado por la fatalidad se resigna a la casualidad que le reintegra hojas aleatorias a su alrededor. A paseantes comedidos que le devuelven minucias del botín del viento sur, acepta recobrar fragmentos inconexos, leyendo como si fueran de otro las frases incompletas, intuyendo en tres palabras finales presuntas oraciones estupendas y acreditando por ausencia la añoranza del valor raro del texto perdido para siempre.

Siendo uno de los fragmentos de la memoria, diseñé con perfección maniática y envié por correo certificado a cientos de personas un juego de formularios, inspirados en un programa de estadística social que compré en Londres hace mucho tiempo. Ello sucedió en una oficina siniestra de la calle Misiones, alquilada en nombre de la Fundación solidaria compartiendo piso con rematadores, consignatarios de ganado, asesores de marcas y patentes; allí realicé durante meses cientos de entrevistas, leí miles de cartas, evalué testimonios y escuché. Algunos datos quedaron consignados en artículos dispersos, sendos adelantos de la investigación en marcha y que serían para informes parciales con resultados provisionales, balances aproximativos, aciertos y errores a lo largo del camino.

Otras veces, la propia tangente del trabajo y el armado dificultosos del tramado nos reunía en asados fervorosos, organizados con regularidad entre gente en situación parecida, encuentros donde niños forzados a ser orientales por la tenacidad volvedora de los padres, jugaban a la pelota pronunciando interjecciones políglotas como si se tratara del jardín de infantes de Babel. Los veteranos sentíamos un agradecimientos cauto por estar juntos, removiendo brasas del fuego patrio, templando la piel del vientre igual que tamboriles antes de la llamada del Cordón. Vigilando la altura de la parrilla y la cocción de las achuras, comentando cómo es posible que los carniceros del resto del planeta corten el costillar del novillo de manera distinta a la criolla, que tiene la perfección de la evidencia. En estos cruces mundanos de cielitos recuperados y noticias atrasadas dejaba de ser el encuestador autorizado en misión. Con unos vinos soltaba la lengua reclamando sin decirlo el derecho a contar mi propia experiencia, gesto que por función circunstancial -sabida por los otros invitados- me estaba relativamente prohibido. Intentarlo hubiera sido mal visto y desubicado, de hecho fui el depositario de confesiones embromadas de verbalizar, siendo la persona en quien hicieron confianza para contar la bueno y lo peor vivido lejos del terruño.

El mareíto buscado mediante los whiskies del aperitivo me dejaba un margen respetable de temas para conversar sin herir susceptibilidades de compañeros encuestados por mí. Uno de los sábados en cuestión, después del almuerzo, ahíto de achuras, carne y ensalada andaba medio abombado caminando de un lado para otro en el inmenso fondo de la casa que tocó ese día para la reunión. Deambulando sin objetivo con un vaso de vino tinto en la mano, sonseando con mis cositas, dándole vuelta al avance del proyecto que acometía los últimos meses y empezando a preocuparme por el futuro personal, digamos que estaba envejeciendo. Al rato me senté a la sombra de un ceibo reventón de inconfundibles flores coloradas, en una hamaca de metal pintada de blanco. Esas que tienen un toldito plegable de lona verde pálido de restaurante vegetariano y almohadones duros, pesados, desacomodados en sus juegos de volúmenes sin los botones del centro. Estaba pronto a sucumbir a la tentación de una siesta de aquellas cuando advertí que se acercaba una mujer, lo primero que me llamó la atención fueron sus zapatos negros de taco bajo, muy cerrados para el mes en que estábamos, como si buscara aprisionar los dedos de los pies.

Ella dijo “se puede” y sin esperar otra respuesta que mi mano levantada con el vaso de vino se sentó a mi lado. A pesar de su cuidado los fierros de la estructura igual se resintieron, haciendo oír el contacto de un cuerpo extraño y la hamaca, acostumbrada a mi peso, durante unos minutos intensificó por inercia su movimiento. “Hace días que llevé el formulario bien completado a la calle Misiones. Quédese tranquilo, puedo distinguir entre horas de trabajo y de descanso.” La última evaluación de la mujer me pareció ambivalente, ella reconocía el valor de mi tarea considerándola a la vez poco menos que una tontería burocrática. “Me llamo Ivón, soy enfermera, fui enfermera. El formulario once setenta y siete, original y tres copias. Le jugué varias veces a la quiniela sin suerte. Quiero contarle una historia de la que fui testigo en un hospital donde trabajé cinco años, tres meses y siete días. Es la primera vez que me animo a hacerlo, estuve tentada de escribirle una carta pero después de pensarlo me dije que era absurdo, si la historia quedara por escrito sería apenas otro dato a considerar. Quiero que guarde su condición de mentira piadosa y cosa oída perdiendo la aureola de secreto saliendo de la muerte, hoy que tenemos un sol tan bonito para que el olvido tome aire. A usted lo reconocí en cuanto llegó, asistí a una mesa redonda en la Asociación Cristiana donde participó con tino, discreción y prudencia. El formulario me lo hizo llegar uno de sus colaboradores. Vengo poco a estas reuniones a pesar de ser una vieja conocida de la dueña de casa, de cuando había confiterías elegantes en la avenida 18 de Julio. Le dio duro al tinto durante la comida, en esas condiciones quiero aprovecharme, sorprenderlo con la atención en guardia baja y modorra digestiva. El lunes me negaré a repetir cualquier cosa que pueda decir ahora así que trate de no dormirse.”

Levanté por segunda vez la mano con el vaso de vino ahora vacío en señal de asentimiento resignado. La había mirado una sola vez de frente y acomodé mi cuerpo de perfil fijado en la voz sin distraerme en minucias dispersantes. Miraba hacia un frente indefinido y ella se acomodó en uno de los rincones de la hamaca. Yo veía el grupo de gente allá lejos figurándome una escena campestre para un acuarelista inglés aficionado, hice el gesto simiesco de tomar la última gota del vaso vacío. Al querer dejarlo sobre el monolítico vi que junto a la pata de la hamaca había una botella de vino abierta sin tocar. No recordaba haberla traído y era de mi bodega preferida como lo venía probando desde hace tres horas, me serví un vaso tan lleno que me obligó a llevarlo hasta los labios con sumo cuidado. Cuando la cota de tinto dejó de ser peligrosa entre mis manos recosté el cuerpo en el respaldo dejándome caer admitiendo la fuerza de una trampa.

La hamaca recomenzó a balancearse creo o era mi cabeza que daba vueltas a lo ciego. “¿Tiene alguna idea por dónde cae un lugar llamado Eskimo Point?” Las dos palabras finales de la mujer sonaron con la distante premeditación del título rebuscado de un relato exótico, sólo por eso jamás iré a Eskimo Point. Es seguro que a la historia contada aquella tarde por Ivón le recorto detalles decisivos, seguro que olvidé circunstancias dándole sentido secreto al relato, agregué matices aleatorios de mi propia cosecha convencido de su existencia al suceder los hechos. La memoria es cualquier textura temporal excepto algo vinculado al presente y está acechando en el futuro.

-00h.58-

Mientras avanza esta noche irrepetible durante la madrugada del ego satisfecho -tan propicia a marchar contracorriente- sólo ante el zumbido de la Macintosh soy el viajero a quien correspondió en suerte contar su historia para entretener a los peregrinos fatigados en la ruta del regreso. ¿Qué harían los caminantes los minutos inmediatos después de ver pendular el botafumeiro de la nave central en la catedral de Santiago de Compostela? La mujer cuya voz llegó con el desarreglo del vino es parte del cuento que incluye un narrador y una enfermera de nacionalidad Oriental frisando la cincuentena resultó ser la intermediaria que la historia se procuró para sobrevivir. ¿Qué delicadísimo bordado de palabras brujas pudo que, tres días sin fecha anegados en el discurrir del mundo resistieran la avalancha de hechos, el aturdimiento de gritos que precipita al olvido? ¿Cómo hizo para desplazarse en el espacio, volar por encima del tiempo nublado hasta infiltrarse entre estentóreas sentencias de la Historia grandilocuente, novelas prodigiosas de extranjeros y disponer escribirse ella misma en la noche que avanza?

La situación me recuerda a los enfermos que pasan años en estado de coma y en quienes una perceptible actividad eléctrica de la corteza cerebral diferencia la vida de la muerte. Sería irrisorio presentar lo sucedido con la apariencia de informe estando plagado de inexactitudes, en inadmisible egoísmo tampoco la quise comentar a mis amigos escritores, temeroso de que la esencia terminara estropeada por circunstancias forzadas y esa nada sucedida resultara una versión deformada de la verdad. La sola idea de ser otra articulación necesaria para el proceso de supervivencia narrativa me aterroriza. No soy yo, es ella quien cuenta y quedo fuera por segunda vez a pesar de que sean mis diez dedos transcribiendo sobre el teclado.

-01h.43-

“En la prehistoria de nuestro presente, en la corta era de una vida mi situación estaba distanciada de los barullos políticos. Ya ve usted, las definiciones pierden pureza… pasado el tiempo terminé actuando en solidaridad con el dolor compatriota como una militante cercana a las ideas de Enrique Erro. La crisis profunda atravesaba mi departamento de la calle Cavia en Pocitos, después de doce años de matrimonio y habiendo vivido bastante de esos años en mutua demolición con mi marido un buen día decidí divorciarme. Como dicen en las películas de vaqueros, sentía que el pueblo era demasiado chico para que pudiéramos vivir los dos para compartir el Saloon.

“A mis cuarenta años cumplidos me hallaba en una situación por lo menos irregular, la vida continuaba igual de inocua menos un marido, odiarnos con lenta pasión y hacer el amor habían quedado atrás en los calendarios. Pasé meses de dudas y miedos anexos a la separación y al ocurrir fue decepcionante por la ausencia evidente de secuelas terribles. Viví los primeros tiempos en tonta resistencia y mentalidad de viuda, luego maticé una serie de aventuras con amigos cercanos a la pareja y compañeros de trabajo dispuestos a esporádicas sustituciones sin compromiso. Creía hacer algo novedoso, pero entendí que me acostaba con hombres conocidos desde la misma época que estábamos ennoviados con mi marido, en algunos casos desde más atrás, lo que era una manera de continuar casada y decidí divorciarme en serio.

“Por consejos de allegados, oídas casuales de anécdotas en el sanatorio y la necesidad de renovar emociones, sin darme cuenta me encontré un día llenado extensos formularios en los consulados de Australia y Canadá, lo que para una mujer de mis características equivalía a planear una excursión a Ganimedes. Careciendo de estatuto político en peligro así como de apremios económicos y de la juventud requerida por los planes de partida, a los funcionarios debió desalentarlos mi relativa indiferencia durante las entrevistas. La falta de ansiedad por parecer simpática a los reclutadores y deseosa de contribuir al desarrollo triunfal de sus respetivos territorios. Les decía -sinceramente- ignorar la causa por la que deseaba irme lejos del país, se los repetía hasta desconcertarlos e incluso pidiéndoles asistencia para que me tentaran con los encantos irresistibles de aquellos países; me convencieran de que no tenía más nada que hacer en la Banda Oriental.

“El impulso buscado en los consulados, imperioso al principio de la separación como la compra de ropa interior seductora, pasó y llegué a olvidarlo. Una parte mía estaba resignada, aceptando que era tarde para intentar un cambio radical de vida. Sólo podía aspirar a mudanzas parciales, cortarme el pelo, ponerme a estudiar inglés en el súper intensivo de la Alianza, ir a todos los espectáculos teatrales en cartelera como no hice de casada. Comenzar a saltar con otras veteranas rellenitas sobre un piso de tablas en Pocitos, al ritmo de Bee Gees y vestidas con equipos Adidas fluorescentes. A pesar del movimiento agitado en la superficie mi cotidiano seguía transcurriendo en un vértigo insulso que debía tener algún sentido secreto.

“Fue cuando llegó la carta firmada por el administrador de un sanatorio evangelista de Toronto. El responsable decía que, luego de haber considerado el dossier profesional estaban interesado en mí si bien por el momento no había plaza disponible que correspondiera a mi perfil. Al menos, insinuaba, que me interesara trabajar en una clínica dependiente de su organización y recién inaugurada en Eskimo Point. Sin agregar información sobre el proyecto expansionista les parecía evidente y normal que yo conociera el lugar mencionado. Por el tono del comunicado supuse que Eskimo Point era lo bastante lejos e inhóspito como para desanimar a las enfermeras de Toronto. Las condiciones laborales, querían ser sinceros en la eventualidad de que estuviera interesada, eran más “complejas” de lo habitual. En consecuencia, ofrecían un salario suplementario al año más otra serie de beneficios menores para la instalación y que considerados desde aquí no eran nada desdeñables.

“Cuando terminé de leer la carta por segunda vez entendí que tenía en mis manos la única propuesta de trabajo que, dada mi edad, recibiría del extranjero. La última oportunidad de llevar a la práctica lo que teoricé con amigos, amantes, todo ser dispuesto a escuchar la incontinencia verbal sobre mi ida de país, también con mi ex con quien almorzaba cada tanto y resultó mejor amigo que marido. La carta entreabría una última puerta de salida poniéndome en situación de estar obligada a decidir en pocos días. Era de no creer: esperé a firmar el compromiso en el consulado canadienses, tener pasajes confirmados en la cartera, pasaporte nuevo y luego de liquidar los asuntos vivir los últimos días en casa de una amiga, para buscar una noche en un Atlas a escondidas el destino que me tocó en suerte, el lugar designado para la aceleración de comenzarlo todo nuevamente.

“Usted sabe cómo se viven esos días previos a un largo viaje, puede entender mi estado de ánimo de entonces sin que comience con divagaciones. Algo en mí se relacionaba al espíritu de conquista, superando el miedo de marchar tan lejos debía explicar una resolución rotunda de mi vida monótona de la cual era la primera sorprendida. Lo admitiera o no estaba implicada en una aventura colectiva. Era tener un tío carnal llamado Mario viviendo en Alice Spring y que para no sentirse solo en el desierto, primero hace viajar un cuñado, después la familia y así sin detenerse hasta la seducción distante del barrio de la infancia. Desterrada sin papeles era una mujer condenada antes del proceso, un despilfarro incomprensible en aquellos momentos.

“La patología de la lenta integración puede suponerla, usted conoce el empecinamiento por hacerlo pronto como si la velocidad perturbadora de entender el nuevo sistema pudiera ser remedio y bastara la inseguridad de alejarse del pasado acumulado millas aéreas. Quería olvidar por el recuerdo de la asfixia, mi cabeza habituada a lidiar con cuerpos moribundos, descreída de tantas cosas en razón de una serie de fracasos se adecuó pronto a la nueva circunstancia, aceptando vivir días cortos sin la hermosura de una primavera soleada. Agradecía el silencio glaciar del universo que me rodeaba y de la gente, el idioma diferente sin puertitas de emergencia para pasar las confidencias. Reconocí el desinterés de los vecinos por conocer mis orígenes y cuando en un encuentro alguno me interrogaba agradecía su ignorancia haciéndole creer, dependía del día, que nací en plena amazonia entre antropófagos, en la cordillera de los Andes… dependía.

“Allá el universo es bosque infinito de árboles gigantes, tráfico intenso de barcos escoltados de gaviotas chillonas a pocos metros de los muelles de madera petrificada. Hallé refugio en el trabajo intenso, cargándome de guardias dobles con el propósito de quedarme sin tiempo para reflexionar sobre el pasado. En el hospital hice amistad con una española oriunda de Albacete que durante meses fue la única relación cercana a lo humano, le diría que la excusa para comprar un contestador automático. A consecuencia de la dedicación exclusiva, al poco tiempo crecieron los ahorros tanto como la estima profesional, parecía mentira que lo uno y lo otro llegaran con naturalidad, sin temor a un algo que arruinara ese idilio con la vida. Entonces viajé muchísimo, subí a más trenes y aviones de compañías regionales en veinte meses que todo lo hecho en más de cuarenta años. No lo quise así pero el correo con el Uruguay disminuyó en forma progresiva. Entre huelgas, violaciones de envíos y olvidos, de una abundante correspondencia que recibía recién llegada a Eskimo Point, pasé a cuatro destinatarios fieles.

“Ignoro como sucedió, alguien de nuestra colonia en Toronto consiguió localizarme y comenzó el envío de información sobre las actividades de una asociación compatriota. Acusé recibo como corresponde a una persona educada, mandé cheques cuando hicieron falta para ayudar a gente que llegaba destrozada. Con la misma firmeza esquivaba participar en encuentros de camaradería, temerosa de una indigestión de nostalgia y discursos encendidos con una mecha larga de veinte mil kilómetros. Esa precaución era la forma de evitar que alguien descubriera mi transformación en una matrona de hospital como mi amiga de Albacete. Por uno de los envíos que venían firmados por un tal Lucas que nunca conocí, supe que otros cuatro orientales vivían en la región de Eskimo Point. En la postdata el informante de disculpaba por la falta de detalles precisos pensando en una eventual localización. A partir del día siguiente, entre sorprendida y curiosa por mi iniciativa me hice el propósito de conocerlos, sin excesiva angustia pero ansioso como una muchacha me di a la tarea de localizarlos.

“Así por unos días, pero a medida que agotaba fuentes de información más incierta parecía la existencia real de los compatriotas. La gente del lugar, en un radio que aumentaba con voracidad daba direcciones o teléfonos que resultaban de panameños, polacos, camboyanos. Luego de siete intentos adicionales concluí que todo era un error desde el principio, fantasmas imaginados. Le cuento esto de entrada, porque una noche que estaba de guardia sucedió un hecho incontrolable. Mientras pasaba mi hora de pausa en la cafeterías de la clínica leyendo una revista de chismes sobre las estrellas de cine, Malcom se paró a mi lado. Era un negro inmenso salido de un equipo de básket profesional que coordinaba con endiabla eficacia el sistema de guardias del sanatorio. Llegó y dijo “pronto hispanish”.

-02h.23-

“Quería decir que en urgencias se requería la presencia de alguien que hablara castellano, fue forzoso que me levantara de inmediato y callada caminé a paso de practicante veterana al lado del negro por el corredor llevando hasta los ascensores. Una vez adentro del montacargas de camillas Malcom me entregó la ficha médica del paciente ingresado. De acuerdo al internista de la mesa de entrada, hacía diez minutos se había presentado en el pabellón en estado desesperado Juan Antonio Lavalleja. Tiene razón en lo que piensa: releí el nombre como si tuviera en mis manos un manual de historia patria para escolares. Me conmovió pues salvo error imputable a Dios, ese nombre evocaba alguien nacido en nuestro país, una variante de reencarnación fonética del jefe de los 33 orientales; y a medida que el ascensor bajaba hacia el encuentro frustrado las últimas semanas mi corazón se aceleraba.

“El pabellón C estaba reservado a enfermos de cáncer terminal para quienes no hay tratamiento que valga. Recuerdo que entré en la habitación con espíritu perturbado, lo primero que vi fue tres hombres que tenían en las manos gorras marineras de lana; en la cama estaba tendido el cuarto hombre, era calvo y presentaba la palidez de cuando la muerte acelera. El resto del cuerpo estaba asaeteado por cánulas y agujas sostenidas al pellejo inconsistente por tiras de esparadrapo blanco. Diversas tuberías de caucho formaban un sistema de irrigación exterior al cuerpo, el funcionamiento estaba conectado a máquinas con gráficas verdes en monitores de pantalla fluorescente, que editaban líneas coloradas sobre pliegos de papel milimétrico. Por primera vez desde mi llegada a Eskimo Point los instrumentos que utilizaba para trabajar eran objetos ajenos a mi vida, agresivos.

“En cuanto los vi lo adiviné todo, nadie tenía que decirme nada ni explicarme, sabía que eran ellos los señalados por Lucas de Toronto; por la misma intuición e informante ellos sabrían de mi existencia en la región. Era claro que nunca intentaron conectarme desde entonces, por un segundo pensé en decirles “y a este qué bicho raro lo picó”. Sería inadecuado dadas las circunstancias, menos quería presentarme como tonta distraída, deseaba que me reconocieran sintiéndose mal por haberme evitado escondiéndose de mí. Había pensado muchas veces la alegría posterior al encuentro y la manera en que llegarían los recuerdos comunes, había manejado para mí las posibilidades de la primera entrevista menos la real, excepto la verdadera que estaba sucediendo. Ahí tirado en la cama había un hombre moribundo, opté por ir frontal al asunto sin rencor diciendo: “son más difíciles de cruzar que marido millonario”. Uno de los tres hombres de bigote espeso como no se usa me miró con expresión de cordero degollado y dijo: “perdoná gorda, Juan Antonio pasó los últimos meses muy embromado de salud y se nos viene quedando.”

“La historia result***iguió. Te necesitamos Ivón, n ó simple siendo cuatro amigos que tenían un taller de chapa, pintura y mecánica por Gaboto y Gonzalo Ramírez en la zona sur de Montevideo. Según fueron contando eligieron el barrio para estar cerca de la Escuela Industrial donde los cuatro estudiaron siendo muchachos; cuando se conocieron y desde los primeros días de clase andaban juntos para todos lados, sabiendo que seguirían inseparables por siempre. Pasados los años de formación en el oficio llegó el momento de abrir el primer taller propio, estaba cantado y les preocupó más el nombre que le pondrían antes que juntar una clientela que daban por descontada. El primero que se les ocurrió fue “Los tres mosqueteros” por la evocación de la aventura y manido juego con el número de integrantes; en conclusión les pareció adecuado para una fiambrería, tal vez agencia de quinielas. Tres de ellos venían del interior, de Rivera, Tacuarembó y Flores, sólo Juan Antonio había nacido en la capital. Con ese panorama telúrico y un poco de audacia, resignados a la pregunta tonta que les harían varias veces al día decidieron bautizar el taller “Los tres gauchos orientales” tomando el nombre del poema de Antonio Lussich. Fue una solución aceptable y consensual si bien echaron de menos la presencia un vocablo de connotación mecánica en tan insólita denominación.

“El resto de la historia la conozco mal y ellos decidieron que la supiera hasta ahí nomás. Según parece los cuatro gauchos orientales tuvieron parte activa en la preparación mecánica y estética de los autos utilizados en aquella famosa fuga de los tupamaros de la Cárcel de Punta Carretas. ¿Se acuerda? Pues bien, como el suceso ocurrió en los primeros tiempos de la crisis y antes del golpe de Estado, cuando los detuvieron, gracias al resto de legalidad que circulaba en el país y la tensa cuestión de competencias entre justicias civil y militar les cayeron condenas cortas. Entre el día de la liberación y el aviso de que quedaban comprendidos bajo el sistema de medidas prontas de seguridad, con obligación de presentarse a firmar al cuartel del Buceo cada lunes a las seis de la mañana, una noche cruzaron en auto la frontera con Brasil. Siguieron de largo sin parar hasta Río de Janeiro, dieron con la oficina del Alto Comisionado para refugiados de Naciones Unidas y de allí a las cuarenta y ocho horas vuelo directo a Canadá; de preferencia a una región del gran norte donde no tiraran los autos de cinco años a cementerios de chatarra, los radiadores de calefacción funcionaran doce meses del año, se empastaran bujías, carburadores de motores fuera de borda y las sierras eléctricas se trancaran de repente por fallas del sistema eléctrico en medio de los bosques.

“A los pocos días de haber llegado al refugio asignado por un diligente funcionario, la manualidad probada y la astucia para resolver problemas mecánicos les permitieron instalarse con un mínimo de comodidades, tener trabajo asegurado y sobrellevar una vida sin sobresaltos. El nuevo taller se llamó “Punta Carretas”, barrio elegante de su ciudad de origen decían, que por debajo de edificios suntuosos seguía “oliendo a troperos desconfiados y con sueño, a bosta de yunta de bueyes”; a otros más crédulos les decían que homenajeaban un famoso hotel casino sudamericano, especie de Hollyday Inn del Sur con todas las comodidades a las que aspira un viajero de paso incluyendo un centro comercial con cientos de locales. Yo, que los había buscado por cuanto rincón pude los tenía delante mío como pollos mojados. El gaucho montevideano se moría sin remedio y nada podía hacerse para salvarlo, como supimos desde el comienzo de la consulta.

-Se muere sin remedio, dije sin mayor trámite, al estilo Albacete. Vivirá apenas un par de días.

“Los tres quedaron pálidos, callados y rabiosos como si creyeran sin aceptar estar ante la última recaída, esos hombres curtidos por la vida puchereaban como chiquilines. Ellos, que desarmaban en una mañana el motor de un barco de pesca estaban impotentes ante las fallas irremediables del mecanismo querido y que se pudría sin retorno hora tras hora. Nada podían contra la muerte, sin embargo la obligaron a una última pulseada antes de aceptar la derrota. Eso sucedió en julio de 1978, como para olvidarlo.

“Juan Antonio se despertó confundido por efecto de los somníferos que le suministraron cuando ingresó al pabellón de los terminales y apenas movía los ojitos.

– ¿Es la gallega que labura en el hospital?, preguntó.

-Tranquilo Juan, es la otra enfermera. La auténtica criolla que nos dijeron y con el defecto de ser bicho urbano como vos.

-Qué metida de pata, avanzó el enfermo. Encantado de conocerte… perdonarás la facha, por casa las cosas se complicaron, en lo personal digo.

-Es un jodón de primera, este Juan siempre igual, acotó uno entre ellos.

-Ahora déjenlo descansar, que buena falta le hace, dije.

“Con un gesto severo ordené a los hombres que salieran de la sala. En el corredor cuando escuchamos el brazo neumático sellar la puerta el de Tacuarembó se acercó para hablarme sin rodeos.

– ¿Se muere de verdad?

-Si, le respondí.

-Tiene que morirse contento, afirmó.

– ¡Pero qué me dice! Contesté, imponiendo de entrada un tratamiento distante y en guardia por lo que pudiera llegar luego, con la forma de una imprudencia de cualquier tipo producto de la desesperación.

“Fue como si yo no hubiera hablado.

-Tengo un plan, siguió. Te necesitamos Ivón, no podés fallarnos.

“Ese fue el comienzo de mi complicidad en una conspiración inofensiva que con perspectiva de años dejé de juzgar, sólo sé que ayudé a adelantar la muerte de Juan Antonio y sin arrepentirme. El plan de Isabelino tenía la descabellada belleza de las improvisaciones, era grotesco y tosco en su esencia. Logró emocionarme desde el primera momento tamaña muestra de amor para el amigo frente a la que fue imposible negarme.

-Primero hay que doparlo, dijo Isabelino que hablaba sin dirigirse a mí, como si en vez de consultarme estuviera dándome instrucciones.

-Dopado está, respondí cortante e inflexible. de otra manera estaría en un grito.

-Más, hay que doparlo más, hasta que pierda la lucidez, dejarlo medio bobo.

-Eso puede matarlo, comencé a decir.

-Ivón: Juan Antonio está muerto, argumentó el hombre mirándome a los ojos y le faltó sacudirme de los hombres para hacerme comprender esa verdad irrefutable.

-Es cierto, atiné a contestar aceptando cualquier cosa que viniera después.

-Con más razón hay que doparlo.

-Me niego rotundamente.

-Vos primero escuchá. Si no estás de acuerdo se hace como digas… pero antes escuchá.

“Le decía hace un rato que sucedió en julio de 1978, como siempre las fechas son importantes, fue durante el mundial de fútbol que se jugó en Argentina en plena dictadura de Videla, cuando algunos relatores miserables decían que los argentinos sin excepción eran derechos y humanos. Uruguay perdió de forma vergonzosa las eliminatorias previas y quedó afuera de las finales; pero al Isabelino se le ocurrió que el regalo para el amigo moribundo, mejor que el consuelo de la verdad religiosa revelada descreída y una conversión a la causa perdida in articulo mortis, era obsequiarle un campeonato mundial de fútbol color celeste puro.

“A Eskimo Point llegaban pocas noticias referidas al fútbol, salvo esos cuatro o algún que otro latino perdido en ese andurrial del mundo conocido, el campeonato mundial era indiferente al interés de la mayoría de los habitantes y hubo que esperar la guerra de las Malvinas para que supieran la existencia de un país llamado Argentina. Previendo el vacío de información Isabelino compró una Grunding transoceánica y seguía el campeonato partido a partido a pesar de todo.

-Tenemos que darle la última alegría con la final, para ello necesitamos que esté dopado y la escuche en sueños.

-Pero si ni siquiera fuimos, por favor… le dije.

– ¡Sí que fuimos Ivón! Sos vos la equivocada… fuimos, nos clasificamos con la fusta debajo del brazo y mañana, con toda la tribuna en contra jugamos la final en el estadio Monumental de Núñez, ¿entendés?

“Ninguno de los otros discutió la iniciativa y lo vi tan excitado que preferí callarme. De inmediato se acercaron a la cama de Juan Antonio y comenzaron a hablarle con la mayor naturalidad, tomando la internación como si se tratara de una congestión pasajera mal curada.

-Justo ahora se te ocurre andar mal… vas a tener que disculparnos por una vez, mañana de tardecita vamos a fallarte. ¿Te acordás cuando te decía que a pesar de toda la mierda que pasa allá le tenía fe al cuadro? Para empezar, me debés una botella de Canadian Club. Si mal no recuerdo largaste, como a vos te gusta, muy sueltito de cuerpo, que ni llegábamos a los octavos de final. Bueno: para vos y otros contras como vos, mañana de noche hay final contra los porteños en Buenos Aires, jugando de visitantes como nos gusta para agrandarnos.

“Al Juan Antonio, que no recordó haber apostado ninguna botella de nada se le iluminó la mirada, lo milagroso es que había decidido creer. Al borde de la muerte, la idea de Uruguay disputando la final era un disparate tan enorme que terminó por aceptarlo. Las debilitadas defensas del moribundo se desarmaron por esa carambola fantástica a tres mil bandas, el contraataque de la muerte pareció tenerlo sin cuidado.

-Nos van a cagar a pelotazos, comentó con una voz que buscaba decir lo contrario.

-Dale con eso… Vos tranquilo, aquí la compañera Ivón que prometió una pascualina para cuando salgas de esta, y a riesgo de perder el laburo salteándose los controles fijados por el ñansa que vimos hace un rato nos dará una mano. Mañana te traeremos la radio portátil así no te perdés detalles. ¿Te sirve Juan?

“El muerto sonrió, Juan Antonio tenía por delante un inconmensurable proyecto de noventa minutos para la exigua revancha después de tanto fracaso acumulado. Distrayendo hora y media a la muerte, haciéndole un dribling pizarrero sobre una baldosa del área del purgatorio. Más intenso que el cáncer que segundo a segundo mataba las células una a una, le dolía no haber tenido la oportunidad de volver ni una vez al país y caminar por Gonzalo Ramírez mientras amanece. Pasar delante del portón de la Escuela Industrial, pararse a prender un cigarrillo frente a la entrada condenada de lo que fuera “Los tres gauchos orientales”.

-03h.14-

“Ese loco tenía razón en cuanto al peligro de mi puesto de trabajo, si por casualidad llegaba a destaparse la maniobra, más bravo que la falta sería explicar la verdadera naturaleza de la infracción. El puntapié inicial se daría al día siguiente a las siete de la tarde, que allá en Eskimo Point es noche cerrada. Media hora antes, mi tarea dentro del complot consistía en administrarle a Juan Antonio una sobredosis de poderosos sedantes, dejarlo al borde de la conciencia y la credulidad.

“Como le decía, después de tantos años pienso en lo hecho aquello sin arrepentirme, durante el día señalado organicé lo necesario al plan con habilidad y desparpajo desconocidos en mí; argumentando solidaridad compatriota dadas las circunstancias alteré el sistema de guardias de la jornada. La propuesta se admitió sin reparos ni la menor sospecha, expliqué que por motivos laborales de los amigos el paciente debía pasar la noche solo y me permitieron acompañarlo unas horas. Malcom se portó de maravilla, a Soledad que algo sospechaba le prometí contarle los detalles más adelante; ella jamás me preguntó ni mu sobre lo sucedido esas horas.

“Al otro día, una vez terminado el revuelo de las visitas permanecí en el cuarto de Juan Antonio. En una cartera grande pasé el equipo de recepción, cuando estuve segura de que nadie entraría en la sala hasta la mañana siguiente lo escondí bajo la almohada. Hasta donde podía Juan Antonio seguía con la mirada cada uno de mis movimientos, en un momento acerqué mi oído a su cara y escuché “parece mentira gorda, ojalá tengamos suerte. Lo que será Montevideo a esta hora. Es mentira que aposté una botella de whisky, el Isabelino no da puntada sin nudo”, escuché y vi lágrimas perfectas que dejaban una traza salada por su cara huesuda.

“Le acomodé la cabeza en la almohada y gradué la luz en la intensidad adecuada para permitirle proyectar en la pared las imágenes que él quisiera. Coloqué el aparato entre los blancos de las telas, en entresijos de sábanas almidonadas, como si fuera otra aguja de sueño le acomodé en las orejas dos audífonos diminutos, por los que llegaría el goteo de otra solución al cien por ciento de palabras.

-La conexión está prevista para dentro de pocos minutos, le expliqué hablando despacio haciendo lo posible por convencerlo.

“En otro cuarto del piso superior sin pacientes pues estaban arreglando ventanas y el sistema de calefacción se refugiaron los amigos, abrigados con camisas a cuadros de leñadores, bufandas de lana y gorros calados de pescadores para protegerse de un frío parecido al de la intemperie. Eran tres polizones orientales en la aséptica noche del hospital, habilidosos en cuestiones electrónicas decidieron el plan de trasmitirle al amigo moribundo la verdadera final de la copa del mundo. Con el correr del tiempo fui adivinando la distribución de tareas.

-Cuando jugaba al fútbol allá en mi pueblo natal –comentó una vez Agenor el gaucho de Rivera- trasmitía el partido desde adentro de la cancha y más me gustaba cuando yo tenía la pelota. Al principio lo hacía para darme ánimo y meterme en el juego, después descubrí que eso volvía locos a los contrarios: queridos radioescuchas de ambos lados de la frontera, la toma Agenor con la pierna izquierda y hace rodar el esférico, cambia para la derecha, la pisa con pasta de crack y como hacen los que saben levanta la cabeza. Ve venir al colorado Da Costa trotando por el terreno igual que un bagual desbocado y lo esquiva, justo cuando el taimado pelirrojo tira un tremendo patadón ¡con toda la intención de quebrar en tres pedazos la zurda prodigiosa del príncipe Agenor! le erra de puro animal y queda chupando… Cuando relataba los goles de mi cuadro hasta el juez quedaba caliente como un brasero, así que me animé a trasmitirlo. En cuanto calentara la garganta estaba hecho.

“Isabelino sería el responsable de introducir comentarios sagaces a lo largo del partido, el vasco Echavarren se encargó de la locución comercial y que nada pareciera improvisado. En unas pocas horas los tres hombres reconstruyeron de memoria un universo de palabras olvidadas formado de retazos descoloridos, igual que si la proyectada final fuera a jugarse con una pelota de trapo remendada cientos de veces. Rescaté de un placar el viejo ejemplar del diario El Día con el aspecto de un rollo del Mar Muerto y sobre el que ellos se abalanzaron como si fueran la descendencia de Abraham; entresacando nombres de uno y otro ejército, agregando epítetos heroicos de un poema extraviando, buscando fórmulas verosímiles. Agenor sería el aedo del tiempo electrónico, vidente a ciegas que contaría la epopeya imaginada; para lo cual preparó un relato dividido con vacíos y minutos, donde se sucedieron trampas que divierten a los dioses, otros peligros acechando el campo de batalla, las adversidades de goles contrarios, una agonía por herida certera en muslos untados con linimento, expulsiones infundadas decretadas por árbitros venales. La progresiva venganza, hasta el logro de la victoria final con cánticos y libaciones por tres días consecutivos con sus noches respectivas. Isabelina sería el comentaristas de la patrística que objetivo sin contrariar la doctrina dominante, establecería para la posteridad la edición crítica definitiva con introducción, comentarios y notas.

“Lo más fuerte de aceptar sin charrúas, sin garra absurda, sin levante era que no se trataba de una broma sino del juego desesperado implicando al amigo de toda la vida para ayudarlo a morir, inventarle que pasara las últimas horas en alegría de despedida aunque se tratara de una gloria falsificada. El vasco entreveró todo lo que le vino a la cabeza, anuncios que leyó en páginas macilentas de periódico con recuerdos de idas al Estadio Centenario, la experiencia de oyente fanático de Carlos Solé tomando mate en pensiones los domingos de tarde, dándose a la invención de slogans publicitarios que anotó en hojas de cuaderno. Hasta urdió la recepción del telegrama de los compatriotas residentes en Eskimo Point “a quienes llegue también nuestro entrañable recuerdo en esta nueva hora glo-rio-sa del balompié celeste”, dijo el muy payaso.

“La orden de silencio en el sanatorio era estricta, apenas se escuchaba el rumor de los cuerpos tumbados en las camas debatiéndose buscando la mejoría. Siempre era la misma espera, que las enfermeras se alejaran y remontar el tributo que cada noche se pagaba a la muerte para llegar al amanecer. Por primera vez mi situación era distinta a la que decide el celo profesional, pasé de reflejos de enfermera competente y experimentada al desasosiego de una hermana mayor dispuesta a pasar la noche en vela a la espera de lo inconcebible. Era poco más de las dieciocho y treinta cuando Juan Antonio abrió los ojos, buscando en las referencias monótonas del cuarto la línea de un alambrado, el aliento de una muchedumbre enloquecida, los equipos rivales entrando a la cancha, banderas rioplatenses agitándose confirmando un presente lejano llegando por los oídos; señal de que en el piso superior los muchachos empezaban con lo suyo.

“Nunca escuché nada de lo inventado durante la espera, pero leía en el parpadeo del moribundo, el ritmo agitado de la respiración, los labios apenas moviéndose por la interferencia del tubo plástico, en las manos corriendo detrás de una pelota larga tirada a un puntero petizo y zurdo. Leía el gesto del cuerpo entregado, incapaz de continuar viviendo si no era con estertores y sudor nervioso. Me resultaba increíble a pesar de estarlo viendo que Juan Antonio desconociera la voz de sus amigos, incluso con la dosis que le suministré. Las pupilas se le dilataron y cuando intentó reincorporarse en la cama se lo impedí, haciéndole saber que comprendía lo que él trataba de explicarme. Cada tanto le humedecía los labios con algodón impregnado de agua azucarada fresca, imaginaba a los amigos embocados por el frío de Eskimo Point en el piso superior hablando sin parar, armando el mensaje, llenando de palabras el aire helado, tal vez ellos también creyendo.

“Comencé a inquietarme a medida que pasaban los minutos, temía que el paciente hiciera una crisis fulminante. Juan Antonio permaneció con los ojos abiertos, me miraba pidiendo que le dijera la verdad que merece un moribundo y luego se concentró en la pared apenas iluminada, donde quién sabe las escenas que proyectaba. Los últimos minutos debieron ser fatales, la cara de Juan Antonio se descongestionó y luego lanzó un gemido, estertor de puma herido de muerte que se oía terrible entre los caños. Con el resto de coraje que le quedaba se dejó caer agotado sobre el almohadón empapado de sudor. Cuando lo creí más tranquilo me acerqué, cambié la funda de la almohada y lo reacomodé para el descanso que él necesitaba con urgencia. Mientras yo trabajaba él hacía gestos, el pobre hombre estaba anestesiado al punto que sería imposible articular palabra, igual trataba de zarandearme las manos con las exiguas fuerzas que tenía, parecía que me estaba invitando a bailar aunque ahora que lo pienso era un disparate. Al final consiguió dormirse rendido de agotamiento; fue inaudito que en su estado le hiciera tanta resistencia al poder devastador de la droga que le inoculé dos horas antes.

“Pasados siete minutos luego de la quietud escuché que la puerta se abría, eran ellos. Parecían el espectro demacrado de los Max Brothers y queriendo en vano moverse sin hacer ruido, a cada gesto se llevaban el dedo índice a la boca exigiendo silencio de manera ridícula. Uno a uno fue abrazando al amigo dormido como si nada raro hubiera sucedido en esa pieza las últimas dos horas; sacaron de un bolso la botella de bourbon, después de darme un poco de whisky en un vasito de plástico se le pasaron entre ellos y cada uno se mandó un largo trago. A Juan Antonio le mojaron los labios con un pañuelo blanco como si el whisky fuera láudano y Agenor arrodillado junto a la cama, le susurraba las palabras que me quedaron fijadas para siempre: “te imaginás Juan, toda la noche caravana por 18 de Julio, te imaginás allá pelado… que nos quiten lo bailado.”

“Para excepciones lo sucedido era demasiado; pasadas unas horas muertas de espera debimos salir del sanatorio disimulando como ladrones, era cerca de medianoche y a las seis en punto comenzaba otro turno. Lo más que podía hacer por ellos era citarlos para el otro día; así lo hice y estuvieron de acuerdo. Me llevaron hasta casa, excusándose en que vivían lejos para ir y volver en pocas horas dijeron que se quedarían por la zona portuaria tomando sopa de pescado y jugando a la baraja, aunque era difícil que pudieran encontrar en las tabernas un cuarto tallador. Necesitaba dormir y estaba por verse si esa noche lo lograba.

“A las cinco y media de la mañana ya duchada bebí un café más apurada que de costumbre, miré por la ventana tratando de adivinar cómo pintaba el día. Lo hice por costumbre; afuera seguía ocurriendo la misma noche y haría tanto frío como todos los días desde que llegué a Eskimo Point. Frente al portoncito del jardín estaba estacionado el Land Rover esperando, entonces tomé mis cosas y salí a la intemperie. El que manejaba debió de verme pues cuando llegué a la camioneta el motor estaba en marcha. Abrí la puerta y me acomodé en el asiento delantero que habían dejado libre; por el silencio y las caras ojerosas deduje que pasaron la noche sin pegar un ojo, escuché sonido de botellas vacías golpeándose en el piso de la camioneta cada vez que frenábamos en un semáforo.

“Era temprano todavía, en las inmediaciones del sanatorio había movimiento y a lo lejos -sobre la ruta nacional que se dirige al sur- era incesante el flujo de camiones de carga. La proximidad del hospital aceleró los pensamientos de todo tipo, dejamos el jeep mal estacionado cerca de la entrada principal y fuimos derecho a la habitación de Juan Antonio. Cuando entramos en el cuarto nos impresionó la limpieza y un fuerte perfume a lavanda fresca, eso era un claro en el medio del bosque. Había sobre las banquetas ropa de cama planchada durante nuestra ausencia y en el wáter un precinto de papel cruzado asegurando la desinfección. “Lo siento”, escuché que alguien decía a mis espaldas casi disculpándose. Era Malcom hablándome a mí como si el muerto fuera un pariente cercano dejado de ver hace años, mi padre, mi marido. Sabía que Malcom había arreglado todo lo necesario, disponiendo de la mejor manera los detalles prácticos activos en la órbita del sanatorio cuando muere un paciente; como la vida sigue, me entregó la planilla de trabajo con mis obligaciones bien establecidas para el resto del día.

Le dije a Echavarren: “Vasco, andá con él a la morgue a reconocer el cuerpo.” Echavarren obedeció sin chistar y se fue con el moreno que aminoró su ritmo de marcha habitual. Visto de atrás el vasco parecía más chiquito, un infeliz con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza hundida entre los hombros, sólo le faltaba un pedregullo en el suelo para ir pateando despacito.

-Gracias gorda, me dijo Agenor cuando quedamos los tres solos.

-Vamos, dijo Isabelino. Tenemos mucho que hacer. Cuando tenga claro el panorama vengo a avisarte.

“Presentí que era esa la despedida definitiva; incluyendo la lástima contenida por una linda relación que pudo haber sido en el pasado, cuando todos estábamos con vida. Después nos vimos unas pocas veces esporádicamente; nunca en la conversación volvimos a los pormenores de aquella noche en que los orientales jugamos la última final de algo memorable.

-04h.04-

“Cuando decidí regresar al país tal vez por miedo a morir lejos como Juan Antonio preferí no encontrarlos por última vez. Les mandé una carta a cada uno y los llamé por teléfono desde el aeropuerto siete minutos antes de embarcarme en la repatriación. Contestó Isabelino, así que me dejé de rodeos.

– ¿Cómo salió aquel partido final?

-Me olvidé gorda, creo que perdimos, dijo. Vamos a seguir perdiendo por mucho tiempo.

-Pero me pareció que Juan Antonio…

-Vos lo conociste apenas… andá a saber… capaz que hizo biógrafo para dejarte contenta. El loco Juan era flor de bromista y eso desde chico, en la Escuela Industrial ni te cuento. Chau gorda, ahora sí pero antes un pedido final: cualquier tardecita sin apuro cuando recién asoma el verano por Montevideo y si no tengas nada mejor que hacer date una vuelta por Gonzalo Ramírez.

– ¿Cuándo los veo por allá?

-No en pleno verano porque el calor es insoportable, cuando recién asome. Acordate.

“Ya ve, había la verdad para mí destinada y otra que se guardaron para ellos cuatro… quien le diga que ahora mismo no estoy haciendo lo mismo con usted y le entrego una verdad para callarme otra. Perdone el atropellamiento final, en cualquiera de las versiones por la cual se decida también sufrirá la incertidumbre en carne propia y que en nada le servirá para el mentado informe que anda preparando. No hay testimonios verificables ni documentos escritos, tampoco fotos ni números engordando estadísticas. Le sucederá lo mismo que a mí, más que recordar pormenores que se lleva el viento desde ahora le costará olvidar el aire enrarecido de la historia escuchada, que tiene algo de la brisa costera soplando por Gonzalo Ramírez en atardeceres de mediados de diciembre, cuando recién asoma el verano en las veredas de Montevideo. No después y recuérdelo bien, no después.”

-05h.19-

Había pasado algo más de una hora desde que la mujer se me acercó y durante el relato me bebí la botella de vino, ni antes ni después interrumpí el relato de la enfermera y fui entendiendo que ella tenía razón por adelantado. Esa historia de barrio alejado del centro se quedaría fuera de la sociología orgánica, permanecería metida en mí como si yo fuera la enfermera Ivón o Isabelino. Ahora se trata de ponerle punto final a esta impertinente conclusión tan fuera de lugar al libro que presenté hace unas horas con singular suceso. Me consta que detrás de generalidades pocos elementos pueden sostenerse con objetividad fuera del ámbito de los secretos y faltarán por siempre. Nunca tendrá en mis manos los formularos de Agenor, Isabelino y Echavarren, menos el modesto pedazo de historia patria que Juan Antonio Lavalleja se llevó a la sepultura.

De hacerlo, la historia se daría maña hasta encontrarse un agradable principio inmaculado y otro final sorprendente, dejaría de ser masa intimidante de datos imprecisos para ser otra cosa: un cuento de apariencia improbable, como lo sería el intento de localizar a los tres orientales que viven lejos de nosotros en las afueras de una ciudad de pesadilla llamada Eskimo Point. Debo admitir que es demasiado tarde para esta madrugada y enfrentado a la impaciencia de la pantalla luminosa de un microcine proyectado de palabras, me pregunto si servirá de algo pulsar la tecla ENTER para salvar el texto que vengo de escribir.

El apodo secreto de la doncella londinense

Aquella muchacha escribía poemas;

Los colocaba cerca de las hornacinas,

de las lámparas

Marosa di Giorgio

Cuando la pasajera del camarote número seis se despertó, el largo viaje estaba próximo a finalizar y ayer -antes de que se retirara a descansar- uno de los oficiales se lo recordó.

-Falta sólo esta noche para llegar, que duerma bien y hasta mañana.

Ella dejó las sábanas desordenadas al levantarse, mientras se vestía le llegaba el escándalo exterior anunciando puerto a la vista, conocía el crujido animal del velamen plegándose, el rumor de las maniobras rutinarias y peligrosas de acercamiento a muelle. En la infancia siguió el espíritu aventurero de su padre, viajó más meses de los que un niño común pueda imaginar navegando con desigual fortuna por los siete mares que el Imperio sentía propios. Poder, colonia, riqueza y exotismo fueron palabras integradas sin recato a su temprana educación y el latín de rigor, así como los fundamentos de la religión protestante en la observancia de las buenas costumbres. La apertura al mundo, el conocimiento de culturas diferentes coincidiendo con el crecimiento se tradujo poco en conductas prácticas; quizá porque su padre le agregó al conocimiento directo (cuando hizo fortuna comerciando cacao) una disciplina estricta en los mejores colegios para señoritas europeas, establecimientos decididos a hacer brillar sus egresadas en la lucha por la elegante supervivencia en sociedad. Si su padre viviera le habría increpado el desperdicio de sus dones naturales, recordándole los esfuerzos persistentes de la familia por encauzarla. Llevado por un amor excepcional, él invirtió tiempo y malvendió acciones de explotaciones salineras en alza para acercarla al boato de las cortes; preparándola para contemplar tesoros, administrar palacios de cien habitaciones, protagonizar ceremonias tradicionales y juzgar sin error joyas, telas, fincas, músicos de los mejores conservatorios. A tan magnífico destino anunciado ella prefirió escabullirse como el orín londinense calle abajo, hasta ser un pilar de la sociedad en los estercoleros. Esas crisis, para la muchacha que se vestía en el camarote número seis parecían lejanas.

El viaje decidido por ella hacia el sur –la ruta donde había apenas antiguas colonias empobrecidas e islotes indignos de cualquier expedición punitiva- pondría la distancia adecuada entre ilusiones perdidas y resignación. De los múltiples itinerarios abiertos a su iniciativa la decidió el camino menos fatigado por sus compatriotas. Sería erróneo afirmar que estaba motivada por la curiosa ambición de hombres de ciencia de variadas disciplinas, ansiosos de contemplar de cerca el mundo salvaje, obsesionados por inscribir el nombre de familia en las futuras Historias Naturales. Tampoco heredó de su progenitor el espíritu puro de aventura propio del siglo de conquistas, ni la dependencia opiácea de alcanzar los confines del mundo por el placer de hollar con botas de montar la tierra donde la vista se pierde, tener esclavos a su disposición, vivir usufructuando el poder rigiendo vidas y dominios de propiedad privada inexpugnable a otra ley diferente a la propia. Ella aceptaba su horizonte en los contornos de la metrópoli entre crecimientos urbanos y demográficos descontrolados, donde desafío e incitación tomaban relieve particular y más disponibles que fiebres tropicales en el corazón palpitante de selvas impenetrables.

Ella embarcó en un velero que zarpó de Playmouth hace veinticinco días, lleva como equipaje dos baúles medianos, unos bolsos de mano y cartas de recomendación explícitas como para que las autoridades del “Mary Ann” le dispensaran un trato preferencial. Se aseguró una travesía tolerable, la tripulación y otros viajeros la aceptaron como mujer ordenada, tranquila y respetaron desde el primer día sus caminatas solitarias por cubierta. Leía la mayor parte del tiempo y en las horas de convivencia obligada del comedor resultó agradable compañía en las mesas que asignó la rotación de comensales; desenvuelta en sus modales y atinada en apreciaciones sobre la marcha del mundo. Los primeros días de la travesía el capitán se preocupó por su estado de salud, ellos se cruzaron en el salón de música después del desayuno y fue entonces cuando le dirigió la palabra.

-Espero que el inicio del viaje no haya desarreglado algo en su interior, le dijo. La encuentro algo pálida, si lo desea puede consultar a nuestro oficial médico que es una persona encantadora.

-Oh, mi buen amigo, le contestó la pasajera del camarote número seis. Le agradezco su preocupación por mi salud. Este color de las mejillas me acompaña desde niña y tampoco tiene usted por qué saber de mi fatiga los últimos meses. Le aseguro que estoy mejor que en los días previos a la partida, déjeme la ilusión de esperar los buenos climas del sur donde, dicen y usted debe saberlo, las mujeres son hermosísimas.

Los días siguientes acentuaron su mejoría, el sol durante la mañana maquilló sin querer su piel blanquísima y el humor a la hora del té adquirió nuevos colores. En aguas más azules y tibias ella comenzó a considerar los oscuros días pasados como una leyenda, fantasma entrevisto en la neblina y otros recuerdos recientes, conformes a un folletín desaforado que publica la prensa sensacionalista. Ante tantas historias recurridas de hipnosis catalépticas, fumaderos malasios, sociedades secretas en permanente conspiración, herencias malditas, claves guardadas en criptas y cadáveres congestionados por curiosísimos venenos de origen afgano, su debilidad resultaba menor. Como menor era, sin retacearle la contundencia de realidad su persistencia incontrolable que precipitó la salida.

En pocas horas ella gestionó el pasaje y una vez con el billete en su poder se dirigió a Falstaff Street, el callejón tradicional de las librerías de viejo. Compró tres volúmenes escritos por viajeros que le brindaron información pendular entre lo abstracto y lo particular.

-Es una buena decisión, sorprendente pero excelente, dijo el vendedor de libros. Lamento no tener el ejemplar de Darwin… quizá si regresa el mes entrante…

El primero de los libros era Impresiones de un viajero rumbo al polo sur. En lo medular el contenido se limitaba a cartas marinas profusamente documentadas, un prolijo y exhaustivo arqueo de puertos del continente austral sobre el Atlántico, incluyendo un apéndice donde el almirante Burton, autor de la obra y responsable de la expedición, se dejaba llevar por leyendas colonizadas. Su calenturienta imaginación pueda atribuirse acaso -como afirmó el librero que aseguró haber conocido al marino- al exceso del alcohol de la caña de azúcar de la ruta antillana. Si la primera parte de su crónica era deliciosamente erudita, la segunda incursionaba en el delirio; como si Burton, armado con gracia y don para navegar sobre la superficie se hubiera liado con ciclos de mareas profundas. El ejemplar tenía celadas escondidas, hacía falta la sensibilidad de un cirujano diestro para distinguir en cuál párrafo terminaba la documentación o irrumpían los espectros del ron.

El segundo libro presagiaba los trabajos de Hudson postulando una visión singular sobre la región del Río de la Plata; se desentendía del norte misionero considerando las provincias entrerrianas, la banda Oriental del río Uruguay, las capitales del Plata y se deslizaba más lejos de las Faulkland hacia las islas Coronel, como si el autor presintiera que allí y en un futuro predecible tendrían lugar memorables batallas navales. El libro en cuestión- Las fronteras invisibles del Río de la Plata -era el informe final de una misión militar, astutamente argumentada con hipótesis económicas referidas a materias primas, hipótesis antropológicas concernientes al destino de los aborígenes. Las fechas en clave usadas por la misión derivaron en tendido de vías y locomotoras, compañías del gas, líneas telefónicas y frigoríficos. El tercer volumen, pequeño y encuadernado en cuero de Rusia se titulaba Incongruencias contempladas ante la fortaleza, tenía como subtítulo «crónicas del desarreglo montevideano» y lo firmaba un tal Wiesengrund. Esas fueron las estimulantes lecturas que acompañaron a la pasajera durante el viaje. El primero de los libros oscilaba entre realidad e imaginación alcoholizada con generosidad, el segundo tenía la contundencia de misión oficial y el tercero era la crónica del dandy extraviado en la colonia, que sin el asombro de los naturalistas suponiendo en cada bicho o hierba otra ley de la naturaleza, se escandalizó por aquello que echaba de menos utilizando la crónica costumbrista y el humor ácido. En el último modelo la pasajera halló un destino opaco y adecuado: perderse en un arrabal hasta ser una desconocida. ¿Qué otro nombre podría darle ella a su partida? Alejamiento parecía más pertinente que huida; una decisión inteligente, evitando reiterar el error de subestimar a los otros. Ella volvería a salir de casa durante la noche pero lejos de Londres, la prudencia aconsejando distancia y la intuición, cuando lograron imponerse la inclinaron por las praderas del Río de la Plata. Descartando la confusión del color oriental que sucede al Mar Rojo y el panteón infinito de la India, cuyos brazos arborescentes estaban sofocando la garganta de la metrópoli.

Por el ojo de buey del camarote entra la luz rasante devuelta por un mar calmo. La mujer se vistió con prendas apropiadas a la cercanía del destino, ella abre un carné de notas para la escritura breve y poética de hoy: “Llegaremos al puerto de Montevideo bien entrada la mañana. Debe ser sábado y sigue siendo octubre. Soñé lo mismo de siempre, quiera Dios que esta ciudad pueda consumirme las horas.” Puede prescindir de trabajar pero le teme al ocio, sabe que los primeros meses deberá ocuparlos en fomentar nuevas amistades. Domina una técnica aceptable del retrato a la carbonilla, supone que la parte mejor de la sociedad quiere para sus hijos una educación correcta y que podría ser una buena institutriz. Se mira por última vez en el espejo del camarote, desde hace dos días tiene el equipaje dispuesto para el traslado a tierra.

Mientras se suceden las horas de desembarco los pasajeros pierden la abulia de días anteriores, reanudan una excitación irritante que los induce a estar incómodos en todas partes, faltan lugares confortables donde esperar, temen haber olvidado algo valiosísimo en los camarotes, en todo momento hay alguien que pasa cerca arrastrando bultos y hablando a gritos como los demás. Con la experiencia que dan incontables viajes anteriores, ella sabe que faltan minutos para que tanta exasperación contagiosa se disuelve y regrese el oleaje golpeando mansamente el casco de madera. La nave pierde velocidad, avanza despacio obedeciendo el rumbo estipulado de cartas alertas sobre los inmensos peligros de una bahía de apariencia apacible. Vista desde el mar Montevideo se asemeja a todos los puertos, alejadas de la costa se observan las brillantes cúpulas gemelas de un campanario, y nada más que el recuerdo del Nuevo Testamento pobremente ostentoso tiende a las alturas en el paisaje. Se adivina un caserío sin interés arquitectónico, una línea costera exigiendo un muro de contención con trazos humanos, antes del vértigo del verde, la soledad narrada y estampidas imaginarias de lectura reciente. Ese caserío informe y amurallado rechazó los embates de la armada real, esas tierras quedaron fuera de los mapas coloreados del almirantazgo. A la pasajera la perturban otros episodios menos trascendentes que la inestabilidad de los dominios transoceánicos de la Soberana.

Pasará la próxima hora ubicada a un costado hacia popa, sobre el barandal de cubierta, el acercamiento a los muelles dibujó mejor los perfiles que ella comienza a identificar en el horizonte ciudadano, comparándolos con estampas firmadas por viajeros anteriores. Sin tener la continua actividad de los grandes puertos del norte, había en los aledaños un número considerable de barcas ancladas aguardando combinaciones de tráfico marítimo y el trasiego de mercancías. La mujer se sofocó por la conjunción de tanta luz y la gritería de trabajadores, hacía tiempo que no estaba ante un espacio disparándose sin freno en todas direcciones incluyendo el Océano, disfrutó el olor del viento cargado de salitre diferente al de ropa sucia de sudor amontonada. La mirada se perdía sin la tensión de la vigilancia obligada, alejada de lenguajes rústicos y diálogos vulgares, guardaba como reliquia el silencio que fuera administrado con cautela durante el viaje. 

¡Oh! estaba feliz por lo sencillo que había resultado todo hasta el presente. Creía en Dios, pero más en la religión de la voluntad cuyo culto a su criterio la protegía en acechos y cacería. La imbecilidad de los otros también la decidió a partir, exhausta de leer falsas interpretaciones de sus maniobras deseaba ponerse a prueba de manera distinta a la vivida hasta el presente; consideraba que sus avatares estaban afectados por la presión de la ciudad dejada atrás. Por un tiempo se detendrían noticias adulteradas sobre ella misma; si lograba concentrar proyectos en la ciudad, haría leer a niños mestizos poemas de Keats y del resto quería despreocuparse. La prueba consistía en permanecer al borde de la línea fronteriza por desconfiando del territorio oscuro que extravió la mente del almirante Burton; lo condujo a describir palacios de jade donde pululan rancheríos, cultos de dioses bellos y crueles predicados por concupiscentes sacerdotes romanos, unicornios blanquísimos donde se reproduce el ganado marcado a hierro ardiente, teólogos de Alá y monjes de Siddartha donde la religión es de alambrados de púas y bosta, reyes paradojales devotos de Averroes donde campea la violencia de capataces sobre peones devorando carne ovina revolcada en cenizas calientes.

El viaje hundió el pasado de la pasajera en una pileta de formol, el futuro estaba prisionero en una palabra malgastada como aventura, el mero deseo que sucedan hechos; de ser posible prodigiosos como cazar un real tigre de Bengala montado en elefante, ver de cerca una insurrección de tribus incivilizadas de la costa africana. La inventiva del ocaso del siglo XIX se distanciaba de la poesía brotando en la obsolescencia del asombro periodístico, la ingenuidad que exige a cada día una aventura inventando la noche. La palabra destino conseguía en cambio satisfacerla; los héroes de la antigüedad se anteponían a la anécdota de sus trabajos –los sabidos- con conciencia tan lúcida como trágica, protagonistas de segunda. Ella que llegaba por primera vez a Montevideo, mujer de aventuras limitadas en abismos insondables, estaba agotada como cualquier muchacha y recostada sobre la baranda se dejaba llevar por su destino; como si durmiera en una sola de sus noches alienadas que horrorizaría a un húsar despiadado, en dos de sus horas entrañables capaces de inflamar la imaginación de la turba y quién sabe… puede que también a futuras generaciones.

Entre recuerdo y suposiciones rondándola ella era un presente concreto, comprendido por los próximos días y el proceso de integrar su vida en Montevideo; podía alivianar la urgencia de los nervios pensando que regresaba. Nunca conoció antes un montevideano ni se había interesado por su color de piel, medidas antropométricas, variaciones del dialecto regional y si comían carne cruda con las manos. Sabía que allí fueron exterminados los salvajes en una emboscada, se hablaba una suerte de castellano degenerado y era inconcebible mensurar qué tanto la mar océano logró erosionar la gramática de Nebrija. La facilidad que siempre tuvo para los idiomas, el recuerdo de las declinaciones declamadas y la lectura de dos Novelas Ejemplares, le dieron confianza y un conocimiento elemental del idioma que la esperaba. Estaba dispuesta a mantener con orgullo su acento incluyendo los modismos de barrios populares; pasando por puerto las lenguas rectoras derivan pronto en híbridos intraducibles y deseaba permanecer en el interior de una lengua coherente, tranquila al gozar un léxico suficiente para hacerse entender en días venideros.

La pasajera traía cartas para tres compatriotas tentados por la aventura y tenía la esperanza de encontrarlos, tres mensajes lanzados a suerte diversa, para quienes se les perdió el rastro y los últimos contactos fiables remontaban a mucho tiempo atrás. Ninguno de los destinatarios sabía de su llegada ni la estaría esperando; uno de ellos -en su último contacto con Inglaterra- se confesó aquejado de fiebres tropicales, escalofríos continuos y alucinaciones pobladas de pájaros. Al segundo se lo suponía al frente de la explotación ganadera en un campo de insolentes dimensiones, aunque escribió sobre sus deseos de trasladarse a la Patagonia; para la pasajera habituada a calles estrechas de barrios miserables, la sola idea de casas separadas por millas de vacío le causaba vértigo anticipado. Del tercero se contaba que se extravió más lejos de las últimas poblaciones fronterizas hundiéndose hundiera con plena lucidez en la espiral de la locura; partió -se había comentado- a inciertos territorios de la imaginación para jamás regresar; excepto bajo la forma de relatos de crueldad y despotismo, contrabando, saqueo y violencia incitados por un hombre educado, buscando ser signo de los extraviados en trillos cimarrones. A ella le agradaba la misión de llevar mensajes a la nada y que deberían ser entregados a como diera lugar, aceptó ser portadora por gentileza y curiosidad de acercarse a humores de esos hombres, tratando de entender las nuevas tierras al precio de la vida, al costo de la racionalidad, acoplando el mecanismo entre la partida a buscar fortuna y el fracaso por razones desconocidas.

A su manera extravagante durante el último año, tentando la resistencia de sus limitaciones descubrió con placer que, partiendo de modestos propósitos, se podía llegar lejos; atrás la resguardaba ahora el territorio infinito del mar océano. Apoyó los antebrazos en la madera húmeda del barandal de cubierta, el viento pasaba sin resistencia entre los mástiles desguarnecidos y la proa del barco olfateaba la cercanía de puerto seguro. La intensa actividad a bordo tenía, en el espejo del bullicio aguardando en los muelles el rito del contacto formal: representantes de compañías de seguro, grupos de curiosos, el Correo esperando sacas, autoridades sanitarias rastreando pestes y la tuberculosis, esas ratas, siempre las ratas… Están los hábiles del puerto para quienes el quehacer es rutinario y comerciantes aguardando impacientes la llegada del té, casimires azules, juegos de loza y especies. Se asoman peones prontos a entrar en acción, más lejos el paso taciturno de marinos de bajeles anclados en muelles y acercándose cuando llega un navío de las dimensiones del “Mary Ann”. El capitán Edberg se pasea satisfecho supervisando maniobras, a los representantes de la naviera que contrató sus servicios les entregará la carga en tiempo, pasaje engordado y satisfecho, tripulación laboriosa disciplinada hasta el final. Las expectativas de llegada diferían apenas unas horas con el minuto presente, que consultó en el reloj de bolsillo y ello seguía enorgulleciéndolo a pesar de ser viejo conocedor de la ruta del sur.

Sin inconvenientes a la vista la muchacha londinense cumplía en orden el itinerario de su voluntad y aun así estaba incómoda, como si por primera vez le pesaran los años que tiene. Enigma corporal para quienes la frecuentaron de cerca, ocultos en su fisiología de muñeca fibrosa y facciones de máscara de Colombina. Una fuerza desconocida le hace desear permanecer a bordo del “Mary Ann”, repetirse que si de ella dependiera se encerraría en el camarote número seis como en una posada mientras la nave permanece en puerto. Es el mejor método para conocer otras tierras y con esos datos imaginar futuras impresiones, determinar la estatura de poetas uruguayos -si es que los había- y la veta del mármol decorando corredores de palacios ocultos a la vista del viajero primerizo. Impregnarse del olor a madera de los árboles de la selva profunda, exigencias rituales de dioses desnudos verdaderos, la forma de animales fantásticos desdeñados por Buffon, las leyes que rigen su álgebra prediciendo eclipses lunares según astrólogos oscuros y calendarios llovidos de sangre. Así podría imaginar imaginaciones más verdaderas que la taciturna realidad que la aguardaba, nada le impedía otear la tierra desde el barco, desde el montículo del mar interrumpido por el violento apareamiento de los tiburones voraces. Su deseo acuciante sería regresar a la nauseabunda putrefacción del Támesis, ante ese imposible brotan de sus ojos lágrimas de niña y la necesidad similar a una llovizna de razones, admitir el precio del exilio voluntario, el impuesto repliegue con castigo sin justicia; el tácito acercamiento al primitivismo atenuando la distancia entre sus esfuerzos morales y la hipocresía social, en la que sus gestos de pericia fugaron del círculo de lo impresionable, del escándalo gratuito para recuperar la esencia: ecos de ritos sacramentales, sacrificios justificados en una sociedad sustentada por masacres. Cadáveres amontonados en la morgue, niños prostituidos y vejeces abyectas: submundo admitido en un mundo cruel, incapaz de digerir con dignidad el golpe efectivo de la violencia exagerada. La evidencia del asco de la condición humana es distinta que la advertida en los amaneceres, cuando los vagabundos borrachos dan voces de alarma.

Se dejó mecer y arrimar a la costa por una embarcación sobre el mar calmo; durante días contempló el avance migratorio de los cachalotes, vio balleneros a toda vela persiguiendo en el horizonte chorros de mar ensangrentado y el espectáculo estremecedor de una tormenta arreciando en la distancia. Eso recordó que había visto durante el viaje, mientras el barco se acercaba a la costa, el “Mary Ann” se recuesta al muelle y hace oír el crujido prolongado de la estructura. La desidia consistente en olvidar pensar gestos prácticos por concentración de otros pensamientos terminó, era el momento de tomar decisiones, conociendo las exigencias de la soledad la pasajera bajará a tierra a terminar de una buena vez con la pausa marina. Le llevará tiempo ubicarse a su gusto en la ciudad, ordenar la documentación ante las autoridades, alquilar casa y evaluar posibilidades de trabajo. Quiere moverse con libertad sin el peso del equipaje, con un funcionario llegado a bordo desde una de las lanchas que rodeaban el “Mary Ann”, la pasajera contrató la custodia de sus baúles en depósitos de la misma aduana; con un segundo caballero comedido que hablaba un inglés aceptable reservó habitación en el Hotel del Globo.

-Excelente decisión milady. El hotel está cerca de los muelles y en el corazón de la ciudad, le dijo el comisionista. Tiene suerte, quedan sólo tres habitaciones disponibles. Es cierto que hay otros hoteles de categoría como el Colón y el Pyramides, pero están hacia las puertas de la antigua ciudadela.

Por primera vez en mucho tiempo la mujer estaba fuera del agobio de grandes preocupaciones que la decidieron a embarcarse. Dentro de diez días el “Mary Ann” pasaría por Montevideo pero rumbo a Europa, tiempo suficiente para escribir a los amigos, los pocos a quienes tenía ganas de remitirles unas líneas. Algunas misivas serían protocolares y en todo caso debería ahondar en falsas justificaciones del viaje, contagiar un distante entusiasmo por lo encontrado, deslizar la promesa de un regreso sin hastío ni cansancio para retornar a su patria, en su casa, entre su gente. La sonrojó recordar que las últimas páginas que garabateó en tierra a las apuradas estaban lejos de la correcta retórica epistolar.

Las despedidas formales entre el pasaje y la tripulación sucedieron la noche anterior, de día hombres y mujeres se saludan con cortesía, pendientes de inquietudes inmediatas; así quedó la pasajera solitaria más reconcentrada. Durante el viaje escuchó conversaciones que la incluían de forma tangencial, más de una vez estuvo tentada de refutar a los entusiastas charlatanes, ponerlos al tanto de aspectos omitidos por la completa ignorancia de los hechos. Prefirió dejarlos anegarse en la fantasía confiada de que, en las plazas de Montevideo, dejaría de oír esa mala novela; otra correntada de historias fantásticas -proveniente del corazón del joven continente- cancelarían aspectos confusos de su vida pasada. El rumor era la peor lacra, desinformación insoportable y persecución sin tregua de perdigueros delirantes. Allá las lenguas, palabras dichas, suplicadas y escritas la acorralaron; también por ello decidió escapar.

Lo que parecía un movimiento endémico dentro del puerto en una hora se desvaneció, los hombres que abordaron el barco proveniente de Inglaterra igual que piratas autorizados, una vez finalizadas sus tareas de contacto compra y venta, desaparecieron por encanto. La inglesa del camarote seis cató el tránsito de la exaltación del gentío a la soledad recuperada de las tardes oceánicas; por allí quedaban, pasada la marea del bullicio mercantil hombres rezagados, pasajeros sin acompañante e intimidados por la pérdida del anonimato, el retorno al inconfundible protagonismo de los gestos. El puerto trabajaba a pleno sin regularidad, con un simple golpe de vista se deducía que tenía instalaciones preparadas y fue pensado para intensos tráficos futuros. Cuando llegan mensajes por telégrafo y se divisan velámenes a lo lejos, por unas horas el puerto recupera -como si se tratara de una maniobra de naufragio simulado- la febril actividad que luego languidece hasta disiparse por arte de hechicería, haciendo del paisaje portuario un decorado listo para la representación alucinante de El buque fantasma. El Sur era eso: presencia obsesiva de imágenes hasta abarcar la realidad, como plumaje de pavos reales y un replegarse hacia la soledad evocando la opción de los suicidas.

Su decisión de ingresar en la naturaleza inhóspita responde a razones complejas, disponía de argumentos idóneos vinculados al desplazamiento para continuar engañándose y supo que rebasadas ironías oídas las últimas semanas, la verdad era que recorría la senda del exilio. Esa conciencia mientras de un momento a otro cambia el viento, alteraba el cuento del pasado, las justificaciones a sus actos y ciertas lecturas sosteniendo lo fundado de sus tesis. Al fin del viaje, el agrado del desencanto viraba de tono y así se sustituyen constelaciones del firmamento al saltar de hemisferio. La satisfacción hallada en sus iniciativas y la convicción ética relacionada con su tarea, toman tintes punzantes al saberse destinataria de una forma de condena flagelante. Algo entre los medios empleados y los objetivos perseguidos se había atascado, allá. ¿Qué otra cosa había hecho? Viajar sola hacia los confines del mundo donde se miente que mana la fuente de la eterna juventud, llegar a la ilusión de la existencia nueva imponía alejarse de su centro: ratas más enormes que gatos, rumor ácido de orines venéreos corriendo como el más humano de los ríos por arterias despreciadas, olor de heces subiendo en alcantarillas obstruidas por bosta de caballo, repollo podrido y pelos, color de coágulos espesos, cosméticas amontonadas para el falso disfraz de pretender cubrir el tiempo, eructos de cerveza agria al final de baladas llegadas desde el norte, melodías desentonadas por viejas desdentadas abrazadas a ebrios mutilados de guerra, perros fornicando mientras los apedrean niños en harapos, voces de jovencitas fregando a cepillo y en cuatro patas escaleras endebles llevando a cuartuchos alumbrados a vela… y el miedo rancio de la pasajera paseando por su noche tan distinta a la noche de todos. En el desplazamiento que concluye su etapa mayor ella perdía un capital de visiones y el sentido del tiempo, la vigilia del insomnio por la llegada de una lucidez superior. Estaba segura: los murmullos de la imaginería venida de la selva americana nunca lograrían distraerla del pasado.

Bajó la escalerilla del barco tambaleante, tensa, con recato de muchacha extranjera predestinada a devenir cautiva de los indios y advirtió estar pisando el confín del mundo, el punto marcado sobre cartas de tarot prediciendo su exilio. Desde ese instante comenzó a odiar la ciudad con el espesor del odio desterrado que desconoce razones. Llegaba sola a un país de nombre indígena, palabra de una lengua anterior a la llegada del inglés y del tosco español, midió en presentimientos la distancia insalvable entre sus lecturas y la hostilidad de territorios en estado semisalvaje. ¿Esos pensamientos eran circunstanciales, coincidentes con su desembarco anónimo y durarían el resto de la estadía indeterminada? ¿Tendría la oportunidad de hallar algo amable en ese caserío? Comenzaban igual a pertenecerle esas piedras de los muelles por donde caminaba, depósitos ante los cuales pasó inmensos como catedrales del progreso a medio construir. Tenía en la entrada los rostros opacos de funcionarios verificando su documentación y el gran portón de rejas abierto a la ciudad.

El día de fines de octubre presagiaba el verano, una molestia blanquísima hecha de reflejos sangrados al sol enceguecía al rebotar en superficies lisas y ella sudaba entre los senos por la piel acostumbrada al frío. A un costado escuchó el sonido del magnesio explotando; uno de los pasajeros del “Mary Ann” -un joven francés gesticulador y ruidoso- comenzaba el álbum fotográfico de la ciudad, encomendado por una casa editorial dedicada a viajeros y sociedades científicas de reputación intachable. Carruajes tirados por caballos aguardan a gerentes de empresas europeas que abrieron filiales antes de navidad. Los pasajeros de aspecto más aventurero, la mayoría hombres apenas salidos de la adolescencia, marchan decididos con sus arreos hacia el centro urbano y convencidos de que la travesía les usurpó días preciosos. Buscando comenzar cuanto antes las peripecias soñadas durante años de formación en pueblitos cercanos al milenio de haber sido fundados.

De ser ciertas las indicaciones recibidas a bordo el Hotel del Globo estaría en las cercanías del puerto, es ocioso alquilar un transporte y a ella le gusta caminar. Los baúles quedaron en el depósito y sus bolsos grandes de mano estarían en la recepción del hotel esperándola. La impresionaron las distancias que se organizaban alrededor de su cuerpo, de la planchada a la Aduana, de allí a los grandes portones y luego todavía. Muchos pies hasta la primera línea de bares portuarios que, mientras dura el día, disimulan su densidad genuina. Las explanadas de grandes piedras pegadas unas a otras se suceden como jardines en la campiña, los hombres son insectos terrestres atravesando desiertos cuadriculados de granito. La pradera artificial es interrumpida por un trazado deforme de vías férreas, sin locomotoras a la vista arrastrando vagones por ningún lado, paralelo doble de acero dando la vuelta al mundo marcando una latitud innecesaria a Dios. Su mirada se desparramó en la horizontalidad, la elegancia de la pasajera -cosmopolita y discreta- contrasta con el desaliño de los trabajadores caminando en silencio. Debajo de la falda, del juego plural de fraguadas enaguas, ella apuró el paso con la intención de llegar pronto al hotel reservado.

A unas doscientas yardas descubrió por fin un cartel indicando en inglés y francés la dirección hacia el Hotel del Globo. El maletín de mano le pesaba, estaba cerca del primer objetivo en tierra sin depender de la rutina organizada por la vida a bordo. Caminaba para sentirse a salvo, huía y consiguió salir del descampado alcanzando la primera línea de construcciones. Contrariando lo percibido desde cubierta –la apariencia de un caserío amontonado, trazado tosco de murallas rocosas- a uno y otro lado de donde se hallaba se extendía la perspectiva de construcciones recientes. Si a la derecha se insinuaba la continuidad de los mercados, barracones y depósitos, a la izquierda se percibía el inicio de un distrito tranquilo ajeno al pentágono pétreo de fortalezas y puertas defensivas; auguraban un desarrollo urbano sostenido, algo desaliñado que un observador paciente podría percibir de permanecer inmóvil por unas horas.

El Hotel del Globo era contiguo al puerto y rayano del centro de la pequeña ciudad que comenzaba a desbordar sus límites de baluarte colonial. En la zona se confundían mareas llegadas de las aguas más insólitas, marejadas humanas empujadas a esas playas por vientos diferentes. La calle del hotel caía perpendicular en los atracaderos, oficiando de precaria línea de demarcación para parcelas internas de la ciudad y tenía la singularidad de dar al mar en ambos sentidos. Separando el antiguo apéndice del casco original de las primeras casas efecto del crecimiento doble: paisanos venidos del interior llamados por el milagro de la capital, emigrantes llegados a tientas desde campiñas negras. El hotel resultó de una categoría más que aceptable, la pasajera conocía ese tipo de hospedaje; el inmueble sostenía cierta jerarquía, pero la proximidad implacable del puerto decretaba de antemano su condena y la ubicación probaba dos hechos evidentes. Que la ciudad era joven: los inversores evaluaron mal el riesgo del crecimiento anárquico vertiginoso del poblado recostado a una bahía, abierta a desesperados de toda Europa ansiosos de probar fortuna. Segundo, que el Hotel del Globo dejaría de ser establecimiento de clientela distinguida, para devenir lugar de encuentro de amantes y luego, cuando una prostituta hiciera en sus habitaciones el primer servicio de media hora consentido por la gerencia, se iniciaría una decadencia irreversible hacia la pensión, hacia el edificio abandonado con papel de diario en las ventanas y roedores –siempre las ratas- resbalando pezuñas por escalinatas de mármol de Carrara.

Ello sucedería en años cuando ella quedara excluida del mundo real. Hoy la esperaban como a un viajero cualquiera, uno de los cuales firmaba el libro de registros cuando la pasajera apoyó sus manos en el mostrador de recepción.

-Good morning. I’m Miss…

-Oh, si, la estábamos esperando. Bienvenida. ¡Welcome!

Era visible en la construcción del hotel la conspiración de arquitectos italianos, que en el sur del nuevo continente tenían la virtud relativa de lanzarse a combinaciones heterodoxas, capaces de confundir a un extranjero atento, dejándolo perplejo entre el rechazo y un vago sentimiento de pertenencia.

Buscando aparentar un pasado inexistente no se escatimaron materiales nobles comenzando por la fachada y la entrada principal; sin disponer de espacio suficiente igual se atrevía a jugar con la fuga de planos, las posibilidades de luz subtropical, la fragilidad de espejos y cristal, dando al hall talante de serenidad, hasta la bienhechora prescindencia de lo ocurrido puertas afuera. Los mármoles tenían sobrecargada elegancia de forjas entrecruzando rococó y solemnidad dieciochesca. Insinuación de manierismo decadente atemperado por grandes plantas de verde intenso, presagiando la cercanía de selvas húmedas y exuberantes. Si la distribución de ventanas, vitrales y claraboyas altísimas utilizaba las tendencias del sur mediterráneo, la recepción se decidió por el recato y sobriedad de la mampostería inglesa. Maderas finísimas prestaban cálidos toques de humo, licores entibiados acompañando lámparas y utilerías de un verde seco. Había en el conjunto cierta impunidad para disponer sin remordimiento del repertorio arquitectónico occidental. La intención disimulando la operación fluctuando entre saqueo y provincialismo; deseo de aparentar inteligencia y voluntad, alejarse por esa escenografía y ser decoradores del exterior. ¿Qué otra cosa podía ser un hotel? Una irrealidad aceptada, voluntad expresa de ser distinto al mundo exterior. Lugar de tránsito, antesala, refugio, leyenda de secretos ocultados y ausencia de preguntas.

La mujer, versada en el arte de observar temperamentos reconoció el carácter contenido de los empleados. Cortesía ostensible, indagación poco disimulada, servicio constante al cliente y criterio prescripto de la distancia. Durante su estadía ella sólo tendría trato con el personal visible; el otro, formado por negras y chinitas en zapatillas de yute, acarreando toallas tibias, lavando retretes y amontonando sábanas manchadas, sería presencia espectral en las horas que ella esté ausente de la habitación; sombras atravesando huecos de corredores y de quien la pasajera lo ignoraría todo. A su entender el personal visible era excesivo, parecía preparado para un número y calidad de viajeros que jamás llegaría al hotel. Ella podría ser un modelo cercano a tanta expectativa y frustrada en cada llegada de otro barco proveniente de Europa. El “Estrella del Atlántico” así como otros paquebotes del mar buscaban menos cada año los puertos del sur y las vías de Victoria Station pasaban lejos de Montevideo. La llegada de tales pasajeros se postergaba y sin ser ella la excepción: su viaje era lo distinto. La ciudad, en su primera línea de contención estaba pronta para recibir la melancolía de condes decadentes, el bullicio de amazonas envejecidas, artistas famosos del bel canto y banqueros dispuestos a invertir. Los barcos descargaban gente con olor a ajo dispuestos a partir siendo menos que nadie; devenir antepasados de estirpes vengadoras y rapaces, que esconden en casas señoriales cajones con fotos del abuelo zapatero remendón, guardaespaldas, clandestino de carreras de caballos. Esos no podían pagar las habitaciones del Hotel del Globo ni en la primera noche de encuentro con la tierra prometida, se perdían en calles de tierra y almacenes donde se escucha hablar en calabrés, húngaro, vasco.

El Hotel del Globo se niega el lujo de especulaciones al respecto, un hotel es el cuento con cien llaves necesitado de consumir novedades sin cesar. Así sobreviviría, hasta que el uniforme solemne del botones del turno de la noche pase a vestir el judas de los niños pobres del barrio y haya caído la penúltima letra del anuncio de entrada. Pensando en eso y clasificando los empleados ella se comportaba en entomólogo y le desagradó; si antes cayó en tentaciones similares rechazó repetir la experiencia con los empleados de hoteles que se estaban pareciendo unos a otros. Después de tantos días quería dormir en una cama apoyada en tierra firme, recobrar el espesor de lechos amplios con olor a lavanda, diferentes a los empotrados junto al ventanuco minúsculo, alineados detrás de puertas ruinosas, en corredores oscuros al final de empinadas escaleras de madera carcomida. La cama resultó grande y de bronce bruñido, la ropa blanca estaba impecable y limpia, sin una arruga. Ella entró en la habitación, cerró los ojos, respiró profundamente y en vez de impregnarse del asco previsible orillando la llegada del vómito, fue abrazada por un perfume de jardín recién segado, mezclado con olor a maderas de Oriente incrustadas en la puerta del ropero, en los cajones de la cómoda.

La habitación tenía lo necesario para alguien de paso y sumaba la grata sensación de que allí nadie durmió nunca antes: el aposento la esperaba y ahora comenzaba recién a cumplir la misión para la que fue decorado. La intimidó la soledad, el despojamiento cuando los cuartos disimulan el pasaje de otro ser humano. ¿Estaría la sobrecarga de ropas amontonadas en un rincón, sillones de raso raído, imágenes de vírgenes martirizadas, velas –el olor de velas- apagándose, mesitas cubiertas de carpetas bordadas repletas de baratijas, veladoras de porcelana, gatos gordos y peludos, mantillas cayendo hasta el tapiz pelado, el vaivén de orinales a medio llenar, peinetas con un diente de menos, jabones resecos y agrietados, cadenitas de bisutería, sillas enclenques, muñecas sin brazos y un párpado cerrado, frasquitos con líquidos colorados, pedazos de adornos, tazas, muchas cucharitas de metal y diarios viejos, cajas vacías de bombones desbordantes de agujas, dedales e hilos de colores, repisas donde apoyar pájaros de cristal, daguerrotipos ovalados con la efigie de los padres muertos, ceniceros a medio llenar? Eso la esperaba en habitaciones pretéritas cuyos bajos fondos nunca daban al callejón de la amnesia.

La mujer dejó la maleta a un costado, se desnudó despacio delante del espejo ovalado y se estiró en la cama queriendo descansar. Eran las ocho de la tarde cuando se vistió de manera informal y bajó al comedor; tenía apetito, pidió sopa de apio y un estofado con demasiada carne, el pudding la sorprendió gratamente lo mismo que el café a la italiana, aunque ella lo prefería a la usanza turca. Había pocos huéspedes a esa hora en la gran sala del primer piso, la desconcertó tanto silencio si bien preferible a la compañía de cientos de pasajeros, las inevitables sopranos que se hacían rogar poco antes de arremeter romanzas desgarradoras. Así como separaba miguitas de pan sobre el mantel, separó mentalmente con la punta de los dedos casi, lo sucedido durante el viaje de rutina aburridora, preguntándose si tendría fuerzas suficientes a partir de mañana para asumir las nuevas obligaciones. Las horas podrían ser planificadas sin inconveniente, lo extraño sería pasar la primera noche en territorio extranjero después de muchos años; sonó el carrillón discreto de recepción, ella miró el reloj de bolsillo que fuera de su padre y antes de su abuelo, atrasó las agujas hasta hacerlas coincidir con el horario de su nueva situación. Seguía viviendo con la hora de Londres y cinco horas eran poco según se calculara; dejó para mañana las secuelas de atrasar unas horas de su vida y pasar el tiempo leyendo la prensa inglesa -editada en Buenos Aires- mientras transcurría el ansia de la luz filtrándose, hasta suponer en la ciudad la presencia abarcadora de la noche.

Del comedor marchó a su habitación, ella entró y aseguró el pasador, acomodó las primeras pertenencias en los estantes del ropero, de la cómoda. Dejando sobre el sillón la ropa utilizada para bajar a cenar, se vistió con prendas más apropiadas para ir de paseo y antes de salir revisó el segundo maletín verificando si todo estaba en orden. Se propuso dar una vuelta inicial por las cercanías del hotel, por experiencia propia sabía que era peligroso para una mujer caminar sola de noche. Preparada para una de sus incursiones quiso partir sin plan determinado, pasear buscando ser otra más diferente, laborando las horas hasta conocer mejor que nadie rincones y callejones, portales mal iluminados, escaleras de puentes.

La escasa información que tenía en su poder desaconsejaba una larga excursión en la ciudad de nombre tan extenso. Cuando al recepcionista la vio decidida a salir, creyó su obligación aconsejarle el circuito menos temerario para los próximos minutos.

-Luego de la tercera calle, saliendo a la derecha, comienza la zona desaconsejable para una dama, dijo el recepcionista llegando a las instrucciones prácticas. Usted sabrá lo que busca… al hotel llegan pasajeros que me preguntan sobre tolderías de indios antropófagos, mansiones de gauchos, tortugas gigantes y campos de la guerra civil, siguió. ¡Ah! y de insectos gigantes. ¿Se imagina? Pobre de mí que apenas puedo dar información sobre tan poquito del país. Usted puede preguntarme lo que se le ocurra, me adelanto a decirle que ese entramado de conventillos y calles sin adoquines es la zona de la ralea. Por Dios, imprudente excursión para la primera noche… está a tiempo de encontrar actividad en la calle principal, que es muy coqueta. Salga y a la derecha, en pocos minutos encontrará una street iluminada. ¡Ah, mi querida amiga! El puerto dejó de ser lo que era hace unos años… nuestro establecimiento es rara avis que debemos cuidar. En la calle principal están la catedral, el Cabildo de la época colonial y el Club Uruguay donde encontrará personas de su clase. ¿You understanding?

-Si, bastante, dijo la mujer. Usted habla con prisa.

-Lo mismo decía mi finada madre, que en paz descanse. Feliz paseo.

Las historias del país y la ciudad la tenían sin cuidado. Creía en el valor incuestionable de la monarquía y los malones de arrabal los dejaba a la etnografía; no venía detrás de una caballada gritona de oposición sino de la distinción cercana al poder. Aunque lo intentara le resultaría fatigoso entender las causas de luchas fratricidas, compadecerse por la suerte de unos apasionados ciudadanos malogrados sacrificados por razones incomprensibles. Después de escuchar los consejos del recepcionista, la pasajera tenía claro el plano de ficción del lugar concebido con debilidades y prudencia.

La información iluminó la zona agradable del afuera, ella identificó sin error veredas que terminaría frecuentando tarde o temprano; era perceptible: a medida que avanzaba hacia el bulevar de grandes faroles la actividad se intensificaba. La gente del lugar discurría con desenfado sumiéndola en la grosera paradoja, acercándole el desconcierto sobre conflictos civiles -que ella suponía incesantes sucediendo fuera de los ejidos- y el atractivo contenido en bodegas de grandes barcos con cargamentos provenientes del norte. Caminó hasta la calle iluminada, las luces de faroles románticos se extendían a un lado y otro metiéndose en el mar tendiendo a la izquierda, perdiéndose ciudad adentro hacia un centro que se alejaba, el núcleo de una galaxia en fuga buscando confines del universo. Habituada a la cautela de pasar inadvertida se integró a grupos de transeúntes como una muchacha más. Las defensas iniciales dieron paso a una progresiva sorpresa, ella que esperaba sorprender la potencialidad de una epifanía de violencia inmediata estaba desconcertada; avanzaba en el espejismo menor de una ciudad europea, reconoció imágenes vistas en el pasado y oía el eco de avenidas transitadas con anterioridad. La primera réplica fue atribuirlo a un engaño de los sentidos fatigados por tanta tensión acumulada, propensos a cualquier mala jugada del encuentro entre la dimensión real y algo imaginado. El atractivo estaba en lo otro, caminó con curiosidad propia de cacería sin distinguir si era el zorro acechando una liebre o el zorro perseguido por la jauría. Podía concebirlo siendo la sucesión de imprevisible lo agresivo: comercios inmensos donde vendían pianos de concierto acordes a partituras de Chopin compuestas en Mallorca, panaderías alemanas ofreciendo tortas de manzana y dulces de Dusseldorf, salones de té cerrados por lo avanzado de la hora tras cortinitas de encaje y sillas de Viena junto a ventanales. Descubrió, emocionada, los escaparates de la Librería Inglesa con ejemplares recién editados en Londres, se detuvo ante una relojería exponiendo marcas prestigiosas de allá y en la vidriera había huecos necesarios para que -a la mañana siguiente- se colocaran anillos de oro con diamantes. Atrajo su atención la pulcritud de una sastrería para caballeros, que además de finísimos casimires exhibía una respetable variedad de sombreros. ¿Y si el viaje no estaba existiendo y ella permanecía en el muelle de embarque? ¿Se trataba del sueño en un wagon lit tibio que partió de Victoria Station para dejarla en Southampton, en Liverpool tal vez? ¿Tendría que subir dentro de algunas horas al barco de línea donde le asignarían el camarote número seis?

Al llegar a una esquina esas dudas prudentes se disiparon. ella enlenteció su marcha hasta quedar hipnotizada delante del cristal y detrás del cual un hombre sudado vigilaba un fuego. Desplazaba brasas rojísimas hasta dejarlas debajo de una parrilla apropiada a un martirio; sobre hierros paralelos de presidio, camastro de agonizante o alcantarilla, ventana enrejada de asilo mazmorra para enfermos mentales, le pareció inadmisible el espectáculo que revolvió su estómago. Trozos informes de carne colorada de sangre escurrida, costillares de corte transversal truncando huesos que dejaron de ser blancos para tostarse; a un costado la brutal disposición de naturaleza muerta que identificó al instante, riñones, intestinos, corazón, hígados, ubres, testículos, cabezas hachadas de lechones recibiendo calor pugnando contra la podredumbre. La imagen de las vísceras presentadas con una ordenación lindando la estética le congeló el tiempo vientre adentro. En el interior del círculo de fuego el hombre, incómodo cuando avistó a la mujer curiosa, sacó achuras para ponerlas en platos blancos, pasó de zonas tibias de la parrilla a rincones ardientes porciones solicitadas con urgencia.

Esa mujer no tenía aspecto de muerta de hambre, sus ojos eran más inquisidores que los de un simple paseante evaluando su apetito; ella se percató del rechazo que provocaba en el asador y salió del trayecto de miradas encontradas para recostarse en el muro, se llevó la mano al estómago sintiendo una punzada de embarazo avanzado. La violó el humo de la carnicería quemándose y devolviéndole los síntomas febriles de una enfermedad que creía arrancada del organismo, recuperó el antiguo trayecto de su itinerario bajo la forma de una atracción, el color interior, la necesidad de pelos y caricias, excitarse sintiendo que la acecha el peligro. A esa hora la ciudad se disolvía en una espuma sucia de sueño, en el penúltimo crepúsculo las personas desaparecían de las calles devoradas por la noche. Las luces se apagaban igual a velas a las que un viento venido del sur les desgarró la llama, a una señal inaudible al sentido se alteraron sonidos ambientales, rezagando un eco al nivel subterráneo de rumores trasnochadores. La masa amorfa de los sonidos de ciudad viviendo perdió intensidad, comenzaron ruidos nocturnos de individualidad fundiendo sonido con eco, certeza con duda, lo cercano y distante sin diferencia alguna.

La pasajera del “Mary Ann” en tierra distinguió el ladrido de un perro, venía del otro lado de una tapia de ladrillos derruida siendo la respuesta de algo parecido a un ladrido proveniente de mar adentro. Escuchó el grito de arenga del cochero incitando al caballo, la fusión del golpe sincronizado de cascos herrados en adoquines fundido al de los aros metálicos de las ruedas, el chasquido del látigo castigando la grupa de la bestia y el sordo relincho de dolor. Ella temía por otro sonido que de tan nuevo resultara imposible distinguir un aria inédita de la madrugada; al cuerpo llegaba el rumor marino reventando contra murallones y distinto al fluir espeso de mareas comprimidas pasando debajo los puentes de madera… después eran claros los pasos y risotadas, la música de instrumentos orilleros, portuarios.

Como ciego sediento en una ciudad a oscuras, ella se acercó al área vedada por advertencias del hombrecillo pusilánime del hotel, atravesó la línea imaginada sedada y tranquila. Desde el momento de embarcarse –escena que comienza a olvidar- cada gesto fue intento frustrado de ensayar ser otro personaje, ese arrabal del arrabal del mundo resultó a escala reducida, tenía tres, cuatro, puede que cinco calles insuficientes para sus planes, aunque el olor comenzaba a aparecer siendo el mismo de siempre. El ensayo para dejar de ser lo que había sido llegó a su fin, cada nuevo movimiento tenía un desafío de reafirmación, era un esgrimista alejado de la competición que intenta recuperar -en entrenamientos secretos- agilidad de avance, la estocada a fondo y distancia para tirar golpes a los puntos vitales. Pretendió poner un mar de por medio y su único bagaje auténtico era ella misma, que trajo íntegra de la isla, viéndose obligada a inventar artilugios, técnicas improvisadas, nuevos motivo de abordaje.

Estaba allí mientras ocurría el intercambio de miradas interesadas y las maneras lentas de caminar, donde ciertas urgencias requieren un ritual coreográfico de sombras haciendo pleno el placer de reincidir en la debilidad. La danza es el minué nocturno entre mujeres ofertando su declinación, jovencísimas doncellas soeces, gritonas y bebidas haciendo el invite insinuante a caballeros ocultos en portales, disputando tarifas con donceles a quienes les está permitida la altanería, simulando la custodia de rufianes discretos. La noche alternaba la luz de la luna con golpes de oscuridad total, la pasajera caminó de un lado a otro integrándose a la pavana en preludio con desenfado y le bastó una mirada para tener el panorama claro de la comedia. Tenía por delante varios meses para conocer entretelas de la ciudad, sería imprudente ahondar las vivencias en la primera noche; pudo marcharse, pero eran más potentes las ganas de mirar con desenfado. Algunas muchachas estaban sorprendidas por su presencia y repugnadas casi, como si la intrusa las desvistiera manoseándolas a la vista de todos. Una entre ellas, morena de algo más de treinta años intuyó lo buscado por la pasajera del camarote número seis, la agredió sosteniéndole la mirada, haciéndole saber que estaba dispuesta a darle lo deseado si pagaba el precio que exigía un servicio excepcional. La adivinó en la manera de encender el cigarrillo cuando estaban a menos de dos metros una de otra. En la firmeza de las manos iluminadas por la llamita, la morena también se excitó con el regusto de la caña subiéndole al paladar hasta provocar su propio infierno. Ambas sabían innecesarias otras declaraciones en la entrevista sin huecos para malentendidos, fueron directo al asunto, la pasajera aceptó sin regatear el precio establecido por la morena y pidió postergar el encuentro hasta el otro día por estar, dijo mintiendo estar al final del período invocando discreción que se daba por sobreentendida. Demostrando su buena fe y confianza en la desconocida, la pasajera adelantó algo de dinero, exigió con firmeza varonil la exclusividad total para mañana. Se encontrarían a las nueve de la noche en un lugar que despertara menos suspicacias, el pacto quedó convenido, la pasajera le obsequio a la morena tres cigarritos turcos y después la besó en la boca pasándole la lengua por las encías catándola por adelantado. La morena sintió la mano firme de la extranjera en la cintura, el olor de mujer limpita y se derramó pensando el goce postergado. Después se separaron sabiendo las dos que mañana sin falta se encontrarían para retomar el delicioso asunto interrumpido. A paso rápido, dejándose arrastrar por el instinto fuera de control la pasajera del camarote número seis del “Mary Ann”, que atracó esa mañana misma en el puerto de Montevideo, regresó al Hotel del Globo. Por fortuna estaba el conserje de la noche y pudo obviar el comentario de su primer paseo nocturno al comedido que hablaba apuradito; cuando pidió la llave evitó demostrar la excitación, subió las escaleras a paso de institutriz frígida, entró a su habitación y abrió de inmediato la ventana para respirar hondo el aire de la noche, la brisa con olor a salitre. El corazón le latía fuerte, ella bajó la intensidad de la luz de gas hasta que las penumbras deformaron sombras sobre paredes empapeladas. Se desvistió despacio como si la morena de la calle estuviera ahí con ella contándole los viles desgarrones de su puta vida; se quitó la ropa menos la camisa, fue hasta el costado de la cama grande y se sentó; abrió el maletín con iniciales grabadas y sacó uno a uno envoltorios de terciopelo azul que fue desplegando como muestrario de esmeraldas amazónicas sobre la colcha bordó. A la luz de la llama azulada los aceros del instrumental brillaban disparando efectos espejados, las formas conocidas adquirían una novísima perfección y reflejaban senos envilecidos de la morena que se dejó lamer las encías y su propia espalda acariciada por dedos ásperos de la mujerzuela. La pasajera tocó los bisturís, escalpelos, tijeras afiladísimas prontas a cortas las mamas y las tripas, preguntándose cuán larga será la noche de mañana o era preferible seguir huyendo del basurero de Whitechapel hacia Buenos Aires; lejos de sus amadas putas descuartizadas en la niebla y así -pensando como recién casada en el monstruo embrionario- la pasajera se recostó sobre el almohadón de plumas, hasta quedarse dormida para soñar con gallinas degolladas.