Buchanan’s sin hielo

Carezco de tiempo para abundar en perniciosos detalles afines y parásitos, quisiera Dios que fuera porque me estoy muriendo. Sucede que marcho hacia un final tragicómico inventado por alguien que me odia, utilizándome a su guisa y necesito cada segundo que pasa para entrever improvisando el plan que me suprime. Intentar desmantelarlo con la finalidad de rebatirlo sería un despropósito, una falta de respeto insoportable para mi propia inteligencia. Ellos fueron advertidos por la llamada anónima en el momento oportuno y están llegando a la entrada principal de mi penúltima morada.

Estoy solo en el lugar de los hechos y se nos agota el tiempo, así que vayamos a lo esencial invisible e irrelevante. Debemos suponer con un poco de imaginación que, antes de la afirmación precedente, hubo una serie de hechos anómalos y vinculantes que la justifican. Lo que pretendo es salvar el relato sucinto de desesperación y oscurantismo, uno cuenta porque cree saber y lo ignora. Uno hace que cuenta intentando entender. En el principio fue la historieta gráfica de género medieval aproximativo, con monjes libidinosos tentados ante la carne virginal y templarios poseídos por criaturas diabólicas, brujas de Sabbat orgiástico y excomulgados fanáticos, tortura y confesiones, muertos vivientes y exorcistas erotizados, que obtuvo un éxito relativo para lo que son las actuales exigencias del medio y el mercado. Así empezó a tramarse la maldición que se perfila; era también, mediante derechos de autor recuperados por primera vez en años, que podía proyectarme en un corte de vacaciones con mi pareja sin apremios económicos. Elegir un lugar de esos soñados cuando se leen suplementos dominicales a todo color, con rutas estrechas al borde del precipicio, acantilados tentadores y autos convertibles rojos que aceleraban tomando las curvas, en películas con James Dean y la princesa Grace Kelly.

Me parece que fue hace siglos cuando me propuse que el mes entrante iríamos bien lejos de balnearios atestados de turistas, eludiendo la hospitalidad protocolar de amigos y la miserable excusa de que la ciudad es bien agradable en verano cuando está vacía. Venía necesitando un sitio inclinado a la soledad contemplativa, sin que me demandara una actividad social ni medianamente activa. Durante unos días navegué con perseverancia en Internet, sin pretender dar con la oferta del día sazonada de promoción excepcional. Efectos especiales de estrellas en la pantalla, explotando igual que cuando resolvemos un solitario, como al final de los juegos del mahjong del Gato y el Dragón con fichas de marfil, crepúsculos destrozados por la música acompañante empalagosa y cifras en dólares de dejar con la boca abierta, sino buscando el lugar de deseos con reminiscencias de Acapulco antes de los Zetas y la costa amalfitana sin la Logia P 2.

Mi pareja y yo afinamos pretensiones, ajustamos deseos caprichosos de diva entre risas cotejando los criterios más disparatados, hasta que decidí –o el espíritu vengativo de algunos de mis personajes rencoroso lo hizo- que fuera una isla retirada de los circuitos saturados; y hubiera sido desde los fenicios pueblo de pescadores, con queso de cabra, hojas de parra envolviendo arroz, miel con un dejo lavanda y tomates de colores. Conservando levísimas conexiones con el mundo civilizado, una lancha a motor para pocos pasajeros y dos veces por semana cuando mucho.

Había esa ambición de esperar unos días para decidir al borde del reglamento publicitario, jugando con el destino hasta dar con la perla rara escondida que se hacía esperar. En esa forma de indagar distante, uno entabla diferentes contactos con efecto dominó; lo supongo por los resultados que la demanda mía fue nutriendo, puede que caótica cuando lanzaba los motores de búsqueda. Esa perquisición obstinada nunca resulta solitaria y para llegar al contacto deseado, se debe pasar por millones de probabilidades. Lo que nos aguarda del otro lado de la red suele contradecir el sueño realizado instantáneo, afirmando la celeridad de concretar buenos negocios con nuestras debilidades confesadas en público.

Durante un fin de semana dejé de lado la búsqueda, fuimos a otra ciudad lejos de la modernidad infectada de diseño –poco más que un pueblo incambiado de aspecto desde hace dos siglos y cinco horas de carretera provincial- a la boda de un amigo querido de la noche que se casaba por tercera vez. “Esta es la definitiva” me dijo por teléfono, “no me pueden fallar.” Además de la amistad de años, había nuestra curiosidad por ver el montaje social del guateque y allá fuimos con entusiasmo ambiguo. El episodio nupcial fue vivido de manera natural y divertida sin que faltaran las sorpresas; desde los alojamientos previstos para los invitados especiales entre quienes nos contábamos, hasta el servicio de catering exótico. Rematado con un pastel de boda alucinante, que daba vergüenza ajena cuando ingresó al salón con la ayuda de tres camareros corpulentos disfrazados de gladiadores. El amigo había tirado como se dice la casa por la ventana, no pude dejar de pensar que la exageración de la fiesta ya contenía las copas rotas del divorcio con pleito escandaloso: él creía que tanta felicidad compartida lo pondría al abrigo de la ruptura.

Era enternecedor pensarlo en esa circunstancia de voluntad y negando el desastre anunciado, planeando como bandada de cuervos renegridos sobre nuestro brindis tendiendo a hipócrita. Podían ser mis malas intuiciones de guionista, pero aquello tenía algo de comienzo y final coexistiendo; si bien el empeño evidente hizo olvidar que venía de dos sonados fracasos oficiales y otras historias que explotaron en pleno vuelo del Boeing bautizado “vivamos juntos, te lo suplico”. Había algo de todavía podemos ser felices con hijos venidos de varios horizontes y un ingenuo empecinamiento de esperanza, que resultaba conmovedor por la indolencia del novio. Sin olvidarla a ella, que seguro venía de operarse por lo menos párpados y tetas. Desde que nos saludamos por primera vez la definimos como una bruja de cuidado, actuando con premeditación y alevosía: de esa mujer sólo se podía esperar un itinerario de perdición con tribunales y detectives privados pudriéndole la vida a nuestro amigo. Negociaciones hasta perder la cresta en pensiones de todo tipo y la confianza en el género humano femenino; para lo que faltaba menos tiempo de lo que el novio tan feliz de la iniciativa, podría suponer. Nunca entendí mejor que en esa fiesta la fórmula del cascabel y el gato.

Cuando abrí el correo electrónico ya de vuelta en mis cosas, aliviado del empacho de prosperidad hortera que veníamos de padecer, cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré en la pantalla unos sesenta mensajes, con el objeto “isla prodigiosa” a manera de común denominador. En apenas cuarenta y ocho horas, miles de decodificadores, empresas del ocio, sitios multiformes, agencias turísticas, mayoristas sajones y particulares especuladores, estando al tanto de mi aspiración, ofrecían cientos de variantes que, por supuesto, se adecuaban de maravilla a lo que habíamos buscado. Algo así como: pare de sufrir buscando en la incertidumbre, nosotros tenemos lo que usted necesita y dentro de lo razonable.

Había ofertas delirantes, estafas groseras, disparates cursis con enanos de jardín policromados e imitaciones del coliseo romano, de todo un poco. La noción de la privacidad voló en mil pedazos y ahí mismo decidí que iría a otro lugar. Estaba fastidiado de ese retorno electrónico de intromisión chabacana y por haberme creído la farsa del anonimato asegurado. La mejor respuesta hubiera sido una excursión a los templos de Birmania y alcanzar los Buda de piedra, cabezas magníficas, tan fuertes en su presencia como la Pasión según San Mateo. La idea de un viaje en pareja de doce horas en avión, la humedad de la jungla con monos bullangueros, permanecer insomnes en medio de la noche sin conexión a la red, ver a lugareños bebiendo coca light en lata y con camisetas del F.C. Barcelona me agotaba de solo pensarla. Debía reaccionar, parar la hemorragia antes de que me invadiera la vida privada y seleccioné todos los mensajes para suprimirlos de un solo gesto.

Pudo más la curiosidad esa de portera divorciada, la mezquindad de que la próxima fórmula puede deparar el prodigio, del temor de haber pasado a medio centímetro de la ocasión irrepetible sin haberme percatado, como si tuviera una tirada de Tarot servida y yo negándome a rechazar la lectura del vidente de turbante turquesa. Me intrigó saber qué era lo que pensaban los otros de mi imaginación estival, cómo suponían ellos en cacería la configuración de mis anhelos de vacaciones y cambié de procedimiento. “No estoy para nadie” dije y me dispuse a abrir los mensajes durante un par de horas. Hice bien en principio, aquello fue una buena experiencia de sorprendentes consecuencias; como en esas situaciones de indagación, todos los mensajes son prescindibles menos uno, que me estaba destinado porque nos buscó hasta lo recóndito de nuestros deseos. La mayoría presentaba largas listas ordenadas por precio semanal, divagaban sobre un universo de los posibles a la vuelta de la esquina, catálogos de bondades tan extensos que fatigaban la atención y las ganas de viajar. En cambio y fatalmente, uno de los mensajes estaba personalizado; quiero decir que venía a mi nombre con los dos apellidos, era un llamado familiar que incentivó mi natural curiosidad a seguir adelante.

Nadie se puede confiar de esas fotos de propietario que pretenden engañar el ojo atento del interesado. El mensaje en cuestión tenía un movimiento panorámico sin efectos especiales desmoralizantes, menos música incidental New Age y un conjunto de informaciones prácticas de traslados, planos del lugar, accesos, facilidades de pago y comodidades que me solucionaba el problema con la varita mágica. No tenía siete posibilidades en lista de espera sino una sola y era esa. El precio estipulaba exacto lo que quería pagar, mi tope secreto que nadie conocía y era claro que la casa propuesta valía mucho más. Su misterioso propietario argumentaba sobre el criterio selectivo del cuidado de la residencia, agregaba vistas interiores correspondiendo a mis deseos y actividades, como si yo mismo la hubiera diseñado con el arquitecto en su estudio. Evocaba el mensaje un contrato de tres semanas, que era el tiempo previsto agregando –por cuestiones de familia y coordinación de calendario- la posibilidad de una primera semana sin cargo adicional… gratis faltaba decir. Era lo que estaba esperando, necesitaba esa semana de soledad concentrada. La pareja no vivía los mejores momentos de complicidad y la expedición a la boda tampoco mejoró el panorama de la convivencia. Un tanto escéptico, seguí las instrucciones, el futuro cercano se presentaba bajo los mejores auspicios e incluso las tratativas podía hacerlas con mi banca evitando las estafas con tarjetas de crédito.

Esa tarde que solicité para la respuesta definitiva, pasé de la atonía de estar abrumado por las ofertas a esa satisfacción de saber que las vacaciones están solucionadas. Hasta me sobrevino el temor de que otro se me adelantara y concretara antes, tenía una excitación de sala de subasta que no es mi estilo pero debía aceptar. Lo hablé a las apuradas con mi pareja y estuvo de acuerdo, lo que no dejó de sorprenderme y más sabiendo que todo me lo rebatía en los últimos días. Envié mensajes de confirmación cuando caía la tarde, el asunto quedó solucionado antes de que abriera una botella de mi whisky favorito para festejar por la suerte y cierto orgullo de mi capacidad para las gestiones prácticas a ciegas.

Estábamos muy sobre las fechas y quedaba por delante un mes que se me fue volando. Si recapitulo, resulta que viajaría solo y me instalaría durante una semana en la isla; sin prisa, debería abrir la casa, prepararla para cuando mi pareja volviera de unos pocos días que pasaría con sus padres. Iniciar el descubrimiento somero de la zona que durante dos semanas seria nuestro hogar, aprovechar el retiro necesario para ajustar fichas de mi próximo proyecto de culebrón retorcido, si es que la convivencia ríspida me lo permitía. Cuando era muchacho leí “El retorno de los brujos” varias veces durante un período alquímico, hasta considerarlo mi cosmogonía personal. Nunca supuse que ese mundo alternativo de imaginación y esoterismo, misterios relativos a la religión heterodoxa y complot permanente del mundo, de argumentos sin explicación racional y de otros mundos, aquí mismo o muy lejos en el Espacio y Tiempo, esa fascinación por universos paralelos, sociedades secretas y un seudónimo connotado, me permitirían instalarme en vidrieras de librerías del centro de la ciudad. La lectura tampoco cambió mayormente, varió el gusto de los lectores cautivos y no era el momento de buscarle explicaciones porque me beneficiaba.

Al mes estaba en la sala de embarque del aeropuerto con los papeles en regla y el equipaje despachado. Fui a comprar la prensa y quería verificar en los estantes si mi “Manual del Cruzado agnóstico” seguía en circulación; ya no estaba en las pilas de la primera línea, pero tenía buena presencia considerando los meses transcurridos desde su publicación. El editor me pidió una segunda parte en continuación con los mismos personajes; estaba indeciso, me rondaba la tentación de escribir una historia policial con enigma y creía barruntar una idea original rondando el asesinato perfecto… tenía una buena semana para poner las cosas en claro.

Llegué a la isla cuando caía la tarde y habitado por esas preocupaciones de la vida cotidiana relativas a toallas de baño, la máquina lavavajillas, cubiertos, los yogur cero por ciento sabor vainilla con frutas rojas en el refrigerador. Lo previsto en lo planeado sucedió con una normalidad que calificaría de desconcertante, hasta diría que me pareció haber llegado el día anterior pues, desde la salida del aeropuertos y hasta que se hizo noche cerrada, cada movimiento se deslizó sin obstáculos ni impedimentos mayores. Como si el propietario hubiera puesto sumo cuidado en los preparativos y me estuvieran esperando, guiándome para facilitarme las cosas sin que yo me percatara. La llave estaba en el lugar convenido, había una breve nota manuscrita de bienvenida que cometí el error de destruir; sólo debido al azar quise creer que había una botella de la misma marca de whisky que prefiero. Me moví con soltura propia de conocedor, puedo decir que a las dos horas estaba instalado y parecía que había estado ahí antes en una vida anterior. Venía de un año agitado, era la primera vez en meses que para mañana a las diez y media no tenía otro compromiso ineludible de suma importancia. Tardé en dormirme sin llegar a detectar la falla que necesariamente habría en el sistema, luego no me desperté en toda la noche para tomar el somnífero con melatonina ni beber un vaso de agua.

Cuando me levanté al otro día descubrí que en la entrada estaba el auto que había alquilado, alguien lo trajo durante la noche sin que yo me hubiera percatado. Fui hasta el pueblo que quedaba a siete kilómetros y a pesar de hablar una lengua distinta a la de los pobladores, con un poco de inglés me las arreglé para el café, tabaco y las primeras compras. Pensé que debería consultar un mapa detallado pues había algo así como un error de diagramación. La información manejada antes de decidirnos, evocaba un pueblo de pescadores de postal mediterránea; pero hacia ese costado de la isla, había una continuidad desagradable de residencias turísticas, decepcionantes por su monotonía, como si la estación solar estuviera recién por comenzar y una intuición de que jamás habría temporada turística pues faltaban hoteles. Como si allí fuera cuestión de propietarios venidos del continente y zona protegida, alejada de la curiosa intromisión de visitantes indeseables. Seguro que el ambiente familiar y la movilidad cambiarían al comienzo del mes; había venido a descansar y me harían falta tres días de desenchufe descargando el agotamiento. Arrastraba la inercia laboral y me dije que desactivaría la atención al ritmo que impusiera el cuerpo; hice las compras básicas, almorcé un pescado asado con un chorrito de aceite de oliva y macedonia de frutas, bebí un vino blanco que tampoco pregunté si era de la región y tenía un dejo distante de resina. Temí una tormenta súbita que pasó de largo hacia el mar y regresé a la casa.

La recorrí para deducir el sistema de espacios interiores, la fluidez de escaleras y corredores, la lógica del agua corriente e iluminación, distribución de ambientes, el diálogo estrecho de la casa con el entorno accidentado del terreno. La propiedad era inmensa, además de la casa había otras dependencias exteriores, la cocina era enorme y era seguro si el tiempo acompañaba, que las más de las noches cenaríamos en el jardín. En la planta superior además de los dormitorios y un baño de hotel cuatro estrellas, había un estudio de trabajo estupendo con vista al horizonte. “Aquí podré escribir y dibujar tranquilo” me dije, un lugar que daba a una enorme terraza donde me instalé con una copa de mi whisky preferido. Nunca fui amante de la naturaleza, la vocación bucólica se me cortó de raíz en la infancia y esa terraza incitaba a la contemplación panteísta. Entre las luces del movimiento admiré dos paisajes intercambiándose; el diurno tenía en las cercanías un juego de lomas que me recordó estribaciones de la Toscana, más a lo lejos dos cerros de pendientes asimétricas derivando de cadenas montañosas diferentes. En el medio del panorama se entrometían la franja del mar y un segmento de la carretera llevando al poblado.

Cuando ese perfil se fue diluyendo, la bóveda celeste impuso esa magnificencia de puntos luminosos que hemos olvidado quienes vivimos en la ciudad. Contemplé las estrellas sin saber identificarlas por su nombre de astrónomo, me fastidió esa ignorancia del saber que tiene cualquier muchacho embarcado en un remolcador. Debería estar algo calculado, en un segundo sentí que se ponían en movimiento mecanismos invisibles y faltaba sólo una música de cuartetos ingleses cuando los regaderos, clavados en la gramilla, comenzaron un zumbido de chorro entrecortado con sorprendente alcance en el círculo acuático. Las luces de jardín se encendieron y lo mismo la piscina con luces interiores, rectángulo de un azul de porcelana acuosa que resultó grata sorpresa. Seguro que estaba en la información y lo olvidé y si estaba no era una alberca de esas dimensiones, Sentí la alegría de un niño pobre por esa sorpresa que fuera instalada de milagro; el niño hubiera bajado para bañarse de inmediato, pero tenía puesto mi suéter de abrigo y me dije que también el tiempo por delante. “Esto es una maravilla” le dije a mi pareja a la que llamé dos veces, le había perdido la costumbre a la soledad y la distancia me permitía contadas frases de ternura.

Una cosa era mi soledad y otra la zozobra proveniente de ese paisaje; por momentos me sentía el personaje de un cuento de vertiente fantástica. La historia anodina del extranjero instalado en una naturaleza adversa que lo rechaza, mediante manifestaciones de fuerzas arcaicas que toman la forma de hechizos terrestres, encantamientos celtas inscriptos en la piedra. Pensaba que esa semana podría entablar una concordia con el clima de la isla, mutua empatía que me daría ánimo para trabajar y con cierta densidad. El entusiasmo de la ósmosis no se producía sino todo lo contrario: el advenimiento de una incomodidad, etapa previa de algo desagradable que estaba por ocurrir. La concentración faltaba a la cita, cada veinte minutos necesitaba caminar y prepararme un café, encender otro cigarrillo que dejaba a medio fumar. La lectura más superficial me irritaba hasta el desagrado, quizá lo mejor sería aislarme de mis hábitos y tentar una conciliación con la naturaleza del lugar. Ese entusiasta plan alternativo nunca lo pude llevar adelante, la primera señal ocurrió al segundo atardecer de instalado, la escena se repitió casi como en la noche anterior. Esa segunda vez estaba dispuesto a tomar un somnífero para evitar la reflexión de los inconvenientes.

No era que el lugar me rechazara, al contrario: parecía que me ensimismara en una historia de la construcción que yo desconocía. Busqué doblar la sensación de agrado de la primera noche, repetí la cadencia de las acciones del cruce de la luz y cuando escuché la liberación automática del dispositivo del riego, me di por satisfecho. Leyendo señales panteístas y un mandato incómodo dirigí la mirada hacia la piscina, que era una enorme pantalla plateada de cine volcada en la horizontal del paisaje. Descubrí el ruido del sistema que debería estar rondando por debajo del césped; sobre la superficie del agua, como si alguien que no se presentó la hubiera limpiado de hojas secas e insectos, advertí esa forma oscura flotando, escándalo gráfico novedoso de la continuidad visual. El bulto impreciso era importante y pensé en la lona, almohadón plástica de reposo que voló hasta el agua. Un animal salvaje que hubiera caído cuando llegó hasta allí a saciar la sed de una tarde de sol. La tarea de comportarme de inmediato como un cuidador jardinero y bajar a limpiar me pasó por la cabeza, la idea de tener que ir a realizar tareas manuales después de haberme duchado me fastidió. Desdén o pereza, consideré que era excesivo para mi estado de ánimo y cometí dos errores que se revelaron fatales. Pospuse para el otro día el interesarme por el incidente y no le dije nada a mi pareja mientras charlamos después de la cena, antes de acostarnos cada uno en su cama. Debió intuir algo pues me preguntó “¿ocurre algo?” y yo le comenté que estaba fatigado.

Pudo haber sido esa visión algo fantasmagórica y la profundidad del sueño a la que me llevó el cóctel de whisky con somnífero. Dormí profundamente y como si de una ironía se tratara soñé la solución argumental del relato que tenía en preparación. Descreo de esas coartadas de la inspiración durante el sueño porque nunca me había ocurrido, pero al otro día me desperté con la solución clara en la cabeza y hasta con ganas de gritar eureka. Mi vida estaba cambiando, las incomodidades de la víspera eran tempestades que se agitaban para hallar la salida del túnel. Si habían existido algunas horas de disgusto con el local, en cuanto desperté por segunda vez en la casa alquilada tuve la certeza de la reconciliación. Me afeité para mirarme a los ojos cara a cara, contarle a mi imagen la buena idea que nos llegó durante el descanso. Incluso antes de ducharme, como si se tratara de una cábala de vieja data hice algunas anotaciones a la ligera sobre una hoja. Me había sacado un peso de encima con esa solución hallada mientras dormía; recién después de la ducha me percaté del silencio reinante. La máquina de la naturaleza había dejado de funcionar anunciando el final, lo compensé con el ruido de la cafetera, de mi respiración, las bolsas de plástico de la compra y el tostador automático.

El tiempo estaba incierto, el cielo cerrado, afuera soplaba el viento y como pensaba trabajar desarrollando ideas de la pesadilla no me preocupé demasiado. Serían las últimas lluvias antes del intenso sol del verano y tomé el desayuno en la cocina. Cuando enjuagaba la taza de café recordé el incidente de la víspera y decidí bajar al jardín para observar lo ocurrido, resolver lo que fuera; pensé si lo podría solucionar yo mismo o debería llamar a alguien que se ocupara del asunto. Bajé dispuesto a no darle más de media hora al incidente y almorzar en paz. En los archipiélagos los cambios de tiempo son veloces en uno y otro sentido. De la misma manera que se puede pasar del cielo despejado a una tormenta rabiosa, alcanza un viento insistente para que el horizonte de nubes oscuras amenazantes se retire, dejando libre el dominio solar y fue lo que ocurrió. Saliendo de la cocina me preocupaba de la humedad y cuando llegué al borde de la piscina, estaba en una hora de verano intenso. Mientras andaba pensaba en un accidente de objeto maleable y cuando llegué al abismo rectangular hallé el cuerpo desnudo de una muchacha muy joven flotando boca abajo.

El impacto fue proporcional al cadáver y la avalancha de preguntas que me vinieron a la cabeza; si… por supuesto, todas esas siendo innecesario repetirlas. La velocidad luminosa pasando de la anagnórisis a una situación sin discursos y discernimiento, fue rayo perpendicular en el horizonte. La confirmación del milagro, menos cuando lleva a la claridad de lo sagrado que a impenetrables tinieblas de la pesadilla. Cometí otros errores del principiante, retiré del agua el cuerpo desnudo como si hubiera una posibilidad de reanimarlo regresándolo a la vida. En tanto entendía que nadie creería mi versión pues dejé pasar una noche sin dar la alerta y lo tiré al agua borrando el tiempo transcurrido, metido en inextricables instancias de la reconstrucción del asesinato. Me dirigí hasta el depósito de materiales llevado por un presentimiento y contemplé la escena del crimen sin la víctima transportada. La ropa amontonada, indicios de violencia en el desorden de los enseres, el desgarrón de mis prendas habituales con manchas de sangre y que acomodé hace una eternidad en los cajones del dormitorio. Comenzaba a intuir sospechando lo inexplicable, la primera batería de dudas era ociosa, prescindente mientras yo debería estar en la segunda serie de mis respuestas desahuciadas. De la perplejidad crucé sin transición a la ausencia de explicaciones; intenté consolarme pensando que podría mantener la calma en medio del naufragio, sin borrar las pruebas materiales acusándome de lo que nunca había hecho.

Volví a la casa e intenté llamar a mi pareja, una voz pregrabada y desconocida me informó que ese número estaba fuera de servicio; al segundo intento supe que era innecesario insistir. Quise tomar la iniciativa de llamar a las autoridades locales, pero ignoraba el número correcto de la policía y no había ni una lejana posibilidad de que pudiera explicarme en la lengua local. Busqué en el ordenador la dirección donde contraté la casa; en su lugar había un sitio pornográfico duro, proponiendo videos donde martirizaban muchachas como la que apareció muerta en la piscina. En un minuto intenté formular las interrogantes que se desprendían de la situación, pero me convencí de que en el resto de la vida nunca tendría respuestas adecuadas. Jamás sabría quién ni cuándo ni cómo ni por qué. La conciencia del crimen perfecto cometido por otro en mi nombre en un mundo paralelo y virtual tampoco me servía de consuelo. Era inconcebible que en unas pocas semanas me hubiera convertido en un personaje acosado, ello formaba parte de la imaginación cuando escribía las historias y no de la vida. Debía permitir sin oponerme que se sucedieran los acontecimientos, disfrutar el asombro supremo aguardando escenas que llegarían con lógica inexorable de manera ajena a mi voluntad. Mi capital de reacciones estaba circunscrito a su mínima expresión de resignada recepción y la necesidad de una variante imprevista de la Fe. De las contadas cosas que podría hacer me decidí por servirme una buena medida de mi whisky preferido. El saber que sería la última vez que lo bebía le dio al trago un sabor intenso conformándome en mi fidelidad a la marca.

Luego y resignado salí a la enorme terraza del lugar de trabajo, quería guardar en la memoria la instantánea de ese paisaje desde un mirador excepcional dando a la bahía de mi existencia pasada, sabiendo que alguien debería estar observando con prismáticos cada uno de mis movimientos. El mundo era idéntico a la víspera, excepto que por uno de los caminos a la vista avanzaban dos vehículos con misión asignada. Uno de ellos hacía parpadear, aún en esa luz marítima de soledad un faro azul intermitente. Se dirigían hacia la casa a toda velocidad, estaban informados de lo ocurrido como si yo mismo en un descuido les hubiera faxeado la confesión con lujo de detalles. Cuando se tienen las soluciones aunque sean erróneas la alegría desplaza la angustia del enigma. La solución a ese misterio es lo que debería haber soñado anoche, anulando el final de mi próxima entrega accidentada en la ruta de regreso.

Podría estar desconcertado pero habiendo jugado en pasajes del pensamiento con ligereza, confiscado el origen traumático del mundo que atribuí a dioses inventados y su final catastrófico en maquinaciones inverosímiles, no tenía derecho a fastidiarme por un incidente menor destinándome al guion de cualquier episodio de la Dimensión Desconocida. Vivía una situación suprimiendo la tercera solución que al final todo lo explica y queriendo salvarme del delirio inminente, me aferré a la única certeza irrebatible que pude anteponer: todo cuerpo sumergido en un fluido estático experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado por dicho cuerpo.

Buchanan’s. La marca del whisky es Buchanan’s y se destila en otras islas iguales de maravillosas.

Radio de remate

Como tantas otras de mis últimas vivencias, creo que lo escuchado provenía del espectro de la soledad sitiándome. A pesar de los múltiples análisis de todo tipo a que fuera sometido durante tres semanas, el médico tratante seguía sin saber las causas reales de mi comportamiento. La medicina conocida hasta el presente era inepta para diagnosticar sin márgenes de error mi sensación persistente y desagradable de sentirme perseguido por fuerzas extrañas. Un temblar súbito, el sudor espontáneo cuando camino por calles conocidas, el hallazgo de miradas desconocidas, gestos de desconfianza y objetos hostiles que hasta su aparición me resultaban indiferentes. Para esos síntomas oscilantes descubrí que ningún laboratorio tenía comprimidos o inyectables eficaces capaces de poder una mejoría en tres días; tampoco las hay para contrarrestar las ganas crecientes de vivir en soledad, la coacción de encerrarse buscando recobrar un tiempo otro, el ritmo interior demasiado personal como para ser compartido.

El sol de noviembre anunciando el verano irritaba mi espíritu, los ruidos ásperos de la ciudad activa me resultaban odiosos. Estaba viviendo -según complotaban y por mi bien los conocidos- un mal período de la vida, etapa negativa que deseaba superar lo más pronto posible; sin desarreglos visibles lo organicé sin molestar a nadie, decidido a evitar tranzar concesiones de ningún tipo. Me negaba el disfrute de la libertad propiciando el encierro, necesitaba estar en casa el mayor tiempo posible haciendo durar la expansión de los relojes. De día dormía con ayuda de pastillas –para eso había comprimidos a granel en las farmacias, como si el insomnio con angustia fuera la peste preferencial de nuestra época- que suprimían del radio sensible molestos hijos de vecinos, vendedores de diccionarios en mensualidades y motoristas insensibles. Busqué con insistencia los ruidos salidos de la noche, su silencio parecido al de cárceles y sanatorios; cuando la frenada de un taxi lejano puede ser también el guardia nocturno arrastrando los pies, una camilla despintada donde transportan a la morgue un muerto reciente.

Mi madre hubiera dicho que estaba necesitando un retiro espiritual, mi padre que debía trabajar seriamente pensando en el futuro y dejarme de pavadas. De ellos, que se fueron hace un tiempo considerable me quedaban dos herencias: cierto torbellino de preguntas ante la conciencia de una muerte rondando y una renta pequeña, gracias a la que me bastaba llevar un par de contabilidades en casa para sobrevivir. Un sistema de vida ascético sin divinidad a quien encomendarlo en ofrenda sacrificial, permitiéndome salir una sola vez a la semana para recoger el trabajo acumulado y regresar a casa lo más pronto que pudiera. Ahora que Marta finalmente me abandonó –decisión inteligente de su parte y oportuna para mis planes- estoy tranquilo. Ella me acompañó lo máximo que soportó y algunos tramos más, esperanzada de que un milagro secreto lograra en mi un cambio radical. Lo intenté eso de mostrarle un milagro sin que fuera suficiente; por el contrario, los retoques incorporados cada tanto terminaron por arruinar su frágil salud y demolieron lo poco que quedaba de su sentido del humor. Tal como estaban las cosas entre nosotros, intentar un gesto de cariño para retenerla hubiera sido un acto egoísta de mi parte.

Poco a poco dejé de llevar contabilidades a domicilio, que comenzaban a pesarme con su imperativo del asiento diario y el balance cada lunes que amanece. Es increíble con lo poco que un hombre puede vivir cuando se lo propone, más si evita enfrentar las tentaciones salteadas del mundo publicitario por correspondencia y las pulsiones frustrantes, el entusiasmo de conocidos y programa -con mente contable de comienzo de siglo- un balance de ferias, almacenes barriales y supermercados. La impresión de estar equivocado se volvió un grato sentimiento de bienestar y concretando un cambio completo decidí cambiarme de ciudad. Me mudé a una ciudad extraña de las que abundan en Canelones apenas cruzado el puente sobre el arroyo Carrasco; sin ninguna reputación ampulosa como Montevideo, parecía la capital en la zona de chacras pero siendo otra y que me brindó, luego de una búsqueda intensa un barrio tranquilo alejado de los curiosos.

Largas caminatas al atardecer luego de desayunar lo mismo cada día me mantenían en forma física, la puntualidad y eficacia de la sucursal bancaria de la zona ayudaban a que fuera un buen pagador. El suceso inesperado de mis artesanías fabricadas durante la noche -recuperación de una habilidad juvenil que creía olvidada- en dos ferias vecinales me procuraba un dinerillo extra que a decir verdad resultó de gran ayuda. Ese alejamiento del pasado y del día me sentaba bien, descubrí que las amistades epistolares son comprensivas y menos cargosas que en las confrontaciones cotidianas que obliga la vida civil. El montaje y concepción de las artesanías y la escritura de cartas llenaban con holgura mis noches en su casi totalidad. Temeroso de que el casi no se volviera vacío mayor decidí comprar un aparato de radio; sabía que el ingenio importante es el que recibe el mensaje, mucho más que el trasmisor que emite. Mi oído nunca fue motivo de orgullo y me tenía sin cuidado la calidad del aparato que pensaba comprar.

Dejando de lado novedades técnicas, potencias y cantidad de perillas a manipular, fui una tarde hasta un remate de las cercanías; allí me sería fácil encontrar algo que otro vecino desapegado descartó como chatarra. Si bien sabía con certeza lo que buscaba, cuando entré al remate me detuve admirado en la contemplación de todo tipo de objetos. Aquello era el sótano de la vida o la ciudad, la buhardilla de la historia reciente, el galpón de los readymades sin destino de galería. Los sospechaba depositarios de infinitas historias que me gustaba adivinar, comenzar a inventar suponiendo que el mundo es un cuento inconcluso. En cada objeto desgarrado comenzaba un cuento, se aceleraba una novela y caía en decadencia una saga con el mismo estrépito del imperio romano. Apenas empezadas, las abandonaba agotado de tanto diálogo, comentario, grito, quejido que se iban intercalando y eso mucho antes de que las intrigas se volvieran interesantes. La razón de esa desidia era simple de entender. Me desmoralizaba saber la imposibilidad de imaginar un argumento que coincidiera con lo sucedido realmente y ese desencuentro me molestaba. Entre esos tomos de historia sin letras y lectura compleja quise hallar la radio que me estaba destinada.

Exonerado de la impaciente emoción del primerizo con la obstinación de comprar una pichincha, dejé pasar cuatro jueves seguidos de monótonos martilleos y escasas pujas por la asignación de calefones viejos, cocinas inservibles y roperos destartalados. Más testigo curioso que comprador compulsivo, vi pasar de todo, escuché con sorpresa pujar y pagar precios que, si se sumaban traslado, comisiones difusas y la propina a los changadores, superaban los precios del comercio mayorista; pero daban al comprador compulsivo, la satisfacción similar a abatir un león furioso de un solo tiro de fusil a menos de seis metros. Mi porcentaje nulo de participación en las transacciones tenía intrigados a algunos concurrentes habituales, mi silencio era más obstinado que su curiosidad distraída por la salida de nuevos lotes.

El momento llegó y fue amor a primera vista. Estaba allí sola sin asumirse abandonada, recién llegada entre lotes de la víspera dispuesta a comenzar una nueva vida mañana mismo. Despreciada y propuesta sin entusiasmo por el rematador, pasaba indiferente para otros asistentes a la subasta. Desde el comienzo me resultó fantástica, cuando levanté la mano ofertando -tal como aprendí los jueves anteriores- el rematador dudó de la situación creada que lo sorprendió poniéndolo en estado de alerta. Quizá pensó que estaba proponiendo a subasta sin saberlo una reliquia valiosa; considerando que detrás venía apurando una heladera Siam en buen estado, no se podía dar el lujo de titubear en ese instante. Después de la Siam había lotes sustanciosos prometiendo suculentas ofertas, entonces bajó el martillo sin dejarle a los otros el tiempo de la réplica y era sacarse un problema de encima.

Pagué al contado la boleta que me presentaron y marché con mi radio a casa con la intención de ocupar con otras voces mi trabajo nocturno. Desde tiempo atrás había renunciado sin remordimiento a comprar diarios y revistas, una pantalla hasta que anuncian el final de la programación y más a tener un televisor propio. Como fuera dicho, evitaba contactos personales por hartazgo y miedo a decepcionar. Mis lecturas recientes llegaban en historia al descubrimiento de América y en literatura seria a las aventuras de Sandokán con páginas ilustradas. Apenas llegué a casa invadido por una felicidad de comprador que presumía olvidada por completo, puse la radio a funcionar. Marchaba bastante bien, salvo algunos detalles menores cuyo arreglo podía postergar sin cuidado. Era prioritario lustrarla un poco, sacarle el desprecio que tenía acumulado, más bien el desdén a pesar de que la pomada en poco mejoraría el brillo de las voces de los speaker.

Vivir en soledad una larga temporada y comprar una radio de remate son episodios sin interés en la ecuación mundana y la economía del cosmos en expansión. Cuando de la combinación de hechos tan dispares irrumpe un tercer factor anómalo, cada detalle de la primera interacción resulta enriquecedor asumiendo un extraño sentido retrospectivo. Los dos primeros meses de convivencia con mi nueva compañera, las noticias que escuchaba de lo acaecido en el mundo me aseguraban en lo acertado de mi decisión de aislarme. Disfruté el nuevo poder de cambiar de música, imponer el silencio y obligar a gritar hasta lo insoportable con la yema de los dedos. Este ejercicio de dominio realizado cada tanto, hacía de las noches algo distinto, una suerte de jauría mecánica.

Resulta difícil concebir que en altas horas de la madrugada haya en la ciudad más gente escuchando como yo; sin duda existen mis cómplices desconocidos con quienes voy a un mismo encuentro. La vez en que emprendí una nueva exploración cautelosa, moviendo con lentitud los dedos como debe hacerse mientras dura la noche, encontré una onda extraña que me desconcertó. Ahí, hasta anoche mismo no había ninguna estación nocturna trasmitiendo; voces de ultraradio sin tonalidad de profesionales ni intermediación de micrófono, pronunciaban palabras avanzando la existencia de hechos que hubiera preferido no escuchar.

En un principio me dije que había captado por error trasmisiones de un radioaficionado y lo descarté cuando puse más atención. Pudiera ser la onda de bomberos llamados por incendios intencionales y la frecuencia confidencial de la policía. Era tonto suponerlo y a las explicaciones prematuras le siguió la sorpresa. “Bienvenido” escuché. Sabía que era el destinatario del saludo que se dirigía a mí, esa voz nueva me estaba hablando a mí. Sin dudarlo ejercí el poder de los dedos moviendo la perilla salteando el dial precipitadamente. Casualidades, cansancio, agotamiento residual del vivir contracorriente… ¿qué otra cosa podía ser? Esa voz desapareció entre mis dedos como agua del pozo de la noche. La tentación siendo fuerte era impulso urgido, necesidad de drogadicto en falta y al rato, menos de un minuto después, volví sobre mis pasos a buscar confirmaciones.

Algo me guiaba, encontré el punto del dial sin dudarlo y seguí escuchando. Eran palabras temidas, sonidos provenientes de lugares que imaginaba sórdidos, tiempos remotos sin retorno, timbre de voces que debían estar muertas. Antes de admitir el engaño de los sentidos me aseguré de los aspectos técnicos, revisé enchufes, busqué en vano falsos contactos, confronté parlantes y era impensable un error del material. La radio estaba ahí sobre la mesa, delante mío, encendida como todas las noches recibiendo ondas invisibles mientras yo continuada escuchando historias insoportables.

Dejando de lado mis otras pocas obligaciones, acotadas a la subsistencia biológica, pasé varias noches perdido en ese juego de reglas desconocidas y todas las noches se parecían. Como la pesadilla que llega puntual apenas nos dormimos, de la misma manera mi fuga del mundo se poblaba contra mi voluntad de palabras temidas. Sonidos llegando de habitaciones que presentía húmedas hasta la descomposición, tiempos cíclicos y voces diferentes que continuaba viviendo, formándose en el aire tóxico mensajes que eran para mí y estaban destinados también a muchos otros. Intenté dejar de escuchar algunas noches sin conseguirlo, toda resistencia del sentido común y la razón era infructuosa. Las voces estaban clavadas en el dial y aun sabiendo que había otras estaciones pasando música, programas de predicadores amenazantes incursionando hasta el amanecer, una hipnótica fascinación me conducía a ese punto del aire que, durante el día, era un amasijo de música y gritos de concursos para ganar planchas, exprimidores eléctricos de limones, licuadoras.

Llamé por teléfono desde el almacén a la radio para quejarme del disfuncionamiento flagrante de la emisora en las horas nocturnas. Me afirmaron, como si yo fuera un loco tarado quejándose que quejaba en el lugar equivocado, que a las dos de la madrugada cerraban la emisión, en la planta quedaba un sereno tartamudo y que por favor me identificara. Colgué sin entender el miedo que me dio pensar que podían saber mi nombre y localizarme. Tratando de explicar con lo poco de pensamiento que me quedaba las voces nocturnas, imaginé bromas del sereno borracho, funcionarios de estudios vetustos y estudiantes manipulando equipos piratas. Las trasmisiones eran todo lo opuesto a una broma, escuchaba clarito gritos de dolor y el dueño de la emisora debía tener noticia de esas infracciones.

Cuando la situación se hizo insostenible en mi ciudad de repliegue regresé a Montevideo buscando otro matiz de confirmaciones, necesitado de hablar con alguien de confianza. Horacio es un buen amigo, cuando pude localizarlo le conté sin parar lo ocurrido las últimas noches; en lugar de desconfiar del funcionamiento de mis facultades, me invitó a quedarme unos días en su casa de la calle Buxareo. Esa misma noche conversamos hasta tarde y a la hora señalada manipulamos buscando las voces. Esperamos inútilmente, Horacio me creía y para mí su confianza era insuficiente. Confrontado a la prueba de los hechos y el testimonio de un testigo fuera de toda sospecha fui yo quien comenzó a dudar; de que Horacio me ocultara información por mi bien y después si era verdad lo que creí escuchar. A los pocos días gracias al humor sensato de mi amigo me olvidé del tema, acordé que la hipótesis de los radioaficionados era creíble y que algunas ondas se pierden o quedan circunvalando la tierra como cometas invisibles.

Convencido de que hace mal quedarse tanto tiempo solo, librado de mi preocupación capital encaré la vuelta a Montevideo con el ánimo de estar en unas pequeñas vacaciones. Propicié una serie de reencuentros con viejos conocidos que disfruté plenamente y balanceaba con las ganas, innegables, de regresar como curado a la otra ciudad donde había una radio. Por la pasada experiencia en el remate y lo sucedido en las noches posteriores, adquirí la costumbre de observar en detalle cualquier aparato de radio que se cruzaba ante mi vista. La conclusión era siempre la misma: todos los receptores eran distintos al mío, diferentes a mi radio que tiene el recato femenino de una hipnótica tecnología superada. Es un mueble de madera con una tela que parece de sofá al frente y respira delante del parlante. Adentro hay lamparitas de linterna de diferentes tamaños iluminando el dial sostenido por un hilo rojo visible. Es de las radios que tardan más de un minuto en calentarse antes de emitir las voces, tiene válvulas agrisadas que se encienden lentamente intercomunicándose con vidrios gruesos y filamentos finísimos, antes de ponerse en funcionamiento transfigurando el aire hueco de la noche en letanía de voces interiores. Ahora que me reintegré a mis manías tengo la certeza: sólo estas radios de antiguos modelos logran captar la onda de los espectros. La emisión -también eso descubrí- la hacen utilizando viejos aparatos.

Con estas seguridades inamovibles he vuelto a frecuentar los remates y comencé a observar con interés a la gente discreta que compra radios pasadas de moda. Son ancianos vestidos con overoles de electricista, señoras mayores de sombrero que usan tapados gastados por la polilla, tienen algo que parece unirlos y algunas veces los he seguido. Después de caminar más de una hora terminan por desaparecer, los pierdo de vista. Espero con impaciencia el día que pueda conectarme con ellos.

Anoche hubo poco movimiento, sólo lograba escuchar un llanto apagado, persistente y rabioso de alguien, supuse, que venía de una sesión.

-Falta poco, dije en voz baja sin poder explicar mi reacción.

-Muchas gracias, me contestaron a mí del otro lado después de haberme escuchado.

Ahora sé que la radio somos nosotros, si me animo una noche de estas les cuento mi historia carente de interés. En alguna casa de esta ciudad proscripta, alguien se sorprenderá escuchando palabras mías, sonidos de mis instrumentos que faltarían allí si su radio tuviera transistores. Comprendí que tengo algo para decir de la noche, hay alguien dispuesto a escucharme y necesita mi versión de los hechos.

Hace bien eso de comenzar a desconfiar del miedo a la soledad.

El comisario de Cerro Mocho (cuarta temporada)

Para Oscar Brando

Yo soy probablemente el único hombre en el mundo que sabe que esas personas existieron.

Memorias de Ultratumba, François-René Chateaubriand

Episodio 1

About Ernesto Cardenal

Me había sorprendido estar del otro lado (¿qué era “este” lado?) sin haber tenido preparación alguna y además de estar convencido: la transformación es el estado natural de las cosas, es posible –por voluntad o castigo- acceder a instancias corporales de la humanidad. Eso, de un día para otro. Hace treinta años de la primera vez de este mismo asunto; nunca supuse que llegaría tan lejos y todavía emitiendo señales luminosas: Cada tanto lo intento para revivirlo para decidirme a olvidarlo; sublimarlo arrebatándolo del basurero de la historia, entonces –hoy lunes 6 de junio de 2016- me obligo a escribir sobre lo mismo. Pasaron añares desde los hechos evocados, la memoria dejó de actuar con eficacia detallista y la historia parece resultado de la imaginación. En las primeras intentonas afirmaba conocer de antes que la tristeza aguardaba al final del camino, estoy menos seguro ahora. Le descubrí al asunto otra vuelta de tuerca que permite ser optimista para los próximos días de redacción. Demoré en volver al texto en la reconstrucción pues parecía rehusar al nuevo plan de la versión IV. Emergió a la superficie de la conciencia una idea que lo acomodaba en su función y sentido: haber mantenido el plan secreto que estaba en la primera versión escrito a pluma con jugo de limón.

Recién ahora se hace visible, como cuando se observa una nueva constelación por primera vez fugando hacia los confines del cosmos, capturada infraganti en el ojo ciclópeo del telescopio. Antes decía que las cosas habían concluido y era mejor dejarlas así sin resolver, estaría de acuerdo si el soporte hubiera sido otro artículo periodístico o un manual de historia de aquellos años. Era relato al borde de la ficción y eso todo lo transforma, con la literatura en juego se erosiona lo imposible, los hechos que parecían disecados logran resucitar, adquieren una luz propia de luciérnaga escrita, alumbrando tinieblas extendidas desde hoy hasta la primera noche de la muerte. Igual hay que aplicarse el ejercicio evocador, es fatigoso ingresar al programa de la tercera memoria emplazado entre la colectiva y la personal, ello considerando con prudencia la usura del tiempo que todo lo perturba. En mi situación debo tener en cuenta el desplazamiento del cuerpo este en el espacio, un cambio de lengua afectando la comunicación cotidiana y paisajes poderosos de otras ciudades que se imbrican en parte del azar ajeno a mi voluntad. En ese movimiento tras la concordancia se deben buscar y remover recuerdos. Cuando enfrento determinadas situaciones estoy obligado a transitar etapas del proyecto; revisar frases que casi nunca me dejan contento, cotejar archivos intermedios guardando la clave de acceso a la memoria madre del episodio. Como en la Letra Secreta que Es Dios para los cabalistas convencidos existe en cada relato una palabra irremplazable, buscarla es tarea excitante y extenuando, el precio a pagar para alcanzar acaso lo deseado.

¿A mis años quiero retornar a esa anécdota? Claro que sí. Es contemplar desde lejos el paisaje invernal de la juventud perdida para siempre. En el año 2016 tampoco abundan las alternativas, hasta me puedo citar fijando un punto de apoyo y volver al grado cero de la escritura: “Un recuerdo casual en la calle, de mañana temprano, me indujo al deseo de recuperar episodios de aquella tarde tan alejada del presente anodino (también del presente que cambió por el trabajo sobre el cuento en los próximos días) y cuyo desarrollo pensaba enterrado bajo una capa de ceniza, un residuo calcinado de brasa oscura consumiendo el leño del olvido.” Para avanzar sin temer el accidente de circulación debo dominar la caja de cambios de velocidades, mirar fijo la ruta evitando el choque frontal, atender el volante, la velocidad y sacarle al vehículo el máximo provecho, sabiendo que se trata de una vieja máquina de reventa revisada para la ocasión.

El encuentro se produjo de la siguiente manera y siendo la cuarta vez que se lo escribe –estamos lanzados en cuarta marcha y la palanca entró fácil- habrá ajuste disonante entre memoria y deseo. Con los años transcurridos sobrevivieron días como números primos indivisibles y asociados al sol; unos grados que se agradecen de tibieza luminosa consiguen pasar entre ramas y follaje de los árboles de la avenida Uruguay que venían de ser podados. Sin que nadie lo advierta permanecen danzando siluetas chinescas de la naturaleza; formas, sombras recostadas a la vereda que inspiran, siempre y cuando el paseante se deje llevar por la credulidad infantil, junto a la suerte de saberse con vida algún truco sorprendente. De que es posible todavía que el conejo blanco salga de la galera: Oh! Oh! Oh! el conejo blanco!!! Cuento sobre libros porque de otras cosas es preferible callarse. Que un poeta y un pájaro se llamen cardenal es prueba con rima de la existencia del dios en que no creo. Con ese paisaje de árboles más algún trino de los congéneres era suficiente para entablar la asociación de ideas; sucedía a partir de la palabra cardenal y era sencillo avanzar hacia la criatura fantástica. Era casi debutante cuando la intenté versión e hice un juego simple con la palabra que en su momento me dejó contento, hoy lo hallo un tanto prescindible; siendo tarde para volver atrás debo pasar por ahí si quiero acceder a la nueva versión. Tampoco es demasiado, apenas un par de párrafos que trataré de mejorar con oficio de taller mecánico.

Cardenal entonces. Pájaro anciano que pliega el copete de su especie volando rasante con boina oscura (la imagen del pájaro con boina vasca está bien), preservando el poder del canto que desprecia el umbral de la muerte (aquí aparece una evocación del mito de Orfeo: enseña cómo abrir las puertas infernales con la llave del canto y fracasa en la tarea de alterar el mundo de los muertos). Yo admiraba (envidiaba en el original) su observar a la gente desde la gente misma (el poeta asimilado no necesariamente al albatros de Charles B.), cierta serenidad entre la tierra sacudida por la guerra imperialista. Contemplaba la gota remanente del rocío nocturno que puede mojar una barba blanca de luz que ciega, como ocurre en la contemplación cercana de la rosa mística. Esa criatura volando en intersticios de dos mundos se transfigura a voluntad entre poeta y ave diurna, a impulso del soplo de voluntad divina y anatomía modificada por instintos que dios –cuando esa noción se decide a existir: ¿y si dios fuera intermitencia eléctrica entre tres nadas insensatas y absurdas? – enciende con el fuego divino y ama a su manera de Hacedor, se desprende de la nada volando soberbio entre corrientes de vientos cruzados del lenguaje. A su paso volátil va dejando la estela imperecedera de versos, hay rimas para el amor anterior por la muchacha llamada Miriam y el cuerpo putrefacto del gusano Somoza que metió a Nicaragua en el horror moderno. Cantos directos como flechas, conmoviendo el alma de los hombres con el rumor de diálogos confinados en grutas subterráneas. Catacumbas coloniales donde la voz nítida de Propercio –engendrado por el latín y la Loba Imperial- revive y ante nuestros ojos se metamorfosea en epigramas cincelados, recorridos de miedo y heroísmo como si fueran latinos sin embargo.

Dice el poeta,

Ileana: la Galaxia de Andrómeda,

a setecientos mil años luz,

que se puede mirar a simple vista en una noche clara,

está más cerca que tú.

Otros ojos solitarios estarán mirándome desde Andrómeda,

en la noche de ellos. Yo a ti no te veo.

Ileana: la distancia es tiempo, y el tiempo vuela.

A doscientos millones de millas por hora el universo

se está expandiendo hacia la Nada.

Y tú estás lejos de mi como a millones de años.

Segundo párrafo: era de tendencia política, algo asimilable sobre el antiimperialismo tal como se afectaba en mi juventud. Desde el piso y envidiosos del vuelo los buhoneros al servicio, peinados con pociones gringas y cazadores de lo bello para suprimirlo porque anuncia, se irritan hasta el odio por el dios que permite esa osadía de juntar milagros dispares que los pone en evidencia miserable. El pájaro evocado (ojo de/movimientos, gafas redondas de/vocación de pájaro precolombino escapado del jaulón vegetal de la historia) dice y hace. En la tarea igual calla y reserva para unos pocos la señal esperada, distribuye en el poema estigmas secretos que ÉL (manera tipográfica de evocar una divinidad en la que descreo) supo inspirarle en temporadas de ayuno y madrugadas de plegaria, noches de persecución y oración invocando el amparo del Supremo. La situación e implicando a Dios, inclinado hacia el bando enemigo según la versión de un porcentaje sacerdotal, se hace/vuelve insoportable. Los hombres envidiosos inspirados por deseos del Maligno quieren castigarlo a como dé lugar. (Años después será el papa polaco afecto a los asuntos del César el encargado de la reprimenda, más preocupado por la Cracovia roja que por el alma de los niños sodomizados en el catecismo. ¿Quién servía a Lucifer en esa escena de rezongo de la pista de aviación?) Acusan por reflejo, juzgan sin proceso justo y condenan a la manera de tribunal militar. Dioses paganos dolidos por haber sido obligados al exilio del que nunca se regresa, con malicia de súcubos sumisos en misión destructora. Sin entender la humildad de dar las gracias a milicias angelicales intermedias por la dicha palpable y milagro del pájaro/poeta ese. Milagro revoloteando entre campesinos humildes con Angelus reavivando la razón del porqué de los lirios del campo.

Cosas que uno piensa sin quererlo siendo incoherentes cuando camina distraído por la ciudad, bajo el sol afilado de Maldoror y con el libro de poemas de Ernesto Cardenal, recién comprado de ocasión en una librería de viejo. Debo confesar que no era del todo exacto y luego de tantos años, habiendo actualizado el CV por razones burocráticas y académicas, era en esos meses que leía con intensidad la obra de Kafka. Todo había comenzado con La metamorfosis en las clases del liceo, el famoso relato que luego fue traducido a nuestra lengua por Héctor Galmés. Hasta escribí un pequeño manual para estudiantes, sin sospechar que se trataba de un encuentro decisivo y que llegaría intacto hasta la comarca del 2016.

Episodio 2

Uruguay y Dante

Era el despertar de una conciencia literaria. Kafka “lo único que hacía” es hacer visible lo real. Nosotros suponemos que somos hombres, en realidad somos un pueblo de escarabajos, una colonia proliferante de cucarachas alocadas. El texto nos atrae porque en el fondo de nosotros mismos, en secreto de confesión sabemos que lo allí contado es una realidad que se desplaza. Era ese el estado de espíritu y situacional para iniciar el movimiento perpetuo, había cierta envidia poética acurrucada como buitre en círculos, me interpelaba la transfiguración animal del viajante de comercio Gregorio Samsa en lo que tiene de insoportable.

Así camino por el centro de la ciudad en un paradero existencial que de resolución útil comienza a volverse problemática. Vida, pasión, historia y el mal dolor de la literatura, momentos en que es preferible la soledad para rumiar sobre caminos que nunca serán los hollados por mis zapatos con suela de caucho. En ese mientras tanto siendo el silencio aconsejado, malgré la alevosía solar inmiscuyéndose en los pensamientos –cargado del pasado que “ya” se niega a diluirse en la ciénaga del olvido, es imposible andar tres calles de continuo en paz, siempre ocurren intersección sumándose al azar y programando encuentros que reactivan el pasado. Algunos de ellos resultan molestos con retroactividad, otros remiten a retornos perseverantes de tiempos que uno supone lejanos; de cuando correr dos cuadras no ocasionaba palpitaciones en el pecho, éramos reconocidos sin avanzar explicaciones sobre trastornos visibles que acarrea el paso de los años (de eso trata este proyecto: con la diferencia de que los achaques del cuerpo se transfieren y subliman al cuerpo escrito).

En la avenida Uruguay hubo cambios en los últimos años, se quedó sin árboles del ornato público, pájaros en cantidad suficiente para la algarabía ni sombra para soportar una caminata de punta a punta. Igual hay esquinas predestinadas a cruces y atajos misteriosos, encontrarse con alguien en Uruguay esquina Dante no tiene nada de excesivamente original, se parece a la rutina de un razonamiento lógico, demostración matemática desprovista de elegancia. Hoy dudo de la escena y sin embargo en 1985 escribí: seguro, estoy casi seguro de que el encuentro se produjo entre los ómnibus que marchan del centro de la ciudad hacia los barrios alejados y populares, zonas proletarias de Montevideo como se decía antes, carrocerías desprendiéndose morosamente –más en las tardes de calor y días de pago de las pensiones- del barullo de la capital yendo a una periferia cualquiera a hora y media de distancia. En esa circunstancia pretendía llegar apurado hasta el poste del semáforo queriendo cruzar “al otro lado” y esquivando gente avanzando en sentido contrario fue cuando nos encontramos.

Venía de la calle Colonia, paralela a dos cuadras de Uruguay y la principal avenida de la ciudad, era ella sin duda, al vernos nos reconocimos con felicidad; algo agachados e inclinando los cuerpos hacia adelante, como detectives en películas de serie B con tiroteo (pueden imaginar el gesto) nos apuntamos con el índice de la mano derecha. Barriendo en ese gesto de exclusividad a la gente amontonada en esa parcela del mundo, también los autos circulando en hora pico y otros obstáculos hasta dejarnos el aire sólo para nosotros. A esa edad las emociones tenían algo de exagerado, el presente contiene un sentimiento compartido desde la niñez sellando un pacto con fusión de aquí a la eternidad. Cuando veo en ello a los jóvenes al final de los cursos, en estaciones de pocos trenes me cuesta creerles; pero es lo otro: la implicancia de tanta emotividad, orgullosa en su manifestación no resistirá el tirón de unos pocos años. Allí anidan en estado larvario traición y obsesión, desencanto y muerte.

Cuando entonces yo estaba del otro lado; sucedió el abrazo hamacándose de derecha a izquierda de osos de juguete a los que les hubieran dado toda la cuerda, se concentraban los posibles de afectos y lo que ni siquiera imaginábamos. Hoy es repetir el mito de Orfeo por variaciones: puede admitirse que la música abra las puertas selladas del infierno y la escritura regresar a la vida con la voz de los muertos queridos. Mientras duró el abrazo se cruzó la evocación de otros compañeros en la memoria, la semana pasada me escribieron que murió Daniel Mañana y recuerdo su casamiento –con otra muchacha llamada Miriam- por civil en un juzgado que funcionaba en una vieja casona con escaleras de mármol.

Volvamos al escrito original; fue tiempo de ensayar una cadencia y orden sorprendente, la lectura de afectos que con palabras definimos de manera aproximada. Era inevitable pensar en amigos y camaradas perdidos en rutas delineadas antes de la conquista americana, desorientados en calles cariadas de baches y sucios callejones sin salidas, inmóviles en casas sin balcón ni patio interior, ocultándoles que a ellos la ciudad –que puede ser indiferente- los extraña. Era ella encendiendo reacciones pensando en los ausentes, dije que nos abrazamos olvidando años que nos escamotearon trabajos por mejorar el mundo, resistencias encontradas en el intento y vimos pasar almanaques de la divina juventud con cifras aceleradas de hace medio siglo. En las películas de propaganda con el tema de la guerra mundial, cuando el responsable en la mesa de montaje quería insinuar el paso del tiempo con ese arrancar de hojas que asume el viento de la historia. Pensé: qué pena que mi amigo poeta no está aquí para que (se trataba de Eduardo Milán) improvisara versos loando la dicha de un tiempo disuelto recuperado por procedimientos mágicos y secretos. Era Milán en quien pensaba, Eduardo compensaba en conocimiento personal de “poeta” esa lejanía que tenía ante Cardenal y fue una suerte haberlo cruzado durante algunos años. Fue por él que escribí el final del Capítulo II de aquel texto de micro novela en la versión 3 pasando de lo general y conocido a lo próximo personal. Recuerdo boleros corales polifónicos con vasos de aguardiente, evoco tu asombro (dije campesino, pero fue un error de apreciación) algo curioso ante un texto maricón de Severo “Cobra” Sarduy, que volvía a preguntar en mantra mientras éramos jóvenes ¿de dónde son los cantantes? Recuerdos del otro y algún otro poema del tiempo amado –habías pasado por el perfume provenzal con doncellas, señores con hábitos de corte y trovadores enamorados, endulzando el sudor sangriento de cruzada- donde con verso de homo faber signaste hace diez y cien o diez mil años (y treinta después evoco a mi amigo poeta, considerando a la memoria la máquina de zurcir lo inesperado) el día irrepetible, la situación ardua para el frágil equilibrio del universo y el instante en que el viejo elefante de Idaho:

(Do not move

Let be wind speak

That is paradise),

que halló su cementerio marino en la jungla de canales venecianos, legaba sus colmillos para que se hicieran tres bolas de billar y el juego del azar recomenzara. El mundo es mezquino y el objeto complicado que queríamos cambiar desde los cimientos con más o menos frenesí, el mundo era palimpsesto de ideogramas egipcios y trazos mandarines, signos misteriosos de sociedades desaparecidas, palabras rimando en el decir trovadoresco metamorfoseado. Caroso huidizo del poema como piedra preciosa y corazón alado del poema a venir.

Episodio 3

La muchacha que volvió de la muerte

Se lo consideraba una premonición, era el destino penúltimo del pueblo judío confrontado a la deshumanización de la racionalidad occidental del Holocausto, pero FK miraba distinto. Podía anticipar –mensaje de dios decidiendo y poderes de vidente, lectura del porvenir en los signos caóticos de la familia- el horror resultante formalizándose como plan minado de consecuencias. El horror presumido es el de lo sabido: la metamorfosis colectiva irreversible una vez alcanzada la tierra de Sion. Ello conduciría a los judíos a la historia no sagrada sino de la humanidad y una vez despertados del sueño mesiánico, ellos mismos verían con sus ojos entornados a los otros como escarabajos hostiles.

Lo importante es la escena y su presencia, después fue la separación de los cuerpos sin dejar de tocarnos queriendo probarnos lo concreto del sueño. Nuestra no condición de espectros, agarrándonos uno a otro los dedos de las manos que buscaban ser dedos sin más y no garras de halcones como escribí una primera vez. Luego del tacto verificación por la mirada nos distanciamos a menos de un metro, de manera desfachatada nos mirábamos de arriba abajo, en secreto lamentábamos el olvido, descuido o el no haber urdido la ocasión –hablo por mí y en ese caso la ternura era tan fuerte como el deseo- porque nunca nos vimos desnudos subidos en una cama deshecha. Como ellos te vieron y se divertían a tus expensas; o porque cada uno de nosotros era para el otro –creo que hablo por ti sin tu autorización- un recuerdo comenzando a desaparecer. Después de un buen tiempo sin vernos las preguntas salieron en marcha desordenada, superpuestas de confusión y en disonancia involuntaria; de mutuo acuerdo decidimos evitar alusiones sobre tonalidades y colores del pelo, razones de arrugas en la frente. Quiera dios, pensé, que no hubiera mancillado mi estampa veinteañera; ojalá que viniendo de tan lejos pudiera verme parecido a como la imagino a ella, sin señales del paso del tiempo alterándole el cuerpo de muchacha, como si por milagro de diosas sensuales hoy fuera una de otras tardes irrepetibles. La estampa fijada en santificación: pantalón vaquero gastado por el uso militante, cara larga de modelo de pintor avanzado del taller Modigliani, risa fácil y espontánea, conexión imprudente que puede en los otros más que cualquier belleza de artificio y le daba encanto devastador e irresistible. Las respuestas eran menos graciosas que las preguntas y en dos minutos los recuerdos se impusieron al efecto del encuentro. Al rato recordamos charlas en horas puente del Instituto de Profesores y todo era novedoso: artimañas del huérfano Marcel para recuperar el tiempo perdido con la taza de té y el bizcocho en forma de concha haciéndose miga, mientras escucha un campanario de la niñez. Si no fuera prodigioso habida cuenta del resultado escrito, parecía un procedimiento burgués con tentaciones aristocráticas.

Fue cuestión de mi elección, para el examen de literatura general III (dictado por José Pedro Díaz) –cuando era jovenzuelo e inclinado a la soberbia de descartar la memoria (teníamos el gustito de la imaginación al poder) por la prosa de Melvilla. Ello argumentando que el hobby de perseguir al cachalote albino por los mares del mundo y más si lleva en el lomo, amatambrado con arpones y sogas el cuerpo del capitán Ahab. El rengo insistente que clavó en el mástil un doblón de oro español, era menos violento que preparar tecitos con magdalenas de Combray a la sombra de capillas en flor, ante muchachas debatiéndose entre el deseo de la carne que tienta y el pudor represivo finisecular. Mientras tanto, el recuerdo de la familia Samsa se metía en el cuerpo como una sífilis de otra naturaleza de la que contagió a Adrian Leverkhun. Mis fundamentos literarios eran poco serios y hacían agua por los cuatro costados, al menos eran lo bastante divertido como para hacerte reír.

Ella volvió a hacerlo como en años anteriores, si es que mi memoria ahora que más la necesito no falla porque es ley de vida.

-Como nunca te di el besote que te mereces por ser tan linda, te prometo que algún día escribiré una historia romántica que te incluya.

Eso fue la promesa a la aparecida, con la liviandad de cuando me suponía inmortal, como si fuera inmortal entre mortales y creyendo –sublime pecado de hybris- que en un cuento pudiera existir algo de inmortal. Ella escuchó esa promesa como una declaración de amor travestida, sonrió y creo que la idea le agradaba, más que si la hubiera invitado a pasar un fin de semana en Piriápolis. Luego preguntó si en el mentado cuento habría situaciones divertida, como aquella de los remeros olímpicos cubanos que, en plena regata de entrenamiento vuelan sobre aguas jurisdiccionales de la revolución y zafan de la isla encantada rumbo a Miami. Ni me acordaba del cuento ese (había que contarlo con voz acentuada cubana de relator deportivo radial y convencido) que ella asociaba a un tiempo feliz de militancia; qué memoria de muchacha, me dije. Después de tantos años y con lo que acontece en la rúa acordarse de ese detalle de remeros tránsfugas, que tenía un vínculo con historias marinas y la novela americana de tripulaciones sacrificadas a las profundidades por la obsesión del capitán mutilado. Pude haberlo hecho, pero no me atreví a confesarle que el cuento que la recordaría tendría toques sentimentales y el final sería poco divertido, todo lo contrario, sin descartar cierta felicidad poniendo a prueba que el amor puede ser más poderoso que la muerte.

El tiempo carece de imágenes de remeros y pasó volando, también la duración del encuentro pactado en Uruguay y Dante. Nos despedimos en cámara lenta como si una fuerza que rige a la vez el mundo real y proliferantes universos invisibles lo hubiera decretado; prometimos ponernos en contacto para renovar capítulos sueltos que quedaron varados por el camino. En un instante comprobé que por Uruguay y en ambos sentidos avanzaba gente apurada huyendo del odio del volcán que entró en erupción de lava. Más gente atravesaba la bocacalle de Dante y eran almas en pena, marchaban sin prestar atención al tráfico pesado y como si estuvieran muertos. Cualquiera fuera su entidad metafísica tropezaban con nosotros y nos atravesaban como a seres inmateriales, nos atropellaban confundiéndonos con espectros extranjeros a la tierra. Mera transparencia como relata el mito de Eurídice y Orfeo sin música de Monteverde.

-Chau flaquita, me escuché decir en voz baja; susurro adecuado al trazado de camposanto y dudando que ella escuchara mis palabras de despedida.

Lo que son las cosas, si es para dudar de la condición humana. Hace un tiempo un imbécil de los que nunca faltan, cretino total, me dijo que a la flaca maragata la habían asesinado durante un interrogatorio en un cuartel, vaya uno a saber si fue en un interrogatorio, como si fuera importante para amainar el horror. Me dijo, sugiriendo detalles como si el tarado hubiera estado allí, que cuando le entregaron el cuerpo a la familia prohibieron que se abriera el féretro, por temor a que siguiera flotando a la deriva en el Mar de la memoria. En estos tiempos de incertidumbre que siguen sin prometer el final restituyendo la paz de los espíritus, no se puede creer en nadie y menos en mí; por suerte desde entonces las cosas cambiaron para bien y tenemos gobernantes dispuestos a dar la vida para que la luz de la verdad salga a iluminar el futuro. Qué macana igual, en su momento mucha alegría y abrazo y al final me olvidé de pedirle un número de teléfono para ubicarla y seguir conversando. De un lado mejor así, qué más lindo que encontrarnos la próxima vez tal y cual lo cuento, como quien no quiere la cosa. Sería suficiente con caminar por la avenida Uruguay, llegar al cruce con Dante hacia el 1300 y quedarse ahí sonseando, sin pensar demasiado y rondando siempre la esquina hasta que el milagro se repita.

Episodio 4

Luces de Broadway

A todo uno se acostumbra, por suerte estaba la familia y el hogar para protegerlo y entenderlo potenciando el grito mediante el desprecio paternal. La historia del viajero de comercio como es sabido terminó mal: lo lavan del piso sucio para sacar la inmundicia de la casa. La familia hizo lo humanamente posible; desde el principio se entendió que era una enfermedad incurable (mutación extraña del virus contagioso de la maldición) y buscaron acomodarse a la situación siendo en vano. Se cortó la comunicación, el entendimiento de las conductas bien pronto pasó a lo insoportable y las hostilidades. Lo favorable para todos –sobre todo para el malogrado Gregorio- era salir de esa situación, que la larga agonía terminara pronto y que el dios que permitió esa aberración zoológica asumiera la situación anómala hasta las últimas consecuencias.

Es así mi corazón sentimental al que le gustan las letras de bolero, el capricho empecinado, semejante al de un borracho manso diciendo su verdad sobre el sentido de la vida enviaba órdenes de búsqueda constante y recuperación. El circuito integrado responsable de la maniobra se negaba a obedecer, procesando los datos como era debido sin estar dispuesto a desbloquearse. Se producía la incompatibilidad de dos sistemas buscando la supremacía, la memoria del disco duro desobediente y sublevada, ponía en la pantalla fluorescente de los operadores –traía a la visualización activa- imágenes pretéritas, diferentes y anteriores a las que yo reclamaba con insistencia. A lo largo de una hora repetía la operación, recomenzando el llamado desde el principio para anular eventuales obstáculos. Nada de nada, hasta que por último me resigné a transitar sin tener los comandos bajo control y extraviado por ramales colaterales del sistema. Rodeos extensos y monótonos que mi yo interior en rebeldía insistía en sugerirme; fastidiándome sin tregua, cayendo en torpezas “de continuidad” evidentes, de “olvidos imperdonables” en el intento de recuperación y rescate. Queriendo escribir un cuento íntimo parecía que debiera resignarme a comenzar una novela que quedaría inconclusa. Tampoco podría inventar un argumento si antes no exorcizaba la imagen del comienzo de “La metamorfosis”. Es un flash back de la noche prodigiosa cuando pudimos tener un romance con la flaca y terminó en caminata de borrachos con otro muerto de la larga lista. ¿Qué fue lo que soñó Gregorio la noche esa de la metamorfosis para explicar lo sucedido? Un día me desperté con la respuesta y como la había olvidado me dediqué varios años a buscarla en los textos de Kafka.

Después del encuentro la secuencia resultante fue la siguiente y resultó una estrategia de escritura. Primero aparecen en la pantalla los domingos de mañana, antes de ir a visitar la casa de mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, cuando mis padres me llevaba a ver el teatro infantil; que aquí adquiere importancia siendo la primera representación a la que me confrontaba y determinante en mi formación. Ello sucedía –yo y mis padres estando ahí- a pocos metros del proscenio del cine de nuestro barrio sobre la Avenida 8 de Octubre, que algunos fines de semana se transformaba en escenario improvisado. Una boca escénica apenas de mover los labios, sin profundidad para representaciones como la tetralogía del Oro del Rin y apenas suficiente para modestos artistas locales. Llevaba puesto para esas ocasiones pantalón corto, saco de lana con motivo de ocho tejido por mi madre y la bolsita de caramelos de los cuales recuerdo la forma de bolita –de canica azucarada indica el corrector automático- más que el sabor que debería ser empalagoso e indefinido.

Una de esas matinés familiares, cuando se repetían sobre el escenario barrial el número del mago de las cajas y el conejo achacoso, los juegos del malabar con clavas y argollas, cuya inseguridad en cada maniobra trasmitían el temor al fracaso desplazando el asombro de desafiar fuerzas gravitacionales -y títeres repitiendo historias con final ejemplar sabido de memoria- apareció ante mi vista algo por una vez sorprendente sacándome del letargo, nunca visto antes y menos imaginado. El muñeco para empezar y lo que recuerdo es la impresión que me produjo su presencia; era más real –exonerado de rasgos antropomorfos- y creíble que el hombre que lo llevaba en brazos. La situación era sencilla y el muñeco más verdadero que el hombre porque hablaba, con voz hipnotizante alternando tonos graves y grititos de nene caprichoso. Una vez comenzada la actuación el muñeco reclamaba nuestra complicidad trepando desde la platea próxima. Simpatía retenida en los primeros minutos, necesarios para entender aceptando el truco cercano, creciendo hasta alcanzar una solidaridad con la criatura, expuesta mediante un coro de expresiones de chimpancé inmaduro. Resortes o elásticos moviendo la mandíbula inferior acartonada del muñeco exageraban unos ojos saltones, la ropita menuda era réplica exacta del vestuario del hombre (saco cortado por la esposa de tela brillante, me parece), el cuerpo tieso de papel maché y piecitos oscilando en el aire, terminados en zapatitos de charol con cordones anudados. Los pies sueltos de niño poliomielítico –había alguno con muletas en el vecindario- eran detalles trascendiendo limitaciones de la naturaleza humana. Ese macaco con “cabeza de pato” de revista de historieta, podía más en su convencimiento que la sonrisa forzada del señor mandando. Labios por donde se filtraba –con intencionalidad de engañarnos- la segunda voz escuchándose en el cine, la del artificio de hablar sin mover los labios. Truco que quienes estábamos ese domingo en el cine transformado en teatro de niñez fuimos aprendiendo con el pasar de los años.

Había en esa figura de anatomías desvirtuadas hasta la animalidad que debía ser monstruo quimérico, algo imaginado tendiendo a la verdad. A pesar de la predominante apariencia de un pato real, de ser muñeco con cabeza de pato, vestido como presentador de programa de preguntas y respuestas en las fonoplateas de la ciudad. Ningún asombro previo de los otros artistas aficionados y esforzados, rondando la ilusión circense, igualaba a mi parecer crédulo de entonces la polifonía dual y el muñeco. El duelo de voces dialogantes en la misma garganta fue mi primer encuentro con la astucia de hacer creer a los otros mirando que quien habla es el otro. En un pizarrón de escuela sobre el escenario los organizadores escribieron el nombre de los artistas del estómago y cuerdas vocales, del lenguaje del hambre. Paco y Pico, deduje que Paco era el hombre, que fuera de escena se llamaría Francisco y Pico el macaco con cabeza de pato, que hablaba sin voz propia “pero parecía ser propia”. Sin esófago ni cuerdas vocales de piano, sin amígdalas de pato, en tono de carraspera que, idéntica a una melodía de afilador de paso por el barrio, viene trastabillando por la mente.

Llega desde mañanas de domingo durante la infancia, horas archivadas en depósitos lúgubres y desafectados de galpones de la memoria. Con presencia de entrega que me despertaba el truco de las voces crecí en Montevideo, aguardando en mañanas de abril y noviembre que jamás llegaron la repetición de aquella voz de pito afónico, de fumador empedernido y borrachín de alcoholes baratos, para sentirme acompañado en el tiempo que se llevó las islas de la infancia, igual que un velero de tres mástiles a la deriva. El tiempo impuso otras voces violentas y el silencio obligado; llenándose de gritos cercando las voces de la infancia, bandada de patos asustado huyendo de escopetas doble caño de los cazadores. Con ellos se marchó la voz de Pico haciendo fonomímica cantando “Love me do” de Lennon y Mc Cartney sobre el estrado angostísimo de mi cine de barrio –el Broadway- que algunas mañanas, sin convencimiento y vergüenza de parecer ridículo- se disfrazaba de teatro para las familias conocidas de vista de la barriada.

Episodio 5

Matrix Montevideo

¿Era el último ejemplar de las criaturas aberrantes de la novela? ¿Estaba en la línea conceptual de Drácula y Frankenstein, del hombre invisible? ¿Samsa era el avatar profético? Podía ser el regreso de la zoología fantástica, pero en lugar de cruzar entidades mitológicas ya estábamos en los “otros animales domésticos”. Larvas, gusanos de la muerte, moscas de las vendas con pus, buitres interiores de las vísceras blandas; la caricatura de las tortugas Ninja. ¿Respuesta desesperada ante la arremetida de los super poderes, dejando esos artilugios a las mentes infantiles? Era el principio de Lavoisier en cuanto a la mutación de las energías humanas de la existencia. ¿Por qué se fijaba de tal manera en la memoria del lector?

Es claro –hoy día más- que envejezco, los años se acumulan sin drama desde la última vez que escribí sobre esto mismo. La necesidad de rescatar la impresión de voces perdidas me asalta cada vez más seguido, será que lo hago por cansancio y miedo a encontrarme con el pasado. Me consta que obrando así postergo la oportunidad de pellizcar una astucia del oficio del recomenzar cada tanto. Cuando hablo solo (me sucede cada vez más seguido y trato de ocultarlo a los conocidos) mi voz semeja un insulto monocorde de ventrílocuo viejo y alcohólico, resuena hueca en la valija de los recuerdos, olvidada a propósito en un garaje abandonado, invadido por la humedad del olvido. Reconocerme en mi propia voz impropia para comunicarme con el mundo, tiene algo de actuación fallida por falta de público del ventrílocuo; con úlcera estomacal dolorosa, punzada de gastritis aguda y que al pretender sin conseguirlo un truco, siente en el cuerpo las invocaciones de la derrota. El sonido proveniente de mi voz de monólogo en el presente, convoca como lo mejor que puede la coral de otras voces fantasmales –similares y ajenas- agolpándose cerca de mis oídos. Obligándome a cerrar los ojos con fuerza buscando el teatro íntimo del pensamiento, a taparme con ambas manos las orejas sin escuchar ni saber el absurdo barullo del mundo actual, y excluir que seré el Julio César que debí actuar Polonio en la obra aficionada que nunca fue, único papel en la vida y sola actuación para justificar el sentido a la existencia. Voz quebrada que llegando por el túnel desde la infancia se degrada sin saltarse las vallas de la juventud, suplicando algo inevitable, en el instante apropiado para reestablecer un contacto por escrito con la muerte.

Quizá esta historia quede en cuatro variantes –el cuatro es buena cifra para contar una historia que persista- y la quinta deba dictarla con la ayuda de una espiritista. ¡Ah…! pero de qué manera seductora insisten esas voces que suponía apagadas, con consistencia de hadas y poder de sirenas. Ante la reconstrucción inicial que me propuse, lo primero que viene en mi ayuda para llevar adelante la tarea son las voces. La memoria es un sitio circular ambiguo, allí permanecen voces que escuchamos desde que accedía a este mundo sabiendo que estamos de paso. La clave para iniciar la reescritura se hallaba en un disquete perdido entre miles de soportes de audio, estaba saturado de diálogos inconexos, frases destrabadas exigiendo réplicas pertinentes, entonaciones reconocibles desde la primera palabra y oraciones dejadas de lado. Voces porfiando en acompañarme hasta el final del proyecto, hasta que el presente las obligue a recular y que mi memoria comience a fallar desde el interior del cuerpo. Mientras escribo la mirada se vuelve hacia ellas y las restituye al reino de los muertos.

En el intento actual se emancipan renegando la condición de pasado sepultado, actúan y conversan de manera insolente sin importarles mi voluntad que rige –trascendiendo este cuento- el proyecto que afecta a todo el libro. Voces realizando en el estudio de grabación de mi cabeza en canales de una consola perimida y sin valor de reventa en el mercado. No obstante, escuchando materiales sonoros archivados compruebo que los registros preservan cierta pureza. El timbre de voz a veces lindando la perfección, la mezcla original aceptable –me refiero a las versiones del Libro Tercero de 2003- y el resultado final una edición digna. Master sorprendente que resulta un desafío interesante para comunicar. ¿Para qué intentar otra variante que sería la cuarta? Es mandato irrefutable e imposible negarme a intentarlo, nadie lo hizo hasta ahora a la manera de works in progress que tanto nos obsesiona a algunos. Siguiendo imágenes sonoras sería provocar la comarca de voces escondidas, que ninguna cabeza reproductora (pienso en antiguos equipos japoneses y alemanes) puede resistir por mucho tiempo, ni leer con fidelidad. Algunos días tengo que resignarme, defenderme porque creo estar hace treinta años y escribiendo esta oración por primera vez.

Me cuestiono si el proyecto vale la pena y no fue una pérdida de tiempo, otra manera de retardar el enfrentarme a nuevos proyectos encontrados a la salida de los pasajes secretos de París. Es tarde para esas consideraciones: les jeux sont faits! Y todavía me falta convencer a algún editor para que acepte publicar el resultado… A pesar de fijar con insistencia mi atención para captar fragmentos aislados, partes del diálogo sin comentarios dispersantes de un autor entrometido. Sólo voces llegando de conversaciones distintas en el tiempo y con interlocutores muertos –me consta que en algo soy sobreviviente- y no mantienen relación entre ellos.

-Estoy contento, a pesar de los otros libros igual pensaste en mí.

-Es tarde para intentarlo.

-La toma del poder es inminente.

-Entendélo: se mató, así como lo oís. Se mató, entendélo de una buena vez.

-Hacía falta el ejercicio de reaprender a escuchar voces lunares invocando a Ganesh, ahora tienes vía libre para recordar pormenores de aquella tarde. Al recuerdo de que cada cual tiene los procesos de la memoria que están a su alcance. ¡Atención! el programa que ingresa en la memoria activa es irreversible; siendo memoria afectada por otra invención, una vez desbloqueando a conciencia avanza hacia el final de forma obsesiva sin mirar hacia los costados. Igual que hace treinta años eso es efímero, se volatiliza… como si no pudieras cambiar una coma siquiera en tanto los recuerdos admiten reescribirse. ¿Y si pudieras intentarlo pactando cambios que tal vez lleven por esta vez a la verdad de los hechos? ¿Te acuerdas de aquella tarde lejana?

-Como si fuera hoy.

Episodio 6

La ofensiva de George B. Brummel

¿Pero qué mundo era ese que quisimos cambiar? También el país pasó un terrible sueño y se despertó convertido en un monstruoso insecto. Situación inquietante, la metamorfosis era lógica, normal por probable y “hasta deseable”. Era un país donde ese texto terrible del siglo XX se ensañaba con adolescentes de barrios populares que leían poemas de Quevedo. Estuve ahí, puedo dar testimonio si bien ahora parece un episodio de ciencia ficción. ¿En qué año salió Franz Kafka de los programas de literatura de secundaria en Uruguay y fue relegado a una opción miserable? ¿Por cuál otro autor maravilloso lo desplazaron? ¿Quién fue el inspector responsable de esa revolución conceptual retrógrada en la lectura? Roberto Barry murió en el año 1981 y tenía apenas 63 años.

El día prodigioso de aquella tarde menos pensada, el día normal de las promesas amaneció con cielo cubierto de un gris amenazante, cargado de presagios portadores de sucesos tristes. Cada uno de nosotros –se entiende que estoy evocando idus de marzo y compañeros del Instituto de Profesores Artigas-, que éramos jóvenes (¿importaba por entonces el paso del tiempo?) y estábamos en medio de una huelga estudiantil tenía asignada una carga específica, tarea militante como se repetía en las asambleas del CEIPA.

Una mínima represa metáfora de contención condenada a ser desbordada antes de la falla que todo lo arrastraría, fracasar en el intento para decirlo sin vueltas, formaba parte de mi diagnóstico personal pesimista. Igual que las olas gigantes esas, irrumpiendo de la nada en un punto profundo del océano Pacífico, que avanzan a mar abierto arrasando las costas insulares del archipiélago japonés, así de devastadora llegaba a nuestras vidas la Nueva Ley de Educación General. Un texto legislativo laborioso, salpicado de incisos indignos de suspicacia y acusación, putrefacta marea legal incontestable con la finalidad de ahogarnos. Aquí van comentarios oídos al azar, notas breves sueltas y que adquieren un sentido profético con el paso de los años:

-La votación sale entre hoy y mañana. Esos hijos de puta la van a aprobar el bloque sin importarles la mierda que se prepara en las calles, fue lo que dijo entre irónico y resignado el flaco Carlitos de los Santos mientras miraba para cinco lados a la vez.

-Nos quedan para resistir a la reacción blindados checos, bazucas de la Armada Roja y el escuadrón de elite entrenado por cubanos en Cienfuegos, siguió Carlitos.

Añoraba en voz alta y audiencia en sueños bolcheviques el arsenal que la presa oficial y comentaristas audiovisuales, la basura perfumada del día a día nos atribuía a los huelguistas desde que el proyecto se debatía en el parlamento.

-Un fantasma recorre el Instituto de Profesores Artigas, el fantasma de la patria potestad que docentes leales ponemos en peligro. Atentos precarios, acomodados impúdicos, parientes de seudo demócratas venales, legisladores indignos del gran Montesquieu y el momento crítico que vive la nación, se unieron en santa cruzada; así hablaba a lo Zaratustra un camarada, marxista ortodoxo y filósofo de formación para más señas.

-Che! mis queridos, el Zar Julio María IV con su maldita ley de educación de nefasta inspiración, como si nada otra cosa tuviera para hacer con el país, nos quiere recontracagar de aquí a la eternidad. (De alguna manera lo logró, su proyecto se adecuaba a otras contrariedades en la constelación del Uruguay joven.) Que lo parió al doctorcito tan elegante en el espíritu de Brummel y elegido ministro mejor vestido del gobierno. Esto es un llamado: alumnado con suplencias y perdidas esperanzas, habrá que dispersarse en orden caótica y pronto por ignorados caminos del mundo. Queridos míos, tenemos muchísimo para perder en las próximas semanas, la vida para empezar de Cero y nada para ganar. La putísima madre que lo parió a él que la escribió y sus incisos jurídicos en letra chica…

La situación militante de aquel día amanecido con cielo cubierto daba para poca cosa más que la humillación, la resaca del otro día cuando se pierde la pulseada de la movilización. Las fuerzas ideológicas menguaban por la situación circunscripta a un diámetro reducido, los recursos militantes para seguir otra semana estaban exangües y la dialéctica de la jurisprudencia machucada. Estábamos solos ante la fuga del universo en todas direcciones, nuestra dorada promoción se quedaba estancada sin llamada del porvenir. Los que vivíamos esa circunstancia (era lógico pensar la historia social, colectiva y personal para que se armara el drama de “ese” día) que alguna vez soñamos con destinos colectivos mejores, habíamos perdido un curso por asuntos gremiales. A los estudiantes del Instituto Artigas en años de conflicto, nos fragmentaron de forma sistemática, expropiándonos locales para cursos, trasladándonos de un barrio a otro de la ciudad (el lugar común de “divide para triunfar” tenía adeptos del procedimiento) y manipulando el cuerpo de docentes en grosera rotatividad. Detrás de esa maniobra burocrática estaba la voluntad de hacernos desaparecer del sistema cultural y mental del futuro, borrarnos detrás de una falsa cultura popular; que no quiero calificar siendo ahora cultura dominante del país y puede ser mal interpretado. Como a leprosos en fase avanzada, condenarnos a salir de la comunidad por ser culpables de los males de la sociedad y es probable que hasta del destierro de Artigas al Paraguay.

El esplendoroso mañana del Estado Oriental podría prescindir de nuestros servicios pedagógicos, siendo sospechosos y nauseabundos; perdía sentido seguir metiendo las manos en el planograf artesanal, mugriento de tinta espesa editando las reivindicaciones de cada día. Leí el último volante impreso, fresco hasta el enchastre como cuando se levantan las huellas digitales en la cédula de identidad, oscura como el futuro evasivo que se nos venía y pretendíamos tener en nuestras manos: A la enseñanza la defiende el pueblo. De la sentencia esa tan oral como categórica en su formulación de endecasílabo, ocupación y barricada, podía deducirse una cadena de silogismos (emotivos e irónicos, sinceros y despreciativos) insostenible en lo inmediato y que podían derivar en sonrisa descreída. Resignación temprana en la vida en el sur periférico del mundo, necesidad de que las horas acompañando la tragedia definida pomposamente y para darnos ánimo como “asamblea abierta, grave, urgente y permanente” nos diera una tregua.

Episodio 7

La interpretación de los sueños

Una mañana de aquella juventud me desperté feliz porque había soñado una hipótesis creíble sobre el sueño inquietante de Gregorio Samsa. Supe: a) que se parecía a sueños anteriores del implicado, pero sin ser idéntico. b) que hubo una mutación de imágenes, donde el soñar se transformó en un sueño único último “en tanto” ser humano. c) que no hubo necesidad freudiana de la interpretación, el horror era que tenía un sentido único: invariable e irreprimible. d) que era un sueño que podía incidir en la cadena de hechos y gestos que constituyen el mundo. e) que –seguro que para mi bien más allá de la frustración- lo había olvidado. f) recuerdo que había membranas vivas y respondían a una forma de inteligencia ignorada por la criatura humana, si bien se originaban en lo profundo del cosmos cerebral. (Debería hacer una especie de corte como en la baraja para ordenar el final de la historia, me parece entender que el objeto del proyecto es volver hasta el agotamiento a aquella tarde, como si allí estuviera el secreto –que no es tal- de la literatura y la chispa que encendió mis ganas de escribir, tratando de descifrar la estrategia del autor implicado. El camino pensado de la vida estaba cortado y debía tomar los atajos que nos separaban, era la muerte programada de la juventud.)

Las últimas semanas de tensión y preocupación olvidamos las ganas de reírnos como un estado natural del mundo, de adentrarnos en un libro de Gredos sobre la poesía del Arcipreste de Hita, con toda la noche por delante y el buen amor espolvoreado prometido al amanecer. Mañana, como si fuera poco estaríamos rabiosos y derrotados, tal como lo deseaban y planearon ilustres padres de la patria que queriendo salvarla a su manera la estaban hundiendo. Entre nosotros, que estábamos en el primer círculo de la vida sindical del Instituto, entre espectros de la imaginación escrita y el cúmulo de historias maravillosas eternas, que queríamos seguir trasmitiendo a muchachos de las próximas generaciones –desde la bronca justificada de Aquiles, cólera funesta que causó innumerables males entre los aqueos, desde que se disputaron el átrida Agamenón y el pélida Aquileo, hasta la transfiguración maravillosa del milico Cruz en gaucho perseguido, rumbo a las tolderías cuando no consistió que se matara así a un valiente.

Las candilejas proletarias de donde veníamos la mayoría de los desencantados, el fascinante mundo de la farándula ambulante perseverando en la consigna “el espectáculo debe continuar” y el arte misterioso de la escena se encargaron, con su retablo renovado de apariencias, de ocupar el paréntesis abierto como tajo de sable entre militancia estudiantil y derrota del movimiento gremial, conservando como talismán la fuerza débil de la dignidad. Quiero decir que algo donde hubo luces de colores, tramoya improvisada perecedera, micrófonos fallando del contacto eléctrico en momentos menos oportunos; ambiente de velorios barriales escritos por Cortázar. Se improvisó de manera colectiva reinventando el Gran Teatro del Mundo, un espectáculo concebido en catarsis final ante la clausura del ciclo militante. La función última antes de la nueva Ley que pudiera por unas horas sacarnos de nosotros mismos dándole la Bienvenida a las Tinieblas. Los comprometidos en el Operativo de la organización, valga el abuso del término en días de código censurado como los aquí evocados (cada año más lejos se van al olvido de la ignorancia y existen apenas mientras se redacta este informe) queríamos empezarlo a las seis en punto de la tarde –debía comenzar con algo de claridad del día- en el patio central del edificio –aire delimitado como dicen ocurría en los primeros teatros de la humanidad- claridad relativa bajo el mismo cielo amenazante de la mañana. Había en el plan desafío a dioses olímpicos y dioses hindúes que sabíamos más generosos –incluyendo al miserable de Zeus y al parlanchín de Vyasa- que diputados y senadores apoltronados en el Palacio Legislativo.

Una rápida distribución de tareas (faltaba tiempo para discusiones sobre el reparto equitativo del trabajo) debía asegurar, con optimismo de los implicados, propio del vértigo de aquellas horas el cumplimiento de la totalidad del programa planificado al vuelo, sin rigor. Dada la presión de múltiples orígenes el programa era modesto, un par de cantores de protesta o cantautor del lote conocido, algún recitador que agarrara viaje y sin exigencias, actor en el declive leyendo un cuento y tres poesías; para lo restante lo que se consiguiera entre los posibles. Hasta la mañana siguiente (prometimos recomenzar la lucha de inmediato luego del voto en el Palacio Legislativo…) nada de barriadas informando puerta a puerta cual mormones luciferinos, de finanzas para comprar tintas y papel en las imprentas. Hasta mañana la obligación era barrer como buenas vecinas la entrada del Instituto dando a la calle Eduardo Acevedo –una linda pendiente que, siguiéndola derecho llevaba al mar-, como si fuera el Palacio de Oriente y las bellísimas pasivas interiores rodeando el patio. También correr por toda la ciudad –no había mail, teléfonos celulares, tweeter ni faceboock- para conectar sin aviso artistas de buena voluntad. Armar y rearmar el programa una, tres y diez veces si fuera necesario, ello de acuerdo a las ausencias que se anunciaban, confirmaciones seguras, alguno dios dirá si anda de buen humor e imprevistos de último momento. Nosotros, aquellos que estábamos allí ese día -deambulando arrabales de la educación creada por la nueva Ley- montábamos a tablas inestables, juglares itinerantes y músicos de vario pelo el espectáculo que se representó “una sola vez en la historia del Universo”. Recuerdo privilegiado de pocas personas que se olvidará por siempre de la amnesia infinita del Cosmos –el Universo carece de memoria- cuando muera la última de aquellas memorias vivientes.

-Que la vida es puro sueño y llegó la hora de despertar, repetía cada poco el gordo Ignacio, sudando la gota gorda mientras arrastraba unos enormes parlantes negros, él solo sin ayuda y que parecían roperos de funeraria.

-Caballeros, caballeros… el mundo es la suma de las cosas que acaecen.

Así apostillaba un estudiante flaco y demacrado de Lógica, Filosofía, Metafísica y Esoterismo teosófico. Wittgesteniano hasta la locura de electroshock, nostálgico de una Viena finisecular que nunca conocería y de cuyo nombre no logro acordarme; pero que barría fenómeno mediante el método de avanzar baldosa tras baldosa con eficacia elegantísima. Poniendo en aprietos el amor propio de compañeras suficientes, que estaban por el segundo marido dócil compartiendo tareas domésticas. Imagínese el lector cómo sería la manera de barrer del flaco chupado del Tractatus, táctica epistemológica, digamos.

Los literatos entre los estudiantes –faltaba conciencia de extinción siendo de las especies más amenazadas- echábamos de menos pregones informativos públicos, performance que le hubiera dado al ambiente crepuscular un toque isabelino con reminiscencias de El Globo. En la ocasión y pensaba en una troupe de jóvenes de ambos sexos travestidos, camaradas gastando calzones multicolores en las calles del burgo, acompañados por acróbatas aéreos con cuerpo de pubertad. Adustos músicos de mercado tocando tamborcillos decorados con rombos y felinos alados, seguidos por estandartes renacentistas de seda purísima, bordados de animales fantásticos aureolados de llamas, paños segmentados en cuarteles de colores terracota florentinos y el pánico sonido de flautas diminutas de pocos orificios. Corte de los milagros extraviada en la escena del tiempo, fusionada por la arenga de un ciego auténtico, mendigo astuto e impaciente con la mano deforme aferrada al hombro del niño. Lazarillo hambriento y descalzo, dispuesto a cambiar de amo sin encontrar un hidalgo digno; recorría los salones vacíos de los pisos superiores del Instituto, era ciego de nacimiento salteador de la luz interior habitando de voz intrigante claustros desolados del segundo sector del edificio. Luego se lanzaría temerario a callejones peligrosos de las inmediaciones, invitando para esa noche a los vecinos del castillo desconfiados a llegarse a la plaza mayor del burgo, desafiando el poder represor de la Iglesia anglicana.

-Venid, venid siguiéndome gente del lugar temerosa y de poca fe. Venid… no os perdáis, vosotros, que todo lo veis y calláis la noche mágica que se avecina, digna de las tres hermanas. Hacedlo antes que suenen terribles campanadas de medianoche, se inicie la danza macabra y crepiten las llamas del Averno sobre la carne correosa de las brujas. Oíd antes del silencio las últimas canciones paganas, escuchad la historia más cruel y trágica jamás contada en tierra de Glamis, en valles de Cawdor, la historia reciente y verdadera. Venid sin temor en los corazones… hacedle caso a este pobre ciego de nacimiento, que nunca se atrevió ni quiso mentiros con las dulces palabras del engaño. Sólo os costará una modesta moneda, un vintén de plata. Venid, venid… y lo suplico si fuera necesario… antes de que sea tarde para todo… venid… venid… por el amor de Dios…

Episodio 8

Fenomenología de la parrilla callejera

¿Dónde está el horror en realidad? El sueño previo es premonitorio y la metamorfosis operación en los límites de lo inconcebible, milagroso y mágico. Luego de esa incidencia en lo real de forma lateral, en la conciencia con cierta resignación y lo corporal de forma radical comienzan los problemas. Erosiona lo metafísico sagrado: la metamorfosis (porque Él lo permitió, es una prueba en el cotidiano Praga de la existencia de Él: a) el cambio se opera por su voluntad b) Él deja que se opere el cambio haciendo circular el libre albedrío c) Él le juega a esa modesta familia judía de Praga una broma pesada. El horror es posterior. La metamorfosis (obviando el argumento judío de la culpa) es el asombro que permite todos los posibles. Pudo ser un nuevo punto de partida para la historia del hombre, la humanidad, la mutación de la zoología, la fisiología humana: más todo es espectro de las ciencias afectadas por el episodio. Pero esto permaneció (por vergüenza e imposición de lo insoportable) en el ámbito de lo privado. De ahí la hostilidad creciente, los insultos, la manzana incrustada, la muerte del insecto y el barrido destinado a la basura. En el ámbito de su pequeño mundo la metamorfosis “nunca existió”, como la pérdida de la virginidad de las muchachas andaluzas. El horror son las secuelas, la secuela: modificación de la historia de la literatura accidental y la lectura.

Recuerdo que estábamos fatigados para poder asimilar farsas inteligentes y músicas habituales con mensaje (el famoso mensaje de aquel mundo) directo e implícito sobre la incidencia del canto popular en la realidad. La legislación de ese año de convulsión hacía lo posible y más para derrotar nuestro movimiento de contestación; estaba dispuesta a quitarnos la palabra y el gesto mediante decretos de aplicación. Hasta que no quedara ningún testigo directo que pudiera testimoniar del crimen cuando -finalmente- llegara el año 2021 y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ellos fueron envejeciendo auscultando el resultado de sus maniobras, el país que es otro luego que los fierreros montaron su estrategia de poder y el mundo en general adhirió a la dialéctica, Los Iracundos están en Youtube, la imagen de Batman asola las pantallas, los dioses del desierto se hicieron urbanos y sufrimos enormes metamorfosis. Hasta que un día despertemos y será tarde: a eso era pues que se refería el comienzo de la novela breve de Franz Kafka. Centrar la terapia social sólo en la formación de los docentes fue un error de diagnóstico, falta de perspectiva política ante campos magnéticos que nos rodeaban. Una negación para los legisladores de aceptar que el mundo de sus mayores había mutado desde adentro. Eso es la sección historia patria -tercer piso de London-París- así que volvamos a la dramaturgia de bolsillo.

En el secreto de la intimidad, sin estar dispuestos a admitirlo en una charla que fuera otra cosa que confesión introspectiva, la agitación era la amargura del abatido antes de comenzar la aventura. Fue mi caso siendo sensato evitar generalizaciones, viéndolos agitarnos parecíamos actores secundarios de una larga tetralogía alcanzando la escena de epílogo y final. Sin saberlo o intuyéndolo con tristeza, estábamos representando papeles asignados por duendes burlones de las circunstancias en años venideros. Técnicos de audio improvisados, cantineros de pueblos del interior, vendedores de productos porcinos en la Costa de Oro, redactores publicitarios reconvertidos, traidores espirituales a los hechos que ese día ocurrían en nuestras vidas, pésimos comediantes de poca monta ante un público sin entusiasmo. Saltimbanquis sin letra de tradición ni talento para sublimar nuestros monólogos, trasmitiendo la intensidad del dolor e ironía de la trama con movimientos torpes y expresión corporal exagerada. Destino próximo de mimos arrodillados hasta el desprecio, ridículos y agónicos como lo fuera el cisne transfigurado. Estirando al máximo la pata de palmípedo en escenarios hostiles, con agua entrando por los cuatro costados, en teatros inundados desde el sótano vinculado a cloacas de la ciudad.

La memoria resultó un lento desborde de represas agrietadas, a cada hora que pasaba el mentado día y esencial para este proyecto presentíamos estar juntos, compartiendo la variante ciega del futuro por última vez. La intuición resultó verdadera; por esa iluminación fabricábamos recuerdos sin parar, aceptando la presión de cruzar la hora próxima con una situación que se revelara inolvidable. Nos apostrofábamos hasta el insulto en reacción al mínimo contratiempo, hacerlo hacía bien para descargar adrenalina y podía que la voz quedara asociada a un rostro querido que aprendimos a estimar en cursos de Historia de la Educación. Hasta que se volviera inolvidable, como me sucede –atravesó al menos un segmento de treinta años- ahora con Carlitos de los Santos y la flaca del encuentro en la calle –que insisten en decirme que murió-, ella que estaba esa nochecita por ahí entre muros y almenas del Instituto.

Esa efusión colectiva era llanto adelantado por la pérdida de ilusiones y el reconocimiento del círculo de la existencia del cual, a pesar de estrategias de fugas a otras ciudades del Planeta yo no podría salir. ¿Para qué tanta energía en volver a la escritura del libro de treinta años atrás? ¿Es el eterno retorno del mito absurdo de la página en blanco? ¿Sería preferible invertir estas horas del 2016 en pergeñar por escrito otra realidad? ¿La verdadera forma del Infierno es la espiral? ¿Y si esa dicotomía fuera falsa y se tratara de un continuum infierno paraíso? ¿Si el Purgatorio “sólo” se pudiera conocer en horas de actividad concreta de escritura? ¿La literatura está oculta en una de las cartas que Kafka le envió a Milena hace casi un siglo?

Sin conocer la angustia de las dudas, aquel día elegido de transfiguración nos empeñábamos en la tarea de acomodar la memoria según nuestros miedos e intereses. Adaptando el mundo con nerviosismo, mientras se retrasaba la obertura previa al telón imaginario abriendo a lo que debía suceder y sucedió. A mí me correspondió ir en una camioneta destartalada (¿de quién sería la camioneta? De un desconocido hasta esa hora, amigo o familiar de alguno de los otros compañeros) hasta un barrio detrás del cementerio del Norte, paisaje conocido porque allí y en el panteón de AEBU están los restos de mis padres. Fuimos hasta allá a apalabrar –era acompañante del compañero que tenía datos y conocía al personaje- a un guitarrero de los infaltables en esos entreveros como el que había aprobado. Después de transitar bulevares interminables llegamos al domicilio del tipo; advertí que la casa tenía un jardincito al frente oficiando de huerto simulado y portones de alambre. Nos recibió el ladrido de un perro con buen instinto precediendo a una mujer delgada y vestida modestamente. Ella avanzó hacia nosotros limpiándose las manos en un delantal estampado, la interrumpimos en medio del guiso de arroz, no parecía sorprendido por nuestra llegada e intenciones acostumbrada a ser representante artística del marido estando él ausente. El esposo no estaba en la casa ahora mismo, llegaría del puerto a partir de las cuatro de la tarde, si no lo retenía en los muelles un compromiso laboral; pero seguro que él iría al acto esa noche con su guitarra.

“Él siempre va” dijo frunciendo la boca y esa noche hasta donde ella sabía el marido la tenía libre, pero como es un hombre reservado… “¿De dónde me dice que vienen a buscarlo? Por si lo olvido, ya saben.” Ante las dudas, para confirmarlo el circuito de la información le dejamos dos hojitas de libretita con los datos completos y agregamos para la memoria al artista portuario: “venimos de parte del Astracán Grande”, que era del apodo del conocido que nos recomendó.

Para ese tipo de convocatoria armada sobre la marcha lo prudente era contactar al doble de los artistas previstos en el armado real; por aquello de “faltas de último momento” y “me hubieran avisado con tiempo para que me organizara”. Al contrario, si rebatiendo la estadística venían al programa la mayoría de los apalabrados, la velada seguiría de largo hasta que “todos” los presentes hubieran subido al escenario a presentar lo suyo. Con esa gente del espectáculo había que andar con pies de plomo, mucha solidaridad espontánea sin pedir nada a cambio, apenas un vasito de vino tinto o un cigarrillo, pero tienen un orgullo desarrollado y sensible que puede explotar en cualquier momento.

Episodio 9

The Show must go on

En lo personal supone superposición de dos experiencias compatibles, participación militante y lectura. Hay una utopía que muchos practicaron con ingenio y suceso de la coexistencia de esas dos esferas: la escritura coincidiendo con la espera política. Luego sucede la fractura cuando esa dualidad se distorsiona; hay entonces lo que se debería escribir de acuerdo al mundo y lo que se escribe finalmente como karma y mandato. De ahí ese terror inconciliable de algunas escrituras, por eso los atajos de la droga, el hundimiento en los bajos fondos, la miseria sin redención, los tumores malignos del pulmón, la muerte lenta a tragos de alcohol, el desprecio, la sexualidad a veces, la brutalidad y el suicidio según las variaciones. La fuerza de la primera frase de “La metamorfosis” proviene de ese desgarramiento, se siente que “podía” escribir miles de otras oraciones, también la crónica de una familia de Praga o una novela policial: pero “sólo” podía escribir esa oración. En mi caso y cuarenta años más tarde vienen dos recuerdos asociados, uniendo o divorciando vida y lectura y escritura después. La voz de Roberto Barry y la extinción de la voz de Gregorio Samsa.

El patio central donde se había levantado el escenario estaba a cielo abierto y la amenaza tormenta era insistente. Temíamos la violencia de la conjura de los grises allá arriba, que se venía tramando desde el amanecer y lo expresábamos de manera indirecta. Si confesábamos que éramos muchachos temerosos de la lluvia, en fija se descolgaba sobre nuestras cabezas un temporal ahogando la peregrina noción de que el mañana luminoso nos pertenece. La inquietud meteorológica incluyendo previsiones para las próximas horas era seria. A mí me preocupaba por haber sido y desde niño sensible a las variaciones del clima; era igual que mi abuelo paterno Juan Nazario, el hermano de Máximo, cuando escrutaba con ojo sabio el atardecer después de haber plantado bulbos de azucenas blancas y regado los rosales reales.

Entre organizadores, comparsas y asistentes éramos varios los desconfiados del cielo, guerreros troyanos en los últimos cantos de La Ilíada y felices de manera distinta por ver el caballo ahuecado llegando a las murallas. Igual nos contentaba comprobar que ciertos episodios de los programados –para sostener la estructura del mundo y permitir que la historia continuara su galope desbocado- resultaban y se resolvían mal que bien. La gente de la zona ajena al Instituto, curiosos de toda laya, vecinos sin nada para hacer o universitarios de la barriada, se arrimaba despacio atraído por el movimiento que se puso en marcha. Quizá por soledad, solidaridad y presentimiento del desastre a venir, por placer morboso o empatía de observar de cerca el final de la batalla desigual.

La gimnasia supuesta en el acarreo de sillas y mesas de un lado para otro conseguía calmar los nervios exasperados. Una tarima de modestas dimensiones expropiada -de forma temporal y en nombre del pueblo- de un salón de clase ocioso desde hacía varias semanas por razones de huelga y ocupación, se transformó en escenario portátil que resultó eficaz. La colecta furtiva mejorando finanzas festivas y pantagruélicas fue un suceso inesperado. Los compañeros temiendo una debacle financiera, la bancarrota final y el fin del mundo antes del próximo amanecer, aflojaban pródigos los billetes guardados en los bolsillos. Gracias a ello pudimos comprar varios casilleros de la chispa de la vida, bajo sonora protesta de camaradas ortodoxos e intransigentes; nos acusaban a los organizadores, con razón delirante de financiar mediante nuestra gestión, la marcha brutal del imperialismo avanzando de manera embozada y por tanto de ser traidores reformistas. Compensando esos procesos ad hoc sin tiempo de preparar la defensa, acarreamos damajuanas de vidrio verde oscuro con un líquido áspero y fuerte olor, inidentificable y asimilado al vino. Iniciativa que “no” levantó protesta y fue aceptada por refractarios con fórmulas de quinquenio zafral favorable. Había para el mastique farináceos varios que se iban sumando al banquete; ello, más la anónima y espontánea contribución de pizza de masa pétrea con salsas traslúcidas, pascualinas sin señales de huevo duro u otro aderezo de color, tortas de queso y fiambre, alguna torta gallega aproximativa. Los chorizos parrilleros de una carnicería de Las Piedras, que un compañero se encargó de asar hasta límites de aspecto y cocción dignos de carbono catorce.

Ello lo hacía mientras les cantaba de manera sentimental los versos “qué me importa tu pasado…”, admitiendo el origen dudoso de las carnes integradas al embutido. Viéndolo hasta se podía aceptar de que el fuego todo lo quema y el infierno es una posibilidad para las almas en pena. Inmutable el tipo en su tarea que se había tomado en serio, concentrada como frente a la Crítica de la Razón Dialéctica, ignorando hasta el desprecio a teóricos de la parrilla. Tipos cargosos que en medio de la desgracia generalizada, sin considerar que ese era el último fogón encendido de nuestra huida a tierras de salvajes, aportaban sentencias irrefutables sobre métodos –seguro que infalibles- para conocer el instante único de salvar el alma de los chorizos de la acción de las llamas. A todo esto, él permanecía firme, estoico, indiferente a comentarios espontáneos y sarcásticos. Sereno como reencarnación tibetana ante la parrilla elemental, cocina mítica de última escena sin imágenes de estampita. Cada tanto dejaba escapar de los ojos, agredidos por tanto humo una lágrima, provocada por emanaciones tóxicas de una astilla verde o un pedazo de puerta, madera buena para hacer brasa duradera preservada por capas de pintura al aceite. “Ante todo la organización” decía adoctrinando a clientes del boliche manteniendo la calma; aflojándoles de impaciencia, cambiándoles el hambre en deseo sublimado, mientras tiraba un chorro generoso de kerosén colorado a las brasas opacas y con oficio de diablo incendiario. Era brava aquella leña.

Con Carlitos de los Santos, que murió en la ruta como un poeta americano de la generación perdida en ruta hacia México, aplastado por un ómnibus en un accidente –de los tantos accidentes que en los veranos de Uruguay nutren las estadísticas de la prensa- teníamos un trabajo específico y compartido para las horas que durara la reunión. Olvidé la naturaleza de la tarea, se opaca en sus contornos y detalles ante el recuerdo nítido e insistente de Carlitos. Un muchacho alegre e inteligente, que una tarde murió aplastado adentro de un Fiat 600 en la interbalnearia yendo o viniendo de la salida del sol. Ahora mismo –treinta años después de la primera versión- quisiera creer que aquella noche Carlitos y yo cumplimos la tarea encomendada, asumida lo mejor posible por dos espíritus poco dotados para asuntos prácticos y sin defraudar a los otros. Pormenores insignificantes de horas espectrales que deberán ser importantes, que vuelven y logran esfumarse en bordes difusos de imágenes diciendo la insuficiencia de la memoria.

Carlitos murió en un choque según parece en la interbalnearia y lo supe mucho después. Había pasado el tiempo, dicen que prudente, separando dolor y sorpresa por la noticia. A mí me afectó como eco de poema noble cuando era joven; sucedió un adiós definitivo a la vida en el viaje distinto en solitario que varios iniciamos esa tarde evocada invadiendo la totalidad de mi presente (miércoles 15 de junio de 2016), me acompaña en el recorrido –real e imaginario- por países alejados. Viene devorando distancias en huidas propias disfrazado de razones diversas, perdiendo el tiempo irrecuperable, dando vueltas en la misma manzana de un barrio alejada del centro de la ciudad, durante la misma caminata sin sorpresa hasta que muchos se pudrieron en la manzana idéntica. Hace años suponía que si llegábamos a encontrarnos ninguno de los dos reconocería al otro, por entonces creía que era imposible entablar contacto con los muertos queridos. Carlitos murió en un choque accidental en la ruta interbalnearia y ahora sé que nos hubiéramos dado el gran abrazo del reencuentro, tal como sucedió con la flaca en Uruguay y Dante. Hubiéramos mirado en la cara del otro el resultado devastador del paso de los años, veteranos de batallas de infanterías fantasmas y reído porque tenía un humor formidable. Murió en un accidente y ahí se cortó el vuelo a los posibles del futuro, un estúpido accidente de la ruta que tal vez estaba escrito al anverso del Destino. Los sobrevivientes olvidamos la manera de hablar con los muertos queridos, como de vez en cuando intentaban los griegos.

Episodio 10

Era rubia y sus ojos celestes

Sucedió en la misma ciudad y en el campo del Ghetto: la creación de la criatura. Del rabino al funcionario, de la tradición tiránica a la literatura. Samsa es el cambio de la tradición a la ficción, del Gólem de intensa repercusión en el imaginario de occidente con todas las variantes, a la metamorfosis de la animalidad. El cambio es posible y por segunda vez, algo en el procedimiento creativo que escapa al control del creador. Como el Gólem, eso que antes de una mañana al despertar después de un terrible sueño había sido Gregorio Samsa, también salió de la frontera de la judería para marcar la imaginación al servicio de la literatura. Ciudad extraña esa de brujos y magos, con el cementerio del cual parte el mito de una de las mayores conspiraciones de la humanidad.

Era la noche de los encuentros fortuitos durante el año de las coincidencias, cuarenta años después no podría decir si se trata de un recuerdo, algo soñado y la escena que escribo por cuarta vez a fuerza de incertidumbre no ganó el derecho a ser criatura ficticia. A quienes organizamos de cerca el carnaval de pocas horas, los trabajos de coordinación distraían de lo sucedido sobre el escenario una vez que comenzó “la parte artística”. Por ello y falta de atención –el pensamiento segundo estaba lejos- fue que me tomó de sorpresa el comienzo de la actuación de Roberto Barry. ¿Qué estaba haciendo ahí Roberto Barry? Era como si el Cosmos se desacomodada en broma y hubiera que acostumbrarse a otro orden sorpresivo en el brillo y ubicación de las estrellas. Me di vuelta de inmediato ante esa presencia inconfundible; me llamó la atención porque ese timbre de voz traducía una confusión de escenas entre memoria e imaginación. Debía –buscando la paralaje de concordancia- haber oído mal, estaba desarreglada la Gran Máquina del Tiempo. No y al contrario todo marchaba hacia la epifanía, el hombre estaba delante nuestro hablando con humor de viejo comediante, que conoce todos los trucos desde que subió a la tarima. Sin preámbulos, sabiéndose protegido por una tradición de la comedia del arte que venía desde el fondo de la historia humana. Lo hacía para ganarse de entrada al auditorio siendo tan jóvenes: mientras hay risa existe la vida y la tragedia queda atrás. Ignoro cómo lo hizo, pero Barry sabía lo que sucedía en el instituto y el Palacio Legislativo, el espíritu belicoso de compañías rivales confrontadas. Sabía qué estaba haciendo allí. ¿Alguna sobrina era alumna del IPA en la sección Geografía? Nada le importaba estar en otra parte porque esa noche improvisaba y debía estar ahí, como debía saberlo el flaco Homero Rodríguez Tabeira (¡juro que se llamaba Homero!) que hacía de animador (¿había sido ex alumno del Instituto?) y parecía más distendido esa noche que cuando presenta “Martini pregunta por un millón” en la televisión.

Lo que luego sucedió conmigo supongo les ocurrió a otros compañeros con la diferencia de que a mí me dio por escribirlo. Al minuto que habló Barry actividades periféricas y trabajos simultáneos sobre el terreno se enlentecieron; igual que esferas metálicas brillantes sobre arena con alacranes, abandonamos las tareas y escuchamos a Roberto Barry. El presente era una película muda en blanco y negro y el día de mañana otra mala pesadilla olvidada. Desde donde estaba sin ser la mejor posición para la claridad, que le daba el aspecto de un espíritu venido de otro mundo, yo observaba en su cara los ojos movedizos a pocos metros de distancia. Escuchaba la presencia de una voz llegando directo de la bujía encendida de la infancia, Huérfano londinense adoptado me sentí seguro y protegido contra los miedos futuros que parecían inconcebibles. Con la presencia real del cómico de los años de radio en Uruguay, volvían voces de las noches de invierno pasadas en familia, cerca del Primus donde hervía agua con hojas de eucaliptos y se calentaban planchas para meter en la cama envueltas en papel de diario. Atentos al aparato de radio, volvían los deberes de la escuela pública completados después de la cena, mientras afuera en la calle y el patio de la casa llovía mansamente la felicidad. El perro mío estaba echado hecho un ovillo en un sillón de mimbre barnizado sobre una frazada que le atribuyó mi madre. Mi madre buscaba adentro del armario de la cocina pasteles de dulce de membrillo que cocinó esa misma tarde. Con ese hombre ingenioso y “zafado” como decía abuela, volvía al círculo de la palabra el personaje del comisario picaresco de un pueblo imaginario –como Tlön, Comala, Macondo y Santa María- llamado Cerro Mocho. Autoridad coimera y mujeriego, risueño y arbitrario, dispuesto a compartir unos minutos con nosotros reunidos en las noches de invierno; que escuchábamos la radio sin chistar para no perdernos palabra del guion, mientras mi padre leía El Diario vespertino para conocer novedades en el frente móvil del mundo y las tiras de Benitín y Eneas, de Brick Bradford y su trompo del tiempo. Recuerdo su risa gordota que se contagiaba a los que estaban en la fonoplatea de la radio y que bien podía ser un Falstaff de campaña uruguaya.

Resulta que después de años de separación con esa escena de película argentina y comunicación interrumpida, tenía delante mío al bufón de nuestra tribu; que yo escuchaba en la radio siendo niño y por la misma época que descubrí en el cine Broadway la voz de Pico, que me enseñó temprano y antes de aprenderlo para exámenes de literatura, que la vida es relato y el medio el mensaje, sobre todo contado por un tonto. ¿Cómo eran las noches familiares de Gregorio Samsa cuando era niño? Puedo escribir los chistes mejores esta noche, escribir por ejemplo aquel del loro tuerto que Barry dijo que le dijo a la vieja… pero esa gracia de comediante nunca me habitó y trece años después de la última vez, todavía más nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Aquellos días que orbitan alrededor del Sol Roberto Barry en la noche del IPA, aprendimos en carne propia sobre los vínculos filosos de Historia y Escritura; a ser algo sacrílego y perderle el respeto a la severa ley que rige los protocolos del olvido. Nos quitaron tanto durante el camino hacia la muerte, perdimos ilusiones al borde de la ruta y ello por nuestra propia culpa, que resulta obligación sagrada hablar lo mejor que podemos. Eligiendo palabras aspirando al objetivo de esquivar la obsolescencia, sin rechazar las que se arriman desde territorios más íntimos.

Dentro de diez años –digamos junio de 2027- contando desde hoy serán otras las palabras utilizadas para narrar la quinta variante de lo mismo. Lo que no se olvida cuando la evocación hace su tarea, con rabia subterránea que encaneció desde la última vez que lo intenté, es el coro de ventrílocuos que se inmiscuye, la mirada neutra de muñecos de cartón y tela cuando llega la tregua del silencio. Casi cada mañana me obligo -a pesar de jugarretas tentadoras que propone el olvido- reavivando deseos claudicantes de unir voces extraviadas. Hasta escuchar porfiadamente, circulando en laberintos del cerebro buscando el Minotauro de la escritura, aunque viaje en trenes veloces mirando paisajes de otra patria, canciones del siglo pasado como “La pulpera de Santa Lucía”. Olvidé cuál fue el último chiste que Roberto Barry contó aquella noche de Apocalipsis militante -había algo rondando de final y revelación- antes de que cayeran cuatro gotas augurando que el efímero carnaval del mundo llegaba a término, terminaba una vida breve y comenzaba la historia en serio. Después pasaron tantas cosas… después murió Carlitos en el accidente de la ruta interbalnearia y mi vida zafó con rumbo incierto.

Con Carlitos, que era más bien flaquito y tenía estampa de guitarrero de Ignacio Corsini, bastante entonados de aquel vino fatal en damajuana, con la cara humedecida por cuatro gotas locas nos abrazamos como borrachines sentimentales mientras subíamos por la pendiente de Eduardo Acevedo buscando las luces mortecinas de 18 de julio tras el último boliche abierto para nutrir el insomnio. Cuando cruzábamos la esquina de Guayabos sin preocuparnos por si venía a contramano un ómnibus nocturno a toda velocidad, que terminaría ahí mismo con nuestras veleidades etílicas de pájaros nocturnos, fuimos nosotros quienes arrancamos, primero despacio y después más entonados a medida que recordábamos la letra con los versos inmortales de:

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandra
la pulpera de Santa Lucía…

Las curiosas tribulaciones del estudiante Andreas Stein

Por encima de la ciudad insistente atravesada por el curso nervioso del río Moldava, comenzó a nevar con intensidad desmedida para un neutro atardecer de mediados de abril. El profesor Eduardo Acevedo entró al café apurando el paso en los últimos metros y la noche avanzaba enceguecida e implacable arrasando los endebles puentes crepusculares. Venía huyendo del incidente estremecedor que protagonizó en parte y pocos minutos antes, si es que seguía teniendo sentido calcular en minutos el tiempo transcurrido. Necesitaba olvidar lo sucedido y pronto, permitirse una tregua espiritual hasta que pudiera quedar confrontado -sin intromisiones- con su inteligencia, que venía de ser sacudida y agredida por una fuerza más potente que el magnetismo y la gravitación universal.

Intentándolo al menos, Acevedo se confundió con el murmullo inhóspito de una lengua para él desconocida. Decidió ocultarse en la opaca humareda gris del café, preferible a regresar sin tregua al hotel y contarle lo sucedido a su esposa, que nada entendería de la inquietante historia. El relato que esbozaría Acevedo ante su mujer -postergado e incoherente- demandaría aclaraciones previas vinculadas a episodios del pasado lejano que suponía muertos, sepultados de forma definitiva. Jamás sucede así; la pobre mujer tampoco estaba en edad de incorporar a la vida emociones desbordando su preocupación cotidiana por la artrosis, el temor a deterioros mentales que suma la vejez donde habitaba desde hacía años y sin terminar de enterarse.

El ambiente de indiferencia dispuesto por parroquianos desconocidos le brindó la última oportunidad de reconstruir escenas olvidadas de la bohemia juvenil. Acevedo aceptó sin mezquindad de anciano, que los momentos graves de la vida son aquellos cuando todo aparenta ser posible en lo inmediato e incluyendo la materialización de espectros del pasado. Siete semanas atrás había cumplido setenta años, Eduardo Acevedo es un hombre elegante, cuidadoso de su aspecto, detallista en el vestir y con la inestimable fortuna de tener un cerebro que funciona sin desajustes notorios. Está en la ciudad después de varios lustros de ausencia, en los últimos días transcurridos el reencuentro deseado con rincones queridos afectó de importancia su nebulosa sentimental, la misma energía afectiva que está descontrolada desde hace media hora. Una vez refugiado en el vastísimo interior del café caminó entre las mesas sorteando la indiscreción de otros ancianos que lo miraban recelosos; avanzó evitando grupos de estudiantes conversadores ignorantes del motivo que inquietaba al parroquiano recién llegado. A esa hora avanzada de la tarde sería dificultoso dar con una mesa tranquila y libre donde hallar el reposo necesario; para su sorpresa, uno de los camareros lo confundió tal vez con un antiguo cliente de regreso, haciendo una seña discreta dirigida solamente a Acevedo, le indicó una dirección a seguir y él obedeció yendo sin hesitar hacia los ventanales vertiginosos del café. Desde donde puede contemplarse a lo lejos la silueta con sombras iluminadas del castillo inaccesible, el puente mayor defendido por la milicia paralela de esculturas mimando el santoral cristiano, el río inevitable en la metrópoli, la corriente despojada de las reparadoras virtudes del Leteo.

Junto a una mesa pequeña de madera, casi escondida por la desordenada circulación interna del salón infinito estaban sentadas dos señoras mayores. Una de ellas tenía en el regazo, como si recién viniera de parirla cierta criatura peluda, repugnante en su indefinición y que sin oponerse se dejaba acariciar por la mano salpicada de manchitas marrones. Al ver acercarse la estampa de un caballero entrando en años, ambas mujeres lo saludaron, esbozando un remedo de sonrisa con paladar postizo, como si Acevedo fuera otro pretendiente maduro de su presentación en sociedad. Felices por ceder la ubicación de privilegio ganado a brazo partido -horas atrás- a un señor de aspecto respetable, no a esos insolentes jóvenes desalineados e irrespetuosos de la tradición de la ciudad y del pasado. Al partir, mientras emitían murmullos ininteligibles como hablando un lenguaje de hechicería perseguida, ellas recogieron sus chales, abrigos gastados de paño ordinario, carteras conteniendo estampas beatas y bolitas de naftalina, los programas anuales de la Opera. Con fórmulas de cortesía escueta evitando oírse las voces emulando cacatúas ridículas, concertaron la transferencia del sitio, algo así como el cambio de guardia en la única torre que domina el valle de la muerte.

Eduardo Acevedo, celoso del espacio heredado con tanta facilidad se sentó de inmediato en una de las butacas, le repugnó sentir la tibieza tangible y concentrada del cuerpo blanduzco de una de las mujeres sobre el cuero del tapizado. Se puso de pie para quitarse el abrigo que depositó, doblado prolijamente, en el respaldo de la silla del otro lado de la mesa, reservándola para alguien que podría llegar en cualquier momento a hacerle compañía. Del portafolios sacó una libreta de notas que dejó encima de la mesa, el profesor puso la carpeta junto al abrigo y se sentó, sin advertir esta segunda vez la molestia de otro cuerpo custodiando su aura en el pretérito inmediato, tomándose su tiempo para reponerse Acevedo encendió un cigarrillo y comenzó a jugar con la estilográfica, al camarero que se acercó, otro distinto a aquél que le gesticuló la primera indicación cuando estaba perdido, le pidió una taza grande de café bien caliente y una copa de vodka del país.

-Andreas, dijo Acevedo hablando consigo mismo. El joven estudiante Andreas Stein, agregó verbalizando la fórmula completa, el nombre que desde que empezó a nevar sobra la ciudad rondaba su pensamiento como una obsesión de forma orbicular.

A cada momento Acevedo miraba en dirección de la zona donde estaba la puerta principal del café, quería verificar si la experiencia vivida hace poco tenía la intención de duplicarse. La primera explicación que acudió a su mente cuando pretendió ordenar lo sucedido fue que estaba envejeciendo, que ese proceso inexorable sufrió hoy una aceleración considerable. ¿Y si se hubiera confundido? Una tras otra rumiaba conjeturas sin que ninguna lograra convencerlo del todo. Estaba seguro en cuanto a la veracidad de lo visto y la objetividad incuestionable del encuentro, por más que se proponía argumentos sustitutivos rebatiendo a la imaginación, sabía que su certeza tenía la consistencia del diamante. La falta de vacilación y lo inapropiado de toda incertidumbre terminó de abatirlo por completo, la única conclusión coherente a que arribó aconsejaba revisar con calma el antiguo contencioso y apelando al recurso de la memoria, entregarse a los recuerdos buscando el socorro de una explicación sedante.

El camarero llegó con el pedido y antes de que se marchara, Acevedo le pidió una segunda vodka. La necesitaba, lo hacía con el propósito de hacer vacilar, bebiendo, su inteligencia cartesiana y predisponerla por el alcohol a negociar con las desconocidas razones del corazón. Si algo de lo ocurrido lo consoló en parte, fue aceptar que a pesar del desconcierto emboscándolo, una zona íntima de su ser era todavía sensible, estaba intacta como en sus años mozos. Fue cuando advirtió que una parte de su inteligencia reaccionaba con firmeza, luego de la durísima prueba a que fuera sometido el conjunto de sus sentidos. De pronto se miró las manos y mientras duró ese gesto inhabitual, Acevedo recordó que la historia puesta en órbita había comenzado cuando esas mismas manos eran otras, como era otro el gusto del café, el río que transcurría dividiendo la ciudad, las cúpulas semiesféricas entrevista a la distancia en los crepúsculos tormentosos. La ciudad era otra.

Nunca se consideró un hombre nostálgico, el suyo era un espíritu práctico para el que la memoria era una función de la masa encefálica como otra cualquiera y sin contarse por cierto entre las mejores. “Lo primero que debo hacer si pretendo entender lo sucedido –pensaba el profesor Eduardo Acevedo en el café-, es entender e intentar desapasionarme.” ¿Pero qué significaba entender en su actual circunstancia? La memoria, no obstante el desdén de la lógica y la imaginación, logró reconfortarlo ante la carencia en él de otras facultades ligadas a lo irracional, atajos que acaso por temor a perderse menospreció desde niño. Como sucede con los buenos vinos, la madurez ennobleció el gusto de Acevedo por su propia capacidad de evolución que utilizaba con tino, consciente que vivía las últimas ocasiones de administrarla bajo el control de la voluntad; también aguardaba con excitada aprensión el día que se despertara sin saber cómo se hace para lavarse los dientes. Lo sucedido pudo ser entonces una suerte inesperada, algo imprevisto y que llegaba en vísperas de la pérdida del autocontrol, augurio prediciéndole el descalabro final cercano.

La armonía invisible a la que dedicó la vida –recordó Acevedo- es más intensa y perfecta que el caos ostentoso mediante el cual se manifiesta la naturaleza. Existe un único río y era él quien mudaba de estado sin cesar, es el río de la infancia, el río que Acevedo observa correr desde su asiento al abrigo del café, el mismo río donde se produjeron los cruces con el estudiante Andreas Stein. Caramba con la vida de los hombres, tantos años dedicados a la cordura de lo dado por irrefutable, sosteniendo con énfasis que cada acto partícula del universo tiene y merece una explicación para concluir en un final perturbador; obligado a distanciarse de convicciones muy arraigadas si aceptara la veracidad del incidente ocurrido hace apenas una hora. El viejo y fatigado profesor se reclinó en el respaldo de la butaca, luego de unos instantes de espera hizo girar el capuchón de su lapicera fuente y avanzó la plumilla dorada hacia el papel.

La libreta de apuntes personales se abrió donde lo predisponía una tirita de seda celeste, a un costado de las hojas estaban las anotaciones de la agenda recordándole las ocupaciones del día. Quedaban por delante un espectáculo de marionetas sobre cuentos populares bohemios y la cena protocolar con algunos colegas de su misma edad. A la derecha de la agenda había una página en blanco con renglones trazados a lo largo del espacio y la palabra NOTES en letras claras, grandes, dominando el área inmaculada del papel. Cuando Acevedo levantó el brazo acercándolo a la libreta tenía la intención de escribir la fecha del día y algún comentario irreflexivo haciendo referencia a lo sucedido. Al apoyar la pluma sobre el papel en la inminencia de la escritura mudó de parecer y anotó “Andreas Stein”. Debajo del nombre agregó “París”, por último trazó el círculo que encerró las tres palabras y dentro de la circunferencia agregó una cifra: “1937”.

Ese año así recuperado, fue cuando Eduardo Acevedo llegó por primera vez a París con el propósito de estudiar Física y arrastrando una merecida fama de oveja negra de la familia. Había nacido diecisiete años atrás en el casco de una estancia de la Banda Oriental, un campo que abarcaba la rinconada sur de la desembocadura el río Negro en el río Uruguay. Era el tercero de siete hijos varones procreados por un poderosos hacendado llegado del lejano norte brasilero y una irlandesa, hija adoptiva de pastores protestantes, mujer seca y pequeña que entre parto y parto, se las ingenió para ocuparse de la instrucción elemental de los niños del pago. Desvirtuando la infundada mitología sobre las fuerzas telúricas de la zona litoraleña oriental, la única verdad fehaciente sobre los paisanos del lugar era un embrutecimiento engordando desde la independencia hasta la triste pobreza del presente. Los vecinos, sin intención de engaño, mentaban a los esporádicos forasteros virtudes curativas del agua de los manantiales, la energía bienhechora de la luna llena cuando acampa en las inmediaciones; explicando así domas portentosas de baguales ariscos, la intuición infalible de ciertos capataces para indicar dónde perforar la tierra y encontrar agua fresca, la exacta intensidad del temporal que se viene leído en el lento vaivén de las copas de los árboles.

Los hijos del viejo Acevedo crecieron con el afán parejo de acrecentar hectáreas de campo del linaje, incrementar el número de cabezas de la hacienda y cruzar hasta Buenos Aires la mayor cantidad de veces posibles; dilapidar en los cabaret de la calle Corrientes y bailongos de Avenida de Mayo la plata producida por la esquila, los remates de ganado en pie. Una fatídica estadística biológica, predecía que al menos uno de los hijos del vientre fatigado de la irlandesa nacería debilucho: “tísico igual que el falso abuelo gringo”, sentenció el padre autoritario cuando Eduardo tenía pocos meses de vida y podía diagnosticarse un crecimiento dificultosos. La reacción de la madre fue consecuente y firme. La mujer sin ocultar a la prole numerosa su preferencia, dispensó al vástago opacado por la naturaleza cuidados especiales, sin renunciar ni un día a la mano dura, cuando fue necesario reprimir una travesura dificultando estrictas normas maternales. Se moría por enseñarle música a Eduardito, ella sabía que dentro de una familia despótica por los cuatro costados, leer un pentagrama de un impromptu le daría una fama guaranga de afeminado.

La patrona se dio maña, en una tierra infecunda para proyectos de vida que aspiraran a ir más allá del arreo madrugador de bestias soñolientas, la yerra cíclica y alambrados tirantes cercando las aguadas, con nubes negras cruzando el cielo impresionante y montes compactos de eucaliptos, con los negocios contables del padre inflexible y la parición de terneros, ella lo instruyó en los rudimentos de una aritmética tosca, suerte de ciencia cimarrona lindando la supervivencia. Para el muchacho enclenque, ese aprendizaje llevado adelante con cariño dosificado resultó una marca de hierro al rojo vivo aplicada en el cuero del alma. Saber de la existencia de una comprensible mediación numérica entre la rústica realidad circundante y el universo del pensamiento, le brindó al niño distinto la alegría simultánea del estudio y la felicidad que ocultaban las otras vidas que le serían negadas.

Además de los libros escolares -cuando ya fue un muchacho objeto de bromas por los pelos en las piernas y encierros prolongados en la pieza- se interesó por volúmenes más singulares; que uno de los hermanos mayores –menos inclinado a la burla que los otros, cariñoso y cómplice por intuición- le acercaba desde las librerías de Montevideo. Incluso llegó a sus manos una Principia Mathematica cuya lectura apasionada y desordenada, decidió que Eduardo arrendara ese campo de trabajo hasta que le llegara la muerte, como se prometió.

Pronto llegó el momento inexorable en que agotó todo lo que podía ofrecerle la casa natal y el encuentro con el padre para proyectar su futuro fue desagradable. Acevedo además de poseer una inmensa fortuna tenía la obcecación de querer hacerlo hombre según su molde; como en la capital “había mucho vicio y amigotes descarriados”, luego de aceptar de mala manera la decisión vergonzante del depravado de la familia –“parece hijo de otro” le reprochaba dos por tres a su mujer-, se empecinó en enviarlo al mejor lugar para asegurarle el provenir: lejos. El brasilero estaba convencido, para la templanza varonil del que salió a la rama gringa de los progenitores, que sería ventajoso crearle condiciones de maduración hostiles, distantes de la sobreprotectora tutela materna. El criterio para la elección del destino de Eduardo fue sencillo, claro como el agua e indiscutible; llegado el momento él decidiría dónde había que mandar a “ese”. Como si quisiera desembarazarse pronto del asunto, el viejo Acevedo consultó a gente que le merecía confianza, empleados de Banco y gerentes de frigoríficos británicos quienes, deseando quedar en buenos términos con el estanciero, consultaron a la vez con parientes mejor informados de la marcha del mundo. Acevedo preguntaba por el mejor lugar de occidente para estudiar “números” (después de todo se trataba de su sangre, era un Acevedo) como si fuera una feria de ganado en el departamento de Treinta y Tres. Con cautela e ignorancia los informantes le hablaron de Sommesfeld en la Universidad de Munich, de la escuela experimental de mister Rutheford en Inglaterra, del mismo Círculo de Viena y de un tal Nills Bohr en Dinamarca.

Una vez finalizada la encuesta Acevedo estaba más desorientado que al principio y le desagradaba. Las propuestas no se correspondían a su sentido práctico; como un comprador por catálogo de grandes almacenes y en homenaje a una aventura juvenil en un prostíbulo nordestino, decidió que fuera París. Estaban el heroísmo de Verdún y la estatura menuda de Bonaparte, le agradaba una ciudad donde le cortaban la cabeza a los reyes, le merecía confianza.

Cuando a los pocos meses se precisaron los detalles del viaje, habiéndose obtenido el apoyo gubernamental honorario por supuesto, resultó que Eduardo estudiaría en la École Supérieure des Sciences Mathématiques et Physiques, en el equipo de Georges Copigneaux, discípulo consentido por mérito del gran Henri Poincaré. Con dinero seguro en la billetera es más sencillo adaptarse a un medio desconocido, en París hacia el año mil novecientos treinta y siete el peso oro uruguayo era moneda fuerte; sobre todo en manos de un muchacho prudente, que llegaba a la capital francesa sin la intención de despilfarrar una fortuna con la excusa atendible de que la vida es breve. Eduardo Acevedo vivió durante un año en París, luego se marchó a Canadá donde formó una familia y se instaló de forma definitiva, sin mostrar en ningún momento deseos de emigrar. Fue durante los meses vividos en Francia que supo de la existencia del estudiante Andreas. Las circunstancias de la relación entre ellos fueron curiosas, permanecieron siempre en el umbral negado de la conciencia del hijo preferido de la irlandesa.

Una vez Eduardo instalado en París, los días que lograba apaciguar la falta de cariño materno extrañado con dolor de hijo único, la vida parisina fue harto generosa con sus aspiraciones. A las pocas semanas pudo prescindir sin remordimiento del horizonte monótono y circular de la estancia, del olor dulzón de las bestias durmiendo en el establo y el vozarrón imperativo del jefe de familia. Los primeros días de curso en la Escuela, mientras se habituaba a la cadencia del idioma, descubrió que su endémica debilidad para las tareas rurales, trasladadas al medio universitario, era la fuerza que ayudaba a resistir el estudio nocturno hasta que clareaba. Eduardo dosificó con inteligencia el rigor imprescindible si aspiraba a crecer en su dominio vocación, las tentaciones de la devastadora vida disipada, que cada semana tragaba -de manera inexorable- otros condiscípulos tibios para resistir el firme tirón de alegría sin fin de la juventud, tan al alcance de la mano. A varios estudiantes talentosos los escuchó argumentar que la farándula en la que estaban metidos era una etapa transitoria de su existencia. Lo hacían con el apoyo de citas clásicas adornando el imperativo goliardesco del carpe diem juvenil, en tanto apuraban las vidas sin resuello en las interminables madrugadas de antros de moda. Contemplando la efímera intensidad ajena, Eduardo halló ejemplos luminosos para probar la perversidad congénita de todo sistema, esos casos cercanos de extravío resultaban más didácticos que el teorema de Kurt Gödel: existen en todo sistema aseveraciones verdaderas pero indemostrables.

El bucle descorazonador de su conjunto mental fue la irrupción paulatina del estudiante Andreas. Mientras ello se procesaba sin escándalo, halló en la dinámica de la investigación un permanente motivo de excitación incluso intelectual. En aquel tiempo precioso, era rara la semana que no trajera noticias desestabilizadoras desde los diversos centros científicos, ya fuera anunciando una estrepitosa caída de axiomas considerados como inamovibles o la propuesta de ecuaciones demostrando la creciente complejidad del universo, la materia y el hombre. A los compañeros de estudio, Eduardo optó por ocultarles su verdadera situación financiera que devino un enigma menor para sus camaradas, reticentes a interesarse de cerca por anécdotas foráneas. La supervivencia sin sobresaltos del extranjero exótico alejado del país natal, era atribuida a rocambolescos procedimientos sudamericanos, de los cuales era preferible ignorar pormenores. Durante su temporada parisina nunca se le vio ostentar con el dinero y más de una vez Acevedo pidió prestado unos francos para pagar el Metro; en noches aisladas dejó de cenar en gesto solidario, actuando que participaba de su misma condición en especial ante muchachos que él sabía de origen humilde. Era una actitud ajena a la vergüenza vaga de ser hijo de un próspero terrateniente, tampoco traducía un gesto mezquino previendo abusivos asedios a su monedero. La razón era simple: quería integrarse al grupo en condiciones de igualdad y hallar en las aulas lo que le fuera negado en la casa paterna.

En su vida social permaneció distanciado de todo protagonismo, se lo aceptaba como alumno discreto del seminario de Física atómica y durante las noches de café y charla se limitaba a ser un espectador prudente. El joven Acevedo escuchaba con atención provinciana la sucesión de ditirámbicas y definitivas proclamas estéticas –cuando no revolucionarias- llamando a la quema de museos y toma del poder la semana entrante; sonreía cuando un contertuliano asumía con énfasis y orgullo literal la tarea de ser la voz cantante de la peña. La única vez que Acevedo fue sorprendido en su buena fe sucedió una madrugada cuando, contrariando sus costumbres estaba bebido. Sin prevenirlo ni pedirle su padecer le pusieron una guitarra entre las manos; rebatiendo firmes propósitos al respecto e incitado por el pernod acumulado, improvisó una lerda milonga de su tierra y nunca más lo intentó. Al otro día, los amigos que lo escucharon le reprocharon que era excesivo adjudicarle una música tan triste a su melancolía.

Nunca propició un encuentro cara a cara con el estudiante Andreas ni tan siquiera un mínimo intercambio de palabras. La relación entre ambos quedó circunscripta a una interferencia de fuerzas, en la que Eduardo resultó el agente receptor y sensible de una aporía que reconoció recién en la vejez. Si hay en verdad una historia mágica que los acerca, la misma está poblada de desencuentros, simples pálpitos de que el estudiante Andreas rondaba su existencia, como si fuera una cuestión molesta a dilucidar.  A la noche digamos, luego que los carillones anunciaban las once y cuarto, sentado a una mesa de Le Select con otras siete personas, Eduardo presentía de inadmisible manera telepática que el estudiante Andreas había entrado al local buscando sus propias compañías. Era cuando el muchacho Oriental, queriendo cerciorarse del contacto intangible, marchaba hacia los lavabos del subsuelo, indagando con la mirada entre las mesas hasta dar con el perfil inconfundible del otro presentido. Debió aguardar hasta una noche de otoño, que se insinúa muy fría en la memoria para conocer por fin el nombre del desconocido.

El Oriental conversaba con un grupo de pintores, hombres a la búsqueda del color ideal de la inmortalidad por el desaconsejable espectro del hambre, cuando atravesó el salón la secuela furtiva de un viento glacial proveniente de la calle Vavin. Alguien al entrar dejó la puerta abierta; ese alguien enajenado regresó sobre sus pasos, cerró la puerta del café asegundándola y dijo “pardon” a los parroquianos próximos a la entrada. Ese alguien era un joven vestido de negro, con una chalina blanca que caía de manera asimétrica y amplio impermeable, en lo que podía advertirse al verlo pasar su cuerpo estaba cincelado con ascetismo y abstinencias de todo tipo pero voluntarias. La cara por el contrario, parecía predispuesta hasta la convicción a la laxitud de vicios carnales y pecados espirituales, los dientes resultaban demasiados perfectos para ser naturales y la mirada apelaba al auxilio mediador de cristales oscuros, buscando sugerir en esa confusión una tonalidad humana. Cada detalles que se sumaba a su aspecto hacía olvidar al instante los pormenores precedentes, ninguno conseguía caracterizarlo del todo y el conjunto lo hacía inconfundible. Nada de ello necesitó Eduardo para identificar esa presencia sin dificultades; se trataba de la misma sombra presentida y vista muchas noches al amparo de la luz artificial. Cada vez que lo cruzaba, el azar insistía en el juego de presentarlos por primera vez, fue el pintor mexicano quien, interrumpiendo su diatriba virulenta sobre el irrespetuoso arte de los murales, dio nombre a la inquietante aparición.

-Es el estudiante Andreas Stein.

Nada más dijo el abstracto de Tenochtitlán, convencido de que su enunciado era suficiente y Eduardo retuvo las ganas de pedir información sobre el recién llegado, presintiendo que todo contacto directo con el desconocido le estaría prohibido de antemano. Desde ese instante, la imagen repetida del otro quedó vinculada a un nombre común e insuficiente para librarlo de una dependencia que se acrecentó a medida que pasaban las semanas.

Cuando los temores íntimos se asocian con una palabra, en principio parecen desactivarse y es sólo para volverse luego más insoportables. Eduardo se inclinaba por la segunda posibilidad; repetidas veces se preguntó de qué naturaleza era el nudo que lo ataba al desconocido, al estudiante Andreas Stein desde aquella noche cuando el viento frío irrumpió en Le Select. Dejó de lado el miedo físico a una agresión y la pasión incontrolable, desechó el amor y la admiración superlativa, si el vínculo tenaz se parecía a algo era el saber concebido en vertientes menos confiables. Eduardo fue testigo involuntario, observador receptivo a causa de su infancia precaria, científico buscando leyes justificando la presencia de una fuerza inidentificable y que en tanto se llama flogisto o milagro, se llama Andreas Stein.

Durante semanas, el Oriental esperó que el estudiante Andreas lo abordara recriminándole su molesta vigilancia, Stein le negó esa libertad por la violencia y parecía tener otra estrategia consistente en reafirmar su presencia. Mientras Eduardo bebía una cerveza en terrazas alejadas de los sitios habituales, sabía que Andreas Stein “había estado allí” hacía siete minutos, diez a lo máximo o que llegaría después que él pagara y hubiera caminado unos doscientos metros. Cuando de manera abrupta llegó el período de sus primeras vacaciones, Eduardo decidió permanecer en París a pesar del calor y calles semivacías volviéndose las razones obvias para justificar su agosto sedentario. Fueron esas semanas de serena tregua para la tranquilidad de su conciencia y el espectro del estudiante Andreas desapareció de la circulación. Acevedo llegó a creer que lo vivido durante los últimos tiempos respondía a una alucinación de complicada explicación. Cosas suyas imaginativas de personajes recién llegado a un argumento con pasado, un actor con atraso que se precipita en la trama queriendo recuperar escenas extraviadas, inventándose una historia de espías sin pies ni cabeza, compensando la acuciante falta de cariño y cierto desinterés por los estudios que le corroía de a poco el ánimo.

El largo verano en la antigua Lutecia no fue pródigo en amores y a consecuencia de la forzada soledad se permitió ponerse al día con publicaciones de su especialidad. La falta de dispersión hizo que Eduardo recobrara el gusto para llevar adelante cualquier proyecto de investigación, lo estimulaba el comprobar que los grandes cerebros y que aceleraron en las últimas décadas el catálogo de deslumbramientos científicos –como nunca antes en la historia- traslucían en sus rigurosos informes –le venía a la mente el caso de Heisenberg- repletos de fórmulas deslumbrantes incluyendo esquirlas de cuestionamiento metafísicos y religiosos. La contradicción de la reflexión en tales niveles era esperanzadora: existen partículas de comportamiento imprevisible, se intuían vacíos insospechados, bolsones de antimateria librando sus arcanos y mentes capaces de comenzar a pensar diferente.

En ese estado de ánimo, ganado por una confusión exultante Acevedo tomó la decisión de hablar con Copigneaux lo más pronto posible; hacerle saber al catedrático sus intereses específicos e integrarse por entero -deponiendo vacilaciones fruto de la inseguridad- al ámbito estricto de la investigación. Ingresar para quedarse en ese campo gravitacional de incertidumbre científica, sin dejarse expulsar de la órbita tensa por una absurda desidia. Había optado por pertenecer a un sistema coherente dejando atrás la perspectiva de devenir meteorito errante; una vez aclarada de manera satisfactoria su situación, el trabajo en el seminario de Copigneaux comenzó a marchar para Eduardo a las mil maravillas. La fusión operaba bien hasta el minuto cuando, durante un apartado con el equipo del cual él era la incorporación más reciente, el director, parco de habitual destacó en términos elogiosos, el talento de un estudiante del curso nocturno dedicado a la mecánica celeste. Igual que los ciclos de un cometa visible en su esplendor desde observatorios terrestres, el comentario de marras señalaba la reaparición de Andreas Stein en las fases irregulares del joven Acevedo. Sin coincidir en los horarios de los cursos, resultaba que compartían la atmósfera de los anfiteatros, caminaban a deshoras idénticos corredores internos del edificio de la Escuela y trataban asuntos administrativos inherentes a su situación en la única sala de secretaría, alternando con una u otra funcionaria encargada de la gestión. Al comienzo y una vez confirmada la nueva coincidencia, Eduardo reaccionó igual que un lince joven acorralado por los cazadores y optó por descuidar la lucha cuyos protocolos ignoraba.

La táctica de la despreocupación igual logró buenos resultados, como el disiparle la idea de un complot que lo designó víctima y aflojó la tensión en las horas restantes del día. La casualidad decidió que, en una conferencia de Bachelard dictada en el anfiteatro de la Escuela, se sentaran a corta distancia uno de otro; a Eduardo seguía intrigándole en la cara de Andreas la falta de secuelas de sueño, calor, frío, de cualquier factor que alterara en algo unos rasgos que parecían eternos. Con el correr de las semanas terminó admitiendo su brumosa presencia como otro elemento inevitable de su territorio personal, donde cualquier meticulosidad de laboratorio podía salirse de cauce en años prodigiosos y terribles, cuando nada quedaba sin cuestionar: espacio y tiempo, la mentalidad belicosa, la pintura, la paz entre naciones civilizadas y el poder de la palabra para emitir un juicio verdadero sobre la realidad. La década del treinta marchaba hacia su terrible ocaso y se vivía una respiración de guerra inevitable.

Acevedo permanecía enclaustrado en París por propia voluntad, su proyecto de recorrer España se ahogó en la sangre de una devastadora matanza que sofocó también los pronósticos más pesimistas. El resto de Europa, cómplice en el hacer y el dejar hacer, exceptuando unos miles de voluntarios masacrados, aguardaba que la catástrofe se produjera de fronteras adentro al sur de los Pirineos; en ese clima de urgencias patrióticas, Acevedo sentía acrecentarse día a día su condición de extranjero.

En una fiesta que pretendió despedir el año por adelantado, pero siendo los adioses a la paz de dos décadas pasadas deprisa, se determinó para Acevedo su implicancia en otra historia, el cruce de cierta morosa indiferencia a la acelerada toma de posiciones y para el resto de su existencia. Los allegados al equipo de Copigneaux se reunieron en ocasión de una cena y organizada con escrupulosidad matemática adecuada a hombres de ciencia. Ello sucedió en una hostería de la afueras de París, regiones que por aquel entonces guardaban un algo de provincia luminoso que perderían pronto; el encuentro suscitó una rara unanimidad y relativa cuando los cursos se dictaban de mañana temprano. Los convocados llegaron dispuestos a beber en abundancia, sabiendo que era la última oportunidad de compartir unas horas de alegría amnésica. En los próximos meses esos hombres y las pocas mujeres que entraban a la hostería cada pocos minutos, partirían a defender la ofendida causa de su patria en diferentes frentes de combate; la investigación pura, la zona sin relación próxima a objetivos militares quedaría estancada en archivos y cajones por muchísimos meses siendo optimista. Se hablaba del lenguaje de los cañones, derechos del pasado, intolerables reivindicaciones históricas y secuelas de una confrontación temida pero saludable para Europa. Después de pasada la tormenta pasajera podría retomarse con brío la investigación, era lo que sostenían algunos académicos henchidos de belicoso orgullo, luego de haber solucionado de manera ejemplar decían, unos contenciosos menores y molestos mediante el convincente por expeditivo alegato de las armas.

Nuestro Eduardo Acevedo, distanciado por pintorescos orígenes de tomar posiciones claras y definitivas dudaba, escuchando a unos y otros, entre aguantar en París a esperar que pasara la guerra que deseaba breve, regresar a su patria asumiendo lo vivido como unas vacaciones atípicas o cubrir un puesto -aún dudoso en los términos de la oferta- para enseñar en Montreal; que luego aceptó por motivos alejados del temor a la ocupación alemana de París y las razones propias del libre albedrío, siendo que la noche de la cena unos episodios encadenados lo afectaron al punto de modificarle su proyecto de vida. Entre los integrantes del equipo de Copigneaux y el sudamericano incluido, tiempo y espacio se trocaron en conceptos de definición suspendida, entelequias para las que las palabras espacio o tiempo eran erróneas e insuficientes, puede que falsas.

Acevedo vivía su guerra personal, igual que el espía noctámbulo infiltrado en campamento enemigo, deseaba obtener la mayor cantidad de información sobre el adversario, de preferencia relativa a las debilidades. Si la tendencia del vínculo de Andreas continuaba como hasta el presente, sería nada más que una cuestión de espera y paciencia, siendo innecesario que se lanzara temerario por los vericuetos de un interrogatorio indirecto. Estaba convencido de que en cualquier segundo de euforia colectiva, evocando los buenos momentos pasados en los seminarios, al final en el inevitable balance de un grupo a punto de despedirse, la referencia al estudiante Andreas terminaría por irrumpir. Lo vacilante era saber si Eduardo resistiría la espera manteniendo la calma o llegado el momento perdería el dominio, replicando a destiempo con un insulto destemplado, una confesión tan áspera como rencorosa del malentendido atándolo en secreto a la sombra del estudiante Stein. Después de su entrada a la hostería y durante tres horas, Eduardo odió con toda su alma el tono magistral que tanto le atraía en el ámbito coloquial de la Escuela. Admitió despreciar con furia las formas tontas del esparcimiento estudiantil, nada ocurrentes y lindando la grosería; faltas de imaginación cuando se trataba de cabezas congestionadas de conocimientos inapropiados para vivir.

El albergue de campaña escogido para el encuentro era agradable, su nombre hacía referencia a caballos y tenía aureola tenue de excursionistas impresionistas. La cena programada tendiente a fiesta se sucedía en un pabellón alejado del edifico principal de la hostería, distancia prudente para permitir el bullicio sin censura. Finalizado el tránsito regulado de la comida, popular en su propuesta y abundante al interior de las cazuelas, comenzaron a formarse grupos dispersos, organizados en torno a personajes seductores o afinidades afectivas y teóricas. Cada vez que una de las muchachas encargadas del servicio abría la puerta de la sala para retirar platos sucios y traer canastillas de pan y otras jarras de vino, Acevedo se estremecía temiendo que el sentido de la puesta en escena de Andreas Stein, demostrado repetidas veces le entregara la imagen de alguien que él aguardaba con impaciencia.

Los camaradas de estudio, emprendedores en el beber y menos habituados a secuelas del vino, a cierta hora se entredormían reclinados sobre largas mesas, después de separar con el antebrazo platos con restos de boeuf bourguignon, trozos de pan, cáscaras de queso y botellas vacías. Los hombres mayores y profesores del equipo, a la vista de la deriva estudiantil acelerada, si bien algo tambaleantes se pusieron de pie; como podían se enfundaban en sus abrigos y emprendían el retorno a París. Luego de varias decepciones por el tráfico en la puerta de entrada Acevedo estaba triste por lo inútil de esperar aquello; hasta que escuchó que alguien de los cursos superiores, cuya voz emergía desde un rincón del salón, uno de los grupos aislados proponía un brindis, reclamando para ello con insistencia la dispersa atención de los presentes. Eduardo se preparó para el rosario de frases retóricas en honor y agradecimiento al director del equipo, experimentó por adelantado vergüenza ajena.

Nunca en su vida debió cambiar tan rápido de estado de ánimo; antes, indiferente y resignado levantó él también su brazo izquierdo rematado en un vaso a medio llenar. Así estaba el hijo de la irlandesa igual que una figura tiesa de porcelana coloreada, cuando llegaron netas a sus oídos palabras precisas por irremplazables.

– ¡Un brindis por el estudiante Andreas Stein!

Cuando Acevedo terminó de asimilar el mensaje reaccionó con una risa forzada, nerviosa, desagradable por la agresividad que insinuaba y que llamó la atención de comensales que tenían hacía rato la frente apoyada en la mesa. Michel Lafon, su mejor amigo dentro del equipo de Copigneaux se acercó con la intención de calmarlo, alarmado por la reacción intempestiva del camarada del otro lado del Océano, temeroso de que dadas las circunstancias hubiera caído en un pozo depresivo y estuviera enfermo.

Cuando Eduardo sintió la mano de Lafon apoyada en el hombro entendió el gesto y consiguió calmarse, hasta que la improvisada ceremonia celebrando la gloria del ausente llegó a su término.

-Hijo de puta, murmuró Eduardo en castellano, rabiando contra la manera cómo fue sorprendido su espíritu estando las defensas vulnerables.

A Michel que permaneció junto a él queriendo entender, le explicó que su carcajada fue la irreflexiva respuesta por la tristeza que le provocaba todo aquello que estaba sucediendo. Hasta ese momento el oriental venía jugando bien su partida a ciegas con el adversario; el resto de la noche se desbarrancó de macana en error. Comenzó a cometer torpezas propias de quien se ve acuciado por la falta de segundos y transfigura al oponente en reloj de competición.

El primero de los errores graves fue preguntar.

– ¿A qué viene ese brindis Michel?

– ¡Ah sudamericano, Oriental provinciano indigno descendiente de Lautréamont! El trabajo del estudiante Andreas entre nosotros tiene un enorme mérito.

– ¿Qué hizo de especial en concreto?

-Es cosa seria brillar en la Física celeste siendo ciego de nacimiento.

Acevedo miró al amigo directo a los ojos, creyendo que la respuesta tendría una continuidad que aclarara los hechos. Fue una espera inútil, asintió con la cabeza igual que un autómata de museo prometiendo para sus adentros emborracharse antes de volver a su cuarto. Durante meses el séptimo hijo de la irlandesa se pensó observado en secreto y al final resultó que el cerebro visible de la hipotética conjura nunca vio las telas de Manet. No sólo él, pobre muchacho suspicaz y orgulloso, sino el universo todo incluyendo la noche del nombre en Le Select, era para Andreas Stein mancha informe a descifrar con los sentidos restantes; así como leería los cursos con las yemas de los dedos, mientras imaginaba el espectáculo de la bóveda celeste oculta por nubes y adivinaba el movimiento sincronizado de astros distantes a años luz. Acaso oyendo él solo la música de las esferas, desde una cabeza sin retinas, donde la simple idea de un punto luminoso siendo demostración geométrica devenía un asunto de Fe.

La trama especulada por Eduardo quedó reducida a un asunto anodino, como el nombre revelado por el pintor mexicano. Cuestión desagradable de nervios ópticos atrofiados y atardeceres de consulta con los oftalmólogos más reputados del continente. A la conciencia del Oriental llegaron a la vez la decepción y el alivio, volvía a respirar normalmente y recobró fuerzas suficientes para pasar a la ofensiva. Después de todo, las lunas impares de los planetas fríos y los planetas mismo, los ojos en las cuencas y los electrones tienen la misma forma en el plano ideal, Pascal estuvo acertado en postular a dios esférico y equidistante; la cuadratura del círculo era sin réplica la sublime cuestión teológica, más que el dogma sencillo de la santísima trinidad, resuelto en la séptima lección por cualquier niño iniciado al catecismo y preparándose para la primera comunión.

-Por el inefable estudiante Andreas Stein, le dijo Eduardo a Lafon y se tomó el vino que quedaba en el vaso que hasta ese instante fuera bien administrado.

Fue un segundo error encadenado.

Ω

Eduardo llevó su cigarrillo a los labios porque necesitaba fumar y buscó la cajilla de fósforos en el bolsillo del saco. Al meter la mano como si se tratara de una prótesis, sus dedos tocaron un papel que no debía estar ahí y Acevedo lo sacó de inmediato con gesto de capturar un piojo voraz. Se trataba de una hoja simple arrancada de un cuaderno escolar, doblada al medio y donde con caligrafía torpe estaba escrito: “Quédese. Lo espero a medianoche afuera, detrás de la cocina.” Eduardo pensó en una broma de algún compañero de curso, pero a ninguno entre ellos le había confiado los avatares de su relación con aquél que le proponía un encuentro secreto y clandestino; mejor se dijo, a oportunidad de una confrontación era lo preferible para zanjar la acumulación de confusiones durante los últimos meses. Se desentendió de conocer el procedimiento mediante el cual el mensaje llegó hasta el bolsillo, después de las últimas sorpresas relativas a Stein eso era un detalle menor y la cita pactada trascendía malabarismos picarescos.

Pasados veinte minutos del incidente Eduardo estaba en camino de su prometida borrachera y faltaba media hora para llegar a las doce. Con gesto que comenzaba a ser titubeante llamó a la más bonita de las muchachas del servicio, una rubilla de pechos pequeños, maneras adolescentes y le pidió una taza de café bien caliente. Ella, sin dejar de sonreírle en ningún momento aceleró el paso y satisfizo de inmediato el deseo del muchacho. Por el contundente efecto del café al rato Eduardo se sentía mejor; desplazándose igual que médico novato visitando el pabellón de cancerosos asignado al repartir las guardias, recorrió los grupos formados en el salón sin involucrarse a fondo en ninguna de las conversaciones. Durante la semana venidera seguro que los volvería a encontrar a todos pero de a uno en uno, sabía que durante los minutos faltantes para llegar a medianoche era la última oportunidad de observarlos juntos. El estado de la mayoría era deplorable, balbuceantes en el mejor de los casos se sucedían despedidas, dilatados abrazos, firmes promesas de reencuentros luego de la victoria militar y fidelidades a correspondencias obviando la muerte inmunda en trincheras distante de la órbita de Marte. Eran las once cincuenta y siete cuando Eduardo recogió su abrigo, un minuto después salió en dirección a la noche y sin vacilar se encaminó hacia la parte trasera de la cocina, obedeciendo al pie de la letra las instrucciones que pretendían ser anónimas.

La noche era una boca de lobo. Acevedo se guio en la oscuridad absoluta por la silueta pétrea de las chimeneas humeantes y llegó hasta un muro tiznado de penumbras. Se detuvo a fumar en la intemperie para achicar la espera, en esos instantes especuló sobre la forma adecuada de comenzar el diálogo y sabiendo que para él la noche se convertía en desventaja agregada. En eso estaba Eduardo cuando sintió que una mano le tocaba la espalda, se volvió y vio de cerca la cara de la muchacha rubia del hostal que trajo un café hacía media hora. Sin decirle palabra ella le hizo señas pidiéndole silencio; cuando el muchacho asintió con la cabeza le tomó una mano y comenzó a caminar entre árboles, conduciéndolo hasta una construcción modestísima donde entraron llevados por el instinto femenino. A tientas llegaron hasta una habitación en penumbras mitigadas por una veladora de alcohol, responsable de la llamita mortecina. La muchacha que parecía muda comenzó a besarlo con pasión quebrando una larga abstinencia y a respirar agitada, entrecortada, empapada; jóvenes como eran, uno a otro se sacaban la ropa torpes y apurados, tirándola sin criterio para cualquier lugar sin dejar se besarse. Olvidando las causas presuntas e implicado indefenso como para pedir explicaciones, dejándose ir sin resistencia, Eduardo empezó a lamer los pezones duros y enormes de la muchacha, para luego tirarse ambos sobre un jergón rústico y maloliente que estaba en el piso junto a un orinal esmaltado sin enjuagar. El muchacho se entregó frenético a profundizar en tan inesperado placer; perdiendo a conciencia el sentido de las horas pasadas es probable que se haya dormido algunos minutos. Luego recordó –sin saber si despertaba o era el café activando la conciencia- que en cierto momento tuvo junto al suyo el cuerpo tibio de la muchacha revolviéndose inquieto pegándose a su vientre, que renovó la erección y esta vez también el sexo parecía a punto de estallar. Excitado por olores del cuarto que ya reconocía y otros nuevos en su agria vejez de algunos días, recomenzó a penetrarla besándola en la boca mientras se movía como un endemoniado, sacándole con la lengua sabores a tabaco, cocido de cerdo, agua de vida de alta graduación y un dulzor de tarta de ciruelas maduras.

La segunda vez fue imposible dormirse. La muchacha, ágil a pesar de las horas de trabajo e insomnio igual que una amazona de circo húngaro de paso por el pago, se incorporó de entre los trapos cubriéndola. Le alcanzó a Eduardo un amasijo de ropa haciéndole señas que debía marcharse del lugar y diciéndole deprisa, deprisa, deprisa varias veces. Dentro de poco se reanudarían las faenas en el hostal y sin siquiera con tiempo para enjuagarse Eduardo Acevedo se vistió de memoria. Ella le aseguró que dentro de una hora podría alcanzar el primer tren para París, él le pidió de volver a verla, ella le explicó que así eran las cosas de su vida, que mañana sería otro el cliente elegido, un viajante de comercio, un pianista de varieté, un vendedor de Biblias, como la noche anterior había sido un poeta pobre. Acevedo dudó si debía dejarle algunas monedas por un contrato sin explicitar en la noche vivida, pero ella nada insinuó al respecto y lo que él quería lo había logrado. Al despedirse, la muchacha le entregó un sobre pidiéndole que le prometiera leer la carta luego que el tren salga de la estación; gesto que Eduardo atribuyó a una malograda heroína novelesca del siglo pasado, aceptando magnánimo un pacto apropiado a enamorados románticos. Los hechos se sucedieron de tal forma que Acevedo se quedó sin tiempo especulativo y sólo atinó a seguir obedeciendo a la muchacha, como lo hizo desde el inicio de la aventura cuando dieron las doce. Durante la noche sobre la comarca sin que ellos se hubieran apercibido había caído una helada respetable; descargado de pasiones contradictorias hacinadas y debilitado por la energía invertida, saliendo a la intemperie, Eduardo sintió que el frío de la madrugada lo calaba hasta los huesos. Lo que necesitaba a tales horas era un tazón de café con leche humeante con rebanadas de pan oscuro untadas de manteca salada, tampoco rechazaría la alternativa de un pucherito de gallina con vino tinto.

La estación de trenes quedaba a unos setecientos metros del hostal y mientras avanzaba por el estrecho sendero solitario, el caminante nocturno meditaba sobre el sentido de los acontecimientos recientes. La mente puesta otra vez en funcionamiento recomponía el orden de los sucesos insólitos, concentrados curiosamente en el transcursos de la noche pasada. Algo semejante al amanecer se observaba en el paisaje que lo rodeaba, la distancia hasta la estación le pareció menor de tan ensimismado que marchaba en sus deseos. La estación que él vería por primera y última vez en su vida tenía el aspecto de una escenografía condenada a desaparecer, allí la soledad era total, exceptuando una extraña mujer espectral que caminaba, sin equipaje, en un sentido y otro a lo largo del andén. Eduardo se sentó en un banco de madera y aguardó la llegada del tren en dirección a Paris, sin importarle la eventual puntualidad de la locomotora ni la desidia maquinal del maquinista. El tren venía de una lejana ciudad del sur de Francia y durante la noche, mientras el Oriental se afanaba por agotar los encantos irrepetibles de la muchacha rubia del hostal, debió atravesar el centro del país. Luego que terminó el estruendo de la frenada Acevedo subió a los vagones de primera clase y buscó un asiento cómodo, ubicación donde pudiera estar tranquilo y a solas con sus pensamientos. Desde su secreta satisfacción las caras del resto del pasaje le parecieron de una inconsolable tristeza, el paisaje agreste de la campiña duró poco y en la siguiente estación se distinguían las inconfundibles cercanías de París. Fue allí cuando el jergón en el suelo y la veladora, el orinal esmaltado y la taza de café caliente comenzaban su irresistible itinerario hacia el olvido definitivo, en el momento que recordó la carta que prometió leer más tarde.

Dispuesto a cumplir lo prometido a la muchacha, como un caballero Acevedo abrió lentamente el sobre y en su cara se dibujó una sonrisa imbécil de tenorio esporádico. “Querido amigo –rezaba la brevísima misiva-, durante largos meses y aunque de manera un tanto heterodoxa, hemos compartido la razón y la cólera sin intercambiar palabra. Hubiera sido injusto, espero que entienda mi parecer, separarnos considerando los tiempos que corren, sin compartir las mieles de la concupiscencia. Suyo eternamente, Andreas Stein.”

Esa misma mañana y luego de haber tomado un largo baño de inmersión en agua casi hirviendo, Acevedo envió un telegrama urgente a Montreal confirmando -a quien correspondía- su aceptación firme del cargo de segundo asistente de los cursos superiores de Física atómica.

{÷}

Los teoremas hasta aquí narrados sucedieron en la penumbra del año mil novecientos treinta y nueve. Eduardo Acevedo invirtió medio siglo para empezar a olvidar los sucesos evocados y una vez pasados los primeros años, con la ayuda diagonal de la guerra los temores latentes del reencuentro se alejaron. En Canadá el matemático uruguayo organizó una vida sosegada y cuyos detalles son irrelevantes en relación al presente, acaso baste recordar que fue un científico meritorio y atento a la evolución de su disciplina. Hacia comienzos de los años sesenta, en razón de ciertos aportes innovadores sobre un complejo proceso acelerador de partículas, su laboratorio de la Universidad sonó bastante para el Nóbel que nunca llegó. Desde entonces y en reconocimiento a sus méritos, Acevedo es asiduo invitado a congresos, coloquios y seminarios en todo el mundo, habita el inamovible limbo de ser reconocido como una autoridad en la materia. Aduciendo asuntos familiares y problemas de salud, durante años sin claudicaciones rechazó las propuestas de trabajo provenientes de Europa, algunas muy tentadoras aunando economía y condiciones de trabajo.

Más de una vez a medida que envejecía, Eduardo regresó a la estancia familiar donde pasó los primeros meses de la infancia. Durante esa temporadas instalado en la tierra natal conoció una enorme cantidad de sobrinos y fue feliz volviendo en vida al nudo original de tantos recueros queridos. Sin despreciar la vida embarullada de los Acevedo, prefería permanecer sentado durante horas en un sillón de mimbre, en el patio grande del casco cerca del brocal colonial y hasta bien entrada la noche. Bebiendo vino blanco mendocino bien frío, sintiendo el olor del rescoldo de la tierra regada del jardín, escuchando con atención la rotación del mundo con la luz de los sonidos del campo, mirando la línea oscura de las lomas a pocas leguas de distancia, adivinando la cercana presencia del Río Negro que parte el país en dos mitades, oyendo el insomnio inquieto de los centauros a monte, que en las noches de luna ensangrentada se imaginan en Tracia, los primeros balidos de corderos recién destetados, amparados por unas horas bajo el fulgor polivalente de la Cruz del Sur; es decir recordando a la madre.

Su pasado íntimo se identificaba hasta hace una hora a las imágenes fijas del álbum de familia. Acevedo se había hecho la firme promesa: las jornadas del Karolinum praguense marcarían su despedida de la vida académica itinerante. Si aceptó la invitación fue por razones afectivas personales y menores, distantes del rigor de la ciencia, hermanadas a un puente medieval y al cementerio judío, un reloj atemporal que puede ser cósmico; argumentos tan válidos como inapelables para el hombre que está en diálogo cordial con la muerte. Esa misma tarde, cuando Acevedo salió con su grupo de la última sesión en comisión reducida después del almuerzo –que funcionó en las aulas del primer piso- en el largo corredor un grupo de estudiantes curioseaba el talante de las eminencias presentes, autoras de los libros de las bibliografías.

Los muchachos estaban ansiosos por escuchar la lección magistral de un joven físico norteamericano, que llegaba a las jornadas con merecida reputación de genio. Nuestro Acevedo fue de los últimos en abandonar la sala, en esos trámites estaba cuando, entre la multitud que interpelaba el paso de los ponentes Eduardo distinguió, primero, la forma inconfundible de la cabeza. Luego las vestimentas oscuras de entonces, por fin la mirada velada del estudiante Andreas Stein, igual de discreto que hace cincuenta años, con el aspecto idéntico de medio siglo atrás. Como si durante el tiempo transcurrido él hubiera descubierto un atajo inverso para refutar la pendiente escabrosa hacia la ancianidad, que al fatigado cerebro de Eduardo le parecía igual de perturbador que aquel sendero, llevando de la hostería con nombre referido a caballos hasta la estación del tren en las afueras de París.

Solitario y más viejo que en la hora anterior, sentado a la mesa del café Eduardo piensa que luego de una vida de trabajo sin tregua, él firmaría cualquier pacto sin importar con quién, con tal de recomenzar la historia; no por el deseo de recobrar la juventud del cuerpo, que sería una maniobra indigna del misterio, sino para regresar al confuso cruce de caminos de hace cincuenta años, cuando emprendió el sendero secundario y se apartó de la influencia del estudiante Andreas; para ello también era demasiado tarde. Cuando el camarero llegó con la tercera vodka que nunca fue pedida, Eduardo supo quién la había pagado evocando una vieja complicidad y enviándola como si se tratar de otro mensaje indirecto. Último signo de Stein que recibiría en vida y esta vez Acevedo se abstuvo de dirigirse a los lavabos, como lo hacía en las noches de Le Select ensayando un humillante reconocimiento.

Stein estaría por ahí cerca, instalado en alguna de las mesas confundido con estudiantes de los años que vienen. Acevedo buscó en el bolsillo del saco por si aparecía otra misiva y sólo halló unas pocas coronas que dejó sin contarlas sobre la mesa. Antes de marcharse levantó la tercera copa haciendo un brindis dirigido al vacío, en honor de alguien sólo visible en su memoria, bebió la vodka como debe hacerse y ya de pie se encaminó hacia la salida principal del café Slavia.

Afuera hacía muchísimo frío.

-Andreas, dijo Eduardo Acevedo y comenzó a marchar despacio sobre la nieve blanda y oscura, buscando el amparo circunstancial de paredes decoradas con figuras barrocas de la Europa central, rumbo al hotel que, en curiosa coincidencia, quedaba a setecientos metros del café que buscan los viajeros del tiempo cuando llegan a Praga.

L.Q.Q.D.

Cuento para la cuerda sol

Algunos de los músicos terminaron la segunda vuelta de esta noche, restan dos entradas sonoras de la orquesta tropical y después volverán ellos para rematar el baile.

Sobre la pista comienzan a desplegarse los disfrazados de siempre a esta altura de la noche, los candidatos a terminar la cumbiamba borrachos cambian sus pasos que se hacen torpes y piden disculpas de continuo por los frecuentes encontronazos. La hora de los tanteos prudentes de conquista va quedando atrás, una montonera informe se desplaza excitada con gozo, bordeando mesas, lindando ventanales inaccesibles, aguantando a pie firme, exigiendo música hasta desquitar bailando el último peso de la entrada: quiero amanecer con la manta en el hombro, quiero amanecer… La cacería de los sexos buscados sin preámbulos está en pleno, para la mayoría de los involucrados el bailable se convierte en un estado de alerta orgiástico, preludio caliente de manotones groseros, besos donde caigan, pañuelos sudados, pantalones pegajosos por humores fugaces de la selección natural.

Las mujeres del baile mientras ajustan la pollera con la faja a las carnes y se arreglan el peinado, no tienen la menor idea del desplazamiento multicolor de sus afeites contrabandeados por la cara y hombros descubiertos. A esa hora de la noche, en ese avance en círculos vacilantes hacia ninguna parte se reconocen los alientos de otros, se identifica en primer plano revelador los defectos de dentaduras abusadas. El conjunto se capta en mezcolanza caótica acopiando parlantes, sobrenombres ridículos arrastrados desde la niñez, urgencias por apurar trámites de la seducción, relatos tristes edulcorados de los lugares de trabajo cuando se tiene la suerte de un salario. De otras bacantes y sátiros en ciernes se adivina el programa de actividades: recuperar el abrigo arrugado en ropería, garabatear números de teléfono mal recordados, maldecir promesas sin confirmar de encuentros posteriores y asalto final casi caníbal a la heladera de la cocina –a la vuelta a casa de otro sábado más- para masticar una pata de pollo fría, un pedazo mordido de queso gruyere, la manzana blanduzca.

Los músicos contratados avanzan pidiendo permiso entre el gentío de manera mecánica. Ellos, como la multitud divertida cuesta abajo van perdiendo con cada minuto que pasa la prolijidad atildada de unas horas atrás. El sudor acumulado del cuello comienza a ensuciar la camisa, es el momento de aflojar las corbatas a lunares y pasarse el zapato acordonado por la pernera del pantalón borrando las marcas grises de los pisotones.

Uno de esos músicos en reposo, mientras piensa que faltan todavía unas cuantas horas de trabajo nocturno consigue llegar al mostrador. El esfuerzo requerido fue tremendo por imprescindible, luchar a brazo partido hasta alcanzar el trago fresco mientras la boca se reseca es normal en estas circunstancias. La repetición cada sábado de la escena del manantial inagotable no la despoja de ninguna de sus aspectos emotivos y dramáticos. Tomemos por ejemplo la muralla de humo que debe atravesar la mirada insolente de alguna pobre bacante jubilada, intentando saber dónde terminará la noche que avanza y con quién o quiénes. La agresión implacable de los focos intensos de iluminación, el esquive complicado de parejas fusionadas que se entrechocan en el tráfico pesado para entradas y salidas de la pista, permeabilidad motivada por los cambios de orquestas sobre el escenario y la diferencia de ritmos. Por momentos, afortunadamente ese monstruo plural multiforme se detiene; ese milagro excepcional sólo lo concede la intermediación de un desperfecto técnico y el hipnótico poder del hola, hola, hola, un dos tres probando, hola, hola… integrando la ceremonia protocolar que practican los músicos antes de empezar.

El músico que nos interesa es un hombre mas bien pequeño con nariz prominente, está vestido con traje azul planchado y la prolijidad esmerada no alcanza a disimular un brillo de casimir gastado. Con la mano derecha avanzada separando gente consigue llegar al mostrador; otros músicos vestidos como él están ahí recostados bebiendo alguna cosa.

La concurrencia apelotonada en el bar le hace espacio a los músicos, gesto de respeto impensable unos pocos metros atrás. El ruido es ensordecedor, pareciera que el músico conversa con uno de los otros músicos y que escuchara una confidencia, quizá las dos cosas alternativamente o ninguna y dos actitudes distintas. Lo cierto es que debe llenar con una conversación la próxima media hora, es mejor quedarse ahí, está frío para salir al exterior a tomar aire o fumar un Pall Mall de los que quedan en el paquete.

“Serás músico” me dijo. Los uruguayos de religión judía debíamos saber que en nuestro país la cultura nunca fue buen negocio y mi padre pretendía ignorarlo. En lugar de prosperar vendiendo planchas, radios a transistores o instalar un taller para confeccionar camisas, prefirió continuar sacando fotos carné en un estudio ridículo y deseando que yo estudiara. Para él estudiar era estudiar música; parece que la música es lo que más extrañó durante la guerra que lo atrapó recién empezada la juventud, lo que diferencia la vida de la resignación en un campo de concentración.

La de mi padre era diáspora del alma que aprendí desde los cuatro años, cuando me regaló para mi cumpleaños el primer violín, de una firma que en la memoria se cruza con marcas de calefones y bebidas refrescantes, signos que pasaron a integrar los episodios irrepetibles que siempre se recuerdan. El aprendizaje fue doloroso; para empezar a ser la persona que deseaba mi padre y construir el instrumentista que yo quise ser luego, primero me convertí en burla del vecindario. Fue cuando a la gorra de pana marrón, el pantalón corto que me avergonzaba y la cara indudable de alguien que ora en hebreo, sumé a mi estampa el estuche de violín apretado con rabia y humillación debajo del brazo tres veces por semana. Con la cabeza baja escuchaba las mismas bromas crueles de otros niños que jugaban a las escondidas, ellos la consistente en corridas, pica y en no vale, yo la complicada de esconderse de uno adentro de uno mismo.

Uno se acostumbra y de a uno, uno se acostumbra como a todo; a padecer el solfeo y el profesor con aliento de caña, la tortura de afinar el encordado antes de repetir las escalas. Ese ir y venir por sonidos monótonos que recorren el cuello dolorido, los dedos que tienden a deformarse en las articulaciones y el estómago. Uno se acostumbra a sentir miedo como si fuera parte de la herencia, mete las manos en los bolsillos por temor a que el frío y la vergüenza quiebren la fragilidad de los dedos.

Después de muchos años pienso que la incomprensión con mi maestro fue mutua, el viejo Amalfi no tenía la culpa de haber nacido en el departamento de Canelones, llevar adelante hacia el fracaso el único conservatorio del barrio y que mi padre no pudiera pagar un maestro más competente. Con el tiempo entendí que tampoco era plenamente responsable de los portazos en la sala de estudios, ni de los cigarrillos negros fumados uno detrás de otro y que terminaron por matarlo.

-Eso es Bach… prueba una vez más, pero hazlo utilizando el arco con delicadeza; me dijo cuanto terminé un ejercicio que me había mandado estudiar la semana anterior.

La vida tiene momentos graves con la apariencia de episodios cursis, como las cartas románticas escritas en la adolescencia y la versión del amor en los boleros. Cuando repetí el ejercicio algunas ideas intuidas comenzaron a tener sentido: la condena generacional de las foto carné paternales, una manera de jugar a las escondidas, mis manos metidas en los bolsillos del pantalón corto. Desde aquella repetición dejé de aprender violín y comencé a estudiar música. Antes de morir, mi padre me escuchó tocar como solista el concierto de Mendelssohn, había ganado ese derecho por concurso en uno de los conciertos de Juventudes Musicales, tenía diecisiete años y creo que mi padre setenta y cinco.

Nada sabía de cuartos oscuros, revelados y fijadores líquidos de imágenes sobre papel y tampoco me interesaba. El laboratorio de mi padre era para mi madre y para mí un depósito de objetos queridos, inútiles, desconocidos; vendimos, nos dimos cuenta de que el estudio del viejo era la argamasa manteniendo unida nuestra familia. Mamá optó por cultivar el recuerdo del compañero de toda una vida en la tierra prometida, que ahora para ella existía y tenía líneas de aviación, fronteras disputadas y servicio secreto. Mi hermana Esther se marchó a Israel con ella y más que la boda con un mayorista, le importaba otra vida con raíces milenarias, colinas atrincheradas y fusiles amartillados en la noche del desierto.

Yo preferí aguardar en Montevideo la obtención inminente de la beca y fue aquel el año interminable. Un funcionario administrativo del Ministerio de Instrucción Pública me notificó sin pestañear la negativa, lo justificó mediante cupos, topes, prioridades comprensibles y curioso extravío de documentación; creo que guardo todavía la carta en algún rincón de la pieza. Cuando salí de la oficina sentí que la aventura terminaba, supe en ese minuto que un solo fracaso es suficiente en la vida y media hora más tarde que, con una botella de vino tinto ordinario bebido de apuro, un hombre resentido puede emborracharse.

Cuando tenía decidido irme aceptando la invitación de mi hermana Esther, una pequeña consolación me retuvo en Montevideo. Un vecino comedido llegó a ser elegido edil del departamento o funcionario municipal importante y me consiguió unas horas en un liceo para que enseñara música; horas de curso que llegaron a tiempo para sacarme de una situación incómoda y que duraron demasiado. Los pericones ensayados durante horas, el llenado de libretas interminables, la dirección de coros para cantar el himno patrio, adscriptos e inspectores me endurecieron los dedos. Hasta cometí la insensatez de presentarme a un concurso agotador en la Enseñanza Secundaria, evitando ser considerado un colado político, otro metido a dedo en la educación; si hoy día alguien repitiera algo parecido seguro que lo destituyen por idiota peligroso.

Fue así que se me fueron de la vida los meses de crecer en la música, los años de estudiar hasta la última nota el concierto admirado que siempre deseamos interpretar. Lo que conocí a fondo fueron baños y escalinatas desparejas, salas de profesores y cantinas bochincheras del liceo Mirando, del Bauzá, del 14 en 8 de Octubre. El casamiento con una buena mujer es fuente de excusas que consuelan, justificaciones y postergaciones pensando en el violín; el año sabático que ni se ve pasar un tiempo de reencontrar en algo el camino perdido. Esos dos episodios combinados trajeron a mi vida el primer hijo y el puesto de segundo violín en la Orquesta Sinfónica del Sodre; que se volvió primer atril a los pocos meses, cuando el concertino compatriota se fue a tocar a Venezuela contratado por la Sinfónica de Maracaibo.

De este lado llega primero el silencio, al que siguen unos últimos carraspeos del público y las miradas a los gestos de los integrantes de la orquesta. Nosotros los de aquí comenzamos, lo hacemos con fuerza como si el principio de la partitura fuera el acorde final, los músicos extranjeros aguardaban el tiempo que medían los compases indicados. El primer violinista -que soy yo- marca la melodía aguardando la entrada de los solistas extranjeros. La frase inaugural sin orquesta del allegro se incorporó al aire tal como lo quería su autor, gordo, soltero y fumador. Esta tardecita quiero que todo suceda rápido. Ruego para que el andante se esfume, el rondó final se precipite hasta llegar a los aplausos de rigor y poder irme sin saludar siquiera.

Mi deseo secreto se cumple, creía estar en la segunda nota y escucho aplausos salpicados de bravos. Las cuerdas proletarias golpeamos con el arco las bordonas de nuestros instrumentos, acompañado el griterío del público que exige repetidas salidas de los solistas. Ambos, a su turno me estrechan la mano saludando nuestra mutua colaboración; el director con gestos enfáticos dignos de un final wagneriano nos invita a levantarnos en olor de santidad y estampita de Santa Cecilia. El violonchelista es un hombre mayor que sonrió durante los ensayos, se acomoda lentamente en la silla y toca algo fuera de programa –una suite- con oficio como si estuviera enseñando los primeros pasos del instrumento noble a los nietos. El violinista es menos condescendiente con la humanidad, llega a paso firme hasta el borde de proscenio; desde su prepotente autoestima, se prodiga en técnicas barrocas con una maldita perfección de la que es plenamente consciente.

La humanidad más nosotros y yo también soy espectador vestido de gala de un concentrado concierto de espaldas. Las otras caras que distingo en las primeras filas de la platea son las mismas del sábado pasado y del año anterior, del sábado que viene que puede ser el último. Tienen rictus de cariátide modelada en abono de temporada; después de innumerables conciertos, en idénticas butacas reservadas anualmente en régimen de semi propiedad, la única lección retenida para los atentos es que los viejos siguen envejeciendo. Afortunadamente, entre los ancianos implantados en las butacas y la masa orquesta está la música, que encubre invisible el desgaste ingrato de las eras y pudiendo virar la envidia en admiración resignada.

El músico joven es de origen italiano, en los ensayos se comportaba con simpatía distante del quien sabe que sólo está de paso, en un lugar donde no se juega ni medio centímetro de su prestigio internacional. La única exigencia la tiene consigo mismo, ahora que llegó al limbo de giras, festivales y grabaciones en estudio, debe afinar el arte de mantenerse. En secreto, mientras despliega su exaltado fuera de programa le doy las gracias, ese muchacho es la prueba del peso aquilatado del patrimonio y que un artista puede desprenderse de canzonettas con mandolín, del olor a tuco espeso de tomates y mesas enharinadas de tallarines caseros; de ciudades gritonas, sucias y opresoras del silencio, con calles que se llaman Leonardo, Humberto I, Giacomo Leopardi y Orlando Furioso. Salir para siempre del uno y dos y tres irritante de ruido del metrónomo durante interminables tardes de verano con postigos cerrados. Escapar del desprecio de funcionarios públicos en institutos culturales, perder en un pasado lejano carcajadas contenidas y burlas de otros escolares cuando los maestros les proponen en audición discos de Victoria de los Ángeles. El violinista extranjero desconoce el programa mensual de las más populares salas de baile de Boloña y su ciudad de nacimiento.

Escucho y pienso en las horas que vienen. Dios quiera que no llueva, hoy debemos tocar en dos clubes y al primero debemos ir cada uno por su lado. Se rompió el cardán de la camioneta y hasta la semana que viene cada músico tiene que arreglarse como pueda, sería una macana que lloviera. Dejando de lado la fatiga lo sucedido esta tarde fue una alegría inesperada, hacía muchos años que no tocábamos el concierto de la reconciliación de Brahms.

Se ha hecho tarde, mis colegas y yo consultamos los relojes con la misma impaciencia que cualquier obrero al finalizar el turno de la noche. Los camarines del Estudio Auditorio se volvieron en pocos minutos un verdadero loquero, el público arrebatado en estado de éxtasis viene con sus programas del día y busca firmas ilegibles de los otros músicos.

Los instrumentistas aborígenes dispensados de oficio de esa aureola de gloria, salimos en pequeños grupos reproduciendo los sectores de la orquesta; con mi sección saludamos a los porteros ya vestidos de particular sin uniforme. Una vez en la calle nos despedimos hasta el ensayo que viene, sin la nostalgia de entusiasmos pasados de tertulias fecundas en bromas y planes. Hace frío y la tardecita está clara, tengo el tiempo justo para pasar por casa, demasiado temprano para cenar pero es mejor ir comido al baile, tal como están las finanzas cualquier pavada que se pida en un boliche desarma el presupuesto.

Llego a casa y lo de siempre, el niño mira televisión y con Mabel nos prometemos que mañana saldremos a dar una vuelta por la costa. Como cada sábado tengo pronta la ropa de recambio, otro uniforme más para que la comedia musical continúe. Hasta el año pasado di clases en el liceo nocturno, así que la vida familiar se afectó poco con el segundo trabajo. Cuando me ofrecieron tocar en la orquesta típica tuve que dejar mi puesto en secundaria, la plata es más o menos la misma, pero las horas de trabajo bajaron casi a la mitad. A mis años es preferible ese circo trasnochador imprevisible a un salón de profesores cada mañana, lleno de cualquier categoría de impostores menos de profesores. 

Se nota en el ambiente que es principio de mes, tan temprano y el club está casi tan lleno como Casa de Galicia la semana pasada. Hoy no hará falta calentar la sala, por lo que se advierte los asistentes están prontos. Nos avisaron a última hora que se suspendió nuestra actuación en el segundo baile, así que aquí nos quedaremos hasta el final de la noche; el asunto de los pagos extra se arregló en pocos minutos. En principio vinimos como relleno pero nos defendemos bastante bien; habrá que echar el resto pensando en los contratos para el verano, es mejor hacerlo en el mismo lugar sin el desacomodo de ir de un escenario a otro.

Después de terminar nuestra penúltima vuelta quiero llegar rápido hasta el mostrador, la barra está lejos pero a esta hora habrá un poco menos de gente y ruido. Algunos de los bailarines más jóvenes que topo en el trayecto bien pudieron haber sido alumnos míos el año pasado. Trato de recordar a los estudiantes uniformados, les invento granitos en la frente, pelos cortos, corbatas azules y voces desafinadas cuando responden. Cada tanto creo identificar un rostro conocido siendo imposible verificarlo en ese aquelarre, las caras enmascaradas duran apenas un segundo; ellos y yo perdimos la costumbre de mirar al otro de frente por más de tres segundos. Somos movimiento perpetuo de voltear la cabeza sin parar evitando descubrir los rostros, el rictus de las caretas, nuestros mismos ojos reflejados.

Los músicos dejaron pasar esa media hora de descanso recostados al mostrador, los más jóvenes aprovechan para intercambiar información menuda sobre sus conquistas en movimiento y los mayores haciendo balance de las derrotas amontonadas. Llegado el momento unos y otros se miran en espejos deformantes sobre las paredes tratando de acomodar el nudo de la corbata. Los que fuman tiran el cigarrillo al suelo y lo pisan, luego beben de un sorbo el líquido aguachento del vaso y reacomodando la sonrisa ganadora vuelven a pedir permiso a la multitud para poder llegar al escenario.

Músicas tan dispares para el mismo instrumento… Me gusta lo que tocamos en la madrugada, al menos su autor también empezó el aprendizaje con la música clásica. Debutó con un violín prestado –uno se va informando de lo que le da de comer-, no se sabe si de Ferrazzano o de un tal Roccatagliata… con razón en las películas de mafiosos los gánster llevan las ametralladoras en estuche de violín. Madre mía… apellidos de asociados a la coral Guarda e Pasa y parecen que tienen salpicaduras de salsa boloñesa; como para recordarlos cuando los comparo con el mío y que huele a sinagoga por todas las letras. Apellidos de hombres de tiempos viejos, otra ciudad hundida en el olvido con muelles en cuarentena y cementerios abandonados. Los arqueólogos que recuperamos esos espectros con instrumento debemos marcar bien el ritmo de los compases y así los compatriotas presentes no entreveren los pasos hasta perderse. A esta hora podemos tocar la marcha Tres árboles seguida de la Marsellesa a lo Juan D’Ariezo el Rey del Compás, que los tipos y tipas bailarán igual.

Mirando el espectáculo sabiendo que me incluye, creo que fue una suerte que padre haya muerto. Es decir que esté muerto en un día como hoy, él esperaría en vano sobrios afiches con programas de Londres y Viena. Nunca entendería qué diablos hace el nombre de familia en un recorte de diario vespertino con recuadros, precio de entrada al baile, damas gratis antes de las veintidós y destacando la calle de la puerta principal.

Uno cree que no y al final se acostumbra dócil a vivir a medias. De tarde y de noche, música diurna y después la nocturna, Dr. Jekyll y Mr. Hyde que hace bailar a sus futuras víctimas. La versatilidad es un argumento convincente y suele constituir una buena coartad. Me parece increíble que todavía tengan ganas de bailar, han de tener los pies reventados y son casi las cinco, capaz que mientras bailan sin pensar se sienten acompañados y tienen claro como yo que hasta el sábado próximo faltan siete días completos.

Con esto de alargar la actuación nos vamos quedando sin repertorio ensayado, en cualquier momento empezamos a repetir las partituras. Los compañeros jóvenes me miran esperando que yo –llegado al grupo con el dudoso prestigio de veterano y clásico- dé las indicaciones para arrancar. Mala Junta ya lo tocamos y ahora atacamos con Boedo. El animador me anuncia que es la penúltima, por suerte.

Está clareando afuera y pucha que tocaba bien el tano vanidoso de esta tarde, qué joder!!

El animador se esmeró para hacer un cierre entusiasta, sus palabras debían ser definitivas y convincentes ahogando toda intentona de continuidad. Ante sus requerimientos exultantes la gente sobreviviente lo miraba hipnotizada, aguardando un nuevo sermón de Jesucristo habiendo entrado en la loma del Cerro.

-Damas y caballeros, amigos fieles concurrentes a nuestras inimitables veladas más que bailables… con este cerrado aplauso que debe ser una verdadera ovación, saludamos la actuación de la típica y por este inolvidable sábado finalizamos… Gracias de nuevo. Está bien… está bien… Maestro, ante tantos insistentes pedidos de la concurrencia vamos a caer en el grato atrevimiento de pedirle la yapa. ¿Puede ser? Usted dirá.

-Con mucho gusto.

– ¡Ya me parecía que no podía fallarnos! Bueno, los remolones pueden pasar por ropería para evitar los clásicos amontonamientos. Les recordamos con tiempo que hay varias líneas de ómnibus estacionados esperando a la salida y si esperan mucho volverán al hogar a patacón por cuadra. Hasta el sábado entonces y ¡buena semana amigos! Maestro, cuando quiera…

-De don Julio de Caro Tierra Querida.

Aplausos, pero pocos.

Martillo de Jesuitas

Desde el río soplaba un viento frío y serían las cinco de la madrugada. Sí, casi las cinco. El hombre se levantó temprano y preparó el mate en la cocina, comió un pedazo de galleta de campaña con una rodaja de matambre. La noche anterior por onda corta, desde allá le anunciaron que habían dejado otro curita en sus campos; esta vez sería más caro, expedido directo de Argentina lo que duplicaba costos. El estado general de la encomienda dejaba que desear, podía compensar la situación el hecho de que se trataba de un ejemplar joven. En el acondicionamiento le permitieron dormir dos noches sin perturbarlo y lo dejaron con algunos víveres para recuperar fuerzas, los de allá dijeron que era bicho, cayó por agotamiento en los montes de Tucumán después de resistir más que los verdaderos duros del grupo. Había dudas en relación al rumbo definitivo donde se concretó la entrega, al parecer lo largaron del otro lado del río, como quien va para la sierra de Aceguá.

Una buena noticia para el hombre que mateaba. La acción programada lo mantenía en forma y al acecho, era su manera de colaborar en la vertiente cívica de la patriada salvadora tal como él entendía que debía hacerse. Metiendo las manos hasta el fondo del pozo, llevando arriba del lomo a los propios muertos y apartando así la debilidad del arrepentimiento. Se contemplaba frente al espejo de su existencia, hombre de campo despreciando el invierno y cazador, virtudes que en dos siglos forjaron la riqueza familiar así como su desgracia. Debía seguir adelante, enfrentar el destino pasaba por desafiarlo, torearlo hasta quebrar como espinazo de gato el destino de otros. Hacía unas semanas que se venían escuchando rumores, el hombre sabía que el jueguito de posibilidades y la inminencia retrasada, del no se sabe pero estamos en eso, era una maniobra ruin del mandamás para conseguir unos pesos agregados en la confusión, “pero el río suena” le dijeron y él los dejó hacer. Fue la razón por la cual de un día para otro, dejó plantada a la parentela en las casas, incluyendo la chorrera de nietos cargosos y dijo que salía de recorrida por unos días. Los chanchos salvajes estaban haciendo estragos entre las ovejas por el Puesto de las Cascadas, una molestia que requería atención. Así zafó de la telaraña familiar sin dar explicaciones que nadie le pidió, el hombre los alimentaba a todos con la condición de que no jodieran.

Operaba a la antigua, nada de jeep todoterreno, él mismo ensilló el mejor caballo en el galpón, nada de miras infrarrojas que eso era para chambones, descolgó la escopeta que fuera del padre y marchó de cacería. Sería suficiente un día de marcha forzada para alcanzar la zona presentida siendo la distancia era relativamente corta. A menos de diez quilómetros del casco principal de la estancia, por los pliegues del terreno volcánico y porque era el límite natural del departamento, el paisaje cambiaba en forma brusca de apariencia y configuración. Las lomitas mansas sin vegetación se transformaban en picadas agresivas, el salpicado inofensivo de cabezas de ganado se volvía un chillido insistente de fauna inhóspita, el cielo claro con nubes algodonadas una humedad vegetal, capaz de provocar alucinaciones en quien se perdiera allí dentro. Hasta ese rincón indefinido llegó el hombre a media mañana, dispuesto a penetrar en un laberinto natural y sin resolución, dejándose llevar por la sapiencia del instinto de muerte.

Cuando la marcha se hacía fatigosa el esfuerzo lo excitaba, comenzaba a sudar, perdía la compostura de su vestimenta de hacendado meticuloso y había algo que lo reconfortaba retornando al estado agreste; al rato, sentía rasguños de espinas en los antebrazos y se chupaba la sangre disfrutando el ardor. En ese paisaje replicante de soledad el hombre recuperaba el gozo de contemplar su verdadera naturaleza. Allí creció y se hizo hombre, entre esa vegetación juró pactar con un modo de crueldad que lo condujo al suceso en sus maniobras. Ello agregaba un atractivo anejo y si en sociedad se sentía un inmortal, hundiendo las botas de presilla en el musgo traicionero de suelos inseguros, sabía que podría toparse con la muerte, única rival que lograba intimidarlo un poco.

El Puesto de las Cascadas era su refugio favorito, sin abusar del privilegio venía muy de vez en cuando. Más seguido después de aquella noche de monte en el casino de oficiales, cuando un teniente mal perdedor le dijo que una cosa era camandulear cartas marcadas con manos de farabute y otra manejar las armas, luego de lo cual se escucharon algunas risitas. Correa lo miró al hablador decepcionado por el rumbo que tomaban los acontecimientos, lo miró con desprecio por haber osado desconfiar de sus habilidades en el mentir; pensó en escupirlo por milico insolente cuando advirtió que los que andaban por ahí, de la mesa de póquer y otros curiosos, lo miraban a él con solidaridad de cuerpo, de espíritu de armas, con insistencia. Haciéndole saber que él estaba ahí de lástima, era un intruso y lo aceptaban de este lado de las alambradas electrificadas porque tenía platita de sobra, no jodía a nadie y los dejaba al contrario hacer a su capricho. Ellos en patota lo degradaron en su consideración -luego de tratarlo de tahúr y con sonrisa sobradora de oficiales entonados- a la categoría de alcahuete útil que se vuelve pesado. Una macana, se dijo. El gargajo pensado sería insuficiente, esos tipos dispuestos a humillarlo y bastante petulantes le darían una paliza por mequetrefe. Entonces Correa sacó el revólver con cachas de nácar, un 38 largo que al salir tibio del cinto brilló en el aire como el as de la muerte. En rápido movimiento que nadie imaginó interrumpir –estaban hipnotizados por la plata empuñada- disparó en dirección a la puerta de entrada. El tape, un miliquito recién reclutado con pinta de fronterizo, cuando recibió la bala entre los ojos se olvidó de seguir sonriendo. El plomo lo pegó a la pared como si estuviera en penitencia y el muerto se deslizó hasta el piso de la timba, dejando a su paso lento, como si la pelambre oscura fuera un pincel improvisado de pelo de jabalí, una espesa y pastosa línea colorada, el trazo bermellón. “¿Alguien quiere cartas?” preguntó Correa cuando la sota terminó su caída y no había siete de oro a la vista que pudiera levantarla. Los jugadores de esa mano perdieron algo más además de los pesos con esa luz de pólvora, que ninguno se atrevió a seguir y todos vieron sin pagar. “Cartas para todos, don Correa” dijo el teniente de las insinuaciones, luego hizo con la cabeza un gesto seco hacia el muerto y que fue orden para un vivo, como diciendo saquen pronto de aquí ese mamarracho y tírenlo al basurero. Ya estaba y para siempre, le dijeron don y en el sitio apropiado.

Fue esa noche que los hombres se pusieran de acuerdo mientras clareaba en el horizonte, en aquello de organizar cacerías excepcionales de curitas zurdos. ¿Cuántas veces fue eso? Don Correa perdió la cuenta, el número de muertos era sin importancia, la cosa venía durando desde hace años y hoy la cacería recomenzaba. Era como si el frío, ese que venía del río lo hubiera sentido por primera vez. Formaba parte del pacto la aceptación de ciertas reglas, entre otras esperar en el Puesto de las Cascadas la comunicación final. Alguna vez le hicieron la jugadita del atraso en la entrega a último momento y él tenía que conformarse con salir a la montería tradicional siendo la decepción parte del juego. Disfrutaba permanecer solo algunos días en ese rincón de sus dominios, tenía lo necesario para estar bien, le agradaba estar ahí. El tiempo se escurría por otros túneles y la excitación por matar lo distanciaba de la muerte propia. No por la sangre, lo que Correa vampirizaba era el tiempo y venía pensando en su muerte demasiado seguido últimamente. Era en el Puesto de las Cascadas que Correa meditaba en las diferentes maneras de morir, las que hubiera preferido por la vida aventurera terminaban por parecerle injustas y se resignaba a finales asépticos en el Sanatorio Americano de la capital. En el centro de cuidados intensivos, arrasado por una metástasis incontrolable que debería ser indolora, un virus pertinaz, una crisis cardiaca durante el trayecto, dentro de la ambulancia sin tiempo para la carnicería de tubos plásticos; acaso sea innecesario agregar que Correa era un hombre medroso.

Dejaba pasar el tiempo con la radio encendida esperando el momento de reaccionar, con una botella de ginebra siempre cerca y limpiando despacio la escopeta que venía de familia. Dos armas lo acompañaban en sus salidas de comunión, la escopeta de un solo caño para la primera descarga, más que centenaria -que él llamaba la causa de accidentes- y un revólver con balas recortadas en cruz para liquidar la pieza sin engatillar una segunda vez. Durante los días de espera Correa dejaba que operara en él la regresión. La barba empujaba con más fuerza que cuando el mentón era acariciado por colonias inglesas y olorosas de los amaneceres citadinos, se vestía como suponía lo haría un pionero irreverente en los recónditos lugares del planeta e incubaba, como víbora enroscada en la madriguera un odio, no por lo concreto que la pieza era (nunca pidió elementos, de identificación, nombres aunque fueran falsos ni filiaciones precisas) sino por lo que representaban. Una Iglesia se erigía con un paraíso sin espacio para hombres como él: odio que lo acompañaba hasta después de la ejecución. Siempre los dejaba tirados allí donde cayeron y volvía recién a los tres días para hacer desaparecer un montón de carroña estancada, lo que quedó después del pasaje profiláctico de las alimañas.

Si las jornadas de espera podían llegar a ser monótonas, Correa se daba maña para llenar la totalidad de cada una de las horas. Preparaba la cocina con lentitud, monteaba los alrededores, reparaba desperfectos de la casa causados por largos meses de abandono, se iba a matear sobre una roca plana para ver pasar el arroyo nervioso. Cuando caía la noche, a la luz de un farol pasaba las horas resolviendo crucigramas hasta que el sueño lo vencía. Sabía que la caza es el arte de la paciencia, sobre todo el arte. Cada mediodía sin falta llamaba a la estancia por radio para saber si todo estaba en orden, hacer sentir su presencia a la distancia. Lo hacía con la puntualidad de un carcelero, por costumbre daba órdenes precisas y odiaba que le pusieran al aparato alguno de los nietitos para que le dijera “abuelito vení pronto que te extrañamos mucho”. Correa pensaba qué sería de esa banda de inútiles, hijos y yernos cuando él faltara; sí, lo sabía. Se pelearían como caranchos envenenados para dividirse la fortuna y terminarían despellejados entre ellos, despreciables comadrejas rabiosas destrozando lo que sólo él había sabido armar. En los días de espera le gustaba comer lo que cazaba, salía de mañana temprano, dejaba el horno pronto y para la hora convenida de la llamada regresaba con una pieza menor, que adobaba con cuidado y asaba sin apurar las brasas.

Cada día que pasaba dejaba algo de sí en el monte y lo recuperaba, iba perdiendo la cáscara alcahueta de don, la fachada del Correa y se volvía el despiadado abuelo brasilero, héroe brumoso de la familia, que forjó su entrada a la gloria degollando la última infantería infantil del Mariscal Francisco Solano López durante la hecatombe del Paraguay. Después de tantos crímenes y la supervivencia de varias generaciones sin desprenderse la conciencia del recuerdo, lo único que podía hacerse era continuar las oraciones matinales de la masacre, persistir en la naturaleza como otro depredador. Nunca se le cruzó por la mente que esa costumbre terminara algún día, le había tomado el gusto a cazar sacerdotes en los montes, como los maitines de Misiones hacían los hacendados hastiados de las misas barrocas. Nada había que pudiera detenerlo y Correa estaba lejos de concebir que esa sería su última salida.

*

A los pocos días, luego que cesaron las comunicaciones se ordenó salir en su búsqueda y lo encontraron muerto a Correa. El arma utilizada para acabarlo había sido su propia escopeta; la disposición de los elementos en el lugar de los hechos, el arma algo distanciada, la contorsión del cuerpo, en su conjunto obligaban a descartar la tesis accidental y menos la del suicidio. Tres peritos manejaron diversas hipótesis, los excitados también y ninguna resultaba satisfactoria. Detrás del cuerpo en las inmediaciones, el difunto había dejado un jabato y un gato montés viejo muertos, dos testigos a los que sería imposible sacarles una declaración confiable.

Los hombres de la armada sabían que faltaba el seminarista argentino, por más que batieron la región hasta con perros nunca dieron con su paradero. Había desaparecido como por un milagro, igual que si lo hubiera tragado la tierra o que un comando de ángeles vengadores resolvió raptarlo. El oficial a cargo no se anduvo con vueltas y dispuso enterrar el asunto por temor a las secuelas de una investigación exhaustiva. Los Correa se llevaron el cadáver del viejo a Montevideo sin apagar las consabidas preguntas de cualquier familiar en idéntica situación; sólo uno de los hijos insistió -algunas pocas semanas- para averiguar las verdaderas circunstancias de la muerte del padre. La misma maquinaria económica llamada Correa lo obligó a postergar la búsqueda de la verdad para cuando tuviera tiempo libre. Se obviaron los detalles contradictorios revelados por la investigación aceptándose al final la grosera versión del accidente, alguien evocó similitudes con una tragedia de saga griega y dejaron la escopeta –arma cargada de la maldición- guardada en el Puesto de las Cascadas. Dentro de algunos años y siguiendo un mandato inscripto en la fórmula genética familiar, alguno de los descendientes se preguntaría que le pasó al abuelo cuando él era chico. Volvería a ese rincón del monte sin extraviarse y limpiaría la escopeta para renovar el pacto de los Correa con la fatalidad.

*

Eran alrededor de las nueve de la noche cuando Correa escuchó el zumbido del trasmisor interpelándolo como una yarará mecánica. El mensaje fue escueto: “está todo pronto, buena suerte mañana. Over”. Siete palabras exactas para definir sin equívoco la puesta en movimiento de las circunstancias. El mensaje indicaba el cambio de la situación y el fin de la espera, lo imprescindible como información –por eso le gustaban los crucigramas- y tenían el peso de cada palabra que debe deducirse, el rechazo a todo envoltorio que disipe el efecto. Allí cada letra tiene un casillero asignado debiendo funcionar con la eficacia de una bala de grueso calibre. Ya estaba, ellos situaron al renegado hombre de Cristo, al soldado de Dios desertor de la milicia en la incómoda situación de los precursores de la Orden.

Todo modo. La excitación de la novedad mandaba los antecedentes de la pieza mayor a una nebulosa unificadora y de las salidas anteriores apenas si recordaba la primera. Los ojos asustados del hombre y descreídos cuando se pensó descubierto por un comando perseguidor, la duda sobre una inesperada libertad desorientado en el monte, aquella momentánea tranquilidad cuando vio aparecer -en el claro casual- la silueta del personaje escapado de una película inglesa blanco y negro, sublimando hazañas de colonizadores de Borneo. Correa podía describir la incomprensión del cura cuando se vio apuntado como bestia -conejo o tigre era lo de menos- ello en el segundo antes de que la bala lo tumbara, sin darle tiempo de encomendar su alma al Todopoderoso ofendido unos meses atrás. A los curas que siguieron, después de apuntarles por primera vez les daba una segunda oportunidad, hasta que creyeran que él era una alucinación producto del hambre y la fatiga empujándolos a los límites de la fe tambaleante. La anomalía de la situación límite, el cambio sorprendente de lo meditado durante meses de detención en campos clandestinos, de portadores del ideal sanmartiniano los hacía hombres débiles, almas delicadas huyendo del aquelarre de las fuerzas malignas. Correa recelaba la noche porque la asimiló a la espera, después del mensaje se tiró en el catre y siguiendo el ejemplo de algunos superiores, leyó al azar fragmentos de los ejercicios espirituales.

“Presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mí mera libertad y querer, y otros dos, que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu, y el otro del malo.

Del pensamiento.

Hay dos maneras de merecer en el mal pensamiento que viene de fuera. Primera, verbigracia, viene un pensamiento de cometer un pecado mortal, al cual pensamiento resisto impromptu y queda vencido.

La segunda manera de merecer es cuando me viene aquel mismo mal pensamiento, y yo le resisto, y tórname a venir otra y otra vez, y yo siempre resisto, hasta que el pensamiento va vencido; y esta segunda manera es de más merecer que la primera.

Venialmente se peca cuando el mismo pensamiento de pecar mortalmente viene, y el hombre le da oído, haciendo alguna mórula o recibiendo alguna delectación sensual, o donde haya alguna negligencia en lanzar al tal pensamiento.

Hay dos maneras de pecar mortalmente. La primera es cuando el hombre da consentimiento al mal pensamiento, para obrar luego, así como ha consentido, o para poner en obra si pudiera.

La segunda manera de pecar mortalmente es cuando se pone en acto aquel pecado; y es mayor por tres razones: la primera, por mayor tiempo; la segunda, por mayor intención; la tercera por mayor daño de las dos personas.”

Cuando se sale al monte dispuesto a matar el alma debe prepararse a los rigores de prueba tan tremenda. El fragmento sobre el cual cayó la mirada resultó de buen augurio, como si se tratara de un libro de adivinaciones. Apagó el farol recién al sentir el equilibro y la paz interior alcanzar su espíritu. Durmió de un tirón hasta las cuatro de la madrugada, cuando lo despertó un ruido de algo vivo que se movía sobre el techo. Bichos seguramente, el monte avisaba que se ponía en movimiento, era hora de levantarse y él también era criatura de monte.

Se asomó a la puerta del rancho, el paisaje era similar al de los días anteriores excepto que en un lugar preciso había alguien. El hombre que conoció la luz y el infierno en vida, alguien que sin saberlo lo aguardaba para confrontarse a la prueba absoluta y decidir por fin la existencia de Dios. Comprobar sin consultar tratados de Teología si podía sostenerse la fe en la inmortalidad del alma. Matar a un hombre era poca cosa, ese límite moral se evaporó entre la humanidad como almenas de un muro de humo, equivalía a aceptar que todo era permitido. Si la criatura privilegiada que había dictado la Ley, la Iglesia y era orgullo de la Creación podía ser liquidada colectivamente –hasta a los bueyes se les daba la piedad de un degüello individual- el Orden Primordial estaba trastocado. Dios, sostenía Correa en sus meditaciones, se había convertido en un loco asesino. Ello era prueba irrefutable de su existencia y una lección nueva para las huestes incrédulas. Los nuevos sacerdotes eran los que distribuían bendiciones en La Perla y Orletti donde se forjaban los nuevos catecúmenos. Amén.

Correa mataba buscando confirmación y como Dios lo dejaba seguir haciendo, corroboraba así sus arraigadas sospechas sobre el cinismo del creador. Una fuerza interior le otorgaba cierta manera de reafirmar su derecho a la existencia con la misión de suplir los olvidos veniales del Creador. Nunca soportó que los otros opinaran distinto, más simple: le molestaba que la gente pensara. Asumía la tarea inmensa del futuro, asegurar la situación de excepción del imperio del más fuerte y aguardar el reino eterno sobre la zona: El Puesto de las Cascadas sería entonces un verdadero paraíso en tierra. Su pecado, si es que lo había era menos aberrante que el crimen de vivir de los otros. La única bandera que él respetaba era la del despotismo, le agradaba pensar en términos evangélicos de ovejas descarriadas del buen camino y prefería el castigo justo al improbable arrepentimiento. Del cuestionamiento al honor personal se sonreía, lo vigorizante era continuar la misión, los juicios reprobatorios de los otros al tanto de su cruzada los silenciaba con cheques firmados al desprecio y fajos de dólares flamantes.

Esa mañana que le pareció radiante Correa tomó su tiempo, sacó un banquito a la intemperie y se sentó a contemplar el monte que conocía hasta en sus mínimos recovecos, con la intención de adivinar cómo se comportaría la naturaleza en las próximas horas. Su monte era un enorme animal verde e imprevisible, él debería estar atento porque ambos conocían los secretos mutuos y al menor descuido, un alambre olvidado, una víbora asustada, el resbalón en una piedra con musgo, la araña tirada en picada desde su tela amenazada podía complicarle la vida. A esa hora el monte suyo era una mancha oscura. Correa escuchaba ramas y hojas acomodándose, utileros invisibles parecían ordenar la escenografía para una primera representación, pero desde el río soplaba un viento frío y raro que le desagradó. Ese viento frío, que soplaba desde el río, era el elemento anómalo del paisaje escapando a su control. Era el viento. Con ese viento, de haber salido a una cacería tradicional, los animales lo habrían olfateado de inmediato y huido. El hombre descarriado no lo haría; ese día sería largo y Correa escuchaba el zumbido de las abejas preparando la miel salvaje en sus prisiones. Si todo marchaba según lo planeado mañana mismo o pasado mañana a más tardar, él podría emprender el regreso a su vida de falsedad. La gente de la ciudad es chambona y deja a su paso rastros evidentes, pero le advirtieron dos días atrás que esta vez –pura coincidencia- el jesuita era bicho de monte, lo que resultaba una suerte y agregaba emoción a la salida.

Era hora de partir, el equipo básico estaba pronto y Correa recordó poner en el bolsillo izquierdo de la camisa los plomos que lo dejaron dos veces huérfano en pocos años, amuletos desafiantes que protegían del peligro; eso creía a pie juntillas. El día que comenzaba sería distinto, desde temprano ocurrían hechos extraños, cuando estaba por cerrar la puerta el equipo de radio empezó a sonar de manera escandalosa, atacado por interferencias desagradables, rompiendo el silencio de concentración y luego se escuchó una milonga cantada por Zitarrosa. Perdiendo la calma, rabioso por esa intromisión, Correa entró a la casa y de un manotazo desconectó el equipo del generador. Hubo más, porque cuando salió otra vez a la intemperie ese viento frío, que no parecía venir del río sino de otro rumbo del monte que Correa desconocía, soplaba más fuerte. Fastidiado, verificó si entre tanta distracción había olvidado las municiones, una duda incontestable en otras circunstancias; irritación que se calmó cuando dio el primer paso en territorio montaraz y donde terminaba el dominio domesticado del Puesto de las Cascadas. Tenía unos minutos de atraso en su plan, unos minutos apenas y eso lo disgustó, tanto como el viento que soplaba desde el río.

Lo que Correa significaba en sociedad iba disolviéndose al ingresar al monte condensándose en la figura del cazador. Durante la búsqueda permanecían suspendidas sus otras cualidades; hubiera querido tener el don de metamorfosearse en animal como semidioses de la mitología griega y la conciencia felina del puma, la plácida movilidad de una anaconda, la mente polifónica del hormiguero sorprendiendo a un hombre delirando de fiebres solares. Le atraían los animales cazadores de hombres, él reivindicaba que la cacería del enemigo después de la batalla debió ser un placer refinado de los poderosos de cualquier época. Correa vivía lejos del Puesto de las Cascadas su propia guerra florida con un ceremonial discreto, el monte era la mentira de una oportunidad de salvarse que le sería negada a la presa, el monte como trampa final y peaje de la muerte. Correa disfrutaba la idea de saberse ejecutante de una muerte distinta, gozaba los preliminares a la búsqueda de la perfección, mientras el creyente indigno entiende que el castigo es haberlo reducido a una condición de criatura acorralada; devuelto a los orígenes de su Fe, donde la arena circular se volvió monte tupido y el león era hombre. Curiosa paradoja, tanta ardua lectura en latín, tanto esfuerzo para alcanzar con la ayuda de Dios la argamasa barrosa del hombre nuevo finalizaba en lucha por la vida. La sublime teología debía retroceder imperativamente a las argucias de una memoria bestial. Correa se guiaba por ruidos, su cerebro se había trocado en radar sensible recobrando funciones primitivas, poniéndose en estado de alerta cuando se lanzaba en su vía secreta.

Podría conocer la hora exacta por la intensidad de la luz filtrada trabajosamente entre el follaje, el tiempo dejaba hoy de ser una medida; podía oler las bruscas variaciones del desierto verde, saber que por una vereda, entre la distancia separando tres árboles, por esa recta imaginaria nunca había pasado hombre alguno desde la creación del mundo. Hasta guiarse podía con los ojos cerrados y el viento frío desarregló el ajuste de sus sentidos. En esas frondas americanas nunca toparía con vestigios de templos esculpidos ni memorias de religiones desaparecidas, menos descubriría descomunales cabezas de piedra testimoniando el pasaje por la región de hombres cazadores y artistas; en esos lugares jamás se habían atrevido religiones primitivas ni osado asomarse los primates. La vegetación aliviada de signos humanos decía de una presencia de Dios trascendente, versión despojada de la verdadera creación, relación directa del hombre con el dios naturaleza, sin intermediación de historias sepultadas entre la tierra oscura y el verde inconcebible. Los montes de Dios y de Correa nunca vivieron la era del cuidado mediante la adoración; recibían sólo a individuos depredadores y la humildad de Correa, convencido de estar ejecutando un ritual, sintiéndose sacerdote de una religión reformada que comenzaría por suprimir a los indeseables. Decidió asumir los sacrificios, ser responsable de verter sangra contaminada hasta la pudrición para despejar la nueva Era. Conocía de antemano el final inexorable de la excursión, aceptaba con humildad el devenir natural de los hechos y le desagradó el error, la distracción fastidiosa que se presentó apenas comenzaba el día. Era hombre creyente sin ser supersticioso, pero había aquello del viento frío de hace un rato y ahora la presencia milagrosa del jabalí a su disposición.

Ese animal magnífico no era una forma furtiva irrumpiendo al azar corriendo entre matorrales y la figura emblemática lo desafiaba. Bello blasón de escudo enmarañado parecía aguardarlo y en posición ideal para abatirlo, había delante suyo un jabalí enorme, robusto, ejemplar como Correa nunca había visto antes, un grabado perfecto ofrecido a la muerte y lo molestó. Tanta gracia animal contrariaba su espíritu, la ausencia de temor y resistencia era percibida por el hombre en signo negativo, obstáculo en su camino. Correa se preciaba de conocer señas de los animales del bosque, su propiedad personal y de Dios. Ese jabalí provenía de otras regiones, el hermoso animal -que se diría salido de un libro de heráldica con blasones de linajes ajenos a los Correa- no se correspondía a la mezquindad del monte que asimiló el proceder retorcido mental del propietario: el puerco salvaje era intruso magnífico. Correa debería ir lejos si quería hallar una criatura parecida a la que tenía delante de sus ojos, el jabalí irrumpía brutalmente bello distrayéndolo de sus objetivos y él comenzó a temerle. Era presencia fantástica en un tramado de oraciones, se anunciaba animal vigía de otro territorio. Bestia pagana interponiéndose, que alguien hizo llegar hasta el paraje para revelarle la noticia nefasta y sin embargo nada más lógico que un jabalí derivando en el monte. No ese jabalí, ese día y después de haber advertido la perfidia en el viento proveniente del río. La presencia del jabalí le impedía trascenderse al encuentro del objetivo prioritario. Correa preparó el fusil dispuesto a disparar y ante tanto obsequio se arrepintió. Rompió una rama seca para advertir al animal, obligarlo a huir hasta perderse en la espesura del monte equivocado, donde hoy sólo ocurriría una muerte y sería de hombre. La rama seca quebrada ni las botas hundidas con violencia en la tierra acolchada de hojas podridas sorprendieron al animal, que se perfeccionaba en sus contornos heráldicos de aparición legendaria. Su temor fue más poderoso que el pacto. Correa apuntó una segunda vez e hizo fuego, el animal fue tocado en la paleta, alcanzó a avanzar un par de metros y se desplomó cayendo soberbio por un declive del terreno desapareciendo de la vista del montero oligarca. Cuando reaccionó luego del estampido y se percató de haber dado en el animal donde él decidió, se disiparon los pensamientos negativos. El hombre recuperó la alegría del cazador y avanzando hacia la presa muerta olvidó los planes mayores del día.

Ese era el día en que soplaba un viento frío desde el río, la mañana del jabalí equivocado cuando la hora de los signos en desbandada. El día que nadie conoce con exactitud por anticipado, cuando toda una división mental se pasa al enemigo con armas y bagajes. Día del personaje intentando recobrar el aplomo apelando a la llegada de fiebres espasmódicas, paludismos improbables en una minúscula jungla de la tierra oriental: desarreglos temperamentales incitando alucinaciones, continuidad de un miserable circo de campaña, tiempo de apariciones. El “crack” de cuando se quiebra una rama seca mortificando la realidad: el pensamiento se cristaliza diferente y el cosmos muta. Correa comenzó a dudar cuando lo rastreado como presa codiciada era recuerdo de racionalidad. Lo que era, lo que realmente vio, lo que creyó ver y poco importa. El hombre avanzó desconfiado por si fuera necesario un segundo tiro para rematar el jabalí. Creyó escuchar gemidos y pensó en la garganta del animal debatiéndose en la agonía; a medida que avanzaba ese sonido se humanizaba, semejando la queja de un hombre caído en una trampa que tuvo forma de animal de monte. Cuando llegó al zanjón y se acercó a la escena vio a un hombre joven vigoroso herido de cuidado en los últimos estertores. Desagradable espectáculo en tanto inesperado, por la manera de estar vestido supo que el moribundo no era la pieza asignada, tampoco el jabalí pues lo que allí moría era un hombre; supo que él no era responsable de la herida, el caído tenía un costado del pecho y la barriga desgarrada por una perdigonada a boca de jarro.

Era herida de antes en otro tiempo. El suyo fue el único disparo que resonó en el monte a riesgo de advertir al condenado que ellos se acercaban. Se trataba con certeza de un segunda desvarío, el hombre tirado en el monte –lo reconoció por un viejo retrato- era su padre muerto en un accidente de caza cuando él era niño. Entendió, como si se tratara de una iluminación ignaciana que alguien -otro entrometido y con poderes- había iniciado la segunda cacería donde la presa era él y el desconocido utilizaba trampas perfeccionadas para darle alcance.

Podría admitirse que tuvo miedo y decidió regresar al Puesto de las Cascadas. Sería faltar a la verdad, nada de cuestionar la valentía intempestiva ni apelar a la fascinación de las alucinaciones. Se trataba de considerar la sutileza de la emboscada que previó sorpresa y curiosidad para continuar avanzando. Correa reaccionó queriendo poner un poco de orden en lo imprevisible, nadie podía preparar una trampa de tales características donde las imágenes determinantes formaban parte del señuelo. Resultaba ser él cazándose a sí mismo, siguiéndose el rastro de sangre hereditario desde los recuerdos infantiles; una zona inhóspita de su temperamento, capaz de introducir datos negados en la realidad con la intención de cazar a otra parte de Correa detestada.

Desde el río soplaba un viento frío.

Lo razonable era seguir adelante, lo visto en lugar del jabalí muerto era verdad sin ser lo cierto. Avanzar convenciéndose que se trataba de un espejismo accidente de ruta, pesadilla remanente de la noche que tardó más de lo prudente en visualizarse. Se propuso estar atento, puede que con los años haya perdido reflejos, la cacería parecía reproducirse y hallar eco en un conjunto de hechos dispuestos en paralelo. Lo extraño era que el tiempo cósmico se detuvo; no sólo el reloj de oro estaba clavado en las seis y poco de la mañana, sino que el círculo solar permaneció estático en lo poco de cielo que se alcanzaba a distinguir entre las ramas. El universo parecía invertido y tantos cambios en relación a la rutina de días anteriores le hacían desconfiar otra verdad que parecía configurarse. Correa soñaba, él estaba dentro de una pesadilla duplicando la realidad impugnándola y para sueño demoraba mucho. Los sueños finalizan cuando el personaje soñado advierte ser sueño de otro. Correa pujaba para despertar al Correa que lo soñaba y recomenzar la cacería original, la verdadera sin la molestia esa del viento frío soplando desde el río. Era una tontería indigna de sus antecedentes pensar así siendo acorralado por la prudencia, estaba moviéndose en lo concreto conocido y en cuanto a la visión del padre accidentado, era una fantasía de cuyas móviles se ocuparía mañana. Situación que pudo aclararse si Correa hubiera tenido agallas para regresar al zanjón del jabalí y verificar; tampoco era la primera vez que el cuerpo del padre quedaba tirado para alimentar caranchos.

Cuando le dio la espalda al hombre moribundo, comenzó a pensar en el curita importado de la vecina orilla como en un ser que quizá podía adquirir diversas apariencias y escapar así del asedio. Correa debía continuar la batida del monte sabiendo que la presa era diestra en ardides de simulación, sin por ello alcanzar la gracia del milagro. Comenzó a sudar en abundancia sin relación con la hora y el sol quedó clavado a esa altura de la mañana. El día, cansado, harto y suicida le impedía continuar a su capricho. La naturaleza era un animal herido de muerte. El desacomodo pertinaz tendría secuelas veloces en las criaturas de la creación; así como los pájaros, insectos y alimañas saben cuándo llega temporal, de la misma manera Correa comenzaba a padecer efectos secundarios de lo alterado. Sudaba del sudor agrio que destilan los hombres extraviados en montes enemigos, perdidos en los minutos previos a la llegada de la oscuridad. Comenzó a padecer la sed furiosa de aquellos a quienes el miedo agota el rocío del cuerpo, saben que faltan tres días para salir del atolladero y tienen un par de buches de agua podrida en la cantimplora. Sudó y padeció la sed que debía tener el otro, sin tener desgarrada la ropa sintió el agudo dolor de la carne lacerada por hojas duras como navajas, puntas de espinas y sintió ampollarse los pies dentro de las botas de medida. Con la sed sabía que era inútil beber el agua que llevaba encima, como inútil el intentar llegar hasta los arroyos que conocía o recordaba conocer de memoria.

La única manera de terminar con sus dolores era finalizando con el intruso, liquidarlo. “Mierda” dijo, admitiendo el extravío mental y se llevó la mano a la frente. Tenía una fiebre intensa equivalente al desgarramiento, comienzo de horas con desajuste entre lo que vería, lo que supondría ver y lo visto de disiparse la fiebre como por encanto. Era hombre empecinado, estaba convencido de dominar el desafío de las apariencias, celadas camufladas del monte. Lo suficientemente tozudo para desterrar la idea de pegar la vuelta y osado para seguir su avance despreciando acechanzas, sonrió sin convicción al advertir el barullo de pájaros creados por dioses de piel cetrina y brazos infinitos. “No es mi monte” se dijo, “estoy perdido” agregó. El sol era el mismo, el avance de la fiebre hizo enormes a los árboles, las enredaderas delgadas se trocaron en cuerdas vegetales de grosor repulsivo y asistía al crecimiento de la vegetación rodeándolo. Una algarabía de animales desconocidos sonaba como otra presencia intrusa en su interior. Correa se deslizaba en huellas enmarañadas sin rumbo, pisaba hojas muertas de árboles que nunca había visto antes y suponía alterarse sombras en ángeles incomprensibles. Aquello semejaba una invasión de otra vegetación carnívora y hasta creyó desvariar cuando delante se le plantó -a escasos metros- una banda de pequeños monos irascibles. Lo miraban con odio y gritaban destemplados advirtiendo a los otros animales de la llegada a la selva del cazador furtivo. Eran monos, cientos de ellos, podían ser arañas y renacuajos, eran fetos bestiales de una raza despreciada de la historia natural.

A modo de advertencia Correa disparó al aire. La réplica de la otra jungla moviéndose le regresó un sonido de bestias en fuga, alarido inhumano que casi logra trastornarlo allí mismo. La fiebre lo distanciaba de su confrontación con los recuerdos, exageraba dimensiones del paisaje cercándolo haciéndole perseverar en el deseo de matar a un hombre: el individuo despachado que hace de ello algunas semanas le dejaron en la región -aquí cerca- para que lo desapareciera. Se pasó la mano por la boca midiendo la sed y deslizó el revés de la otra mano por una barba tupida de varios días. El otro había sido chicoteado en el antebrazo, era seguro porque vio salir sangre de un músculo cortado y el ardor a medida que el sudor filtraba entre los bordes del tajo se hacía insoportable. Estaba sintiendo lo que sentía el otro en otro lugar en ese momento y sólo en el cuerpo. El otro, motivado por la desesperación de salvar el pellejo huía evitando vericuetos peligrosos de monte de estancia. Lo hacía eso de huir por acueductos del tiempo y continuaba siendo víctima designada de la farsa sin estar dispuesto al sacrificio consentido. Si dejaba pistas visibles para los perseguidores, la fuerza por sobrevivir lo incitaba a inventar caminos de escape. La lucha sucedía en campos de Correa, en la fiebre del otro, con pensamientos de una selva lejana que tenía el otro u llevándolo al corazón de vegetaciones rencorosas que iba inventado a su paso. El otro imaginó una maniobra disuasiva de monos y era lo que sucedió, buscaba salvarse tomando la apariencia de un personaje de Kipling.

Eso explica que Correa se encontrara sin mediación de alcohol ni de ofidio venenoso, en la imponencia sombría del templo hindú abandonado. Ante esas construcciones con bajorrelieves de animales carcomidos por siglos, divinidades de rasgos desagradables, cosmogonías guerreras que Correa ignoraba, parejas copulando en todas las posiciones y en unos sectores con animales descubrió lo que había en estas tierras antes de la llegada de sus ancestros. Esa tierra pertenecía a otros, la vegetación abría el secreto de culturas pretéritas y decía que hay soberbias que se pagan caro. Correa avanzaba hacia el templo de lo desconocido, lo que estaba viviendo debía ser una pesadilla. El horror era que él podía estar ahora agonizando tirado cerca del Puesto de las Cascadas –como el temido padre- mientras su mente se hundía en la selva definitiva. Correa avanzaba con la lucidez de estar en peligro: matar al otro y apaciguar dolores insoportables, finalizar de una vez por todas con la puesta en escena. La vida del otro era el sueño de Corra. El templo lo llamaba como al peregrino en crisis vocacional y él lo entendió. Si penetraba a las ruinas jamás podría escapar, ahí se escondían secretos protegidos del origen sobre señores primeros de esta tierra usurpada.

Más que un rugido aquello fue invitación y cuando apoyado en una losa partida junto a la entrada oculta del templo él se volvió, descubrió un fantástico tigre observándolo, confundido en sus rayas con el límite del inicio selvático. Nueva señal inquietante para quien -cazador de hombres y a lo máximo de chanchos salvajes- le brindaba la oportunidad de confrontación con el animal absoluto. Lo que debería ser alegría extraña se volvía mal augurio, el animal era otro y Correa debería parecerse a otro hombre, un cazador inglés ficticio de rapiña en los bordes del infinito dominio del imperio colonial. Como si las operaciones militares, horrores sabidos y canalladas, avaricia del poder y poder expansivo del imperio insular inglés hubieran sido preámbulo para justificar ese momento. Los hombres fraguamos empresas imposibles para enfrentarnos al final con la imagen mimética de nuestro tigre asignado. Correa hubiera preferido alcanzar la imagen del intruso, parpadeó esperando que el espejismo viviente se volviera ícono de un hombre a su merced y que los dos se reconocieran en la adivinanza del juego de la cacería. El tigre acaso esperaba que Correa fuera otro alguien, más digno a su tigredad y sin convicción felina rearmó la coreografía que antecede al ataque.

Por segunda vez en la mañana Correa disparó en dirección a algo que debía ser un error. Otra vez se acercó al animal abatido y lo que vio fue el cuerpo inerte del hombre que desposó a su madre viuda. Lo halló en una postura fetal y parapléjica; todo rastro humano en la cara desapareció borrado por la perdigonada, lo reconoció por jirones de humanidad que le quedaban en la ropa. Ese era el tigre del padrastro de Correa y la única verdad del suicidio continuo. La sed del cazador iba en aumento. Correa miró el cielo, vio en lo alto formarse una tormenta de vegetación y le hubiera agradado darse de frente con el sol implacable. El tiempo estaba suspendido y nada había avanzado de cuando ayer –¿o fue el sábado pasado del mes anterior? – había salido del refugio del batallón de Lanceros, con la misión de sofocar otro levantamiento sanguinario de fanáticos iluminados en las enmarañadas regiones del sur, más allá de los valles lunares; hombres adoradores de animales reptantes que tienen a la cobra real como emblema del dios y de la vida. El capitán a cargo estaba tras del cabecilla fanático de la rebelión, nadie regresaría al Casino de Oficiales a jugar a los naipes y beber limonada si no era con la cabeza de ese flagelo salvaje en las alforjas.

No Correa, el otro fue que pisó algo blanduzco en el fondo del monte y sintió la punzada inconfundible en la pantorrilla izquierda. Correa fue quien sintió la punzada y supo que al perseguido desde el amanecer lo mordió una víbora letal. Comprendió que a partir de ese instante la imaginación del otro estaría envenenada y debería matarlo con su fusil antes de que el veneno hiciera efecto; si ello sucedía –lo del veneno sin bala- Correa moriría en el delirio del otro. Nada podía hacer para comprobar si aún estaba en sus cabales; ni volver al tigre padrastro dejado atrás, menos regresar a desafiar la algarabía intolerable de los monos y descifrar el enigma del templo en ruinas. Por momentos relámpagos de lucidez Correa regresaba a los preparativos previos a la salida que debería ser cerca y hace poco. Esta misma mañana. Lo recordaba en detalle si bien pasaron años desde aquello, recuerdos de otro en otra vida. Había extraviado la conciencia de lo que dura una mañana y le resultaba inconcebible la idea del mediodía. Hubiera pagado la mitad de su fortuna por sentir un retorcijón de hambre en el estómago recordándole su condición de mortal, y la otra mitad por el viejo sanador que aventara la fiebre emponzoñada subiéndole hasta la pantorrilla del acosado. Mientras que desde el río soplaba un viento frío.

La caza resultó excepcional hasta el momento, habían caído dos ejemplares del recuerdo zoológico de la memoria y faltaba la presa principal. Correa salió a cazar otro cazador y en el delirio presentía que se acercaba al objetivo, una respuesta desde la entraña de su fiebre le murmuraba que estaba cerca. Correa preparó el fusil, estaba sereno y en su avance recordó que no le quedaban más muertos queridos a quienes ajusticiar en la pesadilla. Palpó los plomos familiares que guardaba en el bolsillo de la camisa y avanzó selva adentro, quería salir pronto de ahí olvidando la algarabía de los monos aquellos. Como si dioses de otros místicos que los ejercitados por San Ignacio lo hubieran ordenado, de pronto se decretó un silencio de monos y las criaturas fueron obligadas a cesar la farsa del desconcierto. Correa sudaba en abundancia, la fiebre retrocedía; el cuerpo del otro llegó a una coloración de tregua y las piernas recuperaron elasticidad. Se sentía mejor, lo extraño era que la luminosidad homogénea del paisaje, la idea del sol clavado en las esferas impedido de avanzar se confirmaba para la totalidad del Cosmos.

El paisaje al que ingresaba era desconocido y probable, tendía a la desmesura como si una parte de sus tierras fueran observadas por una poderosa lente de aumento y sus ojos, irrigados por el destilado del veneno se hubieran vuelto prismas aberrantes. Le costó percatarse, duplicaciones de árboles asediando los límites de su campo visual mostraban que asimilaba la realidad como lo haría un animal. Sería sencillo confirmarlo. Correa se negó la demostración, hacerlo era admitir que la ponzoña febril seguía camino de la locura. Demasiado sencillo. Lo detuvo un miedo sin usar, al caminar el sonido que subía del suelo no era del hombre siguiendo un rastro. Son ruidos que hace un animal huyendo, se dijo: es el reflejo y proyección de la conciencia del otro sabiéndose acorralado. Él prefiere ser un animal y dejar de ser hombre, yo sigo siendo Don Correa. Lo que sucede es normal, mejora mi tendencia a la cacería y así me supero hasta ser el cazador perfecto. Puedo seguir rastros sin errores, tengo un sexto sentido que caza signos y trazas dejadas en la vegetación por el animal que huye. Registro el olor que exuda el saber que se acerca la muerte y capto sus pensamientos. Veo los recuerdos queridos, su deseo de que esto sea una pesadilla y la redención por la derrota de quien me está persiguiendo sin lo portentoso. Deseos de esconderse, camuflarse en la vegetación sobrepasando las posibilidades de simulación y ser uno más entre los animales. El otro pretende ser jabalí, sabe que busco a un hombre dejado de la mano de Dios y que la mejor manera de eludirme es convertirse en pieza de caza menor que yo en este extraño día estoy dispuesto a olvidar.

El otro era inexistente. Correa cazaba consigo mismo cumpliendo funciones opuestas y complementarias. Una alegría inesperada siendo la caza búsqueda del huidizo equilibrio y la inalcanzable perfección. El síndrome Macomber. Fragmentar la trayectoria de la bala en millones de segmentos imposibles de unir. En un sueño de alternancia divina y demencial estar en uno y otro extremo de la recta finita trazada por un lápiz de plomo. Vivir el medio pitagórico y justo de esa recta. Había esquirlas del estudiante de teología en esos razonamientos alucinantes. ¿En qué piensan los hombres cuando el veneno de víbora emponzoña la sangre y desborda el cerebro bloqueando el pensamiento? La locura es una trampa donde los deseos encierran a los hombres como a monos. Lo infinitesimal que decide la locura, los milímetros sumados del recorrido de la bala y la inclinación del sol haciendo que el tiempo olvidara avanzar lo clavaría fijándolo en un instante aberrante. Las variaciones por el mercurio que suplantó a la médula, haciendo que con un grado descendiente sienta frío de sed de caña, frazadas amontonadas, caldo de gallina y súplica; y con un grado más alto sea el calor, fuego de fiebres tropicales, malaria, drogado sin droga, cuerpo prisionero en la bañadera recubierta de trozos de hielo. Diferencia en el ritmo del corazón y respiración; movimiento animal que puede matarlo, fiebres tornasoladas dañándole el cerebro, variando dimensiones de la pupila. La naturaleza vista era pobre y desagradable, un bañado indigno de hacer un rodeo para conocerlo. Se agrandaba hasta el vértigo y se achicaba hasta ser charco de arrabal montevideano.

Correa, que derribó el mítico jabalí de sus sueños e hirió al tigre de los recuerdos, se enfrentaba a la alimaña hambrienta que venía a curiosear. Tenía el aspecto de una rata parda, animal de medianas dimensiones suficientes para incitar terror y desesperanza. La bestia final emergió resuelta entre la vegetación y un recodo de agua estancada avanzaba hacia él. Tenía la esperanza tibia de estar entre otra sombra simulada del intruso siendo el momento de epilogar lo inconcluso y ya vería luego para volver a curarse al Puesto de las Cascadas. Levantó el fusil y apuntó, cerró el ojo izquierdo mientras la vista se fijó en la mira telescópica provocando la mirada flotante que asegura el acierto. Cuando distendió el ojo libre hasta asegurar la presa lo que halló al otro extremo de la maniobra fue un Correa que le estaba apuntando. Desarmó la posición, por asegurarse repitió cada uno de los movimientos y la segunda vez encontró la misma escena. Como exhorto final pensó que el jesuita para salvarse y en astucia cobarde había superado escalones de simulaciones: primero hombre, luego fue diferentes animales y al final simulaba ser el propio Correa.

Uno de los Correa intentó una mueca que pretendió ser sonrisa que ni llegó a detectar en el espejo opaco y luego disparó. Hacía tiempo que él quería tirar contra Correa, era la forma radical de continuar una tradición de familia que revivió condensada en pocas leguas y hacía unas horas apenas. Sintió una punzada en el costado izquierdo del pecho, era la llegada consoladora del infarto, eclosión en la sangre del veneno de crótalo, el plomo romo que engrosaría el catálogo impar de desgracias familiares y fue entonces que uno de los Correa del espejo cayó muerto.

-Si, se dijo, fue la mañana que desde el río soplaba un viento frío.

Los marinos cantores

Dans le port d’Amsterdam
Il y a des marins qui chantent

Jacques Brel

Nunca pretendió escapar con vida del mar del Norte y sus tormentas, esa sería la agonía en purgatorio con olas perpetuas predestinada desde aquella noche interminable de la infancia. Es entre hielos enormes de líquido salado y encajando temporales donde puede, mientras trabaja sin tregua sobre cubierta hasta caer muerto de cansancio, intentar olvidar recordando. Los otros fugitivos de aventura que le acompañan por mera proximidad hablan idiomas de islas volcánicas, dialectos nórdicos sin libros sagrados que jamás cruzaron el ecuador al hemisferio sur. ellos monologan en lenguas guturales; ni los malasios se enrolan en las flotas malditas que zarpan de calas clandestinos -todos les temen o desprecian- tras criaturas marinas que nadie reconoce cuando ingresan a puerto meses después. Esa distancia estática calibrada por la violencia del oleaje, hace que el mar del Norte se parezca al mundo tal cual fue alguna vez antes del Verbo, cuando los seres vivos estaban a medio concebir del plan definitivo. Ellos más los que huyen como él inculcados por el judío errante, fueron los únicos capaces de firmar el contrato desalmado y espectral tal como lo hizo una madrugada de temporal en tierra firme.

Se entendió con el patrón que reclutaba a medias en un inglés aproximativo creo que en el puerto de Ámsterdam. Había intentado varias veces antes del encuentro eso de morir provocando el suceso último y sin lograrlo, el Infierno le cerraba con arrogancia cada vez que lo buscó las puertas en las narices. Lo imperativo era seguir viviendo situaciones atroces hasta que el cuerpo se decidiera a desprenderse; él decía en voz alta que faltaban hombres de valor dispuestos a partir embarcados a esa ruta, reincidía socarrón en la diatriba de acoso para enganchar tripulación.

En ese momento lo que el otro escuchaba era un desafío, si el mundo hablaba en su presencia era un reto así que le dijo:

-Miente.

Ese tono elegido era de provocación a rostro descubierto, para entrar directo a la trifulca de suturas caseras y sangre, gusto del gesto violento espontáneo sin considerar consecuencias; el capitán conocía demasiado las tribulaciones de borracho empedernido y se rio.

-Five years, sentenció dando la discusión por terminada, para continuar bebiendo su alcohol, retocar ante los otros la historia sabida de mujeres de perdición y fantasmas de tripulaciones que cuentan los navegantes al pisar tierra firme.

Cómo sería la situación de ambigua que ni siquiera se interesó en su reacción estentórea y siguió con lo suyo. En esa indiferencia de humillación el interpelado comprendió que la incitación a la trifulca de nada serviría; esperó unos minutos para replicar desde otro frente y ninguno de los dos habían tornado la página a medio escribir del incidente. Estaba recuperándose del fracaso y era denigrante aceptar que la muerte lo rechazaba en su remolcador de almas por temor al escándalo. Había una flota mortuoria invitándole con insistencia y su deseo de traspasar a como diera lugar las últimas fronteras minadas del remordimiento. Subió sin dormir a los barcos chatarra al borde del naufragio por avería epilogando una extraña razón, despertaba sin memoria una semana después en un bote de fortuna y era rescatado por un mercante que pasaba al azar. “De milagro diabólico” le dijeron la segunda vez que ello ocurrió. Bebió sin medida hasta el agotamiento y de la misma manera que carecía de corazón le faltaba hígado para macerar la hiel acumulada en una cirrosis fulminante; todo lo que bebía lo meaba sin piedras minerales desgarrando la uretra en trastiendas, contra portales de tablas clavadas dando a callejones con ratas y muelles con estibadores sindicados. Nada parecía marearle el criterio al punto de hacerlo caer desmayado debajo de una mesa, sin recordar lo sucedido que le arrastró a esa situación degradante. Pasó sin infección ni crestas de gallo las prostitutas más atroces de puertos de alternativa, en países africanos costeros que olvidaron su nombre original, comidos por la lepra incurable de guerra fratricida y miseria mercenaria. Cuando decidió iniciar una pelea que terminaría en muerte de alguno de los dos, su mano se movía con agilidad de instinto desconocida habiendo incorporado el alma vengativa de un guerrero asesino; recuerdo que una madrugada evitó el cuerpo enorme del hombre enfurecido, sin saberlo y menos premeditarlo dirigió el puñal con certeza al corazón partido que él sí tenía. Mató al parecer en justicia sumaria, sin requerir un parte policial y ninguno de los presentes se ofreció como testigo de cargo prescindente. El cadáver había desaparecido cuando llegaron dos horas después las autoridades y acaso lo ocurrido fue una pesadilla que nadie quería interpretar. El dinero faltaba en sus bolsillos, pero cada vez hallaba una moneda providencial entre la mugre que lo salvaba a último momento, lo contrataban por siete días porque algún marino se afiebraba hasta el delirio, había un seguro atrasado esperándole en la oficina de los Travel y era así sin tregua ni reposo. Una regata de largo aliento contra otra cosa peor que el viento de la desgracia y que la Muerte porque Ella decidió eludirlo y él cometió el error de confundirla con la nada.

Por eso la palabra del vikingo, el aspecto del capitán barbudo la escuchó como la ocasión única de alcanzar el final del camino entre los dioses celtas, tal vez la manera de morir del norte solo como lo pretendía. En un barco indefenso a la merced del mar desatado con fuego saboteado de combustible en la sala de máquinas; arrancado de cubierta por un viento circular yendo a la muerte, que no es el túnel luminoso fatigado sino el horizonte que acoge los náufragos en vida. Puede que esa configuración novelesca le convenía para hallar el ajuste perfecto y era lo que le aguardaba si tenía coraje para salir a su encuentro.

Seguía vivo porque nunca supo hasta esa noche hallar la forma adecuada de la muerte y debería morir a la manera del norte, que ha de ser más brutal, un drakar negro envuelto por las llamas puede ser más eficaz que un machete en la selva y un disparo a traición en una mesa de apuestas. Al no tener vida con sentido ni noción del futuro, lo que sucedería mañana debería construirlo en la hora siguiente y el minuto que viene. Hoy jamás le daría otra oportunidad que esa mientras el tiempo huía; estando cerca de todas las fronteras, el instinto de muerte hizo luminoso que vivía la oportunidad rara como una moneda de una sola cara, si la desaprovechaba pasaría una eternidad hasta topar con otra. Era la coyuntura del quiebre y por eso la cuento; los otros enganches para embarcarse lo depositaban en febrero arrastrándolo al calor del sur, tirándolo a los arrabales de carnavales calientes. De cuando la vida y el mundo se dan vuelta por varias semanas que detestaba por circunstancias sin cicatrizar.

Si había escuchado bien entre el alboroto del antro, los viajes prometidos por el reclutador cerraban el triángulo del congelamiento, la suspensión del tiempo cíclico en el hielo del que todos hablan y pocos conocen en carne propia. Las condiciones de trabajo suprimían el intervalo entre trabajo y sueño, en su situación para pensar en esas cosas que quiso olvidar sin lograrlo había la posibilidad de matar el sueño siendo inestimable en su situación. Hizo la pausa apropiada para hacerse olvidar y algo que habló por él lo dijo.

-Seven years.

Nadie lo oyó en la taberna excepto el capitán al que estaba dirigida la bravuconada, el lugar continuó en el ruido satánico y el entorno pareció congelarse de repente, como si ese encuentro teatral saliera de la escena que lo posibilitó. Diría si buscara ser claro que, como en ciertas películas vistas hace años en otra vida los parroquianos y mujeres circulando quedaban fijados en una intemporalidad ficticia.

El capitán llegó hasta la mesa donde él estaba, nada le reprochó y debería estar esperándolo porque sabía de él, tenía noticias de primera mano de su vagabundaje hacia el final circular de la noche y era el mismo diablo de los mares reconociendo acólitos para su causa. Diría que lo miró con misericordia respetuosa sin piedad, evaluando dolor y remordimiento, culpa y locura que le llevaron a responderle en desafío que él aguardaba: esperaba a uno que era ese.

Si la escena anterior pudo ser de cine mudo en blanco y negro, la siguiente resultó de antes de los libros impresos. El capitán llegó con la botella del pacto original y nos sirvió a los cuatro sabiendo que comenzábamos un largo viaje juntos. Sacó de la nada un papel que parecía impreso, el contrato de leyenda gótica donde las cláusulas son intraducibles y pueden modificar los términos a medida que se los recorre con la mirada, sin que intervenga la mano humana.

-Estaba buscando a alguien sin saber que sería usted.

El capitán hablaba en su lengua incomprensible y debajo de su pecho yo -que vengo a ser escribano de la póliza- podía leerle subtítulos en inglés. El interesado miró el papel sabiendo lo que faltaba para cerrar la trampa, escribió su nombre o lo mutilado de él que recordaba. Agregó la fecha sin estar seguro del día, del mes y menos del año en que eso estaba sucediendo; reproduciendo la fecha que figuraba unos renglones más arriba y era un error: enviaba a un pasado anterior a los hechos engarzados del sur.

Durante ese estado de extravío en el tiempo, con la conciencia a la deriva tramada firmó en mi presencia la única copia conocida del pacto.

-Lo que falta en esta circunstancia poco creíble es la alianza con sangre.

-Eso es cuestión de pasado y sangre inocente ya hubo, le dijo el capitán y tuve miedo de que él supiera el principio de la historia. Mañana a las cinco de la madrugada en el último de los muelles, usted sabe de cual hablo porque suele visitarlo sin decidirse. Tiene dieciocho horas para despedirse de Ámsterdam. Con suerte no volveremos por aquí y me refiero a la ciudad, en menos de dieciocho meses.

-Dieciocho parece ser el número fetiche.

-Es un buen número, es tarde para arrepentirse y ni la muerte aunque lo tenga decidido impedirá que se suba a mi barco. No le explicaré nada sobre lo que tendrá que hacer una vez embarcado ni cuánto se le pagará, parece que no le interesa.

Sin responder prefirió servirnos otra copa de la botella que volvió a estar llena. Lo que ocurriera mañana lo tenía sin cuidado, quería que mañana llegara pronto, llevarse de Ámsterdam algo de recuerdo que lo acompañara, un talismán mágico, una reliquia repugnante de súcubos y ello antes de emprender el viaje al tercer polo inalcanzable.

Tampoco tenía dónde ir para cruzar la espera ni pretendía provocar una bifurcación en el azar del día. Ámsterdam era la última parada iniciando la aventura final, la ciudad holandesa con canales designada para despedirme del mundo. En eso se parecía a cierta visión que tuve en algún momento de Montevideo: la segunda ciudad a la que nunca más regresaría y obsesión en unos pocos recuerdos habiendo desestimado el conjunto de otras facultades, como si la imaginación, fantasía y afectos mortificados hubieran desarrollado una memoria específica.

En las escalas me movía sin salir de los perímetros portuarios con su aureola de existencia de paso, negándome a cruzar calles adoquinadas, vías de trenes de carga y la hilera de faroles alumbrando entradas a depósitos. Quise hacer de esas las últimas horas con la coexistencia de la convivencia humana, despedida de la proximidad con gente que nada sospecha. Saqué del morral el plano de la ciudad, lo miré fijo menos de un minuto y cuando lo tiré a un costado tenía el detalle de la ciudad en la cabeza; parecía que viniera allí de vacaciones todos los años, nacido en Ámsterdam igual que mis ancestros y nunca hubiera salido de la ciudad ni siquiera un fin de semana. El tiempo era escaso para abarcarla en su totalidad y programé un trazado que me llevaría a los rincones de interés. Salí de la zona recurrente y la caminé siguiendo un orden aleatorio que formaba una figura enigmática, luego caminé hasta que amaneció y estaba al pie de la escalerilla pronto para subir al barco.

A pesar de la hostilidad magnética pude haber vivido entre la gente que crucé en mi deambular de las horas previas, era estremecedor ver a las familias en las paradas de los tranvías, barcas lentas con enormes ventanales recorriendo canales y parejas de paso aguardando en las terrazas a que se liberara una mesa en restaurantes italianos. De pronto, hasta ocurre el milagro de descubrir en una plaza a un grupo de muchachos tomando mate, como si esa fuera la plaza de los bomberos Colonia y Magallanes. Hasta me acerqué al descuido para ver si podía escucharlos en su conversación; estaban concentrados cotejando lo visto en sus años de formación con el devenir del mundo, acaso preguntándose el sentido del ser uruguayo fuera del territorio, la ínfima molécula de vitalidad en un mundo que nos va a deglutir con fauces de lagarto. Tendremos la suerte de no ver el fin del mundo porque en algún año vamos a vivir la experiencia de evaporarnos, diluirnos en la memoria del universo amnésico igual que Etruscos y Mayas, Charrúas y Androides fallidos de la primera generación.

La vida quería ponerme a prueba, a saber observar la perdurable relación entre mis acciones y la causa que la motivaba. Había que entender años de peregrinación sin hablarlo con nadie y el encuentro de anoche, mi larga caminata en el borde de la existencia y la decisión de darle la espalda al mundo. Lo pensé cientos de veces y hasta creía poder olvidarlo, si el capitán era en verdad el diablo, durante el vagabundeo por Ámsterdam tenía la intención de acelerar alguna forma de final. El temor que él tenía en relación a nuestro contrato no era que huyera como grumete cobarde, valeroso en la borrachera y desgraciado al momento de honrar su palabra; lo que él temía era la reconsideración de lo vivido y el remordimiento resultara más fuerte que la redención terminando por matarme. La trampa se ocultaba en esa reconciliación de la gente viviendo entre ella y la marea baja de la sociedad holandesa mezclada con turistas. Eso que Ámsterdam era un bazar cosmopolita, como si la humanidad hubiera deseado hacer allí un experimento de metrópoli colonialista arrepentida, Arca de humanos probando que esa coexistencia es imposible. Toda historia es probable en la convivencia entre turistas con media pensión y que para el resto está la guerra de baja intensidad. Sin embargo la ilusión dulce de la concordia persiste entre los crédulos, el sistema está ahí para recordar el odio que llega desde lejos; por eso en Holanda están los tribunales de crímenes de guerra, no para todos, de crímenes contra la humanidad y no para todos, de genocidios entre pueblos bárbaros pero no para todos. El paisaje de despedida que observaba me tenía sin cuidado, Ámsterdam me reservaba la tabla policromada primitiva, mi visión privada de la bahía de Delfi y la ventana amarilla que atraviesa los siglos.

Deberían ser estudiantes ingleses de un buen colegio, no punks que tanto hacen por la economía paralela de la destrucción sin futuro, ni otros iracundos de ocasión que terminarán amasando un capital de usurero y cantado para su Graciosa Majestad. Sucede que eso ocurría cerca de alguna de las salidas del Metro de la ciudad; llegaba un rumor, había gente alrededor, en tales casos sigo de largo entre indiferencia y desprecio pero allí me detuve porque el tinglado estaba dispuesto para mí. Esa escena callejera venía programada en el orden del universo para que yo pasara, me detuviera y fue lo que hice. Los miré y en dos segundos apenas se procesaron los transbordos de sorpresa a evocación, de remembranza a identificación y del parecido hasta el pasado pegando fuerte. Era un grupo de muchachos, cinco creo y cantaban al aire libre, uno de ellos tocaba la guitarra pero lo seductor era la técnica reducida y coral casi a capela. Cantaban canciones tradicionales de las islas en los siglos pasados; hasta ahí todo normal, pero sin proceso de reconocimiento porque tuve una visión escarlata con pústulas recobrando la escena repetida de mi pesadilla. Zapatos negros tipo mocasín, pantalones claros, rompe viento celeste de cuello alto, americana azul cruzada, abrochada con botones metálicos grabados con un ancla y la gorra de marino; gorra decorativa de embarcación de placer, capitán de hobby, falsos marineros de agua dulce y yate del padre comerciante de materias primas africanas en el Támesis. La idea era la coral de los comandantes de barcos de breve eslora y pequeño calado.

Habiendo firmado para enfrentar la más ruda de las disciplinas del mar me hallaba en una suerte de caricatura de mi decisión. Ámsterdam se reía de mi solemnidad patética, probándome la comedia que supone toda empresa que pensamos devastadora. Esos muchachos ingleses, estaban ahí para decirme que ir al norte por siete años era una buena cosa y por más que me fuera lejos, hasta escapar del mundo conocido, el recuerdo causante de la huida seguiría flotando como un féretro de culpa insumergible, mina insomne aguardando a ser detonada.

En la infancia mía Ámsterdam era una calle y el nombre de una tribuna popular del estadio Centenario, en recuerdo de la olimpíada de 1928 cuando Uruguay se consagró por segunda vez consecutiva campeón olímpico de fútbol. Otros pueblos cantan su pasado en iglesias y sinfonías, a nosotros nos tocó hacerlo en goles sobre la hora y copas ganadas en finales épicas; en ello resultamos de lo más moderno si consideramos la evolución de las sociedades occidentales, en cualquier ciudad en la que el equipo local y los titulares idolatrados de la plantilla le devoró la memoria. Ámsterdam estaba a pocas cuadras de Verdi, la calle donde fuimos a vivir después que yo nací.

Mis padres que ya tenían una hija de tres años, cuando llegué al mundo decidieron mudarse a una casa más grande; por entonces las clases trabajadoras vivíamos en casas con balcones y el barrio era el mundo. El desconocimiento era fuente de certezas, ello suponía que en el perímetro de pocas manzanas se reprodujera la suma de la ciudad, el país y el planeta. Por entonces el mundo estaba en guerra, del que huía la pobre gente sin nada que venía a vivir entre nosotros; el mundo era violento y la paz nuestra monocorde el precio a pagar para quedar fuera de la batalla encarnizada. La guerra era un espectáculo de documentales en los cines y el relato posterior de batallas decisivas, la admiración de materiales de la industria militar: aviones caza, acorazados de bolsillo, cascos, tanques y bayonetas, cañones y fusiles automáticos remedando esa fascinación de niños ante una juguetería. Tampoco nos planteaba pruritos morales porque teníamos la verdad de nuestra parte; los otros decidían del mundo por nosotros, nada teníamos en el subsuelo ni en la superficie que fuera codiciado para que nos atacaran, excepto la indiferencia y los rebaños de vacas en el campo.

No llegué hasta aquí para plagiar la frustrada novela de la infancia, la calle Ámsterdam es necesaria por esa coincidencia que contienen los nombres; para entender el resto del relato alcanza con retrotraernos a una circunstancia y el transcurrir de algunas pocas horas. Una noche como tantas otras de verano, pero que es esa noche y la alegría breve del carnaval: el mundo se da vuelta, las personas se dan vuelta, la vida se da vuelta. Dicen que para que un milagro se produzca hacen falta millones de casualidades encadenadas y con el horror ocurre algo parecido en los preámbulos. Lo pensé miles de veces y aparte de mi falta el episodio resultó de una maligna casualidad, la transfiguración es la circunstancia malsana que comienza a ser foco en ese año preciso de mis diez años.

El barrio donde vivíamos era tranquilo y modesto, hubo por eso un pequeño alboroto cuando, con el apoyo de varios comerciantes de la zona ese año se decidió levantar un tablado callejero, sin pretensiones y para que la gente sin recursos se divirtiera un poco. Libre, al aire libre en la calle Ámsterdam aquello duró tres semanas y el resto de mi vida. Uno de los promotores más activos se las ingeniaba para recaudar fondos entre vecinos y en pocos días venía de más en más gente de los alrededores; hasta se acercaron al tablado varias agrupaciones que competían por los primeros premios de las categorías. Esa euforia barrial era el teatro propicio para que llegara la noche que nunca debió existir. Nosotros nos hacíamos de vez en cuando alguna escapada al tablado en familia, pero llegó el aniversario de nuestros padres, el de su casamiento y papá decidió que llevaría a comer afuera a mamá, en la parrillada que venía de abrir como anexo de “El Submarino Peral”. Nunca íbamos a comer afuera y ellos eran jóvenes para seguir en la pasión, nos dieron instrucciones ya que nos dejaban solos y salieron felices de volver a ser novios, dijeron que serían apenas un par de horas, que nos quedáramos tranquilos y los esperáramos. Mamá dejó para mi hermana y para mí una pizza casera con aceitunas, mi hermana mayor sabía manejar el equipo de audio y yo tenía revistas de El llanero solitario, Cisco Kid y Archie que había canjeado esa mañana misma.

La casa era grande sin ser inmensa y enorme mirada desde la infancia, alta en la fachada con puerta de dos hojas y dos ventanas bajas con balconada de columnas que daban a la calle. El resto era una disposición para vivir en una época donde escaseaba el tiempo libre y el domingo era cosa seria como si los uruguayos todos fuéramos dios en el séptimo día. Lo que decidió a mi padre para comprarla en cuotas fue la superficie del terreno, área extensa y agradable que resultó ser la falla turbia de la esperanza. El espacio daba libertad suficientes para algunos conejos, tender la ropa de cama, plantar flores; era exposición desprevenida de nuestra vida familiar y la fisura por donde se introdujo el horror. Tanta preocupación por la cerradura de la puerta principal y el fondo era una malla abierta a lo que se esconde hasta ser invisible, como si los males desatados hubieran encontrado lugar donde anidar, destruyendo privacidad e inocencia.

Yo leía por costumbre revistas de vaqueros, prefería las de Zorro enmascarado cuando se hablaba del tráfico marítimo colonial por la plata de México y de piratas crueles en el Mar Amarillo. De alguna manera, con esas lecturas me embarcaba para el norte y nunca imaginé la naturaleza del canto de las sirenas aguardando para decidirme a partir sin pensar en regresos. Creo que nunca salí de esa condición infantil y quedé fijado en aquella noche de verano; buscar en la actualidad morir como un vikingo de la edad media, más que una prueba de guerrero de coraje es el deseo de morir en la infancia, evitándole al adulto una ocasión de remordimiento. La felicidad en un momento se vuelve pesadilla y lo puedo determinar con precisión, evaluar el presente excepto el pensamiento y la espera del otro.

Eso era la noche del monstruo en latencia, puedo describir segundo a segundo ese minuto previo, el calor sofocante de la ciudad lo siento cada vez que sueño con aquello cada noche en las siguientes de mi vida. Habiendo puesto atención a la manera como estaban vestidos mis padres, nada me costaba imaginarlos en la parrilla anexa a “El Submarino Peral” compartiendo un momento íntimo de felicidad. Ella removiendo la ensalada de lechuga y tomate con cucharas de madera, luego de verter un chorrito de aceite y mi padre sirviéndole en la copa un poco de vino rosado. Mi madre hasta podría decir “basta amor, basta que después se me sube a la cabeza” y mi padre peinado con Glostora, siempre cortado por timidez para decirle las cosas del querer. Mi hermana en nuestro cuarto –sería el último verano que dormíamos juntos porque los dos habíamos crecido- tirada en la cama leyendo fotonovelas reciclando teleteatros argentinos, pensándose una de las heroínas asediadas por malas pasiones y distanciada del amor verdadero por prejuicios sociales. Yo estaba antes del minuto fatal escuchando la radio, había comido mi parte de pizza con aceitunas y sacando del congelador un helado casero de vainilla que mamá preparó esa tarde. Escuchaba audiciones del carnaval en directo de otros puntos de la ciudad y esperaba no dormirme antes de que mis padres regresaran, quería escuchar a los cómicos zafados de “Los Capablanca” y “Yo quiero dormir con mama”. En esos años irrepetibles escuchar la radio era mi manera de viajar, el barrio era el mundo pero había otros mundos al final de los taxis, en las destinaciones de tranvías después que se agotan la combinación de dos ómnibus. El mundo sería lo ocurrido una noche en la calle Verdi; eso fue en el minuto previo, en el minuto ese escuché en la radio la sucinta programación de los tablados para esa noche.

En la calle Ámsterdam, a trescientos metros de donde estaba en el minuto previo al momento fatal, se anunciaba que venían “Los marinos cantores”. Había escuchado algo de esos vocalistas de las noches de carnaval, el nombre del conjunto me hacía zarpar en aventuras que las sentía como auténtica vocación. La vocación es pura voz, una voz que es invitación y orden, voz que tiene la posibilidad de cambiar la vida, la voz esa podía ser de un ventrílocuo: pensamos que sale de la felicidad pero proviene del estómago de la fatalidad. Esa voz y la información me informaban que estaba ante mi primera posibilidad de aventura; quería ir a ver a “Los marinos cantores” en la hora siguiente. Era bien cerca de casa y el minuto previo a escuchar la noticia resultaba tan perfecto que nada malo podría ocurrir. Fui hasta donde estaba mi hermana y le dije: “salgo unos minutos”, ella me dijo que no tenía permiso y pensé que eran asuntos de chicas; concentrada como estaba en la lectura, nada malo ni aburrido podría ocurrirle así que tampoco me preocupé demasiado.

Claro que yo era un niño, pero hubo un tiempo en que un niño podía a mis pocos años andar de aquí para allá en el barrio de la calle Ámsterdam sin que le pasara nada de excepcional, como era el caso. Salvo el primer día de la escuela después iba solo, hacía mandados para el almuerzo en el almacén de la calle Mahoma, salía a casa de amigos, llevaba zapatos a arreglar a lo de los polacos. Así que esa salida no tenía nada de particular, conocía en detalle cada una de las casas que llevaban desde nuestro domicilio hasta el perímetro colonizado por la actividad del tablado improvisado. Con esa noche no podía pasar nada malo, salí de casa y tal vez fuera verdad que apenas cerré la puerta con el picaporte, una vez tomada la decisión y suponiendo que mis padres estarían orgullosos de mi comportamiento de adulto, lo que mandaban eran los pies.

Fue de prisa pues el camino era fácil y vivíamos cerca, tomé a la derecha, cuando alcancé la esquina volví a doblar a la derecha y llegué a la bocacalle, hasta me daba el lujo de tomar por atajos de las plazas; allí y a la izquierda estaba la calle cortada, casi todo el vecindario y gente proveniente de barrios cercanos. El primer tablado grande estaba como a catorce cuadras, en la sede de un club de básquet de la primera división y había que pagar entrada como si fuera un cine. El decorado del escenario estaba a medio camino de las máscaras y la publicidad, la gente disfrutaba de los números que venían a dar su actuación corta pues había poco dinero para pagarles, estar ahí en la alegría colectiva era lo mejor que podía pasarles.

Llegue en silencio, había en el escenario una murga chambona que andaba por la despedida y la gente estaba entusiasmada; al final luego del saludo, el director y la batería no se quedaron para el solo en el escenario, igual agradeciendo a un público generoso en aplausos caminaron despacio hasta el camión toando bajito. Se siguió escuchando el redoble hasta que el ruido del motor del camión se perdió en la noche y el técnico dinamizó los altoparlantes. Pregunté si habían llegado “Los marinos cantores”, la gente me decía que no y circulaba el rumor de que venían atrasados; rumor sin verificar avanzado, matizando con una explicación plausible el tiempo largo de espera entre los números. Al comienzo me preocupó el atraso, atentaba con mis planes de una salida y retorno rápido, conocía los rincones de esa calle, me las ingenié para ir de aquí hasta allá saludando vecinos, charlando ni recuerdo de cuáles asuntos. Dan las nueve dijo alguien, mi dominio de la situación se transformó en preocupación, temor a ser rezongado si llegaba a casa después que mis padres.

Mala suerte pensé y quise volver a casa cuando detrás del escenario se escuchó el rumor de que algo estaba pasando. Si hubiera sido una agrupación de parodistas habría regresado a casa, otro rumor ahora cargado de certitud decía marinos cantores, marinos cantores, los marinos cantores… repitiendo el nombre del barco que entra a Nantucket después de tres años de navegación entre monstruos del mar; ello me sacó del circuito de las responsabilidades y decidí quedarme. A lo lejos distinguí al navegante de la guitarra, es el flaco Romeo dijo alguien cerca de mí. Me aproveché del cuerpo menudo para ir avanzando, sin hacer caso de los rumores avanzaba, no hice caso del anuncio del locutor y avanzaba: tampoco de aplausos de los espectadores cuando ellos subieron al escenario, avanzaba, sin mirar pero avanzaba y cuando arrancaron con la primera canción estaba instalado junto al escenario; aunque lo hubiera intentado era imposible retroceder. Debería olvidar esa actuación y si la recuerdo es para negar lo que ocurrió. Son sin importancia las calidades vocales y las canciones de un mundo que dejó de existir, seguro que tampoco eran marinos pero la condición del disfraz uniforme, la navegación actuada de aventura marina y la libertad del barco de papel que insinuaban con una gorra ladeada lograba fascinarme. En tierra de gauchos, vacas y caballos, el ancla bordado evocador en el bolsillo de la chaqueta, de hilos dorados, era la aventura y deseo de ir embarcado al fin del mundo. Sin la cara pintada ahí no estábamos en carnaval sino a bordo de un viaje sobre el que ignorábamos los puertos a tocar, estaba viendo mi propia partida, el viaje eterno y en el mar el tiempo que pasa a contracorriente.

La gente pedía y ellos respondieron con dos canciones más, una fue “Parisina” hasta que de pronto terminó la actuación y se hizo la noche. Quería regresar rápido, temía preguntar la hora que era, el tiempo pasó y la travesía había finalizado, la gente se movía salvándose del naufragio, comenzaba a marcharse y la facilidad que tuve para avanzar se volvió impedimento. Los vecinos tenían la otra esquina como horizonte, parecía que sólo había una pequeña salida y alguien levantó el control de una vigilancia innecesaria. El lento acomodo que conocía de otras noches viró a la brutalidad de la cosa que se detiene, se cortó la música y apagaron las luces, la noche volvía a mandar y yo avanzaba como podía tratando de organizar las explicaciones que debería dar. Con la oscuridad me percaté de que en alguna parte había un error irremediable y presentía estar en una de esas noches que se recuerdan de por vida. De las canciones de los marinos cantores pasé a los ladridos de un perro, de la comunión festiva entre gente con comida en tupperware y un saquito de lana por si refresca a un frío de otra naturaleza maléfica; de la ilusión de entrar a puerto cuando sale el sol, llegan los barcos de pesca y se adivinan tenderetes del mercado en los bordes del muelle, crucé a la creencia de caminar en una calle abandonada.

Los vecinos estarían descansando y desaparecieron de la faz de la tierra, yo hacía fuerza imaginada huyendo de esa soledad, quería pensarme adulto con barba y un bolso de lona apoyado en cubierta; regresar a Ámsterdam, pero a la ciudad holandesa y lejos de la calle Verdi donde mi familia estaría preocupada por mi ausencia. La hora exacta la extravié en la confusión ni había manera de conocerla, del rezongo pasaría al sopapo justificado que nunca me habían dado. Podía imaginar a mi madre saliendo a buscarme al tablado fantasma y a padre yendo a la comisaría del barrio, llamando a los hospitales por si un auto me hubiera atropellado. El regreso estaba marcado por el rumor de la catástrofe, todas las posibles supuestas menos la verdadera, me escuché caminar mientras salvé la distancia de la calle cortada por el tablado, me puedo ver corriendo la segunda cuadra tomando a la derecha y cruzar la calle.

Sin atender el tráfico reduje la marcha cuando llegué a la calle Verdi, entendí la transfiguración durante mi ausencia. Vi que la gente sabía y era en nuestra cuadra, advertí luces de un auto patrullero, supe que estaba delante de mi casa; era imposible que hubieran entrado ladrones, en nuestro barrio nunca hubo problemas con los ladrones. Tuve deseos de huir, sólo podía avanzar hacia delante, había dos únicos asuntos en el mundo: justificar mi ausencia y saber que ello explicaba la presencia del patrullero. Me acerqué pegado a los árboles como perro culpable del desastre y fui el primero en verlos, mis padres lloraban desconsolados y yo sin entender. En otro mundo ideal se suponía que ellos estaban festejando su aniversario de casados. La cabeza tampoco me daba para entender, en ese llanto y en mi ausencia había un reproche que me perseguiría hasta el fin del mundo.

Cuando me acercaba llegó la ambulancia y unos enfermeros abrumados entraron en la casa, un policía uniformado estaba parado junto a la puerta y entonces en el segundo infinito, mi madre cayó al piso iniciando un ataque de dolor incontrolado. Alguien del vecindario me reconoció y gritaron por dos veces ahí está el hermano menor, ahí está el hermano menor… entonces yo crucé la mirada de mi padre por última vez en la vida.

¿Es que Zarah Leander cantó viejas melodías en Guaraní?

Últimas horas con vida en Rotterdam mientras me digo cómo hay gente en el mundo que pueda imaginar la existencia de la ciudad de Rotterdam y que alguien nacido en otro lugar llamado Montevideo haya decidido por voluntad propia instalarse en Rotterdam. Ese hombre oscilante entre dos inexistencias soy yo; admito que decir vivir es una fórmula exagerada, vine a esta ciudad a esperar la llegada de la muerte tendiendo los puentes últimos entre recuerdo y olvido. Yo, que tuve casi todo lo que pude desear cuando nada tenía organicé el ocaso que me rodea. Habitando un enorme apartamento burgués, acompañado por dos personas serviciales que me cuidan porque las puedo pagar. La decisión Rotterdam responde a que hay en la ciudad algo único que siento mío sin pertenecerme.

Elegí Rotterdam -resulta extraño en los tiempos actuales y que yo también contribuí a promover- para estar cerca de una pintura que amo, me tiene prisionero y suaviza la espera del final con estoica resignación. Se trata de la pequeña construcción de la torre de Babel de Brueghel el viejo, todas las mañanas vengo al Museum Boymanns – van Beuningen y paso dos horas contemplando la obra. Con idéntica devoción de alguien habitado por la Fe que entra a la iglesia a rezar a la Virgen, uno meditando -en sus últimos estados de conciencia- la insensata tentación suicida del mundo desde la terraza de un café vienés, como esos otros que no conciben haber vivido un día sin la audición íntima de La muerte y la niña. Es una forma elaborada de observación que se adecua a mi espíritu y me sienta bien; me acongoja hasta la fascinación el desastre inspirado entre intenciones divinas, planes imperfectos del Supremo y la súbita confusión de los lenguajes en la historia del rey Mimrod, la sospecha que ese preludio rojo de brasa de fogón será mi invierno hecho de palabras insensatas. Acercarse demasiado a la divinidad termina en un cacareo de gallinero cuando se escucha, sobre el techo de zinc el avance voraz de la comadreja hambrienta.

Desde hace cinco años persisto en esta rutina y sé que moriré sin haber penetrado el secreto último de la pintura. Es la conciencia de quedarme detenido frente al barranco de la ignorancia lo que otorga un frágil sentido a mi actividad cotidiana. Tomo distancia prudencial del mundo y me adentro en la vida, lo que puede resultar paradojal para un hombre que aguarda sin aprehensiones su muerte. Algunas mañanas, el espíritu se embala por circunvalaciones del cuadro, identificándose con uno de los esclavos enajenados en su agotadora tarea. Puedo ser un marinero curioso, observando la insensatez creciente desde velámenes desplegados a distancia prudente de la costa, tal vez un ángel resentido y oculto en el interior de la nube negra que declara la altura, incluso un clérigo untuoso de mirra que, imbuido de falsa humildad, marcha en procesión mientras anhela reivindicar que de él será primero el Reino de los Cielos.

Por unas pocas horas cada mañana logro olvidarme de la historia presente del planeta y luego del viaje imprescindible al laberinto de sonidos guturales, retorno a mis miserias diarias con distancia cínica, una sabiduría prescindida que escaseó a lo largo de mi vida. Lo hago en discreción y respetando votos de silencio, las cuentas las llevan mis descendientes que viven lejos, la correspondencia que debo atender es mínima. leer a mis contemporáneos me fastidia por su falta de ambición poética y creo dominar el arte de dejar pasar el tiempo. Debo confesar que con los años adquirí cierta inteligencia para afrontar la muerte; me consuela compenetrarme en el axioma de que el sueño con sedantes, es prólogo del reencuentro con la torre colorada a la mañana siguiente en el Museo. Tal pacto de mutismo, además de aplicarlo a mis tratos con el mundo, lo fomentaba conmigo mismo evitando pensar y dejando a un lado la agotadora tarea de recordar.

Estoy aquí en el Museum Boymanns – van Beuningen de Rotterdam quebrando el mentado armisticio de reserva y desaprovechando mis horas de contemplación del viejo Brueghel. Pensando a la manera de un simple anciano neurótico sobre lo sucedido en las últimas horas, hablando con ese otro que siempre va conmigo. Será por ello que esta mañana el cuadro parece detenido en su movilidad interior, como si la diaria conspiración de pigmentos con siglos de comenzada se hubiera suspendido, mirándome a mí tan distanciado del interior de la escena y que la superficie fuera la pantalla donde proyecto trozos del pasado, fragmentos de mis otras torres de Babel vegetales e inconclusas.

***

Si hubo de verdad una culpa inicial, se halla en el episodio de la historia designada de forma ampulosa reunificación alemana. Fue entonces cuando situaciones que debieron pasar a los misterios indispensables del olvido, reaparecieron en la superficie de los hechos como niños ahogados después de una inundación. Pareció que luego de décadas de infinitos episodios bifurcados, piezas de arte extraviadas y objetos cotidianos, imágenes fijas y móviles, escritos militares y poéticos hubieran readquirido la movilidad original que les fuera amputada en años anteriores.

Ayer al final de la tarde durante el ocaso de un día melancólico en Róterdam, que trajo lluvia desde el mediodía y un sol encendido de crepúsculo nórdico, antes que llegara la noche fue que sucedió. Nada hacía de especial a esa hora, escuchaba en la radio el inicio de un concierto trasmitido en directo desde el Concertgebow de Ámsterdam, jugaba con mi copa de coñac donde se reflejaba la modestia desconcertada de la mejor caña paraguaya. Así estaba, reflexionando sobre el sentido de la pequeña construcción de madera en el séptimo nivel o círculo de mi torre de Babel, cuando y por dos veces escuché el timbre de puerta del departamento. Dadas mis costumbres poco afectas a la vida social, esa interrupción de la rutina me fastidió y la irritación fue más fuerte que la curiosidad. Los sirvientes aprovechan mis ausencias para recibir visitas y era recién a mediados del próximo mes que tenía prevista una entrevista particular.

Coincidiendo con el inicio del concierto igual estuve atento a las secuelas del incidente. Nada excepcional, levísimo murmullo de voces, una puerta se cierra y la tranca que funciona, pasos, la mujer que golpea la puerta del escritorio, mi voz que autoriza la entrada.

-Trajeron esto para usted.

Fue lo que ella dijo y depositó sobre la mesa un paquete bien atado, de forma circular como una enorme moneda acuñada en país de gigantes, objeto redondo recordando círculos pendientes de la espiral Babel. Le autoricé abandonar el escritorio con un gesto de la mano y luego al observarlo me sorprendí. La simple forma del envoltorio contenía el círculo madre de la rueda del tiempo, trasladándome a otros años circulares y tiempos viejos. Delante mío estaba una novia de la juventud devuelta por la rueda, la presencia cíclica y recurrente de una mujer que hubiera amado al punto de hacer girar el rumbo de mi existencia y que alguien -un sabio astuto de perversidad- hubiera inventado el diabólico mecanismo para empaquetar recuerdos molestos.

Calmada la imaginativa ansiedad inicial y volviendo a hechos pedestres que tejen la mezquindad de la vida, se trataba de un envío del correo alemán acompañado de una brevísima misiva. Me informaban que esa cinta fue encontrada en un depósito de Berlín Este, allí hallaron mi nombre y luego -como si yo fuera un espía dado de baja- me localizaron por un supuesto fichero de la comunidad europea. Reconociendo una filiación directa entre la forma circular y mi persona, abrí la segunda piel del paquete encontrándome con una bobina de cine.

En la etiqueta descolorida por los años y la oscuridad de galpones comunistas, había las señas del director de tomas y arriba en caracteres visibles que alertaron al funcionario inspector, se leía que se trataba del proyecto del señor tal. Leí mi nombre con la misma excitación que si hubiera descubierto la cara de mi madre en el cuadro de Brueghel. La contemplación exclusiva de la torre de Babel de Rotterdam tenía la maravillosa virtud de despejar mis conexiones mentales. De inmediato recordé la totalidad del episodio, que concentraba el átomo de pasado volviendo a mis manos y si exhumé las circunstancias, no dominé la sorpresa creciente de la trampa, activando el puente levadizo sobre el río del tiempo. Nunca supe hasta ese momento del atardecer en Rotterdam que alguna vez había comenzado la filmación, menos supuse que una parte del guion o tal vez la totalidad que se había perdido, dejando ese disco como testimonio, pudo haber superado el proceso de producción.

Desde hacía cinco años dejé de ver películas; negociando en el medio de la producción supe ganarme muy bien la vida y asegurarme una muerte sin sobresaltos financieros. Ver cualquier film proyectado en una pantalla a oscuras, me daba la señal del estrepitoso pasaje del tiempo acercándome en cámara lenta a la decadencia. Todas las películas que produje en varios países nunca consiguieron que olvidara mi fracaso inicial, el proyecto inacabado del cual ahora –venido desde la nada, materializado por la fuerza de mis remordimientos de viejo y una historia del mundo que se rectifica, del Tiempo jugándome una broma pesada- llegaba hasta mí en los días que alcanzaba un estado de gracia, la empatía perfecta en mi contemplación del cuadro de Brueghel.

Ese rollo del tiempo muerto era objeto irreal y fantástico sobreviviente de otro proyecto insensato que en su tiempo no pudo ser. Visualización decantada de horas de trabajo contemplativo, excrecencia impura de mis mañanas sucesivas delante de la madera de Brueghel. Cinco años de anhelada aporía mental me eran recompensados por la brusca irrupción –en mi universo circunscrito- del objeto inacabado y perfecto, que se salteó las etapas humanas necesarias para concebirlo. Como si en la extraña ironía mi yo -que pensaba indagar secretos de la mano de Brueghel con siglos de distancia- lo que realmente buscaba hubiera sido desentrañar el enigma de una historia juvenil.

Los caminos del demonio tan insondables como los del señor, suelen ser más artísticos y menos brutales de lo que se supone. Necesitaba creer en una conspiración celestial en movimiento, sin reducirla a un asunto de sótanos olvidados en la mitad nefasta de Berlín, paquetes olvidados en la desbandada, funcionarios indiferentes y decretos arteros para unir con voluntad política las partes desunidas. Las Alemania bicéfalas que vuelven a ser una sola, dialéctica caprichosa de una historia trágica que se permite funcionar en la síntesis privilegiando el pasado; haciendo que la unificación alemana repitiera la construcción de la torre de Babel y la valiosa entre ellas fuera la versión expansiva del Kunsthistirischer Museum de Viena. Había, lo recuerdo vagamente, una película sobre un avión correo que caía a tierra accidentado y mostraba los desastres que puede ocasionar en la vida de las personas destinatarias la correspondencia llegada a destiempo.

Abrí la lata y la dejé por unos minutos sobre mi escritorio sin tocar el contenido, olí el film y hallé la calidad de los laboratorios alemanes de antaño. El depósito era seco por lo que pude deducir y el primer metro de película se separó con elasticidad, parecía recién salir del último proceso de revelado y ansioso por desafiar mi curiosidad; llegué a pensar en una equivocación y cuando toqué con mis dedos los primeros fotogramas, comprendí que la mítica caja de Pandora redonda iba en serio. El primer contacto provocó la conclusión inmediata: esa noche me dormiría tarde, si es que lograba antes del amanecer conciliar el sueño. Tenía ante mí una copia en la que faltaba procesar el sonido e igual que un viejo dentista que revisa antiguos instrumentos de la profesión, un atleta contemplando imágenes gráficas de sus glorias pasadas, de la misma manera me dirigí hacia el cuarto de trabajo. Espacio limpio y sin alma, estaba pronto desde hacía cinco años sin que yo lo supiera para la contemplación solitaria de esa proyección. Descarté encender el proyector profesional, el momento menos requería la espectacularidad panorámica, sería suficiente la consola de montaje y las dimensiones reducidas del visor pequeño. El equipo estaba pronto, diríase que previendo una ceremonia de reconciliación y ritual de despedida; allí habría trazas de filmes, programas de promoción, la discusión en torno a los afiches publicitarios, incluida la insensatez pionera del festival de Punta del Este en 1951, la correspondencia con resultado de varios sucesos comerciales y mi fracaso al querer tratar con los directores del siglo. Gané muchísimo dinero produciendo películas variadas, movilicé millones de espectadores en el mundo entero y nunca supe convencer a uno de los grandes para que me confiara un proyecto. Así quedé fuera de las obras maestras, acaso esa bobina rescatada del naufragio europeo era la postrera reivindicación de tanta derrota en las lides que importan de verdad. Permanecí en la etapa de espléndido ganapán de la industria, se me fueron de las manos por tener proyectos redituables y porque me ignoraron Welles, Fellini, Fassbinder… hay situaciones de poesía a las que los uruguayos no podemos aspirar y así será hasta el fin de los tiempos.

La bobina devuelta de la historia susurraba que ello alguna vez pudo ser posible y ahora destilaba la ironía perpetua. Pudimos tener alguna posibilidad de contar nuestra vida en imágenes con movimiento, en los tiempos pioneros del cine mudo cuando los creadores de todas las naciones partieron sin mayores ventajas. Los argentinos llegaron a conseguirlo, es tarde para nosotros y tal vez sea mejor así, deslizarnos y pasar al olvido sin dejar otros rastros calcinados que zapatos con tapones y desfiles de carnaval. Trabajar en la consola a solas tiene algo de lectura sin texto, el proyecto envía imágenes a su cadencia de motor calibrado e indiferente, prescindiendo de mi voluntad; con la consola es el pulso que se implica, mi deseo regula la evolución de imágenes y el avance de la continuidad. Nunca sabré si lo registrado -que miraba por primera vez- era un ensayo limitado, pruebas de actores y escenario o formaba parte de algo mayor, total, definitivo. De ser así ¿qué fragmentos del universo tendrían que reunificarse para tener en mi poder la filmación completa de la historia? La cinta que me llegó es similar a la torre de Babel y deberé conformarme con fragmentos inacabados, aguzar la imaginación para intuir la desmesura del proyecto original, la extensión verdadera del fracaso.

Lo recuerdo con la precisión que tienen las obsesiones, hago avanzar la totalidad del rollo en una sola pasada ininterrumpida hasta el final, se trata del montaje de unos diecisiete minutos, que comprende desde la mitad de la escena 134 hasta el tercer plano de la 151. En la continuidad del guion ello supone la preparación de las tomas finales y en la película que proyecté cientos de veces en mi cabeza, se corresponde a la penúltima bobina –si el cálculo de los tiempos era correcto- de la película terminada, pronta para la exhibición. Un tramo de alto riesgo para que se tratara de una simple prueba, el conjunto tenía la consistencia dramática que incorpora un montador trabajando en la versión definitiva. Ni comienzo ni final, debía conformarme con la transición amputada, el sueño de poner en imágenes un séptimo del proyecto, una fracción y puede que sólo ese porcentaje era lo que a mí me correspondía ver, el reajuste inerte de una traición. Imposible considerar si lo que miro me satisface o no en términos cinematográficos, me acorrala la sensación de contemplar un fantasma real y desconocer ese pedazo de la otra historia: desde que entregué el guion traducido al alemán hasta la última medianoche, mientras observaba con credulidad la preparación de la rústica embarcación, rezos ficticios dirigidos a divinidades selváticas y altercados violentos entre hombres; personajes llevados a su máxima tensión e imágenes recurrentes de la correntada potente río abajo, preludiando un desenlace trágico.

En estos instante admití que mi vida se resume en diecisiete minutos que llegan traídos por el correo y eran el presente de la gracia del tiempo. Hasta anoche viví una ilusión, la torcida justificación de mi existencia está contenida en esas imágenes de película vieja, 25.000 fotogramas de los que estaba seguro no existen otras copias; el resto del material debió desaparecer en terribles incendios llegados desde el aire durante la guerra. Esa bobina y yo somos ejemplares sin duplicado en el mundo, nos vinculábamos por el instinto que tienen los pocos sobrevivientes de una batalla de trinchera, acaso conciliamos la misma cosa separada por circunstancias azarosas que termina por reunirse. Fue extraño como experiencia, la cinta duplicaba mi sensación de cuando voy a las ferias, veo cientos de fotos puestas a la venta por unos pocos florines y siempre me digo: esa mujer captada en el momento de la toma fue hija, festejó aniversarios, se casó, fue madre, tal vez amante, puede que enloqueció y la alcanzó la muerte una mañana del otoño. Esa cara pudo vivir la paleta integral de las emociones humanas y cuando entrego las monedas al vendedor -luego de haberla mirado a los ojos un minuto- ella no es nadie. No es nadie, ella se evapora en la tormenta del tiempo; ni nombre, ni una semejanza con otra foto que había en el álbum de donde fue arrancada, apenas un daguerrotipo que está entre miles de instantáneas que valen dos florines.

Sin embargo había -o yo quise ver en esos diecisiete minutos- una fuerza extraordinaria, pedazo desgarrado de lo que pudo haber sido y logra fundirse a mi colección de fragmentos, donde aparecen las más grandes estrellas del cinematógrafo, la colección íntima de mis queridas. Ahí está un catálogo de amores imposibles y una joven actriz alemana de entonces, desconocida para mí, que se atrevió con esa secuencia, quizá todo proyecto y que murió tal vez en un bombardeo aéreo de los aliados. La contemplación debo disfrutarla, es una oportunidad excepcional y seguro que última. Como si al despertarnos pudiéramos encontrar junto a la almohada -rosa mutante de la máquina del tiempo- un pequeño rollo de 8 mm donde se hubiera registrado la filmación de nuestros sueños y pudiéramos ver en vigilia, sin la fatigosa intermediación de la memoria cuando restituya sin entender, la materia fílmica de nuestras pesadillas. Siento que cada día contemplo uno de los sueños más extraños de Brueghel, seguro que en la consola vi diecisiete minutos de la pesadilla de otro hombre. Lo único que con el tiempo interesa, es la historia del sueño interrumpido comenzado hace más de sesenta años.

***

Era yo por entonces otro más de los tantos buscavidas orientales. Un muchacho atorrante con iniciativa y ganas de dinero fácil, trepador dispuesto a cualquier cosa por codearme con el suceso, arribista ambicioso codiciando reconocimiento; si algo pudo excusarme moralmente, fue que era un amante vocacional del espectáculo. Descendiente de polacos, arrastrados a las distantes orillas del Río de la Plata por vientos de la hambruna campesina, el eco lejano de mis apellidos y a pesar de una geografía católica, hacía presumir que sería un judío practicante; cuál no sería mi sorpresa de objeción metafísica, cuando me descubrí seducido hasta el convencimiento por el dispositivo distante del movimiento nacionalsocialista, que luego terminaría por arrasar la tierra de mis mayores.

Había algo embriagador en su propuesta de asociar la grisura y miserias tullidas de la historia moderna con los fastos escenográficos de una puesta en escena colectiva. Ellos eran a la vez la realidad violentada y el mito revivido; yo admiraba los desfiles multitudinarios entre signos repetidos lindando lo inexorable de la victoria gamada. Adivinaba la arquitectura triunfante del futuro y una música de bronces impregnada de proyectos grandiosos, precediendo un porvenir luminoso sin temer al tránsito apocalíptico. El diseño perfecto de dioses puros, prescindentes de la ralea confesional católica e imponiendo un ardor mitológico guerrero dando sentido al arribo destructor de la Historia regenerativa. Estaban expuestos los gestos codificados de la jerarquía del movimiento estudiados hasta la obsesión, esa orgullosa reivindicación de la muerte heroica, la conciencia exaltada del destino colectivo, un insolente desafío al mundo proliferante de razas inferiores y teatralización de divinidades vivientes. El prodigio de filmaciones documentales y propagandísticas de Leni Riefenstahl era hipnotizante, valores decadentes occidentales llamados a ser doblegados, crecimiento imperial de un ceremonial de sumisión y prometiendo considerar el pasado para mejor suplantarlo. La idea sublime que despierta vocaciones de sacrificio: aspiración de ser a la vez dioses y la filmación de los dioses, ese detalle mágico y alquímico de la filmación…

Me bastaron las imágenes de unos pocos documentales del mundo que se estaba construyendo para descubrir hacia qué lado latía mi naturaleza. Era un convencido de la causa de adopción en imágenes y nada pudieron los desastres ni las infamias posteriores, nada tampoco la atrocidades denunciadas ni la guerra; podría disimular mi debilidad en la incorporación laboral de la vida civil de la denominada reconstrucción. Médula y corazón, en las terminaciones cerebrales continuaba siendo deudor de las primeras fascinaciones fílmicas; nada relacionado a la moral de ideologías ni derivaciones del poder, acaso la milimétrica purificación del pueblo lanzado al holocausto por el camino de exterminar al pueblo elegido, como si las guerras de los hombres fueran símil combate de divinidades reivindicando la supremacía aria sobre el universo. Paradojas ingobernables del tiempo, la Alemania escindida en los años cuarenta se une nuevamente. Bordes de una cicatriz abierta en el brazo amputado eternizando el combate perpetuo, mientras los semitas prosiguen en guerras tribales dignas de Masada, peleando a muerte por reivindicar pedregales desérticos, olivares milenarios… queriendo demostrar que los hijos de Jehová están por encima de los hijos de Alá. La guerra recorre la historia de los pueblos y ello está inscripto en las obras del viejo Brueghel, donde cada pincelada recuerda el portentoso triunfo de la muerte.

Lo que vivía por entonces y ay! por mis amigos judíos muertos en atroces condiciones, era la película interna del nazismo filmada por otro Maximilian Theo Aldorfer. Negaba la verdad de la historia por el procedimiento de mirarla filmada, no deseaba que ellos ganaran sino que persistieran en la guerra, menos me interesaban los prometidos mil años de reinado que aquellos pocos años concentrados de euforia. Los que transcurrieron desde la humillación de la guerra anterior, al suicidio en bunkers subterráneos, de garrotes callejeros de bandas infames al ocaso berlinés suicida y eso después de haber desatado el ángel exterminador en los cuatro rincones del planeta. Observaba desde mis modestas perspectivas de hombre provinciano, de qué manera actuaba la violencia intrínseca del hombre monoteísta, urdiendo la venganza contra el Dios obstinado que le impidió proseguir erigiendo la torre de Babel. A ese respecto, mi ciudad de nacimiento ha sido -desde su fundación por un adelantado español que terminó dándole su nombre a cierta golosina- una visión aislada y provincial de la historia del mundo; en especial por la autosatisfacción de considerarse modelo ejemplar, hipóstasis del espíritu histórico al cual el resto de las naciones -el concierto de los pueblos del mundo- debería seguir con lógica irrecusable. Estábamos en el mejor de los mundos posibles y lo que sucedía en otras tierras, eran accidentes menores por desajustes mecánicos, burdos retardos hasta que llegara la inspiración generalizada e imitación lograda de nuestro estilo de vida.

Buenos Aires era otra cosa, tiene el vértigo en movimiento de la desmesura con una urbanística -y un juego de calles se da en diagonal- que a la vez escamotea y asume el genocidio indígena; para mis intereses de entonces esa diferencia con la otra orilla se apreciaba de inmediato cuando me decidí a cruzar el charco. Reuniones intensas día y noche, elegantes confiterías donde confundirse con la vida cotidiana, chacras en las afueras de la ciudad preservando la discreción, caserones señoriales alejados de conventillos malolientes, consistorios dirigidos por individuos con una concepción sagrada y discreta del poder. Uruguay nunca dará un poeta de la autoconciencia profética de Leopoldo Lugones, nuestra ribera del río carece de ambiciones cósmicas; esto deviene filosofía innecesaria, comparaciones indigestas que me distraen de mis verdaderos intereses. Siendo un joven intruso sin talento destacado, a lo único que pude aspirar en Buenos Aires era a sobrevivir explotando el talento de los otros. Despreciable parásito de cualidades ajenas, era alguien apresurado y si algo me incentivaba cada mañana a salir a la calle, era la visión que depara la picaresca marginal de llegar urgente al objetivo. Mi carácter era inestimable para devenir empresario teatral y despreciaba el trabajo manual como para fundar una editorial, fui impaciente para frecuentar salones mundano a la pesca de oportunidades y prudente por herencia para lanzarme en osadas aventuras conspirativas contra el poder constituido.

Durante semanas a la búsqueda del punto de apoyo que mueve el mundo, frecuenté estaciones de radio para ventas comerciales y de paso mentía, diciendo que era agente representante de empresas europeas relacionadas al cine. Lo que más me conmovió en ese aprendizaje citadino, verdadera educación laboral, era que la gente al escucharme creía. Desde entonces la mentira se transformó en mi método personal de trabajo y con excelentes resultados, por ahí circulaba esa farsa de mis contactos sin terminar de afirmarse. Una intuición distinta me llegó cuando asistí en un cine enorme de Lavalle -donde me refugié huyendo de una tarde nefasta húmeda y pegajosa, bien porteña- a la proyección de Intolerancia. De inmediato entendí que ante mí estaba -con la evidencia de un testigo de la batalla de Trafalgar- el arte de mañana, el negocio del futuro, la captación de multitudes y el sentido potencial de mi vida. Me proyectaba menos en las acciones de la pantalla que en la sombra de lo invisible, márgenes del silencio que cultivé con fidelidad hasta ayer de tardecita, cuando el funcionario del Correo hizo sonar el timbre de la puerta.

Los planes inmediatos de pequeño ratero me fueron abandonando y debí armar con urgencia la caparazón de una ambición sólida. Dejaba caer con disciplina, en los ambientes donde me movía entre copas y cigarrillos, mis primeras ideas sobre el porvenir del cine, hablaba de estrellas de primera magnitud que invadían las pantallas, los grandes centros de producción que debíamos imitar, del talento de nuevos directores sobre quienes disertaba con insolente familiaridad. Por aquel entonces conversar en Buenos Aires del negocio del cine era como hacerlo de la cocaína y la debilidad compulsiva por las menores de edad; era cuestión de esperar algunos días, siempre terminaba por aparecer un personaje portador de la buena nueva, con información secreta y asegurando absoluta reserva, tipos atentos sin tregua a las flaquezas del prójimo dispuestos a satisfacerlas.

En esa movilidad, me correspondió en suerte el chofer del dueño de una de las radios visitadas en mis peregrinajes; el hombre se me acercó para asegurarse si yo era “ese del cine”, dijo que tenía en su poder algo que podía interesarme y me citó en una fonda del bajo después de medianoche. Todo olía a estafa y complot, fui puntual y esperé dispuesto a escuchar cualquier propuesta menos lo que pasó.

-Aquí tiene, me dijo el tipo a los minutos de haber iniciado nuestra charla. Es un guion de película, disculpe el estado, esos papeles viajaron mucho antes de llegar a mis manos Léalo, y si le gusta en un par de día hablamos. De más está decirle que esto debe manejarse con toda discreción.

– ¿Y eso?, pregunté más curioso que timorato.

-Fácil, respondió el chofer. Es mercadería robada. Me lo trajeron del norte, un conocido que prefiere quedar en el anonimato.

-Si como dice es robado, será difícil hacerlo caminar más adelante.

-Mire, el que sabe de cine es usted, si fuera negocio limpio hubiera ido a ver gente importante. Mi amigo me dijo que el autor está medio loco, viviendo entre mermeladas de naranjas, yerbatales improductivos y bichos embalsamados. Ni sabe lo que tiene en la casa.

Esa noche leí el guion sin detenerme hasta el amanecer, quedé tan atrapado por la historia que a los pocos días, mangueando dinero aquí y allá me reuní con la plata necesaria y pude pagarle al chofer el manuscrito de la idea robada. Poco tiempo después, me enteré que se trataba de un trabajo de Horacio Quiroga y que la pérdida esa lo sumió en una depresión nerviosa de cuidado. Mala suerte por el compatriota en desgracia pensé, pero eso había dejado de ser problema mío. La complicación era que así se me cerraban puertas en Argentina para filmar el guion y entendí de inmediato que debía ir a buscar lejos si quería producirlo.

Lo medité un fin de semana y como si fuera la continuidad normal del proyecto supe que debía llevarlo a Berlín. La idea del robo inicial y la conspiración subsiguiente interesó a unos amigos germanófilos, a quienes terminé por confesarles lo ocurrido, los exaltó por razones ignoradas -parecían personajes alucinados de Arlt- al punto de animarlos a seguir adelante. Fue así que obtuve una acelerada traducción al alemán, que suscitó curiosidad prometedora entre los lectores que llegaron a leer la nueva versión del guion y pudo establecer conexiones en una Berlín fascinante, ciudad que cuando la visité por primera vez no dudé en reconocer y admitir el centro del mundo que estaba construyéndose.

Durante las semanas que duró mi estadía en Berlín, el objeto guion se convirtió en motivo insustituible de mi único pensamiento y obsesión recurrente. Por primera vez vivía la emoción de estar del otro lado de las leyes timoratas y las morales de clase, estaba enfrentado a la inminencia de una enorme tradición y hallaba en mi interior fuerzas para llevar adelante un proyecto con el estigma de la ignominia. Mi meta única era que la historia se filmara y frecuentaba reuniones de la gente de cine habitado por la idea fija. Escuchaba elogios referidos a las grandes tonterías que se estrenaban en la ciudad y sufría por detectar la brecha donde la idea de Quiroga podía seguir adelante. Protegido en mi apatía sabía que estaba por encima de esos menesterosos de la novedad, lo mismo que me sucedió en Buenos Aires, que el objetivo digno de sostener era entrar en los estudios de Berlín y debiendo simular neutralidad aguardando la oportunidad. Mi espíritu estaba alterado por el cúmulo de circunstancias que me llevaron a Berlín, había al origen la misión conciliando intereses concretos en la información y debilidades estéticas, la obsesión que me motivaba se justificaba en primer lugar por la fuerza del argumento.

Acaso esté sea el momento de evocar -si es que puedo- el conjunto de emociones que me cercaron aquella noche de la lectura. Desde las primeras líneas del diálogo supe que estaba ante algo diferente, eso tenía el vigor mesiánico de El nacimiento de una Nación -otra vez Griffith…- y descubría un universo inédito en combinación y resultado. Postulaba una tragedia imbuida de cinismo contemporáneo brotando de una naturaleza agresiva, el limitado coro de hombres agonizando en el lugar equivocado del destino sin poder escapar. Una música en las antípodas del silencio de muerte, fino drama de netos tintes delicadamente simbolistas sucediendo en el espacio reservado para la desmesura. Hubo un tiempo de ocultamiento en Buenos Aires y otro de impaciencia en Berlín cuando podía repetir cada frase de memoria, incluyendo indicaciones manuscritas del propio Quiroga para cada toma, que tenía ojo cinematográfico.

Eso -me convencí- dejaba atrás el episodio turbio con el chofer y las deudas contraídas con la finalidad de apropiarme de los papeles; intento recordar con precisión, sucede lo mismo que con la bobina llegada ayer a mi departamento y vienen a la conciencia fragmentos confusos de ordenar en continuidad narrativa…

***

Una mañana calurosa de los meses de verano llegó hasta San Ignacio, proveniente de Buenos Aires, el barco que aseguraba la relación comercial semanal. Desde el muelle, quienes siempre curioseaban esa novedad rutinaria, no advirtieron en los primeros minutos después de las amarras nada de particular. Los pasajeros que bajaban a tierra eran comerciantes que habían viajado a la capital a cerrar negocios, productores buscando rentabilizar meses de trabajo en condiciones deplorables; los hombres regresaban abrumados con falsas promesas de contactos periódicos, doblados por la frustración del desinterés, con deudas contraídas fijándolos en el infierno misionero por otros cinco años. Del fondo de la bodegas asomaban herramientas de trabajo y ni siquiera un objeto empaquetado que prometiera felicidad, esparcimiento, distracción; se agregaban palas, azadones, martillos, instrumentos toscos para extraer la riqueza debida que nunca lograba alcanzarse.

En esa parte olvidada del mundo, hasta los espíritus más emprendedores terminaban devorados por mandíbulas invisibles y nadie superaba la condición de colono del territorio irracional. Tierras donde la naturaleza crecía más rápido que el esfuerzo de los brazos por dominarla, la fiebre plural de los sentidos doblegaba en poder la pasión posesiva y los avances sobre el terreno tenían la desesperante virtud de duplicar el obstáculo. Aquello promovía la lentísima educación para el suicidio y la vegetación desmesurado era otro animal fantástico frente al que los hombres tardarían en admitir la derrota. ¿Cómo se extenuaría la vida anterior de aquellos que aceptaban cerrar un pacto de porvenir con ese infierno? ¿Qué tan terribles serían los fantasmas para hallar -en esa manifestación violenta de la naturaleza- un margen adecuado donde reposar la maltratada conciencia? Y luego lo usual purgado por el barco, el lote de hombres nuevos con fe pionera en la mirada y nadie se interesaba por la cantidad exacta del contingente.

En el muelle viéndolos bajar a tierra, podía apostarse a simple vista cuáles serían consumidos dentro de pocos meses por la caña embotellada, los que morirían al final de largas agonías a causa de accidentes con escopeta, quienes buscarían incansables la víbora venenosa que aguarda enroscada entre las matas; adivinarse a los creídos que el trabajo hasta el agotamiento borraría la adversidad retrospectiva y otros suicidas acobardados, sin fuerza siquiera para emprender el regreso hacia allá. Venían desde lejos, buscando el callado destierro propio de hombres huyendo tras el mineral utópico, a confrontarse de una vez por todas con ellos mismos y mirando la parca de frente sin mediaciones. Algún poder común a sus patrias del desengaño los condenó al exilio y la prodigiosa casualidad de hallarse, ese preciso día, bajando en el impasible puerto de San Ignacio. Hacía meses que esos hombres desagotaron la esperanza, sustituida por el afán de calibrar las dificultades para moldear una tribu de mártires; que si de algo habían abjurado para venir hasta ese muelle decrépito, era de la razón y la cultura. Podía anticiparse que tenían una concepción emponzoñada de la vida simple, del mito del buen salvaje y la prodigalidad generosa de la naturaleza, la bondad innata de los lugareños.

Tras apariencias tan embusteras como la vez anterior y la próxima, había algo diferente en la historia de ese desembarco rutinario. Orquídea salvaje florecida junto al panal frenético, se vio asomar sobre cubierta a una misteriosa mujer; por su aspecto debía de ser la nueva propietaria de la casona del belga, un repatriado que prefirió el gas en las trincheras antes que contemplar el espectáculo de otra cosecha sumergida por las inundaciones. Las miradas se concentraron sobre esa aparición femenina y ella fue sensible a la presión distante de las miradas, contentándose con indagar el paisaje que observaba y descubría, como si se tratara del decorado para una filmación que comenzará en pocos minutos y grandes bailes de salón la precedieron en su marcha inicial, acogiendo a la Sulamita secreta del paraíso iconoclasta.

Lo que luego se supo sobre ella fue una información mezquina, goteada a exasperante lentitud similar a los cortes practicados en el árbol del caucho. La mujer era una famosa estrella del cinematógrafo, la precedía la leyenda de éxitos de crítica y taquilla en el mundo entero; se hallaba en el pináculo de su gloria, en el cenit de la interpretación y la belleza, cuando un absurdo accidente carretero en la costa californiana le deformó la cara, que desde entonces cubría con un velo espeso, como si frecuentara a diario abejas de la miel sagrada. Lo desgarrador del episodio en la inminencia del cine sonoro, fue la pérdida de la voz; un filoso cristal del parabrisas le cercenó las cuerdas vocales, de la boca salían sonidos guturales que aterrorizaron a quienes tuvieron el dudoso privilegio de escucharla, sonidos provenientes de ultratumba. Siguiendo el ejemplo de otras divas en desgracia decidió retirarse de la vida mundana, del cine comercial y desaparecer en la naturaleza sin decorados huecos. Marcharse lo suficientemente lejos para desalentar todo intento de persecución periodística, por seguir los meses de la fuga de quien tenía millones de admiradores diseminados por las salas oscuras de entonces. Ella quiso dejar el recuerdo fijado del esplendor previo al accidente e inventó el segundo accidente en un acantilado mexicano. La astucia funcionó y figuraba su horroroso final con cuerpo desaparecido en los libros de cine, que evocaban una mujer muerta cuando ella apoyó el pie izquierdo en los muelles del norte. Seguía viva y le faltaba pasar por la locura, más desesperante que el estruendo del bólido mecánico devorando las costas del Pacífico.

El primer año en el territorio de Misiones lo vivió encerrada en la casa, suscitando en la zona -sedienta de novedades mezquinas- todo tipo de comentarios y especulaciones. El instinto de supervivencia puede llegar a ser más poderoso que algunas fuertes determinaciones. La gente del lugar respetó su decisión de encierro y fue ella seguro quien estuvo espiando la reacción imprevisible de los habitantes. Cumplido el año del desembarco, la gringa comenzó a aparecer muy esporádicamente dejándose caer por el poblado para hacer algunas compras. La indumentaria formaba parte del enigma del tiempo transcurrido, ahora su atuendo era montaraz y se vestía como un hombre más del lugar. Se supo que junto al río ella sola –sin ayuda- plantó árboles frutales y flores con las que fabricaba mermeladas; había en el lugar un huerto cuidado y varios panales que fueron la admiración de los conocedores. Entre los lugareños nadie preguntó a la venida de la Muerte por lo sucedido durante ese año, ni sobre la curiosa metamorfosis en el aspecto y conducta; tal vez fue el tiempo requerido para aprender a escribir palabras en castellano que ella utilizaba al comunicarse.

Allí se respetaban los atajos decididos por la gente del lugar y nadie se interponía a fuerzas selváticas que doblaban la vida hasta la ruptura del morir. Mandaba la tradición y cuando uno de los encerrados reaparecía por el poblado, era anuncio de final y comienzo del tramo último de la existencia. La novedad consistía en descifrar la manera en que la muerte sucedería; eran inconcebibles allí las variaciones que podía asumir, como si la muerte fuera un árbol más, habiendo tantas formas de terminar con la vida como tonalidades de verde incluía el paisaje. Ella continuaba asociada a la fama de mujer extraña y solitaria. En lo único que condescendió como trato humano fue acercarse a la mesa de los vascos, tres socios que tenían una explotación múltiple por el rumbo del norte. Esos tres canjearon la cadencia de las estaciones por el ritmo de sus estados de ánimo, un año trabajaban sin descanso, otros quedaban estacionados en el poblado y conversando con las chinas del lugar, jugándose las futuras fortunas al dominó, dados y baraja. Todavía recuerdo sus nombres: Albistur, Barea e Introini, si hasta parecían inventados a sabiendas para el guion blasfemado. La gringa -se dejaba insinuar en la trama- llegó a tener relaciones íntimas con uno de ellos y su identidad permanecía en secreto, emulando la firmeza de Filumena Marturano.  Con el correr del tiempo -por una extraña y curiosa atracción- los vascos pasaron de ser compañeros de boliche a espectadores obligados, entristecidos cómplices del acto final.

El trance sucedía los domingos de tardecita, durante las horas que se vuelven insoportables en la rutina de los desterrados, mientras viven un día de reposo aquellos que tienen pruebas tangibles de la existencia de dios. Los tres hombres llegaban los domingos al caer la tarde con un par de botellas de aguardiente y era en el gran living de la casona que daba inicio la ceremonia. Su desarrollo debió de ser terrible, ellos se emborrachan sin apuro y ella -teniendo los paneles y estridencias amenazantes de abejas como música de fondo- con ronquidos bestiales, llevando su expresión a gestos de fonomímica, era sucesivamente varias mujeres que los vascos nunca sospecharon, personajes exóticos que serían revividas con ese timbre carente de palabras. Ante esos hombres magnetizados, la diva accidentada fue Electra y Celestina retorciéndose en muros salmantinos transparentes de piedra. Hasta es probable que Ana Karenina, y si durante las primeras funciones administraba el control sobre cada personaje -desde el principio del parlamento hasta el final-, la extrañeza de la voz transfigurada en sonidos guturales, la caña bebida sin medida, la fiebre vertiginosa de colores misioneros y la picadura de insectos verdes, la llevaron a confundir roles, mezclar escenas de obras del repertorio universal preludiando un movimiento de caída irredenta. Con la suma de los domingos repetidos, desapareció en la gringa todo rastro humano precedente culminando en un tablado de deshumanización.

Ante los ojos devotos de los tres hombres, la mujer se transformaba en animal repugnante y desconocido; más de una vez los vascos la despidieron tirada informe entre los árboles y hecha un bulto emitiendo sonidos. Los tres hombres, desde el comienzo solidarios con la suerte de la gringa, pasaron del asombro al temor, del temor a la lástima del convencimiento y eso que creían haberlo visto todo en ese infierno proliferante. Decidieron sobre la marcha matarla para salvarle el alma; ella estaba loca de una locura inconcebible por los hombres, que se volvió horrenda al manifestarse en la proximidad de la húmeda selva misionera y había líneas de diálogo entre escenas descriptas por Quiroga -formando parte de un cuento extraviado- cuyo recuerdo todavía me horripila. Decían de salidas nocturnas y sangre de bestias sorprendidas en sus madrigueras, detallados combates a mordiscones entre tinieblas que es preferible olvidar.

El pueblo donde sucedía la acción era un poco más que un caserío en constante crecimiento; a pesar del silencio pactado por los vascos, de a poco la noticia de los desvaríos se fue conociendo también en los ranchos más alejados. Los habitantes del lugar, fueron confrontados al dilema de hacer del pueblo un santuario de peregrinación de locos furiosos y delirantes de varias leguas a la redonda, si es que lograban someterla hasta convertirla en Santa seglar y poseída. Prevalecía el sentimiento de que la situación les escapaba de las manos, cerca estaba incubando el huevo de la criatura monstruosa que terminaría por devorarlos. Si la suprimían utilizando violencia, los peregrinos en éxtasis venidos desde lejos, otras provincias vecinas y cargados de supersticiones anteriores al hombre blanco, seguro volverían al pueblo para satisfacer una venganza espeluznante por haber excomulgado a la Santa milagrosa, que daría inicio con un incendio voraz. La única manera de desembarazarse de ella sin secuelas sanguinarias era incitándola al suicidio, idea que la mujer había expulsado de su mente a la deriva.

Lo que debía hacerse con urgencia era incorporarla a una ceremonia de inmolación. Mientras tanto, la gente del pueblo comenzó a dejarle ofrendas en la puerta de la casa durante la noche; hasta la casona llegaron mujeres con hijos falsamente agonizantes y dieron fe de curaciones milagrosas posible por el solo contacto de la mano de la gringa. Ella lo incorporó tanto prodigio y creyó en la tardía revancha de la vida, que le arrebató el estrellato obsequiándole la santidad, el don de sanar a los enfermos. La mecánica supersticiosa se volvió vertiginosa en pocas semanas, le suplicaron sus aguas menores para bendecir campos estériles y todo lo que salía de su cuerpo tenía influencia positiva sobre la naturaleza. Lo relativo a la extranjera se componía en perfecta armonía con el lugar y se aceptó que llegó hasta ellos por milagro, poniendo fin a la espera de la Diosa de la selva profetizado por los adivinos de paso. El pueblo participó en la mentira del convencimiento y más de una mañana llegaron en procesión, entonando cantos en diferentes lenguas, los coros disonantes de tocados por la peste negra, conjurando la enloquecida matanza de niños inocentes, evocando otra orgía de campesinos emborrachados y el triunfo resuelto de la Muerte. Narrando una boda de aldeanos alienados por la cerveza durante el banquete, convocando de lejos la traílla de mendigos ciegos y un muestrario cautivo de animales martirizados. Los gestos eran señales de ejemplo y sacrificio, la Diosa que trajo el barco en poco tiempo comienza a alimentarse de ortigas y agua; tanta responsabilidad ante los desheredados la mortificaba. En esa transfiguración planeada, los tres vascos se convirtieron en sacerdotes del círculo íntimo y seguro que de ese cónclave cerrado, emanó la decisión de elevarla, la urgencia de transferencia al otro mundo y el último pasaje a la escena final.

Es lo registrado en la bobina que llegó a mis manos, la escena que anuncia el final del film, los preparativos en los cuales cada uno de los hombres tenía una responsabilidad concreta. Creo que después de tantos años olvidé la exacta distribución de las tareas, digamos que Albistur era el encargado de ahuecar el tronco que serviría de embarcación para el gran viaje ritual, Barea el destinatario de las últimas instrucciones de la diosa en éxtasis e Introini se encargaba de pequeños detalles de la producción. La escena 149 y sus planos era fuerte en emociones, los hombres están en el muelle atareados preparando la barca, cae el día sobre el paisaje y algo llama la atención de los tres hombres. La gringa sale del templo vestida de tal manera que parece dirigirse a una ceremonia pagana. Detrás de la locura irreversible y ojos desorbitados captados en primeros planos, del insistente mensaje final de labios moviéndose sin cesar y manos manipulando su destino de trascendencia, oculta en velos que portó en fiestas del tiempo de apogeo, se adivinan en contraluz las formas mórbidas de la mujer, fascinantes contornos que en el norte y oscuridad de los cinematógrafos entusiasmaron a millones de enamorados del mito; uno de los tres hombres reconoce esa piel por haberla acariciado.

Ella avanza hipnotizada por la cercanía de un destino superior y nunca se sabrá si estaba actuando la bajada del último telón. Avanza como si lo hubiera hecho durante los minutos posteriores al accidente verdadero, el primero que cortó su ascensión a la inmortalidad de las diosas del cine, como lo haría la deidad secreta de esa jungla en su viaje de esponsales con el deseo mítico y carnal del río. Los hombres responsables de la farsa -que deja de serlo a cada segundo que pasa- se interrogan con la mirada. Desbordados por la escena, se saben en presencia de la auténtica diosa del mundo selvático, la fuerza que terminará por destruirlos a ellos. Albistur se quita el sombrero e inclina la cabeza en un Ángelus de campo labrado de culebras, Barea levanta la mano e invita a la diosa a emprender el camino sagrado del embarcadero que ella acepta con sonrisa de virgen cristiana catecúmena. Introini coloca un disco en una victrola y un plano corto permite ver que se trata de La muerte de Isolda.

En las últimas secuencias que observé los tres hombres empujan con largas varas la modesta piragua alejándola de la costa. Ella está sentada dignamente en la proa, de tal manera que puede dominar el paisaje humano que abandona e indiferente a la suerte que le espera: ello ya carece de importancia. Introini ensaya el gesto de tirar una cuerda para salvarla pero es tarde, la fuerza inusual a esa hora de la correntada a pocos metros del muelle, arrastra la piragua hacia un seguro destino de rápidos y muerte. Los hombres se resignan a verla desaparecer en el próximo horizonte del río, coincidiendo con la irrupción de un viento fuerte y frío. Hay un corte, luego la cámara toma los altos árboles de la costa, moviéndose con furia terrible digna de Wotan encolerizado.

***

Es allí cuando escucho el chasquido del film de la bobina pegando varias veces contra el metal, la pequeña pantalla se oscurece y eso es todo; había desde luego un final cerrado previsto en el guion pero ni intento recordarlo. Con el paso de los años y la diaria disciplina en el museo de Rótterdam, puedo atemperar el entusiasmo vivido cuando me enfrenté por primera vez a la historia escrita por Quiroga. La emoción tiene elementos precisos, aquella complejidad inexistente de palabras perdida para siempre, recuperó su sentido ante esos diecisiete minutos que vi varias veces anoche y se trataba de la resurrección de un muerto.

Una mañana me embarqué en Buenos Aires rumbo a Europa con mi guion traducido y llegué a Berlín fatigado de dificultades. Los contactos que allí me aguardaban resultaron de mayor eficacia de lo esperado; pasadas tres semanas de discreta vigilancia a mi persona durante las cuales lo evidente era mi ansiedad las puertas se fueron abriendo una tras otra. Ellos en la cúspide consideraban en mi iniciativa un proyecto de propaganda que les interesó y convenimos que ambas partes queríamos utilizarnos. Llegué hasta las oficinas adecuadas, conversé una hora con alguien entusiasta del cine de cuyo nombre es conveniente olvidarse; a los tres días, por intermedio de una cantante de renombre me comunicaron que el proyecto interesaba. No salía de mi asombro ante el cariz que suponían las noticias sucesivas ni cabía en la felicidad vengativa del resentido.

A todo esto Quiroga había muerto y yo comenzaba a desentenderme del peso ético del robo usufructuando una situación única. Me quedé un tiempo en Berlín a la espera de concretar el proyecto que ciertos episodios militares fueron postergando. Organicé la vida sentimental con una señorita de familia acomodada; entre ellos pasé con angustia y sin peligro los años de la guerra en un pueblito apartado de la campiña austriaca. Entretanto, tuvimos una niña que nos consoló de otros dolores, el mundo halló un nuevo acomodo y pude luego continuar con una de mis vocaciones. Los detalles de lo acaecido en Berlín durante aquellos días tristes son por demás conocidos; mi vida tomó un giro positivo, perdí toda traza de los papeles misioneros y me pareció imprudente, dada la fortuna que comenzaba a tener en los negocios y la insólita partición de Berlín en dos mitades, insistir sobre asuntos que eran historia pasada… recuerdos de un hombre que dejó de ser, otro desaparecido entre escombros de las ciudades destruidas.

El enigma persistente es lo ocurrido entre la entrevista con el gran personaje del aparato nazi y la realidad del contenido de la bobina, que anoche se hizo aparición milagrosa anunciando que algo decisivo eludió mi control. Alguien con imaginación sin trabas, con esta historia de la Historia podría escribir una buena novela especulando sobre momentos tan removedores del mundo; yo quisiera creer que fueron reales y no se trata de un finísimo ajuste de cuentas por locuras de juventud.

Nunca sabré si de haber continuado cerca del proyecto, el final este fluyendo de mi vida hubiera sido diferente. Una guerra mundial es argumento categórico para imponer un cambio de itinerario en la existencia; hubiera dado la fortuna que acumulé estos años pasados, por haber estado presente cuando se filmaron esas escenas que vi anoche. Fui el ratero y no quien desposeyó al robo de su inutilidad, dejé escapar la única circunstancia de mi vida donde pude pasar por cierta forma de expiación y el resto resulta tan despreciable que es preferible dejar hablar al viento. Esos diecisiete minutos me inducirán hacia un balance de mi vida que prefiero evitar, en los finales imprevistos los hechos tienen la virtud reparadora de volverse claros en cuanto a su resolución.

***

Como al principio de la meditación, estoy otra vez en el Museum Baoymanns – van Beuningen mirando por última vez la madera pequeña del viejo Brueghel con el tema de la torre de Babel. Luego iré caminando despacio hasta mi refugio, como lo más normal del mundo quemaré la bobina con la filmación del guion robado y que llegó ayer a mis manos. Eso sucederá en la gran chimenea, la continuación del fuego resulta evidente incluso a mi imaginación, acaso me reservo una duda para ser digno del episodio y de Quiroga, haciendo que aquí en Rótterdam -como en la lejana selva de Misiones y hasta último momento- el lector ignore bajo qué forma violenta llegará la muerte del protagonista.

El navegante solitario del Danubio

Aquellos fueron tiempos duros para casi todos y hasta los bandidos comprometidos apenas con su oficio debieron cuidar a muerte el pellejo en cada maniobra. La ciudad padecía una vigilancia constante y rencorosa, acosando cualquier gesto de oposición en la silenciada noche polar prolongada por años. Reinaba una odiada oscuridad del alma donde todos los gatos, además de ser pardos como dice el refrán, podían morir en celadas injustas del error, emboscadas que nunca eran informadas.

El poder usurpado jamás se digna a dar explicaciones; la gente permanecía encerrada en sus casas después del tácito toque de queda del miedo cotidiano, nadie caminaba en deshoras nocturnas por temor al encuentro con la confusión que podía pagarse con la vida. Esos hábitos, impuestos por fuerza, dejaban en situación laboral crítica a bastante gente con tareas de subsistencia al margen de la ley, que sin casa vacías ni descuidados caminantes de abordaje sencillo, tenían reducido su campo de acción. Algunos tránsfugas con antecedentes de informantes, de los que nunca faltan, transaron con los nuevos poderes, indignos desde antes; los convencidos del derecho a no depender de nadie ni a pasar una comisión, se las veían feas para sobrevivir.

-Algo hay que inventar don Marcos, la calle está durísimamente triste. Estos cretinos no dejan vivir a nadie y me niego a terminar desvalijando vecinos. Hasta yo tengo miedo de salir de noche, no hay ni un alma en la calle. Con ese asunto de controles de documentos, cualquier madrugada puedo terminar sin querer en manos de la pesada. Me rajo don, el José emprende el duro camino del exilio.

El viejo Marcos, desde su mansa condición de retirado del oficio escuchaba las razones de José, entendiéndolo, sin otra alternativa que darle la razón, aunque le doliera que la mejor muchachada del país tuviera que marcharse por falta de oportunidades. Estaba lejana su propia juventud, épocas de esplendor, tiempo de vacas gordas cuando se oía seguido aquella gansada de la Suiza de América. Fue cierto que era el país donde los quinieleros clandestinos vivían como caballeros, alcanzaba con ser ordenado para pasarlo bien sin angustias ni temores; pensando en los novatos, algo desprolijos pero fieles continuadores de una altiva tradición de malandras, el país estaba imposible.

-Tranquilo muchacho, le decía Marcos sin pretender convencerlo contra una decisión que parecía inamovible en su joven amigo. El negocio lo que tiene de bueno es la sorpresa, las malas rachas pasan. Un día embocás la buena y te parás para el resto de la vida. Qué querés que te diga… tenés razón, para que negarlo… hasta yo me doy cuenta de que la diaria está complicada. Los que te dije andan enloquecidos y cebados, se tomaron en serio eso de salvar la patria y si te agarran, antes que puedas explicar que nunca fuiste sindicalista metalúrgico, te metieron cinco años adentro. En esa bolsa de cangrejos los amigos de antes se borraron, cada cual va a lo suyo. Los comisarios duros de mi época y mirá que había tigres, ahora estarían dirigiendo el tráfico frente a las escuelas. Aquella era otra gente…

José sabía escuchar, era muchacho despierto de buena madera al que le faltaban horas de navegación. Sabía cuidarse sin caer en chambonadas de principiante y tenía por delante un futuro envidiable. En el trato con los vecinos del barrio José era servicial y hasta tímido; algunas noches, en esquinas oscuras de la ciudad, con un 32 corto empuñado en la zurda, asomaba su firme vocación, le salía una voz de asaltante decidido capaz de desalentar toda resistencia.

-La guita o te quemo.

Las veces que debió apelar a esas changas mano a mano usaba pocas palabras. Desde botija aceptó que su estilo estaba en la síntesis, el aplomo seguro sin temblar y la convicción –resultado de encontronazos con la contrariedad y alguna que otra dolorosa enseñanza- de que era mejor trabajar en solitario, sin depender de estados de ánimo imprevisibles. Recordando su historia fue una pena comprobar que las virtudes más arraigadas y mejores suelen volverse en contra, hasta resultar decisivas cuando la suerte cambia de rumbo.

Cuentan que José había nacido en la Curva de Maroñas, un barrio obrero de cuando había fábricas con sirena llamando a misas proletarias a las cinco en punto de la tarde. Barrio alegre en carnavales irrepetibles y aniquilado en su vida sencilla, como pasó con otros tantos cuando las circunstancias cambiaron. José llegó a terminar la educación primaria en la escuela pública de la zona y a jugar dos temporadas, con buen suceso, en las divisiones inferiores del Danubio Fútbol Club, equipo de la barriada fundado por una familia de inmigrantes centroeuropeos. La camiseta de Danubio es blanca y le atraviesa el pecho una diagonal negra, como un antiguo estandarte en ruta a las cruzadas.

El muchacho quería caminar a su destino por el túnel sin tapones en los zapatos, a José le gustaba vestirse bien y le faltaba dinero para satisfacer su pretensión. Por ello, más otras razones que ya importan poco descartó aguardar el éxito prometido en los estadios del mundo y se aplicó a acelerar su capitalización. Convencido del porvenir, queriendo aprovechar su agilidad felina mejorada por el entrenamiento, le pareció necesario y normal filtrarse por la ventana trasera en la tienda de un judío de la Avenida Ocho de Octubre, bastante cerca de su casa.

-Lo hice para llevarme una camisa de verano que me estaba haciendo falta, nada más, dijo José. Estando ahí me vino una emoción nueva, distinta a todo lo anterior y eso que había salido campeón invicto con la quinta división… qué le voy a contar a usted don Marcos.

Malhumorado por la falta total de planificación, queriendo pasar bien rápido esa novatada, José se llevó todo lo que pudo sin criterio. Cuando entendió que si usaba algo de lo sustraído corría el riesgo de deschavarse en el barrio, malvendió a unos atorrantes del Hipódromo, reducidores de lo peor, el producto de su debut. Se desquitó de esa contrariedad de principiante comprando, en la misma tienda que había robado, dos pantalones en oferta y pagó plata en mano.

-Tampoco era que estuviera arrepentido, pero el judío era buen tipo.

El dato de la escalada nocturna se filtró, parece que lo entregó uno de los reducidores apretado en un interrogatorio y con algunas cañas de más. Lo cierto, es que una tardecita se llevaron a José en patrullero a la Seccional 16 como sospechoso de hurto. Lo tuvieron demorado todo el fin de semana, no reconoció el robo ni dijo al salir cómo lo trataron mientras estuvo detenido; aguantó a pie firme el chaparrón y el lunes tuvieron que soltarlo. De algo sirvió la experiencia, al pisar la calle supo cuál era el lugar que el destino le asignó en la vida, se juró nunca más vivir la vergüenza de estar demorado y ser pateado en el asiento trasero de un auto. Desde ese episodio, del que salió endurecido de carácter y orinando colorado una semana, evitó las malas compañías de boca fácil, cuidó al máximo el circuito posterior a los trabajos y reafirmó su convicción de ser un navegante solitario. En el segundo aprendizaje de respeto y cariño al oficio de malviviente la contribución de Marcos fue decisiva.

Marcos era un vecino de los tranquilos, jubilado de la Administración de Puertos, antiguo contrabandista temido y respetado. Halló en José la oportunidad de revivir, aunque sea de memoria y cuento emociones adormecidas, poder compartir con un mozo que le parecía de ley buenos recuerdos, evaluación de planes disparatados y alegrías cuando un asunto terminaba bien hecho. Puede que por la diferencia de edad que termina acercando, la vecindad que venía de larga data o quizá los asuntos comunes, la verdad es que llegaron a ser buenos amigos. José hallaba en las historias contadas por Marcos, recorridas por coimas fabulosas, contrabandos fantásticos, recios tiroteos en los galpones del puerto de Carmelo contra aduaneros testarudos y bandas rivales tras la mejicaneada –la mayoría verídicas- el aliento necesario confirmando su vocación y la fuerza para proponerse cada vez objetivos mayores.

-Déme suerte don Marcos, es lo que siempre decía.

Aunque marchara a un trabajo sin complicaciones, José visitaba al vecino a manera de manía supersticiosa que pudiera darle suerte. En las horas previas a la concentración total y la lucidez de un estado de alerta permanente, hallaba en el trato con el jubilado serenidad suficiente para proceder sin prisas propias de su edad. Marcos creaba la atmósfera de un padre orgulloso antes de que el hijo realice una intervención quirúrgica de alto riesgo. Durante esos encuentros hablaban de cualquier cosa, buscaban y hallaban temas de escasa trascendencia, sin entrar en detalles de la operación inminente, tomaban una copa. Lo importante era estar juntos.

Al otro día, dando por descontado el suceso de la changa, José invitaba a Marcos a almorzar en la parrillada del Club Unión Ciclista. Allí pedían algunas achuras, dos porciones de asado y una botella de vino embotellado.

-Fue una serenata, decía José.

Recién en los postres aparecían los detalles divertidos de la incursión, las anécdotas de la noche pasada contadas por José y disfrutados por Marcos con nostalgia, resignado de no estar para esos trotes. Esta segunda parte del ritual de la buena suerte era más distendida, las despedidas igual nunca alejaban del todo la inquietud, intraducible para ambos en palabras concretas. Marcos le decía adiós con la reticencia de imaginar a José embarcándose de polizonte en una aventura temeraria, desaconsejable; él lo sabía despierto para insistir en consejos recurrentes y prescindibles. Se contentaba con templarle el ánimo con fórmulas sencillas, como haría un entrenador de fútbol de corta imaginación; dejando caer como al descuido que abriera bien los ojos, porque en la calle estaban pasando cosas raras. A pesar de sus escasos veintidós años, José se manejaba con la seriedad de un profesional veterano con horas de vuelo en el oficio.

Cada vez más tomaba mejores precauciones y si era ladrón por voluntad evitaba vivir a lo ladrón, quería la plata para ser un hombre distinto al que era durante el trabajo. Con algunos éxitos en su haber que pudieron darle una excesiva confianza, igual prosiguió su vida sencilla; engrosando con discreción una cuenta en dólares a la espera de un golpe grande de la fortuna y así poder subir de categoría, en el oficio y la vida.

-Es así don Marcos, decía José. Cada uno tiene su sueño escondido.

La pena es que José se quedó sin tiempo para contar cuál era su sueño secreto y en el vecindario eran pocos los que sabían realmente en que andaba metido el crack inconcluso del Danubio. Los otros lo creían mecánico tornero, puede que repartidor de cigarrillos en la zona balnearia, detalles laborales que también dejaron de interesar.

Por esos tiempos se había perdido el entramado de convivencia entre los vecinos, cada persona, cada familia, cada casa se enclaustraba en sus propios asuntos y cuanto menos se sabía de los otros mejor. Hubo que aceptar que el régimen autoritario se anotó un buen tanto trastornando la costumbre de saludo y almacén, instaurando la desconfianza y un miedo basado en la miseria; alejando como apestados a quien tenía un cuñado en el sindicato textil, de otro con un primo telefonista en identificación civil. La palabra vecino sonaba diferente, parecida a metido en algo y delator.

-Para hoy anuncian temporal, dijo Marcos. ¿Te embarcás igual?

-Mejor don Marcos, mejor. En la costa se apagan todas las luces y me gusta pescar a la encandilada, mejor don, contestó José con entusiasmo de suplente que entra en la cancha para el segundo tiempo.

Al otro día -como sucede al primer amanecer luego del naufragio- tuvo sentido cada imperceptible error en la rutina previa, mientras la marea trajo indicios y señales de peligro mal interpretadas. Después cuando es tarde, los detalles pueden explicarse y conjeturarse una broma macabra de los elementos. Así son las cosas en los avatares del destino entre la gente pobre, más próximo a curanderas de barrio que de cartas astrales diseñadas por computadora, formas de lunas de Saturno, grados alterados de constelaciones en fuga hacia la expansión y que pudieron acaso prever lo sucedido.

José era un hombre sencillo para salir indemne de la selva compleja de símbolos violentos y que necesitó destruirlo para seguir alimentándose. Fue una verdadera lástima, era un muchacho que prometía.

-Vida de mierda.

Fue lo único que dijo Marcos cuando le anunciaron la muerte de José unas horas más tarde. Sin decir una palabra más, al mediodía se vistió con camisa limpia y marchó a la parrillada, la misma de los días después de una noche ajetreada para el muchacho. Por cábala se sentó en la mesa de siempre, ordenó más que pedir achuras, asado y vino para dos. Comió despacio lo que le trajeron, se tomó hasta la última gota de vino sin decir una palabra; tampoco se olvidó del flan doble con doble ración de dulce de leche. Se fumó dos cigarrillos, pagó, saludó atento como siempre y salió para nunca más volver a pisar el local.

Marcos estaba convenido de estar viviendo una pesadilla, no quería saber de pormenores en tiempos donde las muertes tenían causas diferentes a las razones declaradas y todo aquello que pudieran contarle era, desde antes, una mentira asquerosa.

– ¿El José? no, no… eso sí que no. Ustedes qué sabrán, ustedes hablan por hablar, decía Marcos.

Nadie lo sacó de su negación firme ni siquiera después que la familia de su pupilo, con tal de recuperar el cuerpo para velarlo, se resignó a la versión de la vida sediciosa clandestina, aceptando una muerte confusa y poniéndole la firma en enfrentamiento con un comando. La madre, viejita y desesperada, construyó en su mente otro hijo del que realmente tenía. Fue la Muerte, el cuerpo acribillado lo que pudo cambiar la vida disipada de José de una vez y para siempre, a muchas millas marinas del sueño acariciado durante años.

-Pobrecito José, decía Marcos varias veces al día. Se embarcó rumbo a un puerto y un viento feo lo llevó a otro, sin que él lo quisiera. Viaje de mierda, vaya uno a saber…

*

Aquella noche, cuando José salía de la casa de Marcos la radio anunciaba la tan llorada muerte de Elvis Presley por razones que aguardaban la autopsia. A pesar de tan irreparable pérdida para el cosmos, el viento soplaba fuerte indiferente a los viudos del rock, trayendo un penetrante olor a mar embravecido y salado. En el cielo una capa de nubes más que negras cubrió desde abajo la bóveda celeste y ni la Cruz del Sur se distinguía, dejando a los navegantes desorientados, abandonados a su suerte. El marino experimentado, castigado y prudente hubiera aconsejado permanecer en puerto, asegurar amarras, un pescador temerario de seguro lo hubiera pensado más de dos veces, antes de encender el motor y preparar las redes.

Las tragedias necesitan la excepción, un navegante solitario sin tradición de vientos ni corrientes contrarias, que jamás superó el estrecho de Magallanes, poco y nada entendía de descifrar los signos en el cielo. De arriar velas con celeridad y pericia en la inminencia de la tempestad: él sólo buscó protección en la peligrosa ensenada del coraje dándose ánimos. El navegante solitario supuso en un error de cálculo, que sin tormentas desafiando no hay hazañas marinas, pensó estar preparado para mandar a dique seco los lentos galeones enemigos y abordar por asalto a estribor los grandes portaaviones.

Hasta la caída de esa noche el muchacho, sensato y enemigo de la violencia estaba satisfecho con la costumbre mansa de operar en barrios parecidos al suyo; eso estaba bien para sus habilidades. José sacaba un sueldo regular y ahorraba esperando la gran oportunidad, porque cada vez más lo seducía la buena ropa. Así como otros muchachos de su edad contemplaban absortos alucinantes equipos de audio japoneses en los comercios y relojes Rolex con pulseras de oro, José se extasiaba delante de las vidrieras de la Avenida Dieciocho de Julio que exponían la colección clásica de Burberry’s. Lo hipnotizaba la perfección ambarina de los botones, el cuadriculado brillante de los forros de seda, los pespuntes parejos en los orillos y ello sin conocer los lugares de Montevideo a donde ir vestido tan elegante.

En conversaciones discretas con gente de absoluta confianza, Marcos sostenía que José tenía madera de la buena. Con un poco de pulimento social podría llegar a ser uno de los grandes, decía que Caracas o Miami por el cosmopolitismo serían buenos lugares para completar su aprendizaje y emprender el despegue profesional en serio. Nunca pudo ser como pensaba Marcos, porque José eligió precisamente esa noche –o algo fatídico eligió por él- para tentar un cambio desafiando a la suerte. En lo previo no había razón para explicar por qué a último momento descartó un dato seguro, la casa del ferretero del barrio La Comercial que estaba de vacaciones, para decidirse por mansiones mal conocidas de Punta Gorda en la costa de la ciudad. Quien sabe, un golpe de viento imprevisto, el pálpito como en la lotería, la superstición engañosa de que había llegado la hora de la gabardina inglesa y el avión para llegar a Bogotá; donde Ignacio y José Luís, dos amigos que conoció en el Casino, lo conectarían con gente influyente y los grandes asuntos.

Fue una de esas noches oscuras y traicioneras de Montevideo mientras suceden cosas inadvertidas. Más en esos años cuando era mayor el engaño del pasado, habilitando ilusiones imposibles de cumplirse; donde un muchacho puede, de pronto, creer hallarse ante el sencillo tránsito a una vida mejor. Cegado e imprudente, José apostó con la íntima impaciencia que se siente ante el anuncio de la última bola en la ruleta. Olvidó las palabras prudentes de Marcos desoyendo el temporal que se venía, hizo caso omiso del dolor persistente en la nuca desestimado por pasajero.

De haberse quedado otra temporada entrenando en el Danubio, José estaría jugando en el exterior y esa transferencia nunca puso ser. En los barrios pobres de Montevideo la juventud se disolvió como los panaderos de la infancia. Sin casi darse cuenta la gente conocida pasa directo de la niñez con perro a la vejez sin conciencia del cambio, sin mediar distancia entre el trompo y la artrosis, sin tiempo para soñar entre la túnica escolar remendada y las noches de insomnio.

La oportunidad de zafar de la costumbre pertinaz de las generaciones llega al convertir el gol sobre la hora, delante de un estadio repleto, subiendo de madrugada al carguero con pabellón chipriota y sin preguntar sobre el punto final del viaje. José pensaría en ese tiempo inexistente cuando paró el ómnibus que lo llevaría a la zona de su último destino. Era cerca de medianoche, él prefería la magia de esos minutos que cambian el día obligando a desplegar la intuición, que tanta suerte venía dándole hasta ahora y esa noche esperaba le cambiaría la vida. “Cuentan que Bogotá es especial para nosotros” decía José.

Como un boxeador de gimnasio miserable sueña con las cuerdas del Madison Square Garden y un violinista de conservatorio familiar lo hace con la filarmónica de Berlín, José imaginaba su utopía bajo la forma del centro de Bogotá. José recordaba a sus amigos de la infancia perdidos en los nombres de Alice Springs, Toronto, Detroit y Barcelona, tratados hasta que les llegara la muerte como ilegales indocumentados y ahí sentía el rabioso orgullo de ser delincuente. “Mierda si piensan sacarme la alegría de tomar aguardientico hasta la berraquera con los compadres de Bogotá”, pensaba urdiendo la revancha.

Los más requeridos necesitaban respirar otros aires mejores, como hicieron las putas uruguayas que enfilaron para el norte de Italia. José quería aterrizar en El Dorado enfundado en una auténtica gabardina inglesa “aunque me derrita de calor” para empezar una nueva vida, donde “no sólo los estafadores de guante blanco viven como señores.” Era hoy y ahora o nunca. José estaba harto de cargar con objetos de segunda mano que pesaban demasiado y le hacían decir que más que ladrón era changador.

Lo jodido es que eligió –o algo eligió por él- la noche equivocada para empezar a lo grande. Procurando ordenar la ansiedad, perjudicial en estos casos y ordenando pensamientos confundidos, es difícil irse del país a buscarse la vida en otra tierra. José llegó primero a la zona más movida de Carrasco, donde el Casino prolonga la actividad hasta bien entrada la madrugada. Caminó unas cuadras para acostumbrarse al ambiente y luego se instaló en el bar Arocena y pidió una cerveza Norteña. Mientras hacía tiempo le gustaba curiosear a esos medio colegas apasionados de la ruleta, noche tras noche repitiendo la insalvable alternancia de dolores y alegrías, persiguiendo como ciegos la martingala mágica que destrone reglamentos municipales y ponga K.O. un rojinegro azar numerológico.

En eso estaba cuando, desde afuera del bar llegó una voz extraña, tristísima.

-Ahora cualquiera es puto, decía la voz de alguien parado a unos tres metros de la puerta. Puto había que ser en mi juventud.

El hombre de la calle era bastante mayor y pequeño, por lo escuchado su voz tenía un inconfundible acento italiano del sur que medio siglo de vida de inmigrante no pudo suavizar. Vestía pobremente y fumaba un cigarrillo armado a mano que pitaba a un ritmo de nocturno, tenía las uñas negras de tierra en los bordes y cargaba, siendo tan tarde, una bolsa de lona gastada de donde asomaban puntas de útiles de jardinería.

Una vez concluido su pequeño parlamento dirigido a los parroquianos que quisieran oírlo, nadie le dio la réplica. En ese lugar de la ciudad y a tales horas, la gente de la noche escucha con respeto cuando adivina en las voces ajenas la densidad de una tragedia; por fortuna, generalmente asoma en contrapunto una broma ingeniosa y sin maldad, que puede disolver los malestares pasajeros, cierta incomodidad sin solución.

Fue el camarero del bar, un hombre regordete y joven con ostensibles bigotes negros, habituado a esos episodios que escapan de la rutina, quien dijo mientras parado junto al mostrador cargaba la bandeja de botellas y vasos:

-Baje el tono y sin insultar, carajo.

Los parroquianos aprobaron y José sonrió por la salida del tipo sin saber que sería la última vez. Afuera el hombrecito de la declaración pitó su cigarrillo dos veces, parecía buscar la forma más amable de encajar la advertencia amigable de su público, pero a la vez queriendo reafirmar su sentida verdad; paladeó el regusto fermentado de la grappa excesiva hasta que al fin se decidió.

-Claro… ahora cualquiera es homosexual, homosexual había que ser antes.

Después, muy bajito entonó una olvidada melodía de amor seguro que posterior a la marcha sobre Roma, lagrimeó un poco, se sonó los mocos con un pañuelo arrugado y sucio y caminó hacia el fondo de la noche, al encuentro imposible de sus jardines nocturnos, recordando algún amigo amado de los tiempos de la pasión audaz, cuando los besos secretos lograban disipar el miedo de la vejez que aguarda.

En esa hora de los otros, varados en arrecifes que apenas asoman a la superficie del mundo e islotes sin conexión, nadie festeja las desgracias ajenas más allá de la explosión de la gracia. Bastaba estar ahí al borde concurrido del barrio más aristocrático de la ciudad, bebiendo cerveza sin molestar a nadie y a la espera. Fastidia la torpeza de algunos señoritos, que llegan al bar Arocena tan tarde en la noche y deciden estar en la cantina de una cancha de rugby, entre gentlemans pitucos viviendo el tercer tiempo.

Afuera estaba cada vez más ventoso y crecía el espectáculo de una tormenta eléctrica, anunciándose a lo largo del horizonte marino visible desde la costa montevideana, dejando en evidencia luminosa cargueros de conteiner, largos petroleros aguardando la aurora para ingresar a puerto sin peligro. Los últimos ómnibus de línea regular ya partieron a la Unión y al Cerro a guardar, en la parada de taxis dos coches languidecían aguardando una llamado telefónico improbable. Los tacheros se protegían del tiempo en la cabina del largador escuchando radio, tomando mate y fumando.

Al salir del Arocena José aumentó su contento con cada trueno más violento que el anterior; se subió la cremallera de la campera azul de piloto de la fuerza aérea norteamericana, disfrutó los sonidos salvajes llegando de la playa. Tampoco era una noche apropiada para caminar por la costa; José prefirió indagar el laberinto trazado por calles interiores mal iluminadas, permanecer pegado a los portones y arbustos sin hacer caso de los perros ladrando su condición de guardianes. Guiándose apenas por escasos focos -oscilando en la sombra nocturna de árboles sacudidos con inusitada agresión- vio un par de autos trasnochadores buscando la protección de los garajes. La lluvia, todavía una mansa llovizna indefinida le humedeció la cara y los cabellos. Hoy estaba decidido a regresar a casa alivianado, nada de cargas agotadoras, quería dejarse llevar por el olfato adiestrado, alzarse sólo con piezas importantes -platería, joyas, relojes, efectivo-, que llenaran una mochila deportiva, sin llamar la atención en la rotación de los taxis utilizados para el regreso a la Curva de Maroñas.

El navegante solitario se atrevió a la tormenta, sustituyó la brújula mareada por el mismo sonido en cada bocacalle de oleaje, cercano, impetuoso y él creyó -ingenuo- que era suficiente. La tormenta al tercer intento apagó las balizas del alumbrado público, esas inciertas boyas desconfiadas de reciente y traidora ensenada montevideana; resistían los faroles referenciales en jardines privados indicándole una ruta traidora a muelle seguro. Durante esa navegación a tientas no se escuchaban sirenas advirtiendo de otras tripulaciones a escasos nudos de distancia. Acaso el bramido de una moto desgarrando la noche, simulando un cardumen de atunes atormentados suprimido por un trueno terrible. En algunos tramos breves José dejó que la tormenta obrara, dejándose arrastrar al impulso orientado de la furia nocturna, como si hubiera desplegado la mayor de las velas, soltado el timón enloquecido, encauzando la deriva deseada por un viento prescindente de las rutas humanas.

Emulando las migraciones filmadas de ciertas especies habitantes de las aguas profundas, él podía marchar así cuadras y cuadras, confiado en llegar sin novedades al objetivo difuso. Nada mejor para capear el temporal -pensaba- que usar la imaginación, suponerse disfrutando la primera cena en Bogotá donde primero comen la fruta y dejan la sopa para el final. Era un momento inapropiado, igual trató de concebir el gusto del ajiaco y el guiso montañero del que tanto le hablaron, de la papaya preparada con cremas. José quería figurarse la ciudad colombiana y aunque le faltaran elementos tangibles de comparación, la suponía más grande que Montevideo y con infinitos autos concentrados en las calles principales. Cuando estaba trancado en el tráfico intenso bogotano, se le metía en la cabeza el casamiento de la hermana; lo bueno fue que el juez vino a la casa para la ceremonia. Bajando de un auto grande y blanco de esos de aeropuerto podría pasar las dos primeras noches en el Tequendama entrando en ambiente. Nunca supo quién pagó la fiesta hasta con camareros de saco blanco pero debió ser la familia del novio. Pedir que toquen una cumbia; él era chico pero se acordaba de la gente bailando en el patio hasta que el cielo clareó. Tomando muchos tragos pues aquellos son especialistas, no tanto como el novio, el rey del papelón, que terminó vomitando parado contra un árbol y la hermana llorando histérica, que quería devolverle el anillo, reclamarle públicamente la honra –aquellos deberán explicarle el asunto de las esmeraldas falsas, que según cuentan es el pan nuestro de cada día- aunque lo perdonó y se fueron llorando de emoción rumbo a la luna de miel en una casa cerca de Punta del Este. Quedó pizza para seguir comiendo una semana; pero allá nada de hambre, de sol a sol a lo grande como señores importantes. Siempre que no asome la pava, la mala suerte de mierda, tocar madera sin patas, madera de barco.

Pensando tonterías así te pasó el tiempo más rápido aquella noche Josesito. Estabas jodido desde el pique y vos, boludo, ni cuenta te diste y eso que pasabas por ser un botija despierto. La habías chingado feo hermano, pobrecito, pero no lo sabías claro y ahora estás del otro lado.

Mierda de Bogotá. Desde ahora que tu hermana se marchó ilusionada con el atorrante del marido hacia la vida nueva, es embromado seguirte y más sabiendo la mala manera cómo te cagaron. La verdad de tu final quedará a duras penas y si queda, entre amigos dispuestos cada tanto a impedir que te mueras del todo. Si la suerte casi siempre parece injusta no hay derecho de morir así como a vos te mataron. ¿Sabés qué comentó el viejo Marcos que era como un padre para vos después de aquello de vida de mierda?

-Estoy seguro de que José bajó la pendiente como un gato barcino y encontró el chalet, mire si no… Tenía madera y en algo se equivocó. Le faltó distancia en el peor momento y calculó mal el salto grande. Viajaba en un remolcador y de pronto, se encontró cruzando un mar en guerra a bordo de un crucero de placer.

José se alegró cuando después de una hora de marcha sin discernimiento identificó la cuadra de la cual, hacía tiempo, le dieron unos datos confusos. Durante el día el chalet mostraría sus ladrillos parejos, tejas en declive, el blanco de las paredes y rejas. Esa noche la zona estaba oscura y José debió decirse como boca de lobo. Los pocos autos que circulaban a esa hora en la zona preferían la calle que pasaba por encima del montículo, más arriba de las casas. A primera vista todo sería más sencillo de lo previsto, el farol del jardín estaba apagado y el césped descuidado con profundas marcas de neumáticos en la tierra blanduzca. Si los propietarios, como creía recordar José que le contaron, estaban por Europa y si el cuidador era bastante mayor, entonces él podría trabajar sin peligro a la vista. “Con esta noche de perros el veterano estará roncando a pata suelta, pegadito a una botella vacía de tinto y a una parda mayorcita del vecindario” pensó José.

Mientras se entretenía con esas reflexiones optimistas, calculaba por dónde entrarle mejor a la casona. Las puertas de acceso principales estarían selladas con cerraduras Star de las triples, el musgo en balcones y pretiles sería un peligro adicional al santo pedo. “Como a las viejas, por atrás y por el sótano” concluyó. Con un golpe de vista y sin dudar estableció el itinerario de muros, saltos y escalamiento hasta el jardincito posterior infaltable, allí donde estarían alineadas las cocheras y el parrillero; si hubiera perros guardianes tenían que haber ladrado. José aguardó agazapado como si esperara la largada de los 100 metros llanos aprovechando un redoble de trueno para iniciar las maniobras. Sin peligro a la vista de ser descubierto, se trataba de evitar el mal paso y asegurar cada movimiento.

La cosa venía bien, trepando por una cañería exterior en buen estado, llegó sin contratiempos a un patio hormigonado como arrasado y sin rastro de ninguna planta. Lo extraño es que le pareció estar en otra casa a la imaginada desde la vereda. Del lado de atrás de la edificación, transparentes altísimos y descuidados formaban una muralla verde compacta que la mirada era incapaz de atravesar. Fue entonces que -contrariado- escuchó en el interior de la casa la confusión de voces y breves mensajes radiofónicos. Lo primero que pensó para contrarrestar la circunstancia inesperada, fue que había metido la pata; se le había escapado algún detalle tontamente pasado por alto y pensó en tanto trabajo desaprovechado. Josesito se quedó quieto como un gato.

Ahora mismo de nada sirve advertir que debió haber subido, nadado, escarbado, volado, reptado, desaparecido… hacer cualquier cosa para salir de ahí; él se quedó como hacen los muchachos de barrio las tardes cuando ven, en vidrieras del centro de Montevideo, gabardinas inglesas expuestas con buen gusto. Como lo hizo tantas veces releyendo la carta tentadora de los compadres de Colombia, pensando un futuro de vacaciones a lo príncipe en Cartagena de Indias, dejándose impregnar en todo el cuerpo por el invisible bórax de Cali, donde sin mucho trámite desde las pendejas a las viejas tiran todo el día.

¿Quién puta te convenció esa noche de que eras el hombre invisible? ¿Por qué mierda te atraía como a un imbécil la luz emboscada de los ventanales? Primero subió la escalerilla y luego se asomó hasta ver en el interior a dos tipos leyendo revistas deportivas –El Gráfico de Buenos Aires y una chilena de Artes Marciales-, sentados junto a un equipo de transmisión emitiendo incesantes mensajes en códigos incomprensibles para José. Estaba atento a la escena pero los latidos del corazón, segundo a segundo más parecidos a un creciente conjunto de tamboriles, se lo impidió. Quiso acallar ese sonido involuntario y se tiró al suelo, renegando por haber entrado a la casa de un radioaficionado que joden de noche cuando el cielo está menos cargado. Esos pelotudos que les encanta conversar dándose siglas de espía diciendo cambio y fuera, hablando del tiempo al otro extremo del mundo.

De poder José se lo hubiera contado al viejo Marcos eso de la casa de los chascos.

-Sabe don Marcos, era cierto: alguno en Europa había, pero lo estaban buscando por onda corta. Eso se llama andar torcido.

Aunque el ánimo lo tenía por el piso, José igual pensaba contarle al viejo la macana para mearse los dos juntos de risa. Lo importante ahora era salir quieto de la casa, mansito como un gato educado; se arrastró sin buscar y la casualidad, o esa suerte fallida para elegir la casa que le cambiaría la suerte, lo condujo hasta la trampa del sótano, dejada ahora para otra oportunidad más favorable. La puertita estaba abierta y coherente con la parcela de condición humana que le correspondía, José sucumbió a la tentación de mirar hacia el interior, por si un día de estos. Durante un instante supo lo que vio, un relámpago de la conciencia sin darse cuenta de lo que era en verdad: luz indefinida, tres tipos en mangas de camisa, un cuerpo atado de mujer, gritos de dolor tapados por la algarabía de una cumbia colombiana a todo volumen, gente entrando y saliendo, otros cuerpos tirados por ahí. Se quedó sin tiempo para más y eso que pasaba por un muchacho despierto, de empezar a entender.

De la escena confusa que observó se supone que, de haber sobrevivido debió recordar tres momentos encadenados: una mano grande apretándole el hombro izquierdo, dejándolo clavado al hormigón, la resignada voz paternal del hombre mayor que le dijo “mala suerte pibe” y un estampido resonando en la nuca. Ruido brutal parecido a todos los motores de Bogotá a la seis de la tarde, a la explosión del torpedo de una pulgada perforando el cerebro marinero del navegante solitario del Danubio; al que lo perdió salir a pasear por cubierta, plantando cara al viento caliente del Caribe y luciendo su gabardina inglesa con forro escocés de seda.

La diana del tiempo

Me embarqué afiebrado y con jaqueca persistente en un viaje –sin regreso al punto de partida y dentro de otro trip alucinante- una mañana sofocante en el puerto de Maracaibo, hace de ello una cantidad de semanas sin contabilizar. La situación inicial así resumida resulta incomprensible, podría hasta aceptarla por desidia en alguien sin ser yo mismo, cualquier personaje anónimo orbitando a ciegas en otra vida.

A comienzos de octubre del año pasado obtuve el diploma superior en Informática, con las mejores notas y felicitaciones del tribunal del examen final; consistió en la simulación verosímil de un hipotético sitio inexistente, sobre ofertas inmobiliarias de residencias de alto standing. Mi modesta ambición inmediata, era hallar una estabilidad laboral cómoda lo más pronto posible y por el resto ya vería. Con la técnica adquirida en siete semestres intensos, podría rondar por el mundo virtual abriendo contactos potenciales, cerrando pantallas superpuestas y sin necesidad de moverme del lugar de trabajo. El destino a la antigua idea aristotélica o algo programado con teclado que se le parece decidió lo contrario.

Desde que tuve el diploma entre las manos, los estímulos sedentarios se vieron contrariados por una serie de episodios salidos de un sofware desarreglado. Atacados por el virus del desánimo creciente, acelerando antagonismos a mis planes hasta configurar el conflicto irreversible: un lifegame hiperrealista de vidas virtuales paralelas que me atrapó en su interior. Clausurando en simultánea los portales de acceso y escape, haciendo que cada día de veinticinco horas permaneciera abierto e inacabado; y el sueño sedado prologara el imperativo “continuará” de incertidumbre al final de cada ciclo completo.

Un tío materno influyente en el medio, que apenas conocía de rumores, consejero fiscal de las más sólidas empresas financieras de plaza, me prometió, puede que a la ligera y por compromiso familiar, un cargo de responsabilidad con perspectivas de subir. Ascender repitió, escalar sin tropiezos, trepar pudo agregar en su propuesta, de promoción asegurada a niveles superiores luego de balances positivos en una de las firmas que él asesoraba. Dos días antes de la entrevista decisiva que cambiaría mi vida, separándome del mar picado de los mortales, mi tío falleció por una emboscada de la inasible relación causa efecto. Sin dejar explicaciones de su acto brutal al parecer inesperado y sin mensajes de despedida a los seres queridos, se lanzó al vacío desde el décimo piso del edificio donde funcionaba la empresa consultante. La esposa, desconsolada, repetía insana que fue un asesinato por contrato; ella alegaba en medio de la histeria acusadora, que su marido nunca manifestó tendencias suicidas, que la situación financiera y afectiva entre ellos estaban en regla. Nadie del entorno laboral ni de las autoridades consideró esa hipótesis de viuda desequilibrada con seriedad y optaron por rubricar el gesto espontáneo que todo lo clausura.

La única oferta que apareció, para sacarme del callejón laboral que se perfilaba luego de los funerales sin misa de cuerpo presente, llegó del extranjero. Fue así que en pocas horas mi situación cambió de andarivel; hallé la fuerza necesaria para salirme de la órbita conocida, al punto que terminé interrogando el sentido de habitar mi ciudad, la circunstancia amenazante que me acosaba y nutriendo por tanto la urgencia de partir lejos por una larga temporada. Busqué dónde en el mundo conocido podría estar esa irrupción de la movilidad y todavía con el trauma de la caída al vacío de alguien que prometió, por el contrario, la estratosfera amable de la sociedad ganadora.

Parecía cumplirse un circuito imperfecto dibujado durante la infancia: la lectura de libros de aventureros de levar ancla y esa obsesión que tenía mi abuelo paterno por el proyecto boicoteado del Submarino Peral. Yo prefería de niño –en el estante desordenado de las novelas familiares- la ilustrada por la fuga tras lo ignorado que la reciente próxima induciendo al suicidio. No es que mi abuelo fuera marino de guerra ni ingeniero naval que pudiera justificarlo, era un emigrante tipo comercial que terminó su vida laboral en el Correo y para distraer las vicisitudes de su alma peregrina por varias ciudades, se aferró como un talismán narrativo a la historia del ingeniero fallecido en Berlín un 22 de mayo, día de San Emilio. Isaac Peral tenía para mi abuelo algo sublimado, entre el héroe incomprendido que compensa las fallas personales y el modelo de una vida alternativa. Era el padre de mi padre y terminó mal de la cabeza; de cierta manera natural su sino presidía el azar de nuestra familia, originaria de Cartagena de allá a la cual un movimiento de la historia militar, las finanzas de acciones en caída y el comercio de una región siniestrada, la llevaron a ser americana. Educación laica con guardapolvo blanco, moña azul, cerebro formado con el gusto por la tecnología e indiferente a cuestiones escatológicas, él no tenía problemas de identidad vinculados a una historia desgarrada y la religión.

Me sentía ciudadano de la patria Google utilizando dos pasaportes indistintamente, más que de saber quién soy me preocupó -desde pequeño. programar lo que podría llegar a ser y hacer; menos buscaba papeles en archivos y parroquias, desandar la ruta tribal de mis ancestros de forma insistente por un presunto instinto del eterno retorno. El camino de Santiago se hace en un solo sentido marchando por etapas a campo traviesa, evitando embarcarse en un avión tubular sin quilla ni cubierta. Un botafumeiro ideal oscila en el aire trazando la línea imaginaria, el péndulo en las antípodas de los orígenes y que es donde empieza la senda interior que importa.

Estudié perseverando escala a escala, para navegar por océanos de mensajes con piratas emboscados en cada portal y el saber acumulado del mundo a tres maniobras de los dedos. Nací y vivía en una ciudad de puerto del Atlántico sur; entradas y salidas de barcos a los muelles, tirados por remolcadores negros como naves aqueas, anclados en aguas territoriales esperando turno, internados en astilleros para reparaciones de urgencia, estaban más fijadas en mí que las otras extensiones americanas. El corazón palpitante del desafío estaba más cerca del mar que de la selva.

“El complot, siempre el complot…” decía mi abuelo refiriéndose a las desventuras de Peral y Caballero ante la envidia de los mandos, malogrado inventor universal a quien la pasión de las profundidades y su estrategia bélica, le provocaron el mal invasor que termino por matarlo. Traidor torpedo cancerígeno, que hundió sus elucubraciones de batallas marinas decididas por el factor sorpresa. Las obsesiones persistentes lo que tienen es la capacidad de trasmitirse en secreto dentro de la familia. Ninguno de mis primos y hermanos recuerdan esa anécdota del abuelo, referida al prototipo conservado en Cartagena al aire libre; como si él mismo hubiera segmentado su vida, decidido legarle una escena precisa a cada uno de los herederos de la memoria. A mí me correspondió ese asunto del submarino postergado y que aguardaba el momento oportuno para salir a la superficie.

Mi combustible para desprenderme del duelo familiar se llamó Interim Ltda. y el capitán a cargo Mr. Hermann, un gringo emprendedor que reclutaba personal para la nueva sucursal de Maracaibo que estaba por abrirse. Allí fui sin hacerme preguntas y no hubo estafa porque nada me pidió a cambio. Entre mi aceptación inmediata y la llegada a Maracaibo, debió de suceder algo terrible en Austin, Texas, donde estaba la sede central de la empresa. El plan Interim Ltda. pensado para conquistar el mundo del futuro explotó en pleno vuelo, tocado por el misil del mercado fluctuante; algún contrato petrolero se vio en dificultades, una comisión quedó sin liquidarse a intermediarios rencorosos, un comando de mercenarios se alzó con el poder en un país impronunciable, hubo un conflicto de espionaje industrial, las acciones cayeron de un cierre para otro de la Bolsa americana, y me hallé por ello en el estudio del abogado encargado de gestionar el naufragio empresarial.

-Le pido disculpas en nombre de la empresa por las contrariedades ocasionadas, me dijo con un tono amable que mantuvo hasta el final de la entrevista.

-Es un escándalo, dije defendiéndome del despojo de mi paquete de acciones y planes de futuro. No me queda otro remedio que denunciarlo en la red, repliqué.

-Ni lo intente, dijo. Sería hombre muerto.

Era la primera vez en la vida que me amenazaban de muerte mirándome a los ojos. Si temí la probabilidad y condiciones efectivas del gesto, viví también un momento de plenitud, como si lo hubiera aguardado durante largo tiempo.

-Entiendo su situación, pero así son las cosas. Es lo más que podemos hacer por usted que viene de tan lejos, dijo y me extendió un sobre con dos mil dólares americanos en billetes de cincuenta. Tome por las molestias ocasionadas, agregó y ni siquiera me pidió firmar un recibo.

Preferí callar haciéndome el desentendido. Aquí no ha pasado nada, guardé el sobre que contenía el costo de mi vida en el mercado, la cotización de mis bonos al portador después de la quiebra. Valía menos que un mes de salario, ese dinero contenía una enseñanza sobre la que debería meditar a la brevedad. Aquello era una enormidad de dinero pensando en una semana de vida y de haber estado en mi ciudad natal. la situación habría desatado la angustia. En esa circunstancia debía estar alerta, ya que el sábado próximo quedaba bien lejos del presente.

Una hora después de la entrevista estaba bebiendo cerveza en una plaza con palmeras de oasis y tenderetes de feria con el minuto presente de acompañante. Nadie me esperaba en casa a miles de kilómetros; en el hotel de un segundo piso de un edificio de tres plantas, que estaba en mi horizonte visual aguardándome, había un cartel escrito en letras azules: HAY VACANTES. Alguno de los paseantes desconocidos podía ser el encargado de eliminarme si pretendía hacer el ridículo del experto ofendido; pudo haberlo hecho siete veces en esa media hora si el contrato por suprimirme se hubiera firmado. En esa circunstancia era un extranjero más en la ciudad, cuerpo vulnerable de paso, meteorito traslúcido sin masa específica. ¿Quién? Nadie, sudaba y comenzaba a oler a intruso desconfiado, lo que no me desagradaba mucho.

La situación parecía dominada habiendo sin embargo en esa plaza una anormalidad flagrante para mis sentidos. Era el encadenamiento de escenas vitalistas: colores chillones naturales salidos de la vegetación, gritos de vendedores callejeros, muros y pasivas pintados a la cal con algo de penitenciaría política, negras jóvenes bellísimas cargando niños de pocos meses, olores penetrantes de comida frita a la intemperie, plátano verde, alas de pollo, calamares picantes y lo indescifrable otro que sentía por primera vez, entendiendo al fin lo que fue la colonia durante cuatro siglos.mEn el momento mismo que saboreaba la independencia de mi nación personal, algo me hacía saber que estaba prisionero del Tiempo y la metrópoli distante era una inmensa máquina de relojería. Viajé con frecuencia no demasiado lejos pero nunca había visto antes esa luz del cruce del mediodía. La colonia no es territorio usurpado a la fuerza sino la noción a contramano del tiempo que nos encadena el deseo; el futuro es lo que menos importa en tales circunstancias del alma. El presente eran las dos horas circundantes: una dejada atrás, la otra que se aproxima exigiendo demasiado del cuerpo y los sentidos.

Hay tal implicancia con esa configuración irrepetible, que uno bebe sin casi respirar la tercera botella de lo que sea para evitar marearse de intensidad. Entonces la experiencia del pasado -de toda la vida que fluye entre los días y que era no más hasta hace tres días- se vuelve remota eventualidad, relato accidentado, objeto metálico extraviado de una cultura ignorada. Era mentalmente en la plaza esa, donde estaba por primera y última vez de mi vida; quizá por ello. cuando la crucé en diagonal un tanto desquiciado, tampoco acusé el temor de la extrañeza ni lo desconocido. Repetía gestos en los cuales me reconocía, moviéndome por las aceras con familiaridad, como si hubiera sido mío el puesto de Interim Ltda. desde hace meses y esa noche fuera a cerrar un contrato con los japoneses, sin temor a que me asaltaran dos navajeros en el camino.

Algo debió haber pasado entre que descubrí desde lejos el cartel y me dije: quiero dormir en ese hotel. Cuando llegaba a la recepción a negociar una habitación doble, que diera al patio interior y no necesitaba imaginarlo el conserje me extendió la llave de la habitación número 18.

-Señor Valle, llegó un telegrama para usted.

Aclarar la situación anómala rectificando el error, decirle al empleado que ese no era mi apellido y nunca había estado en la habitación número 18 sería más complicado de lo supuesto. Hubiera terminado detenido en la comisaría local sin cinto ni zapatos, intentando argumentar siete veces seguidas lo inexplicable. Tomé la llave que me daban como lo hubiera hecho Valle de haber venido cinco minutos antes y me dirigí a la habitación 18, aceptando que a partir de ese diálogo yo era el señor Valle.

Allí estaban mis pertenencias, nada faltaba y me reconocí en estos objetos de un huésped de paso. Por una vez y a pesar del desajuste las certezas no provenían del ordenador. Tampoco quería abrirlo por temor a la sorpresa; a esa hora de ese día equivocado, la informática estaba por inventarse y las mujeres blancas de pelo teñido usaban enormes capelinas. Lo que debía saber para programar los próximos días de mi vida me llegó por telegrama. La última vez que había recibido un telegrama fue cuando falleció mi abuelo, el guardián del templo Isaac Peral.

lamento incidente de reclutamiento por razones financieras. stop. algún día nos encontraremos. stop. es inevitable. stop. amigo valle aproveche para viajar y buena suerte. stop. hermann k. stop.

Una vez que se abre la puerta equivocada, allí dentro no hay descanso e incluso durmiendo sin roncar prosigue andando la máquina de ensoñación. Esa libertad del cotidiano que desconoce causas preliminares hace fluida la conexión entre deseos reprimidos, la acción como si la vida recobrara una actividad y dormir fuera el ensayo general del sueño de la muerte.

A la mañana siguiente la angustia matinal no fue el salario en dólares americanos de Interim Ltda. sino informarme del movimiento de los barcos que salían para Cuba ese mismo día.

-Por dios, tengo que calmarme.

Me dije cuando vi que estaba afeitándome con navaja, que daría lo que fuera por un trago de aguardiente de caña en el momento ese y tenía dólares en un sobre, billetes flamantes firmados por un tesorero de los Estados Unidos de comienzo de siglo. Hacía años que no tenía esa sensación de dinero tangible al punto de olerlo y escuchar el ruido cuando se los pasa rápido sopesando el fajo. Suficientes para poder ir al casino y jugar el pleno máximo al 17 siguiendo un pálpito infernal; pagarme la puta más cara de la ciudad por toda una noche, mandarme hacer tres pares de zapatos de cuero de cocodrilo y comprar monedas de plata Potosí por el placer de escuchar el ruido que hacen al entrechocarse.

Decidí que me dejaría crecer el bigote para parecerme a mi abuelo y alivianar la certeza de que emprendía el viaje a la isla lagarto que él nunca pudo hacer; Cuba era su sueño con fijación y él decía que era incomprensible. Presumí en aquel tiempo que se trataba del efecto mimético de la revolución barbuda, contrariando sus convicciones políticas; luego, me pareció que era insuficiente para entenderlo, ya que abuelo tenía un archivo de recuerdos anteriores a la Sierra Maestra. Como le gustaba la pesca, pensé en una emulación de cuentos marinos y cuando descubrí sus discos de juventud, después que falleció, imaginé que podría tratarse de la música. Ese viaje se lo estaba debiendo y cuando subí al carguero que aceptaba pasajeros, supe por telepatía que emprendía el camino equivocado. Me dirigía hacia alguna forma de perdición y tampoco me importó. Era más fuerte la pulsión de navegar que la prudencia, el único mar que me estaría destinado era ese que estaba mirando y los otros restantes serían para después.

De todas las posibilidades de argumentar mi viaje con una impostura, la de comprar cigarros al mayoreo me pareció creíble. El agente de viaje con el que traté las combinaciones fue eficaz, es probable que me haya estafado y cuando desembarcara no existiera el hotel convenido, ni el vuelo reservado para llegar a Santa Cruz de la Sierra como primera escala; menos aún el contacto con los tabacaleros autorizado por el gobierno a la exportación. Tampoco estaba convertido en un aventurero solitario deseoso de perderse en la jungla de lo que desconoce.

El barco y la tripulación responsable existían en alguna circunvalación de mis pensamientos; si el capitán pensaba suprimir a los pasajeros durante la travesía y robarnos antes de tirarnos fuera de borda, tendría que deshacerse de cuatro cuerpos en alguna de las horas que pasaríamos en alta mar. El tiempo en el mar fluye diferente y es el mar que fluye también de otra manera en el tiempo. Nunca supuse que los preparativos para zarpar duraran tanto y cuando servimos los primeros tragos del atardecer, persistía en el horizonte –era el horizonte- la línea de luz continua de Maracaibo iluminada. Ninguna intención tenía de adivinar la nacionalidad del capitán, ni me preocupé por conocer la entidad de la carga secreta que llevábamos en la bodega.

Lo extravagante resultamos los pasajeros reclutados y tal vez éramos el maquillaje superficial para encubrir tráficos menos mundanos. Quiero decir que esa manera de viajar no respondía al costo del billete pagado cash, sino a alambicadas motivaciones personales; más bien se trata de hacerlo para perfilar la decisión y el objetivo del viaje. Ignoraba si una vez desembarcado seguiría adelante con la farsa de los cigarros importados o buscaría discos de vinílico para completar la colección de mi abuelo. De la misma manera que yo mentía, seguro lo harían los otros tres pasajeros. Valía una vida la noche esa irrepetible en alta mar, era el encuentro de tres instancias absolutas del firmamento estrellado, el viejo océano y la soledad que se ignora para que filtren mejor los pensamientos. Sentía el paso material del tiempo hacia la muerte, lo que pudiera inventar con los recuerdos y aquello que me cobrara la voluntad.

Tuve hasta una evocación de entendimiento por el tío lejano que se tiró desde un décimo piso; en curiosa intersección a un deseo de fijación en lo absoluto, punto indeleble de cruce entre lo que era y aquello que hubiera deseado ser. Bastaba un golpe de timón sin brutalidad, desplegar una vela en cadencia, plegar otra de popa, marcar tres grados sobre el plano alterando la ruta original y la vida podría transformarse en novela de papel barato. Lo impensado anormal ocurrió hacia la una de la madrugada, que podían ser las tres, cualquier otra cifra para alguien ignorante como yo del cielo y su cartografía. Nada aguardaba de la noche predestinada, salvo que fuera hacia el final y si algo esperaba era cruzar un banco de ballenas rumbo a la desembocadura del río San Lorenzo. La irrupción en el cielo de un objeto luminoso sin poder identificarlo, elucubraciones de satélites y meteoritos, chatarra de estaciones espaciales de la URSS, atajos consoladores de mitos mecánicos de la ciencia ficción.

Repetí tres veces a manera de mantra tibetano: eso no estaba sucediendo. Fue cuando cruzamos -a unos setenta pies- un barco a vela de tres mástiles, que correspondía a otra época y no podía estar navegando en el presente. De cuando los lingotes de plata sellada, el escorbuto a bordo, tráfico de esclavos legal y amotinamientos por hambre una vez guisada la última rata polizonte. Sin ánimo a esas alturas para explicaciones fantásticas, acepté de buen grado la variante del turismo imaginativo a pesar de la hora tardía y descartando la piratería de las islas como hipótesis. No estaba en mis planes morir en el fragor de un abordaje bucanero, menos caminar por la plancha atado de manos para contento de tiburones y grumetes enardecidos en cubierta.

Me apacigüé sabiendo que el problema de identidad lo tendrían los pasajeros supersticiosos del otro barco, si estaba ocurriendo lo que yo suponía y ellos nos observaban a su vez, ignorando que nosotros veníamos de dos siglos después. La memoria y el pasado bifurcan sin percatarse, el futuro se nutre de ignorancia y regresé a una pequeña cubierta prevista para los pasajeros con calor. Las tumbonas estaban dispuestas sin orden, excepto uno de los pasajeros, parecía que el resto de los tripulantes estaba durmiendo a pata suelta en hamacas paraguayas, disfrutando la calma nocturna de la navegación; aunque la intensidad de la noche podía inclinarse por la hipótesis de la desaparición súbita.

-La vio pues, me dijo el otro pasajero.

-Así es, contesté, aceptando supuestos de sugestión, evitando explicaciones latosas concluyendo en deducción ridícula.

-No sucede siempre. Esta noche es especial, estamos en víspera de acontecimientos extraños para quienes vivimos la experiencia. La descubrí hace años, nunca falla en esta zona de tránsito y cruce de corrientes; la primera vez es imborrable, me sorprende que haya guardado la calma en su bautizo de ruta y en silencio. En general la gente se perturba queriendo ser persuasiva, hasta grita para ser creída en su versión.

-La aceptación en lo extraño es más apacible que la confusión de las interrogantes. ¿Va seguido a Cuba?

-Antes, sí. Este es mi último viaje, supongo. Voy a matar un traidor, contestó.

Supuse una provocación para divertirse a mis expensas, la indignación no tenía camarote reservado en ese barco. Para qué pedir explicaciones sobre lo dicho sin estar dispuesto a modificar lo planeado en detalle y que fuera enunciado con la infalibilidad de un oráculo. Sería una broma redundante de bebedor, seis horas de sueño podrían alterar los propósitos confesados con determinación sin gotas de arrepentimiento amontillado.

Consideré inoportuno indagar las formas del delito de confidencia que justificaba el plan; al menos que se tratara de un clásico ajuste de cuentas entre hampones y menos tenía razones recientes para alegar a favor de la vida. Si el declarante era un demente charlatán cualquier cosa que dijera agravaría el caso, de escuchar la historia de causas traicionadas y simpatía por el dinero del enemigo, quizá terminara aprobando la iniciativa avanzada.

-Con una noche así puede ser un desperdicio, dije.

El hombre sonrió, seguro pensó que no le había creído y yo lo consideraba tan fantasma e ilusión de mis sentidos como la nave descubierta hacía algunos minutos; me ofreció luego un cigarrillo y me pasó el encendedor. A los pocos minutos de estar fumando, pensando tal vez por centésima vez el orden de los movimiento cuando bajara a tierra, ajustando planes en la noche previa al gesto fatal, él se levantó y marchó al interior de la cabina.

-Hasta mañana, fue un gusto conocerlo, dijo.

-Esto es suyo, dije con el encendedor en la mano extendida.

-Se lo puede quedar, es un obsequio. Estoy pensando dejar de fumar.

Me pareció haberlo ubicado entre el equipaje cuando subimos a bordo y a la mañana siguiente al despedirnos del capitán, tampoco podría asegurar que hubiera sido posible identificarlo en un grupo de sospechosos alineados contra un muro iluminado. En el muelle había la traza de cirios rojos quemados, como si ese espacio al aire libre hubiera sido el sitio furtivo de un rito nocturno original, fusionando Toledo del arrepentimiento y el corazón de las tinieblas. Ninguna revolución altera por completo el desorden del mundo, siempre perduran fuerzas opacas negándose a cambiar; la realidad ancestral es más compleja que las materias primas y la propiedad de los medios de producción. Revolucionario acaso era mi abuelo, que odiaba a los mancos sin conocer las razones y yo pertenecía a una generación resignada. La vida no invertida al servicio de mutar la realidad, sino para que pase pronto y ocuparse de la otra que inducen los ordenadores. Mi capitán Nemo había sido Bill Gates.

Alguien interpretó mi indiferencia en los consulados del Tiempo y tenía en mi poder la visa temporal que duraba hasta la salida del próximo avión. Me la otorgaron condicionado a ciertas reservas que trazaban de mi estadía un itinerario regulado, ellos querían que supiera que estaba siendo vigilado, mi visita no era bienvenida y me consideraban un indeseado. Estando sin planes y bajo de iniciativas el tiempo asignado era suficiente; como nada esperaba de sorprendente antes del crepúsculo, si algo debía suceder en La Habana llegaría de manera ajena a la duración de la estadía.

Cuba me pareció en cuanto la olí más real que el sueño de Maracaibo donde comenzaron los desórdenes, los afanes aventureros de extraviarme por una temporada sin que nadie conociera mi paradero desaparecieron. El tráfico callejero del cambio de moneda, logró retrotraerme a la realidad de la economía; me asaltó el temor de hallarme falto de dinero y amnésico en la taberna de un pueblo sin nombre a cien kilómetros del presente. Agradecía al gestor venezolano, que conocía de memoria el repertorio de Carlos Gardel según me dijo con orgullo, pues recortándome libertad facilitó la visa traficada. Si el hotel reservado existía en un lugar de la ciudad, en la pista del aeropuerto estaría el avión calentando motores; si el avión despegaba sin fallas mecánicas con un atraso relativo, seguro hallaría la correspondencia de madrugada, y al aterrizaje de otro vuelo eventual el cierre del paréntesis laboral.

Me sentía hundirme en una intriga de apariencias donde me negaba a ser protagonista, ciertos hechos me incitaban a ser personaje con relieve y temía lanzar programas que escaparan a mi control. Los extras de la producción local me asediaban, parecía que hubiera comenzado la filmación y me estaba negado perder ni media hora de rodaje. Debería ser ostensible mi aspecto de extranjero con divisas escondidas, despreocupación por movimientos políticos internos y cierta disposición a usufructuar las fallas del sistema social. En algunos cruces el asedio era discreto por lo intercambiado y en otros brutal por la prisa que conlleva toda estafa, como si el tiempo faltara y fuera necesario concluir pronto con la transacción. La caída de la noche tampoco contribuía a recobrar el aliento; había por todas partes personajes de una Babel tropical en descomposición, hombres blancos de todas las edades decididos a beber sin tregua hasta el coma etílico, parejas impunes dispuestas a indagar los límites de la moral revolucionaria arrinconada. Como un ballet folklórico consagrado al canje, la noche de las calles se poblaba de conversaciones sin temor y era difícil imaginar la forma concreta del deseo. Había una fluidez donde circulaban cajas Cohíba de diversas dimensiones, personas queriendo ser sombras tomadas por la cintura, salidas en grupos a calles más desiertas para cenar en privado picadillo de carne con frijoles negros, acaso una forma de la curiosidad reprimida por escenas más osadas.

Buscando la soledad que pone las ideas en orden, me retiré a la zona alejada del bar del hotel. De permanecer en la flotación de la barra junto al barman, el circuito de la conversación sería imparable. Terminaría hablando con latinos parlanchines de safaris amazónicos y minas de cobre colgadas en los Andes, turistas de la revolución ajena turbados por la zafra de la nueva trova.

Opté por la tradición de los duros del cine, pedí una botella del mejor ron, hielo suficiente para vaciarla y me instalé en una mesa lejos del ruido.

-Que nadie me moleste, le dije al barman y le di una buena propina.

Fue mi mejor momento como si estuviera siendo filmado y la escena resuelta con la primera toma. Observaba a la gente siendo otra y su deambular excitado por la hora siguiente, escuchaba música del mundo intemporal paralelo, donde se oyen maracas afinadas preludiando bronces de mambo, caderas cubiertas con popelina, bajo vientres sudados, guaracha y cha cha cha. Bebía diciendo: esto es lo que quería; por primera vez pensé en lo que pudo ser mi vida del otro lado del cortinado, de haber tenido naipes ganadores en la mano cuando empezaron las apuestas. Quería haber sido el personaje de un relato que conocían los parroquianos de esa cantina cosmopolita para potentados. La historia del hombre que bebe ron añejo en un hotel para turistas de La Habana y a quien -en agradecimiento- el barman le envía aceitunas negras enormes, la prensa del día y le pregunta a otros parroquianos si conocen al hombre aquél. Es ahí que dejaba de actuar el casi funcionario de Interim Ltda. para ser personaje y el pasaje prodigioso se produjo en la página siete del periódico.

El capitán del barco que me trajo la víspera aparecía detenido entre dos policías, sus facciones habían cambiado de manera sorprendente, se evocaba un cargamento de vacunas vencidas y drogas financiando una red de infiltrados. La red del tráfico que me ponía por accidente en el centro de un asunto policial de espionaje; vendrían por mí necesariamente en las próximas horas. El nombre estaba en la agencia de Maracaibo, la lista de pasajeros, los papeles del cargo y las declaraciones inducidas del capitán; el nombre me definía más que mi historia y sería inútil justificar la procedencia de los dólares americanos que tenía en la billetera. Era extraño que todavía no estuviera detenido por averiguaciones. “¿El señor Valle?” me hubieran preguntado y quizá evocaran mi verdadero nombre, perdido en la travesía como objeto flotante. Polizonte que destrozó sus papeles verdaderos y se duerme antes de caer al Caribe en el rastro de popa.

Acaso el barman estaba al tanto y quiso avisarme o señalarme, cumpliendo su función convenida de indicador de los servicios. Lo curioso es que tampoco temí a la escena siguiente, aguardé apacible la evolución de los hechos que mi voluntad nunca pretendió provocar ni podía alterar; quedaba la posibilidad remota del malentendido generalizado. Desde semanas atrás, sospechaba el asedio de fuerzas hostiles queriendo hacerme descarrilar, precipitarme a una situación de desamparo. Por una razón desconocida acaso la venía mereciendo, mi tío lanzado al vacío fue la señal inicial y que alcanzaba ahora su sentido premonitorio.

Con la botella por la mitad me levanté del sillón llevándola conmigo como mascota inanimada, fue como pude hasta el ascensor tratando de estar listo por si alguien me interrumpía en el trayecto a la habitación 180. Descuidé la falta de costumbre de beber alcoholes duros con el estómago vacío sin respetar los tiempos, la ilusión me condujo a una secuencia de bebedor acostumbrado y el cuerpo contrariaba ese deslizamiento de los sentidos. En el ascensor, siendo apenas un par de pisos sentí los efectos devastadores a la vez en el cerebro y el hígado.

La cabeza me aconsejó que nada podría hacer con la mitad de la botella, el hígado me dio tiempo suficiente para llegar al inodoro a vomitar las dos horas pasadas. Lo intenté con el dentífrico y el gusto persistía, abrí las ventanas para respirar y al ser la configuración nocturna similar a las dos anteriores creí proseguir mi viaje en barco. Me tiré en la cama, a pesar del esfuerzo de concentración la habitación 180 continuaba dando vueltas, el mundo y mi vida se volvieron remolino lanzado al movimiento perpetuo.

La excepcionalidad de lo vivido, los mecanismos de defensa del cuerpo dormido operaron eficaces en estado de emergencia, fue evidente que forzaron las redes de alerta y desperté con renovada conciencia del presente. Estaba entendiendo el accidentado funcionamiento del mundo en su complejidad, con la lucidez de estar accediendo al programa madre de lo real y protocolos de lo aleatorio. El avión de línea regular saldría al otro día y si algo había triste excusando la brevedad de la aventura, era la intuición de una influencia intrusa. Lo que anunciaba la catástrofe era reconocer la circunstancia retrospectiva que me afectó en el puerto del sur; ello fue sensible cuando llegué a la sala comedor con la intención de desayunar, si es que mi estómago resistía algo sólido después de lo vivido.

Para otro pasajero designado al azar el movimiento entre las mesas era común y corriente, advertí por mi parte signos de anormalidad. Actividad urgida del personal: ocultamiento, individuos fuera de contexto, exceso de atención pretendiendo cubrir mudanzas graves que suelen definirse de sin importancia. Estaba convencido de que llegaría a dilucidar lo que ocurría, necesitaba preguntar, deseaba salir a la calle aprovechando la mañana espléndida y quería hacerlo sabiendo. Aquello era una película de intriga en plena filmación, lo único a que atiné fue desplazar trámites lógicos, adelantarme en el montaje a las reglas de juego, actuar como lo hubiera escrito un guionista en apuros, que debe resolver la próxima hora del personaje extraviado en mi situación.

Cuando llegó la camarera, apoyé mi dedo índice sobre un billete de diez dólares y pregunté en voz baja.

-Lo único que sabemos en la cocina es que mataron a un belga en el séptimo piso.

Renuncié a insistir, era lo que ella sabía del asunto y la muchacha estaba atemorizada. Suficiente para mí, avancé el billete hasta la jarra de jugo de naranja y le pedí que me sirviera otra taza de café. Recordé lo que me dijo el pasajero del encendedor, podía tratarse de una coincidencia sin ser el final, quizá otro episodio de la serie implicándome, pasando de mi opinión por el momento.

Las estaciones de la trama estaban dispuestas. Busqué imaginar dónde terminarían; por la lógica del razonamiento nada podría hacer, mi argumento lo estaba escribiendo otro y lejos de allí en ese momento, mientras me vigilaba extraviado en la indecisión. Aprovechando la fase de lucidez, sin acceder a los detalles quise saber hasta dónde alcanzaba la intuición de las grandes escenas. Con el sentido común rehecho y luego de dos cafés llegué a una certitud: mañana no subiría al avión que hace escala en Bolivia. Lo demás sería negociable en la eventualidad del mundo y podía dispensarme de probar la existencia de los ángeles; el error fue preguntarle a la camarera, incidente mínimo que sería integrado en una cadena de información que podía cercarme.

Logré salir del hotel y desprenderme de la información cercándome sin zafar del enredo. El día estaba espléndido, tampoco debía ser un agente secreto entrenado para saber que me seguían dos hombres, que en ningún momento pretendieron disimular ni trasmitir prisa por abordarme. Aguardaban que diera el mal paso inevitable del viajero que huye, imposible adivinar lo que esperaban que hiciera para pasar al siguiente capítulo. Sin escapatoria posible, lo que había a mi disposición sería descubierto por primera vez e intenté despreocuparme del asunto sin conseguirlo.

Si estuviera en la resolución de una novela de espías hubiera localizado mi Embajada, ingresado a toda carrera por la verja principal. La idea extrema del recurso diplomático me hizo sonreír, tenía curiosidad por saber cuál sería el mal paso de perdición; la situación creeada tampoco podía eternizarse y nunca pensé que pudiera ocurrir así.

Llegué a un puesto callejero de libros y publicaciones que me aguardaba e hice lo que estaba escrito en el guion: busqué viejas revistas de música y un minuto después extraje del montón una publicación del año 1939. En la doble página central había la foto con orquesta, una big band aproximativa con instrumentos y volados; parado en uno de los costados, había un hombre con trombón de vara parecido a mi abuelo o era su hermano gemelo.

Me quedé sin confirmarlo, unode los hombres que me seguía me abordó y dijo:

-Tiene fuego, por favor.

No respondí de inmediato, el corazón mío se aceleró, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el encendedor que me regaló el pasajero del barco, que seguro tendría sus iniciales grabadas.

-Bonito encendedor señor Valle, me dijo. ¿Me permite?

– ¿Lo envía Mister Hermann?

El hombre quedó desconcertado al oír mi pregunta, como si hubiera visto una carabela de los siglos pasados navegando a la deriva orientada, de proa al malecón y sabiendo inevitable la colisión con el muelle de Montevideo.