Buchanan’s sin hielo

Carezco de tiempo para abundar en perniciosos detalles afines y parásitos, quisiera Dios que fuera porque me estoy muriendo. Sucede que marcho hacia un final tragicómico inventado por alguien que me odia, utilizándome a su guisa y necesito cada segundo que pasa para entrever improvisando el plan que me suprime. Intentar desmantelarlo con la finalidad de rebatirlo sería un despropósito, una falta de respeto insoportable para mi propia inteligencia. Ellos fueron advertidos por la llamada anónima en el momento oportuno y están llegando a la entrada principal de mi penúltima morada.

Estoy solo en el lugar de los hechos y se nos agota el tiempo, así que vayamos a lo esencial invisible e irrelevante. Debemos suponer con un poco de imaginación que, antes de la afirmación precedente, hubo una serie de hechos anómalos y vinculantes que la justifican. Lo que pretendo es salvar el relato sucinto de desesperación y oscurantismo, uno cuenta porque cree saber y lo ignora. Uno hace que cuenta intentando entender. En el principio fue la historieta gráfica de género medieval aproximativo, con monjes libidinosos tentados ante la carne virginal y templarios poseídos por criaturas diabólicas, brujas de Sabbat orgiástico y excomulgados fanáticos, tortura y confesiones, muertos vivientes y exorcistas erotizados, que obtuvo un éxito relativo para lo que son las actuales exigencias del medio y el mercado. Así empezó a tramarse la maldición que se perfila; era también, mediante derechos de autor recuperados por primera vez en años, que podía proyectarme en un corte de vacaciones con mi pareja sin apremios económicos. Elegir un lugar de esos soñados cuando se leen suplementos dominicales a todo color, con rutas estrechas al borde del precipicio, acantilados tentadores y autos convertibles rojos que aceleraban tomando las curvas, en películas con James Dean y la princesa Grace Kelly.

Me parece que fue hace siglos cuando me propuse que el mes entrante iríamos bien lejos de balnearios atestados de turistas, eludiendo la hospitalidad protocolar de amigos y la miserable excusa de que la ciudad es bien agradable en verano cuando está vacía. Venía necesitando un sitio inclinado a la soledad contemplativa, sin que me demandara una actividad social ni medianamente activa. Durante unos días navegué con perseverancia en Internet, sin pretender dar con la oferta del día sazonada de promoción excepcional. Efectos especiales de estrellas en la pantalla, explotando igual que cuando resolvemos un solitario, como al final de los juegos del mahjong del Gato y el Dragón con fichas de marfil, crepúsculos destrozados por la música acompañante empalagosa y cifras en dólares de dejar con la boca abierta, sino buscando el lugar de deseos con reminiscencias de Acapulco antes de los Zetas y la costa amalfitana sin la Logia P 2.

Mi pareja y yo afinamos pretensiones, ajustamos deseos caprichosos de diva entre risas cotejando los criterios más disparatados, hasta que decidí –o el espíritu vengativo de algunos de mis personajes rencoroso lo hizo- que fuera una isla retirada de los circuitos saturados; y hubiera sido desde los fenicios pueblo de pescadores, con queso de cabra, hojas de parra envolviendo arroz, miel con un dejo lavanda y tomates de colores. Conservando levísimas conexiones con el mundo civilizado, una lancha a motor para pocos pasajeros y dos veces por semana cuando mucho.

Había esa ambición de esperar unos días para decidir al borde del reglamento publicitario, jugando con el destino hasta dar con la perla rara escondida que se hacía esperar. En esa forma de indagar distante, uno entabla diferentes contactos con efecto dominó; lo supongo por los resultados que la demanda mía fue nutriendo, puede que caótica cuando lanzaba los motores de búsqueda. Esa perquisición obstinada nunca resulta solitaria y para llegar al contacto deseado, se debe pasar por millones de probabilidades. Lo que nos aguarda del otro lado de la red suele contradecir el sueño realizado instantáneo, afirmando la celeridad de concretar buenos negocios con nuestras debilidades confesadas en público.

Durante un fin de semana dejé de lado la búsqueda, fuimos a otra ciudad lejos de la modernidad infectada de diseño –poco más que un pueblo incambiado de aspecto desde hace dos siglos y cinco horas de carretera provincial- a la boda de un amigo querido de la noche que se casaba por tercera vez. “Esta es la definitiva” me dijo por teléfono, “no me pueden fallar.” Además de la amistad de años, había nuestra curiosidad por ver el montaje social del guateque y allá fuimos con entusiasmo ambiguo. El episodio nupcial fue vivido de manera natural y divertida sin que faltaran las sorpresas; desde los alojamientos previstos para los invitados especiales entre quienes nos contábamos, hasta el servicio de catering exótico. Rematado con un pastel de boda alucinante, que daba vergüenza ajena cuando ingresó al salón con la ayuda de tres camareros corpulentos disfrazados de gladiadores. El amigo había tirado como se dice la casa por la ventana, no pude dejar de pensar que la exageración de la fiesta ya contenía las copas rotas del divorcio con pleito escandaloso: él creía que tanta felicidad compartida lo pondría al abrigo de la ruptura.

Era enternecedor pensarlo en esa circunstancia de voluntad y negando el desastre anunciado, planeando como bandada de cuervos renegridos sobre nuestro brindis tendiendo a hipócrita. Podían ser mis malas intuiciones de guionista, pero aquello tenía algo de comienzo y final coexistiendo; si bien el empeño evidente hizo olvidar que venía de dos sonados fracasos oficiales y otras historias que explotaron en pleno vuelo del Boeing bautizado “vivamos juntos, te lo suplico”. Había algo de todavía podemos ser felices con hijos venidos de varios horizontes y un ingenuo empecinamiento de esperanza, que resultaba conmovedor por la indolencia del novio. Sin olvidarla a ella, que seguro venía de operarse por lo menos párpados y tetas. Desde que nos saludamos por primera vez la definimos como una bruja de cuidado, actuando con premeditación y alevosía: de esa mujer sólo se podía esperar un itinerario de perdición con tribunales y detectives privados pudriéndole la vida a nuestro amigo. Negociaciones hasta perder la cresta en pensiones de todo tipo y la confianza en el género humano femenino; para lo que faltaba menos tiempo de lo que el novio tan feliz de la iniciativa, podría suponer. Nunca entendí mejor que en esa fiesta la fórmula del cascabel y el gato.

Cuando abrí el correo electrónico ya de vuelta en mis cosas, aliviado del empacho de prosperidad hortera que veníamos de padecer, cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré en la pantalla unos sesenta mensajes, con el objeto “isla prodigiosa” a manera de común denominador. En apenas cuarenta y ocho horas, miles de decodificadores, empresas del ocio, sitios multiformes, agencias turísticas, mayoristas sajones y particulares especuladores, estando al tanto de mi aspiración, ofrecían cientos de variantes que, por supuesto, se adecuaban de maravilla a lo que habíamos buscado. Algo así como: pare de sufrir buscando en la incertidumbre, nosotros tenemos lo que usted necesita y dentro de lo razonable.

Había ofertas delirantes, estafas groseras, disparates cursis con enanos de jardín policromados e imitaciones del coliseo romano, de todo un poco. La noción de la privacidad voló en mil pedazos y ahí mismo decidí que iría a otro lugar. Estaba fastidiado de ese retorno electrónico de intromisión chabacana y por haberme creído la farsa del anonimato asegurado. La mejor respuesta hubiera sido una excursión a los templos de Birmania y alcanzar los Buda de piedra, cabezas magníficas, tan fuertes en su presencia como la Pasión según San Mateo. La idea de un viaje en pareja de doce horas en avión, la humedad de la jungla con monos bullangueros, permanecer insomnes en medio de la noche sin conexión a la red, ver a lugareños bebiendo coca light en lata y con camisetas del F.C. Barcelona me agotaba de solo pensarla. Debía reaccionar, parar la hemorragia antes de que me invadiera la vida privada y seleccioné todos los mensajes para suprimirlos de un solo gesto.

Pudo más la curiosidad esa de portera divorciada, la mezquindad de que la próxima fórmula puede deparar el prodigio, del temor de haber pasado a medio centímetro de la ocasión irrepetible sin haberme percatado, como si tuviera una tirada de Tarot servida y yo negándome a rechazar la lectura del vidente de turbante turquesa. Me intrigó saber qué era lo que pensaban los otros de mi imaginación estival, cómo suponían ellos en cacería la configuración de mis anhelos de vacaciones y cambié de procedimiento. “No estoy para nadie” dije y me dispuse a abrir los mensajes durante un par de horas. Hice bien en principio, aquello fue una buena experiencia de sorprendentes consecuencias; como en esas situaciones de indagación, todos los mensajes son prescindibles menos uno, que me estaba destinado porque nos buscó hasta lo recóndito de nuestros deseos. La mayoría presentaba largas listas ordenadas por precio semanal, divagaban sobre un universo de los posibles a la vuelta de la esquina, catálogos de bondades tan extensos que fatigaban la atención y las ganas de viajar. En cambio y fatalmente, uno de los mensajes estaba personalizado; quiero decir que venía a mi nombre con los dos apellidos, era un llamado familiar que incentivó mi natural curiosidad a seguir adelante.

Nadie se puede confiar de esas fotos de propietario que pretenden engañar el ojo atento del interesado. El mensaje en cuestión tenía un movimiento panorámico sin efectos especiales desmoralizantes, menos música incidental New Age y un conjunto de informaciones prácticas de traslados, planos del lugar, accesos, facilidades de pago y comodidades que me solucionaba el problema con la varita mágica. No tenía siete posibilidades en lista de espera sino una sola y era esa. El precio estipulaba exacto lo que quería pagar, mi tope secreto que nadie conocía y era claro que la casa propuesta valía mucho más. Su misterioso propietario argumentaba sobre el criterio selectivo del cuidado de la residencia, agregaba vistas interiores correspondiendo a mis deseos y actividades, como si yo mismo la hubiera diseñado con el arquitecto en su estudio. Evocaba el mensaje un contrato de tres semanas, que era el tiempo previsto agregando –por cuestiones de familia y coordinación de calendario- la posibilidad de una primera semana sin cargo adicional… gratis faltaba decir. Era lo que estaba esperando, necesitaba esa semana de soledad concentrada. La pareja no vivía los mejores momentos de complicidad y la expedición a la boda tampoco mejoró el panorama de la convivencia. Un tanto escéptico, seguí las instrucciones, el futuro cercano se presentaba bajo los mejores auspicios e incluso las tratativas podía hacerlas con mi banca evitando las estafas con tarjetas de crédito.

Esa tarde que solicité para la respuesta definitiva, pasé de la atonía de estar abrumado por las ofertas a esa satisfacción de saber que las vacaciones están solucionadas. Hasta me sobrevino el temor de que otro se me adelantara y concretara antes, tenía una excitación de sala de subasta que no es mi estilo pero debía aceptar. Lo hablé a las apuradas con mi pareja y estuvo de acuerdo, lo que no dejó de sorprenderme y más sabiendo que todo me lo rebatía en los últimos días. Envié mensajes de confirmación cuando caía la tarde, el asunto quedó solucionado antes de que abriera una botella de mi whisky favorito para festejar por la suerte y cierto orgullo de mi capacidad para las gestiones prácticas a ciegas.

Estábamos muy sobre las fechas y quedaba por delante un mes que se me fue volando. Si recapitulo, resulta que viajaría solo y me instalaría durante una semana en la isla; sin prisa, debería abrir la casa, prepararla para cuando mi pareja volviera de unos pocos días que pasaría con sus padres. Iniciar el descubrimiento somero de la zona que durante dos semanas seria nuestro hogar, aprovechar el retiro necesario para ajustar fichas de mi próximo proyecto de culebrón retorcido, si es que la convivencia ríspida me lo permitía. Cuando era muchacho leí “El retorno de los brujos” varias veces durante un período alquímico, hasta considerarlo mi cosmogonía personal. Nunca supuse que ese mundo alternativo de imaginación y esoterismo, misterios relativos a la religión heterodoxa y complot permanente del mundo, de argumentos sin explicación racional y de otros mundos, aquí mismo o muy lejos en el Espacio y Tiempo, esa fascinación por universos paralelos, sociedades secretas y un seudónimo connotado, me permitirían instalarme en vidrieras de librerías del centro de la ciudad. La lectura tampoco cambió mayormente, varió el gusto de los lectores cautivos y no era el momento de buscarle explicaciones porque me beneficiaba.

Al mes estaba en la sala de embarque del aeropuerto con los papeles en regla y el equipaje despachado. Fui a comprar la prensa y quería verificar en los estantes si mi “Manual del Cruzado agnóstico” seguía en circulación; ya no estaba en las pilas de la primera línea, pero tenía buena presencia considerando los meses transcurridos desde su publicación. El editor me pidió una segunda parte en continuación con los mismos personajes; estaba indeciso, me rondaba la tentación de escribir una historia policial con enigma y creía barruntar una idea original rondando el asesinato perfecto… tenía una buena semana para poner las cosas en claro.

Llegué a la isla cuando caía la tarde y habitado por esas preocupaciones de la vida cotidiana relativas a toallas de baño, la máquina lavavajillas, cubiertos, los yogur cero por ciento sabor vainilla con frutas rojas en el refrigerador. Lo previsto en lo planeado sucedió con una normalidad que calificaría de desconcertante, hasta diría que me pareció haber llegado el día anterior pues, desde la salida del aeropuertos y hasta que se hizo noche cerrada, cada movimiento se deslizó sin obstáculos ni impedimentos mayores. Como si el propietario hubiera puesto sumo cuidado en los preparativos y me estuvieran esperando, guiándome para facilitarme las cosas sin que yo me percatara. La llave estaba en el lugar convenido, había una breve nota manuscrita de bienvenida que cometí el error de destruir; sólo debido al azar quise creer que había una botella de la misma marca de whisky que prefiero. Me moví con soltura propia de conocedor, puedo decir que a las dos horas estaba instalado y parecía que había estado ahí antes en una vida anterior. Venía de un año agitado, era la primera vez en meses que para mañana a las diez y media no tenía otro compromiso ineludible de suma importancia. Tardé en dormirme sin llegar a detectar la falla que necesariamente habría en el sistema, luego no me desperté en toda la noche para tomar el somnífero con melatonina ni beber un vaso de agua.

Cuando me levanté al otro día descubrí que en la entrada estaba el auto que había alquilado, alguien lo trajo durante la noche sin que yo me hubiera percatado. Fui hasta el pueblo que quedaba a siete kilómetros y a pesar de hablar una lengua distinta a la de los pobladores, con un poco de inglés me las arreglé para el café, tabaco y las primeras compras. Pensé que debería consultar un mapa detallado pues había algo así como un error de diagramación. La información manejada antes de decidirnos, evocaba un pueblo de pescadores de postal mediterránea; pero hacia ese costado de la isla, había una continuidad desagradable de residencias turísticas, decepcionantes por su monotonía, como si la estación solar estuviera recién por comenzar y una intuición de que jamás habría temporada turística pues faltaban hoteles. Como si allí fuera cuestión de propietarios venidos del continente y zona protegida, alejada de la curiosa intromisión de visitantes indeseables. Seguro que el ambiente familiar y la movilidad cambiarían al comienzo del mes; había venido a descansar y me harían falta tres días de desenchufe descargando el agotamiento. Arrastraba la inercia laboral y me dije que desactivaría la atención al ritmo que impusiera el cuerpo; hice las compras básicas, almorcé un pescado asado con un chorrito de aceite de oliva y macedonia de frutas, bebí un vino blanco que tampoco pregunté si era de la región y tenía un dejo distante de resina. Temí una tormenta súbita que pasó de largo hacia el mar y regresé a la casa.

La recorrí para deducir el sistema de espacios interiores, la fluidez de escaleras y corredores, la lógica del agua corriente e iluminación, distribución de ambientes, el diálogo estrecho de la casa con el entorno accidentado del terreno. La propiedad era inmensa, además de la casa había otras dependencias exteriores, la cocina era enorme y era seguro si el tiempo acompañaba, que las más de las noches cenaríamos en el jardín. En la planta superior además de los dormitorios y un baño de hotel cuatro estrellas, había un estudio de trabajo estupendo con vista al horizonte. “Aquí podré escribir y dibujar tranquilo” me dije, un lugar que daba a una enorme terraza donde me instalé con una copa de mi whisky preferido. Nunca fui amante de la naturaleza, la vocación bucólica se me cortó de raíz en la infancia y esa terraza incitaba a la contemplación panteísta. Entre las luces del movimiento admiré dos paisajes intercambiándose; el diurno tenía en las cercanías un juego de lomas que me recordó estribaciones de la Toscana, más a lo lejos dos cerros de pendientes asimétricas derivando de cadenas montañosas diferentes. En el medio del panorama se entrometían la franja del mar y un segmento de la carretera llevando al poblado.

Cuando ese perfil se fue diluyendo, la bóveda celeste impuso esa magnificencia de puntos luminosos que hemos olvidado quienes vivimos en la ciudad. Contemplé las estrellas sin saber identificarlas por su nombre de astrónomo, me fastidió esa ignorancia del saber que tiene cualquier muchacho embarcado en un remolcador. Debería estar algo calculado, en un segundo sentí que se ponían en movimiento mecanismos invisibles y faltaba sólo una música de cuartetos ingleses cuando los regaderos, clavados en la gramilla, comenzaron un zumbido de chorro entrecortado con sorprendente alcance en el círculo acuático. Las luces de jardín se encendieron y lo mismo la piscina con luces interiores, rectángulo de un azul de porcelana acuosa que resultó grata sorpresa. Seguro que estaba en la información y lo olvidé y si estaba no era una alberca de esas dimensiones, Sentí la alegría de un niño pobre por esa sorpresa que fuera instalada de milagro; el niño hubiera bajado para bañarse de inmediato, pero tenía puesto mi suéter de abrigo y me dije que también el tiempo por delante. “Esto es una maravilla” le dije a mi pareja a la que llamé dos veces, le había perdido la costumbre a la soledad y la distancia me permitía contadas frases de ternura.

Una cosa era mi soledad y otra la zozobra proveniente de ese paisaje; por momentos me sentía el personaje de un cuento de vertiente fantástica. La historia anodina del extranjero instalado en una naturaleza adversa que lo rechaza, mediante manifestaciones de fuerzas arcaicas que toman la forma de hechizos terrestres, encantamientos celtas inscriptos en la piedra. Pensaba que esa semana podría entablar una concordia con el clima de la isla, mutua empatía que me daría ánimo para trabajar y con cierta densidad. El entusiasmo de la ósmosis no se producía sino todo lo contrario: el advenimiento de una incomodidad, etapa previa de algo desagradable que estaba por ocurrir. La concentración faltaba a la cita, cada veinte minutos necesitaba caminar y prepararme un café, encender otro cigarrillo que dejaba a medio fumar. La lectura más superficial me irritaba hasta el desagrado, quizá lo mejor sería aislarme de mis hábitos y tentar una conciliación con la naturaleza del lugar. Ese entusiasta plan alternativo nunca lo pude llevar adelante, la primera señal ocurrió al segundo atardecer de instalado, la escena se repitió casi como en la noche anterior. Esa segunda vez estaba dispuesto a tomar un somnífero para evitar la reflexión de los inconvenientes.

No era que el lugar me rechazara, al contrario: parecía que me ensimismara en una historia de la construcción que yo desconocía. Busqué doblar la sensación de agrado de la primera noche, repetí la cadencia de las acciones del cruce de la luz y cuando escuché la liberación automática del dispositivo del riego, me di por satisfecho. Leyendo señales panteístas y un mandato incómodo dirigí la mirada hacia la piscina, que era una enorme pantalla plateada de cine volcada en la horizontal del paisaje. Descubrí el ruido del sistema que debería estar rondando por debajo del césped; sobre la superficie del agua, como si alguien que no se presentó la hubiera limpiado de hojas secas e insectos, advertí esa forma oscura flotando, escándalo gráfico novedoso de la continuidad visual. El bulto impreciso era importante y pensé en la lona, almohadón plástica de reposo que voló hasta el agua. Un animal salvaje que hubiera caído cuando llegó hasta allí a saciar la sed de una tarde de sol. La tarea de comportarme de inmediato como un cuidador jardinero y bajar a limpiar me pasó por la cabeza, la idea de tener que ir a realizar tareas manuales después de haberme duchado me fastidió. Desdén o pereza, consideré que era excesivo para mi estado de ánimo y cometí dos errores que se revelaron fatales. Pospuse para el otro día el interesarme por el incidente y no le dije nada a mi pareja mientras charlamos después de la cena, antes de acostarnos cada uno en su cama. Debió intuir algo pues me preguntó “¿ocurre algo?” y yo le comenté que estaba fatigado.

Pudo haber sido esa visión algo fantasmagórica y la profundidad del sueño a la que me llevó el cóctel de whisky con somnífero. Dormí profundamente y como si de una ironía se tratara soñé la solución argumental del relato que tenía en preparación. Descreo de esas coartadas de la inspiración durante el sueño porque nunca me había ocurrido, pero al otro día me desperté con la solución clara en la cabeza y hasta con ganas de gritar eureka. Mi vida estaba cambiando, las incomodidades de la víspera eran tempestades que se agitaban para hallar la salida del túnel. Si habían existido algunas horas de disgusto con el local, en cuanto desperté por segunda vez en la casa alquilada tuve la certeza de la reconciliación. Me afeité para mirarme a los ojos cara a cara, contarle a mi imagen la buena idea que nos llegó durante el descanso. Incluso antes de ducharme, como si se tratara de una cábala de vieja data hice algunas anotaciones a la ligera sobre una hoja. Me había sacado un peso de encima con esa solución hallada mientras dormía; recién después de la ducha me percaté del silencio reinante. La máquina de la naturaleza había dejado de funcionar anunciando el final, lo compensé con el ruido de la cafetera, de mi respiración, las bolsas de plástico de la compra y el tostador automático.

El tiempo estaba incierto, el cielo cerrado, afuera soplaba el viento y como pensaba trabajar desarrollando ideas de la pesadilla no me preocupé demasiado. Serían las últimas lluvias antes del intenso sol del verano y tomé el desayuno en la cocina. Cuando enjuagaba la taza de café recordé el incidente de la víspera y decidí bajar al jardín para observar lo ocurrido, resolver lo que fuera; pensé si lo podría solucionar yo mismo o debería llamar a alguien que se ocupara del asunto. Bajé dispuesto a no darle más de media hora al incidente y almorzar en paz. En los archipiélagos los cambios de tiempo son veloces en uno y otro sentido. De la misma manera que se puede pasar del cielo despejado a una tormenta rabiosa, alcanza un viento insistente para que el horizonte de nubes oscuras amenazantes se retire, dejando libre el dominio solar y fue lo que ocurrió. Saliendo de la cocina me preocupaba de la humedad y cuando llegué al borde de la piscina, estaba en una hora de verano intenso. Mientras andaba pensaba en un accidente de objeto maleable y cuando llegué al abismo rectangular hallé el cuerpo desnudo de una muchacha muy joven flotando boca abajo.

El impacto fue proporcional al cadáver y la avalancha de preguntas que me vinieron a la cabeza; si… por supuesto, todas esas siendo innecesario repetirlas. La velocidad luminosa pasando de la anagnórisis a una situación sin discursos y discernimiento, fue rayo perpendicular en el horizonte. La confirmación del milagro, menos cuando lleva a la claridad de lo sagrado que a impenetrables tinieblas de la pesadilla. Cometí otros errores del principiante, retiré del agua el cuerpo desnudo como si hubiera una posibilidad de reanimarlo regresándolo a la vida. En tanto entendía que nadie creería mi versión pues dejé pasar una noche sin dar la alerta y lo tiré al agua borrando el tiempo transcurrido, metido en inextricables instancias de la reconstrucción del asesinato. Me dirigí hasta el depósito de materiales llevado por un presentimiento y contemplé la escena del crimen sin la víctima transportada. La ropa amontonada, indicios de violencia en el desorden de los enseres, el desgarrón de mis prendas habituales con manchas de sangre y que acomodé hace una eternidad en los cajones del dormitorio. Comenzaba a intuir sospechando lo inexplicable, la primera batería de dudas era ociosa, prescindente mientras yo debería estar en la segunda serie de mis respuestas desahuciadas. De la perplejidad crucé sin transición a la ausencia de explicaciones; intenté consolarme pensando que podría mantener la calma en medio del naufragio, sin borrar las pruebas materiales acusándome de lo que nunca había hecho.

Volví a la casa e intenté llamar a mi pareja, una voz pregrabada y desconocida me informó que ese número estaba fuera de servicio; al segundo intento supe que era innecesario insistir. Quise tomar la iniciativa de llamar a las autoridades locales, pero ignoraba el número correcto de la policía y no había ni una lejana posibilidad de que pudiera explicarme en la lengua local. Busqué en el ordenador la dirección donde contraté la casa; en su lugar había un sitio pornográfico duro, proponiendo videos donde martirizaban muchachas como la que apareció muerta en la piscina. En un minuto intenté formular las interrogantes que se desprendían de la situación, pero me convencí de que en el resto de la vida nunca tendría respuestas adecuadas. Jamás sabría quién ni cuándo ni cómo ni por qué. La conciencia del crimen perfecto cometido por otro en mi nombre en un mundo paralelo y virtual tampoco me servía de consuelo. Era inconcebible que en unas pocas semanas me hubiera convertido en un personaje acosado, ello formaba parte de la imaginación cuando escribía las historias y no de la vida. Debía permitir sin oponerme que se sucedieran los acontecimientos, disfrutar el asombro supremo aguardando escenas que llegarían con lógica inexorable de manera ajena a mi voluntad. Mi capital de reacciones estaba circunscrito a su mínima expresión de resignada recepción y la necesidad de una variante imprevista de la Fe. De las contadas cosas que podría hacer me decidí por servirme una buena medida de mi whisky preferido. El saber que sería la última vez que lo bebía le dio al trago un sabor intenso conformándome en mi fidelidad a la marca.

Luego y resignado salí a la enorme terraza del lugar de trabajo, quería guardar en la memoria la instantánea de ese paisaje desde un mirador excepcional dando a la bahía de mi existencia pasada, sabiendo que alguien debería estar observando con prismáticos cada uno de mis movimientos. El mundo era idéntico a la víspera, excepto que por uno de los caminos a la vista avanzaban dos vehículos con misión asignada. Uno de ellos hacía parpadear, aún en esa luz marítima de soledad un faro azul intermitente. Se dirigían hacia la casa a toda velocidad, estaban informados de lo ocurrido como si yo mismo en un descuido les hubiera faxeado la confesión con lujo de detalles. Cuando se tienen las soluciones aunque sean erróneas la alegría desplaza la angustia del enigma. La solución a ese misterio es lo que debería haber soñado anoche, anulando el final de mi próxima entrega accidentada en la ruta de regreso.

Podría estar desconcertado pero habiendo jugado en pasajes del pensamiento con ligereza, confiscado el origen traumático del mundo que atribuí a dioses inventados y su final catastrófico en maquinaciones inverosímiles, no tenía derecho a fastidiarme por un incidente menor destinándome al guion de cualquier episodio de la Dimensión Desconocida. Vivía una situación suprimiendo la tercera solución que al final todo lo explica y queriendo salvarme del delirio inminente, me aferré a la única certeza irrebatible que pude anteponer: todo cuerpo sumergido en un fluido estático experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado por dicho cuerpo.

Buchanan’s. La marca del whisky es Buchanan’s y se destila en otras islas iguales de maravillosas.

Radio de remate

Como tantas otras de mis últimas vivencias, creo que lo escuchado provenía del espectro de la soledad sitiándome. A pesar de los múltiples análisis de todo tipo a que fuera sometido durante tres semanas, el médico tratante seguía sin saber las causas reales de mi comportamiento. La medicina conocida hasta el presente era inepta para diagnosticar sin márgenes de error mi sensación persistente y desagradable de sentirme perseguido por fuerzas extrañas. Un temblar súbito, el sudor espontáneo cuando camino por calles conocidas, el hallazgo de miradas desconocidas, gestos de desconfianza y objetos hostiles que hasta su aparición me resultaban indiferentes. Para esos síntomas oscilantes descubrí que ningún laboratorio tenía comprimidos o inyectables eficaces capaces de poder una mejoría en tres días; tampoco las hay para contrarrestar las ganas crecientes de vivir en soledad, la coacción de encerrarse buscando recobrar un tiempo otro, el ritmo interior demasiado personal como para ser compartido.

El sol de noviembre anunciando el verano irritaba mi espíritu, los ruidos ásperos de la ciudad activa me resultaban odiosos. Estaba viviendo -según complotaban y por mi bien los conocidos- un mal período de la vida, etapa negativa que deseaba superar lo más pronto posible; sin desarreglos visibles lo organicé sin molestar a nadie, decidido a evitar tranzar concesiones de ningún tipo. Me negaba el disfrute de la libertad propiciando el encierro, necesitaba estar en casa el mayor tiempo posible haciendo durar la expansión de los relojes. De día dormía con ayuda de pastillas –para eso había comprimidos a granel en las farmacias, como si el insomnio con angustia fuera la peste preferencial de nuestra época- que suprimían del radio sensible molestos hijos de vecinos, vendedores de diccionarios en mensualidades y motoristas insensibles. Busqué con insistencia los ruidos salidos de la noche, su silencio parecido al de cárceles y sanatorios; cuando la frenada de un taxi lejano puede ser también el guardia nocturno arrastrando los pies, una camilla despintada donde transportan a la morgue un muerto reciente.

Mi madre hubiera dicho que estaba necesitando un retiro espiritual, mi padre que debía trabajar seriamente pensando en el futuro y dejarme de pavadas. De ellos, que se fueron hace un tiempo considerable me quedaban dos herencias: cierto torbellino de preguntas ante la conciencia de una muerte rondando y una renta pequeña, gracias a la que me bastaba llevar un par de contabilidades en casa para sobrevivir. Un sistema de vida ascético sin divinidad a quien encomendarlo en ofrenda sacrificial, permitiéndome salir una sola vez a la semana para recoger el trabajo acumulado y regresar a casa lo más pronto que pudiera. Ahora que Marta finalmente me abandonó –decisión inteligente de su parte y oportuna para mis planes- estoy tranquilo. Ella me acompañó lo máximo que soportó y algunos tramos más, esperanzada de que un milagro secreto lograra en mi un cambio radical. Lo intenté eso de mostrarle un milagro sin que fuera suficiente; por el contrario, los retoques incorporados cada tanto terminaron por arruinar su frágil salud y demolieron lo poco que quedaba de su sentido del humor. Tal como estaban las cosas entre nosotros, intentar un gesto de cariño para retenerla hubiera sido un acto egoísta de mi parte.

Poco a poco dejé de llevar contabilidades a domicilio, que comenzaban a pesarme con su imperativo del asiento diario y el balance cada lunes que amanece. Es increíble con lo poco que un hombre puede vivir cuando se lo propone, más si evita enfrentar las tentaciones salteadas del mundo publicitario por correspondencia y las pulsiones frustrantes, el entusiasmo de conocidos y programa -con mente contable de comienzo de siglo- un balance de ferias, almacenes barriales y supermercados. La impresión de estar equivocado se volvió un grato sentimiento de bienestar y concretando un cambio completo decidí cambiarme de ciudad. Me mudé a una ciudad extraña de las que abundan en Canelones apenas cruzado el puente sobre el arroyo Carrasco; sin ninguna reputación ampulosa como Montevideo, parecía la capital en la zona de chacras pero siendo otra y que me brindó, luego de una búsqueda intensa un barrio tranquilo alejado de los curiosos.

Largas caminatas al atardecer luego de desayunar lo mismo cada día me mantenían en forma física, la puntualidad y eficacia de la sucursal bancaria de la zona ayudaban a que fuera un buen pagador. El suceso inesperado de mis artesanías fabricadas durante la noche -recuperación de una habilidad juvenil que creía olvidada- en dos ferias vecinales me procuraba un dinerillo extra que a decir verdad resultó de gran ayuda. Ese alejamiento del pasado y del día me sentaba bien, descubrí que las amistades epistolares son comprensivas y menos cargosas que en las confrontaciones cotidianas que obliga la vida civil. El montaje y concepción de las artesanías y la escritura de cartas llenaban con holgura mis noches en su casi totalidad. Temeroso de que el casi no se volviera vacío mayor decidí comprar un aparato de radio; sabía que el ingenio importante es el que recibe el mensaje, mucho más que el trasmisor que emite. Mi oído nunca fue motivo de orgullo y me tenía sin cuidado la calidad del aparato que pensaba comprar.

Dejando de lado novedades técnicas, potencias y cantidad de perillas a manipular, fui una tarde hasta un remate de las cercanías; allí me sería fácil encontrar algo que otro vecino desapegado descartó como chatarra. Si bien sabía con certeza lo que buscaba, cuando entré al remate me detuve admirado en la contemplación de todo tipo de objetos. Aquello era el sótano de la vida o la ciudad, la buhardilla de la historia reciente, el galpón de los readymades sin destino de galería. Los sospechaba depositarios de infinitas historias que me gustaba adivinar, comenzar a inventar suponiendo que el mundo es un cuento inconcluso. En cada objeto desgarrado comenzaba un cuento, se aceleraba una novela y caía en decadencia una saga con el mismo estrépito del imperio romano. Apenas empezadas, las abandonaba agotado de tanto diálogo, comentario, grito, quejido que se iban intercalando y eso mucho antes de que las intrigas se volvieran interesantes. La razón de esa desidia era simple de entender. Me desmoralizaba saber la imposibilidad de imaginar un argumento que coincidiera con lo sucedido realmente y ese desencuentro me molestaba. Entre esos tomos de historia sin letras y lectura compleja quise hallar la radio que me estaba destinada.

Exonerado de la impaciente emoción del primerizo con la obstinación de comprar una pichincha, dejé pasar cuatro jueves seguidos de monótonos martilleos y escasas pujas por la asignación de calefones viejos, cocinas inservibles y roperos destartalados. Más testigo curioso que comprador compulsivo, vi pasar de todo, escuché con sorpresa pujar y pagar precios que, si se sumaban traslado, comisiones difusas y la propina a los changadores, superaban los precios del comercio mayorista; pero daban al comprador compulsivo, la satisfacción similar a abatir un león furioso de un solo tiro de fusil a menos de seis metros. Mi porcentaje nulo de participación en las transacciones tenía intrigados a algunos concurrentes habituales, mi silencio era más obstinado que su curiosidad distraída por la salida de nuevos lotes.

El momento llegó y fue amor a primera vista. Estaba allí sola sin asumirse abandonada, recién llegada entre lotes de la víspera dispuesta a comenzar una nueva vida mañana mismo. Despreciada y propuesta sin entusiasmo por el rematador, pasaba indiferente para otros asistentes a la subasta. Desde el comienzo me resultó fantástica, cuando levanté la mano ofertando -tal como aprendí los jueves anteriores- el rematador dudó de la situación creada que lo sorprendió poniéndolo en estado de alerta. Quizá pensó que estaba proponiendo a subasta sin saberlo una reliquia valiosa; considerando que detrás venía apurando una heladera Siam en buen estado, no se podía dar el lujo de titubear en ese instante. Después de la Siam había lotes sustanciosos prometiendo suculentas ofertas, entonces bajó el martillo sin dejarle a los otros el tiempo de la réplica y era sacarse un problema de encima.

Pagué al contado la boleta que me presentaron y marché con mi radio a casa con la intención de ocupar con otras voces mi trabajo nocturno. Desde tiempo atrás había renunciado sin remordimiento a comprar diarios y revistas, una pantalla hasta que anuncian el final de la programación y más a tener un televisor propio. Como fuera dicho, evitaba contactos personales por hartazgo y miedo a decepcionar. Mis lecturas recientes llegaban en historia al descubrimiento de América y en literatura seria a las aventuras de Sandokán con páginas ilustradas. Apenas llegué a casa invadido por una felicidad de comprador que presumía olvidada por completo, puse la radio a funcionar. Marchaba bastante bien, salvo algunos detalles menores cuyo arreglo podía postergar sin cuidado. Era prioritario lustrarla un poco, sacarle el desprecio que tenía acumulado, más bien el desdén a pesar de que la pomada en poco mejoraría el brillo de las voces de los speaker.

Vivir en soledad una larga temporada y comprar una radio de remate son episodios sin interés en la ecuación mundana y la economía del cosmos en expansión. Cuando de la combinación de hechos tan dispares irrumpe un tercer factor anómalo, cada detalle de la primera interacción resulta enriquecedor asumiendo un extraño sentido retrospectivo. Los dos primeros meses de convivencia con mi nueva compañera, las noticias que escuchaba de lo acaecido en el mundo me aseguraban en lo acertado de mi decisión de aislarme. Disfruté el nuevo poder de cambiar de música, imponer el silencio y obligar a gritar hasta lo insoportable con la yema de los dedos. Este ejercicio de dominio realizado cada tanto, hacía de las noches algo distinto, una suerte de jauría mecánica.

Resulta difícil concebir que en altas horas de la madrugada haya en la ciudad más gente escuchando como yo; sin duda existen mis cómplices desconocidos con quienes voy a un mismo encuentro. La vez en que emprendí una nueva exploración cautelosa, moviendo con lentitud los dedos como debe hacerse mientras dura la noche, encontré una onda extraña que me desconcertó. Ahí, hasta anoche mismo no había ninguna estación nocturna trasmitiendo; voces de ultraradio sin tonalidad de profesionales ni intermediación de micrófono, pronunciaban palabras avanzando la existencia de hechos que hubiera preferido no escuchar.

En un principio me dije que había captado por error trasmisiones de un radioaficionado y lo descarté cuando puse más atención. Pudiera ser la onda de bomberos llamados por incendios intencionales y la frecuencia confidencial de la policía. Era tonto suponerlo y a las explicaciones prematuras le siguió la sorpresa. “Bienvenido” escuché. Sabía que era el destinatario del saludo que se dirigía a mí, esa voz nueva me estaba hablando a mí. Sin dudarlo ejercí el poder de los dedos moviendo la perilla salteando el dial precipitadamente. Casualidades, cansancio, agotamiento residual del vivir contracorriente… ¿qué otra cosa podía ser? Esa voz desapareció entre mis dedos como agua del pozo de la noche. La tentación siendo fuerte era impulso urgido, necesidad de drogadicto en falta y al rato, menos de un minuto después, volví sobre mis pasos a buscar confirmaciones.

Algo me guiaba, encontré el punto del dial sin dudarlo y seguí escuchando. Eran palabras temidas, sonidos provenientes de lugares que imaginaba sórdidos, tiempos remotos sin retorno, timbre de voces que debían estar muertas. Antes de admitir el engaño de los sentidos me aseguré de los aspectos técnicos, revisé enchufes, busqué en vano falsos contactos, confronté parlantes y era impensable un error del material. La radio estaba ahí sobre la mesa, delante mío, encendida como todas las noches recibiendo ondas invisibles mientras yo continuada escuchando historias insoportables.

Dejando de lado mis otras pocas obligaciones, acotadas a la subsistencia biológica, pasé varias noches perdido en ese juego de reglas desconocidas y todas las noches se parecían. Como la pesadilla que llega puntual apenas nos dormimos, de la misma manera mi fuga del mundo se poblaba contra mi voluntad de palabras temidas. Sonidos llegando de habitaciones que presentía húmedas hasta la descomposición, tiempos cíclicos y voces diferentes que continuaba viviendo, formándose en el aire tóxico mensajes que eran para mí y estaban destinados también a muchos otros. Intenté dejar de escuchar algunas noches sin conseguirlo, toda resistencia del sentido común y la razón era infructuosa. Las voces estaban clavadas en el dial y aun sabiendo que había otras estaciones pasando música, programas de predicadores amenazantes incursionando hasta el amanecer, una hipnótica fascinación me conducía a ese punto del aire que, durante el día, era un amasijo de música y gritos de concursos para ganar planchas, exprimidores eléctricos de limones, licuadoras.

Llamé por teléfono desde el almacén a la radio para quejarme del disfuncionamiento flagrante de la emisora en las horas nocturnas. Me afirmaron, como si yo fuera un loco tarado quejándose que quejaba en el lugar equivocado, que a las dos de la madrugada cerraban la emisión, en la planta quedaba un sereno tartamudo y que por favor me identificara. Colgué sin entender el miedo que me dio pensar que podían saber mi nombre y localizarme. Tratando de explicar con lo poco de pensamiento que me quedaba las voces nocturnas, imaginé bromas del sereno borracho, funcionarios de estudios vetustos y estudiantes manipulando equipos piratas. Las trasmisiones eran todo lo opuesto a una broma, escuchaba clarito gritos de dolor y el dueño de la emisora debía tener noticia de esas infracciones.

Cuando la situación se hizo insostenible en mi ciudad de repliegue regresé a Montevideo buscando otro matiz de confirmaciones, necesitado de hablar con alguien de confianza. Horacio es un buen amigo, cuando pude localizarlo le conté sin parar lo ocurrido las últimas noches; en lugar de desconfiar del funcionamiento de mis facultades, me invitó a quedarme unos días en su casa de la calle Buxareo. Esa misma noche conversamos hasta tarde y a la hora señalada manipulamos buscando las voces. Esperamos inútilmente, Horacio me creía y para mí su confianza era insuficiente. Confrontado a la prueba de los hechos y el testimonio de un testigo fuera de toda sospecha fui yo quien comenzó a dudar; de que Horacio me ocultara información por mi bien y después si era verdad lo que creí escuchar. A los pocos días gracias al humor sensato de mi amigo me olvidé del tema, acordé que la hipótesis de los radioaficionados era creíble y que algunas ondas se pierden o quedan circunvalando la tierra como cometas invisibles.

Convencido de que hace mal quedarse tanto tiempo solo, librado de mi preocupación capital encaré la vuelta a Montevideo con el ánimo de estar en unas pequeñas vacaciones. Propicié una serie de reencuentros con viejos conocidos que disfruté plenamente y balanceaba con las ganas, innegables, de regresar como curado a la otra ciudad donde había una radio. Por la pasada experiencia en el remate y lo sucedido en las noches posteriores, adquirí la costumbre de observar en detalle cualquier aparato de radio que se cruzaba ante mi vista. La conclusión era siempre la misma: todos los receptores eran distintos al mío, diferentes a mi radio que tiene el recato femenino de una hipnótica tecnología superada. Es un mueble de madera con una tela que parece de sofá al frente y respira delante del parlante. Adentro hay lamparitas de linterna de diferentes tamaños iluminando el dial sostenido por un hilo rojo visible. Es de las radios que tardan más de un minuto en calentarse antes de emitir las voces, tiene válvulas agrisadas que se encienden lentamente intercomunicándose con vidrios gruesos y filamentos finísimos, antes de ponerse en funcionamiento transfigurando el aire hueco de la noche en letanía de voces interiores. Ahora que me reintegré a mis manías tengo la certeza: sólo estas radios de antiguos modelos logran captar la onda de los espectros. La emisión -también eso descubrí- la hacen utilizando viejos aparatos.

Con estas seguridades inamovibles he vuelto a frecuentar los remates y comencé a observar con interés a la gente discreta que compra radios pasadas de moda. Son ancianos vestidos con overoles de electricista, señoras mayores de sombrero que usan tapados gastados por la polilla, tienen algo que parece unirlos y algunas veces los he seguido. Después de caminar más de una hora terminan por desaparecer, los pierdo de vista. Espero con impaciencia el día que pueda conectarme con ellos.

Anoche hubo poco movimiento, sólo lograba escuchar un llanto apagado, persistente y rabioso de alguien, supuse, que venía de una sesión.

-Falta poco, dije en voz baja sin poder explicar mi reacción.

-Muchas gracias, me contestaron a mí del otro lado después de haberme escuchado.

Ahora sé que la radio somos nosotros, si me animo una noche de estas les cuento mi historia carente de interés. En alguna casa de esta ciudad proscripta, alguien se sorprenderá escuchando palabras mías, sonidos de mis instrumentos que faltarían allí si su radio tuviera transistores. Comprendí que tengo algo para decir de la noche, hay alguien dispuesto a escucharme y necesita mi versión de los hechos.

Hace bien eso de comenzar a desconfiar del miedo a la soledad.

El comisario de Cerro Mocho (cuarta temporada)

Para Oscar Brando

Yo soy probablemente el único hombre en el mundo que sabe que esas personas existieron.

Memorias de Ultratumba, François-René Chateaubriand

Episodio 1

About Ernesto Cardenal

Me había sorprendido estar del otro lado (¿qué era “este” lado?) sin haber tenido preparación alguna y además de estar convencido: la transformación es el estado natural de las cosas, es posible –por voluntad o castigo- acceder a instancias corporales de la humanidad. Eso, de un día para otro. Hace treinta años de la primera vez de este mismo asunto; nunca supuse que llegaría tan lejos y todavía emitiendo señales luminosas: Cada tanto lo intento para revivirlo para decidirme a olvidarlo; sublimarlo arrebatándolo del basurero de la historia, entonces –hoy lunes 6 de junio de 2016- me obligo a escribir sobre lo mismo. Pasaron añares desde los hechos evocados, la memoria dejó de actuar con eficacia detallista y la historia parece resultado de la imaginación. En las primeras intentonas afirmaba conocer de antes que la tristeza aguardaba al final del camino, estoy menos seguro ahora. Le descubrí al asunto otra vuelta de tuerca que permite ser optimista para los próximos días de redacción. Demoré en volver al texto en la reconstrucción pues parecía rehusar al nuevo plan de la versión IV. Emergió a la superficie de la conciencia una idea que lo acomodaba en su función y sentido: haber mantenido el plan secreto que estaba en la primera versión escrito a pluma con jugo de limón.

Recién ahora se hace visible, como cuando se observa una nueva constelación por primera vez fugando hacia los confines del cosmos, capturada infraganti en el ojo ciclópeo del telescopio. Antes decía que las cosas habían concluido y era mejor dejarlas así sin resolver, estaría de acuerdo si el soporte hubiera sido otro artículo periodístico o un manual de historia de aquellos años. Era relato al borde de la ficción y eso todo lo transforma, con la literatura en juego se erosiona lo imposible, los hechos que parecían disecados logran resucitar, adquieren una luz propia de luciérnaga escrita, alumbrando tinieblas extendidas desde hoy hasta la primera noche de la muerte. Igual hay que aplicarse el ejercicio evocador, es fatigoso ingresar al programa de la tercera memoria emplazado entre la colectiva y la personal, ello considerando con prudencia la usura del tiempo que todo lo perturba. En mi situación debo tener en cuenta el desplazamiento del cuerpo este en el espacio, un cambio de lengua afectando la comunicación cotidiana y paisajes poderosos de otras ciudades que se imbrican en parte del azar ajeno a mi voluntad. En ese movimiento tras la concordancia se deben buscar y remover recuerdos. Cuando enfrento determinadas situaciones estoy obligado a transitar etapas del proyecto; revisar frases que casi nunca me dejan contento, cotejar archivos intermedios guardando la clave de acceso a la memoria madre del episodio. Como en la Letra Secreta que Es Dios para los cabalistas convencidos existe en cada relato una palabra irremplazable, buscarla es tarea excitante y extenuando, el precio a pagar para alcanzar acaso lo deseado.

¿A mis años quiero retornar a esa anécdota? Claro que sí. Es contemplar desde lejos el paisaje invernal de la juventud perdida para siempre. En el año 2016 tampoco abundan las alternativas, hasta me puedo citar fijando un punto de apoyo y volver al grado cero de la escritura: “Un recuerdo casual en la calle, de mañana temprano, me indujo al deseo de recuperar episodios de aquella tarde tan alejada del presente anodino (también del presente que cambió por el trabajo sobre el cuento en los próximos días) y cuyo desarrollo pensaba enterrado bajo una capa de ceniza, un residuo calcinado de brasa oscura consumiendo el leño del olvido.” Para avanzar sin temer el accidente de circulación debo dominar la caja de cambios de velocidades, mirar fijo la ruta evitando el choque frontal, atender el volante, la velocidad y sacarle al vehículo el máximo provecho, sabiendo que se trata de una vieja máquina de reventa revisada para la ocasión.

El encuentro se produjo de la siguiente manera y siendo la cuarta vez que se lo escribe –estamos lanzados en cuarta marcha y la palanca entró fácil- habrá ajuste disonante entre memoria y deseo. Con los años transcurridos sobrevivieron días como números primos indivisibles y asociados al sol; unos grados que se agradecen de tibieza luminosa consiguen pasar entre ramas y follaje de los árboles de la avenida Uruguay que venían de ser podados. Sin que nadie lo advierta permanecen danzando siluetas chinescas de la naturaleza; formas, sombras recostadas a la vereda que inspiran, siempre y cuando el paseante se deje llevar por la credulidad infantil, junto a la suerte de saberse con vida algún truco sorprendente. De que es posible todavía que el conejo blanco salga de la galera: Oh! Oh! Oh! el conejo blanco!!! Cuento sobre libros porque de otras cosas es preferible callarse. Que un poeta y un pájaro se llamen cardenal es prueba con rima de la existencia del dios en que no creo. Con ese paisaje de árboles más algún trino de los congéneres era suficiente para entablar la asociación de ideas; sucedía a partir de la palabra cardenal y era sencillo avanzar hacia la criatura fantástica. Era casi debutante cuando la intenté versión e hice un juego simple con la palabra que en su momento me dejó contento, hoy lo hallo un tanto prescindible; siendo tarde para volver atrás debo pasar por ahí si quiero acceder a la nueva versión. Tampoco es demasiado, apenas un par de párrafos que trataré de mejorar con oficio de taller mecánico.

Cardenal entonces. Pájaro anciano que pliega el copete de su especie volando rasante con boina oscura (la imagen del pájaro con boina vasca está bien), preservando el poder del canto que desprecia el umbral de la muerte (aquí aparece una evocación del mito de Orfeo: enseña cómo abrir las puertas infernales con la llave del canto y fracasa en la tarea de alterar el mundo de los muertos). Yo admiraba (envidiaba en el original) su observar a la gente desde la gente misma (el poeta asimilado no necesariamente al albatros de Charles B.), cierta serenidad entre la tierra sacudida por la guerra imperialista. Contemplaba la gota remanente del rocío nocturno que puede mojar una barba blanca de luz que ciega, como ocurre en la contemplación cercana de la rosa mística. Esa criatura volando en intersticios de dos mundos se transfigura a voluntad entre poeta y ave diurna, a impulso del soplo de voluntad divina y anatomía modificada por instintos que dios –cuando esa noción se decide a existir: ¿y si dios fuera intermitencia eléctrica entre tres nadas insensatas y absurdas? – enciende con el fuego divino y ama a su manera de Hacedor, se desprende de la nada volando soberbio entre corrientes de vientos cruzados del lenguaje. A su paso volátil va dejando la estela imperecedera de versos, hay rimas para el amor anterior por la muchacha llamada Miriam y el cuerpo putrefacto del gusano Somoza que metió a Nicaragua en el horror moderno. Cantos directos como flechas, conmoviendo el alma de los hombres con el rumor de diálogos confinados en grutas subterráneas. Catacumbas coloniales donde la voz nítida de Propercio –engendrado por el latín y la Loba Imperial- revive y ante nuestros ojos se metamorfosea en epigramas cincelados, recorridos de miedo y heroísmo como si fueran latinos sin embargo.

Dice el poeta,

Ileana: la Galaxia de Andrómeda,

a setecientos mil años luz,

que se puede mirar a simple vista en una noche clara,

está más cerca que tú.

Otros ojos solitarios estarán mirándome desde Andrómeda,

en la noche de ellos. Yo a ti no te veo.

Ileana: la distancia es tiempo, y el tiempo vuela.

A doscientos millones de millas por hora el universo

se está expandiendo hacia la Nada.

Y tú estás lejos de mi como a millones de años.

Segundo párrafo: era de tendencia política, algo asimilable sobre el antiimperialismo tal como se afectaba en mi juventud. Desde el piso y envidiosos del vuelo los buhoneros al servicio, peinados con pociones gringas y cazadores de lo bello para suprimirlo porque anuncia, se irritan hasta el odio por el dios que permite esa osadía de juntar milagros dispares que los pone en evidencia miserable. El pájaro evocado (ojo de/movimientos, gafas redondas de/vocación de pájaro precolombino escapado del jaulón vegetal de la historia) dice y hace. En la tarea igual calla y reserva para unos pocos la señal esperada, distribuye en el poema estigmas secretos que ÉL (manera tipográfica de evocar una divinidad en la que descreo) supo inspirarle en temporadas de ayuno y madrugadas de plegaria, noches de persecución y oración invocando el amparo del Supremo. La situación e implicando a Dios, inclinado hacia el bando enemigo según la versión de un porcentaje sacerdotal, se hace/vuelve insoportable. Los hombres envidiosos inspirados por deseos del Maligno quieren castigarlo a como dé lugar. (Años después será el papa polaco afecto a los asuntos del César el encargado de la reprimenda, más preocupado por la Cracovia roja que por el alma de los niños sodomizados en el catecismo. ¿Quién servía a Lucifer en esa escena de rezongo de la pista de aviación?) Acusan por reflejo, juzgan sin proceso justo y condenan a la manera de tribunal militar. Dioses paganos dolidos por haber sido obligados al exilio del que nunca se regresa, con malicia de súcubos sumisos en misión destructora. Sin entender la humildad de dar las gracias a milicias angelicales intermedias por la dicha palpable y milagro del pájaro/poeta ese. Milagro revoloteando entre campesinos humildes con Angelus reavivando la razón del porqué de los lirios del campo.

Cosas que uno piensa sin quererlo siendo incoherentes cuando camina distraído por la ciudad, bajo el sol afilado de Maldoror y con el libro de poemas de Ernesto Cardenal, recién comprado de ocasión en una librería de viejo. Debo confesar que no era del todo exacto y luego de tantos años, habiendo actualizado el CV por razones burocráticas y académicas, era en esos meses que leía con intensidad la obra de Kafka. Todo había comenzado con La metamorfosis en las clases del liceo, el famoso relato que luego fue traducido a nuestra lengua por Héctor Galmés. Hasta escribí un pequeño manual para estudiantes, sin sospechar que se trataba de un encuentro decisivo y que llegaría intacto hasta la comarca del 2016.

Episodio 2

Uruguay y Dante

Era el despertar de una conciencia literaria. Kafka “lo único que hacía” es hacer visible lo real. Nosotros suponemos que somos hombres, en realidad somos un pueblo de escarabajos, una colonia proliferante de cucarachas alocadas. El texto nos atrae porque en el fondo de nosotros mismos, en secreto de confesión sabemos que lo allí contado es una realidad que se desplaza. Era ese el estado de espíritu y situacional para iniciar el movimiento perpetuo, había cierta envidia poética acurrucada como buitre en círculos, me interpelaba la transfiguración animal del viajante de comercio Gregorio Samsa en lo que tiene de insoportable.

Así camino por el centro de la ciudad en un paradero existencial que de resolución útil comienza a volverse problemática. Vida, pasión, historia y el mal dolor de la literatura, momentos en que es preferible la soledad para rumiar sobre caminos que nunca serán los hollados por mis zapatos con suela de caucho. En ese mientras tanto siendo el silencio aconsejado, malgré la alevosía solar inmiscuyéndose en los pensamientos –cargado del pasado que “ya” se niega a diluirse en la ciénaga del olvido, es imposible andar tres calles de continuo en paz, siempre ocurren intersección sumándose al azar y programando encuentros que reactivan el pasado. Algunos de ellos resultan molestos con retroactividad, otros remiten a retornos perseverantes de tiempos que uno supone lejanos; de cuando correr dos cuadras no ocasionaba palpitaciones en el pecho, éramos reconocidos sin avanzar explicaciones sobre trastornos visibles que acarrea el paso de los años (de eso trata este proyecto: con la diferencia de que los achaques del cuerpo se transfieren y subliman al cuerpo escrito).

En la avenida Uruguay hubo cambios en los últimos años, se quedó sin árboles del ornato público, pájaros en cantidad suficiente para la algarabía ni sombra para soportar una caminata de punta a punta. Igual hay esquinas predestinadas a cruces y atajos misteriosos, encontrarse con alguien en Uruguay esquina Dante no tiene nada de excesivamente original, se parece a la rutina de un razonamiento lógico, demostración matemática desprovista de elegancia. Hoy dudo de la escena y sin embargo en 1985 escribí: seguro, estoy casi seguro de que el encuentro se produjo entre los ómnibus que marchan del centro de la ciudad hacia los barrios alejados y populares, zonas proletarias de Montevideo como se decía antes, carrocerías desprendiéndose morosamente –más en las tardes de calor y días de pago de las pensiones- del barullo de la capital yendo a una periferia cualquiera a hora y media de distancia. En esa circunstancia pretendía llegar apurado hasta el poste del semáforo queriendo cruzar “al otro lado” y esquivando gente avanzando en sentido contrario fue cuando nos encontramos.

Venía de la calle Colonia, paralela a dos cuadras de Uruguay y la principal avenida de la ciudad, era ella sin duda, al vernos nos reconocimos con felicidad; algo agachados e inclinando los cuerpos hacia adelante, como detectives en películas de serie B con tiroteo (pueden imaginar el gesto) nos apuntamos con el índice de la mano derecha. Barriendo en ese gesto de exclusividad a la gente amontonada en esa parcela del mundo, también los autos circulando en hora pico y otros obstáculos hasta dejarnos el aire sólo para nosotros. A esa edad las emociones tenían algo de exagerado, el presente contiene un sentimiento compartido desde la niñez sellando un pacto con fusión de aquí a la eternidad. Cuando veo en ello a los jóvenes al final de los cursos, en estaciones de pocos trenes me cuesta creerles; pero es lo otro: la implicancia de tanta emotividad, orgullosa en su manifestación no resistirá el tirón de unos pocos años. Allí anidan en estado larvario traición y obsesión, desencanto y muerte.

Cuando entonces yo estaba del otro lado; sucedió el abrazo hamacándose de derecha a izquierda de osos de juguete a los que les hubieran dado toda la cuerda, se concentraban los posibles de afectos y lo que ni siquiera imaginábamos. Hoy es repetir el mito de Orfeo por variaciones: puede admitirse que la música abra las puertas selladas del infierno y la escritura regresar a la vida con la voz de los muertos queridos. Mientras duró el abrazo se cruzó la evocación de otros compañeros en la memoria, la semana pasada me escribieron que murió Daniel Mañana y recuerdo su casamiento –con otra muchacha llamada Miriam- por civil en un juzgado que funcionaba en una vieja casona con escaleras de mármol.

Volvamos al escrito original; fue tiempo de ensayar una cadencia y orden sorprendente, la lectura de afectos que con palabras definimos de manera aproximada. Era inevitable pensar en amigos y camaradas perdidos en rutas delineadas antes de la conquista americana, desorientados en calles cariadas de baches y sucios callejones sin salidas, inmóviles en casas sin balcón ni patio interior, ocultándoles que a ellos la ciudad –que puede ser indiferente- los extraña. Era ella encendiendo reacciones pensando en los ausentes, dije que nos abrazamos olvidando años que nos escamotearon trabajos por mejorar el mundo, resistencias encontradas en el intento y vimos pasar almanaques de la divina juventud con cifras aceleradas de hace medio siglo. En las películas de propaganda con el tema de la guerra mundial, cuando el responsable en la mesa de montaje quería insinuar el paso del tiempo con ese arrancar de hojas que asume el viento de la historia. Pensé: qué pena que mi amigo poeta no está aquí para que (se trataba de Eduardo Milán) improvisara versos loando la dicha de un tiempo disuelto recuperado por procedimientos mágicos y secretos. Era Milán en quien pensaba, Eduardo compensaba en conocimiento personal de “poeta” esa lejanía que tenía ante Cardenal y fue una suerte haberlo cruzado durante algunos años. Fue por él que escribí el final del Capítulo II de aquel texto de micro novela en la versión 3 pasando de lo general y conocido a lo próximo personal. Recuerdo boleros corales polifónicos con vasos de aguardiente, evoco tu asombro (dije campesino, pero fue un error de apreciación) algo curioso ante un texto maricón de Severo “Cobra” Sarduy, que volvía a preguntar en mantra mientras éramos jóvenes ¿de dónde son los cantantes? Recuerdos del otro y algún otro poema del tiempo amado –habías pasado por el perfume provenzal con doncellas, señores con hábitos de corte y trovadores enamorados, endulzando el sudor sangriento de cruzada- donde con verso de homo faber signaste hace diez y cien o diez mil años (y treinta después evoco a mi amigo poeta, considerando a la memoria la máquina de zurcir lo inesperado) el día irrepetible, la situación ardua para el frágil equilibrio del universo y el instante en que el viejo elefante de Idaho:

(Do not move

Let be wind speak

That is paradise),

que halló su cementerio marino en la jungla de canales venecianos, legaba sus colmillos para que se hicieran tres bolas de billar y el juego del azar recomenzara. El mundo es mezquino y el objeto complicado que queríamos cambiar desde los cimientos con más o menos frenesí, el mundo era palimpsesto de ideogramas egipcios y trazos mandarines, signos misteriosos de sociedades desaparecidas, palabras rimando en el decir trovadoresco metamorfoseado. Caroso huidizo del poema como piedra preciosa y corazón alado del poema a venir.

Episodio 3

La muchacha que volvió de la muerte

Se lo consideraba una premonición, era el destino penúltimo del pueblo judío confrontado a la deshumanización de la racionalidad occidental del Holocausto, pero FK miraba distinto. Podía anticipar –mensaje de dios decidiendo y poderes de vidente, lectura del porvenir en los signos caóticos de la familia- el horror resultante formalizándose como plan minado de consecuencias. El horror presumido es el de lo sabido: la metamorfosis colectiva irreversible una vez alcanzada la tierra de Sion. Ello conduciría a los judíos a la historia no sagrada sino de la humanidad y una vez despertados del sueño mesiánico, ellos mismos verían con sus ojos entornados a los otros como escarabajos hostiles.

Lo importante es la escena y su presencia, después fue la separación de los cuerpos sin dejar de tocarnos queriendo probarnos lo concreto del sueño. Nuestra no condición de espectros, agarrándonos uno a otro los dedos de las manos que buscaban ser dedos sin más y no garras de halcones como escribí una primera vez. Luego del tacto verificación por la mirada nos distanciamos a menos de un metro, de manera desfachatada nos mirábamos de arriba abajo, en secreto lamentábamos el olvido, descuido o el no haber urdido la ocasión –hablo por mí y en ese caso la ternura era tan fuerte como el deseo- porque nunca nos vimos desnudos subidos en una cama deshecha. Como ellos te vieron y se divertían a tus expensas; o porque cada uno de nosotros era para el otro –creo que hablo por ti sin tu autorización- un recuerdo comenzando a desaparecer. Después de un buen tiempo sin vernos las preguntas salieron en marcha desordenada, superpuestas de confusión y en disonancia involuntaria; de mutuo acuerdo decidimos evitar alusiones sobre tonalidades y colores del pelo, razones de arrugas en la frente. Quiera dios, pensé, que no hubiera mancillado mi estampa veinteañera; ojalá que viniendo de tan lejos pudiera verme parecido a como la imagino a ella, sin señales del paso del tiempo alterándole el cuerpo de muchacha, como si por milagro de diosas sensuales hoy fuera una de otras tardes irrepetibles. La estampa fijada en santificación: pantalón vaquero gastado por el uso militante, cara larga de modelo de pintor avanzado del taller Modigliani, risa fácil y espontánea, conexión imprudente que puede en los otros más que cualquier belleza de artificio y le daba encanto devastador e irresistible. Las respuestas eran menos graciosas que las preguntas y en dos minutos los recuerdos se impusieron al efecto del encuentro. Al rato recordamos charlas en horas puente del Instituto de Profesores y todo era novedoso: artimañas del huérfano Marcel para recuperar el tiempo perdido con la taza de té y el bizcocho en forma de concha haciéndose miga, mientras escucha un campanario de la niñez. Si no fuera prodigioso habida cuenta del resultado escrito, parecía un procedimiento burgués con tentaciones aristocráticas.

Fue cuestión de mi elección, para el examen de literatura general III (dictado por José Pedro Díaz) –cuando era jovenzuelo e inclinado a la soberbia de descartar la memoria (teníamos el gustito de la imaginación al poder) por la prosa de Melvilla. Ello argumentando que el hobby de perseguir al cachalote albino por los mares del mundo y más si lleva en el lomo, amatambrado con arpones y sogas el cuerpo del capitán Ahab. El rengo insistente que clavó en el mástil un doblón de oro español, era menos violento que preparar tecitos con magdalenas de Combray a la sombra de capillas en flor, ante muchachas debatiéndose entre el deseo de la carne que tienta y el pudor represivo finisecular. Mientras tanto, el recuerdo de la familia Samsa se metía en el cuerpo como una sífilis de otra naturaleza de la que contagió a Adrian Leverkhun. Mis fundamentos literarios eran poco serios y hacían agua por los cuatro costados, al menos eran lo bastante divertido como para hacerte reír.

Ella volvió a hacerlo como en años anteriores, si es que mi memoria ahora que más la necesito no falla porque es ley de vida.

-Como nunca te di el besote que te mereces por ser tan linda, te prometo que algún día escribiré una historia romántica que te incluya.

Eso fue la promesa a la aparecida, con la liviandad de cuando me suponía inmortal, como si fuera inmortal entre mortales y creyendo –sublime pecado de hybris- que en un cuento pudiera existir algo de inmortal. Ella escuchó esa promesa como una declaración de amor travestida, sonrió y creo que la idea le agradaba, más que si la hubiera invitado a pasar un fin de semana en Piriápolis. Luego preguntó si en el mentado cuento habría situaciones divertida, como aquella de los remeros olímpicos cubanos que, en plena regata de entrenamiento vuelan sobre aguas jurisdiccionales de la revolución y zafan de la isla encantada rumbo a Miami. Ni me acordaba del cuento ese (había que contarlo con voz acentuada cubana de relator deportivo radial y convencido) que ella asociaba a un tiempo feliz de militancia; qué memoria de muchacha, me dije. Después de tantos años y con lo que acontece en la rúa acordarse de ese detalle de remeros tránsfugas, que tenía un vínculo con historias marinas y la novela americana de tripulaciones sacrificadas a las profundidades por la obsesión del capitán mutilado. Pude haberlo hecho, pero no me atreví a confesarle que el cuento que la recordaría tendría toques sentimentales y el final sería poco divertido, todo lo contrario, sin descartar cierta felicidad poniendo a prueba que el amor puede ser más poderoso que la muerte.

El tiempo carece de imágenes de remeros y pasó volando, también la duración del encuentro pactado en Uruguay y Dante. Nos despedimos en cámara lenta como si una fuerza que rige a la vez el mundo real y proliferantes universos invisibles lo hubiera decretado; prometimos ponernos en contacto para renovar capítulos sueltos que quedaron varados por el camino. En un instante comprobé que por Uruguay y en ambos sentidos avanzaba gente apurada huyendo del odio del volcán que entró en erupción de lava. Más gente atravesaba la bocacalle de Dante y eran almas en pena, marchaban sin prestar atención al tráfico pesado y como si estuvieran muertos. Cualquiera fuera su entidad metafísica tropezaban con nosotros y nos atravesaban como a seres inmateriales, nos atropellaban confundiéndonos con espectros extranjeros a la tierra. Mera transparencia como relata el mito de Eurídice y Orfeo sin música de Monteverde.

-Chau flaquita, me escuché decir en voz baja; susurro adecuado al trazado de camposanto y dudando que ella escuchara mis palabras de despedida.

Lo que son las cosas, si es para dudar de la condición humana. Hace un tiempo un imbécil de los que nunca faltan, cretino total, me dijo que a la flaca maragata la habían asesinado durante un interrogatorio en un cuartel, vaya uno a saber si fue en un interrogatorio, como si fuera importante para amainar el horror. Me dijo, sugiriendo detalles como si el tarado hubiera estado allí, que cuando le entregaron el cuerpo a la familia prohibieron que se abriera el féretro, por temor a que siguiera flotando a la deriva en el Mar de la memoria. En estos tiempos de incertidumbre que siguen sin prometer el final restituyendo la paz de los espíritus, no se puede creer en nadie y menos en mí; por suerte desde entonces las cosas cambiaron para bien y tenemos gobernantes dispuestos a dar la vida para que la luz de la verdad salga a iluminar el futuro. Qué macana igual, en su momento mucha alegría y abrazo y al final me olvidé de pedirle un número de teléfono para ubicarla y seguir conversando. De un lado mejor así, qué más lindo que encontrarnos la próxima vez tal y cual lo cuento, como quien no quiere la cosa. Sería suficiente con caminar por la avenida Uruguay, llegar al cruce con Dante hacia el 1300 y quedarse ahí sonseando, sin pensar demasiado y rondando siempre la esquina hasta que el milagro se repita.

Episodio 4

Luces de Broadway

A todo uno se acostumbra, por suerte estaba la familia y el hogar para protegerlo y entenderlo potenciando el grito mediante el desprecio paternal. La historia del viajero de comercio como es sabido terminó mal: lo lavan del piso sucio para sacar la inmundicia de la casa. La familia hizo lo humanamente posible; desde el principio se entendió que era una enfermedad incurable (mutación extraña del virus contagioso de la maldición) y buscaron acomodarse a la situación siendo en vano. Se cortó la comunicación, el entendimiento de las conductas bien pronto pasó a lo insoportable y las hostilidades. Lo favorable para todos –sobre todo para el malogrado Gregorio- era salir de esa situación, que la larga agonía terminara pronto y que el dios que permitió esa aberración zoológica asumiera la situación anómala hasta las últimas consecuencias.

Es así mi corazón sentimental al que le gustan las letras de bolero, el capricho empecinado, semejante al de un borracho manso diciendo su verdad sobre el sentido de la vida enviaba órdenes de búsqueda constante y recuperación. El circuito integrado responsable de la maniobra se negaba a obedecer, procesando los datos como era debido sin estar dispuesto a desbloquearse. Se producía la incompatibilidad de dos sistemas buscando la supremacía, la memoria del disco duro desobediente y sublevada, ponía en la pantalla fluorescente de los operadores –traía a la visualización activa- imágenes pretéritas, diferentes y anteriores a las que yo reclamaba con insistencia. A lo largo de una hora repetía la operación, recomenzando el llamado desde el principio para anular eventuales obstáculos. Nada de nada, hasta que por último me resigné a transitar sin tener los comandos bajo control y extraviado por ramales colaterales del sistema. Rodeos extensos y monótonos que mi yo interior en rebeldía insistía en sugerirme; fastidiándome sin tregua, cayendo en torpezas “de continuidad” evidentes, de “olvidos imperdonables” en el intento de recuperación y rescate. Queriendo escribir un cuento íntimo parecía que debiera resignarme a comenzar una novela que quedaría inconclusa. Tampoco podría inventar un argumento si antes no exorcizaba la imagen del comienzo de “La metamorfosis”. Es un flash back de la noche prodigiosa cuando pudimos tener un romance con la flaca y terminó en caminata de borrachos con otro muerto de la larga lista. ¿Qué fue lo que soñó Gregorio la noche esa de la metamorfosis para explicar lo sucedido? Un día me desperté con la respuesta y como la había olvidado me dediqué varios años a buscarla en los textos de Kafka.

Después del encuentro la secuencia resultante fue la siguiente y resultó una estrategia de escritura. Primero aparecen en la pantalla los domingos de mañana, antes de ir a visitar la casa de mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, cuando mis padres me llevaba a ver el teatro infantil; que aquí adquiere importancia siendo la primera representación a la que me confrontaba y determinante en mi formación. Ello sucedía –yo y mis padres estando ahí- a pocos metros del proscenio del cine de nuestro barrio sobre la Avenida 8 de Octubre, que algunos fines de semana se transformaba en escenario improvisado. Una boca escénica apenas de mover los labios, sin profundidad para representaciones como la tetralogía del Oro del Rin y apenas suficiente para modestos artistas locales. Llevaba puesto para esas ocasiones pantalón corto, saco de lana con motivo de ocho tejido por mi madre y la bolsita de caramelos de los cuales recuerdo la forma de bolita –de canica azucarada indica el corrector automático- más que el sabor que debería ser empalagoso e indefinido.

Una de esas matinés familiares, cuando se repetían sobre el escenario barrial el número del mago de las cajas y el conejo achacoso, los juegos del malabar con clavas y argollas, cuya inseguridad en cada maniobra trasmitían el temor al fracaso desplazando el asombro de desafiar fuerzas gravitacionales -y títeres repitiendo historias con final ejemplar sabido de memoria- apareció ante mi vista algo por una vez sorprendente sacándome del letargo, nunca visto antes y menos imaginado. El muñeco para empezar y lo que recuerdo es la impresión que me produjo su presencia; era más real –exonerado de rasgos antropomorfos- y creíble que el hombre que lo llevaba en brazos. La situación era sencilla y el muñeco más verdadero que el hombre porque hablaba, con voz hipnotizante alternando tonos graves y grititos de nene caprichoso. Una vez comenzada la actuación el muñeco reclamaba nuestra complicidad trepando desde la platea próxima. Simpatía retenida en los primeros minutos, necesarios para entender aceptando el truco cercano, creciendo hasta alcanzar una solidaridad con la criatura, expuesta mediante un coro de expresiones de chimpancé inmaduro. Resortes o elásticos moviendo la mandíbula inferior acartonada del muñeco exageraban unos ojos saltones, la ropita menuda era réplica exacta del vestuario del hombre (saco cortado por la esposa de tela brillante, me parece), el cuerpo tieso de papel maché y piecitos oscilando en el aire, terminados en zapatitos de charol con cordones anudados. Los pies sueltos de niño poliomielítico –había alguno con muletas en el vecindario- eran detalles trascendiendo limitaciones de la naturaleza humana. Ese macaco con “cabeza de pato” de revista de historieta, podía más en su convencimiento que la sonrisa forzada del señor mandando. Labios por donde se filtraba –con intencionalidad de engañarnos- la segunda voz escuchándose en el cine, la del artificio de hablar sin mover los labios. Truco que quienes estábamos ese domingo en el cine transformado en teatro de niñez fuimos aprendiendo con el pasar de los años.

Había en esa figura de anatomías desvirtuadas hasta la animalidad que debía ser monstruo quimérico, algo imaginado tendiendo a la verdad. A pesar de la predominante apariencia de un pato real, de ser muñeco con cabeza de pato, vestido como presentador de programa de preguntas y respuestas en las fonoplateas de la ciudad. Ningún asombro previo de los otros artistas aficionados y esforzados, rondando la ilusión circense, igualaba a mi parecer crédulo de entonces la polifonía dual y el muñeco. El duelo de voces dialogantes en la misma garganta fue mi primer encuentro con la astucia de hacer creer a los otros mirando que quien habla es el otro. En un pizarrón de escuela sobre el escenario los organizadores escribieron el nombre de los artistas del estómago y cuerdas vocales, del lenguaje del hambre. Paco y Pico, deduje que Paco era el hombre, que fuera de escena se llamaría Francisco y Pico el macaco con cabeza de pato, que hablaba sin voz propia “pero parecía ser propia”. Sin esófago ni cuerdas vocales de piano, sin amígdalas de pato, en tono de carraspera que, idéntica a una melodía de afilador de paso por el barrio, viene trastabillando por la mente.

Llega desde mañanas de domingo durante la infancia, horas archivadas en depósitos lúgubres y desafectados de galpones de la memoria. Con presencia de entrega que me despertaba el truco de las voces crecí en Montevideo, aguardando en mañanas de abril y noviembre que jamás llegaron la repetición de aquella voz de pito afónico, de fumador empedernido y borrachín de alcoholes baratos, para sentirme acompañado en el tiempo que se llevó las islas de la infancia, igual que un velero de tres mástiles a la deriva. El tiempo impuso otras voces violentas y el silencio obligado; llenándose de gritos cercando las voces de la infancia, bandada de patos asustado huyendo de escopetas doble caño de los cazadores. Con ellos se marchó la voz de Pico haciendo fonomímica cantando “Love me do” de Lennon y Mc Cartney sobre el estrado angostísimo de mi cine de barrio –el Broadway- que algunas mañanas, sin convencimiento y vergüenza de parecer ridículo- se disfrazaba de teatro para las familias conocidas de vista de la barriada.

Episodio 5

Matrix Montevideo

¿Era el último ejemplar de las criaturas aberrantes de la novela? ¿Estaba en la línea conceptual de Drácula y Frankenstein, del hombre invisible? ¿Samsa era el avatar profético? Podía ser el regreso de la zoología fantástica, pero en lugar de cruzar entidades mitológicas ya estábamos en los “otros animales domésticos”. Larvas, gusanos de la muerte, moscas de las vendas con pus, buitres interiores de las vísceras blandas; la caricatura de las tortugas Ninja. ¿Respuesta desesperada ante la arremetida de los super poderes, dejando esos artilugios a las mentes infantiles? Era el principio de Lavoisier en cuanto a la mutación de las energías humanas de la existencia. ¿Por qué se fijaba de tal manera en la memoria del lector?

Es claro –hoy día más- que envejezco, los años se acumulan sin drama desde la última vez que escribí sobre esto mismo. La necesidad de rescatar la impresión de voces perdidas me asalta cada vez más seguido, será que lo hago por cansancio y miedo a encontrarme con el pasado. Me consta que obrando así postergo la oportunidad de pellizcar una astucia del oficio del recomenzar cada tanto. Cuando hablo solo (me sucede cada vez más seguido y trato de ocultarlo a los conocidos) mi voz semeja un insulto monocorde de ventrílocuo viejo y alcohólico, resuena hueca en la valija de los recuerdos, olvidada a propósito en un garaje abandonado, invadido por la humedad del olvido. Reconocerme en mi propia voz impropia para comunicarme con el mundo, tiene algo de actuación fallida por falta de público del ventrílocuo; con úlcera estomacal dolorosa, punzada de gastritis aguda y que al pretender sin conseguirlo un truco, siente en el cuerpo las invocaciones de la derrota. El sonido proveniente de mi voz de monólogo en el presente, convoca como lo mejor que puede la coral de otras voces fantasmales –similares y ajenas- agolpándose cerca de mis oídos. Obligándome a cerrar los ojos con fuerza buscando el teatro íntimo del pensamiento, a taparme con ambas manos las orejas sin escuchar ni saber el absurdo barullo del mundo actual, y excluir que seré el Julio César que debí actuar Polonio en la obra aficionada que nunca fue, único papel en la vida y sola actuación para justificar el sentido a la existencia. Voz quebrada que llegando por el túnel desde la infancia se degrada sin saltarse las vallas de la juventud, suplicando algo inevitable, en el instante apropiado para reestablecer un contacto por escrito con la muerte.

Quizá esta historia quede en cuatro variantes –el cuatro es buena cifra para contar una historia que persista- y la quinta deba dictarla con la ayuda de una espiritista. ¡Ah…! pero de qué manera seductora insisten esas voces que suponía apagadas, con consistencia de hadas y poder de sirenas. Ante la reconstrucción inicial que me propuse, lo primero que viene en mi ayuda para llevar adelante la tarea son las voces. La memoria es un sitio circular ambiguo, allí permanecen voces que escuchamos desde que accedía a este mundo sabiendo que estamos de paso. La clave para iniciar la reescritura se hallaba en un disquete perdido entre miles de soportes de audio, estaba saturado de diálogos inconexos, frases destrabadas exigiendo réplicas pertinentes, entonaciones reconocibles desde la primera palabra y oraciones dejadas de lado. Voces porfiando en acompañarme hasta el final del proyecto, hasta que el presente las obligue a recular y que mi memoria comience a fallar desde el interior del cuerpo. Mientras escribo la mirada se vuelve hacia ellas y las restituye al reino de los muertos.

En el intento actual se emancipan renegando la condición de pasado sepultado, actúan y conversan de manera insolente sin importarles mi voluntad que rige –trascendiendo este cuento- el proyecto que afecta a todo el libro. Voces realizando en el estudio de grabación de mi cabeza en canales de una consola perimida y sin valor de reventa en el mercado. No obstante, escuchando materiales sonoros archivados compruebo que los registros preservan cierta pureza. El timbre de voz a veces lindando la perfección, la mezcla original aceptable –me refiero a las versiones del Libro Tercero de 2003- y el resultado final una edición digna. Master sorprendente que resulta un desafío interesante para comunicar. ¿Para qué intentar otra variante que sería la cuarta? Es mandato irrefutable e imposible negarme a intentarlo, nadie lo hizo hasta ahora a la manera de works in progress que tanto nos obsesiona a algunos. Siguiendo imágenes sonoras sería provocar la comarca de voces escondidas, que ninguna cabeza reproductora (pienso en antiguos equipos japoneses y alemanes) puede resistir por mucho tiempo, ni leer con fidelidad. Algunos días tengo que resignarme, defenderme porque creo estar hace treinta años y escribiendo esta oración por primera vez.

Me cuestiono si el proyecto vale la pena y no fue una pérdida de tiempo, otra manera de retardar el enfrentarme a nuevos proyectos encontrados a la salida de los pasajes secretos de París. Es tarde para esas consideraciones: les jeux sont faits! Y todavía me falta convencer a algún editor para que acepte publicar el resultado… A pesar de fijar con insistencia mi atención para captar fragmentos aislados, partes del diálogo sin comentarios dispersantes de un autor entrometido. Sólo voces llegando de conversaciones distintas en el tiempo y con interlocutores muertos –me consta que en algo soy sobreviviente- y no mantienen relación entre ellos.

-Estoy contento, a pesar de los otros libros igual pensaste en mí.

-Es tarde para intentarlo.

-La toma del poder es inminente.

-Entendélo: se mató, así como lo oís. Se mató, entendélo de una buena vez.

-Hacía falta el ejercicio de reaprender a escuchar voces lunares invocando a Ganesh, ahora tienes vía libre para recordar pormenores de aquella tarde. Al recuerdo de que cada cual tiene los procesos de la memoria que están a su alcance. ¡Atención! el programa que ingresa en la memoria activa es irreversible; siendo memoria afectada por otra invención, una vez desbloqueando a conciencia avanza hacia el final de forma obsesiva sin mirar hacia los costados. Igual que hace treinta años eso es efímero, se volatiliza… como si no pudieras cambiar una coma siquiera en tanto los recuerdos admiten reescribirse. ¿Y si pudieras intentarlo pactando cambios que tal vez lleven por esta vez a la verdad de los hechos? ¿Te acuerdas de aquella tarde lejana?

-Como si fuera hoy.

Episodio 6

La ofensiva de George B. Brummel

¿Pero qué mundo era ese que quisimos cambiar? También el país pasó un terrible sueño y se despertó convertido en un monstruoso insecto. Situación inquietante, la metamorfosis era lógica, normal por probable y “hasta deseable”. Era un país donde ese texto terrible del siglo XX se ensañaba con adolescentes de barrios populares que leían poemas de Quevedo. Estuve ahí, puedo dar testimonio si bien ahora parece un episodio de ciencia ficción. ¿En qué año salió Franz Kafka de los programas de literatura de secundaria en Uruguay y fue relegado a una opción miserable? ¿Por cuál otro autor maravilloso lo desplazaron? ¿Quién fue el inspector responsable de esa revolución conceptual retrógrada en la lectura? Roberto Barry murió en el año 1981 y tenía apenas 63 años.

El día prodigioso de aquella tarde menos pensada, el día normal de las promesas amaneció con cielo cubierto de un gris amenazante, cargado de presagios portadores de sucesos tristes. Cada uno de nosotros –se entiende que estoy evocando idus de marzo y compañeros del Instituto de Profesores Artigas-, que éramos jóvenes (¿importaba por entonces el paso del tiempo?) y estábamos en medio de una huelga estudiantil tenía asignada una carga específica, tarea militante como se repetía en las asambleas del CEIPA.

Una mínima represa metáfora de contención condenada a ser desbordada antes de la falla que todo lo arrastraría, fracasar en el intento para decirlo sin vueltas, formaba parte de mi diagnóstico personal pesimista. Igual que las olas gigantes esas, irrumpiendo de la nada en un punto profundo del océano Pacífico, que avanzan a mar abierto arrasando las costas insulares del archipiélago japonés, así de devastadora llegaba a nuestras vidas la Nueva Ley de Educación General. Un texto legislativo laborioso, salpicado de incisos indignos de suspicacia y acusación, putrefacta marea legal incontestable con la finalidad de ahogarnos. Aquí van comentarios oídos al azar, notas breves sueltas y que adquieren un sentido profético con el paso de los años:

-La votación sale entre hoy y mañana. Esos hijos de puta la van a aprobar el bloque sin importarles la mierda que se prepara en las calles, fue lo que dijo entre irónico y resignado el flaco Carlitos de los Santos mientras miraba para cinco lados a la vez.

-Nos quedan para resistir a la reacción blindados checos, bazucas de la Armada Roja y el escuadrón de elite entrenado por cubanos en Cienfuegos, siguió Carlitos.

Añoraba en voz alta y audiencia en sueños bolcheviques el arsenal que la presa oficial y comentaristas audiovisuales, la basura perfumada del día a día nos atribuía a los huelguistas desde que el proyecto se debatía en el parlamento.

-Un fantasma recorre el Instituto de Profesores Artigas, el fantasma de la patria potestad que docentes leales ponemos en peligro. Atentos precarios, acomodados impúdicos, parientes de seudo demócratas venales, legisladores indignos del gran Montesquieu y el momento crítico que vive la nación, se unieron en santa cruzada; así hablaba a lo Zaratustra un camarada, marxista ortodoxo y filósofo de formación para más señas.

-Che! mis queridos, el Zar Julio María IV con su maldita ley de educación de nefasta inspiración, como si nada otra cosa tuviera para hacer con el país, nos quiere recontracagar de aquí a la eternidad. (De alguna manera lo logró, su proyecto se adecuaba a otras contrariedades en la constelación del Uruguay joven.) Que lo parió al doctorcito tan elegante en el espíritu de Brummel y elegido ministro mejor vestido del gobierno. Esto es un llamado: alumnado con suplencias y perdidas esperanzas, habrá que dispersarse en orden caótica y pronto por ignorados caminos del mundo. Queridos míos, tenemos muchísimo para perder en las próximas semanas, la vida para empezar de Cero y nada para ganar. La putísima madre que lo parió a él que la escribió y sus incisos jurídicos en letra chica…

La situación militante de aquel día amanecido con cielo cubierto daba para poca cosa más que la humillación, la resaca del otro día cuando se pierde la pulseada de la movilización. Las fuerzas ideológicas menguaban por la situación circunscripta a un diámetro reducido, los recursos militantes para seguir otra semana estaban exangües y la dialéctica de la jurisprudencia machucada. Estábamos solos ante la fuga del universo en todas direcciones, nuestra dorada promoción se quedaba estancada sin llamada del porvenir. Los que vivíamos esa circunstancia (era lógico pensar la historia social, colectiva y personal para que se armara el drama de “ese” día) que alguna vez soñamos con destinos colectivos mejores, habíamos perdido un curso por asuntos gremiales. A los estudiantes del Instituto Artigas en años de conflicto, nos fragmentaron de forma sistemática, expropiándonos locales para cursos, trasladándonos de un barrio a otro de la ciudad (el lugar común de “divide para triunfar” tenía adeptos del procedimiento) y manipulando el cuerpo de docentes en grosera rotatividad. Detrás de esa maniobra burocrática estaba la voluntad de hacernos desaparecer del sistema cultural y mental del futuro, borrarnos detrás de una falsa cultura popular; que no quiero calificar siendo ahora cultura dominante del país y puede ser mal interpretado. Como a leprosos en fase avanzada, condenarnos a salir de la comunidad por ser culpables de los males de la sociedad y es probable que hasta del destierro de Artigas al Paraguay.

El esplendoroso mañana del Estado Oriental podría prescindir de nuestros servicios pedagógicos, siendo sospechosos y nauseabundos; perdía sentido seguir metiendo las manos en el planograf artesanal, mugriento de tinta espesa editando las reivindicaciones de cada día. Leí el último volante impreso, fresco hasta el enchastre como cuando se levantan las huellas digitales en la cédula de identidad, oscura como el futuro evasivo que se nos venía y pretendíamos tener en nuestras manos: A la enseñanza la defiende el pueblo. De la sentencia esa tan oral como categórica en su formulación de endecasílabo, ocupación y barricada, podía deducirse una cadena de silogismos (emotivos e irónicos, sinceros y despreciativos) insostenible en lo inmediato y que podían derivar en sonrisa descreída. Resignación temprana en la vida en el sur periférico del mundo, necesidad de que las horas acompañando la tragedia definida pomposamente y para darnos ánimo como “asamblea abierta, grave, urgente y permanente” nos diera una tregua.

Episodio 7

La interpretación de los sueños

Una mañana de aquella juventud me desperté feliz porque había soñado una hipótesis creíble sobre el sueño inquietante de Gregorio Samsa. Supe: a) que se parecía a sueños anteriores del implicado, pero sin ser idéntico. b) que hubo una mutación de imágenes, donde el soñar se transformó en un sueño único último “en tanto” ser humano. c) que no hubo necesidad freudiana de la interpretación, el horror era que tenía un sentido único: invariable e irreprimible. d) que era un sueño que podía incidir en la cadena de hechos y gestos que constituyen el mundo. e) que –seguro que para mi bien más allá de la frustración- lo había olvidado. f) recuerdo que había membranas vivas y respondían a una forma de inteligencia ignorada por la criatura humana, si bien se originaban en lo profundo del cosmos cerebral. (Debería hacer una especie de corte como en la baraja para ordenar el final de la historia, me parece entender que el objeto del proyecto es volver hasta el agotamiento a aquella tarde, como si allí estuviera el secreto –que no es tal- de la literatura y la chispa que encendió mis ganas de escribir, tratando de descifrar la estrategia del autor implicado. El camino pensado de la vida estaba cortado y debía tomar los atajos que nos separaban, era la muerte programada de la juventud.)

Las últimas semanas de tensión y preocupación olvidamos las ganas de reírnos como un estado natural del mundo, de adentrarnos en un libro de Gredos sobre la poesía del Arcipreste de Hita, con toda la noche por delante y el buen amor espolvoreado prometido al amanecer. Mañana, como si fuera poco estaríamos rabiosos y derrotados, tal como lo deseaban y planearon ilustres padres de la patria que queriendo salvarla a su manera la estaban hundiendo. Entre nosotros, que estábamos en el primer círculo de la vida sindical del Instituto, entre espectros de la imaginación escrita y el cúmulo de historias maravillosas eternas, que queríamos seguir trasmitiendo a muchachos de las próximas generaciones –desde la bronca justificada de Aquiles, cólera funesta que causó innumerables males entre los aqueos, desde que se disputaron el átrida Agamenón y el pélida Aquileo, hasta la transfiguración maravillosa del milico Cruz en gaucho perseguido, rumbo a las tolderías cuando no consistió que se matara así a un valiente.

Las candilejas proletarias de donde veníamos la mayoría de los desencantados, el fascinante mundo de la farándula ambulante perseverando en la consigna “el espectáculo debe continuar” y el arte misterioso de la escena se encargaron, con su retablo renovado de apariencias, de ocupar el paréntesis abierto como tajo de sable entre militancia estudiantil y derrota del movimiento gremial, conservando como talismán la fuerza débil de la dignidad. Quiero decir que algo donde hubo luces de colores, tramoya improvisada perecedera, micrófonos fallando del contacto eléctrico en momentos menos oportunos; ambiente de velorios barriales escritos por Cortázar. Se improvisó de manera colectiva reinventando el Gran Teatro del Mundo, un espectáculo concebido en catarsis final ante la clausura del ciclo militante. La función última antes de la nueva Ley que pudiera por unas horas sacarnos de nosotros mismos dándole la Bienvenida a las Tinieblas. Los comprometidos en el Operativo de la organización, valga el abuso del término en días de código censurado como los aquí evocados (cada año más lejos se van al olvido de la ignorancia y existen apenas mientras se redacta este informe) queríamos empezarlo a las seis en punto de la tarde –debía comenzar con algo de claridad del día- en el patio central del edificio –aire delimitado como dicen ocurría en los primeros teatros de la humanidad- claridad relativa bajo el mismo cielo amenazante de la mañana. Había en el plan desafío a dioses olímpicos y dioses hindúes que sabíamos más generosos –incluyendo al miserable de Zeus y al parlanchín de Vyasa- que diputados y senadores apoltronados en el Palacio Legislativo.

Una rápida distribución de tareas (faltaba tiempo para discusiones sobre el reparto equitativo del trabajo) debía asegurar, con optimismo de los implicados, propio del vértigo de aquellas horas el cumplimiento de la totalidad del programa planificado al vuelo, sin rigor. Dada la presión de múltiples orígenes el programa era modesto, un par de cantores de protesta o cantautor del lote conocido, algún recitador que agarrara viaje y sin exigencias, actor en el declive leyendo un cuento y tres poesías; para lo restante lo que se consiguiera entre los posibles. Hasta la mañana siguiente (prometimos recomenzar la lucha de inmediato luego del voto en el Palacio Legislativo…) nada de barriadas informando puerta a puerta cual mormones luciferinos, de finanzas para comprar tintas y papel en las imprentas. Hasta mañana la obligación era barrer como buenas vecinas la entrada del Instituto dando a la calle Eduardo Acevedo –una linda pendiente que, siguiéndola derecho llevaba al mar-, como si fuera el Palacio de Oriente y las bellísimas pasivas interiores rodeando el patio. También correr por toda la ciudad –no había mail, teléfonos celulares, tweeter ni faceboock- para conectar sin aviso artistas de buena voluntad. Armar y rearmar el programa una, tres y diez veces si fuera necesario, ello de acuerdo a las ausencias que se anunciaban, confirmaciones seguras, alguno dios dirá si anda de buen humor e imprevistos de último momento. Nosotros, aquellos que estábamos allí ese día -deambulando arrabales de la educación creada por la nueva Ley- montábamos a tablas inestables, juglares itinerantes y músicos de vario pelo el espectáculo que se representó “una sola vez en la historia del Universo”. Recuerdo privilegiado de pocas personas que se olvidará por siempre de la amnesia infinita del Cosmos –el Universo carece de memoria- cuando muera la última de aquellas memorias vivientes.

-Que la vida es puro sueño y llegó la hora de despertar, repetía cada poco el gordo Ignacio, sudando la gota gorda mientras arrastraba unos enormes parlantes negros, él solo sin ayuda y que parecían roperos de funeraria.

-Caballeros, caballeros… el mundo es la suma de las cosas que acaecen.

Así apostillaba un estudiante flaco y demacrado de Lógica, Filosofía, Metafísica y Esoterismo teosófico. Wittgesteniano hasta la locura de electroshock, nostálgico de una Viena finisecular que nunca conocería y de cuyo nombre no logro acordarme; pero que barría fenómeno mediante el método de avanzar baldosa tras baldosa con eficacia elegantísima. Poniendo en aprietos el amor propio de compañeras suficientes, que estaban por el segundo marido dócil compartiendo tareas domésticas. Imagínese el lector cómo sería la manera de barrer del flaco chupado del Tractatus, táctica epistemológica, digamos.

Los literatos entre los estudiantes –faltaba conciencia de extinción siendo de las especies más amenazadas- echábamos de menos pregones informativos públicos, performance que le hubiera dado al ambiente crepuscular un toque isabelino con reminiscencias de El Globo. En la ocasión y pensaba en una troupe de jóvenes de ambos sexos travestidos, camaradas gastando calzones multicolores en las calles del burgo, acompañados por acróbatas aéreos con cuerpo de pubertad. Adustos músicos de mercado tocando tamborcillos decorados con rombos y felinos alados, seguidos por estandartes renacentistas de seda purísima, bordados de animales fantásticos aureolados de llamas, paños segmentados en cuarteles de colores terracota florentinos y el pánico sonido de flautas diminutas de pocos orificios. Corte de los milagros extraviada en la escena del tiempo, fusionada por la arenga de un ciego auténtico, mendigo astuto e impaciente con la mano deforme aferrada al hombro del niño. Lazarillo hambriento y descalzo, dispuesto a cambiar de amo sin encontrar un hidalgo digno; recorría los salones vacíos de los pisos superiores del Instituto, era ciego de nacimiento salteador de la luz interior habitando de voz intrigante claustros desolados del segundo sector del edificio. Luego se lanzaría temerario a callejones peligrosos de las inmediaciones, invitando para esa noche a los vecinos del castillo desconfiados a llegarse a la plaza mayor del burgo, desafiando el poder represor de la Iglesia anglicana.

-Venid, venid siguiéndome gente del lugar temerosa y de poca fe. Venid… no os perdáis, vosotros, que todo lo veis y calláis la noche mágica que se avecina, digna de las tres hermanas. Hacedlo antes que suenen terribles campanadas de medianoche, se inicie la danza macabra y crepiten las llamas del Averno sobre la carne correosa de las brujas. Oíd antes del silencio las últimas canciones paganas, escuchad la historia más cruel y trágica jamás contada en tierra de Glamis, en valles de Cawdor, la historia reciente y verdadera. Venid sin temor en los corazones… hacedle caso a este pobre ciego de nacimiento, que nunca se atrevió ni quiso mentiros con las dulces palabras del engaño. Sólo os costará una modesta moneda, un vintén de plata. Venid, venid… y lo suplico si fuera necesario… antes de que sea tarde para todo… venid… venid… por el amor de Dios…

Episodio 8

Fenomenología de la parrilla callejera

¿Dónde está el horror en realidad? El sueño previo es premonitorio y la metamorfosis operación en los límites de lo inconcebible, milagroso y mágico. Luego de esa incidencia en lo real de forma lateral, en la conciencia con cierta resignación y lo corporal de forma radical comienzan los problemas. Erosiona lo metafísico sagrado: la metamorfosis (porque Él lo permitió, es una prueba en el cotidiano Praga de la existencia de Él: a) el cambio se opera por su voluntad b) Él deja que se opere el cambio haciendo circular el libre albedrío c) Él le juega a esa modesta familia judía de Praga una broma pesada. El horror es posterior. La metamorfosis (obviando el argumento judío de la culpa) es el asombro que permite todos los posibles. Pudo ser un nuevo punto de partida para la historia del hombre, la humanidad, la mutación de la zoología, la fisiología humana: más todo es espectro de las ciencias afectadas por el episodio. Pero esto permaneció (por vergüenza e imposición de lo insoportable) en el ámbito de lo privado. De ahí la hostilidad creciente, los insultos, la manzana incrustada, la muerte del insecto y el barrido destinado a la basura. En el ámbito de su pequeño mundo la metamorfosis “nunca existió”, como la pérdida de la virginidad de las muchachas andaluzas. El horror son las secuelas, la secuela: modificación de la historia de la literatura accidental y la lectura.

Recuerdo que estábamos fatigados para poder asimilar farsas inteligentes y músicas habituales con mensaje (el famoso mensaje de aquel mundo) directo e implícito sobre la incidencia del canto popular en la realidad. La legislación de ese año de convulsión hacía lo posible y más para derrotar nuestro movimiento de contestación; estaba dispuesta a quitarnos la palabra y el gesto mediante decretos de aplicación. Hasta que no quedara ningún testigo directo que pudiera testimoniar del crimen cuando -finalmente- llegara el año 2021 y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ellos fueron envejeciendo auscultando el resultado de sus maniobras, el país que es otro luego que los fierreros montaron su estrategia de poder y el mundo en general adhirió a la dialéctica, Los Iracundos están en Youtube, la imagen de Batman asola las pantallas, los dioses del desierto se hicieron urbanos y sufrimos enormes metamorfosis. Hasta que un día despertemos y será tarde: a eso era pues que se refería el comienzo de la novela breve de Franz Kafka. Centrar la terapia social sólo en la formación de los docentes fue un error de diagnóstico, falta de perspectiva política ante campos magnéticos que nos rodeaban. Una negación para los legisladores de aceptar que el mundo de sus mayores había mutado desde adentro. Eso es la sección historia patria -tercer piso de London-París- así que volvamos a la dramaturgia de bolsillo.

En el secreto de la intimidad, sin estar dispuestos a admitirlo en una charla que fuera otra cosa que confesión introspectiva, la agitación era la amargura del abatido antes de comenzar la aventura. Fue mi caso siendo sensato evitar generalizaciones, viéndolos agitarnos parecíamos actores secundarios de una larga tetralogía alcanzando la escena de epílogo y final. Sin saberlo o intuyéndolo con tristeza, estábamos representando papeles asignados por duendes burlones de las circunstancias en años venideros. Técnicos de audio improvisados, cantineros de pueblos del interior, vendedores de productos porcinos en la Costa de Oro, redactores publicitarios reconvertidos, traidores espirituales a los hechos que ese día ocurrían en nuestras vidas, pésimos comediantes de poca monta ante un público sin entusiasmo. Saltimbanquis sin letra de tradición ni talento para sublimar nuestros monólogos, trasmitiendo la intensidad del dolor e ironía de la trama con movimientos torpes y expresión corporal exagerada. Destino próximo de mimos arrodillados hasta el desprecio, ridículos y agónicos como lo fuera el cisne transfigurado. Estirando al máximo la pata de palmípedo en escenarios hostiles, con agua entrando por los cuatro costados, en teatros inundados desde el sótano vinculado a cloacas de la ciudad.

La memoria resultó un lento desborde de represas agrietadas, a cada hora que pasaba el mentado día y esencial para este proyecto presentíamos estar juntos, compartiendo la variante ciega del futuro por última vez. La intuición resultó verdadera; por esa iluminación fabricábamos recuerdos sin parar, aceptando la presión de cruzar la hora próxima con una situación que se revelara inolvidable. Nos apostrofábamos hasta el insulto en reacción al mínimo contratiempo, hacerlo hacía bien para descargar adrenalina y podía que la voz quedara asociada a un rostro querido que aprendimos a estimar en cursos de Historia de la Educación. Hasta que se volviera inolvidable, como me sucede –atravesó al menos un segmento de treinta años- ahora con Carlitos de los Santos y la flaca del encuentro en la calle –que insisten en decirme que murió-, ella que estaba esa nochecita por ahí entre muros y almenas del Instituto.

Esa efusión colectiva era llanto adelantado por la pérdida de ilusiones y el reconocimiento del círculo de la existencia del cual, a pesar de estrategias de fugas a otras ciudades del Planeta yo no podría salir. ¿Para qué tanta energía en volver a la escritura del libro de treinta años atrás? ¿Es el eterno retorno del mito absurdo de la página en blanco? ¿Sería preferible invertir estas horas del 2016 en pergeñar por escrito otra realidad? ¿La verdadera forma del Infierno es la espiral? ¿Y si esa dicotomía fuera falsa y se tratara de un continuum infierno paraíso? ¿Si el Purgatorio “sólo” se pudiera conocer en horas de actividad concreta de escritura? ¿La literatura está oculta en una de las cartas que Kafka le envió a Milena hace casi un siglo?

Sin conocer la angustia de las dudas, aquel día elegido de transfiguración nos empeñábamos en la tarea de acomodar la memoria según nuestros miedos e intereses. Adaptando el mundo con nerviosismo, mientras se retrasaba la obertura previa al telón imaginario abriendo a lo que debía suceder y sucedió. A mí me correspondió ir en una camioneta destartalada (¿de quién sería la camioneta? De un desconocido hasta esa hora, amigo o familiar de alguno de los otros compañeros) hasta un barrio detrás del cementerio del Norte, paisaje conocido porque allí y en el panteón de AEBU están los restos de mis padres. Fuimos hasta allá a apalabrar –era acompañante del compañero que tenía datos y conocía al personaje- a un guitarrero de los infaltables en esos entreveros como el que había aprobado. Después de transitar bulevares interminables llegamos al domicilio del tipo; advertí que la casa tenía un jardincito al frente oficiando de huerto simulado y portones de alambre. Nos recibió el ladrido de un perro con buen instinto precediendo a una mujer delgada y vestida modestamente. Ella avanzó hacia nosotros limpiándose las manos en un delantal estampado, la interrumpimos en medio del guiso de arroz, no parecía sorprendido por nuestra llegada e intenciones acostumbrada a ser representante artística del marido estando él ausente. El esposo no estaba en la casa ahora mismo, llegaría del puerto a partir de las cuatro de la tarde, si no lo retenía en los muelles un compromiso laboral; pero seguro que él iría al acto esa noche con su guitarra.

“Él siempre va” dijo frunciendo la boca y esa noche hasta donde ella sabía el marido la tenía libre, pero como es un hombre reservado… “¿De dónde me dice que vienen a buscarlo? Por si lo olvido, ya saben.” Ante las dudas, para confirmarlo el circuito de la información le dejamos dos hojitas de libretita con los datos completos y agregamos para la memoria al artista portuario: “venimos de parte del Astracán Grande”, que era del apodo del conocido que nos recomendó.

Para ese tipo de convocatoria armada sobre la marcha lo prudente era contactar al doble de los artistas previstos en el armado real; por aquello de “faltas de último momento” y “me hubieran avisado con tiempo para que me organizara”. Al contrario, si rebatiendo la estadística venían al programa la mayoría de los apalabrados, la velada seguiría de largo hasta que “todos” los presentes hubieran subido al escenario a presentar lo suyo. Con esa gente del espectáculo había que andar con pies de plomo, mucha solidaridad espontánea sin pedir nada a cambio, apenas un vasito de vino tinto o un cigarrillo, pero tienen un orgullo desarrollado y sensible que puede explotar en cualquier momento.

Episodio 9

The Show must go on

En lo personal supone superposición de dos experiencias compatibles, participación militante y lectura. Hay una utopía que muchos practicaron con ingenio y suceso de la coexistencia de esas dos esferas: la escritura coincidiendo con la espera política. Luego sucede la fractura cuando esa dualidad se distorsiona; hay entonces lo que se debería escribir de acuerdo al mundo y lo que se escribe finalmente como karma y mandato. De ahí ese terror inconciliable de algunas escrituras, por eso los atajos de la droga, el hundimiento en los bajos fondos, la miseria sin redención, los tumores malignos del pulmón, la muerte lenta a tragos de alcohol, el desprecio, la sexualidad a veces, la brutalidad y el suicidio según las variaciones. La fuerza de la primera frase de “La metamorfosis” proviene de ese desgarramiento, se siente que “podía” escribir miles de otras oraciones, también la crónica de una familia de Praga o una novela policial: pero “sólo” podía escribir esa oración. En mi caso y cuarenta años más tarde vienen dos recuerdos asociados, uniendo o divorciando vida y lectura y escritura después. La voz de Roberto Barry y la extinción de la voz de Gregorio Samsa.

El patio central donde se había levantado el escenario estaba a cielo abierto y la amenaza tormenta era insistente. Temíamos la violencia de la conjura de los grises allá arriba, que se venía tramando desde el amanecer y lo expresábamos de manera indirecta. Si confesábamos que éramos muchachos temerosos de la lluvia, en fija se descolgaba sobre nuestras cabezas un temporal ahogando la peregrina noción de que el mañana luminoso nos pertenece. La inquietud meteorológica incluyendo previsiones para las próximas horas era seria. A mí me preocupaba por haber sido y desde niño sensible a las variaciones del clima; era igual que mi abuelo paterno Juan Nazario, el hermano de Máximo, cuando escrutaba con ojo sabio el atardecer después de haber plantado bulbos de azucenas blancas y regado los rosales reales.

Entre organizadores, comparsas y asistentes éramos varios los desconfiados del cielo, guerreros troyanos en los últimos cantos de La Ilíada y felices de manera distinta por ver el caballo ahuecado llegando a las murallas. Igual nos contentaba comprobar que ciertos episodios de los programados –para sostener la estructura del mundo y permitir que la historia continuara su galope desbocado- resultaban y se resolvían mal que bien. La gente de la zona ajena al Instituto, curiosos de toda laya, vecinos sin nada para hacer o universitarios de la barriada, se arrimaba despacio atraído por el movimiento que se puso en marcha. Quizá por soledad, solidaridad y presentimiento del desastre a venir, por placer morboso o empatía de observar de cerca el final de la batalla desigual.

La gimnasia supuesta en el acarreo de sillas y mesas de un lado para otro conseguía calmar los nervios exasperados. Una tarima de modestas dimensiones expropiada -de forma temporal y en nombre del pueblo- de un salón de clase ocioso desde hacía varias semanas por razones de huelga y ocupación, se transformó en escenario portátil que resultó eficaz. La colecta furtiva mejorando finanzas festivas y pantagruélicas fue un suceso inesperado. Los compañeros temiendo una debacle financiera, la bancarrota final y el fin del mundo antes del próximo amanecer, aflojaban pródigos los billetes guardados en los bolsillos. Gracias a ello pudimos comprar varios casilleros de la chispa de la vida, bajo sonora protesta de camaradas ortodoxos e intransigentes; nos acusaban a los organizadores, con razón delirante de financiar mediante nuestra gestión, la marcha brutal del imperialismo avanzando de manera embozada y por tanto de ser traidores reformistas. Compensando esos procesos ad hoc sin tiempo de preparar la defensa, acarreamos damajuanas de vidrio verde oscuro con un líquido áspero y fuerte olor, inidentificable y asimilado al vino. Iniciativa que “no” levantó protesta y fue aceptada por refractarios con fórmulas de quinquenio zafral favorable. Había para el mastique farináceos varios que se iban sumando al banquete; ello, más la anónima y espontánea contribución de pizza de masa pétrea con salsas traslúcidas, pascualinas sin señales de huevo duro u otro aderezo de color, tortas de queso y fiambre, alguna torta gallega aproximativa. Los chorizos parrilleros de una carnicería de Las Piedras, que un compañero se encargó de asar hasta límites de aspecto y cocción dignos de carbono catorce.

Ello lo hacía mientras les cantaba de manera sentimental los versos “qué me importa tu pasado…”, admitiendo el origen dudoso de las carnes integradas al embutido. Viéndolo hasta se podía aceptar de que el fuego todo lo quema y el infierno es una posibilidad para las almas en pena. Inmutable el tipo en su tarea que se había tomado en serio, concentrada como frente a la Crítica de la Razón Dialéctica, ignorando hasta el desprecio a teóricos de la parrilla. Tipos cargosos que en medio de la desgracia generalizada, sin considerar que ese era el último fogón encendido de nuestra huida a tierras de salvajes, aportaban sentencias irrefutables sobre métodos –seguro que infalibles- para conocer el instante único de salvar el alma de los chorizos de la acción de las llamas. A todo esto, él permanecía firme, estoico, indiferente a comentarios espontáneos y sarcásticos. Sereno como reencarnación tibetana ante la parrilla elemental, cocina mítica de última escena sin imágenes de estampita. Cada tanto dejaba escapar de los ojos, agredidos por tanto humo una lágrima, provocada por emanaciones tóxicas de una astilla verde o un pedazo de puerta, madera buena para hacer brasa duradera preservada por capas de pintura al aceite. “Ante todo la organización” decía adoctrinando a clientes del boliche manteniendo la calma; aflojándoles de impaciencia, cambiándoles el hambre en deseo sublimado, mientras tiraba un chorro generoso de kerosén colorado a las brasas opacas y con oficio de diablo incendiario. Era brava aquella leña.

Con Carlitos de los Santos, que murió en la ruta como un poeta americano de la generación perdida en ruta hacia México, aplastado por un ómnibus en un accidente –de los tantos accidentes que en los veranos de Uruguay nutren las estadísticas de la prensa- teníamos un trabajo específico y compartido para las horas que durara la reunión. Olvidé la naturaleza de la tarea, se opaca en sus contornos y detalles ante el recuerdo nítido e insistente de Carlitos. Un muchacho alegre e inteligente, que una tarde murió aplastado adentro de un Fiat 600 en la interbalnearia yendo o viniendo de la salida del sol. Ahora mismo –treinta años después de la primera versión- quisiera creer que aquella noche Carlitos y yo cumplimos la tarea encomendada, asumida lo mejor posible por dos espíritus poco dotados para asuntos prácticos y sin defraudar a los otros. Pormenores insignificantes de horas espectrales que deberán ser importantes, que vuelven y logran esfumarse en bordes difusos de imágenes diciendo la insuficiencia de la memoria.

Carlitos murió en un choque según parece en la interbalnearia y lo supe mucho después. Había pasado el tiempo, dicen que prudente, separando dolor y sorpresa por la noticia. A mí me afectó como eco de poema noble cuando era joven; sucedió un adiós definitivo a la vida en el viaje distinto en solitario que varios iniciamos esa tarde evocada invadiendo la totalidad de mi presente (miércoles 15 de junio de 2016), me acompaña en el recorrido –real e imaginario- por países alejados. Viene devorando distancias en huidas propias disfrazado de razones diversas, perdiendo el tiempo irrecuperable, dando vueltas en la misma manzana de un barrio alejada del centro de la ciudad, durante la misma caminata sin sorpresa hasta que muchos se pudrieron en la manzana idéntica. Hace años suponía que si llegábamos a encontrarnos ninguno de los dos reconocería al otro, por entonces creía que era imposible entablar contacto con los muertos queridos. Carlitos murió en un choque accidental en la ruta interbalnearia y ahora sé que nos hubiéramos dado el gran abrazo del reencuentro, tal como sucedió con la flaca en Uruguay y Dante. Hubiéramos mirado en la cara del otro el resultado devastador del paso de los años, veteranos de batallas de infanterías fantasmas y reído porque tenía un humor formidable. Murió en un accidente y ahí se cortó el vuelo a los posibles del futuro, un estúpido accidente de la ruta que tal vez estaba escrito al anverso del Destino. Los sobrevivientes olvidamos la manera de hablar con los muertos queridos, como de vez en cuando intentaban los griegos.

Episodio 10

Era rubia y sus ojos celestes

Sucedió en la misma ciudad y en el campo del Ghetto: la creación de la criatura. Del rabino al funcionario, de la tradición tiránica a la literatura. Samsa es el cambio de la tradición a la ficción, del Gólem de intensa repercusión en el imaginario de occidente con todas las variantes, a la metamorfosis de la animalidad. El cambio es posible y por segunda vez, algo en el procedimiento creativo que escapa al control del creador. Como el Gólem, eso que antes de una mañana al despertar después de un terrible sueño había sido Gregorio Samsa, también salió de la frontera de la judería para marcar la imaginación al servicio de la literatura. Ciudad extraña esa de brujos y magos, con el cementerio del cual parte el mito de una de las mayores conspiraciones de la humanidad.

Era la noche de los encuentros fortuitos durante el año de las coincidencias, cuarenta años después no podría decir si se trata de un recuerdo, algo soñado y la escena que escribo por cuarta vez a fuerza de incertidumbre no ganó el derecho a ser criatura ficticia. A quienes organizamos de cerca el carnaval de pocas horas, los trabajos de coordinación distraían de lo sucedido sobre el escenario una vez que comenzó “la parte artística”. Por ello y falta de atención –el pensamiento segundo estaba lejos- fue que me tomó de sorpresa el comienzo de la actuación de Roberto Barry. ¿Qué estaba haciendo ahí Roberto Barry? Era como si el Cosmos se desacomodada en broma y hubiera que acostumbrarse a otro orden sorpresivo en el brillo y ubicación de las estrellas. Me di vuelta de inmediato ante esa presencia inconfundible; me llamó la atención porque ese timbre de voz traducía una confusión de escenas entre memoria e imaginación. Debía –buscando la paralaje de concordancia- haber oído mal, estaba desarreglada la Gran Máquina del Tiempo. No y al contrario todo marchaba hacia la epifanía, el hombre estaba delante nuestro hablando con humor de viejo comediante, que conoce todos los trucos desde que subió a la tarima. Sin preámbulos, sabiéndose protegido por una tradición de la comedia del arte que venía desde el fondo de la historia humana. Lo hacía para ganarse de entrada al auditorio siendo tan jóvenes: mientras hay risa existe la vida y la tragedia queda atrás. Ignoro cómo lo hizo, pero Barry sabía lo que sucedía en el instituto y el Palacio Legislativo, el espíritu belicoso de compañías rivales confrontadas. Sabía qué estaba haciendo allí. ¿Alguna sobrina era alumna del IPA en la sección Geografía? Nada le importaba estar en otra parte porque esa noche improvisaba y debía estar ahí, como debía saberlo el flaco Homero Rodríguez Tabeira (¡juro que se llamaba Homero!) que hacía de animador (¿había sido ex alumno del Instituto?) y parecía más distendido esa noche que cuando presenta “Martini pregunta por un millón” en la televisión.

Lo que luego sucedió conmigo supongo les ocurrió a otros compañeros con la diferencia de que a mí me dio por escribirlo. Al minuto que habló Barry actividades periféricas y trabajos simultáneos sobre el terreno se enlentecieron; igual que esferas metálicas brillantes sobre arena con alacranes, abandonamos las tareas y escuchamos a Roberto Barry. El presente era una película muda en blanco y negro y el día de mañana otra mala pesadilla olvidada. Desde donde estaba sin ser la mejor posición para la claridad, que le daba el aspecto de un espíritu venido de otro mundo, yo observaba en su cara los ojos movedizos a pocos metros de distancia. Escuchaba la presencia de una voz llegando directo de la bujía encendida de la infancia, Huérfano londinense adoptado me sentí seguro y protegido contra los miedos futuros que parecían inconcebibles. Con la presencia real del cómico de los años de radio en Uruguay, volvían voces de las noches de invierno pasadas en familia, cerca del Primus donde hervía agua con hojas de eucaliptos y se calentaban planchas para meter en la cama envueltas en papel de diario. Atentos al aparato de radio, volvían los deberes de la escuela pública completados después de la cena, mientras afuera en la calle y el patio de la casa llovía mansamente la felicidad. El perro mío estaba echado hecho un ovillo en un sillón de mimbre barnizado sobre una frazada que le atribuyó mi madre. Mi madre buscaba adentro del armario de la cocina pasteles de dulce de membrillo que cocinó esa misma tarde. Con ese hombre ingenioso y “zafado” como decía abuela, volvía al círculo de la palabra el personaje del comisario picaresco de un pueblo imaginario –como Tlön, Comala, Macondo y Santa María- llamado Cerro Mocho. Autoridad coimera y mujeriego, risueño y arbitrario, dispuesto a compartir unos minutos con nosotros reunidos en las noches de invierno; que escuchábamos la radio sin chistar para no perdernos palabra del guion, mientras mi padre leía El Diario vespertino para conocer novedades en el frente móvil del mundo y las tiras de Benitín y Eneas, de Brick Bradford y su trompo del tiempo. Recuerdo su risa gordota que se contagiaba a los que estaban en la fonoplatea de la radio y que bien podía ser un Falstaff de campaña uruguaya.

Resulta que después de años de separación con esa escena de película argentina y comunicación interrumpida, tenía delante mío al bufón de nuestra tribu; que yo escuchaba en la radio siendo niño y por la misma época que descubrí en el cine Broadway la voz de Pico, que me enseñó temprano y antes de aprenderlo para exámenes de literatura, que la vida es relato y el medio el mensaje, sobre todo contado por un tonto. ¿Cómo eran las noches familiares de Gregorio Samsa cuando era niño? Puedo escribir los chistes mejores esta noche, escribir por ejemplo aquel del loro tuerto que Barry dijo que le dijo a la vieja… pero esa gracia de comediante nunca me habitó y trece años después de la última vez, todavía más nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Aquellos días que orbitan alrededor del Sol Roberto Barry en la noche del IPA, aprendimos en carne propia sobre los vínculos filosos de Historia y Escritura; a ser algo sacrílego y perderle el respeto a la severa ley que rige los protocolos del olvido. Nos quitaron tanto durante el camino hacia la muerte, perdimos ilusiones al borde de la ruta y ello por nuestra propia culpa, que resulta obligación sagrada hablar lo mejor que podemos. Eligiendo palabras aspirando al objetivo de esquivar la obsolescencia, sin rechazar las que se arriman desde territorios más íntimos.

Dentro de diez años –digamos junio de 2027- contando desde hoy serán otras las palabras utilizadas para narrar la quinta variante de lo mismo. Lo que no se olvida cuando la evocación hace su tarea, con rabia subterránea que encaneció desde la última vez que lo intenté, es el coro de ventrílocuos que se inmiscuye, la mirada neutra de muñecos de cartón y tela cuando llega la tregua del silencio. Casi cada mañana me obligo -a pesar de jugarretas tentadoras que propone el olvido- reavivando deseos claudicantes de unir voces extraviadas. Hasta escuchar porfiadamente, circulando en laberintos del cerebro buscando el Minotauro de la escritura, aunque viaje en trenes veloces mirando paisajes de otra patria, canciones del siglo pasado como “La pulpera de Santa Lucía”. Olvidé cuál fue el último chiste que Roberto Barry contó aquella noche de Apocalipsis militante -había algo rondando de final y revelación- antes de que cayeran cuatro gotas augurando que el efímero carnaval del mundo llegaba a término, terminaba una vida breve y comenzaba la historia en serio. Después pasaron tantas cosas… después murió Carlitos en el accidente de la ruta interbalnearia y mi vida zafó con rumbo incierto.

Con Carlitos, que era más bien flaquito y tenía estampa de guitarrero de Ignacio Corsini, bastante entonados de aquel vino fatal en damajuana, con la cara humedecida por cuatro gotas locas nos abrazamos como borrachines sentimentales mientras subíamos por la pendiente de Eduardo Acevedo buscando las luces mortecinas de 18 de julio tras el último boliche abierto para nutrir el insomnio. Cuando cruzábamos la esquina de Guayabos sin preocuparnos por si venía a contramano un ómnibus nocturno a toda velocidad, que terminaría ahí mismo con nuestras veleidades etílicas de pájaros nocturnos, fuimos nosotros quienes arrancamos, primero despacio y después más entonados a medida que recordábamos la letra con los versos inmortales de:

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandra
la pulpera de Santa Lucía…