Buchanan’s sin hielo

Carezco de tiempo para abundar en perniciosos detalles afines y parásitos, quisiera Dios que fuera porque me estoy muriendo. Sucede que marcho hacia un final tragicómico inventado por alguien que me odia, utilizándome a su guisa y necesito cada segundo que pasa para entrever improvisando el plan que me suprime. Intentar desmantelarlo con la finalidad de rebatirlo sería un despropósito, una falta de respeto insoportable para mi propia inteligencia. Ellos fueron advertidos por la llamada anónima en el momento oportuno y están llegando a la entrada principal de mi penúltima morada.

Estoy solo en el lugar de los hechos y se nos agota el tiempo, así que vayamos a lo esencial invisible e irrelevante. Debemos suponer con un poco de imaginación que, antes de la afirmación precedente, hubo una serie de hechos anómalos y vinculantes que la justifican. Lo que pretendo es salvar el relato sucinto de desesperación y oscurantismo, uno cuenta porque cree saber y lo ignora. Uno hace que cuenta intentando entender. En el principio fue la historieta gráfica de género medieval aproximativo, con monjes libidinosos tentados ante la carne virginal y templarios poseídos por criaturas diabólicas, brujas de Sabbat orgiástico y excomulgados fanáticos, tortura y confesiones, muertos vivientes y exorcistas erotizados, que obtuvo un éxito relativo para lo que son las actuales exigencias del medio y el mercado. Así empezó a tramarse la maldición que se perfila; era también, mediante derechos de autor recuperados por primera vez en años, que podía proyectarme en un corte de vacaciones con mi pareja sin apremios económicos. Elegir un lugar de esos soñados cuando se leen suplementos dominicales a todo color, con rutas estrechas al borde del precipicio, acantilados tentadores y autos convertibles rojos que aceleraban tomando las curvas, en películas con James Dean y la princesa Grace Kelly.

Me parece que fue hace siglos cuando me propuse que el mes entrante iríamos bien lejos de balnearios atestados de turistas, eludiendo la hospitalidad protocolar de amigos y la miserable excusa de que la ciudad es bien agradable en verano cuando está vacía. Venía necesitando un sitio inclinado a la soledad contemplativa, sin que me demandara una actividad social ni medianamente activa. Durante unos días navegué con perseverancia en Internet, sin pretender dar con la oferta del día sazonada de promoción excepcional. Efectos especiales de estrellas en la pantalla, explotando igual que cuando resolvemos un solitario, como al final de los juegos del mahjong del Gato y el Dragón con fichas de marfil, crepúsculos destrozados por la música acompañante empalagosa y cifras en dólares de dejar con la boca abierta, sino buscando el lugar de deseos con reminiscencias de Acapulco antes de los Zetas y la costa amalfitana sin la Logia P 2.

Mi pareja y yo afinamos pretensiones, ajustamos deseos caprichosos de diva entre risas cotejando los criterios más disparatados, hasta que decidí –o el espíritu vengativo de algunos de mis personajes rencoroso lo hizo- que fuera una isla retirada de los circuitos saturados; y hubiera sido desde los fenicios pueblo de pescadores, con queso de cabra, hojas de parra envolviendo arroz, miel con un dejo lavanda y tomates de colores. Conservando levísimas conexiones con el mundo civilizado, una lancha a motor para pocos pasajeros y dos veces por semana cuando mucho.

Había esa ambición de esperar unos días para decidir al borde del reglamento publicitario, jugando con el destino hasta dar con la perla rara escondida que se hacía esperar. En esa forma de indagar distante, uno entabla diferentes contactos con efecto dominó; lo supongo por los resultados que la demanda mía fue nutriendo, puede que caótica cuando lanzaba los motores de búsqueda. Esa perquisición obstinada nunca resulta solitaria y para llegar al contacto deseado, se debe pasar por millones de probabilidades. Lo que nos aguarda del otro lado de la red suele contradecir el sueño realizado instantáneo, afirmando la celeridad de concretar buenos negocios con nuestras debilidades confesadas en público.

Durante un fin de semana dejé de lado la búsqueda, fuimos a otra ciudad lejos de la modernidad infectada de diseño –poco más que un pueblo incambiado de aspecto desde hace dos siglos y cinco horas de carretera provincial- a la boda de un amigo querido de la noche que se casaba por tercera vez. “Esta es la definitiva” me dijo por teléfono, “no me pueden fallar.” Además de la amistad de años, había nuestra curiosidad por ver el montaje social del guateque y allá fuimos con entusiasmo ambiguo. El episodio nupcial fue vivido de manera natural y divertida sin que faltaran las sorpresas; desde los alojamientos previstos para los invitados especiales entre quienes nos contábamos, hasta el servicio de catering exótico. Rematado con un pastel de boda alucinante, que daba vergüenza ajena cuando ingresó al salón con la ayuda de tres camareros corpulentos disfrazados de gladiadores. El amigo había tirado como se dice la casa por la ventana, no pude dejar de pensar que la exageración de la fiesta ya contenía las copas rotas del divorcio con pleito escandaloso: él creía que tanta felicidad compartida lo pondría al abrigo de la ruptura.

Era enternecedor pensarlo en esa circunstancia de voluntad y negando el desastre anunciado, planeando como bandada de cuervos renegridos sobre nuestro brindis tendiendo a hipócrita. Podían ser mis malas intuiciones de guionista, pero aquello tenía algo de comienzo y final coexistiendo; si bien el empeño evidente hizo olvidar que venía de dos sonados fracasos oficiales y otras historias que explotaron en pleno vuelo del Boeing bautizado “vivamos juntos, te lo suplico”. Había algo de todavía podemos ser felices con hijos venidos de varios horizontes y un ingenuo empecinamiento de esperanza, que resultaba conmovedor por la indolencia del novio. Sin olvidarla a ella, que seguro venía de operarse por lo menos párpados y tetas. Desde que nos saludamos por primera vez la definimos como una bruja de cuidado, actuando con premeditación y alevosía: de esa mujer sólo se podía esperar un itinerario de perdición con tribunales y detectives privados pudriéndole la vida a nuestro amigo. Negociaciones hasta perder la cresta en pensiones de todo tipo y la confianza en el género humano femenino; para lo que faltaba menos tiempo de lo que el novio tan feliz de la iniciativa, podría suponer. Nunca entendí mejor que en esa fiesta la fórmula del cascabel y el gato.

Cuando abrí el correo electrónico ya de vuelta en mis cosas, aliviado del empacho de prosperidad hortera que veníamos de padecer, cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré en la pantalla unos sesenta mensajes, con el objeto “isla prodigiosa” a manera de común denominador. En apenas cuarenta y ocho horas, miles de decodificadores, empresas del ocio, sitios multiformes, agencias turísticas, mayoristas sajones y particulares especuladores, estando al tanto de mi aspiración, ofrecían cientos de variantes que, por supuesto, se adecuaban de maravilla a lo que habíamos buscado. Algo así como: pare de sufrir buscando en la incertidumbre, nosotros tenemos lo que usted necesita y dentro de lo razonable.

Había ofertas delirantes, estafas groseras, disparates cursis con enanos de jardín policromados e imitaciones del coliseo romano, de todo un poco. La noción de la privacidad voló en mil pedazos y ahí mismo decidí que iría a otro lugar. Estaba fastidiado de ese retorno electrónico de intromisión chabacana y por haberme creído la farsa del anonimato asegurado. La mejor respuesta hubiera sido una excursión a los templos de Birmania y alcanzar los Buda de piedra, cabezas magníficas, tan fuertes en su presencia como la Pasión según San Mateo. La idea de un viaje en pareja de doce horas en avión, la humedad de la jungla con monos bullangueros, permanecer insomnes en medio de la noche sin conexión a la red, ver a lugareños bebiendo coca light en lata y con camisetas del F.C. Barcelona me agotaba de solo pensarla. Debía reaccionar, parar la hemorragia antes de que me invadiera la vida privada y seleccioné todos los mensajes para suprimirlos de un solo gesto.

Pudo más la curiosidad esa de portera divorciada, la mezquindad de que la próxima fórmula puede deparar el prodigio, del temor de haber pasado a medio centímetro de la ocasión irrepetible sin haberme percatado, como si tuviera una tirada de Tarot servida y yo negándome a rechazar la lectura del vidente de turbante turquesa. Me intrigó saber qué era lo que pensaban los otros de mi imaginación estival, cómo suponían ellos en cacería la configuración de mis anhelos de vacaciones y cambié de procedimiento. “No estoy para nadie” dije y me dispuse a abrir los mensajes durante un par de horas. Hice bien en principio, aquello fue una buena experiencia de sorprendentes consecuencias; como en esas situaciones de indagación, todos los mensajes son prescindibles menos uno, que me estaba destinado porque nos buscó hasta lo recóndito de nuestros deseos. La mayoría presentaba largas listas ordenadas por precio semanal, divagaban sobre un universo de los posibles a la vuelta de la esquina, catálogos de bondades tan extensos que fatigaban la atención y las ganas de viajar. En cambio y fatalmente, uno de los mensajes estaba personalizado; quiero decir que venía a mi nombre con los dos apellidos, era un llamado familiar que incentivó mi natural curiosidad a seguir adelante.

Nadie se puede confiar de esas fotos de propietario que pretenden engañar el ojo atento del interesado. El mensaje en cuestión tenía un movimiento panorámico sin efectos especiales desmoralizantes, menos música incidental New Age y un conjunto de informaciones prácticas de traslados, planos del lugar, accesos, facilidades de pago y comodidades que me solucionaba el problema con la varita mágica. No tenía siete posibilidades en lista de espera sino una sola y era esa. El precio estipulaba exacto lo que quería pagar, mi tope secreto que nadie conocía y era claro que la casa propuesta valía mucho más. Su misterioso propietario argumentaba sobre el criterio selectivo del cuidado de la residencia, agregaba vistas interiores correspondiendo a mis deseos y actividades, como si yo mismo la hubiera diseñado con el arquitecto en su estudio. Evocaba el mensaje un contrato de tres semanas, que era el tiempo previsto agregando –por cuestiones de familia y coordinación de calendario- la posibilidad de una primera semana sin cargo adicional… gratis faltaba decir. Era lo que estaba esperando, necesitaba esa semana de soledad concentrada. La pareja no vivía los mejores momentos de complicidad y la expedición a la boda tampoco mejoró el panorama de la convivencia. Un tanto escéptico, seguí las instrucciones, el futuro cercano se presentaba bajo los mejores auspicios e incluso las tratativas podía hacerlas con mi banca evitando las estafas con tarjetas de crédito.

Esa tarde que solicité para la respuesta definitiva, pasé de la atonía de estar abrumado por las ofertas a esa satisfacción de saber que las vacaciones están solucionadas. Hasta me sobrevino el temor de que otro se me adelantara y concretara antes, tenía una excitación de sala de subasta que no es mi estilo pero debía aceptar. Lo hablé a las apuradas con mi pareja y estuvo de acuerdo, lo que no dejó de sorprenderme y más sabiendo que todo me lo rebatía en los últimos días. Envié mensajes de confirmación cuando caía la tarde, el asunto quedó solucionado antes de que abriera una botella de mi whisky favorito para festejar por la suerte y cierto orgullo de mi capacidad para las gestiones prácticas a ciegas.

Estábamos muy sobre las fechas y quedaba por delante un mes que se me fue volando. Si recapitulo, resulta que viajaría solo y me instalaría durante una semana en la isla; sin prisa, debería abrir la casa, prepararla para cuando mi pareja volviera de unos pocos días que pasaría con sus padres. Iniciar el descubrimiento somero de la zona que durante dos semanas seria nuestro hogar, aprovechar el retiro necesario para ajustar fichas de mi próximo proyecto de culebrón retorcido, si es que la convivencia ríspida me lo permitía. Cuando era muchacho leí “El retorno de los brujos” varias veces durante un período alquímico, hasta considerarlo mi cosmogonía personal. Nunca supuse que ese mundo alternativo de imaginación y esoterismo, misterios relativos a la religión heterodoxa y complot permanente del mundo, de argumentos sin explicación racional y de otros mundos, aquí mismo o muy lejos en el Espacio y Tiempo, esa fascinación por universos paralelos, sociedades secretas y un seudónimo connotado, me permitirían instalarme en vidrieras de librerías del centro de la ciudad. La lectura tampoco cambió mayormente, varió el gusto de los lectores cautivos y no era el momento de buscarle explicaciones porque me beneficiaba.

Al mes estaba en la sala de embarque del aeropuerto con los papeles en regla y el equipaje despachado. Fui a comprar la prensa y quería verificar en los estantes si mi “Manual del Cruzado agnóstico” seguía en circulación; ya no estaba en las pilas de la primera línea, pero tenía buena presencia considerando los meses transcurridos desde su publicación. El editor me pidió una segunda parte en continuación con los mismos personajes; estaba indeciso, me rondaba la tentación de escribir una historia policial con enigma y creía barruntar una idea original rondando el asesinato perfecto… tenía una buena semana para poner las cosas en claro.

Llegué a la isla cuando caía la tarde y habitado por esas preocupaciones de la vida cotidiana relativas a toallas de baño, la máquina lavavajillas, cubiertos, los yogur cero por ciento sabor vainilla con frutas rojas en el refrigerador. Lo previsto en lo planeado sucedió con una normalidad que calificaría de desconcertante, hasta diría que me pareció haber llegado el día anterior pues, desde la salida del aeropuertos y hasta que se hizo noche cerrada, cada movimiento se deslizó sin obstáculos ni impedimentos mayores. Como si el propietario hubiera puesto sumo cuidado en los preparativos y me estuvieran esperando, guiándome para facilitarme las cosas sin que yo me percatara. La llave estaba en el lugar convenido, había una breve nota manuscrita de bienvenida que cometí el error de destruir; sólo debido al azar quise creer que había una botella de la misma marca de whisky que prefiero. Me moví con soltura propia de conocedor, puedo decir que a las dos horas estaba instalado y parecía que había estado ahí antes en una vida anterior. Venía de un año agitado, era la primera vez en meses que para mañana a las diez y media no tenía otro compromiso ineludible de suma importancia. Tardé en dormirme sin llegar a detectar la falla que necesariamente habría en el sistema, luego no me desperté en toda la noche para tomar el somnífero con melatonina ni beber un vaso de agua.

Cuando me levanté al otro día descubrí que en la entrada estaba el auto que había alquilado, alguien lo trajo durante la noche sin que yo me hubiera percatado. Fui hasta el pueblo que quedaba a siete kilómetros y a pesar de hablar una lengua distinta a la de los pobladores, con un poco de inglés me las arreglé para el café, tabaco y las primeras compras. Pensé que debería consultar un mapa detallado pues había algo así como un error de diagramación. La información manejada antes de decidirnos, evocaba un pueblo de pescadores de postal mediterránea; pero hacia ese costado de la isla, había una continuidad desagradable de residencias turísticas, decepcionantes por su monotonía, como si la estación solar estuviera recién por comenzar y una intuición de que jamás habría temporada turística pues faltaban hoteles. Como si allí fuera cuestión de propietarios venidos del continente y zona protegida, alejada de la curiosa intromisión de visitantes indeseables. Seguro que el ambiente familiar y la movilidad cambiarían al comienzo del mes; había venido a descansar y me harían falta tres días de desenchufe descargando el agotamiento. Arrastraba la inercia laboral y me dije que desactivaría la atención al ritmo que impusiera el cuerpo; hice las compras básicas, almorcé un pescado asado con un chorrito de aceite de oliva y macedonia de frutas, bebí un vino blanco que tampoco pregunté si era de la región y tenía un dejo distante de resina. Temí una tormenta súbita que pasó de largo hacia el mar y regresé a la casa.

La recorrí para deducir el sistema de espacios interiores, la fluidez de escaleras y corredores, la lógica del agua corriente e iluminación, distribución de ambientes, el diálogo estrecho de la casa con el entorno accidentado del terreno. La propiedad era inmensa, además de la casa había otras dependencias exteriores, la cocina era enorme y era seguro si el tiempo acompañaba, que las más de las noches cenaríamos en el jardín. En la planta superior además de los dormitorios y un baño de hotel cuatro estrellas, había un estudio de trabajo estupendo con vista al horizonte. “Aquí podré escribir y dibujar tranquilo” me dije, un lugar que daba a una enorme terraza donde me instalé con una copa de mi whisky preferido. Nunca fui amante de la naturaleza, la vocación bucólica se me cortó de raíz en la infancia y esa terraza incitaba a la contemplación panteísta. Entre las luces del movimiento admiré dos paisajes intercambiándose; el diurno tenía en las cercanías un juego de lomas que me recordó estribaciones de la Toscana, más a lo lejos dos cerros de pendientes asimétricas derivando de cadenas montañosas diferentes. En el medio del panorama se entrometían la franja del mar y un segmento de la carretera llevando al poblado.

Cuando ese perfil se fue diluyendo, la bóveda celeste impuso esa magnificencia de puntos luminosos que hemos olvidado quienes vivimos en la ciudad. Contemplé las estrellas sin saber identificarlas por su nombre de astrónomo, me fastidió esa ignorancia del saber que tiene cualquier muchacho embarcado en un remolcador. Debería estar algo calculado, en un segundo sentí que se ponían en movimiento mecanismos invisibles y faltaba sólo una música de cuartetos ingleses cuando los regaderos, clavados en la gramilla, comenzaron un zumbido de chorro entrecortado con sorprendente alcance en el círculo acuático. Las luces de jardín se encendieron y lo mismo la piscina con luces interiores, rectángulo de un azul de porcelana acuosa que resultó grata sorpresa. Seguro que estaba en la información y lo olvidé y si estaba no era una alberca de esas dimensiones, Sentí la alegría de un niño pobre por esa sorpresa que fuera instalada de milagro; el niño hubiera bajado para bañarse de inmediato, pero tenía puesto mi suéter de abrigo y me dije que también el tiempo por delante. “Esto es una maravilla” le dije a mi pareja a la que llamé dos veces, le había perdido la costumbre a la soledad y la distancia me permitía contadas frases de ternura.

Una cosa era mi soledad y otra la zozobra proveniente de ese paisaje; por momentos me sentía el personaje de un cuento de vertiente fantástica. La historia anodina del extranjero instalado en una naturaleza adversa que lo rechaza, mediante manifestaciones de fuerzas arcaicas que toman la forma de hechizos terrestres, encantamientos celtas inscriptos en la piedra. Pensaba que esa semana podría entablar una concordia con el clima de la isla, mutua empatía que me daría ánimo para trabajar y con cierta densidad. El entusiasmo de la ósmosis no se producía sino todo lo contrario: el advenimiento de una incomodidad, etapa previa de algo desagradable que estaba por ocurrir. La concentración faltaba a la cita, cada veinte minutos necesitaba caminar y prepararme un café, encender otro cigarrillo que dejaba a medio fumar. La lectura más superficial me irritaba hasta el desagrado, quizá lo mejor sería aislarme de mis hábitos y tentar una conciliación con la naturaleza del lugar. Ese entusiasta plan alternativo nunca lo pude llevar adelante, la primera señal ocurrió al segundo atardecer de instalado, la escena se repitió casi como en la noche anterior. Esa segunda vez estaba dispuesto a tomar un somnífero para evitar la reflexión de los inconvenientes.

No era que el lugar me rechazara, al contrario: parecía que me ensimismara en una historia de la construcción que yo desconocía. Busqué doblar la sensación de agrado de la primera noche, repetí la cadencia de las acciones del cruce de la luz y cuando escuché la liberación automática del dispositivo del riego, me di por satisfecho. Leyendo señales panteístas y un mandato incómodo dirigí la mirada hacia la piscina, que era una enorme pantalla plateada de cine volcada en la horizontal del paisaje. Descubrí el ruido del sistema que debería estar rondando por debajo del césped; sobre la superficie del agua, como si alguien que no se presentó la hubiera limpiado de hojas secas e insectos, advertí esa forma oscura flotando, escándalo gráfico novedoso de la continuidad visual. El bulto impreciso era importante y pensé en la lona, almohadón plástica de reposo que voló hasta el agua. Un animal salvaje que hubiera caído cuando llegó hasta allí a saciar la sed de una tarde de sol. La tarea de comportarme de inmediato como un cuidador jardinero y bajar a limpiar me pasó por la cabeza, la idea de tener que ir a realizar tareas manuales después de haberme duchado me fastidió. Desdén o pereza, consideré que era excesivo para mi estado de ánimo y cometí dos errores que se revelaron fatales. Pospuse para el otro día el interesarme por el incidente y no le dije nada a mi pareja mientras charlamos después de la cena, antes de acostarnos cada uno en su cama. Debió intuir algo pues me preguntó “¿ocurre algo?” y yo le comenté que estaba fatigado.

Pudo haber sido esa visión algo fantasmagórica y la profundidad del sueño a la que me llevó el cóctel de whisky con somnífero. Dormí profundamente y como si de una ironía se tratara soñé la solución argumental del relato que tenía en preparación. Descreo de esas coartadas de la inspiración durante el sueño porque nunca me había ocurrido, pero al otro día me desperté con la solución clara en la cabeza y hasta con ganas de gritar eureka. Mi vida estaba cambiando, las incomodidades de la víspera eran tempestades que se agitaban para hallar la salida del túnel. Si habían existido algunas horas de disgusto con el local, en cuanto desperté por segunda vez en la casa alquilada tuve la certeza de la reconciliación. Me afeité para mirarme a los ojos cara a cara, contarle a mi imagen la buena idea que nos llegó durante el descanso. Incluso antes de ducharme, como si se tratara de una cábala de vieja data hice algunas anotaciones a la ligera sobre una hoja. Me había sacado un peso de encima con esa solución hallada mientras dormía; recién después de la ducha me percaté del silencio reinante. La máquina de la naturaleza había dejado de funcionar anunciando el final, lo compensé con el ruido de la cafetera, de mi respiración, las bolsas de plástico de la compra y el tostador automático.

El tiempo estaba incierto, el cielo cerrado, afuera soplaba el viento y como pensaba trabajar desarrollando ideas de la pesadilla no me preocupé demasiado. Serían las últimas lluvias antes del intenso sol del verano y tomé el desayuno en la cocina. Cuando enjuagaba la taza de café recordé el incidente de la víspera y decidí bajar al jardín para observar lo ocurrido, resolver lo que fuera; pensé si lo podría solucionar yo mismo o debería llamar a alguien que se ocupara del asunto. Bajé dispuesto a no darle más de media hora al incidente y almorzar en paz. En los archipiélagos los cambios de tiempo son veloces en uno y otro sentido. De la misma manera que se puede pasar del cielo despejado a una tormenta rabiosa, alcanza un viento insistente para que el horizonte de nubes oscuras amenazantes se retire, dejando libre el dominio solar y fue lo que ocurrió. Saliendo de la cocina me preocupaba de la humedad y cuando llegué al borde de la piscina, estaba en una hora de verano intenso. Mientras andaba pensaba en un accidente de objeto maleable y cuando llegué al abismo rectangular hallé el cuerpo desnudo de una muchacha muy joven flotando boca abajo.

El impacto fue proporcional al cadáver y la avalancha de preguntas que me vinieron a la cabeza; si… por supuesto, todas esas siendo innecesario repetirlas. La velocidad luminosa pasando de la anagnórisis a una situación sin discursos y discernimiento, fue rayo perpendicular en el horizonte. La confirmación del milagro, menos cuando lleva a la claridad de lo sagrado que a impenetrables tinieblas de la pesadilla. Cometí otros errores del principiante, retiré del agua el cuerpo desnudo como si hubiera una posibilidad de reanimarlo regresándolo a la vida. En tanto entendía que nadie creería mi versión pues dejé pasar una noche sin dar la alerta y lo tiré al agua borrando el tiempo transcurrido, metido en inextricables instancias de la reconstrucción del asesinato. Me dirigí hasta el depósito de materiales llevado por un presentimiento y contemplé la escena del crimen sin la víctima transportada. La ropa amontonada, indicios de violencia en el desorden de los enseres, el desgarrón de mis prendas habituales con manchas de sangre y que acomodé hace una eternidad en los cajones del dormitorio. Comenzaba a intuir sospechando lo inexplicable, la primera batería de dudas era ociosa, prescindente mientras yo debería estar en la segunda serie de mis respuestas desahuciadas. De la perplejidad crucé sin transición a la ausencia de explicaciones; intenté consolarme pensando que podría mantener la calma en medio del naufragio, sin borrar las pruebas materiales acusándome de lo que nunca había hecho.

Volví a la casa e intenté llamar a mi pareja, una voz pregrabada y desconocida me informó que ese número estaba fuera de servicio; al segundo intento supe que era innecesario insistir. Quise tomar la iniciativa de llamar a las autoridades locales, pero ignoraba el número correcto de la policía y no había ni una lejana posibilidad de que pudiera explicarme en la lengua local. Busqué en el ordenador la dirección donde contraté la casa; en su lugar había un sitio pornográfico duro, proponiendo videos donde martirizaban muchachas como la que apareció muerta en la piscina. En un minuto intenté formular las interrogantes que se desprendían de la situación, pero me convencí de que en el resto de la vida nunca tendría respuestas adecuadas. Jamás sabría quién ni cuándo ni cómo ni por qué. La conciencia del crimen perfecto cometido por otro en mi nombre en un mundo paralelo y virtual tampoco me servía de consuelo. Era inconcebible que en unas pocas semanas me hubiera convertido en un personaje acosado, ello formaba parte de la imaginación cuando escribía las historias y no de la vida. Debía permitir sin oponerme que se sucedieran los acontecimientos, disfrutar el asombro supremo aguardando escenas que llegarían con lógica inexorable de manera ajena a mi voluntad. Mi capital de reacciones estaba circunscrito a su mínima expresión de resignada recepción y la necesidad de una variante imprevista de la Fe. De las contadas cosas que podría hacer me decidí por servirme una buena medida de mi whisky preferido. El saber que sería la última vez que lo bebía le dio al trago un sabor intenso conformándome en mi fidelidad a la marca.

Luego y resignado salí a la enorme terraza del lugar de trabajo, quería guardar en la memoria la instantánea de ese paisaje desde un mirador excepcional dando a la bahía de mi existencia pasada, sabiendo que alguien debería estar observando con prismáticos cada uno de mis movimientos. El mundo era idéntico a la víspera, excepto que por uno de los caminos a la vista avanzaban dos vehículos con misión asignada. Uno de ellos hacía parpadear, aún en esa luz marítima de soledad un faro azul intermitente. Se dirigían hacia la casa a toda velocidad, estaban informados de lo ocurrido como si yo mismo en un descuido les hubiera faxeado la confesión con lujo de detalles. Cuando se tienen las soluciones aunque sean erróneas la alegría desplaza la angustia del enigma. La solución a ese misterio es lo que debería haber soñado anoche, anulando el final de mi próxima entrega accidentada en la ruta de regreso.

Podría estar desconcertado pero habiendo jugado en pasajes del pensamiento con ligereza, confiscado el origen traumático del mundo que atribuí a dioses inventados y su final catastrófico en maquinaciones inverosímiles, no tenía derecho a fastidiarme por un incidente menor destinándome al guion de cualquier episodio de la Dimensión Desconocida. Vivía una situación suprimiendo la tercera solución que al final todo lo explica y queriendo salvarme del delirio inminente, me aferré a la única certeza irrebatible que pude anteponer: todo cuerpo sumergido en un fluido estático experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado por dicho cuerpo.

Buchanan’s. La marca del whisky es Buchanan’s y se destila en otras islas iguales de maravillosas.

Radio de remate

Como tantas otras de mis últimas vivencias, creo que lo escuchado provenía del espectro de la soledad sitiándome. A pesar de los múltiples análisis de todo tipo a que fuera sometido durante tres semanas, el médico tratante seguía sin saber las causas reales de mi comportamiento. La medicina conocida hasta el presente era inepta para diagnosticar sin márgenes de error mi sensación persistente y desagradable de sentirme perseguido por fuerzas extrañas. Un temblar súbito, el sudor espontáneo cuando camino por calles conocidas, el hallazgo de miradas desconocidas, gestos de desconfianza y objetos hostiles que hasta su aparición me resultaban indiferentes. Para esos síntomas oscilantes descubrí que ningún laboratorio tenía comprimidos o inyectables eficaces capaces de poder una mejoría en tres días; tampoco las hay para contrarrestar las ganas crecientes de vivir en soledad, la coacción de encerrarse buscando recobrar un tiempo otro, el ritmo interior demasiado personal como para ser compartido.

El sol de noviembre anunciando el verano irritaba mi espíritu, los ruidos ásperos de la ciudad activa me resultaban odiosos. Estaba viviendo -según complotaban y por mi bien los conocidos- un mal período de la vida, etapa negativa que deseaba superar lo más pronto posible; sin desarreglos visibles lo organicé sin molestar a nadie, decidido a evitar tranzar concesiones de ningún tipo. Me negaba el disfrute de la libertad propiciando el encierro, necesitaba estar en casa el mayor tiempo posible haciendo durar la expansión de los relojes. De día dormía con ayuda de pastillas –para eso había comprimidos a granel en las farmacias, como si el insomnio con angustia fuera la peste preferencial de nuestra época- que suprimían del radio sensible molestos hijos de vecinos, vendedores de diccionarios en mensualidades y motoristas insensibles. Busqué con insistencia los ruidos salidos de la noche, su silencio parecido al de cárceles y sanatorios; cuando la frenada de un taxi lejano puede ser también el guardia nocturno arrastrando los pies, una camilla despintada donde transportan a la morgue un muerto reciente.

Mi madre hubiera dicho que estaba necesitando un retiro espiritual, mi padre que debía trabajar seriamente pensando en el futuro y dejarme de pavadas. De ellos, que se fueron hace un tiempo considerable me quedaban dos herencias: cierto torbellino de preguntas ante la conciencia de una muerte rondando y una renta pequeña, gracias a la que me bastaba llevar un par de contabilidades en casa para sobrevivir. Un sistema de vida ascético sin divinidad a quien encomendarlo en ofrenda sacrificial, permitiéndome salir una sola vez a la semana para recoger el trabajo acumulado y regresar a casa lo más pronto que pudiera. Ahora que Marta finalmente me abandonó –decisión inteligente de su parte y oportuna para mis planes- estoy tranquilo. Ella me acompañó lo máximo que soportó y algunos tramos más, esperanzada de que un milagro secreto lograra en mi un cambio radical. Lo intenté eso de mostrarle un milagro sin que fuera suficiente; por el contrario, los retoques incorporados cada tanto terminaron por arruinar su frágil salud y demolieron lo poco que quedaba de su sentido del humor. Tal como estaban las cosas entre nosotros, intentar un gesto de cariño para retenerla hubiera sido un acto egoísta de mi parte.

Poco a poco dejé de llevar contabilidades a domicilio, que comenzaban a pesarme con su imperativo del asiento diario y el balance cada lunes que amanece. Es increíble con lo poco que un hombre puede vivir cuando se lo propone, más si evita enfrentar las tentaciones salteadas del mundo publicitario por correspondencia y las pulsiones frustrantes, el entusiasmo de conocidos y programa -con mente contable de comienzo de siglo- un balance de ferias, almacenes barriales y supermercados. La impresión de estar equivocado se volvió un grato sentimiento de bienestar y concretando un cambio completo decidí cambiarme de ciudad. Me mudé a una ciudad extraña de las que abundan en Canelones apenas cruzado el puente sobre el arroyo Carrasco; sin ninguna reputación ampulosa como Montevideo, parecía la capital en la zona de chacras pero siendo otra y que me brindó, luego de una búsqueda intensa un barrio tranquilo alejado de los curiosos.

Largas caminatas al atardecer luego de desayunar lo mismo cada día me mantenían en forma física, la puntualidad y eficacia de la sucursal bancaria de la zona ayudaban a que fuera un buen pagador. El suceso inesperado de mis artesanías fabricadas durante la noche -recuperación de una habilidad juvenil que creía olvidada- en dos ferias vecinales me procuraba un dinerillo extra que a decir verdad resultó de gran ayuda. Ese alejamiento del pasado y del día me sentaba bien, descubrí que las amistades epistolares son comprensivas y menos cargosas que en las confrontaciones cotidianas que obliga la vida civil. El montaje y concepción de las artesanías y la escritura de cartas llenaban con holgura mis noches en su casi totalidad. Temeroso de que el casi no se volviera vacío mayor decidí comprar un aparato de radio; sabía que el ingenio importante es el que recibe el mensaje, mucho más que el trasmisor que emite. Mi oído nunca fue motivo de orgullo y me tenía sin cuidado la calidad del aparato que pensaba comprar.

Dejando de lado novedades técnicas, potencias y cantidad de perillas a manipular, fui una tarde hasta un remate de las cercanías; allí me sería fácil encontrar algo que otro vecino desapegado descartó como chatarra. Si bien sabía con certeza lo que buscaba, cuando entré al remate me detuve admirado en la contemplación de todo tipo de objetos. Aquello era el sótano de la vida o la ciudad, la buhardilla de la historia reciente, el galpón de los readymades sin destino de galería. Los sospechaba depositarios de infinitas historias que me gustaba adivinar, comenzar a inventar suponiendo que el mundo es un cuento inconcluso. En cada objeto desgarrado comenzaba un cuento, se aceleraba una novela y caía en decadencia una saga con el mismo estrépito del imperio romano. Apenas empezadas, las abandonaba agotado de tanto diálogo, comentario, grito, quejido que se iban intercalando y eso mucho antes de que las intrigas se volvieran interesantes. La razón de esa desidia era simple de entender. Me desmoralizaba saber la imposibilidad de imaginar un argumento que coincidiera con lo sucedido realmente y ese desencuentro me molestaba. Entre esos tomos de historia sin letras y lectura compleja quise hallar la radio que me estaba destinada.

Exonerado de la impaciente emoción del primerizo con la obstinación de comprar una pichincha, dejé pasar cuatro jueves seguidos de monótonos martilleos y escasas pujas por la asignación de calefones viejos, cocinas inservibles y roperos destartalados. Más testigo curioso que comprador compulsivo, vi pasar de todo, escuché con sorpresa pujar y pagar precios que, si se sumaban traslado, comisiones difusas y la propina a los changadores, superaban los precios del comercio mayorista; pero daban al comprador compulsivo, la satisfacción similar a abatir un león furioso de un solo tiro de fusil a menos de seis metros. Mi porcentaje nulo de participación en las transacciones tenía intrigados a algunos concurrentes habituales, mi silencio era más obstinado que su curiosidad distraída por la salida de nuevos lotes.

El momento llegó y fue amor a primera vista. Estaba allí sola sin asumirse abandonada, recién llegada entre lotes de la víspera dispuesta a comenzar una nueva vida mañana mismo. Despreciada y propuesta sin entusiasmo por el rematador, pasaba indiferente para otros asistentes a la subasta. Desde el comienzo me resultó fantástica, cuando levanté la mano ofertando -tal como aprendí los jueves anteriores- el rematador dudó de la situación creada que lo sorprendió poniéndolo en estado de alerta. Quizá pensó que estaba proponiendo a subasta sin saberlo una reliquia valiosa; considerando que detrás venía apurando una heladera Siam en buen estado, no se podía dar el lujo de titubear en ese instante. Después de la Siam había lotes sustanciosos prometiendo suculentas ofertas, entonces bajó el martillo sin dejarle a los otros el tiempo de la réplica y era sacarse un problema de encima.

Pagué al contado la boleta que me presentaron y marché con mi radio a casa con la intención de ocupar con otras voces mi trabajo nocturno. Desde tiempo atrás había renunciado sin remordimiento a comprar diarios y revistas, una pantalla hasta que anuncian el final de la programación y más a tener un televisor propio. Como fuera dicho, evitaba contactos personales por hartazgo y miedo a decepcionar. Mis lecturas recientes llegaban en historia al descubrimiento de América y en literatura seria a las aventuras de Sandokán con páginas ilustradas. Apenas llegué a casa invadido por una felicidad de comprador que presumía olvidada por completo, puse la radio a funcionar. Marchaba bastante bien, salvo algunos detalles menores cuyo arreglo podía postergar sin cuidado. Era prioritario lustrarla un poco, sacarle el desprecio que tenía acumulado, más bien el desdén a pesar de que la pomada en poco mejoraría el brillo de las voces de los speaker.

Vivir en soledad una larga temporada y comprar una radio de remate son episodios sin interés en la ecuación mundana y la economía del cosmos en expansión. Cuando de la combinación de hechos tan dispares irrumpe un tercer factor anómalo, cada detalle de la primera interacción resulta enriquecedor asumiendo un extraño sentido retrospectivo. Los dos primeros meses de convivencia con mi nueva compañera, las noticias que escuchaba de lo acaecido en el mundo me aseguraban en lo acertado de mi decisión de aislarme. Disfruté el nuevo poder de cambiar de música, imponer el silencio y obligar a gritar hasta lo insoportable con la yema de los dedos. Este ejercicio de dominio realizado cada tanto, hacía de las noches algo distinto, una suerte de jauría mecánica.

Resulta difícil concebir que en altas horas de la madrugada haya en la ciudad más gente escuchando como yo; sin duda existen mis cómplices desconocidos con quienes voy a un mismo encuentro. La vez en que emprendí una nueva exploración cautelosa, moviendo con lentitud los dedos como debe hacerse mientras dura la noche, encontré una onda extraña que me desconcertó. Ahí, hasta anoche mismo no había ninguna estación nocturna trasmitiendo; voces de ultraradio sin tonalidad de profesionales ni intermediación de micrófono, pronunciaban palabras avanzando la existencia de hechos que hubiera preferido no escuchar.

En un principio me dije que había captado por error trasmisiones de un radioaficionado y lo descarté cuando puse más atención. Pudiera ser la onda de bomberos llamados por incendios intencionales y la frecuencia confidencial de la policía. Era tonto suponerlo y a las explicaciones prematuras le siguió la sorpresa. “Bienvenido” escuché. Sabía que era el destinatario del saludo que se dirigía a mí, esa voz nueva me estaba hablando a mí. Sin dudarlo ejercí el poder de los dedos moviendo la perilla salteando el dial precipitadamente. Casualidades, cansancio, agotamiento residual del vivir contracorriente… ¿qué otra cosa podía ser? Esa voz desapareció entre mis dedos como agua del pozo de la noche. La tentación siendo fuerte era impulso urgido, necesidad de drogadicto en falta y al rato, menos de un minuto después, volví sobre mis pasos a buscar confirmaciones.

Algo me guiaba, encontré el punto del dial sin dudarlo y seguí escuchando. Eran palabras temidas, sonidos provenientes de lugares que imaginaba sórdidos, tiempos remotos sin retorno, timbre de voces que debían estar muertas. Antes de admitir el engaño de los sentidos me aseguré de los aspectos técnicos, revisé enchufes, busqué en vano falsos contactos, confronté parlantes y era impensable un error del material. La radio estaba ahí sobre la mesa, delante mío, encendida como todas las noches recibiendo ondas invisibles mientras yo continuada escuchando historias insoportables.

Dejando de lado mis otras pocas obligaciones, acotadas a la subsistencia biológica, pasé varias noches perdido en ese juego de reglas desconocidas y todas las noches se parecían. Como la pesadilla que llega puntual apenas nos dormimos, de la misma manera mi fuga del mundo se poblaba contra mi voluntad de palabras temidas. Sonidos llegando de habitaciones que presentía húmedas hasta la descomposición, tiempos cíclicos y voces diferentes que continuaba viviendo, formándose en el aire tóxico mensajes que eran para mí y estaban destinados también a muchos otros. Intenté dejar de escuchar algunas noches sin conseguirlo, toda resistencia del sentido común y la razón era infructuosa. Las voces estaban clavadas en el dial y aun sabiendo que había otras estaciones pasando música, programas de predicadores amenazantes incursionando hasta el amanecer, una hipnótica fascinación me conducía a ese punto del aire que, durante el día, era un amasijo de música y gritos de concursos para ganar planchas, exprimidores eléctricos de limones, licuadoras.

Llamé por teléfono desde el almacén a la radio para quejarme del disfuncionamiento flagrante de la emisora en las horas nocturnas. Me afirmaron, como si yo fuera un loco tarado quejándose que quejaba en el lugar equivocado, que a las dos de la madrugada cerraban la emisión, en la planta quedaba un sereno tartamudo y que por favor me identificara. Colgué sin entender el miedo que me dio pensar que podían saber mi nombre y localizarme. Tratando de explicar con lo poco de pensamiento que me quedaba las voces nocturnas, imaginé bromas del sereno borracho, funcionarios de estudios vetustos y estudiantes manipulando equipos piratas. Las trasmisiones eran todo lo opuesto a una broma, escuchaba clarito gritos de dolor y el dueño de la emisora debía tener noticia de esas infracciones.

Cuando la situación se hizo insostenible en mi ciudad de repliegue regresé a Montevideo buscando otro matiz de confirmaciones, necesitado de hablar con alguien de confianza. Horacio es un buen amigo, cuando pude localizarlo le conté sin parar lo ocurrido las últimas noches; en lugar de desconfiar del funcionamiento de mis facultades, me invitó a quedarme unos días en su casa de la calle Buxareo. Esa misma noche conversamos hasta tarde y a la hora señalada manipulamos buscando las voces. Esperamos inútilmente, Horacio me creía y para mí su confianza era insuficiente. Confrontado a la prueba de los hechos y el testimonio de un testigo fuera de toda sospecha fui yo quien comenzó a dudar; de que Horacio me ocultara información por mi bien y después si era verdad lo que creí escuchar. A los pocos días gracias al humor sensato de mi amigo me olvidé del tema, acordé que la hipótesis de los radioaficionados era creíble y que algunas ondas se pierden o quedan circunvalando la tierra como cometas invisibles.

Convencido de que hace mal quedarse tanto tiempo solo, librado de mi preocupación capital encaré la vuelta a Montevideo con el ánimo de estar en unas pequeñas vacaciones. Propicié una serie de reencuentros con viejos conocidos que disfruté plenamente y balanceaba con las ganas, innegables, de regresar como curado a la otra ciudad donde había una radio. Por la pasada experiencia en el remate y lo sucedido en las noches posteriores, adquirí la costumbre de observar en detalle cualquier aparato de radio que se cruzaba ante mi vista. La conclusión era siempre la misma: todos los receptores eran distintos al mío, diferentes a mi radio que tiene el recato femenino de una hipnótica tecnología superada. Es un mueble de madera con una tela que parece de sofá al frente y respira delante del parlante. Adentro hay lamparitas de linterna de diferentes tamaños iluminando el dial sostenido por un hilo rojo visible. Es de las radios que tardan más de un minuto en calentarse antes de emitir las voces, tiene válvulas agrisadas que se encienden lentamente intercomunicándose con vidrios gruesos y filamentos finísimos, antes de ponerse en funcionamiento transfigurando el aire hueco de la noche en letanía de voces interiores. Ahora que me reintegré a mis manías tengo la certeza: sólo estas radios de antiguos modelos logran captar la onda de los espectros. La emisión -también eso descubrí- la hacen utilizando viejos aparatos.

Con estas seguridades inamovibles he vuelto a frecuentar los remates y comencé a observar con interés a la gente discreta que compra radios pasadas de moda. Son ancianos vestidos con overoles de electricista, señoras mayores de sombrero que usan tapados gastados por la polilla, tienen algo que parece unirlos y algunas veces los he seguido. Después de caminar más de una hora terminan por desaparecer, los pierdo de vista. Espero con impaciencia el día que pueda conectarme con ellos.

Anoche hubo poco movimiento, sólo lograba escuchar un llanto apagado, persistente y rabioso de alguien, supuse, que venía de una sesión.

-Falta poco, dije en voz baja sin poder explicar mi reacción.

-Muchas gracias, me contestaron a mí del otro lado después de haberme escuchado.

Ahora sé que la radio somos nosotros, si me animo una noche de estas les cuento mi historia carente de interés. En alguna casa de esta ciudad proscripta, alguien se sorprenderá escuchando palabras mías, sonidos de mis instrumentos que faltarían allí si su radio tuviera transistores. Comprendí que tengo algo para decir de la noche, hay alguien dispuesto a escucharme y necesita mi versión de los hechos.

Hace bien eso de comenzar a desconfiar del miedo a la soledad.

El comisario de Cerro Mocho (cuarta temporada)

Para Oscar Brando

Yo soy probablemente el único hombre en el mundo que sabe que esas personas existieron.

Memorias de Ultratumba, François-René Chateaubriand

Episodio 1

About Ernesto Cardenal

Me había sorprendido estar del otro lado (¿qué era “este” lado?) sin haber tenido preparación alguna y además de estar convencido: la transformación es el estado natural de las cosas, es posible –por voluntad o castigo- acceder a instancias corporales de la humanidad. Eso, de un día para otro. Hace treinta años de la primera vez de este mismo asunto; nunca supuse que llegaría tan lejos y todavía emitiendo señales luminosas: Cada tanto lo intento para revivirlo para decidirme a olvidarlo; sublimarlo arrebatándolo del basurero de la historia, entonces –hoy lunes 6 de junio de 2016- me obligo a escribir sobre lo mismo. Pasaron añares desde los hechos evocados, la memoria dejó de actuar con eficacia detallista y la historia parece resultado de la imaginación. En las primeras intentonas afirmaba conocer de antes que la tristeza aguardaba al final del camino, estoy menos seguro ahora. Le descubrí al asunto otra vuelta de tuerca que permite ser optimista para los próximos días de redacción. Demoré en volver al texto en la reconstrucción pues parecía rehusar al nuevo plan de la versión IV. Emergió a la superficie de la conciencia una idea que lo acomodaba en su función y sentido: haber mantenido el plan secreto que estaba en la primera versión escrito a pluma con jugo de limón.

Recién ahora se hace visible, como cuando se observa una nueva constelación por primera vez fugando hacia los confines del cosmos, capturada infraganti en el ojo ciclópeo del telescopio. Antes decía que las cosas habían concluido y era mejor dejarlas así sin resolver, estaría de acuerdo si el soporte hubiera sido otro artículo periodístico o un manual de historia de aquellos años. Era relato al borde de la ficción y eso todo lo transforma, con la literatura en juego se erosiona lo imposible, los hechos que parecían disecados logran resucitar, adquieren una luz propia de luciérnaga escrita, alumbrando tinieblas extendidas desde hoy hasta la primera noche de la muerte. Igual hay que aplicarse el ejercicio evocador, es fatigoso ingresar al programa de la tercera memoria emplazado entre la colectiva y la personal, ello considerando con prudencia la usura del tiempo que todo lo perturba. En mi situación debo tener en cuenta el desplazamiento del cuerpo este en el espacio, un cambio de lengua afectando la comunicación cotidiana y paisajes poderosos de otras ciudades que se imbrican en parte del azar ajeno a mi voluntad. En ese movimiento tras la concordancia se deben buscar y remover recuerdos. Cuando enfrento determinadas situaciones estoy obligado a transitar etapas del proyecto; revisar frases que casi nunca me dejan contento, cotejar archivos intermedios guardando la clave de acceso a la memoria madre del episodio. Como en la Letra Secreta que Es Dios para los cabalistas convencidos existe en cada relato una palabra irremplazable, buscarla es tarea excitante y extenuando, el precio a pagar para alcanzar acaso lo deseado.

¿A mis años quiero retornar a esa anécdota? Claro que sí. Es contemplar desde lejos el paisaje invernal de la juventud perdida para siempre. En el año 2016 tampoco abundan las alternativas, hasta me puedo citar fijando un punto de apoyo y volver al grado cero de la escritura: “Un recuerdo casual en la calle, de mañana temprano, me indujo al deseo de recuperar episodios de aquella tarde tan alejada del presente anodino (también del presente que cambió por el trabajo sobre el cuento en los próximos días) y cuyo desarrollo pensaba enterrado bajo una capa de ceniza, un residuo calcinado de brasa oscura consumiendo el leño del olvido.” Para avanzar sin temer el accidente de circulación debo dominar la caja de cambios de velocidades, mirar fijo la ruta evitando el choque frontal, atender el volante, la velocidad y sacarle al vehículo el máximo provecho, sabiendo que se trata de una vieja máquina de reventa revisada para la ocasión.

El encuentro se produjo de la siguiente manera y siendo la cuarta vez que se lo escribe –estamos lanzados en cuarta marcha y la palanca entró fácil- habrá ajuste disonante entre memoria y deseo. Con los años transcurridos sobrevivieron días como números primos indivisibles y asociados al sol; unos grados que se agradecen de tibieza luminosa consiguen pasar entre ramas y follaje de los árboles de la avenida Uruguay que venían de ser podados. Sin que nadie lo advierta permanecen danzando siluetas chinescas de la naturaleza; formas, sombras recostadas a la vereda que inspiran, siempre y cuando el paseante se deje llevar por la credulidad infantil, junto a la suerte de saberse con vida algún truco sorprendente. De que es posible todavía que el conejo blanco salga de la galera: Oh! Oh! Oh! el conejo blanco!!! Cuento sobre libros porque de otras cosas es preferible callarse. Que un poeta y un pájaro se llamen cardenal es prueba con rima de la existencia del dios en que no creo. Con ese paisaje de árboles más algún trino de los congéneres era suficiente para entablar la asociación de ideas; sucedía a partir de la palabra cardenal y era sencillo avanzar hacia la criatura fantástica. Era casi debutante cuando la intenté versión e hice un juego simple con la palabra que en su momento me dejó contento, hoy lo hallo un tanto prescindible; siendo tarde para volver atrás debo pasar por ahí si quiero acceder a la nueva versión. Tampoco es demasiado, apenas un par de párrafos que trataré de mejorar con oficio de taller mecánico.

Cardenal entonces. Pájaro anciano que pliega el copete de su especie volando rasante con boina oscura (la imagen del pájaro con boina vasca está bien), preservando el poder del canto que desprecia el umbral de la muerte (aquí aparece una evocación del mito de Orfeo: enseña cómo abrir las puertas infernales con la llave del canto y fracasa en la tarea de alterar el mundo de los muertos). Yo admiraba (envidiaba en el original) su observar a la gente desde la gente misma (el poeta asimilado no necesariamente al albatros de Charles B.), cierta serenidad entre la tierra sacudida por la guerra imperialista. Contemplaba la gota remanente del rocío nocturno que puede mojar una barba blanca de luz que ciega, como ocurre en la contemplación cercana de la rosa mística. Esa criatura volando en intersticios de dos mundos se transfigura a voluntad entre poeta y ave diurna, a impulso del soplo de voluntad divina y anatomía modificada por instintos que dios –cuando esa noción se decide a existir: ¿y si dios fuera intermitencia eléctrica entre tres nadas insensatas y absurdas? – enciende con el fuego divino y ama a su manera de Hacedor, se desprende de la nada volando soberbio entre corrientes de vientos cruzados del lenguaje. A su paso volátil va dejando la estela imperecedera de versos, hay rimas para el amor anterior por la muchacha llamada Miriam y el cuerpo putrefacto del gusano Somoza que metió a Nicaragua en el horror moderno. Cantos directos como flechas, conmoviendo el alma de los hombres con el rumor de diálogos confinados en grutas subterráneas. Catacumbas coloniales donde la voz nítida de Propercio –engendrado por el latín y la Loba Imperial- revive y ante nuestros ojos se metamorfosea en epigramas cincelados, recorridos de miedo y heroísmo como si fueran latinos sin embargo.

Dice el poeta,

Ileana: la Galaxia de Andrómeda,

a setecientos mil años luz,

que se puede mirar a simple vista en una noche clara,

está más cerca que tú.

Otros ojos solitarios estarán mirándome desde Andrómeda,

en la noche de ellos. Yo a ti no te veo.

Ileana: la distancia es tiempo, y el tiempo vuela.

A doscientos millones de millas por hora el universo

se está expandiendo hacia la Nada.

Y tú estás lejos de mi como a millones de años.

Segundo párrafo: era de tendencia política, algo asimilable sobre el antiimperialismo tal como se afectaba en mi juventud. Desde el piso y envidiosos del vuelo los buhoneros al servicio, peinados con pociones gringas y cazadores de lo bello para suprimirlo porque anuncia, se irritan hasta el odio por el dios que permite esa osadía de juntar milagros dispares que los pone en evidencia miserable. El pájaro evocado (ojo de/movimientos, gafas redondas de/vocación de pájaro precolombino escapado del jaulón vegetal de la historia) dice y hace. En la tarea igual calla y reserva para unos pocos la señal esperada, distribuye en el poema estigmas secretos que ÉL (manera tipográfica de evocar una divinidad en la que descreo) supo inspirarle en temporadas de ayuno y madrugadas de plegaria, noches de persecución y oración invocando el amparo del Supremo. La situación e implicando a Dios, inclinado hacia el bando enemigo según la versión de un porcentaje sacerdotal, se hace/vuelve insoportable. Los hombres envidiosos inspirados por deseos del Maligno quieren castigarlo a como dé lugar. (Años después será el papa polaco afecto a los asuntos del César el encargado de la reprimenda, más preocupado por la Cracovia roja que por el alma de los niños sodomizados en el catecismo. ¿Quién servía a Lucifer en esa escena de rezongo de la pista de aviación?) Acusan por reflejo, juzgan sin proceso justo y condenan a la manera de tribunal militar. Dioses paganos dolidos por haber sido obligados al exilio del que nunca se regresa, con malicia de súcubos sumisos en misión destructora. Sin entender la humildad de dar las gracias a milicias angelicales intermedias por la dicha palpable y milagro del pájaro/poeta ese. Milagro revoloteando entre campesinos humildes con Angelus reavivando la razón del porqué de los lirios del campo.

Cosas que uno piensa sin quererlo siendo incoherentes cuando camina distraído por la ciudad, bajo el sol afilado de Maldoror y con el libro de poemas de Ernesto Cardenal, recién comprado de ocasión en una librería de viejo. Debo confesar que no era del todo exacto y luego de tantos años, habiendo actualizado el CV por razones burocráticas y académicas, era en esos meses que leía con intensidad la obra de Kafka. Todo había comenzado con La metamorfosis en las clases del liceo, el famoso relato que luego fue traducido a nuestra lengua por Héctor Galmés. Hasta escribí un pequeño manual para estudiantes, sin sospechar que se trataba de un encuentro decisivo y que llegaría intacto hasta la comarca del 2016.

Episodio 2

Uruguay y Dante

Era el despertar de una conciencia literaria. Kafka “lo único que hacía” es hacer visible lo real. Nosotros suponemos que somos hombres, en realidad somos un pueblo de escarabajos, una colonia proliferante de cucarachas alocadas. El texto nos atrae porque en el fondo de nosotros mismos, en secreto de confesión sabemos que lo allí contado es una realidad que se desplaza. Era ese el estado de espíritu y situacional para iniciar el movimiento perpetuo, había cierta envidia poética acurrucada como buitre en círculos, me interpelaba la transfiguración animal del viajante de comercio Gregorio Samsa en lo que tiene de insoportable.

Así camino por el centro de la ciudad en un paradero existencial que de resolución útil comienza a volverse problemática. Vida, pasión, historia y el mal dolor de la literatura, momentos en que es preferible la soledad para rumiar sobre caminos que nunca serán los hollados por mis zapatos con suela de caucho. En ese mientras tanto siendo el silencio aconsejado, malgré la alevosía solar inmiscuyéndose en los pensamientos –cargado del pasado que “ya” se niega a diluirse en la ciénaga del olvido, es imposible andar tres calles de continuo en paz, siempre ocurren intersección sumándose al azar y programando encuentros que reactivan el pasado. Algunos de ellos resultan molestos con retroactividad, otros remiten a retornos perseverantes de tiempos que uno supone lejanos; de cuando correr dos cuadras no ocasionaba palpitaciones en el pecho, éramos reconocidos sin avanzar explicaciones sobre trastornos visibles que acarrea el paso de los años (de eso trata este proyecto: con la diferencia de que los achaques del cuerpo se transfieren y subliman al cuerpo escrito).

En la avenida Uruguay hubo cambios en los últimos años, se quedó sin árboles del ornato público, pájaros en cantidad suficiente para la algarabía ni sombra para soportar una caminata de punta a punta. Igual hay esquinas predestinadas a cruces y atajos misteriosos, encontrarse con alguien en Uruguay esquina Dante no tiene nada de excesivamente original, se parece a la rutina de un razonamiento lógico, demostración matemática desprovista de elegancia. Hoy dudo de la escena y sin embargo en 1985 escribí: seguro, estoy casi seguro de que el encuentro se produjo entre los ómnibus que marchan del centro de la ciudad hacia los barrios alejados y populares, zonas proletarias de Montevideo como se decía antes, carrocerías desprendiéndose morosamente –más en las tardes de calor y días de pago de las pensiones- del barullo de la capital yendo a una periferia cualquiera a hora y media de distancia. En esa circunstancia pretendía llegar apurado hasta el poste del semáforo queriendo cruzar “al otro lado” y esquivando gente avanzando en sentido contrario fue cuando nos encontramos.

Venía de la calle Colonia, paralela a dos cuadras de Uruguay y la principal avenida de la ciudad, era ella sin duda, al vernos nos reconocimos con felicidad; algo agachados e inclinando los cuerpos hacia adelante, como detectives en películas de serie B con tiroteo (pueden imaginar el gesto) nos apuntamos con el índice de la mano derecha. Barriendo en ese gesto de exclusividad a la gente amontonada en esa parcela del mundo, también los autos circulando en hora pico y otros obstáculos hasta dejarnos el aire sólo para nosotros. A esa edad las emociones tenían algo de exagerado, el presente contiene un sentimiento compartido desde la niñez sellando un pacto con fusión de aquí a la eternidad. Cuando veo en ello a los jóvenes al final de los cursos, en estaciones de pocos trenes me cuesta creerles; pero es lo otro: la implicancia de tanta emotividad, orgullosa en su manifestación no resistirá el tirón de unos pocos años. Allí anidan en estado larvario traición y obsesión, desencanto y muerte.

Cuando entonces yo estaba del otro lado; sucedió el abrazo hamacándose de derecha a izquierda de osos de juguete a los que les hubieran dado toda la cuerda, se concentraban los posibles de afectos y lo que ni siquiera imaginábamos. Hoy es repetir el mito de Orfeo por variaciones: puede admitirse que la música abra las puertas selladas del infierno y la escritura regresar a la vida con la voz de los muertos queridos. Mientras duró el abrazo se cruzó la evocación de otros compañeros en la memoria, la semana pasada me escribieron que murió Daniel Mañana y recuerdo su casamiento –con otra muchacha llamada Miriam- por civil en un juzgado que funcionaba en una vieja casona con escaleras de mármol.

Volvamos al escrito original; fue tiempo de ensayar una cadencia y orden sorprendente, la lectura de afectos que con palabras definimos de manera aproximada. Era inevitable pensar en amigos y camaradas perdidos en rutas delineadas antes de la conquista americana, desorientados en calles cariadas de baches y sucios callejones sin salidas, inmóviles en casas sin balcón ni patio interior, ocultándoles que a ellos la ciudad –que puede ser indiferente- los extraña. Era ella encendiendo reacciones pensando en los ausentes, dije que nos abrazamos olvidando años que nos escamotearon trabajos por mejorar el mundo, resistencias encontradas en el intento y vimos pasar almanaques de la divina juventud con cifras aceleradas de hace medio siglo. En las películas de propaganda con el tema de la guerra mundial, cuando el responsable en la mesa de montaje quería insinuar el paso del tiempo con ese arrancar de hojas que asume el viento de la historia. Pensé: qué pena que mi amigo poeta no está aquí para que (se trataba de Eduardo Milán) improvisara versos loando la dicha de un tiempo disuelto recuperado por procedimientos mágicos y secretos. Era Milán en quien pensaba, Eduardo compensaba en conocimiento personal de “poeta” esa lejanía que tenía ante Cardenal y fue una suerte haberlo cruzado durante algunos años. Fue por él que escribí el final del Capítulo II de aquel texto de micro novela en la versión 3 pasando de lo general y conocido a lo próximo personal. Recuerdo boleros corales polifónicos con vasos de aguardiente, evoco tu asombro (dije campesino, pero fue un error de apreciación) algo curioso ante un texto maricón de Severo “Cobra” Sarduy, que volvía a preguntar en mantra mientras éramos jóvenes ¿de dónde son los cantantes? Recuerdos del otro y algún otro poema del tiempo amado –habías pasado por el perfume provenzal con doncellas, señores con hábitos de corte y trovadores enamorados, endulzando el sudor sangriento de cruzada- donde con verso de homo faber signaste hace diez y cien o diez mil años (y treinta después evoco a mi amigo poeta, considerando a la memoria la máquina de zurcir lo inesperado) el día irrepetible, la situación ardua para el frágil equilibrio del universo y el instante en que el viejo elefante de Idaho:

(Do not move

Let be wind speak

That is paradise),

que halló su cementerio marino en la jungla de canales venecianos, legaba sus colmillos para que se hicieran tres bolas de billar y el juego del azar recomenzara. El mundo es mezquino y el objeto complicado que queríamos cambiar desde los cimientos con más o menos frenesí, el mundo era palimpsesto de ideogramas egipcios y trazos mandarines, signos misteriosos de sociedades desaparecidas, palabras rimando en el decir trovadoresco metamorfoseado. Caroso huidizo del poema como piedra preciosa y corazón alado del poema a venir.

Episodio 3

La muchacha que volvió de la muerte

Se lo consideraba una premonición, era el destino penúltimo del pueblo judío confrontado a la deshumanización de la racionalidad occidental del Holocausto, pero FK miraba distinto. Podía anticipar –mensaje de dios decidiendo y poderes de vidente, lectura del porvenir en los signos caóticos de la familia- el horror resultante formalizándose como plan minado de consecuencias. El horror presumido es el de lo sabido: la metamorfosis colectiva irreversible una vez alcanzada la tierra de Sion. Ello conduciría a los judíos a la historia no sagrada sino de la humanidad y una vez despertados del sueño mesiánico, ellos mismos verían con sus ojos entornados a los otros como escarabajos hostiles.

Lo importante es la escena y su presencia, después fue la separación de los cuerpos sin dejar de tocarnos queriendo probarnos lo concreto del sueño. Nuestra no condición de espectros, agarrándonos uno a otro los dedos de las manos que buscaban ser dedos sin más y no garras de halcones como escribí una primera vez. Luego del tacto verificación por la mirada nos distanciamos a menos de un metro, de manera desfachatada nos mirábamos de arriba abajo, en secreto lamentábamos el olvido, descuido o el no haber urdido la ocasión –hablo por mí y en ese caso la ternura era tan fuerte como el deseo- porque nunca nos vimos desnudos subidos en una cama deshecha. Como ellos te vieron y se divertían a tus expensas; o porque cada uno de nosotros era para el otro –creo que hablo por ti sin tu autorización- un recuerdo comenzando a desaparecer. Después de un buen tiempo sin vernos las preguntas salieron en marcha desordenada, superpuestas de confusión y en disonancia involuntaria; de mutuo acuerdo decidimos evitar alusiones sobre tonalidades y colores del pelo, razones de arrugas en la frente. Quiera dios, pensé, que no hubiera mancillado mi estampa veinteañera; ojalá que viniendo de tan lejos pudiera verme parecido a como la imagino a ella, sin señales del paso del tiempo alterándole el cuerpo de muchacha, como si por milagro de diosas sensuales hoy fuera una de otras tardes irrepetibles. La estampa fijada en santificación: pantalón vaquero gastado por el uso militante, cara larga de modelo de pintor avanzado del taller Modigliani, risa fácil y espontánea, conexión imprudente que puede en los otros más que cualquier belleza de artificio y le daba encanto devastador e irresistible. Las respuestas eran menos graciosas que las preguntas y en dos minutos los recuerdos se impusieron al efecto del encuentro. Al rato recordamos charlas en horas puente del Instituto de Profesores y todo era novedoso: artimañas del huérfano Marcel para recuperar el tiempo perdido con la taza de té y el bizcocho en forma de concha haciéndose miga, mientras escucha un campanario de la niñez. Si no fuera prodigioso habida cuenta del resultado escrito, parecía un procedimiento burgués con tentaciones aristocráticas.

Fue cuestión de mi elección, para el examen de literatura general III (dictado por José Pedro Díaz) –cuando era jovenzuelo e inclinado a la soberbia de descartar la memoria (teníamos el gustito de la imaginación al poder) por la prosa de Melvilla. Ello argumentando que el hobby de perseguir al cachalote albino por los mares del mundo y más si lleva en el lomo, amatambrado con arpones y sogas el cuerpo del capitán Ahab. El rengo insistente que clavó en el mástil un doblón de oro español, era menos violento que preparar tecitos con magdalenas de Combray a la sombra de capillas en flor, ante muchachas debatiéndose entre el deseo de la carne que tienta y el pudor represivo finisecular. Mientras tanto, el recuerdo de la familia Samsa se metía en el cuerpo como una sífilis de otra naturaleza de la que contagió a Adrian Leverkhun. Mis fundamentos literarios eran poco serios y hacían agua por los cuatro costados, al menos eran lo bastante divertido como para hacerte reír.

Ella volvió a hacerlo como en años anteriores, si es que mi memoria ahora que más la necesito no falla porque es ley de vida.

-Como nunca te di el besote que te mereces por ser tan linda, te prometo que algún día escribiré una historia romántica que te incluya.

Eso fue la promesa a la aparecida, con la liviandad de cuando me suponía inmortal, como si fuera inmortal entre mortales y creyendo –sublime pecado de hybris- que en un cuento pudiera existir algo de inmortal. Ella escuchó esa promesa como una declaración de amor travestida, sonrió y creo que la idea le agradaba, más que si la hubiera invitado a pasar un fin de semana en Piriápolis. Luego preguntó si en el mentado cuento habría situaciones divertida, como aquella de los remeros olímpicos cubanos que, en plena regata de entrenamiento vuelan sobre aguas jurisdiccionales de la revolución y zafan de la isla encantada rumbo a Miami. Ni me acordaba del cuento ese (había que contarlo con voz acentuada cubana de relator deportivo radial y convencido) que ella asociaba a un tiempo feliz de militancia; qué memoria de muchacha, me dije. Después de tantos años y con lo que acontece en la rúa acordarse de ese detalle de remeros tránsfugas, que tenía un vínculo con historias marinas y la novela americana de tripulaciones sacrificadas a las profundidades por la obsesión del capitán mutilado. Pude haberlo hecho, pero no me atreví a confesarle que el cuento que la recordaría tendría toques sentimentales y el final sería poco divertido, todo lo contrario, sin descartar cierta felicidad poniendo a prueba que el amor puede ser más poderoso que la muerte.

El tiempo carece de imágenes de remeros y pasó volando, también la duración del encuentro pactado en Uruguay y Dante. Nos despedimos en cámara lenta como si una fuerza que rige a la vez el mundo real y proliferantes universos invisibles lo hubiera decretado; prometimos ponernos en contacto para renovar capítulos sueltos que quedaron varados por el camino. En un instante comprobé que por Uruguay y en ambos sentidos avanzaba gente apurada huyendo del odio del volcán que entró en erupción de lava. Más gente atravesaba la bocacalle de Dante y eran almas en pena, marchaban sin prestar atención al tráfico pesado y como si estuvieran muertos. Cualquiera fuera su entidad metafísica tropezaban con nosotros y nos atravesaban como a seres inmateriales, nos atropellaban confundiéndonos con espectros extranjeros a la tierra. Mera transparencia como relata el mito de Eurídice y Orfeo sin música de Monteverde.

-Chau flaquita, me escuché decir en voz baja; susurro adecuado al trazado de camposanto y dudando que ella escuchara mis palabras de despedida.

Lo que son las cosas, si es para dudar de la condición humana. Hace un tiempo un imbécil de los que nunca faltan, cretino total, me dijo que a la flaca maragata la habían asesinado durante un interrogatorio en un cuartel, vaya uno a saber si fue en un interrogatorio, como si fuera importante para amainar el horror. Me dijo, sugiriendo detalles como si el tarado hubiera estado allí, que cuando le entregaron el cuerpo a la familia prohibieron que se abriera el féretro, por temor a que siguiera flotando a la deriva en el Mar de la memoria. En estos tiempos de incertidumbre que siguen sin prometer el final restituyendo la paz de los espíritus, no se puede creer en nadie y menos en mí; por suerte desde entonces las cosas cambiaron para bien y tenemos gobernantes dispuestos a dar la vida para que la luz de la verdad salga a iluminar el futuro. Qué macana igual, en su momento mucha alegría y abrazo y al final me olvidé de pedirle un número de teléfono para ubicarla y seguir conversando. De un lado mejor así, qué más lindo que encontrarnos la próxima vez tal y cual lo cuento, como quien no quiere la cosa. Sería suficiente con caminar por la avenida Uruguay, llegar al cruce con Dante hacia el 1300 y quedarse ahí sonseando, sin pensar demasiado y rondando siempre la esquina hasta que el milagro se repita.

Episodio 4

Luces de Broadway

A todo uno se acostumbra, por suerte estaba la familia y el hogar para protegerlo y entenderlo potenciando el grito mediante el desprecio paternal. La historia del viajero de comercio como es sabido terminó mal: lo lavan del piso sucio para sacar la inmundicia de la casa. La familia hizo lo humanamente posible; desde el principio se entendió que era una enfermedad incurable (mutación extraña del virus contagioso de la maldición) y buscaron acomodarse a la situación siendo en vano. Se cortó la comunicación, el entendimiento de las conductas bien pronto pasó a lo insoportable y las hostilidades. Lo favorable para todos –sobre todo para el malogrado Gregorio- era salir de esa situación, que la larga agonía terminara pronto y que el dios que permitió esa aberración zoológica asumiera la situación anómala hasta las últimas consecuencias.

Es así mi corazón sentimental al que le gustan las letras de bolero, el capricho empecinado, semejante al de un borracho manso diciendo su verdad sobre el sentido de la vida enviaba órdenes de búsqueda constante y recuperación. El circuito integrado responsable de la maniobra se negaba a obedecer, procesando los datos como era debido sin estar dispuesto a desbloquearse. Se producía la incompatibilidad de dos sistemas buscando la supremacía, la memoria del disco duro desobediente y sublevada, ponía en la pantalla fluorescente de los operadores –traía a la visualización activa- imágenes pretéritas, diferentes y anteriores a las que yo reclamaba con insistencia. A lo largo de una hora repetía la operación, recomenzando el llamado desde el principio para anular eventuales obstáculos. Nada de nada, hasta que por último me resigné a transitar sin tener los comandos bajo control y extraviado por ramales colaterales del sistema. Rodeos extensos y monótonos que mi yo interior en rebeldía insistía en sugerirme; fastidiándome sin tregua, cayendo en torpezas “de continuidad” evidentes, de “olvidos imperdonables” en el intento de recuperación y rescate. Queriendo escribir un cuento íntimo parecía que debiera resignarme a comenzar una novela que quedaría inconclusa. Tampoco podría inventar un argumento si antes no exorcizaba la imagen del comienzo de “La metamorfosis”. Es un flash back de la noche prodigiosa cuando pudimos tener un romance con la flaca y terminó en caminata de borrachos con otro muerto de la larga lista. ¿Qué fue lo que soñó Gregorio la noche esa de la metamorfosis para explicar lo sucedido? Un día me desperté con la respuesta y como la había olvidado me dediqué varios años a buscarla en los textos de Kafka.

Después del encuentro la secuencia resultante fue la siguiente y resultó una estrategia de escritura. Primero aparecen en la pantalla los domingos de mañana, antes de ir a visitar la casa de mis abuelos paternos Susana y Juan Nazario, cuando mis padres me llevaba a ver el teatro infantil; que aquí adquiere importancia siendo la primera representación a la que me confrontaba y determinante en mi formación. Ello sucedía –yo y mis padres estando ahí- a pocos metros del proscenio del cine de nuestro barrio sobre la Avenida 8 de Octubre, que algunos fines de semana se transformaba en escenario improvisado. Una boca escénica apenas de mover los labios, sin profundidad para representaciones como la tetralogía del Oro del Rin y apenas suficiente para modestos artistas locales. Llevaba puesto para esas ocasiones pantalón corto, saco de lana con motivo de ocho tejido por mi madre y la bolsita de caramelos de los cuales recuerdo la forma de bolita –de canica azucarada indica el corrector automático- más que el sabor que debería ser empalagoso e indefinido.

Una de esas matinés familiares, cuando se repetían sobre el escenario barrial el número del mago de las cajas y el conejo achacoso, los juegos del malabar con clavas y argollas, cuya inseguridad en cada maniobra trasmitían el temor al fracaso desplazando el asombro de desafiar fuerzas gravitacionales -y títeres repitiendo historias con final ejemplar sabido de memoria- apareció ante mi vista algo por una vez sorprendente sacándome del letargo, nunca visto antes y menos imaginado. El muñeco para empezar y lo que recuerdo es la impresión que me produjo su presencia; era más real –exonerado de rasgos antropomorfos- y creíble que el hombre que lo llevaba en brazos. La situación era sencilla y el muñeco más verdadero que el hombre porque hablaba, con voz hipnotizante alternando tonos graves y grititos de nene caprichoso. Una vez comenzada la actuación el muñeco reclamaba nuestra complicidad trepando desde la platea próxima. Simpatía retenida en los primeros minutos, necesarios para entender aceptando el truco cercano, creciendo hasta alcanzar una solidaridad con la criatura, expuesta mediante un coro de expresiones de chimpancé inmaduro. Resortes o elásticos moviendo la mandíbula inferior acartonada del muñeco exageraban unos ojos saltones, la ropita menuda era réplica exacta del vestuario del hombre (saco cortado por la esposa de tela brillante, me parece), el cuerpo tieso de papel maché y piecitos oscilando en el aire, terminados en zapatitos de charol con cordones anudados. Los pies sueltos de niño poliomielítico –había alguno con muletas en el vecindario- eran detalles trascendiendo limitaciones de la naturaleza humana. Ese macaco con “cabeza de pato” de revista de historieta, podía más en su convencimiento que la sonrisa forzada del señor mandando. Labios por donde se filtraba –con intencionalidad de engañarnos- la segunda voz escuchándose en el cine, la del artificio de hablar sin mover los labios. Truco que quienes estábamos ese domingo en el cine transformado en teatro de niñez fuimos aprendiendo con el pasar de los años.

Había en esa figura de anatomías desvirtuadas hasta la animalidad que debía ser monstruo quimérico, algo imaginado tendiendo a la verdad. A pesar de la predominante apariencia de un pato real, de ser muñeco con cabeza de pato, vestido como presentador de programa de preguntas y respuestas en las fonoplateas de la ciudad. Ningún asombro previo de los otros artistas aficionados y esforzados, rondando la ilusión circense, igualaba a mi parecer crédulo de entonces la polifonía dual y el muñeco. El duelo de voces dialogantes en la misma garganta fue mi primer encuentro con la astucia de hacer creer a los otros mirando que quien habla es el otro. En un pizarrón de escuela sobre el escenario los organizadores escribieron el nombre de los artistas del estómago y cuerdas vocales, del lenguaje del hambre. Paco y Pico, deduje que Paco era el hombre, que fuera de escena se llamaría Francisco y Pico el macaco con cabeza de pato, que hablaba sin voz propia “pero parecía ser propia”. Sin esófago ni cuerdas vocales de piano, sin amígdalas de pato, en tono de carraspera que, idéntica a una melodía de afilador de paso por el barrio, viene trastabillando por la mente.

Llega desde mañanas de domingo durante la infancia, horas archivadas en depósitos lúgubres y desafectados de galpones de la memoria. Con presencia de entrega que me despertaba el truco de las voces crecí en Montevideo, aguardando en mañanas de abril y noviembre que jamás llegaron la repetición de aquella voz de pito afónico, de fumador empedernido y borrachín de alcoholes baratos, para sentirme acompañado en el tiempo que se llevó las islas de la infancia, igual que un velero de tres mástiles a la deriva. El tiempo impuso otras voces violentas y el silencio obligado; llenándose de gritos cercando las voces de la infancia, bandada de patos asustado huyendo de escopetas doble caño de los cazadores. Con ellos se marchó la voz de Pico haciendo fonomímica cantando “Love me do” de Lennon y Mc Cartney sobre el estrado angostísimo de mi cine de barrio –el Broadway- que algunas mañanas, sin convencimiento y vergüenza de parecer ridículo- se disfrazaba de teatro para las familias conocidas de vista de la barriada.

Episodio 5

Matrix Montevideo

¿Era el último ejemplar de las criaturas aberrantes de la novela? ¿Estaba en la línea conceptual de Drácula y Frankenstein, del hombre invisible? ¿Samsa era el avatar profético? Podía ser el regreso de la zoología fantástica, pero en lugar de cruzar entidades mitológicas ya estábamos en los “otros animales domésticos”. Larvas, gusanos de la muerte, moscas de las vendas con pus, buitres interiores de las vísceras blandas; la caricatura de las tortugas Ninja. ¿Respuesta desesperada ante la arremetida de los super poderes, dejando esos artilugios a las mentes infantiles? Era el principio de Lavoisier en cuanto a la mutación de las energías humanas de la existencia. ¿Por qué se fijaba de tal manera en la memoria del lector?

Es claro –hoy día más- que envejezco, los años se acumulan sin drama desde la última vez que escribí sobre esto mismo. La necesidad de rescatar la impresión de voces perdidas me asalta cada vez más seguido, será que lo hago por cansancio y miedo a encontrarme con el pasado. Me consta que obrando así postergo la oportunidad de pellizcar una astucia del oficio del recomenzar cada tanto. Cuando hablo solo (me sucede cada vez más seguido y trato de ocultarlo a los conocidos) mi voz semeja un insulto monocorde de ventrílocuo viejo y alcohólico, resuena hueca en la valija de los recuerdos, olvidada a propósito en un garaje abandonado, invadido por la humedad del olvido. Reconocerme en mi propia voz impropia para comunicarme con el mundo, tiene algo de actuación fallida por falta de público del ventrílocuo; con úlcera estomacal dolorosa, punzada de gastritis aguda y que al pretender sin conseguirlo un truco, siente en el cuerpo las invocaciones de la derrota. El sonido proveniente de mi voz de monólogo en el presente, convoca como lo mejor que puede la coral de otras voces fantasmales –similares y ajenas- agolpándose cerca de mis oídos. Obligándome a cerrar los ojos con fuerza buscando el teatro íntimo del pensamiento, a taparme con ambas manos las orejas sin escuchar ni saber el absurdo barullo del mundo actual, y excluir que seré el Julio César que debí actuar Polonio en la obra aficionada que nunca fue, único papel en la vida y sola actuación para justificar el sentido a la existencia. Voz quebrada que llegando por el túnel desde la infancia se degrada sin saltarse las vallas de la juventud, suplicando algo inevitable, en el instante apropiado para reestablecer un contacto por escrito con la muerte.

Quizá esta historia quede en cuatro variantes –el cuatro es buena cifra para contar una historia que persista- y la quinta deba dictarla con la ayuda de una espiritista. ¡Ah…! pero de qué manera seductora insisten esas voces que suponía apagadas, con consistencia de hadas y poder de sirenas. Ante la reconstrucción inicial que me propuse, lo primero que viene en mi ayuda para llevar adelante la tarea son las voces. La memoria es un sitio circular ambiguo, allí permanecen voces que escuchamos desde que accedía a este mundo sabiendo que estamos de paso. La clave para iniciar la reescritura se hallaba en un disquete perdido entre miles de soportes de audio, estaba saturado de diálogos inconexos, frases destrabadas exigiendo réplicas pertinentes, entonaciones reconocibles desde la primera palabra y oraciones dejadas de lado. Voces porfiando en acompañarme hasta el final del proyecto, hasta que el presente las obligue a recular y que mi memoria comience a fallar desde el interior del cuerpo. Mientras escribo la mirada se vuelve hacia ellas y las restituye al reino de los muertos.

En el intento actual se emancipan renegando la condición de pasado sepultado, actúan y conversan de manera insolente sin importarles mi voluntad que rige –trascendiendo este cuento- el proyecto que afecta a todo el libro. Voces realizando en el estudio de grabación de mi cabeza en canales de una consola perimida y sin valor de reventa en el mercado. No obstante, escuchando materiales sonoros archivados compruebo que los registros preservan cierta pureza. El timbre de voz a veces lindando la perfección, la mezcla original aceptable –me refiero a las versiones del Libro Tercero de 2003- y el resultado final una edición digna. Master sorprendente que resulta un desafío interesante para comunicar. ¿Para qué intentar otra variante que sería la cuarta? Es mandato irrefutable e imposible negarme a intentarlo, nadie lo hizo hasta ahora a la manera de works in progress que tanto nos obsesiona a algunos. Siguiendo imágenes sonoras sería provocar la comarca de voces escondidas, que ninguna cabeza reproductora (pienso en antiguos equipos japoneses y alemanes) puede resistir por mucho tiempo, ni leer con fidelidad. Algunos días tengo que resignarme, defenderme porque creo estar hace treinta años y escribiendo esta oración por primera vez.

Me cuestiono si el proyecto vale la pena y no fue una pérdida de tiempo, otra manera de retardar el enfrentarme a nuevos proyectos encontrados a la salida de los pasajes secretos de París. Es tarde para esas consideraciones: les jeux sont faits! Y todavía me falta convencer a algún editor para que acepte publicar el resultado… A pesar de fijar con insistencia mi atención para captar fragmentos aislados, partes del diálogo sin comentarios dispersantes de un autor entrometido. Sólo voces llegando de conversaciones distintas en el tiempo y con interlocutores muertos –me consta que en algo soy sobreviviente- y no mantienen relación entre ellos.

-Estoy contento, a pesar de los otros libros igual pensaste en mí.

-Es tarde para intentarlo.

-La toma del poder es inminente.

-Entendélo: se mató, así como lo oís. Se mató, entendélo de una buena vez.

-Hacía falta el ejercicio de reaprender a escuchar voces lunares invocando a Ganesh, ahora tienes vía libre para recordar pormenores de aquella tarde. Al recuerdo de que cada cual tiene los procesos de la memoria que están a su alcance. ¡Atención! el programa que ingresa en la memoria activa es irreversible; siendo memoria afectada por otra invención, una vez desbloqueando a conciencia avanza hacia el final de forma obsesiva sin mirar hacia los costados. Igual que hace treinta años eso es efímero, se volatiliza… como si no pudieras cambiar una coma siquiera en tanto los recuerdos admiten reescribirse. ¿Y si pudieras intentarlo pactando cambios que tal vez lleven por esta vez a la verdad de los hechos? ¿Te acuerdas de aquella tarde lejana?

-Como si fuera hoy.

Episodio 6

La ofensiva de George B. Brummel

¿Pero qué mundo era ese que quisimos cambiar? También el país pasó un terrible sueño y se despertó convertido en un monstruoso insecto. Situación inquietante, la metamorfosis era lógica, normal por probable y “hasta deseable”. Era un país donde ese texto terrible del siglo XX se ensañaba con adolescentes de barrios populares que leían poemas de Quevedo. Estuve ahí, puedo dar testimonio si bien ahora parece un episodio de ciencia ficción. ¿En qué año salió Franz Kafka de los programas de literatura de secundaria en Uruguay y fue relegado a una opción miserable? ¿Por cuál otro autor maravilloso lo desplazaron? ¿Quién fue el inspector responsable de esa revolución conceptual retrógrada en la lectura? Roberto Barry murió en el año 1981 y tenía apenas 63 años.

El día prodigioso de aquella tarde menos pensada, el día normal de las promesas amaneció con cielo cubierto de un gris amenazante, cargado de presagios portadores de sucesos tristes. Cada uno de nosotros –se entiende que estoy evocando idus de marzo y compañeros del Instituto de Profesores Artigas-, que éramos jóvenes (¿importaba por entonces el paso del tiempo?) y estábamos en medio de una huelga estudiantil tenía asignada una carga específica, tarea militante como se repetía en las asambleas del CEIPA.

Una mínima represa metáfora de contención condenada a ser desbordada antes de la falla que todo lo arrastraría, fracasar en el intento para decirlo sin vueltas, formaba parte de mi diagnóstico personal pesimista. Igual que las olas gigantes esas, irrumpiendo de la nada en un punto profundo del océano Pacífico, que avanzan a mar abierto arrasando las costas insulares del archipiélago japonés, así de devastadora llegaba a nuestras vidas la Nueva Ley de Educación General. Un texto legislativo laborioso, salpicado de incisos indignos de suspicacia y acusación, putrefacta marea legal incontestable con la finalidad de ahogarnos. Aquí van comentarios oídos al azar, notas breves sueltas y que adquieren un sentido profético con el paso de los años:

-La votación sale entre hoy y mañana. Esos hijos de puta la van a aprobar el bloque sin importarles la mierda que se prepara en las calles, fue lo que dijo entre irónico y resignado el flaco Carlitos de los Santos mientras miraba para cinco lados a la vez.

-Nos quedan para resistir a la reacción blindados checos, bazucas de la Armada Roja y el escuadrón de elite entrenado por cubanos en Cienfuegos, siguió Carlitos.

Añoraba en voz alta y audiencia en sueños bolcheviques el arsenal que la presa oficial y comentaristas audiovisuales, la basura perfumada del día a día nos atribuía a los huelguistas desde que el proyecto se debatía en el parlamento.

-Un fantasma recorre el Instituto de Profesores Artigas, el fantasma de la patria potestad que docentes leales ponemos en peligro. Atentos precarios, acomodados impúdicos, parientes de seudo demócratas venales, legisladores indignos del gran Montesquieu y el momento crítico que vive la nación, se unieron en santa cruzada; así hablaba a lo Zaratustra un camarada, marxista ortodoxo y filósofo de formación para más señas.

-Che! mis queridos, el Zar Julio María IV con su maldita ley de educación de nefasta inspiración, como si nada otra cosa tuviera para hacer con el país, nos quiere recontracagar de aquí a la eternidad. (De alguna manera lo logró, su proyecto se adecuaba a otras contrariedades en la constelación del Uruguay joven.) Que lo parió al doctorcito tan elegante en el espíritu de Brummel y elegido ministro mejor vestido del gobierno. Esto es un llamado: alumnado con suplencias y perdidas esperanzas, habrá que dispersarse en orden caótica y pronto por ignorados caminos del mundo. Queridos míos, tenemos muchísimo para perder en las próximas semanas, la vida para empezar de Cero y nada para ganar. La putísima madre que lo parió a él que la escribió y sus incisos jurídicos en letra chica…

La situación militante de aquel día amanecido con cielo cubierto daba para poca cosa más que la humillación, la resaca del otro día cuando se pierde la pulseada de la movilización. Las fuerzas ideológicas menguaban por la situación circunscripta a un diámetro reducido, los recursos militantes para seguir otra semana estaban exangües y la dialéctica de la jurisprudencia machucada. Estábamos solos ante la fuga del universo en todas direcciones, nuestra dorada promoción se quedaba estancada sin llamada del porvenir. Los que vivíamos esa circunstancia (era lógico pensar la historia social, colectiva y personal para que se armara el drama de “ese” día) que alguna vez soñamos con destinos colectivos mejores, habíamos perdido un curso por asuntos gremiales. A los estudiantes del Instituto Artigas en años de conflicto, nos fragmentaron de forma sistemática, expropiándonos locales para cursos, trasladándonos de un barrio a otro de la ciudad (el lugar común de “divide para triunfar” tenía adeptos del procedimiento) y manipulando el cuerpo de docentes en grosera rotatividad. Detrás de esa maniobra burocrática estaba la voluntad de hacernos desaparecer del sistema cultural y mental del futuro, borrarnos detrás de una falsa cultura popular; que no quiero calificar siendo ahora cultura dominante del país y puede ser mal interpretado. Como a leprosos en fase avanzada, condenarnos a salir de la comunidad por ser culpables de los males de la sociedad y es probable que hasta del destierro de Artigas al Paraguay.

El esplendoroso mañana del Estado Oriental podría prescindir de nuestros servicios pedagógicos, siendo sospechosos y nauseabundos; perdía sentido seguir metiendo las manos en el planograf artesanal, mugriento de tinta espesa editando las reivindicaciones de cada día. Leí el último volante impreso, fresco hasta el enchastre como cuando se levantan las huellas digitales en la cédula de identidad, oscura como el futuro evasivo que se nos venía y pretendíamos tener en nuestras manos: A la enseñanza la defiende el pueblo. De la sentencia esa tan oral como categórica en su formulación de endecasílabo, ocupación y barricada, podía deducirse una cadena de silogismos (emotivos e irónicos, sinceros y despreciativos) insostenible en lo inmediato y que podían derivar en sonrisa descreída. Resignación temprana en la vida en el sur periférico del mundo, necesidad de que las horas acompañando la tragedia definida pomposamente y para darnos ánimo como “asamblea abierta, grave, urgente y permanente” nos diera una tregua.

Episodio 7

La interpretación de los sueños

Una mañana de aquella juventud me desperté feliz porque había soñado una hipótesis creíble sobre el sueño inquietante de Gregorio Samsa. Supe: a) que se parecía a sueños anteriores del implicado, pero sin ser idéntico. b) que hubo una mutación de imágenes, donde el soñar se transformó en un sueño único último “en tanto” ser humano. c) que no hubo necesidad freudiana de la interpretación, el horror era que tenía un sentido único: invariable e irreprimible. d) que era un sueño que podía incidir en la cadena de hechos y gestos que constituyen el mundo. e) que –seguro que para mi bien más allá de la frustración- lo había olvidado. f) recuerdo que había membranas vivas y respondían a una forma de inteligencia ignorada por la criatura humana, si bien se originaban en lo profundo del cosmos cerebral. (Debería hacer una especie de corte como en la baraja para ordenar el final de la historia, me parece entender que el objeto del proyecto es volver hasta el agotamiento a aquella tarde, como si allí estuviera el secreto –que no es tal- de la literatura y la chispa que encendió mis ganas de escribir, tratando de descifrar la estrategia del autor implicado. El camino pensado de la vida estaba cortado y debía tomar los atajos que nos separaban, era la muerte programada de la juventud.)

Las últimas semanas de tensión y preocupación olvidamos las ganas de reírnos como un estado natural del mundo, de adentrarnos en un libro de Gredos sobre la poesía del Arcipreste de Hita, con toda la noche por delante y el buen amor espolvoreado prometido al amanecer. Mañana, como si fuera poco estaríamos rabiosos y derrotados, tal como lo deseaban y planearon ilustres padres de la patria que queriendo salvarla a su manera la estaban hundiendo. Entre nosotros, que estábamos en el primer círculo de la vida sindical del Instituto, entre espectros de la imaginación escrita y el cúmulo de historias maravillosas eternas, que queríamos seguir trasmitiendo a muchachos de las próximas generaciones –desde la bronca justificada de Aquiles, cólera funesta que causó innumerables males entre los aqueos, desde que se disputaron el átrida Agamenón y el pélida Aquileo, hasta la transfiguración maravillosa del milico Cruz en gaucho perseguido, rumbo a las tolderías cuando no consistió que se matara así a un valiente.

Las candilejas proletarias de donde veníamos la mayoría de los desencantados, el fascinante mundo de la farándula ambulante perseverando en la consigna “el espectáculo debe continuar” y el arte misterioso de la escena se encargaron, con su retablo renovado de apariencias, de ocupar el paréntesis abierto como tajo de sable entre militancia estudiantil y derrota del movimiento gremial, conservando como talismán la fuerza débil de la dignidad. Quiero decir que algo donde hubo luces de colores, tramoya improvisada perecedera, micrófonos fallando del contacto eléctrico en momentos menos oportunos; ambiente de velorios barriales escritos por Cortázar. Se improvisó de manera colectiva reinventando el Gran Teatro del Mundo, un espectáculo concebido en catarsis final ante la clausura del ciclo militante. La función última antes de la nueva Ley que pudiera por unas horas sacarnos de nosotros mismos dándole la Bienvenida a las Tinieblas. Los comprometidos en el Operativo de la organización, valga el abuso del término en días de código censurado como los aquí evocados (cada año más lejos se van al olvido de la ignorancia y existen apenas mientras se redacta este informe) queríamos empezarlo a las seis en punto de la tarde –debía comenzar con algo de claridad del día- en el patio central del edificio –aire delimitado como dicen ocurría en los primeros teatros de la humanidad- claridad relativa bajo el mismo cielo amenazante de la mañana. Había en el plan desafío a dioses olímpicos y dioses hindúes que sabíamos más generosos –incluyendo al miserable de Zeus y al parlanchín de Vyasa- que diputados y senadores apoltronados en el Palacio Legislativo.

Una rápida distribución de tareas (faltaba tiempo para discusiones sobre el reparto equitativo del trabajo) debía asegurar, con optimismo de los implicados, propio del vértigo de aquellas horas el cumplimiento de la totalidad del programa planificado al vuelo, sin rigor. Dada la presión de múltiples orígenes el programa era modesto, un par de cantores de protesta o cantautor del lote conocido, algún recitador que agarrara viaje y sin exigencias, actor en el declive leyendo un cuento y tres poesías; para lo restante lo que se consiguiera entre los posibles. Hasta la mañana siguiente (prometimos recomenzar la lucha de inmediato luego del voto en el Palacio Legislativo…) nada de barriadas informando puerta a puerta cual mormones luciferinos, de finanzas para comprar tintas y papel en las imprentas. Hasta mañana la obligación era barrer como buenas vecinas la entrada del Instituto dando a la calle Eduardo Acevedo –una linda pendiente que, siguiéndola derecho llevaba al mar-, como si fuera el Palacio de Oriente y las bellísimas pasivas interiores rodeando el patio. También correr por toda la ciudad –no había mail, teléfonos celulares, tweeter ni faceboock- para conectar sin aviso artistas de buena voluntad. Armar y rearmar el programa una, tres y diez veces si fuera necesario, ello de acuerdo a las ausencias que se anunciaban, confirmaciones seguras, alguno dios dirá si anda de buen humor e imprevistos de último momento. Nosotros, aquellos que estábamos allí ese día -deambulando arrabales de la educación creada por la nueva Ley- montábamos a tablas inestables, juglares itinerantes y músicos de vario pelo el espectáculo que se representó “una sola vez en la historia del Universo”. Recuerdo privilegiado de pocas personas que se olvidará por siempre de la amnesia infinita del Cosmos –el Universo carece de memoria- cuando muera la última de aquellas memorias vivientes.

-Que la vida es puro sueño y llegó la hora de despertar, repetía cada poco el gordo Ignacio, sudando la gota gorda mientras arrastraba unos enormes parlantes negros, él solo sin ayuda y que parecían roperos de funeraria.

-Caballeros, caballeros… el mundo es la suma de las cosas que acaecen.

Así apostillaba un estudiante flaco y demacrado de Lógica, Filosofía, Metafísica y Esoterismo teosófico. Wittgesteniano hasta la locura de electroshock, nostálgico de una Viena finisecular que nunca conocería y de cuyo nombre no logro acordarme; pero que barría fenómeno mediante el método de avanzar baldosa tras baldosa con eficacia elegantísima. Poniendo en aprietos el amor propio de compañeras suficientes, que estaban por el segundo marido dócil compartiendo tareas domésticas. Imagínese el lector cómo sería la manera de barrer del flaco chupado del Tractatus, táctica epistemológica, digamos.

Los literatos entre los estudiantes –faltaba conciencia de extinción siendo de las especies más amenazadas- echábamos de menos pregones informativos públicos, performance que le hubiera dado al ambiente crepuscular un toque isabelino con reminiscencias de El Globo. En la ocasión y pensaba en una troupe de jóvenes de ambos sexos travestidos, camaradas gastando calzones multicolores en las calles del burgo, acompañados por acróbatas aéreos con cuerpo de pubertad. Adustos músicos de mercado tocando tamborcillos decorados con rombos y felinos alados, seguidos por estandartes renacentistas de seda purísima, bordados de animales fantásticos aureolados de llamas, paños segmentados en cuarteles de colores terracota florentinos y el pánico sonido de flautas diminutas de pocos orificios. Corte de los milagros extraviada en la escena del tiempo, fusionada por la arenga de un ciego auténtico, mendigo astuto e impaciente con la mano deforme aferrada al hombro del niño. Lazarillo hambriento y descalzo, dispuesto a cambiar de amo sin encontrar un hidalgo digno; recorría los salones vacíos de los pisos superiores del Instituto, era ciego de nacimiento salteador de la luz interior habitando de voz intrigante claustros desolados del segundo sector del edificio. Luego se lanzaría temerario a callejones peligrosos de las inmediaciones, invitando para esa noche a los vecinos del castillo desconfiados a llegarse a la plaza mayor del burgo, desafiando el poder represor de la Iglesia anglicana.

-Venid, venid siguiéndome gente del lugar temerosa y de poca fe. Venid… no os perdáis, vosotros, que todo lo veis y calláis la noche mágica que se avecina, digna de las tres hermanas. Hacedlo antes que suenen terribles campanadas de medianoche, se inicie la danza macabra y crepiten las llamas del Averno sobre la carne correosa de las brujas. Oíd antes del silencio las últimas canciones paganas, escuchad la historia más cruel y trágica jamás contada en tierra de Glamis, en valles de Cawdor, la historia reciente y verdadera. Venid sin temor en los corazones… hacedle caso a este pobre ciego de nacimiento, que nunca se atrevió ni quiso mentiros con las dulces palabras del engaño. Sólo os costará una modesta moneda, un vintén de plata. Venid, venid… y lo suplico si fuera necesario… antes de que sea tarde para todo… venid… venid… por el amor de Dios…

Episodio 8

Fenomenología de la parrilla callejera

¿Dónde está el horror en realidad? El sueño previo es premonitorio y la metamorfosis operación en los límites de lo inconcebible, milagroso y mágico. Luego de esa incidencia en lo real de forma lateral, en la conciencia con cierta resignación y lo corporal de forma radical comienzan los problemas. Erosiona lo metafísico sagrado: la metamorfosis (porque Él lo permitió, es una prueba en el cotidiano Praga de la existencia de Él: a) el cambio se opera por su voluntad b) Él deja que se opere el cambio haciendo circular el libre albedrío c) Él le juega a esa modesta familia judía de Praga una broma pesada. El horror es posterior. La metamorfosis (obviando el argumento judío de la culpa) es el asombro que permite todos los posibles. Pudo ser un nuevo punto de partida para la historia del hombre, la humanidad, la mutación de la zoología, la fisiología humana: más todo es espectro de las ciencias afectadas por el episodio. Pero esto permaneció (por vergüenza e imposición de lo insoportable) en el ámbito de lo privado. De ahí la hostilidad creciente, los insultos, la manzana incrustada, la muerte del insecto y el barrido destinado a la basura. En el ámbito de su pequeño mundo la metamorfosis “nunca existió”, como la pérdida de la virginidad de las muchachas andaluzas. El horror son las secuelas, la secuela: modificación de la historia de la literatura accidental y la lectura.

Recuerdo que estábamos fatigados para poder asimilar farsas inteligentes y músicas habituales con mensaje (el famoso mensaje de aquel mundo) directo e implícito sobre la incidencia del canto popular en la realidad. La legislación de ese año de convulsión hacía lo posible y más para derrotar nuestro movimiento de contestación; estaba dispuesta a quitarnos la palabra y el gesto mediante decretos de aplicación. Hasta que no quedara ningún testigo directo que pudiera testimoniar del crimen cuando -finalmente- llegara el año 2021 y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ellos fueron envejeciendo auscultando el resultado de sus maniobras, el país que es otro luego que los fierreros montaron su estrategia de poder y el mundo en general adhirió a la dialéctica, Los Iracundos están en Youtube, la imagen de Batman asola las pantallas, los dioses del desierto se hicieron urbanos y sufrimos enormes metamorfosis. Hasta que un día despertemos y será tarde: a eso era pues que se refería el comienzo de la novela breve de Franz Kafka. Centrar la terapia social sólo en la formación de los docentes fue un error de diagnóstico, falta de perspectiva política ante campos magnéticos que nos rodeaban. Una negación para los legisladores de aceptar que el mundo de sus mayores había mutado desde adentro. Eso es la sección historia patria -tercer piso de London-París- así que volvamos a la dramaturgia de bolsillo.

En el secreto de la intimidad, sin estar dispuestos a admitirlo en una charla que fuera otra cosa que confesión introspectiva, la agitación era la amargura del abatido antes de comenzar la aventura. Fue mi caso siendo sensato evitar generalizaciones, viéndolos agitarnos parecíamos actores secundarios de una larga tetralogía alcanzando la escena de epílogo y final. Sin saberlo o intuyéndolo con tristeza, estábamos representando papeles asignados por duendes burlones de las circunstancias en años venideros. Técnicos de audio improvisados, cantineros de pueblos del interior, vendedores de productos porcinos en la Costa de Oro, redactores publicitarios reconvertidos, traidores espirituales a los hechos que ese día ocurrían en nuestras vidas, pésimos comediantes de poca monta ante un público sin entusiasmo. Saltimbanquis sin letra de tradición ni talento para sublimar nuestros monólogos, trasmitiendo la intensidad del dolor e ironía de la trama con movimientos torpes y expresión corporal exagerada. Destino próximo de mimos arrodillados hasta el desprecio, ridículos y agónicos como lo fuera el cisne transfigurado. Estirando al máximo la pata de palmípedo en escenarios hostiles, con agua entrando por los cuatro costados, en teatros inundados desde el sótano vinculado a cloacas de la ciudad.

La memoria resultó un lento desborde de represas agrietadas, a cada hora que pasaba el mentado día y esencial para este proyecto presentíamos estar juntos, compartiendo la variante ciega del futuro por última vez. La intuición resultó verdadera; por esa iluminación fabricábamos recuerdos sin parar, aceptando la presión de cruzar la hora próxima con una situación que se revelara inolvidable. Nos apostrofábamos hasta el insulto en reacción al mínimo contratiempo, hacerlo hacía bien para descargar adrenalina y podía que la voz quedara asociada a un rostro querido que aprendimos a estimar en cursos de Historia de la Educación. Hasta que se volviera inolvidable, como me sucede –atravesó al menos un segmento de treinta años- ahora con Carlitos de los Santos y la flaca del encuentro en la calle –que insisten en decirme que murió-, ella que estaba esa nochecita por ahí entre muros y almenas del Instituto.

Esa efusión colectiva era llanto adelantado por la pérdida de ilusiones y el reconocimiento del círculo de la existencia del cual, a pesar de estrategias de fugas a otras ciudades del Planeta yo no podría salir. ¿Para qué tanta energía en volver a la escritura del libro de treinta años atrás? ¿Es el eterno retorno del mito absurdo de la página en blanco? ¿Sería preferible invertir estas horas del 2016 en pergeñar por escrito otra realidad? ¿La verdadera forma del Infierno es la espiral? ¿Y si esa dicotomía fuera falsa y se tratara de un continuum infierno paraíso? ¿Si el Purgatorio “sólo” se pudiera conocer en horas de actividad concreta de escritura? ¿La literatura está oculta en una de las cartas que Kafka le envió a Milena hace casi un siglo?

Sin conocer la angustia de las dudas, aquel día elegido de transfiguración nos empeñábamos en la tarea de acomodar la memoria según nuestros miedos e intereses. Adaptando el mundo con nerviosismo, mientras se retrasaba la obertura previa al telón imaginario abriendo a lo que debía suceder y sucedió. A mí me correspondió ir en una camioneta destartalada (¿de quién sería la camioneta? De un desconocido hasta esa hora, amigo o familiar de alguno de los otros compañeros) hasta un barrio detrás del cementerio del Norte, paisaje conocido porque allí y en el panteón de AEBU están los restos de mis padres. Fuimos hasta allá a apalabrar –era acompañante del compañero que tenía datos y conocía al personaje- a un guitarrero de los infaltables en esos entreveros como el que había aprobado. Después de transitar bulevares interminables llegamos al domicilio del tipo; advertí que la casa tenía un jardincito al frente oficiando de huerto simulado y portones de alambre. Nos recibió el ladrido de un perro con buen instinto precediendo a una mujer delgada y vestida modestamente. Ella avanzó hacia nosotros limpiándose las manos en un delantal estampado, la interrumpimos en medio del guiso de arroz, no parecía sorprendido por nuestra llegada e intenciones acostumbrada a ser representante artística del marido estando él ausente. El esposo no estaba en la casa ahora mismo, llegaría del puerto a partir de las cuatro de la tarde, si no lo retenía en los muelles un compromiso laboral; pero seguro que él iría al acto esa noche con su guitarra.

“Él siempre va” dijo frunciendo la boca y esa noche hasta donde ella sabía el marido la tenía libre, pero como es un hombre reservado… “¿De dónde me dice que vienen a buscarlo? Por si lo olvido, ya saben.” Ante las dudas, para confirmarlo el circuito de la información le dejamos dos hojitas de libretita con los datos completos y agregamos para la memoria al artista portuario: “venimos de parte del Astracán Grande”, que era del apodo del conocido que nos recomendó.

Para ese tipo de convocatoria armada sobre la marcha lo prudente era contactar al doble de los artistas previstos en el armado real; por aquello de “faltas de último momento” y “me hubieran avisado con tiempo para que me organizara”. Al contrario, si rebatiendo la estadística venían al programa la mayoría de los apalabrados, la velada seguiría de largo hasta que “todos” los presentes hubieran subido al escenario a presentar lo suyo. Con esa gente del espectáculo había que andar con pies de plomo, mucha solidaridad espontánea sin pedir nada a cambio, apenas un vasito de vino tinto o un cigarrillo, pero tienen un orgullo desarrollado y sensible que puede explotar en cualquier momento.

Episodio 9

The Show must go on

En lo personal supone superposición de dos experiencias compatibles, participación militante y lectura. Hay una utopía que muchos practicaron con ingenio y suceso de la coexistencia de esas dos esferas: la escritura coincidiendo con la espera política. Luego sucede la fractura cuando esa dualidad se distorsiona; hay entonces lo que se debería escribir de acuerdo al mundo y lo que se escribe finalmente como karma y mandato. De ahí ese terror inconciliable de algunas escrituras, por eso los atajos de la droga, el hundimiento en los bajos fondos, la miseria sin redención, los tumores malignos del pulmón, la muerte lenta a tragos de alcohol, el desprecio, la sexualidad a veces, la brutalidad y el suicidio según las variaciones. La fuerza de la primera frase de “La metamorfosis” proviene de ese desgarramiento, se siente que “podía” escribir miles de otras oraciones, también la crónica de una familia de Praga o una novela policial: pero “sólo” podía escribir esa oración. En mi caso y cuarenta años más tarde vienen dos recuerdos asociados, uniendo o divorciando vida y lectura y escritura después. La voz de Roberto Barry y la extinción de la voz de Gregorio Samsa.

El patio central donde se había levantado el escenario estaba a cielo abierto y la amenaza tormenta era insistente. Temíamos la violencia de la conjura de los grises allá arriba, que se venía tramando desde el amanecer y lo expresábamos de manera indirecta. Si confesábamos que éramos muchachos temerosos de la lluvia, en fija se descolgaba sobre nuestras cabezas un temporal ahogando la peregrina noción de que el mañana luminoso nos pertenece. La inquietud meteorológica incluyendo previsiones para las próximas horas era seria. A mí me preocupaba por haber sido y desde niño sensible a las variaciones del clima; era igual que mi abuelo paterno Juan Nazario, el hermano de Máximo, cuando escrutaba con ojo sabio el atardecer después de haber plantado bulbos de azucenas blancas y regado los rosales reales.

Entre organizadores, comparsas y asistentes éramos varios los desconfiados del cielo, guerreros troyanos en los últimos cantos de La Ilíada y felices de manera distinta por ver el caballo ahuecado llegando a las murallas. Igual nos contentaba comprobar que ciertos episodios de los programados –para sostener la estructura del mundo y permitir que la historia continuara su galope desbocado- resultaban y se resolvían mal que bien. La gente de la zona ajena al Instituto, curiosos de toda laya, vecinos sin nada para hacer o universitarios de la barriada, se arrimaba despacio atraído por el movimiento que se puso en marcha. Quizá por soledad, solidaridad y presentimiento del desastre a venir, por placer morboso o empatía de observar de cerca el final de la batalla desigual.

La gimnasia supuesta en el acarreo de sillas y mesas de un lado para otro conseguía calmar los nervios exasperados. Una tarima de modestas dimensiones expropiada -de forma temporal y en nombre del pueblo- de un salón de clase ocioso desde hacía varias semanas por razones de huelga y ocupación, se transformó en escenario portátil que resultó eficaz. La colecta furtiva mejorando finanzas festivas y pantagruélicas fue un suceso inesperado. Los compañeros temiendo una debacle financiera, la bancarrota final y el fin del mundo antes del próximo amanecer, aflojaban pródigos los billetes guardados en los bolsillos. Gracias a ello pudimos comprar varios casilleros de la chispa de la vida, bajo sonora protesta de camaradas ortodoxos e intransigentes; nos acusaban a los organizadores, con razón delirante de financiar mediante nuestra gestión, la marcha brutal del imperialismo avanzando de manera embozada y por tanto de ser traidores reformistas. Compensando esos procesos ad hoc sin tiempo de preparar la defensa, acarreamos damajuanas de vidrio verde oscuro con un líquido áspero y fuerte olor, inidentificable y asimilado al vino. Iniciativa que “no” levantó protesta y fue aceptada por refractarios con fórmulas de quinquenio zafral favorable. Había para el mastique farináceos varios que se iban sumando al banquete; ello, más la anónima y espontánea contribución de pizza de masa pétrea con salsas traslúcidas, pascualinas sin señales de huevo duro u otro aderezo de color, tortas de queso y fiambre, alguna torta gallega aproximativa. Los chorizos parrilleros de una carnicería de Las Piedras, que un compañero se encargó de asar hasta límites de aspecto y cocción dignos de carbono catorce.

Ello lo hacía mientras les cantaba de manera sentimental los versos “qué me importa tu pasado…”, admitiendo el origen dudoso de las carnes integradas al embutido. Viéndolo hasta se podía aceptar de que el fuego todo lo quema y el infierno es una posibilidad para las almas en pena. Inmutable el tipo en su tarea que se había tomado en serio, concentrada como frente a la Crítica de la Razón Dialéctica, ignorando hasta el desprecio a teóricos de la parrilla. Tipos cargosos que en medio de la desgracia generalizada, sin considerar que ese era el último fogón encendido de nuestra huida a tierras de salvajes, aportaban sentencias irrefutables sobre métodos –seguro que infalibles- para conocer el instante único de salvar el alma de los chorizos de la acción de las llamas. A todo esto, él permanecía firme, estoico, indiferente a comentarios espontáneos y sarcásticos. Sereno como reencarnación tibetana ante la parrilla elemental, cocina mítica de última escena sin imágenes de estampita. Cada tanto dejaba escapar de los ojos, agredidos por tanto humo una lágrima, provocada por emanaciones tóxicas de una astilla verde o un pedazo de puerta, madera buena para hacer brasa duradera preservada por capas de pintura al aceite. “Ante todo la organización” decía adoctrinando a clientes del boliche manteniendo la calma; aflojándoles de impaciencia, cambiándoles el hambre en deseo sublimado, mientras tiraba un chorro generoso de kerosén colorado a las brasas opacas y con oficio de diablo incendiario. Era brava aquella leña.

Con Carlitos de los Santos, que murió en la ruta como un poeta americano de la generación perdida en ruta hacia México, aplastado por un ómnibus en un accidente –de los tantos accidentes que en los veranos de Uruguay nutren las estadísticas de la prensa- teníamos un trabajo específico y compartido para las horas que durara la reunión. Olvidé la naturaleza de la tarea, se opaca en sus contornos y detalles ante el recuerdo nítido e insistente de Carlitos. Un muchacho alegre e inteligente, que una tarde murió aplastado adentro de un Fiat 600 en la interbalnearia yendo o viniendo de la salida del sol. Ahora mismo –treinta años después de la primera versión- quisiera creer que aquella noche Carlitos y yo cumplimos la tarea encomendada, asumida lo mejor posible por dos espíritus poco dotados para asuntos prácticos y sin defraudar a los otros. Pormenores insignificantes de horas espectrales que deberán ser importantes, que vuelven y logran esfumarse en bordes difusos de imágenes diciendo la insuficiencia de la memoria.

Carlitos murió en un choque según parece en la interbalnearia y lo supe mucho después. Había pasado el tiempo, dicen que prudente, separando dolor y sorpresa por la noticia. A mí me afectó como eco de poema noble cuando era joven; sucedió un adiós definitivo a la vida en el viaje distinto en solitario que varios iniciamos esa tarde evocada invadiendo la totalidad de mi presente (miércoles 15 de junio de 2016), me acompaña en el recorrido –real e imaginario- por países alejados. Viene devorando distancias en huidas propias disfrazado de razones diversas, perdiendo el tiempo irrecuperable, dando vueltas en la misma manzana de un barrio alejada del centro de la ciudad, durante la misma caminata sin sorpresa hasta que muchos se pudrieron en la manzana idéntica. Hace años suponía que si llegábamos a encontrarnos ninguno de los dos reconocería al otro, por entonces creía que era imposible entablar contacto con los muertos queridos. Carlitos murió en un choque accidental en la ruta interbalnearia y ahora sé que nos hubiéramos dado el gran abrazo del reencuentro, tal como sucedió con la flaca en Uruguay y Dante. Hubiéramos mirado en la cara del otro el resultado devastador del paso de los años, veteranos de batallas de infanterías fantasmas y reído porque tenía un humor formidable. Murió en un accidente y ahí se cortó el vuelo a los posibles del futuro, un estúpido accidente de la ruta que tal vez estaba escrito al anverso del Destino. Los sobrevivientes olvidamos la manera de hablar con los muertos queridos, como de vez en cuando intentaban los griegos.

Episodio 10

Era rubia y sus ojos celestes

Sucedió en la misma ciudad y en el campo del Ghetto: la creación de la criatura. Del rabino al funcionario, de la tradición tiránica a la literatura. Samsa es el cambio de la tradición a la ficción, del Gólem de intensa repercusión en el imaginario de occidente con todas las variantes, a la metamorfosis de la animalidad. El cambio es posible y por segunda vez, algo en el procedimiento creativo que escapa al control del creador. Como el Gólem, eso que antes de una mañana al despertar después de un terrible sueño había sido Gregorio Samsa, también salió de la frontera de la judería para marcar la imaginación al servicio de la literatura. Ciudad extraña esa de brujos y magos, con el cementerio del cual parte el mito de una de las mayores conspiraciones de la humanidad.

Era la noche de los encuentros fortuitos durante el año de las coincidencias, cuarenta años después no podría decir si se trata de un recuerdo, algo soñado y la escena que escribo por cuarta vez a fuerza de incertidumbre no ganó el derecho a ser criatura ficticia. A quienes organizamos de cerca el carnaval de pocas horas, los trabajos de coordinación distraían de lo sucedido sobre el escenario una vez que comenzó “la parte artística”. Por ello y falta de atención –el pensamiento segundo estaba lejos- fue que me tomó de sorpresa el comienzo de la actuación de Roberto Barry. ¿Qué estaba haciendo ahí Roberto Barry? Era como si el Cosmos se desacomodada en broma y hubiera que acostumbrarse a otro orden sorpresivo en el brillo y ubicación de las estrellas. Me di vuelta de inmediato ante esa presencia inconfundible; me llamó la atención porque ese timbre de voz traducía una confusión de escenas entre memoria e imaginación. Debía –buscando la paralaje de concordancia- haber oído mal, estaba desarreglada la Gran Máquina del Tiempo. No y al contrario todo marchaba hacia la epifanía, el hombre estaba delante nuestro hablando con humor de viejo comediante, que conoce todos los trucos desde que subió a la tarima. Sin preámbulos, sabiéndose protegido por una tradición de la comedia del arte que venía desde el fondo de la historia humana. Lo hacía para ganarse de entrada al auditorio siendo tan jóvenes: mientras hay risa existe la vida y la tragedia queda atrás. Ignoro cómo lo hizo, pero Barry sabía lo que sucedía en el instituto y el Palacio Legislativo, el espíritu belicoso de compañías rivales confrontadas. Sabía qué estaba haciendo allí. ¿Alguna sobrina era alumna del IPA en la sección Geografía? Nada le importaba estar en otra parte porque esa noche improvisaba y debía estar ahí, como debía saberlo el flaco Homero Rodríguez Tabeira (¡juro que se llamaba Homero!) que hacía de animador (¿había sido ex alumno del Instituto?) y parecía más distendido esa noche que cuando presenta “Martini pregunta por un millón” en la televisión.

Lo que luego sucedió conmigo supongo les ocurrió a otros compañeros con la diferencia de que a mí me dio por escribirlo. Al minuto que habló Barry actividades periféricas y trabajos simultáneos sobre el terreno se enlentecieron; igual que esferas metálicas brillantes sobre arena con alacranes, abandonamos las tareas y escuchamos a Roberto Barry. El presente era una película muda en blanco y negro y el día de mañana otra mala pesadilla olvidada. Desde donde estaba sin ser la mejor posición para la claridad, que le daba el aspecto de un espíritu venido de otro mundo, yo observaba en su cara los ojos movedizos a pocos metros de distancia. Escuchaba la presencia de una voz llegando directo de la bujía encendida de la infancia, Huérfano londinense adoptado me sentí seguro y protegido contra los miedos futuros que parecían inconcebibles. Con la presencia real del cómico de los años de radio en Uruguay, volvían voces de las noches de invierno pasadas en familia, cerca del Primus donde hervía agua con hojas de eucaliptos y se calentaban planchas para meter en la cama envueltas en papel de diario. Atentos al aparato de radio, volvían los deberes de la escuela pública completados después de la cena, mientras afuera en la calle y el patio de la casa llovía mansamente la felicidad. El perro mío estaba echado hecho un ovillo en un sillón de mimbre barnizado sobre una frazada que le atribuyó mi madre. Mi madre buscaba adentro del armario de la cocina pasteles de dulce de membrillo que cocinó esa misma tarde. Con ese hombre ingenioso y “zafado” como decía abuela, volvía al círculo de la palabra el personaje del comisario picaresco de un pueblo imaginario –como Tlön, Comala, Macondo y Santa María- llamado Cerro Mocho. Autoridad coimera y mujeriego, risueño y arbitrario, dispuesto a compartir unos minutos con nosotros reunidos en las noches de invierno; que escuchábamos la radio sin chistar para no perdernos palabra del guion, mientras mi padre leía El Diario vespertino para conocer novedades en el frente móvil del mundo y las tiras de Benitín y Eneas, de Brick Bradford y su trompo del tiempo. Recuerdo su risa gordota que se contagiaba a los que estaban en la fonoplatea de la radio y que bien podía ser un Falstaff de campaña uruguaya.

Resulta que después de años de separación con esa escena de película argentina y comunicación interrumpida, tenía delante mío al bufón de nuestra tribu; que yo escuchaba en la radio siendo niño y por la misma época que descubrí en el cine Broadway la voz de Pico, que me enseñó temprano y antes de aprenderlo para exámenes de literatura, que la vida es relato y el medio el mensaje, sobre todo contado por un tonto. ¿Cómo eran las noches familiares de Gregorio Samsa cuando era niño? Puedo escribir los chistes mejores esta noche, escribir por ejemplo aquel del loro tuerto que Barry dijo que le dijo a la vieja… pero esa gracia de comediante nunca me habitó y trece años después de la última vez, todavía más nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Aquellos días que orbitan alrededor del Sol Roberto Barry en la noche del IPA, aprendimos en carne propia sobre los vínculos filosos de Historia y Escritura; a ser algo sacrílego y perderle el respeto a la severa ley que rige los protocolos del olvido. Nos quitaron tanto durante el camino hacia la muerte, perdimos ilusiones al borde de la ruta y ello por nuestra propia culpa, que resulta obligación sagrada hablar lo mejor que podemos. Eligiendo palabras aspirando al objetivo de esquivar la obsolescencia, sin rechazar las que se arriman desde territorios más íntimos.

Dentro de diez años –digamos junio de 2027- contando desde hoy serán otras las palabras utilizadas para narrar la quinta variante de lo mismo. Lo que no se olvida cuando la evocación hace su tarea, con rabia subterránea que encaneció desde la última vez que lo intenté, es el coro de ventrílocuos que se inmiscuye, la mirada neutra de muñecos de cartón y tela cuando llega la tregua del silencio. Casi cada mañana me obligo -a pesar de jugarretas tentadoras que propone el olvido- reavivando deseos claudicantes de unir voces extraviadas. Hasta escuchar porfiadamente, circulando en laberintos del cerebro buscando el Minotauro de la escritura, aunque viaje en trenes veloces mirando paisajes de otra patria, canciones del siglo pasado como “La pulpera de Santa Lucía”. Olvidé cuál fue el último chiste que Roberto Barry contó aquella noche de Apocalipsis militante -había algo rondando de final y revelación- antes de que cayeran cuatro gotas augurando que el efímero carnaval del mundo llegaba a término, terminaba una vida breve y comenzaba la historia en serio. Después pasaron tantas cosas… después murió Carlitos en el accidente de la ruta interbalnearia y mi vida zafó con rumbo incierto.

Con Carlitos, que era más bien flaquito y tenía estampa de guitarrero de Ignacio Corsini, bastante entonados de aquel vino fatal en damajuana, con la cara humedecida por cuatro gotas locas nos abrazamos como borrachines sentimentales mientras subíamos por la pendiente de Eduardo Acevedo buscando las luces mortecinas de 18 de julio tras el último boliche abierto para nutrir el insomnio. Cuando cruzábamos la esquina de Guayabos sin preocuparnos por si venía a contramano un ómnibus nocturno a toda velocidad, que terminaría ahí mismo con nuestras veleidades etílicas de pájaros nocturnos, fuimos nosotros quienes arrancamos, primero despacio y después más entonados a medida que recordábamos la letra con los versos inmortales de:

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandra
la pulpera de Santa Lucía…

Las curiosas tribulaciones del estudiante Andreas Stein

Por encima de la ciudad insistente atravesada por el curso nervioso del río Moldava, comenzó a nevar con intensidad desmedida para un neutro atardecer de mediados de abril. El profesor Eduardo Acevedo entró al café apurando el paso en los últimos metros y la noche avanzaba enceguecida e implacable arrasando los endebles puentes crepusculares. Venía huyendo del incidente estremecedor que protagonizó en parte y pocos minutos antes, si es que seguía teniendo sentido calcular en minutos el tiempo transcurrido. Necesitaba olvidar lo sucedido y pronto, permitirse una tregua espiritual hasta que pudiera quedar confrontado -sin intromisiones- con su inteligencia, que venía de ser sacudida y agredida por una fuerza más potente que el magnetismo y la gravitación universal.

Intentándolo al menos, Acevedo se confundió con el murmullo inhóspito de una lengua para él desconocida. Decidió ocultarse en la opaca humareda gris del café, preferible a regresar sin tregua al hotel y contarle lo sucedido a su esposa, que nada entendería de la inquietante historia. El relato que esbozaría Acevedo ante su mujer -postergado e incoherente- demandaría aclaraciones previas vinculadas a episodios del pasado lejano que suponía muertos, sepultados de forma definitiva. Jamás sucede así; la pobre mujer tampoco estaba en edad de incorporar a la vida emociones desbordando su preocupación cotidiana por la artrosis, el temor a deterioros mentales que suma la vejez donde habitaba desde hacía años y sin terminar de enterarse.

El ambiente de indiferencia dispuesto por parroquianos desconocidos le brindó la última oportunidad de reconstruir escenas olvidadas de la bohemia juvenil. Acevedo aceptó sin mezquindad de anciano, que los momentos graves de la vida son aquellos cuando todo aparenta ser posible en lo inmediato e incluyendo la materialización de espectros del pasado. Siete semanas atrás había cumplido setenta años, Eduardo Acevedo es un hombre elegante, cuidadoso de su aspecto, detallista en el vestir y con la inestimable fortuna de tener un cerebro que funciona sin desajustes notorios. Está en la ciudad después de varios lustros de ausencia, en los últimos días transcurridos el reencuentro deseado con rincones queridos afectó de importancia su nebulosa sentimental, la misma energía afectiva que está descontrolada desde hace media hora. Una vez refugiado en el vastísimo interior del café caminó entre las mesas sorteando la indiscreción de otros ancianos que lo miraban recelosos; avanzó evitando grupos de estudiantes conversadores ignorantes del motivo que inquietaba al parroquiano recién llegado. A esa hora avanzada de la tarde sería dificultoso dar con una mesa tranquila y libre donde hallar el reposo necesario; para su sorpresa, uno de los camareros lo confundió tal vez con un antiguo cliente de regreso, haciendo una seña discreta dirigida solamente a Acevedo, le indicó una dirección a seguir y él obedeció yendo sin hesitar hacia los ventanales vertiginosos del café. Desde donde puede contemplarse a lo lejos la silueta con sombras iluminadas del castillo inaccesible, el puente mayor defendido por la milicia paralela de esculturas mimando el santoral cristiano, el río inevitable en la metrópoli, la corriente despojada de las reparadoras virtudes del Leteo.

Junto a una mesa pequeña de madera, casi escondida por la desordenada circulación interna del salón infinito estaban sentadas dos señoras mayores. Una de ellas tenía en el regazo, como si recién viniera de parirla cierta criatura peluda, repugnante en su indefinición y que sin oponerse se dejaba acariciar por la mano salpicada de manchitas marrones. Al ver acercarse la estampa de un caballero entrando en años, ambas mujeres lo saludaron, esbozando un remedo de sonrisa con paladar postizo, como si Acevedo fuera otro pretendiente maduro de su presentación en sociedad. Felices por ceder la ubicación de privilegio ganado a brazo partido -horas atrás- a un señor de aspecto respetable, no a esos insolentes jóvenes desalineados e irrespetuosos de la tradición de la ciudad y del pasado. Al partir, mientras emitían murmullos ininteligibles como hablando un lenguaje de hechicería perseguida, ellas recogieron sus chales, abrigos gastados de paño ordinario, carteras conteniendo estampas beatas y bolitas de naftalina, los programas anuales de la Opera. Con fórmulas de cortesía escueta evitando oírse las voces emulando cacatúas ridículas, concertaron la transferencia del sitio, algo así como el cambio de guardia en la única torre que domina el valle de la muerte.

Eduardo Acevedo, celoso del espacio heredado con tanta facilidad se sentó de inmediato en una de las butacas, le repugnó sentir la tibieza tangible y concentrada del cuerpo blanduzco de una de las mujeres sobre el cuero del tapizado. Se puso de pie para quitarse el abrigo que depositó, doblado prolijamente, en el respaldo de la silla del otro lado de la mesa, reservándola para alguien que podría llegar en cualquier momento a hacerle compañía. Del portafolios sacó una libreta de notas que dejó encima de la mesa, el profesor puso la carpeta junto al abrigo y se sentó, sin advertir esta segunda vez la molestia de otro cuerpo custodiando su aura en el pretérito inmediato, tomándose su tiempo para reponerse Acevedo encendió un cigarrillo y comenzó a jugar con la estilográfica, al camarero que se acercó, otro distinto a aquél que le gesticuló la primera indicación cuando estaba perdido, le pidió una taza grande de café bien caliente y una copa de vodka del país.

-Andreas, dijo Acevedo hablando consigo mismo. El joven estudiante Andreas Stein, agregó verbalizando la fórmula completa, el nombre que desde que empezó a nevar sobra la ciudad rondaba su pensamiento como una obsesión de forma orbicular.

A cada momento Acevedo miraba en dirección de la zona donde estaba la puerta principal del café, quería verificar si la experiencia vivida hace poco tenía la intención de duplicarse. La primera explicación que acudió a su mente cuando pretendió ordenar lo sucedido fue que estaba envejeciendo, que ese proceso inexorable sufrió hoy una aceleración considerable. ¿Y si se hubiera confundido? Una tras otra rumiaba conjeturas sin que ninguna lograra convencerlo del todo. Estaba seguro en cuanto a la veracidad de lo visto y la objetividad incuestionable del encuentro, por más que se proponía argumentos sustitutivos rebatiendo a la imaginación, sabía que su certeza tenía la consistencia del diamante. La falta de vacilación y lo inapropiado de toda incertidumbre terminó de abatirlo por completo, la única conclusión coherente a que arribó aconsejaba revisar con calma el antiguo contencioso y apelando al recurso de la memoria, entregarse a los recuerdos buscando el socorro de una explicación sedante.

El camarero llegó con el pedido y antes de que se marchara, Acevedo le pidió una segunda vodka. La necesitaba, lo hacía con el propósito de hacer vacilar, bebiendo, su inteligencia cartesiana y predisponerla por el alcohol a negociar con las desconocidas razones del corazón. Si algo de lo ocurrido lo consoló en parte, fue aceptar que a pesar del desconcierto emboscándolo, una zona íntima de su ser era todavía sensible, estaba intacta como en sus años mozos. Fue cuando advirtió que una parte de su inteligencia reaccionaba con firmeza, luego de la durísima prueba a que fuera sometido el conjunto de sus sentidos. De pronto se miró las manos y mientras duró ese gesto inhabitual, Acevedo recordó que la historia puesta en órbita había comenzado cuando esas mismas manos eran otras, como era otro el gusto del café, el río que transcurría dividiendo la ciudad, las cúpulas semiesféricas entrevista a la distancia en los crepúsculos tormentosos. La ciudad era otra.

Nunca se consideró un hombre nostálgico, el suyo era un espíritu práctico para el que la memoria era una función de la masa encefálica como otra cualquiera y sin contarse por cierto entre las mejores. “Lo primero que debo hacer si pretendo entender lo sucedido –pensaba el profesor Eduardo Acevedo en el café-, es entender e intentar desapasionarme.” ¿Pero qué significaba entender en su actual circunstancia? La memoria, no obstante el desdén de la lógica y la imaginación, logró reconfortarlo ante la carencia en él de otras facultades ligadas a lo irracional, atajos que acaso por temor a perderse menospreció desde niño. Como sucede con los buenos vinos, la madurez ennobleció el gusto de Acevedo por su propia capacidad de evolución que utilizaba con tino, consciente que vivía las últimas ocasiones de administrarla bajo el control de la voluntad; también aguardaba con excitada aprensión el día que se despertara sin saber cómo se hace para lavarse los dientes. Lo sucedido pudo ser entonces una suerte inesperada, algo imprevisto y que llegaba en vísperas de la pérdida del autocontrol, augurio prediciéndole el descalabro final cercano.

La armonía invisible a la que dedicó la vida –recordó Acevedo- es más intensa y perfecta que el caos ostentoso mediante el cual se manifiesta la naturaleza. Existe un único río y era él quien mudaba de estado sin cesar, es el río de la infancia, el río que Acevedo observa correr desde su asiento al abrigo del café, el mismo río donde se produjeron los cruces con el estudiante Andreas Stein. Caramba con la vida de los hombres, tantos años dedicados a la cordura de lo dado por irrefutable, sosteniendo con énfasis que cada acto partícula del universo tiene y merece una explicación para concluir en un final perturbador; obligado a distanciarse de convicciones muy arraigadas si aceptara la veracidad del incidente ocurrido hace apenas una hora. El viejo y fatigado profesor se reclinó en el respaldo de la butaca, luego de unos instantes de espera hizo girar el capuchón de su lapicera fuente y avanzó la plumilla dorada hacia el papel.

La libreta de apuntes personales se abrió donde lo predisponía una tirita de seda celeste, a un costado de las hojas estaban las anotaciones de la agenda recordándole las ocupaciones del día. Quedaban por delante un espectáculo de marionetas sobre cuentos populares bohemios y la cena protocolar con algunos colegas de su misma edad. A la derecha de la agenda había una página en blanco con renglones trazados a lo largo del espacio y la palabra NOTES en letras claras, grandes, dominando el área inmaculada del papel. Cuando Acevedo levantó el brazo acercándolo a la libreta tenía la intención de escribir la fecha del día y algún comentario irreflexivo haciendo referencia a lo sucedido. Al apoyar la pluma sobre el papel en la inminencia de la escritura mudó de parecer y anotó “Andreas Stein”. Debajo del nombre agregó “París”, por último trazó el círculo que encerró las tres palabras y dentro de la circunferencia agregó una cifra: “1937”.

Ese año así recuperado, fue cuando Eduardo Acevedo llegó por primera vez a París con el propósito de estudiar Física y arrastrando una merecida fama de oveja negra de la familia. Había nacido diecisiete años atrás en el casco de una estancia de la Banda Oriental, un campo que abarcaba la rinconada sur de la desembocadura el río Negro en el río Uruguay. Era el tercero de siete hijos varones procreados por un poderosos hacendado llegado del lejano norte brasilero y una irlandesa, hija adoptiva de pastores protestantes, mujer seca y pequeña que entre parto y parto, se las ingenió para ocuparse de la instrucción elemental de los niños del pago. Desvirtuando la infundada mitología sobre las fuerzas telúricas de la zona litoraleña oriental, la única verdad fehaciente sobre los paisanos del lugar era un embrutecimiento engordando desde la independencia hasta la triste pobreza del presente. Los vecinos, sin intención de engaño, mentaban a los esporádicos forasteros virtudes curativas del agua de los manantiales, la energía bienhechora de la luna llena cuando acampa en las inmediaciones; explicando así domas portentosas de baguales ariscos, la intuición infalible de ciertos capataces para indicar dónde perforar la tierra y encontrar agua fresca, la exacta intensidad del temporal que se viene leído en el lento vaivén de las copas de los árboles.

Los hijos del viejo Acevedo crecieron con el afán parejo de acrecentar hectáreas de campo del linaje, incrementar el número de cabezas de la hacienda y cruzar hasta Buenos Aires la mayor cantidad de veces posibles; dilapidar en los cabaret de la calle Corrientes y bailongos de Avenida de Mayo la plata producida por la esquila, los remates de ganado en pie. Una fatídica estadística biológica, predecía que al menos uno de los hijos del vientre fatigado de la irlandesa nacería debilucho: “tísico igual que el falso abuelo gringo”, sentenció el padre autoritario cuando Eduardo tenía pocos meses de vida y podía diagnosticarse un crecimiento dificultosos. La reacción de la madre fue consecuente y firme. La mujer sin ocultar a la prole numerosa su preferencia, dispensó al vástago opacado por la naturaleza cuidados especiales, sin renunciar ni un día a la mano dura, cuando fue necesario reprimir una travesura dificultando estrictas normas maternales. Se moría por enseñarle música a Eduardito, ella sabía que dentro de una familia despótica por los cuatro costados, leer un pentagrama de un impromptu le daría una fama guaranga de afeminado.

La patrona se dio maña, en una tierra infecunda para proyectos de vida que aspiraran a ir más allá del arreo madrugador de bestias soñolientas, la yerra cíclica y alambrados tirantes cercando las aguadas, con nubes negras cruzando el cielo impresionante y montes compactos de eucaliptos, con los negocios contables del padre inflexible y la parición de terneros, ella lo instruyó en los rudimentos de una aritmética tosca, suerte de ciencia cimarrona lindando la supervivencia. Para el muchacho enclenque, ese aprendizaje llevado adelante con cariño dosificado resultó una marca de hierro al rojo vivo aplicada en el cuero del alma. Saber de la existencia de una comprensible mediación numérica entre la rústica realidad circundante y el universo del pensamiento, le brindó al niño distinto la alegría simultánea del estudio y la felicidad que ocultaban las otras vidas que le serían negadas.

Además de los libros escolares -cuando ya fue un muchacho objeto de bromas por los pelos en las piernas y encierros prolongados en la pieza- se interesó por volúmenes más singulares; que uno de los hermanos mayores –menos inclinado a la burla que los otros, cariñoso y cómplice por intuición- le acercaba desde las librerías de Montevideo. Incluso llegó a sus manos una Principia Mathematica cuya lectura apasionada y desordenada, decidió que Eduardo arrendara ese campo de trabajo hasta que le llegara la muerte, como se prometió.

Pronto llegó el momento inexorable en que agotó todo lo que podía ofrecerle la casa natal y el encuentro con el padre para proyectar su futuro fue desagradable. Acevedo además de poseer una inmensa fortuna tenía la obcecación de querer hacerlo hombre según su molde; como en la capital “había mucho vicio y amigotes descarriados”, luego de aceptar de mala manera la decisión vergonzante del depravado de la familia –“parece hijo de otro” le reprochaba dos por tres a su mujer-, se empecinó en enviarlo al mejor lugar para asegurarle el provenir: lejos. El brasilero estaba convencido, para la templanza varonil del que salió a la rama gringa de los progenitores, que sería ventajoso crearle condiciones de maduración hostiles, distantes de la sobreprotectora tutela materna. El criterio para la elección del destino de Eduardo fue sencillo, claro como el agua e indiscutible; llegado el momento él decidiría dónde había que mandar a “ese”. Como si quisiera desembarazarse pronto del asunto, el viejo Acevedo consultó a gente que le merecía confianza, empleados de Banco y gerentes de frigoríficos británicos quienes, deseando quedar en buenos términos con el estanciero, consultaron a la vez con parientes mejor informados de la marcha del mundo. Acevedo preguntaba por el mejor lugar de occidente para estudiar “números” (después de todo se trataba de su sangre, era un Acevedo) como si fuera una feria de ganado en el departamento de Treinta y Tres. Con cautela e ignorancia los informantes le hablaron de Sommesfeld en la Universidad de Munich, de la escuela experimental de mister Rutheford en Inglaterra, del mismo Círculo de Viena y de un tal Nills Bohr en Dinamarca.

Una vez finalizada la encuesta Acevedo estaba más desorientado que al principio y le desagradaba. Las propuestas no se correspondían a su sentido práctico; como un comprador por catálogo de grandes almacenes y en homenaje a una aventura juvenil en un prostíbulo nordestino, decidió que fuera París. Estaban el heroísmo de Verdún y la estatura menuda de Bonaparte, le agradaba una ciudad donde le cortaban la cabeza a los reyes, le merecía confianza.

Cuando a los pocos meses se precisaron los detalles del viaje, habiéndose obtenido el apoyo gubernamental honorario por supuesto, resultó que Eduardo estudiaría en la École Supérieure des Sciences Mathématiques et Physiques, en el equipo de Georges Copigneaux, discípulo consentido por mérito del gran Henri Poincaré. Con dinero seguro en la billetera es más sencillo adaptarse a un medio desconocido, en París hacia el año mil novecientos treinta y siete el peso oro uruguayo era moneda fuerte; sobre todo en manos de un muchacho prudente, que llegaba a la capital francesa sin la intención de despilfarrar una fortuna con la excusa atendible de que la vida es breve. Eduardo Acevedo vivió durante un año en París, luego se marchó a Canadá donde formó una familia y se instaló de forma definitiva, sin mostrar en ningún momento deseos de emigrar. Fue durante los meses vividos en Francia que supo de la existencia del estudiante Andreas. Las circunstancias de la relación entre ellos fueron curiosas, permanecieron siempre en el umbral negado de la conciencia del hijo preferido de la irlandesa.

Una vez Eduardo instalado en París, los días que lograba apaciguar la falta de cariño materno extrañado con dolor de hijo único, la vida parisina fue harto generosa con sus aspiraciones. A las pocas semanas pudo prescindir sin remordimiento del horizonte monótono y circular de la estancia, del olor dulzón de las bestias durmiendo en el establo y el vozarrón imperativo del jefe de familia. Los primeros días de curso en la Escuela, mientras se habituaba a la cadencia del idioma, descubrió que su endémica debilidad para las tareas rurales, trasladadas al medio universitario, era la fuerza que ayudaba a resistir el estudio nocturno hasta que clareaba. Eduardo dosificó con inteligencia el rigor imprescindible si aspiraba a crecer en su dominio vocación, las tentaciones de la devastadora vida disipada, que cada semana tragaba -de manera inexorable- otros condiscípulos tibios para resistir el firme tirón de alegría sin fin de la juventud, tan al alcance de la mano. A varios estudiantes talentosos los escuchó argumentar que la farándula en la que estaban metidos era una etapa transitoria de su existencia. Lo hacían con el apoyo de citas clásicas adornando el imperativo goliardesco del carpe diem juvenil, en tanto apuraban las vidas sin resuello en las interminables madrugadas de antros de moda. Contemplando la efímera intensidad ajena, Eduardo halló ejemplos luminosos para probar la perversidad congénita de todo sistema, esos casos cercanos de extravío resultaban más didácticos que el teorema de Kurt Gödel: existen en todo sistema aseveraciones verdaderas pero indemostrables.

El bucle descorazonador de su conjunto mental fue la irrupción paulatina del estudiante Andreas. Mientras ello se procesaba sin escándalo, halló en la dinámica de la investigación un permanente motivo de excitación incluso intelectual. En aquel tiempo precioso, era rara la semana que no trajera noticias desestabilizadoras desde los diversos centros científicos, ya fuera anunciando una estrepitosa caída de axiomas considerados como inamovibles o la propuesta de ecuaciones demostrando la creciente complejidad del universo, la materia y el hombre. A los compañeros de estudio, Eduardo optó por ocultarles su verdadera situación financiera que devino un enigma menor para sus camaradas, reticentes a interesarse de cerca por anécdotas foráneas. La supervivencia sin sobresaltos del extranjero exótico alejado del país natal, era atribuida a rocambolescos procedimientos sudamericanos, de los cuales era preferible ignorar pormenores. Durante su temporada parisina nunca se le vio ostentar con el dinero y más de una vez Acevedo pidió prestado unos francos para pagar el Metro; en noches aisladas dejó de cenar en gesto solidario, actuando que participaba de su misma condición en especial ante muchachos que él sabía de origen humilde. Era una actitud ajena a la vergüenza vaga de ser hijo de un próspero terrateniente, tampoco traducía un gesto mezquino previendo abusivos asedios a su monedero. La razón era simple: quería integrarse al grupo en condiciones de igualdad y hallar en las aulas lo que le fuera negado en la casa paterna.

En su vida social permaneció distanciado de todo protagonismo, se lo aceptaba como alumno discreto del seminario de Física atómica y durante las noches de café y charla se limitaba a ser un espectador prudente. El joven Acevedo escuchaba con atención provinciana la sucesión de ditirámbicas y definitivas proclamas estéticas –cuando no revolucionarias- llamando a la quema de museos y toma del poder la semana entrante; sonreía cuando un contertuliano asumía con énfasis y orgullo literal la tarea de ser la voz cantante de la peña. La única vez que Acevedo fue sorprendido en su buena fe sucedió una madrugada cuando, contrariando sus costumbres estaba bebido. Sin prevenirlo ni pedirle su padecer le pusieron una guitarra entre las manos; rebatiendo firmes propósitos al respecto e incitado por el pernod acumulado, improvisó una lerda milonga de su tierra y nunca más lo intentó. Al otro día, los amigos que lo escucharon le reprocharon que era excesivo adjudicarle una música tan triste a su melancolía.

Nunca propició un encuentro cara a cara con el estudiante Andreas ni tan siquiera un mínimo intercambio de palabras. La relación entre ambos quedó circunscripta a una interferencia de fuerzas, en la que Eduardo resultó el agente receptor y sensible de una aporía que reconoció recién en la vejez. Si hay en verdad una historia mágica que los acerca, la misma está poblada de desencuentros, simples pálpitos de que el estudiante Andreas rondaba su existencia, como si fuera una cuestión molesta a dilucidar.  A la noche digamos, luego que los carillones anunciaban las once y cuarto, sentado a una mesa de Le Select con otras siete personas, Eduardo presentía de inadmisible manera telepática que el estudiante Andreas había entrado al local buscando sus propias compañías. Era cuando el muchacho Oriental, queriendo cerciorarse del contacto intangible, marchaba hacia los lavabos del subsuelo, indagando con la mirada entre las mesas hasta dar con el perfil inconfundible del otro presentido. Debió aguardar hasta una noche de otoño, que se insinúa muy fría en la memoria para conocer por fin el nombre del desconocido.

El Oriental conversaba con un grupo de pintores, hombres a la búsqueda del color ideal de la inmortalidad por el desaconsejable espectro del hambre, cuando atravesó el salón la secuela furtiva de un viento glacial proveniente de la calle Vavin. Alguien al entrar dejó la puerta abierta; ese alguien enajenado regresó sobre sus pasos, cerró la puerta del café asegundándola y dijo “pardon” a los parroquianos próximos a la entrada. Ese alguien era un joven vestido de negro, con una chalina blanca que caía de manera asimétrica y amplio impermeable, en lo que podía advertirse al verlo pasar su cuerpo estaba cincelado con ascetismo y abstinencias de todo tipo pero voluntarias. La cara por el contrario, parecía predispuesta hasta la convicción a la laxitud de vicios carnales y pecados espirituales, los dientes resultaban demasiados perfectos para ser naturales y la mirada apelaba al auxilio mediador de cristales oscuros, buscando sugerir en esa confusión una tonalidad humana. Cada detalles que se sumaba a su aspecto hacía olvidar al instante los pormenores precedentes, ninguno conseguía caracterizarlo del todo y el conjunto lo hacía inconfundible. Nada de ello necesitó Eduardo para identificar esa presencia sin dificultades; se trataba de la misma sombra presentida y vista muchas noches al amparo de la luz artificial. Cada vez que lo cruzaba, el azar insistía en el juego de presentarlos por primera vez, fue el pintor mexicano quien, interrumpiendo su diatriba virulenta sobre el irrespetuoso arte de los murales, dio nombre a la inquietante aparición.

-Es el estudiante Andreas Stein.

Nada más dijo el abstracto de Tenochtitlán, convencido de que su enunciado era suficiente y Eduardo retuvo las ganas de pedir información sobre el recién llegado, presintiendo que todo contacto directo con el desconocido le estaría prohibido de antemano. Desde ese instante, la imagen repetida del otro quedó vinculada a un nombre común e insuficiente para librarlo de una dependencia que se acrecentó a medida que pasaban las semanas.

Cuando los temores íntimos se asocian con una palabra, en principio parecen desactivarse y es sólo para volverse luego más insoportables. Eduardo se inclinaba por la segunda posibilidad; repetidas veces se preguntó de qué naturaleza era el nudo que lo ataba al desconocido, al estudiante Andreas Stein desde aquella noche cuando el viento frío irrumpió en Le Select. Dejó de lado el miedo físico a una agresión y la pasión incontrolable, desechó el amor y la admiración superlativa, si el vínculo tenaz se parecía a algo era el saber concebido en vertientes menos confiables. Eduardo fue testigo involuntario, observador receptivo a causa de su infancia precaria, científico buscando leyes justificando la presencia de una fuerza inidentificable y que en tanto se llama flogisto o milagro, se llama Andreas Stein.

Durante semanas, el Oriental esperó que el estudiante Andreas lo abordara recriminándole su molesta vigilancia, Stein le negó esa libertad por la violencia y parecía tener otra estrategia consistente en reafirmar su presencia. Mientras Eduardo bebía una cerveza en terrazas alejadas de los sitios habituales, sabía que Andreas Stein “había estado allí” hacía siete minutos, diez a lo máximo o que llegaría después que él pagara y hubiera caminado unos doscientos metros. Cuando de manera abrupta llegó el período de sus primeras vacaciones, Eduardo decidió permanecer en París a pesar del calor y calles semivacías volviéndose las razones obvias para justificar su agosto sedentario. Fueron esas semanas de serena tregua para la tranquilidad de su conciencia y el espectro del estudiante Andreas desapareció de la circulación. Acevedo llegó a creer que lo vivido durante los últimos tiempos respondía a una alucinación de complicada explicación. Cosas suyas imaginativas de personajes recién llegado a un argumento con pasado, un actor con atraso que se precipita en la trama queriendo recuperar escenas extraviadas, inventándose una historia de espías sin pies ni cabeza, compensando la acuciante falta de cariño y cierto desinterés por los estudios que le corroía de a poco el ánimo.

El largo verano en la antigua Lutecia no fue pródigo en amores y a consecuencia de la forzada soledad se permitió ponerse al día con publicaciones de su especialidad. La falta de dispersión hizo que Eduardo recobrara el gusto para llevar adelante cualquier proyecto de investigación, lo estimulaba el comprobar que los grandes cerebros y que aceleraron en las últimas décadas el catálogo de deslumbramientos científicos –como nunca antes en la historia- traslucían en sus rigurosos informes –le venía a la mente el caso de Heisenberg- repletos de fórmulas deslumbrantes incluyendo esquirlas de cuestionamiento metafísicos y religiosos. La contradicción de la reflexión en tales niveles era esperanzadora: existen partículas de comportamiento imprevisible, se intuían vacíos insospechados, bolsones de antimateria librando sus arcanos y mentes capaces de comenzar a pensar diferente.

En ese estado de ánimo, ganado por una confusión exultante Acevedo tomó la decisión de hablar con Copigneaux lo más pronto posible; hacerle saber al catedrático sus intereses específicos e integrarse por entero -deponiendo vacilaciones fruto de la inseguridad- al ámbito estricto de la investigación. Ingresar para quedarse en ese campo gravitacional de incertidumbre científica, sin dejarse expulsar de la órbita tensa por una absurda desidia. Había optado por pertenecer a un sistema coherente dejando atrás la perspectiva de devenir meteorito errante; una vez aclarada de manera satisfactoria su situación, el trabajo en el seminario de Copigneaux comenzó a marchar para Eduardo a las mil maravillas. La fusión operaba bien hasta el minuto cuando, durante un apartado con el equipo del cual él era la incorporación más reciente, el director, parco de habitual destacó en términos elogiosos, el talento de un estudiante del curso nocturno dedicado a la mecánica celeste. Igual que los ciclos de un cometa visible en su esplendor desde observatorios terrestres, el comentario de marras señalaba la reaparición de Andreas Stein en las fases irregulares del joven Acevedo. Sin coincidir en los horarios de los cursos, resultaba que compartían la atmósfera de los anfiteatros, caminaban a deshoras idénticos corredores internos del edificio de la Escuela y trataban asuntos administrativos inherentes a su situación en la única sala de secretaría, alternando con una u otra funcionaria encargada de la gestión. Al comienzo y una vez confirmada la nueva coincidencia, Eduardo reaccionó igual que un lince joven acorralado por los cazadores y optó por descuidar la lucha cuyos protocolos ignoraba.

La táctica de la despreocupación igual logró buenos resultados, como el disiparle la idea de un complot que lo designó víctima y aflojó la tensión en las horas restantes del día. La casualidad decidió que, en una conferencia de Bachelard dictada en el anfiteatro de la Escuela, se sentaran a corta distancia uno de otro; a Eduardo seguía intrigándole en la cara de Andreas la falta de secuelas de sueño, calor, frío, de cualquier factor que alterara en algo unos rasgos que parecían eternos. Con el correr de las semanas terminó admitiendo su brumosa presencia como otro elemento inevitable de su territorio personal, donde cualquier meticulosidad de laboratorio podía salirse de cauce en años prodigiosos y terribles, cuando nada quedaba sin cuestionar: espacio y tiempo, la mentalidad belicosa, la pintura, la paz entre naciones civilizadas y el poder de la palabra para emitir un juicio verdadero sobre la realidad. La década del treinta marchaba hacia su terrible ocaso y se vivía una respiración de guerra inevitable.

Acevedo permanecía enclaustrado en París por propia voluntad, su proyecto de recorrer España se ahogó en la sangre de una devastadora matanza que sofocó también los pronósticos más pesimistas. El resto de Europa, cómplice en el hacer y el dejar hacer, exceptuando unos miles de voluntarios masacrados, aguardaba que la catástrofe se produjera de fronteras adentro al sur de los Pirineos; en ese clima de urgencias patrióticas, Acevedo sentía acrecentarse día a día su condición de extranjero.

En una fiesta que pretendió despedir el año por adelantado, pero siendo los adioses a la paz de dos décadas pasadas deprisa, se determinó para Acevedo su implicancia en otra historia, el cruce de cierta morosa indiferencia a la acelerada toma de posiciones y para el resto de su existencia. Los allegados al equipo de Copigneaux se reunieron en ocasión de una cena y organizada con escrupulosidad matemática adecuada a hombres de ciencia. Ello sucedió en una hostería de la afueras de París, regiones que por aquel entonces guardaban un algo de provincia luminoso que perderían pronto; el encuentro suscitó una rara unanimidad y relativa cuando los cursos se dictaban de mañana temprano. Los convocados llegaron dispuestos a beber en abundancia, sabiendo que era la última oportunidad de compartir unas horas de alegría amnésica. En los próximos meses esos hombres y las pocas mujeres que entraban a la hostería cada pocos minutos, partirían a defender la ofendida causa de su patria en diferentes frentes de combate; la investigación pura, la zona sin relación próxima a objetivos militares quedaría estancada en archivos y cajones por muchísimos meses siendo optimista. Se hablaba del lenguaje de los cañones, derechos del pasado, intolerables reivindicaciones históricas y secuelas de una confrontación temida pero saludable para Europa. Después de pasada la tormenta pasajera podría retomarse con brío la investigación, era lo que sostenían algunos académicos henchidos de belicoso orgullo, luego de haber solucionado de manera ejemplar decían, unos contenciosos menores y molestos mediante el convincente por expeditivo alegato de las armas.

Nuestro Eduardo Acevedo, distanciado por pintorescos orígenes de tomar posiciones claras y definitivas dudaba, escuchando a unos y otros, entre aguantar en París a esperar que pasara la guerra que deseaba breve, regresar a su patria asumiendo lo vivido como unas vacaciones atípicas o cubrir un puesto -aún dudoso en los términos de la oferta- para enseñar en Montreal; que luego aceptó por motivos alejados del temor a la ocupación alemana de París y las razones propias del libre albedrío, siendo que la noche de la cena unos episodios encadenados lo afectaron al punto de modificarle su proyecto de vida. Entre los integrantes del equipo de Copigneaux y el sudamericano incluido, tiempo y espacio se trocaron en conceptos de definición suspendida, entelequias para las que las palabras espacio o tiempo eran erróneas e insuficientes, puede que falsas.

Acevedo vivía su guerra personal, igual que el espía noctámbulo infiltrado en campamento enemigo, deseaba obtener la mayor cantidad de información sobre el adversario, de preferencia relativa a las debilidades. Si la tendencia del vínculo de Andreas continuaba como hasta el presente, sería nada más que una cuestión de espera y paciencia, siendo innecesario que se lanzara temerario por los vericuetos de un interrogatorio indirecto. Estaba convencido de que en cualquier segundo de euforia colectiva, evocando los buenos momentos pasados en los seminarios, al final en el inevitable balance de un grupo a punto de despedirse, la referencia al estudiante Andreas terminaría por irrumpir. Lo vacilante era saber si Eduardo resistiría la espera manteniendo la calma o llegado el momento perdería el dominio, replicando a destiempo con un insulto destemplado, una confesión tan áspera como rencorosa del malentendido atándolo en secreto a la sombra del estudiante Stein. Después de su entrada a la hostería y durante tres horas, Eduardo odió con toda su alma el tono magistral que tanto le atraía en el ámbito coloquial de la Escuela. Admitió despreciar con furia las formas tontas del esparcimiento estudiantil, nada ocurrentes y lindando la grosería; faltas de imaginación cuando se trataba de cabezas congestionadas de conocimientos inapropiados para vivir.

El albergue de campaña escogido para el encuentro era agradable, su nombre hacía referencia a caballos y tenía aureola tenue de excursionistas impresionistas. La cena programada tendiente a fiesta se sucedía en un pabellón alejado del edifico principal de la hostería, distancia prudente para permitir el bullicio sin censura. Finalizado el tránsito regulado de la comida, popular en su propuesta y abundante al interior de las cazuelas, comenzaron a formarse grupos dispersos, organizados en torno a personajes seductores o afinidades afectivas y teóricas. Cada vez que una de las muchachas encargadas del servicio abría la puerta de la sala para retirar platos sucios y traer canastillas de pan y otras jarras de vino, Acevedo se estremecía temiendo que el sentido de la puesta en escena de Andreas Stein, demostrado repetidas veces le entregara la imagen de alguien que él aguardaba con impaciencia.

Los camaradas de estudio, emprendedores en el beber y menos habituados a secuelas del vino, a cierta hora se entredormían reclinados sobre largas mesas, después de separar con el antebrazo platos con restos de boeuf bourguignon, trozos de pan, cáscaras de queso y botellas vacías. Los hombres mayores y profesores del equipo, a la vista de la deriva estudiantil acelerada, si bien algo tambaleantes se pusieron de pie; como podían se enfundaban en sus abrigos y emprendían el retorno a París. Luego de varias decepciones por el tráfico en la puerta de entrada Acevedo estaba triste por lo inútil de esperar aquello; hasta que escuchó que alguien de los cursos superiores, cuya voz emergía desde un rincón del salón, uno de los grupos aislados proponía un brindis, reclamando para ello con insistencia la dispersa atención de los presentes. Eduardo se preparó para el rosario de frases retóricas en honor y agradecimiento al director del equipo, experimentó por adelantado vergüenza ajena.

Nunca en su vida debió cambiar tan rápido de estado de ánimo; antes, indiferente y resignado levantó él también su brazo izquierdo rematado en un vaso a medio llenar. Así estaba el hijo de la irlandesa igual que una figura tiesa de porcelana coloreada, cuando llegaron netas a sus oídos palabras precisas por irremplazables.

– ¡Un brindis por el estudiante Andreas Stein!

Cuando Acevedo terminó de asimilar el mensaje reaccionó con una risa forzada, nerviosa, desagradable por la agresividad que insinuaba y que llamó la atención de comensales que tenían hacía rato la frente apoyada en la mesa. Michel Lafon, su mejor amigo dentro del equipo de Copigneaux se acercó con la intención de calmarlo, alarmado por la reacción intempestiva del camarada del otro lado del Océano, temeroso de que dadas las circunstancias hubiera caído en un pozo depresivo y estuviera enfermo.

Cuando Eduardo sintió la mano de Lafon apoyada en el hombro entendió el gesto y consiguió calmarse, hasta que la improvisada ceremonia celebrando la gloria del ausente llegó a su término.

-Hijo de puta, murmuró Eduardo en castellano, rabiando contra la manera cómo fue sorprendido su espíritu estando las defensas vulnerables.

A Michel que permaneció junto a él queriendo entender, le explicó que su carcajada fue la irreflexiva respuesta por la tristeza que le provocaba todo aquello que estaba sucediendo. Hasta ese momento el oriental venía jugando bien su partida a ciegas con el adversario; el resto de la noche se desbarrancó de macana en error. Comenzó a cometer torpezas propias de quien se ve acuciado por la falta de segundos y transfigura al oponente en reloj de competición.

El primero de los errores graves fue preguntar.

– ¿A qué viene ese brindis Michel?

– ¡Ah sudamericano, Oriental provinciano indigno descendiente de Lautréamont! El trabajo del estudiante Andreas entre nosotros tiene un enorme mérito.

– ¿Qué hizo de especial en concreto?

-Es cosa seria brillar en la Física celeste siendo ciego de nacimiento.

Acevedo miró al amigo directo a los ojos, creyendo que la respuesta tendría una continuidad que aclarara los hechos. Fue una espera inútil, asintió con la cabeza igual que un autómata de museo prometiendo para sus adentros emborracharse antes de volver a su cuarto. Durante meses el séptimo hijo de la irlandesa se pensó observado en secreto y al final resultó que el cerebro visible de la hipotética conjura nunca vio las telas de Manet. No sólo él, pobre muchacho suspicaz y orgulloso, sino el universo todo incluyendo la noche del nombre en Le Select, era para Andreas Stein mancha informe a descifrar con los sentidos restantes; así como leería los cursos con las yemas de los dedos, mientras imaginaba el espectáculo de la bóveda celeste oculta por nubes y adivinaba el movimiento sincronizado de astros distantes a años luz. Acaso oyendo él solo la música de las esferas, desde una cabeza sin retinas, donde la simple idea de un punto luminoso siendo demostración geométrica devenía un asunto de Fe.

La trama especulada por Eduardo quedó reducida a un asunto anodino, como el nombre revelado por el pintor mexicano. Cuestión desagradable de nervios ópticos atrofiados y atardeceres de consulta con los oftalmólogos más reputados del continente. A la conciencia del Oriental llegaron a la vez la decepción y el alivio, volvía a respirar normalmente y recobró fuerzas suficientes para pasar a la ofensiva. Después de todo, las lunas impares de los planetas fríos y los planetas mismo, los ojos en las cuencas y los electrones tienen la misma forma en el plano ideal, Pascal estuvo acertado en postular a dios esférico y equidistante; la cuadratura del círculo era sin réplica la sublime cuestión teológica, más que el dogma sencillo de la santísima trinidad, resuelto en la séptima lección por cualquier niño iniciado al catecismo y preparándose para la primera comunión.

-Por el inefable estudiante Andreas Stein, le dijo Eduardo a Lafon y se tomó el vino que quedaba en el vaso que hasta ese instante fuera bien administrado.

Fue un segundo error encadenado.

Ω

Eduardo llevó su cigarrillo a los labios porque necesitaba fumar y buscó la cajilla de fósforos en el bolsillo del saco. Al meter la mano como si se tratara de una prótesis, sus dedos tocaron un papel que no debía estar ahí y Acevedo lo sacó de inmediato con gesto de capturar un piojo voraz. Se trataba de una hoja simple arrancada de un cuaderno escolar, doblada al medio y donde con caligrafía torpe estaba escrito: “Quédese. Lo espero a medianoche afuera, detrás de la cocina.” Eduardo pensó en una broma de algún compañero de curso, pero a ninguno entre ellos le había confiado los avatares de su relación con aquél que le proponía un encuentro secreto y clandestino; mejor se dijo, a oportunidad de una confrontación era lo preferible para zanjar la acumulación de confusiones durante los últimos meses. Se desentendió de conocer el procedimiento mediante el cual el mensaje llegó hasta el bolsillo, después de las últimas sorpresas relativas a Stein eso era un detalle menor y la cita pactada trascendía malabarismos picarescos.

Pasados veinte minutos del incidente Eduardo estaba en camino de su prometida borrachera y faltaba media hora para llegar a las doce. Con gesto que comenzaba a ser titubeante llamó a la más bonita de las muchachas del servicio, una rubilla de pechos pequeños, maneras adolescentes y le pidió una taza de café bien caliente. Ella, sin dejar de sonreírle en ningún momento aceleró el paso y satisfizo de inmediato el deseo del muchacho. Por el contundente efecto del café al rato Eduardo se sentía mejor; desplazándose igual que médico novato visitando el pabellón de cancerosos asignado al repartir las guardias, recorrió los grupos formados en el salón sin involucrarse a fondo en ninguna de las conversaciones. Durante la semana venidera seguro que los volvería a encontrar a todos pero de a uno en uno, sabía que durante los minutos faltantes para llegar a medianoche era la última oportunidad de observarlos juntos. El estado de la mayoría era deplorable, balbuceantes en el mejor de los casos se sucedían despedidas, dilatados abrazos, firmes promesas de reencuentros luego de la victoria militar y fidelidades a correspondencias obviando la muerte inmunda en trincheras distante de la órbita de Marte. Eran las once cincuenta y siete cuando Eduardo recogió su abrigo, un minuto después salió en dirección a la noche y sin vacilar se encaminó hacia la parte trasera de la cocina, obedeciendo al pie de la letra las instrucciones que pretendían ser anónimas.

La noche era una boca de lobo. Acevedo se guio en la oscuridad absoluta por la silueta pétrea de las chimeneas humeantes y llegó hasta un muro tiznado de penumbras. Se detuvo a fumar en la intemperie para achicar la espera, en esos instantes especuló sobre la forma adecuada de comenzar el diálogo y sabiendo que para él la noche se convertía en desventaja agregada. En eso estaba Eduardo cuando sintió que una mano le tocaba la espalda, se volvió y vio de cerca la cara de la muchacha rubia del hostal que trajo un café hacía media hora. Sin decirle palabra ella le hizo señas pidiéndole silencio; cuando el muchacho asintió con la cabeza le tomó una mano y comenzó a caminar entre árboles, conduciéndolo hasta una construcción modestísima donde entraron llevados por el instinto femenino. A tientas llegaron hasta una habitación en penumbras mitigadas por una veladora de alcohol, responsable de la llamita mortecina. La muchacha que parecía muda comenzó a besarlo con pasión quebrando una larga abstinencia y a respirar agitada, entrecortada, empapada; jóvenes como eran, uno a otro se sacaban la ropa torpes y apurados, tirándola sin criterio para cualquier lugar sin dejar se besarse. Olvidando las causas presuntas e implicado indefenso como para pedir explicaciones, dejándose ir sin resistencia, Eduardo empezó a lamer los pezones duros y enormes de la muchacha, para luego tirarse ambos sobre un jergón rústico y maloliente que estaba en el piso junto a un orinal esmaltado sin enjuagar. El muchacho se entregó frenético a profundizar en tan inesperado placer; perdiendo a conciencia el sentido de las horas pasadas es probable que se haya dormido algunos minutos. Luego recordó –sin saber si despertaba o era el café activando la conciencia- que en cierto momento tuvo junto al suyo el cuerpo tibio de la muchacha revolviéndose inquieto pegándose a su vientre, que renovó la erección y esta vez también el sexo parecía a punto de estallar. Excitado por olores del cuarto que ya reconocía y otros nuevos en su agria vejez de algunos días, recomenzó a penetrarla besándola en la boca mientras se movía como un endemoniado, sacándole con la lengua sabores a tabaco, cocido de cerdo, agua de vida de alta graduación y un dulzor de tarta de ciruelas maduras.

La segunda vez fue imposible dormirse. La muchacha, ágil a pesar de las horas de trabajo e insomnio igual que una amazona de circo húngaro de paso por el pago, se incorporó de entre los trapos cubriéndola. Le alcanzó a Eduardo un amasijo de ropa haciéndole señas que debía marcharse del lugar y diciéndole deprisa, deprisa, deprisa varias veces. Dentro de poco se reanudarían las faenas en el hostal y sin siquiera con tiempo para enjuagarse Eduardo Acevedo se vistió de memoria. Ella le aseguró que dentro de una hora podría alcanzar el primer tren para París, él le pidió de volver a verla, ella le explicó que así eran las cosas de su vida, que mañana sería otro el cliente elegido, un viajante de comercio, un pianista de varieté, un vendedor de Biblias, como la noche anterior había sido un poeta pobre. Acevedo dudó si debía dejarle algunas monedas por un contrato sin explicitar en la noche vivida, pero ella nada insinuó al respecto y lo que él quería lo había logrado. Al despedirse, la muchacha le entregó un sobre pidiéndole que le prometiera leer la carta luego que el tren salga de la estación; gesto que Eduardo atribuyó a una malograda heroína novelesca del siglo pasado, aceptando magnánimo un pacto apropiado a enamorados románticos. Los hechos se sucedieron de tal forma que Acevedo se quedó sin tiempo especulativo y sólo atinó a seguir obedeciendo a la muchacha, como lo hizo desde el inicio de la aventura cuando dieron las doce. Durante la noche sobre la comarca sin que ellos se hubieran apercibido había caído una helada respetable; descargado de pasiones contradictorias hacinadas y debilitado por la energía invertida, saliendo a la intemperie, Eduardo sintió que el frío de la madrugada lo calaba hasta los huesos. Lo que necesitaba a tales horas era un tazón de café con leche humeante con rebanadas de pan oscuro untadas de manteca salada, tampoco rechazaría la alternativa de un pucherito de gallina con vino tinto.

La estación de trenes quedaba a unos setecientos metros del hostal y mientras avanzaba por el estrecho sendero solitario, el caminante nocturno meditaba sobre el sentido de los acontecimientos recientes. La mente puesta otra vez en funcionamiento recomponía el orden de los sucesos insólitos, concentrados curiosamente en el transcursos de la noche pasada. Algo semejante al amanecer se observaba en el paisaje que lo rodeaba, la distancia hasta la estación le pareció menor de tan ensimismado que marchaba en sus deseos. La estación que él vería por primera y última vez en su vida tenía el aspecto de una escenografía condenada a desaparecer, allí la soledad era total, exceptuando una extraña mujer espectral que caminaba, sin equipaje, en un sentido y otro a lo largo del andén. Eduardo se sentó en un banco de madera y aguardó la llegada del tren en dirección a Paris, sin importarle la eventual puntualidad de la locomotora ni la desidia maquinal del maquinista. El tren venía de una lejana ciudad del sur de Francia y durante la noche, mientras el Oriental se afanaba por agotar los encantos irrepetibles de la muchacha rubia del hostal, debió atravesar el centro del país. Luego que terminó el estruendo de la frenada Acevedo subió a los vagones de primera clase y buscó un asiento cómodo, ubicación donde pudiera estar tranquilo y a solas con sus pensamientos. Desde su secreta satisfacción las caras del resto del pasaje le parecieron de una inconsolable tristeza, el paisaje agreste de la campiña duró poco y en la siguiente estación se distinguían las inconfundibles cercanías de París. Fue allí cuando el jergón en el suelo y la veladora, el orinal esmaltado y la taza de café caliente comenzaban su irresistible itinerario hacia el olvido definitivo, en el momento que recordó la carta que prometió leer más tarde.

Dispuesto a cumplir lo prometido a la muchacha, como un caballero Acevedo abrió lentamente el sobre y en su cara se dibujó una sonrisa imbécil de tenorio esporádico. “Querido amigo –rezaba la brevísima misiva-, durante largos meses y aunque de manera un tanto heterodoxa, hemos compartido la razón y la cólera sin intercambiar palabra. Hubiera sido injusto, espero que entienda mi parecer, separarnos considerando los tiempos que corren, sin compartir las mieles de la concupiscencia. Suyo eternamente, Andreas Stein.”

Esa misma mañana y luego de haber tomado un largo baño de inmersión en agua casi hirviendo, Acevedo envió un telegrama urgente a Montreal confirmando -a quien correspondía- su aceptación firme del cargo de segundo asistente de los cursos superiores de Física atómica.

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Los teoremas hasta aquí narrados sucedieron en la penumbra del año mil novecientos treinta y nueve. Eduardo Acevedo invirtió medio siglo para empezar a olvidar los sucesos evocados y una vez pasados los primeros años, con la ayuda diagonal de la guerra los temores latentes del reencuentro se alejaron. En Canadá el matemático uruguayo organizó una vida sosegada y cuyos detalles son irrelevantes en relación al presente, acaso baste recordar que fue un científico meritorio y atento a la evolución de su disciplina. Hacia comienzos de los años sesenta, en razón de ciertos aportes innovadores sobre un complejo proceso acelerador de partículas, su laboratorio de la Universidad sonó bastante para el Nóbel que nunca llegó. Desde entonces y en reconocimiento a sus méritos, Acevedo es asiduo invitado a congresos, coloquios y seminarios en todo el mundo, habita el inamovible limbo de ser reconocido como una autoridad en la materia. Aduciendo asuntos familiares y problemas de salud, durante años sin claudicaciones rechazó las propuestas de trabajo provenientes de Europa, algunas muy tentadoras aunando economía y condiciones de trabajo.

Más de una vez a medida que envejecía, Eduardo regresó a la estancia familiar donde pasó los primeros meses de la infancia. Durante esa temporadas instalado en la tierra natal conoció una enorme cantidad de sobrinos y fue feliz volviendo en vida al nudo original de tantos recueros queridos. Sin despreciar la vida embarullada de los Acevedo, prefería permanecer sentado durante horas en un sillón de mimbre, en el patio grande del casco cerca del brocal colonial y hasta bien entrada la noche. Bebiendo vino blanco mendocino bien frío, sintiendo el olor del rescoldo de la tierra regada del jardín, escuchando con atención la rotación del mundo con la luz de los sonidos del campo, mirando la línea oscura de las lomas a pocas leguas de distancia, adivinando la cercana presencia del Río Negro que parte el país en dos mitades, oyendo el insomnio inquieto de los centauros a monte, que en las noches de luna ensangrentada se imaginan en Tracia, los primeros balidos de corderos recién destetados, amparados por unas horas bajo el fulgor polivalente de la Cruz del Sur; es decir recordando a la madre.

Su pasado íntimo se identificaba hasta hace una hora a las imágenes fijas del álbum de familia. Acevedo se había hecho la firme promesa: las jornadas del Karolinum praguense marcarían su despedida de la vida académica itinerante. Si aceptó la invitación fue por razones afectivas personales y menores, distantes del rigor de la ciencia, hermanadas a un puente medieval y al cementerio judío, un reloj atemporal que puede ser cósmico; argumentos tan válidos como inapelables para el hombre que está en diálogo cordial con la muerte. Esa misma tarde, cuando Acevedo salió con su grupo de la última sesión en comisión reducida después del almuerzo –que funcionó en las aulas del primer piso- en el largo corredor un grupo de estudiantes curioseaba el talante de las eminencias presentes, autoras de los libros de las bibliografías.

Los muchachos estaban ansiosos por escuchar la lección magistral de un joven físico norteamericano, que llegaba a las jornadas con merecida reputación de genio. Nuestro Acevedo fue de los últimos en abandonar la sala, en esos trámites estaba cuando, entre la multitud que interpelaba el paso de los ponentes Eduardo distinguió, primero, la forma inconfundible de la cabeza. Luego las vestimentas oscuras de entonces, por fin la mirada velada del estudiante Andreas Stein, igual de discreto que hace cincuenta años, con el aspecto idéntico de medio siglo atrás. Como si durante el tiempo transcurrido él hubiera descubierto un atajo inverso para refutar la pendiente escabrosa hacia la ancianidad, que al fatigado cerebro de Eduardo le parecía igual de perturbador que aquel sendero, llevando de la hostería con nombre referido a caballos hasta la estación del tren en las afueras de París.

Solitario y más viejo que en la hora anterior, sentado a la mesa del café Eduardo piensa que luego de una vida de trabajo sin tregua, él firmaría cualquier pacto sin importar con quién, con tal de recomenzar la historia; no por el deseo de recobrar la juventud del cuerpo, que sería una maniobra indigna del misterio, sino para regresar al confuso cruce de caminos de hace cincuenta años, cuando emprendió el sendero secundario y se apartó de la influencia del estudiante Andreas; para ello también era demasiado tarde. Cuando el camarero llegó con la tercera vodka que nunca fue pedida, Eduardo supo quién la había pagado evocando una vieja complicidad y enviándola como si se tratar de otro mensaje indirecto. Último signo de Stein que recibiría en vida y esta vez Acevedo se abstuvo de dirigirse a los lavabos, como lo hacía en las noches de Le Select ensayando un humillante reconocimiento.

Stein estaría por ahí cerca, instalado en alguna de las mesas confundido con estudiantes de los años que vienen. Acevedo buscó en el bolsillo del saco por si aparecía otra misiva y sólo halló unas pocas coronas que dejó sin contarlas sobre la mesa. Antes de marcharse levantó la tercera copa haciendo un brindis dirigido al vacío, en honor de alguien sólo visible en su memoria, bebió la vodka como debe hacerse y ya de pie se encaminó hacia la salida principal del café Slavia.

Afuera hacía muchísimo frío.

-Andreas, dijo Eduardo Acevedo y comenzó a marchar despacio sobre la nieve blanda y oscura, buscando el amparo circunstancial de paredes decoradas con figuras barrocas de la Europa central, rumbo al hotel que, en curiosa coincidencia, quedaba a setecientos metros del café que buscan los viajeros del tiempo cuando llegan a Praga.

L.Q.Q.D.

Cuento para la cuerda sol

Algunos de los músicos terminaron la segunda vuelta de esta noche, restan dos entradas sonoras de la orquesta tropical y después volverán ellos para rematar el baile.

Sobre la pista comienzan a desplegarse los disfrazados de siempre a esta altura de la noche, los candidatos a terminar la cumbiamba borrachos cambian sus pasos que se hacen torpes y piden disculpas de continuo por los frecuentes encontronazos. La hora de los tanteos prudentes de conquista va quedando atrás, una montonera informe se desplaza excitada con gozo, bordeando mesas, lindando ventanales inaccesibles, aguantando a pie firme, exigiendo música hasta desquitar bailando el último peso de la entrada: quiero amanecer con la manta en el hombro, quiero amanecer… La cacería de los sexos buscados sin preámbulos está en pleno, para la mayoría de los involucrados el bailable se convierte en un estado de alerta orgiástico, preludio caliente de manotones groseros, besos donde caigan, pañuelos sudados, pantalones pegajosos por humores fugaces de la selección natural.

Las mujeres del baile mientras ajustan la pollera con la faja a las carnes y se arreglan el peinado, no tienen la menor idea del desplazamiento multicolor de sus afeites contrabandeados por la cara y hombros descubiertos. A esa hora de la noche, en ese avance en círculos vacilantes hacia ninguna parte se reconocen los alientos de otros, se identifica en primer plano revelador los defectos de dentaduras abusadas. El conjunto se capta en mezcolanza caótica acopiando parlantes, sobrenombres ridículos arrastrados desde la niñez, urgencias por apurar trámites de la seducción, relatos tristes edulcorados de los lugares de trabajo cuando se tiene la suerte de un salario. De otras bacantes y sátiros en ciernes se adivina el programa de actividades: recuperar el abrigo arrugado en ropería, garabatear números de teléfono mal recordados, maldecir promesas sin confirmar de encuentros posteriores y asalto final casi caníbal a la heladera de la cocina –a la vuelta a casa de otro sábado más- para masticar una pata de pollo fría, un pedazo mordido de queso gruyere, la manzana blanduzca.

Los músicos contratados avanzan pidiendo permiso entre el gentío de manera mecánica. Ellos, como la multitud divertida cuesta abajo van perdiendo con cada minuto que pasa la prolijidad atildada de unas horas atrás. El sudor acumulado del cuello comienza a ensuciar la camisa, es el momento de aflojar las corbatas a lunares y pasarse el zapato acordonado por la pernera del pantalón borrando las marcas grises de los pisotones.

Uno de esos músicos en reposo, mientras piensa que faltan todavía unas cuantas horas de trabajo nocturno consigue llegar al mostrador. El esfuerzo requerido fue tremendo por imprescindible, luchar a brazo partido hasta alcanzar el trago fresco mientras la boca se reseca es normal en estas circunstancias. La repetición cada sábado de la escena del manantial inagotable no la despoja de ninguna de sus aspectos emotivos y dramáticos. Tomemos por ejemplo la muralla de humo que debe atravesar la mirada insolente de alguna pobre bacante jubilada, intentando saber dónde terminará la noche que avanza y con quién o quiénes. La agresión implacable de los focos intensos de iluminación, el esquive complicado de parejas fusionadas que se entrechocan en el tráfico pesado para entradas y salidas de la pista, permeabilidad motivada por los cambios de orquestas sobre el escenario y la diferencia de ritmos. Por momentos, afortunadamente ese monstruo plural multiforme se detiene; ese milagro excepcional sólo lo concede la intermediación de un desperfecto técnico y el hipnótico poder del hola, hola, hola, un dos tres probando, hola, hola… integrando la ceremonia protocolar que practican los músicos antes de empezar.

El músico que nos interesa es un hombre mas bien pequeño con nariz prominente, está vestido con traje azul planchado y la prolijidad esmerada no alcanza a disimular un brillo de casimir gastado. Con la mano derecha avanzada separando gente consigue llegar al mostrador; otros músicos vestidos como él están ahí recostados bebiendo alguna cosa.

La concurrencia apelotonada en el bar le hace espacio a los músicos, gesto de respeto impensable unos pocos metros atrás. El ruido es ensordecedor, pareciera que el músico conversa con uno de los otros músicos y que escuchara una confidencia, quizá las dos cosas alternativamente o ninguna y dos actitudes distintas. Lo cierto es que debe llenar con una conversación la próxima media hora, es mejor quedarse ahí, está frío para salir al exterior a tomar aire o fumar un Pall Mall de los que quedan en el paquete.

“Serás músico” me dijo. Los uruguayos de religión judía debíamos saber que en nuestro país la cultura nunca fue buen negocio y mi padre pretendía ignorarlo. En lugar de prosperar vendiendo planchas, radios a transistores o instalar un taller para confeccionar camisas, prefirió continuar sacando fotos carné en un estudio ridículo y deseando que yo estudiara. Para él estudiar era estudiar música; parece que la música es lo que más extrañó durante la guerra que lo atrapó recién empezada la juventud, lo que diferencia la vida de la resignación en un campo de concentración.

La de mi padre era diáspora del alma que aprendí desde los cuatro años, cuando me regaló para mi cumpleaños el primer violín, de una firma que en la memoria se cruza con marcas de calefones y bebidas refrescantes, signos que pasaron a integrar los episodios irrepetibles que siempre se recuerdan. El aprendizaje fue doloroso; para empezar a ser la persona que deseaba mi padre y construir el instrumentista que yo quise ser luego, primero me convertí en burla del vecindario. Fue cuando a la gorra de pana marrón, el pantalón corto que me avergonzaba y la cara indudable de alguien que ora en hebreo, sumé a mi estampa el estuche de violín apretado con rabia y humillación debajo del brazo tres veces por semana. Con la cabeza baja escuchaba las mismas bromas crueles de otros niños que jugaban a las escondidas, ellos la consistente en corridas, pica y en no vale, yo la complicada de esconderse de uno adentro de uno mismo.

Uno se acostumbra y de a uno, uno se acostumbra como a todo; a padecer el solfeo y el profesor con aliento de caña, la tortura de afinar el encordado antes de repetir las escalas. Ese ir y venir por sonidos monótonos que recorren el cuello dolorido, los dedos que tienden a deformarse en las articulaciones y el estómago. Uno se acostumbra a sentir miedo como si fuera parte de la herencia, mete las manos en los bolsillos por temor a que el frío y la vergüenza quiebren la fragilidad de los dedos.

Después de muchos años pienso que la incomprensión con mi maestro fue mutua, el viejo Amalfi no tenía la culpa de haber nacido en el departamento de Canelones, llevar adelante hacia el fracaso el único conservatorio del barrio y que mi padre no pudiera pagar un maestro más competente. Con el tiempo entendí que tampoco era plenamente responsable de los portazos en la sala de estudios, ni de los cigarrillos negros fumados uno detrás de otro y que terminaron por matarlo.

-Eso es Bach… prueba una vez más, pero hazlo utilizando el arco con delicadeza; me dijo cuanto terminé un ejercicio que me había mandado estudiar la semana anterior.

La vida tiene momentos graves con la apariencia de episodios cursis, como las cartas románticas escritas en la adolescencia y la versión del amor en los boleros. Cuando repetí el ejercicio algunas ideas intuidas comenzaron a tener sentido: la condena generacional de las foto carné paternales, una manera de jugar a las escondidas, mis manos metidas en los bolsillos del pantalón corto. Desde aquella repetición dejé de aprender violín y comencé a estudiar música. Antes de morir, mi padre me escuchó tocar como solista el concierto de Mendelssohn, había ganado ese derecho por concurso en uno de los conciertos de Juventudes Musicales, tenía diecisiete años y creo que mi padre setenta y cinco.

Nada sabía de cuartos oscuros, revelados y fijadores líquidos de imágenes sobre papel y tampoco me interesaba. El laboratorio de mi padre era para mi madre y para mí un depósito de objetos queridos, inútiles, desconocidos; vendimos, nos dimos cuenta de que el estudio del viejo era la argamasa manteniendo unida nuestra familia. Mamá optó por cultivar el recuerdo del compañero de toda una vida en la tierra prometida, que ahora para ella existía y tenía líneas de aviación, fronteras disputadas y servicio secreto. Mi hermana Esther se marchó a Israel con ella y más que la boda con un mayorista, le importaba otra vida con raíces milenarias, colinas atrincheradas y fusiles amartillados en la noche del desierto.

Yo preferí aguardar en Montevideo la obtención inminente de la beca y fue aquel el año interminable. Un funcionario administrativo del Ministerio de Instrucción Pública me notificó sin pestañear la negativa, lo justificó mediante cupos, topes, prioridades comprensibles y curioso extravío de documentación; creo que guardo todavía la carta en algún rincón de la pieza. Cuando salí de la oficina sentí que la aventura terminaba, supe en ese minuto que un solo fracaso es suficiente en la vida y media hora más tarde que, con una botella de vino tinto ordinario bebido de apuro, un hombre resentido puede emborracharse.

Cuando tenía decidido irme aceptando la invitación de mi hermana Esther, una pequeña consolación me retuvo en Montevideo. Un vecino comedido llegó a ser elegido edil del departamento o funcionario municipal importante y me consiguió unas horas en un liceo para que enseñara música; horas de curso que llegaron a tiempo para sacarme de una situación incómoda y que duraron demasiado. Los pericones ensayados durante horas, el llenado de libretas interminables, la dirección de coros para cantar el himno patrio, adscriptos e inspectores me endurecieron los dedos. Hasta cometí la insensatez de presentarme a un concurso agotador en la Enseñanza Secundaria, evitando ser considerado un colado político, otro metido a dedo en la educación; si hoy día alguien repitiera algo parecido seguro que lo destituyen por idiota peligroso.

Fue así que se me fueron de la vida los meses de crecer en la música, los años de estudiar hasta la última nota el concierto admirado que siempre deseamos interpretar. Lo que conocí a fondo fueron baños y escalinatas desparejas, salas de profesores y cantinas bochincheras del liceo Mirando, del Bauzá, del 14 en 8 de Octubre. El casamiento con una buena mujer es fuente de excusas que consuelan, justificaciones y postergaciones pensando en el violín; el año sabático que ni se ve pasar un tiempo de reencontrar en algo el camino perdido. Esos dos episodios combinados trajeron a mi vida el primer hijo y el puesto de segundo violín en la Orquesta Sinfónica del Sodre; que se volvió primer atril a los pocos meses, cuando el concertino compatriota se fue a tocar a Venezuela contratado por la Sinfónica de Maracaibo.

De este lado llega primero el silencio, al que siguen unos últimos carraspeos del público y las miradas a los gestos de los integrantes de la orquesta. Nosotros los de aquí comenzamos, lo hacemos con fuerza como si el principio de la partitura fuera el acorde final, los músicos extranjeros aguardaban el tiempo que medían los compases indicados. El primer violinista -que soy yo- marca la melodía aguardando la entrada de los solistas extranjeros. La frase inaugural sin orquesta del allegro se incorporó al aire tal como lo quería su autor, gordo, soltero y fumador. Esta tardecita quiero que todo suceda rápido. Ruego para que el andante se esfume, el rondó final se precipite hasta llegar a los aplausos de rigor y poder irme sin saludar siquiera.

Mi deseo secreto se cumple, creía estar en la segunda nota y escucho aplausos salpicados de bravos. Las cuerdas proletarias golpeamos con el arco las bordonas de nuestros instrumentos, acompañado el griterío del público que exige repetidas salidas de los solistas. Ambos, a su turno me estrechan la mano saludando nuestra mutua colaboración; el director con gestos enfáticos dignos de un final wagneriano nos invita a levantarnos en olor de santidad y estampita de Santa Cecilia. El violonchelista es un hombre mayor que sonrió durante los ensayos, se acomoda lentamente en la silla y toca algo fuera de programa –una suite- con oficio como si estuviera enseñando los primeros pasos del instrumento noble a los nietos. El violinista es menos condescendiente con la humanidad, llega a paso firme hasta el borde de proscenio; desde su prepotente autoestima, se prodiga en técnicas barrocas con una maldita perfección de la que es plenamente consciente.

La humanidad más nosotros y yo también soy espectador vestido de gala de un concentrado concierto de espaldas. Las otras caras que distingo en las primeras filas de la platea son las mismas del sábado pasado y del año anterior, del sábado que viene que puede ser el último. Tienen rictus de cariátide modelada en abono de temporada; después de innumerables conciertos, en idénticas butacas reservadas anualmente en régimen de semi propiedad, la única lección retenida para los atentos es que los viejos siguen envejeciendo. Afortunadamente, entre los ancianos implantados en las butacas y la masa orquesta está la música, que encubre invisible el desgaste ingrato de las eras y pudiendo virar la envidia en admiración resignada.

El músico joven es de origen italiano, en los ensayos se comportaba con simpatía distante del quien sabe que sólo está de paso, en un lugar donde no se juega ni medio centímetro de su prestigio internacional. La única exigencia la tiene consigo mismo, ahora que llegó al limbo de giras, festivales y grabaciones en estudio, debe afinar el arte de mantenerse. En secreto, mientras despliega su exaltado fuera de programa le doy las gracias, ese muchacho es la prueba del peso aquilatado del patrimonio y que un artista puede desprenderse de canzonettas con mandolín, del olor a tuco espeso de tomates y mesas enharinadas de tallarines caseros; de ciudades gritonas, sucias y opresoras del silencio, con calles que se llaman Leonardo, Humberto I, Giacomo Leopardi y Orlando Furioso. Salir para siempre del uno y dos y tres irritante de ruido del metrónomo durante interminables tardes de verano con postigos cerrados. Escapar del desprecio de funcionarios públicos en institutos culturales, perder en un pasado lejano carcajadas contenidas y burlas de otros escolares cuando los maestros les proponen en audición discos de Victoria de los Ángeles. El violinista extranjero desconoce el programa mensual de las más populares salas de baile de Boloña y su ciudad de nacimiento.

Escucho y pienso en las horas que vienen. Dios quiera que no llueva, hoy debemos tocar en dos clubes y al primero debemos ir cada uno por su lado. Se rompió el cardán de la camioneta y hasta la semana que viene cada músico tiene que arreglarse como pueda, sería una macana que lloviera. Dejando de lado la fatiga lo sucedido esta tarde fue una alegría inesperada, hacía muchos años que no tocábamos el concierto de la reconciliación de Brahms.

Se ha hecho tarde, mis colegas y yo consultamos los relojes con la misma impaciencia que cualquier obrero al finalizar el turno de la noche. Los camarines del Estudio Auditorio se volvieron en pocos minutos un verdadero loquero, el público arrebatado en estado de éxtasis viene con sus programas del día y busca firmas ilegibles de los otros músicos.

Los instrumentistas aborígenes dispensados de oficio de esa aureola de gloria, salimos en pequeños grupos reproduciendo los sectores de la orquesta; con mi sección saludamos a los porteros ya vestidos de particular sin uniforme. Una vez en la calle nos despedimos hasta el ensayo que viene, sin la nostalgia de entusiasmos pasados de tertulias fecundas en bromas y planes. Hace frío y la tardecita está clara, tengo el tiempo justo para pasar por casa, demasiado temprano para cenar pero es mejor ir comido al baile, tal como están las finanzas cualquier pavada que se pida en un boliche desarma el presupuesto.

Llego a casa y lo de siempre, el niño mira televisión y con Mabel nos prometemos que mañana saldremos a dar una vuelta por la costa. Como cada sábado tengo pronta la ropa de recambio, otro uniforme más para que la comedia musical continúe. Hasta el año pasado di clases en el liceo nocturno, así que la vida familiar se afectó poco con el segundo trabajo. Cuando me ofrecieron tocar en la orquesta típica tuve que dejar mi puesto en secundaria, la plata es más o menos la misma, pero las horas de trabajo bajaron casi a la mitad. A mis años es preferible ese circo trasnochador imprevisible a un salón de profesores cada mañana, lleno de cualquier categoría de impostores menos de profesores. 

Se nota en el ambiente que es principio de mes, tan temprano y el club está casi tan lleno como Casa de Galicia la semana pasada. Hoy no hará falta calentar la sala, por lo que se advierte los asistentes están prontos. Nos avisaron a última hora que se suspendió nuestra actuación en el segundo baile, así que aquí nos quedaremos hasta el final de la noche; el asunto de los pagos extra se arregló en pocos minutos. En principio vinimos como relleno pero nos defendemos bastante bien; habrá que echar el resto pensando en los contratos para el verano, es mejor hacerlo en el mismo lugar sin el desacomodo de ir de un escenario a otro.

Después de terminar nuestra penúltima vuelta quiero llegar rápido hasta el mostrador, la barra está lejos pero a esta hora habrá un poco menos de gente y ruido. Algunos de los bailarines más jóvenes que topo en el trayecto bien pudieron haber sido alumnos míos el año pasado. Trato de recordar a los estudiantes uniformados, les invento granitos en la frente, pelos cortos, corbatas azules y voces desafinadas cuando responden. Cada tanto creo identificar un rostro conocido siendo imposible verificarlo en ese aquelarre, las caras enmascaradas duran apenas un segundo; ellos y yo perdimos la costumbre de mirar al otro de frente por más de tres segundos. Somos movimiento perpetuo de voltear la cabeza sin parar evitando descubrir los rostros, el rictus de las caretas, nuestros mismos ojos reflejados.

Los músicos dejaron pasar esa media hora de descanso recostados al mostrador, los más jóvenes aprovechan para intercambiar información menuda sobre sus conquistas en movimiento y los mayores haciendo balance de las derrotas amontonadas. Llegado el momento unos y otros se miran en espejos deformantes sobre las paredes tratando de acomodar el nudo de la corbata. Los que fuman tiran el cigarrillo al suelo y lo pisan, luego beben de un sorbo el líquido aguachento del vaso y reacomodando la sonrisa ganadora vuelven a pedir permiso a la multitud para poder llegar al escenario.

Músicas tan dispares para el mismo instrumento… Me gusta lo que tocamos en la madrugada, al menos su autor también empezó el aprendizaje con la música clásica. Debutó con un violín prestado –uno se va informando de lo que le da de comer-, no se sabe si de Ferrazzano o de un tal Roccatagliata… con razón en las películas de mafiosos los gánster llevan las ametralladoras en estuche de violín. Madre mía… apellidos de asociados a la coral Guarda e Pasa y parecen que tienen salpicaduras de salsa boloñesa; como para recordarlos cuando los comparo con el mío y que huele a sinagoga por todas las letras. Apellidos de hombres de tiempos viejos, otra ciudad hundida en el olvido con muelles en cuarentena y cementerios abandonados. Los arqueólogos que recuperamos esos espectros con instrumento debemos marcar bien el ritmo de los compases y así los compatriotas presentes no entreveren los pasos hasta perderse. A esta hora podemos tocar la marcha Tres árboles seguida de la Marsellesa a lo Juan D’Ariezo el Rey del Compás, que los tipos y tipas bailarán igual.

Mirando el espectáculo sabiendo que me incluye, creo que fue una suerte que padre haya muerto. Es decir que esté muerto en un día como hoy, él esperaría en vano sobrios afiches con programas de Londres y Viena. Nunca entendería qué diablos hace el nombre de familia en un recorte de diario vespertino con recuadros, precio de entrada al baile, damas gratis antes de las veintidós y destacando la calle de la puerta principal.

Uno cree que no y al final se acostumbra dócil a vivir a medias. De tarde y de noche, música diurna y después la nocturna, Dr. Jekyll y Mr. Hyde que hace bailar a sus futuras víctimas. La versatilidad es un argumento convincente y suele constituir una buena coartad. Me parece increíble que todavía tengan ganas de bailar, han de tener los pies reventados y son casi las cinco, capaz que mientras bailan sin pensar se sienten acompañados y tienen claro como yo que hasta el sábado próximo faltan siete días completos.

Con esto de alargar la actuación nos vamos quedando sin repertorio ensayado, en cualquier momento empezamos a repetir las partituras. Los compañeros jóvenes me miran esperando que yo –llegado al grupo con el dudoso prestigio de veterano y clásico- dé las indicaciones para arrancar. Mala Junta ya lo tocamos y ahora atacamos con Boedo. El animador me anuncia que es la penúltima, por suerte.

Está clareando afuera y pucha que tocaba bien el tano vanidoso de esta tarde, qué joder!!

El animador se esmeró para hacer un cierre entusiasta, sus palabras debían ser definitivas y convincentes ahogando toda intentona de continuidad. Ante sus requerimientos exultantes la gente sobreviviente lo miraba hipnotizada, aguardando un nuevo sermón de Jesucristo habiendo entrado en la loma del Cerro.

-Damas y caballeros, amigos fieles concurrentes a nuestras inimitables veladas más que bailables… con este cerrado aplauso que debe ser una verdadera ovación, saludamos la actuación de la típica y por este inolvidable sábado finalizamos… Gracias de nuevo. Está bien… está bien… Maestro, ante tantos insistentes pedidos de la concurrencia vamos a caer en el grato atrevimiento de pedirle la yapa. ¿Puede ser? Usted dirá.

-Con mucho gusto.

– ¡Ya me parecía que no podía fallarnos! Bueno, los remolones pueden pasar por ropería para evitar los clásicos amontonamientos. Les recordamos con tiempo que hay varias líneas de ómnibus estacionados esperando a la salida y si esperan mucho volverán al hogar a patacón por cuadra. Hasta el sábado entonces y ¡buena semana amigos! Maestro, cuando quiera…

-De don Julio de Caro Tierra Querida.

Aplausos, pero pocos.

Martillo de Jesuitas

Desde el río soplaba un viento frío y serían las cinco de la madrugada. Sí, casi las cinco. El hombre se levantó temprano y preparó el mate en la cocina, comió un pedazo de galleta de campaña con una rodaja de matambre. La noche anterior por onda corta, desde allá le anunciaron que habían dejado otro curita en sus campos; esta vez sería más caro, expedido directo de Argentina lo que duplicaba costos. El estado general de la encomienda dejaba que desear, podía compensar la situación el hecho de que se trataba de un ejemplar joven. En el acondicionamiento le permitieron dormir dos noches sin perturbarlo y lo dejaron con algunos víveres para recuperar fuerzas, los de allá dijeron que era bicho, cayó por agotamiento en los montes de Tucumán después de resistir más que los verdaderos duros del grupo. Había dudas en relación al rumbo definitivo donde se concretó la entrega, al parecer lo largaron del otro lado del río, como quien va para la sierra de Aceguá.

Una buena noticia para el hombre que mateaba. La acción programada lo mantenía en forma y al acecho, era su manera de colaborar en la vertiente cívica de la patriada salvadora tal como él entendía que debía hacerse. Metiendo las manos hasta el fondo del pozo, llevando arriba del lomo a los propios muertos y apartando así la debilidad del arrepentimiento. Se contemplaba frente al espejo de su existencia, hombre de campo despreciando el invierno y cazador, virtudes que en dos siglos forjaron la riqueza familiar así como su desgracia. Debía seguir adelante, enfrentar el destino pasaba por desafiarlo, torearlo hasta quebrar como espinazo de gato el destino de otros. Hacía unas semanas que se venían escuchando rumores, el hombre sabía que el jueguito de posibilidades y la inminencia retrasada, del no se sabe pero estamos en eso, era una maniobra ruin del mandamás para conseguir unos pesos agregados en la confusión, “pero el río suena” le dijeron y él los dejó hacer. Fue la razón por la cual de un día para otro, dejó plantada a la parentela en las casas, incluyendo la chorrera de nietos cargosos y dijo que salía de recorrida por unos días. Los chanchos salvajes estaban haciendo estragos entre las ovejas por el Puesto de las Cascadas, una molestia que requería atención. Así zafó de la telaraña familiar sin dar explicaciones que nadie le pidió, el hombre los alimentaba a todos con la condición de que no jodieran.

Operaba a la antigua, nada de jeep todoterreno, él mismo ensilló el mejor caballo en el galpón, nada de miras infrarrojas que eso era para chambones, descolgó la escopeta que fuera del padre y marchó de cacería. Sería suficiente un día de marcha forzada para alcanzar la zona presentida siendo la distancia era relativamente corta. A menos de diez quilómetros del casco principal de la estancia, por los pliegues del terreno volcánico y porque era el límite natural del departamento, el paisaje cambiaba en forma brusca de apariencia y configuración. Las lomitas mansas sin vegetación se transformaban en picadas agresivas, el salpicado inofensivo de cabezas de ganado se volvía un chillido insistente de fauna inhóspita, el cielo claro con nubes algodonadas una humedad vegetal, capaz de provocar alucinaciones en quien se perdiera allí dentro. Hasta ese rincón indefinido llegó el hombre a media mañana, dispuesto a penetrar en un laberinto natural y sin resolución, dejándose llevar por la sapiencia del instinto de muerte.

Cuando la marcha se hacía fatigosa el esfuerzo lo excitaba, comenzaba a sudar, perdía la compostura de su vestimenta de hacendado meticuloso y había algo que lo reconfortaba retornando al estado agreste; al rato, sentía rasguños de espinas en los antebrazos y se chupaba la sangre disfrutando el ardor. En ese paisaje replicante de soledad el hombre recuperaba el gozo de contemplar su verdadera naturaleza. Allí creció y se hizo hombre, entre esa vegetación juró pactar con un modo de crueldad que lo condujo al suceso en sus maniobras. Ello agregaba un atractivo anejo y si en sociedad se sentía un inmortal, hundiendo las botas de presilla en el musgo traicionero de suelos inseguros, sabía que podría toparse con la muerte, única rival que lograba intimidarlo un poco.

El Puesto de las Cascadas era su refugio favorito, sin abusar del privilegio venía muy de vez en cuando. Más seguido después de aquella noche de monte en el casino de oficiales, cuando un teniente mal perdedor le dijo que una cosa era camandulear cartas marcadas con manos de farabute y otra manejar las armas, luego de lo cual se escucharon algunas risitas. Correa lo miró al hablador decepcionado por el rumbo que tomaban los acontecimientos, lo miró con desprecio por haber osado desconfiar de sus habilidades en el mentir; pensó en escupirlo por milico insolente cuando advirtió que los que andaban por ahí, de la mesa de póquer y otros curiosos, lo miraban a él con solidaridad de cuerpo, de espíritu de armas, con insistencia. Haciéndole saber que él estaba ahí de lástima, era un intruso y lo aceptaban de este lado de las alambradas electrificadas porque tenía platita de sobra, no jodía a nadie y los dejaba al contrario hacer a su capricho. Ellos en patota lo degradaron en su consideración -luego de tratarlo de tahúr y con sonrisa sobradora de oficiales entonados- a la categoría de alcahuete útil que se vuelve pesado. Una macana, se dijo. El gargajo pensado sería insuficiente, esos tipos dispuestos a humillarlo y bastante petulantes le darían una paliza por mequetrefe. Entonces Correa sacó el revólver con cachas de nácar, un 38 largo que al salir tibio del cinto brilló en el aire como el as de la muerte. En rápido movimiento que nadie imaginó interrumpir –estaban hipnotizados por la plata empuñada- disparó en dirección a la puerta de entrada. El tape, un miliquito recién reclutado con pinta de fronterizo, cuando recibió la bala entre los ojos se olvidó de seguir sonriendo. El plomo lo pegó a la pared como si estuviera en penitencia y el muerto se deslizó hasta el piso de la timba, dejando a su paso lento, como si la pelambre oscura fuera un pincel improvisado de pelo de jabalí, una espesa y pastosa línea colorada, el trazo bermellón. “¿Alguien quiere cartas?” preguntó Correa cuando la sota terminó su caída y no había siete de oro a la vista que pudiera levantarla. Los jugadores de esa mano perdieron algo más además de los pesos con esa luz de pólvora, que ninguno se atrevió a seguir y todos vieron sin pagar. “Cartas para todos, don Correa” dijo el teniente de las insinuaciones, luego hizo con la cabeza un gesto seco hacia el muerto y que fue orden para un vivo, como diciendo saquen pronto de aquí ese mamarracho y tírenlo al basurero. Ya estaba y para siempre, le dijeron don y en el sitio apropiado.

Fue esa noche que los hombres se pusieran de acuerdo mientras clareaba en el horizonte, en aquello de organizar cacerías excepcionales de curitas zurdos. ¿Cuántas veces fue eso? Don Correa perdió la cuenta, el número de muertos era sin importancia, la cosa venía durando desde hace años y hoy la cacería recomenzaba. Era como si el frío, ese que venía del río lo hubiera sentido por primera vez. Formaba parte del pacto la aceptación de ciertas reglas, entre otras esperar en el Puesto de las Cascadas la comunicación final. Alguna vez le hicieron la jugadita del atraso en la entrega a último momento y él tenía que conformarse con salir a la montería tradicional siendo la decepción parte del juego. Disfrutaba permanecer solo algunos días en ese rincón de sus dominios, tenía lo necesario para estar bien, le agradaba estar ahí. El tiempo se escurría por otros túneles y la excitación por matar lo distanciaba de la muerte propia. No por la sangre, lo que Correa vampirizaba era el tiempo y venía pensando en su muerte demasiado seguido últimamente. Era en el Puesto de las Cascadas que Correa meditaba en las diferentes maneras de morir, las que hubiera preferido por la vida aventurera terminaban por parecerle injustas y se resignaba a finales asépticos en el Sanatorio Americano de la capital. En el centro de cuidados intensivos, arrasado por una metástasis incontrolable que debería ser indolora, un virus pertinaz, una crisis cardiaca durante el trayecto, dentro de la ambulancia sin tiempo para la carnicería de tubos plásticos; acaso sea innecesario agregar que Correa era un hombre medroso.

Dejaba pasar el tiempo con la radio encendida esperando el momento de reaccionar, con una botella de ginebra siempre cerca y limpiando despacio la escopeta que venía de familia. Dos armas lo acompañaban en sus salidas de comunión, la escopeta de un solo caño para la primera descarga, más que centenaria -que él llamaba la causa de accidentes- y un revólver con balas recortadas en cruz para liquidar la pieza sin engatillar una segunda vez. Durante los días de espera Correa dejaba que operara en él la regresión. La barba empujaba con más fuerza que cuando el mentón era acariciado por colonias inglesas y olorosas de los amaneceres citadinos, se vestía como suponía lo haría un pionero irreverente en los recónditos lugares del planeta e incubaba, como víbora enroscada en la madriguera un odio, no por lo concreto que la pieza era (nunca pidió elementos, de identificación, nombres aunque fueran falsos ni filiaciones precisas) sino por lo que representaban. Una Iglesia se erigía con un paraíso sin espacio para hombres como él: odio que lo acompañaba hasta después de la ejecución. Siempre los dejaba tirados allí donde cayeron y volvía recién a los tres días para hacer desaparecer un montón de carroña estancada, lo que quedó después del pasaje profiláctico de las alimañas.

Si las jornadas de espera podían llegar a ser monótonas, Correa se daba maña para llenar la totalidad de cada una de las horas. Preparaba la cocina con lentitud, monteaba los alrededores, reparaba desperfectos de la casa causados por largos meses de abandono, se iba a matear sobre una roca plana para ver pasar el arroyo nervioso. Cuando caía la noche, a la luz de un farol pasaba las horas resolviendo crucigramas hasta que el sueño lo vencía. Sabía que la caza es el arte de la paciencia, sobre todo el arte. Cada mediodía sin falta llamaba a la estancia por radio para saber si todo estaba en orden, hacer sentir su presencia a la distancia. Lo hacía con la puntualidad de un carcelero, por costumbre daba órdenes precisas y odiaba que le pusieran al aparato alguno de los nietitos para que le dijera “abuelito vení pronto que te extrañamos mucho”. Correa pensaba qué sería de esa banda de inútiles, hijos y yernos cuando él faltara; sí, lo sabía. Se pelearían como caranchos envenenados para dividirse la fortuna y terminarían despellejados entre ellos, despreciables comadrejas rabiosas destrozando lo que sólo él había sabido armar. En los días de espera le gustaba comer lo que cazaba, salía de mañana temprano, dejaba el horno pronto y para la hora convenida de la llamada regresaba con una pieza menor, que adobaba con cuidado y asaba sin apurar las brasas.

Cada día que pasaba dejaba algo de sí en el monte y lo recuperaba, iba perdiendo la cáscara alcahueta de don, la fachada del Correa y se volvía el despiadado abuelo brasilero, héroe brumoso de la familia, que forjó su entrada a la gloria degollando la última infantería infantil del Mariscal Francisco Solano López durante la hecatombe del Paraguay. Después de tantos crímenes y la supervivencia de varias generaciones sin desprenderse la conciencia del recuerdo, lo único que podía hacerse era continuar las oraciones matinales de la masacre, persistir en la naturaleza como otro depredador. Nunca se le cruzó por la mente que esa costumbre terminara algún día, le había tomado el gusto a cazar sacerdotes en los montes, como los maitines de Misiones hacían los hacendados hastiados de las misas barrocas. Nada había que pudiera detenerlo y Correa estaba lejos de concebir que esa sería su última salida.

*

A los pocos días, luego que cesaron las comunicaciones se ordenó salir en su búsqueda y lo encontraron muerto a Correa. El arma utilizada para acabarlo había sido su propia escopeta; la disposición de los elementos en el lugar de los hechos, el arma algo distanciada, la contorsión del cuerpo, en su conjunto obligaban a descartar la tesis accidental y menos la del suicidio. Tres peritos manejaron diversas hipótesis, los excitados también y ninguna resultaba satisfactoria. Detrás del cuerpo en las inmediaciones, el difunto había dejado un jabato y un gato montés viejo muertos, dos testigos a los que sería imposible sacarles una declaración confiable.

Los hombres de la armada sabían que faltaba el seminarista argentino, por más que batieron la región hasta con perros nunca dieron con su paradero. Había desaparecido como por un milagro, igual que si lo hubiera tragado la tierra o que un comando de ángeles vengadores resolvió raptarlo. El oficial a cargo no se anduvo con vueltas y dispuso enterrar el asunto por temor a las secuelas de una investigación exhaustiva. Los Correa se llevaron el cadáver del viejo a Montevideo sin apagar las consabidas preguntas de cualquier familiar en idéntica situación; sólo uno de los hijos insistió -algunas pocas semanas- para averiguar las verdaderas circunstancias de la muerte del padre. La misma maquinaria económica llamada Correa lo obligó a postergar la búsqueda de la verdad para cuando tuviera tiempo libre. Se obviaron los detalles contradictorios revelados por la investigación aceptándose al final la grosera versión del accidente, alguien evocó similitudes con una tragedia de saga griega y dejaron la escopeta –arma cargada de la maldición- guardada en el Puesto de las Cascadas. Dentro de algunos años y siguiendo un mandato inscripto en la fórmula genética familiar, alguno de los descendientes se preguntaría que le pasó al abuelo cuando él era chico. Volvería a ese rincón del monte sin extraviarse y limpiaría la escopeta para renovar el pacto de los Correa con la fatalidad.

*

Eran alrededor de las nueve de la noche cuando Correa escuchó el zumbido del trasmisor interpelándolo como una yarará mecánica. El mensaje fue escueto: “está todo pronto, buena suerte mañana. Over”. Siete palabras exactas para definir sin equívoco la puesta en movimiento de las circunstancias. El mensaje indicaba el cambio de la situación y el fin de la espera, lo imprescindible como información –por eso le gustaban los crucigramas- y tenían el peso de cada palabra que debe deducirse, el rechazo a todo envoltorio que disipe el efecto. Allí cada letra tiene un casillero asignado debiendo funcionar con la eficacia de una bala de grueso calibre. Ya estaba, ellos situaron al renegado hombre de Cristo, al soldado de Dios desertor de la milicia en la incómoda situación de los precursores de la Orden.

Todo modo. La excitación de la novedad mandaba los antecedentes de la pieza mayor a una nebulosa unificadora y de las salidas anteriores apenas si recordaba la primera. Los ojos asustados del hombre y descreídos cuando se pensó descubierto por un comando perseguidor, la duda sobre una inesperada libertad desorientado en el monte, aquella momentánea tranquilidad cuando vio aparecer -en el claro casual- la silueta del personaje escapado de una película inglesa blanco y negro, sublimando hazañas de colonizadores de Borneo. Correa podía describir la incomprensión del cura cuando se vio apuntado como bestia -conejo o tigre era lo de menos- ello en el segundo antes de que la bala lo tumbara, sin darle tiempo de encomendar su alma al Todopoderoso ofendido unos meses atrás. A los curas que siguieron, después de apuntarles por primera vez les daba una segunda oportunidad, hasta que creyeran que él era una alucinación producto del hambre y la fatiga empujándolos a los límites de la fe tambaleante. La anomalía de la situación límite, el cambio sorprendente de lo meditado durante meses de detención en campos clandestinos, de portadores del ideal sanmartiniano los hacía hombres débiles, almas delicadas huyendo del aquelarre de las fuerzas malignas. Correa recelaba la noche porque la asimiló a la espera, después del mensaje se tiró en el catre y siguiendo el ejemplo de algunos superiores, leyó al azar fragmentos de los ejercicios espirituales.

“Presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mí mera libertad y querer, y otros dos, que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu, y el otro del malo.

Del pensamiento.

Hay dos maneras de merecer en el mal pensamiento que viene de fuera. Primera, verbigracia, viene un pensamiento de cometer un pecado mortal, al cual pensamiento resisto impromptu y queda vencido.

La segunda manera de merecer es cuando me viene aquel mismo mal pensamiento, y yo le resisto, y tórname a venir otra y otra vez, y yo siempre resisto, hasta que el pensamiento va vencido; y esta segunda manera es de más merecer que la primera.

Venialmente se peca cuando el mismo pensamiento de pecar mortalmente viene, y el hombre le da oído, haciendo alguna mórula o recibiendo alguna delectación sensual, o donde haya alguna negligencia en lanzar al tal pensamiento.

Hay dos maneras de pecar mortalmente. La primera es cuando el hombre da consentimiento al mal pensamiento, para obrar luego, así como ha consentido, o para poner en obra si pudiera.

La segunda manera de pecar mortalmente es cuando se pone en acto aquel pecado; y es mayor por tres razones: la primera, por mayor tiempo; la segunda, por mayor intención; la tercera por mayor daño de las dos personas.”

Cuando se sale al monte dispuesto a matar el alma debe prepararse a los rigores de prueba tan tremenda. El fragmento sobre el cual cayó la mirada resultó de buen augurio, como si se tratara de un libro de adivinaciones. Apagó el farol recién al sentir el equilibro y la paz interior alcanzar su espíritu. Durmió de un tirón hasta las cuatro de la madrugada, cuando lo despertó un ruido de algo vivo que se movía sobre el techo. Bichos seguramente, el monte avisaba que se ponía en movimiento, era hora de levantarse y él también era criatura de monte.

Se asomó a la puerta del rancho, el paisaje era similar al de los días anteriores excepto que en un lugar preciso había alguien. El hombre que conoció la luz y el infierno en vida, alguien que sin saberlo lo aguardaba para confrontarse a la prueba absoluta y decidir por fin la existencia de Dios. Comprobar sin consultar tratados de Teología si podía sostenerse la fe en la inmortalidad del alma. Matar a un hombre era poca cosa, ese límite moral se evaporó entre la humanidad como almenas de un muro de humo, equivalía a aceptar que todo era permitido. Si la criatura privilegiada que había dictado la Ley, la Iglesia y era orgullo de la Creación podía ser liquidada colectivamente –hasta a los bueyes se les daba la piedad de un degüello individual- el Orden Primordial estaba trastocado. Dios, sostenía Correa en sus meditaciones, se había convertido en un loco asesino. Ello era prueba irrefutable de su existencia y una lección nueva para las huestes incrédulas. Los nuevos sacerdotes eran los que distribuían bendiciones en La Perla y Orletti donde se forjaban los nuevos catecúmenos. Amén.

Correa mataba buscando confirmación y como Dios lo dejaba seguir haciendo, corroboraba así sus arraigadas sospechas sobre el cinismo del creador. Una fuerza interior le otorgaba cierta manera de reafirmar su derecho a la existencia con la misión de suplir los olvidos veniales del Creador. Nunca soportó que los otros opinaran distinto, más simple: le molestaba que la gente pensara. Asumía la tarea inmensa del futuro, asegurar la situación de excepción del imperio del más fuerte y aguardar el reino eterno sobre la zona: El Puesto de las Cascadas sería entonces un verdadero paraíso en tierra. Su pecado, si es que lo había era menos aberrante que el crimen de vivir de los otros. La única bandera que él respetaba era la del despotismo, le agradaba pensar en términos evangélicos de ovejas descarriadas del buen camino y prefería el castigo justo al improbable arrepentimiento. Del cuestionamiento al honor personal se sonreía, lo vigorizante era continuar la misión, los juicios reprobatorios de los otros al tanto de su cruzada los silenciaba con cheques firmados al desprecio y fajos de dólares flamantes.

Esa mañana que le pareció radiante Correa tomó su tiempo, sacó un banquito a la intemperie y se sentó a contemplar el monte que conocía hasta en sus mínimos recovecos, con la intención de adivinar cómo se comportaría la naturaleza en las próximas horas. Su monte era un enorme animal verde e imprevisible, él debería estar atento porque ambos conocían los secretos mutuos y al menor descuido, un alambre olvidado, una víbora asustada, el resbalón en una piedra con musgo, la araña tirada en picada desde su tela amenazada podía complicarle la vida. A esa hora el monte suyo era una mancha oscura. Correa escuchaba ramas y hojas acomodándose, utileros invisibles parecían ordenar la escenografía para una primera representación, pero desde el río soplaba un viento frío y raro que le desagradó. Ese viento frío, que soplaba desde el río, era el elemento anómalo del paisaje escapando a su control. Era el viento. Con ese viento, de haber salido a una cacería tradicional, los animales lo habrían olfateado de inmediato y huido. El hombre descarriado no lo haría; ese día sería largo y Correa escuchaba el zumbido de las abejas preparando la miel salvaje en sus prisiones. Si todo marchaba según lo planeado mañana mismo o pasado mañana a más tardar, él podría emprender el regreso a su vida de falsedad. La gente de la ciudad es chambona y deja a su paso rastros evidentes, pero le advirtieron dos días atrás que esta vez –pura coincidencia- el jesuita era bicho de monte, lo que resultaba una suerte y agregaba emoción a la salida.

Era hora de partir, el equipo básico estaba pronto y Correa recordó poner en el bolsillo izquierdo de la camisa los plomos que lo dejaron dos veces huérfano en pocos años, amuletos desafiantes que protegían del peligro; eso creía a pie juntillas. El día que comenzaba sería distinto, desde temprano ocurrían hechos extraños, cuando estaba por cerrar la puerta el equipo de radio empezó a sonar de manera escandalosa, atacado por interferencias desagradables, rompiendo el silencio de concentración y luego se escuchó una milonga cantada por Zitarrosa. Perdiendo la calma, rabioso por esa intromisión, Correa entró a la casa y de un manotazo desconectó el equipo del generador. Hubo más, porque cuando salió otra vez a la intemperie ese viento frío, que no parecía venir del río sino de otro rumbo del monte que Correa desconocía, soplaba más fuerte. Fastidiado, verificó si entre tanta distracción había olvidado las municiones, una duda incontestable en otras circunstancias; irritación que se calmó cuando dio el primer paso en territorio montaraz y donde terminaba el dominio domesticado del Puesto de las Cascadas. Tenía unos minutos de atraso en su plan, unos minutos apenas y eso lo disgustó, tanto como el viento que soplaba desde el río.

Lo que Correa significaba en sociedad iba disolviéndose al ingresar al monte condensándose en la figura del cazador. Durante la búsqueda permanecían suspendidas sus otras cualidades; hubiera querido tener el don de metamorfosearse en animal como semidioses de la mitología griega y la conciencia felina del puma, la plácida movilidad de una anaconda, la mente polifónica del hormiguero sorprendiendo a un hombre delirando de fiebres solares. Le atraían los animales cazadores de hombres, él reivindicaba que la cacería del enemigo después de la batalla debió ser un placer refinado de los poderosos de cualquier época. Correa vivía lejos del Puesto de las Cascadas su propia guerra florida con un ceremonial discreto, el monte era la mentira de una oportunidad de salvarse que le sería negada a la presa, el monte como trampa final y peaje de la muerte. Correa disfrutaba la idea de saberse ejecutante de una muerte distinta, gozaba los preliminares a la búsqueda de la perfección, mientras el creyente indigno entiende que el castigo es haberlo reducido a una condición de criatura acorralada; devuelto a los orígenes de su Fe, donde la arena circular se volvió monte tupido y el león era hombre. Curiosa paradoja, tanta ardua lectura en latín, tanto esfuerzo para alcanzar con la ayuda de Dios la argamasa barrosa del hombre nuevo finalizaba en lucha por la vida. La sublime teología debía retroceder imperativamente a las argucias de una memoria bestial. Correa se guiaba por ruidos, su cerebro se había trocado en radar sensible recobrando funciones primitivas, poniéndose en estado de alerta cuando se lanzaba en su vía secreta.

Podría conocer la hora exacta por la intensidad de la luz filtrada trabajosamente entre el follaje, el tiempo dejaba hoy de ser una medida; podía oler las bruscas variaciones del desierto verde, saber que por una vereda, entre la distancia separando tres árboles, por esa recta imaginaria nunca había pasado hombre alguno desde la creación del mundo. Hasta guiarse podía con los ojos cerrados y el viento frío desarregló el ajuste de sus sentidos. En esas frondas americanas nunca toparía con vestigios de templos esculpidos ni memorias de religiones desaparecidas, menos descubriría descomunales cabezas de piedra testimoniando el pasaje por la región de hombres cazadores y artistas; en esos lugares jamás se habían atrevido religiones primitivas ni osado asomarse los primates. La vegetación aliviada de signos humanos decía de una presencia de Dios trascendente, versión despojada de la verdadera creación, relación directa del hombre con el dios naturaleza, sin intermediación de historias sepultadas entre la tierra oscura y el verde inconcebible. Los montes de Dios y de Correa nunca vivieron la era del cuidado mediante la adoración; recibían sólo a individuos depredadores y la humildad de Correa, convencido de estar ejecutando un ritual, sintiéndose sacerdote de una religión reformada que comenzaría por suprimir a los indeseables. Decidió asumir los sacrificios, ser responsable de verter sangra contaminada hasta la pudrición para despejar la nueva Era. Conocía de antemano el final inexorable de la excursión, aceptaba con humildad el devenir natural de los hechos y le desagradó el error, la distracción fastidiosa que se presentó apenas comenzaba el día. Era hombre creyente sin ser supersticioso, pero había aquello del viento frío de hace un rato y ahora la presencia milagrosa del jabalí a su disposición.

Ese animal magnífico no era una forma furtiva irrumpiendo al azar corriendo entre matorrales y la figura emblemática lo desafiaba. Bello blasón de escudo enmarañado parecía aguardarlo y en posición ideal para abatirlo, había delante suyo un jabalí enorme, robusto, ejemplar como Correa nunca había visto antes, un grabado perfecto ofrecido a la muerte y lo molestó. Tanta gracia animal contrariaba su espíritu, la ausencia de temor y resistencia era percibida por el hombre en signo negativo, obstáculo en su camino. Correa se preciaba de conocer señas de los animales del bosque, su propiedad personal y de Dios. Ese jabalí provenía de otras regiones, el hermoso animal -que se diría salido de un libro de heráldica con blasones de linajes ajenos a los Correa- no se correspondía a la mezquindad del monte que asimiló el proceder retorcido mental del propietario: el puerco salvaje era intruso magnífico. Correa debería ir lejos si quería hallar una criatura parecida a la que tenía delante de sus ojos, el jabalí irrumpía brutalmente bello distrayéndolo de sus objetivos y él comenzó a temerle. Era presencia fantástica en un tramado de oraciones, se anunciaba animal vigía de otro territorio. Bestia pagana interponiéndose, que alguien hizo llegar hasta el paraje para revelarle la noticia nefasta y sin embargo nada más lógico que un jabalí derivando en el monte. No ese jabalí, ese día y después de haber advertido la perfidia en el viento proveniente del río. La presencia del jabalí le impedía trascenderse al encuentro del objetivo prioritario. Correa preparó el fusil dispuesto a disparar y ante tanto obsequio se arrepintió. Rompió una rama seca para advertir al animal, obligarlo a huir hasta perderse en la espesura del monte equivocado, donde hoy sólo ocurriría una muerte y sería de hombre. La rama seca quebrada ni las botas hundidas con violencia en la tierra acolchada de hojas podridas sorprendieron al animal, que se perfeccionaba en sus contornos heráldicos de aparición legendaria. Su temor fue más poderoso que el pacto. Correa apuntó una segunda vez e hizo fuego, el animal fue tocado en la paleta, alcanzó a avanzar un par de metros y se desplomó cayendo soberbio por un declive del terreno desapareciendo de la vista del montero oligarca. Cuando reaccionó luego del estampido y se percató de haber dado en el animal donde él decidió, se disiparon los pensamientos negativos. El hombre recuperó la alegría del cazador y avanzando hacia la presa muerta olvidó los planes mayores del día.

Ese era el día en que soplaba un viento frío desde el río, la mañana del jabalí equivocado cuando la hora de los signos en desbandada. El día que nadie conoce con exactitud por anticipado, cuando toda una división mental se pasa al enemigo con armas y bagajes. Día del personaje intentando recobrar el aplomo apelando a la llegada de fiebres espasmódicas, paludismos improbables en una minúscula jungla de la tierra oriental: desarreglos temperamentales incitando alucinaciones, continuidad de un miserable circo de campaña, tiempo de apariciones. El “crack” de cuando se quiebra una rama seca mortificando la realidad: el pensamiento se cristaliza diferente y el cosmos muta. Correa comenzó a dudar cuando lo rastreado como presa codiciada era recuerdo de racionalidad. Lo que era, lo que realmente vio, lo que creyó ver y poco importa. El hombre avanzó desconfiado por si fuera necesario un segundo tiro para rematar el jabalí. Creyó escuchar gemidos y pensó en la garganta del animal debatiéndose en la agonía; a medida que avanzaba ese sonido se humanizaba, semejando la queja de un hombre caído en una trampa que tuvo forma de animal de monte. Cuando llegó al zanjón y se acercó a la escena vio a un hombre joven vigoroso herido de cuidado en los últimos estertores. Desagradable espectáculo en tanto inesperado, por la manera de estar vestido supo que el moribundo no era la pieza asignada, tampoco el jabalí pues lo que allí moría era un hombre; supo que él no era responsable de la herida, el caído tenía un costado del pecho y la barriga desgarrada por una perdigonada a boca de jarro.

Era herida de antes en otro tiempo. El suyo fue el único disparo que resonó en el monte a riesgo de advertir al condenado que ellos se acercaban. Se trataba con certeza de un segunda desvarío, el hombre tirado en el monte –lo reconoció por un viejo retrato- era su padre muerto en un accidente de caza cuando él era niño. Entendió, como si se tratara de una iluminación ignaciana que alguien -otro entrometido y con poderes- había iniciado la segunda cacería donde la presa era él y el desconocido utilizaba trampas perfeccionadas para darle alcance.

Podría admitirse que tuvo miedo y decidió regresar al Puesto de las Cascadas. Sería faltar a la verdad, nada de cuestionar la valentía intempestiva ni apelar a la fascinación de las alucinaciones. Se trataba de considerar la sutileza de la emboscada que previó sorpresa y curiosidad para continuar avanzando. Correa reaccionó queriendo poner un poco de orden en lo imprevisible, nadie podía preparar una trampa de tales características donde las imágenes determinantes formaban parte del señuelo. Resultaba ser él cazándose a sí mismo, siguiéndose el rastro de sangre hereditario desde los recuerdos infantiles; una zona inhóspita de su temperamento, capaz de introducir datos negados en la realidad con la intención de cazar a otra parte de Correa detestada.

Desde el río soplaba un viento frío.

Lo razonable era seguir adelante, lo visto en lugar del jabalí muerto era verdad sin ser lo cierto. Avanzar convenciéndose que se trataba de un espejismo accidente de ruta, pesadilla remanente de la noche que tardó más de lo prudente en visualizarse. Se propuso estar atento, puede que con los años haya perdido reflejos, la cacería parecía reproducirse y hallar eco en un conjunto de hechos dispuestos en paralelo. Lo extraño era que el tiempo cósmico se detuvo; no sólo el reloj de oro estaba clavado en las seis y poco de la mañana, sino que el círculo solar permaneció estático en lo poco de cielo que se alcanzaba a distinguir entre las ramas. El universo parecía invertido y tantos cambios en relación a la rutina de días anteriores le hacían desconfiar otra verdad que parecía configurarse. Correa soñaba, él estaba dentro de una pesadilla duplicando la realidad impugnándola y para sueño demoraba mucho. Los sueños finalizan cuando el personaje soñado advierte ser sueño de otro. Correa pujaba para despertar al Correa que lo soñaba y recomenzar la cacería original, la verdadera sin la molestia esa del viento frío soplando desde el río. Era una tontería indigna de sus antecedentes pensar así siendo acorralado por la prudencia, estaba moviéndose en lo concreto conocido y en cuanto a la visión del padre accidentado, era una fantasía de cuyas móviles se ocuparía mañana. Situación que pudo aclararse si Correa hubiera tenido agallas para regresar al zanjón del jabalí y verificar; tampoco era la primera vez que el cuerpo del padre quedaba tirado para alimentar caranchos.

Cuando le dio la espalda al hombre moribundo, comenzó a pensar en el curita importado de la vecina orilla como en un ser que quizá podía adquirir diversas apariencias y escapar así del asedio. Correa debía continuar la batida del monte sabiendo que la presa era diestra en ardides de simulación, sin por ello alcanzar la gracia del milagro. Comenzó a sudar en abundancia sin relación con la hora y el sol quedó clavado a esa altura de la mañana. El día, cansado, harto y suicida le impedía continuar a su capricho. La naturaleza era un animal herido de muerte. El desacomodo pertinaz tendría secuelas veloces en las criaturas de la creación; así como los pájaros, insectos y alimañas saben cuándo llega temporal, de la misma manera Correa comenzaba a padecer efectos secundarios de lo alterado. Sudaba del sudor agrio que destilan los hombres extraviados en montes enemigos, perdidos en los minutos previos a la llegada de la oscuridad. Comenzó a padecer la sed furiosa de aquellos a quienes el miedo agota el rocío del cuerpo, saben que faltan tres días para salir del atolladero y tienen un par de buches de agua podrida en la cantimplora. Sudó y padeció la sed que debía tener el otro, sin tener desgarrada la ropa sintió el agudo dolor de la carne lacerada por hojas duras como navajas, puntas de espinas y sintió ampollarse los pies dentro de las botas de medida. Con la sed sabía que era inútil beber el agua que llevaba encima, como inútil el intentar llegar hasta los arroyos que conocía o recordaba conocer de memoria.

La única manera de terminar con sus dolores era finalizando con el intruso, liquidarlo. “Mierda” dijo, admitiendo el extravío mental y se llevó la mano a la frente. Tenía una fiebre intensa equivalente al desgarramiento, comienzo de horas con desajuste entre lo que vería, lo que supondría ver y lo visto de disiparse la fiebre como por encanto. Era hombre empecinado, estaba convencido de dominar el desafío de las apariencias, celadas camufladas del monte. Lo suficientemente tozudo para desterrar la idea de pegar la vuelta y osado para seguir su avance despreciando acechanzas, sonrió sin convicción al advertir el barullo de pájaros creados por dioses de piel cetrina y brazos infinitos. “No es mi monte” se dijo, “estoy perdido” agregó. El sol era el mismo, el avance de la fiebre hizo enormes a los árboles, las enredaderas delgadas se trocaron en cuerdas vegetales de grosor repulsivo y asistía al crecimiento de la vegetación rodeándolo. Una algarabía de animales desconocidos sonaba como otra presencia intrusa en su interior. Correa se deslizaba en huellas enmarañadas sin rumbo, pisaba hojas muertas de árboles que nunca había visto antes y suponía alterarse sombras en ángeles incomprensibles. Aquello semejaba una invasión de otra vegetación carnívora y hasta creyó desvariar cuando delante se le plantó -a escasos metros- una banda de pequeños monos irascibles. Lo miraban con odio y gritaban destemplados advirtiendo a los otros animales de la llegada a la selva del cazador furtivo. Eran monos, cientos de ellos, podían ser arañas y renacuajos, eran fetos bestiales de una raza despreciada de la historia natural.

A modo de advertencia Correa disparó al aire. La réplica de la otra jungla moviéndose le regresó un sonido de bestias en fuga, alarido inhumano que casi logra trastornarlo allí mismo. La fiebre lo distanciaba de su confrontación con los recuerdos, exageraba dimensiones del paisaje cercándolo haciéndole perseverar en el deseo de matar a un hombre: el individuo despachado que hace de ello algunas semanas le dejaron en la región -aquí cerca- para que lo desapareciera. Se pasó la mano por la boca midiendo la sed y deslizó el revés de la otra mano por una barba tupida de varios días. El otro había sido chicoteado en el antebrazo, era seguro porque vio salir sangre de un músculo cortado y el ardor a medida que el sudor filtraba entre los bordes del tajo se hacía insoportable. Estaba sintiendo lo que sentía el otro en otro lugar en ese momento y sólo en el cuerpo. El otro, motivado por la desesperación de salvar el pellejo huía evitando vericuetos peligrosos de monte de estancia. Lo hacía eso de huir por acueductos del tiempo y continuaba siendo víctima designada de la farsa sin estar dispuesto al sacrificio consentido. Si dejaba pistas visibles para los perseguidores, la fuerza por sobrevivir lo incitaba a inventar caminos de escape. La lucha sucedía en campos de Correa, en la fiebre del otro, con pensamientos de una selva lejana que tenía el otro u llevándolo al corazón de vegetaciones rencorosas que iba inventado a su paso. El otro imaginó una maniobra disuasiva de monos y era lo que sucedió, buscaba salvarse tomando la apariencia de un personaje de Kipling.

Eso explica que Correa se encontrara sin mediación de alcohol ni de ofidio venenoso, en la imponencia sombría del templo hindú abandonado. Ante esas construcciones con bajorrelieves de animales carcomidos por siglos, divinidades de rasgos desagradables, cosmogonías guerreras que Correa ignoraba, parejas copulando en todas las posiciones y en unos sectores con animales descubrió lo que había en estas tierras antes de la llegada de sus ancestros. Esa tierra pertenecía a otros, la vegetación abría el secreto de culturas pretéritas y decía que hay soberbias que se pagan caro. Correa avanzaba hacia el templo de lo desconocido, lo que estaba viviendo debía ser una pesadilla. El horror era que él podía estar ahora agonizando tirado cerca del Puesto de las Cascadas –como el temido padre- mientras su mente se hundía en la selva definitiva. Correa avanzaba con la lucidez de estar en peligro: matar al otro y apaciguar dolores insoportables, finalizar de una vez por todas con la puesta en escena. La vida del otro era el sueño de Corra. El templo lo llamaba como al peregrino en crisis vocacional y él lo entendió. Si penetraba a las ruinas jamás podría escapar, ahí se escondían secretos protegidos del origen sobre señores primeros de esta tierra usurpada.

Más que un rugido aquello fue invitación y cuando apoyado en una losa partida junto a la entrada oculta del templo él se volvió, descubrió un fantástico tigre observándolo, confundido en sus rayas con el límite del inicio selvático. Nueva señal inquietante para quien -cazador de hombres y a lo máximo de chanchos salvajes- le brindaba la oportunidad de confrontación con el animal absoluto. Lo que debería ser alegría extraña se volvía mal augurio, el animal era otro y Correa debería parecerse a otro hombre, un cazador inglés ficticio de rapiña en los bordes del infinito dominio del imperio colonial. Como si las operaciones militares, horrores sabidos y canalladas, avaricia del poder y poder expansivo del imperio insular inglés hubieran sido preámbulo para justificar ese momento. Los hombres fraguamos empresas imposibles para enfrentarnos al final con la imagen mimética de nuestro tigre asignado. Correa hubiera preferido alcanzar la imagen del intruso, parpadeó esperando que el espejismo viviente se volviera ícono de un hombre a su merced y que los dos se reconocieran en la adivinanza del juego de la cacería. El tigre acaso esperaba que Correa fuera otro alguien, más digno a su tigredad y sin convicción felina rearmó la coreografía que antecede al ataque.

Por segunda vez en la mañana Correa disparó en dirección a algo que debía ser un error. Otra vez se acercó al animal abatido y lo que vio fue el cuerpo inerte del hombre que desposó a su madre viuda. Lo halló en una postura fetal y parapléjica; todo rastro humano en la cara desapareció borrado por la perdigonada, lo reconoció por jirones de humanidad que le quedaban en la ropa. Ese era el tigre del padrastro de Correa y la única verdad del suicidio continuo. La sed del cazador iba en aumento. Correa miró el cielo, vio en lo alto formarse una tormenta de vegetación y le hubiera agradado darse de frente con el sol implacable. El tiempo estaba suspendido y nada había avanzado de cuando ayer –¿o fue el sábado pasado del mes anterior? – había salido del refugio del batallón de Lanceros, con la misión de sofocar otro levantamiento sanguinario de fanáticos iluminados en las enmarañadas regiones del sur, más allá de los valles lunares; hombres adoradores de animales reptantes que tienen a la cobra real como emblema del dios y de la vida. El capitán a cargo estaba tras del cabecilla fanático de la rebelión, nadie regresaría al Casino de Oficiales a jugar a los naipes y beber limonada si no era con la cabeza de ese flagelo salvaje en las alforjas.

No Correa, el otro fue que pisó algo blanduzco en el fondo del monte y sintió la punzada inconfundible en la pantorrilla izquierda. Correa fue quien sintió la punzada y supo que al perseguido desde el amanecer lo mordió una víbora letal. Comprendió que a partir de ese instante la imaginación del otro estaría envenenada y debería matarlo con su fusil antes de que el veneno hiciera efecto; si ello sucedía –lo del veneno sin bala- Correa moriría en el delirio del otro. Nada podía hacer para comprobar si aún estaba en sus cabales; ni volver al tigre padrastro dejado atrás, menos regresar a desafiar la algarabía intolerable de los monos y descifrar el enigma del templo en ruinas. Por momentos relámpagos de lucidez Correa regresaba a los preparativos previos a la salida que debería ser cerca y hace poco. Esta misma mañana. Lo recordaba en detalle si bien pasaron años desde aquello, recuerdos de otro en otra vida. Había extraviado la conciencia de lo que dura una mañana y le resultaba inconcebible la idea del mediodía. Hubiera pagado la mitad de su fortuna por sentir un retorcijón de hambre en el estómago recordándole su condición de mortal, y la otra mitad por el viejo sanador que aventara la fiebre emponzoñada subiéndole hasta la pantorrilla del acosado. Mientras que desde el río soplaba un viento frío.

La caza resultó excepcional hasta el momento, habían caído dos ejemplares del recuerdo zoológico de la memoria y faltaba la presa principal. Correa salió a cazar otro cazador y en el delirio presentía que se acercaba al objetivo, una respuesta desde la entraña de su fiebre le murmuraba que estaba cerca. Correa preparó el fusil, estaba sereno y en su avance recordó que no le quedaban más muertos queridos a quienes ajusticiar en la pesadilla. Palpó los plomos familiares que guardaba en el bolsillo de la camisa y avanzó selva adentro, quería salir pronto de ahí olvidando la algarabía de los monos aquellos. Como si dioses de otros místicos que los ejercitados por San Ignacio lo hubieran ordenado, de pronto se decretó un silencio de monos y las criaturas fueron obligadas a cesar la farsa del desconcierto. Correa sudaba en abundancia, la fiebre retrocedía; el cuerpo del otro llegó a una coloración de tregua y las piernas recuperaron elasticidad. Se sentía mejor, lo extraño era que la luminosidad homogénea del paisaje, la idea del sol clavado en las esferas impedido de avanzar se confirmaba para la totalidad del Cosmos.

El paisaje al que ingresaba era desconocido y probable, tendía a la desmesura como si una parte de sus tierras fueran observadas por una poderosa lente de aumento y sus ojos, irrigados por el destilado del veneno se hubieran vuelto prismas aberrantes. Le costó percatarse, duplicaciones de árboles asediando los límites de su campo visual mostraban que asimilaba la realidad como lo haría un animal. Sería sencillo confirmarlo. Correa se negó la demostración, hacerlo era admitir que la ponzoña febril seguía camino de la locura. Demasiado sencillo. Lo detuvo un miedo sin usar, al caminar el sonido que subía del suelo no era del hombre siguiendo un rastro. Son ruidos que hace un animal huyendo, se dijo: es el reflejo y proyección de la conciencia del otro sabiéndose acorralado. Él prefiere ser un animal y dejar de ser hombre, yo sigo siendo Don Correa. Lo que sucede es normal, mejora mi tendencia a la cacería y así me supero hasta ser el cazador perfecto. Puedo seguir rastros sin errores, tengo un sexto sentido que caza signos y trazas dejadas en la vegetación por el animal que huye. Registro el olor que exuda el saber que se acerca la muerte y capto sus pensamientos. Veo los recuerdos queridos, su deseo de que esto sea una pesadilla y la redención por la derrota de quien me está persiguiendo sin lo portentoso. Deseos de esconderse, camuflarse en la vegetación sobrepasando las posibilidades de simulación y ser uno más entre los animales. El otro pretende ser jabalí, sabe que busco a un hombre dejado de la mano de Dios y que la mejor manera de eludirme es convertirse en pieza de caza menor que yo en este extraño día estoy dispuesto a olvidar.

El otro era inexistente. Correa cazaba consigo mismo cumpliendo funciones opuestas y complementarias. Una alegría inesperada siendo la caza búsqueda del huidizo equilibrio y la inalcanzable perfección. El síndrome Macomber. Fragmentar la trayectoria de la bala en millones de segmentos imposibles de unir. En un sueño de alternancia divina y demencial estar en uno y otro extremo de la recta finita trazada por un lápiz de plomo. Vivir el medio pitagórico y justo de esa recta. Había esquirlas del estudiante de teología en esos razonamientos alucinantes. ¿En qué piensan los hombres cuando el veneno de víbora emponzoña la sangre y desborda el cerebro bloqueando el pensamiento? La locura es una trampa donde los deseos encierran a los hombres como a monos. Lo infinitesimal que decide la locura, los milímetros sumados del recorrido de la bala y la inclinación del sol haciendo que el tiempo olvidara avanzar lo clavaría fijándolo en un instante aberrante. Las variaciones por el mercurio que suplantó a la médula, haciendo que con un grado descendiente sienta frío de sed de caña, frazadas amontonadas, caldo de gallina y súplica; y con un grado más alto sea el calor, fuego de fiebres tropicales, malaria, drogado sin droga, cuerpo prisionero en la bañadera recubierta de trozos de hielo. Diferencia en el ritmo del corazón y respiración; movimiento animal que puede matarlo, fiebres tornasoladas dañándole el cerebro, variando dimensiones de la pupila. La naturaleza vista era pobre y desagradable, un bañado indigno de hacer un rodeo para conocerlo. Se agrandaba hasta el vértigo y se achicaba hasta ser charco de arrabal montevideano.

Correa, que derribó el mítico jabalí de sus sueños e hirió al tigre de los recuerdos, se enfrentaba a la alimaña hambrienta que venía a curiosear. Tenía el aspecto de una rata parda, animal de medianas dimensiones suficientes para incitar terror y desesperanza. La bestia final emergió resuelta entre la vegetación y un recodo de agua estancada avanzaba hacia él. Tenía la esperanza tibia de estar entre otra sombra simulada del intruso siendo el momento de epilogar lo inconcluso y ya vería luego para volver a curarse al Puesto de las Cascadas. Levantó el fusil y apuntó, cerró el ojo izquierdo mientras la vista se fijó en la mira telescópica provocando la mirada flotante que asegura el acierto. Cuando distendió el ojo libre hasta asegurar la presa lo que halló al otro extremo de la maniobra fue un Correa que le estaba apuntando. Desarmó la posición, por asegurarse repitió cada uno de los movimientos y la segunda vez encontró la misma escena. Como exhorto final pensó que el jesuita para salvarse y en astucia cobarde había superado escalones de simulaciones: primero hombre, luego fue diferentes animales y al final simulaba ser el propio Correa.

Uno de los Correa intentó una mueca que pretendió ser sonrisa que ni llegó a detectar en el espejo opaco y luego disparó. Hacía tiempo que él quería tirar contra Correa, era la forma radical de continuar una tradición de familia que revivió condensada en pocas leguas y hacía unas horas apenas. Sintió una punzada en el costado izquierdo del pecho, era la llegada consoladora del infarto, eclosión en la sangre del veneno de crótalo, el plomo romo que engrosaría el catálogo impar de desgracias familiares y fue entonces que uno de los Correa del espejo cayó muerto.

-Si, se dijo, fue la mañana que desde el río soplaba un viento frío.