El navegante solitario del Danubio

Aquellos fueron tiempos duros para casi todos y hasta los bandidos comprometidos apenas con su oficio debieron cuidar a muerte el pellejo en cada maniobra. La ciudad padecía una vigilancia constante y rencorosa, acosando cualquier gesto de oposición en la silenciada noche polar prolongada por años. Reinaba una odiada oscuridad del alma donde todos los gatos, además de ser pardos como dice el refrán, podían morir en celadas injustas del error, emboscadas que nunca eran informadas.

El poder usurpado jamás se digna a dar explicaciones; la gente permanecía encerrada en sus casas después del tácito toque de queda del miedo cotidiano, nadie caminaba en deshoras nocturnas por temor al encuentro con la confusión que podía pagarse con la vida. Esos hábitos, impuestos por fuerza, dejaban en situación laboral crítica a bastante gente con tareas de subsistencia al margen de la ley, que sin casa vacías ni descuidados caminantes de abordaje sencillo, tenían reducido su campo de acción. Algunos tránsfugas con antecedentes de informantes, de los que nunca faltan, transaron con los nuevos poderes, indignos desde antes; los convencidos del derecho a no depender de nadie ni a pasar una comisión, se las veían feas para sobrevivir.

-Algo hay que inventar don Marcos, la calle está durísimamente triste. Estos cretinos no dejan vivir a nadie y me niego a terminar desvalijando vecinos. Hasta yo tengo miedo de salir de noche, no hay ni un alma en la calle. Con ese asunto de controles de documentos, cualquier madrugada puedo terminar sin querer en manos de la pesada. Me rajo don, el José emprende el duro camino del exilio.

El viejo Marcos, desde su mansa condición de retirado del oficio escuchaba las razones de José, entendiéndolo, sin otra alternativa que darle la razón, aunque le doliera que la mejor muchachada del país tuviera que marcharse por falta de oportunidades. Estaba lejana su propia juventud, épocas de esplendor, tiempo de vacas gordas cuando se oía seguido aquella gansada de la Suiza de América. Fue cierto que era el país donde los quinieleros clandestinos vivían como caballeros, alcanzaba con ser ordenado para pasarlo bien sin angustias ni temores; pensando en los novatos, algo desprolijos pero fieles continuadores de una altiva tradición de malandras, el país estaba imposible.

-Tranquilo muchacho, le decía Marcos sin pretender convencerlo contra una decisión que parecía inamovible en su joven amigo. El negocio lo que tiene de bueno es la sorpresa, las malas rachas pasan. Un día embocás la buena y te parás para el resto de la vida. Qué querés que te diga… tenés razón, para que negarlo… hasta yo me doy cuenta de que la diaria está complicada. Los que te dije andan enloquecidos y cebados, se tomaron en serio eso de salvar la patria y si te agarran, antes que puedas explicar que nunca fuiste sindicalista metalúrgico, te metieron cinco años adentro. En esa bolsa de cangrejos los amigos de antes se borraron, cada cual va a lo suyo. Los comisarios duros de mi época y mirá que había tigres, ahora estarían dirigiendo el tráfico frente a las escuelas. Aquella era otra gente…

José sabía escuchar, era muchacho despierto de buena madera al que le faltaban horas de navegación. Sabía cuidarse sin caer en chambonadas de principiante y tenía por delante un futuro envidiable. En el trato con los vecinos del barrio José era servicial y hasta tímido; algunas noches, en esquinas oscuras de la ciudad, con un 32 corto empuñado en la zurda, asomaba su firme vocación, le salía una voz de asaltante decidido capaz de desalentar toda resistencia.

-La guita o te quemo.

Las veces que debió apelar a esas changas mano a mano usaba pocas palabras. Desde botija aceptó que su estilo estaba en la síntesis, el aplomo seguro sin temblar y la convicción –resultado de encontronazos con la contrariedad y alguna que otra dolorosa enseñanza- de que era mejor trabajar en solitario, sin depender de estados de ánimo imprevisibles. Recordando su historia fue una pena comprobar que las virtudes más arraigadas y mejores suelen volverse en contra, hasta resultar decisivas cuando la suerte cambia de rumbo.

Cuentan que José había nacido en la Curva de Maroñas, un barrio obrero de cuando había fábricas con sirena llamando a misas proletarias a las cinco en punto de la tarde. Barrio alegre en carnavales irrepetibles y aniquilado en su vida sencilla, como pasó con otros tantos cuando las circunstancias cambiaron. José llegó a terminar la educación primaria en la escuela pública de la zona y a jugar dos temporadas, con buen suceso, en las divisiones inferiores del Danubio Fútbol Club, equipo de la barriada fundado por una familia de inmigrantes centroeuropeos. La camiseta de Danubio es blanca y le atraviesa el pecho una diagonal negra, como un antiguo estandarte en ruta a las cruzadas.

El muchacho quería caminar a su destino por el túnel sin tapones en los zapatos, a José le gustaba vestirse bien y le faltaba dinero para satisfacer su pretensión. Por ello, más otras razones que ya importan poco descartó aguardar el éxito prometido en los estadios del mundo y se aplicó a acelerar su capitalización. Convencido del porvenir, queriendo aprovechar su agilidad felina mejorada por el entrenamiento, le pareció necesario y normal filtrarse por la ventana trasera en la tienda de un judío de la Avenida Ocho de Octubre, bastante cerca de su casa.

-Lo hice para llevarme una camisa de verano que me estaba haciendo falta, nada más, dijo José. Estando ahí me vino una emoción nueva, distinta a todo lo anterior y eso que había salido campeón invicto con la quinta división… qué le voy a contar a usted don Marcos.

Malhumorado por la falta total de planificación, queriendo pasar bien rápido esa novatada, José se llevó todo lo que pudo sin criterio. Cuando entendió que si usaba algo de lo sustraído corría el riesgo de deschavarse en el barrio, malvendió a unos atorrantes del Hipódromo, reducidores de lo peor, el producto de su debut. Se desquitó de esa contrariedad de principiante comprando, en la misma tienda que había robado, dos pantalones en oferta y pagó plata en mano.

-Tampoco era que estuviera arrepentido, pero el judío era buen tipo.

El dato de la escalada nocturna se filtró, parece que lo entregó uno de los reducidores apretado en un interrogatorio y con algunas cañas de más. Lo cierto, es que una tardecita se llevaron a José en patrullero a la Seccional 16 como sospechoso de hurto. Lo tuvieron demorado todo el fin de semana, no reconoció el robo ni dijo al salir cómo lo trataron mientras estuvo detenido; aguantó a pie firme el chaparrón y el lunes tuvieron que soltarlo. De algo sirvió la experiencia, al pisar la calle supo cuál era el lugar que el destino le asignó en la vida, se juró nunca más vivir la vergüenza de estar demorado y ser pateado en el asiento trasero de un auto. Desde ese episodio, del que salió endurecido de carácter y orinando colorado una semana, evitó las malas compañías de boca fácil, cuidó al máximo el circuito posterior a los trabajos y reafirmó su convicción de ser un navegante solitario. En el segundo aprendizaje de respeto y cariño al oficio de malviviente la contribución de Marcos fue decisiva.

Marcos era un vecino de los tranquilos, jubilado de la Administración de Puertos, antiguo contrabandista temido y respetado. Halló en José la oportunidad de revivir, aunque sea de memoria y cuento emociones adormecidas, poder compartir con un mozo que le parecía de ley buenos recuerdos, evaluación de planes disparatados y alegrías cuando un asunto terminaba bien hecho. Puede que por la diferencia de edad que termina acercando, la vecindad que venía de larga data o quizá los asuntos comunes, la verdad es que llegaron a ser buenos amigos. José hallaba en las historias contadas por Marcos, recorridas por coimas fabulosas, contrabandos fantásticos, recios tiroteos en los galpones del puerto de Carmelo contra aduaneros testarudos y bandas rivales tras la mejicaneada –la mayoría verídicas- el aliento necesario confirmando su vocación y la fuerza para proponerse cada vez objetivos mayores.

-Déme suerte don Marcos, es lo que siempre decía.

Aunque marchara a un trabajo sin complicaciones, José visitaba al vecino a manera de manía supersticiosa que pudiera darle suerte. En las horas previas a la concentración total y la lucidez de un estado de alerta permanente, hallaba en el trato con el jubilado serenidad suficiente para proceder sin prisas propias de su edad. Marcos creaba la atmósfera de un padre orgulloso antes de que el hijo realice una intervención quirúrgica de alto riesgo. Durante esos encuentros hablaban de cualquier cosa, buscaban y hallaban temas de escasa trascendencia, sin entrar en detalles de la operación inminente, tomaban una copa. Lo importante era estar juntos.

Al otro día, dando por descontado el suceso de la changa, José invitaba a Marcos a almorzar en la parrillada del Club Unión Ciclista. Allí pedían algunas achuras, dos porciones de asado y una botella de vino embotellado.

-Fue una serenata, decía José.

Recién en los postres aparecían los detalles divertidos de la incursión, las anécdotas de la noche pasada contadas por José y disfrutados por Marcos con nostalgia, resignado de no estar para esos trotes. Esta segunda parte del ritual de la buena suerte era más distendida, las despedidas igual nunca alejaban del todo la inquietud, intraducible para ambos en palabras concretas. Marcos le decía adiós con la reticencia de imaginar a José embarcándose de polizonte en una aventura temeraria, desaconsejable; él lo sabía despierto para insistir en consejos recurrentes y prescindibles. Se contentaba con templarle el ánimo con fórmulas sencillas, como haría un entrenador de fútbol de corta imaginación; dejando caer como al descuido que abriera bien los ojos, porque en la calle estaban pasando cosas raras. A pesar de sus escasos veintidós años, José se manejaba con la seriedad de un profesional veterano con horas de vuelo en el oficio.

Cada vez más tomaba mejores precauciones y si era ladrón por voluntad evitaba vivir a lo ladrón, quería la plata para ser un hombre distinto al que era durante el trabajo. Con algunos éxitos en su haber que pudieron darle una excesiva confianza, igual prosiguió su vida sencilla; engrosando con discreción una cuenta en dólares a la espera de un golpe grande de la fortuna y así poder subir de categoría, en el oficio y la vida.

-Es así don Marcos, decía José. Cada uno tiene su sueño escondido.

La pena es que José se quedó sin tiempo para contar cuál era su sueño secreto y en el vecindario eran pocos los que sabían realmente en que andaba metido el crack inconcluso del Danubio. Los otros lo creían mecánico tornero, puede que repartidor de cigarrillos en la zona balnearia, detalles laborales que también dejaron de interesar.

Por esos tiempos se había perdido el entramado de convivencia entre los vecinos, cada persona, cada familia, cada casa se enclaustraba en sus propios asuntos y cuanto menos se sabía de los otros mejor. Hubo que aceptar que el régimen autoritario se anotó un buen tanto trastornando la costumbre de saludo y almacén, instaurando la desconfianza y un miedo basado en la miseria; alejando como apestados a quien tenía un cuñado en el sindicato textil, de otro con un primo telefonista en identificación civil. La palabra vecino sonaba diferente, parecida a metido en algo y delator.

-Para hoy anuncian temporal, dijo Marcos. ¿Te embarcás igual?

-Mejor don Marcos, mejor. En la costa se apagan todas las luces y me gusta pescar a la encandilada, mejor don, contestó José con entusiasmo de suplente que entra en la cancha para el segundo tiempo.

Al otro día -como sucede al primer amanecer luego del naufragio- tuvo sentido cada imperceptible error en la rutina previa, mientras la marea trajo indicios y señales de peligro mal interpretadas. Después cuando es tarde, los detalles pueden explicarse y conjeturarse una broma macabra de los elementos. Así son las cosas en los avatares del destino entre la gente pobre, más próximo a curanderas de barrio que de cartas astrales diseñadas por computadora, formas de lunas de Saturno, grados alterados de constelaciones en fuga hacia la expansión y que pudieron acaso prever lo sucedido.

José era un hombre sencillo para salir indemne de la selva compleja de símbolos violentos y que necesitó destruirlo para seguir alimentándose. Fue una verdadera lástima, era un muchacho que prometía.

-Vida de mierda.

Fue lo único que dijo Marcos cuando le anunciaron la muerte de José unas horas más tarde. Sin decir una palabra más, al mediodía se vistió con camisa limpia y marchó a la parrillada, la misma de los días después de una noche ajetreada para el muchacho. Por cábala se sentó en la mesa de siempre, ordenó más que pedir achuras, asado y vino para dos. Comió despacio lo que le trajeron, se tomó hasta la última gota de vino sin decir una palabra; tampoco se olvidó del flan doble con doble ración de dulce de leche. Se fumó dos cigarrillos, pagó, saludó atento como siempre y salió para nunca más volver a pisar el local.

Marcos estaba convenido de estar viviendo una pesadilla, no quería saber de pormenores en tiempos donde las muertes tenían causas diferentes a las razones declaradas y todo aquello que pudieran contarle era, desde antes, una mentira asquerosa.

– ¿El José? no, no… eso sí que no. Ustedes qué sabrán, ustedes hablan por hablar, decía Marcos.

Nadie lo sacó de su negación firme ni siquiera después que la familia de su pupilo, con tal de recuperar el cuerpo para velarlo, se resignó a la versión de la vida sediciosa clandestina, aceptando una muerte confusa y poniéndole la firma en enfrentamiento con un comando. La madre, viejita y desesperada, construyó en su mente otro hijo del que realmente tenía. Fue la Muerte, el cuerpo acribillado lo que pudo cambiar la vida disipada de José de una vez y para siempre, a muchas millas marinas del sueño acariciado durante años.

-Pobrecito José, decía Marcos varias veces al día. Se embarcó rumbo a un puerto y un viento feo lo llevó a otro, sin que él lo quisiera. Viaje de mierda, vaya uno a saber…

*

Aquella noche, cuando José salía de la casa de Marcos la radio anunciaba la tan llorada muerte de Elvis Presley por razones que aguardaban la autopsia. A pesar de tan irreparable pérdida para el cosmos, el viento soplaba fuerte indiferente a los viudos del rock, trayendo un penetrante olor a mar embravecido y salado. En el cielo una capa de nubes más que negras cubrió desde abajo la bóveda celeste y ni la Cruz del Sur se distinguía, dejando a los navegantes desorientados, abandonados a su suerte. El marino experimentado, castigado y prudente hubiera aconsejado permanecer en puerto, asegurar amarras, un pescador temerario de seguro lo hubiera pensado más de dos veces, antes de encender el motor y preparar las redes.

Las tragedias necesitan la excepción, un navegante solitario sin tradición de vientos ni corrientes contrarias, que jamás superó el estrecho de Magallanes, poco y nada entendía de descifrar los signos en el cielo. De arriar velas con celeridad y pericia en la inminencia de la tempestad: él sólo buscó protección en la peligrosa ensenada del coraje dándose ánimos. El navegante solitario supuso en un error de cálculo, que sin tormentas desafiando no hay hazañas marinas, pensó estar preparado para mandar a dique seco los lentos galeones enemigos y abordar por asalto a estribor los grandes portaaviones.

Hasta la caída de esa noche el muchacho, sensato y enemigo de la violencia estaba satisfecho con la costumbre mansa de operar en barrios parecidos al suyo; eso estaba bien para sus habilidades. José sacaba un sueldo regular y ahorraba esperando la gran oportunidad, porque cada vez más lo seducía la buena ropa. Así como otros muchachos de su edad contemplaban absortos alucinantes equipos de audio japoneses en los comercios y relojes Rolex con pulseras de oro, José se extasiaba delante de las vidrieras de la Avenida Dieciocho de Julio que exponían la colección clásica de Burberry’s. Lo hipnotizaba la perfección ambarina de los botones, el cuadriculado brillante de los forros de seda, los pespuntes parejos en los orillos y ello sin conocer los lugares de Montevideo a donde ir vestido tan elegante.

En conversaciones discretas con gente de absoluta confianza, Marcos sostenía que José tenía madera de la buena. Con un poco de pulimento social podría llegar a ser uno de los grandes, decía que Caracas o Miami por el cosmopolitismo serían buenos lugares para completar su aprendizaje y emprender el despegue profesional en serio. Nunca pudo ser como pensaba Marcos, porque José eligió precisamente esa noche –o algo fatídico eligió por él- para tentar un cambio desafiando a la suerte. En lo previo no había razón para explicar por qué a último momento descartó un dato seguro, la casa del ferretero del barrio La Comercial que estaba de vacaciones, para decidirse por mansiones mal conocidas de Punta Gorda en la costa de la ciudad. Quien sabe, un golpe de viento imprevisto, el pálpito como en la lotería, la superstición engañosa de que había llegado la hora de la gabardina inglesa y el avión para llegar a Bogotá; donde Ignacio y José Luís, dos amigos que conoció en el Casino, lo conectarían con gente influyente y los grandes asuntos.

Fue una de esas noches oscuras y traicioneras de Montevideo mientras suceden cosas inadvertidas. Más en esos años cuando era mayor el engaño del pasado, habilitando ilusiones imposibles de cumplirse; donde un muchacho puede, de pronto, creer hallarse ante el sencillo tránsito a una vida mejor. Cegado e imprudente, José apostó con la íntima impaciencia que se siente ante el anuncio de la última bola en la ruleta. Olvidó las palabras prudentes de Marcos desoyendo el temporal que se venía, hizo caso omiso del dolor persistente en la nuca desestimado por pasajero.

De haberse quedado otra temporada entrenando en el Danubio, José estaría jugando en el exterior y esa transferencia nunca puso ser. En los barrios pobres de Montevideo la juventud se disolvió como los panaderos de la infancia. Sin casi darse cuenta la gente conocida pasa directo de la niñez con perro a la vejez sin conciencia del cambio, sin mediar distancia entre el trompo y la artrosis, sin tiempo para soñar entre la túnica escolar remendada y las noches de insomnio.

La oportunidad de zafar de la costumbre pertinaz de las generaciones llega al convertir el gol sobre la hora, delante de un estadio repleto, subiendo de madrugada al carguero con pabellón chipriota y sin preguntar sobre el punto final del viaje. José pensaría en ese tiempo inexistente cuando paró el ómnibus que lo llevaría a la zona de su último destino. Era cerca de medianoche, él prefería la magia de esos minutos que cambian el día obligando a desplegar la intuición, que tanta suerte venía dándole hasta ahora y esa noche esperaba le cambiaría la vida. “Cuentan que Bogotá es especial para nosotros” decía José.

Como un boxeador de gimnasio miserable sueña con las cuerdas del Madison Square Garden y un violinista de conservatorio familiar lo hace con la filarmónica de Berlín, José imaginaba su utopía bajo la forma del centro de Bogotá. José recordaba a sus amigos de la infancia perdidos en los nombres de Alice Springs, Toronto, Detroit y Barcelona, tratados hasta que les llegara la muerte como ilegales indocumentados y ahí sentía el rabioso orgullo de ser delincuente. “Mierda si piensan sacarme la alegría de tomar aguardientico hasta la berraquera con los compadres de Bogotá”, pensaba urdiendo la revancha.

Los más requeridos necesitaban respirar otros aires mejores, como hicieron las putas uruguayas que enfilaron para el norte de Italia. José quería aterrizar en El Dorado enfundado en una auténtica gabardina inglesa “aunque me derrita de calor” para empezar una nueva vida, donde “no sólo los estafadores de guante blanco viven como señores.” Era hoy y ahora o nunca. José estaba harto de cargar con objetos de segunda mano que pesaban demasiado y le hacían decir que más que ladrón era changador.

Lo jodido es que eligió –o algo eligió por él- la noche equivocada para empezar a lo grande. Procurando ordenar la ansiedad, perjudicial en estos casos y ordenando pensamientos confundidos, es difícil irse del país a buscarse la vida en otra tierra. José llegó primero a la zona más movida de Carrasco, donde el Casino prolonga la actividad hasta bien entrada la madrugada. Caminó unas cuadras para acostumbrarse al ambiente y luego se instaló en el bar Arocena y pidió una cerveza Norteña. Mientras hacía tiempo le gustaba curiosear a esos medio colegas apasionados de la ruleta, noche tras noche repitiendo la insalvable alternancia de dolores y alegrías, persiguiendo como ciegos la martingala mágica que destrone reglamentos municipales y ponga K.O. un rojinegro azar numerológico.

En eso estaba cuando, desde afuera del bar llegó una voz extraña, tristísima.

-Ahora cualquiera es puto, decía la voz de alguien parado a unos tres metros de la puerta. Puto había que ser en mi juventud.

El hombre de la calle era bastante mayor y pequeño, por lo escuchado su voz tenía un inconfundible acento italiano del sur que medio siglo de vida de inmigrante no pudo suavizar. Vestía pobremente y fumaba un cigarrillo armado a mano que pitaba a un ritmo de nocturno, tenía las uñas negras de tierra en los bordes y cargaba, siendo tan tarde, una bolsa de lona gastada de donde asomaban puntas de útiles de jardinería.

Una vez concluido su pequeño parlamento dirigido a los parroquianos que quisieran oírlo, nadie le dio la réplica. En ese lugar de la ciudad y a tales horas, la gente de la noche escucha con respeto cuando adivina en las voces ajenas la densidad de una tragedia; por fortuna, generalmente asoma en contrapunto una broma ingeniosa y sin maldad, que puede disolver los malestares pasajeros, cierta incomodidad sin solución.

Fue el camarero del bar, un hombre regordete y joven con ostensibles bigotes negros, habituado a esos episodios que escapan de la rutina, quien dijo mientras parado junto al mostrador cargaba la bandeja de botellas y vasos:

-Baje el tono y sin insultar, carajo.

Los parroquianos aprobaron y José sonrió por la salida del tipo sin saber que sería la última vez. Afuera el hombrecito de la declaración pitó su cigarrillo dos veces, parecía buscar la forma más amable de encajar la advertencia amigable de su público, pero a la vez queriendo reafirmar su sentida verdad; paladeó el regusto fermentado de la grappa excesiva hasta que al fin se decidió.

-Claro… ahora cualquiera es homosexual, homosexual había que ser antes.

Después, muy bajito entonó una olvidada melodía de amor seguro que posterior a la marcha sobre Roma, lagrimeó un poco, se sonó los mocos con un pañuelo arrugado y sucio y caminó hacia el fondo de la noche, al encuentro imposible de sus jardines nocturnos, recordando algún amigo amado de los tiempos de la pasión audaz, cuando los besos secretos lograban disipar el miedo de la vejez que aguarda.

En esa hora de los otros, varados en arrecifes que apenas asoman a la superficie del mundo e islotes sin conexión, nadie festeja las desgracias ajenas más allá de la explosión de la gracia. Bastaba estar ahí al borde concurrido del barrio más aristocrático de la ciudad, bebiendo cerveza sin molestar a nadie y a la espera. Fastidia la torpeza de algunos señoritos, que llegan al bar Arocena tan tarde en la noche y deciden estar en la cantina de una cancha de rugby, entre gentlemans pitucos viviendo el tercer tiempo.

Afuera estaba cada vez más ventoso y crecía el espectáculo de una tormenta eléctrica, anunciándose a lo largo del horizonte marino visible desde la costa montevideana, dejando en evidencia luminosa cargueros de conteiner, largos petroleros aguardando la aurora para ingresar a puerto sin peligro. Los últimos ómnibus de línea regular ya partieron a la Unión y al Cerro a guardar, en la parada de taxis dos coches languidecían aguardando una llamado telefónico improbable. Los tacheros se protegían del tiempo en la cabina del largador escuchando radio, tomando mate y fumando.

Al salir del Arocena José aumentó su contento con cada trueno más violento que el anterior; se subió la cremallera de la campera azul de piloto de la fuerza aérea norteamericana, disfrutó los sonidos salvajes llegando de la playa. Tampoco era una noche apropiada para caminar por la costa; José prefirió indagar el laberinto trazado por calles interiores mal iluminadas, permanecer pegado a los portones y arbustos sin hacer caso de los perros ladrando su condición de guardianes. Guiándose apenas por escasos focos -oscilando en la sombra nocturna de árboles sacudidos con inusitada agresión- vio un par de autos trasnochadores buscando la protección de los garajes. La lluvia, todavía una mansa llovizna indefinida le humedeció la cara y los cabellos. Hoy estaba decidido a regresar a casa alivianado, nada de cargas agotadoras, quería dejarse llevar por el olfato adiestrado, alzarse sólo con piezas importantes -platería, joyas, relojes, efectivo-, que llenaran una mochila deportiva, sin llamar la atención en la rotación de los taxis utilizados para el regreso a la Curva de Maroñas.

El navegante solitario se atrevió a la tormenta, sustituyó la brújula mareada por el mismo sonido en cada bocacalle de oleaje, cercano, impetuoso y él creyó -ingenuo- que era suficiente. La tormenta al tercer intento apagó las balizas del alumbrado público, esas inciertas boyas desconfiadas de reciente y traidora ensenada montevideana; resistían los faroles referenciales en jardines privados indicándole una ruta traidora a muelle seguro. Durante esa navegación a tientas no se escuchaban sirenas advirtiendo de otras tripulaciones a escasos nudos de distancia. Acaso el bramido de una moto desgarrando la noche, simulando un cardumen de atunes atormentados suprimido por un trueno terrible. En algunos tramos breves José dejó que la tormenta obrara, dejándose arrastrar al impulso orientado de la furia nocturna, como si hubiera desplegado la mayor de las velas, soltado el timón enloquecido, encauzando la deriva deseada por un viento prescindente de las rutas humanas.

Emulando las migraciones filmadas de ciertas especies habitantes de las aguas profundas, él podía marchar así cuadras y cuadras, confiado en llegar sin novedades al objetivo difuso. Nada mejor para capear el temporal -pensaba- que usar la imaginación, suponerse disfrutando la primera cena en Bogotá donde primero comen la fruta y dejan la sopa para el final. Era un momento inapropiado, igual trató de concebir el gusto del ajiaco y el guiso montañero del que tanto le hablaron, de la papaya preparada con cremas. José quería figurarse la ciudad colombiana y aunque le faltaran elementos tangibles de comparación, la suponía más grande que Montevideo y con infinitos autos concentrados en las calles principales. Cuando estaba trancado en el tráfico intenso bogotano, se le metía en la cabeza el casamiento de la hermana; lo bueno fue que el juez vino a la casa para la ceremonia. Bajando de un auto grande y blanco de esos de aeropuerto podría pasar las dos primeras noches en el Tequendama entrando en ambiente. Nunca supo quién pagó la fiesta hasta con camareros de saco blanco pero debió ser la familia del novio. Pedir que toquen una cumbia; él era chico pero se acordaba de la gente bailando en el patio hasta que el cielo clareó. Tomando muchos tragos pues aquellos son especialistas, no tanto como el novio, el rey del papelón, que terminó vomitando parado contra un árbol y la hermana llorando histérica, que quería devolverle el anillo, reclamarle públicamente la honra –aquellos deberán explicarle el asunto de las esmeraldas falsas, que según cuentan es el pan nuestro de cada día- aunque lo perdonó y se fueron llorando de emoción rumbo a la luna de miel en una casa cerca de Punta del Este. Quedó pizza para seguir comiendo una semana; pero allá nada de hambre, de sol a sol a lo grande como señores importantes. Siempre que no asome la pava, la mala suerte de mierda, tocar madera sin patas, madera de barco.

Pensando tonterías así te pasó el tiempo más rápido aquella noche Josesito. Estabas jodido desde el pique y vos, boludo, ni cuenta te diste y eso que pasabas por ser un botija despierto. La habías chingado feo hermano, pobrecito, pero no lo sabías claro y ahora estás del otro lado.

Mierda de Bogotá. Desde ahora que tu hermana se marchó ilusionada con el atorrante del marido hacia la vida nueva, es embromado seguirte y más sabiendo la mala manera cómo te cagaron. La verdad de tu final quedará a duras penas y si queda, entre amigos dispuestos cada tanto a impedir que te mueras del todo. Si la suerte casi siempre parece injusta no hay derecho de morir así como a vos te mataron. ¿Sabés qué comentó el viejo Marcos que era como un padre para vos después de aquello de vida de mierda?

-Estoy seguro de que José bajó la pendiente como un gato barcino y encontró el chalet, mire si no… Tenía madera y en algo se equivocó. Le faltó distancia en el peor momento y calculó mal el salto grande. Viajaba en un remolcador y de pronto, se encontró cruzando un mar en guerra a bordo de un crucero de placer.

José se alegró cuando después de una hora de marcha sin discernimiento identificó la cuadra de la cual, hacía tiempo, le dieron unos datos confusos. Durante el día el chalet mostraría sus ladrillos parejos, tejas en declive, el blanco de las paredes y rejas. Esa noche la zona estaba oscura y José debió decirse como boca de lobo. Los pocos autos que circulaban a esa hora en la zona preferían la calle que pasaba por encima del montículo, más arriba de las casas. A primera vista todo sería más sencillo de lo previsto, el farol del jardín estaba apagado y el césped descuidado con profundas marcas de neumáticos en la tierra blanduzca. Si los propietarios, como creía recordar José que le contaron, estaban por Europa y si el cuidador era bastante mayor, entonces él podría trabajar sin peligro a la vista. “Con esta noche de perros el veterano estará roncando a pata suelta, pegadito a una botella vacía de tinto y a una parda mayorcita del vecindario” pensó José.

Mientras se entretenía con esas reflexiones optimistas, calculaba por dónde entrarle mejor a la casona. Las puertas de acceso principales estarían selladas con cerraduras Star de las triples, el musgo en balcones y pretiles sería un peligro adicional al santo pedo. “Como a las viejas, por atrás y por el sótano” concluyó. Con un golpe de vista y sin dudar estableció el itinerario de muros, saltos y escalamiento hasta el jardincito posterior infaltable, allí donde estarían alineadas las cocheras y el parrillero; si hubiera perros guardianes tenían que haber ladrado. José aguardó agazapado como si esperara la largada de los 100 metros llanos aprovechando un redoble de trueno para iniciar las maniobras. Sin peligro a la vista de ser descubierto, se trataba de evitar el mal paso y asegurar cada movimiento.

La cosa venía bien, trepando por una cañería exterior en buen estado, llegó sin contratiempos a un patio hormigonado como arrasado y sin rastro de ninguna planta. Lo extraño es que le pareció estar en otra casa a la imaginada desde la vereda. Del lado de atrás de la edificación, transparentes altísimos y descuidados formaban una muralla verde compacta que la mirada era incapaz de atravesar. Fue entonces que -contrariado- escuchó en el interior de la casa la confusión de voces y breves mensajes radiofónicos. Lo primero que pensó para contrarrestar la circunstancia inesperada, fue que había metido la pata; se le había escapado algún detalle tontamente pasado por alto y pensó en tanto trabajo desaprovechado. Josesito se quedó quieto como un gato.

Ahora mismo de nada sirve advertir que debió haber subido, nadado, escarbado, volado, reptado, desaparecido… hacer cualquier cosa para salir de ahí; él se quedó como hacen los muchachos de barrio las tardes cuando ven, en vidrieras del centro de Montevideo, gabardinas inglesas expuestas con buen gusto. Como lo hizo tantas veces releyendo la carta tentadora de los compadres de Colombia, pensando un futuro de vacaciones a lo príncipe en Cartagena de Indias, dejándose impregnar en todo el cuerpo por el invisible bórax de Cali, donde sin mucho trámite desde las pendejas a las viejas tiran todo el día.

¿Quién puta te convenció esa noche de que eras el hombre invisible? ¿Por qué mierda te atraía como a un imbécil la luz emboscada de los ventanales? Primero subió la escalerilla y luego se asomó hasta ver en el interior a dos tipos leyendo revistas deportivas –El Gráfico de Buenos Aires y una chilena de Artes Marciales-, sentados junto a un equipo de transmisión emitiendo incesantes mensajes en códigos incomprensibles para José. Estaba atento a la escena pero los latidos del corazón, segundo a segundo más parecidos a un creciente conjunto de tamboriles, se lo impidió. Quiso acallar ese sonido involuntario y se tiró al suelo, renegando por haber entrado a la casa de un radioaficionado que joden de noche cuando el cielo está menos cargado. Esos pelotudos que les encanta conversar dándose siglas de espía diciendo cambio y fuera, hablando del tiempo al otro extremo del mundo.

De poder José se lo hubiera contado al viejo Marcos eso de la casa de los chascos.

-Sabe don Marcos, era cierto: alguno en Europa había, pero lo estaban buscando por onda corta. Eso se llama andar torcido.

Aunque el ánimo lo tenía por el piso, José igual pensaba contarle al viejo la macana para mearse los dos juntos de risa. Lo importante ahora era salir quieto de la casa, mansito como un gato educado; se arrastró sin buscar y la casualidad, o esa suerte fallida para elegir la casa que le cambiaría la suerte, lo condujo hasta la trampa del sótano, dejada ahora para otra oportunidad más favorable. La puertita estaba abierta y coherente con la parcela de condición humana que le correspondía, José sucumbió a la tentación de mirar hacia el interior, por si un día de estos. Durante un instante supo lo que vio, un relámpago de la conciencia sin darse cuenta de lo que era en verdad: luz indefinida, tres tipos en mangas de camisa, un cuerpo atado de mujer, gritos de dolor tapados por la algarabía de una cumbia colombiana a todo volumen, gente entrando y saliendo, otros cuerpos tirados por ahí. Se quedó sin tiempo para más y eso que pasaba por un muchacho despierto, de empezar a entender.

De la escena confusa que observó se supone que, de haber sobrevivido debió recordar tres momentos encadenados: una mano grande apretándole el hombro izquierdo, dejándolo clavado al hormigón, la resignada voz paternal del hombre mayor que le dijo “mala suerte pibe” y un estampido resonando en la nuca. Ruido brutal parecido a todos los motores de Bogotá a la seis de la tarde, a la explosión del torpedo de una pulgada perforando el cerebro marinero del navegante solitario del Danubio; al que lo perdió salir a pasear por cubierta, plantando cara al viento caliente del Caribe y luciendo su gabardina inglesa con forro escocés de seda.