Lefaucheux VI

Yo que estoy muerto sé lo que sucederá y nada podré hacer para evitarlo. Estar muerto despeja de algunos sentimientos que se sienten en vida, los induce hacia el olvido, otra forma impotente de incidir en los hechos. Soy el espectro de un muerto y paseo en los lugares que solía habitar cuando tenía un cuerpo, me bato sin poder solucionar ninguno de los entuertos que cercan a los vivos que amo, para ellos es tarde y para mí el tiempo dejó de tener duración. Los muchachos comienzan a dirigirse hacia un destino que se les escapa de la imaginación. Ahora el Pato amaga cerrar el boliche y el Banda, remolón como siempre se queda callado junto al billar enganchando carambolas despacito, como si el paño verde fuera suficiente para proyectar la breve felicidad a la que aspira en vida si así pudiera quedarse fijado. Escuchando el sonido del choque de las tres bolas hasta que la muerte lo alcance. Ese rincón en penumbras cerca del billar es uno de los lugares que él elegiría para venir de mi lado. Va a caer sereno de madrugada, afuera la noche estará fría de verdad pero será muy corta. En un par de horas comenzará a clarear. Siempre amanece, el día y su duración cronometrada nunca puede saltearse. La luz del día es inexorable como la oscuridad nocturna, la palabra más luminosa que el silencio. Nadie está atento al callar de los muertos y nos degradamos para enviar mensajes espirituales. Cuando llega la aurora por aquí algunos gallos cantan, la misma escena se sucede y avanza en todo el occidente. Eso lo vemos los muertos. La flaca, David y mi hermano Federico caminan por las calles del pueblo. Nadie se cruza en su camino y en el mundo de los muertos se murmura lo que sucederá en las próximas horas. Es la noche que huye hacia la aurora, hacia el fin y es el Tiempo que pasa. Alcanza con que se vea a lo lejos un paisano en alpargatas y pedaleando una bicicleta, una luz de farol que se apaga en una ventana cualquiera para consolar al insomne. Alcanza un pájaro que cruce la plaza en diagonal, el ruido asmático de un motor para anunciar que el nuevo día comenzó y nada podrá detenerlo. Esa luz inminente. La luz del día es distinta para quien sale del sueño reparador que para quien pasó una noche blanca. Lo es más para quienes ni sueño ni noche ni cuerpo tenemos. No es el Tiempo que pasa sino la luz que regresa de dar la vuelta al mundo. Nadie lo reconoce. La condena para los muertos es dejar errante sus fantasmas en el lugar allí mismo donde murieron. Al entrar en la muerte hay potencias que nos despojan del amor y la venganza que son objetos personales que nunca volveremos a usar. El alma asume una pátina de neutralidad y se nos impone la prohibición de anunciar malas noticias. Ni siquiera asoma un simulacro de paz y el dolor más agudo persiste. Es falso que la muerte empareja porque seguimos vivos en la memoria de quienes siguen con vida. Aquí estoy yo para probarlo, que vago por los sitios que quise saturado de recuerdos. Cada tanto regreso al galpón donde me dieron palo hasta matarme y trato de entender. Es así con la eternidad por delante y sin que nadie espere en ninguna parte. Me gustaría hacer alguna otra cosa pero nada más mirar las instalaciones –igual que mi hermano Federico- y me da por pensar en lo absurdo de esta situación errante. Hay millones de espectros circulando y la muerte es soledad. 

Esta es mi última noche de vigilancia, mañana desaparezco de aquí para siempre. Será David quien me reemplazará en la ronda nocturna, a David en poco tiempo lo seguirá el Banda y lo que suceda después prefiero ignorarlo… Los miro caminar a los tres rumbo a la casa, me distingo en el reflejo de una muerte que está amaneciendo, es así la costumbre. Los espectros aparecemos cuando hay perfume de muerte que insiste, mientras la tragedia termina disolviéndose en pequeños dolores entre amigos. El origen se incorpora en la memoria colectiva de las familias y la historia se confunde con relatos inventados. Anécdotas para contar en boliches con billar en el fondo y a un tipo atento a los otros como el Banda. Prefiero dejarlos ir a su destino sin seguirlos y quedarme sin saber los pormenores de la tragedia que se avecina. Que eso lo cuente otro. La eternidad es el Banda solitario, avanzada de espectro entre los vivientes y jugando al billar hasta bien entrada la madrugada. Me gustaría estar vivo para desafiarlo, jugar con él y si él me dejara enganchar algunas boladas yo me pondría a silbar tangos de la guardia vieja. Para que así entre los dos intentar olvidar el mundo tal cual es y la historia de las mezquindades. Jugar a ser dos pequeños dioses con ambrosía entre pecho y espalda, hacer entrechocar los pequeños mundos esféricos a veces a tres bandas. Las trayectorias resultan imprevisibles como la de esos tres enamorados que abandono a su suerte y pierdo de vista porque ahora sí clarea. 

Es impropio para un espectro estar por ahí dando vueltas y estoy sufriendo en avance por las horas que vienen. Los espectros hablamos poco y nadie nos escucha.

Lefaucheux VII y último

-Hagan lo que se les cante. Si quieren darle más vueltas al asunto es cuestión de ustedes, lo que es yo me voy a dormir y por lo visto sola, les dijo Laura cuando llegaron a la casa al ver que sus hombres continuaban la absurda y acalorada discusión.

Lejos de esgrimir una amenaza la muchacha estaba cansada de verdad. Había preparado material para el día del después y debió soportar la excitación -a su parecer inmoderada- que había provocado el recital de Estrellita y la intempestiva interrupción de Federico. Para la flaca Laura eso era cosa de chiquilines; la fastidiaba hasta el despecho que sus queridos, como si no tuvieran suficiente con lo tramado en el boliche del Pato, quisieran permanecer despiertos. Estaba celosa por la postergación del sensualismo. 

Federico lanzado en la continuidad de la noche en blanco comenzó a preparar el mate, dijo que por un rato y antes de seguir con la conjura quería quedarse solo para pensar, sentado en el patio.

-Raro, esta noche en lo del Pato me vino un ataque de hermano y cuando pasa eso, antes que nada lo mejor es negociar a solas con la aparición, les dijo.

En tales situaciones Federico se ensimismaba y le daba por repasar el álbum de imágenes mentales, el archivo de voces de cuando el hermano estaba con vida. Era su manera de combatir las fuerzas de la muerte arreciando en las horas vividas.

-Te vas a volver loco, le dijo Laura.

Ella aceptaba las debilidades emotivas de Federico, sabiendo que se trataba de recorrer el itinerario complicado del pasado y temía el peligro de las recaídas; que de la nostalgia mateada le diera por pasar a la agresión, que su hombre regresara a estados delirantes que ella le descubrió años atrás cuando se conocieron.

David se preparó un Nescafé cargado y permaneció en el salón del comedor junto a la gran mesa, retocando la nota que cambiaría la historia del pueblo. Buscando fórmulas lapidarias que hicieran innecesaria cualquier réplica, oraciones que por su contundencia gramatical tuvieran el poder del convencimiento sin discusión. 

Tarea difícil de concretar, sin él saberlo David vivía el arrebato de un conspirador bolchevique de principio de siglo. Anarquista iluminando la víspera del atentado espectacular en una representación de El anillo de los Nibelungos, en la penumbra del Liceu de Barcelona y que abriría las puertas de un universo ácrata. El sobrino del Pato estaba con predisposición a acciones cósmicas, la exageración de propósitos era una manera teatral de defenderse, marear la perdiz, escapar por la tangente, negándose a admitir las secuelas brutales que tendrían hoy mismo las acciones de la redacción de Lafoucheaux.

La cafeína en lata venida del Brasil como la perdición sexual caída sobre el Banda, tenía efectos de disparador de ideas para David, acelerador de acciones a cada una más alocada que la anterior. Fue así que luego de la segunda taza de café instantáneo, concilió la acción futura de los involucrados con eventualidades de gestos absolutos. Sin medir las consecuencias de interrumpir los accesos del ataque de Ramiro en su amigo, David salió al patio llamado por el destino. 

Fue en ese momento un alucinado que acaba de recibir otra anunciación desbaratando por efecto irracional su condición de ateo. Afuera se escuchaban pájaros despertándose en las ramas secretas desperezando sus cuerdas vocales, estaba instalada la fresca agradable de las primeras horas del día. 

David avanzaba agitando en una mano el documento resultante del éxtasis y él que debía estar satisfecho luego de tantas horas de meditación, era un hombre decepcionado. A su entender había que empezar de nuevo, por rumbos más osados e innovadores.

-Fede, esto es caquita. Muy poco en relación a lo que está en juego, dijo David, y parecía tener la respuesta a la nueva circunstancia.

-Hermano David –dijo Federico- le agradezco su interés, considero que lo mejor es que dejemos eso para discutirlo más tarde.

El hermano David embebido en café instantáneo brasilero insistió y Federico se resignó a escucharlo como quien escucha un cuento por la radio. David olvidó las condiciones anormales de la situación donde estaban metidos, había perdido el sentido de las circunstancias y el significado sociopolítico de los protagonistas reales del episodio; andaba impregnado por una variante festiva del disparate, la del elegido que luego de la revelación de otra anunciación y convertido de facto a la secta que había detestado por años, descubre la realidad del mundo tal como se lo imagina. 

El impuro silencio matinal, ese lugar del mundo llamado patio de la casona familiar de la flaca Laura en el barrio Las Manzanas, la hora inapropiada para embarcarse en tales discusiones, el cortocircuito de los pensamientos rociados de mate y Nescafé batido hicieron el resto. Arrastrándolos fuera de la realidad, como si montados en una bala de calibre identidades, los muchachos se hubieran disparado a otra historia paralela, que sin ser de ellos buscaba persistir, pertenecía a otros muchachos y deseaba repetirse.

-Estás enfermo hermano, le dijo Federico a David después de haberlo escuchado con atención.

La nueva ocurrencia de David consistía en agregarle un desafío de honor a la proclama pública y poética. Había que desafiar a Carve a un duelo a primera sangre, ver si era capaz de defenderse solito sin el respaldo del batallón de amigotes, indagar si tenía una pisca de honor en su alma podrida. 

De ninguna manera se trataba de una práctica anacrónica; muy por el contrario, la institución del duelo estaba incrustado en la mentalidad de los uruguayos y la familia Batlle era un ejemplo por demás respetable. Más que la libertad lo que habíamos perdido en la ruta era el honor y había una sola manera de recuperarlo, decía David. 

En el ámbito de las personalidades al hablar del flaco Carve degradó su condición de fascista, afirmaba que había que demostrarle al pueblo que se trataba de un gallina. David excluyó cualquier otra interpretación del universo, la historia era un preámbulo que conducía al duelo inexorable. Podía parecer una idea disparatada y esa mañana en ese patio del barrio Las Manzanas, algo terrible buscaba la coincidencia para manifestarse. Como cuando cada cientos de años luz dos constelaciones se acoplan en el firmamento; poco a poco decreció la fe de Federico en el rechazo del proyecto de David, bajó su indignación por lo absurdo del procedimiento romántico ante una situación que requería respuestas políticas; o la huida, que él pensaba emprender cuando el cargoso del hermano David se fuera de una buena vez a dormir. 

Federico cedía porque en algún lugar estaba escrito que lo haría. Era cierto que la perspectiva de humillar al flaco Carve le llegó como un mensaje espectral, mientras estaba recordando a Ramiro silbando El Aeroplano y caminando alrededor de la mesa de billar del boliche del Pato. En algún lugar del corazón fraternal de Federico había un rinconcito para cobijar la tontería del duelo; perfume de reivindicación familiar, venganza tardía por el hermano asesinado a golpes, revancha de sus propias manos temblando de frío cuando despertaba de las borracheras en el medio del campo, y allí sólo hallaba el alivio de reconciliación con el odio en un gesto más adecuado para el siglo pasado.

El regusto del mate le despertó el póquer de la lucidez, saberse desplazado de la vida y de que en pocas horas sería un fugitivo de la vida. Había que entender de una vez por todas: el dolor colectivo del pueblo tenía el sabor de durar una eternidad, saber que Ramiro no volvería a la carambola de la vida y estaba pasando las últimas horas con Laura y David. Federico había dado su aporte con los muertos y gestos marginales como el de ayer de tarde.

David venía ahora a sumarse al disparate, si lo de Federico fue el derecho a ejercer la libre opinión sobre la poesía, el desafío de David respondería a una pasión casual por la mentada poetisa y madre de los hijos del flaco Carve. David argumentaba que dada la coyuntura afectiva compartida desde hace tres veranos, muy bien podían compartir la misma debilidad por Estrellita; había que tener cuidado con las reacciones imprevisibles de la flaca, que aunque lo disimulaba era mujer celosa.

Federico escuchaba, llegó a pensar que David además del sobrino del Pato era un ángel vengador venido al pueblo con una misión divina. Ello explicaría la docilidad con la que tres veranos atrás, reaccionó ante su llegada al grupo y aceptó que se instalara no entre la flaca y él sino junto a ellos, situación impensable con cualquier otro tipo. David les acercó la alegría complicada y una curiosa tranquilidad de espíritu, su presencia alejó rencores y a Federico le posibilitó amar a la flaca de manera diferente, más intensa y perdurable. Capaz pensó Federico, que el muchacho que decía llamarse David era portador de una tarea sagrada, misión que a él por su cortedad mental se le escapaba. 

La flaca Laura entendió desde el primer encuentro y por ello decidió tenerlo cerca de la pareja; alguien designado para destinos superiores cuando él se fuera para siempre del pueblo. Sólo un ángel vengador podía estar hablando así como lo hacía David en esos momentos, dando soluciones de otro siglo muerto a un problema que tenía la urgencia del ahora. Si fue posible el espectro suave de Ramiro todo era probable, por qué no el hermano David abatiendo, en otro amanecer con bruma entre los árboles a veinte pasos de distancia, la soberbia denigrante del escribano Carve y que sólo la muerte podría arrancarla de la faz de la tierra.

Los minutos pasaban y Federico se dejaba arrastrar por un destino incomprensible. Ante cada iniciativa de David, que parecía ser secuela de semanas de planificación solitaria y no la ebullición de una noche de copas, era incapaz de oponer ni una minúscula resistencia. Al rato, en su espíritu había una sola cosa que podría hacerlo desistir de su determinación de marcharse, era asumir la condición de padrino de armas de David en el campo de honor. Lo aprobaba y fue lejos en la condescendencia, dijo que sí a la persistencia del duelo, los términos justificando el desafío y las fechas manejadas por David; dijo que sí a la práctica necesaria con el revólver viejo del finado abuelo de la flaca Laura, haciendo verosímil el giro que tomaba la historia de las horas, arma que estaba en algún lugar de la casa y que David se puso a buscar con la obsesión visual de un suicida. 

En su poner la casa patas para arriba David despertó a la flaca que, fastidiada por la interrupción del sueño les dijo que ella salía a hacer los mandados pues estaban insoportables. Antes se daría un buen baño para lavar el desagradable agravio de que esa noche la hayan dejado sola en la cama.

Cuando David regresó al patio con la antigüedad Fede tampoco pudo negarse a la manipulación, ni evitar que la bala –que estaría dormida en la recámara del revólver hacía un siglo aguardando esa circunstancia- saliera disparada con una explosión de pólvora ridícula, cohete para quemar el judas, triquitraca para asustar en verano muchachas que pasan distraídas por la vereda. De tapón de botella de sidra El Gaitero, de ruido tonto para espantar amadas inmersas en la bañera pasándose una esponja por el ombligo; reacción sin mucha potencia y suficiente para desenganchar del casquillo una bola de plomo opaca, lanzarla a velocidad creciente por estrías del caño de un revólver de museo y trazar una imaginaria línea caliente, como lo haría un escarabajo de oro y que se metió por el ojo izquierdo del ángel David, del hermano David que cayó muerto de brazos abiertos.

Defensor desconocido en barricadas de la Comuna, cazador carente de experiencia con el otro ojo abierto y la proclama de desafío en la mano; cayó en la pirueta mimada de un futuro duelo que nunca tendría lugar y así formular un enigma de tragicomedia, de física aplicada a la balística, de mecánica humana, del azar geométrico que ningún lógico en sus cabales podría deducir sin rabiar por la mierda de algunas circunstancias de la vida. Como esas carambolas sublimes, que se arman de pedo sobre los paños carcomidos de billares olvidados, que hay todavía según cuentan en los boliches de campaña.

Muerte del malevo uruguayo

-Es plata regalada había dicho con acento de desprecio el encargado del Frigorífico, representante del poder entre las sombras congeladas que Bocage nunca conoció ni pudo imaginar.

En su laburo era así, el tal Bocage desconfiaba de la verdadera razón para citarlo tan temprano, a eso de las seis de la mañana al aire libre y en pleno invierno en un barrio alejado. El Comadreja era demasiado cobarde para haberle hecho una mala jugada, ni tan siquiera una cachada y lo agarró justo a Bocage. Estaba necesitando unos pesos de apuro para desaparecer por una temporada de Montevideo y largarse al norte –Fraile Muerto- a visitar a la hermana. 

«Se juntaron el hambre y las ganas de comer» dijo el Comadreja cuando lo contactó para pasarle el dato, con la esperanza de arañar alguna miserable comisión por el servicio. La cosa parecía seria, discreción ante todo, sin papeles comprometedores ni testimonio escrito de lo pactado, la cosa venía de chamuyo entre gallos y medianoche. «Ha de ser una chanchada de las grandes» pensó Bocage, eso apenas le dijo al Comadreja y que arreglara un primer encuentro para conversar.

La noche previa a la entrevista convenida se quedó en la pieza donde vivía la tipa, no en pensiones del centro donde los encargados son informantes de la policía sino en lo de la tipa mismo, allá por el Pantanoso. «Con esta noche nadie vendrá por estos andurriales a pedir documentos» se dijo Bocage y con razón. Al principio sí pudo, después de las dos ni mal pudo dormir y se quedo esperando que llegara la hora. A las cinco era noche cerrada, el cielo estaba de un color negro acerado y el lucero brillaba como solitario de bacana en palco del  teatro Solís. Bocage se lavó la cara, el cuello y las axilas sin parar de hacer ruido con la boca para aguantar el frío que pegaba fuerte. Si todo marchaba bien dentro de tres horas quedaría libre y podría dormir hasta pasado el mediodía. El primer contacto sería en la entrada de una panadería que quedaba a quince cuadras de donde vivía la tipa. «Allí te pasan a buscar a un cuarto para las seis. Eso si, se recomienda puntualidad» dijo el Comadreja como buen mensajero, tres días antes. 

Bocage terminó de vestirse, cruzó el patio sin hacer ruido y terminó por salir a la calle. «Mala hora para caer en cana por averiguaciones» se dijo el hombre. miró para todos lados sin ver ningún movimiento en los alrededores. Esa parte del barrio más que parecer era una ciudad abandonada después del anuncio de una peste mortífera y dos perros insomnes mantenían un diálogo educado de ladridos alternados, parodia de conversación sobre temas trascendentes. Una vez relojeado el panorama el hombre emprendió la marcha hacia el punto de encuentro, andando debió admitir que después de meses complicados se sentía bien por primera vez. Despejado, él creía estar encaminado hacia otra vida mejor como sucedía cada vez que se involucraba en algún fato nuevo. Lo que hacía era avanzar sonámbulo hacia su desgracia. En esos casos Bocage recordaba las casualidades que le ordenaron la vida sin que hubiera intervenido su voluntad; se interrogaba cómo y por qué él pasó de remontar cometas en campitos donde pastaban caballos de lechero a ser uno de los tipos más buscados por la policía en el sur del Uruguay. El chiche obsesivo del comisario Cedrés y que la última vez que se cruzaron se la juró. 

Le resultó sencillo, primero la convicción luminosa de que odiaba trabajar para otro. Vio de cerca deslomarse a hombres de bien de la familia bajo la idea que eso era ganarse la vida, de ahí la cascada de los acontecimientos: billares apostando por cerveza, monte por el aperitivo, garitos y timbas, amaños varios, puntos a desplumar como chorlitos, indagación de martingalas infalibles, naipes marcados leídos con las yemas, fullerías de todo tipo, combinaciones jodidas de todos los colores. Así hasta que llega siempre aquella noche entre todas las noches cuando un fulano se aviva de la joda montada y se calienta, se pone cargoso con razón y Bocage, que hasta entonces lo único que hacía con la manos era barajar el mazo a su conveniencia, lo dejó seco de una puñalada como si lo hubiera hecho toda la vida eso de ensartar cristianos. 

Hubo sorpresa sin remordimiento, el aturdimiento fue acompañado de una callada satisfacción y encuentro sorprendente con una vocación ignorada. Después fueron llegando la ausencia de emoción, la indiferencia por los muertos sumados y haciendo del pibe que remontaba cometas entre caballos algo parecido a un profesional. La relación era clara hasta para un muchacho humilde: matar sin motivo personal daba más plata fresca que la baraja. Bocage se hacía el clásico cuento, decía que era el arma utilizada y apenas, el verdadero crimen lo cometían los que pagaban batiendo el encargo sin olvidar detalles de la víctima. Lo que él nunca imaginó, fue que había en esa ciudad algo pachorrienta y aspecto de inmenso jardín tanta gente deseosa de suprimir al prójimo mediante métodos violentos y también a la prójima. Bocage se volvió lo que de él se contaba: asesino a sueldo, artesano independiente que nada preguntaba sobre los designados evitando mezclar afectos con trabajo. 

Cada muerto era una parte de su vida que se apagaba, otro camino al que debía renunciar viéndose obligado a seguir adelante sin volverse, como en esa precisa noche avanzaba por la calle precisa del suburbio, última recta rumbo a la panadería. Había algo de luz en el interior del local, por el portón lateral donde se descargan las bolsas de harina entró un empleado apurado dispuesto a recuperar el atraso que traía. «A esta hora, ha de ser el encargado de preparar la factura» se dijo Bocage. «Si me quedo parado aquí más de tres minutos los de adentro pensarán que soy un campana y son capaces de chumbearme.». El auto que debía sacarlo de esos pensamientos defensivos fue puntual, una mano inmensa y más que alguien concreto abrió la portezuela del lado de la calle.

-Suba, le dijeron y fue una orden.

Bocage subió al automóvil sin decir los buenos días. En esos casos la primera palabra es suficiente para captar el perfume del contrato y donde él jugaba la parte del cáncer necesario. La mayoría de quienes lo contrataban a pesar de la desesperación preferían tener el menor contacto con el profesional; temían que los contagiara y devolviera su escamoteada imagen de criminal. «Con coche de lujo, chofer uniformado y tutti cuanti. Acá hay guita grosa» pensó Bocage y se recostó con toda la espalda en el fondo capitoneado del asiento trasero, justo en el medio dejándose llevar sin pedir explicaciones, con la mano en el fierro por si se trataba de la vendida de algún rencoroso.

El coso que manejaba no era chofer y Bocage lo supo junándolo por el retrovisor; tenía pinta de secretario de pacotilla, a lo máximo hombre de confianza de gabinete o gerencia disfrazado de chofer. Manos delicadas para ser otra cosa, ni pensar en guardaespaldas y por la manera de meter los cambios era claro que estaba contrariado por cumplir una orden de connotación clandestina, distante de las funciones para las que fuera reclutado. Mientras afuera comenzaba a clarear en serio ellos estaban –si es que así podía llamarse- en la zona industrial de la ciudad donde se amontonaban depósitos y fábricas, talleres y galpones inmensos, «matadero de los laburantes» pensó Bocage. El coche enfilaba para el lado de los frigoríficos de los ingleses a menos que luego siguieran más lejos. 

Bocage lo miraba desde el interior, algunos tipos tiritaban de frío en las paradas de ómnibus, apenas abrigados con un saquito de lana remendado fumando el sexto cigarrillo negro del día y con tres cañas en el cuerpo. Los gatos esqueléticos husmeaban en las basuras por si en los tachos de esas calles hubiera quedado algo comestible tirado por error. Una vecina vieja y en chancletas baldeaba la vereda para limpiarla de un aceite engualichado que le vertieron de madrugada frente a la casa. Una tipa que venía de putear hasta tarde caminaba con los zapatos en la mano y los pies inmunes al frío junto a la pared, para que nadie la viera abrir la puerta de calle a esas horas. «Dan ganas de matarse» pensó Bocage. El coche aflojó la velocidad, fue frenando despacio hasta detenerse en la puerta de unos galpones grandes como catedrales del progreso. 

Lo esperaba un tipo de bigotito rubio y finito, con lentes de montura de oro que le daban aspecto de estar en otro lugar, llevaba puesta una túnica blanca inmaculada planchada con esmero milimétrico. Aquello podía ser la entrada de un manicomio; era algo diferente y Bocage lo supo cuando bajó del auto. Antes de darle la mano al rubio que sonreía –a esa hora sintió el olor nauseabundo de la sangre amontonada- oyó bien cerca el ruido estridente de las sierras trabajando el hueso y el mugido desesperado de las bestias cuando van al matadero.

-Me llamo Doyle y mi castellano tiene acento inglés. Acompáñeme por favor, es hora de la inspección matinal.

En la puerta principal y grabado en una placa de bronce estaba el nombre del frigorífico. «Recibimiento curioso y efectista» se dijo Bocage. La recorrida prevista por el inglés consistía en el proceso de la faena. «Es para probarme mediante la provocación, hacerme saber que a él la vida de un hombre le importa un sorete. Tiene apariencia de pastor, pero el inglés es hombre duro. El asunto que vamos a conversar no es de concha». Doyle, si es que era ese su verdadero nombre parecía un hombre de modales medidos y sin prisas. Había calculado el encuentro con Bocage con la misma frialdad con que recortaría jornales de obreras de empaquetado, el viaje de cuartos traseros en cámaras frigoríficas hasta los depósitos en los muelles de Liverpool. «Pobre tipo el que algún día le disputó el puesto» pensó Bocage cuando empezaron el paseo, sin omitir detalle Doyle fue contándole a Bocage el proceso de la faena y como si el tiempo insumido fuera lo de menos.

Distrayendo asco y repugnancia de neófito, Bocage vio el marronazo entre las guampas y siguió los cuchillos del matarife entrando en el animal abombado todavía con vida; luego vio cuando lo cuelgan del gancho, lo abren en canal, vacían las vísceras en un torrente de sangre y mierda y sacan el cuero de la bestia que parpadeaba. «La ganadería es el fundamento de la riqueza patria. El nuestro es un país cuyo mayor patrimonio son las carnicerías y nadie parece admitirlo», pensó Bocage con razonamiento de escolar informado. Lo impresionó la cantidad de obreros trabajando, era curioso ver a esos padres de familia degollando animales a razón de diez horas por día. «Un día se retoban y lo cuelgan al inglés de un gancho». Buscando soportar con dignidad el cursillo que le dictaba Doyle con ejemplos eficaces, miraba la actividad de los operarios, sobre todo los brazos, era preferible a fijar la vista en la inmundicia palpitante del piso. Había la parte hormigonada y en el resto de la superficie la sangre fluía en abundancia mezclándose con barro bordó, mierda vegetariana. La sangre fresca y colorada se filtraba hasta el centro de la tierra, lo desconcentró uno de los obreros que, sin botas y en patas chapaleaba sobre eso ensayando la danza de su infierno. Hacia lo que parecía el final del recorrido premeditado y una vez dejada atrás el asco del realismo, ellos pasaron por la parte frigorífica y que su pulcritud hacía acordar a un gimnasio. 

Las formas embolsadas y prontas para entrar en cámaras de congelamiento tenían aspecto más humano. El amontonamiento, la orgía de matanza tachonada de vísceras oscuras pertenecía al pasado lejano, un mal recuerdo de Bocage.

-Hay un hombre que molesta, dijo Doyle, como si conociera al uruguayo desde antes.

-Indiscutible condición de la especie, dijo Bocage. Con los novillos y las ovejas la convivencia es más llevadera.

-Por eso hay frigoríficos como el que yo dirijo y hay individuos como usted Bocage. La división del trabajo supongo. Por ahí se dice lo toma o lo deja, y usted ya lo tomó. Lo que necesita saber para llevar a buen término la misión está en un sobre, en el asiento trasero del coche. Si prefiere se lo dejamos allí donde usted pasó la noche.

-En el auto está bien. Usted lo sabe casi todo de mi Doyle. Carajo con la fidelidad del Comadreja… ahora mismo y aprovechando la ausencia se estará cogiendo a mi prima.

-Es asunto de ustedes. Tiene dos semanas de plazo, el hombre está preparando una huelga desproporcionada con lista de reivindicaciones. ¿Conoce Buenos Aires Bocage?

-Algo. Alguna vez me tentaron las luces del centro.

-Mejor así, dijo Doyle. Mañana viaja para allá. Le conseguimos un pasaje en lancha yendo por El Tigre. Modesto y discreto, menos espectacular. En su actual situación se me hace difícil imaginármelo en la Aduana presentando carné de identidad.

-Ahí está en lo cierto.

-¿Necesita saber algo más?

-Poca cosa, respondió Bocage. Nunca me importan las razones siempre y cuando se cumplan ciertas reglas, usted sabe.

-Puede dormir con la conciencia tranquila, dijo Doyle sin ocultar cierta ironía por los pruritos morales de Bocage, pues de eso se trataba. El chofer le dará tres mil pesos como adelanto, el resto lo encontrará siguiendo al pie de la letra las instrucciones que hay en el sobre. Ya vio, se trata de asuntos sindicales. El objetivo de la operación es extranjero y vino al Río de la Plata sin familia, parece sencillo pero igual cuídese.

-Ahá, más que un trabajo es casi un favor que me hace la empresa.

-Es plata regalada, dijo Doyle.

La manera más adecuada de expresar lo que Bocage sentía en esos momentos sería hallar una analogía con el estado de trance; una manera de escapar, deseo de concentrar intención y voluntad en la tarea pactada sin que nada lo distraiga: ni mujeres ni carreras de caballos, tampoco la milonga ni copas de la madrugada. Mientras durara la espera, en el tiempo que iba del arreglo concluido a la eliminación del desconocido Bocage se comportaba como un hombre derecho. Le agradó la idea de marchar a Buenos Aires si bien aparecieron reparos comprensibles; era inevitable un temor provinciano, como si fuera un boxeador canario yendo al Luna Park del bajo porteño a combatir por el título sudamericano contra el crédito local. 

Se tranquilizó considerando que la cobertura del anonimato era una ventaja. Allá tendría que estar más alerta que nunca, el menor descuido podía costarle la vida, del otro lado del charco nadie podría cuidarle las espaldas. Doyle cerró la canilla de información, él estaba para darle una certificación teológica a la eliminación de un individuo que molesta con sacrificio de bueyes incluido; un extranjero en estas tierras, como el inglés, como lo sería Bocage en un par de días. Tal vez Doyle ponía la cara esa mañana por el deseo perverso de conocer al personaje que haría el trabajo sucio por orden de sus patrones. El inglés estaba seguro desde antes de la entrevista, demasiado seguro, dio por descontada la aceptación de Bocage y esa concordancia con cada detalle de su estrategia podía estar en el origen de la sonrisa. 

Eso lo confirmó el malevo uruguayo cuando los movimiento subsiguientes se sucedieron y con precisión que merece ser calificada de matemática. En el auto y sobre el asiento de atrás estaba el sobre; el chofer, sin esperar había dejado el paquete seguro que tirándolo con desdén. Buena guita, demasiada para un simple sindicalista de matadero. Los papeles ni los miró dejándolos para más tarde y total, conociendo al inglés, estaba seguro que estarían por escrito el detalle de horarios, lugares, hábitos, maneras de identificación. En eso Bocage cometió un error considerable: ahora él debía preocuparse por su persona. 

Fue claro, hubo una fuga de información confidencial en su entorno, «el Comadreja y por cien pesos» pensó Bocage y se lo habían hecho saber. ¿Por qué? Lo innegable es que debía estar alerta. El chofer arrancó sin preguntarle nada y regresaba a la esquina donde horas antes lo había recogido a velocidad moderada.

-Vamos para el centro, ordenó Bocage. Ahora tome el bulevar y cuando lleguemos a Agraciada le aviso.

-¿Y eso? preguntó el chofer, desconcertado por el cambio de rumbo que se le imponía.

A Bocage le gustó eso de haberlo desacomodado a ese, seguro y tan atildado. La primera regla del oficio es sorprender al que contrata, la segunda desaparecer por completo y la tercera hacer lo contrario de lo convenido sin perder de vista el objetivo. Romper el centro. El inglés sabía demasiado de un cierto Bocage y ese hombre previsible debería morir por un tiempo.

-Orden de Doyle, mintió; él sabe, me dijo que le dijera.

-No estaba previsto, replicó el chofer queriendo conciliar la atención en el tráfico con miradas furtivas por el espejito, tratando de descubrir el engaño. 

-Haga como quiera, si perdemos un día de faena usted mismo le explica. Le deseo suerte, el inglés está hoy más ácido que de costumbre.

El chofer quedó entrampado y se fue al mazo, cuando llegó a la esquina de Bulevar dobló con rabia y tomó rumbo al centro por Agraciada. Hasta ahora el chofer era un cómplice, entre divertido y despectivo de un asunto misterioso de Doyle. Bocage lo transformó en taxista fastidiado.

-Por aquí está bien, dijo.

Se bajó cerca del Palacio Legislativo, nada tenía que conferenciar con el chofer sobre detalles del contrato que ignoraba, era tiempo de tutearlo y ordenarle.

-Andá y decíle al Comadreja, vos sabés bien dónde que gracias por el dato y que cuide la mercadería, él sabe. Lo que dejé en la pieza va al fuego. Es poco. Avisále que me mudo de barrio por quince días y que nadie trate de buscarme. Chau botija.

Bocage ni esperó la respuesta del tipo, dio un portazo y se marchó derecho a la cervecería de los alemanes. Entró en el local y saludó a la pareja de propietarios, pidió de comer dos milanesas con papas fritas, lo que él llamaba desayuno y se fue a un reservado a estudiar el expediente nuevo para tomar las primeras decisiones. Ya solo en el rincón, recobró la euforia habitual de cuando se abre un paquete de billetes nuevos y parejitos recién salidos de fábrica. 

Del fajo sacó un toquito que calculó imprescindible para llevar adelante el trabajo y lo guardó en un bolsillo del saco, el resto del efectivo quedaría depositado en el establecimiento. Allí estaba el pasaje vía El Tigre, que pensaba vender regalado en algún boliche para escapar a la trama de Doyle o tirarlo en una alcantarilla. En el trayecto en coche decidió irse de sopetón, al otro día y en el Vapor de la Carrera comprando el pasaje arriba del barco. A esto llegaba el mediodía, fue por eso que comió bien repitiendo porción de papas fritas y pidió de postre una enorme jarra de cerveza que allí tiraban como en ningún otro lugar de la ciudad. Luego encendió un cigarrillo, era el momento de ponerse a estudiar el expediente. Las mejores ideas le venían durante la digestión como a las boas.

La fotografía era mala, mostraba a un rudo mocetón de bigotes a lo italiano y mirada determinada, de aquellos que tiene por objetivo modificar el mundo. Tenía la cara encerrada en un círculo que aumentaba su condición de objetivo y pieza a abatir, era innecesario el grafo inglés para que el hombre se destacara del grupo. «Tiene una mirada de cumplir la misión a como de lugar» pensó Bocage. Sin duda era valiente y corajudo para inquietar a alguien como Doyle. Había que matarlo por sorpresa sin darle ni un segundo para reaccionar. El resto de los informes eran banales y redactados de manera pretenciosa; era grosera la suma de palabras, obrero, peligro, anarquista, antecedentes, italiano, sindicato, grupúsculo, intereses. Se hacía llamar Dante Batistera, faltaba una localización concreta y cada semana cambiaba de domicilio. Ahí Bocage entendió, se le pagaba lo grande para localizarlo, encontrarlo y por la muerte previeron un porcentaje pequeño. 

Matarlo era sencillo, lo complicado era encontrar a Batistera en el infierno de Buenos Aires. Bocage había ido varias veces a la capital porteña, conocía al dedillo timbas y milongas pero ni minga de la ciudad. Como suele sucederle a los uruguayos Buenos Aires lo fascinaba y lo intimidaba a la vez, era la ciudad de las posibilidades, la excusa para quedarse de este lado del río pregonando las relativas virtudes tranquilas de Montevideo. Cada oriental es como si tuviera un sosías del otro lado del río. Bocage se dijo que el mapa de Montevideo cabe y de manera perfecta en alguna configuración de Buenos Aires. Allá habrá otro Doyle igual de empeñoso y Dante Batistera se les escapó del mapa a los sabuesos ingleses. Desde ahora la plata era lo de menos, importante era cumplir la tarea.

-Buenos Aires… dio el alemán. Viví unos años allá y vi de todo. Hay que tener cuidado señor Bocage. Esa ciudad se traga a sus habitantes, enloquece a extranjeros como yo. A ustedes los uruguayos los aniquila. Les aparente la ilusión de estar en casa y en momento menos pensado les recuerda que se equivocaron de barco. Hombre, Bocage, prefiero saber nada de tu viaje, espero por tu bien que te hayan pagado mucho.

-Esos asuntos de largo plazo me tienen sin cuidado. Alemán, yo quiero ver lo que se escapa a primera vista.

-Escucha: «Per me si via ne la città dolente, per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perdutta gente» ¿Te suena? «Lasciate ogni esperanza, voi ch’intrate» ¿Y eso te dice algo Bocage?

-Me suena a ópera italiana. Verdi, algo así.

-Así que te suena a ópera… al fin de cuenta sos animal con olfato. Escucha Bocage, aquello es laberinto, verdadero infierno. Buenos Aires, a lo largo de su agitada historia y desde que mi compadre Ulrico pasara allí una temporada, se volvió metrópolis exagerada. Dejó de ser ciudad para volverse paisaje de pesadilla. Más monstruosa que París, dejó de ser toldería pergeñada por el cerebro sifilítico del adelantado Mendoza. Es cosa inabarcable, entidad extraña que crece sin cesar y nadie sabe qué es. Turco amigo mío me contó la idea descabellada de Alsina, una zanja de cuatrocientos kilómetros de largo. Disparate que pretendía proteger el territorio bonaerense del asedio de la indiada. Alsina fue el ministro que propuso la zanja, antes de la expedición Roca con resultado antropológico y de hacienda sabido. Buenos Aires es eso que hay entre memoria de esa zanja inconcebible con perspectiva de genocidio y río como mar. Marrón león, que los ingleses llamaban infierno de navegantes. Una ciudad fundada dos veces debe tener tara, algo inquietante por indefinible. Como hermafrodita griego. A los aborígenes no les fue mejor. Hace años se publicaron los trabajos científicos de un tal Florentino Ameghino; por huesos viejos mal medidos y cadena evolutiva de dudosa consistencia, resulta que don Florentino demostró que el origen de humanidad y de totalidad de especie por consiguiente, estaba en arrabales de Buenos Aires. ¿Qué tal como delirio? Atenti Bocage, si vas a quilombos de Avellaneda podés contagiarte una pudrición en la cuna de la civilización. Es apenas la punta de la madeja, esa ciudad está llamada a un destino, pero terrible. Cuidado Bocage, aquella es ciudad condenada, cuidarse de apariencias que te hacen suponer que todo marcha bien. Sin casi darte cuenta puedes verte perdido en corredores mentales. Pasajes misteriosos sin salida, cloacas inmundas de otra Buenos Aires. Estaba allá y todo iba bien para mí, una noche me perdí en arrabal y tuve miedo terrible por nuevo y distinto; por primera vez tuve miedo de poderes maléficos en los que no creía. Durante esa noche vi imágenes terribles. Esa ciudad es la puerta del infierno, debajo del barullo de la milonga y entrada la noche pueden oírse gritos de dolor de condenados. Los escuché y hasta hoy los recuerdo… cuídate de Buenos Aires señor Bocage.

-La Reina del Plata te pegó duro alemán. La saqué liviana, pero si ese infierno me devora te regalo la plata depositada.

-Si la tuviera la plata, te daría diez veces más para verte de vuelta entre nosotros.

-A lo máximo diez días. Andá preparando milanesas para la vuelta.

-¿Desaparecerás como siempre?

-Como si estuviera muerto. Ni me viste esta mañana ni sabés de mi para nadie. Traéme otro chop bien helado. De aquí me voy a dormir una buena siesta, hoy me levanté temprano como si laburara en matadero de frigorífico.

-¿Vos laburando en frigorífico? Eso sí que tiene gracia… Ya vuelvo.

Virtud de Bocage era diluir su existencia en el mundo. El dinero que ganaba con su oficio, importante para la dimensión delictiva reducida de Montevideo apenas había modificado sus hábitos. Buenos vecinos del barrio La Comercial lo consideraban el encargado de una ferretería de la calle General Flores, nadie podría hacer la relación entre ese hombre taciturno y asuntos sin dilucidar, algunos bastante macabros de la crónica policial. Ese era el Bocage de los fines de semana, el resto de los días y por obligación él era viajero de hoteles y pensiones baratas, de pocos bodegones. Jugaba a la mosqueta consigo mismo, para sobrevivir debía evitar caer en la rutina y desterrar los gestos repetidos. Cedrés le dijo que los malandras son su propia policía y él le dio la razón. En un perímetro de veinte manzanas, cambiando de boliche con sistema él podía pasar más de un año. Cuando regresaba a alguno de los viejos barrios la gente que cruzaba lo había olvidado. Ninguna traza, ni guardaba por orgullo recortes de los diarios con noticias que lo implicaban. Bocage era el lado insondable de la historia ciudadana, agente que provocaba la aceleración de hechos sin ser determinante para la dimensión de secuelas; crónica viva de crímenes sin ser el periodista, el rol secundario con un par de líneas apenas cuando algunos episodios terminaban en tragedia. 

El uruguayo llegó al puerto de Buenos Aires la mañana de un viernes santo, entreverado en otra procesión y con la certeza de que Doyle le perdió la pista. Sabiendo que Batistera aprovechaba la beatería de la ciudad para esconderse de los sicarios ingleses buscando eliminarlo. Bocage era el agente absurdo que se coordinaba entre dos historias, había perdido el derecho a pensar otra cosa que la estrategia de llevar adelante la misión. 

Apenas puso un pie en la ciudad civil Bocage era ser nadie; rearmaría el hecho necesario para la continuidad de la historia tal como la entendía Doyle y eliminar los contratiempos a tales fines. Nada se le había pedido y sobre todo la opinión. Entró en la ciudad porteña por un pedazo de puerto en la dársena sur; como cientos de recién llegados a la ciudad provenientes de Catamarca, Nápoles, Río Gallegos, Sarajevo, se fue a una pensión de Avenida de Mayo. Allí y una vez instalado podría ser confundido con un guitarrista polivalente, aspirante a fonomímico, malabarista de antorchas, clavas y argollas. El centro de la ciudad, estar en el centro era el refugio más seguro, la mejor manera de ocultarse para alguien que llega a Buenos Aires con la misión de matar a otro. 

Los últimos datos que se conocían de Batistera, el hombre que venía a matar lo decían refugiado en algún lugar del delta de El Tigre, por eso lo del pasaje. Curioso: lo enviaron a la gran ciudad del sur y tendría que buscar la víctima escondida en un tigre geográfico e inconcebible archipiélago de islas. Buscar entre las islas. El Tigre era un Peloponeso cimarrón, manchas infinitas de la tierra, animal de vegetación producto de dos ríos voraces que bajan desde las entrañas del continente. El Tigre, lugar perfecto para ocultarse y despistar a cazadores de hombres, imagen lacustre de Buenos Aires, tierra de nadie donde podían refugiarse poetas a la búsqueda de la última metáfora; amantes urgidos por el abrazo clandestino, estrellas alcohólicas hastiadas del teatro de revistas de la calle Corrientes. Un lugar que es todos los lugares y que se llama El Tigre debe ser bueno para ocultarse y suicidarse. Batistera, si de verdad se movía en El Tigre estaba allí para ocultarse, queriendo arrastrarlo hacia la locura y el fracaso. La selva que se llama El Tigre. Era la ilustración de la situación de Bocage buscando a Dante.

El encargo tenía connotaciones de prueba de fuego. La variante de los entreveros políticos era novedosa, ajuste de cuentas entre clandestinos de carreras, amantes posesivos, deudas de juego, odios irracionales. Ese había sido su mundo laboral; eliminó a malos pagadores y gente que traicionó cláusulas de contratos orales. Era la primera vez que se sentía bicho raro viviendo su bautizo en territorio de ácratas, italianos, prostitutas, policías venales de poder, irlandeses, falsificadores de whisky, franceses de navaja nerviosa, guitarristas del montón y húngaros peludos con animales amaestrados. La peor calaña del universo parecía haberse dado cita en Buenos Aires, sin dejarle esperanza a un destino pacífico donde inventar las instrucciones del próximo milenio. Creía que el ser uruguayo le daba alguna ventaja, allí se hablaban otras lenguas venidas de lejos y sin ninguna relación con su pobre pasado. 

Buenos Aires tenía una administración paralela y estaba dividida en sectores controlados por diferentes mafiosos, razón suficiente para que, pocos años después se afirmara que la Argentina era gobernada con criterio municipal. Ayudado por la ventaja de unos pesos consiguió instalarse en una pensión limpia y discreta; allí tirado en la cama se percató que aparte de tahúres y personajes circunstanciales él no conocía a nadie en la ciudad, Su saber de Buenos Aires se limitaba a vagas referencias de boliches y esquinas tradicionales, algunos sobrenombres que se perdían en la noche porteña. 

Los dos primeros días instalado en el centro de la ciudad los pasó viviendo una luna de miel de hombre soltero; caminando como paisano deslumbrado por el movimiento, curioseando con el interés de provinciano, observando vidrieras de grandes almacenes, mirando la multitud de gente transitando el corazón porteño. Tomando tragos hasta entrada la noche, en bailongos inmensos con orquestas típicas, en locales lujosos donde las coperas eran coristas de un espectáculo de la calle Talcahuano. Lo hipnotizó la agitación constante de la urbe viviendo como si la ciudad fuera un animal inconcebible en movimiento perpetuo, le atraía la condición de discreto anonimato, sabiendo que podría desaparecer sin que allí nadie lo notara lo que renovaba su obligación de ser cuidadoso. Fueron dos días de espera hasta confirmar que la gente de Doyle le había perdido la pista y asegurarse que era su turno de moverse para ir tras la changa. 

Batistera estaba oculto, un secreto que debía ser protegido con la ayuda de cinco mil obreros de frigorífico parecía algo insostenible, con paciencia y patacones flamantes esa conspiración de silencio tendría una falla, al final se filtraría alguna información. ¿Por qué él había sido elegido para el trabajo? Tampoco se trataba de eliminar un diputado empecinado, que se niega a firmar el decreto sobre exportaciones desventajosas para la Nación. El crimen propuesto tenía algo de episodio cantado de antemano, bastaba atravesar Buenos Aires de una punta a la otra para hallar decenas de elementos discretos y eficaces, hombres dispuestos a aceptar el contrato sin dudarlo un instante. Salvo los otros obreros nadie se interesa por la salida de circulación de un obrero, y si como era el caso el susodicho es un extranjero reconocido anarquista, la noticia puede despertar incluso simpatía en determinados sectores de la sociedad. 

En la opción uruguaya de Doyle y los que mandaban al inglés había una justificación oscura que se le escapaba por el momento, detalle de conexiones de alto vuelo yéndosele de las manos. Demasiado bien aceitada la máquina para que pudiera ser verdad, en su presentación efectista hace unos días, el inglés fue parco en datos sobre la justificación para suprimir a Batistera y era su derecho; cuando el episodio de eliminar a un hombre se reducía a una fórmula tenía el peligro de ser demasiado simple: patrones, obreros, anarquistas, sindicatos, salarios y servicios especiales de Bocage. Se termina la mano, se baraja, se dan cartas recomenzando el juego y aquí no ha pasado nada… una relación innegable entre palabras altisonantes sin sentido y suficientes para justificar el contrato a los ojos de los mandatarios. Nunca se interesó por la trama secreta de su trabajo qué podía hacer sólo en Buenos Aires, pero quería entender el argumento de la obra donde lo hicieron entrar estando empezada. Son esas cosas, le dio por conocer la razón por la cual debía matar a Dante Batistera. Esa duda iniciaba el envejecimiento como el cambio de lentes para leer pronósticos de carreras de caballos, el reumatismo que diagnostican crónico y el primer par de dientes postizos.

Se entretuvo en el mostrador para acostumbrarse al ambiente, más que de un prostíbulo aquello tenía aspecto de paisaje pretérito incrustado en medio de la ciudad. Difícil calcularlo pues superaba las dimensiones de una casona grande, era el conventillo infinito y las muchachas decenas, cientos de mujeres paseándose como de compras en una galería comercial de barrios elegantes. La música se oía sin interrupciones: a su manera y de reojo, captó que detrás de una cortina azul se había armado una timba de las fuertes que le recordó su pasado. El bar donde estaba acodado tomando una ginebrita era más impresionante que los de su barrio por allá, en aquella ciudad que comenzaba a tomar dimensiones de pueblo chico. Estaba trabajando, podía charlar con las pupilas sobre el tiempo y subir sin perder tiempo las escaleras que llevan a cuartos en los altos. Bailar un tango si le venía en gana, tentar suerte en la mesa de monte y filosofar con otro parroquiano sobre el carácter inconfundible de los pingos para el domingo que viene. 

Tenía puesto sus objetivos laborales en lugar prioritario; nadie parecía interesado por su presencia, el uruguayo advirtió que varios ojos lo miraban con desconfianza, conjeturando que podía ser un comisario asignado al sector en paseo de reconocimiento, el padre vengador de una pupilas reclutada en pueblos del interior con el cuento de los anillos y boda capitalina. Lo aturdía la complejidad de las lenguas que escuchaba hablar, allí y tratando de divertirse para olvidar estaban los desterrados del mundo, campesinos de países inconcebibles para un oriental y arrojados a la selva urbana sin pedirles su parecer. Selva más implacable que las plantaciones del infierno misionero, donde había la ilusión de la yararacuzú redentora.

Algunos de los gringos ya tenían maneras prepotentes de guapos de cuarta, sobrevivieron a las pruebas iniciales de desarraigo accediendo a una nacionalidad incierta, otros estaban borrachos sin sacudirse el recuerdo de los campos de Varsovia. Lo que esperaban del futuro era la puñalada absurda que les daría una muerte ridícula, justo corolario de una vida miserable. «Carajo con la patria que crece» pensó Bocage», «gobernar es poblar» agregó mientras dos matones del local sacaban a patadas a un gringuito rubio de ojos celestes, que no entendía lo que estaba pasando, porque el jueves pasado en la cubierta del barco atiborrado de pobrerío se creía tocando el sueño americano. 

Era hombre de quilombo chico, allí tendría que reaccionar antes que lo confundieran con un curioso a la violeta y vinieran a pedirle explicaciones. Sin chistar y despacio terminó su segunda ginebra; era de los pocos clientes que no andaba por ahí hablando en voz alta ni pidiéndole tal estilo a los musiqueros, menos tocándole el culo a las atorrantes calibrando las yeguas. Le fue sencillo adivinar a la bataraza que mandaba en ese gallinero. 

-Nas noches forastero, dijo ella cuando Bocage se acercó. ¿Podemos hacer algo por usted?

-Busco a la tana, contestó.

-Pero hombre, si ella está ahí cerquita, le dijo la mujer y señalando hacia la muchacha de rasgos duros, sentada en un sillón recamier.

-Tiene razón, dijo. Hoy ando medio pelotudo y el viaje en tren fue largo. La última vez que vine creo que la señorita tenía otro color de pelo.

-Usted sabe como somos las mujeres de coquetas. Pero apúrese hombre, le aseguro que es de las chicas más solicitadas, con esto de la rural y las domas llegó del interior mucho galán ansioso de encantos importados.

Ese era el local de esparcimiento variado más próximo al frigorífico de la huelga. La tana -debía haber necesariamente una tana en el local- le pareció la pista para empezar, se trataba de rearmar desde el comienzo la conexión italiana y hacerlo con paciencia. Desde antes de abordarla el uruguayo advirtió que se trataba de una mujer áspera y desagradable, una semana de intimar en ese ambiente es suficiente para aniquilar todo resabio pasado con modestas esperanzas. La mujer tenía modales imaginables en alguien que con razón detestaba a los hombres; para que –por si acaso- ella desistiera de manotearle la billetera de un descuido, Bocage se encargó de que viera el fierro cerca del sobaco; él le mintió que ya había estado con ella y la mujer dijo que podía ser. Argumentó algo de dudoso gusto sobre el pendejal de las italianas y la mujer lo oyó como quien escucha llover. Luego él le preguntó si había en la casa otras muchachas italianas y ella dijo que antes; hacía un año los marselleses boletearon a los hermanos Debenedetti los antiguos patrones. Desde entonces sólo se arrimaban mujeres de pelo colorado, pecosas como sucias y de carne lechosa, parla entreverada; según la Pía la importación de mujeres de la Europa central era una traición cultural. 

La dejó hablar sin insistir con preguntas evitando que la Pía desconfiara de sus intenciones, puede que se tratara de una pista equivocada, era el único camino que se le ocurrió para llegar hasta el ambiente de los italianos. La mujer estaba rencorosa contra el destino del mundo como para darle otra información y hasta para hablar de ella, todo intento por profundizar la complicidad saliendo del trato carnal sería sospechoso. La Pía era hembra de armar un escándalo en dos patadas y esa eventualidad era desaconsejable. El uruguayo cogió para no despreciar ni despertar suspicacias en la italiana, montado sobre la Pía recordó que hacía días que estaba sin mujer y fue así que acabó a lo animal pensando en la piecita del barrio el Pantanoso en otra vida, sin saber que estaba cogiendo por última vez. Entre las tonterías del lavado antiséptico, comentarios al pedo para llenar el aire y el volver a vestirse logró sonsacarle la hora aproximada que ella terminaba de trabajar.

Bajó descargado al gran salón del ágora prostibularia, se tomó otras copas ostentando su satisfacción por la calidad de la pupila y se dejó ganar algunos pesos al monte para alejar la suspicacia de malandras mediterráneos; después, si bien era abril y hacía un frío anunciando un invierno furioso, se acomodó en un portal oscuro enfrente de la casa de tolerancia a campanear la salida del personal. La primera noche se perdió en el entrevero de una partida colectiva como si hubieran cerrado de apuro por redada. De un saque salieron doce mujeres y vistas desde lejos, a oscuras, le fue imposible identificar en el lote a la tana, porque avanzaron todas juntas hasta dispararse a paso militar. 

La segunda noche y previendo la repetición de la salida múltiple se dijo que algo de instinto de cazador debía persistir en su cabeza; descartó a unas mujeres que fueron saliendo con poca distancia de tiempo entre ellas. La tana, si él había comprendido bien era bicho rencoroso y solitario también fuera del prostíbulo. Así fue, una de las mujeres salió despreciando compañía y sin tener la certeza absoluta se decidió a seguirla a prudencial distancia. La noche esa era negrísima para convocar cualquier peligro, los lugares que la mujer atravesó en su recorrido eran para asustar al más pintado, ella marchaba con la determinación de alguien que desprecia el peligro y hasta lo desafía. No había duda posible: era la tana. 

La siguió por andurriales que él desconocía hasta desembocar en un agujero de la ciudad, una placita parecida a un terreno baldío y pensó dos veces si estaba entrando en una emboscada. Ese era el barrio de la tana, el oriental para no sentirse perdido quiso recordar el nombre del teniente escrito en una chapa de la calle, la presencia de un almacén, la herrería y el edificio cercano. Era suficiente por hoy y debía regresar al Congreso a patacón por cuadra. Se quedó parado sin saber por cual rumbo decidirse hasta sentir el olor inconfundible y después oyó el motor de un camión. Era un cargamento de carcasas podridas indicando el rumbo para el centro de la ciudad u en el cielo amagaba amanecer. Durante el camino se dijo que encontraría un boliche abierto donde tomar un café con leche caliente, leer la prensa que otros camiones estarían repartiendo por la provincia. 

Teniente Pedernera era el nombre de la plaza, por unos días ese sería su barrio y lástima tener que dejar el centro, a lo bueno uno se acostumbra rápido. Era el barrio de los obreros frigoríficos, una fábrica textil que por ahí cerca machacaba su traqueteo a razón de tres turnos por día y si de noche aquello era un desierto, desde la mañana temprano había una enorme actividad. Se olfateaba la inquietud de un ambiente de huelga larga, olor de trabajo mal pagado y que siguió viaje cruzando el charco hasta el Cerro de Montevideo; aquello era un hormiguero de gente y en las esquinas se formaban grupos de hombres para discutir. Los camiones del ejército merodeaban a manera de advertencia de la patronal, si años atrás se la habían dado con todo a los indios levantiscos del lugar, las orejas y cabeza de algunos gringos era poca cosa, detalles de la vida laboral, ejercicio de rutina y desprecio.

La excitación del vecindario tuvo efectos sobre la estrategia, el uruguayo debía obrar rápido siendo extraño a los protagonistas del evento; una vez más el ejercicio de pasar inadvertido. Durante los días siguientes fue a comer a una fonda llamada Nueva Calabria, pedía mortadela con ensalada de papas y polenta con estofado, a veces tallarines con salsa y queso, tomaba vino tinto suelto. El lugar bullía de conversaciones a toda hora. Allí estaba la tanada, aquello era un cacho de Italia trasplantada a los arrabales de Buenos Aires. Lo supo de inmediato, alguno de esos hombres estaría al tanto del paradero de Batistera. Debería apostar más fuerte de lo previsto y provocar soluciones al misterio.

Un día creyó que la suerte vino en su ayuda. ¿Vino la suerte en su ayuda? Hacia el mediodía cayó por el Nueva Calabria un hombre con pinta de obrero de matadero. Mozo algo mayor cercano a la treintena, traía unos pescados envueltos en papel de diario y un bicho embalsamado. Los presentes, ese conjunto improbable eran seres extraños a la pestilencia de sangre que impregnaba al barrio hasta en la juntura de los ladrillos, a la acumulación de carne trozada que parecía colgada por todas partes y la conciencia de matadero eterno que había en las cercanías. Bocage centró la atención por largo rato en el hombre de los pescados, el rasgo más destacado era la desconfianza, que se hacía visible en movimientos incesantes de su cabeza buscando si alguien lo seguía. A ese hombre sería bravo rastrearlo con la facilidad del seguimiento de la tana unas noches atrás. Más que ir detrás de un hombre, la pista que se le abría era averiguar en la totalidad del delta de El Tigre que le podría consumir varios años; como de muertos se trataba, decidió indagar por los embalsamadores de las islas achicando las complicaciones, creyendo que se trataba de una pista segura.

Le pareció curiosa la coincidencia en ese hombre que llegó a la fonda de los oficios vinculados, la alteración de la historia por la violencia según se lo contaron y la quietud de la vida fijada en la apariencia tal como se veía en el bicho embalsamado. La estrategia cambiaba de rumbo, ajustándose a la geografía caótica donde ocurriría la cacería final; quedaba descartada cualquier posibilidad de encuentro directo con Batistera en la olla de las conspiradores. Pensar El Tigre era admitir islas infinitas, canales como corredores, lugares que nadie podría conocer por completo en el transcurso de una vida. Detestaba la humedad y se quedó un par de días en la influencia del Nueva Calabria, postergando el encuentro con un paisaje desconocido que le daba mala espina, espina de pescado de río.

Había finalizado el estado de gracia popular con la periferia laboral de frigorífico. La presencia reiterada del intruso aunque fuera un desgraciado, podía llevar a que lo consideraran matón infiltrado para romper la huelga, delator de la policía. Veinte años de trabajo en un frigorífico dejan huellas en el cuerpo que ni el mayor arte de la simulación pueden lograr y algo de Bocage comenzaba a diferenciarlo. La huelga estaba creciendo y en consolidación, El movimiento sindical unitario resistía a pesar de las fuertes presiones patronales, si bien había cada día enfrentamientos aislados con provocadores, la resistencia tal como evolucionaba provenía de una cabeza pensante con capacidad de organizar movimientos de cientos de hombres y mujeres. Era la cabeza que quería Doyle, la cabeza de Dante Batistera.

En el barrio se percibía que tanta organización trascendía la reivindicación por condiciones de trabajo mejores. Era una protesta extendiéndose más lejos del límites de los portones del frigorífico, lejos de la plaza Teniente Pedernera y llegaba a consideraciones que escapaban a la comprensión del uruguayo. Se trataba de la expansión internacional del pensamiento anarquista y de cortarle el paso a otra conjura, una conspiración del capital. Se hablaba de implantar una verdadera justicia humanista en una sociedad de hombres desengañados a quienes les estafaron la vida. Sensibles a las arengas proclamando un apocalipsis de felicidad en su realización; desesperados que asistieron, estupefactos e indignados a la masacre implacable de Roca para hacer retroceder la frontera de la barbarie. A los europeos les limpiaron un país para ellos que pasaban por ser dóciles y trabajadores, quienes a los ojos de los poderosos eran intrínsecamente mejores que los indios por tener lecturas de la Biblia. La excusa se acabó en el momento de repartir la tierra, despoblar a sablazo, eso es gobernar. La repartija de los campos estaba hecha y duraría hasta la eternidad que Dios y el Amor a la Patria dispusieran, los mandamás de siempre en menos de un siglo lograron la independencia y la prepotencia. Los bambinos venidos de la bella Italia se morían hacinados en casas de porquería, los tanitos eran indios más la tarantela y una fuente desgraciada de tallarines. 

La línea de Batistera trazaba una reivindicación que pasaba por la familia, la lengua y la solidaridad creativa, utopía conciliando el trabajo en una tierra lejana guardando lo mejor de una memoria de siglos. Bocage comenzaba a entender viéndolos vivir, entre esos hombres se armaba algo distinto a un sindicato sulfuroso que pelea dos pesos de salario para el turno de la noche. Lo pergeñado en la clandestinidad por Dante Batistera se volvió crimen político, los proyectos de los colonos debían fracasar, tal era la consigna de la contrapartida. Doyle era representante de otras tierras, intereses foráneos que pasaban por encima de los responsables criollos de las matanzas. Era necesario la prolijidad de un asesino venido de afuera y poco informado, el extranjero que cortara por lo sano.

Desde su mesa del Nueva Calabria, Bocage mira hacia los alrededores para descubrir al otro. El porteño a quien le habían pagado la tercera parte de su precio para que lo matara en cuanto él liquidara al italiano. Entre Doyle y el Comadreja lo habían vendido, puede que denunciándolo como un agente del presidente Batlle; seguro que estaban metidos en el baile los servicios secretos ingleses y argentinos, nada de delirio en la cabeza y los hechos daban esa impresión. Estaba envejeciendo como le decía la tipa del Pantanoso, ablandándose también de ánimo. La imagen de Batistera se perfilaba diferente en el espíritu del uruguayo que se hizo humo de la barriada frigorífico y fue acercándose al objetivo.

Cayó mal el sábado inglés para vigilar el movimiento en los embarcaderos que llevan a El Tigre, cientos de personas buscaban cambiar de aire; se proponían decenas de combinaciones por alcanzar el delta. Los tanos se decidirían por las líneas con más público, confundiéndose con familias y pasando inadvertidos entre los agentes que pulularían por el lugar. Ese fin de semana era preferible renunciar a detectarlos, a medida que avanzaba la hora de partida la locura del gentío fue en aumento. Comprendió que El Tigre era otro país, arrecife tropical en el lugar equivocado, respiradero al horno bonaerense, escapada salvadora para miles de ciudadanos agobiados por el cemento y para ir al dominio con nombre de animal buscando soledad, perderse en un dédalo de islas. Bocage se aburría contemplando la agitación popular, espectáculo confuso que le desagradaba y su negocio suponía dominar el juego de la espera.

En una casa de empeño compró la lechuza embalsamada y el domingo se paseó por el animalito entrando en boliche tras boliche del barrio de los embarcaderos. Tomando caña y guaseando con los patrones, diciendo que quería vender el fruto de su trabajo, mintiendo que buscaba un trabajo igual para un perro querido que venía de morir, inventando que juntaba una colección de la fauna del delta por encargo de un museo francés. Mentiras de mostrador que hacia el final de la tarde, pescaron tres nombres de embalsamadores viviendo en las islas. Buena cosecha para un solo día de trabajo.

El primero de los contactos resultó un fracaso. El lunes aquello era un desierto y el recuerdo de lo visto la víspera parecía un sueño. Bocage se subió a la lancha que hacía el recorrido extenso y trató de indagar entre los tripulantes con los escasos datos que tenía; turista distraído con falta de sol pensaron los lancheros y lo llevaron directo al profesional de los embalsamadores. Resultó un judío polaco que tenía una tienda destinada al público y a la vista de todos, negocio inapropiado para esconder el anarquista más buscado que un tesoro. Volvió sobre sus pasos sin dejarse ganar por la tropilla del fracaso; al otro día repitió la operación y cuando le evocaron al polaco él dijo que no, que buscaba al jubilado, un hombre que vivía retirado.

-Seguro que es el de la hija boba, dijo el lanchero.

-Ese mismo, repitió al boleo, buscando soldar la conexión.

-Haberlo dicho antes. El hombre vive lejos pero despreocúpese, tome sol tranquilo en la cubierta que le aviso cuando lleguemos.

Viajaron durante dos horas, era la primera vez que veía un paisaje parecido, siendo hombre de ciudad él moriría en un callejón sin haber conocido el resto de su país. Uruguay era para él apenas la capital, hijo de un país chico la patria era un perpetuo ajuste de cuentas entre malandrines del bajo. A medida que la lancha se internaba en el cerebro del delta dejando atrás referencias de la selva urbana, entendió que tenía más miedo de confrontar las islas perfilándose desde la embarcación que frente a una banda rival armada hasta los dientes. El temor de ahogarse en esos parajes lo asaltó más que la probabilidad de morir en la explosión en un atentado entregado. Tenía miedo de morir como un bicho, hasta la insistencia del sol le daba miedo, los únicos paisajes diferentes que conocía eran los que se ven en plena borrachera. 

A los pocos minutos de navegación fue consciente que perdía el control de la situación, estaba viajando a un país con leyes donde él podía ser el hombre excluido en cualquier minuto.

-Es ahí don, dijo el de la lancha. Pregunte en el parador.

Sin necesidad de consultar mapas del lugar el cuerpo supo que estaba en una isla, experiencia que le resultaba desagradable. Desde que puso pie en tierra se instaló un vaivén que lo acompañaría hasta el final de la aventura, decidió darle tiempo al tiempo y las circunstancias lo favorecían. A pocos metros del muelle de madera donde lo dejó la lancha se levantaba el edificio clásico del parador o un hotel. Siendo lunes el paisaje reivindicaba su derecho a la soledad como si paseara en el ambiente isleño el suicidio de Lugones, le pareció que antes, alguna vez olvidada él había visto la terraza donde había reposeras abiertas evocando atardeceres de verano. Del parador, punto de partida y convergencia de los rincones de la isla salían sendas que se bifurcaban en varias direcciones, el uruguayo pensó que podría resultarle fatal tomar el camino equivocado.

Habían pasado algunas horas desde que se desprendió del embarcadero de Buenos Aires y tenía cansancio muscular, como si hubiera hecho la travesía del Mekong trabajando en cubierta. Se hallaba en un lugar alejado de la geografía de su vida, podía ser en el interior del libro que narraba su muerte y era flagrante el desencuentro con la naturaleza insular. Necesitaba descansar y decidió tomar un cuarto en el parador, ni prestó atención a la gente que se cruzó en su camino recordando sí que había pedido ser despertado para la cena. Otro lunes cualquiera y después de sonados suicidios flotando sobre el Delta, un hombre solo en el parador de esa isla alejada concita sospechas variadas sin provocar preguntas comprometedoras. En las islas los lugareños están habituados a recibir escapados, descubrir seres desesperados, desterrados de la existencia que tientan el atajo y nadie puede suponer nada extraño antes. Sobrenada un silencio a la deriva siendo incertidumbre, hueco entre banalidad y tragedia, se bañó y el espesor del agua lo sorprendió por lo distinto. Era el río. Al final se sintió ligero, esa agua fluvial le desprendió costras invisibles. 

Luego se vistió liviano con lo poco que traía, andaba con ganas de ponerse una camisa blanca. Salió a la terraza del parador pensando que llegaba atrasado a una cita de negocios, tenía hambre. Le prepararon una mesa para él de manera impecable, bien ubicada frente a un horizonte cuestionando la idea de línea perfecta y haciéndose sinuosidad de verde enmarañada. Por encima del ronroneo del río huyendo hacia el abrazo marino, se oían trepidantes solos de las últimas lanchas del día más rápidas que por la tarde. La brisa era fresca y agradable, los pájaros que acostumbran cantar a esa hora lo hacían sin estridencia particular que anunciara el peligro a la especie. Apenas sentado y habiendo terminado de acomodarse, como si le hubieran adivinado el pensamiento le trajeron un vermú italiano con hielo, de un dejo amargo que renovó el apetito del uruguayo. Aquel era un recibimiento entre casualidad e ironía, otras dos mesas estaban ocupadas, en la más alejada una pareja con apariencia de viejos amantes disfrutaba reacomodos y gratificaciones de fidelidad y que pocas veces depara la pasión. Más cerca, un hombre mayor que estaría cerca de los setenta años leía un libro, lo hacía como si repasara la crónica de un amor juvenil o estuviera en la inminencia de la revelación alucinante, abriendo intervalos de verdades literarias contradictorias.

Desconfiaba de la felicidad, el límite de la alegría podía llegar a hora y media, la duración de una película americana de pistoleros. Después de meses de comida recalentada había olvidado el sabor de una ensalada fresca cuando al masticarla se está mirando un río; le trajeron luego un pescado a la parrilla –ignorante de la vida de río sería incapaz de identificarlo- cubierto con una salsa que degustaba por primera vez en la vida, papas hervidas con manteca, perejil y limón. Evitó el postre y disfruto un café cargado, áspero, perfumado. La vivencia del placer sensorial regresaba cuando la muerte lo andaba rondando. Con la panza llena de un vinito blanco que la mujer le dijo venido de Mendoza, temió que sus oscuros presentimientos le dieran una noche de sueño agitado. La isla pareció hacer del cuerpo un alma separada y durmió profundamente. 

Había el embalsamador claro, pero mañana sería otro día.

-La mañana está linda para caminar, le dijo a la mujer de la hostería que hacía sus tareas con parsimonia de vestuarista de ópera, sin apuro después de una representación de La forza del destino. ¿Qué hay de interesante para visitar en la isla?

-Nada, fue la respuesta tajante de la mujer, resultó más fuerte la gana de charlar y terminó describiendo a los vecinos callados y modestos, también los excéntricos.

Quienes decidían instalarse en ese grupo de islotes más al norte deberían tener un carácter particular y puede que una concepción especial de la vida. Huir de algo o alguien no era a descartar cuando se prefería la soledad a cualquier alternativa de convivencia que pudiera ofrecer el mundo. Nada era gratuito en las entreveradas razones para vivir en esas islas. Los referidos por la patrona estaban allí por una razón poderosa y la fuerza oculta del lugar permitía la persistencia de la respiración salvaje, pensar que avanzaba el siglo de los milagros científicos y se hacían retroceder los arcanos mejor protegidos de la naturaleza. Decidió ser un periodista deportivo en busca de reposo espiritual porque venía de perder a un familiar querido. El Tigre era el sitio ideal para distanciarse de la pesada carga de recuerdos difíciles que quedaron en Buenos Aires, tan lejana. La insinuación de una orfandad tardía o una viudez temprana enternece los corazones, al segundo café matinal, en la misma terraza de la cena y sin compañía de otros viajeros, estaba en poder de valiosa información sobre los habitantes del islote.

El embalsamador en la versión de la mujer resultó ser buena gente, vivía en la zona apartada de la isla y había el drama de la hija, muchachita bonita y algo boba dijo la posadera en voz más baja. Las desgracias no vienen solas, ahora mismo tenían a su cuidado un pariente italiano enfermo. Eso sí: era gente discreta, ni una queja, ningún barullo por la salud del pobre convaleciente. «Batistera» pensó y se sorprendió de lo fácil que resultaban las cosas desde hacía dos días, cuando puso pie en la isla. Había más historias de otros locos sueltos que el uruguayo escuchó como quien oye llover, la tregua de cierta felicidad, veinticuatro horas que para Bocage comenzaban a ser demasiado terminaba. Era tiempo de trabajar.

Ese primer día después de la revelación se dedicó al reconocimiento del terreno, coordinación de tiempos y horarios, medir distancias en metros y esfuerzo respiratorio. Afinó la manera de dar el golpe con la máxima eficacia y meditó la estrategia de escape. Escapar de la desconfianza de Batistera y la geografía desquiciante para luego, un día de estos ganar por fin la costa de su país; la República Oriental del Uruguay durante las caminatas de inspección estaba en las antípodas de su situación presente. Temía que una selva tupida hecha de millones de islotes terminara por sofocarlo, se interpusiera entre el cumplimiento del contrato y su rutina cotidiana. Lo de Montevideo le sucedió a otro Bocage, alguien sobre quien él tuvo noticias alguna vez, antes.

Los miércoles había feria y mercado en otra isla cercana. A eso de las nueve de la mañana ellos salieron de un rancho que hacía a la vez de casa y taller. Un viejo flaco y esquelético con barba de chivo, pantalón de pescador de azul desteñido, botas de monte, camisa resistente de dril crudo y a su lado una adolescente hermosa que hacía más dolorosa la modificación de la bobera. El signo del mal se advertía porque la muchacha se desplazaba de un costado a otro con trotes cortos de animalito asustado. Podría afirmarse que la suerte estaba de su parte y a Bocage le tranquilizó saber que tenía el panorama despejado. La nena y el chivo llegaron hasta los dos tablones que hacían las veces de embarcadero. A pesar de que la chalana tenía un pequeño motor, el viejo manejó los remos con pericia de profundo conocedor de las trampas del delta. Ellos no volverían hasta pasado el mediodía, tiempo suficiente para Bocage que podría liquidar el asunto, volver al parador y tomar la lancha de las doce antes que esa pobre gente descubriera el cuerpo sin vida de Batistera.

En los últimos tramos del camino debería ser más precavido que nunca; por lo que sabía y aquello que fue descubriendo después de unos días Batistera era hombre corajudo y astuto, es posible que tuviera cerca de la casa una guardia personal. Fumó un cigarrillo dejando correr el tiempo para que el bote del embalsamador se alejara de la costa. Las nubes cargadas que prometían una mañana amenazante desaparecieron, se cocinaba a fuego lento un día soleado y luminoso, mala hora para matar a un desconocido. Debía terminar de una vez con el contrato del inglés Doyle; podía concretar el golpe mediante una emboscada brutal, estaba intrigado como nunca le ocurrió durante sus largos años de oficio en asuntos de muerte. El interés era un error y se salía de la ruta prevista, necesitaba ver de cerca a Batistera, tentar matarlo y desentrañar el misterio del hombre condenado. 

El uruguayo salió de su escondite y llegó hasta la senda que conducía a la casa sin tomar precauciones, casi yendo a visitar un amigo querido. Avanzó por el camino de tierra con naturalidad dadas las circunstancias, entró por el jardín de hortalizas simulando que llegaba al terreno del embalsamador cada semana del año, en los alrededores el aspecto del lugar era de un ordenado abandono. Aparentando que era enviado trayendo un mensaje urgente del congreso anarquista celebrado en Bruselas, avanzó hacia la puerta, subió tres escalones de madera y en gesto inimaginable golpeó en medio de las tablas.

-Pase, le respondieron desde el interior de la vivienda.

Bocage estaría dopado para el criterio de testigo imparcial si lo hubiera, ni consideró tampoco que podría tratarse de una emboscada. Apretó el pestillo y entró en la vivienda, las ventanas estaban entornadas, casi cerradas por completo. 

El aire era cargado y había un olor de pieza de hospital sin lavar después de muchas semanas, cercanía de morgue y café fuerte o alcohol a la vez. Nadie disparó un revólver en los primeros segundos y los ojos tardaban en acostumbrarse a la penumbra.

-Lo estaba esperando, Bocage. No se quede ahí parado como si fuera un forastero, pase, hombre, pase…

Si hubieran querido matarlo él ya sería hombre muerto. La voz, el recibimiento de la voz era de alguien estando al corriente de la intriga y la trascendencia mirándola desde un minarete inexpugnable. En algún momento que escapó al control de Bocage el operativo comenzó a ser sencillo, se sentía manipulado, marioneta de un titiritero desconocido, metido en un guiñol del que ignoraba la trama. En un final de piola estaba la mano de Doyle con carencia de información y en otro la voz campechana de Batistera. Voz grave y conciliadora, digna de alguien participando en planes demasiado sublimes para ser comprendidos por un malevo de la talla de Bocage; más compleja que un mero asunto de quincenas en un matadero de arrabales porteños dirigido por los ingleses.

-Pase, repitió la voz. No hay nadie emboscado esperándolo.

-Usted sabe por qué vine hasta aquí, dijo Bocage excitado e incómodo.

Nunca antes había tenido con sus víctimas una relación parecida ni creado esa zona de palabras previa al gesto. Antes había rabia, desesperación, miedo e incredulidad; algo o una extraña decisión venida del fondo de Bocage le deparaba un curioso milagro, como si entre el golpe del percutor en el tambor y la bala rasgando la tela de la camisa de Batistera –ese tiempo inexistente- él lo pudiera detener para conversar con la víctima sin intentar impedir lo inevitable.

-Le agradezco que venga así como un nuevo amigo a terminar con mi sufrimiento, comenzó Batistera ante un sorprendido Bocage en lo que sería un parlamento de furia y misterio. Me será de gran ayuda, continuó. Tenemos dos horas por delante para liquidar nuestro asunto; en cuanto ellos marcharon al mercado, sospechando que usted estaría en las inmediaciones esperando el momento oportuno, me tomé la mayor dosis de medicinas que mi cuerpo resiste. Cuando regrese el dolor con saña vengativa un buen balazo uruguayo será un bálsamo bienvenido. Está escrito que por una y otra causa me perderé la próxima gran lluvia que caiga sobre el Delta. Esto es un privilegio, digo lo de ser asesinado y de saber por quién. Toda enfermedad es variante del suicidio, en cierto momento el cuerpo harto de las fatalidades del alma que lo habita, se elimina a si mismo mediante una peritonitis, la embolia fulminante. Las células se niegan a continuar obedeciendo a la conciencia que las organiza. Un atentado anarquista, porque la vida es anárquica. Voy a morir por un cáncer de próstata apoyado por úlceras exteriores y es desagradable. El anonimato de mi vida se apaga, la enfermedad resultó más eficaz que la policía para eso de darme alcance y sacarme de circulación. Ahora sé que voy a morir con la inestimable ayuda del uruguayo Bocage. Conozco el tipo de revólver que calza el hombre y hasta podría darle la bala elegida por mí, pero sería una ofensa para su persona y conciencia profesional. Qué quiere que le diga… saber que en los minutos decisivos la muerte tendrá rostro humano me resulta emotivo. No se sorprenda, la suya es la única información que negocié firme con los patrones de Doyle. Se arreglaba la huelga si ellos jugaban con las cartas sobre la mesa, denunciaban los planes que me tenían preparados. Ellos contaron la conjura preparándose en Montevideo, me dieron sus datos y la filiación del hombre encargado de eliminarme. Bocage, desde el minuto que subiera al barco en tierra oriental era un hombre vendido por los contratantes. Ellos, para limpiarse del todo esperaban que mis hombres lo sacaran de circulación discretamente. Yo decidí esperarlo para charlar.

-Charlar.

-Usted es la muerte Bocage. Todo el misterio de la muerte se concentra en su persona. Los últimos días pensé en pegarme un tiro, tomar cianuro mezclado con caña. Desde niño creo en la división del trabajo y eso de matarse se lo dejo a los poetas, los anarquistas merecemos otra suerte y la muerte violenta nos hipnotiza. Cuando llegó hace dos días toda la isla lo esperaba, deberá admitir que mis camaradas encargados de recibirlo hicieron un buen trabajo. En el parador temieron un ataque de cobardía de su parte que yo descarté por inaceptable. Temían un arrepentimiento; pero sus antecedentes deberían confirmarse, lo que forma parte de sus debilidades. Nos tuvo inquietos con ese tiempo de reflexión que se tomó, el reposo del guerrero previo a la batalla, al acto capital. Era evidente que usted venía agotado. Ahora no puede fallar, todos preparamos su huida de la isla sin trabas, impedimentos ni molestias.

-Usted da largas al asunto y lo que busca es salvarse.

-Levante la mecha del farol.

Bocage obedeció, en cuanto aumentó la luminosidad vio a su víctima en la estancia clavado a un sillón desvencijado y tapado por una manta vieja sobre las rodillas. Batistera era un muerto de tres días todavía sin descubrir por la familia. Esa piltrafa no podía, no debía ser el peligrosísimo sindicalista anarquista a eliminar a como diera lugar por el bien de la empresa. El hombre levantó la manta y por el bajo vientre había una herida purulenta, boca negra enorme que devoraba el cuerpo del italiano, el sexo era un animal inanimado desmesurado en su agonía y de allí emanaba un olor nauseabundo a carne podrida obligando a que Bocage girara la cabeza.

-¿Salvarme de qué? Usted puede tirar y nadie le impedirá escapar del lugar. Todos creen que se trata de un ardid inventado por mí, la provocada planificación de una muerte violenta para despertar conciencias, se trata de la puesta en escena de una debilidad operística. Si decide disparar, si ahora saca el arma y hace fuego para cumplir lo pactado con Doyle los dos nos quedaríamos sin conocer la respuesta a la pregunta que nos da vuelta en la cabeza.

-Por qué mandar eliminar a un hombre moribundo.

-Exacto y además por qué detener esa empresa a medio camino. Para charlar sobre eso tenemos menos de dos horas. Después tire sobre mi sin que le tiemble la mano, dicen que los orientales nunca fallan, es lo que dicen… ¿Me cree cuando le aseguro que volverá a Montevideo sin inconvenientes si sigue mis instrucciones?

-Le creo, dijo Bocage convencido.

-Bien, confirmo que estamos entre caballeros. Pero atención, si decide regresar por Buenos Aires desde el instante que ponga un pie en la capital yo no apostaría ni un vintén por su suerte. Cuando los míos sepan del asesinato lo van a perseguir como una rata y los otros, los muchachos de Doyle ni le digo.

-Sé cuidarme, tengo mis propios planes.

-Eso lo daba por hecho. En otra circunstancia nos hubiéramos entendido bien, solía ser un buen adversario. Sin el cáncer me hubiera encargado yo mismo de meterle tres balazos en el corazón. Recuerde que durante la indagatoria en las islas estos últimos días usted cometió errores inadmisibles en un hombre de su experiencia, un profesional de su talla y antecedentes.

-Fue el paisaje creo, el clima. Me estoy volviendo viejo.

-Es posible… somos los mismos y este encuentro nos devuelve imágenes diferentes de nosotros mismos. ¿Por dónde empezar Bocage?

-Usted es mano y por momentos me siento un idiota.

-Incrédulo sería la palabra apropiada. Usted creyó que su vida valía más que el dineral que le adelantaron y tiene una fe infantil en las reglas de su profesión. Conceptos ingenuos para los tiempos que corren si me permite el atrevimiento, lo terminarán matando como a un perro.

-Hasta ahora me defendí bastante bien.

-Recuerde que trabajó para mediocres capangas de la política, maridos celosos y cornudos, industriales de medio pelo. Los tiempos cambiaron.

-Y lo dice usted, que quiere cambiar el mundo… 

-Se equivoca Bocage, al mundo quiero destruirlo. Nos estamos impacientando, ahora somos una comedia que podría llamarse la muerte y el moribundo. En pocas semanas nuestros nombres desaparecerán de la memoria de la humanidad. El mundo es el supremo destructor y por eso hay que combatirlo. Ahora que vio de cerca su objetivo baje la lámpara por favor. ¿Quiere una ginebra?

-Nunca tomo cuando trabajo.

-Desconfiado hasta el último minuto el oriental. Yo si quiero una ginebra, tiene algo de soberbia romana que uno mismo se sirva la última copa.

-La del estribo.

-Eso, la del estribo.

Dos horas después, cumpliendo un gesto de amistad antigua y más que liquidando un ajuste de cuentas por encargo, Bocage bajó al mínimo la luz del farol, sacó el revólver de la sobaquera. Disparó una sola vez sobre lo que quedaba del cuerpo de Dante Batistera, apuntó al corazón y fue suficiente. El hombre ni se movió cuando recibió el impacto en el pecho, dejó caer la cabeza igual que si se hubiera dormido de repente. 

Bocage estaba seguro de no encontrar obstáculos en la escapada, Batistera dejó órdenes que fueron obedecidas. Los habitantes de la isla anarquista se comportarían durante la huida del intruso de la misma manera que cuando llegó: imágenes proyectadas con apariencia de realidad, actores en medio de una filmación, reflejos vivientes de espejos invisibles, comando camuflado de conspiradores actuando en la realidad que pretende demoler. En las dos horas pasadas se impregnó de información, secretos, revelaciones de moribundo que podían costarle la vida y salvársela si sabía jugar las cartas como cuando era fullero. Puede que Batistera delirara por la dolorosa enfermedad, había en él algo de profeta agonizante llevando a que se tomaran en cuenta sus disparates. 

Más que la huelga del frigorífico, episodio menor en la economía de la historia lo que estaba en juego era el futuro de la región y las fuerzas enfrentadas estaban en una partida a largo plazo. Había fuertes intereses para que las tierras del sur del continente, las provincias de Río de la Plata, el antiguo virreinato y buena parte del Brasil terminaran por desaparecer deglutidas por una unidad supranacional. Se preparaba el Virreinato de los poderes desconocidos; esos países, que se mataron con envidiable vehemencia por más de un siglo, hasta lograr una falsa apariencia de naciones orgullosas y definidas, se irían al carajo. Todo, había dicho Batistera será una estancia infinita con patrones viviendo lejos. La lengua, las costumbres de cada región, los objetos artesanales, la manera de asar la carne, los cantores y las habilidades camperas se disolverán en lo inauténtico para ser la pulpería más grande de la historia. No un destino de imperio ni de nación sino de pulpería. 

Batistera lo dijo con todas las letras: hay una enorme conspiración en marcha que busca destruirnos, la cabeza está en algún lugar de Buenos Aires y habrá otro foco en la costa uruguaya, por eso trajeron a Marconi para que experimentara con el telégrafo en las costas de Maldonado. Sólo a un ingenuo se le ocurría pensar que fue por puro azar que la batalla naval que abrió la segunda guerra mundial se libró frente a Maldonado y terminó en la bahía de Montevideo.

-Ellos se van a pasar las banderas por el culo. En menos de un siglo piensan liquidar la conciencia obrera y van a imponer el reino de la guarangada sin fronteras. Ya verá, si sobrevive el triste papel de nuestros gobernantes, meros fantoches, verdaderos fantoches.

Bocage estaba abrumado y desde los primeros minutos de la charla, desbordado por la cantidad de información que salía como un torrente de la boca del italiano. La herida del bajo vientre también hablaba; para el uruguayo el mundo era definitivo como estaba, así había sido creado y seguiría hasta la eternidad. La realidad no es algo que se pueda cambiar, él escuchaba esa letanía apocalíptica del anarquista pensando que el cáncer le había estropeado la cabeza, tal vez los compañeros buscaban eliminarlo porque era una cabeza fuera de control.

-Desde que supe que me mataría mandé averiguar lo que podría saberse de su persona. Con orgullo infundado usted se precia y a veces se pavonea de ser un oriental de pura cepa, como si significara algo, tuviera importancia. Usted de oriental ni el apellido tiene… disfrute esa equivocada pertenencia a una patria. El poder secreto de que le hablo, que trabaja sin cesar día y noche terminará por borrar de la faz de la tierra esa curiosa categoría de la humanidad llamada los uruguayos. No hay nada de despectivo en mis palabras, se lo aseguro. Joden Bocage, se negaron a entender la conspiración desde el comienzo, por eso alguna vez y con insistencia quisieron hacer de ustedes porteños a la fuerza y el intento falló, transformarlos en brasileros y fallaron. Les preparan la tercera transformación, ustedes joden. Las cosas cambiaron cuando participaron en la guerra de la triple alianza contra los paraguayos, ahí sí dieron la dimensión real de su infamia, mostraron la hilacha y comenzaron a ser vistos con ojos diferentes. Escuche, van a ser algo peor en los años que vienen. Un híbrido sin memoria, tontos convencidos de tonterías, engatusados por cualquier saltimbanqui de feria que les agite unos pesos delante de las narices, confundirán la vida con un tablado y van bastante encaminados. Hasta ese cantito al hablar de antigua provincia pobre del castellano van a perder y hablarán como cualquier imbécil de patota futbolera. La conjura es demasiado grande para detenerla, lo único que podemos hacer es postergarla a la espera de tiempos mejores. Ellos se comportan como una secta, por encima de todo hay un tal Moriarti, Es el que manda, recuerde ese nombre: Moriarte. Doyle tiene que morir, si tiene oportunidad hágalo por el bien de alguna patria grande inexistente. Alguna vez los orientales fueron treinta y tres para salvarse, eran pocos los que entendían y los están matando uno a uno, alguien está tachando las caras al óleo del cuadro de Blanes. Hay un chino que quiere instalarse allá en la zona donde están los frigoríficos de Montevideo, por eso Doyle tiene instrucciones de llevarlos a la destrucción. El chino es de la ciudad de Mun, nosotros tenemos un traidor en el movimiento, usted pregunte por un tal Asmodeo. Ellos ya están en la iglesia, la obra no conoce límites ni los respeta, es la única manera de funcionar. Usted me mata pero debe tomar el relevo, busque Bocage… avívese antes de que sea tarde. Matarme lo mete en el medio del lío, le da una enorme responsabilidad. No le crea a nadie, esta tarde no regrese por nada del mundo a Buenos Aires, lo están esperando para asesinarlo. Vuelva en lancha, monte en lancha el cauce del río Uruguay hacia el norte, no pare hasta llegar a Bella Unión cerca de la frontera brasilera y una vez allá busque entre los cañeros; eso había dicho Batistera y ahí se quedó quejándose, volvían los dolores insoportables y le pidió al visitante que terminara de una buena vez.

Una vez cumplido su deber Bocage salió de la casa, estaba aturdido, confundido como si saliera del museo de los horrores, consultar una bruja adivina que hubiera predicho una sarta de disparates. Había caminado unos doscientos metros cuando se cruzó con el viejo taxidermista, lo saludó sin mediar palabra y sacándose el sombrero; parecía apurado, la hija boba lo seguía a unos pasos caminando normal y llevaba un paquete de la compra, la compra de la farmacia. Ahí entendió, con horror, el sentido de unas frases sueltas de Dante Batistera.

-En la cabeza no Bocage, que me queda trabajo por hacer. Muero como mártir de la causa, pero ellos verán mi cara en todos lados y habrá decenas de Batistera en cada trinchera proletaria. El dueño de esta pocilga es un sabio.

Cuando el uruguayo llegó a la costa un muchachito lo estaba esperando y el parador estaba abandonado como si allí nadie hubiera vivido en los últimos cinco años. El muchacho le entregó a su saco azul que estaba bien planchado y llevó el bolso rumbo al embarcadero, como un mandadero de almacén. Faltaba la lancha con paseantes que lo trajo a la isla hace un par de días y buena parte del muelle estaba destruido, había un bote y en él un hombre fumando pipa: pensó en una trampa, de querer matarlo hubiera sucedido durante la caminata y el río era una escenografía inapropiada para liquidarlo; al menos él llegaría hasta la tierra firme.

-Usted dirá, comentó el botero.

-Buenos Aires, dijo y perdió su última oportunidad de hacer la buena elección.

El viaje de regreso fue el tiempo necesario para olvidar. Estaba abrumado por las circunstancias sofocando su reciente contrato y se propuso reducir lo inexplicable a los inestimables gajes del oficio. Podría desandar camino y regresar a las seguridades, abandonar el disparate de inmiscuirse en asuntos de desconocidos alucinados volviendo a su ambiente. Con la plata que lo esperaba en Montevideo tenía para un año de buena vida, después vería. Dante Batistera estaba loco, se hacía cuentos para justificar su vida de fugitivo y asesino, morir por alguna razón válida en los labios a modo de confesión. Bocage parecía mareado por el recuerdo de tanta historia y nombres, le intrigaba el destino de la cabeza embalsamada del anarquista italiano. Confrontado con el final valiente de Batistera el recuerdo de Doyle era el de un hombre soberbio, pusilánime, retorcido sin llegar a la condición de enemigo y se quedó sin tiempo de ir más lejos en sus consideraciones.

Apenas desembarcado en la ciudad grande entró en un boliche de las cercanías del muelle a mear. En eso estaba cuando sintió en la espalda el golpe de la puñalada, el tano tenía razón puta madre, trabajo fino pensó el uruguayo. Le quedaban pocos segundos de vida, los necesarios para pensar en algo agradable. En la madre por ejemplo si la hubiera conocido, tratar de recordar algún día lindo si lo hubiera, sentirse que era uno más de los Orientales del cuadro de Blanes que moría. Le salió el timbero del alma que él era, recordó que Dante no había apostado ni un vintén por su vida si decidía regresar a Buenos Aires y que Doyle hace años de ello, le había dicho que el pago por el trabajito del anarquista era plata regalada. La banca lo desplumaba, hubiera querido mirar el cielo azul y si fuera posible sin miércoles: vio una letrina infecta entre los zapatos, restos de mierda de otros con moscas empachadas, una sangre de intenso colorado manchando la losa mugrienta y era la suya que se iba por el caño. Buscaba lo que esa imagen final significaba para ilustrar su vida y le faltó tiempo para la conclusión. 

Mire usted si un malevo de su condición remontaría el río Uruguay hacia el norte, hasta perderse como fugitivo asustado entre cañaverales con víboras venenosas. Faltaba más… qué diría el comisario Cedrés cuando lo supiera.  

Praralelo 38

en «Aperturas, miniaturas, finales», 1985

Cuando lo que fuera un hombre la semana pasada queda reducido a un puñado de cenizas grises, restan poquitas palabras por decir; bueno, tal vez unas pocas similares al tamaño insignificante de los despojos llevados por el viento. En tales circunstancias, sobreviene el resumen de una vida en apenas dos horas o tres y en los ocasionales testigos queda archivado como otro recuerdo más, integrado a una endeble antología de historias en miniatura oídas de rebote, resucitadas porque sí en las ocasiones menos pensadas. La historia a mi me la contó un amigo, que a su vez la escuchó de un cantinero que aseguró haberla visto con sus propios ojos; en esa transferencia incidental de modismos, lenguaje y entonaciones de relatores tan diversos, nunca se sabrá a quien pertenece la última palabra.

El muerto era -los hechos imponen hablar en pasado- uno de esos hombres venidos hasta Montevideo desde muy lejos en el globo terráqueo y para quienes el siglo XIV está tan cerca como el último recuerdo de la infancia. Su memoria se conformó genéticamente me digo, sin necesidad de iconografías repetidas, sustentada por un culto natural y respetuoso de los ciclos vitales. Evocándolo – hasta me parece verlo- se hacía difícil concebir que un cuerpo tan pequeño encerrara tanto tiempo acumulado, sus antepasados seguro fueron pastores de Kyouggiou en Hwanghae, vieron cambiar los déspotas despiadados que les robaban impuestos y cosechas con idénticos rasgos, prepotencia y codicia. Variando imperceptiblemente –en cada saqueo- los diversos estandartes multicolores, signos violentos de depredación menguando cabezas de ganado y zafras agotadoras. Ellos sabían que el viento cruel algunas veces y tan esperado otras, seguiría llegando inexorable y las mareas (hombres elegidos preferían la cautelosa vecindad del mar) hacían poco caso a la agresión reiterada y alaridos de guerreros crueles, inclinándose ante dictámenes de la luna, astro distante e indiferente a las tribulaciones del amor humano y la muerte celeste.

¿Cómo será el gusto del atún crudo y ahogarse en plena tempestad sin que lleguen a tiempo las manos de los otros marinos, ocupados en salvar sus propias vidas? Estas preguntas así de elementales propias de pastores, se pasaron de generación en generación, de valle en valle. La multiplicación de las bestias cuidadas multiplicaban esos sueños de mares infinitos, tormentas portentosas y barcos resistentes. En las montañas los viajeros se contaban entre las mercancía más codiciadas, cuando alguno llegaba a la región se lo interrogaba con avidez a lo largo de noches interminables, junto al escaso fuego que rodeaban hasta los más ancianos del pueblo. Los escuchas estaban predispuestos a creer cada uno de los prodigios relatados, aceptaban así la existencia de animales que la palabra humana es insuficiente para describir en su tenebrosa belleza, bestias que harían empalidecer de vergüenza al más ornamentado de los dragones en los días de fiesta. Aceptaban las crónicas de tierras extrañas, ciudades prodigiosas, fabulosos tesoros cuyas perlas y monedas eran de palabras precipitadas, acunando la ensoñación de los más pequeños entre ellos.

La paz de las eras signadas en ideogramas elaborados, el futuro escrito y anunciado por tradiciones orales más antiguas no persiste por siempre. Hombres caucásicos de pelo amarillo y mirada oscurecida por anteojos para sol, armados de revólveres brillantes adornados con tachas de nácar deciden por ellos su destino. ¿Para qué insistir con sueños ancestrales si de lejos forasteros irascibles traen el rumor de la guerra? Los temidos estandartes de los señores medievales dieron paso a banderas multicolores, avanzada de una lengua altanera invasora que, prepotente, se instala en la lejana provincia de Pyongan. Como una catástrofe llegada del cielo, el futuro queda dislocado y las tradiciones se hunden en una falla sin fondo, la paz elemental, la sabiduría antigua nunca cuestionada hasta el presente, se pueblan de transistores y relojes fabricados en serie. El mar como por hechizo deja de ser frontera, el yin y el yen del orden que rige el cosmos se vuelve escudo con dicotomía de ejército vencedor: Norte y Sur. Los hombres jóvenes, tan jóvenes que ni siquiera fueron heridos durante la gran guerra, suben presurosos a los barcos para ir al encuentro de relatos de viajeros desaparecidos. Esos hombres descubren variaciones humanas insuficientes al espíritu, otras luces, nuevos gustos de alcohol sin ser de arroz y la carne pálida de exuberantes mujeres dispuestas a la sonrisa al tacto de los dólares.

Nunca supimos cual era su verdadero nombre, para nosotros era simplemente “el Chinche”, sonido fabricado remedando en algo su nombre imposible de reproducir correctamente y que querría decir –en la lengua de origen- hombre prudente que aprende de los pájaros y cazador de los bosques cuando llega el otoño. El Chinche vivió entre nosotros tan callado como el primer día que llegó; entró al bar la primera vez con otros doce hombres de la tripulación de una pequeña flota de barcos de pesca. En la esquina y aledaños del bar, cambiando dólares con cualquiera y vendiendo relojes se quedaron tres noches sin dormir, apenas sacudiendo la misma borrachera, el tiempo que insumió reaprovisionar las embarcaciones fue usado para gastar divisas que prometieron guardar hasta realizar sueños disparatados.

Al amanecer previsto sus compañeros de viaje se marcharon al puerto, balbuceando al puterío reclutado promesas de retorno y cartas con dinero. El Chinche –esas cosas que pasan porque estaban escritas desde antes- decidió quedarse en la ciudad vieja. Por tres veces rechazó la violenta argumentación del patrón del barco, terminada con amenazas de represalias sangrientas y se sentó –dijo- a esperar la próxima flotilla que llegaría dentro de algunas semanas, quizá sabiendo ya que de todos los barcos que llegan ninguno sería el próximo.

Para él la pesca no tenía secretos, su habilidad fue detectada en el ambiente y era rara la semana que los pesqueros criollos dejaran de venir a buscarlo, poco más que para una changa y solían pagarle casi el doble del jornal. Nunca se dejó tentar por importantes ofertas de trabajo más estable ni contratos prolongados, el Chinche trabajaba lo imprescindible para sobrevivir, le agradaba permanecer en tierra la mayor parte del tiempo y tenía miedo de traspasar los límites del bajo. Con el tiempo se hizo buen anfitrión de otros coreanos que llegaban a Montevideo; sus compatriotas le agradecían la oportuna información que pasaba y permitía a los desembarcados aprovechar al máximo, sin desperdicio, las pocas horas durante las cuales un paisaje ficticio de carteles luminosos, bebidas adulteradas y cortinas coloradas relevaba el destello inalcanzable de las estrellas. En alta mar, el nombre y la situación del Chinche eran bien conocida por las flotas interminables que se cruzaban al sur del ecuador. Los navegantes orientales sabían que allá, debajo del trópico de Capricornio, en una ciudad erigida en la base de una colina ridícula alguien que hablaba su misma lengua los estaba esperando. Ese alguien conocía los caminos de la tierra originaria y el puerto de partida.

La paulatina recuperación de hábitos sedentarios de sus antepasados pastores llevaron al Chinche a buscar otras formas de estabilidad, fue previsible que se encariñara con una de las muchachas del ambiente, era su única posibilidad de tener una compañera: dentro de ciertas vidas sólo se puede ser feliz negociando sin poner condiciones. Sobre todo la amaba, de otra manera que a nosotros se nos hace difícil entender, la cuidaba como a la porcelana, una lámpara de papel ascendiendo a la noche vertical entre mariposas efímeras, poema sublime de un único signo. Ella, después de los hechos contó que el Chinche nunca le reprochó su vida de puta de alterne ni la maltrató; guardaba de él un recuerdo de hombre cariñoso, con esa discreción y la envidia de quienes no soportan la felicidad ajena, el coreano se ganó el derecho a ser considerado, con respeto, algo así como el marido de la Chola.

Un día, entre lenguas de un vino peleón que hacían en Las Piedras y traducciones casi incomprensibles me confesó –ahora yo vengo a ser el que allá estaba- que le gustaba todo de la Chola; en especial el nombre porque sonaba como una provincia de su tierra y cabía en dos signos elementales. La pareja y cuando las actividades profesionales lo permitían disfrutaba de los gozos del día, se los veía caminando por 18 de Julio entre el atardecer y el encendido de las primeras luces del alumbrado público, o bien por la costa del otro lado de la calle Reconquista, la costanera en curva que lleva hacia el Parque Rodó. Para los vecinos, testigos casuales de sus trayectos tomados del brazo, la sorpresa del comienzo, provocada por dos físicos tan desparejos, con el tiempo se transformó en costumbre aceptada por la ausencia de escándalo, como si uno y otro se hubieran empecinado en mimetizarse de lo que carecían. Fue el único coreano en la historia del mundo que aprendió a jugar al truco y cebar mate, si pudo adentrarse en ese sobreentendido de gestos y mentiras como un actor de ópera china, resulta fácil aceptar su afición a otros hábitos menos sutiles de nuestra gente. Las ganas, sus deseos visibles de quedarse pudieron doblegar la desconfianza de muchos vecinos, que pasaron a querer al extranjero como si sus rasgos inconfundibles fueran un accidente de nacimiento; que pena, entonces, morir de esa manera.

Prefiero omitir los detalles escabrosos, digamos que los conozco y no los recuerdo, que los vi de cerca prefiriendo callarlos. Puedo referir una vez más lo que contaron los otros y seguro será diferente a lo que conté la ultima vez, tan distinto por cierto a lo que contaré la próxima vez que me lo pidan. El Chinche murió de una puñalada, no como pastor ni pescador de mar abierto: cayó como guerrero cansado, un saqueador de caminos emboscado, tan lejos de los antepasados. El polaco rubio que lo mató con ojos desorbitados gritando y pataleando, en plena borrachera no entendió el crimen, menos el arresto. Más calmo, cuando se derrumbó su resistencia, argumentaba sin que ninguno de los testigos le entendiera una palabra, pensando que encerrado en los próximos años encontraría tiempo para aprender a decir, en castellano, que estaba borracho y mató al amarillo esmirriado sin querer. Se supo del error fatídico de hacer un último yiro antes de dormir porque el trabajo se presentaba fácil, que hubo desnudo se contó, golpes de rabia y gritos de mujer insultando.

Una sombra subió corriendo la escalera empinada, pensando más en la Chola que en el estado colérico del agresor. La quietud pesada de los últimos meses entumeció los reflejos y se explica el último descuido; fue directo hacia allí que emergió, de la puerta recién abierta un puñal enviado con la inexplicable certeza que tiene la mano de un borracho. La sangre brotó del pecho coincidiendo con el llanto de la mujer y los gritos anunciaron la tragedia en el patio del conventillo. El Chinche aguantó unas horas y murió sin haber pasado el mediodía, ni una queja se le escuchó en la espera ni una palabra salió de sus labios apretados. Murió entrecerrando los ojos, parpadeando como si estuviera forzando recuerdos, sin que ninguno de los que estaban junto a la cama del hospital adivinara lo que pensaba en el último tirón de vida. Mediodía es una buena hora para morir en el suburbio, el alboroto en el bajo es mínimo, las corridas de los involucrados se confundían con la intensa actividad bursátil y bancaria de la zona.

Reacciones imprevisibles de la gente, sentimentalismos de la vejez en todo caso llevaron al cantinero a la cremación del cadáver del Chinche. El domingo cuando amanecía después de una noche dura de trabajo, entre atorrantas tristes, polacos confesados y coreanos de paso fue caminando hasta el extremo de la escollera Sarandí y tiró al mar las cenizas, con el gesto rápido de cuando se tira un aparejo de plomada redonda.

A esa hora algunos veteranos ya  bien  envinados llegaban con la caña de pescar preparadas y la esperanza de abundantes piques de pejerreyes; las cenizas se confundieron con el mar y ahora despliegan la memoria líquida del Cosmos. Con esos tipos que vienen de allá nunca se sabe… quién te diga que tengan razón en lo que siguen creyendo a pesar de la guerra, a pesar de la injusticia de la muerte del Chinche y el tiempo infinito de sus dioses tutelares continúa su inexorable avance. Después de tratarlos un poco aunque sea en la superficie, uno al final se da cuenta que no son todos iguales… bah, eso creo. 

Non l’avrei giammai creduto

en «Nunca conocimos Praga» versión IV inédita

El ingreso al enigma último del libro comenzó con una sencilla pregunta pertinente para concurso radial de cultural general: ¿podría el participante aclarar debido a cuáles circunstancias, coincidencias o misterio la sinfonía N.º 38 en re mayor de Mozart se denomina Praga? Considerada desde el interior de la partitura Köchel 504 la respuesta es evidente, pero son los iniciados en historia de la música quienes conocen la razón en detalle y los otros debemos buscarla en territorio extranjero, como todo aquello que nos obsesiona.

Estando yo a la caza de referencias insólitas sobre la ciudad natal de Kafka, queriendo mejorar este mismo proyecto IV –en la medida de lo posible y con vetas explotables extra literarias- inicié un periplo de viajero aficionado hacia otros dominios que resultó estimulante -sorprendente- y donde el trabajo considerable de Jean y Brigitte Massin sobre el compositor de Salzburgo, fue la fuente principal. Tampoco esperaba llegar a conclusiones originales por extravagantes, pero tal vez con algo de suerte localizar un atajo atractivo, tentar una hipótesis inventada, de esas que insinúan correspondencias mágicas hasta el borde de la credulidad y nadie verificaría a posteriori. La operación aparentaba ser pausada si bien laboriosa en su realización, debía alcanzar una escritura que pudiera evocar –en relato mental- sucedidos humanos de siglos atrás y otros acaecidos en la isla Indemostrable, había al respecto documentación suficiente e incierta, alterando contornos del real amenazante defendido con uñas y dientes, que suele ser otra quimera y aceptada con fisiología de animal fantástico. El propósito así urdido fue sencillo, rehacer el camino de ida y vuelta hasta el lugar común del asombro, abrir ventanas orientadas al clarear de lo ignorado, acceder a dudas clonadas que me acompañarán hasta la muerte, localizar un meteorito de alta densidad perturbadora que incrementara el sistema narrativo precedente. Necesitaba salir del proyecto IV Nunca conocimos Praga por la escala de la recóndita armonía; siendo honesto admitir al empezar el final que disfruté del periplo, como cantó Edith Piaff -en 1960 cuando yo tenía nueve años- no me arrepiento de nada de lo escuchado y leído para completar fichas con las cuales elaboré este texto. Valieron la pena las semanas de pesquisa sobre ese eclipse prodigioso ocurrido entre el músico malogrado y la ciudad de los puentes sobre el Moldava.

Nunca hubiera sospechado que ese meteorito creativo del rito masónico llevaría a nudos tramados de la historia kafkiana que me dejaron perplejo, con ese estado de ánimo especial y alcanzado ante la inminencia de una revelación alterando un saber del mundo supuestamente clausurado. Ciertas constancias del conocimiento expandían hasta el infinito el páramo de la ignorancia –el Caos es norma de alternancia accidentada-, distanciando el interés del rumor del mundo, recluyéndome en convicciones relativas a la vida retirada. Creo que eso que designamos Mozart con ligereza en cuanto a modelo canónico de música clásico, de melodía imponiéndose frente al olvido programado de charanga contemporánea, erosión constante de partituras complejas del mundo moviéndose de continuo, la sospecha de que lo humano está enlazado a fuerzas otras –algo que seguirá resonando expandiéndose después de los Apocalipsis absurdos imaginados por el hombre- fueron posible en la pasión con Praga –que lo estaba esperando desde la Edad Media- y el músico en su fatalidad, destinado a conocerla desde que anotó la primera clave de Sol cuando tenía todavía dientes de leche. Resultó el encuentro fortuito del elegido Amadeus –como otros tantos músicos pululando por aquellos decenios en Cortes europeas y capillas en mal de oratorios- con la ciudad amada por potencias espirituales y herméticas, diabólicas y angelicales. Concretando lo misterioso de que las obras resultantes del cruce sean diferentes dentro del repertorio personal e histórico, acariciando lo inefable en los labios.

Cuando el escenario tangible y de congéneres creyentes en el mundo de ultratumba es más intenso que nuestra capacidad de asimilación, debemos emprender diagonales amenazantes, visitar el reino de los muertos guiados por un maestro de confianza. El viaje a Praga de la familia Mozart revolucionó varios sistemas arbitrarios anteriores y el precio a pagar resultó oneroso; no tanto en aspectos biográficos, porque esas fuerzas sugeridas jamás se humillan al punto de infiltrarse en la vida aleatoria de los hombres, pero sí en tanto afectan las obras resultantes: aquello compuesto por Amadeus “después” de conocer Praga. Las obras de Mozart vinculadas a Praga están tocadas de cierta incandescencia diferente e inhumana, como habiendo sido inspiradas por Musas distintas de las mitológicas griegas y que los occidentales ignoramos, potencias que se detestan en Sánscrito y se nutren de la guerra perpetua, divinidades que desprecian su manifestación iconográfica entre los hombres; como si además de la inspiración sabida por las voces románticas, entraran en juego el sufrimiento de ser ángel entre los hombres, se viera de cerca la sombra de la Muerte cercándolo, comunicando mediante acordes inconcebibles la vanidad recurrente, la mediocridad desbordante del entorno contemporáneo, validando que el genio sería de inspiración demoníaca a falta de mejor explicación que suplante a las Musas fatigadas.

El capítulo Praga comenzó en Viena y había una vez el año 1786… Mozart ya era el Elegido entre los mortales. Los enemigos envidiosos pululaban en su circuito de mecenas, convites en castillos encantados y representaciones teatralizando el poder, la vida era creadora de melodías populares sublimes y el halago circulaba en días de fasto infantil. Sin embargo, la obra considerable que lo precedía a ese año fatídico naufragaba en peripecias económicas de endeudamiento, contrariedades sentimentales eróticas de un hombre cualquiera cautivo de sus debilidades. Praga la villa tan seductora, hubiera sido prescindible e innecesaria a su fama contemporánea; podría aportarle en todo caso una sociabilidad acrecentada por la recepción, reconocimiento halagador hasta la vacuidad provinciana cuando la autoestima está en crisis y escasea dinero en retribución, tan necesitado para llegar a la siguiente primavera. Mozart viajará a Praga tras lo que no tenía hasta entonces entre sus manos y lo otro trascendente que ignoraba, si bien intuyendo su aura. El peregrinaje bohemio tiene por excusa la necesidad de cambiar de aire y la intuición de contemplar el Moldava para desafiar la fuerza del Destino, como si se tratara del otro río subterráneo invisible, que es todos los ríos y el único afluente del genio que debiera importarnos. En la tercera orilla estaban los tenderetes de la promesa, la ambición secreta de componer lo que nadie había concebido en el pasado, hacer resonar con orquestas y piano una música, cantos humanos que nunca antes se habían escuchado en la accidentada trayectoria de la Creación.

Es bien sabido por quienes persiguen hasta el agotamiento en íntimos laboratorios alquímicos acordes transgresores, se aplican la pomada encantada del relato con puntos suspensivos mientras los hombres se consuelan… desde niños necesitan escuchar cuentos maravillosos para enfrentar terrores de la noche repetida. Los dioses –o lo que fuera de inasible que evoquemos para entender nuestro estar en el mundo- lo fueron preparando para inducirlo a Praga. Estaba en la treintena prodigiosa final y había que ponerlo a prueba, doblegando el olvido pétreo de los años siguientes y vengativos siglos venideros. Para renacer en la memoria tardía de la humanidad Mozart debía morir una primera vez, recorrer de rodillas el atajo empedrado hacia la inmortalidad por sus propios medios, transitar descalzo el desierto del Purgatorio nominativo: el lugar acogedor que lo halagó dándole la ilusión de la fama efímera debía comenzar a despreciarlo. El año previo a Praga, Wolfgang Amadeus entra en desgracia en efecto dominó, los astros que lo protegían desde la infancia se desarreglan en el firmamento con estruendo, un público conocedor y la prensa deciden descartarlo del círculo privilegiado, la volatilidad del gusto social que paga las localidades, sumado al capricho crítico de la originalidad mundana contamina los salones; dejó de ser el niño prodigio del clavecín presentado por el padre como atracción de feria, los celos arraigados de otros rondando su luminosidad prescinde de muñecos rituales para concretarse. El placer instigador cargado de murmullos es más exultante cuando la víctima es un ser superior carente de defensas y la elección de algunos temas operísticos –por osadía musical y vísperas revolucionaria- crean reacciones devastadoras entre hombres de influencia en gabinetes secretos del poder, que bien pronto pasan del desdén al reproche y luego al gesto destructivo. Algo puede entenderse en lo ocurrido esas semanas sin poder explicarse considerando incluso el tiempo transcurrido. Mozart está en la plenitud de sus medios técnicos y a su manera gestionando el torrente creativo, la subsistencia cotidiana en círculos concéntricos afectivos es durísima, de acuerdo, de acuerdo… era un pésimo administrador, mano rota con amigos abusadores, tenía gustos estrafalarios y caros, vivía casi separado de lo terrenal; de haberse mantenido el circuito de producción activado y con puestas en escena programadas, el compositor igual estaría integrado sin alboroto a la sociedad vienesa. Esa fortuna de rentista con entradas en los salones no fue su presente temeroso del futuro y la sociedad en bloque será implacable activando su estrategia de demolición.

Vayamos con prudencia a lo que se puede entender. El conjunto se aglomera y gira en torno a Las bodas de Fígaro, ópera que debería haber sido un éxito y padeció la recepción tibia que se asimila al fracaso. La primera representación tuvo lugar en Viena el primero de mayo de 1786, la ópera fue compuesta en algunas semanas del verano anterior con el placer de poner en música la belleza de la lengua italiana. Era la primera vez que el autor trabajaba en colaboración con el libretista Lorenzo Da Ponte; cosa más extraña la reacción sin entusiasmo pues, si dentro de la música está la obra Mozart para aclarar la noción “música clásica”, en Las bodas de Fígaro fluye la línea melódica definiendo lo que nombramos Mozart para distinguirlo. Un aire que abre las puertas del pasado (como si fuera el Infierno temido del Tiempo) probando que los límites de la vida no coinciden con los de “nuestra vida”. Esos vieneses en general salvo los menos, al parecer nunca supieron lo que estaba ocurriendo en el magma perturbador de la Creación cuando escucharon el aria Non piu andrai, farfallone amoroso… Las bodas de Fígaro se representan nueve veces en el año, casi de manera aleatoria entre otros espectáculos líricos que marcharon al olvido y parece por el contrario que no hubiera ocurrido nada sobre escena digno de ser destacado. Mirado desde el siglo XXI sería sencillo explicar el error de paralaje en ese rechazo popular, argumentar con ironía el desajuste que resultaba prueba determinante. De nada sirve indagar el rechazo –tampoco tengo información ni capacidad técnica para hacerlo- y si lo centramos en Mozart, caeremos en el cliché del genio incomprendido y el lloriqueo evocando la justicia tardía de la posteridad. Después de todo, uno puede vivir muy bien la vida cotidiana siendo feliz hasta la muerte sin haber escuchado non piu andrai…, sin después poder sacarse ese aire de la cabeza habiéndolo oído una única vez antes de saber leer. Igual querría destacar esta mañana primaveral dos hechos en apariencia contradictorios y que serían impulso inicial del nuevo movimiento. a) el éxito en Viena a nivel popular de la ópera Una cosa rara, ossia belleza ed onestà del valenciano Vicente Martín y Soler, con libreto del referido Lorenzo Da Ponte. b) La venta a Pasquale Bondini, director de la Ópera de Praga de los derechos de Las bodas de Fígaro por 100 ducados.

Justificando el cotidiano circular de la contrariedad que se ensaña en el último trimestre de 1787, los historiadores evocan celos justificados e intensos, boicot de audiencia acentuado con complot aristocrático en decisivas instancias del poder. El resultado de esas manipulaciones es desdichado para el músico y se perfila un rudo final de año para la familia, falta dinero al presupuesto, los prestamistas se hacen evasivos, conciertos y suscripciones con editores de música disminuyen como si hubieran acordado entre todos urdir un complot devastador. Se retarda la edición de partituras, aumentan alumnos de familia aristocrática robando cada día horas preciosas y la humillación de exponerse ante nobles de segunda zona detrás de créditos; los acontecimientos negativos se aceleran y acumulan con Mozart como en un drama burlesco por entregas sin final feliz. El 18 de octubre de 1786 nace en la familia el tercer hijo varón, hay planes de giras y conciertos por Italia e Inglaterra con intención de equilibrar economías menguadas; menos que solucionarse las relaciones con su padre se tensan aún más en esos meses y el niño Johann-Thomas fallece un mes más tarde, el 15 de noviembre. Esa tragedia familiar en el siglo XVIII parece cosa habitual aceptando la resignación o se la vivía de manera que hoy resulta inconcebible; por supuesto, circulaba ante esos golpes de la vida una voluntad divina que consuela, lo que en nada quita a la circunstancia el dolor y seguro la rabia consecuente. ¿Se puede superar sin cicatrices un duelo de esa naturaleza y cómo componer durante la noche con finales alegres a toda orquesta? Hacia la última quincena de noviembre se deciden planes y proyectos para descartar el dolor, si ello fuera posible. La vida continúa siendo otra vida, crear para olvidar, viajar para olvidar, endeudarse para olvidar…

Es creíble en los Mozart la tensión de la existencia, deudas acumuladas llegando al plazo confiscatorio y la imposibilidad de retirarse parecen prohibidos, ronda luego eso otro acechando –trágico por irónico y contradictorio- que es el mandato torrencial de creación. Ejemplo y decisión, inconsciencia o terrible don de los dioses imponiendo a la vez la belleza agregando el precio a pagar por desafiar la tradición. Esa música es la fuerza de Eros en deshielo de las cumbres ante estragos reiterados de Thanatos anegando el valle de los mortales, hay ahí quizá la aceptación de la muerte, del rencor y humildad de recibir la fatalidad del niño muerto, pero no se le permite tener la última palabra sobre la existencia. Intuyendo que la muerte viene a buscarlo y porque la desafía, Don Giovanni –que todavía no está compuesta- organiza un banquete y sabiendo que Ella pasó de largo, el Amado de Dios replica con el Réquiem.

En esas semanas finales de 1786 hay que dar vuelta la página del Te Deum familiar, pero será de hojas blancas saturadas de notas inexistentes antes en la historia de la humanidad. Mediante invitación o intuición de iniciados, que ese debería ser el Destino si aceptamos el pensamiento occidental, porque los hermanos generosos de la Masonería quieren demostrar el espíritu de la fraternidad en algún momento se decide la tentación de Praga. Había reacciones de ironía en la recepción de su obra en esas mismas semanas, mientras que en Viena Las bodas de Fígaro se arrastraba en la burocracia teatral con adhesión pública en baja y la crítica felina a los zarpazos, que se preguntaba con desdén si Mozart no estaría acabado, la misma ópera vivía un triunfo en Praga. Los biógrafos del músico ven en esa alteración y disimetría algo que pudiera explicar –el gesto creativo permanece en el cono oscuro del misterio- un movimiento que tiene algo de sublime y maléfico.

Entre el cuatro y el seis de diciembre Wolfgang Amadeus termina la composición de dos obras sublimes en los géneros mayores, el concierto N.º 25 para piano y orquesta, la sinfonía N.º 38 Praga. Se escribe fácil sobre el ordenador, pero dicha configuración en diálogo es maravillosa como si se tratara de una Gran Nova explotando cerca de nuestros tímpanos hasta enceguecernos. Es ahí cuando ingresa mi interés por los vínculos del músico y la ciudad de la familia Samsa, desde que comencé la indagación era previsible que me interesara por la sinfonía 38, la escucho con frecuencia desde entonces -cada día escribiendo este texto y mientras lo corrijo- pero hasta ahora nunca había tenido interés suficiente para profundizar en el asunto. En cuando al concierto para piano y orquesta, fue la música que me acompañó en un vuelo Iberia a Carrasco viviendo un momento de gran dolor; lo programé en el avión para recordar la infancia con ternura, era la versión de Martha Argerich bajo la dirección de Claudio Abbado y es la que escucharé hasta el final.

Después de conocer esa coincidencia fui de sorpresa en sorpresa, como cuando abrimos una caja infantil con autómatas músicos, me tetanizó saber que esas dos obras, cursores y referencias de ambos géneros en la vida de Mozart y la música occidental fueron compuestas durante los mismos días. Ello ocurrió en las semanas previas al primer acercamiento de Mozart a Praga, tal vez luego de haber decidido él viajar con la excusa de una invitación y comprobar in situ el suceso de su última ópera. Siempre irrumpen en tales casos las máquinas mentales ilusorias pretendiendo atestar vacíos, no del desconocimiento sino de aquello de lo que ni se sospecha la existencia. La explicación en tal caso es que cada vez que Mozart salía en gira a ciudades, Cortes de provincia o conciertos además de los éxitos consagrados, como cualquier músico de nuestro tiempo siempre quería llevar novedades. El genio en ese caso necesita de demostración renovada y constante en exigencia del movimiento perpetuo; en esas épocas la competencia era violenta y los favores del público caprichosos considerando la proliferación de la oferta musical. Lo fantástico del momento señalado, es que tanto el 25 como la 38 no son divertimentos de circunstancia sino obras de síntesis y definitivas, delimitan la frontera armónica entre el apogeo de la existencia y la primera visión de la muerte, en esas partituras hay una vida breve de Mozart acotada y mucho de innombrable alcanzando la perfección; vendrán luego con fluidez genial los denominados “últimos” conciertos para piano y orquesta, las “últimas” sinfonías, los “últimos” años de la vida. Viajar a Praga mientras los planetas se organizaban entre ellos de esa manera era salir de la envidia de Viena, recibir la gratificación popular que se le brinda al gladiador, al músico adecuado a los gustos de quienes pagan; aceptación difícil de entender, marchar a Praga era encaminarse a la primera entrevista con la Fatalidad que lo designó como otro de los elegidos y comienza a aguardarlo: lo escuchado entre los movimientos cuando las orquestas se afinan y atacan los primeros acordes, mientras los solitas aguardan el segundo de despegar su parte.

Se insinúa la noción de la existencia como tragedia desacordada, ebriedad sensorial e imperativo de vivir el instante, ecos de dolor apocado, la muerte siendo cuestión teológica y asunto personal: mancha en la mano, el vaso de vino tinto en una taberna campestre en medio de ninguna parte, el despertar una mañana de un sueño estremecedor. En esas obras no hubiera podido tocar nuestro querido músico uruguayo Santiago Luz, pues W. A. M. no previó la línea del clarinete sobre las partituras. El 25 cierra la serie de los doce grandes conciertos para piano, la 38 abre la serie de las últimas tres sinfonías; la 38 tiene sólo 3 movimientos y se comenta que era para adecuarse a la simbología masónica. Mozart había ingresado a la logia de la Bienfaisance el 14 de diciembre de 1784 y fue ascendido a Gran Maestro el jueves 13 de enero de 1785; estaba la logia referida en la traza del Iluminismo: espíritus progresista, antimístico, irreligioso, racionalista, política y socialmente prerrevolucionario. Mozart era la medida del hombre transfigurado y esa música tan asociada al antiguo régimen, celebraba la inminencia del cambio, será Fígaro que canta el non piu andrai. Son movimientos subterráneos, agujeros negros de información, errores queriendo despistar y suposiciones sin pruebas. Las preocupaciones personales, gestión de “esa” creación, vida social, secretos de logias, correspondencias y tesis precarias que oponemos a la ignorancia.

Todo asoma a la superficie y de común acuerdo en las navidades de 1786, bajo la inocencia de una invitación a visitar la capital bohemia y asistir a las representaciones de Las Bodas de Fígaro. De lo que queda traza es de Johann Thun, un hermano en la Masonería que está en la iniciativa; invitación por lo menos oportuna y a la que se suman los músicos de la orquesta estable. Los engranajes del impedimento de desentumecen, la experiencia Praga entra en movimiento. Más que de equilibrar el desdén de Viena la imperial se trata de crear condiciones que hagan posible lo que adviene y tienta otra alquimia distinta a la que manipula metales menos nobles con la finalidad de derretir el oro. El nueve de enero de 1787 Wolfgang Amadeus inicia el viaje a Praga que será determinante para su destino divino y en compañía de Constanza. La espera de los días, el dejar atrás Viena, otro vértigo de acontecimientos, como si en la ciudad mágica a fuerza de horrores históricos y científicos las leyes plurales del tiempo incitaran protocolos de inquietante transfiguración.

Llega a Praga un mes después del estreno de la Las Bodas de Fígaro el 11 de diciembre, la misma semana de la intensa composición referida. El 11 de enero la familia ingresa a otro dominio, los hermanos de la Masonería hicieron las cosas bien y el público de Praga al celebrar Las bodas de Fígaro se adelanta varios siglos en la decantación de la historia musical. El 17 de enero Amadeus asiste a una representación de la ópera, ve sobre escena la historia musical encarnada y que tantos meses se montó en su cerebro, dos días después se estrena la sinfonía Praga y él condesciende a interpretar una docena de variaciones de temas de Fígaro en el teatro Nostitz. La respuesta a mi pregunta inicial era asimismo una fecha: 19 de enero de 1887. El 20 del mismo mes dirige la orquesta en la representación de la ópera y el 27 festeja su 31 aniversario, hasta ahí todo parece normal con cierto aire apenas de reconocimiento acentuado. La rareza ocurre en esos días; el concierto del 19 le había aportado 1000 florines, en pleno entusiasmo firma con Bondini un contrato por la creación de una nueva ópera y su puesta en escena que sería estrenada en septiembre. Bondini parece ser el nombre camuflado de otra potencia superior y se repite la ceremonia ritual, la escena de la firma recorriendo como fantasma fugitivo la vida espiritual alemana. Sin que aún se sepa ni sospeche, se inicia el ingreso de Don Giovanni a la fragilidad rígida del mundo y ciertas puertas condenadas ceden cerrojos milenarios trabados desde los protozoarios. Mozart permanece algunas semanas en Praga –el 6 de febrero compone seis danzas alemanas- y se sabe que el 10 de febrero está de regreso en Viena, ese viaje alteró la disposición de los astros inclinándose ante la criatura y otras figuras divinas comienzan a dibujarse en la noche.

El compositor vivió feliz en Praga, fue sacudido en Praga y le hacen propuestas generosas para retenerlo, Praga será el viaje a las regiones donde atraviesa ríos secretos de lo posible pero sería en Viena que deberá cumplirse el destino. Devuelto el compositor a su rutina austriaca, incentivado por las secuelas de la firma de la promesa contacta con Da Ponte por el libreto. Todo hace suponer que la idea de explorar el mito español es del italiano y Mozart comienza a trabajar en la música de la nueva ópera, la composición coincide con algunos golpes de la vida formando parte del peaje a desembolsar. En Bonn fallece su querido amigo el conde Hatzferl que era apenas un par de años mayor que Mozart, ello asesta el estigma doble del dolor y advertencia; su padre Leopoldo se agrava, Constanza queda embarazada. En abril llega a Viena con 16 años el joven Beethoven, al parecer el encuentro entre los músicos no fue del todo amable y puede entenderse. Era recibir la visita proveniente del músico futuro que abrirá la puerta siguiente: sinfonías, sonatas, conciertos para piano y orquesta, variaciones sobre un tema de Diabelli. El 28 de mayo muere Leopoldo, el padre; innúmeras especulaciones se propusieron sobre la infancia, años de formación, explotación del talento del niño, dura correspondencia en los últimos años entre ambos hombres y el nexo freudiano con la penúltima escena de Don Giovanni entre otras osadas interpretaciones por el estilo. De creerlas, estaríamos a la vez ante el dolor inmenso y una sensación de liberación de una tutela pesada en todos los aspectos.

En innegable que en esos meses en torno al encuentro con Praga las fisuras del decorado se acentuaron y Mozart entrevió paisajes celestes e infernales, llamas para la humanidad pecadora y milagro angelical para la música. Otras fuerzas exigentes parecen liberarse en el compositor para asediarlo, previendo un tributo oneroso de partituras, no se trata de escribir otra ópera más de repertorio que se suma a las carteleras, Don Giovanni será la ópera destinada a Praga y la primera después de la muerte del padre. Como se dijo, trabajará con Lorenzo Da Ponte y será durante las noches del verano vienés entre los meses de julio y agosto, que compone la mayoría de la partitura que reserva varias sorpresas antes del estreno. Da Ponte elige un argumento que tiene ciento cincuenta años de vida literaria y se está convirtiendo en mito de la tipología humana. En lo relativo al asunto hay poca renovación; hacía falta otra música para sublimarlo y dar la sensación que en la Obertura es recién ahí cuando se inventa la figura del seductor itinerante y novio fiel de las llamas infernales. Tampoco la originalidad es total en cuestiones de ópera europea, en 1782 se conocía una obra al respecto –Il convitato di pietra– que obtuvo cierto suceso y se montó en 1787, la música era de Giuseppe Vabamiga y el libreto de Giovanni Bertati. Da Ponte al parecer se inspiró con excesiva insistencia de ese libreto, sin bien tenía talento suficiente para aportar cambios dramáticos y secuencias que todo lo cambian: ¡cuán largo me lo fiais!

Algo de enorme por profundo está ocurriendo en la historia de la música, en la trayectoria de la humanidad y muchos prodigios ocurrirán durante el segundo viaje de Mozart a Praga. Con la ópera casi terminada, Mozart y Constance salen para Praga el 12 de septiembre de 1787 y el tercer día –14 de septiembre y al parecer miércoles- ocurre un episodio extraordinario. Ello es lo narrado por el alemán Eduard Mörike (1804-1875) en un libro que se transformó en modelo del género y se titula Mozart de camino a Praga. El relato fue publicado por entregas durante el año 1855 y luego de manera independiente en 1886, para celebrar el primer centenario del nacimiento del músico. Es un curioso cuento y el más famoso sobre el personaje; habría que aguardar hasta 1984 y el filme de Milos Forman Amadeus para tener una visión más libre del personaje que se distanciara de retratos, perfiles y camafeos con tendencia al museo. Siendo la vida de Mozart rica en excepcionalidades, sucesos y encuentros es lógico preguntarse por qué razón Mörike –es decir la narrativa- eligió ese fragmento durante el tercer día del viaje segundo a Praga.

La anécdota contada es sencilla, durante el tercer día los viajeros hacen un alto para descansar cerca de un palacio en las cercanías de Shrems, en la frontera norte de Austria. El viaje había sido calmo salvo un incidente menor, pues por descuido se derramó en el carruaje un frasco de Rocío de Aurora, agua de olor de la que Constanza era muy aficionada. Igual que Don Giovanni el relato de Mörike dura el tiempo de un día; la crítica sugiere que si la obra tiene intensidad intrínseca, es porque polariza las peripecias no sólo del viaje a Praga, sino del viaje hacia el final de la partitura de Don Giovanni. Algo del azar ocurre para que los planes iniciales sean alterados; Constanza queda en la posada descansando y Mozart sale a pasear por los jardines, lejos del paisaje urbano que tanto aficionaba el músico, sin un billar en lo inmediato y acaso resignado al día que transcurre en la naturaleza disfruta del paisaje con delectación de hombre prerromántico. La situación para Mörike es fuente de inspiración, sería en ese jardín que Mozart compuso el dueto Zerlina y Masetto, así como el coro de la boda campestre: Giovanette que fatti all’amore… También, como si se tratara de una escena mitológica entre semidioses, Mozart arranca y corta una naranja de un árbol prohibido destinado a una boda. El jardinero lo advierte y se molesta, Mozart escribe una carta de disculpa para el señor del lugar y que firma: “W. A. Mozart, de camino a Praga”. Luego de algunos enredos de identidad, los señores del lugar advierten quién es el intruso que está de paso, lo invitan a participar en las festividades y el episodio termina bien.

Acaso la anomalía, es que hacia el final se explora alguna hipótesis para desentrañar el secreto mozartiano de la composición, lo que agrega a la vez una pequeña luz de explicación y otra capa de incertidumbre a un misterio que se niega a ser reducido a una forma rígida de ininteligibilidad. El relato de Mörike abre perspectivas sobre la prisa de componer contra reloj e informa que faltan escenas de la ópera; en esa tarea descubrimos una explicación de la complicidad con el libretista italiano: “enseguida me senté ansioso a leer y quedé encantado con lo bien que ese tipo entiende lo que yo quiero”. En ese mundo provinciano Mozart era a la vez el cometa que pasará una sola vez, el hombre que compuso las músicas que se interpretan en las veladas del palacio imperial, la oportunidad de formular preguntas sobre estrategias de composición y el actor del drama que toca él mismo las melodías. Entre el agrado del músico y la pesada insistencia de esa aristocracia periférica, Mozart interpreta algunas novedades, entre ellas fragmentos del final en movimiento de Don Giovanni. Antes de Praga, fue en ese palacio ficticio con algo de escenografía teatral que un grupo de espectadores se enfrentó al Comendador petrificado y la invitación a la cena, la estatua que regresa del mundo de los muertos. He aquí la versión de Rosa Sala Rose –traductora al castellano- del impacto de esa escucha:

“-Denos… -musitó por fin la condesa, con el corazón todavía encogido-, denos, se lo ruego, una idea de cómo se sintió aquella noche al dejar la pluma.

“Como arrancado de un silencioso ensimismamiento, Mozart la miró jovialmente, meditó unos instantes y dijo, dirigiéndose medio a la dama, medio a su esposa:

“-Bien, creo que al final me dolía la cabeza. Había escrito este dibattimento desesperado hasta cuando sale el coro de los espectros, todo de una tirada, ante la ventana abierta, y tras descansar unos instantes me levanté en la silla, dispuesto a ir a tu gabinete para que pudiéramos charlar todavía un poco y dejara de hervirme la sangre. Pero entonces un pensamiento desagradable me llevó a detenerme en medio de la habitación.

“Tras decir esto, Mozart pasó unos dos segundos con la mirada fija en el suelo y su voz delató una emoción apenas perceptible en todo lo que siguió a continuación:

“-Me dije a mí mismo: si resultara que te mueres esta misma noche y tuvieras que dejar tu partitura abandonada en este punto, ¿podrías descansar en paz? Tenía la mirada fija en el pabilo de la vela que sostenía en la mano y en los goterones de cera caída. Por unos momentos me embargó el dolor ante esta idea. Pero entonces seguí pensando: ¿y si después, más tarde o más temprano, algún otro, acaso uno de esos extranjeros, recibiera la ópera con el encargo de terminarla y encontrara todos estos números pulcramente reunidos, desde la introducción hasta el número diecisiete, con la excepción de una única pieza? ¿Toda una serie de frutas orondas y maduras lanzadas sobre un césped crecido, de modo que no tuviera más que recogerlas? Supongamos que aquí, antes de la mitad del finale, se sintiera un poco asustado, pero se encontrara entonces con que yo ya le había apartado esta tremenda roca… ¡cómo se reiría para sus adentros! Quizás se sentiría tentado de escamotearme el honor, aunque en ese caso se quemaría los dedos, pues seguro que aún quedaría un grupito de buenos amigos conocedores de mi impronta y que no dudarían en hacer valer lo que es mío. Fue entonces cuando me fui, le di las gracias a dios con la mirada en alto, pero también, mi querida mujercita, se las di a tu genio protector, que había tenido la bondad de mantener las manos en tu frente el tiempo necesario para que siguieras durmiendo como una marmota y no pudieras llamarme al orden ni una sola vez. Cuando por fin llegué a tu lado y me preguntaste por la hora, te mentí despreocupadamente volviéndote algunas horas más joven de lo que eras, ya que estaban a punto de dar las cuatro, Y ahora comprenderás por qué no fuiste capaz de arrancarme de las sábanas a las seis y hubo que enviar al cochero de vuelta a su casa y pedirle que regresara al día siguiente.”

La serie insistente de cotejo con la muerte se había mantenido en las últimas semanas, el 3 de septiembre falleció el Dr. Sigmund Barisani que lo había curado varias veces en Viena; hasta parece que la segunda ida a Praga tiene las características de una huida o el deseo de acelerar el encuentro y pocos días después de la historia de Mörike llega a Destino. La ópera está casi pronta sin estar finalizada, las semanas siguientes serán intensas en impaciencia y angustia por finalizarla. El 8 de octubre llega da Ponte a Praga, hay necesidad de retoques, faltan detalles del montaje final y con urgencia la obertura. En principio la ópera estaba programada para el 14 de octubre, pero ante la imposibilidad de llegar a tiempo el estreno fue postergado. Comienzan unos días tensos de flotación donde se cruzan mito, ficción y realidad, los documentos nunca existieron o desaparecieron, las versiones se acumulan y es en ese horror al vacío del relato, que comienzan a circular ciertas mitologías hipotéticas. Hay tres momentos evocados por los cronistas, uno me parece falaz, el segundo verosímil y el tercero histórico. El primero refiere a la presencia en Praga el 25 de octubre de Giacomo Casanova que -lo que hacía Casanova en Praga es otra historia-, en su condición de encarnación seductora y especialista en materia amorosa habría participado en zonas sensibles del libreto. Tesis que se desliza en la ficción, en esa fecha Da Ponte había salido de Praga sin duda porque el asunto en sus aspectos prácticos estaba concluido; las coincidencias son el manantial que no cesa de los complotistas y esas casuales casualidades siempre encienden la imaginación aún en detrimento de la verdad.

La segunda situación releva de la creación en estado puro, es en esos días que Mozart compone el final del Banquete con la llegada del enviado del reino de la muerte aceptando la invitación a cenar y quizá la escena luego de la interrupción de Doña Elvira; personaje femenino que insiste en salvar al condenado, redimirlo de los pecados, devolverlo o llevarlo al buen camino que pasa por su lecho. Devoción redentora que la historia le hace pagar caro, pues Doña Elvira es destinataria de dos agresiones de la verdad devastadora. Una es el famoso catálogo, retenido en la memoria de la humanidad por las mil tres bellas seducidas en España; luego, en la escena final de la ópera cuando ella interrumpe la cena, Don Giovanni le avanza la síntesis de su filosofía de vida: vivan las mujeres y viva el vino, sostén y gloria de la humanidad. La invita a sumarse al banquete, la deja marcharse indignada sin detenerla y será ella en su salida la primera que descubre la estatua animada del comendador llegando al convite. El músico parece poco rencoroso, en el concierto de la orquesta del banquete final hace interpretar sobre la escena –teatro dentro del teatro- tres aires a manera de guiño y que Leporello va identificando. Algo de Cosa Rara de Martín y Soler (la ópera triunfal que en Viena le hacía sombra a Las Bodas…), un breve fragmento de Il due Litigante de Santi y el Non piu Andrai del propio compositor que retoma Leporello, para elogiar las calidades del cocinero de su amo. Una de las más bellas melodías de Mozart (el filme se encargó de destacarlo en una recordada escena entre Mozart y Salieri ante el Rey) y que junto al Catálogo de las conquistas, son cantadas por representantes del pueblo en las dos óperas mayores. Al parecer y trabando el tercer movimiento anecdótico, la Obertura fue escrita la noche anterior al estreno el domingo 28 de octubre lo que es enorme visto desde los mortales, la finalizó a las cinco de la madrugada y a las 7 de la mañana del día del estreno, el copista de la orquesta vino a buscar el original. Unas horas más tarde el mismo lunes 29 de octubre de 1887, la ópera se presentaba por primera vez en Praga, algo cambió en esas horas en la historia secreta de la humanidad asociado a la muerte y transfiguración.

Con el segundo viaje a Praga, terminaría la experiencia con la ciudad del Castillo a la que luego volvería sólo de manera esporádica. Mozart tenía el genio, Praga era la antena que le potenció de manera esotérica, activando el movimiento de fuerzas ancestrales alquímicas y espirituales de un poder absoluto; él salió de Praga para seguir siendo el hombre huyendo de una metamorfosis en música absoluta. Cuando Viena lo olvidaba con desdén y lo tiraría poco tiempo después en la fosa común, Praga le abría el pórtico de la inmortalidad; cuando le atribuyó ese nombre de ciudad a una sinfonía antes de haberla conocido, las potencias creativas disminuidas se acrecentaron de manera superlativa. La recepción le hizo ver en vida cómo sería aceptada su música siglos después, luego que muriera y fuera enterrado como otro olvidado desechable de la sociedad en una fosa común: hay que repetirlo hasta hacerlo imborrable eso de la fosa común, habiendo en ello una metafísica ejemplar de la creación artística.

Creyó que sería la Masonería y su fraternidad que lo recibirían, pero fueron criaturas que lo iniciaron a lo sublime, la flauta encantada se eclipsa ante el mensajero del mundo de los muertos y una noche de trabajo en Praga –las noches de insomnio en Praga pueden metamorfosear la literatura- era suficiente para una obertura que, desde los primeros compases, levanta el telón de las epifanías y abre el telón del infierno. Allí ocurre en escena algo que trascendía las muertes recientes del médico, del mejor amigo, del último hijo y de Leopoldo el padre. Mozart había pagado el precio fuerte, sin que lo deseara expresamente le dio voces con Fígaro y Leporello a los protagonistas de la revolución que cambiaría un mundo del cual él era representante paradigmático. Transformó la historieta de un seductor español de pacotilla en la obsesión de un hombre que, por lo femenino que huele olvida riquezas, conquistas imperiales, el mundo del saber renacentistas, el cielo prometido por la Iglesia, los llamados de lo oculto y acepta el fuego eterno. Nadie tuvo esa sublime dependencia de lo femenino como Don Giovanni y con el diablo no se firman pactos, hay que desafiarlo y se lo va a buscar en su propio terreno. En Praga trae al Comendador de la muerte, una suerte de precursor del Golem literario y escuchó el coro que supo transcribir de los condenados por la eternidad. La respuesta de Don Giovanni a la estatua del Comendador, cuando se presenta aceptando la invitación de la víspera es la potencia de la humanidad, la supremacía de lo humano sobre lo divino: Dios es una invención del hombre. La muerte viene a buscarlo con un enviado que él mismo despachó al otro mundo, Don Giovanni entiende el argumento de su vida en pocos segundos, la existencia de Dios sediento de venganza y su muerte cercana, la economía de los pecados y el negativo ofensivo de su catálogo sobre la condición femenina al origen del mito, la balanza en movimiento pendular de la venganza, los dolores infligidos que harán contravoz a sus momentos de placer. Entiende la condena que lo aguarda, se niega a pedir perdón, arrepentirse y menos a una conversión cobarde para salvar el alma in articulo mortis, él ya entregó el alma y la sexualidad a su dios que es femenino, tiene hermosas tetas y se desintegró en el cuerpo de las bellas, por ello canta la réplica magnífica:

Non l’aurei giammai creduto,

ma faró quel che potró.

¡Leporello, un altra cena

fa che subito si porti!

En Praga Mozart conoció algunos secretos de la vida, como en el reloj de la plaza central de la ciudad, el 29 de octubre de 1887 cuando se fueron apagando los aplausos supo que comenzaba la cuenta regresiva. Luego del éxito mundano, el respecto soterrado por rechazar al arrepentimiento y asumido el placer de la belleza femenina, llegan las propuestas para permanecer en Praga. ¿Qué hubiera pasado? Imposible saberlo, él decidió ir al dominio del fuego aceptando la invitación de la estatua parlante. Mozart pasa unas semanas agradables y a mediados de noviembre regresa a Viena, el 27 de diciembre nace su cuarto hijo y la primera niña –Teresa- que morirá el 29 de junio del año siguiente. El 7 de mayo de 1788 se presenta Don Giovanni en Viena y fue un fracaso, irá de manera esporádica a Praga otras dos veces, pasa por la ciudad el 10 de abril de 1789 formando parte de una comitiva, el 31 de mayo de 1789 está en Praga y el 4 de junio hay trazas de su presencia en Viena, el doce de julio escribe unas líneas terribles pidiendo dinero, carta que enviará el 14 de julio, el mismo día que en París…

El «Shinano» a pique

-La Traviata-

El entrañable Hugo García Robles me lo había contado al pasar su relato sobre el portaaviones japonés -hundido el 29 de noviembre de 1944 en la bahía de Tokio- durante una cena cerca de Punta Carretas, en un restaurante que venía de abrir sus puertas y aguardaba el comer opinando del Magíster. Hasta recitó a los postres el comienzo con emoción: “Atento a la señal de la línea, a los latidos reveladores en índice y pulgar de su mano derecha, el viejo Kenzo espiaba el pez hambriento.” Para otro almuerzo que concertamos en otra mis estadías invernales en Montevideo, prometió llevarme la disquete con el texto original para que lo leyera en su totalidad.

Habiendo conocido la versión oral estaba impaciente por leerlo en pantalla y luego sobre papel. El proyecto narrativo se titulaba “Shinano”, nombre del artefacto predestinado a la tragedia marina del sol naciente en guerra, portaaviones secreto que evocaba una provincia japonesa. Maliciaba tener que leerlo de atrás hacia delante en el sentido Manga y resultó una intuición equivocado, nosotros estábamos lejos de Naruto Shippuden, siendo más bien dos dinosaurios mutantes tipo Godsila (circa 1954) de otra época dejada atrás tal como se verá de inmediato.

Al mediodía de los días laborables García Robles almorzaba y recibía en un restaurante acogedor bien frecuentado de la calle Maldonado esquina Jackson llamado Su Bar. Se comía -la última vez que pasé por Montevideo me di una vuelta y sigue abierto en setiembre del 2020- por encima de la media ciudadana en sabores, porciones generosas y calidades de materias primas. Allí se cruzaban amigos sociales dejados de ver tiempo atrás, famélicos y felices por tener mesa asediando niños envueltos, canelones de choclo, milanesas a la napolitana empanadas con ajo y perejil en el huevo batido, guarnición de fritas con textura belga o rusa de mayonesa casera. En uno de los mediodías más memorables yo había ido a almorzar a Su Bar con Oscar Brando, Hugo nos invitó improvisando a compartir su mesa y allá fuimos.

– ¡Alejandra, Alejandra! decía Hugo y la moza –creo que era hija del patrón- venía hacia nosotros con porciones de tibieza justa en la pascualina para comenzar la ceremonia.

Momento operístico digno de Mario Cavaradossi, cuya perfección preludiaba el éxito de la conversación subsiguiente en el sentido hospitalario de Sebastián Elcano, “nom de guerre” del crítico gastronómico y musicólogo, adoptado en tiempos felices de Caracas –también dirigió allá la biblioteca Ayacucho- antes de la agitada aventura Barcelonesa como editor y el regreso al pago Oriental. Nunca me atreví a desmentirlo sobre sus convicciones culinarias bien arraigadas, allí se cocinaba la mejor pascualina del país, -si exceptuamos la que preparaba mi madre- lo que en su manera metonímica significaba del mundo, pero era él que lograba esa magia de generosidad de mantel celeste: “Un clásico de la cocina uruguaya que proviene de Génova y que se reconoce en su nombre como un plato que por su ausencia de carne era de Semana Santa. Los recetarios genoveses del siglo XIX son unánimes en la identificación del plato como propio. La otra recomendación es que la fórmula original supone el empleo de acelga y no espinaca, aunque nada impide cambiar de vegetal.” (Hay que hacer cinco huecos una vez dispuesto el relleno sobre la primera hoja de masa y colocar en cada uno un huevo crudo, detalle que todo lo puede decidir) “La receta incluye algo de panceta, que contraría el uso de Semana Santa pero mejora sensiblemente su sabor. Los huevos crudos cuajan en el horno y la clara se distribuye en el relleno con un resultado estéticamente válido y se evita, al colocarlos crudos, la doble cocción que sufren si se ponen ya cocidos.”

La pascualina era una epopeya horneada de los orígenes con cosmogonías milenarias y divinidades coléricas ataviadas de colores magníficos, con arco y carcaj de flechas envenenadas. Tenía secretos trasmitidos entre iniciados y de quienes dependía el equilibrio del Cosmos: el Gran Dios de la Cocina estaba sentado inmutable y velando por la humanidad sobre una pascualina tibia –variante huevo crudo- recién salida del fuego homogéneo. Cualquier gesto de Hugo compartiendo una comida suponía estar en el banquete de la vida de ese día único, bella ocasión a disfrutar porque se consume de forma inexorable sin que podamos percatarnos.

El momento era irrepetible estando él cerca, mágica la secuencia de hechos, el dispositivo planetario de la bóveda celeste, la escena cercana en el rincón del salón y concentraba la intensidad de una filosofía de vida. En la última cantina del bajo, si bien llevado por gente de humilde condición (había que visitar fondas populares donde se alimentan los trabajadores a la antigua), antes de escanciar del néctar divino y libaciones de ancestros transportado en damajuanas de ambigua procedencia, trasegados a recipientes cerámicos con pico pingüino, aunque se tratara de un engatusamiento en el procedimiento productivo, sabiendo estar ante una aguada versión de la tradición, él sacaba del bolsillo superior de la chaqueta un termómetro de vino –tecnología OVNI ignorada por vecinos del barrio, más apropiada para secretos alquimistas que parroquianos del establecimiento-, medía la temperatura del líquido oscuro, decía “perfecto, perfecto” participando con gracia del embuste. La bodega más trucha del territorio canario se volvía el mejor año de los setenta de Château Petrus.

Si estaba en vena (los últimos años dependía de la salud, el capricho de la circulación de sangre en las piernas, la puntualidad del taxi que lo movía por la ciudad, del esfuerzo para meterse saliendo del departamento de Barrios Amorím en el día activo de Montevideo) García Robles recitaba a grandes poetas italianos. Dominaba la sublime trinidad contemporánea de Montale, Quasimodo y Ungaretti, también otros marginales de los cuales olvidé sus nombres pero vendrán más adelante. Algunos mediodías se ponía borde con las camareras debutantes (seguro habías sido alumnas de sus cursos) cuando descubría pasta “marcada” lo que a sus ojos constituía un pecado sin redención; se sucedían momentos incómodos entre reproches y pedagogía compensatoria aunque tuviera razón -parecía estar en disputa la cocción del pato a la naranja Gran Tradición, obra suprema de Auguste Escoffier-, pero había algo de Gran Inquisidor de la pasta casera que debería salvarse.

Ortodoxia que aplicaba asimismo al modesto fainá, la popular “farinata” de origen genovés y piamontés que era la madalena de su niñez de memorioso visitada por artesanos ambulantes del manjar. Era cuestión de rachas, también dependía de lo que hubiera escuchado durante el desayuno, y cuando se hablaba de música como sucede con las fieras salvajes Hugo se calmaba. Volvía a ser el memorialista elegante de una Montevideo que había capitulado, estaba en estertores ante nuestra mirada en la vereda de enfrente mientras almorzábamos. Sólo restaba ante la inminencia del ocaso preservar gestos de elegancia que no se estila, como pregona el conocido vals peruano; olvidé si la anécdota del bell canto que recuerdo venía a cuento, – ¿me había pasado la disquete de “Shinano”? – pero la sigo recordando y me da rabia no lograr evocar sus palabras exactas.

-Un día le preguntaron a Toscanini si pensaba dirigir la ópera más sublime del repertorio y el maestro respondió: “¿Estamos hablando entonces de La Traviata?” dijo.

Permaneció melancólico y feliz ante la confirmación de una evidencia irrefutable, como si durante años hubiera hecho comparaciones detalladas hasta llegar feliz a compartir el juicio del director de Parma, aliviado por coincidir con el gran maestro y rechazando con gesto despectivos argumentos contrarios a esa sentencia; refutando tesis germánicas que desdeñan la tradición popular peninsular, anteponiendo el elogio de maestros cantores y otros dioses nórdicos entrando al Valhalla. Ese tipo de controversia era inútil e importa tan solo la emoción personal que uno emplaza cuando se siente en trance de morir. Traté de imaginar qué estaría pensando Hugo en ese momento: en María Callas nacida en los años veinte, me dije. Su historia de cenicienta griega inmigrante, dudas narcisistas sobre la belleza del rostro y delgadez, años de esplendor en escenarios del mundo, público entregado al don vocal trabajado, su amor con el magnate aristotélico del yate y collares de perlas inmensas, esmeraldas engarzadas, discos vinilo de recitales en directo; el retiro forzado al cono de sombras avanzando si la voz se aleja, cuando llega la Gran Viuda Americana a las islas del Egeo y cantando ella como ninguna otra Addio, del passato bei sogni ridenti.

Hubiera apostado sobre ello una botella o dos de Cheval Blanc 1981. Entonces quise aprovechar que Sebastián Elcano tenía la guardia baja para exponer mis propias carencias o dudas.

-De tango, Hugo, ¿entonces?

-Nadie tiene la voz de Gardel, esa voz y el cine explican la supervivencia milagrosa del género. En cuanto al mejor tango que tanto preocupa a los apresurados… te lo digo después de las peras al vino tinto. Sólo él puede cantar maravillas como

Cuando el ombú de la existencia

sacude el viento del recuerdo

se llena el alma de murmullos

que cuentan cosas

del tiempo viejo

y luego el estribillo de Juan Carlos Patrón, que en su decir eran versos dignos de Guido Cavalcanti,

Murmullos que traen al alma

la tropa de los recuerdos

p’a llegar vienen al trote

p’a dirse siempre son lerdos

murmullos, murmullos son

que aprietan el corazón…

La respuesta insinuada nunca llegó y fue mejor así. Hugo continuó ese mediodía sus variaciones eruditas sobre la voz de Gardel, sucumbió a la historia simultánea que fluye con las peras al envinadas y nos pasó la receta del pesto de su abuela Josefina. Pasaron los años necesarios al cuento y fui yo que me encontré en esa incómoda situación de clasificaciones por mi condición de uruguayo viviendo en París desde el siglo pasado.

Siempre se espera tratándose de música popular, que uno caiga en el lugar común de reivindicaciones patrióticas de país pequeño falsamente modesto y rencoroso. Desde hace años me vengo preparando y los franceses con pátina tanguera de tinte imperialista por la irracional versión gardeliana Toulusse -que tienen por inamovible a pesar del error enorme como se verá cuando se festeje el centenario en 2035- son los peores y creen que se las saben todas.

– ¿Y dónde fue a su parecer que nació Gardel? (dicho con sorna)

-Él lo dijo repetidas veces y además corroborándolo en sus documentos privados. Ahora mismo escapa de mi mente el lugar exacto… es por el norte… Lo que tengo presente es la fecha: diciembre de mil ochocientos ochenta y pico y que su madre se llamaba María Lelia Oliva. Puede que le interese… sólo las situaciones trágicas con mediación de semidioses permiten el nacimiento de los monstruos.

– ¿Dónde se origina el tango? (pregunta que hace alguien conociendo la respuesta y que quiere divertirse a mis expensas)

-A usted le intriga la cuna del tango lo que es comprensible, yo prefiero interrogar el momento del parto que fue con cesárea. Lo inventó Doménico Scarlatti en el siglo XVIII y para más datos en la sonata en sol mayor K 547. ¿Tiene a mano la versión de Vladimir Horowitz?

– ¿Cuál le parece el mejor tango? (seguro que caés en la trampa como un boludo)

-Podría decirle cuál es el más popular sin explicación necesaria e irrefutable, el que bailan Norma Desmond y Joe Gillis y se intuye en La Guerra de los Mundos difundida el 30 de octubre de 1938, el preferido de Franz Kafka como le escribió un lunes pasada medianoche a Milena, pero eso usted lo sabe. En cuanto al mejor tango… hay muchos títulos que pueden aspirar a ese honor y nunca me interesó terciar en la disputa, aunque tengo mis ideas en el taller mecánico… Lo que me importa es cuando el tango se sublima en música, eso deja de ser asunto del mejor pasando a otros dominios.

-La Cachila-

Para qué abrí la boca… siempre el mismo pelotudo… ahí quedé atrapado en mi propia red de suposiciones. Desde entonces pienso cuál tango pudo haber sido compuesto por Bach, con mentalidad de colonizado musical asumido, dirían los defensores del malambo con espuelas y el berimbau ceremonial. Al principio fue herejía de Dj andar en tales comparaciones, un dislate sin final lindando el ridículo cual interrogante digna del movimiento perpetuo.

La cuestión igual rondaba volviendo como las lluvias de marzo cerrando el verano, pegándose en los dedos en esparadrapo molesto, volviéndose obsesión tipo absceso de grasa, que requirió terapia de reposo ante el anuncio de una depresión de cuidado. A las respuestas que desestiman la ambigüedad uno jamás llega por método y razonamiento, más bien es una verdad exterior incorporada espiritualmente, evidencia sagrada o epifanía divina cercana al estado OM de los hinduistas y al amor trovadoresco. Un segundo previo al milagro era el Caos primigenio, donde todo es idéntico e indiferenciado antes del advenimiento de los Dioses que se apoderaba de mis intentos y al segundo después, todo resultó resplandeciente.

Ocurrió una mañana en París cruzando el pasaje Brady cerca de la estación de Metro Château d’Eau. Caminaba por ahí buscando escenarios y climas sensoriales para otro relato cuando llegó la evidencia, trata la novela esa de dioses hindúes y siendo tarde en esta vida de avatar uruguayo para salir a recorrer el Delta del Gánges, mojarme el pelo y hacer ablaciones -cuando convergen las aguas de los tres ríos sagrados- entre millones de peregrinos en su avatar humano, de ver la danza cósmica de Nataraja preludiando la batalla última de mi existencia, me acercaba al barrio de los hindúes apaches como Mantra de recorrido a la espera de algo diferente.

Esos cruces forzados –obviando una peregrinación de meses y cambiándola por turismo de brevedad- jamás funcionan del todo bien. En casa pensaba en el exotismo de materias sedosas y colores ocres, las imágenes del dios Ganesh reproducidas al infinito e inciensos de Patchouli ardiendo accediendo a le meditación, los textos narrando lo infinito e imposible. Estando ahí dentro de lo que más se le parece en París y cerca del mediodía quería pasearme en el mercado del puerto de Montevideo cuando se calma la agitación del almuerzo, los medio y medio del mostrador en Roldós, pedir una tablita con morcilla dulce, chinchulín crocante, tira de asado cocido y chimichurri. “Ya te diré dónde ir con confianza para evitar la carne esté marcada” me parecía escuchar a García Robles mediante transmisión de pensamiento desde el otro lado, fiel sacerdote de la diosa Annapurna.

Intentaba de averiguar cuál es el momento, procedimiento, inquietud, azar o karma haciendo que ciertos momentos de la vida pasada, alguno de esos murmullos –evoco el almuerzo con Hugo- de pronto se imponen como lo único que uno puede escribir: addio, del passato bei sogni ridenti… Si ello llega así tan de repente, desde ese momento tenemos que proceder como lo hacía Sebastián Elcano contrariando la devastación ineluctable de las ilusiones juveniles. Servir un Tannat De Lucca y transfigurarlo –por la fuerza de voluntad, meditación y sosteniendo que la belleza es la suprema verdad- en un Romanée Conti, si es que todavía pueden producirse esos milagros aunque luego advenga el desastre.

Fue así, atravesando un corredor onírico que es maqueta siglo XIX de la India infinita cuando supe qué tango hubiera escuchado Ganesh escribiendo con el colmillo el Mahabharata: “La Cachila” de Eduardo Arolas y me gustaba eso de que se hubiera interpretado por primera vez en 1921 en mi amada Montevideo y que Arolas hubiera muerto en París en 1924… después se suceden casualidades a las cuales la mente atribuye configuración de destino hasta convertirlas en mensajeras del sentido secreto.

Golpeó la evidencia del rayo anunciador y claro que estaba tranquilo pero era exiguo el entusiasmo. Debía contárselo al mundo dando testimonio como Violetta Valéry en la última arremetida del bacilo de Koch. Vinieron en mi socorro dos episodios diferentes con pocos días de separación, en un universo auditivo seducido por la notación tropical que nos arrincona contra el río (porque lo queremos) y el olvido de lo que fuimos con gomina y corbata (también lo queremos), el regatón loando el culo depilado como paradigma del deseo carnal y otros ritmos de cuarteta, bailanta y bachatas que tiene su panteón de ídolos reverenciados como Rodrigo el Potro Cordobés (borrado por la descarga a los 27 años, igual que Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Amy Winehouse, Janis Joplin, Kart Cobain y Brian Jones) y La Mona Jiménez -nacido como yo en 1951- que es inmortal versión Duncan MacLeod el Highlander nacido en 1592 -21 de diciembre igual que mi finado tío Rúben, que fue el primero en el barrio en tener una motoneta Vespa- y que todavía anda por ahí preguntando quién se ha tomado todo el vino… bueno… la redacción se pone fatal… que berrodo indigesto digno de la guardia vieja… la frase inicial ésta bastante cambalache se me perdió en el ordenador…

… lo que quería decir es que alguien estaba preparando un libro con artículos variados sobre el Tango y su vigencia melódica, iniciativa que me llevó a una sensibilidad de muchacho del barrio ciento uno, donde venía el doctor Alberto Castillo a cantar che madame que parlás en francés y tirás ventolín a dos manos. “Alguien nos pasó su nombre” decía el mail, el responsable me mandó la lista de colaboradores que habían aceptado, salvo uno ni la menor idea idea de quienes eran redactores y responsables del proyecto. Gente nueva, muchachos jóvenes como debe ser y había una piba responsable de Julio de Caro; no está todo perdido en el mundo y puedo morir tranquilo si hay mujeres bellas escuchando “Boedo” pensé.

Tampoco había dejado traza visible de mis gustos tangueros por ahí pero la razón del contacto ese era más pragmática, viviendo en Francia desde hace años acaso podía dar una visión del tango en París. El argumento era brutal por práctico y sin saberlo tocaba una fibra sensible que me interesaba, pedí una semana de reflexión que fue tal cual; escuché discos vinculados al asunto, mirándome al espejo mientras me afeitaba sentí que es un soplo la vida. Tomé nota sobre el efecto de las nieves del tiempo plateando las sienes, armé un índice cruzando cronologías, temáticas y protagonistas. Había un bonito filón a explotar pero estaba exhausto, vacío por dentro, temía no aportar algo original y excusando compromisos inexistentes desistí de la oferta. Esperé en vano la insistencia viniendo de los promotores, ellos dijeron gracias igual y que encontraron a alguien para el artículo.

Entre Ducasse, Gardel, Torres-García, Supervielle y otros asuntos – ¿cómo olvidar a Francisco Canaro “Pirincho” y el bandoneón de “Canaro en París” de Caldarella y Scarpino? – la relación de París con el tango orilla pobre era interesante. Había una lista larga de tangos donde el tema parisino aparece de diversa manera; en todas las épocas, desde los primeros visitantes de la generación pionera hasta las estudios de Astor Piazolla con Nadia Boulanger. Ese mundo abigarrado es íntimo y difícil de compartir con los otros tratando de inventar argumentos tendenciosos. Renuncié a convencer con método, estaba dispuesto a traicionar “La Comparsita” y eso se paga caro en el mundo chauvinista falto de otros soportes, que se apresta a festejar el centenario de una embocada de estudiante de arquitectura. La maravilla que llega sin avisar nunca debe explicarse, incluso parecía una historia de familia esas historias de ida y vuelta. Debía achicar la mesa siguiendo los consejos del gallego Enrique Muiño en “Así es la Vida”.

Recorrí el volumen 6 de una integral de Gardel (El bandoneón EBCD-16) titulado “Anclao en Paris” que es sorprendente, donde se camina por el piolín sin red del kitch emotivo con acento francés a la trascendencia sublime del lieder romántico. Escuché a Carlos sentenciar “con tres cortes de tango sos millonario… morocho y argentino, rey de París…” (guitarras de Aguilar, Barbieri y Riverol) y me incliné ante la sabiduría de García Robles. Cuando Gardel canta en francés “Folie” tiene un acento de uruguayo que mata y claro que la lengua de Verlaine no es la materna del zorzal. Había en otras recopilaciones que pude consultar verdaderas joyas, desde pequeñas historias terribles de pathos edulcorado hasta temas que no conocía como “Sueño de París” cantado por Héctor Pacheco, también “Siempre París” de los hermanos Expósito y que marcharon a un injusto olvido. Recordé que en un libro publicado hacía más de treinta años visité esos mismos asuntos y si le había invertido interés en su tiempo (estábamos con la euforia de la salida de la Dictadura y a defecto de escribir sobre la revolución triunfante había que compilar la crónica de la derrota y la tarea sería extenuante…) no habría nada importante para agregar.

Eso si pensara en los lectores, pero como en gustos así es lo que menos cuenta busqué igual en la biblioteca virtual de ilusiones perdidas. Se trataba de mi segundo libro de relatos y curiosamente el cuento implicado era el primero. ¿Por qué lo puse en primer lugar? Supongo que en esos años el asunto de cruce de los tiempos entre Paris, tango pionero y uno de mis autores preferidos me llamaba la atención. Era una premonición de mi vejez que interpreté de mala manera, el título del cuento era “Comme il faut” que era título de “otro” título de Eduardo Arolas, algunos sostienen que fue su primera composición entre los años 1907 y 1908. Los planetas se alineaban y veía venir estos tres relatos encadenados. Me detuve durante la escritura en dos acontecimientos que puse de relieve y estaban relacionados con el año 1954. Fue la fecha que elegí para que naciera el narrador que se pierde en los tiempos de París hacia la década de los años veinte y en la cual repatriaron a Argentina los restos de Eduardo Arolas, que tuvo un destino trágico y misterioso. Los tangos de Arolas me llevaban de manera anticipada a París como melodía de la premonición y salían de la cosa tanguera para dirigirse a otras regiones del genio.

Recuperé esas notas después de mis sesenta, la anécdota regresó intacta y para convencerme de retomar la partitura, el dios Ganesh se valió de “El Marne” en la versión del inmenso Horacio Salgán.

El cometa Arolas

Ha muerto Eduardo Arolas,

Soy Juan y vengo a verlo.

Julián Centeya

-niebla de riachuelo-

¿Haría falta traducir el origen e intensidad de mi afinidad por la novela abrupta del músico? Creo que sería suficiente con saber que ese interés existe y de pretender explicarlo ¿cómo hacerlo para llegar al convencimiento compartido? Ello parece quimérico incluso dedicándole el tiempo que fuera necesario o resumirlo en la sensación arbitraria de que él compuso a mi entender el mejor tango de la tradición. Recuerdo que la secuencia que ahora me atrapa -hasta el mandado de dejarlo por escrito comenzó hace años.

La curiosidad por el personaje Arolas creció desde las primeras escuchas de sus temas con melodía desafiante; partituras que entraron en mi cotidiano mate y trepando con tenacidad de hiedra salvaje por muros medianeros hasta confundirse con la piedra. En gramática de existencia puede considerarse que era una pasión inútil concediendo que la vida sigue siendo la misma herida absurda de Catulo Castillo. Sus tangos tenían el poder de llevarme allá antes, más que alcanzar una bahía “Guardia Vieja” y agitaban la ficción contra el tiempo: guiándome mentalmente a una hipotética vida anterior coincidente con su tiempo sobre la Tierra. Era tal vez el deseo de haber pasado mi infancia en Buenos Aires cuando se terminaba el siglo XIX, añorar mi ciudad de Nacimiento –donde Arolas pasó un exilio amoroso- en 1916 y caminar la París irrepetible de 1924 entre mayo y septiembre.

Desde el primer encuentro que resultó decisivo fui trazando con paciencia, ayudado por libros y recortes de la prensa el meticuloso acercamiento a la figura de Arolas, que suponía fijada siendo percepción difusa. Se fue formando despacio una sombra crepuscular atrapante por el recurso crédulo de distanciarme de otros intereses inmediatos, estaba fatigado de cotejarme –por razones profesionales- con mentalidades prácticas. Rastreaba formas de conocimiento dependientes de la intuición, desde niño me familiaricé a desconfiar de los libros que siguen siendo impresión deformada de la verdad y asumía lo aprendido con fobia; loaba el exceso creativo y parajes mágicos repudiados, una verosimilitud sin pruebas de falacias orales. La memoria a tientas de mi abuelo en legado, sus aseveraciones sobre temas inverosímiles viniendo del territorio de la incertidumbre me ayudó a improvisar la biografía somera del Tigre del bandoneón –tan olvidado- que estaba dispuesto a consentir.

La versión menos visible que me interesaba y guardé por años en mi mente, capítulo tras capítulo en ciernes de pensamiento, sin lograr redactarla en extenso y se anclaba en fechas concretas. A conciencia pura planifiqué una peripecia de vía crucis supletivo y recorrí lugares que él supuestamente –me refiero a Arolas y no a mi abuelo- caminó en vida; tampoco fue casual o lo fue de forma incidental que me enamorara de una muchacha llamada Alicia con la que fui a París. Vivir en Montevideo – ¡donde se interpretó por primera vez La Cachila! – le aportó a mi proyecto apreciable ventaja espacio temporal, cruzarlo con factores reales favoreciendo el tránsito hacia lo velado.

Las casas bajas en los suburbios, la gente de paso yendo al trabajo y el perfil de la costa se alteró desde aquel pasear suyo –de Arolas- sobre adoquines veredas con perros, puentes de hierro y callejones que pretendía mías por empatía llegó a ser enfermiza. Me animaba creyendo estar en lo cierto, que si todo cambiaba alrededor, el horizonte permanecía idéntico y la curva del mar y el olor a tierra mojada por tres días de lluvias intensas en la región. Los calendarios transcurridos desde su vida hasta mi recorrido vicario deformaron perfiles dibujados por edificios de la modernidad, líneas curvas de arena gris por la suciedad, pliegues de rocas salpicadas por el arrastre del río con petróleo estarían allí por siempre. Eternas e inmutables como la niebla de Riachuelo, ocultando y protegiendo de entrometidos los secretos de su Barracas porteña.

Abandonado al influjo del personaje, envuelto por el enigma que corroía las horas de sueño y vigilia yo crucé varias veces el Río de la Plata. Desde la bahía montevideana busqué en el sur inaccesible del otro sur de Buenos Aires –la ciudad del músico- el rumor mecánico del tiempo faltante –pasado, crónicas, anécdotas, versiones deformadas, amnesia programada- dado por muerto y enterrado. Quise tomar desprevenido el paisaje de lo que fuera la zona roja de la ciudad de Arolas, robarle al interregno entre bostezo y despertar parte del sortilegio de noches irrepetible.

Estando del otro lado mientras la luz del día avanzaba iluminando la aventura humana, la ronda hacía de mí aprendiz arqueólogo buscando vestigios del futuro. Miraba o deseaba ver lo que era igual en circunstancias de ficción, entre vidrio y aluminio de edificios pervertidos de oficinas y ascensores, el paisaje ruinoso de corralones del pasado finisecular. Creía escuchar voces de la ciudad que era el centro coral de algo mío, proyectaba en el cromado de carrocerías cruzando bulevares, yendo a un sitio desconocido al que debía en la próxima hora el choque de facones asesinos, cuchillos de matarifes, hojas de religiosos empujados por bramidos de víctima y testigo, alaridos filtrados entre frenadas, bocinas, arranques a destiempo, mientras el semáforo dando paso a los bosques se cambia a la luz que verde absenta.

-araca París-

Fue por esa puesta en escena de la historia colonial moderna escrita con sangre que en 1954 pasó inadvertido, por razones entendibles un episodio menor involucrando a cierta burocracia ministerial sin rango casi e inventora de archivos duplicados. Funcionarios que, entre el dolor de hacer el conteo oficial de paracaidistas caídos en cumplimiento del deber por el honor de Francia y el archivo de discursos sobre Ho Chi Min (traducidos a la lengua de Bretón), documentó también la repatriación de los despojos de Eduardo (Lorenzo de su nombre de nacimiento cambiado en 1913) Arolas (Arola sin s en el apellido) músico e intérprete de origen argentino, hijo de padres franceses nacido en Barracas el 24 de febrero de 1892 bajo el signo de Piscis.

Papeleo obligado que pudo llevarse adelante con el apoyo de instituciones secretas tan extravagantes como la Sociedad de Lunfardo con sede en Buenos Aires y hasta Marianito Mores metió mano en los trámites del cuerpo viajero. Divagaciones son esas, dijeron los funcionarios presupuestados quitando asientos y obligaciones cotidianas, a la hora del aperitivo, dignas de pueblos del ecuador al sur… algo elementales según rumores, pero en esos meses de pésimas noticias del imperio menos amenazantes que los pérfidos Viet Minh. Si al menos el tal Arolas fuera comando ecuestre original de Tarbes… pero músico y extranjero era dadaísta para inspirar piedad ministerial. Pálida también era la crónica borrosa de Arolas en sus inicios; yo conocía lo suficiente de su vida intensa para distinguirla sin confusiones de la mía a pesar de la fascinación. Era esa conciencia de diferencia -la vida otra que pudo ser- lo que me atraía de Arolas desde la escucha de sus tangos en situación similar a su travesía secreta; partitura con fuerza de astro trasgresor de una ley musical y que por descuido estaba sin descifrar.

Cuando nació Lorenzo, que luego se cambió de nombre por Eduardo, Margarita su madre francesa tenía cuarenta y dos años, maternidad tardía para los criterios de comienzo de siglo; Enrique, el padre de Lorenzo y esposo de Margarita también era francés y siete años menor que su mujer. En ese primer dispositivo de pareja con edades y nacionalidad se cumplía la liturgia de biografía sospechosa, reiterándose la mitología de segunda zona con Arolas pródiga en fatalidades. En el aura de músicos, voces y textos cancioneros rioplatenses detecté la reiteración de paternidades urgentes y maternidades francesas. Lo mismo ocurre con la tendencia al cambio de nombre o confusión de identidades; entre casualidad y capricho de implicados se forman situaciones dignas de sustentar novelas por entregas del siglo pasado. Abundan documentos apócrifos, testimonios dudosos, falsedades simulando el pasado transfigurándolo y hasta inventar a conciencia pura “otro” pasado.

Está dispuesto el escenario propicio para el relato, ese conjunto de hechos evocados compone un magma de circunstancias oscuras, versión de los hechos que logra confundir el allá difuso y el acá sin perspectiva crítica, un ahora probable y otro entonces dudoso. La perplejidad sanciona por anticipado una evaluación histórica tendiente a la alternancia lúdica, haciendo que el deseo de una crónica veraz -cercando los episodios en su certeza inaprensible- termina por bifurcarse, se escinda o duplique. El detalle que todo lo trastoca fue que, por dilemas de drama sentimental dentro de la familia, el músico –El Tigre del bandoneón- se exiló hacia 1916 en Montevideo. Había de por medio su novia Delia y un hermano del músico… por una puñalada a traición en el riñón fraternal, Arolas penetró en dominios del Monte VI de los navegantes que puede alterar –así sucedió con los muñecos recargados en “Plata quemada” de Ricardo Piglia- la crónica policial porteña en un drama de repercusiones cósmicas.

Después rumbo a París con Alicia y mediante escalas a bordo del paquebote Lutetia –nombre original de la ciudad destino de la feliz pareja- con salones de baile circulares y piso de madera donde desplazarse danzando, terrazas a la intemperie contaminando la cadena del alma, salvavidas atados en cubierta con Lutetia escrito en semicírculo. Puede dudarse –dadas las circunstancias de la navegación por aquellos años- si el pasaje de la travesía que llegó a Marsella fue el mismo en número e identidad que el que abordó la nave unos días antes en el puerto de Trieste llevando hasta la costa francesa a nuestro Lorenzo Arolas en el primer viaje a París –dicen que por el año veinte-. Debió de ser de esos cruceros con pasado espectral y cuentos hundidos en travesías previas. Al estilo del Mary Celeste que pasó a la historia por abandono inexplicable de toda traza humana; barco italiano con fantasmas a bordo de tragedias pretéritas y que tiene reservado una cabina para el Maligno, efectos cómicos de comedias en alta mar recorriendo poblados camarotes de tercera y mientras se calca la mísera condición humana en tierra.

En enero de 1922 nuestro Tigre estaba de vuelta en Montevideo, año antropófago de la marcha sobre Roma, el estremecimiento a la búsqueda del tiempo perdido y el día infinito devorando las horas de Dublín. Al parecer tenía en mente el segundo viaje a París y salió de Montevideo huyendo al verse implicado en causas de accidente de circulación. El autor de “El Marne” debía poner un prudente océano de por medio, fue su penúltimo viaje a Paris y parecía que Arolas tenía un destino zarpando de situaciones de intensidad emoción. Hay razones atendibles para desconfiar si las últimas fotografías –sepia y borrosas que se conservan del músico, encontradas en una biblioteca privada de Lille- antes de que falleciera reproducen la imagen verdadera del Arolas que zarpó desde el otro lado de Italia, tal vez para buscar publicar en París la partitura de alguno de sus tangos. Lo más probable es que fuera tras la huella de los padres y de la producción musical de Arolas luego de ese viaje sólo se tienen noticias de la composición titulada “Place Pigalle”. Episodio extraño, único tango, último tango en París después del silencio tan prolongado.

La sospechosa puesta en paréntesis de la creación una vez instalado Arolas en París, esa grosera aporía estadística ocultaba una explicación que podría ser fácil de entender; si pensamos en ello como planteo enigma una hipótesis queda insinuada. Fórmula explicativa suspendida en conjeturas de lo probable y latente, insuficiente para afirmar que es el primer momento de la decepción. Dicho tráfico en tiempo de tensión, después del segundo fin del mundo personal que produjo un cambio radical en el músico, alterando la luminosidad de orígenes y finales, se disuelve –por falta de información- en la trampa de quienes llegamos después y estamos fuera. Se congela como líquido alquímico a la intemperie formando un puzle de teorías dispares. Dentro de una sucesión de hechos alterados, retorciendo testimonio que mienten, pruebas materiales engatusando sentidos. Forzando a distinguir formas allí donde no hay nada para ver, llevando a desconfiar de la lotería clandestina del sentido común. En nuestra lengua biografía suena a biógrafo, lección de geografía y su sentido es embustero como la misma escritura.

A la distancia encubierta de la memoria social y con esas inquietudes rondándome minuto a minuto -según persiste mi obsesión de pensar en aquello- sólo restaba creerle a M. Eugenio Dollet -numerario ejemplar de la administración francesa, de cuarenta y tres años de edad- que después del deceso ambiguo del extranjero declaró por su honor ante las autoridades, conocer el susodicho Arolas consignado en el informe forense; sin aclarar -detalle curioso para quienes nos interesamos en el tema- si muerto y anotado en el certificado eran la misma persona. Distante de la información administrativa fue prudente desconfiar, exagerando y siendo mi tendencia podía pensarse en una hipotética conspiración. Racionalizando con tino, admitir el deslizamiento del error involuntario que concilie o explique dos finales de la vida a nuestra disposición y coexistiendo con empeño. Ello a pesar de papeles que vienen en ayuda y la eficacia de fotocopiadoras última generación reproduciendo documentos certificados incluyendo los errores humanos.

El prolongado silencio creativo de alguien como Arolas, que compuso cuatro tangos en una sola jornada de trabajo ininterrumpido, me llevaron a suponer para Arolas una tonalidad de muerte con pocos elementos nobles. Presentía en el último tramo de su vida urgencias, predestinaciones y encubrimientos inocultables, verdades necesitadas de ser dichas y también ocultadas. Se abría un inextricable tramado de historias próximas y en una de ellas –imposible de discernir hasta sentirme incluido como personaje- sabía que estaba metido hasta el cuello.

Durante años se instaló la duda mientras crecía en mi la convicción de que aquella expeditiva “tuberculosis pulmonar”, recurrida para obviar circunstancias penosas era formulación grotesca de otra forma de final que por razones espurias, pretendía ocultarse en el presente. Otras versiones supuse de la historia a venir y como nunca llegaría a la versión verdadera, me inventé puerta de emergencia una para huir de la trama sofocando mis otros proyectos literarios.

Place de la Contrescarpe (1924)

-París era una fiesta-

Continuaba preguntándome –durante la expedición narrativa- igual que hace años cuando nació mi curiosidad por la muerte de Arolas: ¿mentiría la ficha recobrada, marrón de oscuridad y polvo infiltrada del archivo del Hospital Bichat de la capital francesa? En la fotografía reproduciendo el documento original del hospital estaba escrito “tuberculosis pulmonar” … tuberculosis pulmonar y leyendo esa caligrafía tenía derecho a dudar si allí estaba escrito tuberculosis pulmonar. La información que contenía la hoja clínica daba para desconfiar, algo debía esconderse en ese prodigio de exactitud para salvar las apariencias. 18h. 55 del 29 de septiembre de 1924. Si eran ciertos los signos manuscritos aplicados sobre la cartulina, el hombre que murió en aquel minuto cincuenta y cinco podía haber sido Lorenzo que después fue Eduardo o un Eduardo que nunca fue Lorenzo.

Como lo conjeturó Jorge Luís Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius: “Hacia 1924 arreciaron los hechos.”

En 1923 Arolas estaba en Madrid, va por última vez a Paris en tren y llegamos al año decisivo. En enero muere el camarada Vladimir Illitvh Oulianov, el polaco Wladyslaw Remont se ve atribuido el Premio Nóbel de Literatura. El 5 de junio de 1924 muere el Dr. Franz Kafka y Milena hace pública la noticia. El 9 de junio de 1924 Uruguay gana su primer título olímpico de fútbol; el primero en la historia había sido la selección de Bélgica. El 9 de septiembre de madrugada le propinan a Arolas una gran paliza, tal vez por líos de polleras con su amiga Bernadette que danzaba en Le Perroquet.

El 29 de septiembre es que Arolas muere y es ahí por donde surge la leyenda de las dos muertes. Mi interés de entonces se topaba con la imposibilidad de resolver ese enigma, quizá de haberlo querido pude haber investigado y todo hubiera finalizado en una ortodoxia que nunca sería superior al misterio indeterminado. Menos supongo que supiera hacerlo y me hubiera consumido tiempo precioso el dar con la buena puerta a golpear. Tarde o temprano alguien lo hará, el enigma será resuelto y tampoco era mi tarea primordial. A la espera de esa confirmación inventé la breve historia de ficción de un viajero polizonte del Tiempo que llevé a París –con el centro de operaciones en la place de la Contrescarpe- y lo instalé en el verano del 24; entre el final de la Olimpíada –4 de mayo al 27 de junio- que coronó a Uruguay medalla de oro de fútbol -ganándole 3 a 0 a Suiza, creo que el 9 de Junio- y la muerte de Arolas el 29 de septiembre siguiente.

-antes éramos campeones-

Los días del verano parisino parecen aglutinarse y todas las noches ser la única noche mágica de garufa corrida, que dura del 5 de junio al 29 de septiembre de 1924 con final infeliz. Nunca faltan encontrones cuando un pobre de divierte, decía un tango cantado por Alberto Marino. Mi personaje viajero vive esa sensación envolvente en un festejo tardío de los compatriotas que vienen de ganar su primera olimpíada. En lo intraducible de lenguas chapoteadas a medias se ve arrastrado a una pelea del momento, mientras quería conocer la ciudad donde Arolas vivió sus últimos días. Desde los 63 años que pasaron del hombre transportado, le asigné al bandoneonista la duda de una muerte menos de bohemia tuberculosa y más de compadrito nocturno. Era posible porque existe la leyenda de las dos muertes de Arolas en París, arbitrariedad relativa rompiendo el continuum espacio temporal, a la manera de lo que hizo Woody Allen en “Medianoche en París” –por otra parte sin haberme consultado- aunque el nexo era otro músico: Cole Porter y un fondo de novelistas americanos en París. Esa fascinación por la década de los años veinte del siglo pasado presente en cada fragmento de mi proyecto Praga era lo que venía trabajando. Un amigo entendido en cuestiones de sublimación me comentó que era tal vez porque coincidía con las fechas de nacimiento de mis padres y le prometí que lo pensaría.

Si bien recuerdo la película de Allen comienza con planos favorables de París, algunos bajo lluvia y música de clarinete que se escucha durante el paseo; un tema del gran Sydney Bechet titulado “Si tu vois ma mère”. Aquí debería terminar el asunto y a otra cosa… a manera de bis quisiera agregar la solución del primero de los cuentos de hace treinta años, final que decía más o menos lo siguiente:

…el triunfo futbolístico de los nuestros en tierras tan lejanas desató un poder inmediato de alternancia con lo insólito, retablo de maleficio orientado a engañar siete sentidos, confundiendo aquí y allá, ahora y futuro que pudo hermanar a los sudamericanos que participaban en la gran coincidencia, más a los orientales como yo de paso hacia el otro territorio. Estando en “la dimensión distinta” y teniendo poco en común con ese evento, me sentí implicado igual en festejos chauvinistas lejos del hogar formando parte de algo que parecía de otro planeta. Así que eso era también América… los deportistas una troupe venida de tierras extrañas y el primer circo de la modernidad; sin saberlo eran la caravana de lo que con el tiempo se transformaría en el mayor circo de la humanidad, donde los animales son los mismos domadores y la única gracia es el número que se repite hasta el infinito emulando a la Muralla China.

Mi afinidad por la vida de Arolas que era lo mío estaba distante del escándalo por la garra charrúa como si participáramos juntos del inicio de una era duplicada con secuelas impredecibles; sin ser lo mío estaba la casualidad fortuita: era despertar en el camarote de un barco belga de carga inmunda, sudando la gota gorda de la aventura y remontando el curso de la fatalidad hacia fuentes ignoradas del ramal de un río africano.

Una vez que se produjo el efecto de la primera descarga eléctrica, por días y es probable semanas los involucrados en la juerga (yo olvidando tener a mano trazas del paso de Arolas por París) seguimos brindando con vino blanco y tinto y verde y rosado, alegando con convicción a vidrio verde de botella francesa y corchos olvidados sobre mesas de madera, que lo vivido era una ceremonia premonitoria. Si aquello era un sueño realizado, por la fuerza de las escenas ninguno de los implicados en la ilusión estábamos preparados a despertar y París seguía siendo una fiesta hasta el fin de los tiempos.

Unos a los otros una y otra vez contábamos jugadas soberbias del partido final. Los pocos parroquianos que estuvieran la tarde mágica en el coqueto estadio de Colombes y asistentes privilegiados a la final Olímpica de fútbol, fueron embebidos con vinos de provincia. Se los preparara para un sacrificio del relato con sangre, tributo a pagar por revivir la dicha de haber estado allí, siendo como asistir a una obra de Shakespeare representada por la primera vez en El Globo original y antes del incendio de 1613. A pesar del esfuerzo de la tarea encomendada con dignidad, los elegíacos asumían la misión de ser relatores del origen del mito de una ceremonia deportiva, esa segunda o infinita vida del relato se volvía consagración de la primavera narrativa que para los extraños al río de la plata era irupción de otra cosmogonía cruel en los confines del universo.

Con ello la fuerza del inicio tenía un anuncio en clave y la intuición de destrucción igual de próxima, bastante borracho algún oriundo lagrimeaba solidario de emoción, creo que yo también lo hacía o era ese francés del norte llorando sin comprender la razón de la tristeza alegre. Los reunidos en un café popular de place de la Contrescarpe –la noche de la revelación- volvíamos con insistencia a releer por enésima vez los diarios atrasados, exagerado la gesta irrepetible -ejemplares que el patrón rescató de envolver pescados, vísceras y basura- buscando en las imágenes la estampa del negro Andrade levantando el puño de libertad y victoria. Más atrás de la alineación donde también destacaban Mazali, Nasazzi, Aripe y en el fondo de la fotografía movida se veían las gradas negras de gente del estadio olímpico de Colombes.

Fue anoche la falla que se abre al error de paralaje. El tiempo en París estaba demasiado frío para la época, el llamado “vasco” Urdinarán entró al café llevado por el error de la hazaña y sin terminar de creerlo. Estaba en el comienzo de la mayor hazaña de los tiempos modernos y era otro más entre los atletas victoriosos del Olimpo esférico. En mi condición de extranjero del Tiempo nunca supe quién fue que lo trajo esa noche, el vasco balbuceó que venía de recorrida final y para que durara lo que nunca debía finalizar, era su vuelta olímpica por los boliches antes de regresar a Uruguay en los próximos días; se supo de esa visita entre conocidos y en menos de dos horas se juntaron los elementos esenciales, vino, amigos, felicitaciones que empezaban a ser cargosas y repetidas. La despedida esa resultaba ser definitiva y la travesía en barco del Océano Atlántico había comenzado, los atletas americanos disfrutaban imaginando la locura del recibimiento multitudinario en los muelles del puerto de Montevideo, fue fácil en esa circunstancia pasar en el clima del café de euforia a tristeza sin transición controlada.

Sabiendo que al menos uno entre los parroquianos de esa noche volvía con el circo deportivo a tierra patria se me hizo un nudo en la garganta, atando envida sin ira con llanto, mordía en esos minutos de adioses la rabia por no saber romper mis filamentos con la París ficticia que se volvió puerto de amarre permanente, sentenciándome a ser un eterno anclado en la ciudad luz, fosforescencia final de la llamita de gas alumbrando ocasos de hogares suburbanos.

Así se apaga el ojo que me queda después de la paliza que me propinaron pude saberlo: mi caja negra registra –para que nadie decodifique en falso mientras mi cuerpo agonizante a nadie le interesa- un titular incoherente de vino y tóxico de provocación entre extranjeros extraviados en sus propios dialectos. Crónica trivial de café popular, extranjeros de paso, queridas fugaces que dicen llamarse Bernadette, quejas de bandoneón que ni interesa a las porteras de la rue Mouffetard. Un comadreo de paliza buscada y arremetidas torpes entre desconocidos que se van a las manos por cuestiones del momento. Un golpe doble en las costillas, otra patada en la cabeza cuando estaba revolcado en el suelo sin poder pararme de tanto que era el dolor; sabiendo que de esa nunca saldría con vida y cuidando en la agonía la integridad de las manos. Los dedos de la mano derecha que permitieron borrar en la ficha traficada del Hospital Bichat de París lo que -me consta y pagué el precio fuerte por saberlo – resulto una falacia.

Nunca más podría hacerlo con mis manos y lo lamento de todo corazón, reconforta conocer la veracidad de lo buscado al menos una vez al final de la vida. Las palabras tenían más verdad que la escritura de documentos cuando contaban, en voz de delación entre vahos de vinos malos y vómitos la versión escamoteada: el autor de “La cachila” murió de mala manera en riña de confusiones. Era fetén que los implicados en el caso de común acuerdo decidieron ocultar detalles del asunto y el chamullo ese de “tuberculosos pulmonar” fue un cuento del tío para engatusar a los pipiolos.

P.S

– ¿Y el “Shinano” Hugo, al fin de cuentas lo trajiste?

-Un poco de paciencia querido Juan Carlos… los torpedos del Archerfish fueron armados… el portaaviones japonés visto desde el periscopio semeja una isla que se mueve saliendo de Yokosura… pero entre el disparo y el impacto real en el mar de la leyenda pueden pasar muchísimo años… ¿pedimos un limoncillo?

Un tango de pianola por Libertad Lamarque

UNO

-De verdad cariñito, quienes venimos de allá, del otro lado, tú bien sabes, nos conocemos poquito entre nosotros.

Había sido otra noche de aquellas sin que nadie del público le pidiera a Gilda de Castro un bis antes de que abandonara el escenario. Infinita boquilla de nácar y cigarrillo oriental recién encendido, con la primera bocanada de humo desplegando volutas turcas envolvió, espesa esfera gris cenicienta, la cabeza del muchacho de cabello en caracoles y parafinado, de mirada dulcísima. Abrumado por esa turbonada de tabacal exótico y ejercicios bronquiales de absoluta pericia, Aldo Scalabrini, acaso Raúl San Martín como debía figurar en marquesinas fantaseadas, se la quedó mirando igual que la loca del cuento cuando encontró un marabú gigante en la bañera.

Ella, la única, estaba bastante tomada desde temprano y exudaba aromas contradictorias de lociones baratas, superpuestas al desgano orgánico con el perfume de axilas depiladas y atributos de nacimiento comprimidos durante muchas horas de espera para actuar. La seducción de Gilda necesitaba reciclarse de continuo y en cualquier circunstancia, ponerse a prueba a toda hora acentuando más el error del pasaporte revolucionario: José Palacios “pero Palacios de jade, dignos de un Oriente lejano” como le aclaraba a funcionarios distraídos, que buscaban coincidencias imposibles entre la realidad y los asertos del Ministerio de Relaciones Exteriores, entre unas pestañas implantadas y el contundente sonido del José tan rotundo y evangelizador, sublimado por siglos de abuso, sustentado sobre una dudosa paternidad según contaron los cuatro santos aquellos.

Es deber prioritario de reinas seducir asimismo después de apagados los focos cuando la noche dio la última función por terminada. Esa vez del encuentro fue innecesario esmerarse en desplegar el abanico de encantos tocado en las puntas con sugestivos signos primerizos de deterioro. Raúl o Aldo estaba distante del tipo de hombrón codiciado por ella cuando bebe unas copas de más; si un encanto especial tenía el muchacho en cuestión, era el de semejarse a los hombres anónimos de las fotografías antiguas, rostros preservados en marcos ovalados, vestidos para ir a la cita con el magnesio como quien va al encuentro de la eternidad. Ahora, entre la escala de las ASA y la costumbre patética de escindir un segundo hasta en dos mil fracciones, se logró el absurdo de aprisionar la nada perdiéndose para siempre la duración sublime del instante.

Las máquinas de antes no se ensamblaban para guardar imágenes, se armaban resorte a resorte con la finalidad de expropiar unas gotas de tiempo. Tenían razón los aguerridos apaches desollando fotógrafos ambulantes, cuatreros del segundo distante entre la explosión de polvos luminosos y el registro invertido, el tráfico mágico a través de lentillas pulidas en Holanda, hasta fundir el gesto irrepetible al respaldo de plaquetas impregnados de sales de nitrato. Esa inocencia anómala de postal descolorida comprada al montón en ferias vecinales –luego lo supo Gilda cuando iba creciendo-, fue el inicio de otra fascinación descartada hacía tiempo de su vida, conocida por el apodo de amor fulminante. Para la fantasía incontenible de José era la oportunidad, sin necesidad de apelar a la convención supuesta en todo disfraz, de hacer el amor con parientes lejanos y tíos abuelos a quienes nunca conoció en la infancia. Lo que José sintió a primera vista trascendió la urgencia de pirarse en la cama; era una paz interior, lento deshacerse de devaneos, evoluciones felices apropiadas para caballeros ávidos de equívocos sobreentendidos y la competencia desigual con señoras espléndidas de las primeras filas de butacas.

Ella adivinó en los ojos de Raúl la retraída voluntad de insistir en el fracaso; como reina blanca vaticinando su final en pocos movimientos de trebejos oscuros, depuso las defensas y tentó tímida e inexperta, cual una quinceañera, el diálogo desmaquillado, sin miedo ni vergüenza de abrigar sinceramente las ganas en ella de vivir, al menos por última vez, una historia romántica por verdadera, aventura del corazón parecida a algún bis que ya nadie le pide de su amplio y selecto repertorio de boleros inolvidables. Se conocieron en un París de hace muchísimos años antes de exilios y sublevaciones tricontinentales, cuando la batalla de Argelia y el existencialismo dejaban para América del Sur al borde del río Sena poco más que el chachachá, pingüinos australes y la palabra gaucho descifrada en cuatro vértices brillantes de la Cruz del Sur. Después vinieron muchas cosas a la ciudad francesa que no pudieron disolver la historia de amor que todavía recuerdan viejos camareros de la rue Jacob, que cuentan entre lengua floristas que están en Saint-Germain-des-Prés desde Ducasse, desde Rimbaud y antes. Desde después: cuando se le llamaba espíritu de riesgo a las ganas de olvidar el hambre y un sueño de plumas, escenarios fastuosos y temporadas interminables barloventeaban en revistas ilustradas que, por indescriptibles malabares de canje compra y venta llegaban a los muchachos de los pueblos más remotos del continente americano.

Cuando José intuyó la existencia de un lugar como Montmartre le estremecieron el cuerpo las ganas de vivir en la ciudad donde bailaba la negra Josephine. Dejó de ser la mariquita del barrio, puteando salió de su pueblo con nombre de santa para llegar a la capital de las columnas en días de calor sofocante y puteando subió a un trasatlántico con destino a Le Havre prometiéndose nunca más volver ni cuando muriera la bruja de la madre. Con esfuerzo sin tregua y encanto innato para hacer creíble lo interpretado José consiguió trabajar en todas las salas de renombre en París. Pero luego La Historia, el Caprichoso Devenir del Mundo, la Traición del Mudar de las Cosas desalojó los boleros de las luces del Lido para subir a escena otros ritmos y estilos, distintas lenguas y cantantes. Fue así que las canciones de Gilda, condensación precisa de amores y odios absolutos, roídas por la pasión y los celos fueron refugiándose en calles laterales alejadas de grandes bulevares.

En el comienzo de la relación que recuerda esta historia Gilda cantaba en un night club regenteado por un portugués que se decía de Lisboa, dedicado también a otras actividades complementarias vinculadas con la euforia que deparan el sexo y las plantas prohibidas. Más por lo segundo que por virtudes dudosas del programa artístico, llegaban hasta allí y cada noche coletazos de esplendores tropicales y magnates protagónicos, play boys jugadores de polo, militares que oyeron el clarín del retiro, cónsules honorarios, agregados diversos de embajadas, parientes cercanos, amistades íntimas de gobiernos nacionales de los años cincuenta con leyendas de perros asesinos, matanzas clandestinas de civiles, Chivas Regal fluyendo por cañerías de puro oro macizo, reparto de dólares americanos al pobrerío, costumbres toleradas con simpatía en pueblos tan dotados para el baile y la siesta. En algunas temporadas se sucedían el rey del maní y de la piña, el señor del caucho o la toronja, el emperador del melón, de la papaya, el lord de la guayaba, el zar del melocotón y del tomate, el príncipe del plátano y la patata; un anárquico sistema de reino tropical donde la humedad y la semilla tenían su nobleza prestada y conquistada a machete ensangrentado. Era un París nostálgico con cotos reservados para trajes blancos con chaleco de seda y dientes de oro, anillos con esmeraldas dignas de sultán de Simbad, sombreros panamá y cigarreras de plata mexicana incrustadas con piedras preciosas del Amazonas.

La alianza perversa entre el baile acrobático, rock and roll, cintas de comedias musicales y la televisión recién inventada relegaron el efímero triunfo de José a un declive visible mes a mes. Las cuerdas de requintos reventaron, el cuero de las tumbadoras se estriaba hasta el silencio, la voz de Gilda comenzaba a tropezar en escollos y arrecifes de tequila, ron y del pastís anisado. De sus vestidos se desprendían las lentejuelas dejando lamparones de ausencia de brillitos y como si un animal bello se fuera escamando de pústulas injustas, las plumas volaban hasta el piso sucio para nunca más volver a ser recuperadas. Más de una noche salía a escena con la cáscara negra del crecimiento del pelo, un descuido en la correcta aplicación de la tinta L’Oreal. Las boquillas nacaradas, aquellas interminables del comienzo, cedían los dedos a Gitanes sin filtro que dejaban la piel de un amarillo playa sucia.

-Estamos embromados negra, hay que inventar alguna cosa para salir adelante.

Aldo Raúl Scalabrini San Martín había dejado en la noche inicial que lo envolviera el humo del tabaco. Era el primer gesto cariñoso que alguien le prestaba después de semanas deambulando, arrastrando la resignación de los recién llegados por las mismas calles y plazas de París. Sin atreverse a ir más allá de panaderías y pensiones conocidas donde le asignaron un crédito limitado, en tanto se acababan los pocos dólares guardados para situaciones de emergencia.

La madre, una muchacha rolliza hija directa de la colonia suiza lo parió con sufrimiento en el hospital de Carmelo en la costa litoral uruguaya; su padre, un italiano de paso a los viñedos de Chile prometió volver al fin de la cosecha y nunca regresó. Cuando pequeño Aldo veía por las noches el brillo de Buenos Aires cruzando el río por el puente del cielo, le atraían las luces nocturnas, lo prometido por la ciudad porteña y que él escuchaba en la radio de la cocina: la orquesta típica de Juan D’Arienzo llenando bailes populares, futbolistas uruguayos jugando en Boca Juniors definiendo sobre la hora campeonatos metropolitanos, películas cómicas en las que actuaba Luis Sandrini, los aguafuertes de Roberto Arlt escritos para la prensa.

Un día finalmente llegó, jovencísimo y decidido a las baldosas flojas de la calle Corrientes. Afirmando su convicción de integrarse a la capital porteña el uruguayo se aplicó de inmediato a tocar el bandoneón –que aprendió en campaña y a escondidas, sin maestro, en los largos días de la infancia- en cafés y salones de baile, dancings del bajo Leandro Alem. Llenaba él también la Plaza de Mayo con los descamisados, se jugaba la paga semanal a las patas lentas de un único potrillo los domingos de tarde en la pista barrosa de San Isidro. En la revolución libertadora que derrocó a Perón y lo mandó al exilio en cañonera, Raúl se salvó por milagro de una balacera callejera entre tiras y sindicalistas del movimiento. Sin pensarlo dos veces cruzó como pudo hasta Montevideo y una vez allí, sin volver a Carmelo ni para despedirse se embarcó en el Julio César con rumbo a Génova en la proa y destino a París en la valija.

Se le antojó tocar el bandoneón en la capital francesa para ganarse la vida, durante las noches de navegación acostado en los camarotes colectivos, arrullado por el fragor de motores vecinos del navío, él soñó con salir en las revistas que se agotan en los kioscos y actuar en la radio. Por esa apuesta continua a la precariedad que fue su vida desde el nacimiento, como si él mismo fuera un tango mediocre se metió sin pensarlo dos veces en la vida quemada de José y naturalmente como si hubieran bailado juntos desde antes, encontró en París el refugio necesitado donde dormir acompañado y un plato caliente de comida cada día.

La noche del encuentro con Gilda el portugués le había rechazado a Aldo una oferta, defendida sin convicción, para tocar un par de fines de semana en el club Saudade. Desanimado por el nuevo fracaso y con la copa paga por la casa se quedó a ver la actuación de los que tenían la suerte de trabajar, “por boludo, por ver algo, porque no tenía adónde ir” se justificó luego. Gilda se acercó al nuevo así como intrigada, había en ese muchacho triste algo de los tíos abuelos de la familia dispersa por la muerte, un aire de mundo desaparecido resguardado en un álbum de fotos que le mostraba la madre mientras le peinaba los bucles y le decía que eran igualitos a los de Shirley Temple. Sin ningún bis de miradas seductoras, José sintió un cariño inmenso e inmediato por ese hombre de pelito lubricado y ojeras de hambre, sintió desfallecer sus defensas contrarias al romance y admitió que estaría dispuesta a cualquier cosa por retenerlo a su lado, aceptando sin chistar todo lo que él dijera.

-Amorcito, somos una combinación explosiva de amores desencontrados que dará que hablar, le dijo después, cuando estaban juntos. ¡Qué importa! Haz como yo y acepta esta cosa linda que nos está pasando, linda, linda, incontrolable. Nunca le vamos a contar a nadie nuestros secretos, los pecados nuevos que venimos estrenando.

Estabas lejos y solo Raúl o Aldo, estabas triste y con hambre. De eso sabía José Palacios, plumífero ejemplar insobornable de su negarse a ser visto cara a cara después que las cremas arrasan bases y pinturas del maquillaje. Era insoportable sobrellevar sola o peor en compañía del espejo, el espectáculo cotidiano de arrugas en el cuello y carnes que se aflojan en los brazos. Con eso y la agonía de boleros cantados Gilda tenía un futuro de perspectivas desgarradoras. Para su felicidad, después de aquella primera noche halló en Aldo o Raúl la tranquilidad del hombre que la quería y que algunas madrugadas después de tomar mucho vino decía que todas las mujeres eran putas y empezando por su madre. José prefirió no indagar demasiado con preguntas las pocas veces que su hombre, ebrio y tartamudo lanzaba esos insultos, acompañando historias terribles que terminaban en traición y abandono. Durante esas horas de eclipse del cariño, ella duplicaba el propósito de hacerlo feliz igual que una santa.

Desde la primera conversación, cuando Gilda lo encontró derrotado como gorrión urbano y él la admiró obviando la derrota que se avecinaba, permanecieron juntos. Ella lo llevó a su casa, lo alimentó con esmero y lo dejó dormir sin exigirle nada a cambio, ni siquiera el mínimo peaje de un beso hacia la madrugada. Al amanecer Aldo le hizo el amor con una ternura violenta, descubriendo que a las letras de tango, por pudor y vergüenza, por hipocresía reprimida les faltaba el cariño con dolor de otras historias silenciadas. Cada noche llegaban juntos al night club y Aldo la esperaba hasta la madrugada para ir luego a tomar sopa de cebolla con vino, a veces chocolate a la española con churros en los lugares abiertos cerca de los mercados mientras amanecía.

Sin preocuparse de la indiferencia reinante en el local José cantaba boleros como nunca. El portugués y los camareros volvían a escucharla después de semanas de olvido y hacían callar a las mesas barullentas mientras Gilda se prodigaba delante del micrófono. De esa boca roja hasta el escándalo salía una envidiable voz enamorada, asegurando la certeza de que todo era dicho para un solo hombre. Mientras el negocio se fundía por razones que se decidían lejos de la barra del bar, José fue más Reina que nunca encima del escenario desvencijado igual que cama de hotelucho de paso. Después que pasaron dos semanas de sospechas y recelos todos debieron admitir que Aldo, más que un vividor circunstancial, era un enamorado discreto que detuvo de momento la caída sin remedio de José. Asimismo y con tristeza presentían el inexorable final de la vida artística del caribeño, sin saberlo o sabiéndolo Gilda era un símbolo a demoler de un mundo vencido después de cantar amores que a nadie interesaban, eclipse solar y lunar de voces aterciopeladas, trastoque de mundos infantiles y realidades hojeadas en revistas ilustradas.

Era una pena, precisamente ahora que la pareja vivía el punto sin retorno desde el que resulta imposible volver a ningún lado. Los dos perdieron el billete de retorno al pasado, les restaba apurar la vida hasta la muerte, sobrevivir echándose hacia adelante y revolcarse en un solo sentido. Gilda había ahorrado unos francos pensando en el futuro después que un colombiano la dejó, sin despedirse de palabra exceptuando la golpiza que pareció más brutal que las anteriores, por una pasión compatriota nueve años menor, casi una colegiala. Con ese menguado capital podrían sobrevivir unos meses, hasta que algo apareciera; todo lo hecho parecía perdido, la ternura inquebrantable de la pareja sería insuficiente para pagar el alquiler y comprar el pan.

Ellos vivían en una pieza amplia con baño separado, cocina empotrada y pequeño balcón repleto de macetas, bien ubicado eso sí cerca de los lugares del espectáculo. Lo que faltaba era trabajo. En las vigilias de rabia e impaciencia una noche que pudo ser como cualquiera Aldo tuvo una revelación. Se le ocurrió un plan alocado que uniendo las hasta ahora aisladas habilidades de la pareja podía ayudarles a sobrevivir, si llegaba a funcionar se dijo que sería un golpe de efecto increíble. Era tan extraño en su simplicidad, que Raúl postergó varios días su consideración en pareja esperando la llegada de algún contrato que la calmara un poco.

Como esa salvación milagrosa se hacía esperar de manera preocupante, él volvía a rumiar el asunto sin terminar de decidirse a contárselo a José.

-Mi negro querido ¿qué pasa? le preguntó viéndolo tan preocupado, creyendo que se trataba de algo relacionado a ellos.

-Nada, dejáme… contestó Aldo. Es una idea que me da vueltas y vueltas en la cabeza, pero es demasiado.

-Sabes que estamos fritos, liquidados casi y se está terminando el dinero. Si tú quieres que salga a hacer la calle dilo de una vez, no pierdes nada, dijo Gilda apelando a razones contundentes. Después de tantos meses juntos bueno sería que tuvieras vergüenza de pedirlo.

Aldo la escuchó y sonrió por el rumbo inesperado que tomaba la charla, podría haber sido una buena idea hace años pero ahora, veterano y desentrenado José lo pasaría muy mal tanto con clientes como con la policía y cofrades jóvenes de la zona del Bois. Para el eterno provinciano que él seguía siendo, era más ardua la comunicación del pensamiento que la misma idea, luego de pensarlo y con susto de estar equivocado se decidió a contarlo.

José estaba impaciente por el tenor de las revelaciones inminentes y se tomó tres tragos de ron para aguantar lo que viniera.

-Mi amor, tenés que empezar a cantar tangos, dijo Raúl hablando también para la nada, como si desde ese mismo momento deseara que nadie lo escuchara y menos la Reina Palacios.

-¡Pero qué rico! explotó José más tranquilo, embriagado en el son de la bebida y la locura inesperada de una propuesta hilarante, caída en medio de la pobreza creciente. Qué linda idea mi amor. ¿Te imaginas tú? Al mejor estilo Libertad Lamarque.

-Eso, José, aquí no camina, dijo Aldo e hizo una pausa como si pasara de una canción a otra. Tenés que cantar al estilo Hugo del Carril.

Cuando dijo el nombre del cantor Aldo recordó con nostalgia solidaria al viril intérprete -al que acompañó una vez en el estadio de Racing en Buenos Aires haciendo una suplencia- cantando a los cuatro vientos el himno “los muchachos peronistas…” mientras Evita salía las últimas tardes al balcón de la inmortalidad, para entregar su luz postrera a los cabecita negra venidos de toda Argentina a idolatrarla.

Palacios permaneció suspendido en cierto punto de la sorpresa, al principio creyó haber entendido mal y rio nerviosa defendiéndose, pensando que era inconcebible una broma tan cruel inventada por Aldo para herirla. Buscó con urgencia la mirada de su amor procurando la distensión de una complicidad descubierta y topó con un muro de silencio que fue la confirmación de lo escuchado: cantar al estilo Hugo del Carril. Habían entrado en el proyecto como debe hacerse para aprender a escuchar el tango, despacio y sin levantar casi la voz.

Ninguno habló de la cuestión en los días siguientes, continuaron viviendo peripecias cotidianas de una pareja cualquiera pero nada resultó como antes y una sombra de invitado molesto se instaló en la vida de ambos. José, en un gesto de resistencia y seducción desesperada, llevado por la angustia de oler otro final, en una mañana de locura gastó buena parte de los ahorros en juegos de ropa interior y que matarían de envidia a la primera línea de vedettes del Moulin Rouge. A instancias de José salieron varias noches a comer langosta, ostras, almejas, caracoles, moluscos indescriptibles, buscando en esas pulpas salobres dos olvidos improbables: la memoria de Aldo del sabor de la carne asada a la parrilla y su propuesta de una mutación en apariencia irrealizable. Cada vez la fiesta fue rociada con burbujas de champagne, José amaba la pirotecnia embotellada buscando distraer, simular el festejo por la firma de un contrato de condiciones favorables increíbles salvando el naufragio de la vida en común a último momento.

A manera de golpe definitivo sobre sus esperanzas, Gilda consiguió un pequeño trabajo para cantar en el aniversario de bodas del magnate de algún casillero de la tabla de Mendeleiev. Cuando salió del hogar estaba hermosísima, parecía joven y delgada; al regreso lloró desconsoladamente toda la noche. Veinte minutos entre borrachos manoseadores, fotógrafos impertinentes, niños corriendo en todas direcciones y ceremonias con pasteles gigantescos, para Gilda de Castro fue peor que el vacío total en el más infecto sótano. Ella estaba entregada, mansita y a punto. Aldo había aguardado esta circunstancia de sorda resignación y aceptación de la razón injusta del macho, dejando hacer a la mujer mientras él se preocupaba por la estadística de goleadores, la fortuna del crédito local en el campeonato sudamericano de los peso gallo.

La arropó con ternura, sabiendo que llegaba el momento de los cambios sin recurrir a gritos ni palabras de convencimiento. Acariciándole la cabeza sin peluca aguardó la desaparición de los últimos hipos después de la rabia y la presencia del sueño conciliador, le limpió la baba de los labios, la miró unos minutos como si estuviera despidiéndose de una buena amiga que mañana se embarca de regreso a las islas. Nunca se supo si alguna vez ella terminó de perdonarlo pero San Martín consideró su proceder como un acto de amor. Amanecía en París. Un gris ceniza creciente se expandía comenzando a individualizar los detalles de cada uno de los techos de la ciudad. El compacto toldo de nubes espesas, igual que claraboyas de conventillos del barrio de San Telmo que Aldo recordaba de Buenos Aires, se rajaba y dejando por momentos entrar débiles rayos de luz que Scalabrini consideró buena señal.

Sin dudar ni un instante en cada uno de los cambios, parecía que durante semanas o meses –desde la irrupción de la idea hasta el final de la apoteosis de José en la fiesta humillante- hubiera pensado cada detalle con premeditación y precisión de golpe de cincel sobre una esmeralda en bruto. “Si ella supiera estaría cantando Reloj queriendo retrasar el amanecer” pensó Raúl. La tradición tanguera prescribía que en los casos límite de fractura pasionaria el hombre debía «amurar» a la mujer. Es decir abandonarla en silencio sin denunciar paradero, llevándose dinero, enseres, ropa y dejando a manera de tiro de gracia una cartita manuscrita insultante, deseándole a la desgraciada de turno toda suerte de males en la vejez que avanza.

Dos razones le impedían al hombre de la casa orquestar esa variante de la canallada, antípoda irreconciliable con el coraje orillero de cuchilleros ancestrales: la amaba, incluso más que a la suiza que de pequeño lo castigaba, vengando en él la vida de mierda a que la condenó la seducción del italiano vitivinicultor; segundo, la serena e inamovible convicción de haber llegado a su hora artística. Sus manos trabajaron seguras sin vacilar en los gestos, como desplegando un airoso solo de bandoneón de las características melódicas de Canaro en París. Aldo comenzó por la mesa donde estaban los discos; en una caja de cartón destinada a latas de conserva de tomate, guardó los discos de Lucho Gatica, Pedro Vargas, Roberto Yanéz, el jovencísimo chileno Antonio Prieto y los clásicos de Los Panchos, suplantándolos por orquestas de nombre más itálico como Fressedo, Racciatti, Pugliese, músicos que hicieron el tango de los años cuarenta en el Río de la Plata. Luego bajó una fotografía de Josephine Baker, otra de María Félix y las suplantó por un fotograma ampliado de Tita Merello tal como se la vio en el film Mercado de abasto y la estampa clásica de Gardel en el Hipódromo de Maroñas de Montevideo. En un momento temió que José regresara del sueño y era hombre jugado.

Llegó hasta el baño, tiró los maquillajes por el retrete exceptuando la más liviana de las bases y la acetona para el último quite del esmalte de uñas; guardó una tintura especial para disolver la plata de la cabellera y colocó con cuidado en su lugar un frasco de gomina Glostora, recién traído de allá por un conocido. De arriba de la cama matrimonial desprendió las imágenes del santoral africano y colocó otra de santa Cecilia patrona de la música. En el maniquí donde José dejaba la peluca para galas de lujo, Aldo sustituyó la cabellera postiza por un flamante borsalino gris perla comprado en cuotas la semana anterior, eran escasos pormenores pero suficientes y definitivos.

Después, como quien aguarda la vuelta de la conciencia de un amigo baleado por asuntos al margen de la ley, Aldo acercó el taburete al borde de la cama, armó un cigarrillo al estilo sureño y aguardó el despertar de Gilda. Pasó así más de una hora, cuando José se desperezó encontró la misma mirada tierna, el aspecto de tío viejo de Raúl que tanto la impresionó la primera noche. Sin decir ni una palabra ella miró los cambios en la pieza y comprendió lo sucedido en un sueño que empezaba a parecerle demasiado largo. Si consideró por un instante replicar en histéricas reacciones las reprimió ni tampoco exteriorizó un dolor reconcentrado. Apenas se deslizó en la lenta aceptación de las cosas que pasan, los cambios de la vida y la resignación terrible de la frase no hay mal que por bien no venga. Lo miró por segunda vez a los ojos sin decir nada, sin preguntar nada.

Estaban solos en su hogar en París y aunque entraba algún rayo de sol había algo de frío glacial en el ambiente. José se cubrió el pecho con el deshabillé y esperó las reacciones del marido a su estarse quietecita. Aldo, siempre parco en demostrar los sentimientos le hizo por fin, sin ocultar la timidez la pregunta que venía aplazando desde aquella noche del encuentro en el night club del portugués.

– ¿Querés un mate?

José dijo que sí con la cabeza, Aldo estaba más enamorado que nunca. Contento y con pericia gaucha, acomodó la cebadura de yerba de la mejor manera, levantó la caldera con cuidado sirviendo el agua caliente despacio junto a la bombilla, para que el mate sea sabroso con espumita.

-Tené cuidado que está hirviendo, le dijo.

José agarró el mate de guampa de los buenos y comenzó a chupar la bombilla lo mejor que pudo evitando hacer ruido con los labios. Aldo estiró la mano y colocó la púa sobre el disco de pasta negra, del aparato desvencijado salió la inconfundible introducción de la orquesta de Francisco Canaro. Luego la voz de Hugo del Carril llenó la habitación. Distante ahora de marchitas militantes a la gloria del Pocho, lanzando para ellos dos, para nadie, los versos desafiantes de Mano a Mano. Aldo miró a José a los ojos y sonrió.

-Pas mal, dijo Aldo vapuleando en esas dos palabras el francés que nunca terminó de pronunciar correctamente.

-Pas mal, mon amour, contestó Gilda, conteniendo apenas un llanto de amor resignado y entrega. Pas mal.

FUIMOS

La felicidad resultó ser un fuelle armónico de origen alemán de botoneras a los lados y podría durar con suerte unos cuantos meses, siendo recomendable estar alerta. Así como se abre se cierra según sea de una u otra manera el sonido es distinto y el destino también. La segunda transformación de José Palacios dolorosa por necesaria requirió paciencia, mucho amor y adoctrinamiento, lucha del combate sin descanso similar a la desintoxicación de un heroinómano. Algunas tardes de encierro reservadas para operar el cambio José se observaba en el espejo, veía el pelo corto peinado con raya al costado, párpados sin sombra, labios despintados e ingresaba en crisis agudas de llanto que aunaban insulto a San Martín, el recuerdo agresivo de amantes portentosos y desequilibrio de la identidad.

Paciente, Aldo trataba de serenarla mediante caricias que Gilda de Castro rechazaba con brusquedad, Si él digamos le alcanzaba una crema antiarrugas, la mayor parte de las veces el pote terminaba estrellado contra la pared dejando una mancha blanca, como si se hubiera aplastado con la suela de una zapatilla de yute un inofensivo insecto del paraíso perdido. José vivió el proceso como un viaje a los infiernos perdiéndose entre difumados círculos de identidades, un proyecto de visibles modificaciones exteriores desconociendo si retrocedía a una condición olvidada y salteada o por amor, inconciencia, debilidad y hambre se hallaba lanzada a una forma desconocida de insoportables abismos masculinos. El tratamiento fue una prueba dolorosa para la consistencia de la pareja. Como a medida que avanzaba la virilización exterior de Gilda el amor de Aldo era sostenido con ternura y apasionado erotismo las primeras asperezas fueron apaciguándose.

El proceso se encaminó por el diálogo y la conciencia de admitir que el verdadero desafío estaba fuera de esas cuatro paredes. Si José sufría la recaída, Scalabrini apelaba a la mano firme de macró marsellés cuando asegura con dosis calculada de violencia, oficio y fidelidad de otra nueva pupila reclutada en bailes del interior del país. Lo complicado de modificar eran los gestos insinuantes e hiperbólicos, herencia de una vida oficiando de tentadora profesional. Ello fue mejorando después de las primeras salidas de José en solitario, cuando comprendió que su desaparición del circuito artístico y de la vida a nadie le importaba. Supo que su arte pasado se esfumó sin dejar memoria en las calles de los artistas y que la fama es una jalea hecha sólo del fruto del presente. Aprendió sin que nadie le explicara su carencia de ayer, probó la droga gratificante de descubrir que la edad de una vedette cuando comienza a declinar, es la que inicia la buena estrella de los cantores de tango.

Esa impensada paradoja del tiempo le restituyó, dentro de un pasaje que cruzaba de una calle a otra entre olores de curry de Madrás, una felicidad que creía perdida de forma definitiva y comenzó a reír. Primero nerviosilla como cupletera histérica, luego a carcajadas de barítono borracho; apuró el paso, se sentó en una terraza y tomó una buena jarra de cerveza, lo que por semanas pareció un camino de dolor se volvió ejercicio de destreza y empecinamiento profesional.

Aldo, que entre sus modestas virtudes tenía un envidiable oído musical cuando la oyó cantar por primera vez intuyó algo distinto y acertó al afirmar que la voz era lo de menos. Así fue, la adecuación del registro canoro fue inmediato, un pequeño cambio en la colocación del diafragma, modificación en ritmos respiratorios, redistribución de usos de las cuerdas vocales y sencillos ejercicios de impostación lograron en Palacios el rápido hallazgo de una tonalidad seductora y triunfante capaz de hacer creíble, también en el nuevo género intentado las historias cantadas, demostrando su completo dominio del instrumental y el escenario. Para la otra parte, escondida en el entendimiento íntimo del sentido trasmitido por la voz los esfuerzos mayores correspondieron a Aldo. Noche a noche le contaba historias rioplatenses que incluían paredones a punto de derribarse, esquinas míticas y rosadas, tranvías, caminitos empedrados, faroles a media luz, parrilladas con borrachos melancólicos; a posteriori, una vez la escenografía instalada, desencuentros con novias, madres, muñecas rubias fieles y traidoras, en una argamasa de efectos destructores que a Gilda habituada a otro tipo de vida, la intrigaban y divertían alternativamente.

Cuando de común acuerdo creyeron que la tarea interior estaba cumplida a satisfacción emprendieron la salida con cautela. Aldo apostaba a que se daban condiciones para reiniciar un nuevo ciclo de tango en París luego de tres décadas de ostracismo y acertó; pensaba que el mundo del espectáculo estaba más receptivo al sufrimiento recatado que a la diversión constante y también estuvo acertado. Con el olfato de la picaresca inmigrante de su pasado italiano, propuso a varios empresarios un show sin grandes orquestas ni recaídas en el nefasto tango sinfónico. Sencillo e intimista, una propuesta jugada a la voz retocada de José, un par de guitarristas vestidos de negro de los que nunca faltan en París y un bandoneón. Buscó un repertorio selecto, escapando de estereotipos internacionales y sobre todo de La Cumparsita, procurando el modesto pero difícil objetivo de hacerles a los espectadores un nudo en la garganta y de ser posible otro en las tripas.

Debutaron el segundo viernes de un octubre casi olvidado por París, quienes asistieron al estreno supieron que allí se iniciaba un pequeño temblor en la ciudad. El público que los escuchó estaba excitado sin entender del todo la razón, la gente se sabía delante de algo diferente sin poder formularlo, aceptaba entregada cierta indefinida forma de prodigio. El resto fue una incontenible reacción en cadena de progresión geométrica, entusiastas y estratégicas reseñas periodísticas, sumadas a un rumor destinado a los grandes acontecimientos, lanzaron a esos perdedores a la laguna del éxito fulminante y sin que ellos estuvieran preparados para esa travesía de naufragio seguro.

Gilda, con experiencia sobre las tablas se acostumbró de inmediato al éxito de José Palacios; por el contrario, a Aldo Scalabrini le pesaba el reconocimiento fulgurante al maestro Raúl San Martín, responsable de arreglos y director musical del espectáculo. Los papeles de la comedia se invirtieron. José estaba contentísimo por haber logrado en la melodía rioplatense superar un desafío nunca antes emprendido por nadie. Echaba de menos boas y medias de seda reservadas para la vida privada, pero el contundente argumento de aplausos reiterados noche a noche podían postergar su nostalgia para el próximo verano.

En cambio el suceso a Raúl le regresó el miedo al fracaso iniciándole un período de fiebres de confuso diagnóstico.

-Le embocamos de casualidad negra, le comentaba sin entusiasmo a José. Esto se acaba, en cualquier momento se acaba…

Más que una melodía de arrabal la situación era un ejercicio de contrapunto. un tema se disparaba por la tonalidad de la promesa del triunfo sin barreras respondiéndole otro en clave depresiva acorralando a Raúl. Al punto de inducirlo a cuestionarse si había hecho bien en promover tanto cambio en la vida de la pareja.

Gilda tardó un tiempo en percatarse de lo sucedido, al principio temió la aparición de otra mujer en la vida de Aldo, tal vez un cantante sustituto e incluso una vez llegó a montarle una escena de celos injustificados. En su vida anterior esa movilidad de pasiones y abandono era tomada con la filosofía del cambio instantáneo. Se había habituado a sentir con el alma tanguera: el amor era el pozo de un aljibe, caída libre y suficiente, las tragedias se prolongan en el tiempo y nadie ni nada las hace olvidar. El dolor superlativoes un oscuro ensimismamiento de doble articulación, como los sonidos del instrumento de origen alemán acaso alcahuete de la pareja.

– ¿Qué te pasa mi bebé, dime qué te pasa, te puedo ayudar en algo?

-Y yo qué sé… no tiene nada que ver con nosotros, contestó Aldo. Un presentimiento feo.

-No puedo verte así, reaccionó José. Yo te llevo a santiguar por una negra.

-Dejáte de pavadas, querés. Esto se arregla con un par de días de descanso.

Aldo sufría de un mal incurable llamado recaída del desacomodo a vivir feliz, la contrariedad insalvable entre triunfo y corazonada. Aceptaba resignado el crecimiento de un quiste lacerante y creciendo en el mejor momento de su vida.

-Es raro, ninguno se da cuenta y este carnaval se termina, dijo Aldo.

Nunca pudo imaginar ese pesimista de arrabal amargo el tamaño impensable de las tragedias de los próximos años, cuando sus compatriotas fantasmas llevarían a los suburbios de París otras letras impregnadas de dolores inconsolables. La verdad era que desde el nacimiento Scalabrini estaba destinado al fracaso, con eso pensaba envejecer rumiando lo injusto de la vida, la maldad de la gente, la irrupción de oportunidades a destiempo. Nunca se sabe en tales casos; Aldo puede que hubiera deseado ser un bailarín de milonga, matar a alguien en un duelo criollo o ser el muerto, jugar de puntero derecho en la selección nacional y para cualquiera de esos destinos alternativos era tarde. Vivía en la pendiente y por más que quisieran ayudarlo primero tenía que tocar fondo; decía estar en una mala racha, se aconsejaba paciencia pues estaba llegando a lo peor y lo sabía.

Comenzó a tener pesadillas noche tras noche y faltando en París la quiniela italiana con la interpretación de los sueños, cada amanecer agregaba un nuevo signo a la catástrofe. El malestar estaba circunscrito a la vida interior y la aceptación profesional seguía en aumento. “Necesito otro cambio radical. Si tengo que perderme que mi mala suerte no contagie a los demás, menos que nadie a José.” pensó Aldo. Si quería hablar sólo podía contar con Raúl pues Aldo siempre fue hombre solitario y en aquellos tiempos la solidaridad consistía en pasar cigarrillos a un paisano en la mala. Los llegados a París por las suyas se sabían jugados a los naipes de la buena y de la mala suerte. Siempre hay un mientras de decisión en tiempos agitados, cuando por arte de prestidigitación las dudas se descartan, es un síntoma advertido apenas por el interesado y con Aldo sucedió promediando una actuación.

Esa noche José venía cantado de forma prodigiosa, con pasmosa seguridad y un retorno de público impensado meses atrás. Las mujeres lo observaban con codicia y admiración, los hombres con envidia y respeto.

Hubo un minuto de los versos proféticos:

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio

por la noche de un camino sin salidas,

pálidos despojos de un naufragio

sacudidos por las olas del amor y de la vida.

Fuimos empujados en un viento desolado…

sombras de una sombra que tornaba del pasado.

Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que ni implora, que no reza,

que no llora, que se echó a morir….

Se produjo la corazonada inmediata de sentirse un monstruo por haber forzado la transformación en José y ello era lo visible de un dolor agudo en la cabeza cada vez más frecuente. Aldo tenía delante de sus ojos corporizada la forma de la culpa: siguiendo los pasos de la salvación y privilegiando su egoísmo, según su razonamiento, él obligó a una coqueta chispeante mujer a ser un maniquí peinado a la gomina y era probable que algún día su creación se dejara crecer el bigote. Lo hizo con el terco objetivo de probar su intuición del suceso del tango ese año en París, se repetía. Pagaba un precio alto y el entusiasmo del público llenando las funciones era insuficiente para borrar el sentido de culpa.

Como hizo en días que parecían lejanísimos, Scalabrini se tomó un tiempo para elaborar un plan que fuera tan redentor como justiciero. Creía estar a tiempo para salvar a Gilda de Castro y como toda culpa necesita un dolor solidario, continuó padeciendo la punzada en la cabeza que se guardó de decirlo, aunque algunos días era insoportable postergando la lástima y cualquier aplazamiento en el nuevo proyecto. Aldo se percató según su entender demasiado tarde, del sufrimiento de Palacios al ver derruirse su universo, venirse abajo la puesta en escena para la cual se preparó durante años y que -sin pena ni gloria- dejó de despertar interés de un día para otro.

-Tenés que hacerte ver, le dijo José. Eso que te pasa es más que cansancio.

Aldo era supersticioso y testarudo para aceptar que pudiera estar enfermo, un tumor del tamaño de una avellana como reveló la autopsia que se hace en tales casos; él atribuía sus dolores a desórdenes de la mala suerte junto con alguna maldición de los envidiosos, de esos que nunca faltan. Decidió salir del escenario antes que lo echaran, “hay que saber colgar los guantes cuando se está arriba, sin esperar a babearse por la calle” se dijo, preparando en secreto su abandono con el cuidado del ladrón en puntas de pie saltando por las azoteas.

La noche inaudita Aldo acarició el bandoneón como nunca y el espectáculo fue soberbio. José estaba viviendo una alegría suprema de su nueva vida, la de ser aceptado y reconocido por el público sin comentarios irónicos. Tenía motivos para ello, eran pocos los capaces de sentir el orgullo del triunfo de mujer primero, como hombre después y habiendo procesado el salto sin cambiar de pareja. Una vez finalizado el espectáculo, cuando quedaron solos después de las visitas en camarines y del adiós a los músicos, Scalabrini improvisó un supuesto aniversario íntimo de la pareja. Con esa excusa propuso una cena distinta en los elegantes salones de La Coupole, el cantor aceptó dichoso disculpándose por la mala memoria para las fechas importantes y tanto que su hombre tomaba una iniciativa rara en él, siempre apurado por volver a la casa.

En el restaurante Aldo siguió tomando decisiones y ordenó al maître una cena sobre la base de mariscos variados, similar a los que José acostumbraba pedir en las noches previas al cambio anterior. Como al otro día podían quedarse hasta tarde en la cama abusaron del kir royal en el aperitivo y del Pouilly-Fumé hasta el fin de la cena que se prolongó hasta tarde.

-Soy tan feliz, dijo José y Aldo como sucedía siempre que su pareja le declaraba alguna cosa linda bajó la mirada, se puso colorado.

Salieron del restaurante por la gran puerta que les abrió un camarero y fueron hasta la casa caminando tomados del brazo como viejos amigos, riéndose de cualquier pavada, conversando sobre planes de futuro. Durante el trayecto Aldo disimuló lo mejor que pudo el dolor intenso en la cabeza y cuando llegaron a la pieza se demoró en el baño esperando que José se durmiera.

Cuando decidió salir José estaba en la cama roncando despacito, sin hacer ruido le sacó los zapatos y la tapó con una manta de abrigo; luego se acercó al balcón para mirar por última vez la noche parisina y fumó un cigarrillo como si abajo lo estuviera esperando el pelotón de fusilamiento. Le dio rabia llorar en secreto y dejó caer la colilla a la calle observando la espiral de la brasa recorriendo la caída. Decidido, Aldo fue hasta el baúl que había en la pieza y sacó de su interior una caja de cartón donde alguna vez hubo latas de tomates en conserva. Restituyó los discos de boleros, las fotos de las diosas latinas, el santoral multicolor, la peluca entre algunos frascos viejos y guardó en la misma caja el instrumental tanguero completo de la operación anterior.

Con lógica de final infeliz Aldo la abandonaba, ordenaba la habitación tal cual estaba antes de su aparición en la vida de Gilda de Castro, dejaba una libreta de ahorro abultada y sin tocar. Al marcharse y para ser coherente con su lejanísimo nacimiento en Carmelo dejó una nota en la mesita de luz. “Perdoname negra, tenés que entenderme. Nunca quise a nadie como a vos, te lo juro por mi vieja. Aldo.”                                                 Sin hacer ruido cerró la puerta de la pieza y bajó las escaleras desde el quinto piso hasta llegar a la calle.

Hubiera preferido una noche confusa con viento y temporal pero el cielo estaba claro, como si del otro lado del río flotaran las luces nocturnos de Buenos Aires diciéndole vení botija, dale, cruzá el río, vení. En su fuero íntimo agradeció que nadie estuviera a esa hora en las veredas, caminó con el rumbo de lo que siempre fue y llevado por el instinto de gato vagabundo abandonado en una ciudad desconocida, siguió el olfato de especie marginal buscando pilares oscuros de los puentes del Sena que conducen más rápido a la orilla de enfrente. Tuvo el malestar de ser poco original al entonar la despedida siendo el único acorde final que pudo componer; no eran tan cierto que los latinoamericanos que viven en París se conocen poco entre ellos.

La única verdad que Aldo se guardó por si algún despistado le pedía un bis de su romance era el recuerdo de Gilda tocada por una media luz celeste y milagrosa. Avanzando entre nubes de intensidad desconcertante, enfundada en un vestido ajustado de lamé envidiable con un tajo al costado izquierdo hasta la media pierna, acariciando el micrófono sobre la pequeña tarima de la boîte del portugués y cantando aquello de

solamente una vez

amé en la vida,

solamente una vez…

Raíz cuadrada de la melancolía

Pocos días en la existencia adulta suceden episodios como el que vengo de vivir, la de hoy será una jornada irrepetible como cualquiera y también inolvidable, aunque le falte un título si fuera noticia de la primera página. Circulan rumores de hechos parecidos pero nunca nos pasan a nosotros, quiero decir que es como si nunca hubieran existido hasta que nos atrapan; pero me confundo de entrada en la meditación y digo tonterías divagantes, vayamos pues a los hechos concretos.

Mirar trabajar dos funcionarios municipales, humildes profesionales del esparcir tierra despacio y flores al boleo, amateurs del arte de poner cara de circunstancias, verlos así especular sobre el monto de la propina final mientras entierran a un amigo querido es la escena que inaugura la relación. Es así pues, confrontado al seísmo íntimo del hecho, contrariamente a lo que puede esperarse de las personas en situaciones similares retardé el disgusto viniendo de esa absurda circunstancia. Eludiendo las ganas de llorar apliqué mi voluntad a fondo a distanciar la tentación de suponer los episodios que me faltaban por franquear y centré la atención en lo vivido.

Declino –intento hacerlo con cortesía convencional- el amable ofrecimiento del chofer circunspecto uniformado para subir a uno de los coches de los dolientes. Ahora que debo regresar sin nadie a mi lado al museo de la vida en franquicias, prefiero caminar hasta la entrada del cementerio aprovechando en algo carente de sentido la ocasión. Es un agradable trayecto si se logra interrumpir el dolor del recuerdo, esa planicie de reflexión que asoma teniendo tan cerca el peso de la muerte. En media hora habré llegado al otro lado de la ciudad, el tiempo que insume filosofar sobre lo efímero de la existencia, plantearse la necesidad –ímpetu que dura los tres primeros días- de introducir cambios radicales en la vida, hasta puede que sea capaz de recordar que debo comprar una brocha nueva para afeitarme.

Regresar saliendo en auto sería hacer un viaje en cureña a la inversa, exfiltrarse anestesiado del anticipo ante aquello que tarde o temprano nos espera. A esa carcasa premonitoria llevándome prefiero cansar las pantorrillas, sentir la traza sudorosa molestándome en la espalda y el olor pronunciado a flores pudriéndose después de tres días. En tanto el mar infinito y cercano acalla el ruido incesante de cuerpos volviéndose sobre sí mismos, ocultos en ataúdes y transfigurándose en materias repugnantes antes de converger en el montón de huesos que descubriremos en la reducción –si Dios y la Organización Salhon lo permiten- dentro de tres años. En tales circunstancias de efímera gravedad percibimos en cada pájaro desconcertado que vemos el condensado secreto de la vida, juramos por supuesto darle un significado a nuestro porvenir en especial cuando nuestro pasado carece de sentido.

Dejándolo atrás reclinado e inmóvil para siempre me vuelvo, incitado por la risa inocente e inoportuna de algún niño que anda cerca a los primeros años de nuestra amistad. Fueron incontables las salidas al campo para observar y entender las armonías secretas del universo aprendiendo a operar con proporciones. Descubriendo que detrás de las apariencias hay un sustrato real tan verdadero como los colores y formas para intuir que respondían a leyes eternas todavía desconocidas. El intento que en eso quedó, era pensar la vida con la misma perspectiva, una sucesión inevitable de líneas que convergen en puntos establecidos previamente por algo Inteligente y matemáticamente posibles. Esas ecuaciones del vivir había que resolverlas, decidirme a vivir con la intención de manejar la compleja alquimia de despejar incógnitas.

Las palabras mucho más que las cifras entre signos me traicionan a cada momento; los dos fuimos profesores de matemáticas, él porque no podía proyectarse en otra actividad y yo por miedo a admitir que vivir de cualquier otro trabajo me era indiferente. Los meses vividos, los objetos y sucesos que nos implicaban las noches y los días de cada semestre se parecían al infinito que tanto postulábamos. En el avance que emprendimos acaso sin sentido, carente de destino luminoso podía advertirse una viscosidad degradante que se adhería a los mismo objetos y sucesos, al amor cuando tocaba en suerte.

Cada uno con su propia fórmula tipo martingala descubrimos que a esa suerte de perdurar -plasma transparente a la deriva- la llamamos pomposamente vida y la ecuación montevideana resultaba insuficiente. Más que yo él siempre esperó ese algo sorprendente parecido al milagro, el número imaginario que le llegó -espero- bajo la forma espuria de un cáncer a los huesos que adelantó una muerte dolorosa que se oía gritar sólo por los ojos.

La última vez que ingresó al hospital Casmu de la esquina con Cardal -era socio del Sindicato Médico desde el nacimiento- acorralado de cánulas que se metían en su cuerpo debilitado, sin el consuelo de que las enfermeras dispensaran un tratamiento especial, ni el médico deje de cumplir su pasaje en horario de vigilante, él pasaba las horas mirándose los pies. Los movía seguido, confirmando si el comando de órdenes cerebrales respondía en la última frontera del cuerpo. A pesar de que los dedos eran lo más alejado que le pertenecía, de entre las uñas nunca salieron como por arte de magia circense palomas ni conejos blancos.

Desde la habitación yo miraba por la ventana las secuelas del frío en la ciudad, una mano apurada que reprime polleras ansiosas insufladas de viento entre las piernas de las adolescentes. la lucha lindando el ridículo de los ancianos con bufandas juguetonas. Confirmaba el triunfo reiterado de los paraguas, perseverantes en su voluntad de demostrar que pueden darse vuelta a su antojo. Una mujer que lleva en sus brazos un montón de lanas y paños bajo los cuales, con serio riesgo de asfixia para la criatura lleva un niño de pocas semanas. Veo el gesto desapasionado de quienes esperan el ómnibus dando aliento a sus manos ahuecadas, en una semana de largas visitas aprendí hasta la rutina renal de algunos perros de la zona.

Cuando regreso también en pensamiento al interior de la habitación todo lo llena su presencia moribunda, como desde sus cánulas feroces no puede hablar igual que antes decidimos comunicarnos mediante cartones. Para decirme “tengo sed” y “llamá a la enfermera que tengo dolores” alcanzaba con la mirada, decidimos que los cartones serían mezcla de testimonio y testamento de la primera vida. Algunas de las escrituras rozaban el plagio como cuando leí “Mi reino no es de este mundo”, otras rondaban para mi sorpresa la ética y la arquitectura: “¿Querés algo más jodido que pedirle a un conocido que te salga de garantía?”

En el andar la sorpresa sincopada de nuevas tumbas, el reconocimiento de apellidos comunes, la falta de alguna letra de bronce en las inscripciones me distrae en mis cavilaciones haciéndome recorrer caminos laberínticos, cruces de senderos donde al final están los puestos de floristas y la terminal de ómnibus. Mi mente distraída salta de un ángel blanco sobre mármol rojo al ascetismo inquisitorial de una cruz negra con flores frescas en la base, de un apretón de mano de hospital en invierno a momentos lejanísimos cuando la palabra valía más que mil carteles.

-Un día me levanté -me dijo- con unas ganas bárbaras de estudiar al viejo Russell. Me interrumpieron la garrafa de gas vacía, una boleta de gastos comunes del edificio, la necesidad de ir a buscar los mocasines remendados al zapatero, esperar dos ómnibus una eternidad y el suplicio de retirar un medicamento en la mutualista. Decíme si ese conjunto de circunstancias nefastas no es una conspiración de espiritistas dispuestos al asalto final. El mal absoluto existe, es cierto que bajo formas inocentes, sutiles disfraces que tienen un objetivo preciso que logran en la mayoría de los casos: postergar. Tampoco es cuestión de grandes cifras… diez minutos, una hora o una noche es suficiente. A la larga si el material no es inoxidable la voluntad se arrincona, reduce, achica doblándose hasta quebrarse. ¿Valdrá la pena tanto esfuerzo? Ahora sé que es por el miedo a la frustración que fracasamos, el fiasco auténtico es una forma de éxito.

Muchas veces me vienen a la memoria momentos compartidos de denso desencanto; mientras recorro la galería de mausoleos con vanos intentos de trascendencia percibo la enconada lucha del bronce y el mármol contra los desastres de la biología. Acepto la existencia de tipos que resisten, entre otras razones porque sin remordimiento nos caminaron por encima y dejando en nuestros proyectos de largo aliento despojos inidentificables. Nosotros dos, el muerto y yo fuimos de los que aceptan el avasallamiento sin oponer resistencia a pesar de habernos inventado excelentes excusas ingeniosas.

Algunas veces él lograba convencerme, por ejemplo cuando afirmaba que la despersonalización a favor de los números era lo más natural y estético que le puede suceder a una persona. En nuestros sistemas especulativos dejamos de lado lo sucio de la vida, sus aspectos desagradables pobres y no sólo de espíritu, así como sueños fuera de control que reflotan disfrazados experiencias malsanas. Le recordaba eso precisamente mientras una enfermera le retiraba el orinal, con la misma delicadeza con que se levanta por primera vez una taza de té earl grey recién servida; mientras otra, menos preocupada por los detalles lo pinchaba para postergarle la muerte unas horas.

A pesar de los frecuentes diálogos que mantenía con ese nihilista atípico me las arreglaba para explicar a los adolescentes en que consiste el binomio de Newton y hasta para decirle a Luisa -con cierta periodicidad- que la sigo queriendo; como le diré esta noche mientras me consuela por la muerte de un querido amigo. En el liceo los estudiantes traducen a la perfección esos sentimientos encontrados que son la temprana conciencia de la muerte y la satisfacción ante la perspectiva de un día libre.

El muerto amaba el universo de los números con la misma pasión destructora con que amó a las pocas mujeres que se cruzaron en su vida. Vivió siempre como si en lo profundo de su conciencia supiera que la vida es vuelo rasante por los asuntos graves y nada más. Nunca se lo dije, un fantasma de soledad recorría sus partes de la escena de nuestro diálogos y que despacio corrompió su vida sin tregua. En cierto momento que ahora se me escapa pero identificaré las próximas semanas se acentuó en sus actitudes una pulsión de huida. El deseo de evasión que pudo ante los compromisos y con todo el resto menos el cáncer a los huesos; hasta la osamenta final tendrá trazas deformes de su complicado pasaje por la vida, tampoco podrá ser una calavera anónima bien formada escoltando las noches de estudio y diversión de un estudiante de medicina.

Los allegados le dimos una buena propina a los sepultureros que jugaron con corrección su papel de últimos y primeros porteros. Alguna vez mientras comíamos un asado intenté explicarle con buenos argumentos que los amigos se buscan, se integran y encuentran; tarea inútil. Lo sabíamos, él era egoísta, desconfiado, querible y por ello amigos fieles y conocidos pasamos a protegerlo para evitar, curiosa decisión, que la combinación de mujeres, burocracia y el mundo en general lo destrozaran; a él pareció agradarle la situación.

-Eres el elegido de la naturaleza, le comenté alguna vez haciendo referencia a ese complot defensivo.

-En especial de mi perfil derecho, respondió.

El día del entierro me sentía mal, era desagradable pedir la autorización a los adscriptos insolentes del liceo y consignar en la libreta del curso “ausencia por duelo” y entre paréntesis agregar (fallecimiento del Prof. Alberto Mariño) no fuera cosa que lo tomaran por otro muerto. Creo que en estos casos en Secundaria no descuentan el día, hoy me pongo la corbata porque se me antoja, prejuicio que tal vez se confunda con el respeto a un momento tan definitivo en la vida de mi amigo. Es la misma corbata que él me regaló hace tres años, estoy algo fatigado, este año enterré demasiados amigos y me estoy volviendo viejo, quedando solo.

Los últimos tiempos aprendí que además del Buceo hay otro cementerio en el aeropuerto de Carrasco, una necrópolis moderna con amplias tumbas a turbina, ramos de flores, empleados municipales mejor afeitados, trámites con papelerío, remises a la orden y terminales de ómnibus. Allí está en funcionamiento otro mecanismo poderoso, que traga gente al vuelo haciéndola desaparecer frente a nuestra mirada dejándonos la fe como consuelo, la efímera creencia en la vida del más allá, del más allá de nuestro espacio aéreo. Las cartas y postales que llegan del extranjero son mensajes espiritistas de los que desconfiamos. La gente está bajo tierra y en otras tierras que nunca conocí. imposible dejar de pensar si soy yo quien queda vivo o comienzo a ser otro agonizante indeciso entre dos destinos de muerte.

Tres días antes de internarse me dijo: “Hermano, esto está para catar con nariz hamletiana”. En su último cartón escribió, “¿Volveremos a escuchar los adagios?” Le tomo la mano y le digo que no será posible, aunque uno mismo continúe engañándose no era ese el momento para mentirle a un amigo y menos si el amigo muriendo es profesor de matemáticas.

-Se acabaron los adagios, le murmuré. De acuerdo a la estadística del otro lado del asunto parece que no hay nada, pero quién te diga…

La vida mía ahora, caminando hacia la salida del cementerio repite el inicio de una vieja novela mala desde el primer párrafo, una novela vieja por mala titulada con el nombre del amigo muerto y que narra historias de un tiempo pasado. Un pedazo de vida compartida que nunca tendrá segunda edición ya que vivir es una maravilla quebradiza. Faltaron muchos colegas a la ceremonia claro, en situaciones como ésta decimos: de aquél tengo tantas anécdotas para contar que puedo llenar un libro y al primer balance advertimos que no es tan así.

Trato de pensar en nosotros, me aburro pues faltan temas interesantes e invento preocupaciones o pensamientos para esta noche que me hagan sentir vivo, corregir escritos, leer el diario, mirar los informativos de la televisión. Parece mentira, tanto tiempo de vida compartida y son pocos los episodios que me vienen a la memoria en esta hora. Llega una sucesión irregular de tres o cuatro anécdotas, me prometo buscar esta noche un par de fotos donde estemos los dos en un asado, la despedida de algún amigo; prometo decir sin que él escuche lo mucho que engordamos estos últimos año contrariamente a lo poco que encanecimos.

Hacer memoria hasta determinar la fecha exacta de cada recuerdo de ese mundo ceniciento, serán gestos simbólicos, deseo de aferrarme a algo, objetos, momentos únicos que se desprenden desde hoy para la eternidad de las llamadas adicionales. Del botón de la camisa que se descose cayendo al piso, la enumeración de almuerzos prometidos, la caja de ahorro para proyectos inconclusos, calzoncillos sin planchar, del cuidado de hacer el amor sin ensuciar las sábanas y mojar el pan en el huevo frito como un niño educado. Podría hacerlo pero para qué llorarlo, lo mataron otras enfermedades más crueles que el cáncer que pasa por único responsable.

Mantengo las ganas de continuar y sacudirme la bruma congénita impidiéndonos despertarnos del sueño aletargado que nos envuelve, camino, ergo sigo vivo; a mí no me enterraron en Carrasco ni me diagnosticaron un sarcoma que llevará mis huesos al Buceo. Encontré la salida del laberinto, subo al ómnibus con el motor en marcha a punto de partir, está vacío y en eso nos parecemos. Puedo elegir entre todos los asientos el que más me convenga, el guarda termina de masticar una medialuna dulce, antes de entrar al pasillo prefiero quedarme un rato en la plataforma y tomarme del pasamanos hasta tener ganas de colgarme como lo hacía cuando era chico. Por el cuerpo siento el esfuerzo de la sangre desentrenada remontando las venas en dirección a las manos huesudas y aguanto, a pesar de que ayer murió un amigo del alma no es bueno eso de andar bajando los brazos.