Raíz cuadrada de la melancolía

Pocos días en la existencia adulta suceden episodios como el que vengo de vivir, la de hoy será una jornada irrepetible como cualquiera y también inolvidable, aunque le falte un título si fuera noticia de la primera página. Circulan rumores de hechos parecidos pero nunca nos pasan a nosotros, quiero decir que es como si nunca hubieran existido hasta que nos atrapan; pero me confundo de entrada en la meditación y digo tonterías divagantes, vayamos pues a los hechos concretos.

Mirar trabajar dos funcionarios municipales, humildes profesionales del esparcir tierra despacio y flores al boleo, amateurs del arte de poner cara de circunstancias, verlos así especular sobre el monto de la propina final mientras entierran a un amigo querido es la escena que inaugura la relación. Es así pues, confrontado al seísmo íntimo del hecho, contrariamente a lo que puede esperarse de las personas en situaciones similares retardé el disgusto viniendo de esa absurda circunstancia. Eludiendo las ganas de llorar apliqué mi voluntad a fondo a distanciar la tentación de suponer los episodios que me faltaban por franquear y centré la atención en lo vivido.

Declino –intento hacerlo con cortesía convencional- el amable ofrecimiento del chofer circunspecto uniformado para subir a uno de los coches de los dolientes. Ahora que debo regresar sin nadie a mi lado al museo de la vida en franquicias, prefiero caminar hasta la entrada del cementerio aprovechando en algo carente de sentido la ocasión. Es un agradable trayecto si se logra interrumpir el dolor del recuerdo, esa planicie de reflexión que asoma teniendo tan cerca el peso de la muerte. En media hora habré llegado al otro lado de la ciudad, el tiempo que insume filosofar sobre lo efímero de la existencia, plantearse la necesidad –ímpetu que dura los tres primeros días- de introducir cambios radicales en la vida, hasta puede que sea capaz de recordar que debo comprar una brocha nueva para afeitarme.

Regresar saliendo en auto sería hacer un viaje en cureña a la inversa, exfiltrarse anestesiado del anticipo ante aquello que tarde o temprano nos espera. A esa carcasa premonitoria llevándome prefiero cansar las pantorrillas, sentir la traza sudorosa molestándome en la espalda y el olor pronunciado a flores pudriéndose después de tres días. En tanto el mar infinito y cercano acalla el ruido incesante de cuerpos volviéndose sobre sí mismos, ocultos en ataúdes y transfigurándose en materias repugnantes antes de converger en el montón de huesos que descubriremos en la reducción –si Dios y la Organización Salhon lo permiten- dentro de tres años. En tales circunstancias de efímera gravedad percibimos en cada pájaro desconcertado que vemos el condensado secreto de la vida, juramos por supuesto darle un significado a nuestro porvenir en especial cuando nuestro pasado carece de sentido.

Dejándolo atrás reclinado e inmóvil para siempre me vuelvo, incitado por la risa inocente e inoportuna de algún niño que anda cerca a los primeros años de nuestra amistad. Fueron incontables las salidas al campo para observar y entender las armonías secretas del universo aprendiendo a operar con proporciones. Descubriendo que detrás de las apariencias hay un sustrato real tan verdadero como los colores y formas para intuir que respondían a leyes eternas todavía desconocidas. El intento que en eso quedó, era pensar la vida con la misma perspectiva, una sucesión inevitable de líneas que convergen en puntos establecidos previamente por algo Inteligente y matemáticamente posibles. Esas ecuaciones del vivir había que resolverlas, decidirme a vivir con la intención de manejar la compleja alquimia de despejar incógnitas.

Las palabras mucho más que las cifras entre signos me traicionan a cada momento; los dos fuimos profesores de matemáticas, él porque no podía proyectarse en otra actividad y yo por miedo a admitir que vivir de cualquier otro trabajo me era indiferente. Los meses vividos, los objetos y sucesos que nos implicaban las noches y los días de cada semestre se parecían al infinito que tanto postulábamos. En el avance que emprendimos acaso sin sentido, carente de destino luminoso podía advertirse una viscosidad degradante que se adhería a los mismo objetos y sucesos, al amor cuando tocaba en suerte.

Cada uno con su propia fórmula tipo martingala descubrimos que a esa suerte de perdurar -plasma transparente a la deriva- la llamamos pomposamente vida y la ecuación montevideana resultaba insuficiente. Más que yo él siempre esperó ese algo sorprendente parecido al milagro, el número imaginario que le llegó -espero- bajo la forma espuria de un cáncer a los huesos que adelantó una muerte dolorosa que se oía gritar sólo por los ojos.

La última vez que ingresó al hospital Casmu de la esquina con Cardal -era socio del Sindicato Médico desde el nacimiento- acorralado de cánulas que se metían en su cuerpo debilitado, sin el consuelo de que las enfermeras dispensaran un tratamiento especial, ni el médico deje de cumplir su pasaje en horario de vigilante, él pasaba las horas mirándose los pies. Los movía seguido, confirmando si el comando de órdenes cerebrales respondía en la última frontera del cuerpo. A pesar de que los dedos eran lo más alejado que le pertenecía, de entre las uñas nunca salieron como por arte de magia circense palomas ni conejos blancos.

Desde la habitación yo miraba por la ventana las secuelas del frío en la ciudad, una mano apurada que reprime polleras ansiosas insufladas de viento entre las piernas de las adolescentes. la lucha lindando el ridículo de los ancianos con bufandas juguetonas. Confirmaba el triunfo reiterado de los paraguas, perseverantes en su voluntad de demostrar que pueden darse vuelta a su antojo. Una mujer que lleva en sus brazos un montón de lanas y paños bajo los cuales, con serio riesgo de asfixia para la criatura lleva un niño de pocas semanas. Veo el gesto desapasionado de quienes esperan el ómnibus dando aliento a sus manos ahuecadas, en una semana de largas visitas aprendí hasta la rutina renal de algunos perros de la zona.

Cuando regreso también en pensamiento al interior de la habitación todo lo llena su presencia moribunda, como desde sus cánulas feroces no puede hablar igual que antes decidimos comunicarnos mediante cartones. Para decirme “tengo sed” y “llamá a la enfermera que tengo dolores” alcanzaba con la mirada, decidimos que los cartones serían mezcla de testimonio y testamento de la primera vida. Algunas de las escrituras rozaban el plagio como cuando leí “Mi reino no es de este mundo”, otras rondaban para mi sorpresa la ética y la arquitectura: “¿Querés algo más jodido que pedirle a un conocido que te salga de garantía?”

En el andar la sorpresa sincopada de nuevas tumbas, el reconocimiento de apellidos comunes, la falta de alguna letra de bronce en las inscripciones me distrae en mis cavilaciones haciéndome recorrer caminos laberínticos, cruces de senderos donde al final están los puestos de floristas y la terminal de ómnibus. Mi mente distraída salta de un ángel blanco sobre mármol rojo al ascetismo inquisitorial de una cruz negra con flores frescas en la base, de un apretón de mano de hospital en invierno a momentos lejanísimos cuando la palabra valía más que mil carteles.

-Un día me levanté -me dijo- con unas ganas bárbaras de estudiar al viejo Russell. Me interrumpieron la garrafa de gas vacía, una boleta de gastos comunes del edificio, la necesidad de ir a buscar los mocasines remendados al zapatero, esperar dos ómnibus una eternidad y el suplicio de retirar un medicamento en la mutualista. Decíme si ese conjunto de circunstancias nefastas no es una conspiración de espiritistas dispuestos al asalto final. El mal absoluto existe, es cierto que bajo formas inocentes, sutiles disfraces que tienen un objetivo preciso que logran en la mayoría de los casos: postergar. Tampoco es cuestión de grandes cifras… diez minutos, una hora o una noche es suficiente. A la larga si el material no es inoxidable la voluntad se arrincona, reduce, achica doblándose hasta quebrarse. ¿Valdrá la pena tanto esfuerzo? Ahora sé que es por el miedo a la frustración que fracasamos, el fiasco auténtico es una forma de éxito.

Muchas veces me vienen a la memoria momentos compartidos de denso desencanto; mientras recorro la galería de mausoleos con vanos intentos de trascendencia percibo la enconada lucha del bronce y el mármol contra los desastres de la biología. Acepto la existencia de tipos que resisten, entre otras razones porque sin remordimiento nos caminaron por encima y dejando en nuestros proyectos de largo aliento despojos inidentificables. Nosotros dos, el muerto y yo fuimos de los que aceptan el avasallamiento sin oponer resistencia a pesar de habernos inventado excelentes excusas ingeniosas.

Algunas veces él lograba convencerme, por ejemplo cuando afirmaba que la despersonalización a favor de los números era lo más natural y estético que le puede suceder a una persona. En nuestros sistemas especulativos dejamos de lado lo sucio de la vida, sus aspectos desagradables pobres y no sólo de espíritu, así como sueños fuera de control que reflotan disfrazados experiencias malsanas. Le recordaba eso precisamente mientras una enfermera le retiraba el orinal, con la misma delicadeza con que se levanta por primera vez una taza de té earl grey recién servida; mientras otra, menos preocupada por los detalles lo pinchaba para postergarle la muerte unas horas.

A pesar de los frecuentes diálogos que mantenía con ese nihilista atípico me las arreglaba para explicar a los adolescentes en que consiste el binomio de Newton y hasta para decirle a Luisa -con cierta periodicidad- que la sigo queriendo; como le diré esta noche mientras me consuela por la muerte de un querido amigo. En el liceo los estudiantes traducen a la perfección esos sentimientos encontrados que son la temprana conciencia de la muerte y la satisfacción ante la perspectiva de un día libre.

El muerto amaba el universo de los números con la misma pasión destructora con que amó a las pocas mujeres que se cruzaron en su vida. Vivió siempre como si en lo profundo de su conciencia supiera que la vida es vuelo rasante por los asuntos graves y nada más. Nunca se lo dije, un fantasma de soledad recorría sus partes de la escena de nuestro diálogos y que despacio corrompió su vida sin tregua. En cierto momento que ahora se me escapa pero identificaré las próximas semanas se acentuó en sus actitudes una pulsión de huida. El deseo de evasión que pudo ante los compromisos y con todo el resto menos el cáncer a los huesos; hasta la osamenta final tendrá trazas deformes de su complicado pasaje por la vida, tampoco podrá ser una calavera anónima bien formada escoltando las noches de estudio y diversión de un estudiante de medicina.

Los allegados le dimos una buena propina a los sepultureros que jugaron con corrección su papel de últimos y primeros porteros. Alguna vez mientras comíamos un asado intenté explicarle con buenos argumentos que los amigos se buscan, se integran y encuentran; tarea inútil. Lo sabíamos, él era egoísta, desconfiado, querible y por ello amigos fieles y conocidos pasamos a protegerlo para evitar, curiosa decisión, que la combinación de mujeres, burocracia y el mundo en general lo destrozaran; a él pareció agradarle la situación.

-Eres el elegido de la naturaleza, le comenté alguna vez haciendo referencia a ese complot defensivo.

-En especial de mi perfil derecho, respondió.

El día del entierro me sentía mal, era desagradable pedir la autorización a los adscriptos insolentes del liceo y consignar en la libreta del curso “ausencia por duelo” y entre paréntesis agregar (fallecimiento del Prof. Alberto Mariño) no fuera cosa que lo tomaran por otro muerto. Creo que en estos casos en Secundaria no descuentan el día, hoy me pongo la corbata porque se me antoja, prejuicio que tal vez se confunda con el respeto a un momento tan definitivo en la vida de mi amigo. Es la misma corbata que él me regaló hace tres años, estoy algo fatigado, este año enterré demasiados amigos y me estoy volviendo viejo, quedando solo.

Los últimos tiempos aprendí que además del Buceo hay otro cementerio en el aeropuerto de Carrasco, una necrópolis moderna con amplias tumbas a turbina, ramos de flores, empleados municipales mejor afeitados, trámites con papelerío, remises a la orden y terminales de ómnibus. Allí está en funcionamiento otro mecanismo poderoso, que traga gente al vuelo haciéndola desaparecer frente a nuestra mirada dejándonos la fe como consuelo, la efímera creencia en la vida del más allá, del más allá de nuestro espacio aéreo. Las cartas y postales que llegan del extranjero son mensajes espiritistas de los que desconfiamos. La gente está bajo tierra y en otras tierras que nunca conocí. imposible dejar de pensar si soy yo quien queda vivo o comienzo a ser otro agonizante indeciso entre dos destinos de muerte.

Tres días antes de internarse me dijo: “Hermano, esto está para catar con nariz hamletiana”. En su último cartón escribió, “¿Volveremos a escuchar los adagios?” Le tomo la mano y le digo que no será posible, aunque uno mismo continúe engañándose no era ese el momento para mentirle a un amigo y menos si el amigo muriendo es profesor de matemáticas.

-Se acabaron los adagios, le murmuré. De acuerdo a la estadística del otro lado del asunto parece que no hay nada, pero quién te diga…

La vida mía ahora, caminando hacia la salida del cementerio repite el inicio de una vieja novela mala desde el primer párrafo, una novela vieja por mala titulada con el nombre del amigo muerto y que narra historias de un tiempo pasado. Un pedazo de vida compartida que nunca tendrá segunda edición ya que vivir es una maravilla quebradiza. Faltaron muchos colegas a la ceremonia claro, en situaciones como ésta decimos: de aquél tengo tantas anécdotas para contar que puedo llenar un libro y al primer balance advertimos que no es tan así.

Trato de pensar en nosotros, me aburro pues faltan temas interesantes e invento preocupaciones o pensamientos para esta noche que me hagan sentir vivo, corregir escritos, leer el diario, mirar los informativos de la televisión. Parece mentira, tanto tiempo de vida compartida y son pocos los episodios que me vienen a la memoria en esta hora. Llega una sucesión irregular de tres o cuatro anécdotas, me prometo buscar esta noche un par de fotos donde estemos los dos en un asado, la despedida de algún amigo; prometo decir sin que él escuche lo mucho que engordamos estos últimos año contrariamente a lo poco que encanecimos.

Hacer memoria hasta determinar la fecha exacta de cada recuerdo de ese mundo ceniciento, serán gestos simbólicos, deseo de aferrarme a algo, objetos, momentos únicos que se desprenden desde hoy para la eternidad de las llamadas adicionales. Del botón de la camisa que se descose cayendo al piso, la enumeración de almuerzos prometidos, la caja de ahorro para proyectos inconclusos, calzoncillos sin planchar, del cuidado de hacer el amor sin ensuciar las sábanas y mojar el pan en el huevo frito como un niño educado. Podría hacerlo pero para qué llorarlo, lo mataron otras enfermedades más crueles que el cáncer que pasa por único responsable.

Mantengo las ganas de continuar y sacudirme la bruma congénita impidiéndonos despertarnos del sueño aletargado que nos envuelve, camino, ergo sigo vivo; a mí no me enterraron en Carrasco ni me diagnosticaron un sarcoma que llevará mis huesos al Buceo. Encontré la salida del laberinto, subo al ómnibus con el motor en marcha a punto de partir, está vacío y en eso nos parecemos. Puedo elegir entre todos los asientos el que más me convenga, el guarda termina de masticar una medialuna dulce, antes de entrar al pasillo prefiero quedarme un rato en la plataforma y tomarme del pasamanos hasta tener ganas de colgarme como lo hacía cuando era chico. Por el cuerpo siento el esfuerzo de la sangre desentrenada remontando las venas en dirección a las manos huesudas y aguanto, a pesar de que ayer murió un amigo del alma no es bueno eso de andar bajando los brazos.