Lafoucheaux VII y último

-Hagan lo que se les cante. Si quieren darle más vueltas al asunto es cuestión de ustedes, lo que es yo me voy a dormir y por lo visto sola, les dijo Laura cuando llegaron a la casa al ver que sus hombres continuaban la absurda y acalorada discusión.

Lejos de esgrimir una amenaza la muchacha estaba cansada de verdad. Había preparado material para el día del después y debió soportar la excitación -a su parecer inmoderada- que había provocado el recital de Estrellita y la intempestiva interrupción de Federico. Para la flaca Laura eso era cosa de chiquilines; la fastidiaba hasta el despecho que sus queridos, como si no tuvieran suficiente con lo tramado en el boliche del Pato, quisieran permanecer despiertos. Estaba celosa por la postergación del sensualismo. 

Federico lanzado en la continuidad de la noche en blanco comenzó a preparar el mate, dijo que por un rato y antes de seguir con la conjura quería quedarse solo para pensar, sentado en el patio.

-Raro, esta noche en lo del Pato me vino un ataque de hermano y cuando pasa eso, antes que nada lo mejor es negociar a solas con la aparición, les dijo.

En tales situaciones Federico se ensimismaba y le daba por repasar el álbum de imágenes mentales, el archivo de voces de cuando el hermano estaba con vida. Era su manera de combatir las fuerzas de la muerte arreciando en las horas vividas.

-Te vas a volver loco, le dijo Laura.

Ella aceptaba las debilidades emotivas de Federico, sabiendo que se trataba de recorrer el itinerario complicado del pasado y temía el peligro de las recaídas; que de la nostalgia mateada le diera por pasar a la agresión, que su hombre regresara a estados delirantes que ella le descubrió años atrás cuando se conocieron.

David se preparó un Nescafé cargado y permaneció en el salón del comedor junto a la gran mesa, retocando la nota que cambiaría la historia del pueblo. Buscando fórmulas lapidarias que hicieran innecesaria cualquier réplica, oraciones que por su contundencia gramatical tuvieran el poder del convencimiento sin discusión. 

Tarea difícil de concretar, sin él saberlo David vivía el arrebato de un conspirador bolchevique de principio de siglo. Anarquista iluminando la víspera del atentado espectacular en una representación de El anillo de los Nibelungos, en la penumbra del Liceu de Barcelona y que abriría las puertas de un universo ácrata. El sobrino del Pato estaba con predisposición a acciones cósmicas, la exageración de propósitos era una manera teatral de defenderse, marear la perdiz, escapar por la tangente, negándose a admitir las secuelas brutales que tendrían hoy mismo las acciones de la redacción de Lafoucheaux.

La cafeína en lata venida del Brasil como la perdición sexual caída sobre el Banda, tenía efectos de disparador de ideas para David, acelerador de acciones a cada una más alocada que la anterior. Fue así que luego de la segunda taza de café instantáneo, concilió la acción futura de los involucrados con eventualidades de gestos absolutos. Sin medir las consecuencias de interrumpir los accesos del ataque de Ramiro en su amigo, David salió al patio llamado por el destino. 

Fue en ese momento un alucinado que acaba de recibir otra anunciación desbaratando por efecto irracional su condición de ateo. Afuera se escuchaban pájaros despertándose en las ramas secretas desperezando sus cuerdas vocales, estaba instalada la fresca agradable de las primeras horas del día. 

David avanzaba agitando en una mano el documento resultante del éxtasis y él que debía estar satisfecho luego de tantas horas de meditación, era un hombre decepcionado. A su entender había que empezar de nuevo, por rumbos más osados e innovadores.

-Fede, esto es caquita. Muy poco en relación a lo que está en juego, dijo David, y parecía tener la respuesta a la nueva circunstancia.

-Hermano David –dijo Federico- le agradezco su interés, considero que lo mejor es que dejemos eso para discutirlo más tarde.

El hermano David embebido en café instantáneo brasilero insistió y Federico se resignó a escucharlo como quien escucha un cuento por la radio. David olvidó las condiciones anormales de la situación donde estaban metidos, había perdido el sentido de las circunstancias y el significado sociopolítico de los protagonistas reales del episodio; andaba impregnado por una variante festiva del disparate, la del elegido que luego de la revelación de otra anunciación y convertido de facto a la secta que había detestado por años, descubre la realidad del mundo tal como se lo imagina. 

El impuro silencio matinal, ese lugar del mundo llamado patio de la casona familiar de la flaca Laura en el barrio Las Manzanas, la hora inapropiada para embarcarse en tales discusiones, el cortocircuito de los pensamientos rociados de mate y Nescafé batido hicieron el resto. Arrastrándolos fuera de la realidad, como si montados en una bala de calibre identidades, los muchachos se hubieran disparado a otra historia paralela, que sin ser de ellos buscaba persistir, pertenecía a otros muchachos y deseaba repetirse.

-Estás enfermo hermano, le dijo Federico a David después de haberlo escuchado con atención.

La nueva ocurrencia de David consistía en agregarle un desafío de honor a la proclama pública y poética. Había que desafiar a Carve a un duelo a primera sangre, ver si era capaz de defenderse solito sin el respaldo del batallón de amigotes, indagar si tenía una pisca de honor en su alma podrida. 

De ninguna manera se trataba de una práctica anacrónica; muy por el contrario, la institución del duelo estaba incrustado en la mentalidad de los uruguayos y la familia Batlle era un ejemplo por demás respetable. Más que la libertad lo que habíamos perdido en la ruta era el honor y había una sola manera de recuperarlo, decía David. 

En el ámbito de las personalidades al hablar del flaco Carve degradó su condición de fascista, afirmaba que había que demostrarle al pueblo que se trataba de un gallina. David excluyó cualquier otra interpretación del universo, la historia era un preámbulo que conducía al duelo inexorable. Podía parecer una idea disparatada y esa mañana en ese patio del barrio Las Manzanas, algo terrible buscaba la coincidencia para manifestarse. Como cuando cada cientos de años luz dos constelaciones se acoplan en el firmamento; poco a poco decreció la fe de Federico en el rechazo del proyecto de David, bajó su indignación por lo absurdo del procedimiento romántico ante una situación que requería respuestas políticas; o la huida, que él pensaba emprender cuando el cargoso del hermano David se fuera de una buena vez a dormir. 

Federico cedía porque en algún lugar estaba escrito que lo haría. Era cierto que la perspectiva de humillar al flaco Carve le llegó como un mensaje espectral, mientras estaba recordando a Ramiro silbando El Aeroplano y caminando alrededor de la mesa de billar del boliche del Pato. En algún lugar del corazón fraternal de Federico había un rinconcito para cobijar la tontería del duelo; perfume de reivindicación familiar, venganza tardía por el hermano asesinado a golpes, revancha de sus propias manos temblando de frío cuando despertaba de las borracheras en el medio del campo, y allí sólo hallaba el alivio de reconciliación con el odio en un gesto más adecuado para el siglo pasado.

El regusto del mate le despertó el póquer de la lucidez, saberse desplazado de la vida y de que en pocas horas sería un fugitivo de la vida. Había que entender de una vez por todas: el dolor colectivo del pueblo tenía el sabor de durar una eternidad, saber que Ramiro no volvería a la carambola de la vida y estaba pasando las últimas horas con Laura y David. Federico había dado su aporte con los muertos y gestos marginales como el de ayer de tarde.

David venía ahora a sumarse al disparate, si lo de Federico fue el derecho a ejercer la libre opinión sobre la poesía, el desafío de David respondería a una pasión casual por la mentada poetisa y madre de los hijos del flaco Carve. David argumentaba que dada la coyuntura afectiva compartida desde hace tres veranos, muy bien podían compartir la misma debilidad por Estrellita; había que tener cuidado con las reacciones imprevisibles de la flaca, que aunque lo disimulaba era mujer celosa.

Federico escuchaba, llegó a pensar que David además del sobrino del Pato era un ángel vengador venido al pueblo con una misión divina. Ello explicaría la docilidad con la que tres veranos atrás, reaccionó ante su llegada al grupo y aceptó que se instalara no entre la flaca y él sino junto a ellos, situación impensable con cualquier otro tipo. David les acercó la alegría complicada y una curiosa tranquilidad de espíritu, su presencia alejó rencores y a Federico le posibilitó amar a la flaca de manera diferente, más intensa y perdurable. Capaz pensó Federico, que el muchacho que decía llamarse David era portador de una tarea sagrada, misión que a él por su cortedad mental se le escapaba. 

La flaca Laura entendió desde el primer encuentro y por ello decidió tenerlo cerca de la pareja; alguien designado para destinos superiores cuando él se fuera para siempre del pueblo. Sólo un ángel vengador podía estar hablando así como lo hacía David en esos momentos, dando soluciones de otro siglo muerto a un problema que tenía la urgencia del ahora. Si fue posible el espectro suave de Ramiro todo era probable, por qué no el hermano David abatiendo, en otro amanecer con bruma entre los árboles a veinte pasos de distancia, la soberbia denigrante del escribano Carve y que sólo la muerte podría arrancarla de la faz de la tierra.

Los minutos pasaban y Federico se dejaba arrastrar por un destino incomprensible. Ante cada iniciativa de David, que parecía ser secuela de semanas de planificación solitaria y no la ebullición de una noche de copas, era incapaz de oponer ni una minúscula resistencia. Al rato, en su espíritu había una sola cosa que podría hacerlo desistir de su determinación de marcharse, era asumir la condición de padrino de armas de David en el campo de honor. Lo aprobaba y fue lejos en la condescendencia, dijo que sí a la persistencia del duelo, los términos justificando el desafío y las fechas manejadas por David; dijo que sí a la práctica necesaria con el revólver viejo del finado abuelo de la flaca Laura, haciendo verosímil el giro que tomaba la historia de las horas, arma que estaba en algún lugar de la casa y que David se puso a buscar con la obsesión visual de un suicida. 

En su poner la casa patas para arriba David despertó a la flaca que, fastidiada por la interrupción del sueño les dijo que ella salía a hacer los mandados pues estaban insoportables. Antes se daría un buen baño para lavar el desagradable agravio de que esa noche la hayan dejado sola en la cama.

Cuando David regresó al patio con la antigüedad Fede tampoco pudo negarse a la manipulación, ni evitar que la bala –que estaría dormida en la recámara del revólver hacía un siglo aguardando esa circunstancia- saliera disparada con una explosión de pólvora ridícula, cohete para quemar el judas, triquitraca para asustar en verano muchachas que pasan distraídas por la vereda. De tapón de botella de sidra El Gaitero, de ruido tonto para espantar amadas inmersas en la bañera pasándose una esponja por el ombligo; reacción sin mucha potencia y suficiente para desenganchar del casquillo una bola de plomo opaca, lanzarla a velocidad creciente por estrías del caño de un revólver de museo y trazar una imaginaria línea caliente, como lo haría un escarabajo de oro y que se metió por el ojo izquierdo del ángel David, del hermano David que cayó muerto de brazos abiertos.

Defensor desconocido en barricadas de la Comuna, cazador carente de experiencia con el otro ojo abierto y la proclama de desafío en la mano; cayó en la pirueta mimada de un futuro duelo que nunca tendría lugar y así formular un enigma de tragicomedia, de física aplicada a la balística, de mecánica humana, del azar geométrico que ningún lógico en sus cabales podría deducir sin rabiar por la mierda de algunas circunstancias de la vida. Como esas carambolas sublimes, que se arman de pedo sobre los paños carcomidos de billares olvidados, que hay todavía según cuentan en los boliches de campaña.