Lafoucheaux VI

Yo que estoy muerto sé lo que sucederá y nada podré hacer para evitarlo. Estar muerto despeja de algunos sentimientos que se sienten en vida, los induce hacia el olvido, otra forma impotente de incidir en los hechos. Soy el espectro de un muerto y paseo en los lugares que solía habitar cuando tenía un cuerpo, me bato sin poder solucionar ninguno de los entuertos que cercan a los vivos que amo, para ellos es tarde y para mí el tiempo dejó de tener duración. Los muchachos comienzan a dirigirse hacia un destino que se les escapa de la imaginación. Ahora el Pato amaga cerrar el boliche y el Banda, remolón como siempre se queda callado junto al billar enganchando carambolas despacito, como si el paño verde fuera suficiente para proyectar la breve felicidad a la que aspira en vida si así pudiera quedarse fijado. Escuchando el sonido del choque de las tres bolas hasta que la muerte lo alcance. Ese rincón en penumbras cerca del billar es uno de los lugares que él elegiría para venir de mi lado. Va a caer sereno de madrugada, afuera la noche estará fría de verdad pero será muy corta. En un par de horas comenzará a clarear. Siempre amanece, el día y su duración cronometrada nunca puede saltearse. La luz del día es inexorable como la oscuridad nocturna, la palabra más luminosa que el silencio. Nadie está atento al callar de los muertos y nos degradamos para enviar mensajes espirituales. Cuando llega la aurora por aquí algunos gallos cantan, la misma escena se sucede y avanza en todo el occidente. Eso lo vemos los muertos. La flaca, David y mi hermano Federico caminan por las calles del pueblo. Nadie se cruza en su camino y en el mundo de los muertos se murmura lo que sucederá en las próximas horas. Es la noche que huye hacia la aurora, hacia el fin y es el Tiempo que pasa. Alcanza con que se vea a lo lejos un paisano en alpargatas y pedaleando una bicicleta, una luz de farol que se apaga en una ventana cualquiera para consolar al insomne. Alcanza un pájaro que cruce la plaza en diagonal, el ruido asmático de un motor para anunciar que el nuevo día comenzó y nada podrá detenerlo. Esa luz inminente. La luz del día es distinta para quien sale del sueño reparador que para quien pasó una noche blanca. Lo es más para quienes ni sueño ni noche ni cuerpo tenemos. No es el Tiempo que pasa sino la luz que regresa de dar la vuelta al mundo. Nadie lo reconoce. La condena para los muertos es dejar errante sus fantasmas en el lugar allí mismo donde murieron. Al entrar en la muerte hay potencias que nos despojan del amor y la venganza que son objetos personales que nunca volveremos a usar. El alma asume una pátina de neutralidad y se nos impone la prohibición de anunciar malas noticias. Ni siquiera asoma un simulacro de paz y el dolor más agudo persiste. Es falso que la muerte empareja porque seguimos vivos en la memoria de quienes siguen con vida. Aquí estoy yo para probarlo, que vago por los sitios que quise saturado de recuerdos. Cada tanto regreso al galpón donde me dieron palo hasta matarme y trato de entender. Es así con la eternidad por delante y sin que nadie espere en ninguna parte. Me gustaría hacer alguna otra cosa pero nada más mirar las instalaciones –igual que mi hermano Federico- y me da por pensar en lo absurdo de esta situación errante. Hay millones de espectros circulando y la muerte es soledad. 

Esta es mi última noche de vigilancia, mañana desaparezco de aquí para siempre. Será David quien me reemplazará en la ronda nocturna, a David en poco tiempo lo seguirá el Banda y lo que suceda después prefiero ignorarlo… Los miro caminar a los tres rumbo a la casa, me distingo en el reflejo de una muerte que está amaneciendo, es así la costumbre. Los espectros aparecemos cuando hay perfume de muerte que insiste, mientras la tragedia termina disolviéndose en pequeños dolores entre amigos. El origen se incorpora en la memoria colectiva de las familias y la historia se confunde con relatos inventados. Anécdotas para contar en boliches con billar en el fondo y a un tipo atento a los otros como el Banda. Prefiero dejarlos ir a su destino sin seguirlos y quedarme sin saber los pormenores de la tragedia que se avecina. Que eso lo cuente otro. La eternidad es el Banda solitario, avanzada de espectro entre los vivientes y jugando al billar hasta bien entrada la madrugada. Me gustaría estar vivo para desafiarlo, jugar con él y si él me dejara enganchar algunas boladas yo me pondría a silbar tangos de la guardia vieja. Para que así entre los dos intentar olvidar el mundo tal cual es y la historia de las mezquindades. Jugar a ser dos pequeños dioses con ambrosía entre pecho y espalda, hacer entrechocar los pequeños mundos esféricos a veces a tres bandas. Las trayectorias resultan imprevisibles como la de esos tres enamorados que abandono a su suerte y pierdo de vista porque ahora sí clarea. 

Es impropio para un espectro estar por ahí dando vueltas y estoy sufriendo en avance por las horas que vienen. Los espectros hablamos poco y nadie nos escucha.