Praralelo 38

en “Aperturas, miniaturas, finales”, 1985

Cuando lo que fuera un hombre la semana pasada queda reducido a un puñado de cenizas grises, restan poquitas palabras por decir; bueno, tal vez unas pocas similares al tamaño insignificante de los despojos llevados por el viento. En tales circunstancias, sobreviene el resumen de una vida en apenas dos horas o tres y en los ocasionales testigos queda archivado como otro recuerdo más, integrado a una endeble antología de historias en miniatura oídas de rebote, resucitadas porque sí en las ocasiones menos pensadas. La historia a mi me la contó un amigo, que a su vez la escuchó de un cantinero que aseguró haberla visto con sus propios ojos; en esa transferencia incidental de modismos, lenguaje y entonaciones de relatores tan diversos, nunca se sabrá a quien pertenece la última palabra.

El muerto era -los hechos imponen hablar en pasado- uno de esos hombres venidos hasta Montevideo desde muy lejos en el globo terráqueo y para quienes el siglo XIV está tan cerca como el último recuerdo de la infancia. Su memoria se conformó genéticamente me digo, sin necesidad de iconografías repetidas, sustentada por un culto natural y respetuoso de los ciclos vitales. Evocándolo – hasta me parece verlo- se hacía difícil concebir que un cuerpo tan pequeño encerrara tanto tiempo acumulado, sus antepasados seguro fueron pastores de Kyouggiou en Hwanghae, vieron cambiar los déspotas despiadados que les robaban impuestos y cosechas con idénticos rasgos, prepotencia y codicia. Variando imperceptiblemente –en cada saqueo- los diversos estandartes multicolores, signos violentos de depredación menguando cabezas de ganado y zafras agotadoras. Ellos sabían que el viento cruel algunas veces y tan esperado otras, seguiría llegando inexorable y las mareas (hombres elegidos preferían la cautelosa vecindad del mar) hacían poco caso a la agresión reiterada y alaridos de guerreros crueles, inclinándose ante dictámenes de la luna, astro distante e indiferente a las tribulaciones del amor humano y la muerte celeste.

¿Cómo será el gusto del atún crudo y ahogarse en plena tempestad sin que lleguen a tiempo las manos de los otros marinos, ocupados en salvar sus propias vidas? Estas preguntas así de elementales propias de pastores, se pasaron de generación en generación, de valle en valle. La multiplicación de las bestias cuidadas multiplicaban esos sueños de mares infinitos, tormentas portentosas y barcos resistentes. En las montañas los viajeros se contaban entre las mercancía más codiciadas, cuando alguno llegaba a la región se lo interrogaba con avidez a lo largo de noches interminables, junto al escaso fuego que rodeaban hasta los más ancianos del pueblo. Los escuchas estaban predispuestos a creer cada uno de los prodigios relatados, aceptaban así la existencia de animales que la palabra humana es insuficiente para describir en su tenebrosa belleza, bestias que harían empalidecer de vergüenza al más ornamentado de los dragones en los días de fiesta. Aceptaban las crónicas de tierras extrañas, ciudades prodigiosas, fabulosos tesoros cuyas perlas y monedas eran de palabras precipitadas, acunando la ensoñación de los más pequeños entre ellos.

La paz de las eras signadas en ideogramas elaborados, el futuro escrito y anunciado por tradiciones orales más antiguas no persiste por siempre. Hombres caucásicos de pelo amarillo y mirada oscurecida por anteojos para sol, armados de revólveres brillantes adornados con tachas de nácar deciden por ellos su destino. ¿Para qué insistir con sueños ancestrales si de lejos forasteros irascibles traen el rumor de la guerra? Los temidos estandartes de los señores medievales dieron paso a banderas multicolores, avanzada de una lengua altanera invasora que, prepotente, se instala en la lejana provincia de Pyongan. Como una catástrofe llegada del cielo, el futuro queda dislocado y las tradiciones se hunden en una falla sin fondo, la paz elemental, la sabiduría antigua nunca cuestionada hasta el presente, se pueblan de transistores y relojes fabricados en serie. El mar como por hechizo deja de ser frontera, el yin y el yen del orden que rige el cosmos se vuelve escudo con dicotomía de ejército vencedor: Norte y Sur. Los hombres jóvenes, tan jóvenes que ni siquiera fueron heridos durante la gran guerra, suben presurosos a los barcos para ir al encuentro de relatos de viajeros desaparecidos. Esos hombres descubren variaciones humanas insuficientes al espíritu, otras luces, nuevos gustos de alcohol sin ser de arroz y la carne pálida de exuberantes mujeres dispuestas a la sonrisa al tacto de los dólares.

Nunca supimos cual era su verdadero nombre, para nosotros era simplemente “el Chinche”, sonido fabricado remedando en algo su nombre imposible de reproducir correctamente y que querría decir –en la lengua de origen- hombre prudente que aprende de los pájaros y cazador de los bosques cuando llega el otoño. El Chinche vivió entre nosotros tan callado como el primer día que llegó; entró al bar la primera vez con otros doce hombres de la tripulación de una pequeña flota de barcos de pesca. En la esquina y aledaños del bar, cambiando dólares con cualquiera y vendiendo relojes se quedaron tres noches sin dormir, apenas sacudiendo la misma borrachera, el tiempo que insumió reaprovisionar las embarcaciones fue usado para gastar divisas que prometieron guardar hasta realizar sueños disparatados.

Al amanecer previsto sus compañeros de viaje se marcharon al puerto, balbuceando al puterío reclutado promesas de retorno y cartas con dinero. El Chinche –esas cosas que pasan porque estaban escritas desde antes- decidió quedarse en la ciudad vieja. Por tres veces rechazó la violenta argumentación del patrón del barco, terminada con amenazas de represalias sangrientas y se sentó –dijo- a esperar la próxima flotilla que llegaría dentro de algunas semanas, quizá sabiendo ya que de todos los barcos que llegan ninguno sería el próximo.

Para él la pesca no tenía secretos, su habilidad fue detectada en el ambiente y era rara la semana que los pesqueros criollos dejaran de venir a buscarlo, poco más que para una changa y solían pagarle casi el doble del jornal. Nunca se dejó tentar por importantes ofertas de trabajo más estable ni contratos prolongados, el Chinche trabajaba lo imprescindible para sobrevivir, le agradaba permanecer en tierra la mayor parte del tiempo y tenía miedo de traspasar los límites del bajo. Con el tiempo se hizo buen anfitrión de otros coreanos que llegaban a Montevideo; sus compatriotas le agradecían la oportuna información que pasaba y permitía a los desembarcados aprovechar al máximo, sin desperdicio, las pocas horas durante las cuales un paisaje ficticio de carteles luminosos, bebidas adulteradas y cortinas coloradas relevaba el destello inalcanzable de las estrellas. En alta mar, el nombre y la situación del Chinche eran bien conocida por las flotas interminables que se cruzaban al sur del ecuador. Los navegantes orientales sabían que allá, debajo del trópico de Capricornio, en una ciudad erigida en la base de una colina ridícula alguien que hablaba su misma lengua los estaba esperando. Ese alguien conocía los caminos de la tierra originaria y el puerto de partida.

La paulatina recuperación de hábitos sedentarios de sus antepasados pastores llevaron al Chinche a buscar otras formas de estabilidad, fue previsible que se encariñara con una de las muchachas del ambiente, era su única posibilidad de tener una compañera: dentro de ciertas vidas sólo se puede ser feliz negociando sin poner condiciones. Sobre todo la amaba, de otra manera que a nosotros se nos hace difícil entender, la cuidaba como a la porcelana, una lámpara de papel ascendiendo a la noche vertical entre mariposas efímeras, poema sublime de un único signo. Ella, después de los hechos contó que el Chinche nunca le reprochó su vida de puta de alterne ni la maltrató; guardaba de él un recuerdo de hombre cariñoso, con esa discreción y la envidia de quienes no soportan la felicidad ajena, el coreano se ganó el derecho a ser considerado, con respeto, algo así como el marido de la Chola.

Un día, entre lenguas de un vino peleón que hacían en Las Piedras y traducciones casi incomprensibles me confesó –ahora yo vengo a ser el que allá estaba- que le gustaba todo de la Chola; en especial el nombre porque sonaba como una provincia de su tierra y cabía en dos signos elementales. La pareja y cuando las actividades profesionales lo permitían disfrutaba de los gozos del día, se los veía caminando por 18 de Julio entre el atardecer y el encendido de las primeras luces del alumbrado público, o bien por la costa del otro lado de la calle Reconquista, la costanera en curva que lleva hacia el Parque Rodó. Para los vecinos, testigos casuales de sus trayectos tomados del brazo, la sorpresa del comienzo, provocada por dos físicos tan desparejos, con el tiempo se transformó en costumbre aceptada por la ausencia de escándalo, como si uno y otro se hubieran empecinado en mimetizarse de lo que carecían. Fue el único coreano en la historia del mundo que aprendió a jugar al truco y cebar mate, si pudo adentrarse en ese sobreentendido de gestos y mentiras como un actor de ópera china, resulta fácil aceptar su afición a otros hábitos menos sutiles de nuestra gente. Las ganas, sus deseos visibles de quedarse pudieron doblegar la desconfianza de muchos vecinos, que pasaron a querer al extranjero como si sus rasgos inconfundibles fueran un accidente de nacimiento; que pena, entonces, morir de esa manera.

Prefiero omitir los detalles escabrosos, digamos que los conozco y no los recuerdo, que los vi de cerca prefiriendo callarlos. Puedo referir una vez más lo que contaron los otros y seguro será diferente a lo que conté la ultima vez, tan distinto por cierto a lo que contaré la próxima vez que me lo pidan. El Chinche murió de una puñalada, no como pastor ni pescador de mar abierto: cayó como guerrero cansado, un saqueador de caminos emboscado, tan lejos de los antepasados. El polaco rubio que lo mató con ojos desorbitados gritando y pataleando, en plena borrachera no entendió el crimen, menos el arresto. Más calmo, cuando se derrumbó su resistencia, argumentaba sin que ninguno de los testigos le entendiera una palabra, pensando que encerrado en los próximos años encontraría tiempo para aprender a decir, en castellano, que estaba borracho y mató al amarillo esmirriado sin querer. Se supo del error fatídico de hacer un último yiro antes de dormir porque el trabajo se presentaba fácil, que hubo desnudo se contó, golpes de rabia y gritos de mujer insultando.

Una sombra subió corriendo la escalera empinada, pensando más en la Chola que en el estado colérico del agresor. La quietud pesada de los últimos meses entumeció los reflejos y se explica el último descuido; fue directo hacia allí que emergió, de la puerta recién abierta un puñal enviado con la inexplicable certeza que tiene la mano de un borracho. La sangre brotó del pecho coincidiendo con el llanto de la mujer y los gritos anunciaron la tragedia en el patio del conventillo. El Chinche aguantó unas horas y murió sin haber pasado el mediodía, ni una queja se le escuchó en la espera ni una palabra salió de sus labios apretados. Murió entrecerrando los ojos, parpadeando como si estuviera forzando recuerdos, sin que ninguno de los que estaban junto a la cama del hospital adivinara lo que pensaba en el último tirón de vida. Mediodía es una buena hora para morir en el suburbio, el alboroto en el bajo es mínimo, las corridas de los involucrados se confundían con la intensa actividad bursátil y bancaria de la zona.

Reacciones imprevisibles de la gente, sentimentalismos de la vejez en todo caso llevaron al cantinero a la cremación del cadáver del Chinche. El domingo cuando amanecía después de una noche dura de trabajo, entre atorrantas tristes, polacos confesados y coreanos de paso fue caminando hasta el extremo de la escollera Sarandí y tiró al mar las cenizas, con el gesto rápido de cuando se tira un aparejo de plomada redonda.

A esa hora algunos veteranos ya  bien  envinados llegaban con la caña de pescar preparadas y la esperanza de abundantes piques de pejerreyes; las cenizas se confundieron con el mar y ahora despliegan la memoria líquida del Cosmos. Con esos tipos que vienen de allá nunca se sabe… quién te diga que tengan razón en lo que siguen creyendo a pesar de la guerra, a pesar de la injusticia de la muerte del Chinche y el tiempo infinito de sus dioses tutelares continúa su inexorable avance. Después de tratarlos un poco aunque sea en la superficie, uno al final se da cuenta que no son todos iguales… bah, eso creo.