Ultimos globos de historieta

-My dear, esta ausencia de dolor anuncia que me estoy muriendo, es todo tan caliente en el cuerpo, tan tibio como si el infierno tropical viniera de selvas interiores. Estoy seguro, es la muerte que llega. ¡Sheet! Nunca imaginé que fuera tan parecida a la acidez estomacal después de una borrachera. Que poco good morir así sin tener cerca ni un maldito Alka Seltzer, en manos de un salvaje traidor y despachado por una de nuestras propias granadas infalibles. Escuche sargento…

-Aquí estoy chico.

– ¿Ya le conté que fui pitcher de los Tigres de Cleveland? Cielos… si hasta lo veo… aquella tarde bateando con furia la maldita bola, qué anotación… ¡cáspita! Todos los nuestros saltaron en las gradas. Boogie el aceitoso dejó caer en el asombro la doble hamburguesa con chile, al muy bocón le gusta el chile picante. Má decía que de seguir comiendo así a lo mejicano sin papeles cualquier día de estos reventaría como una granada, eso… como una granada decía má. ¿No es gracioso que ella dijera eso sargento? Hasta los vendedores de hot-dogs tiraron al aire sus gorras de felicidad y el comisario Jeff, que cuando está sobrio es un buen hombre, lloraba como un niño. Earl Morning estaba esa tarde en algún lugar de la tribuna de incógnito y todos en Cleveland lo sabíamos. Sargento: Morning era el pase a las grandes ligas, las series mundiales televisadas y la gloria divina de Joe DiMaggio. Luego de la anotación decisiva apenas tuve tiempo de tirar a la gramilla mi gorra preferida. Mat y Mike me abrazaron con fuerza de luchadores. La bella Nancy llegó hasta mi corriendo, tenía en el rostro la risa ingenua como los de su familia y movía sus tetas deseadas por todos los chicos del pueblo. ¿Por qué yo, por qué yo precisamente sargent? No es justo. Dios está distraído… pensar los chicanos buenos para nada que quedaron vivos en los suburbios pobres, drogándose, matánose a navaja entre los gangs hispanos los buenos para nada. Yo era un buen chico sargento, la pandilla nuestra me quería y sabían que me esperaba un destino solar en el diamante. Me muero habiendo tocado el trombón a lo Glenn Miller en la banda del colegio. Ni los ice cream de fresa con vainilla que tomé en las fuentes de soda podrían detener la sangre. Todo debía fácil en la expedición y el regreso a casa asegurado, así lo dijeron ustedes sargento. Había sol asegurado, mar de olas inmensas, morenas calientes livianas de ropa, ansiosas de acariciar espaldas salpicadas de pecas pelirrojas y Lucky Strike que es mejor que la yerba que fuman los sucios hispanos.

-Tienes que beber, el helicóptero ya está en camino… son unos pocos minutos… quédate con nosotros.

-De vez en cuando vacunarlos era la consigna para evitarles fiebres tropicales, pasarles películas de Aland Ladd y Charles Bronson. Malditos traidores, cerdos traidores… No era tan malo acá tan cerca de casa. Tío Bob había regresado vivo y con dos cicatrices de Vietnam, me lo contó todo el viejo Bob, menos la noche de la niña que sólo contaba mientras estaba dormido. Cada vez hay más calor sargento y lo que demoran los malditos helicópteros… qué importa que tarde una hora más la evacuación… usted y yo lo sabemos… con estas heridas es demasiado tarde. Hágame un favor especial sargento: esta noche tírese una enfermera por mí ¿quiere? Creo que en esta selva no se puede… bueno… you know. Todo aquí es grande y demasiado, parece reproducirse y crecer como un monstruo. ¿Vio los que me mataron? Tan pequeños y creo que había uno gordo de pop corn entre ellos… no tienen maracas en las manos ni visten camisas estampadas con palmeras de colores como imaginamos, en la jungla se visten como nosotros. Pero quién piensa en sus uniformes… me muero sargent, me muero todo… se están inmovilizando cada uno de los centímetros de mis casi siete pies. Nancy. Qué calor hay Dios mío en este infierno verde, mucho más que aquella tarde mía en el campus de la Universidad. Por dios, se lo suplico: sepúlteme a dos metros de profundidad. No permita que me devoren las fieras hambrientas de la noche ni que los malditos insectos se lleven mi sangre que empieza a pudrirse. ¡Demonios sargento no lo permita! O cualquier otro animal salvaje que no esté catalogado en el Zoo de San Diego ni en Disneylandia. No llore por mi sargento, vamos, usted debe seguir hasta darles su merecido y no es una película. Es poco good mostrar emoción detrás de los Ray-Ban delante de otro hombre y menos cuando tiene las tripas reventadas entre los dedos.

-Quédate con nosotros, anda cuéntame lo que sigue…

-Es el final sargent, los dos lo sabemos, se lo aseguro, hay menos dolor. Pobre Má… demasiadas muertes dentro de la familia en poco tiempo. Pá barrido por un cáncer de laringe hace un año y ahora esta sorpresa inesperada. ¿Usted cree en Dios sargento, escucha sermones de Jimmy Swagart? Pobre Má cuando lea el telegrama. ¿Los seguirán redactando igual que en la segunda guerra, serán parecidos a los enviados cuando lo de Corea? Imagínese: llegará hasta nuestro vecindario el jeep de la policía militar, en segunda y por la calle principal, los chiquillos apenas lo divisen correrán detrás para no perderse detalles. El viejo Fred dejará de lavar su Pontiac anaranjado, el pequeño retardado de los Perry se pondrá a tararear “Bandas y estrellas” mientras despliega en el garaje oscuro por centésima vez la página central de Playboy. Se detendrán frente a nuestro buzón y bajará del jeep un cabo con cara de circunstancia -de preferencia negro- que en vez de repetir lo que le ordenaron decir en el comando mirará a través del tejido transparente y avanzará la mano hacia Má que sólo quiere llorar desconsolada.

-Seguro que tu vecindario es muy bonito, cuéntame de tu vecindario.

-Algunos perros vagabundos mean sin prisa los rosales, la cerca de madera recién pintada, el buzón de esos con banderita de latón iguales a los que aparecen en las películas de Doris Day. Fui un buen soldado sargento, cuéntelo alguna vez a los otros muchachos de la división, los liquidamos a todos, ellos eran más de veinte cerdos acorralados y nosotros apenas seis. Los malditos murieron, de la nada y cuando todo parecía finalizado apareció ese niño que me lanzó la granada sin espoleta a un metro del cuerpo. Un tiro perfecto desde lejos, digno de una final de serie mundial contra los cubanos. Eddie lo partió al medio con el fusil automático y para mí ya era tarde. Me da rabia todo lo que voy a perderme… el ataúd llegando en el depósito del avión y la bandera de my country doblada en triángulo mientras un cadete de Wespoint toca una trompeta gloriosa y funeraria. Tome la identificación, entréguesela a Nancy en sus propias manos, es una orden cariñosa de moribundo sargento, quizá ella la lleve de recuerdo entre sus grandes pechos. Faltan pocas semanas para que empiecen los juegos. ¡Las tardes lindas que voy a perderme! Charlie está entrenando fuerte y es seguro que traerá una medalla de oro a casa. Cáspita, nuestro Estado continúa dando buena sangre yanqui. ¿Cómo se llama exactamente este maldito lugar donde voy a morir sargento? Estoy cansado… Ahora entras tu Johnny…. ve a por ellos y batea como nunca antes en tu vida… si ellos no entienden cómo se juega al beisbol nada pueden entender de libertad y democracia… le pido un último favor sargento aunque no se lo merecen, entiérrelos, prométamelo sargento, nunca pelean de frente pero igual hay que darles sepultura cristiana. Como en las grandes ligas con tardes de calor y pop corn con miel en el telegrama del Estado mayor ahuyénteme esos pájaros extraños granada sargento ya me parecía denme la identificación prepárate ya Johnny que es tu turno y tú las tetas Nancy que te cayó en suerte un bateador zurdo tírasela fuera del estadio lejos muy lejos demasiado lejos…

El sargento Dillinger, un duro sureño auténtico profesional de la muerte del enemigo dejó que una lágrima final se deslizara por su mejilla, camuflada con la renegrida barba de tres días. Como si fuera su hermano menor le cerró los ojos al muerto, se echó atrás el casco moviendo la cabeza varias veces negando con rabia la evidencia de que perdía otro de los hombres bajo sus órdenes. Miró con desprecio el humeante escenario de la emboscada pensando en las terribles represalias con la población civil, hay muertes injustas que deben de pagarse.

-Descansa chico, descansa en paz que Nancy recibirá lo que merece.

El viaje a Escritura, I

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El río que vendría a ser la vida tiene varios afluentes, cuentan los ancianos que uno de ellos se llamaba Memoria y en una época incierta, sin que nadie conozca la razón del cambio comenzaron a llamarlo Amnesia. En un recodo del afluente así transfigurado hay una isla sólo visible estando sobre la corriente o siendo el río. Esa isla se llama Escritura. 

Desde hace cierto tiempo me levanto bien temprano pero recién hoy inicio el viaje a la isla esa queriendo olvidar, luchando contra el recuerdo rondando, controlando el temor a perder la cordura mientras me ocurre considerar la escritura manifestación sagrada de la memoria. Estoy de vacaciones con mi familia y lo primero que pretendo quimerizar es mi afán por indagar las motivaciones de esa pulsión inopinada. Vienen de dar las seis de la mañana, pasé una noche de reposo sin llegar a dormirme del todo por la ansiedad de la partida, nada atribuible al insomnio ni a una angustia pasajera por sucedidos de la víspera. Lo supongo un malestar sin motivo fisiológico, gozo de buena salud y me toma por sorpresa esta crisis de identidad con síntomas incisivos. 

En la casa alquilada algunas semanas de verano y por séptima temporada consecutiva los dormitorios están en la planta alta. Hace veinte minutos bajé la escalera sin necesidad de encender las luces, una claridad incipiente desentumecía la oscuridad del estar y solidaria con la luz de una farola oculta entre la vegetación del jardín. A un costado en atalaya de cristales –espacio que pretende formar parte del afuera y el adentro- hay una saliente que sería excesivo llamar habitación; es un retiro, cuarto de costura y meditación, allí tomamos el té de la tarde, desde ahí pienso. Hasta las ocho estaré tranquilo sin que nada me distraiga, bajé con la idea de meditar algo que me permita dormir una hora más y considerar las ganas que me vinieron de escribir. 

No hoy –se trata de una crisis conocida- sino dentro de unas semanas, cuando regresemos a nuestra casa en la ciudad y secundando el ritmo de los compromisos profesionales. Durante los próximos días será una actividad inocente y secreta la de pensar en Escritura, un estado febril que invade mi cuerpo, el tiempo de rodearlo y convocarlo para saber sobre mí mismo, eso incomprensible de esperarla y consentirla: escribir para saber que soy dos pretendiendo ser uno, si ello fuera posible y antes de convertirme en el otro después del punto final. Ceniza caliente cuando queme los documentos heredados, espera que me prescribo como sedante conteniendo las mismas moléculas del mal que me aqueja.

Me propuse seguir con la vida normal y todo debería continuar igual que antes. De hecho es igual, exceptuando que hace una hora sentí una punzada en la mano, dolor avisando que escribir me sería de utilidad para olvidar, comprender la deserción del sueño y evitar que los pensamientos recurrentes se acumulen en mi cabeza. Desde aquí observo la bruma disiparse acuciada por un viento conocido y la consistencia del roquedal costero, llamada por el mar golpeando que deja recuerdos en la playa del lado contrario. Suelo pasar horas mirando la inconstancia del mar vinculándome a una fantasía de vida serena, en cuanto considero tentar el viaje a Escritura el mar resulta diferente. Lo contemplo salir del sueño como si Poseidón fuera más que una convención mitológica, hasta recuperar tonalidades dejadas en custodia por criaturas marinas, verdes bancos de algas tóxicas, tornasoles del cruce de mareas, salinidad fosforescente que define esta zona de costa. 

Tomada mi decisión la entidad del deseo se asemeja a un camarada de larga data, alguien que al momento de escribir me acercara tres recuerdos dignos de olvidar, el dato incierto, un nombre destinado a desaparecer, información sustraída entre arrecifes fijados en corales de profundidad. Los ritos materiales preliminares al viaje fueron triviales; contrabandeado en la compra deslicé un cuaderno tapa roja espiral y página cuadriculada, misal sin borrones y suficiente para aguardar la línea primera todavía difusa. El objeto y la situación a la espera me incita e intimida, tampoco tengo idea de cuanto tiempo pueda extenderse nuestra relación, si será suficiente o habrá otro y puede que un tercer cuaderno. Una segunda palanca del plan es responsabilidad de mis pacientes, la señora Nariño para navidad me regaló un bolígrafo Pelikan en tonos verde oscuro, agradecida porque disminuí los dolores ocasionados por una úlcera. Del café se encarga Krups mediante un sistema de relojes, dosificación de agua y regulador automático. El amuleto de transubstanciación consiste en que siempre tenga a mano café, lo necesito para mi meditación preliminar a la partida. 

Asumo encarnar el capitán que observa el horizonte y sabe que el próximo puerto está más distante de lo estimado la víspera. Me consta que soy joven para pensar en redactar memorias y mi vida tampoco presenta episodios tales que pudieran justificar la iniciativa. Carezco de la experiencia aventurera y del deseo para narrar historias edificantes de médico rural, personajes heroicos llegando a tiempo o tarde a la expiración de pacientes, parto complicado, amputación improvisada después de un accidente de trabajo. Lo que allá y cuando vuelva pueda escribir será una aclaración erradicando malentendidos con mi memoria, tumores imaginados que deben ser extirpados antes de la expansión irreversible. Hasta estos últimos tiempos consideré la escritura desde la lectura, trataba con libros teniendo a los autores como nombres del complot planetario. Integrantes de sociedades secretas que, por motivos misteriosos ligados a la codicia y egolatría insisten en duplicar la confusión de lo real, siendo archisabido que las evidencias dignas de ser recordadas y dejadas por escrito ya fueron publicadas. La experiencia me demostró que estaba equivocado y si había deducido un error estaba decidido a persistir en él. Omitiendo recetas destinadas a dependientes de farmacia y esporádicas cartas a los amigos, informes para publicaciones de mi especialidad que redacto directo en la computadora, considero la escritura manuscrita práctica antigua, remanente de un mundo desaparecido y pertenezco al planeta que tiende a la disolución. 

Con la ayuda del pensamiento que avanza a cadencia pareja hacia el proyecto, preparando antebrazo, mano y dedos me llega la manualidad de años de educación, llenando cuadernos de notas que se referían a parábolas de Rodó, cosmogonías del pensamiento especulativo que me rechazaron y abdicaron ante el llamado de prácticas del cuerpo humano cuando apesta. Dios y los dioses escriben en rojo sangre los designios de la existencia, una voz o algo opuesto me decidió por la enciclopedia blanda prescindente de otra prosodia que aquella induciendo el final de la muerte. Abandoné los artículos costumbristas de Larra cuando se suicidó delante del espejo por razones que consideró pertinentes; comencé después del estampido, cadáver caliente vestido, con la autopsia tal como lo ordenaba la ficha de ingreso a la morgue madrileña, bajo el rótulo mezquino de cagatintas romántico y predestinado. Desde entonces -tropezón decisivo con mi vocación- me desplazo redactando en pisos intermedios y ascensores reservados a camillas. Lejos de tentaciones prácticas, aplicando disciplina farmacológica, preceptiva en la cual la reflexión entorpecería el entendimiento de la orden que debe llegar clara y precisa para la lectura del farmacéutico de cualquier barrio, concisa escritura de formulación, posología, efectos secundarios, tiempo y cadencia del tratamiento, fecha de caducidad.

Una vez contraída la decisión, me interrogo si en las mañanas previas al viaje podré ordenar la sucesión de hechos al origen de la patología detectada. Haber comenzado a meditar me tranquiliza, siendo el efecto placebo de cucharada inicial, primera grajea e inyección. Siento los efectos positivos en el organismo y comprendo a los enfermos de la mejoría precipitada, miro el reloj: transcurrieron veinte minutos y estoy en la misma línea de pensamiento, esfuerzo de concentración agradable y prueba de resistencia. El silencio se impone en la casa que me lo hace saber, Mister James curiosea en las cercanías intrigado por mi nueva costumbre sin agitación y vuelve a dormitar en su rincón preferido. La claridad del jardín se intensifica segundo a segundo y está al acecho de mi parte de sombras; sería feliz si pudiera fijar para la escena un tono exacto de las penumbras que se suceden, dejarla inmóvil y continuar el discurrir sin preocuparme del tiempo, concentrado en cada frase con sentido completo. 

Sólo la noche cerrada tiene apariencia de instante inamovible mientras ascienden modificaciones a la altura de los planetas y el mutismo de las constelaciones. La luz del amanecer me acorrala recordándome que pese a mi novelería la vida continúa, el día empuja argumentos reactivando verbos usados para el segundo sueño. La gramática diurna obliga a que ocurran episodios perturbando la concentración aconsejable, desbarata la sensación de tierra inamovible que supone la noche en los intersticios opacos, aconsejándome que debo pensar como si lo anterior fuera contado por el otro. 

Hace una semana llegamos a esta casa de veraneo, vivimos en las afueras de Pontevedra y me agrada una vez al año pasar una temporada durmiendo cerca del océano. Disciplina, disciplina, repito testimonios conocidos para cuando relea el cuaderno a venir dentro de un año y lo leído sea más verdad que lo vivido y olvidado. 

La relación entre vivencia y escritura la puedo localizar en el último año; algunos problemas con los niños en la preadolescencia, el traslado al pasado, secuelas de meses de trabajo al borde del agotamiento… sumando responsabilidad del hospital, consulta particular en un gabinete como asociado y participación en coloquios para mantenerme actualizado faltó tiempo para pensar lo sucedido mientras ocurría, evaluarlo tal como merece. Era imprescindible hacerlo para seguir adelante, por eso me hallo en esta situación. El tiempo de vacaciones –lo supe desde el primer día- perdería la calidad de descanso de años anteriores si bien las circunstancias eran idénticas. 

La casa, creo haberlo mencionado antes es la misma de las últimas temporadas, en Puerto de Corrubedo se nos reconoce como visitantes fieles de la región. Evoqué las circunstancias, debo agregar que lo modificado en mi rutina de gastroenterólogo fue la experiencia del regreso, el retorno a los orígenes y lo que del otro lado del mar sucedió, en ese viaje se halla la causa del madrugón actual y razón del soliloquio preludiando la escritura. Si lo del nombre me parece accesorio, puedo replicar que nací en Montevideo en el año 1952 y considerando lo sucedido, la información supone una irresponsabilidad frente a la historia. En un pasado más cercano de lo que pueda suponerse los datos de filiación eran ciertos; con el tiempo transcurrido, papeles legales, la medicina en las manos y espalda hace años y la descendencia animada me presento como médico español, gallego cuando los otros insinúan sutilezas geográficas de autonomías. En los tiempos que corren haber nacido bajo la Cruz del Sur y luego de lo sucedido provoca un estigma de la memoria, como si sus motivos fueran hijos de una vieja alcohólica paridos por la pobreza que es mejor olvidar. Durante años perdí la costumbre de considerar eso como problema, me harté de respuestas gratas a colegas progresistas y la vida hubiera continuado tal cual de no haber emprendido el retorno. La excepcionalidad de filiación para médicos que se dicen europeos, incomprensible para nuevas generaciones especializadas en manipulación genética y trasplante era moneda corriente.

Acaso todo había comenzado aquí, cuando insistía la guerra sin final y los jóvenes que serían mis padres decidieron subirse a un barco buscando la orilla imaginada del océano. Eran primos lejanos, mi madre estaba embarazada y su padre fue fusilado cuando ella gateaba en la plaza del pueblo por un pelotón de vecinos. Años después reaccionó y huyeron hacia cualquier otro lugar, el destino era sin importancia, nada podía ser peor que lo padecido. A los dos meses de desembarcar con lo puesto en el puerto del sur nací en el hospital del casco colonial de la ciudad. Recuerdo con precisión de aromas el almacén de mis padres y la distribución de aulas en la escuela primaria, una infancia cuando pescaba con aparejo en la escollera fantaseando con barcos de carga y armo la ciudad en silueta de edificios recortados.

 Es el primer aluvión de imágenes para fomentar la continuidad del discurrir, seguro que cuando me aplique a recapitular esas redundancias con intención de olvidarlas surgirán detalles para rescatarme. Hijo único sin decisión, durante años creí que fue por razones de la naturaleza, ahora supongo que de esa manera mis padres se fijaban en peripecias de la osadía juvenil, decidieron la irreconciliable situación abierta entre pasión amorosa y guerra interminable. Trabajaron fuerte para sacar adelante el negocio; en la intimidad decían que los criollos eran poco inclinados al esfuerzo y se sentían extranjeros al repetir ese lugar común, como cuando se convencían que el secreto para hacer fortuna en aquellas tierras consistía en trabajar unas horas añadidas al día. Había bastante más que esa definición de la diferencia por el cansancio y jamás pude convencerlos de lo contrario. Es extraño esto de la memoria discontinua, mis diecisiete años vividos en Montevideo resultan un montaje de escenas densas carentes de continuidad y dispensadas de sistema narrativo. Vida transitoria en una ciudad inexistente sin llegar a ser fantástica, fue período de preparación, un aprendizaje para la vida verdadera y fuera del sueño comenzado cuando regresamos a esta tierra. Me distraigo del recuerdo, el panorama del mar cercano es absoluto y acapara el paisaje, la luz ingresa unánime disipando la niebla, cambio necesario para reconocer la costa montevideana que diviso en la memoria. 

La oigo: Carmen se levantó para ir al baño y Mister James pide que le abra la puerta del jardín, el café se enfrió en la taza. El recuerdo deberá ser postergado hasta el próximo amanecer, oscilando entre arrecifes orgánicos evitando el naufragio antes de zarpar; sin discernir recuerdos y mi vida en Montevideo de celadas en esta región amenazante en la cual me interno, propensa a espectros que se manifiestan mediante signos evasivos.

Alas negras de serafín abatido

¿Por qué tus alas, tan cruel quemó la vida?

Alfredo Le Pera

Como si el cuento entero rotara por completo sobre un eje carbonizado, la historia comenzó a tener sentido cuando concluyó de manera desgraciada y la primera ya era la página final. Gabriel jamás entendió las causas por las cuales las vueltas de la vida lo llevaron hasta la carnavalesca irrupción de la inconsolable humareda, lo hizo caminar entre restos de carbón y ceniza empapada, residuos irreconocibles del mecano de fuego tan frágil como el canto de un pájaro pequeño, un juego para armar parecía, que no empezaba en el desorden de piezas entreveradas en la caja abierta, sino en la conciencia tardía de que allí hubo algo compacto y por segundos, el jugador se perdió de ver el derrumbe reciente, formas sugerentes, pedazos parciales con posibles siluetas anteriores.

Tampoco fue esta una crónica fidedigna entretejida en un tirón de escritor inspirado ni existe la certeza de una verdad final, las circunstancias del relato consumieron siete pacientes días de creación, capricho tozudo del dios ulceroso de los imaginativos disparando sin cesar mundos ilusorios destinados al olvido. En cada encuentro de los desconfiados protagonistas del relato, a la invención se sumaban recuerdos íntimos que podían o no haber sucedido y estaba Gabriel, rellenado huecos con esquirlas imaginadas, haciendo irreal un final como el que le tocó en suerte contemplar, sin invocar el atajo de la fantasía. A pesar de ser el otro protagonista de enjundia en la historia, él siempre creyó –seguro hasta el día de hoy- que se quedó corto. Obviando el asunto de comprobaciones razonables, la primera verdad ante la cual debemos inclinarnos es que un inesperado objetivo pudo modificar -en pleno vuelo- los planes de Gabriel para la semana de turismo esperada con entusiasmo. Emocionante en todo caso, pues sin experiencia de ningún tipo en campamentos al aire libre, el muchacho se embarcó en un plan depredador colectivo prometiendo cacería de carpinchos en inhóspitos bañados, zorros montaraces, centenares de perdices y hasta chanchos salvajes de aspecto intimidante. Lo que Gabriel nunca soñó, fue que pasaría de ese zoológico de picadas y pajonal, cañada y pradera artificial a señuelos hechos de palabras; donde las infelices criaturas entrampadas con patas mutiladas y espinazos partidos, son presas con historias complicadas de creer.

Donde fuera que vive en el presente Gabriel debe ser todavía un hombre joven y fornido, de buen humor para sobrellevar dificultades cotidianas, médico rural vocacional de auto viejo, honorarios pagados en gallinas ponedoras y damajuanas de vino casero; con idéntica paciencia asistirá partos cimarrones y defunciones de vejez, haciéndose un tiempo cada tanto para un recuerdo insistente que se resiste a abandonarlo. En los tiempos que evoca el relato, era un estudiante novato de medicina y a pesar de ser hombre de ciudad tenía la secreta aspiración de caminos vecinales polvorientos, prolongados mugidos vacunos a la sombra de montes pequeñitos, atardeceres calmos que se alargan durante horas entre lomas panzudas dibujándose contra el horizonte. Fue por ese futuro incierto que Gabriel aceptó la invitación, yendo sin saberlo al encuentro de sí mismo y se sumó feliz a los otros catorce que subieron al camión remendado una fría madrugada del mes de abril. Los componentes del grupo eran amigos del barrio, mezcla de torneros avezados y jugadores de fútbol de segunda división, maridos fieles radiantes por zafar unos días de mujeres corpulentas y jóvenes pobres con un humilde sentido de la aventura.

Durante la primera etapa del trayecto hacia la vida difícil Gabriel realizó un curso acelerado sobre armas de fuego del arsenal, que para eso había en el grupo un especialista; aprendió a distinguir la carabina calibre 22 de una escopeta española de doble caño, reconocer dónde estaban los seguros activando el mecanismo del gatillo, cómo se carga un cartucho de manera artesanal y a detectar el movimiento de las presas por el oído, auscultando el paisaje con la misma atención con que se escuchan los torrentes arrítmicos de las arterias, la música desafinada de un corazón gastado. El organizador de la salida y dueño del camión que los transportaba, como todos los años prometía hondonadas vírgenes y desiertas forestas impenetrables, atiborradas de alimañas de todo tipo, cada vez más salvajes y que pondrían en situación límite la capacidad de supervivencia del colectivo; del comando, pensaba Gabriel escuchando la perorata del líder exaltada y provocadora de coraje, sospechando en ese afiebrado alegado aventurero demasiadas lecturas de Horacio Quiroga. La ausencia de replicas locuaces parecía inocular en el grupo, a medida que avanzaba el viaje la anhelada tentación de abrirse el vientre con un machete, sentir el gratificante abrazo de una anaconda interminable y disfrutar secuelas sudadas de una fiebre tropical alucinante, tirado en el barro entre mosquitos descomunales y hormigas voraces sin siquiera una aspirina a mano. Ese emprendedor y unánime espíritu grupal pudo que el viaje fuera entusiasta, en la ruta hacia el interior del país los aventureros encontraron decenas de autos, motos y camiones marchando a lugares obviamente salvajes donde tampoco nunca antes había entrado nadie. La naturaleza tenía sus propios designios, las nubes densas corrían allá arriba más deprisa que la caravana de vehículos y el cielo se oscureció a una velocidad mayor que el despliegue de toldos en la caja de los camiones.

En dos horas apenas, una impresionante masa de agua apagó por completo el día, destacando el furioso azul de los relámpagos espectaculares, olímpicos. Los potentes motores de los camiones enmudecieron al ser confrontados con la sucesión incontenible de truenos que hicieron oír su bombardeo de vencedores, además de la lluvia pesada buscando abismos sin nada de mansa ni pasajera. El arroyo final que separaba excursionistas y territorios de la aventura terminó transformado en un torrente demencial incontrolable, en su violencia desbordante logró apaciguar los anhelos misioneros del conductor del camión que se volvió hombre prudente, temerosos de que su Scania nuevo en ablande marchase a la deriva entre camalotes y sapos aterrados. A esto, estaban a siete kilómetros del casco de la estancia donde les permitían acampar durante la semana. Regresar hasta allá buscando refugio esa impensable; en las casas habían recalado demasiadas personas invitadas y nadie conocía tan bien a los dueños para negociar hospedaje para todos. De común acuerdo optaron por arrimarse a un pueblo desahuciado, de los que hay tantos en campaña –quedaba a una hora de viaje a marcha lenta- a esperar allí el cambio del tiempo que venía revirado. Estaban resignados al extravío cuando lograron divisar a unos cientos de metros y enmarcado por el parabrisas, un conjunto desparejo de casas fantasmales apareciendo entre una cortina de lluvia y la escasísima claridad remanente, algunos perros temerosos de los truenos observaban el avance de la caravana desde los más insólitos lugares de protección, sin salir a ladrarles como recurso de protección. Los nuevos trazados de carreteras nacionales y los cambios en la ruta de ómnibus interdepartamentales, hicieron de ese caserío de paso -que debió ser campechano en otro tiempo- un pueblo de olvido y muerte. Todavía podía verse sobre la antigua carretera metida en la calle única y principal, la huella inservible dejada por autos y tractores; la cinta de pedregullo saliendo para ninguna parte, se confundía con abrojos lacerantes entre matorrales que nadie arrancaría hasta el fin del mundo.

A la entrada del caserío como si fuera animal de mal agüero electrocutado por cables de alta tensión, los forasteros dieron con un galpón quemado. Persistía en los alrededores un olor intenso a madera ardiendo apagada de pronto por la lluvia; semejando dedales ciclópeos, unos baldes caóticos estaban a medio hundir en el fangal junto a pedazos calcinados de pared, un desagüe espontáneo de lluvia y carbonilla serpenteaba hacia el barranco lateral. El camión en fuga pasó despacio por delante de esos despojos y como una casa más del conjunto, se acomodó en un hueco de la calle cuya aparente firmeza inspiraba confianza. La careta metálica del inmenso Scania era una fachada de utilería, hacia atrás se proyectaba la caja con toldo impermeable desde donde saldrían las primeras carpas. Sólo quedaba esperar que pasare la lluvia y corrieran las horas, el espíritu de cuerpo inicial dejó paso a discretas distensiones individuales, cada hombre se ensimismó en sus pequeñas cosas: empatillar anzuelos, jugar solitarios a las cartas, tallar pedazos de madera con navajas de bolsillo, beber vino tinto con parsimonia, recordar aquello que decidieron olvidar. El joven Gabriel, inhabituado a los rigores de disciplina interior de curtidos baqueanos de campamento, prefirió arrimarse hasta el almacén; había algo en la luz pendular de la entrada y llamándolo parecido a una celada inevitable.

Un tabique de bloques rústicos sin blanquear dividía el recinto en dos mitades, en la primera dando a la entrada y puerta principal, la mujer que parecía no haber sido muchacha con trenzas atendía lo concerniente a fideos secos, jabones de glicerina, tabaco, galletas duras de campaña y otras yerbas elementales. Hacia el costado derecho un piso gris de hormigón lustrado se destilaba en la pieza destinada al consumo de bebidas; se veían allí muchas botellas de unos pocos alcoholes, copas con historia y vasos todos diferentes, algunas mesas, dos de las cuales estaban reservadas a los jugadores de naipes. Una tabla larga apoyada sobre barricas brasileras hacía las veces de mostrador, por ahí había un hombre mayor de edad indefinida, atendiendo a los pocos parroquianos con aspecto de aparecidos del pasado y tirados en el boliche por el temporal. Apenas puesto un pie en el recinto Gabriel se sintió pisando un terreno que existía en otro tiempo y algo abombado acomodó su cuerpo fortachón en el extremo peor iluminado del mostrador. Evitando ostentaciones se sacudió restos de agua persistentes en su campera de tela fluorescente, que allí era incómoda extravagancia; pidió caña, el patrón le sirvió y permaneció a su lado, Gabriel bebió de un envión la primera copa, el viejo volvió a llenarle el vaso hasta el borde sin que le fallara el pulso mi decir una palabra.

El estudiante de medicina capitalino recibió de sopetón la incomodidad de esa presencia cercana, considerando que lo sensato para sentirse bien era decir algo.

-Qué lluvia don, comentó Gabriel y apenas lo dijo escuchó en lo dicho una tontería de las grandes, pésimo comienzo para entablar un diálogo.

-Si, respondió el patrón, mirando de soslayo hacia el exterior como si recién viniera de enterarse, sorprendido, del bruto temporal que había afuera y estremecía el boliche hasta los cimientos.

Buscando recuperar terreno perdido en el debut, recordando la catastrófica visión del ingreso al pueblo Gabriel creyó ser oportuno cuando sentenció con aire de conocedor:

-Suerte por lo del galpón.

-Lástima por lo del muerto, fue la réplica del patrón.

Sin agregar ni una palabra más el viejo levantó el cigarrillo armado que había apoyado en el borde de la madera y se alejó; dejó flotando en el aire húmedo el aroma inconfundible de un tabaco negro intenso, la sensación para el forastero vestido raro de haberse metido en algo desconocido que ya lo incluía.

La lluvia persistía en caer como parte perpetua de la naturaleza, algunos hombres de la expedición prefirieron quedare todo el tiempo del diluvio entreverados en las apariencias caprichosas de la baraja; otros más añosos se metieron en un monte cercano, de donde regresaron horas más tarde con algún bicho ahogado, prueba de su mala fortuna y sin haber disparado un solo tiro. Si se concede aún que el río es algo parecido al tiempo, la lluvia era un reloj que inició en Gabriel una de las horas más densas de su vida. Las pocas veces que intentó reconstruirla en su memoria, nunca logró recordar si lo poco rescatado era sedimento calcáreo de borrachera o dudosa remembranza destinada a ser disueltas con el correr de los años. A lo largo de esos días Gabriel tomó unas notas (están metidas por aquí) y que no aclaran de manera irrefutable si el asunto central es la historia del muerto, lo narrado por la voz pausada del viejo bolichero o lo que Gabriel creyó entender de la versión que le contaron; después de todo, que llueva torrencialmente en semana santa es poco milagroso si acaso se viviera en la discreción del silencio. Gabriel, conviviendo ahora entre el dolor de la gente callada dejó su letra escrita para una música sin autor definido; como si una melodía entradora se contara de manera insistente y omitiendo el avance por derecho de autor.

El hombre muerto decía llamarse Serafín Antúnez. Nació y creció en el barrio del Hipódromo de Maroñas por donde se cruzan las calles Besares y Guerra, trotan caballos de nombre estrafalario respirando vapores del amanecer abrigados con mantas multicolores, esquinas donde a la madrugada se escuchan relinchos de los pingos en celo. Vino al mundo Antúnez en el año treinta y nada hizo suponer durante la infancia que algún día terminaría abandonando la vecindad; el botija era macizo y fortachón, liquidado para pensar un futuro de jockey, orejano para seguir la disciplina vareliana de la escuela pública, la única esperanza de su madre -buena mujer viuda y planchadora- era que saliera clandestino de carreras para que zafara del mundo del hampa; actividades donde el barrio venía haciendo meritorios progresos comentados por la prensa, no en hípicas sino en crónicas policiales. Ante la incertidumbre materna que la mujer padecía en secreto, el muchacho creció atraído por la vida callejera e indiferencia al destino aguardando.

Las casualidades, que a veces condescienden a mezclarse con la pobre gente le dieron a la vida chúcara de Serafín un vuelo imprevisto. El muchacho vivía en un mundo acelerado donde la suerte se lo pasaba corriendo, alguna vez llegaba y sólo se la podía alcanzar a rienda suelta, en su historia irrepetible jinete y caballo eran la misma materia los dos en uno, desbocándose sin detenerse en un galope desenfrenado persiguiendo la muerte. Una de las casualidades era atributo personal e intransferible, Serafín tenía boca grande generosa, sonrisa robadora con dientes blancos y parejos de potrillo prometedor, cabeza de alazán nervioso, predispuesta para peinarla a la gomina y ganar por un hocico en el último quinto. La segunda casualidad triste por inesperada y ocurrida durante el año 1936, fue la muerte de Carlos Gardel; este último es un largo cortejo fúnebre todavía en marcha entre la memoria colectiva y sin que puedan avistarse hasta ahora los enterradores definitivos. En aquellos primeros años que siguieron a la muerte del cantor, la negación testaruda del drama en Medellín provocó una avalancha de poses y vestimentas miméticas -sobre todo el sombrero- entre muchachos que soñaban con la pinta del malogrado intérprete. En las esquinas de los barrios montevideanos se veían -de preferencia al atardecer- proliferación de caricaturas ridículas, patéticos disfraces amortajados; algunos de esos alienados sin saberlo lograban reproducir gestos específicos, chispazos brevísimos que nunca encendían a continuidad. De esa procesión mamarracha de títeres abandonados al costado de la cuneta, sólo uno pudo cortar los piolines y comenzó a caminar sin ayuda, marcando paso a paso una certeza de parecidos acentuándose con el correr de los años. Ese muchacho fue Serafín Antúnez.

Desde aquellos días de coincidencias anatómicas y mínimas Antúnez fue Gardel. Al principio excitante, ello le significó un gasto adicional en ropa de calidad comprada en la Avenida 8 de Octubre en la zona de la iglesia San Agustín; le deparó copetines gratis en los boliches del barrio y más hembras de las previstas, veteranas calentadas a alcohol y desinformadas. Mozo manso de buen trato Antúnez era identificado como “el morochito”, de a poco se hizo un lugar en el ambiente, espacio sin codiciar por nadie entre la gente influyente del turf, Si bien la patota pesada de los capos se negó por principio a mantenerlo evitando el mal ejemplo, cada tanto le arrimaban discretamente un dato “seguro” para una carrera del domingo. Que Serafín no abusara de ese privilegio cayó bien entre la gente, que fuera hijo del barrio y de viuda trabajadora pudo que nadie lo considerada de su propiedad. Hasta entonces Antúnez era poco más que una fotografía con movimiento, unos metros enrollados de película sin comienzo ni continuidad, nadie llegaba a formularlo y todos sabían que había en el muchacho algo incompleto e inacabado. Faltaba la magia imposible, una especie de magia como la que se produjo cierta noche de San Juan durante el festejo de una victoria inexplicable para la Cátedra.

En el Stud Toulouse se celebraba el triunfo peleado hasta los últimos metros y obtenido en buena ley del crédito Fogata, el pingo con tiempo de carrera impresionante -sin dar lugar a dudas de bandera verde- se adjudicó el clásico más prestigiosos de la temporada invernal. Esa tarde corrió mucha plata en el momento de las apuestas y la fiesta improvisada de la noche lo confirmó, los propietarios de Fogata estaban pensando en las pistas de Palermo y San Isidro en Buenos Aires apenas despuntara la primavera. El cuerpo de ventaja sobre el favorito de la prensa merecía el mejor asado, el vino embotellado y un poco de música para amenizar. Un trío de guitarreros se arrimó al festejo sin avisar, sabiendo que estaba corriendo plata dulce; discretos, mientras unos a otros de los invitados –también unos colados- se contaban por centésima vez el peligroso arrime en el codo y la inaguantable arremetida en la recta final, los musiqueros se acomodaron en un rincón. Como para ambientar un fondo musical, sin pretender competir con la galopante excitación de los asistentes dejaban caer boleros que estuvieron de moda hace treinta años y sambas populares, esperando que la concurrencia se percatara de su presencia.

Un peoncito bastante bebido empezó la función fuera de programa, fue él quien se acercó hasta Serafín que estaba trasegando vino de damajuanas a botellas opacas; mientras lo contemplaba absorto y vacilante, desde una confusión entendible embarazosa le dijo:

-Déle don Carlos, cántese una, déle… no sea malo, cántese una, déle…

El pobre muchacho de alpargatas, bombacha gris y gorra vasca tenía una de esas vocecitas aflautadas penetrantes. A pesar del bochinche generalizado todos escucharon su pedido, se hizo un silencio molesto que duró una eternidad, en ese tiempo Antúnez palideció del lado de adentro: era imposible retroceder haciéndose el desentendido, excusarse por un dolor de garganta o huir. La continuación de la acción llegó como resorte, desde la cabecera de la mesa principal uno de los patrones, un tipo gordo de carácter avinagrado abandonó su grotesca imitación de jinete ganador, pegando fuerte con la fusta en los últimos cincuenta metros, para gritar sin mirar a nadie en particular.

– ¡A ver ustedes, che, además de pelotudeces de maricones saben algo de tango!

El trío así interpelado permaneció callado, los tres músicos se encresparon como si les hubiera llegado una descarga de corriente eléctrica; sabiendo que de repente se volvieron centro de atención afinaron los instrumentos, reacomodaron requintos, sacaron púas de nácar de los bolsillos de los chalecos, tantearon las uñas exageradas con las yemas de los dedos y en medio del silencio, algún punteo de afinación recorriendo escalas cromáticas pudo escucharse. A la orden de uno de ellos de tez muy blanca -casi tuberculoso- con anteojos de sol oscurísimo de ciego de nacimiento y cicatrices de quemaduras en la mano derecha, arrancaron con brío en la versión patotera de La mariposa y al final de la interpretación apaciguadora los asistentes aplaudieron con vehemencia.

Mientras el trío más tranquilo continuaba con acordes de acompañamiento el entorno festivo se alteró, dando paso de la imagen triunfal de las patas vendadas de Fogata a la gateras del prodigio distinto. De pronto, las miradas se posaron en la espalda de Serafín y el pibe sintió la presión de una exigencia desafiante que podía poner punto final a su sueño de aceptación. Con carpeta insospechada en un muchacho sin mundo se acercó al guitarrista de los lentes oscuros, le conversó algo al oído, el otro asintió y a su vez murmuró breves instrucciones a los dos restantes.

Antúnez dio un paso adelante buscando por instinto el desafío de la luz más potente, la gente que debería tener adelante despareció, transfigurándose en un inmenso espejo donde Serafín ensayó la mejor de las poses que lo hicieron popular; jamás había estado tan idéntico y él hubiera proferido que lo provocaran a pelear a cuchillo ahí mismo, eso nadie lo supo nunca. Las manos de Antúnez empezaron a moverse por sí mismas, Serafín miró al peoncito que inició su tormento y así mismo lo hubiera mirado el Carlos verdadero, el pobre muchacho sintió que era el Carlos de verdad que lo estaba mirando; no había en esos ojos admirados la bronca concentrada de quien está en un brete incómodo por alguien flojo de lengua, más bien la ternura resignada de un soberano generoso.

Sin saber qué pasaría en los próximos segundos, Serafín sonrió demostrando confianza, le hizo una guiñada al peoncito alelado para decirle que el tango que llegaba se lo dedicaba. La introducción musical había comenzado y Antúnez tenía ganas de llorar, se le hizo un nudo en la garganta y de una cuerda larga que se perdía en la infancia, mirando de lejos caballos piafando, viviendo entre la ropa limpia y planchada de los otros, viendo las carambolas del billar del boliche de la esquina, teniendo el paño a la altura de los ojos curiosos, buscando a los gorriones entre las ramas de los árboles; el pasado se anudaba en su silencio y seguro rodaría en poquísimos metros, hizo lo posible para que le brotaran lágrimas de los ojos y un filo de facón de un alguien invisible le reventó las cuerdas enlazadas, desató el tiento anudado para dejar pasar una segunda voz salida de un disco viejo que se metió insolente en los versos burreros de Bajo Belgrano. Los presente en el Stud Toulouse sintieron el golpe de la cos en el costado zurdo, testigos sueltos y curiosos tragaron su saliva atando sus gargantas a la voz milagrosa que volvía de una muerte improbable, en la noche fría, bajo las enramadas tupidas que contenían la helada en vértigo de otra noche de julio.

“Don Martín –le confesó Antúnez años después al bolichero-, aquello fue uno de los sustos más grandes de mi vida. Le juro, nunca había cantado antes, nunca pasé de escuchar la radio como cualquier hijo de vecina, desconocía que sabía las letras, entradas a tiempo, entonaciones y menos que pudiera salir de mi garganta esa voz cuando cantaba. Que no era de Serafín Antúnez… no era él.”

Como la gente quiere creer y si se trata de un milagro mejor, la gente creyó; poco importaban los detalles, “el morochito” cantaba como Gardel, el hijo de la planchadora era Gardel y a otra cosa.Así comenzó la vida espectáculo de Rafael Dumont, segundo nombre y apellido de quien durante muchos años se habló como se habla de un espectro, un aparecido, no buscó ni tuvo tiempo Serafín para repensar lo sucedido, bastante hizo con vivirlo en carne propia. La necrolatría gardeliana era impenetrable niebla de mercurio inmóvil sobre la cuenca del Río de la Plata; hasta más lejos, allá donde había un público dispuesto a pagar caro el descuido de haberse perdido la actuación del final y gente que ignoraba la muerte en el aeropuerto de Medellín. Montevideo y Buenos Aires estaban en una cruzada permanente buscando la presencia y la voz que pudiera cubrir aquel vacío imposible de llenar, cada pocas semanas reclamaban ese dudoso privilegio fonomímicos, imitadores de tablado, transformistas esforzados; también cantores de los buenos que sin buscarlo, sucumbían al estigma del muerto y declinando sin remedio prometedoras carreras en la búsqueda inútil de equipararse al modelo añorado. Antúnez consiguió el portento de saltar las barreras del escepticismo y hacerse creíble imponiéndose en el cariño popular, ello sucedió al comienzo de los años cincuenta; Perón presidente de Argentina y uruguayos campeones del mundo hacían creer a millones de personas que todo era posible en el reino rioplatense. Inmerso en esa locura colectiva Rafael Dumont dio con un buen agente artístico y trabajó sin interrupciones durante mucho tiempo. En pocos meses hizo el Montevideo todo lo que podía hacerse en la Banda Oriental relacionado al canto; si de la recordada fiesta turfera Fogata nunca llegó a Buenos Aires por fractura de remo delantero -que obligó al sacrificio- Serafín concentró la osadía de seducir siendo oriental la capital porteña. “No sé cómo, entre lo que sentía adentro del pecho y lo que me preparaban terminé repitiendo allá lo hecho por el difunto. Me invitaron a cuanta audición de radio pueda imaginarse, tuve reportajes a doble página en revistas donde salí fotografiado con Mona Maris, canté en un cabaret de Avenida de Mayo mientras a pocos pasos Tito Lusiardo bailaba con cortes y quebradas… en los trasnoches teatrales repetía antiguos repertorios que registraba la prensa de la época. Lo más bravo de tragar fue cuando llegué al premio Carlos Pellegrini del año cincuenta y poco; la afición presente advertida de mi presencia por los altoparlantes, me aplaudía de pie más que a los favoritos en el paseo preliminar y para colmo Leguisamo ganó la carrera. Los burreros y hasta yo mismo creímos que podíamos dar marcha atrás el almanaque impunemente.”

La historia desprecia piruetas osadas y tramposas, a pesar de su incesante representación pública la novedad del doble de Gardel fue perdiendo altura como aeroplano descompuesto. Lo peor para la inexorable cuesta abajo fue la gira de un año por el viejo continente, esa desaparición efectiva sin lágrimas de los escenarios, les recordó a todos quien era el fantoche vivo y quien el muerto antes de la segunda guerra. Dentro de lo previsible el periplo europeo fue satisfactorio si bien el número de Dumont derivase a tendencias grotescas humillantes, con espuelas enormes y sonoras, trajes camperos floridos llenos de colorinches, algún zapateo torpe remedando el malambo pampeano brindando al conjunto un toque exótico y sauvage. Al regreso de la gira Antúnez supo que también él estaba muerto. “Una noche –contó- en una parrillada de medio pelo en el barrio de Flores, estaba cantando el último tango de la segunda vuelta y alguien de público me gritó “callate… payaso.” Desde ese momento me negué a subir al escenario y nunca más canté.”  Fue cuando el hombre supo que tocar tierra es más peliagudo que seguir cayendo hacia adelante, dijo que se tocó la cara, estaba insensible y vio restos de maquillaje sobre la repisa del camerino dibujando una casa deforme, la usada de prestado durante los últimos años. “¿Que me quedaba de Serafín? Nada, algo parecido al recuerdo, entrevisto más allá del vapor caliente de la ropa recién planchada.”

Desde muchacho el hombre fue otro, de ahí para adelante le sería arduo seguir siendo aquel que con esfuerzo deseaba reencontrar; sólo podría intentar cambios radicales, cortarse el pelo de otra manera, dejarse crecer el bigote, fumar tres paquetes de cigarrillos por día moldeando la voz de canceroso y que los dientes amarillearan hasta pudrirse. El manager le dijo: “la cuenta del Banco si la cuidás te da para ir tirando un par de años. Pibe, contigo gané plata, algunas noches muy tarde y borracho me lo creí. Nunca te robé, pasamos buenos momentos juntos y ahora te quedas más solo que un perro. No vuelvas nunca más a verme, puede ser jodido el reencuentro… cuidate y suerte.” Eso fue en el año 1958, cuando el Partido Nacional ganó las elecciones, antes de las inundaciones que casi ahogan al río Uruguay.

“Serafín –contó en una de las noches el viejo- hablaba sólo de los años de extraña gloria prestada mientras lo suyo era lo más parecido a la vida. Después don Gabriel… hay doce años de profundo silencio. El mozo, cuando estaba contento me esquivaba el tema de ese pozo, diciendo que si veinte años es nada poco importaban una docenita.” Fue así que varias horas de conversación entre Gabriel y Miguel emigraron lentas, llevándose probables capítulos plagiados de una biografía apócrifa, cosas que le pasaban a Serafín y le sucedían a uno de los espectros de Gardel que todos querían conocer para despreciar mejor. Así era su vida, nunca hubo reincidencias afectivas ni segundos encuentros con mujeres y amigos, ante el hombre sin identidad de apariencia falsa, deslumbramiento ante la estampa y desprecio por usurpación sucedían en el mismo encontronazo. La gente en su pérfida tontería buscaba en Antúnez –sin importarle quién diablos era Antúnez- a Gardel encarnado; soportaba mal encontrar al final una réplica y admitir la ausencia definitiva del cantor: lo que lograba el doble irreal era triplicar la ausencia. Ese cuerpo intruso debía ser un autómata mecánico, reflejo usurpador, truco burdo de curandero, intangible oasis tanguero incapaz de saciar la sed que nadie lograba formular, similar al ahogo del moribundo asmático quedándose sin aire en los fuelles.

«Lo embromado, pobre muchacho, era que en medio de todos esos años de vida prestada le pasaban cosas que lo hicieron dudar, me entiende, si no se estaría volviendo mal de la cabeza. Una vez le menté retorcidas jugarretas del maligno vistas bien de cerca por estos ojos. Ni siquiera me escuchaba, afiebrado de imágenes contaba sucedidos dudando él mismo si los había visto. En ciertas ocasiones, me confesó, recalaba en parajes nunca visitados antes y le parecía estar en verdad regresando. Una vez se llegó caminado hasta una casona perdida del Paso del Molino, era pleno mediodía de un verano sofocante, la hora de las cosas vistas con entorno tembloroso, cuando ni los perros se animan a estar en la calle, otro día más de deambular sin sentido, pegado a muros de casas viejas, escuchando sonidos caseros de la hora del almuerzo, cuando lo reclamó con fuerza el hueco tentador de un zaguán distinto, en el que la luz ni siquiera entraba por una de las puertas entornada. Cuando Serafín entró, del fondo del corredor que terminaba en patio interior con claraboya y macetas de malvones, alguien o algo, una sombra sentada en un sillón con hamaca lo saludó levantando una de las manos. Devolvió la gentileza del desconocido sin avanzar ni un paso para ir a su encuentro, pegado como estaba a las primera baldosas supo que lo por hacer ahí estaba hecho, nada más quedaba que salir al sol de la vereda y derretirse bajo la luz caliente ajena a este mundo. Si bien el episodio con su falta de sentido pareció marcarlo, él nunca intentó volver a reencontrar la sombra; perdió la pista que lo llevó hasta dar con el patio, el sillón que se mecía, la calle escondida del Paso del Molina. «Aquel mediodía, cuando bajé el escalón de la casona pisando las baldosas grises de la vereda miré el suelo y ni sombra tenía.» Decía el pobre hombre sin ubicar bien lo sucedido, ni en su pasado ni en el futuro. Yo le decía para tranquilizarlo: muchacho, usted debe entender que vivió por años una timba peligrosa. Ni así largó prenda de esos doce años de silencio… ni así.»

Nadie desaparece doce años como si hubieran apagado la luz, lo metieran en el fondo de un aljibe y lo mandaran al último rincón del Canadá. Entre copa y copa, el viejo y Gabriel rellenaron esos años de vida sin Antúnez de las maneras más insolentes, acaso irrespetuosas. Primero le dieron cárcel; en una última actuación jamás declarada y venido a menos, estando borracho Serafín tuvo un lío con un espectador burlón y sin mediar palabra lo cosió a puñaladas, buscando de paso matarse un poco él mismo. Segundo, lo metieron de cuidador en el cementerio de La Chacarita en Buenos Aires; Antúnez era el desconocido que a diario le cambiaba el cigarrillo a la estatua de Gardel. En tercer lugar lo instalaron con su modesto capital rescatado cuando se retiró, en un barrio suburbano de Montevideo donde nadie conocía pormenores de su dicha pasada; cumpliendo el sueño de la madre se hizo clandestino de juego, cumplidor y respetado. Cuarto: se asoció con un fotógrafo bandido de la calle Ituzaingó para hacer las fotos de Gardel que la historia dejó sin revelar, contribuyendo así a que la mayoría de las imágenes que circulan del ídolo popular –habría que verificarlo- sean falsas, con lo cual la gente venera la estampa retocada de Ricardo Dumont. «¿Por qué no pensar –dijo el bolichero- la supervivencia de Gardel también como obra secreta de Serafín? Más que el doble fue una segunda vida que se le ofreció al muerto, los años de yapa ofrendados al cantor son lo que todos necesitaríamos, como mínimo, para no terminar muertos del todo.» Una quinta apuesta fue que se metió en las selvas del Río Grande del Sur, dejando que el tiempo, alguna pelea provocada y voces abrasileradas terminaran de borrar de su cabeza gachos grises, sacos cruzados a rayitas, polainas de botón y le hicieran cantar que las horas que pasan ya no vuelven más. A pesar de apostar a todas las chances anteriores, los doce años siguieron orquestando un profundo silencio; las posibilidades amontonadas en la fiebre del temporal y del recuerdo, fueron insuficientes para explicar su reaparición en el tiempo fugaz de los mortales.

Ford Trimotor F-31

«Apareció igual que un enorme albatros perdido en abril del año 70, lo recuerdo con precisión porque llegó junto con la caravana de la vuelta ciclista, el único año en la historia que fuimos final de etapa, de pedo. Mire usted, hace de eso justo tres años… fue la despedida del mundo antes que nos llevaran el carretero varias leguas p’al costado. Vino el hombre a pasar una noche y se quedó sin fuerzas para despegar al amanecer con el resto de la caravana. A los pocos días de andar dando vueltas arrendó una pieza, sin despreciar nada se puso a trabajar en lo que iba encontrando y de tardecita se dejaba caer por el boliche. Haciendo cuentas calculo que tardó dos años en animarse con la confesión. Sin apurarlo durante ese tiempo lo esperé, tarde o temprano ese hombre, con cara de renegar de sus facciones y del pasado terminaría abriendo la boca. Así pasó pues y usted don Gabriel es el primero en conocer lo sucedido. Ni creo ni termino de descreer… Antúnez se sentía bien en el tardío aflojar de los nudos del alma. Nunca mostró nada concreto para probar sus decires escénicos ni se lo pedí, el hombre imponía el creerle su palabra y tenía razón. Cuando al fin se sacudió esa carga de encima pareció estar mejor de ánimo, hasta reformó un galpón para iniciarse en el negocio de la lana. Era hombre serio y estaba clavado que todos le darían una mano a la hora de la verdad.»

Esta última charla fue el jueves, cuando el cielo empezó a abrir. Gabriel estaba decidido, por lo vivido los días anteriores en medio de la lluvia a quedarse el resto de la semana afuera del monte, con una buena gente del lugar consiguió arreglar el hospedaje por tres días. Le dijo al resto de la barra que pasaran a buscarlo el domingo porque estaba indispuesto; ayudado por faroles asmáticos, nubarrones amenazantes y caña pegadora él ingresó al éxtasis de una escucha obsesiva que no deseaba ni podía abandonar. Recién ahí Gabriel se percató de que el viejo tenía una rara habilitada para atender las mesas, observándolo al disimulo entre la luz mortecina de lámparas a keroseno y el humo de fumadores. Miguel parecía un maestro de los trebejos jugando partidas simultáneas, en cada pasada para llevar vasos vacíos el viejo intercambiaba unas palabras con cada parroquiano, parecía retomar historias distintas encontrando en las vueltas incesantes un «¿y?» ansioso e ingenuo, al que le daba la más sorprendente y justa de las respuestas. La continuación precisa inconclusa antes de desprenderse de la mesa, mientras el otro, junto con el alcohol recién servido hasta desbordar el vaso, paladeaba en su interior una cabriola de la imaginación dejándolo perplejo; a pesar del descubrimiento de la estrategia narrativa, a Gabriel le interesaban en prioridad los desplazamientos interrumpidos del Serafín. El próximo encuentro con Miguel quedó convenido para el viernes en horas de la noche. «Es más tranquilo» argumentó el genio telúrico de las botellas, que en tiempos mejores pudo haber sido un gaucho.

Más por tradición culposa que convicción espiritual, al mediodía del viernes santo Gabriel compartió con otros forasteros una cazuela de bacalao con papas, garbanzos, galletas de campaña y un vino áspero difícil de desprender del paladar. Comió como desesperado con hambre de finales, repitió varias veces de la olla y el resto de la marítima digestión durante la siesta soñó la prodigiosa vida de Antúnez, como si fuera lo más importante del mundo para resucitar en el transcurrir pasional del viernes santo. La noche convenida Miguel ubicó a Gabriel en una mesa desde la que se podía ver la calle a través de una ventana que desentona, redonda como ojo de buey más apropiada para una casa levantada frente al mar. El viejo le pidió esperar, dejó sobre la mesa una botella de caña con butiá sin abrir y dos vasos iguales, distribuyó entre los cuerpos nocturnos del boliche la combinación sedante de bebida y palabra y cosa rara encendió la radio; lo que aterrizó a Gabriel en sonidos conocidos de una Montevideo lejana de sus pensamientos a pesar de las escasa horas de viaje que de ella lo separaban.

En ese momento mágico de soledad suspendida e ignorancia de verdades elementales, fue cuando Gabriel decidió irse a vivir a un pueblo del interior en cuanto tuviera su diploma de médico; en ese instante plural entró al boliche un niño de siete años vestido como peoncito con boina de vasco y alpargatas, cuando alguien gritó en una de las mesas una flor de truco, en el momento cuando un hombre curtido por la intemperie, con la última pulgada de un pucho armado entre los labios se ladeó recostado al mostrador pidiendo otra ginebra; y a él le vinieron ganas de ver a Ricardo Dumont agradecer canchero sobre el escenario de un teatro del centro, mientas se acallan lerdos los aplausos de los reos del gallinero.

«Después de todo hay poco misterio y aquí amigo Gabriel me quedo sin más datos. Soy el primer sorprendido, lo mismo le pasa a la buena gente que conoció estos últimos días. Fíjese que durante el sábado pasado lo vi nervioso al Serafín, conociendo el paño evité incomodarlo con preguntas de viejo metido. A pesar de la poca gente que se arrima por aquí, al ser sábado había trabajo. Ni me preocupé cuando lo vi pasar delante de esta misma ventana desde donde puede verse ¿ve allá? el fondo del galpón donde ocurrió la desgracia. Eso sí, estaba empilchado raro… usted me entiende don Gabriel… como en los viejos tiempos que había contado. Me dije: todo hombre tiene el derecho del mundo a mamarse hasta las patas, cuando quiera y sin dar explicaciones a nadie además de su conciencia Pensé para mí: el hombre hace un tiempo que vive entre nosotros, sin recaída ni un mal gesto, si quiere mamarse que se mame… Ni yo ni nadie podía adivinar el resto. Seguí en lo mío olvidándome de Antúnez, a eso de las diez era noche cerrada y por eso se destacaba el resplandor reciente. Era el galpón de Antúnez, sin duda. A esa hora estábamos despiertos pocos en este pueblo de pocos, cuando arreció el chisporroteo oído clarito desde aquí supimos que nada podía hacerse, apenas el amague de arrimar unos baldes de agua y compadecernos por la mala suerte del amigo. Los pocos despiertos nos acercamos al galpón a toda carrera, desde el fondo las primeras llamas que divisamos iluminaban una chimenea de humo denso y espeso, un fuerte olor de alquitrán más que lana quemada. El portón principal estaba entreabierto, fui el primero en entrar pero apenas pude avanzar un par de metros, tropecé con bidones vacíos de nafta y unas estopas empapadas que eran un peligro, el calor era insoportable, aquello se había vuelto un infierno, como pude usando así la mano como ala de chambergo alcancé a distinguir algo que nunca olvidaré. No podía ser y sin embargo era. La armazón de un aeroplano hecho de madera y papel del que se usa para los carros de carnaval ardía en ese hangar improvisado. Al instante adiviné dónde estaba Serafín, pude imaginarlo atado con cuerdas al estómago del avión de mentira ardiente como para que ninguna movimiento lo salvara; imaginarlo cuando comenzó a rociar el traje con nafta, lento como si se estuviera perfumando con agua de colonia; verlo llenarse la boca con trapos sucios para que los últimos gritos no se parecieran a nada ni a nadie. Las llamas llegaron pronto al techo, que se derrumbó en un único estruendo dejando pasar el aguacero con toda impunidad, de puro milagro los tirantes cayeron lejos del aparato que, a medida que ardía se retorcía sobre sí mismo igual que esqueleto de vaca. Los testigos quedamos mirando hipnotizados el final de la tragedia, unos gotones de lluvia me golpeaban la cabeza haciéndome entender que eso no fue un sueño. Al rato quedó delante nuestro una masa de papel quemado, emplaste repugnante de engrudo mojado y alfajías de estructura crocantes como leña chica. El precario fuselaje había desaparecido, las alas de juguete se esfumaron; eso sí, la cola entera del avión se desprendió quedando intacta en el suelo, parecía un barrilete de gurises a punto de remontar. El cuerpo de Antúnez era una brasa de raíz deformada, entre pedazos de paño chamuscados asomaba una dentadura blanca y que recordaré mientras dure lo poco de vida que me queda. Ya lo ve amigo Gabriel… tres años conviviendo con un hombre y cuando empieza a conocerle algo de la vida, uno se percata que ni siquiera llega a entender la muerte de los otros. Quien le dice –siguió hablando el viejo Miguel-, capaz que Antúnez se pasó los doce años de silencio subiendo a aeroplanos de colección en modestos museos aeronáuticos de campaña, esperando que alguno se incendiaria cuando él estaba en el asiento del piloto y nunca se le dio. Quien le dice que aquella noche que abandonó la escena en Flores, en verdad le gritaron “matáte… payaso” y esperó esta semana para arder en su propio circo del aire pobre, de pueblo chico con la ayuda involuntaria de un viejo hablador, durante una única función que resultó primera y última, entre pulgones, arañas de galpón, comadrejas asustadas, un montoncito inservible de cueros de oveja.»

Cuando ya no quedaba caña en la botella, Gabriel salió alienado a recorrer el tablado de la tragedia que venía de escuchar, el viejo lo siguió caminando despacio; encontró al final paredes quemadas, un montón informe de ceniza mojada, el estuche vacío de guitarra española. La cola del aparato no apareció por ningún lado como si hubiera levitado por miedo a ser una reliquia. Gabriel preguntó con insistencia por esa supervivencia del fuego provocado y el viejo comentó: «Mire don Gabriel, de los aviones aunque sean de mentira y de los cuentos cuando son de verdad a veces los finales se pierden.»

Era tan cierto como que la semana de turismo se inventó para salir al campo a emboscar liebres y olvidarse de la cacería de historias a medio quemar; imposible conocer con certitud cuánta imaginación ardió aquel sábado antes de medianoche, cuáles fueron los mojones de alcohol y atardeceres que atravesaron Serafín, el viejo Miguel y Gabriel. Como cada tanto los diarios y la televisión inventan un nuevo doble de Gardel lo escuchado puede pasar como verídico. Cuando Antúnez murió -si los cálculos son correctos- tenía cuarenta y tres años; en el barrio del Hipódromo de Maroñas donde había nacido a pocos veteranos el nombre del suicida todavía le aletea en la memoria, eco lejano sin alcanzar a escucharlo del todo, «… después de treinta años…. ¿está seguro que era de por aquí? Serafín Antúnez, Serafín Antúnez…» y desarmao por la pregunta el hombre interpelado se aleja pensativo, mientras un zorzal, guacho y solitario, canta feliz en el silencio de la tarde desde las tupidas ramas del paraíso ese, poblado de caballos.

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta

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Una mujer, debe ser, soñadora, coqueta y ardiente
debe darse al amor, con frenético ardor
para ser una mujer

Paul Misraki y Ben Molar

ttmu tgmmmmmm ssshhhhunttt jok jok jok jok uq uq schasshh ubkirt ubkirt ion ion katum atumm tummm tum tum ummm umm mm … esta pretende ser la verdadera historia de la tragedia doméstica de mi querida prima Anastassia Lizavetta contada por mí mismo y ese ruido que escuchamos con el pensamiento es el ascensor de la Torre L del complejo habitacional Parque Posadas, erigido en el corazón vegetal de la ciudad. El drama familiar comienza con ese sonido irrepetible llegando desde lejos, retumbando en mi cerebro cada vez que pienso en ella y su desolación espiritual, impresión intensa por dolorosa dejando la traza indeleble en mis sentidos. Repasando los eventos atroces que ella protagonizó hace algunas semanas y para redactar la crónica aproximada de lo sucedido decidí venir a vivir una temporada al edificio donde ocurrieron los hechos. Hubiera querido hacerlo en el mismo departamento condenado hasta impregnarme por completo de lo ocurrido; los médicos consultados lo prohibieron, los nuevos inquilinos y mi sentido común lo desaconsejaron. Así resuena en mi interior la primera frase rítmica del ascensor de la memoria cuando el mecanismo se reactiva luego de algunas horas de reposo.


En estos bloques de habitación son inconfundibles los ruidos del ascensor en funcionamiento, contrastando con el silencio pesado de la Torre descansando hasta el final de la noche. Es la hora cuando logro concentrarme mejor, mientras busco hundirme en aquella jornada irrepetible que intento revivir con mis propias palabras, está ahí cerca moviéndose el monstruo reiterado, la canaleta acústica con cables de acero engrasados y mugre adherida. Pasaron varios meses desde el último mantenimiento, los motores fatigados que nunca se detienen del todo pueden enloquecer a cualquiera que tenga la cama junto a las cajas de los elevadores y la audición hipersensible; alguien atento que capte el lenguaje reticente de paredes medianeras, conductos del baño y palpitaciones de la noche monologando. Fue por otra razón que un ruido de engranajes cansados parecido a ese fue Anastassia Lizavetta se despertó aquella precisa madrugada, era innecesario consultar la radio reloj sobre la mesita de luz. Serían las cinco de la mañana o puede que las seis menos veinticinco a más tardar, tanto daba y era igual: ella lo comprendió sospechando lo terrible mientras la pesadilla se detuvo y supo que sería imposible volver a dormirse. Creyó despertar del último sueño que tendría en vida y decidió quedarse en la cama pensando en sus cosas, como hacía otras mañanas cuando despertaba así de súbita conciencia y sin haberlo decidido el cuerpo. Con pocas horas de reposo profundo, a la hora de la cena del jueves y habiendo ido al centro a trabajar seis horas ella sería una piltrafa humana; hasta alcanzar ese agotamiento faltaba un día entero y distinto en la vida de mi prima, una jornada particular sumada a la fatiga y otras preocupaciones inherentes a lo habitual.

Esa mañana, donde intento incrustarme como si hubiera estado presente presenciando los hechos ella tiene treinta y dos años. A veces como hoy le da por pensar que la vida -en lo que aparentaba de excitante y promesa de final feliz- terminó alguna madrugada anterior bien distante y extraviada, confundida en el depósito de noches pasadas sin que fuera advertido en su momento. Distracción, engaño o coincidencia, mi prima sentía que tenía cincuenta y pico de años de recuerdos, más de los necesarios para guardar el equilibrio emotivo. Apreciación relativa a la edad errónea pero muscular y epidérmica, sobre todo epidérmica; estaba en un momento de la vida cuando se comienza a considerar seguido que la juventud pasó rápido -sin haber dado indicios de retirada- y resulta tarde para lo que sea, la edad indefinible de los números primos cuando se comienza a ser dos personas a la vez. Nadie le advirtió a mi prima adorada que la juventud pasaba así de rápido, las personas mayores repitieron para ella la patraña relativa al estado de ánimo vigilante mientras la esperaban en la edad adulta, burlándose luego de su credulidad dándole la bienvenida al fracaso. Madurar era eso pues, tomar conciencia de los años perdidos y al diablo con la experiencia acumulada; que los días fueran parecidos gracias a dios y sobrellevar sin histeria el habituarse a un cúmulo de rutinas, las que cada ser organiza a su imagen y semejanza buscando salvarse hasta que sobreviene lo terrible nunca especulado.

Sin proponérselo mi prima había merecido hasta esta mañana el estatuto “normalidad” como estado general, la madre le habría dicho -si entre ellas la comunicación hubiera sido fluida de no morir antes de concretar la tan mentada charla postergada ni callado cuando más la necesitó- que debía de dar las gracias a Dios y a la Virgen por haberla alejado del miedo a la miseria. Temor prematuro que la perseguía desde niña y la acompañó en pesadillas del crecimiento. «Tengo miedo de ser pobre» le decía mi prima a la madre cuando de chica se despertaba sobresaltada como hoy. Mi pobre tía que en paz descanse, sin saber qué responderle pensaba «vas a sufrir mucho en la vida mi querida hija Anastassia Lizavetta» y así fue.

La semana del búho

Levante la Fama su boz inefable,
por que los fechos que son al presente
vayan de gente sagbidos en gente;
olvido non prive lo que es memorable.

Juan de Mena

Lunes

Lo que sigue está lejos de ser el relato de un sueño de verano y menos primer asiento del dietario difuso donde consten egresos a pérdida del tiempo. Una escasa semana de vacaciones es la ocasión menos propicia para la disciplina de evaluar el pasado y ponerse a imaginar situaciones originales; este comienzo intrincado y mis ganas de comenzar, son desenlace de la evocación que viene visitándome desde hace días con insistencia mientras ingreso sin pena ni gloria en la cincuentena. Quiere ir escribiéndose ella sola, aprovechando distracciones de la atención, camuflándose en la ingenuidad que permite un cuaderno escolar.

Nada puedo hacer para contrarrestar ese mandato excepto dejarla convivir con el presente, neutralizar su tendencia a ser obstáculo volvedor en mi vida futura; si bien resulta la última ocasión que tienen algunos episodios queridos de salvarse, dejados atrás por la avalancha de olvidos neuronales en la que estoy sumido. Es a excluir que me tiente la empresa de remontar la memoria con método, mi vida carece de pasiones complejas, aventuras extraordinarias e incluso el entrevero menor con eventos históricos -digamos que notorios- de las últimas décadas en el país y la mía es trayectoria carente de interés. Estando solo, a veces vienen al pensamiento en movimiento recortes de existencia sueltos, huérfanos de continuidad, relámpagos de nostalgias alumbrando por escasos segundos paisajes reconocibles. El recurrido espejo al costado del camino fue pisoteado muchas veces y en tanto transcurren los siete años de calamidades prescriptos en razón de tamaña torpeza, me asigno el trabajo nada titánico de juntar esquirlas del olvido.

Estas mañanas de sosiego incierto, decidí que me sorprendan juntando piezas del rompecabezas que nunca será armado como infiero de antemano. Un día serán pedazos de cartas nunca enviadas, otra mañana daré con el ritmo informal de una charla entre amigos en un bar; alguna vez, la costumbre de leer hará que lo redactado durante dos horas evoque la primera versión de un cuento confuso. Debo hacerlo de tal forma –casi serpenteando- para que dentro de veinte años pueda incluir las notas bajo el rubro ficción en el libro que jamás escribiré, haciéndole creer al lector irreal que se trata de un cuento y está leyendo un relato no obstante las advertencias en contrario.

El cuento de marras podría empezar así: había una vez hace muchísimo tiempo un querido amigo que se llamaba Jprge Cuinat. Es la evocación del génesis que me incita a enfrentar un recuerdo anterior, me lo permito porque a Cuinat como si ahora mismo lo escuchara, le hubiera gustado conocer una historia parecida. Sería de las pocas personas con una curiosidad alerta y la voluntad de rastrear el sentido simulado detrás de palabras altisonantes; luego de advertir el señuelo de retórica negación en la primera frase de la semana, él seguiría leyendo. Del resto de la gente tengo dudas, incluso admito sin rencor su decisión de detener aquí mismo la lectura, cerrar el libro inexistente y ponerse a mirar por la ventana lo que pasa en la calle.

Lo que sería peor para nosotros dos querido Jorge (desde ahora escribo sólo para ti que estás muerto) es que además de condenarnos como tipos carentes de interés, ellos opten por sacar del bolsillo otro libro sustitutivo y es probable que de Sam Shepard. Te adelanto que las gasolineras abandonadas del desierto Mojabe, los pastos secos que ruedan empujados por el viento de pueblo fantasma y en pasos gringos de Estados del medio oeste, los yonkis matándose por sobredosis de crac adulterado en urinarios de Central Park con el walkman sin pilas al costado, son más verdad tangible para los coterráneos que nuestra evaporada juventud oriental.

Con ómnibus nocturnos descompuestos, empleados de mutualistas fundidas yendo en bicicleta a cobrar recibos atrasados, vidrieras percudidas del centro apagadas apenas anochece y una población envejeciendo rondando la veintena tampoco se puede hacer demasiado barullo. Igual les vamos a dar pelea con nuestra historia, aunque aquí abandonen por falta de acción los ansiosos que se lo pierden y quedemos solamente nosotros dos hasta llegar al domingo que viene, enfrentando las sirenas acuáticas del olvido programado. En parte los entiendo Jorge y dos por tres a mí me sucede lo mismo, en los últimos tiempos hay pocos libros que logren interesarme más allá de la página treinta… a propósito: te cuento algo antes que me olvide. El flaco Juan escribió unas magras líneas desde Turín, donde disfruta de una escuálida beca del gobierno italiano para estudiar la obra del maestro Calvino. Una máquina universitaria y literaria complejísima que aquel armó en las sombras, artefacto que no terminé de comprender del todo pero que te hubiera divertido. Ojito compañero: el Calvino reciente de las ciudades invisible y el viajero en la noche invernal.

La imborrable imagen inicial rescatada el primer día de la creación es la estampa inconfundible de Cuinat, la tuya viejo lobo bajando del Talgo nocturno que termina en la estación de Sants de Barcelona. Era invierno y hasta recuerdo el año, yo estaba de paso en dominios de los Berenguer y Prat de la Riva, cuando combinamos para encontrarnos a orillas del Mare Nostrum después de años sin vernos. Llegué a Barcelona para verte y conseguir unos datos confidenciales en la biblioteca de Sabadell relativos a Torres García, que preocupaba a otro amigo también montevideano y fanático de pintor. En el andén subterráneo estaba muerto de frío, abrigado con una camperita de morondanga comprada en las rebajas de El Corte Inglés. Desde allí te vi por primera vez después de tanto tiempo, vestido con impecable abrigo marrón, corbata a pesar de la hora con sombrero al tono, tenías aspecto de circunspecto inspector incorruptible, con el cometido de evaluar a fondo la vida disipada de esa avanzadilla en los límites ibéricos del imperio romano.

Llega así la primera evocación viajando por el tiempo hasta esta casa prestada en Atlántida a pocos kilómetros de la capital, desde aquí contemplo la silueta del viejo hotel REX y donde podría escribirte una carta a París a la última dirección en la calle Tolbiac. De hacerlo eso de la carta, en pocos días recibiría el sobre intacto con el sello de La Poste anunciando destinatario ausente, te hubiera parecido normal si es que estás ahí todavía -como deseo- que en Tolbiac se construya la nueva Biblioteca de Francia con forma de libro. El envío improbable sería un intento insensato por desmentir la rotunda verdad de tu muerte, que llegó tan callando por colapso cardíaco y mentirme que es mentira. Atento Jorge que va sentencia sobada: nos percatamos tarde de los episodios esenciales a nuestra existencia. Ante tamaña obviedad habrías citado a Propercio, una pertinente sentencia de Cicerón salvando la situación inclinada al folletín sentimental, de acuerdo a tu parecer los romaneos de entonces lo dijeron todo y es probable que tuvieras razón. Si un milagro secreto nos juntara a los tres –Juan, vos y yo- nos defenderíamos por el absurdo de tanta tontería que nos invade, imaginando al joven Terencio en la cafetería de un motel de Arizona -con cuatro parroquianos sin contar mexicanos- leyendo a Bukowski, comiendo hamburguesas recalentadas de bisonte con salsa de tomate Heinz y papas fritas aceitosas empotradas en cucurucho de cartulina ordinaria, escuchando música country… acaso una botella de Jacks Daniel’s pudiera salvarnos de tanta ignominia acumulada. Así están las cosas por aquí, nos hubiéramos divertido fabulando aporías no eleáticas sobre la gente que se toma en serio el prefacio a la muerte bebiendo un buen whisky; del inventado con sacrílego esmero por monjes sajones que sabían latín y alcanzaron a Dios ebrios de Fe dentro del canto de Gregorio y si de ti dependiera, distante del bourbon campesino con sabor a mazorca. Con otras lenguas pervertidas tristes derivados del antiguo sajón, sólo se inventar la Coca Cola y el banana Split.

Si es para llorar el poco tiempo que tuvimos para sacar adelante tanto proyecto divertido, cuando aprendimos (vos viejo zorro lo sabías de antes) a relativizar la compleja cuestión del universo fuimos rodeados sin aviso por legiones devastadoras. Los livianos bergantines de la amistad zarparon urgentes a la deriva, emprendiendo largas travesías en solitario hasta encallar en alejados y recónditos arrecifes de los siete mares; donde sirenas tetonas y de clítoris escamados recitan para ellos dulces relatos del horror distante hasta enloquecerlos. Como te gustaba decir, aquí hay mucho verso… es verdad y la culpa es mía. Después de tanto invierno sin noticias tuyas, ahora que te tengo a tiro en corazón y pensamiento quiero dejarte inmóvil en la escritura, haciéndote con las palabras una infalible llave de lucha grecorromana para contarte lo que viene. Con razón puedes reprocharme que dejé pasar mucho tiempo para ponerte al corriente, admitamos que tu recuerdo era remolón y me invadió al descuido por sorpresa, cuando estoy en proyectos menos portentosos que los pensados para nuestras vidas.

Debería comenzar por asuntos sencillos y lugares comunes, el mundo es ancho y ajeno, la vida sigue siendo una herida absurda, veinte años no es nada. Recuerdo que con Juan éramos peritos en despedir amigos, dos tipos entrometidos llamados por una vocación indefinida que organizaban las últimas cenas festivas en parrilladas al aire libre; con aperitivos ingeniosos hasta por ahí, postres atragantados durante los adioses y promesas incumplidas de perseverancia en la correspondencia. Confieso que me costó una enormidad admitir que me quedaba solo; entre extraños y desconocidos sin historia compartida, como el último compatriota que al irse del país tendría que apagar la luz del aeropuerto, perder sin darse cuenta un amigo más, perderlo entre el martes soleado y un viernes ventoso. El juego consistía en ceder terreno ante un afluente de barro, movilizando vacas muertas y troncos desgarrados rompiendo el dique imaginado, arrastrando río abajo centenares de horas compartidas, los momentos irre por petibles y cuperables.

Te quedabas para siempre sin voz mientras se disolvían en la nada combinaciones de palabras únicamente tuyas, como cuando decías “en esta máquina hay mucho verso». A las semanas de partir eras un dígito telefónico de la central Cordón nunca más discado, te consustanciabas con el libro que quedó sin devolver, un número primo de gestos cotidianos jamás serían repetidos, sin quererlo caíste en la prisión de fugas imposibles amurallada con bloques de recuerdo y profundos fosos de memorias, vigilada por animales fantásticos de Historias Naturales Griegas. La delectación del ayer, mi recuperación en soledad de la sombra que fue nuestra amistad no logra suplir la avidez del presente, el deseo de que habites este mundo aunque sea como pastor haragán versado en églogas e inverosímiles bucólicas. Los parientes son débiles como nosotros mismos y la pareja termina cediendo, la resistencia se confunde con la supervivencia, pierde definición de diccionario y cuando los meses se amontonan se vuelven ganas de acertar la rifa de los estudiantes de Arquitectura: casa en Carrasco equipada, auto brasilero cero kilómetro, dos pasajes a Europa por avión.

Se vivió esperando igual que si nos hubiera sorprendido una tormenta de arena en el avance a ciegas por las dunas del tiempo y el sueño dominante era barrer la casa después del temporal. Nadie funda ya ciudades con destino como lo hizo tu admirado Eneas, los predestinados abandonan los pueblos de campaña, la vida agraria se apaga, las praderas son artificiales y se ceban de infelices los monstruos del cinturón urbano. La Banda Oriental fue un arrabal de campamentos armados a guerra escondiendo prisioneros, asediada por tropas infantiles de botijas descalzos, relinchos hambrientos de esmirriados caballos arrastrando carros de basura, proclamando urbi et orbi su condición de cónsules equinos plenipotenciarios de la miseria.

Martes

Era poco probable que a Montevideo llegara un exilado de los que escaparon por poco de un fusilamiento sumario, con la peregrina idea de hallar algo de reposo. Sigo creyendo que el hombre llegó despistado, buena gente te adelanto, un peruano verdadero y a mí de lengua floja para proclamar una Latinoamérica grande y unida, me llevó más tiempo del previsto entenderlo. Cuando digo entender sabés bien a lo que me refiero… no a discutir las tesis de Mariátegui con solvencia irrespetuosa, citar tres versos de Vallejo sobre axilas, piojos y París en aguacero ni entonar déjame que te cuente limeña, sino a comprender cómo funciona la cabeza del otro.

El peruano en cuestión era joven como nosotros cuando éramos jóvenes y logró hacerme sentir un inútil por quejarme de lo que me sucedió durante la dictadura. Mientras escuchaba de alguna manera lo envidiaba, llegué por él a cuestionarme el curso de mi vida pensando si estaba en el lugar donde puede hacerse algo diferente a lo hecho. La vida del peruano tenía sentido tangible ajeno a mi entendimiento sin ser admiración, mirá quién para caer en esas… ni envida que se reconoce enseguida; algo distinto y más en situación te escribo este segundo día para descubrirlo juntos. El tipo era dirigente de una liga campesina de reforma agraria en serio, a la que una redada del ejército le liquidó la cúpula dirigente ala juvenil. Desde ahí me confundo en fracciones regionales disidentes de partido, me pierdo de verdad en una cadena de retoques ideológicos entre el gran timonel chino y la teoría andina del foco. Tenés razón, hubiera sido sencillo averiguarlo; me negué a una indagación solidaria y franca, estaba agotado de explicaciones infalibles sobre razones de la Malinche, el gobierno esotérico de Isabelita Perón, comprender la emigración mexicana en la frontera gringa y la psicología de pingüinos del polo cuando me agotaba entender los rudimentos de mi vida.

Allí estaba el hombre de los Andes amenazado de muerte en su región, en nuestra San Felipe y Santiago donde llegó por una cadena de contactos clandestinos que recorría el continente por el medio, como otra cordillera oculta debajo de la tierra. Lo conocí en una de las reuniones de crueles sábados de proceso cívico-militar en invierno, iniciadas con la alegría contenida de cada invitado trayendo una cosita para picar y al final con gente tirada por los rincones, noqueada por discos repitiendo músicas compañeras de vino suelto y recuerdos discretos. Era complicada administrar el efecto de tales encuentros, de improviso, necesitándolo, aparecían relatos calmos y enervados de peregrinaciones a cuarteles del interior del país, para hablar unos minutos con un familiar si al comandanta a cargo se le antojaba; llegaban noticias vagas de amigos dispersos por el mundo y nadie estaba contento en su piel. Cómo sería la situación, que borré de la memoria los cuentos de la mayoría de quienes estaban esa precisa noche del mes de julio que te vengo armando.

Aquello parecía La batalla de Argel de Pontecorvo, uno llegaba conociendo bien a unos pocos y al resto lo tenías manyado de oídas. Si la máquina se armaba entre gente de oficio, de teatro por ejemplo, el que caía en la conversación sin experiencia, al principio se sentía sapo de otro pozo, que al final fue una profesión tan digna y respetable como cualquier otra. Uno llegaba a esos oasis de la noche buscando espejismos de esperanza y olvido, yo con botella de vino, un paquete de empanadas caseras rellenas de carne con pasas de uva. Cada envoltorio hacía las veces de ofrenda distinta y todos lo mirábamos codiciosos, como si adentro hubiera efebos, doncellas y hermafroditas predispuestos a una orgía que como las mejores cosas de la vida debería ser romana. En consecuencia de tal política tributaria sin planificar, se disponían sobre la mesa del comedor de la casa designada un montón de botellas diferentes, si había como plato fuerte de la velada ravioles con estofado, uno comía el primer plato con pan y vino tinto; por más buena voluntad del colectivo el segundo plato venía con moscatel y grisines. ¡Anárquicos excesos de la crisis!

«Así que sos conocido de…» era la frase usual en las presentaciones de entonces, la llave abriendo cavidades de memorias ajenas, iniciando conversaciones, buscando a ciegas hasta la aparición de tal huelga general o aquel partido (final de sudamericano, Uruguay 1 Argentina 0, estadio Centenario de Montevideo, nocturno gol de Virgilio a Roma ¡atletas con nombre senatoriales Jorge! en el arco de la tribuna Colombos, verano de 1967, clásico de antología) cuando coincidimos en las gradas con el desconocido que veníamos de saludar. Si estaríamos jodidos por aquel entonces, que por una pavada de casualidad creíamos tener el salvoconducto para todo tipo de confidencias, un frontón de pelota vasca dando y aguantando, estábamos ahí para ser nosotros también el extranjero.

Cuando cerca de medianoche llegó el tal Patricio a la reunión desconfié de primera, traía una botella de pisco Control, la cara distante en épocas de desconfianza marcó el inicio de mi recelo, viendo usurpados códigos compartidos en los que me hallaba cómodo hasta el momento. Era la suspicacia ridícula ante un americano verdadero, nos contaron tantas veces la pamplina cierta de que los orientales bajamos de barcos y estamos aquí implantados enfermos de europeísmo, que uno termina por creerla, destilando la defensa soterrada de conductas maniáticas xenófobas. El peruano era individuo de pocas palabras, me irritaba su silencio de cordillera y antes de intercambiar dos frase sentí su distancia como cuestión personal. Después del primer round de estudio y aprontando las depresiones nostálgicas sin redención, hacia las tres de la madrugada nos sobreviene a los orientales la verborrea lúcida de corral, superponemos brillantes aportes a la cultura humanista en general con la interpretación de los sueños para la quiniela y si hay una audiencia resignada, despacharnos con nuestra irrebatible tesis sobre la filmografía polaca de los años cincuenta.

En esas horas intermedias se puso a funcionar la máquina, bastó que Patricio contara –puedo escribirte que lo hizo con sinceridad- sin ponerse en actor dramático de pacotilla alguno de los terribles episodios de la vida minera y campesina de allá, para que captara como un imán la atención, concitando una solidaridad unánime por la desgracia de sus hermanos de sangre. Una compañera predispuesta a la veta política sensible quería llevárselo a la cama o sucedáneo -se le notaba- para ahondar sin trabas intelectuales ni teóricas pequeño burguesas las raíces indigenistas de su sexualidad inconclusa. Cierta voz docta de barítono, que nunca falta cuando se reúnen más de cinco compatriotas, desde su puesto de observación sobre un mullido almohadón artesanal de Manos del Uruguay, decorado en graciosa coincidencia con guanacos rectangulares de cooperativas lanas multicolores, comenzó la evaluación del cambio en general y su articulación en el caso concreto considerado e instruyendo de paso al visitante; otro, más tímido pero igual de astutillo, se embarulló en las opciones evangélicas de la teología de la liberación y potenciales redentoras de la comunicación alternativa. Era un enorme malentendido arborescente, si bien comenzaba a disfrutar las irreverentes evoluciones del encuentro pluricultural no podía meter la cuchara de ninguna manera, por carencia e información sobre cuestiones tan ajenas a mi cabeza y luego por móviles subjetivos menores.

Sabrás que desde mi llegada a la reunión sin mi aquella de entonces, resulté permeable al parpadeo deslumbrante de la ninfómana cósmica que te referí líneas atrás. Ello justificaba erigir una plataforma indigna y desde donde conformar un orillero rechazo por Patricio, por otra parte venido de tan lejos. Bastante tenía con lo sucedido en casa terminando una semana de mierda para encima asumir, sin comerla ni beberla, la cuestión minera de un cerro conflictivo perdido en el interior peruano. Audaces fortuna jovat me dije y pasando sin transiciones de la teoría a la praxis organicé la contraofensiva, su recuerdo me produce todavía vergüenza sin negar que en su momento la disfruté. Mientras la reunión seguía concentrada en cuestiones trascendentes, yo me dirigí al rincón donde estaba el pasadiscos. Luego de buscar con perfidia de cínico deforme, coloqué la púa sobre el surco de una versión insultante de El cóndor pasa Ray Coniff orquesta y coros. Terrible y lamentable, un mamado despistado creyó que lo mío fue iniciativa simpática y banda sonora del film que nos contaban en versión original; el peruano que de gil no tenía un pelo captó la provocación al vuelo, valga la imagen habida cuenta de la música concernida. El perfil político de la conversación estaba hecho añicos y la anécdota del peruano desprestigiada, Ana María se acercó y me dijo al oído «adorado mío»… ahí supe que las consecuencias de mi iniciativa serían duras de pagar. Patricio se marchó a la cocina, la ninfómana causante del desaguisado por su excesivo interés, traducido en atención exclusiva con aroma a entrepierna mojadita, también aterrizada de emergencia del éxtasis andino, me miró con desprecio de fiera como al último machista del planeta, deseando que allí mismo por maldición de brujería aymará se me secaran los cojones como pasas de empanadas. Adiós esperanzas vanas. Ninguna victoria es completa ¿cómo lo traducirías al latín?

Dos caballeros desparramados sobre el sofá comenzaron a cantar «no nos moverán” y recordarás lo sucedido siempre que emprendimos tales estrofas de militantes emperrados. Antonio, el iluminador del Teatro Circular viendo que la situación degeneraba a inusitada velocidad, pudiendo llegar a vergonzosas escenas de palabra y acarrear conatos de pugilato, se precipitó hasta el rincón de los discos y puso el primer larga duración que grabaron Troilo y Grela. Ellos dos solitos como musiqueros trasnochadores de boliche, tocando a puro bandoneón y guitarra unos tangos maravilloso.

-Linda la musiquita, me dijo Patricio volviendo de la cocina y trayéndome a mí, a mí Jorge, una taza de café caliente y una copita de pisco.

-Si, linda, contesté sin intención de retractarme, incómodo por quedar en evidencia y la inesperada reacción conciliadora, cuando lo más lógico hubiera sido que me partiera la jeta de una piña sin mediar palabra.

-Algunas noches la música es más expresiva que las palabras, agregó.

-Cierto.

-También puede falsear.

El diálogo venía demasiado inteligente para mi precario estado de lucidez a tales horas y dejé consolidar sin preocuparme el silencio de las confusiones. A pie firme Patricio permaneció a mi lado sin aflojar.

-Un día de estos –siguió- tendremos que escuchar música nosotros dos, mano a mano. Por unos meses esta será mi ciudad, nunca me gusta despedirme de los lugares sin haber conocido sus mujeres, escuchado su melodía profunda y es seguro que los uruguayos además de charangas militares tienen otra música. ¿Sabía que los mejores tangos cantados por Gardel los escribió un brasilero?

Las palabras de Patricio fueron cursis y efectivas, se levantó sin esperar mi respuesta y me sentí mal de todos lados, cuando volví del baño el peruano no estaba a la vista, la que te dije tampoco era localizable en las inmediaciones, pura coincidencia pensé en crisis de celos patrióticos. Queriendo consolarme busqué el disco de Edmundo Rivero cantando en lunfardo, que antes era música de reo de barrio y ahora es objeto de culto. Araca la cana Jorgito y a domani.

Miércoles

De otros pormenores de aquella noche mi memoria venial guardó el embrujo del guiso de lentejas, en eso Ana María la dueña de casa es maestra invicta e imbatida después de todos estos años. Al mes del incidente reconstruido ayer un encuentro casual pudo alterar la jerarquía de los recuerdos, la reconocida mecánica perversa de tu cerebro, tendiente con malicia a la bacanal romana, se inclinaría hacia el rembolso de pasiones frustradas, especulaciones libidinosas sobre la reactivación de la ventura erótica, de haberme cruzado con la ninfómana telúrica en el trámite para renovar la cédula de identidad. Ahí, con palabra dulces y mimos compradores de galán experimentado, recuperar el honor mancillado del élevage criollo en la infortunada noche de los piscos.

Recuerdo que ese día fui hasta la Intendencia a pagar una cuota atrasada de la contribución inmobiliaria cuando algo sucedió camino del foro. Me desplazaba por el interior del terrorífico edificio amenazado por sospechas de marabuntas insaciables, cuando de pronto, en el tenebroso recodo de una escalera mal iluminada donde empezaba un largo corredor, de seguro conducente a despachos abandonados, donde el responsable cayó en desgracia (muerto por asfixia de expedientes animados y voraces, apoyados por ataque sincronizado de ratas asesinas) me topé con Patricio. Podés imaginar que el peruano era la última persona con quien deseaba encontrarme. ¿Entendés por qué te digo que el Municipio es un edificio maldito.

Me reconoció y tenía carita de pensar “esta es la mía».

-Que hubo pues, después de tanto tiempo, dijo, enfrentándome sin permitirme inventar una excusa de ventanilla a punto de cerrar aguardando mi contribución. Pues sí que es una casualidad y de las buenas.

-Caramba Patricio… ni que me hubiera estado buscando, respondí dando por descontado que él sabía la razón por la que yo estaba allí y también el olvido, el clásico manto piadoso del suceso de marras que nos encontró el mes anterior.

-Claro que no hombre, faltaba más. Presentía que nos veríamos antes de mañana, purita intuición nomás.

– ¿De qué signo es usted? pregunté burlón, relativizando casualidades y oráculos soterrados en que el peruano bandido quería comprometerme.

-Mi carta astral es de otro cielo que el de sus horóscopos, para mi tienen otro nombre secreto las constelaciones. ¿Qué tiene que hacer el sábado de noche?

– ¿El sábado? Por ahora no sé, pero si tuviera un plan por más importante que sea debería cancelarlo. ¿Estoy en lo cierto?

-Está. El sábado llegan unos compañeros de por allá y quisiera que se dejara caer por casa. Nada formal, unos traguitos de pisco y de su grapa ítalo uruguaya. Anote la dirección. Venga con las manos vacías, lleve en todo caso unos tangos de esos que tanto le gustan y el resto déjelo por mi cuenta.

Como si hubiera tenido un desgraciado encuentro con un hechicero me encontré en la explanada municipal con la dirección de Patricio en el bolsillo y la certeza del sábado perdido. Era claro que no estaba en mis mejores días. Si, ya sé Jorge: jodete por nabo.

Era imposible definir cuánto tiempo mío faltaría para llegar del miércoles municipal al sábado indicado por la celada, había por medio los trabajos y los días querido pibe, diría el insigne magister Vicente O. Cicalese, entre altivos estilistas testarudos y santas prostitutas en deliciosa conciliación de oficios preconciliares. Tan imposible resultaba como medir los años extraviados desde aquella espera del sumario andino, hasta esta mañana soleada de vacaciones en que te cuento la carta del tercer día imaginado que la envió sabiendo que jamás la leerás. Si es dogma que la muerte se ensañó primer contigo, no dejaremos que ello borre nuestras horas felices. Scribitas ad narrandum. no ad probandum. Bien ahí… tranquilo el perro, depón toda sospecha de máquina intertextual demostrando nuevos conocimientos de tu viejo latín. ¡Que Santa Petronila perdone semejante osadía! Es el saqueo de las páginas rosadas del Sopena verde, las del final con voces y locuciones en desuso.

Dejando aparte las aversiones menores causadas por el topetazo burocrático, resulta que marché a la cita coercitiva asumida como reparación, tránsito doloroso de la autocrítica. Sé que Patricio decidió que yo fuera en cuanto me vio y tal vez antes; estaba curioso por conocer la forma del castigo preparado, siguiendo mis inclinaciones a la escasa autoestima marchaba dispuesto a poner la cara y de puro belinún quedé contrariado por mi reprobable actitud de cretino celoso. La dirección correspondía a una casita modesta de la zona menos poblada del Cerro, bastante a contramano de todo para intentar una escapatoria tempranera y combinar otra actividad posterior a la reunión prevista.

Mi aspiración de comenzar el sumario haciendo buena letra me llevó a ser puntual, cuando llegué la reunión se estaba armando y había un clima de recepción menos sutil del que supuse. Lo peor vendrá más tarde pensé, y si en algo se equivocó Patricio al invitarme, fue en suponer que fui un cajetilla toda la vida. Quién sabe qué le contó la que te dije sobre mí y salteándose planes quinquenales de existencia sobre calles adoquinadas, cuyo recuerdo utilitario da oficio para salir de encerronas como la que veía venir. Si pensó que yo estaría incómodo entre «gente sencilla» ahí le erró como a las peras.

-Esto sí que es una sorpresa, me dijo el anfitrión cuando abrió la puerta. Pensé que a última hora se echaría para atrás.

-Empezó mal entonces. Como dice el himno patria… sabremos cumplir!

-Hoy es distinto a la otra noche, no habrá invitados que trabajen en el teatro ni en la enseñanza superior, apenitas amigos de la construcción, gente sencilla.

-Si es por eso despreocúpese; sin saberlo el peruano me brindaba una buena oportunidad de réplica que aproveché sin pérdida de tiempo: Mi abuelo fue albañil de cuchara y fratacho, desde niño conozco lo que es ganarse el jornal construyendo casas para los demás,

-Acomódese por donde le parezca, se limitó a comentar.

La advertencia del recibimiento era fundamenta, en el salón había una cuadrilla de obreros jóvenes de la construcción, que fue donde Patricio encontró trabajo para vivir los duros meses montevideanos, un par de lindas chilenas venidas de Valparaíso a estudiar medicina y pisándome los talones, llegaron los compatriotas de Patricio en ruta hacia Europa.

Te cuento que la primera hora estuve tenso sin beber casi nada, con defensas alertas esperando el envión reivindicativo de Patricio que no cuajaba en ninguna de las configuraciones que imaginé los días precedentes. Todo lo contrario, la peña avanzaba destrabada en la conversación y sin sociodrama a la vista, mediante modalidades de comunicación diferentes a las nuestras los mensajes circulaban en códigos cuya existencia y funcionamiento me eran ajenos. Siendo el clima mejor de lo esperado me desacomodaba aquello, al punto de hacerme sentir vergüenza retrospectiva por hablar del continente con soltura sin haber nunca saltado el límite departamental, creyendo que por obra y milagro de la historia estaba viviendo en el punto de observación privilegiado. Sin resultar falso era todo mentira Jorge. En el mismísimo Cerro de Montevideo rondé el sólo sé que no sé nada en traducción subtropical, pruritos pretéritos que puedo confesarte hoy; en cuanto a la distancia entre las ilusiones de antaño y la agobiante verdad sobre la cincuentena, pienso fastidiare otro día.

En la segunda noche donde estamos la manera de hablar el español era otra, que a mi entender sonaba a legítima lengua de violencia, sin olvidar -como tú señalabas al pasar- que se trataba del arrabal morisco y sefardí de la única gramática digna de tal nombre. Como vez querido amigo, hago méritos y necesito captar la atención predisponiendo tu benevolencia; las pausas, los silencios de altura percibidos en el ambiente frenaban mis intenciones de sacar del bolsillo la casete de tango que llevé a modo de amuleto protector.

Marché al Cerro en plan evangelizador a predicar -en nuestro único monte a mano- la verdad que nada había en el mundo comparable a un tango del barrio sur y resultó que mi razón para estar en casa de Patricio era escuchar sin interrumpir. Pasaba de ser un preste de la teología de la liberación a feligrés converso y temeroso de prodigios que llegarían el año mil quinientos. Entendí la estrategia del incaico; él prescindía de estrategia en acepción militar de legión invasora, excluyó argumentos vengativos y gesto irónicos despreciando mi arrogancia pasada, deseaba que lo dejara hacer a su manera sin interrumpirlo, verlo vivir entre los suyos hasta que fuera consciente de mi ignorancia.

En aquellos días por razones que no vienen al caso evocar, vivía la ciclotimia que transita de la infundada superioridad agresiva e ignorando la existencia del otro, a un complejo de inferioridad injusto con nosotros mismos. Esa vez era yo el de facciones diferentes y faltaba la solidaridad esperada en compatriotas de la construcción, que parecían hostiles a mis intereses. Es más, cuando los andinos se despachaban entre ellos con expresiones en su dialecto común, me sentía observador intruso detrás del cristal esmerilado y con desprendimiento de rutina mirando la nada, como hacen los perros viejos que tienen cataratas.

Jueves

Me parece oír antes de ponerme a escribir la risa y tu voz, diciendo jodéte por entrar de ojos abiertos en ese verso telúrico, poniendo como angelito la cabeza adentro de la boca del león, insistiendo en que lo mejor que pude hacer hubiera sido borrarme discretamente y meterme en un cine a ver un trasnoche policial. Pude haberlo hecho de todo corazón… concédeme en la emergencia algo de crédito, no te contaría pormenores de un episodios que me llevó a la humillación y bochorno si algo de lo ocurrido esa noche en el Cerro no lo justificara.

Lo cuento por escrito, arrastrado por la inesperada cadena de recuerdos que me enredó en el balneario y como a nadie le importan los sucesos del pasado, es preferible decirlo al amigo que leyó a Ovidio en lengua original sin traducciones. Situación privilegiada para entender que lo fantástico es breve repliegue de la realidad, metamorfosis evanescente y mariposa del deseo. Luego de conocidos los hechos hallaremos explicaciones coherentes, que sin duda existen a pesar de desconocerlas. Especulando sobre tales minucias nos hubiéramos divertido, pero antes debo pasar el trance egoísta y liberado de narrarte los hechos de esa noche. Cuando un recuerdo complejo se hace anécdota común y corriente, que puede contarse como si hubiera sucedido a un extraño las pesadillas se alivianan. Distingo ahora mismo el recuerdo completo metido en la cabeza, es un virus ajeno a mi sistema, bacteria nociva, generación espontánea de fantasía enferma, incubando para marearme en los momentos cuando el cerebro está ocupado en asuntos mejor administrables; es bueno tener amigos a quienes confesarle secretos que avergüenzan.

La tertulia tendía a concentrarse por el ritmo lento de la conversación que ellos imponían, lo opuesto a nuestro estilo de comedia del arte que nos permite manejar varios centros de atención distintos a la vez y en voz alta. La amistosa dispersión resultó dejada de lado, las palabras sobrantes fueron excluidas, a medida que avanzaba la noche las frases de despojaban, las oraciones desprendían sin resistencia lo accesorio e íbamos en marcha hacia el silencio, la ausencia del diálogo rebasando mi compromiso. Ninguno de los presentes levantaba la voz ni para pedir otro vasito de pisco, con decibles de bajísima frecuencia como se venía manejando la audiencia, se entendía lo dicho sin la sospecha de un segundo nivel de referencia, allí hubiera sido insoportable una carcajada. Sin derivar la charla a la unanimidad estática, el conjunto parecía orquestado por un titiritero invisible, que alcanzaba sin esfuerzo la claridad de las palabras evitando la superposición. Valorando el sigilo como tesoro, balanceando con delicadeza sonidos y ausencias ellos utilizaban la lengua vencedora para la comunicación imprescindible con el mundo. Podía ser a causa del pisco o la conciencia de culpa transitando la lingüística comparada, pero yo deducía en las facciones de Patricio la violencia de los sonidos impuestos; a nosotros el calorcito del sur nos derritió la zona furiosa del idioma, que naufragó como un vapor de pasajeros en el estuario del Plata. El frío de la cordillera congela las palabras, comprobé que las mismas palabras hacen volar sentidos diferentes según quien las pronuncia, comprendí poquito a poco -en esa vivienda modesta detrás del Cerro nuestro- que hablé toda la vida el idioma equivocado utilizando sin percatarme un instrumento imperfecto.

La infelicidad acumulada provenía de mi incapacidad para expresarme y llegar a entender lo que decían de verdad los otros si me decidía a escucharlos. Estudiar gramática se me apareció como una farsa mayúscula y engaño previo al otro mayor de querer enseñarla. Tú lograste flotar los años de vida que te quedaban porque en gesto soberbio, remabas en latín y soñabas sin traducción glorias de toda especie que fueron verdaderas. Leyendo en tu sillón arrasaste sin piedad ciudad amuralladas, conspiraste con suceso en intrigantes foros urticantes de puñales homicidas, aprendiste los ritmos incambiables de las lluvias agrícolas y rebautizaste dioses malhumorados en tanto de apropiabas del mundo parcela tras pacerla. Los otros que estudiamos los escritos de lenguas derivadas, caminábamos por cornisas de playas sin resabios de islas maravillosas; llegábamos a duras penas hasta roquedales despoblados obstruyendo el sendero de la arena mojada. Igual que los patos amaestrados del circo acrobático de Pekín retornábamos al punto de partida, cebando mate satisfechos como turistas despreocupados, eligiendo el sitio sobre la costa donde levantar la casita de ladrillos y tejas, toreando el mar minimizando su voracidad agazapada, aguardando bajeles cuya quilla jamás calafateamos ni partieron la espuma tóxica de olas fatigadas del este del país.

Aquella noche recelaba a esos hombres curtidos de pelo renegrido cuyos antepasados desafiaron el verde de la selva y el frío de la altura para que sus palabras resonaran cerca del sol. Ellos osaron cotejarse a riesgo de la vida y de lo otro con seres superiores aguerridos. Lo hicieron luego de infinitas generaciones escalando laderas con el fin de erigir la ciudad imposible, la ruina perfecta ajena al murmullo compacto de jubilados nipones con viseras Sony, una fortaleza escondida, el templo inaccesible abandonado para disipar cualquier asedio. Me daba por pensar si los orientales seriamos capaces de construir escaleras interminables sacando con las manos los corazones vivos, trepar hacia mitologías inciertas, si podríamos concebir en nuestras conversaciones de falsos suizos -más soberbios que los verdaderos- el gesto de esculpir en la roca dura un bloque cúbico de siete varas de lado con varias toneladas de peso, subirlo cuesta arriba desafiando el verde impenetrable de la selva y el veneno de alimañas mitológicas: nosotros que ni siquiera inventamos los relojes cucú. Había en los tipos y el pueblo de donde venían algo de demencial en eso de concebirlos llevando un caudillo adorado a hombros, siguiendo la ruta sagrada que conduce de la nieve al arroyo, del hielo eterno a las aguas termales del llano.

Los entendía sin que se tratara de mi lengua; convencido de mi sagacidad aplicada antes de manera incorrecta, Patricio me colocó en el umbral de la desesperación dejándome mudo aventándome hacia socavones de silencio. Esa noche puede que haya decidido abandonar los estudios sistemáticos del idioma castellano, eran demasiadas vivencias amontonadas para mi blanda comprensión del mundo sin raíces, me quedé de pronto sin pasado, tenía acaso un esbozo de biografía y un álbum familiar deteriorado. El mapa de América me pertenecía tanto como la carta desmembrada de tu amado imperio romano al llegar la hora crepuscular de las legiones, era sencillo recrear la historia desde la llanura y adquirir un sentido de la inutilidad que arrastro desde hace tiempo. Claro que vos, como buen cínico formado en la mejor escuela, desvelas el nudo inicial de una tragedia sin escapatoria, aunque la trama sea insignificante y el deux ex machina de último momento falta sin aviso. También esta mañana de jueves para traerte aquí conmigo, entre los vivos por ahora, compartiendo un refresco de naranja con hielo, mientras avanza el día hacia las sombras de Plutón.

Viernes

Las elucubraciones donde busqué auxilio aceleradas por el pisco y la soledad creciente, insinuaban que tu amigo estaba en el sitio equivocado. Sentí unas ganas enormes de huir y regresar a mi casa, abrir el pestillo de mi puerta, subir a oscuras los peldaños de mi escalera, sentir cerca de la cara el olor de mi frazada de mi cama, para dormir mi sueño. Mi yo debía aceptar estar atrapado en la jaula del Cerro, ser pájaro campana en una trama de filamentos tenaces de donde escaparía sólo cuando soltaran la bandada. Consideré irme de allí sin dar explicaciones, me repetía que deseaba con toda mi alma partir en tres minutos lo que fue irreconciliable con mi voluntad para hacerlo; a la par que me atemorizaba poniendo en entredicho hasta la última de mis palabras, la situación desafiaba mi coraje de vivir una nueva experiencia.

En la conversación contemplaba y siendo estudiante novato en la primera fila del quirófano cómo se procesaba la autopsia del lenguaje. Era mirar el cuerpo descuartizado de un hermano mellizo muerto en un accidente de auto; indefinido y filoso algo desgarrador se hundía sin piedad en las palabras, hurgando por si tenían un alma distinguible del cuerpo. Desde la austera profanación se ordenaba una ceremonia sacrificando a divinidades innombrables verbos cautivos, degollando adjetivos, preparando con pericia preposiciones para ofrendarlas a los dioses de piedra que rigen el callar probando que la riqueza excluye la abundancia sonora. El verdadero tesoro de la lengua no está en el Corominas sino en interiores palpitantes, el lenguaje seguirá siendo una montaña sagrada que se deja rodear sin peligro por la base y ofrece el filón sólo si hay valor para escalar, dinamitar, arrancar con manos ensangrentadas y a ciegas en galerías profundas poniendo en peligro volver a contemplar la luz del día; quedar atrapado en la oscura alienación del sendero equivocado o morir en la mitad del intento. Escuchaba en la ladera del Cerro demolerse la lengua insulsa con la que intento escribirte y admito el fracaso en cada oración cuando pretendo inventar nuestro idioma en común, disolviendo distancias y circunstancias negadas.

Ni cigarrillos cargados circulando con generosidad ni el pisco fluyendo frío por las víscera sin provocar la ebriedad vomitiva del vino tinto malo eran la causa de mi creciente desasosiego. Conocía la razón del nuevo estado de ánimo, la sabía alejada del amor propia maltratado y temía lanzarme en una indagación a como diera lugar. Se hablaba por otra parte de asuntos varios sin interés, digamos el ajuste trampeado de jornales adeudados la quincena pasada y el examen postergado de endocrinología, universos extranjeros de nuestras tendencias a la sátira y mi empecinamiento en hablar con los muertos. En el ambiente aproximado al que intento describir cada detalle del todo alcanzaba dimensiones desmesuradas, levantarme del asiento y llenar hasta el borde el vaso con pisco era distinto al mismo gesto entre nosotros, mirarnos a los ojos con una de las chilenas era recordar la frescura de acercamientos previsto a las heridas de la vida –imagen cursi coincidirás conmigo- cuando aquellos nosotros estábamos lejos del temor al fracaso.

Fumé como habitualmente y exageré la bebida tomando demasiado, en términos generales estaba bien pero debí invertir la proporción de los placeres para conformar la lucidez apropiada a lo que se venía. Te dije que había músicos y como cosa normal del encuentro, comenzaron a tocar cuencas sencillas sin pretensiones ni enunciados de tiempos venideros para concretar mitos conocidos de reivindicación social. Les dispensaba una atención lateral, pero escuché cuando Patricio le dijo a uno de los viajeros:

-Acá el amigo tiene dificultades para entenderse con la música andina.

El interpelado movió la cabeza pareciendo estar al tanto de todo, como si Patricio le hubiera narrado con lujo de detalles lo sucedido donde Ana María.

-Si no le molesta –dijo Patricio sin esperar oposición en un espíritu bajo en defensas racionales-, el compañero tocara alguna cosita nuestra. Faltarán violines de sintetizador y los sha la lá de muchachas de colegios mormones, hoy puede prescindir de ello.

-Por mí todo bien, no problemo.

Era tarde para recular, a esa hora en vista del asalto imprevisto había que bancar lo que viniera y me abandoné sin oposición olvidando el sentido del tiempo. Cada uno de los presentes buscó su lugarcito en los sillones modestos de la sala, algunos optaron por tirarse en el suelo, había caras de fatiga por una semana de trabajo duro. Lo único bueno que anunciaba la situación, era que una vez terminado el recital improvisado que anhelaba brevísimo comenzarían las despedidas y mañana será otro día. Por el momento mi problema era saber cómo haría para salir del Cerro a tales horas, la estrategia decidida consistía en aguardar quietito, sin provocar ocultando mi asunto privado con la crisis del idioma, tratando de pasar inadvertido hasta que se alejara cualquier asomo de escaramuza.

Mis queridos casetes de tango sobraban en esa noche precolombina, los pobres pesaban más que un Smith & Wesson de grueso calibre con el cargador lleno. Era una bestia aria y nazi conquistando el dominio sagrado de Atahualpa, interpretando un Te Deum de extermino en un flamante bandoneón Doble A. Como decimos los perdedores partidos son partidos; a mí que prefiero los churrascos achicharrados, me invitaron a comer pescado crudo macerado en jugo de limones verdes y sin chistar debí tragarme un inmenso plato de ceviche. Los recuerdos tangueros eran mi única vía de salvación, milagro chapucero de santo malandrín napolitano apretaba las cintas grabadas como si se tratara de amuletos destinados a San Cono y bendecidos en Florida; para prometerme recordaba a ritmo de plegaria mariana de primera comunión las letras escritas de Enrique Cadícamo, Homero Manzi y Federico Silva. Me emocionaba con oraciones perfectas del arrabal y eludía el avance implacable de la máquina del lenguaje congelado, recordaba que nosotros en la Banda Oriental heredamos la exuberancia de la orilla latina del Atlántico, sin pasar a cuenta de defectos congénitos atributos pintorescos que creo positivos. Recitaba estrofas en murmullo buscando paliar el temor a quedarme mudo por la economía lexical de los contertulios.

Más distendido recobré la respiración del habla rioplatense, volviendo a nadar como corvina neurasténica en las aguas marrones del Río de la Plata; al fin de cuentas es sugerente que dos de los grandes poetas tangueros se llamen Horacio y Cátulo. Por rosa rosae venía para nosotros el reconocimiento del habla cotidiana, mirá: Aníbal Troilo ¿no es nombre de incorruptible senador togado en desgracia, exilado a las últimas fortificaciones del sur del imperio, donde mitiga su dolor componiendo música de una región inexistente? Mafia, Grieco, Piro, Donato, Héctor, Julio, Virgilio, Ástor. ¿Ubi sunt? Por los laureles triunfantes de nuestros héroes vernáculos levanto en mi Atlántida real el vaso de Cinzano Torino, desde esa última trinchera recuperé la fuerza moral y vislumbré la salvación posible sin temer la arremetida.

Podía admitir la diferencia sin temores pero algo cambio y para siempre, el amigo músico en cuestión coordinó nos movimientos, se paró pongamos por caso para regular la respiración luego de sacar de un bolso de cuero, pintado con muchos colores, una flauta de varias cañas de diferentes tamaños. Después de sonidos aislados que mi ignorancia en las artes sonoras del aire atribuyó a una especia de afinación, comenzó a tocar una melodía de montaña. El grupo marchaba a Europa, seguirían de aquí por tierra hasta Río de Janeiro, donde el billete de avión hasta Madrid era más económico, se venía hablando de actuaciones contratadas en radios escandinavas. Lo que más interesaba al grupo era recorrer mundo, yendo con la música por plazas, mercados, estaciones de tren.

Para mi oído inepto, cerrado a músicas distintas a las oídas en la radio de la casa de mis abuelos italianos sería complejo afirmarlo con certeza, la intuición me insinuaba que el peruano tocaba el instrumento a la perfección, avanzando sin tropiezos en la intención de vincular sonidos con un paisaje que nunca visité. Perdería el tiempo si quisiera describirte la música escuchada, tampoco sabría decirte su nombre, anotá para ir llevando que era inconfundible y se parecía sólo a ella misma evolucionando. Faltan palabras para comunicarte lo escuchado, podría ensayar acaso narrarte lo ocurrido que invalida de antemano el estilo realista. Sin prisa, como si tuviera el secreto del cosmos de su lado, el músico pasaba de un tema a otro sucediéndose tristezas de notas prolongadas con ritmo urgido, de los pulmones el aire salía musicalizado y lo digo por cierta pausas prolongadas entre las cuales los presentes quedábamos inmóviles. nadie interrumpió dando así su conformidad ni para manifestar el menor descontento. Adentro del cuerpo mío el pisco, al que me dediqué con exclusiva desde el comienzo, permanecía sin mezclarse con la sangre. Podía sentirlo fluir por venas y arterias sin desmenuzar enlaces moleculares, siguiendo recorridos torrenciales imponiendo su voluntad propia, corriendo libre y espeso desplazándose sin respetar obstáculos, veloz. Los parpados me pesaban como bolsas inmensas de arena mojada negándose a caer del todo, algo desconocido me inmovilizaba en tan extraña vigila, fuerza inconfundible con arrebatos ácidos de la borrachera y propia de toda ebriedad; la boca reseca ni el dolor de cabeza presentida formaban parte de los síntomas inmediatos, tampoco la sensación de revoltijo en el estómago anunciando el vómito bordó en la vereda. Temía cerrar los ojos durante siete segundos y quedarme dormido, era un temor justificado y cuando lo hice -sin separarme del ambiente- se pulverizó mi sentido del tiempo, fui transportado a dominios lejanísimos y algo intangible se desprendió de mi cuerpo iniciando una huida levísima. La música ejercía tal atracción que podía levantarme a alturas donde tenía dificultades para respirar y allí me cruzaba con espectros recordando rostros queridos del pasado.

Era inconcebible que Patricio hubiera mezclado algo en la botella de Control que expropié para uso particular, tenía miedo y aquello era fantástico, perdía mis certezas de racionalista medroso mientras era incorporado en naturalezas sorprendentes. Estoy loco, pensé para protegerme; borracho era lo que estaba escribo ahora más cerca de la verdad, es la única explicación que con el tiempo pasado se mantiene en pie. Sería inverosímil que por unas quenas de morondanga, respiraciones discontinuas impelidas a pasar por cañas desiguales y unos piscos alineados padeciera tamaña transferencia. De lo visto los minutos finales de la reunión, lo sencillo de explicar es la sensación de frío intenso y provocada por el paulatino alejamiento del calor concentrado en la tierra. Frío indagando un universo hecho noche sin soles moribundos colgados en el firmamento: el frío de frontera con la muerte y a pesar de lo mucho que tiene la metáfora de valsecito esquimal se me congelaba el cuerpo descubeindo la aventura que sucede al otro lado de la vida.

Como hoy te veo en las palabras que escribo, te veo a vos Jorge que estás muerto.

Sábado

Todo será olvidado algún día, lo sabés mejor que nadie porque viviste a lo grande interpretando palabras que por siglos parecidos a la eternidad definieron el poder, insectos, monstruos, enemigos, la escena y el reino de la muerte. Yo imagino algunas tardes, que mis abuelos muertos bajan casi niños desde la cubierta de paquebotes de tercera a muelles americanos, pisando pasarelas inestables prolongando mareos; por eso me visitan pesadillas de muelles desahuciados en bahías inexistentes y traté de arreglármelas remendando el cocoliche que escuché hablar en los años de infancia. Un tanguero recalcitrante rondando la cincuentena, si logra sacudirse de la cabeza la instantánea de barcos escorados cargados de inmigrantes y la perorata de profesionales de pirámides escalonadas salidas del subsuelo, te dice que el continente al que no sabe qué nombre darle es un espacio especulativo verde y miserable, inalcanzable y mágico con rincones altísimos donde hace frío.

El epílogo de toda alegría pregunta dónde están, qué fue de nosotros aquellos que en las horas puente del Instituto de Profesores Artigas nos juntábamos en el bar de Guayabos y Eduardo Acevedo. Con el curioso libro de Auerbach sobre la Mímesis, la gramática de Sobejano, la Paideia mexicana comprada de segunda mano, el ¿qué hacer? del camarada Vladimir Illich, la Divina Comedia en la edición bilingüe de la Biblioteca de Autores Cristianos (el pan de nuestra cultura católica) y el diccionario enciclopédico de Ducrot/Todorov sobre las ciencias del lenguaje. Los recuerdos son las únicas ruinas de aquellos años irrecuperables, el resto será para los audaces dispuestos a conocer en carne propia el frío perpetuo de los picos andinos; que puedan llegar a la fortuna del amor de una linda chilena, delicia mucho más inolvidable si la trasandina es doctora diplomada en Medicina.

Cuando me descubrí devuelto al living después del tiempo sin minutos entendí lo innecesario de cualquier agresión de Patricio, ese partido se jugó en regiones donde la revancha nunca se concreta. En la salida Patricio nos despidió uno por uno a los albañiles, las chilenas y a mí que estaba malherido de pisco. Los músicos en ruta se quedaban a dormir en su casa.

-Hasta el próximo encuentro pues, me dijo el chileno apretándome la mano sin violencia.

-Difícil compañero, empecé y luego argumenté como defensa destinada al fracaso, pensando sin saberlo en nosotros mismos Jorge: Las horas que pasan ya no vuelven más.

Afuera, en pleno Cerro soplaba lindo el viento viniendo desde la bahía dibujada perfecta en la noche del río. Luego de lo vivido hacía un rato el recodo costero era poca cosa, sospechaba mi ciudad buscando acomodo para dormitar, echar un sueñito liviano como hacen en los sanatorios las ancianas recién operadas. Tampoco sentía frío y me tranquilizaba saberme de regreso a mi mundo receloso de barrios arbolados. Las cuadras que nos separaban de las paradas de ómnibus más cercanas las caminamos juntos, había quedado sin ánimo hasta para intimar con las chilenas especulando encuentros posteriores. Al llegar a la principal calle del Cerro cada cual se marchó buscando su propio rumbo, nos dijimos adiós como si mañana, el lunes a más tardar fuéramos a encontrarnos otra vez al pie de los andamios salpicados de cal, en el anfiteatro de la Facultad de medicina ante un cadáver flotando sin identificar. A esa hora incierta se cruzaban los últimos taxis de la noche con los primeros ómnibus de la mañana en dirección al centro, llevando los maestros panaderos de mirada despojada y pelo mojado hasta la boca caliente de los hornos de leña.

Domingo

Así es Jorge… primer fin de semana en casita prestada de balneario para unas merecidas vacaciones, nada de falsa prosperidad querido amigo, sucede que la vida necesita un descanso. Te aviso que estas notas a ti dirigidas me cansaron tremendo y mañana -es decir hoy mismo- bajo los brazos con la escritura diaria regresando a las certidumbres de la rutina. Esta mañana María del Carmen llevó los pibes a la playa, que querés bobo latinista, si aceptamos una historia posible que inventé el lunes donde estás con vida, leyendo mis envíos diarios sentado en tu sofá de estilo en la calle Tolbiac, hay otra igual de verdadera en la cual me casé con ella, contradiciendo los pronósticos pesimistas en los que metiste cuchara, augurando que terminaría largándome por inútil y haragán.

Los muchachos nuestros, que por cierto salieron bellos como la madre están decididos a estudiar informática y contabilidad, es su manera de olvidar que el padre quiso ser profesor de Idioma Español en secundaria; antes de poner los pies en la realidad y abrir con dos socios un salón de repuestos para automóviles en la calle Cerro Largo. ¿Sabés cuál es el indicio que marca el envejecimiento de nuestras historias? Cuando vienen al mostrador clientes avergonzados a pedir repuestos para cascajos automotores de los años cuarenta, que fue más o menos cuando nacimos nosotros. Nadie los fabrica, los repuestos originales para tipos como nosotros desaparecieron del mercado y por eso Jorge: ¿a quién sino a vos le podía escribir estas Catilinarias caseras? Ahora debo dejarte y volver a la vida de todos los días, con dos horas matinales durante una semana nadie avanza lejos en el estilo epistolar a un destinatario muerto.

En pocos minutos enciendo el fuego para preparar a la parrilla unas tiras de asado tierno y choricitos picantes para el almuerzo, con ensalada de lechuga, cebolla y tomate. Hay por ahí una torta gallega, anoche la cocinó María del Carmen y en la asadera tiene flor de pinta, tengo en la heladera enfriándose un vinito rosado más que respetable. Me queda por delante otra semana de vacaciones pero ahora te abandono devolviéndote al silencio sin palabras escritas del reino de los muertos. Lo sabías desde el comienzo, es peligroso continuar el diálogo por más tiempo sin olvidar que dentro de poquitos años tendremos la eternidad por delante.

Te cuento a manera de epílogo que mañana llevaré los gurises al zoológico de Atlántida. ¿Adivina qué bichos fantástico lo tiene intrigado al más pequeño de mis hijos? Los búhos y lechuzas; finalmente no está todo perdido, al menos que hayas sido vos que desde el otro lado orientas el destino. Quién te diga que dentro de unos años, alguna tarde perdida de invierno, harto de programas de inteligencia artificial y navegar por el océano estéril de Internet, metido en la tranquila soledad perfumada de una de las librerías de viejo que sobreviven en Montevideo, le dé por regatear a propósito de una Eneida, en la Edition Belles Lettres. ¿Seguirán los franceses haciendo los libros rosáceos y amarillos con la loba vigilante que amamantó a los gemelos y la sabia lechuza en la parte inferior de las tapas? Sería maravilloso… si después cae en la trampa de los libros se morirá de hambre dando clases sin parar. La vida es tan breve que ello es un detalle sin importancia y a nosotros dos –resulté un padre egoísta- nos daría en secreto una enorme alegría que él ni se imagina.

La semana del búho terminó viejo amigo, te rememoro ahora mismo desde la ventana de la cocina en la estación de Sants en Barcelona, la memoria debe cumplir horario como los trenes y te recuerdo subiendo al Talgo pendular nocturno que marcha rumbo a Austerlitz. Me veo caminando en el andén todavía con el gusto bermellón del pacharán compartido en la boca, sin saber que esa era la última vez que te vería. Ave Cuinat, morituri te salutant.

«El cazador Gracchus» amarra en Montevideo

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-ESTA EL SR. JANOUCH PARA USTED

Kafka tiene grandes ojos grises bajo espesas cejas negras, su cutis es moreno y los rasgos extremadamente móviles. Se expresa con su rostro y cuando puede cambiar una palabra por un movimiento de los músculos de su cara, él lo hace. Una sonrisa, un fruncir de cejas, la arruga de su frente baja, cualquier gesto con los labios: una gama de movimientos que suplen las frases habladas.

Franz Kafka adora los gestos, los utiliza con parsimonia sin que acompañen las palabras ni las dupliquen. Resultan expresiones de un lenguaje mímico casi autónomo, una manera de comunicarse que no tiene nada de un reflejo pasivo y constituye la expresión adaptada de una voluntad.

Juntar sus manos, colocar las palmas extendidas sobre la carpeta, calarse en el sillón sin que el confort suprima la tensión, inclinar la cabeza hacia adelante al mismo tiempo que levanta los hombros, apoyar la mano sobre el corazón: son una muestra de los medios expresivos que utiliza con parsimonia, acompañándolos de una sonrisa de excusa que parece decir: “Es cierto, confieso que juego. Espero que mi juego les agrade y además… hago eso para ganar vuestra comprensión mientras transcurre un pequeño momento.”

Olvidé cuántas veces fui a ver a Franz Kafka a su oficina. Una cosa la recuerdo con precisión: su manera de reaccionar, media hora o una buena hora antes de que finalizara su horario, cuando yo abría la puerta en el segundo piso de la Oficina Aseguradora de Obreros contra los Accidentes.

Él estaba sentado detrás de su escritorio, la cabeza echada hacia atrás, piernas extendidas y manos ligeramente reposadas sobre la mesa. El cuadro de Filla titulado El lector de Dostoievski puede evocar un tanto su pose, había un gran parecido entre el cuadro de Filla y la manera que tenía Franz Kafka de comportarse. El parecido era apenas exterior y ocultaba una gran diferencia interior.

El lector de Filla está subyugado por alguna cosa, mientras que Kafka tenía una actitud de abandono deliberada y en consecuencia victoriosa. Sobre sus labios delgados flotaba una fina sonrisa, que era más bien reflejo emotivo de una lejana alegría, vivida por otros, que la expresión de una alegría personal. Sus ojos miraban un poco de abajo hacia arriba. Franz Kafka tenía así una extraña actitud, como para excusar su gran figura alargada. Toda su silueta parecía decir: “Por favor… yo no tengo importancia. Me darían una gran alegría si prescindieran de mirarme.” 

Hablaba con voz de barítono, velada y débil pero marcadamente melodiosa, si bien permanecía mediana en altura y volumen. Voz, gesto y mirada irradiaban esa calma proveniente de la comprensión y la belleza.

Franz Kafka hablaba checo y alemán. Mejor el alemán, su alemán tenía un acento duro, parecido al que tiene el alemán hablado por los checos; pero se trata de un parecido lejano e inexacto. En realidad, era otra cosa.

El acento checo del cual yo pienso en alemán es duro. La lengua parece entrecortada, pero la lengua de Kafka jamás daba esa impresión. Se hubiera dicho angulosa, resultado de su tensión interior: cada palabra era una piedra. Su dureza provenía del deseo violento de medida y precisión; estaba determinada por caracteres personales y activos, no por trazas colectivas y pasivas.

Sus palabra se parecían a las manos. Tenía manos grandes y fuertes –palmas generosas, dedos largos y finos, uñas chatas en forma de espátula- con segmentos y articulaciones salientes pero delicadas.

Cuando recuerdo la voz de Kafka, su sonrisa y las manos me viene al pensamiento una acotación de mi padre: ”Una energía sumada a una fineza ansiosa; energía por la cual las pequeñas cosas resultan más difíciles.”

La oficina donde trabajaba Franz Kafka era una habitación de dimensiones medianas, bastante alta y opresiva. Su aspecto recordaba la distinguida elegancia del escritorio del patrón en un importante gabinete de abogados. La disposición del conjunto era agradable, había en esa oficina dos grandes puertas de doble hoja laqueadas de negro. Una daba hacia un oscuro corredor, atestada de enormes armarios de archivo, sintiendo a polvo de mugre y tabaco frío. La otra puerta, que se hallaba en el medio de la mampara que uno tenía a la derecha al entrar, daba hacia los otros escritorios ocupando el primer piso, costado calle, de la Oficina de Seguros. Hasta donde puedo recordar, esa segunda puerta casi nunca se abría. Los funcionarios y el público sólo utilizaban la puerta del corredor. Los que llegaban golpeaban, Kafka respondía con un “¿Si?” breve y con voz más bien débil, mientras que el colega con el cual Kafka compartía responsabilidades y oficina respondía gritando: “¡Entre!” con tono huraño de orden.

El tono de dicha interjección, buscando persuadir al visitante, antes incluso de que hubiera atravesado la puerta de su despreciable importancia, se acompañaba con cejas amarillas fruncidas, una raya trazada a cuchillo hasta la nuca con pocos cabellos color orina, cuello falso haciendo juego con la larga corbata sombría, chaleco abotonado hasta debajo del mentón y ojos de oca, preeminentes de un azul desvaído; ese era el hombre que, durante todos esos años, estuvo sentado frente a Kafka en su escritorio.

Recuerdo que ante cada “¡Entre!” huraño emitido por su colega, Kafka se sobresaltaba ligeramente. Parecía encogerse sobre sí mismo y miraba al otro con desconfianza mal disimulada, por debajo, aguardando casi de un momento a otro recibir un golpe. Por otra parte, adoptaba la misma actitud cuando su colega se dirigía a él con tono amable. Era claro que Kafka sufría confrontado a ese Treml de inhibiciones desagradables.

Fue así que, desde que comencé a visitarlo en la Oficina de Seguros le pregunté: “¿Podemos hablar delante suyo? ¿Es posible que sea un infidente?” El Dr. Kafka sacudió la cabeza y respondió: “No lo creo. Pero la gente que tienen tanto temor de perder su empleo son, eventualmente, capaces de cometer cierto número de iniquidades.”

-¿Usted le teme?

Kafka sonrió algo molesto y dijo: “Un verdugo es siempre sospechoso.

-¿Qué quiere usted decir?

-En nuestros días, el verdugo es un funcionario honorable; el espíritu pragmático de la función pública le asegura un buen sueldo. En consecuencia ¿por qué no habría un verdugo dormitando en todo honorable funcionario?

-¡Los funcionarios no matan a nadie!

-¡Oh que sí! ¡Y cómo! respondió Kafka bajando sus manos y golpeándolas sobre la mesa. Ellos toman seres vivos capaces de transformarse y hacen de ellos matrículas de archivos, muertos e incapaces de la mínima transformación.”

Reaccioné con un movimiento de cabeza, persuadido de que generalizando el Dr. Kafka quería evitar caracterizar a su colega de Oficina. Disimulaba la tensión que reinaba después de muchos años entre él y su colega más próximo. El Dr. Treml parecía tener conciencia de la aversión que inspiraba en Kafka: ya fuese sobre asuntos administrativos o personales, le hablaba con tono condescendiente, algo protector y una sonrisa mundana sarcástica se dibujaba en sus labios finos. ¿Qué importancia podía tener ese Dr. Kafka y sus visitantes, la mayoría adolescentes? ¡Y yo en particular!

Treml adoptaba una expresión que decía a las claras: “No logro entender por qué usted, el experto jurídico de la Oficina, se relaciona con mocosos carentes de interés, como si se tratara de personas de su rango; por qué los escucha y algunas veces como si incluso aprendiera alguna cosa.”

El más cercano colega de Kafka no hacía misterio de la aversión que tenía para con él y sus visitantes. Pero como ante su presencia estaba obligado a imponerse cierta reserva, salía con regularidad de la oficina, al menos cuando era yo que llegaba. El Dr. Kafka daba entonces un suspiro exagerado. Kafka sonreía y yo no me engañaba: ese Treml era para él un suplicio. Así le dije un día: “La vida no es sencilla teniendo un colega parecido.”

Levantando su mano, Kafka hizo un gesto enérgico de denegación:

“¡No, no! Es Inexacto. Él no es peor que los otros funcionarios. Al contrario, vale más que ellos. Tiene vastos conocimientos.”

Yo repliqué: “Acaso quiere hacer sólo una demostración.”

Kafka movió la cabeza: “Si, es posible. Mucha gente lo hace, sin realizar por tanto un trabajo real. Al contrario, el Dr. Treml es realmente trabajador.”

Suspiré: “Está bien. Hace su elogio, y por tanto no lo quiere. Vuestros elogios no tienen otro objetivo que ocultar su rechazo.”

Kafka parpadeó y mordió su labio inferior. Yo completé mi propósito: “Para usted, es alguien que pertenece a otra especie. Usted lo ve como una bestia extraña en su jaula.”

Entonces el Dr. Kafka me fija casi de mala manera y articula con voz baja, ronca a fuerza de energía contenida. “Usted se  equivoca. No es Treml, soy yo que estoy enjaulado. 

-Es comprensible, La Oficina…”

El Dr. Kafka me corta la palabra. “No hablo solamente de esta oficina, hablo en general.” Apoya su puño derecho sobre el pecho. “Yo cargo mis barrotes en mí continuamente.”

Nos miramos unos segundos en silencio. Alguien golpeó. Mi padre entró en la oficina, la tensión desapareció. Luego, sólo hablamos de cosas sin importancia, pero la impresión que me hizo esa frase “yo cargo mis barrotes en mí continuamente” seguía vibrando en mí. No sólo ese día, sino durante semanas y meses. Era como una brisa bajo la ceniza de los pequeños acontecimientos. Fue recién mucho tiempo después –en la primavera o verano de 1922, creo- que una potente llama surgió repentinamente de esa brasa. 

Estaba de visita en la oficina de Franz Kafka cuando él recibió por correo un ejemplar justificativo de su relato “La colonia penitenciaria.”

Kafka abrió el sobre gris sin saber lo que contenía. Cuando hojeó el volumen encuadernado en negro y verde, y reconoció su trabajo el malestar fue evidente. Abrió el cajón de su escritorio, me miró, cerró el cajón y me ofreció el libro:

“Creo que usted desea ver este libro.” Respondí con una sonrisa, abrí el libro, miré por arriba la tipografía y el papel; luego, sintiendo la nerviosidad de Kafka le devolví el libro y le dije:

“Está muy bien presentado. Es por cierto una muy bella impresión en tipo Drugulin. Tiene todo el derecho a estar satisfecho.

-No es tal el caso, dijo Franz Kafka. Metió el libro en el cajón que luego cerró con llave. La publicación de alguno de mis borradores siempre me inquieta.

-¿Entonces por qué permite que se impriman?

-¡Ese es el problema! Max Brod, Felix Meltsch, todos mis amigos, regularmente se apropian de tal o tal otra cosa que yo escribo, y luego me hacen la sorpresa de llegar con un contrato de edición en regla. No quiero causarles problemas y es así que, finalmente, se publican cosas que de hecho no son otra cosa que notas de uso personal o juegos. Estos documentos íntimos, atestiguando mi debilidad de hombre, se hallan así impresos y hasta vendidos, porque mis amigos, comenzando por Max Brod, se empeñaron en hacer literatura y porque, por mi parte, no tengo fuerza suficiente para destruir esos testimonios de mi soledad.

Kafka hizo una pausa y luego retomó la palabra en otro tono:

“Esto que vengo de decirle es por cierto exagerado, una pequeña maldad para con mis amigos. En realidad, estoy tan pervertido y falto de pudor, que yo mismo colaboro con esas publicaciones. Para excusar mi debilidad hago al mundo que me rodea más fuerte de lo que es en realidad. Por supuesto es un engaño. Uno es jurista o no lo es y por ello no sabría escapar del Mal.

Mi amigo Ernst Lederer escribía sus poemas con una tinta especial, azul claro, sobre bellas hojas de papel veneciano.

Se lo comenté a Kafka, que dijo:

“Él tiene razón. Cada mago tiene su ceremonial. Haydn, por ejemplo, sólo componía luego de ponerse una peluca solemnemente espolvoreada. La escritura es una manera de evocar a los espíritus.”

Algunas veces quedaba estupefacto por las profundos conocimientos que Kafka tenía de los diversos monumentos de la ciudad. Conocía a fondo no solamente los palacios y las iglesias, sino también las más escondidos de las casas con pasajes de la ciudad vieja. Sabía los nombres antiguos de las casas, incluso cuando sus viejos blasones habían sido retirados de las entradas y llevadas al museo municipal en la calle Ne Parici. Kafka descifraba sobre los muros de las viejas casas la historia de la ciudad. Me llevaba por las calles recónditas a esos minúsculos patios interiores en forma de embudo que se encuentran en la vieja Praga y que denomina “escupideras de luz”. En el barrio del viejo puente Charles, me hizo atravesar un porche de inmuebles barrocos, luego otro patio chico como un pañuelito con arcadas renacentistas, luego un estrecho túnel oscuro llevando a una taberna liliputense, apretada en un pequeño patio y llamada ”Vigías de estrellas” (en checo U hvezdaru): ese nombre proviene de que Kepler vivió allí un cierto tiempo y que fue ahí, bajo esa arcada sombría como una caverna, que surgió en 1609 la célebre obra que dejaba bien atrás las certitudes de la ciencia de entonces: “Astronomía Nova”. 

El Dr. Kafka amaba las viejas calles, los palacios, los jardines y las iglesias de la ciudad donde había nacido. Hojeaba con placer e interés todos los libros consagrados a la vieja Praga que yo venía a mostrarle a su oficina. Con manos y ojos, literalmente acariciaba las páginas de esas obras, incluso si las había leído hace tiempo, sin haber esperado que yo se las llevara. Tenía en esos casos la mirada brillante del coleccionista en éxtasis, si bien él no tenía nada de coleccionista; los objetos del pasado no los consideraba piezas de colección fijadas por la historia, sino instrumentos de conocimiento, maleables, frágiles puentes entre pasado y presente.

Tomé conciencia un día que fuimos de la Oficina de Seguros hasta la plaza de la Ciudad Vieja. Nosotros nos detuvimos cerca de la iglesia San Jacobo, que está al frente en diagonal a la Cour de Tyn.

“¿Usted conoce esa iglesia? me preguntó Kafka.

-Si, aunque superficialmente. Creo que pertenece al convento de los Franciscanos, que está al lado. Es todo.

-Seguramente usted ya vio la mano colgando de una cadena, que se halla en la Iglesia.

-Si, y muchas veces.

-¿Quiere que vayamos juntos a verla?

-Con gusto.”

Entramos en la iglesia; sus tres naves están entre las más grandes de las iglesias de Praga. Cerca de la entrada, sobre la izquierda, al extremo de una larga cadena que cuelga de la bóveda se distingue un hueso ennegrecido por la humareda, donde quedan fragmentos resecos de carne y tendones, evocando por sus formas un antebrazo humano. Se dice que sería el de un ladrón a quien se lo cortaron hacia el año 1400, o bien poco tiempo después de la Guerra de los Treinta Años, para colgarlo en la iglesia perpetuando así el recuerdo de la historia que epiloga con ese acto atroz y que, según viejas crónicas y una tradición oral todavía vigente, sería la siguiente:

En esa iglesia, que aún hoy día presenta un número importante de pequeños altares laterales, sobre uno de ellos había una estatua en madera de la Virgen María, recubierta de collares hechos de piezas y oro y plata. Fascinado por ese tesoro, un mercenario sin contrato se escondió en un confesionario aguardando que la iglesia cerrara. Luego, saliendo del escondite, se acercó al altar y subió al taburete que servía al pertiguero cuando enciende los cirios. Había tendido la mano para intentar arrancar su adorno a la estatua, pero su mano se paraliza. Era la primera vez que el ladrón se introducía en una iglesia y creyó que era la estatua que le aferraba la mano. Intenta soltarse sin lograrlo. A la mañana siguiente, cuando el pertiguero lo descubre, agotado, sobre el taburete delante del altar, alertó a los monjes. Al pie del altar donde la estatua de la Virgen aferraba todavía al ladrón pálido de terror, bien pronto se fue juntado una muchedumbre rezando. Entre ellos estaba el burgomaestre y algunos concejales de la ciudad vieja. El pertiguero y los monjes intentaron arrancar a la estatua la mano del ladrón. No pudieron hacerlo. El burgomaestre ordena que viniera el verdugo que, de un solo tajo de espada corta el antebrazo del ladrón. Entonces, “la estatua suelta así la mano”. El antebrazo cae por tierra. Curaron al ladrón y unos días más tarde fue condenado por sacrílego a una larga pena de prisión. Luego de haberla purgado, ingresó como hermano laico en los Franciscanos. La mano cortado fue suspendida de una cadena cerca de la tumba del Concejal Scholle von Schollenbach. Sobre el pilar vecino se fijó una estampa inocente representando el evento, acompañado de una leyenda en latín, alemán y checo.

Kafka levanta la mirada hacia el muñón desecado con interés, miró el pequeño panel describiendo el milagro y luego de dirigió hacia la salida. Yo lo seguía. 

“Es atroz, le dije una vez afuera. Además de un milagro de la Virgen, fue naturalmente un espasmo tetánico.

-¿Qué fue lo que lo provocó?” dijo Kafka. Yo sugerí:

“Casi seguro una inhibición súbita. El sentimiento religioso del ladrón, relegado por su deseo de las joyas de la Virgen, fue despertado de pronto por su gesto. Ese sentimiento era más poderoso de lo que el ladrón pudo creer. Fue eso que le paralizó la mano. 

-Bien visto, dijo Kafka y me tomó del brazo. La nostalgia de lo divino, el temor –que lo acompaña- de profanar el santuario y el deseo innato de justicia: tantas fuerzas poderosas e invencibles que, en el hombre, se sublevan cuando él reacciona contra ellas. Ellas constituyen un regulador moral. Un criminal siempre debe comenzar por vencer esas fuerzas interiores, incluso antes de llegar a cometer una acción criminal. Cada crimen comienza también por un acto físico de automutilación. Ese acto el mercenario ladrón de estatua no pudo concretarlo. Fue eso lo que paralizó su mano. Ella quedó bloqueada por su sentimiento de justicia. La intervención del verdugo no fue para él tan atroz como usted lo piensa. Al contrario, temor y dolor le sacaron un peso de encima aportándole la salvación. El gesto físico del verdugo resultó el sustituto de la automutilación psíquica. Ese pobre mercenario, incapaz de desnudar incluso un maniquí de madera, fue librado al bloqueo que le infligió su conciencia moral. Y fue así que pudo rescatarse como hombre.

Caminamos en silencio. Luego, a mitad de la estrecha calle que une la torre de Tyn con la plaza de la Ciudad Vieja, Kafka se detuvo y me preguntó:

-¿En qué está pensando?

-Me pregunto si una historia como esa del ladrón de la iglesia San Jacobo sería todavía posible hoy día, respondí de inmediato, y lo miré con aire interrogativo.

Él comienza por fruncir las cejas. Luego, después de dos o tres pasos, me dijo: “No lo creo. La nostalgia de Dios y el temor al pecado están en el presente muy debilitados. Estamos sumergidos en unas miasmas de presunciones y la guerra lo probó. La masiva deshumanización pudo, durante años, anestesiar las fuerzas morales humanas y en consecuencia del hombre mismo. Creo que hoy día un ladrón de iglesia no sería víctima de esa forma de parálisis. Pero si ello ocurriera, no se amputaría a ese hombre su brazo, sino de su imaginación moral arcaica: lo encerrarían en un asilo de locos. Allí adentro, las pulsiones morales inactuales manifestadas por su rigidez histérica serían suprimidas, simplemente, por un análisis.”

Sonreí y dije: “El ladrón de iglesia se transformaría en víctima de un complejo oculto, edípico, maternal. Ya que, finalmente se trataría de robar a la madre de Dios.

-Naturalmente, dijo Kafka. No hay pecado ni tampoco nostalgia de Dios. Todo es terrestre y pragmático. Dios está más allá de nuestra existencia. Vivimos por tanto en una rigidez total de la conciencia moral. Los conflictos trascendentes desaparecieron en apariencia, pero todos, absolutamente todos, se defienden como la imagen de madera de la iglesia San Jacobo. Nosotros no reaccionamos. Estamos aquí, eso es todo. ¡Peor todavía! La mayoría entre nosotros, estamos pegados a sillas inestables de principios degradados por los excrementos de nuestra angustia. A eso se resume la práctica de la existencia. Yo, por ejemplo, permanezco sentado en mi escritorio, compulso expedientes y busco disimular con aire serio el asco que me inspira la Oficina de Seguros. Después llega usted, nosotros hablamos de un sinfín de asuntos, andamos las calles bulliciosas para luego perdernos en la serena Iglesia San Jacobo, miramos la mano cortada, hablamos del tétanos moral de nuestra época, luego voy al comercio de mis padres para comer alguna cosa y después a escribir cartas amables de aviso a deudores con atraso de pago. No pasa nada. El mundo está en orden. Estamos igual de inmóviles y rígidos que la imagen de madera en la iglesia. Pero sin altar.”

Kafka me toca la espalda y me dijo: “Hasta la vista.”

En los muelles, en compañía del Dr. Kafka. Vagones de carbón, cargados hasta desbordar, bajo el viaducto de las vías.

Le conté a Kafka que, durante el último año de la guerra, los muchachitos de mi calle en Karolinenthal, organizaban expediciones hasta la colina de Ziska: cuando los trenes de mercancías llegaban a la curva y la tomaban despacio, los muchachos saltaban sobre los vagones abiertos y tiraban para afuera carbón, que luego recogían en bolsas que llevaban a sus casas. Fue en esas circunstancias que uno de mis condiscípulos, Karen Benda –un muchacho joven algo bizco, hijo de una sirvienta gastada por el trabajo, quedó atrapado por las ruedas que lo destrozaron.

Kafka me preguntó: “¿Usted estaba ahí cuando el accidente?

-No, fueron los muchachos que me lo contaron.

-¿Usted participaba en esas expediciones?

-¡Oh que sí! Yo acompañé algunas veces a esa banda de carboneros, como ellos se llamaban. Pero era simple espectador, yo no robaba carbón, en casa teníamos suficiente. Cuando iba a la colina Ziska permanecía algo alejado, detrás de un árbol o un arbusto y miraba desde lejos. Muchas veces era apasionante.

-La lucha por el calor indispensable a la vida es generalmente apasionante, dijo Kafka marcando con fuerza las palabras que él me tomaba. Se trata de una elección entre vida y muerte. No podemos contentarnos con ser simples espectadores. No hay arbusto o árbol para protegerla y la vida no es la colina de Ziska. Cualquiera puede quedar bajos las ruedas. El débil y el pobre más temprano que el fuerte y el rico que tiene su saldo de calor. El débil se desmorona igual casi siempre antes de caer entre las ruedas. 

Yo estaba de acuerdo: “Es verdad. El pequeño Benda algunas veces se quedaba cerca mío sentado en los arbustos. Sus mejillas estaba cubiertas de lágrimas. Tenía miedo, él no quería robar carbón. El robaba sólo porque los otros gamberros se burlaban de él, pues muchas veces la madre lo golpeaba con una escobilla de tapices los días que él volvía a la casa con las manos vacías.

-¡Claro y luminoso! exclamó Kafka con un gran gesto de la mano. Su condiscípulo, ese pequeño Karen Benda fue despedazado no por un tren de mercancías, sino mucho tiempo atrás por la falta de amor de su entorno. El camino que lleva a la catástrofe es peor que su final. ¡Imposible que suceda de otra manera! Los actos de violencia, como esos temerarios saltos sobre un tren en marcha aportan poco. Se saquean algunos pedazos de carbón que se queman rápido y uno se halla temblando en el frío. Las fuerzas necesarias a esos saltos repetidos disminuyen de día en día, los riesgos de caída aumentan. Entonces, es preferible mendigar. Pudiera ser que hubiera alguien que nos tire algunos pedazos de carbón…

-Si, es exacto, dije interrumpiéndolo. Las expediciones de la banda de carboneros comenzaron por una especie de mendicidad. Los muchachos se paraban a lo largo de la vía y pedían a los ferroviarios que les dieran un poco de carbón; ellos generalmente les tiraban unos puñados. Los muchachos comenzaron a saltar sobre los trenes cuando no encontraron ferroviarios generosos.”

El Doctor hizo un nuevo signo de aprobación: “Sí, es eso. Los muchachos sólo osaron saltar cuando no podían esperar ese obsequio y se hallaron en una situación desesperada. Lo veo como si hubiera estado allí, la desesperación pudo empujarlos bajo las ruedas.

Nosotros seguimos nuestro camino sin hablarnos. El Dr. Kafka mira durante un momento el río que rápidamente se oscurecía. Luego, comenzó a hablar de cualquier otra cosa.

Durante una caminata que, de callejuelas y pasajes de la ciudad Vieja nos llevó hasta el decorado moderno de Braben, mi amigo Alfred Kamph me dijo: “Praga es una ciudad trágica. Ya lo vemos en su arquitectura, donde las formas medievales se imbrican casi sin transición. De repente, el alineamiento de fachadas tiene algo de flotante y visionario. Praga es una ciudad expresionista. Las casas, calles, palacios, iglesias, museos, teatros, puentes, fábricas, campanarios y los grandes inmuebles de habitación son trazas petrificadas de un movimiento interior y profundo. No es por nada que Praga tiene en sus blasones un puño enguantado de hierro, que rompe la reja de un cerco estrecho. La apariencia cotidiana de esta ciudad esconde un furor de vida dramático, que sin cesar quiere romper las formas antiguas para consolidar la nueva vida. Pero ellos ya contienen los gérmenes de la decadencia, la violencia llama a la violencia. El desarrollo técnico partirá el puño de hierro, sobre el presenta sopla un olor de ruinas.”

Entrando a casa escribí las palabras de Kampf en mi diario, para poder leerlas a Kafka al otro día en la Compañía de Seguros.

Kafka me escuchó con atención y cuando mi diario estaba cerrado, guardado en el portafolios, sobre mis rodillas, se mordió el labio inferior durando unos instantes. Luego se inclinó apoyando su brazo sobre el escritorio; sus rasgos se distendieron y dijo con dulzura, pesando sus palabras. “A decir verdad, los propósitos de su amigo son ya, en ellos mismos, un puño de hierro. Imagino que lo hicieron estremecerse. Eso también me pasa a mí, a veces, cuando escucho a mis amigos. Ellos son tan elocuentes que me fuerzan sin cesar a pensar por mí mismo.”

Soltó su pequeña risa inconfundible, muy suya y que hace pensar al ruido del papel arrugado; moviendo la cabeza hacia atrás y concentrándose en el techo con su mirada intensa me dijo: “No sólo Praga: el mundo entero es trágico. El puño de hierro de la tecnología rompe las barreras protectoras. No es el expresionismo, es la vida cotidiana en toda su desnudez. Nosotros somos arrastrados hacia la verdad como los criminales hacia el cadalso. 

-¿Por qué? ¿Cuestionamos el orden? ¿Ponemos en peligro la paz?” Quedé espantado del tono burlón de mi pregunta y observando su reacción a mi exclamación, no pude impedir llevar a mis labios el pulgar replegado. Kafka miraba a la distancia más allá de mi persona, de todas las cosas y a la vez reaccionado a cada palabra de mi pregunta: “Si, nosotros perturbamos la paz y el orden. Ese es nuestro pecado original. Nos ubicamos por encima de la naturaleza. No podemos contentarnos de morir y regresar en tanto que especie. Nosotros queremos, cada uno como individuo, guardar y conservar la vida en la alegría tanto tiempo como sea posible. Es una revuelta que nos hace malgastar la vida. 

-Sigo sin entender, respondí francamente. Que queremos vivir y no morir es algo natural. ¿Qué tiene ello de crimen extraordinario?”

Mi voz estaba ganada por una ligera ironía, pero Kafka parecía insensible a ello. Con calma dijo: “Nosotros intentamos ubicar nuestro mundo individual y limitado más allá del infinito. Con ello, perturbamos el ciclo de las cosas. Ahí se halla nuestro pecado original. Todos los fenómenos del cosmos y la tierra se desplazan, como cuerpos celestes, de manera circular; ellos conforman un eterno retorno; sólo el hombre, el ser humano concreto, sigue un trayecto rectilíneo desde el nacimiento hasta la muerte. Para el hombre el regreso personal es inexistente. Lo único que resiente es su caída, con ello contraría el orden del cosmos. Es el pecado original.”

Interrumpiendo a Kafka le dije: “¡Pero él no puede hacer nada. Ello no puede ser pecado ya que él nos es impuesto por el destino.”

Kafka gira lentamente su rostro hacia mi. Vi sus grandes ojos grises sombríos e impenetrables. El rostro estaba ganada por una calma profunda y mineral. Sólo se movía ligeramente el labio inferior avanzando hacia delante. ¿Era tal vez apenas una sombra?

Él me preguntó: “¿Usted quiere protestar contra Dios?”

Bajé la cabeza, sin decir ni una palabra. Del otro lado de la mampara se escuchaba el murmullo de una voz.

Entonces Franz Kafka dijo: “Negar el pecado original, es negar a Dios y al hombre. Quizá el hombre sólo tiene su libertad del hecho de ser mortal. ¿Quién puede saberlo?”

Cuando terminó la primera guerra mundial, el Golem de Gustav Meyrink fue la novela alemana de mayor suceso. Franz Kafka me habló de ese libro:

“La atmósfera de la ciudad vieja judía de Praga está lograda maravillosamente.

-¿Usted se acuerda todavía del viejo barrio judío?

-A decir verdad, ya estaba en camino de desaparecer y sin embargo…”

Kafka hizo con la mano izquierda un gesto que quería decir: “¿Qué fue lo que allí cambió?” y su sonrisa respondió: “Nada.”

Luego agregó:

“En nosotros continúan viviendo los rincones oscuros, los pasajes misteriosos, las ventanas ciegas, patios sucios, tabernas ruidosas y restaurantes clausurados. Nosotros nos movemos por las largas calles de los barrios nuevos, pero nuestras miradas y pasos son dubitativos. En el fuero íntimo seguimos temblando como en los viejos callejones de la miseria. Nuestro corazón no está preparado para esos trabajos de saneamiento. La vieja ciudad judía insalubre que llevamos en nosotros es mucho más real que la nueva e higiénica que nos rodea. Bien despiertos, marchamos en un sueño y somos apenas un espectro de los tiempos pasados.”

El poeta Hans Klaus me ofreció un pequeño libro: Tubutsch de Albert  Ehrenstein, con doce dibujos de Oskar Kokoschka. Kafka vio el libro entre mis manos, yo se lo presté y me lo devolvió en la siguiente visita a la oficina.

“Un libro pequeño y adentro un ruido enorme, me dijo. ¿Usted conoce L’homme crie?”

-No.

-Creo que es una antología de poemas de Albert Ehresntein.

-Entonces usted lo conoce bien.

-Bien… dijo Kafka levantando los hombros. Nunca conocemos a los vivos, el presente es cambio y metamorfosis. Albert Ehrenstein es de la raza del presente. Es un niño extraviado en el vacío y que grita.

-¿Qué opina usted de los dibujos de Kokoschka?

-No los entiendo. Dibujo viene de dibujar, designar, significar. Ellos no significan para mi otra cosa que la gran confusión y el gran desorden interior del presente.

-Es la exposición expresionista de Rudolfinumn, yo vi su gran cuadro de Praga.”

Kafka mueve, palma hacia arriba, la mano izquierda que reposaba sobre la mesa.

“¿El gran cuadro, con la cúpula verde de la iglesia de San Nicolás en el medio?

-Si, esa.”

Kafka inclina la cabeza para decir:

“En ese cuadro, los techos vuelan, las cúpulas son paraguas en el viento. La ciudad toda ella está batiendo las alas para emprender vuelo. Sin embargo, a pesar de todas esas tensiones internas Praga sigue de pie. Es eso lo que esta ciudad tiene de maravilloso.

Le presté a Kafka una traducción alemana del Bhagavad Gita, el libro sagrado de la India.

Kafka me dijo: “Los textos sagrados de la India me interesan y repugnan a la vez. Como un pez ellos tienen algo de seductores y horribles. Todos esos yogis y magos se vuelven maestros de la vida, en su contingencia natural, no por su ardiente amor de la libertad sino por un odio, retenido y glacial, de la vida. La fuente de los ejercicios religiosos de la India, es un pesimismo sin fondo.”

Evoqué el interés de Schopenhauer por la filosofía religiosa de la India. Kafka acota:

“Shopenhauer es un artista de la lengua. Es al nivel de la lengua que nace su pensamiento. Hay que leerlo absolutamente aunque más no sea por su lengua.”

-¿Usted estudió la vida de Ravachol?

-¡Si! Y no sólo la de Ravachol, sino también la vida de otros anarquistas. Me metí en las biografías y las ideas de Godwin, de Proudhon, de Stirner, de Bakounine, de Kropotkine, de Tucker y Tolstoi. Frecuenté diferentes grupos, asistí a reuniones; resumiendo, invertí en ese asunto mucho tiempo y dinero. En 1910 participé en las reuniones de los anarquistas checos en una taberna de Karolinental llamada “Zum Kononenkreuz”, donde se reunía el club anarquista llamado “Club de los jóvenes” disimulado en club de mandolina. Max Brod me acompañaba varias veces a esas reuniones que, en el fondo, no le gustaban nada. Las consideraba el equivalente político de un extravío de juventud. Para mi eran asunto muy serio. Estaba en la pista de Ravachol. Ella me condujo luego a Erich Mühsam, Arthur Holitswcher y al anarquista vienés Rudolf Grossmann, que había tomado el nombre de Pierre Ramuz y publicaba la revista “Bienestar para todos”. Todos ellos buscaban realizar la felicidad de los hombres sin la Gracia. Los entendía y sin embargo…” –Kafka levanta los brazos como alas rotas que caen sin fuerza- “yo no podía continuar por mucho tiempo a marchar del brazo con ellos. Permanecía del lado de Max Brod, Felix Weltsh y Oskar Baum. Ellos están más cerca de mí.”

Kafka permanece quieto. Llegamos a la casa donde él habitaba, me miró uno o dos segundos con una sonrisa soñadora, y luego me dijo en voz baja: “Todos los judíos son, como yo, unos ravachones, los excluidos. Siento todavía los puñetazos y patadas que me daban los malos compañeros, cuando no volvía directamente a mi casa; pero no soy capaz de pelear. No tengo aquella energía de la juventud. ¿Una gobernanta que me protegiera? Ahora no la tengo.

Kafka me tendió la mano. “Se hace tarde. Buenas noches.”

Tres años más tarde, a propósito de no recuerdo cuál escritor moderno, Kafka comentó al pasar que la tonalidad propia de un escritor “siempre dependía de los íconos de su juventud”. Riendo yo agregué: “Mis íconos me los proporciona la Wiener Kronen-Zeitung.”

En nuestro siguiente encuentro, le mostré al Dr. Kafka los ejemplares de la revista que había hecho encuadernar. Hojeó el volumen con interés, se divierte mirando las frutas y ramos de flores en la cabeza de las damas, se toma más tiempo sobre escenas de la revolución rusa y resopla exageradamente afectado: -“¡Puag, qué horror”- al ver el cadáver mutilado de una prostituta vienesa.

Yo digo: “Es una ensalada de imágenes, abigarrada y contradictoria como la vida.” Kafka respondió sacudiendo la cabeza: “No, eso no es cierto. Esas imágenes ocultan más cosas de las que revelan. Ellas no van a lo profundo, hasta el nivel donde las contradicciones se corresponden. La figuración de un suceso es aquí sólo un modo de ganar dinero. Bajo esa perspectiva, las ilustraciones de la Kronen-Zeitung son más unívocas y tienen por tanto menos valor que los grabados inocentes en madera que antiguamente se mostraban en las ferias populares. Esas ofrecían todavía un estímulo a la imaginación, la cual podía trascenderlas. Es lo que ya no hacen los periódicos. Ellos rompen las alas de la facultad imaginativa. Es natural. Más se mejora la técnica de la imagen, más nuestros ojos se debilitan. El aparato paraliza los órganos, es el caso de la óptica, la acústica y los transportes. La guerra acercó la América de Europa, los continentes se imbricaron unos en otros. Una chispa lleva en un instante la voz humana de un lado a otro de la tierra. No vivimos en espacios limitados por las dimensiones humanas, habitamos un pequeño astro perdido, rodeado por millones de mundos grandes y pequeños. El universo se abre como enormes fauces. En esa inmensa garganta, nosotros perdemos cada día un poco más nuestra libertad personal de movimientos. Creo que dentro de poco deberemos tener un pasaporte especial para descender en nuestro corazón. El mundo se metamorfosea en un ghetto.”

Con prudencia le pregunto: “¿No es eso un tanto exagerado?”

Kafka sacude la cabeza: “¡No, de ninguna manera! Eso lo constato para empezar aquí, en la Oficina de Seguros. El mundo se abre pero nosotros estamos hundidos en los estrechos abismos de papel. Nada es menos seguro, por el instante, que la silla donde estamos sentados. Vivimos en una regla sin entender que cada hombre es de hecho un laberinto. Nuestros escritorios son lechos de Procusto sin que seamos héroes de la antigüedad. Por tanto, más allá de las apariencias somos apenas personajes tragicómicos.

Kafka era un partidario convencido del sionismo.

Cuando abordamos ese tema por la primera vez en la primavera de 1920, yo volvía a Praga luego de una breve temporada en la campaña.

Fui a ver a Kafka a su escritorio sobre el Poric. Estaba de buen humor, locuaz y hasta lo que me pareció, realmente feliz de mi visita improvisada.

“Lo pensaba bien lejos de aquí y he aquí que está bien cerca. ¿No fue agradable ese viaje a Chlumetz?

-Oh que sí, pero…

-Pero aquí es mejor, completa Kafka sonriendo.

-Usted sabe lo que es eso… Uno siempre está mejor en su casa. Todo es diferente.

-Todo es siempre diferente cuando uno está en su casa, dijo Franz Kafka, con los ojos como velados por un sueño. La vieja patria es siempre nueva, cuando uno vive conscientemente; estando plenamente consciente de aquello que lo une a los otros y los deberes que tenemos para con ellos. El hombre sólo se vuelve un hombre libre cuando acepta esos vínculos. Es lo que hay de más precioso en la vida.

-La vida sin libertad es imposible”, le digo.

Franz Kafka me mira como si quisiera decir: calma, calma. Con sonrisa triste dice: “Ello parece tan convincente que hasta nos lo creemos. En realidad, las cosas son mucho más difíciles. La libertad es la vida, la ausencia de libertad es siempre mortal. La muerte es tan real como la vida. La dificultad está en que estamos expuestos a las dos: tanto a la vida como a la muerte.

-En consecuencia, usted considera que si un pueblo no es autónomo, ello significa que él se apaga. El checo de 1913 es menos vital y en consecuencia, peor que el checo de 1920.

-No es eso lo que quería decir, replica el Dr. Kafka. No sabríamos por tanto distinguir con claridad los checos de 1913 a los de 1920. Hoy día los checos tienen muchas más posibilidades y por tanto podrían –se podría decir- ser mejores.

-No llego a comprenderlo.

-Tampoco sabría decirlo mejor. Si me puedo expresar mejor sobre ese asunto, es quizá porque soy judío.

-¿Cómo es eso? ¿Qué tiene que ver?

-Nosotros hablamos de los checos de 1913 y 1920. En cierta manera es un asunto histórico y pone en la luz eso que llamaría una insuficiencia moderna de los judíos.”

Yo debería tener un aire bien estúpido, ya que –de acuerdo al tono y actitudes que adopta Kafka- él estuvo luego menos atento del asunto en sí que de ser comprendido por su interlocutor. Se inclina hacia mi para decir en voz baja y con extrema claridad:

“Hoy día, los judíos no se contentan con la historia, esa patria situada en el tiempo. Ellos desean hallar un país que les pertenezca en el espacio, pequeño pero similar a los otros. Hay de más en más judíos jóvenes que regresan a Palestina. Es un retorno hacia ellos mismos, hacia sus propias raíces y el crecimiento. Esa patria Palestina es para los judíos un objetivo necesario. Mientras que Checoslovaquia es para los checos un punto de partida.

-Una suerte de pista de despegue.”

Kafka inclina la cabeza hacia su lado izquierdo.

“¿Usted piensa que ellos llegarán a despertar? Los vería más bien alejarse excesivamente de sus bases, de las fuentes de energía que les pertenece. Nunca escuché decir que un aguilucho haya aprendido a volar como águila observando, obstinada y constantemente, cómo nada una carpa enorme.

“Judíos y alemanes tiene varios puntos en común, dice Kafka en una conversación sobre Karen Kramer: ellos tienen gancho, son concienzudos, trabajadores y cordialmente detestados por los otros. Judíos y alemanes son excluidos.

-Puede que los detesten precisamente por esas cualidades.” dije.

Kafka sacude la cabeza: “¡Oh no! La razón es mucho más profunda. Es una razón religiosa al fin de cuentas. Tratándose de los judíos es evidente. En cuanto a los alemanes, es menos claro ya que ellos todavía no destruyeron su templo. Pero ya vendrá.

-¿Cómo es eso?” Yo estaba perplejo. “Los alemanes no son un pueblo teocrático, ellos no tienen dios nacional ni templo especial.

-Es lo que generalmente se admite, pero la realidad es muy otra, dijo Kafka: Los alemanes tienen el dios que hace crecer el hierro. Su templo, es el estado mayor prusiano.”

Comenzamos a reírnos, pero Kafka pretendía que él hablaba seriamente y se reía porque yo mismo reía. Era una risa contagiosa.

Franz Kafka me cuenta que el escritor judío praguense Oskar Baum había ido a la escuela elemental alemana. A la salida, generalmente había peleas entre alumnos alemanes y checos. Durante una de esa agarradas, Oskar Baum recibió tales golpes en los ojos dados con un porta plumas de madera, que sufrió un desprendimiento de retina y perdió la vista.

“Es en tanto que alemán que el judío Oskar Baum perdió la vista, me dijo Kafka. En el nombre de una pertenencia que en realidad él no tenía y que nunca le fue reconocida. Pudiera ser que Oskar sea el triste símbolo de lo que en Praga se llama los Judíos alemanes.”

Nosotros hablamos de las relaciones entre checos y alemanes. Yo decía que, para favorecer una mejor comprensión entre las dos nacionalidades sería bueno publicar una historia checa en versión alemana.

Kafka rechaza esa idea con un gesto de desaliento.

“Es inútil, me dijo. ¿Quién leería eso? sólo los checos o los judíos. Sin duda no los alemanes, ya que ellos no quieren conocer, comprender, leer. Ellos sólo quieren gobernar y poseer, y en ese caso es un obstáculo el comprender. Uno oprime mejor al prójimo cuando no lo conoce, se hace la economía de los remordimientos. Es por ello que nadie conoce la historia de los Judíos.

Yo protesté: “Es inexacto. Desde los primeros años de escolaridad se enseña la historia bíblica, y por tanto una parte de la historia del pueblo judío.”

Kafka esbozó una sonrisa amarga:

“¡Es precisamente eso! Ello aporta a la historia de los judíos su aspecto de relato, que permite luego a la gente tirarlo, al mismo tiempo que su infancia, en el abismo del olvido.”

Franz Kafka hojeaba el libro de Alfons Paquet El espíritu de la revolución rusa, que yo había llevado a su escritorio.

“¿Tiene usted la intención de leerlo? le pregunté.

-Gracias, dijo Kafka y me tendió el libro por encima del escritorio. En este momento no tengo tiempo. Es una pena, los hombres intentan en Rusia construir un mundo perfectamente justo. Es una historia religiosa.

-Pero el bolchevismo ataca la religión.

-Lo hace porque él mismo es una religión. Esas intervenciones, sublevaciones y bloqueos, ¿qué significan? Son pequeñas aberturas de telón de vastas y crueles guerras de religión que van a caer sobre el mundo.

Cruzamos un cortejo de obreros yendo a una manifestación, banderas y estandartes al viento. Kafka me dice:

“Esa gente están tan orgullosas, confiados y felices. Porque son dueños de la calle se imaginan que son los dueños del mundo. En realidad se equivocan de punta a punta, detrás de ellos ya hay secretarios, permanencias y politiqueros; todos esos sultanes de los templos modernos y que retardan la vía que lleva al poder.

-¿Usted no cree en la potencia de las masas?

-Esa potencia de las masas yo la veo: ella es informe, nadie puede domarla y no tendrá descanso hasta que sea domada y formada. Al final de toda evolución en verdad revolucionaria surge un Napoleón Bonaparte.

-¿No cree que la revolución rusa se extienda todavía?

Luego de un instante de silencio, Kafka respondió:

“Más una revolución se extiende, menos su agua es profunda y se hace turbia. La revolución se evapora y sólo queda el florero de una nueva burocracia. Las cadenas de la humanidad torturada están hechas de expedientes e informes.

Llegando dos días más tarde al escritorio de Kafka lo encontré a punto de salir, con un expediente en la mano. Iba a irme, cuando él me retuvo:

“Vuelvo enseguida” me dijo y ofreciéndome la silla reservada para los visitantes. “Mientras espera puede hojear esos periódicos.” y empuja hacia mí algunos cotidianos alemanes y checos.

Me concentré en esos diarios, leí los titulares, recorrí una nota de audiencia y algunas pequeñas novedades teatrales, de hecho reducidas al anuncio de algunos espectáculos. Pasando las páginas encontré, en medio de las informaciones deportivas, la continuación de un folletín policial. Había leído dos o tres párrafos cuando Kafka volvió. 

“Veo que esperó en compañía de bandidos y detectives”, me comenta habiendo mirado mi lectura.

Puse de inmediato el diario sobre el escritorio y dije: “Apenas una curiosidad sobre esas bobadas.”

-“¿Usted trata de bobadas a la literatura que le aporta más dinero al editor?” preguntó Kafka, simulando indignación. Se sienta en su escritorio y continúa, sin esperar mi respuesta: “Es una mercadería importante. La novela policial es una droga que deforma todas las proporciones de la vida y hace ver el mundo al revés. En la novela policial, siempre se trata de descubrir los secretos que se ocultan detrás de los sucesos extraordinarios. En la verdadera vida, ocurre exactamente lo contrario. El secreto no está agazapado en un plano secundario. Al contrario, nosotros tenemos todo bajo las narices. Es todo lo que parece natural. Es por eso que no la vemos. La banalidad cotidiana es la historia más grande de bandidos que existe. La frecuentamos a cada minuto sin prestarle atención, suma millones de crímenes y cadáveres. Es la rutina de nuestra existencia. En caso que, al contrario de nuestra costumbre, hubiera y es de esperar alguna cosa que nos sorprenda, disponemos de un calmante maravilloso, la novela policial, que nos presenta todo secreto de la existencia como fenómeno excepcional, pasible de ir a tribunales. La novela policial no es por tanto una bobada, sino –retomando el título de Ibsen- un sostén de la sociedad, una pechera almidonada bajo la blancura férrea y cobarde inmoralidad que, por otra parte, se hace pasar por las buenas costumbres.

Estaba con Kafka en una exposición de pintura francesa en la sala de exposiciones de Graben. Había allí algunas telas de Picasso: naturalezas muertas cubistas y mujeres rosadas con pies gigantescos.

“He aquí alguien que deforma como él quiere, dije.

-Yo no lo creo, dijo Kafka. Lo que hace Picasso es dar cuenta de las deformaciones que todavía no han llegado a nuestra conciencia. El arte es un espejo que “avanza”, como un reloj. Algunas veces.”

Le llevé a Kafka para mostrarle algunos libros nuevos que pedí prestados en la librería Neugebaner.

Hojeando un volumen de dibujos de George Grosz me dijo: “Es la vieja imagen del capital: el hombre obeso con galera, sentado sobre el dinero de los pobres.

-Es únicamente una alegoría”, intenté acotar.

Franz Kafka frunció las cejas.

“¡Usted dice solamente! La alegoría, en el espíritu de los hombres, se vuelve una copia de la realidad, lo que es naturalmente falso. Pero tal imagen ya induce el error.

-Usted piensa entonces, señor, que esta imagen es falsa.

-No diría exactamente que ella es falsa. Es falsa y justa a la vez. Justa en una sola dirección, falsa en la medida en que decreta que una mirada parcial es una vista de conjunto. Que el hombre obeso sea el capitalismo, de ninguna manera es justo. El hombre obeso domina al pobre en el marco de un sistema determinado, pero que en sí mismo no es el sistema. Él no es ni siquiera el dueño de ese sistema. Al contrario, él también arrastra unas cadenas que no están representadas en ese dibujo. La imagen es incompleta. Por esa razón ella no es buena. El capitalismo es un sistema de dependencias que van del interior al exterior y del exterior hacia el interior, de arriba abajo y de abajo hacia arriba. Todo es interdependiente y está encadenado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma. 

-¿Entonces cómo lo representaría usted?

El Dr. Kafka levanta los hombres y sonríe con aire triste.

“No sé. Nosotros los judíos no somos pintores a decir verdad. No sabemos cómo representar las cosas de manera estática. Siempre las vemos fluyendo, en movimiento y metamorfoseándose. Somos narradores.”

El ingreso de un empleado interrumpió nuestra conversación. Cuando el inoportuno visitante salió del escritorio quise volver al interesante asunto que habíamos abordado, pero Kafka declara a manera de conclusión: “Olvidemos eso, un narrador no sabría hablar de su trabajo de narrador. O bien hace su tarea de narrador, o bien él se calla. Eso es todo. O bien su universo comienza a resonar en él, o bien ese universo se hunde en el silencio. Mi universo poco a poco cesa de resonar. Yo estoy apagado.”

Cuando, después de la Primera Guerra mundial, vimos llegar a Praga los primeros filmes americanos, y con ellos los pequeños filmes burlescos de Charles Chaplin, Ludwig Venclik, por entonces joven cinéfilo y ahora periodista especializado del cine, me pasó un montón de revistas americanas y algunas fotos de las películas de Chaplin.

Se las mostré a Kafka que las recibió con una amable sonrisa. 

“¿Usted conoce a Chaplin?, le pregunté.

-Muy poco, respondió Kafka. Vi uno o dos pequeños filmes de él.”

Considera con atención y gravedad mis fotos, que yo había puesto delante suyo y dijo con tono pensativo: “Es un hombre extremadamente enérgico, que tiene la pasión del trabajo. Vemos arder en sus ojos la llama de la desesperación que le inspira la convicción de que la bajeza es incambiable, pero él no capitula jamás. Como todo verdadero humorista tiene una dentadura de fiera salvaje, se sirve de ella para lanzarse sobre el mundo. Lo hace de una manera que le pertenece y es bien particular. A pesar de su cara pálida y ojeras no es un Pierrot sentimental, pero sin llegar a ser un crítico acervo. Chaplin es un técnico. Es un hombre de un mundo mecanizado, donde la mayoría de nuestros semejantes no disponen más de sentimientos, ni de instrumentos intelectuales para apropiarse realmente la vida que le es dada. Ellos carecen de imaginación. Chaplin entonces se pone a la tarea. Como un dentista de prótesis fabrica sus dientes falsos, él aporta prótesis a la imaginación. Que son sus filmes. En general, el cine no es otra cosa que eso.

-El amigo que me dio esas fotos me comenta que iban a proyectar, en la Bolsa del cine, una serie de filmes burlescos de Chaplin. ¿Le gustaría venir conmigo? Venchik nos llevaría con mucho gusto.

-No, gracias, respondió Kafka sacudiendo la cabeza, preferiría no ir, la diversión es para mi un asunto mucho más serio. Me arriesgaría a encontrarme allí como un payaso sin maquillaje.

Franz Kafka tomaba siempre un aire sorprendido cuando le comentaba que había ido al cine. Un día reaccioné a su mímica y le pregunté: “¿A usted no le gusta el cine?”

Luego de reflexionar algunos instantes él respondió:

“De hecho, nunca reflexioné al respecto. Es cierto que es un juguete magnífico. A mi me resulta insoportable, quizá porque soy muy visual. Soy uno de esos seres en los cuales prima la vida y el cine perturba la visión. La velocidad de los movimientos y la sucesión precipitada de imágenes las condenan a una visión superficial de manera continua. No es la mirada que capta las imágenes, son ellas que captan la mirada. Ellas sumergen la conciencia. El cine obliga al ojo a portar un uniforme, mientras que hasta ahora él estaba desnudo.

-Es una afirmación terrible, acoté. El ojo es la ventana del alma, dice un proverbio checo.

Kafka parece aceptarlo y agrega:

“Los filmes son postigos de hierro.”

Algunos días más tarde retomé esa conversación:

“El cine es una potencia terrible. Es mucho más potente que la prensa. Las vendedoras, modistas y costureras tiene todas los rostros de Barbara La Marr, Mary Pickford y Perla White.”

-Es natural, respondió Kafka. El deseo de la belleza transforma a las mujeres en actrices. La vida real no es otra cosa que el reflejo de los sueños de los escritores, y la lira de los escritores modernos tiene como cuerdas interminables películas.

Le llevé al Dr. Kafka un número especial de la revista checa Cerven, que tenía la traducción de “Zona” de Guillermo Apollinaire, ese poema de marejada potente. Kafka lo conocía. Él me dijo:

“Leí esa traducción apenas se publicó. Además conozco el original francés que estaba en la antología Alcools. Esos poemas y una reedición de bolsillo de las cartas de Flaubert, son los primeros libros franceses que me pude procurar después de la guerra.

-¿Qué impresión le hicieron? le pregunté.

-¿Cuál? ¿El poema de Apollinaire o la traducción de Capèk” reajusta Kafka, de una manera un tanto seca que tenía cuando se trataba de una precisión.

“Los dos”, respondí y de inmediato emití mi opinión: “¡Yo me siento trasportado!”

-Le creo sinceramente, dijo Kafka. Desde el punto de vista de la lengua, es una proeza. Tanto el poema como la traducción.

Su reacción me estimula. Estaba contento que mi “descubrimiento” hallara un eco en el Dr. Kafka; entonces intenté exponer y motivar más en detalle el placer que había experimentado. Cité el comienzo del poema, la evocación de la torre Eiffel comparada a una pastora en medio del rebaño de automovilistas balando, evoqué la alusión al reloj del barrio judío de Praga, con sus números hebreos, cité la descripción de los muros de ágata y malaquita de la capilla San Wenceslao, en la catedral San Vito sobre el Hradchn, y concluí mi apreciación de la obra de Apollinaire con esta frase: “Este poema es un imponente arco de poesía, tendido entre la torre Eiffel y nuestra catedral, y abrazando la diversidad abigarrada del universo de nuestro tiempo.

-Si, dijo Kafka aprobador. Ese poema es una verdadera obra de arte. Apollinaire resumió en una especie de visión sus encuentros visuales. Es un virtuoso.”

Esta última oración emitía un ruido extrañamente ambiguo. Bajo la explícita admiración, sentía una reserva reprimida y sin embargo neta, que a pesar mío, despertaba en mi un eco expandiéndose discretamente. Le dije: “¿Un virtuoso? Eso me desagrada.

-A mi también, exageró Kafka de manera espontánea y me pareció, con cierta alivio. Me opongo a todo virtuosismo. Su habilidad de malabarista coloca el virtuoso por encima de las cosas. ¿Puede un poema estar por encima de las cosas? ¡No! Es el prisionero del mundo que él habita y representa, como Dios lo es de su creación. Para liberarse, él extrae ese mundo de sí mismo. Eso no es una proeza de virtuosos, es un nacimiento, un parto que como todo parto, aporta a la vida. ¿Pero usted escuchó alguna vez decir a una mujer que ella era una victoriosa del parto?

-Nunca escuché tal cosa. Nacimiento y virtuosidad, eso no van juntos.

-Por supuesto, dijo Kafka. No hay virtuosismo en un nacimiento. Hay partos fáciles o difíciles, pero siempre dolorosos. El virtuosismo es asunto de comediantes. El comediante comienza allí donde el artista se detiene. Ello se observa en el poema de Apollinaire, que condensa sus diferentes experiencias espaciales y una visión temporal suprapersonal. Lo que Apollinaire despliega sobre nuestros ojos es un filme verbal, es un malabarista que sugiera al lector una imagen divertida. Es el trabajo no de poeta sino de comediante, de un humorista casi. El poeta intenta integrar su visión a la experiencia cotidiana de un lector; para lograrlo utiliza una lengua sin asperidades aparentes que sea familiar al lector. Es aquí el caso, por ejemplo.”

Diciendo eso, el Dr. Kafka tomó en una casillero de su escritorio un pequeño volumen con tapas grises verdosas y lo coloca delante mío. “Eso son los cuentos de Kleist, dijo. Es la poesía de verdad, la lengua es límpida. Usted no hallara aquí fiorituras ni pretensiones. Kleist no es un malabarista ni cómico público. Toda su vida se pasó bajo la presión de tensiones visionarias entre hombre y destino; las hay luminosas y fijadas en una lengua límpida, que todo el mundo puede comprender. Su visión está destinada a ser patrimonio de experiencias, al cual cada uno puede tener acceso. A ello se esmera Kleist sin recurrir a la acrobacia verbal, comentarios ni sugestión. Aúna modestia, comprensión y paciencia. Aporta la indispensable energía a todo nacimiento, es por ello que lo releo sin parar. El arte no es asunto de desmayo momentáneo sino de ejemplo durable. Los cuentos de Kleist lo muestran claramente, son las raíces de la literatura alemana moderna.”

Al momento de despedirnos, antes de su partida para el sanatorio de los Cárpatos, le dije: “Usted va a descansar y regresar curado. El futuro todo lo arreglará. Todo cambiará.”

Sonriendo, Kafka apunta el índice de su mano derecha sobre el pecho y dice:

“El futuro ya está aquí, en mi. El cambio será la manifestación de mis heridas ocultas.”

Yo me impacienté:

“Si usted no cree en una cura ¿por qué va a ese sanatorio?”

Kafka se inclina sobre su escritorio.

“Todos los acusados se esfuerzan por lograr que el veredicto sea aplazado.”

Luego de la primera audiencia de divorcio de mis padres fui a visitar a Franz Kafka.

Yo estaba muy agitado, deprimido y por tanto injusto.

Cuando llegué al final de mis lamentaciones, Kafka me dijo: “Sea tranquilo y paciente. Deje que caigan sobre usted el mal y el disgusto con calma. No deje que lo venza. Al contrario, obsérvela de cerca. Sustituya la comprensión activa con reacción afectiva y su desarrollo espontáneo lo llevará pronto más allá de las cosas. Para alcanzar la grandeza, el hombre debe pasar necesariamente por su propia pequeñez.”

Durante el verano de 1924 estaba en Obergeorgenthal, cerca de Brüx. El viernes 20 de junio, si, el viernes 20 de junio de 1924, cuando recibí de Praga una carta de mi amigo el pintor Erich Hist.

Él me escribía esto:

“Me entero ahora mismo, por la redacción del Tagblatt, que el escritor Franz Kafka murió el 3 de junio en un pequeño sanatorio privado de Kilesling, cerca de Viena. Pero fue enterrado aquí en Praga, el miércoles 11 de junio de 1924 en el cementerio judío de Strahcnitz.”

Levanté la mirada hacia el pequeño retrato de mi padre colgado en el muro, encima de mi cama.

Él se había suicidado el 14 de mayo de 1924.

Kafka había fallecido el 3 de junio, veintiún días más tarde.

Veintiún días más tarde.

Veintiún días…

Un ragtime bostoniano

Pero claro que lo recuerdo como si fuera hoy. Aquello sucedió a finales de 1936, comienzos del 37… ella tenía ya unos cuantos años y fueron los meses cuando asomó la desgracia para perpetuarse. Esa familia marcada por la fatalidad se contaba entre las más prósperas, influyentes y numerosas de la sociedad montevideana; la madre trajo al mundo algo así como siete hijos y esa natalidad doméstica, le permitió a la muchacha pasar a un segundo plano acaso favorable, participando esporádicamente en expresiones mundanas de felicidad familiar.

Desde muy pequeña supo que sería una mujer distante, rengueaba como secuela de una malformación congénita en la cadera, los rasgos faciales estrictos tampoco compensaban el defecto óseo, ella concentraba apariencias rehusando el misterio sensual, incitando el desdén como si se lo hubiera anunciado la Virgen en una aparición; sabía que las ataduras cartilaginosas de fealdad trabando su cuerpo se acentuarían con el correr de los años. Ante lo inapelable e incambiado reaccionó con sabiduría estoica; a las semanas sumadas de tristeza entendible -cuando llegó el trance sabido de interrogarse sobre su anatomía- le siguieron el escrúpulo, un vago consuelo de que tanta contrariedad debía ocultar otro privilegio potencial. Así como sus hermanas soñaban con promesas de protagonismo en sociedad, ella se distanció de afectos convencionales de parentela, habiendo tanto hermano en la familia la sucesión de la sangre vigorosa de los ancestros estaba asegurada.

Con libertad impuesta ante la responsabilidad femenina de parir herederos, la muchacha se proyectó en un porvenir de soledad y aislamiento como lo haría una heroína sufrida de folletín. El reconocimiento temprano de limitaciones relativas a convenciones matrimoniales asumido, ella despejó para siempre cualquier estado de ánimo lindando el desasosiego. Fuerte de carácter por necesidad, se propuso conquistar con sus propias manos la estrechísima parcela de felicidad que le estaba destinada, dando por descontado que debería arreglárselas con su magra escudilla de dicha: tiempo indefinido, espacio probable para evolucionar y ese cuerpo… Tal era una definición aceptable de la vida aguardándola, su existencia exigiría al máximo la pericia de administrar lo indeseado, le serían negados el derroche de desplantes que consiente la belleza insolente y otros caprichos de quien está tocada para asumir un destino superior. Fue imperativo cultivar la discreción, domeñar desde la infancia el desorden de las pasiones evitando acechanzas del ridículo y hallar territorios de contento donde la fealdad no contara.

A fuerza de voluntad y determinismo fatalista impostor, desde los primeros años tenía maneras de tía solterona desacomplejada y parecía asediada por un pasado de amores turbios que la siguieran desde una vida anterior. Era la nena especial, condición ideal teniendo en cuenta los escasos tratos sociales que estaba obligada a padecer y lo mismo se las ingenió para dominar astucias elementales de la existencia. Aprendió costura dispensándose la vergüenza de ir a la modista, desnudar la cadera malformada y la pierna esa tullida; se inició a los secretos de la comida refinada, educando con dietas estrictas el cuerpo que debería aguardar sin rubores la hora de la muerte sin hijos. Conoció gramáticas de varios idiomas para escudarse de participar en triviales conversaciones caseras y aceleró su aprendizaje del piano. Mientras ella tocaba durante las sofocantes tardes de febrero, la gente al tanto respetaba sus silencios; entre otras actividades defensivas la música fue determinante, sumándole una aureola prudente de recato expatriado que la integraba en la categoría de dulce muchacha de conservatorio que tranquilizó a la familia. La frecuentación asidua de musas comprensivas y la cercanía correspondida del universo artístico, agregaba al patrimonio social otra pátina, privilegio inusual en aquella sociedad impía además de compensar carencias visibles. La gente envidiosa y que es muy cruel cuando se ensaña comentaba, «ella es deforme y Dios es justo: interpreta Chopin como los ángeles».

Las visitas diarias entre semana al conservatorio Santa Cecilia, ayudaron a fortalecerla en las virtudes invisibles. La muchacha era tullida y la familia la protegía en clausura evitándole las tareas fatigosas de la casa; si bien había un servicio doméstico exagerado, la casa era tan enorme que en cada minuto algo las tenía ocupadas. Entre compasión e hipocresía disimulada, las tres hermanas optaron por liberarla del porcentaje de labores que le correspondía, dejándola que se ocupara del teclado del Pleyel con tal que renunciara al derecho estropeado a ser feliz y pudiera irritarlas. Si el piano y su práctica persistente comenzó siendo actividad etérea, con el correr del tiempo adquirió una intensidad que nadie previó. Constante con metrónomo y hacia el final de la niñez, ella amenizaba la vida familiar opaca, volviéndose presencia ineludible en la atmósfera de la casona. Su padre se sentaba en el sillón de mimbre a escucharla cada tarde; él comenzaba leyendo el periódico y luego se concentraba hipnotizado por una fuerza nueva que podría doblegarlo. La presentaban encantados a los invitados ocasionales, ya fueran simples amistades o evasivos hombres de negocios. En las fiestas familiares -casi cada semana del año tratándose de familia numerosa- la muchacha tocaba el piano, sublimando una modalidad lateral de protagonismo y lujo de consuelo permitido a la muchacha estropeada, demostración del poder del carácter que se estaba forjando.

El pacto con la música y el auditorio cambiaron durante un examen de fin de curso, prueba intensa en los salones del Conservatorio más considerado de la ciudad. De pronto, en medio de un ejercicio sin complicaciones, sus manos habiendo dejado de pertenecerle y respondiendo a órdenes de un corazón ajeno, comenzaron a evolucionar sobre el teclado de manera imprevista, como se decían que tocaban los músicos negros de la Nueva Orleans. Sin perder el dominio de la musicalidad que no obstante se elevaba en la sala a la perfección, las manos se lanzaron a descifrar partituras con un sentido del ritmo seguro, original e inapelable que dejó estupefactos a los asistentes edulcorados por horas de interpretaciones escolares. Fue el momento en que cambiaba de intensidad la lámpara interior o candil del espíritu y ella descubría que mediante el piano podía aspirar a instancias del mundo inesperadas por ocultas. El entusiasmo suscitado en los profesores resultó excesivo y en varios se acercaba a desvanecimientos de emoción romántica. El trato de los vecinos se acercó al respecto a medida que se supo que la muchacha podía ser artista de verdad, vieron en ella -su aspecto continuaba siendo determinante- una pitonisa del reino de la música, así como hay mensajeros enviados del mundo de los muertos. Se hablaba de convencer al padre para que la autorizara a viajar al extranjero a perfeccionarse; por una vez irrepetible, ella era el centro de una situación donde se cotejaban posibilidades estéticas excepcionales y la medida del cuerpo.

Fue con la primera regla indicando una alteración interna que descubrió una distensión de su feminidad y el peso del don recibido. Lo que podía colmar de felicidad a cualquier muchacha la sumió en estados febriles constantes, acompañados de melancolía malsana comparable al movimiento perpetuo. Se propuso que nunca compartiría su talento con ningún público dispuesto a la admiración; renunció a mostrar a hombre alguno los estigmas del cuerpo deforme, legado de una naturaleza vengadora y rapaz, ensañada con una zona de su persona resonando en su vida atonal. Intuyendo el orgullo voluntarioso del padre, sin importarle la frustración de maestros y allegados, ella abortó a sus proyectos de carrera toda probabilidad de vuelo al exterior. Cultivó el don que compensaba delirios negados del amor y dedicó sin descanso sus días al conservatorio de la señora Delmira, enseñándole música a los niños obligados. Era relativamente feliz, por algún tiempo creyó dominar la paradoja resistida del alma, los deseos reprimidos de la música fueron alimañas enfurecidas que la roían por dentro. ¿Quién se abroga el derecho de conocer lo que una situación así destruye en el alma de una muchacha montevideana?

Nadie estaría dispuesto a admitir que tal como sucedió, pudieran coexistir en ella lo visible y la atracción por los valles abyectos, el atractivo del mal traído por la botella y sus escapadas de salidas nocturnas. La familia convivió con una alcohólica durante dos años sin percatarse, hay quien decía en voz baja que nadie en la casa quería darse por enterado temiendo el bochorno social y asimismo por desinterés hacia su persona. Ella comenzó dulcemente con licores caseros de las tías viejas, al tiempo no lograba despertar sin sentir desde el primer minuto de vigilia el fuego del trago de ginebra saliendo de la botella. Si se desparramaba sobre la alfombra del salón era anemia, cuando tropezaba en el zaguán un pequeño vértigo, si se dormía en la mesa durante la cena se trataba de efectos devastadores del abuso de la memoria musical. Vomitaba en el patio junto a las macetas y era la vista cansada, cuando no la sangre espesa; por no hablar del insomnio, cierta confusa tendencia al sonambulismo que le daba aires de personaje de ópera andando por la casona familiar. Habiendo negado la posibilidad de alojar una virtuosa del piano, la casa tenía entre sus cortinados a una mujer salida del aria de Donizetti, la sonámbula… hasta se acercaba al inicio de una caricatura. Pareció lógico que el alcohol fuera insuficiente, un rencor ingobernable la incitaba a tentar otras experiencias para castigar el cuerpo maldecido. Como si hubiera querido prostituirse entre mujeres tullidas, para clientes tullidos en una casa de tolerancia goyesca refinada, sabiendo la imposibilidad de concretar esa pesadilla resultó sensible al llamado del mundo asocial.

Ninguna ciudad como Montevideo La Coquette podía tener la marginalidad despreciada más al alcance de la mano, ninguna otra tenía ese camino abierto sencillo de emprender, tránsito frecuente entre vida de sociedad elegante y submundo de los otros. Pasaje natural a la intemperie accesible entre adentro y el afuera de las buenas costumbres, que se podía transitar caminando, como quien pasa de un lado a otro de la ribera por el tendido de un puente romano. Se lo dijeron desde pequeña: «Nunca bajes por esa calle que lleva al puerto, nunca», el tipo de advertencia y prohibición que más se recuerda cuando comienza a alejarse la juventud. Fue por esa calle proscripta años atrás, que una noche mágica de octubre se encaminó hacia los bordes del puerto montevideano a la búsqueda del barco fantasma en dique seco que nunca zarpa. Su plan original -si es que lo había y autodestructivo- fue atemperado por el azar puro, supuración lenta del segundo don superior aguardándola que resultó definitivo, una sífilis persistente del alma.

Caminaba, avanzaba sin mirar a los lados, ella está ahí sin haber franqueado las puertas prohibidas que temía. Hombres y mujeres adivinaba en portales de hoteles fulgurantes, conventillos ruidosos hasta tarde; envidió de las sombras movedizas la soltura con la que resolvían la poca vida que les restaba malgastar hasta la muerte temprana. Consideró la vida miserable de las mujeres, acaso envidió que esa noche les pagaran por denudarse, les dieran billetes por lamerlas en intimidades fatigadas y penetrarlas salvajemente a lo cautivas de asaltos de fortalezas medievales. Una cualquiera de esas criaturas tendría, en tres horas de esa misma noche en que arrastraba su pierna muerta por los adoquines, más hombres que ella en la vida. El andar alternado presuponía en alguien que la viera una tara, ella merecería ser florista de la calle de la perdición, vendedora de números de lotería. Su aspecto aunque recurrió a vestidos que le daban apariencia de pobre, su rostro donde la excitación transfiguraba la fealdad, despertaba el deseo de hombres bebidos y para quienes una tullida agregaba cierto morbo curioso; igual que la muchacha tuberculosa viniendo al bajo a rescatar al novio calavera de las garras del vicio, temerosa de que la sífilis y otras bacterias venéreas la condenaran a una descendencia de hijos tarados. Esos pensamientos debieron ser suficientes y paralizarle las ganas de seguir adelante; entraron sin embargo en movimiento fuerzas poderosas, haciendo de la incursión otra vivencia que el descubrimiento de la perdición, le entregarían un destino.

El paisaje del bajo resultó límpido y claro como el imaginario de las pesadillas, siguiendo la calle recta que baja sin control seis manzanas o diez en un bullicio que suplanta a la vida. Una vía prometiendo remedos fingidos de felicidad, saetas de calles adyacentes y callejones ciegos, donde el olor de sordidez es tangible entre bestias domésticas, mirando con ojos espectrales de muertos, donde había mujeres maquilladas de pudor, enemigas juradas de las luces de la prostitución afincadas en el fondo del pozo negándose a salir, atrapadas en la noria del desvestirse hasta que la muerte las alcance. Había por allí hombres traspasando el zaguán de comedia amorosa y descarga catártica como perro jadeante, en quienes la sensualidad degeneró hacia la redundancia de una manía corporal monotemática. Repetición de únicos gestos bestiales en los que suponían radicaba el placer de la especie, entretelones de monomanía que exalta y roe la vida, cuya consumación retarda los demás: danza desesperada, mientras la variedad se descarta y el movimiento acciona la bifurcación. En esa calle vertebral hombres y mujeres se buscaban siendo matrimonios enamorados luego de meses de separación forzada. Había una perversión densa en la repetición concediendo escuchar pasos lentos y palabras viciosas aisladas, dichas en voz baja, con interferencias de insultos, desplazamientos del celo artificial y negociado. Demasiada osadía para una primera vez; era tiempo de volver para una muchacha de su casa y que nunca imaginó la maravilla aguardándola esa noche del alma.

Ahora la vemos remontando la calle principal cuando algo la decidió a pararse en la vereda. Desde el interior de uno de los locales, bien triste pues el festejo era menor al necesario, especie de cabaret barato, piringundín de cuarta, alguien la miraba con insistencia inadecuada a la intención del paseo. Era la mirada del otro que parecía haber adivinado el plan de la muchacha esa noche y conocía la íntima razón -que ni ella sabía- por la que estaba allí, a esa hora precisamente y demasiado tarde para volver atrás. Lo supo así, así lo supo sin que mediara nada; entendió que el hombre era un extranjero venido de lejos y hablaba una lengua extraña. Estremecedor fue asumir que el hombre estaba muerto y esa mirada era de ánima errante, alma sin descanso exilada en la noche portuaria. A través de los cristales sucios, entre el espíritu alterado de la muchacha y luces del interior del tugurio se interpusieron seis letras oscuras y corpóreas, flotando compactas en la nada.

Ella estaba entrando en el Boston y no entraba, había una fuerza incitándola a penetrar en el recinto reducido como una cajita de los locos. De haber sido una noche de ambiente de fin de semana la situación pudo haberla ayudado y no fue el caso; apenas puso la muchacha un pie en el interior, cuando pasó de cuerpo entero adentro del Boston, el cuadro se programó en escenografía de zarzuela esperpéntica. La alejada barra del bar con marinos acodados, mesas del fondo donde alternaban hombres con familia en algún lugar de la ciudad, obreros carcomidos por el piojo de la vida perseverando en lento suicidio de alcohol y cigarrillos negros, hombres jóvenes con aspecto de poetas malditos equivocados de ciudad y siglo. En réplica, a la orden de un director de escena invisible, el desplazamiento del minúsculo coro femenino forzadas a la alegría por llegar con alguna moneda al amanecer. Le pareció que había estado antes allí, en un sueño tal vez… en otra vida era posible y con el cuerpo extraviado ella había estado allí.

Una de las mujeres que luego sería buena amiga, al verla se separó del conjunto acercándose a proponerle una variante de recibimiento.

-Chiquita, te equivocaste de puerta, le dijo en secreto, con marcado acento francés.

-C’est possible, respondió la muchacha.

La respuesta inesperada hizo sonreír a la otra por una imperceptible fracción de segundo y la mujer recuperó el rictus adecuando a la noche arrepentida de la mala jugada que le hizo la memoria.

-Cuando trabajo hablo en criollo, le dijo. ¿Qué querés?

La muchacha nada tenía para decirle a aquella mujer, explicarle las razones de la expedición que la llevó hasta allí equivaldría a insultarla, decirle que era una nueva copera en busca de trabajo la hubiera conducido al ridículo. Algo del orden providencial vino a salvarla, auxilio inesperado y providencial; en uno de los rincones del local, como si se tratara de una absurda mesa de operaciones abandonada sobre la que amontonaban paraguas rotos, botellas vacías, máquinas de coser inservibles y vasos de cristal de Bacarat había un piano vertical. Sin hablar, nuestra amiga respondió estirando hacia adelante el mentón de la cara tan fea, señalando el pianito.

-Ya mi nena, ya. Hace meses ellos me dijeron que enviarían a alguien. Mirá, caés justo. Esta noche es un velorio. Dale que te presento. ¿Cómo te llamás?

La muchacha dudó unos instantes, pensó en la música del apellido materno que soñó alguna vez utilizar en giras por el mundo, donde cada concierto finaliza con un ramo de rosas entre aplausos y pedidos de bises. El Boston era la pesadilla teatralizada de aquellos proyectos, lo mejor sería adelantarse a la crueldad de la gente y tomarle la delantera al sarcasmo popular.

-La Coja está bien.

La mujer de acento francés la volvió a mirar a los ojos, esta segunda vez sin bajar la mirada, sin necesitar observarle los pies confirmando lo que advirtió en cuanto la pianista entró al Boston, cuando la vio avanzando a tientas por el salón semivacío.

-Si tocás el piano con el mismo coraje no tenés nada que temer, le dijo pensando que la nueva necesitaba una frase de ánimo. Andá y suerte.

La muchacha caminó hacia el piano a su paso como si el instrumento mecánico fuera a desvirgarla con brutalidad. La gente, aburrida de la monotonía en que se había encauzado la noche la miró como a bicho raro, a puta renga y fea. Por un instante pudo escapar a la desgracia; sucedió que en vez de huir escapada ella marchaba a cada segundo más adentro de lo prudencial. La perspectiva estaba minada de incomodidad, hasta esa caminata crucial se permitió seguras incertidumbres, debía reaccionar con firmeza y aplomo a riesgo de terminar mal la salida. Puede decirse que empezó bien, de pasada agarró una silla por el respaldo arrastrándola sin prisa hacia el piano; el ruido de las dos patas sobre el piso de madera acalló unas conversaciones que ignoraron su llegada y la silla se hacía notar, como si tuviera un defecto de fabricación en una de las extremidades.

Cuando estuvo junto al piano sacó inmundicias acumuladas sobre la caja, vasos sucios, trapos, ceniceros llenos de puchos y que puso sobre una mesa; luego sopló queriendo sacar de allí la mugre acumulada. El individuo que atendía el bar se acercó dispuesto a llevarse las porquerías, sin que ella se lo hubiera pedido comenzó a pasar un trapo sobre el piano, dejando huellas húmedas sobre la mugre residual que se resistía a despegarse.

-Qué te sirvo, le dijo antes de regresar al mostrador.

Al escucharse responder ella se sonrió de la parte de adentro.

-Una cervecita bien fría, en vaso grande, le contestó.

La otra mujer de hace un rato del acento francés a todo eso había golpeado las palmas para llamar la atención de la escasa concurrencia. Estaba preparando al gran público de la muchacha renga, la platea singular que le estaba destinada; sus palabras de presentación si bien carecieron de sutilezas retóricas, tuvieron la virtud de la concentración e introdujo a la nueva pianista a la manera del título deformado de una polka popular.

-Damas y caballeros, prestigiosos público, el Boston se enorgullece de… y algunas toses que preludiaban risotadas lograron perturbarla, entonces decidió ir directo al grano. Aquí al piano, la Coja.

***

Debía comenzar a empezar y aquello era un horror, los que tosieron y me miraron como a una curiosidad desagradable nunca supieron que los primeros compases que toqué -y que Dios me perdone- fueron de una sonata de Scarlatti. Pasados unos segundos arranqué con una milonga que gustaba mucho por aquellos años; cuando terminé la primera pieza los parroquianos aplaudieron con generosidad, me emocioné por esos manotazos queriendo coordinarse con estragos de caña y hambre.

El espíritu del extranjero que me observó con insistencia cuando erraba por la calle se sentía bien por mi actitud en el Boston, admitía mi farsa y la deformidad como si estuviera destinada a ser amante de los muertos, penetrada por hombres intangibles que usarían mi cuerpo para el placer de comunicar, desde mis entrañas inválidas, lo que olvidaron gritar estando en vida, mensajes desesperados portadores de verdades tremendas.

-Bien Coja, dijo alguien desde el fondo, sin insinuar otro sentido que el lastimoso de la renguera.

Hacía menos de una hora fui una muchacha cauta adicta al trago asomándome a esos antros con la prudencia del miedo, cuando escuché a mi nuevo admirador ya era una vieja voz conocida de los asistentes. Nadie podría imaginar lo que sentí en esos momentos, ni yo misma creí que pudiera tocar tangos de esa manera convincente, canciones venidas desde lejos sobre marineros tatuados y putas miserables de bares crepusculares. Cuando finalicé la milonga me tomé de un trago la cerveza que me habían traído y luego, posesa y feliz de serlo, toqué una hora sin parar. Ellos estaban contentos, eso podía adivinarlo y así empezaron los meses breves más intensos de mi vida, la etapa previa al encuentro.

La francesa estaba agradecida por mi llegada que definió de providencial. Nunca supe si ella era la patrona verdadera del Boston, creo que había por encima un alguien que prefería el secreto y lo mandaba todo. Al final de mi actuación preguntó si tenía donde dormir y dije que sí, me preguntó si tres pesos sería suficiente, le respondí que podía ser si me daban la ropa de escena y una comida. Dijo de venir todas las noches, argumenté que los dolores de la piernita, entonces pidió que la disculpara y acordamos jueves y viernes.

-El sábado hay mucho borracho y puta atorranta. Ni vale la pena, dijo la francesa. El domingo es noche de maricones.

A mi manera personal descubrí los placeres de vivir una doble vida sin ser necesariamente paralela, eran tan distintas las representaciones que nadie podría suponerlo, encendía en mí una alegría lindando la felicidad, consistente en alcanzar las antípodas de aquello que nos proponemos. Nada en mi pasado lo hacía suponer; el encuentro con otra clase de personas, que para nuestro círculo familiar era la escoria de la sociedad, pudo que completara de manera feliz mi educación sentimental haciéndome saber quién era y en esa búsqueda, el piano resultó vehículo privilegiado.

El don verdadero latente en la atmósfera cargada del Boston se fue perfeccionando, allí comencé a escuchar las voces intercaladas y decir palabras incoherentes que luego resultaran verdaderas; hechos triviales como accidentes, problemas de amoríos turbios, la Coja tocaba el piano, devenía pitonisa para la gente simple y al respecto recuerdo un episodio doloroso.

Mi deseo de pasar inadvertida en el ambiente se volvía problemático. Hablemos claro: el Boston más que un lugar de sano esparcimiento era un bar del bajo con pésima fama, cafetín de mala muerte, entre mujeres, alcohol, drogas y timba por plata, los delitos más variados nos asediaban cada noche acompañando el humo de los cigarrillos. Una señorita de buena familia puede si lo quiere, habituarse a convivir entre fragmentos dolorosos de la condición humana y escabrosidades de la vida cotidiana en potencia. El asunto revelador de ese mundillo fue la historia de la muchacha degollada, los hechos retenidos fueron terribles también para ese ambiente de desalmados.

La muchacha muerta era una recién llegada del interior, la vi cuando desembarcó en nuestro reducto y desde la primera noche me apenó lo que sería su sombrío porvenir sin poder decirle nada. Con el paso del tiempo me endurecí de carácter, por más que hablara de desgracias venideras el mundo permanecería tal cual. Ahí y entre esa gente se aprendía rápido, a la semana de llegada al Boston le restaban a la muchacha pocas trazas de cierta ternura campesina, ella podía vengarse del mundo en cualquier circunstancia desplumando a un gringo, enfermando de cuerpo y alma a un muchacho primerizo. El odio de la infeliz se quedó sin tiempo de revancha, una noche cualquiera alguien la degolló en su pieza de pensión. De tal manera, que se desangró sabiendo sobre un colchón remendado que absorbió la sangre hasta volverse masa repugnante de lana, hinchada de coágulos, un animal inimaginable carnívoro en el medio del que reposaba el cuerpecito vaciado de la muchacha. La muerte, esa muerte desagradable quebró la tregua con las autoridades, fueron malos días para el bajo y el Boston en particular, que era donde la víctima sacudía sus efímeros encantos. Un viernes negro, cuando llegué para asegurar mi actuación aquello era una ratonera alborotada.

– ¿Y vos quién mierda sos? me preguntó un hombre autoritario, con voz grave de bajo borracho y tomándome del brazo como si fuera una chiruza más.

-Déjela, dijo de inmediato la francesa. Es la Coja, la pianista. Luego me miró embarazada y agregó: Perdoná Coja, una urgencia… no había manera de avisarte, ni siquiera sé dónde vivís.

Los asistentes a la representación estábamos sentados como rehenes, callados y miedosos de estar aguardando que develaran en público nuestro secreto; la francesa, igual que si contara un folletín de suceso me puso al tanto del sórdido asunto que sacudía la delictiva calma del Boston. Mientras la escuchaba tuve miedo de confesarle que en ese misterio nada había para mí de sorprendente, de contarle que había visto la noticia inscripta en la aureola de la muerta la semana anterior. Dentro del drama evocado la situación era absurda, cada uno de los distraídos parroquianos que entraba al local resultaba maltratado y proyectado al rincón donde era interrogado con brutalidad, miedos y malentendidos se sumaban en orgía de insultos humillantes.

Creo que de haber insistido hubiera podido irme para casa; preferí quedarme, los allí molestados era gente que yo quería. Esa noche dejaría de tocar, esa noche escucharía.

-Es el comisario Menéndez en persona, patrón de la seccional primera, dijo la francesa. Llegó hecho una furia dispuesto a resolver el asunto rápido, esta historia nos cuesta un mes de desgracia en el trabajo.

-Pobre muchacha, dije.

-Mirá Coja, diez minutos son suficientes para llorarla y ya pasaron. Eso es el pasado, los pobres que importan son los que seguimos vivos.

-En estos momentos me gustaría tener tu seguridad.

El hombre del bar se me acercó igual que en una noche cualquiera y yo comenzara a tocar en cinco minutitos.

– ¿Querés algo Coja?

-Dame caña, le dije.

El hombre se sorprendió escuchando que salía de mi rutina de cervecita, nada dijo y volvió al ratito con el vasito lleno hasta el borde. Tomé la caña de un trago, me sentí un poquito mareada y miré hacia la calle. Era en nuestra calle que deambulaba el espectro del extranjero de la primera noche, regresando cuando algo maligno se acercaba a mi vida. Las letras de la palabra Boston de la vidriera se habían transfigurado en un nombre ruso parecido a notsoB; nada de ruso me dije, muchacha estás aprendiendo a leer el revés de la trama del mundo. Era el nuevo don que se manifestaba en una curiosa circunstancia, permitiéndome contemplar las cosas desde el otro lado.

Entonces lo supe, vi en su totalidad la vida sin interés de la muchacha degollada, recordé la última vez que la crucé en el Boston riendo con groserías de desafío y la vi del otro lado, desde la muerte y sobre el colchón hinchado de sangre entre filamentos de la enfermedad que terminaría matándola. Vi el tajo certero, al hombre con el cuchillo en la mano, el boleto del ferrocarril con destino a Concordia. Lo miré al del bar del lado de aquí de la realidad.

-Otra caña, le dije. Esto que me diste no es caña, es agua, y yo quiero caña paraguaya, a las rengas nos gusta la caña paraguaya.

-Tranquila muchacha, me susurró la francesa. Es la noche equivocada para hacerse la caprichosa, tranquila.

-Y vos qué sabés, le contesté de mala manera.

Me tomé de un trago la segunda caña y acompañé en dolor el segundo fuego que me quemaba el esófago, la garganta, la boca. No fueron las llamas de la caña lo decisivo, era la voz desde adentro pugnando por salir hecha alimaña repugnante de palabras.

-Menéndez, dije llamando la atención a la concurrencia. El tipo que buscás con tanto alboroto entre gente decente vino o va para Concordia. Es un hombre joven y violento. Dejá a la gente tranquila, revolvé en pensiones mugrientas cerca de la estación de trenes.

El comisario así interpelado, me miró con desprecio por haberle destartalado el montaje del operativo de guapo especulador llevado adelante para su lucimiento, con el poder de detener cuando lo decidiera a pura voluntad la farsa en el bajo.

-La muerta era del litoral, me dijo la francesa. Coja, por favor… no te metás en problemas de los que puedas arrepentirte luego. Al señor comisario le desagrada que lo tuteen.

Ella estaba en lo cierto, al oírme el comisario se acercó a mi mesa, colocó una silla cerca, se sentó y aprontó sin prisa el cigarrillo, preparándose para un interrogatorio apropiado al contrabandista requerido de mucho tiempo atrás.

-Así que vos venís y zás… de un saque y así. Zás. Lo sabés todo… mandás el bochín al fondo de la cancha y dejás a todos los aquí presentes con la boca abierta. Zás… Puede que te haga caso con la búsqueda en las pensiones que decís ¿Sabés por qué? Las rengas me traen suerte, menos cuando se mancan las yeguas del hipódromo. Pero antes de despedirnos, me decís de corrido cómo es que estás al tanto de los detalles. Espero que seas bien elocuente, de lo contrario te cago la vida, así de sencillo, te cago la vida, así de zás…

Dios mío, lo miré a los ojos sin temor y lo supe todo, era una gracia oscura pasando por mi espíritu y condena sin indulto. Podía ser una infeliz, mujer recelada, la renga despreciada o arremeter hasta que la gente me temiera por algo que acepta sin entender.

-De la misma manera que estoy viendo al hombre que te matará de tres balazos, le dije al oído.

– ¡Cruz diablo renga’e mierda! Te puedo dar una lista de candidatos que quieren mandarme para el otro lado. Nunca creí en brujas, pero que las hay las hay. Vos sos una. Que dios te ampare por esa maldición que te corroe las entrañas y te comió la pierna.

El comisario Menéndez, hombre cuarentón y pesado, vestido a la manera de un propietario de caballos de carreras se levantó como si hubiera visto un alma en pena.

-Vamos, ordenó a los hombres que lo acompañaban. Capaz que mañana tenemos que hacer un largo viaje en tren.

A los pocos días me enteré del final de la historia, una sórdida situación en un pueblo fronterizo que terminó con tragedia entre hermanastros; la visión había pasado de largo, los detalles y motivos humanos me estaban vedados en mis visiones. Desde aquella noche de caña paraguaya mi situación en el Boston cambió, incluso podía dejar de tocar el piano que era lo mismo y nadie me decía nada; querían que estuviera allí, comenzaban a respetarme, temerme como una curandera y ello empezó a disgustarme. Me sacaba de la penumbra del anonimato que había elegido y sin embargo -entre tanto poder cargado de ignorancia- el episodio que decidió mi retiro de la capital fue de una banalidad absoluta. Yo, que durante esos meses de tocar en el Boston avancé en el conocimiento de mí misma, me vi envuelta en un final de adolescente descubierta en su secreto familiar, más terrible para el pudor que la muerte de la muchacha venida del interior.

Fue un jueves sin importancia siendo casi la una de la madrugada, estaba acostumbrada a los ruidos circundantes mientras tocaba el piano y sin volverme, por lo escuchado, podía saber lo que sucedía en el local. Era jueves pues. Estando al final de mi actuación me percaté que abrían la puerta y entraban algunos hombres buscando diversión, de buena familia. Lo digo por el perfume a lavanda inglesa que sobrevolaba entre aromas de letrinas, el sudor masculino, afeites ordinarios de muchachas y que detectaba como nota disonante en una partitura. Estaban a las risas de esas que se oyen después de cenar con vino embotellado, la hora previa a meterse en las pensiones de la zona. Sería una noche lucrativa para las muchachas y soledad decepcionante para los buitres que caen tarde a mezquinar ofertas de último momento. Nadie me escuchaba porque la novedad de los clientes alborotó el gallinero, toqué un par de tangos para mi propio placer, primero Viejo smoking y luego Amurado. Cuando salía del rincón del piano y me dirigía al bar a buscar otra cervecita, quedé enfrentada cara a cara con mi padre que andaba manoseando a una de las muchachas más jóvenes.

Mi padre me miró como si se descubriera metido en un mal sueño, negándose a admitir lo que estaba viendo. Avanzó hacia mí un par de pasos y pareció que descubría en mi alguna parte suya que él buscaba olvidar.

-Papá, ¿qué haces aquí? le pregunté con ternura y cierta ingenuidad, buscando abolir lo absurdo que tenía la situación doméstica en el Boston.

Mi padre continuaba mirándome más abstraído que borracho, sin percatarse de la realidad que imponía la escenografía del Boston, algo en él pugnaba por negar la circunstancia y mi estar ahí se le hacía insoportable.

-Sabés nena… una desgracia. Quiroga se mató en Buenos Aires, dijo mi padre.

Después de algunos segundos, la mirada de mi padre vagó por el astral y explotó en una carcajada diabólica que me heló el cuerpo, los huesos deformes de la cadera. Luego me dio la espalda continuando su charla animada con la muchacha manoseada, dejándome en el alma el peso de la muerte de Quiroga. Nuestro encuentro familiar pasó inadvertido, estaba obligaba a tomar alguna decisión y su risa endemoniada fue un signo abriendo otros arcanos.

Volví a casa, mentiría si dijera que con el mismo espíritu de las otras noches, dormí tranquila lo que me sorprendió y puede que en verdad estuviera cansada, agotada. Al mediodía siguiente almorzamos en familia con maneras y contento como si nada hubiera sucedido la noche anterior. Viendo a mi padre sirviéndose unos enormes trozos de carne asada al horno, dudé que nuestro diálogo hubiera sido una alucinación, síntoma tangible de que me estaba volviendo loca; para salir de dudas debía alejarme de la casa familiar y terminar con la aventura trasnochada del Boston.

Avancé una estrategia decidida, apelando a mis nanas congénitas se hizo comprensible una salida de la capital en busca de reposo. A mi maestra de piano la señora Delmira, le propuse ampliar la zona de influencia del conservatorio Santa Cecilia y aceptó encantada de la vida. Ello me acercaba una excusa con algo de verdad justificando mi voluntad de mudanza. Más triste fue, la misma tarde del almuerzo conciliador en familia separarme de mi tiempo de pianista en el Boston; a la francesa le dije que se trataba de un adiós sin preguntas ni explicaciones innecesarias, marchaba lejos y quería hacerlo de la misma manera discreta con la que había llegado.

Claro que me cuidaría del mundo y siendo una tonta sentimental, le pedía que me despidiera de las muchachas, del encargado del bar que cada noche servía mi cerveza bien fría, de los muchachos trasnochadores que venían al Boston a escuchar tangos por puro gusto. Con la francesa nos abrazamos un rato largo como las amigas que éramos. Estaba contenta, la vi morir de viejita y con el cariño del hijo que llevaba en el vientre sin ella saberlo todavía, hermoso bastardo del hombre nórdico que hablaba una lengua incomprensible.

-Una cosa te pido, me dijo la francesa cuando estábamos en la puerta del Boston. ¿Cómo te llamás de verdad?

-Mercedes, yo me llamo Mercedes.

-Adiós Mercedes, au revoir.

Había entrado al Boston siendo una muchacha ingenua ignorante de las trapisondas de la vida y me alejaba con un pasado supletivo, resignada a una idea incierta de destino, forma de error entre misión y fatalidad. Hubiera querido al sentirme acuciada por poderes externos, terminar mis días en esa calle del bajo montevideano y la vigilancia cómplice del espectro hirsuto del expatriado merodeador.

Hubiera preferido huir de la pesada responsabilidad de dialogar con los muertos, ese don caído del infierno estaba incrustado en mi espíritu y nada lo sacaría de allí; me alejaba buscando en mi intimidad fuerzas elementales para administrarlo sin destruirme y que mermaran las ocasiones poniéndome en la penosa situación de ejercerlas.

Pero claro que lo recuerdo como si fuera hoy. Aquello sucedió a finales de 1936, comienzos del 37… ella tenía ya unos cuantos años y fueron los meses cuando asomó la desgracia para perpetuarse. Esa familia marcada por la fatalidad se contaba entre las más prósperas, influyentes y numerosas de la sociedad montevideana; la madre trajo al mundo algo así como siete hijos y esa natalidad doméstica, le permitió a la muchacha pasar a un segundo plano acaso favorable, participando esporádicamente en expresiones mundanas de felicidad familiar.

Desde muy pequeña supo que sería una mujer distante, rengueaba como secuela de una malformación congénita en la cadera, los rasgos faciales estrictos tampoco compensaban el defecto óseo, ella concentraba apariencias rehusando el misterio sensual, incitando el desdén como si se lo hubiera anunciado la Virgen en una aparición; sabía que las ataduras cartilaginosas de fealdad trabando su cuerpo se acentuarían con el correr de los años. Ante lo inapelable e incambiado reaccionó con sabiduría estoica; a las semanas sumadas de tristeza entendible -cuando llegó el trance sabido de interrogarse sobre su anatomía- le siguieron el escrúpulo, un vago consuelo de que tanta contrariedad debía ocultar otro privilegio potencial. Así como sus hermanas soñaban con promesas de protagonismo en sociedad, ella se distanció de afectos convencionales de parentela, habiendo tanto hermano en la familia la sucesión de la sangre vigorosa de los ancestros estaba asegurada.

Con libertad impuesta ante la responsabilidad femenina de parir herederos, la muchacha se proyectó en un porvenir de soledad y aislamiento como lo haría una heroína sufrida de folletín. El reconocimiento temprano de limitaciones relativas a convenciones matrimoniales asumido, ella despejó para siempre cualquier estado de ánimo lindando el desasosiego. Fuerte de carácter por necesidad, se propuso conquistar con sus propias manos la estrechísima parcela de felicidad que le estaba destinada, dando por descontado que debería arreglárselas con su magra escudilla de dicha: tiempo indefinido, espacio probable para evolucionar y ese cuerpo… Tal era una definición aceptable de la vida aguardándola, su existencia exigiría al máximo la pericia de administrar lo indeseado, le serían negados el derroche de desplantes que consiente la belleza insolente y otros caprichos de quien está tocada para asumir un destino superior. Fue imperativo cultivar la discreción, domeñar desde la infancia el desorden de las pasiones evitando acechanzas del ridículo y hallar territorios de contento donde la fealdad no contara.

A fuerza de voluntad y determinismo fatalista impostor, desde los primeros años tenía maneras de tía solterona desacomplejada y parecía asediada por un pasado de amores turbios que la siguieran desde una vida anterior. Era la nena especial, condición ideal teniendo en cuenta los escasos tratos sociales que estaba obligada a padecer y lo mismo se las ingenió para dominar astucias elementales de la existencia. Aprendió costura dispensándose la vergüenza de ir a la modista, desnudar la cadera malformada y la pierna esa tullida; se inició a los secretos de la comida refinada, educando con dietas estrictas el cuerpo que debería aguardar sin rubores la hora de la muerte sin hijos. Conoció gramáticas de varios idiomas para escudarse de participar en triviales conversaciones caseras y aceleró su aprendizaje del piano. Mientras ella tocaba durante las sofocantes tardes de febrero, la gente al tanto respetaba sus silencios; entre otras actividades defensivas la música fue determinante, sumándole una aureola prudente de recato expatriado que la integraba en la categoría de dulce muchacha de conservatorio que tranquilizó a la familia. La frecuentación asidua de musas comprensivas y la cercanía correspondida del universo artístico, agregaba al patrimonio social otra pátina, privilegio inusual en aquella sociedad impía además de compensar carencias visibles. La gente envidiosa y que es muy cruel cuando se ensaña comentaba, «ella es deforme y Dios es justo: interpreta Chopin como los ángeles».

Las visitas diarias entre semana al conservatorio Santa Cecilia, ayudaron a fortalecerla en las virtudes invisibles. La muchacha era tullida y la familia la protegía en clausura evitándole las tareas fatigosas de la casa; si bien había un servicio doméstico exagerado, la casa era tan enorme que en cada minuto algo las tenía ocupadas. Entre compasión e hipocresía disimulada, las tres hermanas optaron por liberarla del porcentaje de labores que le correspondía, dejándola que se ocupara del teclado del Pleyel con tal que renunciara al derecho estropeado a ser feliz y pudiera irritarlas. Si el piano y su práctica persistente comenzó siendo actividad etérea, con el correr del tiempo adquirió una intensidad que nadie previó. Constante con metrónomo y hacia el final de la niñez, ella amenizaba la vida familiar opaca, volviéndose presencia ineludible en la atmósfera de la casona. Su padre se sentaba en el sillón de mimbre a escucharla cada tarde; él comenzaba leyendo el periódico y luego se concentraba hipnotizado por una fuerza nueva que podría doblegarlo. La presentaban encantados a los invitados ocasionales, ya fueran simples amistades o evasivos hombres de negocios. En las fiestas familiares -casi cada semana del año tratándose de familia numerosa- la muchacha tocaba el piano, sublimando una modalidad lateral de protagonismo y lujo de consuelo permitido a la muchacha estropeada, demostración del poder del carácter que se estaba forjando.

El pacto con la música y el auditorio cambiaron durante un examen de fin de curso, prueba intensa en los salones del Conservatorio más considerado de la ciudad. De pronto, en medio de un ejercicio sin complicaciones, sus manos habiendo dejado de pertenecerle y respondiendo a órdenes de un corazón ajeno, comenzaron a evolucionar sobre el teclado de manera imprevista, como se decían que tocaban los músicos negros de la Nueva Orleans. Sin perder el dominio de la musicalidad que no obstante se elevaba en la sala a la perfección, las manos se lanzaron a descifrar partituras con un sentido del ritmo seguro, original e inapelable que dejó estupefactos a los asistentes edulcorados por horas de interpretaciones escolares. Fue el momento en que cambiaba de intensidad la lámpara interior o candil del espíritu y ella descubría que mediante el piano podía aspirar a instancias del mundo inesperadas por ocultas. El entusiasmo suscitado en los profesores resultó excesivo y en varios se acercaba a desvanecimientos de emoción romántica. El trato de los vecinos se acercó al respecto a medida que se supo que la muchacha podía ser artista de verdad, vieron en ella -su aspecto continuaba siendo determinante- una pitonisa del reino de la música, así como hay mensajeros enviados del mundo de los muertos. Se hablaba de convencer al padre para que la autorizara a viajar al extranjero a perfeccionarse; por una vez irrepetible, ella era el centro de una situación donde se cotejaban posibilidades estéticas excepcionales y la medida del cuerpo.

Fue con la primera regla indicando una alteración interna que descubrió una distensión de su feminidad y el peso del don recibido. Lo que podía colmar de felicidad a cualquier muchacha la sumió en estados febriles constantes, acompañados de melancolía malsana comparable al movimiento perpetuo. Se propuso que nunca compartiría su talento con ningún público dispuesto a la admiración; renunció a mostrar a hombre alguno los estigmas del cuerpo deforme, legado de una naturaleza vengadora y rapaz, ensañada con una zona de su persona resonando en su vida atonal. Intuyendo el orgullo voluntarioso del padre, sin importarle la frustración de maestros y allegados, ella abortó a sus proyectos de carrera toda probabilidad de vuelo al exterior. Cultivó el don que compensaba delirios negados del amor y dedicó sin descanso sus días al conservatorio de la señora Delmira, enseñándole música a los niños obligados. Era relativamente feliz, por algún tiempo creyó dominar la paradoja resistida del alma, los deseos reprimidos de la música fueron alimañas enfurecidas que la roían por dentro. ¿Quién se abroga el derecho de conocer lo que una situación así destruye en el alma de una muchacha montevideana?

Nadie estaría dispuesto a admitir que tal como sucedió, pudieran coexistir en ella lo visible y la atracción por los valles abyectos, el atractivo del mal traído por la botella y sus escapadas de salidas nocturnas. La familia convivió con una alcohólica durante dos años sin percatarse, hay quien decía en voz baja que nadie en la casa quería darse por enterado temiendo el bochorno social y asimismo por desinterés hacia su persona. Ella comenzó dulcemente con licores caseros de las tías viejas, al tiempo no lograba despertar sin sentir desde el primer minuto de vigilia el fuego del trago de ginebra saliendo de la botella. Si se desparramaba sobre la alfombra del salón era anemia, cuando tropezaba en el zaguán un pequeño vértigo, si se dormía en la mesa durante la cena se trataba de efectos devastadores del abuso de la memoria musical. Vomitaba en el patio junto a las macetas y era la vista cansada, cuando no la sangre espesa; por no hablar del insomnio, cierta confusa tendencia al sonambulismo que le daba aires de personaje de ópera andando por la casona familiar. Habiendo negado la posibilidad de alojar una virtuosa del piano, la casa tenía entre sus cortinados a una mujer salida del aria de Donizetti, la sonámbula… hasta se acercaba al inicio de una caricatura. Pareció lógico que el alcohol fuera insuficiente, un rencor ingobernable la incitaba a tentar otras experiencias para castigar el cuerpo maldecido. Como si hubiera querido prostituirse entre mujeres tullidas, para clientes tullidos en una casa de tolerancia goyesca refinada, sabiendo la imposibilidad de concretar esa pesadilla resultó sensible al llamado del mundo asocial.

Ninguna ciudad como Montevideo La Coquette podía tener la marginalidad despreciada más al alcance de la mano, ninguna otra tenía ese camino abierto sencillo de emprender, tránsito frecuente entre vida de sociedad elegante y submundo de los otros. Pasaje natural a la intemperie accesible entre adentro y el afuera de las buenas costumbres, que se podía transitar caminando, como quien pasa de un lado a otro de la ribera por el tendido de un puente romano. Se lo dijeron desde pequeña: «Nunca bajes por esa calle que lleva al puerto, nunca», el tipo de advertencia y prohibición que más se recuerda cuando comienza a alejarse la juventud. Fue por esa calle proscripta años atrás, que una noche mágica de octubre se encaminó hacia los bordes del puerto montevideano a la búsqueda del barco fantasma en dique seco que nunca zarpa. Su plan original -si es que lo había y autodestructivo- fue atemperado por el azar puro, supuración lenta del segundo don superior aguardándola que resultó definitivo, una sífilis persistente del alma.

Caminaba, avanzaba sin mirar a los lados, ella está ahí sin haber franqueado las puertas prohibidas que temía. Hombres y mujeres adivinaba en portales de hoteles fulgurantes, conventillos ruidosos hasta tarde; envidió de las sombras movedizas la soltura con la que resolvían la poca vida que les restaba malgastar hasta la muerte temprana. Consideró la vida miserable de las mujeres, acaso envidió que esa noche les pagaran por denudarse, les dieran billetes por lamerlas en intimidades fatigadas y penetrarlas salvajemente a lo cautivas de asaltos de fortalezas medievales. Una cualquiera de esas criaturas tendría, en tres horas de esa misma noche en que arrastraba su pierna muerta por los adoquines, más hombres que ella en la vida. El andar alternado presuponía en alguien que la viera una tara, ella merecería ser florista de la calle de la perdición, vendedora de números de lotería. Su aspecto aunque recurrió a vestidos que le daban apariencia de pobre, su rostro donde la excitación transfiguraba la fealdad, despertaba el deseo de hombres bebidos y para quienes una tullida agregaba cierto morbo curioso; igual que la muchacha tuberculosa viniendo al bajo a rescatar al novio calavera de las garras del vicio, temerosa de que la sífilis y otras bacterias venéreas la condenaran a una descendencia de hijos tarados. Esos pensamientos debieron ser suficientes y paralizarle las ganas de seguir adelante; entraron sin embargo en movimiento fuerzas poderosas, haciendo de la incursión otra vivencia que el descubrimiento de la perdición, le entregarían un destino.

El paisaje del bajo resultó límpido y claro como el imaginario de las pesadillas, siguiendo la calle recta que baja sin control seis manzanas o diez en un bullicio que suplanta a la vida. Una vía prometiendo remedos fingidos de felicidad, saetas de calles adyacentes y callejones ciegos, donde el olor de sordidez es tangible entre bestias domésticas, mirando con ojos espectrales de muertos, donde había mujeres maquilladas de pudor, enemigas juradas de las luces de la prostitución afincadas en el fondo del pozo negándose a salir, atrapadas en la noria del desvestirse hasta que la muerte las alcance. Había por allí hombres traspasando el zaguán de comedia amorosa y descarga catártica como perro jadeante, en quienes la sensualidad degeneró hacia la redundancia de una manía corporal monotemática. Repetición de únicos gestos bestiales en los que suponían radicaba el placer de la especie, entretelones de monomanía que exalta y roe la vida, cuya consumación retarda los demás: danza desesperada, mientras la variedad se descarta y el movimiento acciona la bifurcación. En esa calle vertebral hombres y mujeres se buscaban siendo matrimonios enamorados luego de meses de separación forzada. Había una perversión densa en la repetición concediendo escuchar pasos lentos y palabras viciosas aisladas, dichas en voz baja, con interferencias de insultos, desplazamientos del celo artificial y negociado. Demasiada osadía para una primera vez; era tiempo de volver para una muchacha de su casa y que nunca imaginó la maravilla aguardándola esa noche del alma.

Ahora la vemos remontando la calle principal cuando algo la decidió a pararse en la vereda. Desde el interior de uno de los locales, bien triste pues el festejo era menor al necesario, especie de cabaret barato, piringundín de cuarta, alguien la miraba con insistencia inadecuada a la intención del paseo. Era la mirada del otro que parecía haber adivinado el plan de la muchacha esa noche y conocía la íntima razón -que ni ella sabía- por la que estaba allí, a esa hora precisamente y demasiado tarde para volver atrás. Lo supo así, así lo supo sin que mediara nada; entendió que el hombre era un extranjero venido de lejos y hablaba una lengua extraña. Estremecedor fue asumir que el hombre estaba muerto y esa mirada era de ánima errante, alma sin descanso exilada en la noche portuaria. A través de los cristales sucios, entre el espíritu alterado de la muchacha y luces del interior del tugurio se interpusieron seis letras oscuras y corpóreas, flotando compactas en la nada.

Ella estaba entrando en el Boston y no entraba, había una fuerza incitándola a penetrar en el recinto reducido como una cajita de los locos. De haber sido una noche de ambiente de fin de semana la situación pudo haberla ayudado y no fue el caso; apenas puso la muchacha un pie en el interior, cuando pasó de cuerpo entero adentro del Boston, el cuadro se programó en escenografía de zarzuela esperpéntica. La alejada barra del bar con marinos acodados, mesas del fondo donde alternaban hombres con familia en algún lugar de la ciudad, obreros carcomidos por el piojo de la vida perseverando en lento suicidio de alcohol y cigarrillos negros, hombres jóvenes con aspecto de poetas malditos equivocados de ciudad y siglo. En réplica, a la orden de un director de escena invisible, el desplazamiento del minúsculo coro femenino forzadas a la alegría por llegar con alguna moneda al amanecer. Le pareció que había estado antes allí, en un sueño tal vez… en otra vida era posible y con el cuerpo extraviado ella había estado allí.

Una de las mujeres que luego sería buena amiga, al verla se separó del conjunto acercándose a proponerle una variante de recibimiento.

-Chiquita, te equivocaste de puerta, le dijo en secreto, con marcado acento francés.

-C’est possible, respondió la muchacha.

La respuesta inesperada hizo sonreír a la otra por una imperceptible fracción de segundo y la mujer recuperó el rictus adecuando a la noche arrepentida de la mala jugada que le hizo la memoria.

-Cuando trabajo hablo en criollo, le dijo. ¿Qué querés?

La muchacha nada tenía para decirle a aquella mujer, explicarle las razones de la expedición que la llevó hasta allí equivaldría a insultarla, decirle que era una nueva copera en busca de trabajo la hubiera conducido al ridículo. Algo del orden providencial vino a salvarla, auxilio inesperado y providencial; en uno de los rincones del local, como si se tratara de una absurda mesa de operaciones abandonada sobre la que amontonaban paraguas rotos, botellas vacías, máquinas de coser inservibles y vasos de cristal de Bacarat había un piano vertical. Sin hablar, nuestra amiga respondió estirando hacia adelante el mentón de la cara tan fea, señalando el pianito.

-Ya mi nena, ya. Hace meses ellos me dijeron que enviarían a alguien. Mirá, caés justo. Esta noche es un velorio. Dale que te presento. ¿Cómo te llamás?

La muchacha dudó unos instantes, pensó en la música del apellido materno que soñó alguna vez utilizar en giras por el mundo, donde cada concierto finaliza con un ramo de rosas entre aplausos y pedidos de bises. El Boston era la pesadilla teatralizada de aquellos proyectos, lo mejor sería adelantarse a la crueldad de la gente y tomarle la delantera al sarcasmo popular.

-La Coja está bien.

La mujer de acento francés la volvió a mirar a los ojos, esta segunda vez sin bajar la mirada, sin necesitar observarle los pies confirmando lo que advirtió en cuanto la pianista entró al Boston, cuando la vio avanzando a tientas por el salón semivacío.

-Si tocás el piano con el mismo coraje no tenés nada que temer, le dijo pensando que la nueva necesitaba una frase de ánimo. Andá y suerte.

La muchacha caminó hacia el piano a su paso como si el instrumento mecánico fuera a desvirgarla con brutalidad. La gente, aburrida de la monotonía en que se había encauzado la noche la miró como a bicho raro, a puta renga y fea. Por un instante pudo escapar a la desgracia; sucedió que en vez de huir escapada ella marchaba a cada segundo más adentro de lo prudencial. La perspectiva estaba minada de incomodidad, hasta esa caminata crucial se permitió seguras incertidumbres, debía reaccionar con firmeza y aplomo a riesgo de terminar mal la salida. Puede decirse que empezó bien, de pasada agarró una silla por el respaldo arrastrándola sin prisa hacia el piano; el ruido de las dos patas sobre el piso de madera acalló unas conversaciones que ignoraron su llegada y la silla se hacía notar, como si tuviera un defecto de fabricación en una de las extremidades.

Cuando estuvo junto al piano sacó inmundicias acumuladas sobre la caja, vasos sucios, trapos, ceniceros llenos de puchos y que puso sobre una mesa; luego sopló queriendo sacar de allí la mugre acumulada. El individuo que atendía el bar se acercó dispuesto a llevarse las porquerías, sin que ella se lo hubiera pedido comenzó a pasar un trapo sobre el piano, dejando huellas húmedas sobre la mugre residual que se resistía a despegarse.

-Qué te sirvo, le dijo antes de regresar al mostrador.

Al escucharse responder ella se sonrió de la parte de adentro.

-Una cervecita bien fría, en vaso grande, le contestó.

La otra mujer de hace un rato del acento francés a todo eso había golpeado las palmas para llamar la atención de la escasa concurrencia. Estaba preparando al gran público de la muchacha renga, la platea singular que le estaba destinada; sus palabras de presentación si bien carecieron de sutilezas retóricas, tuvieron la virtud de la concentración e introdujo a la nueva pianista a la manera del título deformado de una polka popular.

-Damas y caballeros, prestigiosos público, el Boston se enorgullece de… y algunas toses que preludiaban risotadas lograron perturbarla, entonces decidió ir directo al grano. Aquí al piano, la Coja.

***

Debía comenzar a empezar y aquello era un horror, los que tosieron y me miraron como a una curiosidad desagradable nunca supieron que los primeros compases que toqué -y que Dios me perdone- fueron de una sonata de Scarlatti. Pasados unos segundos arranqué con una milonga que gustaba mucho por aquellos años; cuando terminé la primera pieza los parroquianos aplaudieron con generosidad, me emocioné por esos manotazos queriendo coordinarse con estragos de caña y hambre.

El espíritu del extranjero que me observó con insistencia cuando erraba por la calle se sentía bien por mi actitud en el Boston, admitía mi farsa y la deformidad como si estuviera destinada a ser amante de los muertos, penetrada por hombres intangibles que usarían mi cuerpo para el placer de comunicar, desde mis entrañas inválidas, lo que olvidaron gritar estando en vida, mensajes desesperados portadores de verdades tremendas.

-Bien Coja, dijo alguien desde el fondo, sin insinuar otro sentido que el lastimoso de la renguera.

Hacía menos de una hora fui una muchacha cauta adicta al trago asomándome a esos antros con la prudencia del miedo, cuando escuché a mi nuevo admirador ya era una vieja voz conocida de los asistentes. Nadie podría imaginar lo que sentí en esos momentos, ni yo misma creí que pudiera tocar tangos de esa manera convincente, canciones venidas desde lejos sobre marineros tatuados y putas miserables de bares crepusculares. Cuando finalicé la milonga me tomé de un trago la cerveza que me habían traído y luego, posesa y feliz de serlo, toqué una hora sin parar. Ellos estaban contentos, eso podía adivinarlo y así empezaron los meses breves más intensos de mi vida, la etapa previa al encuentro.

La francesa estaba agradecida por mi llegada que definió de providencial. Nunca supe si ella era la patrona verdadera del Boston, creo que había por encima un alguien que prefería el secreto y lo mandaba todo. Al final de mi actuación preguntó si tenía donde dormir y dije que sí, me preguntó si tres pesos sería suficiente, le respondí que podía ser si me daban la ropa de escena y una comida. Dijo de venir todas las noches, argumenté que los dolores de la piernita, entonces pidió que la disculpara y acordamos jueves y viernes.

-El sábado hay mucho borracho y puta atorranta. Ni vale la pena, dijo la francesa. El domingo es noche de maricones.

A mi manera personal descubrí los placeres de vivir una doble vida sin ser necesariamente paralela, eran tan distintas las representaciones que nadie podría suponerlo, encendía en mí una alegría lindando la felicidad, consistente en alcanzar las antípodas de aquello que nos proponemos. Nada en mi pasado lo hacía suponer; el encuentro con otra clase de personas, que para nuestro círculo familiar era la escoria de la sociedad, pudo que completara de manera feliz mi educación sentimental haciéndome saber quién era y en esa búsqueda, el piano resultó vehículo privilegiado.

El don verdadero latente en la atmósfera cargada del Boston se fue perfeccionando, allí comencé a escuchar las voces intercaladas y decir palabras incoherentes que luego resultaran verdaderas; hechos triviales como accidentes, problemas de amoríos turbios, la Coja tocaba el piano, devenía pitonisa para la gente simple y al respecto recuerdo un episodio doloroso.

Mi deseo de pasar inadvertida en el ambiente se volvía problemático. Hablemos claro: el Boston más que un lugar de sano esparcimiento era un bar del bajo con pésima fama, cafetín de mala muerte, entre mujeres, alcohol, drogas y timba por plata, los delitos más variados nos asediaban cada noche acompañando el humo de los cigarrillos. Una señorita de buena familia puede si lo quiere, habituarse a convivir entre fragmentos dolorosos de la condición humana y escabrosidades de la vida cotidiana en potencia. El asunto revelador de ese mundillo fue la historia de la muchacha degollada, los hechos retenidos fueron terribles también para ese ambiente de desalmados.

La muchacha muerta era una recién llegada del interior, la vi cuando desembarcó en nuestro reducto y desde la primera noche me apenó lo que sería su sombrío porvenir sin poder decirle nada. Con el paso del tiempo me endurecí de carácter, por más que hablara de desgracias venideras el mundo permanecería tal cual. Ahí y entre esa gente se aprendía rápido, a la semana de llegada al Boston le restaban a la muchacha pocas trazas de cierta ternura campesina, ella podía vengarse del mundo en cualquier circunstancia desplumando a un gringo, enfermando de cuerpo y alma a un muchacho primerizo. El odio de la infeliz se quedó sin tiempo de revancha, una noche cualquiera alguien la degolló en su pieza de pensión. De tal manera, que se desangró sabiendo sobre un colchón remendado que absorbió la sangre hasta volverse masa repugnante de lana, hinchada de coágulos, un animal inimaginable carnívoro en el medio del que reposaba el cuerpecito vaciado de la muchacha. La muerte, esa muerte desagradable quebró la tregua con las autoridades, fueron malos días para el bajo y el Boston en particular, que era donde la víctima sacudía sus efímeros encantos. Un viernes negro, cuando llegué para asegurar mi actuación aquello era una ratonera alborotada.

– ¿Y vos quién mierda sos? me preguntó un hombre autoritario, con voz grave de bajo borracho y tomándome del brazo como si fuera una chiruza más.

-Déjela, dijo de inmediato la francesa. Es la Coja, la pianista. Luego me miró embarazada y agregó: Perdoná Coja, una urgencia… no había manera de avisarte, ni siquiera sé dónde vivís.

Los asistentes a la representación estábamos sentados como rehenes, callados y miedosos de estar aguardando que develaran en público nuestro secreto; la francesa, igual que si contara un folletín de suceso me puso al tanto del sórdido asunto que sacudía la delictiva calma del Boston. Mientras la escuchaba tuve miedo de confesarle que en ese misterio nada había para mí de sorprendente, de contarle que había visto la noticia inscripta en la aureola de la muerta la semana anterior. Dentro del drama evocado la situación era absurda, cada uno de los distraídos parroquianos que entraba al local resultaba maltratado y proyectado al rincón donde era interrogado con brutalidad, miedos y malentendidos se sumaban en orgía de insultos humillantes.

Creo que de haber insistido hubiera podido irme para casa; preferí quedarme, los allí molestados era gente que yo quería. Esa noche dejaría de tocar, esa noche escucharía.

-Es el comisario Menéndez en persona, patrón de la seccional primera, dijo la francesa. Llegó hecho una furia dispuesto a resolver el asunto rápido, esta historia nos cuesta un mes de desgracia en el trabajo.

-Pobre muchacha, dije.

-Mirá Coja, diez minutos son suficientes para llorarla y ya pasaron. Eso es el pasado, los pobres que importan son los que seguimos vivos.

-En estos momentos me gustaría tener tu seguridad.

El hombre del bar se me acercó igual que en una noche cualquiera y yo comenzara a tocar en cinco minutitos.

– ¿Querés algo Coja?

-Dame caña, le dije.

El hombre se sorprendió escuchando que salía de mi rutina de cervecita, nada dijo y volvió al ratito con el vasito lleno hasta el borde. Tomé la caña de un trago, me sentí un poquito mareada y miré hacia la calle. Era en nuestra calle que deambulaba el espectro del extranjero de la primera noche, regresando cuando algo maligno se acercaba a mi vida. Las letras de la palabra Boston de la vidriera se habían transfigurado en un nombre ruso parecido a notsoB; nada de ruso me dije, muchacha estás aprendiendo a leer el revés de la trama del mundo. Era el nuevo don que se manifestaba en una curiosa circunstancia, permitiéndome contemplar las cosas desde el otro lado.

Entonces lo supe, vi en su totalidad la vida sin interés de la muchacha degollada, recordé la última vez que la crucé en el Boston riendo con groserías de desafío y la vi del otro lado, desde la muerte y sobre el colchón hinchado de sangre entre filamentos de la enfermedad que terminaría matándola. Vi el tajo certero, al hombre con el cuchillo en la mano, el boleto del ferrocarril con destino a Concordia. Lo miré al del bar del lado de aquí de la realidad.

-Otra caña, le dije. Esto que me diste no es caña, es agua, y yo quiero caña paraguaya, a las rengas nos gusta la caña paraguaya.

-Tranquila muchacha, me susurró la francesa. Es la noche equivocada para hacerse la caprichosa, tranquila.

-Y vos qué sabés, le contesté de mala manera.

Me tomé de un trago la segunda caña y acompañé en dolor el segundo fuego que me quemaba el esófago, la garganta, la boca. No fueron las llamas de la caña lo decisivo, era la voz desde adentro pugnando por salir hecha alimaña repugnante de palabras.

-Menéndez, dije llamando la atención a la concurrencia. El tipo que buscás con tanto alboroto entre gente decente vino o va para Concordia. Es un hombre joven y violento. Dejá a la gente tranquila, revolvé en pensiones mugrientas cerca de la estación de trenes.

El comisario así interpelado, me miró con desprecio por haberle destartalado el montaje del operativo de guapo especulador llevado adelante para su lucimiento, con el poder de detener cuando lo decidiera a pura voluntad la farsa en el bajo.

-La muerta era del litoral, me dijo la francesa. Coja, por favor… no te metás en problemas de los que puedas arrepentirte luego. Al señor comisario le desagrada que lo tuteen.

Ella estaba en lo cierto, al oírme el comisario se acercó a mi mesa, colocó una silla cerca, se sentó y aprontó sin prisa el cigarrillo, preparándose para un interrogatorio apropiado al contrabandista requerido de mucho tiempo atrás.

-Así que vos venís y zás… de un saque y así. Zás. Lo sabés todo… mandás el bochín al fondo de la cancha y dejás a todos los aquí presentes con la boca abierta. Zás… Puede que te haga caso con la búsqueda en las pensiones que decís ¿Sabés por qué? Las rengas me traen suerte, menos cuando se mancan las yeguas del hipódromo. Pero antes de despedirnos, me decís de corrido cómo es que estás al tanto de los detalles. Espero que seas bien elocuente, de lo contrario te cago la vida, así de sencillo, te cago la vida, así de zás…

Dios mío, lo miré a los ojos sin temor y lo supe todo, era una gracia oscura pasando por mi espíritu y condena sin indulto. Podía ser una infeliz, mujer recelada, la renga despreciada o arremeter hasta que la gente me temiera por algo que acepta sin entender.

-De la misma manera que estoy viendo al hombre que te matará de tres balazos, le dije al oído.

– ¡Cruz diablo renga’e mierda! Te puedo dar una lista de candidatos que quieren mandarme para el otro lado. Nunca creí en brujas, pero que las hay las hay. Vos sos una. Que dios te ampare por esa maldición que te corroe las entrañas y te comió la pierna.

El comisario Menéndez, hombre cuarentón y pesado, vestido a la manera de un propietario de caballos de carreras se levantó como si hubiera visto un alma en pena.

-Vamos, ordenó a los hombres que lo acompañaban. Capaz que mañana tenemos que hacer un largo viaje en tren.

A los pocos días me enteré del final de la historia, una sórdida situación en un pueblo fronterizo que terminó con tragedia entre hermanastros; la visión había pasado de largo, los detalles y motivos humanos me estaban vedados en mis visiones. Desde aquella noche de caña paraguaya mi situación en el Boston cambió, incluso podía dejar de tocar el piano que era lo mismo y nadie me decía nada; querían que estuviera allí, comenzaban a respetarme, temerme como una curandera y ello empezó a disgustarme. Me sacaba de la penumbra del anonimato que había elegido y sin embargo -entre tanto poder cargado de ignorancia- el episodio que decidió mi retiro de la capital fue de una banalidad absoluta. Yo, que durante esos meses de tocar en el Boston avancé en el conocimiento de mí misma, me vi envuelta en un final de adolescente descubierta en su secreto familiar, más terrible para el pudor que la muerte de la muchacha venida del interior.

Fue un jueves sin importancia siendo casi la una de la madrugada, estaba acostumbrada a los ruidos circundantes mientras tocaba el piano y sin volverme, por lo escuchado, podía saber lo que sucedía en el local. Era jueves pues. Estando al final de mi actuación me percaté que abrían la puerta y entraban algunos hombres buscando diversión, de buena familia. Lo digo por el perfume a lavanda inglesa que sobrevolaba entre aromas de letrinas, el sudor masculino, afeites ordinarios de muchachas y que detectaba como nota disonante en una partitura. Estaban a las risas de esas que se oyen después de cenar con vino embotellado, la hora previa a meterse en las pensiones de la zona. Sería una noche lucrativa para las muchachas y soledad decepcionante para los buitres que caen tarde a mezquinar ofertas de último momento. Nadie me escuchaba porque la novedad de los clientes alborotó el gallinero, toqué un par de tangos para mi propio placer, primero Viejo smoking y luego Amurado. Cuando salía del rincón del piano y me dirigía al bar a buscar otra cervecita, quedé enfrentada cara a cara con mi padre que andaba manoseando a una de las muchachas más jóvenes.

Mi padre me miró como si se descubriera metido en un mal sueño, negándose a admitir lo que estaba viendo. Avanzó hacia mí un par de pasos y pareció que descubría en mi alguna parte suya que él buscaba olvidar.

-Papá, ¿qué haces aquí? le pregunté con ternura y cierta ingenuidad, buscando abolir lo absurdo que tenía la situación doméstica en el Boston.

Mi padre continuaba mirándome más abstraído que borracho, sin percatarse de la realidad que imponía la escenografía del Boston, algo en él pugnaba por negar la circunstancia y mi estar ahí se le hacía insoportable.

-Sabés nena… una desgracia. Quiroga se mató en Buenos Aires, dijo mi padre.

Después de algunos segundos, la mirada de mi padre vagó por el astral y explotó en una carcajada diabólica que me heló el cuerpo, los huesos deformes de la cadera. Luego me dio la espalda continuando su charla animada con la muchacha manoseada, dejándome en el alma el peso de la muerte de Quiroga. Nuestro encuentro familiar pasó inadvertido, estaba obligaba a tomar alguna decisión y su risa endemoniada fue un signo abriendo otros arcanos.

Volví a casa, mentiría si dijera que con el mismo espíritu de las otras noches, dormí tranquila lo que me sorprendió y puede que en verdad estuviera cansada, agotada. Al mediodía siguiente almorzamos en familia con maneras y contento como si nada hubiera sucedido la noche anterior. Viendo a mi padre sirviéndose unos enormes trozos de carne asada al horno, dudé que nuestro diálogo hubiera sido una alucinación, síntoma tangible de que me estaba volviendo loca; para salir de dudas debía alejarme de la casa familiar y terminar con la aventura trasnochada del Boston.

Avancé una estrategia decidida, apelando a mis nanas congénitas se hizo comprensible una salida de la capital en busca de reposo. A mi maestra de piano la señora Delmira, le propuse ampliar la zona de influencia del conservatorio Santa Cecilia y aceptó encantada de la vida. Ello me acercaba una excusa con algo de verdad justificando mi voluntad de mudanza. Más triste fue, la misma tarde del almuerzo conciliador en familia separarme de mi tiempo de pianista en el Boston; a la francesa le dije que se trataba de un adiós sin preguntas ni explicaciones innecesarias, marchaba lejos y quería hacerlo de la misma manera discreta con la que había llegado.

Claro que me cuidaría del mundo y siendo una tonta sentimental, le pedía que me despidiera de las muchachas, del encargado del bar que cada noche servía mi cerveza bien fría, de los muchachos trasnochadores que venían al Boston a escuchar tangos por puro gusto. Con la francesa nos abrazamos un rato largo como las amigas que éramos. Estaba contenta, la vi morir de viejita y con el cariño del hijo que llevaba en el vientre sin ella saberlo todavía, hermoso bastardo del hombre nórdico que hablaba una lengua incomprensible.

-Una cosa te pido, me dijo la francesa cuando estábamos en la puerta del Boston. ¿Cómo te llamás de verdad?

-Mercedes, yo me llamo Mercedes.

-Adiós Mercedes, au revoir.

Había entrado al Boston siendo una muchacha ingenua ignorante de las trapisondas de la vida y me alejaba con un pasado supletivo, resignada a una idea incierta de destino, forma de error entre misión y fatalidad. Hubiera querido al sentirme acuciada por poderes externos, terminar mis días en esa calle del bajo montevideano y la vigilancia cómplice del espectro hirsuto del expatriado merodeador.

Hubiera preferido huir de la pesada responsabilidad de dialogar con los muertos, ese don caído del infierno estaba incrustado en mi espíritu y nada lo sacaría de allí; me alejaba buscando en mi intimidad fuerzas elementales para administrarlo sin destruirme y que mermaran las ocasiones poniéndome en la penosa situación de ejercerlas.

Bruxelles piano-bar

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ME RECUERDAS A AUDREY HEPBURN

1) LAGUNA GUACHA 

– ¿Lo sientes? Escucha: eso malsano regresa y se huele la descomposición en el viento. El olor es inconfundible, nos quedamos con un legado de cuerpos pudriéndose a la intemperie tras la derrota, sin tierra baaldía donde darles sepultura, festín macabro de animales carroñeros. Ustedes los humanos siempre tan emotivos… preservaron la plegaria del caos original como reliquia de milagro y hasta escribieron la fórmula secreta de una prodigiosa predicción redentora. Me temo que no entiendas del todo lo que quiero decir, dijo Teseo.

-Siempre el mismo altisonante, le respondió Leopoldo, sin ánimo para continuar la conversación, por decir algo anodino evitando dejarle la última palabra al gato, siguiéndole la corriente.

-Nada hay más contagioso que el Mal.

A siete kilómetros de la Laguna Guacha, siguiendo un tortuoso camino hacia el noroeste del territorio nacional (apenas una huella borrada en el campo) y tirando para el lado de la frontera brasilera, sobre el que nunca pedalearon ciclistas en competición homologada, en las afueras de un pueblo de nombre compuesto de colono pionero –que en otra vida olvidada fue estación de ferrocarril- se cometió el último hasta el momento de una serie de crímenes espeluznantes. Una orgía de horror por las condiciones deducidas del secuestro, la bestialidad sexual que le siguió y peor considerando el tratamiento infligido a los cuerpos de las niñas antes del asesinato, después de la muerte. Escena de horror premeditada despreciando el satanismo de bricolaje con calaveras pintadas, imágenes color bermellón del maligno encornado de ojos saltones y velas negras plantadas en tierra formando el círculo ritual. Espanto abisal hundido en el rapto rumiado, al que siguieron semanas de encierro en condiciones infrahumanas, catálogo integral de suplicios y aberraciones, droga barata circulando, corrupción fermentada entre notables prohombres de la zona, participantes activos en los hechos y sujetos fuera de toda sospecha, venidos del otro lado del límite litigado. Se comenta que también individuos llegados desde la capital, cómplices de la patota de despiadados, mentes azuzadas por hábito de la impunidad e imaginación enfermiza con entradas secretas en el aparato judicial regional y autoridades locales.

Es lo que se murmura con insistencia, se venía insinuando en voz baja sin pruebas materiales concretas y comienza a filtrarse a cuentagotas de la pesquisa, sin que haya hasta el momento un culpable creíble para calmar las aguas revueltas. Episodio más escandaloso todavía que la coartada policial de los miserables detenidos e incomunicados desde hace unos días, comparsas para calmar a la opinión pública y que se vieron fugazmente en los informativos de la noche, esposados, tapados por camperas deportivas con capucha; dos infelices desde que nacieron por equivocación, hermanos analfabetos que ni sabían de lo que se les acusaba y a quienes unos vecinos quisieron linchar la primera noche que pasaron encerrados en la comisaría del pueblo. Nadie evoca la presunción del sospechoso principal y cerebro degenerado de la maniobra descubierta por casualidad, tampoco se conoce la identidad del propietario de la finca donde ocurrían las atrocidades y eso que por allá todo el mundo murmura apellidos compuestos de los implicados que nunca serán fichados. La gente de la zona se calla amordazada por el miedo, quiere salir rápido del basural con forense alcohólico y retomar la vida normal, como si fuera posible continuar viviendo incluso entre detritus persistentes después de lo ocurrido. Las conciencias están compradas, seguro que amenazadas por mensajes anónimos o intimidadas por superstición de magia nefasta; son aldeanos atemorizados esa gente olvidada por ángeles guardianes, bajo influencia del castillo del monótono conde Drácula cuando llega la noche sin luna y que tienen conocimiento turbio de los entretelones.

Dan ganas de abdicar del pensamiento, el sueño progresista con pancartas y el sentido de la existencia, de la aspiración a lo grato de un plato de ravioles con estofado y medio litro de vino tinto, ganas de apostar la vida a la única ficha nacarada del desprecio. Las víctimas hasta el momento fueron elegidas con cautela de seguimiento paciente y trampa coordinada; ratonera similar a la que se arma cuando se trata de maleantes escaladores de paredes, ladrones confiados en la consigna trasmitida en clave sobre la ausencia de moradores. Siguen siendo muchachitas sin infancia del mundo rural, niñas con cuerpos desnutridos de pueblos de ratas y ranchos de lata oxidada que se van sumando, agua de pozo con mosquitos infecciosos y respiración tuberculosa despertando en tipos insospechados deseos devastadores de bicho carroñero. Descendencia femenina de mujeres que olvidaron el hambre por resignación y várices talladas de treinta años que parecen sesenta, dedos con sabañones de pileta de hormigón, agua congelada de cachimba para enjuagar y encías desdentadas por caries; chiquilinas que a fuerza de estar lejos de todo cayeron fuera de la República, olvidadas sin remordimiento por el discurso de los teóricos inclinados al lamento social de ceño fruncido, que serían las últimas agraciadas también si la revuelta con petardos hubiera triunfado en la frontera.

Los nuevos sedientos de sangre de la generación reciente tampoco se conforman como antes –en los buenos tiempos, cuando había respecto por el prójimo- con estrangularlas después de violarlas, violarlas luego de desnucarlas teniéndolas por el mentón partido entre los dedos, desangradas por el tajo en el vientre. Los nuevos varones las suplician sin prisa, aterrorizándolas durante horas con métodos e instrumentos rudimentarios, las humillan hasta borrarlas como personas, haciéndoles sentir estando atadas e indefensas la proximidad de la muerte con paso de chacal hambriento. Las amenazan con tirarlas del helicóptero en laguna Merín para alimentar cangrejos, cronometrar la caída de los cuerpos como si fuera el horario del tren fantasma semanal y con siete vagones de la arrocera extranjera, fletado por el molino de los holandeses. Son ellos la Muerte enmascarada con letra de molde. Las condenadas tienen que entenderlos, mostrar la sorpresa de tamaña revelación y dolor en el cuerpo ultrajado. La agonía debe durar en sufrimiento, alumbrando la conciencia de que no habrá escapatoria y es preferible suplicar para que termine pronto. Ellas desnudas, maniatadas con esposas, amordazadas para sofocando los gritos y capuchas nauseabundas sin ojos, son menos que nada: prisioneras condenadas satisfaciendo un plan macabro que avergüenza el instinto de las bestias. Hablaron hasta de cintas de video insoportables, es probable que filmen las escenas del martirio con cámaras japonesas última generación de contrabando traídas de Miami. Imágenes registrando el suplicio de muchachas sumisas como hacen los criminales del cine de terror, tomas en directo y sonido ambiente para rebobinarlas en casa después de medianoche. Mientras beben brandy del bueno sin falsificar reforzando el espíritu de cofradía, asegurándose la solidaridad del secreto compartido entre caballeros manipuladores del ritual. Secuencia incontrolable que nunca se sabrá si inventan ellos mismos en ratos de molicie o imitan de otros lados, hasta que alguno de la barra bullanguera proponga ir a venderlas lejos –las copias finales son pasables a pesar de ser trabajo de aficionados- pues conoce a alguien que sabe hay interesados por esa mercadería codiciada, dispuestos a pagar cash un buen fajo de billetes verdes sin pedir explicaciones ni darlas.

Entre los periodistas asignados al caso ninguno se atrevió hasta ahora a evocar el estado de los cuerpos recuperados más allá de la insinuación habitual, maquillada de recato sensible y discreción pensando en el lector desprevenido. La evidencia era más indecible que lo visto desde hace años; lo incomunicable marcaba a fuego la impotencia del pacto forzado al que llegaron los medios, prensa, radio, televisión y seguro que los autores materiales del proyecto hallaron satisfacción íntima en esa cobertura informativa. Es inconcebible que ese montaje yendo más lejos del infierno sea resultado de una única mente maléfica, que una sola persona sea capaz de llevar adelante el operativo apenas entrevisto, aunque fuera el mismo Belcebú, el nieto imitador del destripador de Londres y el episodio producto de cierta locura pasajera; eso tiene tufillo inconfundible de cóndor carroñero infiltrado de colaboración. Ellos lo hacen, se juran fidelidad de hermanos de sangre, de manera secreta desean que se conozca su obra y alcanzar el estremecimiento de nunca ser sospechados, evaluar con discreción el efecto devastador entre los conocidos. Acaso sea síntoma con fiebre y sinopsis de la espiral en que ingresó la sociedad uruguaya, vorágine de otra violencia urdiéndose que se vislumbra en al horizonte.

Es seguro y parece inevitable: dentro de poco tiempo y a partir de ahora, en algún lugar aleatorio de la mansa república, reputado por ser zona mansa de gente trabajadora, conglomeración urbana de preferencia, caserío que se deshilacha en una campaña similar al barranco de pastoreo, un muchacho pálido y vestido de negro con botas de comando Made in China, maquillado por si fuera a cantar al aire libre ante siete mil fanáticos liderando una banda satánica, entrará en su antiguo colegio secundario saludando al portero tocado de enfisema, en un liceo público de preferencia y en el horario de la mañana. Así será: ex alumno colérico y decidido, confiado en la legitimidad de cada paso dado desde que despertó en el día G de su existencia. Llamado por insistentes voces interiores en falsete, convencido de ser víctima y agente vengador de perimidos sistemas de evaluación pedagógica, despechado por un carné de notas insultante, inspirado por ejemplos de casos ocurridos bien lejos, determinado como armero matarife y creyéndose arcángel justiciero, transfigurado por una sustancia alucinógena de preparación casera, incitado por música apocalíptica en los auriculares dándole coraje, antes de acceder al Nirvana por la rendija estrecha de la muerte suicida. Como un recluta joven sureño entrenado entre Arizona y Texas, de apellido hispano y nombre de actor de cine ganador de la célebre estatuilla dorada, el soldado Kevin Morales, que entra en acción por primera vez con el uniforme de los marines en un pueblo del desierto. Go go go entre casas de barro y cabras flacas, go go go antes de ser acorralado por un perro entrenado a desgarrar jabalíes en lo hondo del monte, go go go luego de escuchar con satisfacción el llanto de compañeritos de curso, suplicando en recuerdo de buenos momentos compartidos en el recreo, los mismos que tardaron en entender las reglas del juego de masacre, descargará la escopeta de dos caños recortados confiscada al padre cazador consumado y el resto de la artillería menor sobre todo lo que se mueve en su camino. Habrá cinco muertos en los primeros minutos, algunos heridos graves y por mandato histórico anterior al instinto gregario, Kevin rematará a un par de agonizantes con un tajo amateur de puñal Rambo en la garganta. Eso antes de sacar fotos testimoniales de la faena, inmortalizar la secuencia poseído por el espíritu de un baqueano local reputado del siglo pasado con sed de reconocimiento.

Aquellos habladores reactivos de tertulia y que tienen siempre engatillada una explicación para todo, irán en peregrinación a las audiciones de mayor audiencia de los medios audiovisuales a dar su visión de los hechos sobre el malestar juvenil; recordando la opresión endémica del sistema educativo, la patología comprensible en una sociedad estructuralmente injusta y olvidando, negando y descreyendo la fuerza acelerada del Mal en estado puro. En pocas horas de reportajes en directo desde el lugar de los hechos, el muchacho logrará lo que deseaba: llamar la atención de cientos de miles de conciencias y por unos días ser famoso como Diego Armando Maradona en los barrios populares de Nápoles, sentirse en simpatía con el demonio habiendo ajustado cuentas amistosos. Escuchar el dulce son de palabras preludiando el Averno, dudar sobre si estaba en la realidad y el pasaje al acto era un wargame de la mente acelerada. Lograr que al menos durante un fin de semana se lean sus últimas cartas tachadas de rechazo al mundo cercándolo; que la familia se decidiera por fin a considerarlo con respeto y sin que nadie pueda acceder al misterio último de lo que estaba en juego. Subir en cartelera de la crónica roja como Number One, hasta que otro muchacho emprendedor sienta el llamado, el desafío implícito en el gesto pionero y se entrene a fondo para batir el record, que por una vez en la vida los familiares se sintieran orgullosos de su paso por secundaria y dejaran de ignorarlo. La sociedad será distinta luego de su gesto sublime sin otra explicación que el misterio flotando y persistente luego de visionado el video testamento.

Falta poco para que las hordas callejeras, sin otra razón que divertirse comiencen a atacar ancianas en calles perpendiculares a plazas con tenderetes de feria y cajones de verduras. De preferencia las dobladas por la artrosis de columna, ayudadas por bastón con tope en trípode, cuando salen a la intemperie en el minuto fatal a buscar mermelada de higo, ciento cincuenta gramos de leonesa al almacén de la otra cuadra, cuanto más desamparadas mejor para la diversión colectiva: las golpeen a mansalva, las tiren entre empujones, rematándolas a patadas por todo el cuerpo entre insultos y risotadas. Vieja de mierda, vieja de mierda lo tenés merecido por grandísima puta dirán, mientras parten botellas de vino tinto en la vereda, antes de atacarse entre ellos como perros rabiosos, ignorando que emulan una escena de película culta que al menos tenía una buena banda de sonido.

Leopoldo estaba en una encerrona. ¿Qué se puede hacer ante la crueldad lanzada contra los débiles de la sociedad y comenzando por los niños mártires? ¿Qué otra cosa que escribir indignado veinte líneas aceptando la incomprensión ante lo ocurrido, contemporizando con dejo de admiración ante las nuevas tribus urbanas y su tóxico léxico poético, reconsiderar el código penal incursionando en la barbarie, deambular entre desprecio y caridad, buscar el origen de la violencia primera, hallar un chivo expiatorio a mano y salvarse por la excepcionalidad? ¿Advertir los peligros de la amalgama y sin meter todos los gatos en la misma bolsa? ¿Escribir una novela negra con hipótesis condescendiente, único camino a la verdad social para exorcizar entre todos el horror colectivo?

-Si tuviera la respuesta adecuada te la daría de todo corazón, dijo Teseo.

Salto y más allá

No está muerto quien puede yacer eternamente,
y en épocas extrañas hasta la muerte puede morir.

Abdul Al-Hazred

En otro tiempo y una nación más antigua ella hubiera marchado en silencio a un convento de clausura, aceptado castos votos de retiro se habría consumido con rezos matinales y la armonía menos arrabalera de los motetes. Mercedes se negaba a brindarle lo que le quedaba de vida a un dios negligente: «si ese existiera, nunca habría permitido la vagancia de ciertas almas atascadas buscando mi connivencia». Deberá existir algo, un lugar insinuado en la idea de purgatorio y ello eran las resistencias inconsolables de la vida ante el llamado devastador de la muerte. «Eso sí existe, lo he visto con el corazón. Dios no». Buscar otra variante del retiro suponía instalarse en el interior desairado del país, un lugar sobre al río Uruguay entre Uruguay mientras la palabra se hace agua y la misma palabra cuando es tierra firme, pugnando equidistante de los elementos entre feto y sepultura.

La ciudad elegida por Mercedes fue Salto. «Sería indiscreto decir que me lo sugirió una liebre durante un mes de marzo lluvioso, pero fue así». Le bastaron pocas semanas para instalarse en la nueva casa ubicada -para satisfacción de las secretas aspiraciones de la pianista en los bordes de la ciudad- allí donde basta con mover la cabeza para pasar de mirar el presente a contemplar la nada. En cuando al dinero necesario a sus planes, convino con los hermanos una mensualidad generosa y participación anual en las ganancias del clan familiar, con la contrapartica cedida de común acuerdo de salirse del pericón del reparto patrimonial de la herencia. El dolor del entorno ante el retiro de Mercedes fue discreto, los planes relacionados al conservatorio musical los cumplió a medias, desistió sin dudarlo de la formación infantil y se dedicó a perfeccionar aquellos pocos alumnos que mostraban un talento especial. «Mi segundo don me hacía en tales casos daño pues, desde la primera entrevista con los aspirantes intuía el futuro malogrado de mis estudiante, si continuaba adelante era porque su entusiasmo inocente lograba conmoverme».

En esos días de acomodo, nuestra heroína hacía muchas lecturas queriendo mantener al día la escasa correspondencia que la unía al pasado; participaba de manera tangencial en la vida de sociedad y le bastó un recital en el Club salteño de más empaque para demostrar cuál era su manera de vivir. Al público interesado, a los melómanos curiosos que llegaron hasta la sala de actos, lo sacudió la distancia entre sus manos -cuando fue el turno del estudio trascendental de Listz- y la mujer renga que tomaba el té a sorbitos, mientras escuchaba los chimentos inocentes de la ciudad sin demostrar el mínimo interés por detalles pecaminosos. Así pasó un año completo y fue cuando promediaba el segundo otoño en la nueva residencia, que dos visitas vinieron a perturbar su tranquilidad.

«Primero fue una adolescente tímida que residía en la ciudad. Desde que marcó el primer acorde sobre el teclado, la muchacha acometió con una extraña fuerza de interpretación, un mensaje para mí inconfundible; ella estaba destinada a un virtuoso porvenir si la intransigencia del padre no se interponía en el camino. Obligándome a trabajar en cuanto a la interpretación, estábamos muy contentas las dos y yo más, convencida de que el don al asedio se alejaba de mi cuerpo como las fiebres devastadoras del paludismo». El segundo personaje que vino a visitarla, era un individuo molesto a pesar de su juventud y determinante a la continuidad de la historia, un sobrino directo de Mercedes que llegó a Salto para esconderse esgrimiendo una excusa harto conocida. «Cuando se presentó resuelto a instalarse en mi casa por una larga quincena, contó una historia poco creíble y que le parecía original».

El sobrino le dijo a la tía Mercedes que venía a Salto a buscar un manuscrito prodigioso, le habían informado en Montevideo -personas de su más absoluta confianza- que un gringo olvidó algo muy valioso en una biblioteca particular de el Sato Oriental a finales del siglo pasado. Ella lo escuchó manteniendo la serenidad, sin perder la calma, fumando e interesándose por el relato de la mentira y que a medida que avanzaba mostraba algunos centros de interés. «Lo hacía con tal pasión, propia de un farsante profesional, que terminé aceptando que de verdad creía en su disparatada historia». El temblor de las manos del sobrino al engarzar el relato, el color metáfora carmesí en los ojos, su aspecto de dandi prescindiendo del universo decadente que lo rodea y aquello dispensado que no fuera satisfacción artificial de sus sentidos. Mercedes que había visto tantas veces en las madrugadas del Boston casos similares y esos signos ostensibles, entendió que estaba frente a un drogadicto hundido como un áncora en su dependencia. Lo del cuento era menos que una parábola, el sobrino venía a buscar junto a la tía rara una cura de desintoxicación asistida y tal parecía la primera posibilidad. La segunda nada desdeñable, era que llegaba hasta Salto a perseverar en su debilidad incluso aceptando la eventualidad de morir y una tercera, que huía acuciado por la presión insoportable de sus proveedores habituales, tal vez frecuentadores del Boston cuando Mercedes tocaba tangos. «Me repugnaba su irreverencia por estar ahí mintiendo, ocultando la razón verdadera, pero acaso podía ayudarlo. Cuando mi sobrino terminó su cuento le dije que se tranquilizara, que lo ayudaría a encontrar ese manuscrito prodigioso. Para hallar esos textos, como él lo sabría, siempre hay que emprender un viaje a los infiernos. Imposible afirmar si me escuchó en el peso de mis palabras simples o entendió el emblema azaroso que esas palabras dibujaban; lo cierto es que se calmó».

-Claro, el infierno, dijo.

Era esa la síntesis de la crónica interrumpida, la desesperación de ir siempre a la búsqueda infructuosa del manuscrito prodigioso, como si fueran insuficientes los libros existentes en el mundo, la gente se lanza con curiosa periodicidad a la búsqueda de prodigios latentes. Debe de haber algo misterioso por ignorado entre el final del manuscrito y la edición prínceps, un enigma informulable que se extravía para siempre en el trayecto; entre escritura nocturna e imprenta existe un pasaje mágico que se evapora en las librerías: somos los lectores quienes destruimos la fragilidad literatura. «Conocía idéntico afán al ir detrás de partituras endiabladas, la idéntica historia de los manuscritos perdidos que se repiten desde el fondo de los siglos. En la situación delicada de mi sobrino, su actitud parecía ser algo entrevisto en sueños. La droga abre instancias de misticismo y creencia inmediata, desplazamiento del placer hacia una conciencia de lo ausente. Tenía conocimientos suficientes para entenderlo, el único secreto que vale la pena buscar es el del diálogo con los muertos y me pertenecía. Comprendo la desesperación de quienes por la droga, la locura, la orgía sexual y el alcohol llegan a esbozar la escucha en ecos del submundo, el reino habitado de murmullos eternos, susurros que unos pocos transfiguran en personajes de escritores torturados. Nadie inventa personajes, sólo hay una escucha del murmullo inaudible de los muertos: los hacen luego manuscritos sobrenaturales. Conozco desde las noches del Boston que lo en verdad terrible, es la transferencia llevando a ver de frente la otra realidad; es como si estuviera muerta, una catalepsia que puedo manejar a voluntad –lo descubrí en noches de tangos y degolladas-, es la visión retorcida que alcanzo apenas me lo propongo, mediante procedimientos litúrgicos y que en mí pasan por la digitación del segundo nocturno del opus 15 de Chopin. Creía manejar a voluntad la situación, que ello comenzaba a formar parte del pasado, los dones son para ser usados y quien renuncia a ese dictamen, termina castigado por negarse a la excepcionalidad, quería saber si mi sobrino buscaba reincidir en la droga o salir del círculo opresor de los alcaloides».

Pareció lógico que Mercedes pusiera en su sobrino un cariño especial por considerarlo un ser confundido; tenue referencia a la madre que no era y entonces, protegida mediante un disimulo de cortesía distante se comportaba de manera exagerada, favoreciendo cautelas indebidas a la circunstancia como si se tratara de un niño enfermo. La indiferencia del sobrino ante la referencia del infierno se volvió en su contra, la desintoxicación apodada manuscrito perdido fue lenta y dolorosa, pareciéndose a un exorcismo donde los demonios eran complejas estructuras moleculares de laboratorios clandestinos. En las convenciones cotidianas la tarea consistía en desalojar espíritus ruinosos habitando su cabeza y circulando en la sangre con impunidad. Ni muertos babilónicos ni deformes seres imaginados, entidades acaso indescriptibles nacidas de glóbulos excitados e irrigando alejadísimas zonas del cerebro, despertando funciones dormidas en la memoria bestial del hombre desde la noche de los tiempos. «A mi manera, evité que algunos espíritus burlones aprovecharan la ocasión para ocupar su cuerpo debilitado provocando la incursión depredadora al mundo de los vivos».

Durante esas largas veladas de alerta, defensa e insomnio, en el cuarto apenas alumbrado que tiene una ventana orientada hacia la nada, con mantas sobre el cuerpo tiritando de Silvestre diciendo disparates, ella supo que usufructuando el episodio algo la estaba reclamando, una fuerza, algo: el espíritu de una niña que murió ahogada en una correntada cerca de Salto. «Ella pedía que me interesara por el espíritu de su padre que estaba allá torturado y sufriente más que todo lo sufrido en vida. Nadie podría imaginar el envilecimiento que sentí ante ese llamado -en plena cura de mi sobrino- como sin indicio alguno me viera trasladada a un teatro. Habiendo rechazado tales prácticas considerándolas de curandera ridícula, habiendo entrevisto conservatorios alcanforados con bustos blancos, indicando el camino del arte hacia el Parnaso musical, mi prudencia me proyectaba viejita, en entregas de diplomas ornados con caracteres góticos, intercambiando ramilletes de flores. Pero esos días, estaba obligada a admitir mi condición irrenunciable de médium trastornándome sin poder controlarlo».

Cuando el sobrino Silvestre consiguió desintoxicarse –volvió a tomar café negro y comer con apetito de muchacho saludable- Mercedes debió explicarle lo sucedido; parecía que durante la cura implícita ella hubiera heredado el interés por el prodigioso manuscrito perdido y él -ansioso por regresar a Montevideo y recuperar su vida normal- con fidelidad de hijo adoptivo aceptó ayudarla a volver del trance en las sesiones «que para mí resultaban humillantes en tanto necesitaba testigos íntimos, escuchas».

-Te ayudé a ti las últimas semanas. Ahora debemos calmar las lágrimas de alguien que dejó de pertenecer al mundo donde estamos conversando.

-El infierno, claro, respondió Silvestre como aquella primera vez cuando llegó y ella se hizo la desentendida.

Fueron apenas tres sesiones las necesarias para llegar a la solución del enigma y encontrar el manuscrito perdido, que era una voz local que se manifestó más tarde en fin de semana. Al otro miércoles de esa conversación, el sobrino Silvestre regresó a Montevideo con la vida cambiada. Mercedes permaneció dialogando a solas con los espíritus en términos amables, sin saber a qué región la encaminaban esos intercambios; si hacia una muerte prematura que daba señales de impaciencia o derecho a la locura, en justo castigo por haberse interpuesto en tráficos superiores a sus fuerzas. «Lo que más creo es que marcharé al otro lado naturalmente y hasta entonces nunca dejaré de tocar el piano». Durante la sesión del domingo, que cierra la historia hasta donde se nos está permitido el relato, hubo un tercer invitado de paso. El doctor Wenceslao Penco, abogado ponderado de la sociedad montevideana, que en su apellido tenía incorporado buena parte del secreto expedito en las noches pobladas de contacto y comunicación; pero volvamos al orden narrativo.

En la sesión del viernes, la niña que funcionaba como espíritu de avanzada recordó su breve pasaje por el mundo de los niños con vida. Dijo llamarse Elizabeth y que nunca conoció a su madre, una mujer que quedó viviendo en el otro hemisferio. Elizabeth, su espectro, contó que vino hasta los dominios salteños con su padre siendo pequeñita, desde los Estados Unidos de norte América en un barco de tras mástiles. Su padre era ingeniero en caminos, minas y puentes e inventor de obras monumentales; buscaba olvidar el pasado que incluía una muerte abrupta de la madre de Elizabeth, se había desterrado a Salto a plantar naranjas y leer. El padre bebía mucho, fue lo que dijo Elizabeth que había olvidado las circunstancias de su propia muerte; para la niña la muerte fue un juego sin canciones, llevaba más tiempo de muerte que de vida tuvo, lo que posibilitaba acceder al contacto. Escuchaba sufrir a su padre sin reposo, quería hacer algo por él y apenas se acordaba de una tarde de circo determinante.

El día previo al accidente en el río que terminó en tragedia, el padre de Elizabeth la subió a un lindo carruaje tirado por dos caballos lustrosos y lo condujo hasta una plaza enorme en el centro de la ciudad, a escasas cuadras de la iglesia principal. Fue la tarde del circo; ella se retardaba en su relato como encantada, la niña recordaba la orquesta de monos tocando una musiquita alegre, animales feroces venidos de la selva y que nunca había visto salvo en coloridos libros de estampas. Esa tarde bajo la carpa del circo estaban casi todos los niños salteños, Elizabeth no conocía a ninguno ni asistía a la escuela; el padre se encargó de educarla a su manera y ello tenía poca importancia en la versión de la niña. Ella evocaba la escenificación final del espectáculo circense con la irrupción en la arena circular de caballos verdaderos, hombres vestidos de gaucho, ánimas en pena y señores que se transformaban por efecto de brujería en lobos peludos sedientos de sangre. Eso a ella la asustó mucho, Elizabeth era una niña distanciada de tales emociones. Cerca suyo, cuando terminó la función destinada a ser un recuerdo de infancia si hubiera tenido tiempo de crecer, había un niño que los miraba con insistencia. Ello duró unos minutos, luego el niño se acercó al padre de Elizabeth y dijo: «Señor, su hija va a morir pronto». El padre abrazó a su hija defendiéndola de tal barbaridad, queriéndola retener hasta la eternidad en la vida, en la infancia y le dirigió al niño algunas palabras en inglés que Elizabeth olvidó.

Era el alboroto de emociones sacudidas y la desordenada salida del vientre de la carpa; afuera había llegado la noche, una vez que estuvieron en el carruaje el padre volvió a abrazarla como si temiera algo de las palabras escuchadas. Elizabeth pensó que estaba despidiéndose para siempre, presintió que nada podría evitar el augurio del niño de ojos negros y que tenía el descaro de mirar a la muerte de frente. «Es culpa mía» le dijo el padre. Después se cumplió la profecía, sucedió la absurdidad del pájaro de colores al alcance de la manito y la correntada del Uruguay.

*

Estaba agotada por lo vivido esos días, los espíritus hablaban utilizando mi cuerpo como instrumento averiado y órgano de parroquia abandonada; quedaba en suspenso sin entender los pliegues de la historia en su totalidad y ello exigía el esfuerzo adicional de descifrar un enigma. Lo primero que pude deducir fue que el alma de Elizabeth estaba a la espera para que salvara a su padre, un espíritu desterrado roído por el remordimiento. Debía localizarlo, luego invocarlo como una vulgar quinestésica, convencerlo de que nada vinculado al accidente de la niña fue responsabilidad suya, hacerle saber que el espectro de su hija lo eximía del sentimiento de culpa. La habitación donde estábamos estaba fría, congelada casi como si estuviéramos más al sur del continente. Mi sobrino llegado del infierno hacia unas pocas horas sentía el pavor cercándolo y era verosímil que anduviera necesitando una dosis consistente de morfina para dormir en paz.

A la mañana siguiente siguiendo mis consignas Silvestre se encargó de algunas averiguaciones. Había de verdad la historia antigua del gringo, alto y pelirrojo hasta la caricatura, viviendo en Salto durante la segunda mitad del siglo pasado,  un hombre desquiciado por naranjales de pesadilla, que ensayó métodos científicos para hacerlas más grandes, sin semilla, con menos espesor de cáscara y más jugo. Aunaba creerse el Dios de las naranjas pensando acelerar por la razón positivista el golpe de fortuna que lo impulsara a otros destinos. Los extranjeros que por entonces llegaban a Salto, aunque murieran de viejos lo hacían pensando estar apenas de paso de la ciudad del litoral.

Nunca antes había sentido tamaña intensidad en los llamados espirituales ocurridos en Montevideo, esa zona del país era el paisaje propicio para transitar hacia otras regiones, ahí se concentraban circulando infatigables fuerzas extrañas. Esta parte de la geografía patria era un corredor secreto donde se aseguraba el tráfico hacia experiencias desconocidas, creímos que Montevideo era el centro de algo y no es el centro de nada, apenas una ciudad de río exagerado que bosteza soñando ser un gueto creativo. Desde los altos de Bella Unión al norte y hasta arrabales masónicos de Colonia de Sacramento, suceden insistentes situaciones inexplicables. Esa franja de la Banda Oriental, a la que los portugueses nunca lograron acceder ni con sus más encopetadas legiones de blandengues, a la que los porteños centralistas, ávidos y eficaces en eso de conquistar provincias federales y degollar caudillos bárbaros tampoco confiscaron; nuestro lejano oeste del Oriente… ya casi nada nos pertenece de lo que alguna vez fue llamado la Banda Oriental. El Este es patrimonio de los extranjeros, es probable que en un futuro no demasiado lejano Montevideo desaparezca como provincia amarilla. Hay sin embargo una franja de tierra que bordea el río, último avatar de las aguas que bajan de la selva y esa será la zona de nadie; perdón, será dominio de espíritus memoriosos hasta la locura, poetas druidas y pelirrojos de un boscaje Celta improbable. Manantial de aguas prodigiosas, punto de encuentro de quienes otean islotes de escritura y muerte, las reinas de misteriosos animalitos que hablan con espíritus vagabundos. Me sentía en estado de inminencia de algo desbordando mis conocimientos y posibilidades, forzándome a ir más lejos. Los orientales somos habitantes del purgatorio en tierra, nadie nos recuerda y nunca sabemos cuál será nuestro destino final, tal vez el olvido, vivimos por ello de memorias ajenas, prodigiosos relatos de pueblos del norte y escritura de los grupos limítrofes.

La noche del sábado estábamos los dos solos. Silvestre asistía a las alteraciones de mi rostro, voz y movimientos, seguro que intentando entender quién de ambos estaba más enfermo del espíritu. Me preparé tomando bastante ginebra y pagando el esfuerzo corporal de la víspera, esa noche mi aspecto sería lamentable, bastante desmejorado, ojeras de muchacha bostoniana, renguera acentuada por debilidad muscular progresiva y tics nerviosos marcados me darían -si alguien irrumpía sin aviso en el salón- el aspecto de una vieja bruja. Éramos varios personajes quienes estábamos en el atolladero sin que se observara ninguna salida de salvación; cuando se hizo de repente la noche, cerré los pesados cortinados de terciopelo que aislaron el salón. El frío aumentó de manera súbita volviéndose intenso y penetrante, parecía que estábamos a bordo de un viejo barco acercándonos de manera fatal a regiones árticas. Hasta la lámpara de alcohol, que estaba allí iluminando lo indispensable se movía sin voluntad y siguiendo los caprichos del viento helado, con Silvestre nos cubrimos de mantas para protegernos del frío, yo era los dos siendo quien preguntaba por la situación en tanto algo daba por mí respuestas que la conciencia olvida de inmediato.

Mi sobrino que hasta la noche anterior era un descreído de esos asuntos espiritistas, estaba dispuesto a ayudarme con tal de comprender el avance del misterio descontrolado, el muchacho se sentía en parte responsable y la desintoxicación que desarregla la química corporal promovió que lo otro arreciara. Comenzaba a sospechar que entre drogas y espiritismo existían vínculos fuertes; nunca en el mismo personaje sino por cercanía de sangre, como si en la sangre de nuestra familia persistiera la memoria de otras muertes o un elemento distinto: del alcohol que causó insomnios de mamá y periódicos sonambulismos, la sífilis venida de Europa central debilitando con el rosario de muchachas prostitutas las resistencias orgánicas de padre, inoculándole el veneno que se aproxima a la locura y roza la genialidad. Eso se estaba pareciendo a una cuestión de familia y lo que suponía hasta esa noche un don excepcional se estaba convirtiendo en tara.

-Estamos aquí Elizabeth, dijo Silvestre en un murmullo.

El muchacho estaba llamando a una hermanita enferma y yo acompañaba el éxtasis mórbido de calesita. De repente, como si estuviera violentada por un marinero borracho dispuesto a degollarme si me resistía, que hubiera asustando al espíritu de la niña que iba a los circos de campaña, sentí el sacudón de la fuerza, una punzada de ardor en el estómago. La boca se secó como si fuera fumadora de larga data, subió un eructo de ron fuerte que reventó en mi boca igual que una grosería hecha a propósito. Fue entonces que dije

– ¡Me llamo Arthur Gordon Pym y soy oriundo de Nantucket!

Luego eché a reír a la manera de mi padre cuando nos encontramos aquella madrugada en el Boston y acto seguido me desmayé.

De lo sucedido después recuerdo poco, cuando al rato desperté saliendo del trance estaba tirada en el suelo, me había orinado encima, el gusto del ron se marchaba imitando una marea que baja sumisa después de luna llena. Silvestre estaba a mi lado sosteniéndome la cabeza entre sus manos, interrogándome con los ojos para saber si estaba muerta. Comprendí el sentido de su mirada.

-Todavía no, le dije.

-Faltó poco, respondió.

-Lo sé.

-Tía querida, dijo y lo hizo con una ternura impensable en alguien como él hace apenas unos días. Lo que nos está sucediendo escapa a nuestro gobierno. Fue terrible, agregó.

– ¿Qué sucedió?

-Ni yo mismo lo sé con exactitud, dijo y me contó lo que trasmitió el espíritu de Elizabeth.

“Era un loco, contó mi sobrino Silvestre. No para de sufrir por la muerte accidental de la hija que se ahogó en el río. Para él la culpa no se relaciona a un descuido la tarde del accidente fatal, sino por haber desdeñado la señal que le envió un niño nativo la tarde anterior del accidente. Niño marcado por su propio destino, también le anunció a la madre la muerte cercana de su padre Prudencio en un accidente de caza.

“Ese espíritu está desesperado hasta la eternidad, consigue narrar lo sucedido hasta la muerte de Elizabeth y luego entra en un profundo coma alcohólico; los espíritus al parecer permanecen en el estado de relato en que la muerte los interroga y abraza. Era ingeniero originario de Boston («y sentí un raro estremecimiento al escuchar esa palabra, tan unida al período feliz y secreto de mi propia existencia allá en el bajo de Montevideo»), lector obsesivo de la obra de Edgar Allan Poe y desde su propia muerte se pasea por la ciudad de Salto donde murió. En una errancia alcoholizada sin fin y apareciéndose entre los vivos como los personajes ficticios del escritor maldito que murió de tantas maneras diferentes. Así consigue infiltrarse en sueños de mucha gente como saqueador de imaginación, perturbándola con pesadillas demoníacas, fantásticas, saturadas de situaciones de horror y nombres desconocidos. Desde allá él afirma que una ciudad llamada Salto es ideal para orquestar su juego de fantasmas, pues anuncia la pirueta última hacia las otras regiones. Hasta aquí lo trajo una peste, de aquí se lo llevó el alcohol por el dolor, ningún hombre resiste en el término de una misma vida perder dos mujeres queridas llamadas Elizabeth en circunstancias trágicas. En la primera eligió escapar de las calles de Boston y en la segunda de la vida; su esposa fue asesinada por un desconocido que nunca identificó la policía, desde entonces su consuelo obsesivo consistió en leer al escritor que aceptó la contienda del Mal en todas las manifestaciones imaginables.

“Le dice a quien quiera oírlo que la lectura de Poe logró enloquecer más gente de la que podemos suponer quienes vamos al cine; sostiene que, así como existen adictos a las drogas -usted está en buena situación para entenderme me dijo a mí- ciertas lecturas generan una dependencia incurable que puede contaminar la escritura posesa. El bostoniano había dejado de ser ingeniero, hombre oriundo de Maryland y era una escritura errante de otro. Barco fantasma cargado de palabras alienadas y abandonado a la deriva entre glaciales como mala traducción. Era ministro poeiano plenipotenciario en tierras de bárbaros, desterrado eterno de bibliotecas, peregrino de encuadernaciones, desalmado de caracteres de plomo.”

– Cuento rengo contado por un mono alienado. Eso era él.

-Por dios Silvestre, qué es eso que cuentas… dije.

Por un instante llegué a pensar que mi sobrino estaba mintiendo, quise suponerlo reincidiendo en el consumo de droga y entendí luego que se trataba de la buena versión. Pasada esa confusión de ultratumba supuse que el asunto estaba clausurado, sería para mí insoportable avanzar en ese juego perverso de herencias desgraciadas o participar de un ajuste de cuentas del país de los muertos, tan distante de las finalidades de mi retiro voluntario. Resulté un cuerpo intermedio del diálogo de otras vidas, alguien estaba haciéndome una jugarreta excomulgada y era una mujer ignorante de tales comportamientos. Si en otros lugares el regreso de los espíritus es cosa concreta y esporádica, Salto resultó ser zona privilegiada, observatorio ideal para contemplar movimientos invariables de la vía láctea y otras mudanzas debajo de las tumbas. Es por ello que la gente medrosa no soporta -según dicen las malas lenguas- la ciudad viviendo encadenada a ella hasta el final de la homilía y los pocos que consiguen escapar dan versiones inquietantes del universo. Todo aquí agobia, el río con su amenaza permanente de inundación y el cementerio de mármoles permeables, el sol de siesta inventando la furtiva selva y el viento polar que acarrea la noche. El silencio culpable de las calles y la bulla impostada de madrugadas en el centro, la errancia de gringos soñadores de represas titánicas e industrias fantasmas en las afueras de la aglomeración, donde se fabrican objetos envilecidos que nunca veremos en esta parte del mundo. Por eso huyen.

Nada había planeado para la realización de ambas sesiones, menos estaba preparada para las consecuencias sucedidas y sabía que faltaba la tercera entrevista para dar por concluido el asunto. Silvestre reservó su pasaje de ferrocarril para el martes y yo volvería a estar sola intentando continuar mis actividades normales, si es que los muertos me lo permitían; tenía que ponerme bien, recuperarme de la experiencia del sábado a la noche. La distracción oportuna llego del exterior, desde hacía semanas había pendiente una invitación para almorzar ese domingo con el doctor Penco. Un abogado amigo de la familia con veleidades de poeta secreto y que estaba de paso por Salto hacia la capital, venía desde Corrientes del otro lado del río Uruguay, no del encuentro entre poetas fluviales sino de liquidar la repartija de campos litigados. Hace dos meses, cuando Penco anunció su pasaje por la ciudad y las ganas de verme lo invité encantada, ahora, con el ánimo deshecho, urgida por el avance de relojes antagonistas su visita fluctuaba entre agrado y contrariedad; tarde para echarme atrás, era verdad que verlo a Penco podría hacerme mucho bien.

El domingo en cuestión me levanté temprano, la renguera y el clima salteño de algunos meses me dan buenas excusas para justificar cierto desaliño y mi mala cara. Silvestre comprendió la gravedad relativa de la situación e hizo los mandados para el almuerzo siguiendo mis consignas al pie de la letra. Fue así que a la hora prevista para la llegada del amigo estaba todo preparado, quedaban pocas trazas invisibles del desastre de la noche anterior; quiero decir que el comedor estaba más que correcto y pronto para recibir un invitado querido. Mientras preparaba la comida pensé en la francesa, el niño ya tendría un año, aquellos fueron los meses más felices de mi vida hasta que mi padre anunció la muerte de Quiroga.

Penco es de las pocas personas de bien que conozco, la irritación presagiada por su llegada se evaporó con las rosas rojas que me trajo, las disculpas por irrumpir en la casa de alguien que eligió la soledad; parecíamos los viejos amigos que éramos -teníamos casi la misma edad- veníamos de pasar hace poco la treintena habiendo iniciado la cuenta regresiva. La edad de la cual, decía una amiga entrañable muy traviesa: «Todas sabemos, querida Mercedes, que pasados los treinta el camino de la vida está generosamente tapizado de cáscaras de bananas. El menor descuido, un paso en falso y ¡plaf! Al piso. Los achaques físicos, la vanidad que nos refleja en un espejo deformante, las manías que se transforman en obsesión, el Ego falso que escapa de control, el sueño irrespetuoso de ser más grande que Verdi o esa implacable máquina de picar ilusiones que es el matrimonio y la familia, están al acecho para acabar finalmente con nosotras. Casi siempre de manera ridícula».

Tanto Penco como yo, por razones que sería largo de explicar habíamos evitado esas correntadas turbulentas. Desde que nos sentamos en el salón para tomar el vermú me sentí mejor, acepté con agrado que lo venía extrañando y era estupendo que él hubiera venido a casa. Penco posee la virtud de la discreción, tan escasa como el ámbar de las ballenas y el cuerno del rinoceronte. Sin preguntar sobre nada afectando la retaguardia del otro, siempre tiene algo para contar y lo hace de tal forma que sus monólogos dan la ilusión de ser conversación. Lo hace construyendo un cordial territorio de complicidad, borda supuestos con sutil ambigüedad y consigue bajar las defensas de quien lo escucha, ahí reside el secreto de su suceso profesional.

En apenas una hora materializó el vacío de tanto tiempo de desencuentro y sentí que había estado con él hacía unas pocas horas o tal vez eso lo inventé porque lo necesitaba, Fue así que durante el almuerzo me atreví a contarle mis tratos con los muertos; todavía me faltaba la paz espiritual obligada para confesarle mi paréntesis musical en la zona del bajo capitalino. Si con mis anécdotas en algo lo sorprendí él lo disimuló muy bien, si lo dicho le pareció una locura Penco ni se inmutó, durante esos minutos escuchó con interés a medida que yo avanzaba en el relato hasta referir lo sucedido con el padre de Elizabeth.

-Mercedes, es interesante lo que cuentas, dijo manteniendo la calma. Debo confesar que se trata de un sacudón fuerte. Podría avanzar explicaciones de leguleyo aficionado a inutilidades literarias, razones que serían insuficientes para sobreponerme a la fuerza terrible de la experiencia tuya.

-Wenceslao, eres atento como siempre. Lo incomprensible es la trama oculta de lo que se sucede.

-Podría acaso -insistió- dar otra explicación ajena a tus dones, que puede ser falla y secuela inesperada del retiro. Sería apenas una hipótesis de trabajo, lo que consideramos historia de la literatura es la crónica de la edición y peripecias del papel. Nadie se atrevió a enfrentar una historia de la escritura desde adentro, sería aspirar a una historia de la esquizofrenia escrita por los locos.

– ¿Qué quieres decir con eso?

-Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va. Un poco de paciencia… Ahora si te parece bien, después de este banquete tomaremos el café en la sala.

Wenceslao parecía un detective inglés y le encantan los misterios, camino de la sala dejó caer su toga de abogado astuto para meterse en el asunto y trató de hallarle una explicación coherente a lo sucedido; por supuesto que para ayudarme, sobre todo por la mayor gloria de su areté intelectual como lo denunciaba el brillito de sus ojos.

-Vamos a reflexionar en alta voz tratando de deducir qué es lo que realmente sucede en esta historia. Aquí lo que interesa a mi entender es la presencia de Arthur Gordon Pym, que como bien sabes es el personaje de uno de los relatos más misteriosos de Edgar Allan Poe. Lo inexplicable en apariencia, es que él haya llegado hasta aquí, el Salto Oriental y lo hizo porque tú lo trajiste. Me pides Mercedes, para comprender la totalidad del sistema, una creencia fuerte a lo que mis convicciones positivistas se resisten: creer en la existencia de espectros paseándose y espíritus parlanchines. Sin que lo recuerdes ha de haber en tu infancia un episodio relacionado a la ciudad de Boston, algo oculto que salió a la superficie los últimos días, deberías meditar al respecto. De ahí a Poe y del escritor a la creencia de la realidad de sus personajes, hay un paso. Seguro que se trata de una lectura que dejó en ti una huella tan desagradable como rechazada. Que haya emanado en la ciudad del autor de La gallina degollada completa la cadena con cierta lógica, se trata de una evidencia clarísima. Los espíritus no existen, eso es lo que creo, existen lecturas, los fantasmas de personajes y el espíritu burlón de escritores, el resto es literatura. Con esos ingredientes hasta podríamos escribir un cuento entre los dos, mi querida Mercedes, una fantasía fantástica tocada a cuatro manos. ¡Si hasta yo tengo ese nombre bostoniano incrustado en el apellido de familia!

-Las cosas que se te ocurren Wenceslao. Ojalá todo fuera tan sencillo como lo cuentas. ¿Y la niña llamada Elizabeth? ¿Y Silvestre, que me escuchó una de las noches delirar en pleno trance?

-Apariencias Mercedes, apariencias… La ciencia está todavía lejos de haber agotado las posibilidades cognitivas del cerebro. Casualidades de recuerdos con profusos fantasmas, nerviosos además, intrigas inexplicables que harían sonreír al genio racional del mismo Augusto Dupin.

-Para ti es asunto explicado y concluido, supuestos que se irán con unos analgésicos igual que las jaquecas.

-Mercedes, perdona que te lo diga, es que hay situaciones que resultan inimaginables, como suponerte a ti trabajando de pianista en un cabaret. ¿En qué mente cabe tamaña idea? ¡Insensato!

-Tú lo has dicho, admito que como ejemplo es irrebatible, le dije a Penco, sin evitar una íntima sonrisa de sarcasmo.

– ¿Lo ves?, respondió Wenceslao; como si viniera de hacer firmar un convenio poniendo fin a un litigio de aparcerías, dejó la taza de café sobre la mesita y se sirvió otra copa de coñac.

Luego hablamos de varios temas de escaso interés para mí, lo esencial estaba dicho y lo conté a Penco como una variación de sueño que el inconsciente me legaba de noche en noche. De haberle dicho lo contrario, quiero decir la verdad a Wenceslao le hubiera dado un sincope antes del coñac; mi drama para él tenía diámetro de un potente somnífero, podía resolverse con una docena de cápsulas ingeridas de una sola vez si es que los ataques continuaban.

Toqué unas piezas al piano que le agradaron al bueno de Penco y él siguió bebiendo coñac. Después hablamos de la intolerable situación del país, las derivas económicas y morales de familias acomodadas de la ciudad.

– ¿Volverás a Montevideo? me preguntó Wenceslao cuando el día comenzaba a declinar.

-Para mí la silueta de Montevideo es tan lejana como Nantucket. Estoy bien, aquí me quedaré hasta el final.

-Un cambio de clima, una vuelta por el pasado a veces puede mejorar el sueño.

-Te conté mis sueños como si fueras el hermano que más quiero, en ningún momento dije que me hacían desgraciada. A una mujer como yo si le quitas la aventura de lo reprimido y las imágenes censuradas de los sueños, es como si la mataras.

Terminé de hablar y comprendí de una buena vez, había hallado el túnel del misterio.

Esto que dije lo convenció o tranquilizó su conciencia. Salto era un lugar donde podía soñar a mis anchas que es otra manera de vivir, cuando lograba desentenderme del universo visible podía lanzarme a otras regiones, mi vida era un sueño tendiendo a pesadilla. Hasta aquí nunca llegaría mi padre para expulsarme de la felicidad, como lo hizo cuando me impidió embarcarme a lo grumete antes de preguntar mi parecer, cuando fingió no conocerme en el Boston la noche del día que se supo la noticia de la muerte de Quiroga.

-Me marcho, dijo Penco. Lo haré antes de que enciendas las lámparas. Si como lo espero todo se complica en la sucesión de los argentinos, en un par de meses me tendrás de vuelta. Entonces hablaremos del caserón de los Heber Usher, los pulmones hipnotizados del señor Vardemar, de la señorita Maria Roget y su misterio.

-Déjate de bromas, le dije y lo saludé con la mano hasta que cerró por fuera el portoncito del jardín y se marchó caminando con paso tambaleante.

El asunto de Elizabeth era para Penco asunto concluido, yo sabía que faltaba una coda final y habiendo comprendido el mecanismo oculto la cita verdadera sucedería esa misma noche en soledad. Decidimos olvidar la cena y Silvestre me ayudó a arreglar la casa, luego le pedí que fuera a su cuarto a leer porque deseaba estar sola.

Cuando él se retiró la casa quedó en silencio propiciatorio, preparé una ginebra doble con piedras de hielo y fui al porche de la casa del lado que da hacia la nada, a contemplar el misterio por entero, evitando insistir con la penosa creación de la atmósfera de noches anteriores. Podía suponerse que hasta cierto punto decidí creerle a Penco en la interpretación novelesca que le atribuyó a los hechos marrados y hoy su presencia nada casual formaba parte de un plan ambicioso.

En eso estaba, disfrutando la ginebra con hielo, cuando recobré una antigua sensación, cercana a la mirada del desconocido que tiempo atrás me incitó a entrar en el Boston, como la mirada del niño que se cruzó con Elizabeth en la carpa del circo ambulante y anunció su muerte inminente. Ese aliento me transportaba hacia otros dominios y regresé al salón principal, cerré los ojos apenas dejándome caer en un sillón escondido en la oscuridad y aguardé al personaje sufriente que fraguó la totalidad del cuento que me tenía por protagonista; alguien que venía vigilando desde la infancia y me eligió para regresar a saldar antiguas cuentas pendientes, cuando fuera por fin un espíritu muerto alcanzado por el terrible atajo. Él me tenía en su tierra natal y a su merced para hacer pasar el mensaje que faltaba, sin la excusa de anoche utilizando al padre de la niña Elizabeth, intentando darme la falsa pista de témpanos a la deriva, que guardan adentro una selva infestada de víboras y hormigas carniceras.

-Hace tiempo que tenemos pendiente este encuentro, dije. Por fin.

Hubo un silencio de comunicación, cuando escuché abrirse la puerta y los leves pasos esos viniendo desde el fondo de otra senda permanecí con los ojos cerrados; soporto mal la inminencia de un prodigio.

-Cierto, dijo el muerto.

Hagan de cuenta que estoy muerto

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A Juan José Saer

Allor si mosse, e io li tenni retro

Inferno I

BRIGNOGAN – PLAGES

De creerle a Musto como finalmente ocurrió, la historia había sucedido en un tramo de la ruta llevando a lo verificable de tener mente abierta para escuchar lo que se cuenta entre líneas, fue accidente de circulación en un camino balizado al final de dos telegramas urgentes y tres llamadas telefónicas internacionales. Yo había vivido antes algunos veranos en Madrid sin sospechar que allí en la Villa, donde fui feliz y caminaba horas, volviendo con intención de recordar activando la memoria selectiva, sucedió buena parte de la obsesión de relato que me acompañó durante varios años. Sólo puede desprenderse de cabeza y corazón de la manera como sigue: al comenzar a escribir ni atino a invocar una divinidad de esas mediadoras con los humanos para salir adelante en la presente patología del relato. Es exacto afirmar que las complicaciones rondando la resolución de la novela que siempre se proyecta redactar en el futuro incierto, desde el chispazo cero de la idea, notas rápidas en papelitos inapropiados, la cuestión del punto de vista y el rosario consecuente de tiradas corregidas -tantas veces como sea necesario hasta lograr la buena versión aproximada- se ensamblaron de manera fortuita.