Salto y más allá

No está muerto quien puede yacer eternamente,
y en épocas extrañas hasta la muerte puede morir.

Abdul Al-Hazred

En otro tiempo y una nación más antigua ella hubiera marchado en silencio a un convento de clausura, aceptado castos votos de retiro se habría consumido con rezos matinales y la armonía menos arrabalera de los motetes. Mercedes se negaba a brindarle lo que le quedaba de vida a un dios negligente: «si ese existiera, nunca habría permitido la vagancia de ciertas almas atascadas buscando mi connivencia». Deberá existir algo, un lugar insinuado en la idea de purgatorio y ello eran las resistencias inconsolables de la vida ante el llamado devastador de la muerte. «Eso sí existe, lo he visto con el corazón. Dios no». Buscar otra variante del retiro suponía instalarse en el interior desairado del país, un lugar sobre al río Uruguay entre Uruguay mientras la palabra se hace agua y la misma palabra cuando es tierra firme, pugnando equidistante de los elementos entre feto y sepultura.

La ciudad elegida por Mercedes fue Salto. «Sería indiscreto decir que me lo sugirió una liebre durante un mes de marzo lluvioso, pero fue así». Le bastaron pocas semanas para instalarse en la nueva casa ubicada -para satisfacción de las secretas aspiraciones de la pianista en los bordes de la ciudad- allí donde basta con mover la cabeza para pasar de mirar el presente a contemplar la nada. En cuando al dinero necesario a sus planes, convino con los hermanos una mensualidad generosa y participación anual en las ganancias del clan familiar, con la contrapartica cedida de común acuerdo de salirse del pericón del reparto patrimonial de la herencia. El dolor del entorno ante el retiro de Mercedes fue discreto, los planes relacionados al conservatorio musical los cumplió a medias, desistió sin dudarlo de la formación infantil y se dedicó a perfeccionar aquellos pocos alumnos que mostraban un talento especial. «Mi segundo don me hacía en tales casos daño pues, desde la primera entrevista con los aspirantes intuía el futuro malogrado de mis estudiante, si continuaba adelante era porque su entusiasmo inocente lograba conmoverme».

En esos días de acomodo, nuestra heroína hacía muchas lecturas queriendo mantener al día la escasa correspondencia que la unía al pasado; participaba de manera tangencial en la vida de sociedad y le bastó un recital en el Club salteño de más empaque para demostrar cuál era su manera de vivir. Al público interesado, a los melómanos curiosos que llegaron hasta la sala de actos, lo sacudió la distancia entre sus manos -cuando fue el turno del estudio trascendental de Listz- y la mujer renga que tomaba el té a sorbitos, mientras escuchaba los chimentos inocentes de la ciudad sin demostrar el mínimo interés por detalles pecaminosos. Así pasó un año completo y fue cuando promediaba el segundo otoño en la nueva residencia, que dos visitas vinieron a perturbar su tranquilidad.

«Primero fue una adolescente tímida que residía en la ciudad. Desde que marcó el primer acorde sobre el teclado, la muchacha acometió con una extraña fuerza de interpretación, un mensaje para mí inconfundible; ella estaba destinada a un virtuoso porvenir si la intransigencia del padre no se interponía en el camino. Obligándome a trabajar en cuanto a la interpretación, estábamos muy contentas las dos y yo más, convencida de que el don al asedio se alejaba de mi cuerpo como las fiebres devastadoras del paludismo». El segundo personaje que vino a visitarla, era un individuo molesto a pesar de su juventud y determinante a la continuidad de la historia, un sobrino directo de Mercedes que llegó a Salto para esconderse esgrimiendo una excusa harto conocida. «Cuando se presentó resuelto a instalarse en mi casa por una larga quincena, contó una historia poco creíble y que le parecía original».

El sobrino le dijo a la tía Mercedes que venía a Salto a buscar un manuscrito prodigioso, le habían informado en Montevideo -personas de su más absoluta confianza- que un gringo olvidó algo muy valioso en una biblioteca particular de el Sato Oriental a finales del siglo pasado. Ella lo escuchó manteniendo la serenidad, sin perder la calma, fumando e interesándose por el relato de la mentira y que a medida que avanzaba mostraba algunos centros de interés. «Lo hacía con tal pasión, propia de un farsante profesional, que terminé aceptando que de verdad creía en su disparatada historia». El temblor de las manos del sobrino al engarzar el relato, el color metáfora carmesí en los ojos, su aspecto de dandi prescindiendo del universo decadente que lo rodea y aquello dispensado que no fuera satisfacción artificial de sus sentidos. Mercedes que había visto tantas veces en las madrugadas del Boston casos similares y esos signos ostensibles, entendió que estaba frente a un drogadicto hundido como un áncora en su dependencia. Lo del cuento era menos que una parábola, el sobrino venía a buscar junto a la tía rara una cura de desintoxicación asistida y tal parecía la primera posibilidad. La segunda nada desdeñable, era que llegaba hasta Salto a perseverar en su debilidad incluso aceptando la eventualidad de morir y una tercera, que huía acuciado por la presión insoportable de sus proveedores habituales, tal vez frecuentadores del Boston cuando Mercedes tocaba tangos. «Me repugnaba su irreverencia por estar ahí mintiendo, ocultando la razón verdadera, pero acaso podía ayudarlo. Cuando mi sobrino terminó su cuento le dije que se tranquilizara, que lo ayudaría a encontrar ese manuscrito prodigioso. Para hallar esos textos, como él lo sabría, siempre hay que emprender un viaje a los infiernos. Imposible afirmar si me escuchó en el peso de mis palabras simples o entendió el emblema azaroso que esas palabras dibujaban; lo cierto es que se calmó».

-Claro, el infierno, dijo.

Era esa la síntesis de la crónica interrumpida, la desesperación de ir siempre a la búsqueda infructuosa del manuscrito prodigioso, como si fueran insuficientes los libros existentes en el mundo, la gente se lanza con curiosa periodicidad a la búsqueda de prodigios latentes. Debe de haber algo misterioso por ignorado entre el final del manuscrito y la edición prínceps, un enigma informulable que se extravía para siempre en el trayecto; entre escritura nocturna e imprenta existe un pasaje mágico que se evapora en las librerías: somos los lectores quienes destruimos la fragilidad literatura. «Conocía idéntico afán al ir detrás de partituras endiabladas, la idéntica historia de los manuscritos perdidos que se repiten desde el fondo de los siglos. En la situación delicada de mi sobrino, su actitud parecía ser algo entrevisto en sueños. La droga abre instancias de misticismo y creencia inmediata, desplazamiento del placer hacia una conciencia de lo ausente. Tenía conocimientos suficientes para entenderlo, el único secreto que vale la pena buscar es el del diálogo con los muertos y me pertenecía. Comprendo la desesperación de quienes por la droga, la locura, la orgía sexual y el alcohol llegan a esbozar la escucha en ecos del submundo, el reino habitado de murmullos eternos, susurros que unos pocos transfiguran en personajes de escritores torturados. Nadie inventa personajes, sólo hay una escucha del murmullo inaudible de los muertos: los hacen luego manuscritos sobrenaturales. Conozco desde las noches del Boston que lo en verdad terrible, es la transferencia llevando a ver de frente la otra realidad; es como si estuviera muerta, una catalepsia que puedo manejar a voluntad –lo descubrí en noches de tangos y degolladas-, es la visión retorcida que alcanzo apenas me lo propongo, mediante procedimientos litúrgicos y que en mí pasan por la digitación del segundo nocturno del opus 15 de Chopin. Creía manejar a voluntad la situación, que ello comenzaba a formar parte del pasado, los dones son para ser usados y quien renuncia a ese dictamen, termina castigado por negarse a la excepcionalidad, quería saber si mi sobrino buscaba reincidir en la droga o salir del círculo opresor de los alcaloides».

Pareció lógico que Mercedes pusiera en su sobrino un cariño especial por considerarlo un ser confundido; tenue referencia a la madre que no era y entonces, protegida mediante un disimulo de cortesía distante se comportaba de manera exagerada, favoreciendo cautelas indebidas a la circunstancia como si se tratara de un niño enfermo. La indiferencia del sobrino ante la referencia del infierno se volvió en su contra, la desintoxicación apodada manuscrito perdido fue lenta y dolorosa, pareciéndose a un exorcismo donde los demonios eran complejas estructuras moleculares de laboratorios clandestinos. En las convenciones cotidianas la tarea consistía en desalojar espíritus ruinosos habitando su cabeza y circulando en la sangre con impunidad. Ni muertos babilónicos ni deformes seres imaginados, entidades acaso indescriptibles nacidas de glóbulos excitados e irrigando alejadísimas zonas del cerebro, despertando funciones dormidas en la memoria bestial del hombre desde la noche de los tiempos. «A mi manera, evité que algunos espíritus burlones aprovecharan la ocasión para ocupar su cuerpo debilitado provocando la incursión depredadora al mundo de los vivos».

Durante esas largas veladas de alerta, defensa e insomnio, en el cuarto apenas alumbrado que tiene una ventana orientada hacia la nada, con mantas sobre el cuerpo tiritando de Silvestre diciendo disparates, ella supo que usufructuando el episodio algo la estaba reclamando, una fuerza, algo: el espíritu de una niña que murió ahogada en una correntada cerca de Salto. «Ella pedía que me interesara por el espíritu de su padre que estaba allá torturado y sufriente más que todo lo sufrido en vida. Nadie podría imaginar el envilecimiento que sentí ante ese llamado -en plena cura de mi sobrino- como sin indicio alguno me viera trasladada a un teatro. Habiendo rechazado tales prácticas considerándolas de curandera ridícula, habiendo entrevisto conservatorios alcanforados con bustos blancos, indicando el camino del arte hacia el Parnaso musical, mi prudencia me proyectaba viejita, en entregas de diplomas ornados con caracteres góticos, intercambiando ramilletes de flores. Pero esos días, estaba obligada a admitir mi condición irrenunciable de médium trastornándome sin poder controlarlo».

Cuando el sobrino Silvestre consiguió desintoxicarse –volvió a tomar café negro y comer con apetito de muchacho saludable- Mercedes debió explicarle lo sucedido; parecía que durante la cura implícita ella hubiera heredado el interés por el prodigioso manuscrito perdido y él -ansioso por regresar a Montevideo y recuperar su vida normal- con fidelidad de hijo adoptivo aceptó ayudarla a volver del trance en las sesiones «que para mí resultaban humillantes en tanto necesitaba testigos íntimos, escuchas».

-Te ayudé a ti las últimas semanas. Ahora debemos calmar las lágrimas de alguien que dejó de pertenecer al mundo donde estamos conversando.

-El infierno, claro, respondió Silvestre como aquella primera vez cuando llegó y ella se hizo la desentendida.

Fueron apenas tres sesiones las necesarias para llegar a la solución del enigma y encontrar el manuscrito perdido, que era una voz local que se manifestó más tarde en fin de semana. Al otro miércoles de esa conversación, el sobrino Silvestre regresó a Montevideo con la vida cambiada. Mercedes permaneció dialogando a solas con los espíritus en términos amables, sin saber a qué región la encaminaban esos intercambios; si hacia una muerte prematura que daba señales de impaciencia o derecho a la locura, en justo castigo por haberse interpuesto en tráficos superiores a sus fuerzas. «Lo que más creo es que marcharé al otro lado naturalmente y hasta entonces nunca dejaré de tocar el piano». Durante la sesión del domingo, que cierra la historia hasta donde se nos está permitido el relato, hubo un tercer invitado de paso. El doctor Wenceslao Penco, abogado ponderado de la sociedad montevideana, que en su apellido tenía incorporado buena parte del secreto expedito en las noches pobladas de contacto y comunicación; pero volvamos al orden narrativo.

En la sesión del viernes, la niña que funcionaba como espíritu de avanzada recordó su breve pasaje por el mundo de los niños con vida. Dijo llamarse Elizabeth y que nunca conoció a su madre, una mujer que quedó viviendo en el otro hemisferio. Elizabeth, su espectro, contó que vino hasta los dominios salteños con su padre siendo pequeñita, desde los Estados Unidos de norte América en un barco de tras mástiles. Su padre era ingeniero en caminos, minas y puentes e inventor de obras monumentales; buscaba olvidar el pasado que incluía una muerte abrupta de la madre de Elizabeth, se había desterrado a Salto a plantar naranjas y leer. El padre bebía mucho, fue lo que dijo Elizabeth que había olvidado las circunstancias de su propia muerte; para la niña la muerte fue un juego sin canciones, llevaba más tiempo de muerte que de vida tuvo, lo que posibilitaba acceder al contacto. Escuchaba sufrir a su padre sin reposo, quería hacer algo por él y apenas se acordaba de una tarde de circo determinante.

El día previo al accidente en el río que terminó en tragedia, el padre de Elizabeth la subió a un lindo carruaje tirado por dos caballos lustrosos y lo condujo hasta una plaza enorme en el centro de la ciudad, a escasas cuadras de la iglesia principal. Fue la tarde del circo; ella se retardaba en su relato como encantada, la niña recordaba la orquesta de monos tocando una musiquita alegre, animales feroces venidos de la selva y que nunca había visto salvo en coloridos libros de estampas. Esa tarde bajo la carpa del circo estaban casi todos los niños salteños, Elizabeth no conocía a ninguno ni asistía a la escuela; el padre se encargó de educarla a su manera y ello tenía poca importancia en la versión de la niña. Ella evocaba la escenificación final del espectáculo circense con la irrupción en la arena circular de caballos verdaderos, hombres vestidos de gaucho, ánimas en pena y señores que se transformaban por efecto de brujería en lobos peludos sedientos de sangre. Eso a ella la asustó mucho, Elizabeth era una niña distanciada de tales emociones. Cerca suyo, cuando terminó la función destinada a ser un recuerdo de infancia si hubiera tenido tiempo de crecer, había un niño que los miraba con insistencia. Ello duró unos minutos, luego el niño se acercó al padre de Elizabeth y dijo: «Señor, su hija va a morir pronto». El padre abrazó a su hija defendiéndola de tal barbaridad, queriéndola retener hasta la eternidad en la vida, en la infancia y le dirigió al niño algunas palabras en inglés que Elizabeth olvidó.

Era el alboroto de emociones sacudidas y la desordenada salida del vientre de la carpa; afuera había llegado la noche, una vez que estuvieron en el carruaje el padre volvió a abrazarla como si temiera algo de las palabras escuchadas. Elizabeth pensó que estaba despidiéndose para siempre, presintió que nada podría evitar el augurio del niño de ojos negros y que tenía el descaro de mirar a la muerte de frente. «Es culpa mía» le dijo el padre. Después se cumplió la profecía, sucedió la absurdidad del pájaro de colores al alcance de la manito y la correntada del Uruguay.

*

Estaba agotada por lo vivido esos días, los espíritus hablaban utilizando mi cuerpo como instrumento averiado y órgano de parroquia abandonada; quedaba en suspenso sin entender los pliegues de la historia en su totalidad y ello exigía el esfuerzo adicional de descifrar un enigma. Lo primero que pude deducir fue que el alma de Elizabeth estaba a la espera para que salvara a su padre, un espíritu desterrado roído por el remordimiento. Debía localizarlo, luego invocarlo como una vulgar quinestésica, convencerlo de que nada vinculado al accidente de la niña fue responsabilidad suya, hacerle saber que el espectro de su hija lo eximía del sentimiento de culpa. La habitación donde estábamos estaba fría, congelada casi como si estuviéramos más al sur del continente. Mi sobrino llegado del infierno hacia unas pocas horas sentía el pavor cercándolo y era verosímil que anduviera necesitando una dosis consistente de morfina para dormir en paz.

A la mañana siguiente siguiendo mis consignas Silvestre se encargó de algunas averiguaciones. Había de verdad la historia antigua del gringo, alto y pelirrojo hasta la caricatura, viviendo en Salto durante la segunda mitad del siglo pasado,  un hombre desquiciado por naranjales de pesadilla, que ensayó métodos científicos para hacerlas más grandes, sin semilla, con menos espesor de cáscara y más jugo. Aunaba creerse el Dios de las naranjas pensando acelerar por la razón positivista el golpe de fortuna que lo impulsara a otros destinos. Los extranjeros que por entonces llegaban a Salto, aunque murieran de viejos lo hacían pensando estar apenas de paso de la ciudad del litoral.

Nunca antes había sentido tamaña intensidad en los llamados espirituales ocurridos en Montevideo, esa zona del país era el paisaje propicio para transitar hacia otras regiones, ahí se concentraban circulando infatigables fuerzas extrañas. Esta parte de la geografía patria era un corredor secreto donde se aseguraba el tráfico hacia experiencias desconocidas, creímos que Montevideo era el centro de algo y no es el centro de nada, apenas una ciudad de río exagerado que bosteza soñando ser un gueto creativo. Desde los altos de Bella Unión al norte y hasta arrabales masónicos de Colonia de Sacramento, suceden insistentes situaciones inexplicables. Esa franja de la Banda Oriental, a la que los portugueses nunca lograron acceder ni con sus más encopetadas legiones de blandengues, a la que los porteños centralistas, ávidos y eficaces en eso de conquistar provincias federales y degollar caudillos bárbaros tampoco confiscaron; nuestro lejano oeste del Oriente… ya casi nada nos pertenece de lo que alguna vez fue llamado la Banda Oriental. El Este es patrimonio de los extranjeros, es probable que en un futuro no demasiado lejano Montevideo desaparezca como provincia amarilla. Hay sin embargo una franja de tierra que bordea el río, último avatar de las aguas que bajan de la selva y esa será la zona de nadie; perdón, será dominio de espíritus memoriosos hasta la locura, poetas druidas y pelirrojos de un boscaje Celta improbable. Manantial de aguas prodigiosas, punto de encuentro de quienes otean islotes de escritura y muerte, las reinas de misteriosos animalitos que hablan con espíritus vagabundos. Me sentía en estado de inminencia de algo desbordando mis conocimientos y posibilidades, forzándome a ir más lejos. Los orientales somos habitantes del purgatorio en tierra, nadie nos recuerda y nunca sabemos cuál será nuestro destino final, tal vez el olvido, vivimos por ello de memorias ajenas, prodigiosos relatos de pueblos del norte y escritura de los grupos limítrofes.

La noche del sábado estábamos los dos solos. Silvestre asistía a las alteraciones de mi rostro, voz y movimientos, seguro que intentando entender quién de ambos estaba más enfermo del espíritu. Me preparé tomando bastante ginebra y pagando el esfuerzo corporal de la víspera, esa noche mi aspecto sería lamentable, bastante desmejorado, ojeras de muchacha bostoniana, renguera acentuada por debilidad muscular progresiva y tics nerviosos marcados me darían -si alguien irrumpía sin aviso en el salón- el aspecto de una vieja bruja. Éramos varios personajes quienes estábamos en el atolladero sin que se observara ninguna salida de salvación; cuando se hizo de repente la noche, cerré los pesados cortinados de terciopelo que aislaron el salón. El frío aumentó de manera súbita volviéndose intenso y penetrante, parecía que estábamos a bordo de un viejo barco acercándonos de manera fatal a regiones árticas. Hasta la lámpara de alcohol, que estaba allí iluminando lo indispensable se movía sin voluntad y siguiendo los caprichos del viento helado, con Silvestre nos cubrimos de mantas para protegernos del frío, yo era los dos siendo quien preguntaba por la situación en tanto algo daba por mí respuestas que la conciencia olvida de inmediato.

Mi sobrino que hasta la noche anterior era un descreído de esos asuntos espiritistas, estaba dispuesto a ayudarme con tal de comprender el avance del misterio descontrolado, el muchacho se sentía en parte responsable y la desintoxicación que desarregla la química corporal promovió que lo otro arreciara. Comenzaba a sospechar que entre drogas y espiritismo existían vínculos fuertes; nunca en el mismo personaje sino por cercanía de sangre, como si en la sangre de nuestra familia persistiera la memoria de otras muertes o un elemento distinto: del alcohol que causó insomnios de mamá y periódicos sonambulismos, la sífilis venida de Europa central debilitando con el rosario de muchachas prostitutas las resistencias orgánicas de padre, inoculándole el veneno que se aproxima a la locura y roza la genialidad. Eso se estaba pareciendo a una cuestión de familia y lo que suponía hasta esa noche un don excepcional se estaba convirtiendo en tara.

-Estamos aquí Elizabeth, dijo Silvestre en un murmullo.

El muchacho estaba llamando a una hermanita enferma y yo acompañaba el éxtasis mórbido de calesita. De repente, como si estuviera violentada por un marinero borracho dispuesto a degollarme si me resistía, que hubiera asustando al espíritu de la niña que iba a los circos de campaña, sentí el sacudón de la fuerza, una punzada de ardor en el estómago. La boca se secó como si fuera fumadora de larga data, subió un eructo de ron fuerte que reventó en mi boca igual que una grosería hecha a propósito. Fue entonces que dije

– ¡Me llamo Arthur Gordon Pym y soy oriundo de Nantucket!

Luego eché a reír a la manera de mi padre cuando nos encontramos aquella madrugada en el Boston y acto seguido me desmayé.

De lo sucedido después recuerdo poco, cuando al rato desperté saliendo del trance estaba tirada en el suelo, me había orinado encima, el gusto del ron se marchaba imitando una marea que baja sumisa después de luna llena. Silvestre estaba a mi lado sosteniéndome la cabeza entre sus manos, interrogándome con los ojos para saber si estaba muerta. Comprendí el sentido de su mirada.

-Todavía no, le dije.

-Faltó poco, respondió.

-Lo sé.

-Tía querida, dijo y lo hizo con una ternura impensable en alguien como él hace apenas unos días. Lo que nos está sucediendo escapa a nuestro gobierno. Fue terrible, agregó.

– ¿Qué sucedió?

-Ni yo mismo lo sé con exactitud, dijo y me contó lo que trasmitió el espíritu de Elizabeth.

“Era un loco, contó mi sobrino Silvestre. No para de sufrir por la muerte accidental de la hija que se ahogó en el río. Para él la culpa no se relaciona a un descuido la tarde del accidente fatal, sino por haber desdeñado la señal que le envió un niño nativo la tarde anterior del accidente. Niño marcado por su propio destino, también le anunció a la madre la muerte cercana de su padre Prudencio en un accidente de caza.

“Ese espíritu está desesperado hasta la eternidad, consigue narrar lo sucedido hasta la muerte de Elizabeth y luego entra en un profundo coma alcohólico; los espíritus al parecer permanecen en el estado de relato en que la muerte los interroga y abraza. Era ingeniero originario de Boston («y sentí un raro estremecimiento al escuchar esa palabra, tan unida al período feliz y secreto de mi propia existencia allá en el bajo de Montevideo»), lector obsesivo de la obra de Edgar Allan Poe y desde su propia muerte se pasea por la ciudad de Salto donde murió. En una errancia alcoholizada sin fin y apareciéndose entre los vivos como los personajes ficticios del escritor maldito que murió de tantas maneras diferentes. Así consigue infiltrarse en sueños de mucha gente como saqueador de imaginación, perturbándola con pesadillas demoníacas, fantásticas, saturadas de situaciones de horror y nombres desconocidos. Desde allá él afirma que una ciudad llamada Salto es ideal para orquestar su juego de fantasmas, pues anuncia la pirueta última hacia las otras regiones. Hasta aquí lo trajo una peste, de aquí se lo llevó el alcohol por el dolor, ningún hombre resiste en el término de una misma vida perder dos mujeres queridas llamadas Elizabeth en circunstancias trágicas. En la primera eligió escapar de las calles de Boston y en la segunda de la vida; su esposa fue asesinada por un desconocido que nunca identificó la policía, desde entonces su consuelo obsesivo consistió en leer al escritor que aceptó la contienda del Mal en todas las manifestaciones imaginables.

“Le dice a quien quiera oírlo que la lectura de Poe logró enloquecer más gente de la que podemos suponer quienes vamos al cine; sostiene que, así como existen adictos a las drogas -usted está en buena situación para entenderme me dijo a mí- ciertas lecturas generan una dependencia incurable que puede contaminar la escritura posesa. El bostoniano había dejado de ser ingeniero, hombre oriundo de Maryland y era una escritura errante de otro. Barco fantasma cargado de palabras alienadas y abandonado a la deriva entre glaciales como mala traducción. Era ministro poeiano plenipotenciario en tierras de bárbaros, desterrado eterno de bibliotecas, peregrino de encuadernaciones, desalmado de caracteres de plomo.”

– Cuento rengo contado por un mono alienado. Eso era él.

-Por dios Silvestre, qué es eso que cuentas… dije.

Por un instante llegué a pensar que mi sobrino estaba mintiendo, quise suponerlo reincidiendo en el consumo de droga y entendí luego que se trataba de la buena versión. Pasada esa confusión de ultratumba supuse que el asunto estaba clausurado, sería para mí insoportable avanzar en ese juego perverso de herencias desgraciadas o participar de un ajuste de cuentas del país de los muertos, tan distante de las finalidades de mi retiro voluntario. Resulté un cuerpo intermedio del diálogo de otras vidas, alguien estaba haciéndome una jugarreta excomulgada y era una mujer ignorante de tales comportamientos. Si en otros lugares el regreso de los espíritus es cosa concreta y esporádica, Salto resultó ser zona privilegiada, observatorio ideal para contemplar movimientos invariables de la vía láctea y otras mudanzas debajo de las tumbas. Es por ello que la gente medrosa no soporta -según dicen las malas lenguas- la ciudad viviendo encadenada a ella hasta el final de la homilía y los pocos que consiguen escapar dan versiones inquietantes del universo. Todo aquí agobia, el río con su amenaza permanente de inundación y el cementerio de mármoles permeables, el sol de siesta inventando la furtiva selva y el viento polar que acarrea la noche. El silencio culpable de las calles y la bulla impostada de madrugadas en el centro, la errancia de gringos soñadores de represas titánicas e industrias fantasmas en las afueras de la aglomeración, donde se fabrican objetos envilecidos que nunca veremos en esta parte del mundo. Por eso huyen.

Nada había planeado para la realización de ambas sesiones, menos estaba preparada para las consecuencias sucedidas y sabía que faltaba la tercera entrevista para dar por concluido el asunto. Silvestre reservó su pasaje de ferrocarril para el martes y yo volvería a estar sola intentando continuar mis actividades normales, si es que los muertos me lo permitían; tenía que ponerme bien, recuperarme de la experiencia del sábado a la noche. La distracción oportuna llego del exterior, desde hacía semanas había pendiente una invitación para almorzar ese domingo con el doctor Penco. Un abogado amigo de la familia con veleidades de poeta secreto y que estaba de paso por Salto hacia la capital, venía desde Corrientes del otro lado del río Uruguay, no del encuentro entre poetas fluviales sino de liquidar la repartija de campos litigados. Hace dos meses, cuando Penco anunció su pasaje por la ciudad y las ganas de verme lo invité encantada, ahora, con el ánimo deshecho, urgida por el avance de relojes antagonistas su visita fluctuaba entre agrado y contrariedad; tarde para echarme atrás, era verdad que verlo a Penco podría hacerme mucho bien.

El domingo en cuestión me levanté temprano, la renguera y el clima salteño de algunos meses me dan buenas excusas para justificar cierto desaliño y mi mala cara. Silvestre comprendió la gravedad relativa de la situación e hizo los mandados para el almuerzo siguiendo mis consignas al pie de la letra. Fue así que a la hora prevista para la llegada del amigo estaba todo preparado, quedaban pocas trazas invisibles del desastre de la noche anterior; quiero decir que el comedor estaba más que correcto y pronto para recibir un invitado querido. Mientras preparaba la comida pensé en la francesa, el niño ya tendría un año, aquellos fueron los meses más felices de mi vida hasta que mi padre anunció la muerte de Quiroga.

Penco es de las pocas personas de bien que conozco, la irritación presagiada por su llegada se evaporó con las rosas rojas que me trajo, las disculpas por irrumpir en la casa de alguien que eligió la soledad; parecíamos los viejos amigos que éramos -teníamos casi la misma edad- veníamos de pasar hace poco la treintena habiendo iniciado la cuenta regresiva. La edad de la cual, decía una amiga entrañable muy traviesa: «Todas sabemos, querida Mercedes, que pasados los treinta el camino de la vida está generosamente tapizado de cáscaras de bananas. El menor descuido, un paso en falso y ¡plaf! Al piso. Los achaques físicos, la vanidad que nos refleja en un espejo deformante, las manías que se transforman en obsesión, el Ego falso que escapa de control, el sueño irrespetuoso de ser más grande que Verdi o esa implacable máquina de picar ilusiones que es el matrimonio y la familia, están al acecho para acabar finalmente con nosotras. Casi siempre de manera ridícula».

Tanto Penco como yo, por razones que sería largo de explicar habíamos evitado esas correntadas turbulentas. Desde que nos sentamos en el salón para tomar el vermú me sentí mejor, acepté con agrado que lo venía extrañando y era estupendo que él hubiera venido a casa. Penco posee la virtud de la discreción, tan escasa como el ámbar de las ballenas y el cuerno del rinoceronte. Sin preguntar sobre nada afectando la retaguardia del otro, siempre tiene algo para contar y lo hace de tal forma que sus monólogos dan la ilusión de ser conversación. Lo hace construyendo un cordial territorio de complicidad, borda supuestos con sutil ambigüedad y consigue bajar las defensas de quien lo escucha, ahí reside el secreto de su suceso profesional.

En apenas una hora materializó el vacío de tanto tiempo de desencuentro y sentí que había estado con él hacía unas pocas horas o tal vez eso lo inventé porque lo necesitaba, Fue así que durante el almuerzo me atreví a contarle mis tratos con los muertos; todavía me faltaba la paz espiritual obligada para confesarle mi paréntesis musical en la zona del bajo capitalino. Si con mis anécdotas en algo lo sorprendí él lo disimuló muy bien, si lo dicho le pareció una locura Penco ni se inmutó, durante esos minutos escuchó con interés a medida que yo avanzaba en el relato hasta referir lo sucedido con el padre de Elizabeth.

-Mercedes, es interesante lo que cuentas, dijo manteniendo la calma. Debo confesar que se trata de un sacudón fuerte. Podría avanzar explicaciones de leguleyo aficionado a inutilidades literarias, razones que serían insuficientes para sobreponerme a la fuerza terrible de la experiencia tuya.

-Wenceslao, eres atento como siempre. Lo incomprensible es la trama oculta de lo que se sucede.

-Podría acaso -insistió- dar otra explicación ajena a tus dones, que puede ser falla y secuela inesperada del retiro. Sería apenas una hipótesis de trabajo, lo que consideramos historia de la literatura es la crónica de la edición y peripecias del papel. Nadie se atrevió a enfrentar una historia de la escritura desde adentro, sería aspirar a una historia de la esquizofrenia escrita por los locos.

– ¿Qué quieres decir con eso?

-Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va. Un poco de paciencia… Ahora si te parece bien, después de este banquete tomaremos el café en la sala.

Wenceslao parecía un detective inglés y le encantan los misterios, camino de la sala dejó caer su toga de abogado astuto para meterse en el asunto y trató de hallarle una explicación coherente a lo sucedido; por supuesto que para ayudarme, sobre todo por la mayor gloria de su areté intelectual como lo denunciaba el brillito de sus ojos.

-Vamos a reflexionar en alta voz tratando de deducir qué es lo que realmente sucede en esta historia. Aquí lo que interesa a mi entender es la presencia de Arthur Gordon Pym, que como bien sabes es el personaje de uno de los relatos más misteriosos de Edgar Allan Poe. Lo inexplicable en apariencia, es que él haya llegado hasta aquí, el Salto Oriental y lo hizo porque tú lo trajiste. Me pides Mercedes, para comprender la totalidad del sistema, una creencia fuerte a lo que mis convicciones positivistas se resisten: creer en la existencia de espectros paseándose y espíritus parlanchines. Sin que lo recuerdes ha de haber en tu infancia un episodio relacionado a la ciudad de Boston, algo oculto que salió a la superficie los últimos días, deberías meditar al respecto. De ahí a Poe y del escritor a la creencia de la realidad de sus personajes, hay un paso. Seguro que se trata de una lectura que dejó en ti una huella tan desagradable como rechazada. Que haya emanado en la ciudad del autor de La gallina degollada completa la cadena con cierta lógica, se trata de una evidencia clarísima. Los espíritus no existen, eso es lo que creo, existen lecturas, los fantasmas de personajes y el espíritu burlón de escritores, el resto es literatura. Con esos ingredientes hasta podríamos escribir un cuento entre los dos, mi querida Mercedes, una fantasía fantástica tocada a cuatro manos. ¡Si hasta yo tengo ese nombre bostoniano incrustado en el apellido de familia!

-Las cosas que se te ocurren Wenceslao. Ojalá todo fuera tan sencillo como lo cuentas. ¿Y la niña llamada Elizabeth? ¿Y Silvestre, que me escuchó una de las noches delirar en pleno trance?

-Apariencias Mercedes, apariencias… La ciencia está todavía lejos de haber agotado las posibilidades cognitivas del cerebro. Casualidades de recuerdos con profusos fantasmas, nerviosos además, intrigas inexplicables que harían sonreír al genio racional del mismo Augusto Dupin.

-Para ti es asunto explicado y concluido, supuestos que se irán con unos analgésicos igual que las jaquecas.

-Mercedes, perdona que te lo diga, es que hay situaciones que resultan inimaginables, como suponerte a ti trabajando de pianista en un cabaret. ¿En qué mente cabe tamaña idea? ¡Insensato!

-Tú lo has dicho, admito que como ejemplo es irrebatible, le dije a Penco, sin evitar una íntima sonrisa de sarcasmo.

– ¿Lo ves?, respondió Wenceslao; como si viniera de hacer firmar un convenio poniendo fin a un litigio de aparcerías, dejó la taza de café sobre la mesita y se sirvió otra copa de coñac.

Luego hablamos de varios temas de escaso interés para mí, lo esencial estaba dicho y lo conté a Penco como una variación de sueño que el inconsciente me legaba de noche en noche. De haberle dicho lo contrario, quiero decir la verdad a Wenceslao le hubiera dado un sincope antes del coñac; mi drama para él tenía diámetro de un potente somnífero, podía resolverse con una docena de cápsulas ingeridas de una sola vez si es que los ataques continuaban.

Toqué unas piezas al piano que le agradaron al bueno de Penco y él siguió bebiendo coñac. Después hablamos de la intolerable situación del país, las derivas económicas y morales de familias acomodadas de la ciudad.

– ¿Volverás a Montevideo? me preguntó Wenceslao cuando el día comenzaba a declinar.

-Para mí la silueta de Montevideo es tan lejana como Nantucket. Estoy bien, aquí me quedaré hasta el final.

-Un cambio de clima, una vuelta por el pasado a veces puede mejorar el sueño.

-Te conté mis sueños como si fueras el hermano que más quiero, en ningún momento dije que me hacían desgraciada. A una mujer como yo si le quitas la aventura de lo reprimido y las imágenes censuradas de los sueños, es como si la mataras.

Terminé de hablar y comprendí de una buena vez, había hallado el túnel del misterio.

Esto que dije lo convenció o tranquilizó su conciencia. Salto era un lugar donde podía soñar a mis anchas que es otra manera de vivir, cuando lograba desentenderme del universo visible podía lanzarme a otras regiones, mi vida era un sueño tendiendo a pesadilla. Hasta aquí nunca llegaría mi padre para expulsarme de la felicidad, como lo hizo cuando me impidió embarcarme a lo grumete antes de preguntar mi parecer, cuando fingió no conocerme en el Boston la noche del día que se supo la noticia de la muerte de Quiroga.

-Me marcho, dijo Penco. Lo haré antes de que enciendas las lámparas. Si como lo espero todo se complica en la sucesión de los argentinos, en un par de meses me tendrás de vuelta. Entonces hablaremos del caserón de los Heber Usher, los pulmones hipnotizados del señor Vardemar, de la señorita Maria Roget y su misterio.

-Déjate de bromas, le dije y lo saludé con la mano hasta que cerró por fuera el portoncito del jardín y se marchó caminando con paso tambaleante.

El asunto de Elizabeth era para Penco asunto concluido, yo sabía que faltaba una coda final y habiendo comprendido el mecanismo oculto la cita verdadera sucedería esa misma noche en soledad. Decidimos olvidar la cena y Silvestre me ayudó a arreglar la casa, luego le pedí que fuera a su cuarto a leer porque deseaba estar sola.

Cuando él se retiró la casa quedó en silencio propiciatorio, preparé una ginebra doble con piedras de hielo y fui al porche de la casa del lado que da hacia la nada, a contemplar el misterio por entero, evitando insistir con la penosa creación de la atmósfera de noches anteriores. Podía suponerse que hasta cierto punto decidí creerle a Penco en la interpretación novelesca que le atribuyó a los hechos marrados y hoy su presencia nada casual formaba parte de un plan ambicioso.

En eso estaba, disfrutando la ginebra con hielo, cuando recobré una antigua sensación, cercana a la mirada del desconocido que tiempo atrás me incitó a entrar en el Boston, como la mirada del niño que se cruzó con Elizabeth en la carpa del circo ambulante y anunció su muerte inminente. Ese aliento me transportaba hacia otros dominios y regresé al salón principal, cerré los ojos apenas dejándome caer en un sillón escondido en la oscuridad y aguardé al personaje sufriente que fraguó la totalidad del cuento que me tenía por protagonista; alguien que venía vigilando desde la infancia y me eligió para regresar a saldar antiguas cuentas pendientes, cuando fuera por fin un espíritu muerto alcanzado por el terrible atajo. Él me tenía en su tierra natal y a su merced para hacer pasar el mensaje que faltaba, sin la excusa de anoche utilizando al padre de la niña Elizabeth, intentando darme la falsa pista de témpanos a la deriva, que guardan adentro una selva infestada de víboras y hormigas carniceras.

-Hace tiempo que tenemos pendiente este encuentro, dije. Por fin.

Hubo un silencio de comunicación, cuando escuché abrirse la puerta y los leves pasos esos viniendo desde el fondo de otra senda permanecí con los ojos cerrados; soporto mal la inminencia de un prodigio.

-Cierto, dijo el muerto.