Antes que llegue la bruma (prólogo)

Hace cuatro años también en un mes de noviembre estaba pasando una temporada en la ciudad de Saint-Nazaire. Lo recuerdo por la noche otoñal que marcó la llegada del beaujolais nouveau, festejada con brindis populares de vino y un recorte de la prensa local con mi fotografía que conservo entre los papeles. Estaba allí de paso por ser el segundo escritor uruguayo –luego de Miguel Ángel Campodónico- invitado por la Maison del Écrivains Étrangers et des Traducteurs de la ciudad; experiencia estimulante que luego vivieron, entre los nuestros, Julio Ricci, Marosa di Giorgio y Ricardo Prieto. Podría suponerse que quienes en Uruguay se interesan por los entretelones literarios, conocen al menos por arriba la existencia y funcionamiento de la MEET Saint-Nazaire: un escritor extranjero es invitado a la casa luego de una selección de candidaturas cosmopolitas; el designado vive entre cuatro y nueve semanas en un departamento equipado del edificio Building, desde donde se domina un panorama de puentes, barcos de variado calado, barrios con pasado marinero y el río Loira. Al partir, el autor deja un texto original como testimonio escrito del cruce por el escenario, una pista de signos que se confunde con huellas alfabéticas de escritores suecos, chinos, argentinos…

Como el protagonista –a veces narrador- de mi relato yo llegué a Saint-Nazaire en un TGV que partió de la Estación Montparnasse de París a eso de las seis de la tarde. En la estación me esperaba Christian Bouthemy (“Vivre est sauvegarde de l’inessentiel, cette ultime répétition d’avant le silencie”) que por entonces era responsable del proyecto y esa noche cenamos –hasta pasada medianoche- con Nicasio Pereda San Martín, cónsul honorario de nosotros los uruguayos en la región y que sólo conocía de oídas. En ese rincón del estuario del río Loira pasé dos meses singulares de mi existencia, descubrí paisajes alucinantes industriales asomando en la historia que viene, escuché hombres y mujeres con vidas novelescas de todos los géneros, caminé la ciudad en todos los sentidos. 

La ausencia de obligaciones, el corte abrupto de rutinas cotidianas anteriores trastocaban gestos simples de la vida, como ir al supermercado –de preferencia al comienzo de la tarde- a comprar comida enlatada, botellas irlandesas y desodorante, tomar unas pocas notas aleatorias a deshoras, mirar partidos de fútbol italiano en la televisión y deambular de madrugada inventando bares donde sirvieran cerveza hasta tarde. En esa resonancia de final de río y génesis de transatlánticos, tercer reino onírico y vigilia vivía la sensación de evolucionar fuera de la Máquina de Viajar en el Tiempo, no obstante pasar cada día –regresando al departamento del décimo piso del Building- por la llamada Plaza de los Cuatro Relojes que tanto me intrigó. Con incertidumbre poética dadas las circunstancias, reescribí varias veces el relato pactado con la MEET, que luego se tradujo con el título original de Le centre de carène siendo el grado cero de la idea elegida. 

La hospitalidad de Alberto Oreggioni hace posible que la crónica de esa experiencia de ficción llegue ahora al abrigo de la bahía de Montevideo. Entre un episodio editorial y otro es cierto que pasaron algunos años, ya es menos importante si muchos o pocos; quizá ese es otro de los viajes que pretendí contar en Las horas en la bruma: el de una escritura polizonte desde la noche enmascarada de Saint-Nazaire hasta la perpendicular escollera Sarandí. Mientras duró el largo itinerario la carga argumental sufrió modificaciones y la tripulación reclutada de apuro superó avatares imprevisibles; tal vez recién ahora esa historia de navegaciones a la deriva por el ponto espacio temporal reconozca su puerto final, descubra su misión secreta.

JCMV

París, noviembre de 1994. 

El Aleph de la calle Pérez Castellanos

La musique de l’écriture est comparable à l’onction

S.B.S.

Silvia Baron Supervielle dice en la página 53 de “Chant d’amour et de separation” (2017): “J’écris un seul livre; il change d’aspect mais on le reconnaît.” Podría compartirse en principio ese juicio en confesión si bien la trayectoria de la autora también lo contradice; al menos que se acepte la presencia de una música -poética, narrativa y temática- sometida al ejercicio de las variaciones, este mismo encuentro en Toulon y el libro resultante futuro dicen de esa complexidad viajera. Es mi propósito reconocer un tema fundador (arbitrario como todo signo y recurrente) cierta clave conceptual o breve línea melódica de precursor: punto de partida facultando acceder al recorrido del proyecto y en prioridad de la obra en prosa.

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De las analogías posibles para enmarcar la reflexión me inclino por las variaciones Diabelli compuestas por Beethoven a partir de 1819, el músico de la sonata “Hammerklavier” es escuchado en los libros de S.B.S. y hallé en esa proximidad el cruce de varios territorios. La música de las pasiones cuando desafinan, conciencia de mundos colindantes del horror y lo sublime, el alma perturbada del viajero que huye, atmósferas cargadas de tormenta en el cielo y corazones. Evocadoras del cine de M. Duras y recuerdo escenas de “India Song”, la música diferente en los salones de la embajada francesa -la variación 14 de las Diabelli interpretada por Mikalaus Skunta- en contrapunto con el canto desgarrador de la mendiga venida de tan lejos.

Lo hipnótico de las variaciones es que el tema retomado es exterior al sistema, debe prometer algo entre empatía y desafío, afinidad sumisa y voluntad de originalidad. Algún factor de identificación que, siendo nota inicial, ensaya autosimilitud e iteración: acorde concluyente creando la nueva figura y conjunto fractal de relatos interdependientes. Sin omitir la sospecha de los posibles, cierta conciencia previa de que allí puede haber un origen común desde el cual hacer avanzar la creación. El rumor de los antecedentes y fuentes, la tradición de la biblioteca lleva en S.B.S. a un movimiento que es profusión, conduce a la presunción, más bien dilema del crítico leyendo entre pintura, caligrafías, lugares íntimos, pistas de poetas secretos y tratos con escrituras sagradas. Es recién entonces cuando ingresa la necesidad de anotar al margen, evaluar lo presentido y decidir.

Ante ello, luego de una lectura atenta (acechando la Licorne siempre oculta) advertí una cercanía y filiación con Jorge Luis Borges. Lo que es sencillo por la evidencia, sin sorpresa en su enunciación pública y amenazante ingresando al laberinto. S.B.S. lo asume en todo momento ese vínculo afectivo literario; la lengua de nacimiento para nombrar el mundo y la anterior de los orígenes reservada a las emociones. Complicidad de lecturas y peregrinaciones, coincidencia en un área cultural, inclinación temprana por la poesía y lo que supone decir: nacidos en Buenos Aires, nostalgia por la Banda Oriental (nombre del Uruguay cuando uno navega el Río de la Plata). Las voces oídas en una conversación por el Sur, una manera de decir y escuchar el español. Ello nos traslada a una situación agradable y peligrosa en cuanto a la influencia colonizadora de Borges, que suele ser narcótica, invasora o letal.

S.B.S. conoció a J.L.B. dentro de su aura y lo admiró sin imitarlo, distinguiendo el valor de una obra decisiva ante la creación propia. Eso me agrada: es autora que se atiene a su estrategia poética medular y enunciando aquello que nadie aparte de ella escribiría. Existe acaso una noción pertinente a nuestra encrucijada que es la de precursor, con la cual Borges alcanza eso -por tramos misterioso- de emprender pesquisas literarias desde incertidumbres de ficción. La noción la define en un ensayo clásico titulado “Kafka y sus precursores”, publicado por primera vez en el diario La Nación de Buenos Aires -19 de agosto de 1951- e integrado al libro “Otras Inquisiciones” (1952). Allí sostiene: “En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero había que tratar de purificarla de toda connotación polémica o de rivalidad. El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro.

Aquí llega el momento de laudos que bifurcan, mientras pasamos del denominador común -avalado por fotos, testigos y conversaciones- a la tonalidad original. Esos nexos (de la misma manera que hay en S.B.S. puentes, aviones, aeropuertos, ríos interconectados y retratos) pueden ser varios. Lo que ella logra con el personaje en progreso de Ireneo Funes en “Le pont international” -dándole vida y protagonismo más allá del cuento del argentino, proyectándolo en una segunda vida también ficticia- es osado, desafiante, lúdico y atrevido. Suficiente para un largo artículo sobre las relaciones con el autor porteño; pero creo distinguir un otro tráfico –más tenue de analizar- donde el trabajo de S.B.S. asimila, altera y enriquece la inventiva borgeana. Me refiero a el Aleph como linterna mágica, que es asunto literario y fantástico inasible: objeto geométrico sin serlo, noción indefinible en un juicio tajante, figura estando fuera de todo catálogo Enciclopédico que se consulte. Siendo el tema desde el cual leeremos las variaciones anunciadas: Silvia está en el Aleph y planea su propio Aleph, la búsqueda de la partícula intuida que explica el cosmos resultante. Es bonita la idea de que cada autor tiene su propio bolsón de Higgs, mientras los físicos buscan su traza en el anillo acelerador de partículas, cerca de Ginebra donde está la tumba de Borges.

“El Aleph” es un cuento de Borges, el nombre de la primera letra del alfabeto hebreo y símbolo utilizado por el matemático Cantor para designar cardinales de conjuntos infinitos bien ordenados. Es letra y expansión en el Cosmos, un lugar con escalera en un sótano de la calle Garay en Buenos Aires -en el relato de Borges- donde los iniciados al secreto, tienen la oportunidad de contemplar lo que busca la crítica para existir y la poesía en las palabras de la tribu: lo sabido inasible, lo que nunca fue y será por siempre, lo que pudo haber sido. Deseos inconfesables, casos remarcables de la historia de la infamia, punto pluridimensional gordiano, tiempo – espacio, historia con secreto, memoria y deseo. Hacer una obra es hallar ese punto equidistante de la trama para transcribirlo en escritura, en literatura sería el factor diferenciador y la ecuación modelizando el universo de un autor. Borges en la intriga citada -marcadamente autobiográfica- tiene una experiencia efímera de su existencia y acaso lo recibe como un relato. Me interesa aquí, porque S.B.S. lo buscó a su turno y consiguió encontrarlo; las variaciones serían pues el viaje a ese Aleph que en S.B.S. genera dos temporalidades: un ir hacia la cifra y la interrogación sobre lo sucedido luego que se la halló. Es la construcción de un espacio real desde la ficción y poética de la palabra, creación de un espacio ficcional en tanto la realidad íntima perfora lo real y se adapta al dominio de los posibles.

Esa aproximación es creíble porque en el tiempo se cruzan el relato de Borges y la vida de Silvia. Ella nace durante los acontecimientos narrados en “El Aleph” y la crónica de una pasión contenida del escritor que dura años; como otra compañera de viaje, también se trata en Buenos Aires de una Beatriz. La bella Beatriz Viterbo en cuestión nació un 30 de abril y falleció en febrero de 1929 quizá a consecuencia de un cáncer. La memoria se nutre de ritos; Borges va a visitar cada 30 de abril al padre de Beatriz y al primo hermano Carlos Argentino Daneri, que será un Virgilio tosco conduciendo al admirador de la bella hacia Aleph. La historia prosigue hasta comienzos de los años cuarenta; pero hay en ese itinerario de seudo viudez algo patética un año donde todo cambia. Borges lleva como presente un alfajor mendocino a los anfitriones y se quedó a comer: es el año del nacimiento de Silvia. El lector curioso conocerá el desenlace de la pasión contenida y sus repercusiones literarias, también la demolición de la casona preparando la enseñanza final: existen “otros” Aleph.

Sugestiva metáfora, en toda obra literaria hay un núcleo hecho de tiempo, palabra y espacio donde converge la obra, siendo a la vez final del comienzo, Alfa y Omega. Escena fundadora, deus ex machina del ciclo, justificación de la escritura y fuente misteriosa de la correntada. Me pregunto si el Aleph de Silvia fue un conocimiento adquirido desde niña cuando pasaba las vacaciones en la casa Águeda, resultó de una epifanía traduciendo o floreció del extendido proceso de búsqueda. Claro que después asoman constelaciones, poemas y novelas, pero todo gira -es nuestra hipótesis- sobre esa luna de enfrente o polo magnético que atrae hacia una dirección.

Mi condición de uruguayo -Oriental como se dice en el río de la Plata- con el plano de Montevideo inscripto en los genes y el cerebro, facilitó esta vertiente urbana de la lectura. Haciendo converger -una operación de geometría poética- el horizonte de expectativa, los espacios pictóricos (el caracol limítrofe en la Anunciación de Francesco del Cossa, calibrado por Daniel Arasse) y los caprichos de los ríos cómplices en una puerta de mi ciudad. Una mónada dulce y lacerante desde dónde fundar una obra y que aún preserva otros secretos.

En la proximidad cronológica/espacial había espejos en cuestión -también para ambos poetas los espejos son mágicos y misteriosos- y pienso el trabajo literario tanto en prosa como en poesía. Limitaciones y afinidades personales -por intuición de que el magma poético sería más abordado en nuestro encuentro- me decanté por el trabajo sobre la prosa; fue allí donde hallé pistas extrañas para lo que podía hacer. El tema evocando el Aleph, las incertidumbres del interés musical y la localización del ónfalo de la obra de Silvia avanzando en espiral. El mismo punto de referencia yendo adelante sin perderlo de vista, la necesidad de estudiarlo desde varias perspectivas y con la posibilidad de regresar al inicio del ciclo.

Geografías conexas o enlazadas, un repertorio de temas que organizan la afectividad y la sublimación estética. Deseo de ligereza que requiere una arquitectura musical: la temporalidad/el sistema de citaciones/un color o la evocación de un paisaje:

chaque partie
de l’édifice
sera portée
par une seule
partition

El tramado tomando apoyaturas en los bemoles de la música, cambios de tonalidad, intimidad de las cuerdas solistas. Música popular cantada que ingresa por las ventanas dando a la calle o acordes iniciales de sonatas. Arnaldo Calveira en un prólogo de referencia, habló de una de las músicas de S.B.S. y la vinculó a la mística de San Juan de la Cruz, tal vez evocando por sugerencia las veintiocho miniaturas para piano en Música Callada de Federico Mompou.

En la tradición poética occidental la música forma parte de los orígenes mitológicos, lo mismo en la preeminencia de los hijos del limo del siglo XIX francés. El proyecto de S.B.S. de desplazarse a otros géneros literarios partiendo de la poesía, hace que esa hipótesis de escritura se instale en la prosa de ficción; en relatos y novelas donde el tema del Aleph va asomando con alteraciones. Me facilitaría considerar una gramática visible y la música escondida; en lo primero, el repertorio temático es expuesto con sinceridad. Mostrando sin obstáculos las reglas del juego, ayudando a lector y crítica a territorializar un dominio. Se diría de estrategias genesíacas, filiación, trama de afectos y fidelidades: amor/memoria/viaje y arte/poética de los ríos que van a dar a la mar/iconografía de centauros y otras criaturas fantásticas/apariencia del mundo como ejercicio de traducción y abecedarios de origen sagrado.

Toda epifanía -más si es portada con transparencia- se parapeta en secretos y misterios. De lo anterior se deduce la amenaza de enigmas, la sospecha de telones donde se propone acercarnos al sentido:

un país se desliza / un pays glisse
por mi cuerpo / sur mon corps

—–

Arrojarse / se jeter
contra el carnaval / contre le carnaval
de la lengua en / de la langue en
suspenso / suspens

—–

nada en la rivera real que me encadena
me arrancará del lugar donde nací /
rien dans cette rive réelle qui m’enchaine
m’arranchera du lieu où je suis néé

—–

la serpentina / le serpentin
se enlaza / s’enroule
al espacio / à l’espace
libre / libre

Líneas de fuga, son fórmulas totales leídas como vectores de convergencia, expansión de sensaciones evocando un núcleo indiviso y escena inicial. Mandato impulsando a indagar en eso, lo imborrable de sucesos precediendo la escritura. La obra de S.B.S. se expande sin obstáculos porque tiene un Aleph que la autora oculta, mediante ardides y dejando pistas para que la sigamos; para conocerlo debemos escuchar la música de esferas narrativas en circunvalaciones de sinergia.

En S.B.S. la música más que avance a tientas de arte poética o analogía utilitaria es tema y transfiguración. En sus ficciones -evocando la invención de cada vida de personajes sin excesivos atributos- es un tópico. Línea que recorre el paisaje, a veces de manera subterránea, entre las fuentes montañosas y el delta proliferante. La música se cruza en el cotidiano, en “La ligne et l’ombre” de 1999 leemos: “La radio s’est reallumèe de mon coté, difussant una sonate de Beethoven.” Entonces el lector escucha en su intimidad ese fragmento, decide o apuesta en silencio qué movimiento de cuál sonata y hasta el nombre del intérprete desconocido.

La melodía poética de la voz humana abre la literatura occidental inspirada por los dioses, lo mismo para la gauchesca del rio de la Plata: aquí me pongo a cantar… son las primeras palabras del Martín Fierro. Tiene el poder de forzar enclaves de la muerte, remedar a Shiva Nataraja cuando inicia su danza y la destrucción regenerativa del Cosmos. Ello es interesante manteniendo distancia y si lo escribo es porque leyendo la prosa de S.B.S. ocurrió una identificación que siendo comprensible por orígenes compartidos, no dejó de ser extraña. Sentí, como en la sonata de Beethoven melodías reconocibles que regresan; en las últimas semanas leyendo la integral de su obra podría decir con Leporello Questa poi la conozco purtroppo… La emoción agazapada y si lograba traducirlo en términos comprensibles, quizá pudiera saber más del proyecto velado de la querida amiga.

Creí que esa empatía rioplatense podría facilitar las cosas y fue menos evidente de lo esperado. Una vez detectados los desplazamientos narrados, lecturas y vivencias sentimentales asentados en los libros de Silvia llamaron mi atención dos aspectos activos: a) la vuelta en espiral hacia algunos lugares; la prosa trabajando como la memoria durante el análisis, contando lo mismo en apariencia y varias veces, para acercarse más al corazón de la experiencia que todo lo explique. b) una desconcertante naturalidad en la bifurcación entre el relato de la vida y la vida como relato; quizá la necesaria para controlar lo que ella quiere contarnos, que la justifica como persona y escritura.

La presencia de una narradora(r) que nos guía entre círculos en dirección al paraíso perdido. Una voz contando que puede ser S.B.S. y que es Silvia cuando Barón Supervielle escribe de eso. Luego, un elenco de personajes que se ignoran entre ellos; anónimos ingresando en diagonal y reconocibles en la vida o en otras escrituras. Con misiones encomendadas cumpliendo parte del designio sin llegar a englobar el conjunto que los atrapa. Es un juego de pistas que sólo conoce en su integralidad la persona que redactó las leyes de juego; acaso unos pocos lectores, siempre y cuando sepan lo que está urdiendo la autora. Apela para ello a coordenadas ficticias, sumando palimpsestos temporales en varios personajes, trayendo romances antiguos de la colonia al presente suyo, a la inercia cómplice de nuestra lectura. En la horizontalidad del viaje de personajes que se buscan, haciendo que los relatos -bajo la apariencia de cuentos, reflexiones o novelas- mantengan una conversación en código compartido.

El resultado sorprende, el Grial de la autora es buscado por varios adelantados solitarios errantes en la interior de la prosa. Los personajes se solidarizan con la autora; todos afectados por el dilema de la filiación como si el misterio de la anunciación tuviera diferentes manifestaciones. Puede variar el tiempo, el mensajero, también las circunstancias: el argumento de la madre/maternidad es permanente. S.B.S. se plantea la cuestión, intenta darle desenlaces y esto es para mí un aporte poético fundamental: la coherencia de la escritura con el oráculo de la propia persona. Dispone una escritura de supra sugerencia en intertextualidad interna al sistema -incluso la exterior la pone al servicio de su empresa- dándole otra tonalidad al tríptico autor, narradores y personajes. Afectando en el impulso al cuarto punto cardinal que es el lector, cuando advierte que lo que está en juego es más que la felicidad de una historia bien narrada. Es su firma y aporte, según mi parecer.

El resultado es la interacción de la novela personal y el tramo de la historia socio literaria que le tocó atravesar. Baron Supervielle se inscribe en la alternancia del francés como lengua -entre los abuelos y su presente- con el castellano del sur americano, se apropia así de dos tradiciones literarias alternando artesanía de los versos y estrofas de poesías populares. El punto de vista es el marco de una ventana de la isla Saint Louis o la cubierta de un barco cruzando el océano. Las ciudades son la París de adopción y luego una entidad urbana con dos cabezas llamadas Montevideo y Buenos Aires. De todo el posible repertorio de las metáforas esenciales, la que predomina en ella es el río, primero con nombres que se llaman el Sena y de la Plata, luego por aquella condición tan castiza del viaje hacia los finales. Ello permite sobrenadar en la superficie, hundirse en las profundidades, explorar las orillas y márgenes. La literatura rioplatense tiene tendencia a espacios simbólicos, rayuelas, astilleros, calesitas, mataderos, pozos y otras ruinas circulares.

Como el Ganges con los mantras de Ganesha y el Mississippi con voces negras, los dos ríos de S.B.S. se cargan de musicalidad; música que es una manera de navegar. Cuando leemos en Silvia Rio de la Plata, ello quiere significar diciendo una tradición y pertinencia (identidad es un concepto demasiado fatigado) para hablar de dos países. Argentina y la Banda Oriental. Es una historia que viene desde lejos, y espero no caer en el tropiezo que Borges señaló con humor e ironía certera en “Funes el memorioso”. Dice Borges refiriéndose al personaje: “Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo.” En Silvia esa dualidad no es problema de conflicto sino complejidad creativa; el Aleph de Borges estaba en Buenos Aires, el Aleph de Silvia (autora aquí presente, narradores asignados y ciertos personajes) lo presumimos en Montevideo.

Esa condición de estar habitada por dos naturalezas desborda la información sobre la biografía, los subrayados en algunos reportajes y el recuerdo de charlas sobre el asunto. Es destino, fatalidad de muchos personajes; si debiera elegir diría que se hace escritura en “Le pont International”. Los personajes tienen en esa novela el sentimiento de sentirse incompletos, algo quedó pendiente y saben que el eslabón faltante está del otro lado. Para saber quién se es hay que ir al otro lado; en la Banda Oriental está el misterio, el secreto, la verdad de los orígenes, en Argentina el reflejo o promesa de una segunda vida. Como ronda en círculos infernales, la vida considerada ir y volver entre dos orillas a buscar la matriz. También una casa, un nombre, una tumba, cartas viejas, calles con luz de patio, la fotografía de la madre muerta. La vida es movimiento, el mismo viaje que se repite; la vida nunca alcanza, entonces los protagonistas deciden juntarse con personajes de Borges y Onetti.

Las dos orillas y el río sin orillas como lo llamó Juan José Saer en un hermoso libro. De la misma manera que el Rio de la Plata es el encuentro entre dos ríos (Paraná y Uruguay que tienen sus fuentes en el corazón del continente) la conciencia incorporada de ambas orillas se observa en los personajes de Silvia. Los de allá nos buscamos en ese ir y venir cuando el rio más ancho de todos se hace charco común; rio con puentes, aviones, vapores, barcos, aliscafos, hidroaviones, lanchones, contrabandistas, naufragios: Navigare necesse vivere non necesse era el lema del recordado semanario uruguayo Marcha.

Habiendo leído la poesía y conociendo otros proyectos, debo confesar que -por si hiciera falta- para reafirmar el lugar desde donde se hace la literatura, me sorprendió la circulación del tango en cuentos y novelas. Que se entienda bien cuando digo del tango; no estamos ante una nota de exotismo, menos otra referencia al azar y sería poco decir que Silvia sabe de tango. Ella está atenta a la originalidad melódica, tiene mirada y oído para captar los poetas populares. Los letristas de tango llenan de poesía una segunda vida que pudo ser la nuestra, aportan una filosofía del cotidiano como si hubiéramos vivido en los tiempos viejos. nos ayuda a andar por la vida aceptando nuestra zona secreta, la tentación de las orillas y un seguro de pertenencia en el tiempo. El tango se manifiesta por títulos y cultures, música como banda de audio del siglo veinte rioplatense y asociados al carácter de los personajes.

El tema del tango aparece periódicamente y S.B.S. hace de ello un sistema; acoger el tango al interior de la lectura supone una compresión anexa de lo narrado. El conocimiento del Rio de la Plata pasa por esa danza canción reservado en su origen tan solo a los hombres; a biografías de autores que tienen tanto de vida bohemia, al destino curioso de un instrumento litúrgico portátil alemán como fuera el bandoneón y la tentación parisina de sus cultores. Silvia conoce los momentos en que las músicas del mundo campesino se hacer urbanas, el segmento luminoso cuando Pascual Contursi agrega a la cadencia instrumental una musa popular escrita -la letra del tango- en combinación confesional catártica, humorística acaso y vehículo para el decir las pasiones. También está atenta cuando llegan las voces al disco en el decir de Carlos Gardel y canciones camperas de Azucena Maizani.

Esa información puede grabarse; no se trata de algo necesario para el lector de la prosa de Silvia y ella menos lo enfatiza de manera que pueda cohibir al lector. Son esas canciones que escuchamos saliendo de las casas cuando la memoria recorre el barrio de la infancia. En ese preciso instante la obra de Silvia deja de ser un objetivo de estudio y se transforma en asunto personal. La cita enuncia, la memoria se desata o mejor pone la púa del pick up sobre el acetato negro. Ahora mismo lo recuerdo mientras los anoto: “Tengo miedo” de Celedonio Flores, “Mi noche triste” de Pascual Contursi, “Malena”, “Mi Buenos Aires querido”, “Anclao en París”, “Sur”, “Silencio” y “Milonga del 900”.

En el año 2002 se publica “Le pays de l’écriture”, en la página 274 del libro la narración busca las ofrendas que se le darían a un nuevo dios que se manifestara en la historia y la vida. Allí se lee: «Je lui offrirai un disque où résonnerait le bandonéon d’ Anibal Troilo.» ¿Pero cuál tango interpretado por Troilo escucharía esa nueva divinidad?

El tema fundador de un escritor (el Rosebud de Citizen Kane, 1941) puede ser la persistencia de un recuerdo de la infancia (la casa Águeda en la costa uruguaya en Silvia) y un núcleo hacia el que se orienta la obra en progreso. La epifanía extraña en su prosa consiste en hacer coincidir esas dos fuerzas en un lugar que, con las alteraciones del tiempo existe y se halla en Montevideo. Más que insistencia es una estrategia voluntaria y de mandato, focalizada en un punto que es Alfa y Omega, comienzo y fin, lugar anterior a la escritura y la palabra. El lugar donde va la escritura: la casa familiar de la Escritura.

Dicho lugar desborda lo escrito temático crítico y trabaja siendo imán. Es extraño hallar esta coincidencia de los tres factores funcionando de manera a la vez aleatoria y conjunta; parece recitar un poema de Borges

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantos otras cosas en el mundo,
un instante cualquier es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrado;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

S.B.S. escribió esa vaga costumbre. ¿Quiénes van a esa misma puerta en la ciudad de Montevideo? La autora, porque es la puerta de la casa materna; los narradores, porque prosiguen en la prosa los instintos del autor; los personajes, porque esa puerta abre al misterio y cierra el destino.

Si estuviéramos ante un libro de memorias y recuerdos la situación sería más sencilla. Ello ocurre como si el mismo sueño fuera compartido por dos personas diferentes, con el mandato común de ir a la capital del Uruguay tras las señas de identidad de la madre. Sucede en dos novelas publicadas con una década de diferencia. “La rive orientale” del 2001 y “Le pont international” del año 2011. En la ficción es asunto de hombres; uno se llama Antonio Haedo y el segundo -una suerte de Caronte del Río de la Plata- apenas es nombrado el inspector de Aduanas. Son hombres maduros y satisfechos que alcanzaron su punto de ruptura óntico, buscan lo que falta antes de morir, viajan tras su propia Anunciación: tener una percepción delicada, aunque sea las pocas trazas de las mujeres que los trajeron al mundo.

El venir de allá del sur me otorga una leve ventaja ensanchando la experiencia de la lectura, mientras avanzaba en descripciones, empresas de documentación y el trayecto de los personajes se procesaba la activación de la memoria que reconoce; a ello se superponía lo extraño lindando lo fantástico en varias estrategias de escritura: yo del Uruguay -coinciden los dos hombres- tengo pendiente historias dormidas. La lectura era una membrana por donde se operaba el tránsito en ambos sentidos de la realidad a la ficción. Ello fija la biblioteca subjetiva y el reconocimiento de lo inexplicable; S.B.S. escribió frases que quieren acentuar ese llamado de los orígenes. En la página 83 de “Le pont international Antonio Haedo dice: “Et, ce dit-il, c’est l’Uruguay lui-même qui est un livre, une page unique ; un personnage particulier.” Ello puede ser leído como intuición de sospecha; es la novela familiar con episodios velados, el cuento interrumpido de los orígenes y siendo suficiente con la probabilidad de hallar un nombre.

¿Cómo decirlo? Creo que es mi ventaja de conocer el encuadre original; hay pues dos textos, dos caminantes que recorren el mismo itinerario. La ciudad poética de Silvia sucede cuando se fija igual que efectos ópticos de laboratorio fotográfico, se superponen dos placas y se produce el efecto donde Montevideo adquiere esa sensación de ciudad literaria y brújula de los afectos. La capital del Uruguay puede ser la Dublín de J.J. la Praga de F.K. la Lisboa de F.P. Bernardo Soares, Ricardo Reis y los otros heterónimos. Lo extraordinario es el sentido de la convergencia, es decir: no se trata sólo de permitir el marco reconocible aportando una escenografía verosímil a las historias, más bien de dos historias coincidiendo en la misma puerta. Así como las hay del Infierno y del Paraíso S.B.S. apunta a una única puerta dando a la existencia de antes de la vida y a la vida después de la escritura. Es ahí en La Coquette y la nueva Troya; no tienen como perderse porque la ciudad vieja, el origen colonial donde todo comenzó, es la clásica cuadrícula hispánica, el damero donde se juegan las partidas de nacimiento. El eje principal es la calle Sarandí y la gran perpendicular Juan Carlos Gómez. Se evocan librerías: Oriente y Occidente, Linardi y Risso, Antígona en Carrasco. La plaza matriz y el Cabildo donde se inventa la Patria entre aclamaciones populares, la tentación del puerto con vista del Cerro sobre el rio como mar y Buenos Aires en la orilla de enfrente. En la calle Ituzaingó – los nombres de esa zona duplican la historia nacional- había un restaurante, la Silenciuse que preserva el nombre de la sastrería que fue. La Catedral y la plaza Zabala, el hotel Plaza Fuerte en la calle Bartolomé Mitre (traductor de Dante, como Jacqueline Risset y René de Ceccatty) el Mercado del puerto y el Cementerio Central. Frente al hotel de referencia otra librería de viejo llevada por un poeta y que se llamaba El Aleph…

Allí en Montevideo el inspector de Aduana, consumido sin conocer la razón por la tentación de la orilla oriental, el hombre sin atributo rioplatense, sin nombre e insatisfecho es que encuentra la foto de la madre, la tumba de la madre, el nombre de la madre y el propio. Soy Gabriel Herrera y un ángel lo anunció partiendo de un código en la ciudad de Chascomús: M9L74D. Lo mismo para Haedo, que va a Montevideo por el puente ficticio para visitar a la madre, llevado por personajes ajenos pues para él se abrieron las puertas del relato, siendo su vida alquimia entre ficción y realidad, a la manera de “La rosa púrpura de El Cairo.” La primera se llamaba Gabriela Herrera y Boedo, nació en Montevideo en 1907 y murió en Buenos Aires en 1936. La segunda está enterrada en el Cementerio Central, que es el cementerio marino de nuestra ciudad. El padre de Silvia falleció un domingo de abril de 1999, sesenta y tres años después que su esposa Raquel García Arocena. En la página 161 de “La rive oriental” se lee que Uruguay es “Un pays ou l’amour etait posible. y en “La ligne et l’ombre” de 1991 sobre Montevideo: “La ville de ma mère.”

Por allá entre el centro y la ciudad vieja está el Aleph de Silvia en la casa número 1440 de la calle Pérez Castellanos de Montevideo. Comencé a buscar una música que fui anotando; el lector sigue los pasos de sus personajes y hay algo envolvente en esa estrategia de escritura. Di con esa coincidencia porque es la ciudad donde nací, entonces vi desfilar la obra, las imágenes que evoca la obra y como en el viaje de invierno cuando canta Matthias Goerne: gentes y países extranjeros, historias curiosas, ternuras de la infancia, niños felices, paisajes pintados, sucesos imprevistos, ensoñaciones desde una ventana, trineos, caballitos de madera y el poeta vagabundo reinventando la palabra.

J. C. M.

Desplazamientos y escrituras en la obra de Joaquín Torres García

Durante los años de Universidad mientras participaba en actividades colectivas de investigación -seminarios, coloquios o congresos- lo más frecuente fue que lo hiciera sobre temas literarios; es de esas intervenciones de las cuales conservé información detallada más precisa. Se advertía a partir de los años noventa un cambio sostenido de orientación en las cátedras y centros de interés, tanto de profesores como de estudiantes. Sumado ello -por razones financieras y de moda creo recordar- a la idea de lo interactivo, multidisciplinario, cruce epistemológico, que también podría llamarse alquimia textual omitiendo la piedra filosofal, carnestolendas sin dios Momo. Situación de la recherche forzando a malabares de organización, que algunas veces eran estimulantes y otras hacían surgir criaturas monstruosas. Se abatían barreras de especialización tanto del corte literatura/civilización, como las regiones geográficas o los tiempos en torciones ortopédicas que podían fusionar la Edad Media con postmodernidad. Pasé sin quererlo por el circuito de ese período de transición; justo para ver las últimas luces del apogeo de la novela latinoamericana y el entusiasmo cotrovertido por la revolución cubana. La España peregrina se plegaba ante la movida y la Leonor machadiana era travestida por las chicas Almodóvar; más a lo lejos se distinguían los estandartes multicolores del género y escuchaban los tambores post coloniales.

Es así que recuerdo haber participado en alguna actividad sobre emigraciones y exilios; era bien cierto que los golpes de Estado en América latina daban materia para todo ello, si bien la baraja crítica ya comenzaba a salir confusa. En esos casos había protocolos poderosos, testimonios tristes que desaniman toda controversia, confusión entre sociología y poética, muchas contribuciones equivalentes ante los cuales, al leer el título de la ponencia se adivinaba la tonalidad de las conclusiones finales, habiendo como una suerte aceptada de redención histórica. En aquella oportunidad traté de hacer un aporte que fuera a la vez pertinente y original, es decir con algo uruguayo que conociera de antes, se adecuase a lo pedido por los organizadores y orientara la focal hacia la abstracción. El caso de Joaquín Torres-García era luminoso y las razones están explicitadas en el ensayo; lo que el auditorio ignoraba, era que estaba sintetizando material utilizado para mi tesis sobre Torrse-García defendida en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Desde joven me interesó el personaje y su producción en varios registros; quizá la empatía sería sin secuelas personales si J T-G hubiera limitado su tarea al taller y los pinceles, al trato con discípulos y galeristas. Dejó por el contrario una obra escrita intensa, que primero leí con curiosidad al punto de procurarme la casi totalidad de sus primeras ediciones. Luego, al instalarme en Barcelona elegí ese corpus como tema del Doctorado. Las razones menos intelectuales pueden comprenderse fácil: el itinerario entre España y Uruguay similar en el tiempo al de mi propia familia, dos temporadas descubriendo la Barcelona que guardaba trazas del paso de Torres-García. Los murales magníficos de la Generalitat en el patio de los naranjos, bibliotecas comarcales de ciudades del interior catalán tras sus escritos, las mismas galerías de Arte del novecientos, cafés como “Els quatre Gats” de la calle Montsió y barrios recoletos de la ciudad que trepan por las colinas cercanas. Estando interesado de forma prioritaria por nuestra literatura, quería indagar en diagonal eso del ser uruguayo de otra manera que escribiendo y creo haberlo logrado. Si bien trabajé los papeles teóricos, me obligué para aprender a ver lo otro velado a estudiar estética y cambiar varias horas semanales de biblioteca por obras de Museos, lo que sumaba un universalismo reflexivo en expansión. Una vez dentro del sistema Torres-García fue fascinante observar su sana ambición por salir de la zona de confort. Batallando contra obstáculos sociales de todo tipo, determinado hasta el agotamiento por crear el espíritu de otra escuela/estilo que se midiera probándose con las escuelas pictóricas del siglo XX. Estoy convencido que la mirada torresgarciana sobre la pintura mejoró mis atributos de la lectura; después los acomodos azarosos de la existencia hicieron de lo suyo. Cuando compré en Montevideo la primera edición de “Historia de mi vida” ni pensaba que terminaría viviendo en París; en cuanto a la experiencia de New York es ya tarde en esta vida y prefiero dejarlo para la próxima reencarnación.

El seudónimo secreto de la muchacha londinense

La puesta en escena actualizada se remonta a finales del siglo pasado; esto escrito en el 2021, también pudo decirse cuando salió publicado el cuento (1998) y dándole sabor áspero de finales del siglo XIX. Cuando el Uruguay se afianzaba como nación, la vida moderna construía su mitología con leyendas urbanas, bordando en paralelo la destrucción guerrera. Segmento histórico del cruce entre Ciencia y Superstición, mientras el relato policial se incrustaba en la prensa y el interés de los lectores, ávidos de la partida por entregas entre mentes criminales y justicieros infatigables. Se despliegan grandes relatos de la interpretación del mundo, explicando el origen del hombre y la lucha de clases, el complejo de Edipo, la presencia espiritista de los difuntos entre nosotros. Es una época que siempre me fascinó, al punto que estaría dispuesto a creer en las reencarnaciones para justificar dicha insistencia; siendo imposible, lo mejor que pude hacer es enviar uno de mis narradores en expedición a Londres, embarcarlo como polizonte en un barco en travesía oceánica y reservarle habitación interior en un hotel portuario. Lo hice varias veces eso de enviar adelantados a otras épocas, con una condición: nunca viajan en el Tiempo más lejos del horizonte de mis abuelos, que tuve la suerte de conocer siendo los cuatro ríos de la memoria familiar.

En la lectura del relato es claro que se trata de una práctica de ucronía, ruptura en el tiempo pactado socialmente, alteración de un par de coordenadas de hechos referidos y luego un juego por banda de especulaciones; exploración ficticia que fue preparación para otros proyectos y burbuja autosuficiente para cerrar la conjetura inicial: el mismo mismo loco afán de bifurcar el jardín secreto de historias releídas. La literatura contemporánea no escapa a esa doble condición de centro y periferia, habiendo estudiado la literatura -en especial ese tramado entre moderno y contemporáneo-, recuerdo con afecto admirativo los mitos de mutaciones accidentadas desafiando fundamentos del racionalismo. Desde el Dr. Frankenstein, incluyendo la variante Mel Brooks (1974) hasta Drácula en sus varias declinaciones, teniendo por paradigma el avatar Bela Lugosi de 1931; algunas tardes, contornando el conformismo de reescribir sobre ellos, prefiero traerlos a la playa montevideana en una red de pesca clandestina. Sin olvidar que debe tenerse en cuenta, en tales casos, la pertinencia de la intriga policial; por el protocolo citado por Borges, que lo asimilaba a una partida de ajedrez: apertura, desarrollo y finales. En mi situación presente, es tarde para crear un comisario uruguayo o detective privado recurrente, como veíamos en el comienzo de la televisión y las redifusiones de Columbo y su mayéutica Basset hound. Compensando ese fracaso ni siquiera intentado, me interesaron los elementos de la retórica del género y la poética agresiva que se moviliza en el periodo de los clásicos. Por ello de manera intimista me interesé por aspectos puntuales: la gestión del tiempo folletinesco a la manera de “La piedra lunar”, la inventiva polifónica del Mal – el maléfico Fu Manchú, el satánico Dr. No, el Dr. Hannibal Lecter y tantos otros sublimes de mala voluntad- así como su fascinación icónica, el poder de deducción de héroes positivos que practican la Patrística de la bienaventuranza, se identifican con el horror para mejor combatirlo y restituyen el orden legal de las cosas para que, una vez que cerramos el libro o apagamos la tele, podemos dormir tranquilos.

Durante el siglo XIX en el dominio de la lengua inglesa, en menos de cuarenta años, ocurrieron dos episodios que siguen iluminando estantes de las librerías. Edgar Allan Poe crea el personaje de Augusto Dupin (el Adán de los pesquisas) y Londres procrea a Jack el destripador; un misterio con decenas de hipótesis y lista de sospechosos interminable. Al parecer lo último de los laboratorios acusa un peluquero polaco… como yo no podía ir hacia Londres en 1888 a inspeccionar la escena del crimen, hice venir a uno de los sospechosos hasta nosotros. Supe después que era la tesis que proponía Arthur Conan Doyle, lo que no deja de darle al asunto un perfume de tabaco de pipa y cocaína. La huida, en ese caso patológico de bajos fondos de Dickens, no impide escapar a la fatalidad y sabemos que el ciclo recomienza. La trama inglesa que podría faltarle al cuento, traté de compensarla con una decoración portuaria de Montevideo, que era un hervidero de crímenes de otra naturaleza. La historia acerca instrumentos del pasaje al acto en la inminencia del asesinato y la curiosidad de la gramática de cronistas viajeros. En alguno de esos barcos llegaron algunos de mis mayores, así que esa ciudad utópica por desaparecida está incrustada en mis relatos y el horizonte descriptivo creíble. Técnicamente, por aquellos años estaba saliendo del cuento como forma breve, la exigencia novelística me tentaba y resistía; para esa extensión de la media distancia -que sigo utilizando cada tanto- prefiero la denominación de relato, siendo el tono dominante del libro “Siete partidas”. Es atmósfera y referencia, es espectro de narraciones entre la resolución de esgrima con estocada secreta y espesura de comedia humana reflejada en un espejo roto. El cuento asume toda la culpa inherente a la ficción; si es acusado de proponer una verdad ambigua -apoyada en pruebas materiales falsificadas- jamás habría segundo juicio en apelación mientras dejamos hablar al misterio.

El Aleph de la calle Pérez Castellanos

Estaba yo saliendo de lides universitarias de docencia e investigación, cuando fui invitado a participar en un coloquio dedicado a la obra de Silvia Baron Supervielle, que tendría lugar en la universidad de Toulon en el mes de octubre del año 2020. Conozco a Silvia desde hace algunos años y acepté presentar una ponencia por amistad, placer literario exógeno en los tiempos del virus y teniendo un año por delante; también por esa ventura de conocer una escritora que tiene la Banda Oriental en el corazón afectivo. Luego se sucederían los trámites prácticos del convite, elección de un corpus convincente, un tema interesante para desarrollar ante un auditorio conocedor y que suele ser complicado de formular con justeza. Considerando que la obra de Silvia bifurca en poesía, narrativa y traducción, debía ubicarme en alguno de esos registros y tratando de adivinar las estrategias de otros intervinientes, que intuí se inclinarían por la vertiente de la poesía. Por empatía de trabajo, conocimiento de protocolos y afinidad creativa elegí la obra en prosa; lo mismo leí toda la poesía en el volumen bilingüe con el título Al margen / En marge, que fuera publicado en Argentina por Adriana Hidalgo editora en el año 2013.

Además de la información que se puede recopilar sobre su obra, desplazamientos vitales, líneas de fuerza de sus temas, la influencia de otras artes, su interés por experimentar con formas contemporáneas de la versificación, hay algo que la explica vinculado al mimo de los orígenes. Nacida en Buenos Aires de ascendencia francesa, viviendo en París desde el año 1961 -en la isla Saint-Louis, quizá el lugar con más duende de la ciudad- ella tiene una afinidad -que reafirma cada vez que evoca su lugar en la cartografía letrada- por la Banda Oriental, que también se llama Uruguay y un cariño reincidente por Montevideo, que más que una ciudad es para ella la casa familiar. Quienes no la conocen pueden pensar que dicho tropismo montevideano es una inflexión circunstancial; yo digo que se trata de algo arraigado creciendo en el tiempo y probado en múltiples ocasiones en el café Le Lutecia de su barrio. Es notorio que ello es un rasgo inusual; ahí había algo misterioso y además de la charla informal debía de haber trazas en la obra editada que son pruebas de amor dejadas por escrito. Ello se reitera en el reportaje que le hizo Francisco Álvez Francese, publicado en la Diaria el 20 de abril del año 2020, con el título “La oriental: entrevista a Silvia Baron Supervielle” y que se puede consultar en el sitio web faf del autor,

Si bien estoy curtido en asuntos de coloquios, igual me agrada ir tras la maravilla que como la liebre puede saltar cuando menos se espera. Paciencia e impaciencia fue la consigna, paciencia para leer la integral de cuentos y novelas de la autora; impaciencia pues pasaban las semanas y el tema parecía rehuirme. Hasta que un día sucede la epifanía que estaba velada en mi ciudad de nacimiento: dentro del damero colonial de la ciudad vieja y en el nomenclátor de la calle Pérez Castellanos, hombre de iglesia, leyes terrenales para la coexistencia y labranza de la patria gaucha. Era una calle predestinada que va desde la Rambla Francia y desemboca en el círculo a las brasas del Mercado del Puerto, ya prontos para el medio y medio de Roldós. En esa calle vivió la madre de Silvia, es ahí de donde salen, a donde regresan los personajes de su narrativa; con más razón, la autora real de Le pont internacional sumisa consentida a ese locus de maternidad. Como se quiere demostrar en la ponencia, no se trata de una cita al pasar necesitada de notas aclaratorias, sino de un tópico asumido con variaciones y que puede aspirar incluso al estatuto de obsesión. En esa calle estaba la puerta de la casa materna, la punta de la madeja de lo que vendrá y ónfalo con puerta cancel que trama la creación. Ninguna escritura rioplatense y más si se admite la escisión feminista actual, ha hecho de ese rincón montevideano la clé de voûte y corazón del reactor donde se apoyan las fuerzas que sustentan la obra. Luego la producción de Silvia se hace arborescente hacia otras preocupaciones temáticas y poéticas, que se pueden observar en el libro recién editado con las ponencias del coloquio “Silvia Baron Supervielle ou le voyaye d’écriture” bajo la dirección de Martine Sagaert y André-Alain Morello, editado en Paris hace unas semanas por Honoré Champion. El Aleph de Borges me pareció un atinado punto de partida, por aquello de concentrar en una casa familiar los posibles de infinitas magias del mundo; luego es cuestión de hallar la música adecuada, escuchar variaciones narrativas del tema, dejar que fluyan las aguas de dos ríos; el que empapa las orillas del virreinato del río de la Plata, el que envuelve las islas de París y pasa por debajo del puente Mirabeau para luego seguir hasta el canal de la Mancha.

José Pedro Díaz

LA LITERATURA MAR ADENTRO

LA BAHÍA DE MONTEVIDEO

La aventura intelectual de José Pedro Díaz es con idéntico fervor persistente y plural; puede observarse en ella una unidad inconfundible, también una trayectoria con estaciones de silencio y momentos luminosos: ella resulta inseparable de la historia más reciente de la literatura uruguaya en tanto la construye y piensa, la transita en cubierta de proa como protagonista de primera línea. El presente Capítulo Oriental, pretende establecer la evolución de dicha tarea, describirla en sus característica sobresalientes proponiendo una hipótesis de valoración critica. Lo que aparece como denominador común y plataforma inicial, es la alternancia evidente de Díaz entre la labor de investigación reflexiva y creación, ejercicio simultáneo de una teoría y praxis de la escritura, paralelismo vibrante entre pensamiento crítico y ejercicio de la ficción; actividades ambas, que tienen un punto de convergencia en la labor docente y el magisterio de la literatura.

Otra evidencia (un malentendido acaso inmerecido a rectificar) es que la presencia del profesor en ejercicio durante décadas, la acumulación de trabajos críticos -de Gide a Felisberto Hernández, desde Bécquer a Balzac- le asignaron al teórico una supremacía sobre el Díaz de la imaginación. Sin embargo, apenas se observa con atención y distancia prudente su trayectoria, cuando se leen con sistema los papeles dispersos se produce un fenómeno curioso. La balanza de valoración -quizá de la estima subjetiva del lector- comienza a inclinarse en sentido contrario, haciendo asomar tesoros que permanecían ocultos. Sin retacearle nada de valor a las obras teóricas que, bien entendido y de forma inapelable, participan de la dialéctica del gusto personal, el juicio circunstancial y el valor persistente. Sucede que su obra de creador lo perfila como figura reconocida de intelectual crítico con temática variada, prosa contra corriente e inmersa tras la apariencia de la representación docente. Para decirlo pronto mientras persiste la marea baja, en una relectura de textos de la reciente literatura Uruguay, los escritos de José Pedro Díaz están llamados a una valoración creciente, destinados a lecturas más detenidas si es que se pretenden desarrollar el conjunto de sus significados latentes, potenciales.

De manera significativa, fueron los críticos jóvenes con mayor interés por la narrativa y pasión de proximidad que sus congeneracionales quienes, detrás del profesor inspirador y su discurso formativo, comenzaron a considerar los ensayos de ficción de Díaz como objeto de estudio que requiere incorporar la confrontación con métodos de asedio y deconstrucción recientes. Al respecto como paradigma puede citarse el trabajo de Hilia Moreira quien, además de haber hecho de Los fuegos de San Telmo tema de tesis universitaria, escribió artículos puntuales claves para la comprensión de la poética narrativa de JPD. La obra en su vertiente creativa avanzó entre arrecifes de la docencia, ensayo ambicioso, la labor de removedor cultural incluso desde el hogar familiar, interés cosmopolita por ambiciosas teorías literarias y escritores nacionales, así como por el Uruguay en tanto entidad histórica, social y cultural. De tal proliferación de intereses emerge en sesgo una literatura diferente. Con Díaz está sucediendo en estos tiempos un doble proceso: el personaje social infiltra iconografías, se cuela en bibliografías, aparece afín a los grandes proyectos culturales del último medio siglo uruguayo; por otra vertiente anexa sus textos de ficción comienzan a distanciare de un referente circunscripto a la esfera privada y se aventuran a una existencia autónoma. Ese diálogo es permanente y teniendo en cuenta los objetivos de la presente colección, es que aquí se dará prioridad al creador; dicha opción puede facilitarse partiendo de la certidumbre de situaciones simples y contundentes. JPD es el autor de uno de los clásicos de la literatura uruguaya moderna y de una obra -el conjunto de variaciones Tratados y Ejercicios– singular en nuestro medio, que cuestiona los contornos de las estrategias con el argumento audaz de proponer otro género literario heterodoxo. Ello así considerado como propuesta medular podría ser suficiente para legitimar un corpus, pero hay más.

La biografía de nuestro autor es un largo viaje a todos los mares, ensenadas, islas y calas de la literatura. Algunas mañanas la pesca es buena, y así como Los fuegos de San Telmo será leída por las futuras generaciones, la metáfora clásica del naufragio será recurrente para evocar los años que venimos de vivir, como el astillero de Onetti, las mujeres de Armonía Sommers o la lluvia de Carlos Denis Molina. Una curiosa coincidencia existencial, puesto que los inicios y la madurez de Díaz como escritor se corresponden con períodos claves de la historia social del país, ya sea en un esplendor finiquitado o la caída contextual centrípeta del modelo. Haber dado con una metáfora taxativa que define una tragedia colectiva, se explica porque Díaz es de los narradores de más sólida formación literaria y lector apasionado de los grandes relatos de la modernidad; cuando se señala esta particularidad, no se lo hace pretendiendo establecer complejas afinidades con Onetti, acaso con Arregui, Benedetti o Martínez Moreno. La simple cercanía de esos nombres de narradores, ubican a Díaz dentro de aquellos que se ganaron la vida (exceptuando el nefasto período dictatorial para la educación uruguaya) dictando clases de literatura, cuestión necesaria cuando se intenta definir su perfil. Ello distancia de los encierros de clasificación y sin que se lo considere como valor en sí, induce a aceptar la transferencia, año tras año, del afán por la lectura, afinar criterios de valoración estética y visiones históricas ideológicas educando la capacidad crítica del alumno, modelando una axiología, despertando pasiones librescas a la búsqueda de una aventura literaria por la sutileza; ello cuando la tarea docente se opera de manera perseverante y como es el caso de Díaz. Irrumpe así una categoría de narrador, modelo que posteriormente se prolonga en nombres como Sylvia Lago, Mercedes Rein. Diego Pérez Pintos, Alejandro Paternain, Julio Riccci, Juan Carlos Legido, Sergio Otermin, Gabriel Saad, Omar Moreira. Héctor Galmés, y más recientemente Alicia Migdal. Juan Introini y Elena Romiti, por nombrar algunos; matriz por demás interesante y que, admitidas las diferencias que puedan esgrimirse se halla asimismo en poetas de la calidad de Jorge Medina Vidal, Enrique Fierro, Hugo Achúgar, Jorge Arbeleche, creadores con universos personales y antagonistas pero implicados en la dualidad docencia creación. En cada uno de los nombres citados las poéticas consecuentes surgen partiendo de una reacción, frontal o sinuosa, contra la tradición precedente, que se configura como biblioteca elíptica a conocer y superar; en todas esas obras no prima un contentarse con provocar escaramuzas superficiales, más bien se orienta a estremecimientos en profundidad, se trata de propuestas si no herméticas hasta el silencio por lo pronto parcialmente populares.

Esa corriente que queremos destacar y transita por la labor docente de sus titulares diseña una parábola de la cultural del país, desde los agotadores concursos en solitario de hace cincuenta años, pasa por la creación (1951) y apogeo del instituto de Profesores Artigas y concluye – sabemos lo arduo que es la reconstrucción- hacia los años setenta en una degradación social de la tarea de educador, un estado de permanente hostigamiento contra los valores que conlleva la formación humanística. Así como existe una corriente llamada por Ángel Rama “los raros”, tal como se divide nuestra vida literaria con criterios generales o se insiste en la dicotomía campo/ciudad, como se diserta de compromiso, marginales, expatriados del otro lado de la línea de cocaína, exilio con hijos y entenados o postmodernos, bien puede señalarse una tendencia atenta al nexo docencia y creación. Además de facilitar la enumeración de sus componentes, tiene la virtud de concordar con el espíritu crítico que se verifica al comenzar la quinta década del presente siglo XX, la circulación arborescente de las literaturas modernas, la fundación de innúmeras revistas, publicaciones e incluso las páginas literarias del semanario Marcha. Rodríguez Monegal concursó junto con José Pedro Diaz, Ángel Rama fue docente algunos años en catálogo de las naves que puede extenderse fácilmente. Existe, pues, una corriente en diagonal de la literatura uruguaya definida -al menos marcada con tiza y borrador- por la influencia decisiva del magisterio direco, como es el caso de Washington Benavídez en su Tacuarembó. En lo pragmático el criterio puede contribuir a entender obras heterodoxas como la de Díaz, ayudarnos a responder a la primera pregunta que se hacía Roland Barthes ante el texto de ficción: ¿Por dónde empezar? Ayudar, contribuir a una aproximación tratándose de escritura de estremecimiento moderno, urbano, implicado en la historia política del país reciente, impregnada de otros discursos estéticos y filosóficos además del literario; con especial receptividad de novedades formales, sabedora de la tradición uruguaya y latinoamericana, preocupada por su difusión social atenta a los aportes exógenos de la teoría literaria.

La tarea docente es punto nodal donde concurren y cruzan, naturalmente, variados intereses y concebida la docencia como lo estaba en Uruguay; ello abría un espectro abrumador y desafiante, la literatura nuestra estaba intimada a una confrontación persistente contra la obsolescencia que trascendía las disputas internas. Podría intentarse una definición aproximativa a partir de ciertas vidas ejemplares; era Francisco Espínola conciliando prostíbulos de la ciudad de San José con el destino trágico de los héroes homéricos; Roberto Ibáñez, acercando las horas de su tarea de inspector de Literatura en Secundaria con el mito de Orfeo; Domingo Bordoli entusiasmando audiencias juveniles con las relaciones entre los tangos y la poesía de Víctor Hugo; el propio José Pedro, alternando la cuestión del tiempo recobrado en Proust con la conducta de las hormigas en Partes de naufragios. Modelos todos de síntesis fecundas; pero nótese que se trata de escritores para nada ajenos a preocupaciones sociales, interesados por la existencia de Dios y sus avatares, afiliados al Partido Comunista, partidarios de la revolución cubana e integrantes del Frente Amplio desde su primera hora; por no evocar el rosario de destituciones, las muertes en silencio.

¿Hay una conciencia más sensible en el trabajo del educador? ¿Veían esos escritores en los jóvenes una mesura de lo sucedido en el país? ¿Explica ello aunque fuera en parte cierto sentido de continuidad en nuestras letras? ¿Qué curiosa combinación hizo de esos nombres parte del listado de los imprescindibles? Las respuestas pueden formularse en varios registros; lo visible es que ellos conciliaban vidas interesantes y enseñaron con lúcida conciencia que la buena literatura puede estar en otro tiempo, en otra parte, en otra lengua y proponiendo esos implacables espejos desterraban de raíz una práctica de improvisación o todo espontaneísmo carente de curiosidad. En la elaboración y desarrollo práctico de los programas de Literatura Uruguay tenía un magma evolutivo intenso, la enseñanza y de forma prioritaria, permitía a los jóvenes de Tacuarembó conocer los personajes de Dostoievski, a los de Salto descubrir la pasión Delmira, a los futuros poetas montevideanos escuchar los trovadores de la Provincia Francesa leídos por Ezra Pound. Pero el entramado cultura era más complejo durante los años de la educación literaria de JPD; así, los nombres de Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández desbaratan al respecto toda pretensión de legitimación absoluta, ello sin afectar el rol esencial de la educación en el proceso que venimos evocando. Como no lo hacen y al contrario lo potencia la llegada al país de personajes como Margarita Xirgu, Eugenio Coseriu y José Bergamín. Era el tiempo cuando Joaquín Torres-García se instalaba en este Sur a la búsqueda de su Norte pictórico, Jules Supervielle editaba en Montevideo, Felisberto tocaba al piano obras vanguardistas de Stravinski, Onetti aceptaba el llamado cosmopolita de Buenos Aires. Ese conjunto de eventos en sinergia, difícilmente pueda explicarse por el azar o por una voluntad generacional; en ese impulso crítico y retomando una expresión de Carlos Real de Azúa, las instancias de formación fueron claves, apuntan a una definición ideológica del período en que la identidad del escritor y el público se forman juntas, mientras el trabajo en la escritura se acompasa con la enseñanza del arte paciente de la lectura.

EL SOBRINO DE LOS ITALIANOS

La personalidad de JPD se forja y queda definida por ese tramado de condiciones culturales y sociales, cuando el escritor debe ubicarse en un contexto general prefiere afiliarse a la conocida “generación del 45”, si bien será luego de 1960 que se conocerá lo mejor de su producción. Retengamos entonces el doble juego de coordenadas y esbocemos una descripción menos colectiva de aquí en adelante, puesto que la “generación del 45” -mucho se ha escrito sobre ella y sus integrantes rotativos- señala un espíritu, actitud, conjunto algo impreciso más que la definición clara de una literatura. Además, el criterio generacional sólo parece persistir entre nosotros casi por inercia, con todo lo que implica de comodidad e insatisfacción grupal.

El ingreso de JPD a la literatura se opera en lo práctico por una vocación de profesor y en la zona emocional, por el impacto de la guerra civil española. Fue durante esta experiencia que el futuro escritor -nacido en 1921- descubre que la poesía tenía un sentido otro vinculado a valores estéticos y éticos, rítmicos e históricos, sensibles y cognitivos. Se produce así el descubrimiento de la obra de Federico García Lorca en ediciones argentinas de Losada; se concreta el encuentro con la palabra viva en sendas conferencias que Rafael Alberti y Pablo Neruda dictaron en el Ateneo de Montevideo. El impacto emotivo y vicario del dolor español en el exilio y la derrota, se sumaba a la experiencia de movilidad cultural montevideana. Díaz asistía a los cenáculos animados por Leandro Castellanos Balparda y Juan Cunha, era el tiempo de iniciación y aprendizaje: educación sentimental en la literatura que en Díaz presenta una variante atractiva, con impregnaciones de conciencia proletaria y comunión ritual, pues junto a lecturas de Rilke, Juan Ramón Jiménez, Kafka y Stendhal, aprende el oficio -alguna vez sagrado- de la imprenta con don Manuel Antonio Aguirre. Curiosa iniciativa, como si el joven aprendiz anhelara estar en las etapas de la fabricación física del libro dominando su condición de objeto. Todo un capítulo preliminar a otro episodio y que tiene a José Pedro como uno de los protagonistas; nos referimos a la experiencia de La Galatea, la imprenta artesanal -y no tanto- que es punto obligado de referencia en el anecdotario mitológico de nuestra literatura reciente.

Hacia el año 1939, que los editores de Capítulo Oriental tomaron como cursor de esta nueva lectura de la literatura uruguaya contemporánea, JPD forjaba su vocación de escritor. Es también el año de su primera publicación, los encuentros con personajes como Luis Gil Salguero y Álvarez Alonso además de las peñas ya citadas, período estimulante para nuestro autor. El Uruguay, aun viviendo las secuelas de la crisis estructural del modelo batllista de principio del siglo XX, tenía la apariencia (el “espectáculo” dice JPD) de una sociedad un tanto privilegiada, algo aletargada en su potencialidad creativa. Los cambios que se suceden en el país se deben a una mecánica interna, pero hay factores externos incidiendo en cierto despertar. ¿Puede decirse que la guerra civil española fue factor decisivo en el sacudimiento? Es laborioso establecer una relación directa entre causa y consecuencia, pero la secuela existe y es probable que ese conflicto fratricida, precursor de guerra y con talante apocalíptico, haya funcionado como espoleta en parte de nuestra juventud letrada más interesada; al punto de decidir el tránsito de la contemplación a la creatividad, del conformismo a la crítica, de la latencia al movimiento, de la apatía al estado de alerta. Los jóvenes de aquel entonces decidieron hacer cosas y como si de un complot se tratara, Uruguay comenzó a inventarse poetas, revistas, periodistas, profesores, novelistas, emparentados por la autocrítica, con una exigencia mutua que en términos de producción puede resultar paradojal. Como afirma Carlos Real de Azúa: “Todo lo anterior puede contribuir a precisar la afirmación de que con la “generación del 45” la literatura uruguaya empezó a sistematizarse en esa red de interrupciones, fertilizaciones recíprocas y empresas comunes que constituyen una “vida literaria”. (Diccionario de literatura uruguaya, Tomo III, pag. 197, 1991) Es en ese concepto de “vida literaria” en su acepción más generosa donde comienza a operar la paciente labor de José Pedro Díaz.

LA RAZÓN DE LA AVENTURA

Si se considera en sinergia lo dicho sobre poetas españoles, lecturas iniciales y la amistad con Juan Cucha (el encuentro con poemas de El pájaro que vino de la noche, de 1929) parece razonable que Díaz se iniciara como creador en las medidas silábicas de la poesía. Dos pequeños cuadernillos demasiado secretos en la producción del autor y publicados en la Imprenta Stella de la calle Brito del Pino, marcan la iniciación; se trata de una experiencia irrepetible en la escritura posterior y útil para tener en cuenta lo que vendría, en especial la pequeñas prosas. Leer esa poesía equivale a descubrir una fotografía de la adolescencia del autor, un signo plural que contiene los potenciales futuros así como la imagen de aquello que dejó de ser. Por una extraña coincidencia el primer trabajo de JPD publicado titulado Canto Pleno se editó en el año 1939; un cuaderno decíamos, que contiene una pequeña prosa liminar a la que siguen una docena de poemas influidos por la atmósfera rilkeana. Ahí el poeta asume una misión de inspiración sagrada y desde un presente que incorpora la temprana conciencia de la muerte define la creación como alquimia y construcción. El poeta es un iluminado que proviene de una experiencia de acercamiento sobrecogedora e intenta trasmitir la buena nueva; es un intermediado privilegiado entre Él y los amigos donde ese Él, más que el Dios cristiano envía a una potencia metafísica con tenue aliento de romanticismo panteísta.

Es visible en Canto Pleno la voluntad de hacer poesía a partir de los absolutos, comenzando por las opciones temáticas más fuertes. La palabra es la de alguien que participa en el mundo con conciencia de contemplación; la poesía es símbolo de la creación y Él “es como una nebulosa que se presenta llena de mundos.” El conjunto se parece al inicio de la confesión de una vida ya vivida, comunicando la paz excitante y serena que sucede a la revelación o iluminación poética: es goce y sacrificio implícito de asumir una tarea de designado. Díaz recurre a imágenes de connotaciones neorrománticas con catedrales misteriosas y naturaleza tormentosa; así como a un diálogo sin intermediaciones, recorrida de temor y temblor, con la divinidad señalada. El tema de tal Dios así como el de la mirada son invocados de continuo, los breves poemas tienen algo de oración personal, entrega a la búsqueda de una comunión cósmica en la alegría sin ocultar la ostensible felicidad por intentarla.

En los versos el cosmos se expande y se concentra a la vez, la poesía es excusa para el encuentro en que la tierra y la mujer son símbolo y metáfora. El ejercicio de la poesía se antepone a la experiencia personal; el amor, alusivo por definición, surge como un don de la divinidad y el anhelo de la coherencia.

“De todos los horizontes
vendrán inmensas olas
expandidas y arqueadas como lomos de tigres
y las piedras serán un perpetuo agotamiento
        de sueños
y los cielos girarán hasta caber en un puño.
Y será el momento
en que cada uno se encuentre a solas con su
     muerte
en el lugar de su destino.”

Un año después -1940- JPD publicó Canto Pleno (segundo cuaderno) que presenta varios cambios en relación al poemario anterior. La temática prescinde de los absolutos, el verso se depura en sus significados procurando un ritmo más sencillo, la placidez señalada resulta modificada por otra relación con el mundo donde se profetizan “vientos de desgracia y agonía”. La pregunta que se incorpora cuestiona la situación del poeta en el mundo y es dirigida a un “Señor” que parece ignorar la respuesta o postergarla apelando al silencio. Las pulsiones vitales se intensifican con la irrupción de la mujer formando la pareja y el Dios es ahora buscado con alegría, acaso con una excesiva entrega del poeta.

“Mi pensamiento es todo tuyo.
He aquí la razón de mi aventura.”

En relación a las imágenes el segundo cuaderno recupera aquella de la lámpara, destinada a ser retomada en el Tratado de la llama y propicia para presentar la vida como energía que se consume. Para el lector que tiene conocimiento de las novelas de JPD, puede consignarse que ya surge el tema del viaje, la temprana obsesión por barcos, golfos y mástiles. En síntesis, puede afirmarse que la experiencia fugaz en la escritura poética tradicional de Díaz presenta la concepción de lo religioso sin Fe, la convocatoria a un dios en el que no se cree para imponer la noción de celebración, poetizando lo existente como algo lindando el milagro.

UN CAMBIO DE RUMBO

A los señalados episodios poéticos JPD los complementaba con el aprendizaje manual en el taller de la tipografía y el oficio de impresor, ello sucedió en los antiguos talleres de LIGU (Paysandú 1011) lo que confirma la voluntad por dominar a la vez el objeto resultante del proceso y la letra de molde al origen, el instrumento de la logia y el dominio de la palabra. Si bien con dificultades, el propio escritor armó las cajas de un pequeño libro editado en 1941; se trata de El abanico rosa subtitulado Suite antigua, narración que busca contar situaciones inocentes y sencillas, donde asoman los viajes de la memoria y la memoria de los objetos, como puerto de partida para un diálogo con los antepasados muertos. Texto precursor de novelas futuras, las pocas páginas de El abanico rosa evocan tragedias cotidianas de emigrantes que mueren lejos de su tierra natal y descendientes acosados por la obsesión identitaria fragmentada. El relato diseña un paisaje físico y mental: Montevideo, República Oriental del Uruguay, un lugar del mundo que a quienes permanecieron del otro lado del océano les parece “vago y misterioso”. Allí se narra el entorno de la muerte de Doña Juana Arana de Nieva, cuya vida se deshizo como la seda frágil del abanico evocado en el título; con la prosa de ficción, Diaz desvela la conciencia del tiempo que huye y se lanza a la tarea de inquirir palimpsestos de historias que conviven en el inasible presente, no en vano el libro está dedicado a los abuelos muertos.

Luego de El abanico rosa se sucede un prolongado silencio en su producción; reserva que refuta los anuncios presentes en el libro informando la preparación de dos obras: Sesión de música, novela, Un accidente cósmico, cuentos. Se concreta así un distanciamiento de la práctica de la poesía hacia el trabajo en la prosa y el deseo de una acción concreta e inmediata transcrita en la participación intensa en la vida cultural montevideana, la maratónica preparación de concursos de ingreso a la enseñanza pública y la puesta en funcionamiento de una imprenta. La Galatea aunaba el trabajo artesanal con la búsqueda de salidas alternativas de producción, incorporaba un criterio selectivo en su reducido catálogo y señalaba, por vía práctica, los criterios o caracteres de una poética vitalista. Como si en la experiencia de taller los roles de los protagonistas se decantaran, será la esposa del escritor y socia en la peripecia editorial, Amanda Berenguer, quien se proyectará de pleno en la poesía y en 1945 publica una Elegía por la muerte de Paul Valéry, primer “libro” de la imprenta (hay una legendaria hoja inaugural) que señala el comienzo (a pesar de antecedentes más secretos: A través de los tiempos que llevan a la gran calma, 1940 y Canto hermético, 1941) de una trayectoria reseñada en otro Capítulo de esa misma Historia.

Díaz se distancia de formatos de la preceptiva estrictamente versificada para incorporar un pensamiento poético a sus prosas más experimentales. En la escena social participó en diversas actividades; una de las más recordadas es la compartida con el grupo Sexta Vocal liderado por Carlos Denis Molina, colectivo que tenía dos lugares habituales de reunión. Primero, la Sociedad Cosmopolita de Mozos donde el grupo llevaba adelante experiencias de teatro polémico montando obras como El milagro de la rosa y luego, acompañando los aires de la época, se sucederán las tertulias del Café Libertad. Otro factor decisivo para será -entre los años 1942 y 1945- la preparación de sendos concursos para ingresar titularizado a la enseñanza. En tales lecturas impuestas que abarcaban un extenso itinerario por la literatura universal, halla JPD una concentrada maduración intelectual, fue el momento de nuevos deslumbramientos, encuentros con libros decisivos -sobre todo novelas- que motivan un cambio de estrategia de creación más radical que el apuntado párrafos atrás. Lectura y reflexión consecuente se asocian a la efervescencia intelectual del medio, una conciencia colectiva compartida con otros jóvenes (Ángel Rama, Ida Vitale, María Inés Silva Vila, Carlos Maggi, Manuel Flores Mora, Gladys Castelvecchi, Mario Arregui) y la preparación para la transferencia cotidiana del saber adquirido. De tales años son los primeros trabajos críticos sobre relaciones entre poesía y magia, el asentamiento de un tríptico que regirá la obra posterior: reafirmación de pertenecer a un paisaje y un contexto histórico uruguayo; movimientos indagatorios en la memoria personal y familiar del pasado italiano; la fascinación por la lengua, autores y el tono moderno de la literatura francesa. En esa encrucijada tan ideológica como pasional, expansiva y concentrada se potencia la obra de JPD; el profesor incurre en el ensayo, el poeta amotinado se pondrá a prueba en Tratados y Ejercicios, el tímido prosista de El abanico rosa tentará la forma ambiciosa de la novela. Habría entonces una proliferación de intereses respondiendo a la unidad de los años de formación, una coherencia y concepción global de la literatura insinuadas en la juventud.

El año 1949 marca un mojón clave en su trayectoria. Díaz publica un relato extraño titulado El habitante, editado en La Galatea está dedicado “a Doménico D’Onofrio fu Emmanuele” con lo cual quedan diferenciados los dominios de la escritura. Las narraciones serán consagradas a las incursiones en la memoria y para los ejercicio de narración poética reserva las derivaciones de la imaginación abstracta. La nueva historia sucede en el paisaje de la costa este Uruguay; en la convivencia con el mar perpetuo reaparece el tríptico del viaje y la tendencia a conversar con los espectros, colonizando una de las primeras muestras de lo que -después- se llamaría sin demasiada astucia “literatura de balneario”. La delicadeza del autor recurriendo a un narrador que se manifiesta en la primera persona, ahonda la condena del aéreo protagonista a amar en soledad recordando con obstinación ciertas circunstancia. El acto simultáneo de la escritura le confiere al relato una atmósfera irreal, cierta densidad fantasmagórica; dentro del texto conviven en paralelo incomunicable el territorio de los humanos y el reino de los espectros que escriben, asumiéndose ambos como territorios irreconciliables.

Leído con nuestra actual perspectiva El habitante es de una insolente modernidad, en especial la osadía del punto de vista dubitativo que se le impone al lector alternando complicidad y una desagradable extrañeza; se crea una atmosfera mágica coincidente en fechas con otras búsquedas intelectuales de JPD por aquel entonces, rondando la confluencia de la poesía y lo esotérico. El personaje central, narrador y escritor, manifiesta a lo largo de la acción signos de una paraexistencia, pero sin acceder a comunicar con el personaje de Alicia que es de antemano imposible. Negado el dialogo el narrador resulta sentenciado a ser una mirada que se desplaza sin incidencia fenomenológica, a volverse conciencia en observación continua sin alterar la circunstancia que, paradojalmente, puede modificar la mirada, el estado de ánimo del narrador circunstancial y la escritura misma. “Éramos habitantes carnales de un doble mundo de luz y ceniza” se dice en un pasaje del relato. El diálogo entre esas dos instancias es sólo posible aceptando los muertos que regresan a la vida, la muerte se difumina como frontera y El habitante adquiere su nobleza de fantástico en el nudo de la coexistencia. El único presente seguro y objetivo es el ensayo de la escritura; nuestro narrador queda fijado en la breve historia de un verano, el impalpable habitante de un chalé sobre la arena se muda para habitar una antigua historia de amor. El espectro en cuestión confirmará su inmaterialidad por su ausencia en una fotografía, y el fin del relato lleva de la conciencia de un ser inexistente a ocupar la conciencia que se escribe.

CARTAS DE NAVEGAR LA INCERTIDUMBRE

En 1957 (el escritor había vivido dos años en Europa y obtenido el año anterior la cátedra de Literatura Francesa en la Facultad de Humanidades y Ciencias) se inicia otra de las vertientes creativas de JPD con la publicación de Tratado de la llama: “La ilusión de haber encontrado un modo expresivo fuera de los moldes a los que quizá por una especie de timidez “acaso profesoral, ¿verdad?” no me atrevía” le respondió a Jorge Ruffinelli en 1985. Ya no se trata de poesía en su manifestación tradicional, es un proyecto distinto al insinuado en relatos anteriores, textos de una factura nada similar a las novelas que vendrán. Estamos ante un libro sobre cierta materia que es la llama: “Materia gaseosa situada encima de un cuerpo que arde y en contacto con él, de forma característica semejante a una lengua muy puntiaguda, con el ápice hacia arriba; en ella se produce una interacción química que produce luz y calor.”

El ser humano es portador de esa llama, lo que remite a una concepción del ser humano como coexistencia de luz y calor. La llama es la imagen adecuada para explicar la nueva relación del escritor con el mundo, que pasa por un renovado vínculo con la escritura; la llama es el recurso por sí se ignora contar la manera como arde la historia cuando entran en combustión hechos y paisajes. La llama alumbra lo indefinible y perecedero de las formas, es metáfora de lo novedoso hallado en el lenguaje: el relato poético que tiene una tradición clásica de marginalidad y sirve para comunicar experiencia limítrofes que de otra manera serían ignoradas. “Ese temblor vibra allí donde se revela la llaga: es el latido que delata el lugar donde lo sobrenatural se inserta en lo cotidiano y hace que lo sobrenatural no sea ya sobrenatural ni lo cotidiano cotidiano.” Lo nuevo que Díaz propone es un vínculo entre una forma estructural y cierta poética, está reinventando un género, justificando el intento y lo encontrado desde el interior, como si la apología formara parte de los ejercicios. Hay, si se quiere, la reivindicación de hacer literatura partiendo de la experiencia de la lectura; por ello el Tratado de la llama es también un manual del Ángel considerada como criatura de varias fronteras.

El Tratado en cuestión -que data de 1957- es el primero de una serie regida por la siguiente cronología: Ejercicios Antropológicos, 1960 / Apéndice documental; Tratado de los lugares; Ejercicios Arqueológicos, 1967 / Ejercicios Antropológicos; Tratado de los lugares; Tratado de los posibles; Botánica operativa, 1982 / Cuando los títulos se repiten, se trata al contrario de las apariencias de textos diferentes, el mismo orden precedente se altera en curiosas variaciones y según los diferentes libros publicados. Puede decirse que la totalidad de esos módulos responde a un eje común y pertenecen a la misma familia de intenciones, cada una de las breves unidades poéticas – narrativas que los conforman son un objeto de construcción independiente con estructura propia. Cuando se interaccionan y armonizan significados refractarios y repercusiones de nuestro sentido, forman un género autónomo tendiente a la ausencia de una precisa clasificación. La forma propuesta por JPD toma de la poesía sus estrategias de acción, el rigor implacable en la sintaxis y las precisión en la palabra, así como sus efectos, generando la sensación de una lectura ubicada entre poesía y relato; el lenguaje cumple a la vez funciones referenciales y de indeterminación.

El conjunto de esos enquiridiones conforma un universo autónomo privilegiado sin referencias similares en la literatura uruguaya, poseen los textos a la vez algo de estructuras arcaicas dignas de la tradición oral y resoluciones de la fragmentación de la escritura aplicables a la postmodernidad; por momentos se asemejan a textos sagrados de misteriosos cultos religiosos, pueden leerse como inquietantes deducciones de perseguidos científicos heterodoxos, consiguen jugar con obvias incongruencias del lenguaje y ser precisos hasta la exageración. Unas veces el efecto proviene de la proliferación de información y otras de la redundancia intencional; finalmente asemejan revelaciones de saberes ocultos u oráculos simulados en la apariencia de inocentes parábolas. En ellos la sentencia se funde con la reflexión, las imágenes con postulados; se alternan con premeditación argumentos de la razón y el sacudimiento de profundidades irracionales, la ciencia con la magia, el macro con el micro cosmos, la escritura con la lectura. Sus criaturas, que merecieron escasa atención crítica (brilla en ese páramo un atinado artículo de Roberto de Espada en el N° 2 de la revista Brecha del año 1969), que fueron desplazados a una modesta función de textos precursores, sublimaciones de una poesía posible sin atender a la poética que conllevan. Coexisten allí ecos de Hegel y Dante, Freud y Heisenberg, es decir una complejidad intelectual con sumas de características que fueran definidas al comienzo del apartado. Un cuarto de siglo de ejercicios y tratados que puedan leerse -a la manera de un sismógrafo literario- como crónicas de lo sucedido en otros mares navegados por JPD; sobre variantes visibles en la superficie e incluso las tormentas de las profundidades. En los Ejercicios Arqueológicos de 1967 leemos: “Mis ojos se había hecho hábiles para la oscuridad, escribía libros sobre otros libros y deambulaba por playas solitarias contabilizando su arena.” Ya veremos qué otros libros son convocados, en cuando a la contabilidad de la arena al interior de los títulos indicados es tarea ardua, cuya descripción supera los objetivos del presente trabajo si bien es misión imprescindible para futuros estudiosos.

EL ESPECTRO DE PALINURO

Con Los fuegos de San Telmo libro publicado en 1964, JPD modela y consolida su obra narrativa de largo aliento, encarnándose en el “tiempo” novelesco hasta alcanzar una obra con particularidades destacables, insistiendo en ese sostenido esfuerzo por la calidad de escritura, usando la pujanza de la tradición humanista y la conformación en un entorno característico uruguayo. Los años sesenta fueron removedores en lo social, lo editorial y las propuestas literarias; la primera vida de Felisberto Hernández se eclipsaba, Onetti emprende sus viajes más densos hacia el final de la noche de la escritura, los escritores del “45” alcanzaban los sitios del poder cultural crítico y el fervor de los lectores; los más jóvenes producían de manera intensa, para conformar el catálogo que Ángel Rama organizó en su libro La generación crítica de 1972. En ese panorama a la vez prolífico y confuso, la nueva propuesta de JPD como si quedaran cuentas pendientes a pagar, se lanza a un doble viaje hacia adelante por la ruta de indagar en el pasado.

Los fuegos de San Telmo trata del viaje de iniciación en la madurez del escritor hacia las raíces del árbol genealógico, con rasgos inconfundibles de una experiencia colectiva y la sospecha de repercusiones metafísicas. Una navegación que se proyecta a la memoria, buscando un sentido extraviado en vísperas del colapso de una realidad deteriorada; es reconocimiento traslúcido del pasado común de muchos uruguayos y que lleva más allá de las fronteras administrativas. Díaz aborda dicha empresa osada con el auxilio de la tradición oral familiar recibida en la infancia y una batería de referencias literarias que, en la arquitectura de la novela, lejos de dispersar la cuerda emotiva la jerarquiza mediante una serie de connotaciones, en las cuales cada gesto sencillo y cotidiano se reconoce perteneciente a una tradición mayor que la precede. Otro valor evidente del relato es la astucia del autor, que se desdobla a su vez en narrador y protagonista; con lo cual el resultado además de proponer un itinerario es introspección confesional, sustentada por el manejo de los tiempos y el descubrimiento de otro yo lejano. El conjunto deviene una metáfora de continente interior incierto como el mar, interrogante lacerante sobre la identidad y la oportunidad de acercarse a ella mediante el recurso épico de dialogar con los muertos. La novela desborda las normas de un retrato interior, expone la dualidad entre admiración intelectual por la literatura francesa y llamado emotivo de tradición italiana. Con el viaje que consumió una década para madurar como texto, JPD cierra el círculo. Lo desconocido o ignorado era la sensación de algo incompleto, un viaje como ese es empresa solitaria, donde se abandonan innecesarios lastres para confrontarse con lo esencial, y la literatura forma parte de lo esencial.

El viaje del protagonista comenzó a gestarse en la infancia y acaso las aventuras emprendidas fueron preparación para unir dos puntos luminosos de la geografía interior: Montevideo y Marina di Camerota, la ciudad de la niñez y la aldea costera del sur de Italia, donde se gestó una de las memorias, la transferida en los cuentos de un tío sobrenadando la lectura de Virgilio. El viaje aporta la carga de lo desconocido, aleja de las certitudes y predispone a la magia; es un dejar su ser social espacio temporal a la búsqueda de una concentración densa de la conciencia: suspensión transitoria de la condición de ciudadano oriental (uruguayo) para retornar a las fuentes detrás de la rama dorada. La experiencia del viaje es la vivencia en la pluralidad de los tiempos y la escritura hace de esa coexistencia temporal continuidad comprensible, ordenación poética que se ensambla una racionalidad y lógica. Las alteraciones resultantes de la alquimia palabra / tiempo, son necesarias en un montaje que logra funcionar como máquina ficticia que registrase el paso e interacciones de los tiempos plurales. Dicho montaje tiene la potestad de ser claro, el lenguaje fluye en una comunicación directa con el lector y la formación de imágenes, de aventuras consiguiendo una sólida intriga con gestos sencillos que, en su despojamiento, alertan la existencia de asuntos profundos. La búsqueda de la palabra justa, oportunidad de la cita y diferencia de un realismo propuesto desde una conciencia poética puesta a prueba, se imbrican sin detener el avance de la lectura.

Aplicarse, como lo hace JPD a trabajar la materia de los sueños y la memoria, impone transitar fronteras fluidas de tiempos imbricados y la página autobiográfica supone mostrar entretelones de la primera persona. Los fuegos de San Telmo pone en marcha la memoria, armado de la personalidad y autoanálisis, capacidades de reacción cuando se alternan en peripecias de reconocimiento y decepción. Díaz se inscribe en una línea de literatura intimista, si se quiere derivar un factor común asumiendo el complejo sistema de ser a la vez autor, narrador y personaje; quizá para destacar que la novela pasa por el nombre que cifra la existencia, entender el proceso yendo de ser persona a conciencia que escribe. Si lo narrativo autobiográfico supone un tipo de escritura, es a la par un tipo de lectura que se define en la alternancia de ritmos propios a la poesía, densa carga emocional negada al olvido, el dominio alerta y racional de la escritura. La realidad de ultramar coteja al narrador con los recuerdos, las imágenes y escenas escuchadas con asombro en la infancia lo aguardan para certificarle la realidad de los sueños, reproducirse ante la mirada del adulto. Lo que se modifica está en América; en Marina de Camerota quedan intactos los rituales de los ciclos y el culto de las memorias, idénticos al siglo pasado en grandezas y miserias que el narrador, lejos de glorificar lateralmente asume con los ojos abiertos. Toda trampa de los sentidos queda excluida, la lectura engañosa de los hechos es desplazada y se sucede una confrontación limitada en su duración pues debe regresar forzosamente al reino virtual al que se pertenece.

Una vez producido el encuentro, el narrador queda sin tiempo para la experiencia de la soledad que elabora lo vivido; en Marina di Camerota la vuelta suprageneracional del pariente americano es asunto público de colectividad. Una certidumbre se impone: más que lo hallado lo esencial es el viaje, el camino y la búsqueda. El tránsito de los recuerdos al presente real se torna sofocante; al final del viaje los recuerdos del tío Doménico se mutan en locura sin retorno de dos ancianas sobrevivientes, apariciones recordando el peligro que encierran tales tráficos de relatos. El narrador perdió la inocencia de lo recordado, el contador de historias pasadas está definitivamente muerto, JPD salió de su propia aldea a buscar la resonancia de unas palabras en dialecto y halló el tema (o el tema lo halló a él) de la escritura. La dificultad mayor que será explicitada y resuelta en Los fuegos de San Telmo reside en la manera de estar, relacionar un mundo interior de búsqueda y encuentro con la prosa narrativa de ritmo novelesco; para ello el autor se procura la compañía de Virgilio y Nerval, recurre a la claridad de los clásicos y asume los abismos románticos, ubicando su escritura en el cruce equidistante de ambas orillas que toma como faros de referencia. El lector participa, entonces, de una experiencia de hundimiento en el mar y el pasado, el reino de la muerte y la escritura consiguiente. Todo para alcanzar dos certitudes: “Yo soy de Montevideo”, “fue después que aprendí que siempre hay dioses muertos que esperan de nosotros la historia imaginaria de sus encarnaciones sucesivas.” Igual que en todo viaje por mar, el piloto puede perecer -como sucede con Palinuro- yla expedición debe continuar: navegar es necesario aunque adelante aguarde la experiencia del naufragio.

LA ESCRITURA SUMERGIDA

Cuando en la obra de Díaz parecen solucionados asuntos pendientes con el yo y la memoria, irrumpe la historia que altera la circunstancia. El país idealizado toca fondo, las expectativas ante la sociedad son violentadas, los valores resultan sacudidos desde las bases obligando a un doloroso reacomodo preludiando una fractura completa. Un proceso de deterioro social se instala como banco de niebla sobre el país, demasiado conocido para insistir en sus pormenores y que tiene en la dictadura su detestada manifestación. Como dijo Díaz en el coloquio de la Universidad de Maryland (Represión, exilio y democracia: la cultura uruguaya, 1985) la reciente experiencia produjo una cultura empobrecida que, a fuerza de ser silenciada, se volvió casi secreta hasta sondar la preexistencia. Se produce la ruptura del circuito de reflexión interior y el contacto fluido con las producciones culturales del resto del mundo, en pocos años fueron destrozados los nexos entre escritores de diferentes edades a la par que se perdían referentes comunes. De la interacción interesa consignada páginas atrás se pasó a un premeditado y sistemático desgarramiento del tramado cultural, indicado como uno de los más tenaces oponente al proceso cívico militar.

En esta atmósfera que fue continental, opuesta a la respirada en los años de formación del escritor, se inscribe su segunda novela Partes de naufragios publicada en 1969; una propuesta narrativa más ambigua que la anterior y exponiendo elementos de la fragmentación anunciada. Totalidad dispersa o summa ejemplar la novela dispara y aglutina obsesiones temáticas del autor; así como busca rescatar unidades de escritura que fuimos detallando. Es novela paradójica que se construye en un proceso de demolición, donde un fresco histórico de poco más de medio siglo fue asaltado por signos de deterioro, destrozo, decadencia y muerte. Es novela de las partes y los partes; partes en el sentido de ensamblaje en tanto se trata de una estructura novelesca de producción descontinua que, por momentos, mantiene trazas de bocetos y por tramos adelanta ruinas de una obra maestra que orbita el texto, mientras la convicción del fracaso -por momentos de la novela misma- es uno de sus componentes esenciales. Es como si las fuerzas de la muerte omnipresente mitigaron toda excesiva ambición y la tarea consistiera en preparar las exequias, siendo el artificio reducido a un oficio de réquiem narrativo. Pero la palabra partes señala en prioridad el sentido administrativo de comunicado luego del desastre; partes porque son varios los informes y los naufragios son plurales. La unidad se fractura en tanto el narrador se diluye en una polifonía de narradores, donde algunas veces asoma el memorialista, el novelista o el delirio imaginativo. Fragmentos a la deriva en el mar de la escritura añorando una nave perdida; fragmentos que insinúan en el dispositivo un entomólogo de caracteres, un fiscal severo de las leyes del tiempo, un enciclopedista de objetos cotidianos o coleccionista de situaciones dramáticas absurdas.

La novela ilustra narrando el ocaso de un país -el nuestro- y el naufragio de una familia con destino de barcos, en navegación paralela. Partes de naufragios es paradigma luminoso de la intra historia uruguaya y la literatura halla allí su rincón en vericuetos donde la metáfora del país se nutre de sífilis, mudanzas, locura, la pobreza y la muerte. Hilia Moreira, en su imprescindible trabajo dedicado al texto la define como sigue: “En la base de la estructura “novela” se leen otras; una ciudad: Montevideo; una época: desde el levantamiento de 1904 hasta la década del 60; un grupo socio económico: la clase media uruguaya con sus antepasados italianos, sus diversas categorías (estudiantes, amas de casa, obreros especializados, pequeños comerciantes), sus hábitos y sus diversiones (los asados, el fútbol, el mate, el tango, el “boliche”); un estado cultural que se nutre de elementos de biología (cap. 16, 19 y 32), de medicina (cap. 24), textos de masonería, elementos de ficción no literaria volcada en el discurso de la novela (la película de Chaplin), elementos literarios integrados directamente al texto novelesco (un fragmento del tratado primero de El Lazarillo de Tormes), o vertidos en el discurso de uno o más personajes (Ismael); un conjunto de valores políticos determinados por las circunstancias sociales y económicas de una época dada.” (Partes de naufragios: La novela como conjunto abierto / Texto Crítico / Veracruz, 1877) A ello, pueden agregarse las virtudes simbólicas de las novelas, precisadas con exactitud por Jorge Ruffinelli: “La voluntad del narrador imprime desde aquí su significado metafísico. Pues su novela no es sólo el réquiem por un determinado tiempo abolido, es también la reflexión artística (no discursiva) sobre la condición humana, la abolición del tiempo. El mérito de Díaz consiste en jugar sus cartas con una sabia prescindencia. Porque esa dimensión de su novela con está expresada con retórica, y el libro no aparece infusionado de pretendida trascendencia.” (José Pedro Díaz, los desafíos de la realidad / Crítica en Marcha / México, 1979.)

Partes de naufragios abre el espectro temporal y multiplica los personajes, de donde resulta diáfana su intención de marcar una evolución del deterioro y presentar una psicopatología de la vida cotidiana uruguaya. Su circunstancia es el Uruguay moderno, país donde los episodios epilogando una mentalidad del siglo XIX, la experiencia de vida proyectada a lo contemporáneo y el final expuesto de la modesta utopía del paisaje, son signos de la decadencia. Las mudanzas del tiempo en la mínima estructura familiar de origen extranjero, hacen más evidente la distancia entre la tierra prometida y la derrota, por momentos aceptada con rabia como si se tratara de un mal sueño o jugarreta maliciosa de los dioses antiguos. La novela propone una mirada -sostenida en unas trescientas páginas- sobre el país habitado de extranjeros sobre la tierra baldía de aborígenes, de gente modesta con sentido menudo de la aventura y un horizonte sinuoso de felicidad sin pretensiones. Sin embargo, esa autolimitación es exigua y las maniobras de salvataje tentadas inútiles; esta noche no aparecen en lo alto del mástil los fuegos de San Telmo, señales luminosas y prodigios que auguran la continuidad sin zozobrar. Si bien es clara la voluntad del autor por circunscribir la acción de la novela, debe advertirse la manera como JPD captó episodios y protagonistas de articulación social evitando todo maniqueísmo Nos referimos a ciertas franjas de la población permeable a la clasificación estadística y sociológica, entre los arrabales de clase media y la misera que nunca termina de aceptarse; así como un deslizamiento entre la memoria de abuelos extranjeros y la verdad de ser algo distinto al pasado familiar; un Uruguay de valores morales de la pobreza digna, pero insuficientes para capear el temporal de la historia, con confianza ciega en el sistema político paternalista que termina en suicidio, la creencia ilusoria que la felicidad es la celebración de ritos cotidianos, farsesco en su reiteración hasta negar mutaciones del entorno real.

Este Montevideo es un paisaje provinciano de vidas opacas y con destellos de locura, cada día se asume como eterno retorno con padres prudentes, mesurados; los proyectos atrevidas quedan limitados a integrantes excéntricos de la familia, a tíos electrón libre que preservan un cierto sentido de la libertad. En Partes de naufragios se ve a los uruguayos actuando en patéticos sacudones de cambio de barrio, acumulación de objetos, frenéticos movimientos vecinales cuando ronda la muerte. El naufragio es clausura de cierto pasado e ignorancia del futuro, fragmentación y silencio; el naufragio es contabilidad de muertos, desaparecidos y sobrevivientes; es condición necesaria de viejas crónicas, un suceso que los uruguayos insistimos en memorizar. Para ello y mientras se construyen nuevas embarcaciones los hombres nos contamos la historia con variantes de navíos siniestrados. En su astillero Diaz recurrió a una pluralidad de estilos de escritura, a la memoria claro y fusionó fragmentos de narraciones poéticas. Como si se tratara del esbozo de una Enciclopedia inconclusa sobre una sociedad aniquilada, con etimologías sucesivas, significados ocultos, ejemplos lucidos o faltos de sentido, hasta urdir así la Novela a la que deberá apelarse para tener noticias ciertas de los sucesos desgraciados ocurridos entre nosotros.

EL FANAL DE LA CRITICA

La labor crítica de JPD requiere mención particular en el presente Capítulo Oriental, no sólo por formar parte medular de su historial sino porque fue asumida con espíritu creativo, pionero. Observando el ejercicio del comentario para la comprensión de la literatura hecha por otros, podemos retener dos conjuntos de materiales; por un lado están las colaboraciones periodísticas en varias publicaciones y luego los trabajos críticos ambiciosos de mayor alcance. José Pedro colaboró en Marcha (en especial desde 1969), cofundó en 1967 la revista bilingüe Maldoror, editó hacia 1877 los volúmenes de Club del Libro (Radio Sarandí) y codirigió la página literaria de Correo de los Viernes (1980-1984) entre otras actividades. En ese nivel de articulación social literaria, se movió como  gestor informado y atento agente cultural con sostenida continuidad; sin embargo lo que aquí más puede interesar, es su producción como crítico de fondo, aquellos trabajos que se inscriben dentro de las bibliografías conocidos. Al respecto, es en 1953 que se publica Gustavo Adolfo Bécquer: Vida y poesía; se trata de una obra central en la primera madurez del autor. El poeta, docente y investigador halla en la lengua española un equivalente de los modelos románticos, tan importantes en las primeras lecturas; como lo atesta el título el eje de interés se desplaza de la magia a lo biográfico, al estudio de manuscritos en lengua castellana. Tanto afán exegético dio por resultado uno de los trabajos clave sobre el poeta español, que fuera elogiado entre los primeros por José Bergamín en una larga reseña publicada en El Nacional de Caracas el 23 de abril de 1954; más tarde, en 1958 el ensayo fue publicado en la prestigiosa editorial Gredos de Madrid, ambición más o menos secreta de todo hispanista que se precie.

Es sabido que la primera calidad exigida a la crítica es la de incidir en el mismo ámbito cultural que la hace posible; será así que en el año 1965 y en cuanto crítico JPD, protagonizó uno de los momentos más visionarios de su trayectoria. La editorial Arca publica la novela póstuma de Felisberto Hernández Tierras de la memoria,acompañada por un trabajo crítico de José Pedro: ”Felisberto Hernández: una conciencia que se rehúsa a la existencia.” Puede afirmarse que es el primer estudio de enjundia sobre Felisberto y el impulso teórico que contribuye a incorporarlo a un circuito crítico mayor que, rápidamente y por méritos innegables de la obra del pianista, se internacionaliza. JPD prosigue trabajando sobre el autor de El caballo perdido; pero será el ensayo del año 1965 -por su condición de precursor- el que mejor representa los valores críticos que fueran señalados. En contacto más cercano a la práctica docente, debe señalarse un trabajo de 1974 –Balzac, novela y sociedad– donde, a partir de la ideología social y literaria que domina el proyecto totalizador de La Comedia Humana, Díaz propone un recorrido exhaustivo para conocer desde el exterior la obra del gran novelista francés; a la par que adelanta lo que será su interés crítico de la madurez.

Habrá que esperar el final de la dictadura en Uruguay, para conocer nuevos trabajos teóricos de Díaz, serán intentos para leer la literatura uruguaya y una voluntad ética de reconstruir la continuidad segmentada. Los trabajos reunidos en la serie de Los espectáculos imaginarios, si bien están centrados en Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti, se proyectan en consideraciones pertinentes sobre el estado intelectual del país en aquel período y que coincide con las existencia del propia Díaz; al punto que podría decirse que estamos ante una forma indirecta de la autobiografía intelectual. Toma como objeto la reflexión autores cuyas obras se crearon acompasando la formación y si se quiere la generación delimitada del escritor. Este intento especulativo de reordenar lo destruido lo conduce hacia el pasado, reconstruyéndolo a partir de la escritura de los otros, los libros funcionan como crónica de la vida cultural y se internan en los laberintos de la creatividad de los uruguayos; proponiendo como eje, factor común e interrogante rasgo generacional, el tema clásico del espectáculo imaginario. La hipótesis Díaz insiste sobre la circunstancia histórica y la práctica social del Uruguay -común a Onetti y Felisberto- para explicar una práctica literaria propensa al desapego de lo real, en beneficio de la imaginación y traducida en un despliegue de puestas en escena, objetos dispuestos para la instauración de un universo paralelo, simultáneo, coexistente, sustitutivo o preferido -en el imaginario- a la acepción resignada de un entorno degradado.

En dicho artificio, JPD observa una constante creativa que responde a cierta nostalgia (crítica en tanto forma parte de un rechazo) por un modelo de país que dejó de ser, pautando por la hecatombe del proyecto político batllista; en una mecánica que sirve para entender a los otros y también la obra de ficción de Díaz. La crítica se transforma en espejo donde se sostiene: “creemos que fueron las circunstancias históricas, una situación socio -económica, las que, a nuestro juicio, facilitaron la presencia de esa dominante temática.” No olvidemos que para la sociedad uruguaya del año 1939, hacia finales del año, el gran espectáculo no fue la publicación secreta de la primera edición de El pozo, sino el naufragio suicida del acorazado de bolsillo alemán Graf Spee en la bahía de Montevideo. De ahí la validez crítica de la metáfora teatral, si bien la descripción del aire de época Díaz la realiza con evidente nostalgia, más próxima al memorialista que al historiador, que da en sus ensayos un tono de crónicas hasta llegar a la orilla onerosa de los textos. A partir de ahí aparece otro rigor vinculado a la hermenéutica del texto, utilizando argumentos de la teoría literaria para distinguir el terreno de las condiciones de producción, del valor a venir de las obras resultantes.

Es pertinente indicar que la creación de JPD, su evolución temática y de estilo se ve reflejada en la tarea crítica; acompañando a la poesía, la enseñanza y la doble integración del corpus (como teórico y practicante) que reconocemos en tanto literatura contemporánea. Tales preocupaciones parecen confluir en el último gran trabajo crítico del autor, Novela y sociedad de 1991, obra de extensión y contenidos impresionante. Hay allí una poética decantada del ensayo como género literario, la obra en sus enfoques posibles, puede ser leída como manual de iniciación al tema, preceptiva ordenada de la novela, teoría narrativa que prioriza el contexto inmediato y el referente social a lo que puede agregarse el placer de la lectura. La escritura del ensayo guarda señales del arduo trabajo de investigación y fichaje, así como del rigor en el estilo tras la palabra justa y el concepto inconfundible. Dos virtudes merecen destacarse de Novela y Sociedad; primero la profundización en el concepto de novela, que JPD proyecta más lejos de la práctica usual de la escritura extensa para recordarnos su historia previa y social, así como la conciencia de un género total. En esa perspectiva la selección de textos manejados, además de ejemplar es homenaje a escritores así como a títulos que hicieron la grandeza novelesca, desde el pícaro Lázaro hasta los amaneceres atípicos del viajante del comercio Gregorio Samsa. La segunda virtud, más que en la estricta modernidad de la metodología utilizada, debe hallarse en la coherencia ideológica que ordena el discurso crítico, volcándose con vigor a las tesis de relaciones entre literaturas y sociedades que las producen, las hacen posibles. Vaya como ejemplo la siguiente definición: “Consideramos la obra narrativa como la versión diegética -no entimemática- de un pensamiento sobre conductas humanas que se realiza mediante una evocación de la real concreto, que se hace tanto más claro y rico cuando más precisa en su inmersión en la complejidad de lo real.” En lo estrictamente operativo el sumario apunta a una totalidad acorde a las aspiraciones de la novela misma: teoría, enxiemplos, epifanías, mímesis, bricolaje, modelos, tiempo, individualismo así como técnica clásicas y modernas. Cuando se recuerda la práctica creativa de Díaz, Novela y Sociedad parece un gabinete de búsqueda y experimentación, en la que después de años de intensa labor salieron adelante textos que son inevitables en nuestra literatura moderna, en nuestra literatura a secas. Tales las literaturas de José Pedro Díaz, la emprendida como tarea interior y la que se enseña, una resultante del trabajo intelectual y otra que es manifestación imprevisible de la lectura. Ahora que el viaje llega a su última escala, la consigna es recomenzar acaso citando un pasaje querido de José Pedro o porque es relevante dejar a Roland Barthes disponer los adioses: “Por eso la escritura es una realidad ambigua; por una parte nace, sin duda, de una confrontación del escritor y de su sociedad; por otra, remite al escritor, por una suerte de transferencia trágica, desde esa finalidad social hasta las fuentes instrumentales de su creación. No pudiendo ofrecerle un lenguaje libremente consumido, la Historia le propone la exigencia de un lenguaje libremente producido.”

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El viaje a escritura

El comentario lo dejé para el final de la novela subida a la red dispuesta en tres tiempos y quise repetir el procedimiento original sucedido con la tarea sobre el texto. Creo recordar buscando la frase inaugural, que se acercaban -es el precio de la docencia y sus lindes poéticos- por aquellos años, algunas cuestiones sobre la figura del autor en coloquios y concursos universitarios. La muerte del autor (viejo para un rif y joven para un réquiem), su agonía programada ante la escritura industrial de las series, los tratamiento de convalecencia del actual circuito confuso; todos los juegos malabares sabidos de la teoría volvían a la discusión, las nuevas sirenas eran Judith Butler y David Reimer, tiempos donde la vida universitaria imita la versión Philip Roth en “La mancha humana”. Otra vez sentí el presentimiento de construir una ficción partiendo de un nudo teórico y lúdico, plantear un nuevo problema hasta resolverlo de manera narrativa; muchos de mis libros son resultados de esa inversión transgénero de la labor crítica y pensar como un salmón yendo contracorriente.

Durante años con la retórica clásica de las fuentes, aportes del cronotopo y otras estrategias estudié autores del programa y armé los míos para cursos y seminarios; luego venía el cultivo de afinidades personales, lecturas de historias sin relación directa al mundo del hispanismo; me interesó al caso Siena / Lisboa de los títulos de Tabucchi paseando con el espectro de alguno de los dobles Pessoa. Luego trato de hallar fallas, carencias y atajos de la tarea teórica con sus interrogantes insolubles; esa escritura especulativa como en el caso de Roland Barthes, puede ser más estimulante que la medianía de novelas circulando en los mercados y expuestas como turrones insípidos en navidad. En lugar de replicar con una antítesis teórica de la controversia tenté la síntesis directa con el instrumental de la ficción, creando un corpus que acaso pudiera responder a la duda primera. A ello se sumaba otra orden de regla literaria: en cada libro debe haber al menos un detalle de originalidad, algo -me satisfago con una esquirla- nunca advertido en perímetro limitado y aunque deba forzar el proyecto.

En cuanto el autor crea, designa o emplea un narrador el trabajo físico -abrir el cuaderno, elegir el boli, encender la compu- sufre distorsión; quien inventa avances, secuencias personajes y desenlaces del relato es ese otro durante la vida breve que lleva la escritura. Dulce alienación no por ello carente de significado amenazante; el aprendiz de brujo, HAL 9000 y el Golem pueden ser guía insurreccional de la criatura. En algunos textos desde el comienzo es el narrador quien toma el timón de la nave, recién al final del viaje -pasó aquí- recuperaba el mando y mi conciencia aturdida siendo tarde para cambiar el destino. Puede ser sencillo en una conversación y en la práctica al escribir la novela; si ello se le explica al lector Alfa, el procedimiento pasa por ser movida cerebral con mala prensa y amortiguando emoción legítima a la historia narrada. ¿Qué hacer pues? Decidí y le dije a Oscar Brando que era el editor que en la portada habría el titulo sin nombre de autor, el texto avanzaría navegando en solitario hasta el final y se sabría de mi responsabilidad por datos laterales, como la gráfica en el lomo del libro. Me pareció buena idea, fue recibida como error de diseño gráfico, olvido de imprenta y descuido inexcusable de los responsables; como con esos sellos del avión bimotor dado vuelta de la postal de Alaska o un rey de Siam con la mirada de Ben Turpin, quizá en las próximas décadas la edición de 2008 tenga buen precio de reventa.

Así fuimos del autor al narrador, luego había que pasar del narrador al personaje transitando escollos mientras siente que debe pasar al acto. El gesto cursor de todo proyecto -pasar al acto- puede ser el adulterio, la fuga quemando las naves, el cambio de ciudad, país y lengua, la mudanza al planeta de drogas y pornografía, el suicido o el asesinato en las variantes más reincidentes Dexter y Hannibal Lecter (Lituania 1933). La historia de la literatura narrativa es indagación de esa ruptura. En “Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta” de 2004 me pregunté qué motiva a una mujer casada a detener la serie de víctimas femeninas para ser ella quien toma la cuchilla en la mano. En la novela sin autor exploré la energía invisible que impulsa a un médico sin antecedentes literarios a escribir una historia. “El viaje a Escritura” es la terapia de dicha evolución, Jorge Fontenla escribirá recién cuando termine el libro y el lector asiste al movimiento que partiendo de la epifanía -identificada en la novela donde lo otro fantástico deviene el otro del Viaje de invierno- despliega dos temporalidades: lo ocurrido antes de y lo sucedido después de. El personaje piensa en escribir, ronda la espiral alrededor, recuerda con otra intencionalidad que recordar: prepara un plan minucioso para zafar de la pesadilla diurna, trata de ajustar sucesos sobre los calendarios tramando pasiones, acordando imponderables sociológicos del exilio, familia y otros propios del misterio. El lector consulta un encefalograma taquigrafiado de las vacaciones diferentes del personaje en Puerto de Corrubedo y que se llama como mi amigo de la infancia, al que le asigné una existencia que seguro nunca tuvo exceptuando su diploma de médico.

A medida que escribía, asumí que retomaba la idea embrionaria de uno de mis primeros cuentos titulado “Los pasaportes mudos” sobre la infancia y el exilio contemplado en los vecinos gallegos; con el paso del tiempo, hallé otra filiación secreta en historias uruguayas discretas que quiero mucho, dicen sin estridencias y evocando una historia personal restituyen el espejo íntimo del país y pienso en “Los fuegos de San Telmo” de José Pedro Diaz. La novela lanzada se desdobla entre infancia y edad adulta, dos postales de Montevideo y una Galicia imaginada, hecha de una visita a esas tierras, la lectura de Gonzalo Torrente Ballester (con insistencia de El Ferrol en la historia moderna española, donde nacieron el autor de “Compostela y su ángel” y el pasajero del Dragón Rapide). La novela acepta dialogar con muertos y aparecidos, recuerdos y trazas del pasado preservadas en una caja de zapatos. ¿Pudimos tener alguna otra vida de la asumida? ¿Los senderos se bifurcan sólo en los jardines o la memoria oculta laberintos donde nos extraviamos hasta oler el minotauro de la muerte? La vida es más compleja que la historia según el Tele Diario, la novela puede dar otra sensibilidad que recortes de presa y testimonios interesados. Nadie conoce en el presente cuál de los relatos expuestos en las vidrieras irrespetuosas de los cambalaches se salvará del horno del olvido.

Nota. Cuando se nace en Montevideo a los nueve años es innegable que, desde la playa Malvín y en el mes de febrero, el islote de las gaviotas recuerda a Ávalon y a If, a Barataria e Ítaca y Mompracem… Mompracem!!!

Signo pez en una tela de J. Torres-García

Fue por el año 1985 que me instalé por primera vez en Barcelona; se cerraba una etapa del país conmigo adentro y comenzaba algo que forzosamente sería diferente. Había ganado un premio literario que sentí como regalo de los dioses, acompañando lo acuciante de algún semestre sabático mirando los restos del naufragio. Las razones de Barcelona relevan del misterio, puede que el puerto… el antojo de probar el arroz negro de Casa Leopoldo -baluarte gastronómico de Pepe Carvalho- en el Carrer de Sant Rafael. Por los amigos debió de ser Madrid y por los ancestros paternos el país vasco; mirando por el espejo retrovisor, había razones editoriales: la semiótica de la escuela de Barcelona vehiculada por editorial GG y la cálida recepción de Miguel de Moragas Spa en la Autónoma de Bellaterra. Los personajes ficticios de “Los mares del Sur”, “Los pájaros de Bangkok” y “La verdad sobre el caso Savolta”. En los primeros meses estando allá se editaron en Barcelona dos obras mayores, “El pianista” y “La ciudad de los prodigios” que para mí era Montevideo. Ello confirmó mi corazonada y entusiasmo sobre la elección de meses atrás, sin imaginar que terminaría conociendo a Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalván.

Tragedia y Comedia eran pues las facetas de todo alejamiento y el descubrimiento de otra manera de estar en el gran teatro del mundo. Fue una expedición que orientó un cambio de las placas tectónicas e hizo aflorar la angustia de las vidas breves. La trama constructiva para juntar esos fragmentos de vivencia a la intemperie, lo hallé en el estudio de la obra teórica de Joaquín Torres-García y tuve la fortuna de estar una tardecita en el patio de los naranjos de la Generalitat, cerca de los frescos del maestro sobre la Cataluña Eterna. Había también en ello la ironía pensando no sólo en la tarea universitaria sino en la ficción; no había producción profusa detrás, el lastro narrativo era penosamente liviano y el ecosistema universitario recuperado me hacía feliz. Bien pude haber decidido abandonar las ficciones; de hecho lo hice por una temporada, como si supiera que la hora venía atrasada en los relojes blandos.

Hasta que alguna mañana bien temprano, cuando comienza el movimiento de la ciudad mirada desde la terraza del café Zúrich, integré que estaba hasta el cogote en el tríptico Stephan Dedalus: silencio, exilio y astucia. El silencio, porque sólo tenía conversación con gente nueva sin pasado común y los diálogos minimalistas ocurrían en museos o cafeterías de las bibliotecas. El exilio -con la fortuna de ser voluntario- queriendo saber cómo era eso de vivir en una ciudad otra sin conocer a nadie, con medios limitados de financiación y una vida en suspenso, que me aguardaba en el sur porque había comprado un pasaje con vuelta. La astucia en fin, para solucionar problemas del cotidiano, llenar las horas, descubrir rincones del barrio gótico con empatía, intentar transcribir experiencias sensoriales y emotivas en relatos. Aprovechar que estaba en una ciudad literaria y trabajaba cerca de la Librería Tartessos, donde asistí a lecturas del poeta Jaime Gil de Biedma. Era el barrio de Alberto Rosell y de Onofre Bouvila y el cuento sobre el PEZ de J. T-G pasea mis personajes por esos callejones en plan maqueta. Después cierto deslumbramiento que fui asumiendo, negociar con la idea lacerante de que debía haber viajado diez años antes y el susto de que nunca pude haber vivido a pocas cuadras de la Sagrada Familia, responder a la pregunta ¿qué hago con esto? Había la experiencia de lo extraño y la simultaneidad, al dolor colectivo del sur correspondía la felicidad recuperada del norte después del destape. La riesgosa prueba de confrontar la propia amnesia con otras memorias que saben poca cosa del virreinato del Rio de la Plata. De a poco se asiste al olvido contrariado y la muerte operando contra las energías regenerativas; estaba rondando la experiencia artística, una suerte de mandato con el imperativo de aunar lo vivido y lo que adviene, oponer a la oscuridad persistente un Ideal solar a la manera que busco Torres-García en sus telas. Así fue el relato entre esos orientales narrando frustraciones calladas, el alejamiento del Uruguay por motivos que son diferentes en cada caso como las huellas digitales y forzar -a como dé lugar- la realidad pegajosa con la testarudez de la literatura: la idea mágica en toda sociedad de que un solo signo puede contar la historia con mosaicos. Siempre y cuando estemos dispuestos a leer el pasado como una gramática visual y queramos conocer los capítulos previos de nuestra novela colectiva.

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

El Astillero es la sección dentro del sitio donde van avanzando los proyectos en proceso, un dominio del estado textual intermedio entre manuscrito y el libro hipotético. En los primeros meses de La Coquette, el proyecto “Gracchus” resultó ser el ensayo que abrió la partida por razones de actualidad de lecturas y afectivas. El Astillero tiene dos secciones: a) el texto visible (la escritura en proceso) y b) una redacción en paralelo comentando los contenidos agregados en cada entrega (diario de la obra). Luego de unos seis meses de trabajo y habiendo terminado el ensayo -a la espera del próximo sobre Felisberto Hernández que comienza este mes- los materiales se movieron. Las notas anexas fueron desplazadas a la sección Archivos donde pueden ser consulados si fuera necesario; el texto principal fue integrado a Los ríos ficticios pues el expediente explora el planeta kafkiano con perspectiva de narrador. Esas apostillas referidas (de alguna manera forman parte del libro) y un índice interno razonado de los contenidos, hacen innecesario el agregado de comentarios redundantes en esta presentación; quizá sean suficientes unas pocas líneas para quien inicia la lectura por esta entrada liminar.

Gracchus fue un cazador de la Selva Negra de los primeros siglos de nuestro conteo de la historia. Yendo tras una presa en la montaña tiene un accidente, muere y no muere del todo: esa ambigüedad del cazador de Schrödinger es lo que funda la leyenda. El relato popular destilado por el tiempo, es que acaso bifurcó yendo hacia la muerte y partiendo de ese error de bitácora, entabla un diálogo a distancia con el mito de judío errante. Gracchus parece condenado o destinado a un purgatorio marino -las razones de esa escatología con mástil y el fin del periplo suspendido permanecen flotando en las especulaciones-, un viaje que resulta infinito en una barca poniendo proa a todos los atracaderos del mundo. Kafka retiene esa historia y se interesa por sus promesas narrativas, Kafka escribe una frases en su diari y luego un relato de cuando la barca de Gracchus visita Riva, siendo recibido con la pompa funerario de un personaje de su extraña condición, ciudad por la cual el autor paso en su viaje italiano. Yo tomé el episodio (el relato tiene su propia historia secreta) por metonimia, circunvalando a Gregorio Samsa, el señor K, un ingeniero de castillo y otros personajes excéntricos, como el simio del Informe para una Academia o Josefina la cantora. Aposté a que Gracchus podía ser el Simug de Kafka, un pájaro literario fantástico volando entre todos y siendo también los manuscritos de Kafka. En algún momento accidental y ficticio la barca de Kafka amarró en Montevideo, que es mi ciudad natal. Ello sería la metáfora utilitaria del encuentro fortuito de un estudiante uruguayo de literatura con la obra del praguense; divagando sobre cómo la noticia del cazador rezagado, ilumina, crea y transfigura el mito con más incidencia de la literatura occidental moderna, sabiendo que el viaje continuará más allá del Siglo XXI.

Pequeña narración con vuelta de tuerca

Hace cuarenta años dudaba del sentido preciso de la expresión “otra vuelta de tuerca” y la situación tampoco mejoró desde entonces; como en mis planes inmediatos no está traducir la novela de Henry James, reivindico el antiguo significado. Que suma una variante factual sorprendente en los últimos tramos de la intriga, un factor exógeno alterando una situación dramática estática y tal vez un final previsible. Si ello puede aplicarse al cuento este recuperado en cuanto a estrategia de escritura, es también artificio cómplice para una dupla escritor / lector que tengan en alta estima los protocolos de Horacio Quiroga. Después de todos estos años me parece que trataba de la situación de los límites. Entre la lectura del país que fuimos (algo en el pasado nos preparaba / mucho en el presente indica que nunca saldremos de la encerrona) debida a protagonistas e historiadores más afectados por la subjetividad que por la herencia de Heródoto; entre negadores a rajatabla de lo acontecido feroz escuchando a Marilyn Manson, creyendo -aun pasados los 50 abriles, con panza de birra y en playa Pascual- que el secreto de la existencia estaba en el encuentro pasional de Nancy y Sid. Para caminar por esa ruta 66 cubierta de macadán caliente yo me evadía al tercer reino literario, teniendo presente el título de Bergamín “Las fronteras infernales de la poesía”.

Más que como retórica, esa argucia limítrofe la utilizaba con finalidades pedagógicas para reflexiones sobre el fin de la juventud, el cruce inadvertido al alcoholismo, el tercer paso en la locura sin retorno o esa extraña sensación de mirar el mundo dejado otras una vez instalado en la literatura. Las fechas y los atentados, las masacres y el exilio, la prisión y la muerte, las puertas de la percepción lsd con jinetes en el cielo, la depresión con picaporte y zaguanes del infierno tan temido, la emoción de la famosa línea o raya siempre evocada al pasarla. Ahora, más de tres décadas después de los hechos, leyendo el cuento, observo que se trataba de marcar territorios: un autor es un perro vagabundo que mea; se podría decir que pretendí narrar una astucia programada, pero es por encima fue la extensión de las limitaciones. Sólo puede resultar satisfactorio el intento, si se resuelve bien en la escritura e incorpora otros requisitos del cuento. Además de la mentada vuelta de tuerca (que parece el clásico deux ex machina versión revolución industrial de Ferretería Trabucatti) y que requieren otras estrías del tornillo; considerar si el propio relato se inscribe en una caja más grande de herramientas, donde además de tuercas hay clavos torcidos y tenazas, martillos de diverso calibre, serruchos y arandelas, destornilladores punta phillips. Como todo límite, la partida se juega quizá entre la tentación y el temor de estar de uno u otro lado del tablero, de la escena iluminada, del cuerpo desnudo de la mujer deseada y del calabozo en el penal.

Cada lector durante o pasada la lectura, le pondría el nombre que se le cante al adentro y el afuera, relevará la lista de sus propioas amigos del alma, pensara en la carga de esquizofrenia y delirio que recorre su árbol genealógico, la ruleta de las generaciones venideras. Está pues la escenografía del sainete en barrios montevideanos, el cuadro social nosocomial donde se concreta la diferencia entre lo normal y la anomalía; luego el pacto escrito con tinta invisible entre amigos que visitamos y otros que se marcharon a Barcelona, que admite cierta flexibilidad piantada de valores o ironía, porque muchas veces, sin que intervenga la voluntad, podemos estar a un lado y otro de la barrera. Cuando recuerdo la fecha y la circunstancias en que ese relato circuló por primera vez, hay algo de la mentada inquietante extrañeza. El estar explorando en solitario entre el afuera y el adentro del territorio de la ficción, avanzando en el laberinto de los posibles que tiene el secreto -al igual que en “La piedra lunar”- escondido en las arenas movedizas.