El submarino Peral

En este relato que tiene un ritmo andante se sublima la poética Ducasse de los encuentros fortuitos; la historia es la trama entretejida de varias casualidades y el argumento una persistencia basada en hechos reales. El Conde de Lautréamont siempre apuntaba a la belleza, pero en el siglo XXI quizá haya que contentarse con un relato que armonice en la escritura memoria con imaginación. Al momento de terminar el libro donde se halla el relato lo titulé igual que el cuento; fue por jerarquía selectiva, considerarlo el átomo central que rige la valencia del conjunto, mandato viniendo desde la infancia o respondiendo a una estrategia que se armó en el progreso del proyecto. Si bien el libro contiene once cuentos, que intentan ex profeso hacer circular diferentes registros, existe un denominador común -el hilo imperceptible del collar de perlas- que es la figura del Ingeniero Isaac Peral y las vicisitudes malogradas de su batiscafo. Estamos tan habituados en imágenes a persecuciones con máquinas transformadas, computadoras sediciosas a la caza de cosmonautas, micro procesadores bajo la piel, barcos, robots, naves espaciales transportando el horror alienígena y la Matrix de lentes negros amenazante, que generalmente olvidamos la historia secreta del inventor; eso que la tradición clásica griega nos dio un buen ejemplo con el viaje de Jason y los Argonautas… aquel barco Argo rumbo al vellocino de oro -cuya mayor característica era la transformación continua pieza a pieza sin dejar de ser él mismo y tener una proa con poderes mágicos- era concepción de Argos, otro más de los tripulantes y oriundo de la ciudad de Tespias. Mis submarinos mutantes fueron impulsados en esta oportunidad más por la imaginación que por el movimiento; el prototipo del ingeniero es un objeto monumento único en su especie, creo que está conservado en el museo Naval de Cartagena, luego de haber pasado algunos años frente al mar en la misma ciudad, en el Paseo de Alfonso XII cerca del puerto Deportivo.

Para mi inmersión El Submarino Peral era un bar subrepticio que había -y dicen que ahora renovado- en la ciudad de Montevideo; en el cuento si bien hago referencias a ese emplazamiento, igual puedo recordar las circunstancias de aquel descubrimiento. Hasta que me fui del barrio viví en 8 de Octubre y Marcos Sastre; a veces consulto en Google maps el paisaje, me cuesta reconocerlo pasadas sus transfiguraciones y comenzando por la puerta de la casa familiar. Si declinamos los tópicos de la infancia y el Paraíso perdido, la zona era centro periférico donde se condensaba lo necesario para la existencia. Ahí terminaban la primera gran etapa los ómnibus venidos de la Aduana y la Plaza Independencia que luego bifurcaban para el lado de Veracierto, Cuchilla Grande, Gerónimo Piccioli o seguían por camino Maldonado -después de la calle Pirineos- siendo Libia la estación más próxima y la terminal más lejana Villa García en el kilómetro 21. Era un centro donde había mercerías y ferreterías, dos farmacias, fábrica de pastas, papelería, carnicería, peluquería de caballeros y salones de belleza, fábrica de pinturas Pajarito, agencias de quinielas, sucursales bancarias, almacenes al por mayor precursores de supermercados, panaderías con horno en la trastienda y la curva izquierda hacia el Hipódromo de Maroñas. Shopping informal con vista a la calle de varias cuadras, con fábricas textiles en las inmediaciones trabajando en tres turnos de ocho horas, juzgado de Paz, el cine Broadway para la educación en pantalla Cinemascope y parada de taxis en la misma cuadra. Como en un pueblo del lejano oeste había unos nueve bares en la extensión de cinco cuadras de la calle principal y acaso nos faltaba un fuerte apache, el astillero de río que debí buscar en los libros. Durante los años cincuenta a los niños de túnica y moña azul los cuidaba el barrio y puedo decir que frecuenté todos los bares en diferentes circunstancias; con padre tomando el aperitivo en el Bada, luego en incursiones solitarias para ver tele o fabricar recuerdos de cada mostrador, ya de pantalón largo en charlas con Miguel Itorburu y Eduardo Orrico. La utilidad del circuito autosuficiente duró hasta los doce o trece años; ahí hubo que subir al transporte colectivo para ir al Liceo 14 en 8 de octubre y Propios, donde estaba el Bar San Antonio que se portó de maravilla durante los años de secundaria, donde Alejandro Paternain en generosas tertulias me enseñó la parte fuera de programa de la literatura.

El Submarino Peral era un bar que veía desde el ómnibus 111 cuando en verano mi madre me llevaba a la playa Malvin. En condiciones casi freudianas y el nombre enigmático eran suficientes para instalar un territorio misterioso de la memoria, cerca del mar con las patitas allí donde rompen las olas, sin imaginar por entonces que tendría derivaciones literarias. Es cierto aquello de Proust encendiendo procesos evocadores tras el tiempo perdiendo partiendo de un detalle; hay vivencias que permanecen en latencia sentimental durante décadas y cuarenta años después una madalena -aquí con la forma de entrada “Peral” del Espasa Calpe en la biblioteca universitaria de Grenoble- hallada por azar enciende la central hidroeléctrica creativa. Luego comienzo el efecto dominó y todo el libro se pone al servicio del malogrado ingeniero, del artefacto de las profundidades y la estética melancólica de los bares de la infancia. Lo demás está contado en el cuento y es una historia de mosaicos, de grifería para reformar el baño de arriba de la casa materna, de una barraca que estaba emplazada cerca de un recuerdo que se ignoraba y las ganas de beber una cerveza. Fue descubrir que para emprender un viaje por el tiempo quizá es más pertinente tomar el atajo de las aguas profundas, el viejo océano donde al parecer comienza todo. Hasta puede que algunas naves que llegaron a Troya – omitidas por el minucioso catálogo homérico- partieron de la playa Malvín y frente a la pizzería Rodelú cerca del aerocarril, teniendo como horizonte la isla de las gaviotas.

Lefaucheux VII y último

-Hagan lo que se les cante. Si quieren darle más vueltas al asunto es cuestión de ustedes, lo que es yo me voy a dormir y por lo visto sola, les dijo Laura cuando llegaron a la casa al ver que sus hombres continuaban la absurda y acalorada discusión.

Lejos de esgrimir una amenaza la muchacha estaba cansada de verdad. Había preparado material para el día del después y debió soportar la excitación -a su parecer inmoderada- que había provocado el recital de Estrellita y la intempestiva interrupción de Federico. Para la flaca Laura eso era cosa de chiquilines; la fastidiaba hasta el despecho que sus queridos, como si no tuvieran suficiente con lo tramado en el boliche del Pato, quisieran permanecer despiertos. Estaba celosa por la postergación del sensualismo. 

Federico lanzado en la continuidad de la noche en blanco comenzó a preparar el mate, dijo que por un rato y antes de seguir con la conjura quería quedarse solo para pensar, sentado en el patio.

-Raro, esta noche en lo del Pato me vino un ataque de hermano y cuando pasa eso, antes que nada lo mejor es negociar a solas con la aparición, les dijo.

En tales situaciones Federico se ensimismaba y le daba por repasar el álbum de imágenes mentales, el archivo de voces de cuando el hermano estaba con vida. Era su manera de combatir las fuerzas de la muerte arreciando en las horas vividas.

-Te vas a volver loco, le dijo Laura.

Ella aceptaba las debilidades emotivas de Federico, sabiendo que se trataba de recorrer el itinerario complicado del pasado y temía el peligro de las recaídas; que de la nostalgia mateada le diera por pasar a la agresión, que su hombre regresara a estados delirantes que ella le descubrió años atrás cuando se conocieron.

David se preparó un Nescafé cargado y permaneció en el salón del comedor junto a la gran mesa, retocando la nota que cambiaría la historia del pueblo. Buscando fórmulas lapidarias que hicieran innecesaria cualquier réplica, oraciones que por su contundencia gramatical tuvieran el poder del convencimiento sin discusión. 

Tarea difícil de concretar, sin él saberlo David vivía el arrebato de un conspirador bolchevique de principio de siglo. Anarquista iluminando la víspera del atentado espectacular en una representación de El anillo de los Nibelungos, en la penumbra del Liceu de Barcelona y que abriría las puertas de un universo ácrata. El sobrino del Pato estaba con predisposición a acciones cósmicas, la exageración de propósitos era una manera teatral de defenderse, marear la perdiz, escapar por la tangente, negándose a admitir las secuelas brutales que tendrían hoy mismo las acciones de la redacción de Lafoucheaux.

La cafeína en lata venida del Brasil como la perdición sexual caída sobre el Banda, tenía efectos de disparador de ideas para David, acelerador de acciones a cada una más alocada que la anterior. Fue así que luego de la segunda taza de café instantáneo, concilió la acción futura de los involucrados con eventualidades de gestos absolutos. Sin medir las consecuencias de interrumpir los accesos del ataque de Ramiro en su amigo, David salió al patio llamado por el destino. 

Fue en ese momento un alucinado que acaba de recibir otra anunciación desbaratando por efecto irracional su condición de ateo. Afuera se escuchaban pájaros despertándose en las ramas secretas desperezando sus cuerdas vocales, estaba instalada la fresca agradable de las primeras horas del día. 

David avanzaba agitando en una mano el documento resultante del éxtasis y él que debía estar satisfecho luego de tantas horas de meditación, era un hombre decepcionado. A su entender había que empezar de nuevo, por rumbos más osados e innovadores.

-Fede, esto es caquita. Muy poco en relación a lo que está en juego, dijo David, y parecía tener la respuesta a la nueva circunstancia.

-Hermano David –dijo Federico- le agradezco su interés, considero que lo mejor es que dejemos eso para discutirlo más tarde.

El hermano David embebido en café instantáneo brasilero insistió y Federico se resignó a escucharlo como quien escucha un cuento por la radio. David olvidó las condiciones anormales de la situación donde estaban metidos, había perdido el sentido de las circunstancias y el significado sociopolítico de los protagonistas reales del episodio; andaba impregnado por una variante festiva del disparate, la del elegido que luego de la revelación de otra anunciación y convertido de facto a la secta que había detestado por años, descubre la realidad del mundo tal como se lo imagina. 

El impuro silencio matinal, ese lugar del mundo llamado patio de la casona familiar de la flaca Laura en el barrio Las Manzanas, la hora inapropiada para embarcarse en tales discusiones, el cortocircuito de los pensamientos rociados de mate y Nescafé batido hicieron el resto. Arrastrándolos fuera de la realidad, como si montados en una bala de calibre identidades, los muchachos se hubieran disparado a otra historia paralela, que sin ser de ellos buscaba persistir, pertenecía a otros muchachos y deseaba repetirse.

-Estás enfermo hermano, le dijo Federico a David después de haberlo escuchado con atención.

La nueva ocurrencia de David consistía en agregarle un desafío de honor a la proclama pública y poética. Había que desafiar a Carve a un duelo a primera sangre, ver si era capaz de defenderse solito sin el respaldo del batallón de amigotes, indagar si tenía una pisca de honor en su alma podrida. 

De ninguna manera se trataba de una práctica anacrónica; muy por el contrario, la institución del duelo estaba incrustado en la mentalidad de los uruguayos y la familia Batlle era un ejemplo por demás respetable. Más que la libertad lo que habíamos perdido en la ruta era el honor y había una sola manera de recuperarlo, decía David. 

En el ámbito de las personalidades al hablar del flaco Carve degradó su condición de fascista, afirmaba que había que demostrarle al pueblo que se trataba de un gallina. David excluyó cualquier otra interpretación del universo, la historia era un preámbulo que conducía al duelo inexorable. Podía parecer una idea disparatada y esa mañana en ese patio del barrio Las Manzanas, algo terrible buscaba la coincidencia para manifestarse. Como cuando cada cientos de años luz dos constelaciones se acoplan en el firmamento; poco a poco decreció la fe de Federico en el rechazo del proyecto de David, bajó su indignación por lo absurdo del procedimiento romántico ante una situación que requería respuestas políticas; o la huida, que él pensaba emprender cuando el cargoso del hermano David se fuera de una buena vez a dormir. 

Federico cedía porque en algún lugar estaba escrito que lo haría. Era cierto que la perspectiva de humillar al flaco Carve le llegó como un mensaje espectral, mientras estaba recordando a Ramiro silbando El Aeroplano y caminando alrededor de la mesa de billar del boliche del Pato. En algún lugar del corazón fraternal de Federico había un rinconcito para cobijar la tontería del duelo; perfume de reivindicación familiar, venganza tardía por el hermano asesinado a golpes, revancha de sus propias manos temblando de frío cuando despertaba de las borracheras en el medio del campo, y allí sólo hallaba el alivio de reconciliación con el odio en un gesto más adecuado para el siglo pasado.

El regusto del mate le despertó el póquer de la lucidez, saberse desplazado de la vida y de que en pocas horas sería un fugitivo de la vida. Había que entender de una vez por todas: el dolor colectivo del pueblo tenía el sabor de durar una eternidad, saber que Ramiro no volvería a la carambola de la vida y estaba pasando las últimas horas con Laura y David. Federico había dado su aporte con los muertos y gestos marginales como el de ayer de tarde.

David venía ahora a sumarse al disparate, si lo de Federico fue el derecho a ejercer la libre opinión sobre la poesía, el desafío de David respondería a una pasión casual por la mentada poetisa y madre de los hijos del flaco Carve. David argumentaba que dada la coyuntura afectiva compartida desde hace tres veranos, muy bien podían compartir la misma debilidad por Estrellita; había que tener cuidado con las reacciones imprevisibles de la flaca, que aunque lo disimulaba era mujer celosa.

Federico escuchaba, llegó a pensar que David además del sobrino del Pato era un ángel vengador venido al pueblo con una misión divina. Ello explicaría la docilidad con la que tres veranos atrás, reaccionó ante su llegada al grupo y aceptó que se instalara no entre la flaca y él sino junto a ellos, situación impensable con cualquier otro tipo. David les acercó la alegría complicada y una curiosa tranquilidad de espíritu, su presencia alejó rencores y a Federico le posibilitó amar a la flaca de manera diferente, más intensa y perdurable. Capaz pensó Federico, que el muchacho que decía llamarse David era portador de una tarea sagrada, misión que a él por su cortedad mental se le escapaba. 

La flaca Laura entendió desde el primer encuentro y por ello decidió tenerlo cerca de la pareja; alguien designado para destinos superiores cuando él se fuera para siempre del pueblo. Sólo un ángel vengador podía estar hablando así como lo hacía David en esos momentos, dando soluciones de otro siglo muerto a un problema que tenía la urgencia del ahora. Si fue posible el espectro suave de Ramiro todo era probable, por qué no el hermano David abatiendo, en otro amanecer con bruma entre los árboles a veinte pasos de distancia, la soberbia denigrante del escribano Carve y que sólo la muerte podría arrancarla de la faz de la tierra.

Los minutos pasaban y Federico se dejaba arrastrar por un destino incomprensible. Ante cada iniciativa de David, que parecía ser secuela de semanas de planificación solitaria y no la ebullición de una noche de copas, era incapaz de oponer ni una minúscula resistencia. Al rato, en su espíritu había una sola cosa que podría hacerlo desistir de su determinación de marcharse, era asumir la condición de padrino de armas de David en el campo de honor. Lo aprobaba y fue lejos en la condescendencia, dijo que sí a la persistencia del duelo, los términos justificando el desafío y las fechas manejadas por David; dijo que sí a la práctica necesaria con el revólver viejo del finado abuelo de la flaca Laura, haciendo verosímil el giro que tomaba la historia de las horas, arma que estaba en algún lugar de la casa y que David se puso a buscar con la obsesión visual de un suicida. 

En su poner la casa patas para arriba David despertó a la flaca que, fastidiada por la interrupción del sueño les dijo que ella salía a hacer los mandados pues estaban insoportables. Antes se daría un buen baño para lavar el desagradable agravio de que esa noche la hayan dejado sola en la cama.

Cuando David regresó al patio con la antigüedad Fede tampoco pudo negarse a la manipulación, ni evitar que la bala –que estaría dormida en la recámara del revólver hacía un siglo aguardando esa circunstancia- saliera disparada con una explosión de pólvora ridícula, cohete para quemar el judas, triquitraca para asustar en verano muchachas que pasan distraídas por la vereda. De tapón de botella de sidra El Gaitero, de ruido tonto para espantar amadas inmersas en la bañera pasándose una esponja por el ombligo; reacción sin mucha potencia y suficiente para desenganchar del casquillo una bola de plomo opaca, lanzarla a velocidad creciente por estrías del caño de un revólver de museo y trazar una imaginaria línea caliente, como lo haría un escarabajo de oro y que se metió por el ojo izquierdo del ángel David, del hermano David que cayó muerto de brazos abiertos.

Defensor desconocido en barricadas de la Comuna, cazador carente de experiencia con el otro ojo abierto y la proclama de desafío en la mano; cayó en la pirueta mimada de un futuro duelo que nunca tendría lugar y así formular un enigma de tragicomedia, de física aplicada a la balística, de mecánica humana, del azar geométrico que ningún lógico en sus cabales podría deducir sin rabiar por la mierda de algunas circunstancias de la vida. Como esas carambolas sublimes, que se arman de pedo sobre los paños carcomidos de billares olvidados, que hay todavía según cuentan en los boliches de campaña.

Un sueño Oriental

Durante este año 2023 se acentuarán las secuelas en la memoria colectiva del período dictatorial que vivió el Uruguay; se recordarán hechos y protagonistas, episodios sonados, tributos de cada bando, cuentas pendientes y su importancia determinantes en itinerarios individuales: los que no habían nacido, quienes murieron en este medio siglo, los que están lejos, tirios y troyanos envejeciendo. A veces hasta se puede especular sobre la vida que nos habría tocado a quienes estuvimos en el país cuando aquellos años, si las cosas hubieran sido distintas, si, si… etc. etc. Además de circunstancias propias -caramba y lástima, la vida es una herida absurda- el país se vio arrastrado por circunstancias continentales, formas de protesta sindicales y estudiantiles, formación política de frentes populares, creación de grupos revolucionarios emulando el ejemplo cubano, radicalización de mentalidades reaccionarias, coordinación continental viniendo del norte, protagonismo de las fuerzas armadas con diploma de la escuela de las américas en Panamá. El país dejó de ser lo que era, fue otra cosa de lo que se quería y había que adaptarse a esa circunstancia si es que surgía otra oportunidad. Mirando hacia el pasado la sensación de lo mutante, de ser intrusos del tiempo o considerar el sarcasmo de las resultantes es inevitable. Varias generaciones de periodistas, sociólogos e historiadores, así como cronistas del testimonio se han ido encargando en abundancia del asunto. Más que influir sobre la literatura, lo vivido fue trágico y basta recordar a Ibero Gutiérrez, Onetti o Nelson Marra para entender la violencia del durante. Cuando se recuperó una institucionalizada renga, las aguas bajaron turbias, dejando detritus, muertos insepultos, resacas varias y ello se leía en la producción, el itinerario aleatorio de poetas, dramaturgos y narradores. Difícil escapar al bucle de las transfiguraciones que llevan al proceso penal de los mandos militares, a la aporía de los desaparecidos, al rehén que se volvió comandante en jefe de las fuerzas armadas o ex lo que fuera compartiendo asados cordiales los primeros de mayo, trasmitimos por la televisión pública, con el embajador del imperialismo que sería derrotado en las cuchillas: sic transit gloria mundi Para muchos se volvió obsesión hasta volverse el único sentido de la producción por escrito, hubo estrategias radicales del corte y la fuga punk no futur, también lo que llamaría la contaminación duradera, como si hubiera necesariamente que pasar por esas cuestiones antes de intentar otros caminos.

Después la gente fue saliendo como pudo de las aguas estancadas; “Un sueño Oriental” fue en su momento un intento de encajar los estigma de lo que persiste -en este caso el de muchachas desmaterializadas, martirizados, que algunas fueron compañeras de estudios- sin la osadía del testimonio que ya era profuso. Veía cada semana transcurrida que las historias más dolorosas eran arrastradas por cierta amnesia colectiva, la fuerza del destino, la expectativa en pantalones cortos de recuperar viejos laureles cuando juega la celeste, el asombro casi infantil mientras las murgas deslumbrantes de vestuario suben cada febrero al escenario del teatro de verano del parque Rodó, por las ganas de olvidar. Había una violencia menos tangible del taller del trabajo, un convencimiento puede que equivocado que había que buscar la mirada espejada -como en el mito de la Gorgona ante Teseo según lo evocó Calvino- para evitar la petrificación, y tener la ocasión de llegar al relato que persiste por los atajos. De ahí ese intento de elipse tentada y sugerencia o parábola, de tratar esa forma de inmortalidad que es la desaparición en el marco del cementerio del Buceo (nuestro cementerio marino) que fue mi primer cementerio para visitar el nicho donde estaba enterrado abuelo Emilio. Las desaparecidas se instalan en una transparencia de purgatorio, suspensión, medio camino interrumpido, algo sin terminar generando la angustia de cosas pendientes, parientes cercanos sobrevivientes conviven en un limbo porque -como dice el tango- sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. Acentuando el paisaje a lo metafísico que se interroga sobre lo que fue, el famoso ubi sunt -mais où son les neiges d’ antan?- recurrí a una imagen fílmica de la película “Vivir” escena de sufrimiento del adulto en un parque infantil bajo la lluvia, que me quedo grabada, siendo la escena cero del relato -que seguro vi en días pioneros de la filmoteca del Canal 5 Sodre- del hombre confrontado no a la muerte que viene por nosotros para desafiarnos a una partida de ajedrez, sino que está incrustada en nuestro cuerpo y en tanto pensamos en ella, sigue labrando la zapa con el resultado inexorable. Con la diferencia que aquí el cáncer que desata la metástasis es una muchacha cercana que puede ser hija o hermana, prima o algo parecido. Entrar al cementerio del Buceo era para mí, al final de los años cincuenta del siglo pasado, descender al Hades criollo, al laberíntico mundo de los muertos, sin saber qué preguntarles si se manifestaban. Aprender a hablar con los espectros es algo que lleva toda una vida, y cuando uno cree por fin dominar los códigos comunes, viene a nuestro encuentro el final del romance: -Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida.

Muerte del malevo uruguayo

-Es plata regalada había dicho con acento de desprecio el encargado del Frigorífico, representante del poder entre las sombras congeladas que Bocage nunca conoció ni pudo imaginar.

En su laburo era así, el tal Bocage desconfiaba de la verdadera razón para citarlo tan temprano, a eso de las seis de la mañana al aire libre y en pleno invierno en un barrio alejado. El Comadreja era demasiado cobarde para haberle hecho una mala jugada, ni tan siquiera una cachada y lo agarró justo a Bocage. Estaba necesitando unos pesos de apuro para desaparecer por una temporada de Montevideo y largarse al norte –Fraile Muerto- a visitar a la hermana. 

«Se juntaron el hambre y las ganas de comer» dijo el Comadreja cuando lo contactó para pasarle el dato, con la esperanza de arañar alguna miserable comisión por el servicio. La cosa parecía seria, discreción ante todo, sin papeles comprometedores ni testimonio escrito de lo pactado, la cosa venía de chamuyo entre gallos y medianoche. «Ha de ser una chanchada de las grandes» pensó Bocage, eso apenas le dijo al Comadreja y que arreglara un primer encuentro para conversar.

La noche previa a la entrevista convenida se quedó en la pieza donde vivía la tipa, no en pensiones del centro donde los encargados son informantes de la policía sino en lo de la tipa mismo, allá por el Pantanoso. «Con esta noche nadie vendrá por estos andurriales a pedir documentos» se dijo Bocage y con razón. Al principio sí pudo, después de las dos ni mal pudo dormir y se quedo esperando que llegara la hora. A las cinco era noche cerrada, el cielo estaba de un color negro acerado y el lucero brillaba como solitario de bacana en palco del  teatro Solís. Bocage se lavó la cara, el cuello y las axilas sin parar de hacer ruido con la boca para aguantar el frío que pegaba fuerte. Si todo marchaba bien dentro de tres horas quedaría libre y podría dormir hasta pasado el mediodía. El primer contacto sería en la entrada de una panadería que quedaba a quince cuadras de donde vivía la tipa. «Allí te pasan a buscar a un cuarto para las seis. Eso si, se recomienda puntualidad» dijo el Comadreja como buen mensajero, tres días antes. 

Bocage terminó de vestirse, cruzó el patio sin hacer ruido y terminó por salir a la calle. «Mala hora para caer en cana por averiguaciones» se dijo el hombre. miró para todos lados sin ver ningún movimiento en los alrededores. Esa parte del barrio más que parecer era una ciudad abandonada después del anuncio de una peste mortífera y dos perros insomnes mantenían un diálogo educado de ladridos alternados, parodia de conversación sobre temas trascendentes. Una vez relojeado el panorama el hombre emprendió la marcha hacia el punto de encuentro, andando debió admitir que después de meses complicados se sentía bien por primera vez. Despejado, él creía estar encaminado hacia otra vida mejor como sucedía cada vez que se involucraba en algún fato nuevo. Lo que hacía era avanzar sonámbulo hacia su desgracia. En esos casos Bocage recordaba las casualidades que le ordenaron la vida sin que hubiera intervenido su voluntad; se interrogaba cómo y por qué él pasó de remontar cometas en campitos donde pastaban caballos de lechero a ser uno de los tipos más buscados por la policía en el sur del Uruguay. El chiche obsesivo del comisario Cedrés y que la última vez que se cruzaron se la juró. 

Le resultó sencillo, primero la convicción luminosa de que odiaba trabajar para otro. Vio de cerca deslomarse a hombres de bien de la familia bajo la idea que eso era ganarse la vida, de ahí la cascada de los acontecimientos: billares apostando por cerveza, monte por el aperitivo, garitos y timbas, amaños varios, puntos a desplumar como chorlitos, indagación de martingalas infalibles, naipes marcados leídos con las yemas, fullerías de todo tipo, combinaciones jodidas de todos los colores. Así hasta que llega siempre aquella noche entre todas las noches cuando un fulano se aviva de la joda montada y se calienta, se pone cargoso con razón y Bocage, que hasta entonces lo único que hacía con la manos era barajar el mazo a su conveniencia, lo dejó seco de una puñalada como si lo hubiera hecho toda la vida eso de ensartar cristianos. 

Hubo sorpresa sin remordimiento, el aturdimiento fue acompañado de una callada satisfacción y encuentro sorprendente con una vocación ignorada. Después fueron llegando la ausencia de emoción, la indiferencia por los muertos sumados y haciendo del pibe que remontaba cometas entre caballos algo parecido a un profesional. La relación era clara hasta para un muchacho humilde: matar sin motivo personal daba más plata fresca que la baraja. Bocage se hacía el clásico cuento, decía que era el arma utilizada y apenas, el verdadero crimen lo cometían los que pagaban batiendo el encargo sin olvidar detalles de la víctima. Lo que él nunca imaginó, fue que había en esa ciudad algo pachorrienta y aspecto de inmenso jardín tanta gente deseosa de suprimir al prójimo mediante métodos violentos y también a la prójima. Bocage se volvió lo que de él se contaba: asesino a sueldo, artesano independiente que nada preguntaba sobre los designados evitando mezclar afectos con trabajo. 

Cada muerto era una parte de su vida que se apagaba, otro camino al que debía renunciar viéndose obligado a seguir adelante sin volverse, como en esa precisa noche avanzaba por la calle precisa del suburbio, última recta rumbo a la panadería. Había algo de luz en el interior del local, por el portón lateral donde se descargan las bolsas de harina entró un empleado apurado dispuesto a recuperar el atraso que traía. «A esta hora, ha de ser el encargado de preparar la factura» se dijo Bocage. «Si me quedo parado aquí más de tres minutos los de adentro pensarán que soy un campana y son capaces de chumbearme.». El auto que debía sacarlo de esos pensamientos defensivos fue puntual, una mano inmensa y más que alguien concreto abrió la portezuela del lado de la calle.

-Suba, le dijeron y fue una orden.

Bocage subió al automóvil sin decir los buenos días. En esos casos la primera palabra es suficiente para captar el perfume del contrato y donde él jugaba la parte del cáncer necesario. La mayoría de quienes lo contrataban a pesar de la desesperación preferían tener el menor contacto con el profesional; temían que los contagiara y devolviera su escamoteada imagen de criminal. «Con coche de lujo, chofer uniformado y tutti cuanti. Acá hay guita grosa» pensó Bocage y se recostó con toda la espalda en el fondo capitoneado del asiento trasero, justo en el medio dejándose llevar sin pedir explicaciones, con la mano en el fierro por si se trataba de la vendida de algún rencoroso.

El coso que manejaba no era chofer y Bocage lo supo junándolo por el retrovisor; tenía pinta de secretario de pacotilla, a lo máximo hombre de confianza de gabinete o gerencia disfrazado de chofer. Manos delicadas para ser otra cosa, ni pensar en guardaespaldas y por la manera de meter los cambios era claro que estaba contrariado por cumplir una orden de connotación clandestina, distante de las funciones para las que fuera reclutado. Mientras afuera comenzaba a clarear en serio ellos estaban –si es que así podía llamarse- en la zona industrial de la ciudad donde se amontonaban depósitos y fábricas, talleres y galpones inmensos, «matadero de los laburantes» pensó Bocage. El coche enfilaba para el lado de los frigoríficos de los ingleses a menos que luego siguieran más lejos. 

Bocage lo miraba desde el interior, algunos tipos tiritaban de frío en las paradas de ómnibus, apenas abrigados con un saquito de lana remendado fumando el sexto cigarrillo negro del día y con tres cañas en el cuerpo. Los gatos esqueléticos husmeaban en las basuras por si en los tachos de esas calles hubiera quedado algo comestible tirado por error. Una vecina vieja y en chancletas baldeaba la vereda para limpiarla de un aceite engualichado que le vertieron de madrugada frente a la casa. Una tipa que venía de putear hasta tarde caminaba con los zapatos en la mano y los pies inmunes al frío junto a la pared, para que nadie la viera abrir la puerta de calle a esas horas. «Dan ganas de matarse» pensó Bocage. El coche aflojó la velocidad, fue frenando despacio hasta detenerse en la puerta de unos galpones grandes como catedrales del progreso. 

Lo esperaba un tipo de bigotito rubio y finito, con lentes de montura de oro que le daban aspecto de estar en otro lugar, llevaba puesta una túnica blanca inmaculada planchada con esmero milimétrico. Aquello podía ser la entrada de un manicomio; era algo diferente y Bocage lo supo cuando bajó del auto. Antes de darle la mano al rubio que sonreía –a esa hora sintió el olor nauseabundo de la sangre amontonada- oyó bien cerca el ruido estridente de las sierras trabajando el hueso y el mugido desesperado de las bestias cuando van al matadero.

-Me llamo Doyle y mi castellano tiene acento inglés. Acompáñeme por favor, es hora de la inspección matinal.

En la puerta principal y grabado en una placa de bronce estaba el nombre del frigorífico. «Recibimiento curioso y efectista» se dijo Bocage. La recorrida prevista por el inglés consistía en el proceso de la faena. «Es para probarme mediante la provocación, hacerme saber que a él la vida de un hombre le importa un sorete. Tiene apariencia de pastor, pero el inglés es hombre duro. El asunto que vamos a conversar no es de concha». Doyle, si es que era ese su verdadero nombre parecía un hombre de modales medidos y sin prisas. Había calculado el encuentro con Bocage con la misma frialdad con que recortaría jornales de obreras de empaquetado, el viaje de cuartos traseros en cámaras frigoríficas hasta los depósitos en los muelles de Liverpool. «Pobre tipo el que algún día le disputó el puesto» pensó Bocage cuando empezaron el paseo, sin omitir detalle Doyle fue contándole a Bocage el proceso de la faena y como si el tiempo insumido fuera lo de menos.

Distrayendo asco y repugnancia de neófito, Bocage vio el marronazo entre las guampas y siguió los cuchillos del matarife entrando en el animal abombado todavía con vida; luego vio cuando lo cuelgan del gancho, lo abren en canal, vacían las vísceras en un torrente de sangre y mierda y sacan el cuero de la bestia que parpadeaba. «La ganadería es el fundamento de la riqueza patria. El nuestro es un país cuyo mayor patrimonio son las carnicerías y nadie parece admitirlo», pensó Bocage con razonamiento de escolar informado. Lo impresionó la cantidad de obreros trabajando, era curioso ver a esos padres de familia degollando animales a razón de diez horas por día. «Un día se retoban y lo cuelgan al inglés de un gancho». Buscando soportar con dignidad el cursillo que le dictaba Doyle con ejemplos eficaces, miraba la actividad de los operarios, sobre todo los brazos, era preferible a fijar la vista en la inmundicia palpitante del piso. Había la parte hormigonada y en el resto de la superficie la sangre fluía en abundancia mezclándose con barro bordó, mierda vegetariana. La sangre fresca y colorada se filtraba hasta el centro de la tierra, lo desconcentró uno de los obreros que, sin botas y en patas chapaleaba sobre eso ensayando la danza de su infierno. Hacia lo que parecía el final del recorrido premeditado y una vez dejada atrás el asco del realismo, ellos pasaron por la parte frigorífica y que su pulcritud hacía acordar a un gimnasio. 

Las formas embolsadas y prontas para entrar en cámaras de congelamiento tenían aspecto más humano. El amontonamiento, la orgía de matanza tachonada de vísceras oscuras pertenecía al pasado lejano, un mal recuerdo de Bocage.

-Hay un hombre que molesta, dijo Doyle, como si conociera al uruguayo desde antes.

-Indiscutible condición de la especie, dijo Bocage. Con los novillos y las ovejas la convivencia es más llevadera.

-Por eso hay frigoríficos como el que yo dirijo y hay individuos como usted Bocage. La división del trabajo supongo. Por ahí se dice lo toma o lo deja, y usted ya lo tomó. Lo que necesita saber para llevar a buen término la misión está en un sobre, en el asiento trasero del coche. Si prefiere se lo dejamos allí donde usted pasó la noche.

-En el auto está bien. Usted lo sabe casi todo de mi Doyle. Carajo con la fidelidad del Comadreja… ahora mismo y aprovechando la ausencia se estará cogiendo a mi prima.

-Es asunto de ustedes. Tiene dos semanas de plazo, el hombre está preparando una huelga desproporcionada con lista de reivindicaciones. ¿Conoce Buenos Aires Bocage?

-Algo. Alguna vez me tentaron las luces del centro.

-Mejor así, dijo Doyle. Mañana viaja para allá. Le conseguimos un pasaje en lancha yendo por El Tigre. Modesto y discreto, menos espectacular. En su actual situación se me hace difícil imaginármelo en la Aduana presentando carné de identidad.

-Ahí está en lo cierto.

-¿Necesita saber algo más?

-Poca cosa, respondió Bocage. Nunca me importan las razones siempre y cuando se cumplan ciertas reglas, usted sabe.

-Puede dormir con la conciencia tranquila, dijo Doyle sin ocultar cierta ironía por los pruritos morales de Bocage, pues de eso se trataba. El chofer le dará tres mil pesos como adelanto, el resto lo encontrará siguiendo al pie de la letra las instrucciones que hay en el sobre. Ya vio, se trata de asuntos sindicales. El objetivo de la operación es extranjero y vino al Río de la Plata sin familia, parece sencillo pero igual cuídese.

-Ahá, más que un trabajo es casi un favor que me hace la empresa.

-Es plata regalada, dijo Doyle.

La manera más adecuada de expresar lo que Bocage sentía en esos momentos sería hallar una analogía con el estado de trance; una manera de escapar, deseo de concentrar intención y voluntad en la tarea pactada sin que nada lo distraiga: ni mujeres ni carreras de caballos, tampoco la milonga ni copas de la madrugada. Mientras durara la espera, en el tiempo que iba del arreglo concluido a la eliminación del desconocido Bocage se comportaba como un hombre derecho. Le agradó la idea de marchar a Buenos Aires si bien aparecieron reparos comprensibles; era inevitable un temor provinciano, como si fuera un boxeador canario yendo al Luna Park del bajo porteño a combatir por el título sudamericano contra el crédito local. 

Se tranquilizó considerando que la cobertura del anonimato era una ventaja. Allá tendría que estar más alerta que nunca, el menor descuido podía costarle la vida, del otro lado del charco nadie podría cuidarle las espaldas. Doyle cerró la canilla de información, él estaba para darle una certificación teológica a la eliminación de un individuo que molesta con sacrificio de bueyes incluido; un extranjero en estas tierras, como el inglés, como lo sería Bocage en un par de días. Tal vez Doyle ponía la cara esa mañana por el deseo perverso de conocer al personaje que haría el trabajo sucio por orden de sus patrones. El inglés estaba seguro desde antes de la entrevista, demasiado seguro, dio por descontada la aceptación de Bocage y esa concordancia con cada detalle de su estrategia podía estar en el origen de la sonrisa. 

Eso lo confirmó el malevo uruguayo cuando los movimiento subsiguientes se sucedieron y con precisión que merece ser calificada de matemática. En el auto y sobre el asiento de atrás estaba el sobre; el chofer, sin esperar había dejado el paquete seguro que tirándolo con desdén. Buena guita, demasiada para un simple sindicalista de matadero. Los papeles ni los miró dejándolos para más tarde y total, conociendo al inglés, estaba seguro que estarían por escrito el detalle de horarios, lugares, hábitos, maneras de identificación. En eso Bocage cometió un error considerable: ahora él debía preocuparse por su persona. 

Fue claro, hubo una fuga de información confidencial en su entorno, «el Comadreja y por cien pesos» pensó Bocage y se lo habían hecho saber. ¿Por qué? Lo innegable es que debía estar alerta. El chofer arrancó sin preguntarle nada y regresaba a la esquina donde horas antes lo había recogido a velocidad moderada.

-Vamos para el centro, ordenó Bocage. Ahora tome el bulevar y cuando lleguemos a Agraciada le aviso.

-¿Y eso? preguntó el chofer, desconcertado por el cambio de rumbo que se le imponía.

A Bocage le gustó eso de haberlo desacomodado a ese, seguro y tan atildado. La primera regla del oficio es sorprender al que contrata, la segunda desaparecer por completo y la tercera hacer lo contrario de lo convenido sin perder de vista el objetivo. Romper el centro. El inglés sabía demasiado de un cierto Bocage y ese hombre previsible debería morir por un tiempo.

-Orden de Doyle, mintió; él sabe, me dijo que le dijera.

-No estaba previsto, replicó el chofer queriendo conciliar la atención en el tráfico con miradas furtivas por el espejito, tratando de descubrir el engaño. 

-Haga como quiera, si perdemos un día de faena usted mismo le explica. Le deseo suerte, el inglés está hoy más ácido que de costumbre.

El chofer quedó entrampado y se fue al mazo, cuando llegó a la esquina de Bulevar dobló con rabia y tomó rumbo al centro por Agraciada. Hasta ahora el chofer era un cómplice, entre divertido y despectivo de un asunto misterioso de Doyle. Bocage lo transformó en taxista fastidiado.

-Por aquí está bien, dijo.

Se bajó cerca del Palacio Legislativo, nada tenía que conferenciar con el chofer sobre detalles del contrato que ignoraba, era tiempo de tutearlo y ordenarle.

-Andá y decíle al Comadreja, vos sabés bien dónde que gracias por el dato y que cuide la mercadería, él sabe. Lo que dejé en la pieza va al fuego. Es poco. Avisále que me mudo de barrio por quince días y que nadie trate de buscarme. Chau botija.

Bocage ni esperó la respuesta del tipo, dio un portazo y se marchó derecho a la cervecería de los alemanes. Entró en el local y saludó a la pareja de propietarios, pidió de comer dos milanesas con papas fritas, lo que él llamaba desayuno y se fue a un reservado a estudiar el expediente nuevo para tomar las primeras decisiones. Ya solo en el rincón, recobró la euforia habitual de cuando se abre un paquete de billetes nuevos y parejitos recién salidos de fábrica. 

Del fajo sacó un toquito que calculó imprescindible para llevar adelante el trabajo y lo guardó en un bolsillo del saco, el resto del efectivo quedaría depositado en el establecimiento. Allí estaba el pasaje vía El Tigre, que pensaba vender regalado en algún boliche para escapar a la trama de Doyle o tirarlo en una alcantarilla. En el trayecto en coche decidió irse de sopetón, al otro día y en el Vapor de la Carrera comprando el pasaje arriba del barco. A esto llegaba el mediodía, fue por eso que comió bien repitiendo porción de papas fritas y pidió de postre una enorme jarra de cerveza que allí tiraban como en ningún otro lugar de la ciudad. Luego encendió un cigarrillo, era el momento de ponerse a estudiar el expediente. Las mejores ideas le venían durante la digestión como a las boas.

La fotografía era mala, mostraba a un rudo mocetón de bigotes a lo italiano y mirada determinada, de aquellos que tiene por objetivo modificar el mundo. Tenía la cara encerrada en un círculo que aumentaba su condición de objetivo y pieza a abatir, era innecesario el grafo inglés para que el hombre se destacara del grupo. «Tiene una mirada de cumplir la misión a como de lugar» pensó Bocage. Sin duda era valiente y corajudo para inquietar a alguien como Doyle. Había que matarlo por sorpresa sin darle ni un segundo para reaccionar. El resto de los informes eran banales y redactados de manera pretenciosa; era grosera la suma de palabras, obrero, peligro, anarquista, antecedentes, italiano, sindicato, grupúsculo, intereses. Se hacía llamar Dante Batistera, faltaba una localización concreta y cada semana cambiaba de domicilio. Ahí Bocage entendió, se le pagaba lo grande para localizarlo, encontrarlo y por la muerte previeron un porcentaje pequeño. 

Matarlo era sencillo, lo complicado era encontrar a Batistera en el infierno de Buenos Aires. Bocage había ido varias veces a la capital porteña, conocía al dedillo timbas y milongas pero ni minga de la ciudad. Como suele sucederle a los uruguayos Buenos Aires lo fascinaba y lo intimidaba a la vez, era la ciudad de las posibilidades, la excusa para quedarse de este lado del río pregonando las relativas virtudes tranquilas de Montevideo. Cada oriental es como si tuviera un sosías del otro lado del río. Bocage se dijo que el mapa de Montevideo cabe y de manera perfecta en alguna configuración de Buenos Aires. Allá habrá otro Doyle igual de empeñoso y Dante Batistera se les escapó del mapa a los sabuesos ingleses. Desde ahora la plata era lo de menos, importante era cumplir la tarea.

-Buenos Aires… dio el alemán. Viví unos años allá y vi de todo. Hay que tener cuidado señor Bocage. Esa ciudad se traga a sus habitantes, enloquece a extranjeros como yo. A ustedes los uruguayos los aniquila. Les aparente la ilusión de estar en casa y en momento menos pensado les recuerda que se equivocaron de barco. Hombre, Bocage, prefiero saber nada de tu viaje, espero por tu bien que te hayan pagado mucho.

-Esos asuntos de largo plazo me tienen sin cuidado. Alemán, yo quiero ver lo que se escapa a primera vista.

-Escucha: «Per me si via ne la città dolente, per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perdutta gente» ¿Te suena? «Lasciate ogni esperanza, voi ch’intrate» ¿Y eso te dice algo Bocage?

-Me suena a ópera italiana. Verdi, algo así.

-Así que te suena a ópera… al fin de cuenta sos animal con olfato. Escucha Bocage, aquello es laberinto, verdadero infierno. Buenos Aires, a lo largo de su agitada historia y desde que mi compadre Ulrico pasara allí una temporada, se volvió metrópolis exagerada. Dejó de ser ciudad para volverse paisaje de pesadilla. Más monstruosa que París, dejó de ser toldería pergeñada por el cerebro sifilítico del adelantado Mendoza. Es cosa inabarcable, entidad extraña que crece sin cesar y nadie sabe qué es. Turco amigo mío me contó la idea descabellada de Alsina, una zanja de cuatrocientos kilómetros de largo. Disparate que pretendía proteger el territorio bonaerense del asedio de la indiada. Alsina fue el ministro que propuso la zanja, antes de la expedición Roca con resultado antropológico y de hacienda sabido. Buenos Aires es eso que hay entre memoria de esa zanja inconcebible con perspectiva de genocidio y río como mar. Marrón león, que los ingleses llamaban infierno de navegantes. Una ciudad fundada dos veces debe tener tara, algo inquietante por indefinible. Como hermafrodita griego. A los aborígenes no les fue mejor. Hace años se publicaron los trabajos científicos de un tal Florentino Ameghino; por huesos viejos mal medidos y cadena evolutiva de dudosa consistencia, resulta que don Florentino demostró que el origen de humanidad y de totalidad de especie por consiguiente, estaba en arrabales de Buenos Aires. ¿Qué tal como delirio? Atenti Bocage, si vas a quilombos de Avellaneda podés contagiarte una pudrición en la cuna de la civilización. Es apenas la punta de la madeja, esa ciudad está llamada a un destino, pero terrible. Cuidado Bocage, aquella es ciudad condenada, cuidarse de apariencias que te hacen suponer que todo marcha bien. Sin casi darte cuenta puedes verte perdido en corredores mentales. Pasajes misteriosos sin salida, cloacas inmundas de otra Buenos Aires. Estaba allá y todo iba bien para mí, una noche me perdí en arrabal y tuve miedo terrible por nuevo y distinto; por primera vez tuve miedo de poderes maléficos en los que no creía. Durante esa noche vi imágenes terribles. Esa ciudad es la puerta del infierno, debajo del barullo de la milonga y entrada la noche pueden oírse gritos de dolor de condenados. Los escuché y hasta hoy los recuerdo… cuídate de Buenos Aires señor Bocage.

-La Reina del Plata te pegó duro alemán. La saqué liviana, pero si ese infierno me devora te regalo la plata depositada.

-Si la tuviera la plata, te daría diez veces más para verte de vuelta entre nosotros.

-A lo máximo diez días. Andá preparando milanesas para la vuelta.

-¿Desaparecerás como siempre?

-Como si estuviera muerto. Ni me viste esta mañana ni sabés de mi para nadie. Traéme otro chop bien helado. De aquí me voy a dormir una buena siesta, hoy me levanté temprano como si laburara en matadero de frigorífico.

-¿Vos laburando en frigorífico? Eso sí que tiene gracia… Ya vuelvo.

Virtud de Bocage era diluir su existencia en el mundo. El dinero que ganaba con su oficio, importante para la dimensión delictiva reducida de Montevideo apenas había modificado sus hábitos. Buenos vecinos del barrio La Comercial lo consideraban el encargado de una ferretería de la calle General Flores, nadie podría hacer la relación entre ese hombre taciturno y asuntos sin dilucidar, algunos bastante macabros de la crónica policial. Ese era el Bocage de los fines de semana, el resto de los días y por obligación él era viajero de hoteles y pensiones baratas, de pocos bodegones. Jugaba a la mosqueta consigo mismo, para sobrevivir debía evitar caer en la rutina y desterrar los gestos repetidos. Cedrés le dijo que los malandras son su propia policía y él le dio la razón. En un perímetro de veinte manzanas, cambiando de boliche con sistema él podía pasar más de un año. Cuando regresaba a alguno de los viejos barrios la gente que cruzaba lo había olvidado. Ninguna traza, ni guardaba por orgullo recortes de los diarios con noticias que lo implicaban. Bocage era el lado insondable de la historia ciudadana, agente que provocaba la aceleración de hechos sin ser determinante para la dimensión de secuelas; crónica viva de crímenes sin ser el periodista, el rol secundario con un par de líneas apenas cuando algunos episodios terminaban en tragedia. 

El uruguayo llegó al puerto de Buenos Aires la mañana de un viernes santo, entreverado en otra procesión y con la certeza de que Doyle le perdió la pista. Sabiendo que Batistera aprovechaba la beatería de la ciudad para esconderse de los sicarios ingleses buscando eliminarlo. Bocage era el agente absurdo que se coordinaba entre dos historias, había perdido el derecho a pensar otra cosa que la estrategia de llevar adelante la misión. 

Apenas puso un pie en la ciudad civil Bocage era ser nadie; rearmaría el hecho necesario para la continuidad de la historia tal como la entendía Doyle y eliminar los contratiempos a tales fines. Nada se le había pedido y sobre todo la opinión. Entró en la ciudad porteña por un pedazo de puerto en la dársena sur; como cientos de recién llegados a la ciudad provenientes de Catamarca, Nápoles, Río Gallegos, Sarajevo, se fue a una pensión de Avenida de Mayo. Allí y una vez instalado podría ser confundido con un guitarrista polivalente, aspirante a fonomímico, malabarista de antorchas, clavas y argollas. El centro de la ciudad, estar en el centro era el refugio más seguro, la mejor manera de ocultarse para alguien que llega a Buenos Aires con la misión de matar a otro. 

Los últimos datos que se conocían de Batistera, el hombre que venía a matar lo decían refugiado en algún lugar del delta de El Tigre, por eso lo del pasaje. Curioso: lo enviaron a la gran ciudad del sur y tendría que buscar la víctima escondida en un tigre geográfico e inconcebible archipiélago de islas. Buscar entre las islas. El Tigre era un Peloponeso cimarrón, manchas infinitas de la tierra, animal de vegetación producto de dos ríos voraces que bajan desde las entrañas del continente. El Tigre, lugar perfecto para ocultarse y despistar a cazadores de hombres, imagen lacustre de Buenos Aires, tierra de nadie donde podían refugiarse poetas a la búsqueda de la última metáfora; amantes urgidos por el abrazo clandestino, estrellas alcohólicas hastiadas del teatro de revistas de la calle Corrientes. Un lugar que es todos los lugares y que se llama El Tigre debe ser bueno para ocultarse y suicidarse. Batistera, si de verdad se movía en El Tigre estaba allí para ocultarse, queriendo arrastrarlo hacia la locura y el fracaso. La selva que se llama El Tigre. Era la ilustración de la situación de Bocage buscando a Dante.

El encargo tenía connotaciones de prueba de fuego. La variante de los entreveros políticos era novedosa, ajuste de cuentas entre clandestinos de carreras, amantes posesivos, deudas de juego, odios irracionales. Ese había sido su mundo laboral; eliminó a malos pagadores y gente que traicionó cláusulas de contratos orales. Era la primera vez que se sentía bicho raro viviendo su bautizo en territorio de ácratas, italianos, prostitutas, policías venales de poder, irlandeses, falsificadores de whisky, franceses de navaja nerviosa, guitarristas del montón y húngaros peludos con animales amaestrados. La peor calaña del universo parecía haberse dado cita en Buenos Aires, sin dejarle esperanza a un destino pacífico donde inventar las instrucciones del próximo milenio. Creía que el ser uruguayo le daba alguna ventaja, allí se hablaban otras lenguas venidas de lejos y sin ninguna relación con su pobre pasado. 

Buenos Aires tenía una administración paralela y estaba dividida en sectores controlados por diferentes mafiosos, razón suficiente para que, pocos años después se afirmara que la Argentina era gobernada con criterio municipal. Ayudado por la ventaja de unos pesos consiguió instalarse en una pensión limpia y discreta; allí tirado en la cama se percató que aparte de tahúres y personajes circunstanciales él no conocía a nadie en la ciudad, Su saber de Buenos Aires se limitaba a vagas referencias de boliches y esquinas tradicionales, algunos sobrenombres que se perdían en la noche porteña. 

Los dos primeros días instalado en el centro de la ciudad los pasó viviendo una luna de miel de hombre soltero; caminando como paisano deslumbrado por el movimiento, curioseando con el interés de provinciano, observando vidrieras de grandes almacenes, mirando la multitud de gente transitando el corazón porteño. Tomando tragos hasta entrada la noche, en bailongos inmensos con orquestas típicas, en locales lujosos donde las coperas eran coristas de un espectáculo de la calle Talcahuano. Lo hipnotizó la agitación constante de la urbe viviendo como si la ciudad fuera un animal inconcebible en movimiento perpetuo, le atraía la condición de discreto anonimato, sabiendo que podría desaparecer sin que allí nadie lo notara lo que renovaba su obligación de ser cuidadoso. Fueron dos días de espera hasta confirmar que la gente de Doyle le había perdido la pista y asegurarse que era su turno de moverse para ir tras la changa. 

Batistera estaba oculto, un secreto que debía ser protegido con la ayuda de cinco mil obreros de frigorífico parecía algo insostenible, con paciencia y patacones flamantes esa conspiración de silencio tendría una falla, al final se filtraría alguna información. ¿Por qué él había sido elegido para el trabajo? Tampoco se trataba de eliminar un diputado empecinado, que se niega a firmar el decreto sobre exportaciones desventajosas para la Nación. El crimen propuesto tenía algo de episodio cantado de antemano, bastaba atravesar Buenos Aires de una punta a la otra para hallar decenas de elementos discretos y eficaces, hombres dispuestos a aceptar el contrato sin dudarlo un instante. Salvo los otros obreros nadie se interesa por la salida de circulación de un obrero, y si como era el caso el susodicho es un extranjero reconocido anarquista, la noticia puede despertar incluso simpatía en determinados sectores de la sociedad. 

En la opción uruguaya de Doyle y los que mandaban al inglés había una justificación oscura que se le escapaba por el momento, detalle de conexiones de alto vuelo yéndosele de las manos. Demasiado bien aceitada la máquina para que pudiera ser verdad, en su presentación efectista hace unos días, el inglés fue parco en datos sobre la justificación para suprimir a Batistera y era su derecho; cuando el episodio de eliminar a un hombre se reducía a una fórmula tenía el peligro de ser demasiado simple: patrones, obreros, anarquistas, sindicatos, salarios y servicios especiales de Bocage. Se termina la mano, se baraja, se dan cartas recomenzando el juego y aquí no ha pasado nada… una relación innegable entre palabras altisonantes sin sentido y suficientes para justificar el contrato a los ojos de los mandatarios. Nunca se interesó por la trama secreta de su trabajo qué podía hacer sólo en Buenos Aires, pero quería entender el argumento de la obra donde lo hicieron entrar estando empezada. Son esas cosas, le dio por conocer la razón por la cual debía matar a Dante Batistera. Esa duda iniciaba el envejecimiento como el cambio de lentes para leer pronósticos de carreras de caballos, el reumatismo que diagnostican crónico y el primer par de dientes postizos.

Se entretuvo en el mostrador para acostumbrarse al ambiente, más que de un prostíbulo aquello tenía aspecto de paisaje pretérito incrustado en medio de la ciudad. Difícil calcularlo pues superaba las dimensiones de una casona grande, era el conventillo infinito y las muchachas decenas, cientos de mujeres paseándose como de compras en una galería comercial de barrios elegantes. La música se oía sin interrupciones: a su manera y de reojo, captó que detrás de una cortina azul se había armado una timba de las fuertes que le recordó su pasado. El bar donde estaba acodado tomando una ginebrita era más impresionante que los de su barrio por allá, en aquella ciudad que comenzaba a tomar dimensiones de pueblo chico. Estaba trabajando, podía charlar con las pupilas sobre el tiempo y subir sin perder tiempo las escaleras que llevan a cuartos en los altos. Bailar un tango si le venía en gana, tentar suerte en la mesa de monte y filosofar con otro parroquiano sobre el carácter inconfundible de los pingos para el domingo que viene. 

Tenía puesto sus objetivos laborales en lugar prioritario; nadie parecía interesado por su presencia, el uruguayo advirtió que varios ojos lo miraban con desconfianza, conjeturando que podía ser un comisario asignado al sector en paseo de reconocimiento, el padre vengador de una pupilas reclutada en pueblos del interior con el cuento de los anillos y boda capitalina. Lo aturdía la complejidad de las lenguas que escuchaba hablar, allí y tratando de divertirse para olvidar estaban los desterrados del mundo, campesinos de países inconcebibles para un oriental y arrojados a la selva urbana sin pedirles su parecer. Selva más implacable que las plantaciones del infierno misionero, donde había la ilusión de la yararacuzú redentora.

Algunos de los gringos ya tenían maneras prepotentes de guapos de cuarta, sobrevivieron a las pruebas iniciales de desarraigo accediendo a una nacionalidad incierta, otros estaban borrachos sin sacudirse el recuerdo de los campos de Varsovia. Lo que esperaban del futuro era la puñalada absurda que les daría una muerte ridícula, justo corolario de una vida miserable. «Carajo con la patria que crece» pensó Bocage», «gobernar es poblar» agregó mientras dos matones del local sacaban a patadas a un gringuito rubio de ojos celestes, que no entendía lo que estaba pasando, porque el jueves pasado en la cubierta del barco atiborrado de pobrerío se creía tocando el sueño americano. 

Era hombre de quilombo chico, allí tendría que reaccionar antes que lo confundieran con un curioso a la violeta y vinieran a pedirle explicaciones. Sin chistar y despacio terminó su segunda ginebra; era de los pocos clientes que no andaba por ahí hablando en voz alta ni pidiéndole tal estilo a los musiqueros, menos tocándole el culo a las atorrantes calibrando las yeguas. Le fue sencillo adivinar a la bataraza que mandaba en ese gallinero. 

-Nas noches forastero, dijo ella cuando Bocage se acercó. ¿Podemos hacer algo por usted?

-Busco a la tana, contestó.

-Pero hombre, si ella está ahí cerquita, le dijo la mujer y señalando hacia la muchacha de rasgos duros, sentada en un sillón recamier.

-Tiene razón, dijo. Hoy ando medio pelotudo y el viaje en tren fue largo. La última vez que vine creo que la señorita tenía otro color de pelo.

-Usted sabe como somos las mujeres de coquetas. Pero apúrese hombre, le aseguro que es de las chicas más solicitadas, con esto de la rural y las domas llegó del interior mucho galán ansioso de encantos importados.

Ese era el local de esparcimiento variado más próximo al frigorífico de la huelga. La tana -debía haber necesariamente una tana en el local- le pareció la pista para empezar, se trataba de rearmar desde el comienzo la conexión italiana y hacerlo con paciencia. Desde antes de abordarla el uruguayo advirtió que se trataba de una mujer áspera y desagradable, una semana de intimar en ese ambiente es suficiente para aniquilar todo resabio pasado con modestas esperanzas. La mujer tenía modales imaginables en alguien que con razón detestaba a los hombres; para que –por si acaso- ella desistiera de manotearle la billetera de un descuido, Bocage se encargó de que viera el fierro cerca del sobaco; él le mintió que ya había estado con ella y la mujer dijo que podía ser. Argumentó algo de dudoso gusto sobre el pendejal de las italianas y la mujer lo oyó como quien escucha llover. Luego él le preguntó si había en la casa otras muchachas italianas y ella dijo que antes; hacía un año los marselleses boletearon a los hermanos Debenedetti los antiguos patrones. Desde entonces sólo se arrimaban mujeres de pelo colorado, pecosas como sucias y de carne lechosa, parla entreverada; según la Pía la importación de mujeres de la Europa central era una traición cultural. 

La dejó hablar sin insistir con preguntas evitando que la Pía desconfiara de sus intenciones, puede que se tratara de una pista equivocada, era el único camino que se le ocurrió para llegar hasta el ambiente de los italianos. La mujer estaba rencorosa contra el destino del mundo como para darle otra información y hasta para hablar de ella, todo intento por profundizar la complicidad saliendo del trato carnal sería sospechoso. La Pía era hembra de armar un escándalo en dos patadas y esa eventualidad era desaconsejable. El uruguayo cogió para no despreciar ni despertar suspicacias en la italiana, montado sobre la Pía recordó que hacía días que estaba sin mujer y fue así que acabó a lo animal pensando en la piecita del barrio el Pantanoso en otra vida, sin saber que estaba cogiendo por última vez. Entre las tonterías del lavado antiséptico, comentarios al pedo para llenar el aire y el volver a vestirse logró sonsacarle la hora aproximada que ella terminaba de trabajar.

Bajó descargado al gran salón del ágora prostibularia, se tomó otras copas ostentando su satisfacción por la calidad de la pupila y se dejó ganar algunos pesos al monte para alejar la suspicacia de malandras mediterráneos; después, si bien era abril y hacía un frío anunciando un invierno furioso, se acomodó en un portal oscuro enfrente de la casa de tolerancia a campanear la salida del personal. La primera noche se perdió en el entrevero de una partida colectiva como si hubieran cerrado de apuro por redada. De un saque salieron doce mujeres y vistas desde lejos, a oscuras, le fue imposible identificar en el lote a la tana, porque avanzaron todas juntas hasta dispararse a paso militar. 

La segunda noche y previendo la repetición de la salida múltiple se dijo que algo de instinto de cazador debía persistir en su cabeza; descartó a unas mujeres que fueron saliendo con poca distancia de tiempo entre ellas. La tana, si él había comprendido bien era bicho rencoroso y solitario también fuera del prostíbulo. Así fue, una de las mujeres salió despreciando compañía y sin tener la certeza absoluta se decidió a seguirla a prudencial distancia. La noche esa era negrísima para convocar cualquier peligro, los lugares que la mujer atravesó en su recorrido eran para asustar al más pintado, ella marchaba con la determinación de alguien que desprecia el peligro y hasta lo desafía. No había duda posible: era la tana. 

La siguió por andurriales que él desconocía hasta desembocar en un agujero de la ciudad, una placita parecida a un terreno baldío y pensó dos veces si estaba entrando en una emboscada. Ese era el barrio de la tana, el oriental para no sentirse perdido quiso recordar el nombre del teniente escrito en una chapa de la calle, la presencia de un almacén, la herrería y el edificio cercano. Era suficiente por hoy y debía regresar al Congreso a patacón por cuadra. Se quedó parado sin saber por cual rumbo decidirse hasta sentir el olor inconfundible y después oyó el motor de un camión. Era un cargamento de carcasas podridas indicando el rumbo para el centro de la ciudad u en el cielo amagaba amanecer. Durante el camino se dijo que encontraría un boliche abierto donde tomar un café con leche caliente, leer la prensa que otros camiones estarían repartiendo por la provincia. 

Teniente Pedernera era el nombre de la plaza, por unos días ese sería su barrio y lástima tener que dejar el centro, a lo bueno uno se acostumbra rápido. Era el barrio de los obreros frigoríficos, una fábrica textil que por ahí cerca machacaba su traqueteo a razón de tres turnos por día y si de noche aquello era un desierto, desde la mañana temprano había una enorme actividad. Se olfateaba la inquietud de un ambiente de huelga larga, olor de trabajo mal pagado y que siguió viaje cruzando el charco hasta el Cerro de Montevideo; aquello era un hormiguero de gente y en las esquinas se formaban grupos de hombres para discutir. Los camiones del ejército merodeaban a manera de advertencia de la patronal, si años atrás se la habían dado con todo a los indios levantiscos del lugar, las orejas y cabeza de algunos gringos era poca cosa, detalles de la vida laboral, ejercicio de rutina y desprecio.

La excitación del vecindario tuvo efectos sobre la estrategia, el uruguayo debía obrar rápido siendo extraño a los protagonistas del evento; una vez más el ejercicio de pasar inadvertido. Durante los días siguientes fue a comer a una fonda llamada Nueva Calabria, pedía mortadela con ensalada de papas y polenta con estofado, a veces tallarines con salsa y queso, tomaba vino tinto suelto. El lugar bullía de conversaciones a toda hora. Allí estaba la tanada, aquello era un cacho de Italia trasplantada a los arrabales de Buenos Aires. Lo supo de inmediato, alguno de esos hombres estaría al tanto del paradero de Batistera. Debería apostar más fuerte de lo previsto y provocar soluciones al misterio.

Un día creyó que la suerte vino en su ayuda. ¿Vino la suerte en su ayuda? Hacia el mediodía cayó por el Nueva Calabria un hombre con pinta de obrero de matadero. Mozo algo mayor cercano a la treintena, traía unos pescados envueltos en papel de diario y un bicho embalsamado. Los presentes, ese conjunto improbable eran seres extraños a la pestilencia de sangre que impregnaba al barrio hasta en la juntura de los ladrillos, a la acumulación de carne trozada que parecía colgada por todas partes y la conciencia de matadero eterno que había en las cercanías. Bocage centró la atención por largo rato en el hombre de los pescados, el rasgo más destacado era la desconfianza, que se hacía visible en movimientos incesantes de su cabeza buscando si alguien lo seguía. A ese hombre sería bravo rastrearlo con la facilidad del seguimiento de la tana unas noches atrás. Más que ir detrás de un hombre, la pista que se le abría era averiguar en la totalidad del delta de El Tigre que le podría consumir varios años; como de muertos se trataba, decidió indagar por los embalsamadores de las islas achicando las complicaciones, creyendo que se trataba de una pista segura.

Le pareció curiosa la coincidencia en ese hombre que llegó a la fonda de los oficios vinculados, la alteración de la historia por la violencia según se lo contaron y la quietud de la vida fijada en la apariencia tal como se veía en el bicho embalsamado. La estrategia cambiaba de rumbo, ajustándose a la geografía caótica donde ocurriría la cacería final; quedaba descartada cualquier posibilidad de encuentro directo con Batistera en la olla de las conspiradores. Pensar El Tigre era admitir islas infinitas, canales como corredores, lugares que nadie podría conocer por completo en el transcurso de una vida. Detestaba la humedad y se quedó un par de días en la influencia del Nueva Calabria, postergando el encuentro con un paisaje desconocido que le daba mala espina, espina de pescado de río.

Había finalizado el estado de gracia popular con la periferia laboral de frigorífico. La presencia reiterada del intruso aunque fuera un desgraciado, podía llevar a que lo consideraran matón infiltrado para romper la huelga, delator de la policía. Veinte años de trabajo en un frigorífico dejan huellas en el cuerpo que ni el mayor arte de la simulación pueden lograr y algo de Bocage comenzaba a diferenciarlo. La huelga estaba creciendo y en consolidación, El movimiento sindical unitario resistía a pesar de las fuertes presiones patronales, si bien había cada día enfrentamientos aislados con provocadores, la resistencia tal como evolucionaba provenía de una cabeza pensante con capacidad de organizar movimientos de cientos de hombres y mujeres. Era la cabeza que quería Doyle, la cabeza de Dante Batistera.

En el barrio se percibía que tanta organización trascendía la reivindicación por condiciones de trabajo mejores. Era una protesta extendiéndose más lejos del límites de los portones del frigorífico, lejos de la plaza Teniente Pedernera y llegaba a consideraciones que escapaban a la comprensión del uruguayo. Se trataba de la expansión internacional del pensamiento anarquista y de cortarle el paso a otra conjura, una conspiración del capital. Se hablaba de implantar una verdadera justicia humanista en una sociedad de hombres desengañados a quienes les estafaron la vida. Sensibles a las arengas proclamando un apocalipsis de felicidad en su realización; desesperados que asistieron, estupefactos e indignados a la masacre implacable de Roca para hacer retroceder la frontera de la barbarie. A los europeos les limpiaron un país para ellos que pasaban por ser dóciles y trabajadores, quienes a los ojos de los poderosos eran intrínsecamente mejores que los indios por tener lecturas de la Biblia. La excusa se acabó en el momento de repartir la tierra, despoblar a sablazo, eso es gobernar. La repartija de los campos estaba hecha y duraría hasta la eternidad que Dios y el Amor a la Patria dispusieran, los mandamás de siempre en menos de un siglo lograron la independencia y la prepotencia. Los bambinos venidos de la bella Italia se morían hacinados en casas de porquería, los tanitos eran indios más la tarantela y una fuente desgraciada de tallarines. 

La línea de Batistera trazaba una reivindicación que pasaba por la familia, la lengua y la solidaridad creativa, utopía conciliando el trabajo en una tierra lejana guardando lo mejor de una memoria de siglos. Bocage comenzaba a entender viéndolos vivir, entre esos hombres se armaba algo distinto a un sindicato sulfuroso que pelea dos pesos de salario para el turno de la noche. Lo pergeñado en la clandestinidad por Dante Batistera se volvió crimen político, los proyectos de los colonos debían fracasar, tal era la consigna de la contrapartida. Doyle era representante de otras tierras, intereses foráneos que pasaban por encima de los responsables criollos de las matanzas. Era necesario la prolijidad de un asesino venido de afuera y poco informado, el extranjero que cortara por lo sano.

Desde su mesa del Nueva Calabria, Bocage mira hacia los alrededores para descubrir al otro. El porteño a quien le habían pagado la tercera parte de su precio para que lo matara en cuanto él liquidara al italiano. Entre Doyle y el Comadreja lo habían vendido, puede que denunciándolo como un agente del presidente Batlle; seguro que estaban metidos en el baile los servicios secretos ingleses y argentinos, nada de delirio en la cabeza y los hechos daban esa impresión. Estaba envejeciendo como le decía la tipa del Pantanoso, ablandándose también de ánimo. La imagen de Batistera se perfilaba diferente en el espíritu del uruguayo que se hizo humo de la barriada frigorífico y fue acercándose al objetivo.

Cayó mal el sábado inglés para vigilar el movimiento en los embarcaderos que llevan a El Tigre, cientos de personas buscaban cambiar de aire; se proponían decenas de combinaciones por alcanzar el delta. Los tanos se decidirían por las líneas con más público, confundiéndose con familias y pasando inadvertidos entre los agentes que pulularían por el lugar. Ese fin de semana era preferible renunciar a detectarlos, a medida que avanzaba la hora de partida la locura del gentío fue en aumento. Comprendió que El Tigre era otro país, arrecife tropical en el lugar equivocado, respiradero al horno bonaerense, escapada salvadora para miles de ciudadanos agobiados por el cemento y para ir al dominio con nombre de animal buscando soledad, perderse en un dédalo de islas. Bocage se aburría contemplando la agitación popular, espectáculo confuso que le desagradaba y su negocio suponía dominar el juego de la espera.

En una casa de empeño compró la lechuza embalsamada y el domingo se paseó por el animalito entrando en boliche tras boliche del barrio de los embarcaderos. Tomando caña y guaseando con los patrones, diciendo que quería vender el fruto de su trabajo, mintiendo que buscaba un trabajo igual para un perro querido que venía de morir, inventando que juntaba una colección de la fauna del delta por encargo de un museo francés. Mentiras de mostrador que hacia el final de la tarde, pescaron tres nombres de embalsamadores viviendo en las islas. Buena cosecha para un solo día de trabajo.

El primero de los contactos resultó un fracaso. El lunes aquello era un desierto y el recuerdo de lo visto la víspera parecía un sueño. Bocage se subió a la lancha que hacía el recorrido extenso y trató de indagar entre los tripulantes con los escasos datos que tenía; turista distraído con falta de sol pensaron los lancheros y lo llevaron directo al profesional de los embalsamadores. Resultó un judío polaco que tenía una tienda destinada al público y a la vista de todos, negocio inapropiado para esconder el anarquista más buscado que un tesoro. Volvió sobre sus pasos sin dejarse ganar por la tropilla del fracaso; al otro día repitió la operación y cuando le evocaron al polaco él dijo que no, que buscaba al jubilado, un hombre que vivía retirado.

-Seguro que es el de la hija boba, dijo el lanchero.

-Ese mismo, repitió al boleo, buscando soldar la conexión.

-Haberlo dicho antes. El hombre vive lejos pero despreocúpese, tome sol tranquilo en la cubierta que le aviso cuando lleguemos.

Viajaron durante dos horas, era la primera vez que veía un paisaje parecido, siendo hombre de ciudad él moriría en un callejón sin haber conocido el resto de su país. Uruguay era para él apenas la capital, hijo de un país chico la patria era un perpetuo ajuste de cuentas entre malandrines del bajo. A medida que la lancha se internaba en el cerebro del delta dejando atrás referencias de la selva urbana, entendió que tenía más miedo de confrontar las islas perfilándose desde la embarcación que frente a una banda rival armada hasta los dientes. El temor de ahogarse en esos parajes lo asaltó más que la probabilidad de morir en la explosión en un atentado entregado. Tenía miedo de morir como un bicho, hasta la insistencia del sol le daba miedo, los únicos paisajes diferentes que conocía eran los que se ven en plena borrachera. 

A los pocos minutos de navegación fue consciente que perdía el control de la situación, estaba viajando a un país con leyes donde él podía ser el hombre excluido en cualquier minuto.

-Es ahí don, dijo el de la lancha. Pregunte en el parador.

Sin necesidad de consultar mapas del lugar el cuerpo supo que estaba en una isla, experiencia que le resultaba desagradable. Desde que puso pie en tierra se instaló un vaivén que lo acompañaría hasta el final de la aventura, decidió darle tiempo al tiempo y las circunstancias lo favorecían. A pocos metros del muelle de madera donde lo dejó la lancha se levantaba el edificio clásico del parador o un hotel. Siendo lunes el paisaje reivindicaba su derecho a la soledad como si paseara en el ambiente isleño el suicidio de Lugones, le pareció que antes, alguna vez olvidada él había visto la terraza donde había reposeras abiertas evocando atardeceres de verano. Del parador, punto de partida y convergencia de los rincones de la isla salían sendas que se bifurcaban en varias direcciones, el uruguayo pensó que podría resultarle fatal tomar el camino equivocado.

Habían pasado algunas horas desde que se desprendió del embarcadero de Buenos Aires y tenía cansancio muscular, como si hubiera hecho la travesía del Mekong trabajando en cubierta. Se hallaba en un lugar alejado de la geografía de su vida, podía ser en el interior del libro que narraba su muerte y era flagrante el desencuentro con la naturaleza insular. Necesitaba descansar y decidió tomar un cuarto en el parador, ni prestó atención a la gente que se cruzó en su camino recordando sí que había pedido ser despertado para la cena. Otro lunes cualquiera y después de sonados suicidios flotando sobre el Delta, un hombre solo en el parador de esa isla alejada concita sospechas variadas sin provocar preguntas comprometedoras. En las islas los lugareños están habituados a recibir escapados, descubrir seres desesperados, desterrados de la existencia que tientan el atajo y nadie puede suponer nada extraño antes. Sobrenada un silencio a la deriva siendo incertidumbre, hueco entre banalidad y tragedia, se bañó y el espesor del agua lo sorprendió por lo distinto. Era el río. Al final se sintió ligero, esa agua fluvial le desprendió costras invisibles. 

Luego se vistió liviano con lo poco que traía, andaba con ganas de ponerse una camisa blanca. Salió a la terraza del parador pensando que llegaba atrasado a una cita de negocios, tenía hambre. Le prepararon una mesa para él de manera impecable, bien ubicada frente a un horizonte cuestionando la idea de línea perfecta y haciéndose sinuosidad de verde enmarañada. Por encima del ronroneo del río huyendo hacia el abrazo marino, se oían trepidantes solos de las últimas lanchas del día más rápidas que por la tarde. La brisa era fresca y agradable, los pájaros que acostumbran cantar a esa hora lo hacían sin estridencia particular que anunciara el peligro a la especie. Apenas sentado y habiendo terminado de acomodarse, como si le hubieran adivinado el pensamiento le trajeron un vermú italiano con hielo, de un dejo amargo que renovó el apetito del uruguayo. Aquel era un recibimiento entre casualidad e ironía, otras dos mesas estaban ocupadas, en la más alejada una pareja con apariencia de viejos amantes disfrutaba reacomodos y gratificaciones de fidelidad y que pocas veces depara la pasión. Más cerca, un hombre mayor que estaría cerca de los setenta años leía un libro, lo hacía como si repasara la crónica de un amor juvenil o estuviera en la inminencia de la revelación alucinante, abriendo intervalos de verdades literarias contradictorias.

Desconfiaba de la felicidad, el límite de la alegría podía llegar a hora y media, la duración de una película americana de pistoleros. Después de meses de comida recalentada había olvidado el sabor de una ensalada fresca cuando al masticarla se está mirando un río; le trajeron luego un pescado a la parrilla –ignorante de la vida de río sería incapaz de identificarlo- cubierto con una salsa que degustaba por primera vez en la vida, papas hervidas con manteca, perejil y limón. Evitó el postre y disfruto un café cargado, áspero, perfumado. La vivencia del placer sensorial regresaba cuando la muerte lo andaba rondando. Con la panza llena de un vinito blanco que la mujer le dijo venido de Mendoza, temió que sus oscuros presentimientos le dieran una noche de sueño agitado. La isla pareció hacer del cuerpo un alma separada y durmió profundamente. 

Había el embalsamador claro, pero mañana sería otro día.

-La mañana está linda para caminar, le dijo a la mujer de la hostería que hacía sus tareas con parsimonia de vestuarista de ópera, sin apuro después de una representación de La forza del destino. ¿Qué hay de interesante para visitar en la isla?

-Nada, fue la respuesta tajante de la mujer, resultó más fuerte la gana de charlar y terminó describiendo a los vecinos callados y modestos, también los excéntricos.

Quienes decidían instalarse en ese grupo de islotes más al norte deberían tener un carácter particular y puede que una concepción especial de la vida. Huir de algo o alguien no era a descartar cuando se prefería la soledad a cualquier alternativa de convivencia que pudiera ofrecer el mundo. Nada era gratuito en las entreveradas razones para vivir en esas islas. Los referidos por la patrona estaban allí por una razón poderosa y la fuerza oculta del lugar permitía la persistencia de la respiración salvaje, pensar que avanzaba el siglo de los milagros científicos y se hacían retroceder los arcanos mejor protegidos de la naturaleza. Decidió ser un periodista deportivo en busca de reposo espiritual porque venía de perder a un familiar querido. El Tigre era el sitio ideal para distanciarse de la pesada carga de recuerdos difíciles que quedaron en Buenos Aires, tan lejana. La insinuación de una orfandad tardía o una viudez temprana enternece los corazones, al segundo café matinal, en la misma terraza de la cena y sin compañía de otros viajeros, estaba en poder de valiosa información sobre los habitantes del islote.

El embalsamador en la versión de la mujer resultó ser buena gente, vivía en la zona apartada de la isla y había el drama de la hija, muchachita bonita y algo boba dijo la posadera en voz más baja. Las desgracias no vienen solas, ahora mismo tenían a su cuidado un pariente italiano enfermo. Eso sí: era gente discreta, ni una queja, ningún barullo por la salud del pobre convaleciente. «Batistera» pensó y se sorprendió de lo fácil que resultaban las cosas desde hacía dos días, cuando puso pie en la isla. Había más historias de otros locos sueltos que el uruguayo escuchó como quien oye llover, la tregua de cierta felicidad, veinticuatro horas que para Bocage comenzaban a ser demasiado terminaba. Era tiempo de trabajar.

Ese primer día después de la revelación se dedicó al reconocimiento del terreno, coordinación de tiempos y horarios, medir distancias en metros y esfuerzo respiratorio. Afinó la manera de dar el golpe con la máxima eficacia y meditó la estrategia de escape. Escapar de la desconfianza de Batistera y la geografía desquiciante para luego, un día de estos ganar por fin la costa de su país; la República Oriental del Uruguay durante las caminatas de inspección estaba en las antípodas de su situación presente. Temía que una selva tupida hecha de millones de islotes terminara por sofocarlo, se interpusiera entre el cumplimiento del contrato y su rutina cotidiana. Lo de Montevideo le sucedió a otro Bocage, alguien sobre quien él tuvo noticias alguna vez, antes.

Los miércoles había feria y mercado en otra isla cercana. A eso de las nueve de la mañana ellos salieron de un rancho que hacía a la vez de casa y taller. Un viejo flaco y esquelético con barba de chivo, pantalón de pescador de azul desteñido, botas de monte, camisa resistente de dril crudo y a su lado una adolescente hermosa que hacía más dolorosa la modificación de la bobera. El signo del mal se advertía porque la muchacha se desplazaba de un costado a otro con trotes cortos de animalito asustado. Podría afirmarse que la suerte estaba de su parte y a Bocage le tranquilizó saber que tenía el panorama despejado. La nena y el chivo llegaron hasta los dos tablones que hacían las veces de embarcadero. A pesar de que la chalana tenía un pequeño motor, el viejo manejó los remos con pericia de profundo conocedor de las trampas del delta. Ellos no volverían hasta pasado el mediodía, tiempo suficiente para Bocage que podría liquidar el asunto, volver al parador y tomar la lancha de las doce antes que esa pobre gente descubriera el cuerpo sin vida de Batistera.

En los últimos tramos del camino debería ser más precavido que nunca; por lo que sabía y aquello que fue descubriendo después de unos días Batistera era hombre corajudo y astuto, es posible que tuviera cerca de la casa una guardia personal. Fumó un cigarrillo dejando correr el tiempo para que el bote del embalsamador se alejara de la costa. Las nubes cargadas que prometían una mañana amenazante desaparecieron, se cocinaba a fuego lento un día soleado y luminoso, mala hora para matar a un desconocido. Debía terminar de una vez con el contrato del inglés Doyle; podía concretar el golpe mediante una emboscada brutal, estaba intrigado como nunca le ocurrió durante sus largos años de oficio en asuntos de muerte. El interés era un error y se salía de la ruta prevista, necesitaba ver de cerca a Batistera, tentar matarlo y desentrañar el misterio del hombre condenado. 

El uruguayo salió de su escondite y llegó hasta la senda que conducía a la casa sin tomar precauciones, casi yendo a visitar un amigo querido. Avanzó por el camino de tierra con naturalidad dadas las circunstancias, entró por el jardín de hortalizas simulando que llegaba al terreno del embalsamador cada semana del año, en los alrededores el aspecto del lugar era de un ordenado abandono. Aparentando que era enviado trayendo un mensaje urgente del congreso anarquista celebrado en Bruselas, avanzó hacia la puerta, subió tres escalones de madera y en gesto inimaginable golpeó en medio de las tablas.

-Pase, le respondieron desde el interior de la vivienda.

Bocage estaría dopado para el criterio de testigo imparcial si lo hubiera, ni consideró tampoco que podría tratarse de una emboscada. Apretó el pestillo y entró en la vivienda, las ventanas estaban entornadas, casi cerradas por completo. 

El aire era cargado y había un olor de pieza de hospital sin lavar después de muchas semanas, cercanía de morgue y café fuerte o alcohol a la vez. Nadie disparó un revólver en los primeros segundos y los ojos tardaban en acostumbrarse a la penumbra.

-Lo estaba esperando, Bocage. No se quede ahí parado como si fuera un forastero, pase, hombre, pase…

Si hubieran querido matarlo él ya sería hombre muerto. La voz, el recibimiento de la voz era de alguien estando al corriente de la intriga y la trascendencia mirándola desde un minarete inexpugnable. En algún momento que escapó al control de Bocage el operativo comenzó a ser sencillo, se sentía manipulado, marioneta de un titiritero desconocido, metido en un guiñol del que ignoraba la trama. En un final de piola estaba la mano de Doyle con carencia de información y en otro la voz campechana de Batistera. Voz grave y conciliadora, digna de alguien participando en planes demasiado sublimes para ser comprendidos por un malevo de la talla de Bocage; más compleja que un mero asunto de quincenas en un matadero de arrabales porteños dirigido por los ingleses.

-Pase, repitió la voz. No hay nadie emboscado esperándolo.

-Usted sabe por qué vine hasta aquí, dijo Bocage excitado e incómodo.

Nunca antes había tenido con sus víctimas una relación parecida ni creado esa zona de palabras previa al gesto. Antes había rabia, desesperación, miedo e incredulidad; algo o una extraña decisión venida del fondo de Bocage le deparaba un curioso milagro, como si entre el golpe del percutor en el tambor y la bala rasgando la tela de la camisa de Batistera –ese tiempo inexistente- él lo pudiera detener para conversar con la víctima sin intentar impedir lo inevitable.

-Le agradezco que venga así como un nuevo amigo a terminar con mi sufrimiento, comenzó Batistera ante un sorprendido Bocage en lo que sería un parlamento de furia y misterio. Me será de gran ayuda, continuó. Tenemos dos horas por delante para liquidar nuestro asunto; en cuanto ellos marcharon al mercado, sospechando que usted estaría en las inmediaciones esperando el momento oportuno, me tomé la mayor dosis de medicinas que mi cuerpo resiste. Cuando regrese el dolor con saña vengativa un buen balazo uruguayo será un bálsamo bienvenido. Está escrito que por una y otra causa me perderé la próxima gran lluvia que caiga sobre el Delta. Esto es un privilegio, digo lo de ser asesinado y de saber por quién. Toda enfermedad es variante del suicidio, en cierto momento el cuerpo harto de las fatalidades del alma que lo habita, se elimina a si mismo mediante una peritonitis, la embolia fulminante. Las células se niegan a continuar obedeciendo a la conciencia que las organiza. Un atentado anarquista, porque la vida es anárquica. Voy a morir por un cáncer de próstata apoyado por úlceras exteriores y es desagradable. El anonimato de mi vida se apaga, la enfermedad resultó más eficaz que la policía para eso de darme alcance y sacarme de circulación. Ahora sé que voy a morir con la inestimable ayuda del uruguayo Bocage. Conozco el tipo de revólver que calza el hombre y hasta podría darle la bala elegida por mí, pero sería una ofensa para su persona y conciencia profesional. Qué quiere que le diga… saber que en los minutos decisivos la muerte tendrá rostro humano me resulta emotivo. No se sorprenda, la suya es la única información que negocié firme con los patrones de Doyle. Se arreglaba la huelga si ellos jugaban con las cartas sobre la mesa, denunciaban los planes que me tenían preparados. Ellos contaron la conjura preparándose en Montevideo, me dieron sus datos y la filiación del hombre encargado de eliminarme. Bocage, desde el minuto que subiera al barco en tierra oriental era un hombre vendido por los contratantes. Ellos, para limpiarse del todo esperaban que mis hombres lo sacaran de circulación discretamente. Yo decidí esperarlo para charlar.

-Charlar.

-Usted es la muerte Bocage. Todo el misterio de la muerte se concentra en su persona. Los últimos días pensé en pegarme un tiro, tomar cianuro mezclado con caña. Desde niño creo en la división del trabajo y eso de matarse se lo dejo a los poetas, los anarquistas merecemos otra suerte y la muerte violenta nos hipnotiza. Cuando llegó hace dos días toda la isla lo esperaba, deberá admitir que mis camaradas encargados de recibirlo hicieron un buen trabajo. En el parador temieron un ataque de cobardía de su parte que yo descarté por inaceptable. Temían un arrepentimiento; pero sus antecedentes deberían confirmarse, lo que forma parte de sus debilidades. Nos tuvo inquietos con ese tiempo de reflexión que se tomó, el reposo del guerrero previo a la batalla, al acto capital. Era evidente que usted venía agotado. Ahora no puede fallar, todos preparamos su huida de la isla sin trabas, impedimentos ni molestias.

-Usted da largas al asunto y lo que busca es salvarse.

-Levante la mecha del farol.

Bocage obedeció, en cuanto aumentó la luminosidad vio a su víctima en la estancia clavado a un sillón desvencijado y tapado por una manta vieja sobre las rodillas. Batistera era un muerto de tres días todavía sin descubrir por la familia. Esa piltrafa no podía, no debía ser el peligrosísimo sindicalista anarquista a eliminar a como diera lugar por el bien de la empresa. El hombre levantó la manta y por el bajo vientre había una herida purulenta, boca negra enorme que devoraba el cuerpo del italiano, el sexo era un animal inanimado desmesurado en su agonía y de allí emanaba un olor nauseabundo a carne podrida obligando a que Bocage girara la cabeza.

-¿Salvarme de qué? Usted puede tirar y nadie le impedirá escapar del lugar. Todos creen que se trata de un ardid inventado por mí, la provocada planificación de una muerte violenta para despertar conciencias, se trata de la puesta en escena de una debilidad operística. Si decide disparar, si ahora saca el arma y hace fuego para cumplir lo pactado con Doyle los dos nos quedaríamos sin conocer la respuesta a la pregunta que nos da vuelta en la cabeza.

-Por qué mandar eliminar a un hombre moribundo.

-Exacto y además por qué detener esa empresa a medio camino. Para charlar sobre eso tenemos menos de dos horas. Después tire sobre mi sin que le tiemble la mano, dicen que los orientales nunca fallan, es lo que dicen… ¿Me cree cuando le aseguro que volverá a Montevideo sin inconvenientes si sigue mis instrucciones?

-Le creo, dijo Bocage convencido.

-Bien, confirmo que estamos entre caballeros. Pero atención, si decide regresar por Buenos Aires desde el instante que ponga un pie en la capital yo no apostaría ni un vintén por su suerte. Cuando los míos sepan del asesinato lo van a perseguir como una rata y los otros, los muchachos de Doyle ni le digo.

-Sé cuidarme, tengo mis propios planes.

-Eso lo daba por hecho. En otra circunstancia nos hubiéramos entendido bien, solía ser un buen adversario. Sin el cáncer me hubiera encargado yo mismo de meterle tres balazos en el corazón. Recuerde que durante la indagatoria en las islas estos últimos días usted cometió errores inadmisibles en un hombre de su experiencia, un profesional de su talla y antecedentes.

-Fue el paisaje creo, el clima. Me estoy volviendo viejo.

-Es posible… somos los mismos y este encuentro nos devuelve imágenes diferentes de nosotros mismos. ¿Por dónde empezar Bocage?

-Usted es mano y por momentos me siento un idiota.

-Incrédulo sería la palabra apropiada. Usted creyó que su vida valía más que el dineral que le adelantaron y tiene una fe infantil en las reglas de su profesión. Conceptos ingenuos para los tiempos que corren si me permite el atrevimiento, lo terminarán matando como a un perro.

-Hasta ahora me defendí bastante bien.

-Recuerde que trabajó para mediocres capangas de la política, maridos celosos y cornudos, industriales de medio pelo. Los tiempos cambiaron.

-Y lo dice usted, que quiere cambiar el mundo… 

-Se equivoca Bocage, al mundo quiero destruirlo. Nos estamos impacientando, ahora somos una comedia que podría llamarse la muerte y el moribundo. En pocas semanas nuestros nombres desaparecerán de la memoria de la humanidad. El mundo es el supremo destructor y por eso hay que combatirlo. Ahora que vio de cerca su objetivo baje la lámpara por favor. ¿Quiere una ginebra?

-Nunca tomo cuando trabajo.

-Desconfiado hasta el último minuto el oriental. Yo si quiero una ginebra, tiene algo de soberbia romana que uno mismo se sirva la última copa.

-La del estribo.

-Eso, la del estribo.

Dos horas después, cumpliendo un gesto de amistad antigua y más que liquidando un ajuste de cuentas por encargo, Bocage bajó al mínimo la luz del farol, sacó el revólver de la sobaquera. Disparó una sola vez sobre lo que quedaba del cuerpo de Dante Batistera, apuntó al corazón y fue suficiente. El hombre ni se movió cuando recibió el impacto en el pecho, dejó caer la cabeza igual que si se hubiera dormido de repente. 

Bocage estaba seguro de no encontrar obstáculos en la escapada, Batistera dejó órdenes que fueron obedecidas. Los habitantes de la isla anarquista se comportarían durante la huida del intruso de la misma manera que cuando llegó: imágenes proyectadas con apariencia de realidad, actores en medio de una filmación, reflejos vivientes de espejos invisibles, comando camuflado de conspiradores actuando en la realidad que pretende demoler. En las dos horas pasadas se impregnó de información, secretos, revelaciones de moribundo que podían costarle la vida y salvársela si sabía jugar las cartas como cuando era fullero. Puede que Batistera delirara por la dolorosa enfermedad, había en él algo de profeta agonizante llevando a que se tomaran en cuenta sus disparates. 

Más que la huelga del frigorífico, episodio menor en la economía de la historia lo que estaba en juego era el futuro de la región y las fuerzas enfrentadas estaban en una partida a largo plazo. Había fuertes intereses para que las tierras del sur del continente, las provincias de Río de la Plata, el antiguo virreinato y buena parte del Brasil terminaran por desaparecer deglutidas por una unidad supranacional. Se preparaba el Virreinato de los poderes desconocidos; esos países, que se mataron con envidiable vehemencia por más de un siglo, hasta lograr una falsa apariencia de naciones orgullosas y definidas, se irían al carajo. Todo, había dicho Batistera será una estancia infinita con patrones viviendo lejos. La lengua, las costumbres de cada región, los objetos artesanales, la manera de asar la carne, los cantores y las habilidades camperas se disolverán en lo inauténtico para ser la pulpería más grande de la historia. No un destino de imperio ni de nación sino de pulpería. 

Batistera lo dijo con todas las letras: hay una enorme conspiración en marcha que busca destruirnos, la cabeza está en algún lugar de Buenos Aires y habrá otro foco en la costa uruguaya, por eso trajeron a Marconi para que experimentara con el telégrafo en las costas de Maldonado. Sólo a un ingenuo se le ocurría pensar que fue por puro azar que la batalla naval que abrió la segunda guerra mundial se libró frente a Maldonado y terminó en la bahía de Montevideo.

-Ellos se van a pasar las banderas por el culo. En menos de un siglo piensan liquidar la conciencia obrera y van a imponer el reino de la guarangada sin fronteras. Ya verá, si sobrevive el triste papel de nuestros gobernantes, meros fantoches, verdaderos fantoches.

Bocage estaba abrumado y desde los primeros minutos de la charla, desbordado por la cantidad de información que salía como un torrente de la boca del italiano. La herida del bajo vientre también hablaba; para el uruguayo el mundo era definitivo como estaba, así había sido creado y seguiría hasta la eternidad. La realidad no es algo que se pueda cambiar, él escuchaba esa letanía apocalíptica del anarquista pensando que el cáncer le había estropeado la cabeza, tal vez los compañeros buscaban eliminarlo porque era una cabeza fuera de control.

-Desde que supe que me mataría mandé averiguar lo que podría saberse de su persona. Con orgullo infundado usted se precia y a veces se pavonea de ser un oriental de pura cepa, como si significara algo, tuviera importancia. Usted de oriental ni el apellido tiene… disfrute esa equivocada pertenencia a una patria. El poder secreto de que le hablo, que trabaja sin cesar día y noche terminará por borrar de la faz de la tierra esa curiosa categoría de la humanidad llamada los uruguayos. No hay nada de despectivo en mis palabras, se lo aseguro. Joden Bocage, se negaron a entender la conspiración desde el comienzo, por eso alguna vez y con insistencia quisieron hacer de ustedes porteños a la fuerza y el intento falló, transformarlos en brasileros y fallaron. Les preparan la tercera transformación, ustedes joden. Las cosas cambiaron cuando participaron en la guerra de la triple alianza contra los paraguayos, ahí sí dieron la dimensión real de su infamia, mostraron la hilacha y comenzaron a ser vistos con ojos diferentes. Escuche, van a ser algo peor en los años que vienen. Un híbrido sin memoria, tontos convencidos de tonterías, engatusados por cualquier saltimbanqui de feria que les agite unos pesos delante de las narices, confundirán la vida con un tablado y van bastante encaminados. Hasta ese cantito al hablar de antigua provincia pobre del castellano van a perder y hablarán como cualquier imbécil de patota futbolera. La conjura es demasiado grande para detenerla, lo único que podemos hacer es postergarla a la espera de tiempos mejores. Ellos se comportan como una secta, por encima de todo hay un tal Moriarti, Es el que manda, recuerde ese nombre: Moriarte. Doyle tiene que morir, si tiene oportunidad hágalo por el bien de alguna patria grande inexistente. Alguna vez los orientales fueron treinta y tres para salvarse, eran pocos los que entendían y los están matando uno a uno, alguien está tachando las caras al óleo del cuadro de Blanes. Hay un chino que quiere instalarse allá en la zona donde están los frigoríficos de Montevideo, por eso Doyle tiene instrucciones de llevarlos a la destrucción. El chino es de la ciudad de Mun, nosotros tenemos un traidor en el movimiento, usted pregunte por un tal Asmodeo. Ellos ya están en la iglesia, la obra no conoce límites ni los respeta, es la única manera de funcionar. Usted me mata pero debe tomar el relevo, busque Bocage… avívese antes de que sea tarde. Matarme lo mete en el medio del lío, le da una enorme responsabilidad. No le crea a nadie, esta tarde no regrese por nada del mundo a Buenos Aires, lo están esperando para asesinarlo. Vuelva en lancha, monte en lancha el cauce del río Uruguay hacia el norte, no pare hasta llegar a Bella Unión cerca de la frontera brasilera y una vez allá busque entre los cañeros; eso había dicho Batistera y ahí se quedó quejándose, volvían los dolores insoportables y le pidió al visitante que terminara de una buena vez.

Una vez cumplido su deber Bocage salió de la casa, estaba aturdido, confundido como si saliera del museo de los horrores, consultar una bruja adivina que hubiera predicho una sarta de disparates. Había caminado unos doscientos metros cuando se cruzó con el viejo taxidermista, lo saludó sin mediar palabra y sacándose el sombrero; parecía apurado, la hija boba lo seguía a unos pasos caminando normal y llevaba un paquete de la compra, la compra de la farmacia. Ahí entendió, con horror, el sentido de unas frases sueltas de Dante Batistera.

-En la cabeza no Bocage, que me queda trabajo por hacer. Muero como mártir de la causa, pero ellos verán mi cara en todos lados y habrá decenas de Batistera en cada trinchera proletaria. El dueño de esta pocilga es un sabio.

Cuando el uruguayo llegó a la costa un muchachito lo estaba esperando y el parador estaba abandonado como si allí nadie hubiera vivido en los últimos cinco años. El muchacho le entregó a su saco azul que estaba bien planchado y llevó el bolso rumbo al embarcadero, como un mandadero de almacén. Faltaba la lancha con paseantes que lo trajo a la isla hace un par de días y buena parte del muelle estaba destruido, había un bote y en él un hombre fumando pipa: pensó en una trampa, de querer matarlo hubiera sucedido durante la caminata y el río era una escenografía inapropiada para liquidarlo; al menos él llegaría hasta la tierra firme.

-Usted dirá, comentó el botero.

-Buenos Aires, dijo y perdió su última oportunidad de hacer la buena elección.

El viaje de regreso fue el tiempo necesario para olvidar. Estaba abrumado por las circunstancias sofocando su reciente contrato y se propuso reducir lo inexplicable a los inestimables gajes del oficio. Podría desandar camino y regresar a las seguridades, abandonar el disparate de inmiscuirse en asuntos de desconocidos alucinados volviendo a su ambiente. Con la plata que lo esperaba en Montevideo tenía para un año de buena vida, después vería. Dante Batistera estaba loco, se hacía cuentos para justificar su vida de fugitivo y asesino, morir por alguna razón válida en los labios a modo de confesión. Bocage parecía mareado por el recuerdo de tanta historia y nombres, le intrigaba el destino de la cabeza embalsamada del anarquista italiano. Confrontado con el final valiente de Batistera el recuerdo de Doyle era el de un hombre soberbio, pusilánime, retorcido sin llegar a la condición de enemigo y se quedó sin tiempo de ir más lejos en sus consideraciones.

Apenas desembarcado en la ciudad grande entró en un boliche de las cercanías del muelle a mear. En eso estaba cuando sintió en la espalda el golpe de la puñalada, el tano tenía razón puta madre, trabajo fino pensó el uruguayo. Le quedaban pocos segundos de vida, los necesarios para pensar en algo agradable. En la madre por ejemplo si la hubiera conocido, tratar de recordar algún día lindo si lo hubiera, sentirse que era uno más de los Orientales del cuadro de Blanes que moría. Le salió el timbero del alma que él era, recordó que Dante no había apostado ni un vintén por su vida si decidía regresar a Buenos Aires y que Doyle hace años de ello, le había dicho que el pago por el trabajito del anarquista era plata regalada. La banca lo desplumaba, hubiera querido mirar el cielo azul y si fuera posible sin miércoles: vio una letrina infecta entre los zapatos, restos de mierda de otros con moscas empachadas, una sangre de intenso colorado manchando la losa mugrienta y era la suya que se iba por el caño. Buscaba lo que esa imagen final significaba para ilustrar su vida y le faltó tiempo para la conclusión. 

Mire usted si un malevo de su condición remontaría el río Uruguay hacia el norte, hasta perderse como fugitivo asustado entre cañaverales con víboras venenosas. Faltaba más… qué diría el comisario Cedrés cuando lo supiera.  

La división Novalis

Cuando elegí este cuento para la entrega de Febrero 2023, nunca imaginé tamaña concordancia con la realidad. No estoy pensando en la renovada pertinente del relato en sí ni tampoco en el retorno de la obra de Novalis a los programas de enseñanza secundaria, sino en la reactualización del tanque como instrumento determinante de la guerra. Así pues, la vieja Inglaterra -la misma de las invasiones del siglo XIX en el rio de la Plata, la misma de la misión John Ponsonby y la guerra de las Malvinas- decidió dar, prestar, entregar, vender a largo plazo sin intereses, una división de tanques Challenger 2 a Ucrania para derrotar a las tropas rusas en las planicies del Dombás. En estos días hay tratativas intensas para que a esa donación se sumen los Leclerc franceses, los Leopard alemanes en manos de los poloneses y el temido M1 Abramas born in the U.S.A. contra los T-90 M rusos de última generación. Creíamos estar en la guerra de las galaxias con la Estrella de la Muerte de Darth Vador y volvemos a las arenas de El Alamein en1942.

El cuento narra precisamente cómo alguno de esos tanques pudo llegar al Uruguay en pleno campo minado de la dictadura cívico militar. Se narra allí el enfrentamiento de dos personajes masculinos distantes de esquemas básicos o lugares comunes y que puede ser una partida abierta, si bien tampoco finaliza en jaque con la última oración del cuento. ¿Había en ese enfrentamiento desigual entre uruguayos de asaltos a mano armada, emboscadas, atentados, copamientos, ejecuciones, fugas espectaculares, ejecuciones y berretines connotaciones de una gran guerra como se habían visto en los cines de barrio? Parecía que no en lo espectacular; pero si lo había en la trama secreta, en dispositivos invisibles a la población de los servicios especiales, agentes encubiertos -agregados culturales cantando Viva la gente con físico de Mariner tipo Rambo-, contratos por armamento, entrenamiento de la tropa y niveles considerables de la corrupción. Yo escuché como de refilón alguna historia parecida, tampoco estábamos preparados para ver esa parte sin montar de la película y podíamos confundir a un agente post venta de armamento con un profesor de matemáticas. Lo mismo quise presentar un militar compatriota salido de cierta caricatura enfocada en la brutalidad, en la torpeza, perfilando alguien conocedor de algunas sutilezas del arte; pero que a pesar de dominar las reglas del juego, todavía sin preparación suficiente para ser un gran maestro de ajedrez de la FIDE. Igual todavía el relato parecía limitado a ciertos preconceptos ideológicos; saliendo de la encerrona, sin pretender la verosimilitud sino todo lo contrario, dediqué parte del trabajo a la presentación del arma lo más preciso posible en técnica a lo que podía acceder. Para ello compré un par de libros estupendos -ahora dejé de ver esos materiales bélicos españoles en los estantes- sobre los tanques de guerra, que hallé en la Feria del Libro de la Avenida 18 de Julio. Si ese era el artefacto que permitía la existencia del relato, el objeto codiciado y talismán de la guerra de baja intensidad, funciona porque en contrapartida está el cuerpo de una mujer, que cumple funciones distintas para los dos personajes masculinos e insinúa una historia de espionaje que quizá debió merecer un tratamiento más extenso. Sin saberlo de antes, al final de la entrevista entre los dos hombres, ellos descubren que tenía afinidades electivas, esas que en otras circunstancias sólo posibles en la ficción pudieron haberlos acercado. El gusto de los poetas románticos alemanes cultivado durante los años de formación del héroe, los tanques porque son hombres del arte de la guerra en la ingeniería y el asalto del poder; el cuerpo de una misma mujer que en pocas días se transfigura de la misión oculta a la sensualidad y del gozo al martirio. Son de las cosas que se olvidan porque pertenecen a la trama que permanece invisible en las crónicas que recoge la prensa. Como el cometa de Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, muchacho enamorado, condicionado por su tradición familiar, búsqueda de sí mismo entre la novela y la ingeniería, entre la poesía firmando Novalis y las matemáticas que no resolvieron la ecuación mortal de los pulmones. Y uno todavía se pregunta, cómo pudo ese hombre hacer tanta cosa en la brevedad de una vida de veintiocho años, que quedó sin respiro, en tiempos cuando los poetas morían en esa zona de la edad de la veintena tardía, mucho antes de la hecatombe roquera iniciada por Jim Morrison.

Título

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lavoisier@ St. Naz. com.

No se trata aquí del primer relato con referencia a Saint-Nazaire que sube a la nube virtual del Cabaret La Coquette, es quizá el penúltimo eslabón de una seria o de la zona de cuentos escritos en ocasión de la ciudad del astillero y que conocí al comienzo de los años noventa del siglo pasado. La mayoría de ellos y este es un buen ejemplo, son resultado de un pedido y pacto de escritura. Los otros, como los paquebotes enormes que allí se construyen llegaron al buen puerto de la edición; este permaneció inédito por diferentes razones de pertinencia, coordinación, cambio de autoridades en la Intendencia de la ciudad cuando el relato ya estaba escrito. Formaba parte -olvidé si individual o sumado a textos de otros escritores- del plan generoso de escribir sobre el río Loira, que es el rio de la ciudad, de la región, de Francia. También está pues en este enero del 2023, el organizador de ese proyecto Patrick Deville visita el Cabaret con un texto sobre sus visitas a Montevideo, la historia de una foto de Caruso, la casa de Juan Carlos Legido en La Paloma, el gusto de la caña con bituá y el recuerdo del suicidio de Baltasar Brum el 31 de marzo de 1933. En cuanto al título ahora parece bien frecuentado el signo @ Arroba, pero hace unos quine años quiso significar su presencia asomando al mundo de Internet en avance, una dirección imaginaria donde se reciben y envían mensajes al mundo con la abreviatura de Saint- Nazaire y en prioridad el recuerdo de Antoine Lavoisier: principio de cambio y permanencia, lo mutante en la Naturaleza macro y micro, la posibilidad de lo estable relacionado entre imperativo de destrucción creativa y mandato de creación novedosa, aceptando la fatalidad de transfiguración permanente, esa alternancia productiva entre memoria e imaginación. Diría que es la versión científico racionalista de la propuesta cósmica de la danza Tandava del dios Shiva Nataraja; por algo es su estatua bailando y rodeada por un círculo de fuego que está en el corazón de las instalaciones del CERN, cerca de Ginebra, donde se halla el acelerador de partículas circulares que va tras la partícula de Dios.

Leído a la distancia este cuento, sobrevolando o fluyendo subterráneo por la intriga visible, creo que evidencia el interés del autor -y del proyecto original- por todos los ríos el río. El río de la Plata en prioridad, el río sin orillas de Juan José Saer, el Danubio de Claudio Magris, el Támesis de Conrad, el río del puente romano de Héctor Galmés, el Ganges claro, la batalla del Ebro, el Tormes, el Sena cruzado casi cada día y tantos otros que forman el sistema fluvial de la literatura. En tanto la novela o un relato extenso es fragmento acotado en la biografía ficticia o inexistente de los personajes, tiene algo de etapa segmentada de la navegación; algunos amaneceres los vientos son favorables y otros sorprende la tormenta enviada por los dioses. A veces en medio de la travesía, hay que cambiar todas las partes de la nave como le ocurre a los Argonautas cada vez que vamos tras el vellocino de oro; al mediodía cuando el sol se refleja sobre el agua -a la manera del mar visto desde el cementerio de Sète- escapan a la mirada incluso de los baqueanos las piedras en emboscada que provocan el naufragio, con la mente perturbada el huérfano esquife se embriaga y parte a la deriva, mientras el único navegante de la canoa, envenenado por la picadura de la yararacusú enrollada, se deja ir a la deriva hacia los rápidos de la muerte.

Ese tiempo de Saint Nazaire, al menos durante aquellos años del pedido del texto eran de gran movimiento; se firmaban contratos por millones de dólares para armar enormes barcos de placer que cruzan los siete mares, se daban cita en el lugar una armada de obreros de orígenes heterodoxos que repetían en los astilleros del lugar la construcción de la torre de Babel que navega y viniendo de todos los rincones del planeta. La ciudad salía a la búsqueda de arquitectos con mirada desprejuiciada para cambiar la distribución urbana, convivir de manera distinta con los signos petrificados de la segunda guerra mundial, simbolizados por el portento de una base de submarinos alemana, darle otro sentido a los estigmas monolíticos defensivos bordeando la costa y que parecían murallas implantadas por viajeros extraterrestres. Ahora mismo se produce el encuentro periódico de escritores o MEETING en la ciudad y se publican las revistas haciendo dialogar cada año dos ciudades. Continúa el tráfico de invitados a la casa de los Escritores y traductores de la ciudad, cuyo apartamento de aterrizaje se halla en el edificio Building. Como si la ciudad del astillero supiera que, su persistencia en la memoria del universo depende de ser una Central Narrativa, provocando una incesante circularidad de cronistas de paso, que llegan para descubrir y se van sabiendo algo más de ellos mismos; que, como en este caso y así que pasen veinte años, en algún hipotético relato de la literatura por venir aparecerá el nombre de Saint-Nazaire. La historia narra el encuentro de dos historias particulares con comienzo diferente, retiene algunos resplandores amorosos de pocos días entrecruzados insinuando la posibilidad de una novela a venir; pero que la separación transforma en relato de media distancia, recuerdo de los que nunca se sabe su fueron reales o pertenecen al dominio de la ilusión escénica. Ahora mismo sucede ese bogar de la ciudad en océanos con islas plásticas, a bordo de transatlánticos allí botados, donde miles de pasajeros bailan encantados melodías vintage a la luz de la luna, juegan a los slots desafiando al azar o se pasean por cubierta, cerca de los botes salvavidas por las dudas el témpano, preguntándose qué vida sería la suya de atreverse a ir más allá de la línea del horizonte marino que tienen por delante.

Praralelo 38

Cuando lo que fuera un hombre la semana pasada queda reducido a un puñado de cenizas grises, restan poquitas palabras por decir; bueno, tal vez unas pocas similares al tamaño insignificante de los despojos llevados por el viento. En tales circunstancias, sobreviene el resumen de una vida en apenas dos horas o tres y en los ocasionales testigos queda archivado como otro recuerdo más, integrado a una endeble antología de historias en miniatura oídas de rebote, resucitadas porque sí en las ocasiones menos pensadas. La historia a mi me la contó un amigo, que a su vez la escuchó de un cantinero que aseguró haberla visto con sus propios ojos; en esa transferencia incidental de modismos, lenguaje y entonaciones de relatores tan diversos, nunca se sabrá a quien pertenece la última palabra.

El muerto era -los hechos imponen hablar en pasado- uno de esos hombres venidos hasta Montevideo desde muy lejos en el globo terráqueo y para quienes el siglo XIV está tan cerca como el último recuerdo de la infancia. Su memoria se conformó genéticamente me digo, sin necesidad de iconografías repetidas, sustentada por un culto natural y respetuoso de los ciclos vitales. Evocándolo – hasta me parece verlo- se hacía difícil concebir que un cuerpo tan pequeño encerrara tanto tiempo acumulado, sus antepasados seguro fueron pastores de Kyouggiou en Hwanghae, vieron cambiar los déspotas despiadados que les robaban impuestos y cosechas con idénticos rasgos, prepotencia y codicia. Variando imperceptiblemente –en cada saqueo- los diversos estandartes multicolores, signos violentos de depredación menguando cabezas de ganado y zafras agotadoras. Ellos sabían que el viento cruel algunas veces y tan esperado otras, seguiría llegando inexorable y las mareas (hombres elegidos preferían la cautelosa vecindad del mar) hacían poco caso a la agresión reiterada y alaridos de guerreros crueles, inclinándose ante dictámenes de la luna, astro distante e indiferente a las tribulaciones del amor humano y la muerte celeste.

¿Cómo será el gusto del atún crudo y ahogarse en plena tempestad sin que lleguen a tiempo las manos de los otros marinos, ocupados en salvar sus propias vidas? Estas preguntas así de elementales propias de pastores, se pasaron de generación en generación, de valle en valle. La multiplicación de las bestias cuidadas multiplicaban esos sueños de mares infinitos, tormentas portentosas y barcos resistentes. En las montañas los viajeros se contaban entre las mercancía más codiciadas, cuando alguno llegaba a la región se lo interrogaba con avidez a lo largo de noches interminables, junto al escaso fuego que rodeaban hasta los más ancianos del pueblo. Los escuchas estaban predispuestos a creer cada uno de los prodigios relatados, aceptaban así la existencia de animales que la palabra humana es insuficiente para describir en su tenebrosa belleza, bestias que harían empalidecer de vergüenza al más ornamentado de los dragones en los días de fiesta. Aceptaban las crónicas de tierras extrañas, ciudades prodigiosas, fabulosos tesoros cuyas perlas y monedas eran de palabras precipitadas, acunando la ensoñación de los más pequeños entre ellos.

La paz de las eras signadas en ideogramas elaborados, el futuro escrito y anunciado por tradiciones orales más antiguas no persiste por siempre. Hombres caucásicos de pelo amarillo y mirada oscurecida por anteojos para sol, armados de revólveres brillantes adornados con tachas de nácar deciden por ellos su destino. ¿Para qué insistir con sueños ancestrales si de lejos forasteros irascibles traen el rumor de la guerra? Los temidos estandartes de los señores medievales dieron paso a banderas multicolores, avanzada de una lengua altanera invasora que, prepotente, se instala en la lejana provincia de Pyongan. Como una catástrofe llegada del cielo, el futuro queda dislocado y las tradiciones se hunden en una falla sin fondo, la paz elemental, la sabiduría antigua nunca cuestionada hasta el presente, se pueblan de transistores y relojes fabricados en serie. El mar como por hechizo deja de ser frontera, el yin y el yen del orden que rige el cosmos se vuelve escudo con dicotomía de ejército vencedor: Norte y Sur. Los hombres jóvenes, tan jóvenes que ni siquiera fueron heridos durante la gran guerra, suben presurosos a los barcos para ir al encuentro de relatos de viajeros desaparecidos. Esos hombres descubren variaciones humanas insuficientes al espíritu, otras luces, nuevos gustos de alcohol sin ser de arroz y la carne pálida de exuberantes mujeres dispuestas a la sonrisa al tacto de los dólares.

Nunca supimos cual era su verdadero nombre, para nosotros era simplemente “el Chinche”, sonido fabricado remedando en algo su nombre imposible de reproducir correctamente y que querría decir –en la lengua de origen- hombre prudente que aprende de los pájaros y cazador de los bosques cuando llega el otoño. El Chinche vivió entre nosotros tan callado como el primer día que llegó; entró al bar la primera vez con otros doce hombres de la tripulación de una pequeña flota de barcos de pesca. En la esquina y aledaños del bar, cambiando dólares con cualquiera y vendiendo relojes se quedaron tres noches sin dormir, apenas sacudiendo la misma borrachera, el tiempo que insumió reaprovisionar las embarcaciones fue usado para gastar divisas que prometieron guardar hasta realizar sueños disparatados.

Al amanecer previsto sus compañeros de viaje se marcharon al puerto, balbuceando al puterío reclutado promesas de retorno y cartas con dinero. El Chinche –esas cosas que pasan porque estaban escritas desde antes- decidió quedarse en la ciudad vieja. Por tres veces rechazó la violenta argumentación del patrón del barco, terminada con amenazas de represalias sangrientas y se sentó –dijo- a esperar la próxima flotilla que llegaría dentro de algunas semanas, quizá sabiendo ya que de todos los barcos que llegan ninguno sería el próximo.

Para él la pesca no tenía secretos, su habilidad fue detectada en el ambiente y era rara la semana que los pesqueros criollos dejaran de venir a buscarlo, poco más que para una changa y solían pagarle casi el doble del jornal. Nunca se dejó tentar por importantes ofertas de trabajo más estable ni contratos prolongados, el Chinche trabajaba lo imprescindible para sobrevivir, le agradaba permanecer en tierra la mayor parte del tiempo y tenía miedo de traspasar los límites del bajo. Con el tiempo se hizo buen anfitrión de otros coreanos que llegaban a Montevideo; sus compatriotas le agradecían la oportuna información que pasaba y permitía a los desembarcados aprovechar al máximo, sin desperdicio, las pocas horas durante las cuales un paisaje ficticio de carteles luminosos, bebidas adulteradas y cortinas coloradas relevaba el destello inalcanzable de las estrellas. En alta mar, el nombre y la situación del Chinche eran bien conocida por las flotas interminables que se cruzaban al sur del ecuador. Los navegantes orientales sabían que allá, debajo del trópico de Capricornio, en una ciudad erigida en la base de una colina ridícula alguien que hablaba su misma lengua los estaba esperando. Ese alguien conocía los caminos de la tierra originaria y el puerto de partida.

La paulatina recuperación de hábitos sedentarios de sus antepasados pastores llevaron al Chinche a buscar otras formas de estabilidad, fue previsible que se encariñara con una de las muchachas del ambiente, era su única posibilidad de tener una compañera: dentro de ciertas vidas sólo se puede ser feliz negociando sin poner condiciones. Sobre todo la amaba, de otra manera que a nosotros se nos hace difícil entender, la cuidaba como a la porcelana, una lámpara de papel ascendiendo a la noche vertical entre mariposas efímeras, poema sublime de un único signo. Ella, después de los hechos contó que el Chinche nunca le reprochó su vida de puta de alterne ni la maltrató; guardaba de él un recuerdo de hombre cariñoso, con esa discreción y la envidia de quienes no soportan la felicidad ajena, el coreano se ganó el derecho a ser considerado, con respeto, algo así como el marido de la Chola.

Un día, entre lenguas de un vino peleón que hacían en Las Piedras y traducciones casi incomprensibles me confesó –ahora yo vengo a ser el que allá estaba- que le gustaba todo de la Chola; en especial el nombre porque sonaba como una provincia de su tierra y cabía en dos signos elementales. La pareja y cuando las actividades profesionales lo permitían disfrutaba de los gozos del día, se los veía caminando por 18 de Julio entre el atardecer y el encendido de las primeras luces del alumbrado público, o bien por la costa del otro lado de la calle Reconquista, la costanera en curva que lleva hacia el Parque Rodó. Para los vecinos, testigos casuales de sus trayectos tomados del brazo, la sorpresa del comienzo, provocada por dos físicos tan desparejos, con el tiempo se transformó en costumbre aceptada por la ausencia de escándalo, como si uno y otro se hubieran empecinado en mimetizarse de lo que carecían. Fue el único coreano en la historia del mundo que aprendió a jugar al truco y cebar mate, si pudo adentrarse en ese sobreentendido de gestos y mentiras como un actor de ópera china, resulta fácil aceptar su afición a otros hábitos menos sutiles de nuestra gente. Las ganas, sus deseos visibles de quedarse pudieron doblegar la desconfianza de muchos vecinos, que pasaron a querer al extranjero como si sus rasgos inconfundibles fueran un accidente de nacimiento; que pena, entonces, morir de esa manera.

Prefiero omitir los detalles escabrosos, digamos que los conozco y no los recuerdo, que los vi de cerca prefiriendo callarlos. Puedo referir una vez más lo que contaron los otros y seguro será diferente a lo que conté la ultima vez, tan distinto por cierto a lo que contaré la próxima vez que me lo pidan. El Chinche murió de una puñalada, no como pastor ni pescador de mar abierto: cayó como guerrero cansado, un saqueador de caminos emboscado, tan lejos de los antepasados. El polaco rubio que lo mató con ojos desorbitados gritando y pataleando, en plena borrachera no entendió el crimen, menos el arresto. Más calmo, cuando se derrumbó su resistencia, argumentaba sin que ninguno de los testigos le entendiera una palabra, pensando que encerrado en los próximos años encontraría tiempo para aprender a decir, en castellano, que estaba borracho y mató al amarillo esmirriado sin querer. Se supo del error fatídico de hacer un último yiro antes de dormir porque el trabajo se presentaba fácil, que hubo desnudo se contó, golpes de rabia y gritos de mujer insultando.

Una sombra subió corriendo la escalera empinada, pensando más en la Chola que en el estado colérico del agresor. La quietud pesada de los últimos meses entumeció los reflejos y se explica el último descuido; fue directo hacia allí que emergió, de la puerta recién abierta un puñal enviado con la inexplicable certeza que tiene la mano de un borracho. La sangre brotó del pecho coincidiendo con el llanto de la mujer y los gritos anunciaron la tragedia en el patio del conventillo. El Chinche aguantó unas horas y murió sin haber pasado el mediodía, ni una queja se le escuchó en la espera ni una palabra salió de sus labios apretados. Murió entrecerrando los ojos, parpadeando como si estuviera forzando recuerdos, sin que ninguno de los que estaban junto a la cama del hospital adivinara lo que pensaba en el último tirón de vida. Mediodía es una buena hora para morir en el suburbio, el alboroto en el bajo es mínimo, las corridas de los involucrados se confundían con la intensa actividad bursátil y bancaria de la zona.

Reacciones imprevisibles de la gente, sentimentalismos de la vejez en todo caso llevaron al cantinero a la cremación del cadáver del Chinche. El domingo cuando amanecía después de una noche dura de trabajo, entre atorrantas tristes, polacos confesados y coreanos de paso fue caminando hasta el extremo de la escollera Sarandí y tiró al mar las cenizas, con el gesto rápido de cuando se tira un aparejo de plomada redonda.

A esa hora algunos veteranos ya  bien  envinados llegaban con la caña de pescar preparadas y la esperanza de abundantes piques de pejerreyes; las cenizas se confundieron con el mar y ahora despliegan la memoria líquida del Cosmos. Con esos tipos que vienen de allá nunca se sabe… quién te diga que tengan razón en lo que siguen creyendo a pesar de la guerra, a pesar de la injusticia de la muerte del Chinche y el tiempo infinito de sus dioses tutelares continúa su inexorable avance. Después de tratarlos un poco aunque sea en la superficie, uno al final se da cuenta que no son todos iguales… bah, eso creo. 

Non l’avrei giammai creduto

El ingreso al enigma último del libro comenzó con una sencilla pregunta pertinente para concurso radial de cultural general: ¿podría el participante aclarar debido a cuáles circunstancias, coincidencias o misterio la sinfonía N.º 38 en re mayor de Mozart se denomina Praga? Considerada desde el interior de la partitura Köchel 504 la respuesta es evidente, pero son los iniciados en historia de la música quienes conocen la razón en detalle y los otros debemos buscarla en territorio extranjero, como todo aquello que nos obsesiona.

Estando yo a la caza de referencias insólitas sobre la ciudad natal de Kafka, queriendo mejorar este mismo proyecto IV –en la medida de lo posible y con vetas explotables extra literarias- inicié un periplo de viajero aficionado hacia otros dominios que resultó estimulante -sorprendente- y donde el trabajo considerable de Jean y Brigitte Massin sobre el compositor de Salzburgo, fue la fuente principal. Tampoco esperaba llegar a conclusiones originales por extravagantes, pero tal vez con algo de suerte localizar un atajo atractivo, tentar una hipótesis inventada, de esas que insinúan correspondencias mágicas hasta el borde de la credulidad y nadie verificaría a posteriori. La operación aparentaba ser pausada si bien laboriosa en su realización, debía alcanzar una escritura que pudiera evocar –en relato mental- sucedidos humanos de siglos atrás y otros acaecidos en la isla Indemostrable, había al respecto documentación suficiente e incierta, alterando contornos del real amenazante defendido con uñas y dientes, que suele ser otra quimera y aceptada con fisiología de animal fantástico. El propósito así urdido fue sencillo, rehacer el camino de ida y vuelta hasta el lugar común del asombro, abrir ventanas orientadas al clarear de lo ignorado, acceder a dudas clonadas que me acompañarán hasta la muerte, localizar un meteorito de alta densidad perturbadora que incrementara el sistema narrativo precedente. Necesitaba salir del proyecto IV Nunca conocimos Praga por la escala de la recóndita armonía; siendo honesto admitir al empezar el final que disfruté del periplo, como cantó Edith Piaff -en 1960 cuando yo tenía nueve años- no me arrepiento de nada de lo escuchado y leído para completar fichas con las cuales elaboré este texto. Valieron la pena las semanas de pesquisa sobre ese eclipse prodigioso ocurrido entre el músico malogrado y la ciudad de los puentes sobre el Moldava.

Nunca hubiera sospechado que ese meteorito creativo del rito masónico llevaría a nudos tramados de la historia kafkiana que me dejaron perplejo, con ese estado de ánimo especial y alcanzado ante la inminencia de una revelación alterando un saber del mundo supuestamente clausurado. Ciertas constancias del conocimiento expandían hasta el infinito el páramo de la ignorancia –el Caos es norma de alternancia accidentada-, distanciando el interés del rumor del mundo, recluyéndome en convicciones relativas a la vida retirada. Creo que eso que designamos Mozart con ligereza en cuanto a modelo canónico de música clásico, de melodía imponiéndose frente al olvido programado de charanga contemporánea, erosión constante de partituras complejas del mundo moviéndose de continuo, la sospecha de que lo humano está enlazado a fuerzas otras –algo que seguirá resonando expandiéndose después de los Apocalipsis absurdos imaginados por el hombre- fueron posible en la pasión con Praga –que lo estaba esperando desde la Edad Media- y el músico en su fatalidad, destinado a conocerla desde que anotó la primera clave de Sol cuando tenía todavía dientes de leche. Resultó el encuentro fortuito del elegido Amadeus –como otros tantos músicos pululando por aquellos decenios en Cortes europeas y capillas en mal de oratorios- con la ciudad amada por potencias espirituales y herméticas, diabólicas y angelicales. Concretando lo misterioso de que las obras resultantes del cruce sean diferentes dentro del repertorio personal e histórico, acariciando lo inefable en los labios.

Cuando el escenario tangible y de congéneres creyentes en el mundo de ultratumba es más intenso que nuestra capacidad de asimilación, debemos emprender diagonales amenazantes, visitar el reino de los muertos guiados por un maestro de confianza. El viaje a Praga de la familia Mozart revolucionó varios sistemas arbitrarios anteriores y el precio a pagar resultó oneroso; no tanto en aspectos biográficos, porque esas fuerzas sugeridas jamás se humillan al punto de infiltrarse en la vida aleatoria de los hombres, pero sí en tanto afectan las obras resultantes: aquello compuesto por Amadeus “después” de conocer Praga. Las obras de Mozart vinculadas a Praga están tocadas de cierta incandescencia diferente e inhumana, como habiendo sido inspiradas por Musas distintas de las mitológicas griegas y que los occidentales ignoramos, potencias que se detestan en Sánscrito y se nutren de la guerra perpetua, divinidades que desprecian su manifestación iconográfica entre los hombres; como si además de la inspiración sabida por las voces románticas, entraran en juego el sufrimiento de ser ángel entre los hombres, se viera de cerca la sombra de la Muerte cercándolo, comunicando mediante acordes inconcebibles la vanidad recurrente, la mediocridad desbordante del entorno contemporáneo, validando que el genio sería de inspiración demoníaca a falta de mejor explicación que suplante a las Musas fatigadas.

El capítulo Praga comenzó en Viena y había una vez el año 1786… Mozart ya era el Elegido entre los mortales. Los enemigos envidiosos pululaban en su circuito de mecenas, convites en castillos encantados y representaciones teatralizando el poder, la vida era creadora de melodías populares sublimes y el halago circulaba en días de fasto infantil. Sin embargo, la obra considerable que lo precedía a ese año fatídico naufragaba en peripecias económicas de endeudamiento, contrariedades sentimentales eróticas de un hombre cualquiera cautivo de sus debilidades. Praga la villa tan seductora, hubiera sido prescindible e innecesaria a su fama contemporánea; podría aportarle en todo caso una sociabilidad acrecentada por la recepción, reconocimiento halagador hasta la vacuidad provinciana cuando la autoestima está en crisis y escasea dinero en retribución, tan necesitado para llegar a la siguiente primavera. Mozart viajará a Praga tras lo que no tenía hasta entonces entre sus manos y lo otro trascendente que ignoraba, si bien intuyendo su aura. El peregrinaje bohemio tiene por excusa la necesidad de cambiar de aire y la intuición de contemplar el Moldava para desafiar la fuerza del Destino, como si se tratara del otro río subterráneo invisible, que es todos los ríos y el único afluente del genio que debiera importarnos. En la tercera orilla estaban los tenderetes de la promesa, la ambición secreta de componer lo que nadie había concebido en el pasado, hacer resonar con orquestas y piano una música, cantos humanos que nunca antes se habían escuchado en la accidentada trayectoria de la Creación.

Es bien sabido por quienes persiguen hasta el agotamiento en íntimos laboratorios alquímicos acordes transgresores, se aplican la pomada encantada del relato con puntos suspensivos mientras los hombres se consuelan… desde niños necesitan escuchar cuentos maravillosos para enfrentar terrores de la noche repetida. Los dioses –o lo que fuera de inasible que evoquemos para entender nuestro estar en el mundo- lo fueron preparando para inducirlo a Praga. Estaba en la treintena prodigiosa final y había que ponerlo a prueba, doblegando el olvido pétreo de los años siguientes y vengativos siglos venideros. Para renacer en la memoria tardía de la humanidad Mozart debía morir una primera vez, recorrer de rodillas el atajo empedrado hacia la inmortalidad por sus propios medios, transitar descalzo el desierto del Purgatorio nominativo: el lugar acogedor que lo halagó dándole la ilusión de la fama efímera debía comenzar a despreciarlo. El año previo a Praga, Wolfgang Amadeus entra en desgracia en efecto dominó, los astros que lo protegían desde la infancia se desarreglan en el firmamento con estruendo, un público conocedor y la prensa deciden descartarlo del círculo privilegiado, la volatilidad del gusto social que paga las localidades, sumado al capricho crítico de la originalidad mundana contamina los salones; dejó de ser el niño prodigio del clavecín presentado por el padre como atracción de feria, los celos arraigados de otros rondando su luminosidad prescinde de muñecos rituales para concretarse. El placer instigador cargado de murmullos es más exultante cuando la víctima es un ser superior carente de defensas y la elección de algunos temas operísticos –por osadía musical y vísperas revolucionaria- crean reacciones devastadoras entre hombres de influencia en gabinetes secretos del poder, que bien pronto pasan del desdén al reproche y luego al gesto destructivo. Algo puede entenderse en lo ocurrido esas semanas sin poder explicarse considerando incluso el tiempo transcurrido. Mozart está en la plenitud de sus medios técnicos y a su manera gestionando el torrente creativo, la subsistencia cotidiana en círculos concéntricos afectivos es durísima, de acuerdo, de acuerdo… era un pésimo administrador, mano rota con amigos abusadores, tenía gustos estrafalarios y caros, vivía casi separado de lo terrenal; de haberse mantenido el circuito de producción activado y con puestas en escena programadas, el compositor igual estaría integrado sin alboroto a la sociedad vienesa. Esa fortuna de rentista con entradas en los salones no fue su presente temeroso del futuro y la sociedad en bloque será implacable activando su estrategia de demolición.

Vayamos con prudencia a lo que se puede entender. El conjunto se aglomera y gira en torno a Las bodas de Fígaro, ópera que debería haber sido un éxito y padeció la recepción tibia que se asimila al fracaso. La primera representación tuvo lugar en Viena el primero de mayo de 1786, la ópera fue compuesta en algunas semanas del verano anterior con el placer de poner en música la belleza de la lengua italiana. Era la primera vez que el autor trabajaba en colaboración con el libretista Lorenzo Da Ponte; cosa más extraña la reacción sin entusiasmo pues, si dentro de la música está la obra Mozart para aclarar la noción “música clásica”, en Las bodas de Fígaro fluye la línea melódica definiendo lo que nombramos Mozart para distinguirlo. Un aire que abre las puertas del pasado (como si fuera el Infierno temido del Tiempo) probando que los límites de la vida no coinciden con los de “nuestra vida”. Esos vieneses en general salvo los menos, al parecer nunca supieron lo que estaba ocurriendo en el magma perturbador de la Creación cuando escucharon el aria Non piu andrai, farfallone amoroso… Las bodas de Fígaro se representan nueve veces en el año, casi de manera aleatoria entre otros espectáculos líricos que marcharon al olvido y parece por el contrario que no hubiera ocurrido nada sobre escena digno de ser destacado. Mirado desde el siglo XXI sería sencillo explicar el error de paralaje en ese rechazo popular, argumentar con ironía el desajuste que resultaba prueba determinante. De nada sirve indagar el rechazo –tampoco tengo información ni capacidad técnica para hacerlo- y si lo centramos en Mozart, caeremos en el cliché del genio incomprendido y el lloriqueo evocando la justicia tardía de la posteridad. Después de todo, uno puede vivir muy bien la vida cotidiana siendo feliz hasta la muerte sin haber escuchado non piu andrai…, sin después poder sacarse ese aire de la cabeza habiéndolo oído una única vez antes de saber leer. Igual querría destacar esta mañana primaveral dos hechos en apariencia contradictorios y que serían impulso inicial del nuevo movimiento. a) el éxito en Viena a nivel popular de la ópera Una cosa rara, ossia belleza ed onestà del valenciano Vicente Martín y Soler, con libreto del referido Lorenzo Da Ponte. b) La venta a Pasquale Bondini, director de la Ópera de Praga de los derechos de Las bodas de Fígaro por 100 ducados.

Justificando el cotidiano circular de la contrariedad que se ensaña en el último trimestre de 1787, los historiadores evocan celos justificados e intensos, boicot de audiencia acentuado con complot aristocrático en decisivas instancias del poder. El resultado de esas manipulaciones es desdichado para el músico y se perfila un rudo final de año para la familia, falta dinero al presupuesto, los prestamistas se hacen evasivos, conciertos y suscripciones con editores de música disminuyen como si hubieran acordado entre todos urdir un complot devastador. Se retarda la edición de partituras, aumentan alumnos de familia aristocrática robando cada día horas preciosas y la humillación de exponerse ante nobles de segunda zona detrás de créditos; los acontecimientos negativos se aceleran y acumulan con Mozart como en un drama burlesco por entregas sin final feliz. El 18 de octubre de 1786 nace en la familia el tercer hijo varón, hay planes de giras y conciertos por Italia e Inglaterra con intención de equilibrar economías menguadas; menos que solucionarse las relaciones con su padre se tensan aún más en esos meses y el niño Johann-Thomas fallece un mes más tarde, el 15 de noviembre. Esa tragedia familiar en el siglo XVIII parece cosa habitual aceptando la resignación o se la vivía de manera que hoy resulta inconcebible; por supuesto, circulaba ante esos golpes de la vida una voluntad divina que consuela, lo que en nada quita a la circunstancia el dolor y seguro la rabia consecuente. ¿Se puede superar sin cicatrices un duelo de esa naturaleza y cómo componer durante la noche con finales alegres a toda orquesta? Hacia la última quincena de noviembre se deciden planes y proyectos para descartar el dolor, si ello fuera posible. La vida continúa siendo otra vida, crear para olvidar, viajar para olvidar, endeudarse para olvidar…

Es creíble en los Mozart la tensión de la existencia, deudas acumuladas llegando al plazo confiscatorio y la imposibilidad de retirarse parecen prohibidos, ronda luego eso otro acechando –trágico por irónico y contradictorio- que es el mandato torrencial de creación. Ejemplo y decisión, inconsciencia o terrible don de los dioses imponiendo a la vez la belleza agregando el precio a pagar por desafiar la tradición. Esa música es la fuerza de Eros en deshielo de las cumbres ante estragos reiterados de Thanatos anegando el valle de los mortales, hay ahí quizá la aceptación de la muerte, del rencor y humildad de recibir la fatalidad del niño muerto, pero no se le permite tener la última palabra sobre la existencia. Intuyendo que la muerte viene a buscarlo y porque la desafía, Don Giovanni –que todavía no está compuesta- organiza un banquete y sabiendo que Ella pasó de largo, el Amado de Dios replica con el Réquiem.

En esas semanas finales de 1786 hay que dar vuelta la página del Te Deum familiar, pero será de hojas blancas saturadas de notas inexistentes antes en la historia de la humanidad. Mediante invitación o intuición de iniciados, que ese debería ser el Destino si aceptamos el pensamiento occidental, porque los hermanos generosos de la Masonería quieren demostrar el espíritu de la fraternidad en algún momento se decide la tentación de Praga. Había reacciones de ironía en la recepción de su obra en esas mismas semanas, mientras que en Viena Las bodas de Fígaro se arrastraba en la burocracia teatral con adhesión pública en baja y la crítica felina a los zarpazos, que se preguntaba con desdén si Mozart no estaría acabado, la misma ópera vivía un triunfo en Praga. Los biógrafos del músico ven en esa alteración y disimetría algo que pudiera explicar –el gesto creativo permanece en el cono oscuro del misterio- un movimiento que tiene algo de sublime y maléfico.

Entre el cuatro y el seis de diciembre Wolfgang Amadeus termina la composición de dos obras sublimes en los géneros mayores, el concierto N.º 25 para piano y orquesta, la sinfonía N.º 38 Praga. Se escribe fácil sobre el ordenador, pero dicha configuración en diálogo es maravillosa como si se tratara de una Gran Nova explotando cerca de nuestros tímpanos hasta enceguecernos. Es ahí cuando ingresa mi interés por los vínculos del músico y la ciudad de la familia Samsa, desde que comencé la indagación era previsible que me interesara por la sinfonía 38, la escucho con frecuencia desde entonces -cada día escribiendo este texto y mientras lo corrijo- pero hasta ahora nunca había tenido interés suficiente para profundizar en el asunto. En cuando al concierto para piano y orquesta, fue la música que me acompañó en un vuelo Iberia a Carrasco viviendo un momento de gran dolor; lo programé en el avión para recordar la infancia con ternura, era la versión de Martha Argerich bajo la dirección de Claudio Abbado y es la que escucharé hasta el final.

Después de conocer esa coincidencia fui de sorpresa en sorpresa, como cuando abrimos una caja infantil con autómatas músicos, me tetanizó saber que esas dos obras, cursores y referencias de ambos géneros en la vida de Mozart y la música occidental fueron compuestas durante los mismos días. Ello ocurrió en las semanas previas al primer acercamiento de Mozart a Praga, tal vez luego de haber decidido él viajar con la excusa de una invitación y comprobar in situ el suceso de su última ópera. Siempre irrumpen en tales casos las máquinas mentales ilusorias pretendiendo atestar vacíos, no del desconocimiento sino de aquello de lo que ni se sospecha la existencia. La explicación en tal caso es que cada vez que Mozart salía en gira a ciudades, Cortes de provincia o conciertos además de los éxitos consagrados, como cualquier músico de nuestro tiempo siempre quería llevar novedades. El genio en ese caso necesita de demostración renovada y constante en exigencia del movimiento perpetuo; en esas épocas la competencia era violenta y los favores del público caprichosos considerando la proliferación de la oferta musical. Lo fantástico del momento señalado, es que tanto el 25 como la 38 no son divertimentos de circunstancia sino obras de síntesis y definitivas, delimitan la frontera armónica entre el apogeo de la existencia y la primera visión de la muerte, en esas partituras hay una vida breve de Mozart acotada y mucho de innombrable alcanzando la perfección; vendrán luego con fluidez genial los denominados “últimos” conciertos para piano y orquesta, las “últimas” sinfonías, los “últimos” años de la vida. Viajar a Praga mientras los planetas se organizaban entre ellos de esa manera era salir de la envidia de Viena, recibir la gratificación popular que se le brinda al gladiador, al músico adecuado a los gustos de quienes pagan; aceptación difícil de entender, marchar a Praga era encaminarse a la primera entrevista con la Fatalidad que lo designó como otro de los elegidos y comienza a aguardarlo: lo escuchado entre los movimientos cuando las orquestas se afinan y atacan los primeros acordes, mientras los solitas aguardan el segundo de despegar su parte.

Se insinúa la noción de la existencia como tragedia desacordada, ebriedad sensorial e imperativo de vivir el instante, ecos de dolor apocado, la muerte siendo cuestión teológica y asunto personal: mancha en la mano, el vaso de vino tinto en una taberna campestre en medio de ninguna parte, el despertar una mañana de un sueño estremecedor. En esas obras no hubiera podido tocar nuestro querido músico uruguayo Santiago Luz, pues W. A. M. no previó la línea del clarinete sobre las partituras. El 25 cierra la serie de los doce grandes conciertos para piano, la 38 abre la serie de las últimas tres sinfonías; la 38 tiene sólo 3 movimientos y se comenta que era para adecuarse a la simbología masónica. Mozart había ingresado a la logia de la Bienfaisance el 14 de diciembre de 1784 y fue ascendido a Gran Maestro el jueves 13 de enero de 1785; estaba la logia referida en la traza del Iluminismo: espíritus progresista, antimístico, irreligioso, racionalista, política y socialmente prerrevolucionario. Mozart era la medida del hombre transfigurado y esa música tan asociada al antiguo régimen, celebraba la inminencia del cambio, será Fígaro que canta el non piu andrai. Son movimientos subterráneos, agujeros negros de información, errores queriendo despistar y suposiciones sin pruebas. Las preocupaciones personales, gestión de “esa” creación, vida social, secretos de logias, correspondencias y tesis precarias que oponemos a la ignorancia.

Todo asoma a la superficie y de común acuerdo en las navidades de 1786, bajo la inocencia de una invitación a visitar la capital bohemia y asistir a las representaciones de Las Bodas de Fígaro. De lo que queda traza es de Johann Thun, un hermano en la Masonería que está en la iniciativa; invitación por lo menos oportuna y a la que se suman los músicos de la orquesta estable. Los engranajes del impedimento de desentumecen, la experiencia Praga entra en movimiento. Más que de equilibrar el desdén de Viena la imperial se trata de crear condiciones que hagan posible lo que adviene y tienta otra alquimia distinta a la que manipula metales menos nobles con la finalidad de derretir el oro. El nueve de enero de 1787 Wolfgang Amadeus inicia el viaje a Praga que será determinante para su destino divino y en compañía de Constanza. La espera de los días, el dejar atrás Viena, otro vértigo de acontecimientos, como si en la ciudad mágica a fuerza de horrores históricos y científicos las leyes plurales del tiempo incitaran protocolos de inquietante transfiguración.

Llega a Praga un mes después del estreno de la Las Bodas de Fígaro el 11 de diciembre, la misma semana de la intensa composición referida. El 11 de enero la familia ingresa a otro dominio, los hermanos de la Masonería hicieron las cosas bien y el público de Praga al celebrar Las bodas de Fígaro se adelanta varios siglos en la decantación de la historia musical. El 17 de enero Amadeus asiste a una representación de la ópera, ve sobre escena la historia musical encarnada y que tantos meses se montó en su cerebro, dos días después se estrena la sinfonía Praga y él condesciende a interpretar una docena de variaciones de temas de Fígaro en el teatro Nostitz. La respuesta a mi pregunta inicial era asimismo una fecha: 19 de enero de 1887. El 20 del mismo mes dirige la orquesta en la representación de la ópera y el 27 festeja su 31 aniversario, hasta ahí todo parece normal con cierto aire apenas de reconocimiento acentuado. La rareza ocurre en esos días; el concierto del 19 le había aportado 1000 florines, en pleno entusiasmo firma con Bondini un contrato por la creación de una nueva ópera y su puesta en escena que sería estrenada en septiembre. Bondini parece ser el nombre camuflado de otra potencia superior y se repite la ceremonia ritual, la escena de la firma recorriendo como fantasma fugitivo la vida espiritual alemana. Sin que aún se sepa ni sospeche, se inicia el ingreso de Don Giovanni a la fragilidad rígida del mundo y ciertas puertas condenadas ceden cerrojos milenarios trabados desde los protozoarios. Mozart permanece algunas semanas en Praga –el 6 de febrero compone seis danzas alemanas- y se sabe que el 10 de febrero está de regreso en Viena, ese viaje alteró la disposición de los astros inclinándose ante la criatura y otras figuras divinas comienzan a dibujarse en la noche.

El compositor vivió feliz en Praga, fue sacudido en Praga y le hacen propuestas generosas para retenerlo, Praga será el viaje a las regiones donde atraviesa ríos secretos de lo posible pero sería en Viena que deberá cumplirse el destino. Devuelto el compositor a su rutina austriaca, incentivado por las secuelas de la firma de la promesa contacta con Da Ponte por el libreto. Todo hace suponer que la idea de explorar el mito español es del italiano y Mozart comienza a trabajar en la música de la nueva ópera, la composición coincide con algunos golpes de la vida formando parte del peaje a desembolsar. En Bonn fallece su querido amigo el conde Hatzferl que era apenas un par de años mayor que Mozart, ello asesta el estigma doble del dolor y advertencia; su padre Leopoldo se agrava, Constanza queda embarazada. En abril llega a Viena con 16 años el joven Beethoven, al parecer el encuentro entre los músicos no fue del todo amable y puede entenderse. Era recibir la visita proveniente del músico futuro que abrirá la puerta siguiente: sinfonías, sonatas, conciertos para piano y orquesta, variaciones sobre un tema de Diabelli. El 28 de mayo muere Leopoldo, el padre; innúmeras especulaciones se propusieron sobre la infancia, años de formación, explotación del talento del niño, dura correspondencia en los últimos años entre ambos hombres y el nexo freudiano con la penúltima escena de Don Giovanni entre otras osadas interpretaciones por el estilo. De creerlas, estaríamos a la vez ante el dolor inmenso y una sensación de liberación de una tutela pesada en todos los aspectos.

En innegable que en esos meses en torno al encuentro con Praga las fisuras del decorado se acentuaron y Mozart entrevió paisajes celestes e infernales, llamas para la humanidad pecadora y milagro angelical para la música. Otras fuerzas exigentes parecen liberarse en el compositor para asediarlo, previendo un tributo oneroso de partituras, no se trata de escribir otra ópera más de repertorio que se suma a las carteleras, Don Giovanni será la ópera destinada a Praga y la primera después de la muerte del padre. Como se dijo, trabajará con Lorenzo Da Ponte y será durante las noches del verano vienés entre los meses de julio y agosto, que compone la mayoría de la partitura que reserva varias sorpresas antes del estreno. Da Ponte elige un argumento que tiene ciento cincuenta años de vida literaria y se está convirtiendo en mito de la tipología humana. En lo relativo al asunto hay poca renovación; hacía falta otra música para sublimarlo y dar la sensación que en la Obertura es recién ahí cuando se inventa la figura del seductor itinerante y novio fiel de las llamas infernales. Tampoco la originalidad es total en cuestiones de ópera europea, en 1782 se conocía una obra al respecto –Il convitato di pietra– que obtuvo cierto suceso y se montó en 1787, la música era de Giuseppe Vabamiga y el libreto de Giovanni Bertati. Da Ponte al parecer se inspiró con excesiva insistencia de ese libreto, sin bien tenía talento suficiente para aportar cambios dramáticos y secuencias que todo lo cambian: ¡cuán largo me lo fiais!

Algo de enorme por profundo está ocurriendo en la historia de la música, en la trayectoria de la humanidad y muchos prodigios ocurrirán durante el segundo viaje de Mozart a Praga. Con la ópera casi terminada, Mozart y Constance salen para Praga el 12 de septiembre de 1787 y el tercer día –14 de septiembre y al parecer miércoles- ocurre un episodio extraordinario. Ello es lo narrado por el alemán Eduard Mörike (1804-1875) en un libro que se transformó en modelo del género y se titula Mozart de camino a Praga. El relato fue publicado por entregas durante el año 1855 y luego de manera independiente en 1886, para celebrar el primer centenario del nacimiento del músico. Es un curioso cuento y el más famoso sobre el personaje; habría que aguardar hasta 1984 y el filme de Milos Forman Amadeus para tener una visión más libre del personaje que se distanciara de retratos, perfiles y camafeos con tendencia al museo. Siendo la vida de Mozart rica en excepcionalidades, sucesos y encuentros es lógico preguntarse por qué razón Mörike –es decir la narrativa- eligió ese fragmento durante el tercer día del viaje segundo a Praga.

La anécdota contada es sencilla, durante el tercer día los viajeros hacen un alto para descansar cerca de un palacio en las cercanías de Shrems, en la frontera norte de Austria. El viaje había sido calmo salvo un incidente menor, pues por descuido se derramó en el carruaje un frasco de Rocío de Aurora, agua de olor de la que Constanza era muy aficionada. Igual que Don Giovanni el relato de Mörike dura el tiempo de un día; la crítica sugiere que si la obra tiene intensidad intrínseca, es porque polariza las peripecias no sólo del viaje a Praga, sino del viaje hacia el final de la partitura de Don Giovanni. Algo del azar ocurre para que los planes iniciales sean alterados; Constanza queda en la posada descansando y Mozart sale a pasear por los jardines, lejos del paisaje urbano que tanto aficionaba el músico, sin un billar en lo inmediato y acaso resignado al día que transcurre en la naturaleza disfruta del paisaje con delectación de hombre prerromántico. La situación para Mörike es fuente de inspiración, sería en ese jardín que Mozart compuso el dueto Zerlina y Masetto, así como el coro de la boda campestre: Giovanette que fatti all’amore… También, como si se tratara de una escena mitológica entre semidioses, Mozart arranca y corta una naranja de un árbol prohibido destinado a una boda. El jardinero lo advierte y se molesta, Mozart escribe una carta de disculpa para el señor del lugar y que firma: “W. A. Mozart, de camino a Praga”. Luego de algunos enredos de identidad, los señores del lugar advierten quién es el intruso que está de paso, lo invitan a participar en las festividades y el episodio termina bien.

Acaso la anomalía, es que hacia el final se explora alguna hipótesis para desentrañar el secreto mozartiano de la composición, lo que agrega a la vez una pequeña luz de explicación y otra capa de incertidumbre a un misterio que se niega a ser reducido a una forma rígida de ininteligibilidad. El relato de Mörike abre perspectivas sobre la prisa de componer contra reloj e informa que faltan escenas de la ópera; en esa tarea descubrimos una explicación de la complicidad con el libretista italiano: “enseguida me senté ansioso a leer y quedé encantado con lo bien que ese tipo entiende lo que yo quiero”. En ese mundo provinciano Mozart era a la vez el cometa que pasará una sola vez, el hombre que compuso las músicas que se interpretan en las veladas del palacio imperial, la oportunidad de formular preguntas sobre estrategias de composición y el actor del drama que toca él mismo las melodías. Entre el agrado del músico y la pesada insistencia de esa aristocracia periférica, Mozart interpreta algunas novedades, entre ellas fragmentos del final en movimiento de Don Giovanni. Antes de Praga, fue en ese palacio ficticio con algo de escenografía teatral que un grupo de espectadores se enfrentó al Comendador petrificado y la invitación a la cena, la estatua que regresa del mundo de los muertos. He aquí la versión de Rosa Sala Rose –traductora al castellano- del impacto de esa escucha:

“-Denos… -musitó por fin la condesa, con el corazón todavía encogido-, denos, se lo ruego, una idea de cómo se sintió aquella noche al dejar la pluma.

“Como arrancado de un silencioso ensimismamiento, Mozart la miró jovialmente, meditó unos instantes y dijo, dirigiéndose medio a la dama, medio a su esposa:

“-Bien, creo que al final me dolía la cabeza. Había escrito este dibattimento desesperado hasta cuando sale el coro de los espectros, todo de una tirada, ante la ventana abierta, y tras descansar unos instantes me levanté en la silla, dispuesto a ir a tu gabinete para que pudiéramos charlar todavía un poco y dejara de hervirme la sangre. Pero entonces un pensamiento desagradable me llevó a detenerme en medio de la habitación.

“Tras decir esto, Mozart pasó unos dos segundos con la mirada fija en el suelo y su voz delató una emoción apenas perceptible en todo lo que siguió a continuación:

“-Me dije a mí mismo: si resultara que te mueres esta misma noche y tuvieras que dejar tu partitura abandonada en este punto, ¿podrías descansar en paz? Tenía la mirada fija en el pabilo de la vela que sostenía en la mano y en los goterones de cera caída. Por unos momentos me embargó el dolor ante esta idea. Pero entonces seguí pensando: ¿y si después, más tarde o más temprano, algún otro, acaso uno de esos extranjeros, recibiera la ópera con el encargo de terminarla y encontrara todos estos números pulcramente reunidos, desde la introducción hasta el número diecisiete, con la excepción de una única pieza? ¿Toda una serie de frutas orondas y maduras lanzadas sobre un césped crecido, de modo que no tuviera más que recogerlas? Supongamos que aquí, antes de la mitad del finale, se sintiera un poco asustado, pero se encontrara entonces con que yo ya le había apartado esta tremenda roca… ¡cómo se reiría para sus adentros! Quizás se sentiría tentado de escamotearme el honor, aunque en ese caso se quemaría los dedos, pues seguro que aún quedaría un grupito de buenos amigos conocedores de mi impronta y que no dudarían en hacer valer lo que es mío. Fue entonces cuando me fui, le di las gracias a dios con la mirada en alto, pero también, mi querida mujercita, se las di a tu genio protector, que había tenido la bondad de mantener las manos en tu frente el tiempo necesario para que siguieras durmiendo como una marmota y no pudieras llamarme al orden ni una sola vez. Cuando por fin llegué a tu lado y me preguntaste por la hora, te mentí despreocupadamente volviéndote algunas horas más joven de lo que eras, ya que estaban a punto de dar las cuatro, Y ahora comprenderás por qué no fuiste capaz de arrancarme de las sábanas a las seis y hubo que enviar al cochero de vuelta a su casa y pedirle que regresara al día siguiente.”

La serie insistente de cotejo con la muerte se había mantenido en las últimas semanas, el 3 de septiembre falleció el Dr. Sigmund Barisani que lo había curado varias veces en Viena; hasta parece que la segunda ida a Praga tiene las características de una huida o el deseo de acelerar el encuentro y pocos días después de la historia de Mörike llega a Destino. La ópera está casi pronta sin estar finalizada, las semanas siguientes serán intensas en impaciencia y angustia por finalizarla. El 8 de octubre llega da Ponte a Praga, hay necesidad de retoques, faltan detalles del montaje final y con urgencia la obertura. En principio la ópera estaba programada para el 14 de octubre, pero ante la imposibilidad de llegar a tiempo el estreno fue postergado. Comienzan unos días tensos de flotación donde se cruzan mito, ficción y realidad, los documentos nunca existieron o desaparecieron, las versiones se acumulan y es en ese horror al vacío del relato, que comienzan a circular ciertas mitologías hipotéticas. Hay tres momentos evocados por los cronistas, uno me parece falaz, el segundo verosímil y el tercero histórico. El primero refiere a la presencia en Praga el 25 de octubre de Giacomo Casanova que -lo que hacía Casanova en Praga es otra historia-, en su condición de encarnación seductora y especialista en materia amorosa habría participado en zonas sensibles del libreto. Tesis que se desliza en la ficción, en esa fecha Da Ponte había salido de Praga sin duda porque el asunto en sus aspectos prácticos estaba concluido; las coincidencias son el manantial que no cesa de los complotistas y esas casuales casualidades siempre encienden la imaginación aún en detrimento de la verdad.

La segunda situación releva de la creación en estado puro, es en esos días que Mozart compone el final del Banquete con la llegada del enviado del reino de la muerte aceptando la invitación a cenar y quizá la escena luego de la interrupción de Doña Elvira; personaje femenino que insiste en salvar al condenado, redimirlo de los pecados, devolverlo o llevarlo al buen camino que pasa por su lecho. Devoción redentora que la historia le hace pagar caro, pues Doña Elvira es destinataria de dos agresiones de la verdad devastadora. Una es el famoso catálogo, retenido en la memoria de la humanidad por las mil tres bellas seducidas en España; luego, en la escena final de la ópera cuando ella interrumpe la cena, Don Giovanni le avanza la síntesis de su filosofía de vida: vivan las mujeres y viva el vino, sostén y gloria de la humanidad. La invita a sumarse al banquete, la deja marcharse indignada sin detenerla y será ella en su salida la primera que descubre la estatua animada del comendador llegando al convite. El músico parece poco rencoroso, en el concierto de la orquesta del banquete final hace interpretar sobre la escena –teatro dentro del teatro- tres aires a manera de guiño y que Leporello va identificando. Algo de Cosa Rara de Martín y Soler (la ópera triunfal que en Viena le hacía sombra a Las Bodas…), un breve fragmento de Il due Litigante de Santi y el Non piu Andrai del propio compositor que retoma Leporello, para elogiar las calidades del cocinero de su amo. Una de las más bellas melodías de Mozart (el filme se encargó de destacarlo en una recordada escena entre Mozart y Salieri ante el Rey) y que junto al Catálogo de las conquistas, son cantadas por representantes del pueblo en las dos óperas mayores. Al parecer y trabando el tercer movimiento anecdótico, la Obertura fue escrita la noche anterior al estreno el domingo 28 de octubre lo que es enorme visto desde los mortales, la finalizó a las cinco de la madrugada y a las 7 de la mañana del día del estreno, el copista de la orquesta vino a buscar el original. Unas horas más tarde el mismo lunes 29 de octubre de 1887, la ópera se presentaba por primera vez en Praga, algo cambió en esas horas en la historia secreta de la humanidad asociado a la muerte y transfiguración.

Con el segundo viaje a Praga, terminaría la experiencia con la ciudad del Castillo a la que luego volvería sólo de manera esporádica. Mozart tenía el genio, Praga era la antena que le potenció de manera esotérica, activando el movimiento de fuerzas ancestrales alquímicas y espirituales de un poder absoluto; él salió de Praga para seguir siendo el hombre huyendo de una metamorfosis en música absoluta. Cuando Viena lo olvidaba con desdén y lo tiraría poco tiempo después en la fosa común, Praga le abría el pórtico de la inmortalidad; cuando le atribuyó ese nombre de ciudad a una sinfonía antes de haberla conocido, las potencias creativas disminuidas se acrecentaron de manera superlativa. La recepción le hizo ver en vida cómo sería aceptada su música siglos después, luego que muriera y fuera enterrado como otro olvidado desechable de la sociedad en una fosa común: hay que repetirlo hasta hacerlo imborrable eso de la fosa común, habiendo en ello una metafísica ejemplar de la creación artística.

Creyó que sería la Masonería y su fraternidad que lo recibirían, pero fueron criaturas que lo iniciaron a lo sublime, la flauta encantada se eclipsa ante el mensajero del mundo de los muertos y una noche de trabajo en Praga –las noches de insomnio en Praga pueden metamorfosear la literatura- era suficiente para una obertura que, desde los primeros compases, levanta el telón de las epifanías y abre el telón del infierno. Allí ocurre en escena algo que trascendía las muertes recientes del médico, del mejor amigo, del último hijo y de Leopoldo el padre. Mozart había pagado el precio fuerte, sin que lo deseara expresamente le dio voces con Fígaro y Leporello a los protagonistas de la revolución que cambiaría un mundo del cual él era representante paradigmático. Transformó la historieta de un seductor español de pacotilla en la obsesión de un hombre que, por lo femenino que huele olvida riquezas, conquistas imperiales, el mundo del saber renacentistas, el cielo prometido por la Iglesia, los llamados de lo oculto y acepta el fuego eterno. Nadie tuvo esa sublime dependencia de lo femenino como Don Giovanni y con el diablo no se firman pactos, hay que desafiarlo y se lo va a buscar en su propio terreno. En Praga trae al Comendador de la muerte, una suerte de precursor del Golem literario y escuchó el coro que supo transcribir de los condenados por la eternidad. La respuesta de Don Giovanni a la estatua del Comendador, cuando se presenta aceptando la invitación de la víspera es la potencia de la humanidad, la supremacía de lo humano sobre lo divino: Dios es una invención del hombre. La muerte viene a buscarlo con un enviado que él mismo despachó al otro mundo, Don Giovanni entiende el argumento de su vida en pocos segundos, la existencia de Dios sediento de venganza y su muerte cercana, la economía de los pecados y el negativo ofensivo de su catálogo sobre la condición femenina al origen del mito, la balanza en movimiento pendular de la venganza, los dolores infligidos que harán contravoz a sus momentos de placer. Entiende la condena que lo aguarda, se niega a pedir perdón, arrepentirse y menos a una conversión cobarde para salvar el alma in articulo mortis, él ya entregó el alma y la sexualidad a su dios que es femenino, tiene hermosas tetas y se desintegró en el cuerpo de las bellas, por ello canta la réplica magnífica:

Non l’avrei giammai creduto,

ma faró quel che potró.

¡Leporello, un altra cena

fa che subito si porti!

En Praga Mozart conoció algunos secretos de la vida, como en el reloj de la plaza central de la ciudad, el 29 de octubre de 1887 cuando se fueron apagando los aplausos supo que comenzaba la cuenta regresiva. Luego del éxito mundano, el respecto soterrado por rechazar al arrepentimiento y asumido el placer de la belleza femenina, llegan las propuestas para permanecer en Praga. ¿Qué hubiera pasado? Imposible saberlo, él decidió ir al dominio del fuego aceptando la invitación de la estatua parlante. Mozart pasa unas semanas agradables y a mediados de noviembre regresa a Viena, el 27 de diciembre nace su cuarto hijo y la primera niña –Teresa- que morirá el 29 de junio del año siguiente. El 7 de mayo de 1788 se presenta Don Giovanni en Viena y fue un fracaso, irá de manera esporádica a Praga otras dos veces, pasa por la ciudad el 10 de abril de 1789 formando parte de una comitiva, el 31 de mayo de 1789 está en Praga y el 4 de junio hay trazas de su presencia en Viena, el doce de julio escribe unas líneas terribles pidiendo dinero, carta que enviará el 14 de julio, el mismo día que en París…

Máximo Mondragón / P.S. Un anónimo veneciano

Durante algunas décadas, hasta la última variación reescritura de libro de cuentos Nunca conocimos Praga, esta molécula narrativa dual formaba una unidad que estimo conveniente recuperar en la redacción del comentario. Habría pues que glosar sobre esa unidad en los orígenes y las razones literarias de la fractura; allá por los años ochenta del siglo pasado, mis búsquedas estaban afectadas por la alquimia memoria e imaginación, explorando los orígenes condicionantes del sujeto autor de los cuales no podía ni quería sacudirme. Bien pronto entendí cuáles eran los Atridas míos, que si deseaba escribir en un futuro tenía una genética corporal a considerar, familiar con disímiles vertientes, barrial como espacio reducido y hasta históricos incñuídos en los años que van desde los primeros recuerdos a las ganas de escribir. También era sensible a la tentación de los posibles (lo teatral del carnaval, un abuelo narrador oral, revistas de chistes devoradas como maní con chocolate, entrada de la televisión a la vida social, libros que llegaban a casa, lecturas de mi padre) a permitir la imaginación despegar de la pista asfaltada de la avenida 8 de Octubre. De todos los llamados que se alternaban -novela histórica, ciencia ficción, evocaciones, invención de mundos paralelos, muestrarios de monstruosidad- me interesaba desde temprano la variante del fantástico rioplatense asociado al cuento, pues nunca practiqué los versos a lo joven poeta ni tenía interés por entonces de inmersión en los ríos novelescos. El Divino Conde hablaría de encuentros fortuitos, suerte de dialéctica temeraria de la cual aguardaba lograr un resultado. Una de las tesis me acompañaba desde la temprana infancia; para un hijo único las abuelas son manantial de relato, y los tíos abuelos afluentes del delirio surrealista. Lo que allí cuento sobre mi tío abuelo Máximo es cierto, fue una de las bibliotecas abatidas de la tradición oral que conocí antes de ir a la escuela; ahí descubrí la formación de un personaje familiar, su habitación ascética donde trabajaba tenía algo de linterna mágica, al punto que a veces rememoro que en otra vida anterior pude ser arquitecto. Es verdad la destrucción creativa de la biblioteca de la calle Besares, como si fuera un Shiva vasco vaticinando al futuro escritor que toda biblioteca, en especial el estante con las obras que puedan legarse en vida, están destinada a arder con el paso de las generaciones. Máximo no estaba entre los planes primeros narrativos, en mis intereses más que reescribir tiempos pasados prefiero tramar situaciones inexistentes y hundir los cimientos del relato en las arenas previas de la nada. Igual en cierto momento entreví que lo mejor era recordar mediante la escritura y entonces regresó el tío abuelo del Reino de los muertos. Era tan fundador en la construcción de los primero recuerdos, que acaso no quise asociarlo a una historia que fuera naturalista y Máximo no merecía la tristeza atada sólo a cosas que perdimos. El quiebre resultó en una situación que es diferente al vivirla pero el mundo moderno transformó en lugar común, me refiero al primer encuentro con Venecia. No sé a ustedes, pero como siendo el mundo parecido entre sí en el fragmento pequeño y acotado que conozco, un paseo inicial por Venecia fue como la salida a la intemperie del mundo redundante, siendo intruso iletrado inmiscuyéndome en un sitio erigido por inteligencias del espacio infinito; de otro tiempo era una certeza. Seguro que instalado allí un semestre o dos, se sentirá al abrir de mañana la ventana el olor a podrido de la miasma que liquida ilusiones y el dolor de muelas cuando no se puede consultar al dentista tomando un taxi. Pasando algunos días, regresando cada tres horas a la piazza San Marco, sabiendo que hay que tomar el tren la semana próxima en la estación de Santa Lucía, la evocación de Venecia tiene idéntica consistencia que los paisajes ambiguos de los sueños. Por ello es que allí sucede la parte fantástica del relato; el cruce premeditado de ambas situaciones lo fui olvidando, leyéndolo estas semanas seguro que no se trata de un plan minucioso, ecuación trabajada cuya incógnita se deduce por razonamiento sobre una mesa de trabajo. Más bien se parece a la sorpresa, pero las que ocurren en Venecia donde uno emerge de un callejón breve, atraviesa otra pasiva oscura con ratas a altura de hombre, sube algunos pocos escalones de Escher y desemboca en la plaza donde hay una iglesia en rojos interiores de inspiración diabólica. Debió de ser así que interactuaron mi recuerdo infantil y una noche de carnaval, donde se cuenta que se alteran las leyes estrictas de la sociedad. El final es fantástico, el recuerdo hace que la duda haga su tarea de zapa y siguiendo al maestro Quiroga la economía narrativa trabaja toda para el efecto final. Contaba con Mahler, Visconti y Dick Bogarde para activar en los lectores algunas atmósferas de Muerte en Venecia, en otras de Venecia rojo schoking de 1973 con Julie Christie y Donald Sutherland o el rencuentro de Florinda Bolkan y Tony Musante en la película de 1970 que da título a la parte segunda del cuento. En el momento de la escisión el campo veneciano permaneció incambiado; el genio y figura del tío Máximo en cambio, fue creciendo sumando detalles. Esa anomalía algo dice del disco duro del cerebro y envía señales del avatar más reciente de la escritura; eso lo veremos más adelante. Lo en verdad fantástico es lo irrepetible de la niñez, además este jueves un Air France ida vuelta París Venecia cuesta menos de doscientos euros.