Un ragtime bostoniano – Salto y más allá

Todo lector interesado integró en su conciencia que cada cuento narra por los menos dos historias; en esta situación comentada de escritor yo necesité de dos cuentos para narrar una sola historia. Los relatos de este febrero 22 pertenecen al libro “El misterio Horacio Q”, ya aclaré en otras ocasiones el plan del libro evocando el espectro de Quiroga; quiso ser un homenaje en praxis a su Decálogo del perfecto cuentista y tratamiento ficticio de algunos temas del salteño, traumas biográficos, segmentos accidentales de su vida sobre tierra. Una serie de peripecias que, como tan acertadamente escribió Augusto Monterroso, si alguien lo propone en una novela la trama sería impugnada por acumulación de desgracias, puesto que hasta los vengativos dioses del Olimpo se daban alguna tregua. El desafío incriminado en ese tramo bicéfalo del libro al que refieren los cuentos, fue a la vez límpido en cuando a planteos literarios y arduo de resolver en redacción, puesto que se trataba de desmenuzar la presencia de Edgar Allan Poe en la obra del uruguayo. Siendo profesor de literatura me enfrenté muchas veces a asuntos similares y creía tenerlo todo dominado para salir del paso con cierta facilidad. Había una ecuación sencilla de resolver si bien la sumatoria de coincidencias díscolas comenzara a enrarecer la empresa; contaba con buenos artificios de partida, territorios fértiles de reflexión acumulada que fui colonizando con años de práctica docente, que luego se enmarañaron al momento de tender puentes, como si cada intento debiera frustrarse una y otra vez. Tenía de mi lado un arsenal teórico referido a la literatura fantástica, con saber de los clásicos del género tal como quedó asentado en nuestro ensayo sobre Felisberto Hernández; contaba con el apoyo logístico de Cortázar, donde el nexo se explica pues el argentino tradujo la integral de los cuentos de Poe. También en la asiduidad fiel al relato breve había un factor en común y materia pragmática; quiero decir que la mayoría de las novelas circulando tienden a la biblioteca obsolescente y ciertos cuentos -primeras emociones de la educación literaria- se fijan de tal manera que se vuelven inolvidables. De todos los horizontes, tal como fuera recogido en la famosa Antología de literatura fantástica que Borges, Bioy y Silvina Ocampo publicaron en 1940 con 75 relatos. El cuento escribe así su tradición y reconozco que son un porcentaje alto de mi tarea; aceptando contextos previos, límites sabidos y condiciones de producción, sentía el mandato de proseguir esa caravana, que va del aguafuerte de un párrafo breve hasta los más extensos, insinuando síntomas reconocibles de la novela.

Había también en Poe y Quiroga otra paradoja curiosa y desafiante; incluso conociendo por encima sus peripecias biográficas, se sospecha que fueron hombres atormentados, arrastrados hasta expuestas fronteras intangibles, que transgredieron límites diversos regresando con historias que los perturbaron hasta la hora de morir. Sin embargo, había una relación extraña con el gesto de la escritura, esa forma notarial del psicoanálisis que los lleva a dejar por escrito cavernas de memoria, tornasoles del deseo, aberraciones de imaginación y transcripción fantástica de pesadillas. Sin embargo contadas veces se declinaron en un romanticismo descontrolado, patología de escritura automática o discurso caótico; eran descendientes de Dante: el infierno es de las cosas mejor estructuradas sobre tierra literaria. Podemos hablar en tal caso de poética, retórica, estrategias de escritura o preceptos del taller; ambos se impusieron -para uso personal con indicios espejados- reglas estrictas intentando diseminar en la jurisdicción de su obra. Decálogos del perfecto cuentista, filosofías de la composición, necesidad de modelos literarios, puesto que el relato es más resistente que los desarreglos del autor: el cuento es el espectro de palabras que nos sobrevive.

Cuando dictaba mis cursos todo parecía sencillo, recurría a la literatura comparada, generalidades referidas líneas atrás y también al término de intertextualidad; el diálogo entre textos puede ser evidente, al punto de llevar a una excesiva facilidad de comentario siendo insuficiente pues descarta con desdén semiótico el factor humano. Tratándose de admiración o influencia se debía establecer el buen diagnóstico, el tráfico a considerar -por circunstancias, y condiciones de producción, cronologías y distancias- se verificaba en un solo sentido: cómo llegó el universo -algunas zonas- de Poe a circular en la escritura de Quiroga. La lectura sin duda, noticias de peregrinos curiosos, conexiones apresuradas en la dura experiencia parisina del salteño; para dar cuenta de la complejidad tratando narrativamente lo que era tema de examen, debí apelar a recursos auxiliares. Un traslado al país de cuando la muerte de Quiroga, con desdoblamiento ambiental de bajo montevideano hasta un epílogo nocturno salteño volviendo a los orígenes; todo ello a partir de una trama con vocación verosímil en su articulación narrativa. Luego una heroína marcada, las mujeres fueron determinantes para ambos escritores en entornos complicados; quizá porque lo femenino -desde la tradición de las pitias, hechiceras y videntes- es lo único que abre puertas a territorios vedados. Finalmente, se imponía hacer un salto a dominios rehuidos por la tradición Oriental -más bien mimética naturalista- penetrando abismos de espectros actuantes y otras criaturas. Es esa una constante imaginaria humana buscando los límites del universo, la materia, la Historia, la física cuántica y la muerte; todas las sociedades tienen su versión irreductible de lo que aguarda del otro lado del muro del relato, tal vez la danza destructiva de Shiva Nataraja.

Au Rocher de Cancale

Primera botella

Poner punto final a los interminables preparativos de las últimas semanas, memorizar el plan mentalmente antes de quemarlo y pocas despedidas íntimas por si acaso; basta de corridas tras papeles oficiales, probando con testimonios fiables las razones escritas en la zona reservada a “motivaciones del desplazamiento” de la solicitada. Alivianado del peso de identidades burocráticas, yo caminaba el breve tramo de la estación de trenes que separa el control de billetes de los andenes. Lo hacía con prisa de denunciado, sintiendo el cansancio acumulado de los meses de asedio, duda y perplejidad ante lo que ocurría, despreocupado por si un agente del Poder me vigilaba en los últimos minutos en la ciudad, debajo de la cúpula cubriendo el sector de las ventanillas de venta. 

Si ellos sospecharan el motivo verdadero del viaje me habrían detenido, a esta hora estarían golpeándome hasta el desmayo en una dependencia policial para sacarme información. Me fue encomendada la misión de marchar a París y yo lo había decidido activando la voluntad. Los amigos advirtieron del peligro si se filtraba información en cuanto al motivo real del viaje, mi vanidad de ser el elegido me lanzaba adelante sin considerar las probables consecuencias. Habiendo cerrado un tramo arduo de convencimiento interior, eludiendo que el objetivo se volviera obsesivo hasta denunciarme, cubrí el plan político con la ficción de realizar un sueño juvenil. Visitar la casa donde Balzac escribió su obra intoxicado de café; novelista burgués, glotón y decadente que, por razones de contradicciones literarias, se volvió implacable crítico del sistema capitalista y la clase social que pretendía elogiar, tesis imparable para el comité científico del Instituto que fundaba los permisos de viaje y parte de la financiación. Tenía menos que poco para perder en la empresa, además de ser quizá el próximo candidato en la lista a la digestión de la bestia insaciable. 

Estaba ansioso por confundirme con otros pasajeros del tren nocturno, desconocidos y sobrevivientes ocultando sus motivos verdaderos del viaje; ellos buscaban el compartimiento, la ubicación del billete más barato que en una noche que podría ser interminable, si las vías no fueron saboteadas ni montaban retenes improvisados entre dos estaciones, nos llevaría a París.

Los primeros meses de regreso a la normalidad, luego de revueltas populares en las ciudades más pobladas, fueron el eco de lo mismo y la instalación del ocaso del mundo conocido. Creímos estar cerca del proceso final y el cambio promovido, quienes mandan consideraban lo contrario; habían ocurrido episodios de interés como la Carta 77, conciertos de rock alternativo en suburbios distantes del centro de la ciudad, proliferaban imprentas clandestinas sacando hojas de propaganda. Como ningún poder está dispuesto a la abdicación peace and love, por debajo de apariencias de consenso y aquiescencia hacia la juventud, se sucedían incidentes represivos con preocupante periodicidad. El intento de reacomodar un simulacro de normalidad dispusieron en mis noches el insomnio y una pérdida por vivir tendiendo a la poesía, lo que podía ser considerado paradojal. Tenía presente en horas de la madrugada la serie de episodios precedentes, actos resistentes frustrados, amores rotos en la desbandada de la historia. La memoria de lo que nunca olvidaría ni después de la muerte, agregando la conciencia de lo perdido y la humillación, descorazonador para mi equilibrio que se volvió molestia infecciosa sin antídoto. Lo de verdad irreversible al menos que cambiara de vida y memoria, era la ironía, la certeza de haber tenido razón en mis apreciaciones en cuanto al vuelco de la historia, la suerte de mi familia y el desencanto sobre la condición humana. 

Lo que nos sucedió en el período que interesa tampoco fue casual ni remanente del pasado accidental. Caída de la cúpula del grupo clandestino de ex estudiantes, el mundo intelectual opositor, la bohemia nocturna de canción contestataria y artes escénicas, cineastas censurados y sociólogos apocalípticos, reciclados ideológicos en organizar revistas, Cinematecas y grupos de reflexión política para el día después. Sospecha en la existencia de un Dios despiadado, vigía omnisciente de nuestros movimientos incluso antes de planear las reuniones, podía llevar a la paranoia y el inmovilismo. Era insoportable aceptar una derrota con filamentos faltando tan poco, sin conocer el rostro familiar del enemigo delator. Si el círculo nuestro se estrechaba emparentados a una forma de vanguardia, lo mismo ocurría para el traidor viviendo entre nosotros que calculó las probabilidades antes de decidirse por la infamia. Bastaba pronunciar un nombre que alguien sabía para destruir el encantamiento maligno y el ritual aconsejado tenía el precio del peligro. Esa información, vital como un antídoto amazónico para nuestra supervivencia, estaba consignada en París. En manos de un editor expatriado, curado en eso de la desconfianza infiltrada y sólo lo daría de primera mano verbalmente. 

Luego de un sinfín de corroboraciones y garantías –sin dejar trazas manuscritas que puedan falsificarse por los Servicios- yo sería la mano santa que diría “encantado de conocerlo”, la oreja amputada recibiendo la información vital. La retendría en la memoria durante el regreso administrando emociones, asombro, odio por haber visto el funcionamiento de la Máquina, escapando de perseguidores con la tarea de suprimirme. Volvería a Praga variando itinerarios para comunicarle al grupo el nombre del traidor y luego se haría justicia. La venganza parecía otro sentimiento residual de una era bárbara dejada atrás, la única dosis de catarsis que podría alivianarnos de tanto dolor acumulado y del recuerdo del camarada muerto el mes anterior. 

Con el correr de los meses en el juego de la transición a una nueva etapa de lo mismo, se volvieron penosos los paisajes crepusculares de mi querida ciudad cruzada por tranvías eléctricos, algo que nunca creía que pudiera sucederme. Que día a día los hechos inoculados por la banalidad vigilada, la realidad aglomerada y ellos compartiendo lo que supongo mi vida, confirmaran intuiciones pesimistas sobre la forma del futuro y su hipotética eventualidad. Después de lo vivido los últimos meses –esa sensación con olor de animal asediado por cazadores y traición en el vientre del movimiento- nada sería igual; condenados a vivir desconfiándonos hasta que la revelación sucediera. Una paciencia apostando a la transformación interna, algo militante pensando en una vida libre (ingenua porque conciliaba Dios y la credulidad sobre Occidente democrático en el asunto) dio paso en mi espíritu a una fatiga persistente, sin esperanza de modificaciones que intuía definitiva. Algo me perturbaba activando el torbellino de la esquizofrenia y por las noches despertaba sobresaltado. Había soñado una escena sin resquicio para la controversia: el traidor era yo mismo, metamorfoseado hasta la duplicidad luego de un período de reeducación en un albergue psiquiátrico de las afueras de Praga. 

Antes de caer por completo en la tentación de matarme o dejarme morir, de confundir sueño y realidad, reclamé en silencio de sinagoga, con dignidad de reconocer la maravilla de haber sobrevivido, el derecho a sentirme hastiado de lo que me rodeaba y desde la niñez creí definitivo. Hasta que una mañana, mientras sentía la abstinencia de lo sagrado, me dije “soy yo a pesar de Dios y de mi circunstancia”. Así obligado a vivir un segmento de tiempo anestesiado me asigné una tarea para los próximos meses con sacrificio y redención. Como si los objetos conocidos y el mundo fueran diferentes a lo observado en la convalecencia de la ciudad; debía vivir las próximas semanas como personaje de novela de espionaje. Averigüé hasta saber lo suficiente llegando a los límites de la cuestión, concebí la misión en sus detalles luego de establecer contactos en la ciudad y el extranjero. Invertí en implicancia y compromiso, pasión y determinación para ser designado por unanimidad. También por conocer la identidad de quién nos traicionaba desde tiempo atrás y que acaso votó por mí en la reunión clandestina; suponiendo que yo sería el menos apto para desenmascararlo, el más simple de contrarrestar una vez que él hubiera concebido su plan de réplica. 

El cambio, el traslado de encubrimiento, como decían en el dialecto del Instituto, lo aguardé años sin moverme, con temor a cambiar de ciudad y envejecer olvidando. Es cierto que vivía maldiciendo o viajando de memoria al pasado de mis lecturas. Tenía reputación de curioso e inadaptado por preferir el socialismo novelesco al socialismo real, lo que fue durante años mi estrategia de protección. No sabría decir si la mutación era promoción o castigo, las firmas legales y necesarias de la Organización Interna del Instituto demoraban en llegar; en tanto permanecíamos quietos aceptando el estado de cosas, sumisos por precaución parecía que una calma de mar hipnotizaba nuestras actividades. 

En cuanto planeábamos una actividad de resistencia por insignificante que fuera, alguien entre los nuestros desaparecía sin que el paisaje se inmutara, una fuerza lo hacía pasar mágicamente al otro lado de universos no euclidianos. Comencé a sospechar si no recomenzaba el juego de la espera –nos hubiéramos equivocado en la deducción del futuro, como gitana con glaucoma-; el preferido de quienes poseen el tiempo a su favor para redundar en el poder y al que son afectos los miembros de la Dirección: postergación premeditada de felicidades burocráticas. Ello desprendió de mi conciencia el complejo culposo por olvidar pensar en quienes desconsideraron las verdades que enseñan las épocas de violencia. Mi indiferencia perfecta estaba del otro lado de la tarea, en la hora siguiente a cuando pudiera decir a mis compañeros el nombre de aquél que nos venia denunciando con sistema, como si estuviera montando una pieza teatral de dramaturgo inglés. Sin vergüenza de admitirlo, intuyendo retroceso y repetición, la marcha atrás en relación al mundo deduje que soy alguien prescindible a la etapa exultante que se venía en la ciudad. Lo que queda de país antes de la deconstrucción y los dados cargados del Maligno decidieron París porque allí estaba el nombre de la traición. 

En septiembre, cuando empiece el otoño junto al Moldava cumpliré treinta y un años. ,e falta poco para ingresar a la mitad final del curso de mi vida, soy divorciado y el estado de salud puede abreviar esa probabilidad de la estadística. Muchas mañanas de los últimos meses, de pie delante del espejo del baño contemplaba la truca del maquillaje operada a mi pesar. De la nada resultaba que otra nariz se superponía a la mía, falsa nariz esférica y roja, luego peluca enrulada y rictus en los labios. “Ese soy yo” repetía; cuando quería acercarme al espejo, cerciorarme de mi aspecto matinal los zapatones de hule me impedían hacerlo, marcando distancias insalvables con mi propia imagen, con lo que creía de mi, con lo nuevo que de mi estaba creyendo. “Soy ese” pensaba. En amigos queridos comenzaba a descubrir restos de colorinches mal disimulados; estaban metidos en sacos de tela tosca a cuadros de colores, inmensos de todos lados siendo irreprimible la tendencia a golpear las palmas de las manos. 

Había entre nosotros un payaso traidor, “somos nosotros dos” concluía, Creía que el Mundo era el Gran Teatro del Mundo y resultó Circo Itinerante. En tales circunstancias cuando la paz se volvió sainete, el porvenir común se intuía molesto e idéntico, cargado de tristes payasos proclamando que todo el año es carnaval. Moviéndose con torpeza, entre bosta humeante que dejan los elefantes de paso por la pista hacia las jaulas, viejos saltando al ritmo de una orquestita de monos con tamboriles sin melodías y pocos clarinetes y flautas.

Segunda botella

El viaje, siendo personal y en misión a ciegas prometía mucho de entusiasmo y decepción, dos licencias acumuladas resultaron providenciales dándole tiempo de respiración al intento y justificación legal ante el Instituto. Un jarrón de mis abuelas –obra de un artesano cotizado en los tiempos de Kafka- así como unos gramos del oro de la memoria familiar (dos pulseras, la caja vacía de un reloj de bolsillo, una moneda española del siglo XVIII) los cambié por billetes que, contemplados entre los dedos eran una enormidad; asegurándome supervivencia modesta en el extranjero por si el papelerío del traslado resultaba falso y era una estafa. Fue mi manera de encubrir el cometido oculto de mi iniciativa y de no haber emprendido esas maniobras de mercado negro en Praga, las Autoridades hubieran desconfiando de mis intenciones relativas al viaje.

A lo largo de los últimos años por tareas de contacto con colegas, escuché anécdotas entusiastas y sugerencias insistentes de viajeros que regresaban excitados de sus experiencias en el extranjero. Tendría el territorio de la comedia humana a mi disposición por algunos días; era una suerte que el nombre se guardaba en París, si bien las maravillas estaban en todos lados, mi preferencia se inclinaba por quienes pasaron una temporada viendo correr el Sena hacia las fuentes del relato. Ellos sabían de mi admiración sin límites por Balzac y menos de mi amor secreto por Paul Celan, que se tiró al río a la altura del puente Mirabeau. Me sería fácil desplazarme una vez instalado, correría menos peligro que bajo la policía política del Sistema; allá según contaban, se interesaban mucho por nuestra situación política y había gente influyente dispuesta a ayudarnos para alcanzar la libertad. En París vivía el personaje providencial que conocía el nombre que acabaría con la masacre que nos estaba diezmando, con ingenuidad de novato creí que solucionando esa aberración de círculo íntimo, ello contaminaría de libertad inmunizada el resto del país. 

Por sinnúmeros encuentros discretos durante el tiempo del almuerzo, disponía de por lo menos siete itinerarios que, tomando como eje y base de operaciones la ciudad de París con sus círculos concéntricos, entre el primer día de viaje y el último de regreso incluían lo digno de visitar antes que me apunte el arquero de la muerte. Duplicando el espejo del viaje de Apollinaire cuando encontró al judío errante en Praga, me había decidido por el criterio central de mi expedición y que pasaba por conocer el mapa de los pasajes de París. Los cortes cubiertos en la ciudad y que, partiendo del siglo XIX acaso podrían trasladarme al siglo XXI que nunca conoceré, había preparado la lista según un criterio de zonas partiendo del Panteón y luego me dejaría ir hasta decidir cuál entre ellos era el necesario para llevarme hasta el otro lado. 

Otro azar decidió por mi: “La cita con el editor es en el restaurante Au rocher de Cancale” me dijeron y fue suficiente. La suma de datos, informaciones y opciones que tanto ayudarían a mi voluntad de perderme en los intersticios de guías turísticas, escondía el real motivo de mi viaje. Lo que estaba buscando e incluso con temor de encontrar demasiado pronto, estaba en mi destino y en otra París que la descubierta a simple vista. La urdida de mapas antiguos con arqueología mutante y capacidad –compartida con ninguna ciudad- de ser inmortal a pesar de alterar el nombre de las calles del centro, el perímetro de plazas con adoquines, la memoria fluctuando de sus habitantes de más de setenta años. Creo que ni llegué a responder al saludo del primer funcionario aguardando la llegada de pasajeros en la puerta del vagón. El mío era el XVII y suponiendo que como sucede con los transportes públicos en épocas de crisis, quizá los lentos tuviéramos que viajar parados, me apresuré a ganar mi ubicación pasando entre señoras confundidas, niños sonámbulos y maletines, ancianos indecisos y valijas de todos los tamaños instaladas en el pasillo. Faltaba ese aire de viaje de vacaciones y el rictus de la cita de negocios, la distancia de ir de compras; el pasaje tenía el aspecto de emprender la huida lenta, un sobreviviente sabe que lo peor llegó y se dirige hacia un destino que será el final.

Era un viaje sin regreso en condiciones similares, si es que podía hacer pasar la información; finalmente pude ganar mi lugar. La gente nunca termina de acomodarse perturbada por temor y desconfianza mientras aumenta el ruido de la locomotora, sumado a la confusión cuando es inminente la salida del tren. Mis oídos se tapan antes del empujón de arranque, del encuentro fortuito de máquina, velocidad y aceleración sin retorno. Al acomodarme en el asiento, habiendo comenzado a manipular con el respaldo y el posa brazo, evaluando organizar la lectura para contrariar el tedio, tuve conciencia de la conexión de ese viaje con vías abandonadas de mi pasado. Dentro del cerebro un tapón eléctrico saltó sin estruendo y ello permitió –efecto paradojal- que fluyera una conciencia de felicidad, motivada por la proximidad del encuentro con aquello deseado y desconocido. Reconfortaba estar instalado en la idea de que comenzaba a buscar, desentendido por la duración de las horas de viaje en esa situación, me descubro hojeando un folleto de la compañía de Wagon Lits. Leo las invitaciones a viajes por el vasto mundo y que tienen por destinos estaciones en países lejanos. En ninguno se aclara el régimen institucional que los rige ni el nombre de prisiones para presos políticos; menos se consignan listas de opositores asignados a domicilio o ministros acusados de corrupción con dineros públicos. Las propuestas del mundo lo ignoran todo de la situación que me puso en ese compartimiento rumbo a París. Asumo sin resistencia, siguiendo esa lección publicitaria de geografía interesada sin tapujos, que todo es posible. Hasta la existencia de un territorio donde se puede vivir entre licores finos, camisas de marcas prestigiosas, perfumes para mujeres secretas que conocen misterios de la sexualidad y cigarrillos bellos de encender. 

Estaba –lo decidí con conciencia política- en una frontera de apoteosis internacional, entre sentidos seducidos con esmero, excitados mediante gustos provocadores; aromas y tactos acosan el alma del placer humano, prometiendo hacer olvidar por encanto el más terrible de los sufrimientos, gama deliciosa, ayudando a disolver en la burbuja de la historia actual los flecos de memoria viva aun adheridos a mi cuerpo, seudópodos venenosos que pujaban a nacer de nuevo siendo otra variante del desear morir. La Historia se modifica y las ruedas de las locomotora son medidas de la modernidad, nuevas ruletas de la Fortuna. 

Viajo en una dirección contrariando la evolución del tiempo. me dirijo hacia tierra enemiga anhelada, retrocedo hacia las ilusiones perdidas, quisiera estar en la noche previa a la primera caída de los nuestros por delación. El día después de haber pronunciado el nombre del traidor.

Tercera botella

Es pronto para olvidar el año mil novecientos sesenta que fue el de mi nacimiento y había comenzado la lenta disolución del país en la expansión del mundo. El abrupto violento despertar del sueño de arcadia proletaria con banderas rojas, una entidad salida de la guerra que sin previo aviso se quedó estancada en la nieve sucia de la Historia; igual que un balón en el barro en los partidos de fútbol, cuando la destreza depende del azar imposible de reconstruir. 

Esa imagen me quedó de una tarde de lluvia, cuando mi padre me llevó a ver al Estrella Roja enfrentando un equipo magiar. Los jugadores del equipo extranjero tenían nombre de violinistas bohemios y soldados del partido politizado de Budapest; el juego es siempre lo imprevisible, yo no podía saber que algo que detenía lo normal era un augurio, ese gol sin concretar se me aparece como el impedimento cero de lo que luego ocurrió. Puntapié inicial de una cadena de fracasos y en todos los juegos donde nosotros participamos (diciendo nosotros dudo si evoco los partidarios del Estrella Roja, la patria o la familia, el círculo diezmado de los delatados), sin omitir sangrientos motines callejeros en la batalla que pasando los meses se volvía eterna. 

Por entonces y de acuerdo a lo que pude juntar de información, en París estaban con complicaciones, como si hubieran llegado a la vez los ajustes de cuenta que se fueron amontonando luego de un siglo de impericia militar y política al servicio del ideal colonizador. A pocos años de liberar la ciudad de mandos alemanes instalados en las suites del Ritz Place Vendôme –cuando los bailes del 14 de julio festejaban la Revolución en barrios populares con canciones de la belle époque, lindando la peste nazi incrustada en cruz gamada al obelisco de la plaza Concorde, cerca de la Francia colaboracionista, esvásticas embanderando la ciudad Haussmann y Grandes Almacenes- los episodios de Argelia y Dien Bien Phu dejaban por el suelo la grandeza expansionista de alcanzar los confines del mundo para dominarlos. Los ecos de jour de gloire de escuelas y asilos, pensionados y orfelinatos claudicaron en el horror, la desesperación de muerte del general Navarre en Viet Nam, verde oliva y palúdico despertar de una prolongada pesadilla del poder político/militar sobre los territorios de ultramar. Aquella muerte de tantos y tantos que se mostró inútil, agonía hasta la expiración desprovista de ideales para la Razón de Estado –exceptuando lo que la empresa suicida tenía de orgullo y desdén por el enemigo, que de negarlo se hizo invisible en la jungla- llevó a Monsieur Laniel, primer ministro a cargo de las márgenes del Sena a querer explicar lo ocurrido apelando a lo residual del discurso cartesiano. 

No éramos los primeros en vivir una situación de crisis en Praga y la París que me recibiría tendría estigmas de la guerra en la ambientación del Au rocher de Cancale, restaurante que frecuentaban el autor y los personajes de la Comedia Humana. Hacer inteligible hasta entender un ramal de la retórica histórica, hundiendo raíces podridas de sangre en tierras de Indochina –que volvían a sus propietarios originales- y yo tenía una cita de negocios en el comedor de la Comedia Humana. 

En un vagón sin referencias del exterior, como si estuviera en una cápsula desafiando leyes del tiempo y el espacio algo sucede. Siento olor a café recién hecho y pongo atención: atemorizado por confrontarme con la realidad que busco imagino instrumentos para navegar a ciegas, timones sobre el puente vacilante y brújulas señalando un rumbo impreciso. Me preocupa la eficacia mecánica del tren y el café a la turca, el anuncio del altoparlante dice que estoy cerca de la Estación del Este; Ello se confirma por el cambio de cadencia de avance de la locomotora y mi dolor de oídos por las horas encerrado. Me pregunto qué palabras quedarían en mi caja negra de ocurrir un accidente en los últimos kilómetros del recorrido, en qué persona pensaría los segundos previos sabiendo que voy a descarrilarme contra la muerte, mientras mi cuerpo queda atrapado en un amasijo de hierros retorcidos.

Nunca había visto el amanecer en las cercanías de París, es extraña la proximidad de construcción, el tiempo está en nosotros como verruga benigna, el páncreas y el tendón de Aquiles. Me gana la ansiedad, dentro de pocas horas caminaré libre por las calles de París, seré otro paseante sin rumbo fijo y sin prisa… lo haré al ritmo que avanzan las aguas del Marne cuando baja la crecida. En un afluente de la vida sentiré que mi sangre se mezcla con la corriente del Sena, Desde ahí podré espiar la París de los excluidos y por voluntad del corazón, buscándome, buscándolo, buscándonos en la intimidad de recodos de muelles y el vértigo de puentes haciendo una de la ciudad que es dos ciudades. Si es que los ríos siguen teniendo el poder de cortar en dos lo que sea; momentos de transición en tanto la ciudad comienza a denigrarse por la miseria en arrabales tristes igual que un presidiario condenado por un crimen odioso. Es a causa del empedrado del siglo XVIII de ciertas calles donde es arduo recordar sin error la fecha exacta del día que transcurre, fluyen horas del mismo día bajo la sospecha de un cielo constante diluyendo certitudes en los cafés: espejos apocados de otros espacios reservados hallados por azar, devolviendo facciones olvidados, pesadillas paradigmáticas moviendo a sonrisa nerviosa al despertar antes de la salida del sol. Cuando ello sucede escuchamos en las cercanías una mansa llovizna y persistente, es la lluvia ocultando la luz de la ciudad y arrastrando papeles de diario a las alcantarillas del cementerio más próximo. 

Cuarta botella

Cuando me senté a la mesa en el restaurante y un camarero me pasó el Menú recordé que esa escena la había vivido en el pasado litografiado de otra vida. El editor citado era amigo de la infancia y vinimos para cerrar el contrato de un poemario sin nombre de traidor. Lo deseado en ese estado de insomnio y comunión era la comezón del reconocer, sentir en el cuerpo y aura que lo envuelve aunque fuera por una brevísima duración, que estuve allí hace tiempo de eso. Pasearme como alma eufórica regresando y contemplar una calle del siglo XVIII que vieron otros ojos que acaso y sin llegar a afirmarlo podían haber sido los míos: la calle de la Montagne Sainte Geneviève. 

Si resultaban ser los míos, dejarme confundir en una nube con humo de opio y reaparecer como vuelto de un sueño. Pretérito fantasma de mi mismo, tiempo de autos antiguos con bocina espanta perros y caballos, circulando calles empedradas al rayo del sol por condenados a cadena perpetua. Un pasado de damas elegantes encorsetadas, con manguitos de piel entre las manos preservando los dedos del frío navideño en Tullerias, tules negros emparejando facciones, empañando de luto la mirada resaltando facciones delgadas por la dieta y secuelas íntimas de enfermedades que acechan la pubertad. Tiempo concluido donde las fotografías tenían, recién salidas del laboratorio, en el despertar después de la masacre en las trincheras, un color tirando a sangre sobre barro. Sepia herrumbroso emulando la tinta delatando la ronda de la muerte.

Anhelo, como si fuera un recuerdo que a fuerza de ser imaginado se volvió real, la atmósfera cálida de las cafeterías cerca del Panteón, barriada que frecuenté en películas de los cincuenta; junto con los comediantes del circo de la noche, la nieve que no cesa de caer sobre techos asaeteados de chimeneas y el frío en el exterior de los salones, del otro lado de cristales con letras pintadas leídas detrás de la escritura. Si hasta me hubiera agradado llegar a esos enclaves de ficción acompañado por una muchacha de la ciudad pizpireta, sentimental y coqueta. Dejarme vivir entre la fragilidad arrastrada de Lizette, Ivonne o Manon, habitar esa zona de afectos lindando el amigo y confidente luego de tres conversaciones. Entre cliente de jueves de tres a seis con crisis de celos, marido para protegerla de accidentes de la profesión con cualquiera de los sexos. Bebiendo licores en vasitos minúsculos y café con azúcar para paliar el hambre, pagándole la cuenta al patrón con billetes que dejaron de circular hace décadas, sin valor fuera del puesto numismático de los mercados callejeros. 

Eso era la culpa de Balzac, años de lectura que pasé viajando dentro de su obra infinita y también en otras islas narrativas que se le parecen. La última francesa que conocí me aplazó en el segundo año de secundaria a causa de un plus-que-parfait de un verbo irregular en concordancia que terminé olvidando… sólo conocía del arte de conjugar y hasta por ahí el passé composé; mejor, el passé simple con toque de complejidad dependiente del resto de la oración más que de la conjugación. La ciudad que vivía en mí estaba muerta como murieron Praga la Mágica, Roma Eterna y tantas otras. La debilidad mía comprobada repetidas veces, originada en esa tendencia / enfermedad a confundir los tiempos, inducida por voluntad y otras hallada por accidente, no era secuela de la enfermedad. Era suficiente para que se activara –eso producía el deslumbramiento- una partícula afectando el sistema de la lengua, un signo servía para contradecir el curso de los relojes y viajar en el tiempo. La escritura es la única máquina del tiempo fiable de que disponemos los hombres; el artefacto de H. G. Wells era una bicicleta comparada con el arte de conjugar y todas las máquinas similares que topé en mis lecturas resultaban lo que eran, un juego mecánico de los niños que se niegan a continuar creciendo.

-¿Usted sabe para qué estamos aquí?, me dijo el editor exilado una vez hecha las presentaciones.

-Claro que lo sé y hay que llamar a las cosas por su nombre completo. 

-Como será una situación irrepetible en nuestras vidas y el lugar tiene perfume del siglo XIX que tanto le agrada, creo que podemos disfrutarlo. La Historia siempre espera. Imagínese lo que pasó por la sala de este restaurante y la cocina, a pesar de todo ese pasivo está aguardando para servirle lo mejor.

-Es el final del cuento.

-Así parece.

-Si tal es el caso, creo que tengo una idea.

-Lo cité aquí porque preparan como nadie en París los platos preferidos de su admirado Balzac.

-Caramba, es un bello gesto y me pareció intuirlo cuando lo supe, usted parece conocer los detalles más discretos de mi intimidad. El país nuestro, que es lo importante justificando nuestro encuentro, marcha veloz hacia la destrucción y nadie lo puede impedir.

-Cuando terminen de destruir Checoslovaquia, que es cuestión de meses, seguirán con Yugoslavia. Me temo que no habrá revolución de los claveles, sino algo denso y asesino para ejemplo de la humanidad. La Europa Imperial no digirió el gesto de Gavrilo Princip y los serbios tienen ante si días duros. No se escatiman esfuerzos para destruir la idea de revolución en el mundo, lo que supone volar un puente que puede ser utilizado en ciertas ocasiones, que se le volverá en contra del sistema y ahora tan ebrio de poder, pero esa es otra crónica futura…

-Aquí lo estimulante es que se interesan por todo lo nuestro, creo que somos objeto de una solidaridad internacional.

-Praga y el entusiasmo poético francés por nuestros asuntos durará mientras dure el régimen. En cuanto se abra la primera boutique Ives Saint Laurent nuestra Praga será una destinación turística entre cientos y burdel de putas baratas, situaciones que hemos olvidado. 

-¿Hablan mucho de nosotros en París?

-Una enormidad, pero terminará por apagarse ese entusiasmo programado. De lo contrario nos creeríamos nosotros también el centro del mundo.

-A usted le fue bien.

-Todo es relativo…. Desde hace años nos utilizan para sus propios fines, lo entendí desde el primer día y me adecue a sus designios. Nosotros venidos de años tan duros… cansados y nostálgicos queremos tanto sentirnos importantes en este segmento de la Gran Historia, que creemos sus halagos falsos. ¿Usted recuerda la historia de Josefina la cantora? Son especialistas en hacerle creer a la gente que es importante y ahora es nuestro turno ¿Observó el movimiento desmesurado de los últimos años? 

-Nos visitaban gente con un real interés.

-La cultura es diplomacia y forma parte del plan para ganar conciencias para la buena causa. El proceso es límpido: invención de la resistencia, sonido de cascabeles de una vida libre y expansiva con señas de identidad. Autoconciencia de pertenecer al concierto de las naciones de la libertad, incitación a la visita, promesas de todo tipo, revalorización de la cultura diferente y para rematar la comedia, el Vaticano nos reconocerá un Santo de circunstancia. Vendrá naturalmente la integración a la OTAN para la defensa de valores occidentales, luego iremos a los tratados económicos europeos. Apenas tomada la foto de la firma Praga volverá a ser otro suburbio utilitario, Ghetto proletario del Este y no sólo para los judíos. Hasta que decidan abrir la gran puerta de Kiev, que ya está en las carpetas.

-Su visión es pesimista o trata de desanimarme.

-Trato de ser luminoso, acercarle la verdad antes de que sea tarde. Desde que estudio su expediente aprendí a estimarlo por la fe que tiene en las Luces.

-Tengo testimonios creíbles del interés por nuestra cultura.

-¿Quiere que se los enumere? Además ¿a quién no le agrada saber que vive en una ciudad mágica, que es bello e inteligente y que París retiene su aliento por conocer la producción de la juventud checoslovaca? Tan oprimida por tanques soviéticos, comisarios políticos, procesos estalinistas carentes de justicia y que esa sensación de realización está al alcance de la mano… Alcanza con firmar algún manifiesto, una inmolación con gasolina bien publicitada, estar dispuesto a pasar algunos meses preso y denunciar la opresión de la nomenclatura actuante.

-Su visión es cínica e injusta.

-Usted lo quiso… en los últimos años se organizaron coloquios sobre el cine y la literatura checa. Nunca se vio tal intensidad de traducciones de poetas y novelistas. Los teatros subvencionados de Francia montan obras de dramaturgos disidentes. Los espacios públicos organizan exposiciones con catálogos y números “hors serie” con nuestros artistas. Se elogian el rock alternativo y grafiteros, fotógrafos de la resistencia y periodistas encarcelados. Hay lecturas públicas en todos los foros y homenajes y se dedican a Checoslovaquia libre los salones del libro que pululan. France Inter y France Culture nos dedica horas de antena cada día. Las editoriales participan de la operación a pérdida. El año pasado parecía que el mundo había dejado de escribir y el secreto de la novela sublime estaba en manos de los checoeslovacos. También ensayos, testimonios, poesía, misceláneas y evocaciones, tenemos varios autores en las lista del Nobel y se le atribuyen los principales premios populares. Abundan las becas para científicos y ayudas a la traducción, se incentivan intercambios, se resalta el exilio político. La crítica literaria sublimó en pocos meses a nuestros autores, dándoles ubicaciones de privilegio. Las revistas nos dedican números especiales, así como programas de televisión. Se programan nuestras películas y las más mediocres producciones tienen una sospecha de obra de arte; se nos hace soñar sin tregua de lo interesante que seríamos si viviéramos en libertad. Aumentan las condecoraciones y se hacen públicos asuntos que allá son clandestinos, somos invitados especiales de cuanta actividad pública existe y hasta los niños Argelinos de París saben que no hay río más bonito que el Moldava.

-¿Para qué me dice todo eso?

-Hombre… para que se quede en París y reniegue de su pasado. Tiene a su disposición un HLM pequeño bien ubicado, una beca Guggenheim de año y medio para acostumbrarse al cambio de piel, algunos cursos sobre Balzac en dos colegios… No está mal para comenzar una nueva vida… claro que siempre y cuando se cumplan algunos requisitos.

-Lamento rechazar tan buena proposición, pero regreso pasado mañana a Praga. Vine aquí a buscar un nombre.

-Y lo encontró: era su nombre. ¿Esta seguro de querer regresar a Praga? Allá no tiene casa propia después del allanamiento, ayer fue despedido del Instituto y pesa sobre usted un pedido de captura por agente francés. Cayeron dos de sus amigos queridos y se corre un rumor sobre los verdaderos motivos de su viaje…

-Esto es una pesadilla.

-Parece kafkiana y es surrealista. Usted quería conocer un nombre que yo debía articular pero resulta que ahora lo puedo pronunciar: es el suyo. Bien manchado de indignación, mientras viajaba en el tren repasando los momentos de su misión. Queríamos saber quien era en verdad, tan próximo a descubrir a nuestro querido delegado cultural de la embajada francesa al que ustedes adoran. Si bien lo consideran fútil y superficial, detrás de su apariencia snob se esconde un hombre lleno de recursos.

-¿Por qué me lo dice?

-Porque nunca volverá a Praga, para usted no hay ninguna diferencia y ahora pasemos a las cosas serias. ¿Recuerda cuál era el plato preferido de Balzac?

-Para comenzar, siempre pedía un centenar de ostras y cuatro botellas de vino blanco, de las tierras de Vouvray.

-¿Cuatro botellas de vino blanco?

Dragón entre las nubes

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

Lefaucheux II

David es un muchacho diferente, él llega de la capital todos los años a pasar los tres meses de vacaciones de verano entre nosotros. Viene a la casa del tío, el Pato, el dueño del boliche La última curda. Al mediodía el Pato sirve comidas caseras para alguna gente de paso por el pueblo, un plato por día, tallarines con estofado, milanesas con puré. Nosotros le decimos a David que para qué viene aquí que en verano es la muerte, que podría aprovechar las playas de allá de la capital tan enormes y lindas, como esa que se llama Malvín y hasta lo embromamos con las novias. David es así, él dice que allá está todo podrido y ya tendrá en pocos años su diploma de dentista, pero lo que él quiere de corazón es otra vida.

David estudia todo el año y trabaja duro preparando el verano. Siempre llega con ideas nuevas, un bolso lleno de publicaciones, revistas literarias, plaquetas de poesía, trae casetes que él mismo graba y los poemas. Con Fede son amigos desde chicos, se dan una manija loca con esas hojas sueltas que ellos llaman revista y ya sacaron tres números. Mi Fede lo único que tiene es la revista y entonces se da manija de verdad cuando reavivan el proyecto. David, es increíble, se lo toma en serio, dice que debemos seguir sacando la revista sin pensar en los sacrificios, está convencido de que desde aquí que es el esfínter del culo del mundo, podemos cambiar la idea de la poesía entre nuestros compatriotas. Están locos… Un año David organizó un taller de escritura poética, hasta trajo dos poetas jóvenes que leyeron sus textos y divagaron. Víctor Cunha que no me sacaba los ojos de encima y otro flaco de lentes que se fue a México, Eduardo se llamaba.

Yo también escribo un poquito. Hace años que vivo con Fede pero en verano también me enamoro de David y Fede no me reprocha nada, hasta hablaron entre ellos de la situación. Nunca nos acostamos los tres, duermo una noche con cada uno. Fede me ama cada día más y eso me gusta. En lo más íntimo yo creo que la historia le hace creer que vive adentro de una película. Fede es fuerte y David es tierno. Durante los meses que dura el verano soy la mujer más feliz del mundo. Nadie sabe lo nuestro, nos piensan un trío de loquitos obsesionados por editar la revista y está bien que sea así. Nosotros nos divertimos, es todo tan intenso entre ellos y yo que olvidamos el tedio y el calor, la miseria a la que fuimos arrastrados. Parece una historia de cine, pero a mí me da vergüenza tener siempre las mismas bombachitas de algodón como de niña. Soutien no necesito porque tengo poca teta, son tetitas de perrita, lindas pero chiquitas. Para compensar me cuido mucho el pelo, después de todo los calzones modestos logran que la situación sea más democrática, a veces igual sueño con puntillas negras y esas cosas de mujer fatal.

Habían pasado las fiestas de fin de año y todo el barullo. Los potentados del pueblo que tampoco son tantos, se fueron lejos y no volverían hasta mediados de marzo. Aquí nos quedamos los que no tenemos plata para el boleto de transporte ni para pagar un rancho en la costa, aunque sea una modesta casilla de chapa dolmenit. Nos quedamos los que tenemos la parentela y los viejos en el pueblo. Es así que por allá como terminando enero, es cuando los que quedamos aquí hacemos un pacto de pobres y caminamos por el pueblo en silencio. Hacemos las mínimas compras, estamos en un limbo de agonía hasta que llega el carnaval, empieza semana santa, semana de turismo dice David y el pueblo recobra el murmullo inconfundible de pueblo chico, de gusanería emanando del cadáver.

Los días de la siesta impuesta y la noche del pleno sol para empujarnos a permanecer en la sombra, nosotros leemos escuchando la radio, para seguir sabiendo que allá lejos atravesando el desierto que rodea el pueblo, continúa existiendo eso que llamamos mundo. Es recién cuando cae el sol y antes de que llegue del todo la noche que vamos al boliche del Pato. Allí nos encontramos todos, una linda barra y amigos de la resistencia. Ahí empieza la vida de verdad, leemos en voz alta, tomamos cerveza, caña y vino clarete fresco, intentamos marcar la línea editorial del próximo número de la revista creyendo que será editada. Nos cagamos en la mentalidad dominante del pueblo con lo poco que tenemos y escuchamos música venida de lejos. Por reacción comprensible le juramos un odio eterno a estribaciones telúricas de la comarca, sería tautológico dice Fede. Si estamos de acuerdo en todo, sostiene mi amoroso, para qué diablos hacer una revista a contramano. Decidimos escuchar músicas foráneas, destilaciones melodiosas de reventados alejadísimos, de tan lejos que parecen de otro planeta, con decir que Keith Jarret pasa por ser el más serio. 

El Pato es un tipo macanudo, nos soporta con cariño. Estoy convencida de que se gasta en verano lo que gana trabajando el resto del año y lo genial es que parece importarle un pepino. El Pato quiere mucho al sobrino. David es el único pariente que le queda, el Pato dice: «Cuando David se reciba vendo el boliche al mejor postor, le pongo un consultorio y después me mato, pero pienso llevarme alguno de por aquí en el camino».

David es diferente de todos nosotros. David lee mucho allá en la capital y yo sé que tiene talento, si se decide a trabajar en la poesía será uno de los grandes, como Marosa, Puig y como el Bocha. Eso si él lo quiere. Fede además de ser amigo lo admira. Un día Fede me preguntó si yo me iría con David y le contesté que si me lo preguntaba una segunda vez lo mataba, él se rió pero es verdad que si vuelve con esa tontería lo mato. Puedo pensar la vida que me espera, pensar mi futuro sin David pero no sin Fede. Fede es mi hombre. David es otra cosa, es como un hermano, un primo segundo. 

Durante los meses de verano vivimos en la casona que me dejó mi abuelo al morir en el barrio Las Manzanas. En invierno vivo en el centro del pueblo con mi madre, en verano vengo aquí a los arrabales a respirar un poco y disfrutar de mis hombres a gusto. A veces pienso que soy una zafada. Aquí tenemos una pieza especial para el trabajo, con carpetas para la correspondencia, una caja de zapatos que hace las veces de fichero y muchas cosas más. Está bastante bien para el lugar. Nunca supe cómo hacemos para convivir sin drama. Entre el baño tibio de la mañana, la compra del pan, el poner a calentar agua para el mate y el café, descolgar la ropa de la cuerda y sacar la manteca de la heladera, lo cierto es que cuando nos damos cuenta que estamos en un nuevo día nadie parece recordar en que cama durmió. Yo sí. Ellos son tan dulces cuando quieren que algunas mañanas me lo hacen dudar.

Era David el que venía dale que dale con el asunto ese del brulote, la última noche en el boliche del Pato fue cargada. Estaban excitadísimos por los acontecimientos recientes y yo creía, siempre la misma distraída, que al amanecer el asunto quedaría olvidado. Fue David que estaba en el origen del episodio para ayudar a Fede, fue David que estaba loco de feliz por lo ocurrido, fue él quien evocó la posibilidad del enfrentamiento honorable y él que le pidió a Fede practicar diciendo que estaba en juego el honor de la poesía nacional. Yo me reía cuando los escuchaba hablar del honor de los poetas. «Si fuera por tu honor flaca linda, aquí el Fede y yo sin consultarlo con nadie, sin medir consecuencias declararíamos una guerra mundial» decía David y a mí me encantaba escucharlo decir esas cosas.

Fede estaba firme, él sabía que la cosa terminaría mal en cualquiera de las variantes. Le decía que se dejara de joder con el honor y que las armas las carga el diablo. Yo estaba ahí cuando le dijo a David que el revólver de mi abuelo debería ser un arma anticuario del siglo pasado. Inservible para practicar y le aconsejé que para el verano próximo aprendiera artes marciales al estilo Okinawa. David insistía y en un último recurso apeló a la fibra militante chamuscada de Fede que un poco se calentó. David intentó la argumentación romántica para decidirlo, que estuviera en concordancia con nuestra situación amoroso atípica. 

Dijo que los poetas gringos tenían menos problemas porque se enculaban entre ellos en los baños públicos de Nueva York y que el viejo Burroughs había dado en la práctica su contundente opinión sobre las mujeres, en especial de las esposas. Estaba inspirado mi hermoso, después se lanzó en retóricas de reivindicación personal y recordó que hasta tenía un texto acorde a la situación, que él reivindicaba como lo mejor que había escrito en su vida. Hoy estaban peor que borrachos me parece que les dije. Esas fueron más o menos las palabras y lamento olvidar el resto. Fue la última vez que los vi juntos, qué horrible. Sin pedirme mi opinión me dejaron fuera de la conversación, así que me levanté y les dije que entraba a la casa a bañarme. Necesitaba refrescarme para tomar coraje y detener ese disparate, además había que hacer las compras del día y hasta con dos hombres en la casa la condición femenina se mantenía inmodificable.

Estaba necesitando estar un tiempo con mi cuerpo a solas, mirarme en el espejo desnuda y de perfil, preguntarme qué encanto tenían esas tetitas para hacerme tan feliz. Estar a solas para enjabonarme despacio la conchita y repetirme que era una mujer de suerte. Necesitaba meterme en la bañera y sentir el agua tibia hasta el cuello, levantar desplegando las largas piernas del agua como una estrella de cine y decir para mis adentros: si estas piernas hablaran y contaran lo vivido, mirarme los dedos finos y largos de poetisa posarse sobre los bordes de la bañera inmensa, hundirme en el agua tibia hasta el tabique de la nariz y pensar en los cuerpos bonitos de mis dos hombres discutiendo al sol del amanecer. Quería ponerme en la mano mucho champú con olor a almendras salvajes, esencias de los mares del sur, árboles exóticos del corazón de la Amazonia y desde el agua mirar colgadas en la ventana al aire fresco de la media mañana, golondrinas albinas anidadas en mi felicidad, las bombachitas de algodón secándose. En mis baños soñaba con los futuros sonetos de amor compartido, me imaginaba ser la autora de versos impregnados de una sensualidad nunca antes alcanzada, me veía yo toda y también mi cuerpo caliente en el agua tibia, siendo protagonista d’un roman d’amour insensato sólo destinado a mujeres lejanas, mujeres misteriosas y seductoras hasta el suicidio. Me sublimaba llevando un diario de verano tórrido escrito con la tinta invisible de mi sexo rosado, húmedo en todo momento, abierto como una breva madura para saciar la sed espesa de sumisos amantes insaciables, me leía siendo una mujer madura escribiendo su vida, que eran las memorias de un cuerpo dispendioso, contándole esta misma semana de mi vida a un amante reciente, muchísimo más joven que yo, de la edad de mis queridos y celoso de mi tenebroso pasado. En eso estaba, mientras él me reprochaba mis deslices consentidos y periódicos cuando oí el estampido. 

Lo primero que pensé fue que había sido él, mi joven amante que me había disparado por desesperación y celos, entonces me llevé la mano derecha al pecho para buscar la herida. Luego temí lo peor y salí corriendo desnuda hacia el patio. Tenía miedo de encontrar lo peor, estaba avergonzada de mi egoísmo que me empujó a dejarlos solos.

Cuando llegué al patio vi a David tirado en el piso con la cara ensangrentada. Me llevé las manos a la boca, grité su nombre y comencé a llorar como una Magdalena. Me senté de costado en el hormigón frío sin saber qué hacer y sabía que Fede estaría por ahí cerca con el revólver de mi abuelo en la mano. Por el momento rechacé la idea de que sería yo quien debería tomar las decisiones prácticas y alguna vez volvería a comprar el pan como si tal cosa. Sentí que me estaba orinando encima. Dios mío…

Hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar

Este relato surgió de varias hipótesis de trabajo relativas a la historia de la literatura rioplatense y que nunca busqué verificar sabiendo que encajaban en la pura ficción; al menos de estar dispuesto a creer que por debajo del canon o encima de las tesis doctorales el continuum narrativo presupone sus propias canalizaciones. De ahí tanto tema del doble rondando, el género confesional de los diarios íntimos afectos a la identidad y el género últimamente, el poema “Borges y yo” o nuestra versión Carlos Liscano manifiesta en “El escritor y el otro”. Desde las primeras armas literarias tuve una inclinación por el cuento que aún perdura; primero fueron ensayos para desentumecer las manos con gamas preliminares como pianista de bar; luego avancé alguna excusa sofista justificando que la novela extensa sería para más tarde. Le fui con tomando gusto al género breve desde las aperturas y continué en ello llegando a la vejez, al punto que tengo por ahí varios inéditos que seguirán asomando en El Club de los Narradores de La Coquette.

Quizá había cierta facilidad resultado de la práctica salteada y enseñanzas rigurosas de los fracasos; luego de meditarlo creo haber hallado unas razones enunciables que puedan explicarla. Primero fue el interés por realizar una maqueta uruguaya de la comedia humana; a falta de combustible waterman o cross para viajes hacia novelas lejanas de varios tomos, decidí hacerlo con materiales de descarte que pudiera tener a mano. Ello permitió -si bien hay excepciones- explorar los tiempos que me tocaron vivir, retroceder al horizonte histórico delimitado por mis abuelos y aprovechar el rastro insistente de algunas lecturas. Una segunda maniobra sobre el teatro de operaciones fue el desdoblamiento teatral, posibilitando ordenar la función del narrador en sus variantes gramaticales y los disfraces recurridos, explorando puntos de vista acordes al reparto de personajes. Era la forma escénica de opacar la historia personal y ser un narrador invisible adicto a transfiguraciones de todo tipo según lo requería la historia. Esa variante Frégoli contribuyó a disponer otra tramoya: siendo profesor de literatura, habiendo subrayado textos de tantos autores, conocí la zona solfeo del escribir asumiendo la cuestión técnica -perfil o invención de una cuestión, tentativos por resolverla, decidirse por una puerta condenada para salir del laberinto- o la necesidad de indagar el baúl de las formas narrativas. Todo cuento es palabras, historias, personajes y formas de narrar; todavía recuerdo aquello fundador de los cursos de Vladimir Nabokov en cuanto al juego en la narrativa entre estructuras y detalles. Estaba además el deseo asordinado de adherir a la tradición circulando en el Rio de la Plata insumiendo la mayor parte de horas de lecturas: Borges y las invasiones inglesas, Quiroga enamorado precoz y la selva misionera, Felisberto en barrios montevideanos y la música, Cortázar aficionado al boxeo y París. Más que suficiente para colmar una vida de lector, los nexos entre esos universos los transité por “El puente romano” de Héctor Galmés que escuchaba discos de Julio de Caro y tradujo La Metamorfosis. Entre esos cuatro la reacción puede explicarse por la teoría de conjunto en las intersecciones, el rotar de planetas en mutuas dependencia que fui descubriendo en trabajos críticos.

Había sin embargo un punto ciego preocupante y descuidado hasta finales del siglo pasado, que fue el eclipse impredecible entre Quiroga y Borges. Recordé que todo sistema tiene su aporía o variaciones sobre el primer teorema de Gödel: bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Claro que todo devine así más complicado, pero esa fórmula saltó al comienzo de los años 30 y la fecha es importante considerando el marco cronológico del cuento; luego seguí postergando con ese consuelo teórico, casi negando que ambos escritores coexistieron cuarenta años. Pese a mi pasado de lector, su ingreso desafinado a la educación literaria y el suceso en los cursos universitarios parecía que ese contacto era algo sin solución. Ese amor el cuento me llevó a emprender un proyecto y habiendo una inclinación intelectual por el argentino, si de verdad quería implicarme a conciencia debía escribir un homenaje al salteño con la evidencia del mandato. De ahí surge “El misterio Horacio Q” cuyos intersticios creativos han sido evocados varias veces aquí mismo; mentiría si dijera que en el plan inicial estaba la sombra de Borges como personaje invitado, de cualquier manera él siempre aparece por alguna parte y más tratándose del cuento. La pieza faltante fue una epifanía permitiendo que el relato se impusiera de manera fantástica; lo ignoraba, pero son los textos los conjurados urdiendo su propia tradición. El episodio disparador fue casual como el inicio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Habiendo coexistiendo con Borges treinta y cinco años tuve la ocasión de leerlo, estudiarlo, asistir a sus charlas en el Teatro Cervantes de la calle Soriano y viajar a un famoso congreso en Buenos Aires allá por los años ochenta. Sabiendo que las biografías de Borges forman un pequeño género, cada tanto me da por consultar alguna; pasó mucho tiempo, perdí la referencia exacta o quizá lo soñé a tal punto de hacerlo profecía autorrealizada. La información decía que Borges estuvo en el barco que acompañó el traslado de los restos de Quiroga luego de su muerte, de Buenos Aires hasta Colonia en la Banda Oriental cruzando el Rio de la Plata. Tal vez el habitué de la confitería Richmond de la calle Florida creyó estar en la nave Argo tras el vellocino de oro, en un Dakar sajón o que viajaba espectral hasta la isla Avalon; puede conjeturarse que sabía lo que estaba haciendo sin medir las consecuencias del gesto en su propia vida. A veces hace falta una nada de realidad para activar la ficción; eso ocurrió en el año 1937 y luego como suele escribirse los hechos arreciaron. Los biógrafos aseguran que el argentino acaso acosado por la ceguera al galope sufrió en diciembre del 35 un accidente doméstico serio, con fiebres, insomnios, pesadillas… Afirman que se trató de un punto de inflexión y para probarse que todavía dominaba la materia literaria en su mente escribió un cuento no de crónicas intertextuales -o acaso…- sino de ficción. El relato control fue “Pierre Menard, autor del Quijote” que integrara “Ficciones” de 1944 (alguna vez tuve en la biblioteca esa primera edición) y que se publicó por primera vez en mayo de 1939 en la revista Sur. Nuestro cuento del hombre con sombrero entonces, quiso dar cuenta del extraño episodio del viaje a Colonia narrado por alguien desaparecido del circuito; teoriza que el famoso punto de inflexión de la obra de Borges no fue el accidente en la escalera, sino la llegada al barrio antiguo de Colonia con una misión y que Menard -hay una bella novela de Michel Lafon al respecto- fue una invención sublimando a alguien que existió y es en el misterio incesante que se perpetúa entre papeles la tradición del cuento fantástico rioplatense.

La Fiesta: master take. Chick Corea

Los hechos aquí evocados ocurrieron el día que murió Elvis Presley y hace poco, en uno de esos años cuando el silencio de las voces apagadas era más espeso que el recuerdo de las caras. Alguien dijo, con convicción de deseo inexorable que un hecho lindante al prodigio sucedería esa noche sin ser la noche de San Juan. Entre quienes escucharon el rumor, nadie pensó en un eclipse total de luna ni avanzó la hipótesis que se trataba del cometa Halley adelantado en la órbita, cruzando con su cola de novio en combustión el cielo triste de Montevideo. 

En una ciudad cautiva las palabras dichas de pasada adquieren cierto rango de verdad, incluso si al minuto siguiente se confunden con un anónimo sin nombre, rasgos característicos y menos identidad confirmada de boca informante. Es complicado narrar, la certeza en torno a lo supuesto se acotaba al recuerdo vago de lo escuchado al pasar, unos días atrás y más seguramente pocas horas. Lo retenido tenía la consistencia de una revelación en pesadilla sin nada de fantástico en su enunciado simple: Chick Corea actuaría esta noche en un local de la ciudad. 

Esa revelación flotando en la conciencia era insuficiente para promover indagaciones insistentes entre amigos. Tras la búsqueda de una modesta ratificación de la venida, Luís se comunicó con un par de conocidos que solían estar al tanto de lo que pasaba en el ambiente. Su línea telefónica, estaba cseguro de haberlo detectado, emitía un ruido inusual de aparato intervenido bajo escucha; podían ser los cables viejos de la instalación y sería prudente asegurarse. Era costumbre –por el temor compartido en ambos extremos de la línea a que lo dicho sea interpretado de otra manera- que terminaran hablando de las nuevas gracias de Sigfrido, el perro del interlocutor y quejándose de lo agotador que es organizar un cumpleaños infantil, antes de deslizar un par de frases sobre la dolorosa noticia del día.

Diálogos tontos despejando de la conversación cualquier apariencia de claves y contraseñas, decir encuentro, recital, concierto en el código penal de quienes escuchaban conversaciones ajenas, podía ser en locución uruguaya sinónimo de conspiración. Corea un apodo clandestino, significativo de célula subversiva, operativo desestabilizador del orden social. Hoy día las palabras huyen de su definición original, circula una violencia ciega desatada para pesquisar la segunda potencia de freses irrelevantes; denunciando la polisemia terrorista a desmantelar y una circunstancia de acepciones latentes irritantes de admitir. Era el odio preventivo a las palabras de antes, cualquier intento de comunicación desde hace tiempo es sospechoso, se lo vigila e interrumpe hasta la decisión de proscribir vocablos, poemas, novelas, canciones, autores y voces, siendo aconsejado el silencio para obedecer órdenes. Una ocurrencia nocturna resistente o risueña, garabateada en paredes de calles oscuras y solitarias, se pagaba caro. 

La consigna Liberar a Julio era suficiente y los transeúntes seguro que ignoraban la historia del tal Julio que anda por ahí. Leer la pintada desde la vereda de enfrente, desde la ventanilla del ómnibus era suficiente para imaginar una situación amenazante; incluyendo apremios a Julios encerrados en establecimientos penitenciarios, cuarteles, comisarías, cárceles clandestinas en casonas. Prolongando la prepotencia a hogares de parientes, conocidos y amigos de Julios presumibles en impensable estado de liberación, iniciando la espiral de los Julios cercanos, recordados, que finalizaba en el Julio infeliz designado por un azar descontrolado. 

Ninguna pared hablaba de Corea y eso que sería hoy mismo la cosa. Luís tenía apenas la convicción de la venida de origen difuso, desconoce lo que sucederá esta noche si dejamos de lado el temor a madrugadas de insomnio; tampoco conoce el lugar del encuentro ni escenario donde se supone que Corea tocará esta noche. Hasta parece que hace unos días actuó con suceso en un teatro céntrico de Buenos Aires, en dúo con el xilofonista Gary Burton, pero es dato de laboriosa confirmación: hace más de un mes que los mandos impiden el ingreso a Uruguay de diarios porteños. “Tiene que venir esta misma noche, pensaba Luís. Hace tiempo que lo esperamos, me resisto a la idea de saberlo pasando de largo rumbo a San Pablo sin recalar en Montevideo. Tampoco puede hacernos eso de hacernos sentir que vamos desapareciendo del hemisferio sur.”

A primera hora del día Luís compró El Día y El País, buscando información sobre la llegada de Corea, detalles referentes al espectáculo nocturno, horarios, precios, esas cosas; buscó una hora sin hallar ni una línea que hablara del concierto y era raro, ambos diarios informan sobre casi todo lo que sucede en el país. Los leyó encerrado en su casa, sin llamar la atención de alguien que busca sin saberlo la noticia comprometedora; los titulares de primera página anunciaban inauguraciones de tramos de asfalto en el interior del país, cerca de las regiones militares. Las páginas interiores reproducían los partes diarios de guerra contra la historia; lloraban la tragedia del mundo de la música pop por la muerte de The King, descubrían el revés de la trama de algunos ciudadanos indignos de tal condición. Nada original en los últimos tiempos, después de años de cotidiana militancia en el ejercicio de la pública exposición de hombres y mujeres vecinos de la ciudad, los perfiles propios se desdibujaban. “Ni sabemos quién es la gente con la que convivimos; tampoco se me ocurre nadie en quien confiarme para verificar la información de la llegada” pensó Luís.

Hacia la media mañana las horas comenzaban a sucederse, Luís se refugió en una de sus pocas costumbres queridas y confiables; esperó en el café, que no podía ocultar la tristeza instalada y en su misma mesa, la llegada de los amigos fijados en la rutina apoyándose unos en otros. A los pocos minutos el grupo estaba instalado, Luís les confió su pequeña preocupación del día centrada en la llegada del músico. Los otros lo miraron extrañados: ni la menor idea del concierto y menos del personaje evocado.

-Es un músico genial, medio morocho y chiquito del Estado de Massachusetts, les comentó Luís con la curiosa convicción que requiere lo evidente. Toca el piano, moderno, jazz y cosas por el estilo.

Luís se percató que resultaba peliagudo explicarse ante quienes desconocían la existencia del pianista y el nombre tan sonoro nada les decía. Esos amigos del café a media mañana pertenecían a otra generación, llegaban de oídas bien hasta el apogeo de bandas al estilo Count Basie y haciendo un esfuerzo ayudado por la contaminación informativa, a conocer por arriba el muerto del día y su famoso golpe de caderas. Cada dato que Luís agregaba sobre Corea ya fuera anatómico o musical, el desconcierto de ellos aumentaba. Lo vieron tan preocupado por el asunto, que llegaron a prometer una exhaustiva indagación entre los conocidos, lo harían con el mismo celo que si se tratara de un hermano acuciado por verdaderos problemas. Dijeron que eso sería para mañana, el día después, un día demasiado tarde. 

Si algo había de ocurrir entre Luís, la ciudad y Corea sería esa misma noche; Corea, el sonido Chick Corea hoy podía ser en Montevideo diferente a la persecución de un nombre. Apurando la urgencia de lo inminente irracional, Luís decidió que tenía pocas horas para averiguarlo. Comenzaba así de sencillo una persecución desesperada, confusa y misteriosa como el tren fantasma. La gente por aquí estaba en mutaciones forzadas desde afuera, derivando hacia objetivos imprecisos y situaciones transitorias. En curiosa deshumanización, las personas se transfiguraban en manifiestos firmados en las estaciones de metro alejadas de Londres la City, recitales sucedidos hace meses en estadios cerrados de Sidney, nombres de detenidos envueltos en la acústica gótica de iglesias parisinas con aguacero afuera; mientras el nombre convocado por la solidaridad dibujaba en prisión mulitas sobre papel de estraza para matar el tiempo. Pedazos de ciudades aprendiendo que no habrá regreso al pasado, aunque cada amanecer trajera una incumplida promesa de retorno y postergación vendada a la historia patria, versión diferente a la leída tiempo atrás en los manuales escolares. 

Como esto era cierto, había entonces que admitirle a Luís su empecinamiento por la creída llegada de Corea; además de tales metamorfosis de la sensibilidad, coincidíamos ese día con él en la misma ciudad Montevideo de Corea. 

Era posible creerle que Chick estaba llegando al aeropuerto y tocaría dentro de pocas horas, poco importaba la falta de afiches pegados en las paredes anunciando el espectáculo y el silencio cómplice de altoparlantes en la costa, encargados de la propaganda. Las omisiones podían acrecentar por el absurdo, oposición, el tercero excluido su convicción en el encuentro próximo con el músico. Recobrábamos con Luís –para mantener distancias es preferible decir que Luís recobraba- un impulso que llega cada tanto, bajo la forma de un deseo irrefrenable por salir a buscar lo inesperado en la noche montevideana. Hoy la maravilla mágica se llamaba Chick Corea. 

Todo hace suponer que el músico vendrá de Buenos Aires como apéndice inflamado de la tournée, insignificante fuga de gas neón de marquesina de teatro de la calle Corrientes. Seamos sinceros, fuera de ese rebote reflejo de contratista ¿a qué diablos vendría Corea a esta Montevideo hastiada de milicos? Seguro que el pianista desconocía la existencia de una ciudad llamada Montevideo, cuya referencia decisiva es un cerro mocho de 130 metros de altura. Anoche le preguntó al contratista para evitar meter la pata con la prensa en la conferencia de prensa, y mañana olvidará si la escala estaba cerca de Montreux o Tunisia. Montevideo nunca tuvo un tema clásico para jugar variaciones locales dentro del repertorio de jazz ni festival anual, su existencia le interesa a unos pocos; hoy es otro día de espera en la ciudad, como antes lo fue de Frank Sinatra, Lawrence Olivier, Herbert von Karajan y los Rolling Stones. 

Algunos de los esperados en sueños pasaron por aquí sin percatarse, teníamos algo de tierra condenada; por eso se largaban sin entender el motivo del cariño manifiesto por los espectadores al final del show. Nadie viene ya por nuestra casa, casi nadie debería decirse porque esta noche, de creerle a Luís y su perseverancia ingenua, en algún lugar de la ciudad estará haciendo música el pequeño Corea y habrá que estar ahí a pesar de las camionetas azules estacionadas en las inmediaciones, como un solo hombre.

Una buena manera de achicar las horas de espera podía ser llegarse hasta el aeropuerto, presentarse en informes y preguntar con aire desenvuelto en que vuelo llegaba el señor Corea. Con buen criterio Luís estimó que, tal como están las cosas en este invierno, ello sería ingenuo, daría lugar a desagradables malentendidos. Despejada esa modalidad de la verificación crecía en Luís –un día más- la masa de las horas destinadas a perderse en relojes a cuerda de lo inservible e irrecuperable. Esferas gelatinosas, minutos necrosados devorándose hacia adentro marcando los segundos que temporalizan la ciudad. 

En Luís estar convencido de que esta noche bruja Chick Corea actuará en Montevideo se hizo obsesión pegajosa, y ello a pesar de su limitación como proyecto, con argucias de ideas concebidas durante el sueño profundo e informaciones dispersas en revistas viejas editadas en otro país; él leía Montevideo donde aparecía el nombre de otra ciudad imaginada. Supuestos e interferencias, sumatoria de deseos postergados pedidos de a tres y en secreto en tiempos idos, cuando todavía caían estrellas muertas hace milenios luz en nuestra estratósfera, llegando vagabundas desde el cenit nocturno de Montevideo. Luís estaba resignado a que la sesión, algo improvisado seguro, estaría distante de cualquier resplandor generoso y una mínima dignidad. Es sabido: nadie viene a tocar a Montevideo dispuesto a dejar el resto salvo que haya nacido por aquí y sepa que aquí morirá. Los artistas de paso por la ciudad, sin tiempo para comer un pedazo de carne asada en el viejo Mercado del Puerto, juegan así nomás para cumplir, sabiendo la aceptación indiscutida sin protesta del público ganado de antes, importándoles un comino las crónicas del día siguiente, publicadas en la prensa, caladas de indignación o elogiosas hasta el ridículo de lo irrecuperable. Luís recordaba al respecto los días finales de noviembre del año 1971. 

El último domingo del mes fueron las elecciones, en las que por primera vez el Frente Amplio se presentaba como coalición de izquierda y el sábado de ese domingo, fue la última vez que Duke Ellington tocó en la ciudad. Yo mismo lo recuerdo como si fuera hoy y puedo hacerle recordar a Luís el calor agobiante de aquel día. Infierno reforzado al atardecer pues, designios de la cruel economía doméstica, sólo pude pagar una entrada en las alturas, lejos del escenario, cerca de techo del estadio cerrado donde actuó Duke: el legendario Palacio Peñarol, más conocido fuera de fronteras que la Catedral de la plaza Matriz. Aquella noche era cierto que el nombre de Peñarol brilla como el sol, calentando en consecuencia y allí se podía conocer lo que sintió Icaro el segundo previo a desplomarse. Después de pasados veinte años de aquello, creo seguir escuchando Sophisticated Lady con solos de improvisación de un saxofonista blanco de la primera línea, mal improvisador al menos ese sábado, un músico que estaba borracho o se hizo el payaso a lo largo de la actuación. Lo sucedido ocurrió dentro de lo previsible, como si pasara una tormenta de indiferencia, pero hubo un momento eléctrico cuando el viejo Duke, él solo esclavo de su genio, sin orquesta de payasos apurados por regresar a casa, iluminado por un haz milagroso de Frá Angélico sobre el ángel negro viejo, puso dos manos negras sobre el teclado racista, inventando un tiempo tormentoso impredecible la víspera. Quiero creer: seguro que sus dedos atravesaron nubarrones cargados de la infancia, de los que cruzan el cielo apurados a toda velocidad tras las liebres del camino de Alicia, con tiempo justo para dejar caer gotones tibios y pesados de notas graves. Alcanzó: se trataba de estar alerta durante el espectáculo, dejarse empapar el alma por un aguacero de morondanga de fines de noviembre, que cada tanto le despierta hongos tóxicos de humedad a la memoria. No se conocen versiones memorables de los temas clásicos de jazz grabados en Montevideo, al menos en antologías de los monstruos del género recopiladas en discos compactos, y en esta evidencia para nada cuenta la memoria personal. Digo que habría que convertir esa notoria carencia en un atractivo secreto, hacerlo el imán potente de nuestro arrabal, lanzarlo a los grandes centros como desafío: a ver quien tiene el coraje y huevos de venir a tocar aquí, adentro de las murallas. Con la furia de que fuera capaz, si supiera que la música se termina mañana y queda una sola oportunidad de que su música sobreviva. 

Luís y yo sabemos en este cuento que avanza, que nuestra ciudad es una escala lateral en la gira. Deberíamos empezar por la modestia que falta, sacudirle al asunto la atrofia de distancia ruinosa evitando hablar aparatosamente de concierto y aunque fuera tarde para cualquier reacción contra el desdén. A Luís le hubiera gustado ver a Corea tomarse lo de esta noche como un tiempo muerto, alto prudente en la ruta para cargar gasolina. Que Chick se olvidara de actuar a que algo le importamos, limitándose a ensayar. Joder con el teclado buscando música como estando en un estudio de Los Ángeles pagado por la CBS; sin compromisos falsos, igual que en su casa el día que encontró la melodía de Children Song y el tema de La Fiesta. Si pasara algo así sería mejor para los involucrados y nos evitaría la humillación adicional. Eso, que vengan a buscar y suban al escenario sin fanfarrias, sin locutores engolados ni tachos seguidores, sin presentación cortando el aliento ni ladies and gentlemens y una vez arriba, se largaran por un camino cualquiera. Drogándose si quieren con cocaína, bajándose tres botellas de Beefeater si funcionan a gin, tosiendo y escupiendo delante del respetable, fumando como murciélagos, dejando el pucho al costado del teclado, hasta que el sufrido Stenway & Sons se chamuscara en los bordes; y si llegan las ganas, meando contra el manso telón del Teatro Solís, que siendo bordó con borlitas doradas sería un portento. Mirarlos sin esperar nada, dejarlos a ellos seguir en sus asuntos esperando por si algo original se les cruza por la cabeza, aguardando el relámpago del tiempo tormentoso en noviembre hacia el sur anunciando el verano. 

Luís sabe que esa escena es improbable en su horizonte cercano y hoy perseguimos lo inefable en bolsas negras de plástico dentro de las que ninguna música es posible. Para esta noche habría sin embargo la promesa de algo que se suspendía y era necesario forzar la idea de Corea actuando en Montevideo. Luís esperaba la comprobación, ello lo descontrolaba en cuanto a las decisiones a tomar, llegó a pensar que la incertidumbre sería parte de la actuación. Una manera simpática de poner a prueba la fidelidad de los iniciados a la música de Corea: el chiste comprensible en quien desconoce lo que pasa por aquí, lo delicado de la situación, que se propuso hacernos buscar en la noche sabiendo que en Montevideo todo se encuentra pronto; cuanto menos alguno de los pocos locales donde podría actuar Corea, so fue lo que se dijo para tranquilizarse.

Ellos se encontraron casualmente en la calle pasado recién el mediodía. Luís parecía salir en ese momento de una pesadilla e ingresando en otra devolviéndolo a esquinas de la ciudad temerosa. De acuerdo a las últimas informaciones en nuestro poder y sin verificación de fuentes confiables, Luís Dos debería estar viviendo en un barrio jardín enrejado en algún lugar de Caracas, con hijos, trabajos, divorcios y anécdotas que le suceden a la gente sólo cuando se va de aquí. 

Algo intermedio entre alegría del encuentro, olor a fantasma inseguro y lo banal de los días perdiéndose hizo que Luís evitara preguntas sobre playas caribeñas, amantes mulatas y ardides rocambolescos de ganarse la vida, contrabandeando ron entre las islas por ejemplo. Lo que predominó fue la alegría, de los condiscípulos del Instituto de Formación, Luís Dos se contaba entre los mejores amigos y era sin discusión el que sabía más de música. 

A pesar del tiempo pasado, fue mutua la percepción del comienzo de una noche irrepetible que justificó la pregunta.

-¿Sabés lo de Corea? le preguntó Luís Dos, sin darle excesiva importancia al asunto, con la certidumbre implícita de que escondía una duda propia.

Él jamás sabrá la tranquilidad que le proporcionó a Luís esa sencilla pregunta; había un alguien, un otro que sin ser espejo, fantasía o él mismo aparecía de repente en el relato con noticias frescas sobre lo que se estaba cocinando para la noche en la ciudad. Era una suerte, Luís tenía la confirmación referida a un asunto que comenzaba a enredarse –en especial las últimas horas- con otras dudas más serias. 

Lo que creyó entender días atrás sobre la venida de Corea era verdad, entonces no se estaba volviendo chiflado cargando un dato de esos que se tiene vergüenza de compartir.

-Claro, respondió Luís. Lo de esta noche… te sonará increíble, pero no estoy seguro de dónde será la cosa.

-Nadie lo sabe, dijo el contrabandista de ron de la isla Margarita. Suponte, habría problemas con los permisos de policía. La vigilancia de los vuelos internacionales está pesada, esperamos que en pocas horas eso se arregle, quédate tranquilo que aquí nadie se queda afuera.

-O será asunto de los productores del espectáculo, le hice contestar más cómodo, con un tono de angustia aplazada. Sabés cómo somos para esas cosas, unos despelotados que siempre dejamos todo para último momento.

-No te creas, replicó Luís Dos.

Sus palabras fueron rápidas, cortantes, secas y pronunciados pensando en cosas muertas para siempre.

Luís prefirió no entenderlo así, apropiarse la tranquilidad pasajera que vivía y una alegría incluyendo partículas de emoción. Sin preguntarse sobre las razones por las que Luís Dos estaba delante suyo y lejos de Caracas, le propuso encontrarse unas horas más tarde e ir juntos al lugar donde se escucharía el piano de Corea.

-¿Pero llegar a dónde? ¿Ir a dónde? argumentó Luís Dos, modulando la duda con su garganta resignada y en tonalidad que un tercero podía interpretar de mala manera.

-Ir a buscar, fue la recriminación en forma de respuesta con acento obstinado y terco. Es la única puta cosa que venimos haciendo desde hace tiempo. capaz que por ahí perdiste la memoria y lo que es más grave la imaginación.

Tampoco era el mejor momento para respuestas directas, si es que uno y otro podía entender al otro: a pesar del reconocimiento se desplazaban en distintas profundidades de la realidad. Convinieron en encontrarse a las siete de la tarde en El Vasco, un bar tirando para el costado sur de la Plaza Independencia, la esquina donde el viento golpea la lluvia de costado, como dicen que ocurre en plazas embrujadas de Santiago de Compostela, en Pontevedra la de piedras grises. El Vasco era un buen lugar para tomar el último café con los amores que terminan y hoy para comenzar a barrer la ciudad hasta alcanzar la música de Corea.

Nada y si existe lo menos que la nada fue eso, purísimas sensaciones de vacío consumieron las horas de Luís que lo separaban hasta el encuentro pactado, letargo durante actos breves sumados y un curioso juntarse de objetos pueriles. Lo dicho, mezclado sin suspender en su totalidad la vida imaginable en días como el de hoy, menos alterar un estado situacional, disposición de cosas incorporando la condición abstracta y el viento del lado sur de la Plaza. Ni remedando la manera de un faquir hindú de circo de paso; era imposible intentar suspender las funciones vitales, a la espera de que la pesadumbre pasara por el arrastre de los meses. Lo mismo derogar mediante magia cientos de semanas de vida renegada, apagar la luz espiritual interrogándose en la madrugada:

¿cómo hundir anzuelos con cadáveres y descarnados, visible apenas el garfio en aguas infectas que envenenan las agallas,

¿cómo trabajar hasta la medianoche en contabilidades negras de improbables empresas de exportación,

¿cómo repetir el desamor con desesperación, sin borrar muecas por el aroma penetrante de baño de casas de huéspedes sin bidé,

¿cómo beber hasta vomitar en la vereda alcoholes de pésima calidad,

¿cómo reírse frente al televisor durante horas aceptando la vulgaridad,

¿cómo ahorrar para luego derrochar los pesos en gestos gratuitos y degradantes del trabajo? 

Una cena cerril por ejemplo, con el vino más caro que pueda comprarse en la ciudad sin saberlo disfrutar, escanciándolo con la misma avidez con que despachamos una coca cola fría durante el mes de enero. Era otro día diluido por el desagüe del tiempo interminable, Luís creyó que una acción podría por fin tener sentido, encontrar un amigo en otro paisaje urbano y concentrarse para buscar un músico que llegaría en pocas horas a Montevideo. 

En invierno el sol se fugaba abandonando la ciudad a la luz artificial de raquíticos tubos fluorescentes débiles, sin intensidad, sucios y con insectos chamuscados, los escasos sobrevivientes zumbaban de manera absurda y asistiendo al espíritu de moscardones masacrados. Del lado de adentro de los lugares que se ven desde la calle las conversaciones tienen tono monocorde, cuando alguien entra algunas manos se alzan para mostrar reconocimiento superficial insinuando un contento circunscrito al estar ahí. 

Antes del encuentro en El Vasco ambos sabían que comenzarían la búsqueda con método coherente y terminarían en trance alucinado, abandonados al azar noctámbulo. En las mesas del boliche había grupos afines, vendedores de ropa de antílope falso instalados en las inmediaciones, aprendices de actor sobreactuando sin saber su bolo en la tragicomedia prevista ese día. Había hombres crepusculares a los que ningún Mercuccio lograría sacudirles la tristeza que los arropaba, solidarios por esa categoría de orientales embromados por la existencia. Era imposible conocer si los parroquianos estaban al tanto de la llegada de Corea, ninguno se atrevía a preguntarle algo así a los otros. 

Esta noche, como tantas otras cada cual emprendería su búsqueda en solitario; el miedo dejaba algo para la especulación, intención de pasatiempo urdido por hombres de Inteligencia, habituada a retener artistas de paso en el salón VIP del Aeropuerto de Carrasco, censurar estrofas de canciones porque sí y suspender espectáculos cuando la gente está sentada en las butacas; una práctica molesta, sostenida, metódica y insuficiente para arruinarlo todo. Sabiendo la reaparición de miedos les quedaba la ficha de seguir buscando, entre el humo de cigarrillos y el gusto del café Luís tarareaba bajito los temas de Chick Corea. Se aplicaba con la misma sensualidad de estar oliendo el perfume de la mujer que en dos horas, a más tardar estaría con él por primera vez en una cama. Los interrogantes se referían a cuestiones menores, si vendría solo, en dúo, trío, sexteto o con conjunto más importante. 

Luís Dos recordaba lo estupendo que resultó el recital del año anterior en Caracas, que él disfrutó desde las primeras filas, lo contaba con la ansiedad del viejo amigo que escuchando, recobraba pedazos de música. Lo retrotraía hasta asombros infantiles de ferias y tinglados ambulantes, lo intrincado que resultaba concebir la existencia biológica de la Flor Azteca, la sabiduría enigmática de la Mujer Araña. Lo difícil de aceptar la poquita cosa que de verdad es Corea, chiquito, lentes redondos, barbudo o lampiño según la foto que ilustra el LP conseguido, que buscaba por encima de recuerdos férreos, donde se batían en duelo de teclas profanadas, perita en punta de impostor príncipe Kalender y su Vals del recuerdo.

Desde la mesa, junto a la ventana que da sobre la calle Buenos Aires, podían ver la fachada del Teatro Solís. Las puertas de acceso estaban cerradas, nada hacía suponer algún movimiento en los próximos minutos, un remolino antipático se empecinaba en retener hojas muertas en uno de los rincones del frente, junto a las puertas laterales. Hacia la izquierda, adivinado entre columnas, custodiando la puerta giratoria de siempre, alumbrado por la pequeña marquesina que exhibe el menú para la cena, el portero del restaurante El Aguila, de impecable uniforme bordó y gorra se frota las manos por el frío, añora un trago de caña mientras aguarda clientes dispuestos a dar cuenta del mejor omelette surprise de la galaxia. En el mismo frente del teatro, el espacio que hay entre el fin de las escalinatas y el comienzo de la hilera de columnas, un cartel de chapa sobre fondo negro anuncia la reposición de un sainete y certamen de coros del interior del país. Del asunto Corea ni dos palabras escritas con tiza sobre aplazamientos y cambio de sala. 

El paisaje definió así la primera opción, era tiempo de salir de ahí, procurando unir horas de velocidad desconocida por un lugar preciso que podía estar en cualquier lado. Luís inició la danza de probabilidades conociendo por adelantado el balance final. la sala grande del grupo El Galpón continuaba expropiada por los mandos; se la destinaba para dictar cursos de Estadística a futuros contadores, Derecho Constitucional y otras calamidades escénicas por el estilo. El Teatro Victoria era depósito de expedientes y los ecos de la voz humana de Jean Cocteau, que alguna vez sonó allí con dudosa acústica, fueron apagados por chillidos de ratas alimentadas con expedientes de catastro. El Stella D’Italia va sobreviviendo como puede con espectáculos de varieté, se ve que a algunos mandos les gusta ver tetas al aire y sueñan con levantarse alguna vedette argentina. El Circular sigue bajo vigilancia en relación directa al denso repertorio de los últimos años; alguien anota salidas y entradas de los sospechosos Pirandello, Chejov y Calderón. En el estadio cerrado donde hace tanto se produjo la orquesta de Duke Ellington, hoy estaba en plena temporada exitosa el Holiday on Ice con el tierno número de los ositos patinadores. La sala de conciertos principal de la ciudad era un montón de escombros y cenizas sin remover, después, lo que resta son salas pequeñitas; esta noche Chick Corea actuaría fuera del circuito de los grandes escenarios.

Salieron del perímetro de la Plaza Independencia y comenzaron a caminar por el centro de la ciudad, seguro era una falsa impresión, había más gente que de costumbre en las veredas. Era extraño contrariar la costumbre de topar con las mismas caras marchando sin mucha idea del destino final, cada persona se esforzaba por zafar del penúltimo animal asignado en los años vividos y atreviéndose a buscar; podría tratarse de un error, ser la mirada de Luís proyectando su virus del indagar y eso que –siendo la noche de la conjura Corea- nadie tenía intuición afinada para encontrarlo. Como luciérnagas mutantes apagándose fueron hasta las salas de la Alianza Francesa y la Americana; encontraron con carteles de fechas y horarios publicitando cursos intensivos, se anunciaba un monólogo Beckett de estreno postergado y la charla sobre Kerouac que dictaría un especialista, nada más y las decepciones se sumaban. A medida que disminuían las probabilidades de llegar a la zona, crecía en ellos la evidencia de que esa noche algo ocurriría: esperando la noche a la que ingresaban, condicionados por persecuciones, reglas que antes fueron claras, precisas y estaban olvidadas.

Un reloj publicitario indicaba que eran cerca de las nueve, a esa hora en agosto es noche cerrada y resulta difícil distinguir estrellas en el cielo. La mayoría de los focos del alumbrado público están quemados y fuera de servicio, nadie contempla el azur por las ventanas por si la luna sigue instrucciones del almanaque de la Compañía del Gas. Luís, acostumbrado a los desencuentros reconoce en su interior la activación del mecanismo nuevo, un termostato rojo indica para las próximas horas que él y la música Corea serán lo mismo, fundiéndose de pronto como sucedería si hallara en su deambular el espectro de un abuelo muerto. Luego de la divagación por escenarios cercanos a la calle principal de Montevideo y que acrecentó la desolación, ellos apuraron el paso sin perder un instante para llegar a tiempo a una música sin comienzo. 

Agitados como si fueran perseguidos, cubiertos por un sudor frío y espeso, viscoso y desagradable humor ajeno al cuerpo, inadecuado a las temperaturas del mes emblema del invierno, insistieron con lugares muertos sabiendo del error. Recobraban ladrillos del pasado, recuerdos que tenían la culpa de ser felices, sobre puertas a medio derruir de teatros independientes, quedaban suspendidos títulos de las últimas puestas en escena sin que nadie los haya descolgado. La otra realidad pendiente, la continuidad de la farsa anunciando el aplazamiento de la función por catarro del galán, menopausia de damita joven. 

Durante varias cuadras de marcha los pasos resonaron indecisos, algunas aceras las recorrían una y otra vez en ambos sentidos por las dos veredas.

-Te apuesto lo que quieras, que en la cuadra que viene, después de una joyería hay un cine, dijo Luís Dos. Al menos ahí estaba cuando me marché.

Cualquier intento de hallazgo resultó decepcionante, auscultaban puertas clausuradas por enormes candados de bronce, del estilo de las que se debe entrar agachado dando paso a una escalera conduciendo al sótano. Lugares lúgubres donde años atrás se bebía vino mediocre y aplaudía a cantores de boliche. Las puertas enanas esta noche están deformadas, sucias como si se hubieran meado encima sin importarles, cerradas para siempre, portales convertidos en minúsculos arcos para festejar derrotas, alojar talleres polvorientos donde tapizan sillones viejos.

De ninguna de las plazas dejadas atrás por los buscadores de Corea salía luz de reflectores multicolores, tampoco se levantaban columnas de parlantes superpuestos, ni había gente amontonándose para estar cerca cuando el tecladista saliera al escenario. La ausencia de preparativos era concluyente, tamaña evidencia disminuía la negativa a admitir la ausencia conformada de Corea en Montevideo. Resultaba insufrible reconocer que la intuición y espera, el recorrido elegido respondía a un ridículo error de información; que había que argumentar retrasos en vuelos y postergaciones simples ad infinitum como sucedió con otras tantas cosas.

En la oscuridad pertinaz de calles sin iluminación se filtra la luz tuberculosa de comercios cerrados, bares resignados donde mozos al borde del suicidio atienden unas pocas mesas. La gente se agazapa en esquinas y refugios descuidados esperando los últimos buses que los llevarán a sus casas, los taxis libres recorren lentos las arterias, tentando sin éxito a transeúntes atrasados ateridos de frío. Marchar a buscar barrios alejados estaba descartado, sin ser Dios Montevideo es una circunferencia con un solo centro.

-Lo que nos queda es la ciudad vieja.

-Vamos, dijo Luís.

Habían llegado al final de Dieciocho de Julio, a un par de cuadras del Obelisco a los constituyentes y cerca del único túnel de la ciudad. Montevideo carece de vida subterránea, lo vieron llegar a la parada y subieron al trolley en penumbras que los devolvió a la Plaza Independencia, punto inicial del recorrido. La plaza es el límite aceptado donde desfallecen un centenar de manzanas conocidas como Ciudad Vieja, la otra Montevideo colonial de cuando se llamaba San Felipe y Santiago, un tiempo de arena cuando ese perímetro rodeado en su casi totalidad de mar era la ciudad. Quienes viven fuera de esa circunscripción jurídica y policial –territorio de crónicas en lista de espera- se extraviaron extramuros los relatos coloniales pensados para perdurar, quedando subordinados a otros demasiado nuevos como este mismo que cuenta la llegada de Chick Corea a Montevideo. 

Siendo una suerte que las ciudades sean un cuento infinito que nunca finaliza, es lógico que ciertos excesos humillan incluso los rincones más queridos del pasado: otras brujas, distintas a la Brujas sobreviviente en el interior de un encaje de canales, se ensañaron con ese barrio original de la ciudad del sur, sobre el Río de la Plata, disponiendo la equidistancia entre destrucción, miseria y rumores de hace un siglo apenas; cuando el sonido montevideo se pronunciaba distinto en los internados para muchachos de Tarbes y era manuscrito con respecto por paseantes ingleses de grandes compañías de navegación. 

Visto el rosario de los episodios a contar, emprenderlo era retroceder tentando el olvido entre veredas historiadas, salpicadas de crímenes de virreinato que quedaron impunes, nombres de cabarets finiseculares idénticos a los de tantos puertos. Decenas de leones rojos, perros que fuman, anclas fosforescentes y corazones verdes, antros persistiendo en su arrullo de boleros cantados por Celia Cruz. Canciones extranjeras sobre amores legionarios intensos y desgraciados, suavizando el recambio incesante de marineros tatuados y sifilíticos de siete mares y lejanas banderas, desembarcados para el naufragio en tierra durante cuatro días, sobre la balsa ebria de alcohol sin límites, aferrados al olor macerado de cuartuchos al final de escaleras de hierro, herrumbrosas, empinadas, conventillos como cargueros, covachas roídas de humedad y elásticos desfondados de miserables camas matrimoniales.

En ese deshidratado mar de los sargazos, donde la vida puede valer un malentendido de traducción en el trueque de una campera de hule por dos botellas de Slivovitz, comienza la zona franca de la realidad. Escenas repetidas son protegidas en depósitos y clausuradas en conteiners indiferentes a modificaciones operadas lejos de los barrios portuarios, por allí, contramaestre de petrolero con bandera noruega, es que podría filtrarse el cuerpito de Corea, las manos de Chick para posarse sobre las teclas del piano sin afinar. 

Los dos amigos salvaron ese umbral de referencias concretas y continuaron buscando algo externo a ellos mismos. Luís se atemorizó al pensar en la inexistencia real de Corea, que podría llamarse George o Ted y ser otro invento de las multinacionales del disco; podía ser porque, en años recientes de los uruguayos, el mundo pudo haber dejado de existir sin que nos enteráramos. Desaparecer el planeta mientras nos reconcentrábamos en contemplar el interior, sin aguardar nada de fuera, viviendo dentro de una gran vaca muerta pudriéndose, esperando cartas que nadie escribió para nosotros. Escuchando de noche sonidos de puertas metálicas abriéndose, cerrándose de continuo en vagos sitios de la ciudad. 

La llamada puerta de la Ciudadela no hace ruido al abrirse, sobrelleva dignamente su condición de monumento reconstruido. Le creemos que alguna vez sostenía el portón límite entre el adentro y afuera de la ciudad naciente, de día es estorbo para automovilistas queriendo ingresar en la zona financiera. Continúa separando y uniendo el dominio de la Plaza Independencia en relación a la ciudad de piedras coloniales; si se ingresa de noche por ella a la Ciudad Vieja, pasando debajo de la arcada de piedra hueca, se siente en las mejillas un roce de tela invisible. Intencionadamente los dos quisieron pasar por ese hueco, deseando que el truco de hechicería menor les diera un tanto de fortuna, al permitirles ingresar a territorio enemigo otro que el adoquinado infantil de la capital uruguaya.

Del otro lado de la puerta en lo inmediato, atravesando el vacío de piedra falsificada, la ciudad continúa siendo la misma en apariencia; era suficiente para creerlo recordar, como pidiendo ayuda el olor a veredas mojadas después del chaparrón que ocurrió en la niñez. Agregar caminatas por la avenida Dieciocho de Julio mientras tenía árboles, era la arteria del universo y el mágico paseo por la calle Sarandí, cuando la marcaban cicatrices paralelas de vías de tranvías, el espectáculo de vidrieras mimando el mundo existente en otro puerto de barcos retenidos en muelle. Corriendo contra esta noche coreana avanzando, era un sinsentido confundir imágenes, sensaciones y secuencias de ternura inmerecida para los actuales tiempos de la ciudad.

Un presente amargo corrompe un ayer de veredas y personas queridas, desvirtúa hasta humillar espectros de la niñez y otros de los meses cercanos. En relación a los últimos años el control se distiende, limitándose al tránsito civil de fronteras movibles, dejándole a la ciudad interior pocas vías de escape fluidas, pasadizos donde la libertad está condicionada al peaje consistente en renunciar. A medida que los amigos reencontrados se internaban en la ciudad vieja, Luís comprobó que otros perdidos habían pensado lo mismo que ellos. De actuar Corea esta noche en Montevideo seguro lo haría en un local de la Ciudad Vieja. La visión de los otros pudo animarlos un poco, Luís recuperó presencia en el paseo, al punto que le pareció ver desde una esquina cruzar por Bartolomé Mitre al flaco Rafael, idéntico a aquellos tiempos pero canoso y pensó en las nieves del tiempo.

-Es imposible, estás equivocado, respondió Luís Dos a la insistente indicación. El flaco se fue de aquí hace ocho años.

El encuentro previsto por Corea era postergado por otros menos espectaculares e igual de imprevistos.

-Mirá Luís. Aquella que va allá, es Magdalena.

-Aflojale con tus parecidos. ¿Te acordás de la rubia? Se casó con un agrónomo argentino y se fue a vivir al norte de Argentina.

Lo que era verdad, parecía que a Luís le resultaba complicado distinguir entre lo visto y lo deseado ver. Luego de dos confusiones prefirió callarse cuando, en cada cuadra topaba con la cara de amigos perdidos para siempre. Nada le dijo a Luís Dos, comenzó a sentirse mal con ganas de hacer arcadas sin nada que vomitar y confrontado a la sucesión de una cara tras otra en desfile que era pesadilla: Gonzalo que debería estar a esta hora sudando la gota gorda en Madrid, Claudio cuya última postal llegó desde Trieste como testamento de poeta maldito. Vio a uno de los Jorges recorriendo las salas del Hospital de Pontevedra, Eduardo de lentes que sucumbió a los Cantos de Pound respirando el smog de México D.F. María Rosa ahí a la que nunca más pensó volver a ver; y más: estuvo seguro que aquel era Horacio viviendo con la holandesa en Rotterdam, a Mabel escuchando tangos como ninguna; el otro Eduardo apareció, con el que alguna vez pasearon por el parque Lezama de Buenos Aires tras las glorietas de entes de ficción. El dandy del sacón verde era Daniel, que llevaba los hijos a una escuela en Bruselas y Silka más allá, que sucumbe a inviernos en ciudades de U.S.A. donde nieva durante semanas cerca de la frontera canadiense.

La alegría de esos cruzamientos nocturnos acentuaría en Luís la soledad de mañana, cuando regresara como ellos saben hacerlo a la década pasada. Silencio sin gente, otra manera de envejecer del alma a velocidad constante, simulando que Corea actuó en la ciudad y fuera suficiente esa felicidad para consolar la amnesia. Si lo visto era verdad real es preferible negarlo, desvirtuar la enunciación con una transformación a la segunda potencia: Luís estaba confundiendo el pasado privado con la silueta de un cajero de Banco, rezagado por horas extras de conteo buscando una diferencia, el camarero del bar apurado por llegar a su casa en Piedras Blancas, una cocinera que dejó pronta la buseca en un cafetín del bajo, el plomero que tras la changa vuelve a su pensión. Extranjeros merodeadores, forasteros emborrachados verían en Luís la imagen de un amigo dejado en tierra y lejos en depósitos de Hamburgo, frigoríficos de Ontario.

Luís Dos y él llegaron al corazón fatigado de la ciudad vieja; estaba obstinado en rechazar esta como otra noche más sin música. No otro día admitiendo que la vida sucedía fuera de nosotros, contentándonos con escuchar el mismo sonido de la casete circulando por Caracas, Milán, París, Los Ángeles. Si al menos quienes compramos la misma cinta, en distintos lugares del mundo, hubiéramos hallado un sistema para ponernos de acuerdo y pulsar la tecla play tal día a tal hora sobre tal tema… sería una manera de sacudir la incomunicación sobre la ciudad. Unos años del pasado y otros del porvenir están perdidos, ni luego de pasada esta porquería podrá Luís rearmar el círculo roto en un número infinito menos uno de líneas fugadas sin regreso. Durante las horas metidas en la noche, consideraba las apariciones llamadas de larga distancia por operadora de la muerte; sólo el oportuno bullicio inconfundible de la Calle Roja logró regresarlo a sus días del presente, seguir a los fantasmas, cruzar una palabras con ellos equivaldría a detener la búsqueda, dejarse arrastrar a subsuelos de ciudad desactivada. 

La verdadera Calle Roja se declina en pendiente hasta los muelles del puerto, hacia la mar del puerto que es el morir zarpando. Allí es infrecuente que lleguen cargueros del pasado y cuando sucede contrabandean mercadería escasa; ilusión espectral de gente viva en regiones de otro tiempo, demostrando que pueden quedarse los que nunca regresan. Si por esa zona no tocaba esta noche Corea se les perdería para siempre. Ellos ingresaron a la calle donde la gente cruza de una vereda a otra, las mujeres perdieron la conciencia de la prostitución, las luces parecen de colores. Temen que el concierto haya comenzado en otro lugar que fueron incapaces de ubicar, el músico quizá llegó a un local vacío, alguna autoridad ignorante pudo trasladarlo a un pueblo del interior arguyendo mentiras (Corea ignora la diferencia entre Montevideo, Artigas, Minas y Libertad) y una vez allí le explicaron al visitante la falta de público por causas de sedición, pagándole igual lo estipulado en el contrato, dejando en la capital a cientos de incomunicados, buscando la confirmación al llamado postergado una, otra y otra vez más. 

La Calle Roja está adoquinada dejando la traza del pasado y el trabajo de los presos, admitiendo el pasaje ritual por debajo del dintel de la puerta de la Ciudadela, nunca se llega a los adoquines por poéticos pasajes infernales. Reencontrar amigos que están vivos como si fueran muertos que retornan nada probaba, los sonidos Corea cuando comenzaran serían réquiem de situaciones curiosas vespertinas. Escucharlo a Chick supondría la ceremonia de exorcismo para ahuyentar lo visto, desde que cayó el sol y comenzó la noche al lugar que le corresponde. Luís puede desentenderse de sueños donde imagina que se puede regresar a la Montevideo, buscaba para alcanzar la resignación, olvidar y recobrar el gusto del indagar curioso. Sepultado por meses de escombros de existencia y despedidas atosigando cualquier iniciativa, inmovilizando la alegría, reprimiendo planes de emprender algo nuevo, hasta quebrar el cerco del retroceso: vender la biblioteca al kilo, quebrar discos sabidos de memoria, empujar témperas por el resumidero. 

Cada gesto que Luís ensayaba estaba contaminado por un virus de pesadillas diurnas, vigilia impidiéndole disfrutar cosas simples, en tales circunstancias, comprar la entrada para escuchar a Corea en Montevideo era una inmensa tarea postergada sin concretarse. Llegar al instante de tener en las manos ese papel ordinario, color verde enfermizo escrito tertulia o galería estaba lejano en la vida de Luís, pero él avanzaba creído, manos en los bolsillos, tocando billetes con urgencia de sacárselos de encima, canjearlos por la entrada. 

Caminaron escoltados por olores de mar mezclado con petróleo crudo y reconcentradas frituras de comidas al paso, en su avance escucharon sonidos de distintas configuraciones menos el deseado; distinguieron la tos de un niño que teme dormir solo, oyeron incoherencias de un borracho insultando al universo cuya vómito humilla escalones de una casa de inquilinato y más: colchones remendados rellenos de estopas diferentes, donde parejas simulan estar cogiendo, cerveza tibia sin espuma desbordando vasos sucios de dedos grasosos, ruido de orín violento contra losas quebradas en mingitorios asquerosos, sonido de escarbar el fondo de estuches plásticos contra restos de maquillaje, clic clic de alicate de una negra cortándose las uñas de los pies, de piernas cruzadas esperando cliente. Los ruidos identificables y superpuestos cubren otros sonidos en sordina; para Luís era una gran suerte y así no oía las voces de amigos de hace un rato llamándolo. 

Oyeron letanías de matronas gordas, apoyadas en puertas de antros jugando con las cortinas entre los dedos, sirenas marginales de pantano putrefacto entonando a su paso el salmo “me importas tú y tú y tú y solamente tú” intercalado entre oraciones con guacho y papito dejáme andá que te chupo todo, con idéntica sensualidad que utilizarán mañana para comprar tomates machucados y pan flauta. Con Luís se sonrieron al escuchar las proposiciones, miraron, pasaron, caminaron despacio conscientes que importaba poco la puntualidad de su llegada. En pocos metros alcanzaron el borde del mar y sólo les quedaba por delante emprender el regreso. 

El día de hoy, la manera como se organizó pulverizó el horario inicial, ellos dejaron de moverse en el espacio separado por horas para perder pie en tiempos densos y amontonados. Durante ese minuto de transición, Luís se sorprendió desconfiando sobre si él sabía qué cosa era Corea realmente. Entre ellos ahí parados y la muralla de conteiners defendiendo la bahía haciéndola inaccesible, la única distancia era el cruce de la costanera portuaria. 

-Es tiempo de regreso, dijo Luís Dos queriendo convencer al otro de que todo estaba liquidado. Never More. Finish. Caput. Lo hecho fue inútil.

Luís permaneció en silencio, prefirió dejarse seducir por un espejismo de sonidos, concentrarse hasta estar seguro y poder responderle a Luís Dos en lugar de un “ya oí un “oí” conminándole a seguirlo en un absurdo recién descubierto que él estaba dispuesto a continuar.

Hasta que de pronto, cesó el audio en la Calle Roja, desde el interior de un local cualquiera próximo a la resignación franqueado por una cortina de cañas de bambú, salió la melodía inconfundible de La Fiesta. Sin esperar la reacción de Luís el otro se metió tras la música, queriendo llegar y pronto a las primeras filas de butacas, que estarían ocupadas porque las mejores ubicaciones se consiguen llegando temprano, lo que no era el caso. 

Luís tardó unos segundos en habituarse al paisaje interior donde todo era azul, vio sombras teñidas de un azul uniformizando los colores de piel proyectada, miró sus manos azules y zapatos azules como de gamuza, su cara azul reflejada en un espejo de azogue azul. El azul disimula la verdadera edad de las mujeres que andan por ahí, el azul adultera la fuente de las bebidas, el azul desconcierta sobre la incierta limpieza del decorado. ¿Era eso lo que le estaba destinado encontrar, un azul perpetuo venido de otros mundos lunares? Luís permaneció quieto cinco segundos, buscó evaluar si el conjunto que tenía a su vista no pasaba de ser un gravísimo error, equívoco celeste destiñendo una tintura que todo lo azulaba. Detrás de un mostrador pintado de azul un gordo de lentes negros como los de Ray Charles, limpia con desgano unos vasos, su camisa tropical está estampada con olas, palmeras y pájaros azules, un cigarro sin filtro a manera de verruga ardiente enciende, rítmicamente, una brasa azulada en la comisura derecha de los labios; el gordo ni siquiera lo mira a Luís. 

En un taburete altísimo, una mujer de apariencia sospechosamente viril mueve las manos con los dedos bien abiertos y con la boca en trompita sopla las puntas para secar un esmalte de uñas azul, apretando el frasquito del esmalte entre las rodillas huesudas de osamenta azul. De la trastienda donde estará el baño, la ropería y el camarín de artistas, la puerta de emergencia en caso de siniestro sale una gorda enorme caminando pesada, acomodándose las tetas azules comprimidas por un corpiño azul unos talles más pequeño que el efecto de siliconas inyectables. En el rincón del azul intenso compartiendo una mesa inestable, un hombre confía una declaración de amor con promesas de jardincitos de azucenas regados y domingos de tarde luego del almuerzo con niños a una azul platinada que, a maliciosos sorbitos, bebe un licor azulado mientras por debajo de la mesa que los acerca, con el pie descalzo de chancletas azules le friega al tipo la pantorrilla, excitándole fantasías de imposibles rescates por amor de las putas azules. A un costado de la escena azulada la juke-box parece un teatrillo pronto para recibir fenómenos de feria de diversiones. 

Algunas lamparitas del mecanismo están quemadas hace tiempo, igual el conjunto insiste en lanzar destellos incitando la inserción de fichas, de lejos tiene apariencia de luminoso publicitario sin mantenimiento. El escenario miniatura es caverna ordenada con discos verticales y la asistencia del brazo ortopédico semicircular prensando círculos azules, colocándolos bajo la púa para luego restituirlos, automáticamente, al sitio asignado por botones combinados B-14, H-9, J-21. Dentro del azul, unas luces veloces que son multicolores recorren la boca del proscenio diminuto, se las puede comparar con señaleros de autos Impala de los años cincuenta y calles de Las Vegas a esta misma hora en el desierto de Nevada. La máquina en cuestión es antiquísima, anterior al auge de los Impala pero poco importa. La botonera integrada en plano inclinado propone la oferta musical del día, sus opciones son marquesinas de los espectáculos posibles, invitación danzante y repetitiva para que las putas puedan decirle “están tocando nuestra canción” a clientes fieles, propensos a creer en la estafa del amor reciclado. En la parte inferior, donde todos patean las máquinas cuando el brazo prensa la canción equivocada, hay una imagen descascarada de Nat King Cole con sombrero. 

El disco seguía girando en el azul desde que Luís entró, podía ser la cadencia de Mona Lisa, Terciopelo Azul en una vieja versión; hasta los auténticos Plateros diciéndole “only you” a Luís, pero era sólo Luís escuchando a Corea. Era allí que Corea tocaba hoy de noche en Montevideo, en esta sala de marionetas tullidas y brazos ortopédicos para discos de una sola cara. Bajo candilejas paupérrimas el espectáculo duraría el tiempo del single sonando hasta que Luís pasara, era esa la esperada actuación de Chick Corea en Montevideo, lo máximo a lo que podíamos aspirar nosotros en los tiempos actuales. Parado junto a la juke-box de Nat King Cole un hombre pequeño con marcadas facciones de chicano, de Corea coreano de pesquero de atún, le hacía a Luís movimientos de borracho. Un ebrio azulado con la cabeza accionada por una palanca mecánica, como la de los acetatos, subrayándole con gestos bondades del tema amplificado, que La Fiesta está en pleno, invitándolo al menos creyó Luís, a seguir metiendo fichas azules en la máquina mágica que le haría oír lo que tanto deseaba, incluyendo las voces de Miguel y Teresa. 

Una vez pasado el asombro del precipitado ingreso al lugar azul, las mujeres reanimaban su movimiento natural diciéndole a Luís sin importarles el orden adelante, señor, chiquito, che, invitame un whisquicito, pagate la cervecita si vos querés y después te hago algo rico a precio de amigo, ¿verdad que si? decían. Claro que si… La Fiesta se terminó. Claro que si, luego, más tarde, una cervecita… Luís siente en las mejillas la agresión del cortinado tropical y sale a la calle vaciado de rencor, sabiendo que encontró lo buscado durante horas en la noche uruguaya. Por un instante vio azul la Calle Roja, azul como era la pieza del amoblado donde él hizo el amor con Carmen la noche previa a que ella viajara para radicarse en Adelaida; azul como la camisa de Juan la última vez que tomaron cervecita al aire libre –era verano- en las pasivas de la Plaza Independencia, del otro lado de la puerta de la Ciudadela que daba al exterior. 

Después de un breve parpadeo azul Luís recobró los colores de su gente y la hora incolora de su ciudad, de su vida. Buscó a Luís Dos en las cercanías pero no estaba, seguramente aquél está durmiendo en su apartamento en Caracas, lo compartido fue sin duda una distracción de Luís Dos que a pesar del paso de los años sigue siendo un despistado. No es nadie Luís en la Calle Roja por donde camina calle arriba, parecido a un espectro extraviado en la vida. La noche está especial para caminar unas cuadras escuchando los propios pasos, igual paró un taxi cuando llegó a la plaza Matriz, a decir verdad prefiere evitar encontrarse con aquellos, que a la larga son unos pesados y ni una postal desde que se fueron. 

Rumbeando para su casa Luís descubre que es mañana, después de todo y sin ponerse exigente el espectáculo de Corea no había estado tan mal. Por suerte, se lo había comentado alguien que ahora se le escapaba de la memoria, el próximo mes viene Miles Davis a Montevideo para tocar Solar y de espaldas al público –si tenemos suerte- en algún lugar indefinido todavía. Faltaba más… así somos los uruguayos que dejamos las cosas para último momento, cuando en el cielo ya no se ven estrellas.

Minotauromaquia al claro de luna

Cualquier relato que se evada del horizonte generacional, la cronología familiar y el campo literario de la obra precedente tiene para mi algo de ciencia ficción; evitando esas ucronías cuando son gratuitas, reparando la proporción verosímil en el intento suelo tentar dos maniobras. Tratando algunos temas o quimeras literarias occidentales -buena parte distantes del legado narrativo uruguayo- procedo a la operación del mito trasladado; digamos que ante el desafío del misterio serial de Jack el destripador (apelando a un ejemplo paradigmático) lo haría evolucionar en la Montevideo noucentista de Delmira Agustini, cuando la patria todavía oscilaba entre barbarie y disciplinamiento. En el caso contrario del ir hacia allá saliendo del pueblo, tarea de viajeros y según astucias de Mark Twain -Tom Sawyer llegó al placer literario infantil antes que Clemente Colling y Adrián Leverkühn- elaboro rodeos a la manera del yanki en la corte del Rey Arturo. Con el norte del continente en la zona fronteriza tenía pendiente un contencioso o síndrome Tommy Lee Jones en “Los tres entierros de Melquíades Estrada.” Parece claro que moriré sin haber viajado a lo largo de la frontera norte mexicana en un road movie que podría terminar en una cantina regenteada por vampiros, donde baila Salma Hayek la música de Tito y Tarántula.

Antes de una cultura consumista mundializada teníamos en la infancia la posibilidad de conocer muestras culturales de otros pueblos. Con una radio de bujías lentas de encender, cuatro cines sobre la Avenida 8 de Octubre más el primer televisor blanco y negro Diamond en la casa familiar, se accedía a Akira Kurosawa, películas como “El poder y la gloria” en versión Henry Fonda, Pedro Armendáriz y Dolores del Río; en otro registro el noticiero NO-DO, canciones de Joselito y Sarita Montiel, el festival de San Remo hasta conocer canciones de Iva Zanicchi y Peppino di Capri. Hubo un tiempo que en Uruguay veíamos el Show de Pedrito Rico (qué tiene la zarzamora…) y el show de Renny Ottolina que emitido en Caracas llegaba a la Banda Oriental apenas con alguna semana de atraso. Más tarde las lecturas sumaron información, decantando intereses y sin ser lo que se dice un mexicanista en el ámbito universitario, los signos vinculados al norte se aglomeran. La película “Veracruz”, don Diego de la Vega, el mito iconográfico revolucionario con la foto sublime de Pancho Villa y Emiliano Zapata en Aguascalientes, la novela volcánica de Malcolm Lowry, la muerte de Ambrose Bierce, Rulfo siempre Rulfo… la región más transparente y canciones de Agustín Lara. Durante más de una década compartí oficina con colegas mexicanistas -Cathy y Antoine- de pura cepa en la universidad de Lille, experiencia equivalente a haber pasado una temporada en el D.F. Aparente mucho asunto amontonado, pero exceptuando el capítulo de colegas de Lille creo que mis coetáneos vivimos esa travesía con naturalidad. Eso de México podría decirse también de Brasil; con el tiempo escuché duros relatos del exilio que hacían mal por las miserias cotidianas, estuve en los primeros espectáculos cuando el retorno de El Galpón y andábamos peregrinando en los boliches con Eduardo Milán cuando publicó “Esto es” en 1978, la hoja plegada poética donde había jeroglíficos de pájaros egipcios antes que el poeta marchara a México para quedarse.

El relato que finaliza al claro de luna limítrofe cuenta la incompatibilidad de dos historias. En la primera dejo por escrito un fracaso anunciado la tarea imposible de captar en palabras una hacienda jamás visitada, es transferencia cándida de alguien que quiso escribir una novela ubicada en el norte; será en una próxima vida bebiendo mezcal, con pirámide buscando el sol y para resarcirme del desface nací el año que se publicó “El laberinto de la soledad”. Equilibrando ese deseo frustrado es que la segunda historia -zurcido invisible tramado de nuestra minotauromaquia- tiene trazas que acaso se me parecen más. Hay un ambiente de gimnasio similar al que visitaba varias veces a la semana; el Club L’ Avenir sigue hoy mismo abierto sobre Maldonado, a tres cuadras del IPA cuando funcionaba en la calle Paraguay. La palanca para mover ese diaporama alucinado es la respiración del boxeo y el recuerdo del combate entre Mohammed Alí – lo conocí antes del 64m cuando se llamaba Cassius Marcellus Clay- y Oscar “Ringo” Bonavena, el 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden de New York. Que el desafiante fuera argentino daba cierta proximidad cómplice al asunto, Ringo era lo que se dice al presente un mediático de vanguardia, le hacían reportajes graciosos, había grabado canciones poco memorables e hizo famosos los ravioles de su mamá doña Dominga. Después llegó la noticia del asesinato del púgil en Estados Unidos con su cortejo de versiones; de eso se escribió mucho, así que preferí la idea del espectro visitante y centrar la anécdota en otro deporte de musculación marginado en la confidencialidad. Un punto de partida real para calzar los guantes y luego acelerar la historia de una dupla improbable que debe crear su propia lógica interna. Como nadie sabe si pasó tal como consta en las versiones orales y pudo haber pasado diferente, decidí que la dramaturgia retenida era la adecuada y sería distinta si debiera escribirlo de nuevo. Es otra de las transcripciones posibles en la ruleta de la ficción y Domingo y Policarpo pudieron morir de manera diferente. Como subsisten dudas pertinente sobre su veracidad, tal vez es un entrenamiento a fondo para que permanezca de pie en el cuadrilátero de la memoria; el gong inicial fue Ringo, el boxeador porteño criado en el barrio de Boedo, se llamaba Oscar Natalio Bonavena pero le decían Ringo: “todos son muy amigos, pero cuando subís al ring hasta el banquito te sacan.”

-…Llamada para míster prufrock… Llamada para míster prufrock!

Viajando en el trompo del tiempo lo más atrás posible en la experiencia de lectura, distinguiendo la enseñanza escolar y un germen de ficción, el recuerdo más palpable era la que en infancia y mi barrio de la Curva de Maroñas llamábamos las revista de chistes. Había en las esquinas los kioscos de compra -primeras cuevas de Alí Babá- y puestos de canje en las ferias vecinales permutando también la figurita sellada, préstamos entre vecinos y en el descubrimiento alguna forma de canon: propuestas miméticas antropomorfas, fábulas de animales, aventuras exóticas en espacio o tiempo y la carga cultural de los héroes justicieros coloreados: ¡Hi-yo Silver, away! el grito polifónico de Tarzán en la selva, el amuleto vocal mágico Shazam, las onomatopeyas Batman, el poder devastador de la Kryptonita sobre el reportero Clark Joseph Kent; dígase El Fantasma y su anillo calavera, La hermandad de la lanza, el Cisco Kid, Terry y los piratas, Brick Bradfor y el trompo del tiempo o el Mago Mandrake con su asistente Lotario, aquella historieta infinita ya era asunto de traducción. Años más tarde fueron llegando las primeras experiencias cinematográficas, los lunes cine argentino, después de vez en cuanto algo de México, España, de Alberto Sordi, de Antonio de Curtis; el sábado integral en el cine Broadway proyectaba tres películas, americanas la mayoría y con la suerte de no ser dobladas, con lo cual la tradición de la traducción se leía en los subtítulos. Con la televisión el relato se metió los hogares y escuchamos otra variante de la traducción sonora donde Eliot Ness y Mike Hammer hablaban con un acento de Miami, bien distinto al de Héctor Coire, Carlos Giacosa o Luis Víctor Semino. La lectura con dibujo y la adicción audiovisual de relatos continuó hasta la adolescencia, cuando sucedió el encuentro con la Literatura disciplina, formando parte de la educación donde se elije con trio determinante. El liceo 14 de 8 de Octubre y Propios, la profesora Alicia Conforte y La Ilíada; para Homero se seguía habitualmente la versión de la Colección Austral con la traducción de Lluis Segalá i Stalella. En la librería de barrio -había librerías de barrio…- yo di con la traducción de Juan B. Bergua; no estoy en situación de comparatista helenista pero guardé de ella un buen recuerdo y al punto de recordar la tirada del comienzo. La edición la perdí por el camino escabroso, hace poco pude encontrarla en Amazon y el círculo se cerró. En el corazón de la literatura fluye en río subterráneo el asunto traducción, el pasaje ida vuelta entre las lenguas y la sala espejada de las versiones.

Parece un asunto técnico práctico o de bibliófilo; creo que la literatura uruguaya está de hecho metida en el asunto por el tríptico de los poetas uruguayo franceses. Tengo en mi poder unas cuantas versiones de “Les Chants de Maldoror” y me animé a una traducción de “Alcools” de Guillermo Apollinaire. Fue durante ese ejercicio solitario y lejos de la interacción de los cursos, que surgió la idea del cuento ese sobre meandros y arenas movedizas de la traducción. La estrategia de escritura fue la habitual; partir de una noción problemática de la teoría, disponer sobre la mesa de trabajo heteróclitos elementos narrativos moleculares, entablar una hipótesis de trabajo provisoria y dejar que hallen su coordinación fortuita si es que existe. Tenía en cuenta el decálogo del perfecto cuentista de Quiroga, fumadores de opio para acceder a mundos alternativos, los puntos vélicos de Cortázar que sólo distinguen los gatos, el iceberg narrativo sumergido, las dos historias de Ricardo Piglia y la botánica de Felisberto Hernández entre otros instrumentos y herramientas del taller. En general, si miro hacia atrás considero que puedo estructurar bien los comienzos, por el contrario el epílogo tiene un toque de desasosiego que sólo se resuelve en la praxis de la escritura como en esta misma apostilla.

Es un cuento inédito -quizá solitario como John Reid- que todavía busca su acomodo entre otras historias para formar un conjunto estable. La preocupación técnica original fue la traducción y su misterio; los elementos del punto de partida argumental un traductor profesional de una lengua que no domino y obsesionado por un poema mayor de la modernidad. El espacio inicial es la ciudad Perpiñán en el sur de Francia; Dali dijo que su estación de trenes era el centro del mundo y es cierto que la atraviesan tres lenguas o culturas queridas que son el español, francés y catalán. Para la escena del encuentro de los personajes inexistentes y resolución abierta opté por un barrio de Madrid que comienzo a conocer cerca de Las Cortes. Existiendo una disciplina llamada la traductología era ambiguo considerar puros aspectos técnicos que pudieran ser refutados por los especialistas; entonces me incliné con gusto por hipótesis de trabajo más bien fantásticas, a saber: The Love song of J. Alfred Prufrock es la traducción al inglés emprendida por T. S. Eliot de un poema escrito originalmente en español; misterio puesto en entredicho por otro encuentro premeditado en el Ateneo de Madrid, insinuando que toda traducción destila cierto abandono, un sacrificio de persona o transfiguración involuntaria deslizada entre la confusión del mundo, inclusive en la Gare de Perpignan.

Flash-back / Post-scriptum

Estos relatos justifican un comentario conjunto pues son los dos finales de “El misterio Horacio Q”, publicado primero en Montevideo -1998- gracias a la iniciativa de Alberto Oreggioni y luego en Buenos Aires en el año 2005, editado por Alberto Díaz. Varias veces expliqué comentando otros cuentos del proyecto el espíritu del mismo; la estrategia consistía en cruzar episodios biográficos en general trágicos del escritor uruguayo Horacio Quiroga, con los protocolos del oficio y experiencia que nos legara en su famoso “Decálogo del perfecto cuentista”. Una vez ello asentado y buscando otra diagonal original, opté por evitar el axioma de cuentos engarzados escritos en diferentes circunstancias. Cada pieza siendo particular cumplía una función retórica propia, aportaba su argumento a una sinergia global otra por distinta a la adición de historias con perfume del autor celebrado: crónica de tragedia pueblerina diseminada en su continuidad, maqueta de novela en dos capítulos, correspondencia tardía con revelaciones, memoria fílmica en los tiempos de guerra, trip asesino del enfermero yonqui, capítulo desanudado de la biografía de un músico… La ruptura formal me entusiasmó, creo recordar haberme implicado con gusto en el proyecto redactado en Grenoble cerca de las montañas, en las antípocas de la selva misionera.

Lo arduo artesanal era salir del asunto, disparar el tiro de gracia narrativo, proponer un final haciendo que lo escrito fuera verosímil, creíble para el lector hipotético a nivel de ficciones, evitando la acusación de barroquismo prescindible, habida cuenta de los distintos soportes narrativos utilizados. No había caso, el remate de la faena estaba trabado y vino en mi ayuda una ocasión doméstica bastante parecido a lo relatada en “Flash-Back”. Fue cierto lo de la semana de invierno en soledad, lo mismo que el abono tele de entonces; el combo contratado incluía una estación ignota, que trasmitía a toda hora toda partidas, desafíos, campeonatos, ligas, retratos de los competidores, eliminatorias, masters… todas las posibilidades imaginables de la variante del billar llamado “snnoker”, en el cual los súbditos del Reino Unido son imbatibles, a pesar de la influencia creciente de billaristas asiáticos. Con el billar de 22 bolas inventado por Neville Chamberlain en la India, las drogas duras y unas pocas pasiones, uno ingresa sin darse cuenta en la gravitación de la dependencia y confieso haber pasado demasiadas tardes mirando esas partidas. Al punto de comprender las reglas del juego luego de varios meses de aplicación, seguir el itinerario de la troupe como si fuera una compañía teatral y conocer de nombre a una docena de sus culturas.

Como lo hacen esas cadenas sin patria y el capricho de los abonados, de una día para otro el billar snooker desapareció de las pantallas. Creo que el cuento fue la manera mía de hacer el duelo de dicho desgarramiento; como una bonita carambola de consuelo, hallé la solución una tarde de lluvia a la cuestión insistente del final del libro volviendo a una esquina querida de Montevideo, lo inaccesible en Grenoble estaba en el cruce de 8 de octubre y Garibaldi. El procedimiento manido del autor segundo, del legado encarpetando que nos viene en auxilio es conocido. Dante apeló a Virgilio y además (infierno XX) usaba el recurso de conversar con el lector para recordar que la ficción es otro avatar de la realidad. Al menos, la rareza del proyecto no queda en manos de potencias oscuras ni lenguajes esotéricos; los grandes misterios están cerca nuestro y es asunto de mujeres, como casi siempre y casi con todo. Tal vez por ello el Post-Scriptum está dirigido a Ana Inés Larre Borges; es el final del tránsito de la escritura del proyecto a la edición del libro, que es otro asunto críptico entre nosotros. Ana Inés claro que por ser ella y que luego editó la versión III de “Nunca conocimos Praga”; era también la esposa del primer Alberto, que me llamó a Paris -todavía no era mi espíritu dependiente del snooker- un domingo de mañana para decirme que publicaba el libro y ese final era un agradecimiento a su pareja. También al departamento entrañable de la calle Blanes, donde creció Martín, donde cada vez que viajaba a Montevideo nos reuníamos la gente amiga (Strogonoff, Don Pascual, peras al vino…), los mismos amigos que de manera anárquica están presentes en el Cabaret La Coquette, testigos necesarios de la vida que se nos va y al decir de Idea:

Si no

para qué todo.

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

a Christian Bouthemy

Lunes 28 de octubre del año 2002. 

Once de la noche, aprox.

Comienzo estas notas a causa de una conversación telefónica ocurrida hace tres meses y además están ensamblando en el astillero de Saint-Nazaire el más grande paquebote de la historia. Recuerdo que cuando escuché las primeras noticias del proyecto, así como algunos detalles cifrados de la construcción del barco, derivé en una ensoñación relativa a los siete mares; hasta evocar después una flota de barcos muy queridos con pabellón de mi patria de lector.

Lo siento, está ahí cerca ahora y todavía no conozco el barco a medio construir. También por ello volví a Saint-Nazaire: quería ver con mis propios ojos eso que va creciendo cada día de forma ininterrumpida, imaginar entre cuáles mantras del océano Índico afrontará la primera tormenta 

Cuando llegué a la estación de trenes esta mañana mismo yo pregunté. Alguien me señaló hacia el rumbo donde lo están armando, comprendí que algo inquietante estaba aguardándome en el estuario del Loira y para mí fue suficiente. Me alegra estar otra vez en la ciudad después de algunos años y con una precisa misión de escritura por encargo. 

Fui oyendo rumores del barco en construcción y del proyecto del libro en los últimos tiempos con cierta insistencia. Primero se lo escuché a Patrick Deville cuando nos cruzamos en París durante el último Salón del Libro y creí ser discreto al respecto. Algo debo haber manifestado de manera involuntaria, cierto interés tal vez desmedido por el asunto. Entonces un lunes -recuerdo muy bien que fue lunes porque esperaba esa comunicación- él me llamó y me invitó a participar en el proyecto paralelo de editar un libro colectivo, teniendo como motivo genérico el barco en gestación. 

Puede que lo hizo -eso de invitarme- porque me conocía de antes y yo había escrito una novela corta sobre el paisaje de los astilleros de aquí. Es posible, supongo que ante todo fue porque nací y viví en una ciudad portuaria del sur. Es una tenue razón para explicarlo y relativamente me satisface. Creo que Patrick -que escribió un relato sobre el suicidio de Baltasar Brum, el 31 de marzo de 1933- primero trazó la ruta imaginaria. Luego procedió a reclutar la tripulación de los escribas, como si se tratara de diseñar un símbolo plural y la caza de otro monstruo marino que desafía a los radares. 

Al final de las tratativas estoy aquí y esto se está escribiendo porque vengo de un puerto de la antigua ruta del Sur. Es mi versión de los hechos y la que necesito creer para continuar.

Los primeros paseos infantiles de que tengo memoria, consistían en ir al puerto de la ciudad aquella de Montevideo a ver la salida del Vapor de la Carrera, asegurando la travesía hacia Buenos Aires y que dura lo que dura la noche. Hoy también dentro de algunas horas, habrá allá dos barcos saliendo en sentido opuesto. 

Esa travesía del Río de la Plata era el modelo reducido de todo viaje, contenía a mi parecer el catálogo exhaustivo de los destinos posibles. En su brevedad concentraba el conjunto de fantasías que podía imaginar antes de leer a Julio Verne. El desamarre lo vivía como si la nave marchara lejos, poniendo proa hacia ciudades invisibles y puertos maravillosos. La memoria es el mejor incentivo para el deseo y la imaginación el combustible básico de la memoria; por eso empiezo tan atrás buscando aliento, pero evitaré dejar trazas de ello en el relato convenido, acaso unas pocas muy leves. 

Existe una lógica íntima para mi estar aquí. Mi padre hasta que yo cumplí seis años, para ir a trabajar subía dos veces por día a un remolcador que cruzaba la bahía de la ciudad. Lo que ahora también me sigue pareciendo un prodigio: él iba a trabajar todos los días en barco al frigorífico inglés Swift y de alguna manera fantasiosa me sentía por aquel entonces mientras duró la niñez hijo de marino.

El proyecto del libro deberá tener alguna equivalencia secreta con el proyecto QM 2. Luego de haber visitado el lugar, seremos siete los escritores que trabajaremos cada uno en su propio taller sobre el asunto. No nos conocemos entre nosotros y cuando el casco principal pase de la primera esclusa a la segunda, desde donde será visible para los paseantes y desde la luna, en esos mismos días llegaran los textos esperando el trabajo de traductores, diseñadores gráficos y responsables de la imprenta; hay algo de muy gratificante en las circunstancias del presente relato. 

Ese paralelismo entre barco y literatura me parece necesario para preservar el orden del cosmos. Vine aquí para ver lo invisible, intentar arponear una idea y redactar a mano las primeras palabras de una historia. Me propuse empezar mañana temprano, hoy me instalé en el departamento del Building y en pocos minutos saldré a dar una vuelta por la ciudad nocturna, a comprobar si el vodka Zubrówka con la hierba bisonte tiene el mismo sabor que hace diez años.

Escrito al otro día.

Me propuse llevar una libreta de notas, debo impedir que un descuido se lleve lo que pudo ser la buena historia que justifique mi parte de participación en el libro. Del texto resultante no tengo por ahora mucha idea, pero esa casi obligación de que sea inusitado me intimida. 

Lo ideal sería que yo parta de Saint Nazaire el domingo próximo con un cuento sin terminar y al menos esbozado, que sepa hacia donde dirigirme en las próximas semanas. La historia convocada se resiste a venir de inmediato. En mis sueños, yo especulo que debería tener efectos mágicos si fuera leída en los cruceros del QM 2, si el pasajero curioso supiera que fue escrita en los mismos días de armado del barco donde viaja. Esa coincidencia de poderse concretar, les daría a las palabras un poder alucinógeno que se alcanza pocas veces. 

Mañana visitaré el astillero, hoy decidí caminar por la ciudad a la deriva. Por la mañana había un sol que hacía del paisaje un espectáculo inquietante, a la tarde algunas nubes veloces me hicieron creer que estaba paseándome por una de las cubiertas del barco que están armando miles de operarios. 

Me senté en uno de los bares del barrio del mercado y creo que la patrona me recuerda de visitas anteriores. Yo la recuerdo a ella: entonces imagino los bares glamorosos del Queen Mary 2 y trato de adivinar la nacionalidad del barman encargado de preparar los cócteles al pasaje. Estoy llegando a uno de esos bares todavía inexistentes y para que la travesía sea perfecta, me digo: un buen pasajero debe conocer el nombre de quien prepara las copas a bordo. 

Se me da por pensar en eso: llegaré hasta la barra con un Partagas 8-9-8 encendido, pediré un Negroni según la fórmula de Giacosa en Florencia y luego, cuando acerque el vaso a los labios –el puro algo distanciado con esa extensión de la ceniza desafiando la ley de la gravitación universal y el camarero aguardando mi reacción de conocedor- podría vivir un momento de felicidad. Siendo ello improbable, sólo hay una manera de estar allí y es mediante la escritura. 

Debo pues concentrarme en la historia pactada, ella sí subirá en su condición de polizonte al Queen Mary 2. Acaso lo que buscaba ayer era inventar un lector perfecto para mi historia. Alguien que fume puros cubanos y beba el clásico Negroni, escuchando al pianista enganchando melodías de Colle Porter, comenzando por Night and Day. Estaré allí en mi apariencia espectral y seré uno de los siete mercenarios, los escritores de la periferia tenemos vocación de contrabandista.

Miércoles 30.

Para hoy a la tarde está prevista una visita de reconocimiento a los lugares de la construcción. Mi guía se llama Anne-Lise, la conocí ayer al mediodía y es una mujer joven que me trasmite serenidad. 

Esta mañana el panorama era complejo supongo que para mi estado de ánimo y normal para la gente del lugar. Hay en la embocadura estacionada una neblina que parece estática a propósito. Lo suficientemente espesa para borrar la silueta del enorme puente haciendo espectrales algunos navíos de paso e incluso confundir la línea del horizonte. De una densidad insuficiente impidiendo que, sin llegar a distinguir el sol en su disco opaco, permita que una luz se despliegue y con ello alterar el conjunto de la perspectiva; como si se tratara de la visión recordada de un sueño o fuera mi relación imprecisa con la historia, que comienza a perfilarse y avanza a ciegas del fondo de otra niebla. 

Lo más inquietante que se observa desde donde estoy tomando notas, es la disolución de la línea del horizonte. Al menos el contacto del cielo con la tierra, que es como decir entre la escritura y la lectura.

Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a leer la prensa.

(Por la tarde)

Visité el astillero y lo que debo escribir debería estar relacionado con lo visto. 

¿Cómo hacerlo sin falsear la impresión? El lugar es impresionante y lo descubrí en un estado incandescente, entre llovizna y luz de soldadores. Ya dejó de ser el plano plegado de papel de ingeniero y sigue siendo todavía el proyecto. Define un barco de utopía sin ser aún el Queen Mary 2. Igual se presiente la fuerza de los hechos empujando hacia la travesía inaugural dentro de un año. 

Me gustaría conocer y poder tararear la primera melodía que tocará la orquesta cuando todo comience. 

Todavía están en la estructura y el enorme puzzle a cada minuto encaja una nueva pieza a la perfección. Es un portento de la tecnología y la sensación de quienes se embarcarán tendrá algo del separarse del mundo frente al poder del océano. Iniciando un movimiento apenas perceptible y que viene desde la antigüedad cuando los hombres creíamos en un dios del mar. La construcción es su propia novela en progreso, pero no es mi texto. Sería incapaz de dar detalles técnicos de lo que vi esas horas, seguro que para una mirada profesional lo sucedido ante mis ojos es perfectamente explicable. Necesito escribir de aquello que no supe ver. 

Volviendo a mi lugar de trabajo me pregunto dónde estará la ficción del proyecto y sólo me queda especular. Haré eso, mañana pensaré en el relato posible que nuevamente fusionará barco y navegación a la literatura.

Jueves 31.

Hoy podía haber vuelto al astillero si lo hubiera querido. La eventualidad de ver por segunda vez algo que «ya» debe haber cambiado de configuración, en alguna región del espíritu me abruma. Ahora se trata de buscar en otro lugar sabiendo que ese recuerdo estará presente hasta la última línea del relato pactado. Estoy pensando en el 22 de noviembre del próximo año porque la fecha de la botadura está fijada. 

Estimo, sin desafiar demasiado al destino que estaré por allí paseándome, escuchando las sirenas marinas y saludando a los colegas de aventura venidos de otros países. Habrá ese día un libro que dirá una correspondencia con el barco terminado y a pesar de la excitación por la celebración, de la multitud en los muelles de Saint-Nazaire, las naves saludando la proeza y de los obreros trabajando ya en otros barcos, alguien comenzará a hojear el índice del libro. 

Transferirse en pensamiento a bordo del barco más grande que conoció la humanidad impone una forma de ensimismamiento, como cuando nos anuncian que vamos a leer una historia perforada de sorpresas: usted participa a la construcción de la nave Argo que llevará a Jasón y sus hombres hasta el vellocino de oro. Al fin de cuentas la literatura comenzó con la nave negra de Aquiles y el espejo de esa cólera fue la odisea de un regreso. Un hombre navegando diez años por un mar que era en su ambivalencia de dioses y monstruos un equivalente del universo. 

Contemplar en la infancia la costa de mi ciudad me conducía a pensar que, del otro lado del mar estaban las aventuras de las cuales me hubiera gustado ser por lo menos cronista. Poco sé de asuntos de navegación y dudo que alguna vez escriba algo interesante al respecto. Fui testigo esporádico de la construcción del buque inconcebible y quizá esa coincidencia suponga una compensación secreta. El paliativo a una frustración; algo por no haber estado en las cubiertas cuando se buscaban pasos para pasar de un mar a otro, de la ignorancia al conocimiento del planeta. 

Alguna vez soñé con los amaneceres en los muelles de Nantucket cuando la silueta de los mástiles balleneros se resolvía -viniendo de la oscuridad nocturna y de la bruma- desorientando al grumete Ismael. Andar ahí donde se contrataban arponeros idólatras contra porcentajes de la cacería. Nunca olvidaré la carrera del doctor Abraham Van Helsing contra el barco que transportaba el cuerpo inmortal de su enemigo eterno. Luego siguieron otras lecturas: la aventura del capitán Nemo, la batalla de Lepanto donde participó el inventor de la novela moderna, el astillero del viejo Petrus en las cercanías de Santa María. Los tres cruces del Atlántico del joven Isidore Ducasse que vio por dentro la belleza del viejo océano y el otro viaje adolescente de Rimbaud en el barco ebrio, rumbo a la quintaesencia de la poesía. La bahía de mi puerto de origen, que oculta en el fondo restos del acorazado de bolsillo Graf Spee, emblema de tradiciones marinas más belicosas y cuya crónica es parte de mi memoria. 

Hay innumerables sitios donde sólo estuve con la ayuda de la lectura, ahora la vida me deparó una oportunidad única y el cuento a escribir dirá de ese cruce. 

Pensando en el Queen Mary 2 creo que su destino literario se ubica en un futuro incierto. Nuestro proyecto es un primer cabotaje y permaneceremos en el muelle de la sospecha; es lo que hoy me preocupa, no puedo hacer otra cosa que posponer mi respuesta hasta ser uno de los remolcadores que saquen el barco a la leyenda escrita. 

¿Dónde se producirá el cruce con la literatura? Levar el ancla ya forma parte de un poema. Los glaciales flotan en mar abierto y en la laguna del recuerdo. Todo barco tiene un destino de descubrimiento. En cada nave anida el deseo de eterno y la quilla de lo efímero, visible y sumergido. Los faros aguardan en las costas embravecidas enviando sus señales luminosas y se corre el rumor entre los arrecifes de coral. 

La vida del barco que avanza en el misterio de la noche. Alguien bebe champagne para olvidar que afuera sucede la tormenta. ¿Qué escapa a los radares durante la travesía? Una cucharita de plata con agua azucarada es el mayor antídoto contra la amnesia, a lo lejos se oye una melodía conocida y se reconoce a alguien cantando.

1er. día de noviembre. 

Viernes.

Llegó el momento de plantear la historia, me marcharé pasado mañana y no tengo tiempo para escribirla. Está íntegra en la cabeza, se fue armando desde que bajé del tren sin que lo supiera y temo olvidarla apenas salga del campo magnético de la ciudad. Hoy almorzaré en el restaurante Au Bon Accueil invitado por unos amigos y otro Patrick será el responsable de elegir los buenos vinos. Antes de salir para allí debo dejar tendidas las líneas matrices del relato, abandono las notas periféricas. El décimo piso del Building es un buen refugio para ensamblar historias, es temprano y preparé un termo de café caliente. El texto constará de tres pequeños capítulos. 

Al comienzo habrá una ambientación para la historia y el lector. La segunda parte evocará la misión de un personaje indefinido y la tercera organiza una escena delicada que afectará a la escritura. Insiste en venir a mi presente la atmósfera de algunos relatos de Stefan Zweig y la dejaré instalarse, pues guardo de ellos un recuerdo de lectura estimulante. Intentaré no obstante resoluciones menos trágicas y sin enroques traumatizantes, diagonales de alfil o jaque mate en once movimientos. 

Me pregunto qué modalidad de la escritura atará el Queen Mary 2 con la práctica literaria, imposible saberlo por el momento y es sobre esa ignorancia que yo quiero indagar. La respuesta al enigma se sabrá dentro de muchos años y me temo que no conoceré sus pormenores ni me contaré entre los afortunados lectores.

Lo de proponer tres secciones me parece coherente y se adecua a la extensión que nos fuera solicitada. En la primera de ellas quisiera describir una travesía futura, cierta evocación premonitoria que provoque deseo en el lector de tierra firme y la memoria en quienes vivieron algo similar siendo jóvenes. Por el contrario, quien la lea a bordo del QM 2 debería sentir una extraña inquietud causada por la simultaneidad. Como si ese texto hubiera sido escrito por alguien desconocido y que está a bordo observando lo que ocurre. 

La escena será luminosa y clásica, a cielo abierto y sin secretos, con un fraseo que recuerde novelas del pasado un tanto anacrónicas; predominarán los espacios generosos y una sensación de movimiento perpetuo. Es curioso ese grupo de niños que se impone en la escena hablando lenguas desconocidas nórdicas y orientales. La brisa es particularmente agradable y por los ventanales se alcanza a observar el interior. La vista traspasa reposeras y cristales inmensos, mesas y butacas, parejas de pasajeros que caminan sobre alfombras mullidas, la barra de madera noble del bar principal. Llega a las manos misteriosas del hombre que prepara cócteles, son manos de artista. 

Es imposible advertir el instante preciso cuando sucede el atardecer, la luz del cielo vira a tonos púrpura inconcebibles. La gente comentando en voz baja los sucesos del día, se dirige hacia los barandales de cubierta del lado donde se oculta el sol. Van a contemplar la escena irrepetible por repetida y cuando del paisaje infinito se pasa a un albatros preludiando la noche, es ahí que se encienden las luces del navío. El conjunto parece silencioso, salvo que un líquido rojizo se escucha caer en un vaso. Los colores del cóctel (¿Negroni, Bloody Mary, Old Fashioned?) se asemejan a los del crepúsculo, como si tuvieran un toque de angostura.

El personaje de la segunda parte irrumpe mirando una partida de ajedrez sobre un tablero colocado en cubierta, pero no fija demasiado la atención en los trebejos porque es otro el juego que le importa. Sería algo abusivo presentarlo en tanto espía de alguna potencia colonial, pero está asignado en una misión confidencial. El hombre pertenece a una sociedad secreta sin nombre pues ello es irrelevante y que no tiene por pretensión dominar el mundo ni clonarlo. Todo lo contrario, sus integrantes sostienen que todavía es posible esperar antes del Gran Desastre algo de poesía. Esos hombres invisibles (creo que será lo más difícil de hacer creer si nos atenemos al estado actual del mundo), detectaron la cadena de la poesía; su principio organizador de la misma manera que los científicos de laboratorio lo hicieron con la genética humana. 

Fue ese equipo que rescató la poesía de Dylan Thomas y Ezra Pound il miglior fabbro. El descubrimiento tuvo repercusiones subterráneas y sublimes de indudable importancia. Por tal razón, los iniciados descartaron el estudio de los textos clásicos como sus maestros y se dedican a conjeturar sobre las condiciones de irrupción de las futuras obras referenciales de la escritura humana. No hay tanto una preocupación por el valor textual, sino por las condiciones de producción que harán posible la literatura a venir. La empresa tiene algo de delirio, artes adivinatorias proscriptas y por una vez irrepetible. Aplicadas a fines menos ambiciosos que los ocasos de predominios geopolíticos y la muerte de príncipes o generales ambiciosos. 

Cálculos enigmáticos, deducciones complejas, ecuaciones infinitas, inducciones arbitrarias y proyecciones sin fundamento, incorporando la posición de los astros moviéndose en el cielo, decretaron que, en el primer viaje del Queen Mary 2 más allá del ecuador y rumbo al sur, que ocurriría hacia el año 200… se darían las condiciones propicias para una escritura sorprendente. Son evidentes las razones para mantener tales informaciones en secreto y estamos ahora mismo embarcados en ese viaje tan esperado. 

El pasajero que observa está a bordo para intentar -si puede hacerlo- descubrir el nudo de la cuestión deducida por sus colegas. Es el responsable de verificar el encuentro de la hipótesis con la realidad, tiene una semana para alcanzar sus objetivos –lo que dure el crucero- y estamos en el penúltimo día de viaje. Desde hace dos años lee informes sobre el viaje, conoce de la nave más que los armadores. Del itinerario más que el capitán y posee información sobre cada persona a bordo, incluyendo a los jugadores de ajedrez, entre los que podría estar el gran maestro Mirko Czentovic. Irrumpe en el territorio visible porque algo decisivo ocurrió al final del primer tramo, un incidente determinante delimitando una zona de incertidumbre que me propongo explorar en la última secuencia del relato.

Lo que nuestro hombre descubre no es un manuscrito extraviado –esa astucia es demasiado utilizada y ha perdido eficacia- sino una eventualidad. La sociedad sin buscar hechos pretende probabilidades, nada de pruebas concluyentes sino sugerencias de lo indemostrable. Tal parece ser la trama básica: la contundencia del QM 2 con sus estadísticas y comparaciones cotejada a lo todavía inexistente. El personaje debe hallar ese pasadizo; claro está que las motivaciones de la sociedad a la que pertenece no son económicas, sino vinculadas al erotismo de comprobar -unas décadas después- que se tenía razón. 

Ellos son los críticos de lo todavía sin redactar y es aún poco claro si resulta privilegio de inteligencia o maldición hereditaria. Lo que denominamos descubrimiento puede ser apenas una empatía, sospecha o intuición. El conjunto arbitrario de signos diciendo de lo inefable sin aportar pruebas irrefutables. Hay algo teológico y sagrado en ese saber de lo oculto e inmaterial.

Durante la penúltima noche ocurrió la visión, el saber y las secuelas. Pasaje y tripulación estaban en pleno movimiento y el personaje sin nombre fue a tomar una copa al bar predestinado, viviendo el desasosiego de tener que admitir el fracaso habiendo tantos esfuerzos implicados. Ahí estaba el hombre de los cócteles, aunque sería mejor decir sus manos. Ocurre entonces una de esas situaciones extrañas sólo posibles por el encuentro fortuito de elementos heterogéneos. Había otro hombre tomando copas y que al parecer era cliente asiduo, alguien que sin estar desesperado parecía saturado de la existencia sin pretender ocultarlo. 

Tenía la elegancia de dominar sus debilidades y parecía vestido como personaje de Agatha Christie, alguien de la intemporalidad y aspecto de profesor de literaturas románicas desencantado. Las manos del barman le servían copas a ritmo amistoso; como a esa hora había pocos clientes, parecía estar contándole historias de un país lejano, historias que el hombre escuchaba con una atención crédula y digna de fe recobrada. Ese hombre había hallado allí las razones de por qué una mañana decidió subir sin compañía al QM 2, buscando su propia armonía interna: venía a escuchar historias no sabidas. 

Era un principio de la literatura, el barman siendo un contador capaz de conmover a alguien que conocía todos los libros y no tendría tiempo para ponerse a escribir. Se comunicaban en un francés correcto, pero no era esa la lengua del narrador alquimista, que tenía un vago parecido con Glenn Ford haciendo de Johnny Farrell cuando, promediando la intriga de Gilda, va a buscar a Rita Hayworth (Margarita Carmen Cansino) que huyó a Montevideo para cantar Amado Mio.  La poesía resultó del encuentro fortuito del recuerdo de Gilda cantando en Montevideo, dos vasos de Negroni a medio llenar y el humo de un cigarro habano sobre la barra del bar de Queen Mary 2. 

La deducción de nuestro hombre fue inmediata, el barman no será un escritor elegido, pero será padre de escritores y la niña –se sabía que sería una mujer la responsable- había sido concebida durante la travesía. Dentro de ocho meses -era la nueva pista a seguir, con diagnóstico de parto prematuro- alguna de las mujeres que allí estaban tendría una hija que escribiría un texto definitivo. ¿Pero cómo saberlo? De esas historias casi nadie habla y se suelen dejar en la penumbra de la discreción.

Había rondando sin duda un romance secreto, la eterna historia de amor o una pasión efímera que duraría el tiempo de la travesía; esas historias inesperadas con las que se suelen hacer películas melodramáticas. Sólo había dos probabilidades al respecto: una planchadora que venía de Filipinas y otra muchacha delgada, casi de otro tiempo y que –se pudo saber revisando archivos referidos a las primeras 108 travesías- era la rica heredera de un imperio textil. 

Era suficiente por el momento; seguir esas historias que se bifurcaban al menor intento de acercarse, supondría adentrarse en los archipiélagos de una novela por entregas. Hacia el final del relato el protagonista, satisfecho por el deber cumplido, está en la barra tomando su cóctel favorito, Las manos del barman limpian un vaso de bourbon pensando en alguien muy querido, hasta que de pronto levanta la vista y sonríe. El caballero solitario le pide que le sirva otra copa y concluya esa historia increíble que empezó hace unos minutos. Después de todo mañana llegarán a puerto, serán devueltos a esa conjura llamada mundo real y que ellos lograron dejar en suspenso al menos por unos días. 

Domingo 3.

Dentro de una hora sale el tren rumbo a París. 

Aproveché la mañana para una última caminata por el Petit-Maroc, ver de cerca en funcionamiento el puente levadizo de las esclusas. Ceremonias íntimas buscando la certeza, tratando de convencerme del interés de la historia esbozada. Ahora sólo falta esperar el buen tiempo para la navegación de la escritura y que la marea suba lo suficiente para llevar la barca a buen puerto.

Tocan el timbre de entrada, seguro que es Nacho Perera San Martín que prometió llevarme a la estación.