La noche cuando Gilda cantó Amado mío

En “Queen Mary 2 & Saint- Nazaire”, 2003.

a Christian Bouthemy

Lunes 28 de octubre del año 2002. 

Once de la noche, aprox.

Comienzo estas notas a causa de una conversación telefónica ocurrida hace tres meses y además están ensamblando en el astillero de Saint-Nazaire el más grande paquebote de la historia. Recuerdo que cuando escuché las primeras noticias del proyecto, así como algunos detalles cifrados de la construcción del barco, derivé en una ensoñación relativa a los siete mares; hasta evocar después una flota de barcos muy queridos con pabellón de mi patria de lector.

Lo siento, está ahí cerca ahora y todavía no conozco el barco a medio construir. También por ello volví a Saint-Nazaire: quería ver con mis propios ojos eso que va creciendo cada día de forma ininterrumpida, imaginar entre cuáles mantras del océano Índico afrontará la primera tormenta 

Cuando llegué a la estación de trenes esta mañana mismo yo pregunté. Alguien me señaló hacia el rumbo donde lo están armando, comprendí que algo inquietante estaba aguardándome en el estuario del Loira y para mí fue suficiente. Me alegra estar otra vez en la ciudad después de algunos años y con una precisa misión de escritura por encargo. 

Fui oyendo rumores del barco en construcción y del proyecto del libro en los últimos tiempos con cierta insistencia. Primero se lo escuché a Patrick Deville cuando nos cruzamos en París durante el último Salón del Libro y creí ser discreto al respecto. Algo debo haber manifestado de manera involuntaria, cierto interés tal vez desmedido por el asunto. Entonces un lunes -recuerdo muy bien que fue lunes porque esperaba esa comunicación- él me llamó y me invitó a participar en el proyecto paralelo de editar un libro colectivo, teniendo como motivo genérico el barco en gestación. 

Puede que lo hizo -eso de invitarme- porque me conocía de antes y yo había escrito una novela corta sobre el paisaje de los astilleros de aquí. Es posible, supongo que ante todo fue porque nací y viví en una ciudad portuaria del sur. Es una tenue razón para explicarlo y relativamente me satisface. Creo que Patrick -que escribió un relato sobre el suicidio de Baltasar Brum, el 31 de marzo de 1933- primero trazó la ruta imaginaria. Luego procedió a reclutar la tripulación de los escribas, como si se tratara de diseñar un símbolo plural y la caza de otro monstruo marino que desafía a los radares. 

Al final de las tratativas estoy aquí y esto se está escribiendo porque vengo de un puerto de la antigua ruta del Sur. Es mi versión de los hechos y la que necesito creer para continuar.

Los primeros paseos infantiles de que tengo memoria, consistían en ir al puerto de la ciudad aquella de Montevideo a ver la salida del Vapor de la Carrera, asegurando la travesía hacia Buenos Aires y que dura lo que dura la noche. Hoy también dentro de algunas horas, habrá allá dos barcos saliendo en sentido opuesto. 

Esa travesía del Río de la Plata era el modelo reducido de todo viaje, contenía a mi parecer el catálogo exhaustivo de los destinos posibles. En su brevedad concentraba el conjunto de fantasías que podía imaginar antes de leer a Julio Verne. El desamarre lo vivía como si la nave marchara lejos, poniendo proa hacia ciudades invisibles y puertos maravillosos. La memoria es el mejor incentivo para el deseo y la imaginación el combustible básico de la memoria; por eso empiezo tan atrás buscando aliento, pero evitaré dejar trazas de ello en el relato convenido, acaso unas pocas muy leves. 

Existe una lógica íntima para mi estar aquí. Mi padre hasta que yo cumplí seis años, para ir a trabajar subía dos veces por día a un remolcador que cruzaba la bahía de la ciudad. Lo que ahora también me sigue pareciendo un prodigio: él iba a trabajar todos los días en barco al frigorífico inglés Swift y de alguna manera fantasiosa me sentía por aquel entonces mientras duró la niñez hijo de marino.

El proyecto del libro deberá tener alguna equivalencia secreta con el proyecto QM 2. Luego de haber visitado el lugar, seremos siete los escritores que trabajaremos cada uno en su propio taller sobre el asunto. No nos conocemos entre nosotros y cuando el casco principal pase de la primera esclusa a la segunda, desde donde será visible para los paseantes y desde la luna, en esos mismos días llegaran los textos esperando el trabajo de traductores, diseñadores gráficos y responsables de la imprenta; hay algo de muy gratificante en las circunstancias del presente relato. 

Ese paralelismo entre barco y literatura me parece necesario para preservar el orden del cosmos. Vine aquí para ver lo invisible, intentar arponear una idea y redactar a mano las primeras palabras de una historia. Me propuse empezar mañana temprano, hoy me instalé en el departamento del Building y en pocos minutos saldré a dar una vuelta por la ciudad nocturna, a comprobar si el vodka Zubrówka con la hierba bisonte tiene el mismo sabor que hace diez años.

Escrito al otro día.

Me propuse llevar una libreta de notas, debo impedir que un descuido se lleve lo que pudo ser la buena historia que justifique mi parte de participación en el libro. Del texto resultante no tengo por ahora mucha idea, pero esa casi obligación de que sea inusitado me intimida. 

Lo ideal sería que yo parta de Saint Nazaire el domingo próximo con un cuento sin terminar y al menos esbozado, que sepa hacia donde dirigirme en las próximas semanas. La historia convocada se resiste a venir de inmediato. En mis sueños, yo especulo que debería tener efectos mágicos si fuera leída en los cruceros del QM 2, si el pasajero curioso supiera que fue escrita en los mismos días de armado del barco donde viaja. Esa coincidencia de poderse concretar, les daría a las palabras un poder alucinógeno que se alcanza pocas veces. 

Mañana visitaré el astillero, hoy decidí caminar por la ciudad a la deriva. Por la mañana había un sol que hacía del paisaje un espectáculo inquietante, a la tarde algunas nubes veloces me hicieron creer que estaba paseándome por una de las cubiertas del barco que están armando miles de operarios. 

Me senté en uno de los bares del barrio del mercado y creo que la patrona me recuerda de visitas anteriores. Yo la recuerdo a ella: entonces imagino los bares glamorosos del Queen Mary 2 y trato de adivinar la nacionalidad del barman encargado de preparar los cócteles al pasaje. Estoy llegando a uno de esos bares todavía inexistentes y para que la travesía sea perfecta, me digo: un buen pasajero debe conocer el nombre de quien prepara las copas a bordo. 

Se me da por pensar en eso: llegaré hasta la barra con un Partagas 8-9-8 encendido, pediré un Negroni según la fórmula de Giacosa en Florencia y luego, cuando acerque el vaso a los labios –el puro algo distanciado con esa extensión de la ceniza desafiando la ley de la gravitación universal y el camarero aguardando mi reacción de conocedor- podría vivir un momento de felicidad. Siendo ello improbable, sólo hay una manera de estar allí y es mediante la escritura. 

Debo pues concentrarme en la historia pactada, ella sí subirá en su condición de polizonte al Queen Mary 2. Acaso lo que buscaba ayer era inventar un lector perfecto para mi historia. Alguien que fume puros cubanos y beba el clásico Negroni, escuchando al pianista enganchando melodías de Colle Porter, comenzando por Night and Day. Estaré allí en mi apariencia espectral y seré uno de los siete mercenarios, los escritores de la periferia tenemos vocación de contrabandista.

Miércoles 30.

Para hoy a la tarde está prevista una visita de reconocimiento a los lugares de la construcción. Mi guía se llama Anne-Lise, la conocí ayer al mediodía y es una mujer joven que me trasmite serenidad. 

Esta mañana el panorama era complejo supongo que para mi estado de ánimo y normal para la gente del lugar. Hay en la embocadura estacionada una neblina que parece estática a propósito. Lo suficientemente espesa para borrar la silueta del enorme puente haciendo espectrales algunos navíos de paso e incluso confundir la línea del horizonte. De una densidad insuficiente impidiendo que, sin llegar a distinguir el sol en su disco opaco, permita que una luz se despliegue y con ello alterar el conjunto de la perspectiva; como si se tratara de la visión recordada de un sueño o fuera mi relación imprecisa con la historia, que comienza a perfilarse y avanza a ciegas del fondo de otra niebla. 

Lo más inquietante que se observa desde donde estoy tomando notas, es la disolución de la línea del horizonte. Al menos el contacto del cielo con la tierra, que es como decir entre la escritura y la lectura.

Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a leer la prensa.

(Por la tarde)

Visité el astillero y lo que debo escribir debería estar relacionado con lo visto. 

¿Cómo hacerlo sin falsear la impresión? El lugar es impresionante y lo descubrí en un estado incandescente, entre llovizna y luz de soldadores. Ya dejó de ser el plano plegado de papel de ingeniero y sigue siendo todavía el proyecto. Define un barco de utopía sin ser aún el Queen Mary 2. Igual se presiente la fuerza de los hechos empujando hacia la travesía inaugural dentro de un año. 

Me gustaría conocer y poder tararear la primera melodía que tocará la orquesta cuando todo comience. 

Todavía están en la estructura y el enorme puzzle a cada minuto encaja una nueva pieza a la perfección. Es un portento de la tecnología y la sensación de quienes se embarcarán tendrá algo del separarse del mundo frente al poder del océano. Iniciando un movimiento apenas perceptible y que viene desde la antigüedad cuando los hombres creíamos en un dios del mar. La construcción es su propia novela en progreso, pero no es mi texto. Sería incapaz de dar detalles técnicos de lo que vi esas horas, seguro que para una mirada profesional lo sucedido ante mis ojos es perfectamente explicable. Necesito escribir de aquello que no supe ver. 

Volviendo a mi lugar de trabajo me pregunto dónde estará la ficción del proyecto y sólo me queda especular. Haré eso, mañana pensaré en el relato posible que nuevamente fusionará barco y navegación a la literatura.

Jueves 31.

Hoy podía haber vuelto al astillero si lo hubiera querido. La eventualidad de ver por segunda vez algo que “ya” debe haber cambiado de configuración, en alguna región del espíritu me abruma. Ahora se trata de buscar en otro lugar sabiendo que ese recuerdo estará presente hasta la última línea del relato pactado. Estoy pensando en el 22 de noviembre del próximo año porque la fecha de la botadura está fijada. 

Estimo, sin desafiar demasiado al destino que estaré por allí paseándome, escuchando las sirenas marinas y saludando a los colegas de aventura venidos de otros países. Habrá ese día un libro que dirá una correspondencia con el barco terminado y a pesar de la excitación por la celebración, de la multitud en los muelles de Saint-Nazaire, las naves saludando la proeza y de los obreros trabajando ya en otros barcos, alguien comenzará a hojear el índice del libro. 

Transferirse en pensamiento a bordo del barco más grande que conoció la humanidad impone una forma de ensimismamiento, como cuando nos anuncian que vamos a leer una historia perforada de sorpresas: usted participa a la construcción de la nave Argo que llevará a Jasón y sus hombres hasta el vellocino de oro. Al fin de cuentas la literatura comenzó con la nave negra de Aquiles y el espejo de esa cólera fue la odisea de un regreso. Un hombre navegando diez años por un mar que era en su ambivalencia de dioses y monstruos un equivalente del universo. 

Contemplar en la infancia la costa de mi ciudad me conducía a pensar que, del otro lado del mar estaban las aventuras de las cuales me hubiera gustado ser por lo menos cronista. Poco sé de asuntos de navegación y dudo que alguna vez escriba algo interesante al respecto. Fui testigo esporádico de la construcción del buque inconcebible y quizá esa coincidencia suponga una compensación secreta. El paliativo a una frustración; algo por no haber estado en las cubiertas cuando se buscaban pasos para pasar de un mar a otro, de la ignorancia al conocimiento del planeta. 

Alguna vez soñé con los amaneceres en los muelles de Nantucket cuando la silueta de los mástiles balleneros se resolvía -viniendo de la oscuridad nocturna y de la bruma- desorientando al grumete Ismael. Andar ahí donde se contrataban arponeros idólatras contra porcentajes de la cacería. Nunca olvidaré la carrera del doctor Abraham Van Helsing contra el barco que transportaba el cuerpo inmortal de su enemigo eterno. Luego siguieron otras lecturas: la aventura del capitán Nemo, la batalla de Lepanto donde participó el inventor de la novela moderna, el astillero del viejo Petrus en las cercanías de Santa María. Los tres cruces del Atlántico del joven Isidore Ducasse que vio por dentro la belleza del viejo océano y el otro viaje adolescente de Rimbaud en el barco ebrio, rumbo a la quintaesencia de la poesía. La bahía de mi puerto de origen, que oculta en el fondo restos del acorazado de bolsillo Graf Spee, emblema de tradiciones marinas más belicosas y cuya crónica es parte de mi memoria. 

Hay innumerables sitios donde sólo estuve con la ayuda de la lectura, ahora la vida me deparó una oportunidad única y el cuento a escribir dirá de ese cruce. 

Pensando en el Queen Mary 2 creo que su destino literario se ubica en un futuro incierto. Nuestro proyecto es un primer cabotaje y permaneceremos en el muelle de la sospecha; es lo que hoy me preocupa, no puedo hacer otra cosa que posponer mi respuesta hasta ser uno de los remolcadores que saquen el barco a la leyenda escrita. 

¿Dónde se producirá el cruce con la literatura? Levar el ancla ya forma parte de un poema. Los glaciales flotan en mar abierto y en la laguna del recuerdo. Todo barco tiene un destino de descubrimiento. En cada nave anida el deseo de eterno y la quilla de lo efímero, visible y sumergido. Los faros aguardan en las costas embravecidas enviando sus señales luminosas y se corre el rumor entre los arrecifes de coral. 

La vida del barco que avanza en el misterio de la noche. Alguien bebe champagne para olvidar que afuera sucede la tormenta. ¿Qué escapa a los radares durante la travesía? Una cucharita de plata con agua azucarada es el mayor antídoto contra la amnesia, a lo lejos se oye una melodía conocida y se reconoce a alguien cantando.

1er. día de noviembre. 

Viernes.

Llegó el momento de plantear la historia, me marcharé pasado mañana y no tengo tiempo para escribirla. Está íntegra en la cabeza, se fue armando desde que bajé del tren sin que lo supiera y temo olvidarla apenas salga del campo magnético de la ciudad. Hoy almorzaré en el restaurante Au Bon Accueil invitado por unos amigos y otro Patrick será el responsable de elegir los buenos vinos. Antes de salir para allí debo dejar tendidas las líneas matrices del relato, abandono las notas periféricas. El décimo piso del Building es un buen refugio para ensamblar historias, es temprano y preparé un termo de café caliente. El texto constará de tres pequeños capítulos. 

Al comienzo habrá una ambientación para la historia y el lector. La segunda parte evocará la misión de un personaje indefinido y la tercera organiza una escena delicada que afectará a la escritura. Insiste en venir a mi presente la atmósfera de algunos relatos de Stefan Zweig y la dejaré instalarse, pues guardo de ellos un recuerdo de lectura estimulante. Intentaré no obstante resoluciones menos trágicas y sin enroques traumatizantes, diagonales de alfil o jaque mate en once movimientos. 

Me pregunto qué modalidad de la escritura atará el Queen Mary 2 con la práctica literaria, imposible saberlo por el momento y es sobre esa ignorancia que yo quiero indagar. La respuesta al enigma se sabrá dentro de muchos años y me temo que no conoceré sus pormenores ni me contaré entre los afortunados lectores.

Lo de proponer tres secciones me parece coherente y se adecua a la extensión que nos fuera solicitada. En la primera de ellas quisiera describir una travesía futura, cierta evocación premonitoria que provoque deseo en el lector de tierra firme y la memoria en quienes vivieron algo similar siendo jóvenes. Por el contrario, quien la lea a bordo del QM 2 debería sentir una extraña inquietud causada por la simultaneidad. Como si ese texto hubiera sido escrito por alguien desconocido y que está a bordo observando lo que ocurre. 

La escena será luminosa y clásica, a cielo abierto y sin secretos, con un fraseo que recuerde novelas del pasado un tanto anacrónicas; predominarán los espacios generosos y una sensación de movimiento perpetuo. Es curioso ese grupo de niños que se impone en la escena hablando lenguas desconocidas nórdicas y orientales. La brisa es particularmente agradable y por los ventanales se alcanza a observar el interior. La vista traspasa reposeras y cristales inmensos, mesas y butacas, parejas de pasajeros que caminan sobre alfombras mullidas, la barra de madera noble del bar principal. Llega a las manos misteriosas del hombre que prepara cócteles, son manos de artista. 

Es imposible advertir el instante preciso cuando sucede el atardecer, la luz del cielo vira a tonos púrpura inconcebibles. La gente comentando en voz baja los sucesos del día, se dirige hacia los barandales de cubierta del lado donde se oculta el sol. Van a contemplar la escena irrepetible por repetida y cuando del paisaje infinito se pasa a un albatros preludiando la noche, es ahí que se encienden las luces del navío. El conjunto parece silencioso, salvo que un líquido rojizo se escucha caer en un vaso. Los colores del cóctel (¿Negroni, Bloody Mary, Old Fashioned?) se asemejan a los del crepúsculo, como si tuvieran un toque de angostura.

El personaje de la segunda parte irrumpe mirando una partida de ajedrez sobre un tablero colocado en cubierta, pero no fija demasiado la atención en los trebejos porque es otro el juego que le importa. Sería algo abusivo presentarlo en tanto espía de alguna potencia colonial, pero está asignado en una misión confidencial. El hombre pertenece a una sociedad secreta sin nombre pues ello es irrelevante y que no tiene por pretensión dominar el mundo ni clonarlo. Todo lo contrario, sus integrantes sostienen que todavía es posible esperar antes del Gran Desastre algo de poesía. Esos hombres invisibles (creo que será lo más difícil de hacer creer si nos atenemos al estado actual del mundo), detectaron la cadena de la poesía; su principio organizador de la misma manera que los científicos de laboratorio lo hicieron con la genética humana. 

Fue ese equipo que rescató la poesía de Dylan Thomas y Ezra Pound il miglior fabbro. El descubrimiento tuvo repercusiones subterráneas y sublimes de indudable importancia. Por tal razón, los iniciados descartaron el estudio de los textos clásicos como sus maestros y se dedican a conjeturar sobre las condiciones de irrupción de las futuras obras referenciales de la escritura humana. No hay tanto una preocupación por el valor textual, sino por las condiciones de producción que harán posible la literatura a venir. La empresa tiene algo de delirio, artes adivinatorias proscriptas y por una vez irrepetible. Aplicadas a fines menos ambiciosos que los ocasos de predominios geopolíticos y la muerte de príncipes o generales ambiciosos. 

Cálculos enigmáticos, deducciones complejas, ecuaciones infinitas, inducciones arbitrarias y proyecciones sin fundamento, incorporando la posición de los astros moviéndose en el cielo, decretaron que, en el primer viaje del Queen Mary 2 más allá del ecuador y rumbo al sur, que ocurriría hacia el año 200… se darían las condiciones propicias para una escritura sorprendente. Son evidentes las razones para mantener tales informaciones en secreto y estamos ahora mismo embarcados en ese viaje tan esperado. 

El pasajero que observa está a bordo para intentar -si puede hacerlo- descubrir el nudo de la cuestión deducida por sus colegas. Es el responsable de verificar el encuentro de la hipótesis con la realidad, tiene una semana para alcanzar sus objetivos –lo que dure el crucero- y estamos en el penúltimo día de viaje. Desde hace dos años lee informes sobre el viaje, conoce de la nave más que los armadores. Del itinerario más que el capitán y posee información sobre cada persona a bordo, incluyendo a los jugadores de ajedrez, entre los que podría estar el gran maestro Mirko Czentovic. Irrumpe en el territorio visible porque algo decisivo ocurrió al final del primer tramo, un incidente determinante delimitando una zona de incertidumbre que me propongo explorar en la última secuencia del relato.

Lo que nuestro hombre descubre no es un manuscrito extraviado –esa astucia es demasiado utilizada y ha perdido eficacia- sino una eventualidad. La sociedad sin buscar hechos pretende probabilidades, nada de pruebas concluyentes sino sugerencias de lo indemostrable. Tal parece ser la trama básica: la contundencia del QM 2 con sus estadísticas y comparaciones cotejada a lo todavía inexistente. El personaje debe hallar ese pasadizo; claro está que las motivaciones de la sociedad a la que pertenece no son económicas, sino vinculadas al erotismo de comprobar -unas décadas después- que se tenía razón. 

Ellos son los críticos de lo todavía sin redactar y es aún poco claro si resulta privilegio de inteligencia o maldición hereditaria. Lo que denominamos descubrimiento puede ser apenas una empatía, sospecha o intuición. El conjunto arbitrario de signos diciendo de lo inefable sin aportar pruebas irrefutables. Hay algo teológico y sagrado en ese saber de lo oculto e inmaterial.

Durante la penúltima noche ocurrió la visión, el saber y las secuelas. Pasaje y tripulación estaban en pleno movimiento y el personaje sin nombre fue a tomar una copa al bar predestinado, viviendo el desasosiego de tener que admitir el fracaso habiendo tantos esfuerzos implicados. Ahí estaba el hombre de los cócteles, aunque sería mejor decir sus manos. Ocurre entonces una de esas situaciones extrañas sólo posibles por el encuentro fortuito de elementos heterogéneos. Había otro hombre tomando copas y que al parecer era cliente asiduo, alguien que sin estar desesperado parecía saturado de la existencia sin pretender ocultarlo. 

Tenía la elegancia de dominar sus debilidades y parecía vestido como personaje de Agatha Christie, alguien de la intemporalidad y aspecto de profesor de literaturas románicas desencantado. Las manos del barman le servían copas a ritmo amistoso; como a esa hora había pocos clientes, parecía estar contándole historias de un país lejano, historias que el hombre escuchaba con una atención crédula y digna de fe recobrada. Ese hombre había hallado allí las razones de por qué una mañana decidió subir sin compañía al QM 2, buscando su propia armonía interna: venía a escuchar historias no sabidas. 

Era un principio de la literatura, el barman siendo un contador capaz de conmover a alguien que conocía todos los libros y no tendría tiempo para ponerse a escribir. Se comunicaban en un francés correcto, pero no era esa la lengua del narrador alquimista, que tenía un vago parecido con Glenn Ford haciendo de Johnny Farrell cuando, promediando la intriga de Gilda, va a buscar a Rita Hayworth (Margarita Carmen Cansino) que huyó a Montevideo para cantar Amado Mio.  La poesía resultó del encuentro fortuito del recuerdo de Gilda cantando en Montevideo, dos vasos de Negroni a medio llenar y el humo de un cigarro habano sobre la barra del bar de Queen Mary 2. 

La deducción de nuestro hombre fue inmediata, el barman no será un escritor elegido, pero será padre de escritores y la niña –se sabía que sería una mujer la responsable- había sido concebida durante la travesía. Dentro de ocho meses -era la nueva pista a seguir, con diagnóstico de parto prematuro- alguna de las mujeres que allí estaban tendría una hija que escribiría un texto definitivo. ¿Pero cómo saberlo? De esas historias casi nadie habla y se suelen dejar en la penumbra de la discreción.

Había rondando sin duda un romance secreto, la eterna historia de amor o una pasión efímera que duraría el tiempo de la travesía; esas historias inesperadas con las que se suelen hacer películas melodramáticas. Sólo había dos probabilidades al respecto: una planchadora que venía de Filipinas y otra muchacha delgada, casi de otro tiempo y que –se pudo saber revisando archivos referidos a las primeras 108 travesías- era la rica heredera de un imperio textil. 

Era suficiente por el momento; seguir esas historias que se bifurcaban al menor intento de acercarse, supondría adentrarse en los archipiélagos de una novela por entregas. Hacia el final del relato el protagonista, satisfecho por el deber cumplido, está en la barra tomando su cóctel favorito, Las manos del barman limpian un vaso de bourbon pensando en alguien muy querido, hasta que de pronto levanta la vista y sonríe. El caballero solitario le pide que le sirva otra copa y concluya esa historia increíble que empezó hace unos minutos. Después de todo mañana llegarán a puerto, serán devueltos a esa conjura llamada mundo real y que ellos lograron dejar en suspenso al menos por unos días. 

Domingo 3.

Dentro de una hora sale el tren rumbo a París. 

Aproveché la mañana para una última caminata por el Petit-Maroc, ver de cerca en funcionamiento el puente levadizo de las esclusas. Ceremonias íntimas buscando la certeza, tratando de convencerme del interés de la historia esbozada. Ahora sólo falta esperar el buen tiempo para la navegación de la escritura y que la marea suba lo suficiente para llevar la barca a buen puerto.

Tocan el timbre de entrada, seguro que es Nacho Perera San Martín que prometió llevarme a la estación.