La perseverancia del hombre mosca

Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas.

Augusto Monterrosso

Transcurre la mañana del primer viernes de 1992, estoy en una casa al final del camino empinado que lleva a un lugar llamado La Coste, región conocida como Roquedur le Bas al sur de Francia. Llegamos aquí con mi mujer mediante una sucesión de combinaciones que incluyó un trayecto en TGV y finalizó con un traslado desde Montpellier en un Citroën DS veterano de los años cincuenta, muy querido por los dueños de casa. Esta constancia inicial verificando coordenadas tiene su explicación en los movimientos habituales por las fiestas de fin de año, época en la cual es prudente alejarse de la alegría impuesta en las ciudades, colándose hasta por las ventanas. 

La cena del treinta y uno fue agradabilísima por la simpatía de las personas que estaban a la mesa, la sabrosa variedad de platos presentados apropiados a la estación invernal. Al dar las doce extrañé la tibieza infantil de los finales de años montevideanos, cuando salía a la calle con mis padres para ver en el cielo los fuegos artificiales de medianoche, escuchar músicas saliendo de casas aledañas amenizando improvisados bailes callejeros y saludar con fórmulas de cortesías propias del momento a los vecinos de la cuadra. Confundiendo la irrebatible verdad del estar aquí, para mí, nacido tan lejos del paisaje que ampara la casa de los amigos, la situación tiene bastante de sorprendente, en el sentido que tuvo cuando mis padres me llevaron al zoológico y vi un rinoceronte por primera vez. En silencio atribuyo a ciertos hechos ser el resultado de casualidades de la vida que siguen asombrándome; con relación a confirmar tales creencias más científicas que religiosas soy incurable.

Dentro de algunos minutos serán las diez de la mañana, estoy sentado con las piernas recogidas procurando calentar la mano, escribiendo en condiciones de producción tan gratificantes. que invalidan cualquier excusa que impida tentar en las próximas horas al menos un párrafo aceptable. La habitación donde trabajo está en la planta más alta de la casa, cumple funciones de cuarto de huéspedes y siendo este año nuevo pocos los visitantes, la utilizo con provecho para concentrarme y leer –estoy en la mitad de Juegos de la edad tardía del español Luis Landero- pues hay una mesa que, aunque mediana, es suficiente para albergar la lámpara con opalina blanca, un cuaderno de notas y un par de lapiceras. Al lado, un cuarto de baño pequeño comunica con nuestro dormitorio. Por la tranquilidad que me protege se filtra el rumor distante del resto de la casa: la escritura luminosa de Tony sobre la pantalla del ordenador, una música arrebatada directamente a un pianoforte vertical que hizo un largo trayecto hasta llegar aquí, puertas varias que al cerrarse atrapan cerrojos corredizos. Los sonidos llegan hasta mí en sordina, traspasan corredores de piedra y escaleras caracol de madera, sumándose al goteo persistente de la canilla mal cerrada del cuarto de baño y que me niego a apretar de puro haragán, dejando a ese reloj de agua marcar los segundos bien distanciados. 

Cuando decidí trabajar en este cuarto redistribuí los muebles, coloqué la mesa de madera en un ángulo del dormitorio dejándola equidistante del paisaje natural y la molestia del sol que, de haber ubicado la tabla en el medio se reflejaría durante dos horas directamente sobre los lentes, haciendo de la madera encerada o cualquier hoja una superficie de reverberación insoportable. En el ángulo estoy a salvo de los súbitos fenómenos meteorológicos de la región, con la nueva distribución y una vez acomodado mi cuerpo, al frente y a la izquierda tengo dos ventanas de madera gruesa barnizada, postigos y trabas de funcionamiento inventado hace siglos. Desde esa situación observo el paisaje desconcertante, ante mí estribaciones angulosas recubiertas de bosques tupidos, exceptuando notorios rectángulos perfectos en las laderas destinadas a los árboles frutales, veo picachos lejanos inaccesibles para mi respiración y escamoteados por una niebla de espesores variados. Esta mañana comienzo a intuir lo que en verdad es un valle; muy abajo, en la antípoda concentrada de las crestas heladas, serpentea la línea de una carretera donde pasan autos y camiones con intervalo irregular, sin relación con el ritmo de las gotas del grifo resfriado. 

Se distingue el tajo casi invisible del río Hérault que separa y conecta dos regiones linderas por el soberbio recurso de un angosto puente de piedra, construido de tal forma que sólo tolera el paso de un vehículo a la vez. Distingo acueductos de apariencia romana e intactos por los cuales nada pregunto, temiendo una explicación trivial que desbarate la impresión de saberlos allí colgados del sublime sinsentido. Salpicados sin orden aparente hasta hacer olvidar que una vez alguien decidió esos emplazamientos, asoman caseríos, conjuntos de casas, mínimos poblados oscilando entre el abandono vegetal hasta el humo indescifrable huyendo por chimeneas incrustadas en la roca. La mente, sin embargo, empuja el paisaje más distante de mi tierra y acepto sin resistir la negociación que parece proponerme la escritura. En ese vaivén del espíritu esta mañana me cuesta concentrarme, seguro que se trata de la dificultad de poner en orden materiales recientes. Sucede que estoy trabajando en la primera versión de un relato que se titula por ahora «Llamadas adicionales» y obviamente dudo del valor del argumento así como de la eficacia de la primera resolución en el lenguaje. Empecé bien, con cierto entusiasmo, hace cuatro días que vengo trabajándolo y llegué al punto en el que las fuerzas negativas parecen concentrarse; la fatiga, autocrítica sin salida del último párrafo escrito, fastidio por carecer de información imprescindible para ceñir la historia a un plan creíble y convincente. Allí está me supongo la causa de mi dispersión matinal, cuento una y otra vez las tres páginas manuscritas con la ilusión de que ya sean las veinte mecanografiadas en versión definitiva, sin la necesidad de retoques en rojo de último momento. 

Ocurre entonces: la descubro, me concentro en su deambular desesperado y pienso que Augusto Monterroso estuvo acertado cuando casi pudo escribir que al morir las palabras comienzan las moscas. Una sola mosca resulta suficiente, es el insecto y metáfora de algo desconocido, la mosca en cuestión está atontada sobre el cristal de la ventana que tengo enfrente y ello hipertrofia su presencia hasta el escándalo. Si es verdad que las moscas caminan, la mía lo hace olvidada de la velocidad de vuelo libre en plenitud, marcha al paso de insecto rumbo al patíbulo después de recibir tres descargas de aquellas máquinas asesinas con bombeo manual, depósito de matamoscas líquido en un extremo y una nubecilla tóxica resultante que desteñía las cortinas plisadas de la casa familiar. Quiero suponer que la mosca está confundida, frente a sus ojos pentagonales el exterior está próximo quintuplicándose y una categoría de materia traslúcida como sus alas abatidas se interpone. La escritura es un cristal de microscopio y de botella rota, la poesía está del otro lado como el vino y las bacterias, el lenguaje es la trampa traslúcida. Desde la fatiga física de este oficio a medias, se intuye que del otro lado hay un Cosmos donde orbitan todos los libros futuros, revolotean historias mariposa con multicolores combinaciones de palabras sin usar. Podemos pasarnos la vida en este lado sin comprender la causa que impide llegar a lo evidente. Triplicamos con sacrificio la mirada queriendo ser la mosca y distinguir así el tornasol inédito mientras creemos contemplar la quintaesencia teatral de lo real. La estructura cristalina del lenguaje y la transparencia hecha de estrellas ateridas unidas una a otra por los vértices impiden el contacto, creando la ilusión fugaz de haber logrado una frase legible. 

En alguno de esos minutos necesito levantarme de la silla y mojarme la cara con agua fresca en la pileta del baño, abrir un picaporte pensando que puedo así escapar de la trama. La escritura me lleva derecho a darme la cabeza contra el cristal irrompible; siguiendo a la mosca que renuncia a retroceder y ensayar otro plan de salvación descarto la segunda vía, como ella persistiré en la ignorancia y la tonta insistencia de golpear sobre la misma superficie insensible a mis trabajos. Ahora también yo miro la realidad impuesta de un paisaje distinto al de mi infancia, lo contemplo a través del vidrio de la ventana de madera cerrada a causa del frío. Mi realidad continúa siendo una y sería estéril pretender quintuplicarla; cuando observo mi entorno circundante acepto la verdad del cristal que logro traspasar con la mirada. La mosca es una vitalidad colgada moviéndose en el mismo plano de la verticalidad y manejada por un obsesivo titiritero euclidiano. Mi realidad, lo que insisto en llamar así incluye la mímica repugnante del bicho apurando la muerte luminosa y un relato en borrador con el título provisorio de « Llamadas adicionales» sobre separaciones compulsivas entre compatriotas, cuento trunco trancado negándose a finalizar. Es otra mosca la escritura buscando la salida como el arroyo de argumento sin pejerreyes plateados, un cristal de seca le impide continuar fluyendo hacia la desembocadura catártica; sin proponérmelo comienzo a verlo todo claro en esa superposición involuntaria. Hay un paisaje mental sencillo con perfume de ciudad antigua que quiere decir algo, para aprehender ese saber que olfateo maduro y elemental como manzana colorada necesito el lenguaje, del cristal sin salida impidiendo pasar al otro lado. Existe un secreto repugnante en la degradación de una mosca deshidratándose ante nuestra mirada.

La dueña de casa se llama Evelyne, responsable de la música cuyo eco monta hasta la habitación donde trabajo. Es compositora, su escritura depende de otros códigos distintos a los que yo utilizo, le preocupa el tiempo que mide mentalmente y vibraciones de sonidos de los más curiosos instrumentos, en especial la voz humana. Su familia, cuando mira notas valorizadas y equilibradas colgarse de los cinco horizontes del papel pentagramado, como cinco son las fronteras de Hungría, dice que parecen “trazos de las patas de las moscas”. Otra escritura inadvertida similar al dibujo invisible trazado en pleno vuelo, aceptado igual que el testimonio de la marcha de las moscas sobre el papel, las huellas de una cabalgata de patitas entintadas. La mosca tan recurrida, con sus patas debió escribir un mensaje imprescindible, con una tinta parecida al líquido que salió de la boca de Emma Bovary después de muerta, cuando empezaba a revolotear sobre sus párpados la primera mosca impertinente.

Las moscas escriben testamentos vidriosos y hacen falta ojos de mosca para leerlos, los ojos limitados de los humanos ven el cristal sin alcanzar la estructura, consolándose con la lectura equidistante de la realidad: un espectro inconcluso. Existe una cábala de las moscas y un evangelio de su Señor, el animal negro de alas trasparentes, zigzagueante como la literatura me repugna y me atrae a la vez. Esta mañana la relación del insecto con la arena fundida y cortada en forma de página rectangular tiene algo de palabra postergada. La mosca ni vuela ni retrocede, asiste a su destrucción fría y poliédrica. La muerte es vislumbrar cinco realidades a la vez sin alcanzar ninguna, entrever frases maravillosas cerrando de forma magistral relatos llenos de prodigios, de los cuales se nos cicatea la vía recta hacia su resolución que es vertical. La escritura es vertical y quebradiza.

En un gesto de reconciliación panteísta me levanto para forzar la situación, en lugar de ir a mojarme los ojos simples de mi cara, con una hoja de papel blanquísima sin notas que la manchen empujo despacio el insecto hacia abajo creando un contraplano opaco y le digo: mosca tonta sal de ahí. La impulso con violencia al ver que me desobedece y ella, luego de tres intentos frustrados sale volando. Quiero suponer que recupera, gozosa, la sensación del aire, la falta de resistencia al despegue incrementando el desagradable zumbido de agonía de las moscas. ¿Qué quiere decir haberla salvado? Cuando mucho desatar la metáfora amarrada en sus patas y consentida en la escena. Forzando mínimos acontecimientos obligué la mosca a comportarse de manera racional y anulando la mosca separé una intermediación de la melancolía con el paisaje. Delante está ahora la ventana sin distracciones dando en plenitud el exterior, el universo parece idéntico exceptuando el detalle menor de la mosca desterrada, el cosmos inmune que me acepta: observador del lado de acá escribiendo con tinta Waterman de notario de provincia y patitas de moscas alfabetarias sobre papel blanco. Esta mañana el trabajo me aleja de las peripecias telefónicas de una mujer desesperada llevándome a otro territorio reconocible. La relación entre ambos momentos se establece por un mecanismo poco original y se aplaza la redacción de un cuento porque un recuerdo insiste en ser considerado; escapado de la memoria, animal que por momentos es un toro y luego un búho, un pingüino de felpa movido a cuerda y la imaginación. Cauce indefenso entre paredes insalvables de una presa, se detiene y sólo le está permitido acumular energía alumbrando de madrugada taperas abandonadas.

Mi padre me lleva al Centro de la ciudad un día entresemana, de los pocos que no trabajó de sol a sol. Es una tarde del último verano antes de empezar las clases en la escuela –debió ser el año de salida al mercado del Citroën DS- así que el paseo nada tiene que ver con recompensas por la escolaridad, la razón supongo que pasaba por las obligaciones que entrañan la paternidad. Ese día tomamos uno de los últimos tranvías que circuló por Montevideo y que sin prisa nos llevó hasta el recuerdo que se estaba haciendo. Veía por primera vez el paisaje de casas con balcones de antepecho de mármol, comercios de nombre pintado en letreros de chapa y bocacalles arboladas; estaba reconociendo la ruta futura, subterráneo, cordillera, curso entre boyas rojas, la recta destinada a ser transitada una y mil veces. La puerta de calle de nuestra casa era un escalón y última frontera entre dos universos recelosos.

Bajamos del tranvía 51 en la plaza donde desemboca la avenida Agraciada y desde la cual al fondo se revela la silueta del Palacio Legislativo. Una calle anchísima, desmedida para nuestra ciudad de veredas estrechas parece conducir hasta un libro de historia con láminas policromadas y la escenografía acartonada de pésima película de gladiadores. Sabía de antes que allí, en una de las esquinas estaba La Platense, mostrando en sus escaparates inmensos la felicidad de las cajas de lápices de colores Faber y Caran D’Ache, pomos de témperas y pinceles de variado tamaño, frascos retacones con tierras de colores y estuches aterciopelados de compases. Impedido de concebir el secreto de grandes construcciones yo intuía que los puentes de piedra, castillos de fábulas y túneles de los macizos terciarios, tenían inicio en la prolija articulación de esos instrumentos brillantes sobre una hoja de papel calco, fijada a la tabla de trabajo por una chinche en cada vértice. Papá me permitía que fuera corriendo hasta las vidrieras, apoyara la cara contra el cristal para ver de cerca el despliegue de potencialidades: si el recuerdo me hace feliz es porque el gesto de contemplación excitaba cientos de sorpresas, latencias incomprensibles despertando otra forma de la sensualidad. Fui feliz apoyando el canto de las manos junto a mi cara perpleja y queriendo atravesar el vidrio, haciendo un hueco con los dedos pequeños, creando una cámara oscura que amortiguara la luz natural permitiéndome en esa penumbra circunstancial fijar mejor la imagen del otro lado.

Por aquellos años los montevideanos caminábamos despacio por calles arboladas, creyendo que estar ahí era la mayor de las fortunas para la condición humana. Los plátanos y paraísos diseminados sobre la principal avenida daban sombra fresca a los paseantes, en las veredas se sucedían unos tras otros fotógrafos ambulantes con sus cámaras, lentes enormes, obturadores manuales y negativos empapados para que nadie quedara sin el testimonio propio de esa felicidad exagerada. Papá me iba diciendo

-Ese es el cine Colonial; al que fuimos después tantos domingos a ver películas de Laurel y Hardy.

-Esa es la confitería Santa Anita; supe el origen de los sándwiches de jamón y queso que mamá traía a casa algunos atardeceres.

-Esa es Casa Rhim, una sastrería; y se estaba nombrando el lugar donde tiempo después, unos años más tarde, me comprarían mi primer traje de pantalón largo.

-Esa es la vidriera de Grimoldi; allí vendían zapatos elegantísimos y el slogan de la firma era “Grimoldi, la marca del medio punto.”

-Ese es el cambio Rebagliatti; miraba libras esterlinas ofrecidas en venta, números de lotería multicolores cubriendo la vereda, y escuchaba la voz ronca de vendedores callejeros diciendo tengo el catorce para hoy, tengo la grande para hoy, el catorce tengo para hoy…

-La que viene es la calle Andes y allí un poquito a la izquierda, pegado al pasaje Salvo está la granja Pichinango; era donde papá compraba unas impresionantes nueces californianas Diamond, que parecían el cerebro de Kant petrificado en miniatura.

-Esto, la Plaza Independencia.

Había algo de fiesta en el ambiente cuando llegamos a la plaza, creo recordar el ruido confuso de altoparlantes acoplándose y el amontonamiento de mucha gente curiosa. Aquellos parecían preparativos de un desfile militar en fiesta patria, pero por ningún lado llegaban gauchos a caballo, blandengues dignos de estampas coloridas ni la decorativa compañía de zapadores duchos en trincheras impidiendo el avance de los invasores. Papá continuaba señalando para mí los lugares considerados estratégicos, como si pensara abandonarme allí a mi suerte y estuviera indicándome los secretos básicos del prodigio intuido en Montevideo.

-Allí en la rinconada, detrás de las columnas –donde yo veía un café con grandes ventanales y mesas en la vereda- es donde se encuentran poetas, actores y políticos importantes.

-Ahora iremos a La Pasiva.

Trabajando sobre un escritorio antiguo, olvidado de la mosca desaparecida miro hacia afuera y en lugar de ver colinas superponiéndose, bosques agrestes ordenados de las laderas visibles, percibo arcadas con columnas de la Plaza Independencia, como en la Place des Vosges del barrio antiguo de París, la parte alta del parque Güell de Barcelona y los paisajes de Turín entrevistos en cuadros de De Chirico. He visto e intuyo cientos de plazas similares y la que insiste en regresar es la montevideana, al ser tan joven como plaza nadie piensa que valga la pena considerarla junto a otros modelos con prestigio histórico, ni conservarla: temo su paulatina destrucción sin dignidad, sucia y abandonada. 

Mi infancia es mi padre sentado conmigo en la Plaza Independencia, enseñándome a reconocer plazas que él nunca vería. Me parece haberle escuchado decir:

-Esta ciudad es la tuya, estás condenado a Montevideo.

-Si papá.

Ese fue su testamento temprano en el que la única herencia era darme Montevideo en un instante suspendido de felicidad, que yo trataba de memorizar como si fuera el catálogo de las naves aqueas.

-Allá la casa de Gobierno, enfrente al Hotel Victoria Plaza, el más alto y lujoso de toda América del Sur. Esa es la agencia Dodero de vapores, son responsables del cruce hasta Buenos Aires, todas las noches, del vapor de la carrera y de barcos más grandes que traen desde Europa a los pobres que lo pierden todo con la guerra. En uno de esos barcos vino mi padre, tu abuelo. La calle que sale derecho después de la plaza se llama Sarandí, yo de chico trabajé allí en la Librería Inglesa y en el Palacio de la Música. Al fondo de esa calle cada mañana subo al remolcador para ir a trabajar al frigorífico Swift.

Era cierto que había algo de fiesta en el ambiente, mi padre tomó cerveza en una jarra enorme de vidrio con manija, recuerdo su pelo crespo contrastando con la espuma blanquísima de la cerveza cuando todavía se llamaba Doble Uruguaya.

-Estamos comiendo frankfurters en La Pasiva. La fórmula de la mostaza es un secreto.

Lo dijo muy serio lo del secreto de la mostaza, así me obligaba a fijar el recuerdo. Yo estaba descubriendo un segundo nivel de las palabras aprendiendo a imponérmelo para el resto de la vida y él me ayudaba a imaginar una ciudad enferma de memoria.

-Tranquilo el perro, que falta lo mejor.

Permanecí callado esperando el asombro mayor empachado con ese enorme prólogo, el levísimo anuncio de la futura revelación de las claves que algún día futuro, me permitirían desentrañar el enorme secreto. Al atardecer la ciudad retuvo parte del esplendor del sur, las sombras enormes de las construcciones avanzaban sin oposición a lo largo y ancho de la plaza imitando gigantes de cuento infantil.

-Vamos, me dijo.

Habían cortado el tráfico alrededor de la plaza Independencia y puesto barreras para que el público, sin desbordar canteros prolijamente recortados permaneciera del otro lado. Recuerdo que por ahí había estacionado un enorme camión del ejército verde oscuro con grandes focos, unos tachos de luz que se usaron en las guerras mundiales, durante la noche, para descubrir en el cielo la silueta de los zepelines, el pasaje furtivo de los aviones caza y encauzar las balas trazadoras. Al pie del Palacio Salvo, en el ángulo que forman la plaza y la Avenida 18 de Julio había, hay una tarima de madera adornada de banderitas y encima un cartel escrito a mano: Yamandú Hinzau El Hombre Mosca. Me lo leyó mi padre.

-El hombre va a trepar por las cornisas del edificio hasta la punta de la torre.

Me acerqué lo más posible, vi sentado en un taburete y haciendo flexiones que parecían sencillas a un hombre pequeño del tamaño de un jockey de Maroñas, con calzones brillantes azules, zapatillas livianas y disfrazado de faquir. Al costado había dejado un chaleco sin mangas bordado de lentejuelas y un turbante turquesa con un vidrio rojo en el medio de la frente, haciendo las veces de rubí de marajá y la piedra Lunar. El artista era flaco de contarle las costillas y verle salir de la piel la forma de los omóplatos, a una distancia prudente evitando la desconcentración del atleta había un grupo de fotógrafos preparando la primera página de los periódicos de mañana. Dos odaliscas, una de ellas casi una niña de mi misma edad repartían hojas impresas anunciando la actuación del faquir oriental en teatros y sociedades recreativas para el próximo fin de semana, antes de emprender la gira por todas las ciudades, pueblos y villas del interior del país.

-Un Hombre Mosca es alguien que sin más ayuda que las manos y pies trepa por afuera de los grandes rascacielos. En Norteamérica es cuestión de todos los días, pero aquí es insólito. Ayer leí en El Plata que fue necesario un permiso municipal especial para autorizar el intento de hoy.

Así que se trataba de eso, de ahí el paseo inesperado un día de semana y el refresco de mandarina en La Pasiva. Papá me llevó hasta allí para que yo viera la gran aventura del Hombre Mosca, los esfuerzos de un extravagante artista del hambre trepando hasta salvar el escollo de los complicados adornos colgantes del Palacio Salvo.

Nosotros quedamos en una ubicación inmejorable, papá igual me subió en brazos para que viera mejor y era tan novedoso todo lo visto que me abandoné a un relevamiento minucioso de lo sucedido a nuestro alrededor. Un murmullo a la vez asociado a la confianza y el temor de un paso en falso del temerario escalador se presentía en el ambiente, en comentarios exagerados de las personas que estaban cerca nuestro. Esa ambivalencia sin disimulo trataba de ser distraída con música y la bulla sin pausa de vendedores de globos y banderines; desde el camión militar parpadeaban los reflectores, buscando en ruidosos generadores acoplados al vehículo la energía necesaria para potenciar al máximo los haces de luz comenzando a barrer el cielo, desconcertados por la ausencia del dirigible gemelo del pérfido Hindenburg.

-Son para iluminar la ascensión, me dijo él.

En esa hora y circunstancia el Palacio Salvo era el Everest, la mayor altura concebible y desafiante en nuestro horizonte, secuela de una familia de inmigrantes que quiso su palacio a destiempo renacentista para erigirlo en Florencia; es lo que entre nosotros llegó más lejos en el intento de tocar el cielo con las manos. En principio el Palacio Salvo fue concebido como un Gran Hotel con enormes salones de baile para orquestas con dos líneas de trompetas y trombones, salas de baño relucientes diseñadas por arquitectos italianos trabajando a piaccere, dándose el gusto de hacer lejos de su patria un proyecto que creyeron magistral y excesivo para el recato de ciudades como Ferrara. Con el tiempo, el edificio proyectado se transfiguró en pequeños departamentos y a medida que deslavaba su brillo original lo fuimos queriendo más quienes lo mirábamos de afuera. Puedo aceptar otras ausencias en la ciudad pero Montevideo es inconcebible sin esa mole, el Purgatorio de la ciudad está entre su hora de fundación y el retiro del último andamio del edificio, el Paraíso o Infierno posterior comienza en ese instante ritual de la logia de los constructores. Cuando yo muera su silueta seguirá recortándose sobre el cielo celeste de enero y de lo que pueda pasar después poco me interesa. 

Esa presencia gris descascarándose siendo la metáfora del último dinosaurio sobre la tierra logra desconcentrarme todavía, las veces que regreso a casa nunca estoy seguro de haberlo hecho hasta toparme con el Salvo aunque sea entrevisto en un atardecer brumoso. Esta apología mediocre de una construcción hecha de memoria puede derivar en argumentación sensiblera cuando lo importante es el recuerdo del Hombre Mosca, mejor: el significado del recuerdo de un instante preciso de su hazaña. Olvidé por completo las condiciones de la ascensión de la que fui testigo y da lo mismo ya que puedo inventarla lindando la verosimilitud. El hombre pequeño que había visto se detiene al pie de la gran columna de la esquina y realiza las últimas flexiones sobre el suelo, ya es un espectáculo e importa poco lo que piensa y se cruza por su cabeza en los instantes previos al ataque frontal. Curiosamente, ese brahmán disfrazado que debería creer en dioses extraños se persigna igual que un  cruzado antes de la batalla contra el infiel por la tierra santa; luego se vuelve hacia la multitud, nos mira sintiéndose capaz de magnetizarnos colectivamente, saluda con el brazo en alto igual que un aviador temerario antes del cruce polar jamás antes intentado. 

Nosotros lo aclamamos haciendo el esfuerzo de controlarnos sin querer aturdirlo y él después del saludo nos da la espalda, contempla la verticalidad sinuosa de hormigón que lo aguarda (vidrio opaco y gris de formas rebuscadas), da los primeros pasos de la escalada permaneciendo con los ojos de mirada penetrante a escasos centímetros del cemento que lo hipnotiza a él; su torso desnudo al aire para que puedan verse los movimientos desde miles de ojos atentos, las dos pupilas de reflectores aguardando entrar en acción cuando anochezca y el artista estuviera a escasos metros de la cumbre. Con el éxito que supone la llegada al objetivo sucede lo mismo, olvidé el momento decisivo del tiempo del Hombre Mosca. 

Debe haber llegado hasta arriba de lo contrario su fracaso habría sido insoportable, su muerte espectacular inolvidable para quienes estuvimos ahí y el recuerdo del incidente más persistente que el de mi padre tomando cerveza. Seguro que alcanzó su cometido siendo lo de menos, ese vacío de la memoria es fácilmente reemplazable, nada más simple que imaginar la llegada a la cima de un Hombre Mosca, aunque se trate de observarlo en la familiaridad del Palacio Salvo ante la mirada de una multitud de orientales alelados. Bien pudo ser así: hay emoción concentrada en los últimos metros de la proeza y dando un golpe de efecto luego de una hora tensa, Yamandú finge un mal paso, se desacomoda perdiendo por un momento el equilibrio… Muchos exclaman ¡ahhh!, otros quitan la mirada del objeto fascinante permaneciendo con los ojos cerrados, se produce un movimiento masivo de retroceso haciendo lugar en el asfalto, un círculo por si el cuerpo se precipita. Nadie atiende las mesas de la cervecería, los camareros comentan en grupo de brazos cruzados y voz baja los eventos temerarios de las alturas, es imposible distinguir el animal lejano en lo alto desplazándose despacio por más que los reflectores ayuden, entreverado, perdido entre moldura de resistencia incierta y las cabezas de inquilinos curiosos asomándose a ventanillas de las torretas circulares. 

A partir de los ochenta metros aquello dejó de ser un hombre, era el animal que recuerdo del comienzo de “Las palabras y las cosas” cuyo autor citaba al escritor vecino  que considerando ambigüedades, redundancias y deficiencias de John Wilkins recuerda al doctor Franz Kuhn, atribuyendo parecidas imprecisiones a una enciclopedia china –emporio celestial de conocimientos benéficos- donde está escrito que, después de los animales que acaban de romper el jarrón están aquellos (la categoría N) que “de lejos” parecen moscas; es una categoría de metamorfosis operada a la distancia en los sentidos, evidente en los supuestos sin ratificación en la anatomía. Cerca de la cumbre, como el centauro y las sirenas se colma el sentido del Hombre Mosca. La multitud de pronto alcanza un clímax de liberación, modestísima catarsis de purgatorio transitorio y se escucha música de final feliz. El faquir logró el objetivo de alcanzar tan exótico Shangrilá, agita las patitas en lo alto cuando se vuelve hacia la muchedumbre que a su fatigada mirada parece un puñado de hormigas alborotadas. 

Los camareros de la cervecería La Pasiva regresan resignados a sus obligaciones de cerveza, a la inminente invasión sobre mesas y mostradores de curiosos atraídos por el secreto celosamente protegido de la mostaza.

-Viste, dice mi padre.

Todos estamos felices, el Hombre Mosca entró al Palacio Salvo por una ventana grande como ésta delante de la cual escribo. Aquella mosca hombre buscó el hueco hasta penetrar al Palacio y laberinto descendente de torres falsas, corredores sin fin, habitaciones subdivididas por la especulación inmobiliaria, escaleras oscuras y ascensores descompuestos cada dos por tres. Muchos años después lo conocí por dentro y de inmediato asomó en mí la impresión sin resolver de cofradía secreta, incomprensible para quienes vivimos fuera del hormigón armado del edificio. Ese boceto incitado por la historia natural lo olvido a medida que voy escribiendo y recuerdo con detalle de pesadilla un momento que sucedió durante el cambio de las luces mientras todo era propicio a las mutaciones.

El sol daba paso a la desorientación de los reflectores, las sombras de los edificios que nos rodeaban comenzaban a enfriarse. Yamandú pasaba de la primera base del Palacio Salvo a encarar la zona cilíndrica de almenas puntiagudas y entonces en la percepción se fugaba cierto antropomorfismo a una mancha oscura, azulada. Fue ese el momento, era tonto y fascinante a la vez intentar escalar por fuera la construcción. La caminata exterior del edificio emblemático de la ciudad necesariamente querría significar algo, era irrefutable que las cuatro patas de Yamandú estaban escribiendo como moscas, en la fachada envejecida del Palacio Salvo, un mensaje claro por críptico, elemental antes que doloroso, evidente y secreto: yo no lograba descifrarlo y menos entenderlo. Al respecto se me ocurren varias interpretaciones, la criatura ambigua escalando estaba advirtiéndonos sobre un suceso capital imposible de verbalizar y sólo comunicable de manera acrobática, quizá la escritura a cuatro patas era un agente desencadenante de otra instancia y que el escriba simbólico tampoco entendía; luego: en cuanto al mensaje insinuado proponía un enigma sobre la ciudad y que puedo continuar queriendo descifrar infructuosamente desde entonces. 

Cuando regreso a Montevideo miro con desconfianza el Palacio Salvo desde varios ángulos, tratando en vano de recordar los gestos e itinerario de Yamandú, por más que fijo la mirada no hallo evidencia visible de aquel episodio de mi infancia, ni trazos indelebles sobre los muros que puedan recordármelo en su misterio. A pesar de la ignorancia persistente, esta mañana pienso que ello sigue siendo un enigma. Habiendo tantas cosas en el mundo para qué insistir en Montevideo sino para reconocer en lo escrito una palabra sola, parecida a las que el faquir ficticio garabateó un atardecer sobre las paredes del edificio más feo de la ciudad; que a mis ojos encierra mayores enigmas que Keops, más deslumbramiento que La Alhambra y sus jardines al sol del mediodía, más historia que el eco de Epidauros y más resignación que esa mosca encerrada: caminando sobre el cristal de la ventana donde de un lado respira eterno el valle del Hérault y del otro mi padre y yo regresamos a casa en tranvía, mientras avanza inexorable el primer viernes de mil novecientos noventa y dos.

Cuento para la cuerda sol

En aquellos años del primer libro, digamos que el título del relato buscaba una originalidad velando la aporía que supone contar dos historias en una. El conjunto de relatos asumía plenamente la poética cuento definida por los propios cuentistas y la concisión consecuente del ejercicio literario; se atenía a protocolos técnicos conocidos, era la distancia en la que me sentía cómodo y lo que daba la nafta del 600 de segunda mano. Más bravo era negociar la tensión de andar pocas páginas sobre la cuerda floja tras un resplandor solar, apoyándome en la quinta de las siete notas musicales y una de las cuerdas del violín. Desplazaba el drama irónico e irreparable del compatriota a la historia de un violín o de varios, según quién tenga el arco en la mano decidiendo la música. Un cuento es también un instrumento sensible que cada tanto -como ocurrió esta vez- es necesario afinar antes de que suene distorsionado por notas discordantes. Después, en ese sábado de recuerdo y Brahms, de ilusiones perdidas y trasnoche con pista de baile hay de fondo una melodía de organito, de parque de diversiones donde van las familias con niños chicos los fines de semana. Los comienzos de la aventura literaria tienen algo de esas calesitas con altibajos, la sensación de avanzar siempre volviendo al punto de partida, subido a un caballito que la próxima vez será una motoneta Vespa o el lomo palpitante de un tigre de bengala.

El cuento combinó varios elementos reconocibles del repertorio de melodías urbanas a mi alcance y disponiendo un eje central donde se oculta el mecanismo. La dínamo era la proximidad en la sociedad uruguaya -al menos hasta mis veinte años- de cierta coexistencia entre perspectivas de la música clásica con becas escuálidas, conservatorios Santa Cecilia y bailes populares donde todavía evolucionan parejas bien vestidas siguiendo las orquestas de Juan D’Arienzo y Miguel Villasboas, que era profesor de música en la enseñanza secundaria. Algo parecido sucedía con las bandas de jazz para los trompetistas, seguro hay casos vinculados a Carlos Goberna y su sonora Borinquen. Así se fueron sumando detalles de variada procedencia, el recuerdo heredado por vía materna de José Serebrier que vivía en el barrio de nuestra familia e hizo una trayectoria internacional como compositor y director de orquesta. Los primeros discos vinílico de Julio de Caro los escuché en casa de Héctor Galmés, donde me llevaba de visita Alejandro Paternain y oíamos las voces cómicas en “El monito”. Los liceos los frecuenté desde los doce años y si bien me faltaba experiencia de terreno en los bailes -sigo admirando al sublime Fred Astaire y la danza de salón nunca fue lo mío- tenía informantes de fiar en tíos milongueros y vecinas traviesas de lo ocurrido -hasta por ahí no más- en el entresuelo del Palacio Salvo, la IASA de la calle Yatay y los locales de Casa de Galicia.

Violinista para la instrospección porque eligió con la ayuda paterna un instrumento de los más sublimes e implacables para calibrar el talento del músico; que hace pasar a la audiencia las últimas siete palabras del Cristo en la cruz y el trino del diablo; que se acomoda a las maneras de David Oïstrakh, Stéphane Grappelli y Antonio Agri. A veces es aconsejable una curiosidad transitoria por dominios distintos de la enseñanza de la literatura; los túneles laboriosos entre pulsión de vida compartida en sociedad y modelos invocando desde la tradición clásica siempre me intrigaron. Difícil de resolver la cuestión cuando se presenta y bien sabemos lo que ocurrió con el joven Ícaro cuando quiso acercarse al sol. Si lo redacté, fue porque la anécdota era verosímil y se adecuaba a mi proyecto, decía de la opresión desde otra cadencia que la charanga militar y marchitas de los comunicados; alguna vez fui testigo de situaciones inolvidables mientras el enganche mágico entre La cachila y una suite francesa fue posible creando la tercera clave del recuerdo. Tuve la suerte de hablarlo con Coriún Aharonián -dijo que en momentos graves tocaba las suites francesas- que escuchaba paciente, porque a esa cuestión le dedicó buena parte de su vida. Algunas veces en verano y estando a menos de diez metros, pude verlo en directo pasada medianoche en Preludio café-concert de la calle General Mora de Pocitos; cuando Manolo Guardia rondaba el cuento ese sobre la cuerda Sol, improvisando como si fuera Mozart y Marianito Mores inspirado, siendo Manolo valorando la burla de comedia que carga toda tragedia. Si él hubiera sido el protagonista, el cuento corto hubiera necesitado el fuelle de una novela luminosa: alumno de Guillermo Kolischer, tocó con el potrillo César Zagnoli, integró la All Stars del Hot Club de Montevideo y fundó Camerata de Tango. Sentí que actuación era la banda de audio del cuento que a mí -medio siglo después- todavía me quedó por el camino, trancado en una nota sola; como si él pidiera que siga trabajando en los arreglos. Me consuela entonces el inmenso Joao Gilberto cuando canta -desde 1958- que no peito dos desafinados tambén bate un coraçao.

En el Palacio del Rey de la Montaña (capítulo final)

Para los habitantes de Salto y pobladores del litoral uruguayo comenzaba el período –sacrificado y esperanzador- de reconstruir lo que fuera la vida cotidiana y hacer retroceder la adversidad que tanto se había ensañado las últimas semanas.

-¿Baja a estar con nosotros primo? me preguntó Jésica y le respondí que lo haría en pocos minutos.

Después de la decreciente permanecí encerrado en mi cuarto durante dos días y casi sin dormir, la muchacha de servicio me traía la comida a horas convenidas. Aproveché el encierro para darle un final imaginado al inacabado Diario de la Inundación, que se alteraba en crónica distinta a una fiel relación de los hechos. Fue una extraña coincidencia, cuando puse punto final a mis notas donde la muerte era el retorno a una conciencia acuosa, escuché la risotada de tío Francisco que logró sorprenderme siendo hombre parco tratándose de manifestar emociones. 

Comprendí que era tiempo de bajar al mundo y reintegrarme a la hospitalidad de la vida familiar; así lo hice, colaboré con entusiasmo en la recuperación de paredes, puertas, enseres domésticos y la exclusión definitiva de aquello irrecuperable. Lo fantástico fue la renovada potencia del sol litoraleño y miraba a los objetos secarse de un momento para otro; dejaba un taburete al sol al límite de pudrirse y veía escapar el vapor igual que un fantasma acosado en milagrosa transfiguración. La madera lijada recuperaba colores con dignidad y en pocos minutos parecía que por allí nunca había sucedido la inundación. Hasta de mi propio cuerpo, durante las tareas de recuperación vi salir un plasma desconocido, como si el agua fuera algo alejándose de mi vida; otra condición y estado de la materia que la única traza dejada de su paso por mi memoria eran las notas del Diario de la Inundación. Curiosa musa pensé y me dispuse a olvidar el incidente.

Había en mí durante esos días la natural predisposición, cierto condicionamiento e imposibilidad de disociarme de la sombra de la muerte y ello me llevó a implicarme en el último episodio confuso de mi temporada salteña. La exacta dimensión de la catástrofe natural afectando al país –con consistencia de augurio y signo indescifrable de lo por venir- dejaba escaso terreno para especulaciones pensando en tragedias sórdidas y dramas manejados con discreción. De eso era un buen conocedor; recuerdo que estábamos en un mediodía de acomodo final cuando lo vi llegar por primera vez a la casa de tío Francisco, supe luego que las autoridades policiales locales lo hicieron venir desde Argentina, de Rosario. El hombre tenía rasgos achatados aindiados de la frontera norte y le decían «el inglés». 

Luego de intercambiar unas palabras sobre las desgraciadas secuelas de la inundación, el hombre se presentó sin exageraciones ni buscando impresionar como comisario en actividad. Preguntó si podía hablar conmigo a solas y sin entender lo que estaba sucediendo tío Francisco me miró autorizándome, dándome ánimos.  Así marchamos el recién llegado y yo a conversar al patio, sentados en sillones de mimbre ya secos, debajo de nervaduras de lo que en otras circunstancias era una parra generosa. En la casa todos pensamos y yo el primero que se trataba de las secuelas del suicidio de mi padre en la capital; de ser así la venida hasta Salto del pesquisa argentino tenía más de impertinente que de preocupante. 

Me preparé a repetir frente al desconocido, fastidiado y habiendo alcanzado cierta victoria del olvido la versión del incidente, que narré repetidas veces a las autoridades montevideanas en mi casa, en reparticiones policiales y judiciales.

-Aquí se está bien, dijo él una vez que nos acomodamos en los sillones. Es inconcebible que hace una semana este lugar estuviera inundado. Si señor…

-Es cierto, el tiempo pasa apurado y lo que menos esperaba era tener que volver sobre un episodio que me fastidia sobremanera, respondí para hacerle entender mi negativa a darle largas al asunto.

-¿Usted lo admite así de primera? preguntó el hombre, suspendiendo el armado del cigarrillo al que se aplicaba con lentitud desesperante.

-Mire comisario, hablar otra vez de mi padre y los pormenores de su muerte me resulta desagradable.

-Ah, es verdad… su padre…, dijo como si se sorprendiera. Ahora veo… usted cree que se trata de eso, que vine hasta aquí para hablar de la muerte de su padre. Perdóneme por ser poco explícito, pero claro.,, creo que pensamos episodios diferentes. Si señor…

-Le pido que se explique de inmediato, exigí. Mi estado de salud está poco propenso a las adivinanzas.

-Señor Morelli, le pido serenidad y discreción, dijo el hombre y se inclinó hacia mí mirándome directo a los ojos, sin dejar por ello de seguir armando el cigarrillo allá lejos en la punta de los dedos. Estoy aquí, señor Morelli, porque lo tengo a usted en lugar prioritario en mi lista de sospechosos de un delito repugnante.

-Sospechoso, dije yo; la palabra era tan inadecuada al momento que me pensé metido en una absurda confusión. Así que ahora soy sospechoso… Lo siento comisario, esa palabra es ajena a mi lenguaje habitual. Acaso la leo, muy de vez en cuando en alguna novelita barata.

-Pero mire usted qué cosa… claro señor Morelli, siempre es así, dijo él, recuperando la posición inicial más protocolar y antes de pasar la lengua por la franja de papel engomado que había quedado sin enrollar. Ya veo que, como usted está en babia y se hace el desentendido tendré que empezar la historia desde el principio. Si señor… Se la hago corta Morelli, después y si no tiene inconveniente quisiera que me respondiera a un par de preguntas. Digamos un pequeño interrogatorio vio.. como sucede en esas novelas baratas que, muy de vez en cuando le da por leer para distraerse y calmar los nervios.

-Disponga, le dije con algo de sarcasmo. Soy todo oídos.

El inglés con cara de cacique comenzó su relato por la llamada urgente del comisario principal de Salto. Hasta aquí sabían que era el mejor sabueso de las Provincias Unidas, acotó esta vez sin falsa modestia y orgullo para mi gusto exagerado, pero que él suponía justificado. Así pues, llamaban al inglés cuya fama traspasaba fronteras cuando la situación era desesperada. Había un problema bien podrido frente al que nuestras autoridades, de este lado del río, admitían su incapacidad no de resolverlo sino incluso de ordenarlo. 

Luego del comienzo compadrito de glorificación personal el entrerriano se lanzó en un lamento macarrónico, insistiendo en la tristeza que le produjo haber encontrado a la hermosa ciudad de Salto, cuna de hombres ilustrísimos y teatro de episodios heroicos, en tan lamentable estado. Conociendo la valía de los Orientales, demostrada tantas veces desde el fondo de nuestras patrias hermanas, confiaba en la gente de bien, la mayoría, él apostaba por las fuerzas vivas de la región para recuperar lo perdido y hacer de la ciudad lo que ella merece, cumplir el destino para el que estaba sin duda llamada. Dentro de pocas semanas, dijo, todo volvería a la normalidad «pero antes, señor Morelli, hay que llevar adelante una tarea. Una obra de bien público imprescindible para despejar el porvenir de la ciudad, que descarto esplendoroso a condición que… si y solamente si».

-Hay que cazar y pronto a una rata inmunda, dijo con voz de ventrílocuo, mientras encendía el cigarrillo armado con un yesquero que al sol brillaba como doblón de plata. A eso vine Morelli, agregó luego de que saliera de su boca la primera bocanada de humo.

Después el hombre siguió contando de manera dispersa y aún así a mí me pareció que un orden secreto guiaba sus palabras. Habló de hospitales con falta de recursos, morgues que parecen ruinas y momentos desagradables que vivió las últimas horas él que era hombre curtido, después que aceptó cruzar el río para darle una mano a los colegas Orientales, muy boleados por el desborde de los últimos hechos. 

Estaba cascoteado por lo visto durante tantos años de trabajo, debía admitir con la mano en el corazón que las sorpresas nunca terminan, en especial las desagradables. Los de aquí lo llamaron porque, cuando las aguas por fin se retiraron volviendo a su nivel normal apareció de todo. Hizo una enumeración grotesca, medio graciosa y con estudiado sentido del efecto, dejando para el final los cuerpos de las niñas estranguladas.

-Así como lo oye estimado señor Morelli. Durante la inundación en este barrio tranquilo de personas trabajadoras, mientras la gente salvaba muebles y sus pocas pertenencias, una rata aprovechó el descuido y la confusión para violar y asesinar a dos gurisas chicas. Qué joder Morelli, como para tener confianza en el género humano.

El forastero dejó que se instalara en el patio un silencio corpóreo y se puso a fumar parsimoniosamente, como si fuéramos viejos amigos con todo el tiempo por delante para hablar de la vida, dándome lazo para ver si me enredaba en alguna vuelta y terminaba cayendo; para eso estaba él ahí sentado cerca. Sorteando lo extravagante que resultó la información entendí de un tirón la situación; es probable que estuviera fatigado del alma para indignarme con sus insinuaciones y reaccionar, ofendido por mi condición de sospechoso prioritario. 

A los ojos profesionales del visitante todo encajaba, nuestro barrio retirado donde conversábamos, la excusa catastrófica fluvial enredando pistas, un anormal con deseos de alimaña y que pasa al acto mediante crímenes bárbaros. Para completar el cuadro, un capitalino discreto de visita con problemas nerviosos que vive la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación. Más que de malentendido se trataba de una operación deductiva con aceptable lógica, cada detalle ensamblado tendía a una demasiada perfección. 

Mientras él fumaba medité la estrategia a seguir, Sería un error hacerme el desentendido, el inglés esperaba de mí la inteligencia y más: aguardaba la confesión.

-Mire comisario, demasiado sencillo para ser verdad. Lo siento, fue lo que le dije después de la pausa.

-Lo mismo pensé yo al estudiar en detalle la situación y luego me dije ¿por qué no? Muchas veces la solución del enigma está en lo evidente. En este caso odioso, coincidirá conmigo, en principio nada debe ser descartado. Nada Morelli, nada…

-Deberá conformarse por ahora con mi versión negativa.

-Era lo menos que esperaba de usted Morelli.

-Quisiera preguntarle algo comisario.

-Diga Morelli.

-¿Soy el único sospechoso que tiene, el número uno en su lista o qué?, lo interpelé suponiendo que hablábamos de la trama de una novela de suceso popular.

-Información confidencial, dijo el inglés mientras apagaba el cigarrillo en la suela de un zapato.

-Me quedo tranquilo en mi condición de sospechoso prioritario, le dije. Es lo único que puedo hacer por el momento además de declararle mi inocencia. Su usted tuviera pruebas tangibles como suele decirse, me estaría masacrando en un sótano de las dependencias policiales.

-De eso puede estar seguro, dijo el rosarino. Si señor.

-La mía por lo visto es una situación incómoda, le dije. Niego cualquier vinculación al episodio, le puedo contar en detalle lo que hice con mi tiempo las últimas semanas y sería insuficiente para borrarme de la lista.

-Así es señor Morelli, me respondió. La situación como comprenderá es excepcional y me obliga a no descartar ninguna hipótesis, por improbable que parezca.

-La confesión forzada tiene la virtud de cerrar expedientes complicados.

-Eso lo hice cuando era un joven ambicioso y más de un infeliz cargó con paquete ajeno. Mire Morelli, quiero ser clarito, si se tratara de la muerte de un malandra agarraríamos a otro malandra conocido, unos cuantos palos negociados y asunto concluido. Esto es diferente; diferente por el crimen, porque decidí que fuera diferente cuando vi los cuerpos de las muchachitas en las planchas de esa morgue húmeda y mugrienta. Diferente porque estoy viejo y quiero atrapar a esa rata con mis propias manos. Por esas razones estoy aquí conversando con usted Morelli que es hombre cultivado, dando la impresión de ser un veterano pelotudo perdiendo el tiempo.

-Un capitalino culto que buen puede ser un violador de menores, dije.

-Más que eso Morelli, puede ser un asesino reincidente, de una variante despreciable si recordamos las edades de las víctimas.

-Según parece esa también es información confidencial.

-Tenía la esperanza de que usted la conociera.

-Lamento decepcionarlo una vez más comisario.

-Me cacho… la cacería será más ardua de lo previsto, tengo para unos cuantos días en Salto.

-¿Cuáles son los próximos pasos comisario? le pregunté para empezar a dar por terminada la entrevista.

-Ah… los famosos próximos pasos, dijo él. Qué problema son los próximos pasos señor Morelli. Digamos que a partir de ahora cuento con su buena voluntad para cooperar a la dilucidación del entuerto.

-Que más remedio, dije.

-Quédese en Salto un mes más Morelli, repose como se debe que para eso vino hasta aquí. Un mes más, como máximo.

-Mi familia está en Montevideo y el tío Francisco…, comencé a argumentar para ganar tiempo y dejar de sentirme una rata acorralada.

-Don Francisco está feliz con su compañía y cuando lo de las niñas comience a saberse nunca lo asociará a su persona. En cuanto a mi presencia dígale que vine a pedirle consejos profesionales. Usted y yo podríamos tomar unas copas juntos los próximos días, dejarnos ver los dos por el centro. Si los médicos se lo autorizan, bien entendido.

-Me parece bien, estoy necesitando ejercicio.

-En cuanto al resto del tiempo señor Morelli, cuídese. Sin que usted se de cuenta lo seguiré a todos lados. Cuando duerma y cuando cague estaré ahí, no podrá hacer nada en esta ciudad sin sentir el aroma del tabaco negro que terminará por llevarme a la tumba. Si resulta que usted es la rata que busco Morelli, lo colgaré de los huevos y le aseguro que se arrepentirá de haber nacido, si me equivoco tendrá algo para contarle a sus nietos.

-Comisario, esto puede ser el inicio de una gran amistad.

-Ve Morelli, eso es lo que llamo un hombre cultivado. Alguien que está metido en la peor mierda hasta los ojos y me quiere joder con una bromita de biógrafo. Por hoy lo abandono, tengo trabajo esperándome, imagínese… Si señor…

-Hasta cualquier momento comisario.

-Hasta cuando yo quiera Morelli. No se moleste, ubico la salida.

El comisario se levantó y comenzó a caminar hacia el interior de la casa a tranco lento. Tenía cuerpo de domador de caballos y tal vez le decían el inglés por el cuidado puntilloso de la indumentaria; la combinación de camisa y corbata evocando vidrieras londinenses en primavera, resaltando la disonancia entre aspiraciones de elegancia y cuerpo maturrango. Lo mismo debe suceder en el alma del asesino y los pensamientos finales de un suicida. 

Estaba en Salto para recuperarme de los nervios y apenas pasada la inundación me convertí en sospechoso de un crimen atroz. Sentía la urgencia de buscarle una escapatoria a la situación, quizá Mauricio tenía razón y debí haber ido a la otra casa en Barra de Maldonado, tal como estaban las cosas tenía un mes para aclarar las ideas, pero había olvidado la cantidad de tiempo que cabe en un mes. Mal comienzo, ignoraba los terribles hechos narrados por el comisario así que ni la menor idea de por dónde empezar a reaccionar. Averiguar por mi lado sería peligroso e insensato, para eso estaba el inglés ocupado a tiempo completo, obsesionado, poseso y yo descreía de los investigadores improvisados. Por lo escuchado los crímenes desbordaban los límites de una inteligencia homicida, respondían a un estado de brutalidad particular resultado de una mente enferma rebotando entre locura y simulación; quien había cometido esos asesinatos sería capaz de saltar todas las barreras morales, como si después de haber actuado la primera vez y una segunda se creyera todo permitido. La anomalía del individuo derramaba el momento de abrir a la fuerza las piernitas de una niña llorando de terror –¿está desmayada por los golpes, es un cuerpito muerto?- intacta cuando el hombre compraba cigarrillos y se divertía mirando comedias argentinas de las hermanas Legrand en los cines del centro de Salto.

Como herencia de la inundación quedó en la ciudad una manía de otoño; me percaté que conocía poco la ciudad y si durante semanas viví maniatado por la escritura de mi Diario, entre aguas amnióticas de un parto prehistórico, tomé la decisión de salir a la intemperie y caminar por la ciudad aunque pudiera con ello avanzar mi perdición. La inteligencia y quietud eran insuficientes para sacudirme la condición de sospechoso por el hecho de estar allí en el peor momento. Creía que la visión de la muerte de mi padre, el sistema nervioso lanzado a plena actividad de salvamento, la traza invisible que dejó en mí la vivencia interna de la inundación, sumado a la experiencia agotadora de escribir un dietario del encierro forzado, terminarían por darme una sensibilidad distinta ahora que algo me amenazaba; salvarme de la horca podía decir si ello no resultara cínico. En esas tribulaciones de recaída pasé la primera semana. 

Lo que pudiera concebir para desbloquear mi situación incómoda seguro que el inglés lo había pensado y hecho; me refiero a antecedentes de mi existencia, la búsqueda entre obsesos fichados tras la sexualidad enferma, indagación en el entorno familiar de las criaturas muertas que es donde suelen estar los culpables, la lista de forasteros alojados y encerrados en hoteles y pensiones de Salto. Era curioso que el asunto demorara en salir a la superficie de comentarios mundanos, hasta pensé que los asesinatos nunca ocurrieron y la información era parte de una conjura. Tenía, después de todo, apenas la versión de un individuo que ni me constaba que fuera comisario, era su testimonio acusador haciendo de mí sospechoso sin fundamento, culpable en potencia casi ideal.

Una noche el inglés me llamó por teléfono, su voz era la de un hombre cansado y rencoroso. Recuerdo que le pregunté si estaba seguro que ambos crímenes eran obra de un mismo hombre y respondió que sí, luego le pregunté si el asesino se había detenido. Esa rata llegó con la inundación, me dijo. Le comenté que con la misma inundación la rata también pudo irse de Salto; eso es lo que a usted le gustaría me respondió. La rata está entre nosotros, la rata aprovechó para golpear la confusión de la correntada, hay que detenerla y matarla dijo, no quiero que otra chancleta muerta termine por darme la razón. No creerá que me quedaré sentado hasta ponerme la soga al cuello le dijo y él acotó: por lo que sé, esa es una costumbre de familia. El inglés jugaba a fondo, estaba decidido a utilizar todo tipo de recursos para lograr su objetivo. La confrontación brutal con un episodio que comenzaba a olvidar alteró mi equilibrio emocional, dejaba de ser sospechoso para volverme alguien acorralado. Si algo no sucedía pronto, en dos semanas pasaría a la condición de acusado para satisfacción del verdadero asesino, que sabría la necesidad imperiosa que tiene todo misterio del falso culpable. El chivo expiatorio cerrando un ciclo de pulsiones incontrolables, que le permitiera recomenzar por un demencial mecanismo de su relojería alterada.

Tuve nostalgia de los domingos en Salto inundada y añoré el momento en que abrí la puerta de la casilla de los jardineros allá en Montevideo. Nadie sale impune de la confrontación con la muerte del padre, una duda se incrustó en mis pensamientos y comencé a suponer que mi estancia en Salto cuando la inundación nada tenía de casual, resultaba de una conjura incontrolable, mi oscura voluntad cuando estoy distraído pensando en rosas que florecen antes de tiempo. Una mañana venía del Correo (había enviado las cartas de rigor a madre y a Mauricio anunciándoles la prolongación de mi estadía en Salto) cuando apenas transpuesta la arteria que delimita el centro de la ciudad, teniendo en cuenta lo agradable del tiempo y tentando la inoperante operación de escapar a quien me estaría siguiendo los pasos, deserté de mis rutinas de caminante emprendiendo un largo rodeo por barrios de esos que están cerca y nunca antes me había dado por recorrer. Lo hice siguiendo rastros desconocidos, llevado por perfumes que me atraían y terminarían seguro por destruirme. ¿Por qué lo hice? me repito. Lo ignoro, sólo estoy seguro de la deriva imprevista de esa alteración de hábitos difícil de explicar y cuyas consecuencias son considerables. 

Digo esto por algo que ocurrió; pasando por los fondos de una vivienda modestísima, viendo de cerca la pobreza en desgracia supe –sin que mediara intermediación alguna que consiga explicarlo- que allí vivía una de las niñas asesinadas. Excitación y temor llegaron a mi espíritu al unísono, se trataba de la euforia por haber hallado una punta de la madeja, era contarme que esa intuición de lo atroz iniciaba acaso mi salvación y también el desarreglo. Mi pasearme por esos precisos andurriales en desgracia, confirmaría a los ojos que seguían mis pasos un retorno calculado, la conexión virtuosa entre la niña asesinada que se crió allí y mi persona, vínculo inexistente hasta ese instante que supe que esa era la casa.

Apuré el paso para escapar del tirón, llegué a casa sudando y con escalofríos, pasé sin saludar, subí de prisa las escaleras; antes siquiera de ordenar la ropa llamé por teléfono al hotel Central y marqué el número que me había anotado en inglés en un papelito. Su habitación estaba comunicando y debí esperar tres minutos que me parecieron una eternidad. Tengo que decirle algo, dije apenas me respondió. Ya sé, me contestó. Su situación se complica, agregó. Usted tampoco me ayuda, quise argumentar. Es usted que parece desentenderse de la verdadera naturaleza de nuestras relaciones, escuché. Es inexplicable, contesté. Yo alguna vez hace tiempo, dijo, creía en brujas pero los años a uno terminan por curtirlo y si quiere hablar de sus caminatas inexplicables aquí lo espero a toda hora, porque en monstruos sí creo. Apenas me despedí del comisario colgué el auricular con rabia, fui al baño y vomité un café chirle y dos tostadas con miel que desayuné en el bar pegado a la sucursal de Correos; desde entonces renuncié a salir durante el día y preferí hacerlo por la noche. Tío Francisco se preocupaba por mi recaída y mi prima estaba celosa e indignada por mi actitud de los últimos días, supongo que ella creía que iba por ahí de putas; ella se sentía responsable de haberse dejado tentar por la idea de confiar a mis manos purulentas de pecador carnal la honra de sus amigas íntimas. Devenía de más en más un ser vil a sus ojos, que sin causa visible saltó del reposo convaleciente a la agresión y del día a la noche; que era a la vez rata y cazador chambón de otra rata cuya captura y sólo eso, podría restituirme a mi condición humana anterior. Así como debí vivir la inundación de Salto viví las noches siguientes a la inundación.

Las primeras veces me moví sin criterio, trataba de marchar hacia las antípodas de mi situación actual y más de una noche, agotado por el esfuerzo dejaba atrás la ciudad. Cruzaba alambrados y me descubría bajo un cielo saturado de estrellas, cuando no entre bultos de vacas dormidas, en aguadas metido hasta las verijas y temblando de frío, Simulaba huir de la ciudad y me internaba tierra adentro, si esos gestos aliviaban mi angustia mediante desconcierto e insensatez de lo ingobernable, nada podía con la tranquilidad del alma. Una vez caminé campo traviesa hasta caer desfallecido en medio de la nada; ese dolor íntimo me recordó el alivio que sentía cuando, al contrario, me encaminaba a la cercanía del río que trajo la inundación a mi vida, huyendo conmigo a recovecos y entrañas del asunto, pliegues donde continuaría la misma cacería. 

Jamás sabré si lo descubrí, lo fui inventando para aliviar la mente, si fue suerte consoladora o reverso de otra desgracia y los hechos ocurrieron de la siguiente manera. Al espíritu como el mío son suficiente tres o cuatro noches para crear una costumbre. Cuando digo costumbre quiero decir recorrido, itinerario, repetidas veredas de las mismas calles e idénticas esquinas donde cambiar de dirección. Atípicas pendientes hasta llegar al cauce y alcanzar la vastedad del ancho paisaje de río, que para mí tenía algo de último y confrontación próxima con la muerte tan callada. Olvidamos demasiado seguido que el Uruguay es un río, los Orientales debemos tener algo de anfibios tirados con desdén en la historia. Nada buscaba de particular, era encontrarme y descubrir otra intriga donde crecía el complot que me designó culpable de actos aborrecibles; estaba siendo acorralado por detalles cuya acumulación, sumada a mi desesperación me llevarían a la confesión de crímenes ajenos. Estoy convencido –si la situación y la forma del delito hubiera sido menos horrorosa- que habría confesado a las pocas horas del asedio para escapar a la espera. 

Los nervios, cada uno de ellos, la fuerza conjunta del sistema del encéfalo y la médula espinal recomenzaban su tarea demoledora. Una imponente estructura metálica se derrumbaba, en determinado momento sucede que todo se altera y un pensamiento malsano demora en irse, la idea impertinente se entrevera, olvidamos doblar una esquina habitual: lo hacemos en la otra, consolándonos tarde con la esperanza de recuperar luego el trayecto correcto, hacer las maniobras necesarias para recobrar la costumbre. Debió de ser así, la calle que tomé por error extravió la línea recta e insinuaba un viaje sin retorno, curva pronunciada hasta un lugar desde el cual, mirando hacia atrás se disolvían los puntos iniciales de referencia. Era cuestión de un par de metros y suficientes para establecer la diferencia, algo conducía sin resistencia de mi parte hacia la bruma espesa, calle empedrada que era inicio de un puente pues debajo escuché correr el caudal de un río angosto y distinto al Uruguay, acaso fatigado final de un afluente faltante. 

Digo río porque existía un otro lado, segunda orilla que no parecía costa argentina, a la que se accedía mediante un puente tendido sobre un caudal de tiempo. Dudé de lo que estaba viendo y debí admitir su realidad, al final del camino empedrado de esa especie de puente, aguardaba una espesura de niebla ahumada y comienzo de algo evocando un poblado tudesco. Me faltó coraje para atravesarlo y allí donde quedé clavado por cobardía estaba equidistante a un caserío de siervos labradores. El humo de leña salía lento de unas chimeneas, alcancé a identificar la entrada de una taberna cervecera y escuché conversaciones en una lengua que desconocía; esa configuración de casas habitadas tampoco debía estar ahí. Verificando la cordura dubitativa volví sobre mis pasos siguiendo la curva del camino, al recobrar la visión primera del paisaje perdí de vista el estandarte de fogones humeantes y esforzándome por retener en la memoria referencias del callejón.

A la mañana siguiente e internado en un tercer segmento de sonambulismo, cuando pretendí regresar allí donde había estado, lo poco que logré fue perderme en el barrio pobre dando sobre el río con el estigma bíblico que sublevó las aguas. Advertí la persistencia del espectro de la inundación y una respiración sonora que estuvo a punto de sofocarme. Forcé suspender el pensamiento evitando conciliar acusadores conflictos lidiando en mi cabeza, poco me importaba saber si me seguían los hombres del inglés o el inglés mismo. Decidí negar lo vivido la noche del error y rearmé mi rutina nocturna, si bien para ellos podía ser la rata sedienta saliendo de madrugada a la búsqueda de víctimas propiciatorias. Constancia, me prescribí y ella consistía en volver sobre las estribaciones de parapetos de piedra, quedarme fumando mirando caer la ceniza en la correntada sin avanzar y sumando percepciones de pesadilla. Lo conseguí, era luminoso que se trataba de una cervecería de ambiente familiar; durante los cigarrillos que midieron mi espera nadie entró ni salió por la entrada principal siendo que yo observé la puerta sin distraerme. Escuché el pasaje de una embarcación deslizándose por el río como un animal sobreviviente y la confusión me impidió saber en qué dirección avanzaba esa chalana. 

Luego de la inútil guardia, cuando decidí regresar a casa escuché que debajo del puente en las arcadas de piedra, alguien, un hombre vestido de negro silbaba un aire lento que algo me recordaba. Fue así que lo supe, si algo del viaje a Salto, los nervios alterados, mi escritura afiebrada del Diario de la Inundación y el contencioso pendiente con el inglés debía ser solucionado, sería ahí mismo: en el puente de piedra y oyendo la melodía obstinada del desconocido. Antes de aceptar que la visión del caserío formaba parte de la realidad –algo maléfico escapando al control de los pobladores de la zona- preferí admitir que era paisaje mental de pesadilla, fruto tóxico de esponsales entre el cuello roto de padre y la visión del río envenenado. Dominio alucinante siendo refugio, lugar donde escapar a la mirada de los otros y la tenacidad del inglés tras mi confesión. Ese paisaje con chimeneas era mi otro lado del alma que se hacía visible suplantando los sueños, el dibujo en carbonilla de mi padre inconsciente; de ahí provenían las represiones, deseo y órdenes que rigieron mi vida. Ese paisaje de ninguna parte era cuartel general de mi existencia, caverna y laberinto, desierto, sótano y teatro, montaña al pina sin palacio ni monarca hereditario en la cumbre; panorama del reino inexistente, tiempo durando en el cinematógrafo, donde los actores dialogan en lenguas germánicas anunciando al gesto de padre en la casilla del jardinero. 

Estaba desdoblándome en paisajes amenazantes cuya alternancia comencé a manejar a voluntad. Ante el tío Francisco y Jésica pasaba por las desagradables secuelas de un retroceso febril; su opinión me era indiferente, ambas realidades eran muros enormes acercándose y los intersticios de lucidez que me dejaban eran de más en más estrechos. Las veces que avanzaba en el otro paisaje aumentaban los murmullos y seguía sin aparecer gente en la escena. La noche era cubierta por la niebla espesa escamoteándome la petrificada contundencia de formas, poblada de sonidos casi humanos y rondando peajes de lo incomprensible: lamentos, risas, gritos y susurros, carcajadas, la inflexión de insultos sin ser entendidos, algo de murmuraciones, tics del lenguaje, sollozos y jadeos rasgando el sentido sin terminar de revelarlo. Accedía al confín del poder del lenguaje, aguardaba en los pasos de frontera de terminales nerviosas y consciente del cortocircuito del sistema eléctrico que podría manifestarse de manera enfermiza: lo evidente modélico sin resistencia de la transferencia a principios de desquicio y alejamiento consecuente de la realidad, manteniendo equilibrio de límite y advirtiendo signos del vértigo, dándome las fuerzas necesarias para tentar un retorno a la casa de la inundación. 

Estaba la presencia del hombre silbando la melodía esa de aires nórdicos debajo del puente, santo y seña venido de un paraje destinado a pocos elegidos, marcando el comienzo de una ceremonia secreta. Himno del país aguardando al otro lado del puente de piedra para convertirme en huésped vitalicio. Ni siquiera la coherencia del Diario de la Inundación me pertenecía. En condiciones normales dudo que pueda referir lo que acaso escribí durante la reciente excitación, cuando retomé de manera compulsiva la redacción al regreso de mis incursiones nocturnas por otras regiones. Ahora leo lo que escribí hace unas horas mientras clareaba y quizá el viaje, las salidas, la escritura del Diario de la Inundación y mi pulsión de leer de inmediato pretendan entender el gesto de mi padre. 

«Vuelvo del lado donde se esconde la verdad agazapada. La noche está particularmente clara, quiero decir que una luz de luna próxima alcanza a colarse entre aislados nubarrones espesos. Puede que la luz provenga de altísimas farolas de gas. Es curiosos, tengo en la boca un gusto amargo de cerveza negra, una enorme cantidad de líquido oprime mi vejiga y la inundación de orina es inminente. Me propuse llegar hasta la casa, cuando creo dejar atrás los murmullos del pueblo de piedra y podría escuchar mis pasos de tanto silencio que me rodea, recomienza el hipnotismo audible del hombre que silba. Es el mensaje del desconocido sin identificar: somos sombras errantes cruzando nuestros destinos por casualidad, él y su melodía pertenecen al sueño de otro y son variante de interferencia. La locura es territorio compartido y niega la experiencia de la soledad, por ello nadie regresa y los que vuelven de simulacros de electrocución siguen conversando con aire triste, negándose a contar pormenores de allá. 

“Esta noche alguien se interpone entre nosotros dos, primero es una silueta avanzando y luego alguien con quien nos cruzamos. Es una niña y su aparición supone algo terrible. La tercera que va caminando para el otro lado del puente yendo hacia la melodía, atraída por ondas sonoras del vampiro nocturno como si fuera un caramelo elaborado en Dusseldorf. Me desespero pues ignoro si la niña es parte de mi sueño o del sueño del desconocido, si él es un músico de paso por Salto raptándome en su sueño que necesita un testigo para su ignominia o soy yo incluyéndolo a él en el mío e inventado una coartada que nadie, cuando mañana aparezca el cuerpo de la tercera niña tirado en un terraplén, llegará  a creerme».

Un apócrifo: «Martillo de jesuitas»

El relato integra un libro titulado “El misterio Horacio Q” editado en Montevideo la primera vez por Alberto Oreggioni en 1998 y luego en Buenos Aires (2005) por Alberto Díaz. Evocaba la figura de Horacio Quiroga en una suerte de homenaje inspirador, siguiendo dos líneas de trabajo de manera a la vez flexible y estricta provenientes del salteño. La primera de orden temático imponía orbitar algunos de los episodios de la vida atormentada del escritor; podía ser la muerte accidentada de un amigo en un simulacro de duelo o la tentación vanguardista del cinematógrafo. En el cuento presente quise dejar traza sublimada de la muerte violenta de su padre, en un accidente de caza cuando HQ venía de nacer, el suicidio terrible del padrastro cuando el aspirante a poeta modernista ingresaba en la edad adulta y antes del viaje a París. Dos escenas traumáticas en la vida de cualquier persona y tratándose de HQ potencian una dramaturgia de héroe maldito, en tanto que se suman a otras desgracias apiladas, haciendo inevitable una detestación de la vida que le tocó vivir, odio visceral por el ensañamiento en su contra de oscuras fuerzas del Destino, increpar a enemigos invisibles y blasfemar ante otras instancias superiores en la feria de las creencias.

El segundo mandato a seguir era respetar -sin el orden general estricto del texto- alguno de los preceptos contenidos en su famoso “Decálogo del perfecto cuentista” publicado en la Revista Babel de Buenos Aires en 1927. Aquí se trataba de glosar el fragmento VI: “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frio”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.” Había pues que concentrarse en esa frase hasta quedar encerrado e intentar transformarla en obsesión de historia individual. Machacar haciendo que -impedido por variaciones asfixiantes- el recurso de la repetición le diera un nuevo sentido fatal. Debería correr no demasiado lejos en la escritura un rio visible o invisible, el soplo en movimiento humanizando la naturaleza o atribuyéndole alguna intención amenazante. El viento que todo lo lleva, que anuncia temporal y que trae malas noticias, desata la tormenta con granos de arena del desierto e incita langostas devoradores de todo verdor perecedero. Además ese frio repetido… eso sensible que un ser humano puede calibrar en su temperatura entrando por los pies o el cuello, el frio aliviando de la humedad sofocante y que avisa la muerte si toca virazón, Las dificultades de resolver el relato daban vueltas como viento circular; así continuó la espera con anotaciones al margen y una mañana se juntaron los posibles dentro de la frase tajante, formaron la jangada imaginaria con olor a cadáver que se olfatea cuando la presa del cuento está cerca.

Por la violencia trabajó algo la memoria personal de la historia reciente y psicologías fronterizas de Acevedo Díaz, pero si se la mantiene en actividad exclusiva rondando el testimonio la ficción intransigente huye despavorida como animal acorralado. Se podía dar rienda suelta a la ficción; sin ese olor a sangre humana y carcazas pudriéndose que llegaba desde el rio Uruguay, la intención original marchaba corriente abajo y naufragaba la dosis justa de convicción. Quedaba pendiente lo más complicado de acceder al delirio -la escena debía resolverse en delirio- desde datos concretos; recordé las lecturas del propio Quiroga donde la vida cambia en un segundo y que todos conocen aunque hayan leído “A la deriva” una sola vez en la vida. Hay un hombre que se llama Paulino y tiene una mujer llamada Dorotea. Está a cinco horas de navegación del pueblo Tucurú – Pucú y se enemistó por asuntos pasados con el compadre Álvez. Recuerda otro conocido llamado Gaona, su ex patrón míster Dougald y el recibidos de madera, un tal Lorenzo Cubilla al que conoció un jueves de semana santa. Toda la sangre del pasado está envenenada por la mordedura de la yararacusú, en las venas circula la infección que pudre el cuerpo y llega al cerebro. En ese trance irreversible los hombres solo pueden distinguir el teatro negro donde se representa el cuadro de la muerte. Eso ocurre en el medio del rio que es también el de Manrique y desde donde soplaba un viento frío, que a Paulino lo dejó indiferente pues no distingue el agua de la caña: ¿lo de Cubilla fue un jueves o un viernes?

Aunque se destile en otros alambiques narrativos, la maldición de las Misiones sigue goteando cada tanto veneno sin antídoto. Se pueden cambiar los nombres de la cartelera, algunos contexto de rancho familiar y ser otra la noche del cazador de los curas traidores con Odio Amor tatuado en las falanges. Una verdad reptante sigue avanzando a la deriva desde 1927: desde el río soplaba el viento frío.

Recibimos y Publicamos

“… un buen lector de cuentos distinguirá infaliblemente entre lo que viene de un territorio indefinible y ominoso, y el producto de un mero métier.

Julio Cortázar

El desconocimiento, cuando se suma con ingratitud y ligereza en los juicios de ciertos escritores permite que, tras el aparente expediente de la ficción, se deslicen graves inexactitudes. Algunas como las reveladas en el relato “La puerta condenada”, cuya autoría se atribuye el señor Julio Cortázar  (J.C. de aquí en adelante), responden muy poco a razones digamos inconscientes. 

Mucho menos pueden ser atribuibles a un descuido, olvido o error involuntario. Es más, nos atrevemos a afirmar que en la insidiosa búsqueda de efectos creativos, poco le importó al antedicho crear un clima de sospechas infundadas sobre una empresa –como la nuestra- que goza de muy buena estrella a lo largo de una trayectoria y que sabe también del halago fuera de fronteras. Hablamos de estrellas utilizando esa imagen primordial en su recta interpretación, no en el sentido semi-estadístico y difuso que jerarquiza discotecas, filmes y hoteles haciendo variar las virtudes del servicio en un orden creciente que llega hasta cinco. Nunca a siete, asunto que haría las delicias de un psicólogo inclinado a interpretaciones cabalísticas. 

Bien sabemos con anticipación las posibles respuestas del destinatario indirecto de estas aclaraciones a nuestro ineludible emprendimiento: orgulloso desinterés, sonrisa irónica, comentario superficial entre pseudo intelectuales y en la mejor de las hipótesis el silencio. A pesar de ello o precisamente a causa del desdén referido, estamos seguros que con precisiones como las que siguen, iremos depurando la mal llamada literatura de párrafos con juicios apresurados sobre el Hotel Cervantes –referencia obligada de la hotelería montevideana-, que responden a intereses, si no foráneos al menos de origen incierto e indudable mal gusto. 

Las musas inmortales jamás descenderían a la agresión vedada y la insinuación de hechos extraños que desde ya con irrevocable firmeza imputamos como falsos. Hechas las aclaraciones preliminares imprescindibles, pasemos a las puntualizaciones pertinentes con la certeza de que el amigo lector –cliente o no de nuestro hotel- sabrá comprendernos.

1) Los meticulosos registros del Hotel no guardan memoria de ningún “Petrone” de profesión comisionista. Hay sí un Padrone (pasajero de Salto Oriental) que figura entre nuestros primeros huéspedes, y claro el insigne actor dramático Francisco Petrone, que durmió varias noches en la habitación Nº 17. Alguien que, nos consta, jamás se prestaría a contar sus experiencias íntimas a un escriba de segunda categoría. 

Ello, que surge de la confrontación con nuestro minucioso archivo nos lleva a sostener que el tal “Petrone” nunca firmó nuestro libro de ingreso. Pudiera ser y tal posibilidad escapa a nuestro control, el alias de alguien que por razones que preferimos ignorar, optó por cambiar de apellido encubriendo actividades bien camufladas bajo la denominación de “negocios”.

2) Sombrío, tranquilo y desierto. Con tan solo tres adjetivos ambivalentes se tipifica a nuestro Hotel, apenas nos complace el segundo; dejamos los restantes a criterio de nuestra selecta clientela que, algunas pocas veces es injustamente estigmatizada por individuos que tras su “tranquila” apariencia, ocultan su pasado “sombrío” y un alma “desierta” de sentimientos positivos.

3) Los pesados discos de bronce que estaban unidos a las llaves de recepción no eran un “inocente recurso de la gerencia”. Se trataba de un detalle estético que ni el señor J.C. ni su falso Petrone llegaron a percibir. En los referidos discos el artista maragato y de color Eusebio Saravia, cuyo lamentado deceso meses atrás todavía se recuerda, nos obsequió con una maternidad en bajo relieve que requería ese espacio circular para ser apreciado debidamente. 

Al dorso, simulando con delicadeza una edición de tirada limitada cara a los diletantes, aparecían los números de habitación que coincidían, una a una, con la totalidad de las puertas del hotel.

4) La abundante salida de agua hirviendo es presentada como una carencia casi, un defecto lindando el escándalo. No salimos de nuestro asombro. En la hotelería el agua caliente es tan preciada como la blancura de las sábanas y el silencio en corredores de los pisos superiores. Canillas incluidas, grifos si nos atenemos a una definición más castiza, todo en nosotros corresponde a una arquitectura que busca integrar, con armonía, la totalidad de detalles imprescindibles a un reposo circunstancial.

5) Es extraño que al autor de la historia le sorprenda la abundancia de perchas en nuestros roperos. En otro espíritu más honesto ello sería la confirmación de la calidad de nuestros muebles y cierta majestad recatada. A la mirada maledicente de J.C. sin embargo, le inspira el siguiente comentario: “había cajones y estantes de sobra.”

6) El Sr. Menéndez –el personaje alto, flaco y calvo referido en el relato citado- se desempeñó como gerente en el Hotel entre los años 1941 y 1956. Toda una trayectoria intachable cegada de manera fulminante por una trombosis que pudo con su vida. A pesar de que su voz fuerte y sonora parecía de uruguayo, debemos recordar que nació en Bélgica en 1914 de padres argentinos.

7) Aseverar que todas las orientales se visten mal es de una ligereza incomprensible lindando la grosería; tan inconveniente como emitir un juicio sobre sus maneras de desvestirse. 

8) El empleado con acento alemán y transformado en personaje circunstancial por J.C. era un conocido murguista, nacido en el Paso del Molino, que utilizaba esa absurda artimaña aprendida del suegro “para impresionar en especial a los cajetillas porteños”, como afirmaba con sentido del humor. Cuando lo desenmascaramos en plena impostura por supuesto fue invitado, con amabilidad, a abandonar sus actividades en el hotel.

9) ¿Qué réplica de la Venus de Milo no parece nefasta cuando recordamos la pieza original? Con un poco de buena voluntad puede superarse esa impresión previsible. Nada puede esperarse de quien sólo tiene ojos y oídos críticos para aislar detalles que, más que al límpido mundo del arte, integran el inframundo de torcidas imaginaciones.

10) La plaza Independencia contrariamente a lo que se sostiene, ha dejado de tener bodegones. Del pasatista placer de la comida indigesta hemos avanzado al patriota recogimiento histórico, construyendo un bonito mausoleo en homenaje al padre de nuestra nacionalidad. Ya es punto obligado de todos aquellos visitantes ávidos de bellezas patrimoniales del Montevideo turístico, otrora llamada La Coqueta.

11) Por lo visto la injuria del tiempo y otra justicia ajena a los hombres se ensañó con el texto en cuestión, deslegitimando la casi totalidad de sus afirmaciones. Otro ejemplo: al lado del hotel ya no hay un cine. Estamos cerca de un encantador teatro –la Sala Verdi- donde alterna nuestra prestigiosa Comedia Nacional. Cervantes y Verdi… el destino quiso que en padrones contiguos coexistan los maestros del idioma y el bel canto. Entre clásicos estamos, suele recordar con orgullo inocultable el actual propietario del Hotel.

12) Hace mucho tiempo que en Montevideo y en consecuencia por la calle Soriano dejaron de circular los tranvías. Otra inexactitud que se suma para que el lector siga sacando sus propias conclusiones y van…

13) Nuestro edificio fue concebido desde el primer momento y la piedra inicial para albergar un hotel. De haber sido pensado para casa de uso particular, rápidamente habría sido una casa tomada. Un arquitecto italiano fue responsable del proyecto y un constructor de la misma nacionalidad lo concretó en apenas once meses. 

Que el autor citado tenga problemas, como es de público conocimiento con determinados espacios –rings, rayuelas, decimonónicos pasajes parisinos, autopistas-, que la construcción de sus relatos y novelas (de alguna manera hay que llamarlos) transite por la demolición de arquitecturas precedentes, es una tendencia que puede ser admitida. Siempre y cuando, en dichos textos, no haya referencias concretas a espacios que puedan ser puestos en entredicho mediante la astucia falaz de hacer referencia degradante a su buen nombre. Lejos de nosotros está el emitir juicios estéticos; defendemos por la escritura primero y si fuera imprescindible con las armas legales del Derecho privado una trayectoria ejemplar, inmaculada e intachable.

14) Múltiples inspecciones municipales (tenemos en nuestro poder certificados notariales que dan fe de ello) nunca evidenciaron la existencia en el Hotel Cervantes de “puertas condenadas”. Es probable que los sucesivos copetines en Pocitos y el confesado exceso de malos borgoñas en dudosos bodegones inexistentes, lograsen alterar ciertas percepciones haciendo ver lo otro más allá de la realidad. Queremos ser prudentes, pues nos consta la existencia de “procedimientos” mediante los cuales el supuesto Petrone pudo acceder a planos paralelos de la percepción, tan apreciados por escritores que frecuentan la bohemia parisina.

15) Ello explica tal vez el encadenamiento compacto de los sucesos referidos. Claro: de ver puertas donde no las hay a escuchar llantos de niños en la noche hay un pequeño paso, una mínima dosis… de imaginación en polvo.

16) “Petrone imaginó a un niño –un varón no sabía por qué- débil y enfermo, de cara consumida y movimientos apagados.” La cita es textual, pedimos al paciente lector que observe con atención y medite unos segundos sobre el verbo elegido por el señor J.C. Un verbo irregular y así de peligroso puede dar lugar a infinitas conclusiones, que desbordan las modestas fronteras de un hotel por más que el hotel se llame Cervantes.

17) Si en su momento la gerencia afirmó que no había un niño en el Hotel, no lo había. Mucho menos un ESO en negrita en el original. ¿Eso qué? ¿Un monstruo, fantasma, espectro, ente, un marciano, algo? ¿Por qué no un yo o tal vez un aquello? De acuerdo a lo sugerido en el cuento, en nuestras promociones publicitarias deberíamos modificar nuestro reconocido “ambiente familiar”, por un “ambiente fantasmal” y recordar, en consecuencia, entre nuestros clientes fieles a personajes de la pésima literatura de terror.

18) El Cabaret al que se hace mención en cierto momento del relato puede haber sido cualquiera de los que abundan en los bajos fondos de la ciudad. Nuestros servicios excluyen ese tipo de información periférica, tampoco mantenemos convenios con establecimientos del ambiente nocturno de consabidas actividades.

19) La noche del Cabaret sin nombre es pues la misma noche de los armarios desplazados, sospecha de farsas monstruosas, intuición de respuestas guturales, sueños alterados y vísperas de huidas. Todo lo que sucede dentro del cuento en una misma noche… Se perdonará que nos excusemos de tentar consideraciones secundarias y explicaciones. De hacerlo entraríamos en dominios que trascienden la jurisdicción del hotel, adentrándonos en cuestiones que apuntan a la coherencia mental de Petrone y del personaje que inventó a Petrone.

Eran, como viene de demostrarse episodios demasiado graves para que permaneciéramos en un complaciente silencio.

20) Honor es recordar que en relación a niños, el Cervantes tiene memoria de un capítulo aislado. A la semana de inaugurado el hotel, en el segundo piso, el hijo de una camarera murió de un acceso de tos mientras su madre dormía profundamente. Eso ocurrió muchos años antes de que el Sr. Menéndez fuera designado gerente. El asunto se manejó con preocupación y lógica discreción. A las seis de la mañana (el niño murió a las 2.30 de la madrugada) el episodio estaba cerrado en sus detalles espectaculares y la mucama ubicada en otro hotel céntrico, para evitarle malos recuerdos. Desde entonces hemos dejado de aceptar niños menores de tres años acaso sin razón, pero la presunción de que el incidente pueda reproducirse es parte del patrimonio del Hotel, de su memoria indocumentada. Fue un hecho lamentable del que a nadie puede culparse. 

Si alguien pretende hacer de ello un tema de cuento, el autor muy bien podría haber comenzado con “en un lugar de San Felipe y Santiago, de cuyo nombre no quiero acordarme…” pero el genio de la lengua, que conlleva la virtud del silencio es como el otro cielo: son muchos los llamados y pocos los elegidos.

Cúmplenos recordar que en este hotel sueña y se peina ante los espejos el señor Jorge Luis Borges –escritor de ficciones que hace honor a su arte- cuando visita Montevideo; sin que por ello crea ver en los pasillos del segundo piso laberintos cretenses, ni tigres de Bengala o minotauros carniceros en la mansa apariencia de nuestras camareras criollas. 

En un terreno más práctico queremos recordar que los prestigios literarios, incluida a nuestro pesar la presente aclaración, no afectan nuestras módicas tarifas, con precios especiales para los sejours  de fin de semana.

Por el HOTEL CERVANTES de Montevideo (Uruguay):

 (sigue una firma ilegible)

Los marinos cantores

Durante muchos años enseñé el Nocturno de Darío dedicado a Mariano de Cavia y tan maravilloso

Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero ruido…

Durante la lectura -además de la angustia madura del nicaragüense- es luminoso percibir el murmullo nocturno avanzando mientras convoca avatares ambiguos y estimulantes, temas declinados por la tradición literaria al infinito. Pienso en la enigmática noche de Antonioni y la oscura del alma, las noches de circo de la filmografía sueca y otra pasada en la Opera con los hermanos Marx, la noche del cazador tras el rastro sanguinario del reverendo Harry Powell y el largo viaje de la novela hacia el crepúsculo con Céline. Rondando ese motivo de lo maléfico viniendo de las sombras, imaginé lo que pudo ocurrir durante una noche de tablado de aquellos populares de los años cincuenta en Montevideo; por eso los elementos del kit que componen el cuento son similares a los de mi infancia: llegar al club todavía con sol y monedas para tres churros, jugar al futbolito por la ficha, leer las letras de Jardineros de Harlem escritas por Amuedo que era vecino del barrio. Ver la mágica entrada en éxtasis inolvidable de Tito Pastrana, dirigiendo tan solo la batería de La nueva milonga ya abajo del tablado a menos de dos metros. En mi memoria aquellas eran semanas felices y sin embargo recuerdo otras inquietudes, temores súbitos, la superstición del vecindario y fuleros berretines asomando prematuros en la niñez. Es suficiente en toda circunstancia una pequeña distracción en la cronología para que se inicie y entre en funcionamiento la tramoya trágica. Así, el autor del cuento adulto organizó al marco general partiendo de lo real transfigurado por la evocación; el narrador entrenado operó las distorsiones, el agregado de lecturas y pactos necesarios para que el relato fuera posible. El título tiende hacia la verosimilitud, quizá hubiera sido más popular citar una murga como lo vengo de hacer, pero esa categoría ha reinado luego en las últimas décadas con tanta suficiencia que parecía rugoso recuperar la fascinación infantil. Habiendo visto antes de ir al liceo a Pastrana, a Pepino, a Martha Gularte y asistido a ensayos de Los Saltimbanquis en el Cyssa Maroñas cancha original, donde jugaba al básquet mi tío Rubén uno puede entonar tranquilo la despedida; los murguistas además desconfían de los profesorcitos de literatura metidos en su marcha camión, como sucedió con el Bocha Benavides. Había en aquellos carnavales crédulos hospitalidad para números artísticos como Los marinos cantores que cantaban lindo con un repertorio entre cantina, kermesse y brindis de gala. Me gustaba su estampa con uniformes de marineros de agua dulce y -quien sabe- si no había en mí un deseo nunca cumplido de embarcar de verdad con un gorro de ballenero. Después la vida decide diferente, uno queda varado entre los botes a remo de la costa montevideana; por fortuna, estaban por ahí los profesores de literatura del liceo 14. Entonces entiende las lágrimas en la lluvia del androide replicante Roy Batti: estuve en una de las naves aqueas que alcanzaron la costa troyana antes del desembarco de Protesilao, en el Pequod mientras Achab clavó el doblón de oro en el mástil, sobre el barco navegando el río Congo cuando fuimos a buscar a Kurtz al corazón de las tinieblas y hace poco me sumergí una temporada en el submarino Peral. Padre marchaba a trabajar cada día al otro lado del Cerro de Montevideo en remolcador y fui polizonte en los astilleros de Saint-Nazaire; quizá la memoria de los mayores y la historia del abuelo Nazario ayudó. Con sus hermanos Osvaldo y Máximo cuando desde el barco que los traía del país vasco vieron costa uruguaya, decidieron que Buenos Aires estaba lejos, se tiraron por la borda y llegaron a nado por ahí; esa era la leyenda familiar que decidí que era verdadera.

Mientras en el tablado del cuento actuaban Los marinos cantores en la casa familiar del personaje central se filtraba el horror, el horror… preferí no decidirme por una solución detallada, creo que no hubiera podido escribirlo y más porque debió de parecerse a un cuento de Horacio Quiroga, espectro que siempre se cuela por alguna rendija cuando se trata de cuentos uruguayos. Eso es el final abierto del relato y que explica el inició holandés ya leído, la crónica marina alcoholizada de la redención que para mantenerse encendida necesita nunca tocar tierra. Una vez embarcados en el viaje del relato con el narrador liberamos las jarcia buscando con los trapos desplegados el punto velico y a falta de una práctica directa en esos menesteres, dejamos correr el relato entre leyendas y supersticiones. Después me tocó salir a varias ciudades pero siempre en avión y sin embargo, podría decir que una parte mía permaneció en la orilla donde mueren las olas, en la arena mojada de la playa Malvín, mirando el roquedal asomando a unos cientos de metros río adentro; que se llamaba isla de las gaviotas. Para mis siete años crédulos esas peñas asomando se volvían Ítaca y Barataria, se parecían a la isla de los esqueletos, anunciaban Saint-Louis sobre el Sena, If para meditar las revanchas y Santa Helena cuando llega el exilio definitivo. Eran Avalon de las manzanas donde dicen las leyendas que se forjó Excalibur, vive Morgana con sus hermanas y reposan los restos del hijo legendario de Uter Pendragon.

Más allá del Bósforo están los universos

la cortina de tiempo entre olvido y deseo
mas nunca se atraviesa el espejo
de la propia memoria

Manuel Vázquez Montalbán

Siendo yo niño igual que mi segundo nieto, era un forofo incondicional del balompié y mi corazón latía cada fin de semana por los colores del Danubio Fútbol Club, camiseta blanca y banda diagonal negra. Han pasado luego muchos equinoccios con dos vidas seguidas y había olvidado que esa flaqueza fue la causa de mi exilio expedito treinta años atrás; desde entonces jamás pisé un estadio, ni el mismo Camp Nou del barrio de Les Corts. Muy de vez en cuando sigo un match por la televisión y nunca llego al final, me conformo con saber que la emoción quedará en suspenso teñido de proscrastinación: siempre hay puntos en disputa y la pesadilla atlética recomenzará la semana siguiente.

Por mi abuelo paterno nacido en Mataró –él tenía cierto orgullo ferroviario de haber sido el primer destino de un tren español- y el hecho de que quedaban algunos lejanos parientes de la línea materna con vida, luego de varias semanas extraviándome sonámbulo por el Ensanche, me instalé en la ciudad de mis ancestros y pasada la convalecencia del destierro comencé a negociar con los franceses. De muchacho no tuve intenciones serias de cambiar el mundo que tanto se resiste sin ser tampoco un indiferente; me apliqué pues a vivir mi vida de corredor de comercio, formar una familia, navegar con vela latina recuerdos imborrables de otra vida anterior y mi ciudad de nacimiento, que se volvió estación de tránsito para la novela familiar.

El abuelo me contó, creo que era un farol inocente para sobrellevar el alma peregrina afectada, que nació el mismo año que el divino Ricardo Zamora y lo había visto permanecer invicto en una tarde de epifanía deportiva;  de acuerdo a su oda olímpica reiterada, era igual al dios Apolo cuando condesciende a mezclarse con los mortales durante el sitio de Troya. Me hizo aprender de memoria, como si fuera un poema melancólico de Manolo Vázquez Montalbán, la alineación del Barcelona el año de mi nacimiento. Hasta la coleccionó en cromos de colores y nunca supe cómo llegaron esos figurines hasta la casa: Antoní Ramallets, Biosca y Seguer, Martín, Gonzalvo III y Bosch, Aldecoa, Basora, Manchón, Kubala y Vila.

-¡Y el mister era Daucík!

Desde una tarde insumergible en el olvido cuando todo cambió, soy adepto convencido del efecto mariposa en su vertiente irónica y del Laberinto de Fortuna de Juan de Mena. Mi nieto vino a pasar el día en casa –los padres trabajan cuando les dan libre a los críos en el colegio- teníamos la tarde para nosotros y yo debería devolverlo a Sarriá al caer la tarde. Le pregunté si quería ir al Parque de la Ciudadela a conocer animales fantásticos; cuando me dijo que prefería visitar la Sagrada Familia, temí que estuviera pasando una etapa beata, inducida por los otros abuelos muy de misa dominical. Tampoco era el momento de propinarle lecciones de historia patria y el origen del mundo tal cual es, acepté la curiosidad de la propuesta y marchamos pues al barrio de las diagonales, donde viví las primeras siete semanas cuando llegué de allá apenas  con lo puesto. 

-Vamos por aquí papi, el carrer de Provença es muy bonito, me dijo el chaval, que al parecer conocía la zona como la palma de la mano.

Le seguí los pasos y de repente nos detuvimos frente al 439. Al principio, por la bulla reinante, pensé que sería una heladería Ben & Jerry’s o un nuevo cine donde echaban una peli del Hombre Araña. Era la sucursal Sagrada Familia de la tienda oficial del FC Barcelona.

-¿Vinimos a buscar algo concreto?, le pregunté y pensé en mi abuelo admirador del Divino Zamora, portero de vuelo fluctuante en sus fidelidades al “més que un club”.

El peque me contestó con un signo afirmativo de cabeza e ingresamos en el llamado showroom de lo que antes era una peña bulliciosa de gente modesta. Aquello evocaba una instalación desmesurada casi de ciencia ficción: planeta lejano de seres de apariencia androide, Legión Extranjera con nuevas fidelidades mercenarias, adoración de gente entregada hasta el martirio cuando se aglutina en multitudes, pantallas plurales mareando el entendimiento con decenas de cámaras, estadísticas de Liga, temporadas internacionales programadas e inversiones de árabes con pasta gansa, salario sideral de deportistas tatuados hasta el culo, culto sublimado a la personalidad que haría palidecer de envidia al padrecito de los pueblos, y otro mundo paralelo mutante de objetos cotidianos coloreados de blaugrana. 

Algo ahí en ese ambiente capta la voluntad de los niños de todos los orígenes planetarios –había chicas que debían ser suecas por lo rubias y chinitos que entraban a saco, compraban con avidez milenarista a golpe de tarjeta, renovando el mito del peligro amarillo urdiéndose en Shangai- y mi nieto, que es listillo, marchó en piloto automático hacia una zona precisa de local. 

No era el único, había varios en su misma situación y todos hacia la novedad: el número 9 de Luís Suárez, fichaje reciente que venía de ser pichichi de la Liga inglesa con el Liverpool. Hay estrellas que prefieren los mayorcitos y la plantilla del Barça tenía para elegir, pero los más pequeños quieren a Suárez “porque es como nosotros en el jardín” me comentó mi nieto, desestimando algunos defectos del charrúa, considerados por la infancia cualidad secreta y complicidad de empatía.

-Maricones, decía mi abuelo cuando se comenzaron a contratar holandeses en la Condal. Para centro delantero con cojones hay que ir a la temporada 58 y el húngaro Zoltán Czibor. Esos eran hombres….

Yo estaba en las antípodas del match interrumpido que cambió para siempre el rumbo de mi vida, mi nieto me hizo una finta astuta y fueron los dientes tan mentados de Suárez que mordieron la memoria de mi juventud. Recordaba cada detalle, podía revivirlos como si se tratara de un viejo film mudo en blanco y negro y no en condición de testigo interesado; podía dudar acaso entre si era algo soñado, borroneado por el recuerdo o había sucedido en la dimensión real de lo tangible.

Luego del desastre mortal escamoteado, recorrí los muelles durante semanas tratando de saber lo ocurrido, hallé testimonios diferentes del miedo todavía caliente, aparecían datos desguazados y faltaban piezas esenciales del puzzle; se hablaba de pelea accidentada pero en ninguna versión de final trágico. El amigo fallecido nunca existió para nadie del barrio, lo arrastró la marea nauseabunda que desbordó cloacas de la ciudad vieja y había algo que se olfateaba recorriendo sin buscar: ecos de lo ocurrido, inocencia ficticia haciendo dudar de la veracidad de las historias, como si despacio la verdad cediera terreno a poderes censurados de la imaginación. Estaba empecinado e inconsolable, preguntaba mucho buscando respuestas improbables sin terminar de resignarme. Con insistencia imprudente de justiciero blanco y me lo hicieron saber; la última vez de tal manera a punta de pistola con cara descubierta, que un jueves impar me subí apenas con un bolso de mano al primer avión rumbo a El Prat. Era el viajero que huye y sin mirar hacia atrás para retener el paisaje detestado de la patria perdida. 

Estábamos a mediados de los setenta. En esos meses teníamos pocas cosas para hacer además de rumiar la derrota en toda la línea, me fastidiaba el cine como distracción, la vida sentimental era desierto de escorpiones venenosos y el rencor me separó de la vida social militante de base. Los fines de semana se me caían de la vida apática como brevas maduras destilando melaza y así tenía que ser. Fue promediando el otoño con Mayo húmedo desde principio a fin, lluvioso de semana interminable y taimado sol dominical como magro consuelo, con vaho caluroso de charcos estancados, color gris de veredas y baldosas cariadas que nunca terminan de secarse. 

Recuerdo que tuve lío en casa por alguna tontería y preferí largarme a caminar sin nadie que me incordiara; quería ver costa hasta cansar la vista, caminar junto al estruendo del río como mar color león moribundo y olas rotas pegando contra los murallones. Eran pocas cuadras, sin pensarlo me dejé ir por la pendiente de la calle de nuestra casa y en menos de diez minutos estaba confrontado al horizonte marino. Irrumpen primero ruidos confusos, gritos sueltos, risas espontáneas de espectadores destinados al drama. Descubrí como siempre la chimenea de ladrillos emergiendo del mar, desde que tengo memoria está apagada, pronta no sé para qué humo de cuál fuego lento de qué incendio eventual que consuma la ciudad. 

La gente va por allí como si nada, buscando algo que ignoran y sin captar la opresión creciente del paisaje. Me recostaba en bancos públicos de cemento que había en el costado de la Escuela de Enfermeras Carlos Nery cerca de la chapa de calle: Juan Lindolfo Cuestas. Sobre esa pared hay escrito ARMADA NACIONAL. CAMPO DEPORTIVO GURUYÚ, allí se armaban los fines de semana unos desafíos de fútbol amateur entre equipos que nunca llegué a conocer de cerca. Al frente y a la izquierda está fijada la placa metálica que reza Rambla Naciones Unidas, más a la derecha y recostado a la cancha el monolito que dice Rambla Francia y tiene detalle de mujer con gorro del escultor Juan Zorrilla de San Martín. Pegado al monolito hay plantados tres mástiles para izar en días de conmemoración quién sabe qué pabellones de advertencia, a la izquierda una garita de policía que con el paso del tiempo sustituyó los vidrios por pedazos de nylon. 

Desde atrás de una de las porterías se distinguen grúas de carga del puerto quietas del domingo, la inclinada trama distante del Cerro disidente rematando en faro, el edificio –siempre cerrado- del Servicio de Iluminación y Balizamiento. Hacia la izquierda la canchita de baby fútbol, tirando a la derecha la torreta de vigilancia mirando al sur. La amenaza soterrada de los focos de luces, el nervio fosilizado de la escollera largo de un kilómetro y el batallón centenario de la Armada Nacional. Era el escenario ideal para instalar en el medio el prototipo del submarino Peral, en homenaje a la parte sumergida del iceberg de tramoyas golpistas.

El carrito del manisero –maqueta triste de locomotora pionera entrando a Mataró en 1848- hundía las ruedas en el barro de Mayo, el olor ácido a tablitas incineradas con restos de pintura me envolvía cuando pasaba por el lugar. Allí la gente es tan modesta que ni hay niños en harapos pidiendo monedas, acaso algún perro que por ser cachorro todavía se desentiende del entorno y continuaba hurgando inútilmente en bolsas de basura. Los vendedores de baratijas caminan con paso cansado presintiendo el fracaso de la empresa, hacia los meses templados aparecen carritos de refrescos y heladeros ambulantes. Suelen verse cuando hace calor hileras de automóviles, gente que viene a matar el tiempo pegajoso sin pensar en nada. 

La tarde que cuenta, con pálido sol y viento persistente le daba ventaja inesperada a quienes atacaban para el lado del Parque Rodó. A pesar de lo agresivo del clima, los últimos días la canchita estaba cuidada como corresponde a un bien inalienable de la Patria. Si antes de los sucesos yo había visto equipos de estudiantes y vagos jugando con compañeros del barrio o socios del Club de Pesca, en esa época el recinto estaba prohibido para otros deportistas que no fueran militares. Los contrincantes citados estaban prolijos, concentrados en los minutos previos al comienzo del match. Amarillos y rojos, verdes y azules tenían equipos completos, zapatos nuevos, camisetas flamantes como si fuera el inicio del Scudetto en el estadio olímpico de Roma; sin ese descolorido de números y medias zurcidas de rejuntados de fábricas textiles, en canchas de vestuario a la intemperie sin ni siquiera una ducha de agua fría. 

El corte de pelo idéntico y cortito, la forma disciplinada de las pantorrillas hacían ver que tenían la misma preparación física, por los gritos para darse ánimo se advertía que había hombres del ejercito y otros de la marina. Dentro del ocupante usurpador del país eran claras las jerarquías sociales, los once del ejército eran oriundos de departamentos fronterizos, hablaban en portuñol aproximativo, eran chaparritos, peonada parada sin trabajo rural; los marinos eran altos, mejor alimentados en la infancia e igual de chambones, lo suyo era la neutralidad del océano más que los deportes en tierra firme. Podía ser la segunda división del regimiento Nº 22 con asiento en Minas de Corrales y los otros igual de aleatorios, cambiando la ciudad por nombre de buque insignia amarrado con artillería antiaérea averiada. 

Los hijos naturales de la ciudad vieja miraban eso como un circo de maravillas en función continua –estrategia de relaciones públicas de las autoridades al rescate del ser nacional- con admiración de desocupado alienado. Los equipos Le Coq Sportif, Adidas y zapatillas Puma a lo Diego Armando, el héroe santificado del Nápoles. Los vecinitos corrían cuando la pelota iba lejos del perímetro del terreno de juego, a riesgo de ser atropellados por un ciclista perseguido por un perro tirando tarascones; eso era lo de menos en la vida, lo esencial era tener en las manos el balón y patearlo hacia el uniformado más próximo. Se trataba de verlos jugar a ellos dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, ser espectador boquiabierto de la diversión mente sana en cuerpo sano entre ellos. 

Había sin embargo una atmósfera extraña habitando el evento, a mí al menos me lo pareció desde la pitada inicial. Mirándolos de cerca se presentía una violencia creciente en los primeros minutos, eran flagrantes los trancazos para detener el avance contrario y la pierna se interponía alta con intención de hacer mal hasta el quiebre. Los tapones se hundían rabiosos contra el barro, la agresión al adversario sin fingirla en un movimiento excesivo del juego, el insulto escupido cuando el balón era disputado por una banal incidencia del juego. 

-¿Cuánto van?, me pregunté uno que llegaba mateando.

-Cero a cero y esto termina mal, le dije.

Cuando finalizaron los primeros cuarenta y cinco minutos los tipos equipados se fueron desconformes y envenenados. Intercambiando reproches inventados sobre instancias del encuentro, se miraban unos a otros cruzando interjecciones guturales y odio exponencial. Los del ejército jurándole lo peor a los de la marina y viceversa, ambas escuadras quedaron luego fuera de la visión de los mirones; marcharon al interior de las instalaciones buscando calma, obediencia debida, la orden de superiores y que tendría una sola versión aceptable: la victoria es el único objetivo de la batalla. Seguro que durante ese partido amistoso se estaba decidiendo una jerarquía interna entre fuerzas en el poder, acaso apenas el desafío viril entre graduados presumidos del estado físico y espíritu ganador de la tropa bajo su mando. Elogios exagerados del primer trago compartido que se vuelve broma pesada en el tercero, desafío abierto y apuesta con provocación cuando piden el quinto etiqueta negra. 

Desistí de caminar hasta el bar de la esquina a beber una copa de algo fuerte y que pudiera distraerme, cada minuto que pasaba también en el descanso se cargaba de pésimos presentimientos. Como si en pocos minutos los árbitros hubieran asumido la gravedad de la situación, ellos permanecieron a un costado distanciándose del drama en bambalinas. Los jueces de línea los eligieron entre sus huestes cada uno de los equipos y el árbitro principal –ignorante del trofeo real del enfrentamiento él permanecía parado en mitad del terreno- era un amigo querido de la barriada. 

Los padres del tano Nicola tenían una mercería en la calle Colón y no estaba en sus planes mudarse a un barrio de más solera, estaban bien ahí y siempre es bueno tener el mar como horizonte por si acaso. El muchacho, un rubiales simpático de ojos azules, cursaba el internado en el hospital Maciel y estaba a dos exámenes del diploma de medicina; desde hacía años, haciéndole favores a los conocidos del barrio y porque le gustaba, se acomodó en el arbitraje amateur. Para el partido que venía de cerrar el primer acto, como los adversarios pretendían un alguien neutral que vigilara las acciones evitando favoritismos, consultaron por ahí entre entendidos del asunto y finalmente lo eligieron a él. Cuando los padrinos designados fueron en embajada para aprobarlo no le dejaron opción ninguna: Nicola quedó entre la espada y la pared. 

A esa hora el hombre de negro estaba inquieto, supongo que por verse en medio de lío ajeno, en noventa minutos distintos de los vividos habitualmente entre camareros, funcionarios portuarios y vendedores de billetes de lotería. Me dediqué a observarlo por solidaridad y presentimiento, Nicola era el centro del mundo, actor principal del drama que se representaba bajo la apariencia de un episodio de confraternidad entre las fuerzas conjuntas, momento aparente de solaz y esparcimiento. Se había retirado después a prudente distancia, buscando la concentración necesaria y vinieron a su encuentro dos tipos de particular que eran idénticos. Desde donde yo estaba, mientras cruzaba la escena el carrito del manisero –como un organillero ambulante deshojando aires de chotis zarzuelero- se los distinguía gesticular explicaciones y en un segundo les ofreció el silbato, haciendo señas de que prefería irse de allí de inmediato. Los tipos lo calmaron con una vaga promesa de negociación en el vestuario, hasta parecía que todo volvería a la normalidad dentro de un rato. 

Lo creciente era el silencio y apenas se adivinaba el mar, el chillido de gaviotas agoreras anunciando el carro de la muerte. Por el corredor colonial de Juan Lindolfo Cuestas se escuchó el ruido de zapatos especiales para terreno pesado y arrastrar pantorrillas adversarias; ya venían ellos en la marcha triunfal, eran cascos de caballería mercenaria entrando al galope invadiendo ciudades apacibles. Esas piernas no decían las ganas de convertir el gol que decide el triunfo, la corrida en trote era de entrenamiento con mochila en la espalda y recuerdo del deber a suprimir en nombre de la Patria asediada. Hasta el sudor deportivo corría por la espalda siendo transpiración de guerra justa; era cadencia del uno dos uno dos uno dos aprontándose a la represión sin cuartel. Ningún sobreviviente ni prisionero dejado con vida cuando caiga la noche y bramido nocturno de comienzo de lucha. 

Nos inquietó a los mirones ese despliegue y más a mi, que tenía un amigo querido envuelto en las escaramuzas del combate inminente. Las bocas de seguidores implicados vomitaban bramidos de entrenamiento cuerpo a cuerpo y era inapropiado que el ejercicio fuera conocido por civiles pusilánimes. Del servicio de Iluminación y Balizamiento, del Centro de Instrucción de la Armada salieron dos contingentes uniformados unos y otros de civil. El segundo de los equipos en disputa, mostrando la supremacía en dotaciones presupuestales, su respeto a la pulcritud e imagen ante el pueblo había cambiado de indumentaria. La tierra amortiguó ese paso de marino sin familia entrando en refugio enemigo y el graduado abriendo la marcha llevaba el balón oficial entre las manos: era una granada armada pronta para detonar a la menor oscilación. 

Una vez los hombres dispuestos sobre el terreno se alinearon en mitades, prontos para la batalla decisiva de una historieta de fantasía heroica dibujada por Frank Frazetta. En ninguno de los casos los atletas dejaban de hacer ejercicios tratando de intimidar al adversario, haciéndole saber la derrota inevitable, llevarlo hasta la certeza de la inutilidad de toda iniciativa, de lo absurdo de oponer resistencia y descartar cualquier ilusión de triunfo. Eso no podía estar sucediendo en ese arrabal del universo al menos que los dioses secuaces de Marte hubieran enloquecido y exigieran la sangre inocente de los mortales. 

Nicola convocó a los capitanes de las plantillas a un breve aparte antes de pitar el reinicio del match, ellos bajaron la cabeza haciéndole saber que no le daban ni esto de pelota. Los ánimos estaban más que caldeados, la ansiedad por comenzar de una buena vez decía del encono persistente. A nuestros campeones retenidos le fastidiaban los testigos, hubieran preferido vivir los cuarenta y cinco minutos a puertas cerradas, lo que ocurriría sería entre ellos bajo jurisdicción militar regido por protocolos de honor secretos. Planearon bien esa operación de estar en esas canchas abiertas junto al mar, captar espectadores entregados y niños que los miren jugar, admirando embelezados el fruto del entrenamiento semanal, la inventiva para avanzar intereses del equipo hasta el área penal contraria y gobernar un país en paz. A esa hora turbia del paralelo 32, los responsables estarían arrepentidos de la iniciativa relaciones públicas de exposición e intercambio cordial con la población, quienes estábamos ahí aprontamos pitillos armados con tabaco nacional para estar atentos a lo que ocurriría. 

Desde atrás de la portería donde asomaban los robustos edificios del Estado providencial escuchamos las primeras voces, en principio de aliento y a medida que pasaban los minutos se volvieron interjecciones de mando.

-¡Fusilalo!, escuché cuando un centro dejó al marcador de punta frente a frente con el arquero.

-¡Marcalo al cuerpo, hijo de puta!

-¡No lo suelte que están cagados!

Era un coro olor azufre de recriminación para desertores y pusilánimes. Las palabras resonaban a materia caótica y terrible por lo que vendría, extraño juego absurdo que ni los protagonistas parecían entender. 

Nicola, previendo el conflicto segundo que se andaba gestando corría de un lado para otro, estaba arriba de cada jugada controvertida y a pesar de ese celo de justicia deportiva, cada vez que cobraba una falta en cualquiera de los sentidos recibía un insulto. El colegiado designado estaba lejos de ser ecuánime profeta plateado de guerreros elegidos y se transfiguraba en chivo expiatorio de los males del mundo. Los atletas pedían más en las reacciones coléricas, enceguecidos por el avance de acontecimientos cargados de fatalidad, sedientos de sangre del primer contrario que se tenía a mano. Con espíritu de cuerpo cultores del secreto, ellos de ambos bandos no estaban dispuestos a que un civil sin galones los detuviera en su dinámica muscular por cualquier excusa de reglamento; para peor el juego tampoco se definía en superioridad neta de una de las partes. 

Sin retirada a la vista perdón y cobardía resultaban sentimientos despreciables, el único atajo para salir de la emboscada era destrozar al adversario.

-¡Mate flaco, mate sin miedo!

Por breves momentos se oyó encima del drama el mar cercano golpeando contra las rocas, jadeos del esfuerzo por lograr la victoria y comentarios sardónicos de instigadores de toda laya. Nadie podría ni quería detener lo que se estaba inventando a conciencia pura. Era una situación sin punto de retorno, esos jugadores se implicaban en un cruce de comando y los oficiales fastidiados con furia de mala adrenalina querían recuperar mieles del triunfo con hiel derramada de derrota contraria. Inamovible voluntad de destruir cuerpo y alma del enemigo ancestral, que persiste desde lejanos perfiles evolutivos de los primates explicada a escolares. La máquina implacable de la guerra interior nutrida con fatalidad no podía quedar paralizada, ni lo deseaban los entrenados en bases militares con bandas y estrellas de Panamá. Los guardias estaban prontos para intervenir, centinelas o como se llamen en el planeta bélico que topamos, sin saber quienes eran agresores y quienes los defensores. Ahí y en uno solo coexistían dos ejércitos enemigos que en noventa minutos se jugaban el poder, la fe indemostrable de origen celeste o algo definitivo difuso: el derecho a continuar enfrentándose en un match amistoso para abrir el marcador.

Como testigo casual podía entenderlos; con ayuda de fantasmas del pasado familiar, esa saña que les conocía en otros operativos a mis fuerzas armadas y noticias frescas de entrenamientos clandestinos no tenía duda: podía captar lo ocurrido y el crecimiento del odio destructivo. Cual jauría de animales rabiosos se atacaban a dentelladas entre ellos, delante de la gente olvidando el público, sin importarles; éramos pocos los sorprendidos de este lado de la disputa, hice un rápido cálculo mental y tampoco podían hacernos desaparecer a todos.

Los perros de guerra respetaban el límite del cuadrilátero, los oficiales se paseaban al borde de la línea de cal y alguno con petaca metálica en la mano de donde zampaban el trago cada minuto, moviéndose con alternancia entre la zona detrás de portería y la línea del medio. Nada de ejercicio buscando ocupar cabezas entrenadas, ahí eran oficiales mandando a sus hombres en simulacro real, dejando aquello de ser maniobra compartida para volverse refriega verdadera. Aunque pudiera parecer inconcebible casi se estaban peleando por el honor de la Patria, el himno a la bandera y era absurdo que el enemigo jurado fueran ellos mismos. 

Lo bello de esa fiesta del espíritu olímpico –el deporte por encima de las miserias de la Historia- resultaba ser gratuito e inesperado. Aquellos oficiales se movían con impunidad digna de capangas, los soldados eran legiones celestes conscientes de participar en la misión sublime, obedeciendo a superiores, ignorando objetivos confidenciales de la misma. Si los reclutados se pasaban de ardor guerrero en prestaciones públicas, donde la competencia leal debía sublimar la lucha, era para hacer pasar la disciplina dura en sociedad, Había que dar el ejemplo “a esos muertos de hambre que vienen a vernos y nos desprecian en silencio, que entiendan por la gimnasia y lo piensen dos veces antes de abrir la boca como imbéciles.” 

Estábamos ahí para verlos divertirse y descubrir que participábamos en un auto de fe premeditado, lo que nos parecía deporte era para ellos distracción y esparcimiento. Quienes entienden de fútbol saben que el minuto 32 del segundo período es determinante y ello sin una explicación racional que lo explique. Es el momento suspendido cuando la balanza de la fortuna se inclina por uno de los platos. Ese domingo de Mayo se repitió la fatalidad, ocurrió un eclipse total del entendimiento que nadie pudo vaticinar. Por haber sido un encuentro disputado fuera del mundo nadie lo recuerda, eso nunca existió salvo para un puñado de los que nos sentíamos comprometidos; minuto fatídico que sancionó el silbato del tano Nicola con una nota sola que pareció paralizar la fuga infinita de la vía láctea. 

Debió ser algo decisivo para ambos equipos, un penalti discutido, doble expulsión o falta peligrosa en la zona limítrofe; pero eso ya es sin importancia y además Canal + nunca está donde ocurre la tragedia del mundo. Aquello fue como si Nicola hubiera contrariado a los dos bandos por motivos distintos y convergentes de los que llevan al desquicio homicida. Todo sucedió rápido y los veintidós mastines rodearon al futuro médico como a un zorro extenuado. No hacía falta nada para que estallara la violencia y esa nada –que podía ser envidia vecinal a los padres de Nicola y la doctrina del odio llevada a la praxis espontánea o espíritu de pandilla salvaje y algún ritual de sacrificio de hordas primitivas- llegó como si hubiera caído un rayo de Zeus en medio del terreno.

Primero reaccionaron en solidaridad como hombres violentos, bien pronto una sinergia animal se apoderó de ellos, les dio un espíritu de cuerpo solidarizando los motivos del desafío hasta identificar la víctima propiciatoria. Los insultos de tribuna se transformaron en gritos sin lenguaje y del resto se puede suponer; decirlo con detalle sería pringar el recuerdo del amigo muerto y si alguien me lo pregunta, por ese morbo alimentado de seriales americanas transgénicas le diría a ese hijo de puta que es cosa mía. Fue expeditivo el asunto como una ejecución al alba aún con estrellas de la madrugada, los fusiles del horror eran cuarenta y cuatro piernas pateando enceguecidas, después de la orgía los chacales ahítos de sangre se fueron dispersando. 

La línea de cal era pantalla gigante en espacio público, perímetro prohibido como si hubieran levantado una barrera de alambres de púas y minado el terreno intimidando a los intrusos. A medida que ellos se alejaban algo aparecía tirado, forma irreconocible sobre el terreno de la vergüenza y que tenía un lindo nombre de cantor italiano. Fui cobarde por no ir corriendo por si había algo que hacer y cruzar al menos la última mirada con los ojos celestes del amigo muerto. Quizá así salvé la vida, tal vez otros espectros pensaron en mí impidiendo que avanzara, poniéndome por delante el obstáculo del manisero y su locomotora, saliendo en contraluz como la carreta de la Muerte con ejes sin engrasar. 

Cuando comenzaba a hacer foco sobre lo indescriptible entreoí un sonido apagado vital desviando mi atención, como si estuviera destinado sólo para mi en ese instante devastador del planeta tan odiado. Del interior de la chimenea apagada, la misma que emerge del horno alimentado por el fondo ígneo del mar salió una bandada enorme de pájaros en escuadrilla. Dieron dos enormes vueltas circulares por encima de nosotros y para distraerme a mí impidiendo que diera el paso que ellos estaban esperando. Supe o quise convencerme de que Nicola era esos cientos de pájaros indivisibles y que salían en misión migratoria hacía los mares del Sur.

-El código pim por favor señor, me dijo la cajera de la tienda.

Mi nieto me sonreía contento a tope con la camiseta Nº 9 de Luís Suárez que se llevaba puesta. Le quedaba muy bonita y hasta el plateado del aparato dental parecía distinto. Algún día le contaré por qué se llama como se llama, marqué entonces las cuatro cifras confidenciales que eran el número de estudiante de Nicola en la Facultad de Medicina de una ciudad inexistente. A la que jamás regresaré y menos ahora, sabiendo por ser un castor viejo con los dientes gastado que es un soplo la vida.

¿Es que Zarah Leander cantó viejas melodías en guaraní?

Este cuento integra el libro de ficción en homenaje a Horacio Quiroga editado en 1998 que tenía por título “El misterio Horacio Q”. El proyecto fue evocado en algún otro momento de estos comentarios, igual considero pertinente recordar su doble protocolo o si se quiere las figuras impuestas que debían ser respetadas. Se trataba de recuperar ciertos episodios marcantes de la biografía trágica del salteño y cruzarlos con las sentencias del famoso decálogo del perfecto cuentista. Antes de ponerme a escribir, entonces, tenía la temática sin conocer la historia que la acompañaría y ello -que puede hacer pensar en cierta facilidad de procedimiento- para el tema del cinematógrafo y su frustración industrial, resultó de cierta complejidad; como si los personajes, el narrador y también el autor habláramos lenguas diferentes.

El vía crucis del escritor – sabido y glosado tantas veces- inclina las lecturas a una vertiente biográfica; parece que de principio a fin asistiéramos a una crónica inverosímil por la obstinación de la muerte perturbando la existencia. Vida y obra entonces en versión redundante de horror, desquicio y fatalidad; una prolongada burla maliciosa de divinidades resentidas, trazando un trámite perpetuo de obstáculos; equivalencia desfigurada entre temática de algunos relatos y capítulos luctuosos de su biografía. ¿Cómo se podía resistir a una relación causa efecto tan implacable a lo largo de la vida? La juventud turbulenta de los duelos románticos termina en asesinato del mejor amigo, el viaje tras el modernismo a Paris se resuelve en una crónica naturalista del hombre fracasado, la miseria retorcida en las tripas y la casa de empeño. Quiroga fue para las Parcas un hueso duro de roer desde temprano, un contrincante empedernido capaz de jugarse la vida y que tiene la réplica en cada mano de apuestas sin nunca darse por vencido. Si falla la poesía será el cuento, si muere el amigo frecuentará a los desterrados, si una mujer abdica encontrará una novia adolescente, si París lo regurgita se exilará en la selva Misionera y si el cáncer asedia dirá suicidio, cianuro comprado al ferretero en la esquina del hospital. Esa falta de resignación ante la crecida devastadora impone respeto y puede relativizar la leyenda del hombre derrotado; muy uruguayo todo eso, y así Joaquín Torres-García pudo afirmar que en la casa de las Musas no hay lugar para las lágrimas.

Curiosa paradoja la suya, el escritor más hostigado de la Biblioteca hizo que muchos escolares -creo recordar que fue mi caso- entramos con su lectura a la literatura; nada de niñerías, sino que nos codeaba con grandes temas de la ficción cuando recién veníamos de aprender a leer. Supongo que de ahí me llegó la admiración por el relato breve, saber que en el cuento se resuelven los expedientes técnicos de la literatura y la memoria de las naciones. En los diálogos entre animales estaban las fábulas y mitologías para uso personal, la función de la ficción heredara en la educación estética y sentimental, la obligación de escuchar los ruidos del mundo, el canto de la noche y la voz de los espectros. Entre sus estrategias de supervivencia, hallamos la suma de trabajos heteróclitos, días de cielo obscurecido, empresas con balance negativo, barba a lo Landrú y tribulaciones del amor que se presenta bajo el signo de Annabel Lee. Trapecio sin red de protección, apartada por expreso deseo del interesado, entre mandatos de tradición bostoniana e imperativos de la modernidad rodando en bicicleta, como si la vida fuera un velódromo en circuito cerrado; entre ellos, el interés por el cine: durante su vida se vivió el pasado del cine mudo al parlante, del blanco y negro al color, estaban en las pantallas Chaplin y Rodolfo Valentino, ya había copias circulando de El perro andaluz, El gólem, El gabinete del Dr. Caligari y Nosferatu. Este cuento es el recuerdo de la importancia del cine en los intereses de Quiroga; el problema a resolver era inventar una historia que lo considerada y en sintonía de montaje se distinguiera por estrategias propias.

Guardé un protagonista uruguayo y la picaresca en el avispero porteño, evocación sin palabras del mundo estilizado misionero y agregué un par de invenciones: la estrella femenina del cine retirada de las carteleras y un improbable emprendimiento atrevido en Berlín. Si el Graf Spee se hundió en la bahía de Montevideo dos años después de la muerte de Quiroga, bien podía un proyecto cinematográfico hundirse en la Berlín de entonces. Está de moda la noción del punto Godwin que es menos científica que sugerente; más o menos, quiere decir que toda charla sobre asuntos polémicos, en pocas frases termina convocando el nazismo: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno.” En la narrativa ocurre algo similar y creo que lo intenté hace años en otro relato; es una conocida tradición, ahí están Borges, Polasnky, la infancia del Dr. Hannibal Lecter, Liliana Cavani y Visconti, Christopher Isherwood, Tarantino, Philip K. Dick, Bolaño, Jonathan Littell y tantos otros para demostrar el tirón narrativo por el mal y que presenta con el nazismo la facilidad de ser laboratorio absoluto, encajando los excesos a discreción sin presumir secuelas judiciales. Si existe una juventud atraída por modelos revolucionarios de inspiración variada desde Vietnam a Bolivia, también se activa otra comprometida con la fascinación fascista y la retórica totalitaria. Supongo que en otras vidas -que nunca tuve y es tarde para considerarlo- hubiera frecuentado los cabaret de entre guerra en Berlín. Antros acogedores permisibles donde olvidar lo que sucede afuera, empollar el huevo de la serpiente mientras cantaban Lola Lola y Sally Bowles, en el mismo barrio de los pogromos con vidrieras rotas. Es una materia curricular pendiente y a destiempo; reparando esa falla imperdonable, fui por ahí tras las obras de Brueghel: la pesadilla Babel del cuento y El triunfo de la Muerte en El Prado, que fue titulado pensando también en Quiroga. Había sobre la mesa de trabajo llegado el momento, el diálogo de animales selváticos, fotos del narrador subido a un aeroplano, los Brueghel de Bruselas y la voz de Zarah Leander cantante “il pleut sans treve”, el adolescente rubio de aquella escena campestre de Cabaret arengando “tomorrow belongs to me”… el cuento se fue escribiendo así, siguiendo su curso como otro rio ficticio bajando turbio desde fuentes huérfanas, llevando al gran Delta todo lo que arrastra en su marcha; eso, antes de que la vida rompa el timón en los rápidos y termine su navegación a la deriva.

El navegante solitario del Danubio

Un acercamiento inicial al relato del navegante solitario, digamos que proviene del contexto uruguayo precediendo su publicación y mi vínculo por entonces con la escritura, el tramo encrucijada de la existencia cuando una anécdota así irrumpe en los cuadernos y se resuelve en cuento. Era la salida negociada de la dictadura tan glosada, de un período perturbador afectando lo personal y lo colectivo; ello activaba mareas sociales interactivas puede decirse que previsibles. Una fue el entusiasmo generalizado liberador a la manera del destape español, la sensación de abrir puertas y ventanas proyectándose al futuro; sin considerar en el fervor que las reglas del juego cambiaron para siempre y la euforia reivindicativa era insuficiente para contener la erosión consecuente. Como generalmente en esas coyunturas, se trataba del ensayo vano de recupera el tiempo perdido confiscado por otros uruguayos y la estrategia internacional. Remasterizar las culturas pop (hay demasiado en la expresión como para extendernos aquí) desde el rock al cine, el desdén hacia la vapuleada consigna de patria para todos, las drogas abriendo adarves del paraíso con guitarras Fender y otra serie de performances culturales heterodoxas de la teología de la liberación. Fueron catarsis lúdicas de Arte en la lona, homenaje a Titanes en el Ring, Montevideo rock proliferando bandas, repertorios y cantantes censurados, la incidencia de figuras no futur como Gustavo Escanlar, cronista reactivo y narrador talentoso de esa situación. La segunda fuerza activa fue una memoria post revolcón, la del triunfo ideológico aparente, resolana agridulce nutrida en expedientes municipales y estigmas carcelarios. De hecho, una diplomacia de resarcimiento y re/vivir años idos con múltiples aristas: testimonio conmovedor, explicación sociológica, búsqueda de verdad partidaria, deseo de justicia burguesa, postergación sine die de transformar el país por un reajuste compensatorio; repasar la película con dos finales. Detectando donde estuvo la falla en la proyección, postergando la crítica para luego de consignar la violencia desatada. Había algo en ello de avanzar volviendo, situación gramsciana ejemplar, de movimiento sin salir del lugar dejado atrás y apostar casi a lo que hubiera pasado si… que se decidió por mayoría proyectando la mirada sobre el espejo retrovisor. Stand by del relato país, la acción de imaginar los posibles latentes se detenía para remedar lo pasado y aquello que permaneció inactivo. La famosa estrategia futbolera del club “Avanzada y retroceso”, filosofía humorística del coach Cholo Capandegui, interpretado por el inolvidable Alfredo de la Peña, también profesor de literatura. Nos situamos ante varias estrategias que podían explicar el imaginario colectivo pero siendo escuetas para fundar un proyecto literario unificado. A la triada prisión, exilio e insilio se sumó la leyenda urbana de manuscritos guardados en los cajones a la espera de publicación. Ese ejercicio pactado se perpetuó durante años traducido en programas de enseñanza, insistencia de reconocimiento social, corpus reflexivo producido, políticas editoriales y reflejos inamovibles del aparato crítico. La investigación periodística, el relato histórico, la vertiente sociológica se impusieron a los dominios clásicos del género ficticio; quizá la poesía, por ser cuestión de jóvenes en renovación perpetua, guardaba el interés de operar en los márgenes ante una recepción colectiva afín a las artes del espectáculo.

Cada escritor fue buscando su propia estrategia, muchas veces operando en antípodas válidas coexistentes; ello explica en simultáneo los textos de proyección continental de Galeano y los talleres presenciales/virtuales de Levrero en su Aleph culto de la calle Bartolomé Mitre, con mediaciones de computadoras y acólitos, universo paralelos con palomas moribundas en la azotea. En lo personal, practicaba la doble Nelson de dejar traza reconocible de lo vivido evitando la tentación mimética y con el mandato de una diagonal narrativa. Por los finales de los ochenta había en la mochila una incursión exploratoria en Barcelona, trabajaba en publicidad y me interesaban los signos de los medios masivos de comunicación. El domino preferido era el cuento -límite de energía, aprendizaje tardío, tradición rioplatense integrada, idea del mosaico- y venía preparando el tercer libro. Su título fue “In memoria Robert Ryan”, se basaba en el recuerdo de una película donde el actor de Chicago actuaba un boxeador en su última pelea. Las historias del libro fueron saliendo a su aire y quise inventar un nexo que unificara: se trata de ocho relatos ocurridos en Uruguay el mismo día 16 de agosto de 1977, cuando murió Elvis Presley en Memphis. Me interesaban los personajes secundarios y víctimas colaterales, asistentes casuales en tertulias barriales, la patota de los vestuarios y otros lesionados revolcados por el torbellino padecido. Era imposible no estar al tanto de lo ocurrido, pero buena parte de la población fue testigo ocasional, tenía planes ajenos a proclamas y comunicados conjuntos o estaba a favor de los mandos reinantes. En el planteo anecdótico el cuento puede resultar sencillo, para la ocasión fue la crónica de muchachos de barrio -mi barrio hasta bien entrada la vida- que tenían sueños parcos relativos al ascenso social y la frontera delictiva a la vuelta de la esquina, pudieron probarse en las divisiones inferiores del Danubio Fútbol Club (1932) y zafaron del barrio a la búsqueda de su propio río. La tragedia arde cuando los dos países se topan de manera fortuita y de la nada surge aquello del mal momento en el lugar equivocado y en la noche fatídica, predicha por tres brujas de la Curva de Maroñas. Yo conocí por dentro la sede del Danubio, me llevaba mi padre y fue antes de asistir por la tarde a la Escuela N 49 República de Nicaragua, de la calle Andrés Latorre esquina Pirineos; la cuidadora con casa era una morena que se llamaba Anchorena y su marido vendía biscochos durante el recreo.

Montevideo sin Oriana – Parte I

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¿Se te han franqueado las puertas de la muerte y viste las puertas de la sombra?

Job, 38 / 17.

Es que apenas intento la primera frase con sentido y ya intuyo los ruidos espurios de la noche a venir. En esa madrugada de incierta localización futura daré por terminada esta relación y sólo entonces conoceré la razón que me decidió a escribirla. Si pretendo despegar del espacio en blanco para emprender el vuelo, antes que nadie necesito yo mismo convencerme hasta alcanzar la Fe: Claudio exageraba al afirmar que para recordar sin ser importunado él debía marcharse lejos de lo ocurrido; se comienza por desairar intermitentes historias pasadas y terminamos olvidando nuestra justificación para estar aquí, sin importarnos que había una vez hace tiempo aquella ciudad sin nombre llamada Montevideo. Eso le dijo. 

Meses después de los adioses definitivos y negándose al olvido, Eliseo Peralta se preguntaba todavía si lo editado a pérdida era el desenlace de otra impostura, desajuste necesario entre la escritura dispersa huérfana de padre y una obra que decía de cierta revelación, si la mujer llamada Oriana Servetto había en realidad existido entre nosotros. Un libro de formato pequeño del sello Ciudadela, encuadernado con esmero olvidado por la informática aplicada demostraba parte de la verdad y a nadie conocía Peralta en la ciudad que pudiera contradecirla con pruebas al apoyo. 

En el inicio del relato hubo un número providencial de la revista “Patmos” y atardeceres de trabajo en colaboración, cuando Claudio repetía que de aquello que no se puede hablar es preferible callarse. ¿Quién decide lo que debió permanecer del lado del silencio? Peralta miró la imagen de la muchacha invisible por primera vez a finales de diciembre, una tarde de calor obviamente insoportable en el casco antiguo de la ciudad portuaria, mientras bebía cerveza en el Café Brasilero, escala obligada antes de abrir el disuasivo candado del sótano. Eran a eso las cinco de la tarde, a más tardar cinco y diez. Claudio entró al café contento y confundido, visiblemente excitado trayendo el retrato inventado esa misma mañana. 

Al promediar el otoño siguiente se la pudo ver a la muchacha en situación menos confidencial. Aparecía sonriendo en páginas finales de un suplemento literario, que reprodujo la única fotografía que de ella se conoce y comentaba –cuatro meses después de la puesta en venta- la salida del libro en términos elogiosos limitados al texto, sin entrar en detalles de edición e imprenta. Ello sucedió luego de despedir al amigo, separación que Eliseo Peralta sabía irreversible. Al cerrar el suplemento literario en cuestión y luego de doblarlo, fue para él inevitable evocar la historia del amor singular que comenzó a decidir el viaje, en la cual se consideraba menos que actor secundario, acaso testigo circunstancial poco fiable por estar implicado hasta el cuello.

Ellos se conocieron un miércoles de octubre. Eliseo se había embarcado en un submarino editorial cuya base de operaciones era un sótano inmenso, con poca ventilación y luz mortecina alquilado en plena Ciudad Vieja, al que se accedía por un portón bajo de hierro obligando a inclinar el cuerpo como en las escotillas de los sumergibles. Estaba motivado en los últimos tiempos por la misión –bastante suicida por insensata- de minar la ruta de abastecimiento y torpedear los buques insignia de la armada invencible de la edición internacional que entró a puerto montevideano, le decía a quien quisiera escucharlo, bajo prepotente insignia imperial con maneras de Corte y nostalgia colonial. Peralta promovía desde su sótano modestas operaciones de sabotaje literario y ensayo sociológico sobre la cambiante realidad de las mentalidades, que tenían a sus ojos de ácrata irremediable motivaciones morales, altas finalidades filosóficas, justificaciones estéticas. 

La memoria cuando extraña con el corazón y el espíritu de finura puede determinar aquello que debe decirse por escrito. La relación entre ambos hombres fue un depósito de confianza mutua a plazo fijo con interés muy bajo sin necesidad de caución y demasiado breve. Me consta que Peralta, quien por edad y trayectoria sindical agitada era un carácter situado en las antípodas de alguien como Claudio, lamenta todavía haberlo cruzado tarde en la vida, en la inminencia de una separación que omitió la promesa de regreso dejando de lado la mentira. Apenas la edición de trescientos ejemplares numerados salió de máquinas, Claudio olvidó frecuentar el sótano de ediciones Ciudadela con la asiduidad del comienzo, como si la intensidad de la amistad hubiera sido una apariencia calculada con premeditación, el precio a pagar por la salida del libro, lo que es una interpretación injusta además de inexacta y ahora importa poco. 

De la época feliz de cotejo de pruebas y correcciones de galeradas eran los mejores recuerdos, los que heredé por accidente en conversaciones posteriores, cuando llegué al sótano que olía a tinta imborrable con mis propios cuadernos. Confidencias de Eliseo rebatiendo la verdad irrefutable de la ausencia, las horas cuando Claudio tuvo la necesidad de contar a su manera la crónica del encuentro con la desconocida. Esa sombra que alguna vez llamó “mi novia de la muerte”, la prometida postergada cuyo velo cubrió uno entre los tantos motivos determinantes para decidirlo a marcharse de Montevideo.

Una mañana, con la mirada fija en la mano que jugaba con el pocillo de café, sin darle importancia a la noticia le comentó a Eliseo que había resuelto irse del país. Estaba al parecer tan firme en su propósito de partida, que Peralta consideró impertinente preguntarle el real motivo de la decisión –que él nunca aceptaría del todo- o pedirle una reconsideración en nombre de algo, un pretexto cualquiera que era incapaz de formular y sabiendo que la noble causa anarquista, a la que entregó el sentido de su existencia sería argumento insuficiente, rechazado con sonrisa amable y sin mediar palabra. Luego que Claudio le informó someramente de sus planes de viaje igual continuaron trabajando en los detalles finales de la edición del poemario, cambiaron ideas sobre la promoción en la prensa como si ninguna frase mentando la partida hubiera sido pronunciada en los minutos previos. 

Pasada la primera hora el silencio compacto del editor sobre lo dicho terminó por incomodarlo. A manera de justificación enclenque Claudio murmuró que uno de estos meses, después que se adaptara al clima húmedo tropical y consiguiera trabajo, después del papeleo y haber pagado el primer alquiler en bolívares, después entonces, después escribiría desde allá para seguir en contacto. Claro que ninguno de los dos creyó esa engorrosa explicación pretendidamente conciliadora. Ese mismo día, antes de irse cada uno por su lado Peralta preguntó, sin énfasis que delatara curiosidad ni demostrara pena, por el destino del viaje anunciado, destino que debió intuir si hubiera aceptado la jodida idea de que un amigo reciente se marchaba lejos. Esta vez Claudio lo miró a los ojos, sonrió igual de amable y luego, como insistiendo por tercera vez en un asunto demasiado evidente pronunció la palabra mágica: Maracaibo. 

Allá estará, verificando si de verdad desembocan en el lago más de doscientos ríos incluyendo el curso de su vida, yendo a los bares abiertos hasta el amanecer y que proponen espectáculo de strip-tease, por si el azar que de seguro se altera con la proximidad del trópico logra que se cruce con el cuerpo mulato que se desnudaba sobre un escenario de la calle Andes de Montevideo, el culo, las piernas y tetas conocidas en el ambiente nocturno por el nombre artístico de Flor de Maracaibo. Buscará ser feliz como insistía en serlo aquí mediante la argucia de descreer de la felicidad y escuchando melodías que marcaron años de peregrinación nocturna. Manteniéndose a distancia prudente de las bibliotecas públicas, recintos que pueden cambiar el rumbo de una vida como decía, bromeando y no tanto, en el sótano de Peralta o apoyado sobre el mostrador del Café Brasilero.

Pensando en Claudio al que nunca conocí personalmente, la boutade de que todos aspiramos a unos minutos de celebridad porque nos empeñamos en conseguirla alcanzó su máximo nivel paradojal. Lo digo porque recuerdo que hace tiempo, desde diversos frentes se pretendió debilitar la figura de protagonista, aprisionada entre la técnica de efectos especiales y la exaltación planetaria de héroes caricaturales dotados de súper poderes. Sin novicias carmelitas voladoras ni crímenes en serie, sin monstruos informáticos ni productos terroríficos de manipulaciones genéticas incontrolables, sin sagas familiares malditas implicando varias generaciones de compatriotas parece dudoso suponer que la historia de Claudio pueda sostenerse hasta el final. La lectura quiero decir, porque la escritura estoy decidido a concluirla y balbucear así alguna respuesta. Luego de saber de Oriana confirmé que algunos cuentos se las ingenian para filtrarse por la trama del tiempo, sobreviven mediante una disposición enigmática de palabras en escenas nítidas que logran remontar el cauce del olvido.

-Después de mi The End, sobre la pantalla nadie hallará una larga lista de créditos pasando en sin fin, mientras se encienden las luces de la sala, solía comentarle a Peralta, cuando ya estaba pensando en marcharse de la ciudad.

Debería comenzar por hacer creíble esta misma escritura, afirmar con énfasis que es verosímil la silueta inconfundible de un personaje llamado Claudio y andando antes de irse por las calles de Montevideo, ciudad conocida en el extranjero por aficionados a completar crucigramas y los pocos especialistas en poesía francesa de la modernidad que van quedando. Más complicado será hacer aceptar que la acción evocada sucedió en el año 2000, cifra fastidiosa por estar impregnada de olor artificial de ciencia ficción, fatalmente destinada a señalar un tiempo propicio a criaturas de aspecto repugnante venidas del espacio estelar. Temor que resultó infundado: fue un año más tonto que lo que nos hicieron suponer alarmantes pronósticos de parasicólogos, autoridades religiosas, publicitarios creativos y videntes de diversa calaña. 

Ello irritaba a Peralta, recuerdo que le desagradaba sobremanera aceptarse en una encerrona colectiva. Estar obligado a manejar información prescindible y admitir la referencia temporal concreta –el año 2000- dejaba el recuerdo de la amistad con Claudio al capricho de las suposiciones, cruzándose con decenas de eventos ridículos y en  la perplejidad de interrogarse sobre si el encuentro realmente sucedió. Disipando las dudas estaba la constancia del libro y era suficiente si Eliseo Peralta quería recordar la verdad sobre el capítulo denso en su vida de viejo impresor anarquista. La maldita cifra alteró la memoria de millones de personas y puede que yo escriba desde la otra orilla buscando reordenar la mía. El virus más depredador afectó a los humanos y menos a las máquinas como se predijo, infiltró recuerdos íntimos, impuso a la historia una trayectoria orbital trazando el paréntesis definitivo entre mi amigo editor y el oriental errante que marchó a Maracaibo. Cuando Peralta se decidía a contarme parecía estar recordando antes de que hubieran sucedido los hechos. La simultaneidad de ambos hombres en el episodio que los encontró tiene a mi entender la fragilidad de la imaginación. Si la presente evocación pudiera coexistir con el año de los episodios aquí recordados –también mi escritura y lectura consecuente- la incertidumbre vendría del fisgoneo por detectar coincidencias con la realidad: distraerse por disparidades obvias, advertir olvidos imperdonables, condenar excesos de fantasía que circulan en la historia.

Sucedió que Peralta me contó para recordar después del dos mil y comenzó a funcionar la memoria. Seguro que se interpusieron en sus palabras buscándose y en mi escucha interesada peripecias personales creando efectos raros de interferencia imprevisibles. Tal vez la evocación, ahora distanciada del tiempo de los hechos tienda a la anacronía y descubra una vocación de olvido que mi versión subjetiva pretende refutar. Ese debió ser sin embargo el único año donde las coincidencias pudieron disponerse de esa manera y no de otra, desde el inicio el cuento que ellos armaron quiso alcanzar un determinismo que lo hiciera inolvidable y pretendió pasar inadvertido ante la duplicación ficticia de la vida ocurrida durante aquellos meses. El triángulo formado por Oriana, Claudio y Eliseo quedó en sintonía casual con la serie incesante de festejos. Si se pone un poco de atención todavía se escuchan ecos del Te Deum planetario saturado de eufórica crueldad, saludando destierro muerte y prescripción de dioses anteriores con su corte carnavalesca de sátiros, centauros, minotauros, licornes, serpientes emplumadas, esquizoides satanistas, criminales y músicos ciegos ambulantes, otros proyectos para el hombre que clavarlo en una cruz de madera para luego hacer correr el rumor de que resucitó unos días después. 

Tamaña euforia, que comenzó en catacumbas latinas con olor a pescado podrido y aliento fétido de leones etíopes, podría explicarse por la perfección aritmética de la cifra, la contundencia de misiones sangrientas con excusa evangelizadora y que permitieron llegar al jubileo urbi et orbi. Festejo harto arbitrario para nosotros los uruguayos, hacia el año mil Montevideo no existía en las cartas geográficas manejadas en Constantinopla para ubicar el paraíso terrenal. Considerando la evolución geopolítica de la región donde está situada hay débiles fundamentos para conjeturar que sus murallas virtuales resistan hasta el año tres mil, si es que así se continuarán datando las eras sucesivas. Serán otros los calendarios vigentes que aguardan su hora desde las Cruzadas contra el musulmán, desde la estrategia guerrera soñada por Sun Tzu, en la memoria expulsada de los judíos sefaraditas confundidos con el desierto.

La única certeza que me atrevo a dejar por escrito es que durante los meses del dos mil estuvimos aquí sin saber los unos de los otros. En una ciudad concreta que desplazada al pasado se vuelve espectral, junto al puerto donde lloverá siempre y naufragó en la amnesia de los navegantes. Un lugar donde los poetas padecen catarros crónicos mientras cultivan la pertinaz costumbre de componer versos oscuros en lenguas extranjeras. Los habitantes de esa suposición, escasos si se los coteja con los parias descastados del casco urbano de Calcuta, formamos una secta sin reglas conocidas e inconcebible para cismáticos decepcionados del primer milenio. Padecemos la ausencia de una memoria de aliento medieval, lo que siempre termina por pagarse en tiempos críticos. Peralta retuvo en la memoria lo que Claudio contaba después de Oriana y antes de Maracaibo. En la imagen del mundo como un circo ambulante, dirigido por un loco autoritario con látigo en el centro de la pista, los uruguayos seríamos el funámbulo apoyado sobre el alambre de la historia, en situación tan precaria que la red y su tendido sería cuestión sin importancia. 

Eso le decía Claudio a Peralta en las tardes de corrección de galeradas y ajuste de confesiones, acotando que nuestra filosofía más apropiada, le decía, era la del volatinero. Un éxtasis en suspensión sin misticismo sufista, oscilación entre la ignorancia de orígenes brumosos y el imperativo de avanzar hacia objetivos difusos. Como situación es absurda decía Claudio, pero resultaba compensada por la sensación de vacío rondando cada paso que damos, la tentación de desertar el rigor del alambre tenso y dejarse ir asumiendo un suicidio colectivo. A su entender ello explicaba el monstruo llamado “Los Cantos de Maldoror”, los relatos emponzoñados de Horacio Quiroga, tres novelas mayores escritas por Onetti y la milagrosa reaparición entre los vivos de Oriana Servetto, su libertad condicional arrancada a la muerte. 

Claro que lo dicho era una evidencia hipotética e indemostrable, la escritura polizonte decía Claudio es la tarea secreta que prueba la pertinencia de nuestra tribu. Sería insensato que organizáramos la existencia futura confiando ingenuamente en la continuidad de la vida, amparados por proyectos faraónicos suponiendo una oscura razón superior que nos justifique. Claudio sostuvo ante Peralta que el año dos mil confirmó la tendencia: estamos destinados al olvido absoluto exceptuando la obra de algunos poetas y lo decía pensando en Oriana Servetto. Luego de tanto desvarío sobre el puesto de los compatriotas en la geometría del cosmos, le preguntaba a Peralta si podía pedir un té con leche al Café Brasilero y que estaba harto de hablar de asuntos que a nadie interesan. Fue esa vez cuando dejó pasar un minuto de silencio que anunciaba algo y Peralta lo esperó.

-Hay en el norte del continente ciudades más calientes, dijo. Es preferible perderse en la espesura entre alimañas carniceras, en la vorágine tropical donde la violencia gana el corazón, antes que uno pueda apasionarse por muchacho alguno que caerse del alambre en este circo, eso decía las semanas previas a largarse a Maracaibo.

Nuestra ciudad parecía por entonces un manicomio aguardado inspectores corruptos instigados por denuncias anónimas. El año era un baratillo de vanidades y por una vez Montevideo se parecía a cualquier capital del occidente civilizado sin ser de las peores. Peralta introducía matices en la charla diciendo que si aquí persistía una esperanza era porque podía rescatarse una vocación por la desidia. 

En determinado momento y ello le seguía pareciendo mágico –lo enternecía- alguna gente se harta de los buenos consejos y escuchar que la felicidad está al alcance de la mano. Le repugna oír de continuo datos simples para realizar negocios fabulosos, correr detrás del bienestar que se merecen y el paraíso consecuente pagado en mensualidades. Esa gente desconfía, hace un quiebre de mangas y de un instante para otro lo que anhela es perderse sin brújula, hacer del cielo prometido una porqueriza hasta recobrar la olvidada sacrosanta vocación de los abismos.

-Sentirse humano carajo, decía Peralta y con ambas manos señalaba su pecho a manera de ejemplo, dando prueba de su pasado militante.

-Hay mucho de verdad en lo que usted dice Eliseo. También para los horrores del infierno son muchos los llamados y pocos los elegidos, dijo Claudio.

El editor escuchaba sin sospechar que cuando fuera tarde y estuviera lejos le daría parte de la razón; quien suponga que el Averno está en franquicias peca por error, ser condenado en los tiempos que corren es un privilegio, para ser pecador VIP sin redención hay mucha competencia.

-Usted, como siempre, exagera.

-¿Que yo exagero Peralta? Difícil tarea esa de convencer a mis compatriotas de optar por el camino equivocado. Si dejamos de lado la Visa Gold, la recorrida mensual por los Dutty Free cada vez más cerca de la ciudad, la ilusión por la máquina cero milla y la firma de escrituras en oficinas de arquitectos famosos por su falta de talento, a mis años queda poco por hacer. Los chicos malos del dos mil ahorran como viejitas en el Banco Hipotecario, tienen teléfono celular esperando el mensaje personalizado de la depresión, navegan varias horas al día por la Red y están afiliados a la Coronaria Móvil por si les falla el corazón.

Claudio había dejado hace tiempo de ser un muchacho de veinte años, cada vez más seguido se permitía ese tipo de comentarios oscilantes entre ironía y desencanto, formaban parte de su estrategia para retardar el ingreso al escalafón superior de madurez que anuncia el declive, contener el desgaste del tiempo. Vivía una etapa crítica donde los almanaques son nidos de meses venenosos. Encaminarse de forma acelerada a la treintena estando en Montevideo, teniendo conciencia de vivir en un año que se anuncia pródigo en tonterías puede llevar en poco tiempo a la desesperación. En el año elegido de charlatanes a refutar, del coro desafinado de profetas milenaristas era tal el barullo programado que muchos deseaban que los mesiánicos de feria estuvieran acertados en su perorata cuando recitaban el catálogo terrible de pestes y hecatombes inminentes. Claudio deseaba que algo sucediera en la ciudad durante los meses del año dos mil.

-Daría la vida por ser testigo del espectáculo de olas desbordando de la bahía hacia el centro. Que las aguas, luego de haber partido el espigón de la escollera monten las escalinatas del Club Uruguay arrasando los fundamentos del teatro Solís. Pagaría millones de dólares por contemplar llamas de doce pisos de altura en la línea del horizonte, un tornado arrancando de cuajo el siniestro Palacio Salvo y la torre de los homenajes del estadio Centenario, cualquiera de las calamidades prometidas por los alucinados. El año se lo merece, al menos aquí, le dijo un día a Peralta.

-Romper todo, eso quiere decir, agregó Peralta.

-Aunque más no fuera por un tiempo.

Yo podría ahora recapitular la vida de Claudio en pocas líneas, por lo menos intentarlo. Me consta que el presente suyo para ser entendido puede prescindir de antecedentes que nos alejen demasiado. Durante los últimos años, los de Montevideo sin Oriana pretendió vivir en sintonía con el tiempo que le correspondió en el reparto aceptando limitaciones de su lugar de residencia, decidido a descubrir potencias secretas de la ciudad sin medir las consecuencias. Definirlo como postmoderno en un lugar donde muchas niñas reparten estampitas en bares céntricos pidiendo limosna desacomoda, recordar que pasó privaciones sin la locura suficiente para ser el estudiante Raskolnikov dándole el hachazo a la prestamista Aliona Ivanovna es no estar a la altura de las circunstancias. Tenía un espíritu alerta y por ello, consciente que la resignación era de las contadas cualidades a requerir en un año saturado de festejos, buscó paliativos simples para salir indemne de la refriega. 

Sería suficiente, creyó, hallar un contento elemental en el trabajo, la felicidad mesurada en el amor y continuar con placeres desinteresados. Lista compacta de buenos propósitos incumplida, travesía que a medio camino modificó el destino previsto y sin que nadie conozca el responsable de la orden. Es así de sencillo el comienzo: una anécdota insistiendo en proteger su privacidad. Pero yo que cuento y busco saber por qué lo hago, presumo en el destino desviado de Claudio una fulminante intersección metafórica; yo, que tengo la tarea de hacer avanzar el relato me declaro ahora mismo incapaz de detectarla. La poesía suscitada entre ellos estará seguramente en otro lugar de donde la supongo y seguro que oculta en un secreto que marchó a Maracaibo.

El hombre que se está despertando me interrumpe y estaba esperando que lo hiciera. El inicio me tomó de sorpresa, por ello debí improvisar un falso comienzo con aquello del artista del alambre tenso y pasajeros minutos de notoriedad. El despertar de Claudio pone fin al primer tramo de la historia; no descarto que como en algunas carreras de obstáculos, se trata de una falsa partida y haya que recomenzar. Anoche durmió en su casa, se acostó sin cenar después de tomar una taza de té y por eso es extraña su incomodidad. Se levantará con la boca pastosa como si durante uno de los sueños se hubiera emborrachado, si bien los sueños pertinentes empezarán mañana. Al parecer estamos en Montevideo y si mis cálculos son correctos hoy es 11 de enero del año 2000. Cuando decida levantarse una máquina se pondrá en movimiento y desconozco su funcionamiento, aspiro sólo a que la cuerda me permita llegar hasta la madrugada catártica del punto final.