Noticia (acercamiento a Horacio Quiroga)

Horacio Quiroga es el autor de cuentos y relatos cuya lectura, iniciada en mi ciudad natal de Nîmes hace de ello una eternidad, alteró de manera tajante el curso de varias existencias entre las que me incluyo. Escuetas noticias deslizadas en diccionarios enciclopédicos que pasaron de moda, informan que Quiroga nació en Salto (República Oriental del Uruguay) en el año 1878 y murió más al sur, en la orilla argentina del río de la Plata, en Buenos Aires, cuando comenzaba el año 1937. Los informantes insisten con razón en las características dramáticas de la última escena, en el lecho del Hospital de Clínicas, después de haber escapado a comprar él mismo su veneno, Quiroga ingirió por propia decisión una dosis mortal de cianuro. El suicidio brutal del escritor aceleró apenas el inexorable final, exigido por un cáncer de próstata terminal. La conclusión imparcial que superpone las fichas biográfica y forense, equivale a atribuirle una explicación simple por rústica al misterio del gesto y más por tratarse de la muerte de Quiroga. En su caso –no puedo omitir en ello el recuerdo de mi pasado- por circunstancias que concurren a urdir el mito del escritor, el gesto adquiere tonalidades de tragedia arcaica, destila una melaza fatalmente desgraciada impregnando cada detalle vinculado a su memoria.

Esta imposición de escribir un cuaderno evocando su espectro me llegó por el camino opuesto al de la inspiración. La trajo una tarde de otoño la furiosa correntada del río como mar junto al que decidí aguardar mi carro de la muerte, la hice mía como quien recoge en la arena gruesa de la costa tablones al garete con signos, pintados a fuego, fijando un lenguaje ignorado por los occidentales. El cuaderno es testimonio de un fracaso, el mío en el intento de traducir la totalidad de los cuentos del uruguayo al francés. De la misma manera que para incontables lectores diseminados en una parcela del mundo, los relatos de Horacio Quiroga evocan en cada lectura el recuerdo del temblor asociado a miedos de la infancia. Un libro del escritor que me regaló mi abuelo vasco –el mismo día que otro título de Pío Baroja- fueron la causa de mis primeras emociones estéticas asociadas a la literatura, la temprana conciencia de las posibilidades del lenguaje, tan infinitas y terribles. El uruguayo suicida, el oriental salteño como le llaman por estos pagos sacramentados, fue tema de uno de los primeros artículos de crítica literaria que me publicaron, escrito para una modesta publicación universitaria cuando estudiaba Letras en mi ciudad, más famosa por arenas romanas y toros del ruedo que por felices hallazgos hermenéuticos.

Además de la escritura, había otros detalles curiosos para justificar mi pasión quirogiana. Recuerdo aún de manera obsesiva las primeras fotografías del escritor; no las del dandi adolescente artificial, en pose de pacato provinciano sino las otras, las tardías del hombre que pasó pruebas atroces en movimiento perpetuo, hasta que decidió cortar una serie de episodios que resultó infernal: escribir cuentos magistrales intercambiando desafiantes miradas reiteradas con la muerte. Rememoro los esfuerzos analógicos para conciliar ese rostro que pudo imaginar Dostoievsky para uno de sus atormentados personajes, rasgos que Quiroga forjó con sus entrañas y la pujanza de una escritura que devoraba febrilmente en los largos veranos pegajosos del principio de siglo XX; con pasión de lectura nunca reencontrada y mientras removía el dolor sin piedad, transfigurando a golpe de machete «el arte detenido y rudimentario de la lectura» así definido por un querido amigo argentino.

Entre la imagen robada por un improvisado fotógrafo al aire libre y el verbo capturado en los cuentos, el tiempo histórico se ocupó de cubrir intervalos con noticias preocupantes de la vida de Quiroga. Informes que en su obstinado engranaje de fatalidades incitaban sospecha, desconfianza sobre la verdad de la aporía, contradictorias con requerimientos de paz interior propios de un hombre de letras y desbordando protocolos del dudoso género que constituye la biografía de escritores. Creí entender que tanta muerte horaciana era necesaria para la dolorosa invención del escritor Quiroga, sobreviviente a la emponzoñada mordedura de la obsolescencia. Pocos escritores pagaron un precio tan alto por seguir fieles al oficio, el conjunto de su trayectoria retrata un aventurero que desafió los abismos del alma, pájaro curioso de lo lejano, enamorado romántico de barbas landrunescas, perseverante de la fortuna picaneado y asaeteado por diestros que la parca celosa envía al ruedo del mundo posponiendo la estocada final: un lúcido trágico de su tarea y que bebió hasta la hez de cianuro la copa que le estaba destinada. 

Pretendí alguna vez y fracasé detectar en su escritura secuelas concretas, partículas residuales del brevísimo viaje a París y las astucias viscerales del embalsamador aficionado que fue, descubrir el último abrazo sonriendo con el compinche Federico allá en Tontovideo antes del disparo y el olor penetrante de naranjas fermentadas que lo acompañó una temporada. Leer su mano incrustada con restos de pólvora negra acariciando senos blanquísimos de novias adolescentes, verlo remar contracorriente en el río Paraná frente al que como sentenció Alfonsina Storni no se puede vivir impunemente, hasta intenté adivinar la espesura del alma cuya existencia probó mediante el argumento irrefutable salido del Averno. 

¿Dónde marchaba ese hombre atormentado a buscar sus historias? Yo quería mirarlo pedalear la bicicleta de competición en paralelo al río Uruguay y escucharle la voz cuando compró el cianuro del fin, preguntando cuánto se debía en aquella ferretería o farmacia de barrio. No sé, para decirle algo. En mis noches de lectura lograba despertar al insomnio su búsqueda incansable de algo indefinido y la reiteración insistente del desatino. La paradoja de una vida que pretendió encauzarse por rieles racionales de escritura, al punto de contar las palabras de un cuento y atajos de ambición económica descarrilando en estaciones siniestradas, cruces a nivel de una vida enajenada donde el enloquecido guardabarreras belga fue devorado por insectos hambrientos provenientes de la selva; la represa artesanal del alma, perpetuo erotismo de primera juventud, voluntad de dominar la naturaleza por procedimientos mecánicos, regirlo todo y a la vez como un capataz trilingüe de la sintaxis, controlar lo más posible el caprichoso fluir de los acontecimientos.

 Lo que Quiroga construía de día el Horacio nocturno lo anegaba en la noche hasta el alba, nadie puede explicar con fundamento el origen iracundo del desbordamiento, se lo padece y acaso se lo admira. El aura Quiroga fue vislumbrada con admirable rigor por Augusto Monterroso que escribió lo siguiente. «Fíjense: su padre, sin quererlo, se da muerte con una escopeta de caza; su hermano mayor muere en un accidente; su padrastro cae víctima de la parálisis y un día, desesperado, tras una laboriosa tarea de intensos minutos, logra por fin colocarse en la boca el cañón de una escopeta y disparar la muerte con el dedo pulgar de su pie derecho; su gran amigo literario, Federico Ferrando, previendo que tendría que batirse en duelo, compra una pistola y va a ver a Quiroga para que éste lo instruya en su manejo: Quiroga, buen conocedor, ignora que el arma está cargada, sale un tiro, y ese tiro, cuyas probabilidades de ir a cualquier otra parte se cuentan por millones, va a dar muerte a Ferrando y sume a Quiroga en la desesperación. Cierto día Quiroga emprende en la selva una de sus fantásticas empresas económicas, labra la tierra y levanta su casa con sus propias manos; cuando la casa está suficientemente habitable y bella, lleva a vivir con él a su mujer, con el resultado de que, desquiciada por una vida para la que no estaba hecha, su mujer se suicida ingiriendo veneno. Años más tarde, aquel 19 de febrero de 1937, el propio Quiroga, perseguido por los males físicos, se mata en forma semejante. El epílogo lo pone su hija, quien también se suicida algún tiempo después. No, nadie podría escribir un buen cuento con ese tema: demasiados tiros, demasiado cianuro, demasiado azar. Pero Quiroga sí.»

Pero Quiroga sí. La organización final de los textos que siguen tampoco me pertenece, llegaron en ese orden con apariencia discontinua en escritura y disparidad de cadencia que eludí unificar con una corrección posterior que resultaba innecesaria. Contemplados con distancia los considero objetos que dejaron de pertenecerme y nunca fueron míos, sospecho que destilan el homenaje de la intrincada selva del lenguaje a un adelantado temerario. La correntada citada unas líneas atrás consiguió abolir el transcurrir del tiempo tal cual lo entendemos, es cierto que décadas del siglo evocadas en los textos se alternan sin insinuar un criterio, por momentos de manera caótica y premeditada; lo mismo sucede con las referencias espaciales, como si la acción de los relatos transcurriera en hipotéticos dominios de geometrías no euclidianas. Otro tanto sucede con el comportamiento de los personajes, llegaron a la manera de una improvisada corte de los milagros y festejando el carnaval de los tullidos en suburbios de la noche oscura del alma.

Decidí olvidar la experiencia que supuso escribir los textos que vendrán, me llegó en la decadencia acelerada y a destiempo; en sincronía anunciadora de la muerte, sólo puedo advertir que su lectura está lejos de ser una guía transigente de destinatarios cómodos, habituados al estrago del lugar común roídos por la monotonía. La lectura debería ser un desmayo de pérdida y delirante viaje de extravío por laberintos de lo improbable. No carta de navegación de marinos aficionados bordeando la costa, sí mapa de divagación alucinada por mares ignorados y aberración manuscrita derivando entre arrecifes del lenguaje. Aquí mismo declaro mi irresponsabilidad reivindicando el derecho al perturbado homenaje que Quiroga prescribe; fue alguien destinado a la selva interior y acosado por demonios acechando a quienes alcanzan corazón de las tinieblas literarias, hombre de tratos con la muerte que luego de mirarlo desafiante le respiró en la boca variaciones próximas violentas; birlándole amistad y amor en reiteradas oportunidades, hasta arrebatarle finalmente la vida. Habitaba en él una vegetación con rubíes entre monos posesos de la India, que tenía su avanzada en la admiración colonizadora de Kipling; retratado por apologistas británicos, identificado con la aventura depredadora de los hijos de Hastings y Wakelfield, negadores de Shiva Nataraja en dominios de un vastísimo imperio, con cientos de dioses equivalente al universo. Sintió el llamado de la selva brotada en las vísceras podridas de Edgar Allan Poe, donde se recelan rápidos de eutanasia y árboles de hojas catalépticas, reptiles desalmados roídos por pústulas de la peste amarilla, atardeceres magnéticos que hipnotizan las aves en vuelo, lagunas de alcohol clandestino donde flotan nenúfares de cocaína. La selva bonaerense de cemento, autopsiada por el querido Ezequiel Martínez Estrada y a cuyo asalto sin cuartel se lanzó el intrépido salteño; la selva real y verdadera allá lejos en las Misiones, donde resistieron los discípulos de San Ignacio de Loyola e indígenas imberbes descifraban partituras con pasacalles de Buxtehude. La selva sin metáforas donde el orfebre modernista y miembro insigne del Consistorio del Gay Saber –despiadado rival del cenáculo de la Torre de los Panoramas liderado por el divino Julio Herrera y Reissig- se topó con lo fatal en la colonial y montevideana calle del Cerrito de la ciudad vieja. El espejo del joven Larra, la osadía de Puskin aquel amanecer, la noche que cobijó a Novalis, el caballo golpeado que Federico Nietzche abrazó en las calles de Turín antes de cabalgar el potro rojo del desquicio. Una lectura sin riesgo sería indigna de Quiroga, como lo sería un homenaje donde reptara la solemnidad. El suicida rioplatense me enseñó que la lectura es el único antídoto para lograr sobrevivir, cuando nos cercan en todos los frentes signos reproduciéndose como ratas y exigiendo nuestra imperativa conversión a la secta de la imbecilidad.

La construcción aleatoria de los relatos que siguen no pretende ocultar una doble filiación secreta, algunas escenas dependen de episodios verdaderos de la vida del escritor y rechazan la sospecha de ser otra cosa que textos irreductibles al anecdotario biográfico. Siguen acaso en imprevisible secreto las trazas del decálogo del perfecto cuentista, escrito por Quiroga y refutándolo sin entrar en detalles en el final del siglo que cerrará el milenio. El cuaderno fue escrito durante las horas de la noche y en un espíritu de posesión convencida (pudo ser la bebida a la que era aficionado en aquellos meses), situación similar al hipnotismo que me resulta difícil explicar ahora, como si estuviera poseído por un espíritu insistiendo en dictarme historias rastreando el punto final, dictarme de corrido hasta provocar el agotamiento y sin importarle la opinión de mi anestesiada voluntad. Yo, que viví para traducir lo escrito por otros en distintas ciudades y tiempos, por única vez en mi existencia me sentí impelido a la curiosa y desagradable experiencia de la creación aunque fuera vicaria. Tampoco descarto que en estado de suspensión del juicio, fusionado a la figura omnipresente de Quiroga invadiendo el cuaderno sus páginas conlleven un homenaje lateral al cuento, forma narrativa injustamente despreciada en tiempos penosos que corren hacia ninguna parte. 

J.C.M.

Colonia del Sacramento (Uruguay), 19…

Buchanan’s sin hielo

Algunos días me levanto pensando que el whisky es el cursor divino cinco estrellas para medir la cultura y la civilización, el avance de la condición humana hacia una insinuación de lo sublime en el reino de este mundo. En tiempos de relativismo y apologías de la mediocridad, recuerdo con ternura a los monjes retirados y pacientes. Que además de dedicarse a tareas de copista (próximas a la literatura) y regular la vida por un ceremonial estricto, inventaron con los arroyos, la cebadas y barriles de la cultura celta esa maravilla. Como muchas otras cosas un muchacho de los barrios populares montevideanos llega después a esas experiencias sensibles; recuerdo con cariño las fases de la educación al respecto, que va del mate dulce al Jameson, que era la marca preferida de James Joyce. Primero el Espinillar de Ancap, después el Paddy que mi abuela le regaló a un médico que la operó de la vesícula biliar; el tío Perucho era aficionado de Monje en botella cerámica, el tío Julio Carvalho -al que la tía Delia mató de dos balazos- sacaba del puerto donde trabajaba, las primeras botellas rojas de Johnny Walker. Padre compraba alguna Catto’s en la licorería Los Domínguez, eran épocas pioneras hasta los ochenta y con repertorio de botellas austero.

En esa tradición inglesa también se deslizaba el relato policial, las pasiones llevadas hasta el crimen y la conciencia de la teatralidad que supone la existencia; la famosa frase con variaciones infinitas y deformaciones del monólogo del cuento contado por un idiota, que se pavonea sobre un escenario y que nada significa. Es conveniente buscar el enroque o la variante para intentar la sorpresa en un nuevo relato; en la primera impresión de lectura del cuento – espero y está en el último libro publicado en Montevideo “El submarino Peral”- da la impresión hospitalaria del género policial. Leí mucha novela policial y creo que -paradojalmente- ablandan el misterio, responden demasiado a un recetario, consuelan -por ello el sistema las acepta feliz, fomenta, produce, promueve y mundializa: no hacen daño- con el triunfo del bien. Algunas series tratan de reivindicar a psicópatas inventivos, se pasman ante la inteligencia criminal activada y dan manuales de instrucciones para martirizar el prójimo. Finalmente todo cambia para que todo siga como está: deducción inteligente, pruebas demoledoras, explicación comprensible y culpable castigado. Los tenientes con perro, comisarios mediterráneos, expertos de laboratorios en ciudades gringas, forenses de autopsia, detectives privados, negociadores, periodistas expuestos, mentalistas, profilers de ambos sexos, Quantico, FBI, Interpol, NCIS, Scotland Yard, Hawai 5-0 y el resto terminan ganando. El relato industrial de esta noche misma en la tele -por lo menos diecisiete- primero disemina pavura en la audiencia abonada mediante monstruos asesinos, luego en los últimos minutos del episodio, nos murmura al oído que estamos bien protegidos y ello hasta la semana próxima.

En el relato quise plantear la intriga con algo de Comic historieta solidario con el protagonista, y -aunque pueda resultar demagógico- dejo que la solución quede fuera del texto. Quizá en el lector y es imposible comprobarlo, seguro que en el autor sin poder asegurarlo; hasta ahora formulé tres hipótesis para explicar la ocurrido en la isla, que acaso es el epilogo de sucedidos en el continente, tal vez en una vida anterior. Tiene algo del clásico despertar y hallarse en una situación anómala -in memoriam Gregorio Samsa- cuyos mayores ejemplos vienen del cine. Series de películas exitosas como “Saw” o “Cube” prueban el efecto del artificio, pues la ecuación del encierro con enigma funciona en piloto automático. Mundos paralelos inducidos según “The Truman Show” (1998) con Jim Carrey o empresas del engaño como “The Game” (1997) con Michael Douglas. Mi preferida es “Sleuth” del año 1973 -mal para los uruguayos- de Mankiewicz, con un mano a mano inolvidable de astucias mecánicas, disfraces circenses y mentiras entre Michael Caine y Laurence Olivier. Para la industria en cadena y desde niño está el ritual “Misión: Imposible”, las seis declinaciones fílmicas y la serie desde 1966; donde todo casi empezaba con máscaras de látex y el afro descendiente Barney Collier (Greg Morris) desarmaba una central atómica con un destornillador de bolsillo. El final de mi cuento podía suponer una rebelión, el hombre atrapado que se subleva contra la suerte que le destina la ironía de sus enemigos. Mi personaje opta por la resignación, lo inmediato ya lo sofocó, sabe que ellos saben que no tiene respuesta ni movida secreta para contrarrestar la maquinaria. Necesita lo que le falta en los minutos previos al arresto, tiempo para entender cómo se armó la trama por la cual está pagando y quizá está en ello aún en estos años de virus.

Se trata de forzar el paradigma usual, avanzar la tesis en el Club Privado Clandestino de que el verdadero personaje creado por Conan Doyle es el Dr. John o James Watson. Nacido en 1852, herido en Afganistán -cfr. “Estudio en escarlata”- y repatriado a Londres. Si sabemos lo ocurrido en el 221B Baker Street y las aventuras del violinista excéntrico con el mastín de los Baskerville, es porque el médico lo escribió. Lo que prueba la superioridad indiscutible del relato sobre los hechos efímeros: sólo persisten en la memoria los gestos que se nombran. Al paladar del Buchanan’s 12 evocando gaitas soplando “Scotland the brave” en almenas de Cadwor, de Glamis y los tíos pícaros de la infancia, se suma el aroma del Montecristo N⁰ 4 a medio fumar. Armado por diestras manos cubanas, mientras alguien con buena voz de bolero, en la tabaquería y desde una tarima con ventilador, lee sin apuro la escena inolvidable, donde Edmond Dantès pone en marcha la obra suprema de la venganza.

Sushi de hipocampo

Capítulo 13: PISO TRECE

El capítulo retenido como muestra metonímica para la última entrega de marzo 2023 de Los ríos ficticios, probablemente sea el corazón implantado del reactor de la novela “Sushi de hipocampo”, cámara funeraria dentro de la pirámide donde está el alfabeto con el cual se escribe la violencia rioplatense. Alcanza con encender la tele a cualquier hora del día o la madrugada insomne, para ver que los medios de información continua buscan un travestismo criminal, el síntoma fake news que define esta etapa de soft power capitalista. Los objetivos optimistas de décadas pasadas, en cuando al rol cultural educativo del medio audio visual se esfumaron; el deporte es la misión última de la condición humana sobre la Tierra y en el domino narrativo la tropilla policial -detectives, expertos balísticos, policía científica, asesinos seriales, recuperación remasterizada de argumentos clásicos- se impone en el presente: queríamos seducir con Don Giovani y cenamos con Hannibal Lecter. En una extensión geográfica que va de Osaka a Estocolmo, desde calles de San Francisco hasta los ovejeros alemanes; en medio siglo dejamos en las perrera municipal al pionero Rin Tin Tin y adoptamos al astuto sabueso Rex que se declina en varias lenguas europeas. Algo tiene de perverso tentador esa tendencia totalitaria al poder del crimen y no sólo en cifras de ventas en librerías; los exagerados delirantes ven en los relatos bíblicos, tragedias griegas y dramas de Shakespeare algo más que meros precursores, sino confirmación sin coartada de la industria del entretenimiento. Más cerca nuestro, al punto que podemos entablar una conversación, si consideramos el post franquismo español y la movida luego de la muerte natural del Caudillo, para entender esa sociedad debemos pasar por el despacho del detective Pepe Carvalho, que es de lo mejor, adelantado de una patota de detectives varios más numerosa que las panillas del Real Madrid y el Barcelona juntas. El Canon rioplatense tiene en nuestro compatriota Onetti un gran lector de novelas policiales; desde la otra orilla, Borges dirigió la colección del Séptimo Circulo, que permitió leer buenas novelas traducidas del inglés (los increíbles casos del jesuita risueño y de las trompetas celestiales) y creó con Adolfo Bioy Casares, al narrador Honorio Bustos Domecq que inventó un barbero detective fumador de Sublimes, cebador de amargos en jarrito celeste y encarcelado en la celda 273 en la figura de don Isidro Parodi.

En mi taller empapelado, el equilibrio ante cualquier nuevo proyecto debe pasar por negociar esa tentación que exige obediencia a protocolos del código Penal y sumisión al dios Augusto Dupin cuyo culto se inicia en 1841. Creo haber evitado -quizá fue un error irreparable y oneroso el precio a pagar- la narrativa policial hard o haber inventado un detective golem siguiendo modelos americanos; alguna vez dije que de hacerlo, el resultado no sería mejor ni equivalente a los logros de Omar Prego Gadea. En cuanto a un espejo ahumado de la sociedad uruguaya partiendo de transgresión, jurisprudencia, pesquisa, crimen y castigo, Hugo Burel fue tramando estos últimos años una tarea formidable incorporando un horizonte temporal anterior a nuestros nacimientos en el año 1951. Igual y a conciencia pura, en un período prolongado me sentí atrapado por el asunto del Fiscal Nisman. Todo comenzó con escándalos de esos que se baten en tertulias de chimentos como Intrusos, alguna tarde de invierno en casa de mi madre. Luego más a la noche, sin ganas de leer, recuperando ciclos periodísticos porteños quedé enganchado a esa trama. Compré en línea unos cuántos libros y la historia, sin molestarme en otros planes de escritura o la existencia, igual asomaba como los fuleros berretines y quedó rondando en jardincito que se hizo selva misionera: belleza y poder, guerra y paz, judíos, moros, cristianos y complotistas, el misterio revisitado del cuarto amarillo en un piso trece, espías de los barrios porteños, chapuceros del cono urbano, crónicas de muertes anunciadas y aventuras de Harry el sucio en Puerto Madero. A ver si me explico mejor; no podría comenzar una pesquisa periodística estando lejos del teatro de operaciones, tampoco es lo mío y el asunto era una máquina implacable de picar carne. Si todos estos años de autopsias o escenarios variados alcanzaron y no lograron una solución al enigma, poco podría -al menos de ser un mentalista verdadero- acceder a la tesis verosímil que cambiara el curso de la cosas. Seguro que hice mal y encaré el caso Nisman como una ficción, esos meta relatos que incluye en el argumento la solución virtual como ocurre en la novela de Agatha Christie; tomemos por ejemplo: El asesinato de Roger Ackroyd de 1925, Diez negritos de 1939 y Hotel Bertram de 1965. Leí documentos que podía procurarme a la distancia como un folletín por entregas escrita en diferentes soportes; trabajé en la calle Dantzig de Paris sin moverme como Isidro Parodi, repasé videos de toda procedencia que libraban los algoritmos de YouTube, pensé lo sucedido como lo que soy: un sabueso de escrituras yendo tras el misterio de lo no dicho y saqué un par de conclusiones sobre ausencias, huecos en relatos públicos, mentises flagrantes que sorprenden, situaciones absurdas y participantes que parecen entes de ficción. El método fue el que conozco desde niño con el inicio de la televisión en Montevideo, mirando En la cuerda floja, el Mike Hammer de Darren McGavin, Ballinger de Chicago con el flaco Lee Marvin, el recuerdo de Olga Zubarry en La muerte camina en la lluvia de Carlos Hugo Christensen del año 1948 y el resto visto en las noches de Hotel. El caso del fiscal Alberto Nisman además de sus connotaciones cósmicas en cuanto al poder, es la Enciclopedia involuntaria de investigación policial; verdadero laberinto judío con monstruos en el interior, es el otro lado del espejo de una Alicia scort-girl, la lectura zarpado del Necronomicón, un dominio donde se debe estar -como ante el Infierno dantesco o en Auschwitz- atento a lo que escrito en las puertas: por aquí se va a la solución del enigma de la desesperanza. Quedé por unos meses a la pesca desde la otra orilla del río y por ello el otro relato que encubre ese enigma sucede en Colonia de Sacramento, como si los callejones adoquinados, las veredas que yo pisé con farolas de siglos lusitanos, pudieran aclarar desde el faro oriental las infamias de Puerto Madero.

Dunsinane, al alba

Dedicarse por vocación a negociar con antigüedades en un país guardado por viejos es una estrategia discreta y elegante de distraer el vivir,  administrar la larga espera del único visitante embozado que llegará puntual. A los años que tengo es tarde para volver atrás, sería ridículo e inoperante renegar de una elección de vida que incluso hoy considero prudente. Como la arena ambigua que desplaza el viento otoñal en la playa Carrasco y la pátina mohosa de las rejas delimitando la plaza Zabala en la Ciudad Vieja, así mi presente resulta de un proceso interior imperceptible a la distancia. Melancólico romance con horas pasadas del ayer y amor crepuscular sin desbordes renacentistas ni pasiones excesivas; condiciones que orientan a la tristeza verificable de ser un reaccionario, definición precaria a cuenta de otra palabra menos estridente pero igual de preciosa. 

Lo mío fue sin contrición y un dulzón diluirse desde contactos efímeros por pasajeros, con cristales soplados en diferentes siglos, maderas de árboles centenarios, bronces de fraguas diversas, porcelanas firmadas, fundiciones célebres, permanente equilibrio en el alambre del tiempo haciendo malabares con la fragilidad amenazada de los pocos objetos sobrevivientes a su implacable pasaje. Manera distinta de ver y acariciar la vida de quienes ya se fueron; si se prefiere facilitando el relato una función social, coartada tangencial para ganarle con creces la vida al sistema y que goza además de cierta estima social. Digamos por ejemplo, de manera hipotética claro está, que si alguna vez cae el Palacio de Invierno de Montevideo en manos de hordas, cualesquiera, en la extensa lista de destinados al fusilamiento seré de los últimos; ello siempre y cuando alguno de mis clientes de los menos sospechados, no se haya vuelto el Comandante Algo y decida acelerar en mi persona, símbolo persistente del sistema derrocado, tan proletario procedimiento. Mientras, igual me preparo con dignidad por si me llega ese imprevisto rotundo final; tengo la costumbre de hablar en voz baja con el fondo de los últimos cuartetos de Beethoven, recorro casas húmedas y sombrías guiado por herederos avergonzados, indiferentes al valor afectivo de lo que ofertan, ansiosos por conocer sur le coup cotizaciones en dólares que pronuncio sin pestañear, como al descuido.

A los pocos meses de fallecer mi esposa a consecuencia de una peritonitis mal diagnosticada, abandoné una prometedora carrera de arquitecto y quedé sin fuerza para proyectarme al futuro, de eso hace más de treinta años. No tuvimos tiempo de tener un hijo; fue entonces que planificar y construir para los otros después de su partida, dar motivo para el regocijo ajeno me pareció un sinsentido doloroso. Decidí refugiarme allí donde terminan los albañiles y comienza la gente a vivir. Desde aquellos tristes días nunca sentí la pulsión de tentaciones inconfesables, mis placeres y vicios deambulan por la admiración de una buena mesa con poesía, en lucha con el orgullo de un cuerpo que envejece fibroso. 

Por gusto y prolongada educación prefiero la comida francesa, sin olvidar por ello los sabores de mis modestos orígenes familiares, añorados sin desmedido orgullo. Cada tanto me pierdo en los suburbios del recuerdo hasta llegar a las fondas de calles olvidadas, casi vacías a descubrir la estirpe de las cocineras gordas de piel blanca y también las negras relucientes; sudorosas delante de añejos fogones y ollas simultáneas encabritando tapas a destiempo, empujadas por vapores de papas, acelgas y mondongo bien sazonado de especies. De tanto espiarlas, desde mesas estratégicas colocadas en relación a las hornallas donde ellas ofician, desarrollé un instinto adicional para clasificarlas. Puedo adivinarles el carácter que imprimen a los guisos, el punto exacto de churrascos vuelta y vuelta, la mano sabia para darle el rulo Sforza a los ñoquis caseros; son ellas estoy convencido hace tiempo, las auténticas cocineras de la ciudad. 

En esos comedores humildes de cubiertos desparejos y dispersas trampas para ratoncitos nocturnos, se alimenta una extraña zoología de oficiales de talleres mecánicos con manos curtidas, viudos inconsolables con sombrero negro, pensionistas lectores de diarios atrasados, quinieleros de a cincuenta pesos por apuesta. Ellos buscan cada día los mismos lugares, queriendo probarse con ese gesto desprovisto de agresión que todavía existen, comen en silencio y apuran vino oscuro de botellas sin etiqueta.

Desde la caja el patrón busca en una vieja radio Admiral las audiciones más populares para amenizar; revés desgastado de los restaurantes con mantel y manteca, esas fondas se extinguen por la consumición del tiempo, la falta de moneda para los hábitos mismos y el desinterés de las nuevas generaciones por las comidas de olla. Ese peregrinar por fondas sin nombre, reconocidas por el apodo del patrón, en almuerzos polizontes de entresemana con olores exóticos de comida abundante me sirvió para mitigar la molicie de las buenas costumbres; espantar espectros familiares, que retornan infaltables cuando asisto a banquetes protocolares: me ayuda a comprender la esencia esquiva de mi negocio.

Las personas nunca me compran sólo objetos que puedo describir con los ojos cerrados, están dispuestas a pagar por el tiempo acumulado en la pieza y el placer recatado de arrebatarme historias ajenas. Al comienzo, creía que con el jarrón Gallé se apropiaban del talento del artista, cristales derretidos con fuego, trabajados como junglas elegantes, movidas apenas por las variantes de la luz o se dejaban impresionar por el poder de la firma prestigiosa. Pasados los años conozco la verdad: buscaban confiscar irrepetibles fiestas –ello mientras duran las guerras- en salones mediterráneos, cientos de otros horizontes alejados con parques floridos, palabrerío de niños extranjeros rondando el cristal, la secreta esperanza de que la pieza supiera del adulterio insospechado en la familia, la huella de un crimen por negocios y del cual el jarrón hubiera sido testigo involuntario. 

En cada objeto se superpone un registro indeleble de los días acumulados por distintas posesiones, así hasta el desprendimiento o rotura accidental. En fin… estoy cayendo en la publicidad inconfesada de nuestro negocio y lo que es imperdonable su justificación metafísica; que bien mirado resulta la destilación final del sistema económico y mental que nos rige, encaprichado en atribuirle valor a lo que no lo tiene, porfiado en el seudo arte de evaluar, ostentoso desafío que demuestra cada vez la existencia de alguien dispuesto a comprar lo irrepetible, pagando lo que sea sin regatear. Considero que esa es la actitud más objetiva de estar vinculado a la historia, a pesar de muchas opiniones de gente con criterio apresurado, que juzga el dedicarse a las antigüedades la estrategia más rotunda de refutarla.

Debido a ese insistente prejuicio mantengo una relación tensa con lo exageradamente actual y verdadero; desafectado del tiempo grosero evidente por legítima opción, alejado de los apresurados sin notarse, amo todo gesto, cada fragmento de historia con algo de mentira consentida. A propósito, comento confesiones con alegatos inverosímiles presentes en cada transacción de compra y venta, incluyo en el precio final una plusvalía inmedible en salario y horas de trabajo; agregada en recuerdo de oportunidades, hipotecas ignominiosas, tragedias secretas, litigios familiares saturados de vergüenza, dólares contra cheque al portado; toda separación obviando lo estrictamente comercial posee un valor que nunca resulta pagado, se trata de la estima afectiva como suele decir la gente que frecuento. Cada mirada codiciosa –obertura de pertenencia, justificación de apropiación- destila un fingido desdén y avaricia inconfesada. Presumo de saber leer –creía saber- en los ojos de pupila nerviosa la textura del deseo, calcularlo en la intensidad de la mirada y el movimiento irrefrenable de los dedos. 

Atraído por el mundo de la ilusión, de haber nacido en otro país con mayores posibilidades hubiera frecuentado el ambiente del cine. Alivianado como está Uruguay de tan pesada tecnología, del parque industrial requerido que asegure una continuidad de imágenes, resulta comprensible mi amistad con Mark Benet, actor teatral compatriota descendiente de ingleses e integrante de las primeras generaciones de egresados de la Comedia Nacional creada por Margarita Xirgú. Esporádico director de algunas puestas en escena, excelente docente de las técnicas clásicas en los tiempos previos a su muerte.

Nuestro diálogo amistoso comenzó a mediados de la década de los cincuenta y de pura casualidad, coincidíamos en los conciertos sabatinos de nuestra orquesta sinfónica en el Estudio Auditorio; aquella sala de la esquina de Andes y Mercedes, muerta por incendio como El Globo isabelino, como tantos otros después para nunca más volver a ser reconstruido. Algo pudimos sospechar, debimos estar más finos de espíritu ante esa premonitoria incineración del lugar de la música.

Después de la música ante todo nos encontrábamos en una chocolatería cercana acogedora, bulliciosa, La Verbena se llamaba y tampoco está más en la ciudad. Se esfumó de la vida como aquellos jóvenes que se ennoviaron en sus mesas, inquietos por las musas tangibles –había entre los más emprendedores un grupo de estudiantes y recientes profesores de literatura-, que entre churros rellenos de dulce de leche y crema, tazas humeantes de espeso chocolate a la española discutían sobre Valéry, la persistencia de Galdós, la evolución de la guerra de Argelia. Acallados los ecos de la función y los adioses en camerinos del Estudio Auditorio, se acercaban a La Verbena algunos músicos que había interpretado a Sibelius, Mendhelssohn y Antón Bruckner.

En esa época de soledad indeseada yo me asomaba a la vida de otros para empañar con vahos humanos el cristal de la tristeza, tampoco me disgustaba el espectáculo de la gente feliz. María Teresa Ricciardi, fatua y hermosísima, lejana e inolvidable me presentó a Mark que había enviudado hace unos meses, era extraño para mi encontrarme con el marido de la otra mujer joven muerta súbitamente en la ciudad; había una segunda mujer entonces, siempre hay mujeres muriendo demasiado jóvenes. Nos unía una coincidencia desagradable que luego fuera pocas veces comentada entre nosotros, inoportuna de conciliar con esa especie de invitación al romance que nos lanzó ella sin percatarse ni arrepentirse, una María Teresa celestina de rummy canasta. 

“Están elegantes como siempre, los viudos más codiciados de la ciudad, juntos pueden conseguirse un par de buenas mozas”, dijo María Teresa. Mark a pesar del dolor presagiado detrás de sus lentes oscuros inadecuados para ese atardecer invernal, le contestó imitando la voz de viejo madrileño y en tono de zarzuela, “una morena y una rubia, hijas del pueblo de Uruguay…” “Tontín, tontín” replicó nuestra amiga frívola y se alejó movida por una amorosa brisa interior, programa de concierto en mano, quería ser la primera en llegar a los brazos del prestigiosos director austriaco que había hecho su entrada triunfal, recibirlo como si fuera un héroe victorioso de batalla y derrotado por la muerte llegando al Walhalla.

“¿Cómo prefiere el chocolate?” me preguntó Mark, asumiendo con resignación estoica, desde el comienzo, un conocimiento recién impuesto, yo ncliné la cabeza, bajé la voz y le contesté “odio el chocolate”. Mark sonrió. “Hombre, esa es una excelente respuesta y no supone que hoy esté predispuesto a embriagarse.” “Tanto como eso… a mi edad hay pocos excesos que me tientan. Tampoco lo presiento a usted en ánimo de salir por ahí a buscar mujeres de vida disipada, ir de putas vamos. Unos tragos de buen whisky es una honorable negociación para ambas partes.” “De lo primero no esté tan seguro. María Teresa me mató el deseo. Tiene razón, una intimidad con ese licor evocado es de rigor para dos caballeros como nosotros.”

En los meses de agosto de hace treinta años Montevideo tenía una belleza ventosa de calles limpias, árboles que parecían moverse por voluntad propia, veredas sin romper y transeúntes silenciosos que levantaban el cuello de los abrigos de piel de camello al cruzar las plazas. Era constante en aquellos agostos la sensación de que en cualquier instante, desde un milagroso cielo azul incorrupto podía caer una fina textura de copos de nieve como nunca sucedió, que doblando una esquina cualquiera diéramos con una pendiente empedrada llevando a la alegría portuaria de Lisboa mitigada de saudade. Extraña ciudad era Montevideo en aquellos años, hacía recordar otras tramas de casas y arboledas sabidas de memoria y por ocasional postal de algún amigo viajero, incluso a quienes nunca la habían abandonado. Integrando un urbanismo adolescente de arquitecto emigrante de segunda generación, algún trazado edilicio cuando lo afectaban imprevisibles juegos luminosos de crepúsculos nublados, parecía hurtado de las plazas menos visitadas de Florencia en otoño; levantando la vista unos pocos grados era posible descubrir –clausurando en la cumbre edificios de moderno estilo ortodoxo dispensados de gracia-, alguna réplica menuda de minarete mozárabe, como si la España del sur con memoria coránica hubiera infiltrado la imaginación de un proyectista de apellido andaluz. 

Nunca y si bien insistimos poniéndolo a prueba en los mismos agostos hacía mucho frío, durante los meses inclementes que depara el invierno la ciudad era estío de eventuales países nórdicos –con ventisqueros y tormentas de nieve- desconocidos y cada año más distanciados. Como en días coloniales de su casual fundación Montevideo continuaba siendo una plaza fuerte defensiva, en aquellos años hace treinta años nadie recelaba un ataque, menos la forma y carácter del agresor. De nada vale ahora saber vivido el tiempo espumante de felicidad condicionada, una angustia incierta ante la inminencia postergada del final de fiesta que al final se produjo. La Nueva Troya de Dumas tenía los caballos traidores pendientes del perfil indefenso de las almenas, en los cojones de broncíneos equinos estatuarios anidaba un enjambre de alimañas copulando a la espera de la traición, reproduciéndose con un aullido terrible que nadie distinguía. 

En la caminata con Mark el día que nos conocimos, tampoco nos hubiera sorprendido divisar los signos de un incendio incontrolado en alejados barrios miserables, miles de ratas enloquecidas interrumpiendo nuestra marcha, tapizando de una marea gris y peluda (burbujas vivas de la tierra) el adoquinado de las calles antiguas; ni que surgieran de pronto pordioseras en los portales, ancianas desdentadas y pestilentes, con pústulas enormes royendo de a poco una carne que había sido mujer. El mal estaba anidando, mientras la luz pegaba en ventanas indefensas, los luminosos multicolores parpadeaban a la caída del día; varios edificios jugados al cristal retenían la esencia del sol presipitándola mansa hasta tocar la tierra.

Caminábamos en dirección rectilínea, la cuadrícula integrada de la ciudad hacía de nuestros pasos una réplica humana de laberinto de laboratorio, sin parques extensos, rodeos o curvas centenarias de callejas estrechas. En el centro de la ciudad parecíamos atraídos al mismo lugar que buscábamos ambos sin haberlo combinado al avance. “Yo soy algo parecido también a un anticuario –me dijo-, pero de palabras” y recitó los versos finales del parlamento de Segismundo. “Eso y dicho de tal manera sólo puede hacerlo un entusiasta del barroco español, un actor”, le dije. “Como buen montevideano típico supongo que va poco al teatro.” “Así es” contesté sin sentirme avergonzado. “Ahora, conociéndome, tiene una excelente razón para cambiar esa conducta reprobable. No será lo mismo que ir a buscar putas pero puede llegar a ser divertido.” “En todo caso incomparable a la posibilidad de interpretar a un caballero ebrio” dije y él sonrió por segunda vez. 

Admito que pasé de largo en nuestra primera caminata los tics prejuiciados en la idea que nos hacemos de un actor, tampoco él me hizo llegar un resentimiento por no haberlo reconocido; pienso que mi ignorancia lo tranquilizó evitándole caer en la tontería de las confirmaciones. Una vez mucho después de nuestro encuentro, me comentó que un espectador incluso los asiduos pueden amar al personaje representado, pero pocas veces llegan a conocer la materia esencial de un actor, puede que haya dicho los sueños de un actor; había cierto orgullo en su razonamiento y de mi comportamiento comentó que avancé “prudentemente” en dicho conocimiento. Hasta hoy lamento cada vez que lo recuerdo mi falta de curiosidad para haber avanzado lo suficiente en su enigma.

“Un anticuario de palabras… es ingenioso, nunca lo pensé así; ignoraba esa ventaja adicional que tiene de conocer mi manera de ganarme la vida. Su definición es una metáfora más apropiada para nombrar un filólogo.” “De lo primero sin misterio, la casta Ricciardi es responsable accidental. Un filólogo es un apasionado conservador en el silencio, los actores dotamos al contrario de vida a las palabras, con el sonido íntimo de la voz humana reintegramos de sentido el horror, la muerte, la burla y el absurdo. No me haga caso, esto se me acaba de ocurrir, ejercicio de improvisación que apenas resiste el mínimo análisis. De este día del que juntos veremos la noche, lo extraño es que usted sea un habitué de la confitería y nunca hayamos coincidido.” me dijo. “Seguro que estamos en el mismo escenario y ensayamos monólogos a horas diferentes” le dije. “Es una idéntica estación de trenes con equipajes parecidos y billetes a destinos disímiles.” “En una vida compartida con muertes incompatibles.” Pareció meditar sobre lo que veníamos de comentar y dijo: “A esta altura de la charla María Teresa merece un brindis adicional. El tres es un buen número, trae suerte.” Los vasos con el Dewar’s que Mark recomendó se alzaron hasta tocarse, las aguas capturadas de torrentes escoceses acompasaban la alegría reposada de gratas divergencias. Desde entonces jamás nos embriagamos hasta perder el sentido, nunca fuimos de putas como insinuamos sin convicción los primeros minutos cuando nos conocimos y acompañamos con interés y el amor de cada uno por sus actividades. 

Con frecuencia nos encontrábamos en la chocolatería cercana al Estudio Auditorio como si fuéramos amigos de toda la vida, desde la distante adolescencia y antes. Hasta el último sábado que permaneció abierta vimos a una María Teresa con arrugas en la cara del alma, luchando contra los años, correr programa en alto, yendo a adorar las manos siempre prodigiosas, el prodigioso talento milagroso del director de turno invitado.

¿Cuál entre los vividos sería el episodio ejemplar para ilustrar nuestra amistad? Había en el conjunto un fondo compartido de cinismo e ironía cariñosa, preparándonos para ponernos de acuerdo en la ardua maniobra de zarpar del sitiado puerto de Juvencia con cierta dignidad. Admitiendo netas diferencias: mi proyecto consistía en un avance a ciegas por el bosque retrospectivo de los usos sociales, que podía juzgarse en la calidad de las piezas, la decantación de la clientela por un tamiz de dólares. Un viaje en el tiempo conduciéndome sin angustia hasta remotas dinastías chinas, inclusive aceptando que mi interés y cariño estaban orientados hacia el último cuarto del siglo diecinueve. 

El periplo de Mark buscaba otra ruta, los años posteriores lo prestigiaron con actuaciones memorables, algunas en las reñidas temporadas de Buenos Aires. “Mi buen amigo”, me decía a veces, como si el éxito fuera la suprema demostración de su contemplación de la vida, “para un hombre nacido en un pueblo del interior del país, excusa de villorrio para justificar una estación de tren de finalidades surrealistas, nieto de marino desertor de la temible flota de Su Majestad Británica, huido a un país que buena parte del mundo confunde con Paraguay, pasarle lo que me sucedió en Buenos Aires es un logro que conviene mantener a distancia sin desafiarlo.” Tenía razón, a consecuencia de un inexplicable mareo de los valores estábamos perdiendo en nuestro país, seguro que sólo en la capital, las dimensiones exactas del tiempo disidente y el espacio recalcitrante. En mi universo con incienso un Chippendale instalado en la Ciudad Vieja de Montevideo, exhibido en una vidriera recoleta bien iluminada tenía una intemporalidad asegurada. Se volvía el objeto –siendo sólo un mueble correctamente restaurado- al que podían conmover las últimas cotizaciones del trimestre de Christie’s en el 89 King St. “En cambio yo dispongo de una sola vida de duración incierta, de un número que alguien ya conoce de noches para ser Arpagón, Arlequín, Don Juan, el viejo Zoilo, Willy Lotman e tutti cuanti. Cualesquiera de tus arcones apolillados enterró generaciones de comediantes de todo el mundo, tus objetos serán por siempre irrepetibles, yo lo único propio que tendré será la forma de la muerte. Ello me obliga a ser cuidadoso en su organización.”

Así charlábamos en su departamento mientras releíamos en voz alta recortes de La Nación y Clarín sobre su conmovedor protagónico de El caballero de Olmedo. En esos arrebatos de la fortuna, posibles sólo en ciudades sorprendentes como Buenos Aires lo tentaron para radicarse proponiéndole libertad de repertorio, la dirección de un taller para perfeccionamiento actoral, incursiones en televisión y la promesa de acceder al cine. “A un hombre como yo, después del obsequio inesperado de lo vivido con la ambigua apariencia del triunfo, sólo le queda el desusado glamour del silencio. Me apenaría que tú, precisamente, atribuyas mi decisión al síndrome de Greta Garbo, aunque intuyo que llegado el final pediré que me dejen solo. Estas crónicas elogiosas hasta la desmesura llegaron demasiado tarde en mi vida. Estoy cansado de cambiar los tonos de voz, siento que estoy en condiciones óptimas de dirigir a quienes empiezan a medio camino entre desorientación y entusiasmo.”

El último verano que compartí con Mark, su hermana nos invitó –“más que dos viudos parecen solterones”-  a pasar unos días a su casa del balneario Solís. A pesar de las antropófagas connotaciones históricas del nombre, por inclinación sedante de sus dunas modestas, densidad de bosques recordando otros bosques y la configuración de sendas confundiendo paseantes entrometidos, fue el lugar preferido por muchas familias de la colonia inglesa que desde las invasiones del siglo pasado y aún las más recientes, mostraron una preferencia por conquistar estas costas exóticas y empobrecidas. Con el pasar del tiempo ese carácter británico de imperio colonial se desvaneció, es justo reconocerlo: el balneario Solís mantiene un carácter nobiliario que desalentó la proliferación de chalet prefabricados de nombre combinado, mixtura arbitraria de primeras sílabas de dos nombres propios con resultados fonéticos deplorables. Allí el paisaje, por extraña ilusión lograba simular los tiempos desafinados de las construcciones, podían coexistir en curiosa armonía la silueta clásica del Hotel Alción transformado en colonia vacacional de médicos, y residencias concebidas para las campiñas de Essex con piedra en los muros, perreras por si acaso y algún zorro criollo soltado a la jauría. Transitando senderos oscurecidos por hojas transportadas resistentes a nuestros febreros, era posible traicionarse hasta escuchar nerviosos cornos llamando a cacería, una voz gibosa recordándonos que también en febrero vivimos el invierno de nuestro descontento. 

Aquellas fueron dos hermosas semanas, la hermana de Mark y su familia resultaron estupendas personas en la difícil convivencia de verano en casa ajena. Mark nunca me había comentado la existencia de la casa familiar de veraneo en Solís, un olvido sin duda, detalle menor ante otras informaciones que calló. Durante los días de reposo se dedicó a leer, dejarse crecer la barba que era de un gris definitivo y tomar notas para sus futuros proyectos de dirección escénica. Me decía: “¿No te parece que podría dar algunas clases? Dirigir y unas actuaciones esporádicas para mantener el nervio sería suficiente. Hasta creo que olvidé la técnica de memorizar, llegó el tiempo de escuchar la palabra de los jóvenes, orientar sus gestos. Nada como la cercanía del mar para tomar decisiones graves, es mejor que preguntarse si el diablo puede decir la verdad. Como siempre que se elige el mismo día es a la vez el más bello y el más feo.”

En cuanto a la manera como viví mi quincena, todas las fórmulas que hallo para enunciar lo sucedido se me antojan un tanto cursis. Siendo breve, viví mi despedida del amor al mismo tiempo que lo reencontraba; para ser más definitivo, el romance otoñal, lamentable expresión, la mujer de esa casualidad era bastante más joven que yo y de las que no mueren a destiempo. Fue mejor de lo soñado, era lo que necesitaba en todo el cuerpo para saberme vivo y admitir al fin, sin coartadas, que Mercedes hacía tiempo que murió. Ella fue una muchacha decidida, insolente con gracia y se lo agradezco, removió cenizas avivando una llama débil, consumida después cuando irrumpieron los primeros e imposibles planes compartidos. Los adioses fueron lo bastante civilizados dadas las circunstancias y padecí la tristeza en soledad discreta. “El anticuario mató el sueño”  fue lo único que comentó Mark cuando vislumbró el desenlace de mi romance. Luego él y yo compartimos la decisión de quedarnos en Solís otra semana, recuperando el tono habitual de antes, luego de las removedoras situaciones acabadas de vivir. “Un entreacto” recuerdo haberle dicho en algún momento refiriéndome a la experiencia. “Una restauración inconclusa” me replicó.

La amistad es adentrarse en el desconocimiento del otro y terminar aceptando un saber tardío, ello no impidió que con Mark llegáramos a una sombra precisa de amistad acotada. Continuar más allá de la prudencia confidencial hubiera sido impropio, recrear nuestras familias sin concretar innecesario y con lo tenido bastaba. Algo de tolerancia mutua, paciencia y percepción similar de hechos exteriores que arreciaban: cuando después de aquella tormenta pasajera y violenta un jinete abrigado pasó por la costa, galopando perseguido –sombra ambulante de la vida- por una caballería fantasmal, cuando el viento movía los árboles al ritmo intenso de un tercer movimiento, las casas veraniegas se cerraban y la hierba buscaba su natural anarquía sin cercenamientos de jardinería nosotros decidimos regresar a Montevideo. 

Esa temporada fue un gozne de portones de inmovilidad centenaria. “Por fortuna pasamos juntos estos temporales” dijo él. Estábamos cenando una cazuela de mariscos, exceso justificable por ser la noche previa a la partida, la hostería del lugar servía los últimos manteles de la desfalleciente temporada; en apenas tres días, se pasó de gente extranjera esperando mesa en la terraza a una pausada vigilancia de camareras necesitadas de dormir el sueño acumulado en verano. “¿Cuánto hace que me propusiste salir de putas?” me preguntó, sorprendido me reí con ganas. “Pensé –dije-, que para recordar aquel día de nuestras vidas apelarías a Sibelius.” “Al austriaco pelirrojo señor de la batuta. ¿Te acuerdas cómo se llamaba? Siempre y cuando estuviera aquí María Teresa, que a estas horas habrá replegado su afán de convocatoria al romance de los viudos.” 

Incitados por el pasado pedimos otra botella de buen vino blanco. “Amigo –dijo Mark- nada en el mundo debe sorprendernos ni atemorizarnos la forma de morir.” “Te preocupa demasiado la muerte desde que abandonaste la escena” comenté. “Es la clausura definitiva de la temporada, la única suerte a la que aspiro es alcanzar una muerte coherente. En estos tiempos sin que adivine la razón, me viene a la cabeza con insistencia una línea que la Xirgu me hacía repetir una y otra vez en mi época de estudiante: no me acordaba casi del sabor del miedo. Deseo que a ti no te llegue sentirlo alguna vez, te deseo la misma coherencia. En esos instantes inexorables hèlas, sería agradable que estuviéramos uno junto al otro, como ahora” dijo. “No lo tomes a mal –le contesté-, preferiría ser yo el que vaya a tu salida a bambalinas.” Pareció no escucharme limitándose a observar desde cerca el color intraducible del vino. 

Era casi medianoche cuando salimos al sendero que llevaba a la casa y desierto a esa hora, pasaron tres automóviles cargados de bultos en retorno definitivo a la capital. la noche estaba fresca y luminosa, la noche era silenciosa, lo suficiente para oír con claridad el estrépito del mar rabioso pegando en escolleras imaginarias, contra altas piedras devolviendo un eco de aceros entrechocados. “¿Oíste?” me preguntó Mark sobresaltado. “¿Qué?”, respondí. “Si no oíste” insistió. “¿Y qué diablos se supone que debí haber escuchado?” “Cierto –dijo regresando de algún lugar que yo ignoraba- nada, nada. Es culpa de ese maldito postre de cerezas” refunfuñó mientras, con un pañuelo ensalivado procuraba sacar una mancha del puño de la camisa.

Durante años seguí con interés los consecuentes logros de mi amigo, nunca fueron la explosión genial y sorprendente de una única puesta en escena, él mantenía algo así como el espíritu clásico del teatro. El arte de ser alguien distinto nunca dejó de perfeccionarlo, lo suyofue una búsqueda más que por la innovación técnica exterior, signada por el ahondamiento en la inquebrantable voluntad de dejar de ser yo. Sus discípulos, incitados por las transformaciones de los teatros y elencos del mundo, aprendieron a respetar su severa capacidad de revivir parlamentos con siglos de escritura. Seguro que por esa misma disciplina clásica sin concesiones a la moda, anotada por algún delator infiltrado en sus cursos, cuando los militares asaltaron el poder fue de los menos molestados en el ambiente. En impuesto silencio supo de la fuga clandestina de compañeros hacia el exterior, sintió la ausencia de otros prisioneros, enterró en cortejos minúsculos y vigilados a queridos amigos. “Lo teníamos ensayado, salvo que ahora prescindimos de la segunda función” ironizó desde la rabia y el miedo maquillado de fingido desencanto. 

Las semanas se centuplicaban, la historia parecía haberse estancado trabado sus poleas en este lugar del mundo, dando paso a una persecución con el objetivo final del exterminio. Al mes, al otro mes que llegó a los pocos días igual llegó la cuenta de la luz, con la misma moneda circulante pagamos la comida y nos venció el sueño cada noche. Alguien como yo, trabajador en la buhardilla de la sociedad no es la persona adecuada para mentar dolores de los otros, destinos violentos que nada hizo para impedir. En la ciudad percibí el cambio de los tiempos, al recuerdo de calles sorprendentes y veredas entibiadas a eso de la media mañana ingresaron imágenes de la guerra ajena. 

En lo profundo me negaba a aceptar lo sucedido, resultaba menos humillante suponer el padecimiento de un ejército invasor, otro fronterizo monarca usurpador, un ambicioso asesino en castillo que digerir el gusto ácido de esos días. Mi cuerpo capituló y comencé a caminar apoyado en un bastón, los tres apoyos del andar me permitían deambular sin ser molestado por las autoridades, notoriamente alejado de la culpa terrible de ser joven. La mayor violencia para mi estaba es la acechanza permanente de los motores; embaldosados puestos para el paseo insinuante de mujeres con zapatos de taco alto y la desgarbada carrera de escolares, eran pisoteados por trotes de botas entrenadas para forzar la entrada en Leningrado, calles que escondieron las vías del tranvía con una capa de alquitrán resentían el peso de llanatas que habían devastado El Alamein, deshechos olvidados en Nápoles, aldeas bretonas de camino al aquelarre y la arisca costa yugoeslava revivían en los pueblos uruguayos, desperdicios de Saigón, uniformes de Santo Domingo y chatarra de entrenamiento en Panamá llenaban de invasora estridencia la noche insomne de la ciudad tomada. Hombres uniformados con dedos en gatillos aguardaban agazapados en las esquinas a tanques enemigos que nunca llegarían, mientras las tropas entrenadas aguardaban el asalto final postergado al infinito; los paracaidistas sabían de su improbable salto detrás de las líneas enemigas y en los sótanos de casas preparadas sucedían cosas innombrables. Hasta la rabia se olía de saber que ese camino nunca conduce a la gloria del reconocimiento, sino al anonimato vergonzoso necesitado de trapos. 

En la calle estábamos en desigual combate los compactos escuadrones de fusileros navales, conocidos por su eficacia y los viejos que siempre tenemos una razón baladí para salir, unos sin nadie uniformado sobre quien disparar y otros sin ganas de continuar sobreviviendo. Los neumáticos altos como una persona resonaban un caucho de cruzada, los conductores de los vehículos militares –creyendo que sometían la frontera holandesa- sabían que desde las ventanas sin luz miles de ojos los miraban con temor, los transportes multiplicaban en su variedad un sonido agrio de engranajes de huesos y guerra marcando la persecución inclemente. Esporádicos disparos de ametralladora, tableteos imposibles de desoír proclamaban los crímenes sumarios que toda victoria necesita, la dictadura era oscuridad desplegada en la noche, nadie dormía, delación, allanamientos y saqueo lo impedían. Cada amanecer de dignidad hipócrita despertaba con visibles cadáveres anunciados por televisión y otros ocultos, cuerpos mutilados, putrefactos a causa de las heridas que la insania negaba retener y haber matado. Hasta el orgullo bárbaro de eliminar al enemigo y fotografiarse con el pie pisando el pecho perforado se ordenó olvidar. Perros hambrientos, hurgadores de basura y pescadores encontraban cuerpos al final de las noches, carnívoros tablones de intencionados naufragios; cadáveres pedagógicos que algún oficial bondadoso condescendía librar, espectadores tiesos de retablo del monstruo atacándose a si mismo, coincidencia deforme, materialización de sueños de guerra fratricida vuelto depravado ejército de bufones asesinos matando por placer. Imposible identificarlos en ojos invisibles, ni en voces que sólo hablaban desde el insulto: correas de dientes afilados, pistones, combustible de alto octanajes, reptante rodar de ruedas de tanquetas. 

Caminando las calles laterales dejando atrás el estruendo de las tropas actuando, sentí punzadas de la muerte en el pecho. Era inevitable topar con las calles con patrullajes de jeeps incesantes en perpetuo cortejo vigilante del lento dolor de la ciudad, algo parecíamos estar esperando: un ataque aéreo sin sirenas ni refugios, la 38 división motorizada, el 5º de caballería, una patrulla de mariners, la carga a sable de la brigada ligera, el final de la cacería asesina sin cornos ni zorros. Era una cortina de humo ante enemigos utópicos justificando el continuo extermino y poder instalar un reino de la muerte sin rojos, obreros sindicados ni poetas, un país a imagen y semejanza de un camuflado cementerio de cuartel. Montevideo había dejado de ser la playa de náufragos inmigrantes peninsulares, bucólica ciudad de la postguerra, cuando la guerra para nosotros era poco más que lo mostrado en los informativos proyectados en el cine Metropol. Como con las armas que vendo a los coleccionistas, me hubiera gustado conocer cuánto tiempo hará falta para disipar de las empuñadoras y culatas la marca de la sangre. La ciudad se desconfiaba a ella misma, era el condado periférico y doliente donde ellos acamparon para someter.

Dejé de salir por la noche ahondando mi diurno deambular por casonas y ferias vecinales. El negocio prosperaba, es verdad. La sociedad en tu integridad ingresó a un degradé de la violencia cada vez más confundida con sucesos cotidianos; asumimos una etapa humillante de consolidación y el comienzo de aceptar vivir con el horror en paralelo. Los altos mandos aceptaban con agrado que, sin necesidad de ejercer presión se alistaban civiles al proyecto, dispuestos a fundar la teoría justificando el nuevo orden salvador del sentir nacional, sustentado por abogados infames capaces de engarzar la muerte y el Derecho. La parte de la historia que estaba resistiendo según noticias referidas por gente amiga se distanciaba de mis intereses inmediatos. A todo esto Mark continuó con las clases de teatro, debiendo soportar nombramientos de mediocres en puestos de responsabilidad, desplazamientos agraviantes en el escalafón, limitaciones ramplonas de repertorio del elenco oficial y hasta la participación en alguna espectacular fiesta patriótica, con bueyes y gauchos de verdad formando cuadros vivientes. 

“Si el Cosmos está alterado a tal punto, los valores personales tiene una relativa circulación social” me dijo mi amigo alguna vez; cuando nos encontramos las últimas veces lo noté más repuesto y de excelente ánimo, lo que me alegró. Lo consulté sobre ese imprevisible comportamiento, pues conociéndolo –es un decir- presumí una nueva situación afectándolo de manera especial. Su respuesta fue como siempre enigmática: “Cambian las circunstancias de un día para otro, por eso hay teatro y destino. Cambian los roles, todo es disfraz de una historia incesante. ¿Sabes por qué desde el novecientos los uruguayos no tenemos dramaturgo? Porque somos un ininterrumpido auto sacramental, una de esas obras donde actúa toda la población del lugar. Tú actúas de anticuario, yo de actor que actúa y así al infinito incluyéndolos a ellos; andamos a locas, viajamos y morimos, nos desterramos, estrellamos nuestros Astiacnates contra columnas de supermercados. El apuntador se nos quedó afónico y quedamos perdidos en el laberinto argumental de la obra representada, sin poder detenernos. vamos improvisando despeñados a un final diferente al que siempre nos enseñaron.” “Lo terrible es que eso es falso, lo sabes muy bien.” “Lo terrible es que se nos va la vida buscando nuestro papel.” “Además estamos viejos” comenté. “Nunca me gustó Lear” dijo, dando por finalizada la conversación.

¿Tiene sentido preguntarme si alguna vez alcanzamos las profundidades del alma? Quiero pensar que si a pesar de que fue una amistad pensada hacia adelante sin versiones nuevas de dolores pasados. Mark compuso sin dificultades su papel de amigo de anticuario, seguramente fue su actuación más cercana a una verdad de la cual apenas escruté la superficie. Algunas veces nos sorprendíamos hablando profesionalmente, él como si yo fuera compañero de giras por pueblos del interior, yo como si se tratara del coleccionista porteño de jarras de peltre. Lo sucedido luego invalida cualquier especulación para destilar una certeza triste, me consuela saber que lo supe a Mark –cuando él no se sabía observado- viajando por el tiempo y el mundo, preocupado por el destino incierto de los cerezos y arcaicos vaticinios de Tiresias, la sospechosa virtud de doncellas francesas.

Nunca olvidaré la fecha, aunque prefiera escamotearla en la vaguedad de decir mediados de agosto del año mil novecientos setenta y siete. Eso sí: era el tercer miércoles del mes, el día que me controlo la presión arterial en la sociedad médica. Serían a más tardar las once de la noche cuando golpearon insistentes la puerta de mi departamento anunciando visitantes pues a nadie esperaba; estaba leyendo una historia de relojes italianos, la irrupción súbita de nudillos nerviosos, ajenos a mis hábitos de viudo en edad de parecer viudo nada bueno presagiaba. “Disculpe que lo moleste a horas tan inoportunas –me dijo la vecina de un piso superior-. Su amigo actor, el señor Benet, viene de llamar e insiste en querer hablar con usted. Dice que es urgente, por eso me permití…” Mark nunca había hecho antes algo parecido. 

Mientras le agradecía su atención con movimientos torpes que provoca la intuición del miedo, me puse la bata de seda repitiendo que era yo quien debía disculparse por esta contrariedad. Al minuto cruzamos el corredor, subimos la escalera y entramos en su casa. Los niños dormían me dijo ella, el marido me saludó levantando la mano sin dejar de mirar una serial de guerra que pasaban en la televisión; llegamos hasta el rincón del teléfono. “Mejor pase al dormitorio, así podrá hablar con más tranquilidad.” Le agradecí esa amabilidad, ella me dejó solo, cerró la puerta y me senté al borde de la cama.

-Amigo mío, tu llamada a estas horas me intranquiliza.

-Perdóname anticuario, era para avistarte que llegó la hora.

-Se puede saber de qué diablos estás hablando.

-Dentro de unos minutos voy a morir.

-Muchacho, veo que sigues fiel a tus viejos planes de embriagarte.

-Ni whisky ni una ronda por la ciudad de las putas, dos renuncies insensatos de los que ahora me arrepiento. Esta vez es verdad, tampoco pretendas saber ahora la razón de mi muerte, hay poco tiempo… es todo tan complicado de explicar y debía cumplir el amigable deber de informarte sin faltar a la promesa.

-¿Dónde estás?

-¿Te gustaría cenar una cazuela de mariscos recogidos esta mañana misma, con Riesling frío y un postre de cerezas que mancha?

-Si quieres esperarme hasta el amanecer podríamos desayunar juntos, hace tiempo que deseo tomarme un fin de semana largo.

-Ya no veré salir el sol, testarudo anticuario. A pesar de lo que llegues a pensar mañana con el paso del tiempo, quiero decirte que nunca te mentí.

-Como zorro irónico eres pasable, como viejo sentimental me pareces insufrible. Para colmo molestarme a estas horas, incomodar vecinos…

-Es la despedida anticuario. Me pregunto si pusiste a María Teresa en tu catálogo de piezas únicas.

-Espérame mañana temprano, adiós.

Regresé a mi departamento con los pensamientos confundidos, entretejí apenas un sueño liviano y poblado de recuerdos como hacemos los viejos. A las seis de la mañana estaba en el negocio donde los relojes antiguos marcaban otro tiempo sin urgencias, distinto al agotado minuto tras minuto. 

Desde allí llamé a mi sobrina que tiene auto y le pedí que viniera a buscarme, que se trataba de una situación de emergencia, “hasta te diría que es un caso de vida o muerte, por favor no te alarmes, por favor no demores”, le supliqué. A las siete y diez me recogió en la puerta del negocio dispuesta a prestarme el tiempo que fuera necesario, “¿hacia dónde vamos tío?” me preguntó apenas me senté junto a ella. “Al balneario Solís muchacha, lo más rápido posible.” 

La cerrazón de una fría noche húmeda se resistía a disiparse, en pocos minutos dejamos atrás la ciudad y avanzamos solos por la carretera. Después de cruzarnos con ómnibus trayendo trabajadores de los balnearios cercanos a Montevideo, habiendo dejado atrás el primer peaje la ruta parecía estar esperándonos sólo a nosotros. A cada kilómetro ganado en nuestro avance hacia Solís el corazón me latía más deprisa, deseaba irritarme por una presunta broma de Mark con unas copas de más. 

Dejamos a la hora de viaje la carretera principal e iniciamos la marcha lenta hacia nuestro objetivo, que yo recordaba vagamente. Beatriz disminuyó la velocidad, para mi sorpresa entre la niebla y el campo empapado podía distinguirse la vigilancia de cascos inconfundibles y el movimiento de capas de la tropa. Desde entonces avanzamos con mayor prudencia, en medio de la carencia de claridad cualquier gesto impudente podía ser confundido con una fuga. De pronto reconocí la senda que llevaba a la casa de la hermana de Mark, una tímida apariencia de luz, proveniente más de la tierra que del sol invisible comenzó a definir los contornos de pinares y casonas cerradas. Como si despertara de un mal sueño recobré la visión de rincones queridos por razones olvidadas, después de una curva prolongada del camino divisé la casa familiar; siempre me pareció gracioso el puentecillo de piedra grisácea uniendo el bitumen de la senda con la gramilla. “Pasa despacio y no te detengas. Cualquier cosa, si nos interrogan soy un viejo Lord venido a menos y un poco pervertido”, le dije a Beatriz.

Jamás sabré determinar con precisión la velocidad de pasar sin llamar la atención y con tiempo para contemplar lo que será un recuerdo perpetuo, hasta donde pude observar entre cegadoras linternas y manos incitando a circular con violencia, eran tres los cuerpos tapados con unas lonas. Todo era señales de la masacre reciente, la puerta de entrada grande de gruesa madera, digna de una fortaleza estaba destrozada, el frente de la casa era blanco de un enloquecido ejercicio de tiro: tres ventanas y el farol de embarcación de altura estaban irreconocibles, se veían trozos de vidrio desprenderse cayendo como gotas afiladas tajando la tierra, había dos vehículos estacionados en las cercanías, un camión de los grandes con lona extendida y un jeep enorme con ametralladora portátil. Detrás nuestro llegaba una ambulancia militar, un mando autoritario impartía órdenes a sus efectivos y más de veinte hombres comenzaban a reagruparse; el uniforme camuflado destacaba el tizne negro cubriendo la cara, chaquetas y pantalones eran sucesión informe de tonos verdes y marrones, las espaldas fingían un tramado tupido de hojas tropicales, sus piernas arrastraban desde el barro la clorofila interior, al mover los brazos un juego de cortezas se estremecía por el peso de ardillas imaginarias, atadas al casco cubierto de una red, como si hiciera falta la ilusión de las telas de araña, los hombres habían dispuesto ramas de verdad arrancadas a pinos de la zona y en el avance se advertía en varias partes del equipo, incluyendo el fusil, de pie o arrastrándose, desgarrada vegetación menuda. En la noche el grupo enemigo avanzó sobre la casa donde estaba Mark cumpliendo profecías de bosques que se ponen en movimiento: disfraz teatral, maquillaje panteísta para llegar al corazón de mi amigo y detenerlo para siempre sin saludo ni aplausos.

Beatriz y yo desayunamos luego en el parador cercano, nadie en el salón comentó el ruido inconfundible de la noche pasada, la radio en cambio repetía la información terrible de las últimas horas: Elvis Presley había muerto en circunstancias dramáticas y el mundo perdía un ícono adorado. Preguntamos por las recientes ofertas de venta en la zona, fingiendo interesarnos anotamos teléfonos y pedimos opiniones a los patrones del lugar. Yo estaba triste pero sereno, Mark jamás me hubiera dejado actuar de otra manera en la presente circunstancia, tampoco pude evitar recordar los buenos momentos con mi amigo del ocaso, que saldría por fin en la televisión uruguaya en el informativo del horario central, aunque una vez más –caprichos del reparto y azar del elenco- le darían el papel de traidor. Coherencia Mark, coherencia pensé mientras por las mejillas me caían lentísimas lágrimas. Debíamos regresar sin más tardar a Montevideo; durante el desayuno y lo que duró el viaje a la ciudad Beatriz no me preguntó nada personal sobre lo sucedido, ella respetaba mis motivos al silencio y entendió que nada me quedaba para recordar. Hubiera sido para mi difícil explicarle el desconocido poder de los oráculos, las celadas encerradas en todo enigma urdido extraviando a los hombres y transfigurar una vida. En mi segunda muerte de un ser querido de verdad dolorosa, viejo cansado vine a descubrir una odiosa y fría mañana de mediados de agosto que mi querido amigo se guardó –tontín, tontín diría nuestra celestina de antaño-, unos secretos inocentes y necesarios para el arte de vivir actuando una doble vida. En la noche final coronando su existencia, el comediante orgulloso se dio el gusto de desafiar la Muerte sosteniéndole la mirada, a la manera de un Rey cuando cae en desgracia.

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo primero)

(capítulo primero)

La razón que justificaba el viaje era reponerme de los nervios y las circunstancias desgraciadas en las que me vi implicado cambiaron mis intenciones iniciales. Todo comenzó porque fui yo quien encontró a nuestro padre colgado en la casilla de madera del fondo, donde en un pasado más próspero de la familia debió albergarse a los jardineros. Sabía que él tenía problemas financieros graves; nunca supuse que luego de la sonada quiebra del Banco –del que era uno de los mayores accionistas- cuando su fotografía apareció en la primera página de los diarios capitalinos, tomaría esa drástica decisión. Recordé nuestras relaciones durante mi infancia y más tarde, estaba convencido de que el suicidio distaba de ser una respuesta honorable al desastre económico sin escapatoria, lo sabía incapaz de un gesto de tamaña grandeza; creo que en la hora final se impuso su egoísmo dejándonos a propósito como lo hizo, una herencia sobrecargada de deudas sin garantía y un paquete tóxico de maldades al portador. Salvo un milagro que nunca se produjo, el suicidio decretó el ocaso de nuestra familia en tanto influencia social del apellido en las esferas del poder. 

Abogados, escribanos y contables insidiosos nos auguraron un porvenir inevitable de miseria para los próximos meses; afortunadamente, la muerte de mi padre impidió toda tentativa de encarcelamiento de otros parientes cercanos arrastrados en sus maniobras fraudulentas. La sentencia divina, entendida como caída fulminante del caudal de acciones, ejecutada por mano propia, satisfacía a la justicia civil y fue suficiente para enemigos jurados aguardando un desenlace desgraciado de la situación. Ese anunciado y brusco movimiento de la rueda de la Fortuna me tenía sin cuidado, pero dentro de la familia tuvo secuelas inquietantes. A los pocos días del suceso mamá comenzó a pasearse por la casa con la mente extraviada, representando la heroína desgraciada de una ópera inexistente, comía poquísimo, murmuraba historias incoherentes, comenzó a vestirse con ropa antigua que exhumaba de arcones fuera de uso. Cada vez que lo hacía su vestuario retrocedía en el tiempo más y más, hasta alcanzar la patética condición de vieja mamarracho.

Si bien la liquidación sumaria del patrimonio familiar era inminente, el impacto del suicidio en las tramas financieras frenaba un tanto la debacle. A ello contribuía una hipocresía reinante, la comprensible y justificada avaricia de los acreedores; cada uno entre ellos trataba de cuidar sus intereses amenazados con atenta y vigilante prudencia. El cadáver de padre nos permitió un letargo de gracia burocrática, limbo temporal en tribunales discretos y que duraría hasta la impaciencia del primer alguacil que viniera a buscar los cubiertos de plata, nuestra vajilla inglesa con monograma dorado de los Morelli en el centro, el samovar traído de Moscú a finales del siglo pasado. Mamá estaba y para siempre fuera del desastre legal que nos golpeó. Mi hermano mayor vivía la inenarrable embriaguez liberadora, viéndose por fin al frente de los negocios sin tener que darle cuentas a nadie, es decir a nuestro padre; él evacuó rápido el dolor filial y exageraba una despreocupada libertad de movimientos, parecido a un niño repuesto de una larga enfermedad que lo postró en el lecho. A lo que agregaba un insensato objetivo en el porvenir, repetido a diario, por salvar el buen nombre de la familia… Podía imaginármelo marchando a las negociaciones –que las más de las veces eran humillantes ejecuciones- con la soga del ahorcado en el maletín, esgrimiéndola ante los funcionarios como argumento emocional mientras les recordaba, con orgullo tendiente al delirio que los Morelli somos gente de honor y siempre pagamos nuestras deudas. 

Uruguay pasaba momentos poco inclinados a esas distracciones del pundonor familiar mancillado, el país era un enorme barco al que un témpano de guerra le abrió un enorme boquete en el casco y en medio de la gritería amotinada, sirenas ululantes e inútiles llamados inútiles a la calma, algunos de nosotros seguíamos bailando valses vieneses en el gran salón, festejando el cruce del ecuador y el aniversario del capitán. De haberle creído a las tarjetas de condolencia que día a día y en número creciente llegaban a nuestro domicilio, con la lamentada pérdida de José Prudencio Morelli la patria venía de privarse de uno de sus grandes hombres. Para mi opinión menos laudatoria que las fórmulas leídas, había muerto un padre ausente, autoritario, y prefiero callar mis sentimientos cuando lo vi pendular igual que monigote, con un solo zapato deslustrado que terminó cayendo y un taburete de sirvienta tirado al costado. Antes de dar la voz de alarma contemplé un buen rato a lo que fuera mi padre, caminé alrededor de su forzada ingravidez evitando cualquier confusión de mis sentidos, dándole tiempo suficiente para morir si es que venía recién de patear el banquito, cuando entré casualmente a buscar unas tijeras para cortar tres rosas que habían adelantado la floración. 

De ese títere de un solo cordel venía yo y supe que la distancia insalvable que nos separaba sería insuficiente para apaciguar recuerdos dolorosos; no obstante la muerte, sus gestos de reproche y certeras palabras de desprecio que formaron mi educación del rencor me seguirían el resto de la vida. Era inevitable que llorara la pérdida de la autoridad que me condicionó a la perfecta infelicidad y a que mi propio cuerpo se pareciera a eso; tampoco todo lo que sucediera en el futuro sería culpa suya, sí buena parte y tal era el impuesto porcentaje de mi herencia. La coincidencia entre su gesto y mi descubrimiento fue el último sopapo que él me propinaba sin reprochárselo después de muerto. Había algo de pedagógico en nuestro encuentro final y si tuve dudas en cuanto a lo que sentí, distaba de ser un sentimiento de respiro y libertad. «Padre nuestro» dije, y entendí que esa imagen de luz entrecortada por tablones verticales podridos presagiaba mi entrada a la pesadilla de otro tiempo; ingreso a sueños con ahorcados, como si él descontento por lo hecho y reprochándome el haberlo descubierto ahorcado, me indicara un camino llevando a mi vergüenza: la perdición que me estaba destinada por haber entrado en la casilla de los jardineros sin golpear, a lo niño maleducado.

Después estaba lo incontrolable, secuelas y ceremonias secretas, derrumbamiento imperceptible de la endeble noción de familia y noches en casa, con madre limpiando de a uno caireles de arañas traslúcidas a las tres de la madrugada, cocinando quilos de papas fritas que terminaban en la basura, tejiendo escarpines negros y observando escaleras con ojos de Tosca tentada por la fosa induciendo al abismo, preludiando la réplica del telón final. Comencé por la pérdida de horas de sueño, suponiendo que ciertos objetos de la casa y que me acompañaban desde la niñez segregan un humor pegajoso como linfa de la hostilidad. Sentía que por debajo de mi piel la urdimbre de los nervios era un circuito fosforescente y enemigo, entidad desconocida al cuerpo; me dejé llevar por las facilidades del lugar común y fabriqué con plasma adulterado pequeños síntomas del agotamiento, secuelas de la falta de sueño. La sabida hipersensibilidad de espíritus fragilizados por una dura pérdida, gestos ostentosos de alguien que requiere asistencia, pide ayuda y la pide ahora. Mamá resultó más dócil, siempre encontramos en la vecindad alguna vieja enfermera jubilada que venía a hacerle compañía, su cuerpo entregado era sumiso al efecto de cápsulas tranquilizantes que le suministraban de continuo. Lo mío dijeron ellos, inquietaba sin llegar a ser alarmante, aconsejaron retiro que ayudara al olvido, un viaje de ser posible y vida sana al aire libre; para llegar a esas mediocres conclusiones resulta que ellos estudiaron durante años en la Facultad de Medicina. Tampoco era yo el obtuso de la familia, expedirme bajo consejo médico a la casa de alguien conocido no suponía en principio una ofensa ni constituía una carga fastidiosa, si se dan buenas condiciones afectivas hasta puedo tener una conversación agradable. 

Cuando la gente omite hablarme del «incidente» puedo departir con entusiasmo de música clásica, asunto que conozco bastante bien, sobre la situación política del virreinato para lo cual la ignorancia es suficiente e incluso aconsejable. La muerte de nuestro padre disipó brumas persistentes después de muchos años entre los Morelli repartidos a lo largo y ancho del territorio nacional; parientes cercanos y lejanos respondieron de inmediato al duelo, dispuestos a solidarizarse sobre la paleta de los buenos sentimientos. La plata era otro asunto, la muerte dejó sin efecto juicios sobre la actitud distante y despreciativa de mi padre respecto a la familia cuando empezó a prosperar. Esos tanteos se justificaban, lo urgente era que yo abandonara la casa familiar por mi bien y temor a mis reacciones… Mi hermano Mauricio me propuso con el nuevo tono de gerente que había adquirido, que fuera a la Barra de Maldonado donde veraneábamos cuando éramos chicos. Le dije mi preferencia por marchar al litoral, a un territorio de frontera pues fue allí donde pasé las únicas vacaciones de mi vida fuera de la irrespirable tutela familiar; por ese motivo y lecturas posteriores asociadas al episodio, las recordaba como las semanas más felices de mi vida.

El Morelli en cuestión, sorprendido por la elección del pariente en desgracia aceptó albergarme por un tiempo en su casa. Fue así que un viernes a la noche yo estaba en la estación Artigas de ferrocarriles, pronto a subir al tren que durante la noche me llevaría hasta la ciudad de Salto. Aquella tardecita de otoño entrevista en la estructura de hierro de la estación y cristales coloreados de techos altísimos fue espléndida: ver changadores uniformados de azul llevando bultos que viajaron por el mundo, descubrir al final de los galpones alineados el cielo que tornaba del azul intenso al lila melancólico, escuchar el sonido espasmódico de locomotoras fatigadas o acaso la inminencia del viaje, me hicieron sentir bien y esa noche por primera vez en semanas, arrullado por el traqueteo del vagón dormitorio dormí de un tirón. Cuando desperté sin tener la boca reseca había olvidado lo soñado durante el trayecto.

Llegué a Salto como lo haría por primera vez un extranjero, mi vestimenta era apropiada para asistir a un partido de cricket y pasear por balaustradas pintadas de blanco de un balneario británico un jueves de septiembre. En el andén me esperaban un tío segundo que recordaba con cariño y una muchacha de aire tímido.

-Esta es Jésica, dijo mi tío después de abrazarme. Acuérdate de cuando jugaban juntos hace de eso muchísimo tiempo. Bienvenido sobrino.

Era cierto entonces que había un vínculo entre la muchachita rubia que recordaba de días pasados junto al río que da nombre al país y esa casi mujer parada en el andén de la estación ferroviaria de Salto, que me saludó con afecto reticente, curiosa y teniéndome lástima por lo que yo había vivido. Mirándome por si había la posibilidad de un asomo de romance entre primos que restituyera años de separación, acaso destratándome de inmediato por mi aspecto equívoco de venir de otro lado, un país lejano y por mi desagradable mirada de mal del alma. Era el tiempo que hace estragos y lo mismo sucedería conmigo, pero Francisco nada comentó sobre mi aspecto que por otra parte se suponía. El dijo «lamento lo de tu padre», contesté gracias y dimos la cuestión por zanjada, al menos que yo tuviera luego la necesidad de regresar sobre el asunto. 

Por las precauciones iniciales de Francisco, deduje que Mauricio exageró en sus recomendaciones sobre mi estado de salud, lo silenciado quedaría protegido en la situación neutra que insinúa la palabra reponerse, cuando se la pronuncia lentamente y en voz baja; caminatas lentas al aire libre y mucho sol para contrariar la palidez, cantidades progresivas de alimento recobrando el apetito, cuidados similares a los dispensados a cualquier muchacha primeriza que perdió el embarazo en una caída escaleras abajo del sótano. 

Me constaba que Francisco era una buena persona, en los primeros momentos luego de mi llegada se le dificultaba ocultar las reticencias que le provocaban mi condición de capitalino. Había algo relacionado a mis estudios avanzados, sobre todo el ser hijo de quien era y haber visto el peor ocaso de la paternidad, despertando en los otros sentimientos encontrados. Necesitaba evitar enfrentamientos, quería mantenerme alejado de rencores antiguos que me eran ajenos y se lo hice saber a mi tío desde el primer momento. 

 -Para serte sincero, pensé que irías a la casa de la Barra de Maldonado, dijo él mientras marchábamos a la casa y ya en el automóvil.

-¿Cómo va el potrillo de la Ramita? le pregunté mirando por la ventanilla, tratando de reconocer lugares.

-¡Ah! ese bandido es un matungo viejo y hasta tiene nietos. Qué memoria compañero, me respondió.

-¿El árbol del patio sigue dando nísperos dulces? proseguí, acentuando el cuestionamiento de emociones recobradas.

-Esta mañana, antes de salir a buscarlo le preparé los mejores en una fuente con agua fría. Lo están esperando en el comedor.

-Gracias, respondí.

Por unos minutos dejé de interesarme por las casas olvidadas que miraba pasar, creo que tío quedó contento por mi actitud comunicativa y la memoria de los nísperos dinmersos en agua volví a ser el sobrino gentil que fui tiempo atrás. Habían sido buenos momentos.

-Yo quise volver a Salto más de una vez Francisco, le dije.

-No me digas nada. Me imagino.

Él estaba pensando en la intransigencia de mi padre y tenía razón, mi prima escuchaba nuestra conversación y sonreía.

-Le pusimos Curioso, dijo ella. Un poco raro como nombre de caballo, pero como usted dijo cuando nació el potrillo que parecía curioso…

Con la excusa de un trámite impostergable Francisco me dio una sencilla vuelta de bienvenida por la ciudad. Salto estaba linda esa mañana de sábado y me sorprendió para bien el bullicio soleado que había en las calles céntricas; aquí y allá quedaban rastros de la pasada campaña electoral tan insólita para la historia del país, la gente caminaba con el entusiasmo de estar ganándole unas horas al mormaso de las dos de la tarde. Había lo previsible en la ciudad, hasta una confitería impecable en una esquina donde un grupo de liceales vestidos de gris y azul tomaban helados de frutilla, de menta. En la escena se adivinaba la cercanía del río caudaloso, el distanciamiento de un pasado social de esplendor y orgullo ahora alicaído.

Después de atravesar el centro en uno y otro sentido, el auto enfiló por una calle que parecía arbolada con exageración, detalle que agradecía en silencio, doblamos un par de veces más y llegamos a la casa de Francisco. En mi recuerdo deformado por el transcurrir de los años e infinitas interferencias difíciles de organizar, la casa era parecida a una mansión solitaria en el medio del campo. El crecimiento desordenado de la ciudad dispuso otras construcciones en una cercanía que sin ser incómoda, rompía el conjunto del vitral del pasado. Entre el tiempo y la distancia se complotaron para operar los cambios más evidentes, si me atenía a lo que observaba y aceptaba la primera impresión, los negocios de Francisco, prósperos en otro tiempo quedaron estancados en una manera de concebir la sociedad que perdía velocidad; como si él y su actividad de comerciante de campaña simbolizaran el ocaso irremediable de almacenes de ramos generales. 

Lo mismo podía suponerse de la casa familiar, todo en ella era de buena calidad y rompía los ojos su pertenencia al pasado. La misma puerta de calle parecía haber librado una lucha encarnizada con zapadores del batallón del tiempo y secuelas de la derrota se advertían por doquier. Yo, que durante años viví en una casa tomada por decoradores afeminados, dispuestos a imponer retazos de Milán y París en el cuarto de baño y el salón de música, viendo la casa menguante de tío Francisco me sentía entrando en la fortaleza que resistiría apenas el próximo embate de Cronos.

Mi cuarto, la habitación que habían dispuesto para mí, tenía el aspecto prolijo necesario al sobrino querido, un joven seminarista asturiano que llegara por primera vez al colegio mayor de Salamanca. Lo necesario incluía una limpieza maniática, nada de lo imprescindible faltaba ni tampoco había un detalle secundario que denunciara un descuido barroco. Aquello era el sitio ideal para una cura de reposo después de asistir al milagro legitimado, escribir un prefacio terreno al Cántico espiritual, olvidar en silencio el suicidio del padre y evitar el del hijo. Había en ese lugar de la casa una aureola de religiosidad seglar y la memoria integrada de monjas hacendosas, hermanas devotas de manos pequeñas y aplicadas a planchar durezas inmaculadas del almidón en bruto, mujeres obsesionadas por excomulgar el polvillo en una habitación que yo imaginaba dejada de la mano de Dios desde hace mucho tiempo.

Sin que pareciera que me estaba aleccionando, tío Francisco me puso al tanto del sencillo funcionamiento de las costumbres de la casa. 

-En una hora almorzamos, me dijo. Algo liviano, estoy seguro que después te vendrá bien una siesta para reponerte del viaje. Dispón tus cosas, te dejo tranquilo, ya tendremos tiempo para conversar.

Cuando quedé solo en la habitación mis aprehensiones iniciales al llegar se disiparon y sentí por primera vez una paz agradable, equidistante a la euforia sosegada en la estación de trenes de Montevideo la víspera, que sucedió hacía pocas horas y databa de muchísimo tiempo atrás, de cuando padre vivía. Abrí la cama de puro gusto, pude disfrutar por adelantado el instante de meterme desnudo entre esas sábanas bordadas antes de mi nacimiento. Abrí la valija y acomodé la ropa en estantes que tenían la suavidad de la carpintería antigua, luego me acerqué a la ventana dando a los fondos del solar y cuando estaba por retirar la estera para contemplar el paisaje, un golpe de jazmines del país por poco me desmaya. Olor irrespetuoso que se mezcló con la cera distribuida sobre la madera del piso, el perfume de la funda de almohada, con el olor de toallas plegadas y jabón nuevo dejado sobre la pileta. Me seducía de tal manera ese nimbo de bienestar elemental que me dieron ganas de mirarme al espejo. 

Me lavé la cara para reponerme de la impresión, dejé correr entre las manos olvidadas de estar juntas el agua fría que salía del grifo y la sentía llegar a mi rostro entre correntadas subterráneas del río tan próximo. Dejé en la cara por unos instantes la toalla celeste que saqué de la pila al azar para descubrir el perfume de azahares. Como si algo extraño hubiera sucedido en mi metabolismo, me percaté de que después de muchos días tenía hambre, hasta podría pasar vergüenza en la mesa; hambre de pan casero tostado untado con manteca salada y empanadas de carne picada con pasas y aceitunas, de guiso criollo con chorizo colorado, choclos de dientes amarillos, boniatos asados al horno, huevos fritos de gallina ponedora, bizcochuelo esponjoso emborrachado con vino garnacha atravesado por una capa espesa de dulce de membrillo, de un enorme plato de arroz con leche con cáscaras ralladas de limón verde y espolvoreado de canela.

Cuando bajaba la escalera para dirigirme al comedor sabía que, tal como sucedió comenzaban para mí unos días de serena felicidad y creía que las horas tristes –tan cercanas aún- marchaban hacia el olvido. Era evidente que estaba reponiéndome del estado depresivo y ello se confirmaba en las reacciones de Jésica que, olvidando a propósito mi debilidad física y situación espiritual me aconsejaba que intentara dejar de ser huraño, hasta me contaba que más de una amiga estaba impaciente por conocer al pariente capitalino. 

Fui sensible a los halagos, negocié con ella una pausa en el ensimismamiento y prometí mi entrada a la vida social salteña apenas comenzara la próxima semana.

Francisco, en cambio, se mostraba preocupado; parecía contento por mi visible mejoría en apenas dos días y que podía atribuir con razón a la benéfica influencia del lugar. Siempre que coincidíamos en la casa y si luego salíamos al patio él repetía varias veces escrutando el cielo: «Esto no me gusta nada». Mirando el cielo traté de entender sus temores, buscar por qué estaba convencido de que él tenía razón en desconfiar. 

Había en el aire una calma sospechosa, en algún lugar del universo la naturaleza tramaba algo que nos implicaría y pronto. Lo curioso era el silencio, parecía que los pájaros hubieran emigrado al exilio final y el viento se volvió una noción desconocida para los árboles de las inmediaciones. Recuerdo que las primeras noches cenábamos afuera y era de una saludable gratificación, reencontré con Jésica y Francisco, con algún otro amigo de la familia que llegaba de visita el agrado de participar en una charla animada. En los tres últimos días la diferencia entre el día y la noche era la intensidad de la luz, como si por un fenómeno desconocido la temperatura terrestre hubiera hallado una estabilidad desconcertante e invariable, accediendo a un estado ignorado hasta entonces por la materia, cierta poesía escatológica de descomposición.

Cuando el malestar presentido se tradujo en hechos fue que me vi envuelto en episodios que nada de mi pasado e incluyendo la muerte de mi padre hacían prever. Puedo recordar cada uno de los momentos sucesivos, ocurrieron al final de una tarde en la que yo estaba especialmente lúcido. Tío Francisco mostraba una inquietud mayor que la habitual a esa hora y me dijo de ir hasta el río, tenía ganas de caminar unas cuadras. 

Como la casa quedaba a un kilómetro y algo de la orilla del río calculé que a paso lento llegaríamos en quince minutos, la gente que cruzamos en nuestra ruta eran un cortejo de almas en pena. Yo me repetía que nada de lo que pudiera ver semejaría la imagen de mi padre colgado de una viga del techo, miraba a las personas pues era torpe para otras observaciones, incapaz de deducir a simple vista lo que sucede en la naturaleza, al menos que las epifanías panteístas fueran terribles como para ignorarlas. 

Cuando llegamos a nuestro destino creíamos haber avanzado hacia el cauce de un río impetuoso: inquietos y decepcionados nos detuvimos frente a un inmenso lodazal repugnante, el recodo completo de esa parte de la costa, que alternaba entre rudeza cimarrona indómita y paseo apropiado a veranos finiseculares, estaba reducido a escenografía de cartón piedra apelmazado; la luz era cierto que estaba, el sol se había escondido en un lugar del cielo inaccesible a nuestra mirada. Simulando enormes monedas de un imperio putrefacto, cientos de rayas estaban ancladas en el fango celador, la cola venenosa erecta y desafiando en vano esa trampa sin salida. Por el medio de una trabajosa corriente como peludos tritones darwinianos, una indescriptible algarabía de monos amazónicos se desgarraban entre ellos sobre la verdosa prisión de un camalote gigantesco, sabiendo que derivaban a la locura. Una piragua negra cuervo pasó río abajo obsesiva en aumentar la velocidad, signo último y funerario de una tribu de salvajes exterminada por el fuego. De pronto como si fuera un escalón de inmundicia, una ola de materia marrón fue llegando a las cercanías de nuestro punto de observación y detrás nada de nubes: correntada nauseabunda imponiendo la oscuridad del cielo, como si el sol por hecatombe cósmica estuviera hundido en el lecho prehistórico del río.

-Dios mío, dijo Francisco.

Cuando esa marea pasó delante nuestro el cielo se oscureció eclipsando la razón y los sentidos, busqué el relámpago anunciador del temporal cercano y las nubes espesas, aguardé en vano el catártico trueno que inicia una tormenta de verano pasajera. El río era una tabla del viejo Bruegel sin restaurar y perdí la noción de lo ocurrido delante de mis ojos.

-Vamos, pronto, dijo el tío Francisco y empezó a caminar apurado marcando el paso por el miedo.

Era un viejo aterrorizado huyendo de una visión terrible y yo lo seguí sin pedirle explicaciones. Cuando estuvimos cerca de la casa él se detuvo un instante y miró hacia atrás ignorando mi presencia. La tierra reproducía el entierro de mi padre centuplicándolo.

-Que Dios nos ampare, dijo mi tío y me sorprendió la fórmula, hasta ese momento le atribuía un pensamiento inclinado a la masonería. Así que era eso… continuó diciendo. Es la lluvia que viene de abajo, finalizó enigmáticamente y me quedé sin entender.

Llegamos a la casa, por más de dos horas permanecimos sentados en el patio, Francisco tenía el aspecto de un hombre de más en más resignado; después de lo vivido en el hogar paterno nada parecía conmoverme y me llevó una hora rendirme a la evidencia. En la naturaleza estaban los signos de la lluvia, las nubes se amontonaban en concentración desafiante sobre la región, el viento confundió el manso litoral uruguayo con las costas celtas insulares, se oían sonidos atronadores traídos por la corriente desde improbables aserraderos de pesadilla, el olor dulzón del agua emponzoñada pretendía imponerse y los árboles se dejaban mecer sin oponer resistencia, resignados a la espera del vendaval que los arrancaría de cuajo. El cielo se oscureció de manera más terrible que en las noches cerradas del invierno, era de una tenebrosidad divina que nunca había contemplado y peor de todo lo que pudiera concebir. Una tormenta digna de dioses salvajes que existieran de veras y venían de decretar su desexilio imperioso y vengador. 

El paisaje era así y se urdió en el cielo una cerradísima malla de refucilos, nervios ígneos de angélicas legiones batidas en repliegue por las fuerzas del mal, rayos tremendos, sonidos del encuentro violento de esa luz mortífera con pedregales calcinados, animales destinados por el azar al sacrificio fulmíneo, al inicio fulgurante de incendios devastadores. 

Ni siquiera una gota de agua tibia caía sobre la tierra.

-Habría que cerrar las ventanas, dije pensando en las lluvias que había visto siempre.

-Para qué, dijo Francisco. 

Yo ni repliqué, restaba el esperar y así se hizo; después de la disonancia aparatosa de elementos ahogando rebeldía y súplica se alcanzó el objetivo de imponer un silencio absoluto, hasta la actividad más inocente se paralizó en los alrededores. La savia de los árboles quedó detenida en los troncos más jóvenes, se estancaron en su movimiento miles de fetos de corderos, cesó el curso de las aguadas y hasta el calor refractario de los hornos de leña. El universo se volvió a mis ojos materia inundada hasta la inmovilidad y el rumor aumentó de a poco: fue el ruido imborrable del banco suicida desequilibrado y luego una secuencia de sonidos encadenados. La orden de hacer fuego de la línea tercera del batallón de infantería armado de mosquetes; más tarde el ruido recordaba la sala de máquinas de transatlánticos pioneros con pabellón británico y al final cuando desestimé ilusiones efímeras, reconocí la correntada del río desbordando su cauce subiendo hasta la inmolación.

-Ya está aquí, dijo tío Francisco y parecía referirse al regreso monstruoso, retorno del muerto temido y detestado, una presencia gravitante de algo que lo arrastraría al infierno.

Era peor… fue el comienzo de las inundaciones, estábamos en el año 1959 y yo que buscaba el reposo escapando de tentaciones inconfesables, me hallaba en el lugar equivocado por lo que vino luego sin el agua que anegó la ciudad en lo que parecía ser lo último que tenía derecho a ver con vida. Vi cómo los salteños padecieron los procesos que ello acarreó en sus vidas, la rabiosa decepción y la deshuesada esperanza de administrar los enormes daños, desde la sorpresa de descubrir que el cataclismo sufrido era más devastador de lo previsto, hasta aceptar que vivían en una ciudad marcada por una maldición incomprensible y en esto tenían algo de razón.

La crónica de esos días la dejé escrita en mi Diario de la Inundación, allí narro el tiempo transcurrido desde que descubrí entrar el agua en el zaguán de la casa con la apariencia de intruso camuflado hasta que rascamos musgo de muebles y paredes; nuestra posición geográfica cercana al río nos condicionó a una circunstancia delicada. El Diario que todo lo cuenta lo escribí en el piso superior de la casa, en mi dormitorio y durante las semanas cuando el paisaje fue colcha acuosa putrefacta decidida a quedarse allí hasta el fin de los tiempos. 

El cambio de la situación que parecía imposible sucedió en una sola noche, recuerdo que trabajé hasta tarde en la madrugada y había visto con las últimas luces del día anterior la inundación estando ahí. Al amanecer (dormía poco y serían a eso las siete de la mañana) repitiendo la costumbre de espiar por la ventana intuí la evaporación del agua en el paisaje y presencié en pesadilla residual un infinito reino del barro, El dominio lacustre de cuando los hombre éramos larvas que se devoraban entre ellas bajo la superficie. Era más repugnante que la inundación y resultaba peor contemplar eso ahí nauseabundo que la agresión del agua desbordando su cauce original. Escribí que era preferible morir ahogado por la correntada, vivir como animales acuáticos ciegos antes que estar obligados a arrastrarse por esa superficie salida de la muerte, peor que todo castigo imaginable. Eran cosas mías supongo, el recuerdo de padre, la tenue felicidad que me acompañó durante mis primeros días en Salto, el trance supuesto en la escritura del Diario de la Inundación. Efectos colaterales del agua putrefacta sobre la melancolía y garuando sobre mis pensamientos confusos comenzando a desquiciarme.

(continuará)

Radio de remate

Ahora que lo pienso y en relación a este cuento, años después, retomándolo para subirlo al sitio, el proyecto resultó paradojal. El nudo molecular de la crónica, que quiso ser fantástico naturalista, devino real con las nuevas tecnologías y los comentarios miméticos usurpados de anécdotas banales se volvieron fantásticas. Esa articulación remite como ambiente a un mundo o ecosistema tecnológico que ya no es; para la gente de mis años, los hechos ocurridos en la niñez tienen ese principio de incertidumbre persistente, la duda de si realmente existieron. Una edad de oro con caballitos de madera, bombones Garoto, radios Spica a transistores y rueditas para cortar ravioles caseros. A ello contribuye la deformación de la memoria que pierde definición como las fotos de los abuelos y la evidencia del mudar de las cosas. Debe de tener su origen en una experiencia social, familiar y personal de un mundo sin televisión, un espacio donde éramos los únicos vecinos de la cuadra que teníamos teléfono discando el 5 4717. La palabra lo era todo, mientras el inicio a la gramática de la vida en una segmentación aristotélicas se hacía por la escucha, sin réplica en retorno al emisor y el comentario a veces ni siquiera dentro de la familia.

La radio era la primera experiencia de los trasnoches musicales, a los siete años tenía noticas de Frankie Laine (1913-2007) cantando “OK Corral”, Juan Legido (1922-1989) y su monte del olvido, Billy Cafaro (1936- ), Edith Piaff (1915-1963) cantante La vie en rose y el Milton Banana (1935-1999) trio en los nocturnales de CX 22. Es sencilla la deducción considerando la falta de imágenes en movimiento -las figuritas eran fijas en las revistas de aventura tipo Tarzán y Mandrake el mago- de una forma de incentivar la imaginación pero era cierto. Me perdí la trasmisión de la guerra de los mundos de Orson Welles el domingo 30 de octubre de 1938 a las nueve de la noche, pero seguro que le hubiera pedido a mis padres que abandonáramos Montevideo a toda prisa, para viajar a La Plata, donde vivían la tía Susana y el tío Armando; o más terrestre a las chacras de Míguez departamento de Canelones, de donde era oriunda la cría de la abuela Serafina. Sin llegar a esos extremos -que esta noche misma montevideana los profetas místicos del otro lado de la laguna Merín abren nueve puertas terribles a temores apocalípticos necesitados de potentes exorcismos- por la radia pasaban pasiones y suspenso de radioteatros, el espectáculo a la distancias con directos de fonoplatea, la orquesta de Juan D’Arienzo con la voz de Alberto Echague, las trasmisiones deportivas de Básquet metropolitano hasta tarde en la noche en varias emisiones, y la parte de comedia en audiciones de humor con abusados recursos de conventillos, peluquerías y familias numerosas. De una época de archivos sonoros y retrasmisiones, recuerdo el golpe militar en Argentina del almirante Rojas, las peleas de Floyd Patterson trasmitidas por la cabalgata Gillette hasta que llegó Sony Liston, Delfor y su revista dislocada los domingos de mañana directo desde la ciudad porteña, los ensayos de murgas en Adelantando el carnaval, las películas de Luis Sandrini y su viejita María Esther Buschiazzo, narradas mediante didascalias detalladas y El comisario de Cerro Mocho que recuerdo en el segundo cuento de este mayo 2021.

La radio tenía también el atractivo de otro mundo que quedó por el camino; como no se puede hacer con la máquina de viajar en el tiempo en versión decimonónica y otros artefactos de la ficción, tendiendo a la robótica y rayos invisibles, yo podía ingresar -levantado el telón trasero del ingenio- al armado de la instalación mecánica. Las perillas moviendo el dial sobre la guía de frecuencias con hilos rojos, las válvulas y lámparas que se encendían entablando conexiones invisibles con onda corta de Bahía de San Salvador, la luz esa de espía tras la cortina y el calor de sinergia cuando el conjunto funcionaba, la membrana vibrante del parlante, era eso fantástico de la ingeniería electrónica que traería las novedades al mundo. La picota fatal del progreso pudo que esa magia fuera desplazada por el televisor y poco podía La pensión 64 (como Pepino el 88 perdió vigencia de circo con la radio) con los aventuras del sargento Frank Ballinger de Chicago, el show de Dick Van Dyke y Patrulla de caminos 20 50 jefatura. En años de dictadura la radio volvió a tener otra influencia, menos dependiente del poder que la imagen, más efímera y abierta al lenguaje del segundo grado, parecía estar más cerca de la gente en sufrimiento; pasando el mensaje mediante argucias periodísticas, los cancioneros sugerentes, lo internacional comentando el adentro, la nostalgia de Bulevar Sarandí haciendo del perfume vintage una conciencia de las cosas perdidas. Si bien el grado de resistencia era filtrado, había la espera de alguna voz de consuelo, noticias de los uruguayos por el mundo y el peso espiritual de lo insinuado. En el relato hablo de una comunidad solapada buscando consuelo, del paso de recepción a comunicación, de búsqueda de objetos mágicos radiales, que a manera de amuletos o talismanes movidos a electricidad, tienen la capacidad de conectar con el más allá sin importar donde se halla ese otro allá. Como decía la ópera una voce poco fa; pero ha de ser clave esa articulación humana, porque todo madre recuerda la primera palabra del hijo y todos estamos pendientes de conocer el secreto sonoro de nuestra última palabra, antes de mudarnos al barrio vecino, el de la Quinta del Ñato…

Vía Santiago

Por los tiempos que corren como tantas otras cosas, el jazz clásico existe en mi querida Montevideo bajo formas y manifestaciones digamos que clandestinas. Los escasos sobrevivientes del naufragio de la síncopa, sin quererlo ni percatarse han improvisado una variante de la masonería Dixieland. La cofradía de oscuros y camuflados cultores del saxo tenor, charlestón y trombón de vara –esos personajes- fueron desplazados del campo visual acorralados por ritmos violentos, gritos acoplando sintetizadores; toda suerte de estridencias eléctricas, sofocando la milagrosa música sin partitura mediante un caos de decibeles agresivos, y están obligados a refugiarse en intercambios polizontes de tomas estudio memorables, registradas en discos negros frágiles con surcos fatigados. Los músicos aquellos de años atrás, corbata finita, zapatos bien lustrados de punta y cordones, pantalón bombilla, fumadores de Nevada sin filtro y pelo corto están en avanzado peligro de extinción. 

Cuando alguno de ello entre los temerarios se asoma de la reserva, su aspecto anacrónico envejece hasta las propuestas más osadas de Chick Corea. Podría ser la resultante de dialéctica histórica y vejez; la verdad es que los vanguardistas de años atrás pasan la franela con nostalgia perfumada de tristeza, a instrumentos legendarios que perdieron su brillo interior original. Algunas veces consigue filtrarse información, pueden escucharse en la radio programas de jazz casi esotéricos en horas inverosímiles y frecuencias que forman parte del secreto de los iniciados; hay circulando un par de eruditos que son los últimos expertos en la materia y arrastran el estigma de la especie amenazada. Cada tanto reaparece el asunto en programas de preguntas y respuestas, circunstancia donde el Coltrane de Lush Life forma parte de la historia –como los perros de Pavlov-, y la fecha de grabación e integración que hizo posible una versión irrepetible de Saint Louis Blues, pueden significar quedar en la cuneta o seguir en carrera por obtener un suculento y necesario premio en efectivo.

El movimiento fue del orden a la improvisación, del swing al caos, mal que nos guste nuestro jazz necesita con urgencia café en grano para simular el olor a muerte. A nuestra ciudad vienen poquísimos conjuntos de jazz clásico y los que llegan se enojan por el recibimiento amateur de los organizadores, se emborrachan la hora previa a entrar en escena y dejan de tocar el único concierto programado; otras veces el esperado recital –así se llama ahora a la sesiones- se concreta el día anterior o tres días después a la publicación del anuncio en la prensa. En los últimos tiempos han venido más instrumentistas alemanes que músicos estadounidenses negros; tratándose de jazz es un fenómeno tan insólito como imaginarse al ecuatoriano Alberto Spencer y al peruano Juan Joya Cordero, delanteros morenos del fenomenal Peñarol del 66 ministros del III Reich. Los aficionados incondicionales junto con la exangüe generación de músicos de refresco, reciben como pueden revistas especializadas, captan en la madrugada emisiones en onda corta, se van a San Pablo en TTL o transan en diversas mixturas del jazz con rock, bossa, salsa, candombe y lo que sea. Desabridas ensaladas circunstanciales que no consiguen hacer olvidar a los maestros (así se les llama ahora) cuyo ejemplo inspiraba a músicos compatriotas quienes, por razones que intuyo y desconozco pasaron del juego con las notas a cierta seriedad y de esta a la petrificación. 

De música despreciada por degenerada pasó a formar parte del panteón cultural, alguna vez fue música de vida desordenada, ausencia de moral siendo que comparado con cantantes actuales Amstrong tenga el aspecto de un integrante influyente del concilio de Trento. Ahora aquí esa música que nos hace sentir vivos es recreada generalmente por: integrantes de la Sinfónica del Sodre, la orquesta Municipal, orquestas típicas, combos tropicales, bandas del instituto policial y militares, creadores de jingles, solistas trasnochadores que se pasean por locales cada vez menos localizables en la cuadrícula de la ciudad y donde los negros spirituals compiten con actividades más carnales. Son signos sincopados de los tiempos que corren.

Jazz, lo que se dice jazz auténtico en estado puro tuvo en Santiago Luz su último cultor, negro a pesar del nombre, que según informaron los diarios murió pobre porque era músico y nunca se rindió. Santiago era flaco y chiquito, tenía el pelo blanco de los negros sin edad como fuera del tiempo. Algunas temporadas se dejaba crecer la barba y se decía que en otros períodos menos afortunados empeñaba o perdía el clarinete que fue el instrumento que eligió para vivir. El tono de su voz, cuando no tenía más remedio que comunicarse hablando, hacía presumir que le gustaba y necesitaba dosis repetidas de alcohol en sus variaciones menos refinadas. Si la memoria no me falla recuerdo que lo escuché tres veces. 

Una fue en un teatro de la calle Cerrito, integraba un trío creo que con Cucurullo y el maestro Quintas Moreno; hacían un repertorio tradicional los domingos de tardecita pensado para los estudiantes. Otra fue en un homenaje que le hicieron a Santiago en el Cine Plaza, que previsiblemente no estaba lleno como cuando proyectan alguna estupidez de Steven Spielberg. Se juntaron todos los músicos que había en Montevideo y alrededores, de las bandas oficiales, integrantes del Hot Club, solistas solitarios. Cada uno a su manera tocó esa noche lo mejor que pudo; para ellos y Santiago que siempre permaneció en la primera avanzada, para nosotros que estábamos en las butacas tratando de entender lo que ocurría en escena. 

Santiago tocó poco, menos de lo que esperaba, pienso que ya estaba mal del labio; era bravo remontar la circunstancia, fue uno de esos llamados homenajes que mezclan la necesidad de la recaudación para ir tirando y preanuncian la muerte del homenajeado. Muchos de los que fuimos lo comprendimos sin saber disimular, los jóvenes de la platea se gozaron aunque extrañaron la falta de rock, los otros quisimos jugar a ser negros de New Orleans que replican con música a la muerte. Montevideo nunca será New Orleans y la tercera vez es la que más recuerdo. 

Porque nunca antes lo habíamos hecho, concretando una necesidad de confidencias o sintiendo el cosquilleo en la billetera del sueldo recién cobrado, Leonardo y yo decidimos hacer un tour nocturno por esas calles del centro. Dos años de trabajo compartido en Ferrero & Ricagni le daban a la salida fuera de horario sin agenda de grabaciones, un aire de revancha contra la amasadora publicitaria. Empezamos con dos lugares olvidables donde tomamos algunas copas, tampoco es digno de memoria el restaurante donde buscamos el apoyo de alguna milanesa para continuar adelante hacia un rumbo que el vino acompañando las milanesas hacía incierto. Entrada la noche de verdad recalamos en el Sherlock, un Pub entrañable regenteado por Ramón Mérica, el único de esa calidad que había en la ciudad y con la idea de toparnos con algo interesante, tal vez esos personajes inseparables de la madrugada picaresca montevideana, convencidos que terminaríamos aburridos porque lo desesperante de la comedia es que siempre se repite. La ruptura de este prejuicio superficial fue lo que hizo de aquella una noche memorable.

Era posible adivinar el tipo de gente que encontraríamos; confiábamos en tener suerte en la rotación de personajes, que nos permitiera pasar un momento agradable, sin obligar a la retirada estratégica motivada por cruces de saludos inoportunos. Empezamos bien, sólo encontramos un tipo medio conocido de la vuelta de conversación bastante potable para el lugar como un coctel novedoso. El individuo mezclaba ironía hiriente y anecdotario del medio publicitario con hallazgos dialogales simpáticos, creando la sensación contagiosa de sentir –realmente- que la noche es joven y la cosa recién empezaba. El tipo, tal vez nosotros dos, el dueño del Sherlock –lo recuerdo poco- mandó la primera vuelta para los que estábamos en ese pedazo de la barra. 

Los beneficiados, sabíamos que ese gesto era el inicio de una cascada en cadencia de cruce y retribución de atenciones, plena de “a ver jefe, sirva acá a los amigos” que llenaban vasos intactos y vaciaban botellas. Además era viernes, a Leonardo ni a mi nadie nos esperaba en otro lado de la ciudad ni teníamos plan B para después del boliche; como quien dice, estaban dadas las condiciones objetivas para que llegara el momento.

Ese instante inconfundible por preciso cuando se siente que uno dejó de llegar al local y pasa al estado de no querer irse, se rinden sin condiciones latencias de emprender el regreso a casa, planificar la huida del magma comenzando a insinuarse y se evapora el recuerdo culposo de las cosas que deberemos hacer al otro día. El instante en que nos sacamos la corbata, la metemos en el bolsillo del saco, tomamos de un sorbo lo que hay en nuestro vaso, hecho lo cual lo golpeamos contra el mostrador. A ese gesto de estanciero pituco, el barman responde igual que un Doberman adiestrado y es con él que comienza el tuteo. Te sentís el rey de la noche, parece que hubieras nacido ahí, te entra la confianza campechana del habitué de todas las noches y te decís para adentro ¡ma sí!, como si alguien dependiera de tu vuelta aplazada y pensás, si sos un tipo casado que esto que se está armando bien vale un divorcio. Además, te justificás, no estás haciendo nada malo qué joder… porque le decís a quien quiera escucharte que te reventás toda la semana trabajando y los amigos son los amigos, sentencia por otra parte irrefutable. Es la conciencia brumosa de estar instalado y de que todo cambia para bien de un momento a otro, el amigo que te acompaña pasa a ser el mejor amigo de la vida, el barman tendría que estar donde se merece: el Club Savoy de New York; el encontrado de pedo se torna un fulano graciosísimo y andás deseando que se arme piñata para dar tus grititos Bruce Lee y que entre Jane Fonda con su séquito para sopapearla por estar tan buena. El tipo que toca sobre la tarima unos modestos platillo, bombo y redoblante, mínima expresión del ritmo con una batería subdesarrollada, te hace acordar a Gene Kruppa en su apogeo, en especial si nunca escuchaste a Kruppa en directo y aplaudís como gran entendido cuando el tipo ahí mismo –a poquitos metros- se enloquece y golpea a rabiar contra los parches sin ton ni son, con desesperación que sólo puede justificar algún brebaje tipo torpedo. 

Entonces mirás alrededor y no das crédito, ves que todos cierran los ojos para alcanzar la comunión rítmica, levantan la patita apoyando el talón llevando el ritmo del aquelarre sonoro y gritan en plena descarga. Los más dotados emiten unos chiflidos para espantar chanchos que te dejan el yunque como de herrería; el tipo que toca la guitarra eléctrica apenas insinúa el punteo más elemental, tiene algo de Django Reinhardt con cinco dedos. Es bueno vivir a veces esa pequeña mentira compartida, vos como que sabés, el tipo quebrado pero que desde el alma se siente Django tocando Nuages. Todos sabiendo que dentro de pocas horas llega el sol y siendo inofensivos Nosferatus vegetarianos de la ilusión, apuramos esos tragos vitales de noche espesa para que entre todos prolonguemos la mentira piadosa. Vos sabés que en la mejor de las hipótesis, al otro día te levantarás con dolor de cabeza y la boca en modo secante siempre y cuando no hayas vomitado antes. Sabés que dejarás a Django, congelado de frío en la esquina de Andes y Mercedes esperando el primer 143, con la guitarra en el estuche y comentando como lo más normal del mundo lo caro del boleto con el barman del Savoy que va para el mismo lado. Si esas visiones las tenés entre trago y trago, sabés muy bien que las tienen los otros por más que como vos disimulen sin conseguirlo.

Esa atmósfera teatral admite en su interior pequeños climas íntimos como cuando, estando todos de acuerdo y habiendo encontrado el reglamento del juego de esa noche entra alguien más en el tablero. Se hace un silencio agresivo, un frío atraviesa al recién llegado un poco en orsay, hasta el dueño del Sherlok se olvida de la consumición y lo mira con desprecio impropio a su negocio. Si el advenedizo es persona sensible echa un vistazo, siente el rechazo y se va; es la actitud que decide la mayoría de quienes se hallan en esa situación. Otros más duros de voluntad, conscientes de la situación aislada se apresuran en llegar a la barra y apuran en cinco minutos lo que vos ingeriste en varias horas. Un buen síntoma de humildad, demostración empírica de su desinterés en garronear lo que a otros nos llevó tanto trabajo lograr. Negación de una temida intención de dejarte en evidencia, prueba irrefutable de rechazar vivir sobrio lo que hay que sentir en otro estado rumbo a la ebriedad.

Esa noche me había dado por el Negroni, brebaje delicioso que es bastante cabezón: un tercio de gin, segundo tercio de bíter, otro tercio de vermut Torino y un último tercio de jaqueca después del tercero. Una fórmula tan estricta como la de las ecuaciones de segundo grado, que hay que obedecer sin desviarse ni una gota hacia otra bebida bajo riesgo de precipitarse en un peludo de padre y señor nuestro. Se concretó lo insinuado y cada cual a su manera repetía las vueltas de copas, incontables como las calesitas infantiles. En ese estado de cosas y la caja de la noche cubierta, llegan las atenciones de la casa: pizzetas, sopas calientes, legumbres cortadas y canapés sencillos consumidos por la asistencia como si fueran el menú único de la última cena. Ayuda el gesto con clase de hombre de mundo y las vituallas retardan efectos demoledores del beberaje, te brinda un sabor renovado en la boca obligándote a callarte un poco. 

Es bastante tarde, los apasionados tomados de sorpresa en las salidas primeras, indiferentes a lo que dejan atrás comienzan la retirada a departamentos discretos y casas de citas atiborradas, lugares de intimidad a los que es menos romántico llegar cuando clarea el séptimo cielo y comienzan a cantar los gallos. Las parejas estables con un poco de historia, que saben que un buen polvo es intenso con menos gin circulando en el cuerpo y ya piensan en cabriolas de la siesta sabatina, los solitarios empedernidos o desdichados y noctámbulos ocasionales nos quedamos un rato más. De pronto sin que nadie se diera cuenta, sin que lo hubieran anunciado Santiago Luz apareció entre los músicos sobre la tarima. 

Nadie entre los presentes sabía si Santiago debía tocar esa noche en el Sherlok y había llegado tarde, si pasó por casualidad y le dio por entrar, si lo habían llamado a último momento o qué; estaba ahí a su manera creando una atmósfera que se volvía mágica, fundiéndose a su única forma de hacerlo tocando el clarinete. Lo fuerte es que lo veíamos de cerca, pequeño, tambaleante y sonriendo, mirándonos con los ojos fijos muy húmedos a mi parecer, buscando con el clarinete la posición cómoda para la boquilla en los labios. 

Durante los preparativos se propagó la conspiración del silencio y fue recién entonces que Santiago tocó, sería ficticio decir que produjo el milagro esperado y la magia misteriosa de los elegidos. Don Santiago Luz era un negro ya mayor uruguayo tocando jazz, que se sabía querido y respetado; él manejaba a entera voluntad la trasnochada atención flotante, nuestras ganas de escuchar su música y hasta su palabra entre tema y tema. En esos intersticios habló de su raza, del pasado que falta por escribir, su saber de que entre él y nosotros había un puente largo tan roto que sólo podía cruzarse por arriba, muy por arriba sin llegar a tocarlo y creía que era inútil ni siquiera intentarlo. Despacio y arrullado por su monólogo balbuciente fue creciendo el mito de Santiago, otro de los pequeños mitos nuestros que nos ayudan a sostenernos; el recuerdo poroso de Duke Ellington, Count Basie y algún otro de los monstruos sagrados que escuchó tocar a Santiago y quiso llevarlo para allá hasta el alma negra del jazz. Pero cómo irse, dijo Santiago… alguien como él… se extrañarían tantas cosas… si hubiera nacido allá en los guetos del sur a lo que él hubiera llegado, pensamos los de afuera. Santiago siendo símbolo de la eterna oportunidad que da vuelta la vida, ese momento tan esperado y postergado eternamente donde se puede modificar el sentido de la historia; agazapado dentro de nosotros en un sueño hecho de pelotas pegando en el palo y sin entrar, piñas en gancho de mala fortuna cuando se baja la guardia un segundo, siempre inmerecidas llegando directas al mentón para voltearnos por toda la cuenta; dejarnos a mitad del camino sin oportunidad de reincorporación, definiendo la escena de derrota que estamos condenados a representar el resto de la vida. Santiago entrañable, arrastrando hasta el final eso tan uruguayo de aguardar la iluminación y sin invertir la fe necesaria en dioses que se divierten con nuestras tribulaciones. Cada vez que se lo veía tocar y escuchaba debíamos codearnos por instinto y comentar en voz baja que –hace muchos años- los más grandes músicos quisieron llevarlo a los Estados Unidos y que si Santiago hubiera nacido allá a lo que habría llegado. 

En el Sherlock nos codeamos y lo dijimos; mientras se reiteraba esa hipocresía sin riesgo de lo enorme posible Santiago tocaba. Santiago era viejo y estaba enfermo de la última enfermedad, él cerraba los ojos y se adivinaba viéndolo tocar un pasado de noches blancas sin descanso, muslos de negras inquietas y caucásicas tibias, esplendor del whisky importado con la ropa de dandy, economías extremas con distancia de pocos días; todo lo que según las páginas ciudadanas de suplementos culturales conforma el cuadro de la mitología popular. Santiago en la escena del Sherlock sufre sin demostrarlo, nosotros lo queremos durante la próxima hora, aplaudimos como si fuera en el Cotton Club de Lenox en el corazón de Harlem. Le pedimos que toque otra melodía con la misma insolencia con que exigimos otra copa al barman, olvidando que Santiago tiene instalada la muerte en los labios y nuestro bis se la anticipa. Lo que interpreta nos gusta, olvidamos la capacidad crítica, el rigor de exigencia y lo anterior, hasta perdemos la cuenta de las repeticiones clásicas. Poco importa que Santiago insista con Estrellita de Ponce y Cuando los santos vienen marchandoporque él no puede más y se fija allí delante, bajo la luz carcelaria de un spot cenital cantando, tocando como si este ya fuera su entierro al que no irá ninguno de nosotros aunque el día se presente soleado y agradable. Creíamos a esa profundidad de la noche estar escuchando a un monstruo sagrado y somos nosotros los monstruos que le pedimos a Santiago Luz –clarinetista negro, pequeño y uruguayo- el milagro imposible de encontrar lo que no somos capaces siquiera de presentir. Le exigimos que invente e improvise para nuestro orden tan triste, le imponga ritmo a la monotonía que nos aguarda a la salida del Sherlok, nos obsequie sin retribución un fragmento de ilusión triunfal a nosotros, torpes manipuladores de nuestras propias vidas.

Esa noche Santiago Luz simuló que se dio por entero y una vez más se negó a cruzar el puente para salvarnos, Santiago mintió, negro bandido, un sentimiento limpio. Nos dejó jugar al jazz como niños ignorantes para quedarse él del otro lado, improvisando el tema de un recuerdo, el día cuando dijo no –nadie sabrá jamás la razón verdadera- a estudios de Chicago y elegantes Clubs de New Orleans, a un entierro a lo grande; dejando atrás el sueño norteamericano y caminar a su aire las veredas de Gonzalo Ramírez al sur de la ciudad, preguntando a los vecinos cómo salió Peñarol en el Estadio, si los negros Spencer y Joya hicieron de las suyas en la cancha… y así arrastrando indiferencia, advertirles a sus compatriotas presumidos que hay en otro lugar una región inventiva sin pentagrama y donde sólo se puede vivir improvisando; como nunca hacemos la gente de bien, claro. 

Al otro día cuando me desperté lo primero que hice fue ir al baño y me asusté, orinaba un líquido espeso muy rojo como si fuera sangre. Después recordé que en la barra de Sherlock pedía los Negroni cargaditos de bíter.

El comisario de Cerro Mocho

Esta narración me resultó problemática desde el comienzo, la terminaba -al menos lo creía- y había siempre flotando algo de insatisfacción; el trabajo parecía desviarse de sus objetivos originales y tomar rumbos inciertos. Dentro del proyecto “Nunca conocimos Praga” estamos en la cuarta redacción y la sensación es idéntica; puede que la quinta sea la vencida. Así que es preferible enumerar razones de la frustración organizando el diagnóstico y las intenciones que quedaron por alcanzar. Técnicamente omití en el espíritu de recuperación las versiones II y III, preferí trabajar pensando en el urs del relato de la memoria, ubicado incluso antes de la primera versión por escrito. Por ello la problemática “escribir un cuento igual/otro treinta años después” forma parte del relato. Eso de la obra en progreso en la variante reescritura me interesaba desde el punto de vista teórico; la cuestión es cómo plasmar un litigio teórica en relato. Quizá es un falso problema de profesor y más propio a quienes aconsejan valorando una estética de carnicería, mediante el famoso escribir con las tripas. Nunca me saco las tripas poniéndolas encima de la mesa cuando toca escribir; tampoco puedo hacerlo desde otro lugar del cual estoy, laberinto sin importar la salida porque aún estoy buscando el centro. Lo que sí puedo afirmar es que pasan cosas y el sentido, ritmo, recursos y resoluciones se alteran de alguna manera. El tiempo hace su tarea y ahí están para probarlo las ruinas de Roma, las fotos de los casamientos de los compañeros del IPA, las películas de El Club del Clan.

Luego trabajé el cruce entre ensayo y relato tramando la paranoia propia; por aquel entonces me preocupaba la alternancia entre cuento y novela, la manera de acertar en la cosecha de protocolos para intentar ambos géneros ficticios. Comencé por el cuento para calentar los motores y porque la novela me parecía inaccesible, la extensión podía borrar ese efecto de canción criolla que tiene la forma breve. El cuento porque admiraba el género, era lector insistente y los poetas siempre fueron los otros. Lo que ahora se titula “El comisario de Cerro Mocho” fue una trampa preparada de esas contradicciones. Tenía demasiados asuntos orbitando para el resultado fuera un cuento tradicional, pero haciendo carretear los asuntos quedaban pegados a la pista sin levantar el vuelo novelesco, sin alcanzar una respiración elemental para otras ambiciones.  Siempre vi el asunto como otra configuración menos un cuento; ya dije que lo imaginaba novela, también una pieza radiofónica, se podría hacer un collage escénico e incluso -es la solución formal aquí presente- una serie de diez episodios. Lo que fuera menos un cuento, pero resulta que es un cuento que termina decantándose por ser maqueta de novela. Quizá esa paradoja funcionando le aporte una energía insospechada, la misma que mueve a los cometes volvedores a la pantalla de los telescopios. Si, es eso: los volúmenes en una mesa de arquitecto del puente, el barrio o el teatro romano de lo que será si es que ganamos el concurso de los proyectos.

Me quedó en la memoria de estudiante una bonita fórmula de Leo Spitzer, que hablaba de “la enumeración caótica de la poesía moderna” y hay algo de ello en el cuento. El caos regenerado está en pleno funcionamiento operacional, ahora quisiera tentar insuflar un poco de orden en los asuntos tratados y es difícil de explicar… Primero sería la lucha política de los relatos o la confiscación narrativa y metonimia de la historia del Uruguay. Lo que ahí cuento es parte de mi historia personal, pero también de la colectividad en algunos tramos. Me consta que esos episodios pasan a la amnesia programada en soporte de epopeyas de derrota y siendo relegados al depósito de la intrahistoria. La noche aquella del IPA es como la noche del cazador, con letras de amor y odio tatuadas en las falanges. Esa noche mágica me parece más sublime que otras noches que nos repitieron hasta el hartazgo; ese mundo que cuento perdió interés en el periodismo, la historia de manuales militantes, la sociología interesada y la facilidad de nuevas generaciones en aceptar siempre los mismo cuentos sin chistar y lo que es peor creerlos. Es entonces que viene el poder de la literatura a dar una versión simbólica; lo entendí cuando trabajaba en Grenoble y visitaba la casa del abuelo de Stendhal, allí donde el futuro escritor pasó la infancia. Hay miles de libros sobre la transición española, pero todo pasa a la feria de Tristán Narvaja como la Historia Patria de H.D. Lo que permanece como recuerdo imborrable y resplandor llevando al entendimiento -pensemos en la transición española luego del franquismo- es la lectura de “El pianista” de Manuel Vázquez Montalbán, la música callada de Federico Mompou.

Hay conflicto en el cuento pues convergen en un punto líneas de interés a priori sin perspectiva de cruce. En la nota a “Radio de remate” expliqué la importancia del medio, los mensajes y aparatos tal como se presentaban en la niñez. En ese universo había una audición “El comisario de Cerro Mocho” que era sainete entre carnavalesco y esperpento criollo de género menor, proveniente de la gauchesca absurda con el personaje del comisario caricaturizado. Era el teatro del pobre o de barriada; encuentro con el espectáculo, el escenario y la ilusión cómica con lo que se tiene a mano. Allí imperaba la figura del actor, autor y director saltimbanqui omnisciente; Roberto Barry era un todo terreno que fue adelantado en el one man show político, como Julio César Armi en otra rúbrica se hacía llamar actor de los humildes. Después, uno abandona la infancia, accede a otras formas del espectáculo y eso asociado al tablado del barrio quedo atrás. El narrador viaja en el tiempo, pasan unos quince años y se encuentra en medio de una huelga de los estudiantes del IPA contra la Ley de Educación. No entro en detalles a confirmar porque eso está en los libros de historia; yo mismo olvidé los detalles, pero asoma una noche interminable entre las otras 1001 noches que es allí contada. Busco lo exacto y se pierde, espectáculo es pomposo, acto militante cierto y exiguo. Fue como una noche de tablado fuera de carnaval con un paisano de cada pueblo subiendo en orden al proscenio. El cuento lo narra, lo mágico fue que apareció Roberto Barry y eso hace explotar las leyes de las casualidades en beneficio del encuentro fortuito. En medio de la educación sentimental y literaria, de pronto me encontré con una calle de la infancia. Di marcha atrás hasta los días de la escuela y sin saber que esa noche comenzaba el largo viaje que me trajo hasta aquí, pasando entre otras por la estación Franz Kafka. Entonces algunas expresiones que pensaba fórmulas de los cursos como carpe diem y ubi sunt, adquirían una encarnación que debían suturarse en relato. La lucha nunca es contra la página en blanco, sino contra el olvido y la obsolescencia. La juventud no está y los espectros rondan; valió la pena y nada estará perdido si por ahí resisten estudiantes del IPA, muchachos del interior que escuchan a Ignacio Corsino en las pensiones del Cordón…

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día,
y cantaba como una calandria
la pulpera de Santa Lucía…

Las curiosas tribulaciones del estudiante Andreas Stein

Si es que existe una edad big bang del pensamiento, puede que durante la época de los filósofos presocrático, al parecer el fragmento breve era el nexo privilegiado entre la ciencia del átomo indivisible, la cosmogonía con comedia divina y la poesía con ríos griegos que nunca son el mismo. Luego se opera progresivamente una separación exponencial entre números y abecedarios, salvo intentos esporádicos por raros. De la tradición que conozco relativa a esa oscilación yo intenté acceder al sistema Pascal en línea sinusoidal. Me acerqué de lejos a los pensamientos sobre el hombre como junco pensante confrontado al cosmos infinito, al argumento de la apuesta pertinente a probar la existencia del Crupier Mayor y el deseo de ubicar a Dios como punto geométrico de varias coordenadas. Pero cuando comienza las series matemáticas, ecuaciones sobre la ruleta y la máquina de calcular, quedaba fuera de juego por falta de formación matemática, siendo una frustración resignada. Con Diderot ocurre algo similar, pero el proyecto revolucionario de la Enciclopedia y la visión colectiva que se llaman las luces, con su horizonte fijado en el reino de este mundo lo podía incorporar con cierta maña a la conversación. Lo mismo las extrañas novelas de circuito cerrado -como “El sobrino de Rameau”- que surgen de una intuición espontánea y me llamaron a atención por su montaje vanguardista. Más de una vez seguí esa lección del grado cero de la narrativa.

Luego y recordando el verso del tango “como esas cosas que nunca se alcanzan”, me interesé por los juegos de la ciencia. A ello contribuyeron los libros de Ernesto Sábato y pienso en “Uno y el Universo”, en “Hombres y engranajes”. Era un cotejo estimulante entre ciencia y relato, novela y Fibonacci, cuyo auge pensando en objetos y laboratorios electrificados por el rayo de Mary Shelley, fue el siglo XIX. La máquina de viajar en el tiempo, a pesar de sus desarreglos, es la locomotora Richard Trevithick de la revolución narrativa. Estamos tan fascinados al presente por chirimbolos tecnológicos de la inteligencia artificial, que por momentos olvidamos la astucia humana. Puede decirse que un escritor podía seguir el funcionamiento de aquellos intentos pioneros, de la misma manera que vemos con nostalgias las primeras imágenes filmadas, los aeroplanos casi de juguete suicida y los hombre bala en los afiches circenses; pero después se produce la falla irrecuperable. Lo ocurrido en las primeras décadas del siglo XX en el dominio de la ciencia occidental es prodigioso. Una aceleración de revelaciones dinamitando todos los puentes, yendo hasta las fronteras del universo visible, desmembrando con la física cuántica la mínima realidad invisible. Unas pocas decenas de cerebros en sinergia desafiante, transcribieron en ecuaciones bellas e inaccesibles para el común de los mortales misterios que durante milenios trastornaron a logias y exorcistas. Incompetente para acceder al enigma que se da contra el muro de Planck, a saberes que avanzan a la velocidad de la luz por la única vía de las integrales y la experimentación, me conformé con las crónicas de los divulgadores. Carl Sagan se me ocurre, en aquella famosa serie de los años ochenta, testimonios de los interesados -Werner Heisenberg “Más allá de la Física” BAC N° 370- y hace pocos meses las memorias de Benoît Mandelbrot quien dedujo que el universo y los girasoles son fractales.  Ante el trabajo sobre la ficción, sentía que era ilusorio obviar ese asunto hipnótico aun sin dominarlo. La textura material evolucionaba más rápido que la ficción, la discusión sobre el bosón de Higgs circulaba en el anillo del CERN junto a la estatua de Shiva Nataraja. Lo que creíamos materia resistente se hizo mágicamente fórmulas y la serie avanzaba inexorable: nuevas conjeturas, descubrimiento de estructuras en espiral, eventualidad de varias dimensiones coexistentes, torción de las galaxias, aporía sobre el origen del cosmos y la inventiva explorando esas cuestiones me resultaba vertiginoso. Ahí anida también en afirmación o interrogante la eterna cuestión de lo real y el dictamen de la literatura como exploración de los posibles.

Lo escrito en este cuento es poco original; propone la discusión a ciegas de dos órdenes, dos enigmas dispuestos en ambas cabeceras de un puente y que tienen la solución oculta del otro lado del mismo puente. Había que aguardar para comenzar a narrar la noche de la conjunción planetaria dando acceso a los arcanos y la irracionalidad de la guerra entre naciones con sus pasiones malsanas. Repensar lo que ocurría en los talleres de pintores, el escritorio de ensayistas, las mesas de café y el reactor de la poesía cuando se abrió el séptimo Congreso Solvay, en el Hotel Metropole de Bruxelles durante el año 1933. A veces me llega el trancazo y siendo complicado trasladar el Gran Circo del Mundo a la Banda Oriental, me decido por designar un cosmonauta criollo. Lo envío en misión casi suicida hacia lo desconocido a riesgo del anacronismo, como cuando vemos un viejo episodio de Cosmos 1999 en tele nostalgia. Paris por razones obvias personales, facilidades haciendo verosímil el entorno académico y otras retortas de la ciencia inflamable. Resolución de la historia en Praga y el café Slavia, porque allí la magia ronda como compañía bohemia de saltimbanquis, afuera es el Moldava y algunos vernáculos redactan dietarios hasta tarde en la noche. La anécdota parece arbitraria y el milagro del encuentro fortuito algunas veces necesita ser provocado. El estudiante Andreas Stein resultó ser un condenado a esa utopía diferida de la humanidad y obsesión del transhumanismo, ptro episodio traspapelado de la literatura fantástica, quizá espectro recurrente que sólo habita en nuestras pesadillas reprimidas de la inmortalidad.

Nunca Conocimos Praga

Aquellas calles, en las que todavía se advierte la traza invisible de mis pasos han cambiado de nombre y difíciles de pronunciar para el viajero venido de afuera, son la trama ilusoria de una segunda trama esa sí subterránea, compuesta de fétidas cloacas cilíndricas y conectadas de manera implacable. Lo mismo sucedía en la Viena nocturna de la noche americana y que delataba la sombra de Orson Wells mediante el recurso de cine expresionista. Los escasos peatones que cruzo durante mi deambular lento y apático parecen enjaulados en sus íntimos pensamientos de prisioneros, buscando accionar la traba de la incomunicación cotidiana; utilizan para ello lenguas de orígenes diferentes, algunas llaman la atención por ciertos fraseos curiosos y declinaciones de músicas gitanas. En esta ciudad como en ninguna otra, una silueta casual de sobretodo oscuro y sombrero de fieltro gastado puede ser el tercer hombre, volverse a medida que anochece pesadilla real, sueño sublevado de un rabino obsesivo en comunión con dos divinidades irreconocibles; un afiebrado estudiante talmúdico si de signos alfabéticos se trata y desafiante circunciso a la terrible Ley de Yahvé.

Yo afirmo como si escribiera: estoy hace años de paso por la ciudad mágica y para unir palabras herméticas; no sólo para ello, pretendo dilucidar también el sentido de párrafos misteriosos y manipular escritos de oscuro significado. En esta pesadilla textual con callejones es creíble decir y especular: “A ama a B” y hacerlo sin llamar la atención ni despertar sospechas. Hasta es posible alterar la serie binaria de las letras penetrando de lleno en el dominio del azar. Un sistema puro de propuestas minadas de enigmas y adivinaciones, conjeturas de formulación lúdica esotérica en códigos complementarios, con claves protectoras guardando (escamotean sin disimulo) un secreto (la interpretación reveladora se agazapa en la evidencia de los sueños) compartido por una pareja, padecido por uno solo entre los dos.

Cuando Franz Kafka (1883-1924) escribió “A” y luego “B” es seguro que B intuía que ella era B y podía reconocerse hasta en la letra que la designaba. En cambio A (que bien podía ocultar sin mucha convicción al propio FK real) escribió sobre B definiéndolo “B” para que nadie supiera por contaminación (en especial B) que él pensaba hasta la obsesión en Ella = B además de avanzar la tarea de cobijar ese pensamiento íntimo mediante la escritura. Si FK lo hizo eso –quiero decir el gesto crepuscular y dispersante de escribir sobre “eso”- fue para saber y él antes que nadie, que producir obsesiones era pensar “a su manera” en B. De amarla a su irrepetible manera aunque debiera para ello tomar las precauciones del caso.

A posteriori, luego que A formuló por escrito la reacción en cadena –entre previsible e imprevisible- compuesta de signos induciendo a engaño A debió alcanzar -obligada y lógicamente por la necesidad del procedimiento- un factor C que desarmara la secuencia precedente. Es más: de atenernos a la versión coincidente en ediciones críticas que abundan sobre el incidente del pirómano sionista (el fuego retiene la atención del pensamiento evocando el Infierno), A dejó instrucciones precisas para que un “alguien reconocible” hiciera –o renunciara a riesgo de ser un condenado- aquello que “él” (es decir A) no tuvo el coraje de encender en el campo magnético del fuego. C (lo sabemos, el episodio es parte de la historia de la literatura y la memoria de la Novela) en principio, afectado por el desvarío del enfermo yendo hacia la muerte, condesciende, acepta (cree aceptar o finge aceptar o espera que le llegue la iluminación del arrepentimiento). Escucha, promete y asegura. El pacto parece cerrado con Dios Levítico, pero un hecho probable en el devenir del cosmos y fortuito –teniendo en consideración la dimensión reducida del tiempo biológico y la materia orgánica- trastoca planes interpósitos, promesas ígneas y determinación vicaria de A tumbado en su lecho de enfermo, respirando con dificultad, preparándose para el Encuentro y trastornado porque su vida se volvió Escritura: su propia muerte “física”. 

La vida con árbol genealógico, caminatas por la ciudad imantada, partidos de tenis y semen accidental, la correspondencia con muchachas que deberían ser personajes de “otro escritor” para haber aceptado –justo con él- la convención del amor para vivir lo verdadero intenso, que son las horas de rupturas. Hecho brutal (común en los sanatorios europeos de entonces, en clínicas de médicos que se creían dioses, en la cara de los emigrantes) y que dadas las circunstancias “literarias” que la rodeaban, se convierte en un problema poético que A en vida no logró formular en sus reales términos.

El problema, las incógnitas así como procedimiento y solución se desplazan cual segmento congelado del río en los meses de invierno. Muerto A el C pensado en la amistad, intuido durante la fiebre crítica y apalabrado por A en los intervalos de los tratamientos, designado por el poderoso e inconsistente argumento de la “amistad desde los años de la juventud”, pudo comportarse en la hora post-mortem, reaccionar a lo prometido sin convicción (circulan promesas en lechos de muerte, bancos de parques públicos y casas de citas) de manera distinta (llegando hasta cruzar a la orilla opuesta del río de la promesa) a como se supone debió hacerlo –(todo había sido sencillo cuando ocurrió: el pedido del muerto al sobreviviente fue simple de entender “a nivel de los hechos de la vida cotidiana”)- si el detalle del fallecimiento de “aquél que exigió la promesa” no hubiera irrumpido –“acaso antes”- de lo diagnosticado por el médico de cabecera. 

Esa innegable distancia entre promesa y realidad modificada, el margen imperceptible de flexibilidad ética que se desencadena resulta tangible porque el universo e incluso la noción de Fe “es” Transfiguración. Es probable que C recordando el perímetro de su condición humana fuera incapaz de percibir la intensidad de los cambios infinitos e incesantes que se suceden en la materia; los lentísimos desplazamientos de galaxias invisibles desde el hemisferio Norte hacia espacios inconmensurables. Otros dominios que escapan al área de influencia de creación del dios de los judíos: las historias narradas en alfabeto sánscrito. La Creación es un efecto finito y calculable, el resto es otra cosa por ahora incompleta; pero aún en conciencia mítica e inteligente de tales limitaciones, que pueden crear un intervalo de angustia en la conciencia, C asimila la evidencia irrefutable (refrenada por el dolor del duelo y el “perímetro del cementerio”) de “una” de las alteraciones próximas y definitivas: la muerte de A. 

La libertad así invocada puede conducir a la convicción y la duda. Con sistema C se interroga si en el nuevo ahora, al otro día de las exequias del querido amigo está obligado a mantener los textos manuscritos confiados por A y que dicen noticias de B –debe recordarse para entender el significado de lo que se avecina- la praxis redentora que fuera prometida con convicción; que se concretó en un minuto de flaqueza cuando A vivía esa equitativa condición de moribundo. Obviamente, más allá de las suposiciones el proceso de interrogantes en nexo y cuya evolución interna es ignorada. Refuta eso de mantener la promesa, entonces C creyendo satisfacer de manera alternada religión y libre albedrío, sin conciencia de traición a la amistad, al absoluto, su juventud y la literatura, desplaza lo que luego serán noticias que nos llegaron de B pero escritas por A del prometido fuego a manos inocentes de linotipista; luego a anaqueles de modestas librerías que aceptan en consignación ejemplares a cuenta de autor. En consecuencia, en la superficie del mundo (entiéndase la noción de “mundo” en su acepción común y corriente) se suceden miles de lectores en serie: L1, L2, L3, L4, L5… Ln y que saben del B versionado sin conocer nada del B original. Más allá de la llama de una débil intuición es imposible deducir y saber si el B real llegó a reconocerse en el esbozo del B textual. Es probable…

Pasa el tiempo, asimismo en su definición frecuente, uno de los lectores L anotados en la serie descubre entre los apólogos desconcertantes de A, leyendo hasta el final novelas inéditas en vida del judío, hojeando mientras viaja en ferrocarriles de provincia confesiones del Diario de A –husmeando por procuración humores hospitalarios de misivas apasionadas a muchachas enfermas del corazón y los pulmones- ese L descubre un indicio, la sombra de un saludo. Entonces se le hace evidencia la clave cifrada del encuentro, la constancia de un beso con sabor a marzo y traduce el susurro del fraseo germánico propio del judío cuando atraviesa caminando el Puente para encerrarse en su madriguera de alquimista con ventana triangular. Ello por encima del río sagrado separando la parte alta de Praga y donde asoma inevitable el castillo iluminado de negro. 

Nuestro L de laboratorio alcanza mediante la lectura la puerta del misterio. Con una B replicante –una B cruzada de mi vida alfabeto- en otro tiempo imaginamos rincones de la ciudad de Praga que decidimos creer nos estaban esperando; conversamos de los textos de Franz Kafka, que pudo equivaler a los pocos días de caminar por primera vez los barrios antiguos de la ciudad de Praga. Ahora, cuando todo ocurrió en el pasado lo sé y como todo saber de relevancia para aceptar la felicidad resultó tardío e impertinente. Al interior de la palabra “Praga” operan leyes inflexibles por inextricables y ajenas por completo a los tratados de lingüística. Cosas como: cualquier línea recta y proyectada “intencionalmente” al infinito termina por bifurcarse, o más grave: el todo conocido nunca es de ninguna manera la suma ordenada de las partes, sino –lo que resulta desconcertante- su contrario. La hipótesis pesimista postulando que la felicidad se dosifica en pequeño momentos es indemostrable; el futuro pensado tantas veces ya fue, haciendo que nuestros recuerdos se rijan por un teorema ambiguo, memorizado aunque nunca dejado por escrito y que evoca vagamente al principio de la entropía.

Todo esto retardativo para concluir en la simplicidad de afirmar que, el atardecer que “vos” señora llegaste al dominio de Praga sin haberme advertido, igual lo supe y sin necesidad de los sentidos. Luego de un largo vuelo interrumpido por escalas inverosímiles, cuando “vos” avanzabas por corredores del aeropuerto Ruzyne mi cuerpo sintió, contigo y sin que tú lo supieras, un dolor de garganta debido al cambio del aire y al unísono. Fue así que durante días nosotros recorrimos las mismas calles de la ciudad de Praga sin cruzarnos. Es seguro que subimos a idénticos trenes subterráneos hasta alcanzar los paisajes de las afueras de la ciudad, coincidimos en la estación de Metro más próxima al cementerio judío y que tanto te impresionó estoy seguro. Podría afirmar, sin temor a perder el alma por hacerlo que disfrutamos del calor estable en cafeterías céntricas y que están ahí desde el siglo pasado. Nosotros alejados por detalles de escasa importancia en sí y determinantes para nuestra historia: otro tiempo distante al pasado común, diferente pareja habitando apartamentos del presente, distinto diseño de planes para el futuro incierto.

Tratándose de aquello que puede tenerse por cierto, cualquier momento es inapropiado para reflexionar al respecto. Me contentaría con que aceptes y ello nada más que por hoy (donde sucederá nuestra última coincidencia) la hipótesis de trabajo solitaria que puedo formular y plenamente consciente de que se trata de una trampa consuelo: el amor está en la periferia de lo cotidiano. Admito que se trata de una formulación mezquina cuando se la hace positiva, arrincona a puro temor de quedarnos solos y nos empuja por costumbre a ser demasiados severos con el ilusionista burlón que a veces, no siempre sin que intervenga la voluntad asoma en nosotros. 

De ello se deduce para razonar y protegerse que el amor, en tanto sentimiento asociado a la sexualidad y la literatura se halla en lo perdido necesitado de memoria; así en lo irrecuperable, en lo que pudo ser pero no es al presente. Aunque tarde por innecesario parece prudente reivindicar la mirada sobre el mundo y el género humano de los pesimistas. Suponiendo entre tú y yo el amor, al menos signos de la apariencia (y ello durante una cierta cantidad de días y admito lo aproximativo) quisiera suponer, sopesando el peso del tiempo transcurrido, de haber durado nuestra relación la hubiéramos abrumado con recibos atrasados de la luz eléctrica, fugas de una canilla en la cocina durante la noche, manchas de humedad expandiéndose en el techo del living comedor, con atados de acelga asomando del carrito desvencijado para las compras del mercado callejero. Es preferible así y ¿sería de otra manera? Oponer a cualquier condición “posible” de felicidad estable el imparable argumento del consabido “desgaste cotidiano”. Reiterarse hasta el seudo convencimiento de que proyectados en el rectilíneo decurso de los años ciertos sentimientos exultantes “y relativos a la situación de pareja” resultan una metáfora de utilería.

Incluso y por encima (esta hipótesis de inspiración Oriental te hubiera agradado por la levedad exótica que la sustenta) la justificación de la línea inabarcable de la Muralla China. Su misma construcción posee el poder de anticipar la carga enemiga de los siglos venideros, atacar con artefactos desmesurados sus muros altos de catorce metros y antes de la terminación del plan original con algo intimidante de divino, sería indigno para un guerrero formado en la nobleza y la prueba para la eternidad, si traiciona esa condición, de comportamiento cobarde y miserable. Lo soberbio consiste si alcanza la respiración de la vida o aún si acaso, en lanzarse contra esa línea artificial y sinuosa delimitando la frontera terrestre del Imperio, hacerlo sin considerar las consecuencias por terribles que ellas puedan ser. 

Sería dificultoso confesar mirándote a los ojos “te amo” en un mundo caótico, confundido por la proliferación de mensajes postergados en sobres lacrados con signos del I Ching, criptogramas portados sin respiro por mensajeros invisibles y destinados a la consideración inalcanzable de mandarines imaginarios. Considerando que el tiempo desangrado que marcan los periódicos del día de hoy y enormes relojes de estaciones de trenes, nos retacea la poca fortuna imprescindible para “encauzar” la barca de la vida. Hasta es gracioso recordar precisamente ahora que el colorido restaurante chino que frecuentábamos – “El Dragón de Jade”- tan real como reales eran los arrollados primavera con hojas de menta, humectados de salsa de soja, los brotes tiernos de bambú, el bol de arroz blanco de intimidante media esfericidad, los gajos imperfectos mandrágora de jengibre confitado (que según afirmabas era afrodisíaco siempre y cuando preexistiera el deseo), no tenía galletitas de la suerte con un mensaje interior en clave, que dicen los conocedores hay en restaurantes chinos del norte, en la costa oeste.

No obstante la ausencia de esos mensajes minúsculos presagiando hechos futuros, fue contigo que sentí por momentos fulgurantes en su íntima prolongación, que la Historia con mayúscula (en la cual de manera tangencial estábamos comprometidos) dejaba de ser perímetro donde las clases sociales perpetúan su lucha infinita, madrastra de la Verdad, tiempo conjetural donde los tiranos hipotecan el juicio de sus actos, para ser el brevísimo segundo de tiempo que permanecimos juntos. Entonces comprendí que el Infinito, intrigante noción y que acepta múltiples teorías de explicación, según nos enseñó el diccionario de Nicola Abbagnano, se hallaba inscripto en el color de tus ojos fatigados y la libertad se confunda con la manera de tu mano revolviendo el café, con una cucharita que podría haber sido de plata.

Bien mirada, la técnica neo cabalística de utilizar A, B y otras letras es cómoda, aséptica en su base tiene la virtud de simplificar razonamientos y la nada desdeñable de despersonalizar; suprime sentimientos intermedios, trasladando los medulares a una instancia imprevista donde aparecen puros, sin evitarnos por ello heridas que nos estaban destinados.  Te informo que en el perímetro de la ciudad de Praga tampoco es posible imaginar un B absoluto y sabe dios lo mucho que lo intenté. Cuando te pienso a ti en tanto mi B, el sentido inicial se descompone en recuerdos: aromas sin perfume, pelos acariciados y empapados por la ducha caliente mañana tras mañana, pelos de puntas recortadas cada cuarenta días que difieren de color y textura a lo largo del cuerpo; se desprenden en cabellos delgadísimos, debilitados cuanto te peinas despacio, delante de espejos que devuelven tu expresión fijada de muchacha novelesca. Cientos de esos cabellos están destinados a las cloacas de Checoslovaquia, después de ser separados del cepillo ámbar de tu mano (la misma mano que disolvía el terrón de azúcar en el café) en un cuarto de baño decorado de azulejos azules, contiguo a una pequeña habitación de un modesto hotel praguense y que sólo conozco mediante las virtudes de la imaginación. 

La vida no está regulada por la filosofía, por ahí y sin intención se construyen enunciados tontos, oraciones pretendidamente ingeniosas queriendo que B las disfrute; para que B retenga esas palabras y luego las olvide por la formulación de otro nuevo retruécano más original que el precedente. La B que evoco murió, que es el estado de las personas que necesitamos a nuestro lado como el aire cuando advertimos su ausencia; desde esta modalidad en variante de la muerte igual suelen filtrarse noticias intermitentes, informando que en territorios profundos del Eterno Imperio Celestial Inaccesible B continúa existiendo. Por esa condición de vez en cuando me da por escribir mensajes con significado misterioso, buscando evadirme de otra forma de rutina, el recurrido “desgaste cotidiano” y que me está cercando. Lo hago con la remota esperanza de que lleguen tales mensajes hasta las manos de B (las manos de la cucharita de café y el mango del cepillo de pelo) por cualquier medio y sin que me importe la “naturaleza” del mensajero –que puede ser un libro y este mismo libro- para que ella logre descifrarlos. Nadie conoce mejor la clave sencilla que los retiene, nadie podría leerlos y descifrarles luego el sentido único “excepto ella”.

Mis recuerdos recurrentes suelen ser indolentes, están conformes con su condición de recuerdo y temen hacerse notar prefiriendo la confidencialidad. Les evita el sufrimiento que supone la actualización y provoca la ausencia, pero los precipita, esa misma condición, en la nostalgia sensiblera incitándolos al juego de “las variantes y posibilidades.” Ello sucede cuando descubren lo que son: simples recuerdos confrontados unos frente a otros. Cada uno de mis actos vitales, de preferencia el proceso de envejecer lo hago con tiempo suficiente para poder pensar el tiempo que se agota; temiendo desafiar todavía el futuro más allá de lo razonable y que distingo acercarse en masa conminatoria de repeticiones. Contemplo mis recuerdos, observo de qué manera unos y otros se asumen alternando el rol de Tortuga paradojal y Aquiles con coturnos Nike, desconfiando si se trata de velocidad y años, juventud perdida o cuestión de talones mitológicos que nunca están para los seres mortales en el talón. Tal vez la cuestión es asunto de miradas penetrantes hasta la fecundación, según es leyenda entre los lentos quelonios de las islas Galápagos, el archipiélago sobre la línea imaginaria y que parte en dos el mundo conocido. Ese ecuador al que nosotros dos mientras estuvimos juntos ni siquiera supimos llegar; a pesar de haberlo cruzado por separado repetidas veces y haber sentido el aroma penetrante de cebollas fritas en los barrios populares de la ciudad de Praga que están al otro lado del río.

Aquí estoy al final de “este” mensaje de persona a persona que debería ser entregado en propia mano, sentado en un aula magna universitaria “en la misma ciudad de Praga” compareciendo ante un adusto tribunal de Filosofía prusiana. Ellos pretenden de mí una escritura manuscrita racional y alemana; es curioso, de alguna manera debería estar aquí en esta circunstancia concretando el sueño adolescente de vivir entre pensamientos y sin embargo, en cuando comencé a meditar sobre el tema del examen propuesto por el Tribunal, me saltó de sopetón a la memoria tu manera de reír. A posteriori, sin terminar de explicarme por qué diablos mis ideas brillantes sobre Th. A. Adorno y sus camaradas del Institut for Sozielforschung se esfumaron por el aire como alma en pena y se me dio por escribir de ti en esto que llamamos la lengua materna. Soy consciente de que malogro la oportunidad largamente esperada de salvar el examen; pero si en simultánea acepto que perdí para siempre tu sonrisa real y el tacto de tus manos hace tiempo, importa poco este casi proceso burocrático con Tribunal y comparecencia pública ocurriendo tan cerca del Castillo. Lo que en verdad me duele en el espíritu es el cielo gris plomizo que alcanzo a distinguir del otro lado de imponentes ventanales bohemios, el cielo está y por si acaso te interesara, como siempre lo imaginamos contemplado desde la plaza Wenceslao. 

El procedimiento protocolar continúa, dentro de pocos minutos pediré disculpas al jurado y me retiraré del aula del examen arguyendo una indisposición estomacal, marchándome en silencio y llevando conmigo estas anotaciones en dialecto montevideano manteniendo el estilo, siendo fiel a la persistencia de la memoria. Hacía tiempo que tu no te aparecías en los sueños ni que yo te pensaba sin razón. Me resigno a no ver juntos las últimas películas filmadas por Woody Allen, vos me dejaste sin tiempo suficiente para continuar adelante y fue así que te perdiste mi número deslumbrante de zapateo americano, previsto para festejar el primer aniversario de nuestra relación que asomara, la fórmula secreta del Corazón de Indio y tantas otras cosas para poblar las horas. Al comienzo de estas notas informales especulé con la importancia de las fechas en una historia, pero tuvimos tan pocas oportunidades de inventarlas que intentarlo parecía una broma. 

Hoy no había nada especial para festejar aparte de la dicha agridulce como la salsa china, de continuar unidos al menos en los descuidos de la memoria. Andá vos a saber la verdadera razón, será que después de ocho años sin verte recién ahora vengo a descubrir esta mañana y aquí que nunca conocimos juntos ni siquiera la cuadrícula de nuestra Montevideo; acaso segmentos de calles mientras caminamos abrazados y acuciados por la lluvia, porque llovía casi siempre cuando nos encontrábamos sin sospechar el tamaño que alcanzaría esta ausencia y una variante de la tristeza que ninguna filosofía logró disipar. Te lo puedo jurar en esta coincidencia y por lo que más quiero, lo que no deja de ser una paradoja intensamente perturbadora.