Un tango de pianola por Libertad Lamarque

UNO

-De verdad cariñito, quienes venimos de allá, del otro lado, tú bien sabes, nos conocemos poquito entre nosotros.

Había sido otra noche de aquellas sin que nadie del público le pidiera a Gilda de Castro un bis antes de que abandonara el escenario. Infinita boquilla de nácar y cigarrillo oriental recién encendido, con la primera bocanada de humo desplegando volutas turcas envolvió, espesa esfera gris cenicienta, la cabeza del muchacho de cabello en caracoles y parafinado, de mirada dulcísima. Abrumado por esa turbonada de tabacal exótico y ejercicios bronquiales de absoluta pericia, Aldo Scalabrini, acaso Raúl San Martín como debía figurar en marquesinas fantaseadas, se la quedó mirando igual que la loca del cuento cuando encontró un marabú gigante en la bañera.

Ella, la única, estaba bastante tomada desde temprano y exudaba aromas contradictorias de lociones baratas, superpuestas al desgano orgánico con el perfume de axilas depiladas y atributos de nacimiento comprimidos durante muchas horas de espera para actuar. La seducción de Gilda necesitaba reciclarse de continuo y en cualquier circunstancia, ponerse a prueba a toda hora acentuando más el error del pasaporte revolucionario: José Palacios “pero Palacios de jade, dignos de un Oriente lejano” como le aclaraba a funcionarios distraídos, que buscaban coincidencias imposibles entre la realidad y los asertos del Ministerio de Relaciones Exteriores, entre unas pestañas implantadas y el contundente sonido del José tan rotundo y evangelizador, sublimado por siglos de abuso, sustentado sobre una dudosa paternidad según contaron los cuatro santos aquellos.

Es deber prioritario de reinas seducir asimismo después de apagados los focos cuando la noche dio la última función por terminada. Esa vez del encuentro fue innecesario esmerarse en desplegar el abanico de encantos tocado en las puntas con sugestivos signos primerizos de deterioro. Raúl o Aldo estaba distante del tipo de hombrón codiciado por ella cuando bebe unas copas de más; si un encanto especial tenía el muchacho en cuestión, era el de semejarse a los hombres anónimos de las fotografías antiguas, rostros preservados en marcos ovalados, vestidos para ir a la cita con el magnesio como quien va al encuentro de la eternidad. Ahora, entre la escala de las ASA y la costumbre patética de escindir un segundo hasta en dos mil fracciones, se logró el absurdo de aprisionar la nada perdiéndose para siempre la duración sublime del instante.

Las máquinas de antes no se ensamblaban para guardar imágenes, se armaban resorte a resorte con la finalidad de expropiar unas gotas de tiempo. Tenían razón los aguerridos apaches desollando fotógrafos ambulantes, cuatreros del segundo distante entre la explosión de polvos luminosos y el registro invertido, el tráfico mágico a través de lentillas pulidas en Holanda, hasta fundir el gesto irrepetible al respaldo de plaquetas impregnados de sales de nitrato. Esa inocencia anómala de postal descolorida comprada al montón en ferias vecinales –luego lo supo Gilda cuando iba creciendo-, fue el inicio de otra fascinación descartada hacía tiempo de su vida, conocida por el apodo de amor fulminante. Para la fantasía incontenible de José era la oportunidad, sin necesidad de apelar a la convención supuesta en todo disfraz, de hacer el amor con parientes lejanos y tíos abuelos a quienes nunca conoció en la infancia. Lo que José sintió a primera vista trascendió la urgencia de pirarse en la cama; era una paz interior, lento deshacerse de devaneos, evoluciones felices apropiadas para caballeros ávidos de equívocos sobreentendidos y la competencia desigual con señoras espléndidas de las primeras filas de butacas.

Ella adivinó en los ojos de Raúl la retraída voluntad de insistir en el fracaso; como reina blanca vaticinando su final en pocos movimientos de trebejos oscuros, depuso las defensas y tentó tímida e inexperta, cual una quinceañera, el diálogo desmaquillado, sin miedo ni vergüenza de abrigar sinceramente las ganas en ella de vivir, al menos por última vez, una historia romántica por verdadera, aventura del corazón parecida a algún bis que ya nadie le pide de su amplio y selecto repertorio de boleros inolvidables. Se conocieron en un París de hace muchísimos años antes de exilios y sublevaciones tricontinentales, cuando la batalla de Argelia y el existencialismo dejaban para América del Sur al borde del río Sena poco más que el chachachá, pingüinos australes y la palabra gaucho descifrada en cuatro vértices brillantes de la Cruz del Sur. Después vinieron muchas cosas a la ciudad francesa que no pudieron disolver la historia de amor que todavía recuerdan viejos camareros de la rue Jacob, que cuentan entre lengua floristas que están en Saint-Germain-des-Prés desde Ducasse, desde Rimbaud y antes. Desde después: cuando se le llamaba espíritu de riesgo a las ganas de olvidar el hambre y un sueño de plumas, escenarios fastuosos y temporadas interminables barloventeaban en revistas ilustradas que, por indescriptibles malabares de canje compra y venta llegaban a los muchachos de los pueblos más remotos del continente americano.

Cuando José intuyó la existencia de un lugar como Montmartre le estremecieron el cuerpo las ganas de vivir en la ciudad donde bailaba la negra Josephine. Dejó de ser la mariquita del barrio, puteando salió de su pueblo con nombre de santa para llegar a la capital de las columnas en días de calor sofocante y puteando subió a un trasatlántico con destino a Le Havre prometiéndose nunca más volver ni cuando muriera la bruja de la madre. Con esfuerzo sin tregua y encanto innato para hacer creíble lo interpretado José consiguió trabajar en todas las salas de renombre en París. Pero luego La Historia, el Caprichoso Devenir del Mundo, la Traición del Mudar de las Cosas desalojó los boleros de las luces del Lido para subir a escena otros ritmos y estilos, distintas lenguas y cantantes. Fue así que las canciones de Gilda, condensación precisa de amores y odios absolutos, roídas por la pasión y los celos fueron refugiándose en calles laterales alejadas de grandes bulevares.

En el comienzo de la relación que recuerda esta historia Gilda cantaba en un night club regenteado por un portugués que se decía de Lisboa, dedicado también a otras actividades complementarias vinculadas con la euforia que deparan el sexo y las plantas prohibidas. Más por lo segundo que por virtudes dudosas del programa artístico, llegaban hasta allí y cada noche coletazos de esplendores tropicales y magnates protagónicos, play boys jugadores de polo, militares que oyeron el clarín del retiro, cónsules honorarios, agregados diversos de embajadas, parientes cercanos, amistades íntimas de gobiernos nacionales de los años cincuenta con leyendas de perros asesinos, matanzas clandestinas de civiles, Chivas Regal fluyendo por cañerías de puro oro macizo, reparto de dólares americanos al pobrerío, costumbres toleradas con simpatía en pueblos tan dotados para el baile y la siesta. En algunas temporadas se sucedían el rey del maní y de la piña, el señor del caucho o la toronja, el emperador del melón, de la papaya, el lord de la guayaba, el zar del melocotón y del tomate, el príncipe del plátano y la patata; un anárquico sistema de reino tropical donde la humedad y la semilla tenían su nobleza prestada y conquistada a machete ensangrentado. Era un París nostálgico con cotos reservados para trajes blancos con chaleco de seda y dientes de oro, anillos con esmeraldas dignas de sultán de Simbad, sombreros panamá y cigarreras de plata mexicana incrustadas con piedras preciosas del Amazonas.

La alianza perversa entre el baile acrobático, rock and roll, cintas de comedias musicales y la televisión recién inventada relegaron el efímero triunfo de José a un declive visible mes a mes. Las cuerdas de requintos reventaron, el cuero de las tumbadoras se estriaba hasta el silencio, la voz de Gilda comenzaba a tropezar en escollos y arrecifes de tequila, ron y del pastís anisado. De sus vestidos se desprendían las lentejuelas dejando lamparones de ausencia de brillitos y como si un animal bello se fuera escamando de pústulas injustas, las plumas volaban hasta el piso sucio para nunca más volver a ser recuperadas. Más de una noche salía a escena con la cáscara negra del crecimiento del pelo, un descuido en la correcta aplicación de la tinta L’Oreal. Las boquillas nacaradas, aquellas interminables del comienzo, cedían los dedos a Gitanes sin filtro que dejaban la piel de un amarillo playa sucia.

-Estamos embromados negra, hay que inventar alguna cosa para salir adelante.

Aldo Raúl Scalabrini San Martín había dejado en la noche inicial que lo envolviera el humo del tabaco. Era el primer gesto cariñoso que alguien le prestaba después de semanas deambulando, arrastrando la resignación de los recién llegados por las mismas calles y plazas de París. Sin atreverse a ir más allá de panaderías y pensiones conocidas donde le asignaron un crédito limitado, en tanto se acababan los pocos dólares guardados para situaciones de emergencia.

La madre, una muchacha rolliza hija directa de la colonia suiza lo parió con sufrimiento en el hospital de Carmelo en la costa litoral uruguaya; su padre, un italiano de paso a los viñedos de Chile prometió volver al fin de la cosecha y nunca regresó. Cuando pequeño Aldo veía por las noches el brillo de Buenos Aires cruzando el río por el puente del cielo, le atraían las luces nocturnas, lo prometido por la ciudad porteña y que él escuchaba en la radio de la cocina: la orquesta típica de Juan D’Arienzo llenando bailes populares, futbolistas uruguayos jugando en Boca Juniors definiendo sobre la hora campeonatos metropolitanos, películas cómicas en las que actuaba Luis Sandrini, los aguafuertes de Roberto Arlt escritos para la prensa.

Un día finalmente llegó, jovencísimo y decidido a las baldosas flojas de la calle Corrientes. Afirmando su convicción de integrarse a la capital porteña el uruguayo se aplicó de inmediato a tocar el bandoneón –que aprendió en campaña y a escondidas, sin maestro, en los largos días de la infancia- en cafés y salones de baile, dancings del bajo Leandro Alem. Llenaba él también la Plaza de Mayo con los descamisados, se jugaba la paga semanal a las patas lentas de un único potrillo los domingos de tarde en la pista barrosa de San Isidro. En la revolución libertadora que derrocó a Perón y lo mandó al exilio en cañonera, Raúl se salvó por milagro de una balacera callejera entre tiras y sindicalistas del movimiento. Sin pensarlo dos veces cruzó como pudo hasta Montevideo y una vez allí, sin volver a Carmelo ni para despedirse se embarcó en el Julio César con rumbo a Génova en la proa y destino a París en la valija.

Se le antojó tocar el bandoneón en la capital francesa para ganarse la vida, durante las noches de navegación acostado en los camarotes colectivos, arrullado por el fragor de motores vecinos del navío, él soñó con salir en las revistas que se agotan en los kioscos y actuar en la radio. Por esa apuesta continua a la precariedad que fue su vida desde el nacimiento, como si él mismo fuera un tango mediocre se metió sin pensarlo dos veces en la vida quemada de José y naturalmente como si hubieran bailado juntos desde antes, encontró en París el refugio necesitado donde dormir acompañado y un plato caliente de comida cada día.

La noche del encuentro con Gilda el portugués le había rechazado a Aldo una oferta, defendida sin convicción, para tocar un par de fines de semana en el club Saudade. Desanimado por el nuevo fracaso y con la copa paga por la casa se quedó a ver la actuación de los que tenían la suerte de trabajar, “por boludo, por ver algo, porque no tenía adónde ir” se justificó luego. Gilda se acercó al nuevo así como intrigada, había en ese muchacho triste algo de los tíos abuelos de la familia dispersa por la muerte, un aire de mundo desaparecido resguardado en un álbum de fotos que le mostraba la madre mientras le peinaba los bucles y le decía que eran igualitos a los de Shirley Temple. Sin ningún bis de miradas seductoras, José sintió un cariño inmenso e inmediato por ese hombre de pelito lubricado y ojeras de hambre, sintió desfallecer sus defensas contrarias al romance y admitió que estaría dispuesta a cualquier cosa por retenerlo a su lado, aceptando sin chistar todo lo que él dijera.

-Amorcito, somos una combinación explosiva de amores desencontrados que dará que hablar, le dijo después, cuando estaban juntos. ¡Qué importa! Haz como yo y acepta esta cosa linda que nos está pasando, linda, linda, incontrolable. Nunca le vamos a contar a nadie nuestros secretos, los pecados nuevos que venimos estrenando.

Estabas lejos y solo Raúl o Aldo, estabas triste y con hambre. De eso sabía José Palacios, plumífero ejemplar insobornable de su negarse a ser visto cara a cara después que las cremas arrasan bases y pinturas del maquillaje. Era insoportable sobrellevar sola o peor en compañía del espejo, el espectáculo cotidiano de arrugas en el cuello y carnes que se aflojan en los brazos. Con eso y la agonía de boleros cantados Gilda tenía un futuro de perspectivas desgarradoras. Para su felicidad, después de aquella primera noche halló en Aldo o Raúl la tranquilidad del hombre que la quería y que algunas madrugadas después de tomar mucho vino decía que todas las mujeres eran putas y empezando por su madre. José prefirió no indagar demasiado con preguntas las pocas veces que su hombre, ebrio y tartamudo lanzaba esos insultos, acompañando historias terribles que terminaban en traición y abandono. Durante esas horas de eclipse del cariño, ella duplicaba el propósito de hacerlo feliz igual que una santa.

Desde la primera conversación, cuando Gilda lo encontró derrotado como gorrión urbano y él la admiró obviando la derrota que se avecinaba, permanecieron juntos. Ella lo llevó a su casa, lo alimentó con esmero y lo dejó dormir sin exigirle nada a cambio, ni siquiera el mínimo peaje de un beso hacia la madrugada. Al amanecer Aldo le hizo el amor con una ternura violenta, descubriendo que a las letras de tango, por pudor y vergüenza, por hipocresía reprimida les faltaba el cariño con dolor de otras historias silenciadas. Cada noche llegaban juntos al night club y Aldo la esperaba hasta la madrugada para ir luego a tomar sopa de cebolla con vino, a veces chocolate a la española con churros en los lugares abiertos cerca de los mercados mientras amanecía.

Sin preocuparse de la indiferencia reinante en el local José cantaba boleros como nunca. El portugués y los camareros volvían a escucharla después de semanas de olvido y hacían callar a las mesas barullentas mientras Gilda se prodigaba delante del micrófono. De esa boca roja hasta el escándalo salía una envidiable voz enamorada, asegurando la certeza de que todo era dicho para un solo hombre. Mientras el negocio se fundía por razones que se decidían lejos de la barra del bar, José fue más Reina que nunca encima del escenario desvencijado igual que cama de hotelucho de paso. Después que pasaron dos semanas de sospechas y recelos todos debieron admitir que Aldo, más que un vividor circunstancial, era un enamorado discreto que detuvo de momento la caída sin remedio de José. Asimismo y con tristeza presentían el inexorable final de la vida artística del caribeño, sin saberlo o sabiéndolo Gilda era un símbolo a demoler de un mundo vencido después de cantar amores que a nadie interesaban, eclipse solar y lunar de voces aterciopeladas, trastoque de mundos infantiles y realidades hojeadas en revistas ilustradas.

Era una pena, precisamente ahora que la pareja vivía el punto sin retorno desde el que resulta imposible volver a ningún lado. Los dos perdieron el billete de retorno al pasado, les restaba apurar la vida hasta la muerte, sobrevivir echándose hacia adelante y revolcarse en un solo sentido. Gilda había ahorrado unos francos pensando en el futuro después que un colombiano la dejó, sin despedirse de palabra exceptuando la golpiza que pareció más brutal que las anteriores, por una pasión compatriota nueve años menor, casi una colegiala. Con ese menguado capital podrían sobrevivir unos meses, hasta que algo apareciera; todo lo hecho parecía perdido, la ternura inquebrantable de la pareja sería insuficiente para pagar el alquiler y comprar el pan.

Ellos vivían en una pieza amplia con baño separado, cocina empotrada y pequeño balcón repleto de macetas, bien ubicado eso sí cerca de los lugares del espectáculo. Lo que faltaba era trabajo. En las vigilias de rabia e impaciencia una noche que pudo ser como cualquiera Aldo tuvo una revelación. Se le ocurrió un plan alocado que uniendo las hasta ahora aisladas habilidades de la pareja podía ayudarles a sobrevivir, si llegaba a funcionar se dijo que sería un golpe de efecto increíble. Era tan extraño en su simplicidad, que Raúl postergó varios días su consideración en pareja esperando la llegada de algún contrato que la calmara un poco.

Como esa salvación milagrosa se hacía esperar de manera preocupante, él volvía a rumiar el asunto sin terminar de decidirse a contárselo a José.

-Mi negro querido ¿qué pasa? le preguntó viéndolo tan preocupado, creyendo que se trataba de algo relacionado a ellos.

-Nada, dejáme… contestó Aldo. Es una idea que me da vueltas y vueltas en la cabeza, pero es demasiado.

-Sabes que estamos fritos, liquidados casi y se está terminando el dinero. Si tú quieres que salga a hacer la calle dilo de una vez, no pierdes nada, dijo Gilda apelando a razones contundentes. Después de tantos meses juntos bueno sería que tuvieras vergüenza de pedirlo.

Aldo la escuchó y sonrió por el rumbo inesperado que tomaba la charla, podría haber sido una buena idea hace años pero ahora, veterano y desentrenado José lo pasaría muy mal tanto con clientes como con la policía y cofrades jóvenes de la zona del Bois. Para el eterno provinciano que él seguía siendo, era más ardua la comunicación del pensamiento que la misma idea, luego de pensarlo y con susto de estar equivocado se decidió a contarlo.

José estaba impaciente por el tenor de las revelaciones inminentes y se tomó tres tragos de ron para aguantar lo que viniera.

-Mi amor, tenés que empezar a cantar tangos, dijo Raúl hablando también para la nada, como si desde ese mismo momento deseara que nadie lo escuchara y menos la Reina Palacios.

-¡Pero qué rico! explotó José más tranquilo, embriagado en el son de la bebida y la locura inesperada de una propuesta hilarante, caída en medio de la pobreza creciente. Qué linda idea mi amor. ¿Te imaginas tú? Al mejor estilo Libertad Lamarque.

-Eso, José, aquí no camina, dijo Aldo e hizo una pausa como si pasara de una canción a otra. Tenés que cantar al estilo Hugo del Carril.

Cuando dijo el nombre del cantor Aldo recordó con nostalgia solidaria al viril intérprete -al que acompañó una vez en el estadio de Racing en Buenos Aires haciendo una suplencia- cantando a los cuatro vientos el himno “los muchachos peronistas…” mientras Evita salía las últimas tardes al balcón de la inmortalidad, para entregar su luz postrera a los cabecita negra venidos de toda Argentina a idolatrarla.

Palacios permaneció suspendido en cierto punto de la sorpresa, al principio creyó haber entendido mal y rio nerviosa defendiéndose, pensando que era inconcebible una broma tan cruel inventada por Aldo para herirla. Buscó con urgencia la mirada de su amor procurando la distensión de una complicidad descubierta y topó con un muro de silencio que fue la confirmación de lo escuchado: cantar al estilo Hugo del Carril. Habían entrado en el proyecto como debe hacerse para aprender a escuchar el tango, despacio y sin levantar casi la voz.

Ninguno habló de la cuestión en los días siguientes, continuaron viviendo peripecias cotidianas de una pareja cualquiera pero nada resultó como antes y una sombra de invitado molesto se instaló en la vida de ambos. José, en un gesto de resistencia y seducción desesperada, llevado por la angustia de oler otro final, en una mañana de locura gastó buena parte de los ahorros en juegos de ropa interior y que matarían de envidia a la primera línea de vedettes del Moulin Rouge. A instancias de José salieron varias noches a comer langosta, ostras, almejas, caracoles, moluscos indescriptibles, buscando en esas pulpas salobres dos olvidos improbables: la memoria de Aldo del sabor de la carne asada a la parrilla y su propuesta de una mutación en apariencia irrealizable. Cada vez la fiesta fue rociada con burbujas de champagne, José amaba la pirotecnia embotellada buscando distraer, simular el festejo por la firma de un contrato de condiciones favorables increíbles salvando el naufragio de la vida en común a último momento.

A manera de golpe definitivo sobre sus esperanzas, Gilda consiguió un pequeño trabajo para cantar en el aniversario de bodas del magnate de algún casillero de la tabla de Mendeleiev. Cuando salió del hogar estaba hermosísima, parecía joven y delgada; al regreso lloró desconsoladamente toda la noche. Veinte minutos entre borrachos manoseadores, fotógrafos impertinentes, niños corriendo en todas direcciones y ceremonias con pasteles gigantescos, para Gilda de Castro fue peor que el vacío total en el más infecto sótano. Ella estaba entregada, mansita y a punto. Aldo había aguardado esta circunstancia de sorda resignación y aceptación de la razón injusta del macho, dejando hacer a la mujer mientras él se preocupaba por la estadística de goleadores, la fortuna del crédito local en el campeonato sudamericano de los peso gallo.

La arropó con ternura, sabiendo que llegaba el momento de los cambios sin recurrir a gritos ni palabras de convencimiento. Acariciándole la cabeza sin peluca aguardó la desaparición de los últimos hipos después de la rabia y la presencia del sueño conciliador, le limpió la baba de los labios, la miró unos minutos como si estuviera despidiéndose de una buena amiga que mañana se embarca de regreso a las islas. Nunca se supo si alguna vez ella terminó de perdonarlo pero San Martín consideró su proceder como un acto de amor. Amanecía en París. Un gris ceniza creciente se expandía comenzando a individualizar los detalles de cada uno de los techos de la ciudad. El compacto toldo de nubes espesas, igual que claraboyas de conventillos del barrio de San Telmo que Aldo recordaba de Buenos Aires, se rajaba y dejando por momentos entrar débiles rayos de luz que Scalabrini consideró buena señal.

Sin dudar ni un instante en cada uno de los cambios, parecía que durante semanas o meses –desde la irrupción de la idea hasta el final de la apoteosis de José en la fiesta humillante- hubiera pensado cada detalle con premeditación y precisión de golpe de cincel sobre una esmeralda en bruto. “Si ella supiera estaría cantando Reloj queriendo retrasar el amanecer” pensó Raúl. La tradición tanguera prescribía que en los casos límite de fractura pasionaria el hombre debía «amurar» a la mujer. Es decir abandonarla en silencio sin denunciar paradero, llevándose dinero, enseres, ropa y dejando a manera de tiro de gracia una cartita manuscrita insultante, deseándole a la desgraciada de turno toda suerte de males en la vejez que avanza.

Dos razones le impedían al hombre de la casa orquestar esa variante de la canallada, antípoda irreconciliable con el coraje orillero de cuchilleros ancestrales: la amaba, incluso más que a la suiza que de pequeño lo castigaba, vengando en él la vida de mierda a que la condenó la seducción del italiano vitivinicultor; segundo, la serena e inamovible convicción de haber llegado a su hora artística. Sus manos trabajaron seguras sin vacilar en los gestos, como desplegando un airoso solo de bandoneón de las características melódicas de Canaro en París. Aldo comenzó por la mesa donde estaban los discos; en una caja de cartón destinada a latas de conserva de tomate, guardó los discos de Lucho Gatica, Pedro Vargas, Roberto Yanéz, el jovencísimo chileno Antonio Prieto y los clásicos de Los Panchos, suplantándolos por orquestas de nombre más itálico como Fressedo, Racciatti, Pugliese, músicos que hicieron el tango de los años cuarenta en el Río de la Plata. Luego bajó una fotografía de Josephine Baker, otra de María Félix y las suplantó por un fotograma ampliado de Tita Merello tal como se la vio en el film Mercado de abasto y la estampa clásica de Gardel en el Hipódromo de Maroñas de Montevideo. En un momento temió que José regresara del sueño y era hombre jugado.

Llegó hasta el baño, tiró los maquillajes por el retrete exceptuando la más liviana de las bases y la acetona para el último quite del esmalte de uñas; guardó una tintura especial para disolver la plata de la cabellera y colocó con cuidado en su lugar un frasco de gomina Glostora, recién traído de allá por un conocido. De arriba de la cama matrimonial desprendió las imágenes del santoral africano y colocó otra de santa Cecilia patrona de la música. En el maniquí donde José dejaba la peluca para galas de lujo, Aldo sustituyó la cabellera postiza por un flamante borsalino gris perla comprado en cuotas la semana anterior, eran escasos pormenores pero suficientes y definitivos.

Después, como quien aguarda la vuelta de la conciencia de un amigo baleado por asuntos al margen de la ley, Aldo acercó el taburete al borde de la cama, armó un cigarrillo al estilo sureño y aguardó el despertar de Gilda. Pasó así más de una hora, cuando José se desperezó encontró la misma mirada tierna, el aspecto de tío viejo de Raúl que tanto la impresionó la primera noche. Sin decir ni una palabra ella miró los cambios en la pieza y comprendió lo sucedido en un sueño que empezaba a parecerle demasiado largo. Si consideró por un instante replicar en histéricas reacciones las reprimió ni tampoco exteriorizó un dolor reconcentrado. Apenas se deslizó en la lenta aceptación de las cosas que pasan, los cambios de la vida y la resignación terrible de la frase no hay mal que por bien no venga. Lo miró por segunda vez a los ojos sin decir nada, sin preguntar nada.

Estaban solos en su hogar en París y aunque entraba algún rayo de sol había algo de frío glacial en el ambiente. José se cubrió el pecho con el deshabillé y esperó las reacciones del marido a su estarse quietecita. Aldo, siempre parco en demostrar los sentimientos le hizo por fin, sin ocultar la timidez la pregunta que venía aplazando desde aquella noche del encuentro en el night club del portugués.

– ¿Querés un mate?

José dijo que sí con la cabeza, Aldo estaba más enamorado que nunca. Contento y con pericia gaucha, acomodó la cebadura de yerba de la mejor manera, levantó la caldera con cuidado sirviendo el agua caliente despacio junto a la bombilla, para que el mate sea sabroso con espumita.

-Tené cuidado que está hirviendo, le dijo.

José agarró el mate de guampa de los buenos y comenzó a chupar la bombilla lo mejor que pudo evitando hacer ruido con los labios. Aldo estiró la mano y colocó la púa sobre el disco de pasta negra, del aparato desvencijado salió la inconfundible introducción de la orquesta de Francisco Canaro. Luego la voz de Hugo del Carril llenó la habitación. Distante ahora de marchitas militantes a la gloria del Pocho, lanzando para ellos dos, para nadie, los versos desafiantes de Mano a Mano. Aldo miró a José a los ojos y sonrió.

-Pas mal, dijo Aldo vapuleando en esas dos palabras el francés que nunca terminó de pronunciar correctamente.

-Pas mal, mon amour, contestó Gilda, conteniendo apenas un llanto de amor resignado y entrega. Pas mal.

FUIMOS

La felicidad resultó ser un fuelle armónico de origen alemán de botoneras a los lados y podría durar con suerte unos cuantos meses, siendo recomendable estar alerta. Así como se abre se cierra según sea de una u otra manera el sonido es distinto y el destino también. La segunda transformación de José Palacios dolorosa por necesaria requirió paciencia, mucho amor y adoctrinamiento, lucha del combate sin descanso similar a la desintoxicación de un heroinómano. Algunas tardes de encierro reservadas para operar el cambio José se observaba en el espejo, veía el pelo corto peinado con raya al costado, párpados sin sombra, labios despintados e ingresaba en crisis agudas de llanto que aunaban insulto a San Martín, el recuerdo agresivo de amantes portentosos y desequilibrio de la identidad.

Paciente, Aldo trataba de serenarla mediante caricias que Gilda de Castro rechazaba con brusquedad, Si él digamos le alcanzaba una crema antiarrugas, la mayor parte de las veces el pote terminaba estrellado contra la pared dejando una mancha blanca, como si se hubiera aplastado con la suela de una zapatilla de yute un inofensivo insecto del paraíso perdido. José vivió el proceso como un viaje a los infiernos perdiéndose entre difumados círculos de identidades, un proyecto de visibles modificaciones exteriores desconociendo si retrocedía a una condición olvidada y salteada o por amor, inconciencia, debilidad y hambre se hallaba lanzada a una forma desconocida de insoportables abismos masculinos. El tratamiento fue una prueba dolorosa para la consistencia de la pareja. Como a medida que avanzaba la virilización exterior de Gilda el amor de Aldo era sostenido con ternura y apasionado erotismo las primeras asperezas fueron apaciguándose.

El proceso se encaminó por el diálogo y la conciencia de admitir que el verdadero desafío estaba fuera de esas cuatro paredes. Si José sufría la recaída, Scalabrini apelaba a la mano firme de macró marsellés cuando asegura con dosis calculada de violencia, oficio y fidelidad de otra nueva pupila reclutada en bailes del interior del país. Lo complicado de modificar eran los gestos insinuantes e hiperbólicos, herencia de una vida oficiando de tentadora profesional. Ello fue mejorando después de las primeras salidas de José en solitario, cuando comprendió que su desaparición del circuito artístico y de la vida a nadie le importaba. Supo que su arte pasado se esfumó sin dejar memoria en las calles de los artistas y que la fama es una jalea hecha sólo del fruto del presente. Aprendió sin que nadie le explicara su carencia de ayer, probó la droga gratificante de descubrir que la edad de una vedette cuando comienza a declinar, es la que inicia la buena estrella de los cantores de tango.

Esa impensada paradoja del tiempo le restituyó, dentro de un pasaje que cruzaba de una calle a otra entre olores de curry de Madrás, una felicidad que creía perdida de forma definitiva y comenzó a reír. Primero nerviosilla como cupletera histérica, luego a carcajadas de barítono borracho; apuró el paso, se sentó en una terraza y tomó una buena jarra de cerveza, lo que por semanas pareció un camino de dolor se volvió ejercicio de destreza y empecinamiento profesional.

Aldo, que entre sus modestas virtudes tenía un envidiable oído musical cuando la oyó cantar por primera vez intuyó algo distinto y acertó al afirmar que la voz era lo de menos. Así fue, la adecuación del registro canoro fue inmediato, un pequeño cambio en la colocación del diafragma, modificación en ritmos respiratorios, redistribución de usos de las cuerdas vocales y sencillos ejercicios de impostación lograron en Palacios el rápido hallazgo de una tonalidad seductora y triunfante capaz de hacer creíble, también en el nuevo género intentado las historias cantadas, demostrando su completo dominio del instrumental y el escenario. Para la otra parte, escondida en el entendimiento íntimo del sentido trasmitido por la voz los esfuerzos mayores correspondieron a Aldo. Noche a noche le contaba historias rioplatenses que incluían paredones a punto de derribarse, esquinas míticas y rosadas, tranvías, caminitos empedrados, faroles a media luz, parrilladas con borrachos melancólicos; a posteriori, una vez la escenografía instalada, desencuentros con novias, madres, muñecas rubias fieles y traidoras, en una argamasa de efectos destructores que a Gilda habituada a otro tipo de vida, la intrigaban y divertían alternativamente.

Cuando de común acuerdo creyeron que la tarea interior estaba cumplida a satisfacción emprendieron la salida con cautela. Aldo apostaba a que se daban condiciones para reiniciar un nuevo ciclo de tango en París luego de tres décadas de ostracismo y acertó; pensaba que el mundo del espectáculo estaba más receptivo al sufrimiento recatado que a la diversión constante y también estuvo acertado. Con el olfato de la picaresca inmigrante de su pasado italiano, propuso a varios empresarios un show sin grandes orquestas ni recaídas en el nefasto tango sinfónico. Sencillo e intimista, una propuesta jugada a la voz retocada de José, un par de guitarristas vestidos de negro de los que nunca faltan en París y un bandoneón. Buscó un repertorio selecto, escapando de estereotipos internacionales y sobre todo de La Cumparsita, procurando el modesto pero difícil objetivo de hacerles a los espectadores un nudo en la garganta y de ser posible otro en las tripas.

Debutaron el segundo viernes de un octubre casi olvidado por París, quienes asistieron al estreno supieron que allí se iniciaba un pequeño temblor en la ciudad. El público que los escuchó estaba excitado sin entender del todo la razón, la gente se sabía delante de algo diferente sin poder formularlo, aceptaba entregada cierta indefinida forma de prodigio. El resto fue una incontenible reacción en cadena de progresión geométrica, entusiastas y estratégicas reseñas periodísticas, sumadas a un rumor destinado a los grandes acontecimientos, lanzaron a esos perdedores a la laguna del éxito fulminante y sin que ellos estuvieran preparados para esa travesía de naufragio seguro.

Gilda, con experiencia sobre las tablas se acostumbró de inmediato al éxito de José Palacios; por el contrario, a Aldo Scalabrini le pesaba el reconocimiento fulgurante al maestro Raúl San Martín, responsable de arreglos y director musical del espectáculo. Los papeles de la comedia se invirtieron. José estaba contentísimo por haber logrado en la melodía rioplatense superar un desafío nunca antes emprendido por nadie. Echaba de menos boas y medias de seda reservadas para la vida privada, pero el contundente argumento de aplausos reiterados noche a noche podían postergar su nostalgia para el próximo verano.

En cambio el suceso a Raúl le regresó el miedo al fracaso iniciándole un período de fiebres de confuso diagnóstico.

-Le embocamos de casualidad negra, le comentaba sin entusiasmo a José. Esto se acaba, en cualquier momento se acaba…

Más que una melodía de arrabal la situación era un ejercicio de contrapunto. un tema se disparaba por la tonalidad de la promesa del triunfo sin barreras respondiéndole otro en clave depresiva acorralando a Raúl. Al punto de inducirlo a cuestionarse si había hecho bien en promover tanto cambio en la vida de la pareja.

Gilda tardó un tiempo en percatarse de lo sucedido, al principio temió la aparición de otra mujer en la vida de Aldo, tal vez un cantante sustituto e incluso una vez llegó a montarle una escena de celos injustificados. En su vida anterior esa movilidad de pasiones y abandono era tomada con la filosofía del cambio instantáneo. Se había habituado a sentir con el alma tanguera: el amor era el pozo de un aljibe, caída libre y suficiente, las tragedias se prolongan en el tiempo y nadie ni nada las hace olvidar. El dolor superlativoes un oscuro ensimismamiento de doble articulación, como los sonidos del instrumento de origen alemán acaso alcahuete de la pareja.

– ¿Qué te pasa mi bebé, dime qué te pasa, te puedo ayudar en algo?

-Y yo qué sé… no tiene nada que ver con nosotros, contestó Aldo. Un presentimiento feo.

-No puedo verte así, reaccionó José. Yo te llevo a santiguar por una negra.

-Dejáte de pavadas, querés. Esto se arregla con un par de días de descanso.

Aldo sufría de un mal incurable llamado recaída del desacomodo a vivir feliz, la contrariedad insalvable entre triunfo y corazonada. Aceptaba resignado el crecimiento de un quiste lacerante y creciendo en el mejor momento de su vida.

-Es raro, ninguno se da cuenta y este carnaval se termina, dijo Aldo.

Nunca pudo imaginar ese pesimista de arrabal amargo el tamaño impensable de las tragedias de los próximos años, cuando sus compatriotas fantasmas llevarían a los suburbios de París otras letras impregnadas de dolores inconsolables. La verdad era que desde el nacimiento Scalabrini estaba destinado al fracaso, con eso pensaba envejecer rumiando lo injusto de la vida, la maldad de la gente, la irrupción de oportunidades a destiempo. Nunca se sabe en tales casos; Aldo puede que hubiera deseado ser un bailarín de milonga, matar a alguien en un duelo criollo o ser el muerto, jugar de puntero derecho en la selección nacional y para cualquiera de esos destinos alternativos era tarde. Vivía en la pendiente y por más que quisieran ayudarlo primero tenía que tocar fondo; decía estar en una mala racha, se aconsejaba paciencia pues estaba llegando a lo peor y lo sabía.

Comenzó a tener pesadillas noche tras noche y faltando en París la quiniela italiana con la interpretación de los sueños, cada amanecer agregaba un nuevo signo a la catástrofe. El malestar estaba circunscrito a la vida interior y la aceptación profesional seguía en aumento. “Necesito otro cambio radical. Si tengo que perderme que mi mala suerte no contagie a los demás, menos que nadie a José.” pensó Aldo. Si quería hablar sólo podía contar con Raúl pues Aldo siempre fue hombre solitario y en aquellos tiempos la solidaridad consistía en pasar cigarrillos a un paisano en la mala. Los llegados a París por las suyas se sabían jugados a los naipes de la buena y de la mala suerte. Siempre hay un mientras de decisión en tiempos agitados, cuando por arte de prestidigitación las dudas se descartan, es un síntoma advertido apenas por el interesado y con Aldo sucedió promediando una actuación.

Esa noche José venía cantado de forma prodigiosa, con pasmosa seguridad y un retorno de público impensado meses atrás. Las mujeres lo observaban con codicia y admiración, los hombres con envidia y respeto.

Hubo un minuto de los versos proféticos:

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio

por la noche de un camino sin salidas,

pálidos despojos de un naufragio

sacudidos por las olas del amor y de la vida.

Fuimos empujados en un viento desolado…

sombras de una sombra que tornaba del pasado.

Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que ni implora, que no reza,

que no llora, que se echó a morir….

Se produjo la corazonada inmediata de sentirse un monstruo por haber forzado la transformación en José y ello era lo visible de un dolor agudo en la cabeza cada vez más frecuente. Aldo tenía delante de sus ojos corporizada la forma de la culpa: siguiendo los pasos de la salvación y privilegiando su egoísmo, según su razonamiento, él obligó a una coqueta chispeante mujer a ser un maniquí peinado a la gomina y era probable que algún día su creación se dejara crecer el bigote. Lo hizo con el terco objetivo de probar su intuición del suceso del tango ese año en París, se repetía. Pagaba un precio alto y el entusiasmo del público llenando las funciones era insuficiente para borrar el sentido de culpa.

Como hizo en días que parecían lejanísimos, Scalabrini se tomó un tiempo para elaborar un plan que fuera tan redentor como justiciero. Creía estar a tiempo para salvar a Gilda de Castro y como toda culpa necesita un dolor solidario, continuó padeciendo la punzada en la cabeza que se guardó de decirlo, aunque algunos días era insoportable postergando la lástima y cualquier aplazamiento en el nuevo proyecto. Aldo se percató según su entender demasiado tarde, del sufrimiento de Palacios al ver derruirse su universo, venirse abajo la puesta en escena para la cual se preparó durante años y que -sin pena ni gloria- dejó de despertar interés de un día para otro.

-Tenés que hacerte ver, le dijo José. Eso que te pasa es más que cansancio.

Aldo era supersticioso y testarudo para aceptar que pudiera estar enfermo, un tumor del tamaño de una avellana como reveló la autopsia que se hace en tales casos; él atribuía sus dolores a desórdenes de la mala suerte junto con alguna maldición de los envidiosos, de esos que nunca faltan. Decidió salir del escenario antes que lo echaran, “hay que saber colgar los guantes cuando se está arriba, sin esperar a babearse por la calle” se dijo, preparando en secreto su abandono con el cuidado del ladrón en puntas de pie saltando por las azoteas.

La noche inaudita Aldo acarició el bandoneón como nunca y el espectáculo fue soberbio. José estaba viviendo una alegría suprema de su nueva vida, la de ser aceptado y reconocido por el público sin comentarios irónicos. Tenía motivos para ello, eran pocos los capaces de sentir el orgullo del triunfo de mujer primero, como hombre después y habiendo procesado el salto sin cambiar de pareja. Una vez finalizado el espectáculo, cuando quedaron solos después de las visitas en camarines y del adiós a los músicos, Scalabrini improvisó un supuesto aniversario íntimo de la pareja. Con esa excusa propuso una cena distinta en los elegantes salones de La Coupole, el cantor aceptó dichoso disculpándose por la mala memoria para las fechas importantes y tanto que su hombre tomaba una iniciativa rara en él, siempre apurado por volver a la casa.

En el restaurante Aldo siguió tomando decisiones y ordenó al maître una cena sobre la base de mariscos variados, similar a los que José acostumbraba pedir en las noches previas al cambio anterior. Como al otro día podían quedarse hasta tarde en la cama abusaron del kir royal en el aperitivo y del Pouilly-Fumé hasta el fin de la cena que se prolongó hasta tarde.

-Soy tan feliz, dijo José y Aldo como sucedía siempre que su pareja le declaraba alguna cosa linda bajó la mirada, se puso colorado.

Salieron del restaurante por la gran puerta que les abrió un camarero y fueron hasta la casa caminando tomados del brazo como viejos amigos, riéndose de cualquier pavada, conversando sobre planes de futuro. Durante el trayecto Aldo disimuló lo mejor que pudo el dolor intenso en la cabeza y cuando llegaron a la pieza se demoró en el baño esperando que José se durmiera.

Cuando decidió salir José estaba en la cama roncando despacito, sin hacer ruido le sacó los zapatos y la tapó con una manta de abrigo; luego se acercó al balcón para mirar por última vez la noche parisina y fumó un cigarrillo como si abajo lo estuviera esperando el pelotón de fusilamiento. Le dio rabia llorar en secreto y dejó caer la colilla a la calle observando la espiral de la brasa recorriendo la caída. Decidido, Aldo fue hasta el baúl que había en la pieza y sacó de su interior una caja de cartón donde alguna vez hubo latas de tomates en conserva. Restituyó los discos de boleros, las fotos de las diosas latinas, el santoral multicolor, la peluca entre algunos frascos viejos y guardó en la misma caja el instrumental tanguero completo de la operación anterior.

Con lógica de final infeliz Aldo la abandonaba, ordenaba la habitación tal cual estaba antes de su aparición en la vida de Gilda de Castro, dejaba una libreta de ahorro abultada y sin tocar. Al marcharse y para ser coherente con su lejanísimo nacimiento en Carmelo dejó una nota en la mesita de luz. “Perdoname negra, tenés que entenderme. Nunca quise a nadie como a vos, te lo juro por mi vieja. Aldo.”                                                 Sin hacer ruido cerró la puerta de la pieza y bajó las escaleras desde el quinto piso hasta llegar a la calle.

Hubiera preferido una noche confusa con viento y temporal pero el cielo estaba claro, como si del otro lado del río flotaran las luces nocturnos de Buenos Aires diciéndole vení botija, dale, cruzá el río, vení. En su fuero íntimo agradeció que nadie estuviera a esa hora en las veredas, caminó con el rumbo de lo que siempre fue y llevado por el instinto de gato vagabundo abandonado en una ciudad desconocida, siguió el olfato de especie marginal buscando pilares oscuros de los puentes del Sena que conducen más rápido a la orilla de enfrente. Tuvo el malestar de ser poco original al entonar la despedida siendo el único acorde final que pudo componer; no eran tan cierto que los latinoamericanos que viven en París se conocen poco entre ellos.

La única verdad que Aldo se guardó por si algún despistado le pedía un bis de su romance era el recuerdo de Gilda tocada por una media luz celeste y milagrosa. Avanzando entre nubes de intensidad desconcertante, enfundada en un vestido ajustado de lamé envidiable con un tajo al costado izquierdo hasta la media pierna, acariciando el micrófono sobre la pequeña tarima de la boîte del portugués y cantando aquello de

solamente una vez

amé en la vida,

solamente una vez…

Raíz cuadrada de la melancolía

Pocos días en la existencia adulta suceden episodios como el que vengo de vivir, la de hoy será una jornada irrepetible como cualquiera y también inolvidable, aunque le falte un título si fuera noticia de la primera página. Circulan rumores de hechos parecidos pero nunca nos pasan a nosotros, quiero decir que es como si nunca hubieran existido hasta que nos atrapan; pero me confundo de entrada en la meditación y digo tonterías divagantes, vayamos pues a los hechos concretos.

Mirar trabajar dos funcionarios municipales, humildes profesionales del esparcir tierra despacio y flores al boleo, amateurs del arte de poner cara de circunstancias, verlos así especular sobre el monto de la propina final mientras entierran a un amigo querido es la escena que inaugura la relación. Es así pues, confrontado al seísmo íntimo del hecho, contrariamente a lo que puede esperarse de las personas en situaciones similares retardé el disgusto viniendo de esa absurda circunstancia. Eludiendo las ganas de llorar apliqué mi voluntad a fondo a distanciar la tentación de suponer los episodios que me faltaban por franquear y centré la atención en lo vivido.

Declino –intento hacerlo con cortesía convencional- el amable ofrecimiento del chofer circunspecto uniformado para subir a uno de los coches de los dolientes. Ahora que debo regresar sin nadie a mi lado al museo de la vida en franquicias, prefiero caminar hasta la entrada del cementerio aprovechando en algo carente de sentido la ocasión. Es un agradable trayecto si se logra interrumpir el dolor del recuerdo, esa planicie de reflexión que asoma teniendo tan cerca el peso de la muerte. En media hora habré llegado al otro lado de la ciudad, el tiempo que insume filosofar sobre lo efímero de la existencia, plantearse la necesidad –ímpetu que dura los tres primeros días- de introducir cambios radicales en la vida, hasta puede que sea capaz de recordar que debo comprar una brocha nueva para afeitarme.

Regresar saliendo en auto sería hacer un viaje en cureña a la inversa, exfiltrarse anestesiado del anticipo ante aquello que tarde o temprano nos espera. A esa carcasa premonitoria llevándome prefiero cansar las pantorrillas, sentir la traza sudorosa molestándome en la espalda y el olor pronunciado a flores pudriéndose después de tres días. En tanto el mar infinito y cercano acalla el ruido incesante de cuerpos volviéndose sobre sí mismos, ocultos en ataúdes y transfigurándose en materias repugnantes antes de converger en el montón de huesos que descubriremos en la reducción –si Dios y la Organización Salhon lo permiten- dentro de tres años. En tales circunstancias de efímera gravedad percibimos en cada pájaro desconcertado que vemos el condensado secreto de la vida, juramos por supuesto darle un significado a nuestro porvenir en especial cuando nuestro pasado carece de sentido.

Dejándolo atrás reclinado e inmóvil para siempre me vuelvo, incitado por la risa inocente e inoportuna de algún niño que anda cerca a los primeros años de nuestra amistad. Fueron incontables las salidas al campo para observar y entender las armonías secretas del universo aprendiendo a operar con proporciones. Descubriendo que detrás de las apariencias hay un sustrato real tan verdadero como los colores y formas para intuir que respondían a leyes eternas todavía desconocidas. El intento que en eso quedó, era pensar la vida con la misma perspectiva, una sucesión inevitable de líneas que convergen en puntos establecidos previamente por algo Inteligente y matemáticamente posibles. Esas ecuaciones del vivir había que resolverlas, decidirme a vivir con la intención de manejar la compleja alquimia de despejar incógnitas.

Las palabras mucho más que las cifras entre signos me traicionan a cada momento; los dos fuimos profesores de matemáticas, él porque no podía proyectarse en otra actividad y yo por miedo a admitir que vivir de cualquier otro trabajo me era indiferente. Los meses vividos, los objetos y sucesos que nos implicaban las noches y los días de cada semestre se parecían al infinito que tanto postulábamos. En el avance que emprendimos acaso sin sentido, carente de destino luminoso podía advertirse una viscosidad degradante que se adhería a los mismo objetos y sucesos, al amor cuando tocaba en suerte.

Cada uno con su propia fórmula tipo martingala descubrimos que a esa suerte de perdurar -plasma transparente a la deriva- la llamamos pomposamente vida y la ecuación montevideana resultaba insuficiente. Más que yo él siempre esperó ese algo sorprendente parecido al milagro, el número imaginario que le llegó -espero- bajo la forma espuria de un cáncer a los huesos que adelantó una muerte dolorosa que se oía gritar sólo por los ojos.

La última vez que ingresó al hospital Casmu de la esquina con Cardal -era socio del Sindicato Médico desde el nacimiento- acorralado de cánulas que se metían en su cuerpo debilitado, sin el consuelo de que las enfermeras dispensaran un tratamiento especial, ni el médico deje de cumplir su pasaje en horario de vigilante, él pasaba las horas mirándose los pies. Los movía seguido, confirmando si el comando de órdenes cerebrales respondía en la última frontera del cuerpo. A pesar de que los dedos eran lo más alejado que le pertenecía, de entre las uñas nunca salieron como por arte de magia circense palomas ni conejos blancos.

Desde la habitación yo miraba por la ventana las secuelas del frío en la ciudad, una mano apurada que reprime polleras ansiosas insufladas de viento entre las piernas de las adolescentes. la lucha lindando el ridículo de los ancianos con bufandas juguetonas. Confirmaba el triunfo reiterado de los paraguas, perseverantes en su voluntad de demostrar que pueden darse vuelta a su antojo. Una mujer que lleva en sus brazos un montón de lanas y paños bajo los cuales, con serio riesgo de asfixia para la criatura lleva un niño de pocas semanas. Veo el gesto desapasionado de quienes esperan el ómnibus dando aliento a sus manos ahuecadas, en una semana de largas visitas aprendí hasta la rutina renal de algunos perros de la zona.

Cuando regreso también en pensamiento al interior de la habitación todo lo llena su presencia moribunda, como desde sus cánulas feroces no puede hablar igual que antes decidimos comunicarnos mediante cartones. Para decirme “tengo sed” y “llamá a la enfermera que tengo dolores” alcanzaba con la mirada, decidimos que los cartones serían mezcla de testimonio y testamento de la primera vida. Algunas de las escrituras rozaban el plagio como cuando leí “Mi reino no es de este mundo”, otras rondaban para mi sorpresa la ética y la arquitectura: “¿Querés algo más jodido que pedirle a un conocido que te salga de garantía?”

En el andar la sorpresa sincopada de nuevas tumbas, el reconocimiento de apellidos comunes, la falta de alguna letra de bronce en las inscripciones me distrae en mis cavilaciones haciéndome recorrer caminos laberínticos, cruces de senderos donde al final están los puestos de floristas y la terminal de ómnibus. Mi mente distraída salta de un ángel blanco sobre mármol rojo al ascetismo inquisitorial de una cruz negra con flores frescas en la base, de un apretón de mano de hospital en invierno a momentos lejanísimos cuando la palabra valía más que mil carteles.

-Un día me levanté -me dijo- con unas ganas bárbaras de estudiar al viejo Russell. Me interrumpieron la garrafa de gas vacía, una boleta de gastos comunes del edificio, la necesidad de ir a buscar los mocasines remendados al zapatero, esperar dos ómnibus una eternidad y el suplicio de retirar un medicamento en la mutualista. Decíme si ese conjunto de circunstancias nefastas no es una conspiración de espiritistas dispuestos al asalto final. El mal absoluto existe, es cierto que bajo formas inocentes, sutiles disfraces que tienen un objetivo preciso que logran en la mayoría de los casos: postergar. Tampoco es cuestión de grandes cifras… diez minutos, una hora o una noche es suficiente. A la larga si el material no es inoxidable la voluntad se arrincona, reduce, achica doblándose hasta quebrarse. ¿Valdrá la pena tanto esfuerzo? Ahora sé que es por el miedo a la frustración que fracasamos, el fiasco auténtico es una forma de éxito.

Muchas veces me vienen a la memoria momentos compartidos de denso desencanto; mientras recorro la galería de mausoleos con vanos intentos de trascendencia percibo la enconada lucha del bronce y el mármol contra los desastres de la biología. Acepto la existencia de tipos que resisten, entre otras razones porque sin remordimiento nos caminaron por encima y dejando en nuestros proyectos de largo aliento despojos inidentificables. Nosotros dos, el muerto y yo fuimos de los que aceptan el avasallamiento sin oponer resistencia a pesar de habernos inventado excelentes excusas ingeniosas.

Algunas veces él lograba convencerme, por ejemplo cuando afirmaba que la despersonalización a favor de los números era lo más natural y estético que le puede suceder a una persona. En nuestros sistemas especulativos dejamos de lado lo sucio de la vida, sus aspectos desagradables pobres y no sólo de espíritu, así como sueños fuera de control que reflotan disfrazados experiencias malsanas. Le recordaba eso precisamente mientras una enfermera le retiraba el orinal, con la misma delicadeza con que se levanta por primera vez una taza de té earl grey recién servida; mientras otra, menos preocupada por los detalles lo pinchaba para postergarle la muerte unas horas.

A pesar de los frecuentes diálogos que mantenía con ese nihilista atípico me las arreglaba para explicar a los adolescentes en que consiste el binomio de Newton y hasta para decirle a Luisa -con cierta periodicidad- que la sigo queriendo; como le diré esta noche mientras me consuela por la muerte de un querido amigo. En el liceo los estudiantes traducen a la perfección esos sentimientos encontrados que son la temprana conciencia de la muerte y la satisfacción ante la perspectiva de un día libre.

El muerto amaba el universo de los números con la misma pasión destructora con que amó a las pocas mujeres que se cruzaron en su vida. Vivió siempre como si en lo profundo de su conciencia supiera que la vida es vuelo rasante por los asuntos graves y nada más. Nunca se lo dije, un fantasma de soledad recorría sus partes de la escena de nuestro diálogos y que despacio corrompió su vida sin tregua. En cierto momento que ahora se me escapa pero identificaré las próximas semanas se acentuó en sus actitudes una pulsión de huida. El deseo de evasión que pudo ante los compromisos y con todo el resto menos el cáncer a los huesos; hasta la osamenta final tendrá trazas deformes de su complicado pasaje por la vida, tampoco podrá ser una calavera anónima bien formada escoltando las noches de estudio y diversión de un estudiante de medicina.

Los allegados le dimos una buena propina a los sepultureros que jugaron con corrección su papel de últimos y primeros porteros. Alguna vez mientras comíamos un asado intenté explicarle con buenos argumentos que los amigos se buscan, se integran y encuentran; tarea inútil. Lo sabíamos, él era egoísta, desconfiado, querible y por ello amigos fieles y conocidos pasamos a protegerlo para evitar, curiosa decisión, que la combinación de mujeres, burocracia y el mundo en general lo destrozaran; a él pareció agradarle la situación.

-Eres el elegido de la naturaleza, le comenté alguna vez haciendo referencia a ese complot defensivo.

-En especial de mi perfil derecho, respondió.

El día del entierro me sentía mal, era desagradable pedir la autorización a los adscriptos insolentes del liceo y consignar en la libreta del curso “ausencia por duelo” y entre paréntesis agregar (fallecimiento del Prof. Alberto Mariño) no fuera cosa que lo tomaran por otro muerto. Creo que en estos casos en Secundaria no descuentan el día, hoy me pongo la corbata porque se me antoja, prejuicio que tal vez se confunda con el respeto a un momento tan definitivo en la vida de mi amigo. Es la misma corbata que él me regaló hace tres años, estoy algo fatigado, este año enterré demasiados amigos y me estoy volviendo viejo, quedando solo.

Los últimos tiempos aprendí que además del Buceo hay otro cementerio en el aeropuerto de Carrasco, una necrópolis moderna con amplias tumbas a turbina, ramos de flores, empleados municipales mejor afeitados, trámites con papelerío, remises a la orden y terminales de ómnibus. Allí está en funcionamiento otro mecanismo poderoso, que traga gente al vuelo haciéndola desaparecer frente a nuestra mirada dejándonos la fe como consuelo, la efímera creencia en la vida del más allá, del más allá de nuestro espacio aéreo. Las cartas y postales que llegan del extranjero son mensajes espiritistas de los que desconfiamos. La gente está bajo tierra y en otras tierras que nunca conocí. imposible dejar de pensar si soy yo quien queda vivo o comienzo a ser otro agonizante indeciso entre dos destinos de muerte.

Tres días antes de internarse me dijo: “Hermano, esto está para catar con nariz hamletiana”. En su último cartón escribió, “¿Volveremos a escuchar los adagios?” Le tomo la mano y le digo que no será posible, aunque uno mismo continúe engañándose no era ese el momento para mentirle a un amigo y menos si el amigo muriendo es profesor de matemáticas.

-Se acabaron los adagios, le murmuré. De acuerdo a la estadística del otro lado del asunto parece que no hay nada, pero quién te diga…

La vida mía ahora, caminando hacia la salida del cementerio repite el inicio de una vieja novela mala desde el primer párrafo, una novela vieja por mala titulada con el nombre del amigo muerto y que narra historias de un tiempo pasado. Un pedazo de vida compartida que nunca tendrá segunda edición ya que vivir es una maravilla quebradiza. Faltaron muchos colegas a la ceremonia claro, en situaciones como ésta decimos: de aquél tengo tantas anécdotas para contar que puedo llenar un libro y al primer balance advertimos que no es tan así.

Trato de pensar en nosotros, me aburro pues faltan temas interesantes e invento preocupaciones o pensamientos para esta noche que me hagan sentir vivo, corregir escritos, leer el diario, mirar los informativos de la televisión. Parece mentira, tanto tiempo de vida compartida y son pocos los episodios que me vienen a la memoria en esta hora. Llega una sucesión irregular de tres o cuatro anécdotas, me prometo buscar esta noche un par de fotos donde estemos los dos en un asado, la despedida de algún amigo; prometo decir sin que él escuche lo mucho que engordamos estos últimos año contrariamente a lo poco que encanecimos.

Hacer memoria hasta determinar la fecha exacta de cada recuerdo de ese mundo ceniciento, serán gestos simbólicos, deseo de aferrarme a algo, objetos, momentos únicos que se desprenden desde hoy para la eternidad de las llamadas adicionales. Del botón de la camisa que se descose cayendo al piso, la enumeración de almuerzos prometidos, la caja de ahorro para proyectos inconclusos, calzoncillos sin planchar, del cuidado de hacer el amor sin ensuciar las sábanas y mojar el pan en el huevo frito como un niño educado. Podría hacerlo pero para qué llorarlo, lo mataron otras enfermedades más crueles que el cáncer que pasa por único responsable.

Mantengo las ganas de continuar y sacudirme la bruma congénita impidiéndonos despertarnos del sueño aletargado que nos envuelve, camino, ergo sigo vivo; a mí no me enterraron en Carrasco ni me diagnosticaron un sarcoma que llevará mis huesos al Buceo. Encontré la salida del laberinto, subo al ómnibus con el motor en marcha a punto de partir, está vacío y en eso nos parecemos. Puedo elegir entre todos los asientos el que más me convenga, el guarda termina de masticar una medialuna dulce, antes de entrar al pasillo prefiero quedarme un rato en la plataforma y tomarme del pasamanos hasta tener ganas de colgarme como lo hacía cuando era chico. Por el cuerpo siento el esfuerzo de la sangre desentrenada remontando las venas en dirección a las manos huesudas y aguanto, a pesar de que ayer murió un amigo del alma no es bueno eso de andar bajando los brazos.

Capítulo V. Absenta, spleen y acordes disonantes

Plus on est musicien, plus on devient fou.

Satie

V.1) Lo que venimos de demostrar en capítulos anteriores: ¿podría explicar incluso considerando una juventud de pasos previsibles, condicionados por el ambiente familiar, el cambio radical ocurrido en las creaciones de Gervasio Nordeau? Mi categórica respuesta (me consta que ello desatará la cólera visceral de muchos musicólogos) es negativa. Hasta este momento crucial de la vida de nuestro personaje, la casi totalidad de las pautas rigiéndola pueden ser dominadas, tenemos en nuestro poder datos claves, trazas documentales de importancia y testimonios producidos en tierras conocidas. El viaje emprendido a París aquel preciso año tiene la virtud de trastocar la información acumulada, erigiendo un verdadero enigma para la tarea del biógrafo.

Es ahora, llegó el momento estremecedor por otra parte cuando resulta dificultoso conciliar episodios de la vida cotidiana del artista con el exabrupto contenido en las partituras. Creíamos dirigirnos sin sorpresas hacia un epígono provinciano de Debussy, se nos reintegra un émulo perturbado y precursor de Adrian Leberkuhn ensimismado en trágicos abismos del siglo. En el quinto capítulo quisiera explicar la transfiguración –al menos intentarlo- salvando la distancia demencial, que va desde los primeros daguerrotipos conservados de Gervasio, con sonrisa de dandi satisfecho para quien la música, la vida misma y el universo con enigma son una broma que admite el único género de la picaresca, al rostro final cuando el mal lo había golpeado; preludio contrastado a la máscara mortuoria donde piel y mirada, la barba y el desdén de la respiración que se advierte, traducen implacables, prueban el asedio de espectros invisibles para nosotros los mortales.

Al respecto mis colegas optaron por la tesis de la naturalidad técnica, decidieron que resulta suficiente una confrontación de partituras lo que es de una grosera evidencia. Se conforman con la explicación tautológica y de ahí pasan a la simplicidad del salto sin peligro mediante una interpretación más imaginativa que concreta. En el ambiente musical consta que durante mi juventud fui uno de los fervientes cultores de su obra, recorrí sin tregua los cuadernos de las piezas para piano, me introduje solo y como pude en la intrincada selva de sus tríos y cuartetos, en varios artículos especulé tímidamente sobre la ausencia de sinfonías en su obra. Debo confesar que dicha devoción sin claudicaciones dejaba en mí una amarga sensación de decepción. Era cierto, “interpretaba” las obras de Nordeau sin acceder a lo que llamé, con escasa retórica en un viejo artículo publicado en enero de 1957 en el dominical de El Día, “el misterio Gervasio Nordeau”; fórmula modesta y mediocre sin la potencia necesaria para conquistar certezas. El misterio Nordeau era la incapacidad de ver y nuestro conformismo montevideano con la lectura superficial de su producción, satisfechos y orgullosos aceptando el índex de valores que del desgraciado músico hallaban los otros. En especial sus buenos amigos de la otra orilla, quizá a la espera sabiendo que de tanta desocuparnos los uruguayos de Gervasio terminarían incorporándolo a su tradición cultural; por el derecho que otorgan la inteligencia y persistencia, nuestro proverbial abandono a pensar que la obra de arte se produce de hecho brotando celeste de nuestra idiosincrasia, sin necesidad del apoyo de la valoración. Así ocurrió con Florencio Sánchez, con Horacio Quiroga y admito en ello cierta justicia dictada por el respeto a la obra de nuestros compatriotas. Algo de esto lo intenté explicar en el prólogo del libro tal como recordará el lector. Me resultaba humanamente imposible acometer ambas tareas en paralelo y renuncié a una prometedora carrera de intérprete de concierto (ello era lo que en verdad mi corazón pedía) dedicando mis esfuerzos a dilucidar los nudos tenaces de la vida de Nordeau.

Al comienzo parecía enfrentado a una tarea vana, todo aficionado conoce los cinco estudios biográficos publicados cuya referencia hallará al final del volumen; sólo dos merecen ser citados y los otros un olvido piadoso luego de dejar constancia por escrito de la indignación. Con esos antecedentes voluminosos parecía ser suficiente para alguien discreto como Gervasio y sin embargo… una cuestión central, su modificación de la estrategia de composición quedaba sin dilucidar hasta que comencé a rastrear. Este capítulo comenzará a poner las cosas en su lugar al precio del desprecio y la diatriba, al costo de hundirme en la indiferencia por adelantar conjeturas que otros considerarán desubicadas.

El presente eslabón lo organizo y sustento con una serie de documentos inéditos, adelanto luego la importancia de algunos contados episodios, sobre los cuales no existen pruebas tangibles más sólidas que la tradición oral o la sospecha de coincidencias. Es la prueba luminosa proveniente del encuentro de cientos de detalles que urden una explicación desdeñada, jamás considerada por raquíticos espíritus racionalistas a la violeta. Cuando escribo las líneas iniciales del Capítulo V puedo adelantar la ironía asociada a los estragos de la senilidad, el hiriente mito referido a que quienes nos ocupamos de Gervasio Nordeau terminaremos por perder el dominio de la razón, como los arqueólogos ingleses que descubrieron la tumba del faraón Tutankamón. En este asunto todo resulta paradojal, los mismos que ponen los ojos en blanco al escuchar el cuarteto Las Misiones, que escriben parrafadas sobre la cita con lo inefable y la fuerza de partituras vegetales de Gervasio, al momento de acercarse al hombre de carne y hueso -el mismo autor de esos prodigios- se comportan con mentalidad de escribano, exigen documentos que prueben mecanismos infrecuentes en los restantes mortales; esa aporía es ahora lo de menos. Aquellos pues, con espíritu de escribiente o gacetillero de noticias policiales que se abandonen a tareas más gratificantes que la lectura. Los otros que lean lo que sigue como un relato tal vez suscriban que la imaginación es atajo apropiado para alcanzar la verdad; les pido considerar que tal vez en algunos años de la historia lo que hoy especulo podría resultar la versión canónica. Quien compuso las piezas desgarradoras del Cahier egorgé jamás pudo avanzar por la vida sin topar de frente la tragedia, nadie sale indemne luego de acercarse a la vida de Gervasio Nordeau y si lo fatal se integra a la música, algo más maléfico puede suceder de seguir sus pasos con fidelidad.

V.2) Tanta advertencia puede parecer exagerada pues esta etapa de la vida de Gervasio comenzaba bajo auspicios agradables. Los almanaques del mundo entero habían cambiado las tres últimas cifras, los pronósticos que arreciaron y extremados apocalípticos ellos anunciando el fin del mundo, hacia mediados del mes de enero de 1900 se convirtieron en el hazmerreír de los sobrevivientes a tan implacables augurios. Había una comprensible denuncia y persecución de profetas charlatanes presagiando prodigios lunares, erupciones inopinadas de volcanes apagados, maremotos en cadena recorriendo los siete mares y el despliegue sin fronteras de pestes de toda especie que acabarían con el reino usurpador del hombre sobre la tierra, para que todo resultara un páramo y luego una selva dominada por las especies resistentes. Gervasio -lo dejó escrito en dos cartas de juventud- se divertía mucho con esas calamidades anunciadas.

Si bien la historia de la familia Nordeau tenía episodios oscuros relacionados a la naciente psiquiatría, que podían llevar a una tendencia pesimista de su espíritu él los incorporaba a la estadística de la vida. Con cada hombre comienza una nueva historia de la humanidad. Gervasio insistía en la extravagancia diciendo que el cambio de año, el salto al vacío de un nuevo siglo daría un vuelco definitivo a su vida artística. Así fue; lo hizo en el sentido inverso al que suponía nuestro joven emprendedor. Convencido de que las luces del nuevo siglo disiparían las sombras tenaces de su pasado egoísta y egocéntrico, liberándolo del peso de episodios evocados en capítulos anteriores. Eso que induce a decir que la mentada experiencia de las drogas, además del air du temps que con acierto detectó Elbio Rodríguez Barilari tenía un fuerte aire existencial, la respuesta directa al cuerpo, lateral en relación al organismo social y una situación desesperante.

Fue Oreggioni una noche de julio al final de una cena agradable y conociendo mis afanes, mi monomanía en la cuestión que me sugirió la hipótesis del entrenamiento y la preparación. La experiencia pasajera de la droga había sido un procedimiento para alejarse de la vacuidad acelerando la llegada a los abismos. Estoy en parte de acuerdo con esa lectura avanzada pero faltaba la verdadera entidad de los abismos, siendo imprescindible para ello considerar el trasfondo supersticioso en el entorno familiar del músico. Es insuficiente el azar para explicar las fechas elegidas y resulta una paráfrasis mezquina; se trata de la coincidencia del cambio de siglo y la llegada de la primavera en el hemisferio norte. El derrotero era de una lógica indudable preparada de antemano, por razones que luego avanzó el malogrado Walter Benjamin y la forja íntima de nuestro músico. París era destinación obligada para alguien como Gervasio y allá fue como lo haría hasta el último momento de su existencia. Nordeau nunca rehusó las inaplazables citas con el destino.

Lo expuesto en los primeros cuatro capítulos se orientaba a una sublimación constante de sucedidos en la capital francesa de manera vicaria y persistente. Allí estaban componiendo la música que él admiraba, se vivía la tangible relación entre arte y substancias oníricas sin necesidad de pudores pueblerinos o actuaciones en la imposibilidad de conseguir cosas. Si desde la infancia Gervasio fue consciente de que ciertos lugares determinan la resultante final de la actividad artística, si desde que se marchó a vivir a la selva su obra adquirió tonalidades turbias que la hacen excepcional, la ida compulsiva a París tenía su objetivo trascendiendo el horizonte del capricho bohemio, por otra parte impensable en Gervasio. París para perderse, tal vez para acordarse melódicamente de vidas anteriores. En el cuaderno de notas donde consta la preparación maniática del viaje, con conciencia de apuntes para la posteridad Gervasio dejó una serie de bocetos por adelantado de la ciudad a descubrir y encontrar.

La escritura nunca fue su fuerte, los textos mencionados apenas escapan a la consideración de documento factual. Hay allí dos líneas, al final del cuaderno en las últimas páginas que pueden dar pistas. En la primera se capta el agotamiento de un modelo de vida, su pose exterior y la definición del viaje como necesidad de otra segunda respiración para salir del sofoco, por cierto bastante artificial en que se hallaba. Dice Gervasio “tal vez en un pasaje del barrio de la Bolsa, en la puerta entreabierta de una tienda de ultramarinos orientales, escuche la música que consiga salvarme del acorde final de la locura”. Metáfora evidente que recuerda un Rimbaud inseguro y más adelante leemos “¡Y Satie!” ¿Gervasio había estudiado partituras de las Ginopedias y pensaba que era un camino a explorar? Que Satie pertenecía a una raza de músicos que a Gervasio le hubiera gustado adherir me parece hoy indiscutible, como lo es la parábola que va del impulso del émulo al desencanto del encuentro, que se diluirá en la decepción. Debió de ir hasta allá tras el atroz descubrimiento: su obra, aquella para la que él estaba destinado no lo esperaba en Montparnasse, cafés literarios y espectros sin paz de la Comuna, cabarets de música popular ni arpegios simbolistas. La verdadera obra estaba detrás de la vida de Gervasio Nordeau en el retorno a un estado anterior de la música y una tierra anterior a la de su nacimiento, una maraña inextricable de árboles, humedad y serpientes distante de la carpintería mecánica del ingeniero Eiffel.

V.3) Gervasio Nordeau se embarcó hacia Europa el 30 de marzo de 1900 en el Cittá di Torino. Existe una crónica anónima dando cuenta de aquella despedida del genio vernáculo, imbuido de la ambiciosa tarea de conquistar el mundo poético. Delicioso opúsculo anónimo que relata en detalle los tres días y sus respectivas noches que duró el adiós del elegido. Noticia al uso del tiempo de una excitada Montevideo finisecular, navegando entre verdad simulada e imaginación provocadora, alterna pistas de lo dejado atrás y proyecciones de lo que pensaba el periodista que encontraría Gervasio al final de la travesía transoceánica. En otras versiones apócrifas se menciona como verdad la existencia de un fumadero de opio ubicado en la zona de lo que es ahora el Palacio Peñarol y regenteado por un clan de pérfidos malayos; insinuaciones de una noche alucinante de debate y licor en la que uno de los asistentes de pie sobre una mesa recitó esquirlas de Una saison en enfer. Declaró el bardo que había incorporado minutos antes el espíritu sufriente del autor y se manifestaba en su poética adolescencia, dicho lo cual cayó en un profundo coma alcohólico semejante a la muerte. El café donde ocurrió el episodio espiritista aparece descrito con lujo de detalles, el autor comete la ucronía de ubicar un local semejante al famoso Café de la Paix en una calle adoquinada del Cerro de Montevideo.

La razón adelantada para justificar tal disparate fue para el autor evidente. Los frigoríficos allí instalados con cientos de obreros faenando ganada, eran anagrama de nuestra mugrienta riqueza semoviente y porque el Cerro resultaba lo más parecido que teníamos al Olimpo de divinidades griegas, al Monte Ararat de predicadores armenios y cuando perdiéramos el dominio del Cerro los uruguayos perderíamos al alma. Para hincar más el diente en el disparate, el café referido que se describía como si fuera el verdadero Café de la Paix se llamaba Le Chat Noir. En realidad un felino refugio de ácratas italianos y midinettes de trenzas negras venidas del interior, gastadas de ser violadas por patrones de estancia, mausoleo de poetas suicidas en vida sin haber publicado aquella plaqueta decisiva, paraíso sin clases de obreros que merecían la euforia de la revolución proletaria aunque ocurriera en la otra orilla del mundo.

De los episodios criollos y verdaderos de dudoso gusto, sobre lo que debo dejar constancia por honestidad histórica y para definir la caterva de aquellos individuos integrantes del grupo, acaso sea suficiente recordar la denominada purga nativista, iniciativa a la que Gervasio se prestó gustoso. La misma consistió en un cóctel repugnante de salsa inglesa y aceite de ricino que dejó al viajero desparasitado de achuras y mate, puchero y empanadas, guiso criollo y pasteles de dulce de membrillo. Durante tres días consecutivos, los amigos lo alimentaron a salmón crudo macerado en jugo de limones verdes, champaña comprado de contrabando, sopa de cebolla para restituir un alicaído espíritu proletario y pan marsellés amasado por un auténtico boulanger venido de la ciudad mediterránea, acompañando una reducida selección de quesos evocadores; sobre todo le prepararon como plato de resistencia un pato a la naranja, siguiendo la receta de un famosos chef del Café Inglés de París; pato sobre el que se juraba era un auténtico canard con pedigré, confiscado durante la noche del estanque de la residencia del embajador francés en Montevideo. El rito fue culminado con la iniciación a los placeres de la negada Venus Luteciana y para ello se instalaron una noche en un prostíbulo muy afamado por aquellos años, que funcionaba en las afueras de la ciudad de Pando e hicieron que Gervasio tuviera relaciones sexuales con asistencia de público. La elegida fue una pupila exótica de origen antillano, negra como carbón y que hablaba en francés insular cuando se emborrachaba. “¡Baudelaire, Baudelaire!”, cuentan que gritaron los energúmenos asistentes del episodio cuando Gervasio estaba en estertores finales propios de tan insólita situación. Como si ello fuera insuficiente para saludar el encomiable desempeño de su amigo viajero, verdadera proeza dadas las circunstancias, alguien se las arregló para entonar una versión irrespetuosa de La Marsellesa, cuyos versos fueron adoptados al ritmo de un pericón tradicional.

Gervasio en ninguno de sus escritos ni siquiera de manera insinuante dejó una deposición detallada de la despedida. Es probable que la haya vivido como una traumática muestra de amistad de por vida, el precio a pagar por alejarse de las costas uruguayas aunque sólo fuera por una temporada. Quizá fue un brusco despertar para quien soñaba con refinadas doncellas del siglo de las luces, que adornaban sus lánguidos cuellos de cisne con camafeos, princesas ocultando el rubor de la pasión con polvo de arroz y la pícara sonrisa mediante abanicos trenzados de sedas chinescas y sándalo nipón. Nos consta que lo aquí consignado sucedió en sus grandes líneas, pato más o prostíbulo menos; recordando lo que de ahí en más sería la vida de Gervasio, es de esperar que haya disfrutado ese desbarajuste goliardesco. Haciendo un rápido balance era la última oportunidad que le daba la vida de ser feliz en el exceso y sin que tuviera que pagar nada a cambio.

La llegada al viejo continente se concretó en el puerto de Génova. Apenas desembarcado Gervasio escribió una postal a su querida patota, grupúsculo que se hacía llamar los sobrinos de Maldoror. La emoción del joven viajero era grande y se advierte desde la llegada una disminución en el manejo de la ironía; faltaba margen de negociación para especular con los proyectos soñados, era la emoción de estar en tierras europeas y tal vez más alejado de su verdadero destino. La ciudad de Génova perturbó al uruguayo siendo una escala de realidad en su incierto camino y el paisaje lo condicionó. Una pensión popular barata lindando la miseria, gente vestida como había visto en cualquier barrio pobre de Montevideo, fuentes de tallarines con salsa boloñesa, la sensación de estar confrontado ante una nueva postergación. Supo ahí que el sueño ilusorio de una París de revistas ilustradas y noticias de viajeros exagerados, la ciudad a la que podía llegarse por un golpe de magia había desaparecido; si quería llegar debería hacerlo por otros puentes y emprendiendo rutas demasiado humanas. Génova no atenuó por tanto el deseo inicial y acaso puso las cosas en su justo lugar. La ciudad italiana interrumpió la música interior de acordes inéditos con los cuales Gervasio pretendía épater al mundo, para machacarlo con música brutal de mercados salida de toscos acordeones, cantos del mercado de la pesca que fue para él una verdadera revelación.

En su pueblo de origen como fuera evocado en el primer capítulo, en las afueras del pueblo corría un modestísimo río. El conocimiento que el músico tenía de la vida submarina estaba limitada a bagres feos y sin destellos que pescaban los niños del lugar para matar el tiempo. El contraste era potente, había Génova y crustáceos que llegaban del mar Mediterráneo, una Génova de peces inconcebibles de formas y aspecto sorprendentes que allí provocándolo eran extraña metáfora de su ignorancia. Como si sus aspiraciones artísticas estuvieran destinados a sucias correntadas de riachuelos obsesivos y se le negara la embriagadora inmensidad del mar; sí surubíes, bagres y pirañas carniceras venidas de lejos, nunca el abrazo del leviatán, del calamar gigante, la danza de la pesca sangrienta del atún ni la visión mallarmeneana en un atardecer de aguas tropicales de la manada de cachalotes teleguiados rumbo al frío del norte.

Era así y de manera brutal que sucedía la confrontación europea de Gervasio con la ignorancia, imperiosa necesidad de creer antes de crear, leer el vasto universo y temió que con la música se repitiera la idéntica ignorancia de los peces. Nordeau pasaba sobre la superficie de cuestiones que en pocos meses serían decisivas. Ahora que redactamos, con el paso del tiempo es sencillo deducirlo, la visión del mercado era otra secuencia de la eterna confrontación con los signos que fue la vida de Gervasio y de los cuales nunca quiso descubrir el verdadero significado. La mayoría de las veces ni los vio en su presencia contundente, él pasaba por una selva de símbolos y era tal su obsesión, simulada en la caparazón del aprendiz de dandi snob que durante ese desajuste opera buena parte de la tragedia. Había si se quiere una retención de índole psicológica, podía pensarse que el viaje era la oportunidad de una experiencia de gozo y disfrute, la ocasión para componer un cuaderno de canciones, esbozos de ejercicios de contrapunto. Hacerlo sería absurdo, para Gervasio el viaje era el tiempo y la distancia que se interponían como irónicas barreras en los designios parisinos; como sí con años de anticipación él transportara hacia París en una urna las cenizas de su propia alma calcinada en hornos de carbón.

Gervasio creía ir hacia la vida de la consagración y se dirigía hacia el invierno de la creación. A partir del inicio del viaje y desde el momento que subió al barco, su trayectoria vital nunca da la impresión de una elevación progresiva sino al contrario. Inspira la declinación del vértigo, caída irremediable, descenso hacia abismos sin gracia final ni redención. Integrada en este contexto espiritual la mentada despedida de sus amigos fue la culminación. Algunas veces me pregunto ahora que tengo materiales para redactar el libro que yo quería si no había en Gervasio la conciencia del precio a pagar, si él no firmó otro tipo de pacto e inverso al habitual. Vivir el infierno en la tierra, conocer en carne propia los sufrimientos especulados entre teólogos por una improbable salvación del alma. Un pacto diferente y complejo por salvar otra alma querida dispuesto a duplicar el precio de la condena eterna. Dándose por adquirida la eternidad y la lucidez del terror en la vida, el secreto mejor guardado de abrir las puertas del infierno así como el antecedente mitológico y con las manos dipsómanas sobre el teclado.

Otro sería el itinerario que lo llevaría a su meta. El camino entre Génova y París es largo, recuérdese que estamos en 1900 y para quien lo recorre por primera vez se presenta pleno de agradables sorpresas habiendo varios itinerarios para pasar de una ciudad a otra. Gervasio siendo joven zanjó que la música era la que se componía por esos años, con prisa comprensible decidió desentenderse del patrimonio acumulado y el pasado, actitud característica de pueblos novato. Esa persistencia en la ignorancia privilegiando un ahondamiento circunscrito hace que su grandeza sea intransferible. Un solo viaje y único pozo de martirio, inamovible coherencia hasta el final de la conciencia: rechazo de cierta forma de cultura, arriesgado coqueteo con la irracionalidad y la muerte como privilegiada postal del viaje.

Debo aceptar mi temor que a la lectura del presente capítulo se me acuse de tender a los excesos, promover diferentes tipos de supuestos sobre una obra que estaba por cerrarse. Buscar peregrinas explicaciones que mutantis mutandi pueden ser mías por haber renunciado a continuar interpretando en público la música de Nordeau. Pensar así sería atribuirme un egocentrismo negado por los años y hay más grave, debilitar e ignorar el misterio Nordeau, que se arraiga en los meses evocados en el extranjero. Misterio que condiciona un cambio revolucionario, curiosa forma de suicidio musical consistente en renegar de la obra compuesta con anterioridad al día de embarcarse en el Cittá di Torino con un pequeño grupo de compatriotas. Refutación que es hallazgo azorado de otro imperativo de creación terrible desafiando fronteras sabidas de la naturaleza humana. ¿Qué puede haber de común entre Tres desvanecimientos donde está la presencia del Gervasio lúdico de publicaciones paródicas, pequeños escándalos mundanos por cuestiones de faldas sin olvidar semicorcheas y la irrupción de Alimañas interpretada al piano a su regreso a Uruguay, a mediados del mes de julio del novecientos en el cruel invierno montevideano y teniendo por público a los mismos amigos de la despedida? Quizá fueron ellos quienes lo prefiguraron con la grosera evocación del poeta que amó a Jeane Duval, quizá… la diferencia es el viaje.

Sostengo con vehemencia y por lo ello me bato estos últimos años –en la doble acepción de la expresión- la importancia decisiva de los cuatro meses que Gervasio Nordeau vivió en París. Como puede advertir el lector consumen la mayor parte de mi biografía, cuatro capítulos para ser precisos. La biografía deja de suponer una operación de extensión en la vida, reproducción carbónica de almanaque para ser experiencia desconcertante de la intensidad; la biografía repudia ser el puntual itinerario de la banalidad, agenda del ángel de la guarda burocrática para tender -como lo entendió el genio del siglo XIX- a las iluminaciones heterodoxas. En el presente capítulo quinto de título ambiguo seguiremos apenas los primeros tres días de Gervasio Nordeau en París.

V.4) Según testimonios dignos de la mayor confianza, el joven Gervasio Nordeau preparó meticulosamente su llegada a París. Igual que los exploradores de leyenda él marchaba hacia un lugar desconocido del mundo, había memorizado el tramado de calles y pasajes cercanos de la estación del Norte, conocía nombres y articulaciones. En paralelo al estudio de las nuevas partituras que llegaban al Río de la Plata, Gervasio se procuró un dominio elemental del francés que facilitara ingresar pronto en eso que desde un allá periférico se llamaba el ambiente. Hubo algo de ingenuidad en los preparativos, le hacían olvidar que lo aguardaba sólo una sombra de la soledad, la terrible presión que la dirección aproximada de un par de hotelitos disimulaba un tanto. Mirándolo desde la otra orilla nadie conocía a Gervasio en París, tenía poco dinero para financiar su aventura y el equipaje era ligero con vestimentas para vivir un veranillo atemperado a la espera del golpe de suerte.

De eso se percató cuando el tren llegó a detino. La soledad referida lo esperaba en todos los andenes con fidelidad de antigua amante envejecida, se trataba de detalles de peso que lo condicionaron esas primeras horas. Bajar del tren y comprobar que todos allí tenían un sitio concreto a donde ir, también los vagabundos menos él. Por segunda vez en la vida entendió que era nadie viviendo el pavor de la disponibilidad del tiempo como hacen los muertos. Estaba cansado y sin sueño, el viaje había sido largo y contaba el peso acusado de lo anterior vivido en el puerto de Génova. Gervasio debía hacer los movimientos despacio aplicando una absurda teoría del acostumbramiento. Salió de la estación del Norte como otros baúles, abandonó la última frontera del pasado y obstáculo simbólico a sus planes. París lo acechaba con la primavera adelantada, un golpe del mismo sol que caía sobre el litoral uruguayo en la niñez del músico, su arquitectura como tantas veces observó en revistas ilustradas con la diferencia de verdad y representación.

Salió de la estación de trenes, cruzó la calle con excitada aprehensión y se instaló en el primer café a intentar ordenar los pensamientos. Pidió una cerveza, era él quien ahora observaba la salida de pasajeros de otros tres trenes llegados luego del suyo y continuó así atento a otros tres arribos más, como si estuviera esperando al músico uruguayo Gervasio Nordeau. En cuanto sintió el gusto de la cerveza creyó ser un parisino viejo. Nordeau dejó el equipaje más pesado en la consigna de la estación, decidido a caminar por la ciudad, lo poco que llevaba en un bolso de mano era suficiente para los tres primeros días de instalación; al menos esos eran sus planes, Gervasio caminó lentamente por el espacio trazado de los bulevares y al mediodía cruzó por primera vez le Pont des Arts. Estaba en el corazón de París y era el fin de tantos afanes, hora cero de algo inexplicable.

La soledad aludida del cuerpo, el sueño realizado le ofrecían una París coqueta y hostil, maraña de desconocidos incentivada por el barullo cosmopolita de una Exposición Universal. Tanto proyectar y batallar –pudo pensar Gervasio- hasta llegar a lo que consideraba el centro del mundo y culminar en un presentimiento de temprana decepción; que el músico atribuyó al cansancio y efectos desconocidos de la diferencia horario en el hemisferio sur. Había por allí entre las calles del sueño mucha gente pobre. Gervasio pudo decirse que la París de Nordeau sería la ciudad de la noche habitada por mártires de la poesía y desesperados del simple hecho de vivir. Caminó a la deriva durante horas dejándose llevar en la inercia por indicaciones que orientaban hacia la Butte Montmartre. Anduvo hasta llegar al barrio de los artistas y cuando penetró en esas veredas estrechas se preguntó si sería allí que compondría su pasaporte a la inmortalidad. El hotel al que llegó siguiendo vagas indicaciones era una pensión modesta y sucia. Un olor rancio a esperanzas muertas y vegetación podrida se desprendía del cuarto asignado en el último piso. Tenía una pequeña abertura, ventanuco de prisión dando al patio interior sin tratos con el sol y habituado a la basura. Según escribió en su carné, apenas llegado al cuartucho se durmió vestido por temor a despertar en medio del incendio o algo parecido. Lo hizo decidido a cambiar de residencia en cuanto aclarara las ideas y estuviera en condiciones de organizar mejor el tiempo, consigna que en ese primer sueño parisino debió tener una pesadilla horrible. La olvidó y despertó desnudo acurrucado en el piso de tablas temblando de frío. Gervasio atribuyó al cansancio la represión del inconsciente, cuando se levantó hacía noche y allá todavía sería día… allá en América.

La ciudad estaba a su disposición y él sin lugar concreto a dónde dirigirse. Escribió que marchó sin rumbo por las inmediaciones del hotel y fue al biógrafo a ver una vista que lo aburrió. Luego comió un churrasco con papas fritas y se metió en un café cualquiera buscando a los poetas. Halló borrachos sin retorno metidos en vestimentas raídas, que lo interrogaban sobre su capacidad de reconocer a los artistas elegidos cuando el lugar común cambia de apariencia. Fue así que en recuerdo agridulce de su despedida montevideana y por curiosidad espontánea para abrumar los sentidos, entró al local a ver un espectáculo pornográfico que le desagradó por la ausencia de ternura hasta en las luces, la exigencia de la bestialidad en el acoplamiento circense. Anotó que fue subyugado por el acto de una mujer enorme, de un color de piel que él veía por primera vez y con el cuerpo tatuado de símbolos esotéricos jugando su actuación con una boa pitón de respetables dimensiones. Lo paradojal era que él venía del llamado continente salvaje y tenía que ser en París en su primera noche que descubriera un animal así, como si fuera el parásito coloreado de un implacable dios rencoroso. Más que la bestia reptante, a nuestro Nordeau le intrigó haberse planteado esa cuestión de pertenencia a una tierra que ignoraba y distanciada de sus intereses creativos.

Salió del espectáculo contrariado, era otro imaginario el que había ido a buscar para que lo interpelara y se sintió mejor cuando dejó atrás aplausos, gritos de los asistentes para confrontarse con la noche parisina al alcance de la mano. La proximidad del alcohol esperándolo y la violencia, prostitución disponible y drogas consumidas como parte de la vida y no en versos de Les fleurs du mal. La primera noche se sucedía y la segunda duda lo asaltó; saber si llegó hasta allí por partituras o a rescatar un aliento de libertad faltante entre sus conciudadanos, aceptar lo que era en verdad o buscaba ser un drogadicto dependiente. Un aire del tiempo, la inminencia simultánea del esplendor y tinieblas sería insuficiente para explicar la inclinación de Gervasio por la química de la marginalidad en esos meses. Llegó a otra certeza que me permito adelantar en ese quinto capítulo: Gervasio acordó la excusa de la música simbolista para ingresar al nuevo siglo por la puerta del horror personal. El ensimismamiento de la distancia para confrontar una obra liviana, original y chispeando que sabía falsa e impostada de epígono sin porvenir atendible. ¿Su trayectoria posterior no grita acaso el incontestable rechazo de sus años juveniles de formación? ¿No resulta evidente que habiendo alcanzado un relativo dominio de su oficio nunca se dignó a una revisión cautelosa, al menos nostálgica de su pasado?

Un Nordeau libraría la batalla del hastío, spleen y mal de siglo, humos agrios de la Comuna y experiencia decadente; como un extraño aguardaba lo mimético por la simple comunicación de estar allí provocando una reacción química que alteró su metabolismo. Fue a París para afinar la educación sentimental y volvió siendo un hombre distinto, el otro. Después, la suma de terribles sucesos conocidos por el lector de los que daremos cuenta en capítulos posteriores, pueden explicarse como deriva de la fractura parisina pero recuperemos los hechos ensayados que al final resultan lo menos interesante. “Esa misma noche fue la primera copa, la belleza del verde interior como escribir un trío demencial mojando la pluma en tinta herrumbrada color turquesa”.

Es falso, como pretende hacer entender Gervasio que se trató de una sola copa simbólica, seguro que él consigna apenas el comienzo del delirio que duró tres días, habiendo descubierto la ceremonia equidistante de la despedida montevideana. Una encrucijada para cualquier biógrafo y yo -desdeñando por adelantado las burlas y a riesgo de ver vituperada mi vacilante prestigio de historiador de la música- debo confesar que no hallé mejor punto de vista que instalarme en el interior del delirio. Dejar de lado la persecución de un borracho atolondrado, buscar a como dé lugar el punto oscilante entre absenta goteando y visión devastadora; permaneciendo del lado de afuera de esa tentativa me comportaría como médico asustado de una clínica mediocre.

Dios bien sabe que intentó navegar en los intersticios que asemejan los abismos del alma y ello en el primero de los cuadernos de notas, el Verde. Hubo un viaje a la imaginación abierta en canal por el bisturí desafilado de la razón y que supura destellos de situaciones alucinantes. Estoy convencido de que el delirio ininterrumpido en aquellos tres días supuso la fractura, quiebre decisivo en la personalidad conocida hasta entonces. Con diferencia de horas Gervasio fue el músico que se había inventado antes de embarcarse; también destiló la prosa de un escritor torturado y fue pintor por una temporada. Período miserable de alguien tirado debajo de los puentes, atleta enloquecido corriendo por el bois de Boulogne, traficante de fantasmas, visitante a deshoras del museo de Artes y Oficios, tal vez el criminal que olvidó a la víctima.

El regreso precipitado de Gervasio Nordeau a tierras orientales puede especularse que resultó el retorno de alguien culpabilizado, probablemente cometió un crimen y sólo por el gesto. ¿No es el arrepentimiento prueba concluyente más poderosa que el macaco autopsiado por los forenses? Cuando avancé esta idea de un secreto impregnado de sangre, algunos colegas e incluso bienintencionados se preguntaban si ello se relacionaba con la realidad o el delirio alcohólico de Gervasio aquellos días. ¿Dicha distinción tiene importancia? Aquí y por segunda vez dentro del mismo capítulo falta documentación tangible para sustentar mis afirmaciones. Algún día seré blanco de pullas de colegas anglosajones interesados por la vida de Gervasio, ellos preguntarán por el motivo del delito y la suerte del cuerpo de la víctima. Interrogarán sobre el cliché dando cuenta del lugar del crimen, el arma utilizada con una etiqueta atada que la señale como prueba número uno del proceso y pormenores sobre circunstancias del asesinato incluyendo detalles insignificantes. A ellos sólo puedo darles como testimonio la confrontación de las obras finales de Gervasio Nordeau, exigirán hechos documentados y pruebas materiales. Yo entrego partituras embebidas de música inhumana siendo mis alegatos irrefutables.

V.5) Consta y sin discusión el argumento de la continuidad, la larga marcha del insomnio prolongado tres días. Un músico de origen uruguayo recién llegado a París sin conocer a nadie en la ciudad, sale durante la noche y se dirige hacia uno de los pocos lugares donde se continuaba vendiendo absenta bajo permisibilidad semi clandestina. Eso es lo que sucedió como episodio cerrado y parece el resumen del cuento que por improbable habría que catalogar de fantástico.

Nadie cuestiona que esos cafés marginales tolerados por las autoridades corrompidas, se regían con el código de honor de la Legión Extranjera y a nadie se le preguntaba por el pasado olvidado en las mazmorras de la memoria. Con el manejo de doscientas palabras en francés, bastaba una hora compartiendo media botella del licor verde para saldar una entrañable amistad hasta el amanecer y durante tales circunstancias anómalas era lo mismo que decir una vida. En esa primera hora de amnesia consentida supongo que Gervasio halló cierto equilibro comportamental aunque parezca paradoja; por esa hora fue la sombra de lo que había querido ser desde la adolescencia, improvisando un pasado común con otros parroquianos, motivado por la obsesión de olvidar la infancia vivida en las antípodas de su nueva situación existencial apenas pasada la veintena.

El goteo lento de la absenta aumentó el tamaño de la impostura arrastrada desde tierras americanas, el vacío y la urgencia de llenar ese hueco entre dos existencias irreconciliables e insondables como el pozo de dos vidas distintas. ¿Por qué no dos vidas? El doble vivido en uno mismo a plena conciencia y el hielo tornasol sentido en la propia mente inundada por el licor prohibido. Hipotética duplicación afectando músculos de brazos y cuello, necesidad imperiosa de vivir en otro lugar alcanzando la gloria relativa de seres marginales por el camino de la aniquilación. ¿No pediría Gervasio pocos años después ser recibido por deberes y obligaciones de otra nacionalidad? La patria argentina enfatizando paradojas y contrastes. Resulta insensato hablar en esa continuidad de distingos entre días y noches, a nuestro músico aquello debió parecerle sofoco del infinito. Los datos consignados en la libretita son precisos e imposibles de cotejar con otros testimonios, por ejemplo “al mediodía, encuentro con Satie en el Jardin des Plantes”. Desde siempre despertó mi curiosidad de biógrafo la neutralidad del lugar elegido para la entrevista, a su carácter de espacio luminoso agregaba la sospecha de oasis en la jungla positivista parisina. En cartas posteriores, nuestro autor asegura que buscó a Satie porque era el compositor de las Ginopedies a la misma edad que él tenía cuando decidió viajar a París. Resulta una razón atendible si recordamos la debilidad de Gervasio por las coincidencias numéricas.

Es probable que el Oriental hubiera tenido acceso, quizá por alguna trascripción manuscrita y la intriga de los pianistas de varieté llegados por aquellos tiempos a Montevideo, de piezas para piano del músico y compositor oriundo de Honfleur. Me atrevo a afirmar que Animales chinos del año 1898 insinúa acordes, rareza de la frase, incertidumbre tonal y la elaboración vacilante de piezas juveniles de Satie. Si dicha partitura tiene valor es por lo que vino después, de lo contrario estaríamos ante el producto de un epígono menor de Satie más que de un entusiasta admirador de Chanson de Bilitis de Claude Debussy. Esa fidelidad en la apropiación pone en duda la causa de la búsqueda, fue Coriún Aharonian quien me señaló que el supuesto encuentro con Satie, que él considera fraudulento (como la supuesta fotografía de Isidore Ducasse) sólo se concretó en el terreno de fantasías peregrinas y la pura ficción; cuando Satie estaba en coqueteos intensos y esporádicos con el mundo del ocultismo en su vertiente más snob que peripatética. La cuestión que nos acucia al respecto es ¿tuvo Nordeau en Montevideo acceso a obras y predicamento hipnótico de Josèphin Pèladan, enigmático jefe de fila de esas derivas urbanas del irracionalismo decimonónico? Me resulta tan improbable lo uno como lo otr, a Montevideo por aquel entonces llegaban productos terminados sin acallar el rumor del aire de los tiempos; intersticios burlones de la vida cotidiana del músico, miserias que enclaustraron a Eric Satie en su departamento de Acueil-Cachan, amistades sustentadas en la excentricidad, praxis de misoginia y manías reiteradas que están sin elucidar por los exegetas.

Por momentos parece un exceso referirse a aquellos años en términos de belle époque. ¿Qué legitima la pertinencia de un nuevo libro si olvida aportar algo original? Me permito avanzar una tercera hipótesis para explicar el encuentro con Satie, si es que el mismo se produjo en una realidad ajena a la alucinación de Gervasio. Luego de muchos desvelos pude encontrarme con la primera edición de la biografía de Satie escrita por Pierre-Daniel Templer, fue allí que descubrí que el mismo año que nació Gervasio, la abuela de Satie moría ahogada en las playas de Honfleur en circunstancias nunca aclaradas del todo. Recuérdese la muerte del padre de Gervasio cuando él tenía apenas unos meses de vida así como las increíbles condiciones que rodearon el suicidio del padrastro. Considero que, supuesta la ligereza de las composiciones en ese fondo de tragedias infantiles, lo que acerca a los músicos evocados al punto de interceptarlos en un delirio es saber que se puede componer viviendo con recuerdos dolorosos sin abundar en explicaciones psicológicas.

Lo sabemos y al parecer, de acuerdo a la endeble tradición que lo rescata, el encuentro entre ambos hombres fue decepcionante. Era de antemano imposible cualquier diálogo entre ellos, el Satie que ya era y el Nordeau que sería fueron personajes solitarios, obligados a fingir por obligaciones del carácter y el oficio entre la sociedad. Conscientes de que la gloria en vida les sería negada y estándoles destinado un final de fracasados, deseaban asumirlo rápido con voracidad de suicidas sin retardos de la lástima. El mejor suceso de público, incluidas primeras audiciones de sus creaciones sería su velatorio; ni admiración latente ni proyectos reivindicativos, acaso un arqueo de odio y desprecio rondando. Satie llevaba la ventaja de sus años con el desencanto a rastras, la tercera mano momificada y la insobornable voluntad de persistir en su ser. En el delirio creciente de Gervasio era claro el imperativo del cambio radical tras su implacable transfiguración: yo debo ser otro.

El encuentro estaba predestinado a ser el momento del desencanto, cuando el uruguayo a su pesar calibró lo que nunca podría ser. Las reacciones ante el obstáculo insalvable fueron inmediatas y lo significativo es la ausencia de alguien llamado Satie, ni una mención superficial a su nombre después del supuesto encuentro en el Jardin des Plantes. Propongo que ese olvido es el principio del cambio o al menos su manifestación simbólica. Al interior del viaje parisino seguro que el delirio de absenta de los tres primeros días -que intentamos reseñar con insistencia- marcaría el cambio mentado cuyas manifestaciones y secuelas ampliaremos en el resto del libro. Del otro lado del encuentro, ubicados precariamente en la biografía de Satie ninguna referencia informa del encuentro evocado con Gervasio Nordeau, tenemos así pruebas de lo uno y de lo otro. Como si hubiera sido probable en la coincidencia del alcohol y exotismo un cruce mentalista, suerte de terapia para alguien como Gervasio que se define, medio en broma medio en serio un pararrayos de desgracias.

Según nuestro Gervasio, Satié comenzó por preguntarle qué hacía en la vida y él ofuscado por la orientación de la pregunta, molesto porque el francés hubiera supuesto que pudiera ser otra cosa que músico, le respondió con orgullo incomprensible “yo soy uruguayo, señor” a lo que Satie respondió “c’est une bien belle profession!” y luego –siempre según notas de Nordeau- que se había imaginado muy diferente al aspecto de los indios galantes y Gervasio dejó por escrito “había que desconfiar de las apariencias.” Tales eran los límites de la conversación entre ellos la única vez que se cruzaron, tres días de delirio ininterrumpido nunca podrían amortizar siglos acumulados de tristeza y desencuentro. Uno de los objetivos determinantes del viaje, el encuentro con Satie, se disipaba sin pena ni gloria al barullo de pájaros exóticos traídos de todos los rincones del planeta.

Por primera vez Gervasio se aceptó en tanto hombre derrotado arrancado de su tierra, olvidó de sopetón la música y concentró la atención en una hilera de hormigas enormes, movidas por tal afán que parecían transportar el cuerpo de un muerto para almacenarlo en su madriguera laberíntica. Dice Gervasio que lo miró al maestro Satie y le dijo “Usted va a morir el primero de julio de 1925” y el otro replicó “le agradezco tan interesante información. Esa precisión tiene algo de privilegio, hasta en eso de la muerte le llevaré doce años de ventaja. El doce es una bonita cifra pero volvamos a su problema, mire a su alrededor… esta selva artificial de jardineros le despierta la intuición, es probable que una música acorde. La vida nocturna de los cafés parisinos es inadecuada para alguien de su temperamento. Ninguno de nosotros daríamos un paso para ir a su país y ello a pesar de Isidore o justamente porque existió la escritura de Isidore. Es necesario el desprecio que le falta para vivir aquí con el plan de quedarse o darse por vencido, váyase y pronto, lo que podría componer permaneciendo en París lo hará Strawinsky. Está enrolado en la guerra equivocada, se lo aseguro”. “Sentí –escribió Gervasio en uno de los pocos momentos en que la pluma de su cuaderno se hace confidencial- un ruido ensordecedor de pájaros cautivos y río desbordado, otro río que el Sena corriendo como un arroyuelo de postal bajo el puente de Austerlitz”.

Tal la versión y sólo puede atribuirse la legitimidad propia a manifestaciones del delirio, proyecciones mudas del inconsciente atormentado. Satie se retiró de la escena a paso lento como lo haría un pensionista mutilado de guerra y Gervasio pasó la noche escondido en el Jardin de Plantas; él afirma que vio en el cielo las constelaciones del hemisferio sur desplazándose cerca, las estrellas estaban a la altura de las nubes y avanzaban. La absenta se movía infiltrándose por el cuerpo cual clorofila destilada, llevando de las raíces al delirio humores en la demencia y con efectos devastadores cuando llegan a la cabeza. Cuenta que se despertó estando el sol alto en el cielo parisino, con la boca reseca, recuerdo de serpientes que le pasaron por encima y gusto de la caña que probó alguna vez un enero caluroso de la adolescencia.

París dejó de existir para ser una jungla, absenta corriéndole en verde mayor por el organismo, río infernal de anguilas diminutas. Todo era inmenso a sus sentidos afectados y Gervasio advirtió certezas de que estaba del otro lado, extravió la memoria de los grandes bulevares de la víspera, el recuerdo de los cafés visitados y padecía la sed imposible, necesidad del monte tupido de las correspondencias. Salió huyendo del Jardin des Plantes y caminó sin rumbo determinado dejándose llevar por el instinto enfermo, caminó durante horas transitando veredas inhóspitas de la ciudad, hasta advertir estar metido en el agua. Había llegado a la fase final de delirio, límites humanos de la absenta, encuentro de vegetación destilada golpeándole el cerebro obligándolo a hundir su cuerpo y la conciencia en otra vegetación, la memoria almacenada en moléculas de absenta.

Los dados fueron lanzados sobre el paño verde y era dejarse llevar mansamente por la muerte o intentar un retorno a la conciencia previa con un alto precio a pagar. Gervasio olvidó o simuló que olvidó las razones que al tercer día del delirio lo empujaron al territorio del Bois de Boulogne. Si la jornada inicial fuera marcada por la vagancia y la segunda por el fantasma de Satie, la tercera resultó la apoteosis del delirium tremens. Lejos de ser un experto en tales asuntos, por más que me haya documentado no puedo afirmar con precisión lo que es un delirium tremens y menos describirlo por escrito. Intuyo apenas que debe ser lo más parecido a la experiencia vivida por Gervasio durante aquellas horas, hasta puedo arriesgar que el desplazamiento a París resultó una excusa elegante y creíble.

El segundo viaje era el importante, lo avanzo por lo que sigue luego como diario de viaje, sucesión de hechos previsibles y lugares comunes. Los encuentros verdaderos, anécdotas de soberbia juvenil, aventuras amorosos donde él era amante exótico de aristócratas venidas a menos en fortuna y años, la inocua carrera por la originalidad metafórica y la aventura menos prestigiosa, con mucho de picaresca miserable. Dinero que se agota, gestos claudicantes contrariando la dignidad inicial, cambios de domicilio y cuya categoría de camas caía en picada. La posibilidad de un agosto soporífero sin nadie que invite a pasar el verano a la provincia o junto al mar. Ello lo trataremos en detalle más adelante; me temo que salvo datos reveladores y documentados que me acercó Norah Giraldi no pueda ir mucho más lejos de donde llegaron los biógrafos precedentes, lejos estoy hermano lector de alcanzar con facilidad al cuarto día de Gervasio en París.

V.6) El Bois lo atrapó desde la primera visita. Gervasio dejó de ir a los museos de París donde nadie representaba a su tribu “somos el continente más vigoroso y sólo hay embalsamados de nuestro patrimonio que consideran digno de exponer entre los muros. Entre nuestra incapacidad y la ignorancia de estos señores hallo la causa en lo segundo”. Después del primer encuentro Gervasio marchaba cada mañana al Bois de Boulogne. “Soy una vegetación trasplantada y vengo cada mañana enfermo a mi jardín de aclimatación”. Durante el tercer día tan determinante es significativa la manera como él describe los “bichos”, “criaturas que nunca había visto y me aguardaban en algún lugar americano. Me prometían cantarme al oído para que transcribiera melodías y acordes nunca escuchados por el animal humano”. Como si de una zoología se tratara descubrió la existencia de otra gente que argentinos de Buenos Aires y uruguayos, lo interesó la heterodoxia de la calaña borracha cosmopolita topada en sus interminables paseos de madrugada. “Me enternece hasta las lágrimas la transparencia del fracaso de esos hombres, el valor o desidia por abandonarlo todo, la indiferencia con que marchan hacia su destrucción. Los músicos que conocí este último tiempo, viven en cada borrachera el equivalente al fracaso estrepitoso de una ópera cómica en el Palais Garnier. Tienen algo del batallón de infantería dejándose matar por el enemigo y ello para que venga detrás el regimiento que remate la batalla. Están cerca, pisotean un mundo que les pertenece y huelen a espíritus desterrados. ¿Qué hago metido en esa insensatez?”

El delirio era el movimiento de mutaciones del verde, del lago vegetal y senderos que Gervasio miraba en espectador de la comedia humana, alma del bosque incitándolo a lo impreciso alejándolo del París conjeturado en buhardillas montevideanas recalentadas en las siestas de enero. “Lo que me rodea es la sospecha de algo horrible. Esta tarde caminaba por uno de los caminos laterales y que dan sobre el costado de Auteuil, una de las zonas más distinguidas de París cuando de pronto me invadió lo que nunca antes. Tuve deseos intensos y ganas irrefrenables de matar.” Esas ganas resultan lo revelador definitivo; súbitamente en medio de una borrachera sucede que se dejan detrás la reivindicación de juegos, poses desafiando la inmortalidad, coqueteos eróticos con potencias invisibles y ello para retornar a la trama de una actitud propia de salvajes. La llegada sin intención previa al Bois de Boulogne borró del hombre Gervasio los barnices de la formación, rasgó vertientes residuales del dandi suficiente trastocando el cuerpo del muchacho deportivo que practicó el remo en la ciudad de Mercedes (Uruguay) para dejarlo seco, descarnado a los límites de la osamenta. Como si un taxidermista del alma que utilizaba absenta para empapar los tejidos trabajados lo hubiera retenido en su taller durante tres días.

El cambio de nuestro músico no fue sólo evidente en el carácter que saltó de Dadá a Blake ni lo testimoniado en partituras legadas, que llevan del correcto Debussy periférico al Villalobos extraviado en el Matto Grosso mordido en las várices por ofidios venenosos. La mutación se acentuaba en los huesos, era potente en la mirada acerada de las últimas fotografías conservadas donde aparece un hombre que vio a los ojos signos del horror más destructores que la muerte. La carrera hacia el objetivo de ser músico moderno le reveló la verdad de su condición de hombre del pasado, los atajos artificiales que transitó con furia buscando acordes disonantes inéditos lo condujeron a visiones fragmentadas de infiernos en vida, círculos verdes aguardándolo a él en un lugar del norte argentino y lo recóndito del alma atormentada. La absenta descubierta igual que un lago lo condujo al carromato de Brueghel que avanza proclamando el triunfo de la muerte, bastaron tres chorros de verde destilado y traslúcido, unas horas de un centro de tierra de París para que el Bois de Boulogne (como sabe el lector Bolonia es la ciudad de origen de la rama familiar materna de Gervasio) se volviera experiencia precursora disponiendo la dependencia de retorno. Droga de espacios abiertos desembocando en la conocida pulsión por buscar la corona vegetal del Río de la Plata, centro de nuestra América.

Llegó a París tras el secreto de acordes impresionistas o así lo hizo creer, topó con la urgente necesidad de ramas afiladas abriéndole la carne, vino a escuchar en este capítulo el irascible fluir de capillas sumergidas en estanques y halló caimanes voraces en correntadas de inundación llevando una vaca muerta entre las mandíbulas. Buscaba el deseado encuentro consigo mismo y el precio del peaje fue demasiado alto, la visión resultante era la de un alucinado, el viaje de embriaguez y lejos del origen le demuestra que lo soñado en nada era semejante a las vivencias de muchacho provocador, un Pierre Lotti de burguesía chacarera de Mercedes. La alucinación que Gervasio consigna en sus notas describe situaciones inexistentes en la realidad, colores y animales Chagal, niños metafísicos de Chirico, fragmentaciones de la conciencia parecidas a Max Ernst, absurdos ciclistas de parada de circo italiano, la irrupción de cazadores furtivos a la búsqueda de licornes y otros animales fantásticos.

“Y la manera como tres hombres que parecían turcos robaban y mataban a un muchacho delante de mis ojos. El muchacho quedó vivo después de la agresión y me pidió a mí que lo matara porque sufría demasiado, tal vez ni me lo pidió. Sin embargo lo maté y lo olvidé, de pronto me encontré con sangre en las manos, supe eso. Corrí con las manos ensangrentadas a ocultarme entre los árboles y estando allí olí mis manos, no sabía de donde provenía la sangre, cuál había sido la acción que las llevó de un cuerpo hasta mis manos y sabiendo que era sangre de muchacho”. Sin discusión la escritura automática con tinta absenta es el corolario que explica las derivas violentas de la imaginación, Gervasio recuerda el episodio como la última visión del viaje dentro del viaje. Después se durmió en la humedad del corazón del bosque y regresó a la conciencia sin saber cuánto tiempo había transcurrido. Despertó a una media mañana interrogándose sobre qué hacía allí, sin aclarar en el cuaderno si ese “ahí” se refería al lugar, al bosque o a París; despertó en la sabiduría con la mala conciencia de borrachera culposa, cierta sonrisa por haber transitado como cometa errante del hemisferio sur y aceleradamente la ambicionada nocturnidad bohemia. Escapó de la vorágine de alteraciones corporales siendo el Bois de Boulogne lo que debía ser ese sitio amenazante en la mañana de un día cualquiera.

Criadas con cofia paseando niños vestidos de marinerito, deportistas imbuidos del entrenamiento dispuestos a intentar hazañas inmediatas, muchachas en flor malgastando su tiempo, y cachorros de poeta anclados en bancos de madera al sol con un libro de versos abierto entre las manos. Una hilera de discretos ciclistas cuenta Gervasio que avanzaba por el horizonte y podía escucharse el ritmo mesurado de los remos golpeando las aguas del estanque, los árboles tenían la discreción que impone la vigilancia de estrictos jardineros alsacianos. Luego de lo vivido estaba perdido, el trazado prolijo de los senderos parecía indicarle el camino correcto de retorno a la cordura y regreso a casa. Gervasio supuso volver al itinerario de los planes originales; no fue así, algo definitivo se modificó en tres días de delirio si bien él lo ignoraba.

Nosotros lo sabemos y fue el regreso precipitado al país decidido a renegar del pasado. La primera búsqueda tentada en la selva urbana bonaerense pronto se reveló insuficiente para su sed, la música que comenzó a componer le salía demoníaca, extraña y primitiva, salvaje y radiante. Recordemos sus tres cuadernos de composiciones para guitarra. ¿Quién hubiera imaginado que ese dulce instrumento inventado para loar jugueteos amorosos con la sensualidad, podía producir tonos grotescos y desgarradores acordes? Si los esperpentos de Goya venido el caso, armaran un concierto destinado a locos irrecuperables sobre una changada de troncos talados con navaja en bosques con hormigas ¿sería esa la música programada? Por ello sus piezas son poco frecuentadas en programas timoratos de nuestra época y rodeando sus partituras del regreso persiste un temor de maldición. Sostengo que esa música, acorde por otra parte con su manera de morir comenzó a engendrase en los evocados primeros días de su estancia en París.

Cuando regresó del viaje del delirio Gervasio Nordeau persistió con la idea que ahora parece ingenua de llevar adelante los proyectos primeros, Guiado por ese buen propósito y avergonzado por su aspecto de vagabundo desayunó en el primer café que encontró como si fuera un parisino de siempre. Eso ocurría cuando promediaba el cuarto día del viaje y que será tema del próximo capítulo.

Gin tonic con Beefeater

Mamá falleció, nada justifica mantener abierta una casa sobrecargada de recuerdos ni tengo razones para quedarme a vivir en un país que como yo agoniza de verdades añejas.

Durante años y en la ignorancia aguardé la llegada de ese día distinto temiendo una reacción indigna de mi mundo afectivo. Los últimos meses la llegada de correspondencia al consulado me acarreaba un mal rato, demorando mi dificultosa digestión presagiando una noche de insomnio con remordimiento. A ello contribuían las cartas de Marica tan artesana en el estilo de la ambigüedad y que nunca eran suficientemente claras ni explícitas buscando castigarme así por antiquísimas culpas, enviándome noticias recortadas o incompletas de las que activan la parte oscura de la imaginación. Entre problemas con la administración de los campos heredados, la relación petrificada con el tarambana del marido y los hijos –a esta altura unos muchachones- la pobre Marica zozobrará en una tormenta familiar sin miras de amainar. Debo reconocerlo: a su manera se ocupaba de mamá sin olvidar -faltaba más- acentuando su vocación de víctima irremediable incapaz de conseguirse entre las amistades un chevalier servant que la cubra de besos y mentiras.

Desde lejos puedo imaginar el activo aburrimiento de su desvivirse que ella no percibe más allá de la queja constante, siempre en cada una de las carta escribía lo mismo: mamá está bien, quédate tranquilo y ocúpate de tus asuntos. Lo decía destilando lamentos que sin conseguir apaciguarme, lo que lograban en verdad eran hacerme sentir un incapaz y si ello puede que sea verdad igual necesitaba esa fórmula de consuelo. Por unos días olvidaba el pensarla apagándose sin que pudiera verla, apagándose, peleando, gritando insolencias a una servidumbre inexistente en dormitorios vacíos e inmensos, delirando de continuo, cantando al amanecer valses de una juventud entrometida preludiando la muerte. Besé a mamá por última vez hace poco más de tres años, ella me tomó la cara entre sus manos blancas, huesudas y mirándome a los ojos repitió varias veces “esa muchacha no te conviene, esa muchacha no es para ti y te hará infeliz…” creyendo presagiar lo que ya era mi lejano divorcio de Susana. Desde entonces, viví este tiempo deseando que las cartas familiares fueran las imprescindibles para no saberme del todo escindido del pasado. La distancia lograba esfumar el recuerdo de una vida actuando por un alguien para mi irreconocible.

Lo acaecido entretanto en el país continúa pareciéndome un incidente menor de entrecasa que en nada afecta la continuidad del mundo verdadero. Ofuscado y molesto debí conceder de mala gana pequeñas entrevistas nada comprometidas, carentes de información explotable confiado en la rápida desaparición de mis declaraciones por avalancha de noticias del mundo. Cada mañana me despertaba esperanzado en encontrar un conflicto lo suficientemente importante para alejarme del foco de los corresponsales locales, haciendo de Uruguay un envejecido suceso de rotativas, olvidado sin apelación como pasan de moda las canciones. El tiempo pudo más, desaparecido de los titulares de primera página, relegado por curiosos cronistas latinoamericanos acreditados por error volvía a la rutina consular con la tranquilidad de trabajar en una oficina donde nada relevante sucedía. Algún pasaporte extraviado por compatriotas de paso, tres llamadas diarias –lavandería, amigos, peluquería, cosas así-, la espera cada mes del rubro para sueldos, afinar el criterio para seleccionar recepciones mundanas evitando con diplomacia -de eso se trata- encuentros irritantes y desagradables.

Formaba parte del país salpicado en cientos de ciudades, en mi caso una bandera descolorida por el sol implacable coronaba bufonescamente el tercer piso de un antiguo edificio en la zona de los negocios. Durante todo este tiempo nunca llegué a conocer la naturaleza y actividades de nuestros vecinos; supongo que ellos nos creerían un centro de refugiados de republiqueta bananera recién inventada. Las únicas conmociones ocurrían cuando un hindú vestido a la occidental se confundía de puerta, creyendo haber entrado en la recepción de la compañía aérea polaca que desde algo más de un año comparte con nosotros el piso en el antiguo barrio de Bombay. En este punto del mundo que es como decir de otro mundo, que mamá se agrave día a día o haya muerto resulta poco creíble e indiferente. Debo tomarlo como un elemento adicional del castigo administrativo que me destinó a esta ciudad inmunda donde la vida es poco más que el estado degradado y previo de la muerte, mientras el calor que huele mal licua las memorias más férreas.

Un subsecretario tan influyente como apasionado, celoso de un joven abogado pudo hacer estragos en mi alentadora carrera en las intrigas del palacio Santos. En leyes nunca escritas estaba la obligación de aceptar estos destierros curriculares con sonrisa diplomática: después de todo me formé para eso y nada podía tomarme por sorpresa. Viviendo esta última eternidad pasada, siento confundirse valores perennes e instituciones objetivas como sucede con las calles de Bombay, callejones, zaguanes, ventanas de madera por donde se filtra esa irritante música de entre tonos durante horas dilatadas que pierden despacio la luz como mamá apagó su vida.

La valija diplomática llegaba vía Europa, su frecuencia dependía de funcionarios de la cancillería desconocidos para mí. En los años recientes los advenedizos tomaron por asalto lugares guardados por una tradición despreciada, haciendo de la eficacia del correo y la ignorancia del inglés una cuestión de honor. Por temporadas parecían promover desde allá una cruzada santa editando bulas de victorias mínimas e ignominiosas para hacerlas circular urbe et orbi. En ese plan de repercusiones celestes Bombay tenía una modesta función aunque más no fuera de cansada divulgación. Recibimos con regularidad la deplorable serie de publicaciones lustrosas con fotos a todo color, reproducciones infinitas de escudos y banderas así como la integral de discursos olvidables sobre la esencia de la orientalidad, es decir sobre nosotros. A nuestra dependencia en Bombay por capricho infundado y abuso le asignaron media docena de ejemplares. En mi condición de destinatario, dudaba entre repartirlos a los esqueléticos santones elegidos que merodean el mercado de legumbres de la ciudad, sortearlos en algún té entre las otras misiones acreditadas o estimular el intercambio distrayendo un hastío compartido: dos ejemplares consignando la inauguración de un puente con presencia de escolares de la zona y el ímpetu de la caballería gaucha contra reproducciones correctas de Turner, antología de selectas intervenciones parlamentarias, con foto y currículum de los oradores por un registro de famosas arias en la versión de Alfredo Kraus. Con sentido práctico infrecuente, para evitar incidentes diplomáticos en el Indico ante la llegada de material cultural tan envidiado, opté por la santa cremación purificadora de efectos probados a la distancia.

El acuse de recibo era tan inmediato como lo permitían mis escasas obligaciones, cada tanto procuraba modificar las aduladoras frases de rigor al servicio responsable. Por simple curiosidad algo masoquista conservé alguna de las fotos que me parecieron más representativas, puedo justificar dicha debilidad por el conjunto de increíbles señoras sofocadas en nutrias, astracanes o visones, expresión de haberse quitado los ruleros hace pocos minutos y vigilándose, con especial rapacidad las ubicadas en la primera fila, unas a otras sin darse tregua. Supongo que compartir una recepción con esos nuevos ejemplares sociales habrá tomado ribetes de experiencia alucinante; es seguro que no quedaron desfiles de alta costura, vernissages ni peluquerías libres de su presencia. Pobre Marica y su formación inglesa con destello de corona mustia… Por causa del referido aluvión de testimonios destinados a hacer historia dejé de recibir directamente la correspondencia, mi secretaria se encargó de la primera selección dispensándome de bochornosas lecturas. Se les adivinaba tan firmes y emprendedores en su labor reparadora que ni estarían al corriente de nuestra lejana indisciplina. ¿A quién sino a un paria se le ocurriría envidiar un destino de agregado, de cualquier categoría, en un sitio llamado Bombay donde las cartas recibidas parecen trasmitir otra cosa de lo realmente dicho?

Cortados así los vínculos racionales con mi patria de origen, dediqué algo del tiempo libre de que disponía para regresar a un olvidado antiguo amor y comencé a escribir cosas que se acercan vagamente al teatro. En un delirio de impertinente imaginé escenarios, personajes más verdaderos que la realidad de la gente frecuentada por cuestiones de trabajo. Algunos días apenas produje un par de líneas y la lectura de lo escrito me dejaba insatisfecho, eran palabras sobre nada, de nadie, de alguien sin mucha cosa para decir. Hojeando aquellos libelos entendí que permitimos escribir a unos y a otros, permaneciendo nosotros imperdonablemente callados, corriendo el peligro de perder el pasado como quien dilapida una herencia. Lo sentía en mi poca vida escondida, en el despacho alquilado dando sobre una calle lateral y discreta de Bombay. Susana y los niños estarían en Arkansas viviendo con el ingeniero de caminos que los tomó a su cargo mientras yo me pierdo en la escena cuarta del acto primero de lo irrepresentable.

Algunos atardeceres melancólicos yo miraba el mapamundi colgado en la pared recordando los destinos de Fino, Agustín, Lezama, Conrado. Marqué con líneas rojas el papel uniendo las ciudades implicadas hasta formar un diamante irregular que sólo hacía brillar la lejanía. ¿Sería comprensible la rebelión de los palafreneros? Me entristecía el destino de las casonas del Prado que fueron el paisaje de mi infancia, en poco tiempo pasaron del silencioso recato centenario, con hiedra lenta reptando por los muros a inevitables enanos de jardín coloreados, faroles de luz agresiva para disuadir eventuales intrusos, noviazgos claudicantes preservando el patrimonio en peligro, enjambre de decoradores, camiones llevando muebles de Caviglia y antigüedades rematadas en Gomensoro, quebrando así la paz de una siesta prolongada por décadas.

Estando lejos tiene un sabor extraño el exilio de noticias del país, la ciudad religiosa donde agonizaba era de otros tan extranjeros como yo. Allí ejercía los pequeños vicios con resignado desdén, hasta me inventé al correr de los meses un alcoholismo necesario y ficticio que tenía en el gin el ingrediente recurrido. Como la caricatura de antiguos funcionarios británicos enrojecí la nariz, formé un abdomen de cócteles en un estilo informal que suponía trajes blancos de tres piezas y sombreros livianos. En el bar climatizado del Sheraton Hotel de Bombay moderno encontré la primera noticia indirecta de lo que podría estar sucediendo en casa.

Ese día habíamos convenido encontrarnos a las ocho de la tarde con el agregado comercial belga, el objetivo era tomar unas copas y organizar la partida de póquer del próximo sábado. Deseaba estar unos minutos en soledad acodado a la barra del bar en penumbras, llegué temprano a la hora acordada para nuestra cita, recuerdo que estaba en el segundo gin tonic cuando en el espejo del fondo del salón, distinguí a mamá tal cual era hace muchísimos años. Ella estaba hermosa, parecida a ciertos recuerdos cíclicos, idéntica a la foto suya que me acompaña desde la época de Caracas mi primer destino fuera del país. Me prometí que esa misma noche sacaría el retrato del maletín para tenerlo entra mis manos y verla tal claro como la vi en el bar: el medio perfil que más la favorece, pelo a la garçon, sombrero de ala corta proyectando una deliciosa sombra en los ojos sin impedirle el brillo de la juventud. Era seguro que la mujer reflejada en el espejo enorme era una turista de paso por Bombay, pero también era mamá hace algunos años. Si yo la veía así era porque en una región interior había dejado de ser el cónsul uruguayo en Bombay para ser el hombre que fui alguna vez.

Miré mis manos y las hallé envejecidas, los dedos amarillentos de nicotina dejarían caer cualquier juguete, el temblor más nervioso que alcohólico dejaría caer abalorios chinos de madera, soldaditos de plomo, esferas de cristal llenas de copos de colores suspendidos y en movimiento perpetuo, títeres de cordel heredados de abuelo, las mismas manos de mamá. Cuando devolvía la mirada del espejo a la realidad mamá se había evaporado del mundo, la mujer extranjera pudo ser una ilusión pasajera. Encontré la puerta abierta del bar que daba a la calle, un hueco de luz y calor por donde cruzó una ambulancia con la sirena abierta. “¡Paul, Paul, ici!” grité desde la barra del bar. El hombre avanzó con la torpeza de un levantador de pesas retirado dispuesto a recordar competencias olímpicas tomando un gin tras otro.

Olvidé si fue al otro día de la aparición o sucedió a la semana después de la mesa de póquer. La carta de Marica enviada por la valija diplomática más urgente decía que mamá había sufrido un ataque de hemiplejía intenso con complicaciones sin precisar. Mamá -lo sabía- preferiría morir sin ese injusto prólogo de moribunda inmovilidad que la condenaba a esperar su nada poblada de arcángeles sin hablar ni poder hacer nada. El médico de la familia, escribía Marica, diagnosticó una de esas situaciones incontrolables que pueden durar pocas horas como algunos años. De inmediato envié un telegrama a mi hermana informando que viajaría a Montevideo un día de estos, cuando el trabajo en el consulado me diera un pequeño respiro.

La obra avanzaba, finalicé el segundo acto, estaba satisfecho, ese optimismo de autor a medio camino y una nueva relación llenaron mis horas asignadas a indagar cosas fallecidas. Las cada vez más impersonales cartas de Marica decían de una situación estacionaria de la salud de mamá. Mi hermana hacía lo debido, cobrar las rentas, administrar el dinero, pagar deudas y gastos de la enfermedad, sentarse junto al lecho de nuestra madre para informarla del avance escolar de los chicos el último trimestre, acariciarle el pelo y peinarla, darle la papilla de la mañana, preguntarle si quería algo. Así hasta despedirse pretextando compromisos impostergables, era mucho más que lo hecho por mí a incorregible distancia; quería verla como en la fotografía evitándome la pena de contemplar su decadencia.

Desconozco si mamá esperaba algo diferente de nosotros dos y nos educó con la esperanza de otro comportamiento. Quizá en sus planes estaba envejecer como lo hizo y aguardar la muerte en soledad; su carácter combinaba ternura y rigor, ella decía que la familia era más importante que los destinos de cada uno de sus integrantes. Años después me preguntaba si dos fotografías, recuerdos fracturados y distancias absolutas formaban la configuración marginal de la familia. La única verdad incuestionable era tal vez aquella imagen indirecta de una turista en un bar de Bombay, proyección alucinada de años fugados de las manos. Aspiraciones postergadas como mi sueño de ser destinado en misión a Londres, donde jamás llegaré hundido como estoy en la vieja colonia del Imperio, arrabales miserables de la diplomacia y paraíso de los teatros de vodevil. Estaba solo en Bombay, mi carrera terminaría en este estercolero sin percatarme del proceso de deterioro combinado por efecto del calor y el gin tonic. Gracias a Dios pude anestesiarme en la molicie de la aceptación de la circunstancia. El deseo de alejarme del país, implícito a las funciones de mi vocación logró que me fuera del todo sin regreso completo. Tanta envidia recibida, tanta competencia desleal para irse a vivir lejos y cuando lo logré -demasiado lejos para intentar el retorno- sucede que era para beber gin a discreción. Un apellido reconocible entre iniciados y una fortuna hechos a fuerza de pura vaca en matadero, las mismas que aquí son animales sagrados, intocables, ironía complementaria de mi situación que prescribe aumentar la dosis diaria de gin.

Miro sobre el escritorio de mi despacho la banderita en miniatura con pedestal del mármol, comprendo nuestra vergüenza mutua lejos de la patria y las connotaciones heroicas de tan modesto símbolo. Miro a los ojos al sol ufano regordete hasta decirle que somos poca cosa en esta región del mundo; somos, soy, un presupuesto ajustado para gastos de representación, trajes a medida, comidas informales con mis pares, papelería y algún polvo exótico. Poca cosa, allá en la metrópoli cambiaban de presidente nosotros en Bombay ni siquiera bajábamos el retrato; dejé colgado al Juancho por dejar a un amigo y jugar a que lo sucedido en casa fue una pesadilla de resaca de gin. Mintiéndome que la patria fuera de fronteras estaba intacta guardada por el celo inflexible de los mejores entre nosotros; que a mí me correspondía organizar los temibles lanceros de Bengala aunque más no sea para salvaguardar el protocolo. La última carta vino acompañada con un pasaje. Previsores como debe ser habían dejado el regreso abierto, una vez más llegaría tarde a los momentos importantes de la familia que obviamente se habría encargado de los detalles molestos.

Además de acentuar el dolor retrasado mi presencia tendría como única finalidad práctica estampar las firmas requeridas por la muerte a su paso. Aceptando los pésames de los funcionarios allegados del consulado que me asistieron en los trámites previos a la partida, me avergonzaba de asumir mi ausencia en el último minuto de mamá, en el primero de cerrar los párpados para siempre sin haber llorado lo suficiente. Comencé así un retorno largo y lento, engarzado por fastidiosas escalas de trasbordos en varios aeropuertos; por primera vez en mi vida el equipaje despachado no excedía los veinte kilos.

Llegué a Montevideo el miércoles dieciséis de agosto de mil novecientos setenta y siete, decidí no ver a nadie en las primeras horas y ocultarme en la casa de Antonio que asumió la tarea de llevarme en auto a todos lados. La mañana siguiente llamé al Ministerio, mis superiores entendieron mi deseo de comparecer recién dentro de unos días. Supe que Susana había escrito, los chicos y el ingeniero estaban de campamento pescando en un Parque Nacional del medio oeste, ella enviaba las condolencias en nombre de todos. Como era de esperar estaba en los detalles, sin faltar tampoco en el final de la mujer que le hizo la vida imposible desde la tarde que se la presenté. La segunda noche cené en lo de Marica, cuando sirvieron el plato caliente los dos comprobamos ser unos imperfectos extraños. Nunca fuimos mejores amigos que hermanos y era insuficiente el recuerdo de las idas al campo, vacaciones cómplices cuando a los ojos ajenos parecíamos una familia.

Varias veces durante la velada nos sorprendimos mirándonos, buscando en ese pariente lejano transformado en un casi desconocido el lugar donde permanecieron fijadas conversaciones interminables, desbordantes de planes que para uno y otro quedaron sin concretar. Los proyectos luminosos, la voluntad para llevarlos adelante se extraviaron entre un par de escándalos mundanos tan ingenuos como intrascendentes, algún divorcio sonado y la reincidente violencia de ambiciones cotidianas. Ateniéndonos a las apariencias era absurdo declarar el fracaso fraternal del reencuentro, optamos por atribuir al omnipresente recuerdo de mamá y la tensión de las última semanas la mala cara que teníamos. A pesar de la educación esmerada que se nos proporcionó al momento del café no nos soportábamos, en pocos minutos de embarazoso silencio, pasamos a ser el único testigo que el otro tenía de lo realmente sucedido en años imposibles de olvidar, semiplena prueba de corroborar nuestra incapacidad para vivir felices.

Quería recorrer la casa de mi infancia por última vez. Antonio me condujo hasta la entrada, él sabe que pasé una pésima noche y tiene la delicadeza de esperarme en el auto. Lo primero que hago es caminar por el fondo y los jardines; es extraño, cuando estaba mamá todo era más grande. Ella defendía los hábitos como un estilo de vida, la idea tradicional de familia, hasta nuestra casa misma. Ahora volvía a enfrentarme a rejas herrumbrosas, empujándome a levantar las solapas de mi Calcuta, esconder la cara contemplando por última vez rosales descuidados plantados para ser eternos. Papá falta en los recuerdos hechos de lugares de la niñez, los cristales opacos y sucios de la barbacoa me devuelven signos deformados de una historia manuscrita en sánscrito vulgar.

Entro a la casa por la puerta de atrás como un ladrón de objetos intangibles, todo está desmantelado, se quebró un orden aprendido en la infancia y capto la presencia invasora del intruso. Subí, bajé, bajé y subí las escaleras de madera varias veces, en un lugar indeterminado de la casa pareció que alguien me llamaba y temí escucharme a mí mismo jugar a la escondida en uno de los cuartos. Una soledad total más despiadada que la muerte misma desterraba cualquier consuelo, adentro de la casa hace frío y está más húmedo que en la intemperie de los jardines. Miro el hogar involuntariamente buscando cenizas del fuego extinguido, las arañas con caireles de cristal están desarmadas pieza a pieza, embaladas en cajas marrones de cartón entre cajones desparramados de La Higiénica. Algunas puertas están rasqueteadas hasta la verdad insoportable de la madera, la cerámica de la cocina, que mamá importó de Italia aparece partida en los lugares donde arrancaron la vieja grifería. Algunos muebles rezagados de la violenta mudanza están enfundados en sus mortajas de rigor, en las grandes paredes se delinean los claroscuros asimétricos de una pinacoteca fantasmal. Mamá no hubiera permitido tener así de manchados los cristales, pero ella falta debajo de este techo y nada de lo contemplado pertenece esta mañana a nuestro apellido.

Prefiero ignorar quién fue el comprador, me deprimiría saberlo sin regatear pagando en dólares y al contado, como si durante años hubiera esperado agazapado bajo el porche el momento preciso para ofertar. A más tardar mañana a esta sala entrarán pintores, albañiles, en pocas semanas habrá bullicio de festejos y por las escaleras correrán otros niños ignorantes del misterio de la olla de hierro llena de libras esterlinas enterrada junto al castaño, la escapada de tío Jacinto con una sirvienta y tantos secretos que morirán conmigo. Es apenas una casa que cambia de dueño, pienso mientras camino pisando hojas de diario amarillentas y quebradizas olvidadas sobre el parqué hasta llegar al zaguán en sombras y atravesar la puerta. Afuera los escalones de mármol están limpios de hojas del invierno, los desciendo despacio disfrutando cada paso como si fuera la escalinata de nuestra Embajada en Londres.

Subí al auto y partimos en silencio, a las pocas cuadras nos atrapaba el tráfico de la ciudad cuando Antonio creyó que estaba digiriendo la despedida de pasos y cerrojos. Entonces se decide a hablarme.

-Mirá que hubo cambios importantes en el Ministerio, tu situación puede arreglarse… si estás interesado mañana mismo puedo iniciar ciertos contactos.

-El lunes regreso a Bombay, me sorprendí diciéndole sin haberlo dudado ni un instante.

-Estás desconocido, realmente no te entiendo.

-Sucede que ando en la mitad del último acto.

Durante el resto del viaje con Antonio no intercambiamos palabra, como hacemos con el amigo Paul en el bar del Sheraton Bombay mientras bebemos el tercer gin tonic especialidad del barman.

Nieve celeste cae sobre Eskimo Point

Ah mia patria si bella e perduta!

Oh membranza si cara e fatal!

Coro de Nabucodonosor

-22h.04-

De lo único que estoy seguro en esta vida es de que jamás iré a Eskimo Point, antes de conocer la historia de la enfermera Ivón ignoraba la existencia de un punto del planeta que llevara ese nombre. De niño creía que la nieve imitaba los copos artificiales adornando pinos navideños hechos de alambre en los países cálidos; efecto especial para películas de colores tenues con alpinistas tiroleses, que los austriacos colocaban en la cumbre de las montañas más altas. Con el paso de los años la experiencia me sacó del error infantil, en aquellos días veía en nieve y hielo vastos territorios para incitar expediciones en solitario hacia ninguna parte. Configuraciones demoníacas de la materia acortando la duración de los días enturbiando el resplandor del sol en derrota imponiendo el imperio invicto de noches interminables. El hielo era el dominio donde los niños usan orejeras, llevan puestas cuando salen manoplas marrones, esas forradas de piel de conejo para evitar que los meñiques se desprendan por congelación, moldean muñecos blancos redondeados que adornan con sombreros viejos y escobas atravesadas. Un lugar ficticio donde la nevada nocturna cubre por completo vehículos particulares dejados a la intemperie, obligando a despejar las veredas a la mañana siguiente con palas especiales.

El frío era la sospecha de espacios inhóspitos donde la vida se organiza entre osos pardos hambrientos y bosque de coníferas centenarias, en cabañas de troncos rematados con chimeneas de piedra por donde sale humo azul de leña seca. Imaginaba que cada tanto, por peligrosos senderos estrechos y pendientes del alud traicionero, descendían soldados espectrales sobrevivientes de antiguos batallones, vestidos con restos de uniformes raídos de diferentes épocas. Los pies descalzos envueltos con trozos de rasgadas casacas militares rapiñadas a soldados muertos. Arrastrando parihuelas improvisadas entre el barro y donde a los cuerpos gangrenados de reclutas malheridos se les cristalizaban de color rubí la costra de sangre de tajos de sable, el boquete abierto por mosquetes a quemarropa y el surco calado de bayonetas ferruginosas hincadas con fiereza en la carne.

Dejando otras la infancia, hubiera imaginado así ese punto del frío que se proclama punto desde su mismo nombre. Después de varios años alejado del país -acogido por inviernos civilizados en el norte europeo y luego de conocer lo sucedido en Eskimo Point- acepto que la nieve es el estado más triste y melancólico de la naturaleza. Odiosa mutación del agua arrastrada a temperaturas inhumanas, prisionera por siempre de las cimas soberbias que nada serían sin esa blancura cautiva y pese al simulacro de fuga que ensayan cuando pega el sol de primavera. El hielo es el peor destino para los hombres friolentos de la costa chata con arena amarilla, nacidos con la angustia de vivir donde los horizontes prescinden de enormes cordilleras a escala para probarse a sí mismos. Sin interferencias entre la mirada y la disolución de las distancias, condenados a un avanzar incesante: exonerados de la pregunta sobre qué mundos desconocidos existen detrás de las cumbres eternas. Más allá siempre está Eskimo Point el lugar, las palabras que sueñan Eskimo Point. Es también el nombre evitado del informe con aspiraciones enciclopédicas que redacté a lo largo de los últimos siete meses. Esas dos palabras, el sonido en cuatro tiempos que se adhirió a mis pensamientos igual que las costras rubí de infanterías entrevistas en sueños regresando de batallas perdidas y éxodos de derrota. Del mismo modo quedará al descampado la verdad, pasando las montañas inatacables con la apariencia de relato de mediana extensión, fosilizado como un celacanto a la espera de ser descifrado algún día.

Me reconforto recordando que deseché el episodio, sin permitirle la excusa de mi conciencia profesional requerida de acotar su objeto y reconocida seriedad de investigador, haciendo del trabajo un todo cerrado e inexpugnable de cifras contundentes. Prolija confección de cuadros estadísticos, sin intersticios para la prosa sentimental que tiñera de emoción amarga las conclusiones y mermando el impacto racional. Donde sea, ante quien sea sostengo que la función de las ciencias sociales, cuando se trata de colectivizar información, es más útil y eficaz que cualquier interpretación impregnada de subjetividad o testimonios pergeñados en raptos de dudosa inspiración. Ahora que pude desprenderme del trabajo y debería estar liberado de tensiones emocionales regresan las letanías de Eskimo Point. Fue hoy, que debió ser el día señalado para salirme del asunto y desprenderme de los detalles. Error.

-22h.39-

Debo comenzar por lo sucedido esta tarde, supuesta la humildad implícita del trabajo académico fue confusa la sensación de saber a mi cuerpo incluido en la presentación del libro. Con el apoyo financiero de La Fundación concretaba mi aspiración de ver el informe transformado en tomo contundente, objeto multiplicado que saldrá de mi vida confiscando recuerdos queridos, sentimientos hostiles y silencios inexplicables. La última parte de la operación resultó más sencilla de lo esperado, tenía gracias a la experiencia en el extranjero una agenda nutrida, la fortuna de conocer el interior del sistema de producción editorial y fuentes de financiación para dar el paso al libro. Me aseguré un prólogo inobjetable de un compatriota exitoso con ambiciones de tener más notoriedad, una editorial cumplidora y el respaldo institucional del exterior dieron el convincente toque final. El círculo cerraba de manera perfecta con un medio sensible a un trabajo con tales características; que depondrá el espíritu crítico, resaltando (tengo firmes promesas al respecto) mi (reconocido) rigor en el manejo de información, la (apabullante) diversidad y amplitud (años de búsqueda) de las fuentes consultadas (sin olvidar detalles), la oportunidad (se trata de un trabajo imprescindible) y pertinencia (en momentos cuando el olvido programado comienza su tarea) de semejante trabajo (rescata una zona oscura del pasado del país), la utilidad para la tonicidad de la conciencia colectiva y necesidad de saber. Lo que nadie sabrá es que allí falta la anécdota trivial incinerada en el horno crematorio de Eskimo Point frente a cuatro testigos, que retorna a mi existencia sin explicación ni razón, siendo una nave negra cargada de animales condenados al sacrificio.

El libro se presentó hace unas horas, con cara circunspecta escuché intervenciones halagadoras y a mi conciencia fatigada regresaron situaciones durísimas que otras veces me dejaron triste, abatido, vacío, sin respuesta. La descarga por escapar de tantos meses de trabajo obsesivo, la satisfacción científica y moral debieron contentarme. Pesaba sin embargo la ausencia de la carilla desestimada en el libro, siendo tarde para reparar lo que puede ser considerado un error de mi parte intentaré incorporarla de manera clandestina en la diskette. Como si de verdad la historia pudiera alterarse con el deseo y la entrega a la imprenta estuviera prevista recién para mañana. La excusa consiste en comprobar si ahora el asunto resiste el tránsito de la oralidad a la escritura, hasta convencerme de que la historia está de verdad integrada al libro presentado. El testimonio sobrevive apenas en mi cabeza, ninguna grabación archivada puede ayudarme, el relato flota en algún lugar improbable fuera de mi memoria, fugitivo, congelado en otro estado de las ideas y recuerdos. Se alterna como agua entre ebullición y cristales inadvertidos a simple vista. Si decido postergar la corrección hasta mañana, la anécdota se instalará en mi tomando la apariencia de un recuerdo propio. Es pensando en algo que está acechando en el futuro que debo resolver el entredicho sobre la pantalla del ordenador. No es de las historias más originales que me fueron contadas, tampoco de las dolorosas si por una escala el sufrimiento pudiera medirse con exactitud. Le reconozco una melancolía intrínseca sin enseñanzas posteriores y el nudo que logra hacerme en la garganta. La modestia uniforme de negarse a salir a la intemperie, una vergüenza de provocar lástima e incitar pensamientos de justicia necesitada de sentencias escritas sobre papel. Es noria despiadada moliendo el grano derrotado sin nada para demostrar, la aceptación mansa y sin lágrimas del final desfavorable de una partida de cartas jugada mientras se espera el tren atrasado en un ramal desafectado.

Dudo si mediante este procedimiento subrepticio traiciono mis métodos de trabajo, cediendo con facilidad a la introspección fluctuante de la Macintosh con ratón incluido; si fuera verdad como afirma la propaganda que los caracteres fluorescentes, oscilando en el cristal líquido de la pantalla conectan pensamiento y escritura. Será por esa protección tecnológica que pretendo descongelar la anécdota mientras dure la noche y hasta que el sol de la mañana la encuentre aguachenta llevándosela para siempre. Quiero convencerme pues desde hace unos minutos mis pensamientos y signos titilantes en la pantalla son lo mismo, mis manos incitan al rumor y los dedos teclean mientras me repliego a la neutra función de ser canal de paso.

-23h.11-

Me llamo Luís Alberto Batlló y soy abogado, estudié leyes y después sociología porque eran a mi criterio lo más cercano a la Historia –es lo que siempre me interesó- con posibilidades de tener trabajo. Como tantos compatriotas quise modificar mi pasión por la historia desde el interior, pasé años estudiando leyes y códigos de una sociedad que se desmoronó sin estruendo. Fui un ptolomeico al otro día de conocerse los trabajos de Newton sobre la gravitación universal, luego de memorizar leyes de la patria Oriental sin ninguna incidencia fuera de fronteras, debí adiestrarme de urgencia para otras sociedades y ello sucedió en las afueras de Gotemburgo. Allí aprendí la sutileza de los matices del frío practicando por años un ejercicio neurótico de ciencia ficción que rastreando preservar estructuras pasadas logró desdoblar mi cabeza.

Cuando escribía “Suecia” en los controles trimestrales pensaba Uruguay, mientras pronunciaba “funcionarios de Upsala” veía obreros de Funsa apaleados por coraceros uruguayos de pura cepa. En tanto evaluaba planes de educación para adolescentes nórdicos, recordaba los recreos en el liceo Elbio Fernández y cuando luego de grandes esfuerzos hablaba sueco con cierta corrección –que me enseñaron monitores con paciente cariño de incipit vita nouva- me regodeaba en recuperar las variantes antigramaticales del habla montevideana. Esa obligada reconversión produjo dos efectos: que fuera un mediocre estudiante extranjero reciclado y un sociólogo que teorizaba a media lengua, el inglés que hablo y escribo correctamente me ayudó en la travesía. Lo que al comienzo fue dura militancia, pronto se volvió deseo de forzar lo aprendido buscando saber qué fue de verdad lo que nos pasó a los uruguayos. El daño estaba hecho y habrá que esperar años para conocer la verdad última, las respuestas que busco siguen sin llegar y otros serán quienes las formulen; nuestra fracasada generación, destinada a no llegar a ninguna parte tiene la oscura tarea de repetir las mismas preguntas sin olvidar las pendientes. Mi película dolorosa sólo para mí es la de tantos y puede resumirse sin omitir detalle en un verso de tango: batida, celular, viaba y gayola. Los cuentos de salida tienen base simple y un tinte homogéneo proveniente de circunstancias similares, debidas a un clima de violencia cotidiana alejado de nuestras preocupaciones como las patriadas del siglo pasado; por el contrario, ningún regreso al país fue parecido. En ese otro viaje lo idéntico del comienzo se difumina para dar paso a historias cada una diferente de las otras, como si se tratada de una noche de verano para la cual está predicha una lluvia de meteoritos provenientes del norte, que resplandecen un instante y luego desaparecen de nuestra vista cuando el mineral deja de ser incandescente al entrar en la atmósfera.

Me llamo Luís Alberto, tengo una esposa rubia y alta que adopta maneras irracionales de drogada cuando escucha una comparsa de tamboriles uruguayos. Nuestra hija adolescente nacida allá y mientras espera tener los años suficientes para mandarse mudar a su país, se disciplina cada día en el desdén de algunas costumbres nuestras, en la reiteración de una idea fija: la felicidad está en otro lugar. Allá, el lugar donde quiere marcharse nuestra hija única yo tenía un buen puesto de trabajo incluso envidiable para los propios suecos. Sin embargo, un sábado de tarde decidí dejarlo todo cuando acepté la oferta de volver, por tres años, a coordinar una investigación sobre las secuelas del exilio y los problemas de la repatriación en el marco del convenio entre la Universidad y una fundación dirigida por democratacristianos europeos. El proyecto tenía algo de apuesta controlada, tres años de trabajo seguro pagado en dólares y después se vería.

En pocos meses entre carta que va y postal que viene, para mi sorpresa, el asunto se concretó. Luego se sucedieron las despedidas que los amigos nórdicos, con filosofía vikinga, sabían definitivas a pesar de mis tibios argumentos en contra. Las explicaciones esquivas justificando el regreso, por el contrario aceleraron la contratación de billetes y conteiner con empresas de transporte, las cartas diseminadas sin criterio a compañeros de la juventud avisando la vuelta, la transferencia de la cuenta bancaria, contactos telefónicos con inmobiliarias montevideanas para informar si era más conveniente comprar o alquilar. Uno cree que regresa mientras muda de vida, pega el paso atrás hacia la muerte más dulce soñada durante años de ausencia dejando el mundo en el mismo lugar donde lo conocimos. Había pasado demasiado tiempo para suponer una revancha personal y años suficientes para decidir yo mismo si quería irme del puerto del exilio. Me encaminé a una experiencia parecida al aterrizaje de un Boeing marcha atrás, con las economías solucionadas a medias pensé que lo demás vendría por añadidura durante un pausado acomodo.

Desembarcado en Montevideo apenas pasados los días de confusión y emociones, cuando mi asidua presencia dejó de ser sorpresa y habiendo visitado añorados rincones de la ciudad, una querida amiga me avisó que estaba vacante un grado cuatro de Sociología en una Facultad. Era claro que cubría el perfil exigido al candidato hipotético; con sentimientos cruzados, provocados por la ventaja de haber trabajado afuera durante años difíciles me presenté, convencido de que mi aporte sería útil en la nueva etapa de la enseñanza superior. Para mi asombro, casi de inmediato fui apelado por uno de los órdenes del cogobierno; se chimentaba que estaba financiado por una entidad extranjera y alguien –de quién insistieron en darme el nombre- llegó incluso a pedir por Cancillería antecedentes detallados de mis ingresos en Suecia. Sin batirme a fondo, debilitado por la sorpresa, tocado a fondo por una actitud impensable en las jornadas de lucha por la Ley Orgánica de la Universidad, acepté a regañadientes la incorporación de novedosas reglas de juego académico; otras actitudes de la gente me dije y reconocí que el trayecto hasta las aulas sería más azaroso de lo supuesto. Buscando compensar el tropezón con la enseñanza superior y el contacto desencantado con la realidad del desexilio, me concentré con tesón en el trabajo para el que había sido apalabrado.

El conflicto medular era la diversidad de materiales y la necesidad impuesta de hallar elementos comunes, cada caso era diferente formando episodios laterales de una trama que lograban hundirme en pozos depresivos. Recién ahora, alivianado del lastre semejante al arqueo de un sótano abandonado, comenzaré a vivir en mi país sin depender del recuento interminable. Un largo sueño donde el cuerpo descansaba sobre una superficie mullida en la Montevideo reconciliada mientras mi cabeza marchaba sin rumbo por un atlas demencial. Yendo y viniendo a lo loco de un país a otro, oyendo en el cerebro el sonido metálico de un fichero cerrándose con violencia dentro del cual se multiplicaban informes densos, abrumándome sin descanso mientras escalaba laderas en pendiente de cartulinas cuadriculadas, manuscritas con bolígrafos de colores diferentes para cada sector de información. Era pretender controlar una explosión, mirarla en su totalidad sin bajar los párpados, sin que ningún destello escape a la tentación. Debí deponer efectos haciendo de cada testimonio reciclado un cuento salido de una matriz común para explicar lo inexplicable, empezando por mí mismo y era la desesperación inadvertida por mis colaboradores. Me coloqué en la situación de recibir cuentos antiguos de siglos, trasmitidos de boca en boca, de pago en pago de la vieja Provincia Cisplatina; así avancé hasta que tuve sobre la mesa de trabajo las piezas de un puzle que debía armar sin conocer la figura que resultaría. Lo consideré aporte pertinente para defender mi estabilidad emocional, atajo que dio sentido a cuentos fantásticos que muchas noches me dejaron en vela con la menta vaciada y otras borracho con jaqueca durmiendo poco en un sofá incómodo. Bueno sería que cuando todo está terminado regresara sobre las base metodológicas de la mezcolanza publicada, ni a justificar conclusiones sobre las que sigo dudando, no es el momento. Que el libro se defienda solo si puede, esta noche que comienza lo visceral es el material descartado y recorte silenciado de la indagación.

-23h.55-

La historia excluida comenzó cuando coincidieron dos situaciones conectadas a mi investigación: la tarea relativa al trabajo de campo, el interés en un aspecto del proceso que me comprometía por haberlo vivido y pienso en el sentido de dispersión similar a la explosión de la nova enana en una esquina del universo. A cada paso avanzado, verificaba con estupor la multiplicación de lugares hacia donde disparó la gente eyectada de Uruguay. Extraña reacción me parecía, como si el instinto de preservar una memoria se hubiera impuesto un oscuro deseo de destrucción apelando al recuerdo de la fragmentación, partiendo la cabeza en miles de esquirlas. Había causas cercanas a la visión de la muerte personal y muertes humillantes de amigos en la soledad absoluta, otras rondando el miedo, asomaban explicaciones sociopolíticas a granel e infinitos temores de pellejos concretos instigando a la resolución nunca libre del todo de marchase bien lejos.

Esa lectura me dejaba insatisfecho por ser evidente, explicando la casi totalidad de los gestos de fuga excepto mi incomodidad carcomiéndome. Manejaba con información firme la conducta migratorio de especies y colectividad, en nuestro caso la resultante era una dispersión conduciendo a la soledad depurada y total. Sin molestos vecinos extraños salidos de películas de Polanski, aprendiendo las correspondencias del Metro debajo de capitales lejanas, calculando horarios de apertura de los grandes almacenes cuando comienzan las rebajas, diciendo agua según el acento del lugar donde nos acuciaba la sed. Pensar en ello era considerar mi propia liberación, buscaba incorporar a la explicación del proceso sucedido a los otros vergüenzas que me abrumaron cientos de tardes idénticas. En los salones impecables de comedores universitarios, refugiado detrás de lentes oscuros de ciego, sintiéndome mayor para estar ahí callado, mirando a jóvenes estudiantes nórdicas sacarse anoraks de colores mientras se acomodan sonriendo en las mesas centrales del salón; siempre amparado junto a los ventanales, sabiendo que el calor de los radiadores de energía atómica era distinto al del sol de la patria. Esta madrugada sigo siendo un exilado, guardo en el fondo de la mesita de luz los papeles de refugiado político desde el primero de los documentos sin haberme atrevido a quemarlos cuando decidí la vuelta al país. Ciertas noches los releo despacio por las dudas y preparándome para otra pesadilla de expulsión.

Mi caso considerando la incumbencia de mis recuerdos eran obstáculo en el proyecto de formular el paradigma de la matriz buscada. En la forma recordada de los relatos -según fui sabiendo a medida que me documentaba- quien cuenta asume la función y responsabilidad de ordenar los elementos, uno de los cuales resulta el mismo narrador y estaba sin fuerzas para organizar tanta desgracia acumulada por oleadas sucesivas. Desde entonces me preocupó la interferencia de la introspección, que disimulé de múltiples maneras empezando por la inutilidad de querer restarle importancia y comencé en consecuencia por aplicarme yo mismo el modelo. Los ancestros son de una aldea de Piamonte por la parte materna y de Mataró en la costa catalana por la paterna. En el corto trayecto de dos generaciones, hasta la ortografía del apellido familiar perdió algo en el camino; Batlló, Battló, Ballió… vaya uno a saber. Hace cien años era diferente al escrito en mi documento de identidad, la anomalía está en algún punto entre la parroquia catalana administrada por un mosén miope, mi abuelo analfabeto hijo de payeses con hambre de pan fresco y un funcionario sordo en un día de mal humor en los juzgados de la ciudad vieja de Montevideo a finales del siglo pasado. Es una conspiración enorme la supuesta en esa secuencia de hechos para creer que un apellido pueda sobrevivir tanto equívoco sin ser desvirtuado por la costumbre. Haber nacido aquí me dio a la vez una memoria limitada y dos otras genéticas encontradas por herencia, tirando cada una para su lado: “tiene la frente de los Batlló”, “pero las orejas apantalladas de la parentela italiana”. Me sentía el precipitado híbrido de una alquimia de migraciones, factor transitorio de experimento aproximativo a medio terminar. Por esa irreconocible pluralidad, cuando me llegó el turno de ser expulsado de la memoria sólo mía no busqué remontar el curso de las memorias familiares ni un profundo arquetipo de reconocimiento entró en crisis.

¿Cuáles fueron las razones por las que evité las dulces estribaciones del Piamonte y jamás subí a un tren que me llevara a Mataró cuando alguna vez llegué a Barcelona en condiciones favorables? Había al comienzo dificultades objetivas como para elegir con felicidad un destino siendo innegable un persistente aire de rechazo, siempre se es el extranjero en todas partes. ¿Por qué contradije una conducta inflexible de cualquier animal desde los elefantes a los salmones salvajes del Yukón? Era la versión invertida del mito de pueblo elegido, el designado para probar que era posible una diáspora disolvente. Prueba viviente de que los grupos humanos -en especial los orientales- pueden desaparecer de la crónica leve de los hombres y que el recuerdo nunca es de los otros. Es pasión ficticia e inicio de la muerte pretender vivir de memorias prestadas, en los antiguos cuentos el héroe es invitado a abandonar la aldea principiando la aventura imprevisible. A pesar de todos los caminos tentadores del viaje de iniciación hacia la maravilla, nuestro personaje guarda un recuerdo de aquello que escuchó de sus abuelos que a su vez lo oyeron del padre de su padre. Puede entonces encaminarse a la aldea A y también a la B pues a ambas las conoce a la perfección por cuentos recurrentes de la infancia. El actor de la trama armándose tiene un momento de duda, no es lo que puede decirse un A puro ni un puro B: es ciudadano C. Impedido así por X razones de permanecer en C decide marcharse, tiene que dirigirse a vivir en la aldea K, uno de los infinitos K porque K nunca será un punto final del trayecto: K es el mundo.

Hubiera sido cruel aunque atinado que a los indeseables nos hubieran enviado juntos al norte de Australia, como vinieron para aquí en masa italianos y españoles. Los anfitriones nos querían dispersos por la tierra para evitar reclamaciones diplomáticas; hubiera sido bonito, a pesar de la vigilancia y equidistancia sanitaria adecuada a los apestados, saber que ensayamos un mecanismo de integración donde proliferaban restaurantes Rodelú, zapaterías Nueva Montevideo, panaderías La Flor de la Curva y clínicas dentales Punta Gorda, el ghetto hacerlo de verdad hasta formar el Urutown de ciudades monstruosas. Ese proyecto faltó en la desesperación del abandono, ningún país nos dio un barrio para nosotros como en París hicieron con los vietnamitas adinerados; a lo máximo nos permitieron confundirnos con otros latinoamericanos que aseguran que somos melancólicos y nos apabullan con música de salsa bebiendo aguardiente de la caña de azúcar. En curioso proceso de obligación y decisiones inminentes hicimos como los pingüinos ante el peligro. Nos tiramos sin pensarlo de cabeza al mar yendo directo a la muerte, ahogando de una vez por todas la memoria de A más la de B, también la memoria de C y prontos a ser los K. En esa desbandada, quienes llegamos sin planearlo hasta las proximidad del frío polar no morimos de nostalgia, permanecimos congelados hasta que pasara el tiempo y empezara el deshielo bajo el sol conocido. Añorado en la desesperación de ventanales abiertos a terribles cielos grises, entre gente desconociendo la tibieza del solcito primaveral pegando en árboles ásperos de la plaza Matriz en la manzana donde flctúa la ciudad vieja de Montevideo.

-00h.31-

El trabajo consistía en el encuadre estadístico de consecuencias siendo la traducción de lo incontable al paradigma, algunas tardes olvidé las verdaderas causas del desastre que intentaba ordenar como si maniobrara con la contabilidad de una mercería de barrio. Otras, tampoco tenía claro a cuáles consecuencias me refería y la pregunta reiterada fue si era posible rearmar una memoria colectiva dispersa. Era observar un escritor a quien, camino de la editorial, se le caen de las manos los folios sueltos de una novela sin encarpetar ni numerar en medio de una plaza cruzada por una ventolina rapaz haciendo volar las holandesas errantes. Pasada la primera impresión, en el momento de reconocer la página inicial del manuscrito anegada en un charco sucio, el malogrado autor sabe que será imposible reescribir la novela ni recuperar la totalidad de hojas poseídas arremolinándose cerca suyo, exoneradas de la continuidad impuesta por el argumento. Sentado en la vereda el escritor tocado por la fatalidad se resigna a la casualidad que le reintegra hojas aleatorias a su alrededor. A paseantes comedidos que le devuelven minucias del botín del viento sur, acepta recobrar fragmentos inconexos, leyendo como si fueran de otro las frases incompletas, intuyendo en tres palabras finales presuntas oraciones estupendas y acreditando por ausencia la añoranza del valor raro del texto perdido para siempre.

Siendo uno de los fragmentos de la memoria, diseñé con perfección maniática y envié por correo certificado a cientos de personas un juego de formularios, inspirados en un programa de estadística social que compré en Londres hace mucho tiempo. Ello sucedió en una oficina siniestra de la calle Misiones, alquilada en nombre de la Fundación solidaria compartiendo piso con rematadores, consignatarios de ganado, asesores de marcas y patentes; allí realicé durante meses cientos de entrevistas, leí miles de cartas, evalué testimonios y escuché. Algunos datos quedaron consignados en artículos dispersos, sendos adelantos de la investigación en marcha y que serían para informes parciales con resultados provisionales, balances aproximativos, aciertos y errores a lo largo del camino.

Otras veces, la propia tangente del trabajo y el armado dificultosos del tramado nos reunía en asados fervorosos, organizados con regularidad entre gente en situación parecida, encuentros donde niños forzados a ser orientales por la tenacidad volvedora de los padres, jugaban a la pelota pronunciando interjecciones políglotas como si se tratara del jardín de infantes de Babel. Los veteranos sentíamos un agradecimientos cauto por estar juntos, removiendo brasas del fuego patrio, templando la piel del vientre igual que tamboriles antes de la llamada del Cordón. Vigilando la altura de la parrilla y la cocción de las achuras, comentando cómo es posible que los carniceros del resto del planeta corten el costillar del novillo de manera distinta a la criolla, que tiene la perfección de la evidencia. En estos cruces mundanos de cielitos recuperados y noticias atrasadas dejaba de ser el encuestador autorizado en misión. Con unos vinos soltaba la lengua reclamando sin decirlo el derecho a contar mi propia experiencia, gesto que por función circunstancial -sabida por los otros invitados- me estaba relativamente prohibido. Intentarlo hubiera sido mal visto y desubicado, de hecho fui el depositario de confesiones embromadas de verbalizar, siendo la persona en quien hicieron confianza para contar la bueno y lo peor vivido lejos del terruño.

El mareíto buscado mediante los whiskies del aperitivo me dejaba un margen respetable de temas para conversar sin herir susceptibilidades de compañeros encuestados por mí. Uno de los sábados en cuestión, después del almuerzo, ahíto de achuras, carne y ensalada andaba medio abombado caminando de un lado para otro en el inmenso fondo de la casa que tocó ese día para la reunión. Deambulando sin objetivo con un vaso de vino tinto en la mano, sonseando con mis cositas, dándole vuelta al avance del proyecto que acometía los últimos meses y empezando a preocuparme por el futuro personal, digamos que estaba envejeciendo. Al rato me senté a la sombra de un ceibo reventón de inconfundibles flores coloradas, en una hamaca de metal pintada de blanco. Esas que tienen un toldito plegable de lona verde pálido de restaurante vegetariano y almohadones duros, pesados, desacomodados en sus juegos de volúmenes sin los botones del centro. Estaba pronto a sucumbir a la tentación de una siesta de aquellas cuando advertí que se acercaba una mujer, lo primero que me llamó la atención fueron sus zapatos negros de taco bajo, muy cerrados para el mes en que estábamos, como si buscara aprisionar los dedos de los pies.

Ella dijo “se puede” y sin esperar otra respuesta que mi mano levantada con el vaso de vino se sentó a mi lado. A pesar de su cuidado los fierros de la estructura igual se resintieron, haciendo oír el contacto de un cuerpo extraño y la hamaca, acostumbrada a mi peso, durante unos minutos intensificó por inercia su movimiento. “Hace días que llevé el formulario bien completado a la calle Misiones. Quédese tranquilo, puedo distinguir entre horas de trabajo y de descanso.” La última evaluación de la mujer me pareció ambivalente, ella reconocía el valor de mi tarea considerándola a la vez poco menos que una tontería burocrática. “Me llamo Ivón, soy enfermera, fui enfermera. El formulario once setenta y siete, original y tres copias. Le jugué varias veces a la quiniela sin suerte. Quiero contarle una historia de la que fui testigo en un hospital donde trabajé cinco años, tres meses y siete días. Es la primera vez que me animo a hacerlo, estuve tentada de escribirle una carta pero después de pensarlo me dije que era absurdo, si la historia quedara por escrito sería apenas otro dato a considerar. Quiero que guarde su condición de mentira piadosa y cosa oída perdiendo la aureola de secreto saliendo de la muerte, hoy que tenemos un sol tan bonito para que el olvido tome aire. A usted lo reconocí en cuanto llegó, asistí a una mesa redonda en la Asociación Cristiana donde participó con tino, discreción y prudencia. El formulario me lo hizo llegar uno de sus colaboradores. Vengo poco a estas reuniones a pesar de ser una vieja conocida de la dueña de casa, de cuando había confiterías elegantes en la avenida 18 de Julio. Le dio duro al tinto durante la comida, en esas condiciones quiero aprovecharme, sorprenderlo con la atención en guardia baja y modorra digestiva. El lunes me negaré a repetir cualquier cosa que pueda decir ahora así que trate de no dormirse.”

Levanté por segunda vez la mano con el vaso de vino ahora vacío en señal de asentimiento resignado. La había mirado una sola vez de frente y acomodé mi cuerpo de perfil fijado en la voz sin distraerme en minucias dispersantes. Miraba hacia un frente indefinido y ella se acomodó en uno de los rincones de la hamaca. Yo veía el grupo de gente allá lejos figurándome una escena campestre para un acuarelista inglés aficionado, hice el gesto simiesco de tomar la última gota del vaso vacío. Al querer dejarlo sobre el monolítico vi que junto a la pata de la hamaca había una botella de vino abierta sin tocar. No recordaba haberla traído y era de mi bodega preferida como lo venía probando desde hace tres horas, me serví un vaso tan lleno que me obligó a llevarlo hasta los labios con sumo cuidado. Cuando la cota de tinto dejó de ser peligrosa entre mis manos recosté el cuerpo en el respaldo dejándome caer admitiendo la fuerza de una trampa.

La hamaca recomenzó a balancearse creo o era mi cabeza que daba vueltas a lo ciego. “¿Tiene alguna idea por dónde cae un lugar llamado Eskimo Point?” Las dos palabras finales de la mujer sonaron con la distante premeditación del título rebuscado de un relato exótico, sólo por eso jamás iré a Eskimo Point. Es seguro que a la historia contada aquella tarde por Ivón le recorto detalles decisivos, seguro que olvidé circunstancias dándole sentido secreto al relato, agregué matices aleatorios de mi propia cosecha convencido de su existencia al suceder los hechos. La memoria es cualquier textura temporal excepto algo vinculado al presente y está acechando en el futuro.

-00h.58-

Mientras avanza esta noche irrepetible durante la madrugada del ego satisfecho -tan propicia a marchar contracorriente- sólo ante el zumbido de la Macintosh soy el viajero a quien correspondió en suerte contar su historia para entretener a los peregrinos fatigados en la ruta del regreso. ¿Qué harían los caminantes los minutos inmediatos después de ver pendular el botafumeiro de la nave central en la catedral de Santiago de Compostela? La mujer cuya voz llegó con el desarreglo del vino es parte del cuento que incluye un narrador y una enfermera de nacionalidad Oriental frisando la cincuentena resultó ser la intermediaria que la historia se procuró para sobrevivir. ¿Qué delicadísimo bordado de palabras brujas pudo que, tres días sin fecha anegados en el discurrir del mundo resistieran la avalancha de hechos, el aturdimiento de gritos que precipita al olvido? ¿Cómo hizo para desplazarse en el espacio, volar por encima del tiempo nublado hasta infiltrarse entre estentóreas sentencias de la Historia grandilocuente, novelas prodigiosas de extranjeros y disponer escribirse ella misma en la noche que avanza?

La situación me recuerda a los enfermos que pasan años en estado de coma y en quienes una perceptible actividad eléctrica de la corteza cerebral diferencia la vida de la muerte. Sería irrisorio presentar lo sucedido con la apariencia de informe estando plagado de inexactitudes, en inadmisible egoísmo tampoco la quise comentar a mis amigos escritores, temeroso de que la esencia terminara estropeada por circunstancias forzadas y esa nada sucedida resultara una versión deformada de la verdad. La sola idea de ser otra articulación necesaria para el proceso de supervivencia narrativa me aterroriza. No soy yo, es ella quien cuenta y quedo fuera por segunda vez a pesar de que sean mis diez dedos transcribiendo sobre el teclado.

-01h.43-

“En la prehistoria de nuestro presente, en la corta era de una vida mi situación estaba distanciada de los barullos políticos. Ya ve usted, las definiciones pierden pureza… pasado el tiempo terminé actuando en solidaridad con el dolor compatriota como una militante cercana a las ideas de Enrique Erro. La crisis profunda atravesaba mi departamento de la calle Cavia en Pocitos, después de doce años de matrimonio y habiendo vivido bastante de esos años en mutua demolición con mi marido un buen día decidí divorciarme. Como dicen en las películas de vaqueros, sentía que el pueblo era demasiado chico para que pudiéramos vivir los dos para compartir el Saloon.

“A mis cuarenta años cumplidos me hallaba en una situación por lo menos irregular, la vida continuaba igual de inocua menos un marido, odiarnos con lenta pasión y hacer el amor habían quedado atrás en los calendarios. Pasé meses de dudas y miedos anexos a la separación y al ocurrir fue decepcionante por la ausencia evidente de secuelas terribles. Viví los primeros tiempos en tonta resistencia y mentalidad de viuda, luego maticé una serie de aventuras con amigos cercanos a la pareja y compañeros de trabajo dispuestos a esporádicas sustituciones sin compromiso. Creía hacer algo novedoso, pero entendí que me acostaba con hombres conocidos desde la misma época que estábamos ennoviados con mi marido, en algunos casos desde más atrás, lo que era una manera de continuar casada y decidí divorciarme en serio.

“Por consejos de allegados, oídas casuales de anécdotas en el sanatorio y la necesidad de renovar emociones, sin darme cuenta me encontré un día llenado extensos formularios en los consulados de Australia y Canadá, lo que para una mujer de mis características equivalía a planear una excursión a Ganimedes. Careciendo de estatuto político en peligro así como de apremios económicos y de la juventud requerida por los planes de partida, a los funcionarios debió desalentarlos mi relativa indiferencia durante las entrevistas. La falta de ansiedad por parecer simpática a los reclutadores y deseosa de contribuir al desarrollo triunfal de sus respetivos territorios. Les decía -sinceramente- ignorar la causa por la que deseaba irme lejos del país, se los repetía hasta desconcertarlos e incluso pidiéndoles asistencia para que me tentaran con los encantos irresistibles de aquellos países; me convencieran de que no tenía más nada que hacer en la Banda Oriental.

“El impulso buscado en los consulados, imperioso al principio de la separación como la compra de ropa interior seductora, pasó y llegué a olvidarlo. Una parte mía estaba resignada, aceptando que era tarde para intentar un cambio radical de vida. Sólo podía aspirar a mudanzas parciales, cortarme el pelo, ponerme a estudiar inglés en el súper intensivo de la Alianza, ir a todos los espectáculos teatrales en cartelera como no hice de casada. Comenzar a saltar con otras veteranas rellenitas sobre un piso de tablas en Pocitos, al ritmo de Bee Gees y vestidas con equipos Adidas fluorescentes. A pesar del movimiento agitado en la superficie mi cotidiano seguía transcurriendo en un vértigo insulso que debía tener algún sentido secreto.

“Fue cuando llegó la carta firmada por el administrador de un sanatorio evangelista de Toronto. El responsable decía que, luego de haber considerado el dossier profesional estaban interesado en mí si bien por el momento no había plaza disponible que correspondiera a mi perfil. Al menos, insinuaba, que me interesara trabajar en una clínica dependiente de su organización y recién inaugurada en Eskimo Point. Sin agregar información sobre el proyecto expansionista les parecía evidente y normal que yo conociera el lugar mencionado. Por el tono del comunicado supuse que Eskimo Point era lo bastante lejos e inhóspito como para desanimar a las enfermeras de Toronto. Las condiciones laborales, querían ser sinceros en la eventualidad de que estuviera interesada, eran más “complejas” de lo habitual. En consecuencia, ofrecían un salario suplementario al año más otra serie de beneficios menores para la instalación y que considerados desde aquí no eran nada desdeñables.

“Cuando terminé de leer la carta por segunda vez entendí que tenía en mis manos la única propuesta de trabajo que, dada mi edad, recibiría del extranjero. La última oportunidad de llevar a la práctica lo que teoricé con amigos, amantes, todo ser dispuesto a escuchar la incontinencia verbal sobre mi ida de país, también con mi ex con quien almorzaba cada tanto y resultó mejor amigo que marido. La carta entreabría una última puerta de salida poniéndome en situación de estar obligada a decidir en pocos días. Era de no creer: esperé a firmar el compromiso en el consulado canadienses, tener pasajes confirmados en la cartera, pasaporte nuevo y luego de liquidar los asuntos vivir los últimos días en casa de una amiga, para buscar una noche en un Atlas a escondidas el destino que me tocó en suerte, el lugar designado para la aceleración de comenzarlo todo nuevamente.

“Usted sabe cómo se viven esos días previos a un largo viaje, puede entender mi estado de ánimo de entonces sin que comience con divagaciones. Algo en mí se relacionaba al espíritu de conquista, superando el miedo de marchar tan lejos debía explicar una resolución rotunda de mi vida monótona de la cual era la primera sorprendida. Lo admitiera o no estaba implicada en una aventura colectiva. Era tener un tío carnal llamado Mario viviendo en Alice Spring y que para no sentirse solo en el desierto, primero hace viajar un cuñado, después la familia y así sin detenerse hasta la seducción distante del barrio de la infancia. Desterrada sin papeles era una mujer condenada antes del proceso, un despilfarro incomprensible en aquellos momentos.

“La patología de la lenta integración puede suponerla, usted conoce el empecinamiento por hacerlo pronto como si la velocidad perturbadora de entender el nuevo sistema pudiera ser remedio y bastara la inseguridad de alejarse del pasado acumulado millas aéreas. Quería olvidar por el recuerdo de la asfixia, mi cabeza habituada a lidiar con cuerpos moribundos, descreída de tantas cosas en razón de una serie de fracasos se adecuó pronto a la nueva circunstancia, aceptando vivir días cortos sin la hermosura de una primavera soleada. Agradecía el silencio glaciar del universo que me rodeaba y de la gente, el idioma diferente sin puertitas de emergencia para pasar las confidencias. Reconocí el desinterés de los vecinos por conocer mis orígenes y cuando en un encuentro alguno me interrogaba agradecía su ignorancia haciéndole creer, dependía del día, que nací en plena amazonia entre antropófagos, en la cordillera de los Andes… dependía.

“Allá el universo es bosque infinito de árboles gigantes, tráfico intenso de barcos escoltados de gaviotas chillonas a pocos metros de los muelles de madera petrificada. Hallé refugio en el trabajo intenso, cargándome de guardias dobles con el propósito de quedarme sin tiempo para reflexionar sobre el pasado. En el hospital hice amistad con una española oriunda de Albacete que durante meses fue la única relación cercana a lo humano, le diría que la excusa para comprar un contestador automático. A consecuencia de la dedicación exclusiva, al poco tiempo crecieron los ahorros tanto como la estima profesional, parecía mentira que lo uno y lo otro llegaran con naturalidad, sin temor a un algo que arruinara ese idilio con la vida. Entonces viajé muchísimo, subí a más trenes y aviones de compañías regionales en veinte meses que todo lo hecho en más de cuarenta años. No lo quise así pero el correo con el Uruguay disminuyó en forma progresiva. Entre huelgas, violaciones de envíos y olvidos, de una abundante correspondencia que recibía recién llegada a Eskimo Point, pasé a cuatro destinatarios fieles.

“Ignoro como sucedió, alguien de nuestra colonia en Toronto consiguió localizarme y comenzó el envío de información sobre las actividades de una asociación compatriota. Acusé recibo como corresponde a una persona educada, mandé cheques cuando hicieron falta para ayudar a gente que llegaba destrozada. Con la misma firmeza esquivaba participar en encuentros de camaradería, temerosa de una indigestión de nostalgia y discursos encendidos con una mecha larga de veinte mil kilómetros. Esa precaución era la forma de evitar que alguien descubriera mi transformación en una matrona de hospital como mi amiga de Albacete. Por uno de los envíos que venían firmados por un tal Lucas que nunca conocí, supe que otros cuatro orientales vivían en la región de Eskimo Point. En la postdata el informante de disculpaba por la falta de detalles precisos pensando en una eventual localización. A partir del día siguiente, entre sorprendida y curiosa por mi iniciativa me hice el propósito de conocerlos, sin excesiva angustia pero ansioso como una muchacha me di a la tarea de localizarlos.

“Así por unos días, pero a medida que agotaba fuentes de información más incierta parecía la existencia real de los compatriotas. La gente del lugar, en un radio que aumentaba con voracidad daba direcciones o teléfonos que resultaban de panameños, polacos, camboyanos. Luego de siete intentos adicionales concluí que todo era un error desde el principio, fantasmas imaginados. Le cuento esto de entrada, porque una noche que estaba de guardia sucedió un hecho incontrolable. Mientras pasaba mi hora de pausa en la cafeterías de la clínica leyendo una revista de chismes sobre las estrellas de cine, Malcom se paró a mi lado. Era un negro inmenso salido de un equipo de básket profesional que coordinaba con endiabla eficacia el sistema de guardias del sanatorio. Llegó y dijo “pronto hispanish”.

-02h.23-

“Quería decir que en urgencias se requería la presencia de alguien que hablara castellano, fue forzoso que me levantara de inmediato y callada caminé a paso de practicante veterana al lado del negro por el corredor llevando hasta los ascensores. Una vez adentro del montacargas de camillas Malcom me entregó la ficha médica del paciente ingresado. De acuerdo al internista de la mesa de entrada, hacía diez minutos se había presentado en el pabellón en estado desesperado Juan Antonio Lavalleja. Tiene razón en lo que piensa: releí el nombre como si tuviera en mis manos un manual de historia patria para escolares. Me conmovió pues salvo error imputable a Dios, ese nombre evocaba alguien nacido en nuestro país, una variante de reencarnación fonética del jefe de los 33 orientales; y a medida que el ascensor bajaba hacia el encuentro frustrado las últimas semanas mi corazón se aceleraba.

“El pabellón C estaba reservado a enfermos de cáncer terminal para quienes no hay tratamiento que valga. Recuerdo que entré en la habitación con espíritu perturbado, lo primero que vi fue tres hombres que tenían en las manos gorras marineras de lana; en la cama estaba tendido el cuarto hombre, era calvo y presentaba la palidez de cuando la muerte acelera. El resto del cuerpo estaba asaeteado por cánulas y agujas sostenidas al pellejo inconsistente por tiras de esparadrapo blanco. Diversas tuberías de caucho formaban un sistema de irrigación exterior al cuerpo, el funcionamiento estaba conectado a máquinas con gráficas verdes en monitores de pantalla fluorescente, que editaban líneas coloradas sobre pliegos de papel milimétrico. Por primera vez desde mi llegada a Eskimo Point los instrumentos que utilizaba para trabajar eran objetos ajenos a mi vida, agresivos.

“En cuanto los vi lo adiviné todo, nadie tenía que decirme nada ni explicarme, sabía que eran ellos los señalados por Lucas de Toronto; por la misma intuición e informante ellos sabrían de mi existencia en la región. Era claro que nunca intentaron conectarme desde entonces, por un segundo pensé en decirles “y a este qué bicho raro lo picó”. Sería inadecuado dadas las circunstancias, menos quería presentarme como tonta distraída, deseaba que me reconocieran sintiéndose mal por haberme evitado escondiéndose de mí. Había pensado muchas veces la alegría posterior al encuentro y la manera en que llegarían los recuerdos comunes, había manejado para mí las posibilidades de la primera entrevista menos la real, excepto la verdadera que estaba sucediendo. Ahí tirado en la cama había un hombre moribundo, opté por ir frontal al asunto sin rencor diciendo: “son más difíciles de cruzar que marido millonario”. Uno de los tres hombres de bigote espeso como no se usa me miró con expresión de cordero degollado y dijo: “perdoná gorda, Juan Antonio pasó los últimos meses muy embromado de salud y se nos viene quedando.”

“La historia result***iguió. Te necesitamos Ivón, n ó simple siendo cuatro amigos que tenían un taller de chapa, pintura y mecánica por Gaboto y Gonzalo Ramírez en la zona sur de Montevideo. Según fueron contando eligieron el barrio para estar cerca de la Escuela Industrial donde los cuatro estudiaron siendo muchachos; cuando se conocieron y desde los primeros días de clase andaban juntos para todos lados, sabiendo que seguirían inseparables por siempre. Pasados los años de formación en el oficio llegó el momento de abrir el primer taller propio, estaba cantado y les preocupó más el nombre que le pondrían antes que juntar una clientela que daban por descontada. El primero que se les ocurrió fue “Los tres mosqueteros” por la evocación de la aventura y manido juego con el número de integrantes; en conclusión les pareció adecuado para una fiambrería, tal vez agencia de quinielas. Tres de ellos venían del interior, de Rivera, Tacuarembó y Flores, sólo Juan Antonio había nacido en la capital. Con ese panorama telúrico y un poco de audacia, resignados a la pregunta tonta que les harían varias veces al día decidieron bautizar el taller “Los tres gauchos orientales” tomando el nombre del poema de Antonio Lussich. Fue una solución aceptable y consensual si bien echaron de menos la presencia un vocablo de connotación mecánica en tan insólita denominación.

“El resto de la historia la conozco mal y ellos decidieron que la supiera hasta ahí nomás. Según parece los cuatro gauchos orientales tuvieron parte activa en la preparación mecánica y estética de los autos utilizados en aquella famosa fuga de los tupamaros de la Cárcel de Punta Carretas. ¿Se acuerda? Pues bien, como el suceso ocurrió en los primeros tiempos de la crisis y antes del golpe de Estado, cuando los detuvieron, gracias al resto de legalidad que circulaba en el país y la tensa cuestión de competencias entre justicias civil y militar les cayeron condenas cortas. Entre el día de la liberación y el aviso de que quedaban comprendidos bajo el sistema de medidas prontas de seguridad, con obligación de presentarse a firmar al cuartel del Buceo cada lunes a las seis de la mañana, una noche cruzaron en auto la frontera con Brasil. Siguieron de largo sin parar hasta Río de Janeiro, dieron con la oficina del Alto Comisionado para refugiados de Naciones Unidas y de allí a las cuarenta y ocho horas vuelo directo a Canadá; de preferencia a una región del gran norte donde no tiraran los autos de cinco años a cementerios de chatarra, los radiadores de calefacción funcionaran doce meses del año, se empastaran bujías, carburadores de motores fuera de borda y las sierras eléctricas se trancaran de repente por fallas del sistema eléctrico en medio de los bosques.

“A los pocos días de haber llegado al refugio asignado por un diligente funcionario, la manualidad probada y la astucia para resolver problemas mecánicos les permitieron instalarse con un mínimo de comodidades, tener trabajo asegurado y sobrellevar una vida sin sobresaltos. El nuevo taller se llamó “Punta Carretas”, barrio elegante de su ciudad de origen decían, que por debajo de edificios suntuosos seguía “oliendo a troperos desconfiados y con sueño, a bosta de yunta de bueyes”; a otros más crédulos les decían que homenajeaban un famoso hotel casino sudamericano, especie de Hollyday Inn del Sur con todas las comodidades a las que aspira un viajero de paso incluyendo un centro comercial con cientos de locales. Yo, que los había buscado por cuanto rincón pude los tenía delante mío como pollos mojados. El gaucho montevideano se moría sin remedio y nada podía hacerse para salvarlo, como supimos desde el comienzo de la consulta.

-Se muere sin remedio, dije sin mayor trámite, al estilo Albacete. Vivirá apenas un par de días.

“Los tres quedaron pálidos, callados y rabiosos como si creyeran sin aceptar estar ante la última recaída, esos hombres curtidos por la vida puchereaban como chiquilines. Ellos, que desarmaban en una mañana el motor de un barco de pesca estaban impotentes ante las fallas irremediables del mecanismo querido y que se pudría sin retorno hora tras hora. Nada podían contra la muerte, sin embargo la obligaron a una última pulseada antes de aceptar la derrota. Eso sucedió en julio de 1978, como para olvidarlo.

“Juan Antonio se despertó confundido por efecto de los somníferos que le suministraron cuando ingresó al pabellón de los terminales y apenas movía los ojitos.

– ¿Es la gallega que labura en el hospital?, preguntó.

-Tranquilo Juan, es la otra enfermera. La auténtica criolla que nos dijeron y con el defecto de ser bicho urbano como vos.

-Qué metida de pata, avanzó el enfermo. Encantado de conocerte… perdonarás la facha, por casa las cosas se complicaron, en lo personal digo.

-Es un jodón de primera, este Juan siempre igual, acotó uno entre ellos.

-Ahora déjenlo descansar, que buena falta le hace, dije.

“Con un gesto severo ordené a los hombres que salieran de la sala. En el corredor cuando escuchamos el brazo neumático sellar la puerta el de Tacuarembó se acercó para hablarme sin rodeos.

– ¿Se muere de verdad?

-Si, le respondí.

-Tiene que morirse contento, afirmó.

– ¡Pero qué me dice! Contesté, imponiendo de entrada un tratamiento distante y en guardia por lo que pudiera llegar luego, con la forma de una imprudencia de cualquier tipo producto de la desesperación.

“Fue como si yo no hubiera hablado.

-Tengo un plan, siguió. Te necesitamos Ivón, no podés fallarnos.

“Ese fue el comienzo de mi complicidad en una conspiración inofensiva que con perspectiva de años dejé de juzgar, sólo sé que ayudé a adelantar la muerte de Juan Antonio y sin arrepentirme. El plan de Isabelino tenía la descabellada belleza de las improvisaciones, era grotesco y tosco en su esencia. Logró emocionarme desde el primera momento tamaña muestra de amor para el amigo frente a la que fue imposible negarme.

-Primero hay que doparlo, dijo Isabelino que hablaba sin dirigirse a mí, como si en vez de consultarme estuviera dándome instrucciones.

-Dopado está, respondí cortante e inflexible. de otra manera estaría en un grito.

-Más, hay que doparlo más, hasta que pierda la lucidez, dejarlo medio bobo.

-Eso puede matarlo, comencé a decir.

-Ivón: Juan Antonio está muerto, argumentó el hombre mirándome a los ojos y le faltó sacudirme de los hombres para hacerme comprender esa verdad irrefutable.

-Es cierto, atiné a contestar aceptando cualquier cosa que viniera después.

-Con más razón hay que doparlo.

-Me niego rotundamente.

-Vos primero escuchá. Si no estás de acuerdo se hace como digas… pero antes escuchá.

“Le decía hace un rato que sucedió en julio de 1978, como siempre las fechas son importantes, fue durante el mundial de fútbol que se jugó en Argentina en plena dictadura de Videla, cuando algunos relatores miserables decían que los argentinos sin excepción eran derechos y humanos. Uruguay perdió de forma vergonzosa las eliminatorias previas y quedó afuera de las finales; pero al Isabelino se le ocurrió que el regalo para el amigo moribundo, mejor que el consuelo de la verdad religiosa revelada descreída y una conversión a la causa perdida in articulo mortis, era obsequiarle un campeonato mundial de fútbol color celeste puro.

“A Eskimo Point llegaban pocas noticias referidas al fútbol, salvo esos cuatro o algún que otro latino perdido en ese andurrial del mundo conocido, el campeonato mundial era indiferente al interés de la mayoría de los habitantes y hubo que esperar la guerra de las Malvinas para que supieran la existencia de un país llamado Argentina. Previendo el vacío de información Isabelino compró una Grunding transoceánica y seguía el campeonato partido a partido a pesar de todo.

-Tenemos que darle la última alegría con la final, para ello necesitamos que esté dopado y la escuche en sueños.

-Pero si ni siquiera fuimos, por favor… le dije.

– ¡Sí que fuimos Ivón! Sos vos la equivocada… fuimos, nos clasificamos con la fusta debajo del brazo y mañana, con toda la tribuna en contra jugamos la final en el estadio Monumental de Núñez, ¿entendés?

“Ninguno de los otros discutió la iniciativa y lo vi tan excitado que preferí callarme. De inmediato se acercaron a la cama de Juan Antonio y comenzaron a hablarle con la mayor naturalidad, tomando la internación como si se tratara de una congestión pasajera mal curada.

-Justo ahora se te ocurre andar mal… vas a tener que disculparnos por una vez, mañana de tardecita vamos a fallarte. ¿Te acordás cuando te decía que a pesar de toda la mierda que pasa allá le tenía fe al cuadro? Para empezar, me debés una botella de Canadian Club. Si mal no recuerdo largaste, como a vos te gusta, muy sueltito de cuerpo, que ni llegábamos a los octavos de final. Bueno: para vos y otros contras como vos, mañana de noche hay final contra los porteños en Buenos Aires, jugando de visitantes como nos gusta para agrandarnos.

“Al Juan Antonio, que no recordó haber apostado ninguna botella de nada se le iluminó la mirada, lo milagroso es que había decidido creer. Al borde de la muerte, la idea de Uruguay disputando la final era un disparate tan enorme que terminó por aceptarlo. Las debilitadas defensas del moribundo se desarmaron por esa carambola fantástica a tres mil bandas, el contraataque de la muerte pareció tenerlo sin cuidado.

-Nos van a cagar a pelotazos, comentó con una voz que buscaba decir lo contrario.

-Dale con eso… Vos tranquilo, aquí la compañera Ivón que prometió una pascualina para cuando salgas de esta, y a riesgo de perder el laburo salteándose los controles fijados por el ñansa que vimos hace un rato nos dará una mano. Mañana te traeremos la radio portátil así no te perdés detalles. ¿Te sirve Juan?

“El muerto sonrió, Juan Antonio tenía por delante un inconmensurable proyecto de noventa minutos para la exigua revancha después de tanto fracaso acumulado. Distrayendo hora y media a la muerte, haciéndole un dribling pizarrero sobre una baldosa del área del purgatorio. Más intenso que el cáncer que segundo a segundo mataba las células una a una, le dolía no haber tenido la oportunidad de volver ni una vez al país y caminar por Gonzalo Ramírez mientras amanece. Pasar delante del portón de la Escuela Industrial, pararse a prender un cigarrillo frente a la entrada condenada de lo que fuera “Los tres gauchos orientales”.

-03h.14-

“Ese loco tenía razón en cuanto al peligro de mi puesto de trabajo, si por casualidad llegaba a destaparse la maniobra, más bravo que la falta sería explicar la verdadera naturaleza de la infracción. El puntapié inicial se daría al día siguiente a las siete de la tarde, que allá en Eskimo Point es noche cerrada. Media hora antes, mi tarea dentro del complot consistía en administrarle a Juan Antonio una sobredosis de poderosos sedantes, dejarlo al borde de la conciencia y la credulidad.

“Como le decía, después de tantos años pienso en lo hecho aquello sin arrepentirme, durante el día señalado organicé lo necesario al plan con habilidad y desparpajo desconocidos en mí; argumentando solidaridad compatriota dadas las circunstancias alteré el sistema de guardias de la jornada. La propuesta se admitió sin reparos ni la menor sospecha, expliqué que por motivos laborales de los amigos el paciente debía pasar la noche solo y me permitieron acompañarlo unas horas. Malcom se portó de maravilla, a Soledad que algo sospechaba le prometí contarle los detalles más adelante; ella jamás me preguntó ni mu sobre lo sucedido esas horas.

“Al otro día, una vez terminado el revuelo de las visitas permanecí en el cuarto de Juan Antonio. En una cartera grande pasé el equipo de recepción, cuando estuve segura de que nadie entraría en la sala hasta la mañana siguiente lo escondí bajo la almohada. Hasta donde podía Juan Antonio seguía con la mirada cada uno de mis movimientos, en un momento acerqué mi oído a su cara y escuché “parece mentira gorda, ojalá tengamos suerte. Lo que será Montevideo a esta hora. Es mentira que aposté una botella de whisky, el Isabelino no da puntada sin nudo”, escuché y vi lágrimas perfectas que dejaban una traza salada por su cara huesuda.

“Le acomodé la cabeza en la almohada y gradué la luz en la intensidad adecuada para permitirle proyectar en la pared las imágenes que él quisiera. Coloqué el aparato entre los blancos de las telas, en entresijos de sábanas almidonadas, como si fuera otra aguja de sueño le acomodé en las orejas dos audífonos diminutos, por los que llegaría el goteo de otra solución al cien por ciento de palabras.

-La conexión está prevista para dentro de pocos minutos, le expliqué hablando despacio haciendo lo posible por convencerlo.

“En otro cuarto del piso superior sin pacientes pues estaban arreglando ventanas y el sistema de calefacción se refugiaron los amigos, abrigados con camisas a cuadros de leñadores, bufandas de lana y gorros calados de pescadores para protegerse de un frío parecido al de la intemperie. Eran tres polizones orientales en la aséptica noche del hospital, habilidosos en cuestiones electrónicas decidieron el plan de trasmitirle al amigo moribundo la verdadera final de la copa del mundo. Con el correr del tiempo fui adivinando la distribución de tareas.

-Cuando jugaba al fútbol allá en mi pueblo natal –comentó una vez Agenor el gaucho de Rivera- trasmitía el partido desde adentro de la cancha y más me gustaba cuando yo tenía la pelota. Al principio lo hacía para darme ánimo y meterme en el juego, después descubrí que eso volvía locos a los contrarios: queridos radioescuchas de ambos lados de la frontera, la toma Agenor con la pierna izquierda y hace rodar el esférico, cambia para la derecha, la pisa con pasta de crack y como hacen los que saben levanta la cabeza. Ve venir al colorado Da Costa trotando por el terreno igual que un bagual desbocado y lo esquiva, justo cuando el taimado pelirrojo tira un tremendo patadón ¡con toda la intención de quebrar en tres pedazos la zurda prodigiosa del príncipe Agenor! le erra de puro animal y queda chupando… Cuando relataba los goles de mi cuadro hasta el juez quedaba caliente como un brasero, así que me animé a trasmitirlo. En cuanto calentara la garganta estaba hecho.

“Isabelino sería el responsable de introducir comentarios sagaces a lo largo del partido, el vasco Echavarren se encargó de la locución comercial y que nada pareciera improvisado. En unas pocas horas los tres hombres reconstruyeron de memoria un universo de palabras olvidadas formado de retazos descoloridos, igual que si la proyectada final fuera a jugarse con una pelota de trapo remendada cientos de veces. Rescaté de un placar el viejo ejemplar del diario El Día con el aspecto de un rollo del Mar Muerto y sobre el que ellos se abalanzaron como si fueran la descendencia de Abraham; entresacando nombres de uno y otro ejército, agregando epítetos heroicos de un poema extraviando, buscando fórmulas verosímiles. Agenor sería el aedo del tiempo electrónico, vidente a ciegas que contaría la epopeya imaginada; para lo cual preparó un relato dividido con vacíos y minutos, donde se sucedieron trampas que divierten a los dioses, otros peligros acechando el campo de batalla, las adversidades de goles contrarios, una agonía por herida certera en muslos untados con linimento, expulsiones infundadas decretadas por árbitros venales. La progresiva venganza, hasta el logro de la victoria final con cánticos y libaciones por tres días consecutivos con sus noches respectivas. Isabelina sería el comentaristas de la patrística que objetivo sin contrariar la doctrina dominante, establecería para la posteridad la edición crítica definitiva con introducción, comentarios y notas.

“Lo más fuerte de aceptar sin charrúas, sin garra absurda, sin levante era que no se trataba de una broma sino del juego desesperado implicando al amigo de toda la vida para ayudarlo a morir, inventarle que pasara las últimas horas en alegría de despedida aunque se tratara de una gloria falsificada. El vasco entreveró todo lo que le vino a la cabeza, anuncios que leyó en páginas macilentas de periódico con recuerdos de idas al Estadio Centenario, la experiencia de oyente fanático de Carlos Solé tomando mate en pensiones los domingos de tarde, dándose a la invención de slogans publicitarios que anotó en hojas de cuaderno. Hasta urdió la recepción del telegrama de los compatriotas residentes en Eskimo Point “a quienes llegue también nuestro entrañable recuerdo en esta nueva hora glo-rio-sa del balompié celeste”, dijo el muy payaso.

“La orden de silencio en el sanatorio era estricta, apenas se escuchaba el rumor de los cuerpos tumbados en las camas debatiéndose buscando la mejoría. Siempre era la misma espera, que las enfermeras se alejaran y remontar el tributo que cada noche se pagaba a la muerte para llegar al amanecer. Por primera vez mi situación era distinta a la que decide el celo profesional, pasé de reflejos de enfermera competente y experimentada al desasosiego de una hermana mayor dispuesta a pasar la noche en vela a la espera de lo inconcebible. Era poco más de las dieciocho y treinta cuando Juan Antonio abrió los ojos, buscando en las referencias monótonas del cuarto la línea de un alambrado, el aliento de una muchedumbre enloquecida, los equipos rivales entrando a la cancha, banderas rioplatenses agitándose confirmando un presente lejano llegando por los oídos; señal de que en el piso superior los muchachos empezaban con lo suyo.

“Nunca escuché nada de lo inventado durante la espera, pero leía en el parpadeo del moribundo, el ritmo agitado de la respiración, los labios apenas moviéndose por la interferencia del tubo plástico, en las manos corriendo detrás de una pelota larga tirada a un puntero petizo y zurdo. Leía el gesto del cuerpo entregado, incapaz de continuar viviendo si no era con estertores y sudor nervioso. Me resultaba increíble a pesar de estarlo viendo que Juan Antonio desconociera la voz de sus amigos, incluso con la dosis que le suministré. Las pupilas se le dilataron y cuando intentó reincorporarse en la cama se lo impedí, haciéndole saber que comprendía lo que él trataba de explicarme. Cada tanto le humedecía los labios con algodón impregnado de agua azucarada fresca, imaginaba a los amigos embocados por el frío de Eskimo Point en el piso superior hablando sin parar, armando el mensaje, llenando de palabras el aire helado, tal vez ellos también creyendo.

“Comencé a inquietarme a medida que pasaban los minutos, temía que el paciente hiciera una crisis fulminante. Juan Antonio permaneció con los ojos abiertos, me miraba pidiendo que le dijera la verdad que merece un moribundo y luego se concentró en la pared apenas iluminada, donde quién sabe las escenas que proyectaba. Los últimos minutos debieron ser fatales, la cara de Juan Antonio se descongestionó y luego lanzó un gemido, estertor de puma herido de muerte que se oía terrible entre los caños. Con el resto de coraje que le quedaba se dejó caer agotado sobre el almohadón empapado de sudor. Cuando lo creí más tranquilo me acerqué, cambié la funda de la almohada y lo reacomodé para el descanso que él necesitaba con urgencia. Mientras yo trabajaba él hacía gestos, el pobre hombre estaba anestesiado al punto que sería imposible articular palabra, igual trataba de zarandearme las manos con las exiguas fuerzas que tenía, parecía que me estaba invitando a bailar aunque ahora que lo pienso era un disparate. Al final consiguió dormirse rendido de agotamiento; fue inaudito que en su estado le hiciera tanta resistencia al poder devastador de la droga que le inoculé dos horas antes.

“Pasados siete minutos luego de la quietud escuché que la puerta se abría, eran ellos. Parecían el espectro demacrado de los Max Brothers y queriendo en vano moverse sin hacer ruido, a cada gesto se llevaban el dedo índice a la boca exigiendo silencio de manera ridícula. Uno a uno fue abrazando al amigo dormido como si nada raro hubiera sucedido en esa pieza las últimas dos horas; sacaron de un bolso la botella de bourbon, después de darme un poco de whisky en un vasito de plástico se le pasaron entre ellos y cada uno se mandó un largo trago. A Juan Antonio le mojaron los labios con un pañuelo blanco como si el whisky fuera láudano y Agenor arrodillado junto a la cama, le susurraba las palabras que me quedaron fijadas para siempre: “te imaginás Juan, toda la noche caravana por 18 de Julio, te imaginás allá pelado… que nos quiten lo bailado.”

“Para excepciones lo sucedido era demasiado; pasadas unas horas muertas de espera debimos salir del sanatorio disimulando como ladrones, era cerca de medianoche y a las seis en punto comenzaba otro turno. Lo más que podía hacer por ellos era citarlos para el otro día; así lo hice y estuvieron de acuerdo. Me llevaron hasta casa, excusándose en que vivían lejos para ir y volver en pocas horas dijeron que se quedarían por la zona portuaria tomando sopa de pescado y jugando a la baraja, aunque era difícil que pudieran encontrar en las tabernas un cuarto tallador. Necesitaba dormir y estaba por verse si esa noche lo lograba.

“A las cinco y media de la mañana ya duchada bebí un café más apurada que de costumbre, miré por la ventana tratando de adivinar cómo pintaba el día. Lo hice por costumbre; afuera seguía ocurriendo la misma noche y haría tanto frío como todos los días desde que llegué a Eskimo Point. Frente al portoncito del jardín estaba estacionado el Land Rover esperando, entonces tomé mis cosas y salí a la intemperie. El que manejaba debió de verme pues cuando llegué a la camioneta el motor estaba en marcha. Abrí la puerta y me acomodé en el asiento delantero que habían dejado libre; por el silencio y las caras ojerosas deduje que pasaron la noche sin pegar un ojo, escuché sonido de botellas vacías golpeándose en el piso de la camioneta cada vez que frenábamos en un semáforo.

“Era temprano todavía, en las inmediaciones del sanatorio había movimiento y a lo lejos -sobre la ruta nacional que se dirige al sur- era incesante el flujo de camiones de carga. La proximidad del hospital aceleró los pensamientos de todo tipo, dejamos el jeep mal estacionado cerca de la entrada principal y fuimos derecho a la habitación de Juan Antonio. Cuando entramos en el cuarto nos impresionó la limpieza y un fuerte perfume a lavanda fresca, eso era un claro en el medio del bosque. Había sobre las banquetas ropa de cama planchada durante nuestra ausencia y en el wáter un precinto de papel cruzado asegurando la desinfección. “Lo siento”, escuché que alguien decía a mis espaldas casi disculpándose. Era Malcom hablándome a mí como si el muerto fuera un pariente cercano dejado de ver hace años, mi padre, mi marido. Sabía que Malcom había arreglado todo lo necesario, disponiendo de la mejor manera los detalles prácticos activos en la órbita del sanatorio cuando muere un paciente; como la vida sigue, me entregó la planilla de trabajo con mis obligaciones bien establecidas para el resto del día.

Le dije a Echavarren: “Vasco, andá con él a la morgue a reconocer el cuerpo.” Echavarren obedeció sin chistar y se fue con el moreno que aminoró su ritmo de marcha habitual. Visto de atrás el vasco parecía más chiquito, un infeliz con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza hundida entre los hombros, sólo le faltaba un pedregullo en el suelo para ir pateando despacito.

-Gracias gorda, me dijo Agenor cuando quedamos los tres solos.

-Vamos, dijo Isabelino. Tenemos mucho que hacer. Cuando tenga claro el panorama vengo a avisarte.

“Presentí que era esa la despedida definitiva; incluyendo la lástima contenida por una linda relación que pudo haber sido en el pasado, cuando todos estábamos con vida. Después nos vimos unas pocas veces esporádicamente; nunca en la conversación volvimos a los pormenores de aquella noche en que los orientales jugamos la última final de algo memorable.

-04h.04-

“Cuando decidí regresar al país tal vez por miedo a morir lejos como Juan Antonio preferí no encontrarlos por última vez. Les mandé una carta a cada uno y los llamé por teléfono desde el aeropuerto siete minutos antes de embarcarme en la repatriación. Contestó Isabelino, así que me dejé de rodeos.

– ¿Cómo salió aquel partido final?

-Me olvidé gorda, creo que perdimos, dijo. Vamos a seguir perdiendo por mucho tiempo.

-Pero me pareció que Juan Antonio…

-Vos lo conociste apenas… andá a saber… capaz que hizo biógrafo para dejarte contenta. El loco Juan era flor de bromista y eso desde chico, en la Escuela Industrial ni te cuento. Chau gorda, ahora sí pero antes un pedido final: cualquier tardecita sin apuro cuando recién asoma el verano por Montevideo y si no tengas nada mejor que hacer date una vuelta por Gonzalo Ramírez.

– ¿Cuándo los veo por allá?

-No en pleno verano porque el calor es insoportable, cuando recién asome. Acordate.

“Ya ve, había la verdad para mí destinada y otra que se guardaron para ellos cuatro… quien le diga que ahora mismo no estoy haciendo lo mismo con usted y le entrego una verdad para callarme otra. Perdone el atropellamiento final, en cualquiera de las versiones por la cual se decida también sufrirá la incertidumbre en carne propia y que en nada le servirá para el mentado informe que anda preparando. No hay testimonios verificables ni documentos escritos, tampoco fotos ni números engordando estadísticas. Le sucederá lo mismo que a mí, más que recordar pormenores que se lleva el viento desde ahora le costará olvidar el aire enrarecido de la historia escuchada, que tiene algo de la brisa costera soplando por Gonzalo Ramírez en atardeceres de mediados de diciembre, cuando recién asoma el verano en las veredas de Montevideo. No después y recuérdelo bien, no después.”

-05h.19-

Había pasado algo más de una hora desde que la mujer se me acercó y durante el relato me bebí la botella de vino, ni antes ni después interrumpí el relato de la enfermera y fui entendiendo que ella tenía razón por adelantado. Esa historia de barrio alejado del centro se quedaría fuera de la sociología orgánica, permanecería metida en mí como si yo fuera la enfermera Ivón o Isabelino. Ahora se trata de ponerle punto final a esta impertinente conclusión tan fuera de lugar al libro que presenté hace unas horas con singular suceso. Me consta que detrás de generalidades pocos elementos pueden sostenerse con objetividad fuera del ámbito de los secretos y faltarán por siempre. Nunca tendrá en mis manos los formularos de Agenor, Isabelino y Echavarren, menos el modesto pedazo de historia patria que Juan Antonio Lavalleja se llevó a la sepultura.

De hacerlo, la historia se daría maña hasta encontrarse un agradable principio inmaculado y otro final sorprendente, dejaría de ser masa intimidante de datos imprecisos para ser otra cosa: un cuento de apariencia improbable, como lo sería el intento de localizar a los tres orientales que viven lejos de nosotros en las afueras de una ciudad de pesadilla llamada Eskimo Point. Debo admitir que es demasiado tarde para esta madrugada y enfrentado a la impaciencia de la pantalla luminosa de un microcine proyectado de palabras, me pregunto si servirá de algo pulsar la tecla ENTER para salvar el texto que vengo de escribir.

El apodo secreto de la doncella londinense

Aquella muchacha escribía poemas;

Los colocaba cerca de las hornacinas,

de las lámparas

Marosa di Giorgio

Cuando la pasajera del camarote número seis se despertó, el largo viaje estaba próximo a finalizar y ayer -antes de que se retirara a descansar- uno de los oficiales se lo recordó.

-Falta sólo esta noche para llegar, que duerma bien y hasta mañana.

Ella dejó las sábanas desordenadas al levantarse, mientras se vestía le llegaba el escándalo exterior anunciando puerto a la vista, conocía el crujido animal del velamen plegándose, el rumor de las maniobras rutinarias y peligrosas de acercamiento a muelle. En la infancia siguió el espíritu aventurero de su padre, viajó más meses de los que un niño común pueda imaginar navegando con desigual fortuna por los siete mares que el Imperio sentía propios. Poder, colonia, riqueza y exotismo fueron palabras integradas sin recato a su temprana educación y el latín de rigor, así como los fundamentos de la religión protestante en la observancia de las buenas costumbres. La apertura al mundo, el conocimiento de culturas diferentes coincidiendo con el crecimiento se tradujo poco en conductas prácticas; quizá porque su padre le agregó al conocimiento directo (cuando hizo fortuna comerciando cacao) una disciplina estricta en los mejores colegios para señoritas europeas, establecimientos decididos a hacer brillar sus egresadas en la lucha por la elegante supervivencia en sociedad. Si su padre viviera le habría increpado el desperdicio de sus dones naturales, recordándole los esfuerzos persistentes de la familia por encauzarla. Llevado por un amor excepcional, él invirtió tiempo y malvendió acciones de explotaciones salineras en alza para acercarla al boato de las cortes; preparándola para contemplar tesoros, administrar palacios de cien habitaciones, protagonizar ceremonias tradicionales y juzgar sin error joyas, telas, fincas, músicos de los mejores conservatorios. A tan magnífico destino anunciado ella prefirió escabullirse como el orín londinense calle abajo, hasta ser un pilar de la sociedad en los estercoleros. Esas crisis, para la muchacha que se vestía en el camarote número seis parecían lejanas.

El viaje decidido por ella hacia el sur –la ruta donde había apenas antiguas colonias empobrecidas e islotes indignos de cualquier expedición punitiva- pondría la distancia adecuada entre ilusiones perdidas y resignación. De los múltiples itinerarios abiertos a su iniciativa la decidió el camino menos fatigado por sus compatriotas. Sería erróneo afirmar que estaba motivada por la curiosa ambición de hombres de ciencia de variadas disciplinas, ansiosos de contemplar de cerca el mundo salvaje, obsesionados por inscribir el nombre de familia en las futuras Historias Naturales. Tampoco heredó de su progenitor el espíritu puro de aventura propio del siglo de conquistas, ni la dependencia opiácea de alcanzar los confines del mundo por el placer de hollar con botas de montar la tierra donde la vista se pierde, tener esclavos a su disposición, vivir usufructuando el poder rigiendo vidas y dominios de propiedad privada inexpugnable a otra ley diferente a la propia. Ella aceptaba su horizonte en los contornos de la metrópoli entre crecimientos urbanos y demográficos descontrolados, donde desafío e incitación tomaban relieve particular y más disponibles que fiebres tropicales en el corazón palpitante de selvas impenetrables.

Ella embarcó en un velero que zarpó de Playmouth hace veinticinco días, lleva como equipaje dos baúles medianos, unos bolsos de mano y cartas de recomendación explícitas como para que las autoridades del “Mary Ann” le dispensaran un trato preferencial. Se aseguró una travesía tolerable, la tripulación y otros viajeros la aceptaron como mujer ordenada, tranquila y respetaron desde el primer día sus caminatas solitarias por cubierta. Leía la mayor parte del tiempo y en las horas de convivencia obligada del comedor resultó agradable compañía en las mesas que asignó la rotación de comensales; desenvuelta en sus modales y atinada en apreciaciones sobre la marcha del mundo. Los primeros días de la travesía el capitán se preocupó por su estado de salud, ellos se cruzaron en el salón de música después del desayuno y fue entonces cuando le dirigió la palabra.

-Espero que el inicio del viaje no haya desarreglado algo en su interior, le dijo. La encuentro algo pálida, si lo desea puede consultar a nuestro oficial médico que es una persona encantadora.

-Oh, mi buen amigo, le contestó la pasajera del camarote número seis. Le agradezco su preocupación por mi salud. Este color de las mejillas me acompaña desde niña y tampoco tiene usted por qué saber de mi fatiga los últimos meses. Le aseguro que estoy mejor que en los días previos a la partida, déjeme la ilusión de esperar los buenos climas del sur donde, dicen y usted debe saberlo, las mujeres son hermosísimas.

Los días siguientes acentuaron su mejoría, el sol durante la mañana maquilló sin querer su piel blanquísima y el humor a la hora del té adquirió nuevos colores. En aguas más azules y tibias ella comenzó a considerar los oscuros días pasados como una leyenda, fantasma entrevisto en la neblina y otros recuerdos recientes, conformes a un folletín desaforado que publica la prensa sensacionalista. Ante tantas historias recurridas de hipnosis catalépticas, fumaderos malasios, sociedades secretas en permanente conspiración, herencias malditas, claves guardadas en criptas y cadáveres congestionados por curiosísimos venenos de origen afgano, su debilidad resultaba menor. Como menor era, sin retacearle la contundencia de realidad su persistencia incontrolable que precipitó la salida.

En pocas horas ella gestionó el pasaje y una vez con el billete en su poder se dirigió a Falstaff Street, el callejón tradicional de las librerías de viejo. Compró tres volúmenes escritos por viajeros que le brindaron información pendular entre lo abstracto y lo particular.

-Es una buena decisión, sorprendente pero excelente, dijo el vendedor de libros. Lamento no tener el ejemplar de Darwin… quizá si regresa el mes entrante…

El primero de los libros era Impresiones de un viajero rumbo al polo sur. En lo medular el contenido se limitaba a cartas marinas profusamente documentadas, un prolijo y exhaustivo arqueo de puertos del continente austral sobre el Atlántico, incluyendo un apéndice donde el almirante Burton, autor de la obra y responsable de la expedición, se dejaba llevar por leyendas colonizadas. Su calenturienta imaginación pueda atribuirse acaso -como afirmó el librero que aseguró haber conocido al marino- al exceso del alcohol de la caña de azúcar de la ruta antillana. Si la primera parte de su crónica era deliciosamente erudita, la segunda incursionaba en el delirio; como si Burton, armado con gracia y don para navegar sobre la superficie se hubiera liado con ciclos de mareas profundas. El ejemplar tenía celadas escondidas, hacía falta la sensibilidad de un cirujano diestro para distinguir en cuál párrafo terminaba la documentación o irrumpían los espectros del ron.

El segundo libro presagiaba los trabajos de Hudson postulando una visión singular sobre la región del Río de la Plata; se desentendía del norte misionero considerando las provincias entrerrianas, la banda Oriental del río Uruguay, las capitales del Plata y se deslizaba más lejos de las Faulkland hacia las islas Coronel, como si el autor presintiera que allí y en un futuro predecible tendrían lugar memorables batallas navales. El libro en cuestión- Las fronteras invisibles del Río de la Plata -era el informe final de una misión militar, astutamente argumentada con hipótesis económicas referidas a materias primas, hipótesis antropológicas concernientes al destino de los aborígenes. Las fechas en clave usadas por la misión derivaron en tendido de vías y locomotoras, compañías del gas, líneas telefónicas y frigoríficos. El tercer volumen, pequeño y encuadernado en cuero de Rusia se titulaba Incongruencias contempladas ante la fortaleza, tenía como subtítulo «crónicas del desarreglo montevideano» y lo firmaba un tal Wiesengrund. Esas fueron las estimulantes lecturas que acompañaron a la pasajera durante el viaje. El primero de los libros oscilaba entre realidad e imaginación alcoholizada con generosidad, el segundo tenía la contundencia de misión oficial y el tercero era la crónica del dandy extraviado en la colonia, que sin el asombro de los naturalistas suponiendo en cada bicho o hierba otra ley de la naturaleza, se escandalizó por aquello que echaba de menos utilizando la crónica costumbrista y el humor ácido. En el último modelo la pasajera halló un destino opaco y adecuado: perderse en un arrabal hasta ser una desconocida. ¿Qué otro nombre podría darle ella a su partida? Alejamiento parecía más pertinente que huida; una decisión inteligente, evitando reiterar el error de subestimar a los otros. Ella volvería a salir de casa durante la noche pero lejos de Londres, la prudencia aconsejando distancia y la intuición, cuando lograron imponerse la inclinaron por las praderas del Río de la Plata. Descartando la confusión del color oriental que sucede al Mar Rojo y el panteón infinito de la India, cuyos brazos arborescentes estaban sofocando la garganta de la metrópoli.

Por el ojo de buey del camarote entra la luz rasante devuelta por un mar calmo. La mujer se vistió con prendas apropiadas a la cercanía del destino, ella abre un carné de notas para la escritura breve y poética de hoy: “Llegaremos al puerto de Montevideo bien entrada la mañana. Debe ser sábado y sigue siendo octubre. Soñé lo mismo de siempre, quiera Dios que esta ciudad pueda consumirme las horas.” Puede prescindir de trabajar pero le teme al ocio, sabe que los primeros meses deberá ocuparlos en fomentar nuevas amistades. Domina una técnica aceptable del retrato a la carbonilla, supone que la parte mejor de la sociedad quiere para sus hijos una educación correcta y que podría ser una buena institutriz. Se mira por última vez en el espejo del camarote, desde hace dos días tiene el equipaje dispuesto para el traslado a tierra.

Mientras se suceden las horas de desembarco los pasajeros pierden la abulia de días anteriores, reanudan una excitación irritante que los induce a estar incómodos en todas partes, faltan lugares confortables donde esperar, temen haber olvidado algo valiosísimo en los camarotes, en todo momento hay alguien que pasa cerca arrastrando bultos y hablando a gritos como los demás. Con la experiencia que dan incontables viajes anteriores, ella sabe que faltan minutos para que tanta exasperación contagiosa se disuelve y regrese el oleaje golpeando mansamente el casco de madera. La nave pierde velocidad, avanza despacio obedeciendo el rumbo estipulado de cartas alertas sobre los inmensos peligros de una bahía de apariencia apacible. Vista desde el mar Montevideo se asemeja a todos los puertos, alejadas de la costa se observan las brillantes cúpulas gemelas de un campanario, y nada más que el recuerdo del Nuevo Testamento pobremente ostentoso tiende a las alturas en el paisaje. Se adivina un caserío sin interés arquitectónico, una línea costera exigiendo un muro de contención con trazos humanos, antes del vértigo del verde, la soledad narrada y estampidas imaginarias de lectura reciente. Ese caserío informe y amurallado rechazó los embates de la armada real, esas tierras quedaron fuera de los mapas coloreados del almirantazgo. A la pasajera la perturban otros episodios menos trascendentes que la inestabilidad de los dominios transoceánicos de la Soberana.

Pasará la próxima hora ubicada a un costado hacia popa, sobre el barandal de cubierta, el acercamiento a los muelles dibujó mejor los perfiles que ella comienza a identificar en el horizonte ciudadano, comparándolos con estampas firmadas por viajeros anteriores. Sin tener la continua actividad de los grandes puertos del norte, había en los aledaños un número considerable de barcas ancladas aguardando combinaciones de tráfico marítimo y el trasiego de mercancías. La mujer se sofocó por la conjunción de tanta luz y la gritería de trabajadores, hacía tiempo que no estaba ante un espacio disparándose sin freno en todas direcciones incluyendo el Océano, disfrutó el olor del viento cargado de salitre diferente al de ropa sucia de sudor amontonada. La mirada se perdía sin la tensión de la vigilancia obligada, alejada de lenguajes rústicos y diálogos vulgares, guardaba como reliquia el silencio que fuera administrado con cautela durante el viaje. 

¡Oh! estaba feliz por lo sencillo que había resultado todo hasta el presente. Creía en Dios, pero más en la religión de la voluntad cuyo culto a su criterio la protegía en acechos y cacería. La imbecilidad de los otros también la decidió a partir, exhausta de leer falsas interpretaciones de sus maniobras deseaba ponerse a prueba de manera distinta a la vivida hasta el presente; consideraba que sus avatares estaban afectados por la presión de la ciudad dejada atrás. Por un tiempo se detendrían noticias adulteradas sobre ella misma; si lograba concentrar proyectos en la ciudad, haría leer a niños mestizos poemas de Keats y del resto quería despreocuparse. La prueba consistía en permanecer al borde de la línea fronteriza por desconfiando del territorio oscuro que extravió la mente del almirante Burton; lo condujo a describir palacios de jade donde pululan rancheríos, cultos de dioses bellos y crueles predicados por concupiscentes sacerdotes romanos, unicornios blanquísimos donde se reproduce el ganado marcado a hierro ardiente, teólogos de Alá y monjes de Siddartha donde la religión es de alambrados de púas y bosta, reyes paradojales devotos de Averroes donde campea la violencia de capataces sobre peones devorando carne ovina revolcada en cenizas calientes.

El viaje hundió el pasado de la pasajera en una pileta de formol, el futuro estaba prisionero en una palabra malgastada como aventura, el mero deseo que sucedan hechos; de ser posible prodigiosos como cazar un real tigre de Bengala montado en elefante, ver de cerca una insurrección de tribus incivilizadas de la costa africana. La inventiva del ocaso del siglo XIX se distanciaba de la poesía brotando en la obsolescencia del asombro periodístico, la ingenuidad que exige a cada día una aventura inventando la noche. La palabra destino conseguía en cambio satisfacerla; los héroes de la antigüedad se anteponían a la anécdota de sus trabajos –los sabidos- con conciencia tan lúcida como trágica, protagonistas de segunda. Ella que llegaba por primera vez a Montevideo, mujer de aventuras limitadas en abismos insondables, estaba agotada como cualquier muchacha y recostada sobre la baranda se dejaba llevar por su destino; como si durmiera en una sola de sus noches alienadas que horrorizaría a un húsar despiadado, en dos de sus horas entrañables capaces de inflamar la imaginación de la turba y quién sabe… puede que también a futuras generaciones.

Entre recuerdo y suposiciones rondándola ella era un presente concreto, comprendido por los próximos días y el proceso de integrar su vida en Montevideo; podía alivianar la urgencia de los nervios pensando que regresaba. Nunca conoció antes un montevideano ni se había interesado por su color de piel, medidas antropométricas, variaciones del dialecto regional y si comían carne cruda con las manos. Sabía que allí fueron exterminados los salvajes en una emboscada, se hablaba una suerte de castellano degenerado y era inconcebible mensurar qué tanto la mar océano logró erosionar la gramática de Nebrija. La facilidad que siempre tuvo para los idiomas, el recuerdo de las declinaciones declamadas y la lectura de dos Novelas Ejemplares, le dieron confianza y un conocimiento elemental del idioma que la esperaba. Estaba dispuesta a mantener con orgullo su acento incluyendo los modismos de barrios populares; pasando por puerto las lenguas rectoras derivan pronto en híbridos intraducibles y deseaba permanecer en el interior de una lengua coherente, tranquila al gozar un léxico suficiente para hacerse entender en días venideros.

La pasajera traía cartas para tres compatriotas tentados por la aventura y tenía la esperanza de encontrarlos, tres mensajes lanzados a suerte diversa, para quienes se les perdió el rastro y los últimos contactos fiables remontaban a mucho tiempo atrás. Ninguno de los destinatarios sabía de su llegada ni la estaría esperando; uno de ellos -en su último contacto con Inglaterra- se confesó aquejado de fiebres tropicales, escalofríos continuos y alucinaciones pobladas de pájaros. Al segundo se lo suponía al frente de la explotación ganadera en un campo de insolentes dimensiones, aunque escribió sobre sus deseos de trasladarse a la Patagonia; para la pasajera habituada a calles estrechas de barrios miserables, la sola idea de casas separadas por millas de vacío le causaba vértigo anticipado. Del tercero se contaba que se extravió más lejos de las últimas poblaciones fronterizas hundiéndose hundiera con plena lucidez en la espiral de la locura; partió -se había comentado- a inciertos territorios de la imaginación para jamás regresar; excepto bajo la forma de relatos de crueldad y despotismo, contrabando, saqueo y violencia incitados por un hombre educado, buscando ser signo de los extraviados en trillos cimarrones. A ella le agradaba la misión de llevar mensajes a la nada y que deberían ser entregados a como diera lugar, aceptó ser portadora por gentileza y curiosidad de acercarse a humores de esos hombres, tratando de entender las nuevas tierras al precio de la vida, al costo de la racionalidad, acoplando el mecanismo entre la partida a buscar fortuna y el fracaso por razones desconocidas.

A su manera extravagante durante el último año, tentando la resistencia de sus limitaciones descubrió con placer que, partiendo de modestos propósitos, se podía llegar lejos; atrás la resguardaba ahora el territorio infinito del mar océano. Apoyó los antebrazos en la madera húmeda del barandal de cubierta, el viento pasaba sin resistencia entre los mástiles desguarnecidos y la proa del barco olfateaba la cercanía de puerto seguro. La intensa actividad a bordo tenía, en el espejo del bullicio aguardando en los muelles el rito del contacto formal: representantes de compañías de seguro, grupos de curiosos, el Correo esperando sacas, autoridades sanitarias rastreando pestes y la tuberculosis, esas ratas, siempre las ratas… Están los hábiles del puerto para quienes el quehacer es rutinario y comerciantes aguardando impacientes la llegada del té, casimires azules, juegos de loza y especies. Se asoman peones prontos a entrar en acción, más lejos el paso taciturno de marinos de bajeles anclados en muelles y acercándose cuando llega un navío de las dimensiones del “Mary Ann”. El capitán Edberg se pasea satisfecho supervisando maniobras, a los representantes de la naviera que contrató sus servicios les entregará la carga en tiempo, pasaje engordado y satisfecho, tripulación laboriosa disciplinada hasta el final. Las expectativas de llegada diferían apenas unas horas con el minuto presente, que consultó en el reloj de bolsillo y ello seguía enorgulleciéndolo a pesar de ser viejo conocedor de la ruta del sur.

Sin inconvenientes a la vista la muchacha londinense cumplía en orden el itinerario de su voluntad y aun así estaba incómoda, como si por primera vez le pesaran los años que tiene. Enigma corporal para quienes la frecuentaron de cerca, ocultos en su fisiología de muñeca fibrosa y facciones de máscara de Colombina. Una fuerza desconocida le hace desear permanecer a bordo del “Mary Ann”, repetirse que si de ella dependiera se encerraría en el camarote número seis como en una posada mientras la nave permanece en puerto. Es el mejor método para conocer otras tierras y con esos datos imaginar futuras impresiones, determinar la estatura de poetas uruguayos -si es que los había- y la veta del mármol decorando corredores de palacios ocultos a la vista del viajero primerizo. Impregnarse del olor a madera de los árboles de la selva profunda, exigencias rituales de dioses desnudos verdaderos, la forma de animales fantásticos desdeñados por Buffon, las leyes que rigen su álgebra prediciendo eclipses lunares según astrólogos oscuros y calendarios llovidos de sangre. Así podría imaginar imaginaciones más verdaderas que la taciturna realidad que la aguardaba, nada le impedía otear la tierra desde el barco, desde el montículo del mar interrumpido por el violento apareamiento de los tiburones voraces. Su deseo acuciante sería regresar a la nauseabunda putrefacción del Támesis, ante ese imposible brotan de sus ojos lágrimas de niña y la necesidad similar a una llovizna de razones, admitir el precio del exilio voluntario, el impuesto repliegue con castigo sin justicia; el tácito acercamiento al primitivismo atenuando la distancia entre sus esfuerzos morales y la hipocresía social, en la que sus gestos de pericia fugaron del círculo de lo impresionable, del escándalo gratuito para recuperar la esencia: ecos de ritos sacramentales, sacrificios justificados en una sociedad sustentada por masacres. Cadáveres amontonados en la morgue, niños prostituidos y vejeces abyectas: submundo admitido en un mundo cruel, incapaz de digerir con dignidad el golpe efectivo de la violencia exagerada. La evidencia del asco de la condición humana es distinta que la advertida en los amaneceres, cuando los vagabundos borrachos dan voces de alarma.

Se dejó mecer y arrimar a la costa por una embarcación sobre el mar calmo; durante días contempló el avance migratorio de los cachalotes, vio balleneros a toda vela persiguiendo en el horizonte chorros de mar ensangrentado y el espectáculo estremecedor de una tormenta arreciando en la distancia. Eso recordó que había visto durante el viaje, mientras el barco se acercaba a la costa, el “Mary Ann” se recuesta al muelle y hace oír el crujido prolongado de la estructura. La desidia consistente en olvidar pensar gestos prácticos por concentración de otros pensamientos terminó, era el momento de tomar decisiones, conociendo las exigencias de la soledad la pasajera bajará a tierra a terminar de una buena vez con la pausa marina. Le llevará tiempo ubicarse a su gusto en la ciudad, ordenar la documentación ante las autoridades, alquilar casa y evaluar posibilidades de trabajo. Quiere moverse con libertad sin el peso del equipaje, con un funcionario llegado a bordo desde una de las lanchas que rodeaban el “Mary Ann”, la pasajera contrató la custodia de sus baúles en depósitos de la misma aduana; con un segundo caballero comedido que hablaba un inglés aceptable reservó habitación en el Hotel del Globo.

-Excelente decisión milady. El hotel está cerca de los muelles y en el corazón de la ciudad, le dijo el comisionista. Tiene suerte, quedan sólo tres habitaciones disponibles. Es cierto que hay otros hoteles de categoría como el Colón y el Pyramides, pero están hacia las puertas de la antigua ciudadela.

Por primera vez en mucho tiempo la mujer estaba fuera del agobio de grandes preocupaciones que la decidieron a embarcarse. Dentro de diez días el “Mary Ann” pasaría por Montevideo pero rumbo a Europa, tiempo suficiente para escribir a los amigos, los pocos a quienes tenía ganas de remitirles unas líneas. Algunas misivas serían protocolares y en todo caso debería ahondar en falsas justificaciones del viaje, contagiar un distante entusiasmo por lo encontrado, deslizar la promesa de un regreso sin hastío ni cansancio para retornar a su patria, en su casa, entre su gente. La sonrojó recordar que las últimas páginas que garabateó en tierra a las apuradas estaban lejos de la correcta retórica epistolar.

Las despedidas formales entre el pasaje y la tripulación sucedieron la noche anterior, de día hombres y mujeres se saludan con cortesía, pendientes de inquietudes inmediatas; así quedó la pasajera solitaria más reconcentrada. Durante el viaje escuchó conversaciones que la incluían de forma tangencial, más de una vez estuvo tentada de refutar a los entusiastas charlatanes, ponerlos al tanto de aspectos omitidos por la completa ignorancia de los hechos. Prefirió dejarlos anegarse en la fantasía confiada de que, en las plazas de Montevideo, dejaría de oír esa mala novela; otra correntada de historias fantásticas -proveniente del corazón del joven continente- cancelarían aspectos confusos de su vida pasada. El rumor era la peor lacra, desinformación insoportable y persecución sin tregua de perdigueros delirantes. Allá las lenguas, palabras dichas, suplicadas y escritas la acorralaron; también por ello decidió escapar.

Lo que parecía un movimiento endémico dentro del puerto en una hora se desvaneció, los hombres que abordaron el barco proveniente de Inglaterra igual que piratas autorizados, una vez finalizadas sus tareas de contacto compra y venta, desaparecieron por encanto. La inglesa del camarote seis cató el tránsito de la exaltación del gentío a la soledad recuperada de las tardes oceánicas; por allí quedaban, pasada la marea del bullicio mercantil hombres rezagados, pasajeros sin acompañante e intimidados por la pérdida del anonimato, el retorno al inconfundible protagonismo de los gestos. El puerto trabajaba a pleno sin regularidad, con un simple golpe de vista se deducía que tenía instalaciones preparadas y fue pensado para intensos tráficos futuros. Cuando llegan mensajes por telégrafo y se divisan velámenes a lo lejos, por unas horas el puerto recupera -como si se tratara de una maniobra de naufragio simulado- la febril actividad que luego languidece hasta disiparse por arte de hechicería, haciendo del paisaje portuario un decorado listo para la representación alucinante de El buque fantasma. El Sur era eso: presencia obsesiva de imágenes hasta abarcar la realidad, como plumaje de pavos reales y un replegarse hacia la soledad evocando la opción de los suicidas.

Su decisión de ingresar en la naturaleza inhóspita responde a razones complejas, disponía de argumentos idóneos vinculados al desplazamiento para continuar engañándose y supo que rebasadas ironías oídas las últimas semanas, la verdad era que recorría la senda del exilio. Esa conciencia mientras de un momento a otro cambia el viento, alteraba el cuento del pasado, las justificaciones a sus actos y ciertas lecturas sosteniendo lo fundado de sus tesis. Al fin del viaje, el agrado del desencanto viraba de tono y así se sustituyen constelaciones del firmamento al saltar de hemisferio. La satisfacción hallada en sus iniciativas y la convicción ética relacionada con su tarea, toman tintes punzantes al saberse destinataria de una forma de condena flagelante. Algo entre los medios empleados y los objetivos perseguidos se había atascado, allá. ¿Qué otra cosa había hecho? Viajar sola hacia los confines del mundo donde se miente que mana la fuente de la eterna juventud, llegar a la ilusión de la existencia nueva imponía alejarse de su centro: ratas más enormes que gatos, rumor ácido de orines venéreos corriendo como el más humano de los ríos por arterias despreciadas, olor de heces subiendo en alcantarillas obstruidas por bosta de caballo, repollo podrido y pelos, color de coágulos espesos, cosméticas amontonadas para el falso disfraz de pretender cubrir el tiempo, eructos de cerveza agria al final de baladas llegadas desde el norte, melodías desentonadas por viejas desdentadas abrazadas a ebrios mutilados de guerra, perros fornicando mientras los apedrean niños en harapos, voces de jovencitas fregando a cepillo y en cuatro patas escaleras endebles llevando a cuartuchos alumbrados a vela… y el miedo rancio de la pasajera paseando por su noche tan distinta a la noche de todos. En el desplazamiento que concluye su etapa mayor ella perdía un capital de visiones y el sentido del tiempo, la vigilia del insomnio por la llegada de una lucidez superior. Estaba segura: los murmullos de la imaginería venida de la selva americana nunca lograrían distraerla del pasado.

Bajó la escalerilla del barco tambaleante, tensa, con recato de muchacha extranjera predestinada a devenir cautiva de los indios y advirtió estar pisando el confín del mundo, el punto marcado sobre cartas de tarot prediciendo su exilio. Desde ese instante comenzó a odiar la ciudad con el espesor del odio desterrado que desconoce razones. Llegaba sola a un país de nombre indígena, palabra de una lengua anterior a la llegada del inglés y del tosco español, midió en presentimientos la distancia insalvable entre sus lecturas y la hostilidad de territorios en estado semisalvaje. ¿Esos pensamientos eran circunstanciales, coincidentes con su desembarco anónimo y durarían el resto de la estadía indeterminada? ¿Tendría la oportunidad de hallar algo amable en ese caserío? Comenzaban igual a pertenecerle esas piedras de los muelles por donde caminaba, depósitos ante los cuales pasó inmensos como catedrales del progreso a medio construir. Tenía en la entrada los rostros opacos de funcionarios verificando su documentación y el gran portón de rejas abierto a la ciudad.

El día de fines de octubre presagiaba el verano, una molestia blanquísima hecha de reflejos sangrados al sol enceguecía al rebotar en superficies lisas y ella sudaba entre los senos por la piel acostumbrada al frío. A un costado escuchó el sonido del magnesio explotando; uno de los pasajeros del “Mary Ann” -un joven francés gesticulador y ruidoso- comenzaba el álbum fotográfico de la ciudad, encomendado por una casa editorial dedicada a viajeros y sociedades científicas de reputación intachable. Carruajes tirados por caballos aguardan a gerentes de empresas europeas que abrieron filiales antes de navidad. Los pasajeros de aspecto más aventurero, la mayoría hombres apenas salidos de la adolescencia, marchan decididos con sus arreos hacia el centro urbano y convencidos de que la travesía les usurpó días preciosos. Buscando comenzar cuanto antes las peripecias soñadas durante años de formación en pueblitos cercanos al milenio de haber sido fundados.

De ser ciertas las indicaciones recibidas a bordo el Hotel del Globo estaría en las cercanías del puerto, es ocioso alquilar un transporte y a ella le gusta caminar. Los baúles quedaron en el depósito y sus bolsos grandes de mano estarían en la recepción del hotel esperándola. La impresionaron las distancias que se organizaban alrededor de su cuerpo, de la planchada a la Aduana, de allí a los grandes portones y luego todavía. Muchos pies hasta la primera línea de bares portuarios que, mientras dura el día, disimulan su densidad genuina. Las explanadas de grandes piedras pegadas unas a otras se suceden como jardines en la campiña, los hombres son insectos terrestres atravesando desiertos cuadriculados de granito. La pradera artificial es interrumpida por un trazado deforme de vías férreas, sin locomotoras a la vista arrastrando vagones por ningún lado, paralelo doble de acero dando la vuelta al mundo marcando una latitud innecesaria a Dios. Su mirada se desparramó en la horizontalidad, la elegancia de la pasajera -cosmopolita y discreta- contrasta con el desaliño de los trabajadores caminando en silencio. Debajo de la falda, del juego plural de fraguadas enaguas, ella apuró el paso con la intención de llegar pronto al hotel reservado.

A unas doscientas yardas descubrió por fin un cartel indicando en inglés y francés la dirección hacia el Hotel del Globo. El maletín de mano le pesaba, estaba cerca del primer objetivo en tierra sin depender de la rutina organizada por la vida a bordo. Caminaba para sentirse a salvo, huía y consiguió salir del descampado alcanzando la primera línea de construcciones. Contrariando lo percibido desde cubierta –la apariencia de un caserío amontonado, trazado tosco de murallas rocosas- a uno y otro lado de donde se hallaba se extendía la perspectiva de construcciones recientes. Si a la derecha se insinuaba la continuidad de los mercados, barracones y depósitos, a la izquierda se percibía el inicio de un distrito tranquilo ajeno al pentágono pétreo de fortalezas y puertas defensivas; auguraban un desarrollo urbano sostenido, algo desaliñado que un observador paciente podría percibir de permanecer inmóvil por unas horas.

El Hotel del Globo era contiguo al puerto y rayano del centro de la pequeña ciudad que comenzaba a desbordar sus límites de baluarte colonial. En la zona se confundían mareas llegadas de las aguas más insólitas, marejadas humanas empujadas a esas playas por vientos diferentes. La calle del hotel caía perpendicular en los atracaderos, oficiando de precaria línea de demarcación para parcelas internas de la ciudad y tenía la singularidad de dar al mar en ambos sentidos. Separando el antiguo apéndice del casco original de las primeras casas efecto del crecimiento doble: paisanos venidos del interior llamados por el milagro de la capital, emigrantes llegados a tientas desde campiñas negras. El hotel resultó de una categoría más que aceptable, la pasajera conocía ese tipo de hospedaje; el inmueble sostenía cierta jerarquía, pero la proximidad implacable del puerto decretaba de antemano su condena y la ubicación probaba dos hechos evidentes. Que la ciudad era joven: los inversores evaluaron mal el riesgo del crecimiento anárquico vertiginoso del poblado recostado a una bahía, abierta a desesperados de toda Europa ansiosos de probar fortuna. Segundo, que el Hotel del Globo dejaría de ser establecimiento de clientela distinguida, para devenir lugar de encuentro de amantes y luego, cuando una prostituta hiciera en sus habitaciones el primer servicio de media hora consentido por la gerencia, se iniciaría una decadencia irreversible hacia la pensión, hacia el edificio abandonado con papel de diario en las ventanas y roedores –siempre las ratas- resbalando pezuñas por escalinatas de mármol de Carrara.

Ello sucedería en años cuando ella quedara excluida del mundo real. Hoy la esperaban como a un viajero cualquiera, uno de los cuales firmaba el libro de registros cuando la pasajera apoyó sus manos en el mostrador de recepción.

-Good morning. I’m Miss…

-Oh, si, la estábamos esperando. Bienvenida. ¡Welcome!

Era visible en la construcción del hotel la conspiración de arquitectos italianos, que en el sur del nuevo continente tenían la virtud relativa de lanzarse a combinaciones heterodoxas, capaces de confundir a un extranjero atento, dejándolo perplejo entre el rechazo y un vago sentimiento de pertenencia.

Buscando aparentar un pasado inexistente no se escatimaron materiales nobles comenzando por la fachada y la entrada principal; sin disponer de espacio suficiente igual se atrevía a jugar con la fuga de planos, las posibilidades de luz subtropical, la fragilidad de espejos y cristal, dando al hall talante de serenidad, hasta la bienhechora prescindencia de lo ocurrido puertas afuera. Los mármoles tenían sobrecargada elegancia de forjas entrecruzando rococó y solemnidad dieciochesca. Insinuación de manierismo decadente atemperado por grandes plantas de verde intenso, presagiando la cercanía de selvas húmedas y exuberantes. Si la distribución de ventanas, vitrales y claraboyas altísimas utilizaba las tendencias del sur mediterráneo, la recepción se decidió por el recato y sobriedad de la mampostería inglesa. Maderas finísimas prestaban cálidos toques de humo, licores entibiados acompañando lámparas y utilerías de un verde seco. Había en el conjunto cierta impunidad para disponer sin remordimiento del repertorio arquitectónico occidental. La intención disimulando la operación fluctuando entre saqueo y provincialismo; deseo de aparentar inteligencia y voluntad, alejarse por esa escenografía y ser decoradores del exterior. ¿Qué otra cosa podía ser un hotel? Una irrealidad aceptada, voluntad expresa de ser distinto al mundo exterior. Lugar de tránsito, antesala, refugio, leyenda de secretos ocultados y ausencia de preguntas.

La mujer, versada en el arte de observar temperamentos reconoció el carácter contenido de los empleados. Cortesía ostensible, indagación poco disimulada, servicio constante al cliente y criterio prescripto de la distancia. Durante su estadía ella sólo tendría trato con el personal visible; el otro, formado por negras y chinitas en zapatillas de yute, acarreando toallas tibias, lavando retretes y amontonando sábanas manchadas, sería presencia espectral en las horas que ella esté ausente de la habitación; sombras atravesando huecos de corredores y de quien la pasajera lo ignoraría todo. A su entender el personal visible era excesivo, parecía preparado para un número y calidad de viajeros que jamás llegaría al hotel. Ella podría ser un modelo cercano a tanta expectativa y frustrada en cada llegada de otro barco proveniente de Europa. El “Estrella del Atlántico” así como otros paquebotes del mar buscaban menos cada año los puertos del sur y las vías de Victoria Station pasaban lejos de Montevideo. La llegada de tales pasajeros se postergaba y sin ser ella la excepción: su viaje era lo distinto. La ciudad, en su primera línea de contención estaba pronta para recibir la melancolía de condes decadentes, el bullicio de amazonas envejecidas, artistas famosos del bel canto y banqueros dispuestos a invertir. Los barcos descargaban gente con olor a ajo dispuestos a partir siendo menos que nadie; devenir antepasados de estirpes vengadoras y rapaces, que esconden en casas señoriales cajones con fotos del abuelo zapatero remendón, guardaespaldas, clandestino de carreras de caballos. Esos no podían pagar las habitaciones del Hotel del Globo ni en la primera noche de encuentro con la tierra prometida, se perdían en calles de tierra y almacenes donde se escucha hablar en calabrés, húngaro, vasco.

El Hotel del Globo se niega el lujo de especulaciones al respecto, un hotel es el cuento con cien llaves necesitado de consumir novedades sin cesar. Así sobreviviría, hasta que el uniforme solemne del botones del turno de la noche pase a vestir el judas de los niños pobres del barrio y haya caído la penúltima letra del anuncio de entrada. Pensando en eso y clasificando los empleados ella se comportaba en entomólogo y le desagradó; si antes cayó en tentaciones similares rechazó repetir la experiencia con los empleados de hoteles que se estaban pareciendo unos a otros. Después de tantos días quería dormir en una cama apoyada en tierra firme, recobrar el espesor de lechos amplios con olor a lavanda, diferentes a los empotrados junto al ventanuco minúsculo, alineados detrás de puertas ruinosas, en corredores oscuros al final de empinadas escaleras de madera carcomida. La cama resultó grande y de bronce bruñido, la ropa blanca estaba impecable y limpia, sin una arruga. Ella entró en la habitación, cerró los ojos, respiró profundamente y en vez de impregnarse del asco previsible orillando la llegada del vómito, fue abrazada por un perfume de jardín recién segado, mezclado con olor a maderas de Oriente incrustadas en la puerta del ropero, en los cajones de la cómoda.

La habitación tenía lo necesario para alguien de paso y sumaba la grata sensación de que allí nadie durmió nunca antes: el aposento la esperaba y ahora comenzaba recién a cumplir la misión para la que fue decorado. La intimidó la soledad, el despojamiento cuando los cuartos disimulan el pasaje de otro ser humano. ¿Estaría la sobrecarga de ropas amontonadas en un rincón, sillones de raso raído, imágenes de vírgenes martirizadas, velas –el olor de velas- apagándose, mesitas cubiertas de carpetas bordadas repletas de baratijas, veladoras de porcelana, gatos gordos y peludos, mantillas cayendo hasta el tapiz pelado, el vaivén de orinales a medio llenar, peinetas con un diente de menos, jabones resecos y agrietados, cadenitas de bisutería, sillas enclenques, muñecas sin brazos y un párpado cerrado, frasquitos con líquidos colorados, pedazos de adornos, tazas, muchas cucharitas de metal y diarios viejos, cajas vacías de bombones desbordantes de agujas, dedales e hilos de colores, repisas donde apoyar pájaros de cristal, daguerrotipos ovalados con la efigie de los padres muertos, ceniceros a medio llenar? Eso la esperaba en habitaciones pretéritas cuyos bajos fondos nunca daban al callejón de la amnesia.

La mujer dejó la maleta a un costado, se desnudó despacio delante del espejo ovalado y se estiró en la cama queriendo descansar. Eran las ocho de la tarde cuando se vistió de manera informal y bajó al comedor; tenía apetito, pidió sopa de apio y un estofado con demasiada carne, el pudding la sorprendió gratamente lo mismo que el café a la italiana, aunque ella lo prefería a la usanza turca. Había pocos huéspedes a esa hora en la gran sala del primer piso, la desconcertó tanto silencio si bien preferible a la compañía de cientos de pasajeros, las inevitables sopranos que se hacían rogar poco antes de arremeter romanzas desgarradoras. Así como separaba miguitas de pan sobre el mantel, separó mentalmente con la punta de los dedos casi, lo sucedido durante el viaje de rutina aburridora, preguntándose si tendría fuerzas suficientes a partir de mañana para asumir las nuevas obligaciones. Las horas podrían ser planificadas sin inconveniente, lo extraño sería pasar la primera noche en territorio extranjero después de muchos años; sonó el carrillón discreto de recepción, ella miró el reloj de bolsillo que fuera de su padre y antes de su abuelo, atrasó las agujas hasta hacerlas coincidir con el horario de su nueva situación. Seguía viviendo con la hora de Londres y cinco horas eran poco según se calculara; dejó para mañana las secuelas de atrasar unas horas de su vida y pasar el tiempo leyendo la prensa inglesa -editada en Buenos Aires- mientras transcurría el ansia de la luz filtrándose, hasta suponer en la ciudad la presencia abarcadora de la noche.

Del comedor marchó a su habitación, ella entró y aseguró el pasador, acomodó las primeras pertenencias en los estantes del ropero, de la cómoda. Dejando sobre el sillón la ropa utilizada para bajar a cenar, se vistió con prendas más apropiadas para ir de paseo y antes de salir revisó el segundo maletín verificando si todo estaba en orden. Se propuso dar una vuelta inicial por las cercanías del hotel, por experiencia propia sabía que era peligroso para una mujer caminar sola de noche. Preparada para una de sus incursiones quiso partir sin plan determinado, pasear buscando ser otra más diferente, laborando las horas hasta conocer mejor que nadie rincones y callejones, portales mal iluminados, escaleras de puentes.

La escasa información que tenía en su poder desaconsejaba una larga excursión en la ciudad de nombre tan extenso. Cuando al recepcionista la vio decidida a salir, creyó su obligación aconsejarle el circuito menos temerario para los próximos minutos.

-Luego de la tercera calle, saliendo a la derecha, comienza la zona desaconsejable para una dama, dijo el recepcionista llegando a las instrucciones prácticas. Usted sabrá lo que busca… al hotel llegan pasajeros que me preguntan sobre tolderías de indios antropófagos, mansiones de gauchos, tortugas gigantes y campos de la guerra civil, siguió. ¡Ah! y de insectos gigantes. ¿Se imagina? Pobre de mí que apenas puedo dar información sobre tan poquito del país. Usted puede preguntarme lo que se le ocurra, me adelanto a decirle que ese entramado de conventillos y calles sin adoquines es la zona de la ralea. Por Dios, imprudente excursión para la primera noche… está a tiempo de encontrar actividad en la calle principal, que es muy coqueta. Salga y a la derecha, en pocos minutos encontrará una street iluminada. ¡Ah, mi querida amiga! El puerto dejó de ser lo que era hace unos años… nuestro establecimiento es rara avis que debemos cuidar. En la calle principal están la catedral, el Cabildo de la época colonial y el Club Uruguay donde encontrará personas de su clase. ¿You understanding?

-Si, bastante, dijo la mujer. Usted habla con prisa.

-Lo mismo decía mi finada madre, que en paz descanse. Feliz paseo.

Las historias del país y la ciudad la tenían sin cuidado. Creía en el valor incuestionable de la monarquía y los malones de arrabal los dejaba a la etnografía; no venía detrás de una caballada gritona de oposición sino de la distinción cercana al poder. Aunque lo intentara le resultaría fatigoso entender las causas de luchas fratricidas, compadecerse por la suerte de unos apasionados ciudadanos malogrados sacrificados por razones incomprensibles. Después de escuchar los consejos del recepcionista, la pasajera tenía claro el plano de ficción del lugar concebido con debilidades y prudencia.

La información iluminó la zona agradable del afuera, ella identificó sin error veredas que terminaría frecuentando tarde o temprano; era perceptible: a medida que avanzaba hacia el bulevar de grandes faroles la actividad se intensificaba. La gente del lugar discurría con desenfado sumiéndola en la grosera paradoja, acercándole el desconcierto sobre conflictos civiles -que ella suponía incesantes sucediendo fuera de los ejidos- y el atractivo contenido en bodegas de grandes barcos con cargamentos provenientes del norte. Caminó hasta la calle iluminada, las luces de faroles románticos se extendían a un lado y otro metiéndose en el mar tendiendo a la izquierda, perdiéndose ciudad adentro hacia un centro que se alejaba, el núcleo de una galaxia en fuga buscando confines del universo. Habituada a la cautela de pasar inadvertida se integró a grupos de transeúntes como una muchacha más. Las defensas iniciales dieron paso a una progresiva sorpresa, ella que esperaba sorprender la potencialidad de una epifanía de violencia inmediata estaba desconcertada; avanzaba en el espejismo menor de una ciudad europea, reconoció imágenes vistas en el pasado y oía el eco de avenidas transitadas con anterioridad. La primera réplica fue atribuirlo a un engaño de los sentidos fatigados por tanta tensión acumulada, propensos a cualquier mala jugada del encuentro entre la dimensión real y algo imaginado. El atractivo estaba en lo otro, caminó con curiosidad propia de cacería sin distinguir si era el zorro acechando una liebre o el zorro perseguido por la jauría. Podía concebirlo siendo la sucesión de imprevisible lo agresivo: comercios inmensos donde vendían pianos de concierto acordes a partituras de Chopin compuestas en Mallorca, panaderías alemanas ofreciendo tortas de manzana y dulces de Dusseldorf, salones de té cerrados por lo avanzado de la hora tras cortinitas de encaje y sillas de Viena junto a ventanales. Descubrió, emocionada, los escaparates de la Librería Inglesa con ejemplares recién editados en Londres, se detuvo ante una relojería exponiendo marcas prestigiosas de allá y en la vidriera había huecos necesarios para que -a la mañana siguiente- se colocaran anillos de oro con diamantes. Atrajo su atención la pulcritud de una sastrería para caballeros, que además de finísimos casimires exhibía una respetable variedad de sombreros. ¿Y si el viaje no estaba existiendo y ella permanecía en el muelle de embarque? ¿Se trataba del sueño en un wagon lit tibio que partió de Victoria Station para dejarla en Southampton, en Liverpool tal vez? ¿Tendría que subir dentro de algunas horas al barco de línea donde le asignarían el camarote número seis?

Al llegar a una esquina esas dudas prudentes se disiparon. ella enlenteció su marcha hasta quedar hipnotizada delante del cristal y detrás del cual un hombre sudado vigilaba un fuego. Desplazaba brasas rojísimas hasta dejarlas debajo de una parrilla apropiada a un martirio; sobre hierros paralelos de presidio, camastro de agonizante o alcantarilla, ventana enrejada de asilo mazmorra para enfermos mentales, le pareció inadmisible el espectáculo que revolvió su estómago. Trozos informes de carne colorada de sangre escurrida, costillares de corte transversal truncando huesos que dejaron de ser blancos para tostarse; a un costado la brutal disposición de naturaleza muerta que identificó al instante, riñones, intestinos, corazón, hígados, ubres, testículos, cabezas hachadas de lechones recibiendo calor pugnando contra la podredumbre. La imagen de las vísceras presentadas con una ordenación lindando la estética le congeló el tiempo vientre adentro. En el interior del círculo de fuego el hombre, incómodo cuando avistó a la mujer curiosa, sacó achuras para ponerlas en platos blancos, pasó de zonas tibias de la parrilla a rincones ardientes porciones solicitadas con urgencia.

Esa mujer no tenía aspecto de muerta de hambre, sus ojos eran más inquisidores que los de un simple paseante evaluando su apetito; ella se percató del rechazo que provocaba en el asador y salió del trayecto de miradas encontradas para recostarse en el muro, se llevó la mano al estómago sintiendo una punzada de embarazo avanzado. La violó el humo de la carnicería quemándose y devolviéndole los síntomas febriles de una enfermedad que creía arrancada del organismo, recuperó el antiguo trayecto de su itinerario bajo la forma de una atracción, el color interior, la necesidad de pelos y caricias, excitarse sintiendo que la acecha el peligro. A esa hora la ciudad se disolvía en una espuma sucia de sueño, en el penúltimo crepúsculo las personas desaparecían de las calles devoradas por la noche. Las luces se apagaban igual a velas a las que un viento venido del sur les desgarró la llama, a una señal inaudible al sentido se alteraron sonidos ambientales, rezagando un eco al nivel subterráneo de rumores trasnochadores. La masa amorfa de los sonidos de ciudad viviendo perdió intensidad, comenzaron ruidos nocturnos de individualidad fundiendo sonido con eco, certeza con duda, lo cercano y distante sin diferencia alguna.

La pasajera del “Mary Ann” en tierra distinguió el ladrido de un perro, venía del otro lado de una tapia de ladrillos derruida siendo la respuesta de algo parecido a un ladrido proveniente de mar adentro. Escuchó el grito de arenga del cochero incitando al caballo, la fusión del golpe sincronizado de cascos herrados en adoquines fundido al de los aros metálicos de las ruedas, el chasquido del látigo castigando la grupa de la bestia y el sordo relincho de dolor. Ella temía por otro sonido que de tan nuevo resultara imposible distinguir un aria inédita de la madrugada; al cuerpo llegaba el rumor marino reventando contra murallones y distinto al fluir espeso de mareas comprimidas pasando debajo los puentes de madera… después eran claros los pasos y risotadas, la música de instrumentos orilleros, portuarios.

Como ciego sediento en una ciudad a oscuras, ella se acercó al área vedada por advertencias del hombrecillo pusilánime del hotel, atravesó la línea imaginada sedada y tranquila. Desde el momento de embarcarse –escena que comienza a olvidar- cada gesto fue intento frustrado de ensayar ser otro personaje, ese arrabal del arrabal del mundo resultó a escala reducida, tenía tres, cuatro, puede que cinco calles insuficientes para sus planes, aunque el olor comenzaba a aparecer siendo el mismo de siempre. El ensayo para dejar de ser lo que había sido llegó a su fin, cada nuevo movimiento tenía un desafío de reafirmación, era un esgrimista alejado de la competición que intenta recuperar -en entrenamientos secretos- agilidad de avance, la estocada a fondo y distancia para tirar golpes a los puntos vitales. Pretendió poner un mar de por medio y su único bagaje auténtico era ella misma, que trajo íntegra de la isla, viéndose obligada a inventar artilugios, técnicas improvisadas, nuevos motivo de abordaje.

Estaba allí mientras ocurría el intercambio de miradas interesadas y las maneras lentas de caminar, donde ciertas urgencias requieren un ritual coreográfico de sombras haciendo pleno el placer de reincidir en la debilidad. La danza es el minué nocturno entre mujeres ofertando su declinación, jovencísimas doncellas soeces, gritonas y bebidas haciendo el invite insinuante a caballeros ocultos en portales, disputando tarifas con donceles a quienes les está permitida la altanería, simulando la custodia de rufianes discretos. La noche alternaba la luz de la luna con golpes de oscuridad total, la pasajera caminó de un lado a otro integrándose a la pavana en preludio con desenfado y le bastó una mirada para tener el panorama claro de la comedia. Tenía por delante varios meses para conocer entretelas de la ciudad, sería imprudente ahondar las vivencias en la primera noche; pudo marcharse, pero eran más potentes las ganas de mirar con desenfado. Algunas muchachas estaban sorprendidas por su presencia y repugnadas casi, como si la intrusa las desvistiera manoseándolas a la vista de todos. Una entre ellas, morena de algo más de treinta años intuyó lo buscado por la pasajera del camarote número seis, la agredió sosteniéndole la mirada, haciéndole saber que estaba dispuesta a darle lo deseado si pagaba el precio que exigía un servicio excepcional. La adivinó en la manera de encender el cigarrillo cuando estaban a menos de dos metros una de otra. En la firmeza de las manos iluminadas por la llamita, la morena también se excitó con el regusto de la caña subiéndole al paladar hasta provocar su propio infierno. Ambas sabían innecesarias otras declaraciones en la entrevista sin huecos para malentendidos, fueron directo al asunto, la pasajera aceptó sin regatear el precio establecido por la morena y pidió postergar el encuentro hasta el otro día por estar, dijo mintiendo estar al final del período invocando discreción que se daba por sobreentendida. Demostrando su buena fe y confianza en la desconocida, la pasajera adelantó algo de dinero, exigió con firmeza varonil la exclusividad total para mañana. Se encontrarían a las nueve de la noche en un lugar que despertara menos suspicacias, el pacto quedó convenido, la pasajera le obsequio a la morena tres cigarritos turcos y después la besó en la boca pasándole la lengua por las encías catándola por adelantado. La morena sintió la mano firme de la extranjera en la cintura, el olor de mujer limpita y se derramó pensando el goce postergado. Después se separaron sabiendo las dos que mañana sin falta se encontrarían para retomar el delicioso asunto interrumpido. A paso rápido, dejándose arrastrar por el instinto fuera de control la pasajera del camarote número seis del “Mary Ann”, que atracó esa mañana misma en el puerto de Montevideo, regresó al Hotel del Globo. Por fortuna estaba el conserje de la noche y pudo obviar el comentario de su primer paseo nocturno al comedido que hablaba apuradito; cuando pidió la llave evitó demostrar la excitación, subió las escaleras a paso de institutriz frígida, entró a su habitación y abrió de inmediato la ventana para respirar hondo el aire de la noche, la brisa con olor a salitre. El corazón le latía fuerte, ella bajó la intensidad de la luz de gas hasta que las penumbras deformaron sombras sobre paredes empapeladas. Se desvistió despacio como si la morena de la calle estuviera ahí con ella contándole los viles desgarrones de su puta vida; se quitó la ropa menos la camisa, fue hasta el costado de la cama grande y se sentó; abrió el maletín con iniciales grabadas y sacó uno a uno envoltorios de terciopelo azul que fue desplegando como muestrario de esmeraldas amazónicas sobre la colcha bordó. A la luz de la llama azulada los aceros del instrumental brillaban disparando efectos espejados, las formas conocidas adquirían una novísima perfección y reflejaban senos envilecidos de la morena que se dejó lamer las encías y su propia espalda acariciada por dedos ásperos de la mujerzuela. La pasajera tocó los bisturís, escalpelos, tijeras afiladísimas prontas a cortas las mamas y las tripas, preguntándose cuán larga será la noche de mañana o era preferible seguir huyendo del basurero de Whitechapel hacia Buenos Aires; lejos de sus amadas putas descuartizadas en la niebla y así -pensando como recién casada en el monstruo embrionario- la pasajera se recostó sobre el almohadón de plumas, hasta quedarse dormida para soñar con gallinas degolladas.

Signo pez en una tela de J. Torres-García

(Miguel contempla la estatua del general Prim)

Ocurre que transcurren las horas sucesivas en las cuales mi mente superpone las dos ciudades hasta la confusión. Ello es posible cuando el control abarca los minutos de tregua y el raciocinio capitula, lo que me permite suponer que lo recordado y vivido nunca ocurrió en el callejón ciego de la realidad. Desde la última memoria que acepto como razonable pasaron muchos años, después navegué incontables millas a la deriva sin acertar a memorizar el rumbo original. En los escasos instantes de conciencia por sobre el extravío, llego a presentir (visión fulgurante rozando la certeza) que soy capaz de manejar la materia espesa y peligrosa afectando mi cerebro. Son los mismos que en otras épocas –que supongo normales con optimismo- tienen poder para desconcertarme, sacarme de órbita y hacerme padecer el vértigo amnésico de una memoria futura.

Quiero decir de una buena vez y siendo claro en mis propósitos: direcciones postales con escasos remitentes y manuscritos al dorso de sobre tricolores de correo aéreo. El sabor que las bebidas alcohólicas Ancap incrustaban en mi paladar de debutante, formas del humo ascendiendo, color azulado tirando a gris gato de cigarrillos de marcas de allá y que tal vez dejaron de fabricarse. Nevada, La Republicana, La Cubana, La Paz, Flor de Liz, Oxi Bithue. Mi facilidad de evocaciones asociadas a isotipos publicitarios de cigarros y bebidas, canciones recordadas a medias –a lo sumo las dos primeras estrofas: o love me do, yo know i love you…- activaban en mi regresándome al presente –ahora que pienso esto- la duda sobre lo acertado de mi elección y el temor de terminar mis días igual que el pobre Ernesto, habiendo estado tan próximo uno del otro.

A fuerza de verlas entrar en acción cambiando el aspecto del mundo, estoy convencido de la existencia de fuerzas invisibles y energías incontrolables escapando a mi voluntad e irreductibles atracciones a la racionalidad. En tales esos casos, cuando suceden, mientras las presiento operando cerca, me abrazo al salvamento de hechos verificables y datos concretos.

Es creíble e indudable la presencia de la luz solar insistente –aquí- propia del mes de mayo; luz que impregna de fotones dándole color al corredor formado por los árboles. La doble hilera del follaje comenzada en plaza Cataluña donde está -ahí está ahí está viendo pasar el tiempo- el café Zúrich, alcanzando sin tropiezos la estatua de Colón apuntando la vuelta al Sur por el mar. Cayendo de inclinación perpendicular sobre paseos fluviales mientras la juventud del mundo y con la vida por delante nada entre olas de verdad, viene a iniciarse al golpe sincronizado del remo. Es un camino de iniciación para evitar perderse, a uno y otro lado se esconden y cantan pájaros de bosques cercanos, trinan buscando la unidad perdida y en desconcierto la falta de estar ahí cautivos, advirtiendo algo que los humanos insisten en ignorar. Parte del sol me pega sobre el cuerpo iniciando la serie de reacciones en cadena y el calor se instala sobre la espalda sudada también de otros caminantes.

Cuando esas horas allanan mi existencia patibularia opto por dirigirme a paso firme hasta el refugio protector de confundir las dos ciudades que entran en conflictos. Las mismas que cualquier viajero sensato e informado bien sabe distintas, se trata de ciudades distintas que en mi mente se superponen, alcanzando tal grado de confusión que resulta inocente, sin otro peligro que para mí mismo. Necesitado del tercer plano resultante de superposición, si es que deseo hallar mi guarida reconfortante.

Intento entreverar los tiempos, lo hago con decidida inclinación por el tiempo que se califica con el término de “aquellos” y en extraña personalización plural. Fórmula que logra asignarle a los meses (medida intermedia lunar, práctica en agendas, operacional para el presente propósito) la existencia o identificación con amigos que están lejos. Me refiero a este preciso instante y seres ajenos a lo que sucede ahora, desazón sin saber si continúo existiendo en la economía cósmica e indiferentes a consecuencias prácticas de mi extraño panorama afectivo. Consistente en forzar planos mentales hasta confundir ciudades y que -tal como fuera afirmado- se desata, sucede de repente, cuando irrumpen, inesperadas, entiéndase sin avisar en mi existencia, ciertas horas intrusas a toda cronología.

Cuando mi conciencia bifurcada en alerta presiente la aparición de tales instantes de confusión, instigada por fuerzas exteriores -también fue dicho- opto por responder con gestos simples. Sin énfasis, nada ostentosos, evitando la provocación, puros en su evolución. Digamos que marcho hasta el kiosco de la prensa, que a fuerza de frecuentarlo desde hace años hice “mi” kiosco con nombre (por otra parte, todos son iguales y creo conocer el nombre del dueño) y pido o tomo de los montones un ejemplar dominical de la prensa.

El País, que tituló sobre el ingreso de España en la OTAN. Ninguno entre los peatones a esa hora imagina que “allá” (que para ellos es hacer referencia a ninguna parte), en el territorio que está luego que se deja atrás en el tiempo la silueta de Montjuic, editan un periódico que se llama igual. Ese detalle de duplicación –sugiriendo la existencias de mundos paralelos- me hace sentir diferente, tocado por un don de la sensibilidad. La vulgar coincidencia destroza de antemano, se adelanta de facto –la explicación narrativa del episodio fundada en el azar- a lo siguiente que cambiaría si optara por comprar Avui Barcelona o Tot Mataró, que aprendí a descifrar y leer sin percatarme de la transfiguración.

Una vez con el diario doblado y puesto debajo del brazo busco la sombra de un café del Parc de la Ciutadella; los que están lejos de la entrada principal y desde los cuales se puede observar la dama del paraguas, la estatua ecuestre del general Prim.Me agrada el sabor del café, nunca me avergüenza admitir que para el estado raro que produce la confusión disfruto esa experiencia. Instalado en la silla estilo vienés pongo El País sobre la mesa, algunas mañanas en idéntica configuración me dan ganas de decir en voz alta “¡zomo, un feca!” hablando al vesre. como hacíamos los niños del barrio de mi infancia: cuando la iniciación a códigos infantiles del lenguaje.

Me reprimo por razones obvias, lo pienso con esperanza de engañar el penitenciario circunstancial y la conciencia del momento presente. Por otra parte ¿cómo reaccionar si la camarera me hubiera hablado en dialecto rioplatense y preguntado detalles de mi historia? Resignado, repito el gesto timorato intentando remedar la medida del pocillo con el pulgar y el índice de la mano derecha, como si ella y yo fuéramos sordomudos. Es derpimente que la gente rodeándome me ignore; a causa del sol que ciega, porque no estoy allí y quiero confirmarme, repito el gesto alguna mañana a dos camareras diferentes. Una vez aceptado que el mensaje de los signos llegó al destinatario me concentro en la prensa. Lo hago con sincero interés, por momentos me descubrí interesado en carreras de caballos programados para esa tarde de domingo en el Hipódromo de Maroñas, circo hípico más lejano que todas las millas oceánicas separándome de la otra ciudad.

Durante algunos minutos escapo de la catalepsia hipnótica impuesta por la nostalgia y observo al detalle, como pájaro encerrado de la Amazonia el único mundo que me rodea. Nunca me tentó coleccionar sellos de correo de comienzos de siglo (series entre 1883 y 1924) ni monedas antiguas. Cuando entré en el parque – ¿era el Parque o la plaza Real? – donde pululan borrachos de todas las edades, mujeres alienadas y pintarrajeadas cantando a capella coplas de Suspiros de España. Donde las palmeras filiformes disimulan su miedo de vírgenes de abisinias y se cruzan negros de todos los colores, allí donde los indescifrables códigos de submundos –entremezclados hasta hacer ósmosis- me llegan juntos provocando la saturación.

Esa sensación de no ser nadie reconocible resulta inmediata y sensual, grata y completa. Una vez terminado el café, luego que resulté confrontado con noticias del presente imperial abarcador, recorro puestos improvisados de vendedores de sellos, monedas, escarapelas, billetes de Imperios en bancarrota. Lo hago con minucia atenta que atribuyo y supongo en el avezado numismático de vocación heredera, deslizándome solemne y distraído con la codiciada apasionada de filatélico coleccionista, buscador obsesionado por planchas raras del aeroplano invertido del reino de Laponia.

Luego de asumir esa confirmación existencial me distancio del bullicio del parque, del bazar de la otra de las ciudades confundidas y emprendo –siguiendo la rutina de una especie migratorio milenaria- mi camino hacia el mar. Sin duda: es a causa del sol de mayo (cuadrantes celestiales alterados, distancias variando de continuo entre planetas, tormentas de fuego esféricas entrevistas por Ícaro: yo mismo) que fracaso al aunar en una imagen mis dos ciudades inconfundibles.

(Ernesto en Mayo)

La gente entre la que sobrevivo ignora que el MON entero es el principio generador de mi MONTEVIDEO. El pobre amigo Miguel a veces se confunde y al final se salva logrando distanciarse del espanto; por el contrario, yo no tengo arreglo. La situación se repite de mal en peor, busco superarlo con tolerancia y resignado sin intentar la rebelión ni deseo modificar consecuencias de mi apatía.

Camino por la calle Aribau y también por Balmes -de preferencia de mañana temprano- repitiendo el trayecto en subida que lleva hasta el centro; en esa configuración supongo (estoy seguro) estar caminando por la calle Colonia de la otra ciudad. Es un ejemplo tomado al azar, es así con todo incluyendo esquinas tronchadas en chaflán, objetos tirados en la calle o expuestos en vitrinas de anticuarios. Casas de desconocidos a quienes persevero en atribuirles vidas paralelas, sosías conspirando contra mí a miles de kilómetros.

Me lo recuerda cada vez que nos encontramos, Miguel dice “me resulta más sencillo inventar que recordar” y mi querido amigo debe estar en lo cierto. Mientras me habla igual que a un hermano menor permanezco callado, siendo la manera de contradecirlo y aceptar sus extravagantes teorías. En tanto extraño un fantasma que murió después de la muerte, así echo de menos a sabiendas una enorme y absurda mentira.

Al sumarse los domingos de mayo –con el segundo domingo del mes es suficiente, aunque caiga en los primeros diez días allá- en el fantasma comienza a instalarse el hastío de otoños ventosos que resultan eternos. Las hojas de los árboles caen a ritmo dulce de chacona, un viento proveniente del sur del hemisferio impregna de pelusa vegetal la mirada de los transeúntes. Ellos entrecierran los ojos evitando la tristeza ambiental contaminando los alrededores.

El río marrón –por barro y definición cómoda- se encrespa en la superficie, parece en la inminencia de una violenta irritación. Asoladas por el segmento más frío del cielo natural las playas urbanas están vacías de bañistas, se ven a lo lejos ancianos abrigados ensayando una intrascendencia de la muerte avanzada y tres perros que no paran de correr de un lado a otro persiguiendo presas invisibles. El contacto con la arena los azuza hacia presas crueles e invisibles.

En la cuadrícula interior de mercados con estructura de hierro se oye un acordeón tocado por un ciego, cada pocos minutos un vendedor tirando a pelirrojo quiebra la calma del murmullo con la oferta de liquidación. Grita en falsete y la gente compra las últimas frutas con el sol del verano dejado atrás. Teniendo en cuenta que se hace tarde las parejas jóvenes abandonan los amoblados disimulados dentro de zaguanes en penumbras discretas; cruzando umbrales a paso ligero, mirando relojes pulsera manoteados de apuro después del duchazo, tramando coartadas por si hay preguntas indiscretas. Los bares tardíos y remolones de la ciudad levantan la cortina metálica evitando morirse de aburrimiento antes de baldear la vereda mientras otro día comienza.

La ciudad de los viejos impregnada por el inconfundible olor de ancianos se despereza con lentos movimientos. Duelen las articulaciones, viejos calzados con pantuflas y bufandas enroscadas al cuello como pitones de la postrimería barren la vereda de su último domicilio, el perímetro que reconoce la dirección de catastro y sobre el cual es calculado el monto de los impuestos municipales. Por horas amontonan hojas caídas durante la noche en el ángulo que forman la calle alquitranada con el cordón de la vereda. Las juntan y las queman sin apuro llenando el aire de olor penetrante que irrita las fosas nasales de quienes aciertan a pasar por el lugar a esa misma hora: olor a fantasma quemado.

La muerte está instalada en el recuerdo, los sobrevivientes comenzaremos a convocar voces de difuntos quedándonos solos de este lado rugoso de la vida. La tristeza se distingue, se la puede oler hasta palparla, cala en el cuerpo afectando los huesos como lo hace un cáncer indoloro sin diagnosticar. Estoy muerto en esas calles barridas por los viejos en pantuflas y muerto en olvido, los viejos lo intuyen sin saberlo y me incineran en el fuego de las hojas caducas. Debo buscar el mar imperativamente.

(la Fundación Miró)

Contemplo Barcelona desde la ladera del Parque de Montjuïc –como cada domingo después de treinta meses- y descubro en los mismo lugares mis perfiles de la ciudad. Torres y campanarios variados de los templos, silueta del castillo susurrando la historia del sitio y de la fe en el poder terrenal. Retengo mi mirada en cruces de avenidas y puentes, rieles de líneas de tramway y circuitos de turistas, aquello otro más íntimo trazando el enigma gráfico de la ciudad. La Fundación Miró en cuyas terrazas exteriores me paseo es un edificio enorme y pintado de blanco, luminoso en todos los niveles interiores fue concebido para el diálogo entre afuera y adentro, dar testimonio de memoria y utilidad del arte en el furor de mundo contemporáneo. El inmueble se maquilla con controles de acceso cuando todo es ahora peligro: la boutique donde venden catálogos de afiches de exposiciones monográficas colgadas en esos muros durante la última década; la biblioteca y otras salas del paseo guiado del museo diseñado después de los años sesenta y abierto en 1975.

Los domingos –trato que cada domingo resulte el mismo- hay estudiantes curioseando, instigados por profesores vocacionales y mandato de producir informes con evaluación. Están los pasajeros de dos o tres compañías de autocares que vienen de Trieste y Pontevedra, Dusseldorf y Praga; transportan grupos compactos de personas mayores que deambulan por espacios conectados por rampas. En sus lenguas regionales los turistas escuchan mediante audífonos explicaciones del color del signo, sobre trazas del Modernismo noucentista y tonos de ríos afluentes de la pintura abstracta.

Entre opción vida muerte y diseminados infinitos de ubicación en el presente, es una suerte para Ernesto estar ahí deambulando en ese grato ambiente. Nunca supe cómo es la realidad decía mi amigo, yo todavía sigo sin saberlo, por momentos me aparece cierta como la nebulosa Andrómeda interrogando la suma de certezas superficiales, átomos de carbono y moléculas de manganeso. Alcanzo a distinguir fases intermedias de la materia y a ese conjunto amorfo –jurisprudencia de los sentidos, pobres y tendientes a la confusión- llamarlo “lo real” aparece como un gesto más abusivo cada día. Puedo tranzar en la palabra “engaño” aceptando la persistencia de la ilusión insensata; acotada a la verificación de sentidos susceptibles al engaño e ineptos a acceder por sí solos –sin ortopedias ópticas- a secretos extremos del cosmos y la materia: seguro que por ignorar su configuración verdadera es que pretendía transfigurarla.

Ahora que lo pienso en domingo (cuando cierre el balance trimestral de mis acciones recientes será desesperado) me consta que a su manera tangente Ernesto se salvó. Coraje intuitivo, porque la cabeza no daba más empujó perseverante sin retroceder ni temer consecuencias, forzó situaciones una y otra vez y más todavía. Su objetivo secreto se me aparece claro, nada de cambiar ni redimir, la consigna era continuar sin detenerse, entregarse con todas las fuerzas hasta el fin agotando posibilidades.

Con el paso del tiempo y la frecuentación de la Fundación descubrí que los insectos mutantes de Miró -si fueran insectos reales y no humanos transfigurados durante el sueño- cambian de aspecto domingo tras domingo. Entre manchas amarillas, pinceladas rojas y fondos azules dominantes, manchitas como si de verdad estuvieran vivas avanzan de un lado a otro. Los grandes lienzos se desplazan, magma gaseoso de constelaciones insospechadas sin concebir secretas intenciones ni destino declarado. Refutando una a una las medidas conocidas del tiempo y viendo en simultáneo, cuando me considere misterio de luz, ondas, corpúsculos, luces erráticas de otra realidad y que Ernesto –de manera mágica- desea comunicarme sin desarmar mi precaria situación en el mundo.

Sé que me miran los insectos esos pintado de por Joan Miró –que recibió a Joaquín T-G cuando llegó a París- como yo miraba desde una ladera del parque el dibujo a escala natural de Barcelona hace algunos minutos.

(el milagro de la rue Sembat)

…camino despacio sobre las aguas haciendo equilibrio sin la red del milagro por la escollera de hierro y cemento. Vengo sonámbulo para ver de cerca la respiración de asfixia de peces adornados de plateado sin refinar, tirados sobre piedras calientes tentando algo que les permita respirar oxígeno que ahoga. Viéndolos morir imagino mi Mantra marino bajo el agua turbia, logro escuchar repetidas sirenas de remolcadores que no dan más y los supongo pintados de bermellón en 1943. La fecha es inconfundible, diciéndole en voz alta siento agua en la boca que inunda mis fosas nasales, anegando la garganta baja por el esófago, gana la tráquea arrastrando lo que encuentra a su paso hasta desbordar los pulmones; agua sucia de puerto de cargueros con detritus espesos sumando repugnancia al vómito reventando adentro.

Al comienzo de las maniobras el objetivo es inalcanzable, luego entiendo que la empresa supone una cuestión de ritmo y respirar en el mar con branquias irreales; considerando el vuelo en picada de bandadas de gaviotas intrusas en la trama urbana, detrás de silos petroleros y grúas del puerto. Como si de un cambio se tratara, los costados de mi cuello se escinden formando llagas purulentas para luego cicatrizar un juego de agallas simétricas. Levanto entonces la cabeza, llevo las manos a la altura de los ojos, impulsado por el temor de que los párpados salten disparados de la cara simulando pellejos encallecidos. Me estoy partiendo, el dolor de cabeza en cefalea me parte al medio.

Un invierno matemático del siglo antepasado Joaquín Torres-García decretó: la realidad de los sentidos es fragmentaria en su apariencia y en corolario de razonamiento. Sin dar a nadie cuenta de sus actos picó la insensata “idea” de Montevideo en decenas de pedazos regidos por un orden mágico y numérico intuido por los antiguos. Después de esa primera etapa, una vez ante los fragmentos los desparramó –a los pedazos- tirándolos por los rincones del taller de la rue Sembat en París para después, en cada nueva obra iniciada de mañana temprano, armar otra ciudad distinta de la ciudad perdida.

El viejo –era viejo prematuro cuando sucedió el regreso a la infancia- supo desde antes –luminosas intuiciones- que un orden primordial se extravió en la amnesia olvidando la memoria de una ciudad sin nombre. Dejó para después de muerto un rastro calculado de fragmentos, para quienes sobrevivimos ensayando el fragmento e intentamos rearmar en el espíritu la ciudad perdida que subyace. Sin ella suponerlo, la ciudad que fue la de su infancia antes de regresar a Mataró explotó en pleno vuelo: granada de arcilla rellena de formas cristalizadas.

Fue así de sencillo lo ocurrido en la superficie en lienzos de Torres-García, sobre maderas, cartones suecos y bastidores, soportes murales de sanatorios públicos, donde muchachos sin recursos intentan desalojar el bacilo de la tuberculosis de sus cuerpos mortales,

la realidad apacible de la aldea rioplatense resultó alborotada hasta convertirse en espectro proporcional y

las apariciones resultantes evocaban una geometría no Euclidiana que se respeta en el reino de los muertos.

El dios pagano y mediterráneo de la orilla cristiana que anidaba en Joaquín –descubierto entre doncellas hilanderas de Mataró- ordenó con voz de trueno y larga barba temprana de alguien llamado a ser profeta, que el universo todo explotara en triángulos isósceles y signos, rectángulos perfectos, círculos y cuadrados que vinieron de la nada cuando J. T-G abrió el compás de la sección áurea, el segmento obsesivo de los pitagóricos.

Tuvo piedad al dejar ir por el caño con orín y excrementos los colores artificiales que le desagradaban.

La ficción alteró verdades cromáticas elementales.

J. T-G fue quizá a su pesar y por imposición de varias circunstancias una divinidad terrible y obcecada,

revelador y vengador, que fracturó nuestra ciudad de orígenes con la idea descabellada de enseñarnos el arte de rehacerla para luego renacer,

mejor así: es el único camino que nos queda para salir ilesos y debemos pasar alguna forma de la muerte que logre despertarnos.

Parado frente al mar, mirando peces muertos vueltos rígido arco de carne pútrida mi cabeza estalla a pesar de ver a mi alcance la línea del horizonte, detona siguiendo el delicado equilibrio de un cuadro de Torres-García sin llegar al orden de los lienzos, como recuerdo predestinado a desaparecer de mi memoria. Oculta por humo de hojas quemadas durante semanas benévolas del otoño, en veredas montevideanas por viejos inmortales, que arrastran con los pies pantuflas de paño ordinario cubriéndose la boca con bufandas de lana a rayas de colores pálidos y flecos,

tejidas a mano por nueras hacendosas.

(tarjetas de embarque)

-Miguel, vení, fue lo que dijo Javier. Éste es el amigo Ernesto, del que te hablé tanto hace unos cuántos días.

-Nunca supe qué es lo que entendemos por realidad, fue lo primero que dijo Ernesto. Encantado de conocerlo por adelantado respetando usos sociales y buenas costumbres.

-Si la cosa viene así con ese tono no hay nada que conversar, respondió Miguel dirigiéndose a Javier, responsable de que ambos pasados se cruzaran y para luego separarse en el castillo de lo inconcebible.

-Compañero, no lo tome a mal… algo de ironía hace bien, dijo Ernesto como si quisiera calmar la situación.

– ¡Compañeros las pelotas! estalló Miguelito, que por esas semanas tampoco estaba para sutilezas del espíritu.

-De verdad y sin ofender, terció Ernesto más conciliador. Esa es mi manera de presentarme a los desconocidos desde hace un tiempo, considérelo tarjeta de visita más parlante que impresa, reconozco que es infrecuente, la mayoría de las veces desconcierta. Tampoco es la primera vez que me acarrea problemas de relaciones públicas, dando lugar a malentendidos que luego son difíciles de desenredar. En todo caso es buena para los nervios, los míos para empezar se sobreentiende.

-Bajá un cambio Miguel… así como lo vez, con su don de hacerse odiar desde el comienzo, es el tipo que consigue pasajes baratos de avión mediante combinaciones de apariencia inconcebible. Es su manera turística de participar en la revolución; está convencido de que mientras pasa la tormenta que se abatió sobre nuestro país, la población expuesta debe preservarse escondida en el congelador del mundo, intermedió Javier buscando la reconciliación.

-Siempre las mismas exageraciones. Barato lo que se dice barato no hay nada en la vida, dijo Ernesto. Menos en tiempos de estampida y especulación. Precio de amigo y gracias con la condición de aceptar hacer escala en Praga, siempre hay que pasar por Praga.

-En estos tiempos de éxodo y represión pisándote los talones toda ayudita sirve, respondió Miguel. ¿Buen precio en serio?

-Hay buena voluntad sin excesiva solidaridad, se hace lo que se puede, dijo Ernesto. Hasta este momento ninguna reclamación y menos en razón de la escala Checoeslovaca. En plena conciencia de la derrota histórica, creciendo la desbandada de las vidas orientales, llevados por el viento maloliente de la historia regional, el azar casual u otra voluntad superior me colocó en el lugar de tránsito. Caronte criollo cebador de mate… conozco todas las historias de pájaros derrotados que emprenden vuelo sin brújula y al voleo.

– ¿Podés repetirme eso raro que contaste hace un rato?, le preguntó Miguel.

-Es una sentencia con variaciones, tipo caligrama chino, dijo Ernesto. No sé cómo es la realidad. ¿A qué viene la pregunta?

-Por nada especial, dijo Miguel. Cuando la escuché una primera vez la entendí a medias.

-Comprendo la confusión, replicó Ernesto. La esencia del sentido implícito trata de una lenta sabiduría. Recomiendo paciencia, ya te llegará con el tiempo el turno de alcanzar el sentido profundo y secreto de esas palabras.

-Javier me adelantó que en los próximos meses también marchás para aquellos rumbos catalanes, dijo Miguel. Me pregunto si es una buena idea, si llegará a gustarnos y tendremos un espacio aunque minúsculo sin que nos jodan y poder comenzar una nueva vida.

-Uy, uy… veo que ya en la primera entrevista te atrevés a la frontera peligrosa de la trascendencia, dijo Ernesto. Vita nuova y lejos es fórmula mágica peligrosa. Andá con cuidado muchacho, por mi parte creyente en procedimientos esotéricos y la maleabilidad combinatoria de la materia, estoy seguro que estaré como pez en el agua. Nunca hay una nueva vida, con suerte hay otra y se asemeja a la metemsicosis.

-Una certeza inesperada en un escéptico de la materia y los sentidos, dijo Miguel.

-Intuiciones entonces, digamos intuición pura compañero, dijo Ernesto dando por finalizada la escena de la presentación.

(la carta marcada)

No sé cómo es la realidad… ¿te acordás hermano qué tiempos aquellos? Fue lo primero que dijiste cuando nos presentaron en la casa de Javier, hora inolvidable. Eso fue hace muchos años en la misma vida y otra, sucedió en una casona fría de humedad que necesitaba dos manos de pintura en pleno barrio Sur. Día inolvidable tanto como la otra mañana en que recibí y leí varias veces tu alocada carta que no se te parecía. Lo admito, al principio preferí no hacerte caso, me dije: lógico, esta vez Ernesto se fumó unos porros de dudosa mercadería y con la cuestión de la nostalgia sin resolver, le dio por cagarme la semana con una historia a la vez paranoica y fantástica.

Igual acepté la desmesura y te busqué por todos lados por si se te había ocurrido lo peor. Busqué por los rincones de la ciudad que caminamos juntos como paisanos en los primeros tiempos de acomodarse al territorio, muy castigados, hasta que la nueva vida –que seguía siendo la misma- empezó lenta a distanciarnos sin saber lo que estaba ocurriendo. A pesar de las señas precisas que había en la carta, me resistí a venir a buscarte aquí por más mágico que sea el entorno. Esta sala acogedora con aire acondicionado, temperatura estable, perspectiva inquietante de visitarte los domingos, como si fueras un hermano enfermo internado sin remisión en la clínica para enfermos mentales.

Los primeros días después de recibida la carta tenía que desdecirte, aceptar que te borraste habiendo decidido desaparecer del circuito que trazamos; mediante cartas recomendadas estampilladas en pueblos con estaciones termales, clínicas para enfermedades pulmonares. Utilizando cabinas telefónicas públicas defectuosas en estaciones finales de las líneas de Metro y la red de ferrocarriles de cercanías, oyendo otros viajeros llegando que ni de nombre te conocían. Terminé aceptando que habías desaparecido de las dos ciudades a la vez habiendo provocado el supremo acto de la magia reservada para iniciados. Igual que si de verdad te hubiera tragado el mar y luego la ballena de Jonás, el mar que tanto te hipnotizó en las etapas del viaje.

Fue entonces, releyendo con apertura de espíritu tu carta entre las líneas, frases con doble sentido, oraciones fijadas con tintas invisibles, deduciendo el código secreto, siguiendo el juego de pistas que proponías y escuchando lo que faltaba por escribir, que comencé a aceptar la posibilidad de lo increíble. ¿Estás bien loco lindo? No te creas, me costó una enormidad reconocerte entre tantas vías posibles a la confusión de las personas. Había que considerar tu iniciativa creadora y vos una vez más detallista e impreciso. Vago en propósitos e intenciones, equivocado ante la vida práctica si exceptuamos la famosa frasecita sobre “la realidad inaccesible” y tu ignorancia óptica sobre su naturaleza. Lo básico para entender mi reacción ante la situación, los amigos son los amigos, promesas son promesas, somos o no somos. De seguir frecuentándote moriré tautológico, tontológico lo más probable.

Hoy es otro domingo más de los nuestros. Afuera hay un calor canicular digno de un julio de ghetto en el julio judío praguense, pero vos regresaste mi viejo Ernesto; te diste el gusto, volviste a tu manera al circuito del exilio bohemio con sus fantasmas. Como comprenderás, me dio no sé qué contarle a la gente lo ocurrido contigo, a los amigos del alma y que nos conocían de antes, quiero decir de “allá” La Coqueta. ¿Entiendes mi reacción epidérmica? ¿Qué les hubiera dicho de optar por la verdad? ¿Por dónde empezar? como decía el hombre del tren y la barbita pensando en palacios de invierno. Supongo que para los átomos de los primeros círculos hubiera sido sencillo que te hubiera muerto como le sucede a la gente. Lo ocurrido en el dominio de la realidad es insensato sin pies ni cabeza, indescriptible aunque fuera premeditado durante mucho tiempo; incluyendo lo supuesto en la carta que me enviaste a mi como si fuera tu hermana menor que murió siendo niña.

Durante los primeros días de asimilado lo ocurrido tuve dudas, al final la epístola de marras con detalles de la alquimia biológica, después de memorizarla la quemé a fuego lento y tiré las cenizas en una boca de tormenta, haciendo que mi gesto no tuviera ni la sombra espectral de una ceremonia fúnebre. Quiero creer que hice bien, cada cual regresa a las calles de la infancia como puede y el instinto es una energía carente de instrucciones rígidas. Después de lo ocurrido dejaste de ser un sudaca diplomado; de tener que hacer la cola desde temprano en las oficinas policiales de Vía Layetana e ir cada tres meses en ómnibus hasta la estación de Perpiñán, rezando al inexistente dios de los descreídos para que te sellen el pasaporte azul y cruzado con la frase insensata: “En nombre del Presidente de la República Oriental del Uruguay, se ruega y requiere a las autoridades de los países extranjeros que dejen pasar libremente y presten en caso de necesidad toda ayuda y protección a la (s) persona (s) a cuyo favor se extiende el presente Pasaporte.”

Hiciste valer ese documento para cruzar hasta esa región siguiendo vivo a tu manera, transfigurado por encanto en otra materia y dimensión de la realidad. Te observo de cerca, en la respiración del Arte reconozco que estás con vida y para protegerte debo guardar el secreto, dejando correr sin oponer argumentos el rumor que te daba por desaparecido. Como en los pequeños animales domésticos que pasan por inteligentes sólo te falta hablar mediante un prodigio mecánico parlante. Conservo la ilusión en la espera de que un domingo próximo ello suceda; para contarme, despacio y evitando sobresaltarme –mientras te extraño Ernesto, tal cual eras- cómo resulta la realidad en la nueva versión que adoptaste. De verdad te lo digo aprovechando que conoces en carne propia –me permito la fórmula cliché- uno de los secretos mejor guardados por la secta de los alucinados. ¿Cómo es desde entonces mi querido Ernesto el asunto ese tan extraño de la realidad?

(muerte y transfiguración)

…había encontrado y de casualidad colgado en una inmensa pared blanca ese fragmento escondido de Montevideo, contemplaba casi todos los días el fin de la mañana el cuadro de Torres–García que estaba como perdido en las salas inmensas de la Fundación Miró,

experimentaba el suicidio geométrico de la fragmentación hasta sentir en el alma pitagórica –que existe en el plano de los arquetipos- el peso físico y espeso de emplastes vertiginosos de óleos superpuestos salidos de la paleta baja,

los ocres oscuros venidos de frescos centenarios se me fijaban a la piel deforme de la cara; los grises melancólicos semejantes al recuerdo difuso de una ciudad privada de memoria y fragmentada de tonos, corrupta por la depredación de la historia reciente,

ser ubicuo sin la Ciudad, anulación de espuma salada, escenas plateadas incrustadas a lo largo del cuerpo, ojos irritados por fugas saboteadas de petróleo y aceite –irreconocibles en el ritmo de las olas- que navegan otra deriva exenta de grandeza, por las aguas del puerto que corroen astilleros lejanos, irritados por el humo saliendo de hojas muertas incineradas en otoños de abriles crueles del Sur y que busca mi Norte empecinado.

Había que huir de lo que se venía, era urgente antes de la capitulación, como el gas venenoso de autos ingleses había que tener un caño de escape; buscar una cloaca hedionda e intentar perderse mar adentro –detritus de población estancada- y luego pezperderse en la marea encrespada espesa por marrón,

y yo que me buscaba tanto en ciudades extranjeras lejanas fatigando arrabales del mundo me hallé por fin en un cuadro pintado por el viejo compatriota, el hijo de comerciante catalán,

que impasible quemaba a los viejos que quemaban hojas caídas de árboles en otoños montevideanos ahuyentando el olfato infalible que detecta la cercanía de la muerte. Vi y descubrí, acepté en epifanía parecida al milagro el atajo cierto para volver allá; en el trance desconocido de la metamorfosis miro fijo el perímetro del cuadro que me invita y espera,

lo hago con interés creciente hasta querer ser fragmento de la tela pintada, incluirme en ese Mandala infinito disperso e hipnotizante.

Cuadro de cualquier dimensión era para Joaquín Torres-García un Lugar, espacio prodigioso donde escribir las letras de SUR y los diez signos que induce otra idea de MONTEVIDEO,

la cosa libro era para J. T-G Espacio no euclidiano que decidimos olvidar y Objeto IDEAL para cubrir de Signos Humanos,

así como la arquitectura fue utópico espectro, materia existente sólo en el tramado de sus cuadros destinados al fuego Carioca y la Ciudad Perdida –obsesionándome- un pedazo de muro de mi memoria desgarrada, desprendida a martillazos de la unidad original.

Hay una zona mágica de ese cuadro, fragmentos de recuerdo personal, punto de apoyo para renacer y rectángulo para morir en la Paz de una Disolución Fantástica,

escribió ESTRUCTURA con pincel y PINTURA PAX UNIVERSUS caligrafió con la mano izquierda para que viéramos aprendiendo a mirar hasta conocer algo de lo otro,

yo que me asfixio al estar del lado humano de la realidad tangible respiro con la tela al abrigo de palabras pensadas y pintadas para ser leídas, el aceite tenso y sedoso del óleo trabajado me incomoda apenas.

Tampoco me molesta el reloj circular marcando la hora eterna del rectángulo inferior de la tela firmada J Torres-García y al borde de la realidad. Lástima -es una verdadera pena- me quedaré sin saber cómo es la realidad que abandono -dejando de pertenecerme a cada segundo que trascurre- al menos de saber aquello que entendemos mientras somos humanos,

entre símbolos que recuerdan objetos cotidianos hay en la tela un Signo PEZ. Me desprendo sin temor del mundo físico visible; me llena de felicidad el poder hacerlo. Algo mío se aproxima a la red submarina tejida por hijos entrecruzados tensados en la tela, clavados al bastidor de madera.

Miguel entenderá: soy el PEZ.

Peueña narración con vuelta de tuerca

Los dos estamos sentados uno frente al otro repitiendo la rutina, él sin decirme nada y yo sin saber qué decirle. Como en otros encuentros previos, quiero suponer que en cierto momento -mediante un gesto cualquiera- él me reconoció como el reemplazo dominguero, es decir de domingo por medio; parapetado en los muchos años de amistad, mis visitas periódicas y el silencio que es el tercer amigo que integramos al número. Me inclinaba por esa razón que daría sentido a su manera de mirar, al sudor discreto de las manos y movimiento de labios insinuando una mueca de sonrisa.

Hoy también todo debería repetirse de acuerdo a lo previsto, la docilidad y su manera nueva de desplazarse por el mundo donde persisten movimientos tan suyos e incontrolables del Esteban que conocí. Fijado como está en un mutismo acaso perpetuo, él estaría pensando lo mismo de mí si le quedara algo de cordura. Mi amigo bloqueaba con naturalidad la impaciencia de enfermo hasta que yo le entregaba los paquetes; un atado de ropa limpia, algunos caramelos sueltos y dos cajillas de cigarrillos rubios. Nunca se los daba directamente, los dejaba a un costado suyo, en el largo banco de madera descascarada al final de un cantero de azucenas descuidadas.

Olvidando los paquetes le ofrezco un cigarrillo de los míos, el hecho llano de fumar estaba lejos para nosotros del placer, el vicio periódico y la costumbre; era una suerte de ceremonia exterior ayudándonos a permanecer callados sin necesidad de dar explicaciones, pensando en cosas para no decir, sintiendo en el paladar y pulmones el tiempo que tarda en pasar medido con un cronómetro de humo. Los veinte dedos, ágiles y torpes a la vez golpean cigarrillos contra la uña de los pulgares, descabezan fósforos contra la arena vidriosa pegada a la caja pequeña de cartón, hacen girar varias veces la ruedita del Zippo, hasta el momento de la llama equilibrando la presión justa y un ruido sin provocar chispa en la piedrita. Los encendedores de gas eran un objeto poco común entre los fumadores y costaba desacostumbrarse al olor a disán que empapa la mecha humedecida. Una vez instalados en la situación aunque parezca extraño yo era de los dos el más nervioso. Sin terminar de acostumbrarme a ese tipo de residencia y ese lugar en especial; pensaba más en los enfermos que observaba que en el reposo de las tardes de visita suponiendo una tregua vigilada.

Apenas salía por el portón principal era sencillo olvidar los jardines y sacudirme la tibieza del sol durante la visita. Normal proyectarme en pensamiento a las otras horas escamoteadas y la insomne intimidad nocturna de los enfermos. Me daba por imaginarlos juntos participando en un aquelarre, representando tragicomedias completas del mundo en diálogos esperpénticos improvisados cada noche. Viviendo la locura en los cuartos prohibidos a los que nunca acceden los familiares, exteriorizando manías recónditas y elaboradas, jugando con su cuerpo a flagelarlo, escupiendo con malicia contagiosa a enfermeros vengativos. Odiando las horas de duchas, descargas de electricidad, correas de las camas y golpes archivados en el armario de la discreción. Tampoco era de las mejores clínicas montevideanas, sin embargo para alguien que llegara por primera vez a la casa aquello parecía tener la perfección de la armonía; retiro recomendable, cuidados personalizados y buenos tratos que se daban por descontado.

Esa tarde el jardín prodigaba una belleza delicada desacostumbrada, las lluvias de las últimas horas tenían en ello buena parte de responsabilidad. Los muros aislando la institución del mundo, cubiertos en su integridad por una enredadera verde mentirosa, permitían mirar a todos lados sin sentir la agresión de la demencia circulando ni adivinar lo estricto del encierro. De no ser por los pijamas, uniforme adoptado en la mayoría de esos lugares, se hacía complicado distinguir por las facciones a los enfermos –incluso aquellos incurables- de las visitas, y más cuando grupos numerosos de unos con otros se entrecruzaban en los contraluces. La mayoría de ellos caminaban lento distanciados de toda prisa, recorriendo repetidas veces hasta la obsesión caminitos empedrados reproduciendo el mismo sistema de las calles antiguas de la ciudad.

Los senderos nuevos, conectando las dos glorietas laterales y el cantero central, contaban con el beneplácito de los paseantes, supongo que todavía más de los nuevos pacientes. A diferencia de los antiguos, que eran la prueba de tiempos mejores del terreno, los caminos recientes se limitaban a diferenciarse por una capa de pedregullo volcado sobre una tierra que se sabía negra, buena para plantar remolachas y lechugas. El arrastrar sobre las piedritas de zapatos de suela de caucho y pantuflas, producía un sonido monótono especial que podía asimilarse al silencio. Los días en que el sol era intenso subía del suelo una capa de polvo invisible produciendo efectos de luz interesantes. Los enfermeros vestidos para pasar inadvertidos, ubicados con método por todo el perímetro visible, se abstenían de intervenir cuando los incidentes eran breves. Si -por ejemplo- un internado inquieto llamaba la atención a familiares de otros pacientes más allá de lo conveniente, ellos se acercaban al perturbador dispuestos a poner en marcha instrucciones precisas de la dirección para tales situaciones. A veces –me di cuenta- era suficiente una mirada que los enviara a consecuencias en la impunidad de los consultorios para que el sacudido se aquietara. Hoy me llamó la atención el hombre pequeño y calvo, con palidez demasiado blanca para ser optimista en cuanto a su mejoría.

De los huéspedes merodeando a esas horas era el único al que nadie visitaba y esa excepción social parecía tenerlo sin cuidado. Como nosotros pero solo, él prefería quedarse sentado a la sombra; como algún otro domingo creí entender que nos vigilaba con excesiva lucidez. Ello hizo que pensara en nosotros y el banco de madera, caramelos y cigarrillos; me inquietaba la sospecha que sin distracciones ni parientes molestos que distraigan, el hombrecito calvo comenzara a entender algo de lo que yo ni quería que intuyera; tampoco deseaba invertir el proceso vigilándolo a él y de hacerlo, podría confirmarle situaciones que ignoraba si él presentía. Terminado el segundo cigarrillo fumado en silencio yo comenzaba a hablar, al comienzo despacio mientras Esteban escuchaba desde profundidades insalvables. Creo que algo en él condescendía a conocer mi entrecortado repaso del día y la semana, de temas varios de dudoso interés.

En los últimos tiempos no colabora ni con una pregunta y debo adivinarlo todo, armar una continuidad lo mejor que puedo. Cuando algo así sucedía, parecía que andábamos en desniveles sin encontrarnos, apurando contramarchas hacia direcciones opuestas. Lo que le contaba nunca correspondía a lo que Esteban deseaba preguntarme, si es que tal acuerdo podía ser posible. Las irremediables carencias de la comunicación verbal eran compensadas con movimientos del cuerpo, hombros, rodillas y cabeza; a pesar de su esfuerzo por dulcificar el código, era complicado descifrar sus movimientos. Esteban retrocedía, se volvía niño ingobernable precipitándose sin resistencia al país de la confusión, inventado en deterioro del entendimiento en esas circunstancias a pesar de mi empeño por empezar de nuevo todo, contar hasta cinco, decir oso y pala, repetir como un mimo mamá me mima mucho. Cuando llegaba ese declive había que guiarlo tomado del brazo por el pedregullo y darle una pelota roja de goma para conformarlo.

Mi profundo convencimiento eran pequeñas trampas que me hacía -nos hacía- para negar la clausura definitiva más notoria cada día; me aferraba fuerte a esos hilos delgados pensando qué tan atrás había que comenzar. Imposible suponer cuales imágenes o palabras pasaban por su mente porque algo pasaba de seguro. Frente a él y cuando intuía que esos pensamientos eran insistentes me plegaba al silencio; hasta transformarme en cómplice culpable por admitir que nada que pudiera hacerse valía la pena, tenía sentido de remisión. Ciertas tardes llegué a envidiarlo, prolongaba la visita más de lo debido obligando al enfermero a recordarme cordial y firmemente la hora pasada. Nunca fue sencillo resistir la mirada de Esteban, mirada hermano todo es así, una mirada es mejor que sea así, que así sea. Adivinaba los trámites de las despedidas y cuando me retiraba él volvía la cabeza buscándome, cerciorándose de que era el minuto de partir, ansiando desde ese instante de separación la próxima visita. Era su manera de decirme adiós entre vistazos confundidos, con gente que en orden salía por el gran portón, queriendo ser el último entre los últimos dando así el saludo más cercano al próximo encuentro.

Recuerdo que a las pocas semanas de iniciadas las visitas yo era experto en esa ceremonia. Con el tiempo, llegué a establecer una tipología organizada sobre los grados de enfermedad, tiempos de frecuentación de visitas e intensidad de afecto que mostraban los saludos entre los seres queridos. Algunos entre los visitantes comenzamos a reconocernos, acercados por el horario y la coincidencias en las paradas de ómnibus. El que subía en la calle Yaguarón frecuentaba a la rubia gorda, el de la esquina con Paysandú era constante con el joven de pantuflas azules. Entre todos sin ponernos previamente de acuerdo pactamos un acuerdo tácito: nos saludábamos recién al bajar en las cercanías de la clínica y dejando el resto del trayecto a cada uno con sus asuntos. Al principio una casi imperceptible inclinación de cabeza; luego comentarios livianos sobre el tiempo y el costo de la vida, después la etapa terminal: confidencias evocando diagnósticos, posibilidades de mejoría, remedios y laboratorios, técnicas de acercamiento, regalos obsesivos. El guarda del ómnibus a esa hora nos reconocía, los domingos de tarde el vehículo circulaba con pocos pasajeros y el conductor conjeturaba si marchábamos a la reunión de evangelistas, una mentada casa de salud, otra kermesse familiar.

El silencio referido, una vez instalados con Esteban en el jardín me dejaba tiempo suficiente para observar a los visitantes y catalogarlos; si bien lo hacía con método poco científico el margen de error era reducido. Los había graves, tranquilos y zafrales; las visitas del primer grupo se caracterizaban por ausencia de resignación a medida que el enfermo se les iba de los manos, cuando llegaba ese momento lloraban más y más creyendo en la recuperación del desgraciado. Las visitas de los enfermos calmos, agradecían interiormente la recuperada paz de sus hogares después de la internación, aspiraban a la mayor prolongación del tratamiento para que cuando-vuelva-pobrecito-esté-curado-del-todo-. El matiz humorístico lo proporcionaban los pacientes zafrales, de ellos dependía en general la manutención presente cuando no el futuro económico de los visitantes; sabedores de eso, aún en lo agudo de las crisis incrementaban sus tics con desenfado, haciéndose complacer deseos extraños y caprichosos. No era raro observar de vez en cuando en las inmediaciones inmensos conejos rosados de felpa, monos histéricos retenidos con cadenitas plateadas e inmensas tortas de cumpleaños con la cara de Blancanieves. Los halagados de tal guisa suelen tener chispazos de lucidez, en esos momentos sostienen que los parientes los internan con intenciones criminales; para nada se consideran enfermos pero muestran una marcada tendencia a la depresión.

Cuando resulta imprescindible una nueva etapa de internación, los parientes afectados sufren calculando lo que la temporada de control, como dicen, incidirá en la merma de las cuentas definitivas. El desgraciado lo sabe y se divierte con la idea sin ocultar la desfachatez propia de quien ya no depende del dinero. Contradiciendo las bromas vulgares, ninguno se cree mariscal prusiano de la primera guerra en funciones, ellos se limitan a pasearse entre los jardines completamente desnudos y tienen amartillada la acusación de abusadores en los labios y la punta del dedo índice. De esa generosa tipología que construí sólo dos enfermos parecen excluirse del bestiario irracional, los visitamos una viuda y yo. Son una hija que se empecinó en quedarse a vivir en los siete años y un amigo que se hizo demasiadas preguntas sabiendo que nunca tendrán respuesta; esta diferencia tiene mucho de arbitrario y es injusta con otros que ni conozco. La excepción de Esteban que es mi amigo resulta razón suficiente para rechazar toda clasificación. En el caso de la viuda, porque los ojos tristes de niña muñeca -en un cuerpo envejecido pronto- tienen poco de humano, es otra cosa. La madre siempre me cuenta que viene de hablar con el doctor, que si viera usted lo contenta que estoy con las novedades, que Clarita hace notables progresos y falta poco para que, un domingo de estos nos vayamos para siempre con valija y todo. La escucho con respeto y siempre es lo mismo repitiéndose, como si el avance en la familia fuera el de la irracionalidad. Ella insiste sin cuestionarse los tonos y la esperanza ficticia, al susurro de esa voz chillona recorrida por buenos augurios las cosas pierden sentido, inclusive los domingos de tarde sanos y soleados, calmos y solitarios.

Al final del camino empedrado, sendero enmarcado de acacias y abetos, se levanta el pabellón central de la clínica, una casona con demasiadas ventanas y mucha pintura blanca. La quinta, todo el predio, era una antigua residencia que conoció su esplendor por el año 1890. Un par de episodios confusos y truculentos precipitaron al olvido ese esplendor, sembrando una zona de historias folletinescas sensiblemente mejoradas con el paso del tiempo. Tentado por esas crónicas deshilachadas, alguna vez busqué en los diarios de la época y memorias vecinas clarificar, para mi curiosidad, el tramado secreto. Resultó un intento infructuoso, encontré apenas evasivas contradicciones, ganas de mantener tapado un historial de tiempos pasados con la única finalidad de asegurarse la dicha inexplicable del misterio. La casa así mirada sin estorbos ni argumentos complicados, cuentos o razones aparentes me sugirió desde que la descubrí por primera vez, la existencia plausible de una noche última y definitiva. Estando cerca de ella me daba por pensar revelaciones terribles en las que había olor a sangre. Tramé varias hipótesis imaginarias con suntuosos vestuarios y formas de morir; fotografías desvaídas de PBT y Mundo Uruguayo, estampas de personajes anónimos con una absurda naturalidad para intentar parecer eternos. Una vez organizada esa escenografía finisecular llegaban hacia el final escenas de niños corriendo, niños diferentes al aspecto de Clarita.

Observada desde lejos la casa era altanera sobrellevando bien su transformación en apariencia, detecté resentimiento en los balcones de pisos superiores, siendo la única rebeldía que la casa parecía no poder ocultar. En el interior del edificio el corredor se volvió el lugar donde los enfermos escuchaban la radio, el antiguo emplazamiento de la gran estufa fue el lugar para instalar la recepción y central telefónica. El resto del inmueble lo ocupaba el caos previsible organizado por enfermos y enfermeros. En el sótano y altillos presumo que el dolor será visible por palpable y seguro que puede olerse.  Antes de llegar a la escalinata de acceso, a la derecha, entre un cantero de azucenas y otro de malvones hay una pequeña fuente que todavía funciona. La dirección de la clínica pone especial cuidado en preservar la atmósfera original, como si la persistencia de la memoria ayudara las interferencias del presente. Moderniza el entorno apenas lo imprescindible, el agua mana homogénea de la fuente; a juzgar por el aspecto del fondo lleno de hojas, algunas colillas y monedas esta mañana olvidaron limpiarla para impresionar a los visitantes. Por el costado de la fuente un sendero estrecho conduce a la casa principal, a diferencia de la entrada grande los arquitectos no proyectaron una escalera; en compensación abrieron una puerta dando a una amplia terraza cerrada.

Detrás de los cristales hay toldos desplegables, sillas de hierro forjado de un blanco agonizante, almohadones castigados todavía en buen estado. Esteban y yo pasamos allí las tardes lluviosas y las muy soleadas cuando el calor se hace molestia. Tomando limonada. Los gajos traslúcidos flotaban adentro de la jarra, los pedazos de hielo golpean cada tanto el cristal del interior. La casa más que a crecer tendía a expandirse y la estructura primordial se había respetado para desarrollar las ampliaciones. Creo que la última fue hace dos años, cuando, cubierta la capacidad de recepción de internados, se construyó, en pocos meses, un pabellón anexo que, visto del exterior, tiene aspecto de hotel pequeño acompasando las líneas del estilo original. Algunos detalles rescatados con premeditación lo integraban sin disonancia al conjunto; ello sucedía de manera natural y nunca pretendió competir en calidad de materiales ni espesor de misterios con la casona. A causa del azar, más que por endebles derechos de antigüedad Esteban estaba hospedado en la casa principal. Por su historia merecía ser en el reparto uno de los antiguos moradores claustrofóbicos; esto no pretende ser una acusación sino el desvío queriendo entender la razón por la cual lo imaginaba viviendo allí desde el siglo pasado. Cuando el Prado tenía la apariencia que conserva en la memoria de poquísima gente, un paseo presidido por un enorme rosedal, con caballos trincando la gramilla tierna al borde del cauce de agua e historias suspendidas que nadie proyecta despertar. Paisaje insospechado, arquitecturas de inspiración europea que parecen exentas de pozos negros, cloacas nauseabundas, chantajes indignos o la posibilidad de traducir las fantasías en hechos concretos; nuestro querido Prado intocado por el tiempo, territorio aparte donde cualquier historia con tintes de abyección será desprestigiada por falsa. Osar ir más lejos de la añoranza opaca lleva al fracaso del intento, sofocado por la lápida de la incredulidad.

Faltan veinte minutos para que termine la visita y debemos aprovechar cada segundo, inmerso en esta locura transitoria Esteban tiene una inclinación pudorosa por los árboles, la atención por el canto singular de algunos pájaros y afán por descifrar lo escrito en la forma de las piedras. Pretender hacer durante la vigilia lo que debe hacerse sólo en sueños suele ser peligroso, las dudas se hacen sutiles y los deseos perseverantes más sencillos de enunciar. Se abre un camino seductor para emprender e inútil de desandar, situaciones irrepetibles en las que se constata el retorno ilusorio a un estadio precedente y la imposición de avanzar. Hay que dejar de entender, resignarse a sentir, prepararse a huir; lo supe desde la primera visita. Esteban se respetaba demasiado para aceptar vivir así hasta el final del cuento, pensarse muriendo mientras la vida absurda se desgasta. Esperamos los últimos minutos para aprovecharlos, salimos de la terraza cerrada y tomando el camino de la fuente, vamos hasta el espacio detrás de la glorieta. Vigilé que nadie se percatara de nuestros desplazamientos, estaba un tanto fresco el aire entre los árboles sin que fuera impedimento para continuar con la operación. Esteban parecía presentirlo, comencé a desnudarme; cuando me quito la camisa, el saco y la corbata estaban colocados en el banco de mármol y recién ahí -cuando voy terminando- Esteban comienza a desvestirse. Sus pocas prendas significan una ventaja, desaté las moñas de los cordones de los zapatos y él estaba desnudo, comenzaba a ponerse la camisa azul. Todo es más rápido que otras veces, el pijama de Esteban esta húmedo de sudor, por el contrario las pantuflas que habían quedado unos minutos al rayo del sol estaban tibias.

Esteban me toma del brazo, es un amigo muy bueno, además me prometió venir el domingo que viene. Todo es más fácil, la gente presta atención a las ropas, las caras desprendidas del mundo aquí son fáciles de confundir. A lo lejos encuentro los ojos pícaros de Clarita ordenando que esta noche jugaremos los dos en su cuarto a escondidas. Vamos con Esteban hacia la salida y de pronto se cruza un hombre pelado, pequeño, blanco en demasía. El personaje nos mira sonriendo con malicia. Esteban me abraza y se despide, mientras cierran las puertas del reposo.

Los enfermeros fuman sin apuro pensando en redoblonas, en bailes nocturnos en Casa de Galicia y yo busco caramelos de miel en el bolsillo derecho. ¿Quedará limonada?

El Caminante de Praga

Guillermo Apollinaire (una traducción)

Fui a Praga en marzo de 1902.

Venía de Dresde.

En Bodenbach, donde estás las aduanas austriacas, ya el aspecto de los empleados de los ferrocarriles me hizo saber que la rigidez germánica no se expandió al imperio de los Habsburgo.

Cuando en la estación pregunté por la consigna con la intención de guardar mi valija, el empleado primero la tomó de manera brutal; luego, sacó del bolsillo un comprobante sobado y grasiento, lo partió en dos y me dio una mitad invitándome a conservarla con precaución. Me aseguró que él haría otro tanto con la segunda mitad y que, con los dos pedazos del recibo coincidiendo, yo probaría, de tal manera, ser el propietario legítimo del bulto cuando me viniera en gana recuperarlo. Se despidió de mi levantando apenas su miserable gorra austriaca.

A la salida de la estación Francisco José, después de haber despachado a unos fulanos impertinentes rondando, de una melosidad bien italiana que se ofertaban en un alemán incomprensible, me metí en las viejas calles con la intención de encontrar un alojamiento, en relación con mi billetera de viajero más bien escasa. Según una costumbre bastante inconveniente, pero relativamente cómoda cuando no se conoce nada de una ciudad, me informé interpelando algunos peatones.

Para mi sorpresa, los cinco primeros interrogados no comprendían una palabra de alemán y hablaban solamente checo. El sexto peatón al que me dirigí escuchó sin inmutarse, sonrió y me respondió en francés.

-Monsieur, hable en francés. Aquí detestamos a los alemanes más que ustedes los franceses. Nosotros despreciamos esa gente que quiere imponernos su lengua, se aprovecha de nuestra industria y nuestra tierra cuya fecundidad produce de todo: vino, carbón, piedras finas y metales preciosos. De todo excepto la sal. En Praga, nosotros sólo hablamos el checo; pero cuando usted les habla en francés, aquellos que sabrán responderle lo harán siempre con alegría.

Me señala un hotel ubicado en una calle cuyo nombre está escrito de tal manera que se pronuncia Porjitz, y se marchó afirmándome su simpatía por la Francia.

Pocos días antes, París había festejado el centenario de Víctor Hugo.

Pude percatarme que las simpatías bohemias manifestadas en esa ocasión, no habían sido vanas. En los muros de la ciudad unos bellos afiches anunciaban las traducciones al checo de las novelas de Víctor Hugo. Las vidrieras de las librerías parecían verdaderos museos bibliográficos del poeta. Sobre los cristales estaban pegados recortes de prensa parisinos contando la visita del alcalde de Praga y de los Sokols. Me pregunto todavía cuál sería el papel de la gimnasia en ese asunto.

La planta baja del hotel que me fuera recomendado estaba ocupada por un café cabaret. En el primer piso me aguardaba una vieja que, después que negocié el precio, me llevó hasta una habitación estrecha donde había dos camastros. Insistí sobre que esperaba hospedarme solo. La mujer sonrió, y me dijo que hiciera como mejor me pareciera; que en todo caso encontraría fácilmente compañía en el café musical de la plata baja.

Salí con la intención de pasearme mientras hiciera día todavía y cenar después en una taberna bohemia. Siguiendo mi costumbre me informé interpelando a un peatón. Sucedió que el interpelado reconoció mi acento y me respondió en francés.

-Yo soy extranjero como usted, pero conozco Praga como la palma de mi mano y sus bellezas como para invitarlo a que me acompañe a través de la ciudad.

Miré al hombre. Me pareció un sexagenario pero todavía algo prematuro. Su indumentaria aparente se componía de un largo abrigo marrón con cuello de nutria, un pantalón de casimir negro, lo suficientemente estrecho como para modelar una pantorrilla que se adivinaba bien musculosa. Estaba cubierto de un amplio sombrero de terciopelo negro, de los que usan generalmente los profesores alemanes. La frente estaba rodeada de una cinta de seda negra. Los zapatos de cuero blando, sin tacos, amortiguaban el ruido de sus pasos parejos y lentos como los de alguien que, teniendo por delante un largo camino a recorrer, no quiere llegar fatigado a destino. Nosotros avanzábamos sin hablar. Escruté el perfil de mi acompañante. Las facciones casi desaparecían en la espesura de la barba, los bigotes y cabellos muy largos pero peinados con cuidado, de una blancura de armiño. Sin embargo, podían verse sus labios violetas y espesos. La nariz prominente, curva y peluda. Cerca de un urinario, el desconocido se detuvo y me dijo:

-Con permiso señor.

Yo lo seguí. Vi que su pantalón era cruzado. Y en cuanto salimos:

-Observe esas casas antiguas, dijo, ellas conservan los detalles que las distinguían antes de que las numeraran. Esa es la casa de la Virgen, aquella otra la del Águila, y ante nosotros la casa del Caballero.

Encima del portal de esta última había un fecha grabada.

El anciano la leyó en voz alta.

-1721. ¿Dónde estaba yo por entonces…? El 21 de junio de 1721 llegué a las puertas de Múnich.

Lo escuchaba espantado pensando estar frente a un demente: él me miró y sonrió, descubriendo las encías desdentadas y continuó:

-Llegué a las puertas de Múnich: pero al parecer mi aspecto no fue del agrado de los soldados del retén, pues me interrogaron de manera muy indiscreta. Mis respuestas no los satisfacían, entonces me agarrotaron y me condujeron hasta la presencia de los inquisidores. Si bien mi conciencia era transparente yo no estaba demasiado tranquilo. En la ruta, la visión de San Onofre, pintada en la fachada de la casa que es actualmente el 17 de Marienplatz me tranquilizó, asegurándome que al menos yo viviría hasta el otro día. Porque esa imagen tiene la propiedad de acordar un día de vida a quien la contempla. Es cierto que para mí esa visión resultaba de escasa utilidad; poseo la incómoda certitud de sobrevivir. Los jueces me dejaron en libertad y durante ocho días me pasee por Múnich.

-Por entonces, usted debería ser muy joven, articulé, para decir alguna cosa; ¡demasiado joven!

Él me respondió con su tono de indiferencia:

-Aproximadamente unos dos siglos más joven. Sin embargo, excepto las vestimentas, tenía el mismo aspecto que hoy día. Por cierto, tampoco era mi primera visita a Múnich. Ya había estado en 1334 y todavía recuerdo los dos cortejos que crucé. El primero estaba compuesta de arqueros que paseaban una soldadesca, que desafiaba valientemente, cabeza bien alta, los insultos del populacho y llevaba como una reina su corona de paja, infamante diadema en la cual, bien arriba, tintineaba una campanilla; dos largas trenzas pajizas bajaban hasta las piernas de la bonita muchacha. Sus manos encadenadas estaban cruzadas sobre su vientre que avanzaba venerianamente, según la moda de una época cuando la belleza de las mujeres consistía en parecer embarazadas. Era por otra parte su única belleza. El segundo cortejo era el de un judío que llevaban a la horca. Con la muchedumbre gritando y borracha de cerveza yo caminé hasta el cadalso. El judío tenía la cabeza aprisionada en una máscara de hierro pintada de rojo. La máscara disimulaba una figura diabólica; esas orejas tenían a decir verdad, la forma de cucurucho que son las orejas de burro con que adornan a los niños malvados. La nariz se alargaba en punta y haciendo sentir su peso, obligaba al desgraciado a caminar encorvado. Una inmensa lengua aplanada, estrecha y enrulada completaba ese incómodo juguete. Ninguna mujer tenía piedad del judío. Ninguna tuvo la idea de enjuagarle el rostro sudado bajo la máscara –como esa desconocida que enjuagó el rostro de Jesús con la tela llamada santa Verónica. Habiendo notado que un integrante del cortejo llevaba dos enormes perros del lazo, la plebe exigió que los colgaran a los costados del judío. Me parecía que era un doble sacrílego, desde el punto de vista de la religión de esa gente, que hacían del judío una suerte de Cristo desgraciado, desde el punto de vista de la humanidad, porque señor yo detesto a los animales, ¡no soporto que se los trate como humanos!

-Usted es israelita, ¿no es cierto? dije yo simplemente.

Él respondió:

-Yo soy el Judío Errante. Sin duda usted lo adivinó. Soy el judío eterno, es así como me apostrofan los alemanes. Yo soy Isaac Laquedem.

Le di mi tarjeta y le dije:

-En abril del año pasado usted estuvo en París. ¿Es así? Y escribió con tiza su nombre en un muro de la calle de Bretaña. Recuerdo haberlo leído un día que, sobre la imperiale de un ómnibus me dirigía a la Bastilla.

Él dijo que era cierto y entonces continué:

– ¿Sucede que algunas veces le atribuyen el nombre de Ahasvérus?

– ¡Por dios, esos nombres me pertenecen y muchos otros más! La cancioncilla que se canta luego de mi visita a Bruselas me llama Isaac Laquedem. Ello según Philippe Mouskes, que en 1243 puso en rimas flamencas mi historia. El cronista inglés Mathieu de Paris, que la conocía por vía del patriarca armenio ya la había contado. Desde entonces, poetas y cronistas han referido bastante seguido mis pasajes, bajo el nombre de Ahasver, Ahasvérus o Ahasvère, en estas y otras ciudades. Los italianos me llaman Buttadio, del latín Buttadeus; los bretones Boudedeo; los españoles Juan Espera en Dios. Yo prefiero el nombre de Isaac Laquedem bajo el cual me han visto seguido en Holanda. Ciertos autores pretenden que yo era guardia en casa de Poncio Pilatos y mi nombre era Karthaphilos. Otros no veían en mi más que un zapatero remendón, y la ciudad de Berna se honra de conservar un par de botas que se rumorea estaban hechas para mí y que yo habría dejado luego de mi pasaje. Pero no diré nada sobre mi identidad, sino que Jesús me ordenó caminar hasta su regreso. No leí todas las obras que inspiré, pero conozco el nombre de los autores. Son Goethe, Shubart, Schlegel, Schreiber, von Schenck, Pfizer, W. Müller, Lenau, Zedlitz, Mosens, Kohler, Klingemann, Levin, Schüking. Andersen, Heller Herrig, Hamerling, Robert Giseke, Carmen Sylva, Hellig, Neubaur, Paulus Cassel, Edgar Quinet, Eugène Sue, Gaston Paris, Jean Richepin, Jules Jouy, el inglés Conway, los praguenses Max Haushofer y Suchomel. Es justo agregar que todos esos autores se inspiraron del pequeño libro de cordel que apareció en Leyde en 1602, que fue de inmediato traducido al latín, francés y holandés. ¡Pero mire! Ahí está el Ring o Plaza de Grève. Esa iglesia guarda la tumba del astrónomo Tycho-Brahé; Jean Huss sermonea allí, y las murallas guardan marcas de las balas de las guerras de Treinta Años y de Siete Años.

Luego nos callamos, visitamos la iglesia y después fuimos a escuchar sonar la hora del reloj de la Municipalidad. La Muerte, tirando la cuerda, sonaba moviendo la cabeza. Otras estatuas se movían mientras el gallo batía las alas y que, delante de una ventana abierta, los doce apóstoles pasaban echando una impasible mirada a la calle. Después de haber visitado el desolador penitenciario llamado Schbinska, atravesamos el barrio judío de las estanterías de ropa vieja, de hierro viejo y tantas otras cosas sin nombre. Los carniceros decapitaban los novillos. Las mujeres con botines llevaban prisa. Pasaban judíos enlutados reconocibles por sus vestimentas desgarrados. Los niños insultaban en checo o en la jerga hebraica. Nosotros, con la cabeza cubierta, visitamos la antigua sinagoga, donde las mujeres tenían prohibida la entrada durante las ceremonias pero miraban por un ventanuco. Esa sinagoga que tiene la apariencia de una tumba, donde duerme oculto el antiguo rollo de pergamino que es una Tora admirable. Luego, Laquedem descifró en un reloj de la municipalidad judía que eran las tres. Ese reloj tiene las números hebreos y marcha al revés. Cruzamos el Moldava sobre el Carlsbrüke, puente donde San Juan Nepomuceno, mártir del secreto de la Confesión, fue tirado al río. Desde ese puente adornado de estatuas pías, se tiene el magnífico espectáculo del Moldava y de toda la ciudad de Praga con sus iglesias y conventos.

Delante nuestro se imponían la colina de Hradschin. Fuimos charlando mientras subíamos entre los palacios.

-Yo creía –le dije- que usted no existía. Su leyenda, me parecía, simbolizaba vuestra raza errante…. Yo amo a los judíos, señor. Ellos se desplazan agradablemente y es muy desgraciado…. Entonces es verdad, ¿Jesús los echó?

-Es verdad, pero no hablemos de eso. Estoy acostumbrado a mi vida sin fin ni descanso. Porque ya no duermo. Camino sin parar y caminaré todavía hasta que se manifiesten los quince signos del Juicio Final. Pero no recorro un camino de cruz, mis rutas son felices. Testigo inmortal y único de la presencia de Cristo sobre la tierra, yo testimonio a los hombres la realidad del drama divino y redentor que se jugó en el Gólgota. ¡Qué gloria! ¡Qué alegría! Pero soy también, después de diecinueve siglos, el espectador de la Humanidad, que me procura diversiones maravillosas. Mi pecado, mi estimado señor, fue un pecado de genio y hace mucho tiempo que cesé de arrepentirme.

Luego se calló. Visitamos el castillo real de Hradaschin con sus salas majestuosas y decadentes. Luego la catedral, donde están las tumbas reales y el relicario de plata de Santo Nepomuceno. En la capilla donde coronaban a los reyes de Bohemia y donde el rey santo Wenceslao sufrió el martirio, Laquedem me hizo remarcar que las murallas eran de piedras preciosas: ágatas y amatistas. Él me señala una amatista:

-Mire, en el centro, las vetas dibujan un rostro con los ojos llameantes y locos. Se insinúa que es la máscara de Napoleón.

-Es mi rostro, me dije a mi mismo, con mis ojos sombríos y celosos.

Y era cierto. Allí estaba, mi retrato doloroso, cerca de la puerta de bronce donde cuelga el anillo que aprisionaba a santo Wenceslao cuando fue masacrado. Nosotros debíamos salir. Estaba pálido y desgraciado de haberme visto delirante, yo que temo tanto volverme loco. Laquedem, compasivo, me consuela y dice:

-No visitemos más monumentos. Caminemos por las calles. Mire bien Praga; Humboldt afirmaba que estaba entre las cinco ciudades más interesantes de Europa.

– ¿Usted es buen lector entonces?

– ¡Oh! a veces, algunos buenos libros, caminando… ¡Vamos, sonría! Algunas veces también amo caminando.

– ¿Qué? ¿Usted ama y nunca está celoso?

-Mis amores de un instante valen los amores de un siglo. Pero, por fortuna, nadie me sigue y no tengo tiempo suficiente de tomar esa costumbre donde se engendran los celos. ¡Vamos, sonría! No tema el futuro ni a la muerte. Nunca estamos seguros de que vayamos a morir. ¿Usted cree que yo soy el único en no estar muerto? Recuerdo a Ënoch, a Elie, a Empédocles, a Apolonio de Tyana. ¿No queda nadie en el mundo que crea que Napoleón sigue con vida? ¡Y ese desgraciado rey de Baviera, Luis II!  Pregunte a los bávaros. Todos dirán que su loco y magnífico rey todavía vive. Usted mismo, quizá nunca morirá.

La noche caía y las luces se encendían sobre la ciudad. Cruzamos el Moldava por un puente más moderno:

-Es hora de cenar, dijo Laquedem, la marcha despierta el apetito y soy un gran comilón.

Penetramos en el albergue donde estaban tocando música.

Allí había un violinista; un hombre que tenía un tambor, la gran caja y el triángulo; un tercero que tocaba una especie de armonio con dos pequeños teclados superpuestos y ubicados sobre los fuelles. Esos tres músicos hacían un ruido del diablo y acompañaban muy bien el gulasch de páprika, las papas salteadas mezcladas a granos de comino, el pan con granos de amapola y la cerveza amarga de Pilsen que nos sirvieron. Laquedem comía parado paseándose por la sala. Los músicos tocaban y luego pasaban el plato. Durante esos minutos, la sala se llenaba de las voces guturales de los parroquianos, todos bohemios de cabeza enrulada, facciones redondas, nariz levantada. Laquedem habla deliberadamente. Yo advertí que me señalaban. Me miran; alguien viene a estrecharme la mano diciendo:

“Viva la Franntchia!”

Se escucha la música de la Marsellesa. Poco a poco el albergue se llena. Había allí también algunas mujeres. Entonces bailamos. Laquedem atrapó la bonita hija del tabernero y al verlos me dio un arrebato. Los dos bailaban como ángeles, según el decir del Talmud que llama a los ángeles maestros del baile. De repente, él atrapa a la bailarina, la levanta y gana así los aplausos de todos los presentes. Cuando la muchacha estuvo nuevamente en sus cabales, ella estaba muy seria y casi desvanecida. Laquedem le dio un beso que resonó juvenil. Él quiso pagar su parte que se elevaba a un florín. Para ello sacó su portamonedas, hermano de aquel de Fortunato y nunca vacío de las cinco monedas legendarias.

Salimos del albergue y atravesamos la gran plaza rectangular llamada Wenzelplatz, Viehmarkt, Roosmarkt o Vèclavské Nèmesti. Eran las diez de la noche. A la luz de los faroles rondaban algunas mujeres, que al pasar nos murmuraban palabras checas de invitación. Laquedem me arrastra hacia la ciudad judía diciendo:

-Usted verá: cuando llega la noche cada casa se transforma en lupanar.

Era verdad. En cada puerta había, parada o sentada, la cabeza cubierta por un chal, una matrona murmurando el llamado al amor nocturno. De repente, Laquedem dice:

– ¿Quiere visitar al barrio de los Viñedos Reales? Allí se pueden encontrar muchachitas de catorce o quince años, que incluso los pedófilos encontrarían de su gusto.

Rechacé esa oferta tan tentadora. En una casa próxima, bebimos un vino de Hungría con mujeres en batón, alemanas, húngaras y bohemias. La fiesta se volvía indecente y preferí no implicarme.

Laquedem desprecia mis pruritos, él elige una húngara culona y tetona. Bien pronto desalineado arrastra a la muchacha, que tenía miedo del viejo. Su sexo circunciso evocaba un tronco nudoso, o ese tótem colorido de los pieles roja, abigarrado de tierra de Siena, de escarlata y violeta sobrio de los cielos tormentosos. Luego de un cuarto de hora ellos volvieron. La muchacha, fatigada, amorosa pero espantada, gritando en alemán. 

– ¡Caminó sin parar, él caminó todo el tiempo!

Laquedem reía; nosotros pagamos y salimos. Él me dijo:

-Estoy muy satisfecho de esa muchacha y eso que estoy raramente satisfecho. No recordaba un gozo parecido desde el año 1267 en Forli, donde seduje una doncella. Fui también feliz en Siena, ya ni recuerdo en que año del siglo XIV con una molinera casada y que tenía el pelo color del pan dorado. En 1542, en Hamburgo estaba tan prendado que fui a una iglesia y descalzo a rogar a Dios, en vano, que me perdonara y me permitiera detenerme. Ese día, durante el sermón, fui reconocido e interpelado por el estudiante Paulus von Eitzen, que más tarde fue obispo de Schleswing. Luego le contó la historia de su aventura a su compañero Chrysostome Deadalus, que la imprimió en 1564.

– ¡Usted está con vida!, le dije.

– ¡Si! yo vivo una vida casi divina, semejante a un Wotan, jamás triste. Pero lo siento, es necesario que parta. ¡Estoy hastiado de Praga! Usted se cae de sueño. Vaya a dormir. ¡Adiós!

Yo apreté su mano seca:

– ¡Adiós Judío Errante, viajero feliz y sin destino! Vuestro optimismo no es mediocre. Qué insensatos son aquellos que lo representan como un aventurero macilento y atormentado por los remordimientos.  

– ¿Remordimientos? ¿Y por qué? Que la paz habite vuestra alma y sea malo. Los buenos os estarán agradecidos. ¡Al Cristo! lo ridiculicé. Él me hizo sobrehumano. ¡Adiós…!

Lo seguí con la mirada en tanto que se alejaba en la noche fría, los juegos de su sombra, simple, doble o triple según los reflejos de los faroles.

De pronto él agita los brazos, lanzó un grito lamentable de bestia herida y se desploma sobre el piso.

Yo me precipité gritando, me arrodillé y desabotoné su camisa. El gira hacia mí los ojos extraviados y habla confusamente:

-Gracias. Llegó la hora. Todos los noventa o cien años, un mal terrible se abate sobre mí. Pero me recupero, y ahora tengo las fuerzas necesarias para otro siglo de vida.

Luego se lamenta diciendo:

– ¡Oï! ¡Oï! lo que significa “por desgracia” en hebreo.

Mientras tanto, todo el puterío del barrio judío alertado por los gritos salió a la calle. La policía se hizo presente. Había también algunos hombres apenas vestidos que salieron con urgencia de sus lechos. Algunas cabezas asomaban a las ventanas. Yo me separé y miraba alejarse el cortejo de los agentes policiales llevándose a Laquedem, seguido de la muchedumbre de hombres sin sombrero y muchachas con batones blancos almidonados.

En poco tiempo, no quedaba en la calle nadie más que un viejo judío con ojos de profeta. Me miró con desconfianza y murmuró en alemán:

-Es un judío, él va a morir.

Y yo vi que antes de entrar en su casa, él abría su chaqueta y desgarraba su camisa diagonalmente.

Guillaume Apollinaire

El heresiarca y compañía.

El lado B del paraíso

Nosotros tres aquí reunidos venimos de barrios y pasados disímiles, somos signos zodiacales sublimados en las constelaciones, ni las caras nos conocemos. Menos el nombre usual condicionados por protocolos del anonimato a la distancia; dentro de diecisiete minutos cada uno tomará para su lado porque la vida sigue, usted hará lo que tiene pensado hacer mientras yo me disgrego como pompa de jabón lavanda. El narrador tiene la vida que dura la lectura del cuento que trasmite, vine en alter ego de otro a esta colonia de tránsito por primera vez, sin saber la hora cuando esto de leer está teniendo lugar, en cuál intersección del percance espacio temporal estamos orbitando.

Así va el mundo compartido en este año 2020 que finaliza… en ambos hemisferios del cerebro Tierra la librería vecinal está cerrada a cal y canto, lo mismo las peluquerías unisex para perros caniche. La gente compra “Esta bruma insensata” (última novela de Enrique Vila-Matas) en la plataforma Amazon y se sienta a esperar el cartero con el paquete que hay que desinfectar. Durante el encierro enmascarado el vecino del tercero se abona a Netflix con dos meses de promoción sin costo; mira por fin -en continuado de cinco episodios por tanda y otras tantas latas de cerveza- la integral de la serie que le recomendó el cuñado, la última vez que se encontraron en la Estación Central de Ferrocarriles Artigas. Esta lectura tiene hoy algo de speed dating en la confitería Del León, nueva modalidad del enamoramiento que augura el reino de eyaculaciones igual de precoces que los errores inexorables del casting romántico a ciegas. Las actividades humanas -hasta las más torpes- se realizan al ritmo de reloj del conejo de Alicia, con tapa decorada, a cuerda manual y que antes indicaba las horas con agujas y se guardaban en el bolsillo del chaleco de raso.

¿Habrá entre nosotros una segunda lectura que controle la primera impresión? ¿Quedaremos para otra copa de lo mismo la semana próxima? Esa segunda vez en otra taberna sin testigos, ni planillas impresas que vaticinaron nuestro encuentro, siguiendo algoritmos programados cruzando afinidades fluctuantes. Entrar en detalles en eso periférico de circunstancias resulta decepcionante, debemos aprovechar en consecuencia estos escasos minutos que tenemos por delante, que ya son sólo doce. Siendo apenas mensajero vengo a pasar una única idea aislada del cabecilla, que allá quedó en París confinado y se excusa por comisionar un narrador novato en representación. Él tiene nombre y pasaporte, yo soy espectro de palabras cruzadas creado ex profeso para esta misión suicida y bien definida en sus objetivos. Me siento un insecto narrativo efímero que tendrá una única duración de los minutos que están corriendo, luciérnaga destinada a una sola chispa de incandescencia que agotará su batería narrativa. En cuanto finalice la lectura de un tirón desapareceré del paisaje mental, sólo perdurará en la hora siguiente y si acaso, la memoria pastel de la muchacha embarazada cortando jamón según la profecía.

Oh que sí… que fueron bien intensas las horas de preparación de nuestra complicidad durante la corrección y a pesar del encierro… El que ahora vive allá recluido, dudó al escribir si yo sería hombre o mujer cuando abriera la boca y es difícil saberlo si se lee el texto hasta el punto final. Con un poco de fantasía serial podría conjeturarse que soy una grabación traducida, que se autodestruirá en cinco segundos dando paso a los créditos de Misión Imposible. Tampoco él tenía claro si hacer pasar la acción aquí cerca en Bilbao -donde nació su abuelo Juan Nazario- o en La Roque Gageac, por escoltar el sino medieval que viene tentando espíritus confusos, amenazados por fuerzas invisibles de la Naturaleza. Incluso una mañana pasó bien cerca del peor de los lugares comunes en el invierno de nuestro descontento: el narrador sería alguien de su misma edad aguardando la ambulancia del coronavirus; sabe que será un traslado de emergencia sin retorno al lar familiar y quiere echar una última confesión, por si había algo de verdad en la primera comunión. Hay tanto de eso cotidiano empalagando el ecosistema narrativo, que por suerte renunció a la facilidad y yo me hubiera sentido fatal en actor invitado de Dr. House tercera temporada.

Luego de algunos días creo que logré convencerlo, lo único rescatable del proyecto encaminado era la imagen femenina suspendida, que motivó las ganas de apremiar un inédito y evocando Madonas de la escuela de Siena. En cuanto a las circunstancia de verosimilitud, lo preferible era evitar sobrecargar la barca; su entusiasmo comenzó en una visión recordando la serenidad del amanecer aterrizando en Madrid y que me parece sincera. El enclaustrado estaba fastidiado de caminar una hora por día dándole vuelta a la manzana cuadrada, sin tener perro con correa; discutir con colegas del Instituto de Narradores Anónimos en video conferencia; pasarse todo el santo día con sandalias Mephisto, escuchando a médicos pagados de sí mismos, llenando de palabrerío horas de tertulias sobre artistas de la tele realidad. Tanto tontaina dictando cátedra sobre máscaras chinas con gusto a salsa de soja agridulce, lavado de manos de cuarenta segundos con jabones de glicerina, gestos protectores de pantomima sin el genio Bip, ni poder descarrilar el tren de mercancías cargado de pangolines ofuscados.

Después de toda esa nefasta gestión del cotidiano, allá él si fue tocado por la nostalgia pictórica y le dio mono de sus horas de escala pasadas en el aeropuerto de Barajas durante años; quién lo hubiera pensado -siendo un ser sensible para la música- eso de caer en la variante azafata de drogas duras del consumo. Estoy convencido que fue su reacción cuando miró un reportaje sobre Madrid bajo presión de la epidemia, con su cortejo de féretros baratos y clínicas desbordadas, salas de urgencia emulando la nave de los locos; enfermeras tatuadas fumando entre sollozos, sentadas en las escalinatas lavadas con lejía después de cada mortaja desalojada de la morgue.

-Tienes que entenderme, me dijo queriendo convencerme por las buenas. Cada vez que hacía escala en Barajas me sentía Gardney Mc. Kay en el papel del capitán Adam Troy… te recuerdo que murió con mi misma edad que tengo ahora…

Era la sensación del cruce en otra temporalidad pisando el aeropuerto, el lugar de paso entre el ahora y los años de la infancia en el virreinato del rio de la Plata. Único lugar mágico donde se cotejaba a ojos vista la simultaneidad de la agitación moderna, el dolor insistente de que la vida es breve, estamos de paso y nunca se podrá conocer la plétora variopinta de la especie humana. Eso ahí deslumbrante siendo parque de diversiones, funcionando en ritmo de moto perpetuo, era en su movida muestra derviche de la expresión más densa de las dudas que nos despistan el criterio y desde los toros de Altamira. 

-Barajas no tiene magia cuando llegas o cuando sales de la Villa, ahí es sólo un aeropuerto con taxis esperando.

Algo debería haber de frustrante para el regreso en vigilia de esa experiencia entre dos aviones de Iberia, además del informe del telediario. El sueño irrealizado de pilotear un avión durante una tormenta eléctrica, vigilar en la torre de control la llegada de naves provenientes del planeta K-Pax, resistir encerrado en un cockpit con gorra de comandante, cortándole el paso a islamistas munidos de cuchillos asesinos. Retenía cada vez la angustia durante el paso sin cinturón ni zapatos del control de pasaportes en el puesto de la Guardia Civil y luego la emoción de ingresar al duty free. Dejó de fumar hace años, igual se detenía largos minutos a contemplar la cava de cigarros; tiene debilidad por el whisky y era emotivo contemplar botellas que compraría de ser hombre de fortuna, capaz de destapar una Macallan 1951. Nada relevante para live black matter y las bodas de Oro del Frente Amplio, pero oxígeno puro para la vida indivisible eso de mirar los últimos modelos de Persol, junto a la foto de Steve McQueen. Detenerse en la vidriera de Victoria’s Secret pensando en ella y comprar tres boxers Calvin Klein azul petróleo pensando en ella desnudada. Cruzarse a menos de cinco metros con Peter Handke, querer abrazarlo por su fidelidad a los serbios y el miedo del golero frente el tiro penal. Hojear una biografía no autorizada de Javier Gurruchaga, hijo de San Sebastián y cantante legendario de la orquesta Mondragón, buscar el modelo Longines de expediciones polares francesas y calcular si se puede pagar con Visa en cinco cuotas.

Ahora, encerrado en el departamento, haber ingresado varias veces cada año al sitio donde despegan los aviones a conquistar el cosmos le parecía enorme como vivencia. Una expedición a una ciudad legendaria y devorada por el avance de las dunas del desierto azulado. Cada atardecer se asoma al balcón y escruta en vano el firmamento Norte tras estelas de luces parpadeantes; trazas de carbono a siete mil metros de altura, sonido de motores Rolls-Royce en alas de aviones comunicados con radares de Orly pidiendo pista. Tal prodigio le insumió siglos de ingenio a la humanidad, la gente desagradecida correteaba en tanto con carritos de valijas para despachar a tiempo, sin pensar tres minutos en ese milagro de los privilegiados; para la mayoría de los árboles genealógicos que estaba en tránsito, era esa la primera rama quebradiza que se subía a una aeronave en business class.

Las cuatro horas de la escala -elegía enlaces que al menos permitieran pasar tres horas en el aeropuerto- eran tiempo vivido diferente y en retiro obligado le recordaba rasgos, la ropa tropical de tantos brasileros y vietnamitas, latinos con acento americano del Bronx donde nació Jennifer López en el 69. Gente ensimismada regresando a la rutina del pueblo, luego de cumplir el sueño juvenil de conocer Londres, diciendo que fueron a la Tate Galery y en verdad queriendo probar si existía el 221 B de Baker Street, de donde sale con prisa de heroína Benedict Cumberbatch acomodándose el deerstalker. Mi amo –al final me decidí por ser un cocker spaniel anglais negro que habla- estaba melancólico y depresivo imaginando Barajas estas últimas semanas como en huelga cósmica y dos aviones apenas. Uno regresando a Heathrow vacío, el segundo con once pasajeros munidos del test negativo destinación El Prat. Sufría pensando en corredores mecánicos de cien metros detenidos hace meses, pantallas de información vertical con la única frase de vuelo cancelado en caracteres rojos. La tienda Persol (foto de Steve Mc. Queen en moto) cerrada hasta nuevo aviso y se olía las manos, lavadas con la última pastilla verde Heno de Pravia que le quedaba entre las toallas.

Hasta se resistió por contraste, diciendo que aquello era absurdo y no había un lugar en ese aeropuerto donde comer una tortilla decente a la manera de Betanzos, hasta que ocurrió el milagro. Eso lo sabía de antes, estuvo así concentrado con mala uva un fin de semana hasta que el lunes me convocó y dijo:

-Bueno, que la vida sigue… así que ve y dile a esa gente que hallé otra forma de decir el dolor por las cosas perdidas para siempre.

Por eso estoy aquí con usted siendo tan tarde y le avanzo el final del cuento, que me llevará apenas los tres minutos que nos quedan de crédito. Después nos diremos adiós y amigos como siempre… la obsesión del confinado era hallar sentido a las situaciones asiduas. Ese paisaje cerrado de novela con sol e iluminado y a cambio de salvarlo, comenzó a repetirse en las interrogantes cuando se impone el paso de los años; las expresiones comunes del lenguaje tomaban una pátina de sentido refutando lo descriptivo situacional: cambiar de Terminal ¿qué significaría cambiar de terminal?

Los largos corredores eran puntos invisibles de la línea llevando al secreto de su propio monasterio para el retiro final. Sospechaba -considerándose el objetivo de un complot planetario- que tras el listado de las conexiones, había una trama en clave que le estaba destinada; terminal, conexión y línea imaginaria eran puertas secretas de un saber que debía perforar. Buscaba e inventando justificar el placer de esas horas fuera del todo experiencia de desplazamiento, donde Barajas Aeropuerto era una mano con naipes inabarcables, satélite colonizado por gente distraída que va de paso. Estoy ahora pasando el último mensaje; él leyó en signos con estigmas el miedo de que jamás volvería a transitar Madrid, supo cuál fue conexión final que le estaba deparada y quería dejar testimonio de esa vez que fue a buscar en Barajas una puerta de embarque.

-Mira, aunque no te lo creas tiene algo de iluminación.

Ocurrió entre las seis y las siete de la mañana de hace algunos meses, esa hora bruja donde aterriza el último avión de vuelos transoceánicos y antes de iniciar la ronda de viajes nacionales. El suyo destinado a París, era siempre el cuarto en despegar de la puerta final de la última terminal, media hora después del vuelo a Roma Fiumicino. El avispero aquella mañana estaba enloquecido y fue mágico encontrar una silla libre en la barra de Enrique Tomás; sin que él pidiera nada -de eso estaba casi seguro- un camarero con alas sin abrir todavía, le trajo un vaso grande de cerveza fría recién tirada y dijo que el jamón ya venía. Tampoco lo había pedido el jamón, pero eso era precisamente lo que él quería masticar antes de dirigirse a la zona asignada por Iberia.

Episodio tan extraño, que fue acompañado por un silencio de oración instalado de pronto alrededor, como si estuviera comulgando en una nave de iglesia consagrada; fue entonces que la vio. La muchacha con menos de veinte años tenía rasgos de virgen incaica, seguro venía del mundo andino y estaba parada junto a un jamón recién abierto, cortando lonchas con un 3 Claveles radiante y maestría de inspiración tocada por la gracia. Apenas tuvo tiempo de advertir que la pata tenía la pezuña para arriba y saber que ella cortaba lo que sería su ración de eucaristía bucólica. Se diría aquello pertinente de alineación de los astros en el firmamento para describir lo conmovedor de la escena, el pasajero supo que estaba viviendo una experiencia única y progresaba la conexión presentida desde tiempo atrás. La chica miró en su dirección, le sonrió y la cubrió una luz venida desde lejos ya que sin ella saberlo estaba embarazada; mi superior lo supo, entonces la muchacha dispuso las rajas perfumadas sobre el plato inmaculado. Sería la última vez que el cliente de la barra -que entendió lo que sucedía y su significado- pasaría por ese punto velico del mundo. Ni tiempo tuvo de pensarlo porque la realidad recuperó el aturdimiento sensorial de los minutos previos a la aparición.

El altoparlante del aeropuerto al que se le entiende todo, dijo algo sobre que estaba prohibido fumar en el paraíso. Alguien idéntico a Marcello Mastroianni preguntó en italiano si la silla de junto estaba libre, y el camarero – chulo como un serafín expulsado del primer círculo celeste- le colocó el plato servido (probando la existencia de Dios) junto al Samsung que se había quedado sin batería.

– ¿Le pongo otra cerveza, caballero?