Más allá del Bósforo

La idea antes de redactar era dar cuenta del paso del tiempo y exilios menos famosos, admitir el escollo de narrar la juventud perdida a quintas nuevas y tampoco había derecho a nublarles la vida con abusiva nostalgia. Cuando crecemos, de sopetón igual se vienen refranes de “Volver” y lloramos sin querer, la cadencia de “Avec le temps” de Léo Ferré y seguimos proyectando mentalmente el final de Casablanca escuchado “As time goes by”. La idea del cuento está añejada y en Montevideo pasé varias tardes en ese terreno deportivo al aire libre. Luego viví en el barrio del showrroom de F. C Barcelona, donde el nieto del narrador elige la camiseta de Luís Suárez y yo leí el poema del título. Sigue funcionando el mecanismo del objeto que abre puertas de la memoria y acaso un relato es la única justicia que puede obtener una causa de dolor, las historias inventadas pueden ser a veces, si uno anda derecho, el antídoto contra la amnesia veraniega. 

Hablando de Uruguay es curioso que haya poca narrativa del fútbol, siendo uno de los cursores que al parecer nos definen. Horacio Quiroga tentó el deporte en su condición de ciclista, sabía que Hugo Alfaro era asiduo al estadio, Jorge Musto se declinó por la geometría marfilina del billar; con mi padre seguimos a Peñarol más de diez años los fines de semana y en mi interior los colores de Danubio F. Club, que era del barrio donde pasé la infancia. Ahora mismo si se hiciera una antología del fútbol, seguro aparecen buenos relatos de periodistas deportivos, pero el equipo terminaría una vez más en “puntero izquierdo” de Mario Benedetti, con “Garrincha” de Galeano con la camiseta número 7. Para ese cuadro literario, aunque resulte insólito, faltan nueve jugadores y carecemos de banco de suplentes. Así que había que organizar otro partido entre pataduras, mientras pedimos que salgan al terreno los cuentos de Emilio “cococho” Alvárez -que vivía a la vuelta de la casa de mi madre- de Julio Bardanca, golero de Danubio que hablaba con los pibes del barrio en la peluquería de Julián Morales y los de afuera son de palo.

Ignoro si es lejanía o importancia, recelo de recursos que se estudian… quizá persiste la confusión entre fútbol y futbolistas. Como en el Cabaret los mundos tienden a acercarse –ocurrió con el box, el tenis y con la tauromaquia, incluido el bello video clip de Madona- yo debía recuperar ese partido terrible que emprendió vuelo. Había que salir de la cancha atlética entrando al trágico anfiteatro rectangular: 105×68 como el Camp Nou. Escapar del círculo de cemento del estadio Centenario del Arquitecto Scasso y pisar el terreno minado de las fuerzas armadas. 

Hacer que una historia en dos tiempos destinada al silencio, se disimule en atanores de viejos druidas y mientras vigilamos a los purretes que buscan su puesto de titular en la vida que sigue. Me daría por satisfecho si alguien, alguna vez llega a preguntarse si la pelotera esa sucedió realmente, mientras los pájaros en bandada ensordecedora vuelan hacia los Mares del Sur.