Lafoucheaux I

Algunas leyendas que se vuelven literatura, aunque no se las lea seguido, tienen nombre de espada, de islas. Excalibur y Avalon en la saga del Rey Arturo, Ítaca como novela del regreso antes de seguir de largo, Tizona y Colada en la lengua castellana. En Uruguay las armas de fuego tienen su crónica acerba en la memoria de los Orientales; fue con pistolas de la casa Lafoucheaux que Arredondo asesina al presidente Juan Idiarte Borda y Quiroga mata a Federico Ferrando. Las armas las carga el diablo y le dieron título a un cuento de siete disparos que incluí en “El misterio Horacio Q”.

Más adelante insistiré en los detalles de dicho misterio, ahora es procedente considerar que el libro de 1998 se organizó provocando el cruce, arbitrario y casual, fatal y tautológico, de los “fórmulas” que Quiroga fijó en el famoso “Decálogo del perfecto cuentista” y episodios elegidos de la vida de Quiroga que, por su carácter radical y concluyente en la existencia, son módulos de comportamiento dramático. Catálogo de escenas capaces de decidir y desviar las jornadas de una vida por sus causas y consecuencias: salteño viaja por mar a París el año 900, narrador tentado por el cine, poeta vanguardista mata accidentalmente al amigo, escritor viaja al corazón misionero de las tinieblas, sentenciado por la enfermedad se suicida con cianuro. Cuando los hechos del dispositivo “matar al amigo” se movilizan, Quiroga tenía recorrido un rumbo sombrío en la vida, que se puede cotejar en “Noticia” de esta misma sección. 

Quizá para ahuyentar esos signos de una fatalidad, activada con justeza de péndulo, el muchacho se exhibe en una sociedad pacata saliendo de la barbarie mediante actitudes de provocación. Posa en fotografías que nada le envidan a los clichés surrealistas, incursiona en la aviación, pedalea en ciclista pionero, ensaya la escritura poética siguiendo modelos venidos de la capital del siglo XIX. Propicia la formación de “El consistorio del Gay Saber”, en combate trovadoresco con la “Torre de los panoramas” del divino Julio Herrera y Reissig, que presumía de inyectarse la dama blanca en las venas. Dándolo al asunto aires folletinescos se estimulan duelos por ofensas, distrayendo la vida, contrariando la monotonía de la aldea oriental sobre el rio de la Plata.

Es entonces, cuando el joven Quiroga Forteza parece halagado por las divinidades – olvidando casi infortunios de trayectoria (no fatalidad heredara, de ninguna manera…) vividos en la infancia-, que el contingente de fuerzas renegadas se agrupa en la zanja con ironía sangrienta, dando el golpe de gracia. Ello, como estaba escrito en el oráculo de Horacio Q ocurrió en Montevideo a la vuelta del siglo. La fecha es el 5 de marzo de 1902 y los calendarios dicen que fue un lunes. Quiroga tenía veintitrés años y a partir del martes, cuando despierte de la pesadilla, deberá cargar con esa mancha el resto de la vida. Intentar rearmar el episodio bajo la máscara de una ficción mimética hubiera sido inútil, siempre se falla al ir al enigma en cuestión tan sensible; alcanza con pensar -dos minutos es suficiente- qué hubiera sido nuestra vida de pasar por esa situación. Decidir a cuál de mis compañeros de estudios pude haber matado con una pistola Lafoucheaux o me pudo disparar en un ojo, danzando una pirueta balística entre risas.

Era cuestión de poetas jóvenes y consideré que había que hacer el itinerario de regreso a los orígenes de los implicados; la acción de la tragedia que se reproduce debía ocurrir en el interior del país, porque en Salto nació el drama y se debe conocer la fuente del relato. Allí había una imaginación distinta, intensidad pasional para juzgar el entorno y la energía exigida para liberarse del campo magnético; pero es cuestión de pocos meses: entre terminar la escuela primaria y conchabarse en una barraca o la maternidad, hay un auge brevísimo de los astros que cuentan, soñando lo que podría ser la vida lejos de la casa paterna. 

Recuerdo que por años 70 me gustaba ir a San Carlos a visitar unos parientes políticos; con ellos estaba bien, sabía lo que pasaba en Brasil de primera mano y escuchaba casetes de Franck Zappa. Uno de esos primos postizos tenía un cachorro Rottweller y proseaba en una radio, otro decidió abrir un boliche de ramos generales -copas, comidas, música, ambiente, etc.- y lo bautizó “Shalako” en homenaje a un western británico alemán (¿?) del año 1968 y donde el protagonista Sean Connery ya era James Bond. Ese perímetro de una juventud asediada que pega con chinches el afiche de Ziggy Stardust junto al catre y hace limpiezas para comprar en el almacén de la esquina Nescafé y fideos Adria, lo volví a encontrar en la estupenda novela “Las arañas de Marte” de Gustavo Espinosa del año 2011. 

Al escribir la primera versión del cuento, malicié que le faltaba algo. Largo para cuento y breve para ser novela, los personajes estaban prontos y el espacio era la media distancia correcta; faltaba tiempo de asimilación, por eso cada escena es un cuento en sí. El conjunto y sinergia de las partes, es otra cosa -al menos es lo que me gustaría- y requiere días de maceración y espera. De ahí la separación de las entregas, la tregua del milagro secreto que puede ser eterno, entre detonación y esa bala alojada en el cuerpo ensangrentado, distancia infranqueable entre sorpresa y muerte del amigo, sin poder retropedalear como en la costa del litoral uruguayo.