La idea del agua

Afuera sonaba el mar…

Luis Gonzaga Urbina
La balada de la vuelta del juglar

Dicen acá dentro que una mañana dejé la inmovilidad y mientras bebía una taza de café con leche y el vapor me humedecía los ojos —como si esto pudiera haber influido quién sabe por qué desconocida razón— pedí dos medialunas, nombré a alguno de los otros que daban vueltas por el patio repitiendo palabras y palabras, y contesté sin mayor inconveniente preguntas relativas a una infancia, una casa cualquiera en un barrio perdido, tías solteras, padre, madre, perro viejo.

Desde entonces los enfermeros redujeron la asiduidad con la que subían las pastillas, y a medida que pasaba el tiempo y los médicos me miraban con mejor cara, como si mi estadía en el siquiátrico comenzara a dar sus beneficios, aprovechaban mi complexión para ayudarlos con alguno de los internos que ofrecían resistencia a las duchas frías.

Con los ojos a veces perdidos en el descascarado ángulo que daba al sur, y otras, en las manos finas y largas de Estela —ella había incorporado el ritual de la merienda con café con leche y medialunas a nuestra charla—, relaté paso a paso el sinuoso camino por el que dejé de rodearme de cuerpos atléticos en mallas de baño para verme rodeado por túnicas blancas y paredes descoloridas.

También yo, como Estela, alguna vez había sentido la necesidad de salvar vidas. Y si la mente es comparable al mar, que unas veces se muestra navegable y otras, embravecido, el agua estaba presente en toda mi historia, y mi cabeza, que viaja en un barquito de papel de los que se tragan las bocas de tormenta, recorría los caminos que convierten a los hombres en animales, para volver a ser arrastrada a la arena, a la forma original de las cosas.

—Interesante —decía Estela mientras anotaba en una libreta.

Bebía un sorbo, me miraba bien dentro de los ojos y tocándose los labios con la punta de la birome preguntaba:

—¿Y más atrás? Porque de seguro hubo un puerto.

Muy temprano aprendí a nadar. Tenía tres o cuatro años cuando mis padres, atendiendo el consejo de un médico que resaltaba las virtudes de la natación temprana como prevención de los trastornos respiratorios, me observaron alejarme por pasillos interminables que corrían entre las duchas y la piscina. La infancia donde mi madre recrea esos pasajes trae aparejado el mismo olor del café con leche que atraviesa los corredores a media tarde.

En el complejo deportivo anudé los flotadores a mi cintura, extendí los brazos sobre una tabla de goma y fui de una punta de la piscina a la otra observando el gesto de mi madre que desde las gradas asentía con la cabeza.

Nunca me propuse desarrollar los estilos con fines estrictamente deportivos, pero en la etapa de la latencia —estuve casado con una sicóloga y conozco algunos términos desde entonces—, por sublimación o por casualidad, conseguí sin proponérmelo superarme tarde a tarde hasta lograr un estilo pulido y una velocidad relevante para mi edad.

Recuerdo con claridad cómo dos hombres de camisetas y ojotas me perseguían a lo largo de la piscina, detenidos en mis brazadas. En un momento me llamaron, pidiéndome que saliera del agua. Temeroso —anote, toda mi infancia sentí miedos infundados—, subí la escalera rezando, porque entonces rezaba continuamente.

—No hay miedos infundados —dijo mientras sonreía—, continúe.

Desde entonces me invitaron a participar en un grupo de entrenamiento del que me fui a los quince años, luego de haber viajado a Buenos Aires, Porto Alegre y a varias ciudades del interior del país de donde traje medallas y diplomas para regocijo de mis padres. Para entonces conocía el tabaco, el alcohol y el cannabis. Mis intereses lejos estaban del deporte.

Voy a hacer un alto en el cual el agua aparece estancada. Vuelve la sed cuando entrando en el mundo adulto —una capilla de barrio con la mayor sencillez— un hombre disfrazado, rodeado de estatuas y cruces, moja la cabeza de mi primer hijo.

Clara, mi esposa, recién recibida, trabajaba en una tienda redactando cada domingo una carta que consiguiera alejarla del infierno de los rollos de tela.

Perdido el empleo de cajero, me replanteaba, con la venida de mi segundo hijo, la salida laboral. Así pasé las noches de los jueves y los fines de semana detenido en la puerta de un local bailable. Del agua que corría solo retuve una botella de dos litros que bebí cada noche, fuera julio o diciembre.

Algo no funcionaba bien cuando bautizamos a mi segundo hijo. Se dividieron las aguas y pasé meses en una pensión donde pude sentirme bien únicamente dentro de la cama. De día y de noche con la vista fija en un ángulo como ese —le digo, y observo a Estela girar el cuello como persiguiendo un pájaro repentino—.

No sé de dónde saqué la idea del curso de guardavidas. Alguien me lo sugirió, teniendo en cuenta mis virtudes natatorias. No estoy seguro. Pienso en Clara, ella insistía en que resolviera mi situación para ayudarla con los chiquilines.

Al principio me opuse por no considerarme en forma. Bebía demasiado, no conseguía desprenderme del tabaco y hacía más de veinte años que no nadaba. Pero accedí a dar la prueba, seducido por la idea del agua, el agua que limpia, despierta y arrastra.

Volví a vivir con mis padres en la casa de mi infancia. Los vecinos que habían envejecido a la par de ellos me observaban con lástima mientras murmuraban alguna palabra que simulaba un saludo cuando los veía cruzar con paso lento hacia el almacén. Vendía ropa usada y cachivaches en un cuarto diminuto que daba a la calle. Unas horas antes de sentarme junto a la ventana, luchando con la lluvia de una radio que no reconocía más que dos emisoras, salía a correr. Cinco kilómetros en la mañana y cinco en la tarde. Mientras atendía los clientes, muy ocasionales, repasaba libros de biología y medicina. Mis padres ya no bebían vino con el almuerzo. No había una gota de alcohol en la casa. Ni siquiera en el armario de los medicamentos. Prácticamente no fumaba porque cada vez que encendía un cigarrillo aparecía mi madre a leerme fragmentos de la biblia o estiraba los brazos al cielo pidiendo clemencia como en sus perdidos años de teatro.

Puede anotar resiliencia, si le parece.

No sin cierto dolor, día por medio recibía a mis hijos que daban vueltas por la casa atrás de una pelota. Recuerdo que reíamos, reían mientras se trepaban a mi cuerpo y los hacía dar vueltas sobre sí mismos en el aire, uno de cada lado, hasta dejarlos caer sobre el colchón. Entonces simulaba arrancarles las tripas con unos mordiscos que sonaban como un bufido mientras, uno primero y luego el otro, cerraban los ojos y enseñaban la campanilla.

Sabe la respuesta. Era guardavidas cuando ingresé al siquiátrico. No voy a entrar en detalles sobre la alegría de mis padres y la de Clara cuando los resultados estuvieron pegados en la puerta del instituto. Pero sí cabe decir que fueron días inmersos en algo parecido a la felicidad.

Estela anota felicidad, pero sin inmutar el gesto. Me quedo mirándola con una sonrisa idiota y ella arquea las cejas invitándome a seguir.

A principios de diciembre me instalé en el albergue de la Barra de Valizas, previo papeleo en las oficinas correspondientes. Fascinado por el lugar, cada mañana trotaba desde el arroyo hasta Aguas Dulces y al regresar me metía en la casilla de la playa. El turno acababa a las seis y media de la tarde, hora en la que bordeaba el arroyo y observaba desde las dunas de qué manera se tragaba al sol.

No voy a decirle que me sentía seguro en mi trabajo. Pocas veces me encontraba bajo la sombra de la casilla. La mayoría del tiempo la pasaba de un lado a otro con los binoculares colgados y aferrado al salvavidas. Sobre todo cuando la temporada llenaba la playa de turistas y el mar se hinchaba de puntos negros a los que no había que perder de vista.

Hasta ahora he evitado la mañana en que, camino a Aguas Dulces, en el mar recién amanecido me pareció ver un cuerpo al que enredaban las olas, una cabeza que emergía de la espuma con los ojos desencajados y la boca abierta. Me detuve. Quedé paralizado sintiendo cómo el frío me erizaba todos los pelos del cuerpo, y arrodillado en la arena lloré como un niño. Ese llanto me devolvió a la vida. Me metí en el agua a los saltos y estuve braceando sin encontrar nada. Mirándome los pies, como esos turistas que buscan caracoles, volví a mi puesto de vigía y cumplí el horario junto a la orilla.

Afiebrado y descompuesto, aquella noche la angustia me llevó a uno de los boliches sobre el arroyo, donde estuve bebiendo y mirando la nada. Acepté el cigarrillo que me ofreció una muchacha que se acercó a mi mesa con una excusa intrascendente de la que derivó una charla sin asidero, y el resto de la noche, en una carpa donde se oían claras las guitarras y las voces de los artesanos.

Cada tarde Cecilia traía el mate a la casilla y se echaba junto a la torre a leer y sacar fotografías. Cuando acababa mi turno, quitaba la bandera y juntos caminábamos hacia las dunas a mirar en silencio cómo el arroyo se tragaba toda la luz, duplicándose en un cielo inigualable. Entonces nos separábamos para encontrarnos unas horas más tarde en el boliche del arroyo donde los buñuelos de algas daban paso a los canelones de sirí o al cazón a la plancha. Siempre acompañado con vino blanco, con varias jarras de vino blanco que a veces no nos dejaban llegar al camping donde nos meteríamos uno bien dentro del otro hasta que las primeras luces me encontraran trotando hacia el este.

Había olvidado el suceso de aquel hombre que se ahogaba a unos pocos metros. Al menos podía dominarlo. No lo había comentado con nadie. Ni con Clara, en las eventuales conversaciones de larga distancia, ni con Cecilia, en la asfixiante cercanía de la carpa.

Continuaba corriendo cada mañana hacia el mismo lugar y pese a que miraba el mar con recelo no había rastros de aquella figura humana que la fuerza del agua doblegaba.

Poco iba a durar aquella calma.

Temía volver a verlo. Una vez podía ser síntoma de cansancio, incluso hasta el punto más alto de la imaginación al que llegaba ayudado por el agobio constante y el sol de frente. Un madero, un lobo marino arrastrado a la arena, envuelto por la violencia de la espuma. El hecho de que sucediera solo una vez más era suficiente para preocuparme, para dar vueltas sobre las posibles causas (las mías, las de la naturaleza) y entonces temer de una vez y para siempre mirar el mar, evitar detenerme donde se desparramaban los huevos de caracol, las aguavivas y los lobos agusanados, llenándolo todo del olor de la muerte que me traía desde la infancia un perro destrozado junto al cordón de la vereda.

La segunda vez que vi al hombre que se ahogaba, atardecía. Cecilia aseguró que me esperaría leyendo debajo de la casilla. Salí a correr sin pensar en nada, pero esta vez, aprovechando que el arroyo estaba seco y no llegaba al mar, troté en dirección a Cabo Polonio, bordeando el Cerro de la Buena Vista. No fui mucho más allá del último rancho, abandonado, cubierto por arena. La tormenta sobre las islas y el mar picado habían amedrentado a los turistas. Estaba solo cuando lo vi aparecer y desaparecer. Oí un grito, un grito entrecortado —ahora pienso en las gaviotas— y aquel brazo, y algo de sus ojos. Porque no estaba lejos. Porque yo iba entrando en el mar con los ojos fijos y la boca abierta —no tenía apuro, contemplaba aquello con asombro—, como si accediera a una representación, a un fenómeno climático. Así estuve, detenido, observando cómo el hombre emergía del agua y era llevado hacia el fondo para volver a aparecer, para volver a mirarme con los ojos llenos de espanto.

Esta vez el llanto fue silencioso. Una lágrima y otra que caían sin explicación — ahora pienso en lo cursi que sonaba Cecilia estableciendo una comparación entre al agua salada de mis ojos y el mar embravecido—. También el día iba en descenso. Y era la noche.

Cecilia me encontró tiempo después. Una hora, dos, no lo recuerdo. Estaba sentado en la orilla. Las primeras estrellas salpicaban el largo y el ancho del cielo. Desde lejos llegaban voces perdidas, notas de guitarra. Más acá, el viento, la mano de Cecilia que se sentaba a mi lado y me traía de a poco. Estuve llorando con hipos y ahogos sobre su hombro mientras balbuceaba lo que podía.

Bebí demasiado aquella noche. No sé si Cecilia se fue antes o si en determinado momento salí del bar dejando mi último whisky en el vaso de plástico y regresé al albergue por un camino desconocido. Me senté en una de las mesas del patio y, manteniendo el silencio, con la pálida luz de unas bombitas lejanas, intenté dibujar el rostro del ahogado. Después de dos o tres intentos quedé dormido con la cabeza sobre los brazos flexionados.

A partir de entonces sobrevino el ostracismo. Evité a Cecilia todo cuanto pude y el día entero lo pasé de una punta a la otra de mi jurisdicción con los ojos demasiado abiertos. Tenía una petaca en la casilla y tomaba un sedante en la mañana y otro antes de acostarme. Contestaba con monosílabos y me paseaba bajo el sol del mediodía como esperando algo que iba a hacerse estridente en cualquier momento sobre el monótono sonido del mar.

Una mañana en la que todo parecía inmerso en el terreno por el que uno camina cuando sueña (Cecilia, ¿estamos en la carpa leyéndonos horóscopos? ¿Estamos en las dunas observando cómo el sol se viene abajo y vos me contás de una herida que te hiciste en la pierna cuando no tenías más de cinco años, en el Parque Rodó? Clara, ¿están los chiquilines acostados? ¿Dijiste que vino la factura del agua?), apareció una familia de la nada. Se quitaron la ropa y se tendieron al sol. Los muchachos correteaban una pelota. La mujer ensillaba el mate. Él sacó un libro y se puso los lentes. Él. Ese hombre que era igual al hombre que se ahogaba frente a mí. Ese hombre de la musculosa blanca, entrado en años, con el pelo enmarañado debajo del sombrero. Ese hombre de la cadenita dorada y los anillos —¿alguna vez vi esa cadenita brillar cuando emergía? — que me miraba, que detenía la lectura y me miraba haciendo un gesto con la cabeza mientras la mujer le preguntaba si nos conocíamos.

Fui a buscar el salvavidas. Me temblaban las manos. Miré el horizonte con los binoculares. Cientos, miles de puntos negros. Entré en la casilla y bebí un trago largo de caña blanca. Salí inmediatamente y lo busqué. Estaba sentado. Permanecí observándolo. Seguro de que no podía abandonarlo, de que tenía que estar pendiente de él continuamente. Sabía que si llegaba al mar no habría nada para hacer. Que mi primer muerto sería el último y volvería a vender revistas viejas y chicles de menta en la casa de mis padres. Por eso, un rato más tarde, cuando se quitó la musculosa y caminó de la mano de la mujer hacia la costa, me acerqué con el salvavidas en la mano y lo seguí a una distancia prudencial. Pensé que en realidad todo tendría un buen final y por alguna razón una especie de premonición me perseguía para evitar que él corriera peligro. Recé, agradecí a Dios haberme puesto esa prueba de la que estaba seguro saldría airoso. Lo seguí mientras se metía al agua. Me quedé en la orilla y de vez en cuando observaba alrededor, a lo lejos. Pero menos, porque era al hombre de la cadenita, el de la cicatriz en el abdomen y el short colorado, a quien debía cuidar. Ese era el encomendado, el que debía proteger como si de su vida dependiera la humanidad.

El hombre se bañaba con el agua al pecho, braceaba improvisando unos movimientos estilo crol y luego pecho. Sabía nadar. Pero era prudente. Su mujer lo esperaba cercana a la orilla, lidiando con las olas que reventaban en sus piernas.

Tomé conciencia de que estaba en el mar, que tenía el agua a la cintura y que apenas me separaban dos metros de la mujer y unos cinco del hombre. Todo estaba tranquilo hasta que se oyeron los gritos del otro lado de la playa. Todo estaba tranquilo cuando empezaron a hacerme señas desde todos lados y vi que en la otra punta alguien levantaba los brazos mar adentro. La mujer cercana me gritaba. Todos me gritaban y otros corrían desde la costa al agua y se zambullían mientras yo sentía que todo era parte de un sueño (Cecilia me saca una foto cuando volvemos de la costa. Tengo el pelo pegado a la cara. Sonrío. Hace tiempo que no sonrío así, pienso, mientras miro la fotografía en la pantalla de la cámara. Cecilia está cantando una canción que interpreta un trovador en el barcito. «Afuera sonaba el mar», repite, manteniendo la erre. Héctor: nos alegramos de que te hayas adaptado al trabajo. Mucho cuidado con el sol. Un beso grande, mamá y papá), pero los gritos, esos gritos y una mujer enorme que cargaban entre varios, una mujer que no se movía, salvo su pelo largo y húmedo, salvo sus brazos sueltos.

Busqué al hombre. Me miraba. Me miraba desde la costa. Casi nadie quedaba dentro del mar. Un círculo enorme se había formado alrededor de la mujer. Me miraban él y su familia mientras levantaban las cosas y se iban. Algo decían al aire. Levantaban la mano, hacían gestos. No escuché nada. Solo oía el rumor del mar.

Cuando vi que el hombre dejaba la playa me senté en la arena. Unos turistas vinieron con personal de prefectura. No sé lo que decían. Me levanté. Los miré a la cara. Solo oía el rumor del mar. El rumor del mar.

Ficha II

Título: Frontera móvil

Género: Poesía

Autor: Alfredo Fressia

Acceso a “Frontera móvil” de Alfredo Fressia

Editorial: Arequita

1ª. Edición: Montevideo, 1997

“Ese enmarañado de signos, que ya contiene en sí mismo algo de la historia de Alfredo Fressia y de América Latina, del Hombre y de la propia Modernidad, también señala la predilección del uruguayo por las ambigüedades. Sí, porque si hay algo que el poeta aprecia son las tensiones, las contradicciones más desafiantemente antitéticas, hasta el mismo oxímoron (“el oxímoron… lo imposible.” “Roca Resbaladiza”, p. 138). Cosa perfectamente comprensible en un poeta de dos fases, que vive en español y portugués y siempre se dijo de “naturaleza mestiza”; que hizo del lenguaje su identidad más íntima, pero también confesando el aspecto “huidizo” de la palabra y de la aventura humana. Lo notable es que hace todo esto sin caer en abstracciones o universalidades huecas, montando más bien en su propia realidad dominando, por ejemplo, la tensión existente entre su biografía y la historia del Continente. Es justamente en ese esfuerzo que surge el gran salto del arte, que es en el fondo, el salto de la parte hacia el todo.”

La poesía cosmovisiva de Alfredo Fressia – Adriano Ferreira Leite.

Entradas preferenciales: rua Aurora / exilio / deambulaciones / ciudades / Café Sorocabana / pasiones urbanas / terreiro y batuque / poesía franco uruguaya / Maysa Matarazzo.

Ficha III

FICHA 3

Título: El juego de Borgino.

Género: Novela.

Autor: Duilio Luraschi.

Acceso a “El juego de Borgino” de Duilio Luraschi

Edición: texto inédito / primera edición virtual Cabaret Literario La

Coquette, marzo 2022.        

Duilio Luraschi asedia el centro del relato partiendo de los márgenes narrativos, siendo su estrategia asumida desde las primeras tentativas del caligrama “Vértigo” en 1995. A la novela río prefiere la trama compleja de los afluentes, al escritor omnisciente le contrapone aprendices de brujo que observan personajes mutantes y redactan informes secretos a quien corresponda. La metáfora del país astillero tiene ahora el anexo del proyecto inmobiliario inconcluso, la utopía supuestamente rentable que nunca sale del pozo de obra, como ocurrió durante añares con esqueletos gris cemento por las calles Andes y Florida. Los graves y agudos de la sociedad son ecualizados en una banda audio que pudo ser la de “Short Cuts” de Robert Altman de 1993. Duilio nació en la ciudad de Felisberto y leyó a Raymond Carver: “Como visto con el ojo del Greco, así es mi creación, distorsionada. Así veo la vida: absurda, y así aparece en mi literatura. No digo que la vida es un sinsentido, digo que mi ojo la capta así, como luego se ve plasmado en mis cuentos.”

Entradas preferenciales: escenas de la vida conyugal / depresión y manzanas / doble contabilidad en boliches / firmas falsificadas / last train to London / sociedad anónima / las salas funerarias.

Ficha IV

Título: El último desnudo de Olga Zubarry.

Género: relatos.

Autor: Álvaro Ojeda.

Acceso a “El último desnudo de Olga Zubarry”

Edición: texto inédito / primera edición virtual Cabaret Literario La

Coquette / abril 2022.

¿Qué ocurrió con nosotros entre la salida de Willy and the Poor Boys de Credence (1969) y el 27 de junio de 1973? Álvaro Ojeda comenzaba a observar por entonces la condición humana, acaso sin saber que esos recuerdos serían pasados en limpio y esa es la historia minimalista del libro “El último desnudo de Olga Zubarry”. El Londres era un club de barrio que se volvería Aleph de escenas fragmentadas, revelando la cámara Super 8 oculta en los alrededores; local abierto sobre la calle Fermín Ferreira al patinaje artístico, techado para proyecciones de cine menos solemnes que las del Coventry y el Alcázar. Que el padre de Álvaro haya socio fundador de la institución -la camiseta era a rayas verticales rojas y blancas- y secretario vitalicio explica ese saber picaresco de espacios, lágrimas, sonrisas y estrofas bailables: si de lejos ves venir / una guayabera y se ve / la canoa llena y se ve / un hombre remando, soy yo…. Era una Montevideo de casas al fondo con corredor, patio y claraboya, radio Geloso emitiendo las voces de Julio Cesar Armi y Roberto Barry mientras Tienda Aliverti se liquidaba: “Si no lo hacemos nosotros no lo va a hacer nadie.” Los relatos de Ojeda tienen la impronta del niño descubriendo un caballo perdido y el empeño de inventar nuestro “Cinema Paradiso”, donde cantaba Frankie Laine mientras el sheriff Will Kane tira la estrella antes de los créditos finales y flota en la lectura aquel aroma a Montecristo de las películas escritas por Paul Auster enfocadas en la Brooklyn Cigar Company. Quizá el guion secreto fue hacer que el barrio Brazo Oriental de Montevideo -algún día futuro- sea evocado como el carnaval de Rímini con música de Nino Rota: “Las palabras están, también está el silencio que nació antes que las palabras. En el medio de ambos extremos aparezco yo y hago lo que puedo,”

Entradas preferenciales: Brazo Oriental / El Londres / calle Fermín Ferreira / El ángel desnudo / patinaje artístico / Chico Novarro / Milonguero viejo.

Ficha V

Título: Variaciones sobre Hemingway.

Género: Tríptico narrativo.

Autor: Hugo Burel.

Acceso a “Variaciones sobre Hemingway”

Edición: textos parcialmente publicados / primera edición integral

Cabaret Literario La Coquette / mayo 2022.

Hay libros como “La muerte de Virgilio”, “El loro de Flaubert” o el reciente “Melvill” de Rodrigo Fresan, donde los autores hacen un alto en sus obsesiones para oír las voces de escritores admirados. No es a descartar un acto de veneración de larga data, la catarsis positiva eludiendo la emulación tentando con sus racimos, siendo memoria de experiencias fundadores o el ansia de escribir alguna de las páginas leídas decenas de veces. Hugo Burel -dentro de su extensa producción- hizo un par de altos en tal sentido, metió una moneda en la jukebox con los Beatles: “Un día en la vida. Qué cantaron los Beatles” reeditado hace unos meses y otro es la trilogía sobre Ernest Hemingway.

Abre la expedición el afán de ser un pasador y que los más jóvenes compartan su misma emoción de lectura en la movida postmoderna. La experiencia del autor narrador termina en fracaso como debía ser, ante una platea donde es más conocido Homero Simpson que el autor de “Paris era una fiesta”, acaso esperanzado de que la sandez receptiva sea pasajera y alguno entre los seminaristas -en un futuro hipotético- acompañe a Spencer Tracy peleando contra los escualos por salvar el gran pez en el golfo, lo que es una metáfora acertada de la voracidad de la narrativa. Al escritor no le va mejor en la Banda Oriental en un entorno de información matinal con chistes, imitación permanente y simpatía por la caricatura; lo mismo allá en el Norte gringo, donde abundan personajes condenados al parecido físico con los famosos. Burel rastrea el crecimiento, apogeo y decadencia anunciada de David Merryl, un texano igualito a Hem que se subió feliz a la montaña rusa, confundió proscenio hueco con vida y comenzó -sin duda- a tener pesadillas con rinocerontes, escopetas y hospitales de campaña en el frente de batalla, nunca vistos por un vendedor de camionetas. En “La última noche del cazador” es un Burel arriesgado y sombrío el que toma las riendas de la historia, sabedor que para entender el misterio hay que seguirle la pista a la presa hasta las últimas consecuencias. Es factual en el trato de los acontecimiento, se retiene en las arenas movedizas de los últimas gestos del escritor y trata de iluminar la sombra final que hizo el cuerpo de Ernest el 2 de julio de 1961. Muestra las aristas fatales del iceberg negro de tinta y deja cargar la parte del león en las profundidades nocturnas, asume el mandato de entreabrir las puertas del más allá guardando silencio y el espectro de Hem lo autoriza: pasada la última noche del narrador asoma la primera aurora de la leyenda.

Entradas preferenciales: fotos de escritores / 2 de Julio / Daiquiri / Katcham, Idaho / elegancia / doppelgänger / Sloppy Joe / Viva Las Vegas / Harry’s Bar / W y C Scott.

Ficha VI

Título: Escribir lejos.

Género: relatos.

Autor: Ingrid Tempel.

Acceso a “Escribir lejos”

Edición: textos parcialmente publicados / primera edición integral

Cabaret Literario La Coquette / junio 2022.

Narrar desde el exilio se vuelve tarea evasiva entre dolor por lo perdido -asumiendo variantes de nostalgia, insomnio, desconsuelo o depresión- y el imperativo de saber que hoy y seguro el mes próximo, ese paisaje humano distinto aguardando afuera, deberá parecerse al hogar del presente, el lugar del salario, las compras de la casa y el lenguaje donde seguir viviendo para contarlo. Los relatos de Ingrid Tempel de “Escribir lejos” tienen la traza de lo que cambia con las mudanzas obligadas y lo que permanece agazapado dentro de las valijas. En sus cuentos se detectan varios locus en el sentido de lugar, de soporte cromosómico portando la historia violenta rioplatense y los cuerpos del deseo. La Venezuela donde la gente del sur siente en el plexo solar la vorágine de la naturaleza y el realismo fantástico está al alcance de la mano. Una Paris destinación final de puentes, mercados cubiertos y la Agence France-Presse, acaso mirada con un prisma cortazariano y escuchando la banda audio jazz con saxo tenor, de cuando la capital francesa era una fiesta en el barrio place de la Contrescarpe. Los hipódromos bulliciosos tentando evadirse del cotidiano, la pulsión de participar del circo humano y los caballos sobre la pista lanzados en la recta final; adrenalina de apuesta, color de casaquillas, donde el azar de nombres como Minor Swing tiene las cartas del tarot en mano y tuerce los destinos. En la era de la reproducción industrial del arte detectada por Walter Benjamin, la autora indaga en los talleres de los creadores; los secretos inspirados se hallan en las obras progresando y lo refoulé en las condiciones de producción a huis clos del proceso creativo

Luego asoma lo que permanece de los hemisferios mentales: sin deslumbrarse por lo hallado o el insistir plañidero sobre lo dejado atrás, Tempel indaga similitudes en las relaciones peligrosas. Conflictos domésticos que son pasarela sentimental entre allá y acá, vínculo con los ancestros en tanto la memoria colectiva se hacía novela familiar; parentesco tenso fraternal, entrelazando detestaciones antiguas, títulos de propiedad o bienes gananciales disputados. Destaque especial por redundante, merece en el libro la rebeldía en contencioso de muchachas en flor con los padres y madres; como si la iniciación a la vida propia pasara ritualmente por confrontarse al poder dentro del hogar. Cambia el vestuario hippie y gothic, de jean gastado o no futur, evocando que se sigue montando -en el ruinoso anfiteatro familiar- la tragedia de Antígona: “Nada llega extraordinario a la vida de los mortales separado de la desgracia”

Entradas preferenciales: alma llanera / actrices y modelos / óleos peligrosos / hípicas / álbum de familia / willow weep for me / amores traicionados / pasiones tristes / contrabajista / muchachas en flor.

Ficha VII

Título: La vida amorosa de Telonius Monk.

Género: Cuentos / microficciones.

Autor: Pablo Silva Olazábal.

Acceso a “La vida amorosa de Telonius Monk”

Primera edición: Editorial Yaugurú, Montevideo, 2018.

Pablo Silva Olazábal nació en la ciudad de Ireneo Funes y dirige un programa literario cuyo nombre es homenaje a Mario Levrero; además teoriza, divulga y crea en el marco del género llamado microficción. Con trazas contextuales de oralidad, lo prioritario para esa estética es rescatar el instante, recortar el exceso de escritura y disparar -sucede varias veces en el libro- la palabra partiendo de una imagen fotográfica o pictórica. La inquietante extrañeza rastreada, más que del efecto oculto en el laberinto se inventa en una inmersión sin preámbulos, mientras maravilla y horror se activan en la ronda. Antes que el olvido haga su tarea, los narradores de PSO se cotejan “al oscuro tigre del tiempo”: durante esa cacería desigual ellos encuadran, recortan, cronometran obligando a que los elementos se mezclen y decantan su precipitado esencial. Es una apuesta a tener en cuenta las brevedades de la vida, los microcosmos invisible interactuando, una escritura cuántica, apología del espasmo epiléptico y relámpago al descampado, efecto súbito como el despertar de una pesadilla, un accidente con muertos en la Ruta 1, los orgasmos adúlteros en Bella Vista y las epifanías a la vuelta de la esquina. Son relatos de lo que hay, asoman los espectros de algo que hubo antes y de lo otro dejado fuera de cuadro, más lo que acecha seguro luego de la lectura. El libro comienzo evocando el cuadro de Edvar Munch de 1893 y agoniza el 30 de noviembre de 1916 acompañando la muerte coral de Raspútin, meses antes del nacimiento del verdadero Monk en el nuevo mundo.

En Youtube está la presentación del libro recién editado. Ello sucedió en Kalima Boliche -Durazno y Jackson- el jueves 8 de noviembre del 2918 a las siete de la tarde. Verónica D’Auria y Alberto Gallo urden una estupenda lectura de los 23 relatos de Pablo; Gallo explorando la filiación con la leyenda del pianista y la intermediación tóerica cortazariana. Verónica desmenuzando la orfebrería detallista, reanimando miniaturistas que veian infierno y paraíso en una letra gótica mayúscula, o la maqueta del Pequod en la botella del ron de Jamaica. Hay rondando otros dos recitales; cuando Cortázar lo escuchó en Ginebra en marzo de 1966: “… ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.” La segunda fue Paris el 7 de junio de 1954, esa noche TSM interpretó la maravilla suprema que es Round Midnight y el alemán Uli Schauerte transcribió la partitura para comprender el truco. Desde el tanteo inicial hasta el remate del tema nodriza, pasan apenas 78 segundos y 23 compases; las veintitrés microficciones del libro pueden ser como compases, bien medidos y anotados sobre el pentagrama, diferentes entre ellos, empeñados en compartir la melodía lineal que se está escuchando por primera vez.  

Entradas preferenciales: tío Pocho / jazz / Monk’s Dream / encuadre / recortes / microficción / freaks / brújulas y relojes / 30-XI-1916.

Ficha VIII

Título: Historia quieta

Género: novela / récit.

Autor: Alicia Migdal.

Acceso a “historia quieta”

Primera edición: Colección Pandora. Ediciones Trilce, Montevideo, 1993.

Historia quieta termina con el rescate del cuerpo, la palabra en primera persona y el Yo asumido que se escribe, Historia quieta parte del deseo que irrumpe luego de una escena fundadora: “necesitaba que un hombre la acariciara. Era una exigencia repentina pero que venía de atrás.

Había visto una película sobre el extermino de los judíos y cuando llegó a su casa se tendió en la cama, inmóvil. Al día siguiente se despertó con el sopor y el sigilo de las penas nocturnas. Que alguien la toque, se ocupe de revivir su cuerpo. No había deseo de nadie, sólo un llamado instintivo para la conversación de la especie de su cuerpo, millones de veces gaseado y ultrajado, desnudo en el frío de la película. Todo esa muerte junta y solitaria.”

El texto se desdobla luego en dos instancias y géneros anexos como cuerpos de amantes impacientes. Leemos en la apariencia la novela de una relación -un él referencial, el hombre en la casa y su crónica pasajera- disecada desde la primera noche que se queda a dormir hasta que se cruzan en la calle luego de separados y las perplejidades que ello acarrea. Sigue una enumeración -álbum, película, objetos…- del cotidiano para retener cuáles cosas son las que alimentan el olvido, pues esa historia en su linealidad sinuosa demuestra que la narradora tuvo su historia propia comenzada antes del nacimiento. Estar juntos para hacer el amor y descubrir mediante confidencias la extrañeza, con la aprensión de que algo odioso crece y lo único palpable es la brecha existencial que se ensancha. Nadie es culpable porque no hay falta imperdonable; los hombres sabemos que nunca es suficiente y salimos de la isla cuando somos ineptos para asumir los misterios de Circe. Luego está lo apenas insinuado entre líneas en tanto relación susurrada que puede ser oral o escrita; ahí el texto de Alicia Migdal juega con todas las cartas -las epístolas peligrosas, las del Tarot, las astrales y geográficas de los exilios, los mapas corporales- puestas sobre la mesa y sobre la cama. Allá por los años noventa del siglo pasado, los uruguayos estábamos afanados por conocer la Historia arborescente, disecar lo que nos había sucedido veinte años atrás y olvidamos entender las mujeres de al lado. La vecina con blusa de la casa de enfrente, la extranjera cruzada por azar, la desconocida que toma un café en el boliche de la esquina, el cuerpo desvestido cuando se bajan las persianas y las piernas se afanan por sacarse de encima la ropa interior: Migdal escribe desde esa intemperie entre los muros. En Historia quieta son innecesarios algunos paradigmas críticos de moda para rastrear el texto y ya fatigados; es constante la sospecha del espejo ficcional de cuerpo presente, se entiende la escritura femenina mediante la evidencia y su estatuto textual imposible para lo masculino en su poiesis. Su escritura onírica e introspectiva trama una psicopatología de la vida cotidiana en lo que tiene de desgaste, cierta interpretación de los sueños donde se cruzan Esmirna y la calle Millán, ensayos desencantados sobre el deseo del otro de mi cuerpo y la sexualidad femenina alzada desde humores íntimos, recuerdos de la infancia, tentaciones biseladas del narcisismo y también el malestar persistente de la cultura. Uno o una salen del cuarto de lectura con el desasosiego persistente de la soledad, de haber asistido al teatro púdico de una ambigüedad, tal vez de haberse visto reflejado al infinito como sucede en el laberinto de espejos de “La dama de Shanghái”. Obsesionado el lector masculino por las relaciones objetivadas de su propia ignorancia, el temor de terminar los días de adulto adentro de un viejo Morris estacionado en la vereda de enfrente. “Sólo importaba la historia quieta, la historia donde los cuerpos no son libres, abrumados de memoria por la imaginación y el pasado.”

Entradas preferenciales: cuerpos / casas / Shoah / jazz / camisas blancas / ciruelas / calle Reconquista / mascarones / deseos / Maysa.

Algo como Amanda, una bio-imagen

“Me pusieron Amanda por mi madre”, escribe Amanda Berenguer en El monstruo incesante (1990), “y Elsa, por Elsa de Bramante”, continúa. “Elsa de Bramante, cuyas ‘arias’ saliendo por los agujeros del rollo en el ángelus a pedal de mi tío José Pedro, el escritor, en casa de mi abuela Bellán, entre los años 1914 y 1919, inundaba de Lohengrin la pequeña sala donde casi a oscuras los hermanos y hermanas de mi madre escuchaban música”.

Este es el mundo familiar de Amanda Berenguer, un lugar de trance lírico: “A veces mi madre, cuando se acababa la música y se encendía la luz, estaba desmayada, me contaron”, escribe. Y actualiza, ahora en la vejez de Amanda Bellán: “Siempre me da miedo mi madre cuando escucha música. Temo que se abra una puerta infinita y que no pueda regresar”.

Con este pequeño retrato de Amanda primera (Marosa dixit) Amanda Berenguer muestra su propio umbral, todo cuanto recorre su escritura durante décadas: la escucha, la música y el efecto de oír.

A partir del oído, de hecho, imaginando la audición, se incorpora a la “poesía visual” y le da forma a experimentos diversos. El primer paso es la espiral de palabras (grabado en linóleo) que realiza para la tapa de su poemario Declaración conjunta (1964). Desde entonces la espiral subyace a los encadenamientos sonoros de su poesía, dados estos como una especie de vértigo arqueológico a partir de la escucha.

La “estructura creciente, abierta, espiralada” que surge, o parece surgir, de una tensión mental, se plasma magníficamente en la tinta y collage sobre papel Declaración conjunta (74 x 58 cm), fechada en 1965. Al igual que el poema en que se basa, la espiral domina un plano transgredido por la altura y la intensidad de cada letra, y luego –menos impactante al ojo– por el desvío hacia el mundo material (hacia los materiales del mundo) que introduce con recortes irregulares de una revista de ciencia ficción, seguramente Minotauro, y del diario montevideano La Mañana de un día cualquiera de 1965.

A la vista de la espiral de fondo, no es posible decidir si la fuerza que mueve a la figura es centrífuga o centrípeta, quizá ambas a la vez. Este fluir indecidible, infinito, invita a suponer que la “Cinta de Moebius”, de la que Amanda se apropia en Materia prima (1966), está prefigurada por la audición. De hecho el sonido es continuo y no posee interior ni exterior, características estas que Amanda subraya en su activa interpretación de la Cinta de Moebius, con la que orienta su rigurosa reflexión poética.

Arte concreto

El mencionado linóleo para Declaración conjunta, la tinta y collage del mismo título, y el diseño sobre papel Cinta de Moebius (63 x 49 cm, 1966, reproducido en Materia prima) son transiciones de la escucha. En estas obras Amanda atraviesa el tejido sonoro para explorar lo visual del lenguaje y los lenguajes visuales en general. Desde entonces trabaja a partir de lo que Vladimir Feshchenko llama, en un estudio sobre Kandinsky, “bitextualidad”, auto-ekphrasis, y así recupera un eje fundamental de las vanguardias, aquel en que los estímulos y los sentidos se transmutan o “transubstancian”, palabra que prefería Vicente Huidobro.

Desde sus comienzos con Elegía por la muerte de Paul Valéry (1945), en la poesía de Amanda no solo está en juego la materialidad del sonido. También lo está, sin duda a la par, la composición tipográfica y toda la artesanía que supone un taller, como el que tenía en el fondo de su casa, para armar sus libros impresos a pedal, labores compartidas con su esposo José Pedro Díaz. No es casual que el último trabajo del proyecto imprenta La Galatea sea Contracanto (1961), un pequeño poemario en el que prevalece, todavía, la cadencia sonora. Después de quince años de pequeños trabajos, todos magníficos, La Galatea llega a su fin pues la poesía de Amanda se desborda, en todo sentido, y ya no cabe en aquella minerva del siglo XIX.

Resulta difícil reconstruir los eslabones entre la obra anterior a la década de 1960 y lo que Amanda escribe a partir de Quehaceres e invenciones (1963), es decir, cuando abre paso a un corpus en el que transita de las artes gráficas a la poesía visual y finalmente a la performance.

Para explicar las rupturas formales de Amanda Berenguer, antes de que la ruptura sea un proceso continuo, caben diversas hipótesis. Sugiero dos: el encuentro con Emily Dickinson a fines de la década de 1950, y el descubrimiento por los mismos años de la poesía concreta y en general del arte concreto sudamericano, propagado a través de Buenos Aires, São Paulo y Rio de Janeiro.

A partir de la lectura compulsiva y del comienzo de la traducción de Emily Dickinson, Amanda delimita un espacio nuevo alrededor de lo abstracto y lo concreto de su propia casa. Lo doméstico es “el continente por descubrir”, el espacio de la mente, siguiendo la tesis de Suzanne Juhasz, de particular interés para Amanda, sobre Dickinson.

Es muy poco probable, por otro lado, que la poeta no tuviera noticias tras su regreso a Montevideo, después de dos años en Europa, de la “Cinta de Möbius” diseñada en la Bauhaus por el artista suizo Max Bill (Tripartite Unity, c. 1948), hecha con hojas de acero y expuesta en São Paulo (1951). El nombre de Bill circulaba en Buenos Aires a través de la revista Nueva Visión y de los cursos de J. Romero Brest, y era bien conocido en Montevideo, por lo menos en ámbitos relacionados con la matemática, la arquitectura y la ingeniería, con los que Amanda tenía contacto.

La lectura de Emily Dickinson, “apoteosis de lo abstracto”, y en paralelo las corrientes sudamericanas del arte concreto impulsan en su poesía un vehemente cambio de relación con el espacio. Esto, a la vez, establece un diferir continuo de tiempos singulares, en colisión, ya no armónicos. Es decir, a medida que la relación palabra-espacio se hace compleja, la temporalidad se dispersa.

El descubrimiento de “La Cinta de Moebius” –acaso una imprevista torsión de la espiral– da lugar a una apertura máxima en el uso del lenguaje, clave de sus búsquedas. Con el poema que lleva ese título Amanda abre un plano desconocido (el futuro de su obra) e inaugura una reflexión comparable, en alguna medida, a la de Ferreira Gullar como teorizador del neoconcretismo. Amanda crea un objeto en movimiento (o un não-objeto inmóvil [1]), irrepetible, absorbente, una extensión táctil:

Palpo lentamente
una cinta de Moebius siento
ese breve vértigo de entrecasa
o escalofrío en su jaula toco
ese pájaro por fuera y esa ostra por dentro
sucesivos palpitantes
sigo su unilátera hoja ambigua
hermafrodita
exterior e interior a un mismo tiempo

(“La Cinta de Moebius”, Materia prima)

Max Bill encontró esta figura de forma intuitiva, ignorando que había sido descubierta en 1858 por el matemático y astrónomo August Ferdinand Möbius, a quien Amanda remite en una nota explicativa al pie de su poema. No hay en la obra suya alusiones a Bill ni tampoco hay huellas, en su archivo, del arte concreto. (No es esta la única borradura de diálogos no muy claros, aunque sí altamente productivos, con Brasil). En todo caso, importan los matices alrededor de Max Bill y las coincidencias de este –recientemente expuestas por Francesca Ferrari– con proyectos de artistas e intelectuales de Sudamérica. [2]

Luiza Proença muestra en “Walking on a Möbius Strip” (Bauhaus Imaginista) que la Cinta de Möbius fue usada en Brasil, en los años de 1960 y 1970, como “un instrumento de reflexión sobre el sujeto, la alteridad y el espacio público”, un conducto para desviar las formas eurocéntricas. Proença destaca a las artistas Lygia Clark y Lygia Pape, formadas en el arte neoconcreto, quienes utilizaron la Cinta de Möbius para promover, mediante la ruptura del “hábito espacial”, prácticas de subversión subjetiva ligadas a las dinámicas del performance. 

El descubrimiento de “La Cinta de Moebius”, llevada al poema y al diseño visual, le permite a Amanda Berenguer reconfigurar sus nociones de sujeto y objeto, desde ahora un plano híbrido desde el que proyecta de manera borrosa, ambigua y plena de sentido, los “estímulos del mundo exterior”. (Véase su extraordinario ensayo “Dialéctica de la invención” en Materia prima). Sobre las “superficie continua” de la cinta se revela, por marcar un contraste recurrente, lo familiar y lo extraño, esto último imaginado por el tigre, el monstruo, un mito griego, una fecha, un nombre histórico, una presencia vegetal o humana, etcétera.

Sin descontar la importancia de las más dispersas fuentes de su poesía, ni los consumos voraces de su sensibilidad y su imaginación medial, tecnológica, ni sus juegos sin reglas, vuelvo a lo planteado: a partir de Emily Dickinson y del arte concreto Amanda ingresa (vía crisis de la espacialidad) en el puro acontecimiento, en un “tiempo indefinido” o una línea flotante, siguiendo a Deleuze-Guattari, “que solo conoce las velocidades y no cesa a la vez de dividir lo que ocurre en un déjà-là y un pas-encore-là, un demasiado tarde y un demasiado pronto simultáneos, un algo que sucederá y a la vez acaba de suceder”.

A partir del acontecimiento-cinta, se puede decir, Amanda desincroniza, poniendo en relación horizontal pasado y futuro, aquí y más allá. Escribe a partir de la impresión inmediata (por experiencia o memoria), sin distancias con el otro, sensible al dolor humano y a la cibernética (tema de la Guerra Fría con eco entre poetas), a cualquier aspecto de la vida cotidiana, a la carrera espacial y a las galaxias. Tiende por un lado a dejarse llevar por fuerzas cósmicas, a través de las espirales de Andrómeda y la Vía Láctea “de forma vagamente circular”, y por otro lado se establece en el cuerpo propio y sus sentidos, percibiendo las fuerzas de la tierra e imaginando, quizá por eso, las partículas materiales que ese cuerpo (como el de la mesa o la silla) reúne. De ahí la extrañeza: “la realidad así en abstracto es todo esto”, escribe, “las cosas, las personas, esos animales, aquellas plantas, las mercaderías, los objetos que nos rodean” (“Dialéctica de la invención”, Materia prima).

Desde “La Cinta de Moebius” la cuestión está en proponer no sólo caminos de expresión sino modos de vida, con lo que esto quiera decir, de ahí su relación con Lygia Clark y Lygia Pape. Poco a poco, Amanda toma posición en los límites de Montevideo, sobre el mar, de frente al sur, asumiendo su latitud con la confianza que dejó el torresgarcismo. A comienzos de la década de 1960, cuando se localiza y se lanza hacia el futuro, primero incorpora a su poesía un reflejo de sí misma (bio-imagen, bio-palabra, imagobiografía, anotó en un cuaderno), luego una figura mensurable, concreta y visible (“Un metro cincuenta y cinco de pie”), y, finalmente, una entidad que no es Amanda Berenguer Bellán ni Amanda Berenguer, sino Amanda, no más que eso, “something like Emily”, un devenir sustancial, gravitatorio, humano del poema.

Ignacio Bajter

***


[1] “La Cinta de Moebius” cabe en la definición de não-objeto según la teoría que Gullar formula a fines de 1959. “El no-objeto se concibe en el tiempo: es una inmovilidad abierta a una movilidad abierta a una inmovilidad abierta. La contemplación lleva a la acción que conduce a una nueva contemplación”.

[2] «“From Surface to Space”: Max Bill and Concrete Sculpture in Buenos Aires», agosto-octubre 2021, Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA), NY.

Las nubes magallanicas

cuando transitamos a velocidad cotidiana
la gran avenida vía Láctea paseo
cielo parque conocido desde niña y
antes aún de papá y mamá muy semejante
a 18 de julio cuando mirábamos pasar
desde el Chevrolet 36 detenido en la acera
las personas preparadas para una exposición
rodante con aire de retreta y repasaba
un examen de historia natural
y sus vidrieras falsas de vida nocturna amarillenta
en bajo voltaje sobrecargado a punto de estallar
y se enciende el motor y se cruzan las calles
de la Aguada la estación de tranvías del Reducto
con reloj en hora hasta el Brazo Oriental
de vuelta por San Martín entre plátanos jóvenes
hasta Huáscar corta y sin hormigonar y cuando

llegamos a casa ahora en otro lado
del mapa de la ciudad en la punta
más cerca de un labio del planeta
cuando volvemos a esta turbia clara
circunvalación suburbana
mezclados de yema central y del ruido
usurero de un río de plata baja
batiendo contera el murallón de la rambla
costanera o crecido sobre la orilla arenosa
apretando un huevo puesto en pleno vuelo
así con la cáscara partida Montevideo derramado
por un pájaro parecido al ave tiempo
del segundo viaje de Simbad
y cuando es hora de amor y de ladrones
en el monte de al lado
o cuando sobre la playa me tiro al agua
entre los crustáceos al fondo en su elemento
o a un pozo para desaparecer o morir
de otra envergadura en otro viaje
navegando surcando explorando el agua negra
a la pesca de presas de oro prometidas
abierto hasta los tuétanos el tesoro
de los antepasados latinos industriosos y avaros

quedan someras sobras sobre la mesa tendida
queso para trampas caseras y cebo rancio
y lentejas con tocino guisadas
para alimentar los diarios malos entendido
viejos como el mundo
un plato para otro de carne viva fría
o trozos dando coletazos de eso que somos
por dentro y no se ve
y emerge a veces en rabioso pesca mayor
difícil de descuartizar

aventamos las plumas indemnes sepultadas
de aves americanas o de indios charrúas
entusiastas asadores de Solís el descubridor
de este lecho correntoso donde aún desovan
las corvinas con cangrejilla y los delfines maman
sin línea directa a ningún trono de la tierra
y se enturbia una resaca misionera colonial

cuando ocurre un accidente
y muere un niño ciclista aplastado
contra el parabrisas asesino del automóvil
en Caramurú junto al arroyo
cuando suena el despertador y repica el pulso
en las coronarias
cuando me despierto y recuerdo

alguien está mirando directamente nuestra espalda
el codo pelado la nuca las vértebras lumbares
que sólo conocemos por dentro
en el interior del espejo en la penumbra
de una radiografía
o el repliegue astuto de la oreja palpable
o la cara oculta de la luna observando
con una lupa de tiempo
ampliando el espectro en sus fantasmas
verdaderos

las Nubes de Magallanes encienden en los alrededores de
nuestro polo celeste austral dos jirones arrancados a la
vía Láctea de forma vagamente circular
la Gran Nube se extiende en la constelación de la Dorada
la Pequeña Nube en la constelación del Tucán
la Gran Nube contiene estrellas supergigantes azules o
rojas nebulosas gaseosas de emisión por ejemplo una de
las más luminosas del firmamento la nebulosa de la
Tarántula y cefeidas típicas y polvos absorbentes que no
dejan ver las galaxias alejadas la Pequeña Nube en
cambio es transparente

se descubren puentes de materia retorcidos formando
bucles desplegados a semejanza de tenues ramajes o
estirados al máximo y casi quebrados existe un fondo
luminoso continuo en las regiones centrales de los gran-
des cúmulos de galaxias la difusión es uniforme y grana-
da más o menos quinientos millones por ahora de gérme-
nes de infinito ah! entrego parte de un botín de guerra
diaria en prenda por un largo corredor o paso de materia
recién descubierto
el mar es cada vez más liviano y hondo
la respiración suave acompasada
el pensamiento apenas esbozado
por palabras sencillas
el cielo abierto de pie sostiene a pulso
nuestras preguntas de rigor

el viejo por qué deforme
con sus débiles huesos contrahechos

el plano galáxico se halla cubierto por nubes de gas
polvoriento alineadas a lo largo de las espiras

la imagen más simple y correcta del universo es
todavía la de un espacio euclidiano regularmente
poblado de este animal enloquecido mordiéndose la
cola y pariendo estrellas que miramos cada noche
sin ver en la oscuridad más allá de nuestros ojos

el sur y el norte prevalecen luchando en un circo
        cerrado
se da vuelta el hemisferio austral donde nacimos
abrimos con el navegante Magallanes y los sesenta
       bramadores
su estrecho pasaje y giramos al norte
de un solo espacio todopoderoso
estaba cercano entonces del otro lado infinito
la incorruptible mujer encadenada a poca distancia
del polo boreal
la gran espiral Messier 31 de Andrómeda
expuesta hasta los ovarios destellantes
entre los tejidos borbotando sombra
atada a una roca radioactiva radiofuente
radioeléctrica
a la orilla de un océano de frías olas de hidrógeno
cayendo sobre sus flancos de virgo devota Persea
nebulosa foca o vaca marina entre los árabes
también encadenada

zumba el ruido de fondo de la galaxia
una sierra sin fin preparando el árbol del silencio
en muestras micrométricas
canta la marea boscosa del tremendo mar
este mismo mar sucio de arrastre o río grande
como mar Paraná Guazú salado y dulce
en el entrevero y una mujer dormida sobre las rocas
entre playa Verde y playa Honda con los pies
donde golpean las olas esperando el amante que
        traerá
de los correosos pelos la cabeza de Medusa junto
al juego de anillos como regalo de bodas
golpean rompen las olas de hidrógeno sobre los
        flancos
desnudos sobre la gran espiral
Messier 31 de Andrómeda sobre esa mujer
asoleándose
extendiéndose caliente y tersa
con los brazos firmes en la axila y el cuerpo de
pan bien amasado pronto para el horno de una
        playa desierta
los redondos senos contra el sol mostrando
las palpitantes cefeidas y e sexo de humo espeso
respirando a empujones sobre esa mujer sola
asoleándose sobre Andrómeda en puro cuerpo
sobre la gran espiral Messier 31 encadena a la
        espera
estaba una noche en las rocas de la plaza Virgilio
vigilando el Río de la Plata atenta
al contrabando de las aguas por el mismo cielo
a través de un ojo de bronce
abierto a los caídos en el mar
aguardaba el tránsito suntuoso de la nave Argos
a toda luz en la altura desplegada cerca del sur
         celeste
hundida la quilla en la negra onda hasta Canope
el piloto alfa de la Carena a la vista siempre
en su encrespada línea de flotación
no tenía apuro y no podía moverme
la espalda entumecida al contacto de la dura oscuridad
apenas arribaba a la costa un ruido periódico
volcando una redada de segundos
recién pescados y todavía vivos

cuando se está solo se sienten más
fuertes las ligaduras y el peso real
del leve firmamento extendido
sobre el cuerpo afiebrado

el Navío se acercaba lentamente balanceando
su popa y volviendo al puerto de partida

no podía saber cuál era su destino
no creo que pasara por allí
por el sitio aquel donde esperaba
¿acaso el propio Argos podría
descubrir el escondrijo situado
en una punta montevideana
donde permanezco atada a esta escritura?

las estrellas se detienen posadas en el mástil
y aletean sacudiendo el profundo duermevela
la noche es larga y todo pasa cerca
y sigue trajinando
en la pulsación se mide la distancia
se sabe la temida trayectoria se numeran
los latidos que nos restan de la suma inicial
entregada a cuenta del propio corazón
¿Andrómeda eres tú aquella insomne nebulosa o
esta que soy ahora transitoria aquí en la tierra?
pasa en Navío enarbolado en toda su gloria
sobre el meridiano
recuerda: el viejo Ptolomeo catalogó en la constelación
cuarenta y cinco estrellas en orden similar al de un
tratado sobre la forma de construir barcos los astrónomos
modernos la dividen y le detallan quilla popa mástil vela
pero sólo la mitad trasera del buque asoma a la carta de
navegación de altura andando de tal suerte en su carrera
nocturna de este a oeste que la popa va delante retroce-
diendo en dirección del muelle
Andrómeda ¿me oyes?
estoy en el polo opuesto de todas tus prerrogativas
hago apenas esfuerzos por soltarme quizá
me arrastrara la corriente que más temo
o un chorro enceguecedor de luminarias dementes
noctilucas militantes

se mueve el océano invertido combado
casco protector reticulado sobre la forma
de la inteligencia
se arquea el universo en grave mitovulsión
acá las olas caen en la mitad de la calle
sobre la gente que pasa despenada y sueño abajo
la marea cubre el jardín de las manzanas de oro
empuja la puerta principal la espuma se deshace
sobre la mesa de trabajo en vano estrellerío
nubes atormentadas descomponen las lejanas
nubes de Magallanes sus tenues bancos luminosos
donde jamás encallará el Navío

acá llueve es noche cerrada
hay explosiones de miseria en cadena
minifundios de dolor y de torpeza hay barro
hay tierra hay animales hocicando
hay espesos desperdicios basurales hay
alcantarillas cloacas sumideros bocas
de tormenta tragándose el mundo de este lado
la tortura inclemente centrífuga de Andrómeda
la deriva el hundimiento del Navío aquí
en su plenitud austral y para los antiguos griegos
observadores desde el otro hemisferio levantando
sus restos en el horizonte acuoso
y el fin de Magallanes atravesado por una lanza
que lo clavó de bruces en una isa salvaje
antes de terminar la redondez del globo terráqueo

y llueve en oscuro de veras no se ven las palmas
de las manos no hay paseo de niña ni juego
de palabras cruzadas ni viaje a Europa
ni principio tienen las cosas
en la gran avenida se ahorra energía
y en la central hidroeléctrica hay fisuras
en los muros de cemento
no hay luz no se ve nada y llueve
pero me acuerdo de la luz
otros cantan conmigo de memoria la luz que
vendrá
se enfutura se esperanza se constela adentro
lanzallamas en hogar vivo amotinando
estrellas sindicadas obreras de un cielofábrica de
        barrio
donde se elabora destellando la historia del
        comienzo