Agosto 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Los marinos cantores

LOS RIOS FICTICIOS

Bruxelles piano-bar

Capítulo III: MALA RACHA DE HURACÁN BUCEO

Partes 15 a 21.

(continuará)

EL ASTILLERO

Mi primer Felisberto

IX) El apuntador como personaje secundario

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LAS VISITANTES

LAURA LOCKHART

(A través de una nube de polvo / Lady Catherine)

Los dos relatos de Lockhart refieren historias en las antípodas ambientales y tienen elementos comunes. “A través de una nube de polvo” es inédito y “Lady Catherine” pertenece a La espléndida desnudez de las cosas (Civiles iletrados, Montevideo, 2019). Mercedes Rosende escribió en el prólogo: “Y estos cuentos de Laura Lockhart corresponden a esa categoría en la que las mujeres hablan con voz propia, cuentan experiencias propias, juegan el papel más importante de la historia. Los personajes son muchos: las amigas, madres e hijas, nietas y abuelas, primas, la milonguera, la prostituta dominatriz o la tía bolchevique que vive en Rusia, la amante del samurái o la del cirujano o la del padre de un niño enfermo, la judía, la asesina del jacuzzi, la del cuarto que se va llenando, todas ellas son el centro del relato. Porque dramas, pasiones o tragedias que viven sus protagonistas tienen un denominador común: son mujeres, aunque sin esa visión estrecha y confinada casi exclusivamente a la problemática familiar de entrecasa con que se entendió la “literatura femenina” en el pasado, y sin entrar en el obvio panfleto militante.”

El primero evoca un mundo rural entre mujeres emparentadas, tejiendo su novela familiar ante la deserción masculina, neutralizando a Micielo, pareja reciente de una madre ausente. El lector verá que la crónica evitada por la piba de trece años es cuestión de todos los días; la tía Tiburcia es el personaje inolvidable: seducida y abandonada a orillas del Cebollatí, parto con accidente vial y bebe muerto, la cubrió de muchacha el poncho de la locura. La música es la alegría que la hace bailar el pericón, algún malambo en alpargatas o una recreación de rock. “Lady Catherine” –“es la reina de un comic”- cuenta una revancha de la diáspora latina en Chicago contra los privilegios masculinos y se trata de llevarlos al instante masoquista, donde sus fantasmas sólo se pueden concretar humillándose ante la fémina dominante. Los cuentos de Lockhart se nutren de la tradición teatral, egresada de la EMAD participa en la tramoya técnica de múltiples producciones en los espacios nacionales. Hace una década que incursiona en la creación de guiones y la escritura narrativa, participó en antologías y ganó varios concursos. Quizá lo más persistente son sus años pasados en Londres: estética visual del álbum Sargent Pepper’s, entornos tóxicos de “Mona Lisa” de Neil Jordan, bandas de “Tommy” y “The Rocky Horror Show”. Después de ver a Vanesa Redgrave con Terence Stamp actuando Ibsen -quienes tuvieron esa fortuna en Londres- y de escuchar el pentámetro yámbico sajón en el Old Vic, el gran Teatro del Mundo seguro se reinventa.

LUCÍA LORENZO

(Espectros / Avioneta / Sofá)

Otro cuento de Lucía Lorenzo que pudimos leer tiene un acápite de Truman Capote: “La soledad, como la fiebre, medra en la noche.” y parece que uno escucha esa frase dicha por el inmenso Philip Seymour Hoffman. También las circunstancias reciente del país y haber nacido en 1973 puede incidir en un estar social del escritor uruguayo contemporáneo, dependiendo de ese cursor insistente con charreteras; cifra que condiciona -a todos- la visión sobre la pertinencia y utilidad de la literatura cuando todo está dicho; apelando en algunos casos a la poética minimalista de una narrativa casi de supervivencia. Lucía en licenciada en comunicación y opera en el mundo del periodismo, los cursos de literatura y la creación. La mirada resultante es de un feminismo ensimismado y solidario entre mujeres: explora las pérdidas afectivas de la infancia, los desasosiegos adolescentes barriales y los naufragios de la vejez que la sociedad prefiere ocultar. El cuento breve es suficiente (Tenerlo por escrito, Civiles iletrados, 2019) para lo que quiere o considera suficiente narrar: la foto movida, el tiempo de espera entre dos trámites, el dialogo fragmentado, el boceto de una idea, el vuelo casual, un fulgor tentador de otra vida posible apenas cambiándose la ropa.

Los comienzos hay que imaginarlos porque están obviados, los finales son indeterminados como los fotones que forman el universo. El lector debe apoyarse en eso breve que sucede y el instante fulgurante en pocas palabras; siempre que tengamos confianza en el observador. Están seguidas sin concesiones las edades de la mujer y el tiempo que pasa por el cuerpo, se ponen a prueba los límites del desajuste mental sin saber de qué lado del diagnóstico se está parado y mientras se expande el imperio repetido de la soledad. A veces los dioses envían mensajes sibilinos, como en el cuento “Avioneta”: Mírenme, Elíjanme. Quizá eso escrito en el cielo y siendo otra nube poética nunca llegue a tocar tierra; eso flota por encima nuestro, como los mensajes de humo de Alberto Ruíz-Tagle en “Estrella distante” de Bolaño, repitiendo el doble enigma humano del emisor y del destinatario. De los tres cuento que Lorenzo nos propone “Espectros” es un inédito.

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El cazador Gracchus amarra en Montevideo (diario de la obra)

Biblioteca musical (nuevo)

Índice general del año Uno de La Coquette

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

SÉPTIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

George Michael / “Freedom!’ 90” de George Michael.

Rosario Flores / “Algo contigo” de Chico Novarro

Chico Buarque / “A Rita” de Chico Buarque.

Yves Montad / “À Paris” de Francis Lemarque.

Jorge Schellemberg / “Chicalanga” de Manolo Guardia.

Edmundo Rivero / “Cuando me entrés a fallar” de Celedonio Flores y José María Aguilar.

Emil Gilels / “Sonata para piano N. 8 K 310” de W. A. Mozart.

Dire Straits / “Money for nothing” de Mark Knopfler y Sting.

Mercedes Sosa / “Balderrama” de Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla.

Thelonious Monk / “Satin Doll” de Duke Ellington.

Dmitri Hvorostovsky / “Non ti scordar di me” de Ernesto de Curtis y Domenico Furnò

Junio 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Las curiosas tribulaciones del estudiante Andreas Stein

LOS RIOS FICTICIOS

BRUXELLES PIANO-BAR

Capítulo I: ME RECUERDAS A AUDREY HEPBURN

Partes 1 a 7.

(continuará)

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

Lo decorativo y despiadado en la voz de Irineo Funes

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

CARLOS LISCANO

Todo lector conoce la fábula del muchacho o muchacha que quiere ser escritor. Hace poco más de un siglo, James Joyce dio la versión sublimada de su propia experiencia en el personaje de Stephen Dedalus, al que le dedicó una novela semidestruida por asuntos domésticos. Años después retomó el proyecto, que llegó hasta nosotros con el título de “Retrato del artista adolescente”, publicado como folletín entre 1914 y 1915 en “The Egoist” y como libro en 1916. En el último capítulo, el héroe propone un tríptico moral y estético que circula como asunto a meditar en todos los talleres literarios: “No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi lugar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito: silencio, destierro y astucia.”

Algunas estaciones las armas las carga el Diablo. Lo que en Irlanda era un programa de provocación, en el caso de Liscano el uruguayo se vuelve devolución de la fatalidad. Silencio, destierro y astucia tienen en su obra nueva significación; allí circula el país como relato malogrado durante los años verdes, el lenguaje es exigido para que diga lo indecible y si no puede mejor que se calle. El encierro que sabemos, es ocasión de transfiguración voluntaria en escritor; la vida -ella siempre- cronicando el cotidiano al alcance de la mano y negociando lo mejor que se pueda el desasosiego que acerca a los papeles en blanco. Como hay dos cuerpos del rey -el ensayo de Ernst Kantorowicz es de 1957- hay dos cuerpos del escritor. Una zona medular de la obra de Liscano explora este territorio bicéfalo -donde patrulla el doppelgänger- en textos explícitos como “El escritor y el otro”. Mirado desde el oficio alteró paradigmas sólidos, más que una escritura narrando la dictadura -esos textos abundan en las vidrieras a veces minando el efecto buscado- se aplicó a indagar secuelas de la violencia conocida en la ciudad de la Novela, de ahí el desconcierto que pueden provocar obras como “La mansión del tirano”

Un día le escribimos a Carlos diciéndole que sería bárbaro que se acercara al Cabaret y que viera por las dudas. Al otro día respondió enviando -como si fuera poco- fragmentos de un libro inédito sin poner condiciones. La Coquette le está debiendo un almuerzo en Don Koto.

El soporte original manuscrito es una libreta mexicana, la versión mecanografiada tiene dos epígrafes, un diálogo (fechado Set. 2016) y una cita de los Diarios de Kafka. El texto comprende 59 fragmentos y se terminó de redactar en Capurro, el 9 de mayo de 2019. Está dedicado “A la memoria de María Carme Gabarró”

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El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical (nuevo)

Índice general del año Uno de La Coquette

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SEXTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Rolando Villazón / “La danza” de Giacomo Puccini.

Lalo Schifrin / “Mission : Impossible”.

John Coltrane / “My favorite things” de Richard Rogers y Oscar Hammerstein.

Ignacio Corsini / “La pulpera de Santa Lucía” de Héctor Pedro Blomber y Enrique Maciel.

Dick Annegarn / “Bruxelles”.

Astor Piazzolla / “Boedo” de Julio de Caro.

Lucio Battisti / “E penso a te”.

Charles Aznavour / “J’aime Paris au moi de mai”.

Robson Miguel / “Aquarela do Brasil” de Ari Barroso.

Deep Purple / “Smoke on the water”.

María García Vigil / “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

Marzo 2022

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar

Dragón entre las nubes

VISITANTES

Juan José Saer

“La pesquisa”

(las primera páginas)

Este mes damos un paso enorme en la zona Saer de la narrativa, los idus de marzo nos traen la felicidad de contarlo en el elenco de La Coquette. Su visita nada tiene de casual, asoman en su obra escenas de timbas, boliches de barrio con billar y cabaret danzante con barman, fulleros sindicados, epígonos de Raúl Berón y coperas; parecía cantado que un texto suyo se diera una vuelta por aquí y fue Laurence Gueguen que autorizó la presencia de “La Pesquisa” en esta entrega. Los astutos en literatura saben de Saer, para los más prudentes subimos este mes un esclarecedor y penetrante ensayo de Oscar Brando; el portal al mundo saeriano es cuestión de minutos: Internet brinda más de doscientas mil entradas, los libros están en librerías y eBook, cursos, memorias o tesis se suman en el ámbito universitario. Sencillo y desafiante, su proyecto además de narrar historias en trama postula un sistema conectado de personajes, es educación a la novela en tanto estrategia de ficción e incursión imborrable al tercer reino de la literatura. Lo único que glosaremos entonces, será la razón de elegir las primeras páginas de “La pesquisa” como rastro privilegiado.

Alguna vez Juan José afirmó que fue su respuesta al reto del género policial aunando horror y métodos decimonónicos del folletín urbano; una réplica de oficio probando que se puede hacer novela con sobrantes de la industria cultural invasora. Habiendo Saer vivido en Francia desde 1968, fue la primera ficción que transcurre en buena parte en la capital francesa. La acción sublimada por el relato de uno de los protagonistas se desarrolla en el distrito 11 de París, allá suceden los 29 crímenes del caso (quizá se inspira oblicuamente en la saga real del asesino que obró en París durante los años setenta) y está instalada la usina de la investigación: “El hombre o lo que fuese desaparecía detrás de sus actos, como si la perfección que había alcanzado en el horror le hubiese dado el tamaño del demiurgo que únicamente existe en los universos que crea.” Allá vivió el personaje que cuenta y también Saer -antes de mudarse a la calle Mouchotte- en el 157 Boulevard Voltaire primer piso, cerca del Metro Charonne, lo que suma verosimilitud al relato.

La novela que sigue luego de las primeras páginas transcripitas, fue publicada en 1994 y despliega varios argumentos: una charla entre amigos sobre otro misterio de París, el viaje por el rio Colastiné tras un dactilograma de 815 páginas, titulado “En las tiendas griegas” y del cual se ignora su autoría, el reenganche de una amistad que debe negociar huecos emotivos de años de ausencia. La historia parisina es la de un asesino serial, sus víctimas, la persecución a ciegas y se concentra en los dos últimos crímenes hasta un desenlace provisorio. El dactilograma se traslada a la guerra de Troya en la llanura de Escamandro, la mayoría el día previo al episodio del caballo y finaliza cuando se abren las puertas del horror. Ante Troya se disputan en opiniones el soldado viejo y el soldado joven vigilando la tienda de Menelao, en París los policías Morvan y Lautrec, en la ciudad novela Pichón y Tomatis siendo seis personajes en busca de autor: autor del dactilograma, de los crímenes, de la novela. El episodio troyano, que inicia la literatura occidental trata del hiato entre realidad e ilusión sobre la belleza femenina en su esplendor cuando es casus belli. Como puede verse en el cuadro de Hans Baldung “Las tres edades y la muerte”, el predador parisino se acerca al reloj de arena supliciando ancianas en un ritual de muerte; en París como en Troya, son las víctimas engañadas quienes abren las puertas del encierro al potro desquiciado del horror. Al inicio de la novela leemos el retrato robot coral de las víctimas, el gran arte narrativo de hacer un travelling prolongado sobre seres invisibles en la jungla urbana, mujeres declinantes que salieron de cuadro. Con esos elementos de afeites y artrosis se inicia una novela fantástica, poblada de monstruos fugados de pesadillas, ciudades oníricas, víctimas y victimarios, operando desde los orígenes mitológicos cuando el mundo se vuelve pesado. Los personajes masculinos van a la búsqueda, más que el consuelo barroco deux ex machina del culpable ideal, la certeza es el misterio permaneciendo en lo que flota: nieve blanca cayendo sobre París en días de navidad, papelitos blancos ministeriales del carnaval del monstruo resolviendo el enigma, mariposas blancas llamadas bailarinas -nocturnas- provenientes del cielo sobre el arcano del dactilograma. Mientras los amigos toman cerveza -exigir el frío que duele en las sienes, la altura de la espuma- en un patio acriollado, alrededor caen hojas otoñales de relatos pendientes sobre desaparecidos, exilios, cariños idos y la juventud dañada seca de promesas.

Oscar Brando

“Volver a Saer”

Cuando se volvió más cercana la llegada de Juan José Saer a La Coquette, como con otros autores creímos que sería oportuno que estuviera acompañado por un trabajo crítico de presentación ampliada; se lo pedimos a Oscar Brando sin dudar, sabiendo que es el compatriota que más sabe del asunto. En su trabajo recibido recuerda cómo se fue tejiendo la trama saeriana personal con lecturas, conexiones editoriales, azares inmobiliarios, viajes, alineación de planetas universitarios y el imán Alberto Díaz que tanto nos orienta desde Buenos Aires. Fue una linda aventura su encuentro fortuito con los libros de Saer y contó con el apoyo de Norah Giraldi durante el tramo último de la investigación; yo trabajaba por esos años en la universidad de Lille cuando Carina y Oscar Brando vivieron y presentaron sus tesis sobre Liscano y Saer. La defensa de Oscar fue el 18 de noviembre de 2013, finalizaba el otoño en el Norte y estuve ahí para contarlo. Tal vez en el pedido inicial hace un par de meses sólo aguardaba algún capítulo suelto de la tesis y que luego fue libro editada -por Corregidor- con el título de “La escritura de Juan José Saer. La tercera orilla del río.”

Brando se tomó unos días para pensarlo y se descolgó luego con un ensayo inédito, personal, arborescente, que recupera las grandes líneas de la crítica del autor de “Glosa” y abre nuevas pistas porque sobre Saer siempre queda alguna cosa para decir. Como buen docente -nosotros los del IPA ya no somos los mismos…- atiende a lectores debutantes y sorprende a iniciados con nuevos contactos digamos que intertextuales. Oscar preguntó qué texto de Saer subiría al Cabaret y los criterios de la elección; ubicó entonces el interés de su lectura al servicio de la cartografía parisina, del catálogo inicial femenino atendiendo a las viejas del barrio, en viudas sin mayor esperanza que en páginas maravillosas describen el coto de caza de “el hombre o lo que fuese.” Además de presentar la obra de Saer y avatares editoriales como un sustrato a considerar de la narrativa, aclaró puntos claves de la novela citada. Brando estableció un nexo temporal, una suerte de continuidad trascendental con otro cuento del libro “Lugar” del año 2000 titulado “Recepción en Baker Street” y que sería una coda de la novela convocada, porque la noche de las bailarinas siguió después de la tormenta. El crimen induce al crimen: Pichón Garay narra los misterios parisinos y Tomatis los de Londres, recuerdos de mentes criminales así como de deducciones; relaciones entre realidad y ficción, corporeidad y simulacro, del asunto de la construcción del autor. Como lector de Saer, dos aspectos me interesaron del trabajo de Brando que tienen relación con su pasado de investigador. Primero el juego de asimilación y desprendimiento con la literatura de corte naturalista previa -Oscar domina esa biblioteca de la Banda Oriental- donde localiza los nudos conflictivos entre lo que permanece y la ruptura; luego, el paso mágico de las condiciones de oralidad a prodigios refinados de la escritura, diciendo que toda gran novela antes fue rumor o mitología, anécdota o recorte de prensa, conversación antes que dactilograma aunque requiera 815 páginas.

LIBRERÍA LAS NUBES

Duilio Luraschi

Ficha 3

“El juego de Borgino”

Suceden cosas en la Librería Las Nubes. Duilio Luraschi que pasó de visita por el Cabaret hace algunos meses, para este marzo nos envió una novela inédita; es la primera vez que ello ocurre y de arranque va nuestro agradecimiento. A la espera de concursos varios, decisiones editoriales que tardan, publicaciones parciales en semanarios o lecturas públicas las historias buscan otras estrategias de difusión. Cuando un manuscrito alcanza el punto Fahenheit 451 en la ciudad letrada, el desplazamiento lateral hacia la red abre nuevos portales. Hace un tiempo, Martín Palacio Gamboa escribió lo que sería una buena entrada a la estética de Duilio: “Nacido en 1963 en Montevideo, Duilio Luraschi es algo más que una figura esquiva en el panorama de la narrativa contemporánea uruguaya. Sus libros tratan de un mosaico de posibilidades, personajes, planteos en que la magia, el terror, la paranoia, lo absurdo y el humor forman un tejido más lógico de lo que parece a primera vista. Por ese motivo podríamos inducir que estamos ante un autor cuyos relatos navegan una atmósfera y una precisión de relojería que lo aproximan a Kafka pero también a Dino Buzzati, dos ascendencias que parecen haberse desdibujado en el marco de referencia actual y que, por eso mismo, también generan cierta extrañeza.”

En la novela de Luraschi hay dos destinos principales que se cruzan sin saberlo. En la primera una pareja recuerda a Elizabeth Taylor y Richard Burton en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, en la otra seguimos a una muchacha depresiva que se llama igual que la morocha de “Mulholland Drive” y termina como la rubia Diane Selwyn. Hay negocios inmobiliarios tipo “Chinatown” y accidentes de tráfico sospechosos; pero no estamos acomodados en el Cine Metro con subtítulos, sino ante seres desesperados moviéndose en escenarios que se ven desde la ventanilla del 121. Borgino es un juego y el negociado ilusorio para pararse el resto de la vida; como se lee en la entrada 24: “el lío de Borgino era solo una fachada como la puerta del tren fantasma.” Quien compró boleto para varias vueltas fue Tomás Campos, acaso héroe sin atributos, el último en salir de escena y que recibe la resaca del naufragio: la esposa alcohólica se va a Carmelo, siempre anda detrás de alguna mina quemada, hay fotos de cuando Bautureira llevó seis casilleros de cerveza y cuatro pollos asados a la despedida de soltero, es abogado y empresario, filatélico aficionado, va a la peluquería de Vittorio, fuma Camel, bebe ron añejado, tiene problemas oculares y cree que el 325 a la cabeza lo sacará del mal paso.

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo y Mi primer Felisberto (diario de la obras) / La primera Cartografía original / Biblioteca musical / Índice general del año Uno de La Coquette / Fichero de Programaciones mensuales desde Abril 2020.

NOVENA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

The BBC Concert Orchestra / “Laurence de Arabia” de Maurice Jarre.

Jennifer López / “El anillo” de E. Barrera, A. Castro, O. Hernández, J. Herrera.

George Gershwin / “I got rhytim” George Gershwin.

Ney Matogrosso / “Rosa de Hiroshima” de Vinicius de Moraes y Gerson Conrad.

Antonio Núñez Montoya “Chocolate” / “Fandangos”, guitarra de Manuel de Palma.

Barbra Streisand / “What are you doing for the rest of your life ?” de Miche Legrand y A. y M. Bergman.

Django Reinhardt / “Nuages” de Django Reinhardt

Richard Galliano Sextet / “Oblivion” de Astor Piazzolla.

Julien Clerc / “Ma préférence” de Jean-Loup Dabadie y Julien Clerc.

Rubén Rada / “Candombe para Gardel” de Rubén Rada.

Osvaldo Pugliese / “Recuerdo” de Osvaldo Pugliese.

Peri Rossi, Cristina: biografía para armar

Conocí a Cristina Peri Rossi en el año 2014, cuando la invitamos a participar del VIII Congreso que la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay se proponía realizar en la Biblioteca Nacional, en Montevideo. Luis Bravo nos había sugerido su nombre a instancias de un curso sobre poetas malditos que había hecho con ella en Madrid, en los cursos de verano que año a año organizaba la Complutense en El Escorial. El tema de nuestro congreso –Literaturas infernales– hacían de ella una invitada interesante, tanto por su condición de crítica como por su talento de escritora. Ya habían pasado diez años desde su última visita a Uruguay, de manera que el propósito de nuestra Asociación ya no era solo tener una invitada de su magnitud, sino que también implicaba volver la mirada a una escritora que hacía años no visitaba el país y que desde hacía décadas no publicaba en nuestro medio, salvo contadas excepciones.

A pesar de nuestra insistencia, Peri Rossi se excusó, declinó la invitación con un “Ya estoy vieja. Se tendrían que haber acordado antes de mí”. Seguramente tenía razón. Lo cierto es que a pesar de que ella no vino a Montevideo, apenas pude viajé para visitarla en Barcelona. Fue el primer encuentro de muchos que se han sucedido en estos años, siempre allá, en el piso doce de su apartamento en la calle Numancia del barrio Les Corts. En realidad, yo la había conocido mucho antes, leyendo su obra mientras estudiaba en el Instituto de Profesores Artigas. Un verano de aquellos encontré en la feria de Tristán Narvaja un ejemplar de El pulso del mundo, recién editado por Trilce, una recopilación de los textos periodísticos que había publicado entre 1978 y 2002 en distintos medios de prensa españoles. Esa fue mi puerta de entrada al universo perirrossiano, ni su poesía ni su narrativa, que no se hicieron esperar mucho y llegaron gracias a los hallazgos que todavía nos regalan las librerías de usados de Montevideo.

Compromiso de escritura

“Los escritores somos muchas veces Casandras extraviadas en el infierno de la existencia sin tener quien nos escuche” (Detente, instante, eres tan bello)

Narradora, poeta, ensayista, traductora, periodista. Peri Rossi ha cultivado varios géneros literarios con maestría. “Escribo con mis voces, no con mi voz” ha dicho más de una vez, parafraseando un verso de Alejandra Pizarnik. Claro que esa versatilidad no siempre le ha jugado a favor: “A los críticos y a los libreros no les gusta una escritora poeta, narradora, ensayista. Deslizan subrepticiamente la sospecha de que quizás es porque no se siente plenamente realizada en ningún género”. Más bien creo que se trata de todo lo contrario: las distintas caras de una misma obra, en la que los libros y los temas dialogan entre sí, se solapan y superponen, se continúan unos en otros. No solo en el sentido de ser las partes de un todo, sino en la posibilidad de ser cajas de resonancia de tópicos que aparecen sucesivamente: el deseo, el exilio, el lenguaje.

Ya desde su primer libro, Viviendo (1963), es visible su preocupación por el universo femenino; en los tres cuentos de esa obra inaugural, las protagonistas dan cuenta del opresivo mundo en el que vivían las mujeres. Los relatos de su segundo libro, Los museos abandonados (1969), que resultó ganador del Concurso de los Jóvenes de la editorial Arca, tienen como elemento central el espacio físico en el que se desarrollan. “De joven, quería vivir en un museo, escribir en un museo, amar en un museo. En un museo cerrado al público, claro. Me parecía que era el espacio, el ámbito donde las dos coordenadas de la realidad: el tiempo y el espacio se suspendían, flotaban, y se abrían, entonces, las puertas de la fantasía, del sueño, de la creación”. En 1968, Jorge Ruffinelli, Eduardo Galeano y Jorge Onetti fallaron, por unanimidad, a su favor en ese concurso. Ese año resultó clave para la obra de Peri Rossi: ganó el premio de Arca, obtuvo una mención especial en el concurso de poesía del diario El Popular –órgano del Partido Comunista, donde también ejercía como periodista– y por invitación de Ángel Rama comenzó a publicar con regularidad en el semanario Marcha.

La agitación política que se vivían por aquellos años previos al golpe de Estado se hizo patente en su obra, ejemplo de ello son los poemas que Jorge Ruffinelli incluyó en la antología Poesía uruguaya rebelde (1971) o el relato que integra Cuentos de la revolución (1971) o el poema escrito en honor a Líber Arce, primer mártir estudiantil, publicado en El Popular, apenas una semana después de su asesinato:

Roto por dentro, hermano,
te dejó la policía que te tiró a la espalda.
Roto por dentro
para que te velaran en la calle multitudes silenciosas  
y es el ruido tenebroso de su silencio, Líber,
el que le promete sucesores a tu sangre.

También por esos años, El libro de mis primos (1969), novela ganadora del concurso del semanario Marcha, e Indicios pánicos (1970) fueron escritos con la convicción de que “del horror a lo existente nacen (si somos valientes) los libros y las revoluciones”. La palabra se transformó en estrategia de resistencia y con ese mismo espíritu revolucionario publicó su primer poemario, Evohé (1971), el único que editó en Uruguay. El año pasado, con motivo del cincuenta aniversario de este libro, la poeta decía en el prólogo: “No me arrepiento de ningún verso, aunque me siga asombrando el gran escándalo que causó en la izquierda, porque entonces yo era una ingenua: creía que la revolución era también estética y sexual”. Peri Rossi no era ninguna ingenua. Con este libro estaba reelaborando la poesía amorosa escrita por mujeres; heredera de la tradición que Delmira Agustini había iniciado en el Novecientos, el sujeto lírico femenino le cantaba a un objeto de deseo también femenino. La tríada que vertebra todo el libro –yo, tú, lenguaje– se cifra, una vez más, en clave femenil, baste como ejemplo el primer poema del conjunto: “Palimpsesto: escrito debajo de una mujer”, versos en los que las mujeres están (des)vestidas de palabras: “En fuga de palabras, quedó la mujer desnuda”.

Partir es siempre partirse en dos

“Extranjero. Ex. Extrañamiento. Fuera de las entrañas de la tierra. Desentrañado: vuelto a parir. No angustiarás al extranjero. Pues. Vosotros. Vosotros. Vosotros. Los que no lo sois. Sabéis. Vosotros sabéis. Nosotros empezamos a saber. Cómo se halla. Cómo. El alma del extranjero. Del extraño. Del introducido. Del intruso. Del huido. Del vagabundo. Del errante” (La nave de los locos)

Peri Rossi es una enamorada de Montevideo, lo admitió en el discurso de recepción del premio que hace pocos meses le concedió la Intendencia de esta ciudad al nombrarla Ciudadana Ilustre. Nació en Reducto y vivió gran parte de su infancia y adolescencia allí, pero recuerda con especial cariño un pequeño apartamento en la calle Ituzaingó, en la Ciudad Vieja, frente a la Torre de los Panoramas, el emblemático cenáculo del Novecientos que encabezó Julio Herrera y Reissig. A comienzos de los años setenta se mudó cerca de la rambla, al lado de la Embajada de Estados Unidos: “En mi apartamento de la calle Cebollatí, lleno de libros y de discos, desde el gran ventanal, en noches de espanto, había visto lanzar bolsas de arpillera cargadas presuntamente con cadáveres humanos al mar”.

Cuando la situación ya era insostenible y su vida realmente corría peligro, luego de recibir amenazas en el liceo Rodó, donde trabajaba, y de proteger a una exalumna que colaboraba con el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros y fue detenida en la puerta de su casa en Cebollatí, la madrugada del 4 de octubre de 1972 se embarcó en el Giulio Cesare, transatlántico que tenía como destino final Génova. Llevaba consigo un ejemplar de cada libro que había publicado y el original inédito de Descripción de un naufragio.

Por equipaje
una maleta llena de papeles
y de angustia
los papeles para escribir
la angustia
para vivir con ella
compañera amiga.

En ese mismo viaje comenzó a gestarse otro libro, Estado de exilio (2002), que saldría a la luz treinta años más tarde y obtendría el Premio de Poesía Rafael Alberti; según ha afirmado ese poemario contiene varios textos escritos ni bien llegó a Barcelona. Sin embargo, el primer libro que publicó en España fue Descripción de un naufragio (1975),alegoría de un naufragio amoroso y del fracaso de un proyecto político tal como se lee en la dedicatoria del poemario:

A todos aquellos navegantes
argonautas de un país en ruinas
desaparecidos en diversas travesías,
varias,
que un día emprendieron navegaciones
de inciertos desenlaces.

A principios de los setenta, Barcelona era la ciudad más vanguardista de España, la ciudad de las emblemáticas Ramblas, una ciudad portuaria y plural, en la que se daban cita intelectuales y artistas exiliados latinoamericanos. Franco aún se encontraba en el poder en una dictadura que, si bien agonizaba, no facilitaba la vida a los exiliados políticos del Cono Sur. Sin embargo, la tradición editorial de Barcelona atrajo a muchos autores que encontraron en ella un lugar para producir su obra. Entre los años sesenta y setenta, la ciudad se había convertido en el refugio de varios que vivieron allí su exilio político o literario: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso. La denuncia y la crítica a lo que se vivía en sus países de origen fue una constante entre ellos. Peri Rossi no fue la excepción y en 1973 se conectó con la resistencia al franquismo y organizó, junto con su amiga Lil Castagnet, un comité de ayuda a los presos políticos.

“Llegué a Barcelona en un barco italiano con destino a Génova, a fines del año 1972. Huía de un país ocupado por el ejército nacional y llegaba a la ciudad más libre de España sin saber, a ciencia cierta, cuánto tiempo me quedaría, ya que el sueño de cualquier exiliado es volver al país natal”. Nunca regresó y desde ese lugar de exiliada –no solo en su estado de exilio, sino en su condición de exiliada– ha construido un imaginario cargado de simbolismo y nostalgia en el que “Todos somos exiliados de algo o de alguien. En realidad, esa es la verdadera condición del hombre”, como dice Equis, el protagonista de la novela La nave de los locos (1984). Es la misma situación de extranjería que experimenta el personaje principal de Solitario de amor (1988) frente al rechazo de su amada, una novela lírica que constituye una descripción del delirio amoroso. El epígrafe de esa novela, “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es”, confirma su profundo conocimiento del psicoanálisis y de las formas en las que opera el deseo.

Mi casa es la escritura

Siempre en tránsito
como los barcos y los trenes
metáforas de la vida
en un fluir constante
ir y venir
(Mi casa es la escritura)

No son pocos los títulos de su obra que le cantan a las ciudades –Barcelona, Berlín, Montevideo–, a la pérdida, a la nostalgia y al exilio político y amoroso, a una falta esencial que son:

una cadena de replicantes
los eslabones de una biografía
llena de espectros
que conducen a una mujer a otra
como los afluentes de un río
que va a dar al mar
que, por supuesto, es el morir.

  Tampoco son pocos los poemas de su obra que le cantan al paisaje marino –Inmovilidad de los barcos (1997), La barca del tiempo (2016), La balsa de las palabras (2016). Un amor y una obsesión por los barcos y los faros que vienen de lejos, de cuando era niña y sus tíos la llevaban a la Ciudad Vieja a ver partir las grandes embarcaciones que zarpaban desde el puerto de Montevideo. Aquella niña, protagonista de su novela autobiográfica La insumisa (2020), no imaginaba que una noche de 1972 también le tocaría partir. No imaginaba que haría, en sentido inverso, el mismo viaje que habían hecho sus bisabuelos genoveses para buscar refugio en otro continente. “Mi exilio no comenzó el 20 de octubre de 1972, cuando el barco tocó puerto en Barcelona, una suave y luminosa mañana de otoño, sino un año después, el 30 de septiembre, cuando vos y yo nos separamos. Recuerdo esa mañana. Me encontré súbitamente, en la calle Balmes, de Barcelona, a la altura del número 199. Había estado otras veces allí, pero nunca me había sentido sola. Al exiliarnos juntas, fue, en realidad, como si no nos hubiéramos exiliado, como si transportáramos con nosotras todo aquello que amábamos hasta entonces: el perfume de glicinas de la calle Larrañaga en Montevideo, la estatua del cacique herido por una bala disparada por el invasor, que veíamos desde la terraza de nuestro piso en la calle Cebollatí, frente al mar, las canciones de Mina […] Y de pronto, todo eso me había abandonado. No me había abandonado el 20 de octubre de 1972, me abandonó el 30 de septiembre del año siguiente, cuando nos separamos para siempre, y yo, en un banco de la calle Balmes comprendí que el exilio no era solo cambiar de espacio, el exilio era separarse de la persona amada, dejar de hablar la misma lengua (los enamorados y las enamoradas tienen su propia lengua, cambiar de amor es cambiar de diccionario, y dejar un amor es perder un dialecto)”.

La partida, el exilio, el desarraigo son constantes de su universo poético. Tal vez por eso, Mi casa es la escritura (2006) sea el título que Peri Rossi escogió para una de las pocas antologías que publicó en nuestro país, hace ya dieciséis años. Con aquel pequeño tiraje de trescientos ejemplares y después de mucho tiempo, la autora volvía a ponerse en contacto con los lectores uruguayos. No debería sorprender que el lenguaje sea la verdadera patria de cualquier escritor, pero en el caso de una exiliada política –extranjera de un lado y del otro del océano– la afirmación cobra otras dimensiones: “Soy una escritora uruguaya que vive en Barcelona, escribe en castellano y es, por tanto, una especie de extranjera en todas partes. Para los españoles, soy barcelonesa, para los barceloneses, soy uruguaya, y para los uruguayos, soy española”. A pesar de estas multiplicidades, o tal vez gracias a ellas, y como la misma escritora afirmó cuando le comunicaron que era la ganadora del Premio Cervantes 2021, en su persona se reconcilia España, dividida desde hace años por un independentismo que ha criticado en más de una oportunidad.

En Barcelona o en Montevideo, en España o en Uruguay, en sus sesenta años de producción, Peri Rossi ha cultivado una obra en la que es palpable el amor por el lenguaje, el compromiso ético y estético con la literatura, la denuncia de los más débiles –las mujeres, los exiliados, la comunidad LGBT–. No ha estado sola en todos estos años, a su lado ha tenido “la compañía que no falla, / las palabras”. Pude confirmarlo en los últimos meses, al consultar su archivo personal, al repasar sus manuscritos y sus fotografías para la edición del libro homenaje que publica la Universidad de Alcalá. Varias semanas de trabajo para tratar de sintetizar en pocas páginas una vida escrita, una obra que siempre ha permanecido fiel a sí misma. Hoy Peri Rossi agrega una embarcación más a su flota, desde la cuna de Cervantes levará el ancla de La nave de los deseos y las palabras.

Néstor Sanguinetti

Doce poemas para leer el 22 de abril del año 2022

Montevideo

Nací en una ciudad triste
de barcos y emigrantes
una ciudad fuera del espacio
suspendida de un malentendido:
un río grande como mar
una llanura desierta como pampa
una pampa gris como cielo.

Nací en una ciudad triste
fuera del mapa
lejana de su continente natural
desplazada del tiempo
como una vieja fotografía
virada al sepia.

Nací en una ciudad triste
de patios con helechos
claraboyas verdes
y el envolvente olor de las glicinas
flores borrachas
flores lilas

una ciudad
de tangos tristes
viejas prostitutas de dos por cuatro
marineros extraviados
y bares que se llaman City Park.

Y sin embargo
la quise
con un amor desesperado
la ciudad de los imposibles
de los barcos encallados
de las prostitutas que no cobran
de los mendigos que recitan a Baudelaire

la ciudad que aparece en mis sueños
accesible y lejana al mismo tiempo
la ciudad de los poetas franceses
y los tenderos polacos
los ebanistas gallegos
y los carniceros italianos.

Nací en una ciudad triste
suspendida del tiempo
como un sueño inacabado
que se repite siempre.

El viaje

Mi primer viaje
fue el del exilio
quince días de mar
sin parar
la mar constante
la mar antigua
la mar continua
la mar, el mal
Quince días de agua
sin luces de neón
sin calles sin aceras
sin ciudades
solo la luz
de algún barco en fugitiva
Quince días de mar
e incertidumbre
no sabía adónde iba
no conocía el puerto de destino
solo sabía aquello que dejaba
Por equipaje
una maleta llena de papeles
y de angustia
los papeles
para escribir
la angustia
para vivir con ella
compañera amiga
Nadie te despidió en el puerto de partida
nadie te esperaba en el puerto de llegada
Y las hojas de papel en blanco enmoheciendo
volviéndose amarillas en la maleta
maceradas por el agua de los mares

Desde entonces
tengo el trauma del viajero
si me quedo en la ciudad me angustio
si me voy
tengo miedo de no poder volver
Tiemblo antes de hacer una maleta
–cuánto pesa lo imprescindible–
A veces preferiría no ir a ninguna parte
A veces preferiría marcharme
El espacio me angustia como a los gatos
Partir
es siempre partirse en dos.

Cortejo

Las ballenas cantan canciones a través de los océanos
y nunca se repiten.
Son canciones de cortejo
se escuchan a diez mil millas de distancia
¿No iba yo a invocar tu nombre
a través de los océanos de las avenidas
a través de las misteriosas estelas de los astros
a través de los autos y las urbanizaciones
a través de las plazas de estacionamiento
y la rambla que limita al mar
y su desembocadura?

Bitácora

No conoce el arte de la navegación
quien no ha bogado en el vientre
de una mujer, remado en ella,
naufragado
y sobrevivido en una de sus playas.

De aquí a la eternidad

Descubrir a Dios entre las sábanas
–no en el templo fariseo
ni en la altiva mezquita–
sábanas blancas
sudario del amor que te cubría
manto sagrado
iniciar la bienaventurada ascensión
de tu piel a la eternidad
de tu vientre al círculo celestial
sentir a Dios en tus húmedas cavidades
en el grito vertiginoso
de la jauría de tus vísceras
saber
que Dios está escondido entre las sábanas
sudoroso
consagrando tu sangre menstrual
elevando el cáliz de tu vientre.
Descubrir de pronto que Dios
era una diosa,
última ascesis,
de aquí a la eternidad.

Vía Crucis

Cuando entro
y estás poco iluminada
como una iglesia en penumbra
Me das un cirio para que lo encienda
en la nave central
Me pides limosna
Yo recuerdo las tareas de los santos
Te tiendo la mano
me mojo en la pila bautismal
tú me hablas de alegorías
del Vía Crucis que he iniciado
–las piernas, primera estación–
me apenas con los brazos en cruz
al fin adentro
empieza la peregrinación
muy abajo estoy orando
miento tus dolores
el dolor que tuviste al ser parida
el dolor de tus seis años
el dolor de tus diecisiete
el dolor de tu iniciación
muy por lo bajo te murmuro entre las piernas
la más secreta de las oraciones
Tú me recompensas con una tibia lluvia de tus entrañas

Escoriación

Herida que queda, luego del amor, al costado del cuerpo.
Tajo profundo, lleno de peces y bocas rojas,
donde la sal duele y arde el iodo,
que corre todo a lo largo del buque,
que deja pasar la espuma,
que tiene un ojo triste en el centro.
En la actividad de navegar,
como en el ejercicio del amor,
ningún marino, ningún capitán,
ningún armador, ningún amante,
han podido evitar esta suerte de heridas,
escoriaciones profundas, que tienen el largo del cuerpo
y la profundidad del mar,
cuya cicatriz no desaparece nunca,
y llevamos como estigmas de pasadas navegaciones,
de otras travesías. Por el número de escoriaciones
del buque, conocemos la cantidad de sus viajes;
por las escoriaciones de nuestra piel,
cuántas veces hemos amado.

La falta

Hay gente que le pone nombre
a su falta
les falta Antonio o Cecilia,
un viaje a África
o un millón de pesetas
un pisito en la playa
o una amante
un éxito en la loto
o un ascenso en el trabajo.

Los que sabemos que la falta
es lo único esencial
merodeamos las calles nocturnas
de la ciudad
sin buscar
ni un polvo
ni una diosa
ni un Dios

Sacamos a pasear la falta
como quien pasea un perro.

Condición de mujer

Soy la advenediza
la que llegó al banquete
cuando los invitados comían
los postres

Se preguntaron
quién osaba interrumpirlos
de dónde era
cómo me atrevía a emplear su lengua

Si era hombre o mujer
qué atributos poseía
se preguntaron
por mi estirpe

«vengo de un pasado ignoto –dije–
de un futuro lejano todavía
Pero en mis profecías hay verdad
Elocuencia en mis palabras
¿Iba a ser la elocuencia
atributo solo de los hombres?
Hablo la lengua de los conquistadores
es verdad,
aunque digo lo opuesto de lo que ellos dicen»

Soy la advenediza
la perturbadora
la desordenadora de los sexos
la transgresora

Hablo la lengua de los conquistadores
pero digo lo opuesto de lo que ellos dicen.

Oración

Líbranos, Señor,
de encontrarnos,
años después,
con nuestros grandes amores.

Barcelona, noche

Regreso tarde
a la noche, tarde
los árboles sombríos y sin hojas
tarde
los letreros luminosos de La Caixa
rotando
como los ojos de un sapo enloquecido
–tarde–
regreso –tarde–
Nadie por las calles oscuras
calles vacías
neones luminosos
astros encendidos de un mar oscuro
alarido de una sirena célibe.
Regreso tarde
el escenario vacío
sin gente
y yo le hablo a la ciudad
le digo cosas
te amo te quiero t’estimo
aunque sé que esa noche
–tarde–
tampoco Barcelona
será mía
como una mujer histérica
cuanto más la amas
más se esconde.

Mi casa es la escritura

En los últimos veinte años
he vivido en más de cien hoteles diferentes
(Algonquin, Hamilton, Humboldt, Los Linajes,
Grand Palace, Víctor Alberto, Reina Sofía, City Park)
en ciudades alejadas entre sí
(Quebec y Berlín, Madrid y Montreal, Córdoba
y Valparaíso, París y Barcelona, Washington
y Montevideo)

siempre en tránsito
como los barcos y los trenes
metáforas de la vida
en un fluir constante
ir y venir

No me creció una planta
no me creció un perro

solo me crecen los años y los libros
que dejo abandonados por cualquier parte
para que otro, otra
los lea, sueñe con ellos.

En los últimos veinte años
he vivido en más de cien hoteles diferentes
en casas transitorias como días
fugaces como la memoria.

¿Cuál es mi casa?
¿Dónde vivo?
Mi casa es la escritura
la habito como el hogar
de la hija descarriada
la pródiga
la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos
el único fuego que no se extingue.

Mi casa es la escritura
casa de cien puertas y ventanas
que se cierran y se abren alternadamente
Cuando pierdo una llave
encuentro otra
cuando se cierra una ventana
violo una puerta.

Al fin
puta piadosa
como todas las putas
la escritura se abre de piernas
me acoge me recibe
me arropa me envuelve
me seduce me protege
madre omnipresente.

Mi casa es la escritura
sus salones sus rellanos
sus altillos sus puertas que se abren
a otras puertas
sus pasillos que conducen a recámaras
llenas de espejos
donde yacer
con la única compañía que no falla:
las palabras.

Mayo 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Radio de remate

El comisario de Cerro Mocho

EL ASTILLERO

MI PRIMER FELISBERTO

(solfeo fantástico para debutantes)

V) Autopsia de cadáveres exquisitos

VI) Si una noche de invierno Ítalo Calvino

Notas

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

MERCEDES ROSENDE

Walk on the wild side: Arrabal amargo / Para espantarte mejor / El probador

Durante el primer año de vida de Mercedes Rosende, el Partido Nacional ganó unas elecciones históricas del siglo pasado, estalla la Revolución cubana y Carlos Fuentes publica “La región más transparente”. En una vida ella es licenciada en Derecho, Magister en políticas de la integración y experta en procesos electorales; en otra más secreta, es columnista, narradora e incursiona en la novela negra con una heroína que desafía los protocolos machistas del género. Autora de una obra considerable desde el año 2005, cuando publica “Demasiados blues”, ha ganado varios premios, participa en ferias del libro y festivales, las traducciones más recientes de sus libros son al italiano.

Los textos que envió a La Coquette tienen algo marginal de Lou Reed y son eco a la pregunta de Almodóvar: ¿qué hace una chica como tú en un lugar como éste? Una crónica sobre la miseria de albañal en Haití, bien lejos de los milagros al viento del realismo mágico; un cuento incursionando en la corte de los milagros de mendigos tullidos de Managua; por fin, la primera aparición de su heroína Úrsula López. Esa traductora de armas tomar, mina bella y pesada, con problemas de cintura para encontrar su talle, tiene nombre de matriarca macondiana y recuerda a la primera chica Bond del bikini blanco cuando sale del mar en 1962.

OSCAR BRANDO

Presentación del libro “Circe Maia, palabra en el tiempo”

Por una vez los planetas literarios se alinearon de manera perfecta. Ello ocurrió el 23 de abril pasado, hace apenas un mes y día del cumpleaños noventa y cuatro de Jorge Musto. En la red arborescente el Cabaret literario La Coquette cumplía su primer año de actividades, en Montevideo -por video conferencia- se presentaba un libro de esos que ahora ni se estilan. La salida de un título nuevo tiene algo de trámite usual y también mágico considerando peculiaridades del episodio. Se trata de un aporte crítico colectivo en reconocimiento a la obra y homenaje transgeneracional a la trayectoria de Circe Maia. Participó activamente la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay, habiendo varios de sus socios metido las manos en la masa textual; lo editó el sello Rebeca Linke, evocando una mujer desnuda y personaje libre del año 1950, el mismo de La vida breve.

Uno de los presentadores era el profesor Oscar Brando. La gente informada lo conoce a Oscar por Morosoli y los cursos sobre cultura uruguaya en los años verdes, por ser el consorte de Carina y las peripecias en Arca de cuando Beto Oreggioni, en tanto editor del catálogo El caballo Perdido, su tesis sobre Juan José Saer y tantos otras sutilezas de crítico literario. Me editó a comienzos de siglo dos títulos de escasa circulación, mientras sobrevolaban helicópteros en Montevideo; tenemos amigos comunes que nos aguarda fuera de la nada y un asado pendiente en Piriápolis. Nos gustan las peras al vino de la calle Blanes, la pascualina de Su Bar y los tangos según Horacio Salgán.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

SEXTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Rolando Villazón / “La danza” de Giacomo Puccini.

Lalo Schifrin / “Mission : Impossible”.

John Coltrane / “My favorite things” de Richard Rogers y Oscar Hammerstein.

Ignacio Corsini / “La pulpera de Santa Lucía” de Héctor Pedro Blomber y Enrique Maciel.

Dick Annegarn / “Bruxelles”.

Astor Piazzolla / “Boedo” de Julio de Caro.

Lucio Battisti / “E penso a te”.

Charles Aznavour / “J’aime Paris au moi de mai”.

Robson Miguel / “Aquarela do Brasil” de Ari Barroso.

Deep Purple / “Smoke on the water”.

María García Vigil / “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

La Pesquisa

(Las primeras páginas)

A Ricardo Piglia

Allá, en cambio, en diciembre, la noche llega rápido. Morvan lo sabía. Y a causas de su temperamento y quizás también de su oficio, casi inmediatamente después de haber vuelto del almuerzo, desde el tercer piso del despacho especial en el bulevar Voltaire, escrutaba con inquietud las primera señales de la noche a través de los vidrios helados de la ventana y de las ramas de los plátanos, lustrosos y peladas en contradicción con la promesa de los dioses, o sea que los plátanos nunca perderían las hojas, porque fue bajo un plátano que en Creta el toro intolerablemente blanco, con las astas en forma de medialuna, después de haberla raptado en una playa de Tiro y de Sidón -para el caso es lo mismo- violó, como es sabido, a la ninfa aterrada.

Morvan lo sabía. Y sabía también que era al anochecer, cuando la bola de fango arcaica y gastada, empecinada en girar, desplazaba el punto en el que se agitaban, él y ese lugar llamado París, alejándolo del sol, privándolo de su claridad desdeñosa, sabía que era a esa hora cuando la sombra que venía persiguiendo desde hacía nueve meses, inmediata y sin embargo inasible igual que su propia sombra, acostumbraba a salir del desván polvoriento en el que dormitaba, disponiéndose a golpear. Y ya lo había hecho -agárrense bien- veintisiete veces.

Allá la gente vive más que en cualquier otro lugar del planeta; se vive más tiempo si se es francés o alemán que africano y, si se es francés, se vive más tiempo si se es, parece, hombre de la ciudad que agricultor por ejemplo, y si se es de la ciudad -siempre según las estadísticas- se vive mucho más tiempo si se es parisino que si se es de cualquier otra ciudad y, si se es parisino, se vive mucho más tiempo si se es mujer que si se es hombre, y algo debe haber de cierto en todo esto, porque en París abundan las viejecitas: nobles, burguesas, pequeñoburguesas o proletarias, solteronas achicharradas o mujeres libres que envejecieron obstinándose en no perder su independencia orgullosa, viudas de notarios o de médicos, de comerciantes o de conductores de subterráneo, ex verduleras o ex profesoras de dibujo y de canto, novelistas en plena actividad, emigradas rusas o californianas, viejas judías sobrevivientes de la deportación, e incluso antiguas cocottes obligadas a retirarse por un censor más severo que las buenas costumbres, quiero decir el tiempo; la luz del día las ve reaparecer cada mañana, emperifolladas o casi en harapos, según su condición, estudiando dubitativas los estantes multicolores de los supermercados, o, si hace buen tiempo, en los bancos verde oscuro de las plazas y de las avenidas, sentadas solas y tiesas o en conversación animada con algún otro ejemplar de su especie, o dándoles, en actitud ya inmortalizada por las postales, migas a las palomas; de mañana, en primavera, se las puede divisar en salto de cama, el torso inclinado hacia el vacío en la ventana de un quinto o sexto piso regando con aplicación malvones florecidos. En el interior de los edificios se les ve subir o bajar las escaleras, precavidas y lentas, con un bolso de provisiones o un caniche nervioso, pueril y un poco ridículo que llevan en los brazos y del que hablan a veces con algún vecino empleando una terminología de análisis psicológico que ningún psicólogo se atrevía ya a aplicar a un ser humano. Cuando son demasiado viejas, el asilo o la muerte las escamotean, sin que sin embargo su número disminuya, porque nuevas promociones de viudas, de divorciadas y de solteronas, después del lapso irreal y demasiado largo de lo que llaman vida activa, vienen a ocupar, habiendo ya enterrado a todos su parientes y conocidos, inconscientes o resignadas, las vacantes.

La obstinación por durar, más misteriosa todavía que el concurso de circunstancias que puso al mundo en funcionamiento y más tarde a ellas -y también a nosotros- en el mundo, las va depositando en sus departamentos exiguos, llenos de bártulos y de carpetitas, de manteles bordados antes de la segunda guerra y de alfombras gastadas, de muebles de familia y de baúles, de botiquines repletos de remedios, de juegos de cubiertos que vienen del siglo pasado y de fotos amarillentas en las paredes y sobre el mármol de las cómodas. Algunas viven todavía en familia, pero la mayoría o bien no tiene ya más a nadie o prefiere vivir sola; las estadísticas -quiero que sepan desde ya que este relato es verídico- han demostrado por otra parte que, a cualquier edad, las mujeres en general soportan mejor la soledad y son más independientes que los hombres. El caso es que son innumerables, y aunque también las estadísticas y también, desde luego, en general, demuestran que los ricos viven más que los pobres, las hay que pertenecen a todas las clases sociales, y si bien por la vestimenta y por los lugares donde habitan revelan sus orígenes y sus medios, todas tienen los rasgos comunes propios a su sexo y a su edad: el paso lento, las manos arrugadas y líneas de vetas oscuras, la dignidad ligeramente artrítica de los gestos, la melancolía evidente de los inconcebibles días finales, los órganos parsimoniosos y los reflejos indecisos y seniles, para no hablar de las operaciones múltiples, cesáreas, extracciones de muelas y de cálculos, ablaciones de senos, raspados y eliminación de quistes y de tumores, o de las deformaciones reumáticas, de los disturbios neurológicos, la ceguera progresiva o la sordera total, los senos que se desinflan o se achicharran y las nalgas que se desmoronan, y por último de la hendidura legendaria que, literalmente, expele no solamente al hombre sino también al mundo, el tajo rosa que se reseca, se entrecierra y se adormece.

Y, sin embargo, si la noche se las traga, con el día, como decir, reaparecen, y las que no se han dejado corroer por la desesperanza, la miseria, las ilusiones perdidas, la tristeza, florecen a media mañana con sus sombreritos pasados de moda, sus tapados severes, sus pinceladas discretas de colorete, trotando a la par de sus caniches o bajando cinco o seis pisos de escaleras para ir a comprar la comida de los gatos, el alpiste del canario o la revista semanal con los programas completos de televisión, o tal vez, y por qué no, al restaurante del que saldrán a principios de la tarde para ir a visitar a algún conocido al hospital, o más probablemente todavía al cementerio para limpiar la tumba de algún  pariente, vueltas ya casi, de materia que eran, símbolo, idea, metáfora o principio.

Por cierto que son un elemento propio de esa ciudad, un detalle del color local, como el Museo del Louvre, el Arco de Triunfo o los malvones en los rebordes de las ventanas a cuya existencia, hay que reconocerlo, con sus regaderitas de plástico o sus jarras de agua matinal, ellas contribuyen de todas maneras más que nadie. Como premio quizás por el trabajo de preservar y aun de multiplicar hombre y mundo en la red de sus entrañas tan deseadas, o por pura casualidad, a causa de un ordenamiento aleatorio de tejidos, de sangre y de cartílagos, les ha sido dado a muchas de ellas persistir un poco más que los otros, en las márgenes del tiempo, igual que esos remansos en los ríos en los que el agua parece detenida y lisa, debido a una fuerza invisible que frena la corriente horizontal, pero tira inexorable y vertical hacia el fondo.

Aunque en apariencia son inofensivas, a veces pueden ser irritantes, y tal vez la conciencia de su propia fragilidad, que de un modo paradójico las induce a creerse invulnerables, le da cierto desparpajo a sus opiniones, lo que puede convertirlas en la voz cantante de su época, de modo que en cierto sentido sus observaciones severas en la puerta de una panadería, sus análisis sociológicos en los salones de té, sus comentarios mecánicos hechos a solas en voz alta ante las imágenes del televisor, revelan más los trasfondos del presente que los discursos de los así llamados políticos, especialistas en ciencias humanas y periodistas. La conversación diaria de una anciana con su canario, mientras le limpia la jaula, es tal vez el único debate serio de los tiempos modernos, no los que tienen lugar en las cámaras, en los tribunales o en la Sorbona: habiendo ganado, después de haberlo perdido todo, el privilegio de no tener nada que perder, una sinceridad sin premeditación preside su estilo oratorio, que a veces ni siquiera se expresa con palabras, sino más bien con silencios y ademanes significativos, con sacudimientos de cabeza para nada explícitos, y con miradas en las que se confunden ardor y desapego. El término medio, bueno o malo, sale de entre sus labios arrugados, probando a veces, en interlocutores menos satisfechos consigo mismos que ellas, la risa, el estupor e incluso la indignación. Ya sabemos que la expresión popular “como dijo una vieja” anuncia siempre algún dislate del que nos reímos de antemano, y que en los cuentos y en las canciones populares las ancianas andan por lo general en conflictos de preeminencia con el diálogo. Porque en definitiva, y aunque a menuda amanecen con ella a las criaturas, la malignidad de los viejos tiene para el resto del mundo cierta comicidad, igual que un lapsus verbal o un anacronismo.

Eximidas del delito de opinión, otros peligros acechan a las ancianas. En la selva de las ciudades, lo mismo que en la literal, deseo y pánico, accidente y necesidad, determinan el desenvolvimiento de las especies, y los manotazos de ciego que suele dar la expansión tortuosa o recta, precipitada o lenta de las cosas, también alcanza a las viejecitas: puñetazos de drogados, descontrol nocturno de ladrones principiantes sorprendidos en pleno trabajo, argumentación envolvente de estafadores e incluso adolescentes en patines sobre las veredas grises de la ciudad privada de horizonte, dejan su tendal de viejecitas despojadas, ensangrentadas y llorosas. Al galope del mundo -ya lo sabemos- no es el jinete sino el caballo el que lo dirige. Pero no era eso lo que le preocupaba a Morvan cuando escrutaba, esa tarde de diciembre, casi en seguida después de haber vuelto del almuerzo, a través de las ramas peladas de los plátanos, la caída rápida de la noche.

Faltaban dos o tres días para Navidad, de modo que era en el centro mismo del invierno que Morvan reflexionaba. El cielo blanco y que sin embargo no aclaraba la atmósfera anunciaba, como se dice, nieve. Había mucha gente por la calle. Mujeres cargadas de paquetes, de bolsos, de ramas de pino y de criaturas cruzaban apuradas por las rayas blancas de los pasajes para peatones en todo el perímetro de la plaza León Blum del que Morvan, en el lugar en que estaba y por mucho que se inclinara hacia la ventana, no podía ver más que una parte, aunque, de tanto haberlo recorrido en los últimos meses, cuando la Brigada criminal había decidido instalar el despacho especial, conocía de memoria cada uno de sus tramos, el entrecruzamiento, no en forma de estrella sino más bien de asterisco, de la rue de la Roquette y el bulevar Voltaire, más la rue Godefroy Cavaignac, la rue Richard Lenoir, y las avenidas Ledru Rollin y Parmentier, que nacían en diversos puntos de la plaza. En todo el perímetro, los supermercados, los bares y las florerías, el Burger King de una de las esquinas, la plazoleta con la calesita en el cruce de la avenida Ledru Rollin con el tramo oeste de la rue de la Roquette, las zapaterías, las pizzerías y las farmacias, las verdulerías y las rotiserías, le tejían una especie de corona clara y colorida al edificio sombrío del municipio, al que los adornos luminosos que colgaban de su fachada, instalados especialmente para las fiestas, no conseguían alegrar. A través del vidrio y desde el tercer piso, y sobre todo en esa atmósfera particular que precede siempre a una gran nevada, el ir y venir de la muchedumbre un poco fantasmal ocupada en sus diligencias de Navidad le llegaba como un tumulto silencioso. La escena agitada pero blanda y lejana de los comercios iluminados, la municipalidad sombría, los autos que esperan en los semáforos y cruzaban a paso de hombre las esquinas, la gente cargada de paquetes y bien envuelta en ropa de lana, las fachadas grises de las casas y los techos de pizarra, las ramas peladas de los plátanos, en contradicción con la promesa de los dioses, y el cielo blanco anunciando nieve inminente, el cuadro vivo que se movía allá abajo, privado durante unos segundos de sus explicaciones causales, tenía la intensidad nítida y al mismo tiempo extraña de una visión. El gran alrededor del mundo, claro y distante a la vez, le daba de golpe la impresión de haberlo expelido a un exterior impensable de las cosas. Pero esa impresión súbita pasó en seguida y, mientras espiaba la llegada de la noche, Morvan siguió rumiando su preocupación principal.

Se sentía amargo y lúcido, confuso y alerta, cansado y decidido. En veinte años ejemplares en la policía, el comisario Morvan no había tenido nunca la oportunidad de enfrentar se una situación semejante: el hombre que buscaba le daba, sobre todo en los últimos meses, una sensación de proximidad e incluso de familiaridad, lo que por momentos lo abatía de un modo inexplicable y al mismo tiempo lo estimulaba a seguir buscando. Esa sensación tenía sus razones objetivas, porque el espacio en el que se cometían los crímenes venía circunscribiéndose a un radio cada vez más corto a partir del despacho especial de la Brigada, y en esa restricción había sin duda un elemento significativo, del que era difícil decidir si se trataba de un azar persistente o de un desafío, una especia de regla que el asesino se imponía, un capricho transformado en obligación igual a los que se someten la locura o el arte. En verdad que en los meses transcurridos desde los primeros crímenes, el asesino nunca había acusado más que en los arrondissements  décimo y undécimo, lo que explicaba la instalación del despacho especial de la Brigada enfrente de la municipalidad, en el bulevar Voltaire, con él, Morvan, como jefe de operaciones, pero la proximidad creciente de los crímenes respecto del despacho, le producía a veces un malestar fugaz y angustioso, y cualquiera que fuese la explicación, regla o casualidad, capricho compulsivo o desafío temario, le parecía igualmente inquietante.

Era tal vez demasiado buen policía.

Ocho poemas del siglo presente (y uno que no)

[En la época de la emigración…]

En la época de la emigración de los ojos
planean inquietos los lenguados
y el temblor indignado de los jóvenes,
que ignoran qué les pasa, con sus órganos
viajando en surcos por la superficie
hacia el definitivo emplazamiento,
se transmite a la totalidad del banco.

Sobrevuelan abismos,
cortinajes de plantas, su cuerpo colectivo
se revuelve en la alarma o atraviesa
o desciende tanteando la fértil pegajosa
nube de la desova ajena, ¡y mientras tanto
unas verrugas negras les rodean la frente!

La piel hierve:
esa débil membrana, la que impide
que se mezcle a los fluidos interiores,
la gelatina helada,
sucia que constituye su elemento.

¡Vejigas planas llenas
de jugos ordenados, defendiéndose
de millones de litros que gravitan
sobre nuestras cabezas! Y esa casi imposible
comezón, y esas oblicuas perspectivas cambiantes,
y el pálido vientre indefenso.

La vibración del banco:
un sabor a disgusto se extiende por las aguas
como gotas de tinta, y retroceden
los otros habitantes como ante un olor fuerte.
Ninguno quiere tratos con esos alterados,
esos lenguados locos que sufren temporadas
de desorientación y de inquietudes
en la época de la emigración de los ojos.

Baño de viento

Desde muy pronto supe que, invisible,
irías a mi encuentro, y hoy lo has hecho
¡cómo lo has hecho!
Me has asaltado en despoblado.
Primero los quejidos
(son la respiración de las montañas).
Tañes las bajas cuerdas de los robles
y una nota en el pino.

Me sumes, me rodeas: ¿cómo puedes al tiempo
soplar del sur, del norte y sus costados?
¿Quién destapó tus odres, quién liberó tus lazos?
Di: ¿por quién soplas?
No me buscas a mí (¿cómo decirlo?):
troncos secos, un hombre,
las peñas… ¿Por qué soplas?
No arrancarás ni un átomo más a esta tierra pelada,
ni inclinarás más plantas que hace tiempo te acatan

Me ahogo de aire,
de la pura presión en los pulmones,
de estos fluidos espesos, congregados
a mi alrededor: ¡cómo me impregnas!,
¡de qué modo penetras!
Morir de sed y ahogado,
de deseo entre tus brazos.

¡No puedo respirarte!
La gelatina espesa que me rodea
no merece el nombre aire
(¿es agua el hielo?).

Amaina.
O tal vez los pulmones colosales
han gastado sus últimas reservas
(y mil kilómetros al sur o al norte
–ventiscas en el Ártico, las ardientes tormentas africanas–

estás cobrando aliento, almacenando
por millones los litros
para luego exhalarlos).
Con la tregua
vuelve el mundo a su ser: zumban abejas
algún pájaro canta y el silencio
se despliega detrás.

Imperceptible
al comienzo, ¿quién se me acerca
saltando por los valles? ¿Qué es ese rumor sordo,
de cosas que no quieren entregarse
abatidas?
Ya estás aquí de nuevo.
No con más ímpetu, sino con la misma
voluntad que te fuiste: eres el mismo viento,
no eres otro, no tienes más sentido.
En ti no hay sotavento.
Tu furia monocorde y contenida,
caricias oficiosas,
la pesantez que imprimes.

Eres más fuerte, viento (vuelvo a casa).

Tarde

Por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena
(Garcilaso)

Ahora muevo dos hebras: las levanto
y agito un poco. Las suelto y caen sin peso.
Ahora todo un mechón: gira y se enrosca
(lo humedece mi aliento
desde el mar).
Cien cabellos muy finos, los más finos
se erizan y se esponjan
desde las periferias: ¡cómo brillan!
Soplo suave
y un bucle disponible se levanta,
juega a no levantarse y al fin se yergue:
arrastro su perfume hacia lo lejos.
Ahora convoco en la nuca una espiral de rizos:
se hacen y se deshacen sin acuerdo.

Es todo un triunfo: ¡las cien hebras
recogiendo este sol, y en contrapunto
el bucle alborotado!

Suficiente: sin levantar los ojos
del libro
te alisas el cabello con las manos.
Fin del juego.

Unanimidad

Cambia el viento,
y las barcas, estáticas, en el piélago azul,
manifiestan sus primeras disensiones.
Comienzan las de goma,
que con su proa roma
ya secundan, volubles,
la ráfaga en discordia.
Les siguen entonces diversos materiales:
casco en fibra de vidrio, en polímeros plásticos,
que vacilan, se agitan y vuelven a parar.

Desconcierto. Silencio.
¡Siete barcas y nueve direcciones
(cabecea la zodiac, sin hallar su lugar)!

Nuevas ráfagas marcan la dominante,
y hasta el pesado casco de madera
(la Elenita o La Antorcha)
se arranca de su inercia como quien deja un vicio,
muy a regañadientes.

Veletas, mal que pese
a su espíritu marino y viajero.
No fueron concebidas para indicar la fuente
de donde viene el viento

(gallo o bajel de lata); incómodas lo dicen
a quien quiera observarlas.
¡Mirad!, exponen todas, unánimes al fin:
¡Desde ahí resopla!

Fuga

A A A I A se llama la barca.
A A A I A será un nombre de mujer:
vientos, oleajes y roces azarosos
han ido quitándole letras
a la dedicatoria antigua y amorosa.

a las ondas; aún se entrega a las corrientes
o las vence, y en cada cabeceo voluntarioso
peligra: las vocales se aferran a las bordas,
temerosas de hundirse en el abismo.

Hace tiempo que sus hermanas duras
reposan en el fondo, o viajan en el vientre
de una bestia voraz. No quieren compartirla,
esa suerte. No quieren todavía…

A A A I A: cuando el último viaje
te lleve vacilante a las profundas
praderas donde el sargo pace la poseidonia
y cuando la acción combinada de grandes y pequeños
organismos marinos deshaga tus maderas
quedarán por fin libres para siempre
la A primera, la segunda, la A tercera
la única I y la A definitiva.

Oleajes y tormentas barajarán las letras,
las mezclarán con otras que atesora el insondable
fondo oceánico: mientras la corrosión respete
el hueco de una letra, la forma de su trazo,
todas juntas dirán cosas terribles y nuevas
que nunca pensó el amante propietario
cuando bautizó al barco A A A I A.

Fractal

¡Qué gozo dirigirse hacia el encuentro
atravesando campos y montañas,
y rebasar el río y cementerio!
Pero llegar al río junto al cementerio
significa pasar el pueblo en ruinas sobre la colina;
y para llegar al pueblo y a las ruinas
hay que atravesar los campos de un blanco lunar con matojos;

para llegar a los campos lunares sembrados de matas
no hay más remedio que hendir las hileras de frutales
y no hendirá las hileras de frutales
quien no pase las tierras aradas color chocolate;
las tierras aradas color sangre no las rebasa
el que no haya recorrido el largo túnel negro;
el interminable túnel negro no lo atraviesa
quien no haya embocado su abertura junto a la ladera empinada,
pero no llega a la ladera abrupta
quien no haya traspuesto los farallones ciclópeos
al final de la llanura,

y la llanura sólo la atraviesa
quien deja atrás maganos, terrazas y vides;
pero cada magano y terraza, y cada planta de vid
cuesta una lucha y un tiempo que se dilata,
y el pobre condenado a retardar el encuentro
deberá atravesar sitios, y sitios entre sitios,
y los sitios diminutos que se extienden cuando ya parece
que no caben más sitios: otra cárcava, un barranco diminuto

dentro de él el rastro de un hilillo remoto de agua,
sus estrías en el polvo, y dentro de ellas
guijarros y alguna hierba seca,
cuyas nervaduras minúsculas una a una y todas ellas
deberán también ser rebasadas en el camino.

¡Pobre de aquel condenado a dilatar el viaje
abriéndose camino entre demasiadas cosas
que están llenas de cosas a su vez,
sin llegar nunca!

Las Damas de los Altos

Encima de las copas de los árboles
en la penumbra anaranjada de las farolas
disfrutan su existencia de metopas
las Damas de los Altos.

No es altivez: distancia es lo que acusan
sus miradas vacías.
Aupadas a los hombros de edificios
van presenciando el tiempo.

¿Nacieron allá arriba? ¿No saben de otro mundo?

Por toda compañía, Mercurios impacientes
conversan de negocios de cornisa a cornisa:
no asienten, no discuten las Damas de los Altos…

¡Trenzas de yeso, rizos
pétreos y polvo en las pupilas
de las moradoras de arriba!

Se me ocurrió una tarde; lo pienso en mis paseos:
las Damas de los Altos todas se te parecen.

Telépata

«El vestido granate».

Hay un magma de voces en el aire
entremezcladas.
Pero me van llegando, y ya son mías:
puedo recibirlas como bienes sin dueño.

«Sí, el vestido granate», dice una de ellas.
Estoy viva, estoy viva, es lo que está diciendo.
«Sé cómo es la zarzuela: los actores…»,
como quien dice: Yo valgo más que tú.
«Yo lo he visto en la tele», y el tono ansioso:
Espera un poco no te lo quedes todo deja sitio
«Cariñoso, trabajador, o sea un tío…»

No dicen lo que dicen.

«Cada uno tiene su estilo propio,
yo eso lo entiendo, y no vas a cambiarlo».
¿No pasará la tarde?

El fin del mundo:
Tomar cuerpo

[versión del poema de Ghérasim Luca]

Yo te nariz yo te cabello
yo te cadero
tú me encantas
yo te pecho
yo te busto el pecho y luego te rostro
yo te bluso
tú me olor tú me vértigo
tú te deslizas
yo te muslo yo te acaricio
yo te tirito
tú me empiernas
tú me insostenible
yo te amazono
yo te garganto yo te vientro
yo te faldo
yo te ligo yo te bajo yo te Bach
sí yo te Bach para clavicémbalo seno y flauta
yo te tembloroso
tú me seduces tú me absorbes
yo te disputo
yo te riesgo yo te trepo
tú me merodeas
yo te nado
pero tú me torbellinas
tú me rozas tú me disciernes
tú me carne cuero piel y mordisco
tú me bragas negras
tú me bailarinas rojas
y cuando tú no tacon alto mis sentidos
tú los cocodrilas
tú les focas tú les fascinas
tú me cubres
yo te descubro yo te invento
a veces tú te entregas

tú me labios húmedos
yo te expido y yo te expiro
tú me expiras y pasionas
yo te hombro yo te vertebro yo te tobillo
yo te pestañas y pupilas
y si yo no omoplato ante mis pulmones
incluso de lejos tú me axilas
yo te respiro
día y noche yo te respiro
yo te boco
yo te paladeo yo te diento yo te garro
yo te vulvo yo te párpado
yo te aliento
yo te inglo
yo te sangro yo te cuello
yo te pantorrillo yo te certezo
yo te mejillo y te veno

yo te manos
yo te sudor
yo te lenguo
yo te nuco
yo te navego
yo te sombro yo te cuerpo y te fantasmo
yo te retino en mi aliento
tú te iris

yo te escribo
tú me piensas

La poesía como tentación o accidente

¿Qué mueve aquí y allá a lo largo de los años a alguien (que, como yo, es un infatigable autor de ensayos y artículos, de relatos y novelas, de cuentos infantiles y de géneros digitales) a escribir un poema? Podría decir que no lo sé, y de ese modo contribuiría a mantener la fama de la poesía como algo que brota de lo profundo desconocido (vivencial, emocional, literario…). Pero no voy a hacer eso al lector: lo sé perfectamente.

Pero vayamos a las raíces…

A mi madre la recuerdo de muy pequeño recitándome algunos de los versitos que contenían sus cuentos (había publicado libros para niños). Luego la evoco, muchas veces, leyéndome ella, y dejándome leer luego, poemas de una antología de Rubén cuidadosamente seleccionados. Malaquita y elefantes, pero no, por ejemplo, el poderoso “Víctor Hugo y la tumba”, que me vetó −y, claro, devoré.

Mi abuelo Nicolás (el padre de mi madre) era todo un hombre de letras. A lo largo de su vida escribió incontables artículos en la prensa madrileña, sobre todo en el diario Ya; publicó también muchos cuentos y novelas, y obras de teatro, aparte de numerosas biografías (cuando mis amigos descubren todo lo que sé sobre Stalin o San Ignacio no pueden ni imaginar la fuente…). Como traductor él había hecho una versión de La divina comedia y de varias obras de Shakespeare. Me recuerdo de pequeño en el teatrillo de marionetas, representando para un público fiel compuesto por mis hermanos menores escenas de su traducción de El sueño de una noche de verano.

En nuestra familia había un reconocimiento natural por las capacidades literarias, y estas se manifestaban por ejemplo en la repentización de versos. Era bien sabido que había personas que eran incapaces de rimar dos palabras o de conseguir versos de las mismas sílabas, y otro tipo de gente –nosotros—que lo hacíamos sin darnos cuenta. Estas facultades afloraban tradicionalmente en Nochebuena, cuando, en casa de mi abuelo, primos y tíos competíamos en un concurso de villancicos. Yo ganaba mucho…

Aparte de estos escarceos infantiles, mi principal y amplísima iniciación a la lectura de poesía vino de la mano del libro de texto de Lengua Española y Literatura que teníamos en 4º de Bachillerato, de Correa-Lázaro, como rezaba la portada. Contenía una selección de breves ejemplos para ilustrar clases de oraciones, tipos de estrofas, modos de rima, variedades de figuras del lenguaje. En mi recuerdo veo decenas y decenas de poemas, fragmentarios o completos, de todo el abanico cronológico: la torpe cuaderna vía, el pegadizo romance, la artificiosa lira, el abundante soneto, la poderosa octava real… Recuerdo que los devoré nada más caer el libro en mis manos, y luego, en el aburrimiento de las clases en que se repetían una y otra vez cosas que ya sabía, los releí y releí, hasta el extremo de que se me grabaron en la memoria, y me han acompañado hasta ahora.

Cuando la rica enseñanza de la época me dio los rudimentos de las diferentes estrofas y rimas pude ampliar mi capacidad diríamos creativa saltando de las cuartetas de los villancicos caseros a romances, décimas, sonetos, silvas e incluso (extremo horror) ovillejos. Me salían como churros: no diré que tuvieran gran calidad poética, pero desde luego no tenían versos hipermétricos ni asonancias perdidas en tiradas consonantes. Pronto se demostraron muy útiles, como cuando podía crear, para mí y para otros, composiciones mnemotécnicas que resumieran, por ejemplo, los silicatos alumínico-potásicos o los efectos de la ergotina. La cultura mnemotécnica de mi infancia era notable: mis padres recordaban (y recitaban a la menor provocación) composiciones que les guiaban en su juventud a través de los golfos de Europa o los músculos de la pantorrilla. Como digo, estaba en un medio muy literaturizado, por así decir, en el que florecían con facilidad estos recursos domésticos del arte verbal.

Después, en la universidad, tuve un encuentro feliz con la poesía latina, sobre todo los hexámetros, que me fascinaron hasta tal extremo que en seguida concebí el propósito de penetrar en su secreto a través del análisis informático (computadoras grandes como camiones, tarjetas perforadas… corría el año 1973). Por suerte, acabé por abandonar ese espejismo, pero mi afición al verso clásico me condujo a traducir tentativamente poemas de Catulo, o a interpretar el papel del pastor Coridón en la representación de la Égloga Séptima de Virgilio para mis compañeros de clase. Nunca me lo había pasado tan bien…

Mientras tanto, y en el terreno de los versos hacía todo lo que me proponía, porque conservaba la facilidad infantil pulida por los saberes posteriores: escribí unas silvas gongorinas sobre el trance provocado por el haschis, traduje en endecasílabos blancos un episodio de las Metamorfosis, competí con una compañera de trabajo en un diálogo de sonetos (vencí yo, con un soneto con estrambote con un acróstico en pareado al que ya no pudo replicar), etcétera. La versificación no me presentaba dificultades, el metro y la rima los dominaba, pero ¿dónde estaba la poesía?

Leía mucha, claro, porque leía muchísimo: al principio sobre todo autores de los Siglos de Oro; luego descubrí que algunos escritores posteriores cultivaban metros y estrofas clásicos, y así caí sobre la intelectualizada poesía de Borges. El alborear de los afectos juveniles me llevó a Pedro Salinas, en cuya expresión sensible y evocadora podía reconocerme. El Cántico de Guillén me subyugó: qué economía de medios y qué esplendor de imágenes, qué auténtico viaje su lectura (eran épocas lisérgicas). Los ininteligibles poemas de Lezama, las tiradas ateas de Lucrecio en la traducción del Abate Marchena… Como he dicho, leía de todo.

Por aquel entonces propuse al gran José Miguel Ullán (poeta especialísimo él mismo) para el Diario 16 una sección de reseñas de libros abominables, de los que jamás habrían encontrado acogida en las páginas de un periódico de no ser por mí. Años más tarde descubrí que Wisława Szymborska había tenido la misma idea, de donde salieron sus divertidas Lecturas no obligatorias (ed. española en Alfabia, 2009). En mi sección, que se propuso recorrer diversos géneros, incluí un libro de poesía autoeditado (entonces algo poco común). Se trataba de Sueños de libertad a orillas del Bidasoa, una obra escrita por un inspector de policía, y dedicada a las mujeres de la vida. Reseñarlo me llevó a aprender muchas cosas sobre el tema que me inquietaba. Por ejemplo:

Luego algunos dirán
que esto no es poesía
porque le falta la rima […]
No es poesía si buscan encontrar
como en el tren
el chá-ca-chá
al final de cada verso […]
Yo mido el verso
con el termómetro del alma

Ajá, ¡o sea que era eso! Mi reseña −que luego apareció en forma de libro en las Ediciones de la Universidad de Salamanca, junto con las demás de la sección− se llamaba, muy oportunamente, “Las líneas cortitas”.

Pasaban los años, y no disminuían mis lecturas, azarosas o buscadas, de todo tipo de poetas: ambos Machados, Lautréamont, Artaud, Vallejo, García Calvo y muchos que se me olvidan… Y tampoco cesaron los juegos. Con la llegada de Internet concebí, y llevé a la práctica, un cibercadáver exquisito en la forma de un wiki donde cada participante escribía el siguiente endecasílabo en un proceso colectivo de generación de sonetos. Como era de esperar, y dado que era un wiki abierto, pronto aparecieron los hipometristas y los sordos a la rima, lo que dio lugar a un flujo paralelo de discusión sobre los versos más dudosos. Mientras tanto, seguía escribiendo poemas, pero más bien de circunstancias, que agrupé en un libro, voluntariamente inédito, titulado El ramo enano. Por cierto: uno de mis libros infantiles se desarrolló en pareados, en homenaje a las populares aucas del pasado, o tal vez en recuerdo de los versitos de los libros de mi madre…

Y en algún momento indeterminado sentí la pulsión o la necesidad de escribir, yo mismo, algún poema: no mnemotécnico, no de circunstancias, no de homenaje, no emulando metros y estrofas clásicas, no como juego de ingenio y exhibición de capacidades, sino porque sí.

Los porquesíes que seguirán en la selección inmediata vienen de dos momentos muy distintos. El inicial (de la década de los noventa) habría podido ser un poema didáctico sobre una metamorfosis marina de la familia de los soleidos, pero desembocó en una pesadilla. Los siguientes, ya todos más recientes, brotan de la placidez y la mente distendida de algún atardecer veraniego, junto al mar. Su disparador puede ser un conjunto de vientos caprichosos barajando barcas o cabellos, o la furia incontrolada de una tramontana. Los más urbanos desarrollan temas que ya habían aparecido en mi narrativa, ahora aislados y desarrollados, por así decir: es el caso de las (para mí) inquietantes mujeres esculpidas en las fachadas y remates de edificios. O bien, en una inspiración ciertamente borgiana, el repetido viaje en ferrocarril por el trayecto Barcelona-Madrid puede evocar la paradoja de Zenón de Elea, aggiornada fractalmente. O frases captadas al azar generaban calas aleatorias en mentes desconocidas…

Cierra el conjunto un ejercicio de traducción de un poema de Ghérasim Luca. La realicé para un curso que impartí durante dos años en Barcelona. Se llamaba (el curso) El canto de las sílabas, citando a César Vallejo, y en él, junto a un grupo de esforzadas aficionadas, leíamos poesía y trabajábamos sobre todo en sus aspectos rítmicos. También leíamos poesía traducida, y cuando de este poema en concreto (cuya torsión verbal me interesaba) no encontré traducción, me lancé a ella…

Y éste es el somero resumen no de una carrera poética (porque si existe sólo ha dado dos zancadas desde la línea de salida), sino de una afición regocijada cultivada a ratos sueltos por un dilettante.

J. A. M.